Karma de Annie Besant

KARMA

DE ANNIE BESANT

 

PROLOGO DEL TRADUCTOR

 

 

Expone la doctora Annie Besant en las siguientes páginas los principios fundamentales de la ley del karma, de acción y reacción, de causa y efecto, o de causalidad, como también se la denomina, en términos claros y de sen­cilla comprensión, de suerte que lleguen sin mayor dificultad al entendimiento de quienes no están todavía familiarizados con las ense­ñanzas teosóficas. Sin embargo, también serán provechosas estas instrucciones para los ya algo versados en Teosofía, pero que aún no comprenden acabadamente el capital principio del karma, que con su gemelo el de la reencarnación consti­tuyen la piedra angular de la Teosofía. Aunque ni por su título ni por el tema de que trata sea nueva esta obra, lo es por el moderno carácter de su refundición, acomoda­da a los progresos de la metodología teosófica desde que por vez primera se publicó. Del cuidadoso estudio del texto inferirá el lector que el vulgar aforismo: "cada cual es hijo de sus obras” requiere acertada rectifica­ción, de acuerdo con la multimilenaria sabi­duría hermética, diciendo que "cada cual es hijo de sus pensamientos" en consonancia con el antiquísimo aforismo de que "el hombre se ­convierte en lo que piensa". Establece la autora muy claramente la dis­tinción entre "imagen mental"  y "forma de pensamiento" que algunas veces se confunden  por error en un mismo concepto, cuando psico­lógicamente consideradas, la imagen mental es la causa y la forma de pensamiento es el efecto, de manera que no puede haber forma de pensamiento sin imagen mental que la pro­duzca, como no es posible una prueba fotográ­fica sin el clisé que la origine. Uno de los puntos que mayormente inquie­tan a los principiantes en el estudio de la Teosofía es el de los planos, mundos, niveles o es­feras de la naturaleza, pues por insuficiencia del lenguaje humano hemos de recurrir a tér­minos cuya consuetudinaria significación su­gieren la idea de lugar o espacio circunscrita­mente determinado. Sin embargo, el concepto de plano o mundo no denota un lugar como cuando hablamos del mundo físico cuya materia constituyente per­ciben en sus estados sólido, líquido y gaseoso los normales sentidos que actualmente posee el hombre. Para comprender los conceptos de mundo astral y mental, que con el físico son los necesarios y suficientes para adquirir clara idea del karma, conviene tener en cuenta que esencialmente no hay más que una sola ma­teria, y al hablar de materia física, astral y mental no damos a entender tres diferentes clases de materia, sino una misma materia en  tres distintos grados de vibración. La vibración y no la esencia distingue las­ materias física, astral y mental. Así el plano físico está constituido por materia en determinada escala de vibración; el plano astral está constituido por la misma materia del plano físico, pero en escala más aguda de vi­bración; y análogamente el plano mental está constituido por la misma materia del físico y del astral, pero en todavía mucho más aguda escala de vibración. Por lo tanto, los planos de la naturaleza no están superpuestos como los pisos de un rascacielos sino que mutua­mente se compenetran sin confundirse. La analogía es un procedimiento valiosísimo en todos los métodos de investigación, y así lo aconsejaba la inolvidable maestra Blavats­ky. Procediendo por analogía, veremos que en un aposento puede haber las vibraciones acús­ticas de una gramola, las caloríficas de una estufa, las lumínicas de una lámpara eléctrica, las magnéticas de un acero imanado y las de una sal de radio, y todas actuarán en el mismo espacio sin confundirse ni estorbarse. De la propia suerte, en la esfera de atracción de nuestro planeta existen de continuo vibra­ciones físicas, astrales y mentales inconfundi­blemente compenetradas y distintas por el gra­do de vibración y perceptibles por el ego me­diante el cuerpo o vehículo del mismo grado de vibración. Por consiguiente, una imagen mental vi­brará según la tónica mental, pero podrá com­penetrarse sin confundirse con vibraciones as­trales para constituir la forma de pensamiento o forma astro-mental. Tampoco hay definidas líneas divisorias como murallas o vallas entre estas gradacio­nes vibratorias, pues no hay en ellas solución de continuidad ni linde que notoriamente las separe, como no hay linde entre los siete colo­res del espectro solar. Acaso estas ligeras insinuaciones estimulen al lector para proseguir el estudio de las ense­ñanzas teosóficas que de día en año va corro­borando la ciencia experimental.

 

FEDERICO CLIMENT TERRER

 

 

PREFACIO

 

 

Pocas palabras serán necesarias para la pre­sentación de este libro. Es el cuarto de una serie de Manuales destinados a satisfacer la pública demanda de una sencilla exposición de las enseñanzas teosóficas. Se han quejado al­gunos de que nuestra bibliografía es a la vez demasiado abstrusa, excesivamente técnica y muy costosa para el vulgar lector, y espera­mos que la presente serie logre satisfacer tan positiva necesidad. La Teosofía no conviene tan sólo a los eru­ditos. Conviene a todos. Acaso entre quienes en estos Manuales perciban los primeros vis­lumbres de las enseñanzas teosóficas, haya al­gunos que se vean impelidos a profundizar en su filosofía, su ciencia y su religión y arros­tren sus abstrusos problemas con el celo del estudiante y el ardor del neófito. Mas estos Manuales no están escritos para el fervoroso estudiante que no retrocede ante las dificultades iniciales. Están escritos para las gentes atareadas en los negocios de la vida cotidiana, que anhelan conocer algunas de las capitales verdades que hacen la vida menos penosa de sobrellevar y la muerte más fácil de afrontar. Escritos por servidores de los Maestros, que son los Hermanos Mayores de nuestra raza, no tienen otro objeto que ayudar a nuestros prójimos.

 

 

CAPITULO  1

 

KARMA

 

 

Todo desarrollado pensamiento del hombre pasa al mundo interno, y asociado o mejor diríamos entrefundido con una medio inteli­gente fuerza de los reinos elementales, se con­vierte en una entidad activa que como engen­drada por la mente sobrevive durante un pe­ríodo proporcional a la intensidad del impulso que la generó. Así un buen pensamiento se mantiene como ­una fuerza activa y benéfica, y uno malo como un maléfico demonio. ­ De esta suerte el hombre está continua­mente poblando su ambiente con un mundo de su creación, henchido de los brotes de sus caprichos, deseos, impulsos y pasiones, que reac­cionan sobre cualquier organismo sensitivo o nervioso puesto en contacto con ellos, en proporción de su dinámica intensidad. El budista llama a este fenómeno su escan­da; el hinduista le denomina karma. El adepto emite conscientemente dichas formas menta­les; los demás hombres las emiten inconscien­temente [1]. No se ha hecho más gráfica descripción de la esencial naturaleza del karma que la conte­nida en las precedentes frases tomadas de una de las primeras cartas del Maestro K. H. Si claramente se comprenden en todo su alcance, se desvanecerán la mayor parte de las dudas que obscurecen el asunto, y se percibirá el capital principio subyacente en la acción kármica. Por lo tanto, pueden considerarse dichas frases como la mejor norma de estudio, y así comenzaremos por considerar las facultades creadoras del hombre. Basta para introduc­ción el claro concepto de la inmutabilidad de la ley y el de los planos de la Naturaleza.

 

CAPITULO  2

 

LA INMUTABILIDAD DE LA LEY

 

Es axiomático que vivimos sujetos a leyes inquebrantables. Sin embargo, cuando nos percatamos conscientemente de esta verdad y la reconocemos positivamente en los mundos físico, mental y moral, nos invade un senti­miento de impotencia como si irremediable­mente nos agarrase una vigorosa Potestad que nos zarandeara a su antojo. Pero sucede precisamente lo contrario, porque una vez co­nocida tal potente Potestad, nos conducirá su­misa a donde nosotros queramos, pues posible es utilizar todas las fuerzas naturales en la proporción en que las conozcamos. "Por obediencia se vence a la Naturaleza" y a nuestra disposición se hallan sus irresistibles energías en cuanto por el conocimiento actuamos con ellas y no contra ellas. En los inagotables depósitos de la Naturaleza podemos escoger las fuerzas que en in­tensidad, dirección y sentido mejor sirvan a nuestro propósito, y su inmutabilidad afianza nuestro éxito. De la inmutabilidad de la ley dependen los experimentos científicos y todo el poder de trazar un proyecto y predecir el resultado. En esto se funda el químico, seguro de que la Naturaleza dará siempre las mismas respues­tas a las mismas preguntas. La alteración del resultado significa para el químico que equivo­có el procedimiento y no que la Naturaleza haya mudado el suyo. Lo mismo sucede respecto de las acciones humanas. Cuanto mayor sea el conocimiento, tanto mayor seguridad habrá en el resultado, pues los que llamamos "accidentes" provienen de la acción de ciertas leyes desconocidas o desdeñadas. También como en el mundo físico, pueden proyectarse, calcularse y predecirse los resul­tados en los mundos mental y moral. La Na­turaleza nunca nos traiciona. Traicioneras son nuestra ceguedad e ignorancia. En todos los mundos el poder es proporcional al conoci­miento y se identifican la omnisciencia y la omnipotencia. La ley debe de ser tan inmutable en los mundos mental y moral como en el físico, pues el universo es la emanación del Absoluto y la Ley no es más que la expresión de la Divina Naturaleza. Así como toda vida emana de la única Vida, así hay una suprema Ley que todo lo sostiene y como roca de la Divina Na­turaleza es el seguro e inconmovible funda­mento de todos los mundos.

 

CAPITULO  3

 

LOS PLANOS DE LA NATURALEZA

 

 

 

Para estudiar las operaciones del karma, se­gún la norma indicada por el Maestro, hemos de tener claro concepto de los tres planos o mundos inferiores del universo o de la Natu­raleza, y de los Principios [2] con ellos rela­cionados. Los nombres que se les dan indican el estado de conciencia en ellos actuante. Puede ayu­damos a la comprensión un diagrama de los planos con los Principios correspondientes, y con los vehículos en que una entidad cons­ciente es capaz de actuar en ellos. El Ocultis­mo práctico le enseña al estudiante a visitar dichos planos, y por medio de su propia inves­tigación transmutar la teoría en positivo cono­cimiento. El vehículo inferior, el cuerpo denso, le sirve a la conciencia para actuar en el mundo fí­sico, y en este mundo queda limitada la con­ciencia por las capacidades del cerebro. El tér­mino "cuerpo sutil" denota las modalidades del cuerpo astral correspondientes a las diver­sas condiciones del complicado mundo psíqui­co. En el mundo o plano devachánico hay dos niveles distintamente definidos: el rúpíco o con forma y el arrúpico o sin forma. En el nivel inferior, la conciencia se vale de un cuerpo ar­tificial, el mayavirrupa; pero conviene mejor el término cuerpo mental, porque denota que su materia constituyente pertenece al plano  manásico. En el nivel superior, la conciencia se vale del cuerpo causal. Del plano búdico no hay necesidad de tratar.

 

 

LOS PLANOS DE LA NATURALEZA

 

 

 

 

ATMA

 

 

 

 

 

 

 

BUDICO

BUDDHI

VEHICULO CUERPO ESPIRITUAL

 

 

 

 

 

 

DEVACHANICO

MANAS

VEHICULOS:

 

 

CUERPO MENTAL

 

 

 CUERPO CAUSAL

 

 

 

 

 

 

PSIQUICO

KAMA MANAS:  ASTRAL SUPERIOR

 

O

 

VEHICULO CUERPO SUTIL

ASTRAL

KAMA: ASTRAL INFERIOR

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FISICO

DOBLE ETEREO

VEHICULOS:

 

CUERPO DENSO

CUERPO DOBLE ETEREO

 

 

CUERPO DENSO

 

 

La materia de estos planos no está en el mismo grado de vibración; y en general, la de cada uno de ellos es más densa que la del in­mediatamente superior, de conformidad con la Naturaleza, pues la involución o curso des­cendente de la evolución procede de lo rarifica­do a lo denso, de lo sutil a lo grosero. Además, numerosas jerarquías de seres ha­bitan en estos planos, desde las superiores In­teligencias del mundo espiritual hasta los ín­fimos elementales subconscientes del mundo físico. En todos los mundos, el espíritu y la ma­teria están entre fundidos, de suerte que cada partícula tiene por cuerpo la materia y el es­píritu es su vida. Todas las independientes agregaciones de partículas, toda separada for­ma de cualquier tipo, clase y especie están animadas por dichos seres vivientes cuyo grado corresponde al de la forma. No hay forma alguna que no esté así ani­mada; pero la animadora entidad puede ser una elevada Inteligencia, un ínfimo Elemen­tal o cualquiera entidad de las innumerables huestes existentes entre ambos extremos. Las entidades de que principalmente vamos a tratar ahora son las del plano psíquico, lla­mado también mundo o plano astral, pues pro­porcionan al hombre el cuerpo de deseos o cuerpo de sensación y vivifican los sentidos astrales. Son estas entidades los elementales de la forma del mundo animal, llamados en sáns­crito rupa devatas, que motivan la transmu­tación de las vibraciones en sensaciones. La más notable característica de los elementales kámicos es la sensación o facultad de percibir y responder a las vibraciones; y en el plano astral abundan dichas entidades, de diversos grados de conciencia, que reciben toda clase de impresiones y las transmutan en sensaciones. Así pues, todo ser que posea un cuerpo en ­el cual residan estos elementales, será capaz de sentir, y el hombre siente por medio de un tal cuerpo. El hombre no es consciente de las partículas de su cuerpo físico ni tampoco de sus células, que tienen conciencia propia y llevan a cabo los procesos de la vida vegetativa; pero el in­dividuo cuyo cuerpo físico constituyen dichas células no participa de su conciencia, ni las ayuda ni las estorba en su trabajo fisiológico de asimilación y desasimilación ni en ningún caso podría identificar su conciencia con la de una célula de su corazón, para saber exacta­mente cómo opera. La conciencia del hombre actúa normalmente en el plano psíquico, y aun en las re­giones superiores de este plano, la mente hu­mana funciona entremezclada con kama, pues en el plano psíquico o astral no puede actuar la mente pura. El plano psíquico o astral está henchido de elementales análogos a los que construyen el cuerpo astral del hombre y de los animales. Por medio del cuerpo astral se relaciona el hombre con los elementales del deseo y con los objetos exteriores que le inspiran atracción o repulsión. Por medio de su voluntad, sus emociones y deseos influye el hombre en los elementales que responden sensorialmente a todos los estremecimientos emotivos que emite en todas direcciones. El cuerpo astral del hombre funciona como un instrumento que transmuta en sensaciones las vibraciones procedentes del exterior, y en vibraciones los sentimientos procedentes del interior.

 

 

CAPITULO  4

 

GENERACION  DE LAS FORMAS MENTALES

 

Estamos ahora dispuestos a comprender más claramente las palabras del Maestro. Al actuar la mente en el plano mental inferior genera imágenes o formas mentales, lla­madas también formas de pensamiento. Se ha dicho con sumo acierto que la imagi­nación es la facultad creadora de la mente, y así es en un sentido mucho más literal del que se figuran los que emplean dicha palabra. La aptitud de producir imágenes es la caracterís­tica facultad de la mente, y las palabras no son más que toscos intentos de representar o expresar un cuadro mental. Una idea, una imagen mental, es en muchos casos algo muy complicado cuya expresión verbal requiere toda una frase; y así, la palabra expresiva de una idea sólo concierne a un incidente en ella notable sin expresar completamente toda la idea. Por ejemplo, la palabra "triángulo" evoca en la mente de quien la oye una figura geomé­trica cuya definición o desarrollo verbal re­quiere otras palabras para expresar el conte­nido total de la idea de triángulo. Pensamos en símbolos y trabajosa e imper­fectamente los expresamos en palabras. Cuan­do una mente se comunica en derechura con otra mente, la expresión es perfecta y trans­ciende las palabras, y aun en la transmisión de pensamientos limitados no se pronuncian palabras sino que se emiten ideas. El orador expresa con palabras todo cuanto puede de sus imágenes mentales, que se repro­ducen en la mente de quienes lo escuchan. La mente se vale de ideas, no de palabras y la mitad de los debates y controversias que degeneran en disputa, provienen de que los polemistas atribuyen diferentes ideas a las mismas palabras o emplean distintas palabras para expresar las mismas ideas. Una forma de pensamiento es una imagen mental que con  materia mental forja el ego por medio de la  mente y pone en vibración el ambiente mental.  Estas vibraciones descienden al plano astral donde se transmutan en colores y sonidos que atraen a los elementales sintonizados con las respectivas vibraciones. Porque todos los elementales, como las de­ más entidades del universo, pertenecen a uno u otro de los siete Rayos o Hijos primordia­les de la Luz. La Luz Blanca dimanante del Tercer Logos o manifestación de la  Mente Divina, se descompone en siete Rayos, simbolizados apocalípticamente en "los siete Espí­ritus que están delante del trono" y cada uno de estos siete Rayos se subdivide en siete subrayos y así sucesivamente en seriadas sub­divisiones. De aquí que entre las innumerables diferen­ciaciones constitutivas del universo, haya ele­mentales pertenecientes a las varias subdivi­siones, que se comunican en un lenguaje ba­sado en su color correspondiente. Tal es la razón de que se haya reservado tan celosamente el oculto significado de los colores, los sonidos y los números (pues los ­números subyacen en el sonido y el color) ya que por medio de ellos es posible dominar a los elementales. El Maestro K. H. dice muy claramente acerca del lenguaje de los colores: ¿ Cómo podréis comprender, cómo domi­nar a esas semi inteligentes entidades que no se comunican con nosotros por medio de pala­bras sino con sonidos y colores correspondien­tes a las mutuas vibraciones? Porque el soni­do, la luz y el color son los principales factores de los grados de inteligencia de esos seres de quienes no tenéis idea ni en los que se os con­siente creer, pues ateos y cristianos, materia­listas y espiritualistas arguyen cada cual a su modo contra semejante creencia, y los cientis­tas la tildan enérgicamente de degradante su­perstición [3]. Cuantos hayan estudiado la historia anti­gua recordarán que de cuando en cuando se encuentran  obscuras alusiones al lenguaje de los colores, y que en Egipto se escribían en colores los manuscritos sagrados y se castiga­ba con pena de muerte cualquier error de copia. Pero no quiero dejarme seducir por esta fascinadora digresión. Nos contraemos a la circunstancia de que con los elementales nos relacionamos por medio de sonidos y colores que son para ellos tan inteligibles como las palabras para los hombres. El matiz del color fonético depende del mo­tivo generador de la forma de pensamiento. Si el motivo es puro, amoroso y benéfico, la forma de pensamiento atraerá a un elemental sintonizado con su color fonético, quien se in­fundirá en la forma y será su alma, constituyendo así en el mundo astral una entidad independiente de carácter puro, amoroso y be­néfico, por el contrario, si el motivo es impuro, hostil y maléfico, la forma de pensamiento atraerá a un elemental sintonizado con su co­lor fonético y se infundirá en la forma y será su alma, constituyendo así en el mundo astral una entidad independiente de carácter ma­léfico.  Por ejemplo, un pensamiento iracundo pro­ducirá una forma de color de fuego que atrae a los elementales de la ira y uno de ellos se infunde en la forma y la convierte en una entidad iracunda con actuación independiente. Los hombres están hablando de continuo sin darse cuenta en este lenguaje de colores fonéticos y atraen enjambres de elementales que se aposentan en las formas de pensa­miento, de suerte que cada cual puebla su am­biente con los engendros de sus fantasías, de­seos, impulsos y pasiones. Ángeles y demonios de nuestra propia creación nos rodean y son causa de dicha o infor­tunio para nosotros y para los demás. Son una hueste kármica. Los clarividentes perciben los relampaguean­tes colores de continuo cambiantes en el aura de cada individuo, de modo que todo pensa­miento y toda emoción son visibles para la vista astral. Los que poseen un mayor grado de clarivi­dencia pueden ver también las formas de pen­samiento y los efectos producidos por los relámpagos de colores en las huestes de elemen­tales.

 

 

CAPITULO  5

 

ACTIVIDAD DE LAS FORMAS DE PENSAMIENTO

 

La duración de estas animadas formas de ­pensamiento depende en primer lugar de la energía que les haya comunicado su creador, de su intensidad inicial, y en segundo lugar del alimento que se les proporciona al reiterar el pensamiento su progenitor o cualquier otro individuo, por lo que si la reiteración es muy frecuente, se vigoriza la forma hasta el punto de estabilizarse en el mundo astral. Las formas de pensamiento de análoga índole se atraen mutuamente y constituyen por aglomeración una forma de extraordinaria energía e intensidad. Las formas de pensamiento están ligadas con su creador por una especie de lazo magné­tico, de suerte que reaccionan sobre él, y cuan­do la repetición del pensamiento las vigoriza, determinan un definido hábito mental a ma­nera de molde en que fácilmente se vierta el pensamiento. Si es de índole elevada, benefi­ciará a su creador, aunque la mayoría impiden por lo siniestros el desenvolvimiento mental. Consideremos la formación del hábito por­ que demuestra en miniatura la operación del karma y nos ayuda a comprenderla. Suponga­mos una mente virgen, sin pasada actividad, capaz de actuar libre y espontáneamente. Si engendra una forma de pensamiento y la rei­tera multitud de veces, se habituará a tal pen­samiento de modo que en él aplique todas sus energías sin acción selectiva de la voluntad.  Supongamos además que el ego nota que aquel hábito mental es un obstáculo para su progreso, y se propone vencerlo. Sólo podrá lograrlo invirtiendo el procedimiento, esto es, por la renovada espontánea acción de la mente dirigida a deshacer lo hecho, a eliminar el con­traído hábito que impide el adelanto del ego. Aquí tenemos idealmente representado un mínimo ciclo kármico, rápidamente recorrido. La mente libre contrae un hábito que la limi­ta; pero dentro de esta limitación conserva su libertad y puede actuar desde su interior con­tra el adquirido hábito hasta eliminarlo. Desde luego que no somos inicialmente li­bres, pues venimos al mundo cargados con las cadenas que nos forjamos en vidas anterio­res; pero el proceso relativo a cada cadena, a cada hábito contraído, es el mismo que indica­do queda en el ciclo puesto por ejemplo. La mente forja la cadena, la soporta y al propio tiempo puede limarla [4]. El creador de una forma de pensamiento puede dirigirla a determinado individuo para favorecerlo o perjudicarlo, según la índole del elemental que la anima. No es ficción poética, sino positiva realidad, que los buenos deseos, las oraciones y los pensamientos amorosos be­nefician a quienes se envían, pues forman una hueste protectora que los circuye y defiende de peligrosas influencias. No sólo genera y emite el hombre sus propias formas de pensamiento sino que como un imán atrae las de otros individuos, con tal que sean de la misma índole que las suyas. Así puede atraer poderosos refuerzos de energía a él externa y de él depende que esta energía sea positiva o negativa. Si los pensamientos son puros y nobles atraerán huestes de entidades benéficas, y así se explica que a veces se vea capaz de realizar lo que en verdad le parece superior a sus fuerzas.  Análogamente, los pensamientos bajos, si­niestros y viles atraen huestes de entidades maléficas, y así se explica que un hombre co­meta crímenes de que al punto se arrepiente creído de que algún demonio le ha tentado. Los elementales que animan las formas de pensamiento, buenas o malas, flotantes en el ambiente astromental, se enlazan con el elemental del deseo del cuerpo astral del hombre y con los que animan sus propias formas de pensamiento, con tal que todas sean de la mis­ma índole, pues los elementales de índole con­traria se repelen, de suerte que el hombre de nobles y elevados pensamientos y virtuosas emociones formará un aura contra la cual se estrellen como en un broquel toda clase de si­niestras influencias. Hay otra clase de actividad elemental que produce amplios resultados, y por tanto no puede omitirse en este preliminar examen de las fuerzas que contribuyen a formar el karma. Lo mismo que las acabadas de mencionar, las formas de pensamiento pueblan el ambien­te que reacciona sobre todo organismo sensi­tivo o nervioso que se ponga en contacto con ellas, aunque también pueden afectar a cual­quier otro organismo. Los elementales son de temperamento gre­gario y se agrupan por clases, de suerte que cuando un individuo proyecta una forma de pensamiento atrae a cuantos elementales de su propia índole alcanza su intensidad y consti­tuyen por aglomeración una entidad colectiva. Del carácter de estas entidades colectivas dependen las señaladas características de las familias, poblaciones, comarcas, regiones y naciones, pues forman un ambiente astral en el que actúan los cuerpos astrales de los indi­viduos pertenecientes a la respectiva familia, población, comarca, región o nación, y en con­secuencia tal ambiente colectivo modifica la actividad del individuo y limita hasta cierto punto la expresión de sus facultades. Si a un individuo se le presenta a examen una nueva idea, sólo podrá verla a través de su ambiente familiar, vecinal, comarcal, re­gional o nacional, y es fácil que la vea retor­cida por refracción en el ambiente. Por lo tanto, hay limitaciones kármicas de ­suma importancia, que requieren ulterior con­sideración. La influencia de las entidades colectivas no se contrae al cuerpo astral de los individuos, sino que cuando son de siniestra y destructora índole actúan como focos de tremenda energía desintegradora que ocasiona en el plano físico estragos tales como los accidentes, tempesta­des, ciclones, huracanes, terremotos e inun­daciones. También estos resultados kármicos requieren ulterior consideración.

 

 

CAPITULO  6

 

FUNDAMENTO DEL KARMA

 

Conocida la relación entre el hombre y los reinos elementales y considerada la creadora energía de la mente que engendra las vívidas formas de pensamiento, nos hallamos en dis­posición de comprender el fundamento del karma durante un ciclo de vida del ego, o sea el periodo que transcurre entre dos nacimien­tos y abarca por lo tanto una vida terrestre, una vida astral y una vida mental para volver de nuevo a la vida terrestre. Conviene advertir que durante un ciclo de vida, el ego permanece muchísimo más tiem­po fuera del plano físico, de suerte que la ver­dadera vida del ego es la ultraterrena, y así vemos que no será posible comprender acerta­damente las operaciones del karma sin estu­diar las actividades del ego fuera del plano físico. Dice un Maestro: "Afirman los vedantinos que la vida terre­na, por su inestabilidad y relativamente corta duración, es ilusoria, y que la vida real es la del ego en las esferas superiores" [5]. Durante la vida terrena se manifiesta más directamente la actividad del ego en la crea­ción de formas de pensamiento por medio de la mente. El germen o embrión de estas for­mas es una imagen mental que se mantiene unida a la conciencia de su creador como una idea concebida, pero todavía no expresada. Esta imagen mental puede compararse a un molde estereotipado en la conciencia del ego, del que puede producir tantas copias o formas de pensamiento como quiera. La imagen men­tal es la estereotipia y las formas de pensa­miento son los ejemplares. La imagen es puro pensamiento. Las formas de pensamiento son astromentales. El ego lleva en su conciencia la imagen mental durante todo un ciclo de vida, y si al pasar por los planos astral y mental en el arco ascendente no puede la imagen sopor­tar la sutil atmósfera de uno u otro de ambos planos, prescinde temporáneamente de ella, y al volver a la tierra por el arco descendente, recoge la imagen en el punto donde la había dejado sin perder su conexión con ella; es de­cir, que la imagen mental puede permanecer largo tiempo aletargada y recobrar después su actividad. Cada impulso del ego y la influencia de las derivadas formas de pensamiento y de las en­tidades análogas acrecientan la energía y mo­difican la forma de la imagen mental, que evo­luciona de conformidad con leyes definidas. La agregación de las imágenes mentales cons­tituye el carácter del individuo, cuyo aspecto, externo es reflejo de lo interno; y así como las células orgánicas se modifican en el trans­curso del proceso fisiológico, así también las imágenes que dan la tónica mental del indivi­duo experimentan notables modificaciones. El estudio de la operación del karma arrojará mucha luz sobre estas modificaciones. De diversa índole puede ser una imagen mental, según el motivo de su creador. Puede ser pasional, ética o intelectual; pero sea cual sea su índole es una creación del ego y el fundamento del karma. Sin imagen mental no ­habría karma que enlazase un ciclo de vida con otro, y es indispensable el cuerpo mental para que haya karma individual. Los minera­les, vegetales y animales no tienen karma in­dividual porque carecen de manas [6]. Consideremos ahora la imagen mental con relación a la forma de pensamiento en el plano astral y veamos cómo se produce esta forma. Las vibraciones de la imagen mental levantan vibraciones sintónicas en la materia as­tral, y como esta materia es más densa que la mental, constituye la forma o envoltura de la imagen mental, de modo que las imágenes mentales creadas por el ego y adheridas in­alienablemente a su conciencia, tienen su ex­presión astromental en las formas de pen­samiento que constituyen el ambiente peculiar del ego, su propio mundo, de la propia suerte que las imágenes mentales del Logos tienen su expresión en el universo manifestado y así también, como aunque cesara la ma­nifestación del universo, no se aniquilaría su imagen en la mente del Logos, así aunque se desvanezca por consunción la forma de pensa­miento, permanece en la conciencia del ego la imagen mental. Conviene añadir que las vibraciones de la imagen mental no sólo provocan otras en la materia del plano astral, sino que repercuten en la materia indiferenciada, en el akasha, el inagotable depósito de todas las vibraciones mentales, emocionales y físicas, que allí se es­tereotipan como imágenes fijas y constituyen los anales akásicos, los simbólicos libros de los Lipikas, que puede leer todo el que según dice la Doctrina Secreta posee la visión del Dangma [7]. Una mente ejercitada puede proyectar en la materia astral las imágenes akásicas como por medio de la linterna mágica se proyecta una fotografía en una pantalla, de suerte que una escena del pasado puede reproducirse en toda su vivida realidad con los más leves por­ menores, pues en la materia akásica existe como perpetuo clisé que percibe y es capaz de  reproducir el experto vidente. Esta incompleta descripción bastará para dar una débil, pero por de pronto suficiente idea del fundamento del karma. En el akasha se fija la imagen mental crea­da por el ego. De la imagen mental deriva la forma de pensamiento animada según queda dicho, que actúa en el mundo astral produciendo diversos efectos relacionados con la imagen mental y con el ego. Cada uno de los efectos producidos por la forma de pensamien­to puede compararse a un hilo de tela de ara­ña, y el conjunto de los efectos a la tela te­jida por la forma de pensamiento. Además, cada efecto tiene su peculiar matiz, por el que puede conocerse de qué imagen mental pro­cede y a qué ego pertenece. Así cabe tener alguna idea de cómo los Se­ñores del karma o administradores de la ley kármica perciben al primer golpe de vista la completa responsabilidad del ego por la ima­gen mental que crea y su responsabilidad par­cial por sus efectos ulteriores, que será mayor o menor según entren o no otros hilos kármicos en la determinación de los efectos. También podemos comprender por qué el motivo desempeña parte tan importante en la operación del karma; por qué las acciones es­tán subordinadas a su generadora energía; y por qué el karma opera en cada plano de conformidad con su índole, y sin embargo en­laza todos los planos con un hilo sin solución de continuidad. Cuando los luminosos conceptos de la Reli­gión de la Sabiduría derraman su luz sobre el mundo y disipan las tinieblas, dejando ver la absoluta justicia que obra bajo las aparentes incongruencias, desigualdades y accidentes de la vida, no es extraño que nuestro corazón se dirija con inefable gratitud a los excelsos se­res que mantienen la antorcha de la Verdad y nos libran de la tensión que estaba a punto de estallar, de la congoja con que presenciábamos males al parecer irremediables y nos movían a dudar de la justicia y del amor. ¡ No estás condenado ! Dulce es el Alma de las cosas, y descanso celestial el corazón del Ser. Más fuerte que el infortunio es la volun­tad. Lo bueno se transmuta en mejor y lo mejor en óptimo. Tal es la Ley que obra rectamente y nadie puede detener ni desviar. Su corazón es Amor. Su fin es paz y plenitud. ¡Obedeced !.  Para mayor claridad trazaremos un diagra­ma del triple resultado de la actividad del ego que crea el karma fundamental. Así tendremos durante un ciclo de vida.

 

KARMA

 

 

 

 

 

PLANO

MATERIA CONSTITUYENTE

RESULTADO

 

 

 

 

 

ESPIRITUAL

AKASHA

IMÁGENES AKASHICAS QUE FORMAN

EL HOMBRE

 

 

EL REGISTRO KARMICO

CREA EN EL

 

 

 

 

MENTAL INFERIOR

MENTAL

IMÁGENES MENTALES QUE PERMANECEN

 

 

 

EN LA CONCIENCIA DE SU CREADOR

 

 

 

 

 

ASTRAL

ASTRAL

IMÁGENES ASTROMENTALES, ENTIDADES

 

 

 

ACTIVAS EN EL PLANO ASTRAL

 

 

El resultado de todo ello son las tendencias, aptitudes, actividades, oportunidades, ambiente, etc, principalmente en futuros ciclos de vida, de conformidad con definidas leyes.

 

CAPITULO  7

 

KARMA INDIVIDUAL

 

El estudiante ha de reconocer que el alma ­del hombre, el ego, el causante del karma es una entidad progresiva, un ser viviente que adelanta en estatura mental y en sabiduría según recorre el sendero de su eónica evolu­ción, por lo que conviene tener siempre pre­sente la esencial identidad de la mente concreta y la mente abstracta, aunque las distinguimos para mayor facilidad en su estudio; pero la diferencia es de actividad funcional y no de naturaleza. La mente superior o abstracta actúa en el plano causal con plena conciencia de todo el pasado del ego, mientras que la mente inferior actúa en los planos mental y astral, con todas sus facultades embargadas por la índole kámi­ca del deseo, con la conciencia limitada a las ex­periencias que mayormente le han impresiona­do en la encarnación por que está pasando [8]. Para la mayoría de las gentes la mente con­creta es su yo; y el ego individual, que siempre actúa desde su propio plano o sea el plano causal o mental superior, es para ellos la voz de la conciencia, vaga y confusamente con­siderada como sobrenatural, como la voz de Dios, y aciertan al reconocerle autoridad, aunque desconozcan su naturaleza.  Pero el estudiante ha de comprender muy bien que la mente inferior es de la misma esencia que la superior, como el rayo de sol es de la misma esencia del sol. El sol de la mente superior brilla siempre en el plano causal, mientras que el rayo de la mente inferior penetra en el plano físico a través del plano astral. Por lo tanto, el ego es una entidad progre­siva, y cuando la mente superior emite un rayo a que llamamos mente inferior, puede compararse este descenso a una mano que se sumergiera en un estanque de agua para recoger un objeto caído en el fondo, y saliera del agua con el objeto recogido. El adelanto del ego depende del valor de los objetos recogidos por la alargada mano; y al retraerse el rayo, la importancia de toda su obra mientras estuvo actuando en el plano fí­sico, se estima por el valor de las reunidas experiencias. Es como si el propietario y cultivador de una finca rústica saliese al campo a trabajar sufriendo todas las inclemencias del tiempo, y regresara con el fruto de su labor para llenar los alfolíes. Cada yo personal es el aspecto actuante en el plano físico del ego individual a quien re­presenta en el grado de desenvolvimiento co­rrespondiente a la etapa de su evolución. Cuando así se comprende, se desvanece la duda que suele asaltar a los principiantes en el estudio de la Teosofía, respecto a la aparente injusticia de que recaigan sobre la personali­dad las consecuencias de culpas que no come­tió. Entonces se echa de ver que el mismo ego que sembró el karma, lo cosecha; que el mismo labrador que plantó la semilla, cosecha el fruto, aunque haya mudado de traje entre la siembra y la cosecha. Así también las envolturas astral y física del ego se desgastaron entre la siembra y la cosecha, y se ha revestido de nuevos trajes para recoger el fruto de lo que sembró. En las primeras etapas de la evolución del ego, adelanta muy lentamente, porque le zarandean los deseos y cede a las atracciones del plano físico. La mayoría de las imágenes men­tales que genera son pasionales, y en conse­cuencia las formas de pensamiento son violen­tas y de corto alcance. Su duración dependerá de la cantidad de elemento manásico [9] que haya entrado en la formación de la imagen mental. Los firmes y sostenidos pensamientos for­jarán claras y definidas imágenes mentales, y en consecuencia vigorosas y duraderas formas de pensamiento, por lo que la imagen mental ha de ser una dominante influencia que dirija las energías del ego. Durante la vida terrena forja el hombre un sinnúmero de imágenes mentales. Unas son recias, vigorosas, de continuo reforzadas por repetidos impulsos mentales. Otras son débi­les, vagas, que apenas nacidas se desvanecen. Unas son de índole espiritual y denotan an­helos de servir al prójimo, deseos de conoci­miento, ansias de más alta vida. Otras son pu­ramente intelectuales, como límpidas joyas del pensamiento o receptáculos de los resultados de profundos estudios. También las hay emocionales que denotan amor, compasión ternura y devoción; o pasio­nales denotadoras de ira, ambición, orgullo, codicia, gula, lujuria y cuantas emociones si­niestras anidan en la naturaleza inferior. A la muerte del cuerpo físico, el ego ve su conciencia henchida de cuantas imágenes men­tales de una u otra índole forjó durante la vida que acaba de pasar. Es el resultado de su vida astromental. Todo pensamiento, por fugaz que haya sido, está allí representado. Po­drán haberse desvanecido largo tiempo las for­mas de pensamiento que sólo duraron  unas cuantas horas, pero las imágenes mentales, sin faltar una, permanecen en la conciencia del alma que se las lleva consigo al mundo astral luego de muerto el cuerpo físico. El mundo astral se divide en siete subplanos y cada uno de éstos en gradaciones infinitesi­males correspondientes a otros tantos de den­sidad de la materia astral, de suerte que el ego cargado de imágenes mentales groseras permanecerá en los subplanos inferiores del mundo astral envuelto en dichas imágenes mentales que se esforzará en activar y se predispondrá de este modo a reiterarlas física­mente en su próxima vida terrena, así como también se verá atraído hacia las escenas terrestres que le deparen ocasión de derivar de sus imágenes mentales, formas de pensa­miento. Lo mismo sucede respecto de las imágenes mentales cuya índole las sintonice con cual­quier otro subplano inferior del mundo astral, hasta que por consunción o agotamiento pierden estas groseras imágenes mentales la materia que les da existencia formal, pero quedan latentes en la conciencia del ego, que en­tonces mantiene vivas las imágenes mentales de armoniosa índole forjadas durante la anterior vida terrena y asciende a los subplanos superiores del mundo astral sintonizados con ellas. Pero también estas imágenes mentales consumen el elemento de deseo y queda el puro elemento mental, a la par que el ego se des­poja por completo del cuerpo astral y queda con el cuerpo mental inferior por externa en­voltura. Cuando terminada la vida mental o devachanica y después de una breve estancia en el mundo causal o mental superior, donde ve todo su pasado, el ego retorna al mundo físico por los planos mental inferior y astral, la res­pectiva materia de estos planos reaviva las imágenes mentales que quedaron latentes en la conciencia del ego, y se convierten en las cualidades del carácter que ha de manifestar el ego en la nueva personalidad. Conviene advertir que las creencias supers­ticiosas transmutadas en imágenes mentales durante la vida terrena, ocasionan acerbos su­frimientos al ego en los primeros estadios de la vida astral, pues le representan horrorosos tormentos que en rigor carecen en absoluto de realidad. Al retornar el ego al mundo físico, dice Leadbeater en su obra: El Plano Astral: Los Señores del Karma, que llevan cuenta de las buenas y malas acciones de cada personalidad, construyen de conformidad con el karma la plantilla del doble etéreo que ha de servir de molde al cuerpo físico del ego en la próxima encarnación. Durante la vida devachánica se asimila el ego las experiencias adquiridas en los mundos fí­sico y astral, y su adelanto depende del nú­mero de imágenes mentales de una y otra ín­dole que forjó durante la vida terrena. Las imágenes mentales de siniestra índole le servirán de lección y escarmiento por las penosas consecuencias que le acarrearon al transmutarlas en formas de pensamiento concretadas en acción. Las imágenes mentales de índole armónica le aprovecharán porque al asimilarse su esencia se convertirán en apti­tudes y facultades propias ya para siempre de su naturaleza. El ego agrupa todas las imágenes mentales de una misma índole, se asimila su esencia, y por meditación crea un nuevo órgano mental, a manera de molde en el que vierte la asimila­da esencia y la transmuta en facultad. Por ejemplo, si durante la vida terrena for­jó el ego muchas imágenes mentales de anhe­los de conocimiento y de esfuerzos para com­prender verdades superiores, cuando muere el cuerpo físico mantiene durante la vida astral el mismo nivel mental que tenia en la vida físi­ca; pero en el mundo mental inferior o deva­chán transmuta todas esas imágenes mentales en facultades y aptitudes, de modo que el ego vuelve a la tierra con un órgano mental mucho más agudo y eficaz que el que poseyó en la anterior encarnación, con mayor potencia de facultades intelectuales que le permiten aco­meter y llevar a cabo estudios e investigacio­nes de que hasta entonces fue de todo punto incapaz. Tal es la transmutación de las imágenes mentales que dejan de existir en el plano mental, puesto que se han transmutado en facultades; pero subsisten perpetuamente en los anales akásicos en donde el ego las percibe desde el plano causal. Por lo tanto, quien anhele acrecentar el vi­gor de sus presentes facultades intelectuales, podrá lograrlo si mantiene persistentemente su anhelo, pues las aspiraciones y deseos durante una vida terrena se convierten en apti­tudes en la siguiente y la voluntad de obrar se transmuta en positiva aptitud para la definida acción. Conviene advertir que las facultades y apti­tudes de esta suerte elaboradas están estrictamente sometidas en su condición a los mate­riales de que dispuso el ego, por lo que si éste no plantó durante la vida terrena las semillas de la aspiración y el anhelo, muy escasa o nula será su cosecha en la vida mental. Las imágenes mentales constantemente re­petidas sin definido propósito y anhelo de acre­centar las facultades intelectuales y volitivas, se transmutan en corrientes de pensamiento o canales por los que se desperdicia la ener­gía mental. De aquí la importancia de no permitir que la mente vague de un punto a otro sin deter­minado propósito, porque entonces forja imá­genes mentales de índole trivial que formarán canales por donde se habitúe a fluir la energía mental sin encontrar resistencia a que apli­carse. Cuando por falta de oportunidad y no de aptitud se ha frustrado el anhelo de realizar una acción de índole pura y elevada, se for­mará una imagen mental que se transmutará  en vivo pensamiento durante la vida devachánica y se concretará en positiva acción durante la próxima vida terrena en cuanto se le de­pare favorable oportunidad, que se le deparará inevitablemente si el anhelo o aspiración se transmutaron en pensamiento durante la vida mental, la misma ley rige cuando el deseo es de índole grosera y sensual, aunque en este caso no se transmuta en pensamiento en el devachán, donde no pueden penetrar estas siniestras imágenes mentales, sino que permanecen la­tentes en el ego hasta que a su paso por el mundo astral en retorno a la tierra se trans­mutan en formas de pensamiento y se concre­tan en acción. Así los deseos codiciosos formarán una ima­gen mental que vigorizada por la repetición del deseo, determine en una vida ulterior la congénita tendencia al robo que se concrete en acción. El karma causativo es completo, y cuando la imagen mental está lo bastante vigorizada, se concreta casi automáticamente en acción. Además sabido es que la repetición conti­nuada de un acto lo convierte en hábito, y lo mismo sucede en todos los planos, de suerte que la reiteración de un deseo en el plano as­tral y de un pensamiento en el mental, los transmutarán en acción en el plano físico a la menor oportunidad. Muchas veces, el que comete un crimen dice que "lo hizo sin pensar" que "estaba obceca­do", que "no sabía lo que hacía", y que "no hubiera cometido el crimen si reflexionara en lo que iba a hacer". El criminal que así se disculpa, tiene razón en lo que dice, pues en verdad no cometió el crimen deliberadamente con premeditación, sino impulsivamente como resultado automá­tico de los deseos y pensamientos precedentes, que sin remedio se concretaron automática­mente en acción. Sucede algo parecido a cuando una disolu­ción salina saturada cristaliza súbitamente en cuanto se le añade un menudisimo cristal de la misma substancia disuelta. De la propia suerte, cuando la agregación de imágenes mentales está saturada, una sola más que se añada, las concretará en acción. Es inevitable la acción porque al reiterar una y otra vez la imagen mental se anuló la libertad de elección, y lo físico no tiene más remedio que obedecer al impulso mental. El persistente deseo de obrar en tal o cual sentido durante una vida, se transmuta en im­pulso en otra, y parece entonces como si el deseo fuese una imperiosa exigencia que se hace a la naturaleza para que depare la opor­tunidad de la acción. También ha de observar el ego las imágenes mentales que de las experiencias pasadas en la vida terrena almacena la memoria. Son el fiel historial de la influencia ejercida por el mundo exterior en el ego, quien debe meditar sobre ellas para descubrir sus mutuas relacio­nes y conocer su valor como expresión y ma­nifestación de la Mente universal en la Natu­raleza. Por meditación aprende el ego de las expe­riencias, lecciones de placer que acaba en do­lor y dolor que termina en placer. Reconoce la existencia de leyes inviolables a las que ha de obedecer. Aprende lecciones de éxitos y fraca­sos, de esperanzas y desengaños, de triunfos y derrotas, de temores infundados, de fuerzas incapaces por lo débiles de resistir a la prue­ba, de la presunta sabiduría que se torna ig­norancia, del paciente sufrimiento que invier­te en victoria la aparente derrota y la atolon­drada precipitación que trueca en derrota la aparente victoria. Sobre todas estas cosas medita el ego y por su propia virtud alquímica transmuta las entremezcladas experiencias en el oro del conocimiento, de modo que renace en la tierra con mejor disposición y aptitud para arrostrar los sucesos de la nueva vida con el resultado de las pasadas experiencias. La conciencia se desenvuelve por medio de la transmutación en conocimiento de las imá­genes mentales dimanantes de las experien­cias, y particularmente de las que enseñan que el sufrimiento deriva de la ignorancia o de la desobediencia a la ley. Durante las sucesivas vidas terrenas, el ego se ve continuamente impulsado por el deseo hacia los objetos de sensación, pero al ceder a sus halagos se lastima al chocar contra la ley. La experiencia le enseña que todo placer ­deseado contra la ley es un germen de dolor; y cuando en una nueva vida, el deseo le im­pulsa a un morboso goce, el recuerdo de las pasadas experiencias se afirma en la concien­cia y refrena los impetuosos corceles de los sentidos que si se desbocaran se precipitarían obcecadamente en el objeto de sensación. En el actual estadio de la evolución huma­na, todos los egos, excepto los más atrasados, han tenido suficientes experiencias para reco­nocer las más salientes características del "bien" y del "mal", o sea de lo que está en armonía o en discordancia con la divina Ley, de suerte que por su dilatada experiencia puede el ego manifestarse clara y explícitamente en su aspecto ético; pero en cuanto a las cues­tiones peculiares del presente estadio de evolución y no de los ya recorridos, la experiencia del ego es tan deficiente, que aún no se ha transmutado en conciencia, y se expone a errar en sus determinaciones por muy sincero que sea su intento de obrar rectamente. En este caso, la voluntad de obedecer armo­niza al ego con la divina ley en los planos su­periores; y su desconocimiento de cómo ha de obedecer, se remediará por efecto del dolor que experimente al obrar en contra de la ley, de suerte que el sufrimiento le enseñará lo que ignoraba y sus aflictivas experiencias acre­centarán su conciencia para evitar ulteriores errores y caídas y darle mayor conocimiento de Dios en la Naturaleza, de la consciente ar­monía con la ley de la vida, de la consciente cooperación al desenvolvimiento del plan de Dios. Así tenemos que los principios definidos de la ley kármica que operan con las imágenes mentales como causas se pueden expresar del modo siguiente:

Las aspiraciones y deseos se convierten en aptitudes

Los pensamientos reiterados se convierten tendencias

La voluntad de obrar se convierte en acciones

Las experiencias se convierten en conocimiento

Los sufrimientos se convierten en conciencia

 

 

CAPITULO  8

 

OPERACIÓN DEL KARMA

 

 

Cuando el ego se ha asimilado en el mundo mental todos los materiales acopiados durante su vida terrena, vuelve a moverle el deseo de vida senciente, y entonces comienza el último periodo del ciclo de vida, durante el cual se reviste de nuevos cuerpos mental y astral ade­cuados a la nueva vida terrena que va a pasar por la puerta del nacimiento, trayendo con­sigo los resultados de su vida en el mundo mental. Si el ego es joven, poco habrá ganado, por­que el adelanto en los primeros estadios de la evolución es mucho más lento de lo que algu­nos se figuran, y las vidas se suceden pesada­mente, de modo que escasas son la siembra en el mundo físico y la cosecha en el mental. Según se van desenvolviendo las facultades  se acelera en proporción el adelanto del ego, y cuando entra en la vida mental con gran acopio de experiencias, sale de ella y vuelve a la tierra con facultades acrecentadas según el descrito procedimiento. Antes de su redescen­so, permanece algún tiempo el ego en el Plano causal, donde percibe todo su pasado, y de allí sale revestido tan sólo del cuerpo causal que perdura todo el ciclo de sus encarnaciones y está rodeado por el aura correspondiente a su individualidad, aura luminosa, policromada, más o menos resplandeciente y de radio proporcional a su grado de evolución. Al pasar por los planos mental y astral en su retorno a la tierra se reviste el ego de nuevos cuerpos constituidos por la respectiva materia de dichos planos, de conformidad con los resultados de su pasado karma, teniendo por embrión las imágenes mentales que al ascen­der después de la anterior muerte física quedarán privadas de materia, y que ahora reavivan con la que atraen de los planos men­tal y astral y constituyen la tónica de los pensamientos y emociones de toda índole que ha de constituir su congénito carácter en la nueva encarnación [10]. Una vez así revestido, cuya operación puede ser breve o muy prolongada según el caso, se halla el ego dispuesto a recibir de los Seño­res del Karma el cuerpo etéreo por ellos for­mado con los materiales que el mismo ego pro­porcionó, y que sirve de molde para construir por ley fisiológica el cuerpo denso en que debe manifestarse en el mundo físico durante la próxima encarnación. De esta suerte el ego individual se refleja en el ego personal, y su carácter, sus cualida­des, dotes y circunstancias dependerán de sus pensamientos anteriores. Se convertirá en lo que pensó, y así el hombre es según quiso ser. Sin embargo, el cuerpo físico, en sus dos aspectos de etéreo y denso, limita y condiciona la actividad de las facultades del ego, que ha de vivir en determinado ambiente de cuya ín­dole derivarán las circunstancias externas. Ha de seguir el ego un sendero trazado por las causas que estableció y arrostrar vicisitudes ora placenteras, ora penosas, resultantes de las fuerzas que generó y que ponen a prueba sus facultades. Pero algo más que los aspectos individual y personal del ego parece aquí necesario para proporcionar campo de acción a sus energías de modo que se adapten a los instrumentos condicionantes y a las reaccionarias circunstancias. Nos acercamos a un punto del que muy poco cabe decir apropiadamente, porque se trata de la región de las potentes Inteligencias espirituales cuya naturaleza transciende de mucho nuestras limitadas facultades, pero cuya existencia podemos conocer y cuya acti­vidad señalar, aunque respecto de quiénes es­tamos en análoga posición a la de los animales respecto de nosotros, que conocen que existi­mos, pero ignoran el alcance y operaciones de nuestra conciencia. Son estas Inteligencias los Señores del Karma y los Cuatro Maharajas o Devarajas, respecto de lo poco que sabemos de los Se­ñores del Karma, da muestra el siguiente pa­saje de la Doctrina Secreta: Los Señores del Karma, descritos en el co­mentario 6° de la estancia IV son los Espí­ritus del Universo. Pertenecen a la parte más oculta de la cosmogénesis de que no es posible tratar aquí. Tampoco está preparada la autora para decir si los adeptos, aun los de muy elevada categoría, conocen por completo a esta orden angélica en sus triples grados o tan sólo conocen el inferior relacionado con los registros de nuestro mundo, aunque me inclino a la segunda suposición. Lo único que se sabe de ellos es que están encargados de registrar el Karma. Como también dice la Doctrina Secreta, es­tán los Señores del Karma relacionados "con el destino y nacimiento de cada ser humano". Los Señores del Karma trazan la plantilla del cuerpo etéreo o molde del denso, con el cual constituye el cuerpo físico que le ha de servir al ego para manifestar sus cualidades mentales y emocionales en la vida terrena que va a pasar. Los Señores del Karma entregan la plantilla a los Cuatro Maharajas, quienes son como dice la Doctrina Secreta: "los protectores de la humanidad y los agentes del karma en el mundo terrestre". Añade Blavatsky sobre estos "Cuatro Ma­harajas" lo siguiente en la citada Doctrina Secreta al comentar la estancia V del libro de Dzyan: "Cuatro Ruedas Aladas en cada án­gulo... para los Cuatro Santos y sus huestes. Son los Cuatro Maharajas o Reyes de los Dhyan-Chohans, los Devarajas que presiden los cuatro puntos cardinales... Estos Seres también están relacionados con el karma, que necesita agentes físicos y materiales para el cumplimiento de sus decretos. Una vez recibido de los Señores del Karma el dechado o plantilla del cuerpo etéreo, los Maharajas escogen para elaborarlo los ele­mentos o materiales más a propósito para la expresión de las cualidades del carácter con­génito del ego que va a reencarnar, y también con objeto de que sirva de instrumento de las limitaciones impuestas por los pasados fraca­sos y desaprovechadas ocasiones. Los Mahárajas, auxiliados por sus huestes, envían el cuerpo etéreo así formado al país, raza, familia y madre que proporcionen el campo o ambiente más favorable para el agotamiento de la porción de karma ya madura correspondiente a aquella inminente vida terrena. No es posible agotar o extinguir en una sola vida todo el karma acumulado por el ego, ni podría elaborarse instrumento alguno ni en­contrar ambiente apropiado ni reunir todas las circunstancias necesarias para la manifes­tación de todas las evolucionadas facultades del ego ni para que éste cumpla las obligacio­nes contraídas en el pasado con otros egos. Por lo tanto, el cuerpo etéreo ha de estar elaborado en congruencia con la parte de kar­ma que el ego sea capaz de agotar en aquella encarnación y se le colocará en un ambiente social donde pueda relacionarse con los egos con quienes tenga contraídos lazos kármicos. Se eligen un país y una raza cuyas condicio­nes políticas, religiosas y sociales convengan a las facultades del ego y proporcionen am­biente adecuado a la ocurrencia de los efectos de las causas que estableció. La familia elegi­da ha de poseer una herencia fisiológica a pro­pósito para proporcionar la materia física re­querida por la adaptación del cuerpo denso al molde etéreo, de suerte que el cuerpo físico sea eficaz instrumento de manifestación y expre­sión de las facultades mentales y emocionales del ego y puede éste agotar la señalada porción de su acumulado karma. Por muy incomprensible que parezca el po­der requerido para estas adaptaciones, conce­bimos su posibilidad de acuerdo con la per­fecta justicia. El telamen del destino de un hombre puede componerse de innumerables hilos entretejidos con arreglo a un dechado de inconcebible complejidad. Si a nuestra vista desaparece un hilo, es porque sé oculta de mo­mento bajo el revés del telamen para luego aparecer; y cuando nos parece ver un hilo nue­vo es porque reaparece el oculto; y como quie­ra que sólo vemos una porción del telamen, no podemos tener exacto concepto del dechado. Dice Jámblico sobre el particular en Sobre los Misterios, IV, 4:  Lo que a nosotros nos parece estricta­mente justo, no lo es para los dioses, porque nosotros sólo vemos esta breve vida, las co­sas presentes y la manera como subsisten; pero las Potestades superiores a nosotros co­nocen todos los ciclos de vida del ego. La seguridad de que la perfecta justicia go­bierna el mundo estimula el adelanto del evolucionante ego; porque según adelanta es más capaz de ver en los planos superiores y trans­mitir su conocimiento a la conciencia vigilia, y aprende con cada vez mayor certeza que la Buena Ley actúa infaliblemente, que sus Agentes la aplican sin el más leve error, de modo que todo resulta en beneficio del mundo y de los egos en él militantes. En medio de la obscuridad, los vigilantes egos que con la lámpara de la Sabiduría divina pasan por los lóbregos caminos de la mansión de la huma­nidad, exclaman que todo va bien. La exposición de las causas y la comprensión de los efectos del karma nos ayudará a formar concepto de los principios que presi­den la operación de la Ley. Ya vimos cómo los pensamientos constitu­yen el carácter. Veamos ahora cómo las acciones determinan el medio en que se vive. Hemos de considerar un principio general de transcendentales efectos, que convendrá exponer algo en pormenor. El hombre puede afectar con sus acciones al prójimo en el mundo físico; puede difundir a su alrededor la dicha o la desgracia y acre­centar o disminuir la totalidad del bienestar hu­mano. Este aumento o disminución de bienes­tar puede provenir de motivos buenos, malos o medianos. Un deseo benevolente, el anhelo de que sean dichosos sus semejantes, puede mover a un hombre a regalar a la ciudad en que habita un parque de recreo; pero otro puede hacer el mismo regalo por pura ostentación, con pro­pósito de que le otorguen un título nobiliario; y un tercero hará igual, movido en parte por benevolencia y en parte por egoísmo. Los motivos afectarán el carácter de estos tres hombres en su futura encarnación, de modo que mejorará el del primero, empeorará el del segundo y producirá escasos resultados de adelanto en el tercero. Pero el efecto de la acción, que beneficia a gran número de gentes, no depende del motivo del donador, pues sea cual sea, el público dis­fruta del parque, y este disfrute establece res­pecto del donador un crédito que se le pagará escrupulosamente por medio de bienes mate­riales que le proporcionen comodidades físicas en una vida futura, como también las propor­cionó a sus semejantes. Tal es su derecho; pero el uso que haga de su posición social y la dicha que obtenga de sus riquezas dependerán de su carácter, y así vemos que cada semilla fructifica según su índole. El servicio prestado al prójimo en cada oca­sión oportuna multiplicará en otra vida terrena las ocasiones de servir. Quien ayude en cuanto pueda a cuantos menesterosos encuen­tre, se encontrará en una vida ulterior en disposición de prestar muy amplios auxilios. Por otra parte, las oportunidades desaprovechadas aparecerán en otra vida transmutadas en limitaciones del instrumento de expre­sión y en desfavorables condiciones del ambiente. Por ejemplo, el cerebro etéreo estará defi­cientemente construido y de las mismas defi­ciencias adolecerá el cerebro denso. El ego concebirá ideas, trazará planes, pero será in­capaz de expresarlas y desenvolverlos física­mente. Las desaprovechadas ocasiones se transmutarán en anhelos frustrados, en de­seos irrealizables, en impotentes ansias de au­xiliar, ya por defecto de aptitud o por falta de oportunidad. El mismo principio rige en el caso de la temprana muerte de un hijo idolatrado. Si un ego trata duramente a otro a quien debe ca­riño y protección o servicio de cualquier clase, renacerá el despreciado como hijo único y he­redero de quien en una vida anterior lo vejó y en la presente lo adora; pero al morir prema­turamente, la aflicción de los padres se lamentará de la "injusticia de Dios" que les arreba­ta su único hijo, en quien tenían puestas todas sus complacencias, mientras deja con vida los numerosos hijos de su prójimo. Sin embargo, el karma obra siempre igual, aunque sólo pue­den ver su actuación quienes tienen los ojos abiertos. Los defectos congénitos resultan de un deficiente cuerpo etéreo, y son vitalicias penas de graves rebeliones contra ley o de daños infligidos al prójimo. Los Señores del Karma trazan dichos defectos en la plantilla del mol­de etéreo, a fin de que el cuerpo denso resulte con las deformaciones necesarias para enmen­dar los errores del ego, y así se explican la ceguera, sordomudez, imbecilidad y otras anormalidades congénitas. Así es que de la justa administración de la ley por los Señores del Karma proviene la re­encarnación del ego en una familia afectada       de una dolencia hereditaria, cuyo sufrimiento le es necesario al ego en su nueva persona­lidad. Los Señores del Karma favorecerán la manifestación de las facultades artísticas, por medio de un cuerpo etéreo que facilite la cons­trucción en el cuerpo denso de un delicado sis­tema nervioso, y escogiendo una familia en que sea hereditaria la facultad artística des­arrollada por el ego. Así vemos que para la expresión de la fa­cultad musical se necesita un cuerpo físico con muy delicados y agudos sentidos del oído y del tacto, que proporcionará más fácilmente la herencia fisiológica. El servicio que un hombre presta a la hu­manidad con su palabra hablada o escrita, por medio de libros o de conferencias que difun­den nobles y elevadas ideas es también un cré­dito contra la ley que los Señores del Karma pagarán escrupulosamente mediante el mental y espiritual auxilio que presten al bienhechor. Así vemos los capitales principios de la actua­ción del karma y las respectivas funciones desempeñadas por los Señores del Karma y por el ego en el destino del individuo. El ego proporciona los materiales con que va construyendo su propio carácter. Los Se­ñores del Karma trazan la plantilla o dechado de lo que ha de ser la futura personalidad del ego, de modo que al elaborar los Maharajas el cuerpo etéreo de conformidad con dicho de­chado con los materiales también proporciona­dos por el ego, resulte el cuerpo denso un efi­caz instrumento para la actuación del ego se­gún la parte de karma que le está señalada en la vida terrena que ha de pasar, a despecho de las entre chocantes voluntades de los hom­bres.

 

 

CAPITULO  9

 

EVITACION  DE LOS RESULTADOS DEL KARMA

 

Dicen algunos al reconocer por vez primera la existencia del karma, que si todo proviene de la actuación de la ley, están irremediable­mente esclavizados a su destino. Antes de considerar cómo puede utilizarse la ley para gobernar el destino, conviene el examen de un caso típico en demostración de que la fatalidad y el libre albedrío actúan ar­mónicamente a la par. Llega un ser humano a este mundo con de­terminado carácter constituido por ordinarias facultades intelectuales y buenas y malas cua­lidades emotivas; con un cuerpo físico sano y bien formado, aunque no de espléndida índole. Tales son sus limitaciones claramente señala­das, y al llegar a la plenitud de la vida física se encuentra con un carácter constituido por sus cualidades mentales, emocionales y físicas, del que ha de hacer el mejor uso posible. Habrá alturas mentales que no sea capaz de escalar y conceptos inasequibles a sus facul­tades. Habrá tentaciones que no pueda resis­tir y empresas físicas incapaz de realizar. Re­conoce que no puede pensar como un genio ni ser hermoso como un Apolo. Se ve encerrado en un circulo incapaz de trasponer por mucho que se esfuerce. Además, no puede evitar ciertas tribulacio­nes que le afligen y forzosamente ha de sobre­llevar. Sucede así porque el ego está limi­tado por sus pasados pensamientos, sus des­perdiciadas ocasiones, sus errores, siniestras tendencias y pasionales deseos. Sin embargo, el ego, el verdadero hombre no está limitado, porque es esencialmente li­bre. Quien hizo el pasado que aprisiona su presente, puede actuar en su cárcel de modo que en el porvenir manifieste su esencial libertad. En cuanto conozca que esencialmente es li­bre, quebrantará las cadenas que le aherrojan y proporcional a la medida de su conocimiento será la ilusividad de sus limitaciones. Pero el hombre ordinario cuyo conocimiento es chis­pa y no llama, dará el primer paso hacia el libre albedrío, si considera como hechura pro­pia sus limitaciones y se esfuerza en cercenarlas. Cierto es que no puede pensar como un ge­nio; pero puede tener mayor confianza en su capacidad y ejercitarla gradualmente hasta que llegue a ser un genio. Cierto es que no puede domeñar sus insensatas pasiones en un momento, pero sí luchar contra ellas por muchas veces que sucumba, hasta que al fin las venza. Aunque le limiten flaquezas emocionales y físicas, si sus pensamientos son cada vez más puros y armoniosos y sus obras benéficas, me­recerá más bellos y eficaces instrumentos en el porvenir. Siempre es esencialmente libre el ego en su cárcel y puede derribar las vallas que él mis­mo levantó. Es su propio carcelero y si quiere libertarse se libertará. Si comete una grave falta que le acarrea tribulación es porque pecó en el pasado como pensador y ha de sufrir ahora como actor. Si pierde a un ser amado, no debe afligirse, por­ que no lo perdió para siempre sino que se mantiene unido a él por el amor y lo recupe­rará en el porvenir. Entre tanto, debe prestar a otros seres el auxilio que hubiera prestado al desaparecido del mundo físico, a fin de no sembrar semillas que dieran por amargo fruto una pérdida análoga en futuras vidas. Cuando comete una injusticia, sufre las consecuencias, porque la pensó en otro tiempo y ha de sufrirlas pacientemente, y esperar que el día de mañana quedará libre de toda limitación si sus pensamientos son nobles y bienhechores. En medio de las tinieblas apa­rece un rayo de luz que dice: "¡Oh! vosotros los que sufrís. Sabed que porque queréis sufrís. Nadie os obliga. La ley que parecía cadenas se ha transmu­tado en alas que remontan al ego a regiones cuya existencia sin alas sólo podría conje­turar.

 

 

 

CAPITULO  10

 

DETERMINACION DEL PORVENIR

 

 

La perezosa corriente del tiempo impele ha­cia adelante a la hueste de egos que siguen el movimiento de la tierra y pasan de uno a otro globo. Pero la Religión de Sabiduría proclama de nuevo que cuantos quieran pueden acortar el camino de la evolución y substraerse al im­pulso de la perezosa corriente. El que comprende algo del significado de la ley, de su absoluta seguridad y su infalible exactitud, emprende la educación de si mismo y se encarga activamente de vigilar su propia evolución. Analiza su carácter y procede a reformarlo, ejercitando deliberadamente sus facultades mentales y morales, acrecentando sus aptitu­des, vigorizando sus puntos débiles, subsanan­do sus defectos y eliminando superfluidades. Convencido de que se ha de convertir en lo que piense, ejercita deliberada y metódicamente la meditación en un noble ideal, y comprende por qué Pablo, el insigne iniciado cristiano exhortaba a sus discípulos diciendo: "Por lo demás, hermanos, pensad en todo lo que es verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable." (Filipen­ses, 4: 8.). Diariamente ha de meditar en su ideal y esforzarse en vivir de conformidad con él pero ha de proceder tranquila y perseverantemente, sin precipitación pero sin tregua, por­que sabe que edifica sobre el firmísimo funda­mento de la roca de la eterna ley. Entonces recurre a la ley y en ella se am­para, y ya no teme el fracaso ni hay poder en el cielo y la tierra capaz de obstruir su camino. Du­rante la vida terrena acopia experiencias y aprovecha todo cuanto a su paso encuentra, y durante la vida mental se asimila las expe­riencias y planea su futuro edificio. En esto consiste el valor de la verdadera finalidad de la vida, aunque se funde en el tes­timonio ajeno y no en el conocimiento propio. Cuando un hombre acepta y comprende en parte la actuación del karma, emprende desde luego la construcción de su carácter y coloca cada piedra con especial cuidado, porque sabe que edifica para la eternidad. Ya no titubea ni anda de un lado para otro ni forja hoy un plan y otro mañana, o no forja ninguno, sino qué traza un bien meditado proyecto y cons­truye con arreglo a él, porque el ego es a la par arquitecto y constructor y no vuelve a desperdiciar tiempo en estériles conatos. De aquí la rapidez con que se recorren los últimos estadios de evolución y los sorpren­dentes y casi increíbles progresos que realiza el vigoroso ego en su plena virilidad.

 

 

CAPITULO  11

 

MODIFICACION DEL KARMA

 

 

Quien deliberadamente ha emprendido la determinación de su porvenir, se percata, a medida que aumenta su conocimiento, de la posibilidad de hacer algo más que construir su carácter y fijar su futuro destino. ­Se da cuenta de que se halla en un universo, de que es un ser viviente y activo con voluntad libre, capaz de actuar sobre las circunstancias tanto como sobre sí mismo. Está desde hace largo tiempo acostumbrado a obedecer las capitales leyes éticas estableci­das para guía de la humanidad por los divinos Instructores aparecidos de edad en edad, y comprende que estas leyes se basan en funda­mentales principios de la Naturaleza y que la moral es la ciencia aplicada a la conducta.  Advierte que en su vida diaria es capaz de neutralizar los resultados perjudiciales de una mala acción por medio de una buena acción. Si un hombre lanza un mal pensamiento contra otro, y éste le corresponde con un pen­samiento igualmente maligno, ambas formas de pensamiento se entrefundirán como dos go­tas de agua y acrecentarán su violencia; pero si aquel contra quien se dirige el mal pensa­miento conoce la ley kármica neutralizará la maligna forma de pensamiento con otra de benevolencia y compasión, de modo que el odio cese por el amor. Engañadoras formas de pensamiento planean por el mundo astral; pero el conocedor de la ley kármica las contrarresta con formas de verdad, pureza y amor que invalidan la fal­sía, la torpeza y el egoísmo. Cuando aumenta el conocimiento, esta ac­ción es directa y definida, y al pensamiento di­rigido con deliberado propósito, le nacen las vigorosas alas de la recia voluntad. A las malignas formas así destruidas ya no pueden reanimarlas ningún elemental. Su vida y la materia de su forma retornan al reposi­torio universal. De esta suerte se evita el mal karma desde su origen y no pueden anudarse lazos kármi­cos entre quienes disparan los mortíferos dar­dos y quienes los rechazan con el invulnerable broquel del amor y la compasión. Los divinos Instructores que autorizada­mente exhortaron a devolver bien por mal, apoyaron su exhortación en el conocimiento de la ley. Quienes les obedecen, aunque no comprendan el fundamento científico del pre­cepto, evitan el mal karma que pesaría sobre ellos sí correspondiesen al odio con el odio; pero quienes conocen la ley, destruyen deliberadamente las formas perniciosas y al esterilizar las semillas del mal evitan futuras cosechas de dolor. ­En un grado de adelanto relativamente su­perior al de la mayoría de la humanidad, no sólo puede el hombre construir su carácter e influir de propósito en las formas de pensa­miento que crucen por su ambiente, sino que también empezará a tener vislumbres de su pasado, y le será por ello posible revisar las causas y los efectos kármicos, para aquilatar mejor su presente. Así es capaz de modificar su porvenir mediante la consciente moviliza­ción de fuerzas que obren sobre otras ya mo­vilizadas y operantes. El conocimiento le per­mite valerse de la ley con tanta seguridad como el cientista la utiliza en sus investiga­ciones. Consideremos ahora las leyes del movimiento. Si cuando se mueve un cuerpo en determinada dirección, obra sobre él una fuerza en distinta dirección, el cuerpo se moverá entonces en la dirección resultante de las dos fuerzas componentes, sin haber perdido ener­gía; pero parte de la fuerza que dio el impulso inicial se habrá empleado en resistir el choque de la nueva fuerza, y la resultante de ambas no será ni una ni otra sino una tercera que determinará la nueva dirección del móvil. Un físico puede calcular exactamente en qué dirección empleará sobre un cuerpo en movimiento una fuerza que le dé la nueva di­rección deseada. De este modo no se estorba ni se quebranta la ley. Se la utiliza conscientemente para que las fuerzas naturales actúen según conviene a la voluntad humana. Si aplicamos este principio a la modificación del karma, advertiremos que no nos opone­mos al karma cuando modificamos su acción por medio del conocimiento. Nos valemos de fuerzas kármicas para influir en los efectos kármicos y vencemos a la Naturaleza con el arma de la obediencia. Supongamos ahora que un individuo de muy adelantado conocimiento, al escrutar su pasado ve corrientes kármicas que convergen en un punto de siniestra acción. Puede inter­poner una nueva fuerza de sentido contrario y suficiente intensidad entre las convergentes, para modificar favorablemente la fuerza re­sultante. Mas para ello no le basta la facultad de ver el pasado y descubrir su relación con el pre­sente, sino que necesita además sobrado cono­cimiento para calcular exactamente la influen­cia que la nueva fuerza interpuesta ejercerá en la alteración de la resultante, considerada como efecto de causas pasadas y como causa de efectos futuros. De esta suerte puede disminuir o invalidar los resultados del mal que hizo en el pasado, mediante la interposición de fuerzas armóni­cas en su corriente kármica. No puede destruir ni deshacer lo hecho; pero mientras sus efectos no se concreten en acción puede modi­ficarlos o neutralizarlos o subvertirlos me­diante nuevas fuerzas que interponga como causas coadyuvantes a la producción de los esperados efectos. En todo esto no hace más que valerse de la ley con tanta seguridad como el físico que equilibra una fuerza con otra, e incapaz de aniquilar ni una dina de energía puede impri­mir a un cuerpo el movimiento deseado previo cálculo de la acción de las fuerzas dinámicas. Análogamente puede el karma modificarse por la influencia de las circunstancias en que opera.  Consideremos bajo otro aspecto esta impor­tantísima cuestión. A medida que aumenta el conocimiento es más fácil evitar el mal karma pasado. Como quiera que el ego, al escrutar sus vidas anteriores, y acercarse a la libera­ción, ve las causas que van a producir sus efectos, conoce cuáles son éstas, cuáles las ya extinguidas, y cómo anudó los lazos kármicos. No sólo puede mirar hacia atrás para ver las causas, sino también hacia adelante para ver los efectos, pues así como en el mundo físico, el conocimiento de sus leyes capacita para predecir los resultados, así un ego lo bastante evolucionado puede conocer las causas kármi­cas que estableció y predecir los efectos de ellas resultantes. El conocimiento de las causas y de su ac­tuación nos capacita para establecer nuevas causas que neutralicen los efectos de aquéllas; y valiéndonos de la ley con absoluta confianza en su inmutabilidad, será posible por medio del cuidadoso cálculo de las fuerzas movili­zadas, determinar nuestro porvenir. Es cues­tión de puro cálculo. Supongamos que en el pasado estableci­mos vibraciones de odio. Podemos neutralizarlas e impedir sus efectos, oponiéndoles vi­braciones de amor. Así como en el mundo físico podemos pro­ducir el silencio por la interferencia de dos on­das sonoras de suerte que las vibraciones gra­ves de una entrechoquen con las sutiles de la otra, así también en los planos superiores al físico es posible valerse de la interferencia de las vibraciones de odio y amor para anular las causas kármicas y establecer el equilibrio que significa liberación. Este conocimiento está más allá del al­cance de la mayoría de la humanidad, que si desea aprovecharse de la ciencia del alma debe apoyarse en el testimonio de los versados en el asunto y obedecer los preceptos de los instructores religiosos del mundo, pues por de­voción se logrará el mismo resultado que por conocimiento. La aplicación general de estos principios dará a entender que el hombre está entorpeci­do por la ignorancia, y cuán importante parte desempeña el conocimiento en la evolución humana. La corriente arrastra a los hombres porque son ignorantes; son impotentes por lo ciegos. Quien desee adelantarse a la masa general de la humanidad, como el veloz corcel deja atrás al rocín, necesita tanta sabiduría como amor, tanto conocimiento como devoción. No ha de ir limando lentamente los eslabones de la ca­dena que forjó tiempo atrás. Puede limarlos sin tardanza y librarse de ellos tan efectivamente como si desgastados por el tiempo lo dejasen en libertad.

 

 

 

CAPITULO  12

 

EXTINCIÓN DEL KARMA

 

 

El karma nos tiene atados a la rueda de muertes y nacimientos. El buen karma nos obliga a reencarnar tan persistentemente como el adverso, y la cadena forjada por nuestras virtudes, aunque de oro, nos sujeta con tanta fuerza como la de hierro forjada por nuestros vicios. Así pues, ¿ cómo quebrantar estas cadenas si el hombre ha de pensar y sentir mientras exista y los pensamientos y deseos engendran continuamente karma? La respuesta nos la da en el Bhagavad Gita la profunda lección de Krishna a Arjuna. No recibe esta lección un eremita ni un erudito, sino un guerrero, un khsatriya que ha de cum­plir con los deberes de su estado y luchar por la victoria. No en la acción sino en el deseo; no en la acción sino en la apetencia de su fruto está la sujetadora fuerza de la acción. Cuando se ejecuta una acción con deseo de gozar de su fruto, se sigue el procedimiento a propósito para lograr el apetecido resultado. El ego pide y la Naturaleza otorga, A cada causa corresponde un efecto y a cada acción un fruto. El deseo los enlaza. Si se mata el deseo, cesa el enlace, y cuando todos los lazos del deseo se hayan roto, quedará libre el ego. Ya no podrá sujetarlo el karma. La rueda de causas y efectos seguirá girando, pero el ego está liberado. "Por lo tanto, cumple tú constantemente y sin apego la acción que debas cumplir, pues el hombre que sin apego cumple la acción al­canza en verdad el Supremo" (Bhagavad Gitá. - Estancia III, 19.) Para practicar la Yoga de  acción, ha de ejecutar el hombre todas sus acciones como un deber, en armonía con la ley en cualquier pla­no de existencia en que se halle, para ser una fuerza operante en la evolución, de acuerdo con la Divina Voluntad, con perfecta obedien­cia en todas las fases de su actividad. De esta suerte sus acciones tendrán carác­ter de sacrificio ofrecido al volteo de la Rueda de la Ley sin apetencia del fruto, del que hace generosa donación en servicio de la humanidad. El fruto no es del actor. Pertenece a la ley que se encarga de su distribución. Dice el Bhagavad Gita: "Al de obras no moldeadas por el deseo, cuyas acciones se consumen en el fuego de la sabiduría, los doctos le llaman sabio. Inapetente del fruto de las obras y siempre satisfecho, de nada se ampara y no hace cosa alguna aunque todas las haga. "Sin confiar en nada, con su mente y su ser disciplinados y todo anhelo de goce en abandono, cumple las acciones sólo con el cuerpo y no cae en pecado. Satisfecho con lo que recibe, libre de los pares de opuesto, sin envidia, equilibrado en el éxito y en el fracaso, no está ligado a las acciones que ejecuta. Quien tiene los apetitos muertos y el pensamiento firme en la sabiduría, quien sacrifica las obras y permanece en equilibrio, todas las acciones que ejecuta no le ligan ni le afectan. (Estancia IV, 19-23.) Cuerpo y mente actúan en plena actividad. Con el cuerpo se ejecutan las acciones físicas y con la mente las mentales; pero el Yo per­manece tranquilo, sereno, sin prestar nada de su eterna esencia para forjar las cadenas del tiempo. Nunca se negligencia la recta acción sino que se ejecuta fielmente dentro de los límites de los poderes eficientes, pues la renuncia al fruto de la acción no supone pereza ni des­cuido en su cumplimiento.

     Dice el Bhagavad Gitá:

Si el ignorante obra por apego a la acción, oh Bhárata! el sabio debe obrar sin apego a ella, anheloso del bienestar del mundo. No perturbe el sabio la mente de los ignorantes apegados a la acción; antes bien, obrando en armonía conmigo, haga atractiva toda acción. (Estancia III, 25-26). Quien alcanza el estado de la "inacción en la acción" descubre el secreto del agotamiento del karma, destruye por el conocimiento las acciones que ejecutó en el pasado y quema las del presente en el fuego de la devoción. Entonces llega al estado de conciencia des­crito simbólicamente por Juan en el Apocalip­sis, al decir: "Al que venciere, yo le haré Columna en el templo de mi Dios y nunca más saldrá afuera". (Apoc. 3-12). ­Porque el ego sale muchas veces del Templo a las llanuras de la vida; pero llega tiempo en que se convierte en "columna del templo de mi Dios". Este templo es el mundo de las almas liberadas, y sólo quienes no están ligados a sí mismos egoístamente, pueden quedar ligados a todos en nombre de la única Vida. Así pues, deben romperse no sólo los lazos del deseo personal sino también los del deseo individual. Pero en este punto incurren los principiantes en un error muy natural y fre­cuente. No hemos de romper los lazos del de­seo convirtiéndonos en marmolillos insensibles. Por el contrario, el hombre es tanto más sensitivo cuanto más cerca está de la libera­ción, pues el perfecto discípulo en unidad con su Maestro responde compasivamente a toda pulsación del mundo exterior; todo le conmueve y a todo responde; y precisamente porque nada desea para sí es capaz de darlo todo a todos. Un hombre así ya no engendra karma ni forja cadenas que le sujeten, y a medida que va siendo más expedito canal por donde la Vida divina se derrame en el mundo, sólo an­hela ensanchar su cauce para que sea más caudaloso el flujo de la Vida divina. Su único anhelo es ser más amplio receptáculo en que con el menor impedimento se vierta la Vida. Después de rotas las cadenas que le sujetaban, su única tarea es trabajar en servicio de los demás. Pero jamás se rompe el enlace de la Unidad con la Totalidad, del discípulo con el Maestro y del Maestro con el discípulo. Este enlace no ­es una ligadura. Es la Vida divina que siem­pre nos impulsa superadelante, sin sujetarnos a la rueda de nacimientos y muertes. Primeramente nos atrae a la vida terrena el deseo de goces sensorios, y después otros deseos más puros que sólo pueden satisfacerse en la tierra, como el de conocimiento, desarro­llo, devoción de índole espiritual. Pero cuando todo esto está logrado ¿ qué retiene todavía a los Maestros en el mundo de los hombres? Nada que pueda el mundo ofrecerles. No hay en la tierra conocimiento que no posean ni poder que no ejerzan ni ex­periencia que les aleccione. Todo lo saben y todo lo pueden. El mundo es incapaz de atraer­los con halago a la reencarnación. Sin embargo, reencarnan compelidos por un divino impulso interno, para ayudar a sus hermanos en el multimilenario trabajo de la hu­mana evolución, con el jubiloso servicio de su inefable amor e imperturbable paz, sin que el mundo pueda allegarles más dicha que ver a otras almas crecer a su semejanza y compartir con Ellos la consciente vida de Dios.

 

 

CAPITULO  13

 

KARMA COLECTIVO

 

 

La agrupación de egos en familias, castas, naciones y razas introduce un nuevo elemento de perplejidad en los resultados kármicos, y así se explican los llamados "accidentes" y los ajustes que constantemente hacen los Señores del Karma. Parece que aunque nada puede sucederle a un individuo, que no esté determinado por su karma, cabe la posibilidad de aprovechar una catástrofe nacional o sísmica para que extinga parte del mal karma que no le hubiera co­rrespondido extinguir en la vida por que está pasando. Digo que parece, porque trato este asunto teóricamente, sin conocimiento práctico de él, aunque es muy lógico suponer que la muerte súbita no puede privar a un ego de su cuerpo físico, a menos que sea deudor de semejante muerte a la ley, pues si no mediase esta cir­cunstancia se "salvaría milagrosamente" del naufragio, del terremoto, del descarrilamien­to, del incendio o de cualquier catástrofe en que se viera envuelto. Pero si debe una muerte súbita y su karma nacional o familiar le envuelven en una catás­trofe, no podría salvarse aunque aquella muer­te no estuviera trazada en la plantilla kármica que sirvió para la formación del cuerpo etéreo. Desde luego se le evitará todo sufrimiento inmerecido, pero se le dejará pagar su deuda aprovechando la ocasión deparada por el kar­ma colectivo en indirecta operación de la ley. Análogamente puede beneficiarse el ego cuando pertenece a una nación que goza de un buen karma colectivo, y así recibe el pago de un crédito pendiente, que no se le hubiera satisfecho por la sola razón de su karma in­dividual. El nacimiento de un ego en determinada nación está regido por los principios generales de la evolución y por sus peculiares caracte­rísticas. Si consideramos la ordinaria evolución de la humanidad, el ego en su lento desenvolvi­miento ha de pasar por las siete razas raíces y las correspondientes subrazas de un globo. Esta necesidad requiere ciertas condiciones a que ha de adaptarse el karma individual, y la nación perteneciente a la subraza por la que el ego haya de pasar reunirá las condiciones requeridas. El examen de una larga serie de encarna­ciones ha demostrado que algunos egos pro­gresan normalmente de una subraza a otra, mientras que otros reencarnan repetidamente en una misma subraza. Dentro de las condiciones de la subraza las características individuales del ego le condu­cirán a una u otra nación. Así nos muestra la historia que al cabo de un normal período de mil quinientos años aparecen de nuevo colec­tivamente ciertas características nacionales. Una gran masa de los antiguos romanos reen­carnan en nuestros días en Inglaterra cuyas características nacionales son la expansión co­lonial y la conquista por los mismos procedi­mientos de la antigua Roma. Un ego en quien estuviese muy señalada esta característica nacional nacerá en Ingla­terra conducido por su karma para participar en bien o en mal de todo lo que el karma colec­tivo pudiera afectarle como individuo. Los lazos de familia son de índole más per­sonal que los nacionales, y quienes contraen afectos en una vida propenden a reunirse en otra como miembros de una misma familia. A veces estos lazos persisten cada vez más es­trechos en sucesivas vidas; pero otras veces, a causa de la diferencia de duración de la vida mental por la mayor actividad intelectual y espiritual de algunos durante la vida terrena en que fueron parientes de otros, pueden dis­persarse los miembros de una familia y no volverse a encontrar hasta después de varias encarnaciones. En general, cuanto más íntima es la unión en las superiores manifestaciones de la vida mayores probabilidades hay de nacer en una misma familia. También el karma del individuo está influido por la interacción del karma familiar y puede gozar o sufrir de un modo que no corresponda a su peculiar karma en aquella vida, pagando así deudas o cobrando créditos todavía pendientes. En lo que a la personalidad se refiere, parece que ha de haber cierta compensación en las vidas astral y mental, de modo que se haga justicia aun a la transitoria personalidad. El examen pormenorizado del karma colectivo nos llevaría más allá de los límites de un tratado elemental como el presente y no esta­ría al alcance de nuestros conocimientos, por lo que sólo podemos exponer estas incomple­tas indicaciones. El conocimiento exacto del asunto exigiría un detenido examen de casos individuales, continuado durante millares de años, pues las especulaciones sobre este asunto son inútiles, y lo que se requiere es la paciente observación. Sin embargo, algo adecuadamente cabe de­cir respecto al karma colectivo en cuanto a la relación entre los pensamientos y acciones de los hombres y los aspectos del mundo exterior. Sobre este obscuro punto dice Blavatsky: "De acuerdo con Platón expone Aristóteles que la palabra "elementos" denota los princi­pios incorpóreos colocados como inspectores en cada una de las cuatro grandes divisiones de nuestro mundo. Así es que los paganos no adoran ni veneran a los elementos ni a los puntos cardinales sino a las entidades espirituales que simbolizan. "Según la iglesia romana hay dos clases de seres siderales: los ángeles y los demonios. Según los kabalistas y ocultistas sólo existe una clase, sin diferencia entre los "Rectores de Luz" y los "Rectores de Tinieblas" o Cosmocratores, a quienes la iglesia romana supo­ne entre los "Rectores de Luz" cuando los oye designar por otro nombre distinto del que ella les da. No castiga o premia el Rector o Maha­raja con permisión de Dios o sin ella, sino que el mismo hombre se castiga o premia por su karma, que cuando erróneo acarrea individual y colectivamente (como sucede a veces en las naciones) toda clase de males y calamidades. "Nosotros establecemos causas que ponen en actividad a las potestades correspondientes del mundo sideral, y las atraen irresistible­mente hacia quienes establecen tales causas y sobre ellos reaccionan, tanto si han perpetrado malas acciones como si han tenido siniestros pensamientos. La ciencia moderna nos dice que el pensa­miento es materia, y según enseñan a los pro­fanos los señores Jevons y Babbage en sus Principios científicos, cada partícula de materia existente debe ser un registro de todo cuanto ha sucedido. La ciencia moderna penetra cada día más en el vórtice del ocultismo, aunque de ello no se dé cuenta. El pensamiento es materia, pero no en el sentido del materialista Moleschott, quien afir­ma que el pensamiento es el movimiento de la materia, declaración absurda casi sin igual. Los estados mentales y los físicos se hallan en completo contraste; pero esto no importa para que todo pensamiento, además de la acción cerebral, tenga un aspecto objeti­vo en el mundo astral, aunque para nosotros sea en objetividad suprasensible. (Doctrina Secreta. Comentarios a la Estancia V del libro de Dzyan.) Parece que cuando los hombres engendran gran número de malignas y destructoras for­mas de pensamiento, las cuales se agrupan en grandes masas en el mundo astral, su energía se precipita sobre el plano físico y provoca motines, asonadas, trastornos, revoluciones, guerras y todo linaje de disturbios sociales que caen como karma colectivo sobre sus pro­genitores. Así tenemos que también el hombre es colectivamente dueño de su destino, y crea­dor de su propio ambiente. Las rachas de crímenes, las epidemias, los períodos de conmoción o trastorno en una ciudad se explican según el mismo principio. Las formas de pensamiento animadas por la cólera incitan al asesinato. Los elementales de estas formas están alimentados por los efectos del crimen y los vigorizan el sentimiento de venganza de los pacientes de la víctima, la fe­rocidad del criminal y su rencor cuando lo ajustician y se ve lanzado violentamente del mundo. Así la horda de formas malignas im­pulsan desde el mundo astral a la perpetración de nuevos crímenes que se repiten horrorosamente. Los sentimientos de temor que provoca la propagación de una epidemia intensifican la virulencia de la enfermedad y se perturba el ambiente magnético de cuantas personas se hallan en el área de la epidemia. En todos sentidos e innumerables modali­dades causan estragos los malignos pensa­mientos de los hombres cuando en vez de cooperar al desenvolvimiento del divino plan del universo invierte en la destrucción su po­der creador.

 

 

CAPITULO  14

 

CONCLUSION

 

 

Tal es en bosquejo la capital ley del karma y sus operaciones, cuyo conocimiento y em­pleo le permite al hombre acelerar su evolución, libertarse de la rueda de muertes y nacimientos y llegar a ser mucho antes de que su raza termine su curso, un auxiliar y salvador del mundo. El profundo y firme convencimiento de la verdad de esta ley tranquiliza serenamente el ánimo y desvanece todo temor, pues nada puede sucedernos que no sea obra nuestra y no merezcamos. Como toda siembra ha de dar su cosecha no hemos de lamentarnos si por haber sembrado vientos cosechamos tempestades. Pero una vez pasada la tempestad no vuelve a atormentarnos. Por lo tanto, mejor será afrontar con áni­mo alegre los dolorosos resultados de un mal karma, pues vale más pagar cuanto antes las deudas que tengamos. No se figuran las gentes la fuerza que podrían obtener si se apoyaran en la ley. Desgraciadamente, para los occiden­tales el karma es una quimera, y aun entre los teósofos, la creencia en el karma es más bien una función intelectual que un vivo convenci­miento que guíe su conducta, pues como dice Bain, la virtualidad de una creencia se mide por su repercusión en la conducta, y la creencia en el karma debiera manifestarse en la pureza, serenidad, vigor y dicha de la vida. Sólo nuestras mismas acciones pueden entorpecernos y nuestra propia voluntad encade­narnos. Cuando los hombres reconozcan esta ver­dad habrá sonado la hora de su liberación, pues nadie puede esclavizar a quien obtuvo el poder por medio del conocimiento y  lo emplea en el amor.          ­

 

FIN

 

Este libro llegó a nosotros gratuitamente, de la misma forma , nosotros lo  distribuímos. La verdad y la cultura es para todos . Bendiciones.

 

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[1] Sinnet: El Mundo Oculto, tomo 1, págs 219 y 220. Edición Española

[2] Véase el Manual Teosófico de la misma autora.

[3] El Mundo Oculto, pág. 246. Edición española.

[4] Desde luego se comprende que siempre que la autora habla de la mente, se refiere a la "conciencia mental" o per­sonal, constituida por la mayor cantidad y calidad de los pensamientos acumulados, cual conciencia contrae los hábitos y los elimina, forja y lima las cadenas simbólicas, es el actor y la mente es un instrumento de acción. (N. del T.)

[5] Lucifer. Octubre de 1892. Artículo: Vida y Muerte

[6] Está en ellos latente, en espera de actualización, el principio manasico, y es como si carecieran de él. (N. del T.)

[7] Dangma equivale a vidente que ha alcanzado la su­prema sabiduría. (N. del T.)

[8] El plano mental sólo es uno; pero según la actividad de la mente se clasifica por conveniencia en mental superior y mental inferior. Al superior se le denomina plano causal y al inferior sencillamente plano mental, aunque ambos son mentales. (N. del T.)

[9] El elemento manásico equivale a materia mental. (N. del T.)

[10] Las expresiones de ascenso y descenso son figuradas pues los planos se interpenetran, y al hablar de superiores e inferiores se da a entender la diferente tónica de su vibración (N. del T.)