El hombre en el mundo. Annie Besant

EL HOMBRE EN EL MUNDO:

SUS PRIMEROS PASOS

 

Hay un sendero que conduce a lo que es conocido como iniciación y, por la iniciación, a la perfección del hombre; un sendero que se encuentra en todas las grandes religio­nes, y cuyos principales caracteres están descriptos con términos similares en cada uno de los grandes credos del mundo. Podéis leerlos en las enseñanzas católico-romanas como divididos en tres partes: primera, el sendero de purificación o purgativo; segunda, el sendero de ilumina­ción, y, tercera, el sendero de unión con la divinidad. Le encontraréis, entre los musulmanes, en el Sufí, las instruc­ciones místicas del Islam, donde es conocido bajo los nombres de El Camino, La Verdad y La Vida. Le encon­traréis, aún más hacia el Oriente, en el gran credo del buddhismo, fraccionado en más numerosas divisiones, aunque pueden ser clasificadas bajo un bosquejo más amplio. En el hinduismo está dividido similarmente, pues en ambas grandes religiones donde el estudio de la sico­logía, de la mente humana y de la constitución del hombre han representado tan gran papel, se encuentra una subdivisión más definida. Pero, realmente, no importa cuál sea la religión que profesáis; no importa qué particular serie de nombres elijáis como más atrayentes o expresivos de vuestras ideas; el sendero no es más que uno; sus divisio­nes son siempre las mismas; desde tiempo inmemorial ese sendero se ha extendido desde la vida de lo mundano hasta la vida de lo divino. En el transcurso de miles de miles de años, algunos de nuestra humana raza lo han hollado; por miles y miles de años están por venir, algunos de nuestra raza lo  hollarán, hasta el fin de la historia de nuestra tie­rra, hasta la conclusión de este ciclo especial de existencia humana. Este es el sendero que, etapa tras etapa, habilita al hombre para cumplir el mandato del Cristo. "Sed, pues, siempre perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto." Es el sendero del que aquel gran Instructor dijo: "Estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la vida, y pocos son los que le en­cuentran". Yo se que en posteriores días, cuando muchos hombres habían olvidado la existencia del sendero, cam­biaron aquellas verdaderas palabras por voces que son notoriamente falsas, que hacen estrechos la puerta y el camino que conducen a una vida celestial, y abierto y ancho el camino que conduce a una sempiterna condena­ción, lo cual es una distorsión de la enseñanza oculta, es una tergiversación de las palabras del Cristo, pues, seguramente, aquel a quien Sus discípulos llaman el Salvador del mundo, jamás pudo haber declarado que sólo muy corta sería la serie de los salvos y prácticamente innume­rable la de los condenados. Tratando del sendero, no estamos en aquellas regiones de la religión exotérica que tratan del cielo y del infierno. La vida a que el sendero conduce al peregrino, no es la vida de los goces del cielo: es aquella vida de que habla el cuarto Evangelio, cuando dice: "El conocimiento de Dios es la vida eterna", vida que no se cuenta por edades sin límites, sino que envuelve un cambio de actitud del hombre; que no significa tiempo, sino una vida que está más allá del tiempo; que no se mide por salidas y puestas de soles, ni aun cuando aquellos amaneceres y puestas fueran inmortales, sino que repre­senta aquella serenidad perfecta que significa la unión con Dios, en cuyo tiempo es sólo un paso el incidente de la existencia, siendo la siempre presente realidad la ver­dadera vida del espíritu. Así, pues, el sendero que vamos a estudiar en estos próximos días por estas breves y pobres descripciones de lo que el sendero puede significar para el hombre, es la corta aunque difícil vía por la que el hombre evoluciona mas rápidamente que en el curso ordinario de la humana natural evolución; es el sendero por el cual, para emplear un símil usado frecuentemente, en vez de ir rodeando la montaña por una siempre ascendente espiral, el hombre trepa rectamente por el costado de esa montaña sin preocu­parse de peñascos y precipicios, sin detenerse ante las que­bradas y simas, conociendo que no hay nada que pueda atajar al Eternal Espíritu, y que ningún obstáculo es mas potente que una fuerza que es omnipotente, porque tiene Su fuente en la Omnipotencia misma. Tal es, pues, el sendero que vosotros y yo tratamos de estudiar, no por el mero interés de lo que es en verdad un asunto fascinador que encanta, sino mas bien - a lo menos por parte de la que os habla, y yo espero que por parte de algunos, cuando menos, de los oyentes - un estudio que tiene por objeto cambiar de vida; un estudio que hace nacer la resolución de hollar el sendero, de conocerlo no sólo teóricamente, sino por una práctica realización; y entender algo de aquellos misterios ocultos por los cuales el hombre, siempre potencialmente divino, realiza su divi­nidad interna y llega a ser perfecto para elevarse sobre, y mas allá, de la Humanidad. Tal es el objeto de nuestro estudio, y, con el fin de que resulte práctico, debemos aceptar a lo menos por ahora, la existencia de ciertos grandes hechos en la Naturaleza. Yo no digo que nuestro hombre del mundo, al dar sus pri­meros pasos, necesite conocer o reconocer estos actos. Los hechos en la Naturaleza no cambian ni con nuestra creencia ni con nuestra incredulidad. Los hechos, ya sea que los conozcamos o no, continúan siendo tales hechos, y puesto que nos hallamos en el reino de la Naturaleza y bajo la orden de la Ley, el conocimiento de los hechos de la Naturaleza y el conocimiento de la Ley no son esen­ciales para los pasos que conducen al hombre al sendero. Es suficiente que los hechos estén allí y que el hombre, inconscientemente, permita a esos actos influir en su vida interior y exterior; es suficiente que las leyes existan, aun cuando el hombre no tenga conocimiento de su existencia. La luz solar no cesa de calentarnos porque no conozcamos nada de la constitución del sol. El fuego no deja de quemarnos porque desconociendo su condición voraz intro­duzcamos nuestras manos en su llama. Es para la seguridad de la vida humana y el humano progreso para lo que las leyes de la Naturaleza están siempre trabajando y manteniéndonos con ellas, ya las conozcamos o no. Pero si las conocemos, obtenemos una gran ventaja. Si las conocemos, podemos cooperar con ellas; pero no podemos cooperar en tanto que permanezcamos sumidos en la oscuridad de la ignorancia. Si conocemos los hechos podemos utilizarlos, mas no podremos hacerlo, si desconocemos su existencia. El conocer es la diferencia que hay entre trabajar en la oscuridad y trabajar en la luz, y entender las leyes de la Naturaleza es ganar el poder de acelerar nuestra evolución, utilizando todas las leyes que abrevian nuestro crecimiento, pero evitando el funcionamiento de aquellas que pueden retrasarlo o demorarlo. Ahora bien: uno de los grandes hechos que envuelven la entera posibilidad de un sendero de perfección humana y que debo yo dar por admitido durante estas conferencias - pues el tomarlo como tema para argumentar acerca de él nos llevaría muy lejos de nuestro objeto - es un hecho fundamental de la Naturaleza: el hecho de la Reencarna­ción. Esta significa el crecimiento gradual del hombre a través de muchas vidas, a través de muchas experiencias en este mundo intermedio y también en el mundo llamado cielo. Una sola vida sería demasiado breve para poner al hombre en condiciones de avanzar desde la imperfección a la perfección, a menos que tuviese muchas oportunidades a lo largo del extenso camino que le conduce a la altura y nuestro hombre del mundo que quiera dar los primeros pasos, que esté pronto para darlos, debe tener tras si un muy largo curso de humana evolución, en el que haya aprendido a escoger el bien y a rechazar el mal; en el que su mente haya sido evolucionada y adiestrada, y su carácter haya sido elevado desde el ignorante e inmortal estado del salvaje hasta el punto en que se encuentra hoy el hombre civilizado. El hecho de la reencarnación, pues, está presu­puesto, porque a nadie le seria posible hollar la totalidad del sendero: nadie podría conocer la divina perfección en los límites de una sola vida. Pero nuestro hombre del mundo no necesita saber de reencarnación: él la conoce en su memoria espiritual, por más que su cerebro físico no pueda todavía haberla reconocido, y su pasado, que es un hecho, le impulsará hacia adelante hasta que espíritu y cerebro estén en plena comunicación, y que lo que sea conocido del hombre interno llegue a ser conocido en la mente concreta. El próximo gran hecho necesario y dado por admitido, puede verse en una sola frase de nuestras Escrituras; "Aquello que el hombre sembrare, aquello también recogerá". Esta es la ley de causalidad, la ley de acción y reacción, por la cual la Naturaleza trae inevitablemente al hombre los resultados de aquello que ha pensado, de aquello que ha deseado, de aquello que ha ejecutado.

El hecho es que hay un sendero y que los hombres lo han hollado antes que nosotros; que una más rápida evo­lución es posible; que sus leyes pueden ser conocidas, comprendidas sus condiciones, sus peldaños hollados, y que al final de ese sendero se encuentran aquellos que una vez fueron hombres del mundo, pero que ahora son los guar­dianes de ese mismo mundo, los hermanos mayores de nuestra raza, los maestros y los profetas del pasado, ascen­diendo por grados de cada vez más deslumbrante luz desde el final del sendero para el hombre hasta el más alto go­bierno del astro en que vivimos. Pobre sería nuestra espe­ranza si nadie antes que nosotros hubiera posado su planta en ese camino, si nadie hubiera recorrido el sendero. Pero aquellos que en el pasado han venido como Instructores habían ya realizado en su pasado su admirable peregrina­ción; aquellos a quienes hoy honramos como Maestros y que se hallan en contacto con nuestro mundo, donde pueden hallar discípulos y guiarles en su marcha por el sendero. Los grandes hechos existentes en la Naturaleza, sean o no reconocidos, en los cuales descansa la posibilidad de hollar el sendero, son: la Reencarnación, la ley del Karma, la existencia del sendero, la existencia de los Maestros. Esos son los cuatro hechos que debemos dejar presupuestos, no porque no puedan ser demostrados uno tras otro, sino para los fines de estas conferencias. Los damos por admitidos, porque sin ellos dichas conferencias serían imposibles. ¿Qué pasos tiene, pues, que dar nuestro hombre del mundo, o qué pasos está dando, si está realmente aproximándose a la entrada del principio del sendero? He dicho que él no necesita conocer las cuatro grandes verdades que he mencionado: no necesita entenderlas ni reconocerlas. Esto es parte del lado feliz de este asunto, al que deben estar - más aún, estarán - sometidos muchos de vosotros que todavía no conocen la verdad de estas cosas, pero que, no obstante, en el curso de la evolución avanza hacia la entrada del sendero. Y por más que en tiempos por venir la conozcan más de lleno, aunque inconsciente­mente, no por eso la evolución deja de ser un hecho y lo que yo deseo esta mañana es mostraros aque­llos pasos para que podáis considerar vuestras propias vidas y discernir hacia donde os halláis; para que podáis decidir cada cual por si propio si su cara está o no vuelta en la dirección del sendero, pues hay muchos entre vosotros que van en derechura a él, aunque no lo saben, mientras que hay algunos que, habiendo estudiado y entendido, se hallan deliberadamente apartando la cara de dicha direc­ción. El cambiar vuestra evolución de inconsciente en consciente, el poneros en condiciones de conoceros a vos­otros mismos y el sitio en donde estáis, tal es el tema de la primera de estas conferencias, de tal modo, que aquellos de vosotros que creen en el sendero puedan saber cómo vivir, y que los que, sin saberlo, se están acercando a él, puedan, acaso, obtener felizmente su recompensa. El primer caso de todos, el absolutamente necesario, sin el cual no es posible aproximación alguna, por el que siempre el perfeccionamiento interno puede alcanzar reali­zación, está condensado en estas breves palabras: el servicio del hombre. He ahí la primera condición, la sine qua non. Por el egoísmo, ningún avance es posible; por el altruismo, tal avance es seguro. Y en cualquier vida en que el hombre comience a pensar en el bien común más que en su propio provecho individual, sea que se aplique al servicio de su ciudad, de su departamento, de la nación, del más amplio de todas las naciones a un tiempo, resueltamente el servi­cio de la Humanidad, cada uno de estos objetivos consti­tuye un paso hacia el sendero y está preparando al hombre para sentar en él su planta. Y no hay aquí distinción entre las clases de servicio, partiendo del supuesto que sea altruista, firme y movido por el ideal de ayudar y de servir. Puede ser puramente intelectual, el trabajo del escritor y del autor, tratando de difundir entre los demás el conocimiento que ha obtenido, a fin de que el mundo pueda ser un poco más prudente, un poco más inteligente, con arreglo a lo que aquel hombre ha vivido y ha escrito. Puede ser por el servido del arte, en el que el músico, el pintor, el escultor, el arquitecto, ponen de manifiesto su ideal de hacer el mundo un poco mejor y más hermoso, la vida algo más dulce, más llena de gracia y de cultura para la Humanidad. Puede ser por la vía del servicio social, cuando el hombre movido de simpatía hacia la pobreza, hacia el sufrimiento, dedica su vida en la obra de auxilio; se esfuerza en modificar la constitución de la sociedad en cuanto necesita reforma; trata de cambiar las costumbres o procedimientos usuales desde el pasado, cuando, útiles entonces, han venido a ser un anacronismo, en el presente y constituyen un impedimento para el adelanto que la Humanidad conseguiría actualmente rodeándose de medios mejores y más nobles. Puede ser por la vía de los cambios políticos, en que la vida interna y externa de la nación son el objeto del servicio. Puede ser por el sendero de sanidad, en que el doctor procura llevar la salud al lecho del enfermo y preparar buenas condiciones para el cuerpo, a fin de que éste pueda disfrutar de mas salud y longevidad que la que de otro modo tendría. Yo no puedo enumerar una por una las numerosas divisiones del sen­dero de servicio, en el cual se halla incluido todo cuanto pueda ser de valor para la vida del hombre. Elegid, pues, qué camino preferís, conforme a vuestras capacidades y oportunidades; esto no es de importancia con relación a los primeros pasos. Comercio, industria, todo lo usual para el hombre, producción, distribución, todo ello viene a ser servicio para la Humanidad y provee a sus necesidades. Diréis que cada cual está ocupado en una u otra de las cosas que he mencionado o tiene una ocupación análoga en la vida. Eso es verdad, porque el camino que lleva al sendero se halla por doquiera en la vida humana, y nada hay de lo necesario para el desarrollo y la evolución de la vida que no pueda convertirse en un paso hacia el sendero. La dificultad estriba en las condiciones del mundo. Verda­deramente, los hombres siguen todas estas vías y muchas más; ellos producen, ellos distribuyen, ellos toman parte en la industria y el comercio; son escritores, artistas, polí­ticos, reformadores sociales, médicos, lo que queráis; pero ¿con qué objeto y movidos por qué motivos? He ahí la diferencia entre el hombre que está en el sendero ordinario de la evolución, avanzando por su trabajo o su estudio, y el hombre que avanza, pero que lo hace con objeto de ser útil y no tras del éxito personal: con el fin de elevar la Humanidad un poco más, y no solamente por ganar para la subsistencia. No hablo con ninguna idea de rebaja­miento o desprecio para aquellos que trabajan meramente con objetos ordinariamente mundanos. Esta es una parte necesaria en la evolución. ¿Cómo desenvolvería el hombre su mente, cómo refrenaría sus emociones, cómo se desarro­llaría ni aun físicamente, si no experimentara los caminos del mundo y se esforzara por alcanzar éxito en ellos? Está bien que los hombres trabajen por el fruto de la acción, bien que luchen para conseguirlo, bien que los hombres sean ambiciosos, que se afanen por el poder y los altos puestos, tras de la fama, los honores y el renombre. ¡Juguetes! Sí, son juguetes; pero los juguetes con los cuales los niños aprenden a andar; los premios de la escuela de la vida, por los que los niños son estimulados al esfuerzo; los lauros en la lucha de la vida por los cuales se desarro­llan la fuerza, la energía y las futuras posibilidades. No despreciéis la masa común del mundo, en la cual los hom­bres se esfuerzan y luchan cometiendo muchos errores y desatinos, muchos pecados y aun crímenes, pues todo ello son lecciones de la escuela de la vida; todas esas son estancias por las que cada hombre tiene que pasar. Así como la furiosa lucha en el mundo del bruto desen­vuelve la fuerza y la astucia y el poder para defender la vida, así las luchas impetuosas entre los hombres desarrollan el poder de la voluntad, el poder de la mente, el poder de la emoción, y hasta el poder de los músculos y nervios. En un mundo que procede de la infinita sabiduría y el infinito amor, no hay lección en la vida que no tenga su objeto, y en todos los premios del mundo - llamadles juguetes desde el más alto punto de vista, pues podéis llamárselo -, en todos los frutos de acción que en la vida más elevada se os pide que renunciéis y que dejéis a un lado, en cada uno de ellos está Dios oculto; en cada uno de ellos su atracción es el único poder que seduce, y aunque se rompan en pedazos cuando os asís a ellos, aunque la ambición se trueque en cenizas cuando se ha satisfecho, aunque, la riqueza se convierta en una carga cuando se ha conseguido, aunque el placer se vuelva hartura después que se ha llenado la copa del mismo, siempre el cambio es otra lección; la lección que debéis recordar fue exquisitamente tratada por el poeta cristiano George Herbert:

Cuando Dios hizo el primer hombre,

teniendo un vaso lleno de bienes ante si,

'"derramemos -dijo- en él todo lo que podamos,

concentremos en él todas las riquezas

que se hallan esparcidas por el mundo".

El poder fue lo primero que salió;

siguió luego la belleza, la sabiduría, el honor, el placer.

Cuando casi todo estuvo fuera, Dios se detuvo,

al percibir que, de todo su tesoro,

sólo la tranquilidad quedaba en el fondo del vaso.

"Si yo llegara -dijo­-

a conceder esta joya a mi criatura,

adoraría a mis dádivas y no a mí,

y a ellas en la Naturaleza, no a Dios en la Naturaleza,

con lo cual perderíamos ambos.

Dejémosle gozar de lo demás,

pero que lo disfrute con descontento e inquietud;

 dejémosle que sea rico y se hastíe, que al final,

si no le impulsa el bien, ya la hartura

le llevará junto a mi corazón".

 

Esta es la gran verdad de lo valioso y despreciable a la vez de la vida humana; valioso, porque ella desarrolla las facultades sin las cuales no hay progresa posible; despre­ciable, parque toda en ella se rompe en fragmentos y deja las manos vacías hasta que éstas, al fin, se asen a los pies del Señor. Ahí está, pues, el valor de la vida ordinaria, y nuestro hombre del mundo ha empezado a reconocer que no en buscar el placer, las riquezas y el honor para sí mismo puede hallarse una satisfacción permanente, sino en el servicia de sus semejantes, en ayudar a los miserables, en enseñar al ignorante, en levantar a los oprimidos, en aliviar la tristeza del desvalido. Hay muchos entre vosotros hoy que poseen riqueza y confort, cuyos corazones están afligidos par las tristezas del mundo, y que, sin embargo, pueden permanecer en su confort, en su lujo, mientras otros se encuentran muriéndose de hambre, miserables, oprimidos bajo la carga de la vida. ¡Oh, el despertar de la conciencia social entre nosotros el reconocimiento del de­ber social, de la responsabilidad social, es el signo más noble de la evolución del hombre, una prueba de la venida de la nueva raza, que mostrará simpatía en vez de indife­rencia, compasión en vez de competencia, como norma para la vida externa del hombre! y a medida que esto crezca y se extienda más y más, los hombres del mundo darán estos pasos por anticipado. Pero debe ser con un impulso vigoroso, no con el pasajero sentimiento de compasión que os mueve a desprenderos de lo superfluo, a fin de dar para alguna buena causa o para alguna familia desgraciada lo que nunca habéis de necesitar, y no prescindís de ciertos lujos de los que tenéis para que otros atiendan a las nece­sidades de la vida. Mucho más que eso se pide de vosotros, ¡oh, vosotros los que os dirigís hacia la entrada del sendero!. Debéis prodigaros vosotros mismos, y no sólo lo que poseéis, que en esto hay una inmensidad de diferencia. Debéis sentir la tristeza de los otros como sentís vuestra propia pena; debéis sentir la pena de los demás como la sentís cuando taladra vuestro corazón. Debéis sentiros agui­joneados por un irresistible deseo de acción, que os impulse a lo largo del sendero de servicio de modo que no podáis rehusar ni negaros a seguirlo. Entre vosotros encontráis quienes son así, seres que no descansan. Eso no es hacer sacrificios: eso queda por muy atrás de ellos. Las cosas a que el mundo llama sacrificios, constituyen sus delicias; ellos gozan prodigándose por sí mismos: es sólo un sacri­ficio en el sentido de que la vida espiritual está siempre consagrada a los demás; pero esto es goce y no tristeza, delicia y no sufrimiento; es, involuntariamente, casi como una necesidad de la vida. En ellos es donde veis esa pasión por servir; donde veis esa complacencia de renunciar a todo para que otros puedan ser más felices; donde veis gentes pensando siempre en lo que pueden hacer para ayudar, lo que pueden hallar para servir a quien está cerca de ellos, a quien puedan prestarle ayuda - ya en el círculo de la familia, ya en el más extenso de la vida pública -, pero debe ser constante y resuelto el propósito de ceder lo que pueda aprovechar a los demás. En ellos tenéis el espíritu interno; que sólo vive para prodigarse y encuentra su satisfacción en el servicio del hombre. He ahí donde está, pues, el primer gran paso. Y donde­quiera que veáis eso, la persona se está acercando al sendero, por más que ella no haya oído jamás hablar de él: está marchando hacia los Maestros, aunque no sepa que existen. Hay todavía algunos que están en el crepúsculo de la incredulidad en la vida espiritual, y se hallan más cerca de la entrada del sendero que muchos que se llaman religiosos: esto es, que conocen la teoría de la religión, pero que no siguen sus prácticas. Y ved ahí una cosa verdaderamente meritísima de la enseñanza que ofrece el análisis de una fase del materialismo: que en él no hay absolutamente recompensa, no se habla de goces del cielo, no se habla de "que el que tiene piedad del pobre presta al Señor y que lo que presta le será pagado". En la vida del incrédulo, se sacrifica éste por el hombre sin tener recompensa adonde mirar, ni devolución que esperar de las riquezas que prodiga, y, en esto, él alcanza la perfección del sacrificio del amor a sí mismo, que muchos fervorosos cristianos, buddhistas e hindúes le envidiarían por su pro­funda realización de la vida verdad. Hace veintiún años que ocurrió lo que voy a referir de un antiguo amigo mío, a quien algunos de vosotros recordáis bajo el nombre de Carlos Bradlaugh. Ahí tenéis un hombre que no había creído en la vida del otro lado de la muerte, el cual, al morir, permaneció con la idea de que la muerte para él lo terminaba todo, que nada queda excepto alguna buena obra que se haya hecho para el hombre, y yo sé de una relación, no más espiritual, que él, ateo agresivo como era, hacía cuando hablaba de la fortaleza de la libertad y de la felicidad que en el futuro espera alcanzar la Humanidad, aunque él creía que no la conseguiría para sí. El hombre que pueda decir tales palabras con la profundidad de convicción que distinguía todo lo que era suyo, es un hom­bre que está dando los primeros pasos en el sendero, el cual en otra vida hallará con toda seguridad­. Aprended, pues, que el servicio que se pide es aquel servicio altruista que da todo y no pide nada en cambio, y si encontráis que en vosotros es una necesidad de vuestra naturaleza, no una elección, sino un insuperable impulso, podéis estar seguros de que sois unos de los hombres del mundo que dan los primeros pasos hacia el sendero. (Ne­cesito decir en alta voz que cuando digo "hombres" quiero decir también "mujeres", pues no he de decir cada vez "hombre y mujer", por la dificultad que ofrece el hacerlo). Tomad, pues, esto como el paso primero y más vital. Hay otro que os sorprenderá como algo extraño, y, sin embargo, es verdadero. El hombre que llega a estar poseído por un ideal de tal manera que ningún argumento ni provecho personal, ni ninguna de las razones que ordinariamente influyen en los hombres pueden retraerle de seguir aquel ideal, aquel hombre se encuentra caminando cerca del sendero. El gran psicólogo indio Patanjali, que escribió ciertos axiomas de Yoga, describió en éstos las estancias de la vida el hombre a través de las cuales pasa la mente humana. Decía que hay el estado de mariposa, el estado de niño, en el cual la mente revolotea de una cosa a otra, como la mariposa sobre las flores, tomando un poco de miel aquí y allí, siempre cambiando los objetos que le rodean, buscando placer, diversión, delicias, por todas partes. Aquella mente mariposa, decía, está lejos del Yoga. Así es la mente joven, como él la consideraba, la mente que es impulsiva bajo el influjo de las emociones, lan­zándose por dondequiera, como si estuviese poseída tan pronto por una idea como por otra, más fija que la mente mariposa, pero variando siempre de dirección, aunque sujetándose forzosamente con el tiempo. Ésta, decía él, está lejos del Yoga. Hay, además, el estado en que la mente llega a estar poseída por una idea, obsesionada si queréis, pero tan amarrada y sujeta a ella, que nada puede apartar al hombre de seguirla. Ahora bien; si esa idea es un ver­dadero ideal dirigido al servicio del hombre, consonante con la ley natural, el poseedor de tal idea está próximo a entrar en el sendero. No olvidamos que la idea fija puede ser la fija idea del alienado, pero entonces es un falso ideal, no uno verdadero. Estaría en discordancia con las leyes de la Naturaleza, no estaría acorde ni en armonía con la ley de evolución, que es la ley del progreso. Pero estudiando al maniático con su idea fija, podéis aportar alguna luz en lo que significa lo que llamamos estar un hombre poseído por un ideal. Esto lo veis en los apasionados, en los héroes, en los mártires. Cuando un hombre procede como Arnold Von Winkelried, que se arrojó sobre las lanzas del enemigo, cogió cuantas pudo entre sus brazos y volvió sus puntas contra su propio pecho para que se abriera una brecha en las filas contrarias a través de la cual pudiesen pasar sus camaradas cuando él quedara exánime en el suelo; ese hombre está poseído con la idea de ayudar a su país, y cuando se trata de su libertad, el amor a la vida, el temor al sufrimiento que influyen en el hombre ordinario, no tienen poder para cambiarle. Y, así, es un mártir el hombre que muere antes de decir que lo que él cree es una men­tira. No implica para ello que él esté en la verdad o en el error. Muchos hombres han sido martirizados por lo que ellos creyeron ser cierto, pero que era erróneo. No importa para esto lo concerniente a la posesión de la verdad. Cuan­do un hombre cree cierta una cosa, de tal manera que le es más fácil morir que negar su verdad, el hombre merece el título de mártir, y la corona del martirio es un recono­cimiento ulterior de la verdad. Es la actitud del hombre lo que importa. Os expondré otro punto que os demostrará que no someto a vuestra consideración meramente las cosas con las que yo estoy del todo conforme. Una de las cues­tiones que en el día se agitan con vehemencia es la polí­tica que se está siguiendo ahora por el partido extremo en el sufragio de la mujer. Acerca de esta política no es deber mío expresar una opinión, cuando yo no tomo parte en una cosa, nunca censuro un riesgo que no comparto; pero digo, que no importa que el pueblo interesado en ello honradamente tenga o no razón. No importa que tenga éxito o no tenga. No importa que su juicio sea razonable o loco. Estas cues­tiones no afectan al carácter, a la vida que se funda en el heroico sacrificio y la fervorosa devoción que está acarreando mujeres débiles, refinadas y cultas a lo que es un infierno para ellas: el tribunal policíaco y la prisión. He tomado ese caso, porque en un auditorio se hallan muy diferentes opiniones respecto de la cordura o insen­satez de la acción, y yo quiero mostraros que, desde el punto de vista oculto, la acción externa es como la cáscara que se rompe y se tira, encontrándose dentro de la cáscara el fruto de nobleza de carácter, de heroísmo y valor, de perfección, de propia devoción. Cuando se encuentran gen­tes tan poseidas de una idea que ningún argumento en el mundo basta a separarles de ella, yo os digo, por aquella gran regla oculta que muchos de nosotros conocemos como verdadera, que ellas se están acercando al portal del sen­dero, porque los errores del cerebro pueden ser corregidos rápidamente, casi en un momento, pero el fundamento de heroísmo, devoción y propio sacrificio, es la obra de muchas vidas de vigoroso esfuerzo. En ese camino es en el que el ocultismo juzga de todas estas cosas en el mundo. La acción externa es la expresión de algún pensamiento pasado, de alguna pasada emoción: el motivo para la acción es todo lo que interesa. Por tanto, mirando el mundo a nuestro alrededor, no juzgamos de la dignidad de un hombre por sus actos, sino por sus pensamientos: por la voluntad, no por la emoción. Estas son las cosas que perduran: las acciones pasan rápidamente. Yo no sé si, sin pareceros por un momento demasiado personal, os diga un incidente de mi vida que, según me dijo madame Blavatsky, me llevó en la actual vida al portal de la iniciación. El hecho fue un crasísimo error, una gran equivocación - y lo menciono con el mayor placer, porque fue una equivocación y no un acto que estuviera sabiamente pensado o sabiamente ejecutado - la defensa del folleto Kanowlton, apoyando un libelucho miserable, cuyo autor murió antes que yo naciera, del que nadie podía estar orgulloso, que a nadie podía agradar y que yo apoyaba solamente porque pensaba en el sufrimiento de los pobres, que habría de prolongarse hasta que la cuestión de población fuera permitido discutirla. Ya sé que en estos días hay miles que son de mi misma opinión. Entonces no era así. Ello significaba una desgracia en apariencia de ruina social, especialmente para una mujer, y era cual un absurdo, una cosa que nadie pudo haber hecho, mirado desde el punto de vista del mundo, y por eso lo menciono. Todo era erróneo, excepto el deseo de aminorar el sufri­miento de los pobres; pero porque esto era el motivo, por­que por causa de los pobres yo dejaba a un lado todos los valimientos de mujer, me llevó esto al portal de iniciación en esta vida. No podéis considerar un caso más extremo. Ya veis, pues, por qué digo que la ley oculta juzga del motivo y no del acto externo en que aquel motivo se materializa en el mundo de los hombres. Y no fue obstáculo para ello el que uno de mis primeros actos, después de ingresar en la Sociedad Teosófica, fuese refutar completa­mente la totalidad de esa teoría, lógica desde el punto de vista del materialismo, pero imposible desde el punto de mira del espiritualismo. Esa fue mi clave. Reconoced, hermanos, por lo tanto, que lo que habéis de estudiar es vuestro motivo más que vuestro acto. Eje­cutad vuestras acciones tan sabiamente como podáis; usad vuestros mejores pensamientos y vuestros mejores propó­sitos para juzgar lo que es justo, antes de hacerlo, pero cuidad de que los ojos que examinan no la cara externa, sino el corazón del hombre, apliquen un más recto juicio que el juicio del mundo. Entregaos por completo al servicio de los demás, sin reservas; ayudad donde quiera que sea posible hacerlo, trabajad donde quiera que veáis para ello la oportunidad; consagraos a algún gran ideal; seguidlo a través de la niebla o de la luz del sol; proseguid en la tem­pestad como en la calma. Y cuando las vidas que habéis dejado atrás, lleguen a florecer en ésta con tales flores de servicio, de heroísmo, de devoción, entonces, hombres del mundo como vosotros sois, desconociendo las cosas de que hemos hablado, no sabiendo nada de la existencia de los Maestros, de las glorias del mundo oculto, estaréis comenzando a dar los primeros pasos que os llevarán al principio del camino del sendero, el cual inevitablemente os hará empezar a buscar al Maestro, si bien él os encontrará mucho antes de que comencéis a buscarlo. Aunque el buscarle sea necesario en este bajo mundo; aunque el acuerdo entre el cerebro y el corazón sea aquí necesario y debe ser dirigido a la búsqueda de aquel cuyo discípulo se desea ser, tened entendido para ayuda vuestra, que el Maestro está junto a vosotros desde mucho antes que lo buscaseis; que el Maestro está vigilando mientras estáis todavía observando con vuestros ojos; mientras que pensáis que estáis solos sirviendo al hombre; mientras que pensáis que estáis solos ayudando a los de abajo, a los miserables, a los ignorantes, a los que sufren; el más elevado servicio, donde el juicio de los grandes Seres se formula y es pronunciada Su senten­cia, aunque vosotros no la conozcáis: "Tanto como hicie­reis con el más pequeño de estos hermanos míos, lo habréis hecho conmigo"

 

 

BUSCANDO AL MAESTRO

 

 

 

Los Sufis, que son los místicos del Islam, tienen un proverbio excelente, que se refiere a la búsqueda del Maestro, que es nuestro tema de hoy. El místico Sufi dice: "Los caminos para ir hacia Dios son tantos como los alientos de los hijos de los hombres". Esto es cierto. Muchos son los diferentes temperamentos de los hombres, muchas sus dife­rentes necesidades, y los ruegos de los corazones de los hombres son tan varios como lo son las satisfacciones que éstos desean. Si miramos hacia esos numerosos caminos, esas diversas exploraciones en busca de la verdadera vida, la vida del espíritu, para hallar al Maestro que representa esa vida, encontramos que esos muchos caminos están prác­ticamente clasificados en tres grandes divisiones, y a lo largo de una o de otra de éstas vemos a los exploradores cómo empiezan a comprobar el hecho que buscan. Unos están movidos por un ardiente deseo de conoci­miento, por el anhelo de comprender, por la imposibilidad de dicha intelectual para ellos en tanto siga siendo el mundo un indescifrable rompecabezas, en tanto que los problemas de la vida permanezcan incontestados y apa­rentemente incontestables. También otra clase numerosa emprende la búsqueda por medio de un intenso amor a una persona que simboliza un ideal, por lealtad y devoción hacia un leader, un adalid, en el cual ve representados los más elevados deseos por realizar en la vida. Una tercera clase, grande, siente despertar ese deseo a la vista de la irresistible pena del mundo, de los terribles sufrimientos que oprimen a tantos de nuestra raza; por una resuelta determinación de modificar todo lo que sea modificable; por rechazar la creencia, de que haya ni un solo sufrimiento de la Humanidad que no esté al alcance del hombre el remediarlo, por medio de la aplicación del pensamiento, del amor, de la actividad. Los que son impulsados a acometer la búsqueda ante el efecto de las tristezas del mundo, forman un elemento un tanto rebelde en el gran bando de los que se ocupan de la búsqueda en su aspecto más elevado y aquel sendero es, quizá, el más familiar para mí, porque a lo largo del mismo es donde yo vi, y por aquel sendero encontré. Y aquello que uno ha experimentado, el camino que uno ha recorrido, permanece siempre el más real, el más llano, el que es más fácil de exponer a los demás. En el pasado yo me introduje y permanecí en las callejuelas de esta vasta ciudad cuando sonaba la hora de dejar el trabajo y los palacios del Gin eruptaban su oleada de borrachos -¡miserable humanidad!-; los hombres, violen­tos, enfurecidos y jurando; las mujeres, sucias y miserables, estrechando junto a sus pechos criaturas ya envenenadas con la maldita bebida. Yo acostumbraba a entrar en los infiernos de los que sudan, donde miserables hombres y más miserables mujeres pugnaban por el derecho de morir de hambre, pues aquello no podía llamarse vivir. Yo he oído de bocas de los hombres una relación que es la triste demostración de que, económicamente, sea más bajo el sa­lario de la mujer que el del hombre, cuando contra el pretexto "No podemos vivir con esto" se hace referencia a aquel último recurso del cual no se puede privar a la mujer: la venta de sí misma por pan. Yo he acudido a media noche, pisando fango e inmundicia, a los mitines de conductores de carruajes y tranvías: la única hora que ellos podían hallar para consultarse mutuamente acerca de algún remedio para mejorar sus mezquinos salarios. Y fuera de todo aquello que evoca en tales actos la realización tan viva del sufrimiento humano, tan vehemente deseo de encontrar un medio por el cual pudiera ser curado tal sufrimiento, y, finalmente, el desprecio de las fatigas humanas, al ver que los efectos de su miseria les hacían escasamente aptos para ser elevados a un mejor estado social, fuera de eso, aquello representaba la inten­sidad con que se aspiraba a encontrar algún camino de redención que pudiera existir. A lo largo de una o de otra de estas veredas puede el hombre ascender, y así ha sido declarado con verdad en una escritura oriental: "Por cualquier camino un hombre se acerca a mí, y en aquel camino yo le doy la bienvenida, pues todos los caminos son míos". En el siglo XIX, especial­mente en su época final, vemos aparecer entre los poetas la actitud de aquellos que buscan de algún modo remediar la aflicción del mundo. Encontramos al robusto y festivo optimismo de Robert Browning, que canta: "Dios está en su cielo: todo va bien para el mundo", olvidando, según nos parece a alguno de nosotros, que Dios no está sola­mente en el cielo, sino que es preciso encontrarle en el infierno de las miserias humanas. Las palabras del antiguo salmista judío nos da una mejor nota de esperanza cuando declara: "Si asciendo al cielo, Tú estás allí; pero si hago mi lecho en el infierno, miro y allí estás Tú también". La idea de que la responsabilidad de todo está en Dios, tiende a la indolencia y se convierte en mal. Pero, por otra parte, no debemos olvidar que hay miles de los buenos, fervientes y devotos como los hombres y mujeres de la Church Army y de la Salvatión Army y de otras muchas organizaciones para ayuda de los pobres desamparados, que encuentran en ella una fuente de consuelo y de inspiración. A veces no se puede menos de admirar el esplendor de la fe, que surge contra todo razonamiento, al parecer, de las insondables profundidades del espíritu en el corazón humano, que cree y trabaja contra toda dificultad, que cree en un Dios de Amor allí donde el mundo presenta testimonios en contra. Pero hay también otra clase que no toma aquel punto de vista que yo llamo festivo y robusto optimismo, sino otro más noble, el cual expresa Tennyson en su famoso In Me­moriam, punto de vista que espera, contra toda apariencia externa, y se resigna con la ignorancia como lote inevitable del hombre. Recordaréis cómo proclama lo que parece ser su propia posición y que le hubiese estimulado escasamente a buscar al Maestro:

¡Oh!, sin embargo, confiamos en que algo bueno

será el término del mal;

de las angustias de la naturaleza, pecados del deseo

faltas de fe y manchas de sangre;

que nada marcha sin objeto,

que ninguna vida será destruida

o arrojada al vacío como despojo

cuando Dios haya completado la pila;

que ni un gusano es creado en vano,

que ni una polilla con vano deseo

es consumida sin fruto en la llama

o sin proporcionar utilidad alguna.

Fijaos que nada sabemos;

que sólo podemos confiar y esperar de todo,

que, al fin, lejos, el bien llegará,

como tras el invierno llega la primavera.

 

Mas no son todos los que pueden permanecer satisfechos con esa esperanza, los que se contentan con decir; "No podemos saber"; y tratándose de naturalezas violentas, tales como era la mía a la vista de la miseria que reinaba en aquellos días a que he aludido, las más apasionadas pala­bras de Myers parecen expresar mejor nuestra actitud en la vida:

 

Si así no fuera. ¡oh, Rey de mi salvación!,

muchos te maldecirían, y yo uno de ellos.

despreciarían tu bendición y se apoderarían de tu condenación;

se mofarían y desdeñarían la salida del sol ­

saludándote con una carcajada de escarnio;

se encolerizarían de que has sido admirado tanto tiempo,

y dudarían sí alguna recompensa futura

les esperaba por su canto de intolerancia.

 

Este es uno de los caminos en que el hombre es desper­tado para que pueda realmente buscar, pues hay caracteres que muy desesperanzados de ayuda externa, toman sobre sí el cuidado de buscar lo que pueda convertirse en ayuda; que dicen acaso con desesperación, pero no desesperanza­dos del todo: "No hay otro Dios, ¡oh, hijo!, si Tú nadie eres"; que realizan la belleza de las palabras de William Kingdon Clifford: "Se dice: Comamos y bebamos, que mañana moriremos. Digamos más bien: Echemos mano y ayudemos, pues hoy estamos vivos y juntos". Esto inspi­rará una búsqueda que estimulará al esfuerzo. Los músculos mentales estarán dispuestos para luchar y para conquistar el fin. Aquellos que por alguno de estos senderos han alcanzado el punto desde donde perciben que deben conocer o pere­cer; donde sienten que deben hallar un ideal perfecto o perder todo ánimo de vivir; donde advierten que deben hallar un remedio y no sólo un anodino para la pena humana, aquellos han llegado al punto en donde algo vendrá en su camino a estimular una resuelta búsqueda del maestro: algún incidente tal vez de aparente insignificancia, que ni remotamente les habla de lo que ellos van a­ buscar. Unas veces es un libro tomado al azar de la mesa de un amigo mientras se espera la llegada de éste; un libro, acaso, como El Mundo Oculto, de Mr. Sinnett, como uno cualquiera de los libros teosóficos que tan amplia­mente extendidos se encuentran al presente. Y abriéndolo y pasando y repasando hojas descuidadamente, son "traí­dos y principian a leer, siguen después estudiando y comienzan a aprender; a veces, una conferencia escuchada impensadamente por un hombre que sólo se proponía pasar un rato de ocio; a veces un cuadro como las sugesti­vas pinturas del gran artista Watts; a veces, cuando las circunstancias no son a propósito para escoger ese libro, oír esa conferencia o hablar a algunos amigos de estos grandes problemas, suele ocurrir, como me ocurrió a mí, no por un libro, ni cuadro, ni conferencia, sino por una voz que parecía salir de dentro de mí, que era tan clara o más que mi propia voz, y a la que, sin pensar, contesté con palabras, como hablando a uno como yo. Yo estaba en una oficina de la City, en aquel extraño silencio que hay en la City cuando llega el reflujo de toda aquella hu­mana marea retirada a los suburbios y se percibe aquella extraña soledad que sólo allí tiene lugar en las tranquilas horas de la noche. Y en la voz había algo que me pareció por el momento un tanto severo, claro, firme, pretencioso: "¿Quieres abandonarlo todo para que puedas conocer la verdad?" Yo, simplemente, sin vacilar, contesté: "Segura­mente, eso es todo lo que yo necesito". "Pero -replicó in­sistente-, ¿no hay algo que te retenga atrás? ¿Quieres dejarlo todo?" Y respondí otra vez: "No hay nada que yo no abandone si yo sólo puedo aprender". Y entonces la voz cambió en una música que parecía llena de sonrisas y benevolente compasión: "Dentro de muy breve tiempo la luz brotará". El silencio renació después, y yo quedé mara­villada de lo que había ocurrido. Pero dentro de los quince días siguientes a tan extraño acontecimiento La Doctrina Secreta de madame Blavatsky, fue puesta en mis manos por Mr. Stead, editor entonces del Pall Mall Gazette, con el ruego de revisarla, por estar fuera de la línea de conoci­mientos de sus jóvenes escritores. Llevé a casa los dos grandes volúmenes y me senté a leerlos, y lee y lee, hora tras hora, permanecí hasta que ya alumbraba la luz del día, y conocí aquello tras de cuya investigación había yo pasado muchos y largos años en vano, esto es: veintitrés años hacía, y, desde aquella hora hasta la en que esto aconteció, la luz había brotado como brota siempre en el sendero de investigación antes y después de encontrar, pues es una verdad en el siglo xx, como lo ha sido antes, que: "Aquellos que buscan hallarán, y aquel que llama se le abrirá", De modo que, tanto en uno como en otro camino, el conocimiento viene, el conocimiento de los grandes hechos de que os hablé en la semana última: la reencarnación y el karma, que explican la condición de las cosas de hoy, y que, aplicado a las de mañana, puede remediar nuestros males sociales, dando tiempo y medios para cambiarlos. El conocimiento no sólo resuelve el presente, sino que ayuda a la creación de un porvenir más noble, pues se puede aplicar a los problemas de educación de los más miserables y depravados, de criminología, de gobierno, y escoger los métodos de cambio, según los objetos que se propongan conseguir. Al que busca se le muestra primero la teoría, dándole a conocer las verdades en que el mundo está ba­sado y el conocimiento de la ley le sugiere los medios y posibilidad del cambio. En adición a aquellas dos grandes verdades fundamenta­les, las otras dos que yo he mencionado, o sean: el hecho de la existencia del sendero y la existencia de aquellos que lo han hollado, los maestros, responde al corazón y a la mente del que busca con el deseo vehemente no sólo de saber, sino de ser un instrumento para ayudar al divino plan de la evolución humana. Ellos dicen al ardientísimo buscador cómo puede hollar el sendero, cómo puede encontrar al Maestro, y, verdadera­mente, brota entonces la luz en las tinieblas para que pueda ver ante si los peldaños por donde ha de ascender para poder alcanzar la meta, aunque ésta se halle todavía fuera de alcance, aun de la vista. Cuando la palabra ha sonado como lo encontráis en una antigua escritura hindú: "Des­pierta, levántate, busca a los grandes maestros y espera", entonces surge de la boca del que busca la alegre respuesta: "Ya estoy despierto y me he levantado; busco los maestros y no cesaré de buscarlos hasta que los halle". Entonces, en el conocimiento desarrollado ante él, la teoría completa de la búsqueda se halla manifiesta: cómo el hombre debe buscar, qué debe hacer, las condiciones que debe aceptar en la búsqueda y la seguridad de que la ley recompensará al buscador con el hallazgo. Él descubre en su estudio que hay una ciencia llamada la ciencia de unión o la ciencia del Yoga, como es llamada en el Oriente, pues Yoga significa solamente unión, y la ciencia de unión con­duce a la gran verdad que representa esta palabra, y él ve entonces extenderse ante sí el principio del sendero y aprende las cualidades necesarias para hollarlo. ¿Qué es el Yoga?' No es ni más ni menos que la aplicación de las leyes de la evolución de la mente humana a la individual: el camino en el cual la mente humana evolu­ciona clara y definidamente bajo la ley, y enseña cómo aplicar aquellas leyes al caso individual de modo que se active la evolución de la mente y habilite al hombre para adelantar a su raza y que, por este medio, pueda ayudarla para que active a su vez su evolución. Yoga, por tanto, significa la aplicación de estas leyes y, en unión de esto, una disciplina de la vida. Ahora bien, esta disciplina de vida es necesaria para aquellos que quieran aplicar las leyes a una más rápida evolución de sí mismos, pues si las leyes ordinarias de la Naturaleza, de las cuales estamos rodeados, nos llevan a la evolución ordinaria, si acrecen­tamos su importancia y el esfuerzo consiguiente, debernos hacer algo para fortalecer todas aquellas partes de nosotros mismos que están sometidas al esfuerzo en la más rápida evolución que estamos resueltos a seguir. Esta es la razón para la disciplina de la vida. Esta disciplina no es arbitra­ria; no es, como creen algunos, un propósito de parte de los maestros para mantener obstáculos en el camino que conduce a ellos, los cuales el hombre estará falto de volun­tad o será inhábil para dominar; es una necesaria salva­ guardia para el candidato contra los peligros de este rápido progreso, por el gran esfuerzo de cuerpo y mente que éste exige. Y aunque seáis capaces de daros cuenta de la razón de esto; aunque admitáis como cada buscador del Maestro admite, que se exige hacer en breve espacio de tiempo lo que su raza tardará cientos y miles de años en alcanzar, y que, por consiguiente, si no por otra razón, él debe preparar un cuerpo no preparado, una mente no ejercitada para la enorme tarea a la cual se está dedicando; aunque comprendáis todo esto, es preciso no ir más allá del punto a que se ha podido llegar; los conocimientos meramente teóricos de las verdades fundamentales, los hechos del sendero y de los Maestros. Cuando de la teoría paséis al principio de la práctica; cuando del estudio, como podéis estudiar una ciencia en los libros de texto, paséis a los experimentos de laboratorio y comencéis a manejar las substancias químicas para formar combinaciones y aún hacer nuevas investigaciones, entonces, como podréis sufi­cientemente conocer, necesitaréis un guía, un maestro; de otra manera, tomando para sí lo que la mayoría deja a un lado, desconociendo las condiciones, se puede dañar, mutilar, matarse, porque se están afrontando peligros que la gran mayoría de la raza desconoce. Ahora bien; la ciencia del Yoga tiene sus prácticas y experimentos propios, y, por tanto, tiene sus peligros pe­culiares. Si creéis posible que exista tal ciencia; si por el estudio os habéis convencido de que tal ciencia existe, es pueril clamar en contra de las restricciones que, como en todas las ciencias, se imponen a sus estudiantes hasta que han aprendido y conocen, y entonces pueden ir adelante como quieran, porque el conocimiento ha justificado su independencia. Esta disciplina de vida, lo concedo francamente, detiene a un considerable número de aquellos que dicen que qui­sieran comenzar las investigaciones que al presente signi­fican hollar el sendero. El hombre, a veces, se resiente más de las restricciones que afectan a su vida diaria que de otras cosas más impalpables, y, desde luego, menos compro­badas por él. Tomad, por ejemplo, una costumbre muy común, especialmente en el mundo occidental, e intro­ducida desgraciadamente en la actualidad en el Oriente; la de tomar bajo distintas formas las bebidas alcohólicas. Yo admito que para la gran mayoría de los nombres y mujeres del mundo que siguen la vida ordinaria de los hombres no inclinados a caer en los excesos que vemos entre los menos cultos y menos intelectuales, les resulte muy poco daño al tomar una cierta pequeña cantidad de vino o de licor. Yo admito que los hombres pueden hacer esto toda su vida, y lo mismo las mujeres, con muy poco daño. Aquellos que adoptan la abstinencia sin desear seguir el Yoga, lo hacen, probablemente, porque ven a donde con­duce el exceso y comprueban que el ejemplo es mejor que el precepto. Ven que se perjudicarían algo; pero ellos están perjudicándose constantemente por hábitos insanos, y uno más o uno menos no es cuestión de vida o muerte, aunque puede acortarse algo la vida o abrir algún resquicio capaz de dar entrada a alguna enfermedad. Todo esto es muy diferente cuando se principia la práctica que buscando le conduce al Maestro, pues parte de esa práctica es lo que se llama meditación concentrada, definida, pensando inten­samente en una línea determinada para estimular y des­arrollar vuestros órganos, al presente rudimentarios, los que no se desarrollarán en el hombre ordinario, en el curso corriente de la evolución durante un tiempo consi­derable, si bien admito que muchos, entre nosotros, están justamente comenzando a desarrollarlos. Ahora bien; aque­llos órganos están en el cerebro físico; órganos que los doctores han declarado últimamente que son peculiarmente susceptibles de afectarse por todo vapor de alcohol, el cual para ellos es un veneno y les imposibilita por com­pleto para funcionar. Cuando comenzáis deliberadamente a apresurar su evolución desde las rudimentarias o semi ru­dimentarias condiciones en que hasta ahora se encuentran hasta la actividad por la cual esos órganos se convierten en el puente entre los mundos físico y astral, por virtud del cual llegáis a producir ciertas vibraciones, a las que el resto de los cerebros no responden normalmente; si acre­centáis el flujo de sangre a los órganos que son literalmente los puentes de comunicación; si estimuláis los pequeños vasos que los alimentan, provocaréis el peligro de una inflamación mucho mayor, y es locura hacerla si aquellos órganos se hallan todavía sufriendo el más leve envenena­miento alcohólico, pues si bien se resiste sin mucho daño mientras a los órganos se les deja solos, se convierten en una fuente de actividad y de peligro serio, desde el momento en que están estimulados a su crecimiento; desde el momento en que se fija en ellos la atención para que puedan ser desarrollados; de aquí parte la disciplina de vida para el estudio práctico del Yoga, esto es, de la su­presión absoluta de toda clase de licores espirituosos. Otra exigencia que se hace más molesta todavía en el animo de muchos, y yo concedo que es penosa para aque­llos que están en contacto frecuente con el mundo, es el dejar la alimentación de carne bajo todas sus formas. Estas no envenenan del mismo modo, pero tienden lentamente a hacer el cuerpo más grosero, y la mira del estudiante del Yoga es tener un cuerpo que sea muy fuerte y muy resis­tente, sí, pero que al mismo tiempo sea muy sensitivo y muy responsivo a las vibraciones de los mundos más sutiles de materia y vida. Habéis de llegar a ellos con vuestro sis­tema nervioso y con vuestro cerebro. Habéis de formar éstos a propósito, y la formación depende de la clase de ali­mento que toméis; y poniendo a un lado todas las cuestio­nes del sentimiento (aunque no deben ser puestas a un lado para los que quieren buscar al Maestro de compasión), y tomando sólo en consideración los resultados físicos, aparte de toda indiferencia al dolor y sufrimiento de los animales, encontráis que, aunque vuestros nervios y vuestro cerebro estén preparados, las vibraciones de materia más sutil, accionando sobre ellos a lo que vosotros estáis invi­tando, tenderán a desorganizar ambos y a exponeros a desórdenes nerviosos y a varias formas de histerismo. Es un deber obligado el hacer semejante advertencia. Si necesitáis veda justificada, recordad a los místicos y santos, cuya religión no les impuso una estricta disciplina de vida. Encontraréis pensamientos y juicios desequili­brados, mucho de emoción histérica mezclada con un espléndido conocimiento profundo del mundo llamado in­visible, y una maravillosa responsividad a los poderes ema­nados de los seres de mundos más elevados. Esto es tan irrecusado, tan irrecusable, que algunos psicólogos han utilizado esto como una prueba de que en todas las reli­giones la alta visión es realmente una forma de histerismo y de que todos los grandes santos y profetas y maestros de religión se vuelven más o menos desequilibrados cuando han llegado a ser conscientes de los mundos invisibles. Vosotros sabéis hasta dónde llegó Lombroso en esto, y muchos de su escuela van hasta donde él fue. Si queréis buscar sin peligros; si queréis conservar vuestro equi­librio y vuestro sistema nervioso fuerte, sano y sa­ludable, debéis estar dispuestos a pagar el precio que todos han pagado en el pasado y en el presente, para que cuando afrontéis aquellas más sutiles vibraciones, cuando las dejéis actuar sobre el cerebro y el sistema nervioso, puedan vivir una vida diferente de la que gobierna a los hombres y mujeres del mundo y puedan prestarse a servir de instrumento que reproduzca prontamente las vibracio­nes espirituales. Por esto debéis utilizar prácticamente el Yoga para proteger una aplicación de las leyes de la mente a la más rá­pida evolución espiritual y la disciplina de vida más amplia aplicable, desde luego por aquellos que practican, que no sólo estudian. Entonces el buscador encuentra que hay ciertas condiciones dictadas para hollar la primera parte del sendero, aquella a que los católicos romanos de­nominan el Sendero de la Iniciación, que los hindúes y los buddhistas llaman probatorio o preparatorio. Aquellas condiciones están trazadas, plena y definitivamente, para que cada hombre pueda comenzar a practicarlas, y la práctica de ellas, con alguna ligera restricción que os ex­pondré en un momento, no necesita comprender aquella disciplina de vida de que he estado hablando, porque ésta, con una excepción, no lleva a cierta práctica definida de meditación. Estas condiciones se dice que son cuatro. Pri­meramente, el poder de discernir entre lo ilusorio y lo real. Ya trataré más de lleno de estos puntos más adelante, pero necesito hacerla ahora someramente para mostraros la línea de la preparación. Debéis aprender a distinguir en cada caso y en cada persona a vuestro alrededor el ele­mento permanente y el no permanente; entre la superficie y el contenido, como si fuera entre lo eterno y lo transi­torio. Esta es la primera de las condiciones, que conduce necesariamente a la segunda, pues cuando distinguís entre lo pasajero y lo duradero, venís a haceros indiferentes a las cosas que son siempre mudables, mientras permanecéis sólidamente fijos en aquellas que reconocéis como perma­nente. La segunda condición es la llamada tranquilidad de espíritu o pérdida de deseos, la ausencia de deseo para lo pasajero y mudable, la concentración del deseo en lo eterno, en aquello que lo es. La tercera condición está formada de las seis joyas o cualidades mentales que debéis adquirir: primera, dominio de la mente, que debéis poder fijarla sólidamente en una sola cosa para extraer todo el contenido de ella y usarla como un instrumento en la for­mación del carácter; porque vuestra mente, recordadlo, es vuestro solo instrumento, por el cual podéis formaros y reformaros. Como el mallete y el cincel en manos del es­cultor, así es dominada la mente y movida por la voluntad: son el mallete y el cincel en manos del hombre, que quiere crear del tosco mármol de la propia Naturaleza la imagen perfecta de lo divino, que él busca dentro de aquel mármol. Después, el dominio de la acción que es fraguada por la mente, y la gran virtud de la tolerancia. Ninguno que sea fanático, de miras estrechas, antiliberal, puede entrar en el sendero que buscamos. Tolerancia amplia, omnipene­trante: esta es una de las cualidades, que significa mucho más de lo que pensáis. No forma su espíritu la frase: "¡Oh, si !; estáis del todo equivocado, pero podéis continuar así vuestro camino". Esto no es real tolerancia, es más bien indiferencia respecto de la felicidad ajena. La tolerancia real nace del reconocimiento del espíritu en el corazón de cada cual, en el corazón de aquel que conoce su propia senda y la toma, reconociendo en cada uno el espíritu que conoce, viendo en cada cual la voluntad del espíritu que escoge, no deseando jamás, por ningún concepto, forzar, ni menos obstruir; ofrecer algo que tengamos de valor, pero nunca tratar de violentar al mal dispuesto para aceptarlo; colocar ante la vista de otro lo que creemos que es verdadero, pero no sentir ni cólera, ni vejación, ni irri­tación si no es verdadero para él. Recordad que la verdad no es verdad para uno hasta que él la ve y la abraza por sí mismo, y que estamos construidos de tal modo, nuestra naturaleza interna es tan verdad, que en el momento que vemos una verdad la abrazamos. No es con argumentación, sino con reconocimiento con lo que el espíritu en el hom­bre encuentra la verdad sin velo, y mientras la venda está en los ojos y no podemos verla, es para nosotros una fal­sedad, porque nuestra naturaleza no la ha reconocido como verdad. Eso es lo que la tolerancia significa; conservar la vuestra queriendo compartirla, pero rehusando imponerla o atacar. La cuarta joya es paciencia, aquel fuerte poder capaz de sostenerse sin perder el camino, de poder hacer frente a todo en la búsqueda de la verdad, sin retroceder nunca ante la dificultad o el peligro; que no conoce el desaliento ni admite la desesperación; que está segura de que la ver­dad se puede hallar, y resuelve hallarla. Cada obstáculo le hace más fuerte, cada lucha fortalece sus músculos, cada derrota le hace levantarse otra vez a luchar por la victoria. Necesita paciencia el hombre que desea hollar el sendero más elevado. Necesita también fe; fe en el Dios que está dentro de nosotros; fe en el Dios manifestado, en el Maestro; fe en la vida única de la cual todos somos manifesta­ciones; fe inconmovida e inconmovible, exenta de toda posible duda. También necesita equilibrio; el "canto celestial" es equilibrio, ausencia de excitación, ausencia de pasión, la transmutación de excitación y pasión en volun­tad, que las hace totalmente inconmovibles; el poder de permanecer sereno mientras todo alrededor está en con­moción; el poder de estar solo en donde otros han huido y desertado. Este perfecto equilibrio es otra cualidad. La sexta de estas joyas de la mente es el deseo de liberación, la voluntad de conseguirla para poder ayudar. Estas joyas no es necesario que sean completamente ga­nadas del todo antes de encontrar al Maestro; de otro modo, sin ellas el encontrarle sería casi imposible. Todo esto quiere decir que esas son las cualidades a que debéis aspirar y tratar de construir en vuestro carácter, y construiréis mejor si conocéis lo que queréis. Se estudia mejor cuando el objeto que se estudia lo tenemos ante nosotros. Están dictadas por los Maestros, como requisitos que debéis cumplir los que deseáis encontrarlos y llegar a ser sus discípulos. En el momento en que las cualidades son conocidas de nosotros, debemos comenzar a trabajar en ellas; en el momento en que las vemos, debemos co­menzar a desarrollarlas, y sólo un pequeño desarrollo de cada una es necesario, antes de que la búsqueda se convierta en hallazgo. Pero podéis decir: ¿Cómo empezar, Cómo trabajar en ellas? No por aquel vago deseo de ser mejor de lo que sois, que es lo que algunos parecen saber de la inmortalidad, deseo invencible que fuerza a muchos hacia el sendero. El medio por excelencia es profunda medita­ción y también su práctica en la vida. No hay realmente otros medios, porque la meditación es pensamiento con­centrado, y pensamiento concentrado es, como acabo de decir, vuestro único instrumento cuando estáis reformán­doos. Meditación quiere decir, que vuestra voluntad por un tiempo se aleja del mundo, no por mucho tiempo al principio, porque es un esfuerzo sobre el cerebro; cinco o diez minutos por la mañana es bastante para empezar, y si lo habéis hecho bien, lo encontraréis suficiente, porque estaréis bastante cansados después de que los diez minutos hayan pasado. Durante ese tiempo os alejáis del mundo exterior, os aisláis de él completamente; construís como una muralla a vuestro alrededor, a través de la cual no pueden penetrar los pensamientos, las esperanzas y los te­mores del mundo exterior. Estáis dentro de vosotros mis­mos, en el sagrario de los sagrarios que hay dentro de vosotros, y allí, en el silencio, os sentáis en el recinto interno de esta muralla a escuchar la voz del ego, a esperar la entrada del hombre superior en su reino. Y cuando habéis construido vuestra muralla y os habéis aislado del mundo externo, entonces reducís a vuestra mente, siempre errante y conturbándoos, y la fijáis en una sola idea. Fijaos, si os place, en la primera de las cualidades, la más difícil bajo muchos puntos de vista: el discernimiento. Comenzáis fijamente a pensar en lo que ella significa; a pensar, digamos, en vosotros mismos. Llegáis a comprobar que hay mucho en vosotros que cambia, que no es perma­nente: vuestro cuerpo cambia, vuestras emociones cambian, vuestras ideas cambian. Todo ello pertenece a lo irreal y no a lo real. Para comprobarlo, prescindid de éstas y aquéllas, sea una por una, separadamente, o sino también con el cuerpo. Prescindid de un sentido como el de la vista, por ejemplo, y tratad de realizar el mundo como si en él no existiera este sentido, para forzaros a realizar que él no es vosotros mismos. Sentid una emoción y prescindid de ella: aisladla, rehusad vibrar en respuesta a ella, y veréis cómo aquellas mudables emociones no son vosotros. Poned también a un lado aquellos veleidosos pensamientos que cambian con cada aliento, y veréis como aquella fan­tasmagoría de ideas no sois vosotros. Y continuad así, aislando parte tras parte, hasta que parezca que nada queda, porque encontráis que todo es variable, y buscad entonces lo real, lo que no cambia. Pero en aquel vacío que habréis hecho; en aquel vacío donde lo irreal ha desaparecido, en donde se ha desvanecido lo mudable, en donde por un momento os creéis chasqueados, en aquel vacío surge de vosotros la más alta conciencia, lo inmortal, lo inmutable, lo eterno, la voluntad, de la cual vuestros mudables deseos son la reflexión en el mundo inferior; la sabiduría, de la cual vuestros variables pensamientos son imágenes en un mundo más bajo; la actividad, de la cual vuestras volubles acciones son un reflejo en ese mundo in­ferior. Separados de todas esas imágenes cambiables, os sentís con voluntad, sabiduría y actividad. Lo mismo que el sol en el cielo es uno, pero es reflejado en miles de soles en estanques, lagos, ríos y océanos, así conocéis el sol del espíritu dentro de vosotros, por las quebradas reflexiones que encontráis del mismo en el ego inferior. Por la meditación adquiriréis el conocimiento de que sois eternos, y que todas las cosas variables son sólo imperfectas reflexio­nes de vuestro ego real. Fuera de esta tranquila meditación, fuera de esta gran realización, entráis de nuevo en vuestro mundo externo de imperfectas imágenes, y vivís en lo eterno mientras estáis ocupados en ese mundo exterior, porque sabéis que estáis tratando sólo con reflexiones, pero con reflexiones que son de vital importancia para edificar el carácter y para ayudar a los hombres. Sabéis que hay algo más allá de ellas y de vosotros mismos, pero gustosamente salís al mundo de los hombres para llevarles lo que habéis hallado en el silencio de la cámara de vida. Vivís lo que en esa cámara habéis aprendido; permanecéis en la luz que se ha prendido en vosotros, amáis con el amor que surge del amor a lo real, y os convertís en un verdadero trabajador en las moradas de los hombres. Y por eso, nuevamente, se ha escrito: "El Yoga es el conocimiento en acción", pues sólo el hombre que sabe lo más alto puede gobernar lo más bajo; sólo el hombre que está sin deseos puede ver cómo trabajar mejor para ayudar a sus hermanos; sólo el hombre que tiene una voluntad que nunca cambia puede permanecer inmóvil entre los deseos pasajeros que revolotean en la naturaleza inferior. Meditación para trabajar, alzar la luz para llevarla al mundo, aprender la sabiduría para usarla entre los hombres, realizar la recta actividad para dirigir los pasos recta­mente. Y así es como el hombre busca, deseando encontrar al Maestro; así como le ofrece el trabajo que sea capaz de prestar y trabaja con el deseo vehemente de encontrarle para así servirle mejor, después de una larga búsqueda y de una investigación resuelta, ve brotar en su parcial oscu­ridad la luz que es real, llega al punto donde el Maestro le encontrará a él, donde verdaderamente sus pies hollarán aquel sendero probatorio, para el cual ha estado preparándose durante la búsqueda. Así le dejamos llamando a la puerta, buscando al maestro, sabiendo que la puerta girará pronto sobre sus goznes y que en su umbral encontrará al Maestro. 

 

 

SINOPSIS

De las cuatro condiciones para hollar la primera parte del Sendero

                                           

1° El poder de discernir entre lo ilusorio y lo real.

2° La tranquilidad de ánimo mediante el dominio o ausencia de los deseos.

3° Las seis joyas o cualidades de la mente.

4° La paciencia que no conoce el desaliento ni admite la desesperación.

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Las seis joyas o cualidades de la mente de la tercera condición antes dicha:

1° Dominio de la mente; fijarla hasta convertirla en el instrumento de purificación del carácter.

2°' La virtud de la tolerancia y el respeto al sentir y pensar ajeno.

3° Dominio de la acción y de las pruebas para agotar más rápidamente el Karma personal.

4° El perfecto equilibrio, o la serenidad del buen sen­tido para comprender imparcialmente.

5° La fe o confianza derivada del conocimiento y se­guridad en las verdades comprendidas.

6° Deseo de liberación, la voluntad de alcanzarla para ayudar a los demás.

 

 

ENCONTRANDO AL MAESTRO

 

En el capítulo anterior dejamos a nuestro candidato en el umbral, como si dijéramos, de la puerta que se abre en presencia del Maestro. Él ha sido útil en el mundo exterior; ha aprendido teóricamente la existencia del sendero y de los Maestros; ha adquirido cierto caudal de conocimiento, como de los grandes hechos de la vida y de la evolución humana; ha despertado el deseo de dominarse a sí defini­tivamente, de usar las grandes leyes de la naturaleza para acelerar su evolución y poder prestar el mayor servicio al mundo. Yo recorrí muy de prisa como preliminares los nombres de aquellas cualidades que han de ser desarrolla­das de un modo definitivo para la Iniciación, no que deban ser perfectamente adquiridas, no que el hombre deba mos­trarlas sin falta alguna en su total vigor y belleza, sino que debe haber hecho algún progreso en entretejerlas en su carácter; que debe, en alguna extensión a lo menos, haber modelado su conducta bajo las grandes ideas de vida recta como la manifestada por los Maestros de Sabi­duría, como es necesaria para los candidatos al sendero. Os dije también algo de la meditación, como medios por los cuales el hombre puede crearse a sí mismo, primero pensando en el ideal, y segundo poniéndolo en práctica en la vida. Debo pediros precisamente que recordéis aquellas terminantes sentencias de la última conferencia, porque en el breve tiempo en que tengo que desarrollar un gran asunto, no hay espacio bastante para repetirlas. Muchos de vosotros estuvisteis aquí y oísteis la conferencia; otros pueden leerla, si gustan, en The Christian Commonwealth[1]. Ahora voy rectamente a tratar del encuentro del Maestro prescindiendo de aquellas cualidades en acción, a lo largo de las líneas que los Maestros exigen. Puede muy bien ocurrir que en algunos puntos vuestro pensamiento no esté enteramente acorde con el del ocultista; puede suceder que en algunos puntos se haya dado demasiada importan­cia a lo que para vosotros parece trivial, mientras que, por el contrario, se hayan omitido algunas cosas que vosotros estiméis como esenciales para una recta conducta. Pero ahora pasamos de la región de las opiniones a la región de los hechos. El discípulo no puede elegir las cualidades; sólo debe cumplirlas, y si las cree mal elegidas o innecesarias, no hay obligación sobre él de entrar en el sendero, del cual se halla en la estancia preparatoria. Solamente si él hubiera entrado en el sendero, del cual son guardianes los Maestros de Sabiduría, debería aceptar las condiciones que ellos le impusieron; debería tratar de ceñirse a ellas, de acuerdo con la inmemorial ley del discípulo. Cuando el hombre se ha distinguido suficientemente por su servicio, por adquirir y aceptar los puntos de vista teóricos que han sido estudiados en la búsqueda del Maestro, entonces encuentra a su Maestro, o, mejor dicho, su Maestro le encuentra a él. Durante todo el tiempo de esta lucha, aquellos ojos benévolos han estado vigilando sobre su pro­greso; durante muchas vidas en el pasado ha estado bajo la misma influencia, que ahora viene a ser la influencia dominante en su vida. Él ha alcanzado el punto en donde el Maestro se puede revelar, para ponerle definitivamente a prueba, para ayudarle a prepararse a la Iniciación. Esta es la primera estancia donde un Maestro, en particular, elige un discípulo determinado y lo toma a su cargo, para prepararlo para la Iniciación, pues debéis recordar que la iniciación es una cosa muy definida, que sólo los que la han alcanzado pueden persuadir a otros a entrar en el sendero que ellos mismos han hollado. Ahora es llegado el momento de tejer firmemente el lazo que no puede rom­perse, la ligadura individual y distintiva entre el hombre que está todavía fuera del sendero y el Uno que se halla en su cima, una ligadura que nada puede romper, ni la muerte, ni la falta, ni la locura, porque resiste a todo intento de romperla. El hombre puede ir hacia su objeto lentamente, pero no puede ya nunca desligarse enteramente, ni quedar apartado del sendero. El lazo de unión está allí, tejido y anudado por el Maestro, y no hay poder en todo el Universo que pueda romper lo que el Maestro hizo. Él convoca al hombre a Su presencia, no en el cuerpo fisico, naturalmente, pues para la mayor parte, los Maestros residen en lugares retirados, difíciles de alcanzar, tardos en encontrar. Pero mucho antes de esto, el hombre, ha aprendido cuando su cuerpo duerme, a trabajar activa­mente en el mundo invisible a los ojos carnales, en lo que es llamado el cuerpo astral, que es, recordadlo, el más bajo de los cuerpos invisibles sobre el físico, en el cual todo el hombre es espíritu presente y alma, envueltos en un cuerpo más sutil, esto es, en aquel en que recibe las invitaciones del Maestro para entrar en Su presencia física y ponerse cara a cara con él y oír sus palabras. Entonces aquel Maes­tro coloca al hombre en lo que se llama prueba. Ésta significa el tejer el lazo de que hemos hablado, y, por tanto, el envío del hombre nuevamente al mundo exterior para ver cómo empleará su vida, cómo se comportará en sus pruebas, en cuáles debe demostrar fuerza y en cuáles debi­lidad, para experimentar hasta dónde la fuerza permite trabajar rápidamente, fuera del mal karma que pueda exis­tir todavía. Él se vuelve un discípulo a prueba sintiendo una nueva energía tras de sí, un nueva poder circundán­dole; conociendo, aunque no pueda recordar, como que alguna cosa le ha ocurrido en el plano interno de su ser, porque la fuerza del Maestro le influye; la bendición del Maestro está sobre él; la mano del Maestro está extendida bendiciéndole y así soporta su prueba en el mundo de los hombres. Rápida o lenta según sea esa prueba sobrellevada franca o pobremente, llega otra invitación una vez el Maestro ve que ha llenado en una considerable extensión las cualidades que son necesarias, y necesita ya una más profunda enseñanza para que pueda aplicar más eficazmente sus conocimientos a la vida. Nuevamente es llamado, otra vez ve al Maestro. Entonces éste le acepta como discí­pulo, no ya a prueba sino aceptado y aprobado; no ya bajo aquella prueba en el mundo externo, sino, ahora, para tener su conciencia confundida con la conciencia del Maestro, y sentir más claramente su presencia, más efectiva­mente su pensamiento. Es muy frecuente en esta estancia, que una especial ense­ñanza iluminadora sea dada al joven discípulo para ayudarle más dulcemente en su camino. Ésta podéis leerla si queréis en el pequeño libro que tengo en la mano, titulado A los Pies del Maestro, en el cual un joven discípulo ense­ñado por el Maestro, a su vuelta al cuerpo, día por día, escribió todo lo mejor que pudo lo que su Maestro le había dicho, del modo de aplicar las cualidades a la vida, y de entender perfectamente lo que aquellas cualidades signifi­can. En cuanto mis conocimientos me permiten afirmarlo, ésta es la primera vez que a alguien se le ha permitido escribir palabra por palabra aquellas enseñanzas recibidas en el plano interno junto con las cualidades. Yo no quiero decir con esto que nada haya venido de los grandes Maes­tros al mundo, sino que esto es singular, por cuanto las cualidades son expuestas una tras otra, así como su exacta aplicación a la vida. El que las escribió ha dicho: "Estas palabras no son mías; son las palabras del Maestro que me enseñó; sin él no hubiera hecho nada, pero con su ayuda he sentado mi pie en el sendero. Si vosotros también deseáis entrar en el mismo sendero, las palabras que él me habló a mí pueden también ayudaros a vosotros si queréis obe­decerlas. No es bastante decir que son verdaderas y her­mosas; un hombre que desee conseguir éxito en esto, debe hacer exactamente lo que dicen. Mirar el alimento y decir que es bueno, no satisfaría a un hombre hambriento; él debe adelantar su mano y comer. Así pues, oír las palabras del Maestro no es bastante; debéis hacer lo que dice, aten­diendo a cada palabra, fijándoos en cada idea". En armonía con estas cualidades, estoy basando lo que digo en esta directa enseñanza de uno de los Maestros de Sabiduría y Compasión. Naturalmente, yo no puedo refe­riros todo lo que está escrito, porque esto me ocuparía más tiempo del de que dispongo, pero el bosquejo está tomado de esta enseñanza especial, que podéis hallar, aun­que no con esta detallada aplicación, en los libros hindúes y buddhistas que nos han trazado el sendero preparatorio tan bien como el sendero mismo. Los nombres están dados allí, el bosquejo ha estado largo tiempo en nuestras manos. Es la aplicación especial la que puede ayudar a cualquiera de vosotros que conocéis los nombres, pero que algunas veces preguntáis cómo han de aplicarse en la vida. Esto es lo que trato yo ahora de enseñaros, aunque, naturalmente, con palabras más débiles y menos bellas que las del mismo gran Maestro. Porque ¿cómo podrían labios que tienen todavía la mancha de la tierra expresar en ellos, adecua­damente aquellas grandes verdades como han brotado de los puros labios de un Maestro de Sabiduría? La primera de las cualidades, como dije antes, es lla­mada discernimiento, discernimiento entre lo real y lo irreal. Entre los buddhistas se le llama la apertura de las puertas de la mente, una expresión muy gráfica y signifi­cativa. La última semana os dije también cómo podéis meditar para encontrar la alta conciencia que está en vosotros. Ahora bien, ¿cómo aplicaremos lo que hemos aprendido, a la práctica de la meditación? Meditad en una cualidad, y luego, vividla, ese es el camino del progreso definitivo. Ahora hace el Maestro una gran división del total de la raza humana, con gran rapidez y claridad. Dice que hay sólo dos clases de hombres en el mundo: los que poseen el conocimiento y los que no lo poseen. La segunda clase, como es natural, comprende al presente la gran ma­yoría de la especie humana, pues, como otro Instructor dijo: "Hay pocos que estén hollando aquel estrecho sen­dero". Conocimiento, como él lo define, es el conocimiento de la voluntad divina en la evolución, y el deseo de coope­rar con esa voluntad para ayudar efectivamente en lo suce­sivo, cuando aquella voluntad actúa en la tierra como actúa en los más altos mundos de seres. Reconocer que el mundo está guiado hacia una más alta y noble evolución; reconocer que cada niño, joven o viejo, perezoso o activo en su progreso, sigue adelante bajo el impulso del Plan Divino y puede ser ayudado o dificultado en su trabajo; reconocer el plan y tratar de vivir con sujeción a él; hacer de la propia voluntad parte de la voluntad divina, única voluntad verdadera que existe, esa es la característica de los que saben. Los que no saben esto, son ignorantes. Aplicando este conocimiento a la práctica, ya hemos dicho cómo el discernimiento puede trabajar en la vida, no sólo entre lo real y lo no real, sino entre todas aquellas muchas cosas en las cuales hay más o menos de lo real, en las cuales la marcha esencial de lo real puede ser percibida. Ante todo tenemos que reconocer que la forma no es real, mientras que la vida sí lo es. No importa al ocultista a qué forma de religión pueda el hombre pertenecer. Puede ser un hindú o buddhista; puede ser un cristiano o un judío; puede ser un zoroastriano o un musulmán. Esto es todo cuestión de forma y no es esencial; lo esencial es el modo cómo observa su religión, y hasta dónde hace inter­venir la esencia de ella en su vida. Así, distinguiendo entre lo real y lo irreal en religión, prescindimos del conjunto de las formas; admitiendo completamente que éstas ten­gan valor para quienes las necesitan - ellas son los jalones que guían al hombre a lo largo de la vida - pero sabien­do que todas ellas marcan un solo camino: el camino del hombre hacía la perfección. Contra ninguno de ellos debe hablar el ocultista; ni debe mirar desdeñosamente nunca forma alguna que él pueda haber contribuido a formar, pero debe reconocer que las formas son muchas, mas la sabiduría es sólo una; que la sabiduría es alimento del alma, mientras que las formas son sólo para la educación del cuerpo. Debe aprender también a discernir entre lo verdadero y lo falso, no como el mundo discierne, sino como discierne el ocultista. El hombre que induce su pensamiento hacia la verdad y rehuye lo falso, nunca atribuid a otro hombre un motivo que sea dañino, oculto tras una acción externa. Él no puede ver el motivo que tenga el hombre; ni posee el derecho de juzgar lo que no sabe, y, sobre todo, como el Maestro nos dice, porque puede atribuir un motivo erró­neo, y eso puede violar la ley de la verdad. Si un hombre habla coléricamente, quien oiga sus palabras puede pensar que el ofensor desea herirle o dañarle, y ve un motivo per­verso tras las palabras ofensivas. Pero es de notar que ese hombre puede no pensar para nada en el que ha ofendido; puede padecer una ofuscación propia, alguna prueba de la vida, o bien puede estar bajo la acción de una tensión de­terminada, de la que no sabe nada el ofendido, la cual irrita sus nervios y hace pronunciar a sus labios palabras injuriosas. Por tanto, no atribuyáis motivo alguno cuando seáis ignorantes de él, porque estaréis quebrantando la ley oculta de la verdad y podríais ser condenados como falsos testigos ante el tribunal del gran Maestro. Debéis también discernir no sólo entre lo justo y lo injusto, pues para el ocultista no hay elección entre lo uno y lo otro desde el momento en que está comprometido a obrar bien a toda costa y a trueque de todo sacrificio, y él no puede, como algunos harían, dudar entre la senda que es una con lo divino y la que se dirige en sentido contrario, la cual dejó tras de él en su progreso hacia el sendero, sino que debéis recordar, con respecto a las cues­tiones de lo justo y lo injusto, que para el ocultista no hay excusa si se desvía de la línea de lo justo; él debe seguirla con más ardor, con más rigidez y perfección que los hom­bres que están viviendo en el mundo externo. El obrar rectamente está infundido en su naturaleza, y no puede surgir en la mente la duda de optar por el bajo sendero, cuando el elevado ha sido visto. Yo no digo que no pueda cometer un error; que su juicio no sea equivocado; pero quiero decir, que donde él vea lo justo debe seguirlo inevi­tablemente, o de otro modo, sus ojos quedarán enteramente ciegos y caerá en el sendero. No solamente debe distinguir entre lo recto y lo no recto, sino entre lo que es más o menos importante en las cosas que seguís como rectas. Algunas veces surge una cuestión de relativa importancia, y debe recordar siempre, cuando tal cuestión surja, que el servir la divina voluntad y seguir la dirección marcada por el Maestro es la cosa más importante en la vida. Todo lo demás es secundario; todo lo demás puede romperse con tal de que esto quede cumplido, porque esto marca el sendero del deber más importante, y como él lo sigue, rinde a la humanidad el más grande servicio de que es capaz. También, en esta distinción entre lo esencial y lo no esencial, debe observar una benévola amabilidad en todos los asuntos secundarios. Es bueno ceder en cosas pequeñas que carecen de importancia, para poder permanecer firme en aquellas que la tienen. Yo recuerdo cuán difícil encon­tré al principio el refrenar la obstinación que yo conser­vaba de muchas otras vidas de lucha y de violencias; que durante uno o dos años, yo hice una práctica el no rehusar nunca ninguna cosa que se me pidiera, la cual no fuese contraria al bien. Hice de esto una práctica exagerada, con­ el objeto de corregir rápidamente mi innato defecto. Y así invertí una buena cantidad de tiempo, como vulgarmente se dice, en hacer cosas innecesarias, como ir a paseo cuando yo hubiera preferido permanecer en casa leyendo un libro, cediendo en todo lo que no tenía importancia para que pudiese avanzar directamente hacia mi objeto. Y esto mis­mo recomendaría a aquellos de entre vosotros que sois naturalmente imperiosos y exclusivistas (pues en la oscila­ción del péndulo de un lado o de otro podéis algunas veces excederos en la práctica), para que sigáis el punto medio, el áureo sendero, en el que los griegos decían estaba la virtud. Si tenéis poco tiempo y mucho que hacer, entonces no temáis en extremar los medios en el desarrollo de la virtud, y en desarraigar una falta. También debéis apren­der a discernir entre el deber de ayudar y el deseo de dominar. Hay muchos que están siempre mezclándose en las accio­nes de los demás y como deseando salvar las almas de los otros en vez de atender a la propia. Tened como regla que mientras podáis ofrecer ayuda, no debéis nunca inspeccionar a otro, salvo en aquellos casos en que esté en vuestra mano el poder guiarlo; entonces será deber vuestro el ejercer cierta inspección sobre su conducta. En este sentido enseñó el Maestro que el discernimiento sea practicado en todos esos asuntos para que esa primera gran cualidad pueda llegar a ser la segunda naturaleza del discípulo. La segunda cualidad consiste en no tener deseos y pasiones. Esto es muy fácil en sus formas más groseras. Cuan­do una vez se ha despertado el gran deseo de hollar el sendero, las cosas que son efímeras pierden su atracción; aquellas cosas que se han visto que son pasajeras, tienen poco poder para retener al hombre privándole de avanzar rápidamente hacia la perfección. Como se dice en una antigua escritura hindú: "El deseo por los objetos de los sentidos desaparece cuando se ha visto una vez al Supremo"; una vez se haya puesto la mirada en la maravillosa belleza y perfección de un Maes­tro y la radiación de Su carácter ha brillado en los deslum­brados ojos, sólo queda el anhelo de reproducir Su parecido y ser en alguna muy pequeña escala su imagen, su mensa­jero entre los hombres. Pero hay más sutiles deseos en los cuales pueden tropezar los pies del inexperto viajero. Tal es el deseo de ver el re­sultado de la propia obra. Trabajamos con todo nuestro corazón y con todos nuestros poderes; consagramos nuestra vida a algún proyecto de ayuda para la elevación del hombre y bien, ¿podríais ver sin pena convertirse en polvo vuestro proyecto viendo arruinadas a vuestros pies las paredes que habíais levantado como abrigo de vuestra aspiración? Si no podéis, es que habéis trabajado por el resultado y no por amor a la humanidad. Porque si uno ha edificado mal en vez de bien (aunque así no lo parezca), el gran plan romperá la obra en pedazos, pero el material no será perdido. Cada esfuerzo puesto en él, cada aspiración queda contenida en éste, cada empeño puesto en edificar está almacenado como elemento para la más acertada edificación de una construcción ma­yor; que se llevará a efecto con arreglo al plan del gran Arquitecto del Universo. Así aprendemos a trabajar, pero no a pedir recompensa en los resultados de nuestra labor, seguros de que lo que es bueno debe perdurar. Mientras que lo malo será irremisiblemente destruido. Algunas veces, el deseo de poderes psíquicos ataca al discípulo: "¡oh! yo sería más útil si pudiera ver; yo podría ayudar mucho más al prójimo, si yo pudiera recordar lo que yo hago cuando estoy fuera del cuerpo", ¿Quién es mejor juez, y quién conoce mejor lo que es necesario, el discípulo o el Maestro? Si Él ve que podéis ayudar mejor poseyendo los poderes psíquicos, Él os abrirá el camino y os dirá cómo debéis obrar con ellos. Pero, a veces, la obra resulta mucho mejor, hecha sin su mediación para la de la clase especial que Él necesita y que el discípulo cumple en aquel momento. Dejad a Él el cuidado del tiempo en que aquellos poderes hayan de florecer; son flores de la naturaleza espiritual, que llegarán a aparecer, cuando el Gran Jardinero vea que ha llegado el tiempo de la florescencia. No sólo deseamos resultados; no sólo deseamos poderes psíquicos, sino que nos asaltan más sutiles deseos; como el de ser admirados y ser reconocidos y con el deseo de hablar y de demostrar por doquiera nuestro conocimiento. Abandonemos esos deseos nos ordena el Maestro, porque el silencio es la característica del ocultista. Hablad sólo cuando tengáis que decir algo que sea verdadero, auxilia­dor, bondadoso; de otro modo, el hablar es una trampa, un peligro y una responsabilidad. La mitad del daño que sufre el mundo es causado por las conversaciones vanas. No sin conocimiento dijo Cristo: "De cada palabra vana que el hombre hable, habrá de dar cuenta en el día del juicio". No contra feas palabras, ni contra palabras perversas, sino contra palabras vanas prevenía Él a sus discí­pulos. Saber, querer, osar y callar, constituyen uno de los distintivos del ocultista. Por esta causa, los más sutiles deseos deben también ser desterrados y arrojados al mon­tón de lo inmundo, hasta que quede solamente una fuerte voluntad, la voluntad de servir a lo largo de las líneas trazadas en el divino plan. Esta es la realización de la carencia de deseos, lo que el buddhista llama "la prepa­ración a la acción". Entonces vienen las seis joyas de que os hablé: dominio de la mente apartándola de todo lo que es dañino, y usándola para todo lo que es bueno, y aquel dominio de la mente es necesario en el sendero, porque de tal manera debemos modelar nuestra mente, que no pueda por nin­gún medio ser sacudida ni perturbada por nada de lo que el mundo externo llama turbación: como la pérdida de los amigos, de la fortuna, la calumnia, el deshonor, y que cause trastorno en nuestra vida mundana. Esto, dice el Maestro, no supone nada. ¡Pero cuán pocos son los que pueden reconocer esa gran verdad! Esos son los frutos de pensamientos, deseos y acciones pasados, el karma del pa­sado, y, hasta que éste sea agotado, no servís para ser utilizados en la obra del Maestro. Por tanto, debéis do­minar la mente sin pensar en el mal, de modo que la conservéis tan radiante y placentera como tranquila. No debéis sentir abatimiento porque engendra una atmósfera a vuestro alrededor que hace sufrir a los demás, y vuestro trabajo ha de consistir en aumentar la felicidad del mundo, y no en fomentar sus miserias. Si estáis abati­dos, el Maestro no puede utilizaros para enviar su vida por vuestro medio para la ayuda de sus hermanos. La depresión es como un dique construido a través de la corrien­te para impedir que sus aguas sigan el libre recto curso, pues vosotros no debéis oponer obstáculos a la vida del Maestro que fluye sobre el discípulo, porque si no priváis de sus bendiciones y de su alegría a los corazones de los hombres. Dominad el pensamiento y también la acción, y obrad tanto como sea posible de acuerdo con lo justo, lo bueno y lo benévolo. Debéis desarrollar también la gran virtud de la tolerancia que suele ser tan rara entre nosotros. Debéis estudiar - dice el Maestro - las religiones de los demás, para que podáis ser capaces de ayudarles, lo cual no podríais hacer de otro modo. El juicio del mundo es condenatorio en esto y no lo aprueba. ¡Cuántas veces yo he visto la crítica dirigida rectamente contra mí! "¡ah! Mrs. Besant habla como un hindú en la India y como un cristiano en Ingla­terra". Desde luego, ¿cómo podría ella hablar de otro modo? ¡hablar de hinduismo a los cristianos no les ayu­daría! ¡Hablar de cristianismo a los hindúes y a los bud­dhistas les velaría las grandes verdades a sus ojos! Nuestro deber es aprender para ayudar, y sólo se pueden conquistar los corazones de los hombres por simpatía cuando podéis hablar desde su punto de vista, en vez de manteneros obstinadamente en el vuestro. Este es el gran distintivo del que es verdadero tolerante, porque puede ver una cosa desde el punto de vista de otro, y hablar en tal sentido para ser útil y así ayudarle. Debéis también aprender la perseverancia para resistir las pruebas de que he hablado, pruebas que caerán como lluvia sobre vosotros, para que vuestro karma pueda ago­tarse en breve espacio de tiempo y quedéis prestos a servir. Tomad esas pruebas como un honor, no como una pena­lidad; son el signo de que los grandes señores del Karma han oído vuestra súplica de progresar más rápidamente y están dándoos el karma del pasado para que lo extingáis, y por lo tanto, atienden vuestro ruego. Entonces debéis permanecer alegres y no con cara angustiosa y descontenta; debéis imitar a los antiguos mártires que sonreían ante el fuego considerándolo su carro de triunfo que les con­ducía hacia el Señor. También debéis aprender el punto de equilibrio o la unidad de dirección como le llaman los hindúes y buddhis­tas. Estabilidad en la obra del Maestro, con un equilibrio tal que nada pueda poneros fuera de Él. Como la brújula señala el polo y vuelve a dirigirse a él si se la fuerza a separarse, así debe vuestra voluntad erguirse invariablemente en dirección a la voluntad divina respecto de la per­fección humana que estáis tratando de alcanzar. La última de las seis joyas es fe o confianza en vuestro Instructor y en vosotros mismos. Pero dice el Maestro, acaso contestará el hombre: "¿Confianza en mí? Yo me conozco demasiado bien para poder confiar". Pero el Maestro con­testará a su vez: "No, vosotros no os conocéis bastante, sólo conocéis la cáscara que os oculta, porque en el Yo está la fortaleza inexpugnable que nunca puede ser anulada o destruida". Así las seis joyas de la mente van apareciendo gradualmente, para modelarse más perfectamente en los últimos años, pero al fin lo suficiente para que sean reco­nocidas en el carácter y entonces, ¡0h!, entonces queda la última de las grandes cualidades, la más dura de todas, la más a propósito para despertar oposición en la mente de muchos. El hindú y el buddhista la llaman deseo de libe­ración; el Maestro la llama unión con el Supremo, y como el Supremo es amor, hace descender al amor para difundirlo entre los hombres y así como distingue esa gran virtud del amor, que es el cumplimiento de la ley, señala tres vicios, como crímenes contra el amor, que debe evitar el discípulo. El primero es la maledicencia, el se­gundo la crueldad y el tercero la superstición. Estos son, dice él, los peores crímenes contra el amor. Después pasa a explicar cómo esto es así. Trata primero de la maledicencia, y expone cómo pensando mal de otro se comete una triple injuria al hombre; primero, llenáis el ambiente de malos pensamientos en vez de buenos, y así, dice el Maestro patéticamente, aumentáis las tristezas del mundo. Pero si el mal pensamiento acerca de la falta de otro existe en aquel hombre, vuestro mal pensamiento acrecienta el mal y hace más difícil el vencerlo. Cada vez que con el pensamiento le imputáis una falta, estáis hacien­do así más difícil el sendero de vuestro hermano, endu­reciendo su lucha; tal vez vuestro pensamiento sea el último impulso determinante que le haga caer, donde de otro modo hubiera permanecido firme; si el pensamiento fuese falso, no verdadero, aun así podéis infundirle un mal que aún no existía en su carácter. He aquí la perversidad de pensar mal; no habléis a nadie de ello, porque cuando un chisme pasa de uno a otro, el mismo ciclo de mal se extiende hacia aquel a quien se ha referido, y de ese modo os convertís en una fuente perniciosa por insignificantes que vuestras palabras parecieran. La crueldad es otro gran crimen contra el amor, y el Maestro describe ciertas formas de ella, de modo que el discípulo conozca lo que debe evitar. La crueldad religiosa fue ciertamente ejercitada en tiem­pos pasados en los asesinatos y las torturas de la Inquisi­ción, pero el mismo espíritu se muestra ahora en todas las ásperas controversias religiosas y palabras mordaces dirigidas contra aquellos que están tratando de pensar recta aunque distintamente del pensamiento de sus compañeros. ¿No es un hecho que la parcial pero lamentable retirada de nuestro muy reverenciado amigo Mr. Campbell, de mu­cha parte de su obra, es debida a los sufrimientos que le fueron infligidos por sus hermanos de ministerio en los primeros días de sus luchas en pro de la razón, por decir la verdad que él sabía? El espíritu de crueldad religiosa no ha muerto, aunque no se manifieste por medio del fuego y de esposas. También señala el Maestro otra forma de crueldad en la vivisección. El ocultismo habla de la vivisección con un sentido único. No importa que sea considerada en nombre de la ciencia, no importa que comisiones se ocupen de ésta y expresen su opinión favorable; la crueldad con­siste en hacer un daño innecesario a las cosas vivas. El verdadero resultado obtenido por los vivisectores demues­tra que mucha de la crueldad ha sido inútil y engañosa en sus resultados, por cuanto ellos dicen que las mismas expe­riencias podrían ser obtenidas sin que la crueldad fuese necesaria. Después de la Inquisición y el fanatismo religioso, des­pués de la vivisección, él habla de una tercera gran clase: de la crueldad de los maestros de escuela para con los niños. La enseñanza es una de las más nobles profesiones que el hombre puede abrazar, pero ofrece oportunidades de error en las que muchos incurren; el uso del castigo corporal, un hombre robusto, fuerte, cuando maltrata al niño débil e indefenso es señalado por el Maestro de Com­pasión como una de las formas de crueldad que cierra el sendero. La cuarta clase que se menciona, puede que haya difi­cultad para hallarla aceptable; se trata del sport en que criaturas vivas son sacrificadas. No hay para qué decir que es costumbre en la opinión social no condenar a un hombre que asesina a miles de aves y otros animales sin que se le llame matarife, sino meramente un buen sportman. No es considerada esa crueldad en lo más mínimo como un obstáculo por aquellos que quieren hollar el sendero. Pero el Maestro manifiesta que la crueldad negligente lleva a cabo su obra de miseria y sufrimiento tanto como la cruel­dad deliberada que es, comparativamente, rara. Él señala que la ley del Karma jamás olvida aunque el hombre pueda olvidar, e inevitablemente cada pena infligida a una criatura viviente trae la reacción de pena en el que en su día la infligió. La superstición es señalada también como el último de los crímenes contra el amor, lo cual, enseña el Maestro a su joven discípulo, como debe enteramente evitarlo. Pero hay un punto relativo a crueldad, que aunque lo he dejado por un momento debo volver a él, porque sig­nifica también mucho para los que sois más ricos con relación a los que trabajan por vosotros. El Maestro, aunque refiriéndose más bien a la India, indica el pronto pago del salario luego que éste ha sido devengado. Aunque esto veréis muy raramente aquí, donde el día de pago está establecido de un modo prácticamente obligatorio en todas las grandes empresas industriales, los Maestros en la India se han ocupado siempre de ello. Como Mahoma decía: "Paga a tus trabajadores antes que el sudor de su cuerpo esté seco". El sufrimiento originado por descuido o dejadez puede ser amargo y de malas consecuencias. Otra falta muy común en Occidente, que cae bajo la misma condenación, es dejar sin pagar las letras o facturas con cuyo importe tienen otros que atender sus necesidades. Las obreras de la aguja, los que están empleados en la confección de trajes de hombre, son algunas, veces arrastrados muy cerca de la inanición, porque la gente de alto rango, de gran posición social, olvidan el sufrimiento que están infligiendo y el trastorno que están causando por su gran demora en el pago de sus cuentas. Esta es una de las faltas de la sociedad de que el aspirante a discípulo debe librarse. Algunas veces lleva al comerciante a la bancarrota y a la inanición a sus dependientes. He dicho que la última es la superstición. El Maestro habla de dos formas especialmente: una que todavía pre­valece, aunque mucho más limitada que antes, en la cos­tumbre de ofrecer sacrificios de animales en algunos templos de la India, especialmente entre los muy pobres e ineducados de los pequeños pueblos, más que en las ciudades. Pero hay aún unos pocos templos, me avergüenzo en decirlo, donde gentes educadas y pensadoras ofrecen la sangre de los animales a las divinas formas que adoran. El Maestro habla de esto, y vosotros estaréis unidos a él en condenarlo. Vuestros misioneros de allá están de acuerdo con nosotros sobre el particular. ¿Pero qué contestarán ellos cuando se les indique el sacrificio de mayor número de animales sólo para dar gusto al paladar? Esta crueldad también está señalada como superstición por el Maestro; la superstición, dice, de que el hombre necesita carne para alimentarse y es una superstición, como lo saben los que han hecho frente a ella resueltamente y han aprendido que la salud y no la enfermedad es el resultado de seguir la ley de amor. Si aceptáis esto como superstición, ello os ayu­dará a libraros de ese mal hábito. A lo menos, acordaos al enviar predicadores de vuestra fe a la India, que no es fácil muevan nunca al corazón del indio, vituperando el sacrificio del cabrito a Durga y considerando inocente el sacrificio del cabrito al sahib y al mensahib en los bungalows o casas de campo, porque, ellos son lógicos, y dicen: "Si no podemos ofrecer a Dios, ¿cómo podemos ofrecer al hombre? Si la vida de los animales es preciosa a los ojos de Dios, como nos decís, ¿por qué no dejáis de ponerlos en vuestras mesas ya que los quitáis del altar de Dios?" Así este gran Maestro ha trazado para nosotros las cua­lidades exigidas para pasar por el primer gran portal de la Iniciación para el nacimiento del Cristo en el espíritu humano, que es el paso de ese portal. He recorrido tosca e inadecuadamente, lo sé, la maravillosa enseñanza que viene de Él a iluminarnos, pero en ninguna hallaréis lo más mínimo de una pretenciosa exigencia ni cosa alguna que no sea cómo debéis despojaros para ser libres de muchos prejuicios, costumbres, tradiciones, negligentes cami­nos de la vida, si queréis hallar al Maestro y ser reconocido por Él entre los discípulos. Ahora, si podéis sobre­poneros a los obstáculos que la costumbre, la tradición, la negligencia y el hábito han levantado, y si mis pobres palabras pueden llevaros al reconocimiento de que no hay goce en la vida superior al goce del discipulado, del que no es propiamente sacrificio lo que en él se haga, sino que es sólo arrojar la escoria al fuego del que sale el oro puro en su lugar. Ahora mi anhelo es que en los corazones de algunos de vosotros, aunque fueran pocos en número de los que estáis esparcidos en este vasto auditorio, puedan mis débiles pa­labras prender la llama eterna, y el movimiento de avance iniciado por mi discurso pueda convertirse en resuelta voluntad y en decidido empeño. De ese modo, esperad en el inmediato porvenir el encuentro del Maestro, porque de vosotros también, el que busque, hallará, y si llamáis con la aldaba de estas cualidades, seguramente la puerta se abrirá ante vosotros para que podáis hallarlo, como yo he sido lo suficientemente dichosa para encontrarle, porque debierais reconocer aquel servicio como libertad perfecta para que aquel goce que existe en la presencia del Maes­tro sea la esperanza con la cual yo quisiera dejaros hoy, para que la aspiración que os anima, fuera una realidad para vosotros. Yo os ruego dispenséis toda imperfección del disertante o debilidad en el discípulo, pero no dejéis de fijar por doquier vuestra vista en aquello que luce con brillo inextinguible, perfecto, con sobrehumana belleza en la figura del Maestro, que podréis hallar si queréis, de modo que podáis decir también vosotros "Habiendo buscado, encontré".

 

LA VIDA DEL CRISTO

 

 

Hemos visto a nuestro hombre del mundo dando sus primeros pasos deliberadamente hacia la vida superior; le hemos seguido buscando el Maestro; le hemos visto obtener éxito en la búsqueda cuando lo hubo encontrado. Hoy tenemos que seguirle a través de la primera de las grandes iniciaciones, avanzando a lo largo del sendero hasta que alcance la entrada en la quinta Iniciación. Es aquella vida de que habla San Pablo, de la cual el princi­pio está marcado por el nacimiento del Cristo en el hombre. Recordaréis como Él quiso que sus convertidos tuviesen la sublime experiencia de que Cristo naciera en ellos. También podéis recordar cómo Él habló de otra existencia, y "hasta" dijo "que todos lleguemos a ser un hombre per­fecto de la elevación y plenitud del Cristo". Así el gran apóstol de la Iglesia Cristiana marcó los dos límites del estudio que vamos a hacer esta mañana: uno el nacimiento del Cristo, y otro el alcanzar su completo desarrollo y lograr el grado en que el hombre es perfecto. Tal es la concepción de San Pablo en cuanto a la significación e importancia del Sendero presentado por el Cristianismo. En los modernos tiempos la ambición del cristiano no ha llegado tan alto, y ha considerado como vida cristiana el ser salvado por otro, y adornarse con la rectitud imputada a otro. Pero el gran apóstol expuso de otra manera lo que él llamó vuestra invitación y elección. No el ser salvado por otro, sino convertirse en Sal­vador; tal fue el antiguo y gran ideal en la Iglesia Cristiana. Ser uno mismo el Cristo; observar la vida de Cristo; pasar a través de los grandes estados de experiencia señala­dos en la historia del Evangelio que, leído rectamente, es menos la historia de una persona que un grandioso drama de la Iniciación del espíritu. Mirando a aquella luz perma­nece abierto este gran sendero, de modo que pueda ser hollado por todos los que quieran cumplir en sus propias personas la gran esperanza del apóstol respecto de sus hijos espirituales. Así que no es nada menos que eso la posibili­dad de todo el que lo desee. Es esa parte de la vida humana la que es llamada muchas veces simplemente el Sendero; algunas veces, como entre los buddhistas, el Sendero de Santidad; otras veces, como entre los católicos romanos, el Sendero de Iluminación, el sendero en el cual la luz del espíritu crece más y más hacia el día perfecto, aquella vida que fue llevada por el Cristo como el primero nacido entre numerosos hermanos, es la prueba Única por la cual la divina humanidad podrá ser alcanzada. Yo concedo desde luego que este sendero demanda a quien quiere hollarlo, una total renunciación a todo lo que en pasadas vidas él ha estimado como valioso y deseable. De aquí que se haya dicho con verdad: "Estrecha es la puerta y angosto el ca­mino, y pocos serán los que lo encuentren". En edades fu­turas, muchos lo hallarán; en edades aun más remotas, todos los seres humanos lo conocerán, pero la humanidad actual escasamente ha pasado el punto medio de su evolu­ción, y por esto hay pocos al presente que quieran hollar el sendero. He usado de la palabra Iniciación. Debo detenerme en ella por un momento para que de ella pueda transmitiros algún claro significado, y yo os ruego que recordéis lo que todos vosotros conocéis de vuestros estudios sobre la historia del pasado; que en todas las naciones antiguas hay ciertas grandes instituciones conocidas como Misterios, con muchos nombres para describirlos pero todos con esa palabra en común para su denominación. Eleusianos, órficos, báquicos cualquiera que fuera su apelativo, eran todos ellos Misterios, en los cuales ciertas gentes estaban iniciadas. Se nos ha dicho que, en los primeros tiempos, todos los que eran más puros y más nobles participaban de esos Misterios; los cuales destruían todo temor a la muerte y daban al hombre la certeza de la inmortalidad; aquellos que penetra­ban en ellos, adquirían una sabiduría que otros no poseían distinguiéndose no sólo por el desarrollo de su inteligencia, sino por lo noble y lo puro de sus vidas. Ha sido reconocida la existencia de los Misterios no sólo en Grecia y Egipto, sino también en Persia, en la India y en la China. Los dos más grandes Instructores religiosos de la India fueron conocidos como interpretadores de los Misterios del sen­dero que conducía por su medio al término del mismo que alcanzaron aquellos que lo hallaron. Tenemos de una parte al Gran Maestro el Señor Buda y los budistas guardan todavía los detalles del sendero de que Él habló. Tenemos de otra parte a Shri Shankaracharya el Gran Maestro hindú, que también interpretó el sendero y marcó sus estancias de idéntica manera. Apartándonos por el momento de aquellas grandes creencias precristianas, en­contramos que en los primeros días de la Iglesia católica también existían estos Misterios. Podéis leer acerca de ellos en los escritos de Orígenes y de San Clemente de Alejan­dría. Aprenderéis en San Clemente cómo él no podía hablar en público lo que aprendió en los Misterios, pero que algunos de sus discípulos podían entender sus alusiones. Podéis enteraros de aquella famosa declaración que se hizo pública en la Iglesia católica cuando todos los que tuvieron condiciones para ello fueron convocados para su admisión en los Misterios. "Aquel que durante largo tiempo haya sido consciente de no haber cometido falta acér­quese y, aprenda las enseñanzas que Jesús dio en secreto a sus discípulos", y podéis enteraros en otros notables escritos de cómo en aquellos Misterios fueron ángeles algu­nas veces los Maestros y revelaron el mundo invisible a aquellos que se habían hecho merecedores de ser iniciados en ellos. Si bien es cierto que la Sociedad Teosófica ha venido en esta época a proclamar de nuevo la existencia de los Maestros de los Iniciados y de los Misterios (con lo cual ha cumplido una parte de su misión), no pretende haber expresado nada nuevo ante las religiones del mundo. Si decimos que los Maestros existen todavía, si declaramos que la puerta de la Iniciación está aún abierta, si procla­mamos con las antiguas palabras que los que buscan en­contrarán, que aquellos que llaman a la puerta les será abierta, no es hacer una nueva proclamación, sino repetir un mensaje olvidado, dando al mundo aquello que se ha­bía hundido en el materialismo, el conocimiento que había olvidado y al cual había vuelto su espalda. Por esto os recuerdo que ésta no es una enseñanza peculiar del Oriente, sino una enseñanza universal, de que he hablado de la vida del Iniciado en su cristiana forma, como fue la vida del Cristo. Este nombre fue conocido mucho antes de que el gran fundador de la Cristiandad viniera al mun­do, porque es la vida del ungido, de aquellos que han sido consagrados por el bautismo del espíritu y han empezado a hollar el sendero que les hace sacerdotes y reyes en el servicio de Dios. Este es el antiguo sendero llamado desde tiempo inmemorial el Camino de la Cruz, porque la Cruz es el símbolo de la vida, la vida triunfando sobre la muerte, el espíritu triunfando sobre la materia. Y no hay diferencias entre el sendero del Oriente y el de Occidente; sólo hay una enseñanza oculta, y una gran Logia Blanca, formada por los guardianes que velan los tesoros espirituales de nuestra raza. Ellos no conocen dife­rencia entre el Oriente y el Occidente, ni hacen distinción entre lo blanco y lo negro, sólo reconocen las cualidades necesarias para recibir la Iniciación, y según la tradicional costumbre abren el Portal al hombre que quiere recorrer el antiguo y estrecho Sendero. Ahora bien, ¿qué significa la iniciación en los Miste­rios? Claramente significa una expansión de la conciencia. La Iniciación en si misma la constituye cierta serie de sucesos, por los cuales el hombre avanza; sucesos reales y experiencias que exigen cierto espacio de tiempo, no una vaga e indefinida serie de sentimientos, sino reales comu­nicaciones, pensamientos y acciones experimentadas por el hombre fuera del cuerpo físico en presencia de una gran asamblea de Maestros. El resultado es que el hombre es consciente de un nuevo mundo, como si le hubiera sido dado un gran sentido que le pone en comunicación con un nuevo mundo que le rodea. Es como un hombre nacido ciego y sólo conociese el mundo por el oído, el gusto y el tacto, pero que abrién­dose sus ojos, viera un mundo nuevo en el que jamás había soñado y le rodease por todas partes; así ocurre al hombre que habiendo pasado por la gran ceremonia de la Inicia­ción vuelve a su cuerpo al mundo mortal de los hombres. Otro mundo existe a su alrededor; una nueva fase de con­ciencia le ilumina. Ve en donde antes estaba ciego, conoce lo que antes ignoraba. De esas grandes ceremonias en este sendero hay cinco. La quinta es la que conduce al estado de Maestro, de la cual no trataré hoy. Cuatro son los portales en el sendero que conducen a aquella divina perfección final de la hu­manidad. Del estudio de éstos es de lo que ahora trata­remos. Podemos tomar cuatro grandes sucesos en la vida de Cristo, relatados en los Evangelios, y que en el simbolismo cristiano representan exactamente lo que en otros nombres, pero no en otras realidades, describen los hindúes y buddhistas acerca del Sendero. La primera, como he dicho, es el nacimiento del Cristo; la segunda el bautismo; la tercera la transfiguración; la cuarta la pasión. Consideremos una por una lo que en­cierran bajo sus nombres, viendo cómo son descriptas por nuestros hermanos de Oriente. Aquel en quien Cristo es nacido (el nuevo Iniciado) ha sido calificado siempre ante el mundo de niño. Recordad la frase que encontráis en el Evangelio: "Mientras no seáis como niños, no entraréis en el reino de los cielos". El reino de los cielos o el reino de Dios es el antiguo nombre del Sendero, y sólo el niño puede entrar allí. El nuevo Iniciado, el Cristo niño nace entonces en la nueva vida del espíritu, y a la expansión de conciencia, por la que percibe por primera vez aquel gran mundo espiritual, en el que todas las grandes virtudes son conocidas por intuición, no por razonamiento, en el que los ojos del espíritu son abiertos y poseen el conocimiento de las virtudes espirituales; conocimiento que se convierte en intuitivo en vez de racional. Al terminarse el gran ceremonial porque ha pasado el nuevo Iniciado en su lugar es cuando su propio Maestro o algún discípulo elevado en quien es delegada esta labor, ve abierta ante sí una nueva conciencia, que crece gradual­mente de modo que puede dominar el conocimiento que al principio es sólo presentado a él como un deslumbrante panorama. Porque en ese nuevo mundo en el cual ha na­cido mediante la primera de las grandes Iniciaciones ha sido efectuado el segundo nacimiento, el nacimiento del espíritu. Ha venido a ser ahora el dos veces nacido, nacido en la tierra, es verdad, muchas veces, en la vida de la materia, mientras que ahora es nacido en la vida del espíritu, la cual en adelante será suya para siempre jamás. Esta es la llave del conocimiento que como figuradamente se dice, se entrega al nuevo Iniciado, es una nueva facultad, un nuevo poder, un nuevo sentido que se ha ido desenvol­viendo gradualmente en él a través del tiempo de su pre­paración, y que ahora brota francamente convertido en útil poder sometido a su gobierno. También es aquella interna renunciación que veis sim­bolizada en los tres grandes votos que en la iglesia católica romana y en parte de la anglicana dan admisión a lo que ellos llaman la vida sobrenatural, o sean los votos de po­breza, castidad y obediencia. Simbolizan una gran virtud espiritual, la interna renunciación por parte del nuevo Iniciado a todas las posesiones físicas y mentales que hasta entonces había considerado como suyas. No por palabra, sino por verdadera renunciación interna abandona todo sentimiento de propiedad, todo sentimiento de pertenen­cia acerca de lo que suponía poseer. Él puede tener riqueza, pero ya no es suya porque pertenece a la Gran Logia Blanca de la cual forma parte. Si posee talento, ya no lo empleará más para sí, sólo podrá usarlo exclusivamente para la espiritual colectividad a que ahora se ha dado por entero. Y así su corazón abandona todo sentimiento de propiedad, todo sentimiento de pertenencia. Por una ex­traña paradoja, es en aquel momento de absoluta renun­ciación, cuando los reyes de la tierra, los sabios, traen sus tesoros y los depositan a los pies del desvalido niño; porque cuando un hombre no necesita nada, todas las cosas caen en sus manos, las cuales cuando están llenas para el servicio del mundo, continúan siempre repletas aunque nada retengan. Así, pues, él renuncia a toda posesión y se con­vierte con ello en un ejecutor capaz para la obra que lleva a cabo a la vez que renuncia a todos los placeres de los sentidos, siendo éste el significado interno del voto de castidad. Somete también su propia voluntad personal, en­teramente a la Voluntad divina, y nada quiere reconocer que no esté subordinado a esa Voluntad como determina­dora de todo lo que piensa, espera y hace. Tal es el interno significado de aquel gran triple voto: renuncia de toda posesión en sentido interno, renuncia a los placeres de los sentidos, y renuncia a la voluntad personal. Y así vuelve otra vez al mundo. El hindú le llama el "errante" porque no posee ya nada. Él camina por doquiera según las pala­bras del Señor Buddha: "Libre como el aire", consagrado únicamente al servicio, y dispuesto a ir donde sea nece­sario para la obra. Los buddhistas llaman a éste "el que ha entrado en la corriente". El que ha penetrado en la gran corriente en cuya orilla opuesta se convertirá en un Maestro. Ya nunca más podrá apartarse de ella, jamás podrá de­jarla; esa corriente se extiende entre este mundo y el otro, y quien ha entrado en ella, ha de llegar hasta la opuesta orilla. Tres obstáculos han de ser vencidos completamente antes de aproximarse al segundo Portal con objeto de que nunca más tenga que volver a hollar este Sendero, porque debe seguir siempre adelante en su camino. Esos obstáculos son llamados así porque le detendrán hasta que se libre de ellos. El primero es el sentimiento de separatividad. Para abandonarlo debe mirar a todos los que estén a su alrededor como parte de sí mismo, sentir sus alegrías y tristezas, y ver las cosas desde el mismo punto de vista que ellos las ven, para sentir sus emociones y comprender­les, para simpatizar con ellos, de modo que no debe jamás censurarles ni juzgarles porque son parte integrante de él mismo y de su propia vida. El sentimiento de separatividad debe borrarse en absoluto porque un Salvador del mundo debe identificarse con la naturaleza de todos. En adelante no debe menospreciar a ninguno de los que sean menos evolucionados que él porque mira a todos los hombres como fragmentos de la Vida Una y se identifica con cada uno de ellos para ayudarlos y salvarlos. Todo sentimiento de duda ha de ser ahuyentado y no en el sentido de que sea esa correcta actitud de la mente que se refiere a lo que no está demostrado hasta el pre­sente, lo cual es rigurosamente necesario, so pena de expo­nerse al peligro de caer en la credulidad o la superstición, sino de la duda acerca de ciertos grandes hechos compro­bados de la naturaleza. El hecho de la reencarnación no puede dudarlo, porque puede mirar hacia atrás y ver su obra en el pasado y trazarla en el presente. Tampoco puede dudar de la existencia de los Maestros porque ha perma­necido entre Ellos cuando fue Iniciado; así mismo le es imposible dudar del Sendero porque lo está hollando. Tales son las dudas que para siempre debe dejar atrás porque las tales ligaduras impedirían su progreso. El tercer gran obstáculo es la superstición, o sea aquel convencimiento de que determinados ritos o ceremonias especiales son indispensables para alcanzar el objeto pro­puesto. Ya no necesita del puente aun necesario para aque­llos que no logran todavía alcanzar los mundos elevados por su propio poder, por su propio conocimiento. Él sabe que las ceremonias de todas las religiones son igualmente útiles para los adheridos a ellas, pero que él no necesita de ninguna. Conoce que no puede por más tiempo depender de tales ceremonias, sino solamente del Dios interno que está en él. El valor de esas ceremonias ha pasado porque ve ya sin velo las realidades de los mundos que aquéllas simbolizaban y las cuales utilizaba como acceso a ellos. Cuando esos tres obstáculos hayan sido vencidos, nada en adelante podrá estorbar al Iniciado, porque pasada ya su niñez y ya en su adolescencia está dispuesto a pasar la segunda gran Iniciación que en el drama cristiano es llamado Bautismo. Se ha escrito que el espíritu de Dios bajó sobre Jesús y habitó en él. La forma cristiana es ésta: el espíritu descendió, el espíritu creador, pues antes de que pudiera ir más allá, a la tercera Iniciación, tenía que modelar sus cuerpos sutiles, para poder trabajar en los más elevados mundos invisibles. De aquí que el hindú le llame aún el constructor de los vehículos que necesite; el bud­dhista le llama "el que será llamado a un nuevo nacimiento", lo que quiere significar el que dirige sus pasos hacia el objeto a que aspira con tanto ardor. Después de esta Iniciación el hombre no tiene ya que despojarse de trabas, sino adquirir poderes que correspondan a los cuerpos suprafísicos que ha modelado para servir más perfectamente en aquel gran mundo espiritual de la intuición que su ser ha conquistado paso a paso, y debe aprestarse a servir en ellos, así como en los mundos mental y emocional. Durante el período de tiempo que permanece en esta fase de su progreso, perfecciona sus más elevados cuerpos, modelándolos para la grande obra que tiene ante sí. En general es este estado de corta duración y entonces él se acerca al tercer portal, a aquel que en la historia de Cristo es conocido como la transfiguración; que los hindúes designan bajo el nombre del Cisne, el ave del cielo, el símbolo de reconocimiento del "yo" como uno con Dios. En esta estancia, la manifestada deidad brilla intensa­mente, iluminando por un momento el Sendero, cuyo frente desciende a las profundidades del sufrimiento, lle­vándole al valle de la oscuridad y de la muerte. Debéis recordar que en el drama del Evangelio la transfiguración en el Monte de los Olivos está seguida inmediatamente de acontecimientos como el de la entrada en Jerusalén, el del huerto de Getsemaní y el del Monte Calvario. La luz divina resplandece en las tinieblas para que el corazón humano sienta la fuerza y el valor necesarios para proseguir el camino de peregrinación sin abatirse por el desfallecimiento. Durante el tiempo que transcurre entre la tercera y la cuarta Iniciación, dos imperfecciones más deben descartarse para siempre: la atracción y la repulsión a todas las cosas externas. Atracción: podéis ver en la alegoría evan­gélica cómo Cristo se despojó de toda inclinación hacia lo que pudiera atraerle, cuando sintió que se aproximaba su pasión. Al propio tiempo podéis ver cómo cesó en él toda repulsión, cuando aquella mujer que fue pecadora le per­mitió que se acercara a él a bañarle los pies con sus lágri­mas y secarlos con sus cabellos; porque la atracción y la repulsión hacia las cosas externas han de desaparecer antes de que llegue la gran prueba, pues de otra manera, el camino hubiese permanecido sin hollar; sin obtener antes esas condiciones la última prueba resultará superior a sus fuerzas. Así el discípulo aprende en este trayecto a elevarse sobre las atracciones y repulsiones desechándolas para siempre, pues jamás podrán ya ejercer poder alguno sobre él. Luego Jesús prepara su entrada en Jerusalén, donde ha de ser traicionado por uno de sus apóstoles y abandonado por todos los suyos, para soportar la soledad en que ha de afrontar los últimos grandes sufrimientos; porque entre la tercera y la cuarta Iniciación se encuentra aquel abismo del silencio sobre el cual el discípulo se halla suspendido en medio del vacío sin nadie en quien confiar en la tierra, ni nada que esperar del cielo; sin amigos con cuyos cora­zones pueda contar, y aun más, sin una débil o borrosa visión del Supremo. Esto está simbolizado por la agonía en el huerto donde el humano corazón exclama: "Apártese de mi este cáliz", pero todavía la voluntad humana se alza fuerte, renunciando por medio del "Hágase Tu voluntad y no la mía". Sigue pasando por las escenas de la pasión; huyen sus bien amados, le traicionan, le niegan y rechazan hasta el punto que en la misma cruz de agonía es blanco de la burla y del desprecio de todos, sin el consuelo de un solo amigo, sino rodeado de un circulo de enemigos triunfantes que le escarnecen diciéndole: "Salva a otros y él no puede sal­varse", lo cual encierra la verdad más profunda de todas; lanza finalmente el grito de su corazón en extremo dolo­rido: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" y en aquella extrema angustia y soledad encuentra su Ego para siempre. Perdiendo a Dios, encuentra al Dios dentro de sí. Porque cuando llega la gran oscuridad y nada puede verse, se levanta la luz del espíritu en el humano corazón y a través de la oscuridad se oyen las últimas palabras de triunfo: "Todo se ha consumado". Estas son las palabras que repercuten en la asamblea de los hombres perfectos y en la de los ángeles cuando pasada la gran prueba ha cesado la agonía. Entonces ocurre la cuarta gran Iniciación, la de Arhat o Paramaharsa, o sea el que ha llegado a ser Cristo crucifi­cado y, por tanto, auxiliador del mundo; el que ha reco­rrido la parte más difícil y cruel del Sendero, encontrando en sí mismo la divina fuerza que le despierta a la ex­quisita verdad una vez que la soledad ha cesado ya, por­que ha encontrado la vida una y la conocerá para siempre. Ha vencido, pues el resto del sendero es suave y fácil. Después de esta cuarta Iniciación o sea el proceso de la pasión, solamente queda la resurrección, la ascensión, o sea la Iniciación de Maestro. Y en esta vida oculta que media entre la crucifixión y la resurrección, las últimas debilidades de la humanidad han de quedar definitiva­mente eliminadas. En adelante todo deseo de vivir bajo una forma y en un mundo cualquiera ha de desaparecer porque Él mismo es la Vida, como también desaparece de Él todo sentimiento del "yo" bajo todos conceptos. Él es todo, y todas las formas son igualmente Él, jamás puede estremecerlo nada de lo que estremece la vida del yo sepa­rado. Todo puede resistirlo, quien todo lo ha resistido antes sin perecer. Sabe que nada puede dañarle ni nada estremecerle, porque se ha hecho invulnerable a toda mor­tífera arma; ha venido a ser como el diamante, que nada, excepto su mismo polvo, puede rayarlo ni cortarlo, y así caen de sus ojos los últimos restos del velo de la igno­rancia porque han desaparecido de él los últimos vestigios de las flaquezas humanas y por siempre más gozará de aquella vida en la cual se ha convertido en un Arhat, libre como el pájaro en el aire, y aunque el sendero esté libre ante Él y sean sus móviles desconocidos, ¿qué importa todo eso para aquel en quien la luz divina eterna está siempre brillando ante Él? Así vive como parte de un orden eleva­do, y de una fuerza poderosa, que conoce su obra, y la ejecuta con acierto y éxito seguro. Así trabaja en este mundo y en otros mundos (pues ahora todos están abiertos ante Él ) y habiendo muerto para la tierra, ha pasado a la eternidad cuya luz está siempre irra­diando sobre Él, con el camino abierto ante si. Solamente trabaja para que otros gocen del fruto de su trabajo con lo cual ha ganado el más espléndido de todos los derechos o sea el derecho de ayudar, aunque no sea reconocido su trabajo por la humanidad. Pero eso ¿qué importa? Ha ascendido a aquel punto donde todos los hombres nada pueden tener oculto ante Él, y como vasos abiertos, puede verter sobre ellos fortaleza, ayuda y conocimiento, desde aquel elevado puesto que ha conquistado. Esto es haber llegado a ser un Cristo, lo cual consiste en conocer la identidad de la naturaleza que da lugar a la flaqueza del más débil, así como a la resistencia del más fuerte; la que produce en vosotros el pecado del más vicioso como la vir­tud del más perfecto; la que distribuye entre vosotros lo impuro del criminal como lo inmaculado del santo. Esta es la gloria de los Cristos, para los cuales lo más bajo es tan amado como lo más alto, porque forman parte de Su naturaleza tanto si es inferior como elevado, lo mismo lo impuro que lo de más elevada pureza. Sólo conocen la Vida Una y la viven en lo inferior y en lo superior, porque lo consideran como parte integrante de Sí mismo y dan a todos cuanto Ellos poseen.

 

CRISTO TRIUNFANTE Y LA OBRA DE LA JERARQUÍA

 

 

Recorrido por fin el largo y áspero Sendero, el que lo halló después de pasar y asimilarse todas las experiencias humanas, el que ya nada ha de aprender en este mundo, que sufrió la agonía del abandono, que por última vez franqueó las puertas de la muerte, se yergue triunfante frente al Portal de la quinta gran Iniciación que ante él se abre y más allá despliega a su vista un porvenir de ilimitada gloria. Alcanzó el Nirvana como se llama en Oriente al estado de conciencia que todo lo abarca, que es la extinción del yo inferior, donde el Espíritu llega a su plenitud omnipotente y el Discípulo exclama triunfante: "Yo soy el que vivo y he sido muerto y he aquí que vivo por siglos de siglos". (Apocalipsis 1:18). Dueño de la vida y de la muerte, libre de todo lazo que pudiera trabarlo, le ha sido dada toda potestad en el cielo y en la tierra. Es ya el Hombre perfecto. Terminó el ciclo humano y alcanzó el ideal del Hombre divino. Según la terminología oriental, es el que ha conseguido la liberación. En Occidente es el que ha logrado la salvación final. Aquel de quien se dijo que el Cristo había nacido en él tiene ya la estatura y plenitud de Cristo. Está entre sus numerosos hermanos, de quienes Cristo es el "primogénito". Se ha convertido en una "columna en el templo de mi Dios y nunca más saldrá fuera" (Apoc. 7:3). En las Escrituras hebreas y cristianas se encuentran de cuando en cuando indicios de estos grandes Seres. Así en el Antiguo Testamento se habla de un gran Ser, Melquisedec, que salió al encuentro de Abraham y de quien posteriormente dijo el apóstol Pablo: "Sin padre, sin madre, sin linaje, que ni tiene principio de días ni fin de vida; mas hecho semejante al Hijo de Dios, permanece sacerdote para siempre" (Hebreos, 7:3). Tal es el inmenso triunfo del que ha llegado a la humana perfección. Tras él queda el larguísimo pasado con sus luchas, sus caídas y sus victorias. Ha nacido por Última vez. La muerte ya no tiene poder sobre él. Es un Maestro de Sabiduría: ¡Ha logrado la Vida Eterna! Acabada su peregrinación, se extienden ante sus pasos siete senderos que deben conducirle a las gloriosas re­giones de la vida super humana. Todas menos una le li­brarán para siempre de la pesadumbre de la carne huma­na. En aquellas regiones superiores donde la materia sirve dócilmente al Espíritu, puede entrar para trabajar en el vasto Universo en cuyo seno es ya Rey y Sacerdote; pero ante los siete Senderos echa de ver que tan sólo uno vuelve a la tierra que dejó tras si, en donde todavía habrá de sobrellevar cuidados materiales y aun está obstruido el camino por el peso de la materia física. Este Sendero le conducirá a seguir trabajando en el mundo, mientras que los otros seis se extienden mucho más allá, muy lejos de nuestra tierra. A través de la celeste armonía que lo envuelve, hieren su  oído los gritos de dolor, los gemidos que bajo él lanza la angustiada tierra. Oye el clamor de la esclava huma­nidad. Ve los tanteos del ignorante, del impotente, del ciego. Advierte los sufrimientos que ha trascendido; la debilidad que en él se invirtió en fortaleza; la impotencia que en él se transmutó en potestad. Su raza lo ha ligado con los únicos lazos capaces de retener al Espíritu ya libre y manumitido, esto es, con los lazos de compasión, de amor, de profunda simpatía por esta humanidad de la que él es flor; de compasión por quienes todavía están sumidos en las tinieblas y sombras de la muerte, mientras que él está aureolado por la radiante claridad de la eterna Luz. Así es que vuelve al mundo de donde había salido, y lejos de repugnar el peso de la carne, lo toma de nuevo para auxiliar a la humanidad. Está dispuesto a revestirse de aquel cuerpo que lo fue de humillación y ya es glo­rioso y espiritual, a fin de no dejar a su amada humani­dad. Sin perder la conciencia superior que conquistó y después de tomar nuevamente la pesadumbre de la carne, se queda en el mundo que con todo derecho pudiera abandonar. Queda en contacto con la humanidad que en socorro implora, se convierte en un Maestro, en uno de aquellos Espíritus liberados que consienten en continuar llevando la carga de la carne. Él y otros como él, supe­riores a toda ciencia y poderío humanos, constituyen la Jerarquía oculta cuyos miembros son los Guardianes del mundo. Son los que resolvieron quedarse entre nosotros para ayudar, guiar, fortalecer y sostener a la humanidad, de modo que no se vea sin guía al recorrer el largo y dificultoso Sendero de la evolución humana. Se ha convertido en Salvador del mundo. Ha conquis­tado el derecho y el poder de ayudar. Así como el sol derrama su luz y calor sobre el mundo, de suerte que sus rayos animan toda la vida terrestre y a su calor germinan las semillas, vegeta la planta, alienta el animal y es po­sible la vida humana, así también estos grandes Seres, soles del firmamento espiritual, derraman sobre la tierra su fuerza y sabiduría, desarrollan los gérmenes del bien latentes en la humanidad y nos infunden la energía ne­cesaria para progresar. No se ponen en nuestro lugar ni pueden substituirnos; pero en virtud de su idéntica na­turaleza, de la altura a que planean sobre nosotros, pue­den efundir su vida para estimular nuestro desenvolvi­miento, y gracias a este estímulo de su poderío se trans­mutará en fortaleza nuestra debilidad. De esta suerte auxilian al mundo. Lo ayudan por los medios que vamos a exponer sumariamente. De tres dis­tintas maneras puede efundirse sobre la humanidad la vida de esta Jerarquía. Su luz desciende de las grandes esperas espirituales, como una bendición general, y lo ilumina todo sin diferencia, como la luz del sol a que acabamos de compararla. Todos podemos aprovecharnos de esta luz en la medida en que estemos preparados a recibirla, según abramos a ella nuestro corazón y la aspi­remos como la atmósfera que nos rodea. Del mismo modo que podemos abrir las ventanas de par en par para que los benéficos rayos del sol penetren en nuestros aposentos, o por el contrario, podemos cerrar los postigos e impedir que el sol entre a traer en sus rayos la vida y la salud, así también podemos abrir o cerrar nuestros corazones a la bendición general y a la vida de los Maestros; bendición y vida que constituyen la atmósfera espiritual y como luz espiritual se derraman. Abrid vuestras ventanas y penetra­rá Su luz que está tras los postigos. Abrid los postigos y Su luz y Su fuerza inundarán vuestro Espíritu. Un Maestro especialmente designado da Su bendición y derrama Su energía en los movimientos y congregacio­nes religiosas. Las grandes religiones del mundo son a manera de vasijas de distintas formas, como vastos depó­sitos destinados a recibir la misma agua espiritual que de Ellos fluye para calmar la sed espiritual de los hombres. En las diferentes religiones organizadas con objeto de difundir las doctrinas espirituales, un Maestro derrama Su vida y Su inspiración sobre los fieles. De aquí las dife­rentes religiones del mundo con sus distintos sacramentos o medios de obtener la gracia, adaptadas a las diversas condiciones de la época en que se fundaron y al tempera­mento de los pueblos a quienes están destinadas a instruir y desenvolver, dotándolos de una civilización peculiar, para así dirigir y ayudar a las razas y subrazas de la humanidad. El tercer procedimiento de auxilio que emplean los Maestros de Sabiduría consiste en difundir por el mundo vigorosos pensamientos de ciencia, belleza e inspiración, destinados especialmente a los hombres geniales capaces de asimilárselos y servir de conductos por donde lleguen a todos los ámbitos del mundo. Infunden pensamientos científicos al sabio; pensamientos de belleza al artista; de patriotismo y utilidad práctica al estadista; de potencia creadora al poeta y al literato. Por medio de estos pensa­mientos se manifiesta la bendición de los Maestros de Sabiduría para ayudar y realzar a los hombres. No hay ni una sola inspiración poderosa que conmueva el espíritu o el corazón, ni un solo pensamiento vigoroso que ilu­mine todo un campo de conocimientos, ni una forma de­liciosa de belleza para encanto de la vista o del oído, que al abrirse paso en nuestra atmósfera terrestre no emanen de la gran Jerarquía cuyos miembros sólo existen para ayudar a los hombres y no cesan de idear nuevos métodos y elaborar nuevos planes para realzar a la raza y acelerar la evolución. Entre los Maestros de Sabiduría los hay que admiten por discípulos a quienes, desean seguir el Sendero que Ellos recorrieron. Así nunca le faltarán a la gran Jerar­quía idóneos obreros, mientras los hombres necesiten ayuda y la humanidad subsista en nuestro globo. Además del auxilio que de la gran Jerarquía reciben la humanidad en general y algunos individuos en parti­cular, hay dos departamentos ministeriales en que la labor de la Jerarquía aparece claramente visible a los sagaces observadores. Estos dos ministerios o departamentos de la Jerarquía son los de Estado y de Instrucción y Cultos. El Ministro de Estado de la Jerarquía aplica las leyes, dirige la evolución natural, preside los cataclismos geo­lógicos, la construcción y destrucción de continentes. El nacimiento, desarrollo y extinción de las razas y el des­tino de las naciones; echa los cimientos de toda civiliza­ción, y de cuando en cuando forma el balance de cuentas entre las razas y las naciones. Este vasto departamento ministerial sé halla a cargo del Hombre ideal, del Manú, como se le llama en Oriente, quien dirige y regula las actividades del ramo bajo la dirección del Jefe supremo de la Jerarquía, el Señor de nuestro mundo. El departamento ministerial de Instrucción y Cultos es la fuente de donde manan todas las religiones e inspira y matiza las civilizaciones. Está a cargo del Instructor supremo, superior de dos grados en categoría a los Maestros. Es el Instructor de ángeles y hombres, el Boddhisattva en Oriente, el Cristo en Occidente. Su deber es velar por los espirituales intereses de la humanidad; guiar, bendecir y sostener las diversas religiones del mundo cuyas líneas generales Él mismo trazara. Al frente de cada religión coloca el Boddhisattva a un Maestro como guía o protector especial de ella, mientras que Su bendición abarca a todas las religiones vivas de la época. Y cuando llega la plenitud del tiempo el mismo Boddhisattva reaparece para inspirar una nueva religión y pulsar una nueva nota que enriquecerá el majestuoso y variado pero armónico coro de nuestra humanidad, que a pesar de sus diversas notas resuena en admirable acorde. Echando una ojeada al pasado de nuestra quinta raza aria, vemos que el Boddhisattva de entonces, el Cristo de aquella lejana época, fundó primeramente el induismo para la raza raíz, y después, una tras otra, para las diver­sas subrazas, la religión de Thoth o Hermes (el Revelador) en Egipto; la de Zoroastro (hace 31.000 años) en el gran imperio Persa; los Misterios Órficos en Grecia, de que derivaron todos los demás. En la India dio por sím­bolo el Sol; en Egipto la Luz; en Persia el Fuego; en Grecia la Belleza. Una tras otra fue dando a las grandes naciones su peculiar religión y echó los cimientos de la civilización a que debía matizar. El mismo Instructor supremo de aquellos tiempos, luego de acabada su obra, reapareció por Última vez en la India para alcanzar la iluminación del Buddha, y des­pués de fundar el budismo como religión que cerraba el ciclo antiguo, dejó a su Sucesor la tarea de abrir el nuevo ciclo. Cuando el Instructor del mundo ha cumplido su mi­sión, después de reencarnar varias veces para establecer una tras otra las grandes religiones que le incumbe reve­lar, se cierra un gran ciclo y reencarna por última vez para pronunciar su postrera palabra. Entonces alcanza la iluminación final y desaparece de la tierra. Así el budismo fue el término del ciclo de la antigüedad. En esta gran religión se pronunció la última palabra del mundo anti­guo y el Instructor, el que había difundido su ilumina­ción, el Cristo de aquel antiguo mundo, desapareció de la tierra. Estaba conclusa su tarea para la humanidad. Había cumplido su obra y su Sucesor estaba dispuesto a substituirle. A la sazón se abrió un nuevo ciclo, una nueva era de la vida de la raza, con la quinta subraza, la teutónica, que domina hoy el mundo. Entonces apareció el nuevo Boddhisattva, el nuevo Cristo, para fundar una todavía más potente civilización. Encarnó en el pueblo judío, al que trajo su mensaje y entre el que encontró su destino, que fue verse rechazado por sus contemporáneos y muerto por el pueblo en cuyo seno reencarnara. Pero de aquel aparente fracaso se derivó un maravilloso resultado, por­que aunque al parecer no tuvo éxito en su misión, de ella brotó el árbol cuyo frondoso ramaje cobija hoy a Europa y América. El Cristo pulsó dos notas de vital importancia y ambas fueron el punto de partida de una nueva era, el principio de la línea que se habrá de seguir cuando llegue el tiempo oportuno. Todas las grandes civilizaciones del pasado habían esta­do basadas en la fundamental unidad de la familia. En la India la humanidad se contraía al marido, la mujer y los hijos. Por esto en las civilizaciones antiguas no signi­ficaba nada el individuo, pues la familia era la base del Estado, y el deber cívico era la distintiva característica de una exquisita moralidad. En la nueva era la nota fundamental fue el individuo, no la familia. Fue el valor del individuo de su pensa­miento como ser humano aislado, que había de desen­volver sus fuerzas por sí mismo y adquirir su propia confianza. Se desvaneció la idea de reencarnación. La esperanza en una recompensa y el temor de un castigo reduplicaron el valor de la vida presente y la conveniencia de que cada cual hiciese en esta vida única lo necesario para la salvación de su alma. Así a la idea de reencarnación substituyó la de un cielo y un infierno eternos, inten­sificándose con ello de una manera anormal la importan­cia de la vida presente y el valor del alma individual. De este nuevo concepto, del enorme valor del alma individual, nutrió el cristianismo el pensamiento humano, resultando de ello durante algún tiempo el desorden, las discordias y casi la anarquía; pero esto era necesario para el porvenir de la humanidad, porque antes de levantar el templo de la Fraternidad humana, convenía tallar, mo­delar y pulimentar las individuales piedras que iban a emplearse en la edificación. Ciertamente que es fatigoso el trabajo de martillo y cincel. La cantera está llena de estrépito y polvo; pero de todo aquel caos, de aquel estré­pito, de aquellos salpicones de cascote salen las pulimen­tadas piedras de vigorosas personalidades aptas para sin­tetizar un edificio, preparadas a unirse para formar una vasta Fraternidad, pues antes de constituir la Fraternidad es necesario disponer a los hermanos. Las pasadas luchas para conquistar el individualismo fueron indispensables con objeto de formar una raza más fuerte y dichosa. Hoy día, a pesar de todas las luchas entre los indivi­duos, los pueblos y las clases, todos, hombres y mujeres, han percibido por fin la nota que en otro tiempo pulsó Cristo; y aunque entonces perdida, resuena de nuevo con mayor fuerza e intensidad que nunca. Enseñó Cristo que el mayor había de ser siervo, que la fuerza lograda debía emplearse en el servicio del prójimo, que los deberes eran proporcionales a los derechos y que los gobernantes deben ser el sostén de los gobernados. El cristianismo pulsó la nota de la abnegación personal co­mo jamás lo ha hecho ninguna otra religión en el mundo, y aunque de momento provocó disturbios entre los indi­viduos, era el único medio de lograr los deseados fines de colocar al individuo en disposición de servir. De las enseñanzas de Cristo y del comienzo de un nuevo ciclo surgió una nueva civilización, turbulenta y batalladora, pero en la que ya brota una conciencia social que ha despertado en el hombre la idea de los deberes sociales y de la responsabilidad humana. Cuando el indi­vidualismo haya terminado su obra y cumplido su inevitable destino, volverá el Maestro para enseñar cómo han de ajustarse las piedras. Volverá el gran Arquitecto de la humanidad para establecer una nueva subraza y fundar la religión universal. No vendrá en verdad para destruir, sino para completar Su misión, que consiste en armonizar en Su derredor las numerosas creencias existentes en la tierra, pues se acerca el día en que se cumplirán las pala­bras que pronunció: "También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también me conviene traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño y un pastor" (S. Juan, 10: 16). Este pastor será el Maestro de Maestros, el supre­mo Instructor del mundo que desempeña el ministerio de Enseñanza y Cultos en la Jerarquía oculta y preside todas las religiones de la tierra sobre las que derrama sus amorosas bendiciones para entrefundirlas todas en una sola. Pero ya dijimos antes que también había un ministerio de Estado, cuyo titular es el hombre ideal. Este ministerio lleva a cabo su obra entre nosotros simultáneamente con la más suave, oculta y espiritual del Cristo. La historia humana nos demuestra que cada vez se van señalando más precisamente los rasgos característicos de un vasto plan en que todas las razas, subrazas y naciones ocuparán cada cual el lugar que les corresponde para el cumpli­miento de sus funciones y deberes. La historia nos demuestra los profundos cambios sobrevenidos en la superficie de nuestro globo. Recordemos lo que los naturalistas eminentes nos dicen respecto de una época en que el vasto continente de Lemuria se extendía por donde hoy ondulan las aguas del Pacifico. Consideremos que la ciencia está de día en día más dispuesta a admitir que hubo tiempo en que fue posible pasar a pie enjuto de Africa a América, y que por el lugar que hoy ocupa el Atlántico se extendía de Este a Oeste un dilatado continente habitado por un pueblo poderoso que difundió su civilización por gran parte del globo. Veremos que en los comienzos de la raza aria desaparecieron dichos dos continentes, y la superficie del globo se repartió en nuevas áreas de mar y tierra a fin de proporcionar habitación a la raza directora de aquella época. Echemos una ojeada hacia adelante para advertir las señales de la construcción de un nuevo con­tinente, el surgimiento de nuevas islas en el dilatado Pacifico, la extraordinaria actividad volcánica que está echando los cimientos de un nuevo continente en que ha de vivir y progresar la humanidad cuando se haya disgre­gado y desaparecido el actual continente. Observemos que las transformaciones de la superficie terrestre coinciden con el nacimiento de un diferente tipo humano. La Le­muria tuvo su tipo peculiar, del que la raza negra es hoy adulterado remanente. La Atlántida tuvo también su raza propia, cuyos vestigios se hallan hoy en los indios de la América septentrional, en los antiguos egipcios y en los millones de chinos y japoneses, pues la cuarta raza, o sea la atlante, es todavía la más numerosa en la tierra. También vemos nacer el tipo de la raza a que pertenecemos, que se propaga por todas las partes habitables del globo y se subdivide en varias subrazas fácilmente reconocibles cuando son puras, de modo que pueden distinguirse los celtas de los teutones y los latinos de los escandinavos. La raza aria se extiende y crece colonizando diversos países y erigiendo un vastísimo imperio. Cuando dentro de algunos siglos llegue al cenit de su poderío constituirá el más dilatado imperio que jamás se haya visto, pues abarcará el mundo entero para mayor gloria y pujanza de las naciones, bajo la hegemonía de la gran subraza teutónica en la que encarnarán las pre­claras inteligencias que en toda época brillan en cada subraza cuando alcanza el apogeo de su esplendor. En Occidente y en Oriente predomina ya la subraza teutónica cuya expansión propende a realizar un proyecto del Manú de la raza que dirige y elabora el futuro imperio. Hemos de comprender que toda lejana empresa, toda coloniza­ción, toda guerra, tienden a un definido objeto, y cuando una nación invade a otra y la subyuga, esta conquista es provechosa para vencedores y vencidos. Cuando los griegos conquistaron parte de la India, introdujeron su arte que influyó poderosamente en el arte induista, dejando la huella del exquisito arte griego. Así también, cuando las numerosas hordas de los mon­goles bajaron de las mesetas del Asia central para invadir la India aportaron nuevas formas artísticas que enrique­cieron el país conquistado. Las alternativas conquistas de Oriente y Occidente forman parte del gran plan de evolu­ción, y los tesoros que de otro modo hubieran quedado recluidos en los estrechos límites de un solo país son pa­trimonio de mayor número de gentes. Dirigiendo la vista a más amplios horizontes veremos los proyectos de un plan mucho más vasto y grandioso, y ad­vertiremos que cuando una nación queda al principio ais­lada es para realizar algo valioso para la humanidad y propagarlo y difundirlo por doquiera. Todas las guerras, conquistas y luchas entre subrazas y naciones forman parte del plan de evolución y las dirige el Manú, que conoce exactamente las necesidades de cada nación y subraza, y provoca la entremezcla de unas con otras para favorecer el progreso de la humanidad. Así, por ejemplo, la guerra entre Rusia y el Japón en­trañaba la lucha del ideal de Occidente y el de Oriente, pues este último estaba a punto de perder su influencia porque no se le respetaba lo bastante. El fiel de la balanza había oscilado muy a menudo entre Oriente y Occidente, inclinándose desde mucho tiempo hacia a favor de Occi­dente. Para salvar el ideal de Oriente y conservarlo en interés de la humanidad, triunfó el Japón en el tremendo conflicto ventilado en los campos de batalla de Asia. Por lo tanto, preciso es convencernos de que el Manú dirige cuantos conflictos se suscitan y que doquiera hay turbulencias la potente mano del Señor de los hombres prepara el porvenir. Muy terrible es el espectáculo del alud que desprendido de la cumbre de la montaña rueda por la falda y arrasa cuantas vidas encuentra en su impetuoso avance hasta inun­dar el valle. Pero al cabo de millares de años aquel mismo valle devastado por la caída del alud florecerá espléndida­mente y lo cubrirán doradas mieses. Los niños juguetearán por él alegremente y el hombre vivirá allí dichoso. La des­trucción significa reconstrucción; la muerte no es más que nueva vida. Las numerosas pruebas por que ha pasado la humanidad la han ascendido de nivel y la Jerarquía traza planes cuya ejecución dirige para el final ascenso de todos los hombres. En este momento de plena tempestad, cuando la lucha de clases, todavía más terrible que la guerra entre las na­ciones, asuela nuestro país y llena de temor el corazón de las gentes; en este momento en que parecen cerradas todas las salidas y no se ve la posibilidad de remedio alguno por­que la antigua civilización se hunde antes de que la nueva surja, recordad las palabras del Cristo: "No se turbe vues­tro corazón", porque las angustias presentes prometen un dichoso porvenir. Todo ha de acabar felizmente, por cuanto la Jerarquía se oculta tras la belicosa voluntad de los hom­bres y aprovecha el mal para realizar el bien. No quisiera dejaros con palabras de esperanza, sino de certidumbre; no de duda, sino de firmísima confianza. Puesto que Cristo es el Instructor y el Hombre ideal es el Gobernador, todo ha de resultar en bien en un mundo al que aman y del que se han instituido Guardianes y Guías. Si en nuestro derredor se hunden los cimientos es para que otros más sólidos los substituyan. Si se derrumban los mo­numentos es porque ya están desgastados y otros templos más hermosos se han de levantar sobre sus ruinas. La desesperación no debe apoderarse de una raza que engendró al Cristo y al Buddha. La desesperación no tiene lugar apro­piado en una humanidad en que el hombre puede aspirar siempre y por doquiera a convertirse en un Dios.

 

POR QUE CREEMOS EN EL ADVENIMIENTO DE UN INSTRUCTOR DEL MUNDO

 

Quienes se hayan fijado en los sucesos y relatos de la prensa de varios países, en los sermones de las iglesias an­glicanas, así como en los de pastores no conformistas, habrán echado de ver reiteradas alusiones a las enseñanzas que, expuestas en las Conferencias y Revistas teosóficas, anuncian el advenimiento de un Instructor del mundo. Cuando hace algunos años se manifestó esta idea, apenas se le hizo caso en un principio; pero poco a poco se ha ido propagando hasta el punto de que ya no está recluida en el campo teosófico sino que en todas partes parece que se espera la llegada al mundo de un insigne Instructor. Algunos prelados eminentes de diversas iglesias han ex­puesto su creencia en este advenimiento. De uno a otro país se va difundiendo esta idea coincidente con la nuestra; y como responsables de su publicación nos consideramos en el deber de manifestar las razones en que nos apoyamos para creer en la venida de un Instructor del mundo. Pro­curaré, por lo tanto, demostrar lo razonable de esta convic­ción, y exponer los motivos que nos han inducido a pensar que este advenimiento es probable, a fin de que cada cual juzgue de por sí del valor de nuestros argumentos y de la lógica de nuestro concepto, dejando al criterio de los demás el decidir si tienen o no fundamento. Ante todo conviene recordar que en el pasado algunas sectas cristianas de menor importancia creyeron firmemente en la que a la sazón llamaban la segunda venida de Cristo, y esta idea llegó a ser muy familiar a mediados del siglo pasado, aunque pareció ridícula y no la aceptaron la mayoría de las gentes porque estaba expuesta según el tradicional criterio religioso y en desacuerdo con el progreso normal del mundo cuyo fin se decía que iba a coin­cidir con el advenimiento de Cristo. Era creencia entre los adventistas, que Cristo, venido ya una vez para redimir al mundo, había de volver para juz­garla, y buen número de gentes, aunque tan sólo en minoría, creyeron llegado el tiempo en que iban a cumplirse las profecías. Por ejemplo, la secta de los irvingitas sostenía firme­mente la idea del segundo advenimiento de Cristo. En el seno de las iglesias se formaron grupos que afirmaban su creencia en la vuelta de Cristo; y todavía hay en algunas sectas cristianas quienes sostienen la misma idea comple­mentada con la del fin del mundo cuando advenga Cristo. En la época de estas afirmaciones se dijo que en el texto griego del Nuevo Testamento no aparecía nada referente al fin del mundo, sino al de un ciclo o período, y esta idea de que el mundo ha de ir pasando por varios ciclos es desde hace muchísimo tiempo familiar en Oriente entre induístas y buddhistas. De Oriente pasó a Grecia y Roma, infiltrándose en el Nuevo Testamento, según han indicado varias veces algunos hermeneutas, y se la aplicó a la enseñanza de la vuelta de Cristo. Difundida profusamente la traducción del Nuevo Testa­mento, y como quiera que pocos conocían el texto griego original, se propagó por toda la cristiandad la idea de la destrucción del mundo. Pero hoy día goza de escaso crédito por estar en desacuerdo con la opinión general de las gentes que, por poco que reflexionen, no pueden admitir la posibilidad de que súbitamente cesen todas las actividades del mundo en que viven. Así las cosas, empezó a cundir entre los pensadores un nuevo concepto referente a las relaciones de los grandes Instructores del mundo. El concepto teosófico, según se ofrece al examen de quie­nes discurren, considera la venida de los Instructores del mundo como un suceso normal, sujeto a una ley definida y sin solución de continuidad, que forma parte del divino plan de la evolución humana. Estos Instructores aparecen sucesivamente a determinados intervalos y los acompañan señales particulares que se reproducen en la época de su venida. La historia de las grandes religiones del mundo ha demostrado a los teósofos, que todas tuvieron por Fundador a uno u otro de dichos Instructores; y en efecto, sea cual sea el momento que del pasado investiguemos, siempre aparece una maravillosa entidad al comienzo de una nueva era, ya en el orden religioso, ya en el de la civilización. De esta suerte cabe señalar una serie definida y fácil­mente comprensible de religiones, que una tras otra nacen en el mundo cuando la civilización o la religión precedente empieza a dar señales de decadencia y no puede adaptarse perfectamente a las condiciones de la época. La historia universal nos muestra una serie de ciclos cuyo comienzo está señalado por la aparición de un Instructor del mundo a cuyo influjo adelanta un paso más la evolu­ción humana y surge una nueva civilización con su pecu­liar y determinado principio, que ayuda a la humanidad a evolucionar en definida orientación. No sólo cada nueva fe religiosa significa un paso ade­lante en la evolución humana, sino que realza en provecho de la humanidad una característica especial a que la re­ligión precedente no había concedido tan gran importancia. Así vamos formando de la civilización y de la religión un concepto que brevemente puede bosquejarse como sigue: La humanidad tenía muchas lecciones que aprender y mu­chas cualidades que desarrollar. Estas lecciones y cualidades fueron señaladas por determinadas religiones a propósito para identificar ciertas enseñanzas que así quedaron incor­poradas a la civilización; y luego de aprendidas las lecciones y logradas las cualidades que la civilización entrañaba, la humanidad realzó su nivel para seguir adquiriendo cua­lidades cada vez más valiosas y aprendiendo lecciones más útiles según las vayan incorporando a las religiones los Instructores del mundo. El estudio de la historia universal vigoriza con toda precisión esta idea. Examinemos ahora rápidamente algunos puntos relativos a las nuevas civilizaciones y religiones para mejor comprender la teoría que acabamos de explicar. No hay necesidad para ello de remontarnos más allá de la raza aria de la que todos somos brotes. En la primera rama del tronco ario se desenvolvió la gran religión in­duísta con un Instructor y Guía, en la que sobresalen de una manera clara y precisa algunos puntos que parecen haber sido los allegados por ella a la gran religión universal. Encontramos la idea de la inmanencia de Dios, de la que se deriva la del deber y de ésta la unidad de todos los hombres. Estas enseñanzas se destacan con tanta precisión de las demás del induísmo, que el insigne misionero Dr. Millar dijo después de largos años de estudios y actuación en la India, que el induísmo ha dado al mundo dos doctrinas de capital importancia: la inmanencia de Dios y el senti­miento de solidaridad entre los hombres. Después del induísmo consideremos la obra del gran Instructor que le siguió. Esta obra corresponde a la época de la segunda gran emigración aria, que desde su nativa patria se extendió a la civilización egipcia; Toth o Hermes, como se le llamó en lengua griega, fue el gran Instructor que vino a esta parte del mundo. Enseñó la ciencia y fundó la religión egipcia sobre la base de la profunda investiga­ción de la Naturaleza y el dominio de las facultades natu­rales. El Egipto contribuyó a la evolución del mundo con la valla de la ciencia y el conocimiento del mundo físico. La tercera gran emigración formó la Persia, en donde encontramos como Instructor del mundo al profeta Zoroas­tro, que funda una civilización cuya nota dominante fue la pureza. "Pureza de pensamiento, pureza de palabra y pureza de acción". Tal es la frase que al levantarse por las mañanas repite todo zoroastriano. Esta solicitud por la pureza es la capital característica de la religión de Zoroastro. De Persia vayamos hacia Occidente hasta llegar a Grecia, en donde vemos al gran Instructor con el nombre de Orfeo. La nota dominante de la religión y la civilización griegas fue la belleza, cuyo culto, unido a la solicitud por todo lo bello, dio a Grecia excelencia de poderío entre todas las antiguas civilizaciones del mundo. Si de Grecia pasamos a Roma, vemos que predomina la idea de la ley, el deber del ciudadano respecto de la comunidad. Considerando la religión del Señor Buddha, tan difun­dida por Oriente, veremos que su idea fundamental es que el hombre, por conocimiento directo ha de aprender a vivir y comprender todas las cosas. Al llegar al cristianismo, a esta religión que ha servido de base a la civilización cristiana, advertimos dos notas capitales recíprocamente dependientes. La primera es la valía del individuo. Observaréis que el cristianismo, a dife­rencia de las demás religiones, insiste detenidamente en el valor del individuo y en el desenvolvimiento de la idea de la individualidad. Además de esta idea vemos, más bien por ejemplo que por precepto, que una vez adquiridos los poderes han de emplearse en el servicio; y que una vez lograda la grandeza, el supremo ideal es el de servir. Así brotó la noción del espíritu de sacrificio personal; tal fue la contribución del cristianismo a la historia de las reli­giones. Al darse el hombre cuenta de su valor individual, debe consagrarse en adelante al servicio y sus facultades han de estar relacionadas con sus deberes. Considerando a estos grandes Instructores y las religio­nes que fundaron, se comprueba que en todo este conjunto resuena un acorde perfecto en que cada nota tiene su lugar y valor propios; que la idea de una sucesiva serie de Ins­tructores del mundo, que fundan religiones y civilizaciones, es mucho más lógica y racional que la de un Instructor venido una vez por todas para tan sólo volver como Juez, y acabamos por comprender que lo ocurrido en el pasado puede repetirse, pues así como en otro tiempo hubo Instructores, cada cual con su particular labor, sobre la que fundaron una civilización, es muy lógico inferir que otro Instructor venga a continuar esta larga serie de Instructo­res del mundo, y realice en nuestro mundo actual lo que los Instructores del pasado hicieron por el mundo de su época, es decir, pulsar una nueva nota en el magnífico Con­cierto de la humanidad y traer una nueva inspiración a fin de que pueda adelantar otro paso, y establecer un nuevo ideal que sirva de modelo a una nueva civilización. Aprendidas las lecciones de las pasadas porfías y desen­vuelta una potente individualidad, sobreviene naturalmen­te la idea de la cooperación fraternal, de suerte que el objeto de todos sea el bien común. Se establecerá el prin­cipio, ya vigente en algunos puntos entre nosotros, de que toda sociedad bien organizada debe asegurar a cada uno de sus individuos un bienestar mínimo, y que toda sociedad que falte a este deber, falta al principal objeto de su constitución. Probablemente la nueva conciencia social que empieza a desenvolverse en nuestros días señalará un nuevo punto de partida, muy luego precisado por el advenimiento de un gran Instructor, quien mediante el ejemplo y los preceptos personifique este nuevo concepto del hombre, de modo que si obedecemos sus instrucciones le sea posible fundar una civilización más elevada, más noble y fraternal que cuantas jamás vio el mundo. En todo esto nada hay que repugne al sentido común. La idea de un nuevo Instructor no hace más que continuar la línea histórica y sugerir la repetición de lo tantas y tantas veces ocurrido en nuestro globo. Cuando nos perca­temos de que dicha idea no es inverosímil, cuando comprendamos que de época en época aparece un gran Hijo del Padre universal para dar a las almas jóvenes una lec­ción que los eduque, entonces todos nuestros pensamientos variarán naturalmente de orientación. Pero acaso preguntéis. Aun advirtiendo que de cuando en cuando vienen al mundo grandes Instructores y que esta sucesión está señalada en la historia ¿qué hay en el actual estado de cosas que indique el término de un ciclo y el comienzo de otro? ¿Qué justifica en las condiciones del mundo la creencia de haber llegado a un punto en que ha de aparecer otro Instructor? Responderemos desde luego a estas preguntas. Permitidme exponer las numerosas razones en abono de la probabilidad de que el mundo está en uno de los períodos de tránsito de una a otra civilización, en un nuevo punto de partida porque lo antiguo parece haber llegado al límite de utilidad y que ya no es posible ir más allá por las diversas líneas de la actividad humana y es indispensable un nuevo punto de partida en una nueva línea de actividad. En lo referente a estos profundos cambios, se echa de ver en el pasado que la superficie de nuestro globo sufre en la distribución de tierra y agua, ciertas transformaciones que coinciden con el nacimiento de un nuevo tipo humano del que se ramificarán diversos subtipos. Aquí viene de propósito el concepto teosófico de la evolución humana, según el cual se van sucediendo en el mundo grandes razas, llamadas razas raíces, con varias subdivisiones o subrazas designadas por el orden numeral de su aparición, o sea primera, segunda, tercera, cuarta, quinta, etc. De una de estas subrazas se escoge la semilla de la inmediata raza raíz, cuyo numeral es el mismo que el de la subraza de donde surgió en la precedente raza raíz. Así, por ejemplo, la cuarta raza raíz tuvo por simiente la cuarta subraza de la tercera raza raíz. La quinta raza raíz, a la cual pertenecemos, salió de la quinta subraza de la cuarta raza raíz. Por analogía, la próxima sexta raza raíz se desenvolverá de la sexta subraza de la quinta raza raíz o sea de la aria. Conviene hacerse cargo de este concepto para comprender el alcance de ciertos hechos físicos. Cada raza raíz tiene por morada un continente propio. El céle­bre naturalista alemán Haeckel afirma que la raza humana nació en un continente llamado Lemuria, hoy sumergido en el Pacífico, de suerte que hay agua en donde un tiempo hubo tierra. Al propio tiempo que desaparecía el conti­nente de Lemuria brotaba el de Atlántida en donde nació y vivió la cuarta raza raíz, que pobló la superficie terrestre de aquella época. La quinta raza, que es la nuestra, habita en los actuales continentes del globo, y el Pacífico cubre el área donde se asentó Lemuria y el Atlántico en donde estuvo la Atlántida. Los libros indos llamados Puranas enumeran los siete continentes en que vivieron, viven o vivirán en secular sucesión las siete razas raíces de la humanidad. Dichos libros indican los continentes en que un tiempo vivimos, ya desaparecidos, los que hoy existen, y otros dos de los cuales uno se ha de ir levantando lentamente para servir de habitación a la sexta raza raíz, y el otro surgirá con el tiempo para morada de la séptima raza. Pues bien, hay en nuestros días manifiestos indicios de que en el Pacífico empieza a levantarse un nuevo conti­nente. Esta afirmación no se apoya en las enseñanzas teosó­ficas sino en las observaciones geológicas, y si examinamos los grabados de periódicos y revistas durante estos últimos años, veremos entre ellos algunos que representan nuevas islas que emergen una tras otra en el área llamada Anillo de Fuego del Pacífico, conmovida por terremotos y erup­ciones volcánicas. Son islas naturalmente estériles, rocosas y desiertas, proyectadas a flor de agua por los volcanes sub­marinos, de suerte que parecen tierras. Este fenómeno está ocurriendo en nuestros días, y si la emersión de las islas continúa, dicen los geólogos que se levantará un nuevo continente del fondo del Pacífico­. Se les ha preguntado a los geólogos si semejantes emergencias eran peligrosas para nuestro planeta. Algunos respondieron que en el caso de emerger bruscamente las islas serían funestas para la vida existente en la tierra; pero desde el punto de vista teosófico no amenaza ningún peli­gro, pues análogo fenómeno ocurrió en el pasado y ha de ocurrir todavía, pero tan lenta y gradualmente, que aunque sobrevengan catástrofes y cataclismos locales no hay riesgo de que se desquicie el mundo entero. Por lo tanto, el comienzo de formación de un nuevo continente que ha de tardar centenares de miles de años en aparecer del todo, es el primer indicio del profundo cambio que se ha de operar en la humanidad, esto es, que cuando esté dispuesto el nuevo continente nacerá una nueva raza para habitarlo. Al ver los indicios de formación de un nuevo continente, nos preguntamos qué será de nuestra quinta raza. Hasta ahora sólo han aparecido cinco subrazas de ella, y otra ha de aparecer aún, antes de que dispongamos de los materiales necesarios para formar y desenvolver la nueva raza raíz. Por lo tanto hemos de observar el mundo tal como ahora está para ver si descubrimos algún indicio del nacimiento de una nueva subraza de la quinta raza raíz, de modo que pueda distinguirse de la otra subraza en cuyo seno está naciendo. Los Estados Unidos de América nos responden a esto por medio del Gabinete de Etnología, que recientemente ha recibido de varios etnólogos del país informes en que clara y precisamente afirman que en el territorio de la gran re­pública empieza a manifestarse lentamente un nuevo tipo humano, cuyos rasgos describen, señalando las dimensiones del cráneo y del rostro. Es una nueva subraza o subdivisión tan distinta de las hasta ahora derivadas de la raza aria, como los teutones se distinguen de los celtas, pues ambos difieren no sólo en su forma física sino en su característica mental y emocional. Análoga diferencia se nota entre el latino puro (como los italianos y españoles) y el germano, en estatura, color y facultades mentales. Pues de la misma manera se está desenvolviendo en los Estados Unidos una nueva subraza, tan distintamente caracterizada, que todos cuantos pasan en dicho país unos cuantos años, por poco que observen se admiran del incremento del nuevo tipo, cuyas diferencias saltan a la vista y que a juzgar por el ángulo facial está dotado de vivísima inteligencia y recia voluntad. Quienes al estudiar el pasado conjeturamos por analogía algo del porvenir, afirmamos que el nuevo tipo humano que va apareciendo en los Estados Unidos es el germen de la sexta subraza de la raza aria, que irá creciendo, multiplicándose y difundiéndose de más en más, hasta que al cabo de siglos constituya una civilización absolutamente nueva y forme la inmediata raza raíz que ha de subsistir decenas de millares de años antes de su definitivo esta­blecimiento. Al considerar estos hechos puramente físicos como trazos de la línea evolutiva de la humanidad, recordaremos que siempre que apareció una nueva subraza, vino un gran Instructor para ayudarla en su camino. En esto veremos una de las más poderosas razones para conjeturar el inminente advenimiento de un gran Instructor, pues está en formación una nueva subraza y este hecho ha ido siempre acompañado de la venida de un Instructor del mundo. La historia de nuestra raza aria comprueba que el gran Instructor apareció siempre en la época de formación de cada una de las subrazas anteriores; y cuando un nuevo porvenir se despliega ante nosotros por el nacimiento de una nueva subraza ¿es posible que se interrumpa la serie de Instructores y que por vez primera quede una subraza sin guía de sus espirituales aspiraciones ni sin que nadie venga a echar los cimientos de la civilización que está destinada a fundar? No cabe duda de que es una prueba importantísima apo­yada en hechos físicos que cada cual puede juzgar de por sí; pero aún hay otras razones que corroboran nuestra creencia en el advenimiento de un Instructor del mundo. Desde luego comprobamos que hoy día, como en tiempos de Cristo, predomina una poderosa y opulenta civilización entremezclada de miseria y sufrimiento. Si por una parte es innegablemente espléndida, por otra parte es sin disputa miserable y oprimida. ¿Cómo podría progresar nuestra civilización en semejantes condiciones? Consideremos la te­rrible agitación que fermenta en todas las naciones del mundo civilizado. No es posible abrir un periódico sin encontrar en cada página epígrafes alusivos a las turbulen­cias que por todas partes sobrevienen en el campo del proletariado en su lucha con el capital. Huelgas en Alema­nia, en Italia, en España, en Portugal, en Inglaterra, en la Argentina, en los Estados Unidos, en Francia, en el Perú, en todos los países del mundo donde se mueve, conmueve y remueve la clase obrera. Recordemos lo ocurrido cuando la huelga ferroviaria de Inglaterra. El convenio o fórmula de arreglo con los em­pleados no duró más allá de un año. Estas incesantes agita­ciones, que no son ni más ni menos que la guerra social, no pueden persistir sin que acaben por aniquilar el orga­nismo político. Es imposible que las continuas convulsiones del proletariado no muevan a la reflexión a los pensadores y estadistas para convencerse de que es indispensable con­siderar el problema desde el nuevo punto de vista y no entretenerse en reorganizar ni modificar un régimen que se está desmoronando ante nuestra vista. De los Estados Unidos, precisamente del país en donde está naciendo la sexta subraza, nos llega una curiosa indi­cación respecto a la posibilidad de organizar la industria sobre nuevas bases que, si bien de momento parecen anti­sociales, entrañan la promesa de ser útiles cuando las per­feccione el tiempo. El régimen de los sindicatos industriales acabó en los Estados Unidos con la concurrencia organizando el comer­cio en grande escala; y aunque hoy día los sindicatos sólo favorecen a la minoría de negociantes que los mangonean, es un régimen indicador del procedimiento que se ha de seguir para que el beneficio sea colectivo y no individual. Porque cuando vemos prevaleciente el régimen de los sindicatos industriales; en términos de poner a la industria en un callejón sin salida donde no es ya posible ulterior progreso, sentimos la necesidad de organizar de muy dis­tinto modo la civilización dándole un nuevo tipo, y este sentimiento concuerda exactamente con la aparición de una nueva subraza y exige el advenimiento de un Instruc­tor del mundo según atestiguan los acontecimientos pasados. No tan sólo en el campo del proletariado nos encon­tramos en un callejón sin salida. En el dominio del pensa­miento y de las actividades humanas domina también la convicción de que ya están gastados los viejos moldes y es necesario un nuevo punto de partida si no queremos que se paralice el progreso. Asimismo observamos el callejón sin salida, el punto muerto, en el campo de las artes, cuyo antiguo ideal se va extinguiendo, al paso que surgen nuevas modalidades y conceptos de la belleza que prometen satis­facer las siempre crecientes aspiraciones del hombre. Lo propio ocurre en los dominios de la ciencia, cuyos antiguos procedimientos están inutilizados y se nota la necesidad de un nuevo punto de partida para no interrumpir el progreso, fin y objeto de todas las actividades humanas. Pero allí en donde hay un fin también hay un principio, pues la humanidad no ha llegado todavía a su apogeo ni ha cum­plido su vasta evolución. Cuando algo se marchita es por­ que otro algo está a punto de brotar, y si unas cosas desapa­recen es porque van a aparecer otras nuevas. Aquí cabe aplicar las palabras del Apocalipsis: "He aquí yo, hago nuevas todas las cosas" (Apoc. 21:5). Estas palabras re­suenan en el seno de todas las cosas que en nuestro mundo se acercan a su fin, pues la vida es eterna aunque las formas envejezcan y mueran. Ya demostrado que todo cuanto hemos dicho ocurrió varias veces en pasadas épocas, no podemos por menos de reconocer las mismas señales en el presente y que nuestra grandiosa civilización ha terminado su obra. Esta es una de las razones que afirman nuestra creencia en la venida de un Instructor, pues si en el pasado las señales del fin anunciaron su venida, podemos considerar las señales de ahora como presagios ciertos de su inminente advenimiento. Hay otra razón mucho más poderosa todavía, aunque a primera vista no lo parezca. Es la expectación siempre creciente y el sentimiento engendrador de la fe en la nece­sidad de un Instructor del mundo. Esta expectación general se sintió también antes de la venida de Cristo, como lo demuestran las profecías declaradas al pueblo hebreo y otras naciones. En el imperio romano había expectación antes de la venida de Cristo, y los judíos esperaban un Mesías que los librara del yugo romano y reinase sobre ellos. Además, siempre que ha de ocurrir un acontecimiento extraordinario le precede un período de general expecta­ción, porque el pensamiento antecede sin remedio al acto, y los pensamientos engendrados en los mundos superiores se reflejan en la tierra por una expectación, por una espe­ranza. Los pensamientos engendrados por los Seres espiri­tuales que guían nuestro mundo, entretejen los destinos de las naciones, ejecutan el divino plan de evolución y dirigen las fuerzas superiores por canales predispuestos a recibirlas para renovar las condiciones del mundo, están en los períodos de transición impregnados de la idea de que ha de aparecer un Instructor, pues los Grandes Seres tienen especial encargo de preparar este suceso en el mun­do suprafísico. El gigantesco conjunto de todas estas formas mentales se proyecta en la atmósfera terrestre y engendra en el ánimo de los hombres un sentimiento de expectación que se propaga extraordinariamente y es la promesa de un cercano acontecimiento. El proverbio que dice: "Los sucesos próximos proyectan su sombra antes de realizarse" encierra una gran verdad, pues los acontecimientos existen en el mundo mental antes de tener efecto en el mundo físico. Los pensamientos se engendran antes del acto, de modo que el pensamiento de un suceso es la profecía de su realización. Así pues, si por doquiera se difunde un sentimiento de esperanza, cabe la seguridad de que se está realizando en los mundos superiores un suceso que por la expectación se manifiesta en el mundo físico. Esta expectación, que se propaga hoy día en el seno de todas las congregaciones religiosas del mundo, es literalmente una profecía del acon­tecimiento que ha de ocurrir; es el pensamiento que a manera de heraldo anuncia la venida de un Instructor; no es tan sólo un deseo sino una necesidad para el mundo, aunque únicamente puede mellar el ánimo de quienes creen que el mundo está guiado, auxiliado y protegido por potestades superiores al hombre, por seres de mayor nivel que el nuestro. Sólo pueden creer en el advenimiento del Instructor quienes consideran el mundo como un vasto campo de evolución con el único objeto de que las Móna­das se desenvuelvan en él; quienes están convencidos de que rige el mundo un augusto Arquitecto cuyos planes para el progreso de la humanidad ejecutan Sus agentes y subordinados, etapa tras etapa, con arreglo a las plantillas que al efecto les proporciona. Estos agentes, ante las urgentísimas necesidades del mundo actual, consideran indispensable que un Maestro venga a prestarle el conveniente auxilio. Los problemas so­ciales denotan claramente cuáles son las necesidades del mundo. Necesitamos un guía superior que frente a los arduos problemas para nosotros insolubles nos indique el modo de resolverlos y para librarnos de la confusión domi­nante en la vida terrestre aplique por vez primera a la sociedad e instituciones humanas los inmutables y eternos principios de la moral. Los grandes Instructores han usado siempre el mismo lenguaje. Todos han dicho: "Amaos unos a otros". Todos afirmaron que el odio no se extingue jamás por el odio sino por el amor. Pero aunque el Señor Buddha dijo esto mismo hace veinticinco siglos, y Cristo insistiera sobre este punto en su admirable sermón de la Montaña ¿hay nación alguna que practique estos principios? ¿hay una sola insti­tución fundada sobre este principio moral? Esto es precisamente lo que tan de menos se echa en nuestros días. Co­nocemos los principios, pero no sabemos cómo aplicarlos. Nos damos perfecta cuenta de que el amor habría de ser la base de la sociedad; pero también sabemos que no hay tal amor, que las rivalidades, las porfías y las luchas son los elementos constituyentes de nuestra sociedad. Por esto conviene que alguien venga a hablarnos con una autoridad desde luego prestigiosa que influya instantáneamente en nuestros cerebros, orientándonos por el sendero de la Fraternidad trazado desde hace siglos y siglos con el deber de hollarlo en el seno de la familia, pero no así en el del Estado. Necesitamos nueva inspiración que nos mueva a aceptar gustosos toda labor en este sentido y nos infunda sobrada fe para vencer las dificultades acumuladas en nuestro camino y esforzarnos en aplicar dichos principios a la conducta de las naciones lo mismo que a la de los individuos. No cabe duda de que en todos los países hay buen nú­mero de gentes que procuran ajustar su conducta a los eternos preceptos de moral; pero no hay ni un solo pueblo que, aun reconociendo su justicia, los ponga políticamente en práctica. Antes al contrario, los desmiente en todas las instituciones que organiza para defenderse y atacar a las naciones hermanas, y las clases sociales no cuidan de con­cretar en obras los principios que de palabra reconocen. Así, pues, necesitamos un gran Instructor, no tanto para que nos declare nuevas verdades como para infundirnos la inspiración que nos permita practicarlas e incorporarlas a nuestra conducta. Cuando el Maestro venga para instruir­nos e inspirarnos, no por ello ha de hacer toda nuestra labor, pues entonces no podríamos educarnos ni adquirir conocimientos. Se limitará a enseñarnos el recto y seguro camino, guiándonos por el a fin de que a la luz de Sus enseñanzas resolvamos por nosotros mismos los problemas que nos preocupan. La humanidad ha evolucionado desde la venida del Instructor y es mayor la inteligencia de los hombres, pues se ha elevado el nivel medio de la mentalidad humana. Se está despertando la conciencia social; y si esperamos la venida de un gran Ser, no lo esperamos como conquis­tador que acreciente nuestro poderío, sino como Instructor que muestre el camino de la verdad enseñándonos a poner nuestros actos a la altura de nuestras aspiraciones. El mundo sueña en una vida social que ha deslumbrado la vista de muchos y conmovido el corazón de todos. En las clases ricas y cultas de Inglaterra va difundiéndose un nuevo sentimiento de responsabilidad; un nuevo anhelo de servir; un relativo menosprecio por el lujo que las rodea y que las demás clases no pueden disfrutar; una aspi­ración a sacrificarse para que los demás se aprovechen del sacrificio. Este espíritu se manifiesta cada vez más en la joven generación. No son los viejos del dia, momificados hasta caer en la indiferencia, quienes han de establecer el futuro reino de Cristo y fundar una nueva civilización sobre el amor y la fraternidad. El Instructor dirigirá su voz a los jóvenes henchidos de entusiasmo, de corazón animoso y mente lúcida, que anhelen desplegar su actividad, amar y sacri­ficarse. Llamará el Maestro a los millares de jóvenes que en este momento aspiran a consagrarse al servicio de la humanidad y cuya única pregunta es: "¿Qué podríamos hacer para mejorar las condiciones del mundo?" En este sentimiento tan ampliamente difundido, en este fervoroso entusiasmo que anima a la actual generación juvenil, veo la hueste siempre creciente de los discípulos que han de rodear a Cristo cuando venga a traernos Sus enseñanzas, y a quienes Él guiará para construir un más hermoso edi­ficio social. Esta es la verdadera preparación para Su venida. Es señal inequívoca de Su próxima aparición entre nos­otros. Los que estén dispuestos a trabajar, a sufrir y sacrificarse formarán el pacífico ejército por Él acaudillado para lograr la magna Sociedad ideal que bajo Su dirección han de edificar y por Su inspiración tendrá vida práctica. Acaso esta falange de jóvenes es la más evidente prueba del nuevo punto de partida, porque son los heraldos del futuro Instructor y los que cuando venga le reciban. Si recordando las ideas hasta aquí expuestas y estudiando la historia podemos vislumbrar algo de lo prometido en el porvenir; si nos percatamos de las mudanzas que a nuestro alrededor se están operando en el mundo, y de las señales que entrañan las transformaciones físicas de la tierra; si directamente observamos la formación del nuevo tipo hu­mano que ha de constituir la sexta subraza; si nos conven­cemos de que los magnos problemas que nos preocupan no pueden resolverse por los procedimientos en uso; si adver­timos la creciente expectación por doquiera palpitante de un Ser que ha de venir a guiar y conducir, y que en tanto llega, sus hijos se disponen a recibirlo y marchar bajo sus banderas para cumplir Su voluntad; con todo esto creo que, como nos ha sucedido a muchos de nosotros, se levantará en vosotros no ya la esperanza sino la certidumbre de que estamos en vísperas de profundos cambios bajo la dirección de un gran Instructor del mundo que vendrá en nuestro auxilio y será nuestro guía. Al paso que esta idea se vaya afirmando en vuestras mentes, la vida se os mostrará llena de esperanza y rebosante de gozosa expectación. Entonces comprenderéis que el mundo no está dejado de la mano de Dios, que las actuales turbulencias que lo desgarran no son más que los dolores del alumbramiento de una nueva civilización. Y así como la madre olvida muy pronto los dolores por el gozo que le causa el nacimiento del hijo durante largo tiempo deseado, así también las tribulaciones de nuestra época, por amenazadoras y terribles que sean, nos parecerán entonces como la oscuridad que precede a la aurora, como los sufrimientos que anteceden y acompa­ñan al parto; y nosotros antes de mucho tiempo echaremos de ver la sobrevenida mudanza, que el Instructor está con nosotros, nuestra esperanza cumplida y nuestras aspiracio­nes transmutadas en el intensísimo gozo de ver realizada nuestra aspiración.

 

 

 

 

INDICE                                                      PAG

El hombre en el mundo: Sus primeros pasos                    1

Buscando al Maestro                                                         9

Encontrando al Maestro                                                    19

La Vida del Cristo                                                             27

El Cristo triunfante y la obra de la Jerarquía                        33

Por qué creemos en el advenimiento de un

Instructor del mundo                                                          39

 

 

 

[1] Semanario inglés donde vieron la luz por vez primera.