Cuentos de la India

 

Cuentos de la India

 

Anónimo

 

 

 

El león y la cigüeña

 

Una vez, en el tiempo en que Brahama reinaba en Benarés, estaba un enorme y fiero león devorando su recién cazada presa, cuando se atragantó con un hueso. Irritósele la garganta de tal manera, que el pobre animal pasó varios días sin poder probar bocado. Y sufriendo terriblemente.

Una cigüeña, que le contemplaba desde un árbol, le preguntó una mañana, al ver cómo se retorcía de dolor:

- ¿Qué os pasa, amigo?

El león explicó con apagada voz el motivo de su sufrimiento.

- Yo podría libraros de ese hueso -dijo la cigüeña cuando el otro animal cesó de hablar,- pero no me atrevo a hacerlo por miedo a que me devoréis.

- No temas -contestó el león, que como rey de los animales hablaba de tú a todo el mundo.- No te devoraré. Te suplico que me libres enseguida del estorbo que tanto daño me hace y que no me deja comer.

- Confío en vuestra palabra. Echaos sobre la espalda y abrid bien la boca.

La fiera hizo lo que le indicaba la cigüeña. Entonces el ave, no queriendo ahorrarse ninguna seguridad, colocó un palo entre las dos imponentes mandíbulas para que el león no pudiese cerrar la boca; enseguida, metiéndole el largo pico hasta la garganta cogió el hueso y en un momento libró al animal de lo que le había hecho pasar tan malos ratos. Después, con la punta del pico, apartó el palo que impedía cerrar la boca al rey de la selva, y sin aguardar más, voló a posarse sobre una rama.

A los pocos días de esta escena, el león, ya del todo curado, estaba devorando un gran búfalo, cuando la cigüeña, que le contemplaba desde un árbol cercano, decidió sondearle. Así, recitó este primer verso;

Por el favor que yo os hice

Con la mejor voluntad

Dadme vos, Gran Majestad,

El premio que se merece.

La contestación del rey de los animales fue la siguiente:

Me pides tú la merced

Que la acción de mí merece.

¿No te parece estar viva

Merced más que suficiente?

A lo que la cigüeña replicó:

Vos no sois agradecido,

Mi señor, el rey León

Habéis dado ya al olvido

El favor que os hice yo.

Algún día os hallaréis

Otra vez en gran apuro,

Y entonces no tendréis

Ningún asilo seguro.

Y dicho esto, el ave voló lejos de la tierra.

Tiempo después, cuando el dios Buda contaba esta historia a sus discípulos, solía añadir:

- En aquella época el león era Devadata, el traidor, y la blanca cigüeña era yo mismo.

 

 

El hijo del Rajá y la princesa Labam

 

Un Rajá, que gobernaba una importante provincia de la India, tenía un solo hijo, a quien le gustaba ir de caza diariamente. En una ocasión la Raní, su madre, le dijo:

- Puedes cazar hacia el Norte, hacia el Este y hacia el Oeste, pero nunca se te ocurra ir hacia el Sur.

Dijo esto porque estaba segura de que si su hijo iba en aquella dirección, oiría hablar de la hermosísima princesa Labam y entonces despediríase de sus padres para ir en busca de la bella muchacha.

El joven Príncipe obedeció por algún tiempo el consejo materno, pero una vez, después de recorrer el Norte, Este y Oeste sin haber encontrado un solo animal sobre el cual disparar sus flechas, recordó la advertencia de la Raní acerca del Sur, y decidió investigar el motivo de la prohibición. Sin la más pequeña duda, preparó el arco y penetró en el bosque que se extendía hacia el Sur.

De momento sólo vio una selva muy densa, sin encontrar en ella nada anormal, a no ser una cantidad enorme de loros. A falta de mejor caza, el hijo del Rajá disparó varios dardos contra los hermosos pájaros, que enseguida huyeron a esconderse en los árboles más altos.

En realidad no huyeron todos, pues el viejo Hiraman, que era su rey y a quien los achaques no permitían volar con la misma rapidez de sus súbditos, quedóse en la rama que le servía de trono, y con voz cascada gritó a los fugitivos loros:

- ¡No me dejéis solo, para que sirva de blanco a las flechas del príncipe! ¡Volved enseguida o le contaré a la princesa Labam lo que habéis hecho!

Al oír estas palabras todos los pájaros regresaron junto a su soberano, balbuciendo humildes excusas.

El hijo del Rajá quedóse grandemente sorprendido al oír hablar tan bien a unos animalitos tan pequeños.

Decidido a enterarse de quién era la princesa Labam, que tanta importancia parecía tener entre ellos, preguntó a Hiraman:

- ¿Quién es la princesa Labam? ¿Dónde vive?

El rey de los loros no quiso contestar a la pregunta del príncipe, limitándose a decir:

- No te molestes preguntando por la princesa, pues nunca podrás llegar hasta su morada.

El hijo del Rajá trató de obtener más información, pero fue completamente inútil. Al fin, cansado de preguntar, tiró el arco y las flechas y regresó a su palacio, donde estuvo cinco o seis días encerrado sin comer ni beber.

Al fin, comprendiendo que de aquella manera no podía vivir, salió de sus habitaciones y dirigiese a las de sus padres, a quienes anunció que quería ir a conocer a la princesa Labam.

- Tengo que ir -dijo.- Es necesario que la vea. Decidme dónde se encuentra.

- No lo sabemos, hijo -contestaron a la vez el Rajá y la Raní.

- Entonces iré yo mismo a buscarla, -dijo el príncipe.

-No, no -protestó el padre.- No debes dejarnos. Eres nuestro único hijo. Será mejor para ti que no salgas de nuestros dominios, pues nunca lograrás encontrar a la princesa Labam.

- Es necesario que lo intente. Tal vez Dios se apiade de mí y acceda a mostrarme el camino. Si la encuentro volveré con ella a vosotros; pero si muero no volveré a veros. Adiós, padres queridos.

El Rajá y la Raní, vertieron ardientes lágrimas al despedirse del joven. El padre le dio hermosos vestidos, un magnífico caballo, un arco que lanzaba las flechas más de trescientos metros, y un talego lleno de rupias.

Cuando el príncipe había montado ya a caballo, acercóse la Raní, y después de abrazarle estrechamente, le tendió un pañuelo lleno de golosinas, diciéndole:

- Cuando sientas hambre, hijo mío, come dulces de estos.

El joven guardó el obsequio de su madre, y conteniendo las lágrimas que pugnaban por brotar de sus ojos, alejóse hacia la ventura.

Al cabo de varias horas de cabalgar a través de una selva virgen, llegó a un estanque bordeado de frondosos árboles. Despojándose de sus vestiduras bañóse en él, y cuando hubo terminado, fue a tenderse a la sombra de uno de los árboles, con la intención de comer alguna de las golosinas que le diera su madre.

Al desatar el pañuelo y coger el primer dulce, vio que una hormiga había empezado a comérselo. En el segundo encontró otra hormiga. Dejó los dos pasteles en el suelo y cogió otro, y otro y otro. Fue inútil; todos estaban como los anteriores.

- No importa -murmuró.- No comeré los dulces. Dejaré que los terminen las hormigas.

Al oír esto, la reina de las hormigas abandonó su pastel y dirigiéndose al príncipe, le dijo:

- Has sido bueno con nosotras; si alguna vez te encuentras en peligro, piensa en mí y acudiré en tu ayuda.

El hijo del Rajá le dio amablemente las gracias, y montando a caballo, continuó el viaje.

Al cabo de varias horas, salió de la selva para entrar en otra más espesa, y después de cabalgar largo rato por ella, vio a un tigre que rugía de dolor.

- ¿Por qué ruges de esa manera? -preguntó el joven príncipe.- ¿Qué te pasa?

- Hace doce años que me clavé una espina en esta pata -contestó el animal.- En todo ese tiempo no ha dejado de dolerme, y por ello me quejo desde que nace el sol hasta que muere.

- Yo te quitaré ese estorbo -prometió el príncipe.- Pero has de prometerme que, cuando te haya curado, no me devorarás.

- ¡Oh, no! No te devoraré. Te suplico que me libres de este dolor tan terrible.

El hijo del Rajá sacó un afilado puñal, y con un rápido movimiento, arrancó la espina. Esta se hallaba tan hundida en la pata de la fiera que, al salir hízole lanzar un rugido tan fuerte, que su hembra lo oyó desde donde se encontraba, y temiendo que algo malo le hubiera ocurrido a su pareja corrió a ayudarle.

El tigre la vio venir y ocultó al príncipe a fin de que ella no le encontrase.

- ¿Quién te ha herido? -preguntó la tigresa.­ ¿Por qué has lanzado ese rugido tan fuerte?

- No me ha herido nadie -replicó el tigre.- El rugido ha sido de alegría porque el hijo de un Rajá me ha quitado la espina que me clavé hace doce años.

-¿ Dónde está ese príncipe? ¡Quiero verlo enseguida!

- Si me prometes no matarlo, le llamaré.

- Te juro que no le haré ningún daño -aseguró la tigresa.- Sólo deseo conocerle.

El tigre llamó entonces al joven y cuando éste salió de su escondite, la pareja de tigres le saludaron con numerosas demostraciones de afecto. Después le sirvieron una excelente cena. Durante tres días el príncipe permaneció con ellos y cada mañana miraba la herida del tigre. Cuando estuvo completamente cerrada despidióse de sus amigos, quienes le dijeron:

- Si alguna vez te encuentras en peligro, piensa en nosotros y correremos en tu ayuda.

El príncipe prometió hacerlo así y, montando a caballo, llegó a una tercera selva. En ella encontró a cuatro faquires cuyo maestro había muerto, dejándoles en herencia cuatro cosas: una cama que trasladaba de un sitio a otro a quien se sentase en ella; una bolsa que proporcionaba a su poseedor todo cuanto le pidiera, joyas, comida o ropas; un vaso de piedra capaz de ofrecer siempre agua a su dueño, por muy lejos que estuviera de la fuente y un palo y una cuerda a los cuales sólo se tenía que ordenar: "Palo, golpea a todos los hombres que hay aquí, menos a mí" para que el palo golpease uno tras otro, a todos los enemigos, seguido de la cuerda que los ataba.

Los cuatro faquires se peleaban por éstas cuatro cosas. Uno decía:

- ¡Yo quiero la cama!

El otro replicaba:

- No puede ser, porque la cama es para mí.

Y así por el estilo, sin que, ni por un momento lograran ponerse de acuerdo.

- No os peleéis por vuestra herencia -dijo el príncipe.- Voy a lanzar cuatro flechas. Aquel de vosotros que coja la primera se quedará con la cama. Quien consiga la segunda, tendrá la bolsa. El que me traiga la tercera será el dueño de la taza de piedra y al que se apodere de la última se le dará el palo y la cuerda.

Los faquires se mostraron de acuerdo con estas condiciones y cuando el príncipe lanzó la primera flecha, los cuatro echaron a correr tras ella. Cuando le trajeron el primer dardo, el príncipe lanzó el segundo, y cuando éste también le fue devuelto disparó el tercero y después el cuarto.

Al quedarse solo por última vez, el hijo del Rajá, dejando en libertad a su caballo, sentóse en la cama, cogió la taza de piedra, la bolsa, el palo y la cuerda y dijo:

- Cama, deseo ir al país de la princesa Labam.

La cama elevóse por los aires y voló, hasta llegar al país de la princesa, donde se posó sobre un verde campo. Para asegurarse, el joven preguntó a unos campesinos:

- ¿En qué país estoy, amigos?

- En el de la princesa Labam -le contestaron.

Entonces el príncipe dirigióse a una casa en la que vio a una anciana, quien le preguntó:

- ¿Quién sois y de dónde venís, noble señor?

- Vengo de un país muy lejano, señora -contestó el príncipe, inclinándose respetuosamente ante la anciana.- Ruego que me dejéis pasar aquí la noche.

- No puede ser, noble señor, no puedo permitir que durmáis en mi casa porque nuestro rey nos ha prohibido albergar a extranjeros.

- Por lo menos dejadme estar en vuestra casa hasta que amanezca. Ya es muy tarde y si durmiese en la selva correría el peligro de ser devorado por las fieras.

- Bien, podéis quedaros, pero mañana, a primera hora, os marcharéis, pues si nuestro rey se enterase de que os había dado cobijo, haríame pasar el resto de mi vida en un calabozo.

Dicho esto, la buena mujer entró en su vivienda, seguida del joven y se dispuso a preparar la cena, pero el príncipe la contuvo, diciendo:

- Señora, no os molestéis en preparar comida, seré yo quien os la sirva. Y metiendo la mano en la bolsa dijo en voz baja:

- Bolsa, dame la cena, -y la bolsa sirvió en dos platos de oro los más excelentes manjares que jamás viera la anciana.

Cuando hubieron terminado, la mujer quiso ir a buscar agua para beber y lavarse las manos, mas también ésta vez la contuvo el príncipe, diciendo:

- No os molestéis, bondadosa señora, tendréis tanta agua como queráis. -Y sacando la taza de piedra le ordenó:

- Taza, dame agua.

Inmediatamente se llenó la taza de agua fresquísima que el príncipe vertió en los diversos recipientes. Cuando todos estuvieron llenos, ordenó a la taza que cesase de dar agua, e inmediatamente quedó vacía.

Como la noche ya había llegado, y el hijo del Rajá se extrañase de que la anciana no encendiera ninguna luz, preguntó el motivo de aquella particularidad.

- No es necesario -explicó la mujer.- Nuestro rey ha prohibido que sus súbditos encendamos luces, pues, en cuanto anochece, su hija, la princesa Labam, se asoma al mirador de palacio y, es tanto el brillo que despide, que su luz alumbra todos nuestras casas y calles con la misma fuerza que la del sol.

En efecto, en cuanto cerró la noche, que era oscura como boca de lobo, la princesa asomóse al mirador. Vestía un traje hecho con rayos de luna tejidos por los dioses protectores del país. Alrededor del cuello, la cabeza y el cuerpo, llevaba largas hileras de perlas y brillantes, que, unidos a su belleza, convirtieron en un momento la noche en día claro.

El príncipe contempló embelesado a la princesa y su corazón fue muy feliz. En voz baja murmuró una y mil veces:

- ¡Qué hermosa es!

A las doce, cuando todos los habitantes de la nación se hubieron acostado, la princesa retiróse a sus habitaciones.

El joven príncipe aguardó hasta que supuso que la princesa se habría ya dormido, y entonces, sentándose en su cama, dijo:

- Cama, quiero que me lleves al dormitorio de la princesa Labam.

Y la cama obedeció inmediatamente, trasladando al príncipe a la habitación donde dormía la bellísima joven.

El hijo del Rajá cogió la bolsa y pidió:

- Quiero un enorme montón de hojas de betel.

Apenas acababa de formular la petición, la bolsa se fue hinchando. En un momento se formó a los pies de la cama, un montón de las hojas pedidas. Entonces el joven sentóse de nuevo en su cama y regresó a casa de la anciana.

A la siguiente mañana los servidores de la princesa encontraron el montón de hojas de betel, y se pusieron a masticarlas.

- ¿De dónde habéis sacado eso? -les preguntó la bellísima muchacha.

- Lo hallamos junto a vuestro lecho -contestaron los criados, que ignoraban por completo la visita del hijo del Rajá.

Entretanto, la anciana fue a despertar al hermoso príncipe, y le dijo muy triste:

- Debéis abandonar esta casa, pues si el rey supiese que he faltado a sus órdenes seguramente me haría matar.

- Hoy me siento enfermo, buena señora -contestó el joven.- Os ruego que me permitáis quedarme hasta mañana por la mañana.

- Bien, -replicó la anciana, que sentía un gran afecto por él.

Aquel día comieron y cenaron de lo que les dio la bolsa encantada. Al llegar la noche la princesa Labam salió al mirador de palacio y el príncipe permaneció todo el rato con la vista fija en ella.

A las doce, la princesa se retiró a su dormitorio, y al poco tiempo, el hijo del Rajá sentóse en su lecho y solicitó ser trasladado al cuarto de su adorada. Una vez en él, pidió a la bolsa el más bello chal del mundo, y como de costumbre, la bolsa obedeció.

Apoderóse el príncipe del chal, que estaba hecho de azul de noche y espolvoreado con estrellitas caídas del cielo, y cubrió con él a la hermosa princesa, que pareció más bella que nunca. Enseguida regresó a la casa donde se hospedaba y durmió hasta el día siguiente.

Al despertarse la princesa y ver el chal, que tan bien armonizaba con su traje de rayos de luna, se sintió muy feliz.

- Mira, mamá -dijo a la Raní.- Este chal tan hermoso debe de habérmelo traído Kuda.

- Sí, hijita -replicó la madre, que también se sentía muy feliz.- Sin duda es un regalo de Kuda.

En aquel mismo instante la anciana que hospedaba al hijo del Rajá le indicó:

- Ahora ya podéis marcharos, noble caballero.

- Por favor -suplicó el príncipe.- Os ruego me dejéis quedar unos días más, pues aún no me encuentro completamente bien. Os prometo no salir para nada de casa, y así nadie me verá.

La anciana, cautivada por las palabras del joven, cedió una vez más.

Aquella noche, lo mismo que las anteriores, la princesa Labam salió al mirador de su palacio. Y asimismo el príncipe estuvo todo el rato con la mirada fija en ella, sintiendo arder su corazón, de amor hacia la hermosa joven.

A las doce y media, un rato después de haberse retirado la princesa, el príncipe sentóse en su cama y se trasladó al dormitorio de su amada. Al llegar allí, sacando la bolsa, le pidió:

- Bolsa, dame el anillo más precioso del mundo.

La bolsa obedeció, entregando a su dueño una sortija hecha con sol del mediodía y adornada con una estrella de medianoche. El hijo del Rajá colocó suavemente el anillo en la mano de la princesa, mas, en este momento, despertóse la joven y le miró asustada.

- ¿Quién eres? -preguntó.- ¿De dónde vienes? ¿Por qué estás en mi dormitorio?

- No te asustes, hermosísima princesa. No soy un ladrón, sino el hijo de un poderoso Rajá. Hiraman, el rey de los loros de la selva donde yo cazo, me dijo tu nombre e inmediatamente dejé a mi padre y a mi madre para venir a verte.

- Si eres el hijo de un Rajá -murmuró la muchacha, que había quedado prendada del hermoso joven,- no te haré matar, y diré a mis padres que quiero casarme contigo.

Loco de alegría, el príncipe regresó a casa de la anciana; pero era tanta su felicidad, que aquella noche no pudo dormir.

A la mañana siguiente la princesa, que tampoco había podido descansar, dijo a su madre:

- Ha llegado a nuestro país el hijo de un poderoso Rajá y deseo casarme con él. Te suplico por favor que se lo comuniques a mi padre.

- Está bien -asintió el Rajá al enterarse por su esposa del deseo de su hija.- No tengo ningún inconveniente en que ese príncipe se case con mi hija, pero antes ha de hacer lo que yo le diga. Si fracasa le mataré. Voy a darle cincuenta kilos de simiente de mostaza y si no logra extraer en un día todo el aceite que contiene, será decapitado.

Entretanto, el príncipe había despertado y lo primero que hizo fue explicar a la buena mujer que le hospedaba, que pensaba casarse con la princesa Labam.

- ¡Marchaos enseguida de este país y olvidaos de la princesa! -exclamó la anciana.- Muchos Rajás y príncipes han venido a pedir su mano y el rey los ha mandado matar. A todo el que intenta casarse con su hija le impone una serie de condiciones tan terribles que no hay quien pueda cumplirlas. Si intentáis hacerlo moriréis como los demás.

Aunque los consejos de la anciana eran muy acertados, el príncipe no quiso escucharla. Era joven, adoraba a la princesa y nada podía detenerle.

Al poco rato de sostener esta conversación, llegó a casa de la anciana un mensajero del rey, que invitó al príncipe a acompañarle hasta palacio. Allí, el soberano, rodeado de toda su corte, le entregó cincuenta kilos de semilla de mostaza, ordenándole que extrajese el aceite que contenía y se lo llevara a palacio el día siguiente a la misma hora.

- Quien desee casarse con mi hija tiene que hacer cuanto yo le ordene -explicó el Rajá.- Si no es capaz de ello, tengo que matarlo. Por lo tanto, si no consigues extraer todo el aceite de esas simientes, te mandaré decapitar.

Al oír esto y ver lo que abultaban los cincuenta kilos de semilla, el príncipe sintióse muy desanimado, pues comprendió que le sería imposible salir airoso de aquella prueba.

Como no podía hacer otra cosa, cogió la semilla y se la llevó a casa de la anciana. Estuvo reflexionando varias horas acerca de su situación, sin llegar a decidir nada. De pronto, acordóse de la reina de las hormigas, y apenas acababa de pensar en ella la vio aparecer.

- ¿Cuál es el motivo de tu tristeza? -preguntó el animalito

El hijo del Rajá le mostró el montón de simiente de mostaza y replicó:

- ¿Cómo puedo extraer en un día todo el aceite que contiene esta semilla? Sin embargo tengo que hacerlo antes de mañana, o seré decapitado por orden del Rajá de este país.

- No te preocupes -contestó alegremente la reina de las hormigas.- Ve a tu lecho y descansa. Mientras tanto, entre mis súbditos y yo, haremos ese trabajo.

Confiado en aquella palabra, el príncipe fue a acostarse, y efectivamente, los pequeños insectos extrajeron todo el aceite.

Al otro día, el príncipe se trasladó al palacio del Rajá y le presentó el resultado de la laboriosidad de las hormigas. Pero el soberano movió la cabeza y dijo:

- Aún no puedes casarte con mi hija. Es necesario que antes luches con mis dos demonios y los mates.

Años atrás, el Rajá había logrado cazar en una trampa a dos terribles demonios. No supo qué hacer con ellos, y como temía soltarlos, los encerró en una jaula, esperando que algún día se presentase un hombre lo bastante fuerte para matarlos.

Hasta entonces ninguno de los príncipes que intentaron vencerlos lo consiguió, y el Rajá empezaba a temer que, aquellos demonios, se convirtieran en una carga eterna.

Cuando el joven vio a los dos terribles demonios, se dijo:

- ¿Cómo podré vencer a dos seres tan espantosos?

En aquel momento recordó a sus dos amigos los tigres, quienes inmediatamente aparecieron ante él.

- ¿Qué te ocurre? -le preguntó el tigre.

- El Rajá de este país me ha ordenado que luche contra sus dos demonios y los mate. ¿Cómo podré hacer semejante cosa?

- No te apures -contestó la hembra.- Nosotros los mataremos.

En efecto, los dos tigres vencieron en pocos momentos a los demonios, y el Rajá se sintió mucho más tranquilo al verse libre para siempre de la amenaza de los dos demonios.

- Está muy bien -dijo felicitando al príncipe.­ Mas, para conseguir a mi hija, debes hacer aún otra cosa. En lo alto del cielo tengo un enorme tambor. Es necesario que llegues hasta él y lo hagas sonar. Si no lo consigues, ya sabes lo que te espera.

El joven príncipe recordó enseguida su lecho, y sin perder un minuto, corrió a casa de la anciana que le hospedaba, y sentándose en la cama, ordenó:

- Cama, llévame hasta el tambor del Rajá.

El lecho obedeció en seguida, y a los pocos minutos el príncipe hacía sonar el enorme instrumento.

A pesar de haber oído el Rajá las notas del tambor, no quiso entregar su hija al joven, diciéndole que aún quedaba una última prueba.

- ¿Cuál? -preguntó el joven.

El soberano le cogió de la mano y acompañándole al jardín del palacio, le mostró un grueso tronco, diciéndole:

- Mañana por la mañana deberás partir este tronco con esta hacha de cera.

Esta vez el príncipe quedóse muy triste. No veía solución posible al nuevo problema, pues estaban ya agotados todos sus recursos. Convencido de que al día siguiente iba a ser decapitado, quiso despedirse de la princesa Labam, y por ello, trasladóse a sus habitaciones montado en su lecho volador.

- Vengo a despedirme de ti, hermosa princesa ­dijo.- Mañana tu padre hará rodar mi cabeza por el suelo.

- ¿Por qué?

- Me ha ordenado que parta un árbol muy grueso con un hacha de cera. ¿Cómo podré hacer semejante cosa?

- No te preocupes -replicó la princesa, que habiéndose enamorado del joven no quería dejar de ser su esposa.- Toma este cabello mío y colócalo extendido sobre el filo del hacha. Mañana, cuando nadie te oiga, ordena al árbol: "Déjate cortar por este cabello; te lo manda la princesa Labam".

Al otro día, el hijo del Rajá, siguió las instrucciones de la princesa, y en efecto, tan pronto como el cabello tocó el tronco, éste quedó partido en dos.

Maravillado por todos aquellos prodigios, el Rajá cedió al fin, diciendo:

- Has ganado a mi hija, y puedes casarte con ella.

Al casamiento de los dos príncipes acudieron todos los Rajás de los alrededores, y los festejos duraron varias semanas. Cuando se terminaron, el príncipe dijo a su esposa:

- ¿Quieres que vayamos al país de mi padre?

La princesa Labam aceptó complacida y al poco tiempo los dos esposos partieron hacia los dominios del Rajá.

El padre de la princesa Labam les regaló una enorme cantidad de camellos y caballos cargados de rupias y objetos de oro. También les dio una escolta de numerosos criados que les acompañaron con gran pompa hasta la capital del vecino reino, donde, de allí en adelante, vivieron.

El príncipe conservó siempre su cama voladora, el tazón, la bolsa, el palo y la cuerda; sólo que esto último, como vivió siempre en paz, no tuvo que emplearlo nunca.

 

 

Punchkin

 

Hubo una vez un Rajá que tenía siete hermosas hijas. Todas eran buenas y honradas, pero la más joven, llamada Balna, era muchísimo más inteligente que las otras. La Raní, su madre, murió cuando las hermanas eran aún muy jóvenes, dejándolas sin nadie que pudiera cuidar de ellas.

Como el soberano temía ser envenenado por alguno de sus enemigos, las siete princesas encargáronse de prepararle la comida. Además, mientras estaba ausente, discutían con los ministros los asuntos de la nación.

Por entonces murió el Gran Visir, dejando mujer y una hija. Cada día, mientras las siete princesas preparaban la comida del Rajá, la viuda acudía a visitarlas, pidiéndoles unos carbones encendidos para su cocina. Balna, que no se fiaba de ella, no se cansaba de repetir a sus hermanas:

- No hagáis lo que pide esa mujer. Si quiere fuego que lo encienda en su casa. Estoy segura de que alguna vez nos arrepentiremos de haber sido tan complacientes.

Pero las demás princesas no se dejaron convencer.

- No seas así, Balna -contestaban.- ¿Por qué estás siempre peleándote con esa pobre mujer? ¿Qué importa que le demos unos carbones? Somos ricos y no nos puede causar ningún perjuicio.

Así, la viuda del Gran Visir, con la excusa de recoger en un plato de cobre unas ascuas, y aprovechando algún momento en que nadie la observaba, ponía un poco de barro en la comida del Rajá.

El soberano que quería mucho a sus hijos, se extrañó al ver barro en los manjares y como nadie más que ellas entraba en la cocina, supuso que sería un descuido de alguna de las princesas. Pero como la cosa se repitiera días y más días, al fin decidió descubrir el motivo, aunque sin decir nada a las jóvenes, pues no deseaba disgustarlas.

Oculto en la habitación próxima, observó a sus hijas por un agujero abierto en la pared. Pudo ver cómo las princesas lavaban cuidadosamente el arroz y preparaban los diversos ingredientes de la comida. Al poco rato advirtió la llegada de la viuda del Gran Visir que, como otras veces, pidió unas brasas para su cocina. Balna se encaró furiosa con ella y le dijo:

- ¿Por qué no encendéis fuego en vuestra casa, en vez de venir aquí a molestar? Una vez más os digo, hermanas, que no debéis darle ni una pavesa.

- Deja que esa pobre mujer coja el carbón que necesite replicó la hermana mayor.- No puede hacernos ningún daño.

- No estés tan segura. Si sigue viniendo cada día, no me extrañará que nos cause más de un disgusto.

En aquel momento el Rajá vio que la viuda del Gran Visir echaba un puñadito de barro dentro de la cazuela.

Irritado por lo que acababa de presenciar, ordenó a sus guardias que la detuvieran y la condujesen a su presencia. Pero, cuando la mujer llegó ante él, le dijo que había hecho aquello porque deseaba obtener una audiencia suya. Habló de manera tan persuasiva que el Rajá, no sólo le perdonó el haberle echado barro en la comida, sino que, prendado de ella, la hizo su esposa.

La nueva Raní odiaba profundamente a las siete princesas y decidió hacer lo posible por librarse de ellas, a fin de que su hija heredase todos los tesoros. Olvidando las bondades que las seis mayores habían tenido con ella, hizo cuanto pudo por mortificarlas. Para comer les daba sólo pan y agua, pero en tan poca cantidad que las pobres apenas podían sostenerse. Era tanta la tristeza e infelicidad de las muchachas, que se pasaban largas horas llorando ante la tumba de su madre, y diciendo:

- ¡Oh madre, madre! ¿No ves lo desgraciadas que somos y lo mal que nos trata nuestra madrastra?

Un día mientras sollozaban sobre la tumba, empezó a crecer un naranjo al lado de la losa. En pocos momentos sus ramas quedaron llenas de dorados frutos, con los cuales las princesas calmaron su apetito. Desde entonces, en vez de comer los malos guisos que les daba su madrastra iban a la tumba de su madre y se alimentaban con las excelentes naranjas.

Extrañada la Raní por lo insólito del caso, dijo un día a su hija:

- No comprendo cómo esas muchachas, que se niegan a comer lo que yo les doy, estén cada día más sanas. En vez de menguar, su belleza va en aumento, y son mucho más hermosas que tú misma. Vigílalas bien y dime si alguien les da algo.

Al día siguiente, la hija de la Raní, siguió a las siete princesas y las vio coger naranjas.

Balna, que se había dado cuenta de que eran seguidas, advirtió a sus hermanas:

- ¿Habéis notado que la hija de nuestra madrastra nos está espiando? Marchémonos de aquí, o escondamos las naranjas, pues de lo contrario, se lo dirá a su madre.

- No seas así, Balna -replicaron las otras.- Esa joven no será tan mala que haga una cosa así. Al contrario, lo que debemos hacer es ofrecerle algunas de estas frutas.

Diciendo esto, la mayor de las princesas, llamó a la hija de la Raní y le dio dos naranjas.

Apenas las hubo comido, corrió a explicar a su madre lo que ocurría.

Al enterarse la Raní de lo bien que se alimentaban las hijas de su marido, irritóse mucho y ordenó a sus criados que derribasen el naranjo y la tumba de la antigua reina. No contenta con esto, al día siguiente, fingió estar gravemente enferma y cuando vio que el Rajá se hallaba muy acongojado, le dijo que en sus manos estaba salvarle la vida.

- Sólo existe un remedio para mí, -murmuró- pero ya sé que vos no seréis capaz de proporcionármelo.

- Os juro que, lo que sea, os lo traeré -replicó el soberano.

- Pues bien, el único remedio para mi enfermedad consiste en que me echéis en la frente, en la barbilla, en el pecho, en los pies y en las palmas de las manos, una gota de sangre de cada uno de los cadáveres de las siete princesas, vuestras hijas.

Al oír estas palabras, el Rajá retrocedió horrorizado, mas como no podía faltar a su juramento, contuvo el dolor y fue a buscar a sus hijas, a quienes encontró llorando junto a la destrozada tumba de su madre.

Al verlas tan hermosas, dióse cuenta de que no podría matarlas, y con dulces palabras les pidió que le acompañasen a la selva virgen. Al llegar a un sitio muy alejado del palacio, hizo que encendieran una hoguera y preparasen un poco de arroz. A poco, como el calor era muy intenso, las siete princesas se quedaron dormidas; entonces el Rajá se alejó presuroso de ellas diciéndose:

- Es preferible que mis pobres hijas mueran aquí a que su madrastra las asesine.

En aquel momento se cruzó con un ciervo y le disparó una flecha matándole. Cogió un poco de sangre, y con ella, regresó junto a su esposa. Esta, creyendo que la sangre del ciervo era la de las princesas, sanó inmediatamente.

Al cabo de unas horas se despertaron las jóvenes. Al verse solas en la espesa selva, se asustaron mucho y empezaron a llamar a su padre. Pero éste se hallaba muy lejos y no hubiera podido oírlas aunque sus voces hubieran tenido la fuerza del trueno.

Dio la casualidad de que los siete hijos del Rajá del vecino país habían ido a cazar a aquella selva. Regresaban a su palacio cuando el más joven de ellos dijo a sus hermanos:

- Me parece que alguien pide socorro. ¿No oís voces? Dirijámonos hacia donde suenan y veamos lo que ocurre.

Los príncipes partieron hacia el lugar de donde salían las voces de las princesas y, al descubrirlas, su asombro no tuvo límites. Pero aún fue mayor cuando se enteraron de su historia. De mutuo acuerdo, decidieron que cada uno de ellos se casase con una de las siete hermanas. Y así el primero tomó por esposa a la mayor de las princesas, el segundo a la segunda, el tercero a la tercera, el cuarto a la cuarta, el quinto a la quinta, el sexto a la sexta, y el séptimo, que era el más bello de todos, casóse con la bellísima Balna.

El pueblo del padre de los siete príncipes se alegró mucho al ver a las hermosas princesas que los hijos de su señor habían tomado por esposas y los festejos duraron días y días.

Al cabo de un año, la hermosa Balna tuvo un hijo hermosísimo. Los príncipes y las seis princesas restantes quedaron tan prendados de él que en vez de dos padres parecía tener catorce. Ninguno de los otros matrimonios tuvo hijos y por ello todos decidieron que el niño sería el heredero de la corona.

Durante varios años una gran felicidad reinó en el palacio del rey, pero, un día, el marido de Balna salió a cazar y no regresó.

Los seis hermanos partieron en su busca y aunque transcurrió mucho tiempo, ninguno volvió a su hogar, sumando en hondísimo tristeza a las siete princesas que temían que sus esposos hubieran hallado la muerte.

Poco tiempo después de este triste suceso, mientras Balna mecía la cuna de su hijito y sus hermanas trabajaban en las habitaciones inferiores, un hombre santo fue a pedir limosna a las puertas del palacio.

- No puedes entrar -le dijeron los criados.- Los hijos del Rajá han partido todos y creemos que deben de haber muerto. Por ello no se puede interrumpir el dolor de las esposas.

El faquir no hizo caso de la prohibición y replicó:

- Soy un hombre santo y debéis dejarme el paso libre.

Los estúpidos criados no opusieron ya la menor resistencia, sin darse cuenta de que en vez de un santo faquir, era un brujo llamado Punchkin.

Tras mucho vagar por el palacio, Punchkin llegó a la habitación donde Balna mecía a su hijito.

La princesa gustó al brujo mucho más que las otras cosas hermosas que había visto en el palacio, y sin vacilar un momento, le pidió que accediera a ser su esposa.

Sin embargo, la princesa movió negativamente la cabeza y replicó:

- Mucho temo que mi marido haya muerto, pero mi hijo es aún muy pequeño y quiero enseñarle a ser un hombre de bien. Por ello no deseo casarme otra vez.

El mago, al oír estas palabras se enfureció mucho, y murmurando unos encantamientos, la convirtió en un perrito que cogió en brazos diciendo:

- Ya que no quieres venir conmigo de grado, te llevaré por fuerza.

Y así la pobre princesa fue sacada de palacio sin siquiera poder enterar a sus hermanas de su triste suerte.

Cuando Punchkin iba a salir, los guardias le preguntaron:

- ¿De dónde has sacado ese perrillo tan mono?

- Me lo ha regalado una de las princesas -contestó el brujo.

Convencidos por estas palabras, los servidores no opusieron ningún reparo a que saliese.

Al cabo de un rato, las seis restantes hermanas oyeron el llanto de su sobrinito. Cuando al entrar en su habitación vieron que estaba solo, quedaron muy sorprendidas. La sorpresa aumentó al no encontrar a Balna por ninguna de las dependencias de palacio. Por fin interrogaron a los criados, y al enterarse de la visita del faquir y de su salida acompañado de un perrillo, sospecharon lo ocurrido. Sin pérdida de tiempo enviaron numerosas fuerzas en busca del falso santón y del perro, mas los soldados regresaron sin haber hallado el menor rastro.

¿Qué podían hacer seis pobres mujeres? Nada. Comprendiéndolo, las princesas, perdida todo esperanza de volver a ver a su hermana y esposos, dedicaron sus cuidados a la educación de su sobrinito.

Cuando éste tuvo catorce años, sus tías le explicaron la historia de la familia. Apenas la oyó, el muchacho sintióse poseído de tan gran deseo de partir en busca de sus padres y tíos para devolverlos a su casa, que, desde aquel momento, no pensó en otra cosa. Alarmadas por estas intenciones, las princesas trataron de disuadirle diciendo:

- Hemos perdido a nuestros maridos y a nuestra hermana. Tú eres nuestro único consuelo. ¿Qué será de nosotras sin ti?

- No os desaniméis -contestó el muchacho.- Volveré pronto y, si es posible, traeré conmigo a mis padres y tíos.

Al día siguiente partió a caballo y durante varios meses buscó en vano el rastro de sus familiares.

Por fin, un día, después de recorrer un sin fin de leguas, llegó a una extraña selva, llena de grandes piedras y añosos árboles, en el centro de la cual se levantaba un enorme palacio con una torre altísima. No lejos del edificio elevábase la mísera cabaña de un leñador.

Mientras observaba el lugar, el príncipe fue visto por la mujer del leñador, quien, saliendo de la choza, le preguntó:

- ¿Quién eres, hijo mío, y por qué te atreves a venir solo a un lugar tan peligroso como éste?

- Soy el hijo de un Rajá -contestó el muchacho.­ He venido en busca de mis padres, que perdí hace mucho tiempo.

- Ese palacio y este país pertenecen a un poderoso mago -replicó la buena mujer,- y si alguien le disgusta lo transforma enseguida en piedra o árbol. Todos los árboles y rocas que aquí ves, son hombres y mujeres encantados. Hace años vino el hijo de un rey y fue transformado en piedra, y lo mismo les ocurrió a sus seis hermanos, que llegaron a los pocos días.

Además, en la torre del palacio vive una hermosa princesa, prisionera del brujo porque no accede a casarse con él.

Al oír esto, el joven se dijo que, sin duda, aquella princesa era su madre. Entonces explicó su historia a la bondadosa esposa del leñador, pidiéndole permiso para hospedarse en su casa a fin de llevar a cabo las investigaciones necesarias para volver a la vida a sus tíos y rescatar a su madre.

Ella accedió a la petición del príncipe, pero le aconsejó que se disfrazase de mujer para que el mago no sospechase nada. El príncipe estuvo de acuerdo y vistió un sari que le prestó su protectora. Después convinieron que, en adelante, pasaría por su hija.

Un día, el brujo, que paseaba por su jardín, pudo ver a la que él creyó linda joven y le preguntó que quién era. El príncipe contestó con fingida voz que era la hija del leñador.

- Eres muy simpática -dijo el mago.- Alguna vez llevarás un ramo de flores a la hermosa señora que vive en la torre.

El joven sintió una enorme alegría al oír estas palabras, y enseguida, corrió a la cabaña de su protectora a contarle lo ocurrido. La buena mujer le aconsejó que conservase su disfraz y confiara en la suerte que sin duda le prestaría una oportunidad para hablar con su madre.

Al nacer el príncipe, Balna habíale regalado un anillo de oro, y el anillo, agrandado convenientemente por sus hermanas las princesas, seguía adornando el dedo meñique del joven. La mujer del leñador le dijo que si tenía ocasión de quedarse a solas con la cautiva le mostrase la sortija para que ella le reconociera. Esto no dejaba de tener sus dificultades, pues el mago ejercía sobre la princesa una fuerte vigilancia a fin de que no pudiera comunicarse con el exterior.

Por fin un día se presentó la ansiada oportunidad y el joven entregó a su madre el anillo entre el ramo de flores. Al ver la joya, la princesa tuvo una gran alegría, sobre todo cuando la que ella creía una muchacha se transformó en su hijo, a quien ya no esperaba volver a contemplar. Con voz entrecortada por la emoción, la princesa Balna contó al joven su terrible cautiverio, y la imposibilidad de salir de él.

Pero el príncipe era muy valiente y no se desanimaba por las contrariedades.

- No temas -dijo.- Lo que ante todo hay que hacer es descubrir la verdadera fuerza del mago, pues deseo libertar también a mi padre y mis tíos a quienes tiene convertidos en piedras y árboles. Durante tu cautiverio te has mostrado esquiva con el brujo. Pues bien, ahora haz ver que ya no le odias. Dile que, como has perdido la esperanza de volver a ver a tu marido, consientes en casarte con él. Haz lo posible por enterarte de si es inmortal o no.

Balna decidió seguir el consejo de su hijo. Al día siguiente, hizo llamar a Punchkin y le habló en la forma indicada por el príncipe.

El brujo, entusiasmado por aquella noticia, le suplicó que se casara con él lo más pronto posible.

La princesa dijo que antes era conveniente que ambos tratasen, a fin de ir cobrando confianza, pues, después de tantos años de ser enemigos, la amistad debía llegar poco a poco.

- Y decidme - añadió.- ¿Sois realmente inmortal? ¿Os respetará siempre la muerte?

- ¿Por qué me preguntáis eso?

- Porque, habiendo decidido ser vuestra esposa, deseo estar enterada de todo cuanto pueda ser de importancia para vos, así evitaré los males que pudieran atacaros.

Satisfecho con esta contestación, el brujo dijo:

- En verdad no soy como los demás. Lejos, muy lejos, en plena selva virgen, hay un claro rodeado de altas palmeras. En él se encuentran seis recipientes llenos de agua, colocados uno encima de otro. Debajo de esos recipientes hay una jaula con un loro verde. De la vida de ese animal depende la mía. Si muriese, yo moriría también. Sin embargo, es muy improbable que lo maten pues, aparte que el lugar es inaccesible, está defendido por una legión de genios que asesinan a todo el que consigue acercarse allí.

Balna comunicó a su hijo lo que Punchkin le había dicho, pero suplicándole al mismo tiempo que abandonase toda idea de apoderarse del loro.

- Mamá -replicó el joven.- Es necesario que me apodere de él, pues de lo contrario tú, mi padre y mis tíos seguiréis prisioneros. No tengas miedo, pues volveré pronto. Entretanto, ve aplazando el casamiento con pretextos.

En cuanto se hubo equipado convenientemente, el príncipe partió hacia la selva virgen. Muchas leguas recorrió hasta que, al fin, echóse a dormir bajo un frondoso árbol. Despertóle un fuerte roce, y al mirar a su alrededor, descubrió una enorme serpiente que se encaramaba por el tronco hacia un nido de aguiluchos.

Al ver el peligro que corrían los dos pájaros que, en aquellos momentos ocupaban el nido, el príncipe sacó su espada y de un tajo mató al reptil. En el mismo instante oyóse un batir de alas. Eran los padres de los aguiluchos, que regresaban a su casa. Al ver muerta a la serpiente y al príncipe con la espada desenvainada, las dos águilas comprendieron lo que había ocurrido. La madre, dirigiéndose al joven, le dijo:

- Durante muchos años nuestros pequeños han sido devorados por esa cruel serpiente. Tú la has matado y con ello salvas a cuantos hijitos podamos tener de ahora en adelante. Si algún día nos necesitas, no tienes más que llamarnos y acudiremos en tu ayuda. En cuanto a los aguiluchos, tómalos como servidores.

El príncipe agradeció el regalo. Entretanto, las dos pequeñas aves, abandonaron el nido, y cruzando las alas, formaron un asiento para el príncipe. Este lo ocupó, siendo enseguida transportado por los aires hasta el claro de la selva. Allí pudo ver los seis recipientes de agua. Era mediodía y hacía un calor sofocante. Alrededor del claro veíanse numerosos genios dormitando.

Cruzar a través de ellos hubiera sido una locura, pero gracias a los aguiluchos, el príncipe pudo descender silenciosamente. Derribando los recipientes, cogió la jaula del loro. Después, sentándose en las alas sus amigos, huyó de allí en el momento en que los genios despertados por el ruido, lanzaban lastimeros alaridos.

Los aguiluchos condujeron al príncipe hasta el árbol donde vivían las dos águilas, a quienes dijo el joven:

- Os devuelvo a vuestros hijos, que me han sido muy útiles. Si alguna vez os necesito para algo, os llamaré.

- Hazlo así -contestó la hembra.- Ahora, antes de que te vayas, quiero decirte una cosa: de la vida del loro que llevas en esa jaula depende la del mago Punchkin, pero si quieres inutilizar su poder, no tienes más que cortarle las uñas de la pata derecha. De esa forma no tendrás que temer nada de él y te ahorrarás la necesidad de matarle.

El joven, dando las gracias por el consejo, siguió su camino hacia el palacio del mago. Cuando estuvo ante la puerta del edificio se puso a jugar con el loro. Punchkin le vio desde una ventana y bajó enseguida a su encuentro.

- Muchacho -le dijo- ¿de dónde has sacado ese pájaro tan hermoso? Te pido por favor que me lo regales.

- De ninguna manera -replicó el príncipe.- Se trata de un amuleto. Lo he tenido en mi poder durante largos años y me ha traído mucha suerte.

- Si es así dime el precio que pides por él.

- No deseo venderlo.

- Puedes pedir cuanto dinero quieras. Por mucho que sea lo tendrás. Y si deseas otra cosa pídela también.

- Perfectamente -sonrió el príncipe.- Sólo quiero que devuelvas a su primitiva forma a los hombres y mujeres que convertiste en rocas y árboles.

El mago murmuró unas palabras, al mismo tiempo que movía la mano derecha. Al momento los árboles transformáronse en elegantes damas y caballeros.

- Dame el loro -suplicó Punchkin cuando hubo cumplido su promesa.

- Enseguida -replicó el joven- pero antes quiero tomar una precaución, pues serías muy capaz de convertir de nuevo en objetos sin vida a las personas que acaban de resucitar.

Y antes de que el mago tuviera tiempo de impedirlo, el príncipe cortó las uñas de la pata derecha del loro.

Punchkin rodó por el suelo sin sentido, tan fuerte fue la conmoción por él recibida al quedar privado de su poder mágico. Antes de que volviera en sí, la caravana de los miles de príncipes y caballeros, con Balna y su marido a la cabeza, estaban ya lejos del valle, en el cual sólo quedaba el palacio del antiguo mago.

 

 

El puchero roto

 

Vivía en cierto lugar un bracmán cuyo nombre era Savarakipana, que significa: nacido para ser pobre. Aquel día recibió una gran cantidad de arroz y cuando hubo terminado de cenar, aún le quedó para el día siguiente. Para que no se estropease lo guardó en un puchero que colgó de un clavo en la pared, encima de su cama.

Al acostarse, el bracmán no podía apartar el pensamiento del puchero de arroz.

- Si ahora reinase el hambre en el país -se dijo,­ de ese puchero de arroz sacaría lo menos cien rupias, con las cuales podría comprar una pareja de cabras, macho y hembra. Cada seis meses tendría cabritillas y, en unos años tendría un gran rebaño. Vendiendo las cabritillas, sacaría bastante dinero para comprar un buey y una vaca. Con el importe de los ternerillos que tuviesen, me compraría unos cebús. Con las crías de los cebús compraría una pareja de caballos, y con lo que me diesen por los potros sería pronto rico. En cuanto fuese rico me compraría una casa bien grande a la que iría a visitar el gobernador, quien, encantado de lo hermosa que sería, me concedería la mano de su hija, dotándola regiamente. Al poco tiempo de casados tendríamos un hijo que se llamaría Somasarman. Cuando fuese lo bastante grande para poderle columpiar sobre mis rodillas lo tomaría...

En aquel momento, el bracmán levantó una pierna y tiró el puchero, cuyo contenido cayó sobre él, quedando cubierto de arroz de pies a cabeza.

Así, a orillas del Sagrado Ganghes los sacerdotes dicen a sus fieles oyentes:

- Quien hace locos planes para el futuro, quedará cubierto de arroz como Savarakipana.

 

 

El violín mágico

 

Éranse una vez siete hermanos y una hermana. Los hermanos estaban casados, pero sus esposas no cocinaban, ya que este trabajo quedaba reservado para la hermana. Por este motivo las esposas sentían una profunda antipatía por su cuñada y decidieron desposeerla de este privilegio, que todas ambicionaban.

- Ella no sale a trabajar a los campos como nosotras, -decía una- sino que permanece sentada en casa y mi siquiera tiene preparadas las comidas a tiempo.

Reunidas todas las cuñadas fueron a ver a un brujo que vivía cerca de su casa y le pidieron les librara de la odiada parienta. El brujo, que les estaba agradecido por unos favores que le habían hecho, prometió hacerlo, y así, al día siguiente, cuando la joven fue a buscar agua para la comida, un genio enviado por el brujo la empujó tirándola al río, donde se ahogó.

Pasó algún tiempo, y un día su espíritu reencarnó en un hermoso bambú que creció junto al río, en el mismo sitio donde ella se había ahogado. En pocos días alcanzó un tamaño enorme y un yogui que acertó a pasar por allí, lo vio y se dijo que con la madera podía hacerse un magnífico violín. Al día siguiente volvió al lugar con una afilada hacha y se dispuso a cortar el alto y grueso bambú.

En el momento en que se disponía a descargar el primer hachazo, una voz sonó dentro del bambú, diciendo:

- Por favor, no me cortes por la raíz, corta un poco más arriba.

Al disponerse a descargar un golpe en el sitio indicado, volvió a oír la voz del bambú que le decía:

- No, por ahí no cortes, corta por las raíces.

Cuando de nuevo el yogui iba a cortar el bambú por las raíces, el espíritu volvió a hablar:

- Corta más arriba.

Y así continuó hasta que el yogui se dio cuenta de que el espíritu aquel se estaba burlando de él y sin vacilar más, cortó el bambú por las raíces y llevándoselo, se hizo con él un violín, tan magnífico, que cuantos lo oían quedaban maravillados de su tono.

De cuando en cuando visitaba la casa de los hermanos de la ahogada, quienes siempre que oían la música de aquel violín no podían contener las lágrimas. El hermano mayor pidió varias veces al yogui que le vendiera el violín, ofreciéndole mantenerlo un año entero, pero el hombre, que conocía el inmenso valor de su violín, se negó a desprenderse de él.

Ocurrió que un día el yogui fue a visitar al jefe de un poblado y después de tocar unas piezas con el violín, pidió algo para comer.

El jefe del poblado le pidió le vendiera el violín, ofreciéndole por el mismo un elevado precio, pero el yogui se negó a venderlo replicando que el instrumento era su medio de vida.

Cuando el jefe vio que no podría adquirir el violín, decidió emborrachar al yogui, y para ello sirvió una excelente comida acompañada de los mejores vinos. Cuando hubo terminado de comer, el yogui estaba completamente borracho, y valiéndose de su estado, el jefe cambió su violín por otro viejo y malo.

Al volver en sí, el yogui se dio cuenta de que le habían cambiado el violín, y protestó airado, pero el jefe negó haberle robado el instrumento, y al fin tuvo que marcharse con el violín viejo.

El hijo del jefe del poblado había aprendido música y en sus manos el violín daba unas notas tan maravillosas que causaba la emoción de cuantos lo oían.

Cuando todos los habitantes de la casa estaban ausentes, ocupados en sus trabajos en los campos, el espíritu que habitaba dentro del violín, salía del mismo y preparaba la comida de la familia.

De momento, los dueños de la casa supusieron que alguna joven que estaba enamorada del hijo del jefe demostraba de aquella manera su amor, y no se molestaron en averiguar quién era, suponiendo que ella misma se presentaría cuando llegara la oportunidad.

Sin embargo, el hijo empezó a sentirse intrigado por aquella constancia y al fin decidió averiguar cuál era la muchacha que tanto se preocupaba por él. Para ello ocultóse detrás de un montón de leña y desde allí vio salir a la joven que habitaba dentro del violín. Con profundo asombro la vio peinarse y preparar la comida, y prendado de su belleza, salió de su escondite y la cogió entre sus brazos y trató de besarla.

- Vete, -exclamó ella.- Tú y yo no podemos casarnos, pues yo soy mitad espíritu y mitad humana.

- De ninguna manera -replicó el joven.- Tú serás de hoy en adelante mi esposa, porque al quererte yo, volverás a ser sólo humana.

Y así fue, y toda la familia se sintió muy feliz al ver a la mujer que el hijo del jefe tomaba por esposa.

Pasaron los años y en la casa reinaba la mayor alegría, pues la joven administraba a la perfección los bienes de su marido, y tanta fue su buena administración que cada día fueron más ricos y poderosos.

En cambio, los hermanos de ella eran cada día más pobres, y llegó un día en que tuvieron que acudir al jefe del poblado, pues ya ni siquiera podían comer.

La joven les reconoció enseguida, aunque ellos no supieron que era su hermana, y después de servirles excelentes viandas, les contó su historia, fingiendo que era la de una amiga suya. Los hermanos se avergonzaron de no haber procurado salvarla, y hasta el final de sus días se lamentaron de su mal proceder.

Y ésta fue toda la venganza de la joven del violín encantado.

 

 

La cigüeña cruel y el cangrejo listo

 

En un espeso bosque había un pequeño estanque lleno de truchas. Como la estación era muy calurosa y el río que vertía sus aguas en el estanque muy poco caudaloso, pronto los peces se encontraron con que el lugar les resultaba bastante incómodo.

Una blanca cigüeña que les estaba observando se dijo:

- Es necesario que encuentre la manera de engordar a esos peces y convertirlos en mi comida.

Mientras buscaba la solución el problema, acercóse al estanque y se sentó a su orilla.

Al cabo de un rato, los peces, extrañados de verla allí, le preguntaron en qué pensaba.

- En vosotros -contestó el ave.

- ¿De veras? ¿Y qué es lo que piensas?

- Pues me decía que en este estanque hay muy poca agua y por lo tanto muy poca comida, por lo cual muchos de vosotros no tendréis apenas qué llevaros a la boca.

- Eso que dices es verdad -contestó un viejo barbo.- Pero ¿qué solución puede haber a un problema semejante?

- Hay una solución muy sencilla. Si queréis os llevaré a un estanque que hay cerca de aquí. Es un estanque muy profundo y está lleno de flores de loto. Puedo cogeros uno por uno, con el pico, y trasladaros a ese lugar.

- No estaría mal si fuese verdad, pero las cigüeñas tenéis la mala costumbre de comeros a los peces, y ya comprenderéis que no vamos a exponernos a perder la vida.

- Estáis muy equivocados; ni por un momento se me ha ocurrido comerme a ninguno de vosotros. Si queréis, puedo llevar a uno de vosotros a que vea el estanque tan hermoso que hay a pocos pasos de aquí. Si vuelve con vida será señal de que no quiero causaros daño alguno.

Estas palabras convencieron algo a los peces, quienes delegaron a uno de ellos para que hiciera el viaje en el pico de la cigüeña. Era una trucha vieja y tuerta, que había demostrado en mil ocasiones que era suficientemente capaz de salir por sí misma de cualquier apuro.

El ave cogió con todo cuidado a la trucha y la llevó a que viese el magnífico estanque. Después la devolvió con sus compañeras, a las cuales explicó que la cigüeña había dicho verdad al describir el estanque.

Los peces celebraron consejo y al fin decidieron trasladarse al otro estanque, y así se lo comunicaron a la cigüeña, quien emprendió el primer viaje con la trucha tuerta.

Al llegar junto al estanque, en vez de tirar la trucha al agua, el ave la mató de un picotazo y se la comió con gran apetito, tirando las espinas al pie de un árbol.

Cuando hubo terminado con la primera trucha, regresó al estanque diciendo:

- Ya he trasladado al primer pez, ahora trasladaré al segundo.

Y como había hecho con el primero, hizo con las demás truchas y barbos que fueron lo bastante tontos para dejarse engañar por ella.

Sin embargo, aún quedaba un cangrejo muy viejo, y al verle, la cigüeña se dijo que debería estar muy sabroso, tanta era su gordura.

- ¿No quieres reunirte con tus amigos, buen cangrejo? -preguntó con voz dulce la cigüeña.

- Ya quisiera, pero no veo la forma en que me podrás llevar.

- Te sostendré con el pico.

- No podrías, y quizá cayese por el camino.

- No tengas miedo -insistió el ave.- Te aseguro que te sostendré lo mejor que pueda.

El cangrejo reflexionó unos instantes.

- Esa cigüeña es incapaz de coger un pez con el pico y soltarlo en un estanque -se dijo.- Si me trasladase a otro sitio mejor, sería maravilloso, pero si fuera a parar a su estómago me causaría un profundo disgusto. Seguiré reflexionando.

Pasaron unos minutos, y la cigüeña empezó a impacientarse. Por fin el cangrejo asomó la cabeza fuera del agua y dijo:

- Bien, señora cigüeña, estoy dispuesto a que me trasladéis al estanque ese de que me habéis hablado. Sin embargo, utilizando el sistema que habéis empleado con los demás peces no conseguiríamos nada. Se me ha ocurrido un medio mejor. Con mis tenazas me agarraré a vuestro cuello y así, cuando lleguemos al estanque no tendré que hacer más que soltarme y caer al agua.

- Perfectamente -asintió la cigüeña. Y bajando la cabeza dejó que el cangrejo se le cogiese al cuello con sus fuertes tenazas.

Al llegar junto al estanque de los lotos, el cangrejo vio que la cigüeña no se dirigía hacia el agua, sino hacia el árbol junto al cual había devorado a los demás peces.

- ¡Eh, amiga! -llamó el cangrejo.- El estanque está en otro sitio. ¿Dónde me lleváis?

- ¿Por quién me habías tomado? -replicó furiosa la cigüeña.- ¿Crees acaso que soy tu esclava? Si te he traído aquí ha sido para comerte, lo mismo que he hecho con tus demás compañeros. Al pie de ese árbol tienes sus restos.

- Si mis compañeros fueron lo bastante tontos para dejarse devorar por vos, yo no lo soy. Al contrario, quien va a perecer sois vos, amiga cigüeña. Sin duda no os habéis dado cuenta de que estás en mi poder, y que sí bien yo moriré, vos seréis destruido antes que yo.

Y al decir esto apretó sus tenazas alrededor del cuello del ave.

Este sintió que le faltaba la respiración y gruesas lágrimas brotaron de sus ojos. Vio la muerte muy cerca y como amaba la vida, tartamudeó:

- Os juro que no quería comeros, señor cangrejo. No me apretéis más el cuello y os prometo llevaros al estanque. ¡Os doy mi palabra de honor!

- Bien -asintió el cangrejo.- Si es así llévame al estanque de los lotos.

La cigüeña obedeció presurosa y depositó el cangrejo a la orilla del estanque. Pero el cangrejo, que había sido muy buen amigo de las truchas y los barbos del estanque, decidió vengarlos, y antes de que la cigüeña pudiera retirarse cerró con fuerza sus tenazas y le cortó la cabeza, que cayó dentro del agua.

Al ver esto, el genio que habitaba el sauce, junto al cual la cigüeña había devorado a las truchas, agitó sus hojas y murmuró al viento:

- El malvado nunca prospera en el ejercicio del mal y tarde o temprano acaba como la cigüeña, que se dejó engañar por el cangrejo.

 

 

La hermosa Laili

 

Érase una vez un Rajá llamado Dantal, poseedor de montones de rupias, soldados, caballos y elefantes. Tenía también un hijo llamado el príncipe Maxnun, que era un jovencito de dientes como perlas, mejillas sonrosados, cabello color de fuego, labios como rubíes, y cutis como la nieve que cubre las cimas del Himalaya.

Al príncipe le gustaba mucho jugar con Husain, el hijo del Visir, y se pasaban los dos las tardes en los jardines del Palacio, que estaban llenos de árboles y flores. Con sus cuchillos de oro, los dos niños mondaban los frutos y se los comían. También iban los dos a estudiar a las órdenes del profesor que el Rajá había tomado para su hijo.

Un día, cuando los dos muchachos se hubieron convertido en hombres, el príncipe dijo a su padre:

- Husain y yo quisiéramos ir de caza.

El soberano no opuso el menor inconveniente, y los dos jóvenes mandaron preparar sus caballos y arreos de caza. El lugar que escogieron para cazar fue la región de Falana, más no obstante pasar el día entero en ella, sólo encontraron chacales y pájaros pequeños.

El Rajá de la región de Falana, se llamaba Munsuk, y tenía una hija de peregrina belleza, la princesa Laili. Esta princesa recibió una noche la visita de un ángel que le envió Kuda con la orden de que debía casarse con el príncipe Maxnun. Al despertarse, la princesa contó a sus padres la visión del ángel, pero el Rajá no prestó atención.

Desde aquella noche, Laili no dejaba de pronunciar el nombre del esposo que Kuda le destinaba.

- Maxnun, Maxnun; quiero casarme con Maxnun.

Hasta durante las comidas pronunciaba el nombre del Príncipe. Y a tal extremo llegó, que su padre, irritado, le preguntó un día.

- Pero ¿quién es ese Maxnun? ¿Quién ha oído hablar de él?

- Es el hombre con quien Kuda me ha ordenado que me case.

Pasaron los días y Maxnun y Husain llegaron a la región de Falana. La hermosa Laili, que había salido a respirar el puro aire del campo, y por casualidad encontróse detrás de los cazadores, iba murmurando como de costumbre:

- Quiero casarme con Maxnun; Maxnun, Maxnun. El príncipe oyó su nombre, y volviéndose preguntó:

- ¿Quién me llama?

Laili, le miró fijamente y al momento quedó locamente enamorada.

- Estoy segura de que ese es el príncipe Maxnun con quien tengo que casarme.

Sin esperar más, corrió a Palacio y le dijo a su padre que deseaba casarse con el príncipe Maxnun que había llegado al país.

- Muy bien -replicó el padre,- te casarás con él. Mañana le pediremos que acceda a ser tu esposo.

La princesa consintió en esperar, aunque estaba muy impaciente. Pero ocurrió que el príncipe y su amigo abandonaron aquella misma noche el reino de Falana, y cuando se enteró de ello la princesa, creyó enloquecer de dolor. Sin hacer caso de sus padres ni de sus servidores, corrió a la selva y se fue alejando, murmurando mientras caminaba:

- Maxnun, Maxnun; ¿dónde estáis?

Y así caminó durante doce años.

Al cabo de este tiempo encontró un faquir (en realidad era un ángel, pero la princesa lo ignoraba), que le preguntó:

- ¿Por qué vas diciendo "Maxnun, Maxnun; quiero casarme con Maxnun"?

- Soy la hija del Rajá de Falana, y quiero encontrar al príncipe Maxnun. Dime dónde está su reino.

- No creo que jamás consigas llegar allí -replicó el faquir.- Ese reino está muy lejos y tendrás que cruzar infinidad de ríos.

Laili replicó que no le importaba, que su único deseo era llegar junto al príncipe Maxnun.

- Está bien -replicó el faquir. Cuando llegues al río Bagirati encontrarais un enorme pez que se llamo Roú. Pídele que te lleve al país del príncipe Maxnun.

La princesa llegó al río Bagirati y vio en efecto un enorme pez que se llamaba Roú. En aquel momento estaba bostezando y, sin vacilar un momento, Laili se lanzó dentro del cuerpo del pez. Mientras hacía esto iba murmurando:

- Maxnun, Maxnun; quiero casarme con Maxnun.

Al oír dentro de su estómago estas palabras, Roú llevóse un susto enorme, y queriendo huir de la extraña cosa, metióse dentro del río y nadó, nadó, durante doce años hasta que ya no pudo más, que fue al llegar al reino de Falana.

Un chacal que tomaba el sol junto al río quedó muy asombrado al oír al pez gritar:

- Maxnun, Maxnun; quiero casarme con Maxnun.

- ¿Qué te ocurre, Roú? -preguntó.

- No lo sé -replicó con lágrimas en los ojos el pez.- Tengo algo dentro de mi cuerpo que me hace hablar como los humanos. ¿Quieres decirme qué es?

- Tendré que meterme dentro de tu cuerpo, pues desde fuera no puedo verlo.

- Métete -contestó Roú.- Quiero verme libre de una vez de esta molestia.

El pez abrió la boca todo lo que pudo, y el chacal metióse dentro de él. A los pocos minutos salió asustado, diciendo:

- Roú, tienes una bruja dentro del cuerpo. Me marcho porque tengo miedo de que me coma.

Tras el chacal llegó una enorme serpiente, que se detuvo ante el pez, al oírte decir:

- Maxnun, Maxnun; quiero casarme con Maxnun.

- ¿Qué significan esas voces? -preguntó.

- Por favor -suplicó Roú,- dime qué es lo que tengo dentro del estómago.

- Abre la boca y me meteré hasta tu estómago, y así descubriré este misterio.

El pez abrió de nuevo la boca, y la serpiente se deslizó hasta su estómago, de donde salió al momento, diciendo asustada:

- En el estómago tienes una bruja terrible, y si no la sacas pronto de tu cuerpo, acabará devorándote.

- Pero, ¿cómo me desharé de ella? -contestó muy triste el pez.

- Hay un medio. Si quieres te abriré el vientre con un cuchillo y te sacaré a la bruja.

- Pero si haces eso me matarás.

- No lo creas, porque luego te daré una medicina y quedarás igual que antes.

Convencido por estas palabras, Roú consintió en que le abriesen el vientre, y la serpiente, armada de un cuchillo muy afilado, hizo un largo corte, por el cual salió Laili.

La princesa era ya muy vieja. Doce años había pasado en la selva virgen, y otros doce en el estómago de Roú; no era ya una belleza, y le faltaban todos los dientes.

La serpiente, entregó al pez una botella lleno de un líquido mágico, y tomando sobre sus lomos a la princesa, la condujo al palacio del Rajá Maxnun.

Unos soldados que le oyeron decir: "Maxnun; ¿dónde estás?", le preguntaron qué buscaba.

- Quiero ver al Rajá -contestó la princesa.

Los soldados avisaron al Rajá, diciéndole:

- Una vieja muy vieja, quiere veros, Majestad.

- Hacedla pasar y que exponga sus deseos -contestó el soberano.

Los soldados condujeron a Laili a presencia del Rajá, a quien dijo:

- He venido a casarme contigo. Hace veinticuatro años fuiste a cazar a las tierras de mi padre, el Rajá de Falana. Entonces quise casarme contigo, pero te marchaste antes de que pudiera decírtelo y desde entonces te he buscado por toda la India.

- Perfectamente -replicó el Rajá.- Nos casaremos cuando tú quieras.

- Antes es necesario que pidas a Kuda que nos vuelva otra vez jóvenes.

El soberano rogó a Kuda que devolviese la juventud que él y la princesa habían perdido, y Kuda, le susurró al oído:

- Toca las ropas de Laili y arderán. Cuando se apaguen las llamas, ella y tú seréis de nuevo jóvenes.

Así ocurrió y durante varias semanas el reino celebró grandes festejos en señal de alegría por el casamiento de su soberano con la hermosa princesa Laili.

Al cabo de un tiempo de casados, el Rajá y Laili se trasladaron al reino de Falana, a visitar a los padres de la princesa. Estos, habían llorado tanto la pérdida de su hija que estaban ciegos, pero Kuda, accediendo a los ruegos de Laili, les devolvió la vista.

Para celebrar este acontecimiento hubo numerosos festejos en el reino, y los esposos permanecieron allí durante tres años.

Transcurrido este tiempo se despidieron del Rajá Munsuk y regresaron al reino de Maxnun.

De cuando en cuando, los esposos solían a cazar, y un día el Rajá quiso entrar en una selva muy espesa.

- No entremos -le dijo Laili.- Tengo el presentimiento de que en esta selva puede ocurrirnos algo malo.

Maxnun se rió de los temores de su esposa y la hizo entrar en la selva. Kuda que les observaba desde el cielo se dijo:

- Me gustaría saber cuánto quiere Maxnun a Laili. ¿Se sentirá muy desolado si muriese? ¿Volvería a casarse? Voy a verlo.

Llamando a uno de sus ángeles le ordenó que descendiera a la selva adoptando la forma de un faquir. El ángel lo hizo así, y al llegar encima de la princesa, tiró unos polvos mágicos, y Laili cayó al suelo convertida en un montón de pavesas.

El Rajá Maxnun lloró copiosamente al ver a su amada Laili convertida en cenizas, y lanzando grandes sollozos regresó a su palacio, del cual no salió en muchos años.

Al fin, el dolor fue menguando, y de nuevo reanudó sus paseos con su amigo Husain. Los cortesanos le aconsejaron que volviera a casarse, pero el Rajá se negó.

- Mi esposa sólo será Laili -contestó firmemente.

- Pero ¿cómo puedes casarte con Laili, si está muerta? -le preguntó Husain.- Ella no puede volver a ti.

- Entonces no tendré otra esposa.

Al pronunciar el Rajá estas palabras, sonó un trueno y de un rosal próximo cayó una rosa al suelo. Una nubecilla de humo brotó de la flor, y al disiparse, apareció más bella que nunca la princesa Laili.

Maxnun se arrodilló ante ella y derramando abundantes lágrimas, le juró que nunca más dejaría de seguir su consejo.

Y cuentan las crónicas del país, que los dos soberanos reinaron más de cien años, sin que ninguno de ellos envejeciera nunca.

El día en que cumplía el siglo de su reinado, Maxnun y Laili, salieron al mirador de su palacio y en aquel momento sonó un trueno lejano y el cielo se oscureció unos segundos. Cuando volvió a hacerse la luz, los esposos habían desaparecido, y cuando los cortesanos salieron al mirador en su busca, vieron sorprendidos que de las losas de mármol habían brotado toda clase de rosas.

Y aunque jamás se regaron, aquellos rosales siguieron viviendo en el mármol y fuera verano o invierno, siempre tenían rosas.

Cuentan los palaciegos que cada vez que se cumple un nuevo centenario de la desaparición de los reyes, las rosas se agitan aunque no haga viento, y en el mirador se oye una voz femenina que dice:

- Maxnun, Maxnun.

Y una voz de hombre replica:

- Laili, Laili.

 

 

 

El tigre, el bracmán y el chacal

 

Hubo una vez un tigre que cayó en una trampa. En vano trató de salir por entre los barrotes; tuvo que darse por vencido y lo proclamó con fuertes rugidos.

Por casualidad un bracmán pasaba por allí y al verle el tigre le dijo:

- Por favor, venerable santo, ayúdame a salir.

- De ninguna manera, amigo mío -replicó el bracmán.- Si lo hiciese me devorarías.

- No lo haré -aseguró el tigre.- Al contrario, te quedará eternamente agradecido y seré tu esclavo.

Tantas fueron las lágrimas que vertió el tigre, que el santo hombre se compadeció de su infortunio y consintió en abrir la trampa.

Libre, el tigre saltó sobre el bracmán, y le dijo:

- ¡Qué estúpido has sido! ¿Quién puede impedirme devorarte en un momento? He estado encerrado mucho tiempo y me muero de hambre.

En vano intentó el bracmán convencerle de lo injusto de su sentencia; la única cosa que logró fue que el juez se atuviera al juicio de las tres primeras cosas a quienes el bracmán interrogara. Si éstas decidían que la condena era injusta, el tigre no lo devoraría.

El bracmán interrogó primero a una acacia, pero el árbol le contestó fríamente:

- ¿De qué te quejas? ¿No doy yo sombra a los cansados pastores y sin embargo ellos arrancan mis ramas para alimentar el ganado? No llores; sé hombre.

El bracmán siguió su camino hasta encontrar un cebú que hacía girar una noria. Sin embargo, la respuesta que obtuvo no fue mejor que la anterior.

- ¡Eres un imbécil si confías en la gratitud! ¡Fíjate en mí! Mientras he dado leche me han alimentado a cuerpo de rey, pero ahora que ya no sirvo para ello, me atan a esta noria que terminará conmigo.

El bracmán reanudó la marcha por la carretera, a la cual preguntó su opinión acerca del caso.

- Lo encuentro muy natural, santo padre -replicó la carretera.- Lo que no encuentro natural es que vos, esperaseis otro pago. ¡Fijaos en mí! Soy útil a todos, ricos y pobres, grandes y pequeños, y ¿qué obtengo de ello? Que me abran profundos surcos en mi carne y me tiren los residuos de sus comidas.

El bracmán, abatido, apartóse del camino. En esto tropezó con un chacal que le preguntó:

- ¿Qué os ocurre, santo bracmán? Parecéis como un pez fuera del agua.

El bracmán explicó al chacal lo que le ocurría.

- ¡Qué historia tan enredada! -exclamó el chacal.- ¿Queréis repetírmela de nuevo, a fin de que me haga cargo de todo lo que ha pasado?

El bracmán repitió su historia, pero el chacal movió la cabeza indicando que no entendía aún.

- Es muy extraño -murmuró,- pero me da la impresión de que me entra por un oído y me sale por otro. Será mejor que vayamos al sitio donde ha ocurrido eso y así, tal vez, pueda entenderlo mejor.

Regresaron, pues, junto a la trampa en donde el tigre esperaba el regreso del bracmán.

- Has tardado mucho -le reconvino.- Pero en fin, te perdono. Dispónte a servirme de cena.

- Dadme unos minutos -pidió el bracmán.- Quisiera explicar al chacal cómo ha ocurrido la cosa. Es un poco duro de cabeza y no me ha entendido bien.

El tigre consintió en ello y el bracmán empezó de nuevo la historia, sin omitir detalle alguno.

- ¡Qué cabeza la mía! -dijo el chacal, apretándose las sienes.- Repetid otra vez ese cuento. Vos estabais en la trampa, y en esto aparece el tigre...

- ¡Idiota! exclamó el tigre.- Yo era quien estaba dentro de la trampa.

- ¡Sí, sí, claro, ya comprendo! Yo estaba dentro de la trampa y... -el chacal se apretó de nuevo las sienes.- ¡No, no era yo! ¡No sé cómo tengo el cerebro! El tigre había caído dentro del bracmán y llegó la jaula... ¡No, tampoco es esto!

- ¡Claro que no! -rugió el tigre, enfadado por la estupidez del chacal.- Te lo voy a explicar gráficamente, con detalles. Yo soy el tigre, ¿me entiendes?

- Sí, señor tigre.

- Este es el bracmán.

- Sí, señor tigre,

- Yo estaba dentro de la trampa. Yo, ¿entiendes?

- Sí... No... no le entiendo mucho, ¿podría...?

- ¿Qué? -aulló impaciente el tigre.

- ¿Podría explicarme cómo cayó en la trampa?

- ¿Cómo? Pues como se cae en una trampa.

- No, no, así no nos entenderemos. La cabeza vuelve a darme vueltas. ¿Cuál es la manera de caer dentro de una trampa?

Al oír esto el tigre agotó la paciencia y saltando dentro de la trampa gritó:

- ¡Esta! ¿Has entendido ahora cómo es?

- Perfectamente -sonrió el chacal, y cerrando diestramente la puerta, añadió:

- Con vuestro permiso, señor tigre, os diré que ahora las cosas quedan como antes y podréis reflexionar acerca de la conveniencia de cumplir la palabra que se da.

 

 

El anillo encantado

 

Un mercader entregó trescientas rupias a un hijo suyo y le dijo que se trasladara a otro país y probara allí fortuna en el comercio.

El hijo obedeció y a las pocas horas de haberse puesto en camino, llegó junto a un grupo de hombres que se peleaban por un perro que uno de ellos quería matar.

- Por favor, no maten al perro -dijo el joven.- Les daré cien rupias por él.

La oferta fue aceptada enseguida y el alocado joven recibió el perro, con el cual continuó su camino. Poco después tropezó con unos hombres que se disponían a matar un gato.

- No lo maten -les pidió.- Les daré cien rupias por él.

El cambio fue aceptado enseguida y el joven recibió el gato a cambio de su oro. Siguió adelante con los dos animales hasta llegar a un grupo de personas que se preparaban para matar a una serpiente.

- No maten a esa serpiente -suplicó el hijo de¡ comerciante.- Les daré cien rupias por ella.

Desde fuego, los campesinos no se hicieron repetir la oferta, y el joven se vio dueño de tres animales, con los cuales no sabía qué hacer. Como no le quedaba ni un céntimo, resolvió volver a casa de su padre, quien al ver cómo había gastado su hijo el dinero que le entregara, exclamó:

- ¡Loco, más que loco! Ve a vivir a un establo para que te arrepientas de lo que has hecho. Nunca más entrarás en mi casa.

El joven lo hizo así. Su lecho era la hierba cortada para el ganado y sus compañeros eran el perro, el gato y la serpiente, que tan caros había comprado. Los tres animales le querían con locura y no se apartaban de él ni un segundo. De noche dormían el perro a su cabeza, el gato a sus pies y la serpiente sobre su pecho.

Un día la serpiente dijo a su amo:

- Soy la hija del Rey de las serpientes. Un día que salí de la tierra a respirar el aire puro, fui cogida por aquellos hombres que querían matarme, y tú me salvaste. No sé cómo podré pagarte tu bondad. ¡Ojalá conocieras a mi padre; tendría una gran alegría en conocer al salvador de su hija!

- ¿Dónde vive? -preguntó el hijo del mercader.­ Me gustaría verle.

- Podríamos ir los dos -replicó la serpiente.- En el fondo de la montaña que se ve allá a lo lejos, hay un pozo sagrado. Saltando dentro de él, se llega al país de mi padre. ¡Si vamos se pondrá muy contento y te premiará!... -La serpiente pareció reflexionar un instante.- Pero, ¿cómo te premiará? -preguntó.­ ¡Ah, sí! Óyeme bien. Si te pregunta qué deseas como premio por haberme salvado, dile que quisieras el anillo mágico y el famoso tazón y la cuchara encantados. Con esas dos cosas no necesitarías nunca nada, pues el anillo tiene una propiedad tal, que con sólo pedírselo entrega enseguida una hermosa casa amueblada con todo el lujo posible; y el tazón y la cuchara con tanta comida como se desee.

Acompañado por sus tres amigos, el joven fue al pozo y se dispuso a saltar dentro.

Al ver lo que iba a hacer, el perro y el gato le dijeron:

- ¿Qué vamos a hacer sin ti? ¿Dónde iremos? -Esperadme aquí. No voy lejos, y por lo tanto, no tardaré.- Y al decir esto, el joven saltó al agua y desapareció de la vista de los dos animalitos.

- ¿Qué haremos? -preguntó el perro.

- Quedémonos aquí -replicó el gato.- Debemos obedecer a nuestro amo. No te preocupes por la comida, pues yo iré al pueblo y traeré cuanta podamos necesitar.

Y así lo hizo, y durante el tiempo que tardó en volver su amo, a los dos animalitos no les faltó nada en absoluto.

El joven y la serpiente llegaron a su destino en completa salud y fueron despachados mensajeros que anunciaron al Rey su llegada. El soberano ordenó que su hija y el forastero aparecieran ante él. Pero la serpiente se negó, diciendo que no podía hacerlo hasta ser puesta en libertad por el forastero, cuya esclava era desde el momento en que la salvó de una muerte horrible.

Al oír esto, el Rey fue al encuentro de su hija y del joven, a quien saludó, ofreciéndole cuanto contenía el palacio. El hijo del comerciante agradeció las finezas del rey y pasó varios días en su compañía. Al marcharse lo hizo con el anillo mágico y el tazón encantado.

Cuando salió del pozo sintió una gran alegría al encontrar a su perro y a su gato, quienes le contaron sus aventuras y escucharon asombrados el relato de su amo. Juntos, los tres pasearon por la orilla de¡ río y al llegar a un paraje muy hermoso, el joven decidió comprobar la eficacia del anillo. Lo cogió fuertemente y le pidió una casa. Al momento apareció una maravillosa casita, con una no menos maravillosa princesa de cabellos de oro, dientes de perlas y labios de rubíes. El joven habló entonces al tazón e inmediatamente aparecieron fuentes de la más deliciosa comida.

Locamente enamorado de la princesa, el hijo del comerciante se casó con ella y durante varios años fueron muy felices. Sin embargo, un día, mientras la princesa se peinaba, metió algunos de los cabellos que le cayeron, en una cajita de nácar, que pensaba tirar al río. Dio la casualidad que esta cajita llegó a manos de un príncipe que vivía a muchas leguas de distancia, río abajo, quien curioso por ver lo que contenía, la abrió, quedando al momento enamorado de la mujer que tenía aquellos cabellos. No la había visto nunca, pero se imaginaba que debía de ser muy hermosa.

Loco de amor, el príncipe se encerró en sus habitaciones y no quiso salir de ellas para comer ni beber; tampoco quiso dormir, y el Rajá, su padre, intranquilo por lo que le ocurría, no supo qué hacer. Su mayor temor era que su hijo muriese, dejándole sin herederos. Al fin decidió pedir ayuda a su tía, que era una maga muy famosa.

La vieja consintió en ayudarle, asegurando que descubriría el motivo de la tristeza de su hijo. Cuando se enteró de lo que le ocurría al príncipe, se transformó en una abeja y después de husmear los cabellos de oro, se fue río arriba, siguiendo el rastro hasta llegar a la casa de la hermosísima princesa. Allí se transformó en una noble dama y se presentó a la princesa, diciendo:

- Soy tu tía; me marché de aquí cuando tú acababas de nacer, y por eso no me reconoces.

Después de esto, abrazó y besó a la hermosa joven, quien quedó convencida de que aquella mujer era en realidad su tía.

- Quedaos tantos días como queráis. Esta casa es vuestra y yo soy vuestra servidora.

La hechicera sonrió complacida, diciéndose:

"La he engañado. Pronto haré de ella lo que quiera."

Al cabo de tres días, empezó a hablar del anillo mágico, aconsejando a la princesa que se lo pidiera a su marido, ya que éste estaba siempre de caza y podría perderlo. La princesa siguió la indicación de la que ella creía su tía y pidió el anillo, que su marido le entregó al momento.

La hechicera aguardó un día más antes de pedir ver la maravillosa joya. Sin sospechar nada, la princesa se la entregó. La maga transformóse inmediatamente en abeja y con el anillo voló hasta el palacio del príncipe, a quien dijo:

- Levántate y no llores más. La mujer de quien te has enamorado aparecerá ante ti tan pronto como quieras -y al decir esto entregó el anillo que quitara a la princesa.

Loco de alegría, el príncipe cogió el anillo y le pidió que trajese ante él a la princesa. Sonó un trueno y la casa, con su bellísima ocupante, descendió en el jardín del palacio.

El joven entró en la casa y cayendo de rodillas ante la princesa de los cabellos de oro, le pidió que consintiese en ser su esposa. La princesa, viendo que no había ningún medio para huir, accedió a lo que se le pedía, poniendo, no obstante, la condición de que el príncipe aguardaría un mes.

Entretanto, el hijo del mercader que había vuelto de caza, quedó muy sorprendido y desesperado al ver que su casa y su mujer habían desaparecido. Ante él se extendía el terreno tal como lo viera antes de comprobar el poder del anillo mágico que le regaló el Rey de las serpientes.

Loco de dolor el joven se sentó a la orilla del río, decidido a aguardar allí la llegada de la muerte. El gato y el perro, que al ver desaparecer la casa se habían ocultado, se acercaron a su dueño y le dijeron:

- Tu dolor es grande, nuestro amo, pero si nos das un mes de tiempo te prometemos remediar el mal y rescataremos tu mujer y tu casa.

- Perfectamente, aceptó el príncipe.- Id y devolvedme a mi mujer. Si lo hacéis, seguiré viviendo.

El gato y el perro partieron a toda velocidad en dirección del sitio en que suponían estaba la casa, y al cabo de unos días de viaje, llegaron al palacio del Rajá.

- Espérame aquí fuera -dijo el gato al perro,- que yo entraré a ver si encuentro a la princesa. Como soy mucho más pequeño que tú, podré pasar inadvertido.

El perro asintió y el gato saltó la alta tapia que rodeaba los jardines del palacio y en pocos momentos llegó junto a la princesa de los cabellos de oro, quien al verle lo abrazó llorosa y le contó lo que había ocurrido, preguntando al terminar:

- ¿No hay modo de huir de las manos de estas gentes?

- Sí, -contestó el gato.- Decidme dónde está el anillo y con él os sacará de aquí.

- El anillo lo guarda la hechicera en el estómago.

- Perfectamente, esta noche mismo lo recuperaré, y una vez en nuestro poder seremos los dueños de la situación.

Después de saludar a su ama con una cortés reverencia, el gato bajó a los sótanos del palacio y cuando, hubo descubierto un nido de ratones, se tumbó junto a él, fingiendo estar muerto.

Casualmente, aquella noche se celebraba el casamiento del hijo del rey de los ratones con la hija de la reina de las ratitas, y por aquel agujero debía salir la comitiva. Cuando el gato vio la procesión de ratitas y ratones, puso en práctica el plan que había formado, y cogiendo al príncipe de los ratones lo agarró fuertemente sin hacer caso de sus protestas.

- ¡Por favor, suéltame, suéltame! -chilló el aterrorizado ratón.

- Por favor, soltadle, señor Gato -suplicó la comitiva.- Hoy es su noche de bodas.

- Si queréis que lo suelte es necesario que hagáis algo por mi -contestó el gato.

- ¿Qué queréis que hagamos? -preguntaron los ratones.

- Deseo que me traigáis el anillo que la hechicera tiene en el estómago. Si me lo traéis dejaré ir al príncipe; de lo contrario lo mataré.

- Yo os lo traeré -dijo un ratón blanco, que parecía más listo que sus compañeros. -Conozco el cuarto de la hechicera y además, la vi cuando se tragó el anillo.

El ratoncito blanco, corrió a la habitación de la maga, a la cual llegó por mil intrincados subterráneos, y después de asegurarse de que estaba dormida, saltó sobre la cama y metiendo la cola dentro de la boca de la anciana la hizo toser y expulsó el anillo, que rodó por el suelo, con alegre sonido.

Sin perder un segundo, el ratoncito galopó por los caminos subterráneos, hasta llegar al sitio donde aguardaba el gato, a quien entregó el anillo. El gato cumplió su promesa y dejó ir al príncipe de los ratones, que fue a reunirse con su novia, que le aguardaba sollozando junto con su madre.

El gato fue a reunirse con el perro y al llegar junto a él le dijo que ya tenía el anillo.

- Entonces -replicó el perro,- lo mejor será que te montes en mi lomo, pues yo corro mucho más que tú y así llegaremos antes al sitio donde nos espera nuestro amo.

Tres días corrió sin descansar el perro, y al fin, jadeando fuertemente, se dejó caer a los pies de su amo, a quien el gato entregó el anillo, cuyo mágico poder devolvió junto a su esposo a la princesa de los cabellos de oro.

El matrimonio fue muy feliz, y nunca más volvió a separarse. En su casa, los visitantes ven un gato y un perro muy viejos y casi ciegos, a los cuales los esposos tratan con mucho cariño. A veces también acude a la casa una enorme serpiente que lleva una corona de diamantes en la cabeza. Y en tales ocasiones, las risas de felicidad suenan muy fuertes y prolongadas.

 

 

El hijo del adivino

 

Estando en su lecho de muerte, un adivino hizo el horóscopo de su segundo hijo, cuyo nombre era Gengazara, y ésta fue la única fortuna que le legó, dejando todo su dinero y tierras al hijo mayor. Gengazara leyó atentamente el horóscopo y se dijo:

- ¿Esto es todo lo que ha de ser mi vida? Mi padre jamás falló en sus horóscopos, y el mío no puede ser peor: seré pobre todo la vida. Estaré diez años en la cárcel. Moriré a la orilla del mar; lo cual significa que me encontraré lejos de mis amigos y parientes en un país bañado por el mar. Y ahora viene la parte más curiosa del horóscopo: más tarde tendré alguna felicidad. Esa felicidad es un enigma para mí.

Cuando terminaron los funerales, el muchacho se despidió de su hermano mayor, y partió hacia Benarés. Como quería evitar las orillas del mar, a fin de vivir muchos años, se adentró en un terrible desierto y a los tres días se encontró sin agua y sin comida. La situación era desesperada, pero el joven no se inmutó.

- Mi padre jamás se equivocó en sus profecías, y si me predijo que moriría junto al mar, no hay peligro de que fallezca en este desierto.

Este pensamiento calmó un poco la terrible sed que sentía, y al mismo tiempo le dio nuevas fuerzas, haciendo que al poco rato llegase junto a un pozo en ruinas.

Pensando que podría obtener algo de agua descolgando su cantimplora con un cordel, lo hizo así, y de pronto llegó a sus oídos una voz que decía:

- Sálvame, hombre. Soy el rey de los tigres y me estoy muriendo de hambre. En los últimos tres días no he comido nada. La suerte te ha traído a ti a este pozo. Si me ayudas encontrarás en mí un amigo para toda la vida. No creas que soy un animal de presa. Si me salvos no tocaré un pelo de tu ropa. Por favor te ruego que me saques de aquí.

- ¿Debo sacarle o no? -se dijo Gengazara.- Si le saco puedo convertirme en su comida. Pero no, no puede ser porque según el horóscopo de mi padre debo morir junto al mar y esto no se parece en nada al Océano. Además, mi padre jamás se equivocó.

Sin vacilar un momento más, el joven tendió al tigre su cantimplora atada al cordel. El animal se cogió a ella y ayudado por el hombre, saltó fuera del pozo. Fiel a su palabra no intentó nada contra Gengazara. Al contrario, dio tres vueltas alrededor de él y deteniéndose ante el joven, le dijo:

- Mi bienhechor. Nunca olvidaré este día ni tu bondad. En premio a ella te juro ayudarte en todas las dificultades en que puedas encontrarte. Si me necesitas no tienes más que pensar en mí y al momento acudiré a tu lado.

"Ahora, voy a contarte el motivo de hallarme dentro del pozo. Hace tres días encontré a un joyero y le perseguí para comérmelo. Viendo que no podía escapar de mis garras, el hombre saltó dentro de este pozo y ahora se encuentra en el fondo del mismo. Yo le seguí, pero me quedé cogido en un saliente. Un poco más abajo, en otro saliente, se encuentra una serpiente de cascabel medio muerto de hambre. Más hacia el fondo, también en otro saliente, hay una rata. Sin duda te pedirán los tres que los saques del pozo. Pues bien, como amigo te diré que ayudes a los dos animales, pero que no hagas caso de las demandas del joyero. Los joyeros no son gente de fiar, y éste mucho menos que los demás. Por tu bien no le auxilies, podrías arrepentirte.

Dicho esto, el tigre se marchó por el desierto, sin aguardar la respuesta de su salvador.

Gengazara reflexionó sobre las palabras del tigre y uno tras otro salvó a la serpiente y a la rata.

Ambos animales dieron tres vueltas a su alrededor, y como el tigre, le prometieron ayudarle en el momento en que los necesitase. Para tenerlos a su lado no tendría que hacer más que pensar en ellos. Pero lo mismo que el tigre, le advirtieron de¡ peligro de salvar al joyero.

El joven recapacitó acerca del consejo dado por los tres animales, pero como tenía mucha sed, dejó bajar la cantimplora, para coger agua. El joyero le pidió por todos los dioses que le salvara del lugar aquel, prometiéndole ser su amigo eterno.

Gengazara, que era bueno, no pudo resistir las peticiones del desgraciado y le salvó como a los animales. Después, siempre temiendo que aún quedara alguien en aquel concurrido pozo del desierto, hizo bajar la cantimplora, y al fin pudo saciar su sed.

- Mi querido amigo y protector -le dijo el joyero.- He oído la serie de tonterías que os han dicho esos tres animales. Me alegro infinito de que no hayáis hecho caso de sus consejos. Me estoy muriendo de hambre y os ruego me permitáis dejaros. Me llamo Manicasari y vivo en Ujaini, a veinte kas al Sur de este lugar. Cuando regreséis de Benarés podéis pasar por mi casa y tendré un gran placer en pagaros un poco de lo mucho que por mí habéis hecho.

Dicho esto, el joyero se despidió de Gengazara, quien partió hacia el Norte, en dirección a Benarés.

Llegó a la ciudad Santa y vivió en ella durante diez años, durante los cuales olvidó casi por completo al tigre, a la serpiente, a la rata y al joyero. Al cabo de diez años de vida religiosa, el recuerdo de la casa de su hermano y el deseo de verle le asaltaron tan insistentemente, que se dijo:

- Con las prácticas religiosas que he hecho, he debido de conseguir suficientes méritos. Es, pues, el momento de regresar a mi casa.

Recordando la profecía de su padre acerca de morir a la orilla del mar, regresó a su pueblo por el mismo camino que siguiera diez años antes, y así se dio el caso de que llegase junto al pozo donde le ocurrió la antes descrita aventura. Enseguida le asaltaron los recuerdos de ella y pensó en el tigre y en la prometida fidelidad.

Apenas habían transcurrido unos segundos, cuando de detrás de unos matorrales salió el rey de los tigres trayendo una pesada corona en la boca. Los brillantes y perlas de que estaba incrustada, brillaban fuertemente a los rayos del sol. El tigre depositó la corona a los pies de su salvador y dejando de lado todo su orgullo, se tendió ante él como un perrillo.

- Mi salvador -empezó con voz dolida.- ¿Cómo es que me has olvidado durante tantos años? Siento una felicidad enorme al comprobar que aún ocupo un rinconcito en tu pensamiento. Nunca olvidaré el día en que me salvaste la vida, y por ello, como poseo algunas joyas, te he traído esta insignificante corona, que podrás vender a buen precio en tu país.

El joven examinó una y otra vez la corona, contó los diamantes y las perlas, y se dijo que con su importe sería uno de los hombres más ricos. Dio las gracias al tigre y cuando éste se hubo marchado, pensó en la serpiente y en la rata. Los dos animales acudieron inmediatamente con su regalo, dieron amplias muestras de¡ cariño que sentían por el hombre que les había salvado la vida, y después de saludar humildemente a Gengazara, se despidieron de él, dejándole reflexionando acerca de la fidelidad demostrada por ellos.

- Si estos tres animales se portan así, ¿cómo se portará Manicasari, que es un ser humano? Como esta corona es demasiado voluminosa para llevarla así todo el camino, le pediré que funda el oro y me haga un lingote. Así haré un paquete con el oro, las perlas y los diamantes, y podré caminar mucho más tranquilo.

Así pensando, llegó a Ujaini donde preguntó por el joyero Manicasari, cuya casa le fue enseñada al momento. Manicasari se mostró contentísimo al ver de nuevo al hombre que diez años antes, a pesar del consejo dado por tres animales, le había salvado la vida. Gengazara le mostró en seguida la corona que había recibido del tigre y le pidió su ayuda para separar el oro y los diamantes.

El joyero accedió de buena gana e invitó a su huésped a que descansara, y fuese luego a bañarse. Gengazara que era muy religioso se dirigió al río, a tomar el baño que ordena la Religión.

Ahora bien: ¿Cómo llegó la corona aquella a poder del tigre? De una manera muy sencilla: una semana antes, el Rajá de Ujaini había salido de caza con sus cortesanos. De pronto, un tigre salió de la espesura, y precipitándose sobre él, lo arrastró hasta su cubil, sin que los demás cazadores tuvieran tiempo de rescatar el cuerpo.

Cuando los cortesanos informaron de lo ocurrido al príncipe heredero, éste que adoraba a su padre derramó abundantes lágrimas, y proclamó que daría la mitad de su reino a aquel que le llevase noticias del asesino del Rajá.

El joyero sabía perfectamente que el soberano fue muerto por el rey de los tigres, pues Gengazara le había dicho como obtuvo la corona; sin embargo, como deseaba ser más rico de lo que ya era, decidió denunciar a Gengazara como el asesino del Rajá, y cogiendo la corona fue a ver al nuevo soberano a quien informó de que el asesino de su padre estaba ya descubierto.

El Rajá cogió la corona y la examinó atentamente, convenciéndose de que era realmente la de su padre, y sin pensarlo más dio a Manicasari la mitad de su reino y después le preguntó dónde estaba el asesino.

- Bañándose en el río -contestó el joyero, dando a continuación los detalles necesarios para que le reconociesen.

Un regimiento entero fue en busca de Gengazara, que se hallaba sentado junto al río, sumido en hondas meditaciones. Sin decirle ni una palabra, los soldados lo ataron fuertemente y lo condujeron ante el Rajá. Éste volvió la cabeza para no ver al supuesto asesino de su padre, y ordenó que fuese encerrado en un calabozo subterráneo para que muriera de hambre y sed, ya que ésta era la pena que se imponía en el país a los asesinos.

Al quedar encerrado en la celda, Gengazara reflexionó acerca de lo ocurrido. Era inútil acusar al joyero o al príncipe, ya que en realidad no eran ellos los verdaderos causantes de la prisión del joven. El Destino está escrito y ningún mortal puede librarse de sus decisiones.

- El de hoy es el primer día del horóscopo de mi padre. Hasta ahora su profecía ha resultado cierta, pero ¿cómo voy a vivir diez años en este calabozo, sin tener ni una miga de pan que llevarme a la boca? No cabe duda que moriré dentro de dos días. Pues bien, antes de que me alcance la muerte pensaré mis fieles animales.

Apenas acababa de formular Gengazara este pensamiento, el tigre, la serpiente y la rata, a la cabeza de sus ejércitos se reunieron en un jardín próximo la cárcel, y se preguntaron qué podían hacer. Al cabo de un rato de discutir, decidieron que lo mejor sería abrir un pasaje subterráneo.

El rey de las ratas dio una orden y todo su ejército emprendió la abertura de un túnel que fuese a parar a la celda donde gemía Gengazara. Tanto y tan deprisa trabajaron las ratas, que en un día abrieron el túnel, y el soberano de las ratos pudo llegar hasta su salvador, con quien se lamentó por lo injusto de su suerte. Para animarle le dijo que no le faltaría, de nada, y volviéndose a las ratas que formaban su corte, que eran las más listas, les dijo:

- Ordenad al momento a todos mis súbditos que traigan aquí toda la comida que encuentren. Decidles también que rasquen trozos de ropas, que los sumerjan en agua y los traigan a toda prisa. Así nuestro bienhechor podrá exprimirlos y tener agua para beber.

Cuando el rey de las ratas se hubo retirado, llegó lo reina de las serpientes e inclinándose ante el joven le dijo:

- El dolor me abruma al verte en esta situación. El rey de los tigres está también desesperado, mas él no puede llegar hasta aquí, por impedírselo su tamaño. El rey de las ratas nos ha prometido que no te faltará comida. Nosotros también haremos todo lo posible por ti. Desde hoy aumentarán las muertes por mordeduras de tigre y veneno de serpiente. Siempre que oigas pasar algún carcelero cerca de tu celda, grita: "El Rajá me hizo encarcelar bajo la falsa acusación de haber matado a su padre, cuando fue un tigre quien lo hizo. Desde aquel día mil desgracias han caído sobre el país. Que se me deje en libertad y con mis poderes curaré a los heridos y pondré fin a la plaga". Alguien comunicará tus palabras al Rajá y así conseguirás tu libertad.

Los tigres y las serpientes emprendieron enseguida la ofensiva y durante diez años las muertes fueron era aumento, llegando a convertirse en una verdadera plaga. Gengazara continuó alimentado por las ratas, y la excelencia de la comida que le llevaban, mejoró mucho su aspecto, convirtiéndose en un hombre de majestuosa presencia.

La última noche de los diez años, una serpiente llegó al dormitorio de la princesa y le clavó su aguijón, causándole la muerte. Era la única hija del Rajá, y éste sintió una gran desesperación, llamando enseguida a todos los médicos del país, prometiendo su reino y la mano de su hija a quien la resucitara.

Dio la casualidad que un criado que había oído varias veces las palabras de Gengazara, las comunicó al soberano, quien enseguida ordenó que fuese llevado a su presencia el prisionero, si realmente había un hombre vivo allí, cosa que nadie creía, pues durante diez años la celda había permanecido cerrada. Sin embargo, los que fueron al calabozo vieron vivo a Gengazara, y maravillados, se preguntaron cómo habría logrado vivir tanto tiempo. Alguien susurró que debía de ser un mago y otros dijeron que Bracma debía de ayudarle. De todas formas lo condujeron a la presencia del Rajá.

Apenas vio éste a Gengazara, cayó desmayado, tanta era la majestad del cautivo. Los diez años de encarcelamiento habían dado a su piel una especie de brillo fantástico. Para que pudiera vérsele el rostro fue necesario cortarle el cabello, que le llegaba hasta los pies, cubriendo así su desnudez. Cuando estuvo vestido, el Rajá se prosternó ante él y le suplicó humildemente que devolviera la vida a su hija.

- En el término de una hora traedme todos los cadáveres que aún no hayan sido quemados. Los resucitaré a todos.- Estas fueron las únicas palabras que pronunció Gengazara.

Centenares de muertos fueron llevados ante el Bracmán, quien cogiendo uno taza de agua tiró unas gotas sobre cada cadáver, con el pensamiento fijo en la reina de las serpientes y en el rey de los tigres. Apenas eran mojados los muertos, revivían como si sólo hubieran estado dormidos. También la princesa fue resucitada, y la alegría del Rajá no tuvo límites. Maldijo el día en que hizo caso del joyero, a quien hizo decapitar sin perder un momento, ordenando que su cabeza fuera colocada a la entrada de la población, para escarmiento de los que faltan a la verdad.

Como había prometido, dio su reino a Gengazara y también le dio la mano de su hija. El Bracmán aceptó esto último, pero rechazó de momento el reino de Ujaini, diciendo que ya lo heredaría cuando el Señor se llevase al Rajá.

Se celebró el casamiento con la pompa acostumbrada en tales casos, y al cabo de unos días, Gengazara pidió permiso para ir a visitar a su hermano a quien no veía desde veinte años antes. El Rajá y la princesa aceptaron y Gengazara marchó hacia su país natal.

Debido al tiempo que hacía que abandonó el lugar, no pudo encontrar el camino, y extraviándose fue a dar a la orilla del mar. Su hermano, que se dirigía a Benarés, también había tomado aquel camino y así dio la casualidad de que ambos hermanos se encontraron de pronto y cayeron uno en brazos del otro. Tanta fue la alegría que experimentó Gengazara, que cayó muerto de un ataque al corazón.

El hermano mayor era ferviente adorador de Ganesa y como era jueves, día sagrado para ese dios, llevó el cadáver a un templo próximo y llamó a Ganesa. Este acudió al punto, preguntando a su adorador qué deseaba.

- Mi pobre hermano ha muerto, y éste es su cadáver. Os pido por favor que vigiléis su cadáver hasta que termine los preparativos para la quema. Si lo dejara en otro lugar, los diablos podrían llevárselo.

El dios prometió hacerlo y el hermano fue a cumplir los requisitos necesarios para la incineración. Ganesa llamó a sus servidores y les ordenó que vigilasen el cadáver de Gengazara, pero éstos, en vez de hacerlo, lo devoraron.

Cuando el hermano hubo terminado su trabajo, fue en busca del cadáver de Gengazara. Ganesa llamó a sus servidores y les ordenó que devolviesen el cadáver. Los criados llegaron cabizbajos y temblorosos temiendo la ira de su dueño, y le confesaron su falta.

Ganesa rugió enfurecido y mató a todos los servidores que habían devorado a Gengazara.

El hermano, al ver que no aparecía el cadáver, empezó a quejarse amargamente.

- ¿Este es el premio de mi fe en vos? -preguntó a Ganesa.- Ni siquiera sois capaz de entregarme el cuerpo de mi hermano.

Avergonzado por estas palabras, Ganesa recurrió a su divino poder y en vez de entregar un cadáver devolvió a Gengazara vivo.

Así el hijo menor del adivino fue devuelto a la vida.

Los dos hermanos fueron juntos a Ujaini, donde Gengazara reinó al cabo de poco tiempo, confiriendo a su hermano mayor el cargo de Gran Visir, que desempeñó con gran tacto y justicia.

Durante el reinado de Gengazara el país prosperó grandemente y la felicidad reinó en él.

Y así se cumplió totalmente la profecía del adivino.

 

 

Harisarman

 

En cierto poblado vivía un Bracmán llamado Harisarman. Era pobre y tonto, lo cual le impedía conseguir un trabajo con el cual poder alimentar a sus numerosos hijos. Así, para conseguir algún sustento iba pidiendo limosna de casa en casa.

Un día llegó a una importante ciudad y quiso su suerte que entrase al servicio de un hombre muy rico, llamado Estuladata. Sus hijos guardaron los ganados del dueño, y su mujer cuidó de preparar las comidas. En cuanto a él, vivió cerca de la casa de su patrón y se ocupó del cuidado de sus propiedades.

Un día celebróse una gran fiesta en la casa, en ocasión del casamiento de una hija de Estuladata, a la misma asistieron todos los amigos del potentado. Harisarman tenía la confianza de poderse hinchar de cosas buenas; pero nadie en la casa se acordó de él ni de su familia.

Esto le molestó mucho, y aquella noche al acostarse, le dijo a su mujer:

- Es a causa de mi pobreza y estupidez que me tratan de esta manera. Voy a fingir que poseo un poder mágico, y así Estuladata me respetará. En cuanto se te presente una ocasión, dile que tengo poderes mágicos.

Reflexionando sobre esto, pasó gran parte de la noche, y al fin, cercana ya el alba, levantóse de la cama y cogió el caballo del cuñado de Estuladata y lo escondió a cierta distancia de la casa.

A la mañana siguiente, los amigos del novio no pudieron encontrar el caballo por más que buscaron, y mientras Estuladata ordenaba a sus criados que buscaran en todas direcciones hasta encontrar el caballo y el ladrón, la mujer de Harisarman fue a verle, diciéndole:

- Mi marido está muy versado en la Astrología y en las ciencias mágicas. Estoy segura de que podría devolveros el caballo. ¿Por qué no vais a interrogarle?

Al oír esto, Estuladata mandó llamar a Harisarman, quien dijo:

- Ayer fui olvidado, pero ahora que han robado el caballo os acordáis de mí.

- Me olvidé de ti, perdóname -dijo humildemente Estuladata.- Te pido por favor que me digas quién ha robado el caballo de mi yerno, y dónde está.

Harisarman asintió en silencio y marcó unas líneas en el suelo, donde se sentó a reflexionar. Al cabo de un rato de permanecer sumido en fingidas meditaciones, dijo:

- El caballo ha sido dejado por los ladrones en el bosquecillo que hay a una legua de aquí. Lo han colocado allí para trasladarlo a otro lugar en cuanto anochezca.

Al escuchar estas palabras, los criados de Estuladata se dirigieron al sitio indicado y regresaron con el caballo, alabando grandemente la sabiduría de Harisarman, a quien calificaron de sabio y le concedieron infinidad de honores.

Pasó el tiempo y llegó un día en que del palacio del Rajá se llevaron gran cantidad de joyas de oro y plata. Como no se pudo encontrar el ladrón, el Rajá mandó llamar a Harisarman, cuyo conocimiento de los ciencias ocultas era conocido en toda la población.

- Mañana os contestaré a vuestra pregunta -dijo Harisarman al verse ante el soberano.

Su único deseo era ganar tiempo, en la esperanza de que sucediera algún milagro.

El Rajá ordenó que le prepararan una habitación en el palacio y Harisarman se trasladó a ella, lleno de pesar por haber pretendido conocer lo que ignoraba.

Una de las sirvientas del palacio, llamada Lenua, era quien, con ayuda de su hermano, había robado las joyas. Alarmada por la presencia de Harisarman, fue a medianoche a escuchar por la cerradura de la habitación del falso mago. Este se hallaba en aquellos momentos maldiciendo su lengua, con la que había formulado la mentira de que era práctico en las ciencias mágicas.

- ¿Qué has hecho, lengua, qué has hecho? ¡Malvada, pronto recibirás por entero el castigo que te mereces!

Lenua, que oyó estas palabras, creyó que Harisarman decía Lenua en vez de lengua, y loca de terror por haber sido descubierta, entró en la estancia y postrándose ante el sabio mago, le dijo con voz entrecortada:

- Bracmán, yo soy Lenua a quien habéis descubierto. Soy la ladrona del tesoro, que escondí en el jardín de palacio, debajo de un granado. Os pido por favor que no me descubráis y aceptéis la pequeña cantidad de oro que tengo.

Al oír esto Harisarman replicó vivamente:

- Retírate; sé todo lo que me dices; conozco el presente, pasado y futuro; pero no te denunciaré, porque eres una miserable criatura que ha implorado mi protección. Sin embargo, es necesario que me entregues todo el oro que tienes en tu poder.

La criada aceptó muy agradecida y se retiró de la habitación, dejando a Harisarman grandemente asombrado.

- El Destino es inquebrantable -se dijo.- Está decidido que yo sea un sabio mago y a pesar de haber estado a dos pasos de la muerte, he salido bien librado. Mientras maldecía mi lengua, la ladrona Lenua se ha arrojado a mis pies, suplicándome que no la descubra. ¡Cuántos delitos hace descubrir el miedo!

Con estos pensamientos, Harisarman pasó alegremente la noche, y cuando al llegar la mañana fue conducido ante el Rajá hizo unos cuantos movimientos extraños y al fin declaró haber descubierto que lo robado se encontraba en el jardín, debajo del único granado que en él había. Declaró también que el ladrón había huido con parte de lo robado.

Tanta admiración produjo al soberano la sabiduría de Harisarman, que le entregó en soberanía, diversos pueblos del reino.

Pero un ministro llamado Devajnanin susurró al oído del Rajá:

- ¿Cómo es posible que un simple Bracmán posea un poder mágico que sólo se obtiene después de muchos años de estudios? Tened la seguridad de que ese hombre está de acuerdo con los ladrones y todo lo que ha hecho ha sido valerse de los informes que le han dado. Antes de entregarle esos pueblos, será mejor que lo pongáis de nuevo a prueba.

El Rajá quedó convencido por las cuerdas palabras de su ministro, y cogiendo una taza de porcelana la llenó de agua, metiendo en ella una cría de ranas. La cubrió luego con un paño y se la presentó a Harisarman, pidiéndole dijese lo que había allí dentro.

Al oír esto, el Bracmán cerró los ojos, pensando que había llegado su última hora, y recordando lo que le decía su padre cuando hacía algo malo, murmuró:

- ¡Dónde te has metido, renacuajo!

El Rajá y los cortesanos prorrumpieron en aplausos al oír estas palabras del Bracmán, ya que en un momento había adivinado el contenido de la taza. El soberano añadió otros pueblos a los que ya le había donado, además, un saco de rupias y una hermosa sombrilla.

Y así, gracias a la costumbre de su padre de llamarle renacuajo, Harisarman se convirtió en uno de los hombres más ricos de la India.

 

 

La tortuga charlatana

 

Un soberano de la India muy amado de su pueblo, tenía un defecto enorme: era muy charlatán.

Su Gran Visir, hombre de gran sabiduría y discreción, estaba enormemente preocupado por el defecto del Rajá. Un día, mientras paseaba por los jardines del palacio, habló así:

- ¿Queréis que os cuente una historia, Majestad?

- Cuenta -replicó el soberano, que por rara casualidad aquel día no tenía muchas ganas de hablar.

- Hace muchos años -empezó el Visir,- vivía en un lago del Himalaya una tortuga. Dos patos silvestres que habían descendido a aquel lago para descansar un poco se hicieron amigos de la tortuga y le dijeron:

" - Amiga tortuga: el lugar donde nosotros vivimos, el Lago Hermoso, del Himalaya, es maravilloso, ¿Por qué no nos acompañas allí?

" - Pero ¿cómo podré llegar allí? -preguntó la tortuga.- Yo no puedo volar.

" - Te llevaremos nosotros -replicaron los patos.­ Pero has de conservar la boca cerrada y no hablar ni una sola vez.

" - ¡Oh, eso es muy sencillo!

" - Perfectamente, cógete con la boca a este palo, y nosotros sostendremos los extremos.

" Y diciendo esto, los dos patos cogieron con el pico un fuerte palo, de cuyo centro se colgó la tortuga.

" Volaron, volaron los dos patos, y de pronto unos campesinos que los vieron exclamaron:

" - ¡Dos patos llevan una tortuga colgada de un palo!

" Al oír esto la tortuga no pudo contenerse y fue a replicar:

" - Si mis amigos han escogido este sistema de transporte, ¿qué os importa a vosotros, míseros esclavos?

" Apenas había empezado a pronunciar estas palabras, perdió la presa que hacía en el palo, y cayó, cayó, hasta llegar al suelo, donde quedó completamente destrozada.

" En verdad os digo, Majestad, que aquellos que no saben contener la lengua, por muy grandes que sean sus cualidades, terminan todos como la tortuga del cuento."

El Rajá no contestó nada y continuó su paseo por los jardines; sin embargo, desde aquel día habló mucho menos y todo fue mejor en el reino.

 

 

La serpiente que daba oro

 

En cierto pueblo vivía un Bracmán llamado Haridata. Aunque trabajaba de la noche a la mañana en sus campos, no podía conseguir jamás una buena cosecha, y su pobreza era cada día mayor.

Un día, cuando cansado de trabajar se tendió a descansar a la sombra de un árbol, vio salir de un agujero una gran serpiente.

"Sin duda debe de ser la diosa de este campo -se dijo el Bracmán- y como no le he dedicado ninguna ofrenda estará enfadada conmigo y por eso no obtengo ninguna buena cosecha. Voy a remediar enseguida mi falta."

El Bracmán corrió a su casa y regresó a los pocos minutos con un tazón lleno de leche que dejó a la entrada del nido de la serpiente, diciendo en voz alta:

- ¡Oh, diosa de este campo, perdóname por no haber conocido tu presencia hasta este momento! Por ello nunca te había ofrecido ningún obsequio; pero te prometo que de hoy en adelante no te faltará nada.

A la mañana siguiente, cuando volvió al nido de la serpiente, encontró vacío el tazón y dentro de él una moneda de oro. Desde entonces, cada tarde llevaba un tazón de leche a la serpiente, y al otro día, invariablemente, encontraba una moneda de oro.

Ocurrió que un día el Bracmán tuvo que ir al pueblo a comprar unas herramientas y ordenó a su hijo que llevara la leche a la serpiente. El muchacho así lo hizo, y cuando al otro día regresó a buscar el tazón, encontró una moneda de oro.

" Sin duda la serpiente esa debe de estar llena de oro -se dijo.- La mataré y me quedaré todos las monedas."

Aquella tarde, cuando volvió a llevar la leche, iba armado de una hachuela, con la que trató de cortar la cabeza a la serpiente. Esta se libró de la muerte por verdadero milagro, ya que la hachuela cayó a medio centímetro de ella, y para vengarse del ataque, mordió al muchacho, matándolo en el acto.

El Bracmán y su familia dispusieron una magnífica pira, donde quemaron el cadáver del joven. El padre lloró mucho la pérdida de su único hijo, pero al cabo de unos días volvió a llevar la leche a la serpiente, olvidando en su avaricia que ella era la causante de la muerte del muchacho.

Pasó mucho rato antes de que la serpiente saliera a tomar la leche, y cuando lo hizo fue asomando solo la cabeza.

- Sé que lo único que te trae aquí es la avaricia ­dijo, pues ni tú puedes olvidar que yo maté a tu hijo, ni yo olvidaré jamás que él intentó cortarme la cabeza. Por lo tanto, entre nosotros ya no puede haber ninguna amistad. No vuelvas más por aquí, pues será inútil.

Y al decir esto, la serpiente se metió de nuevo en su madriguera, y el Bracmán regresó a su casa, maldiciendo la estupidez de su hijo.

 

 

Una lección para reyes

 

Por los tiempos en que Brahma reinaba en Benarés, era tanta la justicia que había en sus actos, que poco a poco, todo el mundo se hizo justo y nadie acudía ya a los tribunales, por lo cual éstos estuvieron a punto de ser cerrados.

" Es necesario que alguien me haga ver mis faltas -se dijo un día Brahma.- No es posible que mi conducta sea perfecta, pues el hombre no es perfecto y yo al fin y al cabo soy humano. En los tribunales han perdido ya la costumbre de juzgar, pues mi pueblo no acude a ellos. Será necesario preguntar a aquellos que me rodean, para saber mis defectos, y corregirme de ellos."

Pero los cortesanos, sólo tuvieron palabras de alabanzas hacia él, y ninguno le descubrió falta alguna.

"Es por el temor que inspira la realeza, que me hablan así" -pensó Brahma, y al día siguiente salió de palacio y preguntó a los que allí vivían, cuáles eran sus faltas, pero tampoco encontró a nadie que le prodigase otra cosa que alabanzas.

Entonces decidió salir de la ciudad, y ver si encontraba al fin alguien que descubriera alguna falta en él. Tampoco lo encontró, y por ello pensó en trasladarse a los pueblos de su reino.

Así lo hizo, pero tampoco en ellos encontró a nadie que pudiera decir algún defecto de él, por lo cual el soberano decidió regresar a su palacio.

Dio la casualidad de que por el mismo tiempo, Malika, el Rajá de Kosala, hombre bondadoso y justo, que gobernaba con gran sabiduría su reino, quiso conocer también sus defectos, y como había hecho Brahma, buscó entre sus cortesanos quien se los dijera. Y como no encontrase a nadie, decidió salir de su Palacio en busca de la verdad. Todo lo que halló en su camino fueron alabanzas, y al fin, regresó también a su palacio.

Quiso el azar, que los coches de ambos reyes se encontrasen de frente en un estrecho camino, y el cochero de Malika, dijo al de Brahma:

- Aparta tu coche del camino.

- Apártate tú, -replicó el otro cochero.- En este coche viaja el Rajá de Benarés, el gran Brahma.

- Pues en éste viaja el Rajá de Kosala, el gran Malika.

Al oír esto el cochero del soberano de Benarés, dijo:

- Si en realidad se trata también de un Rajá, ¿qué debo hacer? Lo mejor será que pregunte la edad de ese rey, y si es más viejo que mi señor, me apartaré. De lo contrario haré que se aparte él.

Pero la edad de ambos soberanos era exactamente igual, y también lo era la extensión de sus dominios, la fuerza de sus ejércitos, la importancia de su riqueza, la nobleza de su familia y la antigüedad de sus títulos.

Entonces, el conductor decidió atenerse a la mayor rectitud que demostrase uno de los soberanos.

- ¿Cuál es la rectitud de tu dueño? -preguntó al otro cochero.

- Con los buenos, es bueno; con los justos, justo, y con los duros, duro. Ahora dime las cualidades de tu dueño.

- Con los duros, es suave; con los malos, bueno; con los injustos, es justo y con los buenos, más bueno, Por lo tanto, apártate de mi camino.

Al oír esto, Malika y su cochero descendieron del coche y lo apartaron humildemente, dejando pasar al Rajá de Benarés.

 

 

El hijo de las siete reinas

 

Érase una vez un Rajá que tenía siete esposas, pero ningún hijo. Esto era para él un gran pesar y mortificación, sobre todo cuando pensaba que al morir su trono quedaría vacante por falta de heredero.

Ocurrió que un día, un pobre faquir fue a ver al Rajá y le dijo:

- Tus plegarias han sido escuchadas y una de tus esposas tendrá un hijo.

Al oír esto la alegría del monarca no tuvo límites. Enseguida dio orden de preparar grandes fiestas para celebrar el feliz acontecimiento que se avecinaba y se dispuso a salir de caza, que era su distracción favorita.

Entretanto, las siete esposas, que vivían regiamente en un magnífico palacio, enviaron un mensaje a su esposo, concebido en los siguientes términos:

"Señor. Dignaos no ir a cazar hacia la parte Norte, pues todas hemos tenido malos sueños esta noche y tememos por vuestra vida."

Para calmar su ansiedad, el Rajá contestó asegurando que no iría a cazar por aquel lado, y así lo hizo. Pero dio la casualidad que aquel día no encontró ni rastro de caza, a pesar de los trabajos de sus monteros. Trató de encontrarla en el Este y Oeste, sin conseguir mejor resultado. El soberano era un gran cazador, y le dolía regresar a su palacio sin haber cobrado ninguna pieza, así, olvidándose de su promesa se dirigió al Norte.

Al principio no tuvo mejor suerte que en los demás puntos y ya se disponía a volver sobre sus pasos cuando una hermosa cierva de cuernos de oro y cascos de plata, blanca como la nieve y hermosa como una diosa, pasó ante él, perdiéndose entre la enramada.

El Rajá, a pesar de que sólo había visto un momento al hermoso animal, sintióse invadido de unos incontenibles deseos de poseerlo y enseguida ordenó a sus monteros que rodeasen la espesura donde se había refugiado, para poderlo cazar vivo. Se formó el círculo y cuando estaba a punto de cerrarse, apareció de nuevo la cierva, la cual, dando un salto, pasó por encima del monarca, sin que éste tuviera tiempo de cogerla, yendo a refugiarse en las montañas.

Sin avisar a sus compañeros, el Rajá picó espuelas y partió tras la cierva. Cabalgó durante varias horas, creyendo ver siempre a lo lejos la vaga sombra del animalito, y al fin, rendido de cansancio y perdida ya la esperanza de alcanzarlo, detuvo su caballo ante una miserable choza, en la cual entró para pedir un vaso de agua.

Una vieja sentada en una desvencijada silla contestó a su petición llamando a su hija, quien salió de una habitación interior de la choza, y resultó ser una joven muy bella, de cutis como la leche y cabellos semejantes al oro, quedando el rey mudo de sorpresa al ver ten hermosa joya en tan pobre morada.

La joven tendió una copa de agua al Rajá, quien la apuró con la mirada fija en ella, quedando convencido de que no era otra que la cierva blanca que persiguiera hasta allí.

La belleza de la muchacha hechizó al soberano, haciéndole caer de rodillas a sus pies, pidiéndole consintiera en ser su esposa. La joven soltó una carcajada, diciendo que siete esposas eran más que suficientes para un Rajá. Sin embargo, tanto imploró el monarca, que la muchacha dijo al fin:

- Perfectamente, traedme los ojos de las siete reinas y entonces tal vez crea en vuestras declaraciones de amor.

Tan trastornado quedó el Rajá por la belleza de la joven, que sin vacilar un momento, partió hacia su palacio y ordenó que fueran arrancados los ojos de las siete reinas, y con ellos regresó a la choza del barranco. La joven rió duramente al verlo, y atravesándolos con un hilo los tiró a su madre, diciendo:

- Tened, madre, guardadlos para haceros un collar con ellos, mientras yo estoy en palacio.

Enseguida acompañó al enamorado Rajá a sus dominios y se casó con él, acaparando para ella los trajes, los aposentos, las joyas y los esclavos de las siete reinas.

Al poco tiempo las siete desventuras fueron encarceladas, pues su vista molestaba a la nueva reina, y al poco tiempo la más joven de ellas tuvo un hijo que despertó las envidias de las seis restantes. Sin embargo, poco después todas querían con delirio al muchachito, que era su único consuelo, y cuando tuvo dos años se encontró con siete madres a cual más amante. El niño se mostró pronto tan útil, que las pobres prisioneras no hacían más que bendecir la hora de su nacimiento, pues desde aquel momento se habían terminado sus pesares.

Cuando pudo empezar a caminar, el joven príncipe abrió un agujero en la pared, agujero que ensanchó y alargó de tal manera que un día pudo abandonar la cárcel, a la cual regresó al cabo de una hora cargado de dulces y golosinas, que dividió en partes iguales entre los siete reinas.

A medida que fue haciéndose mayor fue ensanchando el túnel y cada día salía dos o tres veces en busca de alimentos para sus siete madres.

El medio de que se valía el joven para conseguir estos dulces y alimentos era su enorme simpatía, que hacía que la gente le colmase de regalos que permitían a las siete reinas seguir viviendo en su calabozo, cuando todo el mundo las suponía muertas desde muchos años antes.

Cuando ya fue un hombrecito se hizo un arco y unas flechas y fue a cazar. Ello le llevó junto al palacio donde vivía la bruja blanca, la cual con sólo verle un momento descubrió que era el hijo del Rajá, y su corazón se llenó de odio, decidiendo matar, costara lo que costara, al príncipe. Enseguida ordenó a un esclavo que le hiciera subir, y al tenerte en su presencia, le pidió le vendiese uno de los pichones que había matado.

- No puede ser -contestó el joven.- El pichón es para mis siete madres ciegas que viven en la inmunda cárcel y que morirían si yo no me cuidara de ellas.

- ¡Pobrecitas! -exclamó la bruja.- ¿No te gustaría devolverles la vista? Dame ese pichón y yo te prometo indicarte dónde encontrarás los ojos de tus madres.

Al oír esto, el príncipe se alegró muchísimo, y enseguida regaló el pichón que había cazado. La Raní guardó el pichón y en un pedazo de papel escribió estas palabras:

"Mata enseguida al dador, y convierte su sangre en rocío matutino."

Esta nota se la entregó al príncipe, diciéndole que la llevase a su madre, la bruja, quien le daría el collar de ojos que tenía.

- No dejará de entregártelo -añadió- si te enseñas este papel.

El príncipe, que no había podido asistir a la escuela, no sabía leer ni escribir, y así no se enteró de la cruel maquinación de la Raní. Despidióse alegremente de ella y partió hacia la cabaña.

En el curso del viaje llegó a un país cuyos habitantes aparecían tan tristes que el príncipe les preguntó que les ocurría. Le contestaron que era debido a que la única del Rajá se negaba a casarse y por ello, cuando muriese el soberano, el país se encontraría sin príncipe heredero.

Añadieron los informadores que la princesa había asegurado que sólo se casaría con el príncipe que fuera hijo de siete madres. Desesperado el rey, ordenó que todo forastero que llegara a la población, fuera conducido ante la princesa. Por ello, a pesar de su impaciencia por llegar donde se encontraban los ojos de sus madres, el príncipe fue conducido ante la princesa, quien apenas lo vio enrojeció intensamente, y volviéndose hacia el rey, le dijo:

- Padre mío, este es el hombre con quien quiero casarme.

Jamás tan pocas palabras produjeron tanta alegría. Los habitantes del país celebraron grandes fiestas populares, pero el hijo de las siete reinas dijo que sólo podría casarse cuando hubiese recobrado los ojos de sus madres.

Al oír esto, la princesa pidió a su amado que le enseñase la carta de la reina, y como era muy inteligente, enseguida comprendió el plan de la malvada bruja. Sin embargo, no dijo nada, y encargó a sus esclavos que le dieran cuanto desease.

Mientras el joven príncipe se bañaba en el estanque del palacio, la joven princesa cogió otro papel e imitando la letra de la Raní, escribió en él lo siguiente:

"Cuida con todo cariño de este muchacho y dale cuanto te pida."

Hecho esto, entregó la misiva al príncipe y rasgó la verdadera.

El príncipe reanudó su viaje y al poco tiempo llegó a la cabaña de la vieja bruja, quien hizo una mueca de disgusto al leer la carta, y más, cuando el muchacho le pidió el collar de ojos.

Sin embargo se lo entregó, diciéndole:

- Sólo tengo trece ojos, pues la semana pasada perdí uno.

El príncipe no se preocupó por este detalle, pues estaba demasiado contento al pensar que podría devolver la vista a sus siete madres.

Cuando llegó a la cárcel donde le aguardaban las siete reinas, entregó un par de ojos a cada una de las más viejas, y a la joven, su madre, sólo le dio uno, diciéndole:

- Mamaíta, de ahora en adelante yo seré tu otro ojo.

Después de esto, partió a casarse con la princesa, como había prometido, mas al pasar ante el blanco palacio de la Raní, vio unos pichones en el tejado y sin pensarlo un momento disparó una flecha que hirió al más hermoso de todos.

La Raní, oyó silbar la flecha y se asomó al balcón, viendo con profunda sorpresa que el príncipe seguía vivo.

Lanzando un grito de rabia llamó a un esclavo y le ordenó que hiciera subir al joven, y cuando le tuvo en su presencia le preguntó cómo había vuelto tan pronto. El joven le explicó lo ocurrido, y la rabia de la hechicera no conoció límite. No obstante, fingió estar satisfechísima con el éxito, y le dijo que si le regalaba aquel otro pichón, le daría la hermosa vaca de Jogi, cuya leche mana sin cesar durante el día.

El príncipe aceptó encantado el cambio y la Raní le dio otro mensaje para su madre, diciendo que le entregaría la vaca, pero en realidad, la carta decía lo siguiente:

"Mata al dador y convierte su sangre en rocío matutino."

Pero no contaba la maga con la princesa, quien al preguntar a su futuro marido el motivo de su tardanza, se enteró de lo que le había dicho la Raní, y del contenido de su carta.

Como había hecho la vez anterior, la princesa cambió la carta, y así, cuando el joven llegó a casa de la bruja, ésta se vio obligada a entregarle la hermosa vaca que da leche siempre. El príncipe, pensando sólo en sus madres, se apresuró a llevarles la vaca, que con su leche, les aseguró el alimento para muchos días.

Como era tanta la leche que daba el animal, las siete reinas empezaron a hacer quesos y requesón, que vendieron más barato que nadie, consiguiendo en poco tiempo una bonita fortuna.

Viendo que sus madres estaban ya en situación desahogada, el príncipe decidió regresar junto a su amada princesa, pero al pasar junto al palacio del Rajá, no pudo resistir la tentación de tirar unas flechas contra los pichones.

Uno de ellos cayó muerto ante la ventana de la Raní, quien se asomó a ver lo que ocurría, y con profundo asombro e indignación, vio todavía vivo al odiado príncipe.

Otra vez envió por él y cuando lo tuvo en su presencia, le preguntó cómo había regresado tan pronto y al enterarse de lo bien que le había recibido la bruja, y de que le entregó la vaca que siempre da leche, estuvo a punto de desmayarse de rabia, mas consiguió dominarse, y le dijo que si le daba aquel pichón, ella le entregaría el grano de trigo del millón de espigas, que germinan en una noche.

El príncipe aceptó encantado, y a cambio del ave recibió una carta para la bruja, concebida en los siguientes términos:

"No faltes esta vez. Mata al dador y convierte su sangre en rocío matutino."

Como las veces anteriores, la princesa cambió la carta, y la bruja, a pesar del disgusto que tal acción le producía, entregó al joven el grano de trigo del millón de espigas, que germinan en una noche.

Con esto en su poder, el príncipe se convirtió en el mayor cosechero de trigo del país, y en pocos meses fue el hombre más rico de la India. A su fortuna se añadió la de su esposa, quien enterada de la historia de su marido y conocedora por las siete reinas del comportamiento del Rajá, hizo construir un palacio exactamente igual al del monarca, y un día le invitó a comer en él.

El Rajá, que había oído hablar mucho de las riquezas del hijo de las siete reinas, aceptó la invitación, y su asombro no tuvo límites cuando al entrar en el palacio, vio que era exactamente igual al suyo.

Sin embargo, su asombro fue aún mayor al ver a las siete reinas, vestidas como convenía a su clase, y en quienes reconoció a sus siete primeras esposas.

La princesa, arrojóse a los pies del Rajá, y le explicó toda la verdad de lo ocurrido. El soberano quedó muy apesadumbrado por su comportamiento y decidido a repararlo en lo posible, hizo prender a la Raní, y la condenó a morir en la hoguera.

Dicen las crónicas que al consumirse la hoguera, de las cenizas salió un inmundo gusano, que fue aplastado por el Sumo Sacerdote, quien reconoció en él el alma de la hechicera.

En cuanto a las siete reinas, regresaron a su palacio, y pasaron felizmente el resto de sus vidas, mientras su hijo gobernaba con gran acierto sus dominios, en los que jamás faltó el pan a nadie.

 

 

El Rajá Rasalu

 

Érase una vez una gran Rajá llamado Salabam, casado con una princesa llamada Lona, que a pesar de las muchas lágrimas derramadas, jamás había podido tener un hijo. Al fin, una noche un ángel le dijo que sus deseos se verían cumplidos.

Cuando nació el hijo, la reina suplicó a tres yoguis que fueron a pedir limosna a las puertas del palacio, que le dijeran cuál sería la suerte de su hijo, a quien aún no había visto.

- Tu hijo, hermosa reina, será un gran hombre ­dijo el más joven de los tres.- Pero es necesario que durante doce años ni tú ni el Rajá le miréis el rostro, pues entonces moriríais sin remedio. También es importante que no vea la luz del sol, y como ahora es de noche, haz que antes de que amanezca lo bajen a una cueva oscura, de donde no deberá salir en doce años. Transcurrido este tiempo ordena que lo bañen en el río y que le pongan los más hermosos vestidos y que lo lleven a tu presencia. Su nombre será el de Rajá Rasalu, y se le conocerá en todo el mundo.

Después de oír esto, los soberanos ordenaron que su hijo fuera conducido a la más oscura cueva del palacio, donde le dejaron con un potro recién nacido, una espada, las espuelas y una coraza. También le dejaron al cuidado de numerosas esclavas y profesores, para que le enseñaran cuanto un príncipe debe saber. Hecho esto, los padres se dispusieron a aguardar pacientemente el curso de los doce años.

El joven creció jugando con su potro y charlando con un hermoso loro, mientras las esclavas y los profesores le enseñaban cuanto debía conocer.

Pasaron once años, y el príncipe empezó a cansarse de su encierro. Quería conocer lo que había en el mundo, y así un día, aprovechando un descuido de sus vigilantes, ensilló el potro, cogió el loro y a toda velocidad salió del palacio.

Al llegar al río se bañó en él. Montó de nuevo en su potro y se dispuso a correr las más fantásticas aventuras.

A los pocos momentos el príncipe se cruzó con un grupo de mujeres que volvían de la fuente, llevando sobre la cabeza unos cántaros llenos de agua.

Divertido por el espectáculo, el joven cogió unas piedras y se las tiró a las mujeres, rompiendo los cántaros y mojando a las que los llevaban.

Las mujeres fueron a quejarse al Rajá, diciéndole:

- Un joven príncipe que cabalgaba en un potro muy hermoso y que iba cubierto con una brillante armadura, se ha cruzado con nosotros y nos ha roto nuestros cántaros.

Al oír la descripción que hacían del príncipe, el Rajá comprendió enseguida que se trataba de su hijo, que había abandonado su encierro antes de cumplir el plazo fijado por el yogui. Como temía que de mirarle el rostro, muriese, dijo a las mujeres que tomaran con calma lo ocurrido, y para acabar de tranquilizarlas, les regaló unos hermosos cántaros de cobre.

Ocurrió, sin embargo, que el príncipe no se había alejado del lugar, y al ver a las mujeres con sus cántaros de cobre, cogió el arco que pendía junto al arzón y disparó una serie de flechas que agujerearon los recipientes, mojando de nuevo a las mujeres.

Tampoco esta vez envió el Rajá sus soldados para que prendiesen al príncipe Rasalu, pero éste, convencido de que era el más valiente del mundo, se dirigió a palacio y penetró hasta la sala del trono, donde su padre, al enterarse de que llegaba, ocultó la cara entre las manos, y no quiso mirarle, por temor a perder la vida.

- He venido a saludarte, Rajá, no a hacerte daño -dijo el príncipe, riendo despectivo al ver el miedo del monarca.- ¿Qué te he hecho para que no quieras mirarme?

Después de esto, el príncipe abandonó la sala. Iba lleno de ira y amargura, y sólo al pasar bajo las ventanas de las habitaciones de su madre, y oírla llorar se calmó un poco. Padre y madre era algo que él jamás había conocido.

- ¿Por qué lloras, hermosa reina? -preguntó.

- Lloro por el hijo que no puedo ver -contestó la soberana.- Tú, que eres hermoso y valiente, ve por el mundo, que se rendirá sumiso a tus pies.

Al oír estas palabras, el Rajá Rasalu se sintió muy animado y decidió ir en busca de fortuna y honores.

Montó en su caballo Baunr y cogiendo su loro partió al galope, dejando tras él una densa nube de polvo, que fue lo único que de él vio la reina Lona.

Rasalu cabalgó horas y horas, hasta que llegó la noche, que le sorprendió en pleno descampado. Con la noche llegó una terrible tempestad de lluvia, y el Rajá se vio obligado a buscar refugio en una tumba, donde reposaba un cadáver decapitado.

El lugar no era muy bueno, mas a falta de otro mejor, Rasalu se conformó con él y al ver al cadáver, lo saludó con estas palabras:

- Descansa en paz, hermano.

- La paz sea contigo -replicó el cadáver, levantándose y yendo a sentarse junto al príncipe.

- ¿Cuáles son tus penas? -preguntó Rasalu.

- Sólo tengo una, pero es muy grande. Aquí donde me ves soy el hermano del Rajá Sarcap, quien un día me mandó decapitar.

- ¿Es posible que te hiciese decapitar tu propio hermano? ¿Qué clase de hombre es?

- Es muy malo y sólo tiene una pasión que es la de hacer decapitar cada día a dos o tres personas con quienes antes ha jugado a los dados. Un día, no encontró nadie que se prestara a jugar y me invitó a mí. Fui tan loco que acepté, confiando que al ser su hermano no se atrevería a hacer conmigo lo que había hecho con otros, pero me equivoqué, y éste es el motivo de que me encuentres aquí.

- A mí también me gusta jugar a los dados -dijo Rasalu.- En cuanto amanezca iré a ver a tu hermano y le propondré jugar una partida.

- No hagas tal, pues lo primero que te dirá es que apuestes tu cabeza.

- ¿Y qué? Si le gano me tendrá que dar la suya.

- Desde luego, pero es que no le ganarás. Nadie puede ganarle, pues posee unos dados mágicos y un ratón encantado, que le permiten ganar siempre.

- Es igual, lo intentaré.

- Entonces, antes de marcharte coge unos huesos míos y hazte con ellos uno dados. Sólo así podrás vencer.

Rajá Rasalu hizo lo que le indicaba el cadáver y ayudado por éste pronto tuvo dos dados magníficos, que guardó en un bolsillo. Después se despidió de su compañero, y como había ya amanecido partió hacia el reino de Sarcap.

Tres días tardó en llegar, y al atravesar la puerta abierta en la muralla de la población, lo primero que vio fue un enorme cartel que decía así:

"EL RAJÁ SARCAP RETA A TODO AQUEL QUE ENTRE EN ESTA CIUDAD A JUGAR TRES PARTIDAS DE DADOS, EN LAS CUALES APOSTARÁ: SU REINO; SUS RIQUEZAS Y POR ÚLTIMO SU CABEZA."

Después de leer esto, Rasalu preguntó por el palacio del Rajá y al llegar a él vio con profunda indignación que dos criados se disponían a matar los gatitos que acababa de tener una hermosa gata blanca.

- ¡Soltad esos animales! -gritó, echando mano a su espada.

Los criados obedecieron aterrorizados y el Rajá devolvió los gatitos a su madre. Esta, llorando de agradecimiento, le dijo:

- Jamás podré pagarte lo que has hecho por mí, sin embargo, coge uno de mis hijos y llévalo contigo. Quizá pueda serte útil.

Rasalu dio las gracias y se metió el gatito en el bolsillo, junto con los dados mágicos.

Al decir a los criados del Rajá Sarcap que llegaba dispuesto a jugar con él a los dados, todos le miraron entristecidos, pues sabían que sería vencido y su cabeza iría a aumentar la colección que tenía formada el Rajá. Algunos intentaron disuadirle, pero él no les hizo caso e insistió en jugar con Sarcap.

El monarca era un hombre muy viejo, y al enterarse de que acababa de llegar un Rajá que estaba dispuesto a luchar con él, su mirada se animó e inmediatamente dispuso se celebrase una gran fiesta en honor de su visitante.

Cuando Rasalu llegó ante el Rajá Sarcap, éste se hallaba rodeado de hermosas danzarinas, cuyos encantos estaban dispuestos para que él no prestase atención al juego y perdiera con más facilidad su dinero y su cabeza.

- ¿Qué apuestas tú contra mi reino, mis riquezas y mi cabeza? -preguntó Sarcap a Rasalu.

- Contra tu reino apostaré mí armadura; contra tus riquezas, mi caballo; y contra tu cabeza, la mía. ¿Estás conforme?

- Conforme -contestó Sarcap, al mismo tiempo que hacía una señal para que empezase la música y el baile.

Era tan bello el baile, y tan hermosas las bailarinas, que Rasalu se olvidó de sacar sus dados y jugó la primera partida con los dados de Sarcap. Este además se hacia acompañar del ratón encantado, con cuya ayuda, era completamente invencible.

El joven perdió su armadura, y al poco rato perdió también su caballo.

Cuando se disponía a tirar por tercera vez los dados, notó que el gatito se movía en el bolsillo y esto le recordó los dados que le diera el hermano de Sarcap, Sacó, pues al gatito, que dejó en el suelo y cogiendo sus dados, dijo:

- Hasta ahora hemos jugado con tus dados, Rajá Sarcap; en adelante jugaremos con los míos.

Sarcap no se atrevió a protestar, y como aún contaba con la ayuda del ratoncito encantado, aceptó. No contaba, sin embargo, con el gatito, quien al ver al ratón se lanzó sobre él y le hizo huir por una ventana.

Rasalu tiró los dados y venció a su contrincante, recuperando su caballo, que se puso muy contento al verse de nuevo con su amo. Recuperó después sus armas y por fin, ganó la cabeza de Sarcap, y antes de que éste pudiera evitarlo, se puso en pie y de un seguro sablazo, le decapitó, entrando enseguida en posesión de su reino y riquezas. Y como el Rajá Sarcap tenía una hija muy hermosa, el joven la tomó por esposa, aunque retrasando el matrimonio hasta doce años más tarde.

Y como los estados del muerto eran enormes, ya que había ganado muchos jugando a los dados, el Rajá Rasalu fue el más poderoso monarca de la India, y su reino, el más brillante de todos, destacándose por su justicia y bondad.

 

 

El asno con la piel de león

 

Cuando Bramadatta reinaba en Benarés, había un viejo mercader que viajaba de pueblo en pueblo, llevando sus mercancías a lomos de un asno. Este mercader se valía de un ingenioso ardid para alimentar a su burro. Tan pronto como llegaba a un pueblo, lo descargaba y lo cubría enseguida con una piel de león; luego lo soltaba en un campo de arroz o alfalfa. El asno comía hasta hincharse y los dueños de los campos no se atrevían a echarle, ya que creían que se trataba de un león verdadero.

Un día el mercader llegó a un pueblo, y como había hecho en los otros, soltó al asno en un campo de verde alfalfa. El dueño, al ver lo que él suponía un león huyó, aterrorizado, al pueblo, y contó a sus convecinos lo que estaba ocurriendo. Sin vacilar un momento, todos se armaron hasta los dientes y corrieron al encuentro del falso león.

Este, al ver acercarse a tanta gente lanzó un sonoro rebuzno que descubrió a los campesinos su disfraz, y que tuvo además por consecuencia irritarlos mucho más. En un momento cayeron todos sobre él y lo molieron a palos de tal manera, que cuando al fin el mercader logró rescatarlo, estaba moribundo.

El hombre se tiró de los pelos al ver que por su avaricia había perdido a un compañero fiel y útil, y mientras el pollino moría, el viejo iba diciendo:

- No es la piel lo que hace temible al león.

 

 

El campesino y el prestamista

 

Un honrado campesino de la región de Benarés, hallábase en las garras de un malvado prestamista. Tanto si la cosecha era buena como si era mala, el pobre hombre estaba siempre sin un céntimo. Al fin, un día, cuando ya no le quedó absolutamente nada, fue a ver al usurero y le dijo:

- Es imposible sacar agua de una piedra y como de mí ya no podréis conseguir más dinero, pues no lo tengo, os ruego me expliquéis el secreto de hacerse rico.

- Amigo mío, Rama es quien concede las riquezas -contestó piadosamente el hombre.- Pregúntale a él.

- Muchas gracias; lo haré -respondió el sencillo campesino.

En cuanto llegó a su casa apresuróse a preparar tres pasteles redondos. Una vez hecho esto, partió en busca de Rama.

Ante todo fue a ver a un bracmán y, entregándole un pastel, le rogó le enseñase el camino para llegar hasta Rama. Pero el bracmán limitóse a tomar la golosina y a seguir su camino sin pronunciar una sola palabra.

Poco después nuestro protagonista encontróse con un yogui a quien dio otro de los pasteles, sin recibir, en cambio la menor información. Por fin, tras mucho caminar, llegó junto a un viejo mendigo, que descansaba bajo un árbol, y, como viese que estaba hambriento, le dio el último pastel. Después sentóse a su lado y entabló conversación.

- ¿A dónde vais? -preguntó el pobre al cabo de un rato.

- El camino que se abre ante mí es muy largo ­contestó el campesino.- Voy en busca de Rama. Supongo que vos no podréis indicarme hacia dónde debo dirigir mis pasos, ¿verdad?

El anciano sonrió apaciblemente, replicando:

- Tal vez pueda ayudarte. Yo soy Rama, ¿Qué deseas de mí?

El campesino prosternóse ante Dios y le explicó sus desventuras y deseos. Después de escucharle, Rama le entregó una caracola marina, enseñándole a hacerla sonar de una manera especial.

- Cuando desees una cosa -dijo- no tienes más que soplar dentro de esta caracola, en la forma que te he enseñado a hacerlo, y tu deseo se verá cumplido inmediatamente. Sin embargo ten cuidado con ese prestamista de quien me has hablado, pues ni siquiera la magia puede escapar a sus maquinaciones.

El campesino se despidió del Dios y regresó contento a su pueblo. El usurero notó en seguida su buen humor y se dijo:

- Ese estúpido debe de haber sido favorecido con algún don muy grande; de lo contrario no estaría tan satisfecho.

Sin perder un minuto corrió a casa del labrador y le felicitó por su buena fortuna, pretendiendo estar enterado de todo. Tan hábil fue que, al poco rato, el campesino le contó todo su historia, a excepción del mágico poder de la caracola, pues, a pesar de su sencillez, no era tan tonto como creía el otro.

Sin embargo, el prestamista no era hombre que se dejase vencer con facilidad, y comprendiendo que la caracola tenía propiedades mágicas, decidió apoderarse de ella, ya fuera legal o ilegalmente.

Así, aguardó una ocasión propicia y la robó.

Pero como ignoraba el secreto del talismán, lo único que logró fue enronquecer de tanto soplar, y al fin tuvo que decirse que había hecho un mal negocio al robar una cosa tan inútil

Durante varios días trató de encontrar una solución a aquel problema, y al fin la halló. Cogió la caracola y dirigióse a casa del campesino, a quien dijo:

- Tengo en mi poder el talismán que te entregó Rama. No puedo utilizarlo, pues desconozco su secreto. Sin embargo tú tampoco puedes hacer uso de él, pues no la tienes. A pesar de todo estoy dispuesto a hacer un trato contigo: te devolveré la caracola y jamás me interpondré en tu camino, pero has de aceptar mis condiciones. Todo lo que tú obtengas he de obtenerlo yo al mismo tiempo, por duplicado.

- ¡De ninguna manera! -protestó el campesino.­ Eso significaría ponerme de nuevo en tus manos.

- No seas tonto -replicó el prestamista.- ¿No comprendes que tú no pierdes nada? ¿Qué te importa que yo gane veinte si tú sólo deseas ganar diez. Tus deseos serán siempre cumplidos y, por lo tanto, tendrás cuanto ambiciones.

Aunque lamentando ser de alguna utilidad al avaro, el campesino comprendió que no le quedaba más remedio que ceder, y aceptó la proposición del ladrón de su caracola. Desde aquel momento todo cuanto obtenía era conseguido al mismo tiempo, pero por partida doble, por el prestamista, y este pensamiento no se apartaba ni de noche ni de día de la mente del aldeano.

A todo esto, llegó un verano muy seco, tan seco, que las mieses del campesino se morían por falta de agua. Por fin, un día, cogió la caracola y después de pedir un pozo, sopló en ella. Inmediatamente apareció uno en la puerta de su casa, pero también en el mismo instante aparecieron dos ante la morada del usurero.

¡Esto era ya demasiado para el labrador! Inmediatamente decidió terminar de una vez con aquel hombre. De pronto tuvo una idea, y cogiendo el talismán, pidió a Rama que le dejase tuerto.

Formulado este deseo hizo sonar la caracola, y al momento perdió un ojo.

En el mismo instante, el prestamista, que estaba contemplando los dos pozos que acababan de aparecer ante su puerta, sintió un vivo dolor en los ojos y se quedó ciego. Llamó a voces a sus criados que no acudieron, y al querer entrar en su casa tropezó con el pretil de uno de los pozos, cayendo dentro y ahogándose.

Este relato demuestra que un campesino logró vencer a un prestamista, aunque perdiendo un ojo, lo cual es un precio bastante elevado.

 

 

El príncipe y el fakir

 

Érase una vez un monarca que no tenía hijos. En vista de ello decidió un día tenderse en el cruce de cuatro caminos, a fin de que cuantos pasaran tuvieran forzosamente que verle. Al cabo de mucho rato, acertó a pasar un fakir, quien al ver al rey le preguntó:

- ¿Qué haces aquí?

- Más de cien hombres han pasado sin preguntarme nada; imítales tú y sigue adelante -contestó el soberano.

- ¿Quién eres? -insistió el fakir.

- Soy un rey. No me faltan bienes materiales ni dinero, pero he vivido largos años y aún no ha alegrado mi vida la risa de un hijo de mi sangre. Por eso he venido a tenderme en el cruce de estos caminos. Mis pecados deben de ser muchos y necesitan sin duda una larga expiación. He escogido esta penitencia con la esperanza de que Dios se apiadará al fin de mí y me concederá lo que tanto ambiciono.

- ¿Qué me darías si tuvieses un hijo? -preguntó el fakir.

- Cuanto me pidieras -contestó el rey.

- No necesito oro ni joyas. Voy a rezar una oración y tendrás dos hijos. Uno de ellos ha de ser para mí.

Dicho esto, el viejo sacó dos pastelillos, que entregó al rey, diciéndole:

- Haz comer estos pasteles a dos de tus esposas, y dentro de poco tendrás lo que deseas.

El rey cogió los pastelillos y los guardó junto al corazón. Luego se despidió del fakir, a quien dio las gracias.

- Dentro de un año volveré a verte -dijo el viejo.- Recuerda que, de los dos hijos que nacerán, uno es mío.

- Desde luego -asintió el rey.

Los dos hombres se separaron.

El rey se fue a palacio y siguió las instrucciones recibidas. Al poco tiempo nacían dos hermosos niños. Temeroso de perderlos, el soberano los encerró en un pozo, y cuando llegó el fakir le enseñó los hijos de una esclava.

- ¿Son éstos tus hijos? -preguntó el fakir.

- Sí.

- Bien, me corresponde uno. Te ruego que hagas traer unas parrillas, pues deseo asarlo para comérmelo aquí mismo.

El rey se dispuso a dar la orden, pero el fakir le atajó, diciéndole:

- ¡Tu boca ha faltado a la verdad! Esos no son tus hijos. Si lo fueran, no permitiríais que me comiese a uno de ellos. Haz que me traigan enseguida a tus verdaderos hijos, o de lo contrario, morirán los dos.

El rey derramó abundantes lágrimas, pues adoraba a sus pequeños, pero como había prometido entregar uno al fakir, ordenó que los trajesen.

El viejo los examinó atentamente y al fin escogió al más hermoso.

Quince años pasó el príncipe al lado del fakir, quien le enseñó cuanto sabía. Indicóle la manera de hacer oro y piedras preciosas; de convertir el agua en vino, las piedras en pan, los perros en hombres, las hormigas en camellos y los hombres en árboles. Cuando el viejo murió, el príncipe no ignoraba nada de cuanto saben los hombres sabios de la India, y con sus conocimientos, partió dispuesto a ver el mundo y sus maravillas.

Al poco tiempo llegó a la capital de un país sitiado por un ejército invasor. El príncipe entró en la ciudad, cuyos habitantes estaban a punto de morir de hambre. Los mismos perros, a los cuales nadie tocaba, pues su religión les prohibía matar animales, estaban en los huesos. Al ver al joven, todos se echaron a llorar, pues su llegada, aparte de no ayudarles materialmente, iba a ser perjudicial, pues habría que alimentarle.

- ¿Quién gobierna este pueblo? -preguntó el príncipe a un viejo guerrero.

- La princesa Jali. Su padre murió al principio de la guerra, y ella ha sostenido toda la campaña. Pero ya estamos a punto de ser vencidos, y nuestra soberana tendrá que casarse con el rey de nuestros enemigos.

- Condúceme a presencia de la princesa. Quiero ayudarla.

El guerrero obedeció la orden del para él hombre santo, ya que ignoraba que era un príncipe, y a los pocos minutos llegaban hasta la princesa Jali.

Ni en sueños había visto el príncipe una mujer más hermosa. Tenía quince años, y su belleza no era comparable a ninguna otra.

- ¿Qué deseas, hombre santo? -preguntó al que ella suponía un fakir.

- Quiero ayudarte, hermosa princesa.

- ¿Y cómo vas a ayudarme, si ya nada puede hacerse? Has entrado en esta ciudad, porque eres fakir y los sitiadores no se han atrevido a tocarte, pero no me queda ya ningún amigo de quien pueda esperar socorros, y hoy he repartido los últimos panes que nos quedaban.

- Haz que me traigan cien mil piedras -dijo el príncipe.

Extrañada, la princesa obedeció. Cuando el joven tuvo ante él las piedras pedidas, murmuró un encantamiento, y rociándolas con agua sagrada, las convirtió en pan.

- Ahora manda traer mil jarros llenos de agua ­pidió.

Al presentarle los jarros, el príncipe murmuró otras palabras, y el agua quedó convertida en vino.

Con estos alimentos, los guerreros y el pueblo pudieron saciar su hambre, y reunidos todos ante el palacio, aclamaron al fakir que acababa de salvarles de una muerte cierta.

Ordena que traigan cien mil hormigas y quinientos mil perros -solicitó a continuación el joven.

La princesa transmitió la orden, y al momento todo el pueblo partió en busca de los perros y de las hormigas, que, tras unas palabras mágicas, fueron convertidos en hombres y en caballos.

Con este enorme ejército, el príncipe pudo derrotar fácilmente a las huestes del enemigo de la soberana, a quien él mismo cortó la cabeza.

- ¿Qué haré ahora con esos quinientos mil soldados? -preguntó Jali, cuando la batalla hubo terminado.- Mi reino es demasiado pequeño para ellos, y seguramente morirán de hambre.

- No te preocupes, hermosa princesa -replicó el príncipe.- He visto que las huestes invasoras asolaron por completo el país, dejándolo sin un árbol frutal; para remediar ese desastre convertiré a los soldados en árboles y los caballos podrás regalárselos a tus súbditos para que labren sus campos.

Así lo hizo, y desde entonces el reino de la princesa Jali es el que tiene los árboles más hermosos de toda la India.

En cuanto al príncipe, se casó con la princesa, después de descubrir su verdadera personalidad, y fue muy feliz gobernando los dominios de su esposa.

Y refieren las crónicas que jamás faltó el pan en el país. También dicen que el oro y las piedras preciosas que el príncipe regaló a su esposa, abultaban tanto, que fue preciso construir un palacio de mármol para guardar en él la fortuna inmensa que representaban.

 

 

Por qué se rió el pez

 

En el momento en que una pescadora anunciaba su mercancía ante el palacio del Rajá, la Raní salió a un balcón y le pidió que subiera a mostrarle lo que tenía. En este momento un pescado dio un salto, mostrando su plateado vientre.

- ¿Es macho o hembra? -preguntó la Raní.- Quiero comprar una hembra.

Al oír esto, el pescado soltó una ruidosa carcajada.

- Es macho -contestó la pescadora, que siguió voceando lo que vendía.

La Raní, muy furiosa, fue a encerrarse en su cuarto, y al llegar el Rajá y verla tan enfurecida, le preguntó qué le ocurría.

- ¿Estás enferma? -inquirió.

- No; pero estoy muy disgustada por lo que ha hecho un pescado. Una pescadora pasó delante de palacio y al preguntarle yo si el pescado que acababa de soltar era macho o hembra, el pescado soltó una carcajada.

- ¿Que un pez se ha reído? -preguntó asombradísimo el Rajá.- ¡Eso es completamente imposible!

- ¡No estoy loca! Digo lo que he visto con mis propios ojos, y oído con mis propias orejas.

- Pues es muy extraño. Haré averiguaciones.

A la mañana siguiente, el Rajá contó a su Gran Visir lo que le había ocurrido a su esposa, y le ordenó que investigase hasta descubrir la verdad de todo ello. De no hacerlo así antes de seis meses, le haría decapitar.

El Visir prometió hacerlo, aunque de antemano se daba por vencido. Cinco meses de intenso trabajo no dieron el menor resultado, y nadie pudo explicar el motivo de la risa del pescado.

Comprendiendo que nada podría salvarle de la muerte, pues ni los más sabios podían hallar solución lógica al problema, el Visir lo preparó todo para su muerte, diciendo antes a su hijo que marchase a recorrer el mundo, en espera de que la cólera del Rajá se calmara.

El joven se despidió de su padre, y un mes antes de que terminase el plazo dado por el soberano, se marchó sin rumbo fijo, confiando que el Destino guiaría sus pasos.

Al cabo de unos días de marcha se encontró con un campesino que también iba de viaje. Como el hombre le fue simpático, le pidió si le permitía acompañarle. El campesino aceptó de buen grado, y los dos viajaron juntos en buena armonía.

Al cabo de un rato, el joven dijo al viejo:

- ¿No cree que si de vez en cuando nos ayudásemos, el viaje sería más distraído?

"¡Este hombre está loco!", pensó el campesino.

Poco después, pasaron junto a un campo de trigo, a punto de ser segado, y el hijo del Visir preguntó a su compañero:

- ¿Está comido o no ese trigo?

No sabiendo qué contestar a la extraña pregunta, el campesino se limitó a decir que no lo sabía.

Pasaron las horas y los dos amigos llegaron a un pueblo. El joven sacó un afilado cuchillo y entregándoselo al campesino, le dijo:

- Amigo, ve a comprar con esto dos hermosos caballos, pero no olvides de devolvérmelo, pues lo aprecio mucho.

Entre irritado y divertido, el viejo rechazó el cuchillo, refunfuñando que o bien su compañero estaba loco o trataba de parecerlo.

El hijo del Visir hizo ver que no oía las palabras del campesino y entró en el pueblo, pasado el cual se encontraba la casa de su compañero. Mientras cruzaban el mercado, que se hallaba muy concurrido, nadie les ofreció cosa alguno, ni les invitó a descansar.

- ¡Qué cementerio más enorme! -exclamó el joven.

"¿Por qué llamará cementerio a una población tan populosa?", se preguntó el campesino.

Al salir de la ciudad, pasaron junto a un cementerio, donde varias personas rezaban por las almas de sus muertos y repartían limosnas y comida a cuantos pasaban por allí.

- ¡Qué ciudad más espléndida! -exclamó el hijo del Visir.

"¡No cabe duda de que está loco!", pensó el viejo. "Veremos qué hará ahora. Sin duda llamará agua a la tierra, y tierra al agua. A la sombra la calificará de luz, y a luz de sombra."

En esto llegaron junto a un río, que era necesario vadear. El campesino quitóse los zapatos y lo cruzó, pero el joven se metió en el agua sin quitarse los zapatos.

"¡En mi vida había visto loco mayor!", se dijo el campesino.

Sin embargo, como el joven le era simpático, pensó que distraería a su esposa y a su hija, y le dijo que se hospedara en su casa todo el tiempo que pensase estar en el pueblo.

- Muchas gracias -contestó el hijo del Visir.- Pero antes quisiera preguntarle si los cimientos de su casa son lo bastante fuertes.

El campesino levantó las manos al cielo y entró en su casa riendo a mandíbula batiente.

- He traído a un amigo que está loco de remate ­explicó a su mujer y a su hija, que habían salido a recibirle.- Fijaos cómo estará, que antes de aceptar mi hospitalidad me ha preguntado si los cimientos de mi casa son lo bastante sólidas.

- Papá, ese hombre no está loco -dijo la hija, que era una muchacha muy lista.- Si te ha preguntado eso ha sido para saber si podías hospedarle sin perjuicio. Mejor dicho, si tu fortuna te permitía tener un huésped.

- ¡Ya comprendo! -exclamó asombrado el campesino.- Quizá puedas ayudarme a descifrar otros enigmas. Al principio de nuestro viaje, me dijo que si nos ayudásemos mutuamente, el camino sería más divertido.

- Es muy sencillo -contestó la joven.- Lo que tu compañero quería decir es que si ambos os hubieseis contado historias, el camino se habría hecho más fácil.

- ¡Tienes razón! Bien; quizá puedas descifrar este otro enigma. Al pasar junto a un campo de trigo, me preguntó si el grano estaría ya comido o no.

- ¿Y no comprendiste lo que quería decir? Pues es muy sencillo: deseaba saber si el propietario de aquel campo debía dinero a alguien, en cuyo caso el producto de la venta del trigo iría a parar a manos de sus acreedores, lo cual sería lo mismo que si ya estuviera comido.

- ¡Maravilloso! Te voy a contar otro: al entrar en un pueblecito, me dio su cuchillo y me encargó que adquiriese dos buenos caballos, pero advirtiéndome que le devolviera el cuchillo.

- ¿No son dos buenos palos una ayuda excelente para caminar? ¿No podría llamárseles caballos del pobre? Al darte el cuchillo te indicó que cortases dos palos, debiendo ir con cuidado.

- ¡Magnífico! Pues bien, al entrar en la población nadie nos invitó a refrescar ni a sentarnos, en cambio al pasar junto al cementerio los que allí oraban nos dieron refrescos y dulces. Mi compañero llamó cementerio a la ciudad y ciudad al cementerio.

- Esto también es sencillísimo, padre mío. Por ciudad se entiende el lugar donde puede adquirirse todo. En cambio, a la gente que no practica la hospitalidad se la considera peor que muerta. Aunque llena de seres vivos, la ciudad os resultó a vosotros peor que un cementerio, en cambio, en el cementerio, morada de los muertos, encontrasteis la caridad y el amor.

- Es verdad! -exclamó el asombrado campesino.- Te voy a contar lo último que hizo. Al llegar junto al río, en vez de quitarse los zapatos entró con ellos en el agua.

- Admiro su sabiduría -replicó la joven.- Muchos veces me he dicho que la gente es estúpida al quitarse los zapatos y cruzar descalza la corriente, sembrada de agudos guijarros. Infinidad de veces he visto que a causa del dolor producido al pisar uno de esas piedras, la persona que cruzaba el río caía dentro de él, y por no mojarse los zapatos se mojaba todo el cuerpo. Ese amigo tuyo es un hombre sabio. Me gustaría verle y hablar con él.

- Saldré inmediatamente a decirle que entre.

- Antes adviértele que los cimientos de nuestra casa son muy fuertes. Enseguida le enviaré un regalo para que comprenda que somos lo bastante ricos para darle hospedaje.

Dicho esto, la joven llamó a un criado y lo envió al visitante con un obsequio, compuesto de una taza de aceite dulce, doce pasteles, una jarra de leche y el siguiente mensaje:

"La luna es llena; doce meses hacen un año; el mar rebosa agua."

Por el camino, el criado encontró a un hijo suyo, quien al ver lo que su padre llevaba le pidió un poco, y el servidor fue lo bastante loco para dárselo. Cuando encontró al joven le dio lo que le quedaba del regalo, y el mensaje. El hijo del Visir lo aceptó, diciendo:

- Vuelve junto a tu ama y dile que la luna está en cuarto menguante; el año sólo tiene once meses; y la marea es descendente.

No comprendiendo el significado del mensaje, el criado volvió junto a su ama para comunicárselo. La joven se dio cuento en seguida de lo que había ocurrido y castigó severamente al ladrón.

El hijo del Visir fue recibido en la casa con todas las atenciones y cuidados, y al fin de la magnífica comida que le sirvieron, contó la historia del pescado que se había reído.

- La risa del pescado significa que en palacio hay un hombre que quiere matar al Rajá -dijo la hija del campesino.

- ¡Magnífico! -exclamó entusiasmado el joven.­ Volvamos corriendo a mi país a fin de salvar la vida de mi padre, y al Rajá de todo peligro.

Al día siguiente el joven partió acompañado de la muchacha, y al llegar a su casa contaron al Visir el motivo de la risa del pescado. El pobre hombre, que estaba casi muerto de miedo, corrió enseguida a las habitaciones del Rajá, a quien repitió lo que le habían dicho.

- ¡Es imposible! -exclamó el monarca.

- Es la pura verdad. Y para demostraros que no miento, haremos una prueba. Servíos llamar a todas vuestras esclavas, y haced que salten por turno el ancho de una alfombra. Pronto descubriremos si hay un hombre entre ellas.

Así se hizo y de todas las esclavas, sólo una consiguió saltar por encima de la alfombra. Esta esclava resultó ser un hombre, que al momento fue decapitado ante el Rajá.

Y así quedó satisfecha la Raní, contento el Rajá, y con vida el Gran Visir.

En cuanto a su hijo, al poco tiempo se casó con la hija del campesino, y dicen las crónicas que fueron el matrimonio más feliz de aquel reino.

 

 

De la comida que celebraron el Sol, la Luna y el Viento

 

Un día, el Sol, la Luna y el Viento fueron a comer con sus tíos el Trueno y el Relámpago. Su madre, una de las más brillantes estrellas del firmamento, esperaba sola su regreso.

El Viento y el Sol eran muy glotones y se lo comieron todo, sin guardar nada para su madre. Pero la suave Luna no se olvidó de ella. De cada cosa que le servían guardaba un poco en las hermosas uñas de sus dedos, a fin de que la madre pudiera probar lo que ellos comían.

Al volver los tres a casa, su madre, que les había estado esperando todo la noche, les preguntó:

- ¿Qué me habéis traído del banquete?

- Yo no he traído nada para ti -dijo el Sol, que era el mayor de todos.- Fui a divertirme, no a divertirte a ti, mamá.

- Yo tampoco he traído nada -contestó el Viento.- No era lógico que os reservase nada cuando ni siquiera para mí hubo bastante.

Pero la Luna dijo alegremente:

- Mamá, trae un plato y te pondré en él lo que te he traído.

Y cuando tuvo ante ella el plato, la Luna depositó lo que había guardado en las uñas.

La Estrella se volvió entonces hacia el Sol y le dijo:

- Ya que sólo has pensado en ti, sin acordarte para nada de tu madre, te maldigo y de ahora en adelante, tus rayos lo abrasarán todo, y la gente te odiará y en cuanto aparezcas se cubrirá la cabeza.

(Y por eso el Sol hace sudar y quema la piel.)

Volviéndose al Viento, la Estrella continuó:

- Tú también te olvidaste de tu madre. Desde hoy, soplarás siempre con fuerza, arrancarás los árboles y la gente te maldecirá constantemente.

(Y es por eso que el Viento es siempre desagradable.)

Dicho esto, la Estrella se volvió hacia la Luna y con voz suave le dijo:

- Tú has sido buena hija, y desde este momento, serás el astro más dulce, hermoso y plácido. Los hombres te contemplaran amorosamente, y los poetas no cesarán en el curso de los siglos, de cantarte alabanzas.

(Y por eso la Luna es tan hermosa y sus rayos tan acariciadores.)

 

 

Como fueron engañados los malos hijos

 

Un hombre muy rico, creyendo que estaba a punto de morir, llamó a sus hijos y dividió entre ellos sus propiedades. Sin embargo, no murió y al levantarse de la cama, se encontró con que sus hijos ya no le querían, ni tenían con él las delicadezas que antes, cuando todos esperaban conseguir mayor parte de su fortuna.

Todos le trataban mal, y no se recataban para decir que deseaban que muriese lo más pronto posible, ya que su vida sólo originaba gastos y molestias.

El pobre hombre no cesaba de llorar, y un día se encontró con un viejo amigo, a quien contó lo que le ocurría. El amigo, conmovido por lo que acababa de oír, prometió hallar una solución a aquel estado de cosas.

En efecto, la encontró y a los pocos días llegó con gran pompa a la casa de su amigo, seguido de diez criados que eran portadores de unos pesados sacos llenos de piedras.

Cuando estuvieron solos, el amigo dijo:

- Te he traído estas piedras para engañar a tus hijos. Cuando me marche vendrán a ver lo que te he traído. Diles que he venido a pagarte una deuda muy antigua, y que eres más rico que antes. Ya verás cómo todos se desviven por ti. Volveré dentro de algún tiempo para ver cómo van las cosas.

Cuando, transcurridos unos meses, volvió el amigo, encontró al viejo rodeado de sus hijos, que todos a una se desvivían por él. Y así siguieron haciéndolo hasta que murió, descubriendo entonces el engaño, que tenían bien merecido.

 

 

El príncipe que tenía una luna en la frente y una estrella en la barbilla

 

En una ciudad de la India, vivía un pobre matrimonio que tenía siete hijas. Como no podía pagarles ninguna distracción dejaba que cada tarde fuesen a jugar con la hija del jardinero de Palacio.

- Cuando yo me case -decía la joven- tendré un hijo que llevará una luna en la frente y una estrella en la barbilla.

Al oír esto, las siete hermanas se echaban siempre a reír. Sin embargo, un día el rey acertó a pasar cerca del grupo y prendado de la hermosura de la hija del jardinero, se detuvo a oír lo que hablaban, oyéndole decir que al casarse tendría un hijo hermosísimo.

Esto agradó aún más al rey, a quien sus demás esposas no habían dado hijos, y al día siguiente llamó al jardinero y le pidió la mano de su hija.

El hombre accedió entusiasmado a la petición del rey, y a los pocos días se celebraron las bodas.

Pasó un año, y la joven comunicó a su esposo que iba a nacer un niño. El rey la abrazó complacido y dio órdenes para que las demás esposas la cuidasen con todo amor.

Pero éstas eran unas envidiosas, y a los pocos días dijeron a la favorita:

- Nuestro señor el Rajá marcha cada día de caza. Sería conveniente que le pidieras que no se alejase tanto, pues podría nacer el niño, sin que él lo viese.

Aquella noche, la joven dijo a su esposo lo que le habían indicado las demás mujeres, y el Rajá contestó:

- La caza es el mayor de mis placeres. Como no puedo dejarla, te daré un tambor muy grande y si por casualidad te encuentras mal o me necesitas, no tienes más que hacerlo sonar. Yo lo oiré y esté donde esté acudiré enseguida.

Cuando las demás esposas vieron el tambor, preguntaron a la favorita para qué servía, y ésta se lo explicó:

- Hazlo andar para ver si es verdad que nuestro esposo lo oye -dijo una.

- No me atrevo; podría castigarme al ver que le he llamado sin necesidad.

Pero tanto insistieron las mujeres, que la joven golpeó el tambor.

Aún no había transcurrido media hora, cuando ya el rey estaba en la habitación de su esposa, preguntándole qué le ocurría.

- Nada; sólo quería verte.

El soberano besó a su mujer y le dijo que no volviera a tocar el tambor sin necesidad.

La joven prometió hacerlo así, mas al día siguiente, apenas había partido el rey, las demás esposas insistieron en que volviera a tocar el tambor.

- No quiero hacerlo porque mi esposo se disgustaría conmigo.

- Te quiere demasiado para disgustarse -dijo una de las mujeres.

- No quiero hacerlo.

- Anda hazlo, así veremos si es verdad que está dispuesto a sacrificarse por ti.

Y tanto insistieron, que al fin la joven golpeó el tambor, cuyo sonido llegó hasta el rey, haciéndole interrumpir la caza y volar hacia el palacio.

- ¿Qué ocurre? -preguntó al ver a su esposa.

- Nada, sólo quería ver si me sigues queriendo.

- ¿Sólo por eso me has hecho interrumpir la caza? En adelante, no vuelvas a hacerlo, pues me disgustaría mucho contigo.

Con los ojos bañados en lágrimas, la joven prometió no hacerlo más; pero al día siguiente se encontró muy mal y pidió a sus esclavas que hicieran sonar el tambor.

El rey lo oyó perfectamente, pero creyendo que se trataba de otro capricho de su mujer, siguió cazando.

Entretanto nació un niño hermosísimo, con una luna en la frente y una estrella en la barbilla.

Las otras esposas del Rajá, llenos de envidia, cogieron al recién nacido y metiéndolo en una caja ordenaron a un esclavo que fuera a enterrarlo en el jardín. Para sustituir al niño, metieron en la cuna una piedra, y cuando llegó el Rajá le dijeron que aquello era el hijo que le había dado su esposa.

El monarca se enfureció grandemente y ordenó que la joven fuese ocupada en los más bajos menesteres.

El esclavo que debía enterrar al niño hizo lo que le habían ordenado, pero Chankar, el perro del Rajá, le vio y cuando se hubo retirado, desenterró al niño. Al verlo tan hermoso, decidió salvarle la vida, y como no tenía dónde ocultarlo, se lo tragó.

Al cabo de seis meses, el perro salió al campo y sacando al niño vio que seguía viviendo. Lo acarició muy contento y cuando se hubo cansado de jugar con él volvió a tragarlo.

Pasaron otros seis meses, y de nuevo Chankar fue al campo a ver al niño de la luna en la frente y la estrella en la barbilla, que entonces contaba ya un año. Jugó con él y se lo tragó de nuevo. Por desgracia, el guardián de los perros le había seguido y le vio, yendo enseguida a comunicar la noticia a las esposas del Rajá, diciéndoles:

- Dentro del perro de Su Majestad, hay un niño con una luna en la frente y una estrella en la barbilla.

Al oír esto, las mujeres creyeron morir de miedo, y enseguida desgarraron sus ropas y fueron a ver al Rajá, diciéndole:

- Vuestro perro Chankar nos ha mordido. Hacedle matar.

- Perfectamente -contestó el soberano.- Mañana por la mañana morirá.

El perro oyó por casualidad su sentencia de muerte, y temiendo por la vida del niño que llevaba en el estómago, decidió dejarlo al cuidado de alguien. Este alguien resultó ser la vaca Suri, que estaba en el establo del palacio.

- Óyeme, Suri -le dijo;- quisiera que me guardases algo, pues mañana el rey me hará matar.

- Enséñame eso que quieres que te guarde -replicó la vaca.

El perro mostró el principito a la vaca, la cual lanzó un mugido de asombro ante su belleza.

- Lo guardaré con muchísimo gusto -declaró. Y después de besar al niño se lo tragó.

Al día siguiente, Chankar fue muerto por el guardián, y las esposas del Rajá respiraron tranquilas.

Al cabo de un año, Suri, la vaca, quiso ver al principito, y quedó más prendada que nunca de su hermosura. Para librarlo de todo mal, volvió a tragárselo, y así lo guardó diez años.

Por desgracia, un día la vio el guardián del establo, quien enseguida corrió a decir a las reinas que la vaca tenía dentro un hermoso joven con una luna en la frente y una estrella en la barbilla.

Las cuatro esposas del Rajá se estremecieron de miedo, y rasgándose sus vestiduras, fueron a ver a su esposo, diciéndole:

- Señor, vuestra vaca ha entrado en nuestras habitaciones y nos ha roto los vestidos. Ha sido un verdadero milagro que no nos haya matado. De ahora en adelante tendremos mucho miedo.

- No temáis -les tranquilizó el monarca.- Mañana mismo haré matar a la vaca.

Un pajarillo comunicó a Suri su sentencia de muerte, y la buena vaca sólo pensó en el principito que guardaba en su estómago. Royendo la cuerda que la ataba al pesebre, fue en busca de Katar, un caballo salvaje que se guardaba en las cuadras.

- Óyeme, Katar -le dijo.- Mañana moriré, y antes quisiera pedirte que me guardases una cosa.

- Enséñame la cosa que es, y entonces te diré si quiero guardarla -contestó el caballo.

Suri mostró a Katar el hermoso príncipe, y el caballo accedió enseguida a guardarlo.

Al día siguiente, la buena vaca fue sacrificada por el matarife de palacio.

Katar era un caballo al que nadie había podido montar jamás. Era tanta su fiereza, que tenía aterrorizados a todos los guardianes de las cuadras. Sin embargo, nadie sabía que era un caballo encantado.

Cinco años guardó Katar el príncipe de la luna en la frente y la estrella en la barbilla. Cada seis meses lo sacaba de su estómago para recrearse con su vista, y en una de estas ocasiones, fue visto por el palafrenero mayor de palacio, quien, lleno de miedo, comunicó su descubrimiento a las cuatro reinas.

Estas creyeron morir del susto. El príncipe que ellas creían muerto volvía a resucitar; y como temían por sus cabezas, corrieron al Rajá, después de desgarrar sus vestiduras, y le dijeron:

- Vuestro caballo Katar ha irrumpido en nuestras habitaciones y nos ha destrozado las ropas. Desde hoy no podremos comer en paz. Siempre temeremos ser destrozadas por ese salvaje animal.

- No temáis -las tranquilizó el Rajá.- Mañana mismo haré matar a Katar.

Como el caballo era muy fiero, el rey no se atrevía a hacerlo matar por un hombre solo, y por ello mandó formar a todos sus soldados, ordenándoles que lanzaran sus flechas contra el caballo en cuanto éste saliera de la cuadra.

El mismo se armó de un arco, para tomar parte en la ejecución.

Pero Katar, como ya hemos dicho, era un caballo mágico, y cuando oyó llegar a los soldados comprendió a lo que iban. Sacando al príncipe, le dijo:

- Entra en ese cuarto de la derecha y en él encontrarás una silla de montar que me pondrás enseguida. También encontrarás un traje de príncipe y una armadura de oro. Son para ti.

El príncipe entró en la habitación indicada y ensilló el caballo, poniéndose él el traje y la armadura, que Katar le había regalado, creándolos gracias a su magia.

Fuera de las cuadras, el Rajá había ordenado formar a todo su ejército, pero antes de que los soldados pudieran poner las flechas en los arcos, se abrió la puerta del establo y Katar, montado por el príncipe de la luna en la frente y la estrella en la barbilla, se precipitó fuera a todo galope, perdiéndose en la lejanía antes de que los asombrados cipayos pudieran disparar sus flechas.

Como el mismo rey había sido burlado no les castigó, y para evitarse la vergüenza de la derrota, no dijo nada a sus mujeres, que respiraron tranquilas, creyendo muerto al príncipe.

Mas éste no estaba muerto, sino que cabalgaba sobre Katar, brillando al sol su armadura, y golpeándole las piernas la hermosa espada.

Días y días cabalgó sin descansar, hasta que al fin Katar se detuvo a las puertas de una rica ciudad, a la que afluían gran número de personas.

- ¿Qué ocurre? -preguntó el príncipe.

- Esta es la ciudad de Calcuta, la más hermosa de la India -contestó Katar.- Te he traído aquí para que tomes parte en el gran torneo que se celebrará. El ganador obtendrá la mano de la princesa Armina, la más bella entre las bellas.

- Pero yo no sé luchar -replicó el príncipe.

- No temas -le dijo el caballo.- La espada que llevas al cinto está encantada, y con ella ganarás a todos los enemigos que se pongan ante ti.

Al entrar en el palenque donde debía celebrarse la justa, el príncipe de la luna en la frente y la estrella en la barbilla, causó verdadera sensación, sobre todo en la princesa Armina, que enseguida quedó enamorada de él, y deseó con toda su alma que fuese el vencedor en la lucha.

Empezó ésta, entre trescientos príncipes de todas las regiones de la India, y hasta de Egipto y Arabia. La espada del joven hacía maravillas, y pronto tuvo derribados a más de treinta enemigos. Al fin sólo quedaron dos, un gigantesco árabe y el príncipe de la luna en la frente y la estrella en la barbilla.

El árabe poseía un hacha mágica y como la espada del príncipe también lo era, la lucha estaba completamente igualada. Fue Katar quien lo solucionó, derribando al caballo del árabe de un fuerte mordisco.

El Rajá de Calcuta entregó su hija al vencedor, y al día siguiente se celebraron los esponsales, que fueron los más brillantes que se habían celebrado en la ciudad. Tres meses duraron las fiestas, y cuando hubieron terminado, el príncipe y su esposa fueron a visitar al padre del joven.

El Rajá, enterado de la visita del yerno del rey de Calcuta, preparó una fiesta muy grande, a la que fue invitado todo el mundo.

Cuando el príncipe de la luna en la frente y la estrella en la barbilla fue recibido con toda pompa, y cuando él y su esposa entraron en la sala del festín, todos los cortesanos y el pueblo se levantaron en señal de admiración, ya que la belleza de ambos esposos era enorme.

- ¿Está todo el pueblo aquí? -preguntó el príncipe.

- Todo -contestó el Rajá.

- ¿No falta la hija de vuestro jardinero, que en un tiempo fue vuestra esposa? -siguió preguntando el joven, a quien Katar había enterado de su historia.

- En efecto, me olvidé de invitarla -dijo el rey, ordenando enseguida que fueran a buscarla en su mejor palanquín.

Los criados que partieron en busca de la antigua reina, la bañaron en agua perfumada, la peinaron con el mayor cuidado, la vistieron con trajes magníficos y al fin le acompañaron ante el príncipe, quien inclinándose ante ella la saludó con estas palabras:

- Que el Señor sea con vos, madre mía.

La antigua reina reconoció enseguida al hijo con quien tanto había soñado, y presa de gran emoción, cayó en sus brazos, llenos de lágrimas los ojos.

Cuando madre e hijo se separaron, éste desenvainó su espada, y de un solo tajo cercenó las cuatro cabezas de las mujeres del Rajá, que mudas de espanto asistían a la escena.

Después explicó a su padre la verdad de lo ocurrido, y el Rajá se prosternó ante su esposa, pidiéndole humildemente perdón por su injusto comportamiento.

La reina, que había adorado siempre a su esposo, le perdonó de buen grado, y las fiestas con que el monarca celebró el hallazgo de su hijo duraron un año entero.

Al terminarse, murió el Rajá de Calcuta, y este reino se unió con el del padre del príncipe, formando la mayor nación de la India.

En cuanto a Katar, cumplido ya su cometido, desapareció de las cuadras, y sólo reaparece cuando nace un príncipe en Calcuta. Y por eso, allí los caballos, son animales sagrados, que sólo pueden montar los hijos del rey.

 

 

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