Los tres senderos de perfección. Annie Besant

LOS TRES SENDEROS DE PERFECCION

 

PROLOGO

Con motivo de la sexta Convención anual de la Sección Inda de la Sociedad Teosófica, se me rogó que diese tres conferencias tomando por tema el Bhagavad Gita. No sintiéndome, de ningún modo, capaz de dar conferencias tomando este divino libro por texto, elegí el tema más modesto de los tres senderos, el de Kar­ma, el de Jnana y el de Bhakti, tal como están descritos en el Bhagavad Gita, y las conferencias que di entonces son reunidas ahora en un volumen. A la amabilidad de Babu Sirish Chan­dra Bose Munsif de Benarés, debo la re­seña maravillosamente exacta de estas conferencias; casi siempre, las reseñas de mis conferencias han sido hechas por los hombres más aptos de Londres; pero jamás he mandado una a la imprenta en que hubiese menos correcciones que en estas que debo al amigo que la llevo a cabo como amateur.

 

ANNIE BESANT

LOS TRES SENDEROS

KARMA MARGA

Los Sabios han descrito tres Vías que permiten alcanzar la liberación, entre las que el hombre puede elegir la que segui­rá. Los Senderos son tres y, sin embar­go, en cierto sentido, no constituyen más que uno. Aun difiriendo entre ellos por sus métodos, todos conducen al mismo fin. Aun siendo distintos desde el punto de vista de las condiciones externas, conducen todos al Yo único, todos per­siguen el mismo fin. Estos tres Senderos -los tres Margas, como les llama la filosofía inda -, el de Karma o Acción, el de Jnana o de Sabiduría, y el de Bahkti o de Devoción; estos tres senderos acaban por fundirse en uno, siendo así que cada uno de ellos adquiere, al final, las cualidades de los demás; que se funde, en cierto modo en los otros dos, unificando las caracte­rísticas de los tres. En efecto: cuando alcanzáis el Yoga, sea el Karma Yoga, el Jnana Yoga o el Bhakti Yoga, el resultado es idéntico, es la Unión con el Yo. Los atributos necesarios se aseme­jan, y el hombre que alcanza la perfección, siguiendo una de estas Vías, no carece de las cualidades que han sido desarrolladas en las tres. Estos tres Senderos, con los métodos distintos y un fin idéntico, nos han sido descritos en la porción más bella y más conocida de las Escrituras indas, en el Canto del Señor, el diálogo de Shri Krish­na, en el Bhagavad Gitá. Allí, los Sen­deros han sido descritos y su fin expli­cado. Allí aprendemos cómo brota la sa­biduría del corazón del hombre, cuya devoción es perfecta; allí aprendemos como puede llevarse a cabo la acción desinteresada, sin que os encadene al renacimiento, y allí aprendemos que en cualquiera de estos Senderos, el hombre encontrará al Señor, el Supremo le ben­decirá. Lleven a cabo los hombres su peregrinación, siguiendo una u otra de estas Vías; todas conducen al Yo único, sea por medio de la acción, por la sabi­duría, o por la devoción; aquellos que buscan, le encontrarán con seguridad, le encontrarán inevitablemente, pues el Yo universal es Único, como lo es el fin hacia el cual tienden los tres Sen­deros. Si observamos la Naturaleza, si mira­mos hacia el mundo entero, encontrare­mos que en todas partes se busca al Yo. En todas partes, en todas direcciones, sean cuales fueren las formas o los nombres, sea consciente o inconsciente­mente, las cosas y los seres buscan al Yo, se esfuerzan en alcanzar al Yo. El Sol busca al Yo cuando proyecta sus rayos a través del espacio; el vasto océa­no busca al Yo cuando hincha sus olas; los vientos buscan al Yo cuando atravie­san la superficie de la Tierra; los árbo­les de la selva buscan al Yo cuando ex­tienden sus ramas; cada animal, por vagamente que sea, busca a tientas al Yo; la humanidad busca al Yo, por cie­ga y desatinadamente que lo haga, por erróneos que sean los procedimientos que emplea. Esta tendencia que manifiesta todo lo creado, este hecho universal que se ma­nifiesta en todas las formas que reviste la vida, se ha dicho siempre que es la búsqueda del Yo. La ciencia moderna comprueba esta misma tendencia de la Naturaleza, y le da el nombre de Evolu­ción. Así, por cualquier lado que dirija­mos nuestra vista, sea hacia los antiguos, o hacia los modernos, encontramos siem­pre la aspiración a elevarse, a penetrar en si mismo. ¿Por qué los seres y las cosas buscan al Yo? ¿Por qué es el Yo el fin de todos los esfuerzos? ¿No es acaso porque el Yo reside en el corazón de todo cuanto existe? Sea en el océano, en el mineral o en el árbol, sea en el animal o en el hombre, el Yo está allí, oculto bajo los velos externos de ilu­sión. El Yo único existe tanto en el Sol, como en las cavidades del corazón, y cada criatura viviente que busca la feli­cidad, no hace en suma otra cosa que buscar al Yo. En efecto, el buscar la felicidad, por erróneamente que se prac­tique, no es otra cosa que el ciego tan­teo de un ser que busca al Yo, esto es, la Beatitud. ¡Sí! El Yo es la Beatitud eterna, infinita, imperecedera, y lo que nosotros llamamos dicha, no es más que el reflejo de este Yo, que es la Beatitud deformada al atravesar el ambiente que nos envuelve. Nadie se deje extraviar, nadie se deje cegar por los diferentes métodos de investigación, por los erro­res cuya causa son las ilusiones externas, pues en todos ellos es buscada la vida interna en la forma exterior. La buscan por doquiera en los ciegos es­fuerzos que hacen para alcanzar la felicidad, y Shri Krishna, el Yo encarnado, dijo: El que ve al supremo Ishvara[1]  residir igualmente en todos los seres, aquél ve[2].  Los Senderos que voy a describir, son las tres Vías principales por las que es buscado el Yo, consciente, o inconscientemente. En las primeras fases, es bus­cado inconscientemente; es la ciega as­piración a la felicidad, las satisfacciones y el goce. Más tarde, se busca conscien­temente, nos damos cuenta de que bus­camos y de los procedimientos que empleamos. Sea ignorándolo, o con una clara percepción, se sigue buscando, y el conocimiento de los métodos empleados y del fin hacia el cual tienden, está en relación con el grado de evolución del alma. A medida que el hombre recorre estos Senderos, se eleva por encima de las ilusiones producidas por las cualidades de la Naturaleza, que ya conocemos en el más amplio sentido bajo el nombre de las tres gunas[3]. Estas cualidades perturban a las almas, ocultan al Yo, dan origen a la ilusión, e impiden reco­nocer la realidad. Siguiendo los Sende­ros, los hombres aprenden a elevarse por encima de estas gunas, utilizándolas, aprendiendo a emplear los diferentes métodos de actividad, de sabiduría y de de­voción, con el fin de llegar a reconocer al Yo separándolo de las actividades del exterior, con el fin de llegar a saber distinguir entre el Yo y los sentidos, entre el Yo y la inteligencia, cuya actividad es apropiada a su destino, y elevarse por encima y más allá de las gunas. Entonces, por encima y más allá de estas gunas, encuentra el hombre al Yo sin velo. El Sendero que servirá de tema espe­cial para nuestro estudio es el de Karma Márga, el Sendero de Acción, que es re­corrido a ciegas y del todo inconscien­temente por la gran mayoría de la hu­manidad, que no conoce ni los métodos ni el fin. Nosotros demostraremos, anali­zando la historia de nuestra raza, que el Karma Márga impulsa al hombre a ejecutar toda suerte de acciones, a per­seguir toda clase de fines, a buscar sin tregua todas las satisfacciones en el uni­verso exterior, esforzándose siempre en obtener más y más, en acumular más y más, y gracias a un desdoblamiento de actividades, y gracias a una energía siempre creciente, y gracias a una ma­yor concentración de los esfuerzos, descubre al fin al Yo. Los hombres se entregan a la acción, diciendo: Obro, siento, adquiero expe­riencia, siento placer y dolor. E ignoran que todas las acciones, las sensaciones, el placer y el dolor, corresponden a los poderes de la Naturaleza, que el verda­dero Yo nada hace, nada siente, y que las fuerzas de la Naturaleza recorren un circulo eterno e incesante. Al principio, el hombre es impulsado a la acción por el deseo de recoger los frutos. Quiere gozar. Si permanece quie­to, sin hacer nada, sin actividad, no experimentará ningún placer, sufrirá cons­tantemente; su mismo cuerpo perecería si la completa inacción prevaleciese. Al principio, es preciso vencer Tamas; la cualidad de la Naturaleza que represen­ta tinieblas, pereza, inercia, indolencia, debe ser regulada, dominada y por com­pleto sumisa. Ved la masa de la humanidad, y ob­servad cuán pocas personas son capaces de responder a los impulsos de un orden elevado. En vano se les llamará la aten­ción sobre la necesidad de instruirse, pues no experimentan ningún deseo de esta clase. No pueden apreciar el goce de las es­peculaciones intelectuales, y son aun más incapaces de sentir el aguijón de las aspi­raciones espirituales. Permanecen sumergidos en las tinie­blas del guna tamásico, están envueltos en los velos de ignorancia y oscuridad, y desean permanecer tranquilamente en este estado. ¿Como es posible impulsarlos a la actividad? Es mejor la actividad, cualquiera que sea, que la inacción; más vale una energía mal empleada, que la inercia absoluta, la ausencia de toda acción. Es preciso que se muevan. Al princi­pio, los deseos animales más rudos y groseros, son los aguijones que emplea la Naturaleza; son como la mecha que enciende los cohetes de la Naturaleza, destinados a excitar los esfuerzos de los perezosos para hacerles entrar en el sen­dero de acción. El hombre debe ser im­pulsado a la actividad por los deseos, por algo a que su naturaleza pueda responder. Más tarde reconocerá que estos deseos son degradantes, indignos de los seres humanos, causa de retroceso, y que pa­ralizan las posibilidades, pero durante las primeras fases son necesarios para el desarrollo del hombre, para el progreso que realiza y para rasgar los velos de esta cualidad tamásica que lo envuelve, que le hace imposible todo movimiento. Estas actividades, por inferiores que sean, son preferibles a la muerte, porque están mas llenas de promesas que la ab­soluta inacción. La actividad que nace del deseo que impulsa al hombre a la acción, que le impele a los placeres, aunque sean de un orden inferior, es la primera lección que le da la Naturaleza para hacerle activo, con el fin de que pueda desarrollarse. Por reprobables que sean estos actos, tienen su lugar y sus funciones con rela­ción a las naturalezas más inferiores y más inertes. Por esto el Señor ha dicho que El estaba presente aun en el vicio de los viciosos, en aquello que les conduce a la acción, con el fin de dar origen a cierto grado de actividad. Cuando el hombre sigue el sendero de Karma, es más tarde movido por el deseo de alcanzar frutos de un orden más ele­vado, y esto desarrolla en el la cualidad Rajas [4]. Entonces se vuelve activo en exceso; se precipita en todas direcciones. Su energía es grande, irresistible, agre­siva, combatiente. Se precipita en el mun­do externo, impulsado por la actividad de sus sentidos y de su alma, para satis­facerlos. Obra con la esperanza de este resultado. Pero el resultado puede ser de dos clases. Desea gozar el fruto de sus ac­tos, sea en este mundo, sea quizás en otro. Si miramos retrospectivamente ha­cia las épocas reconocidas como menos materiales, si observamos el momento en que la religión ejercía una influencia predominante en la humanidad, en que el hombre reconocía la inmortalidad del alma, no como una palabra, sino como idea fundamental de la vida, en que el hombre sentía y sabía que era inmortal, veremos que entonces todos los actos obedecían al deseo de recoger los frutos que serían gozados en el reino de Svar­ga[5] . La actividad podía ser entonces rajásica, podía no manifestarse más que con el fin de alcanzar los frutos; podía renunciar aquí algo con el fin de obtener mucho más después, consagrar una parte de su fortuna en obras de caridad con el fin de alcanzar riquezas en las regiones de ultratumba, de acumular felicidad en el reino superfísico, a fin de gozar sus resultados en Svarga; no es menos cierto que en aquella época, si las acciones eran generalmente motivadas por el deseo de obtener sus frutos, no podían éstos ser gozados más que en las regiones de ultra­tumba, en lugar de tener relación con los goces materiales de la Tierra. Por el contrario, si consideramos la clase de actividad que es hoy desplegada a nuestro alrededor; si estudiamos el camino que el Occidente sigue, en general, y que el Oriente tiende cada día más a adoptar, nos convenceremos de que los resultados que los hombres desean al­canzar, el beneficio que constituye el motivo de sus esfuerzos y el fin de sus actividades, debe ser alcanzado en la vida física, consistiendo generalmente en un acrecentamiento de las cosas ma­teriales; representan la adquisición y posesión de bienes materiales. Analice­mos un momento las naciones del occi­dente. Las vemos moviéndose sin cesar para acrecentar su bienestar. Podemos decir que esto es una actividad enfermi­za. No podemos suponer que un hombre haga alguna cosa, a menos que su labor no se traduzca en resultados alcanzados en el plano físico material. La acción no es reconocida como tal, a menos de que produzca resultado en el mundo físico, en el mundo externo, o mundo material inferior. Encontramos muy a menudo hombres que se dedican a la ciencia. En tanto que el sabio investigador puede estar anima­do tan sólo pura y simplemente por amor a la ciencia misma, el interés que el pú­blico relaciona con sus descubrimientos, el ardor con que se apropia los resulta­dos que él alcanza, se originan en que los adelantos de la ciencia confieren cada vez mayores posibilidades para acaparar, para acrecentar la satisfacción de los de­seos materiales y para aumentar la abun­dancia de las riquezas terrenales. Nos encontramos ante una multiplicación infi­nita de las cosas. Hay como una especie de lucha entre las cosas que sirven para satisfacer los deseos, y la creación de otros nuevos, cuya satisfacción exige nuevos procedimientos. Asistimos a una lucha incesante entre los hombres, entre los adoradores de las riquezas y de los placeres, que se ven impulsados por el deseo de experimentar nuevas sensacio­nes, de desplegar nuevas actividades, de descubrir nuevas perspectivas a sus im­pulsos, y aquellos que se esfuerzan en satisfacer sus deseos, que procuran in­ventar algo nuevo a fin de estimular­los y de crearse por este medio nue­vas ocupaciones. Así pues, los hombres aspiran siempre a aumentar cada vez más la suma de placeres de la misma clase de los que han gozado. Han apren­dido a viajar mas rápidamente; viajes que en otro tiempo absorbían la mayor parte del año, se efectúan hoy en un mes o poco menos, y los que duraban un mes, se terminan en una semana o en algunos días. ¿Es el hombre por esto mucho más feliz, y sus deseos han que­dado satisfechos? ¡No! Las palabras que dirige al sabio, son siempre las mismas: Descúbrenos una nueva fuerza motriz, algo que sobrepase a lo que puede obtenerse por el vapor, algo como la electricidad, si queréis, que nos permita atravesar en dos días los continentes y los océanos, y volar por la superficie de la tierra con mayor rapidez. Estamos cansados del vapor; descubrid­nos un motor eléctrico u otro cualquiera, que nos transporte con mayor velocidad. ¿En qué medida hace más feliz al hom­bre este acrecentamiento en la velocidad? ¿En qué medida avanzaría su progreso espiritual, si pudiese llegar a realizar en un día, lo que antes hubiera empleado un año? La velocidad siempre creciente, buques cada vez mas grandes; los esfuer­zos de los hombres se suceden sin ce­sar en este sentido. Los periódicos pro­clamaban hace poco el advenimiento de un nuevo hombre sobre la tierra regene­rada, porque hay la esperanza de crear alimentos químicos en lugar de recurrir a la agricultura, porque la ciencia avan­za y la acumulación de riquezas aumenta. Esta tentativa esta condenada a un fracaso. La persecución inquieta del pla­cer, por medio del acrecentamiento de las actividades, no tiene limites. Se pue­de adquirir más y más, acumular siem­pre, y entre las riquezas, el hombre per­manecerá aburrido y descontento, por­que en ninguna de estas cosas puede encontrarse al Yo sin velos, y el alma del hombre cuya naturaleza es idéntica a este Yo, está siempre triste, mientras no ha encontrado refugio en Él. Por esta razón, siguiendo esta línea especial del Karma, no puede alcanzarse satisfacción definitiva. Un hombre, lucha toda su vida para adquirir riquezas, pero no encuentra sa­tisfacción, y rodeado de cuanto posee, aspira siempre a algo más. Con razón dijo Manu que seria más fácil apagar un incendio con manteca, que extinguir los  deseos gratificándolos y satisfaciéndolos por medio de las mismas cosas a que aspiran. Estos placeres acaban con la laxitud y la saciedad; y el Yo, que está por encima de todos los objetos del de­seo, hará avanzar al alma hacia la con­quista de una felicidad más profunda. Andando el tiempo, el hombre que si­gue el Sendero de Karma, se da cuenta de esto. Ve que permanece contrariado y descontento, que cuanto más acumula surgen mayores causas de disgusto a su alrededor, y sus desengaños son cada día más amargos y profundos. Entonces viene la reacción. Comprende que aquí abajo no hay ni felicidad ni contento, y exclama: Quiero apartarme del mundo, quiero renunciar a todos los objetos de los sentidos, porque en el sendero de Karma no se encuentra ni la paz ni la felicidad; y hastiado, se apartará momentáneamente de los objetos de los sentidos y buscará la paz en la soledad de una vida de reclusión; pero en su gran desengaño, se dará cuenta con desalien­to y dolor de que no es huyendo de las cosas que excitan los deseos, cómo estos llegan a extinguirse. Se da cuenta de que la inclinación que siente por estas cosas le persigue aun en la selva. Las imáge­nes sensuales le persiguen en la cabaña y en la ermita, y su alma se fija atenta­mente en ellas. Aunque el cuerpo permanezca al abri­go de semejantes tentaciones, el hombre es siempre arrastrado por los deseos, siempre atormentado por el conflicto de las pasiones de su naturaleza inferior; pues el deseo no se extingue jamás por medio de la supresión externa de los ob­jetos que lo provocan. Las raíces se hun­den mucho más profundamente en la na­turaleza humana, y es preferible seguir el Sendero de Karma, si el hombre quie­re que los deseos se extingan. Entonces, en el silencio de la inacción que se ha impuesto, le llega la voz del Señor. Esta voz se hará oír en lo más profundo del silencio, y pronunciara es­tas palabras de eterna sabiduría: El hombre no puede sustraerse a la acción permaneciendo inactivo, ni alcanza la perfección por la simple renuncia de los actos (Bhagavad Gitá, III,4.) No es por la inacción externa, sino por la liberación de los lazos del deseo, que debe ser recorrido el Sendero de Karma. La liberación del yugo de la acción, no puede ser alcanzada obligando al cuerpo a abstenerse de la acción. El sendero de acción debe ser recorrido antes de que el alma sea capaz de ser libre. La libertad se conquista en este sendero, aprendien­do una lección mucho más trascenden­tal que el simple traslado del cuerpo des­de la ciudad a la selva. El hombre aprende esta lección, sacándola del mis­mo manantial divino. Aprende que el deber del hombre es vivir en el mundo, queriendo, sin embargo, libertarse de to­dos los lazos. Aprende que debe obrar, pero que el motivo por el cual se mueve, debe ser cambiado. Debe recorrer el Sen­dero de acción; pero el motivo de sus ac­tos, debe ser nuevo, y debe revestir un carácter divino. La misma Voz, el mis­mo Instructor, inspira una vez más sus enseñanzas en el alma del hombre que, abatido y exhausto, busca la libertad: del mismo modo que el ignorante obra por amor a la acción, oh Bharata, así mismo el sabio obra sin ser ligado, y tan sólo desea la conservación de la huma­nidad. (Bhagavad Gitá, III,25.) En aquel momento se produce un cambio real. El hombre ya no pasa con la frente baja por entre las actividades del mundo, dejando vacío el lugar que el Karma le ha designado; no falta a sus deberes hacia la familia o la patria, sino que va con nuevo ánimo al cumplimiento de sus deberes; obra bajo la inspiración de un nuevo impulso. Su lugar puede ser el de un hombre cuyo deber es alcanzar riquezas. ¡Puede ad­quirirlas! Pero así como el ignorante obtendría las riquezas para poderlas gozar, él debe trabajar sin estar ligado por este resultado; que las riquezas vayan a sus manos, pero él tomará posesión de las mismas como si fuese un administrador para el mundo, y no el propietario. Tra­baja para el bien de la humanidad y no por apego a la acción. Un hombre tal; emplea sus riquezas abriendo horizon­tes a la actividad humana. Será autor de magníficos proyectos, meditará, traba­jará y sufrirá sin cesar para el bien de la humanidad; así como otros trabajan y sufren en su propio interés personal en el de sus allegados, este hombre traba­jará para los demás, y empleará de este modo sus facultades para el bien de la raza. Cuando llega este momento está expuesto a una tentación más sutil. La labor de ayudar a la humanidad puede ocultar una mira puramente personal y puede tener por origen un motivo más sutil, puede tender a un resultado distinto. En efecto: el autor de grandes proyec­tos humanitarios ansia verlos coronados por el éxito. Desea el triunfo, y lo que le impulsa es en parte esta aspiración, el goce de ver que su obra produce opimos frutos. También puede ser su móvil el amor y la gratitud que puede recibir de sus semejantes, o quizá el merecer su aprobación. Así pues, puede ser que aspire a con­seguir un beneficio personal, mas no debe ser así. Si un motivo personal toma parte en sus actos, se encuentra ligado por el fruto de los mismos, y encadenado por el resultado apetecido. El mismo Señor que le instruyó, el mismo Instructor que le hizo compren­der que la liberación del yugo de la acti­vidad exterior no equivale a la liberación del yugo del resultado de la acción, que el sabio debe obrar con el solo objeto de servir a la humanidad; este mismo Ins­tructor le enseña ahora una lección más profunda, le enseñará dar otro paso en el Sendero, le enseña la gran lección de la renunciación de todos los frutos de la acción, la renunciación gozosa y amante de todos los impulsos que tienen su ori­gen en el Yo personal. La lección se resu­me en estas palabras del Señor: Cuídate tan sólo de la acción y jamás de sus re­sultados, aunque éstos hayan de ser el amor y la gratitud que regocijan al hom­bre interno. Jamás de los resultados; esta idea no debe estar nunca entremez­clada con los motivos. El Instructor sigue diciendo: «No seas movido por la espe­ranza del resultado de la acción, ni tam­poco permanezcas en la inacción.» (Bhagavad Gitá.) Renunciación perfecta. No ser movido por el deseo personal de gozar aquí aba­jo la recompensa, ni por el deseo perso­nal de gozar del fruto de las obras en las regiones de ultratumba, ni tampoco por el deseo personal superior del amor y gratitud que sus semejantes puedan ofre­cerle, sino renunciar a todos los deseos cumpliendo la acción sin preocuparse de sus resultados. Que se consiga el triunfo; ¿qué le importa al autor de la acción? Si viene un fracaso, ¿qué le importa al que ha cumplido con su deber? «Tan bien equilibrado en el éxito como en el fracaso; este equilibrio se llama Yoga.» (Bhagavad Gitá.) Permanece lo mismo en el éxito que en la derrota, lo mismo en el placer que en el dolor, en la felicidad que en la deshonra, en el amor que en el odio. Nada de cuanto afecta al yo inferior debe ser mezclado en la actividad. La acción forma parte de la obra del Señor y, cualquiera que sea el resul­tado, dimana del Señor. Establecéis un proyecto en interés de los hombres. Que vuestro proyecto fracasa; ¿qué? Estable­céis un plan en provecho de la humani­dad y conseguís un triunfo; ¿qué? Vos­otros no teníais ni el éxito ni el fracaso como objetivo. Vuestro único fin era cumplir con vuestro deber. Cualquiera que sea el resultado de la acción, el hom­bre permanece tranquilo. Sólo la acción constituye su deber. La verdadera ma­nera de recorrer el Sendero de Karma es la siguiente: no buscar la acción cuan­do no se presente; no dejar de cumplirla cuando se presenta. Estar prestos a obrar cuando el deber lo ordena; estar prestos a permanecer inactivos si ninguna labor constituye el deber presente; permanecer absolutamente indiferente a todos los resultados. El hombre que sigue el Sendero de Karma puede vivir en un palacio; puede nutrirse con los alimentos más delicados y más sabrosos; puede estar rodeado de objetos agradables a los sen­tidos; mas no estará por eso menos im­pasible. Todo esto puede tenerlo, o desaparecer; «los sentidos se mueven entre los objetos sensibles» (Bhagavad Gita); en cuanto a mi, permanezco indiferente y tranquilo. Estas cosas no le causan ni placer ni dolor, ni repulsión. No rechaza los objetos cuando los posee, ni los desea cuando de ellos carece. Se encuentra pre­cipitado de un palacio a una cabaña; en vez de ricos vestidos se encuentra cu­bierto de harapos; en vez de alimentarse de platos sabrosos lo hace con los ali­mentos que los pobres le proporcionan; ¿qué le importa? No desea los bienes per­didos ni tampoco los rechazó cuando es­taban a su alcance. Tan feliz se considera en la cabaña como en el palacio. Ni el uno ni la otra le atraen; ni el uno ni la otra le inspiran repulsión. Esto son ener­gías exteriores de la Naturaleza, transi­torias ilusiones de la Materia. ¿Qué son estas cosas para el que ha alcanzado la renunciación, para el que no se preocupa de los resultados y no concede valor al­guno sino al cumplimiento del deber? Esta es una existencia sublime y noble, una de las existencias más duras y difí­ciles de realizar: vivir rodeado de todas cosas y permanecer absolutamente indi­ferente. En la opulencia y en la miseria, en medio del placer o del dolor, en el honor o en la ignominia. Obrar con igual entereza, con igual serenidad; sentir la misma tranquilidad, dar pruebas de la misma calma. ¡Qué alturas ha alcanzado el hombre que ha recorrido el rudo Sendero de Karma Yoga! Un ser semejante, se aproxima a aque­lla fase del Yoga en que todos los Sende­ros se funden en uno, y en que la Volun­tad Suprema se revela al hombre que se ha libertado de las ilusiones de la mate­ria. Del seno mismo de esta Vida, de esta vida que nada pide, que nada busca, que no reclama ni rehúsa nada; del fondo mismo, de este sendero surge la sabidu­ría. ¿Como podría faltar el discernimien­to a aquel que ha aprendido a distinguir entre las actividades exteriores y el Yo, renunciando al deseo de llevar a cabo la acción? Un hombre semejante alcanza la sabiduría por la acción, del mismo modo que otro la alcanza par medio de estu­dios intelectuales y de la contemplación; pero aun hay otro Sendero - el Sendero Bhakta -, el cual se fundirá con los otros dos cuando la peregrinación haya termi­nado. En aquel momento merecemos entre­ver el Supremo. Purificados los ojos de todo deseo, le perciben bajo todos los ve­los de materia. El corazón que no esta manchado por ningún deseo ve al Yo único en lo mas intimo de su ser. Esta visión del Supremo, este vislumbre de la Eterna Belleza, da el último toque al Karma Yoga, hace dar el último paso en el Sendero karmico, y este paso no es otra casa que la lección del sacrificio. La lección es dada por el mismo Instruc­tor, sale de los mismos labios Divinos; una vez mas, el alma purificada que ha aprendido la lección de la actividad con­siderada como un deber, la lección de la renunciación a los frutos de la acción, y que se somete a la ley, esta alma llega por fin a la lección suprema: El mundo nos encadena por las acciones, a me­nos que éstas sean cumplidas como un sacrificio (Bhagavad Gita). Todas las acciones deben ahora ser cumplidas, no solamente sin el deseo de recoger su fruto, sino con ánimo de Supremo sacrificio. El hombre debe convertirse en un co­laborador del Señor, un compañero de trabajo de la misma Divinidad. En otro tiempo obraba ante la perspectiva del re­sultado, luego aprendió a hacerlo en bien de la humanidad, después como un de­ber, renunciando a todos los resultados, aceptándolo todo de la misma manera, por último aprende a hacerlo como un sacrificio, y cada una de sus acciones se convierte en un acto de adoración, es transformado en un homenaje al Supre­mo. Entonces en el Sendero de Karma, experimenta verdaderamente el goce del Señor; la beatitud del Yo comienza en­tonces a derramarse en él. Aprende a renunciar y a sufrir, sin apego al yo in­ferior, y el Yo superior le inunda, llena su ser, y comprueba que él y el Supremo son uno. El goce más profundo se derra­ma por todo su ser; su labor es cumplida como un sacrificio y experimenta el goce del sacrificador. El participa de la vida de Ishvara, es un canal que sirve para transmitir la obra del Señor, ve cumplirse todas las acciones como un sacrificio que se hace al Único Artífice, al único Sacrificio. Él, el Dispensador; el que recoge todos los resultados, el que de ellos goza, aun es­tando en él contenidas. Cuando este per­fecto sacrificio se cumple; cuando la vida es dada siempre y no toma nada de nadie excepto de Dios; cuando la luz irradia de ella y no pide nada para si, cuando brilla el Sol hasta el extremo limite de este mundo sin conceder importancia alguna a su propio brillo, no pidiendo nada sino pertenecer al Señor, en este momento el Sendero de Karma entra en la Paz Suprema. El hombre entonces ha alcan­zado su meta, ha conseguido la unión con el Yo. Podemos terminar reproduciendo la enseñanza y la promesa del mismo Ins­tructor Divino, cuyos preceptos nos he­mos esforzado en comprender y aplicar a nuestras propias vidas. Esta enseñanza y esta promesa están contenidas en las siguientes poderosas palabras: El yo disciplinado que se mueve en medio de los objetos sensibles, libres los sentidos de toda atracción y de toda repulsión, que es dominado por el Yo, marcha hacia la Paz. Este es el estado de Brahman, o hijo de Pritha. Ninguno de los que le alcanzan se extravía. Aquel que, a la hora de la muerte, permanece fijo en este estado, va al Nirvana de Brahman. (Bhagavad Gita.)

 

JNANA MARGA

 

Ayer, examinamos la manera como po­demos buscar al Yo, permaneciendo en medio de las actividades. Estudiamos el Sendero de acción que tantos seres huma­nos deben recorrer. En el transcurso de aquel estudio, hemos aprendido cómo puede desarrollarse un hombre, como puede practicar la renunciación y como puede, por último, alcanzar al Supremo por medio del sacrificio. Hoy, estudiare­mos el segundo de los grandes Senderos que conducen al Yo, el que llamamos Jnána Márga o Sendero de la Sabiduría. Este Sendero no lo siguen más que una minoría; no es para la masa de la huma­nidad: esta erizado de peligros de una naturaleza especial, sobre todo para aquellos que no son ejercitados, para los que no han pasado por las prime­ras fases de la purificación. En efecto, ni en el Sendero de Karma ni en el de Bhakti se encuentran los mismos peli­gros de falsas concepciones, las mismas probabilidades de confusión, la misma posibilidad de desorientarse, si no se está debidamente preparado para afrontar las fases superiores que se relacionan con el Jnana Marga. Es conveniente que describamos este sendero desde sus prime­ras fases hasta el fin de su desarrollo. Es necesario que estudiemos la manera como conduce la vida del hombre en el mundo hasta el fin Supremo. Lo estudia­remos fase tras fase; a fin de compren­derlo bien, a fin de evitar las falsas in­terpretaciones, y no arriesgarnos a caer en los peligros que le rodean por todas partes y que engañan a tantos peregrinos infatigables. He dicho que a pocas personas es dado iniciarse en esta vía. El sendero que tie­ne su punto de partida en el intelecto puro (aunque rebasa sus limites en las últimas etapas), implica, en el hombre que desee recorrerlo, el desarrollo de una inteligencia sutil, muy amplia y pene­trante. Los sentidos deben ser subyuga­dos, la mente debe estar desarrollada, no con objeto de alcanzar beneficios al ejercitarla, sino solamente con el deseo de experimentar más tarde los puros go­ces de la sabiduría pura; la mente no debe ser manchada por el deseo de obtener como resultado, del saber, algo que pueda relacionarse con la satisfacción de los de­seos inferiores del hombre. Como indi­camos en la conferencia anterior, el intelecto es a menudo puesto al servicio de las satisfacciones sensuales. La ciencia es a menudo empleada en acrecentar la acumulación de las cosas materiales, con el objeto de hacer más confortable el mundo físico. El hombre que se prepara para recorrer el Sendero de Sabiduría, debe elevarse por encima de todos los deseos inferiores, debe apartarse de la atracción de los sentidos y encontrar, pri­mero en el conocimiento, y más tarde en la sabiduría, la recompensa que es am­pliamente suficiente por si misma y que no necesita ninguna otra gratificación ac­cidental para atraer al hombre interno. Tamas [6] debe ser completamente domi­nada, no debe tener ninguna influencia en su naturaleza, ni retener los pies del hombre en el fango que sube del mundo inferior. Raja[7], la actividad, debe ser separada de todos los campos de acción que se relacionan con las cosas materia­les, debe ser aplicada en la adquisición del saber; todas sus energías deben ser concentradas con objeto de acumular co­nocimientos antes que pueda aproxi­marse al Sendero de la verdadera Sabi­duría. Durante las primeras fases de este Sendero, durante lo que podríamos llamar fases preliminares, el saber será buscado por amor al saber mismo. Podréis cono­cer las almas que han entrado en este Sendero, fijándoos en la manera como un hombre desarrolla en si mismo el conocimiento o viene al mundo con esta ten­dencia innata que impulsa al Ego en este sentido, no aspirando a ninguna otra cosa más que a las delicias del descubrimien­to, al goce de poseer una vasta inteli­gencia y ser consciente del acrecenta­miento de las facultades del espíritu. En toda la superficie de la tierra encontraréis hombres de esta clase, si bien pocos y diseminados. Estos hombres, no anhe­lan ni la celebridad ni las riquezas; no ambicionan ni los elogios de sus contem­poráneos ni la satisfacción de su natura­leza inferior. Son fieles amantes de la ciencia, debido a los goces que ella les procura, a la propia recompensa que esta investigación lleva en si. Mientras alien­tan, procuran apasionadamente aumen­tar su saber. Aspiran a conocer la naturaleza del universo, la naturaleza del hombre; anhelan escalar las cimas de la existencia, sumergirse en sus profundi­dades y penetrar en todos los secretos de la Naturaleza, asimilarse todos los conocimientos que el mundo exterior es capaz de proporcionarles. El conocimien­to, como hemos dicho, no es la sabiduría. El primero tiene su origen en la observa­ción de los hechos, en la observación de los fenómenos, en la reunión de todos los datos, en su clasificación, en el descubrimiento de las relaciones que los unen, en la investigación de un principio latente en virtud del que pueden agru­parse, clasificar y coordinar todos estos fenómenos observados separadamente y luego sacar del conjunto una hipótesis que se aplique a todos y que a todos los explique. El estudiante, toma enseguida por punto de partida: esta hipótesis basa­da en la observación y en los razona­mientos sacados de los resultados de la observación, y comparándola de nuevo con los fenómenos del mundo exterior, imagina experimentos para ver si están bien fundadas, emplea todos los métodos que le permiten comprobar su exactitud o su falsedad, y después de haber com­pletado todas sus manipulaciones, puede decir: Me he consagrado a la experi­mentación y he conseguido el resultado invariable que predecía mi hipótesis. Este resultado es considerado entonces como una Ley de la Naturaleza sobre la que pueden los hombres apoyarse con certeza. De este modo trabajará el sabio, cumpliendo una obra admirable en su género, estudiando cuidadosamente, observando con infinita paciencia, desplegando lo que hemos llamado la sublime paciencia del investigador, interrogando sin cesar a la Naturaleza, mes tras mes, año tras año, hasta que le da una respuesta constantemente idéntica, permi­tiéndole basarse en una verdad sólida como una roca, en la cual pueda apoyarse la ciencia en marcha progresiva hacia nuevos descubrimientos. Si deseáis comprender la manera cómo se adquiere así el saber, tomad por ejemplo a Carlos Darwin; el gran naturalista inglés, cuyos maravillosos experimentos han sido la admiración de los hombres de su época, así como la de las generaciones que vinieron después. Les veréis, por ejemplo, de­dicarse, al cultivo de ciertas plantas, cam­biar el terreno, graduar la luz, observar todas las condiciones que las rodean, dando a unas más y a otras menos, variando las condiciones de todas las maneras posibles y anotando los resultados produci­dos par cada variación. Les veréis co­menzar de nuevo un centenar de veces sus observaciones. Esta es indispensable para que ninguna inexactitud se deslice en su obra, ninguna conclusión prema­tura sea establecida, ni ningún aspecto parcial sea tomado por el todo; para que ningún error sea cometido al revelar la sucesión de las causas y ninguna simple sucesión de fenómenos permita al obser­vador formarse una idea errónea en un orden de cosas invariables. Este culto a la verdad, esta sinceridad que determina al hombre a emprender un trabajo sin fin antes de arriesgar una afirmación, son admirables. Todo esto constituye un culto real consagrado al Dios de la ver­dad, cuya intervención se manifiesta en las leyes del mundo físico. Esta misma paciencia que el hombre despliega, es la prueba del deseo real y sin mezcla que le incita a adquirir los conocimientos. Para un trabajador, semejante, nada es pequeño en la Naturaleza, nada es gran­de. Todos los fenómenos son estudiados con la misma paciente precisión, ya sea la órbita de los soles o los movimientos de los seres microscópicos de una gota de agua. ¿Quien podría decir dónde se oculta el saber, a dónde señala el dedo de la Naturaleza para indicar el camino­ que conduce a un nuevo descubrimiento? Es posible que los movimientos de un átomo, observados por medio del micros­copio, indiquen mejor la intervención divina en la Naturaleza, que el camino recorrido por un cometa al describir su órbita, cuando gira en el espacio para sumergirse luego en los abismos sin fin. Nada es pequeño ni es grande; todo es la manifestación de la Naturaleza y puede ocultar el secreto de su manera de obrar. A medida que estudia, aprende el hom­bre que la Naturaleza trabaja con el mis­mo cuidado, con la misma exquisita delicadeza, con la misma exactitud geomé­trica y la misma precisión en la forma cuando construye la envoltura de un in­visible átomo, que cuando crea los pla­netas de un sistema solar girando alre­dedor de un sol central. Esta teoría de la Naturaleza según la cual todo en ella es digno de ser estudiado forma parte de la vida misma del hombre que se ha consagrado al conocimiento y se encuentra en sus más obscuros recintos. Os con­taré una curiosa fábula que dilucida en gran manera esta verdad, presentándo­nos un cuadro sorprendente que expresa de un modo concluyente como ninguno de los que he encontrado en mis lectu­ras, la característica del hombre que bus­ca el conocimiento, característica que se designa en las primeras fases de este Sendero. Tourgueneff, un ruso célebre, autor de muchas novelas, de las que tal vez algu­nos de vosotros habréis leído, alguna, ha escrito la fábula siguiente para demos­trarnos cómo la Naturaleza prepara sus más pequeñas producciones con tanto cuidado como el que emplea en las más grandes e importantes. Refiere dicho au­tor que atravesó un majestuoso templo cavado en la roca, tan vasto que sus in­visibles límites se perdían en las tinie­blas, y tan sólo éstas parecían limitarlo; la roca viva le servía de techumbre y de pavimento, la roca viva formaba sus pi­lares y los arcos de su bóveda gigantesca. Avanzando en su interior, vio una poderosa Diosa, de estatura gigantesca y magníficas formas, cuyo divino poder, amor e inteligencia irradiaban de su ros­tro. Esta espléndida figura, sentada sola en medio del inmenso templo, era la encarnación del poder y la sabiduría. La Diosa estaba absorta en un trabajo, incli­nada sobre su labor en intensa contemplación, sus dedos trabajaban asidua­mente en construir un objeto, en produ­cir una criatura. Sus poderosas cejas se fruncían bajo el imperio de una profunda atención; todos sus pensamientos estaban concentrados en su labor. Un profundo silencio reinaba a su alrededor. El avanzó tembloroso diciéndose: Segu­ramente esta Diosa esta ocupada en la construcción del cerebro de un héroe poderoso, o de un gran pensador; un ilustre miembro de la humanidad em­barga su atención, y todas sus facultades están concentradas en una gigantesca labor. Se aproximó respetuosamente y le preguntó lo que hacia. La Diosa levantó la cabeza y respondió, con voz profunda y dulce que repercutió en el es­pacio: Construyo la pata trasera de una pulga. Tal es la fábula. Su significado es bastante claro: describe la manera de enten­der las cosas que aprenden los discípulos del saber cuando se encuentran con la poderosa Diosa, es decir, que para Ella todo es digno de ser perfecto. La cosa mas pequeña como la mas grande, la mas humilde como la mas poderosa, encierran en si algo del Espíritu de la Naturaleza y los trabajadores escu­driñan sus secretos con respetuosa asiduidad, de suerte que el saber aumenta y las diferentes ciencias son sucesivamente fundadas. El microscopio nos hace ver el mundo ilimitado de lo infinitamente pequeño, y el telescopio el de lo infinitamente gran­de. Arriba y abajo, en las seis direccio­nes del espacio, se abren ante nosotros nuevos campos, origen de descubrimien­tos siempre nuevos. Nuevas fuentes de saber atraen desde todas partes al estudiante. Nuestro sistema solar encierra toda una serie de mundos que estudiar; toda una serie de mundos que conquis­tar. Supongamos un hombre provisto, como podría estarlo, de manera que pu­diera estudiar todas las regiones del es­pacio solar, sin traba alguna impuesta por las limitaciones de la existencia física. Supongamos que este aspirante al Saber pase del mundo físico al astral, invisible al presente a los ojos de la carne. Allí le es necesario admitir el conocimiento de multitud de objetos, de una gran varie­dad de fenómenos y de nuevas posibili­dades. A medida que evoluciona el inte­lecto, nuevas capacidades, nuevas pro­fundidades del ser, se ofrecen ante su deslumbrada vista. Conquista el plano astral y un mundo nuevo se abre ante él; el mundo del intelecto proporciona aún una nueva infinidad de cosas que obser­var, variadas experiencias que adquirir. Supongamos que haya conquistado las regiones física, astral y mental: no habrá conquistado más que los tres mundos de esta pequeña esfera; mientras que el res­to del ilimitado universo se extiende a su alrededor, desconocido e inexplorado. Supongamos que haya conquistado los planetas unos tras otros, hasta que todos, con sus vastos campos de fenómenos, le sean tan familiares como lo son para nosotros la ciudad que habitamos. Ima­ginemos que después de la conquista del sistema solar emprende la de otros siste­mas a través del espacio infinito. ¿Dónde podremos fijar un limite al conocimien­to? ¿En qué momento reconocerá el intelecto que el conocimiento está agotado? Le es preciso acumular el conocimiento de otros y otros mundos, de otros y otros sis­temas, y no por eso dejará de rodearle lo desconocido y lo inexplorado que le atrae hacia sus profundidades misteriosas, y al mismo tiempo la sed de saber aguijonea el alma perezosa. Se cuenta la historia de una columna de fuego en la que Mahádeva se difundía arriba y abajo per­diéndose en el espacio infinito. Brahma se elevó a las alturas durante un millar de años, y vio que la columna de fuego se extendía por encima de él; Vishnu se su­mergió en los abismos durante mil años y el fuego se extendía aun por debajo de él. Podemos considerar esta narración como el cuadro que representa al Ser Divino e Infinito, manifestándose en todos los mundos, y en cada uno de ellos sólo pro­yecta una porción de sus posibilidades. El Apara Vidya, el conocimiento de los fenómenos, no tiene límites; no existen barreras a la investigación. Las alas del alma baten en los abismos sin fin del es­pacio y la mente fatigada cae vencida, desorientada e incapaz de completar su conocimiento. Sin embargo, durante esta investiga­ción, durante esta acumulación de obser­vaciones, no ha cesado el Yo de hablar al corazón del hombre. No ha cesado de susurrarle que Él se encuentra oculto bajo el velo de Maya; que todos estos objetos son ilusorios y que lo eterno y lo infinito son tan sólo uno; que no es nece­sario adquirir todo el conocimiento antes de que la verdadera sabiduría haya sido conquistada; que no es necesario acapa­rar el universo antes de que el Yo pueda ser distinguido a través del velo de ilu­sión, y el grado que conduce del conoci­miento a la sabiduría puede ser franquea­do en cualquier momento de la investi­gación, pues el Yo está oculto en todas partes: y nada de cuanto se mueve o de lo que está inmóvil puede existir fuera de mi [8]. El hombre tiene una conciencia poco definida del Único oculto en lo múltiple. La conciencia del hombre percibe vagamente la presencia del Yo bajo los velos que le ocultan. Fatigado de una investi­gación interminable, pues los objetos suceden a los objetos; cansado de un Sen­dero que no ofrece ningún término, pues la observación de los fenómenos es infi­nita para el intelecto, el hombre sabe, vagamente al principio, pero sin embar­go de un modo seguro, que debe aban­donar los objetos y la investigación, que debe abandonar el mundo exterior y vol­ver su vista hacia lo interno, sabe que debe dirigir sus miradas al centro y no a la circunferencia del círculo. Si recorrie­se toda la superficie del universo, no des­cubriría al Yo; pero si busca en el inte­rior, el Yo se manifiesta en todas partes. Entonces es cuando despertará en este hombre, lenta y gradualmente, hacién­dose sentir en el transcurso de la per­turbadora sucesión de fenómenos, lo que llamamos Viveka o el discernimiento, la facultad de conocer lo Eterno a través de lo transitorio, el Yo objetivado, el Único oculto en lo múltiple, lo verdadero, ob­jeto de toda investigación, el Sat [9] Infi­nito y Eterno. Empieza a distinguir la esencia de la apariencia, lo ilusorio de lo real, lo verdadero que está oculto en lo falso. Esta facultad de discernir cons­tituye el primer paso que conduce del simple conocimiento a la verdadera sa­biduría. El hombre distingue lo Eterno de lo transitorio, y su pie huella las gra­das superiores del Sendero. El resultado del desarrollo del discernimiento produce Vairagya, la sensación de disgusto hacia los aspectos exteriores, el apartamiento de las ilusiones, el deseo de huir, de apartarse de ellas, alejándose no importa hacia dónde, fuera de la vista del hom­bre, en el silencio, en la soledad, lejos de la vida de familia, en la profunda tran­quilidad de la Naturaleza. Sin embargo, aun allí, son percibidos los fenómenos, y el Yo aun se oculta bajo lo ilusorio. Ha sido engañado por esta espléndida ilusión; ha caído en el error de creer, como un niño atolondrado, que el juguete con que se divierte es una cosa viviente, que la muñeca tenia vida, que podía respon­der a sus preguntas y que podía sentir lo que él sentía. Está casi enemistado con el mundo exterior que le tenía estrecha­mente atado con lazos semejantes a férreas cadenas, pero que no eran, en realidad, sino telas de araña ilusorias e irreales. Se ha libertado del hastío que produ­cen los vislumbres del verdadero discer­nimiento, por la certeza que tiene de que el progreso es posible para él y que existen seis atributos mentales que debe ad­quirir, cuando menos hasta un cierto punto, antes de poder descubrir al Yo oculto en sus envolturas, antes de poder reconocer verdaderamente al Yo bajo los velos que lo encubren. El peor enemigo del hombre es él mismo; en su natura­leza inferior corresponde al mundo físico y al astral. Debe aprender en repetidas experiencias, por las desilusiones, a no apasionarse hasta que haya desarrollado ciertos poderes sin los que no podrían ser recorridas las últimas etapas del Sendero, aunque el intelecto pueda hablar de ellas y discutirlas. Debe adquirir el dominio de la mente y el dominio del cuerpo, de tal manera, que ni uno ni otro tengan el menor poder para perturbarle y no entren jamás en actividad para res­ponder simplemente a los impulsos ex­ternos. Debe desarrollar una amplitud de miras que le permita comprenderlo y tolerarlo todo; que distinga el  único fin, bajo distintos aspectos; que sea capaz de reconocer que por diferentes caminos se llega al mismo objetivo. Debe desarrollar aquella perseverancia sin la que el Yo no podría ser alcanzado; aquella perseve­rancia que hace al alma fuerte. Ninguna alma débil puede descubrir al Yo en el sendero de sabiduría. El hombre debe desarrollar la confianza, su propia divi­nidad; por consiguiente, debe saber que todo le es posible y debe desarrollar ese equilibrio que nadie podría perturbar. En efecto: ¿como podrá el Yo exteriori­zarse si la carencia de equilibrio impide que la visión sea clara? Cuando el hombre ha desarrollado to­das estas cualidades, se dice que enton­ces está pronto para alistarse en el Sen­dero que conduce a la liberación, que está preparado para presentarse como candidato ante el portal cuya entrada le da acceso al Sendero de la pura sabidu­ría para la que se ha preparado en todas las pruebas del pasado, por la purifica­ción de su intelecto desarrollado, por la agudeza y penetración de su espíritu, por su razón fortalecida en la lucha, y por la adquisición de todas las demás cualidades que han constituido el coro­namiento de su vida intelectual; en­tonces, pero entonces solamente, se ha convertido en un Adhikari, el hombre que esta capacitado para recibir la enseñanza final, la sabiduría que se refiere al Yo. ¿Qué es esta sabiduría? Es el conoci­miento inmediato del Yo; el conocimiento del Único, del Infinito, del Eterno; la facultad de verle en todo, de cono­cerle bajo todo los velos, de verle allí donde se manifieste; es decir, en todas partes. La Sabiduría es definida por el Mismo Shri Krishna, en su descripción del Sendero de Sabiduría, así como el de Acción y el de Devoción, y ha resu­mido en una sola frase la verdadera Sa­biduría que se designa con el nombre de Jnana. El dijo: Oh Gudakesha, Yo soy el Yo que reside en  el corazón de todos los seres; Yo soy el principio, el me­dio y el fin de todos los seres [10]. Mas adelante, explica en detalle lo que es la Sabiduría: Humildad, ausencia de pre­tensión, inocencia, clemencia, rectitud, servicio al Maestro, pureza, constancia, dominio de si mismo, indiferencia hacia los objetos de los sentidos, y también au­sencia de egoísmo, conocimiento profun­do de los sufrimientos y de los males del nacimiento, de la muerte, de la vejez y de la enfermedad; ausencia de todo exclusi­vismo en las afecciones de familia, el más definido y constante equilibrio de la mente en medio de los acontecimientos, hayan sido deseados o no; inquebranta­ble devoción hacia Mi, sin ninguna otra cosa; frecuentación de los lugares retira­dos, ausencia de placer en la sociedad de los hombres, constancia en la sabidu­ría, Adhyama, comprensión del objeto de la sabiduría esencial. Todo esto es sabi­duría; todo lo contrario, es ignorancia. Esta Luz de luces se extiende más allá de las tinieblas; esta luz es la sabiduría, el objeto de la sabiduría y el término de la sabiduría que reside en todos los cora­zones [11]. Esta es la sabiduría, tal como el Señor de Sabiduría la describe con sus propias palabras, y cuando Él habla del hombre, siempre constante en la prose­cución de esta sabiduría, alude al Adhi­kari y la define como el conocimiento de la Naturaleza especial de Brahma [12]. Nada que no sea esto es Sabiduría. Fue­ra de esto todo es ignorancia. El saber es ignorancia si sólo conoce los efectos exteriores. La ciencia es ignorancia si solamente se ocupa del Maya [13] de los fenómenos. La Sabiduría no reside sino en la conciencia del Yo, en Su Naturale­za esencial, en Su identidad que todo lo penetra. Estudiemos con cuanto detenimiento nos sea posible el alfabeto del conoci­miento del Yo, que constituye la Sabi­duría. El Yo es Único. La variedad per­tenece al universo exterior; es el juego de las ilusiones; el velo de Maya que nos oculta la vista de la Unidad que consti­tuye la única Existencia, la única Vida, el único Señor de todo el universo, más allá del cual no existe nada sino el Único. El Yo es inactivo. La actividad pertenece a Prakriti, el velo de que se rodea el Yo, el juego de las gunas. La variedad, la actividad de la Naturaleza, son los as­pectos exteriores; los aspectos visibles de esta Unidad. La transformación de una cosa en otra, el nacimiento, la vejez y la muerte, la constante modificación de las cosas vivientes, todo esto constituye el juego de las gunas, y éstas se mueven en espiral, mientras que el Yo permanece inmutable. Todo esto es el Señor rodeado de Su Maya, es Vishnu con Su Loto, es el juego del Universo; todo forma parte del pensamiento del Supremo. Las formas son cambiantes, y por consiguiente ilusorias; la vida es Él mismo y Él es todo. Se ha dicho: Que aquel que sabe que Prakriti realiza verdaderamente todas las acciones y que el Yo es inactivo, aquel ve [14]. Esto cons­tituye el desarrollo del discernimiento, de la visión clara que separa al Yo de todos estos velos de la Naturaleza, bajo los que se abriga y se oculta. El Yo es inactivo; sus aparentes movimientos per­tenecen a la Naturaleza exterior. El Yo está en todas partes, permanece en todo y más allá de todo. Una vez más, las pa­labras de sabiduría se presentan a la mente: En realidad el sabio ve al mis­mo Ishvara morar igualmente en todas las cosas. ¡Qué difícil lección es ésta! Sentirse igualmente en todas las cosas, tanto en lo más humilde y más vil, como en lo más sublime y grande, en el átomo de polvo y en el Sol central del Universo; en lo grande y en lo pequeño; el Yo del licencioso es el mismo que el Yo del san­to. ¿Qué lección nos enseña el Señor? ¿Qué quieren decir estas palabras? Sig­nifican que Ishvara está en todas las co­sas, pues todo el Universo constituye Su propia manifestación. Él ha dicho: Yo soy el engaño en el hombre falaz, y soy las cosas espléndidas [15]. ¿Podéis for­maros una idea de esta lección? ¿Podéis comprender lo que esto significa en el Universo? Significa que todas las expe­riencias son necesarias para que la sabi­duría pueda ser perfecta.. Si sois capaces de ver al Yo en lo que es bello, noble y sublime, vedle también en lo que es bajo, innoble y repugnante. Para el hombre que así ve las cosas no hay nada feo o hermoso, todo es como debe ser en él, actualmente todo es necesario para la evolución. Cada cosa tiene su lugar, cada una su debida posición para representar el papel que le es asignado y adquirir experiencia, pues Él es infinito y las verdades que deben iluminar un sim­ple fragmento Suyo, no deben tener fin. Comprobáis las diferencias y por consiguiente, veis las imperfecciones; veis un fragmento y no el todo del que forman parte. Es como si tomaseis un tapiz de las manos del tejedor y examinarais el revés, donde se encuentran los extremos de los hilos, sin ver el dibujo; no veis el derecho donde es conveniente que haya el negro, así como los demás exquisitos matices de un brillo encantador, cada uno en el lugar que le está destinado. El Yo único está en todos los seres, y nin­guno está fuera de Su vida. Ningún frag­mento esta excluido del todo. Nuestra limitada vista no ve mas que las imper­fecciones, no ve al Yo trabajando para alcanzar la perfección; el todo evoluciona hacia una naturaleza perfecta, y el ser más repugnante está en el camino que conduce a la divina belleza; el mas ignorante, está en la vía que conduce a la in­teligencia divina. Por lo tanto, ved al Yo en todas partes, morando igualmente en todo, y entonces llegaréis al verdadero discernimiento, y el Yo brillará con un esplendor que nada podrá obscurecer. Aun hay otra lección que aprender: todo lo que existe y nos atrae, todas las cosas que encierran en si un poco del elemento de atracción, no posee esta facultad mas que por virtud del Yo. Si fuese posible que el Yo no estuviera allí, toda facultad de atracción desaparecería. Os acorda­réis, sin duda, de que Maitreya rogó a su esposo le enseñase la lección de la in­mortalidad y que él le respondió: Oye, el esposo no es amado por amor al espo­so, sino que es por amor al Yo que el esposo es amado. Los hijos no son ama­dos por amor a los hijos, sino que es por amor al Yo que los hijos son amados. Oye, la propiedad no es amada por amor a la propiedad, sino por amor al Yo que la propiedad es amada. Si, y aun los Dioses no son amados por amor a los Dioses, sino por amor al Yo, los Dio­ses son amados [16]. De este modo, el gran Sabio, explica a su atenta esposa el misterio del Yo y el misterio del amor que parte de cada ser separado y aislado hacia todos los seres. El amor es el Yo que Se busca a Sí mismo en los demás. El Sabio cita también otros muchos ejemplos, enseñando que todas las cosas son queridas a causa del Yo que encie­rran y no a causa del velo de ilusión que las cubre. Es preciso, en verdad, ver y oír al Yo y meditar acerca de Él.  Este es el secreto de la inmortalidad. Tal fue la enseñanza que el Sabio dio a su espo­sa amada; tales son las palabras del ins­tructor que habla al alma atenta del dis­cípulo y le revela el secreto de la Sabidu­ría. Cuando esta lección es aprendida, Tú eres Aquello. Cuando esta lección es asimilada, Yo soy Él; no hay dife­rencia. Tal es la situación del verdadero Jnani, del alma libertada que no puede ya ser afectada por el juego de las Gunas, por la girante rueda de la Naturaleza a la que ha escapado. Sólo hay un Ser único y ningún otro. Esta lección bien aprendida constituye la ruptura de todos los lazos, la libera­ción del alma. En un hombre semejante todos los deseos mueren, las actividades de la mente están en reposo. Él nada hace, porque el Yo lo hace todo por su mediación. En esto yace el secreto de la acción y la inacción; en esto yace el secreto de la verdadera Sabiduría. El hombre puede tener el cuerpo y la men­te en actividad, mas él permanece in­activo. ¿Cómo vive? Antes de decir una palabra respecto a esta pregunta, permitidme recordaros una historia curiosa para que podas establecer una distinción entre la verdadera sabiduría y la falsa. En un libro sagrado se refiere la historia de Shri Krishna y de las Gopis [17], con re­lación al gran Risi Durvasa. Hubo una época en que el Risi no comía sino una vez al año, y entonces necesitaba, para esta sola comida, una enorme cantidad de alimento. Las Gopis tenían la costum­bre de llevarle esta comida anual; cuan­do llegó el momento, reunieron una gran cantidad de ricos manjares, los coloca­ron en un gran número de fuentes y algunas de entre ellas partieron doblán­dose bajo el peso de estos delicados alimentos. Llegaron cerca de su ashra­ma [18]; pero un ancho río se deslizaba entre ellas y la morada del santo, no pudiendo atravesar las agitadas aguas. Temiendo la cólera de Durvási, se volvie­ron, y dirigiéndose al Señor, le dijeron: ¿Qué debemos hacer? ¡Hay una corrien­te de agua que no podemos atravesar, y si la cólera del Risi estalla, se abrasarán los mundos! El Señor sonrió y dijo: Llegad al río, habladle en Mi nombre y decidle: Si Shri Krishna es un Brahma­chari [19], vuelve tu corriente y déjanos pasar. Ellas pensaron: ¿Qué vamos a decir? ¿Krishna rodeado de sus Gopis y, sin embargo, es célibe? Pero, como sabían que el Señor era sabio, llegaron a orillas del río, pronunciaron las pode­rosas palabras, y las aguas oyeron su voz y se separaron a una y otra parte formando un muro liquido, y andando las Gopis sobre tierra firme, llegaron hasta la morada del santo y le ofrecieron los víveres. Cuando llegó la hora de vol­verse las Gopis, el río corría de nuevo en grandes olas, y ellas exclamaron otra vez: ¿Cómo atravesaremos el río? Imploraron la asistencia del Sabio, que les dijo: Id hasta el río y decidle: Si Dur­vasa no se alimenta más que de aire, aparta tu corriente y déjanos pasar. Las Gopis se dijeron: Ved, ¡ha comido todo este alimento, sin dejar nada, y hemos de decir que no vive más que de aire! Sin embargo, no había otra alternativa, y acercándose al río pronunciaron de nuevo las palabras poderosas: Si Dur­vasa no se alimenta mas que de aire, vuelve tu corriente y dejanos pasar. De nuevo oyeron las aguas estas palabras y se apartaron dejando un paso libre para ellas. Entonces refirieron los hechos al Señor y le pidieron una explicación. Y el Señor les enseñó la lección según la cual el hombre que ha alcanzado la Sa­biduría perfecta, no es ya afectado por la acción, no es afectado por cuanto le rodea. El verdadero Jnana no es afec­tado por la acción, no puede ya ser influido por los fenómenos del mundo exterior. Respecto a lo que antecede, a veces ocurre un error. Los hombres que no sien­do verdaderamente sabios repiten las fra­ses que han oído, y que no han desarro­llado la verdadera vida del Yo, dicen: Yo soy Brahman, pero todo les afecta; no están disciplinados ni desprovistos de pa­siones; buscan los placeres de los sen­tidos, y después dicen: Es el cuerpo sólo quien los busca, y yo permanezco insensible; estos hombres son inducidos a error y son inconscientemente, y aun conscientemente hipócritas; no saben que el verdadero Jnana emplea las Gunas, pero no es gobernado por ellas. El hom­bre que no puede resistir las tentaciones del cuerpo y que dice: Solamente el cuerpo es quien obra, yo soy Brahman, es un hombre que no sabe que sus pala­bras sólo salen de los labios que no po­see la verdadera sabiduría y que es afec­tado y degradado por sus vicios. El sabio puede llevar a cabo cualquier género de actividad, puede emplearla para cumplir los designios del Señor, y él no es sino un canal para el sostén del mundo. Un hombre semejante recibe sus impulsos del interior y no del exterior. Se sirve de sus instrumentos como un Maestro y no es arrastrado a la acción como un escla­vo. Es un hombre libre y no es un siervo. Recorrer el sendero, estando sometido al cuerpo, aunque articule palabras de sabi­duría es convertirse en la presa de las ilusiones y retardar el progreso del alma. Para alcanzar tan ínfimo resultado la labor de los grandes instructores ha sido desviada de su finalidad y ha sido utili­zada la Vedanta para servir de excusa a una existencia vil; se ha pretendido el dominio de las pasiones allí donde no existía realmente. Antiguamente, para evitar este peligro, tan sólo aquellos que estaban debidamente preparados podían aprender esta lección. Aquel cuyos de­seos estaban extinguidos, cuyas pasiones habían sido vencidas, que había sentido disgusto por las cosas del mundo; sólo aquél era digno de convertirse en un dis­cípulo, y sólo a él le enseñaba el gurú los misterios. Tal es, pues, el Sendero de Sabiduría, y tales son algunas de las dificultades que se encuentran en su recorrido. Así es como el hombre puede escapar al mundo y pasar a una vida libre. Nos será útil no olvidar que, si esta liberación es buscada egoístamente, y no para el servicio del universo, aunque la liberación pueda tener una duración incalculable, será preciso, finalmente, que el hombre vuelva para adquirir la perfección completa. Leemos, en efecto, en los sagrados Upanishads [20], que el Yo no se alcanza solamente por medio del conocimiento, sino por la sabiduría uni­da a la devoción [21]. La liberación puede ser conquistada por la pura sabiduría y el alma pasa al Janarloka [22] para morar en él libre del nacimiento y de la muer­te; pero la vida perfecta, que no pide nada, que es feliz en la esclavitud mien­tras el Señor está manifestado, mientras que Ishvara está en acción, esta vida significa la unión de la Sabiduría y la Devoción, y solamente así es como se alcanza la perfección.

 

BHAKTI  MARGA  [23]

 

Aquellos cuyo Manas está fijo en Mí, que siempre en perfecta armonía, Me adoran, que poseen una fe suprema; aquellos, a Mi entender, dice Shri Krish­na, son los más firmes en el Yoga. Des­pués continúa diciendo: Las dificultades que encuentran aquellos cuya mente se dirige hacia el Inmanifestado, son mayores, pues el sendero del Inmanifestado es difícil de alcanzar por el que está ena­morado. En verdad, los que renuncian a las acciones por Mí y están unidos a Mí, que me adoran mentalmente, en un Yoga en que ponen todo su corazón, a aquellos, yo les elevo rápidamente por encima del océano de la muerte y del nacimiento, oh Partha, pues su mente está fija en mí [24]. En estos términos, el po­deroso Señor del Yoga instruye a su dis­cípulo amado. La concentración de la mente en Ishvara, el Señor revelado, la adoración incesante dirigida hacia El, la constante meditación dirigida hacia el mismo objeto. A aquellos que obran de este modo, ha dicho que El les aparta rápidamente del seno de este océano en que están sumergidas las almas durante las existencias sucesivas y del que lace­radas de uno u otro modo, aspiran a es­capar. Esta devoción descrita por el Se­ñor, esta orientación fija de la mente, esta constante meditación, esta profunda ado­ración, todo esto, es resumido por la pa­labra Bhakti o Amor, es el Sendero del Amor, Bhakti Marga, el cual vamos a estudiar en el transcurso de esta última conferencia. Entre el Sendero del Amor y el de la Sabiduría, hay una gran diferencia, que se nos presenta clara y distinta, desde el principio hasta el fin, y consiste en lo que podemos llamar el objetivo del de­voto y el del Jnani. Estos objetivos difie­ren en cierto sentido, aunque fundamen­tal y esencialmente, no constituyen más que uno. Se ha hecho referencia a lo que los distingue, en la sloka que he ci­tado, respecto a la dificultad que se en­cuentra al recorrer el Sendero del Inma­nifestado. El que sigue el Sendero de Sabiduría, el Jnani, busca al Yo, la exis­tencia Única, el Infinito, el Eterno e In­manifestado, que esta latente en todas las cosas, y que a todas compenetra, que a todas sostiene y que en todas se oculta; pero comprobamos en el trans­curso de nuestro estudio de ayer, que por el discernimiento, y por la Sabidu­ría, alcanzamos este conocimiento del Yo, y su expresión suprema es el So ham. Yo soy El, la identidad perfecta con el Único sin par. Pero cuan­do estudiamos el fin hacia el cual dirige el Bhakta su atención, su amor, su ado­ración, su fe inquebrantable, observamos que este objetivo no es otra cosa más que el supremo Ishvara, el Señor personifi­cado, el Dios manifestado, el único Señor que Se manifiesta en una forma y se con­vierte así en un objeto concreto de amor y adoración. De hecho, para que surja Bhakti, es preciso orientarlo hacia un Ser en el que se manifieste lo que podría­mos llamar los limites en su más amplio sentido. Por grande que sea nuestro modo de concebir la individualidad, re­chazando todo lo que tienda a limitarla, no podemos menos de concebirla en un ser humano, y esto al fin también nos da la idea de limitación. El Señor del Uni­verso, Ishvara, el Supremo, se ha impues­to una limitación a Si mismo a fin de manifestarse, a fin de que el universo pueda existir, y el mismo Señor del Uni­verso es la meta a la que se dirigen las aspiraciones, el amor y la adoración de todos los seres que pueblan el universo. Observemos por otra parte, que el Su­premo Ishvara, el que en lenguaje oc­cidental llamaríamos Dios Personal aunque la palabra personal da una idea que debemos eliminar de nuestras mentes; observemos digo, que el Su­premo Ishvara, se manifiesta en varias épocas, por medio de los avataras, a fin de ofrecer al hombre, por decirlo así, una personificación más concreta hacia la que su amor y adoración puedan dirigir­se, una individualidad aun más definida que pueda despertar su corazón, que pue­da atraer sus emociones, en el que pue­da encontrar su adoración y prestarle homenaje. En las creencias indas, y tam­bién en otras, encontramos que el Supremo se manifiesta, no solamente como Señor del universo, sino también bajo una forma humana, y sobre todo bajo esta forma despierta la devoción, la ado­ración y el amor, pues concentra en Si todas las atracciones que complacen al corazón humano, todas las bellezas que cautivan a la imaginación. Por condes­cendencia a la debilidad de Sus criatu­ras, por compasión a la debilidad de su mentalidad, se coloca, en cierto modo, al alcance de su limitada inteligencia, de su amor casi ciego, y se presenta bajo la forma de un Avatar que manifiesta al­gunas de las perfecciones del Supremo. Estudiando las creencias humanas y las religiones de este mundo, observa­mos que esto es casi universal, y una forma divina y humana a la vez, ocupa el lugar preeminente; aunque más allá de esta forma reconozcamos algo Superior, aunque más allá del mismo Ishvara tengamos una vaga conciencia del único sin segundo, el corazón humano se postra a los Pies del Señor manifestado y tan sólo en Él las emociones humanas hallan su reposo y su refugio. Sea bajo el nom­bre de Ramachandra o de Shri Krishna, o bajo el nombre de Cristo o el de Bud­dha, observaréis que la humanidad aspi­ra con preferencia a adorar un Ser, y bus­ca en las emociones devotas aquella sa­tisfacción que ninguna concepción abs­tracta del infinito podría proporcionarle. Para todos aquellos que recorren el Sen­dero Bhakti, este objeto de adoración debe constituir el fin del Sendero. En efecto: cómo podría el hombre, en el más amplio sentido de la palabra, ser trans­portado en amoroso éxtasis a la concep­ción de una Existencia infinita, y un es­pacio ilimitado, y cómo podría encontrar el corazón humano el reposo en el seno de Dios, sin estas limitaciones que, para nosotros, representan una cosa real. Por esto, en el Sendero del Amor, encontramos siempre al Bhakta buscando a su Señor. ¿Qué es ese amor que le ins­pira? ¿Qué es esa devoción que le anima? ¿Qué es lo que tan por completo absorbe todo su ser y hace vibrar las fibras de su vida, hasta el punto que para él, no hay nada verdadero fuera de la Presencia adorada y para que todo lo demás pali­dezca ante el brillo del Señor supremo? Aquel que es la encarnación misma de la devoción, Narada, el poderoso Sabio y Bhakta, nos ha legado acerca del amor, enseñanzas en las cuales nos describe su naturaleza, nos enseña, por decirlo así, los signos que permiten reco­nocerle, y nos indica lo que es preciso buscar y descubrir, si deseamos cultivar la devoción. Narada empieza diciendo que la natu­raleza del Bhakta consiste en una ex­trema devoción hacia algún ser [25]; la devoción constituye la naturaleza misma del ser individualizado. Más adelante, en el mismo Sutra [26], da algunas definicio­nes de este Amor y en último lugar, su propia definición, que dimana de la devoción que constituye su principal y más profunda característica. Narada de­fine el Amor, según la opinión de Vyasa, Garga y Sandilya, después de lo cual, el dice: Es la consagración de todos los actos a Dios, y el hecho de experimentar el mayor sufrimiento al olvidarle. Esta es la expresión del verdadero Bhakta, la consagración de la vida al objeto de de­voción, sin ningún dolor más grande que olvidarle. Si el corazón es cegado por el velo con que puede envolverle otro objeto, si una nube se interpone entre el alma y su Señor y olvida a su Dios, aun­que sólo sea por un momento, su suerte será la más amarga tortura, el sufri­miento más cruel. Así lo enseñó Narada, y esto parece natural al corazón de los que tienen la dicha de estar sedientos de devoción. Luego sigue la descripción del hombre que ha alcanzado este amor: Cuando lo alcanza, es un hombre perfecto, y alcan­zada la inmortalidad, se siente satisfecho; tan pronto como lo ha obtenido ya no desea nada, no se aflige por nada, no odia, no se regocija (en las cosas sensua­les), no hace ningún esfuerzo (con un fin egoísta); tan pronto como le conoce se estremece ( de gozo), se siente transfigu­rado, se regocija en el Yo. Y más ade­lante dice: Un hombre tal no puede ser inducido a satisfacer los deseos, pues la renunciación forma parte de su natura­leza [27]. Tal es, pues la Bhakti, tal como la ha descrito el que fue su encarnación vi­viente. ¿Cómo podremos elevarnos a una devoción semejante? ¿De qué peldaños se compone el Bhakti Márga? ¿Como po­drán los hombres, cuyos corazones están llenos de afecciones inferiores, descu­brir el Amor supremo? ¿Como podrán los hombres que persiguen los objetos de los sentidos, conocer al Único, cuyo cono­cimiento implica el de todas las cosas? ¿Como podrá el hombre rodeado de ilu­siones, sumergido en viles afecciones, encenagados los pies en el barro de la tierra, alcanzar el amor de Narada? ¿Como podrá convertirse en un Bhakta per­fecto, el devoto puro y sin mancha? Es preciso que bosquejemos las prime­ras fases de este Sendero, como hemos bosquejado el de los otros. Es casi inútil presentar un cuadro perfecto, sin descri­bir las diversas fases de su desarrollo, tomando lo imperfecto por punto de par­tida, para hacer evidente la lucha para elevarnos de la imperfección a la perfec­ción. Podemos sentirnos fascinados por la belleza de la Devoción perfecta, des­lumbrados por el esplendor de un amor sin tacha; pero necesitamos aprender hasta que punto puede el amor crecer en nosotros, alimentando el fuego de la de­voción, para que podamos convertirnos en su misma llama y en ninguna otra cosa. El amor humano puede servirnos en un principio para darnos un débil reflejo de lo que es el amor Divino. Estudián­dolo, podemos aprender a conocer algu­nos de los signos que caracterizan el verdadero Bhakti. En este caso el ob­jetivo cambia; pero las características esenciales son las mismas. Pensad por un momento en el amor más profundo, más puro, más noble y más intenso, que ja­más hayáis sentido hacia un ser humano. Analizad atentamente vuestra vida y ved hasta que punto ha sido afectada por este amor. Ved cuán poco atractivas os son las demás cosas comparadas con este amor. Tal vez amabais las riquezas, qui­zá os entregabais a la literatura, o bien aspirabais ardientemente al saber, cuan­do el horizonte de vuestra vida fue súbita­mente iluminado por una radiante figura que os atrajo, y despertó en vosotros el amor más intenso que vuestra naturale­za fue capaz de sentir, y que, a pesar vuestro, os arrastró hacia ella. Vuestras tendencias fueron repentinamente cam­biadas al contacto de su gloria: y su be­lleza. Las riquezas perdieron su valor comparadas con los tesoros de su amor. La literatura pareció enojosa y pesada, comparada con el encanto de su conver­sación. Todo el saber parecióse a las ho­jas marchitas, comparado con el éxtasis de su abrazo. Vuestro mayor goce con­sistió en encontraros cerca de aquel ser; estabais íntimamente saturados de amor hacia él. El poder que los demás atrac­tivos ejercían en vosotros se debilitó; todos los colores palidecieron ante el ra­diante brillo de este color deslumbrante. Aquel ser se convirtió para vosotros, no solamente en un amigo, sino en un ins­tructor, en un guía, en un amante, y encontrasteis sintetizadas en él un gran número de las cualidades más nobles que pueden manifestarse en el hombre. ¿Hasta qué punto transformó vuestro amor hacia él toda vuestra vida? Todo se matizó de nuevos colores al contacto de la luz que de él emanaba. Imaginaos ahora un amor humano de esta clase, elevadlo hasta el cielo más sublime; un amor humano semejante convertido en más profundo que los profundos océa­nos; imaginadle exaltado aún por las perfecciones del ser amado, intensificado por todas las cualidades que este ser po­see; imaginad que este amor no pueda causar laxitud alguna, no puede dar ori­gen a la saciedad, y tendréis una pálida idea de los sentimientos que alimenta el verdadero Bhakta hacia el objeto de su adoración y de su culto. Swami Vivekananda, hablando en América, refirió una historia bastante pintoresca para hacer comprender bien a su auditorio cuán débilmente aspira­mos a Dios en general. Refiere que un joven fue a encontrar a un instructor re­ligioso, y le dijo que él deseaba encontrar a Dios. El Sabio sonrió y no respondió. El joven volvió a preguntarle con insis­tencia, hablando sin cesar de la intensi­dad del deseo que le hacía aspirar a en­contrar a Dios. Después de algunos días, le dijo el Sabio que le acompañase hasta el río donde iba a tomar su baño matinal, y cuando estuvieron ambos en el río, el Sabio cogió al joven y lo sumergió en el agua, manteniéndolo debajo de la super­ficie. El joven luchaba y forcejeaba para escapar a su presión. Por último, lo sacó el Sabio fuera del agua, y le dijo: Hijo mío, ¿qué deseabas, ante todo, mientras estabas debajo del agua? Un poco de aire gimió el joven. Así es cómo el futuro discípulo debe aspirar a Dios, si verdaderamente desea encontrarle. Si aspiráis a Dios de este modo, Él os ama­rá en verdad.¿Cuántos son los que aspiran de este modo? ¿Cuántos son los que desean real­mente hallar a Dios? El primer obstáculo que los hombres encuentran, les hace olvidar al Único, y toda aspiración se disipa de sus corazones. En vez de luchar buscando aire, el verdadero Bhakta no hubiera pensado sino en Dios, dicién­dose que la muerte bajo las aguas del río, le aproximaría a su fin. Deseamos todo lo que se encuentra en nuestro ca­mino; deseamos las riquezas, los hono­res, los goces y los bienes de este mun­do. ¿ Como puede quedar sitio para Dios en nuestros ávidos corazones? Dice la narración cristiana, que no había lugar para el Cristo en una posada, y nuestros corazones son a manera de posadas lle­nas de viajeros donde no hay sitio para el Divino huésped. Sin embargo, no permanezcamos sin esperanza y veamos si este Sendero tie­ne una entrada practicable. Un Sabio puede venir ahora en nuestro auxilio; uno de los grandes autores antiguos de la India, que se consagró a la enseñanza de las verdades espirituales de or­den superior - el Sabio Ramanaja -. Este ha tratado de los estados preliminares que permiten al hombre desarrollar la devoción, y prepararse gradualmente para convertirse en el receptáculo del amor verdadero. Este Sabio, al describir las fases preli­minares, lo hizo tomando por punto de partida su mismo origen, cuando el hom­bre se encuentra en su cuerpo físico tal como vive aquí abajo. Primeramente se ocupa de los cuerpos del hombre: del modo como este debería tratarlo, de la conducta que debería seguir respecto a él. ¿Cuáles son las cualidades que debe necesariamente poseer el cuerpo de un hombre que anhela el desarrollo de las características del amor espiritual? La primera cosa de que habla, es de Viveka: no en el sentido en que lo empleábamos en la anterior conferencia, sino en un sen­tido mucho más elemental. Ello aplica a la elección de los alimentos. El hombre que desea que su cuerpo se convierta en un vehículo, en el cual pueda habitar el alma impregnada de amor divino, debe tener un cuerpo puro, y demostrar dis­cernimiento en la elección de los alimen­tos. Toma por punto de partida este de­talle elemental y dice que el Bhakta debe elegir con cuidado sus alimentos. No de­berá tomar cosa alguna que pueda costar sufrimiento a otros seres sensibles. El futuro Bhakta no debe ser causa de sufrimiento y de dolor para los demás una fuente de males para las criatu­ras que le son inferiores en la escala de la evolución. No debe alimentarse de ninguna cosa que tenga vida sensible, como lo hacen los seres animales. Nin­gún Bhakta debe tomar semejante ali­mentación. No solamente mancharía su cuerpo, sino que degradaría su alma, demostrando odio en vez de compasión, mostrándose egoísta en vez de altruista, haciendo mal a indefensos animales en vez de protegerlos, dejando de llevar la hermosa existencia de una criatura in­ofensiva para asegurar el goce egoísta de su propio paladar, esto es hollar la idea misma del amor. Por lo tanto, el hombre debe, desde el principio, aprender Vive­ka, o el discernimiento en la elección de los alimentos. En la clase de alimentos agradables al Bhakta, es necesario so­meterse a la ley magnética de la pureza, que afecta los cuerpos sutiles del hom­bre, que son susceptibles de mancharse por los contactos exteriores y que es pre­ciso poner al abrigo de estas manchas, tanto externas como internas. También es necesario el aseo, a fin de que el cuer­po pueda ser, bajo todos conceptos, un templo digno del devoto, que debe ser­virse de él mientras recorre el Sendero del Amor. Luego, cita el siguiente axioma: alimentos puros, mente pura y constante meditación en Dios. Tal debe ser la ley de vida para el futuro Bhakta, no para el que ya ha alcanzado la devo­ción, sino para el que desea alcanzarla. Tales son las medidas preliminares que debe tomar para encontrar a Dios, el que desee que brote en él la divina cua­lidad del Amor. El Acharya [28] dice que el futuro Bhakta debe entonces practicar la extinción de los deseos, su único de­seo debe estar concentrado en Dios, su sola aspiración debe tener tan sólo a Dios por objetivo; en su corazón no debe albergarse ningún otro deseo. Este deseo debe intensificarse hasta el punto de im­pregnar todas las partículas de su ser y todos los otros deseos deben ser arrojados para dejar sitio al único y supremo anhelo. Debe entonces acostumbrarse a dirigir todo su pensamiento hacia Dios. Esta práctica debe ser constante. Cuan­do trate de alcanzar esta concentración, observará que su mente corre a la ven­tura, que se adhiere a los demás objetos; su mente se aparta del único y supremo objeto y busca el apoyo en otras cosas; pero el Señor del Yoga dijo contestando a la lamentación de Arjuna, cuando éste dice que la mente es voluble y tan difícil de dominar, como el viento, que: la mente puede ser dominada por medio de una práctica constante [29]. Así pues, el futuro devoto debe esforzarse constantemente en dirigir su mente hacia Dios. La mente se dirigirá hacia el objeto de contempla­ción, tantas veces como se extravíe en las demás cosas. Elegirá horas fijas durante las que se entregará a la adoración, con el espíritu exclusivamente concentrado en la contemplación del Único. Estos no son más que los primeros pasos en el Sendero. Comienza adorán­dole en horas fijas, para más adelante adorar incesantemente; se dedica con frecuencia a la meditación, para que pronto no haya intervalos en ella, sea continua, ininterrumpida y completa. Aun debe aprender más, y sigue te­niendo horas fijas para la contemplación y la adoración; ahora dirige su corazón ha­cia el Supremo. Pero esto no basta. Esta práctica le conduciría a una existencia exenta de las características del verda­dero Bhakta. Puede complacerse en la meditación y gozar en la contemplación; pero también puede olvidar a los demás y llegar a adorar por el placer mismo que halla en la adoración; pero el verda­dero Bhakta no aspira a la ganancia. Él quiere dar, dar incesantemente, a fin de conseguir el dominio del egoísmo de la naturaleza humana y desarraigar la ten­dencia a acaparar propia del hombre. Así pues, el paso que seguidamente le es indicado consiste en hacer bien a los demás. No debe limitarse sólo a la con­templación; su amor debe exteriorizarse, llegar a sus hermanos, a la humanidad, y emplear su vida en un constante servi­cio, en ayudar a todos los que lo necesi­tan. No podrá desarraigar la tendencia a acaparar si no cultiva la costumbre de dar; si no se despoja sin cesar para que los demás puedan ser felices. Dar, dar más, dar siempre, pues el amor es dona­ción. El amor no reclama nada, sino el derecho de dar; el amor no pide nada, sino el derecho de prodigarse; el amor no pide que se le pague nada en cambio, no reclama la gratitud. No pide ningún goce para si mismo. Sólo pide el permiso de amar, de prodigarse en todos senti­dos y hacer felices a todos los seres en los lazos del amor. ¡Cuán duros y egoís­tas son nuestros corazones! En la religión misma encontramos las fórmulas más sutiles del egoísmo; corrompemos el oro puro mezclándole con nuestras escorias; por esto la religión, la cosa más noble y más pura, suele a veces ser degradada y envilecida, a causa del egoísmo que los hombres introducen en el santuario, y hacen de aquel lugar sagrado un merca­do donde se especula y se comercia; tanta adoración a cambio de tanto goce. Donde la caridad no se practica gratuitamente; no hay lugar para Dios. En consecuencia, hacer activamente bien a los demás, constituye una parte de los deberes que el devoto debe practicar. ¡Cuán pocos son los que aman a sus her­manos en humanidad! Siempre pedimos algo en cambio de nuestro amor, una satisfacción a nuestro yo inferior, y soli­citamos sin cesar algo que venga de nuestro ser amado. Esto no es amor, sino cálculo. Es una forma más sutil de egoísmo. El amor humano en toda su pureza se exterioriza libremente: Sólo le basta poder amar. El que ama verdaderamente, tan sólo solicita dar su amor. Semejantes ejercicios preparan cada vez más al hombre a sentir el verdadero Bhakti, el amor de Dios; Se nos dice que luego es preciso alcanzar la pureza, la veracidad, la rectitud, la caridad; no ser ya capaz de hacer mal a nadie y ser muy compasivo. Todo esto nos es indicado como indispensable en el Sendero, si deseamos llegar a alcanzar Bhakti, si deseamos alcanzar el amor divino. Veamos cuántas medidas de esta clase esta­mos dispuestos a tomar. Estudiemos las cualidades requeridas desde el principio, después dediquémonos al examen de nuestros propios corazones para compro­bar las que nos faltan; por el solo hecho de empezarlas a adquirir principiaremos a recorrer el Bhakti Marga. La relación frecuente con personas co­rrectas y honradas es una cosa muy re­comendable. Los que están mas avanza­dos que nosotros, los que consagran una parte de su tiempo a tratar de cosas de naturaleza espiritual o que se reúnen en silencio para meditar acerca del objeto de su devoción, son aquellas personas cuya sociedad debemos buscar, más bien que la de personas mundanas y frívolas. Buscad la compañía de las primeras. El hombre se empapa las cualidades del medio que frecuenta. Los pensamientos de los demás hombres actúan sobre él, y su mente será fuertemente matizada por la atmósfera del medio en que vive. Si elige siempre por compañeros gentes ne­gligentes y frívolas, y si se relaciona con los necios, ¿ como será capaz de recogerse y concentrar sus pensamientos en el Yo? ¿Cómo podrá descubrir a su Señor? Que se procure siempre una vida tranquila sin olvidar jamás sus deberes, pero sin buscar nunca la actividad con el solo objeto de distraerse. Que busque la com­pañía de los santos y que tome un reflejo de sus nobles pensamientos y de sus puras aspiraciones, pues la sociedad de los que aman al Señor es un estimulo para los que entran en el Sendero. También se deberían leer buenos li­bros, libros cuya naturaleza estimule la devoción y os presenten nobles ejemplos de santos y sabios del mundo. No des­perdiciéis el tiempo leyendo obras literarias sin valor; no os acostumbréis a las lecturas frívolas. No tenéis tiempo que perder. Cuando leáis, elegid lecturas cuya naturaleza os ayude a alcanzar el fin a que aspiráis. Si deseáis instruiros en derecho, no os pondréis seguramente a estudiar historia, sino que elegiréis libros de jurisprudencia, la historia de las leyes de todos los países; estudiaréis sus costumbres y eliminaréis todo aque­llo que por su naturaleza no os ayude a conseguir el fin que os habéis propuesto. No lo hagáis de otro modo, por amor de Dios. ¿Cuándo pues trabajarán los hombres para Dios, del mismo modo que tra­bajan por su reputación? ¿Cuándo será que buscarán Su presencia con el ardor que emplean en buscar los juguetes y las frivolidades de este mundo? Los ins­tructores no faltan; los peldaños de la escala no están ocultos. ¡Es el corazón lo que falta, es el amor de que carecen, es el deseo que no existe! Es todo esto lo que nos retarda, y no nuestra ignorancia del camino que hemos de seguir. Nara­da también enseñaba que es preciso evi­tar los malos libros y las vanas discu­siones para meditar en las escrituras y los libros piadosos. En fin, pasando poco a poco por estas fases, franqueando esta primera parte del Sendero, llega un momento en que Ishvara, activamente buscado, respetuo­samente adorado, seguido con persisten­cia, aunque invisible todavía, se revela a su adorador y el Supremo se hace visi­ble. Entonces un cambio se produce en la vida; un nuevo elemento entra en su corazón; una oleada de emociones le en­vuelve, y jamás será lo que antes fue. Cuando el Supremo ha sido visto, aunque sólo se haya percibido su belleza, aunque un solo rayo de esta gloria haya descendido para llegar al corazón del devoto, el hombre interno se encuentra cambiado; el corazón entero es modifi­cado; los objetos exteriores de la tierra han perdido todo su atractivo, y sin es­fuerzos se encamina hacia Dios. Acor­daos de aquellas palabras tan profundas y sugestivas que se encuentran en el Li­bro de Devoción, en el Bhagavad Gita, en el que se dice que las cosas de los sentidos se apartan del austero habitante del cuerpo físico; pero que su sabor, el deseo de poseerlas, la más leve propen­sión hacia ellas, desaparecen desde el momento que el Supremo ha sido            alcan­zado [30]. Entonces, y sólo entonces, el Sendero principia a brillar con esplendor celeste; la primera impresión de santa beatitud que brota del Yo, hace estreme­cer al ser entero. ¿Cuánto tiempo ha pa­sado el Bhakta llamando a su Señor? ¿Durante cuánto tiempo aspiró su cora­zón a verle? ¿Cuántas veces ha repetido: ¿Cómo podré, oh Yogi, gracias a la incesante meditación, llegar a conocerte? ¿Bajo qué aspecto, oh Señor bendito, debo pensar en Ti? [31]. Cuando el Señor se revela al alma de Su servidor, todos los demás objetos se disipan ante este ra­diante esplendor, ante la gloria de esta visión suprema. La Tierra no parecerá ya la misma desde que esta luz ha bri­llado. Nuevas nubes pueden acumularse aún, errores y debilidades pueden toda­vía detener al discípulo en el Sendero; pero él ha visto y sabe, se acuerda, y este recuerdo constante le sostiene en medio de todos los esfuerzos. Entonces dice el Señor, que un hombre semejante: ha­biendo vencido el egoísmo, la violencia, la arrogancia, el deseo, la cólera y la co­dicia, apacible y sin ambición, es digno de convertirse en un Brahman [32]. Un hombre tal se ha hecho digno de ver constantemente al Señor. Sereno, desli­gado del yo, se convierte en el espejo del Alma Suprema y, convertido en un Brah­man, sumergido en Brahman, unificado con todas las criaturas, un hombre semejante entra en el Señor. Tales son las palabras de Shri Krishna; tal es la pro­mesa del Supremo. El que así se ha ejercitado, que ha pu­rificado su naturaleza inferior y ha lle­gado a ser inquebrantable en la devo­ción; el que esta lleno de serenidad y desprovisto de pasiones; que no causa mal a nadie, que abarca a todos los seres en el abrazo de su amor perfecto y no excluye a nadie de los límites de su com­pasión; el que experimenta hacia todos los seres los mismos sentimientos que una madre siente por su primogénito, se ha hecho digno de la presencia de su Señor. Se eleva hasta el Supremo, está preparado para la paz eterna. En efecto: llegar a convertirse en el amor, es llegar a ser Dios; aquel cuyo ser es todo amor, se ha convertido en la imagen del Su­premo; reproduce en si la divinidad, pues el Amor es Dios y Dios es el Amor. ¿Qué es lo que podrá alejarle de lo que él mis­mo es? ¿Qué obstáculo podrá pues ele­varse entre el alma y su Señor? El alma que está llena del amor del Señor, ella misma es amor, y lo mismo que un río se une a otros para precipitarse juntos en el océano, del mismo modo el alma que es todo amor, vuela hacia el océano de amor, hacia el Supremo. Las aguas del río se confunden con las del océano y se identifican en naturaleza y calidad. ¿Qué podría separarlas? ¿Quién podrá separar al alma de Dios? El alma conoce a su Señor, le adora prosternándose ante Él e impregnada por el Supremo, se unifica para siempre con el Señor que es ella misma. Entonces el Señor ya no dice, él vendrá a Mi, Me encontrará, o bien él re­correrá el sendero que le conducirá a Mi morada suprema; sino que dice: El es en realidad Yo mismo [33]. Este es real­mente el término del Sendero, el inevita­ble resultado del amor. El Amor es Dios, y mientras más perfecto es este amor, más se manifiesta lo divino en él. Aun cuando se trate del amor humano, ve­mos como salva los obstáculos; como, amándonos, llegamos a olvidar lo mío y lo tuyo constituyendo uno solo. Hasta en nuestro pobre amor humano, el que ama siente que no forma más que uno con el ser amado, que no están separa­dos. No habéis sentido que todo lo que os pertenece es suyo y que no establecéis ninguna diferencia entre vosotros y él. Lo mismo sucede con el alma y su Señor; separada por el culto y la adoración que tiene por objeto hacer despertar al alma con todos sus poderes, el alma perfecta se identifica con su Señor, se uni­fican para servir, para ayudar, para sal­var al mundo como El le salva, para ayu­darle como El le ayuda. En esta comu­nión del que ama y el ser amado, hay una fusión, una identificación tan com­pletas, que todo cuanto hace uno lo hace el otro. El Bhakta se convierte en un salvador del mundo; es verdaderamente Dios, y todo lo que Dios puede hacer, él, que se ha unido a Dios, puede también hacerlo lo mismo en la creación que en la disolución de los mundos. Cuánto podría alcanzar la India si pro­dujese verdaderos Bhaktas; no de los que sólo lo son de palabra, sino Bhaktas que lo fuesen en el fondo del corazón, por todas sus vidas. Si solamente se en­contrasen uno o dos de estos seres, cuyos corazones estuviesen tan completamente exaltados de amor divino, que nada se excluyese de su poderoso abrazo, la In­dia se salvaría, por decirlo así, en un instante. El amor se sobrepondría a todo. ¿Os acordáis del ejemplo de devoción dado por el joven Prahlada? Nada podía hacerle daño, ningún veneno podía ma­tarle, ninguna montaña aplastarle; esto era porque su devoción era perfecta, porque adoraba a su Señor con todas las energías de su corazón, en medio de to­dos los peligros, de todas las dificultades. Nadie puede hacer mal al perfecto devo­to: ninguna arma puede herirle, ni el agua puede ahogarle. El es uno con el Espíritu Inmortal, y el amor no es otra cosa que la vida inmortal. Por esto ha dicho Nárada, pues quiero terminar citándolo, como he hecho al principiar: Su naturaleza radica en una suprema devoción hacia alguien, El Amor es in­mortal. ¡Oh! ¡Si tuviésemos un hombre seme­jante para ayudarnos! ¡Si tuviésemos un hombre así para instruirnos! Nosotros no podemos aún convertirnos en un ser semejante, no podemos ser el amor que nos convertirá en Dioses, pero ¿no podemos acaso con nuestro amor, ayudar a otros que pueden ser más dignos, no podríamos acelerar los progresos de los que están más avanzados? No olvidéis que la reunión de muchos pequeños arroyuelos puede formar, un caudaloso torrente. Ofrezcamos a los pies del Supre­mo nuestros arroyuelos de amor y adoración. Demos nuestro amor por débil que sea, ofrezcamos nuestras aspiraciones por vacilantes que sean, ofrezcamos nuestra devoción por frágil que sea; pon­gámoslos a los Pies de Aquel que es Amor, que es el Bien en toda su pureza. ¿No sería posible que nuestros amores juntos diesen origen a una gran llama de amor que ayudara a nuestro país, que purificara nuestra nación? Desde el momento que existe nuestra aspiración, el resultado es posible. ¡Ojalá pueda co­rrespondernos la dicha de contribuir por poco que sea a esta obra majestuosa!

FIN

      

[1] El Soberano Señor

[2] Bhagavad Gita, XIII, 27

[3] Cualidades ó atributos, los tres poderes de la naturaleza por medio de lo que ha sido construido todo lo que nos rodea. Satva, Rajas y Tamas

[4] La actividad en su aspecto grosero

[5] El paraíso indo, el cielo

[6] Tamas, primera cualidad de la naturaleza. La inercia

[7] Rajas, segunda cualidad de la naturaleza

[8] Bhagavad Gita, traducido por Annie Besant del sanscrito al inglés y de este al español, por Federico Climent Terrer

[9] La Realidad eternamente presente en el mundo infinito, la esencia divina que es, pero que no puede decirse que existe, puesto que es el Absoluto, la Seidad misma (Glosario Teosófico)

[10] Bhagavad Gita

[11] Bhagavad Gita

[12] Brahma. Es el alma del Universo, imper­sonal, Suprema e inconoscible, de cuya esencia todo dimana y a la que todo vuelve; es incorpórea, inmaterial, innata, eterna, sin principio ni fin Es aquello que todo lo penetra y anima, desde el Dios más elevado hasta el átomo mineral mas in­significante.

[13] Maya. Ilusión; el Poder Cósmico que hace posible la existencia fenomenal y las percepcio­nes de la misma. En la Filosofía Inda sólo a lo que es invariable y eterno se le llama realidad: todo lo que está sujeto al cambio, por efecto de la obra del tiempo y de la diferenciación, y que por consiguiente, tiene un principio y un fin, es considerado como Maya. Ilusión. (Glosario Teosófico.)

[14] Bhagavad Gita

[15] Bhagavad Gita

[16] Brihadarnyakopanishad, IV, V,6

[17] Pastoras, compañeras de juego de Krishna, entre las cuales se encontraba su esposa Ruddha

[18] Ermita

[19] El que ha hecho voto de celibato temporal o definitivo

[20] Mundakopanishad, III,II;401

[21] Devoción significa aquí, no la celosa y estrecha observancia de las prácticas religiosas externas, sino la consagración absoluta al ideal espiritual mas sublime.

[22] El mundo donde habitan los Munis (Santos).

[23] El sendero del Amor y de la Devoción

[24] Bhagavad Gita

[25] Narada Sutra

[26] Sutras: Segunda división de las escrituras sagradas destinadas a los Budistas laicos

[27] Narada Sutra

[28] El instructor espiritual, el Guru

[29] Bhagavad Gita

[30] Bhagavad Gita

[31] Bhagavad Gita

[32] Bhagavad Gita

[33] Bhagavad Gita