Hacia el Templo. Annie Besant

HACIA EL TEMPLO

DE ANNIE BESANT

 

PRIMERA CONFERENCIA

 

PURIFICACIÓN

 

Sí fuera posible colocarnos con el pensamiento en un punto céntrico del espacio desde donde ver el curso de la evolución y estu­diar la historia de nuestra cadena planetaria, no tanto en el aspecto físico, astral y mental de los mundos que la componen, como si los viéramos representados imaginativamente, opino que con­templando de esta suerte en aquellos evolucionantes grupos nuestra evolucionante humanidad, podríamos formar un cuadro del conjunto. Veo alzada en el espacio una ingente montaña con un sendero que por su falda serpentea hasta llegar a la cumbre, dando en derredor siete vueltas y en cada vuelta siete estaciones donde los peregrinos permanecen durante cierto tiempo y por las cuales han de ir ascendiendo de vuelta en vuelta. [1] El sendero rodea la montaña en línea espiral, y al llegar a la cumbre conduce hacia un magnífico Templo, como de mármol blanco, que allí se alza esplendoroso y fulgurante contra el azul etéreo. Este Templo es la meta de la peregri­nación, y quienes en él están han terminado ya su carrera en cuanto a la ascensión de la montada se refiere, y únicamente permanecen allí para ayudar a los que todavía van subiendo. Si miramos más de cerca el Templo para ver cómo está construido, advertiremos que en su centro hay un Lugar Santísimo o Sancta Sanc­torum rodeado en círculos concéntricos por cua­tro Atrios o Recintos, todos ellos en el área del Templo y separados uno de otro por un circuito amurallado, de suerte que para pasar de uno a otro Atrio o Recinto, ha de atravesar el viajero el único portal que hay en cada circuito. Así es que para llegar al centro del Templo, todos han de cruzar los cuatro portales sucesivos. Pero afuera del Templo hay todavía otro cer­cado, el Recinto Externo, en donde hay muchísi­mos más que dentro del Templo. Contemplando el Templo con sus Atrios y el montesino sendero que abajo serpentea, vemos en ello una alegoría de la evolución humana. El sen­dero es el camino que huella la raza y su meta es el Templo. A lo largo del camino que rodea la montaña se ve una vasta masa de seres humanos, quienes suben lentamente, paso a paso, pare­ciendo a veces como si por cada paso adelante diesen otro atrás, y aunque la masa en conjunto se dirige hacia arriba, sube tan despacio que apenas se nota su ascenso. Esta evolución eoniana de la raza, siempre ascendente, es tan lenta, can­sada y penosa, que no se comprende cómo los pere­grinos tienen alientos para tan prolongada subida. Millones de años se necesitarían para delinear el camino alrededor de la montaña y otros tantos para seguir los pasos de un peregrino que lo huella durante dicho tiempo en interminable suce­sión de vidas, empleadas todas en subir, de suerte que nos cansaríamos de contemplar estas innume­rables multitudes que tan lentamente suben ho­llando vuelta tras vuelta a medida que ascienden por el espiral sendero. ¿Por qué suben tan des­pacio? ¿Cómo es tan larga la jornada de estos millones de hombres? ¿Por qué se esfuerzan siem­pre en llegar al Templo que en la cumbre se alza? Al contemplarlos parece que andan tan des­pacio porque no ven su meta ni saben en qué dirección caminan. Al observar a uno u otro en el sendero, los vemos siempre desviarse, atraídos hacia allá o acullá y sin propósito en su desvío. No van en derechura como si emprendieran un negocio, sino que vagan de un lado a otro a ma­nera de chiquillos que corren para coger aquí una flor o cazar allá una mariposa. Así es que malgastan todo el tiempo y poco han adelantado cuando al fin de la marcha de aquel día sobreviene la noche. Al mirarlos parece como si su también lento progreso intelectual no lograra apresurarles el paso. Los de inteligencia escasa­mente desarrollada se echan a dormir después de cada día de vida casi en el mismo sitio en que estaban el día precedente; y los de inteligencia su­perior también andan muy despacio y apenas adelantan en cada día de vida. Al verlos así subir, nuestro corazón se apesadumbra y nos extraña que no levanten la vista para comprender la direc­ción en que los conduce su sendero. En cuanto al Recinto Externo que han alcan­zado algunos peregrinos delanteros, no sólo se llega a él siguiendo el camino espiral de la montaña, sino que puede alcanzarse desde diversos puntos de este camino, por atajos que en vez de rodear la montaña se abren derechamente por su falda y puede recorrerlos el peregrino de animoso corazón y robustos miembros. Al indagar la causa de que algunos encuentren un camino más recto que sus compañeros para llegar al Recinto Externo, vemos que su primer paso es apartarse del dilatadísimo camino espiral y dirigirse en derechura hacia el Recinto Externo, que puede alcanzarse desde cualquier punto del camino cuando el alma que acaso durante mile­nios ha ido volteando reconoce por vez primera que su viaje tiene una finalidad y percibe siquiera momentáneamente un vislumbre del Templo eri­gido en la cima. Porque este alto Templo irradia su luz por la falda de la montaña y durante un momento lo distingue el peregrino que acierta a levantar sus ojos apartándolos de las flores, gui­jarros y mariposas del camino, y que después de columbrarlo siquiera momentáneamente ya no vuelve a ser del todo el mismo que fuera hasta entonces, pues, aunque instantáneamente ha re­conocido una meta y una finalidad. Por un mo­mento ha vislumbrado la cumbre hacia que as­ciende y ha descubierto el escarpado, pero mucho más corto sendero que conduce derechamente ladera arriba, allende la cual refulge el Templo. Además del rodeo que da el camino por la falda de la montaña, da también vueltas en sí mismo, de suerte que cada espira de la montaña tiene siete vueltas que se tardan mucho en re­correr. Así es que en el momento de vislumbrar la meta y de percatarse de que en vez de ir subiendo por las siete vueltas enteras y la mul­titud de menores rodeos del camino ascendente, puede tomar el sendero que directamente conduce a la vislumbrada meta, entonces comprende el alma que este sendero de atajo se llama Servicio y se ha de entrar en él por una puerta en cuyo dintel resplandece con letras de oro el lema: Ser­vicio del Hombre. Comprende entonces el alma que aun antes de llegar al Recinto Externo del Templo ha de cruzar esta puerta y convencerse de que la vida tiene par finalidad el servicio y no el egoísmo, y que el único modo de ascender más rápidamente es ayudar a subir a los rezagados para que así reciban todos del Templo más eficaz auxilio del que fuera posible de otro modo. Según dije, el alma tiene tan sólo un vislum­bre instantáneo, un relámpago que brilla y se des­vanece en un momento, porque únicamente hirió sus ojos uno de los rayos de luz que brotan de la cumbre de la montaña, y como hay tantos y tan atractivos objetos esparcidos a lo largo del si­nuoso camino, fácilmente se vuelve a ellos la mi­rada del alma. Sin embargo, una vez vista la luz cabe la posibilidad de verla con mayor facilidad de nuevo, y cuando el alma ha tenido siquiera una fugaz e imaginativa representación de la meta de sus acciones y del deber y eficacia del servicio, le queda siempre el anhelo de hollar el corto sendero que derechamente conduce cuesta arriba al Re­cinto Externo del Templo. Después de esta primera visión, sobrevienen de cuando en cuando pasajeros resplandores, y al cabo de días de esta prolongada ascensión vuelve a tener el alma otro vislumbre más brillante acaso que el anterior. Entonces vemos que las almas que siquiera por un momento reconocieron el propó­sito y la finalidad de la vida, empiezan a subir con mayor resolución que sus compañeras, y aunque todavía siguen por el sinuoso camino, practican más firmemente la virtud y profesan con sincera persistencia la religión que les enseña a subir por la cuesta y cómo alcanzar finalmente el Templo. Así las almas que han vislumbrado este posi­ble término y se sienten atraídas hacia el sendero que a él conduce, se distinguen algún tanto de las demás por su diligencia y vigilancia, y van a la vanguardia de la innumerable multitud que suben por el camino. Dichas almas andan más deprisa porque tienen un definido propósito en su viaje, comprenden la dirección que llevan, y aunque muy imperfectamente todavía empiezan a marchar en pos de un ideal y se esfuerzan en vivir con determinada finalidad. Pero aunque apenas reconozcan la verdadera índole de esta finalidad, pues más bien tienen vaga intuición que exacto concepto de su camino, ya no vagan a la ventura de uno a otro lado, tan pronto subiendo un poco como bajando otro tanto, sino que resueltamente ascienden por el sinuoso camino y cada día adelantan algo más hasta que distintamente se colocan a la cabeza de las multi­tudes en espiritualidad de vida, en la práctica de la virtud y en el creciente anhelo de servir al prójimo. De esta suerte caminan más rápidamente hacia la cumbre, aunque todavía vayan por el sinuoso camino, se disciplinan sistemáticamente y procuran ayudar a sus compañeros para que puedan subir al mismo paso que ellos. Como quiera que van un poco más deprisa, siempre están ten­diendo las auxiliadoras manos a los de su alrede­dor para estimularlos a subir más presurosos por el camino. De pronto, los auxiliadores y los auxiliados a quienes aman y sirven, encuentran en su camino una hermosa Figura, aunque a primera vista de aspecto algún tanto adusto, que les habla y les dice algo de un más corto sendero. Sabemos que esta Figura que les sale al paso es el Conoci­miento, quien susurra en su oído las condiciones de un más rápido progreso. La Religión que los ayudó a practicar la virtud es, por decirlo así, hermana del Conocimiento, y también es hermano suyo el Servicio del Hombre. Esta trina hermandad se hace entonces cargo del alma hasta que sobreviene por fin una más fúlgida aurora y un más pleno reconocimiento, de suerte que el alma define con mayor fijeza el propósito de su ascen­sión, y en vez de contraerse a soñar en el porvenir, incorpora concretamente este sueño a su propó­sito y reconoce que el servicio es ley de la vida. Con deliberada intención brota suavemente de los labios del alma la promesa de ayudar al progreso de la humanidad. Es su primer voto de entregarse alguna vez al servicio de la raza, y aunque todavía no hay pleno designio en este voto, entraña la promesa de él. Dice cierta Escritura que uno de los grandes Seres holló el corto Sendero y subió por el áspero camino con rapidez bastante para dejar atrás a toda su raza y colocarse solo en la vanguardia como primicia y promesa de la humanidad. Fue el que en ulteriores edades alcanzó la dignidad de Buddha, y de él se dice que perfeccionó su voto kalpa tras kalpa porque la obra que había de coronar su vida tuvo por comienzo la promesa de servicio. Este voto del alma la liga con los grandes Seres precedentes y constituye por así decirlo el lazo que la atrae hacia el Sendero pro­batorio que a través del Recinto Externo la con­duce a la misma entrada del Templo. Por fin, después de muchas vidas de trabajosos esfuerzos en que en una tras otra va creciendo el alma en pureza, sabiduría y nobleza, manifiesta clara y distintamente su ya firme voluntad; y cuando esta voluntad se declara en explícito y definido propósito, no como el murmullo que ansía sino como la palabra que ordena, entonces esta resuelta voluntad llama a la puerta de entrada al Recinto Externo del Templo, y llama con golpes que nadie puede desoír, porque entrañan la ener­gía del alma determinada a triunfar y que ha aprendido lo bastante para advertir la magnitud de la tarea que va a emprender. El alma situada ante la puerta del Recinto Externo conoce lo que se esfuerza en cumplir y se percata de la enormidad de las dificultades que la esperan. Porque la tarea consiste nada menos que en trascender a su raza, a esa misma raza que ha de subir volteando durante infinidad de mi­lenios en fatigosa sucesión de globo a globo de la cadena planetaria. La valerosa alma que llama a la puerta del Recinto Externo se propone escalar toda la montaña en sólo unas cuantas vidas humanas y subir paso a paso por la más escarpada cuesta para seguir el sendero que derechamente la lleve al Lugar Santísimo. Se propone realizar en el espacio de tiempo que abarcan unas pocas vidas, todo cuanto la raza ha de tardar miríadas de vidas en cumplir. Tan colosal es esta tarea, que el cerebro se abisma en vértigos ante su dificultad. Es tan magna que del alma que la emprende casi pudiera decirse que ya empieza a convencerse de su divinidad y de la omnipotencia en ella subya­cente, pues seguramente es tarea digna de un Dios hacer en unas cuantas vidas, desde el punto del ciclo en que ahora está la humanidad, todo cuanto la humanidad en conjunto ha de hacer no sólo en las razas que todavía faltan de la ronda actual sino en las rondas futuras. La realización de esta tarea significa que el divino poder se perfecciona en la forma humana. La puerta se abre al llamar el alma, que entra en el Recinto Externo por donde ha de ir paso a paso hasta llegar al primero de los cuatro porta­les de las grandes Iniciaciones que conducen al Templo. Pero no podrá pasar más allá del primer portal ninguna alma que no haya abrazado para siempre lo Eterno y desprendídose de su interés por las cosas transitorias que la circundan, pues una vez entrada el alma en el primer recinto in­terno del Templo, que a través de los otros tres conduce al Lugar Santísimo, ya no vuelve a salir jamás. Ha escogido su suerte por todos los futuros milenios y está en un sitio que nadie abandona luego de entrar en él. La primera gran Iniciación pertenece al interior del Templo; pero el alma cuyo progreso trazamos no hace todavía más que prepararse en el Recinto Externo para en vidas venideras recorrer las siete etapas que conducen al primer portal, en espera de que se le permita cruzar el dintel del Templo. Por lo tanto, ¿cuál debe ser su obra en el Recinto Externo? ¿cómo ha de gobernar allí su conducta para ser digna de llamar a la puerta del Templo? Tal es el tema de que voy a tratar aunque tan sólo pueda convenir a la minoría de oyentes y lectores, pues bien sé que al describir el Recinto Externo, acaso diga algo que pueda parecer desagradable y aun repulsivo. Bastante penoso es hallar el camino del Recinto Externo y no poco difícil la práctica de la religión y el ejercicio de las virtudes que capa­citan al alma humana para llamar a la puerta de este Recinto Externo que rodea el Templo, y quienes en él entran progresaron mucho en su pasado, aunque sin duda la vida que allí ha de llevarse les parecerá muy poco atractiva a los que aún no han reconocido definitivamente el ob­jeto y fin de su existencia. Porque conviene advertir que en el Recinto Externo solamente están quienes resueltamente se han dedicado al servicio; quienes todo lo dieron sin pedir nada en cambio, sino el privilegio de servir; quienes reconocen en absoluto la transi­toria naturaleza de las cosas terrenas y empren­diendo concretamente la tarea que se proponen realizar, vuelven la espalda a los floridos senderos que circundan la montaña, con la firme determi­nación de ascender derechamente por ella, cueste lo que cueste y a pesar de los cotidianos esfuer­zos que hayan de hacer en la rápida sucesión de los días de su vida. Mucho se ha de luchar en el Recinto Externo, porque también se ha de hacer allí mucho en poco tiempo. Para mayor claridad de la explicación he divi­dido en cinco partes, aspectos o etapas la tarea del alma en el Recinto Externo; pero entiéndase bien que en realidad no hay tales divisiones ni aspectos ni etapas, porque se han de cumplir al mismo tiem­po en simultanea actuación de perfeccionamiento. He dado a estas divisiones arbitrarias los títu­los de: Purificación, Gobierno del pensamiento, Formación del carácter, Alquimia espiritual y En el dintel. Repito que no se ha de tomar separadamente cada una de estas divisiones, pues todo cuanto significan ha de hacerse a un mismo tiempo y es simultánea obra del alma que pasa sus vidas en el Recinto Externo, debiendo llevarla a cabo siquiera parcialmente antes de atreverse a llegar a la puerta del Templo. Trataremos sucesiva­mente de estas divisiones con objeto de mejor comprenderlas; pero infiriendo del bosquejo que de ellas haga, que no necesita el alma cumplirlas con toda perfección, sino tan sólo parcialmente, para llegar al portal de la primera Iniciación. Bástale luchar con algún éxito, comprender su obra y hacerla diligentemente, pues cuando con entera perfección la cumpla entrará en el Lugar Santísimo. Por lo tanto, parte de su obra ha de ser la purificación de la naturaleza inferior hasta que todas sus moléculas vibren en perfecta armo­nía con la superior; hasta que sea puro todo cuan­to pertenece al temporal aspecto del hombre a que llamamos personalidad y no es el permanente individuo sino tan sólo el conjunto de cualidades y características de que el individuo se rodea en el transcurso de cada una de sus varias vidas. Constituyen la personalidad las externas cualida­des y atributos que envuelven y de que se reviste el alma, llevándolas a veces consigo de una a otra vida; todo cuanto toma al reencarnar; lo que elabora durante la encarnación; y en fin, cuanto la permanente individualidad atrae a su alrededor durante la vida terrena y cuya esencia absorbe para infundirla en su evolucionante y eterno Yo. El señor Sinnett ha empleado recientemente la frase: fidelidad al Yo superior, que simboliza muy bien la situación del alma en el momento de entrar deliberadamente en el Recinto Externo y ver la obra que ante ella se extiende. Es una frase muy a propósito, cuando bien entendida, para des­cribir la actitud del alma en semejantes circuns­tancias, pues significa la deliberada decisión de repudiar todo lo temporal y perteneciente a la personalidad, de suerte que todas las vidas que se hayan de pasar en este bajo mundo se empleen en reunir materiales útiles para transmitirlos al Ego que vive y crece de lo que la personalidad le proporciona. También significa que la perso­nalidad o yo inferior ha de advertir que esencial­mente es uno con el Yo superior, por lo que su actuación en el mundo ha de ser la del temporá­neo agente que acopia cuanto el perpetuo Yo necesita, y en consecuencia ha de resolverse a dedicar toda su vida terrena a este servicio, pues el propósito de la vida es sencillamente el acopio de materiales transmisibles al Yo superior que es realmente la esencia de la personalidad y median­te la asimilación de los materiales acopiados se capacita para ir formando la siempre creciente individualidad, superior en todo caso a la personalidad de una vida. La fidelidad al Yo superior significa el reconocimiento por parte del inferior de este servicio, o sea que el yo inferior ya no vivirá por más tiempo para sí mismo sino con el propósito de servir a lo perdurable; y así toda la vida pasada en el Recinto Externo lo es de estric­ta fidelidad al Yo superior y toda obra allí reali­zada lo ha de ser en provecho de la gran Entidad ya reconocida como el verdadero Yo que ha de perdurar a través de los siglos y ha de ir alcan­zando cada vez más plena vida por medio del deliberado y leal servicio que le presta el mensa­jero por él enviado al mundo exterior. Las principales Escrituras sagradas del mundo hablan de esta obra diciendo que es el paso pre­liminar para el feliz encuentro del alma, y en uno de los más importantes Upanishadas se lee que para encontrar un hombre su alma lo primero que ha de hacer es apartarse de los malos cami­nos. Pues bien, yo me imagino al alma en el punto en que está realizando esta obra, aunque la supongo ya apartada de los malos caminos antes de entrar en el Recinto Externo, porque quienes allí entran ya no están por más tiempo sujetos a las vulgares tentaciones de la vida te­rrena, pues las han trascendido y al encarnar en la vida que los ve dentro del Recinto Externo se habrán por lo menos apartado de los malos caminos, cesando de andar gustosamente por ellos. Si acaso se les encuentra en uno de estos malos caminos será por algún desliz, inmediata­mente refrenado, pues habrán nacido en el mundo con un estado de conciencia que repugna seguir la iniquidad cuando ante sus ojos aparece la jus­ticia. Y aunque la conciencia, no todavía del todo experta, pueda ofuscarse a veces en la elección y escoger lo malo antes de entrar en el Recinto Externo y aun después de haber entrado, está no obstante fervientemente anhelosa de escoger lo bueno. El yo inferior no se opondrá entonces deliberadamente a este anhelo, porque quien de intento contraría la voz de la conciencia no ha entrado aún ni está en modo alguno dispuesto a entrar en el Recinto Externo. Las almas que en él entran están por lo menos resueltas a luchar por el bien y alegremente obedecen la voz de la conciencia que les ordena escogerlo, sin que jamás la desobedezcan deliberadamente. Vienen al mundo con mucho trecho de su ascendente camino ya recorrido y con resuelta voluntad de realzar cuanto les sea posible su conducta. Ha­brán de habérselas en el Recinto Externo no ya con las groseras tentaciones mundanales sino con las sutilísimas y ardientes que asaltan al alma cuando ha de abreviar el número de sus vidas y subir rápidamente la cuesta de la montaña. Entonces no ha de perder tiempo en escaramuzas con las tentaciones ni en la lenta adquisición de la virtud, porque al llegar a los límites del Recin­to Externo del Templo debe seguir adelante y hacia arriba sin detenerse. Tropezará con dificul­tades y la acometerán tentaciones de índole inte­lectual, como la ambición, el orgullo y el engrei­miento de sus adelantos y la firmemente egoísta retención en provecho propio de sus éxitos. Pero no solamente sentirá el alma este vigo­roso empuje de ambición y orgullo que egoísta­mente levantaría una valla entre sí misma y las que están en situación inferior, sino que también la acosará el ansia de conocimiento egoísta para emplearlo más bien en contra que en beneficio del mundo. Esta tentación se disfraza con el anti­faz de amor al conocimiento y a la verdad por sí mismos; pero cuando el alma ve más clara y agudamente, descubre que este supuesto amor anheloso no es otra cosa que el deseo de separarse de sus prójimos, poseer lo de que ellos no pueden participar y fruir de lo que no les dará a gozar. Este sentimiento de separatividad es uno de los mayores peligros de la evolucionante alma, y aunque haya entrado en el Recinto Externo la tentará el orgulloso deseo de aprender, prosperar y vencer con objeto de lograr exclusivamente para sí lo que los demás no logren. Verá el alma el conocimiento a su inmediato alcance y deseará adquirirlo; verá el poderío junto a su mano y deseará ejercerlo. Aunque este deseo tenga por móvil principal el servicio del prójimo, cabe la posibilidad de que también mueva al alma la ambición de superioridad y se incline a levantar una valla que cerque en su egoísta provecho el conocimiento y poder adquiridos. Sin embargo, no tarda el alma en comprender que para atra­vesar el Recinto Externo y llegar al portal que ante sus pasos refulge, le es indispensable des­prenderse de su ambición y orgullo intelectual, del egoísta deseo de conocimiento, de todo cuanto la separe de las almas hermanas. Así empieza a purificar su naturaleza intelectual, escudriñando los móviles de su esfuerzo y de su acción, y exa­minándose cuidadosamente a la luz que sin cesar irradia a través de las ventanas del Templo e ilumina con rayos de Vida espiritual el Recinto Externo. Esta luz hace más densas las sombras y a su resplandor se ensombrecen las cosas que tan brillantes parecían en el mundo inferior. Entonces comprenderá el alma que también ha de purificar el concupiscente deseo que con­sigo trajo en su personalidad y entremezclado está con el deseo intelectual. Deliberadamente emprenderá esta obra de purificación, disponién­dose con firme, consciente y resuelto propósito a eliminar todo cuanto halague a la personalidad y de un modo u otro separe al alma tanto de las que están debajo como de las que están arriba. Una de las lecciones aprendidas por el alma en el Recinto Externo es que el único medio de abrir las puertas del Templo es derribar las vallas que la separan de las almas inferiores. En cuanto el alma derribe estas vallas, se desmoronarán por si mismas las que la separaban de las almas supe­riores, porque sólo se abrirá la puerta del Templo para quien deseoso de cruzarla, derribe las vallas de su personal naturaleza y anhele compartir con todos cuanto logre. Así comienza el alma a purificar la naturaleza concupiscente, eliminando del yo inferior todo elemento personal. ¿Cómo purificarlo? No hay que destruirlo, pues cuanto acopia sirve de experien­cia que se convierte en facultad y se transmuta en poder; y precisamente ahora necesita de todos los poderes que ha ido acopiando durante el camino recorrido, por lo que no destruirá cuanto acopió, sino que aprovechará los poderes adqui­ridos, aunque purificados y no en bruto. ¿Cómo purificarlos? Le parece al alma que fuera mucho más fácil destruirlos, que no necesitaría tanta paciencia para anular algunas de las adquiridas cualidades, y se le figura posible aniquilarlas de un golpe para desembarazarse de ellas. Sin em­bargo, no es así como podrá entrar en el Templo, sino que en su dintel ha de ofrecer en sacrificio cuanto acopió en el pasado, todo cuanto trans­mutó en potencias y facultades. No ha de entrar allí con las manos vacías sino llevando consigo cuanto acopió en su vida inferior. Así en vez de atreverse a destruir, ha de realizar la más penosa obra de purificación, reteniendo la esencia de todas las cualidades, al paso que elimine de ellas cuanto sea personal. Las aprendidas lecciones de virtud o de vicio son experiencias acopiadas en el transcurso de su anterior peregrinación, por lo que debe el alma tomar consigo la esencia de las cualidades como resultado de su precedente ascenso; pero debe tomarla como purísimo oro que ofrecer ante el altar sin la más leve partícula de escoria. Examinemos alguna de estas cualidades a fin de ver claramente lo que significa la purificación, pues si la comprendemos en cuanto a una o dos cualidades, no habrá inconveniente en extenderla a las demás, pues lo importante es saber cómo se ha de llevar a cabo la obra de la purificación. Consideremos primero una poderosa fuerza que todo ser humano vigoriza en las etapas infe­riores de su desarrollo, arrastra consigo según va evolucionando y por último ha de purificar. Esta tremenda fuerza o cualidad, cuya ínfima forma es la ira o cólera y que le sirve al hombre para abrirse paso en el mundo, combatir en las batallas de la vida y vencer muchas veces toda oposición, surge del alma a través de la baja naturaleza, y en las primeras etapas de su evolu­ción, cuando vence las dificultades que le obs­truyen el paso en el mundo inferior, antes de aprender a gobernarla y dirigirla es una energía indisciplinada, valiosa por ser tremenda energía, pero destructora en sus mundanos efectos por estar indisciplinada. Antes de entrar en el Recinto Externo ha de haber transmutado algún tanto el hombre esta energía del alma, en una positiva virtud dilata­damente ejercitada en la vida del mundo con los nombres de noble indignación, aborrecimiento de la iniquidad, la bajeza, la villanía y la crueldad, y apasionamiento por la justicia, prestando exce­lentes servicios al mundo profano con estas diver­sas modalidades de destructora energía. Porque antes de entrar en el Recinto Externo ha estado el hombre trabajando para el mundo y practi­cando esta virtud, de suerte que su pasión estalló contra la crueldad infligida al débil y le indigna­ron las injusticias de los tiranos. En el ejercicio de esta virtud aprendió a eliminar de ella muchas escorias; porque la cólera que sentía en sus pri­meras vidas era egoísta y provocada por los agravios o injurias inferidos a su persona. Enton­ces devolvía golpe por golpe; pero ya ahora hace largo tiempo que venció la brutal iracundia de la naturaleza inferior que se manifiesta en destruc­tora energía contra los perjuicios personales y al mal corresponde con el mal y al odio con el odio. Antes de entrar en el Recinto Externo ha ya transpuesto el hombre esta primitiva etapa, aprendiendo a transmutar la colérica energía en él existente. La ha purificado notablemente del personal elemento y es capaz de airarse no tanto por los agravios que reciba como por las injusticias que en los demás recaigan. Le indigna más la vejación ajena que la propia y cuando ve que el fuerte atropella cruelmente al desvalido arre­mete contra aquél en favor de éste. Así acostumbró a la santa ira a vencer a la ira brutal; así la noble pasión sofocó la pasión animal de la natu­raleza inferior y en las ya lejanamente pasadas vidas aprendió a eliminar las groseras cualidades de la pasión, a no airarse por las ofensas que se le infieran sino en beneficio de aquellos a quienes desee ayudar. Recordemos que este hombre había recono­cido desde mucho tiempo antes el deber del ser­vicio, uno de cuyos medios era la debelación de los opresores y el abatimiento de los tiranos. Su ira flameaba ardientemente contra todas las formas de iniquidad en apoyo del débil y su actua­ción fue acaso heroica en el mundo; pero en la tranquila atmósfera del Atrio del Templo, ilumi­nada por los rayos de absoluta compasión que emanan del Lugar Santísimo, no hay lugar para ninguna modalidad de iracundia ni aun siquiera para la que está depurada de personales antago­nismos. Porque el aspirante sabe ya que también los inicuos son hermanos suyos, y que con su iniquidad sufren más que los afligidos por ella. Aprendió que su noble indignación contra las injusticias, su apasionamiento por la rectitud, el fuego encendido en su pecho para consumir una tiranía que no le oprime, no es la característica del alma que se esfuerza por acercarse a la Divi­nidad, pues la Vida divina ama a todas las cria­turas que envía al mundo sea cual sea su nivel y por muy atrasadas que estén en su evolución. El amor de la Divinidad que todo lo emanó nada tiene fuera de sí. La Vida divina es el núcleo de todo cuanto existe y tan presente está Dios en el corazón del malvado como en el del santo. En el Recinto Externo se reconoce a la Divinidad, por tupidos velos que la oculten, porque allí se abren los ojos del Espíritu y no hay velo alguno entre él y el Yo de los demás hombres. Por lo tanto, esta noble indignación se ha de purificar hasta limpiarla de toda cólera y convertirla en una energía que nada deje fuera de su auxilia­dora índole; hasta que esta potente energía del alma sea pura en absoluto, capaz de ayudar en la misma medida al tirano y al esclavo y de abarcar dentro de sus límites al opresor y al oprimido. Porque los Salvadores de hombres no escogen a quienes han de servir, pues Su servicio no tiene límites y por servir a todos sin distinción no odian a nadie en el universo. Lo que un tiempo fue cólera se ha convertido por la purificación en amparo al débil, impersonal oposición al malvado y perfecta justicia con todos. Lo mismo que purifica la cólera ha de purificar el amor, cuyas primitivas modalidades, cuando el alma empezaba a evolucionar, fueron tal vez obscenas y groseras sin otro atractivo que la forma, con egoísmo tal que ni siquiera se conturbaba por lo que pudiese sucederle al objeto de su amor. Según progresa el alma, múdase el carácter del amor y es más noble, menos egoísta, menos personal hasta que se adhiere a la natu­raleza superior del amado en vez de apegarse al aspecto externo, y se enaltece y purifica el amor sensual. Pero aún ha de ser todavía más puro cuando el candidato entra en el Recinto Externo del Templo, porque entonces su amor ha de haber empezado a perder su exclusivismo, manteniendo más ardoroso su fuego, extendiéndolo a mayor esfera de acción y purificándolo de todo cuanto sea de naturaleza inferior. Esto significa que el amor de quien ha entrado en el Recinto Externo debe tener por propósito el servir al objeto amado y no a sí mismo, con la mira puesta en lo que puede dar y no en lo que puede recibir. De esta suerte irá el amor divinizando gradualmente su índole y efundiéndose en proporción a la necesi­dad más bien que a la valía de la recompensa. Cuando el alma se esfuerce de este modo en la purificación podrá aplicar ciertas pruebas a todo el procedimiento por el cual pasa, y al va­lerse de su energía para hacer algún servicio a la humanidad, utilizará en este servicio como lanza de Ithuriel, la ausencia de personalismo, obser­vando lo que en respuesta surge al bote de la lanza. Si al prestar un servicio y concentrar su energía en la realización de algo que le parezca meritorio, analiza esta obra y sus motivos advir­tiendo que el yo está sutilmente entremezclado con la energía, que no le interesa tanto el éxito de la obra como el obrero, y que el descontento amarga la copa de su deleite al ver que otro lleva a cabo la obra en que él fracasó, prueba será en­tonces de que todavía predomina en el alma la personalidad, pues de lo contrario hubiera procu­rado tan sólo el feliz éxito del servicio aunque no contribuyera a él. Si nota el torcedor del disgusto en el fracaso personal, si la esterilidad de sus esfuerzos le de­primen y desalientan, y anublan por un momento su paz y serenidad, echa de ver entonces que en aquel torcedor y en estas nubes hay todavía algo de personalismo que es preciso eliminar y en consecuencia emprende la tarea de desembara­zarse de esta debilidad y desvanecer las nubes de los ojos del alma. Si al medir y comprobar la índole de su amor advierte algo de frialdad y disgusto cuando la persona amada se muestra indiferente a sus dá­divas a pesar de amarla y servirla intensa y no­blemente; si observa que el flujo de su amor propende a retroceder e interrumpir su curso porque las personas amadas no corresponden a su amor, también entonces el alma, tan severa consigo misma como compasiva con las demás, conoce que todavía queda en ella algo de personalismo, que aún obra con fines egoístas y no halla su más acabado gozo en la estricta gloria del servicio. Por lo tanto, el alma que está en el Recinto Ex­terno del Templo procede a eliminar los residuos de personalismo hasta que el amor brota sin pedir recompensa ni esperar correspondencia, porque verdaderamente comprende el alma que mayor necesidad de amor hay en quienes a él no corresponden, y por lo tanto están más necesitadas de recibirlo las almas que en su presente estado no sienten el amor de auxilio. De esta suerte trabaja deliberadamente el alma en sí misma por su desarrollo, purificando siempre la naturaleza inferior con incesantes esfuerzos e infatigable solicitud, sin jamás compararse con quienes están por debajo sino con Aquellos que se hallan por encima. Alza los ojos hacia Quienes ya vencieron y no los baja hacia los que todavía suben por el camino del Recinto Externo. No puede el alma tener ni un instante de descanso ni de contento hasta que al acercarse a su meta nota en sí menos oposición a recibir la luz de los San­tos Seres que alcanzaron la divinidad. En el Recinto Externo no le asalta al hombre la tentación por sus vicios sino por sus virtudes. Sutilmente le acomete la tentación transfigurada en ángel de luz, sobre todo cuando el alma está progresando, y embiste siempre contra lo más noble y elevado, contra las virtudes, que a favor de la falta de conocimiento se convierten en tentaciones, pues como ya el alma ha transcendido el punto en que pudiera tentarla o mancillarla el vicio, únicamente con máscara de virtud puede la ilusión extraviarla. Así aprende a ser rigurosa y solícita consigo misma, porque sus propios deslices y los de sus compañeras le han enseñado plenamente que como las virtudes de difícil cumplimiento en el mundo interior son muy fáciles para quienes están en el Recinto Externo, el enemigo las roba, por decirlo así, para convertirlas en tentaciones con que ha­cerla vacilar en el Sendero. Por lo tanto, ha de saber el alma que su única salvación está en vivir bañada por la luz del Yo superior, sin atreverse a llegar a la Puerta del Templo hasta que la Luz refulja radiantemente en el interior de su ser, por lo cual ha de esforzarse siempre en hacerse ab­solutamente diáfana. Porque ¿ cómo osaría el alma penetrar en una Luz en cuya comparación no es más que sombra todo lo en la tierra lumi­noso? ¿cómo atreverse a entrar en el seno de una Luz cuyos fúlgidos rayos ofuscan alojo impuro de suerte que toda virtud terrena resulta imper­fecta y toda belleza mundana es vulgarísima feal­dad? ¿cómo tener la audacia de entrar en el Templo, ante los ojos del Maestro, que la verían en toda su desnudez? ¿cómo permanecer allí con rastros de impureza en su corazón, cuando tan sólo una mancha ofendería la pura mirada del Maestro? Por lo tanto, en el Recinto Externo son alegrías las mundanas tristezas y el sufrimiento purifica­dor es el más bienvenido amigo. Así es que el gran Yogui el dechado maestro y patrono de todos los yoguis permanece siempre ante el ara donde en su presencia consumen las llamas cuanto tocan; porque en el corazón de quienes están en el Recinto Externo hay todavía ocultos rincon­citos aún no penetrados por la luz, y antes de en­trar en el Templo es preciso que las vivientes llamas del Señor completen la purificadora obra, consumiendo cuanto se esconde en los recovecos del corazón del futuro discípulo. Se ha entregado a su Señor y ya nada retiene. En la grandiosa ara sita ante la puerta del Templo arde el fuego abra­sador que todos deben atravesar antes de que se les abra la puerta. En el fuego y más allá del fuego aparece la figura del gran Yogui de quien brotan las llamas cuya purificante virtud toman de la gloria de Sus pies. El gran Maestro acaba de purificar al discípulo, quien entra entonces por la puerta que para siempre lo separa de todo in­terés del mundo inferior, menos el del servicio, de todo deseo humano, menos el de trabajar por la redención de la humanidad. Nada hay ya en la tierra capaz de atraerle, porque ha visto el rostro de su Señor ante el cual palidece toda luz.

 

 

SEGUNDA CONFERENCIA

 

GOBIERNO DEL PENSAMIENTO

 

 

En este punto más que en otro alguno se ahonda la diferencia de criterio entre el virtuoso y ecuánime pensador profano y el ocultista. Por lo tanto hemos de ir paso a paso desde el principio para señalar la causa de esta diversidad de criterio acerca de la índole de la mente, de su relación con el hombre, de la influen­cia que ejerce en el desenvolvimiento de la natu­raleza humana, de sus funciones y manera de efectuarlas. La diferencia de criterio acerca de todos estos extremos dependerá del punto de vista en que se coloque el pensador, del concepto gene­ral que del mundo tenga y de la posición que en el mundo ocupe. Con objeto de estudiar debidamente esta materia del gobierno del pensamiento, veamos cómo la consideraría un intelectual de mente equili­brada, sobrio en sus juicios y sin asomo de negli­gencia, frivolidad ni mundanería en la ordinaria acepción de estas palabras. Todo hombre bueno y virtuoso que deliberadamente se representa un ideal de virtud que se esfuerza en realizar y un concepto del deber que procura cumplir recono­cerá, al representarse este ideal de virtud y for­marse este concepto del deber, la necesidad de dominar y dirigir la naturaleza inferior. En esto no hay divergencia alguna. El hombre virtuoso a quien nos referimos dirá seguramente que se han de refrenar y someter las pasiones y apetitos del cuerpo, las bajas emociones que atropellan a las gentes irreflexivas y atolondradas, el aspecto de la naturaleza humana que actúa desde el exterior de suerte que induce al hombre a obrar desconsi­derada, irreflexiva e impensadamente. Dirá que todo esto es la naturaleza inferior y procurará someterla a la obediencia de la superior. Si exa­minamos cuidadosamente el estado psicológico de un hombre tal, veremos que lo que en lenguaje vulgar llamamos un hombre equilibrado es capaz de gobernar mentalmente la naturaleza inferior, de suerte que el pensamiento domine al deseo. Más todavía. Si con mayor detención lo examina­mos y advertimos en este hombre recia voluntad, carácter entero y conducta recta, que aun en circunstancias difíciles acierta guiar en derechura su naturaleza inferior, colegiremos que tiene lo bastante vigorizada la mente para no determi­narse a la acción movido por circunstancias ex­ternas ni por las atracciones que le rodeen y a las cuales responda la naturaleza animal, sino que veremos que se determina a la acción por un cúmulo de experiencias acopiadas en su memoria como recuerdo de pasados sucesos y comparación de sus consecuencias. La mente actuó sobre todas estas experiencias ordenándolas, por decirlo así, y cotejándolas unas con otras, infiriendo de ellas por un intelectual y lógico esfuerzo un definido resultado que la mente retiene como regla de con­ducta, y cuando el hombre equilibrado se ve en circunstancias críticas y conturbadoras, que arro­llarían a una voluntad flaca y aun acaso a cual­quiera persona vulgar, ajusta su conducta a la regla establecida en el tranquilo instante en que no obraba activamente la naturaleza del deseo ni lo cercaban tentaciones, sin consentir que lo des­víen de su camino los halagos o impulsos del mo­mento. Al tratar con un hombre así es fácil conjeturar cómo se conducirá, pues conocemos los principios sobre que fundamenta su conducta y la modalidad de pensamiento predominante en su mente. De su entero, definido e íntegro carácter cabe inferir casi con seguridad que a pesar de cuantas tenta­tivas le asalten, realizará en el momento de la lucha el ideal representado en los momentos de calma y reflexión. Esto es lo que en términos ge­nerales significa un hombre equilibrado. Es el que alcanzó una etapa de evolución algo elevada con el propósito puesto ya en obra de vencer, refrenar y dirigir su naturaleza inferior, de modo que al recibir externo estímulo para la acción, pueda el alma conducirse noblemente repeliendo la acometida de cualesquiera tentaciones que la inciten a obrar abyectamente o de conformidad con los halagos de la naturaleza inferior. Hasta aquí hemos considerado un hombre vir­tuoso, de carácter superior, ideas claras y sano juicio, que en modo alguno se deja zarandear por las circunstancias ni por los impulsos como les sucede comúnmente a los caracteres indisciplinados o mal dirigidos. Pero el hombre equilibrado a que nos referimos puede ascender a otra etapa donde estudiar una superior filosofía de la vida que le dé mayores explicaciones acerca de la ac­tuación de la mente; por ejemplo, puede estudiar las sublimes enseñanzas teosóficas, ya tal como están expuestas en obras antiguas o modernas, ya tomándolas de la India, Egipto, Grecia y de la moderna Europa. En esta filosofía puede adquirir un nuevo concepto del universo y modificar notablemente por ello su actitud mental. Supongamos que este hombre ingresa en la Sociedad Teosófica cuyas principales enseñanzas acepta. Entonces echará de ver con mucha mayor claridad que antes la enorme influencia de sus pensamientos y notará que cuando su mente actúa ejerce el creador poder que tan familiar es para muchos teósofos, formando con su actuación definidas entidades constantemente enviadas al mundo exterior, las cuales operan en bien o en mal e influyen en la mente y conducta de gentes con quienes el creador de esas entidades mentales no está en directa relación personal. Entonces advertirá que para influir de este modo en las mentes ajenas no es necesario que exprese su pensamiento con la palabra hablada o escrita ni tampoco hay necesidad de que el pensamiento manifieste de un modo u otro su acción para que influya poderosamente en bien o en mal. Comprenderá asimismo que por muy obscuro e insignificante que sea en el concepto mundano y por muy retraído que esté de la vista de las gentes, sin relacionarse personalmente más que con el pequeño circulo de sus parientes y amigos, le será posible influir benéfica o maléficamente con el poder de su pensamiento, superior al de la exhor­tación y aun al del ejemplo, sin necesidad de co­municarse de palabra ni por escrito con las gentes ni aunque se halle físicamente aislado de los hom­bres mundanos. Así puede purificar o mancillar las mentes de sus coetáneos; contribuir a favore­cer o estorbar el progreso del mundo; realzar o deprimir en cierto grado el nivel de su raza; e independientemente de la eficacia que el vulgo reconoce en el precepto y el ejemplo, puede influir en la mentalidad de su época mediante las sutiles energías del pensamiento, con las activas formas lanzadas al mundo de los hombres y cuya operación es precisamente más formidable porque son invisibles, y ejercen mayor influencia porque por lo sutiles no las perciben las gentes a quienes afectan. De esta manera, según adelanta nuestro hombre en conocimiento, tiene un nuevo concepto de la naturaleza del pensamiento y se hace cargo de la gravísima responsabilidad que contrae al pensar, es decir, al ejercitar las facultades men­tales. Comprende también que esta responsabi­lidad se extiende mucho más allá de cuanto su vista alcanza y que a veces puede ser efectiva­mente responsable de muchos crímenes que se perpetran así como de muchas heroicidades que se realizan en la sociedad a que pertenece. En­tonces reconoce la verdad del básico principio según el cual no es únicamente responsable de una acción el que la comete, pues como quiera que toda acción es el concreto resultado o diga­mos encarnación de uno o diversos pensamientos, todos cuantos contribuyen a generarlos participan de la responsabilidad de la acción. Por todo esto, considerando la vida bajo un más amplio con­cepto, tiene ya el hombre mayor cuidado con sus pensamientos y advierte que ha de gobernarlos, lo cual no se le ocurría mientras tuvo del pensa­miento un concepto escuetamente mundano. Pero además del cuidado con que ha de gober­nar la emisión de sus pensamientos por la responsabilidad que le incumbe, observará si prosigue en su estudio, que la índole de pensamientos que atraiga del mundo exterior dependerá en gran parte de la índole de sus propios pensamientos. Así, no sólo es un imán que irradia líneas de fuerza mental por toda el área de su campo magnético, sino que también atrae todo cuanto responde a la fuerza magnética por él emitida; y en consecuen­cia, de la dirección en que la emita dependerá la buena o mala índole de sus pensamientos. De esta suerte comprende que al emitir un buen pensa­miento no sólo cumple el supremo deber que con sus prójimos le liga sino que a sí mismo se bene­ficia, como siempre sucede cuando el hombre está en armonía con la ley de Dios. Al emitir un pen­samiento noble, establece en sí un centro que por afinidad magnética atrae otros pensamientos de igual índole, los cuales auxilian y fortalecen su mente; pero también reconoce con pena y ver­güenza que al emitir un pensamiento siniestro forma en su conciencia un centro igualmente si­niestro que atrae los pensamientos viles flotantes en la atmósfera mental, acrecentando con ello sus malas inclinaciones de la propia suerte que los buenos pensamientos intensifican su tendencia al bien. Y cuando advierte la mental confraternidad que enlaza a todos los hombres, transmuta la ac­titud de su mente, pues se hace cargo de la responsabilidad en que incurre tanto al dar como al recibir y echan de ver los lazos que de él se extien­den en todas direcciones así como los que de todas direcciones concurren a él. Por lo tanto en su vida cotidiana da más importancia al pensamiento que a la acción, porque comprende que en las in­visibles regiones se engendran cuantas fuerzas actúan en las vidas psíquica y orgánica. Pero nuestro hombre adelanta después otro paso y entra en el Recinto Externo. Es entonces un candidato que aspira a hollar el áspero y corto Sendero que conduce a la cumbre, es decir, que está en la etapa probatoria del Sendero; y por lo tanto, recibirá mayor conocimiento del corres­pondiente a quienes tan  solo empiezan a compren­der la naturaleza de la vida que los circunda. El candidato que ha cruzado el umbral del Recinto Externo reconoce algo más allá y superior a la muerte, algo cuya relación con ella es análoga a la de ella con el deseo de la naturaleza inferior. De la propia suerte que en el transcurso de su evolución reconoce el hombre la superioridad de la mente respecto del deseo, así cuando entra en el Recinto Externo ( y aun antes de entrar porque precisamente el reconocimiento de lo que vamos a decir le conduce a la puerta y se la entreabre) reconoce que esta mente, al parecer tan grande y poderosa, que poco ha diputaba por el monarca gobernante del mundo, y de la que dijo un pensa­dor que nada hay grande en el universo sino el hombre y nada grande en el hombre sino la mente, no es tan excelsa como le parecía al ob­servarla con encegados ojos desde un bajo punto de mira, sino que al aclarársele la vista descubre en el universo algo superior a la mente que pare­cía lo mayor del hombre, algo más amplio y sublime que brilla un instante y al punto se eclipsa. Aunque no todavía por definido conocimiento sino incompletamente y por rumores y conjeturas presiente el hombre haber percibido un vislumbre del Alma, y que hirió su mente un rayo de luz venida de más alto, de algo que confusamente y de extraña manera le parece que es la mente misma y está con ella identificado. Al principio se confundirá a tientas en las tinieblas sin acertar a distinguir entre la mente con la cual hasta en­tonces se había identificado y aquel algo muy superior a la mente, que parece identificarse tam­bién con él y sin embargo es mayor que él. Por esto no sabe desde luego de donde procede aquel vislumbre y recela que la esperanza en él desper­tada no sea más que un sueño. Pero antes de continuar nuestro estudio, con­viene definir las palabras <mente>, <alma> y <conciencia> que no han de ser para nosotros fichas de juego sino legítimas monedas que repre­senten nuestras ideas o riqueza mental. Por lo tanto, veamos el significado de dichas palabras, o al menos el que les doy al emplearlas, definién­dolas claramente aunque no todos estén confor­mes con la definición. A mi entender el Alma es la individualización del Espíritu universal, el enfoque en un solo punto de la Luz universal. Es el Alma como un recep­táculo en que se vierte el Espíritu de modo que lo de por Sí universal, vertido en este receptáculo aparece separado en su manifestación aunque siga siendo en esencia idéntico con el Espíritu universal. El propósito de esta separación es el desenvolvimiento de una individualidad; que en todos los planos del Universo exista una potente vida individualizada cuyo conocimiento abarque los mundos astral y físico, como ya conoce el espiritual y no haya solución de continuidad en su conciencia, y que sea capaz de construirse los vehículos necesarios para adquirir conciencia fuera de su propio plano, purificándolos después poco a poco, uno tras otro, hasta que no actúen ciegamente ni sirvan de estorbo sino de puro y diáfano medio de recepción de conocimiento en cada plano. Pero la palabra receptáculo empleada como símil puede inducir a error, pues la dificultad en la expresión de las ideas consiste en que un símil acertado cuando se aplica a una idea, puede ser erróneo al aplicarlo a otra. Así el proceso de individualización no ha de entenderse en el sen­tido de construir un receptáculo y verter en él algo que a su configuración se amolde, sino que tiene más cercana analogía con la formación de un sistema solar. Retrollevando la imaginación a los orígenes de nuestro sistema planetario, podemos concebir un espacio en que nada hay visible para el ojo físico y parece vacío, aunque es real plenitud, donde surge una leve neblina demasiado tenue para llamarla así, por más que sea la única pala­bra significativa de esta inicial agregación. La neblina se va densificando más y más; a medida que transcurre el tiempo, es mayor su cohesión, y se deslinda cada vez del espacio circundante, hasta que la antes tenuísima sombra va tomando forma de más en más definida, de suerte que si pudiéramos observar esta construcción de mun­dos veríamos cómo la nebulosa se va condensando y configurándose a más y mejor en el espacio hasta constituir un sistema planetario alrededor de un sol central. Por tosco que resulte el símil, así ocurre en la individualización del Espíritu. Primero es como una débil apariencia de sombra en el universal vacío, en realidad plenitud de plenitudes, y esta sombra se convierte en neblina que va concre­tando su forma más clara y definidamente, según adelanta en su evolución, hasta que por fin apa­rece un Alma, un individuo, donde al principio solo había la sombra de una creciente neblina. Tal es alegóricamente representado el proceso de formación de una conciencia individual, y con­siderándolo así cabe comprender cómo va desen­volviéndose el Alma en el dilatado transcurso de su evolución, pues en un principio no está del todo formada para sumergirse como un buzo en el Océano de materia, sino que lentamente va cohesionándose, por decirlo así, hasta constituir una porción individual del Espíritu universal, esto es, una individualidad siempre creciente en el transcurso de su evolución. El Alma [2] va pasando vida tras vida durante infinidad de años y siglos sin cuento. La evolucionante individualidad y su conciencia es resultado de las expe­riencias adquiridas en el transcurso de su desen­volvimiento. Es el Alma aquella entidad que tan alto nivel alcanza hoy día en alguno de los Hijos de los hombres, y tiene tras sí un pasado siempre presente en su conciencia ampliamente desarro­llada mientras holló el largo sendero de su pere­grinación, y en la que se comprendían las expe­riencias de todas las vidas pretéritas. A cada nacimiento, cuando ha de acopiar nuevas experiencias, el Alma se infunde parcialmente en nuevas vestiduras para adquirir nuevas expe­riencias que agregar a las ya adquiridas durante las pasadas edades. Esta porción del Alma que así desciende a los planos inferiores para acre­centar el conocimiento que la magnifique, es lo que llamamos Mente, o sea la porción del Alma actuante en el cerebro y en él presa y aherrojada, de suerte que la abruma la pesadumbre de la carne y obscurece su conciencia porque no puede atravesar el tupido velo de materia. Toda la grandeza de la Mente se reduce a esta lucha­dora porción del Alma que con propósito de mayor desenvolvimiento actúa en el cerebro. Según va actuando manifiesta sus potencias en la medida que le consienten las limitaciones de la materia, y todo cuanto el Alma es capaz de ma­nifestar de sí misma por medio del cerebro constituye la mente del hombre que será más o menos amplia según el grado de su evolución. Pero en el Recinto Externo comprende el hombre que el Alma es él, que la mente es tan sólo su pasajera manifestación, y por lo tanto reconoce que así como el cuerpo físico y los deseos de concupiscencia se han de supeditar a la mente, peculiar del Alma aprisionada, así la mente se ha de supe­ditar a la porción superior del Alma de la que es tan sólo proyectada representación temporal, un instrumento, un medio de manifestación necesario para que el Alma cumpla su tarea de recoger y asimilar experiencias. Comprendido esto ¿cuál será la situación de nuestro candidato? Al paso que la mente se rela­ciona con el mundo exterior, observa y recopila nuevas experiencias, las clasifica, ordena y juzga, procediendo así en todo lo demás de su desenvolvimiento intelectual para transmitir los resultados al Alma que se los asimila y lleva consigo al devachán donde los transmuta en Sabiduría. Conviene advertir que la Sabiduría es muy distinta del conocimiento. Llamamos conocimien­to al conjunto de hechos experimentados, de los juicios que sobre ellos forma la mente y de las conclusiones que infiere de los juicios, mientras que Sabiduría es la esencia extraída de todo este conjunto, lo que el Alma cosecha de sus expe­riencias durante su permanencia en el devachán, El candidato ya sabe todo esto y por lo tanto reconoce, hasta donde su penetración alcanza, que él, su Yo, es el Alma evolucionante a través de las vidas pasadas, y así comprende la razón de habérsele dicho que desde un principio debía distinguir entre el perdurable Yo y la mente que tan sólo es su pasajera manifestación en el mundo de la materia a fin de actuar en beneficio del Alma. Entonces advierte el por qué cuando el discípulo encuentra el camino del Recinto Exter­no, su primera exclamación en demanda de enseñanza es: ¡Oh! Maestro ¿qué haré para alcanzar sabiduría? ¡Oh! Sabio ¿qué para lograr la perfec­ción? De labios del Sabio brotan en respuesta estas palabras que al principio parecen extrañas: Busca los Senderos. Pero ¡oh! Lanú, sé limpio de corazón antes de emprender la marcha. Antes de dar el primer paso aprende a discernir lo ver­dadero de lo falso, lo transitorio de lo sempiterno [3]. Después continúa el Maestro explicando la diferencia entre conocimiento y sabiduría, y lo que son la ignorancia y el conocimiento, y la sabi­duría que a los dos sucede, estableciendo así la distinción entre la sabiduría propia del Alma y la mente que como un espejo refleja la luz aunque recoja polvo, y por lo tanto necesita que la brisa de la sabiduría del Alma la limpie del polvo de la ilusión.. Si el candidato es prudente, refle­xionará diciendo: ¿Qué diferencia hay entre lo real y lo ilusorio y por qué influye en la manifes­tación de la mente? ¿Cuál es la diferencia entre el reflejante espejo y el Alma que ha de sacudir el polvo del espejo para desvanecer la ilusión? ¿Qué parte desempeña la mente que tan poderosa parece, hasta el extremo de identificarla con el hombre en el mundo inferior? ¿Cuál su función si, con todo, el primer paso en el Sendero es distin­guir lo ilusorio de lo real, y la mente está sutil­mente enlazada con lo ilusorio? Pero hay otras palabras que, según el candidato recuerda, las pronunciaron también los Maestros de Sabiduría. Recuerda una extraña frase referente al rajá de los sentidos, al monarca gobernante de la natu­raleza inferior, que en modo alguno es amigo del discípulo. Recuerda que al comienzo de las ense­ñanzas se le ordenó investigar este rajá de los sentidos con el fin de conocerlo porque es el engendrador del pensamiento y el que despierta la ilusión. Se le dice al discípulo que la mente es el gran destructor de lo real, y que el discípulo ha de matar al destructor [4]. Esto parece darnos la pista de un pensamiento que ilumine al candi­dato en su investigación del rajá, rey de los sen­tidos que engendra el pensamiento, despierta la ilusión y mata lo real. La realidad existe en el mundo espiritual. Según adelanta el proceso diferencial, surge la ilusión engendrada por la evolucionante mente que a favor de su facultad imaginativa traza infinidad de cuadros e imágenes y por medio de su facultad racional edifica en el aire los imaginados proyectos. La mente es para el discípulo el creador de la ilusión, el matador de lo real y así su primera tarea como discípulo ha de ser matar al matador, pues si no se desembaraza de esta ilusiva facultad de la mente nunca será capaz de ir más allá del Recinto Externo. Entonces vuelve a escuchar la voz del Maestro que le manda esforzarse en identificar la Mente con el Alma, y emprende la tarea de transmutar la mente inferior a fin de identificarla con la supe­rior, anulando su ilusionante poder para que reconociendo su verdadera filiación se identifique nuevamente el Hijo con el Padre y los dos sean uno. Después recibe el candidato una enseñanza que en místico lenguaje le ordena destruir el cuer­po lunar y purificar el mental. Estudiando el sig­nificado de estas frases se familiariza con los símbolos y alegorías y entiende que el cuerpo lu­nar es el cuerpo astral cuya índole kármica o con­cupiscente ha de destruir al paso que purifica el cuerpo mental. El Maestro le dice: Limpia tu cuerpo mental porque sólo quitándole el polvo de la ilusión será posible reintegrarse y fundirse con su Alma. Entonces advierte el candidato que obra ha de realizar con la mente en el Recinto Externo, pues conoce que él mismo, el Alma viviente, desenvolvió durante su secular ascensión, la fuerza que la capacita para formarse en su servicio un instrumento de uso individual que debe manejar conscientemente; por lo que en vez de ser la mente su dueño ha de ser sumiso esclavo, un instrumento útil en sus manos. Cuando el candi­dato adquiere este convencimiento, se le repre­senta en toda su realidad la índole de su tarea y comienza a educar su mente por las cosas más sencillas, pues observará que la mente pasa fácil­mente de un objeto a otro y es mudable, voluble, turbulenta, difícil de dominar y contener, según notó Arjuna hace ya cinco mil años. El candidato ha de domar su mente como se doma a un potro adiestrándolo para la silla de modo que al mon­tarlo siga en derechura el camino por donde el jinete le guíe y no para que salte zanjas, fosos y setos, ni para que corra campo atraviesa en todas direcciones. Así el candidato, en su vida diaria, donde ha de llevar a cabo toda esta obra, irá edu­cando poco a poco su mente, acostumbrándola a pensar en actitud perseverante y definida sin con­sentir que las múltiples tentaciones circundantes extravíen su pensamiento en toda dirección. Ha de negarse a diseminar su pensamiento; ha de insis­tir en conducirlo por determinado y recto camino; evitará el estudio fragmentario de las cuestiones como si no tuviera bastante energía para sostener continuadamente la atención en un tema dado; rechazará la infinidad de tentaciones con que le hala­gue nuestra frívola época; y para mayor adiestra­miento de su mente leerá con deliberado propósito libros cuyo asunto requiera persistente atención y persevere durante largo tiempo en una misma modalidad de pensamiento, sin saltar bruscamente de una cuestión a otra, pues esta volubilidad in­tensificaría la inquietud que obstruye el sendero hasta el punto de serle imposible proseguir su camino sin antes del todo vencerlo. Así día tras día, mes tras mes, año tras año, irá elaborando su mente y adiestrándola en la per­sistencia del pensamiento, de modo que piense en lo que se proponga pensar. Ya no permitirá que sus pensamientos vayan y vengan de uno a otro objeto ni que se le aferren como ideas fijas sin poder desarraigarlos. Será el dueño de su casa. No importa que le sobrevengan dificultades en su vida diaria, pues le servirán para educar su mente, y cuando las dificultades sean muy espinosas y las ansiedades muy apenantes y le abrumen durante días, semanas y meses hasta el punto de moverle a tedio al reflexionar sobre ellas, dirá: No quiero retener en mi mente semejantes pen­samientos de ansiedad y zozobra, porque nada ha de aposentarse en ella sin que mi elección lo invite, y todo cuanto venga sin invitación lo expulsaré más allá de los límites de mi mente. Hay quienes no pueden conciliar el sueño conturbados por angustiosos pensamientos que no les dañan tanto como el tedio que causan en la mente. Con todo esto ha de acabar el candidato, porque no ha de permitir acción alguna sin su consenti­miento y habrá de condenar a piedra y lodo las puertas de su mente cuando intenten introducirse los pensamientos advenedizos. Esta será una tarea difícil, larga y penosa, porque los malos pensamientos se empeñarán en entrar y él ha de rechazarlos una y otra vez y tantas cuantas se presenten, pues no hay otro medio de anular los siniestros pensamientos. Pero ¿cómo lograrlo? Al principio convendrá substituir el mal pensamiento por otro de índole placentera, pero más tarde bastará el resuelto empeño de rechazarlo. Hasta que el can­didato no tenga bastante fortaleza para atrancar la puerta de su mente contra los malos pensamien­tos y quedarse tranquilo, le valdrá más substituir por un pensamiento relacionado con lo permanente el pensamiento que ha de desechar relacionado con lo transitorio. De esta suerte logrará el doble propósito de invalidar el pensamiento en lo transitorio y habituar a la mente a posarse en lo eterno, adquiriendo con ello el convencimiento de que lo presente es pasajero y no vale la pena de contur­barse por ello. Descansando sobre el seguro apoyo de lo permanente, robustecerá la costumbre de posarse en lo eterno, que es el secreto de toda paz en éste y los demás mundos. Luego de educada así su mente y cuando la domine hasta el punto de hacerla pensar en lo que él quiera y desviarla de lo que él no quiera, dará el candidato otro paso todavía más difícil que los anteriores, pues se retraerá de la mente y ya no pensará con ella, no porque se vuelva inconsciente sino por el anhelo de más amplia conciencia, ni tampoco por que se debilite o aletargue su vida, sino porque es ya tan vívida que el cerebro no puede contenerla. Este explaye de la vida interna, este incremento de la vital energía fluyente del Alma, acabará por darle a entender al candidato que es posible llegar a una etapa en donde el pensamiento no derive ya de la mente sino que sea la conciencia del Alma. Mucho antes de tener con­tinuidad de esta conciencia habrá de pasar el can­didato por la etapa de aridez, vacuidad y oquedad, una de las más penosas de la vida en el Recinto Externo; y entonces tendrá vaga idea del signifi­cado de las palabras del Maestro: Refrena con tu Yo divino tu yo inferior, y refrena con lo Eterno lo divino [5].  El Yo divino es el Alma que ha de refrenar a la mente inferior; pero más allá del Alma está lo Eterno, y en el porvenir oculto en el interior del Templo, lo Eterno ha de refrenar a lo divino, como lo divino refrenó al yo inferior. Poco a poco va aprendiendo el candidato que ha de ser dueño de todo cuanto en su torno se re­laciona con su mente, que llegará a una de las etapas del Recinto Eterno en donde le cerquen su­tiles tentaciones que ya no embestirán contra la naturaleza inferior sino que se atreverán al ataque contra la superior, con el intento de valerse de la mente para perder al discípulo después de fraca­sar en su empeño de expugnarlo con el ariete de la concupiscencia y de los groseros halagos de la carne. Después sobrevienen las insidiosas tentaciones que en numerosos tropeles engañan al hombre in­terno y le rodean mientras asciende por su áspero sendero. Por todos los lados le asedian las tenta­ciones del mundo mental, y así debe haber logrado completo dominio sobre las imágenes mentales de su propia creación, antes de poder mantenerse impertérrito, sereno e incólume entre aquella turba de atropellados pensamientos que le asaltan, no ya vigorizados y fortalecidos por las flacas mentes de los hombres terrenos, sino por un for­midable impulso que entraña algo de la índole de las fuerzas del plano espiritual, aunque del aspec­to sombrío que intenta matar el Alma y no del luminoso que anhela auxiliarla. En el Recinto Ex­terno se encuentra cara a cara con estas potísimas fuerzas del mal que enérgicamente le acometen; y si no logró dominarse en los límites de su mente ante los débiles ataques del mundo terreno ¿cómo podrá resistir a las huestes de la maligna entidad de Mara? ¿Cómo recorrerá esta cuarta etapa del Recinto Externo, en cuyo torno se apelotonan los enemigos del Alma, y por la que nadie puede pa­sar si no goza de absoluta paz? Después adquiere el Alma la fuerza derivada de la fijeza de la mente, ya tan robusta que puede posarse en lo que elija y permanecer allí incon­movible a pesar de cuantos torbellinos la circun­den. Es ya tan firme, que nada externo logra per­turbarla, y tan vigorosa que ya no necesita esfor­zarse en anular cosa alguna, pues ha trascendido la etapa en que es indispensable el esfuerzo. Cuan­to más fortaleza tenga el Alma, menos habrá de esforzarse en su actuación; y cuanto más potente, menos mella le harán las acometidas del exterior. Entonces llega la mente a la gloriosa etapa en que sin necesidad de matar los pensamientos caen sin vida junto al santuario, porque ya no necesi­ta la mente matar ni que la maten, puesto que ya está limpia y es pura y obediente. Así comienza la identificación de la Mente con el Alma, resul­tando de ello que al chocar con la mente algo ex­traño, se anula por su propio impulso, es decir, que no hay necesidad de rechazarlo porque muere herido por la misma violencia del choque. Tal es la fijeza de mente comparada a una luz puesta en lugar resguardado de todo soplo. En este lugar de sosiego a la sombra de los muros del Templo, goza el candidato de absoluta paz y (como dice el Kathopanishad II 20) libre de deseos y de inquie­tudes se adueña de su voluntad y con sosegados sentidos contempla la majestad del Alma, porque entonces ya no iluminan su vista entrecortados vislumbres ni vacilantes rayos de luz, sino que en aquella absoluta paz y serenidad, sin rastro de deseo ni la más leve pena, la majestad del Alma brilla esplendorosa sin eclipses y en toda su inte­gridad la refleja la mente, que si antes era como polvoriento espejo o lago agitado por el viento, ya es pulimentado espejo de perfectos reflejos y lago tranquilo que a la montaña devuelve la imagen de sus árboles, y la de sus estrellas y arreboles al cielo. Pero ¿cómo así? La amonestadora voz nos habla de un momento de peligro por que ha de pasar el candidato poco antes de llegar a la etapa en que ya la luz no vacile. Es el momento en que la mente, a manera de alocado elefante enfurecido en la selva, empeña su última lucha con el Alma. ¿Cómo domar entonces a la mente? Es su postrera porfía, el final esfuerzo que al verse amenazada de sujeción intenta la naturaleza inferior para pre­valecer contra la superior. Porque según nos dicen todos los libros que tratan de la Iniciación y de la Sabiduría oculta, cuando el candidato se acerca a la puerta del Templo y antes de atravesarla, todas las potesta­des de la Naturaleza, todas las fuerzas mundana­les se levantan contra él para derribarlo. Es la última lucha que ha de sostener antes de la definitiva victoria, y esta lucha es el vivísimo reflejo de otra empeñada en planos inimaginables por lo superiores, donde los máximos entre los mayores encontraron su camino. De esta lucha es símbolo la última que cabe el Arbol sagrado donde recibió la iluminación que lo convirtió en Buddha, sos­tuvo Gautama contra las huestes en su alrededor arremolinadas con intento de cerrarle el paso. Aunque en planos muchísimo más inferiores, tam­bién ha de sostener esta lucha crucial el discípulo que en su presente vida se acerca a la puerta del Templo. ¿Cómo vencer en la lucha?¿Cómo seguirá las huellas de los que le precedieron en el sendero probatorio? En las palabras del Maestro hallará de nuevo el conveniente auxilio, pues de Sus la­bios brota una insinuación capaz de guiarlo. Ne­cesita señales que le lleven al Alma Diamante[6] ¿Qué es el Alma Diamante? La que se ha unido completamente al verdadero Yo, y sin defecto ni mancha enfoca con diamantina diafanidad la luz del Logos, para irradiarla a los hombres. El potente Nombre que acabo de citar, como pudiera citar otros Nombres de igual significado, aunque en diversos idiomas, es el del Alma superior a to­das las demás, el Alma Diamante, tan diáfana, tan pura y sin tacha ni grieta, que por su medio alumbra a los hombres la luz del Logos. Es el Alma que miramos en los momentos de suprema aspiración y que nos atrae con sólo un vislumbre de su belleza y un toque de su lumbre. Porque el Alma se remonta hacia su origen como la flor se explaya hacia la luz, y las señales que la atraen son los fulgentes resplandores del Alma Diamante derramados sobre la que, aunque débil y vacilan­te, es Ella misma, y con divina energía la impulsa a unirse con Ella. Cuando el discípulo tiene más perfecta com­prensión descubre el significado de la frase: Alma Diamante, y se convence de que también en él encarnará el Alma Diamante. ¡Mira a tu interior! ¡Eres Buddha! Echa de ver entonces que mente y cuerpo son instrumentos para el servicio del Alma y tan sólo útiles y valiosos cuando funcio­nan para alcanzar lo superior. La devoción afina después las cuerdas de la mente en completa su­jeción al Alma que a su vez las templa por virtud de la devoción, y entonces es la mente un instrumento a propósito para que lo pulse el Maestro y arranque de él toda melodía terrenal y celeste. Por fin el discípulo llega ante la puerta del Tem­plo y se percata de que se ha encontrado a sí mismo, que el Alma es él y contempla entonces a un Ser todavía más elevado con quien aspira a unirse en el interior del Templo. Mientras estuvo ante la puerta unió su yo perecedero con su eterno Yo, la mente con el Alma. En este punto comienza a identificarse por adoración con el Supremo, pues reconoce que en su vida cotidiana puede el Alma estar en perpetua adoración prescindiendo de las tareas en que se ocupen mente y Cuerpo, y que la vida del discípulo es la ininterrumpida adoración del Supremo, la incesante contemplación del Alma Diamante. Reconoce también que mientras el Alma está así ocupada en el Recinto del Templo, el cuerpo y la mente trabajarán en el Recinto Exterior y en el mundo en favor de la menesterosa humanidad, pues son sus útiles o herramientas de trabajo en la vida terrena los que funcionan, en­tretanto su verdadero ser está en adoración. En­tonces comprende el significado de la frase:  - los ángeles del cielo ven cara a cara al Padre - porque la visión del Alma Padre es perpetua y ni las nu­bes terrenas pueden obscurecerla ni las obras del mundo estropearla. Mientras cuerpo y mente la­boran, el Alma está en incesante contemplación, y cuando el Alma llega a este punto atraviesa el umbral, pasa del Recinto Externo al Templo de su Señor.

 

 

TERCERA CONFERENCIA

 

FORMACION DEL CARACTER

 

 

Conviene ante todo recordar lo expuesto en la primera conferencia acerca de las cuali­dades que vamos considerando y la línea de pensamiento y acción que han de seguir quienes se hallen en la situación a que llamo: En el Recinto Externo. Recordaremos que, según dije, la situación del aspirante ya entrado en este Recinto es muy distinta de la del hombre bueno, vir­tuoso y religioso que aún no ha visto del todo su meta ni advertido la magnitud de su tarea; pero conviene repetir que al bosquejar las cualidades de quienes entran en el Recinto Externo, significo el deliberado propósito que el candidato tiene de autoeducarse con un fin concretamente recono­cido, sin que en modo alguno se haya de entender que ya posee el candidato a la perfección todas estas cualidades mientras se halla todavía en el Recinto Externo del Templo. Principia, por de­cirlo así, a formar su carácter, comprende hasta cierto punto lo que ha de llegar a ser y se esfuerza con mayor o menor eficacia en lograr sus aspira­ciones; pero no quiere decir esto que antes de colocarse en el umbral del Templo se haya de ha­ber purificado por completo y dominado sus pen­samientos, formado perfectamente su carácter y transmutado del todo lo inferior en superior, sino que durante su permanencia en el Recinto Ex­terno echa los cimientos y bosqueja con sumo cuidado y claridad los contornos del edificio que acabar espera a la perfección. Sin embargo, el definitivo trazado de las líneas, la erección de la fábrica sobre los cimientos, el alzado de las pare­des y el remate de la obra se han de efectuar más bien dentro que fuera del Templo, después de abiertos los ojos y no mientras todavía están en­tornados en el Recinto Externo. Lo importante es que el plan esté proyectado y reconocido, pues aunque en el transcurso del tiempo haya de ampliar su obra, lo expuesto es por de pronto la mínima meta a que el candidato se propone llegar. Así pues, por muy elevadas que parezcan las aspiraciones y por magnífico que resulte el bosquejo, se ha de trazar claramente en el Recinto Externo, aunque no se complete en todos sus pormenores, pues por pobres que sean los éxitos presentes sirven de fundamento a las gloriosas hazañas del porvenir. Digo esto explícitamente, aunque sea una repe­tición, porque se me insinuó que al extender tan dilatada perspectiva para el Recinto Externo y trazar tan amplio bosquejo, podrían algunos sen­tir desaliento si no desesperación, por lo que con­viene darles a entender que mientras se trazan los perfiles no pasan de ser perfiles y todavía quedan muchas vidas por delante luego de cruzar el umbral para construir el edificio según el trazado plan arquitectónico. Esto supuesto, tratemos de la formación del carácter que ha de ser el definido y positivo pro­pósito del candidato en el Recinto Externo. Ya vimos que en vidas pasadas debió ser hombre honrado y religioso, es decir, que debe estar ya convencido de que no ha de tener vicio ni mal alguno, y si acaso quedan en él simientes viciosas ha de eliminarlas y desarraigar toda propensión al mal. En el Recinto Externo no caben compo­nendas con el mal ni contubernios con la impureza y la iniquidad; y aunque el candidato fracase a veces en la rectitud de conducta, no persiste gus­tosamente en el vicio, con lo que elimina la más grosera porción de su naturaleza inferior y ter­mina la fase más enconada de la lucha. Al Recinto Externo no se pueden llevar piedras toscas para construir el edificio, pues han debido irse labrando durante nuestras vidas precedentes, con mucha labor de cincel en el carácter, antes de que sirvan para la construcción, siquiera en el Recinto Ex­terno del Templo. Es preciso haber ya desbastado el carácter, pues ahora se trata de adquirir posi­tivas virtudes de noble y elevada índole, no pre­cisamente las que se consideran necesarias en la vida terrena sino las que el candidato aspire a ejer­citar para colocarse a la vanguardia de las primi­cias de la humanidad y tener las características de un Auxiliador, Salvador y Redentor del mundo. Lo primero que nos choca en la formación del carácter de quien se halla en el Recinto Exterior es que deliberadamente se ha propuesto perfec­cionarlo. No es tarea que emprende a tontas y a locas para deshacer con los pies lo que se hace con la cabeza, esforzándose hoy en un sentido y mañana en el opuesto, ni tampoco es un continuo variar de ideales y de propósitos, sino que ya tiene planeado definidamente el conjunto de su labor con ideales fijos y conocidas aspiraciones. Deliberadamente emprende la formación de su carácter quien sabe que no le ha de faltar tiempo para ello y que nada se aniquila en la Naturaleza. Comienza a perfeccionarlo con los materiales de que dispone o sea con las cualidades propias de su carácter en el momento de emprender la tarea, para robustecer su fortaleza y remediar su debili­dad con una definida aspiración, como si esculpiera el témpano de mármol que ha de convertir en estatua cuyo modelo labró ya mentalmente. Así es que en el candidato del Recinto Externo se echará de ver ante todo fijeza de propósito y deliberada acción, pues sabe que logrará todo cuanto emprenda; que de vida en vida llevará consigo los acumulados tesoros; que si corrige un defecto, siquiera en parte, ya habrá hecho algo de la obra; que si adquiere una facultad será suya para siempre porque el Alma se la habrá definiti­vamente asimilado sin desasimilación posible. El candidato va perfeccionando su carácter con re­suelto propósito, basado en el conocimiento de la ley subyacente en todos los aspectos de la Natu­raleza y en la cual absolutamente confía porque de cierto sabe que por lo inmutable responderá a sus llamamientos y juzgará imparcialmente sus recursos. No hay entonces en el candidato ni asomo de vacilación ni sombra de duda. Esparce la simiente que le ha de proporcionar cosecha, con la absoluta seguridad de que cada semilla fructificará según su especie y el fruto que dé, será su única recompensa en el porvenir. Así es que no se precipita ni se impacienta en su labor. Si el fruto no está maduro, demorará la cosecha, y si la simiente no está en sazón, esperará a que germine. Sabe que la Ley a cuya acción rindió su voluntad es a la par inmutable y benéfica, por lo que todo se lo traerá a su debido tiempo y en la ocasión más favorable para él y para el mundo. Así, según he dicho, el candidato emprende contento y satisfecho su tarea con el material disponible, porque es el que la Ley le trae de su pa­sado y con él y no con otro ha de trabajar, sea copioso o escaso, opulento o mezquino, rico o po­bre, pequeño o grande, pues sabe que sea como sea no hay límites para la magnitud, abundancia y opulencia que en el porvenir puede alcanzar. Sabe el candidato que necesariamente ha de tener éxito; que no es cuestión de probabilidad sino de certeza, no de azar sino de positiva realidad. La Ley ha de restituirle el equivalente de lo que él dé, por poco que sea y con este exiguo material co­menzará a construir, añadiendo cada vez algo más a su acopio y alzándose a mayor nivel cada vez que realice una virtuosa acción. Con todo esto ya conocemos algo del método constructivo que seguirá el candidato en la formación de su carácter, empezando por la rectitud de pensamiento, a cuyo gobierno me referí en la pasada conferencia, de suerte que escoja el bien y rechace el mal. Logrado el dominio del pensa­miento, conocidas sus condiciones y comprendidas las leyes de su generación y de su influencia en el mundo y en quien lo engendra, estará ya el candidato dispuesto a escoger pensamientos salu­dables para la formación de su carácter. La rec­titud de pensamiento ha de ser uno de los primeros pasos que el candidato dé en el Recinto Externo, porque sus buenos pensamientos influirán en el prójimo a cuyo servicio deben entregarse ante todo quienes anhelan entrar en el Templo; y en consecuencia, al escoger los pensamientos que haya de emitir o admitir, debe considerar principalmente no el efecto que puedan producir en él mismo sino en los demás, pues ante todo, sobre todo y contra todo se está disponiendo para el servicio de la humanidad, y así debe calcular el efecto que sus pensamientos producirán en el mundo, y medir su alcance para auxiliar, fortale­cer y purificar a las gentes. Si comprende la ac­tuación de la caudalosa corriente de pensamientos que fluyen de su conciencia, emitirá únicamente los útiles al prójimo, con el deliberado propósito de servir y ayudar al mundo. Después considerará el candidato cómo le afec­tan y cómo reaccionan sobre él estos pensamien­tos para formar su carácter, pues el pensamiento es el medio mejor adecuado a la formación del carácter y convertirlo en un imán de nobles pen­samientos (en modo alguno de pensamientos si­niestros) que rechace todo lo malo y atraiga cuan­to hay de bueno para incorporarlo a su conciencia y darle nuevo alimento, energía y fortaleza. Asi­mismo, los saludables pensamientos que de los demás le lleguen, podrán volver a salir de él con nuevo impulso de vida, de suerte que no sólo sea una fuente de auxiliadores pensamientos, sino un canal auxiliador por los pensamientos que reciba y que reavivados devuelva. De este modo irá perfeccionando su carácter y desde un principio será la rectitud de pensamiento una influencia predominante en su mente, por lo que en todo instante ha de escudriñar con la más viva solicitud la índole de sus pensamientos y defender a todo trance el santuario de su con­ciencia para que no penetre en él nada ofensivo, pues además de ser el baluarte del castillo es al propio tiempo su portalón y puente levadizo. A medida que el candidato vaya perfeccionan­do su carácter aprenderá, si ya no sabe, a poner tiento en sus palabras cuya rectitud ha de empe­zar por la escrupulosa y exacta veracidad, no al estilo mundano, por estimable que sea, sino con la estricta y rigurosa fidelidad sobre todo necesaria al estudiante de ocultismo; fidelidad de observa­ción, de memoria, de pensamiento, de palabra y de obra; porque sin este amor a la verdad, sin la resuelta determinación de ser verídico, sería pe­ligroso el ocultismo y sin otra posibilidad que una caída terrible y profunda en proporción a la altura alcanzada por el estudiante. La veracidad es a la par guía y escudo del ocultista. Su guía porque le da la necesaria intuición para distinguir el camino verdadero del falso y escoger el sendero de la derecha. Su escudo porque sólo abroquelado tras la veracidad puede vencer incólume las ilusio­nes y señuelos de los planos que ha de recorrer. El ejercicio de la veracidad en pensamiento, palabra y obra va despertando poco a poco la espiritual intuición que rasga los ilusionantes velos y contra la cual no puede prevalecer engaño alguno. Por doquiera se extienden los velos de ilusión y por doquiera se encuentran estas engañosas aparien­cias en el mundo de las ilusiones, hasta que la intuición espiritual las desvanece con su persis­tente y directa visión. Para el desenvolvimiento de la intuición espiritual es indispensable que la veracidad sea inherente al carácter, a la mente y a la conciencia, pues de lo contrario sólo cabe esperar el fracaso e inevitables errores y ex­travíos. Por lo tanto, la palabra del candidato ha de ser ante todo verídica y después afable, pues la vera­cidad no es incompatible con la afabilidad, como suele parecer, ni nada pierde la palabra verídica por ser al propio tiempo perfectamente cariñosa, cortés y compasiva, sino que al contrario, cuanto más verdadera más amable, porque en el fondo de todas las cosas está la verdad en compañía de la compasión. Así la palabra que refleja la intérrima esencia del Universo no podrá dañar injustamente a ningún ser viviente ni falsearse con la más leve sombra de recelo. Ha de ser verídica, afable y cortés. Tal es la austeridad de palabra, la peni­tencia y sacrificio que de su lengua ha de ofrecer todo aspirante. De la rectitud de pensamiento y de palabra derivará inevitablemente la rectitud de acción como fluye el agua del manantial, pues la acción no es ni más ni menos que el resultado externo de la actitud interna, y cuando el pensamiento es puro y la palabra fiel y verídica no puede por menos de ser noble la acción. De la propia suerte que son límpidas y cristalinas las aguas fluyentes de un puro manantial, así han de ser por necesidad no­bles las acciones derivadas de un corazón puro y un cerebro sano. El dominio del pensamiento, de la palabra y la acción es el triple lazo que algunas religiones consideran como el tipo de la perfección que liga al aspirante con la humanidad y con su Maestro, e induce al servicio al hombre que ha perfeccionado su carácter. Es el inquebrantable lazo triple que ata al discípulo a los pies del Maestro. Realizado todo esto como introito de su obra, adoptará el candidato un definido procedimiento para la formación del carácter, empezando por representarse un ideal, o sea una imagen, que a medida que se fortalece va forjando en sí misma la mente con los materiales asimilados del mundo exterior. Pero aunque los materiales procedan del exterior la idea de la imagen es resultado de la interna acción de la mente en dichos materiales. Una idea en su más elevado concepto es algo abs­tracto, y si comprendemos cómo se forman las ideas abstractas en la conciencia escuetamente cerebral, comprenderemos también con claridad lo que significa un ideal. Veamos de ampliar este concepto por medio del conocido ejemplo de la idea abstracta del triángulo, que fácilmente puede concebir la conciencia cerebral de un niño a quien se le enseñen las diversas formas del triángulo cuyas líneas siguen variadas direcciones. Al verlos separadamente con su conciencia cerebral le parecerán tan distintos que acaso los crea figuras geométricas diferentes, por no advertir ciertas características comunes a todos ellos en que consiste su denominación de triángulos. Pero a medi­da que adelante en el estudio descubrirá estas características peculiares de todo triángulo cual­quiera que sea su forma, pues verá que todos tie­nen tres líneas llamadas lados y tres ángulos cuyo valor total es siempre el mismo, y que los lados guardan entre sí ciertas relaciones etc. De todos estos diversos conceptos entresacará la mente la idea abstracta del triángulo independiente de la magnitud de su superficie, la configuración de su perímetro y la abertura de sus ángulos. La mente forma esta abstracta idea del triángulo, actuando en las múltiples formas triangulares que percibe la conciencia cerebral. No trato ahora de averiguar a que idea supe­rior corresponde por reflejo la abstracta del trián­gulo, sino que me limito a exponer cómo se forman en el cerebro las ideas abstractas sin color ni ta­maño ni especial característica de forma alguna, sino que sintetiza unitariamente las diversas for­mas concretas capaz de tomar. Así un ideal es una idea abstracta forjada por la facultad imaginativa de la mente con todas las ideas concretas de las virtudes positivas, de la armonía, la belleza, la verdad, la compasión, de cuanto de un modo u otro satisface las aspiracio­nes de la mente y del corazón. La mente extrae la esencia de todas estas diversas ideas que per­cibió limitadas en manifestación y con ella labra una imagen colosalmente heroica de perfectas cualidades realzadas hasta su más alta expresión. En este ideal ya no percibimos lo verdadero sino la verdad misma; no lo bello sino la belleza; no lo bueno sino la bondad; no lo fuerte sino la forta­leza; no lo compasivo sino la compasión; no los seres amorosos sino el amor en sí mismo. La imagen ideal, por lo perfecta, potente y eurítmica supera a todo cuanto es posible ver, excepto lo que en los raros momentos de inspiración infunde el Espíritu en la mente. El aspirante forja este ideal de perfección tan hábilmente como le cabe concebirlo y reconoce desde luego que sus más acabados sueños no son sino la tenuísima sombra de la realidad en que ha de convertirse su ideal. Porque en el mundo de lo Real existe en vívida luz lo que el aspirante ve aquí en la tierra como un débil reflejo de color pendiente del cielo sobre las nevadas cumbres de las aspiraciones humanas. Todo cuanto el alma humana puede imaginar de perfecto, de sublime, de ultérrimo, no es más que la sombra de la Realidad, un ideal necesariamente imperfecto y sin embargo el que al candidato le sirve para perfeccionar su carácter. Pero ¿a qué forjar un ideal? Cuantos compren­dan la actuación del pensamiento reconocerán la necesidad del ideal. Un pasaje de una Escritura induista y otro de una Escritura cristiana demostrarán que los iniciados concuerdan en el pensa­miento fundamental, aunque lo expresen en dis­tinto idioma y se dirijan a diversas gentes. Uno de los más místicos Upanishadas, el Chhandogya dice: El hombre es una criatura de reflexión, que se convierte en aquello sobre que reflexiona. Por lo tanto reflexionad sobre Brahman [7]. Y muchos miles de años después, otro gran instructor, uno de los fundadores del cristianismo expresaba exactamente el mismo pensamiento en diversas pala­bras, diciendo: Por tanto, nosotros todos, miran­do a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en glo­ria en la misma semejanza, como por el Espíritu del Señor [8].  Dice mirando como en un espejo porque la mente es un espejo en que se reflejan las imágenes, y el Alma que contempla en el es­pejo de la mente la gloria del Señor se transforma de gloria en gloria en esta misma imagen. Así es que tanto en la Escritura induista como en la cris­tiana encontramos la misma enseñanza de la Fraternidad, o sea que es necesario forjar un ideal para reflejarlo, pues el hombre se convierte en aquello mismo sobre que su mente no cesa de pensar. Consideremos ahora cómo se ha de consolidar el ideal. Indudablemente contemplándolo todos los días a la misma hora durante el mismo tiempo y con resuelto propósito, de modo que nada dis­traiga ni conturbe al aspirante que está discipli­nando su carácter. Día tras día se entregará a la contemplación de su ideal, pensando en él hasta fijarlo en la mente, y no podrá por menos de sen­tir entonces la anhelante y pavorosa reverencia en que consiste la adoración con su transmutador poder de identificar al adorador con el adorado. Mientras el aspirante contemple su ideal le ilu­minarán los rayos del Ideal divino a través de las ventanas del Alma abiertas por mano de sus ele­vadas aspiraciones. Le iluminarán interiormente y al propio tiempo irradiarán su luz al exterior, de modo que el ideal brille dentro y fuera de él señalándole el sendero que ha de seguir. Para practicar esta contemplación es preciso que antes se acostumbre a concentrar su mente sin permitir que se desparrame como a nosotros suele suce­dernos. Hemos de aprender a fijar la mente con estable firmeza, y al efecto nos ejercitaremos sin cesar en las comunes tareas de la vida, concen­trando en ellas la mente mientras las hagamos y repitiéndolas una y otra vez hasta que la mente obedezca sin esfuerzo al recibido impulso. No im­porta que la tarea sea vulgar pues la eficacia de la lección no está en lo que hacemos sino en la manera de hacerlo, en la atención y esfuerzo con que lo hacemos y en la experiencia que derivamos de nuestra labor. Sea cual sea la condición de nuestra vida nos servirá de aleccionamiento, porque en toda labor cotidiana, aun en las más ordi­narias, podemos adiestrar la mente concentrándola por entero en nuestra labor. Conviene recordar que una vez adquirida la facultad de concentración mental es posible esco­ger el objeto en que fijar la mente, pues dueños de ella, fácil nos será enfocarla en el punto que mejor convenga. Este dominio de la mente puede lograrse aún mejor ejercitándola en las menuden­cias de la vida diaria que en cosas extraordinarias, pues lo ordinario está siempre a nuestro alcance y raras veces se nos depara lo extraordinario. Cuando sobreviene algo insólito, la mente con­centra en ello toda su atención y todas sus energías, de suerte que se reúnen todos los elementos necesarios para realizar la tarea; pero la valía del alma se comprueba mayormente en las menuden­cias de la vida que no atraen la atención ni pro­meten aplauso, sino que el hombre se esfuerza deliberadamente en lograr el fin propuesto y apro­vechar todos los recursos disponibles para disci­plinar su carácter, porque esta disciplina es la clave de la cuestión. Someted vuestra conducta a un plan determinado y sujetadla a reglas defini­das que si acaso alteráis sea tan deliberadamente como las trazasteis. Poned al cuerpo en servidum­bre de la mente y empezad para ello con una cos­tumbre tan sencilla cual es la de madrugar y escoger el aposento de la casa que os parezca más a propósito para el trabajo; pero una vez ele­gida la hora y el sitio, acostumbrad al cuerpo a la obediencia, sin permitir que se desmande a su capricho. No obstante, si al cabo de algún tiempo la experiencia os enseña que habéis escogido mala hora o mal lugar, cambiad de procedimiento, pues no por estar fortaleciendo vuestra voluntad habéis de obstinaros rígidamente en el error, sino que debéis variar, aunque oportunamente y con per­fecta deliberación, toda regla cuyo resultado con­traríe al propósito, pero nunca movidos por la emoción pasional o los deseos corporales o las excitaciones de la naturaleza inferior. Además, las reglas a que sometáis vuestra conducta no han de ser nunca un impedimento para quienes estén a vuestro alrededor, ni habéis de escoger procedimientos disciplinarios que agravien o molesten al prójimo en vez de servir exclusivamente para vuestra educación. Luego de comprendido con toda claridad el modo de perfeccionar el carácter, viene la etapa en que el aspirante ha de estudiar el carácter de por sí, para no obrar a ciegas sino con conoci­miento de causa. La prudencia aconseja obedecer las insinuaciones expuestas por algunos preclaros varones al bosquejar el carácter que nos ha de conducir a la puerta del Templo. Así por ejemplo podemos considerar la línea de conducta que Krishna le traza a Arjuna representándole las cualidades propias de un carácter divino, o sean las que el aspirante debe tomar por ideal en su obra de gradual perfeccionamiento y evolución. En la decimosexta estancia del Bhagavad Gita encontramos una lista de virtudes a las que deben encaminarse el pensamiento y el esfuerzo del aspirante, recordando que el carácter se perfecciona primeramente por la contemplación de la virtud y después por la práctica o ejercicio de esta virtud en las palabras y acciones de la vida diaria. Las virtudes enumeradas en el Bhagavad Gita son: Intrepidez, inocencia, perseverancia en el yoga de sabiduría, caridad, abnegación, dominio propio, estudio de las Escrituras, austeridad, rectitud, mansedumbre, veracidad, paciencia, renuncia­ción, sosiego, sinceridad, compasión, castidad, liberalidad, benevolencia, modestia, constancia, fir­meza, misericordia, fortaleza, integridad, amistad y humildad. Por numerosas que sean estas virtu­des, disponemos de tiempo sobrado para adquirir­las, no de una vez, sino poco a poco, hasta incor­porarlas a nuestro carácter, y examinándolas cui­dadosamente veremos que es posible clasificarlas en grupos, ejercitándolas al principio imperfecta­mente aunque con firmeza y día tras día, sin jamás desalentarse por no lograrlas sino regocijándose al reconocer la finalidad del esfuerzo, pues cada paso que damos hacia adelante nos conduce al perfeccionamiento en la anhelada virtud. Todas ellas están engarzadas en los áureos hilos de la ingenuidad, el amor y el altruismo, con lugar apropiado para el valor, la fortaleza y la paciencia, de suerte que el carácter se equilibre entre la firmeza y la ternura, la fortaleza y la com­pasión, la ingenuidad y la devoción, la entereza y la misericordia, la disciplina y la armonía. Suponiendo que el aspirante se haya forjado este ideal y se disponga realizarlo, conviene tener en cuenta una virtud relacionada con este esfuer­zo y muy mal comprendida porque resume en sí varias virtudes. Esta virtud es la indiferencia y vamos a ver cómo influye en la formación del ca­rácter. Aunque vulgarmente se entiende por ella la indiferencia al placer y al dolor, al calor y al frío, al elogio y al vituperio, al deseo y a la aver­sión, etc., no es tal su verdadero significado. En primer lugar, damos a entender por indiferencia el sentido de proporcionalidad que debe presidir la conducta de quien ha percibido un vislumbre de lo real entre lo ilusorio, de lo permanente entre lo pasajero, pues una vez reconocida por el can­didato la magnitud de la meta y la innumerable sucesión de vidas con toda la extensión del tiempo que ante él se dilata, la enormidad de la tarea que ha de llevar a cabo y la grandeza de las posibili­dades que le aguardan, todas las cosas de una vida transitoria se le representan en proporción del completo proceso de su perfeccionamiento in­dividual. Así es, que cuando le sobrevenga una tribulación no la considerará ya tan grave como cuando toda su perspectiva se encerraba en una sola vida, pues comprende que antes pasó por otras tribulaciones a cuyo favor adquirió mayor fortaleza y paz. Igualmente, cuando le sobrevenga una alegría, comprenderá que antes experimentó otras que de lección le sirvieron para enseñarle entre otras cosas que también son pasajeras. Por lo tanto, no dejará de sentir las penas y alegrías, pues real­mente las sentirá con mayor viveza que el hombre mundano; pero sabrá sentirlas en su justo grado y eficacia, dándoles su verdadero valor en el plan de la vida. Esta indiferencia no menoscabará su capacidad de sentimiento, porque cada vez es más sensitivo a las vibraciones del interior y del exte­rior, y al paso que se vaya armonizando con el Todo será más receptivo a las modulaciones ar­mónicas del Universo; pero estas modulaciones no deben conmoverlo ni perturbarlo ni alterar su serenidad ni ensombrecer su calma, pues ya está arraigado en donde la tempestad no estalla ni so­brevienen mudanzas, y aunque es capaz de sentir no podrían afectarlo, ya que para él ocupan su verdadero lugar en la vida y están debidamente proporcionadas en el área total de la existencia del Alma. La verdadera indiferencia equivale a fortaleza. ¿ Cómo adquirirla? Primeramente por medio del cotidiano pensar en su verdadero significado, analizándola minu­ciosamente hasta del todo comprenderla y exami­nándola en todos sus pormenores hasta formular su exacto concepto. Después, practicándola en la vida diaria entre las gentes del mundo, no endure­ciendo vuestro ánimo ni embotando vuestra sensi­bilidad con una coraza que rechace todo contacto sino haciéndoos receptivos a cuantas vibraciones lleguen de fuera, pero manteniéndoos internamen­te equilibrados, de suerte que no os inmutéis aun­que advirtáis la mudanza. Penosa y difícil es esta lección; y sin embargo, tanto gozo y esperanza encierra y tan intensa y esplendente vida promete, que sólo por ello valdría la pena de aprenderla, porque cuando el Alma es bastante fuerte para resistir toda conmoción externa sin dejar de sen­tirla, adquiere el concepto de una más amplia vida, de una más completa armonía, de una siem­pre creciente conciencia, de la cada vez más acabada unidad con Aquello de que es parte. A medida que se desvanece el sentimiento de separatividad se inunda el Alma del gozo existente en el corazón de todas las cosas, y aun lo que para el hombre vulgar es penoso deja de serlo para el discípulo, porque lo considera como parte de la Vida universal, como una sílaba del copioso lenguaje de la Manifestación, cuyo significado puede aprender sin angustia de su ánimo, ya que le invade la paz nacida de su amplio conocimiento y transmuta su actitud respecto de las penas y quebrantos del mundo exterior. Pensando y obrando de esta suerte, notaréis que va creciendo en vuestro interior un sentimien­to de calma, fortaleza y serenidad, como si os hallarais en apacible paraje resguardado de las tempestades del mundo, que no os conmoverían a pesar de verlas y sentirlas. Esta paz es la pri­micia de la Vida espiritual, que luego se trans­muta en gozo, determinando en la vida del discí­pulo un avance hacia el corazón de Amor. De la paz y el gozo espiritual nace el gobierno de sí mismo por el convencimiento de que el Yo interno es más potente que los cambios externos, y aunque capaz de responder a ellos no consiente que lo perturben. Del dominio propio y de la indiferencia o mejor diríamos ecuanimidad, deriva la excelsa virtud de no odiar a nadie ni a nada, en que tanto ha de insistir para formar su carácter el aspirante al discipulado. No ha de odiar a nadie, todo lo ha de abarcar el círculo de Amor, por muy antipático, repulsivo, hostil y repugnante que a primera vista parezca. El corazón de todas las cosas es Vida y Amor; y así el aspirante que está aleccionándose no debe excluir nada ni a nadie del círculo de compasión. Todo ha de incluirlo de conformidad con su poder sentimental. Ha de ser amigo y amante de todo cuanto vive y siente. A medida que el aspirante va asentando estos sillares en el edificio de su carácter pierde todo temor, pues como nada odia nada puede dañarle. El daño del exterior venido no es más que la con­secuencia de la agresión del interior nacida, por­ que si somos enemigos de otros, serán ellos a su vez nuestros enemigos y por dañar recibiremos daño. Debiéramos ser amantes de todo ser vivien­te y por el contrario somos destructores y tiranos que oprimimos al mundo con el odio en vez de realzarlo por la educación, como si la obra del hombre en esta tierra no fuese educar a sus her­manos menores y alentarlos con toda ternura y compasión. El hombre tiraniza al más débil, sea su semejante o su inferior, cuya debilidad da la medida de la tiranía del opresor y cuyo desvali­miento pondera la carga con que le abruma. Des­pués se extraña el hombre de que todo ser viviente huya de él y de que el débil le tema y el fuerte le odie, sin conocer en su obcecación que todo el odio del mundo exterior es reflejo del mal existente en su interior, pues para el corazón de amor nada hay odioso y por lo tanto nada le puede dañar. El hombre henchido de amor recorrería in­demne la selva y pasaría sin temor por la cueva de las fieras o tomaría en sus manos la serpiente, porque nada es capaz de odiar o quien sólo siente amor en su corazón; y el amor que irradia en nuestro alrededor atrae a todos los seres para favorecerse y no perjudicarse, para solidarizarse con el amor y no hostilizarse con el odio. Así el tigre se acurrucará sumisamente a los pies del yogui, y la bestia salvaje traerá sus crías a los pies del santo en demanda de protección y amparo, y todos los seres vivientes se acercarán al hombre de amor henchido, porque todos son brotes de Dios y Dios es amor, y cuando el amor divino es perfecto en el hombre, atrae a sí todas las cosas. Así hemos de aprender poco a poco a marchar por el mundo sin temor ni aun a lo nocivo, pues si recibimos daño sabemos que con él vamos saldan­do las deudas atrasadas contra nosotros, pendien­tes en el libro mayor de la Naturaleza. Ya no sentimos temor porque aumentó nuestro conocimiento, y el temor proviene tanto de la duda como del odio. El conocimiento disipa las dudas y así el hombre que sabe trasciende la duda y anda con seguro paso porque pisa terreno firme sin baches en donde tropezar. De esto nace una entera e in­quebrantable voluntad fundada en el conocimiento y confiada en el amor, de suerte que según atra­viesa el aspirante el Recinto Externo, son más fir­mes sus pasos, más derecho su camino, más inque­brantable su propósito y mayor su fortaleza, con lo que se dibujan claramente las líneas de su carácter y va adelantando la madurez del Alma. Después sobreviene la carencia de deseo, la gradual eliminación de cuantas concupiscencias nos ligan a este bajo mundo; la paulatina extinción de los anhelos que en vidas pasadas no satisfa­cieron al Alma; el paciente quebrantamiento de los lazos que nos atan a la tierra; el sucesivo aban­dono de los apetitos personales; y la identificación con todos los seres. Porque ha de llegar tiempo en que la evolucionante entidad esté ya desligada de todo cuanto le fuerce a renacer en la tierra, pues los hombres vuelven al mundo terrenal por­que los atraen los lazos con que el deseo los ata a la rueda de nacimientos y muertes; pero el hom­bre que estamos considerando aspira a la libertad y por lo tanto ha de romper los lazos del deseo, sin que con la tierra le ligue otro lazo que el del amoroso servicio a la humanidad. Ya es libre en­tonces, ya no está atado a la rueda, y sin embargo puede volver a ligarse voluntariamente en benefi­cio de quienes todavía están atados y permanecer junto a ellos hasta que todas las Almas rompan sus ataduras. Al deshacer los lazos que le sujeta­ban queda limpio de todo egoísmo y aprende a procurar el bien de todos los hombres y a desear tan sólo el cumplimiento de lo que redunde en ser­vicio del Todo. También aprende a tener confian­za en sí mismo quien hacia la Luz se encamina; porque acrecienta su fortaleza con objeto de ayu­dar a los demás y a confiar en el Yo de todos los seres con el que se quiere identificar. Una de las más penosas pruebas por que ha de pasar el hombre que entra en el Recinto Externo es que movido del intenso gozo a que aspira, desdeña muchas cosas de las que alegran la vida de sus semejantes; pero de cuando en cuando se siente el Alma como si hubiera dado un salto en el tene­broso vacío sin mano que la guíe ni suelo firme en donde apoyar los pies. Hay etapas de la evolu­ción del Alma en que nada terreno colma ni si­quiera satisface sus aspiraciones, en que las anti­guas amistades se quebrantan, son insípidos los placeres mundanos, cuando todavía no siente el Alma el contacto de las manos que frente a ella se tienden para ayudarla ni sabe que es inconmovible la roca en que se asienta; y cubierta por el tupido velo de ilusión se cree abandonada sin acertar con el auxilio. Este es el vacío en que se ha de sumir todo aspirante y ha de cruzar todo discípulo. El Alma retrocede espantada cuando ante ella se abre ló­brego y al parecer insondable. Se estremece de pánico junto a su imagen; y sin embargo, nece­sario es que deseche todo temor. ¡ Penetrad resuel­tamente en el vacío y hallaréis que es plenitud! ¡Saltad hacia adelante en las tinieblas y encon­trarán vuestros pies la roca firme! Soltaos de las manos que hacia atrás os retienen y encontraréis otras Manos que hacia adelante os impelen y ja­más os sueltan. Los asideros terrestres suelen aflojarse y la amistad entibiarse de modo que os desamparen las manos antes amigas; pero los Amigos de allende el vacío nunca os abandonarán por mucho que cambie el mundo. Entrad, por lo tanto, audazmente en las tinieblas y la soledad, y advertiréis que la soledad es la suma ilusión y que las tinieblas son inextinguible luz. Una vez pasada esta prueba se echa de ver que es una gran ilusión, y el discípulo con sobrado valor para arrojarse al vacío se encuentra al punto sano y salvo en la opuesta margen. Así prosigue la formación del carácter y pro­seguirá en las futuras vidas, más y más noble en cada término de ellas y más y más potente en cada etapa de su evolución. Los cimientos así echados son los del edificio cuyo plano insinué, y si la construcción parece grandiosa es porque siempre está acabado el edificio en la mente del arquitecto, pues aunque el plano no pase de sen­cillo bosquejo concibe en su imaginación el edifi­cio completo y sabe cómo construirlo. ¿Y la finalidad de la formación del carácter? ¡Ah! nuestra lengua no es capaz ni de siquiera bosquejarla. Ningún pincel mojado en los opacos colores terrenos podría esquiciar la belleza del perfecto ideal que perseguimos con la esperanza de un día alcanzar. ¿Lo habéis vislumbrado en si­lenciosos momentos? ¿Visteis su reflejo cuando la tierra tranquila y el mar sosegado? ¿Notasteis un tenue resplandor de los vivientes y divinos rostros de Aquellos que un tiempo fueron hombres y hoy son superhombres por su grandeza, tal como ha de ser el hombre, aunque no tal como es, excepto si está en el intérrimo recinto del Templo? Si tu­visteis tal vislumbre en momentos de calma, no necesitáis que ni palabra os diga, porque sabréis que por lo radiante, perfecta, gloriosa y divina parece de momento como si la compasión fuese la esencia misma del Ser cuya ternura es tan po­tente que lo mismo puede detenerse en lo ínfimo que alzarse a lo supremo; que reconoce tanto el más débil esfuerzo como la más esplendente haza­ña, es decir, que es más compasivo con el débil que con el fuerte, porque el débil está mayor­mente necesitado de inmutable simpatía; del amor, que no parece divino, tan sólo porque es humano, y en el que reconocemos la unidad del hombre con Dios. A la compasión acompaña la fortaleza inque­brantable, tan firme como los cimientos del Uni­verso sobre los que sin quebranto se construyeron los mundos, porque es la infinita fortaleza unida con la ilimitada compasión. ¿Cómo armonizan con tan absoluta perfec­ción estas cualidades en un Ser? Además, el ra­diante júbilo del vencimiento, el gozo que tendría en que todos los hombres compartieran su bienaventuranza, el fúlgido resplandor sin sombras, la gloria del triunfo que nos dice que todos hemos de vencer, la alegría de su mirada que ve más allá de la tristeza y aun frente al dolor sabe que su fin es la paz. Compasión, fortaleza, gozo y per­fecta paz sin la más leve turbación, con impertur­bable serenidad: tal es el vislumbre de lo Divino; tal el reflejo del ideal que todos hemos de alcanzar. Pero si osamos alzar la vista a tan excelsas cumbres es porque Sus Pies huellan todavía la tierra que hollamos. Están mucho más altos que nosotros y sin embargo permanecen a nuestro lado, junto a Sus hermanos, pues aunque en todos aspectos y sentidos nos trascendieron, no nos abandonaron, porque la humanidad entera mora en el corazón del Maestro, y donde la humanidad está podemos atrevernos a estar también nosotros sus hijos.

 

 

CUARTA CONFERENCIA

 

ALQUIMIA ESPIRITUAL

 

 

 

En las anteriores conferencias hemos conside­rado las etapas en que simultáneamente va el aspirante purificándose, dominando su pensamiento y construyendo, o mejor dicho, ci­mentando su carácter. El que así haya entrado en el Recinto Externo y advierta la grandiosa tarea que ha de llevar a cabo, no hará uno tras otro sino a un tiempo mismo los esfuerzos de adelanto correspondientes a las tres etapas ya consideradas, con objeto de sojuzgar toda su naturaleza y encaminarla al logro de su ideal. Pero como la mayor claridad de nuestro estu­dio requiere que examinemos sucesivamente los diversos aspectos del perfeccionamiento indivi­dual, supongamos que el candidato emprende ahora otra modalidad de su grandiosa labor, a la que llamo Alquimia espiritual para significar un proceso de mudanza o transmutación semejante al del alquimista que intentaba transmutar los metales viles en nobles, el cobre en oro. Desde luego que toda persona de buen sentido y religio­sos sentimientos seguirá rutinariamente y a estilo profano este proceso de espiritual alquimia; pero el candidato lo sigue deliberada y consciente­mente, de modo que sabe cuál es el método y el fin, y en consecuencia se empeña con resuelta voluntad en el logro de su propósito. A mi entender podemos considerar este pro­ceso de alquimia espiritual como una transmuta­ción de fuerzas. Todo hombre posee vida, energía, vigor, voluntad y demás fuerzas con que actúa y de cuya energía se vale para alcanzar su objetivo. Por un procedimiento que bien puede compararse con la alquimia, transmuta el hombre de inferior en superior, de grosera en sutil, refinada y espiri­tual la calidad de estas fuerzas. No es que el hom­bre varíe el punto de aplicación de sus fuerzas ni tampoco se refiere a esto la alquimia espiritual, sino que más bien las transmuta y purifica sin alterar su esencial naturaleza, como el alquimista lejos de contraerse a eliminar las escorias, purifi­caba la masa del metal y reduciéndolo a un estado más sutil y enrarecido lo transmutaba en noble y sublime metal. Así, pues, el alquimista espiritual empieza por reconocer la utilidad y necesidad de las fuerzas de su individual naturaleza, y delibe­radamente las muda, purifica y refina por el procedimiento que vamos a examinar. Pero si bien la transmutación de fuerzas es la esencia de la alquimia espiritual, tiene ésta un aspecto secundario que no debemos olvidar. Las almas están ligadas por el deseo a la vida terrena, a la rueda de nacimientos y muertes. En esta rueda las retiene la ignorancia, y las aprisionan sus ansias de goces materiales, de goces egoístas y exclusivamente personales. Sus incesantes ac­ciones, buenas o malas, beneficiosas o perjudi­ciales, ligan al Alma, pues toda acción humana deriva del deseo, que es el lazo y el grillete de sujeción. Mientras el hombre permanezca en el mundo ha de actuar de un modo u otro, pues de lo contrario no podría haber manifestación; y a medida que es más noble, sabio y fuerte, su actua­ción es un factor cada vez más importante en el progreso del mundo, de suerte que si los mejores se abstuvieran de la acción, irremediablemente se demoraría el progreso y se retardaría la evolución de la humanidad. Por lo tanto ¿ cómo será posible que el Alma actúe sin quedar ligada por la acción? He aquí un caso de alquimia espiritual por el que los hom­bres superiores pueden ser los más activos en el servicio de la humanidad, y sin embargo no que­dan sujetos por sus acciones, porque el servicio perfecto es perfecta libertad. Así pues, la frase alquimia espiritual como medio de conseguir esta libertad, alude a la fun­damental Ley de Sacrificio que radica en todo lo perteneciente al universo manifestado y está en perpetua actuación con tan variadas formas que no es fácil descubrir su analogía y tan compli­cadas que arriesgan inducir a error, sobre todo al explicarla, pues sus múltiples aspectos se ofrecen con mucha diversidad a la mente de los hombres. Según se la mire desde lo inferior o desde lo superior presenta la Ley de Sacrificio un doble aspecto, y sin embargo compenetra el universo entero y le está sujeto todo átomo, de suerte que en su más amplio concepto expresa la manifesta­ción de la Vida divina. Al explicar esta Ley cabe incurrir en multitud de errores, ya por insuficien­cia de expresión por parte de quien la explique, ya por falta de comprensión por parte de los oyentes a causa de la imperfecta definición del pensa­miento. De aquí el riesgo de tomar la Ley de Sa­crificio en un sentido unilateral, según la idea dominante a la sazón en la mente, ya sea bajo el aspecto material en que desde fuera miremos ha­cia dentro, o bien bajo el aspecto espiritual en que desde dentro miremos hacia fuera. Al tratar de la Ley de Sacrificio no hay pala­bras lo bastante precisas para la expresión del pensamiento ni podemos comprenderlo del todo quienes como nosotros estamos tan poco evolu­cionados; y en consecuencia es muy difícil tanto para quien habla como para quien escucha evitar equivocadas interpretaciones o inclinarse más a un lado que a otro perdiendo así el equilibrio en que únicamente cabe la perfecta expresión de la verdad. Consideremos primero la Ley de Sacrificio en su aspecto inferior en todos los mundos, que no debemos menospreciar porque nos ofrece muchas lecciones. Examinémosla tal como está impresa en el Kosmos y manifestada en la Naturaleza, operante en los mundos físico, astral, mental y todos los demás, de suerte que en cierto grado relaciona entre sí a todos los seres vivientes, no solo a los de la tierra sino a los de los mundos que nos rodean. Antes de pasar al aspecto supe­rior estudiemos el aspecto inferior de la Ley de Sacrificio, pues hallaremos también una utilísima enseñanza y una luminosísima sugestión que nos ayudarán a recorrer el Recinto Externo. Al considerar el sacrificio en los mundos infe­riores puede parecernos no sin fundamento, un régimen de servicios mutuos, un incesante giro de la rueda de la vida, en que cada ser viviente está obligado a dar y asimismo a recibir. Bajo su aspecto interior es el sacrificio este perpetuo vol­teo de la rueda de la vida de que todos los se­res participan consciente o inconscientemente, y cuanto más evolucionados más consciente debe ser su cooperación. Este aspecto del sacrificio está explicado con mayor claridad tal vez que en parte alguna en el Bhagavad Gita o sea El Canto del Señor, una Escritura índica que habla de la rueda de la vida y enlaza el sacrificio con la acción de un modo que conviene conocer. Dice el gran Instructor:  El mundo está ligado por la acción, menos por las que se cumplen con intento de sacrificio. Así ¡oh! hijo de Kunti ejecuta tus acciones con este intento, desembarazado de todo apego [9]. Después, mirando hacia el pasado a fin de com­pletar el ciclo del sacrificio por mutuo servicio, dice el Instructor: Cuando en remotos tiempos emanó la humanidad por el sacri­ficio, el Señor de emanación dijo: Por virtud del sacrificio multi­plicaos y que sea para vosotros el donador de deseos. Alimentad a los Dioses con el sacrificio y  podrán alimentaros los Dioses. Así, alimentándoos mutuamente alcanzaréis el supremo bien. Porque alimentados con el sacrificio os otorgarán los Dioses el logro de vuestro deseo. Verdaderamente ladrón es quien disfruta de las dádivas de los Dioses y no les ofrece algo de ellas... Del alimento se sustentan las criaturas; la lluvia es productora de alimento; del sacrificio mana la lluvia; y de la acción surge el sacrificio. Has de saber que de Brahma dimana la acción, y que Brahma procede del imperecedero Brahman. Por lo tanto Brah­man, el omnipenetrante, está siempre presente en el sacrificio. El que en la tierra no sigue el giro de la rueda y sumido en el pecado se regocija en la sensualidad, el tal ¡oh! hijo de Pritha, vive en vano [10]. Aquí vemos la rueda de la vida en que todas las religiones fundamentan el sacrificio, y cuanto más pura y noble sea la religión, más noble y puro será el concepto que tenga del sacrificio. Observad cuán acabadamente está expresada en esto la alquímica idea de transmutación, el ince­sante cambio de una cosa en otra. El alimento se transmuta en organismos vivos, pero no habría alimento si en él no se convirtiese la lluvia ni caería la lluvia sin el sacrificio ofrecido a los Dioses. Así es que los Dioses alimentan. En las antiguas religiones predomina por doquiera la idea de la rueda giratoria. El brahmán pone en el fuego su sacrificio porque para él es Agni o fuego la boca de los Dioses. En antiguos tiempos al quemar la ofrenda entonaban los brahmanes man­tras o himnos compuestos por quienes conocedo­res de lo que hacían empleaban en su composición palabras de poder sobre las fuerzas inferiores de la Naturaleza, que así dominadas por el sacri­ficio operaban en la tierra proporcionando ali­mento a los hombres. Aunque la acción era de por sí un símbolo, lo simbolizado era tan real como la fuerza dimanante de los purificados labios del instructor y del dotado de poderes. Servía este símbolo para enseñar a las gentes el significado de la rueda de la vida y darles a entender que en la acción está esencialmente el sacrificio y toda acción se ha de cumplir como un deber, porque es justa y no con otro intento, para ponerse por su medio en armonía con la ley y corresponder a la ley contribuyendo con su parte a la obra colectiva. Según estas enseñanzas, el sacrificio es el lazo de unión, el áureo hilo que engarza a todos los seres del universo manifestado; y como el fun­damento del sacrificio era la acción y la acción provenía del Dios manifestado y se manifestaba el mismo Dios, por esto se decía que Brahmán compenetraba todos los sacrificios y que toda acción debía ejecutarse como un deber de la vida y no con la apetencia de lucro personal y las egoístas miras con que más tarde se ofrecieron los sacrificios. El giro de la rueda y el cumpli­miento del deber por el deber mismo es la esencia de la alquimia que transmutando la acción en sacrificio quema los lazos del deseo  libera al sabio. Así consumida en el fuego de sabiduría, la acción pierde todo su poder de ligar al Alma que se convierte en cooperador de Dios en la Natura­leza, y cada acción ofrecida en el altar del deber es una fuerza que sin jamás atar al Alma mueve la rueda de la vida. Por lo tanto, este continuo intercambio, este servicio mutuo es una modalidad de la capital Ley de Sacrificio, y la índole del intercambio consiste en que cuando la acción se cumple como un deber, concurre a la armonía universal, estimula la evolución y ayuda al enaltecimiento de la hu­manidad. En el Recinto Externo la obra del aspirante consiste en ejercitarse en efectuar toda acción a modo de sacrificio y saber que así la efectúa sin pedir ni buscar nada, sin esperanza de premio ni anhelo de recompensa, cumpliéndola porque debe cumplirse y no por otra razón. Quien tal hace está en verdad llevando a cabo la obra de espiritual alquimia que purifica toda acción en el fuego de sabiduría; se armoniza con la divina voluntad en el universo manifestado y se convierte con ello en una fuerza auxiliadora de la evolución, en una energía impelente del progreso, y a la humanidad entera beneficia entonces una acción que de otra suerte sólo hubiera allegado fruto personal al sacrificador cuya Alma quedara ligada en cambio a la acción limitando sus posibilidades para el bien. Así opera la Ley de Sacrificio considerada en su aspecto inferior. Considerémosla ahora en su aspecto superior, en su más sublime concepto, y para evitar en lo posible cualquier equívoco, procuraré explicarme con sumo cuidado y abarcar plenamente el asunto, pues comprendo cuán fácil fuera inducir a error con una parcial exposición cuya responsabilidad me incumbiría. Examinemos detenidamente la esencia del sacrificio para ver lo que en realidad significa. A mi entender, y tened esto en cuenta ante todo, el sacrificio esencialmente considerado desde el punto de vista que todos debemos mirarlo más y más a medida que nos elevamos a la vida divina es donación o efusión, motivado por el deseo de dar, pues su esencia consiste en el anhelo de efundir algo propio que por ser tan valioso para quien lo posee desea efundirlo en beneficio y gozo de los demás. Así que, mirado el sacrificio desde el interior más bien que desde el exterior, es un acto de donación, una efusión de la natura­leza del donante con el propósito de infundir dicha en los demás, y por lo tanto es en su esencia go­zoso y no penoso, pues el don es lo capital en el acto de sacrificio. Prescindiendo por de pronto de los resultados del sacrificio, que consideraremos más adelante, y contrayéndonos al sacrificio en sí, veremos que es donación y que lo ofrece quien desea dar, quien anhela efundirse y compartir con los demás la felicidad de que goza de suerte que con él se identifiquen en el gozo. ¿Por qué así? preguntaréis acaso. Para responder os invito a penetrar en lo íntimo de la Manifestación. Me aventuré a decir en otro lugar que el supremo acto de sacrificio fue la voluntaria limitación de la Existencia única que al limitarse emanó bajo el aspecto de Energía el Logos manifestado. Consi­derando desde un solo punto de vista la actuación de esta Energía en el universo, no es extraño que haya movido a decir que es la agonía del Logos lo cual me parece una contradicción, porque el Logos es Brahman manifestado, y la naturaleza de Brahman es bienaventuranza, según afirman en frecuentes pasajes las Escrituras antiguas, que a su vez se fundan en mucho más antiguos conocimientos. Ninguna otra idea es posible si inten­tamos especular sobre lo existente más allá de la manifestación. La base fundamental de la anti­quísima religión aria fue que Brahman es biena­venturanza o felicidad. A medida que el hombre se acerca a Brahman, la última envoltura del Alma se llama la Envoltura de Felicidad. Si en el yoga raja de la India estudiáis los vehículos con que el Alma puede manifestarse en los mundos, hallaréis que a medida que se aparta de los inferiores y va desechando sus vehículos físico, astral y mental, se acerca gradualmente a Brahman, su esencia, hasta que su última envoltura es la tenue y sutilísima individualidad que apenas se diferencia del Uno y Único, y la cual es necesaria para acopiar la completa cosecha de experiencias adquiridas durante pretéritas edades. A esta sutilísima en­voltura la llamaban los arios Envoltura de Feli­cidad, como si quisieran recordar a cuantos luchan en el mundo entre la baraúnda de la ignorancia que el método del yoga o unión con la Divinidad se ha de proseguir etapa tras etapa hasta que el Alma envuelta en felicidad exclame: Brahman es Felicidad. Quien del todo abarque esta capital enseñanza comprenderá que en tan excelsa región no es posible ningún acto de sacrificio sin que sea un acto de gozo, de transfusión de felicidad, y aunque me exprese imperfectamente diré que la verdadera esencia de la idea de sacrificio es que del su­premo Brahman, idéntico a la Felicidad, surgió el universo, y de esta autolimitada Existencia pro­cedió el Logos idéntico a Brahaman en esencia. El objeto de la autolimitación de Brahman fue efundir la felicidad inherente a su naturaleza, de suerte que al finalizar el ciclo de existencia hu­biese muchas individualidades radiantes y gozo­sas que participaran de Su felicidad más y más a medida que a El se acercaran. La miseria solo está en la supuesta distancia a que parece se halla Brahman a causa de la ignorancia que envuelve al Alma. Por lo tanto, la idea esencial, por si gustáis aceptarla, es que la Ley de Sacrificio tiene por fundamento la divina y felicísima Entidad de cuyo supremo sacrificio emanó el universo con el pro­pósito de difundir gozosamente Su felicidad de modo que pudieran compartirla y gozarla muchísimas individualidades cuyo término final sea la inefable Paz. Comprendido esto, podremos obedecer a la Ley de Sacrificio y distinguir su dual aspecto. La dádiva es siempre gozosa en el donador; pero como la naturaleza inferior prefiere recibir que dar, cuando ha de dar sufre al desprenderse de lo que da. Examinando más detenidamente este gran mis­terio de la Ley de Sacrificio, esquivaremos algu­nas contradicciones y echaremos de ver más clara y vividamente que el dar es el supremo gozo porque es esencial a la naturaleza de Dios y que a medida que el hombre se aproxima a Dios iden­tificándose consigo mismo, se siente más feliz y experimenta mayor goce al dar, pues la felicidad aumenta en proporción del desarrollo de la naturaleza  superior y la pena sólo puede derivar del roce y lucha con la naturaleza inferior que no es ni más ni menos que el mismo Yo entorpecido por la ignorancia y ofuscado por la ilusión. Así es que según adelantemos en el conocimiento de este asunto veremos que el dolor sirve para librarnos de la ignorancia y de esta suerte progresar en nuestro desenvolvimiento y evolución. Constante­mente experimentamos en forma de dolores, tribulaciones y luchas en nuestra naturaleza inferior el proceso de eliminación de la ignorancia; pero según vaya desenvolviéndose el hombre interno con más activa conciencia y mayor dominio de su personalidad, irá comprendiendo que todos sus esfuerzos propenden a difundir gozo y paz en auxilio del contristado mundo. Entonces empa­pará, por decido así, de este convencimiento su naturaleza inferior, librándola gradualmente de la ignorancia para que desvanecida la ilusión vea la realidad de las cosas. Con razón podría preguntarse: ¿Cómo es que tan persistentemente se ha relacionado la idea del dolor con la del sacrificio? ¿Por qué se han iden­tificado ambas ideas de tal suerte que el sacrificio entraña necesariamente angustioso dolor en concepto vulgar? Parece que este error deriva de la naturaleza inferior o personalidad cuya actua­ción se encamina desde un principio a tomar, recibir y retener en su exclusivo provecho. La personalidad tiene por objeto adquirir experien­cias en el mundo físico cuando todavía el hombre verdadero está muy poco desarrollado y por lo tanto apenas puede influir en la personalidad que prevaleciente entonces se ceba en el mundo de sensación, husmeando aquí y allá cuanto le parece atractivo sin conocer la índole ni el resultado de las cosas, pues se guía tan sólo por las apariencias y no sabe qué oculta la engañosa superficie. Así es que desde un principio y durante largo tiempo las experiencias de la personalidad o naturaleza inferior consistirán en la constante apetencia de ilusorios deleites y el repetido reconocimiento de que no son tan satisfactorios como imaginara sino que más bien resulta de ellos dolor; y así ha de suceder porque según dijimos el dolor sirve para enseñarle al hombre la índole de la ley y convencerle de la vanidad de los placeres sensua­les que halagan a la personalidad. De esta suerte, tanto el placer como el dolor conducen al conoci­miento, pues al experimentar el Alma uno y otro de ambos aspectos de la naturaleza manifestada, adquiere algunas nociones de la subyacente rea­lidad de las cosas. El Alma acopia estas experien­cias, que pueden ser y frecuentemente son muy dolorosas, transmutándolas en conocimiento, que convertido a su vez en sabiduría le sirve entonces de norma de conducta y es para el hombre interno un manantial de puro e inalterable gozo. La cre­ciente sabiduría acrecienta asimismo la videncia, la serenidad y la fortaleza, de suerte que lo penoso para la personalidad no lo es para la indi­vidualidad que gozosa lo recibe porque le proporciona experiencia. Cuando de algún placer ansiosamente apetecido resulta disgusto y tedio después de disfrutado, el hombre interno, o sea el ego, transmuta esta experiencia en Sabiduría, y así vemos que aun el dolor tiene su aspecto placentero, porque el ego prescinde en su experien­cia del pasajero dolor de la personalidad y sólo atiende al conocimiento que le allega la experien­cia. Convencido de que todas estas experiencias favorecen su adelanto en conocimiento y poderío, las escoge con deliberado gozo al prever el término de la obra en que el oro salga puro y fino del crisol. Pero si consideramos al hombre cegado en el mundo inferior por la ignorancia y aprendiendo las severas y dolorosas lecciones que la ley le en­seña; si lo vemos apeteciendo de continuo el pla­cer sensual sin cuidarse de los perjuicios y sufri­mientos que acarrea al prójimo con tal de satisfa­cer su gusto, entonces tendremos que en cuanto fracasen sus ansias concupiscentes experimentará agudo dolor, profundo desengaño y un intenso sentimiento de fatiga y disgusto. Desde este punto de vista, la experiencia es verdaderamente penosa; pero considerada bajo su aspecto superior bien vale la pena de pasar por ella a cambio de la sa­biduría, de la más clara visión de la naturaleza y del mayor conocimiento de la ley que consigo en­traña. Sin embargo, todavía hay algo más en esta cuestión. La personalidad y la individualidad, lo inferior y lo superior están en perpetuo conflicto. La individualidad quiere realizar determinada obra y ha de tomar para ello a la personalidad por instrumento; pero la personalidad no compren­de el propósito ni echa de ver el objetivo de la individualidad, y como este propósito y objetivo no pueden lograrse sin el concurso de la persona­lidad, de aquí la lucha que con ésta ha de mante­ner la individualidad, espoleándola unas veces a seguir adelante y refrenándola otras veces, resul­tando de todo ello que la personalidad, todavía envuelta en la ignorancia, se apena al verse forzada a entregar lo que ansía retener. Pero poco a poco, según va cobrando predominio la indivi­dualidad, acaba la personalidad por darse cuenta de que conviene llevar a cabo la obra propuesta por la individualidad, aunque le sea doloroso ha­cerla, pues el bien que ha de allegarle compen­sará de sobra el sufrimiento que le cueste, aparte de que al vencer las dificultades con su esfuerzo, por penoso que sea, aumentará su fortaleza hasta el punto de que el gozo del vencimiento desvanezca el transitorio dolor del esfuerzo. Según vaya evolucionando la individualidad influirá con mayor eficacia en la personalidad, determinando el progreso de la mente en términos que, al acometer con deliberado intento una em­presa difícil, pero altamente anhelable, no vacilará en sacrificar en el fuego del conocimiento los ba­jos deseos cuya eliminación sea indispensable para llevarla a feliz término. Entonces advierte que al consumir sus apetitos consume también las limi­taciones que lo mantenían en inferioridad y la fla­queza que lo rezagaba, y que el fuego del sufri­miento, al parecer tan penoso en un principio, destruye las cadenas que lo aprisionaban. Así disfruta gozoso de la libertad conquistada cuyas ventajas reconoce de más en más a medida que se repiten las experiencias, y de paso no siente tanto el sufrimiento a cuya costa adquiere la libertad. Desde este interno punto de vista vemos que también el sufrimiento se transmuta en gozo por virtud de la divina alquimia, pues la efusión de la individualidad tiene por objeto hacer partícipe a la personalidad de su gozo, de modo que de más en mayor sienta su perpetua y siempre creciente beatitud. Cuando el Alma comprende bien este proceso y se acerca a la puerta del Templo, echa de ver que todo consiste en libertarse de las limi­taciones causantes del sufrimiento, que le impiden realizar la unión con el prójimo y con Dios. Cuan­do comprendido este proceso se efunde la natura­leza divina, idéntica en esencia al verdadero hom­bre, notará que la eliminación de las limitaciones le proporciona divinos goces, y que el dolor dima­na del sentimiento de separatividad arraigado en la ignorancia, y que cesa al punto el dolor al desvanecerse la ignorancia. Además, cuando el hombre se convenza de que sus limitaciones son ilusorias, aparentes, irreales, sin eficacia alguna en el mundo peculiar del ego, se apresurará a trans­mutar deliberadamente las facultades de la na­turaleza inferior, refinándolas por medio del al­químico procedimiento a que me referí en un principio. Examinemos algún caso como ejemplo de este procedimiento. En primer lugar veamos una de las mayores causas de dolor en el mundo físico, cual es la apetencia de placer personal sin consideración a los deseos y sentimientos del prójimo, y con el manifiesto propósito de disfrutarlos sólo para sí en un circuito egoístamente separado por una valla del resto del mundo. Ahora bien; ¿cómo debe conducirse el Alma respecto de esta instintiva apetencia de placer egoísta? ¿Hay en esta apetencia algo que el fuego pueda transmutar? Este instinto concupiscente que siempre acaba en sufrimiento, puede transmu­tarse en la facultad de difundir el gozo de suerte que todos participen de lo que uno logró. El Alma comprende la posibilidad de esta transmutación eliminando gradualmente de su apetencia el ele­mento de separatividad y procurando despren­derse del exclusivismo personal. Para ello ha de derribar la tapia de ignorancia que la cerca en los mundos inferiores de su manifestación y des­truir la mezquina valla que la separa de las demás Almas, de suerte que al experimentar algún placer lo difunda entre todos sus hermanos y los haga partícipes de su propia dicha. Pero también hallará gozo en la obediencia, porque en un mundo regido por la ley, la armonía con esta ley no puede por menos de engendrar paz y dicha, así como la discordia es prueba de la oposición a la ley. Cuando la evolucionante Alma adquiera alguna facultad, poder, conoci­miento o verdad espiritual, habrá de tener en cuenta que el gozo de poseer consiste realmente en dar, no en recibir, y para ello le es preciso derri­bar cuantas vallas levantó en torno de sí en los días de su ignorancia y difundir el gozo entre to­dos los seres de la creación. De esta suerte podrá transmutar el instinto concupiscente en la facultad de transmitir el gozo, reconociendo que si en otro tiempo buscó el placer exclusivista, sólo es posible gozar en la coparti­cipación, pues nada es digno de posesión más que lo que por donarlo se posee. La dicha de dar es realmente el esencial sacri­ficio, la donación a todos los seres de lo que contrariamente no tendría valor alguno por quedar retenido en un yo separado. Examinemos otro caso susceptible también de alquimia espiritual: el amor egoísta. En este amor vemos algo de índole superior al instinto concu­piscente, pues la palabra amor entraña que algo se da a otro, pues de lo contrario no sería amor, aunque también puede ser un amor muy egoísta que siempre ansíe recibir en vez de dar y se preo­cupe mucho más de lo que puede obtener del ob­jeto de su amor, que de lo que le pueda dar, y por el deseo de recibir denote las nada amorosas cua­lidades de exclusivismo, celos y recelos, con el deseo de rechazar a los demás y retener para sí solo el objeto amado, como si quisiera monopoli­zar el sol en su propia morada, sin que nadie más pudiera aprovecharse de sus rayos. Pero ¿cómo transmutar el amor egoísta? No disminuyendo el amor, según hacen equivocadamente algunos, ni entibiándolo de modo que degenere en frialdad y aspereza, si en el amor cupieran estas condicio­nes, sino alentándolo con deliberado esfuerzo de eliminar los elementos que lo degradan y vigilando al yo inferior para que en cuanto levante una va­lla de exclusión derribarla desde luego; y si desea retener para sí lo que tan valioso y admirable le parece, procurar compartirlo con el prójimo; y si intenta retraer de los demás el objeto amado, oponerse a este exclusivismo entregándolo de modo que todos puedan participar de él. Debe comprender el Alma que cuanto hay de bello y gozoso ha de darse a todos para que participen de la dicha dimanante del objeto amado, con lo que los elementos groseros se irán poco a poco eliminando. Cuando surja el sentimiento egoísta hay que desecharlo deliberadamente, y si se ma­nifiesta el sentimiento de celos debe sofocarse al punto, de modo que en vez de exclamar: Go­cemos nosotros solos, exclamemos: Vamos a derramar sobre el mundo y a compartir con los demás nuestro gozo. Por virtud de esta espiritual alquimia el amor se transmutará en divina compasión derramada sobre el mundo de los hombres, y así quien se go­zaba en recibir del objeto amado, se deleitará en compartir su gozo con todos. Y el amor un tiempo egoísta, limitado en un principio al amor de un hombre y una mujer, se extenderá al círculo de la familia y sucesivamente al municipio, la nación y la humanidad entera, hasta dilatarse a todo cuan­to vive en el universo, donde nada hay sin vida. El amor no habrá sufrido menoscabo en su inten­sidad ni en su vehemencia ni en su viveza ni en su fervor, sino que se ha difundido por el universo entero en vez de recluirse en un solo corazón, se convertirá en el océano de compasión que incluye cuanto siente y vive. Tal sería respecto al amor la alquimia del Alma. El mismo procedimiento que señalado queda para transmutar las dos dichas cualidades de la naturaleza inferior, puede seguirse con todas las demás, y veréis entonces que esencialmente con­siste en desembarazarse de la separatividad anu­lándola con deliberado propósito por virtud del conocimiento y de la comprensión; y todo este proceso es gozoso para el verdadero hombre, aun­que en su ofuscación no lo comprenda el hombre inferior. Una vez comprendido, el dolor se invierte en gozo, y aun en las sensaciones que de otro modo hubieran sido penosas, prevalece el gozo y transmuta el sufrimiento, porque el Alma ya está convencida y la naturaleza inferior empieza a con­vencerse del objeto y finalidad de la tarea. Prosiguiendo en el estudio del asunto, notamos que esta transmutación puede también efectuarse de otro modo, o sea que según va penetrando en la naturaleza inferior el fuego de amor y sabi­duría, peculiar de la naturaleza superior, y con­sume las limitaciones de que antes hablé, trans­mutando lo inferior en superior, hay asimismo una efusión de fuerza y energía espiritual, pues el ego manifestado en el hombre inferior es capaz entonces de actualizar fuerzas y energías resul­tantes en cierto modo del descrito procedimiento de natural alquimia, por el cual cuando el Alma con su fuego de amor y sabiduría se manifiesta en el mundo de los hombres emite energía, y al abra­zar lo inferior, deja libres sutiles fuerzas de lo su­perior, con lo que el resultado de la destrucción es liberar la vida espiritual, poner en libertad lo que por estar ligado no podía manifestarse y una vez consumida su externa película queda libre para actuar en el mundo. Cuando el Alma se eleva a los planos superio­res y advierte su identidad y unidad con todos los seres, percibimos confusamente el bosquejo de una gran verdad cual es la de que su unidad con las demás capacita al Alma para ayudarlas de diversos modos y gozarse en compartir con ellas y aun entregarles todo cuanto hubiera podido reservar para sí, pero que ya identificada con todos los seres debe necesariamente darlo al mundo. Así lo que cupiera considerar como pre­mio de espirituales proezas, el reposo, la bienaven­turanza y la prosperidad espiritual, que bien po­día no compartir con nadie, lo entrega el Alma gozosa, porque esta entrega es una necesidad de su naturaleza anhelante de que todo cuanto posee pase a ser del dominio común y sirva de auxilio a la evolución de la humanidad. Así hay discípulos que renuncian al devachán y adeptos que renun­cian al nirvana, porque según nos cabe conjeturar se han identificado de tal suerte con sus hermanos, que no pueden por menos de compartir con ellos cuanto alcanzaron. Su verdadera recompensa no está en la felicidad del devachán ni en la inefable beatitud del nirvana, sino que el único gozo a que aspiran es aportar todo lo suyo, todo cuanto pu­dieran haber disfrutado, al acervo común para auxiliar así la evolución y ascenso de la humani­dad a que pertenecen. Después vislumbramos también la manera de prestar este auxilio, y vemos que cuando alguien está abrumado por el sufrimiento que él mismo se atrajo con su conducta pasada, y la irresistible acción de la ley le sujeta con su peso de dolor y angustia, es posible que quien haya transcendido la separación identificándose con el Alma dolorida en el plano de la realidad, se coloque a su lado para infundirle energía y darle fuerzas con que sobrellevar las consecuencias de sus pasadas ac­ciones. De este modo el auxiliador no echa sobre si la carga del auxiliado, quien por su propia mano ha de cosechar lo que sembró, aunque tiene a su lado quien le presta nuevas fuerzas, nueva vida y comprensión para llevar a cabo su tarea, cuya índole y condiciones siguen siendo las mis­mas, pues la influencia del auxilio se contrae a mudar la actitud del Alma respecto de su labor. No se altera el peso de la carga sino que aumen­tan las fuerzas del Alma para soportarla, y uno de los más puros goces y de las mayores recom­pensas del Alma evolucionante que nada pide para sí excepto la posibilidad de servir, consiste en que cuando ve una débil Alma agobiada por el peso de un sufrimiento, puede infundirle divinos alientos, consolarla e instruirla de suerte que co­bre esperanza y fuerzas para sobrellevar su infor­tunio. El auxiliador no libra al Alma hermana de la carga que ella misma se echó encima y por lo tanto ha de soportar en su propio beneficio; pero en cambio acrecienta sus fuerzas para soportarla, infundiéndole la fortaleza dimanante de la com­prensión de la naturaleza de las cosas, con lo que el dolor de la penalidad se transmuta en dulce re­signación para sufrirla porque sabe que la merece y le enseña una provechosa lección. El Alma así auxiliada está gozosa aún mientras sobrelleva el peso de su karma y el don que con el auxilio se le otorga acrecienta su fortaleza en el presente y para el porvenir, puesto que dicho don es un derrame de la Vida divina desde el plano donde todas las Almas son una. Este plano está siempre henchido de energía espiritual con la que au­xilian a la humanidad militante quienes mayor­mente se gozan en el auxilio sin apetecer más recompensa que la gradual ascensión de sus her­manos menores hacia la luz que ellos ya alcan­zaron. Pero si esto es así ¿en que consiste la dificultad tan familiar a todos y más todavía al aspirante que con ella tropieza al entrar en el sendero pro­batorio y que según le parece ha de persistir allende la puerta del Recinto Externo? ¿Por qué se le ha llamado Sendero de Aflicción si a cada paso es más radiante con el fulgor de su divino gozo? Fácil es la respuesta al considerar que sen­dero de aflicción debe parecerle a quien se esfuer­za en subir por el atajo y adelantándose a la ordinaria evolución humana llegar más pronto a la cumbre, pues el inevitable resultado de su esfuerzo ha de ser la concentración en pocas vidas de las responsabilidades que de otro modo se hu­bieran diluido en gran número de ellas, y por lo tanto se aglomera sobre el Alma todo el karma pretérito que ha de extinguir en breve tiempo con mayor intensidad y violencia. La pesadumbre de esta aglomeración kármica sobreviene con tan desconcertante y ofuscador ímpetu, que ocasiona inauditos sufrimientos, no precisamente a la mis­ma Alma, sino a la personalidad que, cegada to­davía por la ignorancia, se ve impelida por la individualidad a marchar hacia adelante. Aún en este momento de amarguísima prueba, cuando todo lo acumulado en pasadas vidas recae sobre el Alma que se atreve a desafiar al destino, está en paz y goza de realizar rápidamente una tarea que de otro modo hubiera requerido multitud de vidas, pues un vivísimo pero breve fuego consume las escorias del pasado hasta verse libre de ascen­der a la única vida para ella apetecible. He aquí por qué mirado desde el punto de vista mundano es de aflicción el sendero probatorio, pues quien en él entra ha de renunciar a los pla­ceres terrenos, los goces sensuales, todo cuanto a las gentes vulgares les parecen flores del camino de la vida. Pero el Alma resuelta a encaramarse a la cum­bre ya no apetece los placeres terrenos sino que disgustada de ellos anhela algo que no se marchi­te, goces que no se desvanezcan, y aunque desde fuera parezca de renunciación el sendero, es una renunciación que más allá promete acrecentado gozo, paz y felicidad, porque no es el cambio del placer por el dolor, sino el menosprecio de la di­cha transitoria por la esperanza de la beatitud perdurable, el desprendimiento de lo que pueden arrebatar las externas circunstancias a cambio de los internos tesoros del Alma que los ladrones no pueden hurtar, de goces que ninguna contingencia terrena es poderosa a disminuir, entenebrecer o marchitar. Según avanza el Alma por el Sendero es más intenso su gozo, pues ya hemos visto que la tristeza radica en la ignorancia, y así suele experimentar el Alma más amargos dolores antes de que el conocimiento le abra los ojos y disipe su ignorancia. Contristados están quienes a causa tal vez de su misma tristeza se dirigen hacia el Sendero de renunciación, al ver que siglo tras siglo y milenio tras milenio está el mundo rodeado de infortunio y desdicha, que la miseria y el sufrimiento se ceban en hombres, mujeres y niños que sufren sin saber por qué sufren, aguijoneados por la ig­norancia que es realmente la esencia del dolor. Al ver el mundo sumido en la ignorancia y a la humanidad debatiéndose contra sus redes, el cora­zón de quienes han de ser salvadores del género humano siente la miseria del mundo y se resuel­ven a buscar el Sendero de Liberación en benefi­cio del mundo. Si examinamos la biografía de estos grandes Seres según la historia o la tradición profana nos la transmitieron, advertiremos que a todos ellos les sobrevino la aflicción antes de que vieran la luz. Era la aflicción por su impotencia, el reflejo de las tristezas que les rodeaban y sentían sin co­nocer la causa ni cómo extinguirlas. El hombre divino a quien tantos millones de gentes de nuestra raza diputan hoy por mayor en­tre los grandes y exquisita flor de la humanidad, el Buddha a quien hoy adoran la tercera parte del gé­nero humano, se lamentaba de la miseria e igno­rancia del mundo e inquiría la causa del dolor sin acertar a comprender (aunque esto tal vez fuera dicho en parábola), como remediarlo. Pasó el Bud­dha por el sufrimiento y el dolor, y abnegadamente renunció esposa, hijo, palacio y reino para sin otra compañía que la escudilla del mendigo retirarse al yermo lejos del bullicio mundano. Apesadum­brado su corazón y ofuscada su vista no sabia cómo salvar al mundo, sin que le fuera posible tener paz mientras sufriese el mundo. Arrostró muchos peligros, sobrellevó muchos dolores, mor­tificó su cuerpo, y envuelta su mente en tinieblas no podía ver lo que anhelaba hasta que por fin recibió cabe el árbol la iluminación. Al ver en­tonces la causa de la tristeza, transmutó en gozo la que sentía y de sus labios brotaron aquellas palabras repetidas por el eco de los siglos, que entrañaban un grito de triunfo, de gozo y de in­mutable felicidad.

 

“Yo el Buddha, que lloré con mis hermanos y sufrí en mi cora­zón por las angustias del mundo, ya río y estoy alegre porque sé que hay liberación.”

 

 Así parafrasea un poeta inglés la exclamación del Buddha al conocer que el dolor provenía de la ignorancia y que el conocimiento engendraba el gozo. La liberación es dicha. La ignorancia y la ceguedad son manantiales de lágrimas. La aflicción del mundo laceraba el corazón del Buddha, como lacera hoy el de los hombres todavía igno­rantes de su causa. Pero hay liberación. Y el men­saje de liberación nos dice que la causa del dolor está en nosotros mismos y no en el universo, en nuestra ignorancia y no en la naturaleza de las cosas, en nuestra obcecación y no en las con­diciones de la vida. Así es que a la luz acompaña la liberación y ríe, se alegra y goza el ya hombre divino. La divina luz inunda su alma. Es el ilumi­nado, el sabio. Y el sabio no tiene dolor ni angus­tia ni pena porque del Alma divinamente iluminada desapareció la aflicción para siempre.

 

 

QUINTA CONFERENCIA

 

EN EL UMBRAL

 

 

Nos hallamos ahora ante las Puertas de Oro que todo hombre puede abrir y por las cuales puede entrar en el grandioso Templo de que estamos hablando, para no salir jamás de él. Trataremos de señalar, si nos es posible, la situación del aspirante que se acerca al umbral con la esperanza de entrar pronto en el Templo e incorporarse a las filas de los que se han consagrado al servicio del mundo para ayudar a la evolución de la raza y favorecer el rápido pro­greso de la humanidad. Si observamos a quienes están en el Recinto Externo, advertiremos que si bien difieren nota­blemente en sus cualidades morales e intelec­tuales, en el progreso realizado, en las virtudes adquiridas y en su aptitud para seguir adelante, todos poseen la común característica de la anhe­losa perseverancia. Los mueve un definido propó­sito. Concreta y claramente comprenden cuales son sus aspiraciones y ajustan su conducta en el mundo a un ardiente propósito. Tal es a mi enten­der su más relevante característica y la única común a todos ellos. Quienes estén familiarizados con las Escrituras sagradas de otros países, recordarán cuánta im­portancia dan a la perseverancia o sea la cualidad de perseguir por determinado procedimiento la realización de un definido propósito. Los libros sagrados de las antiguas religiones de la India señalan la negligencia como uno de los más gra­ves peligros de fracaso, mientras que encomian grandemente la virtud de la perseverancia. Todas las religiones están acordes en este punto. Ahora bien; quien alcanzó la etapa que esta­mos considerando, ha transcendido las vallas que separan las distintas religiones y reconoce en todas ellas las mismas enseñanzas fundamentales, así como advierte que todo hombre religioso as­pira a la misma meta. Por lo tanto no es extraño que cualesquiera que sean las Escrituras sagradas que escudriñéis, pues todas derivan de la misma Fraternidad de Instructores, veáis señaladas en ellas iguales características para el aspirante, y todas consideran esencial la perseverancia para el futuro discípulo. Tan claramente y algo más al pormenor que en otras Escrituras, describe esta cualidad el se­gundo capítulo del Dhammapada, donde leemos:

 

“Si un hombre fervoroso ha despertado, si no es olvidadizo, si sus acciones son puras, si obra reflexivamente, si se refrena y vive de conformidad con la ley, irá en aumento su gloria. Por medio de su despertamiento, perseverancia, sujeción y dominio, puede el hombre prudente fabricarse una isla que ninguna oleada podrá sumergir. Los insensatos, los hombres de maligna sabiduría van tras las vanidades. El sabio considera la perseverancia como su más preciada joya. ¡No apetezcáis la vanidad ni los goces del amor lujurioso! El perseverante y reflexivo obtiene intenso gozo. Cuando el hombre instruido desecha la vanidad por medio de la perseverancia, escala las excelsas cumbres de la sabiduría y desde allí mira a los insensatos. Serenamente contempla a las fatigadas muchedumbres como quien desde la cima de una mon­taña contempla a los que están en la llanura. Perseverante entre los insensatos, despierto entre los soño­lientos, el sabio adelanta como corcel que deja rezagado al rocín. Por la perseverancia se alzó Maghavan a la categoría de los Dioses. Las gentes alaban la perseverancia y vituperan la negligencia. El bhiksu que se deleita en la perseverancia y mira con aver­sión la negligencia es como fuego que consume sus grandes o pequeñas ligaduras”.

 

Recapacitando sobre toda esta labor que he­mos ido señalando, vemos que la perseverancia es la cualidad predominante en la purificación de la naturaleza inferior, el dominio del pensamiento, la formación del carácter y la transmutación de las cualidades inferiores en superiores. El con­junto de esta labor presupone un perseverante ánimo que ha reconocido su finalidad y resueltamente se encamina a la meta. Por lo tanto, según dije, la perseverancia puede considerarse como la común característica de cuantos están en el Recinto Externo, y con­vendrá notar de paso que se manifiesta más relevantemente en aquellos cuyos ojos se han abierto. Todos sabéis que es posible colegir el carácter de una persona del aura que la rodea, y también recordaréis que al considerar distintos puntos de la evolución humana insinué que en un principio no está el Alma muy bien definida, a manera de una trenza de neblina sin contornos señalados ni límites precisos. A medida que el Alma evolu­ciona va tomando más determinada configuración esta neblina y el aura de la persona adquiere correspondientemente una forma definida, pues en vez de difumarse vagamente presenta señalados contornos tanto más precisos cuanto más adelantada está la individualidad. Por lo tanto, si observáis a quienes están en el Recinto Externo veréis que los caracteriza la determinada configu­ración de su aura, y no sólo denotarán señaladas cualidades sino que estas cualidades tendrán en el aura muy clara expresión en correspondencia con la interna fijeza que va asumiendo la individua­lidad. Digo esto para dar a entender que esta carac­terística del aura es indicio seguro del adelanto del Alma, pues no se le concede por arbitrario favor de alguien ni tampoco por casualidad ni por accidente fortuito, sino que es una clara y con­creta condición que denota cualidades definitivamente logradas, poderes definitivamente adqui­ridos que se manifiestan con claridad bastante para ser visibles al observador cuya vista trans­cienda la mera percepción de la materia física. Por lo tanto, la perseverancia desarrolla la individualidad y define los contornos del aura en términos que manifiesta el interno estado común a cuantos se hallan en el Recinto Externo, aunque en unos aparezca la característica más señalada que en otros. El admirable si bien breve tratado: Luz en el Sendero dice con mucha verdad que las iniciacio­nes recibidas por el aspirante mientras está en el Recinto Externo se refieren a su conducta en el mundo. No son las explícitas y concretas ini­ciaciones que más tarde ha de recibir, ni tampoco las etapas del interior del Templo, la primera de las cuales ha de recorrer en cuanto pase por las Puertas de Oro, sino que son continuas iniciacio­nes que recibe el candidato según adelanta en el sendero de su vida diaria, de suerte que en cierto sentido cabe decir que la vida es el gran Iniciador, pues todas las pruebas que sufre templan su ánimo, vigorizan sus fuerzas y desarrollan sus facultades. Luz en el Sendero expone cuatro reglas que según se dice están escritas en los vestíbulos de todas las Logias de la gran Fraternidad, en len­guaje místico, aunque bastante inteligible, salvo las dificultades propias de todo lenguaje místico cuando las palabras se toman demasiado literal­mente y no como expresión de las internas verda­des que denotan. Todos recordaréis que las cuatro reglas son las siguientes:

 

  1. Antes de que los ojos puedan ver es preciso que sean incapa­ces de llorar.
  2. Antes de que el oído pueda oír debe perder su sensibilidad.
  3. Antes de que la voz pueda hablar en presencia de los Maes­tros debe haber perdido el poder de herir.
  4. Antes de que el alma pueda permanecer en presencia de los Maestros debe haber lavado sus pies en la sangre del corazón.

 

La misma amanuense que sirvió para transcribir Luz en el Sendero, fue utilizada más ade­lante para dar algunos comentarios que merecen cuidadoso estudio pues resuelven muchas de las dificultades con que el estudiante tropieza al leer el texto del tratado y le ayudan a evitar las inter­pretaciones en exceso literales, desentrañando el significado esotérico de las cuatro reglas capitales en vez de extraviarse con la expresión meramente exotérica. Dicen los comentarios que la primera regla: - Antes de que los ojos puedan ver han de ser inca­paces de llorar -  significa que el Alma ha de pasar de la vida de sensación a la de conocimiento, transcendiendo el estado en que constantemente la estremecen las violentas vibraciones que por los sentidos le llegan y ascender a la región del cono­cimiento donde todo es fijeza, calma y paz. Signi­fica, además, que los ojos son las ventanas del Alma y pueden estar estas ventanas obstruidas por el moho de la vida; que las violentas sensa­ciones de placer o dolor, engendran una niebla que vela las ventanas del alma impidiéndola ver claramente a través de ellas. Esta niebla proviene del mundo exterior, no del interior; de la persona­lidad, no de la individualidad, pues resulta de las violentas sensaciones y no del conocimiento de la vida. Así está simbolizada en las lágrimas que denotan toda violenta emoción placentera o dolo­rosa. Hasta que los ojos sean incapaces de verter lágrimas, hasta que las ventanas del alma no estén empañadas por el moho que del exterior cae en ellas, hasta que limpias y diáfanas den paso a la luz del conocimiento, hasta lograr todo esto, no es posible que vean los ojos del Alma. No quiere decir esto, según también se explica, que el discípulo embote su sensibilidad, sino que nada procedente del exterior alterará su equili­brio. No significa que cese de sufrir o de gozar, pues sufrirá y gozará más intensamente que los demás hombres; pero ni el placer ni el dolor po­drán disuadirle de su propósito ni perturbar el equilibrio que le dio la firmeza del conocimiento adquirido. Este conocimiento consiste en la com­prensión de lo permanente, y por lo tanto en la incapacidad de lo transitorio y lo irreal para velar la visión del Alma. Análogamente, la segunda regla: - Antes de que el oído pueda oír debe haber perdido la sensibilidad -, significa que el Alma debe de haber entrado en el silencio, pues aunque la voz de los Maestros resuena siempre en el mundo, los hom­bres no podrán oírla mientras llene sus oídos el estrépito de la vida profana. No es que el Maestro no hable, pues siempre está hablando, ni es que la voz deje de resonar, porque sin cesar resuena, sino que su armónico y suave acento no puede herir un oído rodeado de los estridentes gritos que llegan de los sentidos y de las groseras emociones. Por lo tanto es necesario que el Alma entre en el silencio y que mientras el discípulo esté en el Recinto Externo se mantenga en el silencio para oír la verdadera voz. En este silen­cio, quietud y sosiego inalterable de que el Alma es consciente parece como si el discípulo hubiese perdido la sensibilidad. El autor de Luz en el Sendero expone con mucho énfasis lo difícil de la lucha en que se empeña el Alma al entrar por vez primera en el silencio, pues acostumbrada a los sonidos que en su alrededor resuenan, el silencio despierta en ella el sentimiento de la nada, como si cayera en un abismo sin fondo, como si la envolviera un velo de tinieblas. Es un sentimiento de absoluto aislamiento y vacuidad, cual si todo se hubiese desvanecido y la vida cesara al cesar los sonidos del mundo. Así se dice que aunque el Maestro esté allí y sostenga de la mano al discípulo, no siente el discípulo el contacto del Maestro ni tampoco lo ve, porque ha perdido de vista todo cuanto le rodeaba y cree estar suspendido en el vacío. Du­rante este silencio parece como si hubiese una pausa en la vida y que todo se paralizara, incluso la misma vida del Alma. Entonces llega de allá la voz que una vez escuchada en el silencio se vuelve  a oír de continuo aun entre las más estrepitosas estridencias y el oído responde siempre a ella, pues desde aquel momento ya no puede ruido alguno de la tierra apagar la armoniosa voz que así habló al Alma. Estas dos reglas se han de practicar positivamente antes de entrar por la Puerta de Oro, y el aspirante ha de experimentarlas antes de colo­carse en el umbral en espera de licencia para entrar en el Templo. De la descripción que se hace de las otras dos reglas parece colegirse que más bien correspon­den a la vida del interior del Templo que a la externa, pues aunque también estén escritas en el vestíbulo, las ha de cumplir el discípulo luego de haber entrado en el Templo, y si se escriben en el vestíbulo es para que de antemano conozca el ca­mino que ha de recorrer y la labor que ha de rea­lizar en el interior del Templo. De la descripción de las otras dos reglas se infiere que el poder de hablar en presencia de los Maestros y de permanecer cara a cara ante ellos, sólo se logra plenamente en el interior del Tem­plo, por más que algo cabe intentar en este sen­tido mientras el aspirante se halla en el Recinto Externo, y los primeros brotes de este floreci­miento del Alma pueden aparecer aquende la Puerta de Oro, porque el poder de hablar en presencia del Maestro es, según se dice, la demanda de conocimiento que el discípulo dirige a la gran Potestad que preside el rayo al cual pertenece. Esta demanda o súplica de conocimiento tiene su respuesta en la otorgación del poder de comuni­car al mundo el conocimiento recibido, pues sólo con esta condición podrá hablar el discípulo en presencia del Maestro, ya que al comunicarlo se convierte en eslabón de la prolongadísima cadena que enlaza lo supremo con lo ínfimo, transmi­tiendo a los que están por debajo de él las ense­ñanzas que en el lugar donde está es capaz de recibir. Por esto se dice que quien solicita ser neófito ha de ser al propio tiempo servidor, porque nada podrá recibir si no está dispuesto a compar­tirlo con los demás. El poder de hablar en presencia de los Maes­tros no ha de entenderse en el sentido del fonético lenguaje peculiar de los planos inferiores sino en el genuino lenguaje de las almas, que a quienes lo buscan señala el camino no con articuladas palabras sino inculcándoles la verdad que tan imperfectamente expresarían las palabras. El neófito sólo recibe este poder de hablar de alma a alma cuando lo desea para emplearlo en el servicio y ser una de aquellas lenguas de fuego que se mue­ven en el mundo de los hombres y les descubren el secreto que están escudriñando. La cuarta regla según la cual no puede permanecer el Alma en presencia del Maestro sin antes haber lavado sus pies en la sangre del cora­zón, se explica diciendo que así como las lágri­mas simbolizan el zumo de la vida destilado por las violentas sensaciones así la sangre del corazón simboliza la vida misma, y así al decir que el dis­cípulo ha de lavar los pies con la sangre del cora­zón, significa que ya no desea para sí solo su vida, sino que anhela entregarla en servicio del mundo. Y como quiera que la vida es lo más valioso para el hombre, esta vida ha de dar antes de que pueda permanecer en presencia de Quienes todo lo dieron. Ya no apetecerá la vida para sí ni ansiará renacer con objeto de ganancia o expe­riencia, porque lavó sus pies en la sangre del corazón, renunció al deseo de vida senciente y vive tan sólo para el bien de la raza y el servicio de la humanidad. Únicamente cuando da todo lo que tiene puede estar en presencia de Quienes ya lo dieron todo. Por esto dije antes que las dos últimas reglas eran más bien aplicables al interior que al exte­rior del Templo, pues el absoluto sacrificio de la vida, la liberación de todo deseo, la renuncia a toda posesión menos a la que tenga por objeto la dádiva es la perfecta labor de los que sobresalen entre quienes se hallan en la linde del adeptado, es uno de los definitivos triunfos del arhat que se halla inmediato al punto en donde se adquiere el supremo conocimiento sin nada ya que aprender ni nada más que adquirir, y aunque mientras esté en el vestíbulo no podrá cumplir por completo ambas reglas, allí las ve escritas para que desde luego le ayuden a gobernar su conducta, pues en vívida realidad habrá de convertirlas algún día. Considerando las etapas que conducen al um­bral, colegimos la condición de quienes ante la Puerta están dispuestos a cruzarlo. Por ser toda­vía muy imperfectos les queda no poco que hacer en sucesivas vidas, porque han de recorrer cuatro largas etapas antes de llegar a la elevada posición de adepto. Tienen propósito definido, carácter entero, ánimo sojuzgado y depuran su conducta y van extinguiendo sus pasiones con anheloso deseo de servir y aspiración a más pura y no­ble vida. Atrevámonos a imaginar por un momento que colocados en el umbral miramos al interior del Templo para conocer con mayor claridad lo que en él hay, y darnos más exacta cuenta de por qué el aspirante ha de reunir las señaladas condicio­nes y aprender todo cuanto hemos venido estu­diando. Fijemos la vista aunque sea imperfectamente en las cuatro etapas del Sendero que se extiende por el interior del Templo, cada una con su Portal correspondiente a la respectiva gran iniciación. La primera iniciación descrita en La voz del Silencio y en varias obras exotéricas es la que recibe el que <entra en la corriente> y sig­nifica el paso firme y seguro que se da para cruzar el umbral y entrar en el Templo de donde ya jamás ha de salir ni volver al mundo, aunque sin salir del Templo está ocupado en el servicio de la humanidad. La entrada en la corriente es un paso decisivo que según los tratados exotéricos suele dilatarse por un período de siete vidas que ha de pasar todavía quien entra en la corriente. Dice una nota de La Voz del Silencio que muy rara vez llega un discípulo a la meta en la misma vida en que entra en la corriente, y por lo general ha de pasar siete vidas antes de entrar en el Templo. Sin embargo, de la misma lectura de los tratados exotéricos se infiere que la palabra vidas no se ha de tomar en la ordinaria acepción del período transcurrido entre el nacimiento y la muerte del cuerpo físico, sino que más bien deben considerarse dichas siete vidas como efectos y posibilidades, como etapas de progreso, aunque estas etapas coincidan a veces, pero no necesariamente, con las vidas humanas que abarcan de la cuna al sepulcro. Dícese que estas siete vidas las ha de pasar el candidato seguidamente una tras otra sin interrup­ción de su conciencia. Viene después el segundo Portal, correspon­diente a la segunda gran iniciación. Pasadas las siete vidas de la primera queda el discípulo libre para siempre de las remanentes flaquezas de la naturaleza inferior, pues no se trata ya de las in­completas tareas y parciales éxitos del Recinto Externo, sino de acabar a la perfección cuantas obras emprenda, por lo que va quebrantando uno tras otro sus grilletes y elimina definitivamente las postreras debilidades según asciende a la per­fección en que la naturaleza divina ha de mani­festarse en el hombre. El que recibe la segunda iniciación ya no ha de renacer forzosamente más que una vez, antes de que cese de girar su rueda de nacimientos y muer­tes, si bien podrá reencarnar muchas veces volun­tariamente, llevado de su anhelo de servir a la humanidad. Cuando transpuesta esta etapa llega al tercer Portal y recibe la tercera gran iniciación ya no vuelve a renacer, porque en aquella misma vida recorrerá la cuarta etapa que lo lleve al dintel del nirvana, al estado de arhat en que el Alma queda absolutamente libre de los últimos lazos que toda­vía la aprisionaban. ¿Podremos describir por completo estas cuatro etapas de iniciación? ¿Llegaremos a comprender, siquiera sea confusamente, qué labor posibilita el paso por estos cuatro Portales de la transmutada vida en el interior del Templo? Hemos visto que el candidato no es ni mucho menos perfecto. En los tratados sobre el particular, cuyas páginas están iluminadas por los resplandores del Templo, leemos que antes de alcanzar el adeptado ha de romper el discípulo una tras otra diez ligaduras de la naturaleza inferior. No me detendré a exa­minadas porque esto nos llevaría a considerar la actuación del discípulo en el interior del Templo, y nuestro tema se contrae a la del Recinto Externo; pero bien cabe bosquejarlas en espera de que una competente mano las describa, a no tardar, una por una [11].  Así pues, sin entrar en porme­nores considerémoslos como guías de nuestro es­tudio, preguntándonos por qué se le exigen al discípulo tan rigurosas condiciones para cruzar el umbral, por qué ha de llevar a cabo tan ardua labor antes de que se le permita el ingreso en el Templo y que Quienes tienen la llave de la Puerta la abran cuando el candidato solicita la admisión. Fácilmente se comprende que antes de cruzar el umbral deba de haber satisfecho parcialmente el aspirante las condiciones que hemos examinado, pues cada paso hacia adelante le confiere mayo­res facultades y cuando esté dentro del Templo abriranse sus ojos y será capaz de obrar y vivir de un modo que fuera del Templo le es imposible. Sus superiores facultades de videncia, audiencia, conocimiento y acción le distinguen muy ventajosamente de los demás hombres con quienes sin confundirse ha de convivir en el mundo, y por lo tanto necesario es exigirle condiciones superiores a la generalidad de los hombres antes de confe­rirle dichas facultades que una vez poseídas suyas son y puede emplear a su albedrío. Supongamos que el candidato tuviese la debi­lidad tan común entre el vulgo de irritarse fácil­mente por las faltas del prójimo, que le desconcertaran las menudencias de la vida diaria, que no dominase su temperamento ni fuera mucha su compasión ni muy profunda y amplia su simpatía, tolerancia y paciencia, y que al recibir un agravio se encolerizase en vez de compadecerse y se airase en vez de perdonar ¿ cuál fuera el resultado de admitir en el Templo a semejante hombre y otorgarle, siquiera incompletamente, facultades sobrehumanas en proporción al vulgo? ¿No seria cierto el peligro de que estos defectos tan frecuentes en los profanos produjeran verdaderas catástrofes? ¿No influiría siniestramente en las gentes con la fuerza de su voluntad y el poder de su pensamiento si contaminados de cólera derra­mase estas energías? Si no fuese tolerante ni compasivo ni conociera cuán fácil es en los demás rendirse a las flaquezas que él ya venció ¿cómo se portaría con los hombres cuyo interior con todos sus defectos y flaquezas podría conocer por medio del aura y distinguir el verdadero carácter de cada cual de sus apariencias personales? Seguramente no fuera justo ni razonable que semejante facultad, una de las menores que se adquie­ren en el Sendero, la poseyera quien no aprendió por su propio esfuerzo a compadecerse del débil y al recordar sus pasadas flaquezas no fuera capaz de tender una mano compasiva en vez de condenar a sus hermanos. Por lo tanto, preciso es exigir rigurosas con­diciones y que el candidato sea capaz de cumplir­las antes de permitirle cruzar el umbral. Nece­sario es que esté lo más limpio posible de las comunes flaquezas humanas antes de entrar en el grandioso Templo donde sólo caben los amantes, auxiliadores y siervos de la humanidad. Además, la tarea que ha de llevar a cabo es tan gigantesca que bien parece indispensable que haya progre­sado muy mucho antes de emprenderla. Debe desechar todo vestigio de humana flaqueza, adquirir todo el conocimiento asequible en los límites de nuestro sistema planetario, desarrollar las facultades que permiten aprovechar a voluntad este conocimiento, de suerte que conozca las cosas con solo fijar su atención en ellas, pues tal es el estado de adepto, el que ya nada más ha de aprender, y el adeptado es el último paso en el Sendero que se extiende por el interior del Tem­plo y ha de recorrerse en breve tiempo. Tan gigantesca es la tarea y tan sublime la hazaña que a no haberla realizado y estarla realizando toda­vía hombres de carne y hueso pareciera inasequible a la condición humana. Porque desde el ordinario punto de vista ¿cómo es posible progre­sar en tan corto número de vidas desde la relati­vamente inferior etapa de la primera iniciación hasta las excelsas cumbres en donde se yerguen los adeptos cual eflorescencia de la evolución hu­mana? Y pues en el interior del Templo se ha de cumplir la tarea necesaria para alcanzar el adep­tado y ni el menor vestigio de ignorancia ni de flaqueza han de manchar al Arhat que va a recibir la iniciación final, no es extraño que haya de ser muy ardua la labor del candidato antes de cruzar el umbral y muy firmes los cimientos sobre los que se ha de levantar el magnífico edificio del Templo. Conviene advertir que cuando el candidato abre los ojos se le aparece la tarea mucho más grandiosa que cuando tenía ofuscada la vista. A quien da los primeros pasos por el Sendero de perfección le parece mucho más largo y escarpado que cuando con apagados ojos lo veía desde el lado de acá de la Puerta, pues como percibe más claramente a los grandes Seres puede apreciar con mayor precisión la distancia que de Ellos le separa. Y a la luz de tan excelsa gloria ¡cuán mezquina ha de parecerle su labor! A la luz de tan potente fortaleza ¡cuán flacos sus esfuerzos! A la luz de tan perfecto conocimiento ¡cuán supina su ignorancia! ¡Y en sólo unas cuantas vidas, en sólo cuatro etapas ha de recorrer el Sendero! Sin embargo, las condiciones deben de ser muy dis­tintas, con toda posibilidad de éxito, pues ha de haber allí tan enorme acopio de compasiva ener­gía, que cuantos cruzan el umbral se encuentran en tan distintas condiciones de vida de las que atrás dejaron, que ya les parece relativamente fácil y posible lo que antes creyeron difícil e im­posible. Aunque no podemos conocer todas las condiciones propias del interior del Templo, algo de ellas nos permite colegir que es ahí la vida muy distinta de la del exterior. Ante todo, los que están en el Templo son hombres que <compren­den>, y esta palabra tiene hondo significado. Recordaréis lo que dije en la anterior conferencia acerca de la exclamación de triunfo brotada de labios del Buddha, al proclamar el término de la esclavitud y el hallazgo de la liberación. Dirigió este triunfal grito a los hombres del mundo físico, demostrándoles la causa del dolor y que su extin­ción depende del conocimiento de la realidad.

 

¡Oh! vosotros los que sufrís. Sabed que vuestra es la culpa del sufrimiento. Nadie sino vosotros mismos os obliga a sufrir, vivir y morir.

 

Quien ha cruzado el umbral conoce esta verdad. Los hombres sufren por su propia culpa. Nadie los esclaviza. Cuando esto se comprende, cambia para el hombre el aspecto del mundo y se ven muy distintamente las dificultades del Sen­dero. Porque una vez convencidos de que toda tribulación y dificultad provienen de la ignorancia y que los hombres sufren porque no saben que pasan de una a otra vida. Su ignorancia les impide obtener mayor provecho y adelanto en cada una de sus vidas. La rueda de nacimientos y muertes los retiene en su giro porque ignoran que libres quedarían si comprendiesen la finalidad de su existencia. Cuando el hombre cruza el umbral y alcanza este conocimiento si no con la espléndida visión del Iluminado al menos con firme conven­cimiento, el mundo cambia para él de aspecto y al contemplar las lágrimas y sufrimientos, los pesares y miserias que al mundo agobian, sabe que han de tener fin y que cesará el dolor en cuanto cese la ignorancia. Entonces ya no se que­branta su corazón, y aunque todavía se entris­tezca, desecha para siempre el desaliento y la desesperación. Pero no es esta la única mudanza que en las condiciones de vida sobrevienen al cruzar el um­bral. Además de tener no ya la esperanza de la aurora sino la seguridad de que lucirá el sol del nuevo día, adquirirá la ininterrumpida conciencia sobre la que ni la muerte pueda prevalecer ni el nacimiento echar el velo del olvido. En las vidas que le aguardan gozará de continuidad de con­ciencia, sin que una vez adquirida pueda perderla ni ofuscarla. En realidad jamás pierde el Ego la conciencia una vez despertada; pero en las vidas anteriores a la entrada en el Templo no se trans­mite a la personalidad, mientras que en las vidas pasadas en el interior del Templo la conciencia es un incesante conocimiento que permite al Alma mirar hacia atrás y hacia adelante de su camino fortaleciéndose con el convencimiento de su in­mortalidad. Así mudará por completo el concepto de la vida. Porque ¿ cuáles son los dos más vivos dolores que afligen al hombre en el mundo? La separación de los amigos por la distancia o por la muerte. Por la distancia cuando ambos en el mundo están alejados uno de otro millares de kiló­metros. Por la muerte, cuando un alma queda en el mundo y la otra cambia de condición en el más allá. Pero ni separación ni muerte existen para quien ha cruzado el umbral, como existían para él mientras estaba en el mundo profano. Sin em­bargo, aún le aprisiona algún tanto el grillete de la ignorancia y así puede sentir hasta cierto punto la pena de la separación por la distancia o por la muerte; pero no entenebrecerá por ello su vida ni interrumpirá su conciencia. Únicamente existe para él la separación mientras actúa en el cuerpo físico, que puede abandonar cuando quiera para trasladarse a donde ni el espacio ni el tiempo le embaracen. Así deja de experimentar en futuras vidas dos de las más amargas penas que afligen a la humanidad. Ya no perderá a ningún amigo ni la muerte será poderosa a arrebatar de su lado a quienes con él estén ligados en la vida. Para él ni la separación ni la muerte tienen ya realidad. Son males del pasado que en sus más terribles formas acabaron para siempre. No se detiene aquí el enorme cambio de condi­ciones en la vida del discípulo, pues además de la continuidad de conciencia que imposibilita la separación, sabe que en sus futuras vidas no rena­cerá como en las pasadas viniendo al mundo in­consciente para desperdiciar acaso la mitad de la vida sin propósito definido. No volverá al mundo ignorante de todo sin comprender la finalidad de la vida y cegado por la materia que lo envuelve. Renacerá consciente, con el propósito de progre­sar de tal manera que suya será la culpa y no exi­gencia de la vida, si no apresura su progreso, pues ya adquirió la conciencia que posibilita el pro­greso. También muda las condiciones del discípulo la nueva sociedad de que entra a formar parte, donde no hay recelos ni dudas ni sospechas, por­que se sobrepone a todas las nebulosidades de la tierra que allí no tienen cabida ni pueden por lo tanto conturbar al Alma. Cuando el candidato cruza el umbral y entra en el Templo, se halla ante los grandes Instruc­tores, ante los Maestros cuya presencia y la posi­bilidad de relacionarse con tan elevados Seres, muda por completo y para siempre el aspecto de la vida. El discípulo se ha puesto en contacto con lo permanente y ya no le conmueve lo transitorio como le conmovía cuando aún no conocía lo Eter­no. Sus pies se asientan para siempre jamás en la roca y las olas no volverán a arrastrarle al tormentoso mar. Así pues, aunque la labor que el discípulo ha de llevar a cabo en el Templo es verdaderamente magna, también son muy distintas las condiciones en que la ha de realizar y por ello no resulta tan difícil. Así comprendemos que esta labor se haya cumplido en el pasado y se esté realizando en el presente, pues con semejante cambio de condiciones puede recorrerse el Sen­dero por áspero y largo que parezca. En tan dis­tintas condiciones cabe la posibilidad de ascender por los caminos transversales de la montaña que conducen a tan excelsas alturas, y la evolución del Alma puede apresurarse con inconcebible ra­pidez cuando de tal modo desarrolla sus faculta­des y disipadas las tinieblas ha visto la luz. Al observar las etapas que se han de recorrer, los peldaños que se han de subir y las ligaduras que se han de desatar en tales condiciones, vemos que van desapareciendo uno tras otro todos los aspectos de la flaqueza humana y el Alma brilla con mayor refulgencia, serenidad y pureza. La ilusión del yo inferior se desvanece y todos los hombres se identifican con el verdadero Yo. A la duda substituye el conocimiento, pues cuando el Alma aprende la realidad de las cosas es ya im­posible la duda para siempre. El Alma se eman­cipa de toda transitoria sujeción al mundo exter­no, porque al ponerse en vívido contacto con la realidad, todas las cosas exteriores asumen sus verdaderas proporciones y entonces advierte la insignificancia de lo externo; que es mera sombra todo cuanto divide a los hombres; que las dife­rencias de religión, la mayor o menor eficacia de las ceremonias y todo ritual exotérico pertenecen al mundo inferior, por lo que son vallas colocadas entre las almas de los hombres. Estas sombrías ligaduras y estos vestigios de la humana flaqueza deben desatarse y desvanecerse del Alma en vías de conocimiento. De esta suerte adquiere el Alma las facultades de clarividencia y clariaudiencia, y acrecentada con ello su receptividad adquiere un omnilateral conocimiento imposible de imaginar. Como quiera que ya no la limitan los sentidos corporales tal como le sucedía en la vida física, no se ve casi separada del universo sin percibir de él más que tal o cual porción en que consistía todo su conocimiento, sino que por completo lo percibe y co­noce, pues toda ella es receptiva, de suerte que la adquisición de conocimiento acrecienta, por decirlo así, la vida del Alma que se ha abierto para de todas partes recibirlo. Más adelante se libra el Alma de las sutilísimas formas de deseo que todavía se le adhieren, de los últimos toques de la vida terrena que aún pudieran detenerla. Pero al llegar a la cuarta y suprema iniciación que convierte al hombre en arhat, no acertamos a comprender que trabas pueden ligarle ni qué defectos afearle en tan alto estado, y con  razón se ha dicho que el sendero del arhat es tan difícil de señalar como el de las aves en el aire, pues como las aves en su vuelo no deja el arhat huellas en su sendero que recorre sutil y libre­mente en la elevada atmósfera en que se mueve y de la cual desciende un sentimiento de perfecta paz que nada puede perturbar. Se nos dice que nada le conmueve, nada le es­tremece sin que le alcancen las tormentas del mundo, en una paz y serenidad que nada es capaz de interrumpir. Quienes conocen el estado de arhat han escrito sobre él, y en palabras que por ser humanas han de ser forzosamente deficientes, dijeron algo de las características de tan altísimo estado. Dicen así:

 

Tolerante como la tierra, como el dardo de Indra. Semeja un lago sin cieno. No le aguardan nuevos movimientos. Tranquilos son sus pensamientos, tranquilas sus palabras y acciones, porque el verdadero conocimiento le dio la libertad y así llegó a ser un hombre sosegado.

 

Parece como si de este sosiego nos llegara un sentimiento de paz, serenidad e imperturbable calma que nada puede alterar ni interrumpir. Y comprendemos por qué se ha dicho del Arhat:

 

No hay sufrimiento para quien ha terminado su jornada y desechó la pena libertándose por todos lados y quebrantando todas sus ligaduras [12]

 

Tal es el Arhat que está en la cumbre del Sen­dero y sólo le falta dar un solo paso para ya nada más aprender. Al describir las etapas preliminares del sen­dero y al relatar en deficientes palabras lo que hay más allá de la Puerta de Oro ¿habré hablado con demasiada tosquedad? ¿habré pintado el sen­dero con colores demasiado obscuros y melancó­licos? Si así fuere, culpa es mía y no del sendero, el error está en la descripción y no en lo descrito. Por muchas dificultades y contiendas y sufri­mientos que haya en el Sendero, cabe asegurar que todos cuantos entran en el Recinto Externo, y más todavía quienes transpusieron la Puerta de Oro, no retrocederían al punto de partida por nada de cuanto pudiera ofrecerles el mundo; y los que cruzaron el umbral tampoco podría atraer sus miradas absolutamente nada de lo que en la tierra existe. Porque las penas de este sendero que ante nosotros se dilata, son más apetecibles que las alegrías de la tierra y sus sufrimientos más glo­riosos que los placeres del mundo. Si en el período de una vida humana fuese posible resumir cuantos goces puede proporcionar el bajo mundo y gozar­los sin cesar, concentrando sin mezcla de dolor ni hastío cuantos placeres sensuales e intelectuales conoce el hombre; si fuera posible idealizar la vida terrena en cuanto cabe idealizarla; aún así, el colorido de esta vida repleta de goces terrenos sería pálido y mate y sus armonías discordancias en comparación del colorido y las armonías del Sendero por penosos que puedan parecer sus pasos desde el mundo exterior. Porque en este Sendero cada paso que se da es para siempre y todo dolor que en él se experi­menta se acoge forzosamente porque entraña una lección. A medida que disminuye la ignorancia es más brillante el Sendero; más pacífico a medida que se desvanece la flaqueza; más sereno a medi­da que pierden su poder perturbador las vibraciones mundanas. Lo que a su fin es el Sendero sólo pueden decirlo Quienes del todo lo recorrieron. Lo que es en su meta, sólo pueden declararlo Quienes a la meta llegaron. Pero aun los que re­corren las primeras etapas saben que sus tristezas son alegrías comparadas con las alegrías terrenas y que la más humilde de sus florecillas vale por cuantas joyas brillan en la tierra. Un vislumbre de la Luz que el Sendero ilumina y que mayor­mente refulge a cada paso del discípulo, dejaría en tinieblas a todos los luminares mundanos. Quie­nes huella n el Sendero disfrutan de inefable paz, experimentan un gozo que no pueden amargar las tristezas terrenas y se apoyan sobre una roca que ningún terremoto puede conmover, sita en el lugar santísimo del Templo donde sempiterna­mente reina la felicidad.

 

FIN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2003

 

 

 

 

 

 

 

 

[1] La peregrinación de la humanidad durante su presente ciclo evolutivo consiste en pasar siete veces por una cadena de siete globos. En cada globo se detiene muchos millones de años durante siete veces y por lo tanto, como los globos son siete, hay cuarenta y nueve detenciones.

[2] De todo cuanto expone la señora Besant se infiere que toma como sinónimos las palabras Alma y Ego. En el actual estado de conocimientos teosóficos ha prevalecido definitivamente la palabra Ego para denotar la individualidad o verdadero hombre. - N. del T.

[3] Voz del silencio, pag 45

[4] Voz del silencio, pags 17 y 18

[5] Voz del silencio, pag 62

[6] Voz del silencio, pag 32

[7] Chhandogya III, XIV, I

[8] San Pablo 2 Cor, 3:18

[9] Bhagavad Gita, Estancia tercera, 9

[10] Bhagavad Gita, Estancia tercera, 10-16

[11] Alude la oradora a la obra de Leadbeater Protectores invisibles en cuyo último capitulo se describen las diez ligaduras que ha de romper el discípulo antes de alcanzar el adeptado.-N. del Tr.

[12] Dhammaphada, cap VII “El Arhat”