La integración trascendente. A. Blay

 BLAY . CAMINOS DE AUTORREALIZACIÓN

 

(Yoga Superior)

 

Tomo II

 

La integración trascendente

ÍNDICE

 

INTRODUCCIÓN

 

            Necesidad de dejar a un lado ideas preconcebidas y prejuicios

            Distinción entre Dios como sujeto y el campo de la divinidad

            Dios ha de incluir todos los aspectos de todo

            Esquema de la marcha en el proceso espiritual

 

CAPÍTULO PRIMERO: DIOS COMO OBJETO Y COMO OBJETIVO DE

     BÚSQUEDA

 

            ¿En qué consiste el trabajo?

            Dios como objeto y objetivo de búsqueda

            Dios es ambas cosas

            Posible relación entre dios y lo relativo

            Estudio de los atributos esenciales

            Posibilidades de trabajo en este sentido

            Cultivar la presencia

            Preguntas

 

CAPÍTULO SEGUNDO: RESUMEN DEL CAPÍTULO ANTERIOR

 

            Contradicción aparente entre la bondad de dios y la existencia del mal

            Planos de manifestación

            Planos de conciencia

            Leyes inexorables dentro de cada plano

            El plano en que nos movemos realmente

            Eficacia de la oración

            Preguntas

 

CAPÍTULO TERCERO: COMPLEMENTO AL CAPÍTULO ANTERIOR

 

            Ley del más apto

            Ley de causa y efecto

            Ley espiritual

            La apertura a la presencia divina

            Preguntas

 

CAPÍTULO CUARTO: FACTORES QUE CONCURREN EN LA EXPERIENCIA

   ESPIRITUAL

 

            Aspiración e intuición

            Vivencia del Yo central

            El encuentro con Dios, situación única

            Preguntas

 

CAPÍTULO QUINTO: POSITIVIDAD ABSOLUTA DIVINA Y EXPERIENCIA

  HUMANA NEGATIVA

 

            El hombre, manifestación compleja de varios niveles de la realidad

            Dos clases de error

            Pregunta

 

CAPÍTULO SEXTO: ESTUDIO DE LA EXPERIENCIA HUMANA NEGATIVA EN

            EL NIVEL FÍSICO-VITAL

 

            Doble visión

            ¿De dónde surge el impulso?

            Preguntas

 

 

 

CAPÍTULO SÉPTIMO: HACIA EL ENCUENTRO CON DIOS (I)

 

            Yo hacia Dios

            Todo es oración

            Preguntas

 

CAPÍTULO OCTAVO: HACIA EL ENCUENTRO CON DIOS (II)

 

            La oración personal

            Preguntas

 

CAPÍTULO NOVENO: HACIA EL ENCUENTRO CON DIOS (y III)

 

            Recibir y dar a Dios en mí

            Preguntas

 

 

 

CAPÍTULO DÉCIMO: DIOS COMO FUENTE DE ENERGÍA EN MÍ

 

            El ejercicio físico como disciplina de desarrollo integral

            Dios como fuente de felicidad

            Dios como fuente de sabiduría

            Preguntas

 

CAPÍTULO DECIMOPRIMERO

 

            Transfiguración de mi modo de vivir

            Saber conocer a Dios en la otra persona

            Visión dinámica de la persona

            El Dios de las cosas y de los seres

            El Dios de las situaciones y circunstancias

            Preguntas

 

CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO: ESTUDIO DE LA EXPERIENCIA NEGATIVA,

          AFECTIVA Y MENTAL

 

            A) En el nivel afectivo

            B) En el nivel mental

            Preguntas

 

CAPÍTULO DECIMOTERCERO: DIOS, ¿NO-YO ABSOLUTO?, O ¿BASE Y RAÍZ

          DEL YO?

 

            La realidad es el Yo

            Preguntas

 

CAPÍTULO DECIMOCUARTO: RECAPITULACIÓN DE ESTE VOLUMEN

 

            1º. Dios como objeto y como objetivo

                  Intuición de Dios

                  Aspecto personal e impersonal de Dios

                  ¿Qué relación hay entre lo Absoluto y lo Relativo?

                  Aspiración hacia Dios

                  Necesidad de un enfrentamiento directo

            2º. La experiencia de lo divino

                  Condiciones del trabajo

                  Lo Trascendente y el mundo exterior

                  La experiencia del contacto divino

                  La experiencia de la unión

            3º. Dios como Sujeto Absoluto

            Preguntas

 

 

NOTA A LA PRESENTE EDICIÓN

 

 

  El texto completo de este libro se preparó inicialmente para ser publicado en un solo tomo. Pero debido al tamaño voluminoso que éste habría tenido, el editor ha decidido presentarlo en forma de tres libros separados, con el fin de que sea más accesible y manejable.

 

  Así, pues, bajo el título general: “Caminos de Autorrealización –Yoga superior-”, se presentan tres volúmenes que se corresponden con las tres partes originales del texto:

 

TOMO I:        Introducción. La realización del Yo central.

TOMO II:       La integración trascendente.

TOMO III:     La integración con la realidad exterior.

                        Epílogo

 

  Y aunque cada parte tiene su unidad propia y puede leerse con independencia de las demás, es recomendable leer los tres tomos por orden para tener una mejor visión de conjunto y darse cuenta de la unidad que subyace detrás de los múltiples aspectos y enfoques del desarrollo interior del hombre. El autor cree que cualesquiera que sean los efectos y limitaciones del libro, la nota de simplicidad y de unidad interna que ha de presidir todo el trabajo interior es una de las significaciones más útiles que ha tratado de señalar a lo largo de toda la obra.

 

 

 

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

 

 

  Antes de iniciar el segundo tomo, en el que trataremos de nuestra relación con lo trascendente, voy a permitirme un inciso para hacer una especie de nota personal mía.

 

  A algunas personas quizá les extrañe la forma en que estamos hablando de estos temas de vida interior, en los que tan explícito soy al dar los detalles de unas posibilidades reales, al dar testimonio de una realidad interior. Esto es algo que no es frecuente encontrar en los libros, ya que, normalmente, los autores tienden a hablar de las cosas, pero casi nunca refiriéndose a ellas de un modo personal.

 

  1. Yo quiero decir aquí que, en mi opinión, todo cuanto nos es dado vivir no nos pertenece exclusivamente a nosotros, como si de un coto personal se tratara, sino que lo tenemos para darlo. Es algo que debe ser comunicado. Porque gracias a esa comunicación se puede estimular a otras personas, se las puede ayudar en su trabajo interior, proporcionándoles datos concretos. Y esto es algo que está por encima de toda consideración.

 

 

 

Necesidad de dejar a un lado ideas preconcebidas y prejuicios

 

  En cuanto a la idea de que esto pueda representar una valoración personal, conviene que se vea muy claro que cuanto más vivimos interiormente, cuanto más ahondamos en la naturaleza de la realidad interior, más vamos descubriendo que lo intrínsecamente bueno, lo que es real, absolutamente todas las cualidades, proceden de esta Realidad Central que se expresa a través del Yo. Proceden de Dios, del Absoluto. Son expresión del Absoluto, y en ningún caso deben atribuirse a la personalidad humana, al yo-idea, a fulanito de tal. Cuanto más uno descubre esto de un modo experimental, más se da cuenta de que lo personal no tiene substancialidad. Descubre que lo personal es simplemente un modo funcional, una estructura transitoria que utiliza esta Inteligencia Superior para expresarse, que en sí no tiene una vigencia, una permanencia, una realidad consistente. Esto es similar a lo que ocurre con la cresta de una ola, que durante un instante parece tener una naturaleza propia, pero que al momento siguiente queda diluida en el mar, que es su verdadera realidad. Desaparece en el tiempo y el espacio.

 

  Por lo tanto, de ninguna manera cabe atribuir a lo personal lo que corresponde a lo superior. Precisamente, la presencia de lo Superior es testimonio de la relatividad, de la dependencia total de lo personal. Digo esto porque hay personas que se han formado la idea, y en algunos aspectos se les ha ayudado a ello, de que si una persona vive lo espiritual, por este motivo ha de ser necesariamente muy perfecta, superior a las demás. Esto es completamente erróneo. Lo único que es superior es lo superior. La personalidad es solamente un canal de expresión de ese superior, y cuanto más funciona lo superior, más se descubre que es la verdadera raíz de lo personal. Por lo tanto, no cabe, ni es correcto, buscar perfecciones en lo personal. La única perfección posible es permitir que lo perfecto se exprese de un modo más libre. Es perfectamente compatible el que una persona viva una experiencia superior y que al mismo tiempo esta persona siga funcionando con muchos defectos, con muchas deficiencias; porque esto es lo natural, lo normal.

 

  En la medida que tenemos conciencia de nosotros mismos como personalidad, como fulanitos de tal, necesariamente somos no sólo limitados, sino imperfectos. Estamos llenos de deficiencias, de vacíos, de problemas, de altibajos. Porque no está en la naturaleza de las cosas que la personalidad sea algo subsistente, algo sólido. Así, pues, nunca en ningún caso, podemos divinizar esa personalidad, ni permitir que lo personal utilice lo superior para resaltar su importancia. Lo importante está en la Realidad. En el Yo espiritual. En Dios. Está en ese Absoluto, y eso es lo único Real. Cuanto más se vive esto, menos importancia tiene todo lo personal. No es que se le quite importancia. Es que se descubre que es, en sí, no-importante, no-real. Que es sólo aparente.

 

  Hablo así no sólo porque no deseo presentar en absoluto una patente de ningún grado de perfección personal, sino también con objeto de que sirva de punto de referencia para el propio trabajo individual. Diré, de paso, que soy consciente de muchas deficiencias, en todos los aspectos, externos e internos, de mi personalidad.

 

  Nadie debe preocuparse demasiado de si es más o menos perfecto. De si se perfecciona más o se perfecciona menos. No interesa; no tiene sentido buscar la perfección en su sentido elevado a través de la personalidad. Lo único que tiene sentido es abrirse a lo perfecto, llegar a centrarse en lo que es el Centro. Cuando esto se hace así, se comprende muy bien aquel episodio del Evangelio, cuando alguien se acerca a Jesús y le dice: “Maestro bueno…”, y Él, lo primero que responde es: “Sólo Dios es bueno”. Esto lo dice Jesús, y es literalmente cierto. No es un problema de modestia o humildad. Es literalmente cierto. Sólo Dios es bueno, porque Dios es la Bondad. La única Bondad, la única Realidad que existe. Por lo tanto, toda cualidad posible solamente es y procede y se mantiene en Dios.

 

  Nuestra personalidad es un vehículo de expresión y nada más. No cabe el que la personalidad se atribuya, en sí, ninguna perfección. Es contradictorio, absurdo. Esto está claramente expresado en el Evangelio, cuando San Juan Bautista dice:”Es preciso que Él crezca y que yo mengüe”. Esa es la función de la personalidad. Cada vez nuestro centro ha de estar más centrado en lo Superior, de suerte que el factor puramente personal, circunstancial, vaya siendo para nosotros menos importante. En el fondo, la realización consiste en descubrir qué es lo real. Por lo tanto, nadie, en ningún momento, trate de quererse incorporar y atribuirse en lo personal ninguna perfección. Esto lo único que hace es limitar toda posibilidad de progreso, de crecimiento.

 

  Yo quería anotar esto porque conozco la tendencia general a idealizar a una persona, cuando ésta habla o da testimonio de ciertas realidades superiores, pretendiendo que esa persona, como tal persona, posee o debería poseer unas cualidades determinadas. Esto no es así. Lo perfecto puede expresarse a través de lo más imperfecto. Y realmente es así. Es como se expresa mejor. Porque cuanto más imperfecto, deliberada o conscientemente, sea el instrumento, más se puede expresar lo perfecto de un modo genuino.

 

  En el fondo, perfecto o imperfecto es un uso abusivo de los términos, ya que al único a quien es aplicable esa noción de perfecto es a Dios. Al Ser. A la Realidad. Incluso en nuestro lenguaje corriente, debemos evitar esa tendencia a pretender idealizar las personas y a girar alrededor de ellas. No hay que idealizar a nadie. Hay que tratar de descubrir la realidad allí donde está, o, por citar otro texto, “hay que aprender a adorar a Dios en espíritu y en verdad”.

 

  No es ningún problema de personalidad, de localización, de escuela, de nada que dependa de lo personal. Y es en este sentido que yo me siento con entera libertad para hablar, para comunicar una realidad, que, por otra parte, yo no pretendo vivir de un modo perfecto ni permanente, pero de las que puedo dar testimonio de que son así, porque se expresan, se manifiestan así, y, además, porque tengo la absoluta convicción de que están al alcance de todos los que sienten esta aspiración. No es tampoco una cuestión de privilegios. Es simplemente un problema de dejar paso libre a esta expresión de lo Real. Nada más.

 

Trataremos ahora de la realización de lo Trascendente en nosotros. Al decir Trascendente, ¿qué queremos decir? Nos referimos a esa intuición de una realidad que está por encima de lo que nosotros conocemos en nuestra vida normal, horizontal. Que no sólo está por encima, sino que, además, de alguna manera, es también la base, la raíz de todo lo que está por debajo.

 

 

 

Distinción entre Dios como sujeto y el campo de la divinidad

 

  Hemos de entender que en lo Trascendente hay que distinguir con claridad entre lo que constituye el campo de lo Trascendente, y el Sujeto, como Ser Absoluto Trascendente.

 

  Para expresar lo que es el campo diremos que cuando se toma contacto con la Realidad Superior, o cuando esta Realidad Superior se abre camino en la conciencia personal, aparecen como unas zonas inmensas de luz, de color, de belleza, de felicidad, de paz, de conocimiento, de energía. Siempre son zonas de una gran extensión. De una extensión que aparece como infinita. ¿Podemos decir que esto es Dios? La intuición nos dice que Dios es un Ser, un Sujeto, en tanto que esto que nosotros percibimos es un campo, un campo viviente, lleno de conciencia, de realidad, de vivencia, pero un campo. A este campo lo podemos llamar con el nombre genérico de “lo divino”, “la divinidad”, y reservar el concepto de Dios o de Absoluto para el Sujeto de ese campo.

 

  Podemos considerar que Dios es una Realidad que se manifiesta, que se expresa de un modo total, a través de estos campos. Pero, de alguna manera, ese Dios no es exactamente este campo, aunque este campo sí es Dios también. Hay que distinguir de algún modo esa expresión directa de Dios como campo divino, de lo que es Dios aparte de su manifestación, de su proyección divina. La intuición exige hacer esta distinción.

 

  En estos campos o planos divinos, que hay muchos, caben innumerables subplanos, infinitas distinciones en cuanto a niveles de energía, de felicidad, de verdades, de poder. Niveles donde se mueven seres distintos. Donde existe una Jerarquía. La tradición nos habla de Jerarquías celestes. Pero no es sólo en nuestra tradición cristiana, que ahora apenas se menciona en este aspecto, sino en todas las tradiciones donde se habla de algo similar. Incluso al margen de lo que son tradiciones, la experiencia nos indica que esto es así. Nos enseña que, aunque todo esto lo vivimos genéricamente como lo divino, incluso dentro de lo divino cabe la distinción; que hay una riqueza de manifestaciones en cuanto a modalidades de conciencia, de conocimiento y de seres distintos, aunque todos ellos estén participando de esta naturaleza esencialmente divina y, podríamos decir, ejerzan funciones distintas dentro de ese campo divino. De ahí esa noción, no sólo ya de Jerarquías Celestes, Angélicas, sino también de Dioses. Sí, de Dioses, en plural.

 

  Los Dioses son precisamente los principios operantes dentro de la diferenciación que existe en el campo de lo divino. Es posible distinguir esos principios operantes. Son como manifestaciones particulares de lo divino. Cada uno cumple una función, conservando su propia individualidad dentro de la conciencia de lo divino. Cada uno ejerce una función que le es propia.

 

  Esto es interesante porque, de algún modo, la experiencia viene a conciliar cosas, a primera vista tan contradictorias, como el aparente politeísmo de algunas tradiciones con el monoteísmo más exigente de otras tradiciones. No se contradicen, al contrario, todo se completa entre sí.

 

  Al tratar aquí de lo Trascendente, no creemos necesario ir estableciendo a cada paso una distinción muy precisa entre Dios como Sujeto Absoluto y Dios en su manifestación primordial, en ese campo de lo divino. Por lo tanto, utilizaremos indistintamente las palabras “lo divino”, “la divinidad”, “Dios”, refiriéndonos preferentemente a ese campo, que es a lo que nosotros podemos tener un acceso más inmediato. Además, la experiencia de personas que viven en esos niveles elevados tiende a confirmar exactamente esto mismo. Esas personas describen más bien campos, campos que personalizan, pero no a Dios como Sujeto Absoluto. En principio, conviene dejar clara esa idea para los que quieran puntualizar en el aspecto intelectual del conocimiento.

 

  Otro aspecto importante que hemos de considerar es que, al tratar de temas que se refieren a lo Trascendente, a Dios, nos enfrentamos ya con una formación adquirida. Todos hemos tenido algún contacto, alguna formación en relación con Dios. Puede haber sido una formación religiosa, que se haya vivido de una manera positiva, negativa o mixta. En cualquier caso, yo aconsejaría que, en lo posible, dejáramos a un lado esa formación, esas ideas, agradables o desagradables, aceptadas o rechazadas que podamos tener sobre lo Trascendente. Cuando en nuestra vida cotidiana actuamos en virtud de unas experiencias, del tipo que sea, adquiridas en nombre de la religión, estamos funcionando de una manera puramente mecánica. Hemos de poder situarnos frente a esta posible realidad de lo Trascendente con la mente y el corazón tranquilos, serenos, abiertos. Y hacer uso de nuestra capacidad de discriminación, de nuestra intuición interior, para ver lo que responde realmente a nuestra autenticidad en cada cosa que se nos plantee. En cambio, si en lugar de permitir que actúe este criterio, y en virtud de una predisposición favorable o contraria, reaccionamos automáticamente, entonces no estamos actuando nosotros. No podremos descubrir algo que sea real y verdadero porque nuestra reacción será mecánica, y nuestro sí o nuestro no, no tendrán el menor valor en orden a una realización. Podemos seguir diciendo sí o no a lo Trascendente de una manera automática, muy convencidos y muy seguros, pero mientras no nos demos cuenta de lo que nos hace decir sí o no, nuestra respuesta no será nunca verdaderamente nuestra. Será, en todo caso, el producto del miedo, de la protesta, de la fantasía. Será la necesidad de acogernos a algo que nos dé sensación de seguridad, pero siempre un mecanismo que funciona de un modo automático. Esto es lo más alejado que puede existir de toda realización.

 

  La realización empieza tratando de descubrir la verdad. La verdad de y en cada momento. Nuestra capacidad de ver, de sentir, de actuar, de responsabilizarnos por nosotros mismos. No actuando como un producto del pasado, sino tratando de ver con ojos nuevos, con oídos nuevos, con entendimiento nuevo todo lo que el presente nos ofrece. Esto es un esfuerzo que debe llevar a cabo toda persona que anhele realizar un trabajo sincero.

 

 

 

Dios ha de incluir todos los aspectos de todo

 

  Probablemente la noción que daremos de Dios chocará con la formación que hemos recibido. Sin embargo, es una profunda convicción de todo aquel que trata de ver y pensar por sí mimo el que Dios no puede ser una fórmula. Dios no puede ser una imagen que nos viene prefabricada, sino que ha de ser un descubrimiento permanente. Un descubrimiento que permita ver la verdad, la razón de ser de todo, absolutamente todo lo que existe. Que no deje cosas aparte. Que no mire sólo a un sector, a un aspecto de la existencia. Ha de ser un Dios que concilie el aspecto más amable y el más tremendo, a nuestra vista, de la existencia.

 

  Es inútil pretender hablar del amor que Dios es y nos tiene, entender este amor en términos maternales y después cerrar los ojos ante cataclismos, ante desastres que arrebatan la vida a millares de personas, sin que se vea ninguna razón lógica ni justificación moral para ello. Hemos de llegar a una intuición y aceptación, a un descubrimiento de Dios como la razón de ser de todo. No un Dios que sea sólo un refugio, que esté hecho de deseos, de aspiraciones y de sueños, sino un Dios que sea la realidad total. Un Dios que nos permita enfrentarnos con lo más delicioso y lo más horrendo. Es decir, un Dios que sea Dios de todo, Dios de cada instante, Dios de cada  cosa, Dios de cada situación. Sin dejar nada aparte. Hemos de realizar el acercamiento a un Dios que sea no solamente el Dios del amor, del bien, de la moral, sino también el del poder, el de la potencia creadora y destructora. Hemos de acercarnos a un Dios que sea el conocimiento, no sólo un conocimiento técnico, aquel que se puede utilizar en la destrucción, en la guerra. El conocimiento incluso que se atribuye a lo llamado demoníaco. El CONOCIMIENTO, con mayúscula. Todo el conocimiento.

 

  Hemos de realizar un Dios que nos permita ver qué es Dios. El Dios de la miseria, de la desolación, de la desgracia. Como lo es de la belleza, de la sublimidad. Una noción de Dios que dejara aparte cualquiera de estas cosas sería falsa. Sería un Dios que no es Dios, que no es el verdadero Absoluto.

 

  La crisis que está sufriendo actualmente la tradición religiosa en todo el mundo es debida, en parte, a esa imagen parcial de Dios. Una imagen cristalizada que ha querido presentar a Dios sólo en algunos de sus aspectos, prescindiendo de los demás, en tanto que la vida está imponiendo cada día ante nuestros ojos y nuestra experiencia todos los aspectos, los agradables y los desagradables. Y si la imagen que se nos ha dado de Dios no consigue enmarcar todos los hechos de la experiencia, esta imagen no puede mantenerse.

 

 

 

Esquema de la marcha en el proceso espiritual

 

  En la exposición que iremos haciendo distinguiremos tres fases: la primera se referirá a lo Trascendente como objeto y como objetivo de búsqueda. Nosotros nos dirigimos hacia algo que existe, que está en algún sitio. Es un objeto. Un no-Yo. Un no-Yo superior, Absoluto. Y ese no-Yo Trascendente, como objeto y objetivo, lo hemos de ver en sus tres vertientes esenciales. Dios como amor: amor, belleza y felicidad, en una trilogía que va unida. Dios como sabiduría, como inteligencia absoluta. Y Dios como potencia, como poder absoluto. Y hemos de poder acercarnos a Dios desde esas tres dimensiones paralelamente.

 

  En la segunda fase estudiaremos a Dios como experiencia. Dios como fenómeno interno de conciencia. Veremos aquí toda la evolución de lo que comúnmente se llama vida interior.

 

  Por último, en la tercera fase, trataremos de ver, de intuir y, si es posible, de realizar, Dios como Sujeto Absoluto.

 

  Estas tres fases corresponden a la marcha normal de nuestro desarrollo, de nuestra evolución o crecimiento de la conciencia.

 

  Al principio, Dios es algo que está en algún sitio. Algo que es completamente otro y aparte de mí. Algo muy grande, muy importante, pero, en definitiva, algo. Luego, cuando respondemos a esta intuición, cuando se produce una respuesta activa interior a un Dios real y presente, entonces nace en nosotros una gama de experiencias, a través de las cuales ese Dios, que al principio era sólo objeto, se va transformando en algo viviente dentro de nosotros.

 

  Es un nivel de experiencia en el que es muy difícil distinguir hasta qué punto Dios sigue siendo objeto, o es ya sujeto. Simplemente podemos decir que lo vivimos. Que lo gustamos. Que experimentamos lo divino, lo superior. Después veremos que, por más elevados que sean los estados que se pueden vivir en esa gama de experiencia, siempre Dios es lo otro. Siempre soy yo que experimento, yo que siento. Es cuando se sigue todo el proceso de evolución hasta el fin, cuando esta noción de Dios como experiencia, de Dios como algo viviente en mí, da paso a la última fase: la realización de Dios como Sujeto Único, como sujeto Absoluto de todo lo que es, de todo lo que existe.

 

  Trataremos de ir dando nociones, lo más directas y espontáneas posibles, en la fase del conocimiento de Dios como objeto. Trataremos de dar medios, lo más concretos y factibles que nos sea posible, en la parte de experimentación. Y quizá tendremos que guardar silencio al llegar a la tercera fase, la de Dios como Sujeto Absoluto, puesto que éste es el mejor modo de señalarlo.

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO PRIMERO

 

DIOS COMO OBJETO Y COMO OBJETIVO DE BÚSQUEDA

 

 

 

  Antes de adentrarnos en el ciclo Dios como objeto y como objetivo supremo de búsqueda conviene hacer unas consideraciones previas.

 

  En primer lugar, ésta es la fase en que la persona comienza a sentir una cierta inquietud, una aspiración. Ya no le basta con lo que le han enseñado. Necesita saber, conocer algo por sí misma que le satisfaga plenamente. No obstante, no sabe con certeza qué es lo que busca.

 

  Es ésta una fase muy difícil, porque, al principio, siempre ocurre que uno no logra definirse a sí mismo, ni tampoco sus aspiraciones. Ha descubierto que muchas cosas en las que había creído no eran ciertas, o no estaban suficientemente demostradas. Entonces trata de indagar, busca lee, escucha, pero nada consigue contestar a su no formulada pregunta. Todo le provoca desconfianza y duda, porque a su desorientación se añade una falta de madurez de juicio, de discriminación que le impide sentirse guiado de una manera segura. Hasta que una idea, una palabra le llama la atención, y es entonces cuando comienza a trabajar de un modo concreto.

 

  Al referirnos a esta primera fase trataremos de definir qué podemos entender como lo Trascendente, en tanto que objeto y objetivo de búsqueda.  A tal fin hablaremos sólo de lo que creemos que la situación nos afirma de un modo claro, de lo que se puede percibir directamente a través de este nivel intuitivo.

 

  No haremos teología ni filosofía. No vamos a exponer tampoco ninguna fórmula religiosa. No, porque esto no deba ocupar un lugar en cada uno de nosotros, sino porque creemos que éste es un tema que no nos corresponde. Consideramos que cada persona ha de ir descubriendo y desarrollando su propia filosofía, según el nivel de discernimiento que haya alcanzado. En cuanto a religión, consideramos que incumbe a la persona el estudiar, situarse, pronunciarse y responsabilizarse de la forma que considere más correcta, más adecuada.

 

  Lo que expondremos aquí es algo que debe ser trabajado, que debe ser experimentado paso a paso.

 

 

 

¿En qué consiste el trabajo?

 

  Muchas verdades esenciales son una especie de chispazos que se perciben a través del nivel intuitivo. Por lo tanto, el trabajo consistirá básicamente en integrar esas verdades del nivel intuitivo en nuestra mente personal concreta. Esto se conseguirá mediante una reflexión, una meditación seria sobre su significado y sus aplicaciones prácticas. Esta labor se traducirá luego en las consiguientes modificaciones de los esquemas mentales sobre Dios, sobre nosotros mismos, sobre la vida, sobre las demás personas, etc.

 

  En segundo lugar hay que incorporar también lo intuitivo al sentimiento, a la vivencia. Observar cómo afecta cada nueva verdad que se intuye a nuestro modo de sentirnos, a nuestro modo de vivir las cosas.

 

  Y en tercer lugar incorporar todo ese material a lo que son nuestras actitudes interiores hacia las cosas y a nuestros modos de acción.

 

  Así, pues, cualquier verdad que se intuye o se percibe debe ser incorporada, integrada a toda la personalidad. Toda la verdad que es verdad en la mente ha de ser verdad también en la vida real, en la vida práctica. Y cuando una cosa aparece como verdad en un nivel y no así en los demás niveles, esto ha dejado de funcionar como una unidad. Por tanto, además de una obligación, es también una necesidad el tratar de vivir de un modo total aquello que la mente, como foco iluminador, va percibiendo como verdadero.

 

  Otra cosa que hemos de tener muy en cuenta al tratar de nuestra relación con lo Trascendente es que hemos de procurar no proyectar, en absoluto, lo que nosotros vivimos como propio. Debemos intentar mantenernos en lo que la intuición nos da como auténtico, distinguir claramente lo que es intuición genuina de todo lo que son añadiduras o interpolaciones de nuestra mentalidad humana. Asimismo, hemos de procurar traducir a un lenguaje de la mente concreta aquello que se ha intuido, en toda su pureza, sin desvirtuarlo añadiéndole cosas de nuestra propia limitación intelectual, afectiva, volitiva, etc.

 

 

 

Dios como objeto y como objetivo de búsqueda

 

  Hechas estas consideraciones podemos iniciar este ciclo de la búsqueda de lo Trascendente, de Dios.

 

  La primera pregunta que se nos plantea, cuando hablamos de Dios, de lo Absoluto, es: ¿Realmente, qué es Dios? ¿Se trata de un Ser personal o impersonal? Estas preguntas nos las hemos formulado todos en un momento u otro de nuestra vida.

 

  Creemos que la respuesta es importante porque según que el Dios que nosotros buscamos sea un Dios personal o impersonal podremos o no tener una relación personal con él. De ahí la importancia de la cuestión.

 

 

 

Dios es ambas cosas

 

  Digamos de entrada que creemos que la intuición percibe de un modo muy claro que Dios es, a la vez, personal e impersonal. ¿Qué significa esta ambivalencia? Significa que es personal en la medida en que el Ser Absoluto es la Inteligencia, es la Voluntad, es la Acción. No que tiene, sino que es. Es decir, que posee unos atributos que nosotros tenemos también como seres humanos, pero que Él los tienen en un grado absoluto. Posee las mismas cualidades, pero sin las limitaciones del hombre. Porque es evidente que si en nosotros hay algo que es positivo, ese algo viene de un origen, de una fuente. Por lo tanto, de alguna manera Dios es un ser personal. Pero al decir personal no queremos indicar que sea un hombre. No debemos confundirlo con un ser muy poderoso y muy sabio. Al decir personal nos referimos al significado profundo de persona, que es el de una entidad con una voluntad, una inteligencia y una capacidad de acción propias. No en el sentido de una persona distinta de otra.

 

  Es personal porque reúne todas aquellas características que intuimos en nosotros como más nobles, aunque sin mostrar las variaciones que nosotros tenemos en todo lo personal. La inteligencia es una inteligencia total, absoluta, no variable en el tiempo. La voluntad es única, perfecta, inmutable desde toda la eternidad. Y lo mismo ocurre con todas las demás cualidades. Esto es lo que queremos significar como personal, que, como podemos ver, desborda muchísimo el concepto, por muy amplificado que sea, de Dios como persona.

 

  ¿En qué sentido es impersonal? El Ser Trascendente es impersonal en el sentido de que es el principio de todo cuanto existe. Es el fundamento, la razón de ser de todo. No podemos casi concebir algo que tenga un carácter total y mantenga al mismo tiempo una significación personal. Estos dos conceptos tienden a anularse mutuamente por nuestra forma de proyectarles a unos límites. Por ejemplo, sabemos que existe la electricidad. La electricidad es una energía determinada, concreta, pero no podemos decir de ella que sea personal. Es una energía impersonal, y el principio de la electricidad es un principio impersonal. Pero el conocimiento de este principio nos permite vivir la electricidad, adaptándola a unas necesidades y a unos fines. En este sentido, Dios es también impersonal. En el sentido en que nosotros, para llegar a la experiencia de lo divino, necesitamos conocer su naturaleza, sus leyes, y, en cierta forma, adecuarnos a ellas. Sólo proporcionalmente a esta adecuación nuestra, lo superior se manifiesta en lo inferior. Podemos decir que concertamos nuestra conciencia con lo superior.

 

  Asimismo, conviene ver muy clara la distinción entre lo Absoluto en sí, como Sujeto, y lo que es la divinidad como campo de energía, de potencia, de belleza, etc. En este campo infinito, caben toda clase de individualidades y Jerarquías. Decimos esto porque en ocasiones ocurre que las relaciones que se establecen con la divinidad son de tipo muy personal. No obstante, de alguna manera estas relaciones reciben una respuesta y dan lugar a cierta fenomenología. Dentro de esa gama infinita de la jerarquía divina existen seres que de una forma u otra pueden manifestarse y actuar como podemos hacerlo nosotros en relación con el mundo inferior, el mundo de los animales, etc.

 

 

 

Posible relación entre Dios y lo relativo

 

  Surge también la pregunta: ¿Qué relación hay entre Dios, como Ser absoluto, y todo aquello que existe como ser relativo? Esta es una pregunta más difícil de contestar de lo que parece. Porque si lo miramos con un poco de atención, si queremos saber qué relación existe entre lo Absoluto y lo relativo, nos vemos en la necesidad de afirmar que no existe ninguna relación. Absolutamente ninguna. No es posible establecer una relación entre lo Absoluto y lo relativo. ¿Por qué? Porque cuando nos planteamos esta pregunta estamos juntando las nociones de absoluto y relativo como si se tratara de dos cosas reales. Ahora bien, si nosotros aplicamos la noción de real a las cosas, al mundo que conocemos, entonces Dios es no-cosa. Por lo tanto, no-real. Mientras nosotros apliquemos el criterio de realidad a lo que percibimos fenoménicamente, no podemos pensar en lo Absoluto. La noción de ser, de realidad, aplicada a las cosas fenoménicas agota esta noción de realidad, y es totalmente inadecuado aplicarla a lo Absoluto. El absoluto es entonces no-cosa, no-ser, no-realidad. Pero si la noción de realidad la reservamos para lo que es en sí, entonces el Absoluto es la Realidad, y todo lo relativo es lo no-real.

 

  El Absoluto y lo relativo no son dos cosas comparables. Lo absoluto es lo absoluto, y las cosas son las cosas. Al decir cosas queremos decir todas las cosas, pero al decir Dios no queremos decir una cosa más. Al hablar de “cosas” queremos decir que son de una manera o de otra, que tienen una realidad. Esta realidad no es aplicable a Dios, porque Dios no es cosa. Dios no es objeto fenoménico. De ahí resulta que o bien consideramos al Absoluto como real, y entonces hemos de considerar lo que llamamos relativo como no-real, en relación con el absoluto, o hemos de apoyarnos en la percepción inmediata que tenemos de lo sensible como real, y entonces esta noción de realidad no es aplicable a lo Absoluto.

 

  Oriente nos ha enseñado siempre que el mundo es ilusorio, que el mundo es Maya. A nosotros quizá nos ha hecho gracia que dijeran que el mundo, las montañas, la pared contra la que chocamos, todos aquellos fenómenos que para nosotros son tan contundentes, sean Maya, una simple ilusión. Pero luego también han habido pensadores occidentales que han llegado a la misma conclusión. Igualmente, nos encontramos en Occidente con que muchas personas están planteándose la cuestión de si Dios es Maya, de si Dios es una ilusión, porque se dan cuenta de que no se pueden aplicar las nociones de realidad, los criterios de verdad que utilizamos en nuestro mundo de experiencias a un Ser Absoluto. Se dan cuenta de que ambas cosas son completamente distintas.

 

  Tenemos, pues, por un lado, el mundo visto como Maya, como ilusión. Por otro, el Absoluto visto también como Maya, como ilusión. De ahí que actualmente en muchas escuelas de pensadores se hable más bien de un Dios que es la resultante de lo que se está haciendo como conciencia colectiva, como mentalidad colectiva, como logro colectivo, y no sólo de la humanidad, sino también del Universo, que está en proceso evolutivo. Se habla de un Dios que va haciéndose, que va siendo, hasta llegar a una culminación de Sí mismo. En otras palabras, Dios visto como un proceso paralelo a la manifestación. Esto está relacionado precisamente con la dificultad que decíamos antes: no se puede vivir en lo relativo y hablar del Absoluto.

 

  Cuando una persona empieza a tener una intuición de lo que significa Dios como Ser Esencial, como Absoluto, se da cuenta de que esta noción no puede ser aplicada a nadie más. Es algo único. Cuando, por un uso abusivo de la palabra “ser”, aplicamos esta misma noción a las cosas, ello da lugar a problemas que sólo tienen realidad en nuestro razonamiento. Esto no sería así si no confundiéramos la palabra con la cosa, si tratáramos de ver constantemente la significación a que se refiere el símbolo mental o verbal de la palabra.

 

  Esto, por supuesto, plantea otro problema: si no hay relación posible entre lo Absoluto y lo relativo, no hace falta entonces hablar del Absoluto como objeto de búsqueda.

 

  ¿Se está cortando el camino, apenas comenzado? No; simplemente está apuntando en otra dirección. Está señalando hacia el hecho de que nuestra noción de lo real no es otra cosa que una noción de lo Absoluto vivida parcialmente. Así, pues, el problema de la búsqueda del Absoluto desaparece, ya que nuestra tarea no consiste en que a través de la maduración interior, de las disciplinas, del trabajo, del que hablaremos con detalle, nos vayamos acercando a Dios, sino en que merced a todo ello vayamos superando la conciencia genuina de realidad.

 

  Ahora ocurre como si nuestra conciencia de realidad auténtica estuviera situada en algún rincón de nuestro interior y su luz fuera iluminando diversos objetos oscuros, a los cuales nosotros, por error, los consideráramos en sí mismos como luz. No es que existan dos o más luces, una absoluta y las otras relativas. Sólo hay una luz. Y así sucede que a medida que progresamos descubrimos que aquella luz que nosotros identificábamos con tal o cual objeto, y que, por tanto, nos daba una noción de diversidad, realmente es una sola luz, la única luz posible. Entonces se va recuperando la conciencia de realidad. Se va descubriendo que esa conciencia de realidad es única. Que ya existe, que ya es, y que nunca ha sido otra cosa. Descubrimos que las muchas luces eran sólo el resultado de un modo imperfecto de percibir la Luz, un modo imperfecto e inadecuado de crear una valoración de las cosas aparentes, motivado por esa percepción fragmentaria de luz.

 

  Por lo tanto, el trabajo de realización no queda cortado, sino simplemente iluminado desde otra perspectiva. Llegar a Dios no consistirá en un ir a un sitio determinado, en perjuicio de los otros, sino en recuperar el único sitio, en llegar a la única noción de realidad, de ser, de verdad, de luz, que hasta entonces habíamos estado proyectando debido a nuestro modo imperfecto de funcionar en el mundo fenoménico. Decimos esto como sugerencia aclaratoria para las personas a quienes se les plantee esta pregunta de un modo espontáneo.

 

 

 

Estudio de los atributos esenciales

 

  Dando estas preguntas por contestadas, vamos a estudiar este tema, tratando de hacerlo a partir de los atributos más esenciales que nosotros intuimos que ha de tener la Realidad.

 

 

 

1º- Omnipresencia o Presencia Absoluta

 

  El primer atributo fundamental es la Omnipresencia, la Presencia Total. Una de las características o atributos esenciales que tiene esta Realidad Trascendental es que está en todas partes, puesto que todas estas partes son creación, expresión o manifestación suya. Pero no sólo es que Dios esté en todas partes y en todas las cosas, sino que Dios es, de alguna manera, el Ser real de todas las cosas, de todas las partes. Es la única base auténtica de cada cosa que existe. Ese Absoluto es lo auténticamente real que tiene cada cosa que existe.

 

  Además, no sólo es una presencia que está en todas partes y en todas las cosas; está también en todos los procesos. La presencia en todas partes es la aplicación de nuestra noción espacial respecto a Dios. Dios es todo lo que existe y está siendo la base de este existir; la razón de ser de su realidad, de su existencia. No sólo esto, sino que, además, es la razón de ser de todos los procesos que tienen lugar, de todos los cambios, de todas las sucesiones, de todas las transformaciones a las que todo está sujeto constantemente. Dios no solamente es en el espacio, sino que es en el tiempo. Todo fenómeno es un fenómeno de sucesión, y ese fenómeno de sucesión es Dios, y es Dios quien lo está llevando a cabo. Nosotros sólo vemos la manifestación más externa, más densa, más periférica de este obrar. Ser y obrar es lo mismo.

 

  En nuestra vida tenemos la ilusión de que hay cosas que son estáticas. Pero no hay nada que exista de un modo estático. Todo es cambio, todo es mutación, es movimiento, que podemos o no percibir con nuestros sentidos normales, pero que podemos llegar a captar de un modo clarísimo mediante los instrumentos de la ciencia, como amplificadores de nuestros sentidos. Por lo tanto, esta noción de presencia divina hemos de aplicarla no sólo a lo que se manifiesta como relativamente permanente, sino también a los procesos dinámicos de toda clase y de todo orden. No sólo a los movimientos de las cosas y de los elementos, sino también a lo que son movimientos del pensamiento, a los procesos del sentimiento; en suma, a los movimientos de la conciencia. Dios es el que está haciendo que todo sea y exista como es y no de otro modo.

 

  Esta presencia abarca el mundo visible y el mundo invisible, en su carácter estático y dinámico, o aparentemente estático y aparentemente dinámico. Para nosotros, el mundo invisible es como si no existiera, pero llegará un momento en que podremos ir constatando que sí existe. Llegará un momento en que percibiremos que hay muchos niveles de existencia, de inteligencia, de acción, de creación, mucho más allá de nuestro mundo físico, de nuestro mundo perceptible a través de los sentidos. Y Dios es el Dios de todo esto. Su presencia y su acción es presencia y acción de cada cosa que existe, arriba y abajo, dentro y fuera.

 

  Dios es una presencia que, por un lado, sustenta, y por otro, anima, mueve, dinamiza. Es la presencia sustentadora y animadora de todo el Universo y de cada una de las cosas, y, por lo tanto, de cada uno de nosotros. En nosotros hay una presencia que es la única realidad; que es más real que la noción que tenemos normalmente de nosotros mismos, más real que todo fenómeno y toda percepción que podamos tener. Es la razón de ser de todos nuestros fenómenos, percepciones, intuiciones y experiencias. Es lo único que permite que cada cosa que vivimos, la vivamos. Toda noción de valor y de realidad que vivimos en cada fenómeno procede de Dios.

 

  Es preciso, pues, si queremos trabajar en esa dirección, que nos abramos a la significación e implicaciones de esta Omnipresencia. Cuando hablamos de Dios no estamos hablando de otro. Estamos hablando de lo que nos hace ser, aquí y ahora. Estamos hablando de lo que nos permite conocer, de lo que nos permite comprender, amar, actuar, sentir. Estamos hablando de lo que realmente es el alma de nuestra alma, la vida de nuestra vida. Cuando hablamos de lo Trascendente en nosotros, estamos hablando más de nosotros mismos que cuando hablamos de nosotros mismos.

 

 

 

Posibilidades de trabajo en este sentido

 

  ¿Cómo se consigue un primer enfoque de trabajo en esta dirección de la Omnipresencia?

 

  En primer lugar, ya lo hemos dicho, hemos de reflexionar sobre qué punto comprendemos esto. Ver si para nosotros es evidente y para verlo necesitamos mirarlo con ganas de comprender, de conocer, de acercarnos a la verdad.

 

 

 

Cultivar la presencia

 

  Después de este trabajo de reflexión conviene pasar al aspecto de práctica inmediata. Tratar de aprender a ser más conscientes de esa presencia en nuestra vida diaria, en todo momento. Procurar no quedarnos detenidos en la simple apariencia de las cosas que percibimos, sino tratar de penetrarlas. Intentar adivinar la presencia que está haciendo y permitiendo que aquello sea lo que realmente es, y no otra cosa. Dirigir nuestra atención, nuestro interés, nuestra intuición más allá del objeto, persona o fenómeno que percibimos. No hemos de quedar atrapados tan sólo en lo sensorialmente perceptivo. Tratemos de captar de algún modo, de tener la sensación de tacto, de ese “algo” que está más allá de nosotros mismos, más allá de la percepción visual, más allá de la percepción auditiva, más allá del fenómeno del conocimiento y del sentimiento, más allá de cada cosa. Y procuremos mantener esa atención a dicha Presencia en silencio. Dedicar ratos exclusivamente a estar atentos a la noción de la presencia de Dios en todas partes, pero, de un modo especial, en mí, aquí y ahora.

 

  No debemos imaginar nada, porque cualquier cosa que imaginemos es falsa. Hemos de evitar este proceso de transferir, de atribuir al Absoluto unas formas, unos nombres, unas definiciones. No existe ninguna imagen, ninguna idea que sea correcta, que sea cierta. Lo único que vale es la intuición. En nosotros hay unos sentidos superiores que nos irán permitiendo tener de algún modo evidencia de esa realidad, de esa presencia. Para ello hemos de ejercitarnos. Este ejercitamiento, después de haber hecho el trabajo de reflexión, consiste en mantener esa intuición de la omnipresencia de Dios, presencia que está detrás de cada cosa, de cada instante y de cada uno de nuestros actos. Es como si nos quedáramos atentos a una sensación de vacío. Pero no un vacío sin sentido, sino un vacío que sugiere, que anuncia algo. No es un vacío como negación de todo, sino simplemente otra cosa por completo distinta. Le llamamos vacío porque no lo podemos referir a nada, pero ciertamente es como algo que tiene una fuerza muy tenue. Hay que percibir de algún modo esa intuición. Hay que sentir el tacto de ese algo que está detrás de todo.

 

  Tratar de ver, de sentir, de intuir en la vida diaria. Luego mantener silencio, en esa misma disposición de atención dirigida a lo que está dentro y fuera de nosotros, no un silencio perezoso, un silencio hueco, sino un silencio pleno de vida, intentando percibir, descubrir y deseando que esa realidad se manifieste a nosotros de algún modo.

 

 

 

Preguntas:

 

  - ¿La idea de que Dios está evolucionando es suya?

 

  1. – No. No es nuestra, ni la defendemos. Pertenece a un sector de esa nueva tendencia teológica. La hemos expuesto simplemente porque, cuando se aplica un criterio exigente a muchas nociones que se habían considerado como intocables, se va a parar a unas consecuencias que parecen negar algo de lo que es. Realmente lo que niegan es ese uso indiscriminado que se hacía de la noción de realidad, de la noción de ser. Pero no queremos entrar en este terreno. No es trabajo nuestro. Solamente tratamos de señalar algo que al principio parece sorprendente: el hecho de que lo Absoluto y lo relativo no tienen relación posible. Se tiende a esto a través de caminos muy distintos, aunque no se haya formulado de esta manera explícitamente.

 

  - ¿En qué consiste la libertad?

 

  1. – La libertad consiste en vivir esa acción de Dios. Estamos acostumbrados a unas nociones muy simplistas o ingenuas de que Dios está en determinado lugar, y yo aquí. Yo hago cosas, unas buenas, otras malas. Yo elijo, yo quiero. Tengo una capacidad de resistir los empujones de las tentaciones, etc. Este es un esquema que se nos ha dado.

 

  Si una persona trata de mirar por sí misma, de no aceptar como bueno lo que se le ha dado prefabricado, se da cuenta de que esta noción, tal como se nos enseña, no tiene prácticamente sentido. Libertad no significa hacer lo que se quiere, en el sentido popular. Libertad quiere decir no estar condicionado, no estar limitado, no estar supeditado. No significa que porque una persona quiera ira a la derecha, vaya, porque lo que está por demostrar es si ese querer ir hacia la derecha es libre. No confundamos el “yo hago lo que quiero”, que es la versión popular, con la verdadera libertad. Uno puede estar haciendo lo que quiere, pero ese querer está, sin embargo, completamente, condicionado. De ahí la eficacia de la publicidad. Se sabe seguro que gastando unos millones de pesetas la gente “querrá” comprar una cosa y no otra. La gente tiene la sensación de que usa su libertad, pero ésa es una sensación gratuita.

 

  La libertad solamente tiene significación cuando se puede actuar sin estar condicionado. Pero nosotros estamos condicionados, nuestra propia naturaleza es un condicionamiento. El único modo de que podamos ir librándonos de este condicionamiento es aprender a actuar desde el punto donde no existe condicionamiento. A medida que vamos elevando nuestro nivel de conciencia, nos acercamos más y más a la Causa. Entonces vamos viendo que la libertad no tiene nada que ver con el hecho de hacer o no una cosa. La libertad sólo quiere decir que al hacer algo, lo haga como una expresión total y perfecta de mi ser. Que no hay nada que me obligue, que me condicione. Que no haya nada que cause detrimento a algo en mí, es decir, cuando el hacer equivale a un acto total de nuestro ser. Esta libertad total solamente es concebible en el Absoluto. Pero en la medida en que nosotros podemos ir acercándonos a esto de alguna manera participamos más y más de esta auténtica libertad. Todo lo demás no es libertad.

 

  - ¿Cómo es posible que una cosa sea Dios?

 

  1. – Hemos dicho que Dios está en todas las cosas que existen y que está haciendo que todas las cosas sean lo que son, y no otra. Cuando decimos que una cosa, un objeto, es Dios, esto puede ser cierto y puede ser falso. Es cierto cuando intuimos que la única realidad que está allí es Dios. Estamos completamente equivocados si creemos que es Dios el objeto concreto y particular que estamos percibiendo. Se entenderá mejor si intuimos lo que es el alma de las cosas. Esto puede ayudarnos porque tenemos una noción de alma que, aunque es más o menos confusa, al menos nos es familiar. Entonces, concebir a Dios como alma de cada cosa, como alma de toda sustancia, de todo ser y de todo funcionar, nos acerca en cierto sentido a esa noción.

 

  Sin embargo, lo importante es ver las aplicaciones que esto puede tener para nosotros. No tratamos de filosofar. Se trata de algo fundamental, porque nos atañe a cada uno de nosotros. ¿Hasta qué punto la conciencia que tenemos de nosotros es nuestra? ¿Hasta qué punto está Dios metido anónimamente en esa conciencia? La noción que tenemos de nuestra personalidad, de nuestras cualidades, de nuestra inteligencia, ¿hasta qué punto es nuestra, o hasta qué punto es Dios, disfrazado, por así decirlo, con el ropaje de nuestra personalidad, de nuestra realidad? Esto es lo que debemos tratar de entender.

 

  No se trata de un Dios objeto de un conocimiento más o menos curioso, sino que está en juego nuestra misma noción de ser, nuestra misma noción de autenticidad, nuestra noción de valor. Si se trabaja en esto que sugerimos, sin que todo ello quede sólo en un juego de ideas, entonces se irá descubriendo la fabulosa riqueza que representa en nuestra experiencia el abrirse a esa Presencia. Se descubrirá que es una fuente de transformación, en cuanto a percepción y valoración, de nosotros mismos. Además, siendo fuente de transformación de nosotros mismos, automáticamente lo es de todo lo que percibimos y valoramos.

 

  Una vez más diremos que es necesario practicar. Debemos reflexionar sobre las intuiciones solamente con objeto de hacerlas inteligibles a nuestra mente concreta, no porque tengamos que estar reflexionando o teorizando. Este paso de la intuición al pensamiento concreto, mediante la reflexión, es necesario porque automáticamente hace descender lo intuido a los demás niveles de nuestra personalidad y lo convierte en un modo de hacer, en una actitud interior que nos permita vivenciar, descubrir si en aquello hay una realidad que debe ser vivida. Esto es lo importante, y es precisamente en este sentido que han fallado siempre la filosofía y la enseñanza teórica de todas las tradiciones religiosas. Se han quedado en verdades, pero solamente en un sector de nuestra mente. Ha faltado llevar estas verdades al otro sector de nuestra mente, aquel que vive el yo cotidiano, que vive la realidad de los conflictos de la vida diaria. Y este sector de la realidad cotidiana ignora totalmente lo que afirma el otro sector de nuestra mente.

 

  Hemos de permitir que esa verdad se manifieste en todos los sectores y niveles de nuestra personalidad. De ahí se desprende la necesidad de practicar. No basta con que digamos: “Sí, está bien. Parece que es correcto”. Esto solamente es el comienzo. Porque, si somos sinceros, veremos que tiene unas implicaciones necesarias. Si lo que queremos es jugar a ser más o menos inteligentes, está bien; pero no digamos entonces que queremos buscar ninguna verdad, ninguna realidad.

 

  Estas cosas no se aclaran en discusiones puramente teóricas. Solamente se aclaran en el silencio. En el esfuerzo interior para penetrar en lo más profundo de nosotros mismos y en lo más profundo de la realidad de todo.

 

  Nuestro deseo es que se vea lo más claro posible que si no hay una aplicación práctica de las intuiciones, si esto no se convierte en un trabajo efectivo de toda la personalidad, esto no es nada.

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO SEGUNDO

 

RESUMEN DEL CAPÍTULO ANTERIOR

 

 

 

  En el capítulo anterior hemos hablado del primer aspecto de lo Trascendente: el aspecto presencia. Decíamos que esta presencia abarca todo cuanto existe. No sólo en el sentido de extensión en cuanto espacio, sino también, y sobre todo, en el sentido de proceso. La presencia divina es lo que está haciendo que el proceso tenga lugar. En resumen, decíamos que nuestra noción de espacio es una noción muy relativa. Que depende simplemente de un modo de percepción limitada y que todo lo que existe es un proceso dinámico. Este dinamismo tiene lugar gracias a la acción de lo que llamamos Dios, divinidad, que es lo que hace que la cosa sea y exista. O sea que la verdadera naturaleza de cada cosa es esta base trascendente, Dios.

 

  Podríamos decir que nosotros vemos la sombra, la apariencia, pero no la verdadera realidad. La verdadera realidad es lo que hace que la cosa sea, y nunca es aquello que vemos, sino la causa de lo que vemos. En este sentido, pues, la verdadera naturaleza de las cosas es Dios, que está detrás de la manifestación. Un Dios dinámico. Un Dios que no es que esté en todas partes, sino que todas las partes están en Él. No es que esté en todos los procesos, sino que todos los procesos son el modo de acción de Dios. Por tanto, no es que debamos tener dos nociones distintas para aplicarlas, una al espacio y otra a Dios, y unirlas. No es que debamos tener dos conceptos distintos, uno para los procesos y otro para Dios. Es que la noción de proceso implica necesariamente la operatividad de un poder Trascendente. El poder trascendente en operación y el proceso es lo mismo, visto desde su nivel de causa o desde su nivel de efecto. No es que Dios, esté “en”. No es que haya un “en” y luego un Dios que está allí. Lo que hace que las cosas sean cosas es este Dios que está haciéndolas. Por lo tanto, no son dos nociones, sino una sola que lo abarca todo.

 

  En el hombre ocurre exactamente igual. No es que existamos nosotros y, aparte, haya un Dios que esté más o menos próximo. Es que nosotros somos el proceso aparente de ese único Poder. Nuestra existencia no es nuestra en ningún sentido. Sólo hay Una existencia. Sólo hay Una realidad, que es y que existe y que se manifiesta de un modo múltiple. Y cuando debido a nuestra conciencia fragmentaria percibimos una porción de esta multiplicidad como aislada del resto, tenemos la ilusión de que aquello es algo que existe de por sí y es independiente. Esto sólo es debido a una percepción artificial muy limitada. Cuando se ahonda más, se descubre la profunda vinculación que existe en cada aspecto fenoménico, en cada persona, en cada objeto, no ya sólo con los demás seres, sino, en profundidad, con la Única causa que es lo que está animando realmente todo. Por eso decíamos que Dios es más yo que lo que yo llamo Yo. Dios es la verdadera última esencia del sujeto. Dios es más yo que ese yo del que estoy hablando o en el que estoy pensando todo el día.

 

  Conviene estudiar ahora un aspecto que más adelante aclarará todos los fenómenos de nuestro proceso de crecimiento espiritual en relación con lo Trascendente.

 

  Ya hemos dicho que el hablar de Dios, de la espiritualidad, provoca inmediatamente una serie de reacciones automáticas en las personas, de acuerdo con su formación o con la reacción adquirida contra esa formación. En el primer caso las personas tienden a creer que se repite lo que ya se les había dicho en el pasado. Interpretan sólo en función de lo ya conocido. En el segundo caso tienden a rechazar lo que se dice, suponiendo que se habla de una cosa contra la que ya habían reaccionado. Ambos condicionamientos deben poder superarse si queremos descubrir algo nuevo, algo más auténtico.

 

 

 

Contradicción aparente entre la bondad de Dios y la existencia del mal

 

  Cuando decimos que lo Trascendente se intuye no sólo como lo que es real y base de cuanto existe en todos los aspectos, formas y situaciones, sino también en todos los procesos, es decir, en los procesos de pensar y sentir, en los procesos sociales, en los procesos económicos, geológicos y cosmológicos, surgen inmediatamente en nosotros una serie de dudas y problemas. Por una parte, se nos ha dicho que Dios es un ser muy bueno, y, por otra, constatamos que las cosas van en apariencia muy mal. Así, no hallamos la manera de conciliar ambas ideas. Por eso creemos que es necesaria una explicación.

 

 

 

Planos de manifestación

 

  En la creación hay una enorme diversidad de planos u órdenes de manifestación. Tenemos, en primer lugar, un mundo físico, un mundo afectivo y un mundo de ideas, mencionando sólo los más aparentes. Esto constituye ya tres zonas completamente distintas, tres mundos en los que estamos inmersos, participando de todos ellos; mundos que nos unen horizontalmente con los demás seres. Nuestro ser físico nos une con el resto de lo físico. Nuestro ser afectivo nos vincula con el resto de lo afectivo. Nuestro ser mental nos enlaza con el resto de lo mental.

 

  Estos varios planos de manifestación, además de poseer un modo vibratorio propio, tienen también unas leyes propias de funcionamiento. Por esto decíamos, en el primer capítulo de este volumen, que a Dios hemos de considerarlo como a un ser personal y, a la vez, impersonal. Como un principio. Recordemos el ejemplo de la electricidad.

 

  No pretendemos, ni tampoco sabríamos, hacer un análisis cosmológico. Solamente tratamos de mirar esto en el aspecto en que afecta a nuestra vida humana, lo cual ya es de por sí bastante complejo. Para ello podemos poner unos ejemplos que serán muy claros.

 

  Esa inteligencia, poder y voluntad supremas, este Ser que es el único que Es, que se manifiesta constantemente en un dinamismo, en una incesante creación y recreación de todo, se manifiesta desde el nivel que para nosotros es el más físico o material hasta el más sutil, elevado o espiritual. Vemos entonces que las leyes que rigen el mundo de lo físico son leyes propias y distintas de las que rigen el mundo psíquico, mental o espiritual. Por ejemplo, todos sabemos que en el plano físico, el espacio y el tiempo tienen unas normas concretas. En cambio, en nuestro nivel mental el espacio y el tiempo, aunque existen, no tienen las mismas normas que en el plano material.

 

 

 

Planos de conciencia

 

  Podemos ver el proceso de la humanidad desde un punto de vista evolutivo, que correspondería a un modo cualitativo del hombre actual.

 

 

 

a) conciencia animal

 

  Al principio, según nos es dado suponer, el hombre se regía por la ley, no del más fuerte, sino del más apto. Porque dicha aptitud podía adoptar dos formas: o más fuerza, o más habilidad. Tanto en el reino animal como en el humano, únicamente sobrevivían los seres que eran más fuertes o más hábiles para vencer a los demás, para conquistar la presa que les servía de sustento, para imponer su voluntad y para defenderse de los enemigos. Esta es una ley biológica, y también el hombre está sujeto a ella. Es la ley del más apto. Solamente sobreviven los más fuertes o los más hábiles; los demás mueren. Esta ley tiene su razón de ser muy clara: es la única ley que garantiza que la raza animal y la raza humana irán fortaleciéndose, que irán adquiriendo vigor y que, al mismo tiempo, irán desarrollando la habilidad, que es una forma de inteligencia. Es el modo de asegurar para la raza la fortaleza y la inteligencia a nivel elemental. La capacidad de adaptarse, de huir, de fingirse muerto, según las circunstancias, viene asegurada precisamente por esta ley. Vemos, pues, que al principio está al servicio del individuo para fortalecerle, para crear seres fuertes, sólidos, aptos, aptos también para asegurar la supervivencia de la raza. Este parece ser el objetivo primordial, y ésta era la ley que antaño predominaba. Ha sido así durante muchísimos años, no solamente en el sentido de ganar la subsistencia mediante la captura de la presa, sino en el aspecto de poder. En tiempos primitivos prevalecía el poder físico. Más tarde, esta prevalencia se trasladó al poder militar, económico, político. Es exactamente la misma ley de poder la que se va aplicando todavía. A pesar de que el hombre va desarrollándose más en otros niveles, sigue prevaleciendo este criterio del poder. Es la ley de la selva que subsiste, aun cuando la persona vaya desarrollando facultades más superiores.

 

  En este sentido, el dinamismo inherente a ese mundo regido por esta ley exige que uno esté haciéndose constantemente más fuerte. Hay que estar demostrando a los demás en cada momento que se es más fuerte. Al final, inevitablemente, la fuerza de los demás lo vencerá. O sea, el destino inevitable, el circuito existencia de los que se mueven en este nivel, es el de ser comido tal como uno ha ido comiéndose a los demás. Ser aplastado del mismo modo en que uno ha ido aplastando a los demás. Cuando se vive en este nivel, este destino es inevitable, porque la ley es inexorable. No se puede pedir que dentro de este nivel funcionen otras leyes, porque precisamente éstas son las que determinan ese nivel. Son su razón de ser, con su modo de vida correspondiente, con sus leyes, con su línea existencial propia. Son las que permiten que ese nivel exista y que quizá sobre él puedan desarrollarse luego otras cosas. Así, pues, la ley, a este nivel, es desarrollo, fortaleza, prevalencia del individuo sobre todo lo demás. En el hombre viene representada por una tendencia a vivir en un egocentrismo absoluto, en un absolutismo individual.

 

  Observando con más atención, podríamos descubrir muchas fases intermedias en este proceso, pero aquí no lo consideramos necesario. Este es un proceso moral y mencionamos esta faceta solamente porque es la más conocida por todos.

 

 

 

b) Conciencia humana

 

  Más tarde surge una ley que en el pueblo de Israel se expresa por la normal “ojo por ojo y diente por diente”, en la que podemos ver otro principio de acción. Aquí ya no se trata de que el más fuerte se coma al más débil. Esta ley exige que cada individuo respete al otro y que exista, por tanto, una justicia equitativa, una igualdad. El que hace un mal ha de pagar justo por este mal. Ha de recibir exactamente por lo que da. Ni más ni menos. Como se ve, esto representa un progreso con relación a la etapa anterior. Se trata de descubrir que el otro existe y que vale. Pero observemos que aquí yo y el otro somos dos seres distintos que se respetan mutuamente por propia conveniencia: “Te respeto para que tú me respetes”. “Aseguro tus derechos, pero tú has de asegurar los míos”. Es una conciencia individual que descubre al otro, pero manteniéndose cada uno en su sitio. A distancia.

 

 

 

c) Conciencia divina

 

  En el segundo nivel aparecía todo lo que son problemas de forma. Problemas de legalismo, de derechos, de justicia. Más adelante vemos que, también dentro de la línea moral, aparece otro principio que ya no es el de igual por igual. Encontramos a alguien que nos dice: “Perdonad a los enemigos”, “Perdonadlos setenta veces siete”, “Si os piden algo, dadles el doble”, “Si os quitan algo, dadles también el resto”. Vemos aquí una transposición, casi un giro completo. Aquí no se trata ya de que yo me defienda, o de que yo transaccione, sino que se trata de que yo me anule por el bien de los demás.

 

  Todo esto corresponde a tres planos completamente distintos. Si estamos viviendo en el plano de: yo quiero ser por encima de todos y ejercito mi fuerza y mi poder para dominar, entonces estamos sujetos a la ley correspondiente. Si nos movemos en el terreno de la justicia equitativa: yo hago el bien, merezco el bien; hago el mal, merezco el mal, exactamente a partes iguales, vivimos en un nivel completamente distinto que tiene sus propias leyes, su propio circuito existencial. Pero luego está esa otra frase en que se nos dice: “Amad a Dios sobre todas las cosas. Perdonad a los que os ofendan, a los que os persiguen y a los que os calumnian. Vendedlo todo y dadlo a los pobres y seguidme”. Esto es la enunciación de un principio completamente distinto, un principio en que el individuo no trata de conservar nada, sino que parece que ha de renunciar a todo y desprenderse de todo. Porque junto con este principio está Aquel que dice: “Buscad primero el reino de Dios, y todo lo demás se os dará por añadidura”. “El Padre sabe que necesitáis estas cosas, el comer, el vestir”, y nos habla de los pájaros y de los lirios, de cómo reciben su ropaje, su color. Esto nos es dado en forma de una nueva ley, de un nuevo principio que está estableciendo un nuevo modo operacional de existir con sus leyes propias.

 

  Se nos asegura que en esta última frase hay una inteligencia superior. Jesucristo habla del Padre. Nos dice que Él es quien dirige nuestra vida, nuestra economía, quien dirige absolutamente todas nuestras cosas. Y esto lo dice de un modo contundente, no a medias tintas, o en términos dudosos, sino de un modo claro, explícito. Pero lo curioso es que esto lo encontramos también formulado de manera distinta en otros pueblos, pueblos de los que nos separan muchos siglos y muchos miles de kilómetros de distancia, pero que, sin embargo, viven exactamente lo mismo.

 

 

 

Leyes inexorables dentro de cada plano

 

  Normalmente, nosotros esperamos que Dios arregle nuestros problemas. Buscamos un Dios mágico que solucione las dificultades y elimine los obstáculos. Que nos facilite, además, lo que deseamos. Y por eso hacemos oración. Si es necesario, buscamos la intercesión de un santo con influencia para pedírselo, de manera que la cosa pueda asegurarse más. Pues bien; lo que podemos recibir está en función del nivel en el que estamos viviendo. Si de hecho estamos viviendo en el nivel de la ley de la selva, aunque vayamos elegantemente vestidos, no podremos recibir absolutamente nada más que lo que es inherente a este plano. No importa lo que pidamos ni cómo lo pidamos; estamos completamente sujetos a esta ley. ¿Por qué? Porque nuestro nivel vibratorio determina el mundo, el plano de la manifestación en el que podemos desenvolvernos, y no otro. Por lo tanto, solamente recibiré lo que es propio de ese plano, de acuerdo con sus leyes. Si nos desenvolvemos en un plano de “toma y daca”, en un plano de igualdad, entonces no podemos pedir privilegios, porque solamente recibiremos aquello que sea producto de nuestro esfuerzo; absolutamente nada más. Aguardar otra cosa sería como esperar que todas las leyes universales se conmocionaran simplemente porque cada uno de nosotros desea algo distinto. La persona situada en un nivel no puede recibir nada que no corresponda a ese nivel. Cuando uno puede elevarse al nivel superior, aquel en el que se puede perdonar a los demás, de veras, es cuando aparece esta otra ley por la cual se recibe todo lo necesario. La persona verá asegurada su subsistencia y todo lo que sea preciso, incluso lo que haya de decir y hacer en cada momento. Le están reservados lo que son dones del Espíritu Santo: una serie de capacidades de conocimientos, de estados interiores de felicidad, de discernimiento, de amor, de poder.

 

 

 

El plano en que nos movemos realmente

 

  ¿De qué depende que una persona esté en un estado u otro? El criterio es muy claro y nadie debería engañarse a este respecto. Para saber a qué nivel está uno, solamente tiene que preguntarse: Yo, de veras, en mi vida, ¿de qué espero seguridad? ¿Cuál es la base en la que yo me encuentro seguro? ¿En el dinero que tengo? ¿En mi posición? ¿En mis conocimientos? ¿En la autoridad que he adquirido? ¿En mi capacidad de esfuerzo y de producir? ¿En mi capacidad de actuar socialmente y, por lo tanto, de recibir un producto de esto? ¿O en mi capacidad de darlo todo y esperarlo todo del que es el Centro, el Principio, el Alfa y Omega de todo? Cada uno puede formularse estas preguntas. No basta con que uno diga: “Creo en ese Dios tan fantástico que existe”. Esto no sirve para nada. Lo único que tiene realmente valor es: ¿En mi vida diaria, en qué me apoyo? ¿En qué baso yo mi seguridad cotidiana, mi seguridad de cada momento? Quizá descubramos que, en muchos aspectos, estamos inmersos en la ley de la selva. En la ley de supervivencia a través de la fuerza. Aunque en otros aspectos seamos muy generosos o afectuosos; aunque hagamos sacrificios para ayudar a otras personas.

 

  ¿Qué actitud tengo yo hacia los débiles y cuál hacia los fuertes? Esto nos dará la medida de nuestra actitud hacia el poder, poder físico, económico, político, social, intelectual, etc. Mientras estemos pendientes de esta ley tendremos siempre una reacción desequilibrada, vio­lenta, en relación con los débiles o con los fuertes.

 

  Sigámonos preguntándonos: ¿Por qué quiero ser más fuerte, más importante? ¿Por qué quiero ser más «algo»? ¿En qué medida ese querer ser más «algo» es sencillamente una demanda de realizar mi capacidad au­téntica, o representa para mí un instrumento que utilizaré en relación con los demás? En la medida en que estemos utilizando el deseo de poder como un medio para dominar a los demás, en esta misma medida esta­mos todavía en la primitiva ley del más fuerte. Y mien­tras estemos sujetos a esa ley del más fuerte no podemos esperar que se produzcan en nosotros las leyes del nivel superior. Nadie puede recibir nada de un nivel distinto al que vive. Cada nivel tiene su exigencia pro­pia. El nivel de la ley de la selva nos exige que desarro­llemos fuerza, y nada podrá sustituir este desarrollo, este ser fuerte. El nivel de la justicia equitativa exige que reconozcamos a los demás y que ordenemos nues­tra conducta teniendo en cuenta el bien de los demás. Que lo que antes guardábamos de un modo absolutista para nosotros, ahora hemos de repartirlo con los otros. Nada puede ahorrarnos el reconocimiento de este dere­cho, realidad e importancia de los demás. «Amar a los demás como a uno mismo», y esto es una ley inexora­ble también. No podremos pasar al nivel superior hasta que cumplamos esto. No podremos recibir ninguno de los beneficios de un nivel superior si no cumplimos esto.

 

 

 

Eficacia de la oración

 

Creemos que con esto empieza a verse más claro el por qué y en qué condiciones una persona puede vivir feliz, y puede esperar unos beneficios que se prometen a todo lo que es realización espiritual. Muchas personas están pidiendo en sus oraciones que se les libere de los problemas. Bien. En la medida en que los problemas son un medio para desarrollar capacidades concretas, en esta misma medida nunca la oración nos solucionará ningún problema, porque una ley, a nivel elemental, es que desarrollemos nuestras capacidades. Ocurre exac­tamente como con el niño pequeño que pide a su padre que le solucione los terribles problemas que le han pues­to en el colegio. Si se trata de un padre consciente, nunca lo hará, porque nada debe hacerse para impedir que el niño desarrolle sus capacidades por sí mismo. Si nos­otros tenemos problemas es porque estamos pendientes de unos valores determinados. Cuanto más acuciantes sean nuestros problemas, es que más importancia estamos dando a determinada situación -a que nos quie­ran, nos comprendan, etc.-. Estamos dependiendo de algo, estamos apoyando nuestra seguridad en algo. Por lo tanto, estamos en un nivel determinado. Y no pode­mos pedir que se nos solucione todo, porque ello no es propio de ese nivel. Ese nivel requiere trabajo y esfuer­zo. Para solucionarlo todo hemos de subir de nivel. He­mos de ascender al plano de las enseñanzas de Cristo. Este nivel está demostrado no sólo por El, sino por multitud de personas de todos los siglos y tradiciones.

 

Este ascenso es paralelo al trabajo interior. Es un proceso de evolución de la conciencia. Cuanto más está la conciencia identificada con el yo personal, más tendemos a vivir en el primer nivel, el del más fuerte. A medida que vamos identificándonos con el mundo de las cosas estamos pasando más o menos por la segunda fase: la ley de la justicia equitativa, en la que hemos de llegar a madurar, a perfeccionarnos. Cuando, final­mente, nuestra conciencia descubre que lo único real no es nuestro yo, como ser absoluto, con todo lo demás subordinado a él, cuando no estamos ya, en relación con los otros, sosteniéndonos mutua y equitativamente, cuando descubrimos que hay una realidad que está por encima de nosotros, Realidad que sostiene, mantiene y dirige todo, cuando esto se realiza como descubrimiento interior, entonces es cierto que se produce esta pro­tección. Se produce esta sustitución del yo personal por el Yo divino. En todos los planos existe una Providencia, pero en cada uno de ellos la Providencia se ajusta a sus leyes propias. Es absurdo pretender cambiar determinadas cosas de nivel. Va en contra de la misma razón de ser de cada nivel.

 

Creemos que esto aclara la discordia sobre si existe o no un poder superior, y sobre si este poder superior es capaz de actuar en lo inferior y en qué medida son contestadas las oraciones. Depende básicamente de la capacidad de contacto interior que tengamos. Capaci­dad de contacto quiere decir poder situar nuestra noción clara de conciencia, de Yo, en el punto más alto, donde Dios es Dios, donde lo Real es Real. No donde nos apoyamos en apariencia, no donde nos apoyamos en ideas o en valores convencionales, sino donde más vivimos la intuición de que el Ser es. Y cuanto más seamos capa­ces de vivir y mantenernos en ese punto, más las leyes propias de ese nivel se expresarán a través de nosotros.

 

En ese plano superior sólo hay armonía. En ese campo de la divinidad solamente actúa la felicidad, la plenitud, la inteligencia y el poder creador. Es en los planos inferiores donde se manifiesta lo que parece disarmonía. Si podemos mantenernos arriba, mantendre­mos la armonía y podremos llegar incluso a transfor­mar, hasta un cierto grado, nuestro funcionamiento de los niveles más elementales. Esta es la ley de los mila­gros: que lo superior, en su carácter de perfección, de plenitud, de realidad, etc., descienda por un momento a algo inferior. Este descenso tiene un poder de transformación instantáneo. El poder de hacer milagros es una facultad natural cuando le es permitido expresarse a un nivel humano. No son milagros, en el sentido es­pecial que se les ha atribuido. Son intervenciones de unas leyes superiores que modifican las leyes habituales de otro plano. No se necesita ningún poder personal para esto. Lo único que se requiere es poder establecer un contacto con la conciencia de ese nivel superior y man­tenerse allí. Entonces esa misma conciencia es el vehícu­lo de descenso y de irradiación de esas fuerzas superiores.

 

 

 

Preguntas:

-¿Qué podemos hacer al respecto y qué resultados podemos obtener?

 

R. -Hemos hecho hasta ahora simplemente un es­quema que nos permitirá situarnos en lo que ha de ser el trabajo interior. Nos enseña también cómo los resul­tados pueden ser diferentes según las personas, no por­que exista un favoritismo, sino porque la divinidad actúa exactamente desde este ángulo como un principio impersonal. Depende siempre de nuestra capacidad de conectarnos con esa divinidad. En la medida que podemos establecer este contacto, que es algo muy concreto, muy definido, en esa misma medida se producen los resultados -de la misma manera que no basta tener mucha voluntad para poner en marcha cualquier aparato eléctrico, sino que hemos de conseguir encontrar la co­nexión y enchufarlo-. Para recibir lo que es de orden su­perior necesitamos conectarnos con ese orden superior. No es que alguna vez no pueda producirse un testimo­nio, algo que se trasluzca desde lo superior al plano in­ferior. Creemos que esto ocurre, pero la ley es que, de un modo regular, los resultados dependan de la capa­cidad de contacto y del nivel que nuestra conciencia viva. Sin este contacto no se pueden esperar estos re­sultados. Y esto conviene verlo muy claro. Es una ver­dadera ciencia, una verdadera técnica. Sigue siendo cierto que los resultados de la oración no dependen de nosotros. Son cosas que se nos dan. Pero se nos dan simplemente porque movilizamos los medios adecuados, la actitud para recibir. Utilizando un lenguaje religioso, podríamos decir: Dios lo ha dado todo desde la eternidad. Dios se está dando a Sí mismo del todo. No se tra­ta, pues, de que Dios alargue un poco más la mano y nos dé ahora algo extra. Dios está todo El en expresión. Depende de nuestra capacidad de sintonización el que asimilemos más o menos, el que recibamos más o me­nos, el que El exprese, a través nuestro, su naturaleza, con todos sus estados interiores y todo lo que ello com­porta. Y esto es un principio preciso.

 

-¿Cómo puede haber perfección en un asesinato, por ejemplo?

 

R. -Dios es la perfección, y un asesinato puede ser la expresión de la perfección, aunque a un nivel de la ley de la selva. Dentro de este nivel, el asesinato puede ser algo estupendo. Aunque ello suene mal, es así. Ve­mos cómo los hombres primitivos tenían que defenderse de todo. No sólo defenderse, sino prevalecer. Sólo de esta manera se hicieron fuertes. Vemos también que to­davía ésta es la ley normal de los animales. Esta es la perfección de Dios expresada a través de esta ley ele­mental. O sea que en esto no hay ningún mal. Es debi­do a que algo en nosotros vive en un nivel superior, el que el asesinato aparezca como un mal. Pero intrínse­camente no lo es. Los problemas surgen cuando una persona pretende juzgar o recibir efectos a un nivel dis­tinto del que está, porque entonces se produce un desfase. No podemos pretender valorar y comprender la ley de la selva desde un punto de vista moral. Resulta ás­pera, cruel, no tiene sentido. Es el mal, la injusticia. El individuo que nace más débil, con menos fuerza, es el que cae primero y se lo comen. Esto parece desalmado. Pero ¡cuidado! Esto parece desalmado sólo para el ni­vel de la justicia equitativa. No es una imperfección en el nivel elemental, porque la razón de ser de la ley en este nivel es hacer que el individuo, por encima de todo, se fortifique y desarrolle su habilidad. Este es el bien supremo y todo está subordinado a este bien. Es un error aplicar un criterio moral perteneciente a otro ni­vel para juzgarlo.

 

Por eso a nivel humano nos repugna un crimen como nos repugna un abuso de poder. Los humanos estamos viviendo, más o menos, en el segundo nivel del que hablábamos. De ahí que consideremos como algo bárbaro lo del primer nivel. Por contra, encontramos como algo utópico, fantasioso, todo lo relativo al tercer nivel, aquél en el que Dios lo hace todo. Dios es quien nos ha de vestir, quien nos ha de alimentar, quien nos ha de hacer actuar. Esto nos parece una fantasía. ¿Por qué? Porque la ley de este segundo nivel es que desarrollemos mutuamente una conciencia objetiva de nosotros como unidad funcional y que aprendamos a realizar una interacción productiva. Como ésta es la ley operante en ese nivel, todo lo vivimos según estos valores, y, por lo tanto, lo superior nos parece fantasioso y lo inferior de­masiado bárbaro. Un día pasaremos de nivel y nos daremos cuenta de que aquello estaba bien, pero que ya no tiene sentido. Ese: «Yo en mi sitio y tú en el tuyo. Cuidado con lo mío, cuidado con lo tuyo. No decir nada que pueda molestarte. Molestarme yo por cualquier cosa que puedas decir». Todo eso nos parecerá sumamente bárbaro. Tan bárbaro como ahora nos parece el hecho de que el fuerte abuse del débil.

 

-¿Entonces hemos de dejarnos lleva por el instinto?

 

R. -No solamente por el instinto. Los instintos ac­túan en todos los niveles. El instinto no es nada más que la Inteligencia funcionando a través de un nivel, la inteligencia única, suprema, expresándose a través de un nivel biológico. Y lo que llamamos segundo nivel es la misma inteligencia, expresándose a través de un nivel mental, racional. Y, luego, en otro nivel existe otro modo de conocer que es la misma Inteligencia, pero que puede expresarse de un modo más directo. Es el nivel de la evidencia intuitiva constante. Es siempre la misma inteligencia, que se expresa de modos distintos según el nivel de su manifestación.

 

Ocurre lo mismo en el Amor. Opera en todos los pla­nos, desde el más elemental, hasta el más superior. Sólo que se está expresando en un plano distinto, porque el nivel es distinto. Como igualmente es el mismo Poder aquel que se expresa a través de cada cosa, según los modos y leyes propios de cada nivel.

 

Al principio, el yo personal lo absorbía todo. Des­pués, el yo pasa por entre el yo y el tú. Al final sólo queda una Realidad dentro de la cual estamos todos.

 

-Para ascender a un nivel superior, ¿es necesario estar limpio de faltas en el inmediato inferior?

 

R. -Para subir a un plano superior no es necesario haber liquidado todas las cuentas del nivel inferior. Esto es algo extraordinario, maravilloso, de lo cual hablare­mos más adelante. Existe una cosa que se llama reden­ción. Parece raro que hablemos aquí de redención, ya que no solemos expresarnos en términos cristianos. No obstante, ya veremos cómo esta palabra tiene un senti­do muchísimo más amplio que el que estamos acos­tumbrados a interpretar. Existe la redención, como en Oriente existe lo que llaman «la liquidación del karma». El perdón de los pecados es precisamente esto. Cuan­do somos capaces de perdonar, cuando liberamos del karma a los demás, quedamos liberados de nuestro kar­ma, es decir, de esa ley de causa y efecto.

 

Cuando subimos al nivel superior, se borran todos los condicionamientos. Y es porque existe esa posibili­dad de subir y porque esa posibilidad trae consigo una transformación que parece milagrosa -con efectos in­cluso en el orden material, con efectos sobre todo lo que son estructuras de la personalidad, en el orden fisiológi­co, mental o afectivo-, por lo que se puede hablar de una auténtica redención. Es lo superior que ilumina algo que estaba oscuro, que elimina lo que estaba cargado. Esa redención se está haciendo en todo momento. Podemos beneficiarnos constantemente de ella, porque lo que se habla en lenguaje cristiano acerca de Jesucristo como Hijo de Dios y Redentor, es el Verbo, y el Verbo es esto que estábamos diciendo: la Luz que ilumina a todos los hombres, la Vida de la vida, el Alma que está dentro de todo. Mediante la apertura y contacto con lo que es esta Alma central, su luz se derrama, se esparce por todo el resto de la personalidad. A medida que le dejamos paso libre, lo va transformando, iluminando, redimiendo todo. Redimir quiere decir curar. Curar en­fermedades, ignorancias, errores, y capacitar, al mismo tiempo, para ser expresión de luz, de paz, de felicidad. Es una redención real, aquí y ahora, una redención experimental. Lo que se habla del Cristo histórico es un aspecto, un modo temporal de expresar esta verdad, que es instantánea porque es eterna. Es la relación que hay entre el Centro y la periferia.

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO TERCERO
COMPLEMENTO AL CAPITULO ANTERIOR

 

 

En el capítulo anterior comentábamos, a grandes rasgos, la existencia de varios niveles de conciencia que corresponden a la línea evolutiva del hombre, y de cómo cada nivel de conciencia corresponde a un mundo que se gobierna, se rige por unas leyes que son distintas de las de los otros niveles.

 

 

 

Ley del más apto

 

Decíamos que, en principio, existe el nivel más pri­mitivo, más elemental, al que corresponde la ley del más apto. Por esta ley el hombre desarrolla, a seme­janza del reino animal, su actitud para sobrevivir, para imponerse a los demás y también para defenderse de los demás. En definitiva, para crecer un poco, o un mu­cho, a expensas de los demás.

 

En este nivel, la conciencia actúa exclusivamente bajo los impulsos de la afirmación, de la conservación y del crecimiento. Podríamos decir que, aquí, el hom­bre es como un mecanismo. Sigue necesariamente las presiones del interior y trata de luchar con el exterior para obedecer a esta imperiosa exigencia. La finalidad de este nivel es hacer que el individuo sea fuerte y de­sarrolle habilidad. Habilidad pasiva de adaptarse o habilidad activa de dominar, de modificar lo exterior. Esto redunda en beneficio de la raza, ya que, mediante la transmisión de estos rasgos, se asegura su subsistencia. El hombre que se mueve a este nivel, nivel que en apa­riencia la mayoría hemos trascendido, se caracteriza porque tiende a utilizar, sin restricción, su capacidad de imponerse, de adquirir, de poseer, de dominar. Su único freno es el miedo a la sanción social.

 

 

 

Ley de causa y efecto

La segunda zona o plano de conciencia es aquella que está regida por la ley de la justicia equitativa. En ella, la persona descubre que existen otros seres y que éstos tienen valor por sí mismos. Entonces la impor­tancia que anteriormente quedaba absorbida de un modo absoluto por el Yo personal se reparte entre el Yo y el otro. Podríamos decir que se va desarrollando una conciencia social. A medida que la persona va evolucionando, va dando una importancia mayor a este factor social, hasta que, finalmente, acepta la norma de que lo mejor es aquello que beneficia al mayor número de personas y no solamente al propio individuo.

Esta es, más o menos, la etapa de la conciencia en que vive el hombre actual. La etapa en la que todos sa­bemos que los actos tienen una consecuencia, una res­ponsabilidad. En este nivel opera, pues, la ley de causa y efecto, lo que en Oriente se conoce con el nombre de Karma. Todo acto realizado, bueno o malo, tiene sus consecuencias inevitables de bien o de mal. En cada acto y en cada actitud que la persona adopte hay una justicia inminente que necesariamente entraña consecuencias matemáticamente justas. Todas las leyes, las leyes de la moral, las del derecho, etc., se basan en este nivel de conciencia. Podríamos decir que la persona deja de ser empujada por aquello que son sus impulsos, que deja de ser el hombre máquina, el hombre pasivo frente a sus propios impulsos para descubrir ciertos valores. Se contrapone el valor de sí mismo con el valor de los de­más. Empieza a apuntar una capacidad de autodeterminación. Está es la etapa del desarrollo de las facultades a un nivel humano, del desarrollo de esta capacidad que se llama libre albedrío, en el sentido de que el hombre llega a dar más importancia a lo que considera bueno para todos que a lo que solamente considera bueno para sí mismo. Es el amanecer de la autoconciencia.

 

 

 

Ley espiritual

En el tercer nivel, que podemos llamar nivel de conciencia espiritual, ya no rigen tales leyes. Solamente se vive aquí la conciencia de la única realidad que exis­te, la divinidad. Todo es expresión de esta divinidad. Desde este nivel todo se vive tal como la divinidad lo está viviendo, lo está manteniendo. Así, pues, en este nivel superior existe la verdad positiva de las cosas, la única verdad, el bien total de las cosas y de las perso­nas, el único bien, el amor, la felicidad única de todas las cosas, el único amor y felicidad. Es en este nivel donde el hombre culmina la realización de su ser, de su identi­dad, haciéndose uno con la Realidad Superior, Dios. Así, pues, cesa en la función de regir personalmente su pro­pia actividad, cesa en el uso de su libre albedrío, en el sentido del segundo plano, para pasar a una culminación total de su libertad. El hombre llega a la libertad total de sí mismo cuando realiza plenamente la realidad de su ser espiritual. Cuando este ser espiritual puede vi­virse y expresarse de un modo total, se vive la libertad total, puesto que es la liberación. En este sentido, vivir la plenitud del ser es vivir exactamente toda la capacidad de libertad posible. Esto da, a su vez, una conciencia de independencia interior, de felicidad y de plenitud. Curiosamente, la persona que está todavía en el segundo nivel cree que esto es una negación de la libertad, una privación de algo que considera precioso, sin darse cuen­ta de que ella, por su parte, sólo tiene una minúscula parte de su verdadera libertad, de su verdadera afirma­ción como ser consciente y volitivo, como ser capaz de expresar esa realidad que es.

Es en nivel superior donde esa realidad se expresa de un modo pleno, total, es decir, donde se vive de un modo pleno y total en el sentido de liberación, de ple­nitud, de felicidad, de amor y de energía. Entonces la persona deja de autodeterminarse y vive una conciencia permanente de su identidad divina. Podríamos decir que todo sucede, todo ocurre, pero que todo sucede y ocurre en el ser y por el ser, en el ser y por el ser que es mi verdadero ser.

Nos gustaría que esta idea se comprendiera en toda su profundidad. Al principio, el hombre es un juguete pasivo, un paciente de las fuerzas operantes, instintivas, de supervivencia, de superación, de expansión, de re­producción. No tiene libertad. No hay opción. Sólo existe un determinismo absoluto. Después, cuando la persona va desarrollando su capacidad de discernimiento, descu­bre, mediante la conciencia objetiva, la existencia de otros seres que poseen una importancia intrínseca. De ahí surge todo un juego de valoraciones y de interacciones con el no-yo, con la sociedad. Entonces se encuentra con que, por un lado, ha de adquirir unos conocimientos precisos de la naturaleza del exterior, de sus modos de funciona­miento y relación. De este modo desarrolla su inteligen­cia, su capacidad de adaptación. Pero al mismo tiempo necesita estar haciendo constantemente un juicio, una deliberación, una elección, porque se encuentra, por una parte motivado por las leyes primitivas de su propia afir­mación exclusiva, y, por otra, por los nuevos valores que va descubriendo en los demás. Se da cuenta de que los demás son y valen por sí mismos. Esto es lo que da lu­gar a un libre albedrío, el cual es simplemente una ac­ción para hacer prevalecer un impulso más primitivo u otro más superior. Este libre albedrío es también algo relativo, ya que solamente es efectivo en el momento en que la persona puede realmente elegir, es decir, en el mo­mento en que las dos fuerzas están relativamente equilibradas. Si lo que predomina son los impulsos primi­tivos, la persona no tiene elección posible, aunque teó­ricamente siga sosteniendo que sí la tiene. Ahora bien; cuando la persona está suficientemente madura para po­der contraponer a sus propios impulsos aquello que son motivaciones de la sociedad, el bien de los demás, es cuando existe la posibilidad de elección, es decir, el li­bre albedrío.

 

 

 

La apertura a la presencia divina

 

A medida que este libre albedrío va evolucionando llega un momento en que la persona descubre que lo que realmente está actuando no es su yo personal, sino una fuerza, una inteligencia, un amor que nos mueve a todos y que es nuestra verdadera base. Entonces la per­sona descubre que su afirmación no consiste en hacer esto o aquello, sino en ser cada vez más aquello que nos hace ser. Cuanto más se puede vivir lo que es la pro­fundidad del ser, la identidad profunda de uno mismo, más se vive la plenitud, la afirmación, la realidad. En­tonces, como esta naturaleza profunda es la misma que la de la inteligencia que está rigiendo todas las cosas, cuanta más conciencia de ser tenga la persona más cla­ro le resulta que, en cada momento, sólo es posible hacer una cosa, que la dualidad es sólo aparente. El he­cho de ser y la voluntad de hacer se unen. La valora­ción de las situaciones y la inteligencia de lo que con­viene son una sola cosa. No en el hombre, sino en el fondo del hombre, en lo que es su base, su raíz. Entonces la persona se encuentra con que cada situación es única y da una respuesta única, auténtica, que no procede de su yo personal, que no viene de su discernimiento pu­ramente intelectivo, sino de su facultad intuitiva, de esa mente superior que es la misma que se está expresando también a través de lo exterior. Podríamos decir que se está viviendo la voluntad de Dios, de la misma manera que se sabe apreciar que esa voluntad de Dios se está ex­presando también en lo otro y en los otros. En este senti­do, su opción desaparece, pero no en tanto que algo pri­vativo, que niega, que lo limita o disminuye, sino como afirmación máxima de la propia realidad de su ser, de la propia liberación del ser, de la máxima capacidad para actualizar, conocer y expresar esa plenitud del ser. De este modo desaparece la opción, pero en su lugar viene la liberación, que es lo que en el fondo la persona buscaba a través de su libre albedrío.

 

El hombre dice: «Yo hago lo que quiero», «no me gus­ta estar sujeto a nada ni a nadie», «yo me vivo a mí mis­mo de un modo óptimo, cuando puedo elegir». Se valora enormemente la libertad, y eso es correcto. Y esto es de­bido a que, en el fondo, nos sentimos condicionados, li­mitados por la motivación de las cosas.

 

Cuando podemos obrar como realmente queremos, cuando sentimos que nuestros actos son una expresión auténtica de nosotros mismos, auténtica porque nada ex­terior o artificial nos los imponen, vivimos esa libertad de elegir como algo extraordinariamente positivo, esta vivencia auténtica de nuestro ser se traduce en una vi­sión y expresión totales, únicas en cada caso, porque vienen de lo que es la naturaleza más profunda del ser, es decir, la Mente Divina, la Voluntad Divina.

 

Esta Voluntad Divina es la afirmación máxima de nuestro ser, la liberación total. No es algo ajeno a nuestro ser, aunque desde el segundo nivel se ve como algo ajeno. Por esto muchas personas están librando una gran batalla: por un lado quieren aceptar y conformarse con la voluntad de Dios, pero, por otro, están teniendo una resistencia profunda, están conservando su «libertad», tal como la entienden, con todas sus fuerzas. Entienden la vida espiritual, la liberación, como un sacrificio de la libertad, como la negación de una serie de cualidades o atributos básicamente positivos del hombre. Y esto es completamente falso. La liberación, la unión con Dios, no exige renunciar a nada positivo. La unión con Dios es la culminación total de todo lo positivo que el hombre es. No hay nada auténtico que tenga que negarse, no hay nada auténtico a lo que se deba renunciar. Lo único que hay que sacrificar es el error, la inconsciencia, es decir, todo lo que no es auténtico. La afirmación, el descubrimiento real de nuestro ser, de nuestra verdad, y la verdad y el ser de Dios coinciden plenamente; por eso hay que entender la vida espiritual como un camino triunfante, no como un camino de dolor y sacrificio. Tan sólo es sacrificio y dolor en el caso de que no maduremos.

 

Puede establecerse una comparación con lo que nos ocurre en nuestra vida social. Hay personas que crecen y llegan a ser adultas y, sin embargo, siguen añorando todavía los juguetes que tenían de pequeños. Siguen pensando en lo bien que lo pasaban jugando, siguen sintiendo una añoranza por sus experiencias infantiles. En estos casos el llegar a ser adulto se convierte en una tragedia: el individuo ha tenido que renunciar, que sacrificar algo. En realidad, el crecimiento nos va viniendo de un modo natural; el placer que antes experimentábamos jugando lo encontramos ahora en otro tipo de actividad, igualmente auténtico, pero más maduro, más de acuerdo con la edad actual. Lo mismo ocurre en el aspecto espiritual: trabajar espiritualmente quiere decir descubrir cada vez lo auténticamente positivo, lo más bueno, agradable, gozoso y divertido que hay en todos los aspectos de nuestra vida. En todos. Se nos ha dado una imagen trágica del trabajo espiritual, y esto no es correcto, no responde a la realidad. Si se hace un desarrollo total, completo, integral, el trabajo espiritual consiste en ir pasando de un gozo a otro gozo cada vez mayor, porque se va de una expansión de la conciencia a otra expansión de conciencia mayor. Es una expansión de la conciencia de vivir. Por lo tanto, nuestro crecimiento se ha de manifestar precisamente en una mayor capacidad de gozar, en una mayor capacidad de ver claro, de operar, de actuar. En una mayor capacidad de sentirnos completos, auténticos, seguros. Y esto en todas sus fases. Lo que ocurre es que en nosotros existen identificaciones muy profundas, y cuando rozamos estas identificaciones vienen los períodos en los que uno tiene que esforzarse en continuar en el trabajo de búsqueda de lo positivo, de lo auténtico. Tiene que soltar lo que antes le servía de punto de apoyo: la identificación con su yo personal, con su personaje, con la función que hacía frente a los demás, en suma, con miles de cosas. Pero simplemente es un problema que consiste en ver claro y ver claro lo positivo, ver claro que esa identificación es un proceso negativo, desfasado, que no tiene vigencia, dada la capacidad actual de ver, entender y sentir. Debido a que nuestra intuición y nuestra visión están un poco desfasadas de nuestro modo efectivo de vivir, esto a veces se presenta como una lucha, un dolor, una tensión. Si se trabaja en esa toma de conciencia progresiva del yo, todo esto se va produciendo automáticamente. Es cuando se presenta de repente la vida espiritual como algo que hay que conseguir sacrificando a ella todo lo humano, que el trabajo se plantea como una renuncia constante, como un calvario. Pero cuando se aprende a vivir en cada instante, este trabajo ya no es tan calvario. Todo consiste en aprender a desidentificarnos poco a poco, en cada momento, en cada situación, descubriendo un poco más la verdad de cada momento.

 

El hecho es que cuando se alcanza ese nivel superior la vida cambia por completo, porque la única ley que rige entonces es la ley de ser, esa plenitud, ese gozo, esa claridad, esa verdad. Y nada más. Y es este ser el que por sí solo se expresa, por sí solo dirige y administra. Desaparece por completo el sentido personal de la responsabilidad. El hombre supera la ilusión de que está llevando el mundo sobre sus propios hombros. Se da cuenta de que nunca lo ha llevado. Va viviendo entonces cada vez más lo que es real, lo que siempre ha sido real. Así, pues, fijémonos en que en todo este proceso lo único que va cambiando es nuestra capacidad de ver, nuestra conciencia. Y al cambiar nuestra capacidad de ver y de sentirnos cambian absolutamente todas las valoraciones y dejan de existir, por tanto, los sufrimientos. Como también dejan de existir las ilusiones, al tiempo que aumenta nuestra capacidad de vivir lo positivo, porque nuestra naturaleza intrínseca es cien por cien positiva.

 

Así, pues, todos los problemas que surgen, en tanto que problemas de conflictos entre el bien y el mal, siempre son problemas que ponen en relación dos niveles. Una persona que está viviendo en un nivel trata de juzgar las cosas de otro nivel, sin darse cuenta de su desfase y de que sus leyes y valoraciones son, por tanto, distintas.

 

Para la persona que vive toda ella en ese nivel primitivo del que hemos hablado, el luchar, el ganar y el perder, aunque se trate de luchas cruentas y dolorosas, no es en esencia negativo. Como no lo es para el animal. Está expresando todo su ser, tal como puede ser expresado. Por tanto, todo el proceso, con su dramatismo, es absolutamente afirmativo, porque está definiendo su capacidad de hacer, porque se afirma totalmente en este hacer, en este vivir, en este luchar, en este matar y en este morir. Está expresándose totalmente, y por ello esto es profundamente positivo.

 

Pero cuando el hombre mira este proceso desde un plano superior, cuando tiene ya la idea de pervivencia de sí mismo como persona y ha descubierto unos valores de respeto mutuo, de seguridad basada en una valoración psicológica de los demás, entonces esta ley del más fuerte parece cruel, negativa, injusta. A la persona le parece que lo único justo es que cada uno reciba según sus merecimientos, que cada uno contribuya y participe de la vida colectiva y que todos protejan a cada uno. Estos son los principios operantes de todas las leyes sociales. Desde este plano se ve como extraño, sospechoso o peligroso el que se pueda vivir un nivel en el que se afirma que lo único real es la divinidad en expresión, un nivel en el que no existe proceso de dolor, en el que no hay necesidad de previsión, de planificación, de control, donde es posible vivir de instante en instante, en una visión total que se crea en el momento, en una acción total que regenera en cada momento. Cuando a la persona se le afirma que en este nivel superior no hay problema de responsabilidad humana, la persona siente recelos y malestares, de la misma manera que un niño pequeño vería con recelo la vida del adulto que consiste en no tener padres, en no jugar, en estar metido en una oficina o en un taller durante muchas horas, etc. El problema siempre reside en que se está juzgando una cosa en función de otra. Por tanto, los elementos de juicio son inadecuados.

 

También el problema de la insatisfacción que hay en todas las cosas, por ejemplo la insatisfacción de lar personas que no ven clara la noción de que existe un Ser Superior Trascendente, de que existe una verdad que es realmente Verdad, de que el hombre puede conocer la Verdad, de que existe un estado de felicidad que no es producto de autoengaño, sino que es objetivamente cierto, esta insatisfacción es debida a que la persona está mirando lo de arriba desde abajo, y desde abajo es seguro que no se puede ver lo de arriba. Partiendo de un nivel donde la noción de realidad se apoya en una visión objetiva, de lo concreto, y en un manejo concreto de lo que viene a través de los sentidos, todo lo que son intuiciones o aspiraciones de una Realidad Trascendente no pueden tener una base, no ron sólidas, no están sometidas a este juego de opuestos, a este juego de relaciones. Así, pues, todo esto le parece a la persona como algo utópico, como algo que escapa a todo sentido de realidad, una pura ilusión. Por ello las personas que viven en este nivel creen que no se puede probar la existencia de un Ser Superior, ni llegar a una certeza, a una visión clara de la verdad, ni, por tanto, alcanzar esa Vida Superior de la que hablan los místicos. Y tienen razón, porque esto nunca se puede probar desde el segundo nivel. Esto, solamente se puede vivir, no probar, en el tercer nivel, y cuando las personas hacen oración, dado que su conciencia sigue estando en un nivel inferior, toda era paz, toda era felicidad o esas soluciones mágicas o fantásticas, los milagros, no tienen lugar. Y no es que no puedan suceder, es que es imposible que sucedan en aquellos niveles. En cambio, en el momento en que la persona vive, asciende al nivel superior, el milagro es la ley, no es milagro. Simplemente es un darse cuenta de que las cosas funcionan con una razón de ser completamente distinta, que todo está sujeto a una sola voluntad, a una sola inteligencia, a un solo criterio de amor. Aquí no se trata ya de mi bien en contraposición con el otro bien, no se trata ya de mi personalidad en contraposición con la fuerza de los elementos o con otra personalidad determinada, sino que hay solamente una inteligencia, una voluntad, un poder, un amor, y desde ahí eso está actuando, produciendo constantes milagros. Cuando la persona puede llegar a establecer un contacto con ese nivel superior se establece un puente desde este nivel a los más elementales. No es una anulación de estos niveles elementales, sino un puente, un vínculo, porque la persona sigue viviendo una vida instintiva, sigue teniendo una afectividad y una mente concreta propias del segundo nivel, pero al mismo tiempo está teniendo otro canal de conciencia en un nivel superior. Entonces la persona se convierte en un canal de transmisión, donde la realidad superior puede expresarse y descender directamente hacia abajo. Y esta expresión de arriba a abajo es la transformación del yo. Es tan doloroso como la extracción de una úlcera. Lo de abajo está siempre sujeto a lo de arriba. Lo de arriba es la causa de donde procede todo lo que funciona. Su profunda naturaleza de amor tiende a provocar, a despertar, a inducir amor en todo. Su profunda y altísima energía tiende a dinamizarlo todo, casi sin que la persona se dé cuenta de que allí funciona una energía. Su profunda verdad tiende a aclarar las cosas. Pero no soy yo que aclaro, no soy yo que hago nada. En tanto que yo personalmente quiero hacer algo, aunque sea simplemente el atribuirme esa cualidad, ¿qué ocurre? Estoy cortando el paso, estoy cortando esta apertura. La presencia de lo superior, la presencia divina ha de ser una experiencia, ha de ser la experiencia del comienzo de nuestro nacimiento espiritual.

 

Cuando la enseñanza tradicional nos habla de la fe, se refiere realmente a esta conjunción de la intuición y la aspiración. Ocurre tan sólo que la fe, tal como nos ha sido enseñada, ha pasado a tener otras significaciones, otras connotaciones. Pero realmente la fe operativa es ésta, la que es producto de la intuición y de la aspiración vividas al mismo tiempo, simultáneamente.

 

Esto es algo que puede vivir todo el mundo, todas las personas, algo que está al alcance de todos. No se necesita ser muy perfecto para esto. Es absurdo hablar de perfección a nivel personal. Tampoco se necesita ser muy inteligente para esto, porque nada tiene que ver con la inteligencia. En definitiva, no se necesita ser nada especial; solamente sentir esa demanda, vivir esa intuición de lo superior y tratar de estar con ambas cosas juntas, todo yo en silencio, y nada más. Y esto puede hacerlo absolutamente todo el mundo que sienta esta demanda y que tenga esa intuición de la realidad de la vida.

 

 

 

Preguntas:

 

R. -Esa experiencia dura, al principio, generalmente muy breves instantes, pero se siente como algo particular, queda como algo único, a veces muy tenue. Esto es el comienzo de la entrada a ese nivel, el primer contacto consciente con lo espiritual, y esto es lo que hay que aprender a cultivar, es decir, a ponernos en condiciones propicias para ello. Nosotros no producimos la experiencia espiritual. La experiencia espiritual se produce instantáneamente cuando nosotros quitamos los obstáculos que lo impiden, cuando propiciamos nuestros mecanismos para ser un receptáculo de ella. Por este motivo, alguien definía la oración no como una expresión, sino como un saber escuchar: «La oración es antes que nada, decía, saber escuchar». Primero ha de haber esa polarización, ese ir todo yo, subir de puntillas a lo más alto de mi aspiración y de mi intuición, y quedarme así en simplicidad, en silencio, todo yo atento y receptivo. De ahí se sigue automáticamente la experiencia. Y si la experiencia no se presenta es simplemente debido a que no se acaba de conseguir esa tranquilidad, este silencio, esta calma, silencio y calma que, por otra parte, tampoco han de ser profundísimos y especialícimos. Esta es una experiencia en realidad muy próxima a todos nosotros.

 

Cuando se empieza a vivir esto se puede empezar a hablar de vida espiritual -algunos lo viven en cierto modo, pero todavía no se dan cuenta-. Entonces lo espiritual empieza a ser lo que ha de ser una experiencia, y el crecimiento espiritual es crecer en experiencia, es penetrar más y más en esta auténtica vida espiritual. La vida espiritual no consiste en unas formas determinadas, en unas creencias, en unos ritos, en unas prácticas, deberes u obligaciones. Todo esto tiene muy poco que ver con la vida espiritual en sí; todo esto puede, en cierto modo, predisponer, ayudar, pero no es la vida espiritual. La vida espiritual consiste en que el espíritu se exprese experimentalmente en mí. Así, pues, vida espiritual es igual a experiencia espiritual.

 

R. -La vida espiritual se puede hacer conjuntamente con la experiencia del yo, porque realmente se hace mejor cuanto más se vive profundamente el yo. Cuanto más uno es profundamente consciente de sí mismo, más próximo está a esta presencia y a esta experiencia de la presencia divina. Hemos dicho en capítulos anteriores: el trabajo del yo es la realidad, la única realidad percibida en nosotros como sujetos. El trabajo de unión con Dios es integrarnos con la única realidad vivida como objeto Trascendente y Absoluto. De hecho sólo hay una Realidad y sólo existe una noción, una conciencia posible, de realidad -solamente que esta conciencia de realidad está fragmentada, la percibimos fragmentariamente, porque la percibimos a través de vías diferentes-. La realidad del mundo la percibimos a través de los sentidos, a través de la zona cortical donde se registran todos los estímulos de los sentidos. La del yo viene inicialmente a través de las vías propias afectivas, por lo que percibimos, primero, nuestra propia biología; luego, nuestros propios procesos internos subjetivos de pensar, de sentir, de querer y, finalmente, la conciencia del yo como sujeto. Esta es una vía que actúa principalmente a través del diencéfalo. Luego está la percepción de lo Trascendente, percepción que realizamos a través de vías completamente distintas, parte de la zona cortical superior y otras partes no identificadas neurológicamente, pero que nosotros tendemos a ubicar en el espacio siempre hacia arriba, nunca hacia afuera ni hacia abajo, que es donde ubicamos las demás zonas de realidad. Por tanto, esta fragmentación no responde a algo arbitrario, sino a un modo particular de nuestro desarrollo y crecimiento en conciencia.

 

R. -Lo que nos da el ser superior es solamente testimonio de lo que es. Es como la sombra, como el perfume de la flor: una cosa es el objeto que proyecta la sombra y otra la sombra en cuestión; una cosa es el perfume y otra la flor. Pues bien; esta paz, esta calma, esta profundidad, esta claridad, esta alegría es solamente el perfume de lo que es en sí esta realidad. Y todo el desarrollo espiritual consiste en ir creciendo, en ir pasando del perfume a la flor. Sin embargo, antes de querer introducirse en la flor, primero hay que haber percibido el perfume.

 

Todo esto, recordadlo, es para vivirlo. No se aprende leyendo o escuchando. Esto es la base de la experiencia. Si os preocupáis sólo de leer o escuchar, estáis perdiendo todas las infinitas posibilidades que esto ofrece.

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO CUARTO

 

FACTORES QUE CONCURREN EN LA
EXPERIENCIA ESPIRITUAL

 

 

 

En el capítulo anterior estuvimos hablando de la experiencia central, que es lo más importante que hay en ese trabajo de realización espiritual. Conviene que nos detengamos un momento en esta experiencia para aclarar las circunstancias, el ambiente, los factores que, de un modo u otro, concurren, son favorables para que la experiencia sea óptima.

 

Muchas personas están dando vueltas alrededor de lo espiritual. Afirman que sienten por ello mucho interés, que lo desean mucho, que en el fondo son muy espirituales. Pero se pasan toda la vida alrededor de lo espiritual. En realidad no se puede hablar de lo espiritual hasta que no empieza a vivir experimentalmente. Todo lo demás es un deseo, una vaga aspiración que están bien, pero que no son nada que pertenezca propiamente a la vida espiritual. La vida espiritual no es la vida hecha a base de ascetismo, de mortificación. Esto puede ser una vida que eduque, que desarrolle algunos aspectos de la personalidad. Pero no es la vida espiritual. Esta sólo empieza cuando el espíritu, a través de la experiencia directa, llega a ser protagonista en nuestra vida. Mientras esto no ocurre nosotros seguimos siendo los protagonistas en nuestra personalidad corriente.

 

Indicaremos ahora unos requisitos que si se cumplen y se trabajan proporcionarán el máximo de seguridad y rapidez en la experiencia.

 

 

 

Aspiración e intuición

 

1º. El primer factor indispensable es que exista una aspiración real y una intuición real.

 

Distingamos: aspiración es aquella demanda que hay en nuestra afectividad, la cual busca un modo más importante, más universal de sentir, de amar. Yo creo que en toda persona existe aspiración en un grado u otro, porque, unos más y otros menos, todos hemos conocido momentos en que nuestro corazón ha parecido ensancharse y hemos experimentado un amor más profundo, más amplio, más elevado. Esta experiencia ha dejado como huella una nostalgia, una amenaza. Y esa tendencia a volver a tener lo mismo, a progresar en este sentido, eso es aspiración. Cuando nuestra vida está empujando afectivamente, deseando sentir y vivir esa realidad afectiva de amor, de felicidad, de belleza, en un grado máximo, esa es la aspiración.

 

La intuición es de un orden distinto. Aquí no se trata de sentir una demanda afectiva, sino de experimentar el hecho de una verdad que nuestra mente acepta como cierta sobre la existencia de una realidad superior al mundo normal conocido. Esta verdad superior se presenta como algo total, como algo único. Puede presentarse como un nivel de sabiduría desde donde las cosas pueden ser conocidas, pero también ofrecerse a la mente intuitiva como la realidad del ser que está detrás de todo lo que se mueve. Es decir, puede presentarse de muchos modos, con muchos matices, pero siempre adquiere la forma de un asentimiento, de una certidumbre, sin pruebas racionales de ninguna clase, de que existe una Realidad Superior y de que esta Realidad Superior está en contacto con nosotros y nosotros podemos establecer contacto con ella.

 

Pues bien; esa aspiración y esa intuición, en un grado u otro, existen. Conviene que existan ambas cosas, pero también que estén bien definidas una de otra, que dejen de ser aspiraciones vagas para convertirse en aspiraciones claras y, sobre todo, integradas con la mente concreta. Es decir, yo puedo tener la intuición y la aspiración, pero ambas pueden girar tan lejos de lo que es la órbita de mi vida consciente diaria que sean simplemente como una nube que yo traigo conmigo, como un ambiente que me rodea, pero que no está perfectamente integrado, actualizado conmigo; que sigue siendo, pero que puedo prescindir de él, y, en mi vida diaria, de hecho, prescindo. Es preciso que nuestra mente consciente se integre con esa aspiración, es necesario que para nosotros esta intuición y aspiración vayan siendo cada vez más claras, más reales, más evidentes y efectivas. Para conseguir esto será bueno que yo me dedique, en caso de no tener un concepto muy claro, a lo que se llama un trabajo de meditación, cuyo objetivo consiste precisamente en irme aclarando sobre las cosas que son objeto de aspiración o de intuición, tanto si son sentimientos como si son verdades. A medida que vaya meditando -y meditar significa ir reflexionando profundamente para conocer algo más en mi interior, mirar claramente lo que siento para penetrar más en ello-, esa aspiración e intuición irán consiguiendo solidez, y una solidez próxima a la mente consciente.

 

Por lo tanto, el primer requisito consiste en que la aspiración sea algo muy concreto, algo muy mío, muy próximo a mi realidad; no algo lejano y fluctuante.

 

 

 

Vivencia del Yo central

 

2º. En segundo lugar, es extraordinariamente útil el que yo haga trabajo en el descubrimiento y vivenciación de mí mismo, de mi yo central. Cuanto haya logrado vivir mi propia realidad en profundidad, más fácil me será dar este paso, o que se produzca esta experiencia. Ya dijimos que la Realidad del yo me une con la Realidad de Dios. Cuando más soy yo consciente, cuanto más vivo mi propia realidad, más próximo estoy a la toma de conciencia de la única realidad que une todo. La puerta de entrada es esa conciencia del yo lo más trabajada posible.

 

Ahora bien; es conveniente que esa conciencia del yo sea una conciencia con un sentido muy realista, no algo abstracto, una cosa pequeña que se siente por ahí dentro, en algún sitio, si está el cielo despejado y si el viento sopla de cara. No. Esa noción del yo ha de ser la que tengo integrada en mi vida diaria, yo en mi conciencia física de moverme físicamente, yo en mi conciencia afectiva en la vida diaria cuando expreso buen humor, cuando estoy viviendo mi afectividad; yo en mi actividad mental, ese yo que está en el centro de cada experiencia cotidiana. Que no sea un yo teórico aparte de mi vida diaria, sino el centro de mi vivir diario, el centro de toda mi experiencia, es decir, ese yo integrado a todos los niveles de mi conciencia, concreto. Eso es lo que interesa.

 

Y esto es lo que casi nunca se hace, porque cuando una persona tiene aspiraciones de lo superior se pasa la vida medio soñando en lo superior y medio flotando en lo inferior, y el resultado es que suele andar por ahí con una vaguedad, una conciencia difusa, y esto dificulta, entorpece, retrasa enormemente la posibilidad de la experiencia. Yo tengo que vivirme a mí mismo desde lo más hondo, de un modo pleno, total, completo, muy realistamente. Cuando puedo aportar esta experiencia profunda, completa, real de mi personalidad, cuando todo yo voy hacia esta experiencia, entonces esta experiencia, al irrumpir, lo hace de una manera revolucionaria, afectándome y transformándome totalmente.

 

Por tanto, hemos dicho, por un lado, que la aspiración y la intuición deben estar claras y próximas integradas en mi mente. En segundo lugar, que mi conciencia del yo ha de ser una conciencia lo más profunda posible e integrada con mi vivir cotidiano, con mis sentimientos, mis afectos, mi vitalidad, mis funciones orgánicas, mi intelecto, con todo. Como tercer punto, que yo trate de vivir, al menos de formarme una noción lo más clara posible, con este ser, con esta realidad superior. Que yo me dé cuenta del carácter absoluto de esa Realidad a la que aspiro, de esa Naturaleza Absoluta con la cual yo trato de establecer un contacto. Que yo me dé cuenta de que estoy tratando de ponerme en presencia de un ser absolutamente inmenso, de un ser que es toda la inmensidad, la presencia total absoluta, lo más real, lo único real, lo que es de por sí y en sí de un modo real y eterno. Y, por tanto, que todo lo demás es transeúnte, aparente, transiente. Que yo me dé cuenta de que estoy tratando de abrirme a la presencia, de ponerme en contacto con el poder absoluto, el poder que maneja absolutamente todo lo que es, todo cuanto existe, la omnipotencia con todas sus implicaciones. Que este ser es, al mismo tiempo, la inteligencia absoluta, todo el saber, toda la sabiduría. Que este ser es en sí mismo, intrínsecamente, lo absoluto, la belleza absoluta, la felicidad absoluta, es decir, toda la felicidad que puede llegar a existir.

 

 

 

El encuentro con Dios, situación única

 

Este es el Ser a cuya realidad trato de abrirme y con el que intento correlacionarme. He de poder intuir lo más claramente posible lo extraordinario de la situación. No es que yo realice una actividad más en el curso de mi quehacer diario. Cuando yo trato de ponerme en presencia de Dios tiene lugar una situación única que no puede en absoluto compararse con todas las demás que vivo en mi vida diaria. A medida que pueda penetrar cada vez más en el significado profundo de esta idea, a medida que vaya captando la importancia de esa realidad, de esa inmensidad del ser que llamo Dios, se producirán en mí diversas actitudes.

 

En primer lugar experimentaré un sentimiento de reverencia y de adoración. Si yo trato realmente de intuir qué quiere decir esa realidad absoluta, este poder absoluto, me siento de inmediato pequeño, humilde, sencillo. Por un instante, estoy viviéndome a la escala real, en tanto que normalmente estoy viviendo a una escala desmesurada, porque me vivo a mí mismo como si fuera lo más importante, o lo único que existe en mi personalidad. Cuando me sitúo ante la inmensidad de la Realidad me doy cuenta de que mi personalidad, la noción que yo tengo de mí, es algo minúsculo, algo ínfimo. Me doy cuenta de que todas mis pretendidas cualidades, mis defectos, mis problemas son algo tan minúsculo, tan enormemente pequeño que prácticamente se desvanece. Es en este momento cuando aparece en mí esa actitud que, por un lado, es de reverencia y adoración, y, por otro, está hecha de simplicidad, de humildad, de sencillez. En mi mente se produce un estado de aspiración, de demanda y de silencio.

 

Obsérvese bien: cuanto más me dé cuenta yo claramente de la importancia del Ser con el que estoy presente, más naturalmente me quedo en silencio. Esta es una norma práctica que si se sabe tomar en cuenta es muy importante y muy útil. Cuando queremos hacer oración, meditación, silencio, y no lo conseguimos, ¿a qué se debe? Simplemente a que estoy viviendo lo mío como lo más importante, a que el recuerdo, el sentimiento, se está moviendo en mí y es más real e importante que cualquier otra cosa. En cambio, cuando me doy cuenta de que lo más grande, lo más real, lo más enorme y maravilloso es aquello ante lo que me sitúo, el silencio deviene sin ningún esfuerzo. Por eso es tan importante cultivar este aspecto: cuanto más importante sea para mí el objeto, en este caso el objeto absoluto, más adecuada y correcta será mi posición. Y de este estado mental surge una actitud de entrega, una actitud de desprendimiento total de uno mismo, una actitud de receptividad, de disponibilidad total.

 

Si no se cumplen estos requisitos no se puede esperar nada. Si se quiere realizar este acto de entrega o esta actitud de receptividad, aquí tenemos, exactamente, los factores que la producen. Piénsese que todo esto es un proceso exacto: en la medida en que se cumplen los requisitos, se producen los efectos esperados.

 

Resumiendo. Tenemos, en primer lugar, una aspiración y una intuición concretas, claras y conscientes. En segundo lugar, que yo sea claramente el yo presente y el más profundo posible. Finalmente, que este Dios con el que trato de ponerme en contacto sea para mi auténticamente Dios, sea para mí el ser absoluto, absoluto en potencia, en amor, en belleza, en felicidad, en realidad, en todo. Es decir, que yo viva todo esto como una situación única.

 

Cuando esto se hace así, cuando se adopta correctamente esta disposición surge esta apertura, esta entrega, esta demanda. Todas estas fases se coordinan. En primer lugar, ir a esa experiencia con una autoconciencia lo más profunda, lo más clara y lo más integrada posible con mi personalidad concreta. Luego, promover una clara evocación de lo superior, al tiempo que vivir el carácter único del momento, de la situación. Este carácter produce en mí automáticamente, por un lado, la sumisión; por otro, una sed urgente, una demanda de luz, de fuerza, de realidad, un deseo de que eso venga y me llene. Entonces se produce el silencio, el vacío, la disponibilidad interior para que esto se llene. Así, pues, hemos dicho: clara conciencia de mí, clara conciencia de Dios. Entonces formular esta demanda del modo más concreto posible: Yo, Dios. ¿Qué pasa cuando yo vivencio el Yo y al mismo tiempo intuyo, presiento y aspiro a Dios? Surge en mí inmediatamente una demanda, una invocación clara, invocación que yo he de aprender a formular de un modo muy concreto, con toda mi alma, con todas mis fuerzas. Es todo yo que aspiro a eso, que pido eso. Esta invocación la formulo mediante una oración espontánea del corazón y a través de una formulación explícita de mi mente. Quiero vivir eso, quiero realizar esta plenitud. La clave está en que yo viva, simultáneamente, la vivencia de mí y la vivencia de lo superior, y que yo integre ambas cosas enlazándolas mediante esta invocación espontánea y total. Una vez conseguido esto surge inmediatamente el silencio.

 

Si se han cumplido estas normas se producirá el resultado. Pensemos que no existe el problema de si yo no sirvo, de si estoy adelantado o retrasado. Todo esto son falacias argumentales. Esta experiencia es absolutamente posible para todas las personas, para todas aquellas personas que tengan realmente aspiración sincera y que traten de ponerse en una actitud consecuente a esa aspiración. Es totalmente independiente de la inteligencia, del grado de perfección o elevación moral que haya conseguido la persona, del grado de virtudes que la persona haya alcanzado. No tiene nada que ver con todas estas cualidades. Estas cualidades tienen que seguir su curso, porque una cosa es la apertura a la realidad suprema que es Dios y otra el cielo evolutivo, que juntamente con todo lo que existe va siguiendo su proceso de nuevas formas, de nuevas alturas, de nuevos horizontes. Pero este contacto directo de sujeto a sujeto, este contacto por el centro del sujeto en mí, que soy yo, al sujeto del universo que es Dios puede hacerse en todo momento, en cualquier punto de la trayectoria evolutiva, en cualquier momento en que uno sea capaz de sentir la demanda y de responder a ella de un modo inteligente.

 

Ya veremos más adelante que existen muchos otros modos de trabajar para obtener esta experiencia, pero esto es lo que constituye la clave del trabajo interior, es la conexión básica. Como ya dijimos, en el momento en que esto se produce, uno experimenta una sensación de paz, de belleza, de claridad, de amplitud acompañada con frecuencia de una espiración profunda, de un soltarlo todo. Es como si de repente la atmósfera hubiera cambiado de densidad, como si todo fuera más liviano, más ágil, más claro, más hermoso. No sólo es una expresión subjetiva. Es algo real, nos estamos moviendo por unos instantes en un nivel donde las cosas son así, donde la realidad es así. Al hacer esto nos ponemos en contacto con un punto u otro de ese campo maravilloso de la vida. Y a partir de aquí esa experiencia deberá ser repetida una y otra vez. Pues ocurre que esta experiencia desaparece, porque nosotros no sabemos mantenernos en esa altura, en ese estado, en esa disposición. Únicamente depende de nuestras condiciones; no de la voluntad de Dios, como se suele decir, tan gratuitamente, en todas partes. La voluntad de Dios es que todo el mundo realice su plenitud, que todo el mundo realice la felicidad. Esta es la voluntad de Dios, la única voluntad posible en Dios. Todo lo demás es falso, es un error. Dios quiere solamente la felicidad plena, y esa felicidad plena no la puede proporcionar El. Esta felicidad es el resultado de que se reúnan unas determinadas circunstancias. Actúa como un principio, no como un señor feudal que concede y retira sus favores. Es decir, las condiciones son gratuitas, en el sentido de que están disponibles, como lo están las energías o fuerzas naturales. Ahora bien; se han de reunir unas condiciones de sintonía, de sensibilización a ellas. Y a esto no se puede renunciar. ¿Por qué? Porque son la razón misma de nuestro existir. Nosotros existimos para evolucionar, y es gracias a esta evolución que conseguimos ponernos en contacto con lo que es la Fuente. Y si esta fuente se pusiera directamente en contacto con nosotros, sin mediar la evolución, se frustraría la finalidad principal de nuestra existencia, que es precisamente esta evolución gracias a la que podemos llegar a alcanzar la plenitud.

 

Lo que ocurre es que nosotros, ante la divinidad, adoptamos una postura infantil. Seguimos con la mentalidad de niños pequeños, queriendo que nuestra madre o nuestro padre nos lo solucionen todo, que nos protejan y nos eviten todo mal. De este modo estamos constantemente pidiendo a Dios que nos quite lo desagradable. Esta actitud es falsa. Nosotros tenemos que crecer, y solamente podemos crecer ejercitándonos, afrontando las cosas, trabajando los mecanismos, desarrollando la sensibilidad. Y esto no puede ser sustituido, ya que la voluntad explícita, la ley del existir, es ese crecimiento en conciencia, en fuerza interior, en discernimiento. Por tanto, no se trata de quitar las dificultades, sino, a través de ellas, ejercitarse hasta llegar a un nivel de conciencia superior. Y, curiosamente, cuando podemos ver las cosas desde más arriba, desde más adentro, descubrimos que aquellos problemas que nos angustiaban tanto eran problemas infantiles, problemas que no tenían una existencia objetiva, sino simplemente un modo de ver, de sentir, de querer vivir algo grande a través de algo pequeño, que era desear que la felicidad viniera a nosotros cambiando la naturaleza de las cosas y de las personas. Yo estaba poniendo unas condiciones, estaba queriendo organizar el mundo a mi propia conveniencia. Y esto es, por definición, falso, absurdo, no tiene sentido. El secreto de la felicidad consiste en ir al que es feliz, no en querer que las cosas sean de una manera o de otra. El secreto de la felicidad está al alcance de todos; de todos. Pero nunca consiste en poner condiciones al exterior, en exigir que las cosas vayan de un modo determinado, que mi salud sea así, que las personas se comporten conmigo de tal manera, que yo conserve las cosas que quiero. Nunca. En cuanto deposito mi ilusión en esto se avecina una desilusión. Cuando yo me apoyo en algo, este algo se hundirá bajo mis pies. Solamente podré buscar la felicidad en la felicidad. Solamente se puede buscar el amor en el amor. El amor es una realidad subsistente. Existe de por sí. La felicidad y la sabiduría son realidades subsistentes. Y esta realidad subsistente, que existe de por sí, única, se expresa a través de personas, de cosas, de situaciones. Y como se expresa a través de estos medios, nosotros nos agarramos, nos crispamos sobre esta persona, cosa o situación, queriendo mantener este fuego, esta chispa de amor o de felicidad que se trasluce o que experimentamos a través de esa persona. Pero la persona no es la felicidad, el objeto no es la felicidad, la circunstancia no es la felicidad. La persona es solamente un vehículo de transmisión, la circunstancia y el objeto son vehículos de transmisión. La felicidad sólo está en Dios, que es la felicidad intrínsecamente, que es el amor, la plenitud, la sabiduría. No podemos buscarla en otro sitio, porque siempre nos equivocaremos, siempre tendremos desilusión. Hemos de aprender a ir directamente a la Fuente, porque siempre está ahí, siempre está abierta para esto, siempre está disponible.

Solamente soy yo quien ha de cambiar. En lugar de esperar un cambio de las cosas, en lugar de estar reclamando de las situaciones y de las personas, he de constatar que nunca una situación, un objeto o una persona me puede proporcionar nada. Que las cosas son testimonio de la inteligencia, de la felicidad, de la verdad o del placer. Que son testimonios, pero que no son el placer, la felicidad, la verdad o el bienestar. Todo esto solamente está donde ha estado siempre, en el Absoluto. Y es ahí donde tengo que buscar, donde debo vivirlo, y es desde ahí de donde he de permitir que se exprese en mí. He de abrirme al Absoluto para que estas cualidades se expresen en mí, para que no me vengan de afuera, de nada ni de nadie, sino para que yo me abra desde dentro, dando paso libre a ese Centro que es mi centro, permitiéndole que surja y se muestre como un torrente.

 

El único problema es dónde está nuestra mente, dónde está nuestra conciencia, hacia dónde buscamos. Toda la vida estamos vertidos hacia el interior, o viviendo interiormente el eco del exterior, nuestras emociones, nuestras experiencias, que son solamente un eco del mundo exterior. Nunca nada de eso podrá proporcionarnos algo auténtico.

 

La clave de la realización espiritual está en aprender a hacer este gesto. Y no es que yo tenga que hacer esto además de lo otro. Estamos hablando de un cambio radical de actitud, de un cambio de la valoración básica, de un cambio en todos nuestros esquemas morales y afectivos. Es necesario que reflexionemos profundamente y tanto tiempo como haga falta hasta llegar a ver con claridad si esto es así o no es así. Mientras yo esté esperando del exterior algo que pueda llenar mi interior, estaré yendo en fluctuaciones constantes y hacia un desastre final. He de descubrir que la Fuente, la única Fuente de donde me viene, de donde me ha venido siempre y de donde me podrá venir cualquier grado de conciencia y de felicidad es aquella Fuente que me está nutriendo, la Fuente que está haciendo que yo sea, este Dios que me está animando, que me está expresando. Y sólo abriéndome a este Dios, a esta realidad, lo hallaré todo.

 

 

 

Preguntas

 

-Conforme. El hecho es el mismo exactamente, es decir, lo que usted siente por Cristo y lo que Cristo siente por usted es lo mismo, en un grado u otro. Yo estoy hablando aquí del hecho fundamental. He dicho que cada cual ha de poder darle una expresión particular, un modo. No hay ningún problema en esto. Dios no se va a enfadar. El problema nuestro es el de aprender a amar incondicionalmente, aprender a abrirnos al amor. Si este amor está más vivamente evocado para nosotros en la persona de Jesucristo, conforme. Esta es una de las condiciones que poníamos. Que el objeto al que yo me dirija sea para mí lo más real posible. Y precisamente el aspecto humanitario de Jesucristo tiene esta gran ventaja: es más imaginable, más tangible podríamos decir, y, por tanto, facilita una movilización de la voluntad, un sentimiento. Excelente. Hemos dicho que lo importante es que para mí sea muy real, que esa presencia sea lo más real posible. Si yo me imagino estar presente ante Jesucristo, porque mi religión ha personificado la divinidad de Jesucristo, ningún inconveniente hay en ello. Al contrario, no debe existir la menor vacilación. Adelante.

 

Solamente que yo, aquí, no doy nombres concretos, porque estoy hablando del hecho de un modo universal, aparte de doctrinas, de formas, de nombres, de épocas, de formulaciones. Lo mismo podría hacer el judío, el musulmán o cualquier otro.

 

-Esta experiencia debe ser cultivada, y si no se cultiva, se desvanece. Esta puerta de entrada es una puerta muy lábil, muy sutil, y si no se trabaja y refuerza, uno puede retroceder. Hasta que llega un momento en que se consigue vivir de un modo permanente. Y no sólo se vive permanentemente, sino que se avanza en esta dirección, se progresa.

 

-En este caso es más difícil. Todo esto se trabaja en circunstancias óptimas. Para nosotros, este trabajo de acercamiento y de apertura es más real cuanto más completo es. Y, naturalmente, si mi aspiración busca eso, pero mi mente está obturada, cerrada y preocupada por muchas cosas, aunque en ciertos momentos llegue a sentir esta alegría y esta fuerza no puede llegar a establecerse la experiencia de un modo pleno, porque falta un instrumento disponible. Igualmente es muy importante esta conciencia clara y profunda de uno mismo. Esto último, aquellas personas que sienten una inclinación natural hacia el aspecto religioso suelen olvidarlo, desdeñarlo; lo importante para ellas es Dios. Sin embargo, se encuentran más tarde con que en la vida tienen que batallar, vivir de un modo afirmativo, tienen que tener una voluntad, una energía, unos criterios, una solidez. Y entonces ese Dios, tal como ellos lo han concebido, no les sirve para nada. Y un Dios que no sirve para nada en las cosas de cada momento es un Dios muy pequeño, muy fragmentado, muy parcial. Dios ha de ser Dios absolutamente de todo.

 

Esto significa que esta cultura del Yo profundo, a mi entender, es fundamental, ya que facilita todo el proceso de mi espiritualidad. Antes que nada hemos de ser hombres de un modo pleno y profundo, no sólo en el sentido corriente, sino en profundidad. Y esta profundidad no va en contra de la realidad divina; al contrario, se aproxima a ella cada vez más. Es preciso que la persona, si siente esta demanda, trabaje en los dos polos: Dios, Yo; Dios-Yo. De manera que Dios-Yo, Yo-Dios constituya el eje sobre el que se apoyen absolutamente todas las experiencias de la vida cotidiana. Porque esta es la única Realidad: la Realidad vivida como Sujeto y la Realidad vivida como Absoluto. Y esta es la única constante que hay en la persona. En cualquier otra cosa que se apoye, la persona se apoya en algo mudable, que se le escapa de las manos. En cambio, esta noción de Realidad profunda que va desarrollando el Yo abierto, el Yo en sintonía con esa noción que tiene de Dios, es un eje permanente que le sitúa en el centro de sí mismo y en el centro de todo lo que ocurre.

 

Y esto, desgraciadamente, no se cultiva. Así, vemos a personas muy religiosas, con grandes ideales, con grandes sentimientos, pero que luego en la práctica se dejan avasallar por individuos poco maduros. «¿Ves?, no se puede ser bueno en este mundo. Hay individuos con una cara muy dura.» Y esto no debe ser así. Este mundo ha de manejarse de acuerdo con las facultades naturales que tenemos para vivir, pero si no las cultivamos, si no desarrollamos nuestra energía vital, nuestra facultad de lucha, nuestra inteligencia activa, estratégica, técnica e intuitiva, si no cultivamos todo esto, ¿cómo queremos seguir adelante en el mundo? Tenemos estas cualidades para vivirlas. Si no las desarrollamos en nombre de una idea parcial que nos hemos hecho de la divinidad, si queremos pretender que la única Realidad es Dios, pero luego, en la vida diaria, tenemos que vivir y hacer tal cosa o tal otra, y descubrimos que aquel ser incivilizado se lleva la gran tajada, mientras yo me llevo la tajada pequeña, parece que se pone aquí de manifiesto una contradicción. Este es el lamento en la mente de muchas personas, hasta que por fin llegan a la conclusión: «Se acabó, basta de virtuosismos. A pegar fuerte, y luego ya veremos lo que pasa».

 

Y no se trata de esto, ni de lo contrario. Hemos de aprender a vivir nuestra realidad actualizando todas nuestras capacidades. Y he de descubrir que Dios es un Dios de todas estas capacidades, que no es un Dios para hacer solamente un papel bonito y elevado, sino un Dios absolutamente de todo, de la guerra, de la destrucción, de la lucha, de la muerte, de la vida, de la resurrección de la creación. Es nuestra imagen la que está deformada. Nuestra imagen que está pequeña y encogida. Hemos de desarrollar toda nuestra talla humana y profundizar buscando su raíz. Entonces es cuando más cerca nos encontraremos de la raíz del universo de Dios.

 

Ya sé que esta actitud resulta muy difícil para algunas personas, porque nuestra formación es unilateral. Hay los que dicen: «Yo a vivir, en el buen sentido de la palabra, incluso, pero vivir. Yo conseguiré en la vida según el esfuerzo que haga. Por lo tanto, desarrollo mi capacidad de esfuerzo». Otros dicen: «No. Lo importante es Dios. Si hay que hacer esfuerzos en la vida, esto es una penitencia que hemos de cumplir, como algo extra». No. También esto es falso. Yo voy descubriendo la realidad de mí y de Dios a medida que voy ejercitando mis facultades con cada situación. Es preciso, por tanto, llegar a esta visión total: la vida como realización de Dios en mí y en el mundo, y no la vida como un lugar para pasarlo como se pueda y descansar o compensarse luego en un cielo más o menos superior, o en un plano astral más o menos superior.

 

-Quisiera saber si me puede usted aclarar lo que es Dios.

 

R. -Es imposible. No se puede aclarar, no se puede hacer uno una idea de lo que es Dios. De entrada dijimos ya que esto está más allá de toda imagen y de toda idea. Sin embargo, uno posee unas ideas grandes, unas percepciones de algo grande, por ejemplo, al ver un paisaje maravilloso, que nos impone y nos sobrecoge. Vemos algo grandioso. Esto son imágenes falsas, pero son también imágenes que nos pueden ayudar, aunque sólo sea en el aspecto espacio. Ocurre lo mismo en el aspecto belleza, en el aspecto inteligencia, en el aspecto profundidad, en el aspecto potencia. Cualquier cosa que nos sitúe más claramente frente a una inmensidad puede servirnos. Cuanto más clara, más viviente sea esta noción, mejor, más rápido y efectivo nos resultará.

 

-¿También la destrucción?

 

R. -Sí, también la destrucción. Pero vale más que evoquemos el aspecto positivo para que esto no provoque en nosotros el miedo o el rechazo. La persona debe movilizar todo aquello que le sea útil para dinamizar esta noción, porque se trata precisamente de esto, de movilizar la noción de la realidad en mí, la noción de realidad de Dios, y quedarse en silencio. Esta es la base de toda experiencia de integración con lo Trascendente. Más tarde veremos que es exactamente el mismo mecanismo que el modo de integración de Dios con la realidad que vemos fuera de nuestro yo y de lo trascendente. El mecanismo operante es siempre el mismo.

 

-¿Y el temor de Dios?

 

R. -El temor de Dios dificulta un poco esta integración. Esto- es debido a que nos sobrecoge, y cualquier cosa que nos sobrecoja en la vida diaria nos hace pensar el modo en que nos sobrecogeríamos ante la visión de Dios en su inmensidad. Nos lleva a una cierta actitud de encogimiento. Y no hay que encoger nada. Hay que afirmar la máxima realidad que tengo de mí y, al mismo tiempo, afirmar la máxima noción de Dios. Vivir las dos cosas. A Dios no se va negativamente, se va positivamente. Es lo que Es. Por tanto, viviendo lo que Es se llega a plenitud de Dios.

 

Ahora bien; hay que evitar el orgullo, el valorarse tanto a uno mismo que uno llegue a creerse que es lo más importante. Este es el otro extremo. Frente a esto se recomienda que uno sea humilde. Para llegar a la verdad hemos de vivir la verdad. Para llegar al amor, hemos de vivir el amor. Para llegar al poder hemos de vivir el poder. Siempre el medio y el fin son idénticos, porque, en definitiva, el fin es la culminación de todo medio.

 

R. -En el momento en que yo utilizo mi intuición para llegar a ese Dios, estoy fuera de las identificaciones. Hay identificación cuando yo veo el bien y la cosa, y confundo la cosa con el bien. Esto es muy importante. Cualquier persona o forma es el perfume de esa divinidad. Pero cuando yo confundo esa forma con esa cualidad entonces quiero retener la forma, porque si no lo consigo, no soy feliz.

 

R. -Estamos tratando a Dios de una forma humana. Por esto, si hay algo inexplicable, nosotros siempre buscamos una explicación, la inventamos. Las cosas siempre obedecen a unas leyes. La voluntad explícita en la naturaleza es precisamente las leyes que hacen que la naturaleza exista. Lo que ocurre es que hay un nivel donde existen otras leyes. Cuando esas leyes superiores actúan sobre el mundo de esas masas elementales entonces se produce lo que se llama milagro, o cosa especial. Pero no es que allá haya una voluntad que intervenga y cambie lo que estaba previsto. No, simplemente es que se produce una interacción de leyes.

 

-La desesperación, a mi entender, es querer lo impersonal desde lo personal. Es decir, en mí existe una demanda de absoluto y yo intento vivirla a través de mis mecanismos personales; estoy chocando con una imposibilidad. Si existe angustia, es que existe fe, demanda. Hay que convertir esta angustia en su vertiente positiva, que es esa demanda. La angustia ocurre porque la aspiración está frustrada, porque no se vive en su vertiente luminosa, sino que se vive aferrado en lo personal.

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO QUINTO

 

POSITIVIDAD ABSOLUTA DIVINA Y EXPERIENCIA
HUMANA NEGATIVA

 

 

 

Me gustaría hablar en este capítulo nuevamente del tema que se ha planteado en varias ocasiones. Me refiero al problema del mal. Intentaremos dar unas nociones más claras sobre la naturaleza del mal, del dolor, de todo aquello que en la vida consideramos como algo negativo.

 

Por un lado, la intuición nos enseña, de modo paralelo a lo que nos enseñan todas las enseñanzas superiores y tradiciones de todos los países, que todo lo que existe, existe como manifestación de algo superior, de una realidad divina, de esa realidad divina que es el sumum de todas las perfecciones intuidas desde nuestra perspectiva humana. Esa divinidad es el poder en grado absoluto, es la sabiduría, la bondad y la felicidad en grado absoluto.

 

Si esto es así, se ve entonces como algo necesario que todo lo que sale de esa divinidad ha de participar de su naturaleza, y no puede participar de nada más, puesto que nada más existe. Si únicamente existe ese absoluto -con los atributos positivos en grado eminente-, todo lo que es expresión de este absoluto ha de ser también expresión de esos atributos. En el absoluto no se concibe nada negativo. Quiere decir esto que toda la creación, toda la manifestación, todo lo que existe es en sí algo positivo. Dios no solamente creó o manifestó en un tiempo, sino que está creando en cada instante todo lo que existe. La creación no es como la vemos desde nuestro punto de vista, es decir, como un proceso temporal. Nuestra intuición nos indica que en el absoluto no existe proceso, no existe temporalidad, sino que es un eterno presente. Por tanto, este presente incluye todo lo que nosotros llamamos tiempo. De ahí que podemos afirmar que la creación y la manifestación está siendo creada en cada instante y que esa creación sólo puede ser algo absolutamente positivo, es decir, algo totalmente sabiduría, totalmente felicidad, totalmente armonía, totalmente justicia. En resumen, expresión de los atributos divinos. De ahí podemos inferir, por tanto, que en la mente divina no hay la menor traza de sufrimiento, de dolor, de ignorancia de mal, del mismo modo que no es concebible que en la fuente de la máxima luz exista la menor traza de oscuridad.

 

Esto es algo que hay que ver muy claro, ya que luego hemos de enfrentarnos con nuestra experiencia diaria, donde experimentamos que nuestra vida es una continua sucesión de conflictos, problemas, ansiedades, miedos, enfermedades, disgustos, del mal en el sentido moral. Vemos injusticias, criminalidad, todas aquellas cosas que son aspectos de lo que llamamos mal. Tanto es así que nuestra vida se ha ido convirtiendo en una actitud estratégica de reducir el mal, de echarnos a un lado para que el mal no nos atrape. Se ha convertido en una obsesión el librarnos, o, al menos, disminuir nuestra angustia interior, nuestra sensación de soledad, de fracaso, de vacío, de preocupación. Y es un contraste realmente notable el que, por un lado, veamos que todo cuanto existe ha de ser felicidad, ha de ser plenitud, ha de ser sabiduría, y que, por otro, nuestra experiencia nos esté enseñando todo lo contrario. Por este motivo, creo que vale la pena intentar comprender qué es esto que nosotros llamamos mal.

 

No es una solución suficiente el decir que el mal es algo que surgió lateralmente, que el mal es un producto de un pecado original, tal como se nos enseña, efecto del diablo disfrazado de serpiente, porque entonces el problema sigue subsistiendo: ¿De dónde sale ese diablo como diablo, de dónde sale esa perversidad en tanto que perversidad, si de un modo u otro todo ha de ser expresión de los atributos divinos? El problema subsiste, pues, exactamente igual.

 

 

 

El hombre, manifestación compleja de varios niveles de la realidad

 

Examinemos el problema con un poco de atención. Podemos ver que los seres humanos somos unos personajes que están en un proceso de evolución. Somos seres complejos que participamos de diversos modos de esa manifestación, de varios niveles de esta creación. Por un lado, hay en nosotros los niveles elementales de nuestra biología, que, al igual que en los animales, tienen la misión de permitir nuestra subsistencia y nuestro fortalecimiento y reproducción. En segundo lugar, vivimos un nivel de contacto humano afectivo en el que nos sentimos atraídos o rechazados por unas cosas que consideramos como buenas o perjudiciales. Al mismo tiempo, poseemos una mente que tiene la capacidad de representar la realidad exterior y la realidad interior no solamente con imágenes, sino mediante conceptos, con los cuales puede manejar las cosas en el nivel representativo y elaborar juicios en ese nivel más abstracto. Finalmente, se está expresando en nosotros una demanda de una realidad absoluta, de una felicidad, de una eternidad, de algo que sea permanente, definitivo, de un conocimiento absoluto. En resumen, hay algo en nosotros que está pidiendo esos mismos absolutos que intuimos en eso que llamamos divinidad.

 

Así, pues, el ser humano es un ser múltiple que incluye en él varios niveles de la manifestación. Hemos de tener en cuenta que cada uno de estos niveles es una unidad funcional completa, con sus leyes, con su naturaleza de materia o substancia y con su conciencia correspondientes. De tal manera que la naturaleza de ese nivel, diríamos, de materia vibratoria, las leyes que rigen el funcionamiento de este nivel y la conciencia subjetiva que se vive en él son exactamente las mismas cosas. Sólo que dichas cosas se viven desde tres ángulos distintos. Cada nivel, decíamos, es una unidad funcional completa, en cierta forma independiente de los demás niveles. Por tanto, cada nivel tiene una naturaleza y un modo de vivirse, una verdad que le es propia, un bien que le es propio. En cada nivel esa verdad es completa, en cada nivel cada uno de los bienes son completos. Como decíamos en capítulos anteriores, al hablar de la ley de la selva, en este nivel elemental el bien consiste en que el individuo aprenda a subsistir defendiéndose y atacando para conseguir el alimento, y esto desarrolla una fuerza de unidad individual al tiempo que asegura la continuidad de la especie. Esto es el bien en este nivel: ser fuerte y subsistir, ser capaz de perseguir y atacar a determinados seres para asegurar la propia subsistencia. Aquí no hay ningún mal. El animal vive eso de un modo pleno porque él es eso; al hacerlo, vive toda su capacidad de ser toda la vida que hay en él, toda la capacidad de conciencia de la que es capaz. Y esto lo vive igualmente cuando lucha, persigue y mata, que cuando es perseguido, capturado y devorado, porque en este último caso también está todo él en juego tratando de defenderse en virtud de esta misma ley. Esto significa que no vive la situación de un modo psicológicamente dramático, sino de un modo biológicamente positivo. Es muy conveniente que esto se comprenda bien, porque nosotros, sin darnos cuenta, estamos trasladando nuestra valoración del sentir y pensar biológico, lo estamos trasponiendo a ese vivir biológico, y, así, pensamos que el animal ha de sentirse víctima de la situación, ha de experimentar un sufrimiento psicológico o una reacción parecida. Pero no parece que esto sea así, porque el ser animal vive con toda su capacidad de vida vegetativa y positivo tanto en el aspecto activo de atacar y conseguir una presa como en el aspecto pasivo de ser atacado y devorado.

 

Yo diría que en cada nivel hay esa verdad y esa plenitud. El problema reside en que no vivimos cada nivel con su naturaleza y su verdad propia, sino que interferimos un nivel con otro, juzgamos el nivel de abajo a partir del que tenemos arriba, o queremos conseguir algo del nivel de arriba activando el de abajo. De hecho, podríamos decir que el sufrimiento, el mal, el dolor, todo lo negativo, es consecuencia de que el hombre quiere vivir o bien lo superior a través de lo inferior, o lo interior a través de lo exterior. En el primer caso tenemos el sufrimiento, en el segundo tenemos ignorancia y error. Así, pues, resulta entonces que el dolor, tanto el físico como el moral, no sería otra cosa que el contraste entre dos clases de bien, un bien que yo veo en un nivel y que yo quiero contrastar con el bien que veo en otro nivel, pero respecto el cual es inadecuado. A este contraste entre estos dos niveles nosotros lo vivimos como un mal Y lo llamamos mal.

 

Trataré de poner un ejemplo para que esto se vea de un modo más claro. Imaginemos que tengo un amigo en el que encuentro una gran comprensión, una gran sintonía con mi modo de ver y sentir las cosas, con mis gustos, con mi personalidad, en el que me siento compartido, y todo ello me proporciona una gran satisfacción. Llega un día en que ese amigo muere en un accidente, y esto me produce un gran disgusto, me siento desgraciado. Observemos atentamente esta situación.

 

En primer lugar examinemos este goce que hay en la relación con el amigo, el motivo por el que yo siento una satisfacción tan grande por haber encontrado una amistad que participe de mi modo de sentir y de pensar, una amistad con la que yo puedo intercambiar mis experiencias anímicas. Antes de encontrar este amigo, yo tengo un modo propio de pensar y de sentir, unos deseos de llegar a una plenitud. Estoy viviendo esto como algo positivo que está en mí, pero algo que necesita de un campo en el cual expresarse, en el cual llegar a realizar estos deseos. Encuentro al amigo y descubro entonces que hay una posibilidad de intercambio, siento que puedo dar salida a mis sentimientos, a esta vida que sentía en mí. El hecho de sentir que yo participo de otro y que otro participa conmigo me proporciona una experiencia de una mayor profundidad en mi sentimiento, en mi goce. Así, pues, me da una mayor plenitud. Yo vivo esta plenitud mientras estoy teniendo este contacto, esta interacción. La plenitud es algo que se produce en mí gracias a que vivo un poco más profundamente en mi zona afectiva de ser. Aquel amigo ha sido el estímulo que me ha permitido vivir de un modo más profundo esa zona de mí mismo. Ocurre entonces que esta vivencia profunda y amplia, este goce, yo lo condiciono de tal manera a la forma concreta de aquella persona, a la imagen, al hablar, a la situación concreta, que llego a creer que este goce está en función de la persona. En realidad hay dos cosas: el ensanchamiento de mi propia conciencia y la imagen de la persona que ha sido el medio o el estímulo para que se produzca este fenómeno. Esta conciencia de ensanchamiento yo no la vivo allí donde realmente está, sino que tiendo a vivirla a través de mi percepción concreta, a través de aquella imagen, de aquella figura, de aquel nombre. Yo no vivo esa felicidad allí donde está, aunque resuene allí, sino que tiendo a interpretarla sólo en función de esta imagen, tiendo a condicionarla a esta imagen. En consecuencia, aunque realmente yo puedo evocar y revivir el goce profundo, porque está todo él en mí, de hecho me resulta más fácil buscar la presencia de aquella persona, revivir su contacto, porque entonces el proceso de evocación se renueva sin esfuerzo alguno. Simplemente por la presencia de esta persona experimento la noción de profundidad, de libertad de expresión o de la experiencia concreta que haya tenido.

 

Fijémonos bien que son dos cosas distintas: el campo vivencial, aquello que yo estoy viviendo en mí, y luego la circunstancia mental a la que yo condiciono la experiencia. Inicialmente, esta circunstancia ha servido para descubrir esta cosa profunda; pero, luego, yo fijo la experiencia profunda de tal manera a la imagen de aquella persona, que me parece que siempre dependerá de la imagen el que yo pueda vivir la profundidad. Sigo ignorando que la profundidad, en realidad, está siempre en mí. He aprendido a vivir la conciencia de profundidad a través de esa imagen mental, a través de esta ventana mental por la cual percibo la figura y tengo contactos personales, externos, con el amigo. El resultado será que en el momento en que esta circunstancia externa me falle, yo sentiré que me falta la vivencia profunda. Necesito, por tanto, lo exterior para que se renueve la vivencia de lo interior. Estoy viviendo lo interior a través de lo exterior, y creo que dependo del exterior. El que yo descubra una persona que me complace es un bien, pero es un bien dentro del mundo del cambio, del mundo de la dinámica, de la existencia de las cosas, personas y seres. La ley en ese mundo de formas y de nombres es la constante transformación, el constante cambio.

 

Por el contrario, hay en mí una demanda constante de vivencia profunda estable, de vivencia profunda definitiva, porque la ley en mí es llegar a esa noción de plenitud interna. En el momento en que yo vivo lo interior a través de lo exterior tiendo a inmovilizar, intento detener el flujo de la existencia para que me permita seguir sintiendo este goce profundo. Así vemos de qué manera estamos proyectando al exterior algo que es interior, de qué modo estamos queriendo interpretar un nivel externo en virtud de una ley interna.

 

Ello me conduce a ejercer una violencia sobre la situación, a querer que las cosas sean de un modo o de otro. No acepto las cosas como son, quiero convertirlas, quiero cambiar el Universo, simplemente debido a que yo estoy modificando sin saberlo las zonas en que vivo mis propias cosas. Entonces ocurre que cuando el exterior no se detiene, cuando se escapa -obedeciendo a su ley, a su bien, a su bondad más natural-, yo no vivo esto como un bien; lo vivo como un mal. Estoy tratando de vivir algo que es central, que es interno en mí, a través de algo que es cambiante, mutable, de lo exterior.

 

Examinemos otro ejemplo: Una persona queda afectada de repente por una parálisis en las piernas, una parálisis que se demuestra prácticamente incurable. La persona se encuentra negada para lo que era su modo habitual de vivir. Estaba acostumbrada a una vivencia positiva en su modo de moverse, de desplazarse, de contactar con los demás a su mismo nivel. Entonces se encuentra con que le fallan las piernas.

 

Esto aparece para nosotros como un mal físico, la limitación es física. Si yo me encuentro con una limitación física, y si estuviera viviendo lo físico sólo en lo que es físico, al ver que no puedo moverme, simplemente no me movería; y esto sería lo natural. El hecho de no poder moverme no entraña, de por sí, el sufrimiento. El sufrimiento surge en el momento en que yo estoy comparando este modo actual de quedar inmovilizado con experiencias anteriores de movimientos o con mis deseos de caminar. Esto significa que este sufrimiento, esta enfermedad del cuerpo, no lo vivo solamente en el cuerpo, sino que lo estoy valorando desde mi mente y desde mi sentimiento: «Soy un desgraciado, se ha cometido conmigo una injusticia, a mí me ha tenido que ocurrir.» Sentido de autocompasión, sentido de protesta.

 

En el nivel biológico, las cosas funcionan en la medida en que tienen vida para funcionar; cuando no hay vida para funcionar, no hay movimiento ni tampoco deseo de movimiento vital. Pero sí la hay en mi afectividad y en mi mente. Entonces yo tomo esa incapacitación física y la valoro desde mi afectividad y desde mi mente, y desde ahí vivo esto como una desgracia injusta. Esto ocurre porque estoy queriendo aplicar al nivel elemental lo que son leyes naturales de lo afectivo y de lo mental; y lo afectivo es que yo me encuentre a gusto y con sensación de libertad, y lo mental que yo me encuentre con un sentido de justicia y un sentido de verdad en todo.

 

Cuando estoy aplicando esos niveles a lo físico se produce una inadecuación, algo que no encaja con otra cosa. Esto no significa que lo biológico sea en sí mismo negativo; es negativo solamente cuando lo comparo con otra cosa. Si yo viviera el malestar físico solamente desde el nivel físico, yo constataría que no me puedo mover y no me movería, o, todo lo más, intentaría ver si puedo compensar esta falta de movimiento con otro movimiento de las manos, del cuerpo o de lo que fuera. El sufrimiento aparece en el momento en que intervienen mi afectividad y mi mente y juzgan aquella situación. Así, pues, es el mismo caso que ocurría con el ejemplo del amigo.

 

En ambos casos no ha sucedido nada que sea negativo. Cada cosa es positiva en su nivel, en su modo de funcionar. El problema surge cuando yo estoy viviendo un nivel desde otro, cuando estoy queriendo que un nivel me dé lo que le corresponde de dar a otro. Este es el problema. Cuando esto se convierte en un sentir lo llamamos sufrimiento, cuando se convierte en un juzgar, lo llamamos error o ignorancia. Por lo tanto, no hay en ello ningún mal, todo es bien, pero el mal nos parece que adquiere una dimensión real en el momento en que se produce una distorsión, un desenfoque en la situación de la conciencia, la cual no vive cada cosa donde está, sino que trata de vivir una cosa a través de la otra.

 

Esto puede compararse a lo que ocurre con el espejismo. En el espejismo, todo lo que hay es verdad; es el modo en que se vive, lo erróneo. En el espejismo hay ciertamente un oasis, sólo que la realidad que yo atribuyo al oasis es distinta de la realidad que tiene. Es mi modo de percepción el erróneo. Mi juicio.

 

Por lo tanto, podemos ver que todo mal se reduce a un funcionamiento defectuoso de la conciencia, pero que no existe un mal en sí. A este funcionamiento defectuoso de la conciencia, que es general, a este desfase, a esta falta de ordenación, de integración de la conciencia, la podemos llamar, si queremos, efecto del pecado original. Entonces veríamos que realmente hay un sentido en esta tradición del pecado original. Igualmente ocurriría con otras tradiciones en las que se intenta expresar en símbolos el hecho de un proceso, de una evolución, sea porque existe una creación y una falta inicial que tiene que recuperarse a través de un esfuerzo de toda la existencia, o porque ha habido un proceso previo de involución seguido por otro de evolución, donde cada cosa se desarrolla y vuelve a ponerse en su sitio. Este mal funcionamiento podría simplemente verse como una etapa de desarrollo.

 

Esto es como cuando nosotros miramos al niño pequeño: si lo consideramos comparándolo con el niño grande o con el adulto, llegamos a la conclusión de que el niño es muy imperfecto, que no tiene habilidad, fuerza, comprensión, juicio, auténtico desprendimiento. Pero todo esto no es más que el resultado de que estamos mirando al niño con nuestra óptica de adultos. Si aprendemos a mirar al niño tal como es, como niño en su propio mundo, en su propia realidad, sin comparación con otra cosa, veremos que el niño es un ser perfecto y completo en sí mismo. El niño tendrá poca inteligencia en comparación con el ser adulto, pero todo él es inteligencia. El niño tendrá poca habilidad o poca fuerza, pero todo él es habilidad y fuerza. Es decir que el niño es algo completamente positivo; únicamente cuando lo comparamos con algo, cuando lo miramos desde otra óptica, cuando no estamos situados en él, cuando no lo vivimos como niño y desde el punto de vista de niño, es cuando empezamos a descubrir sus faltas. Y así nos ocurre con todo.

 

El problema del mal, el problema del error es siempre un problema de desfase, de desfase entre cosas buenas. El sufrimiento es un desfase entre dos goces; el error es un desfase entre dos verdades. Si esto es así, ello significa que podemos liberarnos del error, del sufrimiento, y que la liberación se produce automáticamente, no en virtud de un don especial, en virtud de algo extra que nos venga dado, sino gracias a una puesta en su lugar de cada cosa, a un descubrimiento progresivo, constante, de la verdad de cada cosa. Que yo aprenda a vivir cada cosa en su sitio, que yo vuelva a ser yo y nada más que yo tal como soy, como estoy ordenado a ser de un modo natural.

 

 

 

Dos clases de error

 

Dos son los tipos de errores que se producen: Existe un error que se refiere al vivir, cuando mezclamos lo de arriba con lo de abajo, en un sentido, diríamos, evolutivo vertical. Cuando quiero vivir lo bueno, lo elevado, a través de lo inferior. Esto ocurre, por ejemplo, cuando trato de vivir la verdad a través de mi mente pensante. Hay algo en mí que está pidiendo una verdad absoluta, pero yo trato de vivir esta verdad a través de mi mente pensante, de mi mente razonante. Pero la verdad absoluta, la intuición y demanda de esta verdad absoluta, me viene a partir de algo superior a la mente razonante, me viene desde el nivel intuitivo. Sin embargo, dado que yo estoy acostumbrado a manejarme a partir de mi mente concreta, intento hallar esta verdad absoluta utilizando esta mente. Esto me conduce a un callejón sin salida, a una agitación, a una tensión, a un girar sin fin. Yo tengo la aspiración o el anhelo de un amor inmenso, de un sentimiento sublime, que nada lo mancille, que nada lo afecte, que sea algo cada vez más luminoso, más puro, más pleno. Entonces esta aspiración, esta demanda que hay en mí, trato de vivirla a través de mi afectividad personal, con mis gustos, con mi sensibilidad, con mis modos personales, es decir, a través de algo inferior. Ese algo inferior es en sí bueno, según sus leyes, pero lo que yo intuyo es algo superior que tiene otras leyes. Cuando intento vivir esto superior a través de lo inferior es cuando estoy irremediablemente destinado a sufrir desengaños, frustraciones constantes.

 

El otro tipo de error es cuando pretendo vivir lo que corresponde a un nivel de permanencia y de realidad en sí, de realidad central, a través de mi zona media o de mi zona externa.

 

Mi zona externa es la que registra el mundo cambiante, la interna es la que registra las resonancias subjetivas, los estados, las emociones y los sentimientos. Detrás de esto está el eje donde existe, donde reside la naturaleza en sí pura, de sentimiento, de voluntad, de conocimiento. Entonces esta cosa que es, que tiene una naturaleza profunda de ser, yo trato de vivirla a través de mi sentir y de mi percibir, a través de mi circunstancia externa, a través de lo que yo capto de mi circunstancia externa. Quiero convertir en absoluto algo intrascendente, y este intento de vivir lo que es en sí a través de lo que es sólo apariencia, movilidad, da como resultado ese intento de inmovilización, de buscar la absolutización de mis sentimientos interiores o de mis circunstancias exteriores.

 

Cuando consiga vivir cada cosa en su sitio, cuando consiga vivir centrado en la naturaleza profunda, inmediata, incondicionada del Ser, yo no esperaré de las cosas mutables que sean, no esperaré la naturaleza profunda del Ser a partir de la resonancia que me produzcan las cosas o las personas. Pero en tanto yo no viva esto directamente donde está, trataré de vivirlo a través de donde no está, y esto producirá inevitablemente un problema. Cuando consiga vivir lo superior en lo superior no intentaré cambiar el mundo de como es, sino que lo aceptaré y actuaré de un modo natural en él, tal como soy yo. Cuando pretendo que el mundo se inmovilice o se divinice tal como yo entiendo, estoy actuando en contra de la verdad de las cosas, porque estoy actuando en contra de la verdad de mí mismo. Sólo cuando viva lo de arriba estando yo arriba descubriré que lo de abajo es perfecto, completo. Mientras yo esté entremezclando ambos niveles no existirá para mí esa evidencia, no se producirá en mí esta serenidad profunda, esta vida equilibrada, plena.

 

Creo que es muy importante que aprendamos a descubrir que toda causa de sufrimiento, de cualquier tipo de sufrimiento, de preocupación o de angustia obedece básicamente a esta distorsión de nuestro modo de funcionar, a este pretender buscar la causa donde no está, a este esperar de las cosas que sean de un modo diferente a como son. Porque a partir del momento en que vea claro que mi sufrimiento viene motivado porque no vivo el goce ahí donde está, que mi sufrimiento no está causado por nada exterior, sino que solamente se debe a que yo estoy desplazado de este goce que me empuja, cuando me dé claramente cuenta de todo ello dejaré de estar persiguiendo el exterior, dejaré de estar protestando de lo exterior, dejaré de estar tenso con relación al exterior. Y este ese el primer paso absolutamente indispensable. En tanto yo crea que mi sufrimiento, mi mal o mi problema dependen de algo exterior, dependen de que las cosas se modifiquen, yo estaré luchando e incrementando mi dolor, porque, cuanto más busque, más me estaré alejando del verdadero lugar de la cosa, más me estaré proyectando hacia otro sitio, más estaré fortaleciendo el mal funcionamiento, el desfase. Así, pues, cuanto más deseo y más busco en lo concreto, más me alejo de la verdad.

 

En el momento en que me doy cuenta de que lo que deseo y lo que busco no está ahí, sino que procede de mí, en el momento en que me doy cuenta de que no es buscando ni haciendo esfuerzos, sino descubriendo la verdad en mí, como podré yo solucionar el problema, es cuando aflojo, cuando suelto mi crispación. Y este es el primer requisito para que las cosas vuelvan a su sitio.

 

Expresado esto en un lenguaje religioso, diríamos que nuestra voluntad propia es causa de imperfección, hasta que llega un momento en que sabemos aceptar de veras la voluntad de Dios. Aceptar la voluntad de Dios es dejar de tener yo mi voluntad hacia algo, es situarme en Dios, abierto y receptivo a lo que intuyo como Dios, dejando que su voluntad se produzca en mí y en lo otro. Esto son cosas que probablemente son conocidas para nosotros desde hace muchos años, pero que, tal vez, a través de lo que explicamos ahora, adquieren un sentido nuevo, una razón de ser, ya que vemos el porqué y el cómo. Hemos dicho varias veces que las verdades que nos han transmitido de una manera religiosa son válidas y correctas, pero que el modo como nos han sido en general enseñadas ha ignorado las leyes profundas que existen en nuestro funcionamiento general.

 

El segundo paso consistirá en que yo trate de buscar la cosa ahí donde está y no donde no está. El primero, decíamos, es que yo me dé cuenta de que no está donde pretendo buscarla; así, pues, que afloje la tensión que me está proyectando hacia algo que nunca encontraré, y de lo que más me alejaré cuando busque con mayor intensidad. Mi naturaleza profunda es la vida plena, la paz, la participación, de un modo u otro, de ese caudal divino que es la razón de ser, de mi modo de ser y de mi existir. Todo en mí es una participación, en un grado u otro, de esa participación divina. No hay lugar en mí para nada negativo, a no ser que yo esté interfiriendo en la expresión de eso positivo.

 

¿Qué es la sombra? Simplemente el contraste entre dos grados de luz. No existe la oscuridad como algo real, la oscuridad no es nada, lo único que existe es la luz, y a un contraste entre grados de luz lo llamamos oscuridad o sombra. Esto es lo que ocurre con nuestros estados negativos: no existe nada que sea sufrimiento; tan sólo existen grados de plenitud y grados de goce. Ahora bien; cuando estos grados de plenitud o de goce se interfieren, adquieren, curiosamente para nosotros, la forma de error o de dolor. En el momento en que volvemos a poner las cosas en su sitio, aquellas mismas cosas se convierten en un goce, en el goce que siempre ha sido, en el goce que es su naturaleza profunda. Esto se refiere directamente a toda nuestra vida, ya que ésta aparece como un tejido de sinsabores y de búsqueda de felicidad en todos los niveles. Pues bien; mientras yo quiera buscar lo divino en otros niveles de mi personalidad estoy cayendo en este error básico que hemos explicado ilustrado con algunos ejemplos. Yo tengo la intuición de lo divino como divino, pero entonces trato de capturar esto divino a través de mi mente concreta, a través de mi afectividad personal o a través de mi sensibilidad biológica. Y mi sensibilidad biológica tiene su propio bien, su propia plenitud, que no responde al nivel superior. Esta divinidad que intuimos está en el nivel superior; es el nivel superior. Y es ahí donde la puedo encontrar y donde la puedo vivir tal como intuyo. Cuando pretenda vivirla en otro sitio, únicamente tropezaré con ansiedades, con dificultades, con problemas y frustraciones.

 

Todos nosotros decimos que buscamos esta divinidad. Ciertamente, en nosotros hay una demanda de ella. Pero la pregunta inmediata es: ¿Cómo tratamos de encontrarla, cómo tratamos de realizar esta divinidad? Esta divinidad sólo podemos realizarla ahí donde está, allí donde es. Por tanto, yo he de aprender a ver dónde percibo esta intuición de lo divino, tanto si es una intuición de amor, de sabiduría, de poder, o de ser, sea cual sea la forma de lo divino que se manifieste en nosotros. Y debo saber abandonarlo todo, tranquilizarlo todo, dejar que cada nivel viva en su nivel, dejar que cada cosa esté en su sitio. Entonces hacer que este sector de mi conciencia que percibe la intuición se limite a percibir la intuición. Que no intente valorar con esa intuición, que no pretenda trasladarla, manipularla, sino simplemente descubrir que esta intuición de la divinidad está ahí, y procurar estar todo yo abierto y mirando esa intuición.

 

Entonces, cuando yo, sin pretender nada más que ser yo, sin pretender hacer nada, sino estando simplemente con mi conciencia centrada en esa intuición de ser, me abra a esa intuición, lo más clara posible, que tengo de Dios como Dios, intentando descubrir dónde percibo esa intuición, entonces se produce este descubrimiento, esta realización, esta integración en nuestra conciencia de aquello que siempre es, que siempre ha existido, que siempre ha estado unido con nosotros.

 

 

 

Preguntas:

 

-Entonces, ¿hemos de vivir cada nivel independientemente de los otros?

 

R. -Hemos de vivir cada nivel independientemente de los otros, aunque los hayamos de vivir conjuntamente.

 

-¿Cómo hay que hacer esto?

 

R. -Pues simplemente no queriendo hacer nada. Cuando yo trato de hacer algo, es cuando estoy estorbando el proceso. Cuando simplemente yo trato de sentirme yo, de abrirme con naturalidad, cuando aprendo a ser más yo, a no querer sentirme a través de otro, a través de algo superior, a través de una situación, cuando no busco esta conciencia de ser en algo que para mí es no-ser, cuando no busco lo que es inmutable en algo que es mutable y no evidente, cuando sencillamente cultivo la conciencia de ser allí donde intuyo que está, evitando los procesos de identificación, de descentramiento, de proyección, entonces no atribuiré, no esperaré de los demás esa noción de realidad, y viviré la noción de realidad allí donde está.

 

En cambio, ahora estoy viviendo, estoy constantemente pretendiendo que la simpatía, la alabanza, el dinero, el prestigio, me hagan sentir un poco más que soy. Por esto cultivar ese primer grado del que hemos hablado varias veces, aprender a ser realmente yo, vivir con sencillez, vivir la intuición de lo espiritual allí donde está lo espiritual, y no crearnos problemas con el sufrimiento. Fijémonos en que el sufrimiento es consecuencia de que yo no distingo bien, de que no estoy bien dispuesto para vivir la realidad. Todo sufrimiento, todo dolor es una consecuencia de mi funcionamiento elemental, de mi funcionamiento infantil, es consecuencia de esperar algo equivocadamente, de algo que se me ha frustrado. Y, en ese sentido, tan engañoso es el sufrimiento como el goce que me proporcionan las cosas.

 

Por esto es importante que yo me dé cuenta de todo ello, ya que si intento huir del sufrimiento buscando algo que lo alivie, haciendo algo, cuando más trate de huir de él, más estaré reforzándolo.

 

-En el plano físico, ¿ese sufrimiento de la conciencia física puede ser el dolor?

 

R. -Nuestro nivel físico, vital, tiene su propia dinámica y su propia conciencia. Mientras actúe ese nivel, siempre actúa positivamente, aunque sea luchando contra injurias, traumatismos, enfermedades. Siempre se vive positivamente, si nosotros no interpretamos este trauma, esta enfermedad, con nuestra valoración del yo personal. Este nivel tiene una conciencia propia que también está en nosotros. Lo que nosotros llamamos conciencia no es algo simple, es una verdadera gama. En ella habrá esta conciencia biológica que ciertamente tenemos muy poco desarrollada. Yo tengo la impresión de que el sufrimiento físico es algo que nosotros añadimos a una realidad que es en sí positiva.

 

Conozco casos de mujeres que sentían un gran miedo a tener hijos, y que, no obstante, en el momento del parto perdieron el miedo por completo. Esto es porque en ese momento estaban entrando en juego los resortes biológicos, que, de por sí, por su propia naturaleza, son todos positivos.

 

Por eso mientras actúe la biología, poco o mucho, la experiencia es positiva. Es a partir del momento que yo interpreto lo biológico como un fracaso, y esto es ya una interpretación desde otro nivel, que para mí adquirirá un carácter negativo.

 

Así, cuando la conciencia física encuentra algo que va en contra de ella, esto la determina a luchar, y esta lucha es algo tan positivo, tan afirmativo, como la oposición que ha encontrado. Es decir, en una acción en contra de nuestro organismo, si nosotros dejamos actuar libremente nuestro organismo, éste reacciona en contra de la injuria, y esta respuesta es positiva. Por esto incluso la muerte no tiene el menor carácter negativo.

 

Así, vemos cómo el proceso de la muerte, cuando no hay un proceso psicológico añadido, es un fenómeno natural, y la persona puede morir biológicamente tranquila. Ahora bien; cuando no solamente hay dolor, sino reacción psicológica frente al dolor, entonces es cuando se produce la muerte trágica. Pero en este caso es que se ha añadido a ahí una sobreestructura.

 

Estoy describiendo esto no para deducir de ello una conducta moral, sino para provocar el descubrimiento de la naturaleza del dolor y del error. Más tarde veremos cómo nosotros hemos de aprender a integrarlo todo, cómo somos un sistema múltiple, pero no una comunidad de personas independientes. Somos una comunidad jerarquizada, organizada, y, por tanto, hemos de aprender a manejar nuestra afectividad, nuestro cuerpo.

 

-Yo no entiendo la separación tan tajante que usted establece entre lo espiritual y lo afectivo.

 

R. -Lo espiritual puede unirse con, puede transformar. Viviendo lo espiritual, esto va informando al resto. Es una sobrenaturalización, una transformación, una supramentalización de toda mi personalidad. Pero esto ya no entra en el proceso natural de las personas. Cuando se llega a una conciencia de lo superior, y se mantiene, esto vincula estrechamente lo superior con lo inferior y hace que lo superior se manifieste en lo inferior y que lo inferior se satisfaga en lo superior. Pero esto es algo que se produce posteriormente como consecuencia del trabajo. Al principio, al nivel donde se plantean los problemas, esto no es así, y por eso se plantean los problemas, porque cada cosa es distinta.

 

-Hay un gran número de personas que buscan esa realización, pero cuando quieren expresar lo que intuyen de felicidad, de plenitud en su vida diaria encuentran una obstrucción. ¿Por qué ocurre esto?

 

R. -El problema está en que uno quiere expresar, y en este querer expresar ya existe un desfase. Yo, sin darme cuenta, cojo esta intuición que tengo y quiero darla a los demás, quiero mostrársela, a veces con el deseo de ayudar, a veces con el deseo de que me aplaudan. Y, tanto en un sentido como en otro, esto es ya un desfase. Cuando yo percibo una intuición superior he de aprender a estar en esta intuición superior, y sólo por el hecho de estar, de mantenerse, de permanecer en esa intuición superior, esta intuición se actualizará en mí, y, por sí sola, encontrará el modo adecuado de expresarse. En cambio, cuando yo quiero, aunque sea en nombre del bien de otras personas, estoy forzando mecanismos, estoy queriendo dar algo que no es mío. El yo que quiere dar no es realmente el poseedor de la cosa que quiere dar, es algo inadecuado.

 

-¿Cómo? ¿Acaso no tenemos que estar preocupados por los demás?

 

R. -Esto nos lo dice el Evangelio. Nos dice que cuando nosotros alumbramos nuestra propia luz, esta luz estará puesta en lo alto para que ilumine a los demás. Pero que no somos nosotros quienes hemos de pretender encender la luz a nadie. La luz, por su propia naturaleza, es iluminadora e irradiante. Por lo tanto, no soy yo quien ha de comunicar, no es mi voluntad quien ha de querer comunicar, ni mi razón la que ha de fabricar el foco. Es la propia luz quien da testimonio de ella misma.

 

Y este es el mejor modo de comunicar. Es inevitable que una persona, en la medida en que viva algo, quiera darlo, pero, cuanto más intenta darlo, más interfiere en este proceso natural de comunicación. Cuanto más quiero convencer a una persona, en general más difícil me resulta. Sin embargo, cuando yo vivo con simplicidad aquella verdad que veo, y simplemente la expreso sin pretensión de convencer a nadie, sin que intervenga mi voluntad afirmativa y dominadora, entonces, curiosamente, la otra persona capta mucho mejor, y, sobre todo, acepta mucho mejor. Cuando mi voluntad activa interviene, provoca una reacción defensiva en la otra persona. Precisamente por esto, para obtener la máxima eficacia, uno no debe intervenir activamente.

 

-Pero en este proceso hay una energía emotiva que desea expresarse. ¿Qué hay que hacer con esta energía?

 

R.-Aquí está la clave. Precisamente esta afectividad hay que sentirla desde dentro, hay que amar desde dentro, pero no pretender que lo de dentro invada lo de fuera. Cada cosa en su sitio. Por esto la sencillez, la simplicidad es una clave extraordinaria de eficacia, de impacto. Es decir, nuestro testimonio de lo que nosotros podamos vivir o vivenciar por nosotros mismos se ha de producir solo, por sí mismo. En cuanto exista una voluntad personal y una idea personal o un sentimiento personal, este  testimonio es engañoso. Aun poseyendo una parte buena, la parte deficiente que hay en él lo estropea.

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO SEXTO

 

ESTUDIO DE LA EXPERIENCIA HUMANA

 NEGATIVA EN EL NIVEL FÍSICO-VITAL

 

 

 

Veremos en este capítulo nuevamente los mecanismos del sufrimiento y del dolor. Pero dado que éste es un tema que suscita mucho interés y preocupaciones, he pensado que quizá sea bueno considerar el tema desde sus comienzos, es decir, estudiando lo que ocurre en nuestro modo de existencia.

 

Nosotros nos encontramos de repente viviendo en este mundo. Al lanzar sobre este hecho una mirada objetiva, vemos que estamos empujados por un impulso formidable, por unas ganas de vivir. Es decir, que nos encontramos ya en marcha. Pero no solamente en marcha, sino también con ganas de marchar, con que algo nos está empujando. Al reflexionar sobre ello descubrimos que estas ganas de vivir pueden dividirse en tres grandes sectores. Tal vez no sean precisamente tres, pero, a fines didácticos, los agrupamos precisamente en tres.

 

En primer lugar encontramos que hay en nosotros una energía biológica, una energía que tiende a expandirse y a afirmarse y que tiende, además, a acumularse, a crecer cada vez más. Esta energía se manifiesta, por una parte, en el impulso vital, con todas las apetencias y las necesidades básicas. Por otra, en su vertiente psicológica, en la conciencia que tengo de energía de mí mismo como ser. Luego, esto se traduce en mis deseos de acción, de movimiento, de actuación, de ejercitar mi capacidad de fuerza. Esto en un grado superior recibirá el nombre de voluntad. La fuera biológica pasa a ser una fuerza superior que denominamos voluntad, como capacidad de mantener una dirección, de vencer resistencias, de afirmar nuestro ser al margen de todo lo que se mueve y varía. Por lo tanto, la primera línea de este impulso de vida es el aspecto energía, energía en lo vital y energía en lo moral, a lo que llamamos voluntad.

 

En segundo lugar descubrimos otro gran sector de este impulso, al que podemos llamar el principio de la satisfacción: yo siempre estoy buscando satisfacción, tanto por lo que se refiere a mis necesidades fisiológicas, como a mi necesidad de compañía. Siempre estoy buscando algo que me guste, algo que sea para mí satisfactorio. Esto, en su nivel elemental, lo llamamos placer; en su nivel superior, lo podemos llamar felicidad. Es decir, cuando tendemos hacia esa satisfacción, y esto se refiere al aspecto más vital, es cuando buscamos el placer. Luego, en su aspecto más elevado, lo llamamos felicidad y lo asociamos al hecho del amor, de la armonía, etc.

 

Todo esto es una línea constante en nuestra vida: por un lado, energía; por otro, satisfacción.

 

Existe luego un tercer aspecto que consiste en tratar de comprender, de conocer las cosas. No nos basta con sentir, no nos basta con hacer; queremos también comprender las cosas. Y este afán de saber, de conocer, de comprender, señala también una constante en toda nuestra evolución, desde la infancia hasta la fase, digamos, más madura. Todo esto lo buscamos a través de unos contactos con el exterior, a través de unas experiencias vividas. Gracias a estas experiencias yo desarrollo, por un lado, mis mecanismos de expresión, mecanismos humanos, y, por otro, voy tomando conciencia de todo esto. Es decir, este impulso de vivir se manifiesta, en un plano objetivo, en el desarrollo de unas determinadas estructuras, desarrollo del aspecto físico -mecanismos físicos, cuerpo-, en el desarrollo de una estructura emocional y de unas estructuras mentales.

 

Pero además de estas estructuras a las que podríamos llamar objetivas, hay siempre acompañándolas la conciencia de ellas, de lo que contienen estas estructuras; así, pues, conciencia de nuestra energía vital, de nuestra satisfacción o negación de las necesidades, y de aquello que conocemos o sabemos.

 

 

 

Doble visión

 

Así, pues, hay una visión objetiva y subjetiva paralelas a todo lo que es el desarrollo humano. Esto lo buscamos. Esto lo buscamos a través de experiencias. El mundo se nos aparece como lleno de estímulos, e incluso nuestra propia personalidad se nos muestra también como llena de estímulos. Hay estímulos que surgen de dentro espontáneamente, como nuestra necesidad de crecimiento, y luego otros que nos vienen de afuera, de la sociedad, cuando el medio ambiente nos solicita, nos exige algo y nos vemos obligados a responder. Por tanto, existe un doble juego de estímulos; por una parte, interiores, que se han de satisfacer en lo exterior, y por otra, exteriores, cuya satisfacción se ha de realizar en nuestro interior. Gracias a esto se produce una interacción constante yo-mundo, mundo-yo, en donde a veces es muy difícil precisar dónde está el yo, dónde está nuestra personalidad, y dónde comienza el mundo. En realidad es un continuo, un campo continuo, y toda distinción que hagamos será arbitraria. En definitiva, nosotros nos satisfacemos con la noción más o menos general que tenemos de nosotros mismos, sin distinguir, sin analizar en profundidad. Pero al observar con cierto detenimiento descubrimos que, en la medida en que nuestras experiencias permiten dar salida y satisfacción a los impulsos básicos en sus tres aspectos, dichas experiencias las vivimos como constructivas, positivas, afirmativas, buenas. En la medida en que las experiencias parecen negarnos o demorar esta satisfacción, vivimos la situación como algo negativo. Hasta aquí estamos en un terreno sumamente conocido.

 

 

 

¿De dónde surge el impulso?

 

Ahora bien; considerando este aspecto en la fase en que estamos ahora, podemos preguntarnos: ¿De dónde surge este impulso a vivir, de dónde proviene esta capacidad que se manifiesta en nosotros de energía, de actualización de energía, de actualización de bienestar o de satisfacción y de actualización de conocimiento o de inteligencia? ¿Es algo que nos viene dado del exterior? No. ¿Es algo que ya está en nosotros desde el punto de vista de la estructura? No; porque esa estructura la empezamos a construir nosotros desde el comienzo.

 

De ahí se deduce que, de alguna manera, hay en nosotros un foco, un punto, una fuente desde donde se va actualizando esa potencialidad que hemos de vivir a través de los mecanismos, gracias a la experiencia. De hecho, las experiencias no son otra cosa que actualizaciones parciales de ese potencial central, actualizaciones que se hacen a través y en el seno de unas estructuras, en unos contenidos concretos de experiencia. Yo tengo en mí una potencia biológica, pero hasta que no empiezo a hacer ejercicios, no empiezo a correr, a levantar pesos o a superar obstáculos, no tomo realmente conciencia de esa energía expresada como algo mío de lo que yo dispongo. Así, pues, decimos que esa energía física actualizada es una actualización de la energía total que existe en mí potencialmente.

 

Yo soy solamente consciente, en mi conciencia normal, de eso que voy actualizando. Pero de alguna manera en mí existe una preconciencia de que dentro hay una totalidad. Porque si yo tuviera únicamente conciencia de aquello que voy expresando, no sentiría en mí ninguna necesidad de desarrollo, solamente la necesidad inmediata del consumo, y nada más. Pero en mí existe una aspiración, una demanda, una necesidad de afirmación profunda y total, un deseo que si yo no lo frenara me conduciría a desear ser el hombre totalmente fuerte, totalmente seguro, totalmente enérgico. Así, pues, esa tendencia está en mí; es luego que viene la mente y dice «no, esto no, debo conformarme con lo mío, debo ser más modesto». Es decir, que la mente pone cortapisas a esa tendencia natural de demanda. Si nosotros no tuviéramos de algún modo, una conciencia de esa cosa profunda, ¿de dónde surgirá esa aspiración a la plena afirmación? Simplemente, no surgiría. Por tanto, esta misma demanda de ser que hay en nosotros es el testimonio de que esta posibilidad está ahí dentro. Ocurre que nosotros no tenemos una conciencia actual de ello; es otro sector más profundo, al que no podemos llamar conciencia en sentido corriente, pero que está ahí, de donde surge nuestro deseo.

 

Resulta entonces que en nosotros hay una intuición de que esto existe, de que esto es, hay una intuición de esa realidad, de esa totalidad en mí. Cada vez que experimento algo, lo experimento como un gozo; cada vez que actualizo algo de esa energía, de esa fuerza, es un incremento en mi conciencia inmediata de esa aspiración constante. Entonces yo, que tomo más conciencia de mi energía, intento que esa conciencia concreta, de mi cuerpo y de mi voluntad en tanto que fuertes, vaya creciendo. Es decir, que trato de vivir esa totalidad que intuyo, a través de mi experiencia; de ahí surge esta lucha constante en la que estoy pretendiendo cada vez ser más, y en la cual mi deseo va siempre adelantando a mi realidad. En la medida en que mi deseo está frustrado, yo vivo eso como una negación.

 

Fijémonos bien que, en principio, tenemos nuestra conciencia profunda que, de un modo u otro, conoce ya esa realidad. Y luego tenemos la conciencia actual, que se va actualizando en un nivel más concreto a través de la experiencia. En nuestro interior está la conciencia profunda, y a partir de ahí se va actualizando una parte de ella en nuestro campo personal, en este caso físico. Cuando esta demanda de lo total queremos vivirla a través de lo fenoménico se produce en nosotros una tensión, una proyección hacia adelante, un pretender ahondar más en ese campo concreto de la experiencia. Pretendemos llegar a la totalidad a través de la experimentación porque no nos damos cuenta de que esta totalidad está en nosotros y está surgiendo del centro. Por lo tanto, como no vivimos el centro como Centro, pretendemos convertir nuestro campo de conciencia actual en un centro total.

 

Nuestra conciencia central es una conciencia de Plenitud, ya que todo surge de ahí. Nuestra conciencia existencial, fenoménica, de la experiencia, es una conciencia de parcialidad, de temporalidad, de limitación. Sin embargo, esta temporalidad es toda ella positiva, dado que es una participación de algo absolutamente positivo. Cuando yo adquiero un poco más de fuerza, cuando yo consigo algo más de conciencia, ese algo es siempre positivo. Por lo tanto, al campo total, positivo, que está dentro, yo estoy añadiendo un modo particular de conciencia en mi experiencia cotidiana que también es en sí positivo, porque todo lo que sale de ahí es positivo, es energía, es felicidad, es Conocimiento en un grado u otro.

 

El problema surge cuando yo no me conformo con vivir esa intuición de plenitud junto con el grado de actualización positiva, sino cuando quiero vivir todo, la totalidad positiva, a través de lo experimental, a través de mi experiencia cotidiana. En el momento en que yo traslado esa aspiración de totalidad al campo fenoménico, al campo de la experiencia concreta personal, surge en mí esa tensión, esa exigencia o demanda que intento satisfacer viviendo de un modo determinado. Entonces aparecen los problemas. Como yo tengo esta pretensión de absoluto, esta necesidad de buscarme a mí mismo, esta precisión de vivir la plenitud, en un grado de conciencia actualizada, cada vez que algo me frustra, me vivo como una frustración de mi totalidad, como un fracaso de mi totalidad futura. Estoy pretendiendo llegar a esa totalidad, y cada negación la vivo no como una negación de mi parcialidad, sino como una negación de mi totalidad. Por esto me afecta tan profundamente, por esto adopta ese carácter trágico.

 

Si yo pudiera vivir esta intuición de Ser allí donde está, allí donde todo surge, viviría una plenitud y habría además una nueva conciencia positiva en todo lo que se expresara, de ese centro, de ese foco. Y aunque esto fuera poco o mucho, aunque siguiera un curso u otro, siempre sería en sí positivo, porque todo lo que sale del Centro es positivo. Aunque se produjera una experiencia de negación en el medio ambiente, aunque yo no tuviera la facultad de moverme, aunque no pudiera hacer las cosas que quisiera, lo poco que pudiera realizar seguiría siendo totalmente positivo, porque todo lo que sale, poco o mucho, es fundamentalmente positivo.

 

El mal está en que yo no me conformo con esto, porque no vivo esa conciencia central. Entonces pretendo llegar a vivirla a través de la experiencia, por lo cual la imitación se convierte para mí en negación, el fracaso se transforma en drama.

 

Es muy importante comprender bien esto, es más importante que cualquier otro tipo de trabajo que podamos efectuar, ya que todos nuestros errores derivan de aquí y todos nuestros problemas son consecuencias de este error.

 

Mientras yo estoy proyectado en mi campo de experiencia, queriendo vivir a través de la experiencia toda mi plenitud, estoy irremediablemente condenado al fracaso, porque nunca la experiencia me dará la plenitud. La plenitud sólo podré vivirla allí de donde surge mi impulso a experimentar. La finalidad de la vida no es encontrar la plenitud en lo fenoménico, porque lo fenoménico es por definición transitorio, temporal, inconsistente, un proceso. No es en este proceso donde hallaremos la plenitud. Nunca. La Plenitud que nosotros pretendemos, plenitud total, estática, permanente, definitiva, nunca puede proporcionárnosla algo que es eminentemente inconsciente, móvil, cambiante en todos los aspectos.

 

Esto se ve clarísimo; sin embargo, esto es lo que pretendemos. Toda la vida estamos intentando conseguir esto. Hasta que no descubramos la fuente de donde surge este impulso a vivir, a amar, a conocer, hasta que no descubramos la fuente, seguiremos empeñándonos en hurgar y en empujar hacia fuera, intentando conseguir sentirnos más, creernos más, que nos acepten y nos admiren más. Y, por mucho que vayamos acumulando experiencias positivas en este sentido, siempre nos encontraremos frustrados, porque nunca tendrán un carácter de totalidad o de permanencia.

 

El problema está en que en nosotros existe algo que es absolutamente positivo. Tanto el Centro como la Manifestación son totalmente positivos. Sin embargo, al no vivir cada cosa en su sitio, al trasponer los términos, al proyectarse mi mente en lo fenoménico y querer vivir lo Absoluto en esto fenoménico, entonces se produce una imagen invertida y la experiencia se convierte en algo negativo. Pero la negación, lo negativo, no existe en sí. Es sólo un modo torcido, erróneo, desfasado, de ver, de valorar y juzgar las experiencias. No es que las experiencias sean en sí buenas o malas. Todas serían buenas. Pero como el juicio que nosotros hacemos de la experiencia está partiendo de la pretensión, de la idea de que yo he de encontrar lo bueno en la existencia, de que en ella hallaré mi afirmación plena, entonces cada vez que la vida me corta o me niega esa pretensión, yo vivo esto como algo eminentemente negativos. Así, pues, la experiencia negativa tiene como origen el error, la falsa perspectiva de mi postura.

 

Ahora bien; podría preguntarse: ¿Por qué existe eso, por qué existe este error de mi perspectiva?

 

Ciertamente, no voy a contestar ahora a esta pregunta. Pero creo que lo más importante es, de momento, ver que no existe el mal en sí, que no hay cosas malas. El mal es algo que aparece, algo que hace función de mal, pero que no es en realidad mal. El hecho es que cuando una persona llega a conseguir colocar las cosas en su sitio, es decir, cuando consigue centrar la conciencia en su lugar, el mundo se transfigura de repente y deja de ser ese mundo de conflictos, de negaciones, de enigmas constantes. La persona descubre que el mundo es la transparencia de la divinidad, que es una constante expresión, exposición, recreación de un canto divino. Aunque todo esto suene a algo muy lejano e incluso utópico, y aunque parezca la poesía de un iluminado, el hecho es que las personas que han llegado a tener una gran experiencia profunda coinciden todas en su testimonio sobre la Experiencia. Por tanto, no estamos trabajando en un terreno basado en meras suposiciones. El mecanismo puede verse claro. Y existe, además, el testimonio o la confirmación de que cuando las cosas se colocan otra vez en su sitio, todo se ve como ha sido siempre, positivo, manifestación espléndida de la divinidad.

 

Así, pues, si aplicamos este mecanismo en nuestro terreno puramente físico, a pesar de que el terreno físico es el más difícil, podremos ver cómo el dolor no es nada más que un contraste entre experiencias positivas. Esto puede verse, aunque es muy difícil de prever y todavía más difícil de modificar, porque en nosotros se está produciendo ese mecanismo con una fuerza tremenda, con la fuerza de toda la humanidad, de todos los siglos a través de los que se han ido transmitiendo ese modo de funcionar. Lo que estamos viviendo nosotros ahora es un atavismo, el mecanismo más antiguo que existe de nuestra evolución y, por tanto, el más difícil de poder cambiar. No es que sea imposible de modificar, pero es el más difícil, profundo y arraigado de todos los mecanismos. En cambio, en nuestro nivel afectivo y mental estos mecanismos se pueden modificar con más facilidad, a pesar de que en apariencia ofrezcan mayor dificultad.

 

Es por este motivo por lo que en aquellas tradiciones en las que se ha conseguido trabajar han desaparecido primeramente los problemas de tipo superior, los problemas, diríamos, de nivel espiritual y nivel psicológico, y, sin embargo, permanecen todavía los problemas o experiencias negativas en el aspecto físico.

 

Estudiando esto en su vertiente física, podremos ver que, en nosotros hay un impulso vital. Este impulso vital nos está exigiendo, nos está pidiendo que vivamos una energía, que estructuremos un organismo, que lo ejercitemos y que vivamos unas experiencias de fortaleza, de subsistencia y de reproducción del mecanismo biológico. Este impulso biológico es una expresión de la fuente central; por tanto, es en sí totalmente positivo.

 

Nosotros, de hecho, tenemos una conciencia muy positiva de nuestro nivel biológico vital. Lo que ocurre es que, en nuestra conciencia normal, no nos damos cuenta. En nuestra conciencia profunda sí existe un darse cuenta de esto, de esa plenitud, de ese goce del vivir biológico. La prueba de ello está en que cuando este vivir biológico sufre una limitación, una enfermedad, un accidente o una mutilación, nosotros vivimos esto como una gran desgracia. Una desgracia es siempre la negación de una gracia, la negación de un bien. Vivimos entonces esa experiencia como algo malo, pero esto es solamente porque antes lo habíamos estado viviendo como algo bueno. Únicamente en la medida que yo he vivido antes como muy buena una cosa, la negación de esta cosa puede aparecer ahora ante mí como algo muy malo. Es decir, la intensidad del dolor da testimonio en mí de la intensidad del placer que existía antes, pero del que no me daba cuenta. La prueba está en que si tras un tiempo de inmovilización o de incapacitación yo consigo recuperar la función, experimento de nuevo un goce extraordinario, un gozo de poder vivir en lo biológico. Esta conciencia de placer, de satisfacción la estamos siempre viviendo sin darnos cuenta. Y estamos en un terreno de experiencia, que es, aparte de aquello que hay en lo más profundo, donde reside la plenitud total.

 

En realidad, yo nunca tendría que perder eso positivo, porque, suponiendo que estuviera enfermo, que sufriera un accidente y mi biología quedara mermada, todo lo que me quedara seguiría siendo totalmente positivo. Por tanto, yo tendría que estar viviendo aquello como una continuidad de conciencia positiva. Sólo que antes estaba más manifestada, y ahora lo está menos, pero sigue siendo, no obstante, totalmente positiva. Es decir, no tendría que existir la experiencia dramática de negación. La experiencia biológica es totalmente positiva, porque es expresión de algo positivo. Esta expresión biológica, a través de mi modo de ser biológico, puede sufrir altibajos, incrementos o descensos, pero, en todo momento, todo lo que se expresa, mayor o menor, es en sí algo totalmente positivo. Y, no obstante, yo no lo vivo así. Cuando yo tengo un temor de sufrir una enfermedad en el estómago, en el corazón o en los pulmones, se empieza a crear un fantasma, una obsesión, como si aquello fuera el fin de mi vida. Vivo este temor como algo totalmente negativo. ¿Por qué? Porque esa conciencia profunda de totalidad que tengo estoy pretendiendo vivirla a través de lo fenoménico, porque tengo la pretensión de vivir en lo biológico de un modo totalmente afirmativo, es decir, de llegar a una conciencia total en lo biológico. Por tanto, estoy todo yo proyectado hacia un exigir más, más. Hay en mí una demanda constante de más placer, de más demanda de energía, de más salud, una demanda inagotable porque es expresión de la conciencia de totalidad que hay dentro. La estoy vertiendo, la estoy proyectando hacia mi experiencia concreta.

 

Si yo pudiera vivir esa plenitud ahí donde está, viviría cada aspecto de mi existencia como una expresión de esta plenitud sin quedar crispado en la expresión; no buscaría afirmarme totalmente en lo fenoménico, sino que, al vivir en la plenitud del centro, en la fuente de donde todo surge, la expresión sería para mí un modo sobreañadido, un aspecto más, una recreación en la que no habría ninguna trascendencia porque toda ella sería absolutamente positiva. El jugar, por ejemplo, si realmente estamos jugando puramente por el placer de jugar, sin estar pendientes del ganar o el perder, sin poner en juego nuestra negación o nuestra afirmación, el juego representa un gran placer. Lo vivimos como una recreación. De hecho, esto debería ser nuestra vida, si la viviéramos centrados. Poseyendo ya nuestra conciencia de ser, entonces nuestro existir biológico sería solamente una recreación, no necesitaríamos estar defendiendo en cada momento nuestra experiencia positiva, ni tampoco esta experiencia positiva tendría retrocesos, altibajos. No estaría pretendiendo vivir la plenitud a través de estas experiencias, sino que, como ya sería esa plenitud, me limitaría simplemente a jugar.

 

El dolor físico no es nada más que la negación de la conciencia de Ser en nuestro existir biológico. Si pudiéramos llegar a la afirmación, a la conciencia plena en lo biológico, el dolor no existiría, porque toda experiencia vital, del tipo que sea, sería totalmente positiva. Incluso cuando nos enfrentáramos contra agentes exteriores, contra infecciones o traumatismos, viviríamos la reacción, viviríamos la lucha de un modo completamente positivo, tal como ilustrábamos hace días con los animales: el animal se afirma totalmente, porque vive todo en su intensidad de existir biológico en el momento en que está luchando contra algo. Es cuando desde un nivel superior valoramos la paz y tranquilidad que aquello nos aparece como cruel, como negativo. Pero como el animal está todo él viviendo aquella conciencia vegetativa, aquella conciencia vital, la total expresión de su ser vital, para él es una experiencia totalmente afirmativa, aunque termine con la muerte.

 

La muerte no es negativa. Tan sólo es negativo la interpretación de la muerte. La muerte biológica no es nunca negativa, porque no existe ninguna entidad biológica que experimente la muerte; la entidad biológica sólo experimenta la vida. La muerte es el nombre que damos cuando la vida no se expresa biológicamente, cuando cesa de haberse expresado en ese nivel biológico. Pero allí no existe conciencia biológica para experimentar la muerte. En cambio, para el espectador que lo ve y lo mira a partir de una representación mental, sí que hay idea de la muerte, sí que aparece como negación de la idea de la vida. Es por esto que tiene entonces un carácter dramático para nuestra mente. Pero en sí, biológicamente, la muerte no existe. La experiencia enseña que cuando una persona está toda ella viviendo en una plenitud total la situación, solamente vive la positividad del momento. Aunque llegue, finalmente, un desenlace de muerte, para el que está viviendo, para el que está luchando, su intensidad de expresión, hasta el último momento es totalmente positiva. No hay experiencia negativa.

 

Este análisis es el que debemos hacer también, y haremos, en el nivel afectivo y en el nivel mental.

 

De momento estamos explicando sólo mecanismos. Luego volveremos a considerar este estar situado en el centro, en el foco de donde surge todo. Ahora lo que interesa es descubrir los mecanismos. No perdemos el tiempo teorizando, estamos tratando de poder ejercitar nuestra mente, porque es nuestra mente la que está funcionando erróneamente. En la medida en que yo sea capaz de entender, de ver y de fijar en mi mente esta visión con claridad, rectificaré poco a poco mis esquemas equivocados de visión y de juicio. Este es el trabajo más profundo que podemos hacer, es expresión directa del Gnana Yoga. Pero cuando esto no sólo se reflexiona a la ligera, sino cuando todo uno sabe entrar en ello, cuando todo uno sabe sumergirse en ello, hasta que toda la mente sea consciente de esto con todas sus implicaciones, es cuando podemos hablar de un trabajo verdadero.

 

Los problemas se han de arreglar a partir del lugar en que en se generan, y si nuestro problema básico es un problema de interpretación mental, de que la mente no está centrada en su sitio, de que estamos juzgando y valorando unas cosas en función de otras, solamente poniendo de manifiesto este error será posible volver las cosas a su sitio. En cada instante estamos juzgando, estamos interpretando. Nuestra tragedia humana no es una verdadera tragedia, sino una interpretación trágica, y el problema de esta falsa interpretación se basa en unos puntos de referencia mentales. Aprendamos a colocar las referencias mentales en su sitio, y no habrá juicio ni valoración que puedan ser negativos. Por esto, este aspecto del trabajo es el que debería despertar ahora más interés en todos, sin descuidar los demás trabajos, pero descubriendo la riqueza de transformación que hay ahí. Nada puede substituir a este trabajo mental de comprender, de nutrirse de este comprender, hasta que se pongan en su sitio las ideas y las actitudes mentales.

 

 

 

Preguntas

 

-¿Entonces se trata de ir continuamente examinando los hechos en la vida diaria?

 

R. - En efecto. Se trata de que todo lo que uno comprende vaya incorporándose a la experiencia cotidiana. Es decir, cuando me enfado, por qué me enfado. La experiencia demuestra que cuando la persona vive más centrada en su dolor, este dolor de tipo físico al que nos hemos ido refiriendo, en principio el dolor aumenta, pero luego desaparece. Nosotros reaccionamos ante el dolor pretendiendo eliminar esa experiencia que se nos aparece como negativa, pretendiendo huir hacia algo que sea placentero según nuestra interpretación, según nuestro sentir, que se basa en una interpretación. Y al querer marchar hacia eso que llamamos placentero, estamos, paradójicamente, afincándonos en eso que llamamos mal, estamos haciendo que crezca en nosotros eso que llamamos negativo.

 

Si miráramos este dolor estando centrados, sin huir, sin buscar teorías que nos consuelen, sino mirando la experiencia en sí, con toda nuestra capacidad de ser consciente, entonces el dolor se convertiría en algo transformante.

 

Esta es la aplicación más inmediata de lo que acabamos de decir. Admito que esto cueste mucho de hacer, que a nuestra conciencia actual le parezca algo más bien imposible. Es comprensible que busquemos huidas, compensaciones, anestésicos. Pero intentemos hacerlo, al menos, en los dolores más soportables. Y quizás en la medida en que fuéramos viviendo esta experiencia en los dolores más pequeños, llegaría un momento en que no nos resultaría algo negativo, ya que lo que nos llega a dar miedo es la idea del dolor, el recuerdo del dolor, la representación del dolor. Vemos esto claramente en los niños, en los animales e incluso en nosotros mismos. Estamos sujetos por el temor, y los síntomas aparecen mucho antes de que empiece el verdadero dolor, de que empiece la cura, la inyección o lo que sea la causa de este dolor. El dolor es malo; es malo porque obedece a un error, a una falsedad. Por ello lo único que puede ser bueno es tratar de encontrar la verdad en uno mismo y tratar de vivir esa verdad en uno mismo.

 

R. -No hay nadie que haya solucionado, en el aspecto filosófico y teológico, el problema del dolor y haya conseguido ligarlo con la naturaleza totalmente positiva de Dios. No hay manera, siempre queda un cabo suelto. Porque el hecho de concederle la categoría de prerrogativa, de privilegio de la libertad humana, no cambia realmente el problema. Lo que es intrínsecamente bueno solamente puede ser bueno en todos sus modos de manifestación. Por tanto, no cabe incluso la posibilidad del mal como un don supremo al ser humano. A mi modo de ver, esto es algo que no se sostiene cuando se mira con detenimiento.

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO SÉPTIMO


HACIA EL ENCUENTRO CON DIOS (1)

 

 

 

En este capítulo, haciendo un paréntesis en lo que estábamos hablando sobre la causa y mecanismos de las experiencias negativas, trataremos del aspecto de nuestro encuentro con Dios.

 

Vemos cómo todo trabajo de integración con lo superior, con lo trascendente, consiste en un acercamiento, en establecer una relación real, viviente, entre lo que vivo como yo y lo que intuyo como Él, como Dios. Esta relación hay que efectuarla de un modo vivo, intenso, real y de forma que esté insertado en ello toda nuestra vida.

 

Esta relación hay que establecerla basándose en dos movimientos fundamentales: el primero es ir yo hacia Dios. El segundo, recibir y dar paso a Dios en mí.

 

 

 

Yo hacia Dios

 

El ir yo hacia Dios, hacia ese encuentro -ampliando lo que hemos dicho ya en algunos capítulos anteriores-, hemos de hacerlo procurando vivir nuestra propia realidad del modo más completo posible. Es frecuente que cuando uno quiere dirigirse a Dios movilice solamente un sector de la mente, de la afectividad, de la persona. Así, parece que este sector es el que se encarga de este aspecto de relación, de hacer oración o de ejecutar unas prácticas determinadas. Es evidente, pues, que esto no abarca la personalidad entera, y, por lo tanto, los resultados son unos resultados parciales, laterales, que no llegan a producir una modificación sensible no ya sólo en la conducta, sino también en el modo interno de vivencia. Sobre todo transcurre, puede transcurrir, mucho tiempo.

 

En cambio, nosotros estamos señalando hacia esa actitud de encuentro total con Dios. Por lo tanto, al decir yo, queremos decir todo yo, yo en mi personalidad y en la intuición profunda de mi auténtico ser, de mi Ser Central; yo tal como me vivo en todos mis momentos de existencia, cuando ando, cuando me preocupo de las cosas de mi quehacer diario, cuando reflexiono, cuando estoy a solas conmigo mismo y con Dios, cuando me divierto; es decir, todo yo, toda la gama de zonas, de experiencias en mi vivir cotidiano, y también lo más profundo, lo más auténtico que llegue a alcanzar en mi intuición de mí mismo como ser. Entonces este trabajo tiene una riqueza y una autenticidad que producen unos efectos totales.

 

Este ir yo hacia Dios podemos verlo en tres aspectos: yo en todo tipo de acciones, yo en toda clase de movimientos afectivos, yo en toda suerte de operaciones de la inteligencia.

 

1º. Yo en todas mis acciones significa que he de poder vivir toda mi existencia en bloque hacia Dios, toda mi vida ha de ser una relación hacia Dios. Todo yo estoy involucrado en esa búsqueda, en esa demanda de contacto. Todo yo; por tanto no hay ningún sector de mí mismo, ningún aspecto de mi vida que deba quedar marginado; todo yo estoy incluido. Por lo tanto, mi acción, sea cual fuere ésta, he de poder vivirla como una acción que estoy realizando y dirigiendo únicamente hacia Dios. Es un modo de dirigirme a él en cada cosa que estoy haciendo, aunque esta cosa tenga una finalidad concreta inmediata: de comer, dormir, ganar dinero, trabajar, reír. Cualquiera que sea la actividad es algo que en último término estamos dirigiendo hacia Dios. Pero no con una intención implícita, como se suele decir muchas veces; tiene que ser algo que uno haga de un modo claro, decidido, con una actitud de intención presente, deliberada. Es como si yo solamente lo estuviera haciendo de cara a Dios y para Dios; es un modo de dirigirme a él; es mi oración a través del cuerpo.

 

Dios, en esta fase del trabajo interior, es el verdadero centro hacia el que gravita todo mi existir. Así, pues, no tengamos miedo de vivir todas las facetas de nuestra existencia, absolutamente todas, partiendo de este objetivo de marcha hacia Dios. Todo es medio, todo es camino para llegar a la verdad última, a la Realidad. En esta fase que estamos estudiando, la acción se vive en este sentido como un ofrecimiento: yo, al cumplir lo que son mis necesidades, mis obligaciones, estoy haciendo lo que debo hacer. Y este hacer lo que debo lo estoy haciendo ante Dios, como un medio de dialogar con Él a través de mi vida activa. Cada acción es un diálogo.

 

2°. Mi vida afectiva ha de estar dirigida hacia Dios. No un sector de mi vida afectiva, no un aspecto ni un momento de mi vida afectiva, sino toda mi vida afectiva tiene solamente un objeto, que es Dios. Este es el único objeto. Y este amor total que yo tengo hacia Dios no tiene por qué separarme del amor que yo tengo hacia mis familiares, hacia las personas que me son queridas. Nunca el amar a Dios de un modo total nos separará de nadie afectivamente, sino que, todo lo contrario, incrementará nuestra cualidad, nuestra intensidad, y, sobre todo, nuestro amor desinteresado, amor auténtico. Cuando yo tengo una luz encendida, una vela, dos velas, y añado a ello una luz de gran intensidad, ésta no apaga las otras luces, sino que juntamente con ellas aumenta la claridad. Esto significa que al vivir el amor centrándolo en el amor total, todos los aspectos parciales del amor quedan automáticamente elevados. No tengamos miedo de amar a Dios del todo; no tengamos miedo de amarle únicamente a Él. En Él está incluido todo lo que existe. En cambio, si queremos amar solamente a unas cuantas cosas perecederas, entonces no podemos amar totalmente a Dios, y en nuestra vida hay dualidad. Dios es un amor total, un amor central del que surgen y toman sentido todas las demás formas, grados y matices del amor.

 

¿Cómo se concibe ese amor a Dios? Podemos imaginar a Dios como alguien muy bueno, muy sabio, muy santo, pero lo único que llama al amor, lo único que atrae al amor es el Amor. Por lo tanto, hemos de amar a Dios como amor, hemos de amar a Dios como amor puro, como amor en sí, como amor intrínseco. Hemos de amar el Amor, al amor total. De hecho, toda forma posible de amor que nosotros podamos vivir procede de Dios, está en Dios, es Dios. Esto nos lo dice el mismo Evangelio: «Dios es caridad. El Verbo es la luz que ilumina a todo hombre». Es decir, en la medida que el hombre conoce, en la medida que el hombre ama, vive la verdad, y esa verdad que vive en el Verbo, es Dios, es el Cristo en el sentido cósmico. La sabiduría es Cristo, el Verbo, Dios, y toda forma no es más que una expresión, una participación de ese mismo Cristo, de ese mismo Dios, de ese mismo Verbo. El Amor es Dios. Así, pues, no le tengamos miedo al amor. Amor es algo que va creciendo por sí solo, en la medida en que lo ejercitamos.

 

El modo de crecer en amor es dar, expresar activamente aquel amor que ahora tengamos, sea éste poco o mucho. El amor no se gasta. El amor se multiplica dándolo. No seamos tacaños con el amor: cuanto más demos, más tendremos, más seremos. El amor es algo totalmente gratuito, no tiene finalidad, no tiene objeto, no tiene condición, no tiene premisas. El amor es simplemente una realidad que existe, que lo penetra todo, que tiene vida propia y que no necesita de otra razón para expresarse salvo su simple existencia. No busquemos el motivo por el que hemos de amar. El amor es la única razón del amor, es su razón de ser subsistente. Es en nuestra vida pequeña personal donde nosotros estamos buscando siempre condiciones, reglamentaciones del amor. Pero, por lo que se refiere al amor de Dios, es ridículo buscar razones, reglamentos. Pensemos que el amor, en cualquier forma en que lo vivamos, en forma de gozo, de elevación interior, de paz, necesita solamente que le abramos paso, necesita sólo que demos el que tenemos. Esto, por sí mismo, nos conducirá hacia el término. Ni siquiera hace falta que pensemos a donde dirigimos el amor.

 

Es correcto que, al principio, uno trate de pensar en que el amor lo dirige hacia Dios. Pero yo diría que es aún más correcto que el amor se viva directamente por sí mismo y que uno viva y trate de vivir el amor al Amor, a lo que es la fuente absoluta del amor, a lo que es el amor total, la felicidad total, el gozo total, la alegría total. Esto simplemente.

 

No basta con que uno exprese el afecto a los demás. Los demás son modos particulares, los demás entran siempre a través de los sentidos, los demás son amores condicionados, y, por lo tanto, condicionan. Además del amor que nosotros podemos expresar hacia los otros, hacia los animales, hacia la naturaleza, hemos de poder expresar directamente el amor al amor en sí, aparte de toda manifestación concreta, aparte de toda forma, de todo atributo particular.

 

Esto puede hacerse a través de la oración.

 

 

 

Todo es oración

 

Cuando yo expreso mi aspiración, mi demanda de poder vivir ese amor total de un modo pleno, esta expresión es oración. No es necesario que yo me fabrique unas formas determinadas. Puede que estas formas me sean útiles, que me ayuden, pero no es absolutamente necesario que las construya. La mejor oración es la que uno hace con toda su conciencia de ser y la que expone ante Dios con sencillez, con simplicidad, pero con toda el alma.

 

La oración es demanda, pero al mismo tiempo es ofrecimiento y entrega. El amor es algo que -como se dice ahora- compromete a la persona, obliga a toda la persona a que siga detrás de eso, obliga a toda la persona a quedar involucrada. El amor no es una faceta particular de nuestra existencia; el amor es el centro de nuestra vida interna y, como tal centro, abarca e incluye todos nuestros aspectos. Por lo tanto, todo ha de reflejar, de un modo u otro, ese amor. Pero este amor no puede ser confundido con el sentimentalismo o con la emotividad. Hay un amor en la emoción: ésta es un aspecto del amor; hay un amor en los sentidos, la sensualidad; hay un amor del corazón al nivel concreto humano: la simpatía, el efecto a las personas o a los animales; hay un amor a nivel de la mente: el placer intelectual; hay también un nivel superior de amor: el amor a la belleza; hay amor en la ética: el amor al bien. Y, finalmente, un amor al Amor.

 

3°. Finalmente, ha de haber el amor de la inteligencia, el ir a Dios a través de la inteligencia. Esto significa que yo he de tratar de comprender, de intuir, de dar paso a las definiciones que hay en mí sobre esa naturaleza única que es el Absoluto. Que yo sea consecuente con la intuición que tengo de que Dios es el Ser Omnipotente, el único poder (más adelante se verá las implicaciones prácticas que esto tiene), que Dios es la única felicidad, la única norma, la única ley, la única inteligencia. Por tanto, me he de dirigir a Dios también a través de mi inteligencia y en busca de esa inteligencia. Abrirme más a todo lo que es verdad, comprender que cada vez que yo ensancho un poco más mi horizonte, sea en el aspecto que sea, me estoy acercando un poco más a Dios, a la divinidad. La inteligencia no nos aleja de Dios; sólo nos aleja de El cuando la vivimos como una propiedad del yo personal, cuando es un bien que nos atribuimos en nuestro propio yo aparte de los demás, cuando es una posesión nuestra, cuando nos aísla de los demás, de Dios. Pero la inteligencia en sí es siempre un acercamiento, un ensanchamiento a lo que es la inteligencia misma. Por tanto, en mis estudios, en la comprensión de los problemas humanos, en todo lo que es mi vida intelectual, absolutamente en todo, he de ver un acercamiento a Dios, una comprensión de Dios, no sólo en el sentido metafísico o teológico, sino también a través de sus manifestaciones. Cada vez que entiendo un poco más las grandes leyes que rigen la naturaleza, que rigen la humanidad, que rigen todo lo que existe, de hecho me estoy acercando un poco más a Dios. Debo ser consciente de esto. No he de separar en mi mente aquello que llamo conocimiento técnico, conocimiento de la naturaleza, ciencia de lo que llamo Dios, porque esta separación es completamente ficticia. Conocer el campo de expresión de la divinidad es conocer un modo de la divinidad.

 

Yo quisiera explicar que este ir hacia Dios ha de ser un convertir toda nuestra vida en un constante canto, en una constante oración. Oración en este sentido: expresión a Dios de lo que siento, de lo que anhelo, de lo que aspiro, de lo que espero. Una expresión constante, sincera, profunda, total. Simplemente, todo lo que aspiro está ahí, lo expreso ahora a través del hablar, lo expreso ahora a través del moverme. Esto en todos los aspectos de la vida, pero de un modo particular en la práctica que llamamos oración, así como en esa práctica especial que es la expresión a través de la música. Intentad hacerla como una oración, pero no en el sentido usual de rezar, sino como expresión de todo sentimiento que despierta la música, tanto si se trata de una música ligera, como de otra más profunda. Vivir todo esto como oración, como ofrecimiento a Dios, como la entrega de uno mismo.

 

 

 

Preguntas

 

-Por lo que he entendido, esto debemos expresarlo más que en la música, en todos los momentos de nuestra vida.

 

R. -Sí. Pero en la música existe un modo especialísimo de hacer esto. Al descubrir este nuevo modo se descubrirá un nuevo sabor, un nuevo sentido en la música. La música como oración total hacia Dios. Todo yo me expreso a Dios sin querer hacer de niño bueno, sino expresando sólo mi naturalidad, lo que yo vivo con toda libertad y no con esta sumisión prefabricada que se adopta cuando se quiere hacer algo de cara a Dios. Es decir, hay que poder hacer broma, hacer bullicio, bailar incluso como oración, al igual que lo hacemos con las cosas más profundas. Pero con una oración en la que Dios está ahí, al otro extremo de mi expresión. Así como, hasta ahora, yo estaba pendiente de lo que sentía y expresaba, ahora esto se dirige ya a alguien. Así, pues, se produce esta polarización, esta dirección hacia donde yo me expreso. Y esto es importante. Iniciamos en esto una fase de contacto; no una simple autoexpresión, como hasta ahora, sino una fase de auténtica relación.

 

Durante muchos siglos se ha olvidado la función que había ejercido la danza como oración. Inicialmente la danza era un modo de oración espontánea, una oración a través del cuerpo, del ritmo, del movimiento, y también a través del canto. La oración adquiere entonces una corporeidad y un sentimiento viviente concreto extraordinario. Luego, con el tiempo, esta oración, diríamos ritual, a base del baile espontáneo o coordinado, se ha ido disociando de lo que era su finalidad para convertirse en un simple ir festejando aspectos más particulares. Cada vez se ha ido alejando más de su orientación inicial. Las fiestas de la primavera, las de la cosecha, las del invierno, ya no se han relacionado directamente con Dios, sino que se han convertido en algo como objeto en sí mismo. Es enorme el poder de la voz espontánea y del baile espontáneo en tanto que expresión de la oración.

 

Se trata de que, de algún modo, nosotros aprovechemos eso que la evolución cultural ha ido desviando. Tal vez siguen conservando este aspecto algunas tribus primitivas. Pero nosotros podemos vivirlo ahora, en nuestro nivel actual, porque sigue siendo completamente vigente. De hecho, algunos cantos litúrgicos tienen esa función en sí, e incluso el ceremonial litúrgico, de un modo distinto, trata de algo parecido.

 

Sin embargo, aquí se trata de vivirlo de un modo espontáneo. Descubrir nuestra espontaneidad en la vivencia de todas nuestras experiencias, en todos los niveles y polarizar esto como un modo de contacto, de deliberada relación con Dios. Por tanto, cuando expresamos el sentimiento que nos despierta la música no solamente hemos de ser conscientes de lo que estamos expresando, sino que hemos de estar en todo momento conscientes de que lo estamos dirigiendo a Dios, a alguien, al Absoluto, pero en todo caso a alguien. Esta intencionalidad marca un signo muy concreto que, si se aprende a hacerlo, permite vivir cosas completamente distintas en la misma música.

 

-Pero la actitud ante la música parece que debiera ser más bien receptiva.

 

R. -Yo soy receptivo respecto a la música. Pero aquello que siento, aquello que la música me despierta, esto es lo que yo estoy diciendo a Dios.

 

-¿Se trata de hacer todo, mi trabajo, mis hábitos, como un ofrecimiento?

 

R. -Sí. Esto ya se ha dicho. Pero lo que yo quiero decir es que no solamente tenemos que hacerlo así, sino que en realidad ya es así. Lo que ocurre es que no lo vivimos así; se trata, pues, de recuperar este sentido. No consiste únicamente en que nosotros hemos de forzarnos a hacerlo; esto es lo que siempre se nos ha enseñado en la educación religiosa. No. Yo estoy queriendo decir algo más: la existencia misma es ya una oración en sí. Porque puede parecer que todo consiste en hacer esto, porque el hacerlo pueda ayudarnos a funcionar mejor y a conseguir algo. Eso es cierto. Pero es que, además, resulta que las cosas ya son así, que el funcionamiento auténtico ya es éste, ya está siendo, aunque no nos demos cuenta. Por lo tanto, mi verdadero funcionamiento es realizar lo que ya es. No es que tengamos que hacerlo como un deber moral; simplemente hemos de intentar recuperar la verdad. No deseo que esto se convierta en un deber. Si se observa bien, todo lo que estoy explicando está describiendo la naturaleza de las cosas; por tanto, nuestro hacer es un recuperar, es solamente un armonizarnos con esta naturaleza, es un vivir la verdad recuperando la función normal. Todo lo que está dentro es dinámico y tiene que ser exteriorizado. La civilización ha cortado, ha falseado, ha condicionado todas estas cosas. Por lo tanto, la técnica de la autoexpresión no es más que una recuperación de la capacidad voluntaria de ser realmente uno, por dentro y por fuera. Es decir, que tal como soy interiormente, así debo expresarme exteriormente, por lo menos en ese momento de expresión. Así, pues, puede verse que eso no consiste más que en una exteriorización de una verdad básica. Este querer hacer las cosas con esta disposición de oración y de entrega no es otra cosa que responder a la verdad que ya es.

 

-Pero esta expresión está imposibilitada por los obstáculos que existen en nosotros y que nos alejan de la fuente, del punto de origen.

 

R. -El que nosotros tengamos estos clichés, estos condicionamientos que nos desconectan de la fuente, es el punto de partida. Por esto hay que hacer oración, por esto hay demanda, por esto hay un proceso. Si yo tuviera una conciencia de unidad total, de unión total, mi oración no sería oración; mi oración sería mi ser, mi existir.

 

-Yo he comprobado que, a veces, cuando la cabeza quiere intervenir en esta oración, entonces deja de existir esta oración totalmente.

 

R. -La oración no necesita prescindir de la cabeza. La cabeza sirve de palanca para dirigir mis sentimientos y mi acción hacia el punto deseado. O sea que mi mente es la que da la dirección. Ahora bien; no mi mente pensante, sino aquella parte de mi mente que tiene la intención, que dirige la intención hacia un sitio. Es decir, lo que yo siento pasa a través de mi mente, y es esta mente la que lo lanza hacia arriba.

 

Ahora estamos partiendo de la oración, partimos de la oración como oración: yo hacia Él. Después ya vendrá lo otro: Él hacia mí y a través de mí. Esta será la segunda etapa. Hay que aprender a convertir todos nuestros actos en una oración, en el supuesto de que haya una aspiración. Todo esto lo decimos solamente basándonos en la existencia de esta aspiración. Si no existe, no tiene sentido nada de lo que aquí hablamos. Una persona que durante años no se haya acordado de la existencia de Dios sentirá respecto a esto algo más que una simple dificultad. Le resultará totalmente absurdo. A no ser que dicha persona, de algún modo, tenga una intuición de lo Superior y una pequeña aspiración hacia ello. Con que, si existe eso, no importa que haya estado durante muchos años sin acordarse de este aspecto y haciendo una vida totalmente distinta. Aquí se trata de una reestructuración, una reorganización, una nueva polarización. Naturalmente, esto no puede hacerse de golpe. Cuando la persona, viviendo lo sensible, viviendo las cosas que llamamos vida concreta, tiene una demanda de algo más profundo, sea la que sea la demanda, mientras sea auténtica, esto le conducirá. Si la demanda es de una mayor autenticidad, y si él responde a esa demanda, le conducirá a todo el resto. Aquellas personas que en algún momento de su vida han tenido vivencias a través de la formación religiosa, y luego se han separado por otra orientación de su vida, hasta que no recuperen y valoricen su vivencia en lo religioso, no se completarán a sí mismas. Es decir, que si una persona ha vivido una época de sinceridad religiosa, de fervor, por joven que haya sido, esto ha de volver a vivirlo, ha de volver a valorarlo, ha de volver a integrarlo en una estructura más amplia. No es lícito dejar ninguna experiencia aparte, por considerarla como cosas de niños, porque aquello sigue siendo una faceta viviente de nuestro ser, es un aspecto de nuestra realidad divina, y no podemos dejar ningún aspecto de esta realidad al margen de nuestro yo total.

 

Precisamente nuestro problema es que hemos ido fragmentando experiencias. Cada experiencia es una intuición de realidad y cuando quiero aislar unas experiencias de otras estoy impidiéndome a mí mismo vivir mi realidad de un modo completo.

 

Por eso, en todas las tradiciones se habla de ese cielo o de ese purgatorio, en el que uno tiene que revivir todo lo vivido y tiene que acabar de vivir lo que está a medio vivir. Tiene que volverse a enfrentar con todas las experiencias agradables o desagradables, buenas o malas. Porque uno ha de tomar conciencia de los contenidos de la experiencia que ha vivido, tanto de los contenidos formales, como del aspecto que ha vivido como realidad. Uno ha de poder afirmar toda su realidad de tal manera, gracias a esta realización del Centro, que ello quede realmente presente.

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO OCTAVO


HACIA EL ENCUENTRO CON DIOS (II)

 

 

 

En el capítulo anterior intentábamos explicar algunos de los aspectos de nuestro acercamiento hacia lo Trascendente. Decíamos, al principio, que nuestro trabajo puede dividirse en dos tiempos: yo hacia Dios y Dios hacia mí; o sea un ir hacia la divinidad y un recibir o dar paso a la divinidad en mí. Decíamos que el yo hacia Dios es algo que hemos de realizar a través de la acción, de la afectividad y de la inteligencia; que todo ha de ser oración. Pero faltaba explicar con claridad el motivo por el que todo ha de ser oración. Faltaba explicar si esto ha de ser el producto de una actividad forzada o no ha de ser más que la verificación de algo que ya existe.

 

Demos, en primer lugar, una definición de lo que es oración: oración podría definirse simplemente diciéndose que es toda autoexpresión sincera dirigida hacia lo Superior. Podemos ver entonces que la oración, en este sentido, tiene dos aspectos: primero, la oración del Cosmos, la oración del Universo, y segundo, nuestra oración personal.

 

Intentaré explicar lo que es la oración cósmica. Toda la manifestación, todo cuanto existe está dotado de un movimiento que llamamos evolutivo. Este movimiento evolutivo tiende a alcanzar unas complejidades en sus estructuras que le permitan dar expresión a mayores más diversas calidades de la realidad manifestada. Es decir, el universo va adquiriendo formas cada vez más refinadas, mediante las cuales puede expresar aspectos más y más sutiles, más y más elevados y, por tanto, más próximos a la noción de la divinidad.

 

Todo cuanto existe está siguiendo esa evolución. Todo está sometido a este proceso dinámico, que va desde los aspectos más elementales y más primitivos de la antigüedad hasta aquellas cosas más elevadas que podemos ver, e incluso las que podemos imaginar para un futuro. En pequeña escala, el hombre es exactamente lo mismo: desde unas etapas primitivas, en las que la necesidad de sobrevivir se imponía a todo lo demás, va evolucionando hasta unos intereses o valores superiores y unas capacidades que le permitan sentir y expresar estas realidades superiores de un modo más efectivo. Estas capacidades las llamamos formas elevadas de la cultura, y, en su vertiente superior, las llamamos espiritualidad.

 

Ahora bien; si todo el cosmos está sometido a ese proceso dinámico, si todo el universo está empujado a algo, ¿qué es ese algo, cuál es el término de la evolución?

 

Resulta aventurado dar definiciones tajantes. Pero por lo que podemos intuir es como si, de un modo u otro, el universo estuviera tratando de expresar, a un ritmo notablemente lento, esa verdad de la realidad superior, esa verdad del poder de Dios, de la inteligencia de Dios, de la armonía, de la belleza, de la bondad de Dios. Es como si todo esto fuera una sinfonía tocada en un lento majestuoso que tiende a dar expresiones cada vez más elevadas de esta perfección, de esta inteligencia, de este poder y de esta belleza.

 

Así, pues, este impulso que está moviendo todo lo que existe, esa expresión de todo cuanto existe que está tendiendo hacia lo superior, eso es oración. Es la oración de las cosas. Las cosas están tendiendo hacia lo Absoluto, hacia la Totalidad, hacia la Plenitud, y este tender mediante su propia expresión, mediante la dinamización total de su modo de ser dirigido hacia Dios, esta es realmente la oración. Ocurre sólo que, debido a su movimiento solemne, tranquilo, a veces nos resulta difícil encontrar esta significación en la existencia.

 

Todo nuestro existir está dentro de este existir general. Mi propia vida, mi propia evolución, es un aspecto dentro de esta evolución general. En la medida en que todo está siendo expresión dirigida hacia la Plenitud, mi vida es igualmente expresión progresiva hacia esa plenitud. Mi vida es oración que participa en esa oración cósmica. Todo yo, conjuntamente con todas las cosas que existen, estamos expresando este sentido hacia Dios.

 

Así, pues, vemos que hay unos niveles de oración que corresponden a los niveles de realidad de las cosas. Cuando el niño pequeño quiere crecer, lo que quiere es alcanzar una mayor perfección, una mayor plenitud. Esto es oración. Cuando el organismo está enfermo y está luchando para normalizar sus funciones, para equilibrar todos sus mecanismos, este esfuerzo hacia una mayor armonía, eso es oración, es la oración del organismo. Cuando nosotros buscamos, impulsados por nuestro nivel afectivo, una persona que llene nuestro ideal de afecto, de compañía, de comprensión, de belleza o de amor, cuando buscamos algo que nos llene afectivamente, esto es oración, oración a través de nuestra efectividad. Porque esto, aunque de un modo inmediato se dirija hacia una persona determinada, hacia un objetivo concreto en el mundo, es en realidad un tiempo, un compás dentro de esta sinfonía, sinfonía que es toda ella oración. Cuando nos preocupamos y tratamos de buscar soluciones para la sociedad, en el sentido de lograr una comunidad más justa y armónica, este impulso es también oración. Cuando nuestra inteligencia busca el porqué de las cosas, cuando intenta manejar, gracias a los conocimientos técnicos, la naturaleza y convertirla en un instrumento apto a su servicio, esto es oración. Cuando queremos capturar o retener la belleza que descubrimos en un rostro, en un paisaje, en una sinfonía, en un silencio, este sentimiento de belleza, esto es también oración. Todo es oración. Tan sólo ocurre que nosotros no nos damos cuenta de que realmente lo es, y creemos que esto es simplemente nuestra existencia personal. Sin embargo, todo esto está encuadrado dentro de esta oración profunda. Hemos de darnos cuenta del sentido de todo lo que está ocurriendo en todos los niveles de la conciencia; hemos de darnos cuenta de que todo tiende hacia Plenitud, hacia esa Totalidad, hacia esa Perfección. Tengo que darme cuenta de que yo participo de ese movimiento, que soy empujado por ese impulso que lo mueve todo en espiral hacia esa evolución, que estoy participando de esa oración cósmica, que tan sólo debo comprenderlo, y que lo que hasta ahora he realizado sólo lo he hecho empujado de un modo pasivo, y, a partir de ahora, he de hacerlo también de un modo consciente y deliberado. Así, mi existencia se convierte en una participación constante en esa creación Cósmica.

 

Este sentido de oración no es algo artificial, algo a lo que yo me obligo simplemente por un sentido de bondad o de perfeccionamiento. No. Es sencillamente descubrir el sentido de lo que ya es, es abrirme, participar en mi conciencia de lo que ya está funcionando en mí, conmigo y alrededor mío. Ser un participante consciente de ese movimiento. Todo cuanto está ocurriendo y todo cuanto está transcurriendo en mí y alrededor mío podemos descubrirlo en esa dimensión de oración cósmica. Es nuestra miopía y nuestra falta de atención lo que nos hacen fijar nuestra perfección y nuestra valoración en el minúsculo alcance de los hechos inmediatos. No vemos el Gran Impulso, la mano gigantesca que lo está conduciendo todo.

 

Si pudiéramos escuchar una sinfonía, para nosotros muy conocida, tocada a un ritmo mucho más lento del que es habitual, no encontraríamos sentido en lo que estábamos oyendo. Tan sólo percibiríamos compases sueltos, acordes fragmentados, notas aisladas. El significado de la sinfonía nos resultaría absurdo. Lo que desfigura el sentido de la totalidad, el sentido del cosmos, es la limitación en la percepción. A través de esta minúscula percepción queremos interpretarlo todo, valorarlo y descubrir el sentido. Esto es imposible. Hemos de aprender a tener una visión retrospectiva y amplia que nos permita descubrir la dirección de todo cuanto está funcionando, incluyendo en ello nuestra propia existencia. Entonces todos los pequeños actos de nuestra vida, en todos los aspectos, las cosas más materiales, más físicas, más instintivas, los hechos externos, los más técnicos y abstractos, los más populares, todo está participando de esta sinfonía, y he de aprender a descubrir este sentido profundo detrás de las apariencias o de las disonancias que pueda captar. No he de juzgar la cosa por sí misma; sobre todo no he de juzgar el todo por la parte. Cuando yo me hago a esa comprensión de que yo conjuntamente con todo y con todos estamos haciendo algo hacia alguien, entonces me abstengo de juzgar, de valorar. Entonces aprendo simplemente a dejarme llevar, a descubrir un sentido más profundo, algo que me llena en cada pequeña cosa que estoy haciendo o en cada pequeña cosa que estoy percibiendo.

 

En cada instante hay el enigma fabuloso del todo que se está expresando en todo momento y a través de cada cosa. Entonces he de quedar fascinado en este interés para intuir esa voluntad profunda, esa inteligencia profunda y total que se está expresando a través de cada fenómeno natural, a través de cada ser, de cada persona, de cada circunstancia. Para nosotros ha de ser una aventura constante el tratar de intuir, de descubrir, de adivinar esa presencia, esa acción, esa inteligencia, ese sentido de todo cuanto existe.

 

Así, pues, en la medida en que yo comprenda y trate de colaborar activamente, no realizando nada especial, sino sencillamente aceptando eso y descubriendo que cada acción que surge de mí, tanto biológica, como afectiva o intelectiva, son un aspecto más de esa expresión cósmica hacia Dios; cuando yo comprenda y acepte esto y no quiera buscar otro sentido y otras valoraciones superficiales, el hecho de vivir el instante de un modo pleno y profundo me hará descubrir, me hará participar en esa oración de un modo más auténtico, más profundo, más personal. Diríamos que esto es nuestra participación en el aspecto orante de la existencia, de la evolución.

 

 

 

La oración personal

 

Viene después otro aspecto en la oración, que es la oración personal. Yo, además de ser un punto dentro de un conjunto que está evolucionando, soy también un punto de conciencia personal, soy una conciencia que evoluciona de un modo distinto a como está evolucionando el resto de mi personalidad conjuntamente con todo el universo.

 

Existen dos líneas de evolución: la evolución de todo yo, como elemento de la humanidad, por lo tanto dentro del movimiento general evolutivo; yo que, a través de mi cuerpo, formo parte de la materia de la tierra, por tanto del universo; yo que, a través de mi nivel afectivo, participo del nivel afectivo de la humanidad, y que, a través de mi mente, participo de toda la estructura mental de la humanidad, es decir, yo en tanto que personalidad dividida en estructuras, compuesta de elementos, que estoy sometido y participo de esta evolución total que hemos comentado anteriormente.

 

Pero además de la evolución conjunta con la humanidad hay en mí una nueva dirección, que es la conciencia individual que yo tengo de mí. Esa conciencia individual sigue un proceso distinto al que es genérico para toda la evolución. Mi evolución de la conciencia personal, de la conciencia subjetiva, es algo que nosotros podemos trabajar directamente, y es a lo que nos referimos cuando hablamos de trabajo de realización espiritual, de mejoramiento interior y de unión con Dios.

 

Yo quisiera que estas dos dimensiones se vieran con claridad. Una persona está inevitablemente participando del conjunto de todo cuanto existe en el proceso evolutivo, pero al margen, y además de esta línea de evolución general, hay otra línea evolutiva de conciencia individual que es, o puede ser, distinta de toda la evolución general.

 

Por ejemplo, una persona puede tener una sensibilidad exquisita y un grado de realización espiritual maravilloso, pero se encuentra situado en medio de una humanidad que está viviendo unos valores determinados. Ciertamente no son los mismos valores que él vive individualmente, sino unos objetivos en tanto que humanidad o grupo particular de la humanidad, unos objetivos comunes, unas necesidades, unas circunstancias históricas culturales propias.

 

Entonces el individuo no puede abstraerse, por muy elevado que esté respecto a esta situación. Tiene que participar inevitablemente en ella, porque él, como personalidad, está viviendo gracias a una interacción constante con lo otro y con los otros. Respira el aire que respiran los otros, come el alimento que produce el grupo, su acción ayuda a la producción general, al bienestar general, y él se beneficia a su vez del bienestar que le pueden proporcionar los demás. Así, pues, hay una interrelación y, en este sentido, una participación del modo de ser y del modo de funcionar del grupo en el cual está situado.

 

Pues bien; esa persona realizará su función como ser humano, dedicándose a un trabajo particular, quizás a la enseñanza, o a un trabajo artístico, a nivel de la necesidad del ambiente que la circunda; es decir, estará haciendo una vida horizontal.

 

Pero además de esta vida horizontal, cuyo tono estará forzosamente emparejado a todo lo que le rodea, él podrá seguir viviendo, por su parte, en esa altura interior, podrá seguir subiendo hasta lo que él sea capaz de llegar y conseguir respecto a ese estado de realización superior. Es decir, estará realizando la vida en dos niveles completamente distintos: un nivel vertical, en el cual él trata de vivir su máxima realidad unido con lo que llamamos Dios. Y el nivel o dimensión horizontal, en donde él está ejecutando una función dentro del conjunto. Es interesante comprender que ambas dimensiones son espirituales, ambas dimensiones apuntan hacia el mismo objetivo. Solamente que marchan de un modo distinto y a un ritmo distinto.

 

Por tanto, se plantea la necesidad de que la persona, además de la oración cósmica, participativa, lleve a cabo su propio proceso individual, su propia evolución personal, fundamentalmente a través de la oración. De la oración personal.

 

La oración personal consiste en que yo dé expresión de un modo directo a mi aspiración de acercamiento y de participación en lo divino. La oración no es una práctica que deba ser hecha por obligación. La oración no es un deber. La oración tiene muy poco que ver con la moral, en el sentido que estamos hablando nosotros. Tiene muy poco que ver con normas, iglesias o grupos que poseen su propia ética, sus propias reglas. En el sentido en que estamos hablando, la oración no guarda relación con ninguna obligación moral, ni siquiera con el bien o el mal. La oración es la sinceridad, el dar salida de un modo consciente, claro, abierto, total, incondicionado a esa demanda que hay en mí de lo divino. La oración es que yo exprese, que yo me ponga en contacto, o que trate de ponerme en contacto, con este Dios, con ese Absoluto, con este Todo al que aspiro, y que, de un modo u otro, exprese yo esa demanda. La oración es una exclamación de mi verdad, de mi sinceridad. Por tanto, nada tiene que ver con las fórmulas, con las prácticas estereotipadas, aunque, en la práctica, las fórmulas, reglas y prácticas puedan verificarse mediante un auténtico espíritu de oración.

 

El éxito en la oración, y al hablar de éxito queremos significar que la oración nos ayude de un modo eficaz al resultado que buscamos, depende de unos factores que ya hemos enunciado en varias ocasiones:

 

En primer lugar que yo me sitúe ante Dios con la máxima noción de claridad y de realidad respecto a Él, que trate de evocar en mí toda la fuerza de aspiración que hay hacia Él, para que sea capaz de intuirlo, para que esté todo presente ante mí. Que yo me dé cuenta del Ser a quien me estoy dirigiendo, que esté lo más clara y realmente posible la idea de Dios como objeto. De la claridad y realidad de Dios para mí dependerá el que yo viva la situación de un modo realmente trascendental, o solamente de un modo intrascendente. En otro momento dijimos que, cuando estamos ante un espectáculo que se sale de lo corriente, también nuestra movilización interna está por encima de lo normal. Cada vez que nosotros tratamos de situarnos conscientemente ante Dios, ante lo absoluto, estamos ciertamente ante algo muy por encima de nuestra experiencia normal. Esto dependerá del realismo, de la claridad con la que yo sea capaz de darme cuenta de la noción de Dios. De esa claridad y de esa realidad surgirá, sin esfuerzo alguno, mi reacción profunda.

 

El segundo requisito es que yo sea realmente Yo, que yo sea Yo en mis dos aspectos fundamentales: yo como personalidad integrada, como conciencia del cuerpo y de sus funciones, como conciencia afectiva, intelectual, con toda mi experiencia, con todo lo que he desarrollado en mi vivir cotidiano. Que yo sea esa conciencia actual y total de mí, ese yo pleno, verdadero, que para mí es verdadero en la vida diaria. Que sea todo eso en el momento de la oración y que, luego, yo trate de vivir, de evocar la intuición más profunda que tengo de mí mismo como sujeto centrado. Es decir, Yo como ser centrado, y Yo como personalidad. De la claridad y realidad de estos dos elementos surgirá la relación espontánea y total transformante.

 

La oración nunca debería ser una mera exclamación interior. Cuando la oración surge solamente de mis exclamaciones, de mis deseos, de mis anhelos o de mis demandas es que yo vivo más la realidad de mi personalidad que la realidad de Dios. Cuando, en un momento dado, yo quedo maravillado ante la intuición o ante la percepción real que se abre ante mí, del poder, bondad, grandeza y belleza de Dios, cuando yo me quedo quieto, mudo, silencioso, es que predomina más la conciencia de Dios que la conciencia de mí. No obstante, tanto en un caso como en otro, el proceso es incompleto. Hay unos instantes más sobresalientes, unos momentos cumbres que son revolucionarios, que son transformantes. Y esos momentos son aquellos en los que coincide la máxima actualización del Yo con la máxima actualización del no-yo, o Absoluto, que es Dios. Cuando yo puedo situarme todo yo ante Dios del todo es inevitable que surja una experiencia transformante. Yo no puedo salir de la oración tal como he entrado. Salgo totalmente otro, y no porque salga consolado, tranquilo, feliz, sino porque hay una revolución en mi conciencia interna, una revolución efectiva en la verdad más profunda de mí, del yo y del Dios en una sola experiencia.

 

La oración debería ser siempre absolutamente revolucionaria. En la medida en que no lo es, nos indica que estamos viviendo solamente en uno de los polos. Y que incluso ese uno lo vivimos también de un modo parcial.

 

Examinemos nuestra oración y démonos cuenta da qué es lo que le falta, dedicándonos a trabajar de un modo deliberado, sistemático, controlado en aquello que le falta para producir esa actualización simultánea de todo yo y de Dios del todo.

 

 

 

Preguntas:

 

-¿En los momentos negativos de la vida estamos haciendo también oración?

 

R.-Exacto; y por esto es oración. Porque lo negativo está clamando hacia lo positivo. Hay una frase en los Libros Sagrados que dice que el Verbo está encerrado dentro de la Tierra, dentro de la existencia, clamando con gemidos inenarrables. Así se suplica el misterio de lo que está empujando toda la existencia: es el Verbo, el Cristo que trata de expresarse a través de toda la existencia, a través de toda la naturaleza.

 

Cuando nos damos cuenta de esto, el personaje de Jesucristo adquiere un sentido nuevo. Es una vinculación a través de la persona de Jesús, del aspecto Verbo, que establece un nexo, un puente, no ya en la naturaleza, que esto existía desde siempre, sino en la conciencia de la humanidad. Es un hecho particular que se reafirma en Pentecostés: no ya el proceso normal de evolución que está siguiendo todo, sino un proceso añadido, un proceso extra, particular, especial, por medio del cual, desde Arriba, se alargan los brazos hacia lo humano para que este ascenso a nivel de la realidad espiritual sea más fácil. Es realmente un enriquecimiento, una conexión entre la conciencia humana como un todo y el nivel superior o espiritual. Estos brazos alargados que tratan de ayudar a los que quieren subir reciben el nombre de Gracia, o de cualquier otro que quiera dársele, pero en todo caso es algo particular que facilita el trabajo. Así, pues, empieza a descubrirse que es verdad eso de que toda salvación se hace a través de Cristo, pero un Cristo no ya en el sentido de una fe particular, de unos modos externos, formulados a través de una doctrina y de unas prácticas, sino un Cristo en ese sentido de conciencia crística del Verbo Divino, que desde nuestro nivel espiritual se introduce activamente en el reino de la conciencia humana para servir de puente, para estimular el ascenso de los puntos o focos de conciencia de la humanidad que quieren ascender a lo alto.

 

Es evidente que esta acción existe, y que existe con total independencia al nombre de que se le dé. La cosa no estriba en el aspecto mágico del nombre, sino en el campo de fuerzas que se crean en la humanidad cuando esa conciencia superior desciende a un nivel más bajo para desempeñar el papel de un sobreestímulo, una ayuda especial para que la humanidad pueda ascender más rápidamente.

 

Así, pues, lo negativo es que no estamos viviendo todavía todo lo positivo, cosa que, por otro lado, sí estamos viviendo, o está en algún sitio de nosotros, porque si no estuviera en algún sitio no estaríamos buscándolo con tanto interés. El que nosotros podamos vivir algo como negativo es testimonio de que lo positivo está ahí. Solamente que hay una deficiencia de la conciencia de lo positivo, y a esta deficiencia de conciencia de lo positivo lo llamamos negativo: dolor, daño, ignorancia.

 

En esto que decimos de la Oración Cósmica y de la Oración Personal hay un aspecto que se ha mencionado con frecuencia en las tradiciones, pero que siempre nos suena a algo extraño, desagradable, incluso raro. La oración comporta una actitud de entrega y de ofrecimiento; de ofrecimiento porque, cuando soy consciente no solamente de Yo, sino también de Él, hay una actitud de ofrecimiento, de apertura. Es decir, yo quiero que se produzca esa conciencia de la realidad que veo en Dios y de la realidad que vivo en mí. Yo he de vivir toda la realidad de un modo único, y esto mismo hace que yo quiera entregar mi realidad a la realidad que intuyo ahí. Esa entrega o reunión de dos modos de realidad es una entrega de todas mis formas y grados de conciencia de realidad, es una entrega física, afectiva, intelectual; es una entrega de la voluntad, de mis circunstancias, de todo. Esta entrega es lo que se llama sacrificio. Esta es la palabra que parece ser que despierta en nosotros un sentido más bien extraño.

 

El sacrificio nada tiene que ver con el dolor. Es un error el que hayamos ido identificando la palabra sacrificio con la palabra dolor. Sacrificar significa ofrecer totalmente una cosa a alguien. Los sacrificios en los ritos mistéricos de las tradiciones tenían siempre este carácter de ofrecimiento de alguna cosa a quien es el dueño de todo. En este sentido, ofrecimiento y sacrificio es lo mismo. Yo me ofrezco totalmente a Dios, porque yo soy totalmente de Dios, por Dios, y lo que hago es simplemente poner las cosas en su sitio, dejar de atribuirme una posesividad, una independencia que no existen más que en mi ignorancia. Yo simplemente reconozco las cosas como son, retorno las cosas a su lugar, que es Dios, operando aquí y ahora, en cada momento, Dios en sus modos de hacer, en sus modos de manifestación de existencia, sean cuales sean tales modos y momentos. Eso es poner las cosas en su sitio.

 

En cambio, cuando yo creo que debo o no debo hacer algo, cuando el Yo está como protagonista, las cosas están fuera de su sitio. He de sacrificar este yo, no en el sentido de matar nada que está vivo, de negar nada que sea verdadero, sino en el sentido de volver a mi sitio. Y el verdadero sitio del yo es Dios. Cuando yo estoy actuando como conciencia separada, independiente, estoy en el error. Cuando yo me doy cuenta de que estoy realmente en el Ser, cuando me sitúo en el centro de la intuición más elevada y última que tengo del Ser, entonces este yo está realmente en su sitio, entonces ya no puedo llamarle mi yo en el sentido corriente. Solamente puedo llamarle Ser, puedo llamarle Dios. Es un Dios que incluye mi yo. Pero como este yo no tiene el mismo sentido que antes, no tiene el mismo significado independiente que antes, por eso no puede recibir tan adecuadamente la denominación de «Yo». Sin embargo, ocurre que yo soy más Yo que nunca, yo no he perdido nada, lo he ganado todo, no he renunciado a nada, porque mi independencia era una simple fantasía, esa independencia no ha existido nunca; lo único que ha existido ha sido la ignorancia de la relación, de la verdadera naturaleza, de la verdadera esencia. Es solamente esa ignorancia lo que desaparece, lo que se sacrifica, lo que se entrega. Sacrificar el yo es simplemente entregar lo que nunca ha sido mi yo, es volver a poner las cosas en su sitio, restituir la verdad.

 

Entonces nuestra vida no solamente es oración, sino que además es sacrificio, es una entrega sacrificial. Podríamos decir que nuestra vida se convierte en una especie de rito, por el cual yo estoy entregándome constantemente, estoy restituyendo constantemente las cosas a quien pertenecen. Mi cuerpo pertenece a la materia; mi afectividad, al mundo de la afectividad, y mi mente pertenece al mundo de mi mente; mi intuición pertenece a la sabiduría; mi amor superior pertenece al amor; mi voluntad pertenece al poder. Ese amor, esa inteligencia, esa voluntad son de todo en Dios, pierdo mi falsa independencia, que nunca existió, pero gano la verdad, gano el ser, gano la realidad. Vuelvo a casa.

 

-¿Mientras no se hace la oración bien hecha, aquella oración que hacemos tiene alguna validez?

 

R.-La oración, cuando es sincera, tiene siempre validez. La validez está en función de la sinceridad. Pero en la oración hay unos principios de eficiencia que hemos resumido aquí en esa intuición clara de lo divino y en esa vivenciación clara de mí mismo. Así, pues, hemos de aprender cómo nuestra oración funciona mirándola desde este ángulo, mirando a ver qué ocurre, qué le falta. Una vez me dé cuenta de sus deficiencias debo tratar de cubrirlas. Mientras tanto, mi oración ha de ser una oración para ejercitarme a poner en ella lo que le hace falta. En este sentido, en tanto que la oración es un proceso para llegar a esos momentos punta de los que hablábamos, tiene esas fases en las que yo primeramente me preparo tratando de evocar al máximo la verdad de mí y de Dios. Luego, todo yo expreso de un modo incondicional todo lo que para mí tiene valor, significación, todo lo que es aspiración. Más tarde viene el período de receptividad, de silencio.

 

Y eso es todo. Ya está. Este proceso de expresión y de recepción es algo que hemos de repetir durante el día, siempre dentro del clima de la presencia de mí mismo y de Dios. La oración no consiste en expresar a, b o c. La oración consiste en expresar todo el alfabeto dirigido hacia Dios.

 

-¿Con la música hay que hacer como una especie de oración cósmica?

 

R.-De momento, yo indico la música como medio de oración personal. Todo lo que yo siento lo expreso a Dios, por tanto es oración personal. La Oración Cósmica es más bien una apertura al suceder diario, es una apertura a la realidad externa, diríamos a todo lo que es otro. Pero la música, dado que la vivimos de un modo personal y directo, es una oración personal.

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO NOVENO


HACIA EL ENCUENTRO CON DIOS (y III)

 

 

 

En el último capítulo estuvimos hablando de cómo todo lo que existe es una expresión de la divinidad, de qué modo todo está en un proceso de ascenso, de culminación, de qué manera todo está buscando el Absoluto, de qué modo todo es oración y cómo nuestra aceptación y participación consciente en este rito nos permite participar en esa Oración Cósmica. Así, nuestra existencia adquiere entonces un carácter sagrado, todos sus aspectos se convierten en algo que tiene un sentido, en un lenguaje hacia Dios.

 

Esto no significa que tengamos que convertir nuestras actividades en una formulación religiosa. Quiere decir que hemos de vivir la divinidad a través de todas las formulaciones, a través de todos los modos, estilos y actitudes. Cuando se habla de religión, de Dios, de espiritualidad, inmediatamente se tiende a adoptar una determinada actitud, como aquella que se adopta en una iglesia, o como la que uno se imagina que tendría que adoptar en un convento. Esta puede ser una actitud que responda a una fase determinada, a una circunstancia determinada, pero de ningún modo ésta ha de ser la actitud en nuestra existencia cotidiana.

 

 

 

Recibir y dar paso a Dios en mí

 

Hemos de aprender a vivir las situaciones con una sencillez absoluta, con gran naturalidad. A cada nivel le corresponde su actitud propia, y es esta actitud propia la más natural, la más auténtica de cada nivel, la que es oración. Cuando yo hago una cosa determinada soy consciente del proceso que está detrás del hacer. Cuando soy consciente de lo que me está empujando a actuar del modo que actúo, a hacer cada cosa que hago a decir cada cosa que digo, estoy participando con todos los demás que están haciendo, estoy participando con toda la misma naturaleza que se expresa en este nivel. Pero no por ello debo adoptar una actitud pseudomística. He de poder vivir la alegría, la simplicidad, he de poder vivirlo todo con este ensanchamiento interior de conciencia. No poner cara de misterio, cara de lástima o de recogimiento. No debemos confiar en las caras y en las expresiones; todo esto son papeles, personajes. Busquemos nuestra verdadera cara, nuestra verdadera fisonomía, nuestra verdadera naturaleza, y tal vez descubramos que se está riendo a carcajadas de todos los personajes que estamos representando, cuyo papel estamos adoptando.

 

Esta sacralización de nuestra existencia debemos hacerla de un modo consciente, de un modo pleno, alegre, para que sea una especie de amplificación de lo que es nuestra oración personal. Nuestra oración personal es nuestra, responde a nuestra idiosincrasia, a nuestro modo particular de ser, y hemos de poder vivir paralelamente nuestro plano personal de autoexpresión hacia Dios junto a ese otro plano horizontal en que estamos produciéndonos todos a través de cada hecho de la vida cotidiana, a través de cada suceso. Estamos viviendo esa oración de todos a través de cada acontecimiento del quehacer diario.

 

En nuestro proceso de encuentro con la divinidad, el segundo aspecto es el de recibir y dar paso a Dios en mí.

 

Descubriremos que, siempre en todo lo que es proceso, es decir, en todo aspecto de la existencia, existe un doble juego, una doble dirección. Nos movemos en el mundo de la dualidad. El acto de crecimiento se hace siempre a través del doble juego. Esto lo comprobamos en el plano físico, en el cual necesitamos siempre dos puntos de apoyo, uno fijo y otro móvil, para poder desplazarnos. Nosotros tenemos dos piernas; para apoyarnos alternativamente en una y en otra nos inclinamos hacia atrás y hacia adelante. Constantemente esta dualidad es la ley del devenir en nuestra experiencia, en el mundo.

 

Este trabajo de encuentro con Dios, en tanto que proceso, en tanto que algo que hay que conseguir, está también sometido a este doble juego, a esta doble dirección. Yo voy hacia Él, yo me expreso, yo trato de formular mi aspiración y mi intuición, y trato de ser una llama viva de demanda. Pero luego viene el otro aspecto, aquel por el cual yo aprendo a ser escéptico, por el que admito interiormente, por el que me abro para que algo nuevo venga y me lleve.

 

Una vez que me he expresado, si mi expresión es auténtica, es sincera, debo estar receptivo y en silencio para que ese vacío que se ha producido se llene de esa divinidad, de esa energía. Esto no ocurriría si mi proyección primera no ha sido dirigida en este sentido. Si yo me he vaciado hacia abajo, me llenaré de abajo, si me vacío en el medio, me llenaré ahí, si me vacío arriba, me llenaré de arriba. Por eso esta frase de autoexpresión, este gesto de entrega y de sacrificio del que hablábamos en otro capítulo necesita ser hecho, y es el único medio para que en mí haya una receptividad, una admisibilidad de algo totalmente nuevo, de algo superior.

 

Así, pues, yo he de aprender a ser receptivo a la divinidad, a Dios, a lo superior. Y no olvidemos que esta receptividad a lo superior es algo nuevo. Esto quiere decir que yo no he de esperar algo determinado, ya que todo lo determinado es viejo, es conocido. Lo nuevo es lo otro, lo no conocido, es un esperar del todo pero sin esperar nada, porque no sabemos qué es lo que hemos de esperar. Toda formulación que yo me haga, toda idea, toda referencia concreta que quiera hacerme, está ya poniendo condiciones, obstruyendo el camino, cerrando la posibilidad de que esto ocurra. Yo debo quedarme receptivo hacia arriba pero sin la más mínima noción de un Dios concreto. Esta es la espera más correcta. En cuanto quiero reproducir una situación anterior que me ha parecido muy elevada, o en la que he tenido un cierto sentimiento muy sublime, una cierta intuición, entonces pretendo repetir esto; de hecho no estoy haciendo oración a Dios, sino que estoy haciendo oración a esa experiencia, al recuerdo que tengo de aquella experiencia, sencillamente al recuerdo de aquella sensación o de aquella intuición. Y este tratar de evocar un recuerdo nos cierra. La experiencia espiritual ha de ser siempre una experiencia con relación a lo desconocido, a lo nuevo. Cada instante ha de ser una actitud de aventura total. En cuanto yo quiero algo determinado no estoy buscando a Dios, sino que busco este algo determinado.

 

Ahora bien; yo intuyo que Dios es mi fuente, que es la Fuente de donde sale todo mi ser, que es mi centro, mi verdadero yo, el Yo de mi yo; por tanto, todo lo que soy, absolutamente todo lo que soy y creo ser, absolutamente todo, me viene de la Fuente única. Y esto, por sí solo, ya debería ser suficiente para que viéramos lo absurdo de nuestra actitud cuando nos atribuimos la propiedad de cualquier cosa, de la virtud, de la inteligencia, de la cultura, del prestigio, de la bondad o de cualquier otra cualidad. Toda propiedad personal es una especie de renuncia que hacemos a abrirnos, a vincularnos a lo que es la fuente de nosotros mismos. Es el mismo caso que si un hijo nuestro, pequeño, creyera que él es quien hace sus cosas, quien satisface sus necesidades, quien se las arregla por sí mismo. Todos veríamos en ello una actitud antinatural, una actitud que repugna. Por eso la infancia es tan extraordinaria, porque acepta todo lo que le es dado, porque no tiene la pretensión de propiedad, ni, cuando los niños son pequeños, la posesión de un yo propietario. Los niños reciben de un modo natural, espontáneo, sincero, todo lo que se les da, del mismo modo que expresan con naturalidad lo que viven dentro de ellos.

 

Pues bien; nosotros estamos haciendo lo mismo que el niño que imaginábamos antes, que el niño que tenía pretensiones de ser suficiente por sí mismo. Yo me valoro en relación con la inteligencia, con mis cualidades, con mi físico, con mis gracias. Y nada de estas cosas son en realidad propiedad mía, ni siquiera yo soy mío. Parece, sin embargo, que el hecho de afirmar que nada de lo nuestro es en realidad nuestro nos deje muy pobres. Uno tiene la sensación de que de repente se ha quedado en la miseria total.

 

Es que aquí siempre se produce un malentendido, una confusión. Nuestro sentido de propiedad se apoya en algo real. Yo necesito sentirme yo en relación con las cosas; entonces este valor del yo lo proyecto a las cosas, me identifico con las cosas que tengo, con mis cualidades, debido a la necesidad que tengo de sentirme yo, de sentir una noción de realidad. Y como esta realidad no la vivo en el centro, la proyecto, trato de vivirla a través de la periferia, a través de mi modo de ser.

 

Por tanto, en esta exigencia de propiedad hay algo auténtico, que es la exigencia profunda de ser, y de ser del todo. Y en este sentido el problema reside en que nunca somos suficientemente propietarios, y tendríamos que serlo más. Pero no somos propietarios en el sentido de que yo soy mi inteligencia, de que mi inteligencia es algo mío, de que es algo que sólo se debe a mí y que me pertenece sólo a mí. Dios se expresa a través de mí, a través de estos modos. Mi verdadero ser es eso que me viene de Dios, eso que participa de algún modo en el ser de Dios. Podemos llamarle el espíritu, el yo superior. Es ahí donde, si nosotros aprendemos a centrarnos, descubriremos toda la potencia extraordinaria que tiene este sentido de realidad que equivocadamente buscamos a través de una exigencia de propiedad sobre determinadas cualidades. Las cualidades, por grandes que sean, siempre son pequeñas. En cambio, este ser que Es está más allá de toda limitación, es un poseedor absoluto; pero el absoluto no le deviene en cuanto al absoluto de la cosa poseída, sino que le deviene de su naturaleza, de su fuente infinita, que es el Absoluto.

 

En cuanto yo quiero afirmarme en algo, y a través de algo, es cuando cometo el error. Y donde hay error hay sufrimiento. Por esto, aprender a ver todo esto claro, a reflexionarlo, a meditarlo, a insertarlo en nuestro modo de vida diaria, es aprender a eliminar el sufrimiento. El sufrimiento es algo perfectamente eliminable; no tiene razón de ser, y su única causa reside en el error, en una visión defectuosa. Como en el caso del niño pequeño que se cree que es autosuficiente, pero que en cada instante descubre que no lo es. Sin embargo, él sigue creyendo que es el mundo que está mal organizado, que la culpa es de todos, de los padres, de la gente. Y esto es así porque quiere subordinarlo todo a esa idea que él se ha hecho. Por tanto, como la idea es falsa, cada encuentro con la verdad se convierte para él en sufrimiento, en negación de esta idea.

 

Si Dios es la fuente infinita de mí, esto significa que es también la fuente de todo cuanto hay en mí, de toda cuanto funciona en mí y de todo mi funcionar. No solamente es la fuente de mi cuerpo en tanto que materia; es la fuente del cuerpo y de su funcionamiento en cada momento, de mi afectividad y del funcionamiento de esta afectividad, de mi inteligencia y de su funcionamiento. Es decir, Dios es Dios de todo, porque es el Dios absoluto.

 

Estamos creyendo normalmente que hay un Absoluto, un Absoluto que está ahí, y luego todos los relativos pequeñitos que están aparte. Estamos constantemente creando un mundo de dualidad dentro del Absoluto, lo cual es una contradicción de términos. El Absoluto es absoluto. Y, en tanto que absoluto, no admite nada más, no hay nada más. Pero dentro de este Absoluto hay formas de manifestación. No aparte del Absoluto; no podemos hablar de Absoluto y, en otro lado, de relativo, porque es entonces cuando convertimos el Absoluto en otro relativo. Lo Absoluto es absoluto porque es la única realidad que Es, pero esta única realidad se expresa en modos de ser dentro de este mismo ser que Es, y estos modos de ser son aquello que llamamos apariencias de multiplicidad, de multiplicidad dentro de la única Realidad. Todos los modos son en el Absoluto; no hay nada que exista aparte de él, nada que tenga autonomía propia fuera de él; concebir esto sería absurdo. Sin embargo, estamos influidos por una idea antropomórfica de Dios, y, así, vemos a Dios como un señor muy poderoso, allá arriba, en su sitio, desde donde nos vigila mediante un servicio de inspección muy bien montado gracias al que puede observar el correcto funcionamiento de todas las cosas. Eso es infantil.

 

Es bonito y poético, pero tiene el inconveniente de que es falso.

 

Esto quiere decir que si Dios es el Absoluto, el único Absoluto, todo mi funcionar funciona en el Absoluto, y esto es algo que yo no puedo evitarlo, que es así. El Absoluto, sin embargo, se manifiesta en formas elementales; así, hay un nivel que llamamos material, otro que llamamos emocional, otro intelectual, etc., todos ellos dentro del Absoluto. Nuestro problema, nuestro problema aparente, es que, dentro de esa conciencia de Absoluto, hemos de pasar de un nivel a otro en un sentido de progreso evolutivo para llegar a descubrir que la fuente de todo es el Absoluto.

 

Por tanto, nuestra mente es un elemento más dentro del Absoluto, un elemento dinámico, un elemento que, como todo lo que existe, está en proceso. Esto quiere decir que tiene una trayectoria, que primeramente abarca un poco, luego abarca un poco más y así progresivamente. Y esto es lo que nos proporciona la ilusión de una conciencia separada, de algo totalmente desvinculado del resto, de Dios. Simplemente esto se debe a que la maquinaria mental está en proceso de crecimiento. Ocurre exactamente como en el caso del niño pequeño que tiene la conciencia muy limitada de sí mismo y del horizonte que le rodeó. A medida que va creciendo se va ampliando esa conciencia que tiene de sí y del ambiente. Es un proceso. Igualmente podríamos decir que, considerando toda la humanidad como una unidad, en el aspecto mental estamos en un período infantil. Y lo único que nos separa de eso que llamamos realización es precisamente esa idea que nos formamos de nosotros. En la medida en que mi mente pueda comprender, pueda aceptar que Dios es el Absoluto, que estoy completamente nutrido en el Absoluto, que estoy constantemente respirando en el Absoluto, que estoy impulsado, dirigido, que estoy sintiéndome ser, sintiéndome todo lo que soy capaz de sentir, en el Absoluto y por el Absoluto, me daré cuenta de que la única postura correcta es aceptarlo, y aceptarlo con todas sus consecuencias.

 

Lo cierto es que ahora no lo acepto. Tal vez lo pienso, pero no lo acepto: «Sí, eso del Absoluto está muy bien; pero si yo prescindo de mí, qué mal lo pasaré; si yo no voy a trabajar y no me gano el jornal, a ver quién me pone el plato en la mesa». Y creemos que esto demuestra un gran sentido de filosofía. El que nosotros vivamos en el Absoluto no excluye ni el trabajo, ni el jornal, ni las obligaciones. Todo forma parte del Absoluto: la necesidad, el esfuerzo, las pasiones también. No se trata de un absoluto mágico que nos solucione las cosas desde el Cielo. Es un Absoluto que está funcionando a través de nuestro nivel físico mediante unas leyes de crecimiento que están haciendo que todo se desarrolle a través de la lucha, del esfuerzo, gracias al ejercitamiento, al entrenamiento, a la prueba y al error. Y es precisamente ese Absoluto el que me da la posibilidad de trabajar, el que me da el impulso de trabajar, y también unas exigencias exteriores que me obligan a ejercitarme. Esta necesidad de ejercitarme en el aspecto físico, mental, laboral, social, familiar, será para mí un problema en tanto lo viva como algo mío, aparte de los demás, contrapuesto a los demás y tal vez con envidia de los demás. En cuanto me dé cuenta de que este mismo proceso de lucha y de crecimiento forma parte de esa expresión, de esa Oración Cósmica de la que estábamos hablando, de repente todo adquirirá un sentido diferente. Dios actúa como Dios, no cuando me regala gratuitamente cosas, como un Papá Noel magnificado, sino cuando se expresa a través de mi poder, de mi hablar, de mi conocer, de mi comprender, de mi buscar. Esta es la expresión de Dios a esté nivel. Y, además de esta expresión en este nivel, hay otros niveles, y otros, y otros. La capacidad de ser sensible a las formas de la belleza, de gustar de todo lo que es armónico, estético; la capacidad de comprender la verdad, de adquirir una visión más amplia de más verdades o de una verdad mayor que va incluyendo a otras menores. Y, finalmente, la capacidad de ser totalmente consciente, de abrirme a esa conciencia de lo Absoluto en mí.

 

Y según yo sea capaz de sintonizar este absoluto a través de un nivel o de otro, así mi vida estará de acuerdo con las leyes que corresponden a cada nivel, con los estados de conciencia que corresponden a cada nivel.

 

Pero si yo estoy viviendo abajo y reclamo los estados de conciencia de arriba estoy intentando algo imposible. Los estados de conciencia de arriba se alcanzan arriba, son consecuencia del desarrollo, de unos instrumentos, de unos mecanismos receptivos. Y no se pueden obtener sin haber desarrollado todo esto. No es un problema de que Dios los dé a unos, porque aceptan unas cosas, y se los niego a otros, porque estos otros las rechazan. Esto es falso. Este el motivo por el que decíamos que es tan importante intuir a Dios no sólo como un ser personal, sino como un principio universal, un principio cósmico. Los principios hay que comprenderlos, hay que sintonizar con ellos para poder ser receptivo a ellos. Y esto no le quita personalidad al Absoluto; su personalidad se expresa a través de este funcionar. No es que no tenga la voluntad propia de estas leyes; todas las leyes son su voluntad. No es que no tenga inteligencia; todo lo que existe es la plasmación visible de su inteligencia. Tiene una personalidad, en un sentido absoluto, no en un sentido de personalidad humana. Pero, a la vez, es un principio, y este principio sólo funcionará en la medida en que nosotros estemos sintonizados con él. Si yo estoy sintonizado solamente a un nivel vital, lo único que ocurrirá es que yo seré consciente de mi salud y de nada más. Si yo estoy sintonizado en mi nivel afectivo, seré consciente de mi capacidad de amar, de sentirme atraído por determinada forma. Si lo estoy a través del nivel mental sabré discernir una verdad o comprender cuándo descubro verdades mayores. Cuando yo esté sintonizado a través del nivel superior, entonces es cuando me quedaré en silencio. En este silencio habrá una plenitud, una evidencia, una claridad. Habrá una realidad que está conduciendo, que está involucrando todo, que está incluyendo todo desde arriba, sin negar nada de cada nivel, porque está viviendo todo desde un punto de conciencia en el que es la suprema exaltación de todo, además de su propia realidad superior. Lo único que hemos de hacer es abrirnos a este nivel superior.

 

¿Y de qué manera nos abrimos? Mediante el proceso que realizamos en todas las cosas. Hemos aprendido a tomar conciencia física mediante el esfuerzo de hacer y mediante la experiencia de recibir impresiones e impactos. Siempre tiene lugar el mismo proceso. Hemos desarrollado nuestra afectividad mediante el balbuceo de nuestros sentimientos y emociones y mediante los impactos emocionales que nos vienen del exterior. Igualmente, hemos desarrollado nuestra mente gracias al esfuerzo de concretar, de definir, de descubrir la verdad de las cosas, las relaciones de las cosas, de descubrir los esquemas y las operaciones mentales, y luego gracias al poder de comunicar, al poder de expresar. Cuanto más comunico mis ideas, más puedo entender nuevas ideas; y cuanto más entiendo las ideas, más puedo formular nuevas ideas.

 

Mediante esta lucha de ejercitamiento hacia fuera y hacia dentro, ejercitamiento en dar y recibir, yo he ido ejercitando mi mente, mi afectividad y mi cuerpo. Con el nivel superior ocurre exactamente lo mismo: hemos de ejercitar esas facultades espirituales, esa conciencia espiritual de un modo activo y de un modo receptivo. Esta conclusión no tiene que extrañar a nadie; lo raro es que hubiera sido distinta.

 

¿En qué momento se ejercitan esas cualidades espirituales? Cada vez que yo trato de actuar en relación con la aspiración o intuición que tengo de lo superior. Yo tengo una intuición o una aspiración; en realidad, siempre son ambas cosas, ya que la intuición se dirige a la mente y la aspiración al sentimiento. Con esta intuición yo puedo adoptar dos actitudes: o no hacerle caso, y entonces queda como una semilla sin aprovechar, o bien la intuición despierta un eco en mí, despierta una respuesta, trato de comprender, de verla más clara. En el momento en que le presto mi atención, es como si estuviera nutriendo aquella semilla: la intuición crece, se fortalece; se desarrolla la facultad superior, espiritual. Igualmente, cuando tengo una aspiración hacia algo total y absoluto puedo no hacer caso de esta aspiración, pero también puedo tratar de darle más fuerza, más claridad a esa aspiración, a esa demanda. Puedo tratar de darle impulso, de darle expresión. En la medida en que la miro y estoy tratando de darle expresión, la estoy ejercitando, y este ejercitamiento la hace crecer, fortalecer, desarrollar. Este desarrollo, esta capacidad de ser más fuerte en la expresión me capacita entonces para detectar, para percibir más cosas en ese nivel. Exactamente igual a como ocurrió con la mente, con la afectividad, con la sensibilidad.

 

Ahora bien; si yo únicamente ejercito de un modo activo, pronto encontraré mi límite. Si solamente quisiera desarrollar la mente a base de pensar, sin escuchar, sin recibir, sin permitir la entrada de datos, la mente quedaría pronto limitada en su desarrollo. Es gracias al intercambio, a la apertura receptiva y a la entrega expresiva como tiene lugar el crecimiento. Y cuanto más completa es la expresión, más completa será, o podrá ser, la recepción. Igualmente, a una recepción más completa corresponde un nivel más elevado de expresión. De este modo se va completando el circuito dinámico.

 

Esto es el desarrollo espiritual. Esto y no otra cosa. En realidad, todo está muy claro, ya que lo estamos viviendo constantemente en otros niveles. Solamente que, por algún motivo, al tratarse de términos espirituales, esperamos que todo sea distinto, tal vez esperamos que nos venga dado. Realmente ya nos viene dado, porque en el fondo todo nos viene dado. Pero lo que nosotros esperamos es que no nos venga regalado en cucharadas, sin que tengamos que abrir siquiera la boca para comerlo. No. Hemos de entender claramente que esto sólo lo conseguiremos a través del ejercitamiento.

 

Estamos, por tanto, en esta fase de intentar explicar de qué modo recibimos y damos paso a Dios en nosotros, la forma de aprender a recibirle. Dios ya está en mí, Dios está funcionando en todas partes. Y no es que Dios esté en mí, sino que yo estoy en Dios. ¿Dónde si no podría estar? El problema surge porque no está en mi consciente. En realidad sí está, pero yo no lo veo; siempre estoy mirando las cosas pequeñas que están en la superficie. De este modo no soy claramente consciente de Dios como Dios. Tal vez si lo buscara a través de experiencias rarísimas, en lugares especiales... En el momento en que yo pueda darme cuenta de que eso que estoy haciendo, eso precisamente, ya es Dios, que se está expresando a un nivel determinado, en el momento en que comprenda que la capacidad de moverme es Dios que se está expresando a través de mi nivel físico, cuando vea que la capacidad de reír es Dios que se está expresando a través de mi nivel afectivo, que la capacidad de comprender cualquier verdad es Dios expresado a través de la mente, esto deberá producir espontáneamente un ensanchamiento de la conciencia. Todo consiste en aprender a aceptar que Dios, el absoluto al cual yo aspiro, es la Fuente de donde esta procediendo todo, toda mi existencia y toda mi experiencia.

 

Tan sólo ocurre que mi experiencia estoy atribuyéndola a mí, por cortedad de vista, por auténtica miopía mental. Rectificar mi perspectiva mental es reestructurar de un modo revolucionario mi conciencia.

 

Tenemos una pequeña ilustración para esto: cuando dormimos y, por ejemplo, soñamos que nos estamos hundiendo en el agua, padecemos como si realmente nos hundiéramos. Nos sentimos extraordinariamente amenazados, limitados. Al despertar, nos sentimos enormemente aliviados y felices. Esto es porque nuestra conciencia se ha ensanchado. Igualmente, en la vida «real» estamos soñando que somos nosotros con nuestros problemas a cuestas, y que si no nos ocurren cosas extraordinarias, nuestros problemas no tendrán solución. Estamos soñando hasta que un día, tal vez, despertamos y descubrimos que, aunque las cosas aparecen de este modo, al mismo tiempo son también expresión de la Plenitud Total. Constatamos que nuestro amor es la minúscula expresión de un Amor total, que nuestra fuerza es la minúscula expresión de una Potencia total, que nuestra inteligencia es una gota minúscula de todo el infinito océano de Inteligencia. En el momento en que nos damos cuenta de que nuestra inteligencia y la inteligencia infinita están en relación y, por tanto, nos abrimos y aceptamos este hecho, sentimos un profundo ensanchamiento en la mente y en el corazón, exactamente como al despertar de nuestra pesadilla sentíamos un gran alivio al darnos cuenta de que aquello que estábamos soñando, de que aquello que estábamos sufriendo, no existía en realidad. En el momento de descubrir otra dimensión sufrimos un cambio completo. El sufrimiento desaparece. Así es lo que ocurre cuando descubrimos que todo nuestro existir, nuestro funcionar, está siendo expresión de la potencia total, de la felicidad total. Es sólo nuestra conciencia que tiene que abrirse a ella. Nada más. No son las cosas lo que hay que modificar -mi familia es la misma, mi negocio marcha igual que antes- no es que la sociedad sufra un cambio particular. El problema está en que yo estoy viviendo unos esquemas mentales, en función de unas interpretaciones que se contraponen a mis deseos, a mis aspiraciones o a mi sentido de justicia o de verdad.

 

En el momento en que pueda abrirme a la conciencia de totalidad que se expresa a través de mí, todos los problemas quedan de repente cambiados. Toda la perspectiva se transforma por completo. Verifico que no existe ningún problema. Ningún problema de los que yo creía ver, y por los que yo estaba dispuesto a luchar, mantiene su fuerza de realidad. Lo cual no significa que yo no tenga que luchar, que yo no tenga que hacer. He de luchar y hacer, pero no porque existe el problema, sino porque Dios se expresa en este luchar y hacer en este momento dado. No porque haya un problema, no porque haya una contradicción. Los problemas existen en virtud de visiones parciales y opuestas. En una visión total no existe ningún problema real. El problema, tal como nosotros lo vemos, lo vivimos y lo planteamos, no tiene auténtica realidad. Ahora bien; lo que sí existe es un actuar constante, un actuar revolucionario no en el sentido en que esta palabra suele ser entendida, sino en el sentido de que viene del Centro, que en cada instante es total, porque cada acción es total, es fundamental. No en el sentido de la palabra revolucionario para significar que las cosas blancas tienen que cambiarse a verdes o a amarillas. Las cosas podrían cambiar totalmente de forma y seguir siendo un problema.

 

Lo que hemos de descubrir es que no hay ningún problema, que el único problema que hay es mi visión de problema, y mi visión de problema solamente se debe a que mi pequeña visión trata de juzgar el todo por una pequeña parte. Cuando yo pueda abrirme a esta pequeña intuición de Dios, a esa presencia de Dios en mí, esto ensancha mi perspectiva, me hace ver, pero «ver» no en el sentido de querer, sino en el sentido de evidenciar. Me hace descubrir la verdad que se está expresando totalmente en cada instante, y que es una verdad sin problemas, una realidad que en sí no es conflictual. Todo está en orden, todo está completo, aunque la realidad no se adapte a nuestras ideas de orden y de plenitud.

 

Es decir, cuándo yo digo que no hay problema, esto no significa que yo deba cerrar los ojos para no ver los problemas. No quiere decir que huya, que me refugie en un estado más o menos nirvánico, y allá se las compongan los pobres ignorantes que tienen problemas. No es esto lo que digo; estoy diciendo que nunca ha existido ningún problema, porque Dios se está expresando en todo momento de un modo completo. Y todo lo que es expresión de Dios es expresión de su naturaleza, de su sabiduría, de su poder, de su perfección. Es en este proceso dinámico, evolutivo, que mi visión es parcial. Que de esta visión parcial, contrapuesta a mi aspiración total, surge la apariencia del problema, y esa apariencia de problema solamente se puede resolver cuando mi conciencia se abra a lo total, cuando mi conciencia coincida con mi aspiración. Este es el motivo por el que existen dos tipos de personas que no tienen problemas: o bien las personas que no tienen aspiración y, por lo tanto, no tienen contrasentido, contrapeso, que subsisten tal como viven, tal como ven las cosas sin más, o aquellas personas que teniendo una gran aspiración han llegado a una realización total que ha igualado los dos términos. Es decir, que no hay problema cuando no hay dos términos, o cuando los dos términos se han igualado en la cima de la conciencia.

 

Ya he dicho que esto no significa que la persona no sea una persona activa. Es más, la persona que llega a esta realización se convierte en totalmente activa, totalmente eficaz, totalmente de ayuda a las demás en todos los sentidos, tanto en un aspecto humano, como en un aspecto artístico, técnico o político. Y esto ocurre porque es en este momento cuando ya no hay obstrucción, ya no hay distorsión, atribución. Simplemente, uno se convierte en un perfecto ejecutor, como un brazo recto, derecho, bien entrenado, eficaz, que hace lo que hay que hacer en cada instante, sin más, participando a la vez de la conciencia de totalidad y cumpliendo su pequeño papel como personaje, como delegación de la divinidad en el juego de Ser del mundo.

 

 

 

Preguntas

 

-¿En un crimen hay oración cósmica?

 

R. -Incluso en esto que parece tan horrible. En realidad todo depende de la atribución que le demos, porque cuando esto mismo se ha hecho en nombre de las Cruzadas, por ejemplo, para salvar la dignidad de los Lugares Santos, esto se vivía como un acto de fidelidad y de servicio a Dios, y se vivía como un verdadero apostolado, como un verdadero ministerio, como un verdadero bien. Nosotros ahora nos horrorizamos al mirarlo. Pero el hecho está en que aquellas personas podían haberlo vivido de este modo. De esto es de lo que se trata. Es decir, no se trata tanto del hecho en sí, sino de qué modo la persona vive el acto. No se trata de ninguna manera de justificar algo que para nuestra conciencia es muy elemental. Todo puede ser oración; solamente que hay una oración que nos horroriza al contemplarla desde otro ángulo. Toda desgracia personal, vista desde unos valores individuales, es trágica. Y es trágica porque no se descubre en ella nada que la justifique. Pero esto es porque estamos atribuyendo un sentido de justicia y de valor a nuestra supervivencia individual, porque, para nosotros, esto de la conciencia espiritual nos sigue sonando todavía a música celestial.

 

En cambio, cuando uno puede abrirse a esta conciencia superior, las nociones de bien y de mal cambian extraordinariamente su sentido actual. Las cosas tienen una magnitud tal, una escala tan extraordinaria que la pequeña vida física, aunque es muy importante en cada instante y en cada momento, es insignificante en relación con el concierto universal no solamente por su tamaño, sino por su valor. Es cuando la persona está identificada con su cuerpo físico que este valor se convierte en absoluto. Es en este momento que no hay nada que pueda compararse y superar este valor, pero ello es debido a que hay una identificación, a que se confunde la vida con el propio cuerpo.

 

La Vida no puede destruirse. La vida es una expresión eterna de Dios. Lo único que se destruye son vehículos de expresión de la Vida. Ahora bien; cuando yo creo que la Vida es esa nariz, esos ojos, ese andar, ese soñar, cuando yo creo que la Vida es este conjunto de fenómenos, es lógico que crea que, al desaparecer estos fenómenos a través de la destrucción física, se destruye la Vida. Por esto lo vivo de un modo tan trágico.

 

Pero no podemos destruir la Vida. No sabemos. Por malos, por perversos que seamos no podemos destruir la Vida. Lo que sí podemos destruir es el vehículo de la vida física. Y esto es sagrado; el que sea vehículo y el que sea físico no significa que no sea importante. Hemos dicho antes que cada instante, cada acto tiene un carácter total, un carácter sagrado. Pero es sagrado en función de todo el resto. En el momento siguiente deja de tener valor, porque el valor se expresa de otra manera. Esto es lo que más cuesta de ver cuando todavía estamos dentro de esa identificación con el cuerpo físico.

 

-¿Qué significa esto de que la oración, en este sentido, no tiene nada que ver con el bien y el mal?

 

R. -Bien; digo que no tiene nada que ver en el sentido de que nada puede sustituir a esa experiencia de expresión hacia arriba. Que aunque yo me conduzca muy bien, con un sentido de justicia y de meticulosidad en el orden mental, en el orden afectivo o en el orden vital, esto no añade ni una pizca de espiritualidad. Y esto se ha de ver muy claro. La espiritualidad se desarrolla solamente ejercitando lo espiritual. Cuando yo estoy obedeciendo a la idea de bien y de justicia, aquella idea que me han dado, que me han enseñado, esta idea funciona en el nivel mental y nada más. Por lo tanto, lo que estoy haciendo es un acto de virtud, sí, mental; estoy haciendo un acto de integración de mi conducta y de mis sentimientos con mi mente. Y en este sentido es correcto, es bueno. Pero ahí no hay nada que pueda llamarse espiritualidad. Por ello, puede ocurrir que una persona más bien informal tenga una gran espiritualidad, y, en cambio, otra persona que lo tiene todo previsto calculado, milimetrado sea solamente esto, una máquina de calcular y nada más. No es que tengamos que renunciar al bien y al mal en el sentido humano y en el sentido social adquirido. Simplemente es que esto es bueno en su nivel. Pero esto no regala lo otro. Lo otro solamente se regala cuando se va allí y uno se abre a ello. Es lo mismo que se nos diría en lenguaje religioso: hemos de aceptar la fe, hemos de abrirnos a la experiencia de la fe, hemos de sobrenaturalizarnos. Este ascender a un nivel superior es lo que se suele enseñar en un lenguaje cristiano. Somos receptivos a las facultades superiores, somos receptivos a lo espiritual, y, en este sentido, somos receptivos a la gracia. Y correspondemos a la gracia, ejercitamos actos sobrenaturales de fe, esperanza y caridad. Es el mismo ejercitamiento del que yo estoy hablando; solo que yo lo hago en un lenguaje más psicológico. Este lenguaje psicológico para muchas personas no tiene las implicaciones en ocasiones desagradables o negativas que para ellas tiene el lenguaje religioso. Además, esto se explica no en unas categorías morales, sino técnicas, de causas y efectos; no en categorías de virtudes y vicios, de premios y castigos, sino de mecanismos en acción y del resultado de tales mecanismos.

 

-¿Así, a ojos de Dios, todos somos buenos?

 

R. -A los ojos de Dios no es que todos seamos buenos, es que solamente existe la bondad. Lo que ocurre es que la bondad es expresada a un nivel, y a otro nivel, y a otro nivel. Es expresada a través de una intensidad, de otra intensidad y de otra intensidad. Lo que llamamos maldad no es otra cosa que la bondad de un nivel que debería haberse trascendido, pero que todavía sigue existiendo y que para nosotros es un mal. Y es un mal moral, ya que hace las funciones reales de mal.

 

O sea, la exigencia ética existe, y existe más fuerte que antes. Pero no debido a los imperativos puramente exteriores, sino porque en cada instante existe la exigencia de estar expresando lo más completamente posible, lo más auténticamente posible, aquello que uno vive como auténtico. Por eso cada instante se convierte en un acto más total, más pleno, más único, aunque este acto único sea el quitar una simple mota de polvo. Todo adquiere una importancia tan grande como en el momento en que estamos hablando de la vida.

 

Porque la importancia no viene dada por aquella cosa que hago, sino por la conciencia con que la hago.

 

-Pero entonces la evolución del mundo ha conducido a unas leyes que se contraponen con otras leyes.

 

R. -La evolución del mundo son las leyes, y el ir contra las leyes es ir contra la evolución del mundo, contra la evolución de cada instante. Pero el que va contra las leyes sólo lo hace porque se apoya en otras leyes, porque allí donde debería vivir una conciencia más amplia está solamente viviendo su bienestar particular. Cuando yo trato de vivir confortablemente y me olvido de los demás y digo «¡Qué bien! Los demás cayendo por ahí, y yo tan campante». Esto, visto así, es una cosa mala. En cambio, esto mismo, visto tal vez hace miles y miles de años, cuando aún no existía un rastro de conciencia social, esto era la suma realización en aquel momento. Por tanto, esto es un bien en aquel nivel. Ahora, cuando se han ido añadiendo nuevos niveles, aquel bien sigue siendo un bien; solamente que hay unos bienes superiores. Lo que ocurre es que cuando yo, en vez de vivir el nivel superior, vivo el nivel inferior, a eso lo llamo mal. Es malo porque yo estoy viviendo por debajo de mi nivel máximo.

 

-¿Cómo se puede compaginar lo que hemos hablado de responsabilidad personal con la salvación eterna?

 

R. -La responsabilidad en este nivel que venimos explicando desaparece como valor personal. Es simplemente la necesidad de ser, de ser arriba y abajo, de ser en todas las direcciones. Es una responsabilidad que no hace sufrir. Cuando se sufre es cuando el yo está en juego. Ahora no sufro porque lo único que estoy obligado a hacer es todo lo que yo pueda; nada más. Entonces mi responsabilidad constituiría en abrirme al máximo para que Dios pueda expresarse al máximo a través de este instrumento que aparece como mi persona. Por lo tanto, el sentido de responsabilidad desaparece. Y, no obstante, la responsabilidad es mayor que nunca, en la exigencia de que en cada momento debo hacer lo máximo.

 

Entonces la salvación eterna consiste en dejar que la eternidad se exprese a través de nosotros. No hay otra salvación eterna. La salvación eterna es dejar que Dios se exprese a través de nosotros. En el momento en que yo me abro un poco más a lo Absoluto, tengo un poco más de eternidad; esta es la salvación garantizada. Esto no es algo que yo diga alegremente. Lo dicen todas las autoridades de todas las tradiciones del mundo, desde la teología católica hasta el budismo, pasando por el islamismo. Descubramos que este funcionar nuestro es ya el modo de expresión de la eternidad a través de nosotros.

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO DÉCIMO


DIOS COMO FUENTE DE ENERGÍA EN MÍ

 

 

 

En el capítulo anterior estuvimos hablando de esta fase de recibir y dar paso a Dios en nosotros, de cómo Dios es la fuerte de todo mi ser y de todo mi hacer. Ahora hemos de ver la forma de aplicarlo concretamente en tanto que trabajo.

 

Dios, el Absoluto, es la fuente de toda mi energía, de toda la energía; por lo tanto, la fuente de toda la energía que se expresa a través de mí. Esto lo vimos en la primera parte al hablar del yo como fuente de energía: decíamos que toda energía es expresión de este yo, y que no hay energía que se pueda actualizar en nosotros como no sea procedente del yo.

 

Ahora podemos decir exactamente lo mismo aplicándolo al Absoluto. Toda la energía que existe en mí y fuera de mí procede de esta única fuente que llamamos Dios, Absoluto. El Yo viene a ser, pues, en la medida en que se vive como algo aparte de este absoluto como una estación intermediaria por la cual esa energía del Absoluto se particulariza a través de mi personalidad.

 

Al hablar de energía nos referimos a todo tipo de energía: energía moral, por tanto eso que llamamos voluntad; energía física, o sea todos los procesos del cuerpo, tanto externos como internos, es decir, la salud, la fortaleza, el carácter, la perseverancia, la capacidad de esfuerzo. Todo esto procede de Dios, que es la única fuente.

 

Sabemos también que la energía está en relación directa con nuestra conciencia de realidad y de seguridad. La energía es lo que nos proporciona a nosotros la conciencia de Ser. Cuanta más energía vivo, más conciencia tengo de realidad, de potencia. A consecuencia de ello, podemos afirmar que la categoría intrínseca de una personalidad viene dada por la energía de la que la persona es consciente y la que maneja conscientemente.

 

¿Qué significa aplicar todo esto a la práctica?

 

Significa que cada vez que yo estoy viviendo aspectos de mi vida en que funciona la energía, yo debería abrirme a la aceptación, a la comprensión, a la toma de conciencia de esta energía como procedente de la Fuente Absoluta. Cuando nosotros actuamos en la vida corriente, cuando no hemos trabajado en esta cultura interior, solemos estar situados en nuestra mente personal, en nuestro yo-idea, que es quien determina las acciones que vamos a ejecutar; cuando estoy enfadado, me sitúo al nivel afectivo, vital, agresivo.

 

A través del trabajo que explicábamos en la primera parte, dijimos cómo uno tenía que descubrir el centro de uno mismo, ese yo que está más allá de las manifestaciones físicas, afectivas y mentales, ese yo de donde surge la energía.

 

Decimos ahora: hemos de ampliar nuestra conciencia abriéndonos al circuito completo de esa energía. No hemos de estar gravitando sólo en la conciencia del yo, sino que hemos de trasladar esa conciencia, ese centro de gravedad, ese punto de apoyo en el que hemos aprendido a vivir, desde el yo a Dios, es decir, a ese lugar donde intuimos, donde situamos lo Superior. Entonces, si nosotros intuimos que Dios está por encima, por arriba, hemos de aprender a visualizar la energía descendiendo desde arriba, pasando por esa conciencia de Yo, y saliendo al exterior en forma de movimiento físico, en forma de energía psicológica, o en cualquier forma en que se expresa. Se trata, pues, de aprender a situarse arriba, y, desde arriba, seguir con nuestra mente visualizadora el trayecto: Dios-Yo-Acción.

 

En la vida natural tenemos la experiencia de los árboles, por ejemplo, que se están nutriendo del suelo y cuya fuerza y vitalidad les viene de abajo y va subiendo y alcanzado las extremidades de las ramas y las hojas. Pues bien; el trabajo espiritual, en este sentido de realización trascendente, exige descubrir que, además de nuestras raíces, podríamos decir, materiales, que están abajo, como ocurre con todo lo material, tenemos la raíz de lo espiritual que está arriba. Entonces se produce en nosotros una inversión de polaridad, gracias a la cual yo dejo de estar pendiente únicamente de abajo, del suelo, de la tierra, de la fuerza de la gravedad, y aprendo a nutrirme de las raíces que están arriba, que están en el cielo de la fuerza del espíritu, de la fuerza de la gracia. Este es el trabajo que nosotros podemos aprender a hacer: visualizar cómo la energía desciende de arriba, pasa por lo que yo llamo Yo y se expresa en la acción.

 

Decíamos anteriormente: yo, todo yo integrado, he de aprender a proyectarme hacia Dios. Se trataba del movimiento de subida: Yo como energía, yo con mi conciencia, yo con mi afecto, yo con mi inteligencia, todo yo me proyecto hacia arriba. Ahora se trata aquí del proceso exactamente inverso: Yo que trato de situarme arriba, por lo menos de dirigir allí mi intuición y mi visualización. Visualizar, imaginar cómo la energía procede de arriba y penetra dentro de mí a través de la columna vertebral, más o menos, y de qué modo actualizar más un centro que llamo Yo, y cómo de ahí sale al exterior a través del conducto correspondiente: físico, afectivo o mental. Es el proceso inverso: por una parte soy yo que me dirijo arriba; pero también de arriba me viene la fuerza que me permite actuar. Cuanto más yo aprenda a visualizar esa toma de conciencia progresiva de cómo la energía está viniendo de un centro de arriba, más me será posible abrirme a una fuente que es absolutamente inagotable. Y esto de un modo experimental.

 

Nuestra fuerza que viene de abajo tiene su circuito delimitado. Tiene su curva normal de desarrollo, crecimiento, fortalecimiento y, luego, declinación. Así ocurre en el ciclo normal biológico. Gran parte de la energía que utilizamos en nuestra vida corriente, incluso aquella que creemos que es superior, no es otra cosa que energía biológica que se expresa a través de la afectividad o de la mente. Por esto, cuando la persona es afectada en su energía biológica, está enferma. Vemos así cómo la persona pierde su voluntad, su ánimo, su lucidez de conciencia. Esto significa, pues, que todo aquello estaba dependiendo de unas energías a un nivel bastante elemental. En cuanto estas energías quedan alteradas, toda la estructura que estaba montada encima de ellas se tambalea, se debilita.

 

Pero cuando aprendemos a abrirnos a esa conciencia de las raíces que nos vienen de arriba y que nos nutren directamente, cuando nos abrimos a eso, esta conciencia de energía nunca más desaparecerá. Y al decir nunca me refiero en un sentido total. Quiero decir que ni la enfermedad, ni la muerte nos harán disminuir ni harán desaparecer esa conciencia de realidad, de energía. Porque esta conciencia depende de la Fuente Absoluta de energía. Es un proceso irreversible. No es fácil, pero es factible. Algunas personas se encontrarán más predispuestas, más preparadas; otras tendrán que trabajar más en frío. Pero para todas es realizable. De hecho, no se trata nada más que de tomar conciencia de lo que ocurre. Es sólo nuestra conciencia lo que hemos de abrir. No es que hayamos de cambiar o crear fuentes de energía; esto no podríamos conseguirlo. En cambio, sí podemos abrir la conciencia a estas fuentes de energía, y cuando hacemos este proceso de apertura todo lo que pende de nuestra conciencia psicológica queda transformado. Y como nosotros estamos basando toda nuestra conducta en el nivel de conciencia que somos capaces de actuar, cuando esa conciencia se amplía, se ensancha y se eleva, se amplía, se ensancha y se eleva igualmente todo nuestro modo de vivir y de ser.

 

 

 

El ejercicio físico como disciplina de desarrollo integral

 

Esto hay que hacerlo en todo momento, porque en todo momento estamos utilizando energías, pero de un modo particular cuando la energía es lo más aparente, lo más predominante en aquello que estamos haciendo. Por esto digo que soy muy partidario de realizar el ejercicio físico como técnica muy concreta de trabajo de espiritualización, porque cuando se hace ejercicio físico y uno aprende a abrirse a esa dimensión vertical, nutriéndose constantemente de la fuente de energía, entonces esto desciende a un nivel muy concreto de la conciencia, el nivel físico, nivel que ya tenemos muy desarrollado, y podemos, así, apreciar los resultados de un modo muy concreto, muy directo.

 

En cambio, cuando estamos realizando un esfuerzo de otro tipo, por ejemplo un esfuerzo moral, por lo general la situación en sí nos preocupa, nos absorbe y nos dificulta el realizar este acto de visualización. El ejercicio físico, sobre todo cuando lo hacemos en plan de recreo, no nos produce una preocupación particular. De este modo, podemos ejercitamos en esta visualización. Esto transforma completamente el modo de vivir el ejercicio físico. Lo transforma por completo, y lo transforma no solamente porque en él uno va viviendo cada vez más un estado de elevación, de espiritualidad, de mayor realidad, como uno lo puede vivir en los momentos de silencio profundo, de meditación elevada, sino también porque la misma acción queda transformada. Generalmente nuestra acción está interferida por nuestra mente concreta y por todo lo que está detrás de nuestra mente concreta, que son nuestros deseos y miedos. Y esto es lo que nos hace vacilar, lo que nos impide en ocasiones ser justos y espontáneos. Por el contrario, cuando aprendemos a situarnos en esa línea que, viniendo de arriba, pasa por nuestro eje central, y aprendemos desde ahí a vivir, a movemos, entonces desaparece por completo este enorme problema del razonamiento, de la duda, de la vacilación, y el movimiento sale de un modo espontáneo, total, perfecto, dentro de la limitación que el ejercitamiento permite.

 

Esto no significa que si uno juega al golf, al situarse en esa actitud, conseguirá todos los hoyos al primer golpe. No es este su significado. Quiere decir que, dado el aprendizaje que tenga, en cada golpe dará el máximo que le permita su aprendizaje. Y en aquellos juegos que son rápidos, donde gran parte del éxito radica en la rapidez, en la intuición de la jugada, para anticiparse al contrario, esto se produce de un modo muy concreto. Uno se da cuenta de que domina la situación no él personalmente sino que existe algo que le permite dominar la situación de un modo óptimo. El día en que esto se descubra, se verifique en la vida práctica, debido a que unos cuantos valientes se han decidido a ejercitarse en serio y puedan dar testimonio de ello, entonces asistiremos a cambios espectaculares no solamente en las marcas o performances de los campeonatos, sino en la misma valoración del ejercicio físico. Porque éste empezará a ser una disciplina integral de desarrollo de la conciencia humana también en un sentido espiritual. Actualmente lo físico viene a ser como una especie de complemento que se permite y se estimula porque es agradable, saludable, porque distrae, divierte. No se ha podido descubrir aún que es un medio positivo de desarrollo de nuestra conciencia integral. Cuando esto se consiga, cuando se llegue a experimentar, asistiremos entonces a una nueva valoración del ejercicio físico en tanto que trabajo de realización interior. En el entretanto no aguardemos a que sean las federaciones o los organismos oficiales quienes determinen este aspecto. Tratemos de hacerlo y lo verificaremos.

 

También resulta útil hacer esto durante la música. Decíamos anteriormente que la música es una oración, una oración en la que todo yo me movilizo, y todo lo que siento lo dirijo a Dios, tanto lo que pertenece a un nivel afectivo, como lo que es propio de un nivel vital o de otro más elevado. Todo es oración, todo se ofrece a Dios. Esto es correcto. Pero, una vez más, hemos de completar el circuito. Toda la música viene de Dios. Por lo tanto, el impacto de la música me viene de Dios, me moviliza dentro de mí, y es esta expresión de Dios en mí lo que permite que yo me exprese al exterior y que esta expresión sea, a su vez, una expresión hacia Dios. Así encontramos el circuito completo: Dios que es la fuente dinámica, actual, en cada instante, de todo cuanto existe, y todo aquello que existe que revierte otra vez hacia Dios, que tiende a su origen. Por tanto, cada vez que damos una vuelta completa a este circuito está ascendiendo nuestra conciencia.

 

Vemos aquí la ley dinámica del crecimiento. Cuanto más yo me expreso hacia Dios, más me vacío, y, por tanto, más disponible quedo para que lo superior me llene. Cuanto más me llena lo superior, más mi expresión hacia Dios será  superior, sincera, profunda, de calidad. Y cuanto más todo yo lo entregue todo, otra vez vendrá nuevamente más disponibilidad para recibir esta expresión de Dios en mí, a través de todos los niveles.

 

Así se va produciendo un circuito de trabajo de purificación, de sublimización de todos los niveles de la personalidad en ese circuito dinámico completo. Esto no es nada más que, en pequeño, lo que ocurre en la vida. Toda la vida, toda existencia no es nada más que esto. Y es curioso, porque aquellos que conocen algo de teología descubrirán, en este aspecto, algo de lo que estudiaron, quizás, en relación con las cosas concretas: es esta concreción de las personas dentro de la Trinidad. Cómo Dios tiene una conciencia de sí, cómo este conocimiento produce una reacción de atracción, de felicidad, de amor en sí. Cómo este proceso que va constantemente de Dios a Dios, en Dios, es el mismo que se está expresando en la Creación, en la Manifestación. Dios que se expresa a través de la Creación, a través del Verbo, y el Verbo que tiende a sublimar, a redimir, a devolver todas las cosas otra vez a Dios. Es exactamente el mismo dinamismo. Este mismo dinamismo que ocurre en Dios, que ocurre en la Creación, es el secreto de nuestro ascenso interior, de nuestra evolución, de nuestra realización espiritual.

 

Y depende de nosotros el que podamos abrirnos a ella y hacer que lo que ya está ocurriendo, en virtud de la ley general, lo convirtamos en algo personal, en algo vivido, porque entonces se acelera esta dimensión vertical de la conciencia, que tiene que evolucionar al margen, o paralelamente, a lo que es la evolución, en el sentido horizontal, de todo cuanto existe. Y esta evolución de la conciencia no puede tener lugar sin nuestra apertura, sin nuestra colaboración, sin nuestra entrega total. Por eso, es ahí donde nosotros podemos hacer algo. Cuanto más aprendemos a hacer, a descubrir este proceso, a colaborar activamente en él, más veremos cambiada nuestra vida, más veremos cómo nuestra capacidad de conciencia, nuestra capacidad de hacer, el resultado concreto de las cosas, se van transfigurando.

 

 

 

Dios como fuente de felicidad

 

Lo mismo ocurre en Dios como fuente de felicidad y como fuente de belleza. Esto quiere decir que toda forma de felicidad, todo aspecto de belleza o de amor, absolutamente todo, es expresión de Dios. Porque Dios es la Felicidad Absoluta, la única, la total, y toda la que hay es expresión de ella. Por lo tanto, toda felicidad, toda alegría, toda belleza está procediendo de la misma fuente. Mi trabajo consiste en que yo aprenda a abrirme a esta fuente de belleza, que yo aprenda a ver, en esta belleza que aparece durante un instante, la expresión de esa Belleza Absoluta. Aquello mismo que ocurría con la energía en mí debe y puede ocurrir igual con la belleza, con la felicidad, con la alegría en mí. Cuanto más sea capaz de abrirme a la alegría, a la belleza, al gozo, a la felicidad, más estoy dando paso libre a Dios en mí. En cambio, cuanto más cultivo la seriedad, la tristeza, la depresión, el pesimismo, más estoy cerrando el circuito de expresión de Dios en mí, es decir, estoy permitiendo que funcione el circuito a un nivel material. Porque es el nivel material el que produce la depresión cuando se vive a un nivel superior.

 

Por eso, la depresión viene siempre de abajo, y la alegría procede siempre de arriba. La depresión no es otra cosa que el peso de la materia, que se rige por una ley de cohesión, de permanencia, por una gran dificultad hacia el cambio. Es la gravedad. Cuando dejamos que esto invada nuestra mente consciente, nuestro campo físico entonces quiere petrificarlo todo, quiere convertirlo todo en un mineral. En cambio, el espíritu es algo eminentemente centrífugo, dinámico, expansivo. Esta es la ley en ese nivel superior. Por lo tanto, toda seriedad, toda depresión, toda preocupación, cualquiera que sea la forma que adopten estos rasgos negativos, son solamente un indicio de que nos dejamos llevar por nuestra gravedad elemental y de que no permitimos expresar aquello que es realmente Dios en nosotros. La expresión de Dios en nosotros se ha de conocer porque inevitablemente insufla alegría, gozo, paz, seguridad interior. En cuanto esto no existe, son inútiles las palabras, los alientos, las propagandas que se puedan realizar al respecto. Esto no está. Y esta alegría que viene de arriba es distinta de aquellas alegrías que vienen de nuestro nivel afectivo. En cada ocasión en que nuestro nivel afectivo personal consigue lo que está deseando, se produce alegría; la satisfacción del placer de comer, del placer sexual, de los distintos placeres produce alegría. Sin embargo, éstas son alegrías fundamentalmente distintas de la alegría que procede de arriba.

 

Yo he de aprender a abrirme a Dios como fuente de alegría. He de aprender a expresar más y más esta alegría como procedente de Dios, y he de aprender a expresar más y más este gozo como procedente de Dios. Este gozo y esta felicidad no dependen en absoluto del exterior. El nivel afectivo personal está siempre dependiendo del nivel exterior, de que se satisfagan unos deseos. Esta es su ley normal, correcta en el mundo de la dualidad, en el mundo del nivel afectivo. En cambio, lo de arriba, como ya es de por sí, como no depende de otra cosa, es por naturaleza alegría, una alegría serena, enorme, inmensa.

 

Y esto es totalmente independiente de si yo estoy bien o mal de salud, de si las cosas me van bien o de si he tenido disgustos familiares. Esta es completamente independiente de que uno tenga una enfermedad. Puede estar sufriendo y pasándolo muy mal en el nivel correspondiente al cuerpo y, en cambio, interiormente, pasarlo estupendamente en ese estado de felicidad. Y esto es perfectamente posible. Es posible incluso que nuestro nivel personal siga teniendo un matiz de añoranza o de tristeza, porque esté todavía apegado a muchas cosas, y, no obstante, interiormente uno viva una gran felicidad. Hasta que llega el momento en que uno está tan centrado que ni siquiera lo otro asoma la cabeza o se proyecta como sombra para empañar esta felicidad.

 

Por lo tanto, aprendamos a vivir cada estado positivo como procedente de Dios, visualizando, una vez más, que viene de arriba como una especie de luz alegre, bulliciosa, que está expresándose a través de nosotros, a través del corazón, de un modo sutil, pero alegre, feliz.

 

Aquí también la música ha de servirnos como un medio para trabajar ese desarrollo, esa visualización de conciencia. La música nos sirve, sobre todo, para expresar estados afectivos: todo estado afectivo no es otra cosa que esa expresión de gozo, de felicidad, de alegría, de amor, que es Dios; aprendamos, pues, a vivir todos los estados afectivos como procedentes de Dios. Veremos entonces que desaparecen por completo todos los estados negativos. Cuando aprenda a situarme arriba, veré la música como procedente de arriba, y de qué manera la felicidad, la expresión que esta música está despertando me viene de arriba y se expresa a través mío procedente de Dios y dirigiéndose hacia el mundo y hacia Dios en expresión libre, total, plena. Veremos entonces que este goce y felicidad van creciendo en nosotros, simplemente porque les damos paso.

 

¿Por qué nosotros vivimos generalmente con caras tan serias y preocupadas?

 

Porque estamos en la cárcel del yo-idea. Estamos constantemente tras los barrotes de ese yo-idea que nos está diciendo que yo no tengo eso que deseo tener, que yo no soy eso que quisiera ser, que la gente no se preocupa de mi o no hace lo que yo considero justicia. Estoy viviendo siempre en función de los otros; nunca viviendo directamente la cosa en sí, la Realidad en sí.

 

Si yo aprendiera a vivir mi realidad y mi yo abierto a la Fuente Absoluta que es Dios, entonces toda la tristeza, toda la depresión, todos los conflictos desaparecerían. Viviría las situaciones de la vida y quizá tendría que esforzarme y luchar, pero nunca viviría eso como un conflicto,  sino como expresión cada vez más plena de la Realidad.

 

 

 

Dios como fuente de sabiduría

 

También, en la tercera vertiente, Dios es la fuente de toda verdad; Dios es la Verdad. La Verdad quiere decir que es la razón de ser de todo lo que existe, lo que hace que todo lo que existe sea, que sea tal como es y que esté funcionando tal como funciona.

 

Esta Inteligencia Creadora que hace que todo esté funcionando de una forma determinada es el conocimiento perfecto, total, adecuado de la cosa. Es también lo que está haciendo que yo exista, que yo sea tal como soy y que funcione tal como funciono. Es la verdad que me hace ser tal como soy, esa es mi verdad, la imagen, la idea que Dios está haciendo de mí. Cuando yo quiero conocer la verdad de algo, estoy tratando solamente de conocer un aspecto más de esa única verdad. Toda verdad procede solamente de Dios. Toda verdad, incluso la verdad de un argumento de novela policíaca; absolutamente todo. Entonces, cuando yo comprendo esto me doy cuenta de que estoy en un error al querer descubrir la verdad sólo mirando el objeto, solamente considerando los datos. Si toda la verdad es una expresión de la única Verdad que es Dios, y esa única Verdad se expresa a través de mí, todo lo que yo soy capaz de conocer, de aprender, de descubrir es aquello que Dios expresa a través de mí, en tanto que verdad, en tanto que inteligencia creadora. Así, pues, nunca he de buscar la verdad en el objeto, sino solamente en Dios, en Dios a través de mí. Toda la verdad que yo pueda llegar a descubrir, desde la verdad que acabo de explicar hasta la verdad más metafísica que pueda imaginar, nunca es una verdad que me haya proporcionado una regla matemática, ni un tratado o un sermón, sino que se ha producido mediante una evidencia que ha aparecido en mí. Nadie ni nada me han dado nada. Lo de fuera lo ha provocado, lo de fuera ha actuado a modo de estímulo. Pero la Verdad, el descubrimiento de la verdad, es una cosa que se ha revelado en mí.

 

De ahí que decimos que Dios es la única Verdad, toda verdad posible. Por los otros solamente me puede venir la intuición de esta verdad que es Dios en mí. No existe para mí ningún otro modo de conocer cualquier tipo de verdad. Ni siquiera el conocimiento sensitivo.

 

Ahora bien; esta verdad que se expresa a través de mí yo necesito particularizarla, adecuarla a unos modos determinados. Y esos modos determinados son las percepciones concretas, las demandas concretas que cada situación me está planteando. En un momento dado, yo quiero ganar más dinero y he de resolver este problema. Pero la verdad de esto, la solución, solamente me puede venir de la única verdad. Sin embargo, para que yo encuentre la verdad de esto es preciso que mantenga, simultáneamente, esto que es mi demanda junto con mi sintonía con Dios. Entonces me vendrá la verdad relativa a esto. Porque la verdad relativa a esto no es más que la única Verdad, vivida en función de unos datos determinados.

 

Yo necesito el exterior porque es lo exterior lo que me está provocando estímulos. La verdad que busco es la verdad referida a aquellas cosas. Pero la verdad de esas cosas, precisamente de esas cosas y no de otras, solamente me puede venir de la única Verdad. Ahora bien; la verdad de estas cosas se producirá en mí cuando yo mantenga en mi conciencia, a la vez, los datos de aquello y la apertura a Dios. Entonces la verdad de aquello me vendrá instantáneamente. Y digo instantáneamente porque la verdad nunca es un proceso. La verdad es siempre una realidad presente. Es solamente cuando yo quiero actuar a través de verdades pequeñas, y quiero hacer combinaciones con mi mente personal, que tiene lugar entonces un proceso, una relación de datos, una abstracción, un sacar resultantes. Pero en realidad yo puedo tener acceso a la verdad instantánea de cada cosa cuando yo mantengo, simultáneamente, los datos y mi apertura a Dios. Esto es aprender a utilizar la intuición como medio de conocimiento sistemático de todo lo cognoscible. Pero la intuición no se alcanza flotando en el aire. La intuición necesita unos datos concretos. Es esto de lo que hay que darse cuenta. Y los datos siempre han de ser conocidos, porque, en la medida en que los datos no son conocidos, la verdad no podrá expresarse en mí de un modo adecuado a aquellos datos. Si los datos son confusos, la verdad que acude a mí será confusa, porque está relacionada con los datos que yo no percibo. Por esto es necesaria una percepción correcta de las cosas, de mi mundo concreto, a la vez que mi apertura divina. La verdad vendrá en este momento en forma de evidencia instantánea. No hace falta pensar, se puede aprender a vivir sin pensar. El pensar corresponde a la fase que el hombre tendría ya que haber superado. El pensar corresponde a la fase del desarrollo de la mente al nivel elemental. Cuando el hombre empieza a tener intuición de la verdad como verdad, esto mismo le califica para poder vivir sintonizando permanentemente con ese nivel de verdad, y desde ahí conseguir la vivencia instantánea de cualquier tipo de verdad, referida, a cualquier cosa determinada.

 

Es decir, el niño pequeño necesita pensar, y necesita hacerlo porque está ejercitando unos mecanismos, mecanismos que sólo puede desarrollar mediante este ejercitamiento, de la misma manera que necesitamos correr, andar, realizar esfuerzos para desarrollar nuestra musculatura. Pero una vez que hemos desarrollado la musculatura no hay necesidad de seguir saltando, de seguir corriendo. Está desarrollada y podemos utilizarla para cada circunstancia concreta de la vida. Así ocurre con nuestra mente. Necesitamos desarrollar lo que son engramas básicos, lo que son mecanismos, tipos de referencia básicos. Pero una vez que se ha conseguido esto, el seguir utilizándolos es solamente una costumbre, un vicio. Esto es un poco lo que ocurre cuando una persona no sabe multiplicar, y para realizarlo tiene que hartarse de hacer sumas parciales. No obstante, eso, a su nivel, es correcto. Pero nosotros vemos que, mediante unas leyes de un nivel superior, el multiplicar es algo que nos viene automáticamente, porque ya está adquirido dentro. El ejemplo no es exacto, pero nos da la imagen de cómo una persona puede estar realizando unos esfuerzos de cabeza absolutamente imprescindibles, mientras otra persona realiza instantáneamente lo mismo, sin ningún proceso. Esto sucede cuando la persona puede vivir de un modo abierto a este nivel intuitivo, cuando puede vivir abierto a Dios y cuando aprende a buscar la verdad que procede de uno y la verdad referida a cada cosa particular.

 

Por lo tanto, cuando yo trato de descubrir cosas, de comprender cosas de mi vida, de lo que sea, he de aprender a situarme más en la forma correcta. La verdad de aquella cosa es la visión que Dios tiene de ella, es lo que hace que la cosa sea aquella cosa. He de aprender a situarme en todo momento desde esta perspectiva.

 

Ya veremos que esto es fundamental a la hora de tratar con las personas. Pero incluso aplicado al terreno de la técnica, esto resulta también muy útil.

 

Hemos de aprender a utilizar la mente como una avenida receptiva de la verdad, la verdad que corresponde a cada pregunta, a cada demanda. Esto es un camino para nuestro vivir cotidiano. Incluso para aquellas personas que se plantean problemas de gran envergadura, problemas sobre la vida, la sociedad, la justicia, la existencia, el ser; personas que emplean gran parte de su vida pensando, pero que, sin embargo, no consiguen descubrir un acceso directo, un acceso que nunca obtendrán, porque la verdad que buscan está más allá de su capacidad de preguntar, al igual que en nosotros nunca tendrá lugar, nunca acudirá, una fuerza superior a nuestra capacidad de expresar la fuerza. Siempre es el instrumento el que determina el límite de la respuesta. En sí, la fuerza es infinita, pero está adecuada a nuestro desarrollo, a nuestras vías perceptivas y expresivas. Por lo tanto, según sea el yo capaz de formular los datos, así será la respuesta. Cuanto más mi mente funcione con claridad, con precisión, de forma que los datos sean claros y perfectos, más la respuesta será clara, perfecta e instantánea. Esto significa que no debe tratarse de esperar revelaciones sobre las cosas o sobre el futuro. No. Solamente puede esperarse la verdad de las cosas que están pidiendo mi verdad, que me están pidiendo que yo las comprenda. Según la demanda, según la exigencia de la que soy consciente, así se producirán las cosas.

 

Así, pues, todo esto nos demuestra cómo la vida consiste en un proceso de dar paso a Dios en nosotros, en dar paso a la Fuente de las cosas en forma de energía, de estados afectivos, de inteligencia. Y si luego mi vida, en aquello que tiene de activa, yo trato de expresarla toda y de ofrecerla toda a Dios, se produce entonces este circuito del que hablábamos: gracias a lo que doy, me viene, y gracias a lo que me viene, yo doy más. Hasta que me doy cuenta de que mi verdad consiste en ser camino, en ser conducto, no en ser alguien o algo, sino en un estar siempre haciendo y deshaciendo, en un estar constantemente dando paso a la creación y a la destrucción para que tenga lugar una nueva creación Cada instante es completamente nuevo. Yo he de aprender a no retener nada, a entregarlo todo, a dar paso constantemente a cosas nuevas. Se produce así en mí una revolución permanente. Y esto, curiosamente, se vive como una afirmación, como una plenitud máxima. Por el contrario, nosotros en la vida corriente queremos retener unas cosas para sentirnos más seguros, más tranquilos. Y la verdad está en la actitud completamente opuesta. Ahora bien; esto es cierto cuando uno se abre al nivel superior, porque si uno está viviendo solamente al nivel de la mente concreta, y quiere vaciar y entregarlo todo en este nivel, entonces es cuando se siente vacío, sin nada. Pero cuando se inserta en este circuito mayor, es cuando se produce esta ley dinámica.

 

Podemos decir, pues, que con este objetivo de dar paso a Dios en mí, mi vida se convierte en un aprendizaje constante, en un ejercitamiento de la receptividad. Y esta facultad es tan desconocida, está tan ignorada, porque hemos aprendido a afirmarnos haciendo, haciendo por fuera o haciendo por dentro, pero siempre haciendo. Y cuanto más hacemos, más estamos aportando a nuestro yo personal. Por esto, sólo cuando aprendo a recibir de arriba, es cuando mi yo personal queda en silencio, y sólo cuando yo consigo recibir y dar, con mi yo en silencio, es cuando este yo se va deshaciendo, va dejando de ser. Al no ejercitarlo, no se fortalece, no se perpetúa, y, simplemente, se va deshaciendo, porque ya no tiene una utilidad funcional. Por lo tanto, en todos los aspectos de nuestra vida diaria será desarrollar la receptividad el aprender a situar nuestro centro de la vida diaria en Dios, pasando por el yo. Aprender a ejercitar determinadas cosas de nuestra vida como medio especial para desarrollar esta conciencia de apertura a Dios, esta actitud de escucha con el silencio del yo personal, mientras en la vida se sigue actuando con naturalidad, con sencillez.

 

Cuando no podamos realizar esto, sigamos actuando igual, pero cuando podamos ejercitarlo, hagámoslo con esta actitud especial, con esa toma de conciencia de lo de arriba. Aprendamos a dar paso del todo al circuito en mí, paso a la energía, a la afectividad, en todas sus modalidades, y también a la inteligencia, en todas sus formas.

 

 

 

Preguntas:

 

-¿Qué significa esto de que entra por encima de la cabeza?

 

R.-Se trata simplemente de donde intuimos que está Dios. No se trata de decir «Dios está en el cielo». Se trata de visualizar nuestra intuición. Pues esa intuición, que es lo que vale -no lo que nos hayan enseñado-, yo intuitivamente tiendo a situarla arriba. Esto corresponde a un principio de experiencia en mí. Esto para mí ha de ser más realidad que todas las ideas que me hayan podido dar todos los sabios del mundo. Yo solamente puedo desarrollarme a partir de mi experiencia, a partir de mi descubrimiento. Solamente ensanchando, profundizando en esa experiencia puedo descubrir la verdad y ser yo más. Por lo tanto, si situamos a Dios arriba es porque allí tenemos la intuición de Dios. Si este Dios es la fuente de todo, situémoslo allá. Lo que ocurre es que con este Dios únicamente habíamos establecido un lenguaje muy elemental, muy simplista: «iOh, qué bueno eres, te amo mucho!». Nos habían enseñado que a Dios había que decirle esto y nada más. Esto es falso. Dios es un Dios de todo, absolutamente, de esto que estoy hablando, del chiste que estoy haciendo, de todo. Aprendamos a descubrir que Dios es el Dios de cada instante, de cada acción, de cada situación, de todo lo que vivimos.

 

-¿Así, pues, esta energía se traduce en descubrimiento de la verdad?

 

R. -Se llega al descubrimiento de una energía que es exhaustiva. Si yo estoy atento a la energía, desarrollo mi conciencia de energía; si yo presto mi atención para entender y comprender las cosas, desarrollo mi capacidad intelectual; si yo desarrollo mi conciencia de la alegría, del placer, de la felicidad, del amor y de la belleza, es eso precisamente lo que estoy desarrollando. Solamente se desarrolla aquello que ejercito.

 

Este funcionamiento constante de lo superior sobre la personalidad no le quita nada al aspecto divino. Nadie puede iluminarse por sí mismo. La iluminación se produce gracias a la Luz. Ahora bien; el hecho de intuir que existe la Luz, o de desear la Luz, es ya el efecto de la Luz que se va infiltrando en nuestra mente, en nuestra conciencia. En este sentido podemos hablar de una acción de arriba a abajo, de una acción de la Gracia. En la medida en que yo responda a esto, no sólo en virtud de un perfeccionamiento moral, sino gracias a una sintonía de mi mente, de mi conciencia, de mi receptividad, esto permite que esta conciencia vaya integrando lo superior con lo inferior.

 

-¿Por qué esta sintonización con lo divino puede producirse instantáneamente en unos casos y en otros no?

 

R. -Creo que a esto puede darse varias respuestas. Es normal, en estos casos, decir que ello se debe a que una persona está más preparada que otra -por su Karma, es decir, por la vida en reencarnaciones anteriores- y que, en cambio, otra persona no está suficientemente madura, y necesita, por tanto, trabajar más desde el comienzo y realizar un mayor esfuerzo. Pero esto no es así. Hay una acción especial que toma la iniciativa arriba, y que a veces puede no tener nada que ver con las líneas kármicas de la persona. Esto es algo que generalmente se ignora.

 

Pensemos que nuestra vida está regulada desde unos planos causales: lo que nosotros vemos como vida no es nada más que una constante suma de efectos, de consecuencias. Lo que vemos en nuestra vida sensible son productos terminales. Hay inteligencias que están regulando la marcha de las cosas -aquello que decíamos un día sobre delegaciones de la divinidad, seres superiores-. Puede ocurrir que, en un momento dado, sea necesario producir un efecto determinado, y entonces se produce una acción espontánea de arriba que modifica los efectos de abajo, sin que estos efectos de abajo sean ganados como consecuencia de acciones de abajo. La ley del Karma no es lo único que explica todo lo que ocurre. Hay otras leyes, aunque son leyes que desbordan un poco toda la perspectiva de cuanto estamos estudiando en estos momentos.

 

Sabemos ya que en Occidente se nos habla de la voluntad de Dios, de que Dios tiene una voluntad, un plan providente, que su providencia actúa ordenando las cosas siempre para el mejor fin, tratando de respetar siempre las leyes establecidas. Esta es la explicación de la marcha de las cosas y la doctrina tradicional católica. Por lo tanto, Dios puede producir una acción especial para ayudar a una situación especial, aunque esto lo determine Él desde la eternidad porque en Él no existe este proceso. Bien. Son cosas que se complementan. Sigue siendo cierto que Dios es el que determina el qué y el cómo. Sigue siendo cierto que hay una ley de causa y efecto inexorable. Y sigue siendo cierto que lo que parecían cosas inexorables quedan totalmente alteradas porque en un momento dado actúa otra cosa de un orden completamente superior.

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO DECIMOPRIMERO

 

 

 

Vimos en el capítulo anterior cómo, en esta fase de apertura para recibir a Dios a través mío, conviene cultivar esa receptividad constante a lo Superior, de forma que realicemos cómo Dios es la fuente de nuestra energía en todo momento, tanto a nivel físico, como a nivel mental o moral. Hemos de aprender a conectarnos con esta Fuente, de manera que estemos percibiendo su trayectoria desde arriba y, a través mío, hacia el exterior, al igual que hemos de hacer también esta conexión en cualquier forma de inteligencia o de conocimiento, estando sintonizados, receptivos, al nivel intuitivo, esperando en todo momento ver, comprender la verdad de la cosa a la que hemos de responder. Igualmente hemos de estar abiertos a arriba como fuente que es en nosotros de cualquier experiencia de belleza, de amor, de felicidad.

 

 

 

Transfiguración de mi modo de vivir

 

Cuando aprendemos a vivir abiertos de esta manera, lo divino va adquiriendo en nosotros un carácter vivencial, y nos damos cuenta de que nuestra forma de vivir, de pensar, nuestra actividad, nuestro amar, cambian; cómo cada vez, en nosotros, se va produciendo una sensación, una experiencia, de lo que hay que nos está llenando, que nos está moviendo, que nos está dirigiendo. Constatamos que, en la apertura y receptividad a eso que nos está dirigiendo, curiosamente, en lugar de ver una enajenación de uno mismo, un extrañamiento a uno mismo, lo que hay en una noción de cada vez mayor autenticidad. Cuando nos abrimos a eso superior, viviéndolo y centrados en el yo, es como sí descubriéramos la verdadera razón de ser de este yo. O sea, el yo llega a ser realmente yo cuando se enraíza y cuando se vive desde nuestra visión de Dios. En ese momento toda nuestra vida se transfigura, todo se convierte en un sat-chit-ananda; se convierte en una noción de realidad, de comprensión, de gozo, que se va renovando en cada instante. Mi vida ya no es un problema que tenga que resolver yo, una responsabilidad que pesa sobre mis hombros, sino que se transforma en un permanente descubrimiento, en una creación que se está produciendo en mí. Cada instante es una oportunidad para que este modo nuevo de sentir y de hacer se renueve en mí. Con mi hacer me renuevo todo yo; con mi hacer es un modo de hacerme otro, y este modo de ser otro es cada vez más positivo, más afirmativo, más real.

 

Esto determina que, poco a poco, desaparezca la frontera, la oposición aparente que tengo ahora entre lo que yo llamo vida exterior y vida interior. Hasta ahora, cuando yo me dirigía al mundo, a la vida exterior, a la actividad, la actitud, la valoración, la conciencia de mí mismo eran totalmente distintas a cuando trataba de vivirme a mí mismo, de encontrarme más a mí mismo, de acercarme más a lo que eran valores superiores. Ahora, todo esto significa que no se puede distinguir cuando la persona hace vida interior y cuando hace vida exterior, porque sólo hay una vida. Uno descubre que hay solamente un proceso, que no hay vida exterior sin vida interior, que no hay vida interior sin vida exterior, ya que lo único que separaba ambas formas de vida era solamente mí frontera mental. En el momento en que mí mente se abre al Centro Superior, esta frontera desaparece por completo y existe en su lugar un proceso ininterrumpido, un cambio de actividad que lo incluye todo: dentro, fuera, arriba y abajo.

 

Aquel carácter dramático que, en ocasiones, tienen algunos momentos de la vida, desaparece; todo se vive desde un ángulo positivo, porque todo es en sí completamente positivo. Ya hemos visto en varias ocasiones como lo negativo aparece para nosotros en su carácter de negativo en la medida que yo estoy queriendo vivir una situación de lo particular frente a lo universal. En el momento en que yo estoy centrado en el Todo desaparece aquello que antes era negativo, absolutamente todo lo negativo; desaparecen los problemas de tipo intelectual, afectivo, físico. Nada se vive como problema, antes bien como una constante recreación.

 

Además de esto, se va produciendo en mí una fusión entre la conciencia de individuo y la conciencia de divinidad. También ahí descubre uno que existía una frontera que separaba, pero que ésta era una frontera puramente de mi mente, que era mi mente que estaba funcionando por sectores separados a un sector de la realidad yo lo llamaba yo, al otro sector de la realidad yo lo llamaba lo Superior, lo Trascendente a otro sector de la realidad yo le daba el nombre de mundo exterior. Pero cuando, a través de esta apertura constante, de este vivir desde arriba lo de arriba, lo de arriba se pone a funcionar a través de lo de abajo, entonces se va produciendo una unificación, al menos de estos dos campos de conciencia, el campo del yo, y el campo al que yo llamaba lo superior. Uno comprueba que hay una sola conciencia, un solo funcionamiento, una sola inteligencia, un solo motor. Más adelante nos detendremos para describir con detalle este proceso de experimentación, con todos sus diversos matices.

 

Digamos ahora que hemos de completar esta visión de apertura a lo superior examinando el modo cómo nosotros podemos empezar a vivir lo exterior. Hasta ahora hemos estado hablando de la relación Yo-Dios, Dios-Yo. Nos queda por resolver el sector Mundo, aquel que ahora estamos llamando Exterior.

 

 

 

Saber reconocer a Dios en la otra persona

 

En esta fase del exterior en relación con lo superior, se trata de saber reconocer a Dios en lo otro, y esto requiere, en primer lugar, saber reconocer a Dios en cada persona. Intentaremos aclarar este concepto: cuando yo digo que he de saber descubrir, reconocer, a Dios en el otro, esto no significa que yo haya de ver en el otro solamente unas cualidades supremas, unos atributos superiores, que yo haya de idealizar a la persona - al tiempo que mis sentimientos y razonamientos me están indicando que lo que yo veo es una persona con unas cualidades y unos defectos muy concretos. No es necesario que yo idealice, que yo desfigure lo que percibo.

 

Lo que he de descubrir es que todo, absolutamente todo lo que percibo es expresión de la única inteligencia, del único poder, de la única Realidad. Por tanto, la persona que tengo enfrente es toda ella la expresión de la divinidad. Pero hemos dicho ya que esta divinidad se expresa a través de todos los niveles de la existencia, desde los más bajos a los más superiores. El hecho de que la persona sea expresión de la divinidad no la sitúa en un plano divino; esta expresión de la divinidad puede serlo en un nivel muy elemental. Lo que en capítulos anteriores hemos definido como la ley de la selva es también expresión de la divinidad, con unas leyes propias, en un nivel determinado, con unas características que le corresponden. Nosotros, al comparar ese nivel de la selva con otro superior, lo vemos como muy negativo, primitivo, inmoral; pero aquello, en su nivel, es perfecto.

 

Por lo tanto, hemos de saber reconocer en las personas que, aun siendo expresión de la divinidad, ésta se expresa en un nivel que para nosotros resulta todavía elemental. Ello es debido a que la persona que tenemos enfrente, aunque ella está expresando activamente unos niveles determinados, aquellos que les es dado expresar, esta persona tiene dentro de sí toda la restante gama superior. Y, aunque de un modo ostensible, de un modo actualizado, esa persona está funcionando a unos niveles bajos, elementales, primitivos quizá desde nuestro punto de vista, esa persona tiene también dentro de sí todo el resto. Y hemos de saber ver en la persona este resto que, de un modo u otro, está empujándola desde dentro, aunque no esté todavía actualizado. Por lo tanto, se trata de percibir con claridad, con objetividad, la persona tal como aparece; pero, al mismo tiempo, tratar de ir más allá e intentar intuir, esos niveles superiores que están pugnando por expresarse en ella -como están pugnando por expresarse en mí.

 

 

 

Visión dinámica de la persona

 

Entonces nuestra visión de la persona no se ha de limitar a lo que aparece, a lo que vemos. Hemos de evitar en cada momento esa costumbre nuestra de etiquetar las personas con un calificativo: «tal persona es inteligente, tal otra es buena, otra es egoísta, aquélla es vulgar». Esto no tiene ningún sentido, es una flagrante injusticia que estamos cometiendo. La persona es muchas cosas, la persona puede expresar unos rasgos determinados, pero tras estos rasgos que expresa, está todo lo otro que está empujando. Y, de la misma manera que hemos de evitar idealizar a la persona, hemos de evitar también delimitarla por lo que aparece; hemos de saber intuir lo que la está moviendo desde dentro, lo que la está empujando.

 

Esto parece que nos sitúa en un terreno más auténtico. Hasta ahora, estábamos oscilando entre un ver a las personas como seres muy buenos, lo cual nos conducía a desengaños, a disgustos y a fracasos, o bien como verdaderos sacos de egoísmo, de vulgaridad y de nada más.

 

Todas las cualidades que expresa la persona -no debemos olvidarlo- no son nunca cualidades de la persona; son cualidades de la divinidad que se expresan en forma de una persona. Son las cualidades las que fluyen, las que se expresan; la persona no es nunca buena; la bondad que se expresa en un grado u otro es la inteligencia que se expresa en un grado u otro, es la fuerza que se expresa en un grado u otro. Ese conjunto de expresión es lo que llamamos persona. Por tanto, no creamos que la persona es algo que dentro tiene almacenados unos defectos y unas cualidades. La suma de cualidades que expresa eso es lo que aparece como persona. La persona, en sí, no es otra cosa que un fluir de energías, de cualidades, procedentes todas ellas de la divinidad.

 

Hemos de aprender a tener esta visión dinámica de la persona. Nosotros por lo general percibimos una imagen de la persona, y esta imagen la convertimos en una fotografía estática, y le atribuimos unas cualidades y unos defectos. Hemos petrificado lo que es esencialmente dinámico, lo que está en continuo proceso, transformación y evolución. La persona no se divide en persona cualidades. La suma de cualidades en expresión es lo que aparece en este momento como persona. Así, pues, no confundamos nunca a una persona con sus cualidades; de este modo nunca rechazaremos a una persona por sus defectos.

 

Cuando aprendemos a mirar a una persona desde este ángulo dinámico, desde este ángulo de cualidades en expresión más elevadas o más elementales, entonces nuestro modo de valorar y de conducirnos ante las personas cambia. Adquirimos una independencia respecto a ellas, adquirimos una libertad y un aprecio hacia las personas mucho más auténtico que cuando valoramos a la persona y nos enamoramos de su imagen cristalizada.

 

 

 

El Dios de las cosas y de los seres

 

Hemos de descubrir también el Dios de las cosas, de los seres, de la naturaleza, del cosmos. Todo cuanto existe es expresión de la divinidad, no solamente las personas de las que hemos hablado brevemente, sino también los animales, los árboles, las flores, las plantas y las piedras. Todo está siendo expresión, a un nivel determinado, de esa divinidad. Y, si nosotros aprendemos a ver esos mundos que aparecen ante nuestra vista bajo esta visión dinámica, bajo el aspecto de cualidades en expresión, veremos entonces que todo nos está trayendo el mensaje, el testimonio de la presencia divina a través de unos seres, a través de la cohesión, la fuerza estática, de la fuerza centrífuga, de la densidad. A través de otros seres aprenderemos a ver la adaptación, el sentido de expansión, de crecimiento, quizás un sentido de agresión o de lucha. Aprenderemos, a través de otros elementos, a descubrir la enorme potencia que está en juego, la fuerza extraordinaria, creadora y al mismo tiempo destructora de la divinidad que se expresa en estos elementos. Al mirar al cielo veremos cómo esa inmensidad es expresión de lo Absoluto, de lo Infinito. Si avanzamos hasta un conocimiento más profundo de los cuerpos siderales, de las galaxias, llegaremos entonces a una intuición que nos dará vértigo, a una intuición de la magnitud, de la precisión, de la inconmensurable potencia que está en juego, y que es expresión de esa divinidad.

 

Es decir, todo nos está ofreciendo en cada momento un mensaje, un testimonio viviente de una presencia que actúa desde atrás. Todo ha de ser para nosotros motivo de conducirnos a la fuente. Y, a la vez, todo ha de ser motivo de recuperar nuestra propia conciencia de nosotros mismos, porque todas aquellas cualidades que yo soy capaz de descubrir en la naturaleza, en el cosmos, todo aquello de lo que yo puedo llegar a ser consciente, es en algún sentido un aspecto de mí, es un aspecto de Dios y, a la vez, un aspecto de mi yo. Todo fenómeno de conciencia, toda percepción, en el grado que sea, es un aspecto de mí mismo. Yo no tendría esta noción de infinito, de potencia, de inteligencia activa, si de algún modo ello no estuviera ya en mí. El problema está en que nosotros estamos constantemente comparándonos en nuestra epidermis física con nuestra noción de espacio exterior; estamos utilizando una magnitud de medida física, nuestro pequeño volumen en relación con el inmenso volumen de una montaña o de un océano o del sistema solar. Y este es el error: el confundir nuestra conciencia, nuestro yo con el volumen ocupado por nuestra piel. Nuestra conciencia se expresa a través de nuestro cuerpo, pero es nuestro cuerpo el que está en nuestra conciencia, y no la conciencia en el cuerpo. Nuestra conciencia desborda ampliamente toda noción de cuerpo. Esto, tal vez, lo examinaremos más adelante con más extensión.

 

Así, pues, al percibir el mundo exterior, las personas, la naturaleza, en todas sus vertientes, incluso en los aspectos más desagradables para nosotros, en aquellas facetas en apariencia más hostiles y negativas, si sabemos mirar, si sabemos estar receptivos, podremos ver que aquello es expresión de una cualidad superior. Y hemos de aprender a ver la cosa, no en tanto que cosa, sino como expresión de esa cualidad superior. El mundo se convierte entonces en un medio para ir ampliando nuestro reconocimiento de nuestra identidad y de la identidad de Dios. El mundo se convierte en un diálogo en el cual yo me estoy completando a mí mismo y me estoy completando en Dios. Dejo de ser yo opuesto a los demás, ya no soy yo que me he de defender de las personas o de la naturaleza. Mi cuerpo sí tiene que defenderse, pero no yo. Yo aprendo a completarme en cada cosa, En cada cosa aprendo a encontrar el centro absoluto de todo, que es Dios.

 

 

 

El Dios de las situaciones y circunstancias

 

Esto hemos de referirlo igualmente a un tercer sector, que son las circunstancias, las situaciones.

 

Nosotros no vivimos solamente personas y cosas; vivimos, sobre todo, situaciones. ¿Qué son situaciones, qué son circunstancias? Las situaciones no son otra cosa que modos particulares de relación, de interrelación. Las situaciones están, precisamente, expresando la verdadera naturaleza de las cosas. Las cosas no son nunca cosas en sí, distintas unas de otras, sino que son siempre focos de interacción, procesos dinámicos que están en constante renovación, en constante destrucción y creación, mediante la interacción con el resto. Cuando vivimos esto desde nuestra dimensión humana, lo llamamos situaciones, circunstancias. Yo tengo una situación familiar, una situación económica, profesional, social. Si la examinamos, veremos que todo ello no son más que modos de relacionar un foco que yo llamo mi persona con otro foco que yo llamo empresa, compañero, realidad, etc.

 

Hemos dicho anteriormente que la divinidad no es solo la divinidad de los seres, sino también la divinidad del devenir, de los procesos. No es solamente lo que está estáticamente, dentro de los objetos estáticos ante nuestra visión, sino también la inteligencia creadora que está haciendo que todas las cosas funcionen del modo como funcionan. Hay una sola inteligencia que está detrás de todo lo que es movimiento. Y todo es movimiento.

 

Hemos de aprender, por tanto, a reconocer a Dios en las situaciones, en las circunstancias. Y es ahí donde encontraremos una gran dificultad. Nosotros hallaremos con frecuencia situaciones que vivimos como negativas, como desagradables, y de las que tendemos a huir para pasar a otras situaciones, a otras circunstancias que no nos presenten problemas. Mientras yo me esté identificando conmigo mismo, con la idea que tengo de mí mismo como persona, una persona que quiere ser de un modo y no de otro, que quiere conservar unos valores, unas cualidades o una seguridad, en oposición a lo otro, entonces estaré constantemente forzando las circunstancias; es decir, las circunstancias estarán constantemente tirando de mí. Cuando yo me dé cuenta de que mi existir es un devenir, es un cambio constante, un proceso dinámico en el que yo he de estar todo yo en juego, en el que toda la seguridad basada en la estabilidad es falsa, en donde la única seguridad posible es estar situado en el mismo foco del que surge todo cambio, toda acción creadora y destructiva; cuando yo me dé cuenta de que esta seguridad nunca existirá, en cualquier forma en que nosotros la queramos retener, inmovilizar, llamémosle forma física, económica, intelectual; cuando yo constate que no hay absolutamente nada que sea estable por propia naturaleza, que la verdadera naturaleza de las cosas es mutación, cambio, transformación, entonces me daré cuenta de que es falsa la actitud de buscar seguridades para obtener afirmaciones en aquello que, por su misma naturaleza, tiene que cambiar. Por eso estoy manteniendo esta lucha constante, pretendiendo que las cosas se muevan de un modo determinado, pretendiendo que se conserven unas formas que para mí son agradables y buenas. No; yo estoy en un río, soy un río, y, aunque tenga mucho interés de ello, el río no se va a detener. La naturaleza de las cosas es el río. Lo único que yo puedo aprender es a seguir su corriente, a descubrir que la afirmación consiste en esta disolución y .transformación constante, que lo único real, lo único que está pidiendo estabilidad, seguridad e inmutabilidad, no está nunca en la corriente del río, sino que está en aquello que hace que el río se mueva, en lo que hace que el río exista, en lo que hace que exista la posibilidad de movimiento. Es aquello que solamente se puede encontrar más allá de todo río, de toda naturaleza: ese centro que llamamos yo, y que, en su vertiente absoluta, llamamos Dios. Pero ese Dios como foco central, no como una especie de base situada en medio del río -ésta sería una falsa imagen-. Dios no es ningún oasis dentro de un mundo en existencia, de un mundo de devenir. Dios es un foco cuya naturaleza es la energía creadora, la energía destructiva. En este mismo proceso de crear y destruir, es donde está la única realidad del ser. Por lo tanto, yo no he de buscar mi seguridad, mi bienestar, mi felicidad, en ninguna otra cosa sino en el Ser, en Dios, en mi Yo central. Y, aunque me empeñe mucho, no lo conseguiré. Cuanto más descubra esto, más pronto descubriré el secreto de la felicidad, el secreto de la realidad, el secreto de la realización. Todos nuestros problemas, sin excepción, derivan del hecho de querer retener algo. Todos nuestros problemas son consecuencia de confundirme yo con algo, con una situación familiar, con una situación económica, de prestigio, con mi propio nombre o mi propia forma. Y ese querer retener, este .intentar retener, es falso.

 

El vivir es un riesgo permanente. El vivir es un estado permanente de inseguridad. Y solamente aceptando esta inseguridad en todo lo que hay, en todo lo que existe, puedo yo llegar a un centro del cual surge toda mi capacidad de existir. Y, desde este centro, surge incluso la noción de seguridad y de realidad, y sólo justamente en este centro es donde se puede Ser en realidad. En cualquier otro punto se es devenir, se es cambio. Las situaciones y las circunstancias son expresión de este devenir; yo no puedo apoyarme en ninguna situación ni en ninguna circunstancia, porque yo soy una situación, yo soy una circunstancia. Mi vida es un constante fluir de situaciones y de circunstancias; yo no puedo retener. Cuando quiero retener alguna situación o circunstancia, estoy creando violencia conmigo mismo y con las cosas, con la naturaleza; y, al fin, la naturaleza sigue su curso.

 

Dichosos aquellos que descubren pronto, aunque sea con sufrimiento al principio, que todo es inestable, y que además no se dejan abrumar por el aspecto aparentemente negativo de este descubrimiento, sino que aprenden a vivir con toda su vida dinámica o positiva dentro de lo inestable, dentro del cambio. Porque, aunque esas personas, en comparación con las demás, aparezcan desdichadas, inseguras, inadaptadas e inadaptables, encontrarán al final, más pronto que los que están adaptados y aparentemente más seguros, esa fuente donde existe la única Verdad, el único Ser.

 

Si observamos con atención, veremos que las sendas de trabajo interior nos conducen a descubrir lo relativo de nuestros puntos de apoyo. Todas las técnicas nos enseñan a ir poniendo nuestra confianza, nuestro afecto y, luego, nuestro punto de apoyo experimental en algo distinto de lo que hasta ahora era nuestra base. Hasta ahora, nuestra base era el yo personal, el yo idea y el esquema que yo me había hecho de mi mismo, de mi mundo. En el trabajo interior, se aprende a descubrir que estos valores son relativos, falsos, y uno trata entonces de descubrir algo auténtico. Y esto conduce, precisamente, a una crisis, porque la persona se da cuenta de que está buscando algo nuevo, que ya no aprecia lo antiguo como antes, pero que todavía no ha tomado plena posesión de lo nuevo, y, por tanto, se encuentra, durante un tiempo -que puede en ocasiones ser bastante largo-, inadaptado, ni en un sitio ni en otro. Pero, cuando alcanza un nuevo objetivo, cuando alcanza un nuevo nivel de conciencia, ha de volver a realizar este mismo proceso, ha de descubrir que este nuevo punto de apoyo, si bien es cierto, es también relativo, y tiene que descubrir otra cosa nueva, otro nivel de conciencia, otro punto de referencia superior.

 

Y, así, va aprendiendo cada vez más a desprenderse del anterior, a no apoyarse en nada en particular, a ir descubriendo cada vez más lo que es en su forma total. Cuando la vida nos ofrece descentramientos obligados, cuando la vida nos zarandea quitándonos lo que era estabilidad, o seguridad, nos lamentamos. Y es muy malo que esto ocurra así. Porque, para quien está buscando la realidad interior, esto es algo formidable. La persona tendría que dar gracias, tendría que bendecir todas las situaciones que le violentan, porque este es un modo magistral de estimular su desarrollo espiritual. Cuando algo me zarandea, es simplemente porque me está obligando a salir de donde estaba apoyado, me obliga a realizar que aquello no era seguro, que aquello era falso. Y, aunque esto lo viva yo por un momento como algo muy desagradable, en realidad me obliga a buscar algo que sea más auténticamente real, más estable.

 

En este sentido, todas las experiencias que vivimos como negativas, tienen una doble función: por un lado, una función educativa mediante la que nos obligan a buscar un nuevo funcionar real y seguro. Por otro, ponen de manifiesto un error nuestro de base, consistente en tomar como real una cosa que no lo es. Por eso decimos que el sufrimiento, el dolor, es algo que puede ser completamente ahorrado. El hombre no está destinado a sufrir. El hombre está destinado a vivir su realidad espiritual, su realidad de plenitud. Este es el destino del hombre. Y, cuanto más pronto aprenda a descubrir que no es en ninguna cosa determinada donde encontrará esa realidad y esa plenitud, más logrará vivir esa totalidad que es su destino.

 

Por lo tanto, hemos de aprender a ver en cada situación y circunstancia la acción de esa inteligencia creadora. Y esto tanto en las circunstancias que nos son agradables, como en aquellas que nos son muy negativas: hemos de aprender a ver un lenguaje en las circunstancias y en las situaciones. Porque todo lo que está ocurriendo es inteligente e inteligible, todo lo que está ocurriendo es expresión de la inteligencia absoluta. En la medida que yo aprenda a mirar las circunstancias con esa receptividad de que hablábamos, las circunstancias se me harán inteligibles, adquirirán para mí un sentido. Y no es que yo les busque una interpretación, sino que descubro que aquella situación o circunstancia es el símbolo de la divinidad, es el símbolo de una verdad, es la materialización de una verdad que se está expresando desde la mente divina.

 

 

 

Preguntas:

 

-¿Entonces cómo podemos encontrar la felicidad?

 

R. -La felicidad se puede alcanzar solamente allí donde está. Mientras estemos en el proceso del devenir, mientras nos apoyemos en el devenir, estamos sometidos a la ley del contraste, a la ley de la dualidad. Entonces sabemos que todo malestar se convertirá, en otro momento, en bienestar, y que todo bienestar se traducirá inevitablemente en malestar. Esto es la ley, es la ley inherente al proceso del devenir.

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO DECIMOSEGUNDO

 

ESTUDIO DE LA EXPERIENCIA NEGATIVA,
AFECTIVA Y MENTAL

 

 

 

Quisiera seguir en este capítulo el tema que habíamos empezado anteriormente sobre los mecanismos de nuestros estados negativos. Hablamos de la experiencia negativa que el hombre vive, del sufrimiento, del dolor; en el nivel físico, el dolor aparece como resultado de una profunda identificación, que es superable, pero que es bastante difícil realizarlo en sus grados últimos. Ahora quisiera hablar del mismo problema, pero en su nivel afectivo.

 

 

 

A) En el nivel afectivo

 

¿Por qué nosotros sufrimos afectivamente? Esto es lo que algunos llaman el dolor moral.

 

Si lo miramos con atención, veremos que realmente la afectividad es la responsable de la mayor parte de nuestros sufrimientos. Tanto es así, que muchas personas deciden cerrarse afectivamente para protegerse. Sabemos que esta es una solución falsa, porque, cuando uno se encierra a la afectividad, como ésta es un mecanismo, una energía, fundamental en la existencia humana, la persona sufre una mutación; el precio que se paga es la incapacitación del gozar de vivir. Es gracias a la felicidad que nosotros encontramos el sabor, que nosotros llegamos a sentir la plenitud de las cosas; y gracias a un tono afectivo más o menos elevado, más o menos profundo, las cosas adquieren un sentido.

 

 

 

Evitar depender del objeto

 

La solución para el sufrimiento no está encerrarse, en huir; está en comprender. Todos nuestros problemas provienen de una distorsión en nuestro modo de pensar, en nuestro modo de valorar y, por tanto, en nuestro modo de hacer. Todos buscamos una plenitud afectiva, una felicidad, una armonía, una belleza, una bondad; y esto lo buscamos-en un grado máximo. El problema está en que nosotros buscamos esa plenitud y felicidad en lo que percibimos a través de los sentidos, en que la buscamos en el mundo exterior. El mundo exterior provoca en nosotros respuestas de satisfacción, de belleza, de amor, y esto hace que nosotros asociemos el sentimiento con el objeto exterior atribuimos al objeto su calidad de bondad. Y el objeto, en sí, nunca es bondad. El objeto en sí, sea cual sea el objeto, nunca es felicidad. El objeto, en sí, sólo puede despertarnos en nuestro interior el sentimiento de amor, de felicidad o de belleza. Y, debido a que no nos damos cuenta de este proceso, de que somos inconscientes de que en realidad hay dos cosas que se producen conjuntamente, el estímulo exterior y la respuesta interior, creemos que se trata de una sola cosa, creemos que lo que yo siento me lo produce la cosa, me lo comunica la cosa, se debe únicamente a la cosa.

 

La cosa hace sólo de agente, pero no da el estado ni el sentimiento. Hay en mí una aspiración a una felicidad total. ¿De dónde viene esa aspiración? Ciertamente del sitio donde está, del sitio donde reside esa plenitud que busco. Si en mí no hubiera y, de algún modo, no se expresara esa plenitud, yo no tendría ni siquiera noción de ella. Cuando en mí hay una demanda de algo, es porque ese algo está empujándome, está intentando expresarse a través mío. Es necesario que veamos bien el origen de nuestra demanda, porque este origen es legítimo.

 

Decir que la vida es un valle de lágrimas, que hay sinsabores, que hemos de aprender a conformarnos, a tener paciencia, y cosas por el estilo, está muy bien para pasar el rato, para poner un parche en algunos momentos. Pero esto no nos soluciona, porque no responde a la verdad. Lo cierto es que en mí hay una demanda, una exigencia de plenitud, de felicidad. Y, cuando en mí no siento esta demanda, es porque está obturada, porque la fuente está obturada, porque yo no funciono. Lo natural es que en mí exista esta demanda, lo natural es que en mí haya esta exigencia; ese es el síntoma de esa lucha.

 

Está perfectamente legitimizada esa demanda, porque esa plenitud existe, porque esa plenitud está. Pero esa plenitud no está nunca en el objeto, está siempre en el sujeto, potencialmente. Pero, como nuestra mente está funcionando vertida hacia el objeto, creemos que la plenitud me ha de venir de éste, bien sea el objeto una persona, una cosa, una situación, o una idea.

 

Se nos ha enseñado que Dios es amor, el único amor que existe, y que toda forma de amor es Dios. Dios se expresa en nosotros, en su ser, en forma de amor, como se expresa en forma de inteligencia y en forma de energía. Dios se expresa en forma de amor, de amor a uno en la amistad, en la comprensión, en la compenetración; nivel vegetativo en el placer; de amor a un nivel humano, en la amistad, en la comprensión, en la compenetración; de amor a un nivel espiritual, en el éxtasis.

 

Ahora bien; Dios, que es ese amor y que se está expresando a través de mí, es el que me hace sentir estas ansias de amor, de plenitud y de felicidad. Porque hay en mí ese pre-sentimiento, esta pre-esencia de plenitud. Pero este presentimiento no está actualizado en los niveles de mi personalidad. Los niveles de mi personalidad están llenos de emociones, de mis ideas o de sus productos. Y entonces, una vez más, quiero llenar mi personalidad de ese amor, y quiero llenarlo del mismo modo a como voy llenándolo de emociones y de ideas, es decir mediante aportaciones del exterior. Y ese es el mecanismo erróneo fundamental por el cual vivimos el sufrimiento afectivo. Todo sufrimiento afectivo procede de que estoy esperando, de que estoy buscando, el objeto de la satisfacción. Y el objeto nunca podrá darme la satisfacción. El objeto podrá despertarme la satisfacción, pero nunca podrá comunicar otra cosa que una forma o un nombre, un fenómeno de conciencia, una percepción. La felicidad, el bienestar, la alegría y el gozo solamente pueden proporcionármelos la respuesta que se produce en mí, esa respuesta que es una expresión directa de la divinidad. Por lo tanto, en la medida en que yo esté vertido hacia el objeto, hacia el mundo de nombres y de formas, yo no podré encontrar nunca esa felicidad. Y toda  la felicidad que me parece que producen los objetos o situaciones será una felicidad que está condenada al fracaso, porque una exigencia que, para mí, tiene la felicidad es la de estabilidad, duración, permanencia, independencia, y, cuando yo asocio la felicidad al objeto, ésta sigue todas las vicisitudes del objeto, evoluciona, desaparece, tiene altibajos. Por lo tanto, no es válida, porque todo esto el objeto no me lo puede proporcionar.

 

Mientras yo no vea claro que el único amor, la única felicidad, el único bienestar que yo puedo vivir es mediante la toma de conciencia del foco central del cual procede todo, mediante mi apertura interior hacia Dios, más me estaré debatiendo, más estaré jugando constantemente con el mundo, con las personas, más estaré regateando transaccionando con el mundo, en espera de que eso me sea proporcionado. Estaré continuamente mendigando un poco de aprobación, un poco de afecto, un poco de cariño. Estaré por completo a merced de todo y de todos. El amor y la felicidad en mí se producen cuando yo expreso amor y felicidad. Es algo que se produce en mí; nunca algo que yo puedo producirme mediante una acción; no es el resultado de yo hacer una acción o conseguir un objetivo. El amor, la felicidad, la alegría, son el patrimonio que yo tengo en mí como ser en Dios, y ese patrimonio sólo se actualiza cuando yo abro las puertas y permito que salga, que se exprese. Y el amor y la felicidad crecerán justo en la medida en que yo los entregue, que los dé, que los comunique, que les deje el paso libre. Por lo tanto, la plenitud es el resultado de dar, nunca el resultado de adquirir, de acumular, de retener, de poseer. La ley del crecimiento de lo que viene del centro es la expresión total. Cuanto más expreso, más tengo, más soy. Lo mismo ocurre con la inteligencia: cuanto más yo expreso inteligencia, más crecerá la inteligencia que tenga; cuanto más yo comunique amor, por pobre que sea, cuanto más lo estoy dando con inteligencia, más crecerá este amor; cuanto más yo exprese serenidad, alegría, gozo, en la medida en que más dé gratuitamente, en esa misma medida crecerá. La ley de actualización de Dios es la actualización en el mundo. Si yo he de descubrir a Dios en mí, yo me he de entregar del todo al mundo. Cuanto más abro las puertas y me entrego del todo, más me lleno yo del todo.

 

Y aquí se invierte por completo la polaridad que existe en nuestro mundo de causa y efecto, en el cual hay una ley de economía: en la medida que adquiero y retengo más puedo disponer de ello. Aquí, por el contrario, se trata de un nivel superior, de un nivel espiritual. En este nivel la ley de la plenitud es la ley de la generosidad.

 

 

 

Evolución de la afectividad

 

Hemos de aprender a descubrir qué es lo que falla en nuestra afectividad; hemos de aprender a descubrir qué ocurre, si es que yo estoy todavía en una etapa infantil en la que estoy esperando que el mundo me llene de felicidad, que me den las cosas, que me las hagan. Este es el mundo del niño: el niño está esperando las cosas hechas, y, cuando las cosas van mal, está esperando que otra personalidad, sea el padre, el maestro, quien quiera que ocupe el papel de Dios en el niño, llegue y le colme. Ya que esto le ha salido mal, que se le recompense gratuitamente por este mal que está pasando.

 

Desengañémonos. Nadie nos dará la felicidad. Hemos de ver claro que nada ni nadie nos pueda dar plenitud, por muy buenas que sean las personas, por muy buenos que sean los ambientes. El amor y la plenitud solamente nos lo podemos dar nosotros. Hemos de ver si estamos en un terreno de reciprocidad, no en una fase infantil en la que sólo esperábamos del exterior. Quizás estemos en una fase intermedia en la que yo realizo una transacción: yo doy en la medida que tú me das, y en la medida que tú me das, yo te doy. Una ley de justicia equitativa por la cual yo tiendo a valorar y a medir el dar y el recibir.

 

Eso está bien en la medida que el hombre tiene sólo conciencia de sí mismo como persona separada frente a otras personas separadas. En este caso hay esa necesidad de dependencia y al mismo tiempo de integración con los demás, de vivir el yo y el no yo, por lo cual esta ley tiene pleno sentido. Por eso, durante una época de la humanidad, esta ha sido la ley más importante. Pero, en cuanto pretendemos llegar a una realización espiritual, cuanto pretendemos abrirnos a una fuente suprema, esta ley de la reciprocidad, esta ley de causa y efecto, queda completamente superada, completamente anulada, incluido en ello la ley del Karma. En este nivel superior hay la plenitud sin medida, la realidad sin medida, sin condiciones, no dependiendo de nada, ni de mi pasado ni de mi futuro. Allí es donde todo se borra, donde todo se revive. En la medida en que nos abramos a ese nivel espiritual, la Gracia de Dios, el Amor de Dios, el Ser de Dios, simplemente el amor y el gozo, limpiarán absolutamente todo lo que hay en nosotros de problemas, de miedos, de sentimientos de culpabilidad, de residuos de nuestras experiencias pasadas. Se habla mucho de la ley del karma, de cómo la ley del karma es inexorable, de cómo todos hemos de pagar nuestras culpas, y nadie puede llegar hasta un grado de felicidad hasta que no haya pagado todas sus deudas. Esto es cierto en un nivel; pero deja de serlo en el nivel superior. O sea, vemos aquí ese funcionamiento de lo que, en el lenguaje religioso, se habla de la redención del pecado. Lo que en la religión se habla en un lenguaje moral, podemos verlo aquí en un lenguaje psicológico. Mientras yo me considere un acto de mis acciones, una personalidad separada, como responsable frente a los demás, como administrador de mis acciones, de mis pensamientos, de mis sentimientos, como alguien que ha de dar cuenta de su comportamiento a los demás, que tiene una responsabilidad con los demás, en esta misma medida estoy rigiéndome por la ley de causa y efecto. En el momento en que mi conciencia se abre a una única fuente que es Dios, ese campo enorme de la divinidad, en el momento en que aprendo a discernir que mi actuar es ese dar paso a Dios a través de mí, de mi inteligencia, de mi afectividad, de mi sentimiento, esto mismo elimina todo karma, elimina toda deuda, todo residuo. Lo redime todo, porque está funcionando otro nivel que tiene una prioridad absoluta sobre todas las demás leyes.

 

Abrirme a la conciencia de amor que se expresa en mí es abrirme a la conciencia del gozo, de la plenitud, de la felicidad, de la armonía (repito estas palabras porque son las que estamos acostumbrados a utilizar). Es vivir en ese mundo de un modo total. Porque en Dios, en el Amor, no hay pena posible, no hay dolor posible, no hay mancha posible; es Luz intrínseca. Por lo tanto, abrirse a ese Dios es automáticamente eliminar en nosotros todo lo que es residuo, lo que en la India recibe el nombre de Vasanas y Sanskaras, es decir, latencias que hay en nuestro subconsciente. Porque toda latencia, todo residuo, temor o predisposición interior hacia algo, son productos de la ignorancia, productos de la visión limitada, del frustramiento, y todo eso queda completamente barrido en la medida en que el amor se expresa más y más en nosotros. Es una auténtica transformación profunda, total, la que se produce en nosotros cuando dejamos paso libre a Dios como amor.

 

Como puede verse, el problema consiste en que yo trate de distinguir claramente quién es el sujeto que está viviendo en mí. Mientras considere que el que sujeto soy yo, «fulano de tal, con una cara, con unas circunstancias determinadas, yo como personalidad», esto me conduce a un modo de relación y de dependencia subordinado a los otros modos de ser. En el momento en que yo tomo conciencia de que el que actúa en mí es mi Yo profundo, un Yo llamémosle superior o espiritual, un Yo que es independiente de la personalidad; entonces mi modo de acción se produce a un nivel más profundo, y a la vez más elevado, que despierta una respuesta profunda y elevada en nosotros; se mueve, por decirlo así, en otro nivel vibratorio. Por tanto, mi modo de actuar es distinto, y los efectos que producen son también distintos. Entonces me emancipo ya de esa dependencia de la personalidad, me siento constantemente libre de lo que hago y libre de lo que no hago. Hay algo en mí, ese Yo central que está más allá de mi fenomenología externa. Cuando llego a descubrir el verdadero sujeto del Absoluto, entonces me emancipo ya de esa dependencia de la personalidad, me siento constantemente libre de lo que hago y libre de lo que no hago. Hay algo en mí, ese Yo central que está más allá de mi fenomenología externa. Cuando llego a descubrir el verdadero sujeto del Absoluto, entonces no sólo es ese Yo profundo que todavía lo vivía en relación con mi personalidad, sino que es este Dios, centro de todo cuanto existe. Automáticamente quedo emancipado de toda forma de limitación en la conciencia, de toda forma de oscuridad, malestar, conflicto o problema.

 

Pero, fijémonos bien en que se trata de que yo viva realmente eso. No se trata de que yo solamente lo piense, o lo crea. Se trata de que yo me sitúe en un punto preciso y que, desde ahí, aprenda a vivir mi vida cotidiana. El que yo en un momento dado piense o crea, puede ser bueno, pero no es más que una fase de aprendizaje. Cuando yo, saliendo de la fase de oración, de silencio, de meditación, en la que puedo elevarme un poco más, vuelvo a situarme en mi punto de mi yo personal, vuelvo a estar nuevamente sometido a las reacciones y problemas de la personalidad. Aquello se convierte en un refugio de este yo profundo. Pero es un refugio; no es mi ley. Es cuando yo aprendo a ser, cuando yo descubro que soy y aprendo a vivir desde este Yo profundo, que paso de una ley de la personalidad, de la oposición, de la dualidad, de la lucha, del contraste, a una ley profunda de independencia, de libertad y de armonía. Y cuando consigo situarme en el nivel más elevado de la conciencia de ser, cuando aprendo a vivir mi vida cotidiana desde ahí, es cuando se produce este cambio fundamental, en el que sólo hay luz, en el que sólo hay plenitud.

 

 

 

El Amor es el ser de Dios

 

Así pues, todo el problema de la receptividad consiste solamente en trasladar el acento desde el objeto al sujeto, y, luego, en reconocer al verdadero sujeto. Es decir, que el primer error que hay que evitar es depender del objeto. Ya sé que esto suena a una cosa muy extraña, porque lo natural es que el hombre ame a los demás, a las cosas, a los seres. Pero yo insisto aquí en que el hombre sólo puede amar mediante el amor, y sólo puede amar lo amable, y lo amable es el amor, y el amor es Dios, y el modo más próximo de vivir a Dios es a través de nuestro ser central, de nuestro Yo. Lo que tenemos más próximo a nosotros mismos no es el hombre, aunque estemos uno al lado del otro. Lo más próximo a mí soy yo mismo. Por lo tanto, Dios está mucho más próximo a través de mi yo que a través de la otra persona que está físicamente tan próxima, tan cercana a mí. Lo que está cerca de mí es la forma, la periferia, no la verdadera persona, no el verdadero yo, no el verdadero otro. Lo que está más cercano a mí, a mi conciencia, es el centro de mi conciencia, el Yo. Y el centro de ese yo es Dios. Sólo a través de este centro puedo abrirme al amor y, por eso digo que no es que yo haya de recibir el amor de un objeto, es que yo he de abrir las puertas de mi mismo para que el amor salga para que el amor se exprese, de la misma manera que lo hacemos para que se exprese la energía y para que se exprese la comprensión. En la medida que expreso lo que hay en mí, sea lo que sea, sean cuales fueren las condiciones exteriores, en la medida en que yo doy gratuitamente, que expreso, que saco, que entrego, que ofrezco lo que soy, en esa misma medida eso crecerá. Y no hay otra ley de crecimiento.

 

Decíamos, pues, que el primer paso que hay que evitar es el depender del objeto. El segundo paso es identificar más y más al sujeto. Hemos dicho que, al principio, yo creo ser yo en mi personalidad, yo que estoy mirando a los demás que tienen formas y nombres distintos. Cuando yo me creo que soy una personalidad, estoy actuando como una personalidad, es decir, recibiendo como personalidad las cosas de los demás. En este caso estoy sometido a la ley de causas y efectos, a la ley de fuerzas opuestas. He de vencer resistencias, he de luchar, tengo que defenderme. Estamos, pues, en el mecanismo de la inestabilidad. Incluso cuando no quiero depender del objeto y quedo centrado en la personalidad, se me hace muy difícil el vivir, pues mi personalidad es personalidad en relación con los objetos. Por ello, cuando dependo de mi personalidad, cuando estoy situado en mi mente concreta; no puedo emanciparme de los demás, aunque lo pretenda, aunque lo desee. Una y otra vez, quedo pendiente de las personas y de la situación.

 

Cuando yo descubro un centro interior, cuando yo descubro que soy dentro, aparte de mi pensar, de mi sentir y de mi hacer, cuando eso que soy aprendo a serlo en todo momento, entonces esto empieza a darme una auténtica libertad, esto empieza a emanciparse de mí mismo y de los demás, de mis limitaciones personales, de mis fluctuaciones, de mis debilidades, de mis propios defectos, y de las debilidades, defectos y fluctuaciones de todo lo demás. Y, finalmente, la plenitud sólo se alcanza cuando, a través de este gesto de apertura total hacia la Fuente, trascendemos esa conciencia que teníamos del yo o menos profundo y nos quedamos abiertos a la Realidad.

 

 

 

B) En el nivel mental

 

Exactamente ocurre en el nivel mental. Nuestros problemas en este nivel dependen siempre de querer descubrir la verdad de las cosas a través de nuestro mundo de verdades concretas. Yo tengo la idea de que combinando una serie de datos podré llegar a alcanzar la verdad. Hemos de partir del hecho de que la Gran Verdad ya existe, la Gran Verdad es la mente de la divinidad que hace que cada cosa sea lo que es. La única verdad es la Mente Creadora que está haciendo que todo exista. Por lo tanto, la verdad ya existe.

 

 

 

Descubrimiento de la Verdad

 

En nosotros hay la posibilidad de abrirnos a esa verdad. En la medida en que nos abramos a ella, la reconoceremos; y no hay en absoluto otro modo de descubrir la Verdad.

 

Ahora bien; esto suele ocurrir en pequeñas dosis, sin darnos cuenta, pero el proceso es el mismo: cuando yo descubro, por ejemplo, una verdad matemática, o la verdad de un equilibrio, de una ley, de una acción en la naturaleza, no es lo exterior lo que me comunica la verdad, sino que, en respuesta a una información y a unos datos que me vienen del exterior, se ha producido en mí el reconocimiento de una verdad. Para mí, la verdad sólo es Verdad cuando se produce en mí el asentimiento respecto a aquello, cosa que ocurre cuando yo veo, descubro, la Verdad. La Verdad es siempre un descubrimiento que se produce en mí y que viene de mí, de mi interior; nunca del exterior. Del exterior sólo pueden venir datos, formas y nombres; nunca verdades. La verdad es el resultado de abrirme a la única Verdad, que se expresa en relación con los datos que percibo. Esta relación, esta educación que se establece entre el nivel intuitivo de verdad y los datos percibidos es la verdad sobre estos datos. Así, pues, todas las verdades son modos parciales de la Verdad. Sólo hay una Verdad; lo que aparece son modos parciales de verdad. Sólo podemos remontarnos a la Verdad yendo a la Fuente, no componiendo un «puzzle» con muchas verdades parciales, porque tendríamos que reunir todos los modos posibles parciales, y esto escapa a nuestra posibilidad. En cambio podemos abrirnos a la Fuente que se está expresando ya en nosotros.

 

Es decir; que no es acumulando cosas exteriores que llegaremos a la Verdad con mayúscula, sino que, a través de los datos exteriores, yo reconoceré como función en mí esa actualización de la verdad y aprenderé a buscar la verdad ahí donde está, arriba, dentro y arriba. Y, si yo me planteo cualquier pregunta sobre cualquier cosa, poseyendo los datos y aprendiendo a estar receptivo, esperando la verdad sobre aquello, la verdad se me manifestará instantáneamente respecto a lo que yo me intereso. En realidad ya lo hacemos así; pero no nos damos cuenta. En realidad este es el único modo que tenemos para comprender; sólo que ahora tenemos la ilusión de que comprendemos gracias a que estamos haciendo algo. Y la comprensión no es el producto de hacer algo, la comprensión es el producto de una receptividad. Por eso, cuando estamos tensos, cuando estamos preocupados, no podemos comprender ni aprender. Sólo cuando estamos receptivos y disponibles es cuando lo conseguimos. Para que haya un descubrimiento de una verdad, es necesario que, por un lado, existan los datos que formulan la pregunta, y, por otro, que exista la receptividad a lo interior de donde procede la respuesta. Cuanto más consciente soy del proceso, menos tiempo perderé en él y más facilidades de acceso tendré a la Verdad.

 

Esto se aplica no sólo a la verdad de Dios y a las leyes supremas, cósmicas; se aplica también a toda forma de verdad. Es decir, afirmamos que hay solamente una verdad y que toda verdad no es nada más que una participación de la única verdad, al igual que hay un solo amor y toda forma de amor no es otra cosa que una particularización de ese único amor. Hemos de darnos cuenta de este carácter único que hay en las cosas, a la vez que nos damos cuenta de los modos parciales de percepción de ese único. Por lo tanto, en la medida que variemos los modos, habrá un cambio en el percibir, en lo conocido, en aquello que se vive como conocido. En este sentido, toda verdad que nosotros necesitemos saber, toda verdad que se proponga espontáneamente a nosotros, dado que tenemos los datos, aunque nos falta ver la respuesta de estos datos, es accesible a nosotros. Podemos saber todas las verdades, a condición de que las preguntas se presenten por nosotros mismos, se produzcan por nosotros mismos, no que sean preguntas artificiales producidas por otra persona. En la medida en que yo sea capaz de plantearme la pregunta, hallaré la respuesta. Ahora bien; esto exige en ocasiones un trabajo, como exige también un desarrollo: el trabajo y el desarrollo de la sintonización.

 

 

 

Permanencia de la Verdad

 

El conocimiento de la Verdad, como la posesión del Amor, no es producto de un don arbitrario que se nos puede regalar, sino que está ahí desde toda la eternidad. Dios está en expresión total. Todo está ahí: la verdad, la felicidad, la potencia, todo está ahí. Dios está en todo momento todo Él presente, y está, además, intentando expresarse. Solamente depende de que nosotros aprendamos a sintonizar, aprendamos a conectar, aprendamos a hacer posible esta conexión, para que se produzca de inmediato el torrente de expresión.

 

Por lo tanto, el problema del mal, del dolor, es un problema que aparece, pero que no es. Este problema es el resultado de un funcionamiento infantil de nuestra mente, que nos hace apoyarnos en un punto determinado, al mismo tiempo que nos hace presentir otra cosa mayor. E intentamos vivir a través de ese punto exterior lo que presentimos en el interior. Y es esa tensión que se establece entre la verdad en mi interior y el intento de vivir esa verdad a través del exterior lo que produce en mí el conflicto, lo que produce en mí la conciencia de limitación o de frustración. Cuando yo descubro que las cosas sólo pueden proceder de donde están, de la Fuente, cuando yo aprendo a rectificar mi punto de mira, mi perspectiva, entonces todo ocupa su sitio, y descubro que todo está en orden y que nuestro destino es vivir la Plenitud, la plenitud en energía, la plenitud en amor, la plenitud en inteligencia. Descubro que mi sentido en la vida no consiste tanto el buscar, pagando por ello un sufrir, sino en ser un medio de esa plenitud.

 

 

 

Preguntas:

 

-No entiendo eso que dijo de que nosotros no estamos separados de las circunstancias, de que somos las circunstancias.

 

R. -Si, como ya dijimos, todo es un proceso de transformación, un proceso de energías que están en estado constante de acción y de destrucción, eso significa que nosotros somos también eso. Y cuando nosotros vemos que las circunstancias son una confluencia de reacciones entre personas, entre cosas, y que al conjunto de esas confluencias las llamamos circunstancias, esto quiere decir que la circunstancia no sólo abarca relaciones entra personas, sino que las mismas personas son también circunstancias, en el sentido de que son también una expresión de relaciones. Lo que pasa es que hay una expresión de relaciones que tiene una permanencia relativamente más prolongada que otra. Por lo tanto, estas circunstancias o productos de transformaciones que somos las personas, al durar más tiempo que las demás cosas, nos producen la ilusión de que las cosas cambian y nosotros no. Pero, realmente, todo está cambiando: las cosas y nosotros. Sólo que estamos cambiando a un ritmo distinto.

 

-¿La ilusión se entiende como objeto?

 

R. -Ahí está. Que se le da, se le atribuye una calidad substancial que no tiene. Y es por eso que se la contrapone a la verdad. En este caso tenemos nuevamente dos cosas. Y así se cree que una vez más estamos en el mundo de la dualidad. Decimos entonces: «¡Ah!, nosotros vivimos el error, el engaño; por tanto, vivimos el engaño». No es nada más que un modo parcial, deficiente, de ver la verdad, entonces existe la deficiencia, la parcialidad de mi modo de ver, y a esto se le atribuye una noción de ser, de realidad, de substancia, que en realidad no existe. Es decir, que, substancialmente, sólo existe lo positivo. Sólo existe la verdad, que es la naturaleza de todo cuanto existe. Es como si estuviéramos viviendo un espejismo constante.

 

-Si solamente hay una Verdad, ¿por qué durante tanto tiempo se han creído cosas que luego se demuestra que son errores?

 

R.-Nosotros tenemos una visión parcial de la Verdad, porque nuestra visión depende de nuestra capacidad de toma de conciencia. Entonces, en la medida que nuestra percepción está alterada o sea deficiente, la Verdad no se expresará de un modo adecuado. La verdad es siempre la Verdad en relación con la conciencia que yo tenga de los datos, no en relación con la verdad objetiva y en sí de la cosa. Porque es la Verdad que se actualiza en mí, y se actualiza en la medida en que yo estoy funcionando con respeto a la Verdad. Y, como estoy funcionando de acuerdo con aquellos datos, y no con otros, la Verdad está siempre en relación con ellos.

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO DECIMOTERCERO

 

DIOS, ¿NO-YO ABSOLUTO?, O
¿BASE Y RAÍZ DEL YO?

 

 

 

Antes de entrar en detalle a estudiar el tema de la tercera parte, quisiera considerar algo que no he tratado en capítulos anteriores.

 

Siempre que hablamos de trabajo en nuestra relación con Dios, suele ocurrir que la persona se forma una idea más o menos importante de esta relación, de este trabajo. Esta idea, a causa de la importancia que uno le da, debido a la fuerza que tiene en sí el objeto al cual nos dirigimos, produce un efecto contraproducente en nosotros: este objeto, este Dios y el trabajo que implica nuestra relación con Él, se convierten en un objeto que tengo ante mí, en algo que he de hacer, en algo a lo que estoy obligado. Entonces ocurre como si Dios se convirtiera en un no-yo muy grande, infinitamente grande y poderoso, y como si yo estuviera al otro lado, muy pequeño, al tiempo que esa importancia, esa urgencia, esa realidad de Dios y esa necesidad de trabajar cayeran sobre mí como una obligación, actuaran sobre mí a modo de presión. Cuando esto ocurre, vuelvo a repetir el mismo proceso que tengo normalmente en la vida diaria.

 

En la vida diaria estoy, por un lado, aspirando a ser yo y a conseguir para este yo una libertad, una plenitud, una realidad un gozo. Por otro lado, quiero conseguir ser útil a los demás, actuar bien, hacer mi deber, que la gente me valore, me acepte, o me integre en su conjunto. Así, pues, por un lado me siento obligado a hacer cosas, y esta obligación me viene por una idea del exterior; por otro, estoy aspirando a ser más yo que nunca. La obligación que tengo actúa a modo de no-yo; cuanto más me siento obligado a algo, menos soy yo, al tiempo que, cuanto más quiero ser yo, más parece que me emancipo, me libero de toda obligación. De este modo, en la vida corriente, estamos desenvolviéndonos en una dualidad: por un lado, yo quiero ser yo, y, por otro, quiero mi libertad y realidad, libertad y realidad que busco a través de una esclavitud, de una supeditación, de una dependencia de los demás; por lo tanto, a través de una serie de obligaciones.

 

Pues bien. Esto que ocurre ya en nuestra relación normal, cotidiana, suele ocurrir con frecuencia en relación con nuestro trabajo hacia lo Trascendente. Yo, por un lado, quiero ser yo y quiero la liberación, y, por otro, veo la necesidad de trabajar, de hacer unas cosas, unos deberes y llegar a ponerme en contacto con ese Dios tan importante, tan enorme, tan fantástico. Cuanto más quiero llegar a Él y trabajar para llegar a Él, más me parece que estoy siendo menos yo. Cuanto más intento ser Él, menos soy yo; cuanto más intento dedicarme al trabajo menos libre, menos auténtico soy.

 

Hay una contraposición entre lo que estoy buscando en tanto que liberación y libertad, y el modo como se plantea y se vive normalmente el trabajo interior, consistente en una obligación de llegar a un objetivo. Estas dos cosas son opuestas, y, así, la persona tiene la sensación de un deber a cumplir, una obligación a cumplir, que en cierta forma le limita, le condiciona, le supedita, le esclaviza.

 

Ciertamente hay que trabajar; pero el error está en pensar en el trabajo, en percibir este proceso como algo que es objeto, como algo que está ahí, a lo que yo me he de sujetar, por lo que yo he de pasar, es decir, como algo distinto del yo. El verdadero secreto reside en el hecho de descubrir que Dios solamente puedo realizarlo cuando yo soy más yo. El punto de contacto óptimo con Dios es el centro de uno mismo; no es saliendo de mí mismo, yendo a hacer algo, sino cuando yo soy aparte de lo otro, cuando yo dejo de ser mis ideas, mis condicionamientos, mis costumbres, mis obligaciones. Así, pues, es simplemente cuando yo soy yo, cuando tengo esa conciencia profunda de ser, de ser libre, cuando en mí hay esta alegría que en algunos momentos aflora como algo espontáneo y mío -como ocurre con un niño pequeño, que está simplemente alegre y gusta de sentirse alegre y con libertad- cuando hay esta intuición más clara, más fresca, del yo, es justo ahí donde nosotros establecemos contacto con el Absoluto. No es saliendo de este yo y yendo para otro lado. Es a través del Centro, a través de ser más yo mismo.

 

 

 

La realidad es el Yo

 

Quisiera que esto se viera muy claro. El camino para llegar a Dios es ser realmente yo, lo más auténticamente yo, yo más libremente yo, lo más ingenuamente yo. Esa intuición que se tiene de alegría, de ligereza interior, de libertad; aquel momento en que uno va más allá de toda idea, de todo problema, de todo deber. Yo; vivir eso y estar ahí, y entrar ahí; en la medida en que estoy ahí, en que siento esto y lo mantengo, me convierto en una especie de niño, con un modo sencillo, simple, sin pretensión alguna, siendo simplemente aquello, aquello que, podríamos decir, canta en mi interior, siendo y permaneciendo aquello. Es a través de ahí donde está el atajo para llegar a Dios. Siempre es a través de este Centro. Realizar a Dios ha de representar el ser más auténticamente yo y más auténticamente libre e incondicional que nunca, no estar supeditado a todo un esquema de obligaciones, de limitaciones, a un nuevo modo de hacer, de conducirme. La liberación es dejar al margen las obligaciones e ir a lo que yo soy como centro de mi propia existencia, y a través de ese centro, cuando yo me siento realmente yo y libre y ligero, darme cuenta entonces de que esta libertad y esta ligereza me viene de algo que es infinitamente libre, infinitamente ligero.

 

Por lo tanto, esta realización de Dios ha de coincidir con una total espontaneidad de mí. Cuanto más espontáneo soy, cuanto más sencillo y fresco soy, más cerca estoy de Dios. No se trata de hacer cosas complicadas. Por este motivo, todas las técnicas son peligrosas cuando las convertimos en un no-yo, en un objeto al que tengo que supeditarme; entonces, las técnicas me alejan de mi autenticidad, y, por lo tanto, me alejan también de Dios. Es intuyendo este contacto a través del centro que hay que vivir las técnicas, pero no como una obligación, como algo que me esté impuesto y a lo que yo me he de subordinar. Esto ya lo hacemos en la vida diaria; en este caso, lo que haríamos sería solamente cambiar los nombres, los colores, pero el estilo de vida seguiría siendo una supeditación, una identificación con algo. La técnica surge espontáneamente, cuando yo soy más yo. En efecto, cuando yo soy más yo, es cuando puedo abrirme a esta realidad actual de mí frente a Dios; cuando yo soy más yo, es cuando soy más consciente. Pero no una conciencia, un estar despierto, a lo que me obligo, y que, por tanto, representa una tensión, un esfuerzo, algo que me enajena, que me empuja hacia algo. No; se trata simplemente de ser la sencillez de mi ser, de ir a mi Centro y ser todo yo este centro, dejando que este centro funcione, se exprese, se expanda.

 

Por lo tanto, hemos de vivir el trabajo como una afirmación total de uno mismo; hemos de vivir la aproximación y apertura a Dios como una afirmación propia, no como una alienación, como un ir a otra cosa. Hay que hacerlo pasando por la mismidad de uno mismo, por lo que es más genuino y auténtico de uno mismo. Hemos de recordar aquellos instantes en que todos hemos sentido quizás una extraordinaria ligereza, una libertad, como la del niño pequeño que es feliz, que salta, que está sintiéndose dentro de un mundo nuevo.

 

Todo lo que me conduce a ser más auténticamente yo es lo que más me acerca a Dios. Todo lo que aleja de ser más auténticamente yo me aparta de la realidad. La realidad para mí es el Yo central. La noción de sujeto es la realidad que la persona vive del modo más inmediato, más permanente.

 

Luego están otros dos sectores de la realidad, a los que uno da el nombre de superior y el nombre de exterior. Lo superior y lo exterior, en ocasiones, aparecen como poseedores de una realidad autónoma. Pero, en cambio, lo que está en mí, todo lo que gira alrededor de la idea que tengo de mí como sujeto, es la primera noción que tenemos, la más firme, la más constante. Por lo tanto, ésta es la que nos ha de servir de punto de partida, y nunca el descubrimiento de una realidad ha de implicar la negación de otra realidad, y mucho menos la negación de mi realidad como sujeto. Es decir, que el descubrimiento de cualquier otro aspecto de realidad ha de pasar por la realización de mi propia realidad como yo central, como sujeto.

 

Por tanto, no vivamos la noción de Dios y la noción de trabajo como una obligación impuesta, como una carga, como un esfuerzo. Hemos de ver a Dios, a la realización y al trabajo como un progresivo ser más uno mismo, un progresivo recuperar la propia noción de yo. Allí donde yo puedo estar más alegre, allí donde pueda amar de un modo más directo, más espontáneo, allí donde yo pueda intuir de un modo más original, allí donde yo me siento más yo, allí está el camino real, el único camino real que existe para llegar a cualquier otra realidad o a cualquier otra forma o aspecto o sector de la realidad.

 

Me parece que esta noción es muy importante, y por ello he querido mencionarla y me gustaría que se comprendiera bien.

 

 

 

Preguntas:

 

-Al mostrarse uno en su propia naturaleza, tal como se decía del niño pequeño, ¿no puede hacer uno, por este motivo, algunas simplezas, muchas tonterías?

 

R. -Es cierto que si uno se conduce con esta simpleza, ya no simplicidad, entonces esto puede resultar perjudicial en la vida externa. Pero yo no estoy diciendo que nos conduzcamos así; yo digo que hemos de hacer coincidir en nosotros la noción de yo con la noción de Dios, la noción de libertad de mí mismo con la noción de liberación o realización de Dios. Estos no son puntos opuestos ni paralelos, sino coincidentes. No es un modo de conducirse exterior. Exteriormente hemos de ajustarnos a las costumbres, a las circunstancias, hemos de hacer nuestro papel. Pero, al margen del papel que convenga hacer en el exterior, hay ese otro papel que seguimos haciendo en el que tratamos de acercarnos a Dios, representamos el papel de persona devota, de persona sincera, de persona que quiere superarse, de persona forzada. Y es ahí donde sobre el papel, es respecto a esta relación con Dios donde sobra todo personaje. Ahí es donde yo he de despojarme de todo modo de ser para simplemente Ser. En definitiva, no es más que un acto de conciencia interior.

 

O sea lo que estoy diciendo no se refiere a un modo exterior de conducta, sino a una actitud frente al trabajo interior. Requiere, por tanto, el adiestramiento de no seguir jugando al personaje cuando quiero acercarme a Dios. Requiere la recuperación de mi capacidad de simplicidad, de sencillez, de espontaneidad, cuando yo quiero llegar a la realidad. Esto es lo que quiero decir. La afirmación máxima de mí mismo como sujeto y la realización de Dios coinciden allí donde soy más auténticamente yo como ser central, allí donde Dios es más Dios y donde yo puedo y debo tomar conciencia de esta realidad que llamo trascendencia. Por tanto, el camino para llegar a este Dios es esa simplicidad, esa recuperación de sencillez, de autenticidad.

 

Esto es muy importante. En la medida en que yo intuyo que llegar a Dios es ser más yo mismo, no estoy dividido, no estoy jugando constantemente, por un lado, a querer estar más abierto a Dios, y, por otro, a defender más mi yo, no estoy jugando constantemente al ladrón y al policía; ahora persigo a uno, ahora persigo a otro; ahora hago de ladrón, ahora hago de policía.

 

El salvaje es simple y sencillo; y, en la medida en que es simple y sencillo está armonizado con la simplicidad de lo que le rodea. En la medida en que no tiene aspiración a una Realidad Trascendente, no puede realizar esa realidad trascendente, y por eso es salvaje. El salvaje no es solamente salvaje porque le faltan las formas culturales, sino porque suele estar a un nivel evolutivo de conciencia algo más atrás que las demás personas. Porque, si el salvaje, al margen de sus formas culturales primitivas, tuviera la demanda de Eso Trascendente, el salvaje sería un hombre realizado más fácilmente que nosotros, que, por nuestra parte, creemos que la realización ha de pasar por un alambique mental y que ha de ser algo obtenido mediante la síntesis.

 

El problema de la persona con poca inteligencia no es problema. Aquí digo que toda persona puede llegar a realizar totalmente lo que siente de un modo sincero como aspiración, a condición de que responda con sinceridad y con toda su inteligencia a esta aspiración. La medida de la realización de una persona que está en su nivel de inteligencia, ni siquiera en su voluntad, o en su emotividad. La medida posible de la realización de una persona está en la aspiración sincera que tenga, en la demanda interior que haya en ella y en la capacidad de respuesta inteligente hacia esta demanda. En la medida en que la persona es consecuente con la demanda, que se pone al servicio de esta demanda, que actúa inteligentemente ante lo que aspira, en esta misma medida la persona realizará literalmente todo lo que aspira. Y esta es la única limitación y la única condición; porque, ciertamente, la demanda será distinta en cada persona, según su capacidad. Pero esta demanda que ya existe en la persona, que la persona tiene, de acuerdo con su capacidad, es precisamente la que ella podrá realizar, y, por tanto, la única que le podrá llenar.

 

Lo que ocurre es que esta demanda muchas veces no es suficientemente poderosa, pero, sobre todo, no es suficientemente valorada. Y, cuando hay la demanda, lo que la persona suele hacer es girar alrededor de ella. Todos sabemos que, cuando hemos empezado a tener inquietudes, nos hemos movido desasosegadamente, yendo de un lado para otro, buscando libros, buscando informaciones, contactos, personas, experiencias. Y es necesario que pase el tiempo de búsqueda para que yo vaya reaccionando frente a cada objeto con el que me enfrento, porque esta reacción de afirmación o de rechazo que voy haciendo, va permitiendo que yo vea más claro lo que busco, va permitiendo que se perfile, se fortalezca y se actualice esta demanda.

 

Lo malo consistirá en que la persona, sintiendo esta demanda, se limite simplemente a teorizar alrededor de ella, a girar intelectualmente alrededor de ella o bien a girar desde un punto de vista emotivo, es decir, a estar suspirando por la cosa que desea, o lamentándose porque no la tiene. Cuando se gira alrededor de algo es posible perder mucho tiempo. Por esto digo que, además de depender de la demanda, depende también de la respuesta inteligente frente a la demanda. La demanda motiva, pero para que se produzca el proceso es necesario que la inteligencia responda inteligentemente. Y la mayor parte de respuestas que damos no son inteligentes, son emotivas; giramos alrededor de la cuestión. La inteligencia busca directamente el centro de la cosa y los medios más eficaces para llegar a aquello. En cambio, cuando uno juega a leer, a hablar, a teorizar, a girar, o a hacer oración en un plan de lamento o, en ocasiones, a entregarse a las prácticas religiosas, raras veces se concentra en una actitud definida ante Dios, raras veces se emplaza ante Dios y trata de concretar esa demanda directamente. Siempre es un girar alrededor. Yo hago esto porque así voy haciendo mi deber y me acerco más a Dios. Y pido que se me ayude, que se me empuje, mientras yo en mi vida diaria procuro esforzarme en ser bueno.

 

Todo esto es bueno, bueno dentro de un punto de vista de la evolución general, dentro de un punto de vista social. Pero no es lo eficaz. Lo eficaz no es tanto un ser bueno, como un ser inteligente respecto a lo que hay dentro. Cuando tengo una demanda de sentirme yo, se trata de ver que quiere decir yo, se trata de intuir que este yo está pidiendo una libertad de expresión. Se trata de mirar esto, y de ver qué es lo que me puede ayudar para que esto salga, para que se libere, para que se produzca una expresión más profunda de mí mismo, una expresión más espontánea. Esto es inteligente.

 

La noción que más quisiera remarcar aquí, la nota que más quisiera acentuar, es que yo, siendo yo; profundamente yo, hasta el fondo, es como más me abriré a Dios. No es queriendo se otro, sino siendo profundamente yo. Por lo tanto, todo lo que vivo como más auténticamente yo es camino para llegar a esta conciencia Trascendente.

 

Todo esto nos retrotrae a la primera parte del libro, en la que estuvimos hablando sobre la realización de uno mismo como yo. La realización de lo Trascendente no es otra cosa que la culminación de la realización de uno mismo. No son dos realizaciones distintas; son dos grados de una sola realización. Por esto, cuando uno persevera hasta el fondo, en esta realización del yo, llega un momento en que ya no puede decir Yo. Se convierte en Realidad, en Ser. La noción de yo le es extraña, ya no corresponde a la cosa que se va realizando. Pero, antes de entrar, sí decimos yo, y, por eso, es correcto decir realización del yo. Pero yo hablo de las dos fases; porque hay personas que puede trabajar hasta cierta profundidad esta entrada que es del yo, y, como paralelamente pueden sentir una demanda superior, pueden tratar de establecer este contacto sin llegar a la culminación directa del yo. Por esto conviene señalar que los dos caminos coinciden. Es siendo yo que llego al que es, a lo que es, a lo único que es. De hecho, la conciencia del yo es una conciencia parcial de lo único que es.

 

Lo importante es la cosa que hay detrás del nombre, aquello a lo que responde el nombre. Lo que es necesario es que uno tenga una actitud realmente sincera, y que, si hay un sector místico o religioso en uno, que no lo ahogue en nombre de la realización del yo, que uno viva todo lo que es real. Que no, por realizar el yo, se vuelva de espaldas a la demanda que hay en nombre de un Dios superior, y que toda la experiencia religiosa que uno pueda tener dentro la reintegre, la reincorpore, en la medida en que es una conciencia parcial de realidad. Hay que integrarlo todo en la conciencia de realidad que uno va adquiriendo, que uno va recuperando. No se puede dejar ningún sector aparte, como no se puede dejar aparte el mundo, la vida cotidiana, el mundo de los demás. Hacerlo sería erróneo. Igualmente, no se puede dejar la noción de Dios, si uno la tiene, si uno la ha tenido, si uno ha estado vivo en este sector. Porque está ahí, y solamente es un juego de la mente que me hace aceptar una cosa y rechazar otra. Y la mente lo que debe hacer es recuperar todo; no dividir, sino unir. La mente divide, para manejar algo con más facilidad, en un momento dado. Pero esto es solamente una fase, una etapa en el camino. Viene luego la necesidad de superar esta función de división de la mente, para llegar a una superación de todo. Por lo tanto, este papel de la mente que excluye ha de ser también algo superado; entonces, todas las experiencias religiosas que he tenido, todas las ilusiones de mi juventud, todas mis experiencias ante la belleza, todo esto hay que vivirlo, porque son parcelas de realidad que hay en mí. Es mi mente que la separa, pero todo esto forma parte de la realidad y todo esto yo he de actualizarlo, como he de actualizar las experiencias que he vivido en relación con el mundo y con las personas.

 

-¿...?

 

R. -El miedo a hacer «tonterías» sólo desaparece cuando uno vive más centrado, más abierto, más integrado con el yo y con Dios. Cuando uno va aprendiendo a ser más conciente, más profundamente integral, desaparece este miedo a las tonterías. Pero es que las tonterías que uno puede hacer pueden ser cosas naturales, tan naturales que no tengan importancia. Lo que tiene importancia es el hacerlas como un modo de expresión de uno. Ahora bien; lo que no es correcto son las tonterías que uno hace por pura inconsciencia. Las tonterías que salen por un puro automatismo infantil, que está dentro de nosotros y que sale sin control alguno, son algo negativo. Pero lo que hay en ellas de simplicidad, el modo espontáneo que expresan, si se mantiene una perfecta claridad interior, son algo estupendo. ¿Por qué uno ha de querer pretender no cometer estupideces. ¿Por qué? Uno debe ser claramente consciente de que personalmente no puede funcionar de un modo perfecto, ha de ver con toda claridad que no puede tener pretensiones al respecto, que lo natural es que afloren cosas mal hechas, cosas deficientes. En este sentido, quiero decir que hay que aceptar que esto ocurra; es lo natural. Uno no debe escandalizarse, ni enfadarse. Todo escándalo o todo enfado no es otra cosa que una reacción del yo personal que se siente disminuido, humillado. Sin embargo, no tiene importancia el hecho de que uno falle. Lo importante es que se haga buenamente lo que se pueda hacer; eso es lo importante. Pero no obligarse a una perfección exterior, exigirse algo que está más allá de lo que es la propia naturaleza. La verdadera perfección, la única perfección, consiste en que yo dé paso libre a lo perfecto, es decir, que yo le dé paso, no que yo lo sea. La única perfección a la que puedo aspirar es que esa mente superior, esa voluntad, ese amor superior, vaya expresándose cada vez un poco más libremente.

 

Pero esa perfección no es mía, es la única perfección que existe que se va expresando en todo, que se va expresando más perfectamente, menos perfectamente. Toda perfección que uno quiere alcanzar personalmente es una contradicción de términos. La única perfección es Dios. Así, pues, no pretendamos ser perfectos en el sentido personal, y, en cambio, intentemos abrirnos para que esta perfección pueda expresarse en todos los aspectos un poco más, a través de nosotros. Entonces, cuando falle, no sentiré ningún disgusto, suponiendo que haya una verdadera sencillez, una verdadera simplicidad. Al mismo tiempo, ha de haber también un sentido de responsabilidad, porque en cada momento yo he de tratar de permitir que la cosa funcione mejor. Esto es lo correcto.

 

Todo camino de realización, sea en nombre del yo, sea en nombre de Dios, es una progresiva realización de uno mismo, es una liberación. Y liberación quiere decir un aligeramiento; cada vez yo he de sentir menos peso, he de sentirme más libre, más simple, más sencillo, porque cada vez todo se va reduciendo a la expresión más simple de Dios. Dios, yo, no es la obligación de hacer esto, 24 cosas por aquí, 13 por allá, estar pendiente de todos los detalles, tener toda la complejidad, estar atado a esta complejidad. No; vivir la complejidad, porque está ahí, pero vivirla desde la simplicidad. Entonces, esta simplicidad se cuidará por sí misma de la complejidad; no soy yo personalmente quien ha de controlar la complejidad; no es una responsabilidad compleja la que tengo. La que tengo, si acaso, es una complejidad simple, la de ser más yo y dejar que este yo funcione más desde Dios. Nada más.

 

-¿...?

 

R.-Cuando a través de tu mente quieres vivir tu yo y tu Dios, entonces es cuando todo se vuelve borroso, cuando todo se vuelve complejo, complicado, y cuando exige esfuerzo. Si tratas de despertar, evocar y mantener esta intuición de ti mismo, aquella que hayas alcanzado, y, desde ahí, tratas de subir arriba, sin dejar de ser yo, verás entonces que el trabajo es simple, sencillo. Es como si alcanzaras un grado más de liberación, un grado más de claridad; es ensanchar lo positivo.

 

Nuestro problema siempre está en que queremos sustituir el trabajo de conciencia interior con nuestra mente. La función de la mente es dirigir, establecer una conexión entre un foco que hay en la frente con una zona determinada; pero no querer hacer el trabajo de toda la toma de conciencia. La conciencia ya está ahí, detrás, adentro, arriba, abajo, en todas partes. Nuestra mente solamente permite que la conciencia viva de un modo personalmente en una dirección. Es decir, que la mente es una avenida para que la conciencia iluminada se exprese. La mente es sólo un canal de transmisión. No le hagamos representar el papel de fábrica. Por lo tanto, si yo dirijo la mente allí donde tengo la intuición de mí mismo, y me quedo ahí, viviré esa intuición de un modo cada vez más claro, más profundo, más intenso. Si la dirijo donde tengo la intuición de Absoluto, de Dios, y me quedo ahí, entonces esta noción de Dios, el absoluto, de trascendente, será cada vez más clara, más real, más viviente. Porque esta noción ya está ahí; lo que falta es solamente que yo tome conciencia de ello. Y este tomar conciencia se hace mediante esta conexión con la atención, pero no mediante un trabajo activo, sino simplemente mediante un mirar. Mirar es dirigir el receptor hacia una zona y mantenerlo ahí. Esa es la función de la mente; y no elaborar nada, lo cual nos fatiga, nos impide que la conciencia se mantenga de un modo permanente.

 

Cuando hemos hecho este trabajo de dirigir el haz luminoso de la mente hacia un sector y lo mantenemos ahí, se establece una conexión entre lo de dentro y lo de fuera, conexión que se hace permanente. Sólo mediante este mantenimiento de la atención durante un espacio de tiempo, y luego otro y otro, mediante una práctica repetida, se convierte en un puente permanente y hace que ya no vuelva a perderse la conciencia del Yo, ni la conciencia de Dios, sea el grado que sea el que uno haya alcanzado en esa profundización. El trabajo es simple. No hemos de creer en el trabajo que nos complica la vida. El trabajo de realización es un trabajo de simplificación.

 

Todas las técnicas de las que hemos hablado son cosas que hay que ejecutar dentro de esta simplicidad; son modos de vivir esa simplicidad. Procurad hacer la música de esta manera, procurad hacer la oración de está manera, procurad hacer el silencio de esta manera. Así veréis, así tendréis la experiencia directa de esto. Cuanto más auténticamente os viváis a vosotros mismos y os abráis a lo otro, más profunda será la experiencia. Tal vez sea menos aparatosa, tal vez sea menos estridente, vista desde el exterior, pero comprobaréis que tiene una calidad mucho mayor, una profundidad mucho mayor.

 

Este trabajo de autodescubrimiento en profundidad se acompaña de una recuperación de la puesta a punto, de la puesta en orden de todo lo exterior. De manera que, cuando se llega a la realización más profunda, esto ha de coincidir con una rehabilitación de todas las cosas en su propio lugar. No es que cambiemos las cosas de sitio; las cosas están en su sitio. Lo que hay que modificar es nuestra visión, nuestra valoración de las cosas. Es cierto que nosotros no hemos de recrearnos ni convertir en objeto lo que es una experiencia. La experiencia está para ser vivida y ser trascendida; no para ser convertida en un objeto estable. Cuando hemos tenido experiencias luminosas, profundas, hemos de poder evocarlas, pero no para dormirnos en estas experiencias. Hemos de evocarlas para actualizarlas ahora, para actualizar el mismo nivel de conciencia y penetrar más en él.

 

Cuando yo miro un estado de conciencia, cuando lo miro activamente con ganas de penetrarlo, no hay parálisis, no hay enquistamiento. Hay un proceso activo de penetración. Se trata, pues, de que en todo momento mantengamos esa actitud de atención despierta, clara, activa. Entonces no nos quedaremos dormidos en nada. Por grande que sea la experiencia que podamos tener en un momento dado, todo lo hemos de vivir con esa conciencia clara, distinta, muy despierta; así pasaremos a través. Hay muchas personas que quedan atrapadas en una experiencia mayor o menor de tranquilidad, de gozo, de plenitud o de silencio. Y puede reconocerse que una posición es falsa cuando no proporciona una libertad total de movimientos. Cuando uno está en el centro, tiene una disponibilidad absoluta de sí mismo. En cambio, cuando uno está enquistado, queda como paralítico, como incapacitado respecto a todo lo que no sea aquello.

 

Realizarse es liberarse, liberarse precisamente de los condicionamientos. Cuanto más uno es uno mismo, más puede no hacer cualquier cosa en cualquier momento, más participa de todo en cada instante. Por lo tanto, la conciencia es más inclusiva, y no exclusiva. Puede ser inclusiva a través de unos estados que hasta ahora ni siquiera hemos soñado. Pero incluso desde estos estados, estados superiores en los que hay una gran plenitud, una gran realidad, incluso desde ahí se puede vivir todo si se está abierto. Se está disponible a todo, hay una máxima agilidad, un máximo movimiento.

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO DECIMOCUARTO


RECAPITULACIÓN DE ESTE VOLUMEN

 

 

 

Intentaremos aquí una recapitulación de este segundo tomo, en el que hemos estado hablando de la realización a nivel vertical, de nuestra relación con lo trascendente. Lo que hemos estado hablando puede clasificarse en dos grandes apartados:

 

 

 

1°. DIOS COMO OBJETO Y COMO OBJETIVO

 

Dios es el nombre genérico que utilizamos, pero que puede ser sustituido por cualquier término que para nosotros simbolice esa intuición que tenemos de lo Trascendente, de lo Superior. Para nosotros, al principio, esa realidad trascendente es esa realidad que hemos situado allá lejos, algo que vemos posible, algo que está en el horizonte. Por tanto, es para nosotros un objeto un objeto de conocimiento, un objeto de búsqueda, un objeto con el que relacionarnos. Y por eso, a la vez que objeto, es también un objetivo a lograr.

 

Para nosotros, esa realidad trascendente aparece bajo dos vertientes distintas: o bien como una verdad que se nos impone, una intuición, un conocimiento. O bien como una demanda de nuestra afectividad, una aspiración; es decir, un testimonio del corazón.

 

 

 

Intuición de Dios

 

Consideremos primero lo que hemos apuntado acerca del conocimiento intuible de Dios. Hicimos una distinción genéricamente bajo este concepto de Dios. Pero es necesario, una vez más, concretar y darnos cuenta que ha de existir una distinción entre Dios como último ser Trascendente y toda una serie posible de estados, superiores a nuestros estados superiores, que también solemos calificar con el nombre de Dios, pero que sería más conveniente denominar el Campo de lo Divino, de la divinidad. Entonces, en este campo de lo divino tiene lugar todo lo que son contactos son seres, con fuerzas, con focos de conciencia y con estados, que no se refieren directamente a Dios como ser único y supremo, sino que son planos de nuestra manifestación, que, por el hecho de estar en un grado superior al nuestro actual de la conciencia, tendemos a verlo como lo Superior, como lo Trascendente. Esta distinción es importante, porque quizá gracias a ella cabe descubrir fenómenos distintos en nuestra conciencia de lo Trascendente.

 

Se habla muchas veces de fenómenos sobrenaturales, de apariciones de seres celestes, de mensajes de seres superiores. Y esto no solamente se cita dentro de la tradición católica, sino que en todas las tradiciones se describen sus propias apariciones, sus propios fenómenos, diversas interacciones, verificadas y comprobadas. Y esto podría muy bien atribuirse a este campo de la divinidad, donde existen seres más superiores, más evolucionados que el hombre normal. Es muy posible que tengan una acción sobre la vida del hombre, al igual que nosotros tenemos una acción sobre seres menos evolucionados que nosotros, es decir, los animales e incluso las plantas.

 

 

 

Aspecto personal e impersonal de Dios

 

Otra distinción que hicimos es la de establecer una diferencia entre Dios como un ser personal y Dios como un ser impersonal. Como un ser personal, en cuanto que el Ser Supremo está dotado de una voluntad propia, de una inteligencia propia, y, por lo tanto, de un modo personal unificado de acción inteligente, de acción voluntaria. Como ser impersonal, en el sentido de que ese modo de ser es en un orden tan amplio, profundo y elevado, que esto desborda toda nuestra noción de limitación que atribuimos a lo personal, que desborda aquellas decisiones que nosotros podemos pedir a Dios como si se tratara de un ser personal humano aunque superior, al que podemos alegrar, entristecer, con quien podemos congraciarnos, a quien podemos hacer cambiar de opinión, cuando en realidad Dios está más allá de todo esto. Dios, en este sentido, es un Principio Absoluto de voluntad, de amor, de inteligencia y de poder, que está todo él en expresión, y nuestra capacidad de sintonía con él dependerá de las condiciones correctas que nosotros compramos para esta sintonía. No dependerá de una propiciación voluntaria, de un acto que se hace en virtud de una gestión mía que determina que Dios haga una cosa u otra en favor mío.

 

Nosotros podemos llegar a ese contacto y a esa apertura con Dios, en la medida que desarrollemos unos requisitos para ello. En este sentido, Dios actúa para nosotros como un principio, y como una persona en el sentido limitado del término.

 

 

¿Qué relación hay entre lo Absoluto y lo Relativo?

 

Estuvimos viendo también una distinción más sutil: ¿en qué sentido se puede hablar de una posible relación entre lo Absoluto y lo Relativo? Lo Absoluto, por el hecho de ser absoluto, excluye cualquier otra cosa. Entonces, lo Relativo o lo manifestado no es aparte de lo Absoluto; no forman dos tipos de seres, dos unidades distintas, que pueden ponerse en relación, sino que la misma naturaleza de lo Absoluto es lo único que hace ser y existir, en todos los aspectos, a ese ser manifestado dentro de lo absoluto. Por tanto, la relación entre el Ser Absoluto y el Relativo no es como la que normalmente entendemos entre un ser relativo y otro ser relativo; no es una relación entre dos. O bien el Absoluto lo entendemos como absoluto, y entonces ello excluye toda idea de relativo, o bien entendemos como punto de referencia lo relativo, y entonces el punto de relación no es el Absoluto, sino otro relativo. Esto es difícil de captar con facilidad. El hecho es que, a medida que uno trabaja y se abre más y más y va creciendo en experiencia, uno descubre que todo el proceso consiste en hacer desaparecer nuestra conciencia de lo relativo, para que pueda así expresarse en nosotros la conciencia de lo Absoluto. Si se capta un poco esta expresión, entonces se entenderá lo que decíamos de la relación de lo Relativo y lo Absoluto.

 

 

 

Dios es el Ser Absoluto

 

Así, pues, dentro de estas explicaciones o aclaraciones previas, cuando queremos dirigir nuestra intuición hacia ese objeto que es el Ser Absoluto, vemos en primer lugar qué es el Ser Absoluto. Como Ser absoluto, quiere decir que es toda la realidad, que todo ser que es el Absoluto. Y, por el hecho de ser Absoluto y Absoluto Ser, no hay ningún otro modo de ser ni de existir. Por lo tanto, quiere decir que, en la medida que nosotros intuyamos una noción de realidad en cualquier realidad, en cualquier cosa o persona, en cualquier objeto o fenómeno, esto únicamente puede ser una expresión de lo Absoluto. Es decir, mi noción de ser es una noción parcial de la única noción absoluta de Ser.

 

En este sentido, vemos pues que no podemos hablar de distinciones de seres nada más que en nuestro modo relativo de conocer. Por lo que se refiere a- Dios, cuando queremos conocer su naturaleza, descubrimos que estamos viendo, que estamos teniendo una noción fragmentaria de Dios, en la realidad que intuimos en todo lo que existe. Obsérvese bien que lo que decimos no es que estemos viendo una parcela de la noción de Realidad de Dios, sino que nuestra noción de realidad que tenemos de las cosas es una intuición parcial de la Realidad única. Lo cual es algo muy distinto.

 

 

 

Dios es la Presencia Absoluta

 

Dios es la Presencia Absoluta. La Presencia Absoluta quiere decir que todo lo que para nosotros es aparente, en cualquier aspecto, todo lo que percibimos, solamente puede ser una expresión de lo único que lo es todo, que es Presencia Absoluta. Y no hay absolutamente nada, ni puede haber nada que esté al margen, separado, distinto de esa Presencia absoluta. Por lo tanto, absolutamente todo aquello que percibimos mediante cualquier modo de percepción no es otra cosa que un modo de percibir la única presencia, el Absoluto.

 

 

 

Dios es el Poder

 

Dios es el Poder, la Omnipotencia, la única potencia. Por lo tanto, quiere decir que, por el hecho de ser potencia Absoluta, cualquier manifestación de potencia en todas sus modalidades, energía, fuerza, cualquiera que sea la forma de la energía o de la fuerza, no son una energía o una fuerza aparte, al margen de la omnipotencia. Omnipotencia quiere decir que es absolutamente la única potencia existente. Por lo tanto, toda energía o fuerza que vemos o percibimos en nosotros, o fuera de nosotros, no es otra cosa que una conciencia parcial de la única Potencia.

 

 

 

Dios es la Verdad

 

Dios es la inteligencia, es la Verdad. Al decir que es la inteligencia no queremos significar que sea una gran inteligencia en contraste con nuestras pequeñas inteligencias. Queremos decir que es la Omnisciencia, la única Ciencia, la única Verdad. Por lo tanto, ello quiere decir que cualquier modo de verdad, de razonamiento, de conocimiento, de evidencia o de intuición que podamos tener, no son nada más que una expresión de la única verdad absoluta que es Dios.

 

 

 

Dios es el Amor

 

Dios es el Amor, es la belleza, la felicidad absoluta; lo cual quiere decir que no hay otro amor, que no es posible que exista ningún amor en grado ninguno, aparte del único Amor Absoluto. Significa que no es posible que exista cualquier belleza o armonía aparte de la única belleza y armonía, como no puede existir otro modo de bienestar, de felicidad, aparte de la Felicidad Absoluta. Por lo tanto, toda belleza, todo amor, armonía o felicidad que percibimos o vivimos es una conciencia parcial del único amor, de la única belleza, de la única felicidad.

 

Esto en cuanto a Dios como objeto, visto a través de la intuición.

 

Dios, además de esto, no es un objeto aparte, lejano, un objeto al que hay que acercarse, al que hay que alcanzar como si se tratara de la cima de una montaña a la que se sube con dificultades, con riesgos. A Dios lo concebimos como un ser totalmente en acto, totalmente manifestado, totalmente expresado, totalmente don, totalmente dado en sí mismo. Esta donación, esta expresión total de sí mismo, al mismo tiempo que es la única dificultad que existe para que nosotros podamos llegar a esa concienciación plena y definitiva, reside en nosotros. Dios se expresa en todo, Dios está queriendo ser realizado a través de todo cuanto existe, y esta realización total que se realiza a través del tiempo en nosotros depende de Dios expresándose como persona, de Dios expresándose como conciencia humana. Esta conciencia humana que nosotros vivimos en nombre propio es la expresión de Dios y es la que es variable. Esta conciencia humana es la que depende, la que está aparentemente en nuestras manos y la que nosotros podemos manejar para abrir el camino, para levantar el telón que nos separa de ese Dios central en expresión. Por lo tanto, Dios está ya queriendo ser plenamente realizado. Y nosotros estamos llevando dentro nuestro una respuesta adecuada para que se produzca la expresión total en la conciencia de lo personal.

 

 

 

Aspiración hacia Dios

 

Además de lo que nos dice esta intuición, tenemos también en nosotros el testimonio que nos ofrece el corazón. El corazón nos pide una plenitud, una felicidad, un amor real, un amor definitivo, un amor eterno, que intuimos como lo único de valor, como lo único que puede darnos la felicidad. Y esa demanda de amor, de belleza, de perfección, se traduce en nosotros en forma de aspiración.

 

Aquí es donde conviene observar brevemente dos aspectos: la aspiración es algo magnífico en la medida en que es el síntoma de que, interiormente, algo está empujando para ser expresado, de que lo superior está empujando para abrirse camino y llegar a ocupar totalmente nuestra personalidad. En esta medida, la aspiración es totalmente positiva, significativa. También es estupendo en la medida que esa aspiración se convierte en estímulo para nuestra acción, para nuestra respuesta.

 

 

 

Peligro de la aspiración

 

Pero, en cambio, esta aspiración puede tener una parte total negativa. Ello se debe a que esa aspiración, esa demanda del corazón, tiene para mí un sabor distinto de lo que es mi experiencia normal de la vida cotidiana. Tiene una calidad superior. Esto me da entonces una nueva sensación, una cierta resonancia de profundidad, una sensación de algo nuevo y superior. Entonces, esa aspiración que tiende naturalmente hacia el objeto, hacia Dios como Amor Absoluto, esa aspiración que debería ser la flecha que se dirige hacia el blanco, puede convertirse, por sí misma, en algo tan atractivo, que represente el papel de objeto. Entonces quedamos cogidos a esa aspiración, y convertimos la aspiración en nuestro modo habitual de estar. Y, así, en lugar de seguir la dinámica de la aspiración, que se dirige hacia el objeto, nos quedamos simplemente columpiados, apoyados, balanceados en esta nueva impresión, en esta dulce y nueva impresión de esa demanda superior que hay en nosotros. Entonces, sin darnos cuenta, nos acostumbramos a vivir permanentemente pendientes de esa aspiración, dando vueltas alrededor de la aspiración, evocándola, hablando de ella, reviviéndola. Y cuanto más hablamos y más giramos alrededor de la aspiración, más la aspiración nos separa del objeto. Puedo dar un ejemplo bastante gráfico de ello: un muchacho está ilusionado con una joven, y se imagina cuándo la verá, desea verla, hablarle, se dedica a imaginar lo bien que lo pasará y está pendiente de esta ilusión durante todo el tiempo. Tanto es así que la ilusión se convierte de un modo habitual de estar. Y cuando se encuentra realmente frente a la chica, entonces ocurre que no habla para nada de aquello que es objeto de la aspiración, sino que más bien se queda corto ante la situación. Y esto es porque en el fondo vive más intensamente la fantasía de la situación de relación que la propia persona.

 

Esto que nos parece algo exagerado, existe realmente en la relación entre las personas, y son muchas aquellas gentes que han esterilizado su vida, en este sentido afectivo, precisamente porque han quedado cogidos en este movimiento de relación.

 

Volviendo al terreno de la relación con Dios, puede ocurrir que esta aspiración y el modo de girar alrededor de la aspiración se convierta precisamente en mi dificultad principal para llegar hasta Él. Y si esta aspiración se traduce en unas formas y unas prácticas religiosas, entonces será esta religión la que me separará de Dios.

 

 

 

Necesidad de un enfrentamiento directo

 

Es necesario que me dé cuenta de si estoy realmente girando alrededor de la aspiración, de la demanda; que me dé cuenta de si realmente yo me dirijo en línea recta hacia el objeto, o si estoy dando vueltas, si estoy flirteando con Dios, o si estoy auténticamente interesado en ir a El de un modo directo. Esto se puede conseguir únicamente cuando deje de girar alrededor de aquello que siento alrededor del objeto, cuando decido tener un enfrentamiento, una confrontación directa con Él, y nada más. Exactamente como en la relación entre los muchachos del ejemplo, este juego de vivir la ilusión debe terminar en el momento en que el chico decide enfrentarse y hablar directamente a la joven de todo lo que le preocupa, de todo lo que desea. Sólo así se producirá, o bien la ruptura, la separación -en el caso de la relación humana-, o bien una aceptación, una integración, un estado de conciencia superior.

 

Hemos de mirar, por tanto, si estamos soñando en esa ilusión, en esa aspiración, aspiración que se traduce en unos buenos deseos, en lamentaciones, en muchas formas devocionales, pero carentes de una actitud definida, de una actitud decidida.

 

La intuición me señala a Dios como objeto, la aspiración me impulsa hacia Él. Pero sólo cuando la intuición y la aspiración se unen con mi voluntad, aquí y ahora, esto se traduce en un acto de actualización, se expresa en un acto total de mi ser. Esto es exactamente el trabajo. Aquí termina la fase de Dios como objeto. En el momento en que yo decido hacer algo, en que empiezo a hacer algo, comienza entonces a producirse una transformación en la conciencia. En la fase anterior, Dios está normalmente en el extremo de mi conciencia como objeto que busco, y yo como sujeto estoy al otro extremo, en tanto que lo que me une con él es la demanda, la aspiración. En la medida en que yo dejo de girar alrededor y me dirijo de un modo directo a Él, o me abro directamente a Él con ese acto conjunto de inteligencia, afectividad y voluntad, en esa medida se produce una interacción de mi conciencia, de mí con la conciencia que tengo de Dios. Deja de quedarse estática la conciencia de relación, y empieza a actuar la conciencia de sujeto y la conciencia de objeto; esto es lo que produce toda una serie de transformaciones en mi interior. Este es el momento en que lo divino empieza a ser para nosotros una experiencia.

 

 

 

2°. LA EXPERIENCIA DE LO DIVINO

 

 Condiciones del trabajo

 

Así, pues, las condiciones para este trabajo de acercamiento a la divinidad son: en primer lugar, que yo viva mi propia realidad como sujeto de un modo claro, intenso y real. Segundo, que yo viva esta noción de Dios como objeto, como objeto de mi mente y objeto de mi corazón, de un modo real, claro. Que, para mí, Dios no sea algo vago y difuso, sino que yo haya vivido, mediante mi meditación sobra la intuición que tengo de Dios, que haya adquirido una fuerza, que ese Dios haya adquirido para mí una consistencia, una realidad, una actualidad como objeto. Entonces, esta conciencia de yo, lo más profunda posible, y esta conciencia de realidad de Dios, se vivan, se realicen simultáneamente. Ese actualizar simultáneamente yo-Dios, Dios-yo, esto es la confrontación. Y en ninguna ocasión en que hagamos esto, emergeremos de esta confrontación con el mismo estado de conciencia que antes. Siempre saldremos habiendo sufrido una transformación.

 

Esta confrontación tengo que aprender a trabajarla, porque es algo que no puede conseguirse de repente. Si fuera así, ya estaría todo hecho. He de trabajarla, en primer lugar, con lo que son los momentos especiales dedicados a mi relación personal con Dios, los momentos de oración. Que mi oración sea la expresión de este enfrentamiento sincero, que sea una expresión sincera de mí frente a la conciencia que tengo de Dios. Y, después, sea seguida del silencio total, de esa receptividad de Dios que intuyo presente y real.

 

Y luego están aquellos ejercicios especiales que uno puede ejecutar para actualizar más esa conciencia de yo y esa conciencia de lo divino, como pueden ser entrenamientos en un centro especial. Este entrenamiento es el que se ha de mantener también cuando, durante el día, yo me aplico a la práctica de la presencia de Dios constante. Esta es una práctica de la que hemos hablado, pero hemos de insistir en ella.

 

La práctica de la presencia de Dios es la prolongación natural de mis momentos de silencio y de oración. Los momentos de silencio y de oración no son nada más que momentos dedicados totalmente a la penetración, a la toma de conciencia de esta realidad. Entonces, esta noción de yo, de presencia de yo mismo y presencia de yo mismo y presencia de Dios al mismo tiempo, es algo que se va prolongar durante todo el día. El estado de conciencia que se consigue en la oración y en el silencio de la mañana es el que se ha prolongar durante todo el día, y el que se ha de renovar en diversos momentos a lo largo del día, haciendo pequeños paréntesis de tales minutos de aislamiento, en los que yo trataré de renovar esa conciencia total y plena de yo y Dios aquí y ahora, totalmente.

 

Está también la conciencia en la que nos hemos de mantener cuando practicamos la expresión de Dios en nosotros. Esta práctica tiene tres formas de manifestarse:

 

1ª. Dios como energía única que se expresa en mí, en todas mis modalidades de energía. Cuando estoy haciendo un movimiento físico, un proceso de recuperación de energía, cuando estoy enfermo y quiero recuperarme, cuando estoy haciendo un esfuerzo moral o un esfuerzo en el sentido que sea, cualquier manifestación de energía o de fuerza es una expresión de la única potencia que es Dios. Por lo tanto, he de aprender a abrirme a la verdadera fuente de esta energía que se expresa en mí, he de aprender a centrarme en una fuente que es Dios e ir viendo y visualizando cómo Dios desde arriba es la fuente que me va dando la energía que estoy expresando a través de mi cuerpo, de mi afectividad, de mi mente.

 

2ª. Ello ocurre también con todo lo que es manifestación de la inteligencia. Cuando tengo que comprender cualquier cosa, cualquier problema, he de aprender a abrirme a lo que es la única verdad, y, por un lado, mantener mi atención claramente sobre los datos, sobre la situación objetiva y externa que exige mi respuesta; por otro lado, he de estar abierto al nivel desde donde viene toda respuesta. La respuesta está ya ahí, y, para adecuar la verdad total a la demanda parcial que se está haciendo, lo único que se necesita es mi conciencia. Cualquier verdad que yo deseo saber no es nada más que una pequeña sección de la única verdad, es decir, es aquella única verdad, en relación con tales datos y no con otros. En este sentido, cuanto más aprenda yo a estar abierto a la intuición que me viene de arriba, más mi verdad será auténtica, instantánea, y no trataré de fabricar una verdad con mi proceso cerebral, que debería ser automático; no trataré de sustituir este descenso de la verdad con algo de propia fabricación. Toda fabricación propia es, en este sentido, deficiente. Ya lo dijimos con anterioridad: nuestra mente necesita ser ejercitada, desarrollada, para que sirva de instrumento eficaz de transmisión. Una vez que está ejercitada, la mente ha de hacer la función de recogida de datos y de mecanismos de relación, de mecanismo de expresión. Así, pues, su papel será el de una vía de paso, un canal de transmisión.

 

3ª. Esto se expresa también en todo lo que es afectividad, amor. Por lo tanto, yo tengo que aprender a descubrir que todo amor, todo gozo, toda felicidad, todo bien, sea cual sea, procede de esta única fuente que es Dios como felicidad, como amor. Por lo tanto, yo he de aprender a abrirme a Dios como fuente de cada uno de mis estados.

 

En cambio, yo estoy ahora viviendo mis estados como algo aparte de Dios, y eso está fortificando las reglas dentro de mi conciencia. Después, yo me esforzaré a abrirme a la conciencia de Dios, en decir que Dios es muy bueno, que es la fuente de la felicidad, pero, en realidad, estaré buscando mis felicidades personales; quiero vivirlas en nombre propio, sin relación alguna con la fuente absoluta. Y esto es infantil. Hemos de aprender a vivir cada cosa grande o pequeña, desde la Fuente, abiertos a la fuente de donde procede absolutamente todo.

 

 

 

Lo Trascendente y el mundo exterior

 

  1. 1. En las personas

 

Hemos dicho también que esta toma de conciencia de la divinidad hemos de hacerla, no sólo durante este triple proceso de energía, inteligencia y amor, sino que hemos de aprender también a realizarla en lo otro, en lo exterior.

 

Lo exterior está hecho, en primer lugar, de personas. Hemos dicho que cada persona es una expresión de la divinidad, como lo soy yo, y que yo he de aprender a ver en las personas una expresión de Dios; que no he de detenerme sólo en las imágenes que las personas me producen; que, sobre todo, no he de confundir las cualidades que yo percibo en las personas como siendo propias de las personas. Una persona no es nada más que un sistema dinámico de energías, una expresión de cualidades de una forma en otro momento, se cambian por otra forma. Pero, en ningún caso, lo que hay en la persona es propio de la persona. La persona es el modo como aparece a nuestra conciencia un modo dinámico de la divinidad, una expresión de la divinidad a todos los niveles. Por lo tanto, es imposible que la persona exprese cualidades muy primarias, elementales, primitivas, que nosotros calificamos como malas. Si aquello es expresión de la divinidad, como lo son las cualidades que llamamos superiores, todo es expresión de la divinidad y todo es expresión dinámica.

 

O sea que la persona no tiene en propiedad nada de lo que le queremos atribuir. No han de ser las cualidades lo que nos haga enamorarnos de las personas, sino la fuente de esas cualidades. Las cualidades de la persona son testimonio viviente de la única cualidad. La belleza de las rosas es la belleza de Dios que se expresa durante unos momentos en la belleza de la rosa; la gracia del niño pequeño es la gracia de la divinidad que se expresa mediante la forma de niño. La forma es cambiante, todo es cambiante en el universo. La gracia que se expresa en aquel momento y en aquellas estructuras biológicas son también divinas, y el conjunto de todo ello nos da un niño pequeño, con su inconsciencia, con su espontaneidad, con su gracia. Pero nada le corresponde propiamente al niño; todo es un proceso dinámico.

 

En el momento en que yo atribuyo la gracia al niño, voy a querer retener esta gracia, voy a querer inmovilizar a ese niño para que no pierda su gracia, voy a estar esperando constantemente una y otra vez la misma gracia. Es decir, que voy a intentar inmovilizar lo que es puro movimiento. Pero el niño crece, y aquella gracia desaparece, para transformarse en otra gracia muy distinta. Entonces yo tengo la sensación de que he perdido algo. Simplemente, he perdido porque he puesto la esperanza en unas ideas equivocadas. Los seres que yo amo no tienen ninguna cualidad en nombre propio. Lo que yo amo en ellos es lo amable, lo cual es expresión de lo único amable, que es el Absoluto. En el momento en que confundo lo amable con una forma determinada, con un nombre concreto, estoy pretendiendo aislar la cualidad de su propia naturaleza, de Dios.

 

Y esto se traduce siempre en dolor, en desengaño, en desilusión. Por el contrario, cuando aprendo a vivir la gracia que se expresa, las cualidades que se expresan como algo que es expresión de Dios, como algo que está en juego, en movimiento, entonces sí amaré con mayor intensidad que antes, apreciaré más que antes todo lo que hay en las personas; pero sin identificarme, sin confundirme, sin depender nunca de estas personas. Y cuanto más admire la belleza, el amor, más me acercaré a la gente, más yo seré libre, y más dejaré a la otra persona que sea libre ella misma.

 

Inversamente, si confundo la cualidad con la persona, yo quiero entonces depender de la persona y privo a la persona de su propia libertad, porque le estoy exigiendo que sea de un modo, y no de otro.

 

La mayor parte de los problemas que se plantean en la convivencia familiar proceden de esto. Entre marido y mujer, entre padre e hijos, siempre se plantea el problema del cómo yo desearía que fuera, del cómo me gustaría que fuera, siempre estoy pidiendo, exigiendo, que sea de un modo determinado. Y la otra persona sigue su propia evolución, su rumbo, y esto me causa un desengaño. La culpa es de mi error inicial, al pretender que una persona sea de un modo determinado. Los modos de ser hacen que una persona sea; no una persona ha de tener un modo de ser. El modo de ser es la expresión dinámica de la manifestación, y esos modos de ser que están en cambio constante, en evolución constante aparecen en todo momento como una personalidad; y soy yo quién pretende modificar ese movimiento natural, soy yo quien pretende que las cosas sean de un modo, y no de otro.

 

He de adquirir esta noción de lo divino a través de esta manifestación dinámica de todo lo que existe.

 

  1. 2. En las circunstancias

 

Decíamos también que Dios se expresa en las circunstancias. Este mismo flujo dinámico que es la expresión divina, y que parece de un modo relativamente permanente en las personas, en los objetos, todo, es exactamente el mismo que maneja las relaciones de estos seres y su movimiento; por lo tanto, también, las relaciones entre seres que llamamos circunstancias. Estas circunstancias, cada una de estas circunstancias, son hechos de la expresión de Dios, de su voluntad y de su ser, tanto como lo es lo más elevado que podamos intuir. Hemos de aprender a discernir este lenguaje de Dios a través de las circunstancias, hemos de aprender a discernir la significación que hay, su sentido. No debemos pretender que las situaciones se conformen a nuestra voluntad y a nuestro sentido, sino que hemos de saber descubrir la verdad que se está expresando a través de cada situación.

 

Esto no significa que yo no deba reaccionar. Dios se expresará en mí en cada momento, y, en un momento dado, se expresará aceptando una situación, y, en otro momento, lo hará reaccionando contra la situación, modificándola, incluso de un modo violento. Pero no debe ser nunca yo personalmente quien ha de querer modificar, quien ha de descubrir. En todo ello juega una sabiduría. Cuando nosotros miramos retrospectivamente quince, veinte o treinta años de nuestra vida, y observamos lo que ha ocurrido en la evolución de nuestra conciencia, a buen seguro que, si lo miramos de un modo sereno y objetivo, descubriremos que incluso las cosas que hemos considerado como más desagradables e injustas han tenido un impacto perfecto, han ocupado un espacio exacto para producir en nosotros un movimiento de avance, una reacción, una experiencia, completamente necesaria para que yo pudiera crecer más y más en mi conciencia. Descubriré así que el sentido de la conciencia no es pasárselo bien y evitar conflictos, sino el llegar a crecer, el llegar a actualizar todas las capacidades, todas mis capacidades, y, junto con ellas, mi conciencia de la realidad de Dios. Por lo tanto, ya no intentaré modificar la circunstancia para que me proporcione más comodidad; para que responda a mis deseos personales, sino con objeto de que sea un medio para llegar yo a esa expansión de mi conciencia del modo más rápido posible.

 

  1. 3. En la naturaleza

 

Aprenderé también a ver en la naturaleza la constante expresión de la divinidad, así como que cada cosa nos está hablando de un modo particular de Dios. Cuando veo los elementos de la naturaleza desencadenados, es Dios que me está hablando a través de un poder; cuando siento la enorme dimensión del universo que me rodea, es la divinidad que me habla a través de la inmensidad. Cada cosa se convierte en testimonio viviente, en lenguaje, en símbolo de lo que está detrás.

 

 

 

La experiencia del contacto divino

 

¿Qué ocurre cuando yo hago este enfrentamiento, tanto en la oración como en cualquiera de estas situaciones? Hemos dicho que se produce la experiencia que podemos llamar del contacto con lo divino, con lo superior. Cuando yo consigo situarme simultáneamente Yo frente a la noción que tengo de Dios, entonces se produce la experiencia. Esta es una situación muy difícil de mantener, es algo que cuesta mucho, y por esto se hace tan poco. Por lo general, no hacemos las dos cosas a la vez: o bien nos inclinamos hacia el yo, o bien giramos alrededor de algo que llamamos Dios. Pero casi nunca estamos viviendo, con toda nuestra realidad, la realidad que tenemos de Dios.

 

El problema de la relación con Dios es la integración de dos conciencias de realidad. Yo me vivo a mi mismo como una conciencia de realidad, y esta es la conciencia con que vivo durante el día, esta es la conciencia que me hace gozar y sufrir en mi vida cotidiana. Y, luego, aparte, hay otra conciencia de realidad que, cualitativamente, es muy superior, a la cual llamo Dios, Absoluto, Mente Universal, Inteligencia Cósmica. Pero esta conciencia, aunque sea cualitativamente muy superior, cuantitativamente es muy pobre, muy débil. El problema de la integración está en que yo consiga integrar mi conciencia de realidad con la conciencia de realidad que, tengo de lo otro. Hay una realidad, pero muchos modos de conciencia. Mi conciencia funciona de un modo fragmentario. Algo que vivo como real lo llamo yo, algo que vivo como real lo llamo Dios. Cuando yo enfrento una cosa con la otra, entonces se vive un acontecimiento extraordinario; se vive esto como un acto único; y, poco a poco, esta conciencia, que era dual, empieza a fusionarse. Por el momento, el contacto real, efectivo, de mí mismo con Dios me produce un estado determinado: ese estado es una forma de paz y un silencio; no la paz y el silencio que puedo producir por mí mismo descansando, callando o apretando e inmovilizando mis mecanismos personales, sino una paz y un silencio de una calidad y una envergadura enormemente superior a todo lo que soy capaz de producir por mí mismo en mi vida cotidiana. Es algo que nos viene, algo que se distingue como único.

 

Esto puede venir en forma de gozo, de felicidad, de alegría, como unas olas interiores que me vienen, al principio, suaves, pero que son de una gran calidad, de una gran altura. También aquí se produce clarísimamente una distinción en la calidad entre lo que puede producir el vivir cotidiano y aquello que me viene de arriba.

 

Esa experiencia puede venir en forma de claridad excepcional, de claridad mental, de discernimiento: puedo ver de repente las cosas tal como son; como si, para mi mente, las cosas se hubieran convertido en algo transparente, y no tuviera que buscar, que hurgar, dentro de las cosas para ver cómo son ni qué son, sino que la Verdad está ahí mostrándose simplemente. Se aclara el panorama, se aclara la comprensión, y se produce una vivencia nueva, muy superior a todo mi pobre razonamiento, a todo mi pobre filosofar.

 

Y, por último, puede venir en forma de fuerza, de poder, de una capacidad reactiva, de un empuje interior quo tiene como característica la de ser totalmente independiente de todas las circunstancias externas.

 

Siempre aparece este carácter cualitativo nuevo, siempre aparece el testimonio de que estamos pisando un terreno magnífico, un terreno sagrado. Y esto ocurre, cualquiera que sea la forma en que tengamos este primer contacto, en que se manifiesta experimentalmente en nosotros. Los resultados son siempre que nuestros estados negativos desaparecen, que los problemas pierden su significado, o que de repente se descubre su solución. Produce incluso un cambio en las circunstancias, un cambio en el funcionamiento físico, en la salud; produce un cambio en el ambiente de las personas que me rodean: allí donde las personas antes reaccionaban de un modo personal muy violento, puede verse como ahora funcionan con más calma, con tranquilidad, con serenidad. Así pues, aquí hay unos síntomas externos que nos dan testimonio de que no se trata de una impresión meramente subjetiva, sino que es algo que afecta al exterior de nosotros. Aquí es ya cuando podemos empezar a hablar de vida espiritual. Hasta que no se tiene ese contacto, este principio de experiencia, no podemos hablar de vida espiritual. Podemos hablar de deseos, de aspiraciones, de intuiciones, pero no de vida espiritual. Vida quiere decir experiencia. Y hasta que no hay experimentación, hasta que no hay una experiencia real vivida de un modo superior, no se puede hablar de vida superior.

 

 

 

La experiencia de la unión

 

A medida que uno practica esto más y más, a medida que uno lo ejercita, se va renovando la práctica de la oración, la práctica del silencio, la práctica de la presencia de Dios, la práctica de la toma de conciencia de Dios actuando a través de mí y a través de lo otro. Entonces experimento cómo esa conciencia que tenía de yo-Dios, Dios-yo, va desapareciendo y quedando sustituida por una conciencia única de algo maravilloso, de algo magnífico, de algo a lo que no podemos llamar ni Él ni Yo. Simplemente decimos que Eso está ahí, que Eso se manifiesta. Yo no puedo darle el nombre ni de Yo ni de Él. No es un problema de objeto o sujeto; es simplemente una experiencia que se está manifestando en mí. Uno va descubriendo que esta experiencia lo llena todo, que la vida va cambiando totalmente de polaridad, de signo, que se va iluminando, y que, al iluminarse nuestra vida interior, descubrimos la luz que hay en el exterior. Así pues, todo se ilumina.

 

Poco a poco, ese campo único que incluye Dios-Yo va uniendo Dios-Yo-Mundo, y mi vida se va convirtiendo en una interacción, en una respuesta, estoy viviendo continuamente a Dios expresándose a través de mí, a Dios expresándose a través de lo otro. A través de esa interacción de Dios en mí y Dios en lo otro, se produce Dios siendo en el silencio. Cada vez vamos descubriendo nuevos matices, nuevos estados, nuevas Profundidades de conciencia de ser, de realidad, de felicidad. Llega un momento en que esa conciencia ya no se puede separar de otra cosa. Es la unión, la fusión, la interacción entre lo Superior y lo Inferior, entre lo personal y lo supra-personal.

 

Rasgos característicos de esta experiencia es que la persona vive cada vez menos lo personal, que cada vez aumenta más su capacidad de acción, de eficiencia, de irradiación, de comunicación. Y esto es porque su vida se convierte en una expresión constante de lo que Es. La persona puede seguir teniendo muchas debilidades, muchos defectos personales, muchas enfermedades, puede estar sujeto a muchos errores, porque su modo de funcionar no depende sólo de esa presencia divina, sino también del adiestramiento de sus mecanismos, de la educación de sus instrumentos. Pero la persona vive las cosas dándose cuenta de que lo importante es la cosa, nunca el sujeto. Así como antes solía vivir las situaciones en la medida en que le eran buenas, en que la afirmaban o la negaban, esto va, poco a poco, desapareciendo, pasando a ser lo importante la cosa en sí. Y la cosa en sí quiere decir lo que sucede, porque lo que sucede es lo de dentro y lo de fuera. Ambas cosas son una sola cosa.

 

Cuando esto llega a su culminación, la vida se convierte en un éxtasis, en una revelación constante, en un crecimiento constante en esta única realidad, la vida se convierte en una constante expresión de esa plenitud en nosotros. Y lo curioso es que entonces descubrimos que siempre lo ha sido, incluso en aquello que veíamos como algo extraño, como un mundo aparte. Descubrimos que, desde el comienzo, todo es una expresión constante de esa plenitud, de esta felicidad. Porque lo único que ha cambiado en este proceso, desde nuestra vida amarga del principio hasta nuestra vida plena de ahora, es simplemente nuestra conciencia, que se ha abierto. Nada se ha modificado; todo es como siempre; solamente nuestra visión, que antes estaba empañada, cerrada, hipnotizada, se ha ido abriendo poco a poco, aclarando, ensanchando, ahondando. Es decir, que podemos afirmar que nuestra evolución consiste en un proceso de despertar, en un proceso de toma de conciencia. No es el mundo lo que hemos de modificar. El mundo sigue su marcha, y nosotros, el mecanismo de nuestra personalidad, marcha junto con el mundo. Sin embargo, esto no señala el final del trabajo.

 

 

 

3°. DIOS COMO SUJETO ABSOLUTO

 

Después viene una tercera etapa, en la que se llega a descubrir a Dios como único sujeto de la existencia. Y entonces es como si toda esa experiencia de plenitud y de gozo pasara por un túnel de donde tiende a desaparecer durante un instante de la conciencia para llegar hasta una noción única de sujeto. Esto es muy difícil de explicar. Para dar una imagen de nuestro mundo corriente, yo estoy teniendo constantemente experiencias, pero la experiencia nunca soy ni yo ni lo otro, la experiencia que tenemos es siempre una relación entre yo y lo otro, sea lo otro. Es una relación entre yo y el dato, entre yo y la idea, entre yo y el recuerdo. Siempre es un yo, no-yo, y la experiencia consiste en la relación que se establece entre los dos polos. Estas experiencias pueden ser muy elementales, o muy elevadas y sublimes, pero la experiencia solamente culmina cuando se llega directamente al sujeto, no cuando es sólo experiencia. Podríamos decir que llega un momento en que esta experiencia se reabsorbe en la conciencia del sujeto, porque toda experiencia no es en definitiva otra cosa que una expresión del sujeto. Entonces, esta noción de sujeto implica la desaparición de las experiencias tal como las conocemos. Es como si fuera una oscuridad, una ausencia de luz, de color, un vacío de todo, una no-manifestación. Aparece como una negación rotunda, incluso de lo más sublime.

 

Cuando se produce la conciencia del sujeto, solamente hay un gran silencio, un gran abismo, un abismo insondable, fantástico, de silencio. Pero es un abismo de silencio que es todo aquello que es en la manifestación, pero de un modo completamente distinto.

 

No puedo decir aquí grandes cosas sobre esto, sino, simplemente, señalar que estas experiencias están ahí, y que, en definitiva, la experiencia en sí es la ausencia de experiencia, es el silencio, porque todo se reabsorbe en la noción de sujeto, sin posibilidad de explicitación de ninguna clase. Pero lo mejor será que nos quedemos con esa conciencia intuitiva que indicamos del Ser, de la Pura Realidad, del Puro Absoluto. Que nos quedemos con la conciencia del Ser no manifestado, del no-Ser, que utilicemos el nombre que queramos, pero que acabemos simplemente en silencio esto.

 

 

 

Preguntas

 

-¿Entonces, si todo es expresión de la divinidad, qué ocurre con el pecado?

 

R. -El pecado no es nada más que cuando la persona, teniendo una capacidad de conciencia determinada, se inclina hacia la de un nivel inferior, pudiendo determinarse por un nivel superior de un modo consciente y voluntario. Si no puede hacerlo de un modo consciente y voluntario, no hay responsabilidad.

 

Al decir que todo lo que existe es expresión de la divinidad, no queremos decir que todo sea de naturaleza angélica, porque también los gusanos y los minerales son expresión de la divinidad, también el hombre de la selva o el más primitivo son expresión de la divinidad. La divinidad se expresa a través de toda la gama de seres y de niveles de seres. Esto ya lo explicamos anteriormente.

 

Así, pues, creo que el trabajo queda explicado de un modo bastante concreto. Toda persona que sienta una aspiración, sea cual sea el nombre que le demos a algo superior, a Dios, puede hacer esto que hemos estado explicando. Nadie debe hacerlo simplemente porque otra persona se lo recomiende. Exige un acto de presencia total y de responsabilización total, porque en cada momento soy yo solo, completamente solo, frente a Dios, solo, como he de morir, tal como estoy viviendo, de lo cual me daría cuenta si fuera un poco más consciente. Es ahora que estoy creyendo que lo que me sostiene es la opinión de los demás, de los que me dicen que lo hago bien, de los que me tratan con justicia, de los que me comprenden. Es ahora que me estoy refiriendo constantemente a otros. Pero esta actitud es falsa. Yo soy solamente Yo y Dios, y esa es mi única relación.

 

Y si yo fallo en esa única relación, si no descubro, si no realizo esta relación de todo, ha fracasado toda posible relación. Mi vida será una sucesión de desengaños y de dolores, por lo que podré hacerme la víctima y lamentarme y desesperarme, pero hasta que no consiga volver a recuperar esa capacidad de sintonizarme, esa intuición de Dios y de mí mismo, yo no habré empezado a vivir de veras. La vida me conducirá, una y otra vez, a las mismas dificultades con las que me he ido atando, hasta que sea capaz de ver y de actuar correctamente.

 

Hay que plantearse: «Esto para mi responde a algo, responde a algo sinceramente mío, he de hacerlo o no he de hacerlo, quiero o no quiero». No en términos medios, no hacerlo más adelante, cuando tenga tiempo, porque ahora estoy en una situación especial. Todo esto son excusas, mentiras. Frente a la realidad del Yo y de Dios, cualquier otra realidad que le superpongamos es falsa, es mentira. Cada vez que estoy viviendo algo como más importante que esta relación con Dios, estoy hipnotizado. Dios es el Dios de cada realidad, Dios es el Dios de cada urgencia, y cada vez que yo creo que mi tiempo no me permite hacer esto, que tal circunstancia me exige, que hay algo que es primero que esto, ello es debido a que estoy edificando, convirtiendo en un Dios a mi sentido del deber, del trabajo, económico, a mi salud, o a cualquier otra cosa. Lo único que en todo momento tiene prioridad es Dios y esa vivencia de Dios en mí. Cualquier otra cosa es falsa.

 

La realización auténtica nos hace ver el valor único de la verdadera realidad, no del Yo ni del Tú. Es la realización la que se convierte en protagonista. No yo en tanto que fulano de tal. Por este motivo, hablar de si una persona está realizada o no es una contradicción de términos en la medida en que esté realizado, no se vivirá como fulano de tal, sino como realización. La realización no se tiene; es la realización la que lo absorbe a uno, la que le tiene a uno. Es por ello que la realización no sirve para nada; no se puede buscar la realización para tener menos problemas, para encontrar una paz. La realización se ha de encontrar por sí misma, porque es la felicidad, la realidad. Dios es Dios. Cuando yo busco un Dios que me calme mis dolores, mi inseguridad, este Dios que busco no es Dios, es en realidad una pastilla, o un somnífero. Dios solamente puedo buscarlo cuando descubro que Él es de por sí y que todo está subordinado a Él.

 

-¿...?

 

R. -Una persona puede vivir estados elevados, reales, y al mismo tiempo tener defectos y pecados capitales. Es perfectamente posible, y además se ha comprobado por la experiencia. Y, de todos ellos, el más persistente es el orgullo, el orgullo más o menos disfrazado, pero el que más cuesta de superar. Pues no es otra cosa que la expresión del yo-idea con una valoración superior a la real, es la idea de uno mismo que no se ve objetivamente tal como es. Por esto me gusta tanto esta definición que dio Santa Teresa de la humildad: «La humildad es la verdad, la humildad no es humillarse, la humildad es vivir la realidad, vivir la realidad, ni más ni menos».

 

Los problemas que guardan relación con un rasgo excesivamente acusado, por ejemplo, como en el caso de la sexualidad, no consisten en tener una actividad sexual más o menos excesiva, sino en estar identificado con ella. En la medida en que se está identificado con ella, aquello es defecto de realización, ausencia de realización en aquel sector. Por tanto, una persona puede haber alcanzado realización, y tener una actividad sexual notable. Es, tal vez, para un código social o moral que esto aparecerá como algo no moral, pero esto no necesariamente es incorrecto a un nivel más profundo. Depende de la motivación de la persona. Es falso creer que una persona realizada tiene que acomodarse necesariamente a los «estandards» de moralidad. Suele hacerlo, pero no es algo necesario. El mismo San Pablo dice que «el justo es ya su propia ley». Él está por encima de la ley positiva; la ley positiva existe para la persona para quien Dios es objeto. Por tanto, la voluntad de Dios es una voluntad objetiva; en este sentido, hay un derecho objetivo, positivo, que obliga moralmente, en la medida en que yo acepto eso. Pero en la medida que nuestra experiencia de la divinidad es ya algo intrínseco en uno mismo, en esta medida no es la ley objetiva lo que ha de motivar, sino la voluntad de Dios en mí, para utilizar la terminología cristiana.

 

La persona tiene unos mecanismos naturales en su ser biológico que necesitan un ejercitamiento de unas funciones; pero ello debe hacerse porque es una necesidad biológica, no porque se esté identificado con ello.

 

Puede ser que haya personas que consigan unas cualidades maravillosas, una realización, pero que estén buscando una autodivinación, que haya en ellos una egolatría, una adoración del yo personal, o en los que persista todavía el yo idea.

 

-¿Si uno actúa de acuerdo con aquella parte que ve del Absoluto, comete una falta?

 

R. -No. El error está en atribuir a la visión parcial un carácter de totalidad. Si la persona se limita a ver y nada más, esto no es ningún error. El error sólo tiene lugar en nuestro juicio.

 

FIN