Cuerpo de luz o Alma

Cuerpo de luz o alma

Aquí nos referiremos, como hemos venido haciendo en las anteriores monografías, al vehículo, al soporte que utiliza el espíritu para iniciar su "viaje de experimentación" y que se manifestará en algún momento en este planeta gracias a un cuerpo físico, un cuerpo mental y un cuerpo emocional.

Nuestro espíritu no posee la capacidad de experimentar en esta densidad, así que decide, en algún momento del "no tiempo", encarnar para poder crecer, ascender y evolucionar en un sentido que nos parece demasiado abstracto como para describirlo en palabras humanas. Hay teorías que dicen que el espíritu no evoluciona porque es espíritu, lo que vendría a significar que "una gota de agua en el mar no es gota porque ya es mar". Nosotros creemos que el mar consintió, en su infinita sabiduría, crear gotas para poder "ser consciente de su propia grandeza" (sirva de metáfora).

Así que para nosotros sí que hay un espíritu "individual", que denominaremos el "Yo", conectado con el todo, conectado con la Fuente (que dio origen al mar), que, por así decirlo, es una gota de energía en estado puro, sin forma ni tiempo, que tiene consciencia de su origen, que no tiene un propósito que no sea el de volver a la Fuente (quizás para recorrer de nuevo el camino que le llevó al mar) y que anhela experimentar.

El cuerpo de luz es un cuerpo de plena consciencia, que nuestro espíritu utiliza para viajar hacia las dimensiones de menor vibración. La luz se utiliza para simbolizar ambas cosas, conocimiento y conciencia. Utilizamos los dos términos, conciencia y conocimiento, a sabiendas de que nuestro concepto mental de ambos es bastante limitado.

Desde esta perspectiva es difícil pensar que el alma pueda venderse, o que pueda ser propiedad o tomado por la fuerza de o por alguien que no sea el mismo espíritu. Y así es. La mente no tiene poder para comerciar, ceder o maltratar el cuerpo de Luz.

No obstante el cuerpo de luz sí puede enfermar. La enfermedad del alma no es degenerativa, ni limitativa, y poco o nada tiene que ver con la enfermedad física, mental o emocional. La dolencia de un alma es su desconexión con sus planos de existencia, su desarraigo con las dos esencias que crean y nutren la vida, la masculina (el sol) y la femenina (la tierra). El espíritu no sufre nunca, el alma tampoco, sólo pierde "fuerza vital" y finalmente, si no se pone remedio, abandona el plano de la materia. La enfermedad del alma se manifiesta muy rápidamente en el plano de la materia porque los tres cuerpos más densos han sido creados para dar soporte al alma en su camino.

El camino del alma

La frecuencia vibracional del cuerpo de Luz "desciende" para entrar en un cuerpo físico, creando a su paso un cuerpo mental y un cuerpo emocional. En nuestra realidad terrenal, el alma "desciende", atraviesa el velo, entra en la "cueva de la creación" donde recoge todo el material de experimentación resultado de su existencia o existencias en este planeta, y, por fin, se encarna. La cueva de la creación es el sistema que permite mantener un registro de quién está en el planeta (el registro akáshico), y ésto es así porque cada alma humana que viene a este lugar llamado Tierra marca una diferencia energética que modifica la fuerza de vida de Gaia.

El Yo encarnado puede, a partir de ese momento, interactuar con sus semejantes, que son a su vez espejos de si mismo, puede vivir, sentir, jugar, y, en algún momento, podrá morir. La muerte es sólo el cierre de un capítulo. Al partir, el alma visita de nuevo la cueva de la creación y agrega a su propia estructura cristalina la energía de todo lo que ha hecho en esa vida.

Si reencarna de nuevo, antes de llegar al canal de parto, se agrega otra franja a la estructura cristalina, al akasha de esa alma. La misma alma, con una única estructura cristalina (para cada alma) pero un franja diferente para cada vida.

La muerte del cuerpo físico permite la reintegración de la materia del ser humano con la materia del planeta (en sentido general), sin embargo la energía del cuerpo mental y emocional no se reintegra hasta que hay una toma de conciencia de la propia muerte y su correspondiente aceptación. Es lo que se denomina el proceso de "ir hacia la Luz".

Los espiritistas no conectan con los espíritus de los muertos sino con los "restos energéticos" de los seres humanos tras la muerte. Huelga decir que utilizamos el término "restos" para diferenciarlo de la energía del alma. Esto explica por qué un "desencarnado" sigue teniendo miedo, bloqueos mentales, ansiedad, ... tras la muerte, y aunque también es capaz de los mejores sentimientos (amor, compasión, ..) es incapaz de producir su propia energía y para evitar su degradación acaba "robando" energía a sus seres queridos o de otros seres vivos.

El Yo y el plan álmico

Desde el punto de vista de la psiquis humana el Yo es a la vez continente y contenido de la persona completa; el Yo es a la vez aquello de lo que venimos y aquello que anhelamos; el Yo incluye el ego, pero el Yo y el ego pueden dialogar como representantes del conjunto de la persona y de la más limitada personalidad consciente; el Yo está oculto pero ama ser descubierto; el Yo tiene un valor supremo, pero se halla en medio de la vida ordinaria, "en la paja y el estiércol", como decían los alquimistas.

El Yo contiene polaridades como el bien y el mal, el femenino y el masculino, el punto y el círculo, la armonía y la disonancia, el orden y el caos, la complejidad y la simplicidad.

El Yo provoca una trayectoria de vida, que equivale a un movimiento activo, creativo y "urgente". El movimiento de la personalidad hacia el Yo no acaba en la disolución o desaparición del ego, ni persigue diluir el ser en la conciencia difusa del cosmos.

El proceso al que nos avoca el Yo, se le denomina "individuación" y significa ponernos de acuerdo con nuestra verdadera naturaleza. La individuación desafía al ego a entrar en una condición desconocida en vez de permanecer cautivo de lo habitual y lo familiar. Una vida que se aísla de esta llamada corre el riesgo de estancarse. Cuando el Yo desafía nuestra vida personal, generalmente experimentamos al menos al principio una sensación de incomodidad y de pérdida. Pero poco a poco nuestro centro de gravedad y nuestra forma de vivir cambia para incluir realidades transpersonales (que trascienden la mente, que van más allá, no la niegan ni la reprimen) e inconscientes.

A veces el Yo parece un destructor de nuestras identidades acostumbradas. Pero visto a través de la lente de sus propósitos, actúa para que nuestro compromiso sea más completo. Para los alquimistas el verdadero trabajo transformador requería el conjunto de la persona; en la individuación el Yo exige lo mismo. Generalmente esta exigencia recae sobre todo en nuestros aspectos menos desarrollados, aquellos que habíamos ignorado, consciente o inconscientemente, durante "la primera etapa de nuestras vidas". Y en ello necesitaremos romper los grilletes que nos impiden seguir nuestro camino.

No hay ningún límite excepto los que nos imponemos nosotros mismos. Debemos ir más allá de esos límites y darnos cuenta de lo que ocultan, porque precisamente esa vida que nos está destinada está allí esperándonos.

El cuerpo de conciencia

La base de la experimentación es un ser que tiene un alma que le dirige hacia un objetivo marcado por el espíritu. Pero el alma en su proceso de encarnación se ha ido fragmentando.

En los niveles de más baja vibración el espacio entre las partículas es diferente y las partículas están mucho más juntas, impidiendo que "descienda" una forma mayor o una serie de partículas mayores. Este obstáculo es superado a través de una serie de divisiones del alma, formando aspectos más pequeños. En cada división aparece una nueva alma en el sentido que hay suficientes partículas para actuar y reaccionar en forma diferente al alma original, pero a su vez cada parte contiene todas las "habilidades" de la original. Como si fueran diferentes segmentos del alma original, con las habilidades intactas, pero en cada división la memoria de algunas de ellas se ha ido perdiendo.

Cuando el alma fragmentada vuelve "hacia arriba", hacia las dimensiones superiores, la memoria se reintegra nuevamente. Es decir que cuanto más baja y densa es la dimensión, más difícil se hace recordar todo lo que somos como alma.

Cuando uno empieza a recordar lo que se perdió, a tomar conciencia de su verdadera identidad, las habilidades se vuelven a reintegrar al alma. Este proceso depende de la vibración del ser. Las vibraciones del alma pueden aumentar aunque el cuerpo físico permanezca en una dimensión más baja.

En la monografía del cuerpo físico utilizamos la imagen del triángulo con el ojo en el centro para referirnos al estado de conciencia, del que los tres pilares (esquinas del triángulo) que lo sostenían eran en realidad nuestro cuerpo físico (acción), nuestro cuerpo mental (pensamiento) y nuestro cuerpo emocional (emoción). Pedagógicamente el símil que se utiliza para definir el nivel de consciencia es el de un trípode (el ojo que todo lo ve sería la cámara de fotos y las tres patas serían los tres cuerpos), significando que nuestro nivel real no es sino el nivel que alcanza la pata más corta.

El "ojo que todo lo ve" es nuestra alma, conciente de nuestros progresos y de nuestras limitaciones. Es el punto angular que al alzarse nos permite dibujar una pirámide.

Daremos un paso adelante, y a efectos puramente didácticos, nos tomaremos la libertad de imaginar una línea entre el vértice superior de la pirámide (que sería el nivel de vibración más elevado del alma) y la base de la pirámide (compuesta por nuestros tres cuerpos más densos). Esa línea sería nuestro nivel de vibración, nuestro nivel de "crecimiento espiritual" como seres encarnados, o, lo que es lo mismo, nuestro nivel de integración con el cuerpo de Luz o cuerpo de conciencia.

Nuestra experiencia clínica

Todo lo antes descrito forma parte de un intento de explicar nuestra visión de "las cosas". Hemos recurrido frecuentemente a bibliografía, publicaciones, .. de varias escuelas, espirituales o religiosas, científicas o paracientíficas, y a veces nos hemos apoyado en canalizaciones propias y ajenas que nos explicaban no pocas características del mundo tangible e intangible.

Invitamos a cada lector a usar su intelecto y capacidad de discernimiento para evaluar el interés de cada sección y afirmación. Podríamos proseguir incluyendo aseveraciones que sólo vendrían a respaldar, o quizás a volver más difuso, lo expuesto en las líneas anteriores. Pero tenemos un objetivo bien diferente para la presente monografía.

Citaremos algunos casos clínicos (sin nombres ni características identificativas) que nos hablan de por qué es tan difícil cerrar capítulo con las creencias que hemos heredado de edades de oscurantismo y limitación, y que tienen mucho que ver con la idea de que nuestra alma parece habernos castigado con una experiencia terrenal, que el destino podría ser el capricho de los dioses o que nuestro poder y potencial como seres humanos sigue oculto para la mayoría de nosotros. Los pocos consejos son simples libertades intelectuales, pues no hay dos caminos de vida ni "dos manuales de uso" idénticos.

¿Tenemos una misión en la vida? Esta pregunta es muy recurrente entre nosotros, y es aún más frecuente que la respuesta sea tan sorprendente que nos parece hasta extravagante. No hay otro objetivo que "ser uno mismo, en integridad, en coherencia, en totalidad, de forma soberana, para vivir plenamente".

Casos clínicos: Ser femenino de 60 años, "castigada" por la vida, con dolores generalizados, desmoralizada, con un discurso derrotista, "se está pudriendo por dentro" (literalmente). Ser masculino de 40 años, triste, perdido, tendencia a la sumisión, "se está dejando morir". Ser femenino de 20 años, "deprimida", sin energía, intolerancia hacia la vida, rabia contenida, "se está envenenando y no tan poco a poco". ...

Todos comparten una situación de vida "difícil". ¿Qué más comparten?

han olvidado quienes son realmente ...

cumplen compromisos adquiridos que no reflejan su naturaleza real, ser madre, o ser hijo, o ser esposa, o ser novia, no es sino un papel, definido normalmente por unas reglas sociales que buscan "estabilidad" (social) pero en ningún caso persiguen la realización del ser (aunque algunos aún así lo consiguen y son afortunados) ...

han iniciado un proceso de autodestrucción y son incapaces de ver que la causa original de su malestar está dentro de si mismos, ...

sus flujos energéticos están bloqueados: abundancia, o amor de pareja, o realización profesional, o ...

culpan a la vida de las dificultades y se sienten incapaces de sustraerse de las leyes del "qué se espera de mi", "qué dirán", "qué será de mi", ...

están distraídos por el mundo que les rodea, buscan una ayuda externa milagrosa y ya no recuerdan en qué momento "se perdieron", ...

no se creen capaces, o merecedores, o auténticos, piensan que son simplemente "del montón", "otro igual", "un número a la izquierda", ...

han olvidado la magia, y frecuentemente recurren a los tóxicos (fármacos, drogas, ...) para salvar la cara frente a la vida, ...

se dejan conducir por estímulos externos sin saber ni siquiera qué resorte interno provoca esas acciones/reacciones, forman parte docilmente del colectivo que no los quiere más que ellos a él, ...

Todos han olvidado que ellos tomaron un decisión, por la que son honrados, que les trajo a este planeta para ser seres humanos, para compartir el devenir del planeta y formar parte de la experiencia más grandiosa jamás diseñada en un entorno de "libre albedrío".

Han olvidado que son seres de luz, hermosos, grandiosos y maravillosos. Y que sus potenciales son brutalmente fantásticos, porque son esencia divina materializada.

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Núria (facilitadora espiritual)

Aire de Luz - Mataró - tel. 647.466.818