Conciencia, existencia y realización. A. Blay

 Antonio Blay. CONCIENCIA, EXISTENCIA, REALIZACIÓN

Lecciones y diálogos

Primera edición: noviembre, 1995

   

PRÓLOGO

En más de una ocasión se han puesto en contacto con quien esto escribe diferentes personas que se habían propuesto la tarea de escribir una biografía de Antonio Blay. Su interés en hablar conmigo procedía del hecho de que yo había sido (como otros muchos) un seguidor de su obra durante bastantes años, y suponían que les podía facilitar datos para su propósito.

Se formularon las preguntas típicas sobre qué hizo, adonde fue, que encuentros tuvo, sobre sus inquietudes o realizaciones sociales, etcétera, y, sinceramente, yo no era capaz de aportar los datos suficientes que sirvieran para presentar una figura de Blay con interesantes acontecimientos externos, o sea «biografiables». Otro tanto ocurrió al ser consultados sus familiares más allegados.

Al hablar de biografías uno piensa enseguida en las vidas que presentan una secuencia llena de interesantes acontecimientos y de hechos significativos o decisivos para la historia o una parte especializada de ella. Como es el caso de la vida de Lincoln, que logró la emancipación o liberación de una raza, o la de Schliemann, que desenterró Troya y Micenas, o la de Colón, que descubrió un mundo nuevo, por citar sólo algunas de esas vidas.

De Blay no se puede narrar nada parecido a esto, sencillamente por que la aventura de Blay fue interior Sin embargo, él nos dio las claves para la liberación de las energías del inconsciente, también desenterró (hizo emerger) tesoros de las ciudadelas interiores, y nos ofreció nuevos horizontes, vistas infinitas de espacios inmensos, aunque todo ello referido siempre a la experiencia psicológica, psíquica y espiritual, a la vida interna del ser humano. Y aunque su mensaje sea claro, insistente e inequívoco, su aventura, su proceso, sus propios esfuerzos para culminar su trabajo -en su función de servicio a los demás-, todo eso, a mi modo de ver, no es apto, no sirve para ser narrado, porque nadie sabría explicarlo; ni más ni menos. Solo él, en todo caso, hubiera podido hacerlo y no lo hizo; lo cual está en consecuencia con su modo de ser y su mensaje, pues las autobiografías, en general -aquí cabrían notabilísimas y puntuales excepciones-, responden a un ejercicio del yo-idea, y el trabajo de Blay iba en otra dirección, precisamente en la dirección contraria.

Junto a Blay, fueron muchas las personas que tuvieron (tuvimos) lo que Abraham Maslow califica como «experiencias cumbre». Pero con todo lo que significaron estas experiencias para nosotros, en todos quedó siempre la sensación de que se estaba viviendo sólo una parte de lo que él vivía del todo; pero no obstante éramos muy afortunados de poder participar de algo tan intenso, tan profundo en cuanto a paz, amor, beatitud, por unos minutos; aún cuando también presentíamos que él lo vivía siempre (o casi siempre).

Por ello pienso que es tan difícil explicar la vida de Blay ya que, además de las dotes de su personalidad original e irrepetible, el genuino valor de Blay no residía en lo que hizo sino en lo que era. Y lo que hizo para dar paso a eso que era, ésta es su aventura, y es totalmente interna, no externa. A lo externo, lo anecdótico, no le dio nunca demasiada importancia en lo que se refiere a él mismo.

El extraordinario valor de la manifestación de Blay, estuvo en su capacidad comunicativa de la vida interior, en sus conferencias, en sus cursos, cursillos, charlas, reuniones, en su trato personal y en su presencia cálida y expandida en todas estas ocasiones. De gran parte de estas vivencias nos queda su obra escrita (y también la parte de ella transcrita por algunos de sus seguidores), la cual nos da testimonio auténtico y enseñanza eficaz para todos aquellos que sintonizan con su «longitud de onda» espiritual y psicológica. Es aquí, en su obra, creemos, donde está su verdadera biografía.

En este libro se ofrecen varias conferencias o lecciones, transcritas de cintas magnetofónicas grabadas en diferentes encuentros con sus alumnos o seguidores. Estas charlas frecuentemente son enriquecidas mediante activos diálogos con los participantes en ellas, en los cuales siempre se mostraba un Blay nuevo, inspirado, certero en sus apreciaciones, y capaz de comunicar, de «contagiar» su plenitud, su energía-gozo, de prender la mecha de la aspiración en sus interlocutores.

Como podrá verse, en algunas de las charlas (o en fragmentos de las mismas) la formulación de Blay se encaminó más directamente al diálogo, como en la titulada Nuestro funcionamiento psicológico en la que éstos son muy numerosos; en cambio, en otras su planteamiento se formuló deliberadamente de una manera más directa, en la forma de conferencia-lección, con menos intervenciones por parte de los oyentes. En alguna de ellas el enfoque es más de tipo psicológico, en otras más metafísico, en otras hace uso de un vocabulario más religioso, con referencias cristianas, y ello siempre de manera acorde al argumento propuesto o suscitado por las preguntas formuladas. En ciertas ocasiones trata de aspectos técnicos, y en otras parece indicar que ninguna técnica es necesaria. También esto dependía del contexto de la argumentación o de las necesidades del interlocutor implicado en aquel momento.

Pero en todas ellas, Blay ofreció técnicas, claves de trabajo o simplemente sugerencias que apuntan a lo más hondo de cada uno, teniendo siempre como fundamento su «leitmotiv», su constante orientación hacia el Ser, y como la flecha que certeramente se dirige hacia el blanco, así su aspiración surgida del centro de sí mismo se dirigía a la diana, al objetivo de su vida, al contacto consciente con lo eterno.

MIQUEL MARTÍ

15 de agosto de 1995,

fecha en que se han cumplido diez años de la partida del

amigo y maestro Antonio Blay.

 

 

ACLARACIÓN PRELIMINAR

(En su conferencia Aclarando conceptos -publicada en la obra Conciencia axial-, Blay explicitó ampliamente el sentido o significado que él atribuía a distintos términos que utilizaba frecuentemente; tales como hombre, Dios, yo-idea, conciencia de sí, etcétera, «para contestar así a las posibles objeciones que acostumbran a plantearse», según su declaración textual.

Dado que en las lecciones que se presentan en este volumen aparece muy a menudo la palabra Dios, con la misma intención aclaratoria nos permitimos reproducir de la citada obra el breve fragmento donde se precisa el significado que para Blay tenía esta palabra).

 

 

Respecto a la palabra Dios

Yo utilizo la palabra Dios. Sé que hoy en día resulta anacrónico hablar de Dios, y especialmente mencionar la palabra Dios. Esto se debe a varias cosas. En primer lugar, la mentalidad general va adquiriendo un tono cada vez más, si no materialista, por lo menos sensorialista. También porque la idea que en general se tenía hasta ahora de Dios ha quedado trastornada por los nuevos conceptos, tanto de la ciencia como, por otro lado, de la misma teología. Asimismo porque las asociaciones emocionales e intelectuales que despierta esta palabra son rechazadas a veces por la persona adulta, porque no encajan con los valores que ella vive en tanto que persona adulta. Y entonces se produce como una especie de incomodidad, y se rechaza en bloque todo lo que parece que va ligado a esa idea de Dios, idea de Dios que lleva aparejada una cierta rigidez, unas ciertas obligaciones, unas estructuras teóricas, unos deberes morales o moralizantes, etc.

Incluso dentro de las mismas corrientes de espiritualidad, se nota, desde hace algún tiempo, un cambio; un cambio en el sentido de una espiritualidad no fundamentada ya en un Dios como Ser Trascendente, sino orientada más bien hacia una dimensión inmediatamente horizontal, es decir hacia una labor social. Y, aunque la mayor parte de las personas siguen teniendo la intuición de que existe algo detrás de las cosas, sin embargo, en virtud de la confusión exterior, de la contradicción de ideas, de la dificultad que parece existir en el mundo para aclararse, esta creencia o intuición de que existe un Ser Superior queda, de hecho, como algo pobre, como algo inefectivo, inoperante, en la vida real de las personas.

Cuando yo hablo de Dios, me refiero no a la idea de Dios, no a ningún concepto de Dios, sino a algo que hay detrás de toda la multiplicidad, de todo lo fenoménico, detrás de las apariencias. Es algo que se intuye como Realidad en Sí, como base primordial de todas las cosas. Para mí, no sólo las cosas se están haciendo, se están estructurando, se están desarrollando interna y externamente, sino que hay algo que preexiste a ese desarrollo, a esa actualización o manifestación. Respecto a esta Realidad Trascendente -que es una realidad esencialmente viva, y, por lo tanto, no una categoría puramente teórica o intelectual- aunque, por definición, no podemos tener una idea de lo que es en sí, al menos podemos conocer algunos de sus rasgos, algunas de las características que necesariamente ha de tener. Para mí, ese Dios es, a la vez, personal e impersonal; es inmanente y es trascendente.

(Podemos sustituir la palabra Dios por cualquier otra palabra mientras sea representativa, significativa, mientras señale a esa Base, a esa Realidad en Sí. Esto ya es una cuestión individual: cada uno debe buscar una palabra que no despierte antagonismos en sus asociaciones emocionales en lo personal).

 

 

Dios es personal

Digo, pues, que Dios, para mí, tiene esa naturaleza personal, aunque esto pueda parecer chocante para muchas personas. Yo, en principio, concibo, intuyo al Ser Superior como teniendo todas las características que nosotros percibimos dentro de lo que existe. Pues bien, una de estas características y valores dentro de lo que existe es el valor de la personalidad, en el sentido de constituir una unidad de voluntad, una unidad de inteligencia, una unidad de acción. En este sentido considero que el Ser Trascendente es personal. Para mí, el Ser Trascendente es la Persona única, la Persona Absoluta, de la que todas las cosas son expresión. Para mí, ese ser personal es el verdadero, el único sujeto, el Yo Absoluto.

Entonces, todo lo que existe, el Universo en pleno, es Su personalidad, Su manifestación, Sus vehículos y formas de autoexpresión. Para mí, toda la existencia es una autoexpresión del Ser en Sí (en un sentido muy parecido a lo que podemos concebir en el hombre: una realidad en sí, una realidad central, que es lo que intuimos con el nombre de Yo, y, luego, una múltiple expresión de este yo, a través de la personalidad, desde su mente, su afectividad, su capacidad de asimilación o de reacción respecto al entorno en que vive).

 

 

Dios es impersonal

Para mí, Dios es impersonal en el sentido de que está más allá de las limitaciones de la persona, en el concepto habitual de la palabra persona. Tiene un carácter absoluto respecto a todo y, por lo tanto, podemos verlo también como Base Esencial, como Principio Primordial, como Realidad Total.

 

 

Dios es inmanente

Dios es inmanente en el sentido de que está en la base, en el centro de todo lo que existe, de que en el fondo es la Realidad en Sí de todo lo que es, sin distinción de personas, o de reinos -mineral, vegetal, etc.-. Todo lo que existe es, en su centro, esta realidad, por el mismo concepto que he dicho anteriormente de que todo lo que existe es la autoexpresión, o la personalidad, del Ser en Sí. Por lo tanto, la última realidad central de todo lo que existe es el Ser. El último sujeto, el único sujeto central detrás de todas las convenciones y todas las estructuras relativas, es el Ser, Dios.

 

 

Dios es trascendente

Es trascendente en el sentido de que todo lo que existe, toda la creación de la cual El es el sujeto, de la cual El es el autor o protagonista, no afecta sustancialmente a su propia identidad. El es idéntico a sí mismo, sin depender para nada de su acción, de su manifestación. Y, en este sentido, lo podemos intuir, al mismo tiempo, como trascendente e inmanente.

 

 

 

  1. PROCESO EVOLUTIVO DE LA VIDA HUMANA

 

Visión psicológica evolutiva

Si observamos la vida del ser humano como un proceso psicológico evolutivo, vemos que nuestro punto de partida se basa, en general, en la idea que tenemos de nosotros. Esta idea que tenemos de nosotros (el yo-idea) hace que «funcionemos» de un modo determinado: y este «modo» constituye nuestro modo de ser. Esta idea básica, en su funcionamiento, se convierte en un núcleo, actúa como un núcleo respecto al modo de ser.

Pero a medida que la persona va madurando, va descubriendo progresivamente la relatividad de este yo-idea y de este modo de ser, y va viviendo más la profundidad de su yo-experiencia. Entonces, gracias a que se desidentifica del yo-idea y de que vive más el yo-experiencia, éste manifiesta su condición de eje central y se convierte en un nuevo núcleo. En consecuencia, se puede soltar la identificación con el modo de ser, con el yo personal, y se hace posible ir aceptando a los demás con sus otras (y diferentes) formas y modos de ser, los cuales antes se veían con recelo, temor o desconfianza. Entonces, las otras formas dejan de ser problema, dejan de ser enemigos de los que defenderse.

Así se va adquiriendo un sentido de hermandad, o de grupo, o un sentido social; se vive un ensanchamiento del «campo», podría decirse, hasta que llega un momento en que uno se da cuenta de que esta nueva unidad más grande que se forma también tiene un núcleo. Este es un núcleo nuevo, el de un yo-superior (social). Entonces uno percibe las cosas desde este sentido nuevo de aceptación, de hermandad, ve que los demás, las personas, la naturaleza, son también modos de su conciencia. Esta visión que nos conduce a este nuevo centro, el cual es el común denominador de todo este universo individual (pero más expandido), desarrolla entonces una conciencia participativa con todos los demás, formándose así una nueva unidad mucho más amplia.

Pero esta nueva unidad tiene también su propio núcleo o centro superior, y cuando la persona asume completamente este núcleo se siente, se vive, como Yo superior. Luego, a partir de ahí, podrá abrirse a una conciencia aún superior: la conciencia del universo en sí. Entonces descubrirá que el universo en si a la vez tiene un nuevo centro, al cual llamamos la Mente divina, el Ser Supremo, etcétera.

Eso, como vemos, desde el punto de vista evolutivo funciona en un sentido jerárquico, en el cual, siempre, para pasar a una inclusión en un nuevo conjunto, a una unidad o campo más grande, primero la persona ha de centrarse en el núcleo del campo anterior. Es gracias a este centramiento que la persona pierde su identificación y crispación con el campo anterior. Entonces, al sentirse núcleo, es capaz de «soltar», y eso le da libertad para relacionarse con otros campos mayores, a la vez que desarrolla una nueva conciencia de totalidad que también produce su propio centro (o núcleo de esta totalidad). O sea que la cosa funciona como un proceso, como algo sucesivo: campo-núcleo, campo-núcleo, etc.; pero cada vez este campo-núcleo va ascendiendo.

 

 

La visión inversa

Esto es así en el sentido evolutivo, pero curiosamente, esto mismo puede verse al revés, desde arriba. Podemos partir de lo Absoluto, como ejemplo. Ahora bien, eso que es Absoluto en el nivel Supremo, eso mismo, en un nivel inmediato al plano Supremo es lo que podemos llamar la manifestación espiritual: el Reino de los Cielos. Esta manifestación total (el Reino de los Cielos) es, en un plano inferior, lo que llamamos el núcleo individual, el espíritu individualizado. Este espíritu individualizado es, en el plano inmediato, su propio universo. Este universo es, en un plano inferior, lo que se vive como fondo del yo-experiencia o realidad ya encarnada. Y a la vez este yo-experiencia es (e incluye) todo el campo vivencial que conocemos como nuestra experiencia fenoménica cotidiana.

Observad que siempre digo: esto que arriba es así, en el plano siguiente (inferior) es...; lo cual quiere decir que desde arriba no hay proceso temporal. Todo es lo mismo sólo que visto en planos diferentes. Todo es actual, todo es presente; es desde abajo que esto aparece como un proceso en el tiempo, como una trayectoria, como una evolución.

Y es que desde el punto de vista fenoménico efectivamente es así, es una evolución de la conciencia. Uno va descubriendo cosas nuevas, va desarrollando aspectos nuevos y va creciendo, pero eso mismo visto desde el otro punto no es así; visto desde lo Superior es una realidad inmanente, en todo momento. Se trata sólo de un problema de profundidad.

Lo que varía es la conciencia que yo tengo de eso. Es por eso que las personas que están en una cierta fase del trabajo interior descubren que en el fondo no pasa nada. Que en el fondo todo es perfecto, que no existen los cambios, que no es necesario cambiar nada. Que la obra de Dios continua siendo perfecta. Y que la imperfección es un modo imperfecto de ver lo perfecto.

Abajo piensan todos; arriba sólo piensa uno. Si uno se sitúa abajo es la batalla campal, es la guerra; si uno se sitúa arriba, es la paz y es el juego. Resumiendo, en la práctica, en nuestro trabajo, siempre se trata de pasar de un campo a un centro.

Pregunta: ¿Este centro es la forma de otro campo?

Respuesta: No. Un centro es, de hecho, una función: hace la función de centro. Lo que ocurre, es que cuando uno descubre un nuevo campo, descubre también que hay un nuevo centro, y entonces el anterior deja de tener sentido, especialmente en el caso del yo-idea.

Pero el mismo fenómeno ocurre en el nivel inmediato superior. Por ejemplo: el Yo-experiencia se descubre como algo que no es más que una realidad que procede de arriba. Pero situado en su propio nivel, entonces el Yo-experiencia es la Realidad. El punto de vista adquiere el valor del lugar desde donde éste se sitúa.

P: Pero ¿cual es el único punto de vista correcto?

R: El punto de vista Absoluto. Por eso, lo único que es definitivo es la visión de la Unidad total. Y en la medida en que yo soy capaz de tener la experiencia de esta unidad total o de intuirla, entonces lo parcial funcionará bien. Lo que ocurre es que estamos tan acostumbrados a ver las cosas desde el punto de vista contrario, que esto nos parece imposible.

P: Pero, en lo personal, ¿cómo llego a solucionar mi problema? ¿cuándo dejo de temer a los otros, a los demás?

R: Cuando tengas conciencia de que tú eres los demás. La conciencia nueva de totalidad soluciona la conciencia de parcialidad. Esta conciencia parcial queda superada, curada (podríamos decir) en lo que tiene de limitación. Cuando se ve desde lo otro, no hay limitaciones. Se trata de ver que Eso, lo otro, ya está ahora. No es algo que deba conseguirse, que tenga que fabricarse, ya Es, ya está; es la única realidad, la cual se está expresando en planos más particulares. Todo depende de dónde se sitúa nuestra conciencia personal. Cuanto más alto se sitúe y desde allá se viva, más se solucionará lo que está abajo; instantáneamente.

Podemos añadir que el hombre no puede llegar a esta conciencia de totalidad hasta que él se vive bien como individuo. No puede llegar a una vida auténtica de comunicación con los demás, hasta que todo su universo interior no está realmente integrado, realizado, y él asume el centro de este universo interior.

 

La comunicación con los demás

Para entender correctamente mi relación con los demás he de ver claro como funciona mi propio mecanismo psicológico. Veámoslo. Yo tengo ahora una noción de los demás que es mía. Si veo claro esto (de que la noción es mía), también me daré cuenta de que en mi relación con los demás estoy teniendo una relación conmigo mismo. Lo que ocurre es que esta visión que tengo de los demás, que es mía, coincide (en parte) con los demás; así, en el momento en que tengo mi percepción de los demás, mi percepción coincide con este mismo sector de los demás. Entonces existe un contacto real con los demás, en aquel momento. Pero en el momento siguiente ya no existe. En el momento siguiente lo único que conservo es la imagen del otro. Entonces cualquier comunicación o relación interna que yo tenga con este otro, es una relación intra-psíquica y no tiene para nada un sentido de relación objetiva. O si la tiene, es totalmente desfasada, inadecuada.

Bien, eso es así; pero sólo hasta que yo llegue a asumir totalmente el centro de mi universo. Entonces sí tendré la capacidad de ponerme en contacto con el universo del otro. Gracias a esto es posible el verdadero contacto objetivo: el que yo sea capaz de relacionarme con el «interior» del otro universo, de tu universo. También, desde el propio centro del que vive centrado, existe la posibilidad de causar efectos en el otro. La consigna psicológica, pues, será: «desde aquí estar abierto a todo lo de allí»; o bien, «desde allí, traer aquello aquí, expresarlo aquí (en mí)».

Cuando uno profundiza en el trabajo, uno se descubre y se vive en un espacio interno enorme, un espacio que es uno mismo, y en el que está todo, toda la gama posible de estados, de actitudes, de energías, de sentimientos; entonces uno puede vivirlo todo y expresar lo que sea conveniente y correcto.

 

Yo como creador

Hemos visto, pues, que yo como centro estoy articulado con un campo que, en principio, parece que no depende de mí. Pero como yo, como centro, soy una expresión de otro centro más elevado, esto me permite ser creador, me califica para afirmarme en esta noción de yo como creador en la parte activa de mi universo. Yo debo asumir esta acción creadora; pues es un hecho que hasta que yo no asuma este rol de creador de mi universo, no funcionaré bien en mis cosas, ya que habitualmente me vivo a precario, como un súbdito. Y esto no debe ser así, pues en mi universo propio yo soy el Centro y la misma naturaleza de este universo.

Yo debo asumir este carácter de Centro rector, creador y regulador de mi propio universo. Hasta que no asuma esto, hasta que no me sienta yo en todas mis cosas, no podré abrirme a una realidad más grande. Y, curiosamente, todo el mundo está pidiendo esta realidad grande, pero nadie se atreve a dar el paso, a ser él mismo.

Pregunta: Eso que dices de un centro que aparece como siendo sólo una expresión de otro centro mayor (o más alto) ¿eso se produce de forma sucesiva?

Respuesta: Se trata de algo así como una empresa que crece y que necesita ir poniendo delegaciones; cada delegación se convierte en un nuevo centro delegado. Lo que ocurre es que las personas ignorantes de la delegación creen que están en la empresa principal. Aquello ya es, de hecho, un centro con su actividad propia, lo que ocurre es que es una delegación de otro centro. Y cuanto más complejas se vuelven las funciones, más nuevos centros se necesitan. Eso puede verse desde el punto de vista del empleado que entra en una empresa de «botones» o para empaquetar cosas, y que luego poco a poco va descubriendo todo el «tinglado» de la empresa y entonces se asusta; y también puede verse desde el punto de vista de la empresa central. Desde el punto de vista del nuevo empleado aquello es una montaña, es un camino o un proceso larguísimo; pero desde el punto de vista del que está sentado en la dirección central, todo está Aquí-ahora. Esta es una analogía imperfecta pero que nos puede dar una imagen aproximada de esto.

Estamos acostumbrados a miramos como empleadillos. Así, se trata de poder ver en qué medida yo continúo creyéndome un empleado o en qué medida puedo darme cuenta de que no soy empleado sino que soy, arriba de todo, el gerente. Arriba, abajo no, claro. No podemos llevar esta analogía demasiado lejos, porque se van a crear problemas laborales... (risas). Entonces habría tres mil gerentes y nadie querría hacer el trabajo... (más risas).

En la medida en que tú eres consciente de ser un Centro y te abres a él y lo asumes, todos los mecanismos inferiores se pondrán en su lugar, arreglados, resueltos. Si no se hace así, tendrás que ir arreglándolos uno a uno, escalón a escalón.

Lo que ocurre es que estamos mentalizados para verlo así, desde abajo, con este camino ascendente, y nos parece que es la única forma realista, lógica y operativa, pero resulta que no es así, que lo otro es lo más operativo.

Cuanto más yo puedo descubrir el centro más alto, automáticamente todos los centros y campos subordinados funcionan solos. Es decir, se ordenan, se descongestionan, dejan de estar paralizados, bloqueados, y entran en funcionamiento. Lo que parece que debe producirse mediante una escalada, pues no, es un descenso. Es una ventaja ¿no? Por lo menos, yo soy partidario de hacerlo así.

P: ¿Qué es ese centro más alto, el que nosotros podemos entender como Dios?

R: Dios es el nombre que damos a la pre-conciencia que tenemos de lo Superior. Por eso, Dios, para nosotros (hablo ahora de definiciones experimentales, no de definiciones filosóficas o teológicas) es una pre-conciencia de lo superior que es nuestra, pero que no la reconocemos como nuestra.

Pero en la experiencia, esas realidades superiores no reconocidas como nuestras -eso que es Dios-, llega un momento en que lo vamos actualizando como propio, como nuestro. Pero, fijémonos, esto no anula la noción de Dios, no debe anularlas; esto sería un error: el que la persona llegara a cerrarse alrededor de la idea de que «yo lo soy todo». Esto sería un grave error; pues sea cual sea la altura que tu hayas conseguido o asumido, si te quedas abierto, siempre descubrirás algo más allá. Por eso digo muchas veces que Dios es la dimensión infinita de nuestro ser

P: ¿No llegará un momento en que este más allá tendrá un límite; o que esta noción será ahora sin Dios, sólo yo?

R: Puede ser que uno lo perciba así, pero continuará habiendo otro infinito. Y mientras siga existiendo otro infinito, la noción de Dios sigue totalmente vigente. Y el que se cierra porque hace esta elaboración mental: «así, pues, todo me lo hago yo; así, pues, todo está en mí...», eso automáticamente, aísla.

P: Pero esto es un acto mental. De este modo, nadie puede afirmar, o negar, que Dios existe.

R: El error está en creer que Dios ha de ser una realidad totalmente otra, o aparte. Dios es esta dimensión infinita de nuestro propio ser -o de nuestra propia realidad-. Si esto, como hipótesis, lo enfocas así, verás que puedes afirmar rotundamente la existencia de Dios precisamente por tu propia existencia. Pero a condición de no entender que Dios es en sí una cosa totalmente aparte, pues si entendemos que Dios es algo totalmente aparte, entonces sí que no podemos afirmar nada.

P: Me parece que yo no puedo decir que soy Dios, pero tampoco puedo decir que no lo soy.

R: Tú no puedes decir «yo soy Dios», pero en cambio es cierto que Dios eres tú. Y eso que parece lo mismo, tiene un sentido muy diferente. Dios es la realidad fundamental de todo lo que existe, pero no obstante yo no soy Dios en este sentido absoluto. Ahora bien, Dios es el único Yo que existe (y permanece), el único Yo auténtico, definitivo, la Realidad absoluta.

A los efectos prácticos, hay que vivir centrados en el núcleo del ser, y abiertos al campo de expresión. El problema está en que nosotros, generalmente oscilamos entre dos actitudes (incorrectas ambas): la de súplica, la que nos lleva al servilismo, y que impide movilizar bien nuestras energías, nuestras potencias como delegación que somos; o la de cuando nos sentimos jefes de algo, ya que entonces el peligro está en creerse que todo me lo hago yo; esto, entonces, es la soberbia espiritual.

Esto ocurre porque la mente funciona a base de contraposiciones, en términos de afirmación o de negación. De eso se deriva que en la medida que afirmas rotundamente a Dios, te niegas a ti; y en la medida que te afirmas a ti, niegas a Dios. Y eso parece un problema sin solución. Mas, estas contraposiciones desaparecen por completo cuando no les pones nombres. Entonces la actitud de sumisión y la actitud de afirmación total son la misma; entonces coinciden en ser una sola actitud de presencia total. Pero cuando les pones nombres son radicalmente opuestas; porque es con la mente clasificadora que creamos los problemas. En la realidad en sí no existen los problemas.

P: La intuición del mundo Superior ¿hemos de intentar mantenerla durante todo el día?

R: Sí. Yo diría que hemos de procurar ser siempre lo que somos. No hay ningún momento en que esto no sea lo más importante de todo. Ahora bien, para ser lo que soy, hay una primera etapa en que esto consiste simplemente en mirar lo que soy. Después en irlo sintiendo. Y después, en asumirlo e irlo expresando. Pero expresándolo yo; no simplemente expresar (algo), sino ser yo quien me estoy expresando desde el nivel en que soy.

Mirar, sentir, asumir y expresar, esas son las etapas. Pero no hay verdadera mutación (o transformación) hasta que asumes. Sería un error creer que basta sólo con expresar lo que se siente; es necesario asumir Y asumir significa reconocer que yo soy eso, y entonces es Eso lo que expreso; y eso soy yo.

Ser tu mismo, es un acto primordial. No necesita análisis.

P: ¿Es bueno atender a la noción de que todo es un fluir, la energía, el sentimiento, las cosas que suceden, de que toda la vida fluye?

R: Eso está bien y es correcto, pero no es eso lo más importante. Yo insisto en que tú te reconozcas tú, no en que hay algo que funciona (aunque eso sea cierto). Cuando hay algo que fluye, es aquello lo que funciona y, evidentemente, puede ser estupendo, pero es aquello. Cuando tú eres que tienes tu visión, tu acción, entonces tú estás viviendo como un centro; eres un centro. En cambio, en lo que fluye existe eso, la visión de un fluir, pero el centro ni lo llegas a tocar.

P: ¿Podrías ampliar eso que has explicado antes en relación a ser el dios del propio universo?

R: Por lo menos debería serlo de la parte activa de mi propio universo, puesto que mi universo está hecho de mí.

P: ¿Dices que uno puede determinar lo que siente y su modo de ser?

R: En esto consiste precisamente en ser dios del propio universo. Porque si cuando hace mal tiempo esto me pone nervioso, y cuando se me cae un objeto me enfado y entonces, enojado, tiro al suelo el otro que tenía... (algunas risas). ¿Entiendes? Ser el dios del propio universo significa que yo estoy creando, estoy determinando, estoy generando por mí mismo mis propios estados, mis propias respuestas. En este sentido hablo de ser dios, y sólo en este sentido: de que el universo en que vivo está hecho de mí, de que lo estoy manteniendo de mi propia substancia. Pero además, de que lo estoy regulando, lo estoy dirigiendo, lo estoy creando; y todo eso depende de mí.

P: Pero ¿en relación a qué normas o modelos yo puedo ser creador?

R: Siempre de acuerdo con lo que es tu propia naturaleza. Porque tú eres inteligencia, tú expresas inteligencia, porque la quieres expresar, porque ésta es tu naturaleza y tu querer. Porque eres felicidad, por eso expresas felicidad, porque ésta es tu naturaleza y tu querer.

Que no venga tu felicidad determinada por otras cosas. Tú estás creando tus propios estados porque esto es lo que depende de ti. Y eso de un modo cada vez más total. Eso es ser dios..., en funciones... (algunas risas).

P: Pero eso es simplemente psicológico ¿no?

R: En un nivel bajito... le diremos psicológico; pero en un nivel alto, le diremos que es... la función de Dios.

 

Tu naturaleza ya es el Ser

Sí. Y es la Felicidad, es el Poder, es la Inteligencia. Esta naturaleza (felicidad-poder-inteligencia) se expresa en contextos particulares de acción. Y tú la expresas en tu contexto particular; pero esta expresión ha de venir generada y determinada de una manera autoconsciente y deliberada por ti mismo y no por otras cosas.

Yo determino vivir lo que soy y entonces, pase lo que pase, yo continúo siendo lo que soy y me expreso siendo en eso que soy. El estímulo externo sólo debe determinar el estilo de adecuación pero no la naturaleza de mi respuesta.

Pregunta: ¿Esto es como decir: Soy un alma que tiene un cuerpo y no un cuerpo que tiene un alma?

Respuesta: Sí, pero además es decir: Soy un alma que está generando todas las actitudes y todos los estados; y que no depende del cuerpo. El cuerpo puede imponer unos límites, puede convertirse en una fuente de estímulos, pero yo soy quien determina la naturaleza de las respuestas a estos estímulos, si yo asumo realmente mi función. Ahora bien, si yo me dejo llevar pasivamente, como estoy acostumbrado, entonces seré un dios completamente destronado.

Eso hay que asumirlo y entonces -cuando tú te descubres siendo realmente algo-, no se puede volver atrás. Es algo así como un «cargo vitalicio». Si vuelves atrás, es que no lo habías asumido, sino que estabas de «interino».

Acerca de la libertad

Pregunta: ¿La libertad consiste en la capacidad de responder voluntariamente en un nivel o en otro?

Respuesta: No. La verdadera libertad está en poder expresar tu verdadero ser. Esta es la auténtica y única libertad: poder expresar tu verdadero ser. Y cuando tú hagas eso, sentirás una libertad como no la has tenido nunca. La libertad no consiste en una opción; no consiste sólo en poder hacer esto o lo otro. Esto puede darnos una sensación de libertad, pero no es la libertad. Porque eso mismo, cuando persiste, desaparece como sensación de libertad..., y uno se aburre. Simplemente, lo que ocurre, es que se ha eliminado una limitación que tenías; y por eso tienes una conciencia relativa de libertad, pero no es la genuina libertad. La genuina libertad es que tú expreses lo que tú eres. Ahora bien ¿qué es lo que tú eres? Tú eres lo que eres capaz de ser consciente que eres.

La libertad existe cuando yo puedo expresar lo que soy. Cuando cada acto es una auténtica expresión de mi mismo, y cuando yo me siento yo como centro, y en todo. Esta es una sensación de espacio ilimitado. Poder expresar lo que uno es no tiene término como actualización de la libertad; es siempre nueva y siempre la misma. Entonces, desde los niveles profundos, las nociones psicológicas habituales se caen todas. Por eso, al tratar de estos temas, se llega a hablar en términos de paradojas.

P: ¿Llega un momento en que desaparece la relatividad?

R: No sé. Tú, ahora, ¿a qué relatividad te refieres? ¿A la que tienes tú (a la tuya) o a la que estás pensando, a una relatividad teórica? Si te refieres a la que sientes tú (a la tuya), ésta desaparece en el momento en que te vives hasta todos tus límites. Y la otra, la relatividad que piensas, la teórica, desaparece en cuanto dejas de pensar y te mantienes con la mente abierta. Es el pensar lo que es relativo, pues la relatividad es un modo de ver, no es una realidad en sí.

P: ¿Cómo practicar el sentido de omnipresencia?

R: Esto ya está ahí. La omnipresencia ya existe, no la hemos de fabricar. Lo que ocurre es que hemos de superar la vivencia parcial de la presencia. De hecho, en el momento en que dejas de «cogerte» a la noción de parcialidad, hay pura presencia. Y pura presencia es lo mismo que omnipresencia.

 

  1. EL TRABAJO CON LAS ENERGÍAS

 

La respiración controlada y dirigida

 

Entre los diferentes métodos de desarrollo interno ocupa un lugar destacado el trabajo directamente enfocado a la circulación consciente de las energías. En las prácticas yóguicas de la tradición tántrica hindú, encontramos el método de la respiración polarizada, que es el nombre que se da a la inhalación y espiración que se practica por un orificio u otro de la nariz. Se afirma que cada una de las direcciones (derecha o izquierda) está en conexión con un nervio sutil o nadi. Existen muchísimos nadis, los cuales forman una verdadera y tupida red, pero los dos más importantes son Ida, que corresponde a la ventanilla izquierda de la nariz, y Pingalá, que corresponde a la derecha.

Estos nadis se originan en el entrecejo o centro Ajna, y se dirigen hacia atrás, hacia la columna vertebral; por allí descienden entrecruzándose, exactamente como en la imagen del caduceo de Hermes, el cual se representa por dos serpientes que se cruzan en varios puntos.

Entonces, según se respire por una ventanilla o por otra, se activa más la energía Ida o Pingalá. Se dice que Ida es lunar y Pingalá es solar. Y eso, que nos parece un lenguaje muy poético, muy oriental, esconde detrás de sí funciones muy importantes, como puede ser, por ejemplo (entre otras), la de regir todo el metabolismo; pues Ida tiene una función anabolizante, es decir, que tiende a producir un efecto de disminución del tono de todo lo que es voluntario, activo o productor de energía, y a estimular por otra parte todo lo que es peristaltismo y funciones de eliminación. En cambio, Pingalá es catabolizante, o sea que estimula todo lo que es producción inmediata de energía voluntaria, movimientos voluntarios, etc.

Si tenemos en cuenta que el estado de salud puede verse como el resultado de un equilibrio entre las dos ramas del sistema nervioso vegetativo (simpático y parasimpático), entonces seremos conscientes de la extraordinaria importancia de esto, aún viéndolo solamente desde la perspectiva de lo fisiológico. La persona que está baja de tono fisiológico, puede aumentarlo mediante la respiración solar. En cambio, la persona excitada puede calmarse por medio de la respiración lunar, cediendo en su excitación.

Eso simplemente en lo que se refiere a la contraparte fisiológica. Pero, además, ida y pingalá se corresponden con lo que son estados anímicos, con las funciones psicológicas, pues esta respiración alterna desobstruye los conductos por donde circulan las energías. Esto tiene sus consecuencias y se corresponde con los modos de vivir y existir, con el funcionamiento del cuerpo, y también de la mente o la conciencia. Se trata de vivir de manera que las dos energías estén equilibradas, funcionando a pleno rendimiento pero en equilibrio. Cuando las energías funcionan de una manera potente y libre, entonces la persona goza de buena salud y de un notable estado de lucidez de la conciencia.

 

Sushumna

Pero eso que hemos explicado ocurre aún dentro de los procesos existenciales. Es a partir de aquí cuando el yogui está en condiciones de pasar a otra etapa, en la cual se trata de conseguir la anulación temporal de estos dos conductos, para que la energía que circula normalmente a través de ellos no lo haga por allí, sino que funcione a través de otro nadi, el más importante de todos, llamado sushumna, que es el que se corresponde con la médula espinal (en su contraparte sutil). En el momento en que la energía deja de circular por estos conductos y entra por sushumna, entonces tiende a producir el despertar de unos centros de energía -que son a la vez centros de conciencia-, gracias a lo cual el campo mental de la persona adquiere unas dimensiones inesperadas, nuevas, una comunión con la conciencia cósmica, de alcances extraordinarios.

Sushumna nace en el centro del chakra inferior llamado muladhara, que se encuentra al final de la columna vertebral. Y sigue recto hacia arriba hasta el chakra situado encima de la cabeza llamado sahasrara (conocido también como «loto de los mil pétalos»). Cuando la energía puede circular por este canal central, la persona vive desidentificada de la fenomenología corriente y llega a experimentar estados de realización espiritual.

 

Kundalini y los chakras

Al final de la columna vertebral existe un depósito de energía latente llamado kundalini (literalmente «enroscada»). Gracias al estímulo de la respiración que controla la energía, se evita que ésta circule por ida y pingalá, estimulando la conducción de kundalini por sushumna. Kundalini es comparada a una «energía enrollada»; las imágenes tradicionales la presentan como una serpiente enroscada en tres vueltas y media, y obturando con su cabeza el conducto de sushumna. Gracias a un trabajo de purificación y a otras prácticas de concentración, respiración y visualización que conforman esta tradición (y que no es aconsejable realizar sin la dirección de un guru cualificado), esta energía empieza a elevarse como una serpiente ascendiendo hacia arriba. Entonces, a medida que la energía va pasando por cada centro, los que se corresponden con los puntos de cruce de ida y pingalá, se van dinamizando y despertando los diferentes niveles de conciencia.

La conciencia asociada a muladhara, el primer chakra (situado al final de la columna vertebral, en la zona del perineo), es la de la potencia propia de la materialidad de las cosas, lo que traducido a términos del ser humano significa la estabilidad, la firmeza, la voluntad de ser y existir.

El centro que se encuentra inmediatamente después y por encima de muladhara es svadhistana (situado en la zona de los genitales); éste es el centro que rige todo lo que es potencia sexual, lo cual significa potencia creadora y destructora. No se trata sólo de la potencia sexual normal, sino que es esa conciencia multiplicada, porque es un aspecto en nosotros de todo un potencial existente en el cosmos. Al despertar esta conciencia en la persona, ésta se abre o tiene un atisbo de eso como de una conciencia muchísimo mayor de la que se tiene normalmente. Pero si este despertar se produce sin estar la persona muy sólida, muy evolucionada, puede producir trastornos graves.

Cuando la energía asciende un poco más, hasta el chakra siguiente, manipura (en correspondencia con el plexo solar), allí se produce el despertar de una conciencia de las sensaciones, de una conciencia más vegetativa, manifestándose como el placer de vivir, el placer de las funciones naturales. El enorme aumento de esta conciencia produce un éxtasis vital, biológico, pero distinto del sexual, del estético y del espiritual: es simplemente la plenitud de la potencia de vivir. El yogui ha de permanecer firme y no dejarse atrapar o identificar por estas expansiones de conciencia, pues si no las controla está perdido, puesto que le desvían de su propósito en su camino hacia la realización del Ser.

Después de pasar por los centros inferiores, al seguir trabajando, la energía continúa ascendiendo y llega al siguiente chakra, anahata, el cual se sitúa en la espalda, detrás del pecho (estando en correspondencia con el corazón y el sistema respiratorio). Aquí es donde hay el centro de conciencia de lo que es, por una parte, el sentimiento del yo, y por otra el sentimiento en general: de centralidad, de amor altruista, de la conciencia religiosa, etcétera. Es el campo de la gran experiencia afectiva del sentimiento, pero no sólo como lo vivimos ahora en el nivel personal, sino el sentimiento como realidad intrínseca, como realidad universal. Cuando se llega al centro de este chakra se puede descubrir de manera experimental que existe realmente una conciencia profunda de ser, del sentimiento de ser, que está en el centro de todos los seres y de todo cuanto existe. Esto produce un auténtico éxtasis.

Al seguir subiendo la energía kundalini, después de anahata se llega a vishuddha, centro que se encuentra a la altura del cuello (correspondiéndose con las glándulas tiroides y paratiroides). Este es el centro de la expresión creadora; es el centro que está entre ajna (la mente) y anahata (el sentimiento); por eso es el centro que aporta las formas de expresión adecuadas al sentimiento y a la idea, armonizando estos dos aspectos; es el aspecto creativo superior, intelectual, artístico y moral. Está en cierta correspondencia y compensación con svadhistana, el centro sexual, el cual representa el aspecto creativo más primario. De ahí las correlaciones que existen entre algunos trastornos sexuales y otros en el cuello (amígdalas, paperas, etc.)

Después viene el centro ajna ya mencionado, que se sitúa justo encima del entrecejo, y es el punto de la conciencia mental ya que está en relación directa con el cerebro (y con la glándula hipófisis); allí es donde se manifiesta la capacidad organizadora de la mente. Es el punto donde toda la multiplicidad de la experiencia se reduce a una gran dualidad. Este chakra es conocido como el «tercer ojo» u «ojo de shiva». Se dice que a través de este centro, cuando está suficientemente activado y correlacionado con el otro chakra superior, se produce el desarrollo de una gran capacidad intuitiva, clarividente, y la persona tiene el poder de penetrar en la comprensión íntima de los seres, de las cosas, más allá de la relación temporal que pueda tener con ellas.

Aparte de la división que se establece entre chakras superiores e inferiores, cada chakra tiene sus correspondientes facultades superiores. Este es un terreno que, estudiado a fondo, explica muchos de los fenómenos que se producen en parapsicología, en fenomenología clínica, en experiencias de tipo trascendente, etcétera. Por propia experiencia puedo decir, ya que me he dedicado seriamente al estudio de estos chakras y también al trabajo sobre ellos, que estos centros de conciencia existen y que producen (hasta el punto que he podido constatar) los resultados citados.

Cuando kundalini en su ascenso ha despertado a estos centros, entonces ya sólo queda dar el paso final, en el que la energía trasciende incluso a ajna y llega más arriba, hacia la cúspide de la cabeza, hasta sahasrara (el cual está en correspondencia con la glándula pineal). Entonces es cuando se produce la gran experiencia de la liberación, de la entrega a la voluntad y la energía espiritual. Es ésta la realización última, en la que se consuma en el gran matrimonio de Shiva y Shakti, tal como se expresa de una forma bella e ideal en la simbología hindú.

 

Correspondencias de los chakras con lo psicológico

Actitudes psicológicas en la vida cotidiana, cuando hay un chakra que predomina sobre los demás:

 

  1. Muladhara:

Personalidad sólida que «toca de pies en el suelo». Firmeza, estabilidad, voluntad. Capacidad de profundización, seriedad. Les interesa abordar los aspectos reales de las cosas, sin divagaciones. En formas distorsionadas o negativas, puede manifestarse una excesiva frialdad, o un excesivo materialismo, codicia, o tendencias depresivas.

 

  1. Svadhistana.

Capacidad de lucha, coraje. Tendencia a la oposición; necesidad de transformar las cosas. Capacidad creativa. Fuerte impulso sexual. En formas negativas, agresividad, violencia, impulso destructivo. Atracción y rechazo muy marcados en relación a las otras personas.

 

  1. Manipura.

Empatía, capacidad de compartir las propias emociones con los demás (y también las de los demás). Sentimiento, ganas de agradar y de ser útil. Sus aspectos negativos son la inmadurez, la tendencia al protagonismo, a «hacerse notar», y las reacciones infantiles y egoístas.

 

  1. Anahata.

Es la conciencia del yo como sentimiento. El sentimiento del amor en su aspecto más positivo. Comprensión, altruismo. Vivencia efusiva de sí mismo. Autoridad natural. En formas negativas, se manifiesta el orgullo, un exceso de amor propio y reivindicaciones de tipo egoísta.

 

  1. Vishuddha.

Facilidad de expresión. Facultades creativas, oratorias, y para el canto. Inspiración e innovación. Coordinación entre la vida emocional y la intelectual. Son aspectos negativos, la tristeza, las penas en la vida de relación, y una posible vida sexual confusa.

 

  1. Ajna.

Es la conciencia del yo como mente. Es el centro «piloto», porque desde él se toma conciencia de todos los demás estados. Vida mental abundante, predominio del pensamiento y la imaginación. Aptitud para la teorización científica y la filosofía. Como rasgos negativos mencionaremos la pasividad, el aislamiento (aunque en ocasiones éste pueda ser necesario), y el orgullo intelectual. Puede ser el «cerebro gris» de una acción, pero no es él quién la lleva a cabo.

 

  1. Sahasrara.

Se corresponde a la Voluntad divina. Por lo tanto, está por encima de lo psicológico y sólo los seres realizados viven conectados a sahasrara.

 

Necesidad de ser guiados

Es sumamente peligroso el trabajo con kundalini sin la guía de un instructor competente y cualificado, porque al dinamizarse los centros inferiores se puede producir con gran facilidad un despiste imponente en algunas personas, e incluso inducir a verdaderas aberraciones en otras que no estén suficientemente integradas psíquicamente. Naturalmente, estos métodos de trabajo, además de la guía mencionada, requieren una regulación de la vida personal que conduzca a una purificación o limpieza de los niveles físico, mental y emocional.

Pero existe también otro modo de activar estas energías. Se trata de proceder a la inversa, empezando por arriba, directamente por sahasrara, y desde allí haciendo descender progresivamente la energía. O partiendo de ajna (también un chakra superior) o anahata (el chakra central). En estos casos se ahonda hasta conectar con el canal de sushumna y ascendiendo luego hasta sahasrara. Desde allí, la energía puede extenderse como una efusión de gran calidad espiritual y poco a poco puede ir produciendo la transformación de todo, sin peligro alguno.

Sería muy interesante hacer un estudio profundo de las correspondencias fisiológicas con los chakras; o sea, entre éstos y las glándulas endocrinas (correspondencias que hemos apuntado someramente). Y veríamos como la persona, por el hecho de concentrarse en unas zonas determinadas, en un acto puramente mental, puede producir unos cambios fisiológicos y psicológicos que concuerdan con esas localizaciones y correlaciones explicadas.

 

El chakra ajna y la atención central

Como sugerencia, indicaremos la manera de conectar con la zona central del centro ajna, más allá del ajna externo (o sea, hacia el ajna interior). La consecuencia es que al llegar a esta zona más profunda, la mente se abre hacia todos los niveles, superiores e inferiores.

La técnica básica para lograr esto, es la denominada «atención central». Consiste en tratar de estar siempre conciente de uno mismo, en toda circunstancia, manteniendo una conciencia axial, cuya línea vertical pasaría (aproximadamente) por la columna vertebral. Pero eso debe ser practicado sin aislarse de lo que ocurre en el exterior, sino conectando toda experiencia con esta conciencia de sí. Cuando esto se practica sistemáticamente se va afianzando la presencia del yo. Es posible practicarla siempre ya que no presenta contraindicaciones.

Ejemplos:

-al hablar debe mantenerse la conciencia de sí mismo; como si las cosas que digo surgieran de este yo que soy en la zona profunda de ajna.

-lo mismo cuando estoy leyendo (una revista, un libro, etcétera).

-mientras ando por la calle.

-mientras trato con otras personas: en el trabajo, en el círculo social, con las personas de mi familia.

-mientras estoy expresando afecto a las personas queridas; e incluso mientras discuto (si este es el caso), etcétera.

En todas estas ocasiones debo ser consciente de «yo que estoy hablando», «yo que siento esto» (afecto, cariño, por ejemplo), «yo que estoy activo», «yo que estoy receptivo»..., siempre. Esta práctica conducirá a la zona central, permitirá ahondar en el chakra ajna y a la vez irá unificando progresivamente el psiquismo. Eso permitirá abrir el camino de la circulación de la energía a todos los niveles.

La atención central, esta atención desde lo más interior de la mente, puede practicarse incluso cuando estamos muy cansados. En todo momento podemos cultivar esta conciencia de espectador; pero sin sentirse nunca por encima de los demás, lo que conduciría a un engreimiento, ni apartándose de los demás, lo que llevaría al aislamiento.

Siempre podemos mantenernos lúcidos y despiertos. Siempre uno puede ser uno mismo, expresando la energía que somos, en perfecta integración con las energías que se expresan en nuestra vida.

 

  1. EL DESEO

El deseo, proyección dinámica

En otras ocasiones he hablado de la necesidad de encarar los deseos, de hacer algo con ellos, de vivirlos. Hoy ampliaremos este tema.

El deseo es siempre una proyección. Por eso, cuando digo que actuemos de acuerdo con el deseo es para que el deseo deje de ser deseo y se convierta en algo presente, actual. El problema del deseo es que se mantenga como deseo. Es lo mismo que el temor. El problema del temor no es tenerlo; es mantenerlo. Si yo puedo traer el temor aquí, ahora, lo despacharé, se resolverá, se disolverá. Lo mismo que el deseo. Si yo puedo traer el deseo aquí y puedo hacer algo con él, ahora, este deseo dejará de ser deseo para convertirse en acción, en experiencia actual, en presente. En cambio, mientras se mantenga como deseo (o como temor), estoy en una zona intermedia que me aísla del centro y también del exterior. Y por eso, cuanto más deseo menos hago; y a la vez cuanto más deseo menos soy. Porque tanto el deseo como el temor están en una capa intermedia; están entre lo que es el centro y lo que es el mundo dinámico de la realidad exterior. Por eso resulta perjudicial quedarse en esa zona puramente mental.

El deseo requiere acción. Podemos tener muchos deseos, pero a condición de vivirlos inmediatamente; de actuar ahora, viviéndolos en el presente. Y si el deseo se refiere a una aspiración de tipo interno, que yo viva también este deseo, ahora. No que lo mantenga como algo al margen de mi presente.

Cuanto más incorporemos nuestro deseo en el presente, menos necesidad tendremos de metas. Las metas se alimentan siempre del deseo sostenido o del temor sostenido. Es la inseguridad en el presente que nos hace proyectar la seguridad en el futuro. Cuanto más uno pueda vivir su seguridad, su capacidad, aquí y ahora, menos necesitará un objetivo, una meta.

Mientras más uno se esfuerza para vivir todo su presente, estará trabajando al cien por cien en la posibilidad de su realización. En cambio, cuando no está trabajando al cien por cien en el ahora de este deseo pero lo está manteniendo dentro, está hinchando su idea de futuro y a la vez lo está alejando más.

También existen temores y deseos que presionan desde nuestro inconsciente. Mas, al vivir el presente, los temores o los deseos ocultos van apareciendo delante de nuestra nariz. Entonces podremos hacer algo con ellos. Cuando al vivir se nos presenta algo concreto, entonces podemos hacer algo. Con lo que no se puede hacer nada es con lo que suponemos. Porque lo que suponemos no es nunca un problema con existencia real ya que es un problema fabricado en la mente.

Al tratar de vivir más y más en presente, irán apareciendo sucesivas capas de presente, que están dentro. Entonces es cuando podremos trabajar con ellas. Está claro que para eso hace falta querer vivir el presente, querer vivir la realidad, querer ser sincero; porque si no hay esta demanda, no tiene sentido el hablar del trabajo sobre sí mismo.

 

El deseo, promesa de crecimiento

Pero eso que hablamos del deseo como proyección de futuro, podemos verlo también desde otro ángulo distinto.

El deseo es el lenguaje por el cual se anuncia nuestro crecimiento. Todo crecimiento, todo desarrollo, se anuncia previamente a través del deseo. El niño pequeño que necesita moverse, que necesita gesticular, tocar las cosas, que necesita tratar de incorporarse y ver hasta donde puede llegar o no llegar...; cuando después el niño necesita un afecto, una comprobación de que es aceptado..., cuando después tiene una curiosidad intelectual, y va experimentando... Todo esto lo hace porque hay algo que lo empuja por dentro, porque hay un impulso que se manifiesta en su conciencia en forma de deseo, en forma de ganas de... hacer algo. Estas ganas de, son el lenguaje por el cual se manifiesta todo lo que es y todo lo que va siendo.

Todo lo que nosotros somos ahora, primero ha sido un deseo. Es el deseo de andar, las ganas de andar, lo que ha permitido que nosotros ejercitáramos el andar y desarrolláramos la capacidad de andar. Es el deseo de comprender lo que ha motivado que nosotros preguntáramos, que leyéramos, que reflexionáramos, y así se ha formado una noción de las cosas. Es un deseo de algo superior lo que nos ha hecho inquirir, lo que nos ha hecho experimentar, de un modo o de otro, y que nos va dando una determinada experiencia. Siempre el deseo es el lenguaje anticipado de la realidad.

Muchas personas demuestran que no viven, o que no viven bien, precisamente porque no tienen deseos. Cuando la persona no tiene ganas de, no tiene ánimos de, está desanimada...; es cuando estas fuerzas vivas de dentro no se manifiestan en forma de deseo, de aspiración o aspiraciones. No porque no estén dentro sino porque algo les impide que se manifiesten. Entonces la persona vive como si no tuviera deseos y al vivir como si no tuviera deseos vive como si no viviera.

Diríamos que hay algo que nos hace existir, una inteligencia, una voluntad, algo... llamémosle Vida, llamémosle Dios, llamémosle el nombre que queramos. Y este algo se expresa siempre de una manera dinámica, se expresa a través de todos los niveles; a través del nivel biológico, a través del nivel mental, del nivel espiritual, del nivel estético, del nivel que sea, y siempre se manifiesta mediante esta demanda de algo, esta búsqueda de algo, esta ilusión por algo.

Todos nuestros deseos tienen una realidad, una justificación y una importancia extraordinaria. Cuanto más se manifieste en nosotros conscientemente un deseo, eso significa que hay una fuerza disponible, que hay un móvil claro, intenso, y que por lo tanto se podrá realizar aquello que deseamos. Todo deseo no es nada más que lo que nos empuja a ser más, a vivir más, a actualizar más nuestro potencial interior. Lo mismo si se trata del deseo de tener dinero, que si se trata del deseo de llegar a la santidad, que si se trata del deseo de vivir en paz en un rincón de una montaña.

Todo deseo es expresión de algo que quiere actualizarse, por lo tanto todo deseo es para nosotros no sólo una realidad empírica sino que es una realidad en el sentido de valoración profunda de la cosa deseada. Es una promesa, es el anticipo de una realidad que hemos de vivir; es un derecho y una necesidad que hemos de poder culminar.

 

Cuando el deseo puede ser obstáculo

El deseo hace proyectarme hacia algo porque intuyo que a través de aquel algo yo podré realizar un mayor grado de mi propia identidad, o de mi plenitud, o de mi satisfacción, o de mi claridad mental, o de algo que para mí es importante. Pero el deseo en sí no es realización. El deseo no es nada más que una tensión hacia algo. El deseo es una relación que hay entre yo tal como me vivo ahora y yo tal como me intuyo o espero llegar a ser. El deseo es importante, es fundamental, pero a condición de que llegue a su término. En la medida en que yo aprendo a actualizarlo, a convertirlo en acto, en realidad presente, es positivo; pero es obstáculo en la medida en que yo me acostumbro a vivir en el deseo, y sostengo, mantengo, alimento, este deseo.

El deseo es una relación temporal, transitoria, pero debe ser eminentemente dinámico, algo que me obligue de algún modo a transferirme hacia el objeto del deseo, o a transferir el objeto hacia mi propia realidad actual. Cuando el deseo no hace dinámicamente esta función, cuando se mantiene ahí, como un status, como algo estático dentro, entonces el deseo se convierte en un gran inconveniente, en un gran obstáculo. Encontramos entonces aquellas personas que están viviendo toda la vida sostenidos, identificados, por unos deseos. Y lo mismo es aplicable a los temores, porque deseo y temor son exactamente lo mismo, como decía antes. Deseo es el querer algo; temor es el no querer algo. Todo lo que quiero tiene la contraparte de no querer lo contrario o de no querer que no se realice. Todo temor significa que deseo lo contrario del temor, a la vez que quiero que no se realice lo que temo. Deseo y temor son dos aspectos de una sola cosa; es esta relación entre mi presente tal como lo vivo (en este caso limitado), y un futuro que presiento, que deseo, al que aspiro, como más completo, más real, más mío.

 

El deseo como empuje interior

Cuando en nosotros hay el deseo de algo, eso quiere decir que esencialmente existe en nosotros la posible realización de ese algo. El deseo puede tener dos formas básicas: o bien yo deseo llegar a ser de un modo determinado, o bien deseo algo externo a mí. Yo puedo desear llegar a vivir con una gran serenidad, o con una gran seguridad interior, o con una gran paz; o puedo desear una casa muy bonita, o poder disponer de unos medios económicos que me permitan una autonomía en mi vida.

O sea, puedo desear algo de mí, de mi interior (en relación a mi modo de ser), o puedo desear un objeto. Pero cuando miro bien eso..., me doy cuenta que en último término las dos cosas son una sola. Yo deseo un objeto, o deseo unas determinadas condiciones exteriores, porque creo que en aquellas condiciones yo me sentiré mejor, yo seré más feliz, yo viviré de un modo más pleno. O sea que, en definitiva, siempre estamos buscando vivir de un modo más pleno, más satisfactorio, más completo, más auténtico. Lo que pasa es que a veces lo buscamos directamente, aspirando al estado en sí, y otras veces lo buscamos indirectamente, a través de una condición externa: que las personas cambien, que tengan otro carácter, que en mi trabajo me asciendan, que yo aumente de categoría, etc. Pero en el fondo siempre todo va a parar a esta exigencia profunda de vivir yo más mi propia plenitud, de un modo u otro.

Bien. Esta plenitud se desea porque ya está empujando por dentro. El deseo no viene simplemente de algo que nos falta. Si nos faltara algo y sólo eso, esto no generaría nunca el deseo. El deseo solamente se genera cuando, por un lado, yo vivo limitado, y por otro lado, otro nivel en mí vive o percibe una plenitud. Es el contraste entre estas dos cosas que hay en mí lo que genera el deseo. Si yo solamente fuera eso limitado, viviría la limitación como única posibilidad, sin contraste posible, sin demanda posible. Yo sería eso y no podría aspirar a más porque no podría sentir o intuir nada más. Pero resulta que a pesar de vivir unas limitaciones, algo en mí intuye que hay otro modo de vivir más pleno, más auténtico. Esto es lo que produce el deseo.

El deseo no nos viene nunca del exterior, el deseo nos viene por ese desequilibrio interior existente entre lo potencial y lo actualizado. Si no hubiese este potencial, aunque se nos ofrecieran exteriormente toda clase de estímulos, no habría respuesta interior. Yo tengo hambre y en la medida que tengo hambre, la intuición, el instinto, me dice que he de comer unas cosas; pero en el momento en que el hambre ha quedado satisfecha, en el momento en que hay un equilibrio entre mi conciencia orgánica y mi demanda interior, entonces ya no hay hambre, y aunque aparezcan alimentos en el exterior, aquello no me produce hambre. El hambre se debe, pues, a un desequilibrio interior. Y todo deseo es exactamente igual; las cosas exteriores no me tentarían si no hubiera una demanda interior.

 

Los deseos son realizables

Siempre yo puedo realizar mi deseo, porque el deseo es expresión de mi propio fondo. Si yo quiero llegar a una mayor plenitud es porque esta plenitud existe en algún sitio en mí. Si yo quiero llegar a una mayor realidad es porque esta realidad existe en mí. Y si no existiera en mí, yo no tendría noción de que pudiera existir una mayor realidad.

Todos podemos realizar nuestros deseos del todo, en el sentido de actualización de nuestro modo de ser y de sentimos. Nuestro modo de ser y de sentirnos no depende del exterior aunque creamos que es así; depende de cómo yo reacciono al exterior, no del propio exterior.

La realización del deseo depende de la conjunción de tres factores. Del sentimiento (que en parte viene reflejado por el deseo), de la mente y de la voluntad. Pero al decir esto no quiero indicar que yo debo usar la inteligencia y la voluntad para luchar activamente y conseguir los objetivos que busco -aunque esa es la fórmula que se da generalmente-, no; yo estoy hablando ahora de una actualización, de una realización inmediata. Hay una posibilidad de realizar inmediatamente nuestros deseos, porque las condiciones de la realización están todas en nosotros. Por alto que sea el deseo, por ambicioso que sea, mientras se pueda formular como un modo de sentirme yo, como un modo de ser, entonces se podrá realizar, al contado. Pero siempre exige la actualización de estos tres resortes que son las tres cualidades básicas de nuestro propio ser, que son: el aspecto afectivo, el aspecto mental y el aspecto energía.

 

El deseo en la oración

Quizá esto lo veremos ilustrado, aunque suene un poco extraño, al hablar de la oración. La oración es frecuentemente una expresión de lo que yo deseo. Lo mismo si deseo ser muy bueno, o muy virtuoso, que si deseo que se solucione un problema que yo tengo, del tipo que sea. Entonces mientras yo estoy formulando mi deseo en la forma de oración, ¿qué está funcionando realmente en mí? Está funcionando un aspecto del sentimiento y está funcionando un aspecto de la mente. Pero no funciona en absoluto el aspecto de la energía.

A pesar de las repetidas promesas que hay, formales, inequívocas, de que todo lo que pidiéramos en la oración nos será dado, de que todo lo que pidiéramos en nombre de Cristo nos será dado, de que si nosotros dijéramos a una montaña (sin dudas en nuestro corazón) que se cambiara de sitio, la montaña se cambiaría..., a pesar de las múltiples afirmaciones que hay en este sentido en el evangelio (sólo para referirnos a la tradición cristiana), a pesar de eso, siempre vamos a la oración con el sentimiento de que vamos a pedir, pero ay!..., es muy difícil que se nos dé. Pedimos porque sentimos la necesidad de pedir, pero pedimos de modo parecido a quien compra un décimo de la lotería, o llena una quiniela diciendo «a ver si hay suerte». Uno tiene una actitud como de que Dios estuviera allá arriba tratando de ver si yo soy buen chico, si me lo merezco o no me lo merezco, si le va bien ayudarme o no le va bien, y entonces, bueno, me dará lo que quiera darme.

Siempre parece que falla algo, o que lo hacemos mal, y entonces la respuesta no viene. Y claro, como esto lo hemos probado con muy buena fe, con mucha ilusión, varias veces..., entonces llega un momento que estamos con miedo, con dudas. Por un lado desearíamos que fuese cierto, que toda oración hecha con sinceridad tuviera respuesta, pero por otro lado tenemos el miedo de que no sea así. Entonces, esa oración que hacemos en esa actitud, es una oración donde se expresa: deseo, temor, una idea de algo, un hacer una cara de lástima, un adoptar una actitud de buen chico... y nada más.

Viendo esto mismo desde un ángulo religioso, podemos decir que esta imagen que tenemos de Dios es completamente infantil. Es como el niño pequeño que pide algo a su padre, y al estar acostumbrado que el padre diga ¡no, no puede ser! o ¡no hay dinero! o ¡has de ser más bueno! O cualquier cosa de esas..., está esperando a ver si pilla al padre en buen momento; pues a veces el padre dice sí, y a veces incluso el padre da algo sin pedirlo. Es un problema que el niño no entiende. Pues esa es la imagen que nosotros tenemos al hacer oración. Y esto es una contradicción muy grande con la noción que por otro lado tenemos de lo que ha de ser el Ser, en sentido Absoluto. El Ser, en sentido Absoluto, no puede no querer, el Ser es todo acto. El Ser es todo don, es todo entrega. No hay condiciones en el Ser. No se trata de que Dios quiera o no darnos algo; Dios, por su naturaleza, es entrega, es entrega total. Es a mi escala humana que a veces yo quiero o no quiero, pues depende de la actitud del momento y de otras muchas cosas. Pero refiriéndonos a la intuición de un Ser Absoluto, estas limitaciones son absurdas, no existen. Dios, como omnipotencia, como omnisciencia, está totalmente en manifestación; por lo tanto, El no puede no querer, siempre es querer. El problema nunca está en que Dios quiera o no quiera; el problema está en que yo esté receptivo o no, esté sintonizado o no lo esté.

Si Dios fuera un Ser extracósmico, si Dios fuera un ser totalmente distinto, aparte de todo, entonces tendría que bastarle el que yo tuviera buena fe para que al expresar mi deseo, esto le movilizara. Pero como parece ser que Dios no es un ser extracósmico, sino que es un ser que es el Ser, y que no hay ni extra ni intra, sino que toda noción de localización y de relación desaparece en lo Absoluto..., y como parece ser que la función y el sentido de la existencia consiste en una expresión progresiva de este Absoluto a través de todo cuanto existe, y que esta expresión está ordenada a través de un crecimiento constante hacia una mayor abundancia de manifestación..., entonces parece ser que es posible establecer una apertura interior a esta realidad, que no se trata de formular una demanda externa a una realidad aparte de nosotros, sino de lograr una receptividad, una sintonía; de conseguir que toda mi capacidad de conciencia (por lo menos por unos instantes) esté presente y receptiva al Ser, a Dios.

Pero ¿qué es mi conciencia? El deseo es un sector de mi conciencia, es un aspecto. Pero luego está la mente, está la intuición, está mi voluntad, o energía... ¿donde está todo esto cuando yo hago oración? Todo esto está retenido dentro porque en el fondo de mi oración existe siempre un temor. Pero cuando yo descubro que tengo una capacidad de acción, y cuando quiero algo, lo quiero no sólo con la mente y con el deseo, sino que lo quiero también a través de mi sector de energía, entonces aquello me movilizará inmediatamente. Y entonces, a la vez que me movilizo, soy más yo que crezco, soy más todo yo.

En el aspecto interno ocurre algo muy parecido. Todo está a nuestra disposición. Pero hemos de poder sintonizar con este todo, o Dios, más que como un padre personal, parece actuar como un principio impersonal. La electricidad, por ejemplo, está ahí, pero yo no puedo sólo pedir que haya luz, yo necesito conocer un poco qué es la electricidad, y que la electricidad circula a través de unos conductores, y que es necesario hacer la conexión adecuada, y luego dar a un interruptor..., y entonces la electricidad, que siempre estaba ahí, se actualiza en luz. ¿Por qué? Porque yo establezco las conexiones, porque utilizo las leyes de aquel principio.

Nuestra conexión con Dios es algo muy parecido. No basta con que yo desee de un modo muy sincero e ingenuo, que yo pida unas cosas; es preciso que yo, todo yo, esté presente y abierto a esa realidad. Que yo conecte con Dios no sólo a través de mi deseo, sino a través de todos los poros de mi ser. Por esto, el primer mandamiento es «amarás a Dios sobre todas las cosas». Y San Pablo dice «amar a Dios con toda el alma, con toda la mente, con todas las fuerzas». Entonces este amar a Dios no es sólo el amor de un nivel. No sólo una expresión emocional o afectiva (por profunda que sea); es un vivir conectado con esta conciencia de realidad a través de todos los sectores de mi conciencia. Entonces mi energía y mi voluntad no estarán separadas de este aspecto de Dios como energía. Así como mi mente será un modo de conectar con Dios como Verdad y mi sentimiento será un modo de conectar con Dios como amor o como felicidad. Y hasta que yo no aprendo a conectarme todo yo con Dios, no se producen las condiciones por las cuales se puede materializar, se puede actualizar, lo que siempre está ahí.

 

La fe operativa

Curiosamente, hemos ido a parar a esta noción, que parece extraña (teniendo en cuenta de donde hemos partido), de la Fe. ¿Qué quiere decir Fe? Vemos en el Evangelio constantemente esta referencia a la Fe. «Si tuvierais fe...», «todo es posible a los que creen»... «¿tú crees que puedo curarte?»... (y entonces se produce la curación). Siempre aparece este condicionamiento a la fe. Pero, claro, muchos de nosotros tenemos la palabra fe asociada a cosas desagradables, o poco deseables, según hayan sido nuestras experiencias; y parece que todo el mundo anda un poco receloso con esta palabra fe.

Fe significa que en nosotros hay la intuición de una realidad, de una realidad invisible; y que intuimos que esta realidad invisible es el antecedente de la realidad visible, que todo lo que existe tiene su origen y su mantenimiento desde el lado que no vemos, que todo el soporte de todo lo que llamamos cosas reales, materiales, es un soporte precisamente que no se ve, que está en las fuerzas superiores, cuando uno tiene la intuición de que realmente lo que vemos en el mundo material son las condensaciones, las materializaciones, los productos terminales de otra cosa que existe..., o utilizando el lenguaje religioso, cuando vemos e intuimos que todo lo que existe, existe por la voluntad actual de Dios, que Dios es la causa que está haciendo que todo esté ahora existiendo, que esté funcionando de un modo y no de otro, cuando descubrimos que esa inteligencia superior, esa potencia superior, ese estado superior, es la causa, actual, constante, de todo lo que existe..., entonces, cuando a esta intuición yo puedo responder con toda mi voluntad, entonces tenemos la fe operativa, entonces tenemos la fe transformante.

Mientras yo sólo creo un poco o sólo intuyo un poco, esto es un comienzo de la fe, es el aspecto intelectual o intuitivo de la fe, pero esto no será Fe hasta que yo, todo yo, toda mi energía, toda mi conciencia de realidad de mí, se aplique a esto que intuyo, hasta que todo yo me comprometa en lo que veo, en lo que intuyo. Y sólo cuando hay este compromiso total, esta actualización de todo yo en relación con eso que intuyo, entonces eso se convierte en la Fe que hace milagros. Y los milagros que hace son un efecto inevitable. Inevitable porque estoy poniendo las únicas condiciones que hacen posible que lo que está en potencial se convierta en actual.

Siguiendo con el lenguaje religioso, Dios quiere la plenitud para todos, y no una plenitud allá arriba, sino la plenitud aquí abajo, porque Dios no es sólo el Dios del cielo, es el Dios del cielo y de la tierra. Y nuestra plenitud en la Tierra no está separada ni mucho menos reñida con la plenitud sobrenatural. Sólo existe una plenitud: Dios. Dios que se expresa con más o menos limitaciones a través de un nivel o a través de otro. Lo que hace funcionar una cosa es lo mismo que hace funcionar a la otra; es la misma realidad que se manifiesta a niveles distintos. Es nuestra mente la que pone unas separaciones: «esto es lo espiritual y esto es lo material», «eso es lo bueno y eso es lo malo». Mas, ¡todo es bueno! Y todo eso bueno está disponible para todos si tenemos la valentía, el coraje, de poderlo entender, aceptar y ser consecuentes con ello.

Esta es la verdadera fe operativa. No depende de una voluntad arbitraria de Dios. Dios no cambia de voluntad. Su voluntad está ya hecha y es la de la expresión completa. Ahora bien, esta expresión completa se manifiesta temporalmente según nuestra capacidad para darle paso, y esa es la única limitación aparente en la manifestación; pero no porque El pueda querer ahora más, ahora menos. O sea, que nuestro desarrollo y la expresión más perfecta de esa plenitud son dos caras de la misma cosa. Por lo tanto, en la medida que yo puedo intuir, intuir sinceramente, estar todo yo en la que intuyo y entonces aceptar eso que intuyo como verdad y como realidad..., aceptarlo, pero no como idea sino con toda mi voluntad, como un hecho ya actual puesto que veo que eso es así, y veo que lo que yo deseo ya está realizado, en el momento en que yo acepto aquello, está ya realizado en el plano de las causas. Y cuando está realizado personalmente en el plano de las causas, entonces se actualizará inevitablemente y rápidamente en el plano de los efectos. Pero pretender que se realice en el plano de los efectos sin que esté realizado por nosotros en el plano de las causas es absurdo, es imposible.

Pregunta: En el tema del deseo parece que hay informaciones contradictorias. En relación a la realización espiritual la indicación más frecuente es que no debe haber deseos. ¿No es así?

Respuesta: Mira, para la realización en el sentido espiritual profundo, o hay que ser todo uno deseo, o hay que ser nada de deseo. Porque el problema está en los términos medios, está en los límites, en las limitaciones, en las delimitaciones. Es cuando algo de mí quiere y el resto no quiere, es esta contradicción interior la que impide la realización de la unidad. O bien todo yo soy deseo, no sólo porque el deseo esté energizado, sino porque el deseo está integrado con mi mente, con mi energía, con mi intuición, con todo, y entonces se actualiza, deja de ser deseo para convertirse en la realidad actual; o bien llega un momento en que yo renuncio al deseo en tanto que modo personal de ser, para aceptar la realidad tal como sea esta realidad. Y si esto yo puedo hacerlo de un modo completo se produce el mismo resultado.

El problema del deseo es el de mantener sólo un poco de deseo. Es esta modestia que tenemos, esto es lo malo. Esta modestia es la que nos ata; es al decir «no, si yo con un poco me conformo», pues este poco, es el que nos encadena. Respecto a la realización, o bien hemos de ser audaces y buscarlo todo, comprometiéndonos a todo, o bien hemos de renunciar a todo. Pero mientras nos mantengamos a mitad de camino, ahí estaremos. Es un problema de todo o nada.

El problema es que creo ser unas cosas y me quedo con este límite; entonces lo que quiero es ensanchar un poco mis fronteras (y me conformo con ello). Pero claro, ensanchar un poco mis fronteras es una negación de lo que es la realidad en sí, porque eso sigue refiriéndose a mis dominios personales y en la medida que yo sigo afirmándome en ello estoy negando la realidad en sí.

Yo he de poder romper esa limitación que es puramente de mi mente y ensanchar mi conciencia hasta incluirlo todo, o bien, renunciar a esa mi pequeña conciencia hasta quedarme sin nada. Es la vía afirmativa o la vía negativa. Pero lo que es absolutamente necesario es que yo deje de estar delimitado, identificado con un perfil mental limitado de mí mismo. A la realidad se va sin condiciones, sin límites. O bien porque vas alargando todos los límites hasta el infinito o bien porque vas renunciando interiormente a todos los límites y te quedas sin nada.

P: Lo que veo muy difícil es eso que dices de conseguir la actitud de «todo yo», esa entrega de «todo yo». Y no sé como hacerlo.

R: Tu ya usas el «todo yo» en otras cosas. Tú, en lo que ves claro, te lanzas a ello. El problema de que no te lances es que no lo ves claro.

P: Yo lo digo en el sentido de la oración.

R: Y yo te lo digo en todos los sentidos, porque tú eres el mismo. No hay un yo distinto para la oración y otro distinto para ir en bicicleta; es el mismo yo. El problema está en que tú las cosas de la oración las ves más oscuras que el hecho de ir en bicicleta. Y por eso tu actitud no puede ser la misma. Pero cuando veas suficiente claro, muy claro..., lo mismo que ves claro como se conduce un coche..., entonces con la misma naturalidad y seguridad con que te sientas al volante, te dispondrás a la oración. Pero para eso lo has de ver claro, y como ahora no lo ves claro del todo, por eso no puedes sentarte con la misma seguridad. Después quizá podrá existir un problema de visión, que es el mismo problema que cuando uno empieza a conducir. Está uno sólo ante al peligro -realmente el peligro es para los demás... (risas)-, pero uno cree que está solo él ante el peligro, y viene el problema de si se decide o no se decide -porque parece que en aquel momento en que uno arranca, a todo el mundo le viene la ocurrencia de atravesar por delante del coche... (más risas).

Pero ese problema sólo se presenta en la fase inicial; porque tú sigues ahí, porque estás decidido a hacerlo, porque lo ves claro. El problema, primero, es de decisión mental frente a la cosa, y luego el de la decisión de hacer, de actuar, ya. Pero lo primero es ver claro que lo que sientes en tu interior, este deseo, puede ser realizado totalmente ahora. Es necesario ver que el deseo es un testimonio de algo que ha de desarrollarse. Pero como uno no ve claro que eso lo pueda resolver ese Dios que dicen que hay por ahí arriba, por esto se pide un poco por si acaso, a ver si funciona esa vez, pero con una actitud de inseguridad. Y claro, con esta actitud de inseguridad lo que provocas es una respuesta insegura.

Es como si lo de la electricidad no lo vieras tampoco claro, y en lugar de enchufar, sólo acercaras un poco el enchufe, a ver que pasa, y no pasaría nada. La luz sólo se encenderá cuando lo enchufes de veras. Los milagros no son nada más que la aplicación de las leyes de un plano superior a un plano inferior; y el que se encendiera la luz sería un milagro para determinadas personas. Pero los milagros lo son en el sentido de que participan de algo superior, y no en el sentido de que no tengan una razón de ser, unas leyes. Así, como vemos en los evangelios, Jesús enseñó a sus discípulos a hacer milagros ¿cómo? Pues enseñándoles el modus operandi de sintonizarse con esta energía, con esta inteligencia que ya existe y que es la que hace funcionar las cosas.

El inconveniente es que uno no está del todo en eso a lo que aspira. Hay un sector de la mente que comprende eso, pero hay otro sector que está pendiente del trabajo profesional a realizar, otro sector que está pendiente de un negocio, y otro que está pendiente de otros asuntos. Y mientras uno utiliza sólo un pequeño sector de la conciencia, entonces no se arregla nada, ni el subconsciente ni nada; irá dando tumbos, ahora funciona un sector, luego este otro que va en contra del primero, etc., y la vida de uno está llena de ideas contradictorias que se traducen en actitudes y resultados contradictorios. Entonces surge esta filosofía de la vida: «sí, hay cosas buenas, cosas malas», «una de cal, otra de arena», etc. Se trata de ver algo con toda claridad, sentir algo con toda la capacidad de sentir, querer algo realmente con toda el alma. Cuando tú estás a punto de caer en un precipicio, te aseguro que no te costará ningún mes de ejercicios especiales el tener ganas todo tú de salir del precipicio. ¿Lo ves? Hay esa posibilidad de movilizar unos resortes profundos, profundos..., y es eso lo que se pide. Mientras yo sólo utilice una parte externa y al mismo tiempo mi parte interna esté alimentando miedos y dudas y contradicciones, mi vida será exactamente el reflejo de esto, no podrá ser nada más.

Mi vida exterior no es nada más que la cristalización de lo que es mi vida interior. Aunque me vinieran cosas extraordinarias distintas a lo que es mi vida interior, yo no podría retenerlas porque para mí no tendrían realidad. Yo solamente puedo retener lo que está de acuerdo con mi interior; entonces, aquello es lo que se manifiesta en mi personalidad externa. Pero todo lo que sea distinto a mi personalidad yo no puedo retenerlo. La personalidad interior se proyecta en la realización exterior; eso es un principio patente.

P: Eso que explicas, ya se entiende. Lo difícil es vivirlo de una manera tan absoluta, total. Pues hay una parte en mí en la que, realmente, hay dudas. ¿Cómo superarlas?

R: Utilizando la parte de certeza que tienes; ese es el cómo. Y no dando vueltas a tus dudas. Utilizando toda la parte que tienes, eso te permitirá conquistar el terreno que no tienes. Y entonces llegará un momento en que (en la oración) podrás hacer un acto perfecto. Pero aún no logrando hacer un acto perfecto, completo, los resultados siempre vienen, exactos, proporcionales, inevitablemente, porque es la aplicación de un principio. Si tú pones una bombilla de 25 w., te dará luz por 25, no te dará más. Cuando tú puedas disponer de una bombilla de 500 w., ella te dará una luz de 500. Según lo que tú conectes así te vendrá la fuerza, la realización interior. Depende de eso.

Pero ¿cómo se produce el desarrollo? ¿Esperando a que nos venga algo? No. Ejercitando lo que tenemos. No existe otro medio de desarrollo de las facultades si no es ejercitando lo que tenemos. En la medida en que se ponga eso en acción, eso crece. Y se han de movilizar los tres resortes de desear, ver y actuar Si sólo deseas, no hay operatividad, si sólo ves, no hay operatividad, si sólo quieres, no hay operatividad; debe ser la conjunción de las tres cosas.

 

La naturaleza se expresa a través de los deseos

El deseo es la voz de la naturaleza; la naturaleza actúa siempre impulsándonos a hacer las cosas, a vivir, y este hacer las cosas va siempre precedido de un anticipo, que es el deseo. Es como si la naturaleza se manifestara subjetivamente en forma de deseo para que entonces pudiera manifestarse objetivamente en forma de acción, de realización.

Es muy interesante ver como lo subjetivo es el antecedente necesario de lo objetivo. También se podría decir que el deseo es la voz de Dios; Dios que está expresándose a través de todo, impulsándolo a crecer hacia su pleno desarrollo, hacia su plena afirmación, hacia su plenitud. Entonces el deseo es esa vía interna por la cual nosotros sentimos la necesidad, pre-sentimos el bien que puede llegar a vivirse o que debería poder llegar a vivirse.

 

 

Unificación de los distintos deseos

Este lenguaje del deseo se manifiesta en todos los niveles: físico, instintivo, afectivo, mental, espiritual. Entonces, dada esta complejidad de voces del deseo, aparece el problema de la selección, el problema de qué hacemos con unos deseos o con otros, pues parece que de algún modo son contradictorios, o por lo menos los vivimos como si lo fueran. Lo que deseo para mi comodidad personal a veces parece que va en contra de lo que deseo para el bien de todos; lo que deseo en el sentido de experiencia sexual parece que se opone a lo que es el bien en el sentido más espiritual, etc. Por lo tanto, parece que hay un conflicto interior sobre qué hacer con estos deseos. Pero no olvidemos que el problema no lo es respecto al deseo en sí, sino respecto a este deseo en relación con aquel otro. O sea, un deseo aparece como negativo en la medida en que hay otro que aparece como positivo. Por lo tanto, no es un problema específico del deseo en tanto que deseo, sino un problema de la multiplicidad vivida como tal multiplicidad.

El deseo siempre tiende al bien; al bien del nivel correspondiente. El deseo, como decíamos, es la voz natural de la vida interior que tiende a expresarse de un modo más pleno; por lo tanto, básicamente, todo deseo siempre es positivo. Pero hay que conseguir establecer, o bien una unidad de todos los deseos, o bien una jerarquía entre los diversos niveles (si es que no se consigue realizar esa unidad).

Lo ideal es poder unificar todos los deseos, poder integrarlos. Y todos los deseos se integran cuando tenemos la capacidad de ver las cosas desde arriba. La característica de la conciencia a medida que asciende, a medida que va evolucionando, es que tiene una visión más de conjunto; no de un mayor número de cosas, sino de una mayor unidad de todas las cosas.

Para mí, el camino no está en seguir una norma impuesta y que dice «tales deseos hay que suprimirlos porque son malos, porque se oponen a lo espiritual», y «en cambio estos otros hay que apoyarlos porque van a favor». Eso puede hacerse y se hace; es lo que se viene enseñando desde hace muchos años. Yo personalmente, no recomiendo esto. Yo recomiendo que uno se sitúe, con sinceridad, frente a toda la gama de deseos, tal como son, sin querer cambiarles la cara ni el nombre. Darse cuenta de lo que tiene vida en uno, verlo directamente, sin miedo; sin miedo de aceptar interiormente aquel deseo, sea el que sea. Cuando más yo pueda ver el deseo, entenderlo, comprenderlo..., este deseo, el otro y el otro...; cuanto más yo tenga la capacidad, y la valentía, de poder mirar todos los deseos principales que hay en mí, sean de la categoría que sean, entonces al mirarlos juntos, reunidos, se establece automáticamente una estructura, una organización, una unidad que relaciona los deseos entre sí. En cambio, si los miro de forma aislada, que es lo que se suele hacer corrientemente, en un momento dado vivo uno, en otro momento vivo otro, y entonces cada uno va creciendo con vida independiente. Y eso es lo que genera la contradicción interior, el conflicto, la tensión. Si yo puedo tenerlos todos juntos, entonces es cuando se puede llegar a un acuerdo. Pero este acuerdo no se produce por una deliberación muy racional, muy sistemática, este acuerdo se produce automáticamente en el momento en que hay varios aspectos de la realidad, de la verdad, simultáneos. Inmediatamente, entonces se produce una fusión de visión que transforma aquella pluralidad en una unidad orgánica.

Los deseos han de ser vividos profundamente, intensamente, como todo lo que es real en nuestra vida. Pero han de vivirse en esta visión total, en esta visión de presencia plena de uno mismo. No como aquel que vive un deseo a escondidas de los otros. Es preciso que yo haya tenido una especie de reunión, de consejo de familia interior, en que todos los deseos hayan estado presentes, y entonces eso habrá adquirido una estructura unitaria.

Cuando los deseos están estructurados orgánicamente, toda la naturaleza y todas las fuerzas superiores, invisibles -démosles el nombre que les demos-, están al servicio de la realización de estos deseos. En los evangelios se habla de que «hemos de llamar y se nos abrirá», «que lo que pidamos nos será concedido... para que nuestro gozo sea completo». Siempre se está afirmando este derecho a la plenitud, y parece que el único inconveniente es éste: el que nosotros no nos lo creemos. O que nosotros, aunque a veces podamos entreverlo, no nos atrevemos a aceptar esta plenitud, esta realización de nuestros deseos. Por eso, en el lenguaje religioso se dice que sólo podrá salvarse «el hombre de fe», o en otra vertiente, a través de la sabiduría; eso lo encontramos cuando se nos dice «conoceréis la verdad y la verdad os hará libres».

Siguiendo con el punto de vista religioso, nosotros no podemos concebir a un Dios que sea omnipotente, omnisciente, que sea amor, y que pretenda para cada uno de nosotros algo que no sea la plenitud. Si nosotros, que somos unos seres complejos y acomplejados, deseamos la máxima felicidad para nuestros hijos y para todas las personas que realmente queremos, ¿cómo puede Dios querer que alguien no sea plenamente, totalmente feliz? Eso sería una contradicción de términos. Pase lo que pase -porque a Dios no lo modifica nadie-, es su naturaleza ser Plenitud y es su naturaleza comunicar esa plenitud. Por lo tanto, igualmente el hombre está ordenado desde arriba a vivir su plenitud, toda la plenitud.

Así, podemos decir que los deseos podrán realizarse, pero en la medida que se cumplan unos requisitos precisos. Esta realización es una ciencia exacta, no es un problema de suerte, es un problema de comprensión y de entrega.

 

 

Características de los deseos

Digamos, primero, que hay una jerarquía de deseos. Cuanto más elemental, o más de un nivel inferior es un deseo, más puede tener objeciones, dificultades; (no digo que deba tenerlas, sino que puede tenerlas). En cambio, cuanto más superior es el deseo, más todas las fuerzas manifestadas concurren a ayudar a su realización. Para concretar, digamos que un deseo es más apto a ser realizado inmediatamente en la medida en que concurren tres condiciones:

 

Primera: Que sea un deseo intenso y que sea realmente sincero, auténtico, que proceda del fondo de sí mismo.

Segunda: Que el deseo se refiera a un crecimiento interior mío, y cuanto más de tipo superior sea la aspiración, mejor. Eso significa que si mi deseo es tener mucha fuerza física, eso podrá realizarse en cierto grado (en tanto que fuerza física), pero es más seguro que pueda realizarse un deseo de tipo más elevado, por ejemplo, si lo que deseo es fuerza moral. ¿Por qué? Porque los deseos son más factibles en la medida en que va en la misma dirección de toda la evolución. Entonces, todas las fuerzas naturales y sobrenaturales concurren en la realización del deseo.

Tercera: Que el deseo tenga siempre una irradiación hacia el exterior o que implique el bien de los demás.

La primera condición es la de sinceridad y autenticidad; o sea, que el deseo sea genuino, que no sea inducido exteriormente por nada, extraño a nosotros. La segunda y tercera condiciones son las que dan la calidad del deseo, y es de más calidad en la medida en que va más en la dirección de la evolución individual y de la humanidad.

 

Requisitos para la actualización de los deseos.  Son los siguientes:

1. Darse cuenta, creer, intuir, que todo cuanto existe es expresión de una inteligencia, de una fuerza, de una sabiduría única; que todo es expresión de esto. Darse cuenta de que todo deseo es una expresión en mí de esa inteligencia superior. Por lo tanto, que todo deseo tiene su verdadera raíz en esa voluntad de Dios, en esta mente universal, en esta fuerza cósmica. No hay una separación; yo estoy siendo nutrido por esa Voluntad divina, por esa Mente universal, porque no hay nada aparte de esa Voluntad divina y esta Mente universal, Todo es ESO.

Por lo tanto, mi deseo no es mi deseo, sino que es el deseo de Eso a través de mí. Es el deseo de la Omnipotencia, a través de esa unidad de conciencia que se llama fulanito de tal. Darse cuenta, también, de que el deseo, de hecho, ya existe realizado plenamente en la Mente superior. Ya existe como plenitud, como actualidad total. Es en mi temporalidad, en mi conciencia temporal de la existencia, que esto se manifiesta de momento como un deseo, como un anticipo; de la misma manera que la semilla es el anticipo del árbol. Para que esta semilla fructifique yo no he de mantenerme aferrado al deseo. Si yo tengo una semilla en la mano, por mucho que me la mire no va a fructificar; es más, cuando más la retenga en la mano más impido que fructifique. Cuanto más yo siga manteniendo el deseo, sin hacer nada con él, más se convierte en un obstáculo para su realización. Y si no hay actualización del deseo, ése me debilita y me hace cada vez más incapaz de hacer nada. Muchas personas mantienen el deseo en su mente, pero eso conduce a los sueños, a las fantasías, las cuales pueden dar unas ilusiones determinadas, una cierta euforia, pero eso las hace vivir enquistadas en el deseo; y en este sentido es funesto, porque nos separa de nuestro presente y de nuestro futuro inmediato.

Una vez vemos claramente que el deseo es expresión de lo superior, y nos situamos en este clima de conciencia de esa unidad mayor, en la que vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser, es cuando nosotros podemos hacer algo. Este clima, significa una actitud interior de silencio, una receptividad a esta presencia superior. Silencio y apertura a esta realidad superior de la cual nosotros somos ahora expresión. Este silencio produce en nosotros una más profunda apertura, que, aunque intangible, uno percibe de un modo u otro. Se puede notar que hay una gran sensación de espacio, o de claridad, o de ligereza, o de libertad, o de paz... Entonces, dentro de ese clima, manteniendo esa sintonía, ese contacto, se ha de poder formular con claridad, sin perder la sintonía, lo que nosotros sentimos como nuestro mayor deseo, como lo que es más importante en nuestra vida, sobre el deseo por el cual nosotros estaríamos dispuestos a pagar... lo máximo.

 

2. Formular el deseo en su contenido verbal, en su evocación en tanto que estado que yo espero conseguir a través de su realización, y en cuanto a contenido objetivo o visualización de las circunstancias externas (en el supuesto de que exista un componente externo). La idea expresada, la evocación del estado y la visualización del modo. Una vez está formulado esto, hay que tener el valor de afirmar esta realización, dándose cuenta de que esto es la expresión en mí de esa voluntad, de esta realidad superior. Poder afirmar: yo vivo esto, yo soy esto, yo realizo esto; (o Dios realiza esto en mí). Este es el paso más difícil de todos, porque ahí es donde surgen los miedos; ahí es donde surgen las reservas que tenemos. Es el momento en que yo puedo afirmar, comprometiéndome yo, viviendo la conciencia más profunda y auténtica que tengo de mí, afirmando aquello, aceptándolo, incorporándome aquello, aquí y ahora. Dios nos da todo, solamente nos pone como condición que hemos de pedirlo, quererlo, creerlo, aceptarlo..., porque este pedir, este creer y este aceptar no es una condición arbitraria sino que es la condición del crecimiento interior

Esto es así porque si una realidad exterior trascendente nos diera las cosas simplemente porque las deseamos o las necesitamos, sin más, no se produciría el crecimiento de nuestra voluntad, de nuestra intuición, ni de nuestro sentido del riesgo. Y es gracias a este riesgo que yo ejercito cuando acepto la intuición, cuando me incorporo esa intuición identificándola con la afirmación de mí mismo (quedando todo yo quedo comprometido en esto que intuyo y que acepto), es gracias a eso que se produce el paso a su actualización. En el momento en que pasa a ser verdad en mi conciencia subjetiva real, en mi conciencia de mí mismo, es cuando a aquello se le ha dado el visto bueno, la orden de paso, y aquello se trasladará (si hay contenido objetivo) a su expresión externa, y si se refiere a un acto de conciencia, se convertirá en un estado interior permanente.

 

3. Otro requisito esencial, es dar gracias. Y este dar gracias es tan esencial que deberíamos recomendar dar gracias antes de formular el deseo. A mi me extrañaba mucho, al principio, que en el evangelio Jesús siempre da gracias al Padre antes de realizar los milagros. Y es que el milagro se produce cuando se establece el contacto, se produce en el momento en que se establece esta sintonía con la presencia superior y uno se da cuenta de que ya está todo realizado. Este es el verdadero milagro, la verdadera ley trascendente. Lo otro es sólo un proceso de conducción. En el momento en que yo afirmo aquí y ahora tal realidad, entonces, de esto que ya está realizado en lo Superior se manifiesta aquello a lo que yo doy paso. Es como si arriba hubiera una disponibilidad infinita ilimitada arriba, pero solamente se manifiesta aquello a lo cual nosotros nos atrevemos a dar camino a abrir paso.

Este dar gracias no es sólo una actitud de agradecimiento, y no se refiere a la idea de que se trata de un Dios externo o lejano que me hace un favor (ya que podría no hacérmelo) y yo le quedo agradecido. Es así como se suele hablar de la acción de gracias. Pero no es eso lo que quiero decir. La experiencia profunda parece señalar que hay otra significación muy distinta. El dar gracias no es tanto el hecho de dar gracias, como el de dar una expresión afectiva profunda a la realidad del Ser en nosotros (a través del nivel afectivo). La acción de gracias parece que viene de un nivel aún más profundo (o de un sector distinto) de donde procede lo que llamamos amor. Y es precisamente el abrir paso a este sector profundamente afectivo lo que nos vincula más estrechamente con la Fuente. Este dar gracias es como un canal de paso de lo Superior hacia lo inferior. Por eso es un requisito esencial en la realización de las cosas.

Después de la actitud de dar gracias..., nada más. Una vez la cosa está realizada dentro, ya podemos despreocuparnos por completo, porqué se producirá como actualización interior o como manifestación exterior. No es una oración suplicante la que realiza, la que materializa, porque en el momento en que nosotros tenemos una auténtica Fe, no hay súplica, porque en este sentido profundo la Fe es afirmación, en cambio la súplica es duda. Es afirmación por la convicción que tenemos de esta conexión.

 

4. Posteriormente, hay otra condición. Es la de que a continuación uno se ponga a actuar con los medios que tenga a mano. Por ejemplo, en el caso de alguien que desea un trabajo adecuado para su desarrollo, lo correcto será, que siga viviendo su vida con soltura, de manera natural, que viva con lo inmediato que tenga, que no espere que venga una solución mágica para empezar a hacer algo. Porque la solución viene a través de las cosas; nunca aparte de las cosas. A través de la vida, de la existencia; no aparte de la existencia. Por lo tanto, una vez está plantada la semilla y una vez está actualizada esta verdad dentro de nosotros, entonces vivamos con soltura, y actuando descubriremos de repente una nueva idea, o la sugerencia de ir a un sitio determinado, o una observación que alguien nos hace y que nos descubre un camino nuevo, una invitación o dirección nueva.

Este es el verdadero camino, el extraordinario camino, de la realización de los deseos. Mas, unifiquémoslos. Y así podremos llegar a la formulación y afirmación de nuestro mayor deseo, el que para nosotros sea el más trascendente.

 

 

 

  1. EL DESARROLLO DE LA INTUICIÓN

Qué es la intuición

Al hablar de la intuición me refiero a las facultades mentales superiores, al nivel superior de la mente o nivel intuitivo. No nos referimos ahora a lo que se entiende a veces como intuición sensorial -lo cual está más relacionado con el instinto- sino con la intuición que se experimenta por la vía intelectual.

La intuición es la facultad que tenemos mediante la cual nos es posible en ciertos momentos conocer una verdad sin pasar por los canales intermedios de los procesos lógicos, e incluso llegar a conocer una verdad sin tener todos los datos que nos pueden conducir a ella. Esta facultad existe, y con esto no nos referimos solamente a las experiencias de los grandes intuitivos -de las cuales hay ejemplos abundantes, demostrados en cosas que han resultado ser muy importantes, históricamente hablando-, sino que también la podemos ver en nuestra particular experiencia personal si aprendemos a observar. Este tipo de verdades que nos es dado conocer sobre algo, pueden referirse a campos muy diversos; lo mismo pueden referirse a cosas concretas de nuestra vida cotidiana, hechos sencillos, materiales, como pueden referirse a cosas de tipo técnico, científico, filosófico, como verdades superiores, etcétera. La intuición es una facultad que ya está funcionando en un grado u otro en nosotros. Sería muy difícil desarrollar la intuición si se tratase de algo completamente extraño a nuestras capacidades actuales, pues una cosa solo la podemos desarrollar en la medida en que está presente en nosotros en alguna medida.

 

Requisitos para su desarrollo

Uno de los requisitos previos para el desarrollo de la intuición es que la persona esté ya dotada de la facultad de razonar a niveles abstractos, y también que la persona se sienta interesada por todo lo que sean conocimientos, por saber el porqué de las cosas; o sea, ha de poseer una inquietud por conocer la verdad de las cosas sin conformarse con las verdades que nos son dadas ya confeccionadas. Este interés en ver por sí mismo, en comprender, en penetrar por uno mismo, junto con la capacidad de pensar a un nivel abstracto con cierta soltura, revelan que la intuición ya está funcionando, que los niveles superiores, en algún grado, ya están en acción. Hoy en día esto se produce en un gran número de personas; personas, podríamos decir, polarizadas hacia la mente superior -aunque no necesariamente de cultura superior, lo que es distinto-.

 

 

Obstáculos al desarrollo de la intuición

  1. La crispación mental

Podemos señalar, como ejemplo, la crispación que uno tiene alrededor de determinadas ideas que se refieren en sí mismo, problemas personales que le hacen a uno estar pendiente constantemente de su afirmación, de su reivindicación, o de peligros psicológicos más o menos reales, etcétera. La persona que está constantemente centrada intelectualmente en la propia conservación, está impidiendo el ejercicio de la mente en cualquier otra dimensión, en cualquier otra dirección.

  1. La rigidez mental

También existen personas con una estructura mental excesivamente rígida, y aunque en estos casos pueda existir una base para la intuición, lo que les resulta difícil es desarrollarla porque les cuesta mucho adoptar actitudes intelectuales nuevas.

  1. La idea de que no tenemos intuición

Hay muchas personas con muy buenas dotes intelectuales, pero que creen que la intuición no existe. Esta idea está muy arraigada especialmente en los que tienen que pensar mucho en las cosas de la vida concreta, o que por su tipo de trabajo necesitan manejar las situaciones controlándolas con la mente, pasándolo todo por el filtro de la mente, y que han de adoptar una actitud crítica constante, permanente, porque su vida así se lo exige. Estas personas tienen una idea muy concreta de que el tema de la intuición no va con ellas. Aunque puedan aceptar teóricamente que la intuición es posible, viven con la actitud de que en ellos no funciona, o que no es fiable; o sea, que tienen respecto a la intuición una actitud mental negativa.

Y es que la actitud crítica ejerce en nosotros una función de seguridad, pues hemos comprobado que a medida que hemos tenido un mayor criterio, más capacidad de juicio, hemos podido salvar obstáculos y nos hemos defendido de toda clase de engaños, de errores, de falsos caminos en la vida. Y es lógico que conociendo como es la vida humana, uno crea que para conseguir progresar lo importante es saber pensar con claridad y saber defender sus ideas, y que cualquier otra actitud que no sea este juicio claro, objetivo, concreto, puede presentar para nosotros un peligro y lo veamos como algo extraño o derivado de estados predominantemente emocionales o irracionales. Esto ha creado en todos quienes llevan una vida racionalmente intensa, una crispación muy fuerte alrededor de su capacidad crítica, y todo lo que se salga de esta posibilidad crítica lo registran como un peligro para su propia seguridad, o como una posible disminución de sus medios conocidos para tirar adelante, para progresar.

 

La intuición no anula lo racional

Hay que comprender que desarrollar la intuición no quiere decir prescindir de nuestra capacidad crítica, lógica, analítica, inductiva y deductiva, no consiste en retrogradar mentalmente, en ir hacia un mundo de sensaciones o impresiones subjetivas a las cuales a veces se las llama -de un modo inadecuado- intuición. A veces se llama intuición a acciones de personas que piensan poco y que se dejan llevar por su impulso natural, o por su instinto (en los varios niveles en que se manifieste este instinto).

La intuición, en el sentido de facultad superior, no consiste nunca en esto, en descender de nivel mental. Y es natural que se recele de esto, porque hay en nosotros una defensa contra el abandono de nuestra actitud racional; pero esta defensa contra un posible descenso de nuestro nivel de conciencia se convierte, en cambio, en obstáculo para poder superar e ir más allá de ese nivel crítico, de ese nivel lógico.

Por lo tanto, se trata de ver que existe una posibilidad de desarrollar una capacidad perceptiva que está por encima de nuestra mente y no por debajo; y que esto no consiste en dar rienda suelta a sensaciones, emociones, impulsos, sino que consiste en abrirse a otro nivel en el que hay una percepción superior. Esto requiere que se aprenda a aceptar que el desarrollo de la intuición consiste simplemente en que nuestra mente adopte una actitud más inclusiva. Nuestra mente se distingue por su capacidad de separación, de clasificación, de ordenación, de delimitación; esto son funciones específicas de la mente. Pero para llegar al nivel intuitivo es preciso que ensanchemos su horizonte, sin anular su trabajo de delimitación como función interior de la mente.

Esta función de delimitación es la que pone límites, limita nuestro campo mental habitual. Pero que correcto es que esta función de delimitación actúe dentro del campo de la mente, en su interior (para ser operativa en su interior), sin establecer bordes externos, sin establecer límites a la mente entendida como una globalidad.

 

Mente universal

La experiencia indica que existe un nivel de realidad en el cual las cosas se ven tal como son, en el cual se ven las verdades de las cosas, se ve la razón de ser de las cosas. Esto parece un poco extraño, parece que demos un salto al vacío, pero quizás esta idea puede servir para ejercitar ya desde ahora nuestra capacidad intuitiva. Cuando se llega a establecer un contacto consciente y de cierta duración en el plano superior de la mente, uno se da cuenta de que todo cuanto existe en nuestro mundo conocido, -no sólo en el mundo material sino también en el mundo anímico-, existe asimismo en un nivel de la mente, pero no de mi mente, sino en el nivel de la mente en sí misma, o sea en un nivel de la mente como una realidad objetiva y extra-personal. De modo que mi mente no sería nada más que una inserción en ese plano, en ese mundo de la mente universal (o cósmica, u otro nombre preferido por nosotros).

Parece ser, pues, que existe un nivel donde todas las cosas son en tanto que idea. No es que este mundo de las ideas sea un reflejo de las cosas, sino que uno se da cuenta de que las cosas son solo porque existen en tanto que idea, que el verdadero ser de cada cosa está en la idea de la cosa, que la verdadera realidad es la que tiene lugar en el plano de la mente y no en el plano de los sentidos. Entonces se percibe que el mundo de los sentidos no es nada más que un plano de la mente visto a través de otro subplano de la mente, el cual (este subplano) es nuestro campo de conciencia interna. O sea, que se trata de un campo mental, de una realidad mental, vista desde otra realidad mental.

Vemos, pues, que todo es una realidad mental.

Todo lo que percibimos con los sentidos existe para nosotros en la medida en que tenemos conciencia de ello. Toda conciencia de algo es un modo de conocer mentalmente aquel algo.

Por lo tanto, en lugar de un conocimiento directo de las cosas, el conocimiento nos viene a través de unos modos determinados (de conocimiento), a través de unos planos espaciales diferenciados dentro de nuestro campo de conciencia, de nuestro mundo sensible anímico, interno.

Así, al ser reales las cosas en tanto que ideas, lo que llamamos materia y lo que llamamos fenomenología sensible no son nada más que una expresión de esta realidad mental. No pretendo meterme aquí en comparaciones con ninguna escuela filosófica, comparando esto con Platón, Plotino, u otros filósofos. Seguramente el que conozca esas materias encontrará aquí algo familiar, pero yo al hablar de esto no me apoyo en absoluto en ninguna escuela; procuro mantenerme dentro de un terreno experimental, y lo que digo es que experimentalmente se percibe que las cosas, el verdadero ser de las cosas, son ideas.

Y cuando uno ve la realidad de las cosas en el mundo de las ideas, uno las ve no sólo en tanto que una representación vista en sección, sino que uno ve las cosas desde todos sus ángulos, las ve por dentro y por fuera, las ve en tanto que contenido y en tanto que intuición, o sea que se trata de una visión pluridimensional, que incluye bastantes más dimensiones de las tres que en nuestro mundo consideramos únicas.

Entendido lo anterior, vemos, pues, que nosotros también somos una expresión del mundo de las ideas, también somos idea. Es necesario distinguir entre lo que poseo -que son ideas- y lo que yo soy como sujeto poseedor -que soy también idea-; incluyendo en la noción de sujeto a toda mi estructura integral, mi mente, mi cuerpo, mi afectividad, todo.

 

Apertura al nivel intuitivo

Creo que queda claro que lo que hemos de desarrollar no es la intuición sino nuestra capacidad de dejar que la intuición se exprese en nosotros. El nivel intuitivo en sí, ya es conocimiento, éste ya está presente; el único problema es que nuestra mente personal, nuestra unidad de atención, aprenda a sintonizarse y a permitir que a través de ella se canalice este conocimiento. Hay dos modos distintos de progresar en la intuición: (1) abriéndome a la intuición para que ésta se exprese en mí, y (2) aprendiendo a subir yo al nivel donde existe el conocimiento.

 

1. Si yo me quedo en estado receptivo, atento, despierto, centrado, con un interés decidido hacia algo, la intuición descenderá hacia mi mente, y yo descubriré que me vienen visiones nuevas, perspectivas diferentes sobre aquel asunto. Es la intuición que desciende, y los datos que nos aporta siempre son ciertos. Esta es una de las ventajas de la intuición, la cual siempre tiene razón, siempre nos ofrece la verdad. Pero en cambio tiene el inconveniente de que siempre es fragmentada, porque al bajar se adapta, se adecua a la estructura mental que encuentra, con sus condicionamientos previos.

 

2. También hay la posibilidad de subir por vía interna -sintiendo que se asciende en línea recta-, dejando de estar en nuestro mundo representativo personal, en nuestra estructura mental concreta. Esto de ascender a un nivel superior no es sólo una imagen literaria sino que responde a una experiencia real; existe un nivel en el cual las verdades existen y yo puedo, interiormente, ascender a este nivel, situarme allí y ver desde allí. Y las cosas que se ven desde allí no son nunca fragmentarias o condicionadas por mis estructuras, sino que se ve desde el conocimiento puro, se ven las cosas en su verdad.

Hay una característica que distingue estos dos tipos de intuición. La intuición que me viene es siempre una intuición de conocimiento; en cambio cuando yo voy allí, la verdad que vivo es al mismo tiempo un estado de ser; el cual es, simultáneamente, potencia y verdad.

Desarrollar la intuición no se puede hacer como un hobby, sino que requiere una dedicación plena, requiere que yo trascienda los mecanismos de defensa de las estructuras de mi mente personal. Yo estoy normalmente apoyándome en unas ideas que son para mí una defensa contra mi sensación de inseguridad, contra mi incertidumbre interior; las ideas que yo soy fulanito de tal, de que yo valgo mucho, de que tengo un status social, que la gente me aprecia, que tengo unos valores, o sea, lo que se entiende como la estructura del yo-idea. Todos estamos apoyándonos en este yo-idea; y cuanto más rígida es esta estructura más difícil es que la intuición pase a través de ella. Para abrirse a la mente superior o para ascender a ella es preciso trascender todo este entramado del yo-idea (lo que a veces se produce accidentalmente, de una manera inesperada).

 

Efectos de la intuición

Cuando uno va adquiriendo este conocimiento directo, eso va produciendo una serie de efectos importantes dentro de la personalidad. Uno no puede tener acceso a estos niveles, uno no puede conocer algo de la verdad -aunque esta verdad se refiera sólo a cosas de tipo filosófico o religioso (y no personales)-, y después seguir con el mismo ritmo de vida de antes. En la persona se produce una transformación desde dentro. Establecer contacto con el nivel intuitivo es descubrir que yo tengo una dimensión más grande de la que me había formulado. Esto, poco a poco, va echando por tierra mis ideas sobre mi mismo, sobre mis identificaciones y mis delimitaciones. Por eso muchas veces es difícil avanzar en el desarrollo de la intuición, porque hay resistencias, porque uno querría conservar toda su estructura personal, todos los atributos personales, yo, fulanito de tal, muy inteligente, muy admirado, muy importante.

Esta es una actitud falsa que no responde a la realidad de esta dimensión superior de uno mismo. A medida que la verdad va penetrando en nosotros, llega un momento en que se plantea el desafío de estas dos posturas opuestas: a) o la verdad es lo más importante; b) o lo más importante soy yo fulanito de tal, inteligente, admirado, etcétera. Entonces uno se da cuenta de que para conocer la verdad superior, la verdad total, uno tiene que ponerse totalmente a la expectativa, en un estado de ignorancia total; uno se da cuenta de que no puede exigir nada, que el camino para ser esta verdad consiste precisamente en neutralizar toda exigencia personal.

Ocurre en esto el caso frecuente de que una persona, después de dos o tres manifestaciones intuitivas importantes, se entusiasma y entonces quiere empezar a usar la intuición como un medio de manipulación de las situaciones de la vida, y entonces, de repente, la intuición se acaba. ¿Por qué? Porque la persona pretende poner el conocimiento intuitivo al servicio del yo personal, como si se tratara de un atributo más del yo personal; y precisamente con ese gesto se corta la posibilidad del contacto intuitivo.

Esto demuestra que tanto el desarrollo de la intuición como el de todas las facultades superiores, precisan de que lo personal esté funcionando de un modo equilibrado, sano, pero no de un modo crispado y pendiente de la reafirmación del personaje que uno cree ser. Mi yo personal ha de madurar para vivir de un modo seguro, tranquilo, para darme cuenta de que yo soy yo, y que no necesito estarlo demostrando constantemente. El yo sano, no depende de que los demás, las cosas, el mundo, estén a mi servicio, sino de que yo esté equilibrado en mí y en un buen grado de integración con el mundo. Habitualmente no es así, y estamos pendientes de las opiniones y de las actitudes de los demás respecto a nosotros, de si las cosas nos salen bien o mal, etcétera.

El hecho de conocer eso que explico, de mirarlo una y otra vez, es ya una cierta preparación para acceder a la intuición. El acto de mirar y de volverlo a mirar y de verlo más a fondo cada vez, esto ya es en sí un proceso, una fase necesaria y preparatoria. Cuando uno llega a comprender el sentido de relatividad de lo personal, muchas ideas y actitudes personales comienzan a neutralizarse.

 

Dos técnicas específicas

Para el desarrollo de la intuición podemos señalar dos técnicas idóneas: son la neutralización mental (o silencio), y la dedicación total (o sobreesfuerzo). Habiendo hablado en muchas otras ocasiones del silencio, explicaré ahora sólo la idea y actitud personal en que se fundamenta la dedicación total o el sobreesfuerzo.

Esta técnica consiste en aprender a estar totalmente activo, mental y físicamente, en cualquier cosa que se haga. Se puede cultivar la dedicación total (o sobreesfuerzo) dirigida a una sola actividad o se puede hacer viviendo con plena capacidad cada instante, sea cual sea la cosa que se haga. Esto conducirá a estar todo yo presente siempre y a liquidar muchas de las «cargas» del inconsciente, lo que será una preparación excelente para dar luego paso a la intuición.

En el aspecto mental, es evidente que cuando yo aprendo a poner toda mi capacidad mental en cada instante, con las implicaciones y complejidades que cada situación comporta, yo estoy haciendo actuar todos los niveles de mi mente, desde el más externo al más profundo. Se trata de que yo esto lo haga siempre, de que aprenda a emplear toda mi capacidad de atención en cada instante. Se trata de invertir todo mi capital interior en un momento dado de mi vida, sin esperar a que me empujen a hacerlo situaciones de emergencia. De hecho, cada momento puede ser para mí una situación de emergencia si aprendo a vivirlo como si de él dependiera toda mi vida. No es necesario esperar a que este momento lo sea de verdad, porque en realidad ya lo es para el propio desarrollo y para el triunfo de mis aspiraciones.

Al obligarse a utilizar todo el interés y toda la capacidad mental disponible, esta actitud de vivir las situaciones con una penetración plenamente consciente nos llevan al límite de nuestra mente, de nuestra capacidad normal, habitual, y entonces se produce en nosotros el descenso de lo que está más allá del límite de la mente; y lo que está más allá de los límites del plano mental es el plano intuitivo. Al estar todo yo atento, en todos los sentidos, a la situación, estoy produciendo hacia mí un drenaje, una aspiración (en el sentido mecánico de bomba aspirante), de lo que hay detrás de la situación. Esta intuición desarrollada a través de una plena actividad es como una apertura o un alargamiento del horizonte, hacia dentro y hacia fuera, hacia arriba y hacia abajo, de mi estado mental corriente. Este desarrollo de la mente tiene la capacidad no sólo de permitirnos conocer la verdad sino, sobre todo, la de permitirnos transformar las cosas, y la de transformar nuestra vida.

 

Pregunta: ¿Son compatibles estas dos técnicas, la de la total dedicación y la del silencio?

 

Respuesta: Son compatibles, pero no a la vez, porque estar muy activo mentalmente y al mismo tiempo estar sin pensar nada es muy difícil. Una se complementa con la otra.

 

P: Quiero decir hacerlas las dos, pero en distintos períodos.

 

R: Sí, sí, no hay problema. En el fondo son distintos modos de abrir un poco más nuestra mente y centrarla un poco más.

 

P: ¿El amor también conduce a la realidad? ¿a descubrir la verdad en sí?

 

R: Si uno ama la realidad, la verdad, uno estará más dispuesto a trabajar para encontrarla. Pero el amor por sí solo no basta para producir este resultado, el amor moviliza, pero no sitúa.

 

P: ¿Y si nuestro amor es perfecto?

 

R: Esto sí. Pero es que el amor perfecto viene, no va.

 

P: ¿El simple interés no basta?

 

R: El interés forma parte de la preparación que hemos dicho, de aprender a aceptar la cosa y desearla, interesarse por ella. Esto polariza nuestra mente y todas nuestras fuerzas hacia este objetivo, pero por sí solo no basta; éste es sólo uno de los requisitos. Claro está que si uno realmente ama la verdad, muchas veces ya va incluida esa intuición. Otra posibilidad es aprender a estar todo yo polarizado hacia lo superior, vivir totalmente este deseo de trascendencia, que yo lo quiera de tal modo que pague el precio que cuesta; y el precio es que yo deje de ser el rey en mi trono.

Hay un test para reconocer esto, que consiste en que uno llegue a querer tanto la verdad, que lo de menos es quien la tenga, porque la verdad nunca tiene propietario, la verdad no tiene nunca derechos de autor, nunca. Un libro, por ejemplo, vale en la medida en que es expresión de esa verdad impersonal, la verdad que contiene un libro es lo que trasciende al autor. Por eso, cuando uno tiene un conocimiento intuitivo y lo expresa, uno se da cuenta de que él no pone nada, pone lo que tiene, pone la palabra, pone la atención, pone los medios instrumentales, pero todo lo que se dice en el libro de cierto (en ese nivel superior) no es propio del autor, y ahí está su verdadero valor. Por lo tanto, no puede uno nunca envanecerse de las cosas que diga o haga o escriba. En cuanto se envanezca, inmediatamente se produce esta apropiación de lo superior por parte del yo-idea y entonces esto obtura por completo a la intuición.

 

P: ¿Cómo saber si uno está integrado?

 

R: Se sabe que se está integrado cuando no somos desbordados por los impulsos de una forma habitual. Si los impulsos nos desbordan con frecuencia, sean impulsos afectivos, sexuales, de afirmación del yo, etcétera, eso significa que falta una integración. Si esos impulsos se escapan una y otra vez, esto quiere decir que se trata de algo que todavía falta integrar, que la mente no está integrada con aquello. Las cosas han de estar subordinadas y organizadas entre sí de un modo que constituyan una unidad, y el patrón de esta unidad es la mente. La persona integrada es la que no tiene problemas con su persona.

 

P: ¿Cómo se explica lo que has dicho de que todo son ideas? Yo veo el mundo material con una solidez que no veo en las ideas. ¿Podrías ampliar un poco eso?

 

R: La cosa que percibimos como materia no es nada más que un modo de ver la idea. Las cosas no son idea y materia, las cosas son sólo ideas; lo que ocurre es que hay un modo de grabar, de mostrar (y percibir) la idea, y a este modo de grabado le llamamos materia. Como nuestro punto de percepción va cambiando, nos parece que hay una cosa cuando la percibo de un modo (por ejemplo, la idea) y hay otra cosa cuando la percibo de otro modo (por ejemplo, la materia). Pero en realidad las cosas son de un solo modo, lo que cambia es nuestro modo de percepción, el punto desde el cual estoy mirando. Todo se reduce al común denominador de la mente, y eso no lo digo sólo por deducción, sino porque la experiencia que se tiene es que todo lo existencial, absolutamente todo, incluso la materia, en sí no es más que idea.

 

P: ¿Y no puede verse esto de otro modo? ¿como si las ideas fuesen materiales?

 

R: O sea, ¿como un fenómeno reversible? Pues sí, es posible. Lo que ocurre es que existen ideas que no responden a nuestra noción de materia. De todos modos, a medida que se vaya ampliando la noción de materia creo que entonces se podrá ver la materia de cualquier idea. Pero esto implicará llegar a unos órdenes de materia muy distintos de los que ahora llamamos materia física; puede que sea una materia que no tenga nada de materia tal como la entendemos ahora; quizá se entienda como campos energéticos... Respecto a eso que decimos, es posible percibir la idea en tanto que forma, pues toda idea tiene una forma, y como tal forma se percibe por su delimitación, y por tanto por su materia. Este concepto de materia se va modificando tanto que llega un momento en que quizá ya no es aplicable la palabra materia, sino la palabra substancia. Creo que un día llegaremos a ver todas las ideas, pero no sólo las ideas de las personas, sino también otras realidades de ideas que no son de las personas. Naturalmente, esto es hipotético, pero como seres humanos receptores de las extraordinarias ideas que nos han llegado (y que nos llegan) de los mundos superiores, entonces todo es posible.

 

 

 

  1. COMENTARIOS SOBRE EL AMOR Y LA RELACIÓN HUMANA

 

El amor en sí mismo

 

Amor es un nombre demasiado genérico al que pueden darse (y se dan) muchas interpretaciones. Generalmente cubre todo lo que son manifestaciones de un sentimiento benévolo, de un sentimiento de afecto, de un sentimiento y de una voluntad al bien en relación con otra persona o en relación con todo lo que existe. O sea, normalmente, el amor se refiere a un modo de relación. Pero yo diría que el amor en su sentido más genuino no es esto. Yo diría que este modo de relación es la consecuencia del amor. Yo diría que el amor de algún modo es algo inherente, intrínseco, a nuestra realidad más profunda, más íntima, y sólo cuando esta realidad íntima, profunda, de uno mismo se abre paso, entonces es cuando se manifiesta en esta relación que llamamos amor. Pero si no existe esta movilización o actualización de este núcleo central, entonces nada podrá hacer que mi modo de actuar sea realmente amor, aunque lo imite.

El amor es la conciencia de unidad, conciencia de unidad en mi interior conmigo mismo, cuando yo en mi interior tengo una conciencia simple y única que lo incluye todo. Pero a la vez es conciencia de unidad en relación con todo, porque de Unidad sólo hay una. Esta conciencia del Ser que en sí lo contiene todo, que en sí se expresa a través de todo, que en sí lo reúne todo, es esa plenitud de Ser, es esa conciencia subjetiva del Ser, que luego se manifestará exteriormente con esa constante tendencia a relacionar, a unificar, a hacer semejante todo lo que es diferente, a aproximar todo lo que es distante. Pero esa relación es sólo una consecuencia.

El amor es la conciencia subjetiva de Ser. No esta noción subjetiva de ser muy inteligente, muy intelectual, sino cuando la conciencia puede estar centrada en ese núcleo central de Ser. Cuando la conciencia deja de estar ausente de su centro; cuando deja de intentar vivir lo exterior en sustitución de ese centro.

El amor es lo que intuimos nosotros como el estado perfecto, como la realización subjetiva perfecta, óptima. En este sentido, Amor es igual a gozo, alegría, belleza, armonía, felicidad, plenitud. Y esta es nuestra naturaleza intrínseca profunda; así ¿qué es lo que nos impide vivir, ser eso que realmente somos, realizar eso que somos? Yo diría que hay tres factores que son los que aparentemente tienen la responsabilidad de que no vivamos esa plenitud que es nuestra propia naturaleza.

 

 

Factores contrarios a la vivencia del amor

 

  1. Falta de crecimiento.

Esta carencia ocupa el primer lugar. Lo que significa que como nuestra conciencia se va desarrollando a medida que nosotros vamos ejercitándola a través de nuestra facultades y de nuestras funciones en las experiencias del vivir, en la medida que esta vida que vivimos es pobre, es limitada y está por debajo de nuestras posibilidades (muy por debajo de nuestras demandas), entonces no se puede llegar a vivir una plenitud -la plenitud posible en el momento-, porque no hemos potenciado, no hemos actualizado, nuestra capacidad de vivir, de ser conscientes (la que realmente tenemos en este momento); es decir, es una vida pobre, falta de desarrollo.

Los otros factores también son muy importantes porque de un modo u otro nos afectan a todos. Son el temor y el odio, porque son las dos formas que se contraponen al amor.

 

  1. El temor

Este es siempre la consecuencia de un insuficiente desarrollo del amor; allí donde hay amor no hay temor. En la medida en que hay temor no hay sitio para el amor, en esa misma medida. La persona que se lamenta de tener miedos, que se da cuenta de los miedos que tiene (aunque nos cuesta mucho darnos cuenta de todos los miedos que tenemos), ha de saber que esos miedos son una expresión directa de una falta de amor, en aquellas formas o desde aquellas formas que señalan los miedos. La persona puede amar mucho en otros momentos, a través de otros sectores de la personalidad; pero allí en aquellas zonas interiores o en relación a los aspectos de la vida donde uno siente temor, que sepa que es porque allí no hay suficiente amor, no se ha ejercitado activamente el amor en aquella dirección. El amor, ejercitado, desarrollado, elimina totalmente el temor. Ya se ve que en este sentido el amor ha de tener una característica de fuerza, de potencia. No hemos de confundir el amor sólo en el aspecto sentimental, la cual es una faceta expresiva del amor. El amor tiene un sentido de plenitud, de afirmación total; y esto implica una gran concentración subjetiva de energía.

 

  1. El odio.

Este es el otro aspecto que se opone al amor. Quizá sorprenda la palabra odio, que es fuerte, porque muchas personas dirán que no sienten odio, que no tienen odio contra nadie, al contrario; pero es que el odio es algo muy particular que sabe esconderse y adoptar muchas formas que lo hacen irreconocible muchas veces.

¿Qué es el odio? El odio es un amor que se cierra en una fórmula mental muy pequeña, egocentrada, y que tiende a convertir algo del individuo en absoluto; y por lo tanto, que tiende a excluir a todo el resto. O sea, no existe una polaridad amor-odio en un sentido profundo, en un sentido último; en un sentido último sólo existe el amor. Pero en un sentido operativo en nuestra conciencia, en un sentido de manifestación en nuestro campo completo de experiencia, el amor puede adoptar la forma de odio cuando se centra en una unidad muy pequeña y excluye, rechaza activamente, todo lo demás.

Quizá alguien seguirá pensando «yo no tengo este rechazo activo para todo lo demás». Pero es necesario saber que una de las formas más frecuentes del odio se manifiesta como un sentimiento de culpabilidad. Cuando nosotros hacemos algo que nuestra conciencia nos dice que está mal hecho, se produce automáticamente un rechazo de uno mismo, una oposición contra uno mismo, un menosprecio..., además del dolor que pueda producir una transición hacia un propósito de cambio, etc. etc. Aquí lo interesante es ver esta reacción. Siempre que hemos hecho algo que está mal, eso produce en nosotros una autocrítica negativa, un rechazo de nosotros mismos. ¿Por qué me rechazo a mí mismo? No es que rechace aquello «malo», pues si yo rechazara aquello «malo» se acabaría el problema y no se produciría ninguna consecuencia negativa. El problema es que me rechazo yo.

 

El rechazo a uno mismo

 

¿Por qué me rechazo yo? Porque tiendo a vivir constantemente una idea de mi propio valor. Yo me estoy juzgando y valorando constantemente. Y este juicio y valoración que hago de mí, es en la mente que la hago; es la idea de mí. Esta idea de mí tiene una configuración determinada y tiende hacia un modo ideal que yo quiero llegar a ser, lo cual es otra idea. Entonces, cada vez que en mi experiencia se produce algo que se opone a ese yo ideal al que tiendo, al que deseo llegar, se produce entonces un rechazo, una protesta contra mí mismo por ir en contra de esta imagen. Es como si yo me valorara y me afirmara en la medida en que me veo acercarme a este yo ideal. Pero yo me critico y me menosprecio en la medida en que yo me alejo de él. Esto produce entonces un grado de odio, un grado posiblemente leve, pero que es odio; o sea, que lleva un signo totalmente negativo.

Hay algo de mí que yo quiero excluir, que quiero negar, y ese algo que quiero negar no es el defecto, sino la idea global de mí con el defecto. Y por esto, me rechazo a mí, por esto me deprimo, por esto tengo una baja en todo lo que es ánimo, en todo lo que es actitud abierta, activa, sintónica. Todo yo desciendo en mi capacidad de vivir, de comprender, de amar; se produce un descenso, un replegamiento. Es como si realmente yo fuera menos, porque yo me vivo como menos a causa de que me juzgo como menos. Por lo tanto, es el yo que está implicado, no un defecto, no un rasgo, no un error, es todo el yo que queda juzgado, del mismo modo que es todo el yo que queda aplaudido cuando surge algo en mí que va a favor de esta afirmación que busco. O sea que estamos viviendo las situaciones no tal como son sino que las estamos viviendo estando en juego el personaje, en función del personaje que queremos llegar a ser.

Así, es el rechazo de este personaje el que genera este grado de odio, y cuando se retiene dentro se convierte en un sentimiento de culpabilidad: «yo valgo menos, luego yo no merezco lo más»; de este modo, yo no puedo tener acceso a lo bueno en la medida en que yo me valoro y me siento como malo. Y es totalmente imposible que yo pueda llegar a vivir algo plenamente positivo mientras mantenga dentro de mí el menor grado de sentimiento de culpabilidad, porque yo mismo me estoy castigando, es mi propia mente que me impide aceptar nada que tenga un carácter totalmente positivo.

Si nosotros conseguimos eliminar el miedo y el odio, entonces el vivir el amor es algo completamente natural, inevitable. ¿Cómo se elimina este sentimiento de culpabilidad? Del mismo modo que se elimina el sentimiento de inferioridad. Hemos dicho que el temor (y el sentimiento de inferioridad es un modo de temor) se elimina cuando podemos amar en aquellas situaciones exteriores (o zonas interiores) en donde nosotros sentimos el temor. Respecto a la culpabilidad es exactamente igual: que yo sea capaz de perdonarme a mí mismo.

Eso significa que el amor ha de superar al juicio de negación, que yo no he de mantener en alto este criterio de justicia inflexible que me he impuesto sino que permita que el amor sea más fuerte, más importante, que este rigor en este juicio personal. Cuando yo consigo amar más que juzgar, entonces desaparece totalmente el sentido de culpabilidad. Hay que amarse a sí mismo, no sólo amar a los demás, porque esta es una de las características del sentimiento de culpabilidad: pretender amar mucho a los demás, (porque uno se ama poco a sí mismo, o eso es lo que cree); se intenta compensar este sentimiento negativo de sí tratando de ser mejor para con los demás. Este es un juego que no se acaba nunca, porque la fórmula es incorrecta. Si el juicio lo hago sobre mí es este juicio que yo he de poder invalidar con una ley superior a la de la justicia rigurosa, y esta ley superior es la ley del amor, del amor, generosamente, para sí mismo.

No hay nada que justifique que nosotros vivamos negativamente, que nos sintamos negativamente. El amor es la plena presencia de mí, afectiva, ante toda situación. Y esto podemos tratar de hacerlo.

 

 

La relación humana

 

El punto más importante, el punto capital en la relación humana, es éste:

Cuando yo vivo en el mundo de las circunstancias, cuando yo trato con alguien, ¿espero algo de ese alguien, me apoyo en lo que voy a conseguir de esta persona? Es decir ¿establezco una relación dependiendo del objeto, o mi relación se apoya en el sujeto? En la medida en que yo vea lo otro como importante para mí, yo estaré dependiendo de lo otro: que una persona me entienda, que me acepte, que un asunto me salga muy bien, o algo parecido. Entonces yo quedo supeditado al objeto, y ya no vivo mi realidad sino que vivo la realidad de lo otro. Y condiciono mi realidad, mi felicidad, mi satisfacción, a la incidencia que ocurra en relación con lo otro (o con el otro). Y esto, de entrada, es una posición errónea. Yo he de vivir siempre, en todo momento, lo que Soy; y desde ahí vivir abierto a todo lo demás. No es que yo me quede encerrado en esto que soy, sino que desde ahí, yo quede totalmente disponible, abierto, para crecer en la conciencia de lo otro.

 

Yo y el otro

 

El otro es otra dimensión de mi conciencia, cuando yo me abro al otro y trato de comprenderlo, entenderlo, aceptarlo. Pero sólo cuando yo estoy instalado en la conciencia que es mi Yo real podré abrirme al otro, a mi otra conciencia, sin alterar, sin renunciar para nada a lo que yo soy. Será una expansión de conciencia, no una supeditación de conciencia. Por esto yo aconsejo tanto que se desarrolle esta base de sujeto, de conciencia que yo vivo como mía. Todo lo que yo percibo, conozco, valoro, son dimensiones de mi conciencia; pero para ordenar y unificar todos los contenidos de mi conciencia debe haber un sentido de organización, un valor jerárquico, y el valor jerárquico, de momento de un modo inmediato, soy yo, como centro de todos los demás sectores.

Cuando yo vivo mi relación con otra persona desde la plenitud de mi conciencia propia, entonces se trata de un enriquecimiento que hago de mí mismo, nunca habrá un litigio, nunca habrá conflicto, porque sé que el otro no constituirá un peligro. Cuando vivo centrado, el otro nunca es peligro, siempre es oportunidad. No es peligro porque no puede quitarme nada de lo que soy, no puede lesionarme nada de lo que es mi naturaleza esencial. En cambio siempre es oportunidad porque es un medio de expansión de mi conciencia existencial. Cuando yo puedo comprender y aceptar al otro, yo vivo en el otro, siendo el otro. Yo me realizo existencialmente expandiendo mi conciencia de ser, que incluye al otro. No al otro como objeto, sino al otro desde sí mismo, al otro como expansión de mi conciencia de sujeto. El otro es otro modo de ser de mí mismo. Cuanto más yo miro dentro de las personas, más descubro que somos iguales. Las diferencias solamente son periféricas; cuanto más adentro voy, mayor igualdad... hasta llegar a una total identidad... en el centro.

 

 

El Centro inclusivo

 

Cuando yo vivo mi centro es cuando descubro el centro de los demás. Cuando yo vivo mi conciencia profunda es cuando descubro mi parentesco con los demás. Cuando yo vivo sólo lo externo es cuando vivo lo que me separa totalmente de los demás. Por lo tanto, el lugar desde dónde yo vivo es lo que señala mi capacidad de vivir. Si vivo lo periférico el otro será para mí un ser distinto, el cual podrá ayudarme o oponérseme, pero siempre como un ser diferente. Cuando yo vivo desde mi conciencia interna el otro es alguien que resuena como yo, que tiene unos modos muy semejantes a mí, que tiene el mismo argumento básico de existencia y que participa de lo que yo vivo -y yo de lo que él vive-, me dé cuenta o no. Y cuando llego más al centro descubro que hay una profunda identidad de sujeto último.

Esta profunda identidad de sujeto último no la realizo como identidad de mí, sino como realidad e identidad última del Ser. Podríamos decir que descubro que él y yo somos uno; que es lo mismo que descubrir que él y yo somos en Dios. Somos uno en el Centro de los centros, en el Centro Supremo que llamamos Dios.

Cuando yo soy capaz de estar atento a mí y al otro, descubro este nuevo centro, que no es ni yo ni el otro; este nuevo centro es el centro de mi centro, y a la vez es el centro del otro centro. O sea que yo descubro mi identidad última, central, con el otro, a través de mi vivencia de la presencia, central, de Dios.

Todo esto es experiencia, todo esto es posible; si lo trabajáis podréis llegar a ello. No se trata de ideas que he de aceptar porque me gustan, sino que son para experimentarlas. No se trata de pensar: «dentro del otro está Dios y he de esforzarme en creerlo»; no se trata de esto. Se trata de que yo viva mi conciencia de ser, que descubra lo que hay detrás de eso, y entonces que trate de vivir lo que hay detrás en el otro. Y veré que me es imposible vivir simultáneamente el estar detrás mío y el estar detrás en el otro, si no voy a un punto detrás y encima de todo. A un punto que une absolutamente todas las cosas. De ahí el sentido tan profundo de esta frase misteriosa que encontramos en el evangelio, que dice: «Cuando dos o más estuvierais reunidos en mi nombre allí en medio estoy yo».

O sea que cuando alguien tiene que estar con otras personas y se sitúa en lo que ocurre (por encima), no en yo, no en él, sino en lo que ocurre, entonces descubrirá una conciencia más allá de su conciencia personal. Esta conciencia es lo único que centra todos los centros, es la Conciencia Superior, el Ser Supremo. De ahí que el estar presentes, muy profundamente presentes a la situación individual y de grupo, es un medio poderosísimo para el desarrollo de la intuición y para el crecimiento de la conciencia espiritual.

 

Pregunta: Estoy de acuerdo en que en una situación como a veces se produce aquí, de receptividad, en la que todos estamos atentos a captar algo de eso Superior, sea posible llegar a compartir esta experiencia tan positiva. Pero no todas las ocasiones son tan propicias. Además, en ciertas personas es muy difícil llegar a ver lo positivo. ¿Cómo llegar a ver aspectos positivos en personas que muestran casi solamente rasgos negativos?

 

Respuesta: Cuando cueste ver lo positivo, en general, hemos de ejercitarnos en mirar a las personas desde un solo punto de cualidad determinado, sea sólo la energía, la inteligencia, etcétera, y percibir esta cualidad aislada, y desde ahí profundizar...

 

P: A mí me resulta fácil ver el aspecto energía de las personas; en cambio, los otros matices...

 

R: Bien, empieza pues por la energía. Pero trabaja también las otras cualidades, no sólo la energía.

 

P: ¿Crees que todo el mundo es sensible al amor y que todos viven la inteligencia? A veces es muy difícil ver estas cualidades en todos.

 

R: Has de poder verlas. Es posible ver, por ejemplo, que cada persona es expresión de un sentimiento de felicidad; aunque a veces cueste mucho de ver en según que tipo de personas. Pero descubrirás que en el fondo, lo que están haciendo, incluso cuando se están quejando, cuando se están manifestando en contra de las cosas, en el fondo, eso, paradójicamente, es una expresión de felicidad. Cuando eso lo mires bien, verás que es así, descubrirás que es así. Hay un modo de felicidad... triste. La persona se recrea en su desgracia. Pero detrás de la negación hay una afirmación. Y lo mismo desde el punto de vista de la inteligencia; todo el mundo es expresión de la inteligencia. Entonces puedes ver a cada persona como expresión de su visión. Luego, claro, existe una visión más pequeñita, una visión más ancha, o más profunda, o más elevada, o más baja..., pero cada persona en cada momento está haciendo, está actuando de acuerdo con su visión. O sea, cada persona es inteligencia, no es que la tenga (la inteligencia), es que la es; es inteligencia en expresión; como es energía en expresión, como es amor en expresión. Cuando aprendemos a mirar a las personas desde este ángulo específico también aprendemos a no juzgar. Entonces veremos a las personas tal como son, sin etiquetas; y estas cualidades, básicamente, todas son positivas.

 

P: Hay personas muy difíciles, que están amargadas... ¿entonces, cómo puede verse eso de la manera que dices?

 

R: A pesar de un carácter amargado y otros defectos aparentes, descubriremos que existe felicidad en la persona; porque la amargura es precisamente una protesta por la felicidad que de algún modo presienten y que no han vivido o que no han podido vivir del modo que pretendían vivirla. O sea, la amargura es algo que está en relación con la felicidad, no está en relación con otra cosa.

 

P: Cuando una persona expresa constantemente el sentimiento de desgracia ¿no se trata muchas veces de una identificación muy fuerte? ¿o quizá es un modo, más o menos inconsciente, de llamar la atención?

 

R: Puede ser. O eso, o que está metida en su idea, simplemente. Si una persona te dice que es desgraciada, pues dile (como experimento) que no lo sabe todavía bien, que lo es mucho más... y entonces te reaccionará en contra, aparte de que quizá también te diga cuatro cosas desagradables...

 

P: ¿No es cierto que el hecho de perder la salud también influye, y mucho, en el estado de conciencia? ¿y en que entonces estos aspectos positivos se esfumen, desaparezcan?

 

R: Depende de lo lúcido que esté uno. Cuanto menos lúcido está uno, más sigue el proceso biológico del cuerpo, de la salud del cuerpo. También puede depender de qué tipo de enfermedades. Pero en sí no tendría que frenar la lucidez de la conciencia.

 

P: ¿Es posible que la pérdida del estado de conciencia despierta sea menos frecuente en personas de tipo intelectual, en personas cultivadas?

 

R: No creas. También hay casos en que personas que habían destacado mucho intelectualmente, con los años tiendan a una «momificación» mental.

 

P: Al hacernos viejos, en muchos casos parece que se crea una rigidez, una cerrazón...

 

R: Cuanto más autoconscientes seáis y más desidentificados, más garantía tenéis de que se mantendrá una actitud de libertad, de comprensión en toda circunstancia. Lo importante es mantener la lucidez.

 

P: A mí me parece, Antonio, que la enfermedad no se compagina con la lucidez. ¿Cómo puedes explicar eso para que lo entienda?

 

R: Lo que llamamos lucidez no es nada más que la conciencia que ya es pero expresada a nivel de nuestra conciencia física. Si, por lo que sea, el órgano de nuestra conciencia física está averiado, la lucidez -en el sentido físico, de la conciencia externa como la entendemos normalmente- puede quedar alterada. Pero esto no quiere decir que no subsista una lucidez en otro nivel superior. Esto dependerá siempre del grado de lucidez que la persona haya conseguido antes, de la profundidad de su lucidez. Si una persona llega a ser lúcida más allá de su mente, esta lucidez la conservará siempre, pase lo que le pase a su cerebro. Lo que ocurrirá es que no la podrá expresar, porque el instrumento le falla. Pero internamente vivirá esa lucidez de la que ha tomado conciencia. Naturalmente, es evidente que si no ha tomado previamente conciencia de esta lucidez, cuando esté averiado el instrumento lo más probable es que la persona no esté lúcida, ni por dentro ni por fuera.

 

P: ¿Todas las personas podemos percibir este «más allá de la mente», este «estar detrás y por encima»?

 

R: Aquí las ideas son sólo para indicar unos medios, unos vehículos de trabajo. Pero lo esencial es la experiencia. Por esto, te repito: Cuando tú te descubras a ti misma como ser viviente, como vida en expresión, y en expansión, cuando tú lo vivas, no sólo lo aceptes teóricamente, sino que sientas tus impulsos de vida en todas sus manifestaciones, entonces podrás percibir estos mismos impulsos en los demás, sin ninguna pirueta mental, sino como percepción inmediata. Cuando tú te descubras detrás como un foco de ser, entonces empezarás a descubrir este foco dentro de los demás. Cuando tú descubras que Dios está expresándose en ti, no como ideas, sino en esta experiencia de realidad fantástica, entonces empezarás a ver como todas las personas están conectadas con esta realidad. A verlo, no a creerlo.

Os estoy hablando de un camino de trabajo, de descubrimiento real, pero que empieza por uno mismo, porque uno mismo es el laboratorio donde se transforman todos los medios de vida y de percepción.

 

P: Eso que has dicho ¿no es algo así como «la comunión de los santos»?

 

R: Bueno, sí. Es la comunión de las almas; y, de hecho, de la vida toda. Pero que tiene varios niveles, varios estratos.

 

P: Esta experiencia, si sólo la tiene uno, individualmente ¿no puede convertirle en pasivo, o débil, frente a los demás, frente al otro?

 

R: El que llegue a vivir esto, tendrá una gran independencia respecto a las otras personas, en lo que se refiere a los aspectos externos, al modo de ser, etcétera, a las cosas que antes lo ataban. En cambio, ahora es un sintonizar con el interior del otro, es un sentirse con, y dentro, del otro.

 

P: ¿Es participar de la misma substancia?

 

R: Sí. Pero de la misma substancia en el Centro. Todos los que estamos aquí ahora, en nuestra formación, psicología, formas de ser y circunstancias somos muy diferentes, pero existe un interés común: comprender mejor a los demás, sentirse mejor, realizarse, etcétera. Esto, diríamos, va convergiendo en una misma dirección, y así a pesar de la diversidad y multiplicidad que hay en el terreno externo, va habiendo una convergencia mayor en finalidades y en propósitos interiores. Esto es lo que hace posible que estemos aquí sintiendo de algún modo que hacemos lo mismo, que vivimos lo mismo, que seamos en cierto sentido iguales aunque seamos a la vez tan diferentes.

Este descubrimiento de la similitud interior es lo que se realiza cuando uno hace este trabajo; y este descubrimiento se produce más y más, siempre, en todas las ocasiones. Incluso con las personas más dispares, con las que no participan conscientemente en nada de lo que nosotros buscamos o queremos. Es un descubrir la naturaleza profunda de todos; y cuanto más profunda más semejante. Hasta que se llega a una auténtica identidad en el Centro.

 

 

El secreto de la relación humana

 

Es cuando se produce el fenómeno de conciencia conocido como inducción. Si yo, al relacionarme con una persona estoy cerrado dentro de mis miedos, estoy provocando aunque no lo mencione, los miedos de la otra persona, estoy despertando los suyos. Si yo tengo una actitud de serenidad interior, aunque yo exteriormente no manifieste nada especial, por inducción tiendo a producir un estado de serenidad en el otro. Cuando yo estoy centrado en un nivel de visión espiritual, entonces veo todas las posibilidades positivas que hay dentro de aquella persona, y que esto es la verdadera naturaleza profunda de la persona en curso de expresión. Cuando yo veo esto y lo mantengo, estoy ayudando a que el otro también lo vea y lo desarrolle; estoy induciendo su elevación de conciencia. Esta es una actitud en la relación humana que generalmente se conoce muy poco. Y así se ayuda mucho más que queriendo convencer a la otra persona de lo que ha de hacer o de lo que no ha de hacer. Porque ante lo que yo pueda decirle tendrá una reacción personal. En cambio, cuando yo veo esto, cuando veo lo que el otro es en el fondo, estoy yendo a favor de lo que el realmente quiere, y entonces no hay ninguna presión, ningún obstáculo. Estoy, diríamos, estimulándole desde su propio interior en la dirección que él desea.

Este es el secreto de la relación humana. Que yo viva centrado en mi conciencia de realidad y que desde ahí aprenda a ver la realidad que está latente y que quiere expresarse en el otro. Y mantener esto a todo trance, sin dejarme influir por las apariencias, por lo que se ve en el exterior, de defectos, de contradicciones, sino aprendiendo a ver lo que es detrás de lo que aparece.

 

 

Somos cualidades en expresión

 

La persona está hecha de cualidades, y sólo de cualidades. Yo soy una expresión de mi ser espiritual, de mi inteligencia-energía-afectividad, por lo tanto todo lo que yo soy es un modo de expresión de esto, lo cual es totalmente positivo. Todo el secreto de mi felicidad consiste en que yo desarrolle esto plenamente y tome conciencia de lo que hay en el Centro. Y cuando yo trato con otra persona he de poder ver su naturaleza, la cual está hecha de estas mismas cualidades que están en curso de expresión. La cual podrá ser más completa o menos completa, pero todo lo que hay en ella es expresión de cualidades, aunque esta expresión pueda ser muy baja en relación a su potencial; pero sigue siendo la expresión de cualidades.

He de poder ir más allá de mis ideas de las personas y de lo más inmediatamente aparente de ellas para poder ver esa realidad. Lo que la persona expresa es generalmente una caricatura de sus posibilidades; es solamente un esbozo de lo que realmente la persona puede y ha de llegar a ser. Cuando yo aprendo, no a ver el esbozo con sus defectos y limitaciones, sino el modelo perfecto que ya está dentro, cuando puedo ver el árbol dentro de la semilla, entonces estoy ayudando a que ese árbol se desarrolle mucho más rápidamente.

 

Entonces ya no juzgaré a la persona por sus palabras y sus gestos, sino que aprenderé a verlos como un símbolo, como un signo de algo mucho mayor, lo cual es lo que da sentido a cada palabra y a cada gesto. Entonces realmente entiendo a la otra persona desde el mundo de sus motivaciones profundas, desde el mundo interno que la está empujando a vivir, a hacer las cosas; y es cuando yo puedo relacionarme en esa dimensión más profunda y la otra persona se siente profundamente comprendida y aceptada. Naturalmente, yo puedo descubrir y estimular eso mayor en el otro cuando lo vivo en mí. Así la relación humana se convierte siempre en algo creativo, en una vivencia constante que ayuda al otro y me ayuda a mí.

 

P: Parece muy difícil considerar el amor como posible en toda relación.

 

R: No hemos de caer en el error de que sólo hemos de amar lo que aparece como amable; pues lo único amable es el amor mismo. Y el amor es la propia naturaleza intrínseca de uno mismo. Has de amar no porque te han dicho que debes amar; has de amar porque ésta es la expresión espontánea de ti mismo cuando apartas los obstáculos. Entonces, cuando amas -porque eres amor- no hay nada que pueda impedir que ames; y eso no dependerá para nada del objeto. Cuando tú amas porque algo o alguien es amable, esa amabilidad del otro lo que hace es movilizar tu sentimiento automático de amar. Pero entonces es un amor que depende de, que condiciona hacia aquélla cualidad, aquélla característica. Cuando tú aprendes a vivir tu propia realidad (en tu propia conciencia), te das cuenta que cuando amas, eso es algo tuyo, es algo en ti, que no te lo da el otro; es algo inherente a tu propio ser, es constante y no depende de nada externo. Si tu desarrollas el amor, es que siempre ese amor está ahí; no lo ocultes. Es la mente la que lo oculta, la que pone condiciones.

 

P: Lo sigo viendo muy difícil ¿cómo lograr eso?

 

R: Puedes hacer esta prueba: esforzarte durante un rato en mirar algo amado, sintiéndolo. Puede ser tu hijo, una cosa muy hermosa, una buena música que despierta un sentimiento de armonía, o algo que despierte un sentimiento de profundidad, de elevación, etcétera; lo que a ti te induzca ese sentimiento. Entonces trata de estar cinco minutos moviéndote, paseando, sin pensar, sin que tu mente ponga etiquetas a las cosas; y verás qué ocurre. Verás que todo lo que tenías (y sentías) dentro, sigue enteramente dentro; si tú no lo cubres con ideas. La idea de que tal cosa es amable o no es amable es una idea de la mente. Todo es amable. Pero, sobre todo, lo amable es el amor El amor que tú eres, que tú vives, que tú has desarrollado. Si no pones algo en contra, el amor está siempre ahí.

Si te esfuerzas en vivirlo durante unos minutos, despierto, atento, pero sin pensar, sin meter ideas, verás que aquello que sentías antes (al estar con tu hijo, cuando escuchabas música, etc.), está totalmente presente; aunque estés mirando un alcornoque o estés mirando... una gallina. Ahora bien, cuando dices «¡no!, esto es una gallina», o «esto es un alcornoque», eso lo dices mentalmente y ¡ya está!, la mente ha cortado, ha taponado... porque para ti, gallina o alcornoque (etc.) tienen un valor determinado, tienen ya otras conexiones, otras valoraciones, y entra en funcionamiento tu sistema mental que condiciona tu espontaneidad vivencial.

 

P: ¿No es lógico que la mente distinga y separe las cosas? ¿que ponga cada cosa en su sitio?

 

R: Estas separaciones que hace la mente tienen su razón de ser cuando la mente se está desarrollando, porque necesita distinguir para identificar Pero es como si el desarrollo de la mente y de la conciencia se hubiese detenido en una fase infantil y que no hubiera madurado para llegar a descubrir la síntesis.

 

 

La mente concreta como filtro

 

El niño, cuando es muy pequeño, tiene una conciencia de realidad que, aunque difusa, se refleja en esa gracia, esa mirada que vemos en el niño, esa espontaneidad en el movimiento, esa cosa amable que tiene incluso todo animal joven. Ahora bien, luego empezamos a ponerle etiquetas a las cosas y eso es así porque necesitamos identificar cada cosa, para que se estructure la mente concreta y pueda manejarse en relación con el mundo concreto. Pero lo malo está en que luego nos quedamos metidos dentro de esta mente concreta; pues vemos que los mayores viven así, mentalmente estructurados en porciones, y es a ese mundo de la mente concreta al único que atribuyen la realidad.

Aunque de jóvenes conserváramos una resonancia de esa conciencia difusa infantil, pero amplia, sólo por el contagio de la gente adulta existe ya una inducción hacia esa mente concreta como algo exclusivo. Tendríamos que superar luego la fase de distinguir y separar, para poder llegar a la síntesis, a una abstracción profunda, completando el circuito completo del desarrollo que se ha quedado detenido a la mitad del camino.

Cuanto más desarrollamos nuestra conciencia de amor, menos necesitamos apoyarnos en nuestras valoraciones intelectuales. Las valoraciones intelectuales están ahí, han de estar ahí; lo malo es que las utilicemos como único criterio de realidad. Entonces las realidades verdaderas quedan como filtradas a través de estos pequeños sectores que son nuestras pequeñas ideas. Y así no vivimos nunca la realidad, ni la del exterior ni la nuestra, sólo vivimos a través de estas ideas y sus asociaciones.

Todos tenemos la experiencia de que cuando tenemos unas circunstancias que nos permiten sentirnos muy eufóricos, todo lo vemos mejor, más brillante, todo es más positivo, lo negro no se ve tan negro, etcétera. Si viviéramos totalmente lo positivo que existe en nosotros, entonces veríamos la realidad tal cual es, veríamos cada cosa como expresión de esta positividad interior, de este amor-felicidad, e incluso veríamos que el negro, aún siendo negro, es una expresión de algún modo del blanco, aunque esto parezca contradictorio; veríamos que en el fondo todo es blanco, que todo son formas del blanco, que todo son formas de la Luz original.

 

P: Yo tengo la necesidad de considerar en alto grado a la mente concreta. Mi problema es que sólo puedo imaginar el amor a través de hechos o situaciones concretas. ¿Cómo se resuelve esto?

 

R: Hemos de recordar que el amor se vive en tres niveles distintos: a nivel de formas, a nivel de estados o a nivel de energía (o voluntad). Tú, al decir que sólo puedes imaginar el amor a través de hechos concretos te refieres al nivel de las formas, situaciones concretas, personas, etcétera. Plantéate esta pregunta: tú ¿por qué buscas ese amor en relación con esa determinada persona o con tal situación? Pues porque esto te hace sentir algo. Si no te hiciera sentir esto, no valorarías esa persona o situación. Luego, realmente, lo que tú buscas es sentir ese algo; la forma es sólo un medio. Ahora bien, esto que sientes ¿de dónde te viene? ¿te lo da el otro? ¿o es una actualización que se produce en ti de algo que ya existe en ti mismo? Esa satisfacción, ese amor, esa plenitud que sientes al amar ¿te la está comunicando el otro?, ¿te da el otro algo que tú no tenías? ¿o simplemente el otro te está provocando una respuesta interior, un desbloqueo de algo que existía dentro?

 

P: Puede ser que ya exista en mí, pero está claro que lo exterior sirve de estímulo ¿o no?

 

R: Si es producto de un estímulo, eso quiere decir que lo que buscas está dentro. Y si está dentro, quiere decir que se puede actualizar directamente sin necesidad del estímulo exterior.

 

P: Perdona Antonio, pero yo no acabo de ver claro eso que dices.

 

R: Veamos. Nosotros podemos realizar directamente la plenitud sin otro estímulo que el de darnos cuenta. En la medida que no nos damos cuenta de esto, de que la plenitud ya está presente, entonces hemos de andar buscando a través del exterior. Pero nada del exterior nos dará esa plenitud, y en cambio nosotros podemos vivirla directamente cuando descubrimos que lo único que hace el exterior es provocar mi respuesta interior. Entonces, abriéndome mediante esta práctica que he descrito de mirar y contemplar mi ideal, de vivenciar en lo posible este estado de plenitud y encarnarlo, yo estoy actualizando, estoy transvasando, lo interior a mi personalidad exterior; o sea, me estoy realizando.

Mi autorrealización es un fenómeno interno de conciencia que yo puedo vivir al instante en cuanto me abro al nivel más profundo de mí mismo. Sin embargo, la vida entonces sigue; eso quiere decir que mi cuerpo seguirá con sus funciones biológicas, mi afectividad seguirá con sus procesos afectivos y mi mente con su capacidad de comprender y de hacer.

 

P: ¿Está la vida para que nosotros lleguemos a vivir esta plenitud, para que nos realicemos? ¿es éste el objeto de la vida?

 

R: No, no. La vida y la realización son dos cosas distintas. La vida tiene su dinamismo propio. A la existencia no le importa que nosotros nos realicemos o no; la vida no está para eso. Nosotros queremos utilizarla para eso porque creemos que éste es su objeto, pero no es así. La vida en sí es ya la expresión de una plenitud. Pero cómo nosotros vivimos un vacío, creemos y esperamos que la vida sirva para ir llenando este vacío. Pero esta es una interpretación que hacemos nosotros; no es así.

Si sacas tus conclusiones de todo lo que hemos dicho, verás que tú empezarás a ser alguien realmente eficaz en tu vida (desde todos los puntos de vista), el día en que tú seas tú del todo; el día en que tú vivas plenamente consciente del amor-felicidad que eres. Entonces ya no esperarás nada de la vida porque no necesitarás nada, y es cuando serás un elemento realmente eficaz en tu expresión dentro de la dinámica de la vida.

 

P: No veo por qué ha de haber necesariamente una relación entre la propia plenitud y la capacidad de amar.

 

R: ¿Tú, cuando amas más? ¿cuando te sientes vacío de corazón o cuando te sientes lleno a rebosar de satisfacción? Si por dentro yo estoy hueco, vacío, yo estaré intentando llenarme con lo externo, con los demás. En cambio, si yo vivo completo, tendré cada vez más amor por todos, porque no busco nada en el otro, pues ya vivo completo. Cuando he comido mucho ya no busco alimento, pero si estoy con el estómago vacío, con un hambre atrasadísima, estoy buscando alimento por todas partes; en cambio, si estoy lleno, puedo dar de lo que tengo. Mientras tú estés buscando llenar un vacío dentro, todo lo exterior será un instrumento, será un medio consciente o inconsciente para eso.

 

 

Lo esencial

 

Yo he de buscar siempre lo que es esencial en mi vida, y eso es: mi plenitud. Por lo tanto, eso he de enfocarlo sin rodeos. Y he de descubrir que eso es algo que me viene de dentro; si no hubiera esta urgencia dentro yo no buscaría nada afuera. Cuando puedo formular claramente cómo es este yo perfecto, este yo completo, realizado, cómo es internamente, subjetivamente, qué estado de conciencia es el que yo realmente estoy buscando -el cual es esta plenitud de ser-, entonces es cuando yo puedo mirar con atención, fijamente, esa conciencia de ser, esa plenitud, sin preocuparme demasiado de mí mismo tal como soy ahora. En la medida en que yo mantengo mi atención y mi interés en esto y lo contemplo, esto se va actualizando porque mi mirada me nutre. Yo me nutro de lo que miro, me nutro de lo que siento; y en la medida en que yo miro y siento esto, esto se va actualizando en mí. Y entonces yo puedo abrirme a los demás y comunicarlo a los demás de una manera total, plena de gozo, sin fronteras, sin limitaciones.

 

 

 

  1. COMENTARIOS SOBRE EL SILENCIO

 

La función del silencio

 

En el trabajo interno, la función de la meditación es la de preparar a nuestra mente para abrir horizontes, la de cambiar formas y estructuras en nuestra vida y en nuestra conciencia. Por otra parte, la oración es un foco de contacto directo a partir de nuestro corazón y de nuestro sentir profundo, con lo que es la Fuente suprema, superior. Finalmente, el silencio es el medio para recoger los frutos de estos dos modos de contacto. Es en el silencio donde podemos recoger la cosecha del trabajo o la preparación hecha anteriormente.

 

 

Una dificultad importante

 

Un problema muy importante en la práctica del silencio se presenta cuando, después de haber trabajado ya bastante en ello, uno cree que ya está silencioso, pero lo que ocurre es que uno sólo esta silenciado, no silencioso. Poner en silencio la mente y todo nuestro campo existencial cuesta mucho, por los hábitos adquiridos, por las presiones inconscientes, pero principalmente por la debilidad de nuestra lucidez. Pero las mayores dificultades, las más sutiles, empiezan cuando yo ya no pienso, cuando ya no se suceden imágenes, cuando ya no he de luchar contra las distracciones; entonces es cuando aparece una dificultad de un orden más sutil y más difícil de manejar, porque se trata de que yo esté silencioso incluso de la idea de estar silencioso.

Porque si yo estoy pendiente de la idea de silenciarlo todo, y logro silenciarlo todo menos esta idea de silenciarlo todo, de hecho no he llegado al silencio. Aunque yo reduzca del todo mi movilidad, mis zonas emotivas, mi actividad fenoménica mental, es frecuente que las reduzca sólo hasta una actividad fundamental que persiste en mí, que es la idea de que estoy haciendo silencio; que quede sujeto a la idea de «no pienso en nada, no pienso en nada, no pienso en nada», y así me pase todo el período de práctica, se acabe el ejercicio y yo me quede como antes. El silencio requiere que por un lado yo conserve la noción de yo como conciencia, y por otro lado yo no me agarre absolutamente a nada. Y ésta es, por decirlo así, la filigrana difícil de alcanzar.

A continuación veremos las fases indicadoras del silencio cuando se practica de una manera correcta.

 

 

Las fases del silencio

 

El silencio debería tener para nosotros tres fases o aspectos, cada uno de ellos muy concreto, muy definido.

 

1. El primero es el de recuperar plenamente nuestra conciencia de ser. El trabajo de actualización de todos los contenidos del yo-experiencia alcanzados a lo largo de todas las experiencias de nuestra vida, en sus aspectos de energía, de inteligencia, y de plenitud-felicidad, ha formado como un depósito psíquico de cualidades diversas; pues bien, todos estos contenidos deberían actualizarse, en bloque, instantáneamente, en el silencio. Porque lo que yo he vivido es algo que se ha ido actualizando en mí, que me ha desarrollado, y por lo tanto es mi propia naturaleza, la cual persiste en todo momento. Y es en el silencio, por el hecho de que yo elimino todo lo que son ideas, todo lo que son formas mentales y contenidos de experiencias, cuando la esencia de todas las experiencias debiera estar presente simultáneamente.

Esta conciencia plena de ser, no es algo vago, no es algo nuevo o desconocido, es exactamente lo que yo he estado viviendo a través de todos los actos de mi existencia; es vivir mi totalidad. Es una acumulación y actualización de todos mis modos de pensar, sentir, amar, gozar, comprender, etcétera. Si esto no es así, es que yo en el silencio estoy dentro de otra idea más, metido en un rincón de mi mente y por lo tanto no vivo de manera que me permita soltar todas mis estructuras, para que mi conciencia viva realmente lo que es en sí.

 

2. La segunda fase, en el silencio, es el ir más allá de esta esfera actualizada de ser; ir más allá en un sentido centrífugo, expansivo, ir más allá en todas direcciones. Mi conciencia ha de poder ponerse en contacto con otros niveles de ser, otros niveles de realidad; y es cuando yo no estoy limitándome a mí mismo que yo puedo crecer directamente en esa conciencia de ser. Por lo tanto, el silencio es la vía de crecimiento, de expansión, con tendencia a lo universal.

Mi energía es sólo un aspecto, una fracción, de la energía total de la conciencia.

Mi lucidez es sólo un fragmento de toda la mente superior.

Mi felicidad es sólo una gota dentro del océano de felicidad.

El silencio, pues, es un medio para que yo crezca en todas direcciones.

 

3. Y luego, el silencio debiera convertirse, de una manera natural, en un medio para soltar esta esfera de conciencia de ser Soltarla toda, para quedarme yo como centro. Para ser consciente de lo que hay más allá -o más acá- de la esfera. Para ser el punto; ser el centro. No ser esto o ser lo otro, sino simplemente Ser: Ser no-esfera, ser no-cosa; sólo Ser.

 El Ser como punto y el ser como esfera son la misma cosa aunque se vivan como completamente distintas. Toda la esfera no es nada más que la manifestación, la expresión del punto. Estas dos tendencias, no lo olvidemos, están presentes constantemente en nuestra vida. Nuestra vida es un juego de estas dos tendencias: por un lado, expansiva, en manifestación centrífuga; y por el otro, hacia el centro, hacia el replegamiento, hacia lo interno. Estos dos movimientos culminan cuando el primero alcanza o crece más y más en esa conciencia cósmica, y el otro cuando he llegado al centro de lo que es mi conciencia, al punto.

Aunque de momento estos objetivos sean una cosa muy lejana, por lo menos en apariencia, éste es el sentido del trabajo que propongo.

 

 

Substancia-conciencia

 

El silencio es el medio por el cual yo vivo directamente la substancia de mi conciencia, de mi ser, de mi existencia. Y gracias a esa toma de conciencia, a esa realización de mi substancia, yo me instalo en ella y aprendo a vivir desde ella.

La substancia es lo que hay detrás, es el factor de que está hecha básicamente toda cosa. Y toda cosa en mi vida está hecha de una substancia -o, mejor dicho, de una triple sustancia-: de energía-amor-inteligencia. Cuando yo puedo vivir esa energía, ese amor y esa inteligencia en sí mismas, entonces realmente vivo la esencia, la substancia de mi ser y de mi existir.

Entonces también puedo vivir las cosas y las circunstancias desde esta substancia. Porque toda cosa, toda circunstancia, todo acto, todo hecho, todo lo que existe, son modos, aspectos, manifestaciones y derivaciones de esa substancia. Cuando yo llego a vivir la expresión de la vida desde la substancia, entonces vivo la manifestación como un modo complementario pero nunca substitutivo de la substancia.

Los «modos» (de ser, o de la manifestación), nunca me harán perder la noción de realidad que está en la substancia; los modos no añaden nada a la substancia.

Los modos son formas de expresión de esa substancia en otra dimensión.

Los modos son la expresión de lo que ya Es, dentro del existir.

Los modos son una nueva creación de lo que ya existe.

Los modos son una re-creación.

Cuando yo vivo instalado en -y consciente de- la substancia, mi existir es una recreación constante. Es un expresar en el mundo de nombres y formas lo que es la plenitud del ser. Entonces todo lo que antes era problema, lo que era dispersión, lo que era multiplicidad conflictiva, se convierte ahora en una multiplicidad autoexpresiva, recreativa, gozosa, en una auténtica exclamación de la Plenitud, del Ser.

 

Pensemos que todo esto que decimos no son sólo frases bonitas sino que son invitaciones concretas para nuestro trabajo. Todo esto está al alcance de todos, de cada uno de nosotros.

 

 

Actualización integral

 

Cuando uno hace silencio ha de ver si realmente está todo uno en el silencio. Yo hago silencio cuando suelto todas las formas: las formas visuales, las formas que me vienen a través de los sentidos y las formas mentales. Yo hago silencio cuando trato de estar presente con toda mi lucidez, con toda mi energía profunda, con toda mi capacidad afectiva. Cuando toda la capacidad está presente, cuando yo trato de vivir al máximo todo mi abanico de posibilidades, el silencio se produce de un modo natural. El silencio es el resultado de una intensificación y actualización de mi conciencia, y no de un descenso o de una obnubilación de mi conciencia.

Por eso el silencio sólo puede hacerse durante pequeños momentos, cuando se trata de este silencio pleno, lleno; porque es el acto de mayor intensidad que uno pueda hacer. Y no obstante uno debe estar relajado. Porque la intensidad no consiste en crispar nuestros mecanismos personales, sino en la presencia profunda propia detrás de los mecanismos. No es un problema de nervios, de músculos o de cerebro, es un problema de estar presente detrás de todo esto.

Esto resultará fácil si se practica (como ejercicio) la actualización de las propias experiencias. Si detrás de las experiencias (en el momento en que se producen) uno aprende a estar unos instantes en silencio, podrá vivir directamente esta conciencia de ser actualizada al margen del estímulo externo. De este modo, toda la vida es preparación para el silencio. La vida es un modo (y un medio) de aprender a despertar nuestra mente, para poder luego mantener nuestra mente presente sin la vida, entendida en sus aspectos móviles y dinámicos, propios de la vida tal como la conocemos.

Ese silencio es, a la vez, el fundamento de la vida, pues todo lo que existe surge del silencio.

Todo lo que existe es expresión de lo que no existe.

Todo lo que es aparente es expresión de lo no aparente.

Toda mi existencia es expresión de esto que yo Soy más allá de eso que llamo existencia.

Cuanto más yo viva plenamente este Ser que soy más allá, más plenamente estaré aquí.

Y así traeré aquí más potencia, más seguridad, más claridad, más amor. Mi vida será una vida auténticamente creativa en cada instante; porque no buscaré que la vida me satisfaga, me dé cosas para sentirme ser, sino que el Ser que ya Soy, yo lo expresaré en la vida.

Eso cambia por completo el sentido de la existencia y por lo tanto el sentido de cada acto; entonces cada acto se convierte en un gozo de hacer. Pero no busco nada en el hacer sino simplemente expresar lo que ya es, y expresarlo a través de todos mis niveles y en cada situación; este es el verdadero sentido de la vida. Eso es lo que nos cuesta tanto ver cuando estamos viviendo con la fórmula invertida; cuando a través de los modos de vivir yo quiero acumular felicidad, seguridad, poder, u otras cosas semejantes. Nunca conseguiré esos objetivos a partir de los «modos».

Yo aconsejaría, pues, hacer esto en pequeñas dosis. Unos momentos, unos instantes de silencio profundo, de atención profunda detrás de las cosas que vivimos, detrás de lo que pensamos, detrás de cada percepción de los sentidos; unos instantes de silencio, estando yo muy presente, viendo aquello que siento, aquello que percibo, aquello que vivo en aquel momento.

 

Pregunta: He intentado ejercitarme en este aspecto del silencio y no resulta nada fácil. Quizá no lo hago bien; ¿cómo hacerlo correctamente?

 

Respuesta: Fácil no lo es. Existe un modo de estar en profundo silencio al mismo tiempo que uno está viendo, comprendiendo y actuando. Pero generalmente esto viene después de un entrenamiento. Aunque también puede aprenderse a partir de la percepción de lo externo. Así, cuando yo estoy profundamente presente a una situación, puedo dejar que lo que veo penetre profundamente en mí. Cuanto más dejo que penetre profundamente la percepción, más estoy aprendiendo a tener esta conciencia profunda. Ahora bien, si yo estoy abierto solamente desde mi mente sensorial pero estoy cerrado a la zona profunda de mi conciencia, entonces no sale, no se puede hacer. Pero cuando yo dejo que la cosa entre, y cuando yo al expresarme lo hago desde lo más profundo de mí mismo, sintiéndome yo muy presente, entonces se va aprendiendo a hacer esto mientras se vive el aspecto dinámico de la vida.

Pero además de esto conviene hacer el silencio como silencio, como un ejercicio especial. Conviene que yo tome conciencia de la energía que soy, directamente, aparte de las formas; que yo tome conciencia de mi inteligencia aparte de mis conocimientos; y que tome conciencia de mi felicidad aparte de mis afectos personales. Los afectos personales surgen de esa afectividad, son expresión de esa afectividad, porque la verdadera riqueza de los afectos personales está en esa afectividad en sí, y no en lo personal. En cambio, lo que debiera ser camino de liberación -el afecto personal como medio para tomar conciencia de lo profundo, de lo esencial-, se convierte generalmente en un medio de atadura; yo quedo atado a aquello que amo porque identifico mi sentimiento con la forma, con el objeto, con la persona. Y esto, para que funcione, es al revés. Por eso es necesario que yo aprenda a descubrir que todo lo que yo vivo lo vivo de mí. Es de mi propia substancia que está hecha toda mi vida, todas mis experiencias. Cuando esto lo descubro por experiencia, me libero del apego a las formas; entonces es cuando puedo ser inteligente en relación con las formas.

 

P: ¿Cuándo debemos practicar el silencio?

 

R: El silencio es algo que puede practicarse en cualquier momento. Ahora bien, yo creo que es bueno dedicar unos momentos especiales a la práctica y luego otros momentos, sobre la marcha, en la vida diaria. Es decir, el silencio debería ser nuestro estado natural cuando no tenemos una obligación que atender; entonces debería producirse el estado de reposo de nuestros mecanismos. Lo que ocurre es que nuestros mecanismos se disparan y siguen actuando aún cuando no exista ninguna necesidad de que actúen.

 

 

Silencio y plenitud

 

Pero sobre todo tengo interés en que entendáis el sentido del silencio. El silencio es de una riqueza extraordinaria cuando se ve como el acto en que es posible una toma de conciencia de sí, más directa, más inmediata, más plena. Tanto es así, que podemos deducir el valor de lo que hace una persona en función del valor de su silencio. El valor de su silencio es el que da la medida de su conciencia de realidad; entonces, lo que haga, o como viva, será expresión de esta conciencia de realidad. Pero por otro lado, no puede llegar al silencio si no vive una vida rica, plena, intensa, lúcida, consciente, responsable.

¡Es tan extraordinario sentirse libre de las ideas! Y descubrir que uno no es ninguna idea -buena o mala- que tenga de sí mismo..., que no hay ninguna idea que le afecte a uno, substancialmente..., que ninguna idea me quita ni me añade absolutamente nada de lo que soy... ¡Es una liberación tan grande...! que es como de nuevo... nacer.

Es descubrir que la plenitud no depende de las cosas, ni de las personas, ni de la salud, ni de las circunstancias, ni de absolutamente nada. Que la plenitud es la realidad en sí misma; y que la plenitud la soy. Que es mi condición natural de ser en el Ser absoluto; y que eso no tiene nada que ver con las incidencias, con el devenir, con la evolución. Todo el devenir, toda la evolución... es una expresión de Eso. Pero no es una causa que conduce a este efecto de plenitud. En todo caso, el devenir es un modo nuevo de expresar y realizar la plenitud. Nuevo, añadido; porque la plenitud ya está siempre, es inherente a la realidad. Todo lo que existe sólo es expresión de lo que ya es. Por lo tanto, lo esencial es descubrir lo que Es, para poder existir de un modo más auténtico. Pero cuando yo confundo el ser con el existir -o espero ser a través del existir-, estoy alterando el orden, y por lo tanto convirtiendo mi gozo en sufrimiento.

 

P: ¿Es posible llegar a este «nacer de nuevo» que dices, mediante un trabajo inteligente y perseverante?

 

R: Sí, es posible. Pero no podréis experimentarlo si de entrada no tenéis una noción o intuición de lo que anda mal ahora, porque si experimentáis mal -como a mi mismo me ocurrió durante cierto tiempo-, entonces aunque se consiga un cierto resultado, no es esta cosa óptima, tan acelerada, tan extraordinaria. Por esto es necesario que uno entienda, comprenda, intuya... Uno va al silencio del mismo modo en que vive; y como se vive con una conciencia fraccionada, también se vive el silencio como otro aspecto más de la vida, con una conciencia fraccionada. Entonces el silencio deja de tener ese poder de actualización total, instantáneo, de todo el ser. Y por eso aunque yo haga mucho, si lo hago mal, avanzaré muy poco. Entendiendo de entrada lo que anda mal es lo que hace posible ir por el camino correcto.

 

P: Así, pues, para no equivocarnos ¿qué es lo básico?

 

R: Es necesaria una toma de conciencia clara de sí mismo.

Yo, como energía, toda mi energía presente.

Yo, como inteligencia, toda mi visión, o lucidez, presente.

Yo, como amor-felicidad, todo yo presente.

Esta es la fase de entrada correcta. Pero si en el trabajo que tu has hecho antes (y en la vida diaria) has ido actualizando estos aspectos, en el momento del silencio, al tomar conciencia de ti, estará todo esto presente. Si previamente no lo has hecho, entonces tendrás que ir evocando tus energías, tus experiencias de bienestar, de lucidez, todas, una por una.

 

 

Hacia la Presencia de Dios

 

Permaneciendo en silencio de una forma totalmente abierta, receptiva, y manteniendo la intuición de la naturaleza de lo Superior en la mente, es cuando se manifestará la Presencia.

A esta Presencia le podemos abrir paso en nuestra mente, en nuestro corazón e incluso en nuestro cuerpo, en el que se manifestará como vibración física sutil (pero procedente de lo Superior). Entonces sólo se trata de permitir que esta misma fuerza y este mismo amor superior invadan toda nuestra personalidad y que dirijan toda nuestra acción y nuestra vida.

A partir del momento en que me doy cuenta de que esta inteligencia superior está actuando en mí, es como si yo me descargara del enorme peso de llevar la responsabilidad de mi vida, me doy cuenta de que Alguien infinitamente poderoso es realmente quien está siendo el protagonista de esta vida. Esta es la verdadera liberación. Me doy cuenta de que interiormente estoy siendo conducido, como en el fondo siempre lo he sido. Pero ahora me doy cuenta y reconozco que mi inteligencia no es nada más que una pequeña delegación de la gran, de la absoluta inteligencia. Y al estar conectado con esta inteligencia absoluta, estoy siempre a punto, dispuesto, a ver con claridad desde la Gran Mente, no desde mi pequeña mente.

También, a medida que me abro a la Presencia activa de Dios en mí, va aumentando mi amor-felicidad, y es como un pozo sin fondo, como una fuente inagotable; es realmente una Fuente que mana desde la vida eterna. Y la fuerza que vivo no es la que yo pueda recoger o renovar mediante el ejercicio o mediante el descanso, sino que hay una fuente enorme, fantástica, de energía, que se está expresando en mí, en la medida en que yo me mantengo abierto, todo yo, a esta Presencia.

Esta presencia activa de Dios en mí, no se ve sólo como un objeto de devoción, no se vive como si uno fuera un satélite girando alrededor de un astro, sino que es parecida a la conexión del trole de un vehículo a un cable de alta tensión, y mediante el cual la alta tensión se transmite a la máquina particular y la dinamiza.

Estos son los resultados que se viven, los efectos que se producen en mí cuando a partir del silencio llego a poder ponerme en contacto con lo que es mi Fuente absoluta, con el verdadero Yo, con el verdadero Ser, con el Ser Esencial del cual yo estoy siendo una expresión en el mundo.

 

 

 

  1. NUESTRO FUNCIONAMIENTO PSICOLÓGICO

 

Nuestras deficiencias

 

Constituye un buen trabajo observarse y ver lo mal que funcionamos, y a pesar de esto..., mantener la presencia de ánimo. Eso contribuirá a desarrollar una conciencia cabal de nosotros. Observándonos, veremos que siempre estamos reaccionando, y al reaccionar estamos creando tensiones sobre tensiones. Esto también ocurre cuando nos interesamos sinceramente en el trabajo interior, porque en nosotros funciona (nos demos cuenta o no) un imperativo, que es el del deseo de funcionar bien. Es lo mismo que ocurre con el modelo del yo-idea, que uno tiene la idea de que debe ser «muy distinguido» y «muy eficiente» y muchas otras cosas parecidas. Cuando esto se traslada a este otro nivel de trabajo interior y uno se da cuenta de que está identificado, entonces surge la reacción: «yo no debo estar identificado pues si no es que funciono mal». Yo creo que es bueno que uno acepte que funciona de una manera deficiente; pero no con un sentido de resignación, sino simplemente verlo, verlo..., pues eso es lo más natural, lo más común, es lo que sale más fácilmente a todos.

Hemos de comprender que lo que es más auténtico no tiene nada que ver con esta personalidad consciente. Por lo tanto, cuando nos empeñamos en funcionar bien desde la personalidad consciente, forzosamente hemos de funcionar mal.

Esto que podemos ver en relación a lo interior y lo periférico, puede verse también entre la relación arriba-abajo. Lo que realmente tiene una cualidad superior es intrínsecamente lo de arriba. De lo de abajo no podemos esperar nada más que problemas. Cuando yo, como vulgarmente se dice, «meto la pata», cuando yo me dejo llevar por el enfado, por el egoísmo, por lo que sea..., pues bien, he de aceptarlo..., eso es lo que yo soy; yo soy eso. Si no lo acepto es que está funcionando el yo-idea ¿comprendéis? «He de ser...», «he de ser perfecto», «o así, de este modo, o de este otro», eso es el yo-idea. Y es natural e inevitable; si estoy viviendo abajo, estoy de acuerdo con el funcionamiento de lo de abajo; lo que comparado con lo de arriba es desastroso.

Funcionar bien significa que funcione lo del fondo, en el que yo (el yo-idea) no tomo arte ni parte. O que yo deje que funcione lo de arriba, lo que aún tiene menos que ver con mi yo-idea. Entonces, todo lo que hay de auténtica cualidad en mí es lo que se manifiesta, lo que ya es, y eso es la verdadera comprensión, el verdadero valor, la verdadera felicidad, el verdadero poder. Y todo esto no tiene nada que ver con el sentido de «mío»; por lo tanto, no tiene nada que ver con la idea de «yo funciono bien». La auténtica cualidad funciona como inteligencia, es inteligencia y se expresa en lo que yo digo; el amor es, la felicidad es..., pero no es que yo «tenga» felicidad o «consiga» felicidad.

Por eso es bueno que a uno no le salgan de forma correcta las cosas que os pido, como el centramiento, el estar desidentificados, etcétera, porque es el único modo de darse cuenta de que desde el punto de vista personal, uno no es más que una montaña de condicionamientos, unos mecanismos que funcionan, y nada más. Lo auténtico, lo que tiene valor, de momento uno lo vive como si fuese una cosa extraña a nosotros, pero esa es la verdadera identidad, el verdadero ser, el verdadero sujeto, aunque de momento lo vemos como si no tuviera nada que ver con nosotros.

 

 

La verdadera fuerza

 

Es esta fuerza profunda que hay, esta inteligencia y esta realidad, es eso lo que realmente me hace funcionar, es eso el verdadero sujeto mío, el que yo intrínsecamente soy; es eso la verdad, el poder, la inteligencia..., de mí. Así, pues, es necesario que yo me dé cuenta que lo real no es lo que yo «tengo», sino que es lo que se expresa en mí y como mí, en la medida en que yo me abro. Y descubrir de una vez por todas que el yo-idea es un engendro hecho por la propia mente y que no tiene ninguna identidad propia. Por lo tanto, que toda pretensión, de hacer, de conseguir, de tener, es eso, una pura pretensión, una fantasía. Nosotros no hemos de crear la realidad, ya está creada; no podemos ser autores de nada que tenga un valor auténtico, eterno; somos sólo la expresión de Eso. Y eso que es eterno es nuestra base, nuestro fundamento, nuestra identidad. Le llamamos identidad cuando se vive como conciencia profunda individual. Y le llamamos «Dios» cuando eso lo vemos como una totalidad, como una cosa infinita más allá de la individualidad.

Así, la realización consiste en permitir que lo que es real funcione en mí, que lo que es inteligencia funcione en mí, que lo que es felicidad funcione en mí; (y no que lo que yo llegue a tener, a poseer o conseguir, realice aquello a lo que aspiro). Más adelante descubriré que aquello es realmente el verdadero yo. Pero como estoy acostumbrado a llamar «yo» a este nombre y a esta forma de mi personalidad, entonces lo que en mí es auténtico, real, aparece como si no fuese yo. Mas cuando vivimos la conciencia profunda vemos claramente que no tiene nada que ver con el yo de cada día; sin embargo, yo soy más yo que nunca.

Muchas veces cuando queremos trabajar (de un modo o de otro) y queremos conseguir algo determinado, la acción se produce desde nuestra parte frontal, limitada. Pero la realización consiste en descubrir que hay una inmensidad que ya existe, en la cual y de la cual nosotros existimos. Es permitir que este torrente de inteligencia, de poder y de amor, se exprese en nosotros y, por decirlo así, nos absorba; absorba la pretensión de ser «yo, fulanito de tal». Es permitir que lo que es grande, que lo que es total, lo invada todo; que me absorba, que me funda, que me disuelva...; de hecho no me disuelve nada, es puramente la pretensión, la ilusión, la fantasía que tengo en mi mundo de ideas lo que se disuelve. Es permitir que lo que es la verdadera identidad la sea del todo, y en todo. Eso es dejarse invadir; es dejar que el fondo se exprese en la superficie; que lo que es inmenso se exprese en lo que es pequeño. Y este es el juego.

 

 

Cuestiones respecto al trabajo

 

Todo trabajo que se hace con el yo-idea es un trabajo contradictorio. Por un lado es cierto que se hace algo, en este sentido se ejercita una capacidad determinada, pero por otra parte se ha de dejar de hacer, porque si no uno queda cogido con lo que ya posee. Necesitamos desarrollar la inteligencia, el estar despiertos, la afectividad, la disponibilidad, etcétera; hemos de ejercitar todas las funciones, pero después hemos de dejar la idea de posesión de todo ello. Por eso el verdadero trabajo tiene un carácter contradictorio, pues en un momento determinado consiste en conseguir un objetivo y al momento siguiente en dejar completamente todo objetivo; o quizá lo contrario..., y eso (al ser auténtico) será el verdadero trabajo.

 

Pregunta: Así, pues, lo necesario para manejar esta contradicción será el discernimiento ¿no?

 

Respuesta: No, no. Existe algo interior que te guía. Una de las cosas interesantes de conocer en el mundo de la mente, es el hecho de distinguir lo que son realmente ideas nuestras de lo que son ideas implantadas en nosotros. Todo aquello que yo he aceptado porque lo he aprendido, no tiene nada que ver conmigo. Y eso está funcionando de un modo mecánico, condicionando y limitando mi autenticidad. O sea, que cada vez que yo hago una cosa porque me han dicho que he de hacerlo, cada vez que yo acepto algo porque me han dicho que aquello es la verdad..., todo eso son ideas totalmente extrañas a mí, y porque son extrañas a mí, me están obstaculizando a que yo llegue a ser yo mismo. Pero, en cambio, hay unas ideas que son auténticamente mías: las ideas que son la actualización de mi inteligencia. Y toda idea que es actualización de mi inteligencia tiene el carácter de ser una evidencia. O sea, que sólo las ideas que son evidentes, son ideas que están totalmente unidas con el fondo. Pero todas las ideas que nos han venido del exterior y sobre la base de las cuales estamos funcionando, son verdaderos obstáculos o impedimentos.

 

P: Pero es lícito que la idea haya venido de fuera ¿no?

 

R: El estímulo puede haber venido del exterior pero la evidencia es tuya. No se trata de una aceptación sino de un reconocimiento interno, de una evidencia. Nunca podrás renunciar a la evidencia porque está directamente relacionada con lo que es tu fondo inteligente, de tal modo que la inteligencia y la evidencia forman una unidad.

Esto es muy importante; es algo a tener en cuenta a favor de la mente. Porque frecuentemente se dice que la mente es obstáculo. Pero es obstáculo en la medida en que vivimos en virtud de ideas que están incrustadas como cuerpos extraños en nuestra mente, y a las que nosotros nos adherimos. En cambio, hay otras que son liberadoras y se distinguen por su honda evidencia; y siempre lo que es nuestra evidencia nos conduce directamente a un fondo de nosotros mismos, al fondo de la mente.

 

P: Pero parece que toda idea debiera ser trascendida; por lo menos eso es lo que se dice en muchas delineaciones del trabajo interior, o en diferentes escuelas ¿no es así?

 

R: Efectivamente, ahora se habla mucho de «desaprender». Pero la referencia a que toda idea ha de ser trascendida es en el sentido de que no hay que estar identificados con la idea. Cuando tú entiendes el fundamento de la multiplicación has de trascender la tabla de multiplicar; pero no en el sentido de que has de olvidarte de ella, sino de ver que lo que es la tabla de multiplicar es una expresión evidente de unos principios matemáticos (y numéricos) determinados. Entonces, cuando la has entendido (no sólo cuando la has aprendido), la tabla de multiplicar no será un obstáculo para ver claro el principio matemático. En cambio, la creencia si es obstáculo. Por ejemplo..., la creencia de que tú eres aparte de yo. Eso que parece una evidencia, no lo es; es una creencia.

Cuando la inteligencia ve las cosas, es decir, cuando la inteligencia se relaciona con un hecho particular, entonces, esta inteligencia se actualiza en tanto que verdad particular. Y esta actualización en tanto que verdad particular nos conduce siempre a la inteligencia en sí. Y la inteligencia en sí está siempre en disponibilidad en relación a todas las verdades particulares (es su fondo y las incluye). Y para esto no es necesario hacer ningún salto: es una Unidad. En cambio, las ideas por sí mismas son unidades separadas; y eso es lo que hace que nosotros estemos funcionando de maneras tan diferentes. Cuando estoy con los amigos soy de una manera, me vivo a mí mismo de una manera determinada, tengo unos valores x: en el ámbito profesional quizá tengo un comportamiento muy concreto en relación a los asuntos obligados; y cuando estoy solo posiblemente vivo otros valores diferentes. O sea, que nos estamos moviendo por esquemas o sistemas de ideas completamente diferentes unos de otros. Porque no son ideas nuestras: no son actualizaciones de nosotros como inteligencia sino que son adquisiciones.

La comprensión, cuando incluye esta actualización de nuestra inteligencia, siempre tiene una capacidad liberadora (si realmente la incluye). Así, el que yo os esté hablando ahora, tanto puede servir de una ayuda como puede servir para aumentar el obstáculo. Por eso, cuando se espera de mí que dé una receta para solucionar tal cosa o tal otra, o que dé un itinerario para llegar a la felicidad, pues... no puede ser; porque es una contradicción. No se puede llegar a uno mismo partiendo de una cosa extraña a uno mismo.

 

P: ¿Y si la evidencia se contradice con la conciencia de ser? ¿o se contrapone a ella?

 

R: Tu no puedes renunciar (aún siendo consciente) a la evidencia. Pero verás que la evidencia es parte integrante de tu propia conciencia de ser. Lo que ocurre es que a ésta generalmente la asociamos a un sentir; y entonces parece que la cosa no encaja. Cuando la conciencia de ser se vive a través del sentir, aparece como si fuera diferente; pero esta conciencia de ser es una conciencia muy pequeña, muy parcial.

 

P: Pero es a través del sentir cuando la percibimos ¿no es así?

 

R: Sí, pero entiende que todo es percepción. Se puede percibir sensación o sentimiento; y hemos de distinguir muy bien cuando percibimos sensación, sentimiento, o lo que es conocimiento. Curiosamente, hay personas que durante mucho tiempo están haciendo un trabajo interior, y no relacionan una cosa con la otra; las ven como si fuesen mundos separados. Incluso en muchas enseñanzas se presenta la realización como si sólo fuese posible a través del sentir. Y a la mente se la presenta siempre como si se tratase simplemente de un foco, como algo funcional. Esto es falso, porque es una visión completamente parcial. Es todo; y se llega a conocer que el Ser es las tres cosas, es sat-chit-ananda. El Ser del todo, es el Conocimiento del todo y es la Felicidad del todo.

 

P: ¿Cuál es el principio operativo del mantram?

 

R: La base teórica del mantram plantea el concepto de que el sonido surge del centro; y además que el sonido es anterior a los pensamientos. Por lo tanto, a base de repetir el sonido, estando atento, llegas a lo que es la fuente de ese sonido. Así, se llega más allá de lo que son las ideas, o sea, al espacio libre, al Ser en sí. El hecho de la repetición mecánica introduce al lugar de donde surge el sonido. Y eso, en muchos aspectos, funciona.

 

P: ¿Crees, pues, que la práctica del mantram es un medio eficaz para la realización?

 

R: Las técnicas siempre son un medio para llegar a un fin. Pero yo diría que este es el oficio del yo-idea. Es el único que se propone fines. Un niño pequeño no tiene fines. La vida es actual, es actualización... y funciona. Es cuando uno se compara con lo que querría ser y no es, es entonces cuando surge una programación. Pero si no tienes ninguna idea de ti en particular, si tú no te comparas con ningún modelo, ¿por qué quieres ser diferente? ¿por qué quieres llegar a algo? Lo que te gustará será vivir plenamente todo lo que tú eres ahora.

El ser humano crece. Y tiene una necesidad de crecer. Pero este crecer se manifiesta en el sentido de que van surgiendo impulsos nuevos. Si estos impulsos nuevos no están frenados por ningún modelo, por ninguna censura, los impulsos se van actualizando, que es tal como crecen los animales: (y tal como crecerían los seres humanos si se encontraran en unas condiciones ideales). Entonces no hay ningún programa, la misma naturaleza hace que se ejerciten las cosas que empujan por dentro. Es una experiencia actual, no es un proyecto. Después se descubre que los juegos del animal son una preparación para poder sobrevivir cuando sea adulto; aprender a pelearse, a ser fuerte, a resistir..., entonces te das cuenta que hay una inteligencia que está en acción, pero no es que el animal tenga el proyecto de prepararse para el futuro en que él deberá vivir de lo que haga o sepa.

La preparación se va produciendo en cada instante como una experiencia actual, viviente, no como un proyecto que necesita unos medios para llegar a un fin. Entonces la vida se estaría expresando plenamente en cada momento, y a medida que se fuera creciendo se iría expresando con más amplitud, o con más potencia. No habría problemas de comparación con modelos.

 

P: Así, según tú ¿no hemos de proponernos nada?

 

R: Yo no estoy dando consignas de lo que hemos de hacer. Estoy intentando explicar como funciona ¿sabes? Si yo tengo el deseo de llegar a algo grande, y veo que para mí eso es lo más importante, es eso pues lo que he de hacer, y cualquier otra cosa será falsa para mí. Ahora bien, si luego yo miro atentamente por qué tengo ese deseo, veré que este deseo lo tengo porque ahora no soy lo que pretendo ser. Y ¿por qué no lo soy?; porque no estoy viviendo lo que hay en mi fondo. Esto es lo que genera el deseo, la idea, y los medios para llegar a la culminación de la idea. Entonces descubriré que el problema no es tanto de técnicas para llegar a eso sino de sacar esta barrera que me está impidiendo vivir ahora lo que es esta mayor fuerza, esta mayor vida que está intentando expresarse en mí. Pero eso, si uno no lo mira por sí mismo no lo ve, no es suficiente que se lo digan. Pero aclaremos..., si uno siente que desea llegar a algo más grande, y busca los medios para llegar a eso..., es correcto que lo haga.

 

P: ¿Y cómo se encaja eso del proyecto del yo-idea y el vivir sólo lo actual?

 

R: Todo lo que son obligaciones al final las tenemos que enviar a paseo. El problema está en que si las enviamos a paseo y nos quedamos «durmiendo», entonces nos damos un batacazo. El verdadero proyecto consiste en «despertar»... sin esfuerzo.

 

P: ¿Podrías comentar (una vez más) lo de la conciencia y la no-conciencia?

 

R: Ante todo es necesario darse cuenta de que hay algo muy importante que no reconocemos. Y eso que no reconocemos lo vemos como inexistente, como que no es, que no existe, que es el vacío, la nada, la no-conciencia, el no-ser. Pero tratemos de ver, de intuir la verdad..., de que no existe el no-ser, no existe la nada, no existe la no-conciencia..., y así llegaremos a descubrir que lo único que existe es la Existencia Total, la Conciencia Absoluta; eso es lo único que existe. Y cómo es lo único que existe no puede haber un lugar donde no exista, así como no puede haber nada que sea menos que la Conciencia Absoluta, ni tampoco puede haber nada que sea más que la-Conciencia Absoluta. No puede no-ser, porque es lo único que Es. Eso ¿lo veis o no lo veis? Es muy fácil, esta frase lo dice todo: sólo existe la Existencia Total; Total y Absoluta. Eso incluye todas las formas posibles en esta Totalidad. Eso quiere decir que no puede existir nada más ni puede haber algo aparte de eso, pues Eso lo abarca todo.

¿Se entiende esto? Bien. Así, pues, si sólo existe esta Existencia total que es Conciencia total, entonces, cada uno de nosotros no puede ser nada más que esta Conciencia total; o ser en esta Conciencia total; o de esta Conciencia total; y a la vez, con esta Conciencia total; porque no podemos estar separados, no podemos estar aparte de la Conciencia total.

Así como el grado de inteligencia que tú tienes, lo pones, todo él, en todo aquello que haces conscientemente..., o dicho de otro modo, así como en cada acto particular tuyo, está toda tu inteligencia..., del mismo modo, en cada punto de conciencia existe toda la conciencia. Por lo tanto, nosotros no podemos tener sólo una conciencia particular, somos la Conciencia total. Este ejemplo conviene verlo muy claro.

Pero sucede que nosotros nos vivimos como si fuésemos una conciencia particular, pequeña. Yo soy yo, y no el otro; yo comprendo esto y no muchas otras cosas; yo siento este estado de ánimo y no el otro que desearía; ocupo este lugar y no aquel otro. O sea que yo me estoy viviendo como una conciencia particular que se ha adquirido a base de actos particulares de conciencia: las experiencias que yo he ido viviendo. Estas experiencias que he ido viviendo y que me han hecho ser consciente de unos modos particulares de conciencia, a este conjunto de modos particulares es a lo que llamo conciencia. ¿Se entiende? Bien. Pero resulta que paralelamente a eso que nosotros llamamos la conciencia, y que querríamos cada vez fuese más grande, más elevada, más buena, existe lo que he dicho antes, la conciencia absoluta, única. Y sucede que habiendo sólo la conciencia absoluta yo me vivo sólo como una pequeña conciencia. ¿Dónde se ha escondido toda la otra conciencia, todo lo que me falta para la conciencia absoluta? ¿por qué me pierdo eso? Sencillamente, porque yo me he acostumbrado a llamar conciencia sólo a unos modos particulares de percepción, y a todo lo demás no le llamo conciencia.

Es difícil la explicación de esto, y es inevitable ser un poco repetitivo; pero me gustaría destacar un hecho que debería aclararnos el problema. Es éste: nosotros nos damos cuenta de nuestra conciencia personal, pero también nos damos cuenta de que es pequeña; ¿por qué nos damos cuenta de que es pequeña o limitada? Porque de algún modo tenemos una conciencia que va más allá de lo personal. Si no fuese así, no podríamos saber que ésta es pequeña; no seríamos conscientes de la limitación. Lo que ocurre es que a este algo más allá no me he acostumbrado a mirarlo. Pero si lo miro bien, yo comprenderé que eso que para mí es no-conciencia, o vacío, o nada..., este vacío, esta nada, son los nombres que doy a la conciencia absoluta. El problema está en que yo, en mi aspiración, pretendo ampliar mi conciencia personal, ampliarla y ampliarla, hasta que sea absoluta. Y claro, esto no es más que un modo de inflar el yo personal. El trabajo consiste en que yo aprenda a aceptar lo que es la conciencia actual y particular mía, y también la otra que para mí, de momento, es una no-conciencia.

 

P: Pero supongo que la realidad (y la cualidad) de esta conciencia será muy diferente de mi conciencia personal ¿no?

 

R: Sí. Pero es diferente desde el punto de vista que tenemos ahora. De hecho, la conciencia personal que tengo es un pálido reflejo de esta no-conciencia, la cual es la conciencia directa de la realidad. Del mismo modo, mi energía o mi inteligencia, son sólo una pequeña sombra de lo que son la Energía, la Inteligencia. Pero estamos tan focalizados en esta visión particular constante, cotidiana, de nuestros fenómenos, que todo lo que no es esto nos parece que es nada. El trabajo consiste en descubrir que esta nada es precisamente lo que me falta para ser Todo. Y de aquí... al silencio. El cual no es para adquirir más cosas; el silencio es simplemente abrirme a la Conciencia. Cuando yo acepto que la no-conciencia es algo, entonces empiezo a despertar a esta dimensión, la cual la soy desde siempre...; entonces veo que esta no-conciencia es la verdadera Conciencia, y que mi conciencia personal es sólo una minúscula expresión de ella.

Como práctica, debemos plantearnos si es verdad o no que la no-conciencia es algo; y debemos estar atentos a esta pregunta. Pues hasta ahora estamos actuando atentos sólo a la conciencia particular, pero con la idea sobrepuesta de que no hay nada más; o sea, que existe una idea de negación de cualquier otra cosa. Por eso estamos viviendo con una atención hipnótica a los fenómenos particulares. El trabajo interno consiste simplemente en despertar a lo que hasta ahora era invisible, inaudible, no-existente. Por eso, cuando aprendes a aceptar que el no-fenómeno es algo que tiene realidad, y aprendes a estar atento, entonces vas despertando a una conciencia de inmensidad..., vas descubriendo la inmensidad de la conciencia..., dentro de la cual tienen lugar todos los pequeños fenómenos personales.

 

P: Cuando dices que esta no-conciencia es algo, lo encuentro muy natural, pues a mí me parece vivir una conciencia como difusa, poco particularizada, poco tangible, e incluso lo fenoménico me resulta poco concreto..., no sé explicarlo muy bien.

 

R: Por lo que dices es como si estuvieras a medio camino. Para ti parece intuitivamente claro que esta nada es algo, pero a la vez también lo particular está presente de un modo difuso.

 

P: Quizá al final ya no será necesaria esta conciencia particular concreta.

 

R: No debemos desestimar lo concreto. Lo concreto es el único modo que tenemos de desarrollar los instrumentos concretos de conciencia. Y si no desarrollamos esto, la vida nos presentará dificultades muy concretas, muy materiales, para que despertemos. Ese es el problema de las personas que tienen una sensibilidad especial hacia lo invisible, pero que esto se les presenta como una experiencia difusa. Estas personas se adhieren fácilmente a una serie de intuiciones, o sensaciones, sentimientos, a algún tipo de idealismo..., y si no están bien equilibradas... ¡se pegan cada batacazo! Surgen luego las desilusiones, los desengaños, a veces traumáticos. Siempre que hay esta conciencia difusa, la acompaña un inconveniente: el de que existe como una pereza en vivir las cosas concretas, particulares, vivas, detalladas. Eso hace que uno choque con la realidad muy concreta de la vida. Este es el problema.

Parece como si estuviéramos aquí (en esta vida) para desarrollar un potencial, unos instrumentos, y hasta que no los desarrollamos, tropezamos con ellos (como un niño cuando aprende a caminar). Lo mismo ocurre con los problemas; sólo podemos solucionar el problema cuando hemos ejercitado y desarrollado lo que se relaciona con aquel problema; entonces ya no tropezamos nunca más con él. Si no se soluciona, uno se queda siempre flotando a medio camino, pendiente de aquello no resuelto. De hecho podría decirse: uno puede ir más arriba en la medida en que también es capaz de ir más abajo; uno puede ir más hacia dentro en la medida en que es capaz de ir más hacia fuera.

 

P: En mi caso creo captar esa no-conciencia... y a mí me sigue pareciendo que lo que explicas no es difícil. ¿Piensas que me equivoco?

 

R: No. De hecho no es difícil. Pero una cosa es que tengas una vislumbre de que aquello es algo, y otra es que despiertes a ese algo. Y debes despertar a eso desde lo que eres aquí (y ahora), no desde lo que puedas pensar acerca de lo que hay allí. Uno no puede abrirse al Todo si no es utilizando toda la energía, la inteligencia y la afectividad que uno es. Por lo tanto, hasta que esto no se actualiza totalmente, no hay la puerta totalmente abierta. Está muy bien el hablar de cosas muy bonitas, y muy dulces, y muy elevadas, y muy tal... pero, dejémonos de romanticismos, pues llega un momento en que se ha de trabajar, se ha de utilizar la energía y se ha de mantener la actitud aguantando lo que sea..., y además disfrutar en ello. No se trata de una espiritualidad de salón, como esos que torean en los salones ¿eh?; no es eso, no; hay que ponerlo todo.

 

P: ¿Podrías resumir este último concepto?

 

R: Te lo resumiré así: yo he de llegar a ser toda la inteligencia que soy, toda la energía que soy y toda la afectividad que soy, sin más, como puro sujeto. Sólo cuando soy esto como puro sujeto es cuando estoy abierto a lo que hay más allá de lo que es objeto. Mientras yo me viva en tanto que «tal cosa», esta «cosa» me tendrá cogido.

 

P: A veces me resulta confuso distinguir claramente entre la sensación y el sentimiento ¿no van muy mezcladas una y otra cosa?

 

R: Son tres los ámbitos a diferenciar: la sensación, el sentimiento y el conocimiento; y eso se logra por vías distintas. La sensación, por el hecho de que está muy ligada al cuerpo siempre tiene un sentido de localización, y aunque se trate de sensaciones no físicas, la referencia base está en el esquema corporal. Con el sentimiento en cambio no es así; aunque pueda localizarse, también puede vivirse sin localización, de una forma, diríamos global (o difusa). Pero normalmente, la zona del sentimiento es la que corresponde al chakra anahata (aunque anahata también puede percibirse como sensación). Mas, es necesario distinguir correctamente entre la sensación y el sentimiento. Observemos que la sensación es una localización, es como una substancialidad, una extensión, una densidad, es algo más material; el sentimiento es algo más vivo, más cálido, más cordial, el sentimiento siempre tiene un carácter irradiante. En términos de luminosidad diríamos que el sentimiento es brillante, a diferencia de la sensación que también es como una luz, pero apagada, más opaca.

En cuanto al conocimiento (la mente), puede percibirse como sensación, como formas, o como verdades. Existe una sensación de la mente, que es el espacio de la mente. También hay las formas que llamamos imágenes, que son las formas en su aspecto sensorial; y hay las ideas, que son las formas en su aspecto mental. Pero después hay la verdad o significación de estas ideas (del mismo modo que también existe una significación de las imágenes). Todo esto son subplanos de lo que es la percepción mental. Pero uno debe meterse dentro para aprender a distinguir una cosa de la otra.

 

P: ¿Por qué discernir tan minuciosamente todos estos contenidos o aspectos? ¿es tan necesario meterse dentro, como dices?

 

R: Yo lo he hecho. Y puedo decirte que todos estamos capacitados para desarrollarlo todo, pero vivimos tan poco conscientes de nosotros mismos, que desarrollamos sólo unas cosas determinadas porque creemos que son las únicas que hay.

Además del plano corporal y de sensaciones, que es el más fácil de conocer, también podemos introducirnos al conocimiento de los otros planos: de las formas y de las significaciones. Todos lo tenemos todo, sólo depende de cómo se especializa la atención. Si uno busca realmente un desarrollo completo es evidente que ha de ir descubriendo y desarrollando todo. Pero si uno busca cómo salirse de unas situaciones para llegar a otro campo de conciencia, entonces no es necesario desarrollarlo todo, se busca lo que es más directo o asequible, y a partir de aquí se busca la puertecita de salida y... ¡adelante!

Encontraréis orientaciones de toda clase para el trabajo interior, las que se adaptarán a lo que se necesita o lo que es más fácil o natural para uno, y se puede trabajar a partir de aquello. En mi caso, he sido siempre partidario de buscar un desarrollo integral.

 

P: Yo tengo dudas en cuanto a tu planteamiento del yo-idea y el yo-idealizado, pues aunque el uno me parece un lastre el otro me parece que puede ser útil, que es necesario.

 

R: Puedes trabajar (como observación) con el camino que te presenta el yo idealizado, pues éste no es más que la realidad potencial que somos, pero envuelta dentro de una idea.

Como consigna general de trabajo en todo momento, debéis daros cuenta de qué estáis viviendo..., en cualquier momento; ¿qué estáis viviendo? ¿cómo estáis interiormente al vivir lo que vivís? Entonces si lo miráis, sin modificar nada, simplemente mirando lo que está pasando, veréis en que medida estáis dependiendo del punto de observación en que estáis situados, el cual está mirando unas cosas concretas (pero a la vez uno las vive o las está sintiendo de un modo determinado); este es el centro en el que estáis instalados. Y veréis que estáis hablando de muchas cosas, hacéis consideraciones de valor sobre las cosas, pero desde ahí, desde este punto condicionado, por lo tanto es una mistificación.

 

P: Pero, ¿es necesario analizar tanto..., si estamos situados aquí o allí?

 

R: Yo diría que es necesario tomar conciencia en cada momento de cómo estamos. Sencillamente porque esto es bueno para todo tipo de trabajo o circunstancia. Supongamos has de tener una discusión inevitable con una persona ¿te va bien eso de tomar conciencia, de saber como estás en cada momento?

 

P: Pero precisamente en esta situación que planteas, resulta de lo más difícil.

 

R: Se puede hacer; se trata de situarse. Pero, naturalmente, es conveniente ver previamente las cosas con las cuales estás más identificado, y probar (como un ensayo) si en estas situaciones puedes hacerlo o no. Generalmente estás más identificado con las situaciones que has vivido más y que te han afectado más, situaciones afectivas, familiares, etcétera. Es posible hacerlo.

Veréis que en las diferentes cosas que explico, insisto en el hecho de «darnos cuenta» en relación a los procesos, a la percepción constante, sin desvíos, como trabajo. Entonces logramos que nuestro trabajo se produzca de un modo directo, auténtico. Y este trabajo directo se traducirá en una actualización inmediata de ser, y de ir creciendo cada vez más en este sentido de ser (aunque el término crecer sea discutible en relación al ser). Con esto quiero decir que se trata de un trabajo mucho más directo que partiendo de las nociones psicológicas del yo-idea y otras; porque llegará un momento en que este trabajo de ser os planteará una demanda total.

 

P: Krishnamurti propugna una investigación constante sobre la propia mente ¿sirve esto para neutralizar el yo-idea?

R: Una cosa es el trabajo de observar el yo-idea a efectos de disolverlo y otra cosa es tomar conciencia en un momento dado de lo que está funcionando y entonces conectarse con el fondo. Yo no hablo tanto desde el punto de vista (que es el de Krishnamurti) que se basa en la observación constante del modo de funcionar y de ir descubriendo todos los mecanismos. Esto es necesario hacerlo. Pero hay algo más a tener en cuenta, que ayuda, y que es lo de conectar conscientemente con el fondo. Cada vez que nosotros podemos dar este paso hacia el fondo -y podemos hacerlo porque no es algo que viene y que pasa, sino que es algo que está en nuestra naturaleza-, esto para mí es un camino. Cuanto más yo establezco esta conexión, menos problema resulta aceptar las cosas del yo-idea. El vivir desde el fondo se produce en este instante en que yo me doy cuenta del funcionamiento del yo-idea y «conecto» con el fondo; y ya está. Luego vuelves a perder la conexión, pero cada vez que repites este gesto vas adquiriendo, vas actualizando, un fondo que se desarrolla y que te permite por un lado vivirlo más y por otro sentirte más seguro, al mismo tiempo que ves el yo-idea con todos sus mecanismos.

 

P: Existen situaciones que se viven con tanta fuerza que la auto-observación es prácticamente imposible ¿cómo hacerlo en estos casos?

 

R: Entonces hay que ver por qué esta situación la estoy viviendo con tanta fuerza..., no en un sentido moralizante, o crítico, sino en un sentido de investigación. ¿Por qué, por ejemplo, el que me digan que soy un imbécil me afecta tanto? Mirémoslo. Uno empezará diciendo que el imbécil es el otro, y que además no es de fiar, etcétera., pero si lo voy mirando descubriré la fuerza que tiene para mí la idea que los demás tienen de mí. Entonces no se trata de decir que esto no tiene importancia, al contrario, la tiene; se trata, pues, de ver en qué consiste esta importancia. Y a mí me parece que esto no es nada penoso. Lo penoso es cuando el trabajo se plantea en forma de ascesis, en la que yo me obligo a no dar valor a eso, a reprimirlo; esto tiene su origen en el criterio moralizante que tenemos dentro. En este tipo de trabajo siempre existe el miedo de que yo entonces perderé el valor de aquello, o la razón por la que estoy viviendo aquello. Pero cuando yo realmente acepto la situación y me obligo a mirarla, a investigarla, esto es muy positivo. Entonces para mí no significa un esfuerzo mirar el por qué la cosa me afecta. Se trata de mirarlo, mirarlo, y ampliarlo si es preciso para verlo más claro; y eso es estupendo, porque desmontas todo el tinglado sin perder nada, sin que hayas de renuncias a nada.

 

P: Seguramente lo que frena en el trabajo es este sentimiento de tener que renunciar a algo.

 

R: Pues no hay que renunciar a nada. A mí, durante mucho tiempo, me sabía mal perderme el partido de fútbol del domingo, para poner un ejemplo sencillo. Yo no soy seguidor de ningún equipo en particular, ni sigo la marcha de la competición, ni nada de eso. Simplemente me gusta como espectáculo porque yo había jugado un poco, y nada más. Entonces, puedo plantearme la pregunta:

¿Por qué a mí, aquello me resulta interesante? Y luego, sencillamente, mirar este ¿por qué? Sencillamente mirarlo, mirarlo. Eso hará que yo viva aquella situación de modo mucho más consciente, simplemente mirando qué es lo que pasa, qué es lo que tiene aquello de interesante y por qué para mí aquello es interesante, y mirando, ver de donde sale este interés... hacia aquello. Entonces te das cuenta de que estás poniendo allí una serie de cosas que tienen una historia, pero que todo eso está saliendo del fondo, toda la historia. Existe un hecho temporal (el partido de fútbol) hacia el que se va proyectando todo lo del fondo. Cuando yo llego a ver esto, puedo vivir todo el interés que me despierta el partido de fútbol (o la cosa que sea), de una forma directa; el estado de interés, en directo. O sea, que en lugar de renunciar a aquello que me gusta, lo que ocurre es que aún lo puedo disfrutar más. Primero, disfruto mirando el fútbol, y luego ya..., sin mirar el fútbol. O sea, que no se trata de decir que aquello es una tontería, o una distracción, o una proyección, una ilusión, maya, o lo que sea..., no. Miremos lo que ocurre..., y es estupendo porque descubres el interés en sí, y a la vez estás mirando algo que te gusta. Pero también conviene mirar lo que está pasando, del mismo modo, ante una cosa negativa.

El problema consiste en que no miramos, sino que reaccionamos. O sea, si la cosa me gusta, quiero agarrarme a ella y repetirla..., más y más y más; si la cosa no me gusta, quiero ir en contra o huir de ella. Entonces esto impide ver qué está pasando. En este interés en ver, en comprender, está la clave de este trabajo. Por otra parte, todo trabajo -el de la actitud positiva, el de centramiento, autoconciencia, meditación, etcétera-, todo, contribuye a que se vean claros estos mecanismos de proyección. Y también se estará más capacitado para aceptar las cosas desagradables que antes no se podían ni mirar.

 

P: ¿Puede ser que al tiempo que se vive una experiencia profunda a causa de una situación determinada, la mente se libere de lo que está pasando?

 

R: Cuando una experiencia profunda se vive a través de la mente (como se vive siempre) lo que hace es fijar la situación mental, la imagen mental. O sea, la profundidad también ha producido una fijación. Si en el momento en que me dieron una bronca yo tenía una vivencia profunda de mí, la bronca quedó asociada a la vivencia profunda. Y eso queda fijado así hasta el día en que puedo llegar a vivir toda la situación conscientemente, y a desintoxicar, podríamos decir, la vivencia profunda de la situación a la que estaba asociada. Casi siempre se viven las cosas así, pues es muy difícil vivir una experiencia del Fondo que sea pura. Aunque también es posible en algunas ocasiones, cuando una experiencia viene ella de dentro, sin estar asociada a otras cosas. Cuando esto se produce, es muy importante para el desarrollo.

Pero no hemos de esperar a vivir algo así, gratuito, sino que hemos de tratar de vivir ahora lo que realmente somos. Tratar de estar presentes, de ver qué pasa, de abrirnos a la realidad, ahora. No pensemos en que ya lo haremos después, o que luego vendrá algo especial; hagámoslo ahora, vivamos ahora el presente, descubramos este presente, en todas sus dimensiones posibles... y nada más. Porque de otro modo siempre estamos esperando que un día llegue una experiencia definitiva, como por arte de magia, y eso no funciona de ese modo. Es posible que un día se produzca algo así, pero de momento hemos de trabajar con lo que podemos, con lo que somos, con lo que hay disponible.

 

P: A veces, en un momento determinado, me he encontrado en una zona, podríamos decir, de luminosidad y con una gran sensación de paz, siendo ésta una zona de mí misma, donde me sentía ser realmente yo. Pero luego he perdido este estado. ¿Cómo hacer para llegar ahí a voluntad?

 

R: Esto depende de que tú aprendas a hacer unas cuantas veces por ti misma este trayecto hacia esta zona. Este es el problema de sobrevalorar el típico viaje a la India, o a otro lugar, o a ver a tal guru o a tal otro..., ya que en un momento dado se recibe una ayuda, pero luego esta ayuda se va. Y entonces uno se encuentra perdido completamente, como una criatura. Y no debe ser así. Aquello vale en la medida en que te ayuda a situarte tú por ti misma. Porque eso es lo único que te queda.

 

P: Me resulta difícil mantener un esfuerzo constante en el trabajo, y frecuentemente me vence la inercia; a veces hasta me parece que yo no quiero trabajar en este sentido interno.

 

R: Es cierto que existe esta inercia de que hablas; pero también es cierto que cada acto aislado que se hace rompiendo la inercia, cada momento de estos crea su propia descendencia, y eso hace que lleguen más momentos en que no sólo se podrá hacer la práctica sino que además a uno le viene el gusto de hacerla. A nosotros nos parece que estamos haciendo solos este trabajo; pero hemos de saber que no es así. Pues cada paso que yo hago hacia dentro, lo de dentro hace tres pasos hacia fuera.

 

P: ¿No existe el peligro de mezclar al yo-idea con los procesos propios del trabajo interno?

 

R: En general, cuando yo hablo del yo-idea, no me refiero a su «argumento» sino a su núcleo. Y cuando hablo de la experiencia del trabajo me refiero, naturalmente, a cuando uno ya está haciendo un trabajo interior y, por lo tanto, uno es capaz de evocar una realidad. Entonces no se trata de analizar el yo-idea y sus argumentos, sino simplemente de detectarlo. Míralo, simplemente. Es como ante una crispación; no has de luchar contra ella, sino mirarla.

En todo momento podemos ser conscientes de que estamos pendientes de unas cosas determinadas..., pero al mirarlas nos daremos cuenta de que hay un «campo» donde se manifiestan esas cosas. Entonces, al ver eso, podemos pasar a otro campo; no sólo verlo o sentirlo, sino «pasar». Esto tiene ¡tanta recompensa!, que se convierte en un «gusto», y llega un momento en que esto es lo natural; en que pasas de largo, porque te das cuenta de que ya estás siempre «allá». Es el estar «aquí» lo que es un gesto añadido.

 

P: Pero todos los procesos se hacen en la mente o desde la mente. Y ¿no es éste el dominio del yo-idea?

 

R: Verás..., es que el yo-idea no es nadie..., ¿sabes?; es sólo mente. Así, tanto si se mira desde el yo-idea como no, en todo momento es la mente quien hace una cosa. Falta ver si la hace directamente o a través de este núcleo que llamamos yo-idea. Y éste es otro camino de trabajo; preguntarse: ¿quién es el que está teniendo este problema? ¿quién hace este gesto? ¿quién es el que mira? ¿quién es el que se entera de las cosas? Evidentemente, contestaremos yo, yo. Pero mira bien quién es este yo, y ya verás el trabajo que se te vendrá encima..., pues no lo encontrarás por ninguna parte. Pero si trabajas así, mirando esto, continuamente, puedes ir directamente a lo otro... a lo Superior.

 

P: Pero la Identidad profunda de que nos hablas está tan inmersa en lo externo... ¿Cómo distinguir una cosa de otra? ¿y cómo prescindir del control (para mí necesario) de la mente?

 

R: Una cosa es lo que yo vivo como experiencia fenoménica y otra cosa es lo que vivo como mi identidad. En la búsqueda de esta identidad es cuando soltaré el control de la mente externa. Son dos campos distintos. Cuando se trata de descubrir la propia identidad, la esencialidad, hay que soltar el control que es la idea, porque la idea no te conducirá a la Esencia. Naturalmente, hay que mantener la lucidez para evitar entrar en lo inconsciente. Es necesario mantener el control... hasta que se llega a establecer una polarización permanente; entonces puede soltarse el control.

Siempre insistimos en el hecho de estar conscientes porque no existe otro modo. Y es que, forzosamente, nadie lo hará bien del todo, porque no hay nadie capaz de hacerlo bien de entrada. Pues el punto de partida de cada uno es el de su estado habitual; y desde este estado en que se encuentra uno, cuando se le habla de estar consciente, para él esto es un acto más de su mente voluntaria. Pero a pesar de eso, desde esta actitud, uno trata de hacerlo, de estar más consciente..., aunque entonces deja de darse cuenta de otras cosas, y cuando se da cuenta de las otras cosas, entonces uno se va de su estado de ser consciente..., y es un ir y venir, y es natural que suceda así. Pero a base de intentarlo, de fracasar, de insistir, de volverlo a intentar, de algún que otro dolor de cabeza, y de cosas así..., uno llega a percibir que existe una conciencia más honda, más profunda... y es ahí donde empieza la verdadera autoconciencia. Entonces veo (y sé) que la conciencia no es algo que yo hago o que produzco, sino que es algo que yo Soy. Que la conciencia es algo siempre presente, continua, estable en su sutilidad, en su extensión, en su Luz, y que constantemente Es... en mí.

 

 

 

  1. COMENTARIOS SOBRE LA CONCIENCIA, LA EXISTENCIA Y LA REALIZACIÓN

 

El origen de la separatividad

 

La causa de nuestro sentido de separatividad está en que nosotros tomamos conciencia de las cosas desde la zona frontal. Todo lo miramos a través de esta zona del yo-idea, y éste separa el Fondo de lo que es el estímulo. Entonces esto crea una conciencia de separación.

Cuando yo miro un objeto está funcionando en mí, aunque no me dé cuenta, el siguiente esquema mental separativo: «Yo, que soy fulano de tal, y que estoy situado aquí, estoy mirando ese objeto que está allá y que no tiene nada que ver conmigo». Constantemente está funcionando este esquema; o sea, que existe una idea precisa, clara, de distinción entre lo que creo ser yo, la idea que tengo de mí como cuerpo físico y como contenidos de ideación, y la otra cosa que se está mirando (situada allí) y que no tiene nada que ver conmigo. Por lo tanto, estoy manteniendo una distancia entre las nociones de sujeto y de objeto.

Si yo estuviera sensiblemente despierto y abierto, atento, el estímulo lo recibiría en mi fondo, en el mismo fondo donde existe la conciencia de mí. Y todas las cualidades que el estímulo contiene en sí (y que despierta en mí), serían vividas simultáneamente, siendo tanto mías como del estímulo. Por ejemplo, la distinción que hago: «la mesa es redonda, es de madera, es amarilla, está allá, es fea»; ésta y todas las distinciones que yo pueda hacer, se hacen a partir de esta dualidad, de este esquema de separación. Pero, de hecho, todas las cualidades que estoy viendo se actualizan en mi conciencia y de mi propia conciencia. Por lo tanto, son mías.

Pero como yo parto de la identificación de que yo soy este cuerpo físico y de que la mesa es otro cuerpo físico, y como siendo dos cuerpos físicos son diferentes y están separados por un espacio, por eso existe este esquema básico de que yo soy totalmente diferente de la mesa y por lo tanto la percepción que yo tengo de la mesa no tiene nada que ver conmigo. Pero la verdad es que la percepción que tengo de la mesa es tan mía como la percepción que tengo de mí. Y eso es también aplicable a la percepción que tengo de espacio y a la que tengo de la propia separación; todo ello sigue siendo mi misma conciencia.

 

 

Todo está en nuestro interior

 

Es necesario ver claramente que la conciencia actualizada es la que nos permite darnos cuenta de las cosas. Pero en general (para la mayoría), la conciencia ha pasado a significar algo parecido a un gran depósito donde hay las cosas, como si las cosas y la conciencia fuesen entidades distintas. De hecho, no es así, pues la conciencia está hecha de las cosas. Entonces, nosotros, como hecho concreto, somos las cosas.

Por ejemplo, las ideas que yo tengo, son ideas que están todas ellas relacionadas con el exterior. Mas, es necesario ver que el exterior también es una idea que tengo; que todo lo exterior no es nada más que un sector de mi campo mental al que llamo exterior, que he adscrito a lo exterior. Pero no hay un exterior diferente al campo mental.

Estamos acostumbrados a creer que tenemos imágenes de una persona, ideas y conceptos sobre una persona; y que mis imágenes, ideas y conceptos de la persona son como una especie de fotografía que tengo aquí -(Blay se señala la cabeza)- de la persona que está allí. Esta es la noción que generalmente se tiene. Pero no es exactamente así. La persona misma es nuestra visión, es nuestra conciencia.

Todas las ideas que tenemos es el exterior metido dentro; todas las percepciones que tenemos son nuestra mente en tanto que exterior. No son dos cosas diferentes. Después queda, como fondo, una representación, una memoria, pero en el instante de la percepción, la percepción y la cosa percibida son la misma. En definitiva, mi mente es el espacio; y las cosas son las formas de mi mente (de mi espacio). Por lo tanto allí donde percibo a la persona, aquello es mi mente. Es la mente en forma de persona.

 

Pregunta: Si todo está en mi mente ¿qué hacemos con el otro? ¿y la presencia del otro?

 

Respuesta: No es que mi presencia ampliada sustituya a la presencia del otro. Sino que mi presencia se abre y se produce un despertar a una unidad que hay. El problema real que tenemos es que no llegamos a comunicarnos con la persona sino que nos comunicamos con la idea que tenemos de la persona.

 

P: Has dicho «es nuestra visión, es nuestra conciencia...» ¿Para ti son sinónimos visión y conciencia?

 

R: Al decir visión, me refiero a la unidad que incluye al sujeto que ve y al sujeto (u objeto) visto. La visión es conciencia, y siempre es inteligente.

 

P: ¿En toda conciencia de algo existe pues una conciencia implicada de uno mismo?

 

R: Si estás pendiente de la mesa (por ejemplo), pero estás sin el yo-idea, también estás siendo consciente de ti porque la conciencia de ti es tu fondo; entonces, situado ahí, la mesa la sientes dentro de tu conciencia, no dentro del cuerpo, sino dentro de la conciencia única. Pero tal como estamos habitualmente, decimos: «conciencia de mí y conciencia de lo otro (del mundo)», como si fueran dos departamentos distintos.

 

 

Ensanchamiento del campo de conciencia

 

Cuando estás en el campo o en la montaña, al ensancharse el horizonte, el yo-idea se deshace un poco y tomas conciencia de ti más profundamente, de una manera natural. En cambio, a partir del esquema del yo-idea al cual estamos acostumbrados, la tendencia es la de identificarse con los objetos. Como ocurre en el cine o al leer una novela. Entonces yo me identifico con el personaje de la película o de la novela y me olvido totalmente de mí. Es la hipnosis. El otro estado, el de ensanchamiento, es el que conduce al despertar.

En cada momento nosotros (como experiencia propia) podemos tener una conciencia total porque sólo existe la conciencia total. Es preciso ver que lo que nosotros llamamos «mi conciencia» es sólo un pequeño sector de esta conciencia total que somos, y que este pequeño sector tiene como referencia sus vivencias a través de la mente, del sentir y de la sensación. Y a esto le llamamos conciencia; y al resto le llamamos no-conciencia. Pero si miramos bien, veremos que la conciencia que tenemos ahora es una conciencia particular que abarca un campo, unos contenidos. Mirando más (y mejor), observaremos que este campo que abarca nuestra conciencia actual tiene un límite. Y que más allá de este límite hay lo desconocido, la nada. Pero precisamente esta conciencia de limitación (o delimitadora) de lo que abarca nuestra conciencia actual, implica que tenemos una conciencia que está más allá de este límite -pues si no fuera así, no veríamos el límite-.

Entonces, cuando nos damos cuenta de esto, podemos seguir mirando la conciencia actual que tenemos, o bien podemos trasladar la conciencia hacia esta no-conciencia mucho más grande y desconocida. Si dirigimos la atención hacia esta conciencia (o no-conciencia) mayor y desconocida, entonces se cambia completamente de plano: se hace el paso de un nivel a otro. Y esto puede hacerse siempre.

 

 

Tres planos de conciencia

 

Podemos experimentar, pues, tres planos. El plano de la conciencia actual, que es aquello de lo que somos conscientes ahora. El plano de la conciencia complementaria, que es, de hecho, el resto del campo, su extensión. Y después hay otro plano de conciencia mucho más grande, a la que hemos llamado desconocida, que incluye todo lo que es no-conciencia.

Esto también puede enfocarse desde el punto de vista del todo y la parte. Por un lado existe la relación entre la parte y el conjunto, o el todo. En cada momento soy consciente de algo; pero respecto a este algo, sé que es algo, porque de algún modo tengo conciencia del todo. Y este todo es la conciencia complementaria. (También hay otro modo de acercamiento, el que se refiere a la relación entre la forma y el fondo. No sólo parte y todo, sino también forma y fondo). Pero, partiendo de aquí, podemos ver que una cosa no sólo tiene una relación con su totalidad o plano horizontal, sino que además tiene una relación con otro plano de un orden diferente. De este modo, yo me doy cuenta de que una cosa es materia en la medida en que tengo conciencia de algo que es no-materia. Yo me doy cuenta de que algo es mente en la medida en que tengo conciencia de que hay algo que es no-mente. Siempre hay algo que no es tangible, que no es cuantitativo, sino que es de un orden cualitativo diferente.

Eso pone en evidencia que somos conscientes de nuestra conciencia (tanto la actual como la complementaria) porque hay otra cosa, que no sabemos qué es, a la que podemos llamar no-conciencia, o a la que podemos llamar nada..., pero que es la que permite percibir todo lo demás.

Estamos tan concentrados en sólo un trocito pequeño de la existencia que no nos damos cuenta de que constantemente está todo, el Todo, porque este todo es lo único que es, que está, y que no puede no estar, ya que es imposible que no esté. No puede haber una conciencia parcial y nada más, porque la conciencia total o absoluta, es la única conciencia que Es; y no puede no-ser (ni ser menos).

 

P: ¿Puedes ampliar eso de pasar de un plano a otro?

 

R: Pongamos un ejemplo. Ahora tú estás aquí, mirándome a mí y viéndome en relación al conjunto, a todo lo demás que se percibe en esta sala, a las otras personas, a lo que se percibe del exterior a través de las ventanas, el canto de los pajarillos, etcétera. Cuando tú te das cuenta que estás siendo consciente de eso, tienes la oportunidad de darte cuenta, además, de que eres consciente de eso porque de algún modo está la conciencia de algo distinto detrás de eso.

Entonces se ve que todo lo que hay en este espacio (y el espacio mismo) es, de hecho, mi mente. No que mi-mente-tiene-la-idea-del-espacio, sino que el espacio mismo es mi mente; que el objeto es la mente; que la persona que veo es la mente. Esta es la auténtica expansión. De otro modo, no me muevo de mi esquema personal: yo que estoy aquí, miro aquello que está allí, y ya está.

Lo que está delante de ti forma como un círculo y tú estás viendo este círculo. Pero te das cuenta de este círculo porque de algún modo percibes que existe otra cosa... que está vacía. Si no fuese así, no existiría la conciencia de círculo, existiría una conciencia de infinito. Cuando hay una conciencia de límite es porque hay también una conciencia de lo que no es límite. Entonces tú puedes, como experimento, dirigir la atención no al círculo que estás viendo, sino a lo que no estás viendo. Está más atrás y más allá de lo que ves; es como mirar en otra dirección. Este es un ejercicio para ver como la conciencia puede pasar de lo visible a lo invisible, lo cual está (aunque de forma sutil presente siempre).

 

P: ¿No es eso buscar la realización a base de una manipulación mental?

 

R: Eso no es manipular; no se trata de manipular. No es vivir la realización de un modo egocentrado; no se trata de realizarme yo. El realizarme yo, sería una fantasía del yo-idea; no existe ninguna «persona» realizada. Es totalmente imposible que yo me realice, pues no hay nada que realizar..., todo está ya realizado.

 

P: ¿Podrías definirnos más qué es la realización?

 

R: Realizarse es situarse en lo que es nuestra triple esencia, que es Inteligencia (o visión), es Amor (o felicidad) y es Poder. Cuando yo me sitúo en la visión (sin nada más), cuando me sitúo en el amor-felicidad (sin nada más), cuando me sitúo en lo que es poder-potencia (sin nada más), entonces es cuando coincido conmigo mismo. Y eso, es mi punto de inserción con lo Infinito.

Yo soy más yo, allí donde soy Inteligencia, soy Voluntad y soy Amor. Y eso que soy, lo soy como un punto focal de algo más grande.

 

 

La Realización

 

La Realización ya existe. Pero los instrumentos han de estar conectados, han de estar afinados; sino todos, alguno. Como instrumento apto para la conexión es necesario tener los cuerpos (físico y sutiles) a punto. Aunque esto no es absolutamente imprescindible. Un gran yogui, Astavakra, por ejemplo, era jorobado, contrahecho; no era precisamente un ejemplo físico perfecto de yogui; y también han habido otros grandes yoguis que han padecido deficiencias físicas. Pero desde el punto de vista moderno, actual, como personalidad que ha de ser instrumento del espíritu en la Tierra, o en el cuerpo de la humanidad, es conveniente que exista la armonía del cuerpo, considerado éste como instrumento; pero no es un requisito imprescindible para la realización.

Y es que el objetivo último de la realización... no es el hombre mismo. La realización es para la Tierra..., de la cual la humanidad es uno de los vehículos.

Respecto a eso, caemos en el error de enfocar la realización desde el punto de vista del individuo; peor aún, desde el yo-idea del individuo. Y todos los proyectos que hacemos, todos los planes y todos los deseos, todo, estamos mirándolo desde el yo-idea. En el fondo es que a todos nos mueve un gran egocentrismo. Y eso parece inevitable porque buscamos soluciones, buscamos lo bueno, y naturalmente, eso es lo que interesa... a mí. Y es normal que se produzca de esa manera, pero es incorrecto.

Es incorrecto porque yo como personalidad no existo. Yo como personalidad sólo existo en una interdependencia total, inevitable, con todo el resto. No existe nada que pueda calificarse de personalidad o identidad separada. Eso no existe en absoluto. Todo lo que pasa por mi mente, es el exterior que funciona en mi campo de conciencia, pero yo le llamo mi mente, o simplemente yo. El cuerpo no es otra cosa que el mundo, es un trozo de mundo, una conciencia de mundo a la que llamo cuerpo. Y lo afectivo, igualmente. Y lo mental, igualmente. Pero todo es una unidad: es la Existencia. Y es inseparable, ¡no está fragmentada! La fragmentación es producto de la visión del yo-idea, pero es una unidad. Desde el punto de vista fenoménico somos una unidad inevitable con todo, y no podemos dejar de serlo.

Lo que ocurre es que como estamos tan identificados con el cuerpo físico..., y como el cuerpo físico (como forma física) aparece separado de los demás, así lo entendemos. Pero aunque esté separado de los otros cuerpos físicos, no lo está de la materia, ya que forma parte de un «continuum» material. Pero al ver un cuerpo físico separado de otros cuerpos físicos, basándonos en una gama muy pequeña de percepción habitual, entonces esto nos sirve de esquema básico para decir: «yo soy aparte de los demás».

Y sobre esta conciencia material física edifico todos mis esquemas mentales, toda mi aspiración espiritual, etcétera.

Si yo me situase a cierta lejanía y mi visión fuese ampliada (como si observase algo con un telescopio), entonces vería que yo soy sólo un trozo de todo lo demás, pero un trozo inseparable de todo lo demás. Es una abstracción teórica decir que mi cuerpo está separado de... En ningún momento está separado de; no podría existir separado de. Y respecto a mi mente, aún más. Mi mente es el mundo. Mi mente no puede albergar ninguna idea de algo que no esté en el mundo; que no se refiera a un objeto o al nivel de los objetos (físicos y mentales).

 

P: ¿Por eso se dice que todo es mente?

 

R: En último término todo puede verse como mente. Y también como energía, y como felicidad. (Pero eso es al final). Mas, de hecho, en el campo fenoménico, es muy diferente lo que es energía de lo que es mente. Porque Energía es, diríamos, la Potencia primordial. Y Mente es, la Substancia y la Configuración de la existencia.

 

P: ¿Y la Identidad?

 

R: La Identidad es, como si dijéramos, la Substancia en su componente central. La Substancia es el material (mental) del cual está hecho todo.

 

P: ¿Qué diferencias hay entre la Voluntad y la Inteligencia?

 

R: La Voluntad es algo básico: es pura energía. En los actos de la voluntad existe un componente mental; pero esto no es la Voluntad en sí.

La Inteligencia es la realidad en tanto que verdad, en tanto que significado. Eso es lo que se manifiesta en forma descendente (o se degrada, podría decirse) en el plano de lo que entendemos como realidad. Entonces eso son las formas.

Existen unas formas que llamamos materiales que, de hecho, son mentales. Y hay unas formas que llamamos de verdad que, de hecho, son de la inteligencia. La Verdad es la misma naturaleza de las cosas: su verdad.

 

P: ¿Qué se entiende, pues, por Sabiduría?

 

R: La palabra Sabiduría se refiere más bien al conocimiento de algo, a la verdad sobre algo. Pero la Mente es más, es la substancia de las cosas: todo es mente. Visto del modo más inmediato, todo es mente-energía; eso es lo que aparece más directamente a la percepción. Pero la mente es la que da la configuración-forma, la consistencia, el grado de concreción, de vibración.

 

P: Y ¿qué es el Amor? ¿ha desaparecido el amor?

 

R: No. El Amor es la relación que se establece entre la Mente y la Energía. De hecho, lo que llamamos amor es sinónimo de conciencia. Es la conciencia de Todo; es el Todo como conciencia. Y por eso es una realidad interna, subjetiva, de todo lo que existe. Esto, en el esquema teológico es precisamente el aspecto del Verbo. Y el Padre es el aspecto Potencia. Y el Espíritu Santo es el aspecto Inteligencia (la mente).

Todo es existencia en funcionamiento; funcionando en todos los planos. El problema está en que todo lo vivimos desde el yo-idea. Y el yo-idea es un modo indirecto de vivir. Este es el único problema.

 

Vivir desde el Todo

 

Toda percepción que yo tengo llega hasta mi fondo; hasta el centro de mí mismo. Y toda acción (o reacción, o respuesta) que surge de mí, surge desde el mismo fondo. Por lo tanto, en todo momento se está produciendo este milagro de una acción-respuesta perfecta, completa. Y eso, si yo estuviese presente, se viviría como una revelación constante de la realidad; de la conciencia inmediata de la realidad. Pero eso que está funcionando así, lo vivo desde el yo-idea; así, todo lo vivo de segunda mano. Y no sólo eso, sino que además, desde aquí, desde esa forma indirecta de vivir, he estado creando unos valores, unos esquemas, unas ideas..., y entonces estoy como dentro de una nube, metido en esto. Pero, de hecho, no me falta nada, sólo me sobra esto; ya que la realización no consiste en «hacer», consiste en «soltar», en «dejar ir».

Todo lo que funciona ya es completo, ya es expresión de Dios, ya es Dios, ya es realidad inmanente, Dios manifestándose en un nivel más alto o más bajo. Lo que Es, ya lo es totalmente. Así, la consigna será: vivir todo lo que yo soy desde todo lo que Es; pues Eso es mi verdadera identidad. Que es la misma de cuando era pequeño, la misma de cuando seré viejecito; es la misma identidad. Y es una lástima que esto no pueda afirmarlo con convicción, como consecuencia de que estoy centrado, mejor dicho, descentrado, en el yo-idea.

 

P: ¿Cómo podemos descubrir las trampas del yo-idea?

 

R: Si tú observas lo que piensas, lo que sientes, lo que intentas hacer mediante proyectos, deseos, etcétera, en tu vida diaria, descubrirás al yo-idea. Y verás que no son las trampas del yo-idea, sino que el yo-idea es la trampa.

 

P: Hay especies (algunos animales, por ejemplo) que presentan una gran perfección. ¿No podría decirse que son formas realizadas en su autenticidad? Si un ser humano llega a una completa expresión de sus características ¿no es eso la autenticidad, la realización?

 

R: No puedes ser totalmente auténtico, no puedes decir que vives desde el centro, que eres centro, si a la vez no te abres a las dimensiones superiores. O sea, no se trata de que lo que yo viva tenga mi expresión (como puede tenerla un ejemplar de otra especie), sino de que en mí existe una potencialidad de conciencia infinita, y yo la vivo y la expreso. Eso hace que sea muy diferente la realización humana de la de otras especies que, como seres, pueden ya funcionar de forma perfecta. Nuestra realización, o nuestra perfección, incluye esta demanda de totalidad, de realidad plena. Y eso es trascender la conciencia habitual. Es una apertura de lo eterno.

Pero, por otra parte, no he de forzar nada. Cuando me doy cuenta de que querer algo (en relación a la realización) no sirve para nada, que es imposible que yo pueda conquistar el Absoluto, cuando yo dejo de hacer fuerza, entonces lo que ya Es y ha sido siempre, simplemente lo veo; lo veo y lo reconozco.

 

P: Parece pues que en el saber mirar está la solución.

 

R: Sí. Pero mirar no es poseer la visión de lo que se mira. Siempre al mirar queremos atrapar algo; algo que yo entonces veo y tengo. Pero eso no es la visión directa. Ver es, esencialmente, estar conectado directamente con el mismo acto de ver. Y el acto de ver, en sí mismo, es... toda la Vida..., es... Ser

 

ÍNDICE

Prólogo

Aclaración preliminar

 

1. Proceso evolutivo de la vida humana

2. El trabajo con las energías

3. El deseo

4. El desarrollo de la intuición

5. Comentarios sobre el amor y la relación humana

6. Comentarios sobre el silencio

7. Nuestro funcionamiento psicológico

8. Comentarios sobre la conciencia, la existencia y la realización

 

FIN