Retorno al origen. Zen

RETORNO AL ORIGEN. Charlas sobre Zen

OSHO

Grupo Editorial Lumen Humanitas

Buenos Aires - México

RECONOCIMIENTOS Y COMENTARIOS SOBRE LA PROPIEDAD INTELECTUAL

Por permitir el uso del siguiente material, un gran agradeci­miento a:

Yu Nien Tze Chang, por su amable autorización para citar The Practice 0f Zen (La práctica del Zen), de Chang Chen-chi, Harper & Brothers, Nueva York, 1959 (mejor identificado en una nota al pie).

Doubleday, una rama de Bantam Doubleday Dell Publishing

Group. Inc., por permitir citar Zen: Poems, Prayers, Sermons, Anecdotes Interviews (Zen: poemas, oraciones, sermones, anéc­dotas, entrevistas), editado por Lucien Stryk y traducido por Ta­kashi Ikemoto, 1965 by Lucien Stryk y Takashi Ikemoto (me­jor identificado en una nota al pie).

First Zen Institute of America, por su amable autorización pa­ra citar "Las tres clases de métodos religiosos", de The Cat's Yawn (El bostezo del gato), de Sokei-an, First Zen Institute of America, Nueva York, 1947 (mejor identificado en una nota al pie).

 

Hokuseido Press, por permitir citar Oriental Humor (Humor oriental), de R. H. Blyth, Hokuseido Press, Tokio, 1959 (mejor identificado en una nota al pie).

John Murray Publishers Ltd., Londres, por su gentil autoriza­ción para citar Wisdom 0f the East Series, The Rook of Lieh­ Tzu (La sabiduría de la progresión oriental. El libro de Lieh-Tzu), traducido por A. C. Graham (mejor identificado en una nota al pie).

Peter Pauper Press, Inc., por permitir citar Zen Buddhism (Budismo Zen), 1959 Peter Pauper Press, Inc. Reeditado con autorización (mejor identificado en una nota al pie).

Charles E. Tuttle Co., Inc., Tokio, por autorizar la cita de "Un comentario sobre el Zen", de Zen Flesh, Zen Bones (Carne Zen, huesos Zen), de Paul Reps, 1957 (mejor identificado en una no­ta al pie).

 

RETORNO AL ORIGEN

 

Osho enseñaba filosofía en la Universi­dad de Jabalpur antes de fundar la co­munidad en Poona (India), que ha ad­quirido fama en el mundo entero como una meca para peregrinos que desean experimentar la meditación y la trans­formación. Sus enseñanzas han ejerci­do influencia sobre millones de perso­nas de todas las edades y todos los mo­dos de vida. The Sunday Times lo ha descrito como uno de los mil Hacedo­res del Siglo Veinte, y The Sunday Mid-Day (India), como una de las diez personas (junto con Gandhi, Nehru y Buda), que han modificado el destino de la India.

 

Discursos espontáneos que Osho dio a sus discípulos y amigos en la Casa de Lao Tze, Poona, India.

 

ÍNDICE

 

Introducción

Primer discurso: Un breve comentario

Segundo discurso: ¡Deshazte de ella!

Tercer discurso: El abad de Nansen

Cuarto discurso: La buena esposa

Quinto discurso: Esto es egoísmo

Sexto discurso: Las dos concubinas

Séptimo discurso: Copos de nieve tan bellos como éstos

Octavo discurso: El Primer Principio

Noveno discurso: La broma práctica

Décimo discurso: Molestando

Notas

Acerca del autor

 

INTRODUCCIÓN

 

El zen de este libro no es un zen que carezca de sentido; no es simplemente la carne y los huesos, sino que conlleva también la esencia. No es un zen explicado, porque el zen no se puede explicar.

La esencia es Osho.

A través de Osho como vehículo, el zen cobra vida y toca un punto vulnerable. Si intentas razonar y analizar, se te escapará la preciosa cualidad de este libro. Si quieres probar algo de lo que es el zen, este libro te será útil. La simplicidad es, a menudo, oscu­ra; y el zen es la mayor simplicidad. Al mirar un árbol, vemos un árbol; está allí, pero nosotros sólo podemos sentirnos a nosotros mismos. No podemos ver lo más evidente, aquello que hace que el árbol esté allí... el sitio en que estamos.

Así ocurre con el zen. No se puede comprender con la mente, pero se puede sentir. En el momento en que la mente fracasa en la comprensión de una afirmación como "nada es todo" o, para el caso, "todo es nada", el corazón, que está abierto, puede ab­sorber de inmediato la verdad de esto, la posibilidad.

Y Osho es el maestro de zen que devela lo mágico del zen. Su ser es alimento, y nutre al ser-abandonado en cada uno de noso­tros.

 

Para volverse hacia adentro, es necesario cruzar muchos ríos y sanar muchas heridas de origen. Este trayecto de retorno a las fuentes es siempre nuevo, lleno de maravillas y descubrimientos en cada momento y en cada nivel. Jamás puede envejecer, por­que la fuente es el comienzo. Es como una casa con pisos y pisos de habitaciones: está el principio, y el principio, y el principio. En­trar es dejar algo atrás; dejar algo atrás es entrar; y así continúa, en un infinito strip tease cósmico. Nunca terminamos. Pero es di­vertido, así que ¿quién querría que termine?

Cuando escuchamos a los maestros de zen que hablan a través de Osho, sus palabras son como burbujas: si tu corazón está abier­to, te bañan con su silencio a medida que estallan.

En este libro, si lo admites un poco, te brindará un gran ali­mento para el pensamiento. Entonces, este libro puede significar para ti una abundancia de conocimiento. Pero, si dejas que vaya entrando en ti... entre las líneas... entre las palabras... entre los versos, entonces puede transformarse en un estallido de com­prensión. Podría transformarte.

La esencia está siempre disponible. La llave está en el interior, en cuánto podemos recibir.

 

Dice Osho:

"Oye la música, no la lógica.

No tiene lógica alguna sólo tiene melodía".

 

Ma Yoga Sudha

 

 

Primer Discurso:

 

Un Breve Comentario

 

Kakua fue el primer japonés que estudió zen en China y,

mientras estaba allí, aceptó la verdadera enseñanza. Cuando

estaba en China, no viajaba. Vivía en un lugar remoto de

una montaña y meditaba permanentemente. Cada vez que

la gen­te lo encontraba y le pedía que predicara, decía unas

palabras y luego se trasladaba a otra parte de la montaña

donde fuera más difícil localizarlo. Cuando Kakua volvió

a Japón, al empe­rador le llegaron noticias de él, y pidió que

fuera a la corte a hacer una prédica zen para la edificación

espiritual de él y de todos sus súbditos. Kakua se ubicó

ante el emperador en silen­cio. Luego, sacó una flauta de un

pliegue de su túnica, sopló una sola nota, hizo una reverencia

cortés y desapareció. Nun­ca se supo qué fue de él.

 

La verdadera enseñanza no se puede enseñar; sin embargo, se le llama enseñanza. No se la puede enseñar, pero se la puede mostrar, indicar. No hay modo de hablar de ella directa­mente, pero hay millones de formas de señalar la de manera indi­recta.

Lao Tse dice que la verdad no puede ser dicha y que, en el mo­mento en que uno la dice, ya la ha falsificado. Las palabras, el len­guaje, la mente, son completamente incapaces. Desafía a la ra­zón, desafía a la personalidad orientada por la razón, desafía al yo. No puede ser manipulada. Encontrar la verdad es por comple­to imposible para la razón.

Esto es lo primero que hay que comprender y, cuanto más pro­fundamente lo entiendas, más posibilidades tendré de señalarla. Lo que estoy diciendo no es la verdad; no podría serlo. A través de palabras, sólo se puede crear una situación en la cual la verdad pueda ser posible. Pero de esto tampoco se puede estar seguro. Es impredecible. No se puede generar una causa para que se pro­duzca; se produce cuando se produce. Lo único que podemos ha­cer es estar dispuestos a ella. Tus puertas deben estar abiertas. Cuando golpee a tu puerta, debes estar allí presente. Si estás pre­sente, disponible, receptivo, puede producirse. Pero recuerda que, a través de las escrituras o de las palabras de los seres ilumi­nados, no lograrás acceder a la verdad.

Entonces, lo primero es que no puede ser dicha. Y cada maes­tro debe crear una situación indirecta, debe impulsarte hacia lo desconocido. Todo lo que dice te va llevando hacia aquello que no puede ser dicho.

Lo segundo, antes de que podamos entender a Kakua y su her­moso relato zen: la verdadera enseñanza se resiste a las palabras, pero no puede resistirse al corazón. Si existiera un lenguaje del corazón, podría ser expresada a través del mismo. Pero el cora­zón carece de lenguaje; o bien, el silencio es el único lenguaje del corazón.

Cuando el corazón está en silencio, algo dice; cuando la men­te está en silencio, no dice nada. Las palabras constituyen el mo­do de expresión de la mente. La ausencia de palabras, el silencio, es el modo en que se expresa el corazón. El silencio es un lengua­je sin palabras, pero hay que aprenderlo. Así como uno debe aprender los lenguajes de la mente, uno tiene que aprender el len­guaje del corazón: cómo permanecer en silencio, alejándose de las palabras, de la mente, cómo dejar de lado lo racional.

Cuando la mente deja de funcionar, de inmediato, toda la ener­gía se desplaza al corazón. Cuando la mente no está en funciona­miento, lo está el corazón. Y únicamente cuando funciona el co­razón, es posible enseñarte algo. La verdadera enseñanza se de­be transmitir a través del corazón. Debes estar cerca del corazón. Cuanto más cerca estés, más capaz serás de comprender el silen­cio.

 

Recuerda: el silencio no es vacío. Ante los ojos de la razón, po­dría parecer que el silencio es vacío. No lo es. El silencio es el mo­mento más pleno posible. No es sólo un momento de plenitud, si­no también de rebasamiento. Pero es de una importancia senti­da. El corazón no está vacío: es lo único que está lleno. La men­te está vacía, pues no tiene más que palabras. ¿Y qué son las pa­labras? Pequeñas olas en el vacío. ¿Y qué es el silencio? El silen­cio es lo absoluto.

Cuando piensas que estás separado de la existencia, cuando no crees ser uno con ella... en un momento de ausencia de pen­samientos, pierdes todos tus límites. De repente, desapareces y, sin embargo, estás. Y este momento sentido de no yo, de no mente, de no pensamiento, es la situación en la cual se torna po­sible que la verdad llegue a ti. Cuando estés vacío de ti mismo, te llenarás con la verdad. Entonces, todo lo que debe hacer un maes­tro es eliminarte absoluta y completamente, destruir tu yo absolu­ta y completamente, cortarte la cabeza para que puedas volverte hacia el corazón. Entonces, toda la energía se desplaza hacia el corazón.

¿Puedes estar sin cabeza? Si puedes, sólo entonces podrás ser un discípulo. Si estás apegado a la cabeza, en ese caso no podrás ser un discípulo. ¿Puedes vivir sin la cabeza? Si no puedes vivir sin la cabeza, estás cerrado a la verdad. La cabeza es la barrera; el co­razón es la apertura.

Entonces, ¿cómo es posible enseñar la verdadera enseñanza? No se la puede enseñar. No es un aprendizaje: no puedes apren­derla de alguien. Es una disciplina interior. Debes transformarte en un vehículo receptivo, en un médium. No es algo que puedas aprender si permaneces tal como eres. No podría ser una acumu­lación. Tienes que atravesar una transformación, tienes que ser diferente. Tu ser debe adquirir una cualidad diferente.

 

Sólo entonces se vuelve posible la comunicación: no exacta­mente la comunicación, sino más bien la comunión. Por medio de la cabeza, se produce una comunicación, mientras que, por me­dio del corazón, se produce una comunión. No se trata de un diá­logo. De hecho, es un encuentro del maestro con el discípulo. Es menos un diálogo; es más bien una fusión, una mezcla, en la cual el maestro y el discípulo se fusionan el uno en el otro, tal como lo hacen los amantes. Pero los amantes se fusionan a través de sus cuerpos; cuanto mucho, pueden unirse a través de sus mentes. Pero un discípulo y un maestro forman la mejor relación amoro­sa del mundo: se fusionan en el espíritu y se vuelven uno.

Sólo cuando constituyen una unidad, es posible mostrar la ver­dad. No se puede enseñar, no se puede aprender; nadie te la pue­de enseñar. No puedes aprenderla de nadie. Todo el esfuerzo que hagas por aprenderla a partir de alguien, vivo o muerto, ya sea a partir de las Escrituras o de las enseñanzas, será inútil. Y, cuanto antes lo entiendas, mejor, pues el tiempo que pasa está perdido. Nada puede lograrse de este modo.

Debes atravesar una transformación. Debes morir y renacer. Debes estar completamente renovado, totalmente renovado. Só­lo con esta "renovación" (cuando lo viejo se haya disipado, cuan­do hayas desaparecido y un nuevo ser haya tomado tu lugar), en­tonces habrá comunión.

Esta hermosa historia zen dice muchas cosas. Trata de com­prender cada palabra, pues cada palabra tiene importancia.

 

Kakua fue el primer japonés que estudió zen en China...

 

El zen es la enseñanza más sutil. La palabra "zen" deriva de dhyana. La enseñanza nació con Buda en la India, pero luego, desgraciadamente, la India se volvió poco receptiva, y los discípu­los de Buda tuvieron que buscar en China a gente que fuera más receptiva a esta enseñanza.

 

 

Buda afirmó muchas cosas, pero jamás pronunció ni una pa­labra acerca de la verdad. Dio numerosas conferencias; durante los cuarenta años que siguieron a su iluminación, habló todos los días, en forma permanente, pero no pronunció ni una palabra acerca de la verdad. Cada vez que alguien le preguntaba "¿Qué es la verdad?", se quedaba en silencio.

Entonces, un día sucedió. Se sentó debajo de un árbol. Se ha­bía reunido mucha gente. Estaban presentes todos sus discípulos y estaban esperando que dijera algo. Pero no dijo nada; simple­mente, se sentó allí. Tenía una flor en la mano, porque en Orien­te la flor de loto es el símbolo del máximo florecimiento. En Oriente, se considera que el pico más alto de tu ser es como una flor de loto. Lo es. Cuando llega tu pico máximo, dentro de tu ser comienza a abrirse una flor. Y continúa abriéndose y abriéndose y abriéndose: de la perfección a más perfección y más perfección; no hay fin para este proceso. A esta flor de loto se la llama sahas­rar, la flor de loto de mil pétalos.

Buda llegó con una flor de loto. Se sentó debajo del árbol y contempló la flor de loto como si se hubiera olvidado de las diez mil personas que se habían reunido, que estaban allí y esperaban con impaciencia. Pasaron algunos momentos, después empeza­ron a transcurrir horas, y la gente comenzó a sentirse muy incó­moda. Era como si Buda se hubiera olvidado por completo de ellos.

Él está allí, la flor está allí, y él está tan absorto en la flor que da la impresión de que hasta los límites entre Buda y la flor se hu­bieran desvanecido. Entonces, de repente, un discípulo (cuyo nombre es Mahakashyapa) comienza a reír fuertemente. Es increí­ble, porque este Mahakashyapa es alguien tan callado que nadie jamás lo vio reírse. Y es tal la carcajada que parece que se hubie­ra vuelto loco. Todo el mundo lo mira. Buda le pide que se acer­que y Mahakashyapa lo hace. Buda le entrega la flor a Mahakash­yapa y le dice al grupo de personas:

-Lo que puede ser dicho, os lo he dicho; y lo que no puede ser dicho, se lo he entregado a Mahakashyapa. Y ésta es la ver­dadera enseñanza.

Durante miles de años y hasta la actualidad, los budistas de to­do el mundo se han preguntado qué recibió Mahakashyapa, qué era. Ésta se transformó en una de las preguntas más agudas. Buda le dijo a Mahakashyapa que encontrara un hombre que pudie­ra recibir esta flor de loto. Mahakashyapa encontró a un hombre. Durante algunos cientos de años, otros pudieron hacerlo, y des­pués otros, pero el sexto maestro, Bodhidharma, no pudo encon­trar ni siquiera a un hombre en toda la India. Daba vueltas con una flor de loto. Entraba en cada poblado, golpeaba todas las puertas; no podía hallar a un hombre con quien entrar en comu­nión, a quien decirle aquello que no puede ser dicho. Nadie esta­ba preparado para recibir la verdadera enseñanza.

En India, había millones de personas instruidas, hombres llenos de conocimiento, grandes eruditos. Esos eran los días supremos de la mentalidad hindú. La India jamás recuperó ese nivel de sa­biduría. Pero Bodhidharma no pudo encontrar ni siquiera a un hombre que fuera capaz de recibir la flor de loto de Buda. Enton­ces, tuvo que irse a la China, para encontrar a un hombre allí. Incluso, debió buscar en forma continua durante nueve años antes de poder encontrar a uno.

"Zen" es dhyana; en China, se transformó en ch'an. Y des­pués, de China, debió ser llevado a Japón, ya que en la China pronto se tornó imposible hallar a un hombre que pudiera recibir la flor. Este Kakua es quien la llevó de China a Japón. Así como Bodhidharma la trasladó de la India a la China, Kakua la llevó de la China al Japón.

 

Este hombre es muy significativo y muy extraño. Nadie sabe nada acerca de él; sólo existe este relato. Es exactamente igual a Mahakashyapa: nadie sabe nada acerca de él. Solamente esta his­toria que te estoy contando de la entrega de la flor de loto: es lo único que se conoce acerca de él. De Kakua también se conoce únicamente este relato. Nunca nadie supo qué fue de él. Un hom­bre que se queda totalmente callado pierde sus límites, pierde de­finiciones, pierde su autobiografía. No hay nada de qué hablar; no hay nadie de quién hablar.

Paramhansa Yogananda es el primer yogui de toda la historia del yoga que escribió una autobiografía. Esto es una tontería, pues el yogui, por la naturaleza misma de su ser, no es nadie. En esto consiste toda su autobiografía.

Nadie sabe nada acerca de Kakua, a excepción de esta peque­ña anécdota; pero es suficiente. Porque en esta anécdota están contenidas todos los Vedas, todos los Coranes, todas las Biblias (todos los Vedas que existieron y que existirán en el futuro); esta pequeña anécdota las contiene todas. Así que escucha cuidadosa­mente.

 

Kakua fue el primer japonés que estudió zen en China y,

mientras estaba allí, aceptó la verdadera enseñanza.

 

Aceptó la verdadera enseñanza... Presta atención a las pala­bras. La verdadera enseñanza siempre está disponible. Es necesa­rio que alguien la acepte. Está siempre disponible, pero tú no es­tás preparado para aceptarla; la rechazas. Ésta fue mi experien­cia al trabajar con mucha gente. Es raro que, cuando golpeo a sus puertas, me acepten; es muy raro. Se resisten de millones de for­mas. La aceptación es difícil. ¿Por qué? Porque, si aceptas, el yo está perdido. El yo decide si aceptar o no; la razón piensa si algo es o no verdad. La razón nunca pierde control.

El otro día hablaba con alguien y le decía:

-Ahora estás preparado. Da un salto hacia la sannyas. El hombre replicó:

-Lo pensaré.

¿Cómo puedes pensarlo? Pensarlo es posible únicamente si lo has conocido antes, pues el pensamiento se mueve en el terreno de lo conocido. Si en el pasado hubieras accedido a saber qué es la sannya, si alguna vez hubieras sido un sannyasin, podrías pen­sarlo. Pero, una vez que has sido un sannyasin, jamás podrás ser otra cosa: a tal punto llega la transformación que atraviesa un sannyasin. No sabes qué es la sannya y afirmas que lo pensarás. ¿Cómo lo pensarás? ¿Qué pensarás?

La sannyas es un movimiento hacia lo desconocido. Es una fe. No es tu decisión racional, sino un salto irracional. Se produce únicamente cuando estás harto de la razón. Pero dices que lo de­cidirás. ¿Quién lo decidirá? ¿Tu mente? ¿No estás harto de tu mente? ¿No hiciste todo lo que tu mente te ha ordenado hacer? ¿Adónde te permitió llegar esto? ¿Qué sucedió? Contempla tu vi­da. Aquí te ha conducido tu mente: es un infierno. Pero aún te apegas a ella y afirmas: "Lo pensaré". ¿Y quién eres tú? ¿Y quién está afirmando "lo pensaré"? ¿Quién es este yo?

La sannyas significa abandonar el yo y, si el yo es el que deci­de, no puede haber abandono, ya que en la decisión misma el yo se ha salvado. No puedes decidir; por eso es una fe. Por eso digo que es una relación amorosa fundamental. Si confías, confías en un maestro. Entonces no dices: "Yo decidiré". Simplemente afir­mas: "Aceptaré. Estoy aquí a tu disposición. Hazme lo que quie­ras. No me preguntes; simplemente, haz lo que quieras conmigo”. Éste es el sentido de la aceptación: es confianza, es shraddha, es una fe; no es una convicción.

 

... y, mientras estaba allí, aceptó la verdadera enseñanza.

 

No puedes aprenderla; no se la puede enseñar. Pero se la pue­de aceptar y se la puede entregar. Una vez que estás preparado para aceptarla, te puede ser entregada, al igual que la flor de loto del Buda. No pienses en términos literales. No creas que Buda en realidad tenía la flor de loto en la mano. Su mano es la flor de lo­to; él es la flor de loto. Es posible que únicamente Mahakashya­pa (y nadie más) pudiera ver esto.

Observa mi mano: la flor de loto está allí. Si la aceptas, puedo entregártela. Pero la aceptación implica una muerte. La acepta­ción implica que tú, tal como eres, debes morir. Nace algo nuevo, desconectado y discontinuo en relación con el pasado. Cuando renazcas, no podrás conectarte con lo que había antes allí, pues el hombre viejo y el nuevo jamás se encuentran. Sale el hombre viejo y entra el nuevo, pero en el núcleo más íntimo de tu ser nun­ca se encuentran. Sale el viejo... sólo entonces se abre el corazón para que el nuevo sea recibido. Jamás se encuentran.

La iluminación es una discontinuidad con el pasado. Recuer­da: nunca te volverás iluminado; tendrás que abandonar. Sólo cuando abandonas, sólo cuando no estás en el camino, se pro­duce lo nuevo.

Kakua aceptó la verdadera enseñanza. Aceptación es una de las palabras más hermosas. Los budistas, los seguidores de Buda, tienen un término para ella que es aún más profundo que la pa­labra "aceptación"; este término es tathata. Tathata significa de­cir que sí en forma tan íntegra que en tu ser no exista división al­guna. Te vuelves uno en tu sí. Dices que sí de manera tan íntegra que adentro de ti no existe el no, no existe la negación.

Tathata, la aceptación total, no es una decisión de la mayoría; no es parlamentaria, es total. No es que la mayor parte de tu men­te, la mayor parte de tu ser, decide, mientras que la menor parte sigue diciendo que no. En ese caso habría conflicto. Entonces, quién sabe, en cualquier momento, la mayoría se puede transfor­mar en una minoría, y la minoría puede volverse una mayoría. Se­guro que habrá de ser así pues, más tarde o más temprano, la ma­yoría se cansará de decir que sí y se relajará cada vez más, mien­tras que la minoría que dice que no sin hacer nada juntará fuerza e ímpetu. Poco a poco, la mayoría quedará exhausta y la minoría juntará energía. Al no hacer nada, más tarde o más temprano, se transformará en la mayoría. Hay una política interior.

La aceptación, la aceptación total, tathata, significa que no hay decisión política alguna: es total. No hay nadie que diga que no adentro de ti, ni siquiera un fragmento, pues hasta un frag­mento puede ser destructivo. E, incluso si una parte de ti dice que        no, no podrás recibir la verdadera enseñanza.

La gente viene a mí y me dice: "Nos abandonamos”. y no hacen lo que dicen. Si les digo "Muy bien. Cambien sus ropas por otras color ocre", responden:

"Es muy difícil; no estoy preparado para ello".

No es más que la ropa, ¡y no estás preparado para cambiarla! ¡Y estás pensando en modificar tu alma, tu ser! Y, sólo un mo­mento antes, esta persona estaba afirmando que se abandonaba.

No sabe lo que significa abandonarse. No sabe lo que dice, es­tá medio dormido. En su sueño, tal vez haya usado la palabra "abandonarse"; pero, en el momento en que le digo que modifi­que algo (su ropa, su nombre), replica: "Es difícil, adoro mi nom­bre. Permite que mi nombre siga siendo el mismo. Mi nombre es hermoso; no lo modifiques".

Ni siquiera el nombre, que no es más que una palabra... Y no naces con un nombre; vienes al mundo sin nombre, como un ser sin nombre. El nombre no es más que una etiqueta que se te ad­hiere. Y ni siquiera puedes cambiar la etiqueta. No estás prepara­do para cambio alguno.

La gente me pregunta:

"¿Por qué modificas la ropa y el nombre de las personas?".

Esto es sólo el comienzo. Es así como empiezo a encargarme de ti. Es así como siento si estás preparado para cambiar algo, o no.

Querrías recibir la verdadera enseñanza sin cambio alguno. Querrías recibir la verdadera enseñanza tal como eres. Eso no es posible. No es posible por la naturaleza misma de la verdadera en­señanza. No puedo hacer nada; nadie puede hacer nada al res­pecto. Está en la naturaleza misma del fenómeno: sólo lo recibes cuando lo aceptas.

Dios está disponible, la verdad está disponible, la luz está dis­ponible, pero tú eres tan miserable para recibir. No sólo eres mi­serable para dar, también lo eres para recibir. Un miserable debe serlo en cualquier cosa que haga. No puedes dar; no puedes reci­bir. ¿Qué clase de vida llevas? Dar y recibir son las dos caras de una misma moneda. Si puedes dar, también puedes recibir. Por eso, tanta insistencia en el hecho de dar (dar a la gente lo que pue­das dar), dar por amor. Tanta insistencia de parte de todas las re­ligiones: dar. Da más y más. ¿Por qué? Para que puedas recibir más y más.

Recuerda: es como la inhalación y la exhalación. Si exhalas con profundidad, automáticamente inhalarás con profundidad. Si quieres inhalar profundamente, tienes que exhalar profundamen­te: no hay otra manera. Y la vida es un equilibrio entre la exhala­ción y la inhalación. Si tienes miedo de la exhalación, tu respira­ción se tornará superficial: tu inhalación no podrá ser muy pro­funda; será imposible. La exhalación es dar; dar lo que puedas dar. Y, cuanto más das, más capacidad tienes de recibir. Y el mo­mento en que dar por completo, en forma total y absoluta, es el momento de la aceptación.

Kakua debe haberse entregado a su maestro en forma tan ab­soluta que se volvió capaz de aceptar, de recibir. Recibió la verda­dera enseñanza.

 

Cuando estaba en China, no viajaba. Vivía en un sitio remo­to

de una montaña y meditaba permanentemente.

 

Éstas son palabras simbólicas: "Cuando estaba en China, no viajaba". La mente viaja permanentemente. Tus viajes externos son sólo una manifestación de tu agitación interna. Cuando la gente se pone tan tensa por dentro, con tanto movimiento, por fuera también comienza a viajar. De aquí, los viajeros americanos. Por todo el mundo hay turistas norteamericanos.

 

Se dice que Chuang Tzu informa que oyó que, en los viejos tiem­pos, la gente ni siquiera cruzaba al otro lado del río. Chuang Tzu de­cía:

"Oí que mi abuelo decía que en su época sabían que existía una ciudad al otro lado del río, porque al atardecer el humo se elevaba por el cielo, y de noche, en el silencio de la noche, los perros ladra­ban en el pueblo vecino".

 

Sabían, pero nadie hubiera preguntado ni siquiera quién vivía allí. Una clase de gente diferente: ¿por qué molestarse? Deben ha­ber vivido en un absoluto silencio, ¿por qué hacer preguntas? ¿Por qué esta curiosidad? Alguien debe estar viviendo allí: así, es­tá bien. Nadie cruzó a la otra orilla del río para ver quién vivía allí.

y todo lo contrario sucede en América. Escuché una anécdo­ta. Cerca de un volcán en Grecia, había un turista norteamerica­no junto a un guía. Observó la profundidad del volcán y comentó:

-Se ve como el Infierno.

Y el guía le respondió:

-¡Ustedes, los norteamericanos, han viajado por todos lados!

Kakua no viajaba en absoluto, ni al Cielo ni al Infierno. Esto es meramente simbólico: uno debe permanecer donde está. No via­jar quiere decir no desplazarse ni en el espacio ni en el tiempo. Hay dos tipos de viajes: uno es en el espacio. Vas de Nueva York a Londres, de Londres a Poona, de Poona a Singapur: éste es un viaje en el espacio. Y además hay un viaje que se produce dentro de la mente, en el tiempo. Te diriges al pasado, te diriges al futu­ro, y ese es un viaje más importante. En un instante, puedes ir a cualquier parte. No se necesita pasaporte; no hay problemas con la visa. Puedes ir al pasado, puedes dirigirte al futuro, puedes ir a cualquier parte. La mente se mueve constantemente.

Recuerda: la mente nunca está donde estás tú; siempre está en otra parte. Nunca estás en el momento presente pues, para estar en el presente, uno debe aprender a no viajar, a no irse a otra par­te, a no visitar el pasado ni soñar con el futuro. El pasado no es­tá más y el futuro aún no llegó. Estás desperdiciando tu vida, tu energía. Estás desperdiciando tu precioso momento, el que está.

Está aquí y ahora. La puerta se abre en el presente y se te esca­pa. Aquí radican tu desdicha y tu angustia.

¿Por qué eres tan desdichado? Porque te has estado perdien­do la vida misma. Tu desdicha no es más que un indicador de que te has estado perdiendo la vida misma. La vida está en el presen­te y tú continúas o en el pasado o en el futuro. Eres como el pén­dulo de un viejo reloj del abuelo: vas de aquí para allá... izquierda, derecha, izquierda, derecha. El péndulo continúa; nunca se queda en el medio. Si el péndulo se queda en el medio, el reloj se detie­ne de inmediato.

La mente es como un reloj, y este viaje del pasado al futuro es el péndulo. Si te detienes en el momento, en este mismo momen­to, si me estás escuchando a mí... la brisa que pasa a través de los árboles, el avión que pasa justo ahora, algún pájaro, el ruido del tráfico, todo lo que sucede ahora mismo, abierto a esto, recepti­vo a esto, el pasado se deja de lado, el futuro ya no está allí... Entonces, tu estado de ánimo no es de viajero. Y eso es todo lo que significa la meditación.

 

Kakua... no viajaba. Vivía en un sitio remoto de una

monta­ña y meditaba permanentemente.

 

Hay montañas afuera y adentro. Todo un mundo paralelo exis­te también en el interior. Por eso la gente solía trasladarse a la montaña: para crear una situación externa adecuada para viajar interiormente a las montañas internas. Los hindúes tienen inclu­so un nombre para la montaña interna: la llaman Sumeru. Si pre­guntas dónde queda, te dicen que está en el cielo. Si crees que hay en el cielo una montaña como Sumeru, te estás perdiendo lo fun­damental. Lo que te están diciendo es que en tu interior hay un momento en el cual llegas a un punto máximo de tu ser. Este pun­to máximo de tu ser es Sumeru, la montaña que existe en el cie­lo, porque en ese momento tú estás en el cielo.

Éstos son todos símbolos: Kakua vivía en un sitio remoto en la montaña... Puede haber vivido allí exteriormente también, pero eso no tiene mucha importancia. En tu interior hay sitios remo­tos. En tu interior hay partes que corresponden al mercado, hay partes que corresponden a la familia, hay partes que correspon­den a la superficie. Y hay sitios remotos en tu interior que no co­rresponden al mercado, ni a la familia ni a nadie. Estas remotas montañas a las cuales nunca va nadie, donde únicamente estás tú, son las que debes buscar. Debes sentarte en silencio y buscar los sitios remotos de tu interior.

Eres un universo vasto, recuerda. La superficie que tú has da­do por descontado que eres es sólo el comienzo, la entrada. Si es­tás hablando en la entrada esto se debe a ti. Hay rincones remo­tos dentro de la casa. Mucha gente pasa toda su vida en la entra­da, junto al camino: el mercado, la familia, los objetos, el presti­gio, la política. Vives en la superficie. Kakua se volvió hacia sus sitios interiores, remotos y más remotos. ¿Cómo puedes volverte hacia tu interior? Primero, deja de viajar.

Hay dos movimientos de energía; solamente dos. La energía tiene sólo dos dimensiones: una es horizontal y la otra vertical, igual que la cruz cristiana. Y la cruz cristiana es, en verdad, el sím­bolo de esto. Una es horizontal: vas de un pensamiento a otro, de A a B, de B a C, en forma horizontal. Después, hay otro movi­miento de la energía: no vas de A a B, te metes más profunda­mente en A, de A1 a A2, de A2 a A3; te metes más profunda­mente, o en forma vertical, o más alta, pues todas estas denomi­naciones aluden a lo mismo.

Observa la cruz en que Cristo fue colgado. Tiene dos postes: uno es horizontal y en él fueron clavadas las manos de Cristo. Es­te poste es el tiempo común, el vivir cerca de la ruta, el vivir en el mercado, el vivir cerca del cruce de caminos. Y después, la pro­fundidad. Todo su cuerpo está sobre el poste vertical. Éste adquie­re más y más profundidad. Cuando vas a nadar, nadas en la su­perficie; eso es horizontal. Cuando te zambulles en la profundi­dad: eso es vertical. Un meditador se zambulle en la profundidad; un pensador se queda en la superficie. Pensar es como nadar. Me­ditar no es como nadar; es zambullirse en la profundidad, llegar al mismo punto pero en un nivel más y más profundo.

Deja de viajar, pues viajar es algo superficial. Quédate quieto, no viajes, quédate en el momento. Entonces, comenzarás a caer en el abismo. Puede darte miedo y tal vez esa sea la razón por la cual sigues pensando en el pasado y en el futuro pues, si te que­das en el momento, caerás en un abismo ilimitado. Se abre una profundidad y te absorbe en su interior.

El yo no puede existir en la dimensión vertical; sólo puede exis­tir en la horizontal. La mente sólo puede existir en la dimensión vertical; no puede existir en la horizontal. Pero la horizontal y la vertical se cruzan: ese es el encuentro de los dos postes, donde se forma la cruz. Se encuentran, se encuentran en el momento pre­sente: el momento presente se transforma en el punto de encuen­tro. Aquí, la horizontal atraviesa a la vertical. Desde el momento presente, te puedes mover en dos direcciones: o bien de A a B, o bien de A1 a A2. Kakua viajaba de A1 a A2, de A2 a A3. Y es una profundidad infinita: nunca llegas al final.

Cuando estaba en China no viajaba. Vivía en un sitio remoto en una montaña. Y, cuanto más profundo te metas en la dimen­sión vertical, cuanto más lejos llegues, tanto más te alejarás del mundo. Entonces la familia queda en la superficie, las ansiedades de la existencia cotidiana quedan en la superficie. Pertenecen a la calle, al tráfico, al mercado. Simplemente, te vuelves hacia aden­tro y desaparecen.

Recuerda que hay dos modos de enfrentar las preocupaciones: uno es resolverlas en la superficie (nadie las ha resuelto jamás); el otro modo es trasladarte a un rincón lejano de la montaña. Cuan­to más lejos te vayas, cuanto más grande sea la distancia, tanto mejor podrás ver, porque la distancia brinda perspectiva. Y, cuan­do puedes ver mejor las preocupaciones empiezan a desaparecer. Cuanto más lejos te vas, más se disuelven automáticamente las preocupaciones, pues ahora no las estás alimentando con sólo es­tar permanentemente cerca de ellas. Ahora no les estás prestan­do atención, se marchitan. Y, una vez que has llegado al rincón más remoto de tu ser, simplemente no sabes si hay preocupacio­nes o no, si alguna vez existieron. Simplemente, dudas.

Éste es el modo oriental de resolver las preocupaciones: vol­verse hacia adentro, a un rincón remoto. El modo occidental es enfrentar las preocupaciones y tratar de resolverlas. Y el Occiden­te fue un fracaso. Nada ayuda, ni el psicoanálisis ni otras tenden­cias dentro de la psiquiatría: nada ayuda, porque todo el mundo intenta resolver en la superficie. Pueden consolarte un poco o pueden adaptarte un poco a la sociedad; pueden darte algo más de confianza, pueden hacerte más normal; eso es todo.

Pero "normal" significa sólo normalmente anormal, nada más. Normal simplemente quiere decir como todos los demás. ¿Pero cómo son todos los demás? Todos los demás son también neuró­ticos, neuróticos leves. La psiquiatría, el psicoanálisis, y todas las tendencias occidentales, pueden adaptarte más, volverte más nor­mal: eso es todo. El desajuste desaparece; te adaptas. ¿Pero a qué te adaptas? Si la sociedad toda está enferma, te adaptas a la en­fermedad. Si la sociedad toda es neurótica, te adaptas a la neuro­sis.

 

El modo oriental es totalmente diferente. No se trata de adap­tarse más a la sociedad; no, porque la sociedad misma es ignoran­te, malsana, enferma. Adaptarse a ella no es el punto. El punto es alejarse más de la sociedad para poder encontrar tus propias raíces, tus propios fundamentos. Una vez que encuentres tu pro­pio fundamento, las preocupaciones existirán (son parte de la vi­da) pero ya no te preocuparán. Existen y las abordas en la super­ficie, pero no te involucras; te quedas afuera.

Un meditador real se vuelve auténticamente un forastero. Se queda afuera. Se queda a una distancia tan grande que puede ob­servarse a sí mismo como si estuviera observando a otra persona. Las preocupaciones estarán allí, igual que las olas están en la su­perficie del océano, pero en las capas más profundas del océano no hay olas. Si te identificas con las olas, habrá problemas. Esta identificación es la causa radical de toda desdicha. Cuanto más te alejas, más se disuelve la identificación: se quiebra, cae. De repen­te, estás en el mundo pero no eres parte del mundo. De repente, has trascendido.

Hay sólo una trascendencia, y la trascendencia es el único mo­do. Y esa trascendencia implica volverte más y más profundamen­te hacia tu interior. Simplemente, observa tu mente y llegarás más adentro. Sólo recuerda que no eres la mente y llegarás más aden­tro. Sólo recuerda que no debes caer en la vieja trampa de eva­dirte en el pasado o en el futuro. Sólo recuerda que no estás aquí para viajar sino para ser. No estás aquí para transformarte en al­go (ya eres aquello en lo cual te puedes transformar), sino simple­mente para conocer este ser, qué es...

Occidente ha hecho enormes y tremendos esfuerzos para transformarse en algo. Y Oriente sólo ha estado haciendo una co­sa: relajarse y saber quién es. La transformación no es el punto, pues transformarse es viajar; debes transformarte en algo. El pun­to es primero saber quién eres. Tal vez ya seas aquello en que te quieres transformar. Y quienes lo supieron, supieron que éste ya es el caso: ya eres aquello en lo que te puedes transformar. Sólo debes familiarizarte con este hecho.

Este hecho está profundamente oculto en ti. Los hechos más significativos siempre están profundamente escondidos, no están en la superficie. No están en la piel, sino en el corazón. Observa la mente y encontrarás rincones remotos de tu ser, con los que no estás familiarizado, que no conoces. No te conoces. Sólo conoces una parte de ti mismo, la entrada de tu casa. Sólo te mueves en las afueras.

 

  1. .. vivía en un sitio remoto de una montaña y

medita­ba permanentemente.

 

Esto debe ser recordado: la meditación no puede ser una par­te. O bien es todo, o no es. Es una ocupación de veinticuatro ho­ras. No puedes hacerla y dejarla. No es un fragmento, como ir a la iglesia o al templo, meditar algunos minutos y después termi­nar con eso. No es un acto que puedas ejecutar y luego dejarlo. No es un acto; eres tú. ¿Cómo puedes hacerla y terminar? Es por veinticuatro horas. La meditación es un modo de vida. No es una actividad; es tu ser mismo. Tiene que ser constante, tiene que ser continua; tiene que serlo. Mientras estás caminando, comiendo, o incluso cuando estás durmiendo, tiene que estar allí. Debe trans­formarse en una continuidad cristalizada. Sólo entonces se produ­ce la iluminación; nunca antes.

Por supuesto, en el comienzo debes empezar: lo haces a la ma­ñana, a veces lo haces al atardecer, y luego te olvidas. Incluso eso ayuda. Pero aún no es meditación: aún es una actividad. No se ha transformado en parte de tu ser. Todavía no es algo como respi­rar. ¿Puedes respirar a la mañana y después dejar de hacerlo? De­be volverse algo como la respiración, que te acompañe perma­nentemente. Y llega un momento en que se vuelve incluso más profunda que la respiración, pues ésta tampoco es constante; en realidad, no es constante. Cuando tomas aire, llega un momento en que la respiración se detiene. Cuando exhalas el aire, hay un momento, un fragmento de momento, en que la respiración se detiene. Cuando estás muy, muy callado, se detiene la respira­ción: no respiras.

La meditación es más profunda que la respiración, porque és­ta pertenece al reino del cuerpo. La meditación no pertenece al cuerpo. Pertenece a la semilla, al centro mismo en torno al cual gira el cuerpo. El cuerpo es sólo como una rueda. La respiración es necesaria para el cuerpo y la meditación es igualmente necesa­ria para el alma. Sin respirar, morirías; eso quiere decir que el cuerpo moriría. Sin meditación, morirías; eso quiere decir que el alma moriría.      

Gurdjieff solía decir: "No creas que ya posees un alma. ¿Cómo podrías tener un alma si no es por la meditación?". Y tenía razón. Cuando meditas, el alma revive en ti por primera vez. Te ha esta­do esperando. Y, cuando el alma empiece a respirar en tu interior al igual que el cuerpo, cuando el alma comience a latir al igual que el corazón; tendrás una cualidad diferente. Esta cualidad es la re­ligiosidad. No tiene nada que ver con los rituales. Entonces, eres  un ser humano diferente, totalmente diferente.

El deseo desaparece. En lugar del deseo, una satisfacción, una profunda satisfacción, te invade, pues el deseo es insatisfacción. La furia desaparece y, en lugar de ella, aparece la compasión. La misma energía se transforma en compasión. En la furia, querrías destruir al otro. En la compasión, por el contrario, querrías crear, no destruir. El odio desaparece sin dejar huellas: simplemente, no puedes encontrarlo en tu interior. Te vuelves amable, y entonces el amor no es una aventura: no es enamorarse de alguien; es sim­plemente tu modo de ser. Si tocas una hoja, hay amor; si trans­portas una piedra, hay amor; si observas el sol, hay amor. Cual­quier cosa que hagas se transforma en un acto de amor.

La meditación no es una parte, es el todo; entonces, uno de­be recordarlo permanentemente, debe estar alerta. No puedes meditar a la mañana y después olvidarte.

 

Él vivía en un sitio remoto de una montaña y

meditaba per­manentemente.

Cada vez que la gente lo encontraba y le pedía que predica­ra,

decía unas palabras y luego se trasladaba a otra parte de la

montaña donde fuera más difícil localizarlo.

 

Se trasladaba externamente y también internamente. A veces, aunque te dirijas a una parte lejana de tu interior, descubrirás que viene un pensamiento y te visita. Estos pensamientos son las per­sonas interiores. Y también afuera, incluso cuando te dirijas a una parte muy lejana del Himalaya, algún día, alguien (un cazador, un leñador o un viajante que va hacia el lago Mansarovar, o alguien que no encuentra su camino) te visitará. Y lo mismo sucede aden­tro: a veces te visitará un pensamiento vagabundo que ha perdi­do su camino.

Incluso en las meditaciones más profundas, de repente descubri­rás que un pensamiento sobresale, pero seguirá siendo uno, no se­rá una multitud. Y es hermoso que te visite un pensamiento, por­que puedes verlo con gran claridad. Tiene su propia personalidad. Los pensamientos son personas, pero vives en una multitud tal... Una multitud carece de personalidad. Estás tan lleno de pensa­mientos que no puedes percibir la belleza, el rostro, de un solo pen­samiento. Para cuando tomas consciencia, el pensamiento se ha desvanecido y ahora está pasando otro: es un tráfico constante.

En el tráfico, en la multitud, no miras las caras, no sientes a la gente; sólo sientes una masa que te rodea. En una multitud, los otros se vuelven cosas, no personas. ¿Has visto? Si estás viajan­do en un tren lleno de gente, muchas personas a tu alrededor to­cándose por todas partes, incluso si eres una mujer y alguien es­tá tocando tu cuerpo, no te sientes molesta. ¿Por qué no? Porque no es una persona, no es gente; es sólo una multitud. Si te paras solo debajo de un árbol y el mismo hombre viene y se restriega contra ti, te enojarás: ahora es una persona.

En una multitud, nadie tiene personalidad. Es una multitud. ¿Con quién te enojarías? Y te retraes. En un autobús lleno de gen­te, en un tren lleno de gente, te retraes; no estás atento a la su­perficie de la piel. Entonces, si alguien te toca, está bien. No es un toque, es algo muerto. Pero, a solas con una persona, es dife­rente.

Y lo mismo sucede en el interior. Has vivido en una multitud de pensamientos, una loca multitud. Nunca has observado un pensamiento suelto. Los pensamientos son personas y son her­mosos. Cuando puedes vislumbrar un solo pensamiento contra el cielo, con personalidad, con su propio ser, su propia energía, en­tonces ese pensamiento te pregunta algo. La mente nunca te ha preguntado nada, por tu gran identificación. Cuando ésta se quie­bra, poco a poco, hasta la mente empieza a preguntarte cosas.

La gente pedía cosas y le hacía preguntas a Kakua. Él predica­ba, decía unas pocas palabras, y luego se trasladaba a otra parte de la montaña, pues este lugar también se había vuelto poblado: la gente se estaba acercando. Y esto sucederá cada vez que te ins­tales en tu interior con tu meditación: cada vez que te pongas a meditar, te visitará un pensamiento. Esto demuestra que aún eres vulnerable al pensamiento, aún no te has trasladado allí donde na­die puede acceder. Debes cambiar; debes llegar más profunda­mente aún. Y sentirás una muy profunda gratitud por el pensa­miento que te visitó, porque te demostró que todavía no estás tan alejado de la superficie: un pensamiento puede llegar, una ola puede alcanzarte. Pensarás el pensamiento, tomarás tus perte­nencias y te trasladarás.

Kakua predicaba unas pocas palabras, tenía una buena co­municación con el pensamiento. y se alejaba más hacia el interior para que nadie pudiera acceder a él. Todos debemos encontrar un lugar que sea absolutamente individual, donde nadie pueda alcan­zarnos: se trata del alma. Nadie puede alcanzarnos, ni siquiera un pensamiento: es la soledad total.

No puedes imaginar el silencio, no puedes imaginar la belleza, no puedes imaginar el sabor que tiene estar absolutamente solo, sin que nadie pueda acceder a ti, sin que nada te alcance. No pue­des comprender la bendición, la dicha que se produce. Sigue vol­viéndote hacia adentro, y llega al punto en que ni un solo pensa­miento pueda aparecer ni visitarte. Llega al punto en que sólo quede el dueño de casa, sin que vengan huéspedes. Sólo enton­ces, el verdadero invitado golpeará a tu puerta. Sólo entonces Dios, sólo entonces el estado de nirvana, la iluminación, la supre­ma luz, la verdad, o como quieras llamarlo, golpeará a tu puerta. Cuando no estás disponible para el mundo, estás disponible para Dios. Hasta que esto, la soledad total, no suceda, no serás un ve­hículo justo para que la divinidad descienda.

Llegó un momento en la vida de Kakua en el cual lo logró, lo­gró la soledad completa, y entonces el supremo invitado golpeó a su puerta. Luego, regresó a Japón.

 

Cuando Kakua volvió a Japón, al emperador le llegaron no­ticias

de él, y pidió que fuera a la corte a hacer una prédica zen

para la edificación espiritual de él y de todos sus súbditos.

Kakua se ubicó ante el emperador en silencio.

 

Debe haber sido un momento muy difícil de manejar para el emperador. Kakua simplemente estaba allí, de pie, callado. No de­cía nada. Trataba de comulgar, pero el emperador esperaba una comunicación. En ese mundo, incluso los emperadores son men­digos, pues ellos viven en el mismo lugar que uno. Pueden residir en grandes palacios, pero viven en mundos como el de uno. Pien­san igual que uno, imaginan, desean; se trasladan al pasado y al futuro, igual que uno. En lo que concierne a la realidad fundamen­tal, el emperador y el mendigo están a la misma altura. No hay una sola diferencia. Únicamente sus vestimentas son diferentes; su ser interior es igual.

Kakua estaba de pie en silencio; no decía una sola palabra. El emperador esperaba, la corte esperaba... Entonces, al percibir la imposibilidad (que el silencio no sería comprendido, que no hay nadie capaz de reírse como Mahakashyapa y de comprender su silencio), Kakua hizo lo mejor que hay después del silencio. ¿Qué hizo?

 

Luego, sacó una flauta de un pliegue de su túnica, sopló una

sola nota, hizo una reverencia cortés y desapareció.

 Nun­ca se supo qué fue de él.

 

Esto es lo mejor que hay después del silencio. Si no es posible comprender el silencio, lo mejor (en segundo lugar) es la música.

Es necesario entender algo acerca de la música: la música no es un lenguaje, y sin embargo lo es. No dice nada pero habla. La música no contiene palabras, sólo sonido. El sonido está en un lu­gar intermedio entre la falta de palabra y la palabra. Si no es po­sible comprender la falta de palabra, entonces música. Y, si tam­poco es posible entender la música, Kakua sencillamente desapa­rece.

 

Estoy hablándote. De hecho, esto no es más que música. Tal vez la flauta no esté a la vista, pero en realidad no estoy hablan­do, sino cantando algo. No es una filosofía sino una poesía; de ahí todas las contradicciones del poeta. Digo hoy una cosa, dije algo completamente distinto ayer; y no soy predecible: mañana puedo afirmar algo diferente, porque lo que digo no es lo importante, lo importante es lo que canto a través de lo que digo. Las palabras cambian, las flautas pueden cambiar; ese no es el punto. Pero la nota única...

 

Y yo estuve hablando y hablando, pero ¿has observado la no­ta única? La nota única sigue siendo única. De diferentes formas, canto la misma canción con diversas flautas, con otras palabras. Pueden parecer contradictorias, porque a veces utilizo una caña de bambú y a veces una flauta de oro; a veces, una con pocos agujeros y, otras veces, una con muchos agujeros. Las flautas son diferentes y hasta los sonidos pueden ser diferentes, pero la nota de base sigue siendo la misma.

Todos los Budas cantan la misma nota. Los oyentes siguen cambiando, pero los Budas nunca cambian. Yo canto hoy la mis­ma canción que Kakua cantó ante el emperador. Sacó una flau­ta de un pliegue de su túnica, sopló una sola nota... Igual que una única flor en un gran jardín: una sola nota contra la totalidad del cielo, una sola nota contra la totalidad de la mente, el diálogo de la mente. Y entonces él... hizo una reverencia cortés y desa­pareció.

 

Nunca supo qué fue de él.

 

Hizo todo lo posible. Primero, probó con el silencio. Yo tam­bién lo intenté al comienzo. pero era difícil: el oyente no podía es­cuchar nada. Estoy probando ahora tocar la nota única con una flauta. Y, si no escuchas, recuerda el relato: Kakua desaparece. Entonces, nadie sabe nunca más nada de él.

Y Kakua probó con lo mejor de la sociedad: el emperador y sus súbditos. Y, cuando vio que ni siquiera el emperador y sus súb­ditos eran capaces de comprender, ¿qué sentido tenía? ¿Quién se­ría capaz de entenderlo? Simplemente, no volvió a molestarse. Y esto ha sucedido muchas, muchas veces: millones de veces. Mu­chos Kakuas ni siquiera hicieron el intento cuando descubrieron el absurdo total. Simplemente, miraron las caras del público y se en­contraron con muros. Sencillamente, no probaron. Pero algunos Kakuas son muy valientes y lo intentaron. Esto implica esperar contra toda esperanza.

Este relato constituye una indicación muy bella. ¿Qué hacer a raíz de este relato? Primero, intenta con el silencio... quédate ca­llado conmigo. Si sientes que es imposible, escucha la música, no las palabras que pronuncio. Las palabras no son más que excusas: escucha la música. Y no discutas, pues lo que afirmo no es una afirmación lógica; es absurdo. Pero esto (la lógica de lo que afir­mo) tampoco es el punto. Lo importante es la música de lo que digo.

Primero, prueba el silencio conmigo. Si se produce, es hermo­so. Si no se produce, prueba la música. Éstas dos son las únicas vías; no hay una tercera. No prestes atención a lo que digo; escu­cha sólo el ritmo. Escucha solamente la armonía, la armonía de los opuestos. Y recuerda que es una sola nota. Repito siempre la misma, pero en diversas formas. A veces, un relato zen es la ex­cusa; a veces, el Gita; a veces, Jesús o Mahavira; son todas excu­sas, pero sigo repitiendo la misma nota. Doy vueltas en torno a ti, intentándolo desde todas partes, probando todas las posibilida­des.

 

Presta atención a la música y no a la lógica. No hay lógica en esto; sólo hay una melodía.

Suficiente por hoy.

 

Segundo Discurso:

 

¡Deshazte De Ella!

 

Joshu fue un maestro que empezó a estudiar zen a los se­senta años.

A los ochenta, encontró la iluminación. Dicen que enseñó durante

los cuarenta años posteriores. Una vez, un dis­cípulo le preguntó al

viejo Joshu:

-Nos enseñas que debemos vaciar nuestras mentes. No

tengo nada en la mente, ¿qué debo hacer ahora?

-¡Deshaz te de ella! -le dijo Joshu.

-Pero si no tengo nada, ¿cómo podría deshacerme de ella?

Joshu dijo:

-Si no puedes deshacerte de ella, carga con ella, échala afuera,

vacíala, pero no te quedes ahí parado frente a mí sin

nada en la cabeza.

 

 

Cuál es la nota única de Joshu? Su única nota es el va­cío. Ésta es la flor de loto que Buda le entregó a Maha­kashyapa. Y es lo que todos los Budas han transmitido a través de diversas épocas: el vacío. El yo quiere ser todo. El todo se produ­ce, pero se produce a través del vacío, y aquí reside la dificultad, la imposibilidad. Puedes perfeccionarte pero, si la perfección fun­ciona como ideal, no lo lograrás. Puedes perfeccionarte a través de quedarte completamente vacío. Parece inconcebible para la mente, pues ésta indica que, para perfeccionarse, uno debe hacer grandes esfuerzos, debe crear un ideal para el futuro, debe esfor­zarse por alcanzar ese objetivo.

El objetivo se da. La perfección llega al hombre; no es necesa­rio que el hombre la alcance. El objetivo se acerca a uno. Nadie jamás ha llegado al objetivo. Siempre ha sido de otra manera: el objetivo te alcanza cuando estás vacío. Y estar vacío es lo contra­rio, justamente lo contrario de todo esfuerzo hacia la perfección, pues la perfección implica que te gustaría ser como Dios mismo. La perfección implica que querrías ser eterno, infinito, desplega­do por todas partes. El vacío es exactamente lo contrario: debes destruirte por completo. Ni siquiera tiene que quedar un rastro. Una vez que tu hogar está vacío, llega el invitado. Cuando ya no estás, se ha logrado el objetivo.

Entonces, no hagas de la perfección tu objetivo; ésta se da en forma indirecta. Quédate vacío y habrás generado la situación pa­ra que se produzca. Como la naturaleza repudia el vacío, nada puede quedar vacío. Si te vacías por completo, te llenarás de lo desconocido. De repente, desde todos lados, lo divino correrá ha­cia ti. Habrás creado la situación; hay que hacerlo. Cuando tú no estás, está Dios.

Entonces, recuerda: no puede haber encuentro entre tú y Dios. Nunca lo ha habido y nunca lo habrá. Cuando tú no estás, está Dios. Cuando tú estás, Dios no está. No pueden estar los dos al mismo tiempo. Cuando tú desapareces; de repente aparece lo perfecto, lo absoluto, el todo. Siempre ha estado allí, pero tú es­tabas tan lleno de ti mismo que no quedaba espacio para que en­trara. Estaba por todas partes, pero no estabas vacío.

Eres como una casa sin puertas: sólo paredes y paredes, y ca­pas y capas de paredes. Y recuerda: de hecho, una casa es más las puertas que las paredes. Dice Lao Tse: "¿Qué es una puerta? Una puerta no es nada, es un vacío. Y, a través de una puerta, se entra”. Una pared es algo, mientras que una puerta no es nada. ¿Y te has dado cuenta de que una casa no consiste en las paredes sino en el vacío interior? La misma palabra "habitación" implica vacío, espacio. No vives en las paredes, sino en el espacio, en el vacío. Todo lo que existe, existe en el vacío. Todo lo que vive, vi­ve en el vacío.

No eres tu cuerpo. Dentro de tu cuerpo, igual que dentro de tu casa, existe espacio. El espacio eres tú. Tu cuerpo no forma más que las paredes. Piensa en una persona sin ojos, ni orejas, ni na­riz, sin ventanas ni puertas en su cuerpo: estaría muerta. Los ojos, las orejas, la nariz y la boca son las puertas: son vacíos. Y, a tra­vés de este vacío, la existencia penetra en ti. Lo exterior y lo in­terior se unen, pues el espacio exterior y el espacio interior no son dos cosas separadas; son una sola. Y la división no es una ver­dadera división.

Es como... puedes ir al río y puedes llenar de agua un pote de barro. Cuando el agua entra al pote de barro, el río de afuera y el agua de adentro del pote son iguales. Sólo existe la pared de ba­rro, que inclusive es porosa. El agua fluye permanentemente ha­cia adentro y hacia afuera. Tu cuerpo también es una superficie porosa: la existencia fluye hacia adentro y hacia afuera continua­mente. ¿Qué es la respiración? Es la existencia que entra y sale. Y los científicos afirman que hay millones de agujeros en la piel que inhalan y exhalan permanentemente. Eres poroso. Si todo tu cuerpo tuviera una capa gruesa de pintura, y únicamente la nariz pudiera quedar abierta, podrías seguir respirando, pero a las tres horas estarías muerto: porque todo el cuerpo respira, es poroso. La existencia continuamente te renueva.

Interiormente, ¿quién eres tú? El interior es un vacío. Cuando uno descubre este vacío, el yo simplemente desaparece. Es un mi­to, es un sueño, es una falacia. Porque nunca has observado tu in­terior, has creado un falso yo.

Hay una necesidad, porque ningún hombre puede vivir sin centro. Y no conoces tu propio centro, por lo tanto la mente crea un centro falso: ese falso centro es el yo. Cuando te desplazas ha­cia adentro y buscas al yo, nunca lo encuentras allí. Cuanto más profundamente vayas, tanto más te reirás, porque el yo no está allí, tú no estás allí. A veces, cierra los ojos y busca al yo. ¿Dón­de estás? ¿Quién eres? Un vacío te rodea por todas partes. No hay nadie allí adentro. Y este momento, en el que sientes que no hay yo, es el momento más hermoso y extático que puede existir.

 

Cuando no hay yo, estás vacío. Y, cuando estás vacío, lo divi­no se precipita hacia ti. Has generado la situación.

Ésta era la nota única de Kakua, y es también la mía. Este re­lato es muy hermoso. Trata de comprender cada palabra.

 

Joshu fue un maestro que empezó a estudiar zen a los se­senta años...

 

Recuerda: la edad que tengas no es importante. Puedes ser un niño o puedes ser muy, muy viejo. Puedes ser joven, saludable, o puedes estar enfermo: no hace diferencia, porque lo fundamental es estar interiormente vacío. No tiene relevancia el hecho de que tus paredes sean jóvenes o viejas. Un niño puede lograr la ilumi­nación, un hombre a punto de morir puede lograr la iluminación, porque ésta no tiene que ver con el cuerpo. Concierne a algo ab­solutamente sin cuerpo. Concierne a lo interior, que no tiene edad. Es no temporal. El tiempo no es en absoluto un problema.

Tal vez no lo hayas observado, porque vives una vida falta de consciencia, y la observación requiere consciencia, atención, conoci­miento.

Si miras hacia adentro, ¿puedes sentir la edad, cuántos años tienes? Si cierras los ojos y miras hacia adentro, el vacío interior parece no tener edad. ¿Eres un niño? ¿Eres joven? ¿Eres viejo? El espacio interior parece ser no temporal, ¡y lo es! Por eso te vuel­ves viejo a través de los ojos de los demás. Te vuelves viejo a cau­sa del espejo. Si los espejos desaparecieran y nadie hablara de tu edad, y no hubiera calendarios ni medidas del tiempo, seguirías siendo siempre joven.

En los viejos tiempos, la gente envejecía mucho más tarde. Se dice que vivían cientos de años (a veces, hasta trescientos, cuatro­cientos o quinientos). Ahora, estas cosas parecen cuentos, mitos, ficciones. No son ficciones. Deben haber vivido, pero no tenían forma de medir el tiempo. No existían los espejos; nadie hablaba de la edad; nadie sabía cuándo había nacido ni cuándo cumplía años. No sabían contar más allá de los diez dedos. Y nunca nadie preguntaba: "¿Cuántos años tienes?". La gente vivía, simplemen­te vivía, sin saber su edad. Vivían muchos años. Así sucedía en muchos casos.

 

Hace unos días, estaba leyendo acerca de un hombre, un holan­dés. Pocos años atrás cumplió ciento sesenta y cinco años. Y traba­jaba cuando los cumplió, hacía todo normalmente. Vivía en un pue­blo muy, muy lejano. Entonces, un periódico se enteró y se publicó su nombre, su fotografía, y la gente empezó a ir a verlo. Los médicos se interesaron y también fueron a examinarlo. Lo mataron en el lap­so de dos años, porque, al ir todo el mundo y preguntarle cuántos años tenía, el pobre viejo tomó consciencia, por primera vez, de que tenía ciento sesenta y cinco años, ¡lo cual era increíble! Nunca se habría preocupado si nadie se lo hubiera preguntado. Sencillamen­te, hubiera vivido, sin consciencia del tiempo.

Cuando tienes consciencia del tiempo, estás en manos de la muerte. Cuando no la tienes, la muerte, simplemente, no puede en­trar. Ella ingresa a través del tiempo. La muerte es tiempo, y la vida es eterna, atemporal. Tú eres la vida, y no la muerte.

¿Qué le hicieron los médicos a ese pobre viejo? Le sugirieron de­jar de trabajar y descansar, suponiendo que, si descansaba, podría vivir aún más; incluso que podría alcanzar los dos siglos, ¡lo cual se­ría un fenómeno para la ciencia médica! Entonces, lo ayudaron a descansar: lo metieron en una cama y empezaron a aplicarle inyec­ciones y a darle vitaminas. En el lapso de dos años, estaba muerto: había tomado consciencia y se había preocupado.

 

Si te interesas demasiado por el cuerpo, te transformas en el cuerpo. Si te miras permanentemente en el espejo, te transfor­mas en el cuerpo. Por eso las mujeres envejecen antes que los hombres: por el espejo. Y el milagro es, básicamente, que viven más que los hombres, pero envejecen más rápidamente. En pro­medio, en todo el mundo las mujeres viven cuatro años más que los hombres, pero envejecen más rápidamente. Pierden su belle­za y su juventud rápidamente. El espejo las mata, con su continuo pensar en el cuerpo.

Medita sobre el ser interior, y no sobre el cuerpo. Encuentra un espejo que te refleje a ti y no al cuerpo. El espejo que te refleja a ti es la meditación. Cuanto más meditas, más eterno te vuelves.

Joshu fue un maestro que empezó a estudiar zen a los se­senta años... Entonces, nunca es demasiado tarde. No te preocu­pes. En cualquier momento en que empieces, está bien. Nunca es demasiado tarde; siempre estás a tiempo. Entonces, no pienses en esto.

 

Muchos vienen y me dicen:

"Ahora ya estamos muy viejos..”..

Y la mente es tan aguda. Los jóvenes acuden a mí y me dicen:

"¿Cómo podemos meditar? Somos demasiado jóvenes”. Y los viejos vienen y me dicen:

"¿Cómo podemos meditar? Somos demasiado viejos".

 

Otros se presentan y me piden que no inicie a los niños, pues son sólo niños. Me piden que no los inicie, que no les de sann­yas. Entonces, ¿a quién debo iniciar? ¿A los muertos? No queda nadie. Unos son niños, otros son jóvenes y otros son viejos.

La mente es aguda. Cuando eres un niño, dices que eres un ni­ño. Cuando eres joven, afirmas que eres joven y que tienes que experimentar un poco más la vida. Para cuando eres viejo, te sientes exhausto, cansado y sin energías. Entonces, te dices: "¿Qué puedo hacer ahora? No queda nada. Sólo me queda espe­rar la muerte, sin esperanzas".

Nunca en la historia humana ha estado el hombre tan deses­peranzado ante la muerte como lo está ahora, ¡y con tan impor­tantes avances en la medicina! Nunca ha estado el hombre tan de­sesperanzado ante la muerte. Nunca se ha preocupado tanto el hombre por la muerte como lo hace ahora.

¿A qué se debe tanta desesperanza? Porque no estás en con­tacto con lo eterno, porque tus raíces no están en lo eterno. Has vivido una vida temporal y la muerte es el final del tiempo, no de ti. Recuerda que la muerte pone fin al tiempo, pero no a ti. Y, si has vivido en el tiempo, sólo con objetivos temporales, entonces la muerte constituye un problema. Pero, si has vivido más profun­damente en tu interior, en las montañas más remotas donde se mudó Kakua, en el interior, donde nadie pudiera visitarte, completamente solo, entonces la muerte no será un problema, porque conoces la inmortalidad. Se esconde allí.

Sobre la superficie está el tiempo; en el centro, la eternidad. Recuerda: la eternidad no es un período largo, largo. La eterni­dad no es tiempo. La eternidad implica "no-tiempo".

A los sesenta años, Joshu empezó. Se puede comenzar en cualquier momento; siempre lo he sentido así. Joshu vivió mucho: vivió ciento veinte años. Debe haber vivido ciento veinte años por haber comenzado a los sesenta. Y, cuando empiezas a meditar, rejuveneces y te renuevas tanto que puedes vivir mucho tiempo sin hacer esfuerzo alguno.

Quien está dispuesto a aprender, siempre se transforma en ni­ño. Joshu se volvió niño nuevamente a los sesenta años. Si no es posible iniciarse a los sesenta años, es porque uno ya sabe dema­siado; esto hace que no pueda aprender, que no pueda transfor­marse en un discípulo. Está tan bien informado que sabe mucho. Ha aprendido demasiado, experimentado demasiado, juntado mucha hojarasca. Es un depósito de chatarra, pero cree ser muy, muy experimentado. ¿En qué consiste su experiencia? ¿Qué ha aprendido exactamente? Nada. Pero sus manos están vacías, su ser está empobrecido. No ha adquirido una experiencia interna que lo enriquezca, que lo torne significativo.

Pero, por supuesto, solamente por el hecho de ser viejo, uno ha pasado por muchas cosas, ha transitado muchos caminos. Frustrado, desesperanzado, desvalido, se enfrenta a la muerte temblando, sólo esperando, sin saber qué hacer. En Occidente, especialmente, el hombre viejo se ha transformado en un fenó­meno tan impotente: sólo espera la muerte, sin nada que hacer. No puedes imaginar...

En el pasado, sólo unas pocas personas debían esperar morir: quienes estaban sentenciados a muerte. Debían esperar en cárce­les durante algunos días; sólo esperar: era una terrible agonía. Pe­ro ahora, todos deben esperar. Retirado de tus actividades, estás sentenciado a muerte. No hay nada más que hacer, salvo espe­rar... que en cualquier momento llegue la muerte. Y la agonía es aún más alimentada por ì¥Á9          ø¿ 4…
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蟥Ÿ¥4ÿÿÿÿÿÿl:::::::¤Ž¢æ¢æ¢æ¢æ,enta. La muerte era una puerta y no el final. Algo nuevo estaba por comenzar. Y no era el enemigo, sino Dios quien se acercaba en el ropaje de la muerte. Llegaban a saber que no eran el cuerpo y que no iban a morir, sino que el cuerpo queda­ría atrás y ellos comenzarían un viaje eterno. La muerte no era el final; era un encuentro, un encuentro con lo desconocido. La muerte era un momento esperado larga, largamente; un momen­to deseado, soñado, esperado. Era el último deseo: dejar el cuer­po y fusionarse con lo divino, unirse a ello de manera tan com­pleta que ni siquiera quedara un rastro de uno. El cuerpo era vis­to cómo una barrera; por lo tanto, cuando se lo abandonaba, uno era completamente libre. La muerte era una liberación y la culmi­nación de la vida; no sólo el final de ella.

Si la muerte sólo es el final y uno simplemente termina, la vi­da no podría tener importancia. ¿Cómo podría tener importancia cuando simplemente termina? La vida toda se tornaría sombría; la sombra de la muerte la entristecería. Cualquier cosa que hicie­ras no tendría sentido, porque algún día tu vida se terminará. Cualquier cosa que crearas no tendría sentido porque un día tu vi­da se terminará. Todo lo que hicieras sería una tontería porque al­gún día tu vida se terminará.

Si la muerte es un nuevo comienzo, si la muerte es un renaci­miento, si la muerte es un encuentro con lo divino, entonces la vi­da tiene importancia. Todo lo que hagas es significativo. Enton­ces, eres algo relevante, y la existencia espera que muchas, mu­chas cosas se produzcan por tu intermedio.

A los sesenta años, Joshu estaba nuevamente empezando a ser un niño; comenzó a aprender zen. Recuerda: si eres capaz de aprender hasta el final, nunca envejecerás. Un hombre que pue­de aprender nunca es viejo. Un hombre que ya no puede apren­der está viejo. Un hombre que no puede aprender más está muer­to. Entonces no tiene sentido seguir estando allí. La vida es una escuela, una disciplina, un proceso de aprendizaje. Si has dejado de aprender, ya estás muerto. Los sufíes afirman que, por lo ge­neral, la gente muere a los treinta años y es enterrada a los sesen­ta. Una vez que dejas de aprender, estás muerto.

 

  1. .. empezó... a los sesenta años. A los ochenta,

encon­tró la iluminación.

 

Recuerda: la iluminación no es un juego. Todo lo demás es un juego, pero la iluminación no. No es un juego; debes tener pa­ciencia. Y Joshu debe haber sido un hombre de una paciencia in­finita. Empezando a los sesenta años, es difícil esperar, pues uno piensa en la muerte. Uno piensa: "Y si la muerte llega antes que la iluminación, ¿qué?". Entonces, uno tiene que apurarse. Pero Joshu no se apresuró. Recuerda, cuanto más apurado estés, me­nos posibilidades tendrás de lograrla. Cuanto más paciente seas, más posibilidades tendrás.

 

Te contaré una breve anécdota hindú.

Sucedió que un mensajero se dirigía hacia Dios y pasó por don­de estaba un anciano muy ascético, viejo, muy viejo, sentado deba­jo de un árbol, meditando. Éste lo miró y le dijo:

-Espera, ¿vas hacia Dios? Pregúntale por mí. Ha pasado dema­siado tiempo. He realizado miles de esfuerzos, y ya los he repetido durante tres vidas; pregúntale cuánto tiempo más tendré que espe­rar.

 

Cuando uno pregunta cuánto tiempo más tendrá que esperar, es­tá impaciente, está apurado. Y con Dios nada se logra con apuro, porque Él no está apurado. Él no tiene problemas de tiempo: es eter­nidad.

 

El mensajero le respondió: -Sí, preguntaré.

Y, sólo por hacer una broma, le preguntó a otro hombre joven que bailaba debajo de otro árbol y dirigía oraciones cantadas a Dios. Le preguntó:

-¿A ti también te interesa saber cuánto tiempo más te llevará ser iluminado?

El joven ni siquiera se inmutó; ni siquiera se detuvo y no dejó de bailar.

El mensajero regresó. Le dijo al viejo:

-Le pregunté y Dios respondió: "Tres vidas más". El viejo tiró su rosario y dijo:

-¡Lo suficiente es suficiente! ¿Es justo esto? He estado conti­nuamente desperdiciando mi vida durante tres vidas, y ahora, ¿tres vidas más?... ¡Esto es demasiado!

El mensajero se acercó al otro árbol donde el hombre joven aún estaba bailando en estado de éxtasis. Le dijo:

-Aunque no preguntaste, yo lo hice. Dios respondió: "¿Ese jo­ven? Falta mucho, mucho tiempo para que alcance la iluminación: una cantidad de vidas equivalente al número de hojas que tiene el árbol bajo el cual está bailando".

Al oír esto, el joven se inundó más aún de dicha, se enloqueció, y empezó a bailar más y más rápidamente. Y dijo:

-Entonces no es mucho tiempo pues, en toda la Tierra, ¿cuán­tas hojas y cuántos árboles existen? ¿Ves este árbol, únicamente éste? ¿Y estas hojas? Entonces no es demasiado tiempo, ¡ya lo he conseguido!

Y se dice que, en ese mismo instante, al joven le llegó la ilumina­ción.

 

 

 

Puede traerla una paciencia infinita, en este mismo momento, porque la paciencia infinita modifica todo tu ser. Cuando tienes una paciencia infinita, no tienes tensiones internas, pues todas las tensiones son para el futuro. Todas las tensiones son: ¿cuándo, cómo, en cuánto tiempo más, lo lograré o no, me lo voy a per­der? Todas las tensiones se vinculan a la impaciencia. Si tienes pa­ciencia, no pueden existir tensiones dentro de ti. La paciencia es la única relajación. Una mente guiada por objetivos no puede re­lajarse: el mañana es demasiado pesado y estás demasiado preo­cupado por él.

Al pasar por un jardín, Jesús les dijo a sus discípulos que ob­servaran a los lirios, que no se preocupan por el futuro y por eso son tan hermosos. Ni siquiera Salomón en sus días de gloria es­taba tan bello. Contempla los lirios: son tan hermosos y tan agra­ciados porque no se preocupan por el mañana, por lo que va a ocurrir. No se preocupan para nada; simplemente, están en el aquí y ahora.

Veinte años es demasiado tiempo cuando un hombre cumplió sesenta. He conocido a hombres jóvenes que acudían a mí y me decían:

"Pasaron tres días. Estuve meditando durante tres días, y toda­vía no ha sucedido nada".

¿Cuántas vidas tendrán que esperar estos jóvenes? Calculas: cuántos árboles y cuántas hojas hay en la Tierra entera, y todos los árboles de la Tierra y todas las hojas. No; no será esa canti­dad.

 

"Tres días", afirman.

He conocido a una mujer, y no una mujer del montón: una profesora de una universidad. Había meditado una vez, y vino y me dijo:

-Aún no he descubierto a Dios.

 

¡Una meditación! ¡Cuánto exiges de Dios! Sólo por sentarte tontamente durante unos cuarenta minutos (y estarás sentado ton­tamente, porque un tonto no puede sentarse de otra manera).

Puedes aparentar ser un Buda, pero se trata de algo meramente superficial. Por dentro circula y dialoga el tonto. Adentro de ti hay un mono. Puedes controlar tu cuerpo, pero el mono que hay adentro salta permanentemente de una rama a otra y parlotea permanentemente.

Por eso, siempre pienso que Darwin debía tener razón. No sé si su teoría es científicamente correcta o no pero, desde el punto de vista espiritual, cuanto más observo al hombre, más convenci­do estoy de que debía tener razón. El hombre tiene que derivar del mono porque, en el fondo, sigue siendo un mono. Sólo la su­perficie ha cambiado; sólo el cuerpo es algo diferente, pero la mente es igual. ¿Y sólo por sentarse una vez puede alguien em­pezar a esperar lo infinito?

Joshu, a los sesenta años, pudo esperar veinte. Era un hombre raro. A los ochenta años, encontró la iluminación, y dicen que en­señó durante cuarenta años a partir de ella. No tenía apuro: es­peró veinte años. Se dice que nunca le preguntó a su maestro cuándo sucedería. Se comenta que hasta el maestro estaba un po­co preocupado porque este hombre era tan mayor. Pero Joshu ja­más lo estuvo; nunca le preguntó al maestro: "¿Cuándo?". Sólo es­peraba y meditaba, y esperaba y meditaba. Lo logró. Y, cuando lo logró, el maestro dijo:

-Hasta yo estaba un poco preocupado, siendo este hombre tan mayor.

Después de su iluminación, siguió enseñando durante cuaren­ta años. Pero la nota es una sola, la misma que la de Kakua. La nota es el vacío. Enseñó durante cuarenta años cómo estar vacío. Y en esto consiste la enseñanza de toda religión. Si se te enseña alguna otra cosa, ten claro que no se trata de una religión. Puede ser alguna otra cosa, pero no religión.

A la religión le interesa vaciarte para que Dios pueda entrar en ti; le interesa crear un espacio dentro de ti. Esto es muy frustran­te. Te gustaría ser alguien, no transformarte en nadie. Impercep­tiblemente, intentas ser alguien; cuán sutiles son las técnicas que utilizas para ser alguien; alguien en este mundo o en aquél, pero alguien.

En la última noche, cuando Jesús estaba por partir y casi esta­ba establecido que al día siguiente lo matarían, los discípulos le preguntaban:

-En el Reino de Dios, estarás sentado a la derecha de Dios. ¿Dónde nos sentaremos nosotros? ¿Dónde?

No estaban preocupados por Jesús, porque iba a morir al día siguiente; esto no los inquietaba. Lo que les preocupaba eran sus posiciones: doce apóstoles, ¿en qué orden jerárquico? Por su­puesto, Jesús se sentaría a la derecha de Dios (hasta allí, podían tolerar), pero ¿quién estaría al lado, quién después, y después...?

La política no te abandona hasta el final. Esta mente es políti­ca, no religiosa. A la política le interesa saber quién eres en el or­den jerárquico. A la religión no le preocupa quién eres; la religión no tiene jerarquías porque sólo entra a la religión quien se ha transformado en nadie. Entonces, ¿cómo podría existir una jerar­quía? Sólo ingresa quien se ha dejado atrás a sí mismo.

 

Hay un breve poema acerca de una pequeña secta que existía en Bengala, conocida como los bauls. Baul quiere decir loco. La pala­bra "baul" significa loco. Eran una de las más hermosas, una secta pequeña. Estaban verdaderamente locos, eran locos de Dios. Tenían un pequeño cuento que narraban en sus cánticos. Decían: "Un po­bre hombre, un ascético muy profundo que había renunciado a todo, llegó a la puerta del Cielo. No llevaba nada con él, estaba desnudo. Había sido un faquir desnudo durante muchas vidas. No había toca­do el oro en muchas vidas, y no había acumulado nada en muchas vidas. Era un perfecto ascético. Golpeó la puerta del Cielo y ésta se abrió. El hombre que abrió la puerta miró al ascético y le dijo:

-Podrás entrar sólo cuando te hayas deshecho de todas tus po­sesiones.

Estaba desnudo y sin posesión alguna. El faquir desnudo se lan­zó a reír. Dijo:

-¿Eres tonto? No tengo nada. ¿No ves? ¿Eres ciego? Estoy com­- pletamente desnudo, sin ninguna posesión.

El hombre empezó a reírse y dijo:

-Sí que puedo ver, pero veo más profundamente. Adentro, te tienes a ti mismo, y esa es la única posesión que obstaculiza tu in­greso. No nos preocupa qué ropa tienes puesta, o que no tengas ro­pas. Ese no es el punto. Lo fundamental es si te traes a ti mismo o no. Debes deshacerte de ti mismo; sólo entonces podrás entrar.

El ascético se puso furioso. Tuvo un ataque. Dijo:

-¡Soy un gran ascético, tengo miles de seguidores en la Tierra!

Le replicó el hombre, el cuidador de la puerta:

-Justamente ese es el problema, que tienes miles de seguido­res y que eres un gran ascético. ¡Deja eso de lado! Si no lo haces, tendré que cerrar la puerta.

Y tuvo que cerrarla. El ascético tuvo que regresar. Recuerda: so­lamente tú eres la barrera; por eso, el vacío es la puerta.

 

Una vez, un discípulo le preguntó al viejo Joshu:

-Nos enseñas que debemos vaciar nuestras mentes. No

tengo nada en la mente, ¿qué debo hacer ahora?

 

Escucha con atención, porque seguramente, uno u otro día, te llegará este momento. Un discípulo le preguntó a Joshu:                                                           

"Nos enseñas que debemos vaciar nuestras mentes. No

tengo nada en la mente, ¿qué debo hacer ahora?".

 

Recuerda bien esto: cuando se produce un verdadero vacío, no puede surgir esta pregunta (¿qué debo hacer ahora?) porque, en un verdadero vacío, no hay "yo".

Te has transformado en un medio, en una flauta. Y Dios toca o no; ahora, depende de Él. Si quiere hacer algo, lo hará a través de ti; si no quiere, no lo hará a través de ti; pero tú ya no eres quien elige. Ya no eres quien toma las decisiones. Ya no eres el ac­tor. Esto es el vacío: que el actor ha desaparecido. Ahora, eres só­lo un medio. Si elige, es su problema. No es para que preguntes y cuestiones.

Joshu solía decir: "Cuando Él tiene hambre dentro de mí, co­mo. Cuando Él tiene sueño dentro de mí, me voy a dormir. Aho­ra no hago nada. A veces duerme un poco más, entonces, ¿quién soy yo para despertarlo con un reloj despertador? A veces, no tie­ne ganas de comer, entonces, ¿quién soy yo para obligarlo a co­mer? Entonces, hay ayuno. A veces, quiere ir a caminar a las montañas y debo seguirlo. Ahora, es Él el agente.

Ésta es la transformación.

Si tú eres el agente, es porque no estás vacío. Cuando Él es el agente, el todo, cuando la existencia es el agente y tú eres sólo una ola sobre el océano, y el océano se mueve (no tú), entonces simplemente lo disfrutas. Pase lo que pase, solamente miras. Y, cuando el agente desaparece en tu interior, llega el observador. Él es el agente y tú, el observador, un testigo.

En este momento, es exactamente al revés: tú eres el agente y Él, el testigo. Él es el testigo, y tú, el agente. Ésta es una situación incorrecta. Todo está al revés. Tú deberías ser el testigo, y Él, el agente. Cuando eres testigo, ¿cómo puedes acumular yo? Un tes­tigo no es más que un testigo: no puede decir "yo". Cuando eres testigo, el "yo" desaparece. Sólo observas. Y, cuando únicamen­te observas, no hay nadie en tu interior: sólo existe la mirada.

Este discípulo se acercó a Joshu y le dijo: "Nos enseñas que debemos vaciar nuestras mentes". La pregunta misma, su for­mulación misma, es absolutamente errónea.

 

Joshu no enseña que "debes" vaciar tu mente; pues, si "debes" hacerlo, nunca estarás vacío. No es un deber, algo que hay que hacer. Si lo haces, ¿cómo desaparecerá el agente? Sólo puede de­saparecer en tu inacción. Sólo puede irse cuando dejes de hacer esfuerzos. Si haces algo, no podrá desaparecer. Entonces, no hay "debes".

 

 

Y ésta es la diferencia entre la moral y la religión. La moral existe en torno del "debes": debes hacer esto, no debes hacer lo otro. Pero el acento está puesto en el hacer, y ésta es la diferen­cia. La religión no se ocupa en absoluto del "debes". Que la reli­gión afirme "debes" o "no debes" no es el punto, pues lo funda­mental no es la acción. Sé un observador: simplemente, observa; no decidas. Cuando miras, Él decide; y cuando lo hace, no hay arrepentimiento. Cuando Él decide, no hay retorno posible. Cuando él decide, no hay defectos. Cuando Él decide, siempre es­tá todo absolutamente bien. Entonces, nunca te equivocas. Es hu­mano equivocarse; es divino no hacerlo. Deja todo en manos del todo; puedes llamarlo Dios. Déjalo en manos del Todo y vuélvete una sombra: sea cual sea su voluntad, deja que la tenga. No te in­volucres; observa. Entonces, no hay cuestiones de "debes".

Este discípulo dijo: "Nos enseñas que debemos vaciar nues­tras mentes". Es así como se malentiende a un maestro cuando hace algún comentario. Joshu nunca enseñó que debes hacer es­to o aquello. Pero nuestra mente siempre transforma todo en tér­minos de acción. Nuestro lenguaje es la acción.

Le digo a la gente que sea meditativa, y ¿qué entienden? Que les enseño que deben meditar. Hay una gran diferencia. Cuando digo que seas meditativo, no afirmo que debes meditar, ya que la meditación no es una acción; no puedes hacerlo. Puedes estar en ese estado, pero no hacerla. Es un estado y no una acción. Digo "Sé amor" y ¿qué entiendes? Que enseño que deberías amar. Lo has modificado todo. Ahora, sea lo que sea lo que estés hacien­do, no me hago responsable por ello, pues no has escuchado pa­ra nada lo que se dijo. El amor no es una acción, es un estado del ser. Puedes ser amable, puedes ser amor, pero no puedes hacer­lo. ¿Cómo podrías cumplirlo? ¿Has observado alguna vez? ¿Có­mo se puede "hacer" amor? ¿Cómo podrías forzarlo? Por supues­to que puedes actuar. Por eso hay tantos actores que actúan el amor y tantos que actúan la meditación. Pero has perdido el pun­to fundamental: es un estado del ser. Pero nuevamente pregunta­rás: "Entonces, ¿qué hay que hacer? Si es un estado del ser, en­tonces, ¿qué hacer?, ¿qué debemos hacer?". Nuevamente, te pier­des.

No; sólo trata de comprender. Trata de comprender, y la mis­ma comprensión se transforma en meditación. Simplemente, tra­ta de comprender la naturaleza de la mente, que se dirige a la iz­quierda y a la derecha, hacia el pasado y hacia el futuro, que pa­sa de una idea a otra. Es un mono. Simplemente, trata de com­prender, trata de observar lo que es la mente. Y, al observar qué es la mente, de repente, un día, sentirás que algo ha sucedido, que algo ha cambiado de velocidad y que ya no eres el mismo. Algo desconocido ha entrado en ti: no hay mente. Ha llegado la medi­tación, solamente al tratar de comprender.

Cuando estés enojado, trata de entender lo que pasa. En el odio, el amor, en toda relación, trata de comprender lo que suce­de. Cuando estés triste, trata de entender lo que ocurre, ¡y te que­darás atónito! Si intentas comprender qué sucede cuando estás enojado, sentirás de inmediato un cambio cualitativo. A través de tu observación, ya está cambiando algo: la furia ya no es la mis­ma, la violencia de ella ha desaparecido. Hay aún un nubarrón allí, pero no hay agresión en él. Sigue observando y percibirás có­mo desaparece también ese nubarrón y van entrando los rayos del Sol.

 

Observando la furia, la furia desaparece. Observando el odio, el odio desaparece. Si puedes observar algo, de inmediato ingre­sa en ti una nueva dimensión. Ha entrado el observador, que es el fenómeno más importante del mundo. Dios llega a través de tu observación y no a través de tus acciones.

Lo que debes o no debes hacer no es la forma. Sólo observa, mantente alerta y, a veces, si dejas de prestar atención, entonces registì¥Á9    ø¿ 4…
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蟥Ÿ¥4ÿÿÿÿÿÿl:::::::¤Ž¢æ¢æ¢æ¢æ,padezcas de ti y no te arrepientas. Cuando te olvidaste, te olvidaste; ahora ob­serva este olvido y recuerda, porque lo único importante es recor­dar lo que pasa. Se está produciendo una falta de atención: ob­sérvala. Sólo sigue observando y pronto comprenderás una nue­va dimensión en tu interior y esa dimensión viene a través de la observación. Los problemas comienzan a desaparecer.

Nadie puede controlar la ira. A través del control, te entriste­ces. Todo este montón triste de humanidad está así debido al con­trol. Nadie puede controlarse. Si lo haces, el veneno entra a cada fibra de tu ser. Simplemente, observa, y la observación se vuelve transformación. Y, cuando observas, no es una cuestión de "de­bes" o "no debes".

 

Este discípulo se olvidó. Dijo: "Nos enseñas que debemos va­ciar nuestras mentes". Nunca nadie enseñó eso. Todos los que sa­ben enseñan que, si observas, la mente se vaciará sola. Si obser­vas, la mente se queda vacía. La observación es vacío; es la puer­ta a través de la cual entra en ti el vacío.

 

No tengo nada en la mente, ¿qué debo hacer ahora?

 

Recuerda: el vacío que Buda le entregó a Mahakashyapa, el va­cío que Kakua tocaba con su flauta, el vacío que Joshu estuvo transmitiendo durante cuarenta años, y el vacío que evoco aquí an­te ti, no es un estado negativo. No es vacío en realidad. Se lo lla­ma vacío porque allí no existe el yo. Se lo llama vacío porque allí no existe la mente. Se lo llama vacío porque allí no existes tú. Es por ti: tú ya no estás allí; por eso se lo llama vacío. Por el contra­rio, es el estado más grande y más positivo. Está lleno, inundado por lo divino, por el todo, por la existencia. De tu lado, es vacío.

Sólo observa: un hombre está enfermo, hay muchas dolencias a su alrededor, pero él sólo conoce la enfermedad. No ha conoci­do la salud, no sabe qué es la salud. No ha conocido el bienestar. Siempre ha estado enfermo. Y pregunta:

-¿Qué es la salud?

¿Qué le responderías? ¿Cómo la definirías? Le dirías:

-Es un vacío, pues todas tus dolencias no están allí. Es un va­cío porque tú, con tu sensación de enfermedad, con tu ser enfer­mo, no estás allí.

¿Pero es eso un vacío? ¿Es la salud un vacío? Sí, es un vacío si observas desde la enfermedad. Pero, si lo ves desde el punto de vista de la salud misma, el punto de vista intrínseco, entonces es un todo, un todo rebosante; no un vacío, sino lo más positivo del mundo.

Entonces, no confundas la distracción con el vacío. Hay mo­mentos en los que estás distraído, sin nada en la mente. No creas que es esto lo que Buda le transmitió a Mahakashyapa: no se tra­ta de la distracción. Hay momentos en los que estás tan aburrido que no se te pasa nada por la cabeza. No hablamos de ese abu­rrimiento. Los idiotas no tienen nada en la cabeza: por eso son idiotas. Los estúpidos no tienen nada en sus mentes; simplemen­te, carecen de esa energía. Son tan lentos que la mente no les funciona; aún son como animales. Éste no es el estado de vacío mental del zen; es un estado negativo: ni siquiera hay allí pensa­mientos.

Y esos momentos también llegan en tu vida. A veces, cuando estás conmovido, cuando alguien muere y es tal la conmoción que se produce un pequeño paréntesis antes de que la mente pueda volver a funcionar. En ese paréntesis, estás ausente, no vacío, porque toda la agitación se produce en el inconsciente. A través de la conmoción, la consciencia ha quedado vacía, pues la mente siempre se vacía por un shock cuando sucede algo que no puede controlar, que no puede comprender. Pero, más tarde o más tem­prano, toma el control nuevamente y empieza a funcionar.

Alguien muere o tiene un accidente, un accidente automovilís­tico. Tú manejas. De repente, sientes que el accidente va a suce­der. Los frenos no funcionan, estás bajando la montaña y viene un ómnibus, o el volante funciona mal. Hagas lo que hagas, no puedes cambiar nada, y sabes que el accidente está a punto de producirse. Sólo un instante más... en ese momento la mente se detiene, porque esto es algo desconocido. Es tal el shock que la mente no puede pensar. Por eso se utiliza el tratamiento de shock para los locos. El electroshock puede ayudar pero, cada vez que se usa este tratamiento, la persona queda más estúpida que antes pues, a través del shock eléctrico, se fuerza la energía a disminuir; entonces, la persona no puede pensar.

Entonces, hay dos aspectos del vacío: uno es negativo y el otro es positivo. Al aspecto negativo se puede acceder a través del shock, del shock eléctrico. Al aspecto positivo se llega a través de la meditación y la observación. Si hay allí demasiados pensamien­tos y no puedes meditar, te vuelves loco. Y entonces hay única­mente una forma: una especie de shock profundo para que tu mente pierda energía, se haga añicos. Entonces, no te volverás lo­co, pero tampoco serás iluminado. Te quedarás en un nivel bajo de energía. Seguirás distraído. Por eso alguien estúpido o un imbécil o un idiota puede sentarse sin hacer nada, con la cabeza col­gando hacia abajo. Pues, cuando piensas, la cabeza es necesaria y debes levantarla. Si no estás pensando, no necesitas levantarla; cuelga. Ve a un manicomio y observa a los imbéciles o a los idio­tas: están idos, no les pasa nada por la mente.

Este discípulo de Joshu dice: "No tengo nada en la mente, ¿qué debo hacer ahora?". Este estado puede llegarte también a ti. Pensando demasiado en el estado de "no-mente", puedes crear un estado de distracción; y es más fácil. Y esto le sucedió a mu­cha gente, particularmente en la India. Pronto esta gente también estará en Occidente, porque muchos hindúes enseñan allí cosas. sin sentido.

En la India, uno va a los ashrams y a los monasterios, y sien­te que la gente no es mala, no es mala de ninguna manera; es moral, puritana, pero estúpida. Al observar sus caras, no se ve nin­guna energía, ninguna vitalidad. No se ve frescura alguna; están aburridas. Mira a las monjes jainitas; están casi siempre aburridos. En sus rostros no se refleja energía, ni brilla, ni vida; sólo aburri­miento. No crean problemas; eso está bien. No hacen nada mal; eso está bien. Pero se apagan a sí mismas.

Hay métodos para apagarse a uno mismo y a su sensibilidad. Si comes menos, poco a poco irá desapareciendo el sexo, pues el sexo necesita energía. Si el alimento que consumes apenas alcan­za para generar la energía que utilizas en tus actividades cotidia­nas, no habrá sexo. Pero entonces no estás más allá del sexo, si­no debajo del sexo. Si ayunas durante veintiún días, el sexo habrá desaparecido por completo. Aunque pase la mujer más hermosa, no te interesará mirarla. No es que te hayas transformado, sino que no tienes energías ni siquiera para mirar. Y, cuando la ener­gía no está allí, no puedes equivocarte; eso está bien. Pero éste es un tipo de hombre negativo: no puede equivocarse. Entonces, es mejor morir, pues los muertos nunca se equivocan; siempre son buenos. Por eso, cada vez que alguien muere, nadie dice nada malo de esa persona. Un muerto siempre es bueno.

 

Me enteré de que un amigo de Mulla Nasruddin lo llamó por te­léfono y le preguntó:

-¿Qué pasa? ¿Estás muerto?

Mulla Nasruddin le respondió: -¿Quién te dijo que estoy muerto?

El amigo le explicó:

-¡En el pueblo todos hablan de ti en tan buenos términos que pensé que debías estar muerto!

 

Es más fácil amortiguar tu sensibilidad, tu energía; te vuelves insulso. En India, hay muchas técnicas para apagarse. Cuando es­tás apagado, no tienes nada en la mente, pero esto no es la ilu­minación. Es simplemente que no tienes energías para que la mente funcione. Si la energía estuviera disponible, la mente vol­vería a funcionar. Entonces, alimenta bien a tus monjes y fíjate: tendrán miedo. Por eso los monjes jainitas temen comer cualquier cosa que pueda darles vitalidad. Comen cosas no vitales para mantener un bajo nivel de energía. Pero eso no es brahmachar­ya, no es celibato; es sólo suicidio. Te estás matando: por supues­to, en cuotas, lentamente, no dando un salto, porque ni siquiera tienes el coraje necesario para hacerlo. Si no, lo harías y termina­rías. ¿Por qué este suicidio largo y gradual?

Este discípulo debe haber estado en el aspecto negativo del va­cío. Dijo: "No tengo nada en la mente, ¿qué debo hacer aho­ra?". Joshu es maravilloso. Le responde: "¡Deshazte de ella!". In­cluso el vacío, incluso la nada, es algo; deshazte de ello. Porque, si piensas que estás vacío, no lo estás. Está allí la idea misma de estar vacío. La idea está allí, el pensamiento está allí, la mente es­tá allí. Si dices "Estoy vacío", no lo estás, porque nunca puedes decir que estás vacío. Eso no se puede decir. ¿Quién lo diría? Y quien lo dice adentro, está aún allí. Antes, poseía otras cosas; ahora, posee el vacío.

 

-¡Deshazte de ella! -le dijo Joshu.

 

No puedes engañar a un maestro. Es imposible, porque ve a través de ti; eres transparente para él. Sabe más de ti de lo que puedes saber ahora, porque en tu interior hay niveles más profun­dos. También puede acceder a ellos.

 

-¡Deshazte de ella! -le dijo Joshu.

-Pero si no tengo nada, ¿cómo podría deshacerme de ella?

 

Si el hombre estuviera simplemente vacío, en ese momento se hubiera reído. En ese momento hubiera sucedido un satori. En ese momento, cuando el maestro dice "¡Deshazte de ella!", hu­biera captado la idea. ¿Cuál es la idea? No cargues con el vacío. Está vacío, pero no lo cargues como un pensamiento, porque el pensamiento te llena y no estás vacío. Un solo pensamiento es su­ficiente para llenar tu mente. No se necesitan millones de pensa­mientos; alcanza con uno solo: aún tienes algo. Todavía no estás en ese estado que Jesús llama "pobreza de espíritu": aún eres ri­co. Ahora, una nueva riqueza: que eres meditativo, que estás va­cío, que ahora tu mente no tiene pensamientos. Una nueva pose­sión, una nueva dolencia ha entrado en ti, y ésta es la última do­lencia.

Si el discípulo ya hubiera estado vacío, habría entendido. Y, en la comprensión misma, el pensamiento es desechado. Por su­puesto, no puedes desprenderte del vacío; Joshu lo sabe. Nadie puede deshacerse del vacío. Pero sí de la idea de estar vacío.

Pero el discípulo se equivocó por completo porque estaba en un bajo nivel de energía. Acababa de alcanzar el aspecto negati­vo del vacío: la distracción. "Pero si no tengo nada, ¿cómo po­dría deshacerme de ella?". Con sólo preguntar cómo deshacerse de ella, no se ha dado cuenta.

 

Joshu dijo:

-Si no puedes deshacerte de ella, carga con ella, échala afuera, vacíala, pero no te quedes ahí parado frente a mí, sin nada en la cabeza.

 

¡Haz algo! La última barrera es la idea de estar vacío, de estar iluminado, de haberlo conseguido, de haber accedido, de haber conocido, de haber descubierto a Dios. Ésta es la última barrera; porque, al darse cuenta de esto, aún está pendiente el "yo". Los objetos han cambiado, pero tú no. Primero, estabas pendiente de los ricos, de tu prestigio, de tu poder, de tu dominio, de tu casa, de tu auto; ahora, estas cosas han cambiado: ahora, es el vacío, la iluminación, Dios. Pero tus manos aún no están abiertas, y lle­vas algo dentro de ellas. Tus manos están cerradas. La misma pa­labra "vacío" significa que ahora no tienes nada, ni siquiera al­guien que pueda declarar. Por eso Joshu indica hacer algo, poner fin a esa idea.     

 

-Si no puedes deshacerte de ella, carga con ella, échala afuera, vacíala, pero no te quedes ahí parado frente a mí, sin nada en la cabeza.

 

Sucedió que un místico sufí, Bayazid de Bistam, se acercó a su maestro y le dijo:

-¡Lo descubrí!

El maestro no lo miró, como si no lo hubiera oído. No le prestó atención, como si no estuviera allí. Y traía noticias tan importantes:

-¡Lo conseguí!

El maestro no le prestó ninguna atención; siguió hablando con los demás.

Bayazid creyó que el maestro no lo había oído, y volvió a decirle:

-¡Lo conseguí, logré el objetivo!

El maestro replicó:

-Cállate, cállate. Cuéntame cuando no haya nadie. Entonces, tuvo que esperar.

Era demasiado tiempo, pues el yo siempre está impaciente. Y la gente no dejaba de ir y venir. Al atardecer, no hubo gente durante un       rato, y Bayazid dijo:

-Escúchame ahora: ¡lo he conseguido!

Dijo el maestro:

-¿Todavía estás ahí? Cuando no haya nadie, cuéntame.

Si estás ahí, ¿cómo puedes lograrlo? Contigo ahí, todo sigue igual, de un modo sutil. Si no te abandonas por completo, no puede suceder.

 

Sucedió que un rey acudió a Buda con diamantes preciosos en una mano y hermosas flores en la otra. Pensó que tal vez a Buda no le gustaran los diamantes y entonces llevó, como alternativa, algu­nas flores: unas rosas extrañas. Cuando se acercó a Buda, Buda lo miró. Llevaba los diamantes en la mano derecha; estaba por deposi­tarlos a los pies de Buda, y éste dijo:

-¡Déjalo!

Entonces pensó que tenía razón, que a Buda no le gustaban los diamantes, y los dejó.

Luego, estaba por depositar las flores a los pies de Buda y éste dijo:

-¡Déjalo!

Se preocupó un poco; las dejó porque Buda se lo ordenó. No po­día hacer otra cosa, así que dejó también las flores.

Entonces, se quedó allí de pie con las manos vacías. Buda dijo:

-¡Déjalo!

El rey pensó: "Este hombre está loco. Ahora no hay nada que de­jar". Miró a su alrededor buscando una pista. ¿Qué podía dejar aho­ra?

 

Un discípulo, Sariputra, dijo:

-Buda no se refería a los diamantes ni a las rosas. Deja a quien ha dejado las cosas, ¡déjate a ti mismo!

Ese hombre debe haber tenido una rara capacidad de compren­sión. No era como el discípulo de Joshu. De inmediato, como si una luz hubiera descendido hasta él, lo sintió. Se abandonó a sí mismo, verdaderamente se entregó. Y se dice que en ese momento fue ilu­minado sin esfuerzo alguno. No había hecho nada para conseguirlo, simplemente se abandonó... un hombre con una rara capacidad de comprensión.

 

Depende de tu capacidad de comprensión. Si colocas toda tu comprensión en este momento, y te digo "¡Déjalo!", y lo haces sin pensar ni un momento, entonces la iluminación puede produ­cirse en este mismo instante. Pero, si piensas, habrás perdido la oportunidad. Si piensas, estás allí. Y si decides "Está bien, lo de­jaré", el "yo" sigue estando por detrás.

"¡Déjalo!" significa sola­mente dejarlo: no decidir, no pensar en ello.

Esto es lo que Joshu le estaba diciendo:

-Carga con ella, échala afuera, vacíala (haz algo de inme­diato), pero no te quedes ahí parado frente a mí sin nada en la cabeza.

El discípulo perdió la oportunidad. Muchos discípulos la pier­den. Debe haberse visto sorprendido. Debe haber pensado: "Este hombre se volvió loco. Este viejo Joshu ya no está en sus cabales. Digo que no tengo nada en la mente y lo primero que me dice es que lo abandone. ¿Cómo puedo desprenderme de nada?". El dis­cípulo debe haber sido muy lógico: "¿Cómo abandonarlo? Y cuando digo que no puedo hacerlo (porque ¿cómo abandonar o desprenderse de la nada?), este viejo me dice que cargue con ella, o la vacíe, o la expulse... Pero ¿cómo puedo desprenderme de nada?". Y el discípulo debe haber dejado a este viejo pensando que se había vuelto loco o demente. Absurdo, Joshu le pareció absur­do.

 

Pero, si lo entiendes, Joshu le estaba dando una oportunidad.

Había abierto una puerta. En ese momento, como el rey que se dejó a sí mismo ante Buda, si se hubiera dejado, hubiera dicho: "¡Bien, comprendo!". Se hubiera dejado a sí mismo y se hubiera reído. Pero se debe haber ido. El relato no dice nada más acerca de él. Debe haber dejado a Joshu.

Uno de los pensadores más agudos de Occidente es Arthur Koestler. Viajó a Oriente para comprender el zen. Fue a Japón y volvió pensando que esa gente era absolutamente ridícula y loca. Si le fueras a contar este relato de Joshu a Koestler, lo convence­ría más el discípulo que Joshu. Diría: "¡Tiene toda la razón! ¿Y qué es lo que está mal? El discípulo pregunta cómo puede uno desprenderse de nada. ¿Cómo puedes deshacerte de nada? Si fuera algo, podrías abandonarlo".

Pero, en el reino del ser, hasta nada es algo, y puedes despren­derte de ello. Ha sido abandonado. Y, si no lo abandonas, no es­tarás disponible para que la completud, el todo, llegue a ti.

Suficiente por hoy.

 

 

Tercer Discurso:

 

El Abad De Nansen

 

Nansen, el famoso maestro chino de zen, estaba un día en

el bosque, cerca del templo, cortando árboles con una gran

ha­cha. Un monje, que había venido desde lejos a rendir

homena­je al maestro, atravesó el bosque y se acercó

al leñador.

-¿Está en casa el abad de Nansen? -le preguntó al leña­dor.

El leñador le respondió al monje:

-Compré esta hacha por dos trozos de cobre.

Y levantando el hacha por encima de la cabeza del

sorprendido monje, afirmó:

-Es muy filosa.

El monje se refugió en el desmayo, para descubrir más

tar­de que el leñador era el propio Nansen.

 

 

Lo primero que hay que entender, y comprenderlo lo más profundamente que sea posible, es que el zen no es nada especial, no es nada extraordinario. La gente que está a la bús­queda de la religión es siempre, casi siempre, muy egoísta. Su búsqueda comienza porque su yo no esta satisfecho con este mun­do. Ellos querrían algo más precioso, ser más divinos, algo ex­traordinario. Los egoístas se sienten atraídos hacia la religión con más facilidad; y éste es el problema, porque la religión dice que no puede haber crecimiento mientras el yo siga allí. Y los egoís­tas se ven atraídos hacia la religión con facilidad, pero la religión solamente comienza una vez que has abandonado al yo.

Pero este mundo es temporario; aquí nada es permanente, y el yo querría algo permanente, eterno. Todo en este mundo está he­cho del mismo material que los sueños, y el yo no está satisfecho con esto. Al yo le gustan las cosas fabricadas en roca firme. En­tonces, el yo condena a este mundo y empieza un recorrido hacia lo eterno. Pero lo eterno tiene sus propias condiciones, y ésta es la primera: si no abandonas el yo, no puedes cruzar la puerta.

La religión es básicamente la comprensión de que todos los re­corridos del yo son materialistas. Aun el trayecto hacì¥Á9   ø¿ 4…
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蟥Ÿ¥4ÿÿÿÿÿÿl:::::::¤Ž¢æ¢æ¢æ¢æ,do, un barrendero, nadie en particular, alguien común (na­die te conoce, nadie ni siquiera piensa que eres un elegido, y na­die escucha hablar de ti), no importa. Si te desprendes interiormen­te del yo, cualquier cosa que hagas será divina. De no ser así, el yo lo contamina todo, y todo lo que hagas es diabólico, no divino.

El zen es simplemente ser alguien común. Y el zen es la esen­cia de toda religión: sólo ser común. Al descubrir el hecho de que el yo genera un infierno a su alrededor, de que el yo es el origen de todo infierno, de que tiene todas las semillas de la desdicha, de la angustia, uno simplemente lo abandona sin pensarlo dos veces. Uno se da cuenta simplemente de que está sufriendo a causa del yo y, simplemente, lo abandona, pero no en busca de algo.

Puedes desprenderte del yo en busca de algo. Entonces, no lo has abandonado verdaderamente; estás negociando. Al descubrir el hecho de que el yo es desagradable, de que constituye la fuen­te de todo sufrimiento y de toda enfermedad, simplemente lo abandonas. No te preguntas qué ganarás con abandonar tu yo. Sencillamente, te deshaces de él porque no sirve, y es peligroso y venenoso.

Estás atravesando el bosque y te encuentras con una víbora. Simplemente, te sales del camino. No te preguntas qué ganarás con ello ni piensas en no salir del camino, a menos que estés se­guro de lo que vas a obtener. Sencillamente, saltas, sin pensarlo dos veces, ya que, si lo piensas dos veces, en ese transcurso de tiempo, la víbora puede haberte atacado. Simplemente, saltas. Al descubrir el hecho de que allí está la víbora, de que allí está la muerte, simplemente saltas del camino.

La casa está en llamas. No te preguntas qué ganarás con esca­par. Simplemente, huyes sin pensarlo dos veces. Piensas en eso una vez que estás afuera. De hecho, corres sin pensar. Cuando es­tás fuera de peligro, te sientas bajo un árbol y analizas la situación. Entonces, piensas en todo lo que sucedió: por qué escapaste. Lo descubres y este hecho se torna un cambio, una transformación, una revolución.

 

Si te das cuenta de que el yo es tu casa en llamas, lo abando­nas. No te preguntas qué ganarás con ello. Simplemente, te trans­formas en nadie, en un ser común. Y, una vez que eres común, todo empieza a suceder.

 

El zen es ordinario, hace que la gente se convierta en nadie, y en esto consiste su belleza. Cuando te transformas en nadie, cuando te vuelves ordinario, éste es el fenómeno más extraordi­nario posible. Escucha: todo el mundo quiere ser extraordinario; por lo tanto, la esperanza de ser extraordinario es muy ordinaria, pues todos quieren lo mismo. Y volverse ordinario es totalmente extraordinario, porque nadie lo desea, nadie espera eso. Recuer­da esto; sólo así podrás comprender a los maestros zen.

Por eso la semilla, la semilla de silencio, la semilla de vacío in­terior que Buda le dio a Mahakashyapa, tuvo que ser llevada a China, porque en la India hubo un gran accidente en el pasado: los brahmanes.

No puedes encontrar personas más egoístas que los brahma­nes; ellos crearon toda la jerarquía en la India. Eran los más ex­traordinarios, unos pocos elegidos, los líderes. Incluso dividieron las castas, como el cuerpo. Dijeron: los que son ordinarios, los tra­bajadores que usan las manos, son como los pies, los más bajos, los que son hombres de negocios son como la barriga: sirven al cuerpo, son el centro del cuerpo, el físico, como la panza. Des­pués, los luchadores, los soldados, los kshatriyas, son como los brazos: para defenderse, para protegerse. Y los brahmanes son como la cabeza: los pensadores, los filósofos; y, además, la cabe­za es lo más alto. Todo el cuerpo existe por la cabeza. La cabeza no existe por nadie sino por sí misma. La cabeza está allí para or­denar al cuerpo, para disciplinarlo. El cuerpo entero debe seguir a la cabeza y, si una pierna se niega, habrá que cortarla y desha­cerse de ella.

Estos brahmanes son muy egoístas. Y no fue una coincidencia que Adolf Hitler eligiera el nombre que los brahmanes daban a los hindúes: arios. Hitler eligió ese nombre para su propia raza: los arios. "Ario" significa el más noble, el mejor. Entonces, los brah­manes son la fuente de todos los fascismos del mundo. Adolf Hi­tler no fue más que un subproducto, un retoño. El maestro de Adolf Hitler, Friedrich Nietzsche, alababa mucho a los brahmanes.

Y el brahmán más importante, y el más loco, por supuesto, pues era completamente neurótico, fue Manu. Les dio a los hindúes el código, la jerarquía y la división de la sociedad. Friedrich Nietzs­che alababa a Manu y afirmaba que Manu era el mayor pensador que había dado el mundo. Y era uno de los más locos; fue el ori­gen de todo fascismo.

Entonces, era difícil para Buda enseñarle a la gente a no ser especial; era casi imposible. Buda fue derrotado por los brahma­nes. La idea de ser especial es tan común que está en la sangre de todo el mundo, y los brahmanes son muy, muy locos en lo que respecta a sus yoes. Nunca se les ocurriría ser comunes. No es po­sible imaginar que un brahmán estuviera dispuesto a hacer algo natural. Es sucio, y quienes lo hacen son sucios, intocables. A los sudras no se los puede tocar. No sólo no se puede tocar a estas personas; tampoco se puede tocar sus sombras.

Aun ahora, en este siglo XX, hay pueblos en la India donde, cuando un barrendero o un zapatero pasa por la calle, debe de­clarar en voz alta que es un sudra, intocable, y que está pasando por esa calle. De manera que, si un brahmán está por salir de su casa o algo, pueda detenerse, porque un intocable está pasando por esa calle. En ese momento, toda la calle se torna sucia. Y, si pasa un intocable y su sombra roza a un brahmán, es un delito que ha cometido el sudra. Se lo puede castigar por eso, ¡castigar! ¡Y hasta se lo puede sentenciar a muerte! Mataron a mucha gen­te en el pasado. El delito era sólo que un brahmán estaba senta­do y un intocable pasaba y su sombra (ni siquiera él, sólo su som­bra) lo rozaba, pasaba por encima de él.

Era casi imposible para Buda hacer que la gente descubriera la belleza del ser ordinario. Nació en medio de personas totalmente egoístas. Por eso el budismo no pudo sobrevivir en la India. Si pu­do sobrevivir un poco, fue debido a la influencia de Buda, a su personalidad, a su fuerza, a su ser. Pero, cuando Buda desapare­ció... pronto todo desapareció. En consecuencia, Bodhidharma tuvo que irse a China. ¿Pero por qué a China? Se podía haber ido a Birmania, a Ceilán, a Afganistán, a cualquier lugar del mundo. ¿Por qué justamente a China?

Había una razón particular: China tenía un buen suelo en ese momento. Lao Tse y Chuang Tzu habían abonado el suelo. Ha­bían creado un clima particular, un medio, porque ellos vivían co­mo gente común. Si te hubieras cruzado con Chuang Tzu, no ha­brías podido reconocerlo, salvo que tuvieras una visión muy pro­funda, salvo que hubieras pasado por un satori, que hubieras te­nido una vislumbre de lo eterno. Sólo en tales casos hubieras po­dido descubrir que Chuang Tzu o Lao Tse estaban allí; si no, no. No hacían demostraciones externas.

Puedes reconocer a un Papa; tiene toda la parafernalia exte­rior que lo rodea. Si un Papa entrara en una sala vestido con ro­pa común, nadie podría reconocerlo. Si viene un Chuang Tzu, só­lo aquellos pocos que tienen cierta profundidad en la mirada po­drán reconocerlo. Chuang Tzu se mueve como un hombre co­mún: pesca, corta madera, hace esto y aquello. Hace todo lo que la vida demanda. No es alguien especial.

La enseñanza de Buda floreció en China; alcanzó la perfec­ción. Nansen es una combinación de Buda con Lao Tse, la unión del budismo con el taoísmo, y el zen es la reunión de to­do lo hermoso de Buda y de todo lo hermoso de Lao Tse. Por eso no hay nada como el zen, porque se unen dos corrientes enormemente poderosas, enormemente hermosas, completa­mente de lo desconocido. Nunca hubo un encuentro así. Otras religiones se encontraron, pero como enemigas. Se han enfren­tado, han chocado una con otra. Algo se produjo a partir del choque, pero jamás podría ser tan hermoso. No hubo un creci­miento natural.

Por ejemplo, en India hubo un encuentro entre los hindúes y los mahometanos: chocaron. El retoño de esto fue el sufismo. Na­cieron los sufíes, personas muy hermosas. Pero era como si un hijo naciera de una violación y no como fruto del amor: es posi­ble tener un hijo hermoso aun como resultado de una violación, no del amor. Esta reunión de las enseñanzas de Buda con el taoís­mo es resultado del amor. Simplemente, se enamoraron; no hu­bo choque, fue como si hubieran encajado una con la otra perfec­tamente. Al taoísmo le faltaba algo, y al budismo le faltaba algo. Sencillamente, se complementaron mutuamente, y se transforma­ron en algo nuevo. Las dos desaparecieron y nació algo nuevo. Lo nuevo era este hombre, Nansen. Ahora, trata de entender es­ta parábola.

 

Nansen, el famoso maestro chino de zen, estaba un día en

el bosque, cerca del templo, cortando árboles con una

gran hacha.

 

¡No lo puedes creer, no lo puedes concebir! Ni siquiera puedes imaginar a un Buda cortando madera o derribando un árbol. Que se siente debajo de un árbol, está bien; pero nunca cortarlo. No puedes concebir a Buda haciendo nada. Has visto sus imágenes. Tiene miles de imágenes en todo el mundo, pero siempre senta­do en silencio, con los ojos cerrados: imágenes de la inactividad, imágenes de la meditación, pero no imágenes de la meditación en la acción: eso no. Y no puedes encontrar ni una sola imagen de un maestro zen sentado, con los ojos cerrados; siempre estará ha­ciendo algo. Esto es lo que le faltaba al budismo y le fue aporta­do por el taoísmo.

La vida debe consistir en un equilibrio entre la actividad y la inactividad. Si estás completamente activo, te perderás algo: lo in­terior. Si estás totalmente inactivo, también te perderás algo: lo exterior. Y lo exterior tiene su propia belleza, no hay nada de ma­lo en ello. En Occidente, trataron de estar activos, cada vez más activos. La actividad se transformó en todo un modelo de vida.

Hacían muchas cosas (milagros), pero el centro interno se perdía completamente, se olvidaba. En Oriente, han estado demasiado inactivos. Cuando uno mira hacia afuera, ve que todo se ha pues­to feo. Mirar, abrir los ojos en la India, es verdaderamente pasar por una experiencia muy dolorosa.

 

 

Ya sé entonces por qué Buda siempre cerraba los ojos. ¿Por qué siempre se lo encuentra sentado debajo de un árbol con los ojos cerrados, con miedo de abrirlos? Por todos lados, pobreza y miseria. Pero es un círculo vicioso. Si uno cierra los ojos... la mi­seria no se va a modificar con sólo cerrar los ojos. Hay que hacer algo al respecto.

El Oriente se ha metido para adentro y ha perdido todo con­tacto con la existencia exterior. Es un desequilibrio. El zen es un perfecto equilibrio. Un maestro de zen medita, pero después tam­bién va al bosque a cortar madera, pues se aproxima el invierno. Hace muchas cosas como un hombre común. No es nada espe­cial. Nansen es uno de los pocos y extraños seres humanos que alcanzaron lo más alto (al igual que Buda, Mahoma o Jesús) y si­guieron cortando madera.

Cuando Nansen era muy viejo, alguien le preguntó: -¿Cómo estás?

-Perfecto -dijo-. Cortando madera, llevando agua al tem­plo, preparando la comida, trabajando en el jardín... Es tan her­moso.

 

Fíjate que no por cortar madera deja de ser quien es. La acti­vidad está allí, pero la mente está absolutamente callada. Al llevar agua al templo, lleva agua, pero no hay nadie adentro.

Si puedes actuar sin alguien allí, en tu interior, entrarás en un reino de enorme belleza, porque la actividad libera energía y el si­lencio goza de esa liberación. Con la actividad, te expandes, te transformas en un vasto cielo; y adentro, en el fondo, nadie, el si­lencio. El silencio se desplaza con tu actividad. Nansen llevando agua al templo es el silencio llevando agua al templo. Nansen cor­tando madera es el silencio cortando madera.                                                                      

No puedes imaginar el éxtasis que es posible si eres capaz de actuar sin que el actor esté adentro, sin el yo. Si puedes simple­mente actuar y pasar de un acto a otro sin acumular identificacio­nes ("soy yo quien lo hace; éste soy yo; hice esto y aquello"); sin acumular ningún "yo" a través de las actividades. Si puedes pasar de una actividad a otra como un silencio, como un vacío, te cae­rá encima una bendición, una dicha que no te puedes imaginar. Sentirás que la existencia toda comparte sus secretos contigo, porque, a través de la actividad, te conectas con ella y, a través del silencio, puedes ver, mirar, disfrutar, tocar.

A través del silencio, eres sensible; y, a través de la actividad, te conectas. Sensibilidad por dentro y contactos por fuera: en es­to consiste el equilibrio. Entonces, tienes dos alas. De no ser así, estarías volando con una sola ala: o la actividad o el silencio. Pe­ro no es suficiente con un ala. Puedes revolotear un poco por aquí y por allá, pero una sola ala no puede conducirte a las alturas. No puedes llegar al cielo, no puedes remontarte lejos. Son necesarias las dos alas. Y se equilibran: actividad-inactividad; se equilibran.

Nansen cortando madera: recuérdalo. Y, cada vez que tu men­te se vaya hacia un extremo, hazla volver hacia el centro. La men­te quiere estar activa, o bien estar inactiva, porque la mente pue­de existir en los extremos. En el centro, exactamente en el cen­tro, cuando la actividad y la inactividad se cancelan mutuamente, se niegan mutuamente, la mente desaparece.

Nansen estaba cortando madera cerca del templo.

 

Un monje, que había venido desde lejos a rendir homenaje

al maestro, atravesó el bosque y se acercó al leñador:

 

-¿Está en casa el abad de Nansen?

 

A su templo, a su monasterio, también se lo llamaba el Monas­terio de Nansen. En realidad, Nansen no era su nombre; era fundamentalmente el nombre del monasterio. Y nadie conocía el nombre de Nansen. El abad de Nansen... no era más que el abad de Nansen. Luego, poco a poco, se fue transformando en "Nan­sen". Nadie conocía su nombre. Y esto era bueno, porque nadie tiene nombre. Todos los nombres son falsos; por lo tanto, puede ser cualquiera. Todos los nombres carecen de significado, porque uno llega al mundo sin nombre y, cuando lo deja, lo deja sin nom­bre. El nombre es sólo un rótulo que se te pone con propósitos utilitarios. Sería difícil no tener un nombre: difícil para los demás. Pero tú eres sin nombre.

Nansen no tenía nombre; se lo conocía con el nombre del tem­plo, del monasterio. Entonces, el discípulo preguntó: "¿Está en casa el abad de Nansen?". Le preguntó esto al leñador. Si hubiera sido un verdadero discípulo, habría reconocido al leñador; no ha­bría necesitado preguntar, porque un hombre iluminado es como una luz en la oscuridad. ¿No puedes distinguir una luz en la oscu­ridad? Si no puedes hacerlo, eres ciego.

Lo que le preguntó al leñador (si el maestro estaba en casa) es una tontería. Es válido para un visitante, pero no para un discípu­lo. Y este hombre había recorrido una gran distancia para rendir homenaje al maestro. Podía haber conocido de antes a Nansen, podía haberlo visto antes. Era un discípulo: debía haberlo visto. Pero no podía concebir que Nansen estuviera cortando madera. Debe haberlo visto con los ojos cerrados, sentado bajo un árbol; debe haberlo visto en silencio o rezando. Debe haberlo visto rin­diendo culto en el templo. No podía imaginar que Nansen estu­viera cortando madera, porque no podía reconocer...

De no ser así, uno reconocería a un hombre iluminado en cual­quier parte donde lo viera. Podría ser un mendigo: si uno tiene ojos para ello, si tiene la visión para ello, lo reconocerá. Si uno ha tenido aunque sólo sea una vislumbre de lo que es un hombre ilu­minado, lo reconocerá en cualquier parte; no podría ocultarse. ¿Cómo se puede ocultar una iluminación? No es posible. Es un fe­nómeno tan importante que no se lo puede ocultar. Sale de mil formas. Ese día, todo el bosque se inundó de Nansen, y este dis­cípulo no lo pudo reconocer.

Los discípulos también reconocen por fuera. ¿Podrías recono­cerme si yo estuviera cortando madera en algún lugar? Difícil.

¿Podrías reconocerme si yo fuera un mendigo que casualmente golpeara a tu puerta? Imposible. Porque, al no haber llegado aún a tu propio descubrimiento interior, ¿cómo podrías reconocerme? Sólo puedes reconocerme hasta el punto a que llegue tu propio descubrimiento interior. Puedes ver a un maestro hasta el mismo punto en que puedes verte a ti, pues el maestro no es otra cosa que tu interior puesto afuera. El maestro no es sino tu futuro pues­to en el presente. El maestro no es sino tu forma acabada. ¿Qué serás cuando esté acabada tu forma? Eso es lo que es tu maestro en este momento.

Entonces, si no tienes una visión interna, se te escapará. Si re­conoces únicamente a través de las formas externas, podrás reco­nocer a Nansen en el templo, pero no por Nansen, sino por el templo. Lo reconocerás mientras esté sentado en estado de me­ditación, no por la meditación, sino por la postura. ¿Pero alguna vez supiste que un hombre iluminado estuviera cortando madera? Se te escapará.

 

Una vez sucedió: un hombre iluminado estaba aquí en la India hace unos pocos años. Sai Baba. Vivía cerca de Poona. Tenía un gran discípulo. Él era mahometano, y su discípulo, hindú. El discípu­lo solía acudir todos los días a Sai Baba, y sólo cuando Sai Baba pro­baba su comida, iba y se comía la suya. Mientras el maestro no hu­biera comido, ¿cómo podría comer? Y no te puedes imaginar un hombre más irregular que Sai Baba. A veces, por la mañana, lo pri­mero que hacía era comer su comida, y a veces comía algo a la no­che, tarde. Algunos días, no probaba bocado en todo el día y el dis­cípulo hindú tenía que esperar, en ocasiones, hasta bien entrada la noche. Hasta que el maestro no comiera, el discípulo no iba a pre­pararse su comida. Como era un brahmán, no permitía que nadie más tocaì¥Á9 ø¿ 4…
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蟥Ÿ¥4ÿÿÿÿÿÿl:::::::¤Ž¢æ¢æ¢æ¢æ,mento en que estaba dejando la mezquita donde vivía Sai Baba, éste le dijo:

-¡Pero acuérdate de reconocerme!

-¡Por supuesto! -dijo Narayan-. ¡Qué cosas dices! ¿Cómo podría no hacerlo?

A la mañana siguiente, Narayan estaba muy contento. Se dio un baño, rindió su culto, preparó su comida; el maestro iba a venir. Y el maestro vino, pero Narayan lo expulsó de su casa, porque no era un maestro, era un perro. Estaba muy preocupado: nadie había venido. Había esperado y esperado, todo el día, pero, a excepción de ese perro, no apareció nadie. Entonces, corrió hacia la mezquita y dijo:

-Sai Baba, ¿te olvidaste? Estuve esperando y esperando.

Sai Baba se rió y replicó:

-No, no me olvidé. No puedo olvidarme de nada. Estuve allí, pe­ro me expulsaste.

Entonces, Narayan se dio cuenta. Dijo:

-¡Pero era un perro!

Sai Baba le respondió:

-Si me reconocieras, me hubieras distinguido aun en la forma de un perro. ¿Qué diferencia hay? Si reconoces la luz, la distinguirás en cualquier forma. La forma de la lámpara es irrelevante. ¿O acaso es relevante la forma de la lámpara? Es irrelevante, porque la luz es la luz más allá de la forma de la lámpara. Pero tú reconoces la for­ma de la lámpara, no la luz.

 

El discípulo le preguntó al mismo Nansen si el abad de Nansen estaba en casa. ¡Qué pregunta, si un maestro siempre está en su casa! En cualquier lugar en que esté, un maestro siempre está en su medio. Ésta es la característica de ser un maestro: que siempre está en su casa. ¡Qué pregunta! Nunca estás en casa: está bien. Incluso cuando estés en tu casa, nunca estás en tu ambiente, pues ésta es una cualidad interior. Aun estando en tu casa, te sientes un extraño; aun estando en tu casa, sientes que te falta algo.

¡Te faltas tú! Puedes cambiar de casa, tener otra mejor, pero la falta persistirá. Te faltará algo también en una casa mejor. Si­gues acumulando nuevos muebles, nuevos cuadros, decoraciones, pero una y otra vez descubres que falta algo. Tú faltas. Tú no es­tás en tu casa. Y los muebles no pueden conseguirlo. No se pue­de hacer nada útil, salvo volver a casa. Volver a casa es todo el asunto. Retornar al origen es volver a casa. Un maestro siempre está en su medio.

El discípulo preguntó:

-¿Está en casa el abad de Nansen?

El leñador le respondió al monje:

-Compré esta hacha por dos trozos de cobre.

Levantó el hacha y dijo: "Compré esta hacha por dos trozos de cobre". ¿Qué está haciendo este Nansen? ¿Está loco? No, es­taba demostrando la cualidad de estar en su medio. Ésta es la cua­lidad de estar en casa, de estar en el presente. Estaba trayendo a este hombre al presente, y en ese momento el maestro justo es­taba cortando madera, en ese momento el maestro era un leña­dor, en ese momento el hacha era la única realidad, en ese mo­mento el maestro estaba en el hacha, en la actividad. El hacha cae sobre el árbol, el árbol se va cortando: el maestro está en casa. En ese preciso momento, estaba en el hacha, en la actividad. Por eso levantó el hacha.

 

Si el discípulo hubiera tenido aunque fuera una pequeña capa­cidad de compresión, habría visto lo que el maestro estaba tratan­do de mostrarle. Hay cosas que no pueden ser dichas sino que só­lo se las puede mostrar. Y el maestro le estaba diciendo: "Ven más cerca, acércate. Estoy aquí, mira el hacha. No dejes que tu men­te vacile, no te vayas a otra parte. Es suficiente con este momen­to. Estoy aquí, en este mismo momento, ahora mismo. Mira el hacha y acércate, ven más cerca del presente".

Entonces le dice: "Compré esta hacha por dos trozos de co­bre".

 

Y únicamente un maestro zen puede ser tan absurdo. ¡Qué res­puesta! El discípulo le pregunta algo y él le responde otra cosa. Por eso Arthur Koestler vuelve y cuenta en Occidente que estas personas del zen están completamente locas, dementes. Pide que nadie caiga en sus trampas, pues están locos. Para una mente aristotélica, lo están. Para una mente lógica, lo están. Uno pre­gunta por A y ellos responden por B. Pero lo importante no es lo que dicen. Demuestran algo en lugar de decirlo. No escuches lo que dicen; observa lo que hacen.

¿Qué le está haciendo Nansen a este discípulo? Lo está con­moviendo. El discípulo hizo una pregunta y él no la responde por­que, si ésta es respondida, la mente continúa. Si se responde a la pregunta en forma lógica (pertinente, pertinente respecto de la pregunta formulada), la mente continúa. El maestro es absoluta­mente cortante. No sólo está cortando el árbol con el hacha; tam­bién está intentando cortar la mente con ella. Al bajar nuevamen­te el hacha, lo conmueve. Durante un momento, el discípulo que­da desorientado: ¿qué hacer?, ¿a quién le pregunté? Al menos por un momento, no hay pensamientos. En ese momento, es posible el reconocimiento.

Pero te lo puedes perder, pues el reconocimiento no te puede ser impuesto. Debes tomarlo o dejarlo; depende de ti. Un maes­tro sólo puede generar una situación: depende de ti si creces a tra­vés de esa situación o no. Puedes no tomarla, puedes intentar es­capar. Esto es lo que hizo el discípulo.

 

"Compré esta hacha por dos trozos de cobre".

 

Lo está trayendo de su mente a la realidad. El zen es absoluta­mente apegado a la tierra. Buda es como el cielo y Lao Tse, co­mo la tierra; y donde se unen el cielo y la tierra está el zen. Este Nansen es el encuentro del cielo y la tierra. Buda es como las alas y Lao Tse es como las raíces, y este Nansen es como un árbol que tiene raíces y alas al mismo tiempo. La realidad: la tierra, la tierra sólida, se junta con el cielo interior. Eso sólo puede reconocerse cuando la situación es aprovechada.

Continuamente, genero cientos de situaciones para ti y las si­gues dejando pasar. Pero recuerda: ¡no vas a ganar! Puedes per­der mil veces; crearé mil y unas situaciones. Puedes escapar de una y otra forma, pero no podrás huir. Una vez que un hombre cayó en las redes de un hombre iluminado, todos sus esfuerzos serán vanos, pues no podrá agotarlo ni agotar su paciencia.

 

"Compré esta hacha por dos trozos de cobre".

 

En ese momento se le dio una enorme oportunidad. Nansen con un hacha levantada diciéndole pavadas a este hombre para hacerlo entrar en sus cabales. Y levantando el hacha por enci­ma de la cabeza del monje, afirmó:... Pero vio que lo había de­jado pasar (esto no funcionaría: el discípulo era un poco torpe)... ¡Conocí muchos discípulos torpes!

 

Y levantando el hacha por encima de la cabeza del sorpren­dido

monje, afirmó:

-Es muy filosa.

El monje se refugió en el desmayo, para descubrir más

tar­de que el leñador era el propio Nansen.

 

La segunda oportunidad. Pero el hacha estaba sobre su cabe­za, en cualquier momento podría caerse... ¡y este hombre parece loco! Podrías haberlo reconocido en ese momento, podrías haber­te dado cuenta en ese momento, ya que, ante el peligro, hasta una persona estúpida está lúcida. En una situación de peligro, cuando el hacha cuelga sobre tu cabeza en manos de un loco, y Nansen encima dice: "Es muy filosa".

Pero el discípulo hizo lo que tú has estado haciendo: se refugió en el desmayo. Ese era el momento de estar allí; ese era el mo­mento de estar allí por completo. Si se hubiera quedado allí du­rante un solo momento sin escapar, la mente habría desapareci­do, pues en un momento así no hay nada que la mente pueda ha­cer. ¿Qué puede hacer? Es una situación de vida o muerte; en cualquier momento, el discípulo podía morir. Si se hubiera man­tenido allí sólo un momento, si no hubiera escapado, la mente ha­bría desaparecido... nada que hacer. Frente a la muerte, la mente desaparece.

Esta situación le llega a toda persona que entra en un estado de profunda meditación: llega un momento en el cual el hacha cuelga justo sobre su cabeza, y siempre es filosa. Llega un mo­mento en que se mete más profundamente, se enfrenta a la muer­te. Ese es el límite entre el yo y tu ser interior, en el cual te en­frentas a la muerte interna. Pues, cuando te metes más adentro, llega un momento en que hay que atravesar el límite del yo e ir más allá de él. Y es tal tu identificación con el yo que sientes es­to como una muerte.

Mis propios discípulos vienen y me dicen: "Ahora es difícil. Llegamos a un terreno que se siente como la muerte, y hemos ve­nido aquí a conocer la vida, no a morir. Hemos venido para estar más vivos, no para estar muertos. Hemos venido en busca de una vida más abundante, no para desaparecer".

Pero tienes que desaparecer. Sólo entonces se te dará la vida en abundancia. Llega un momento interior en el cual, si la medi­tación es verdaderamente crecimiento, te sentirás como si estuvie­ras muriendo. No te refugies en el desmayo. Allí, está mi hacha sobre tu cabeza, y es muy filosa. Si te escapas de allí, la mente tra­baja nuevamente: la mente comienza a pensar miles de cosas. Y, una vez que te escapas, la mente no te permitirá volver a llegar hasta ese punto, pues siempre empezarás a temblar internamen­te. Cada vez que ese punto se acerque a ti, tendrás tus sospechas y dudarás en dar otro paso más o no, o escapar. Y sólo más tar­de podrás reconocer que, en aquel momento en que estabas a punto de morir, el maestro estaba allí. Era el propio Nansen; só­lo más tarde te das cuenta. Pero entonces te arrepentirás, ya que más tarde reconoces el momento.

La mente tiene una enorme capacidad de comprender las co­sas cuando ya no están. Una vez que te has perdido algo, la men­te seguirá arrepintiéndose de ello, pensando en lo que debería ha­ber sido. La mente tiene una enorme capacidad de pensar en el pasado y de pensar en el futuro. Pero no es capaz de estar en el aquí y ahora. Y el momento era aquel: con el hacha sobre tu ca­beza... es muy filosa.

 

El monje se refugió en el desmayo, para descubrir más tar­de

que el leñador era el propio Nansen.

 

...Pero se había perdido una gran oportunidad. Tú también puedes perderla (es más probable) y después arrepentirte. ¿Pero qué puedes hacer respecto del pasado? No puedes deshacerlo, no puedes volver atrás. Y, aun si lo hicieras, recuerda que no se te presentaría la misma situación nuevamente.

Si este hombre vuelve, no va a encontrar a Nansen cortando madera. Aunque lo encontrara cortando madera, Nansen no ha­blaría del hacha, de haberla comprado por dos trozos de cobre. Un maestro jamás repite una situación, porque es inútil. Una si­tuación repetida no sirve, debido a que la mente sabe de ella y no se conmueve: puede pensar en ella.

Piensa: el monje vuelve; al darse cuenta de que el leñador es el propio Nansen, se dirige al árbol, pues sabe dónde está cortando madera y esperándolo. Nansen está cortando madera y el monje le pregunta:

-¿Está el maestro en casa?

Ahora, todo es una completa tontería, porque es una repeti­ción y él sabe que el leñador es Nansen. Pero pregunta:

-¿Está en casa el abad de Nansen?

Y el maestro responde:

-Esta hacha la compré por dos cobres.

  El discípulo ahora sabe que el próximo paso consistirá en que levante el hacha por sobre su cabeza y le diga que es muy filosa, y esta vez no se va a escapar. Se quedará allí y verá qué pasa. No pasará nada, porque todo se perdió.

Una mente, cuando sabe lo que va a pasar, sigue adelante. Por eso cada maestro tiene que inventar permanentemente situacio­nes diferentes. Una vez que conoce una situación, la mente se apodera de ella. La mente es el amo de lo conocido. Sólo lo des­conocido la puede destruir. Lo conocido, nunca. Lo conocido siempre puede ser manipulado. Una situación no se puede repe­tir. Por eso, en los viejos tiempos, los maestros insistían en que no se escribiera lo que se hacía pues, si se lo escribía, la situación quedaría cerrada para siempre, tanto para los futuros discípulos como para los futuros maestros. Si estaba escrita, la gente la lee­ría y ya sabría qué hacer. Y, si sabes qué hacer, si ya estás prepa­rado, no sirve. Necesitas que se te agarre en un momento en el cual no estés preparado. ¡Hay que agarrarte sin que estés prepa­rado! En ese momento de falta de preparación, la mente no está allí, porque todos los preparativos están en la mente.

Entonces, cada vez que le pido a alguien que se zambulla en la sannyas y me dice "Lo pensaré", ha dejado pasar la oportunidad. Tomará la sannyas, pero tendré que buscar otra cosa para esa persona. Si yo le dijera "Toma la sannyas" y me contestara sin pensarlo dos veces que sí, sin siquiera preguntar qué es, sin siquie­ra preguntar hacia dónde lo guío, sin siquiera preguntar por qué la ropa ni por qué un nuevo nombre, sin preguntar nada... Si yo dijera "Toma la sannyas" y me respondiera "Está bien, estoy pre­parado", en caso de estar dispuesto a dar el salto, habría aprove­chado la oportunidad: una puerta se abre en ese momento.

Si dice "Lo pensaré y volveré más tarde", lo pensará; puede ser que vuelva o que no lo haga. No importa: la oportunidad se habrá perdido. Puede regresar preparado. Tras algunos días pue­de venir y decir: "Ahora lo pensé bien y estoy convencido de su utilidad". No es algo utilitario. No tiene ninguna utilidad, ninguna. "Lo pensé y hablé con muchos sannyasins; dicen que sirve. En consecuencia, estoy listo: dame la sannyas ahora". También se la daré, pero la oportunidad se ha perdido; tendré que encontrar otra.

Tu mente es tu estado de preparación. ¿Qué hace Nansen? Lleva a este hombre a un momento de no-preparación; y él se es­capó, desapareció. Más tarde se dio cuenta, pero ya no se podía hacer nada. Recuerda esto: mientras estés conmigo, ten en cuen­ta que sólo crecerás a través de situaciones, no a través de ense­ñanzas. Todo lo que diga no ayudará demasiado. La verdadera cuestión será lo que cree a tu alrededor. Las charlas simplemente te ayudan a girar en torno a mí; eso es todo. Continuamente te hablo; es como darles caramelos a los niños para que estén a nuestro alrededor.

 

Y de repente, en un momento inesperado, tomaré el hacha y te diré: "¡Es muy filosa!". No te escapes en ese momento. Más tar­de puedes reconocerme, pero tal vez no esté allí. Más tarde pue­des darte cuenta y regresar, pero la situación no se puede repetir. Y, si te acostumbras a escapar, puedes estar preparado para la si­tuación anterior, pero volverás a escaparte de la nueva. Y, si su­cede muchas veces, te harás adicto a escapar. Y después no sa­bes...

Cada vez que sientes que no estás preparado, te encuentras sencillamente huyendo. Siempre que estás preparado, te sientes cómodo, seguro. Pero no estás aquí a la búsqueda de seguridad, y yo no estoy aquí para dártela. Estoy aquí para despojarte de to­das las garantías. Tengo que mover toda la tierra sobre la que apo­yas los pies. Tengo que arrojarte al abismo. Sólo al caer en ese abismo, desaparecerá tu yo. Y, por primera vez, a través de la in­seguridad, alcanzarás la eterna seguridad; pero para ello debes transitar la senda de la inseguridad. El sendero que lleva hacia la vida atraviesa la muerte. Muriendo, lo lograrás. Apegándote a la vida, no.    

¿Qué dice esta historia? Dice que Nansen creó una situación de muerte. Y, siempre que hay una situación de muerte, huyes. Dices que es insegura.

La mente siempre tiene miedo de morir. Se apega; se apega a cualquier cosa. En la India dicen que un hombre que agoniza se agarra incluso de un pelo. Sabe bien que no puede salvarlo, sabe bien que un pelo no se transformará en un bote; no hay seguri­dad en él. Es sólo agarrarse... "Tal vez ocurra un milagro y me sal­ve".

 

Cuando te apegas al dinero, te estás agarrando de un pelo. Cuando te apegas al poder y al prestigio, te estás agarrando de un pelo. Cuando te apegas al nombre, a la familia, a la cuenta bancaria, te estás agarrando de un pelo, porque nada puede sal­varte. La muerte se aproxima. La muerte se precipita sobre ti. To­do lo que hagas será inútil: no te salvará.

¿Y qué hace un maestro? Dice: antes de que la muerte te al­cance, alcanza tú a la muerte. ¿Por qué esperarla? Si esperas, se­rás una víctima. Atravesándola, te transformas en un conquista­dor, pues quien está dispuesto a morir, de repente se da cuenta de que la muerte es imposible. Quien está dispuesto a morir de re­pente se da cuenta de que la mente, el cuerpo y el yo morirán, pero no el ser: el ser estuvo allí desde antes que la mente; el ser ha estado allí desde antes que el cuerpo; el ser ha estado allí des­de antes de tu nacimiento y estará allí después de tu muerte.

Cuando, en estado de meditación, alguien levanta el hacha por encima de tu cabeza y sientes un instante de muerte, no te esca­pes. Deja que el hacha caiga sobre ti. Es filosa. Está bien: es bue­no que sea filosa. Deja que se te corte la cabeza por completo. Una vez que estés sin cabeza... y esto es lo que significa no ser nadie, pues el yo existe en la cabeza, la mente existe en la cabe­za, en el cerebro, el yo existe en la cabeza. Y sigues condenando a todo el mundo; tienes que hacerlo. Una persona orientada por su cabeza tiene que condenar a todo el mundo, porque así se sien­te especial.

 

Me enteré de algo que sucedió en un pueblito: la comunidad de­cidió cambiar al viejo sacerdote. Lo echaron y trajeron uno nuevo. El primer día, el sacerdote dio su primer sermón. Se había reunido to­da la comunidad, e incluso había un invitado de otro pueblo. Una vez que terminó el discurso, le preguntó al jefe de la comunidad por qué habían cambiado al viejo sacerdote y cuál era la necesidad.

Entonces, el jefe de la comunidad le dijo:

-El viejo sacerdote hablaba todos los días y siempre decía lo mismo: "¡Reformaos; si no, os iráis al Infierno!".

El visitante se sorprendió. Replicó:

-¿Qué dices? El sermón fue el mismo esta mañana. Este hom­bre también estaba afirmando que nos iremos al Infierno si no nos reformamos.

Respondió el jefe:

-Sí, pero el viejo sacerdote actuaba de manera tal que parecía alegrarse de que todos nos fuéramos al Infierno. Esa es la diferen­cia, y era demasiado pesado.

Los brahmanes siempre se alegran de que los demás se vayan al Infierno, y ellos, al Cielo. Los sacerdotes siempre se alegran de que uno esté entre las llamas del Infierno.

 

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蟥Ÿ¥4ÿÿÿÿÿÿl:::::::¤Ž¢æ¢æ¢æ¢æ,rio. Únicamente tú serás sagrado; nadie más. Por eso los cristianos siguen predicando: "Ven y sigue a Jesús. Sólo aquellos que sigan a Jesús se salvarán; los demás están perdidos”. Eso es lo que los mahometanos siguen diciendo, lo que los hindúes siguen diciendo. Parece existir una política muy profunda: si sigues a alguien y si vas a esta iglesia, te salvarás. Si sigues a otro y vas a otra iglesia, serás destruido. Y lo mismo exige también la otra iglesia. Y Dios debe estar perplejo: qué hacer.

Toda la condena viene de la cabeza, del yo. Un yo muy sutil matiza todo lo que dices y lo que crees: tus convicciones, tu filo­sofía, todo está matizado por el yo. Y el zen es simple vida.

Y esa es también mi enseñanza: ser simple y ser nadie. No condenar a nadie. No colocarte en una situación en la cual te pue­das sentir más sagrado; jamás. Simplemente, se ordinario. Y, cuando eres ordinario, desaparecen todas las ansiedades. Cuando eres ordinario, toda tu percepción es totalmente diferente. Enton­ces, los aves que cantan en los árboles constituyen un mensa­je de la divinidad. Entonces, la brisa que cruza los árboles y una hoja que se balancea acompañando a la brisa son su mano, su se­ñal. Entonces, el cielo, la tierra, todo es hermoso y todo provie­ne de él.

Cuando eres ordinario, cuando no eres nadie, todas las puer­tas se abren. Cuando eres alguien, todas las puertas se cierran. Se ordinario y vive la vida en silencio. No seas político. Esa es la úni­ca desgracia que puede ocurrirle a un hombre. Y la política y la religión constituyen polos opuestos. La política es el esfuerzo por ser alguien en la jerarquía, ocupar un lugar en la cúspide del po­der; la religión, en cambio, es el intento de pararse al final de la cola, de no ser nadie.

Dice Lao Tse: "Nadie me puede insultar, nadie me puede aba­tir, porque ya estoy allí. Nadie me puede derrotar; no porque sea muy fuerte, sino porque ya estoy derrotado. Nadie puede derro­tarme".

 

La persona ordinaria constituye el fenómeno más hermoso del mundo: sólo vive momento a momento, no tiene expectativas ni pide nada. Lo que viene, lo acepta. No sólo acepta lo que viene, sino que lo hace con profundo agradecimiento y gratitud.

Cuando eres ordinario, todo lo que viene será más de lo que jamás esperaras. Cuando eres extraordinario, cuando te concibes de manera extraordinaria, algo muy grande (un Napoleón o un Hitler), todo es siempre algo insatisfactorio. Todo es inferior a tus expectativas. Eres un hombre tan grande que todo lo que pase es inferior a ti. Cuando eres ordinario, todo es más de lo que jamás esperaras. Y, cuando aparece esta sensación de que es más de lo que jamás esperaras, sientes gratitud. Esa gratitud es el santuario interior. En esa gratitud, por primera vez, la luz del más allá des­ciende.

Crea este santuario de gratitud en tu interior y pronto verás que una luz ha llegado a él. El santuario no está oscuro, y esta luz no pertenece a este mundo; proviene de lo eterno.

Suficiente por hoy.

 

 

 

Cuarto Discurso:

 

La Buena Esposa

 

Mokusen Hiki vivía en un templo en la provincia de Tamba.

Uno de sus seguidores se quejaba de la avaricia de su esposa.

Mokusen fue a visitar a la mujer del seguidor y sostuvo

su pu­ño apretado ante su cara.

-¿Qué quieres decir? -preguntó la sorprendida mujer.

-Supón que mi mano estuviera siempre así, ¿cómo la

defi­nirías?

-Como deformada -replicó la mujer.

Entonces, él abrió la mano ante su rostro y le preguntó:

-Supón que estuviera siempre así,

¿cómo la definirías en­tonces?

 

-Sería otro tipo de deformación -dijo la mujer.

-Si comprendes tanto -concluyó Mokusen-, eres una

buena esposa.

Entonces se fue. Después de su visita, esta esposa ayudó a

su marido tanto a gastar como a ahorrar.

 

 

El mayor desafío es alcanzar un equilibrio, un equilibrio en­tre todos los opuestos, un equilibrio entre todos los polos. El desequilibrio es la enfermedad, y el equilibrio, la salud. El dese­quilibrio es neurosis, y el equilibrio, bienestar.

 

Me enteré de que Mulla Nasruddin fue al psiquiatra. Descubrió sus miserias, sus problemas, y finalmente concluyó:

-Tengo miedo. Parece que me estoy volviendo neurótico.

El psiquiatra sonrió y dijo:

-Nasruddin, si eso fuera cierto, deberías estar contento y agra­decido por ser neurótico.

Nasruddin quedó conmovido. Exclamó:

-¿Qué? ¿Contento de ser neurótico? ¿Por qué?

Respondió el psiquiatra:

-Porque es lo único normal en lo que a ti respecta.

 

La neurosis es lo único normal, pero no sólo en lo que respec­ta a Nasruddin sino a todo el mundo. La mente tiene que ser neu­rótica. La neurosis no es una enfermedad; la neurosis es la men­te misma, por eso la neurosis no se puede curar. Al seguir allí la mente, seguro que la neurosis la seguirá como una sombra. Por eso, toda la psiquiatría fracasa. Cuanto mucho, puede normalizar­te, pero ser normal no significa otra cosa que ser normalmente neurótico, neurótico como todos los demás, no según tu propia modalidad. Simplemente, sigues la autopista general; no un sen­dero individual. La gente que está internada en los manicomios tiene su neurosis privada; tú, en cambio, tienes una neurosis de masa. Por eso no se te puede detectar: porque eres como todos los demás. Y quienes están en los manicomios trataron de encon­trar su propio estilo de neurosis; son individualistas. Esa es la úni­ca diferencia. Y así debe ser, ya que la mente misma, el funciona­miento propio de la mente, es neurótico, Trata de entenderlo.

La mente nunca está en el medio; no podría estarlo. Cuando tú estás en el medio, la mente simplemente desaparece. La men­te siempre está en el extremo: en éste o en aquél. Por eso la men­te divide al mundo en blanco y negro, en vida y muerte, en odio y amor, en amigos y enemigos. El mundo no es ni blanco ni ne­gro, sino de algún tono del gris. Un polo es blanco, y el otro, ne­gro. Justo en el medio, donde se encuentran lo blanco y lo negro, unificándose, está la realidad. Pero la mente se maneja con pola­ridades. Dice: "O es verdad o no es verdad”.

Nunca conocí una verdad que no contuviera alguna mentira. Tampoco supe nunca de una mentira que, en cierto sentido, no fuera real. Las mentiras tienen fragmentos de verdad; por eso fun­cionan. De no ser así, ¿cómo podría funcionar una mentira? ¿Por qué la gente mentiría tanto? Toda mentira contiene parte de ver­dad. No puedes inventar una absoluta mentira: es imposible. Y no puedes hablar de la verdad absoluta: eso también es imposible. Por esa razón, Lao Tse repite continuamente que, si uno habla, ya ha entrado al mundo de las mentiras. La verdad no puede ser dicha. En el momento en que, se la pronuncia, seguro que una parte de ella se transforma en una mentira.

La existencia no está dividida en un "o bien... o bien..”. No hay dualidad, sino una sola energía que circula de un extremo al otro; las dos márgenes del río se juntan por debajo: forman par­te de un terreno. Te parece que son dos, porque no has entrado al río y nunca has llegado al fondo del mismo; las márgenes no son dos, pertenecen a un mismo terreno. Pero, ante el río que pa­sa, parecen ser dos. La existencia es como las dos márgenes que se unen por debajo, cuando la mente sólo observa la superficie. Entonces la mente dice: "Estoy en esta margen y tú en la otra; estás en mi contra. Si eres un amigo, estás conmigo en esta mar­gen; si estás del otro lado, eres un enemigo”. Pero ambas márge­nes pertenecen a un mismo terreno.

 

La mente no tiene una visión tan profunda. La mente es el fe­nómeno de la superficie; de ahí las dualidades. La existencia es una sola; no puede ser de otra manera. No hay dos existencias; sólo hay una pero, gracias al ritmo, estás vivo.

Inhalas y exhalas: la inhalación y la exhalación se vuelven co­mo las dos márgenes por donde circulará tu río; pero tú no eres ninguna de ellas. El aire entra y sale; aporta un ritmo: dos márge­nes. Y ese ritmo es hermoso si no te quedas pegado a uno de los extremos. Aun al respirar, la mente siempre está optando. Es ra­ro que puedas encontrar a una persona que inhale y exhale equi­tativamente. Si llegas a un punto en que puedes inhalar y exhalar y seguir exactamente en el medio, alcanzarás la iluminación. Tal como estás, siempre inhalas; nunca exhalas. El cuerpo exhala y obliga a salir al aire; tú vuelves a inhalar. Observa tu respiración: prestas más atención a la inhalación; inhalas continuamente. Le dejas al cuerpo la exhalación. El cuerpo expulsa al aire; tú vuelves a inhalar, porque en el fondo piensas que la inhalación es vida y la exhalación es muerte. En cierto modo, es verdad, ya que lo pri­mero que hace un niño al nacer es inhalar.

La vida comienza a funcionar con la inhalación. Por eso, iden­tificas la vida con la inhalación. Y lo último que hará un hombre que esté a punto de morir será exhalar. No se puede morir con la inhalación, ¿no es cierto? No es posible morir inhalando; hay que morir exhalando. Entonces, en el fondo, el inconsciente siente que la exhalación es muerte, y la inhalación, vida. Te apegas a la inhalación. Y, si te apegas a uno de los polos, te volverás una mente. Exhala e inhala; quédate en el punto medio, sin escoger. No elijas. No elijas entre los opuestos: quédate en el medio pues, si optas entre los opuestos, pierdes el equilibrio. El desequilibrio es la neurosis.

Entonces, te vuelves adicto a uno de los polos, cuando la vida es un ritmo que necesita del otro. No es ni sonido ni silencio, si­no las dos cosas. El silencio es un polo y el sonido es el otro; la vida es simplemente el ritmo entre estas dos polaridades. ¡No eli­jas! Si optas por el sonido, te volverás adicto al sonido, al ruido, al afuera. Te harás extravertido, pues el sonido es el afuera. El si­lencio es el adentro. Si optas por el silencio, te volverás introver­tido. Entonces, te cerrarás por completo a la existencia que exis­te afuera. Te volverás cada vez más hacia adentro, y ese movi­miento no será un ritmo, porque negaste el otro polo. Más bien, este movimiento será un estancamiento muerto. Te quedarás es­tancado con él; no podrás alcanzar el éxtasis.

Con el silencio y el sonido, simplemente te desplazas entre es­tas dos polaridades, porque no eres ninguna de las dos. Estás en el medio; eres el ritmo. Tanto mi mano izquierda como la derecha forman parte de mí; tanto el sonido como el silencio forman par­te de mí; tanto la muerte como la vida forman parte de mí. No te apegues. Exhalación, inhalación: las dos forman parte de mí.

Si te apegas a un polo, tu vida será una neurosis, pues ¿qué harás con el otro? Allí está. Y, lo quieras o no, tienes que pasar por el otro. ¿Cómo puedes detener la exhalación? Y, si dejaras de exhalar, ¿cómo podrías inhalar? Observa qué hermoso; tú exha­las y, en el momento en que lo haces, creas una situación para una profunda exhalación. Los rivales no son en realidad tan opuestos. ¿Cómo pueden ser rivales? La inhalación depende de la exhalación, y ésta, a su vez, depende de la inhalación. ¿Cómo pueden ser rivales? ¿Cómo puede haber algún antagonismo? Son amigos, no enemigos. Están jugando a parecer enfrentados pero, en el fondo, forman un solo terreno.

No optes por el amor en lugar del odio, pues entonces estarás en problemas: ¿dónde colocarás el odio? El odio está allí, tan tu­yo como el amor. Quédate en el medio. Deja que el odio encuen­tre su propia vía, y que el amor halle la suya propia. Tú simple­mente observa desde el medio; no te vayas a un extremo. Si te vas a un extremo, ¿qué harás con el otro? Entonces, tendrás mie­do del otro. Y el otro aparecerá, pues el polo que elegiste no pue­de quedarse solo: depende del otro.

Te enamoras de un hombre o una mujer, y después temes al odio, a la ira y al conflicto. Pero ¿qué puedes hacer? Seguro que van a surgir. Tu así llamado amor depende de ellos. No podría existir solo: es un ritmo y necesita del polo opuesto. ¿Viste algu­na vez un río con una sola orilla? La vida es un río, y la mente in­tenta flotar con una sola orilla: eso es la neurosis. Hay picos y va­lles; hay momentos altos y bajos. No te obsesiones con ningún pi­co alto; si no, ¿qué pasará con los valles? ¿Viste alguna vez un pi­co sin un valle?

Ve al Himalaya. Cuanto más alta es la cima del monte, tanto más profundo será el valle. El valle más profundo está cerca del Everest; únicamente allí podría estar. Sólo una cima tan alta pue­de tener un valle tan profundo. Y hay un equilibrio: el valle tiene que ser profundo en la misma medida en que el pico montañoso haya crecido. Se equilibran mutuamente. Observa un árbol alto, elevado hacia el cielo: las raíces están ocultas, pero penetran ha­cia abajo hasta cierta medida... Si el árbol creció un metro, las raí­ces deben crecer un metro para abajo. Si no, ¿qué va a sostener al árbol? ¿Qué va a sostener a un árbol de un metro? Y si el ár­bol intentara elegir la altura y negar las raíces, moriría. Y esto es lo que estuviste haciendo. Por eso toda la humanidad está retraí­da, rendida. Todo ha salido mal, porque sólo quieres momentos elevados.

 

La gente acude a mí y me dice: "Ayer me sentía extático y aho­ra estoy decaído”. Tienes que estarlo. ¿Qué va a sostener al éxta­sis? ¿Qué va a sostener al pico? El pico no podría existir solo; es seguro que va a seguirlo este valle.

Contempla las olas del océano. Cuanto más sube la ola, más profunda será la estela posterior. En un momento eres la ola y, al momento siguiente, eres la estela que la sigue. Disfruta de ambas, sin hacerte adicto a ninguna de las dos. No digas: "Me gustaría es­tar siempre en la cima”. No es posible. Simplemente, date cuen­ta de que no es posible. Jamás sucedió ni habrá de suceder. Es sencillamente imposible: no está en la naturaleza de las cosas. ¿Qué hacer entonces? Disfruta de la cima mientras dure y, des­pués, goza del valle, cuando éste llegue. ¿Qué hay de malo en el valle? ¿Qué hay de malo en estar decaído? Es una relajación.

Un pico es una excitación y nadie puede existir excitado per­manentemente, pues se volvería completamente loco. Por eso, cuando amas a alguien, tienes que odiar a esa misma persona. Pe­ro no tengas miedo del odio; acéptalo. Si amas profundamente, odiarás profundamente. Si no amas mucho, no odiarás. En el mo­mento en que los maridos y las mujeres dejan de pelearse, desa­parece el amor. Si ves una pareja totalmente serena, es una pare­ja muerta, en la cual hace mucho tiempo que desapareció el amor. Ya no se pelean; entonces, ya no están enamorados. Ahora no hay más cimas ni más valles.

Quienes se aman, se pelean. Sólo quienes se aman se pueden pelear; dependen de la pelea. Y saben que no tiene nada de ma­lo pues, cuando se pelean, crean una situación para llegar a amar­se más profundamente. Es un ritmo: si alguna vez fuiste un aman­te, lo cual es poco frecuente, sabes que antes de hacer el amor, si te peleaste con tu pareja, tuviste ira y ganas de matar al otro, y luego haces el amor, el orgasmo llega a ser tan intenso como nun­ca lo hubiera sido en situaciones comunes. Porque, cuando las energías van más allá (el odio implica que las energías van más allá), llega un punto en el cual estás tan lejos del otro como lo es­tabas antes de enamorarte. Has llegado nuevamente al mismo punto. Son dos individuos, completamente independientes; se ha perdido toda comunicación. Nuevamente son extraños que no sa­ben quién es el otro. Así estaba la situación cuando se enamora­ron. Si no escapas, se enamorarán nuevamente: todo el romanti­cismo, una nueva luna de miel. Y, si no pueden repetir una y otra vez la luna de miel, el amor se pondrá rancio. Será algo muerto, y tendrás que cargarlo como un peso.

Por eso existe el matrimonio. El matrimonio fue creado por personas inteligentes y agudas: por los matemáticos. En el matri­monio no hay picos ni valles; sencillamente te mueves sobre un terreno plano. Nunca te enamoras y nunca tienes problemas. El matrimonio es seguridad, no amor. El matrimonio no es roman­ce, es aritmética. Fue creado por gente aguda. Detienen sencilla­mente toda posibilidad de pelea, enojo, odio; detienen toda posi­bilidad de situaciones peligrosas, las inseguridades. El matrimonio es siempre un asunto sereno: nunca en una cima en la que pue­das bailar, nunca en un valle en el que puedas llorar. Pero quien nunca bailó de alegría y nunca lloró, sencillamente, no está vivo.

Uno debe reírse y también debe llorar. La risa y el llanto son dos márgenes. Es necesario un equilibrio. Si realmente te ríes, también llorarás. ¿Y qué tiene de malo llorar? Las lágrimas son hermosas. Si te has reído, y lo has hecho profundamente, las lá­grimas se vuelven muy, muy hermosas. Conservan algo de la ri­sa, porque en el fondo las orillas son una sola, no son dos. En un polo, la risa; en otro, las lágrimas. Un polo sonríe y el otro llora, pero en el fondo están unidos. Si te reíste íntegramente, llorarás íntegramente, y ambas cosas son hermosas. La integridad es lo hermoso.

Pero, si te apegas a una cosa, nunca podrás ser íntegro. Cuan­do lloras, te agarras de la risa: tratas de sonreír, intentas forzar una sonrisa porque no quieres este llanto. Dices: "Esto está mal; es horrible", y tratas de forzar una sonrisa. Tienes lágrimas en los ojos y fuerzas una sonrisa. La sonrisa es falsa: esto es la neurosis. Cuando el cuerpo quiere llorar y tú sonríes, eso se llama esquizo­frenia. Así comienza la fractura con la cual una persona se trans­forma en dos. Se pierde la unidad. Entonces recuerda: cuando te rías, nunca podrá ser total.

Si te apegas a un polo, surge el temor de la totalidad. Si no puedes llorar íntegramente, ¿cómo reírte íntegramente? Por eso la carcajada simplemente ha desaparecido del mundo. No sabes qué es una carcajada; es cuando no sólo te ríes, sino que la risa te sale de adentro, haciendo vibrar al cuerpo entero. No sólo te ríes tú, sino que lo hace todo tu cuerpo desde la cabeza a los pies. La risa es loca porque estás íntegramente en ella.

Observa lo absurdo que es el mundo: sólo un loco puede ser íntegro. Tienes miedo porque sabes bien que has reprimido las lá­grimas; por lo tanto, si te ríes profundamente, pueden surgir las lágrimas. Y así sucede. Tal vez lo hayas notado muchas veces: si empiezas a reírte profundamente, de inmediato sientes que se aproximan las lágrimas. Te sientes confundido: ¿por qué se apro­ximan las lágrimas? Porque las estuviste reprimiendo, sin permitir nunca una unidad. Y ahora te ríes íntegramente: lo reprimido ne­cesita expresarse, lo reprimido fluye, lo reprimido busca su mo­mento. Una puerta se abre; eso fluye.

Cuando abres la puerta, recuerda que, junto con el amigo, en­trará un rival. Si quieres que solamente ingrese el amigo, es im­posible. Entonces, tendrás que cerrar la puerta para que no pue­da entrar el enemigo; pero entonces tampoco podrá ingresar el amigo. Estará cerrada, porque es la misma puerta. Y, si lo miras profundamente, el amigo y el enemigo son la misma persona. En­tonces, si le niegas la entrada al enemigo, también rechazas al amigo. Si dices "No voy a llorar", estás afirmando que no vas a reír. Si dices "No voy a odiar", estás afirmando que no vas a amar. Si dices "No voy a estar decaído, deprimido ni triste", estás afir­mando que no vas a sentirte extático. Las dos cosas son una sola y no se puede elegir. Simplemente, puedes tener consciencia y quedarte en el medio. Cuando estás en el medio, puedes ver que las dos son tus alas.

Piensa en esta situación: si un ave vuela con una sola ala, ¿qué le pasará? Si puedo moverme en forma total, íntegra, hacia la de­recha, me quedaré paralizado. El ala izquierda se quedará parali­zada. Y, si el ala izquierda se queda inmóvil, ¿te parece que el ala derecha podrá seguir viva? ¿Cómo podría vivir el ala derecha es­tando la izquierda paralizada? Viven en dependencia mutua; ni si­quiera dependencia, viven en una unidad. ¿Puedes decir dónde termina tu lado derecho y comienza el izquierdo? ¿Dónde está exactamente el límite? No hay fronteras allí. Es un círculo: el lado izquierdo se mete en el derecho, y el derecho en el izquierdo. Es un círculo.

 

Por eso en China crearon el símbolo del yin y el yang. Es un círculo, pero este círculo, móvil, existe en todas las dimensiones. Un hombre no es sólo un hombre; también es una mujer. Una mujer no es sólo una mujer; también es un hombre. Hay momen­tos en los que una mujer es hombre, y hay momentos en los que un hombre es mujer. Y uno se asusta: "No debo ser mujer. No soy afeminado, soy macho y no tengo que dejar ver ningún rasgo fe­menino”. Esto se enseña en todo el mundo desde hace siglos. Uno les dice hasta a los niños pequeños: "No seas afeminado”. ¡Qué estupidez! Ya estamos contaminando a un niño pequeño con esto: "Eres un hombre; compórtate como tal y no seas afe­minado”. El lado derecho es el masculino, y el izquierdo, el feme­nino, en el varón. En la nena sucede lo mismo. Si la niña comien­za a comportarse como marimacho, todos nos asustamos. Si em­pieza a treparse a los árboles, le decimos: "¿Qué estás haciendo? ¡Eres una nena! Compórtate como tal! Las nenas no hacen estas cosas. Sólo juegan con muñecas, piensan en casarse y en formar un hogar”.

 

Yo estaba con una familia. Mi amigo y su esposa habían salido y tres niños jugaban. Dos estaban en la habitación y el más pequeño estaba sentado junto a la entrada, en los escalones. Entonces, le      pregunté:

-¿Por qué no estás jugando?

Me dijo:

-Yo también estoy jugando.

Pero yo lo había estado mirando y exclamé: -Sólo estuviste sentado aquí afuera, en la entrada. Y explicó:

-Sí, porque soy el bebé que va a nacer. Ellos son la mamá y el papá, y yo estoy esperando el momento justo para aparecer.

 

Las nenas juegan a "la casita"; de los varones no se espera que hagan esto. Eres tú quien crea esta división, esta fractura, desde el comienzo mismo. Y después, no habrá ni hombres ni mujeres íntegros, porque el hombre, siempre medio paralizado, no puede ser una mujer. Ésta es la razón de que al hombre no se le permi­ta llorar. Sólo las mujeres lloran. ¡El hombre se cree más inteligen­te que Dios! Entonces, ¿por qué hay glándulas lagrimales en los ojos de los hombres? Si se supone que el hombre no llora, enton­ces Dios parece un tonto por seguir poniendo glándulas lagrima­les en los ojos de los hombres. Y tú nunca lloras, nunca utilizas tus glándulas lagrimales. Entonces tampoco te puedes reír, porque la mitad está paralizada y no te puedes mover. Y se supone que una mujer no debe reírse fuerte; no es visto como femenino, no se considera digno de una dama. Entonces, allí también una mitad está paralizada.

Recuerda: eres las dos mitades. Y siempre ten en cuenta esto: dondequiera que veas una polaridad de opuestos, eres los dos, y no debes elegir ninguno. Eres los dos; tienes que aceptar los dos y disfrutar de ambos. Y no hay nada de malo. Si eres un hombre, no hay nada de malo en irte a veces al otro polo y ser femenino. Sólo llora como una mujer: es tan hermoso, tan relajante. Es una enorme bendición. Simplemente, llora y gime como una mujer, y ríe como un hombre. Es un fenómeno muy importante porque, cuando vas hacia el polo opuesto, te vuelves íntegro.

El psicoanálisis y la psiquiatría en realidad no pueden ayudar demasiado, porque básicamente siguen aceptando la división. Hasta Freud tenía una personalidad tan reprimida como la de cualquier otra persona; incluso a veces más... muy rígida. Nadie parece estar relajado. Si estuvieras relajado, no habría necesidad de meditar, ya que la meditación es terapéutica: es una medicina. Si eres saludable, no la necesitas. Y jamás he encontrado un solo ser humano que no necesite meditación. Esto quiere decir que la humanidad entera está enferma; toda la Tierra es un gran hospi­tal.

 

Trata de verlo. Y, cuando digo que trates de verlo, míralo en tu interior. No mires a la izquierda y a la derecha; te estoy hablando a ti. Sólo observa todo el asunto. Y, si puedes ver todo el tema de tu ser dividido, no hay nada que hacer. Sólo deja de contribuir a esta división. Poco a poco, pasa de los extremos al centro; así, Buda llamó a su paso al centro majjhim nikaya. Así, Lao Tse de­nominó a su camino "el medio de oro".

 

Se dice que Confucio  pasó  por  un  pueblo y  le  preguntó  a  uno  de          sus habitantes:

-¿Hay algún hombre sabio en este pueblo?

El poblador le respondió:

-Sí, aquí tenemos nuestro propio sabio.

Confucio cuestionó:

-¿Por qué razón lo llamas sabio? ¿Puedes decirme algo?

El hombre dijo:

-Sí, es un gran pensador. Antes de salir de su casa, se detiene y piensa tres veces si salir o no.

-¿Tres veces? -exclamó Confucio-. Tres veces son demasia­das. Una vez no alcanza, pero tres son demasiadas; con dos estaría bien.

 

¿Te das cuenta? Él dice que estaría bien en el medio. Una vez no alcanza. Tres son demasiadas: te has ido al otro extremo. Hay gente que no piensa ni una vez. Esos son los tontos acerca de quienes se dice: "Donde los ángeles temen pisar, los tontos sim­plemente se precipitan”. Éstos son los tontos. Pero la persona que piensa tres veces se ha ido al otro extremo. Nuevamente, ha entrado la tontería, desde el otro extremo.

Ser extremo es ser tonto. Nuevamente es estúpido. La gente lo puede llamar sabio, porque ellos son parte del primer tipo de tontos y este hombre es lo opuesto. Pero, oponiéndote a un ton­to, serás tonto. Peleando con un tonto, ¿cómo te harás un hom­bre inteligente? Este extremo y aquel son ambos tontos. Por eso Confucio dice: "En el medio... con dos estaría bien”.

Hay que recordar esto porque éste es todo el sentido del rela­to zen. Trata de comprenderlo.

 

Mokusen Hiki vivía en un templo en la provincia de Tamba.

Uno de sus seguidores se quejaba de la avaricia de su esposa.

Mokusen visitó a la mujer del seguidor y sostuvo su puño

apre­tado ante su cara.

-¿Qué quieres decir? -preguntó la sorprendida mujer.

-Supón que mi mano estuviera siempre así,

¿cómo la defi­nirías?

-Como deformada -replicó la mujer.

Entonces, él abrió la mano ante su rostro y le preguntó:

-Supón que siempre estuviera así, ¿cómo la definirías

en­tonces?

-Sería otro tipo de deformación -dijo la mujer.

-Si comprendes tanto -concluyó Mokusen-, eres una

buena esposa.

Entonces se fue.

Después de su visita, esta esposa ayudó a

su marido tanto a gastar como a ahorrar.

 

Lo primero: el zen no cree en la enseñanza sino en las situa­ciones. Este Mokusen Hiki podía haber hablado, podía haber da­do un largo sermón, pero no hizo nada de eso. Simplemente, se acercó a la mujer y sostuvo su puño apretado ante la cara de ella; creó una situación.

Una situación es un fenómeno existencial. No alcanza con ha­blar y enseñar solamente, porque el diálogo y la enseñanza se di­rigen a la cabeza. Y, aunque se logre convencer a la cabeza, na­da sucede fuera de ella. Lo sabes muy bien. Estás convencido de muchas cosas, pero sigues haciendo lo contrario. Estás convenci­do de que la ira es venenosa, pero ¿implica esto alguna diferen­cia para ti? Digas que la ira es venenosa o no, sigues estando fu­rioso. Te has arrepentido continuamente, y lo mismo sucede una y otra vez. Parece un fenómeno tan automático que te sientes to­talmente impotente. La cabeza sabe que la ira es mala, pero no por eso se modifica nada.        

Sabes muy bien qué es malo y, sin embargo, ello no altera tu vida. Sabes muy bien qué es bueno, pero ello no es asimilado por tu ser. Queda algo en la cabeza: una convicción, un argumento, una racionalización. Sigue siendo un conocimiento, pero nunca se transforma en comprensión. El conocimiento no sirve. Y ésta es la diferencia entre el conocimiento y la comprensión. La com­prensión implica haber aprendido algo con todo tu ser, haber aprendido algo a través de una situación existencial. No ha pasa­do sólo por las palabras. Todos los maestros hacen eso: crear si­tuaciones. En una situación, tienes que actuar. En una situación, tu integridad es convocada, desafiada.

Esta mujer debe haberse sentido conmovida. ¿Qué hace este hombre iluminado? ¡Qué cosa más tonta!". No dijo ni una palabra; vino nada más que a incitar. Sostuvo un puño apretado frente a su cara: simplemente, debe haberse sentido conmovida. Ésta no era manera de comportarse, cuando no había pronunciado ni una sola palabra. No le había dado ni siquiera una oportunidad a la ca­beza de participar. La mujer toda era desafiada: debe haber esta­do preparada para la lucha. Algo iba a pasar. "¡Este hombre pa­rece un loco!". Y entonces le hizo una pregunta: "¿Cómo defini­rías a mi mano si siempre estuviera así?". Ella respondió: "Como deformada, por supuesto”.

Ésta fue una percepción. Comenzó a caer en la cuenta. Toda la situación indicaba que estaba deformada: si no puedes abrir la mano, si siempre está cerrada, esto es una deformación.

Y una deformación así ha caído sobre ti. No puedes exhalar, sólo inhalas: eso es una deformación. No puedes dar, sólo puedes poseer: eso es una deformación. No puedes compartir, sólo pue­des seguir acaparando. Continúas acaparando todo, sin poder compartirlo. Has perdido por completo el idioma del compartir, pero esto es una deformación. Un ser avaro es un ser humano de­formado. Ha perdido por completo algo en su interior, algo capaz de compartir. Acumula, acumula, y acumula, y esta acumulación se transforma sólo en una tumba.

¿Para qué acumular si no puedes compartir? ¿Para qué estar vivo si no puedes amar? ¿Qué buscas si no puedes sentir el éxta­sis? Y el éxtasis llega a través de un equilibrio: si posees algo na­da más que para compartirlo, la posesión no es algo reprobable, pues entonces sólo esperas compartirlo.

 

Sucedió que dos monjes estaban viajando. Uno creía que había que renunciar a todo, entonces no llevaba ni un solo paise. Se opo­nía al dinero; se oponía completamente, y no estaba dispuesto a to­carlo.

Al atardecer, se acercaron al río y tuvieron que cruzarlo. El río era muy grande y tuvieron que pedirle al remero que los llevara. Él les pidió dinero. El otro monje era un acumulador: todo lo que podía, lo acaparaba. Era un avaro. Y habían tenido una discusión, una dis­cusión permanente entre ellos acerca de qué era lo correcto. Uno decía que el dinero no servía y era sucio; así lo sostuvieron siempre los ascéticos, pero no tiene sentido. El otro replicaba: "¿El dinero? El dinero es vida. Sin él, no se puede vivir. No es sucio”. Y esta discu­sión no terminaba nunca.

 

El remero les pidió dinero. El acumulador de dinero, el tacaño, le dijo:

-Ahora, ¿qué vas a hacer? Yo tengo dinero; cruzaré a la otra ori­lla, iré al pueblo, y tú tendrás que quedarte aquí. Ésta es una zona salvaje y peligrosa. ¿Qué dices ahora?

El otro monje simplemente sonrió y no dijo nada. Por supuesto que el amigo pagó por él también, y ambos cruzaron el río.

Cuando cruzaron, el hombre que había sonreído, que se oponía al dinero, dijo:

-Ahora veamos lo que pasó. Porque le diste el dinero al reme­ro, pudimos cruzar. Si hubieras sido avaro con esto, habríamos muerto del otro lado. Renunciaste a ese dinero: por eso llegamos a esta orilla. Ahora, estamos seguros. Y yo siempre digo que hay que renunciar al dinero. ¡Ahí lo ves...!

La discusión nuevamente llegó al mismo punto.

 

¿Quién tenía razón? Ninguno de los dos. En las discusiones, siempre están equivocadas las dos partes pues, de no ser así, la discusión no podría sostenerse por siempre. La gente mundana está equivocada y la gente del otro mundo está tan equivocada co­mo la gente mundana. De no ser así, la discusión no podría se­guir por los siglos de los siglos. Las personas avaras se equivocan y las que renuncian también. En algún lugar debe existir un pun­to intermedio, en el cual veas que el dinero es necesario y renun­cies a él también. Acumular dinero es necesario, y compartirlo no lo es menos. Si puedes crear un equilibrio entre el acumular y el compartir, habrás llegado al punto desde el cual se posibilita la comprensión.

Entonces, no te pongas a favor ni en contra; sólo trata de com­prender. Allí donde hay una oposición, recuerda siempre no ele­gir uno de ellos, en contra del otro. Te equivocarás. No hace nin­guna diferencia cuál elijas. Para mí, estar en un extremo es equi­vocarse. Ambos monjes se equivocaron. Pero yo no estaba allí... Deben haber tenido la misma discusión en otros cuerpos, pues es­te tipo de discusiones no se pueden terminar.

Por eso, la gente que dice que Dios existe no ha probado na­da, y la gente que sostiene que Dios no existe tampoco ha proba­do nada. Porque Dios existe y no existe al mismo tiempo: vida y muerte, positivo y negativo, presencia y ausencia. Por eso no pu­dieron probar nada. Ambas partes discutieron esto continuamen­te. Pasaron millones de épocas y nunca se ha llegado a ninguna conclusión a través de una argumentación filosófica. Puedes se­guir y seguir... si tienes una mente ágil, puedes seguir y seguir. La mente nunca arriba a ninguna conclusión; no puede hacerlo. Eli­ge una parte y la otra está comprometida en ella; no puedes ne­garla.

La gente que dice que Dios no existe, si verdaderamente cree que no existe, ¿por qué se preocupa? Y se molestan todavía más: discuten continuamente, escriben grandes libros, dedican toda su vida a demostrar que Dios no existe. ¿Qué clase de tontería...? Si Dios no existe, ¿por qué malgastar toda tu vida para demostrarlo?

 

Conozco a un hombre que escribió continuamente en contra de Dios, durante treinta años. Vino a verme y dijo:                                                                

-Me gustaría tener un debate contigo.

Le respondí:

-No es posible, porque diré que sí a cualquier cosa que digas.

Exclamó:

-¿A cualquier cosa que yo diga? ¿Qué quieres decir? Me pasé treinta años tratando de demostrar que Dios no existe.

Le dije:

-Si Dios existe o no, es irrelevante. Pero ¿por qué has desper­diciado treinta años? ¿Ahora quién te los va a devolver? No hay Dios, así que ni siquiera puedes pedirle otra vida. Pero ¿por qué te preocupas? Es una obsesión. Estás neurótico. Si Dios no existe, sim­plemente deja de lado la idea y vive.

-No -respondió-. Tengo que demostrarlo para convencer a los demás.

-Pero, si Dios no existe, deja que los demás crean. ¿Por qué preocuparte tú?

 

Él estaba preocupado, terriblemente preocupado: Dios era una obsesión en su aspecto negativo.

Y después hay gente que continuamente demuestra que Dios existe. También pierden el tiempo. Si Dios existe, ¡ámalo! Si no existe, vive su ausencia. ¿Por qué preocuparse?

Pero no. Cuando la mente opta por un extremo, siempre sien­te que algo está mal: el desequilibrio. Tienes que demostrarlo. ¿Por qué? Porque sientes un desequilibrio. Si Dios existe, el dese­quilibrio se vuelve más manifiesto; entonces tratas de probarlo. No estás tratando de convencer a los demás, sino de convencer­te a ti mismo de que no puede haber desequilibrio alguno, porque Dios no existe. Estás tratando de demostrar que tienes razón. ¿Y qué necesidad? Si tienes razón, ¿qué necesidad habría de probar­lo? Tienes razón, alégrate, vive alegre y satisfecho. Dios se cuida­rá solo.

Pero no. No puedes dormir porque Dios no existe. Te preocu­pa que Dios no exista. Hay gente que se preocupa porque Dios tiene que existir. Se la pasan haciendo que los demás crean; tratan de convencerlos. ¿A quién tratan de convencer? No es un diá­logo; es un monólogo. Todo lo que intentas demostrar es en ver­dad tu desequilibrio interior. Te gustaría que el otro no existiera. Entonces, podrías sentirte en equilibrio.

Pero el otro existe, existe... Te persigue. Los ateos, los teístas los que están a favor y en contra... Los persigue. Tienes que equi­librarte y, entonces, esto simplemente cae. Cuando estás equili­brado, caen todos los problemas. Recuerda que no puedes solu­cionar ningún problema; éstos simplemente desaparecen cuando estás equilibrado. Los problemas son como indicaciones simbóli­cas; no son verdaderas enfermedades. La única enfermedad real es el desequilibrio.

Hay gente que vive con un puño apretado. Acaparan; acapa­ran todo. No lo saben, porque acaparar se les vuelve un hábito. Acaparan todo: hasta la basura. Tal vez no sepas que incluso se constipan de tanto acumular. Siempre se encuentran avaros cons­tipados. No se pueden relajar; no pueden desprenderse de nada: retienen hasta los excrementos. Y buscan un remedio para la constipación. El remedio es relajarse y abrirse. Cuando uno se abre, el cuerpo se relaja por completo, pues constituye una uni­dad orgánica total. Una persona capaz de amar nunca se consti­pa; es imposible, porque abre todas sus energías. Y, si puede abrir su corazón, ¿por qué tendría que retener excrementos? No; aca­parar es un cierre: te retraes en tu interior, no puedes dar nada, pierdes la dimensión del dar.

 

Ve a la casa de los avaros... Hace pocos días oí esta noticia. Dos hermanos vivían en Nueva York. Durante treinta años, no dejaron entrar a nadie a su casa. Nadie sabía qué hacían allí adentro. Jamás se casaron, ya que los avaros nunca quieren enamorarse: una mu­jer puede resultar peligrosa. Y, cuando entra una mujer, uno nunca sabe qué hará con su dinero. Seguro que se lo gasta. Entonces, nun­ca se casaron, nunca se enamoraron, y acumularon objetos, toda clase de objetos.

Hace unos pocos días, hace dos o tres meses, murieron los dos por una descarga eléctrica. Entonces, la policía entró a la casa. En­contró toda clase de objetos, por valor de varios millones de dóla­res. Era imposible entrar en la casa: había cincuenta aparatos de te­levisión, cuarenta y nueve sin abrir (en sus cajas), radios, heladeras, muchas aún sin desempacar, pues nunca las habían usado.

En general, vivían tomando leche. Uno de los hermanos iba y traía la leche por la mañana: eso era todo. Traía la leche y un periódico, y leían las noticias. ¿Y qué hacían adentro? Arreglaban cosas. ¡Y habían hecho un desastre tal! Era un edificio de tres pisos, todos llenos de cosas. Había que arrastrarse porque no quedaba espacio.

A la policía le llevó muchos días sacar las cosas, contar cuántas cosas había y cuántos dólares quedaban. Nunca habían depositado ni un peso en el banco (uno nunca sabe, el banco puede quebrar), y vivían como pobres diablos. Podían haber vivido como ricos, pero un avaro siempre se da una vida de pobre diablo. Un avaro siempre es un mendigo, el último de los mendigos. No puedes encontrar un mendigo más grande que el avaro: lo tiene y no lo puede usar.

 

Después hay otro tipo de personas: son la otra cara del avaro. Renuncian a todo, se escapan. Se decía de Vinoba Bhave que, si le traías dinero, lo único que hacía era cerrar los ojos. No lo toca­ba, ni lo miraba. Éste parece ser otro extremo. ¿Por qué tanto te­mor al dinero? ¿Por qué tanto miedo? ¿Por qué cerrar los ojos? ¿Qué tiene de malo el dinero? El dinero no tiene nada de malo, pero igual tienes miedo. Ésta es la otra cara del avaro, porque el hombre tiene miedo de que, si mira el dinero, surja el deseo de te­nerlo.

Recuerda: si temes mirar el dinero, o mirar a una mujer her­mosa, si te da miedo mirar, ¿qué indica esto? Indica que existe el temor de que, si miras a una mujer hermosa, surja el deseo. Te asusta el deseo y lo has reprimido; entonces, ni siquiera puedes mirar. Ésta es la clase de mentalidad más obscena. Si no puedes mirar a una mujer hermosa, ¿qué estás haciendo? Tu sexualidad toda se ha vuelto cerebral. Ahora, ni siquiera puedes usar los ojos. No; no son ojos: se han transformado en órganos genitales. Es­tás asustado; porque, si miras, no sabes qué puede suceder. Tie­nes miedo de ti mismo. Por eso no puedes mirar. Uno puede pa­sar de un extremo al otro: uno puede acumular dinero o tirarlo a la basura e irse al Himalaya, pero las dos reacciones son iguales.

Alcanza con dos veces; una no es suficiente; tres son demasia­das. ¿Por qué no puedes encontrar un término medio? Porque, en el medio, la mente desaparece. Es como un péndulo: el péndulo se mueve continuamente a la derecha y a la izquierda. Sabes que, si el péndulo se mueve de derecha a izquierda, funciona. Si el pén­dulo se queda en el medio, equilibrado, sin moverse, el reloj se de­tiene. Y, cuando el péndulo se mueve hacia la izquierda, piensas que sólo se desplaza hacia la izquierda, pero está juntando impul­so para moverse hacia la derecha. Entonces, ¿hacia dónde va? Cuando va hacia la izquierda, está juntando impulso; este movi­miento hacia la izquierda no es más que un preparativo para diri­girse a la derecha. Va hacia la izquierda, junta energía, impulso, y después va hacia la derecha. Se mueve de izquierda a derecha: es­tos dos extremos hacen que se siga moviendo.

La mente implica un movimiento entre dos extremos: es un re­corrido, un movimiento continuo entre ambos. En el medio, la mente simplemente desaparece, porque desaparece el movimien­to. Cuando no hay movimiento, eres por primera vez un ser, es­tás en un estado de ser. Todo se detiene: el tiempo, el espacio. Todo desaparece. No significa que dejes de funcionar; simplemen­te significa que ahora cambió tu centro de operaciones: está en el medio. Ahora, funcionarás a partir del medio. Irás a la izquierda y a la derecha. Puedes moverte hacia la izquierda sin temor algu­no; puedes moverte hacia la derecha sin temor alguno. Puedes moverte hacia la derecha y hacia la izquierda, quedándote en el medio. Por eso llamo al arte de estar en el medio, el arte princi­pal.

Si eres un avaro, es muy probable que te canses de tu avaricia, y que entonces te vayas al otro extremo y lo derroches todo, re­nunciando a todo y volviéndote un ascético. Si eres un donjuán, es muy sencillo que te transformes en un monje e ingreses a un monasterio católico, o que te hagas jainita, o que te vayas a la In­dia a algún templo. Si eres un donjuán, esto es muy, muy senci­llo, porque ya has conocido uno de los extremos. Ahora te sien­tes frustrado con eso; se acabó. Crees que se acabó, pero te per­sigue aunque te vayas al otro extremo, te impulsa hacia el otro ex­tremo. Una orilla se terminó, pero te impulsa hacia la otra.

Ambas orillas son iguales: ninguna de las dos es el río. Debes estar en el medio para poder flotar con el río. Esta orilla o la otra; ¿cuál es la diferencia? Estabas estancado en una orilla; ahora, és­ta te impulsa hacia la otra y te estancarás en ella. ¿Y cuál es la di­ferencia? La "otra" orilla es la otra únicamente porque tú estás aquí. Cuando estés allí, esta orilla se transformará en la otra. Y eso es lo que le pasa a mucha gente: dejan el mundo en busca del otro mundo; luego, se estancan en la otra orilla. Este mundo mi­ra hacia el otro y entonces surge el deseo de éste.

Si pudieras leer la mente de los monjes, de los ascéticos, te sor­prenderías. Si pudieras hacer una ventana en sus cabezas y mirar a través de ella, verías que el mundo entero, este mundo, sigue igual. El hombre que escapó de las mujeres pensará todo el tiem­po en las mujeres y en ninguna otra cosa.

 

Mulla Nasruddin me contaba un día sobre su nueva novia y fan­farroneaba mucho. Decía:

-Es la mujer más hermosa del mundo: un verdadero sueño.

Pregunté:

-Tal vez tengas razón y ella sea la mujer más hermosa del mun­do, pero estás usando una expresión incorrecta. ¿Por qué un verda­dero sueño? Un sueño es algo que se puede ver, pero no se puede tocar.

 

Mulla Nasruddin dijo:

-Exacto. Así es mi novia. Uno la puede ver, pero no la puede to­car: un verdadero sueño.

 

Observa a tus monjes: viven en un verdadero sueño. Las chi­cas están allí: pueden verlas, pero no tocarlas. Esa es la única di­ferencia. A tus chicas también las puedes tocar. Ellos no pueden; viven en sus sueños. Si te escapas de algo, ese algo se transfor­mará para ti en un sueño, te perseguirá. Nunca trates de escapar de nada. El miedo no sirve. Escaparse es simplemente una tonte­ría. Las situaciones ayudan; nunca las huidas. Sólo intenta encon­trar el término medio de cada situación. ¿Y qué hay en el medio? ¿ Cómo se lo puede mantener?

Hablé sobre un pico y un valle. Puedes encontrar un punto in­termedio; ese no es el medio al que me refiero. Puedes hacer una cabaña en el medio, ni en el pico ni en el valle. Puedes medir to­do, llegar a un punto que sea el centro, construir tu cabaña y vi­vir allí. Pero ese no es el término medio al que me refiero. Eso es muy sencillo; también se puede hacer eso. También se puede ha­cer eso; puedes vivir mitad y mitad: retienes la mitad y compartes la mitad. Ese no es el punto medio, pues un punto medio no es un punto fijo; cambia en cada situación. Se modifica en cada si­tuación, no es algo estático; es una consciencia dinámica. Y uno nunca sabe...

 

Mulla Nasruddin le dijo una vez a su mujer:

-Salgo. Organicé una gran comida para un amigo: es un gran hombre de negocios  y  hay  posibilidades  de  que  lleguemos  a  algún         acuerdo y podamos comenzar algún negocio nuevo.

Y tenía muchas, muchas esperanzas.

Su esposa también estaba contenta. Respondió que estaba bien. Así que él fue, y más tarde regresó. Estaba bien entrada la noche: eran casi las dos de la mañana. Su mujer, que lo estaba esperando,         le preguntó:

-¿Qué pasó? ¿Cómo fue el trato?

-Cincuenta y cincuenta -replicó él.

Ella le preguntó:

-¿Qué quieres decir con "cincuenta y cincuenta"?

Él explicó:

-Sólo estaba yo: mi amigo no apareció.

 

Tu "cincuenta y cincuenta" puede ser una decepción. No es un punto fijo; no puedes medirlo. Es un flujo de consciencia que cam­bia constantemente, y a cada momento tienes que volver a recu­perar el equilibrio. No es algo que, una vez que lo obtienes, per­sista para siempre... Es como alguien que camina sobre la cuerda floja: no es que, una vez que ha logrado el equilibrio, ya está; con­tinúa. A cada paso, hay que lograr nuevamente el equilibrio. A ve­ces, siente que se cae hacia la izquierda; de inmediato, se inclina hacia la derecha para equilibrarse. Luego, cuando siente que pa­sa lo contrario, que se está yendo mucho hacia la derecha, de in­mediato se inclina hacia la izquierda. A cada paso, uno debe al­canzar el equilibrio. No es algo con lo que termines una vez que lo consigues. Es un proceso.

Se más consciente. Se más consciente cuando exhales, se más consciente cuando inhales. Y no te apegues ni a una cosa ni a otra. Gana dinero, compártelo, con consciencia. No pienses en la cantidad. Hay gente, en especial los mahometanos, que compar­ten una cantidad establecida: tienen que compartir una quinta par­te de sus ingresos. Entonces comparten, pero eso no hace ningu­na diferencia, pues no es cuestión de monto fijo, sino de consciencia. A veces, debes entregarlo todo, porque ese es el punto me­dio. Uno nunca sabe, pero se mueve, y no hay que quedarse pe­gado a un extremo.

Y no se puede planificar. La mente siempre aspira a planificar, porque, una vez que lo haces, no es necesario estar consciente. Puedes transformarte en un autómata, seguir como un robot: tie­nes una disciplina fija. Por eso en todos los monasterios tienen una disciplina establecida: no hay necesidad de estar consciente. "Haz esto; esto está bien. No hagas eso; eso está mal”. Y listo. No necesitas estar consciente; simplemente, te transformas en un robot. Sabes qué está bien y qué está mal.

Te digo que lo correcto se vuelve incorrecto y viceversa cuando las situaciones cambian. A veces, algo está bien, porque la si­tuación es completamente diferente; otra vez, lo mismo es inco­rrecto. Y nadie puede decir de antemano qué está bien y qué es­tá mal. Entonces, no es posible dar un código moral. Todo códi­go moral te mata, te envenena. Todas las órdenes son venenosas porque te ordenan algo fijo: "Haz esto”. Pero las situaciones cam­bian y, en situaciones cambiantes, lo mismo puede volverse inmo­ral.

 

La moralidad y la inmoralidad no son mercancías, objetos. No son cosas; son procesos. Y éste es el punto más sutil para com­prender acerca de la vida. La gente viene a mí y me dice que me escucha, pero que es demasiado difícil; me piden que les de una disciplina -qué hacer y qué no hacer- para seguir.

Si quieres códigos morales, no puedo ofrecerte ninguno, por­que sé que todos los códigos son venenosos. Y tú pides códigos: es un truco para evitar tomar consciencia, pues sin códigos ten­drás que estar permanentemente consciente y deberás sentir to­do el tiempo en qué situación estás y qué es lo correcto en ese momento. Ese momento es lo decisivo; nadie más puede decidir­lo. Entonces, debes estar muy, muy alerta. Para que estés alerta, no te doy códigos. No tengo códigos. La consciencia es la única disciplina, el único mandamiento.

 

Me enteré de que esto sucedió en una pequeña clase: la maes­tra preguntó quién era el hombre más importante del mundo. Suce­dió en Estados Unidos de América; así que un chico respondió:

-Abraham Lincoln.

A la maestra no le satisfizo la respuesta y le preguntó a otro alumno. Este otro chico era negro, y dijo:

-Martin Luther King.

Entonces, un niño pequeño levantó la mano. La maestra pregun­tó nuevamente quién era el hombre más importante del mundo. Dijo:

-Jesús, por supuesto; Jesús.

La maestra se sorprendió.

-Sí, tu respuesta  es  correcta,  pero  me  sorprendo  porque  eres  judío

-dijo.

Entonces el chico dijo:

-Sí, yo, usted y todo el mundo sabe que Moisés es el hombre más importante del mundo. Pero negocios son negocios.

 

La vida es siempre cambiante: nada es estático, y cualquier co­sa que sepas no será de gran ayuda. Debes observar la situación; toda la situación. Y, si tu respuesta a ella la das con perfecta consciencia, está bien: nunca te arrepentirás de ella. Y entonces cre­ces a través de ella, adquieres más consciencia.

 

La consciencia no tiene pasado ni futuro; la consciencia tiene só­lo este aquí y ahora. Y un hombre de consciencia nunca vuelve a pensar en el pasado: ya pasó. Hizo todo lo que se podía hacer. Nunca se arrepiente; no guarda rencor. Nunca piensa en térmi­nos de lo que debía haber hecho. Una persona que sigue un có­digo muerto siempre piensa: "Debí haber hecho esto o aquello. Éste debe haber sido el caso; no aquél”. Se arrepiente, se lamen­ta todo el tiempo, porque actuó en función de un código muerto. Y un código muerto nunca encaja. No puede encajar, porque la situación es nueva.

Se más consciente y no crees un código en tu mente. Sólo vi­ve momento a momento y deja que la vida elija el código por sí misma. Deja que la consciencia sienta el código por sí misma. Y entonces ya no habrá pasado porque, cuando nunca piensas que ha sucedido algo malo en el pasado, no hay heridas. Estás com­pletamente limpio del pasado; nunca se adhiere a ti como polvo, o mugre. Estás completamente fresco. Y, si estás consciente, ha­brás encontrado el punto medio.

 

La consciencia es el punto medio. Entonces, a veces, cuando es necesario, abres la mano; y a veces, cuando es necesario, cierras el puño. No te haces adicto al puño apretado.  La consciencia es el punto medio. Entonces, a veces, cuando es necesario, abres la mano; y a veces, cuando es necesario, cierras el puño. No te haces adicto al puño apretado

 

ni a la mano abier­ta. No tienes adicciones ni neurosis. No eres cristiano, ni hindú, ni jainita, ni budista, pues éstas son adicciones, son todas actitu­des neuróticas. Tú simplemente eres consciente.

Y, cuando eres consciente, a veces actúas como un cristiano, perfectamente cristiano; a veces, como un perfecto budista; y, a veces, te comportarás como un perfecto mahometano. Nadie sa­be. A veces, el Corán; a veces, el Gita; y, a veces, la Biblia. Pero nunca lo decides de antemano, nunca estás preparado; todo el que está preparado se equivoca.

En la vida no hay ensayos. No puedes ensayar una situación; no puedes estar preparado para ella. Te mueves sin estar prepa­rado. Y, cuando descubres este hecho (que moverse sin estar pre­parado es crear una situación en la que estemos más conscientes), entonces es la situación, y no tú en realidad, la que decide. Todo, tú y la situación total, se juntan y ocurre. Tú no eres el que deci­de y tampoco eres la víctima. Actuaste como la unidad orgánica de la existencia lo decidió en ese momento. No eres responsable: no hiciste nada; sólo fuiste el vehículo. Éste es el punto medio. Ser testigo, estar alerta, actuar conscientemente, con atención, es el punto medio.

Entonces recuerda: no trates de encontrar un punto medio fi­jo. No hay dónde hallarlo. Y nadie más puede decidir por ti. Ni si­quiera tú puedes tomar decisiones para el futuro. Éstos son todos trucos de la mente que te neurotizan. Sólo muévete sin estar pre­parado. Ésta es la preparación: muévete sin estar preparado; muévete y deja que las cosas pasen. Sólo conserva la consciencia y deja que las cosas decidan por sí mismas. Y te digo que, cuan­do estás consciente, todo encaja. De repente, todo encaja en el cosmos; no es un caos. A partir de eso desconocido, ocurre lo co­rrecto. Si tú decides, a partir de ti, se produce lo incorrecto.

 

Entonces, él abrió la mano ante su rostro y le preguntó:

-Supón que estuviera siempre así, ¿cómo la definirías

en­tonces?

-Sería otro tipo de deformación -dijo la mujer.

 

La situación era tal que la mujer llegó a comprender. La mujer fue capaz de comprender y el maestro no dijo nada más. Comen­tó:

-Comprendes mucho; no tengo nada más para decirte. Eres una buena esposa.

Después se fue y la mujer se transformó. Fue capaz de com­prender y de sentir. Todo lo que él hizo en ese momento se trans­formó en iluminación. Desapareció el apego, pero no fue sustitui­do por lo contrario. Ella pudo compartir.

¿Pero cómo puedes compartir si no tienes nada? Por eso en India encuentras gente que ha renunciado: no tienen nada para compartir, nada. Simplemente, no comparten, porque han pasa­do de acaparar al otro extremo. Ahora, ni siquiera pueden com­partir, porque no tienen nada que compartir.

No te vayas al extremo: conserva algo para compartir. Y no hablo sólo de objetos, sino de ti. Solamente si te tienes a ti mis­mo puedes compartir. Sólo si tienes individualidad puedes com­partir. Sólo puedes compartir si tienes amor adentro. Sólo si existes hay una posibilidad de compartir.

Y éste es el misterio: tienes que estar allí para, en algunos mo­mentos, no estar allí, desaparecer. Debes alcanzar una presencia; entonces, también puedes estar ausente. Si te vuelves demasiado presente y no puedes ausentarte, estás acaparando. Si te vuelves absolutamente ausente, no tienes presencia, has renunciado.

Pero recuerda: ni acaparar es compartir ni renunciar es com­partir. Compartir es algo intermedio. Guardas un poco, compar­tes un poco, y siempre estableces un equilibrio. Te mueves en el medio. A veces, te vas hacia una orilla; y, a veces, hacia la otra. A veces te inclinas hacia la izquierda y, a veces, hacia la derecha. Pero te inclinas hacia la derecha o hacia la izquierda, de manera de seguir en el medio.

Vuélvete como alguien que camina sobre la cuerda floja, pues eso es la vida: no es más que caminar sobre la cuerda floja.

Suficiente por hoy.

 

 

Quinto Discurso:

 

Esto Es Egoísmo

 

El primer ministro, Kuo Tzu I, de la dinastía Tang, era un

hombre de Estado sobresaliente, un distinguido general,

y el héroe nacional más admirado de su época. Pero la

fama, el po­der, la riqueza y el éxito no lograban distraer

su atención de su profundo interés por el budismo.

Considerándose un simple y humilde devoto del budismo,

visitaba a menudo a su maestro zen preferido, para estudiar

con él. Él y el maestro zen pare­cían llevarse muy bien. El

hecho de que él fuera el primer mi­nistro no parecía influir

en la alianza de ambos. No se adver­tían rastros de

urbanidad de parte del maestro, ni de mera al­tanería

de parte del ministro. Aparentemente, la alianza

era una alianza puramente religiosa entre un venerado

maestro y un obediente discípulo. Sin embargo, un día,

cuando estaba realizando su visita habitual al maestro

zen, hizo la siguiente pregunta:

-Su Reverencia, ¿cómo explica el budismo al egoísmo?

La cara del maestro zen se puso lívida de repente y, de

ma­nera arrogante y despectiva, le dijo al ministro:

-¿Qué estás diciendo, zopenco?

Esta provocación irracional e inesperada hirió tanto los

sen­timientos del primer ministro que en su rostro

empezó a dibu­jarse una hosca y sutil expresión de ira.

El maestro zen sonrió y dijo:

-Su Excelencia, esto es egoísmo.

 

 

El yo es el problema fundamental, el más fundamental. Y, si no lo resuelves, nada se puede solucionar. Lo esencial no puede acceder a ti si el yo no desaparece.

El yo es como una puerta cerrada. El invitado está parado afue­ra; estuvo golpeando la puerta, pero ésta está cerrada. No es só­lo que la puerta está cerrada sino que, además, el yo interpreta continuamente. Dice: "No hay nadie afuera, no vino invitado al­guno, nadie golpea a la puerta; es sólo un viento fuerte”. Sigue interpretando desde adentro sin asomarse a los hechos. Y la puer­ta sigue cerrada. Estas interpretaciones hacen que se reduzca más y más la posibilidad de apertura. Y llega un momento en que es­tás absolutamente encerrado en tu yo. Entonces, has perdido to­da la sensibilidad; no tienes apertura y no puede haber encuentro con la existencia. Entonces, estás prácticamente muerto. El yo se transforma en tu tumba.

Éste es el problema más fundamental. Si lo resuelves, todo se soluciona. No es necesario ir en la búsqueda de Dios; no es nece­sario ir en la búsqueda de la verdad. Si el yo no está allí, de re­pente se encuentra todo. Si el yo no está allí, simplemente llegas a saber que la verdad siempre estuvo a tu alrededor, por dentro y por fuera. Era el yo lo que no te dejaba verla. Era el yo lo que ce­rraba tus ojos y tu ser. Entonces, lo primero que hay que enten­der es qué es el yo.

 

Nace un niño. Un niño nace sin conocimiento alguno, sin consciencia de sí mismo. Y, cuando un niño nace, lo primero de lo que toma consciencia no es de sí mismo. Lo primero de lo que toma consciencia es del otro. Es natural, pues los ojos se abren hacia afuera, las manos tocan a los otros, los oídos escuchan a los otros, la lengua saborea los gustos y la nariz huele el afuera. Esto es lo que implica el nacimiento. El nacimiento implica venir a este mun­do, al mundo del afuera.

Entonces, cuando un niño nace, es traído a este mundo. Abre los ojos y ve a otros. "Otro" hace referencia al "tú". Toma consciencia, primero, de su mamá; luego, poco a poco, adquiere consciencia de su propio cuerpo. Eso también es el otro, también per­tenece al mundo. Tiene hambre y siente el cuerpo; se satisface su necesidad y se olvida del cuerpo. Es así como va creciendo un ni­ño. Primero toma consciencia de ti, el tú, el otro, y luego, poco a poco, por oposición a ti, el tú, adquiere consciencia de sí mismo. Esta consciencia es una consciencia refleja. No tiene consciencia de quién es. Sólo tiene consciencia de su mamá y de lo que ella pien­sa de él. Si le sonríe, lo quiere y dice que es hermoso, si lo abra­za y lo besa, el niño se sentirá bien consigo mismo.

Ahora, ha nacido un yo. A través del cariño, el amor, el cuida­do, él siente que es valioso y significativo. Nace un centro. Pero es un centro reflejo; no es su verdadero ser. Él no sabe quién es; sólo sabe lo que los demás piensan de él. Y esto es el yo: un re­flejo de lo que los demás piensan. Si nadie piensa que él sirva, si nadie le da cariño, nadie le sonríe, entonces también nace un yo. Un yo enfermo: triste, rechazado, como una herida, sintiéndose inferior y sin ningún valor. Esto también es el yo. También es un reflejo. Primero la madre (y la madre implica, al comienzo, el mundo entero); luego, otros se sumarán a la madre, y el mundo seguirá creciendo. Y, cuanto más crezca el mundo, más comple­jo se volverá el yo, porque se reflejan las opiniones de muchos otros.

El yo es un fenómeno acumulado, un subproducto de la vida con otros. Si un niño vive totalmente solo, nunca llegará a desa­rrollar su yo. Pero eso no sirve: seguiría siendo como un animal. Eso no quiere decir que llegaría a conocer el verdadero ser. No; el verdadero sólo se puede llegar a conocer por medio del falso. En­tonces, el yo debe estar, y hay que atravesarlo. Es una disciplina.

Sólo se puede llegar a conocer lo real a través de la ilusión. No puedes acceder a la verdad en forma directa: primero debes co­nocer aquello que no es verdad. Primero debes toparte con lo fal­so. A través de ese encuentro, te vuelves capaz de conocer la ver­dad. Si reconoces lo falso como falso, la verdad llegará a ti.

El yo es una necesidad. Es una necesidad social, es un subpro­ducto social. "Sociedad" alude a todo lo que te rodea: no tú, sino todo lo que te rodea. Todo, excepto tú, es la sociedad, y todo el mundo refleja. Vas a la escuela y la maestra refleja quién eres. Te haces amigos de otros chicos y ellos reflejarán quién eres. Poco a poco, todo el mundo va sumando a tu yo, y todo el mundo trata de modificarlo de manera tal que no te transformes en un proble­ma para la sociedad.

No es que les intereses; les interesa la sociedad. La sociedad se preocupa por sí misma, y así debe ser. No les interesa que tú ac­cedas a conocer tu propio ser. Les interesa que te transformes en una pieza eficiente de la maquinaria de la sociedad. Debes enca­jar en el molde; por eso están tratando de proveerte de un yo que encaje con la sociedad. Te enseñan moral: la moral implica pro­veerte de un yo que encaje con la sociedad. Si eres un inmoral, siempre serás un inadaptado, en un lugar o en otro.

Por eso encarcelamos a los delincuentes: no porque hayan he­cho algo malo, ni porque, al ponerlos en prisión, vayamos a me­jorarlos; no. Sencillamente, no encajan. Generan problemas. Tie­nen cierta clase de yoes que la sociedad no aprueba. Si la socie­dad los aprobara, todo estaría bien.

Un hombre mata a alguien; es un asesino. Y el mismo hom­bre, en épocas de guerra, mata a miles de personas y se transfor­ma en un gran héroe. A la sociedad no le molesta un asesino, siempre que el asesinato se cometa por la sociedad: entonces, es­tá bien. A la sociedad no le preocupa la moral. La moral sólo sig­nifica que tienes que encajar con la sociedad. Si la sociedad está en guerra, la moral cambia. Si en la sociedad reina la paz, hay una moral diferente.

La moral es una política social, es diplomacia. Y cada niño de­be ser criado de manera tal que encaje en la sociedad; eso es to­do, porque a la sociedad le interesa tener miembros eficientes. A la sociedad no le preocupa que adquieras un autoconocimiento. La sociedad siempre se opone a la religión. Por eso, la crucifixión de Jesús, el asesinato de Sócrates: porque no encajaban con la so­ciedad.

Hay dos clases de personas que no encajan: unas son las que han desarrollado un yo antisocial; nunca encajarán. Pero se las puede llevar a juicio: existe esa posibilidad. Se las puede torturar, se las puede castigar para hacerlas entrar en sus cabales. La tor­tura puede ser demasiada y tal vez se conviertan. Después, hay otra clase de personas que son imposibles para la sociedad: un Je­sús. No es un delincuente, pero no tiene yo. ¿Cómo puedes ha­cer que un ser que carece de yo encaje con la sociedad? Parece totalmente irresponsable, pero no lo es: tiene un compromiso mayor con Dios. No se compromete con la sociedad. A quien es­tá comprometido con Dios, no le interesa: su moral tiene otra profundidad. No deriva de código alguno, sino de su autoconoci­miento.

 

Pero entonces surge un problema, porque las sociedades crea­ron sus códigos morales. Esos códigos morales los confecciona el hombre. Cuando aparece un Jesús o un Buda, no le interesan esas convenciones creadas por el hombre: su compromiso es ma­yor, está comprometido con la totalidad. En todo momento, deci­de sus respuestas en función de su consciencia y no de los condi­cionamientos. Entonces, nadie sabe bien de él, nadie sabe exac­tamente qué hará. Es impredecible.

Las sociedades pueden perdonar a los delincuentes, pero no a Jesús o a Sócrates. Eso es imposible. Y estas personas son casi imposibles. No se puede hacer nada con ellas, porque no están equivocadas. Y, si intentas comprenderlas, te convencen a ti: no se las puede hacer cambiar de idea. Entonces, es mejor matarlas de inmediato. En el momento en que la sociedad las descubre, las mata de inmediato, pues escucharlas es un peligro: si las escu­chas, te convertirás. Y es imposible convertir a estos seres. Enton­ces, es mejor terminar con ellos definitivamente, no tener relación alguna con ellos. No se los puede encarcelar, pues allí también tendrì¥Á9      ø¿ 4…
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蟥Ÿ¥4ÿÿÿÿÿÿl:::::::¤Ž¢æ¢æ¢æ¢æ,ta que no hay posibilidad de compromiso alguno con él. Y, porque está tan absolutamente seguro (sabe lo que hace), no se lo puede hacer cambiar de idea. Y contagia: si está allí, se extiende como una enfermedad y contagia a mucha gente.

Jesús debió ser asesinado. El cristianismo puede ser aceptado, pero Cristo no. ¿Qué es el cristianismo? Es el intento que la socie­dad hace por reemplazar a Cristo. Cristo es peligroso; entonces, la sociedad crea un cristianismo a su alrededor. El cristianismo es aceptado porque es un fenómeno social, una política social. La iglesia es aceptada, el cura es aceptado; el profeta es peligroso. Por eso existen trescientas religiones sobre la faz de la Tierra. ¿Cómo puede haber trescientas religiones? La ciencia es una so­la. No puede haber una ciencia católica y una ciencia protestante; no puede haber una ciencia mahometana y una ciencia hindú. La ciencia es una sola, ¿cómo pueden ser trescientas las religiones?

La verdad no puede ser sectaria. La verdad es una sola y es universal. Sólo existe una religión. Buda pertenece a esa religión, Jesús pertenece a esa religión, Krishna, Mahoma, todos pertene­cen a esa religión. Y después hay trescientas religiones: éstas son falsas religiones, son trucos que te juega la sociedad, son sustitu­tos, imitaciones.

Mira: a Jesús lo crucifican en la cruz. Jesús tuvo que llevar su propia cruz; esa cruz no era de oro. ¿Cómo pueden ser de oro las cruces? La suya era muy, muy pesada. Se cayó cuando la carga­ba sobre el Gólgota. Bajo su peso, se cayó, se desmayó. A veces, el cristianismo, el hinduismo, el budismo son política. Buda, Jesús, Krishna no son para nada políticos; tampoco son enemigos de la  sociedad. Están más allá de la sociedad.

Entonces, hay dos peligros para la sociedad: los enemigos de la sociedad, los delincuentes, que pueden ser agarrados. Tal vez sean peligrosos, pero se puede hacer algo con ellos. No son tan peligrosos. Hay un grupo de gente que está más allá de la socie­dad. Son imposibles; no se los puede modificar. No están dispues­tos a asumir compromiso alguno.

La sociedad crea un yo porque éste puede ser controlado y ma­nejado. Al ser mismo nunca se lo puede controlar ni manejar. Na­die ha sabido jamás de una sociedad que manejara el propio ser: no es posible. Y un niño necesita un centro. Un niño carece ab­solutamente de consciencia de su propio centro. La sociedad le ofrece un centro y el niño, poco a poco, se convence de que ese es su centro: el yo que le ofrece la sociedad.

Un niño vuelve a su casa. Si ha sido el primero de la clase, to­da la familia se pone contenta. Lo abrazan, lo besan, lo suben arriba de los hombros, bailan y le dicen que es un niño hermoso y que se sienten orgullosos de él. Le están ofreciendo un yo, un yo sutil. Y si el niño llega a la casa derrotado, sin éxito, habiendo fracasado, porque no pudo aprobar, o sólo se quedó sentado en el último banco, nadie lo valora y se siente rechazado. Hará lo mejor que pueda la próxima vez, pues su centro se siente debili­tado.

 

El yo siempre está debilitado, siempre busca nutrirse, que al­guien lo valore. Por eso, continuamente demandas atención. Por eso el yo siempre ha sido un miserable. Si el marido entra a la ha­bitación y no mira a la mujer, habrá problemas. Si está más inte­resado en el periódico, habrá problemas. ¿Cómo te atreves a interesarte más en el periódico cuando está allí tu esposa? Si un hombre es muy, muy grande, su esposa será un problema. Y al revés también es así: si una mujer es muy, muy grande, su mari­do será un problema. Pregúntales a las esposas de grandes hom­bres. Porque estos hombres tienen muchas cosas más profundas que hacer. A Sócrates... le interesaba más la meditación que su mujer, y eso era doloroso. La esposa de Sócrates siempre estaba irritada: él prestaba atención a todo lo que no fuera ella ("¿hay acaso algo más importante que yo?"), y esto sacude al yo.

 

Me enteré de que Mulla Nasruddin y su esposa salían de un cóc­tel y Mulla dijo:

-Querida, ¿alguna vez te dijeron que eres fascinante, hermosa y maravillosa?

Su mujer se sintió muy, muy bien; estaba muy contenta.

Dijo: -No nunca nadie me lo dijo.

Nasruddin le respondió:

-Entonces, ¿de dónde sacaste esa idea?

 

Sacas la idea de lo que eres, de lo que te transmiten los demás. No es una experiencia directa; es de los otros de donde obtienes una noción de lo que eres. Dan forma a tu centro. Este centro es falso. Tú tienes tu verdadero centro, que no es asunto de los de­más: nadie le da forma; ya naces con él, vienes con él al mundo.

Entonces, tienes dos centros: uno con el que naces, que te es dado por la existencia misma: es el propio ser. Y el otro centro, que crea la sociedad, es el yo; es algo falso. Y es una trampa muy grande: a través del yo, la sociedad te controla. Debes comportar­te de cierta manera, porque sólo entonces la sociedad te aprecia­rá. Debes caminar de cierta manera, debes reírte de cierta mane­ra, debes tener ciertos modales, una moral, un código. Sólo en­tonces la sociedad te apreciará; y, si no, tu yo se debilita.

Y, cuando el yo está debilitado, no sabes dónde estás ni quién eres. Los otros te han dado la noción. Esa noción es el yo. Trata de entenderlo tan profundamente como puedas, pues hay que deshacerse de ella. Y, si no te deshaces de ella, nunca podrás ac­ceder al ser, porque estarás apegado al centro: no podrás acercar­te al propio ser, ni verlo.                         

Y recuerda que habrá un período intermedio, un intervalo, en el cual el yo estará destrozado y no sabrás quién eres, no sabrás adónde te diriges. Y todas las fronteras se mezclarán. Estarás sim­plemente confundido, en un gran caos. Por este caos, tendrás miedo de perder el yo. Pero así debe ser. Uno debe atravesar el caos antes de llegar al verdadero centro. Y, si eres audaz, este pe­ríodo será corto. Si tienes miedo y vuelves al yo una y otra vez, y nuevamente lo recuperas, puede ser muy, muy largo. Se pueden perder muchas vidas.

La iluminación siempre es súbita. No existe nada como la ilu­minación gradual. Ese proceso gradual se produce cuando no eres audaz; deriva de tu temor. Entonces, das un paso más hacia el centro, el centro real, y te asustas; retrocedes. Es como cuando un niño pequeño está parado junto a la puerta pensando en salir, pero está oscuro. Mira hacia afuera, vuelve, nuevamente junta un poco de coraje y vuelve a mirar.

 

He oído de un niño pequeño que fue a visitar a sus abuelos. Te­nía sólo cuatro años. A la noche, cuando la abuela lo estaba acos­tando, de pronto empezó a llorar y a gemir y dijo:

-Me quiero ir a casa; me da miedo la oscuridad.

Pero la abuela dijo:

-Sé bien que en tu casa también duermes a oscuras. Nunca vi una luz prendida. Entonces, ¿por qué te asustas aquí?

-Sí, tienes razón -replicó el niño-. Pero esa es mi oscuridad.

Esta oscuridad me es totalmente desconocida.

 

Incluso en la oscuridad, sientes que es la tuya, y que la de afue­ra es una oscuridad desconocida. Con el yo, sientes que es tu os­curidad. Puede ser problemática, puede generar miserias, pero si­gue siendo la tuya. Algo a que agarrarse, algo a que apegarse, al­go bajo los pies. No estás en un vacío, en una nada. Puedes ser infeliz pero, al menos, existes. Aun ser infeliz te da una sensación de existir. Al correrse de esto, aparece el miedo: empiezas a te­mer lo desconocido y el caos. Porque la sociedad ha conseguido abrir un claro en una gran parte de tu ser... Es como ir al bosque: abres un pequeño claro, limpias un pedazo del terreno, pones un cerco, construyes una cabañita. Haces un pequeño jardín, con césped, y estás bien. Más allá de tu cerco, está el bosque y lo sal­vaje... Aquí, todo está bien: lo tienes todo planeado.

Es así como ha sucedido: la sociedad ha abierto un pequeño claro en tu consciencia. Limpió completamente sólo una pequeña parte, la cercó: allí todo está bien. Eso es lo que hacen todas las universidades. Todos los condicionamientos y toda la cultura sir­ven para crear un claro donde puedas sentirte cómodo. Y después te asustas: más allá del cerco, está el peligro.

Más allá del cerco existes, como existes dentro del cerco; y tu mente consciente es sólo una parte, una décima parte de todo tu ser; los nueve décimos restantes te esperan en la oscuridad. Y, en algún lugar de esos nueve décimos, se esconde tu verdadero cen­tro.

Uno debe ser audaz, valiente. Uno tiene que dar un paso ha­cia lo desconocido. Durante un tiempo, todos los límites se pier­den. Durante un tiempo, te sentirás confundido. Durante un tiem­po, te sentirás muy asustado y conmovido, como si hubiera habi­do un terremoto. Pero, si tienes coraje y no te echas atrás, si no vuelves al yo y sigues hacia adelante, hay un centro oculto aden­tro de ti que has estado cargando durante varias vidas. Es tu alma, el atman, el propio ser. Una vez que te acercas, todo cambia, to­do se vuelve a acomodar. Pero este acomodamiento ya no lo lle­va a cabo la sociedad. Ahora, todo se transforma en un cosmos, no en un caos; surge un nuevo orden. Pero ya no es el orden de la sociedad; es el orden de la existencia misma.

Es lo que Buda llama dhamma, Lao Tse llama tao y Heráclito llama lagos. No es algo creado por el hombre; es el orden propio de la existencia misma. Entonces, de repente, todo vuelve a ser hermoso; y, por primera vez, verdaderamente hermoso, porque las cosas creadas por el hombre no pueden ser hermosas. Cuan­to mucho, puedes ocultar su fealdad; nada más. Puedes decorar­las, pero nunca pueden ser hermosas.

La diferencia es igual a la que existe entre una flor de verdad y una de plástico o de papel. El yo es una flor de plástico, muerta. Parece una flor, pero no lo es. En verdad, no se puede decir que sea una flor. Aun desde el punto de vista lingüístico, es incorrec­to llamarla flor, pues una flor es algo que florece. Y este objeto de plástico es sólo una cosa y no algo que florezca. Está muerta; no tiene vida.

Tú tienes dentro un centro floreciente. Por eso los hindúes lo llaman flor de loto: porque florece. Hablan de la flor de loto de mil pétalos; "mil" significa infinitos pétalos. Y sigue floreciendo; nunca se detiene, nunca muere.

 

Pero te sientes satisfecho con un yo de plástico. Hay varias ra­zones por las cuales te sientes satisfecho. Con algo muerto, hay muchas ventajas: una de ellas es que algo muerto nunca muere. No puede, porque nunca estuvo vivo. Entonces, puedes tener flo­res de plástico; son buenas de algún modo: son permanentes; no son eternas, pero son permanentes. La flor verdadera que está afuera en el jardín es eterna, pero no es permanente.                                                               

Y lo eterno tiene su propio estilo de ser eterno. El estilo de lo eterno es renacer una y otra vez y morir. A través de la muerte, se renueva, rejuvenece. A nosotros nos parece que la verdadera flor ha muerto. Pero nunca muere; simplemente, cambia de cuer­po, para estar siempre fresca. Deja el cuerpo viejo y entra en uno nuevo. Florece en otra parte, sigue floreciendo, pero nosotros no podemos ver la continuidad, porque es invisible. Sólo vemos una flor y otra flor; nunca vemos la continuidad. Es la misma flor que floreció ayer. Es el mismo sol, pero con otra ropa.

Necesitas una mirada muy aguda para percibir la continuidad invisible. La continuidad invisible es Dios. Si puedes verlo, es la misma flor, pero en un cuerpo diferente. Es lo que los hindúes co­nocen como la teoría de la reencarnación. El cristianismo, el ju­daísmo, la religión mahometana, todas carecen de esa belleza; por eso, todas estas religiones, poco a poco, se volvieron mate­rialistas. Tuvieron que hacerlo, porque se había perdido lo invisi­ble.

Yo estoy aquí. Tú estás aquí. Has estado aquí miles de veces, anteriormente. Es un eterno retorno: en cuerpos diferentes, en formas diversas, pero la continuidad es la misma. Y llamamos al­ma a esa continuidad. No a este cuerpo: la forma cambia, lo que no tiene forma se conserva. Y de este modo logra ser eterno; si no, no podría serlo.

La muerte es una forma de rejuvenecerse nuevamente. Exha­las; es el modo de volver a inhalar. Mueres; es el modo de volver a nacer. Cada vez que mueres, el cuerpo hace lo mismo.

Si preguntas a los fisiólogos, dicen que el cuerpo muere y se renueva en todo momento. Toda célula muere. Si vives setenta años, por lo menos diez veces el cuerpo habrá muerto completa­mente. Pero va cambiando gradualmente: muere una célula, la reemplaza otra... las hojas se caen... y así.

Hace unos pocos días, el almendro se quedó sin hojas: se le ca­yeron todas. Ésta es la forma. Ahora está joven otra vez: le han salido nuevas hojas. Las hojas viejas se le cayeron y le salieron nuevas. Pero las hojas no son el árbol: el árbol es la fuente de la cual salen las hojas, y esa fuente está oculta.

Las viejas se caen para que las nuevas puedan salir. El cuerpo viejo se muere para que pueda aparecer el nuevo. Es así como la existencia dura eternamente: siempre muere y siempre retorna. Es una rueda, cuyos rayos suben y después bajan; así se mueve la rueda.

 

El yo es algo plástico, pero parece permanente. Recuerda que la eternidad no es permanencia. La eternidad se mueve por me­dio de movimientos, por medio de cambios. La eternidad es un continuo cambio que, sin embargo, sigue siendo lo mismo: cam­biante y, sin embargo, igual. Moviéndose y, sin embargo, sin mo­verse.

 

El yo tiene cierta característica: está muerto. Es algo plástico. Y es muy fácil obtenerlo, porque lo proveen los demás. No es ne­cesario buscarlo, no implica búsqueda alguna. Por eso, salvo que te transformes en alguien que busca lo desconocido, no te trans­formarás en un individuo. Serás sólo una parte de la multitud, de una masa. Cuando no tienes un verdadero centro, ¿cómo puedes ser un individuo? El yo no es individual. Es un fenómeno social: es la sociedad, no eres tú. Pero te da una función en la sociedad, una jerarquía dentro de ella. Y, si quedas satisfecho con ella, te perderás toda la oportunidad de encontrar tu propio ser.

Y por eso eres tan desdichado. Con una vida plástica, ¿cómo podrías ser feliz? Con una vida falsa, ¿cómo podrías sentirte extá­tico y dichoso? Y entonces este yo crea muchas desdichas, millo­nes. No puedes verlas porque constituyen "tu propia oscuridad", y estás acostumbrado a ella.

¿Notaste alguna vez que a través del yo se cuela toda clase de desdicha? El yo no puede hacerte feliz; sólo puede hacerte desdi­chado. El yo es el infierno. Cada vez que sufras, trata de observar y analizar, y descubrirás que, en algún punto, el yo es la causa del sufrimiento. Y el yo encuentra siempre razones para sufrir.

Una vez yo estaba en la casa de Mulla Nasruddin. Su esposa es­taba diciendo cosas muy desagradables de él, muy enojada, ruda, agresiva, justo al límite de explotar, muy violenta. Y Mulla Nasruddin estaba sentado en silencio, escuchando. Entonces, de repente ella se volvió hacia él y exclamó:

-¡Otra vez estás peleando conmigo!

Mulla replicó:

-Pero si no dije ni una sola palabra.

La esposa dijo:

-Ya lo sé. Pero estás escuchando en forma muy agresiva.

 

Tú eres egoísta, como todo e! mundo. Algunos son muy den­sos en la superficie, y no son tan difíciles. Algunos son muy leves, profundos, y constituyen un verdadero problema. Este yo siempre entra en conflicto con los otros, porque cada yo es muy descon­fiado consigo mismo. Y tiene que serlo: es algo falso. Cuando no tienes nada dentro de la mano y sólo crees que allí hay algo, ha­brá problemas. Si alguien te dice "Ahí no hay nada", de inmedia­to comenzará la pelea, porque tú también sientes que no hay na­da. El otro te hace tomar consciencia de este hecho.

El yo es falso, es nada. Eso también lo sabes. ¿Cómo puedes evitar saberlo? ¡Es imposible! Un ser consciente, ¿cómo puede evitar saber que este yo es falso? Y entonces los demás dicen que no hay nada y, cuando lo dicen, abren una herida, dicen una ver­dad; y nada duele tanto como la verdad. Tienes que defenderte porque, si no te defiendes, si no te pones a la defensiva, ¿adónde estarías? Estarías perdido. La identidad se vería quebrada. Enton­ces, tienes que defenderte y pelear: ese es el choque.

Un hombre que accede al propio ser nunca provoca choques. Los demás pueden venir y chocar con él, pero él nunca provoca un choque con nadie.

 

Sucedió que un maestro zen estaba pasando por una calle. Un hombre vino corriendo y lo golpeó fuerte; el maestro se cayó. Enton­ces, se levantó y empezó a caminar en la misma dirección en la que      iba antes, sin siquiera mirar quién era este hombre.

Un discípulo estaba con el maestro. Se sorprendió mucho. Dijo: -¿Qué es esto? Si uno vive de esta manera, cualquiera puede venir y matarlo. Y ni siquiera te paraste a mirar a esa persona, a ver quién es y por qué lo hizo.

El maestro replicó:

-Es su problema, no el mío.

 

Puedes chocar con un hombre iluminado, pero es tu problema, no el suyo. Y, si te lastimas en el choque, también es tu proble­ma. Él no puede lastimarte. Y es como si golpearas una pared: tú te lastimarás, pero la pared no te habrá lastimado.

El yo siempre está buscando problemas. ¿Por qué? Porque, si nadie te presta atención, el yo se siente hambriento. Vive de la atención. Entonces, incluso si alguien se está peleando contigo y está enojado, es bueno, porque te presta atención. Si alguien te ama, está bien. Si alguien no te ama, entonces también estaría bien la ira. Por lo menos, se te prestará atención. Pero, si nadie te presta atención, si nadie piensa que eres alguien importante, significativo, ¿cómo alimentarás a tu yo? Es necesaria la atención de los demás.

Atraes la atención de los demás de muchas maneras: te vistes de cierta forma, tratas de lucir bien, te comportas, te vuelves ama­ble, cambias. Cuando sientes qué tipo de situación es, cambias in­mediatamente para que la gente te preste atención. Esto es un profundo ruego.

Un verdadero mendigo es el que pide y demanda atención. Y un verdadero emperador es el que vive por sí mismo: tiene un centro por sus propios medios, no depende de nadieì¥Á9          ø¿ 4…
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蟥Ÿ¥4ÿÿÿÿÿÿl:::::::¤Ž¢æ¢æ¢æ¢æ,trozado. Comienzas a pensar en el suicidio. ¿Por qué? ¿Por qué, si una es­posa te deja, tendrías que suicidarte? ¿Por qué, si un marido te de­ja, tendrías que suicidarte? Porque no tienes un centro propio. La esposa te estaba aportando el centro; el marido te estaba apor­tando el centro.

Es así como existen las personas. Así es como se vuelven de­pendientes de los demás. Es una profunda esclavitud. El yo debe ser un esclavo: depende de otros. Y sólo quien no tenga yo será, por primera vez, amo, y dejará de ser esclavo.

Trata de comprender esto, y comienza a buscar el yo, no en los demás (que no son asunto tuyo) sino en ti mismo. Cuando te sientas desdichado, cierra inmediatamente los ojos e intenta des­cubrir de dónde viene esta infelicidad, y siempre te encontrarás con que el falso centro ha chocado con alguien. Esperabas algo y no sucedió. Esperabas algo y sucedió exactamente lo contrario: tu yo está destrozado, te sientes desdichado. Observa, siempre que estés triste,  trata de averiguar por qué.

Las causas no están fuera de ti. La causa fundamental está dentro de ti; pero siempre la buscas afuera, siempre te preguntas quién te está haciendo infeliz, quién es la causa de tu ira, quién es la causa de tu angustia. Y, si la buscas afuera, no la encontrarás. Sólo cierra los ojos y búscala siempre dentro. El origen de toda desdicha, de toda ira, de toda angustia, se esconde en ti: tu yo. Y, si encuentras el origen, será fácil ir más allá de él. Si descubres que es tu propio yo el que te genera problemas, querrás abando­narlo, porque nadie puede cargar con el origen del sufrimiento una vez que lo comprende.

Y recuerda que no hay necesidad de abandonar el yo. No pue­des abandonado. Si tratas de abandonarlo, llegarás nuevamente a un yo sutil que dice haberse vuelto humilde. No trates de ser hu­milde: eso es nuevamente yo; escondido, pero no muerto. No tra­tes de ser humilde. Nadie puede tratar de ser humilde y nadie pue­de crear humildad a través de su propio esfuerzo; no. Cuando el yo ya no está, la humildad llega a ti. No es una creación; es la sombra del verdadero centro. Y un hombre realmente humilde no es ni humilde ni egoísta; es solamente simple. Ni siquiera tiene consciencia de ser humilde. Si tienes consciencia de ser humilde, el yo está allí.

Observa a personas humildes; hay millones que piensan que son muy humildes. Se doblegan mucho. Pero obsérvalas; son los más sutiles egoístas. Ahora, la humildad es su fuente de alimento. Dicen "Soy humilde", y te miran esperando que los valorices. Es­peran que digas: "Eres verdaderamente humilde. De hecho, eres el hombre más humilde del mundo. Nadie es tan humilde como tú”. Entonces, observa la sonrisa que aparece en sus rostros. ¿Qué es el yo? El yo es una jerarquía que dice: "Nadie es como yo”. Puede alimentarse de la humildad: "Nadie es como yo; soy el hombre más humilde”.

 

Una vez ocurrió que un monje vino a mí, hablando de su humil­dad, y le dije:

-No eres nada humilde. Conozco a un hombre que es más hu­milde que tú.

De repente, la ira, el yo; preguntó:

-¿Quién es ese hombre? Muéstramelo.

-Ese no es el punto -le dije-. Ese no es el punto. No te lo voy a mostrar. Pero trata de comprender, porque de pronto el yo apare­ce y dice: "¿Cómo alguien se atreve a ser más humilde que yo?".

Una vez sucedió que un faquir, un mendigo, estaba rezando en una mezquita, a la mañana temprano, cuando todavía estaba oscu­ro. Era cierto día religioso para los mahometanos, y él rezaba y de­cía: "No soy nadie. Soy el más pobre de los pobres, el más pecador de los pecadores”.

De repente, había una persona más rezando. Era el emperador de ese país, y no se dio cuenta de que había alguien más rezando.

Estaba oscuro y el emperador también decía: "No soy nadie. No soy nada. Estoy vacío, soy un mendigo golpeando tu puerta”.

Cuando escuchó que alguien más estaba diciendo lo mismo, le dijo:

-¡Detente! ¿Quién está tratando de superarme? ¿Quién eres? ¿Cómo te atreves a decir delante del emperador que no eres nadie, cuando él está diciendo que no es nadie?

 

Así es el yo. Es tan sutil y sus métodos son tan sutiles y astu­tos... Tienes que estar muy, muy alerta; sólo entonces podrás ver­lo. No trates de ser humilde. Únicamente intenta ver que toda la desdicha, toda la angustia proviene de él. ¡Solamente observa! No es necesario que lo abandones. No podrías hacerlo. ¿Quién lo abandonará? Si alguien lo hace, el abandonador se transforma en yo. Siempre se repite. Sea lo que sea lo que hagas, sobresale de él, mira y observa. Todo lo que logres, (la humildad, la sencillez, la simplicidad), no servirá de nada. Sólo una cosa es posible: obser­var y darse cuenta de que es la fuente de toda desdicha. No lo di­gas, no lo repitas; observa. Porque, si yo digo que es la fuente de toda desdicha y tú lo repites, no sirve. Debes llegar a compren­derlo.

Cada vez que te sientes desdichado, cierra los ojos y no trates de encontrar una causa externa. Intenta ver de dónde viene esta tristeza: viene de tu propio yo. Si siempre estás sensible y com­prensivo, y la convicción de que la causa es el yo se arraiga tan­to, un día descubrirás de repente que ha desaparecido.

Nadie lo abandona... Nadie puede abandonarlo. Simplemente ves que ha desaparecido, porque la convicción misma de que el yo causa todas las desdichas se convierte en el abandono de éste. La convicción misma es la desaparición del yo.

Y eres tan inteligente cuando se trata de ver el yo ajeno; todo el mundo puede ver el yo de los demás. Cuando se trata de ti, aparece el problema, porque no conoces el territorio, nunca lo has atravesado. Todo el camino hacia lo divino y lo esencial tiene que atravesar este territorio del yo. Lo falso debe ser comprendi­do como falso. La fuente del sufrimiento debe ser comprendida como fuente del sufrimiento. Entonces, simplemente, cae. Cuan­do sabes que es veneno, cae. Cuando sabes que es fuego, cae. Cuando sabes que es infernal, cae. Y entonces nunca dices: "yo" abandoné el yo. Simplemente, te ríes de todo esto, de la broma de que fueras tú el creador de toda desdicha.

Estaba viendo unos dibujitos sobre Charlie Brown. En uno de los dibujos, estaba jugando con bloques, haciendo una casa con los ladrillos de los niños. Estaba sentado en el medio de los blo­ques, construyendo las paredes. Entonces, llega un momento en que queda encerrado, pues todo a su alrededor ha construido una pared. Entonces grita: "¡Auxilio! ¡Auxilio!" Terminó y ahora está encerrado, aprisionado. Esto es infantil pero es también todo lo que vienes haciendo: has construido una casa a tu alrededor, y ahora gritas: "¡Auxilio! ¡Auxilio!". Y la desdicha se multiplica un millón de veces, pues hay personas que ayudan pero están en el mismo bote.

 

Ocurrió que una  mujer muy hermosa  fue a ver  a  su  psiquiatra  por          primera vez. El psiquiatra le dijo:

-Acérquese, por favor.

Cuando ella se acercó, el psiquiatra le saltó encima, la abrazó y la besó. Ella se quedó conmovida. Entonces él le dijo:

-Ahora siéntese. Eso es mi problema; ahora, ¿cuál es el suyo?

 

El problema se vuelve múltiple, porque las personas que ayu­dan están en el mismo bote. Y querrían ayudar pues, cuando ayu­das a alguien, el yo se siente muy bien, muy, muy bien. Porque ayudas mucho, eres un gran gurú, un maestro; ayudas a mucha gente. Cuanto mayor es la multitud de tus seguidores, mejor te sientes. Pero tú estás en el mismo bote: no puedes ayudar. Más bien, harás daño.

La gente que aún tiene sus propios problemas no puede ayu­dar mucho. Sólo puede ayudarte alguien que no tenga problemas propios. Únicamente entonces tendrás la claridad para ver, para ver a través de ti. Una mente que no tiene problemas propios puede verte: te vuelves transparente para ella. Una mente que no tiene problemas propios puede ver a través de ella: por eso se tor­na capaz de ver a través de otros.

En Occidente hay muchas escuelas de psicoanálisis, muchas es­cuelas, pero la ayuda no alcanza a la gente; más bien, la daña. Porque la gente que ayuda a los demás, o que trata de ayudarlas, o que se posiciona como capaz de ayudar, está en el mismo bote.

Estuve leyendo las memorias de la esposa de Wilhelm Reich. Fue uno de los psicoanalistas más importantes, uno de los más re­volucionarios. Pero, cuando la cuestión se vuelve hacia los proble­mas propios, surgen las dificultades. Su esposa escribe en sus me­morias que él les enseñaba a los demás a no ser celosos, que el amor no es posesión sino libertad. Pero, con su propia esposa, siempre fue celoso. Si ella se reía con alguien, de inmediato ha­bía tristeza. Él hacía el amor con muchas mujeres, pero no podía permitirle a su esposa ni siquiera sonreír con alguien; ni siquiera le permitía que se sentara con alguien y hablara. Cada vez que él salía (a veces tenía que ir a ver a sus pacientes), lo primero que hacía al volver era preguntar a dónde había ido su esposa, con quién se había encontrado, quién había ido a la casa, y había un minucioso interrogatorio. Su esposa dice que ella simplemente suspiraba. Este hombre era tan sabio con los demás, pero consi­go mismo...

Es difícil ver el propio yo. Es muy fácil ver el yo de los demás. Pero ese no es el punto. No puedes ayudarlos. Trata de ver tu propio yo. Sólo míralo. No te apresures a abandonarlo; sólo ob­sérvalo. Cuanto más lo observes, más capaz te harás. De repen­te, un día, descubres que fue abandonado. Y, cuando cae por sí mismo, sólo entonces cae. No hay otra forma. Tú no puedes abandonarlo prematuramente. Cae igual que una hoja muerta: el árbol no hace nada; es sólo una brisa, una situación, y la hoja muerta; sencillamente, cae. El árbol ni siquiera tiene consciencia de que se ha caído una hoja muerta. No hace ruido, ni demandas, nada. La hoja muerta sencillamente cae y se apoya en el suelo: sólo eso.

Cuando maduras a través de la comprensión, de la consciencia, y has sentido totalmente que el yo es la causa de todas tus desdi­chas, un día ves la hoja muerta simplemente cayendo. Se apoya sobre el suelo y muere a su propio ritmo. Tú no has hecho nada y no puedes adjudicarte el abandono. Tú sólo ves que ha desapa­recido, y entonces surge el verdadero centro. Y ese verdadero centro es el alma, el yo, Dios, la verdad, o como quieras llamar­lo. No tiene nombre; así que todos los nombres vienen bien. Pue­des ponerle cualquier nombre, a tu gusto. Ahora, escucha este hermoso relato.

 

El primer ministro, Kuo Tzu I, de la dinastía Tang, era un

hombre de Estado sobresaliente, un distinguido general,

y el héroe nacional más admirado de su época.

 

Recuerda que, cuando estás en la cúspide, es muy fácil ser hu­milde. Repito: cuando tienes éxito, cuando has llegado a la cúspi­de, es muy fácil ser humilde. Cuando no ocupas ningún lugar, nin­gún lugar jerárquico, es muy difícil ser humilde. A un hombre po­bre le resulta más difícil ser humilde que a uno rico. A un político derrotado le resulta más difícil ser humilde que a uno que ganó. Mira a las personas influyentes del mundo: siempre son humildes; pueden animarse a serlo. Ahora no hay peligro para sus yoes. Ya lo lograron: no les preocupa tu atención; no significas nada para ellos. Ahora, ya lo lograron. Pueden ser humildes; pueden ani­marse a serlo. Por esta razón, los líderes siempre son humildes. Pero esa humildad no es la humildad de Buda ni de Lao Tse; esa humildad es falsa.

Cuando no eres nadie, ser humilde es muy difícil. Cuando es­tás derrotado, ser humilde es muy difícil, porque el yo está heri­do: está hambriento y necesita alimento. Cuando ganaste, estás victorioso, estás en la cresta de la ola y llegas cada vez más arri­ba, puedes descender, porque todo el mundo sabe, sin necesidad de decir nada, quién eres. No es necesario que lo declares; el mundo entero ya lo sabe. Entonces, puedes bajar de la ola y ser humilde.

Los reyes son más humildes que los mendigos. Y por eso la gente piensa: "¡Qué hermosos seres son los reyes, estos líderes!". Nada es hermoso. Podrás ver sus verdaderos rostros cuando es­tén derrotados; nunca antes. Entonces, ser humilde es muy, muy difícil. Cuando la vida toda es humillante, es difícil ser humilde. Cuando todo el mundo te valora y todo el mundo te alienta, pue­des descender con una sonrisa en el rostro. No es necesario que declames; estás seguro.

Ésta ha sido mi experiencia con la gente: si alguien viene a mí y ya ha llegado a algún lado en la vida, siempre es humilde. Des­ciende profundamente, se sienta en el suelo. Está seguro... esta humildad es buena para su yo. Cada vez que viene alguien que es­tá frustrado, que apostó y perdió, que no es nadie, es duro para él sentarse en el suelo.

 

Un hombre me escribió una carta que decía: "Sólo podré ir a verte si yo también tengo una silla. Si no, no iré”. Sé que este hombre está muy, muy frustrado y humillado por la vida. No pue­de descender, no puede entregarse, no puede ser humilde. Está tan humillado que esto se vuelve una herida. Ahora, la humildad aparece ante él como una humillación.

Ambos están en el mismo bote. Uno está frustrado, se siente herido, cree que tiene que ponerse de pie y reclamar, que tiene que pelear por eso. El otro está seguro y no hay lucha: él ya lo sa­be.  

 

Sucedió que una vez Henry Ford fue a Gran Bretaña. En el aero­puerto, le preguntó a un hombre por el hotel más barato de Londres. Y el hombre lo reconoció, porque hacía unos días habían salido en el periódico fotos de la llegada de Henry Ford. Entonces, le dijo:

-Si la memoria no me falla y recuerdo bien, usted se parece a Henry Ford. ¿Pero se ha vestido usted tan zarrapastroso, con un abrigo que parece viejo y rotoso, y está usted preguntando por el hotel más barato?

Henry Ford respondió:

-Tenga un abrigo nuevo o viejo, soy Henry Ford, y todo el mun­do lo sabe. No hace ninguna diferencia: yo soy Henry Ford. Que el abrigo sea nuevo o viejo no hace ninguna diferencia.

El hombre comentó:

-También  sé  que,  cuando  sus  hijos vinieron,   preguntaron  por  el   hotel más costoso.

Henry Ford rió y dijo:

-Aún no se establecieron y se sienten inseguros. Se los cono­ce como hijos de Henry Ford; no son nada por ellos mismos. Yo sí soy algo por mí mismo; por eso, el hotel más barato no hace ninguna di­ferencia.

 

Un hombre rico no necesita aclarar que es rico. Un hombre po­bre siempre ostenta. Cuanto más rico te vuelves, menos ostentación haces.

 

¿Lo has observado en la vida? Sucede por todas partes. Una mujer fea usa más adornos; una mujer hermosa no los necesita. Cuanto más hermoso se vuelve un país, más hermosas se ponen las mujeres, más caen, lentamente, las cosas: las mujeres no ne­cesitan usar adornos ni oro; alcanza con ellas mismas. Pero una mujer fea no puede hacer eso; tiene que ponerse muchos, mu­chos adornos (diamantes, rubíes), porque sólo es alguien a través de esos adornos. Sin ellos, no es nadie. Esto sucede en todos los aspectos de la vida. Pero ambas están en el mismo bote.

El primer ministro era un hombre muy humilde.

 

Pero la fama, el poder, la riqueza y el éxito no lograban

dis­traer su atención de su profundo interés por el

  1. Con­siderándose un simple y humilde devoto

del budismo, visitaba a menudo a su maestro zen

preferido, para estudiar con él.

 

También es necesario entender esto: Pero la fama, el poder, la riqueza y el éxito no lograban distraer su atención de su pro­fundo interés... Estas cosas nunca distraen a nadie. Es difícil ser un devoto de la religión cuando uno es pobre y fracasado. Es muy sencillo, cuando uno es un éxito, tener un profundo interés por la religión, porque quienes han triunfado en esta vida, quienes llega­ron a la cima... Y este hombre es un primer ministro: llegó a la cima. Ahora, ya no tiene adónde más llegar. Ahora surgirá un profundo interés por la meditación, la religión, Dios, porque un hombre como Kuo Tzu, un primer ministro, un héroe, también debe tener su Dios. Un hombre de tanto éxito debe triunfar tam­bién en el otro mundo. Por eso, siempre que un país se hace ri­co, opulento, surge inmediatamente un profundo interés por la religión.

En ningún otro lugar del mundo hay ahora un interés tan pro­fundo en la religión como en América. Así tiene que ser. Si les preguntas a los pobres hindúes por qué vinieron a la India tantos occidentales, simplemente piensan que están locos; nada más.

Estoy aquí, en Poona. ¿Cuánta gente ves aquí de Poona? Ni si­quiera una persona que puedas reconocer. Simplemente, se pre­guntan por qué estos locos vinieron de Occidente para escuchar­me. Deben haberse vuelto locos; o tal vez yo los haya hipnotiza­do, pero algo debe andar mal. Ni siquiera necesitan molestarse en venir y escuchar, para ver si algo anda malo o no. Ya están con­vencidos de ello. ¿Por qué? No son ricos, ni exitosos, no están es­tablecidos. Cuando fracasas en este mundo... Primero, luchas por triunfar en este mundo materialista; cuando lo logras, esperas triunfar también en el otro mundo.

Entonces, éste es mi punto de vista: que sólo un país rico pue­de ser religioso. A veces, las personas pobres pueden ser religio­sas, porque los individuos pueden ser excepciones, pero las ma­sas, nunca. A veces sucede que una persona pobre se vuelve reli­giosa y logra acceder a lo esencial (Nank, Kabir, Jesús), pero por lo general las masas no pueden ser religiosas, salvo que estén es­tablecidas.

La religión es el último lujo. Y no lo digo en tono de condena. Es así: hay que poder afrontarla. Y, cuando lo tienes todo y sien­tes que no tienes nada, surge por primera vez un profundo inte­rés por buscar lo desconocido.

 

Él y el maestro zen parecían llevarse muy bien. El hecho de

que él fuera el primer ministro no parecía influir en la alianza

de ambos. No se advertían rastros de urbanidad de parte

del maestro, ni de mera altanería de parte del ministro.

Aparente­mente, la alianza era una alianza puramente

religiosa entre un venerado maestro y un obediente

discípulo.

 

Pero esto es superficial. En el fondo, el primer ministro es el primer ministro. En el foì¥Á9          ø¿ 4…
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蟥Ÿ¥4ÿÿÿÿÿÿl:::::::¤Ž¢æ¢æ¢æ¢æ, maestro no se deja engañar por las apariencias. Las apa­riencias no implican nada; lo real es lo que está por debajo. Y este primer ministro es un hombre realizado: ha triunfado en el mundo; ahora, está intentando tener éxito también con su maestro, por medio de sus refinados modales. Pero no se puede engañar a un  maestro. Si lo consigues, quiere decir que no es un maestro.

 

Sin embargo, un día, cuando estaba haciendo su

visita habi­tual al maestro zen, hizo la siguiente pregunta:

-Su Reverencia, ¿cómo explica el budismo al egoísmo?

 

En el fondo, tampoco puedes engañarte a ti mismo. ¿Cómo podrías? Sabes lo que estás haciendo. Cuando mientes, también sabes que estás mintiendo. Puedes engañar a todo el mundo, pe­ro ¿cómo podrías engañarte a ti mismo? Es imposible. Tal vez no estés atento pero, en el momento en que tomas consciencia, sabes lo que estás haciendo.

Esto también es un engaño: él no hace una pregunta directa. No dice: "Soy un egoísta; dime, maestro, qué hacer al respecto”. Esta gente inteligente siempre hace preguntas indirectas. Conoz­co muchas de ellas.

Un hombre vino y me preguntó:

-Uno de mis amigos es impotente. ¿Qué hacer?

Y me di cuenta de que este hombre era impotente, pero ha­blaba de su amigo. Entonces, le pregunté:        

-¿Por qué no mandaste a tu amigo? Podría haberme contado que uno de sus amigos era impotente y me podría haber pregun­tado qué hacer. ¿Por qué te molestaste en venir? Tu amigo podría haber venido y haberme dicho lo mismo.

Entonces, se sintió incómodo.

La gente habla en forma indirecta y los problemas son perso­nales. Hablan como si hablaran de filosofía. Hacen preguntas co­mo: ¿Cómo explica el budismo al egoísmo? ¡Qué tontería! ¿Qué tiene que ver con el budismo? El egoísmo es tu problema. ¿Por qué plantearlo indirectamente? Si lo planteas en forma indirecta, te equivocarás. No entenderás porque, desde el comienzo mismo, estás mintiendo. Y tal vez pienses que estás preguntando por el budismo y por el egoísmo; entonces, te pueden armar una teoría, una hipótesis, una filosofía, un sistema, pero eso no ayudará, por­-

 

que cada individuo tiene su propio problema, y cada individuo tie­ne su propio problema de un modo único.

Si dices "Soy un egoísta, ¿qué hacer?", mi respuesta será dife­rente. Si preguntas qué dice el budismo, la respuesta nuevamen­te diferirá. El budismo, entonces, se vuelve algo generalizado; y ningún individuo es algo general. Cada sujeto es tan individual, tan auténticamente individual, tan único, que no hay teoría gene­ral que pueda servirle a un individuo. No; no se ajustará a él. Ca­da individuo necesita un abordaje diferente. Nunca hagas una pre­gunta filosófica: es inútil. Sólo formula preguntas personales, en forma directa.

Y eso es lo que tuvo que hacer el maestro con este primer mi­nistro. Tuvo que bajarlo de las cimas del budismo a la realidad de su propio ser, porque esas cimas no le pertenecían. En realidad, ese no era su problema.

La gente acude a mí y me pregunta si Dios existe o no. ¿Qué vas a hacer con Dios? Déjalo tranquilo. ¿Qué vas a hacer? Si exis­te, ¿qué vas a hacer? Si no existe, ¿qué vas a hacer? Parece que tu mente no estuviera enfrentando sus verdaderos problemas, y los estuviera evitando a través de problemas imaginarios.

Dios es un problema imaginario para ti. La furia, el yo, el se­xo, la pasión, el odio: ésos son problemas reales. Pero no pregun­tas por ellos; preguntas por Dios. ¿Qué tienes que ver con Dios?

No hay relación alguna. Veo a gente que cree en Dios y a gente que no cree. No encuentro diferencia alguna. ¿Puedes darte cuen­ta de si un hombre es ateo, solamente a través de su conducta?

No. ¿Cómo puedes saber si este hombre cree en Dios y aquél no cree? Los dos se comportan de la misma forma. Si los insultas, ambos se enojarán. ¿Cuál es la diferencia? Si hieres sus yoes, los dos se volverán locos; entonces, ¿dónde entra Dios? Es una tram­pa: tratas de evitar los verdaderos problemas. Las palabras "Dios", "moksha", "verdad" son como mantas con las cuales cu­bres todos los problemas y los ocultas. No son problemas; son mantas. Y quienes responden a estas preguntas contribuyen a que eludas la realidad.

 

-Su Reverencia, ¿cómo explica el budismo al egoísmo?

La cara del maestro zen se puso lívida de repente y,

de ma­nera arrogante y despectiva, le dijo al ministro:

-¿Qué estás diciendo, zopenco?

 

Ahora, de repente, todo ha cambiado. El maestro trajo al pri­mer ministro a la realidad, a la tierra, maravillosamente, con una sola palabra: ¡zopenco! Una sola palabra puede hacer que suceda el milagro: porque no tienes consciencia, por eso. De no ser así, el primer ministro se habría reído y habría dicho: "Sí, tienes ra­zón. Ahora, ¿qué pasa con el budismo y cómo explica al egoís­mo?". Pero una sola palabra...

¡Cuánto necesitas las palabras! ¿Una sola palabra, y cambia to­da la situación? Sólo un sonido sin un verdadero sentido. El signi­ficado es sólo una convención social, entre las personas: nos re­feriremos a esto de tal manera. No es más que una convención social. ¿Qué quiere decir "zopenco"? Nada; sólo un sonido. Si no entiendes el idioma, ¿qué significa? Nada; sólo un sonido. Si lo entiendes, habrá problemas. ¿Alguien te llamó "zopenco"? De in­mediato, se esfuma la filosofía y aparece la realidad. Todos los modales quedan en la superficie. "Su Reverencia": todo superfi­cial. Estabas haciendo reverencias y diciendo" Su Reverencia". ¿Qué clase de reverencia es ésta, que una sola palabra puede des­truirla? Los maestros zen tienen la capacidad...

 

-¿Qué estás diciendo, zopenco?

Esta provocación irracional e inesperada hirió tanto los

sen­timientos del primer ministro que en su rostro se dibujó

una hosca y sutil expresión de ira.

 

Sí; era irracional e inesperada. Los maestros son irracionales e inesperados; son impredecibles. Son como un viento, o como las nubes que se desplazan por el cielo. Nadie puede decir adón­de van, porque no siguen ningún mapa. Simplemente, se despla­zan hacia donde va el viento. No tienen objetivo; no tienen direc­ción. Sólo viven en el momento. No puedes saber qué va a hacer un maestro; nunca. Un maestro es impredecible porque carece de planes para el futuro. No está preparado de ninguna manera. Se mueve en el momento, analiza la situación y responde. Un maes­tro nunca reacciona; responde. Un hombre consciente nunca reacciona; responde. Tú reaccionas. Trata de comprender la dife­rencia.

La reacción es un hábito profundamente arraigado. Responder no es un hábito; es una sensibilidad viva hacia el momento. La respuesta es real; la reacción es siempre irreal. Alguien te insulta y reaccionas. La reacción implica que, entre el insulto y tu acción, no hay ni un solo momento de reflexión. Actúas a partir del há­bito, tal como has reaccionado en el pasado. Pero la situación es completamente diferente: alguien te insulta en la calle; y, después, te insulta un maestro; las situaciones son totalmente distintas. Al­guien que te insulta en la calle es tu semejante. Es una situación totalmente diferente. Y después te insulta un maestro, un Buda: te insulta de un modo completamente distinto. Está creando una situación. Te está dando una oportunidad de no reaccionar, de no seguir el antiguo esquema de hábitos, de no moverte y compor­tarte como un robot, sino de volverte consciente y reflexivo.

Si este hombre hubiera estado un poco alerta, un poco cons­ciente, si hubiera sido un poco reflexivo, se habría reído, habría hecho una reverencia y le hubiera tocado los pies al maestro, pues un maestro únicamente te insulta cuando existe un profundo sen­timiento de amor y compasión. De no ser así, ¿para qué lo haría? Un maestro te insulta para demostrarte algo. Un maestro se pue­de mostrar enojado en algunos momentos, pero no está enojado: es parte de su compasión.

El otro día, un sannyasin me dijo que había estado en contac­to con un grupo de Gurdjieff, y dijo que no parecía haber compa­sión dentro de ese sistema. Tiene razón. Gurdjieff era profunda­mente compasivo, pero nunca lo demostraba. Era muy feroz: ni los maestros zen lo soportaban. Si lograras soportarlo un poco, si pudieras estar con él a pesar de él mismo, poco a poco, sentirías la profunda compasión que tenía. Y sólo por esta profunda com­pasión era tan duro, porque sabía que, contigo, la compasión no funcionaría. Tu alma está tan muerta que se ha vuelto de piedra. Es necesario un trabajo muy duro.

Si uno simplemente es amable contigo, no logrará cambiarte. Hay que ser muy duro. Pero, si puedes ser un poco reflexivo y vi­vir con un hombre como Gurdjieff, poco a poco, descubrirás el centro interior. Una de las personas más profundas (en la compa­sión, en el amor) se ha vuelto dura a través de la experiencia. Si muestra compasión desde el principio, piensas que puedes que­darte con tu debilidad, seguir tal como eres; crees que no hay ne­cesidad de transformación alguna. Su compasión se vuelve ali­mento de tu debilidad. No; eso no sirve.

Cuando un maestro te insulta o se enoja, no lo juzgues de acuerdo con los criterios habituales, de acuerdo con tu experien­cia habitual. Espera un poco y no reacciones. El primer ministro reaccionó inmediatamente.

 

Esta provocación irracional e inesperada hirió tanto los sen­-

timientos del primer ministro que en su rostro empezó a

dibu­jarse una hosca y sutil expresión de ira.

 

Debe haber sido un hombre verdaderamente refinado. El eno­jo iba apareciendo, pero en forma muy sutil, no explosiva. Se de­be haber sorprendido muy profundamente. Era un hombre culto, verdaderamente culto, pero incluso siendo un hombre tan culto bastó una sola palabra ("zopenco") para que una expresión hosca y una ira sutil comenzaran a dibujarse en su rostro.

 

Ahora la situación es real: hay allí un maestro, sin yo; y está allí el primer ministro: ahora el yo está apareciendo, lo real está saliendo a la superficie.

 

El maestro zen sonrió y dijo:

-Su Excelencia, esto es egoísmo.

 

... Y no tiene nada que ver con el budismo, tiene que ver con­tigo. El maestro era realmente capaz: creó toda una situación con sólo usar una simple palabra.

 

Una vez sucedió que un periodista fue a ver a Gurdjieff; y no hay zopencos más grandes que los periodistas. Son las personas más superficiales; tienen que serlo, porque los periódicos sólo existen en la superficie.

Gurdjieff miró al hombre, luego miró a una mujer que estaba sen­tada a su lado, una discípula, y le preguntó a ella:

-¿Qué día es hoy?

-Sábado -respondió ella.

Gurdjieff se irritó de repente y dijo:

-¿Cómo es posible? Ayer fue viernes, ¿cómo puede ser hoy sá­bado, tonta?

La mujer se quedó perpleja. ¿Había enloquecido de repente? Y el periodista sencillamente se fue. Entonces, Gurdjieff se rió. ¡Qué for­ma de deshacerse de los zopencos! Y comentó:

-Si no puede ver la utilidad de que yo sea irracional y loco, no podrá comprender lo que hago aquí. Será imposible, porque es sin razón. Es irracional; no se puede entender con la cabeza. Si no pue­de esperar, si juzga de manera tan inmediata, no podrá evaluar lo que hago aquí. Entonces, es mejor deshacerse de él desde el co­mienzo mismo.

 

Vives a través de la razón y, cada vez que ves algo irracional, lo juzgas inmediatamente. ¡Inmediatamente! Eso es una reacción. De no ser así, habría millones de posibilidades. Ese periodista po­día haber pensado: "Tal vez sea un chiste; no es necesario juzgar­lo”. Ese periodista podía haber pensado: "Este hombre parece misterioso. Veamos... espera. Y todo es tan absurdo: este Gurd­jieff asegurando que no puede ser sábado, cuando ayer fue vier­nes. Todo es tan absurdo. Debe haber algún significado oculto en esto. Espera, no juzgues”. Pero esto requiere de consciencia. ¿Y qué pierdes si esperas?

Gurdjieff creaba muchas situaciones, y aún se comentan en to­do el mundo millones de malentendidos acerca de él. Nadie sabe la clase de hombre que era. Nadie puede saberlo, porque tratas de acceder a través de la razón, y la tarea de un maestro va más allá de la razón: es superarracional. Pero a ti te parecerá irracio­nal porque no sabes qué es lo suprarracional. A ti te parecerá irra­cional, debido a tu punto de vista, al lugar en que estás parado y desde el cual estás mirando, tu actitud, tu prejuicio, tu adicción a la razón. Te parecerá irracional.

Si sigues a un maestro, poco a poco empezarás a sentir que no es irracional, sino suprarracional. No es racional, correcto. Pe­ro tampoco es irracional. Puede no parecerte racional pero, cuan­do cambia tu forma de ser, tienes una nueva visión, una nueva cla­ridad, una nueva capacidad de percepción. Y entonces las cosas se organizan de otra manera. Entonces, comienza a suceder lo su­prarracional, que no es irracional, sino superior a la razón, más grande que la razón, más vasto que la razón. Pero, entonces, uno tiene que esperar. Y los maestros siempre tratan de crear situacio­nes porque, a través de ellas, la realidad asoma a la superficie. Qué cosa hermosa dijo el maestro.

Entonces, el maestro sonrió. No puedes sonreír inmediatamen­te después de la ira; no, porque no eres un maestro. Aun si tra­tas de sonreír, sentirás tanta tensión en los labios que no podrás relajarlos. Después de la ira, no puedes sonreír de inmediato; ne­cesitas tiempo para que se extinga la ira.

Se dice de Gurdjieff que a veces creaba dos impresiones en dos personas dentro de una misma situación. Si alguien estaba senta­do a su derecha y otro a su izquierda, miraba a la izquierda con tanta ira, y después a la derecha con una cara tan bella y sonrien­te, que entonces ambos amigos se iban con impresiones diferen­tes. Un hombre decía: "Este hombre es peligroso: ¡parece un ase­sino!". Y el otro decía: "Nunca he visto un rostro tan amable, son­riente, y similar a Buda”. Para algunos se parecía a Rasputín, a Genghis Khan, a Tamerlán; para algunos se parecía a Buda, a Je­sús o a Sócrates. y él podía crear esta impresión con sólo girar la cabeza a la izquierda y a la derecha.

Esto es posible. No es posible para ti, porque tú reaccionas. Cuando reaccionas, eres víctima, estás dominado por tus emocio­nes; no eres amo. Cuando no reaccionas, simplemente, creas una situación.

El maestro parecía enojado y condenatorio cuando insultó al primer ministro. Y, una vez que el insulto logró su objetivo y apa­reció el verdadero primer ministro, sonrió y dijo:

 

-Su Excelencia, esto es egoísmo.

 

Suficiente por hoy.

 

Sexto Discurso:

 

Las Dos Concubinas

 

Cuando Yang Chu estaba atravesando Sung, pasó la

noche en una posada. El posadero tenía dos concubinas:

una hermo­sa y otra fea. A la fea la valoraba y a

la hermosa la rechazaba. Cuando Yang Chu le preguntó

por qué, el tipo le contestó:

-La hermosa se considera hermosa y yo no percibo su be­-

  1. La fea se considera fea y yo no percibo su fealdad.

Yang Chu les dijo a sus discípulos: "Recordad esto: si os

comportáis noblemente y desterráis de vuestras mentes

toda idea de ser nobles, ¿adónde podéis ir y no ser

amados?".

 

El yo existe a través de la autoconsciencia; no puede existir de otra manera. Pero recuerda: la autoconsciencia no es la consciencia del propio yo; la autoconsciencia no es el autorecuerdo La autoconsciencia, de hecho, no es para nada consciente; es un estado inconsciente. No estás alerta cuando estás en estado de autoconsciencia, no te das cuenta, no sabes que estás en ese esta­do. Si adquieres consciencia, la autoconsciencia desaparece. Si te transformas en testigo, no se encuentra allí.

Recuerda un criterio: todo lo que desaparece a través de la consciencia es ilusorio, y todo lo que se conserva a través de la consciencia (no sólo se conserva, sino que se cristaliza más) es real. Haz de ello un criterio. La consciencia es el criterio de prueba.

En un sueño, si te das cuenta de que estás soñando, el sueño desaparece inmediatamente. No puede durar ni un segundo más. En el momento en que te das cuenta de que es un sueño, ya no está allí, porque la naturaleza misma de un sueño es ilusoria. Exis­te porque tú no estás. Cuando estás tú, desaparece. Existe sólo cuando no tienes consciencia. Si tomas este criterio de prueba y lo aplicas a todo lo que pasa, sucederá tanto dentro de ti, es posible una transformación tal a través de ello, que no puedes imaginar­lo de antemano.

La ira está allí; si te das cuenta, desaparece. El amor está allí; si te das cuenta, se cristaliza más. Entonces, el amor es parte de la existencia, y la ira, parte del sueño. Si no tienes consciencia, existes; si tomas consciencia, te disuelves, ya no estás allí; enton­ces Dios existe. Y ambos no pueden existir juntos: es tú o Dios. No hay alternativa y no hay compromiso posible. No puedes de­cir: "Cincuenta y cincuenta; un poco yo y un poco Dios”. No; no es posible. A ti no se te encuentra fácilmente, y a Dios sí.

Entonces, autoconsciencia no es la expresión correcta, pues en ella se emplea la palabra "consciencia" y se trata de un estado muy inconsciente. Sería mejor, si me permites, llamar a la autoconsciencia, autoinconsciencia. Cuando sientes que estás, algo está mal.

Dice Chuang Tzu: "Si el zapato no te entra, tomas consciencia del pie. Si -el zapato te entra, te olvidas del pie”. Por un dolor de cabeza adquieres consciencia de la cabeza. Si desaparece el dolor de cabeza, ¿dónde está la cabeza? Junto con el dolor de cabeza, desaparece también la cabeza. Cuando algo no anda bien, se vuel­ve como una herida. Cuando estás enfermo, existe la así llamada autoconsciencia. Cuando todo anda bien, hay armonía y no hay discordia (el zapato no te aprieta, todo está perfectamente bien), no se produce la autoconsciencia. Entonces, existes. De hecho, existes por primera vez; pero no hay autoconsciencia.

Por ejemplo: cada vez que estás enfermo, tomas consciencia del cuerpo. Estás débil, tienes fiebre, algo anda mal en el cuerpo: adquieres consciencia del cuerpo. Duele: tienes consciencia corpo­ral. Cuando el cuerpo está absolutamente bien, saludable, en es­tado de bienestar, no tienes consciencia del mì¥Á9          ø¿ 4…
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蟥Ÿ¥4ÿÿÿÿÿÿl:::::::¤Ž¢æ¢æ¢æ¢æ,se abre una fisura; te rompes en pedazos y ya no eres uno con el cuerpo. El cuer­po existe por un lado, y tú, por otro.

En la meditación, eres uno con tu consciencia; entonces, ésta no funciona y existe como una mente. Eres uno con ella, no hay división. Cuando no hay división y aparece la unidad, toda la au­toconsciencia desaparece. Déjame que lo repita, porque puedes malinterpretarlo: no es que desaparece el yo; sólo desaparece la autoconsciencia.

Y recuerda que no estarás en un estado de inconsciencia; esta­rás perfectamente consciente, pero no autoconsciente. Estarás plena y absolutamente consciente, pero sólo habrá consciencia, no división: quién tiene consciencia de quién. No habrá sujeto y obje­to; simplemente un estado completo, absoluto, un círculo de consciencia. Esta consciencia, en la cual no hay autoconsciencia, care­ce de yo. Y esta consciencia tiene una gracia, una belleza, una be­lleza que no pertenecen a este mundo. Incluso una persona fea se vuelve hermosa en ese estado: fea en lo que hace a los criterios de este mundo, pero bañada, iluminada con algo del más allá. El cuerpo, la forma, pueden no ser hermosos, pero se llenan de una gracia desconocida. Y entonces te olvidas del cuerpo; es tanta la gracia que simplemente no puedes prestar atención al cuerpo: sientes la gracia.

Todos los santos son hermosos. No es que sus cuerpos sean siempre hermosos, no. Pero están llenos de un arrobamiento des­conocido que te roza, una gracia que inunda el medio que los ro­dea. Generan su propio clima y, estén donde estén, de repente uno siente que el clima ha cambiado. Y es una fuerza tan intensa que no puedes mirar a sus cuerpos; sus cuerpos simplemente de­saparecen, su carácter incorpóreo es demasiado.

Tu cuerpo se ve porque no hay en él carácter incorpóreo. Eres sólo el cuerpo; nada lo ilumina desde adentro. Eres como una lámpara apagada; por lo tanto, sólo se ve la lámpara. Cuando aparece la luz, te olvidas de la lámpara; cuando la luz sale de ella, ¿a quién le importa la lámpara? Y, si la luz es demasiada, ni siquie­ra puedes ver la lámpara.

Todos los santos son hermosos. Todos los niños son hermo­sos. Fíjate en el hecho de que todo niño nace hermoso; no pue­des encontrar un niño feo. Es muy, muy difícil encontrar un niño feo. Todos los niños nacen hermosos. ¿Qué sale mal después? Porque, después, no todas las personas son lindas. Todos los ni­ños nacen con gracia, pero después algo sale mal; en algún pun­to, el crecimiento se detiene y todo se vuelve feo. Después, ya no se encuentra tanta gente linda en el mundo. Y, a medida que en­vejeces, te vuelves más y más feo.

Debería ser exactamente al revés, si la vida se moviera en la di­rección correcta. Si supieras cómo vivir en forma hermosa, cómo vivir con gracia, cómo vivir a través de lo divino y no a través del yo, el caso sería exactamente opuesto. Cada niño se volvería ca­da vez más lindo, y la vejez sería la culminación de la belleza. Así tendría que ser. Si la vida se ha vivido de acuerdo con las leyes de la naturaleza, Tao, Dhamma, si se ha seguido una disciplina inte­rior, no forzada, si has amado, si has sido consciente y meditati­va, te vuelves más hermoso día a día. Y un hombre viejo, que pa­só por todos los tumultos, las subidas y bajadas de la vida, que co­noció la madurez, que ahora se ha aclimatado, tendrá una belleza que nadie más puede tener.

En Oriente sucedió. Por eso el Oriente rinde culto al viejo y no al joven, porque el joven aún está incompleto: todavía tiene que pasar por muchas cosas, y existe la posibilidad de que algo pueda salir mal. Cuando un hombre viejo es bello, ya no hay posibilidad de que decaiga: ya lo sabe todo, ha atravesado todas las experien­cias, todas las angustias de la existencia, todas las miserias y to­dos los éxtasis. Ha visto los días y las noches, ha conocido las cús­pides y los valles, y ha conseguido una integridad moral a través de todas estas experiencias. Ahora, está equilibrado: ahora, no hay izquierda ni derecha, no hay extremos. Ahora, ni espera las cúspides ni evita los valles; simplemente, acepta. La vida lo ha preparado para esta aceptación. La vida lo ha preparado para no pelear sino para tolerar. Y, cuando puedes ser tolerante, lo has conseguido.

Un hombre joven trata de no tolerar y pelea. Un hombre jo­ven trata de vencer. Un hombre joven es tonto: no sabe que la vic­toria llega a través de la tolerancia. No puede saberlo es difícil. Tendrá que pasar por muchas frustraciones; sólo entonces se dará cuenta de que las frustraciones son la otra cara de las expecta­tivas. Tendrá que soportar muchas derrotas; sólo entonces llega­rá a entender que las victorias pertenecen a quienes no pelean, que se rinden, que no luchan contra la corriente, que no tratan de ir contra la corriente, que simplemente se quedan en el lugar en que la naturaleza los puso.

Sólo aquellos que han logrado una armonía interior con la na­turaleza son victoriosos. Entonces, no hay pelea, porque ¿cómo podría una parte luchar contra el todo? ¿Y cómo podría salir vic­toriosa una parte, enfrentándose al todo? Es absurdo, pero un hombre joven necesita intentarlo.

Un hombre viejo llega a la aceptación total y, en ella; es el más bello. Y no tiene autoconsciencia; no puede tenerla, porque el yo y la autoconsciencia se generan porque uno lucha. Entonces, pri­mero hay que aprender a no tener autoconsciencia. Sí consciencia, pero no autoconsciencia: consciencia sin el yo, sólo estar alerta. ¿Y cuál es la diferencia? Cuando tienes consciencia, tienes consciencia de ti mismo; cuando tienes autoconsciencia, tienes consciencia de ti mismo en relación con otros: qué piensan de ti los demás, qué sienten por ti los demás, si te consideran bello o no. Entras a una habitación donde los demás están sentados: adquieres autoconsciencia. Eras una persona diferente, algunos minutos antes, cuan­do estabas afuera: estabas solo. En tu baño, eres completamente distinto: cantas, silbas, y hasta haces muecas delante del espejo. Eres en todo como un niño que se divierte. No te preocupas por nada más: no tienes autoconsciencia. Pero, de pronto, tomas consciencia de que alguien te espía por el agujerito de la cerradura. To­do cambia de inmediato. Ya no eres el mismo: has tomado auto­consciencia.

 

La autoconsciencia tiene que ver con los otros; y en eso consis­te el yo. El yo implica considerar continuamente lo que los demás están pensando de ti, si te aprecian o no, si te prestan atención o no. Y, cuando estás tan pendiente de los demás, te sentirás mal contigo mismo. No puedes estar cómodo porque no puedes con­trolar a los demás. Los otros cambian tanto como el clima. A ve­ces te aprecian (en realidad, no te aprecian: ¡por azar, apareciste ante ellos en un momento en que están de buen humor!). Te apre­cian porque se sienten generosos y de buen humor. Si apareces ante ellos cuando están de mal humor, no podrán apreciarte, les parecerás desagradable. La apreciación que ellos hacen no de­pende de ti; su apreciación o su condena depende de sus propios estados de ánimo. ¿Y cómo podrías controlar los estados de áni­mo de los demás? Son millones: no hay forma. No puedes con­trolar tu propio estado de ánimo, ¿cómo puedes esperar contro­lar el de los demás? Si dependes de los demás, estarás siempre en una continua confusión y agitación.

Un hombre maduro, un hombre que comprende, simplemen­te desecha toda la idea. Es absurda y no tiene sentido. Simple­mente, vive toda su vida sin autoconsciencia. Y entonces aparece la belleza y emerge la gracia; luego, algo del más allá empieza a descender sobre él. Y ésta es la paradoja: cuando esto sucede, muchos toman consciencia de ti. Muchos perciben la belleza, la bendición con que cargas, la gracia que aparece sólo en tu pre­sencia. Muchos lo sienten cuando no tienes autoconsciencia. Cuando tienes autoconsciencia, el esfuerzo mismo por impresio­nar te torna desagradable.

Y esto lo puedes observar en la vida. Puede ser difícil para ti verlo en ti mismo, porque es muy difícil observarse a uno mismo. Observa a otros. ¿Por qué parece desagradable una prostituta? Puede tener un cuerpo hermoso, ¿pero por qué parece desagra­dable? Porque tiene demasiada autoconsciencia: depende de la atención de los demás; es una mercancía; está a la venta; siempre está en la vidriera para que la aprecien y la miren, pues así es to­da su vida y su negocio. Una prostituta no puede vivir sin auto­consciencia. ¿Cómo podría vivir sin atraer a los otros? Aunque el cuerpo sea hermoso, no podrás encontrar belleza en una prosti­tuta: es imposible.

Y a veces un ama de casa, de repente, parece hermosa; sólo un ama de casa haciendo sus tareas domésticas: preparando la comida por si está llegando su marido, esperando a sus hijos, es­perando al amante, sentada en los escalones contemplando la dis­tancia. De pronto, sientes toda la belleza que la rodea. Es muy co­mún; no puedes decir, de ninguna manera, que sea hermosa. Pe­ro percibes la belleza. ¿Por qué? ¿Qué pasa allí? Al esperar al amante, ella no tiene autoconsciencia. No se preocupa por ti, no quiere llamar la atención de nadie, está totalmente absorta. No tiene autoconsciencia; ama a alguien.

Cuando amas a alguien, no necesitas tener autoconsciencia; y, si la tienes, no podrás amar, pues el yo se transformará en una barrera. Si no tienes autoconsciencia, sólo entonces será posible el amor. Por eso, cuanto más egoísta sea una persona, menos posi­bilidades de amar tendrá. Y, cuando no hay amor, estás en un cír­culo vicioso: crees que la gente no te ama porque no eres hermo­so; entonces, tratas de embellecerte; cada vez adquieres más au­toconsciencia. A medida que aumenta la autoconsciencia, disminu­yen las posibilidades; y, si te vuelves totalmente autoconsciente, es casi imposible: nadie podrá amarte. Simplemente, expulsas a todo el que se acerque. Eres una persona cerrada; nadie puede...ac­ceder a ti.

Una persona sin autoconsciencia es totalmente abierta. No es­pera mucho, pero sucede. Si uno espera demasiado, no pasa na­da. Este relato es hermoso; intenta comprenderlo.

 

Cuando Yang Chu estaba atravesando Sung, pasó la

noche en una posada. El posadero tenía dos concubinas:

una hermo­sa y otra fea. A la fea la valoraba ya la

hermosa la rechazaba.

 

Es una parábola; por lo tanto, no debes tomarla literalmente. De hecho, todo el mundo tiene dos concubinas. Puedes tener una sola esposa, pero eso sólo en la superficie. Todo el mundo tiene dos mujeres: una bella y una fea; porque todo el mundo tiene dos aspectos, uno bello y uno feo. Hasta una persona hermosa, en determinados momentos, es desagradable; y lo opuesto también se da: una persona fea, en determinados momentos, es linda. Es­to se debe a que la fealdad y la belleza no pertenecen a la forma; pertenecen al interior.

¿Has visto a una persona hermosa, en determinados momen­tos, cuando se vuelve totalmente desagradable? ¿Has visto a una mujer hermosa con los ojos lascivos? De pronto, todo se torna de­sagradable, porque eso es desagradable. ¿Has visto a una mujer fea con los ojos llenos de amor? De pronto, todo se torna hermo­so. El amor embellece; la lascivia te pone feo. La ira te pone feo; la compasión embellece.

Cuanto más trabaja tu mente, más tenso y feo se pone tu ros­tro. Si no piensas, si vives sin pensar mucho, en forma más me­ditativa, todo se torna hermoso. Los rostros de los Budas siempre se vuelven femeninos. Por eso los hindúes nunca pintan a sus per­sonas iluminadas con barba y bigotes; no. ¿Has visto algún cua­dro de Buda, o Mahavira, o Krishna, o Rama, con barba y bigo­tes? No es que nunca les salga barba, pues esto sería una malfor­mación: significaría qué algo funcionó mal en el aspecto biológi­co y psicológico, que faltó alguna hormona. No; tenían barba y bigotes, pero los hindúes los dejan totalmente de lado. No los pin­tan porque están retratando algo de lo interior. Están mostrando, a través de las estatuas de los Budas, que estos hombres se han vuelto completamente femeninos. ¿Por qué femeninos? Porque la gracia y la belleza son femeninas.

El cuerpo pierde todas sus connotaciones violentas; se pone más redondo. Los músculos no son necesarios para un Buda; per­tenecen a la animalidad salvaje. El cuerpo toma formas más y más redondeadas, más y más femeninas. Cuando desaparece la agre­sión, también desaparecen los músculos, pues éstos existen con una finalidad particular: la agresión, la violencia.

Observa o los cuerpos de los Mister Universo: son animales salvajes, ya no son seres humanos. Y sus cuerpos tampoco son saludables. Han estado forzando sus cuerpos hasta darles formas antinaturales. Tal vez, parezcan leones; pero ya no son seres hu­manos. Se los aprecia porque aún somos animalistas.

Si te tornas más gracioso y bello, menos agresivo y violento, elegirás a un hombre como Buda como el Mister Universo; no los animales que eliges, sino un cuerpo que ha perdido toda agresión y violencia, que está totalmente en paz, relajado, dispuesto a amar, y no a pelear.

Todo el mundo tiene dos aspectos. Simplemente, observa a la gente. Digo que observes a la gente para que, finalmente, puedas observarte a ti mismo. Es muy difícil observarse a uno mismo, pues uno está muy cerca de sí mismo. Como no hay distancia, se dificulta la observación.

 

Una vez, Mulla Nasruddin fue internado en un hospital para en­fermos mentales; tuvo que serlo. Pero, después de unos minutos, hi­zo sonar el llamador. La enfermera entró corriendo y le preguntó:

-¿Qué sucede?

Nasruddin exclamó:

-¿Tienen que dejarme en esta habitación con este loco? (Había otra persona allí) ¿Por qué me dejaron aquí con este loco?

La enfermera respondió:

-El hospital está lleno de gente y es difícil encontrar una habi­tación individual para ti. Sabemos que está loco, pero ¿acaso te es­tá molestando de alguna manera?

Dijo Nasruddin:

-Sí, me resulta imposible estar aquí con él. Me está molestan­do. Da vueltas mirando a su alrededor y diciendo: "Aquí no hay leo­nes, ni escorpiones, ni víboras, ni tigres, ni cocodrilos; no, aquí no hay nada”. Sigue repitiendo esto y esto me irrita. Como puede usted ver claramente, el cuarto está lleno de esos animales.

 

Es muy fácil ver lo que anda mal en otro; pero es muy difícil observarse a uno mismo. Por eso digo que empieces observando a las personas. Ellas son tú: a través de ellas, te comprenderás. Sólo empieza a mirar a las personas: son tú. Observándolas, lle­garás a un punto en el cual serás capaz de comprenderte mejor. Mira a la gente en la calle, presta atención de cuán autoconscien­tes son, de cómo los guía el yo continuamente. Observa a tus líde­res, a los políticos, a tus así llamados santos, cuán autoconscien­tes son: siempre en exposición, en el mercado, en la vidriera, pe­ro nunca en paz. Son como mercancías a la venta. Y no importa si eres una mercancía cara o barata; una persona no es una mer­cancía.

 

Mulla Nasruddin conoció una vez a una mujer en un tren, y le di­jo:

 

-¿Quieres dormir conmigo? Te daré mil rupias. La mujer dudó un momento y, después, replicó: -No. ¿Qué te crees que soy?

Mulla Nasruddin dijo:

-Entonces, te puedo dar diez mil rupias.

Ahora, resultaba difícil rechazar la oferta, porque para todos se llega a un límite cuando el precio alcanza cierto monto.

La mujer aceptó.

Nasruddin preguntó:

-¿Y por cien rupias?

La mujer replicó:

-¿Qué dices? ¿Qué te crees que soy?

Nasruddin le respondió:

-Eso ya lo decidimos. Ahora, estamos regateando un poco el precio. Qué eres, ya lo decidimos.

 

Sean diez mil rupias o diez, ese no es el punto. ¿Eres una mer­cancía? ¿Por qué te preocupa tanto qué piensa la gente de ti? ¿Eres falso? Entonces, ¿por qué tanta autoconsciencia? Y todo sa­le mal.

Ves a una persona hablando en forma hermosa con otra; todo el mundo habla. Pero, si colocas al hombre o a la mujer sobre una plataforma y le dices que "te hable, algo saldrá mal. Nunca antes le faltaron las palabras, pero ahora no las encuentra. Empieza a tartamudear y a temblar. ¿Qué sucede? Y es un buen orador; con sus amigos, habla perfectamente bien. Ahora, se ha vuelto auto­consciente. Al pararse sobre la plataforma, se ha transformado en una mercancía: "Ahora, ¿qué dirá la gente? ¿Me apreciarán o no?". Ahora, está preocupado. Es un desliz del yo. Cuando habla con los amigos, no se trata de un desliz del yo; él es un charlatán encantador. Pero, sobre la plataforma, casi todo el mundo se vuel­ve aburrido.

 

Mulla Nasruddin una vez fue alcalde de su ciudad. Era un gran conversador; se podía hablar con él durante horas; era un buen na­rrador de historias, un hermoso hombre. Pero se tornó muy difícil cuando se transformó en alcalde. Empezó a aburrir a la gente del pueblo: hablaba demasiado y no sabía cuándo detenerse. Entonces, le ordenó a su secretaria que no le escribiera discursos tan largos, porque la gente se aburría.

Al día siguiente dio un discurso; había alguna celebración por fin de año, pero la gente igual se aburrió. Entonces, le dijo a su secre­taria:

-¿Qué sucede? Le pedí que escribiera un discurso corto, y us­ted hizo lo mismo de siempre: la gente se aburrió.

La secretaria replicó:

-Yo escribí un discurso corto, pero usted leyó las tres copias.

 

Cuando tienes autoconsciencia , eres totalmente inconsciente: no sabes lo que haces. Estás tan asustado que ignoras qué suce­de. La auto- consciencia es una enfermedad.

Los animales son hermosos; todos los animales. ¿Viste alguna vez un animal feo? ¿Viste alguna vez un pájaro feo, un ciervo feo? ¿Puede haber un árbol feo? ¿Qué pasó con el hombre? Siendo to­do tan bello en el mundo, ¿qué pasó con el hombre? No existe un árbol feo, un pájaro feo o un animal feo. Todos son hermosos, to­dos tienen gracia; y todos son perfectamente similares. Si te vas al bosque y ves mil ciervos en movimiento, no distinguirás un cier­vo demasiado gordo, ni demasiado flaco, ni hermoso ni horrible. No podrás distinguirlos: todos son parecidos.

Entonces, ¿qué le pasó al hombre? ¿Por qué tanta gente se po­ne tan fea y gorda, o demasiado gorda o demasiado flaca, pero nunca equilibrada? No existen de manera relajada. Están tensos y autoconscientes. Cuando estás tenso, empiezas a comer más; cuando estás relajado, comes únicamente lo que necesitas. El cuerpo decide; no tú. Si estás tenso, comes más. La gente tensa tiende a comer más, porque el comer se transforma en una ocu­pación más y, a través de ella, se pueden olvidar de sí mismos. La gente tensa se pone fea porque la tensión no está únicamente en la mente; afecta al cuerpo.

La mente y el cuerpo no son dos cosas separadas; no hay di­visión. La mente es la otra cara del cuerpo, y el cuerpo es la otra cara de la mente. El lado visible de la mente es el cuerpo; y el la­do invisible del cuerpo es la mente. El lado imperceptible del cuer­po es la mente; y el lado evidente de la mente es el cuerpo. Tie­nes una estructura psicosomática única.

Cuando la mente está tensa, en tu rostro se empiezan a notar las preocupaciones; después, tu piel comienza a dar muestras de la tensión. Y, si se vuelve algo profundamente arraigado, el cuer­po se amolda; la mente hace de molde y el cuerpo se adapta a ella. Con sólo observar el rostro de un hombre, puedes averiguar qué pasa en su mente. Por eso, existe la ciencia de la lectura de rostros. Es una ciencia, porque el rostro demuestra lo que sucede en la mente. Ves que, hagas lo que hagas (ya sea comer, dormir, moverte, caminar, relacionarte con otras personas, sentarte solo, o lo que sea), la mente y el cuerpo están siempre unidos.

Si comes más, eso indica que tu mente necesita amor, y que es tal tu necesidad de amor que la comida se transforma en un sus­tituto. Quienes necesitan amor comerán más y, cuanto más co­man, menos posibilidades habrá de que alguien se enamore de ellos. Entonces, se forma un círculo vicioso: comen más. Existe un estrecho vinculo entre el amor y el alimento: como todo niño los recibe juntos de la misma madre, el amor y el alimento que­dan profundamente vinculados. En realidad, el niño recibe prime­ro el alimento, la leche, y luego, poco a poco, se da cuenta del amor que proviene de su madre. Entonces, cuando no puedes en­contrar el amor, retornas a la comida y empiezas a comer más; se transforma en un sustituto.

Caminas y, a tu alrededor, todo se nota. Si estás tenso, cami­nas en forma tensa, como si llevaras un gran peso, una montaña, sobre tu cabeza; como si algo estuviera colgándote del cuello. In­cluso si le estrechas la mano a alguien, si estás tenso y preocupa­do, tu mano estará muerta, sin calidez alguna: estará fría. Es co­mo la rama muerta de un árbol: por ella no circula más vida. Cuando estás tenso, toda la energía se concentra en la cabeza. En cambio, cuando estás relajado, la energía circula por todo el cuer­po, fluye. Pero, cuando estás tenso, se bloquea. Al estar tenso, eres como un río en un cálido verano: sólo en algunos puntos se forman pequeños charcos, pero el lecho del río está seco. En al­gún punto, puedes encontrar un charco sucio, pero no hay co­rriente; después, por supuesto, arena, y nuevamente un pequeño charco.

 

Así está un hombre tenso: no hay corriente de energía; hay muchos bloqueos, muchos lechos fluviales secos y, en algún pun­to, existe un charco, que seguramente se ensuciará. Cuando la energía circula, estás fresco. Cuando la energía circula sin blo­queos, estás como un río, y el océano no está lejos. Cuando es­tás como un río en verano, cuando todo está seco y sólo existen algunos charcos de energía, y no hay conexiones entre ellos, nun­ca podrás llegar al océano; Dios es lo más lejano que puede ha­ber. Al moverse, se acerca; al no moverse, se aleja más y más. Es necesario fluir; y, cuando fluyes, eres hermoso. Observa a un ni­ño, mira a un niño: es una corriente, una corriente como la de un río. Se mueve como el viento y no se cansa nunca. Si caminas co­mo un niño...

 

Han estado experimentando en Harvard. A una persona muy, muy saludable, se la hizo seguir a un niño durante veinticuatro ho­ras. Tenía que hacer todo lo que hacía el niño; todo. Si el niño sal­taba, tenía que saltar; si el niño salía, tenía que salir; si el niño se acostaba, tenía que acostarse. A las ocho horas, estaba completa­mente exhausto; no pudo seguirlo veinticuatro horas. Y el niño, en tanto, no se cansó nunca.

¿Qué sucedía? El río estaba circulando. Cuando un río se mue­ve, hay disponible una fuente permanente de energía. El hombre simplemente dijo que no podía seguirlo más, pues el niño lo esta­ba volviendo loco y se sentía cansado, exhausto. Agregó que sen­tía que en cualquier momento se le partiría la cabeza, debido a que el niño hacía cosas tan absurdas, sin ton ni son, y él tenía que seguirlo. Y el niño disfrutaba enormemente de que alguien lo es­tuviera siguiendo y él se hubiera transformado en el líder.

Sólo observa a un niño pequeño. ¿Qué sucede? Nada; sólo que no es un río seco en verano, sino que tiene una crecida. Es un río en la estación lluviosa: hacia él derivan millones de corrientes. Y tú puedes ser igual; pero, cuanto más autoconsciencia adquieres, más te invade una profunda tensión. Al tener autoconsciencia, em­piezas a pensar;. al no tenerla, te abres y te esparces.

Y todo hombre tiene dos concubinas. Todo hombre es él mis­mo las dos concubinas.

 

Cuando Yang Chu estaba atravesando Sang, pasó la noche

en una posada. El posadero tenía dos concubinas: una

hermo­sa y otra fea. A la fea la valoraba y a la hermosa la

rechaza­ba.

 

Esto parece irracional, pero hay una profunda razón.

 

Cuando Yang Chu le preguntó por qué, el tipo le contestó:

 

-La hermosa se considera hermosa y yo no percibo su

be­lleza. La fea se considera fea y yo no percibo su fealdad.

 

Trata de entender esta aritmética de la existencia, real aunque paradójica. Y, si puedes comprenderla, de inmediato cambiarán en ti muchas cosas.

Si demandas algo, no te será dado. Si no lo pides, de repente encontrarás millones de corrientes que llegan a ti y todas las puer­tas se abrirán. Cuando demandas, se te niegan las cosas; cuando no demandas, la existencia toda te pertenece. Si posees, perde­rás; si no posees, no se te puede sacar nada. Si tienes autoconsciencia, no accederás al ser; si no tienes autoconsciencia, llegarás a la cristalización interior, a la integridad del ser.

El tipo dijo: "Una se considera hermosa..”. Cuando alguien se considera hermoso, hay un pedido constante: "Mírenme, pues soy hermoso. Aprécienme”. Y la belleza es un fenómeno delica­do que no se puede demandar. Si pides, en la demanda misma te vuelves desagradable. Si pides, repito, en la demanda misma, te vuelves desagradable, porque la demanda es desagradable. Si lo pides y lo demandas demasiado, nadie te lo va a dar. Tu deman­da se torna agresiva; es violenta. ¿Y cómo podría ser hermosa la violencia? ¿Cómo puede ser hermosa la agresión?

Alguien que se cree hermoso está permanentemente agresivo. No puedes ser feliz con una persona así; es prácticamente impo­sible, porque la demanda es demasiado grande. Y, cuando alguien demanda, sentirás un súbito deseo de no dar, porque uno quiere compartir, uno quiere dar, pero sin dejar de ser su propio amo. Si uno tiene que satisfacer una demanda, se transforma en un escla­vo. Nadie quiere ser un esclavo.

Y esto no es así únicamente para la belleza, sino para todos los aspectos de la vida. Si alguien dice "Soy un hombre esclarecido" y pide continuamente que se lo reconozca, es difícil. En su deman­da misma, demuestra su ignorancia.

Por eso, los Upanishads dicen que el hombre que piensa que sabe, no sabe. Por eso, Sócrates afirma: "Al transformarme en sabio, me di cuenta de que era el más ignorante”.

Un hombre que sabe se vuelve ignorante, y todos aquellos que son ignorantes saben mucho. Demandan: "Soy un sabio..”. Es la demanda de una mente ignorante. Aquellos que saben, nunca de­mandan porque, en el momento en que surge el saber, sabes. ¿Qué sabes? Nada. La existencia es tan vasta, tan misteriosa, ¿có­mo podrías conocerla? Todos los reclamos de conocimientos son egoístas, y sólo alguien que no es egoísta y que carece de toda au­toconsciencia, que no sabe quién es, penetra los misterios.

 

         Sucedió que Bodhidharma llegó a China. Tomó la flor de loto del silencio, la luz del Buda, la toma de consciencia, el secreto, la clave. El emperador fue a visitarlo y le hizo muchas preguntas. Le dijo:

 ¡Hice muchas, muchas cosas; buenas acciones. ¿Cuál será el resultado?

Bodhidharma le respondió:

-Nada. Caerás en el más profundo de los infiernos. Quien ha hecho una buena acción, no debe tener autoconsciencia de la mis­ma, ya que una buena acción se vuelve mala si existe autoconsciencia de ella; es sólo un pecado.

El emperador se quedó perturbado. Hizo otras preguntas y reci­bió únicamente perturbaciones. Le pidió:

-Cuéntame algo sobre lo bendito, sagrado Buda. Bodhidharma replicó:

-No hay nada bendito y no hay nada sagrado.

Porque, si crees que algo es bendito, la autoconsciencia lo anula. Si piensas "Soy sagrado", seguro que verás a los demás como pecadores. Entonces, Bodhidharma dijo que no existía nada bendito; n¡ nada sagrado.                                                                  

Furioso, el emperador preguntó:

-¿Quién eres tú para hablar de esta manera ante mí?

Dijo Bodhidharma: -No lo sé.

 

Éste es el conocimiento perfecto. Bodhidharma dijo: "No sé quién soy para estar hablando así ante ti”. Fíjate en la belleza de es­to. Él afirma no saber quién es. En este no reclamo, lo dice todo.

 

Cuando uno demanda, pierde. Al decir "No sé", se eclipsó ab­soluta y totalmente. Este hombre carece por completo de autoconsciencia; ha accedido al ser.

 

-La hermosa se considera hermosa y yo no percibo su belleza...

 

Ella quería ser notada. Cuando quieres que los demás te noten, nunca lo harán. Serás un permanente drenaje de energía; les sacarás su energía, serás una carga, un fastidio. Y todo el mundo huirá de ti; nadie querrá estar cerca de ti.    

Una persona con autoconsciencia es como una pesada carga: te acercas y pronto te sientes afiebrado, porque esta persona es­tá demandando algo.     

 

-La fea se considera fea y yo no percibo su fealdad.

 

Y la fea se considera fea... Es humilde, no reclama nada, no pide, no demanda que se la note. No dice que ella es esto o aque­llo; simplemente, sabe que es fea. Entonces, si la amas, se siente agradecida. Si alguien le presta atención, se siente agradecida. Y, cuando te sientes agradecido, te vuelves hermoso. Todo lo que al­guien le diga, a ella le parece demasiado: "Yo no lo merecía para nada; soy fea". Ella no espera nada; entonces, todo lo que pasa es una alegría, una sensación de éxtasis. Si esperas, te sentirás frustrado. Si no esperas, te sentirás satisfecho.

Dijo el hombre: "La fea se considera fea y yo no percibo su fealdad. Ella se ha vuelto tan humilde, tan simple, tan sin yo, tan falta de autoconsciencia, que no puedo ver fealdad alguna en ella”.

Yang Chu les dijo a sus discípulos: "Recordad esto: si os comportáis noblemente y desterráis de vuestras mentes toda idea de ser nobles, ¿adónde podéis ir y no ser amados?".

Te estás destruyendo al reclamar cosas. Reclamas que eres sa­bio y, después, la vida prueba que eres un tonto; te reclamas atractivo y la vida no se anoticia de ti. Intentas probar que eres hermoso y todo demuestra que eres feo, pues no hay nada más desagradable que el yo, y todo reclamo es egoísta.

Deja de lado los discursos y quédate con la realidad. No recla­mes nada, no pidas nada, no demandes. No creas que eres muy, muy valioso, y entonces, te sucederán muchas cosas. La existen­cia toda te aceptará. Cuando tú aceptas la existencia, la existen­cia te acepta a ti. Cuando reclamas, en cada reclamo te estás que­jando: "Yo soy más valioso”.

Hace apenas unos días me vino a ver un hombre; insistió. Por lo general, no quiero ver a personas que nunca han meditado, que nunca me                    

han escuchado, pues será inútil. Pero, como este hombre insistió, accedí. Me había estado escribiendo  cartas  durante  mu­chos años y en  ellas decía que

había un gran problema que quería discutir conmigo, y estaba muy triste. Habló sin parar durante media hora, diciendo que era graduado de la Universidad de Oxford, que ocupaba un secretariado de un puesto muy alto del Ministerio de Educación de Nueva Delhi, que había hecho esto y aquello. Una y otra vez traté de llevarlo al punto:

-¿Cuál es el problema?

Pero no iba al punto. Daba vueltas y vueltas. Le dije:

-Pero tu tiempo está por terminarse; ve al punto. Éstos no son problemas. Eres un graduado de Oxford: bien, eso no es un proble­ma. ¿Cuál es el problema?

Entonces dijo:

-El problema es que se han cometido muchas injusticias conmi­go. Soy un hombre muy capaz, con muchos títulos y logros importan­tes, y nadie se anoticia de mí. ¿Cómo puedo tolerar esta injusticia?

A él le hubiera gustado ser el primer ministro, el presidente o al­go así, pero entonces tampoco sería justo, porque nada puede ser justo cuando tienes expectativas.

Le respondí:

-No hay problema. El problema no es cómo tolerar lo injusto, si­no cómo dejar de reclamar el propio valor.

 

 

Si piensas demasiado en ti mismo, si piensas en ti como si fue­ras alguien muy importante, cada día, en cada momento, descu­brirás que se está cometiendo una injusticia contigo. Nadie está siendo injusto. ¿A quién le importas? ¿Quién tiene tiempo de co­meter injusticias contigo? ¿A quién le interesa? Pero tú sientes que el mundo entero es injusto contigo. Nadie está cometiendo injus­ticias contigo; es tu reclamo.

Dice Lao Tse: "Si quieres ser el número uno del mundo, te en­contrarás siendo el último. Y, si puedes pararte al final de la fila, ser el último, puedes encontrarte siendo el número uno”.

Bórrate por completo; una pizarra en blanco, sin pedir nada, sin nada escrito en ella. Límpiate, no tengas autoconsciencia y, de repente, sentirás que todas las puertas que estaban cerradas se abren. Nunca habían estado cerradas; eras tú.

      Ocurrió un extraño fenómeno. Debes haber oído hablar de Houdini, el gran mago. Sólo falló una vez en su vida. Salvo esa vez, podía abrir cualquier tipo de cerradura, sin llave, en unos po­cos segundos. Cómo lo hacía sigue siendo todavía un misterio. Lo ataban con cadenas, lo encerraban en un baúl y lo tiraban al mar; en el lapso de algunos segundos, salía. Gran Bretaña tiene una de las mejores fuerzas policiales y uno de los mejores departamentos de investigaciones (Scotland Yard), pero no podían hacer nada. Hicieran lo que hicieran, Houdini siempre salía en el lapso de unos segundos. Sólo falló una vez: fue en Francia. Lo arrojaron dentro de una celda, en una cárcel, de donde no pudo salir por tres horas. Nadie podía creer lo que había pasado: "¿Está muer­to?". Entonces, salió, transpirando y muy cansado. Le habían he­cho una jugarreta y él no se había dado cuenta: no habían traba­do la puerta. Y él estaba tratando de destrabarla.    

¿Cómo puedes destrabar una puerta que no está trabada? Si está trabada, existe una forma; algo se puede hacer. Ni se le ocu­rrió que la puerta no estaba trabada. Probó y probó de todas las maneras, pero la puerta estaba destrabada, no tenía cerradura, si bien él no pudo percibirlo durante tres horas. Entonces, ¿cómo salió? A raíz del cansancio, se cayó contra ella, y la puerta se abrió.

 

La existencia no te está negando nada. No hay injusticia; nun­ca la hubo ni puede haberla. ¿Cómo puede ser injusta la madre con el hijo? La existencia es tu madre: provienes de ella, y a ella retornas. ¿Cómo puede ser injusta contigo la existencia? Son tus reclamos, tus reclamos egoístas, los que causan el problema.

 

Yang Chu les dijo a sus discípulos: "Recordad esto: si os

comportáis noblemente y desterráis de vuestras mentes

toda idea de ser nobles,

¿adónde podéis ir y no ser amados?".

 

Si te retiras, el amor se precipita hacia ti desde todas partes. Todo el mundo se enamora de ti. Si te retiras, si no eres nadie, todo el mundo se enamora de ti. Todo el mundo: incluso a un des­conocido le surge un repentino amor por ti. Esto lo digo en base a mi propia experiencia: si te retiras, todo el mundo se enamora de ti. Si intentas ser alguien, es imposible: nadie podrá amarte.

Sin el yo, eres aceptado en todas partes: se te invita y se te acepta en todas partes. Sin el yo, pase lo que pase, sentirás una bendición. Con el yo, pase lo que pase, te sentirás desdichado. Porque lo importante no es lo que pasa, sino que es a ti a quien le pasa.

El yo es un profundo insatisfecho: no se puede satisfacer, es un barril sin fondo; todo lo que tiras en su interior, desaparece; se mantiene siempre hambriento; es su naturaleza misma. No se puede hacer nada al respecto.

Puedes dejarlo de lado, sencilla­mente. Si no, siempre seguirás insatisfecho.

La falta de yo es una satisfacción. Sin yo, no esperas nada, y apenas te sonríe un niño pequeño... ¡te parece tan hermoso! ¿Qué más podrías necesitar? De repente, ves una flor cuyo perfu­me te alcanza. ¿Qué más podrías necesitar? ¿Qué más podrías querer? Todo el cielo sigue llenándose de estrellas, la vida entera se convierte en una fiesta, porque ahora todo es hermoso. Al no tener expectativas, todo es satisfactorio. Alcanza con sólo respi­rar; con esto ya nos sentimos felices. De otra manera, con el yo...

 

Supe que Mulla Nasruddin fue al banco. El banco festejaba el centenario de su fundación; por lo tanto, se proponía entregar al pri­mero que llegara muchos regalos: un automóvil, un televisor, esto y aquello, y un cheque por mil rupias. Por casualidad, entró Mulla Nasruddin. Se lo premió, se lo fotografió, se lo entrevistó y se lo lle­nó de regalos: dinero en efectivo, un televisor y un automóvil que es­taba estacionado afuera. Cuando todo esto hubo terminado, dijo:

-Ahora, ¿terminaron con todo esto? Así puedo seguir mi camino.

Le preguntaron adónde iba.

 

 

-Al departamento de quejas -respondió.

Había ido al banco para quejarse, pues incluso todo lo sucedido no tendría que haber pasado. No podía dejar de lado su queja.

 

El yo siempre se dirige al departamento de quejas. Lo que pa­sa carece de significado pues, incluso si Dios llegara a ti, le dirías: "Espera, déjame buscar el libro de quejas”. El yo siempre se diri­ge al libro de quejas; nada logra satisfacer al yo.

Todo esfuerzo es inútil; abandónalo. Simplemente, retírate, quédate sin yo, consérvate en la falta de yo. Deja de lado la auto­consciencia y adquiere más consciencia; entonces, de repente, to­do encaja, todo entra en armonía. Nada está mal; no se cometen injusticias; te sientes cómodo en todas partes, y sólo en este mo­mento de comodidad, la existencia adquiere otro color; se torna divina, se vuelve espiritual, como nunca antes lo fuera.

Entonces, la búsqueda de Dios no es la búsqueda de una per­sona por fuera de ti. La búsqueda de Dios es una búsqueda de es­te momento de satisfacción total. De repente, se abre la puerta: nunca estuvo cerrada. Al yo le parecía que estaba cerrada. Pero, sin que el yo esté en el medio, la puerta está abierta: siempre ha estado abierta.

 

La existencia está abierta, y tú, cerrado. La existencia es sim­ple, y tú, complicado. La existencia es saludable, y tú, enfermo. No hay nada que hacer con la existencia, y sí contigo. Y nadie puede hacerla por ti: tienes que hacerla tú.

Fíjate en tu autoconsciencia, siente la desdicha que la sigue co­mo una sombra. Si quieres deshacerte de la sombra, tienes que desprenderte del yo. Estuviste tratando de deshacerte de la som­bra, pero ¿cómo podrías hacerlo, si la sombra sigue siempre al yo? Tienes que desprenderte del yo y, entonces, desaparece la sombra.

Suficiente por hoy.

 

Séptimo Discurso:

 

Copos De Nieve Tan Bellos Como Éstos

 

Durante casi veinte años, Houn, un lego dedicado al estu­dio

del zen, vivió en el Templo de Yakusan, y adhirió a la

dis­ciplina del maestro Igen.

Llegó un día en que decidió volver con su familia. El maes­tro

les pidió a diez de sus discípulos que lo acompañaran has­ta

la puerta. Estaba nevando y Houn, mirando hacia arriba, di­jo:

-Me encanta. En otro lugar no caen copos de nieve tan

be­llos como éstos.

-¿En otro lugar? -preguntó uno de los diez discípulos-.

¿Dónde está ese otro lugar?

Y Houn le dio una bofetada en el rostro.

-¿Por qué haces eso, querido lego? -le preguntó el discí­pulo,

frotándose la mejilla.

-¿Cómo puedes hacerte pasar por un hombre del zen?­

le dijo Houn, irritado-. Te irás al Infierno.

-¿Y tú? -gritó el discípulo-. ¿Qué hay de ti?

Houn volvió a abofetearlo.

-Tienes ojos, pero no ves -le dijo por encima de su hombro,

mientras se retiraba-. Y tienes boca, pero eres mudo.

 

 

Unos pocos comentarios antes de metemos en esta hermo­sa anécdota. Primero, hay que olvidarse por completo del tiempo. Si quieres acceder a la meditación, no debes preocupar­te por el tiempo. Si estás apurado, nada es posible. Esto se ha transformado en el principal problema del hombre moderno. Oc­cidente ha hecho que las personas estén demasiado pendientes del tiempo, sin saber hacia dónde van, pero apurándose para lle­gar, pues hay poco tiempo.

Me enteré de que, una vez, un piloto les anunció a sus pasaje­ros por el intercomunicador: "Parece que todo va mal. El radar no funciona, la radio está descompuesta y hasta la brújula dejó de funcionar. Pero no hay que preocuparse: mantenemos la misma velocidad".

Pero esto es lo que le sucede a la mente moderna: todo fun­ciona mal, a excepción de la velocidad. ¿A dónde vas? ¿Para qué? Por supuesto que vas rápido, pero caminas con tanta prisa que no tienes tiempo de pensar adónde vas ni por qué.

 

La gente se me acerca y me dice: "Me puedo quedar solamen­te un día. ¿Podré meditar?". Me preguntan si les puedo dar algo que les permita conocer lo divino. Son infantiles, juveniles: no han terminado de madurar y no saben lo que dicen.

¿Es Dios algo que te puedan ofrecer como un regalo? ¿Es Dios una técnica, como para que se te pueda dar una fórmula que des­pués resuelvas? ¿Es algo del tipo de una llave concreta que se te pueda entregar, de manera que abras una puerta? Esta búsqueda requiere de una enorme paciencia. Ésta es la primera condición: que te olvides del tiempo.

¿Qué es el tiempo? Un estado de ánimo muy ansioso. Estás demasiado preocupado por el mañana, demasiado preocupado por el futuro, demasiado preocupado por el pasado. Te sientes ti­roneado en las dos direcciones opuestas: el pasado y el futuro. Y estás preocupado porque, en el pasado, no lograste nada. Estás preocupado porque (quién sabe), puede ocurrirte en el futuro lo mismo que te sucedió en el pasado: nada. No lograste nada en el pasado, y tal vez no consigas nada en el futuro; por eso estás apu­rado. Pero solamente el apuro no sirve, porque te perturba.

El hombre moderno está más lejos de Dios, no porque sea más materialista. No, el hombre siempre fue materialista; tiene que serlo, pues el hombre es, en un noventa por ciento, corporal. El hombre siempre fue materialista; esto no es nada nuevo. ¿Se de­berá a una excesiva educación y práctica científica? No. La cien­cia no se opone a Dios. Tal vez no esté hecha para Dios, pero no está para nada en contra de él. Simplemente, afirma que Dios no es un tema de su incumbencia. Es así; existen en planos diferen­tes. La ciencia no puede ni aceptar ni rechazar a Dios, porque no están en la misma dimensión; las dimensiones difieren. Entonces, no es la ciencia la que hizo ateo al hombre.

Entonces, ¿qué es lo que está volviendo atea a la gente, aleján­dola cada vez más de Dios? No, ni siquiera el comunismo. El co­munismo puede haber creado nuevos dioses, pero no destruyó al anterior: no puede hacerlo. El comunismo mismo es una religión. Entonces, ¿qué? Para mí, es la consciencia del tiempo (que es un factor nuevo en el mundo y en la consciencia del hombre) lo que está generando el problema. Y se arraigó profundamente, en par­ticular, en el cristianismo y en el judaísmo. Se arraigó muy, muy profundamente. Y la razón de ello es que el cristianismo, el judaís­mo y la religión islámica tienen las tres el mismo origen: el judaís­mo. Las tres son religiones judías.

En realidad, en el mundo hay sólo dos religiones: una es la hin­dú, y la otra, la judía. La religión mahometana y la cristiana tie­nen raíces judías: son sólo sus retoños. El budismo, el jainismo y el sikhismo derivan del hinduismo: son sólo sus retoños.

Hay un problema de raigambre profunda en el pensamiento ju­dío: que ellos niegan el renacimiento, no aceptan la teoría de un círculo de nacimientos. Creen que hay una sola vida, idea que pre­valece en Occidente. Si hay únicamente una vida, estás apurado, porque el tiempo es poco y hay muchas cosas para hacer. No puedes moverte con serenidad. Por eso tanta velocidad; todo se mueve rápidamente, todo el mundo teme que la vida se le escape de las manos, y sólo hay una vida.

En Oriente, se cree que cada uno tiene millones de vidas: no hay apuro, el tiempo no es escaso y no hay necesidad de preocu­parse por él; hay suficiente tiempo: aunque se lo malgaste, siem­pre queda más tiempo en reserva. Es eterno. Renacerás una y otra vez, una y otra vez. Es un círculo: te mueves por él... Vas, vuelves; vas y vuelves nuevamente; por lo tanto, no es necesario preocuparse por el tiempo. Así, el Oriente es considerado por Occidente como letárgico, vago e inactivo. Nadie está preocupa­do, la gente se puede recostar debajo de los árboles, sin ningún apuro. Pero esta falta de apuro contribuye a la religión. La mente que está demasiado pendiente del tiempo puede crear muchos milagros materiales, pero perderá la dimensión interior, pues só­lo puedes acceder a ella cuando eres absolutamente paciente. Te perderás muchas cosas si eres paciente; es cierto. Pero nunca te perderás a ti mismo.

 

Si quieres crear un imperio de objetos y posesiones, date pri­sa; piensa que el tiempo es dinero y que vale mucho; entonces, úsalo para producir más y más objetos. Pero te perderás tú. Al morir, habrás construido un gran imperio de objetos pero, cuan­do estés a punto de morir, llegarás a darte cuenta de que no lo­graste nada. Todo el esfuerzo habrá fracasado porque, si no acce­des a ti mismo, no has conseguido nada. Si no llegas a ti mismo, no has llegado a ningún lado. La vida puede haber sido un viaje, pero no has alcanzado ninguna meta.

Entonces, debes decidirte al respecto: tienes que dejar de lado la consciencia del tiempo. Simplemente, olvídate del tiempo: siem­pre hay tiempo. El tiempo no es como el dinero; es como el cie­lo: siempre está disponible; eres tú el que no lo puede agotar. En­tonces, no corras. Puedes sentarte con serenidad, puedes relajar­te, puedes sentarte como un Buda. Observa la estatua de Buda: está sentado, como si el tiempo no existiera; no parece tener pri­sa.

 

En uno de los antiguos relatos zen se dice que, una vez, dos mon­jes estaban cruzando un río en bote. Uno era muy viejo, y el otro, muy, muy joven. Cuando se bajaron del bote, le preguntaron al hom­bre que los había llevado hasta la orilla:

-¿Podremos llegar a la ciudad donde nos dirigimos antes de que se ponga el sol?

Porque era un sendero escarpado y el sol estaba bajando; te­nían, como máximo, una hora. Tenían que llegar antes del atardecer porque, si se cerraban las puertas de la ciudad, tendrían que que­darse toda la noche en el bosque, fuera de la ciudad. Y era peligro­so: ahí había animales salvajes. El remero les respondió:

-Sí, es posible. Pero siempre que caminen lentamente.

El viejo comprendió, pues los años le habían aportado cierta sa­biduría. La juventud siempre está apurada. Esto es paradójico. Un hombre viejo tendría que estar apurado, porque le queda poco tiem­po. Pero siempre es al revés: el hombre joven siempre está apurado, aun cuando hay tiempo suficiente; porque esta prisa deriva de una energía interior, la ignorancia. Un hombre viejo entiende más las co­sas.

El hombre mayor replicó: -Sí, comprendo.

Pero el joven dijo:

-Ustedes son dos tontos. ¿Cómo puede uno llegar si camina lento? ¡No pienso escuchar esta insensatez estúpida! y salió corriendo.

Era un sendero escarpado, y tenía tanta prisa que pasó lo que te­nía que pasar: se cayó. Se hirió, se lastimó, se le desparramaron to­das las cosas. Después lo alcanzó el hombre mayor... porque éste caminaba lentamente. Miró al joven (que se había cortado y estaba sangrando), y dijo:

-Ahora, ¿puedes llegar? Quisiste llegar rápido, y ahora ni si­quiera llegarás.

Se dice que el joven fue devorado por las bestias salvajes, mien­tras que el viejo llegó en el momento en que se estaba poniendo el sol. Llegó a la puerta con el tiempo justo e ingresó en la ciudad.

 

Ésta es una parábola. En realidad, el sendero es escarpado. Cuando te diriges hacia lo divino, el sendero es escarpado. Hay valles y cúspides y, en cualquier momento, te puedes caer. El te­rreno es peligroso y hay millones de animales salvajes alrededor. Tienes que llegar a la puerta antes de que se cierre. Pero, si te precipitas, no podrás llegar porque, cuando corres rápidamente, no puedes estar consciente.

¿Probaste alguna vez correr rápidamente? Si lo haces muy rá­pidamente, la velocidad misma te intoxica. Por eso hay tantos adictos a la velocidad. Si manejas un automóvil, la mente quiere acelerar más y más, más y más. Esto te produce una intoxicación. La velocidad libera ciertas sustancias químicas en el cuerpo y en la sangre; por eso, quieres seguir apretando el acelerador. Todos los años, muere más gente en accidentes automovilísticos que en una guerra mundial. La segunda guerra mundial no fue nada, en comparación con la cantidad de gente que muere por año en ac­cidentes de tránsito. La gente sigue apresurándose cada vez más, hasta intoxicarse. Llega un momento en que ya no están en sus cabales; ha prevalecido la velocidad.

Un día empieza a correr y fíjate qué sucede; llega un momen­to en que prevalece la velocidad: es la aceleración de la velocidad. Exactamente lo contrario sucede cuando disminuyes la velocidad. ¿Qué hace Buda debajo del árbol? Disminuye la velocidad, nada más. ¿Qué te enseño permanentemente? Que reduzcas la veloci­dad. Llega un punto en que ya no hay prisa en tu interior: nadie corre. En ese momento, se produce el esclarecimiento, tu ilumi­nación.

Y existen dos polos: la velocidad (que después te intoxica y te vuelve inconsciente), y la ausencia de velocidad (frenar absoluta y totalmente, detenerse por completo). De repente, eres iluminado.

Lo primero que hay que aprender es a reducir la velocidad. Co­me lentamente, camina lentamente, habla lentamente, muévete muy, muy lentamente. Y, poco a poco, llegarás a conocer la be­lleza de la inactividad, la belleza de la pasividad. Así, no te intoxi­carás, sino que estarás lúcido y consciente.

Lo segundo: no puedes hacerte pasar por un hombre ilumina­do. Muchos lo intentan y logran engañar a mucha gente, porque tontos hay en todas partes. Pero no puedes hacerte pasar por un hombre iluminado ante un hombre sabio; no puedes engañar a al­guien que se conoce a sí mismo. No hay ninguna posibilidad, por­que es capaz de mirar en tu interior: ante sus ojos, te vuelves transparente. Nunca intentes ponerte en pose. Pero la mente es tan astuta que, aun estando con un maestro, tratarás de posar an­te él. Te gustaría demostrar tu conocimiento, probar que lograste algo. Y el esfuerzo mismo por demostrar demuestra que no se ha conseguido nada porque, cuando uno consigue, desaparece el ex­hibicionismo. Entonces, ya no es necesario ponerse en pose. Uno simplemente está allí: dondequiera que esté. Y siempre recuerda esto, porque un solo momento de inconsciencia basta para que una mente empiece a posar. Esto se ha transformado en un hábi­to rutinario.

 

Una vez, el doctor que atendía a Mulla Nasruddin le dijo:

-Ahora, te estás comportando en forma absolutamente loca. Te vas a matar, y te advierto por última vez que tu comportamiento es suicida. Ya te dije que abandones todos tus hábitos irregulares. Haz una vida regular; si no, pronto estarás muerto.

Nasruddin le contestó:

-Pero siempre hice una vida regular.

-¿A quién tratas de engañar? -replicó el doctor-. Anoche mismo te vi saliendo de la casa de una prostituta a medianoche, y vi que, al ir por el camino, estabas totalmente borracho. Entonces, ¿a quién quieres engañar?

Nasruddin se rió con fuerza y dijo:

-Pero ese es mi hábito regular; siempre hice una vida regular.

 

Engañar a los demás es tu hábito regular. Se arraigó tan pro­fundamente en ti que lo haces sin saber que lo haces. Sigues po­niéndote en pose. Si es un hábito regular; ¿cómo puedes abando­narlo de repente, cuando te presentas ante un maestro? Ahí tam­bién se conservan los hábitos regulares.

 

Mahakashyapa, Sariputta, Moggalayan, todos los grandes discí­pulos de Buda, tuvieron que esperar dos años antes de que Buda      comenzara a enseñarles. Sariputta preguntó:

-¿Por qué debemos esperar dos años?

Respondió Buda:

-Sólo para tener tiempo de dejar los viejos hábitos, porque, si se conservan, no podrán escucharme; si se conservan, no podrán verme; si se conservan, todo lo que hagan será una confusión. Sólo dos años para dejar que las cosas se aplaquen. Dos años sin hacer nada. Sólo quédense callados y en actitud observadora, de manera de tomar consciencia de las cosas que estuvieron haciendo todo el tiempo, sin saberlo.

 

Posar y demostrar que eres aquello que no eres es peligroso. Y con un maestro es absolutamente peligroso, porque no ayuda a nadie y desaprovechas una oportunidad. Nunca poses. Si lo ha­ces, lo real no podrá aparecer y te seguirá rodeando la impostu­ra. Si tienes muchas caras, ¿cuándo y cómo va a asomar la ver­dadera? Deja que aparezca tu verdadera cara; deja de lado todas las posturas y todas las caras. Te sentirás confundido unos días, sin cara. Te sentirás muy incómodo, sin tus viejos hábitos y cos­tumbres. Durante unos días, sentirás que has perdido tu identidad. Eso es bueno; así debe ser.

Uno tiene que perder su propia identidad para recuperar la verdadera. Uno tiene que perder todas las caras para acceder a la verdadera: aquella que tenía antes de nacer y que tendrá después de su muerte. Cuando ya no estés, la cara original estará contigo. Nunca poses. Ahora, trata de ingresar en este relato:

 

Durante casi veinte años, Houn, un lego dedicado al estu­dio

del zen, vivió en el Templo de Yakusan, y adhirió a la

dis­ciplina del maestro Igen.

 

¡Veinte años! La tercera parte de una vida, y esperó como si no hubiera apuro. ¡Veinte años! ¡Piensa! Dos días parecen dema­siado tiempo... dos meses... dos años... Veinte años parecen el tiempo de toda una vida. Debe haber llegado a los veinte años, siendo un hombre joven, y al salir del templo era casi viejo. Toda tu juventud, toda tu energía, tiene que estar dedicada a la búsque­da. Pero recuerda que la consciencia del tiempo actúa como obs­táculo.

 

Hay un relato zen que cuenta que un hombre viejo se estaba mu­riendo; entonces, llamó a su hijo y le dijo:

-Me gustaría que aprendieras meditación antes de mi muerte, ya que, a lo largo de toda mi vida, llegué a descubrir que no hay na­da más importante. Entonces, como no te dejo riquezas, ni el presti­gio ni el poder de este mundo, éste será mi único legado. Así que busca a un maestro y aprende meditación.

El muchacho tenía miedo de partir, pues su padre estaba viejo y podía morirse en cualquier momento;  estaba  en  su  lecho  de  muerte. Pero, cuando el padre dijo: "Tienes que ir", tuvo que hacerlo.

Buscó a un maestro zen y le contó todo:

-Mi padre está muy, muy viejo, a punto de morir, y quiere que yo aprenda meditación antes de su muerte. Le gustaría ver mi rostro meditativo y a mí me gustaría hacerlo feliz. Dime cuánto tiempo me llevará aprender meditación.

El maestro zen le dijo:

-Tres años.

El joven le suplicó:

-Haré el mayor esfuerzo que pueda, dedicaré toda mi energía a ello; ¿cuánto tiempo me llevará?, ¿cuánto tiempo?

-Treinta años -respondió el maestro.

El muchacho protestó:

-¿Qué dices? Te estoy diciendo que dedicaré toda mi energía a ello; y antes me hablaste de tres años.

El maestro replicó:

-Creí que dedicarías a ello toda tu energía: por eso te dije tres años. Pero, cuando prometes que ahora dedicarás toda tu energía a ello, entonces son treinta años. Y, si me vuelves a preguntar por el tiempo, será imposible: te llevará noventa años.

-Pero mi padre se está muriendo -exclamó el muchacho.

El maestro le dijo:

-¿Y yo qué puedo hacer? Todos tenemos que morir; esa no es mi preocupación. A la meditación no le interesa quién está murien­do y quién no. Nunca vuelvas a preguntarme por el tiempo; si lo ha­ces, vete.

 

El joven miró al maestro: era el hombre adecuado, tenía esa fra­gancia, esa característica que rodea a un maestro. Él era capaz de sentirla y de percibirla con precisión. Estaba a su alrededor, como una luz, un aura.

-Está bien -dijo.

Tocó los pies del maestro y agregó:

-Nunca te preguntaré por el tiempo; empieza a enseñarme. El maestro respondió:

-Bien. Tú limpia la casa y yo empezaré cuando sea el momento justo.

Pasaron tres años y ni siquiera había comenzado pero, para esa época, el joven se había vuelto perceptivo. Había comprendido que había sido tonto preguntar por el tiempo. Estos tres años disminuye­ron su ansiedad. Él simplemente se pasaba el día limpiando la casa, que no es una actividad mental, sino que hay que poner el cuerpo; entonces, poco a poco, la mente se detiene. El joven se volvió per­ceptivo y se dio cuenta de que había sido tonto: su pregunta había sido insensata. Y, ahora, no tenía sentido preguntar.

El maestro lo sabrá cuando llegue el momento justo y entonces comenzará. Una vez creyó íntimamente saberlo: era el momento jus­to. Ese mismo día, el maestro comenzó. ¿Y cuál fue el comienzo? Apareció por atrás y atacó al muchacho. El chico estaba barriendo y lo atacó con una espada de madera. El joven pegó un grito y saltó.

El maestro dijo:

-Ésta es mi primera enseñanza: debes estar atento. Puedo ata­carte en cualquier momento; así que debes hacer algo más que lim­piar, lavar y barrer: estar alerta, porque soy un hombre peligroso.

Y así comenzaron los ataques.

En el lapso de tres meses, el muchacho estaba muy alerta; tenía que estarlo, porque el maestro aparecería en cualquier momento, desde cualquier momento, y lo atacaría. Empezó a evadirse, aprendió el truco, y se volvió cada vez más alerta y más alegre.

Hacia el tercer mes, el maestro le dijo:

-Esto así no va. Ahora, también debes mantenerte alerta cuan­do duermes. Apareceré en cualquier momento y saltaré encima de ti.

El maestro se llevó el colchón al cuarto del joven y anunció que dormiría allí.

Ni siquiera para dormir lo iba a dejar en paz. El muchacho apren­dió de a poco, porque el maestro le saltó encima al menos doce ve­ces por noche. Lo atacaba en cualquier momento. En el instante en que el joven estaba a punto de quedarse dormido, lo atacaba. Se volvió tan atento que, para el tercer mes, el cuerpo dormía, pero él se mantenía alerta; empezaba a evadirse en su sueño. Apenas el maestro saltaba, él salía de su cama. Aun en sueños, con los ojos cerrados, estaba muy perceptivo; tenía que estarlo.

Después, el maestro afirmó:

-No es suficiente. Mañana voy a comprar una espada de ver­dad. Esta espada de madera no sirve. Mantente alerta, porque aho­ra te voy a atacar con una espada de verdad. Si se te pasa una, ¡es­tás muerto!

 

Pero para este momento el estado de alerta estaba muy profun­damente arraigado. El muchacho se reía porque sabía que ahora no podía distraerse ni un solo segundo. Ahora, se puso tan perceptivo que el maestro ya no necesitaba atacarlo pues, en el momento en que el maestro pensaba en atacarlo, él le decía: "¡Espera! ¡No es necesario! Eres un hombre mayor. ¿Por qué...?". Con sólo pensar; el maestro pensaba internamente y el muchacho le decía: "Espera, puedes matarte”.

Pasaron tres, nueve meses, y un día el maestro le dijo: -Ya estás preparado. Puedes ir a ver a tu padre.

El joven pensó que el viejo lo había estado torturando de todas las maneras posibles, él estaba agradecido porque se había vuelto alerta y meditativo; pero se preguntaba si no sería bueno, antes de irse, atacar al viejo y ver qué sucedía.

El hombre se empezó a reír y le dijo: -Recuerda que soy un hombre mayor.

 

El tiempo no debe ser una preocupación, pues el tiempo se opone a la meditación. El tiempo es mente, y en la meditación no hay tiempo. La meditación está más allá del tiempo; no hay ni es­pacio ni tiempo.

Cuando estás en un estado de profunda meditación, no sabes qué hora es, no puedes saberlo, no puedes sentir el tiempo. Y no sabes dónde estás, no puedes sentir el espacio. Y, si llegas un po­co más allá, no sabes quién eres. Todo desaparece: el tiempo, el espacio, todas las configuraciones de tiempo y espacio: el yo, to­do desaparece. Tú simplemente existes. Éste es el ser, esta es la verdad... ¿Veinte años?

 

... Houn, un lego dedicado al estudio del zen, vivió en el

Templo de Yakusan, y adhirió a la disciplina del maestro Igen.

 

El zen no cree en la renuncia al mundo. Si renuncias, está bien; si no, también está bien. Depende de ti: se aceptan ambas posi­bilidades. Lo fundamental no es el mundo o la renuncia al mun­do, sino estar alerta y consciente dondequiera que estés. Incluso un lego, un padre de familia, puede alcanzar una perfecta ilumi­nación. En esto, el zen es muy, muy fluido: te da absoluta liber­tad. No se mete en tu estilo de vida en este mundo.

Los hindúes insisten en que tienes que renunciar al mundo. Los jainitas insisten en que debes renunciar al mundo. Hasta Buda insistía en esto. De hecho, Buda no tomaba a padres de fami­lia como discípulos. Toda la tradición hindú está a favor de renun­ciar al mundo. Pero Lao Tse, Chuang Tzu, vivían en el mundo; vi­vían con plena consciencia.

 

La esposa de Chuang Tzu murió y el cadáver yacía allí. La gente, los vecinos, se reunieron a esperar el cuerpo, mientras él estaba sentado debajo de un árbol tocando un tambor y cantando. El rey en persona había ido a rendirle homenaje. Él también respetaba mucho a Chuang Tzu y, como su mujer había muerto, había ido. Pero, cuan­do vio a Chuang Tzu tocando la batería, no se pudo contener. Dijo:

-Que no llores lo puedo entender, pero esto es demasiado. Pue­do entender que no estés triste, ¡pero cantar y tocar la batería! Es demasiado. ¿Qué estás haciendo?

Chuang Tzu respondió:

-Ella vivía conmigo, era una mujer hermosa, me atendía, me amaba, me dio muchos momentos bellos, era realmente adorable. ¿Ni siquiera puedo brindarle una hermosa despedida? Ella se está yendo, tal vez no podamos volver a encontrarnos. ¿No puedo ni si­quiera cantar y tocar un poco el tambor mientras ella se va? Vivió tanto tiempo conmigo e hizo tanto por mí. ¿Ni siquiera puedo hacer esto por ella?

 

Es un hombre perfectamente consciente. No renunció a su mujer, vive en el mundo como un hombre común; pero no es co­mún, es extraordinario.

De la unión del budismo y el Tao nace el zen. Por eso el zen dice que ambas cosas están bien: si vives en el mundo, está bien, siempre que lo hagas con consciencia. Si renuncias, si prefieres re­nunciar, también está bien, siempre que lo hagas con consciencia. Es decir que lo fundamental no es la forma, sino el espíritu.

Este Houn era un lego. No era un bhikkhu; no era un sann­yasin; no había renunciado a la vida. ¡Pero qué hombre! Durante veinte años, no había retornado con su familia. ¿Qué mayor re­nuncia se puede pedir? Durante veinte años, no se había acorda­do de su familia, durante veinte años no había hablado de ella. ¿Qué mayor renuncia se puede pedir? Y, cuando fue iluminado, el maestro dijo: "Ahora, puedes ir..”. Sólo entonces vuelve con su familia. Está completamente transformado, pero retorna. Tal vez la mujer lo esté esperando, los chicos estén allí, y sus viejos pa­dres pueden estar allí; o tal vez hayan muerto. Está volviendo.

Hay un dicho en el zen que dice que, antes de que seas ilumi­nado, los ríos son ríos, y las montañas, montañas. Pero, cuando empiezas a meditar, los ríos ya no son ríos, ni las montañas, mon­tañas. Todo está patas arriba. Después, lo consigues, y todo vuel­ve a ponerse en orden: los ríos son nuevamente ríos, y las mon­tañas, montañas. Sólo en el momento intermedio todo es confu­so; después, todo se ordena otra vez. Por supuesto que se orde­na en un plano totalmente diferente.

Ahora, este hombre está volviendo con su mujer, pero ya no es un marido; este hombre está volviendo con sus hijos, pero ya no es un padre; este hombre está volviendo con sus ancianos pa­dres, pero ya no es un hijo; este hombre está volviendo a su ne­gocio, pero ya no es un comerciante.

El zen deja la decisión en tus manos. Hay diversas clases de personas, y el zen les da libertad a todas. Hay gente que prefiere quedarse en la montaña: bien. Hay gente que prefiere permane­cer en el mercado: muy bien. El zen deja la decisión en tus ma­nos: el estilo de tu vida depende de ti. No es algo de lo que haya que preocuparse. Lo fundamental es estar alerta. Este Houn llegó al estado de alerta: se volvió alerta y consciente.

 

Llegó un día en que decidió volver con su familia. El maes­tro

les pidió a diez de sus discípulos que lo acompañaran has­ta

la puerta.

 

Estaba listo, estaba regresando, y el maestro les pidió a diez de sus discípulos que lo acompañaran hasta la puerta. Este "diez" es simbólico. Diez son los sentidos: cinco sentidos externos (el tacto, el olfato, la vista, el oído y el gusto), y cinco internos. Así como puedes ver hacia afuera, puedes ver hacia adentro. Cuando miras hacia afuera, trabajan tus ojos externos. Cuando miras hacia adentro, funciona tu ojo interno. Hay cinco sentidos para afuera y cinco sentidos para adentro. Y cada uno de estos cinco sentidos externos tiene dos órganos: dos ojos, dos oídos, dos manos. Hay una dualidad. Los cinco sentidos a través de los cuales te diriges hacia adentro tienen cada uno un órgano: un ojo (que se conoce como el tercer ojo); un oído (que puedes llamar el tercer oído); una nariz (que puedes llamar la tercera nariz). Cinco pares que apun­tan hacia afuera, cinco unidades que apuntan hacia adentro. En total, son diez. Por eso, el maestro les pide a sus diez discípulos que vayan y le den una buena despedida en la puerta.

Esto es simbólico, esto sucede. Cuando alguien alcanza la ilu­minación, los sentidos llegan al punto a partir del cual te abando­nan, el más allá, adonde no pueden llegar, donde comienza el más allá. Los sentidos llegan a cierto punto a partir del cual te aban­donan. Y han vivido contigo tanto tiempo que está bien que te acompañen a la puerta.

 

Estaba nevando y Houn, mirando hacia arriba, dijo:

-Me encanta. En otro lugar no caen copos de nieve

tan be­llos como éstos.

 

Un Buda también tiene que usar tu lenguaje, una persona ilu­minada también debe utilizar tus palabras, pero cambia el signifi­cado. Él no puede emplearlas con el mismo sentido que tú, por­que el sentido proviene del usuario y no de las palabras. El signi­ficado que él les da es diferente. Por ejemplo, ningún Buda (al­guien iluminado), puede hacer comparaciones ni usar términos comparativos. Si dice "Esto es bueno", no quiere decir que tam­bién hay algo malo.

 

Pero, para nosotros, la dualidad existe. Si alguien dice "Eres hermoso", de inmediato comparas la belleza con la fealdad. Pero, cuando un Buda afirma que eres hermoso, te lo dice simplemen­te a ti, sin ningún sentido comparativo; no está pensando en algo feo y comparándolo contigo. Estas palabras no llevan implícita comparación alguna. Te dice que eres hermoso, y se lo dirá tam­bién a otras personas. Incluso, te puede decir "Eres la persona más hermosa del mundo", pero no creas que te está comparan­do con el mundo entero. Espera un poco; le dirá lo mismo a otra persona porque, para él, toda persona es "la más hermosa del mundo". No está hablando de ti. En realidad, está diciendo algo de su propia cualidad: él siente que todo el que se le acerca es "el más hermoso". Es esta sensación lo que muestra al hacerlo; no se trata de ti. No te engañes con estas palabras, pues pensarás en comparaciones.

 

Un día, Mulla Nasruddin acudió a mí y le dije:

-Mulla, mucha gente dice que eres afeminado.

-Tienen razón -dijo-. Comparado con mi esposa, lo soy.

 

Pensamos en términos de comparación. Si alguien le dice a to­do el mundo "Eres hermoso", para nosotros se pierde el sentido de la palabra "hermoso". Porque, si no le dices a nadie que es feo, ¿qué quiere decir la palabra "hermoso"? Si alguien dice que está todo bien, que nada anda mal, entonces, ¿qué sentido tiene la pa­labra "bien"? Para nosotros, la palabra "bien" sólo tiene sentido en comparación con la palabra "mal".     

Una persona iluminada tiene que usar tus palabras con la cua­lidad distintiva de su consciencia. No compara.

Este hombre Houn es un iluminado. Dice: "Me encanta. En otro lugar no caen copos de nieve tan bellos como éstos”. ¡Cuántas comparaciones utiliza! "Me encanta”. A nosotros nos da la impresión de que este hombre quiere decir que hay otra cosa que no le encanta; si no, ¿qué sentido tiene decir "Me encanta"? " ... copos de nieve tan bellos como éstos”. De inmediato, a nues­tra mente se le ocurre que está haciendo comparaciones con otros copos de nieve... "En otro lugar..”. Enseguida pensamos que está comparando este momento, este aquí y ahora, con otro momento y otro lugar.

Pero él no está comparando; él sólo está expresando lo que siente en este momento. En otro lugar también levantará la vista y dirá: "Me encanta. Copos de nieve como éstos, tan bellos, no caen en ningún otro lado”. Dirá lo mismo en todos lados.

Se dice que Buda dijo: "Si pruebas el mar de cualquier lado, te resultará salado”. Debes observar a un hombre que haya alcanza­do la iluminación, un hombre capaz de comprender; tienes que observarlo y abandonar tu antigua costumbre de comparar.

 

Una vez sucedió que un hombre se acercó a Buda, y Buda le di­jo:

 

-Hermoso. Eres un ser hermoso. Jamás conocí a nadie como tú.

Uno de sus principales discípulos, Ananda, estaba sentado cer­ca de él. Ananda siempre estaba presente. Se sintió incómodo. Cuando el hombre se fue, dijo:

-Pero a mí me dijiste lo mismo,  y  también  se  lo  dijiste  a  otros,  a           mucha gente. Ya lo escuché muchas veces. ¿Qué quieres decir?

Buda se rió y dijo:

-Todas las personas son hermosas, tan hermosas que todas son más bellas que todas las demás.

 

¡Qué sinsentido! ¿Cómo pueden ser todos más hermosos que todos los demás? Todos los demás están incluidos en el "todos".

Él no habla de la persona; dice algo acerca de su consciencia. Cuando accedes a la iluminación, el mundo entero se vuelve una alegría. Cuando la alcanzas, de repente, todo es hermoso, ilumi­nado, luminoso; nada es oscuro, nada es pecaminoso ni malo. Cuando estás satisfecho, miras a tu alrededor y todo es tan logra­do, tan completo, tan perfecto: la perfección es total porque la has alcanzado. Un hombre que ha accedido a ella no puede con­denar.

 

Hace apenas unos días, se cayó el techo del fondo de esta ca­sa. Y la primera idea que se me ocurrió fue: ¡Qué hermosa ruina! Era tan perfecta que no podías haber hecho una mejor. Era simplemente perfecta. Todo caía tan maravillosamente, tan de acuerdo con una pauta como si alguien lo hubiera hecho; como si no hubiera sido un accidente, sino algo creado por una persona.

Si puedes mirar las cosas con plena consciencia, todo es bueno. Te alegras por todo y puedes llenarlo todo de dicha. Eso es lo que pasaba.

 

... mirando hacia arriba, dijo:

-Me encanta. En otro lugar no caen copos de nieve tan

bellos como éstos.

-¿En otro lugar? -preguntó uno de los diez discípulos­:

¿Dónde está ese otro lugar?

 

Y tiene razón, porque de un hombre iluminado se espera que no compare. La comparación es propia de la mente ignorante. Es parte de la mente ignorante; entonces, ¿cómo va a hablar un hombre iluminado en términos de comparación? Un hombre ilu­minado siempre está en el aquí y ahora. ¿Cómo puede hablar de otro lugar? No existe otro lugar para un hombre iluminado.

Este discípulo debe haber escuchado todas estas cosas; debe haberlas acumulado en su memoria y en su razón; debe haber si­do alguien que se guiaba en función de su cabeza. De inmediato, lanzó la pregunta: "¿Otro lugar? ¿Qué quieres decir? ¿Qué es es­te otro lugar? Estás entrando en comparaciones, y aprendimos que un hombre iluminado jamás compara, vive sin comparar, no conoce para nada la comparación”.

Si vives únicamente este momento, ¿cómo podrías comparar?, ¿cómo podrías decir que este momento es hermoso, si esto impli­ca otro momento con el que lo estás comparando? Es decir que otros momentos no son tan hermosos. ¿Qué tipo de logro es és­te? ¿Dónde está este otro lugar?

 

Y Houn le dio una bofetada en el rostro.

 

¿Por qué le dio una bofetada en el rostro? Para hacerlo entrar en sus cabales. Muchas veces es necesario que te abofeteen, por­que a veces no alcanza con una respuesta sola: genera más pre­guntas. Y, donde hay alguien que se guía por la cabeza, no le pue­des contestar, porque la respuesta generará muchas preguntas más. Cuanto más respondas, más preguntas surgirán. Es necesa­ria una bofetada.

¿Has observado alguna vez que, cuando alguien te da, de re­pente, una bofetada, la mente se detiene por un momento? Y, cuando es inesperada, absolutamente inesperada... ¿quién espe­raría un acto tan irracional? Y habían venido a acompañar a este hombre. No creían que fuera a ser tan rudo. Le dio una bofetada: tratando de hacer volver a su discípulo.

Recuerda que ni tu consciencia ni tu cuerpo tienen mente. La mente existe en el medio; es un fenómeno fantasmático. Si estás totalmente en el cuerpo, la mente desaparece. Si te vuelves plenamente consciente, la mente también desaparece. Si no puedes tomar plena consciencia, un maestro te dará una bofetada para, por lo menos, hacerte volver al cuerpo, pues en ese momento tampoco hay mente. Ésta es la belleza y el atractivo del sexo: te abofetea tan profundamente que vuelves al cuerpo y, por un solo momento, se pierde el pensamiento. Y por eso en la guerra la gente se siente alborozada, eufórica: porque, cuando estás frente a la muerte, de repente estás en el cuerpo y la mente ha desapa­recido.

 

Muchas cosas te atraen únicamente porque te sacuden. Un apostador: ¿cuál es el atractivo de apostar? Pone en riesgo todo lo que tiene; nadie sabe qué va a suceder. Lo inesperado espera a la vuelta de la esquina. Está temblando de emoción, pero no puede pensar; el pensamiento lo abandona por un momento. Cuando el dado cae en la mesa, no hay pensamiento, sólo hay es­pera. En esta espera, no hay mente. El hombre se refugia abso­lutamente en su cuerpo.

La mente desaparece, y ese es el mejor momento, el más re­lajado. Pero, con el cuerpo, no puede desaparecer para siempre; sólo por un momento. Es como cuando te zambulles en el agua. ¿Cuánto tiempo te puedes quedar ahí? Puedes forzarte a quedar­te un poco, y después saldrás de nuevo. ¿Cómo puedes zambullir­te en el cuerpo? El sexo es un chapuzón en el cuerpo, la apuesta es un chapuzón en el cuerpo, el alcohol es un chapuzón en el cuerpo. Puedes darte un pequeño chapuzón, y luego vuelves a sa­lir, más frustrado.

Pero los maestros zen utilizan las bofetadas porque te pueden despertar un poco más; y en ese despertar es posible que veas al hombre que te abofeteó. Y él es la respuesta; no se te puede dar ninguna respuesta. Cuando preguntas, la persona es la respuesta. Te está haciendo volver al cuerpo, para que la mente desaparez­ca. Y puedes mirar a esta persona, pero igual se te puede pasar. Si te preocupas demasiado por la bofetada y por las causas que la provocaron, también estás haciendo una pregunta a partir de la bofetada. Y así te pierdes.

El hombre está diciendo: "Por favor, acércate. Deja de pregun­tar, deja de pensar, y sólo mírame”. En la conmoción, puedes mi­rar.

 

Y Houn le dio una bofetada en el rostro.

-¿Por qué haces eso, querido lego? -le preguntó el discí­pulo,

frotándose la mejilla.

 

 

Está demasiado preocupado por la bofetada. Se pierde lo más importante; hizo una pregunta a partir de ella. Y ese era el pun­to: no hacer ninguna pregunta a partir de la bofetada, sino mirar al hombre que la dio.

y este Houn era verdaderamente hermoso en aquel momen­to, en su cima: veinte años de esfuerzos habían culminado. Está volviendo al mundo; está regresando al punto en que los ríos y las montañas vuelven a ser ríos y montañas. Había tocado el origen y, ahora, volvía a la circunferencia, al mundo, a probar si es o no real.

Es fácil lograr algo en un monasterio aislado. Es fácil sentir que ese algo se logró allí, pero la verdadera prueba espera en el mer­cado, en el mundo: allí están las situaciones y los desafíos. ¿Podrá sortear esta prueba?

Este hombre estaba saliendo del origen, llevado la frescura y la fragancia del origen. En ese momento, era más hermoso; tan fresco como una gota de rocío en la mañana, tan fresco como una flor de loto que está abriendo sus pétalos. Ese es el estado de consciencia más hermoso.

 

Abofeteó a este hombre, con profunda compasión, para ha­cerlo sentir: "No hagas ninguna pregunta. Estoy aquí. Mírame”.

 

-¿Por qué haces eso, querido lego? -preguntó el discípu­lo,

frotándose la mejilla.

-¿Cómo puedes hacerte pasar por un hombre del zen? ­

le dijo Houn, irritado-. Te irás al Infierno.

 

"¿Cómo puedes hacerte pasar por un hombre del zen? Estás preguntando como si supieras”.

Recuerda que hay dos clases de preguntas: la primera surge de la ignorancia y es hermosa; la otra proviene del conocimiento y es desagradable. Una pregunta que surge de la ignorancia se pue­de responder. Y un maestro te ayudará a encontrar la respuesta. Con una pregunta que proviene de tu conocimiento, no se te pue­de ayudar.

Por eso Houn dijo: "¿Cómo puedes hacerte pasar por un hombre del zen? Te irás al Infierno”. Porque todos aquellos sa­bios sin saber son condenados al Infierno. Todos los estudiosos, si no se mantienen alertas y conscientes, y no ven que, a través de las teorías, están ocultando su ignorancia, creando a su alrededor una pantalla de conocimiento, tratando de ocultar el hecho de que no saben y posicionándose como si supieran, se irán al Infierno.

Un pecador puede irse al Cielo, pero que vaya un estudioso es algo inaudito. Porque, si crees que ya sabes, están cerradas todas las puertas de entrada del conocimiento. Por eso él dice, furioso: "Te irás al Infierno. ¿Cómo puedes hacerte pasar por un hombre del zen?".

 

-¿Y tú? -gritó el discípulo-. ¿Qué hay de ti?

Houn volvió a abofetearlo.

 

Houn está presente allí; se lo puede sentir. En ese momento, lo puedes incorporar y se volverá parte de ti; está a tu disposición.

 

Y este discípulo pregunta: "¿Y tú? ¿Qué hay de ti?". Su yo es­tá herido: ¿él, condenado al Infierno? Su yo ha vuelto a la esce­na. La bofetada no lo ha despertado; se ha dormido más profun­damente. Ahora, tiene ganas de pelear, su enojo va en aumento. Y le dice: "¿Y tú? ¿A dónde te vas a ir? Yo me iré al Infierno, ¿pe­ro dónde irás tú?".

 

Houn volvió a abofetearlo.

-Tienes ojos, pero no ves -dijo por encima de su hombro,

mientras se retiraba-. Y tienes boca, pero eres mudo.

 

 

Y el hombre en la cima de su gloria... "Aquí estoy yo", dijo.

 

-Aquí estoy yo, y... Tienes ojos, pero no ves.  Y tienes boca,

pero eres mudo.

 

Una boca es muda si es usada por la mente; entonces, sólo habla mecánicamente. Una boca no es muda cuando, en lugar de la mente, la utiliza el silencio. Entonces, recuerda que hay gente muda que habla continuamente, y hay gente callada que en verdad tiene boca, que no es muda, pero no conversa. Solo habla de lo que sabe, sólo dice lo que puede ser útil, sólo comenta lo que puedes necesitar. No necesitan hablar; sólo lo hacen para ayudarte.

Tú hablas; es una loca necesidad interior, que se debe a que no puedes permanecer en silencio. Sigues hablando nada más que para evitar el silencio. Tu conversación es un monólogo: no le hablas al otro; el otro es sólo una excusa, y no te habla. Ni él te escucha a ti ni tú lo escuchas a él. Hace de cuenta que te escucha; sólo espera el momento correcto para empezar a hablar, espera el punto justo desde el cual seguir él, desde hacerse cargo de la conversación. 

 

Supe que un líder había llegado a una ciudad y que mucha gente se reunió para escucharlo, pero lentamente se fueron yendo todos. Para el final de la charla del líder, sólo se había quedado Mulla Nasruddin. El líder estaba muy agradecido y dijo:

 

-Estoy muy agradecido. Nunca pensé que me querías y me se­guías hasta tal punto.

Respondió Nasruddin:

-No lo hago; no es eso. Soy el próximo orador; así que, si has terminado, empezaré.

 

Cuando alguien te escucha, recuerda que es el próximo que to­mará la palabra; sólo está esperando que termines. Y, si sigues y sigues, le dirá a la gente que eres aburrido, pero lo que verdade­ramente quiere decir es que no le diste la posibilidad de aburrir. A estas personas, que nunca te dan la oportunidad de aburrir, se las llama aburridas. Siguen y siguen y siguen. Nunca te dejan un pe­queño espacio para que te hagas cargo.

Un maestro habla; sus palabras surgen de su silencio, de su si­lencio interior. Tú hablas; tus palabras provienen de tu locura in­terior. Por eso Houn dice: "Tienes ojos, pero no ves”. ¿Por qué no los puedes usar? Porque tus ojos están repletos de pensamien­tos. Igual que si el cielo se cubre completamente por las nubes en un día lluvioso y no puedes ver dónde está el cielo; cuando los pensamientos son demasiados y flotan en tus ojos, no puedes ver. Cuando los pensamientos flotan demasiado por tu mente, estás mudo.

Cállate. Primero, consigue hacer silencio; después, tu palabra irá cargada de una enorme fuerza y energía; así, cada cosa que digas o no digas tiene importancia, cada gesto tuyo es un poema. Aun cuando te sientas en silencio, liberas una energía enorme a tu alrededor: es una comunión.

 

El silencio es la fuente de toda energía, pero tú hablas a través de tu locura. Tienes una obsesión con el habla. Por eso, si te aís­las durante algunos días, empiezas a hablar contigo mismo. Des­pués de tres semanas, no puedes esperar más a que nadie te es­cuche: empiezas a hablarte a ti mismo. No puedes esperar más. Ahora, hay tantas palabras que debes deshacerte de ellas.

 

Tu hablar es una catarsis, una limpieza. ¿Pero por qué limpiar­se sobre los demás? ¿Por qué tirar tu tierra sobre ellos? Si quieres depurarte, hazlo solo. Cierra tus puertas y charla contigo mismo todo lo que quieras. Hazte preguntas y respóndetelas, inventa un juego. Será bueno, porque, de todas formas, es todo lo que ha­rás. Pero, cuando lo haces con otros, nunca tienes consciencia de las pavadas que haces. Solo, te darás cuenta. Hazlo solo y pron­to descubrirás lo que estuviste haciendo durante toda tu vida.

Después, poco a poco, cuanto más te das cuenta, más pala­bras desaparecen, más nubes desaparecen. Y, cuando el cielo in­terior no tiene nubes, cuando en tus ojos no hay palabras ni pen­samientos y tienes oídos, tus sentidos están vacíos completamen­te. Son vehículos, medios. Entonces, es posible la comunión.

Suficiente por hoy.

 

Octavo Discurso:

 

El Primer Principio

 

Hay unas hermosas letras esculpidas sobre el pórtico del

Templo Oaku en Kyoto, que dicen: "El Primer Principio”.

La gente viene desde lejos y desde cerca a admirar

estas letras. La caligrafía original fue trazada sobre papel

por el maestro Ko­sen. Cuando Kosen estaba dibujando

las letras, había un alum­no a su lado que había mezclado

la tinta.

-No está tan bien -dijo el discípulo al primer intento de

-Peor que antes -dijo al segundo intento.

Y siguió así. Después de sesenta y cuatro intentos,

la tinta escaseaba, y el alumno fue a preparar un poco

más.

Kosen pensó: "Sólo una prueba rápida con el resto de la

tin­ta, mientras no está ese alumno".

 

Cuando el alumno regresó, miró bien esta última prueba

y dijo:

-¡Una obra maestra!

 

Unos breves comentarios antes de metemos en esta hermo­sa historia. Primero, si estás dividido, surge un conflicto, no sólo en la mente, sino también en tu bioenergía. Cuando eres dos. Y, si eres dos, se pierde energía en el conflicto; se disipa. Si no eres uno, no se puede hacer nada. En lo que concierne a la travesía interior, tu unidad será cada vez más necesaria. En la su­perficie, está bien; puedes seguir haciendo el trabajo día a día, in­cluso estando dividido.

Imagínate una circunferencia con un centro: si trazas dos líneas desde la periferia hacia el centro, sobre la periferia están separa­das; pero, cuanto más te acercas al centro, más la brecha se re­duce, se reduce y se reduce. Cerca del centro, la brecha casi no existe; en el centro, la brecha desaparece. En el centro, todo se unifica; en la periferia, todo se divide en dos.

Cuando tienes autoconsciencia, eres dos, porque entonces exis­tes en la periferia. Cuando no tienes autoconsciencia, eres uno, porque entonces no existes en la periferia, sino en el centro.

Si eres un egoísta, estás disipando tu energía, porque el yo existe en la periferia. El yo existe para los otros: tiene que estar en la periferia. Cuando estás absolutamente solo en tu ser más ín­timo, el yo no existe. Tú existes, pero el yo no; y, cuando existes sin el yo, tu energía es enorme. Cuando existes sin yo, eres un dios. Entonces, no estás dividido y la fuente de energía es infini­ta.

 

En la periferia todo está dividido; no sólo dividido, sino en con­flicto. Es como si mis dos manos estuvieran luchando: la derecha golpea a la izquierda, y la izquierda, a la derecha. ¿Qué pasaría? ¿Habría alguna posibilidad de que una de las manos saliera triun­fante? Ninguna posibilidad, porque las dos manos son mías. La derecha no podría ganar, porque es mía; la izquierda no podría ser derrotada, porque es mía. Más allá de tener dos manos, soy uno; por eso, no hay posibilidad de victoria para ninguna de las dos. Y toda victoria no será más que un sueño, una pretensión. Me puedo engañar, puedo poner la mano derecha sobre la iz­quierda y decir: "Ahora ha triunfado la derecha”. Puedo modificar la situación en un solo instante. Puedo poner la mano izquier­da sobre la derecha y decir: "Ha triunfado la izquierda”. Esto es lo que haces permanentemente.

Si te enfrentas contigo mismo, no hay victoria. Nadie va a ser derrotado y nadie va a triunfar; todo el juego es idiota. Pero una cosa es segura: si sigues peleando contigo mismo, estás perdien­do energía. Ni la derecha ni la izquierda pueden ganar; al final, tú serás derrotado. Es suicida, te estás destruyendo.

Cuando eres uno, te transformas en un creador; cuando eres dos, te vuelves suicida, te destruyes a ti mismo. ¿Y cómo te haces dos? Cada vez que aparece la autoconsciencia, te divides. Cada vez que miras a los demás y te preguntas qué pensarán de ti, te divi­des. Por eso todo lo hermoso no puede suceder cuando eres dos. Un creador tiene que olvidar todo, tiene que olvidarse de todo el mundo. Sólo entonces, algo del más allá desciende.

Se dice de uno de los grandes poetas de la India, Rabindranath Tagore, que cada vez que estaba escribiendo o pintando un cua­dro, era tanta su autoconsciencia que se olvidaba de comer, de be­ber, de dormir. Incluso entraba su esposa y él no podía reconocer al ser que estaba de pie ante él. Entonces, cada vez que estaba de ánimo creativo, nadie lo molestaba, nadie se le acercaba, nadie pasaba por su casa, porque él estaba en un estado de ánimo tan diferente que molestarlo podía ser fatal. Durante tres o cuatro días, o tal vez una semana, no comía, no "hacía" nada. Se había transformado en un medio. Era uno.

 

Un gran poeta inglés, Coleridge, dejó únicamente siete poemas completos, y fue uno de los más grandes. Dejó miles de poemas in­completos; se han calculado unos cuarenta mil, de los cuales sólo siete están completos. Cuando estaba por morir, alguien le preguntó:

-¿Qué te ocurre? La casa está toda llena de poemas incomple­tos, y a algunos sólo les falta un toquecito, la última línea. O bien hay   tres líneas y falta una. ¿Por qué no puedes terminarlos?

Se dice que Coleridge respondió:

-¿Quién podría terminarlos? Yo nunca escribí ni una sola pala­bra. Cuando yo no estoy, algo desciende. Sólo surgieron tres líneas; estuve esperando la cuarta, pero nunca apareció. Y yo no puedo completarlo, pues no sería correcto. No puedo completarlo porque vendría de un plano diferente del ser. Yo no estaba cuando aparecie­ron estas líneas, y estaría demasiado presente al agregar la cuarta. Yo podría agregarla, pero sería simplemente falsa; sería algo im­puesto. No sería fluido, no sería auténtico ni sería real. ¿Qué puedo hacer entonces? Sólo puedo esperar.

Esperaba, para algunos poemas, durante veinte años; entonces, la línea que faltaba llegaba, y él la agregaba.

 

Sucedió que el libro de Rabindranath, Gitanjali, por el cual se ga­nó el premio Nobel, se hizo famoso en todo el mundo. Él mismo lo tradujo, pues lo escribió en bengalí: como el original estaba en ben­galí, lo tradujo él mismo. Pero no se sentía tan seguro: traducir pro­sa es fácil, pero traducir poesía es muy, muy difícil, incluso siendo la propia, porque la poesía existe más allá de la gramática. Es más mú­sica y menos lenguaje; es más un sentimiento y menos una idea. Es escurridiza, y en ello radica su belleza. No puedes dejarla fija; es co­mo un río en movimiento; no como un estanque. La prosa es como un estanque; la poesía es como un río.

Rabindranath lo intentó. Trabajó muchos días en partes sueltas. Después lo tradujo completo. Pero, como no se sentía seguro, le pi­dió ayuda a C. F. Andrews, uno de los colegas de Mahatma Gandhi, que trabajó mucho a favor de la independencia de la India. C. F. An­drews le dio una mirada y dijo:

-¡Es maravilloso, hermoso! Sólo me gustaría modificarlo en cuatro partes, pues en cuatro partes no es gramatical.

Entonces, lo modificó en esas cuatro partes (sólo cuatro pala­bras), y Rabindranath se puso muy contento.

Dijo Andrews:

-Ahora está bien.

Entonces, Rabindranath lo llevó a Londres. Antes de su publica­ción, convocó una pequeña reunión de poetas en casa de Yeats, uno de los grandes poetas ingleses. Se habían reunido casi veinte poe­tas, todos conocidos. Ellos escucharon y Rabindranath preguntó:

-¿Creen que falta algo? Yeats se puso de pie y dijo: -Está mal en cuatro partes.

Rabindranath se sorprendió. No lo podía creer, porque nadie más sabía que C. F. Andrews había modificado el libro en cuatro partes.       

Preguntó:

-¿Cuáles son estas cuatro partes?

Y eran exactamente las mismas.

Aclaró Yeats:

-En estas cuatro partes, se interrumpe la onda. Alguna otra per­sona introdujo esas cuatro partes; no fuiste tú.

Yeats era un poeta muy perceptivo: era capaz de sentir que, en algún punto, el río se había estancado, que había ingresado algo de otro plano del ser, que algo se había bloqueado, y que el río ya no es­taba flotando con tanta fluidez como antes. En algún lado, había una roca, una piedra. La gramática es como una roca: está muerta.

-Sí, C. F. Andrews me sugirió estas palabras; y, como él es in­glés, conoce el idioma mejor que yo. El inglés no es mi lengua ma­terna -dijo Rabindranath, y agregó-: Éstas son las cuatro palabras que yo había utilizado antes de la corrección de Andrews.

Yeats respondió:

-Son gramaticalmente incorrectas, pero son poéticas; tienen onda, así que olvida la gramática y conserva la onda.

 

En el centro mismo, lo fundamental es la onda. La gramática es irrelevante: sólo existe en la superficie. En el centro, sólo una onda energética. Se necesita un plano diferente del ser. Cuando algo del más allá llega a ti, se requiere que seas uno.

Éstos son los dos planos de la humanidad: la dualidad, el pla­no de la dualidad, que los hindúes llaman dwaita, el plano de dos; y la no dualidad, el plano de uno, el plano de lo no dual. Cuando estás dividido, estás en este mundo; cuando no estás dividido, trasciendes: ya no estás aquí, entraste en el más allá. Entonces, las fronteras se unen y se reúnen en ti. Por lo tanto, todo el es­fuerzo radica en cómo hacerse indiviso, cómo unificarse.

La otra noche, una chica se me acercó y me dijo que ya se ha­bía vuelto sannyasin por dentro. ¿Por qué dividir el adentro del afuera? ¿Hay verdaderamente una división entre el adentro y el afuera? ¿Dónde está la línea demarcatoria? ¿Puedes trazar una línea y afirmar que, más allá de la misma, es adentro? ¿Dónde? ¿Puedes trazar una línea en el cuerpo? Si muere el cuerpo, mue­res tú. Si el cuerpo no está allí, ¿dónde estás tú? Entonces, ¿en la mente? Si la mente se torna inconsciente, tú te vuelves incons­ciente. ¿Quién eres sin la mente? ¿Dónde establecer la división? Todo está vinculado.

En la periferia es afuera; en el centro es adentro; pero la peri­feria pertenece al centro. ¿Puedes tener un centro sin periferia? Entonces, ¿qué clase de centro sería? El centro pertenece a la pe­riferia. ¿Puedes tener una periferia sin centro? Pertenecen uno al otro. Son como dos márgenes de un río: el río flota entre ambos y no se los puede separar.

Cuando tienes hambre, no dices: "El hambre está adentro: ¿cómo podré comer el alimento, que está afuera?". Ingieres la co­mida y ésta se transforma en tu sangre, que a su vez se convierte en tu bioenergía. Tu bioenergía se transforma en tu pensamien­to; tu pensamiento, en tu corazón, tus sentimientos; y tus senti­mientos, a su vez, se convierten en tu testigo; y tu testigo, en lo divino, lo esencial. Hay una digestión imperceptible en cada pla­no. Ingieres la comida, que está afuera. En el momento en que la incorporas y la digieres, lo no esencial es nuevamente expulsado. Lo esencial se desplaza hacia el centro. Lo has digerido: se con­vierte en tu sangre, tus huesos, tu carne: el cuerpo. Entonces, nuevamente tiene lugar una digestión y lo más sutil se vuelve a ab­sorber. Se transforma en tu bioenergía, lo que los científicos de­nominan el bioplasma. Se forma tu electricidad. Pero entonces vuelve a producirse una digestión: lo esencial es absorbido hacia adentro, y se convierte en tus pensamientos. El pensamiento es una electricidad sutil. Luego, vuelves a meterte hacia adentro. El pensamiento se digiere y se transforma en sentimiento: se con­vierte en tu corazón.

Entonces, el amor es una bioenergía aún más sutil que el pen­samiento; pero todavía no es el final. Nuevamente, en el amor, lo más sutil se absorbe y se digiere: se transforma en tu testigo, en tu meditación; se transforma en tu consciencia. Pero ese tampoco es el final, pues el testigo está aún allí y, por lo tanto, la división persiste. Se ha angostado; casi has llegado al centro, pero la divi­sión todavía está allí. Eres un testigo: hay sujeto y hay objeto. ¿De qué eres testigo? La división todavía está allí.

Después, en el último salto, la energía se ha centrado por com­pleto; desaparecen el sujeto y el objeto. Entonces, ya no hay tes­tigo; te has ido al más allá, estás como si no estuvieras. Estás y no estás; te has convertido en el todo. Éste es el estado, el estado fi­nal en el cual, de alguna manera, estás total y completamente ani­quilado y, de otra manera, te has transformado en el todo. El hi­jo desaparece; ahora, te has convertido en el padre. Ahora, no hay Cristo; sólo existe el padre más supremo: el hijo es absorbi­do. ¿Dónde trazarás la línea entre lo que está afuera y lo que es­tá adentro?

 

Muchos acuden a mí y me dicen que por dentro ya son real­mente sannyasins, pero por fuera... ¿Pero hay en verdad una di­visión? Y, si divides, te conviertes en dos; entonces, surge el con­flicto, todo el juego de la lucha interior. Aparece una política in­terna: ¿quién va a dominar a quién? O el afuera va a dominar al adentro, o el adentro va a dominar al afuera. Si el afuera domina al adentro, te vuelves un materialista. Si el adentro domina al afuera, te vuelves un espiritualista. En cualquiera de los dos casos, eres una mitad y no un entero.

Cuando desaparecen el adentro y el afuera, nadie domina a nadie, porque la dominación no es un buen estado de cosas. El que domina, tarde o temprano, será rechazado. Los opresores se­rán los oprimidos, y los oprimidos se volverán opresores. Es co­mo una pelea entre tu mano izquierda y la derecha, y todo el jue­go es como una simulación. Recuerda esta paradoja: cuanto más se retrae hacia adentro tu yo, menos hay del afuera. Cuando ver­daderamente accedes a lo más íntimo, desaparecen tanto el aden­tro como el afuera. Entonces, eres todo y nada.

 

En una escuela, una maestra estaba haciendo preguntas con trampa, y dijo:

-Charlie Brown, ¿cómo definirías la nada?

Tras una vacilación de un instante, Charlie Brown respondió: -la nada es un globo sin piel.

 

Así eres tú en el último momento: sin piel... nada. Pero, des­pués, te has transformado en el todo, pues la piel te separaba del todo.

¿Y dónde está tu piel? La autoconsciencia es tu piel; el yo es tu piel. Cuando el yo es abolido, te conviertes al misma tiempo en nada y en todo, pues ambos significan lo mismo.

Lo segundo que hay que comprender es lo siguiente: tal vez hayas observado en ti y en los demás que hay una profunda ne­cesidad de volverse inconsciente. Por eso el atractivo de toda cla­se de alcohol, drogas, sustancias químicas. Los puritanos no pue­den entenderlo, los moralistas no pueden entenderlo. ¿Por qué? Los predicadores predican en su contra permanentemente, pero no logran modificar ni a una sola persona; ni un solo hombre ha cambiado por ese método. La humanidad sigue su camino: los pu­ritanos siguen condenando, pero nadie los escucha.

No puede ser algo común; implica algo extraordinario. Por eso es difícil tratar de modificar a un alcohólico; es muy, muy difícil; prácticamente imposible. ¿Por qué produce tanto atractivo estar inconsciente? Porque la autoconsciencia es un gran mal, es una gran carga. Y hay sólo dos formas de ir más allá de ella. Una es caer en la inconsciencia; la otra es volverse supraconsciente. O bien apuntar hacia la superconsciencia, o bien llegar a la incon­sciencia. Es la autoconsciencia una tensión tal, una ansiedad y una angustia tal, que uno se dirige al alcohol o a Dios.

Dios y el Diablo no son, en realidad, opuestos. Dios y el alco­hol... Si Dios es la consciencia suprema, la inconsciencia es el polo opuesto.

 

Escuché que una vez una trabajadora social que estaba tratando de convertir a la gente a la religión, contraria al pecado y al alcohol, fue a ver a Mulla Nasruddin.

Le dijo:

-La última vez que vine a verte estabas sobrio, y eso me hizo in­mensamente feliz. Pero ahora estás ebrio y eso me pone muy, pero muy triste.

-Es cierto -dijo Mulla Nasruddin, radiante de alegría. Y agre­gó-: Esta vez me toca a mí estar alegre.

 

El alcohol, la inconsciencia, pueden no brindarte felicidad, pero al menos te ayudan a olvidar las penas. Olvidas tus ansiedades y, a través de una ayuda química, dejas de lado la separación, la di­visión en dos, la autoconsciencia.

La autoconsciencia es la mayor tensión de la mente. Por eso a veces quieres estar solo; ansías irte al Himalaya y olvidarte de to­da la sociedad. El problema no es la sociedad; pero es tan difícil tener autoconsciencia, cuando el otro está presente, como no te­nerla. Es lo mismo. Es difícil olvidarse de uno mismo cuando el otro está presente; el "tú" crea el "yo" en tu interior; son dos po­laridades. Cuando no hay nadie allí y estás solo, te sientes en cier­to modo relajado. Por eso la gente se va al bosque. Pero, después, también se aburre, pues cuando estás solo la tensión no está, pe­ro aparece el aburrimiento, pues la excitación desaparece.

La excitación es una especie de ansiedad; y la ansiedad, una especie de excitación. Después de la excitación, no puedes estar en un estado meditativo; no puedes irte a un paraje solitario, no puedes retirarte adentro de ti, pues allí estás solo y no hay excita­ción. La excitación necesita del otro. Solo, ¿cómo puedes estar excitado? Nada sucede, ¿cómo puedes estar excitado? Para que pase cualquier cosa, se requiere del otro. Entonces, si estás solo, te aburres. Si te mueves dentro de la sociedad, si vives relaciona­do, te tensionas mucho más.

Entonces, retirarse a la soledad no ayuda. Pero, si puedes de­jar de lado tu autoconsciencia mientras convives con la sociedad, con los demás, en relación, si puedes dejar de lado tu autoconsciencia, de repente no hay tensión ni aburrimiento, y la vida es una celebración constante sin excitación alguna. Es una celebra­ción muy silenciosa. Es un placer, pero sin excitación alguna. Es una felicidad muy, muy fría; es una satisfacción profunda, pero sin ninguna excitación.

Un Buda está muy satisfecho, pero no hay excitación por eso. Sencillamente, está satisfecho. No ha conseguido nada; no ha ocurrido nada nuevo; simplemente, está conforme consigo mis­mo. Es un estado de satisfacción muy, muy frío; es un frío estado de placer.

Recuerda que ésta es la diferencia entre el placer y la felicidad.

La felicidad es excitación; el placer es felicidad sin excitación. Si hay excitación, tarde o temprano te aburrirás, porque la excita­ción sólo es tal mientras es nueva. ¿Cómo podría excitarte una y otra vez la misma cosa. Te excita un hombre o una mujer pero, una vez que se acaba la luna de miel, también se acaba la excita­ción. Casi siempre, el matrimonio se termina después de la luna de miel. Después, es sólo lo que resta, porque esperas siempre la excitación y ésta no puede ser un fenómeno permanente. Salvo que tu amor sea fresco (no frío, sino fresco; frío quiere decir muer­to, mientras que fresco implica algo vivo, pero sin excitación), se­guro que terminará en aburrimiento.

En el mundo, todo termina en aburrimiento; así tiene que ser. Cuando llegas al núcleo más íntimo de tu ser, estás feliz sin causa alguna, sin razón alguna, estás feliz sin excitación. No habrá abu­rrimiento. Y esto es también lo que sucede en el amor. Necesitas del amor, pues únicamente en él pierdes la autoconsciencia; sólo en el amor, desaparece el otro. No hay necesidad de ser "yo". Con alguien a quien amas, puedes estar solo. Aun cuando el ama­do o el amante esté presente, puedes estar solo. La potencialidad más profunda del amor es la de ayudarte a deshacerte de la auto­consciencia.

Pero, si tienes que cargar constantemente con la presencia del otro, si tienes que comportarte de manera acorde, si tienes que seguir las reglas, si tienes que planificar hasta en el amor qué de­cir y qué no decir, este amor, tarde o temprano, se volverá agrio, amargo, porque hay allí autoconsciencia.

Cuando ves que la autoconsciencia desaparece (en el alcohol, en el amor, en la meditación), te sientes bien. Pero el alcohol no te puede ofrecer un estado permanente; el amor sí puede ofrecér­telo, pero esta posibilidad es muy, muy difícil. Recuerda: el amor es más difícil que la meditación, porque el amor implica vivir con el otro y sin uno mismo. La meditación implica vivir con uno mis­mo, olvidándose completamente del otro; es una dimensión me­nos dificultosa que la del amor. Por eso, quienes son capaces de amar no necesitan la meditación; llegan a través del amor.

Jesús dice que el amor es Dios. Pero amar es muy difícil. Es di­fícil porque el otro participa con todos sus problemas. El otro se enferma; tú te enfermas. Y, cuando se juntan dos personas enfer­mas, la enfermedad no se duplica; se multiplica. Es muy difícil amar pero, si eres capaz de amar, no hay ninguna necesidad de meditar. El amor será tu meditación y llegarás a la iluminación a través de él. Si no puedes amar, si sientes que es difícil, entonces la única posibilidad es la meditación. Sólo una persona entre un millón alcanza la iluminación a través del amor; los demás la con­siguen a través de la meditación. Una vez que te vuelves medita­tivo, amar también te resulta sencillo. Puedes amar. Si amas, la meditación se convierte en una sombra del amor.

Debes decidir cómo deshacerte de tu autoconsciencia. Hay dos métodos: uno, a través del amor, de la relación, de la convivencia con el otro y del crecimiento. Es un camino difícil, muy, muy ar­duo: no hay nada más difícil. Y el otro consiste en vivir en estado de meditación. Tienes que optar.

Si desarrollas el amor, la meditación surgirá como una sombra. El amor y la meditación son dos caras de la misma moneda: si lo­gras controlar uno de estos aspectos, después se produce el otro. Si meditas, después vendrá el amor. Si amas, después vendrá la meditación. Aquí debes decidir. La meditación es más fácil; el amor es más difícil. Salvo que desees meterte en la dificultad in­necesariamente; eso lo decides tú. De no ser así, con la medita­ción, el amor llega en forma automática. Ésta es mi sensación: que el noventa por ciento de la gente debe atravesar la meditación para que después se produzca el amor. Sólo el uno por ciento puede pasar por el amor, y llegar luego a la meditación. Éste es el estado de la situación: así son las cosas. Pero una cosa es segu­ra: que en ambos casos es necesario deshacerse de la autoconsciencia.

 

Ahora, trata de entender esta historia.

 

Hay unas hermosas letras esculpidas sobre el pórtico del Templo

Oaku en Kyoto, que dicen: "El Primer Principio”. La gente viene

desde lejos y desde cerca a admirar estas letras. La caligrafía

original fue trazada sobre papel por el maestro Kosen.

 

El zen emplea toda clase de habilidades para desarrollar la me­ditación; la caligrafía es una de ellas. Si viste la caligrafía japone­sa o china, notarás cierta característica: hay fluidez. Ninguna otra lengua es capaz de ello, porque todas las otras lenguas tienen un alfabeto. Estas lenguas orientales (chino, japonés) carecen de alfa­beto. Son lenguas pictóricas: no se usa la lapicera, sino el pincel. Y se caracteriza por la fluidez.

Entonces, caligrafía no es sólo lo que está escrito. También lle­va implícito algo del maestro que la hizo: la fluidez. No se puede modificar; no puedes corregirla. Simplemente, se hace de gol­pe. Es necesario un maestro muy habilidoso y en un estado de plena consciencia. No puedes cambiarla, no puedes corregirla. Si la corriges, se pierde todo lo importante, porque entra el yo. Tú simplemente debes flotar con ella.

Son cuadros, y lo fundamental no es lo que está escrito; lo fun­damental es lo que está oculto. Te sorprenderá que, en el pórtico de un templo, estén escritas sólo estas palabras: "El Primer Prin­cipio”. ¿Qué clase de mensaje es ese? El Primer Principio... No dice nada. Si vas y lees las palabras ("El Primer Principio"), ¿qué indican? No hay allí ningún mensaje.

El primer principio es lo que fluye. No está escrito: esas pala­bras son sólo un camino indirecto. Si observas la caligrafía, hay un primer principio: la fluidez. Si puedes flotar, si tu energía pue­de circular sin bloqueos, lo lograrás. Pero, en el momento de ad­quirir autoconsciencia, se produce de inmediato un bloqueo. Es co­mo quedarse dormido: si conservas autoconsciencia, no puedes dormirte. Ahora, Occidente sufre de insomnio; y tarde o tempra­no, todo el mundo lo sufrirá, pues se requiere de autoinconsciencia para poder dormir.

Y la civilización entera te enseña a ser más autoconsciente to­davía. Caminar, actuar, moverse en la vida, forman parte de toda una práctica destinada a ser un sutil egoísta. La psicología occi­dental dice que es necesario un yo maduro; todo el esfuerzo de Oriente es hacer necesaria una madura pérdida del yo. De hecho, sólo maduras cuando te quedas sin yo; nunca antes.

El yo es un fenómeno juvenil; es infantil, es tonto, es idiota, pues a través del yo, simplemente, te separas del fluir del univer­so; entonces, ya no formas parte del mismo. Es como si una ola del océano afirmara ser absoluta y no pertenecer al océano, no tener nada que ver con él y estar separada del mismo.

El yo es separación y, cuando una ola afirma estar aislada, co­mete una tontería. La ola es una con el océano; el océano "se on­dula" en ella.

La verdadera madurez es lograr una pérdida del yo, un globo sin piel; entonces, estás plenamente maduro, eres un Buda, al­guien que se ha despertado. La psicología occidental sostiene que tienes que transformarte en un yo maduro. Y está bien; siempre que lo estés consiguiendo sólo para desecharlo después, dado que sólo se puede desechar lo que se tiene. Entonces, está bien: con­sigue un yo, pero no te quedes atrapado en él. Es algo que hay que obtener y desechar. Es algo que debes conseguir, porque, si no tienes un yo, ¿cómo lograrías abandonarlo?

Éste siempre fue un problema para mí. Los orientales (hindúes, japoneses) acuden a mí y se pueden abandonar con mucha facili­dad; están prácticamente dispuestos a abandonarse, pero no tie­nen nada que abandonar. Los occidentales acuden a mí: son muy, muy reacios a abandonarse y tienen algo que abandonar. Si lo abandonan, crecen. Y los orientales, antes de abandonar nada, deben obtener un yo maduro.

Recuerda que sólo se puede abandonar aquello que se tiene. Si no tienes yo, ¿qué vas a abandonar? La psicología occidental da el primer paso y la religión oriental da el último. Son complemen­tarias. Si la psicología occidental y la religión oriental no se unen, el hombre seguirá estando en problemas.

¿Qué hay en estas palabras: "el primer principio"? No dicen nada. Pero lo importante no es "el primer principio". Lo impor­tante no son las palabras. Lo importante es, era, para el maestro, dotarlas de tal fluidez que ni siquiera quedara en ellas un resto de autoconsciencia. Todo el que disfrute de leer entre líneas, podrá hacerlo en este pórtico del templo.

¿Y por qué en el pórtico? Porque es el pórtico del templo. Si eres autoconsciente, no puedes ingresar a un templo; ese es el primer principio. Si tienes autoconsciencia, si tienes una mentali­dad egoísta, no puedes ingresar a un templo. Si dejas de lado tu autoconsciencia, sólo entonces podrás entrar.

¿Y qué es un templo? Es un vacío. Es una nada rodeada de pa­redes; es un vacío. Dejas el yo afuera. Ésta era la dificultad del maestro: escribir estas tres palabras con tal fluidez que, al escribir­las, ni una gota de sí mismo se metiera en ellas. Es difícil, porque no puedes evaluar esto si no sabes cómo puede tu autoconsciencia destruir la fluidez. El primer principio es estar en un estado de flui­dez tal que el "yo" no sea un obstáculo; simplemente, vivir en un constante dejarse ir.

No hay nada como la caligrafía china o japonesa. Ninguna lengua puede servir; sólo ellas: pictóricas, fluidas, hechas con pincel. Se necesitan años de práctica. Primero, hay que enseñarle a un hombre la destreza de la caligrafía. Pero eso sólo no sirve, porque la destreza sola no es el punto. Una persona muy egoísta puede volverse muy diestra, pero ese no es el punto.

Entonces, primero uno debe aprender caligrafía durante años; y después el maestro dice: "Ahora, déjalo. Durante algunos años, olvídate de esto”. El discípulo debe olvidarse de esto durante tres o cuatro años. Hará otras cosas: cuidado del jardín, limpieza, mu­chos millones de cosas, pero no caligrafía. Tiene que olvidarse por completo, para que la destreza no se conserve en el yo, en la superficie, sino que se instale y se instale, que se instale en el cen­tro, que llegue al fondo mismo del río.

Entonces, el maestro dice: "Ahora; ahora, puedes practicar la caligrafía. Pero hazlo sin autoconsciencia, hazlo como si no fueras tú quien lo hace, como si alguien lo estuviera haciendo a través de ti. Te vuelves meramente instrumental y sólo muévete con la ener­gía”. Ese era el punto, y estaría en el pórtico.

 

La caligrafía original fue trazada sobre papel por el maestro

Kosen. Cuando Kosen estaba dibujando las letras, había un

alumno a su lado, que había mezclado la tinta.

 

...a su lado, que había mezclado la tinta. Hay que mezclar tinta fresca continuamente; no se utiliza tinta lista para usar. Son todas cosas simbólicas: todo debe estar fresco, moviéndose en el momento. Un alumno parado a su lado mezcla continuamente la tinta, mientras el maestro sigue haciendo la caligrafía.

Pero, cuando el alumno vio la primera caligrafía completa, di­jo:

-No está tan bien.

En el primer intento de Kosen, el problema fue éste: ensegui­da, el maestro tomó consciencia del discípulo, de que éste estaba allí parado, juzgando, mirando. Y, cuando alguien está juzgando, es muy difícil mantener la autoinconsciencia. Se autoconcientizó: un ligero temblor en la mano, un leve temor, un pequeño esfuer­zo, porque alguien iba a juzgarlo. Se asustó, le entró un ligero ner­viosismo.

 

Mulla Nasruddin estaba invitado a hablar en un club de damas.   Una mujer entró en la habitación y le preguntó a Nasruddin:

-¿Estás nervioso? (porque iba a hablar en pocos minutos).

-No, nunca estuve nervioso, ¡nunca en mi vida! -dijo Nas­ruddin, que sin embargo temblaba mientras hablaba.

La mujer le respondió:

-Entonces, ¿qué haces en el baño de damas?

 

Estaba nervioso y no se había dado cuenta de que estaba  en  el  baño de mujeres. No estaba consciente; estaba caminando de un lado para el otro.

Cuando estás nervioso, no eres tú mismo. Cuando tienes au­toconsciencia, no eres tu verdadero ser; estás asustado, hay un li­gero temblor dentro de ti, porque otros van a evaluar si te apre­cian o no; te ha entrado un temor.

Supe de un maestro zen, Bokuju, que les hablaba a sus discí­pulos, aun cuando ellos, a veces, no llegaran en el momento indi­cado. Empezaba a hablar y no había nadie que lo escuchara. A veces, hablaba durante tanto tiempo que los discípulos simple­mente desaparecían, pero él continuaba.

Conocí a un hombre en mi propia vida. Tuve un maestro, un maestro extraño. Yo era el único alumno de su materia; así que me dijo: "Recuerda una cosa, porque yo no sigo reglas. Cuando hablo, no puedo acordarme del tiempo; así que, si te sientes in­cómodo o tienes ganas de ir al baño, simplemente ve y no me molestes. Y luego vuelve en silencio, siéntate y yo seguiré. Mien­tras no estás, no puedo interrumpir mi fluidez; entonces, ve y vuelve, pero no me molestes. Y no esperes, porque nadie sabe cuándo me voy a detener. Puedo empezar cuando suena el tim­bre, pero no puedo detenerme cuando suena, porque ¿cómo po­dría controlarme un timbre? Comenzar con él, está bien. ¿Pero terminar? Si algo está incompleto, ¿cómo podría finalizar? Tendré que completarlo. Entonces, si estás harto o si te aburres, simple­mente vete.

Probé muchas veces: me quedé afuera hasta media hora y, cuando regresaba, él estaba hablando y ahí no había nadie.

Esta clase de hombre no puede ponerse nervioso porque no le preocupa si alguien lo está escuchando o no; a él no le inquieta­ba saber si alguien lo estaba juzgando o no. Pero a Kosen le molestaba: aún no era un maestro perfecto. Esto demuestra que es­taba más interesado en el juicio de los demás que en hacer lo su­yo. Aún no había accedido al centro. Estaba casi en el centro, lo había alcanzado en forma aproximada, pero faltaba algo.

 

-No está tan bien -dijo el discípulo al primer intento de Kosen.

-Peor que antes -dijo al segundo intento.

Y siguió así.

 

Se debe haber preocupado cada vez más.

 

Después de sesenta y cuatro intentos, la tinta escaseaba, y

el alumno fue a preparar un poco más.

Kosen pensó: "Sólo una prueba rápida con el resto de la tin­ta,

mientras no está este alumno".

 

El alumno estaba afuera; entonces, mientras estaba fuera de su camino, Kosen quería hacer un último intento. Porque, cuando el discípulo estaba afuera, Kosen no estaba autoconsciente, no ha­bía nadie allí para juzgar.

 

"Sólo una prueba rápida con el resto de la tinta, mientras

no está ese alumno”.

 

Cuando el alumno está fuera del camino, el yo también está fuera del camino. Mientras el discípulo está afuera, Kosen tam­bién está afuera. Debido a la presencia del alumno, Kosen no po­día no estar; debido a la presencia del alumno, Kosen tenía que estar allí. Cuando el alumno estaba fuera del camino, Kosen tam­bién lo estaba: el paso estaba libre; no había nadie. Tanto el dis­cípulo como Kosen habían desaparecido.

 

Cuando el alumno regresó, miró bien esta última prueba

y dijo:

-¡Una obra maestra!

 

¿Cómo había sucedido? Fracasó sesenta y cuatro veces, y la sexagésima quinta lo consiguió. ¿Cómo fue? Sesenta y cuatro ve­ces, él estaba ahí para hacerlo; la última vez, en cambio, él no es­taba ahí para hacerlo; había sido realizado por el más allá. Cuan­do no estás, funciona el más allá; cuando estás, el más allá no puede funcionar porque tú estás en el camino.

No sólo esta caligrafía se transformó en una obra maestra, si­no que, a través de ella, Kosen se convirtió en un maestro perfec­to. Nunca más persona alguna pudo volver a molestarlo, nunca más se puso nervioso, nunca más tuvo autoconsciencia. ¡Nunca más! Esto se transformó en una revelación, un descubrimiento. Pudo ver claramente cuál era el problema: no era el alumno, era él mismo. No era su ojo ni su juicio, era su propio yo.

Recuerda esto, porque llegará un momento en tu meditación en el cual solamente tú estarás en tu camino, nadie más. Seguro que llegará un momento en tu crecimiento también en el cual to­do esté libre y sólo tú estés en el camino. Entonces, nunca pien­ses en lo que los demás piensan acerca de tu meditación. Nunca pienses en los demás: por qué y cómo te juzgan. Sus juicios son asunto suyo; es su problema, no tiene nada que ver contigo. Tú haces lo tuyo y lo haces en forma completa. Retírate totalmente y, entonces, todo empieza a suceder.

En el momento en que desaparece el actor, todo empieza a su­ceder. Si la meditación no se produce, el problema es el actor: aún estás actuando. Deja que suceda. Aún eres el actor, aún estás viendo cómo y qué piensan los demás, si te considerarán loco. Si el juicio de los demás permanece en tu mente, no puedes unifi­carte; estás dividido.

Solamente el yo piensa en los demás, porque depende de ellos. No es más que una acumulación de las opiniones ajenas, de lo que los demás dicen de ti. Estás permanentemente en la vidrie­ra, como un exhibicionista: "¿Qué están pensando los demás? ¿Qué están diciendo los demás?". Tu yo se conserva y se torna más sólido y cristalizado, gracias a esos otros.

¿Observaste alguna vez que, cada vez que no estás pensando en lo que los otros piensan de ti, de repente sientes un nuevo flu­jo de energía en tu interior, un flujo sin bloqueos? No hay obstá­culos y el río fluye hacia el océano. Y, entonces, todo lo que ha­ces se convierte en una obra de arte: ¡todo! Ahora tienes una cua­lidad totalmente diferente. Ahora, existes en un plano absoluta­mente distinto y todo lo que haces, aun algo pequeño, se torna absolutamente diferente. Se transforma en El Primer Principio.

Si eres íntegro, aun cuando te saques los zapatos antes de en­trar en esta casa, te los sacas de una manera diferente. Se con­vierte en El Primer Principio. Si una caligrafía, sólo tres palabras ("El Primer Principio"), puede transformarse en un gran mensaje, ¿por qué no los zapatos? El modo en que caminas se vuelve El Pri­mer Principio. Caminas sin autoconsciencia, como un animal, co­mo un ave, o te sientas debajo de un árbol y te sientas como un árbol, sin autoconsciencia. Y, entonces, de repente, muchos millo­nes de cosas comienzan a pasar en tu interior. El único problema es que estás tú, y la única solución es que no debieras estar ahí.

Simplemente, deja el camino. No te quedes ahí parado, despe­ja el camino, ponte a un costado. Es difícil; por eso es El Primer Principio. Pero, una vez que lo puedes hacer, has entrado. No hay nadie más que tú bloqueando el camino.

Mira cómo haces las cosas y siempre descubrirás al yo. La gen­te que hace plegarias siempre mira a su alrededor. Ve a una mez­quita y mira, ve a un templo y mira. Si hay mucha gente, dice sus plegarias con fervor. Si no hay nadie que los mire, lo hacen de pri­sa, como si la plegaria no estuviera dirigida a Dios sino a los visi­tantes, a los observadores.

Esto sucede continuamente en cualquier cosa que haces. No disfrutas del acto, sino de las opiniones de los demás. ¿Y esto qué valor tiene? ¿Qué importancia tiene? ¿Para qué estás aquí? ¿Para que otros te consideren un hombre muy bueno, un hombre reli­gioso, un meditador, un buscador de la verdad? La verdad parece ser tan importante como que los otros digan que eres un gran bus­cador de la verdad.

La gente acude a mí todos los días y yo observo. Algo le pasa a alguien en la espalda: tal vez sea sólo un dolor de espalda. Pe­ro acude a mí y, si yo le digo que no es más que un dolor de es­palda y le indico que vaya al médico, no se sentirá bien. Si le di­go "Es tu kundalini en ascenso", y miro su rostro, se sentirá alegre, enormemente alegre. Y, de cada cien casos, noventa y nue­ve son dolores de espalda. Alguien me dice que algo le sucede en el tercer ojo, pero no es más que un dolor de cabeza. Sin embar­go, si le digo que vaya y se tome una aspirina, o algo así, sólo se sentirá mal. Ha venido para otra cosa, en busca de que su creci­miento sea reconocido, de que se le diga que va a llegar a algún lado. Nunca nadie ha llegado a ningún lado con dolores de cabe­za. No sólo hay que dejar de lado los dolores de cabeza, sino la cabeza misma.

Obsérvate, mantente atento a lo que estás haciendo. No seas tonto y no te engañes. Es fácil hacerlo, pero lo divino sólo se pue­de producir cuando desaparece esa tontería. De nada ayudará... salvo que quieras seguir acumulando hojarasca alrededor del yo. Observa todo lo que haces y mantente alerta. No sigas moviéndo­te como un sonámbulo y no pretendas buscar el reconocimiento de los demás. Sólo mantente alerta, observa y espera, y lo divino se producirá. Porque, a través de la observación, desaparecerás. Al olvidarte de los demás, te olvidarás del propio yo.

Incluso con Dios, la gente tiene la misma relación: rezan en voz alta sólo para obtener cierto reconocimiento de lo divino. Como de esa fuente no puede provenir reconocimiento alguno, crearon nuevas agencias intermediarias: los sacerdotes. Ellos te pueden brindar reconocimiento. Dios nunca te reconoce; Dios únicamen­te te reconoce cuando no estás, y éste es el problema. Por eso existen los sacerdotes: te pueden reconocer; te pueden decir: "Sí, estás creciendo”. Si en verdad estás creciendo, no hay necesidad de preguntárselo a nadie; el crecimiento hablará por sí mismo; y, aunque el mundo entero lo niegue, el crecimiento hablará por sí mismo. Lo sentirás, estarás satisfecho con eso y no seguirás pre­guntando. Dios no te reconoce; por eso, en este siglo, se ha di­cho que Dios está muerto. Si no nos reconoce, ¿cómo podría es­tar vivo? Debería reconocemos y únicamente entonces...

Querríamos conservar nuestro yo hasta el mismísimo final, porque él no está allí para dar seguridad. Pero, salvo que te trans­formes en un nadie como Él, no hay posibilidad de encontrarse con Él. Creamos sacerdotes y grandes iglesias, que nos brindan garantías.

Sé de un hombre que es el principal sacerdote de una peque­ña comunidad mahometana de la India. Entrega una carta (exac­ta y literalmente, una carta), escribe una carta a Dios en referen­cia a un hombre que está por morir, diciendo que donó tanto, y que hizo tanto, esto y aquello; y le pide, por lo tanto, que "lo cui­de". La carta debe ser depositada en la tumba junto con el hom­bre. Y la gente se siente muy, muy feliz: hacen donaciones, entre­gan dinero, ayudan, rezan; todo esto, nada más que para obtener - más garantías. Estarás en tu propia tumba y la carta seguirá ahí.

Una vez, hablaba con esta comunidad. Les decía que simple­mente fueran y cavaran en sus viejas tumbas, pues allí encontra­rían esas cartas. Pero tenían miedo de cavar porque, si llegaban a encontrar allí las cartas, se les caería todo este edificio. Entonces, ¿qué hacer?, ¿quién los reconocería?

No pidas reconocimiento, pues todo reconocimiento es un es­fuerzo del yo. No te fijes en los demás; fíjate en ti mismo. Cuan­do creces, sabes. Cuando floreces, sabes. Cuando estés dichoso, sabrás. Si creces, no hay posibilidad de no saber; es absolutamen­te seguro que sabrás. Pero, en nuestras vidas, convivimos con otros permanentemente, y siempre los miramos a los ojos, nos fi­jamos cómo se sienten, qué piensan de nosotros, etc., etc. Enton­ces, el hábito se transforma en un patrón fijo de conducta. Cuan­do te vayas al otro mundo, te llevarás este mismo hábito.

 

Hace unos pocos días, vino un hombre y dijo: -He sido iluminado.

-Muy bien. Ahora, todo se terminó. ¿Por qué acudes a mí? ­pregunté.

-Sólo para cerciorarme.

¿Qué clase de iluminación es ésta si no estás seguro de ella?

 

Hubo una causa judicial contra Mulla Nasruddin, porque estaba borracho y había insultado a alguien; entonces, le hicieron juicio.

 El magistrado dijo:

-Nasruddin, ¿otra vez aquí? ¿Eres culpable o no?

Respondió Nasruddin:

-Culpable, su Señoría, pero me gustaría ser juzgado para estar seguro.

Nadie tiene garantías, ni siquiera de sí mismo. Y todo el mundo se fija en el otro.

 

Una vez pasó que el hijo de cuatro años de Mulla Nasruddin le   preguntó:

-Papi, ¿por qué te casaste con mami?

Mulla Nasruddin contempló al niño durante unos segundos, y luego replicó:

Entonces, ¿tampoco tú estás seguro? ¿Tú también te lo pre­guntas? Yo tampoco estoy seguro.

Y agregó:

 

-Si algún día logras averiguar por qué me casé con tu mami, por favor, dímelo.

 

Vives en una constante incertidumbre; tu única certeza es el re­conocimiento de los demás. Cuando empiezas a dirigirte al más allá, este reconocimiento no es necesario. Y ese es el templo, y El Primer Principio está en el pórtico: entrégate, entrégate por completo. No se te puede permitir que entres. Podrás entrar, pe­ro cuando ya no esté tu yo. Entonces, fluirás hacia el templo; en­tonces, no habrá obstáculos para la energía. 

Inténtalo. Sé observador y muévete en el mundo como si estu­vieras solo, como si no hubiera nadie. Muévete en el mundo como si el aislamiento fuera absoluto, como si no hubiera nadie. Si ahí no hay nadie, tu autoconsciencia, poco a poco, cae. Entonces, el alumno estará afuera y, con el alumno, también tu yo se habrá ido.

 

Kosen pensó: "Sólo una prueba rápida con el resto de la tin­ta,

mientras no está ese alumno”.

Cuando el alumno regresó, miró bien esta última prueba y dijo:

-¡Una obra maestra!

 

Si puedes retirarte del camino, todo tu ser dirá: "¡Una obra maestra!". Tú te vuelves una obra maestra. Hay dos clases de crea­dores en el mundo. Unos trabajan con objetos: un poeta, un pin­tor, trabajan con objetos, crean cosas; otros, los místicos, se crean a sí mismos; no trabajan con objetos, sino con el sujeto; trabajan consigo mismos, con su propio ser. Y entre esta clase está el ver­dadero creador, el verdadero poeta, porque él se transforma a sí mismo en una obra maestra.

Llevas oculta en tu interior una obra maestra, pero estás para­do en el camino. Simplemente, hazte a un lado, y la obra maes­tra quedará al descubierto.

Todo el mundo es una obra maestra, porque Dios nunca crea nada menor. Todo el mundo esconde una obra maestra durante muchas vidas, sin saber quién es y tratando de convertirse en al­guien, en la superficie. Abandona la idea de convertirte en al­guien, porque ya eres una obra maestra, y ésta no se puede me­jorar. Sólo debes acceder a ella, conocerla, descubrirla. Dios mis­mo la ha creado; no se la puede mejorar.

Aquí no te estoy enseñando a mejorar tu vida. No; no yo. Te estoy enseñando únicamente a conocer la vida que ya está allí, que siempre estuvo allí: así es la cosa. Sólo hazte a un lado, para que el yo no llene tus ojos, para que tu ser no esté nublado y pa­ra que el cielo se abra. De repente, no sólo tú, sino la existencia toda, dice: "¡Una obra maestra!". Éste es El Primer Principio.

Suficiente por hoy.

 

 

 

Noveno Discurso:

 

La Broma Práctica

 

Un hombre viejo que había nacido en Yen, pero había

creci­do en Chu'u, decidió regresar a su país natal. Mientras

cruza­ba el estado de Chin, sus compañeros decidieron

hacerle una     broma. Señalando una ciudad, dijeron:

-Ésta es la capital de Yen.

El viejo se dominó y adquirió una apariencia solemne.

Den­tro de la ciudad, señalaron un templo:

-Éste es el templo de tu barrio.

Lo contempló profundamente.

Señalaron una cabaña:

-Ésta era la cabaña de tu padre.

Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas.

Señalaron un montículo de tierra y dijeron:

Ésta es la tumba de tu padre.

Él no pudo evitar llorar en voz alta.

 Sus compañeros lanza­ron una carcajada y le dijeron:

-Estamos bromeando: todavía no saliste de Chin.

El viejo se sintió muy incómodo. Cuando llegó a Yen y vio

en realidad la capital, el templo de su barrio, la cabaña y la

tumba de su padre, no lo sintió tan profundamente.

 

Todo tu mundo está en tu mente. O, mejor dicho, todo tu mundo es tu mente; no existe nada más. Todo lo que ves es una proyección. Por eso, los hindúes siempre sostuvieron que el mundo es ilusorio. Es una ilusión óptica: es pura apariencia, no está allí. ¿Y cómo se puede ir más allá de esta ilusión?

Si puedes entenderlo como una ilusión, ya estás en camino de ir más allá de ella. Si un sueño se advierte como sueño, ya te es­tás alejando de él, te estás despertando.

El mundo que ves no es la realidad, porque la realidad única­mente se puede ver cuando la mente no está. Con la mente en el medio, no es posible ver la realidad: está coloreada. Proyectas en ella tu mente; se transforma en una pantalla.

Ves a una mujer como muy, muy hermosa; los demás no per­ciben para nada esa belleza. ¿Pertenece la belleza a la mujer o a tu mente? Si perteneciera a la mujer, todos la verían hermosa. Pe­ro puedes encontrar a gente que la mira y a la que no le gusta; puedes encontrar gente que de ninguna manera la considera her­mosa. y tú crees que lo es. Entonces, ¿dónde está la belleza? ¿En la mujer o en tu mente? ¿Es objetiva o es sólo un fenómeno sub­jetivo?

 

Una vez sucedió qué yo estaba sentado; cerca del Ganges, en Allahabad, con un amigo. Estábamos hablando de Dios, de la medi­tación, cuando, de repente, mi amigo perdió el hilo de lo que estába­mos diciendo. Yo también sentí que algo había sucedido, y le pre­gunté:

-¿Qué pasó? Porque ya no estás aquí...

Exclamó:

-No puedo: ¡mira!

Bien cerca de la orilla, estaba tomando un baño una mujer, pero no podíamos verle la cara. Estaba de espaldas a nosotros. Un cuer­po muy esbelto, muy proporcionado, con un largo cabello. Y mi ami­go estaba demasiado excitado: todo en él era excitación. Dijo:

-Espera. No puedo hablar de Dios y de la meditación justo aho­ra. Es imposible: tengo que ir y mirar a esa mujer. Su cuerpo parece ser muy hermoso y proporcionado...

Le respondí:

-Ve y acaba con esto.

Puedes imaginarte la historia romántica que iba tejiendo a medi­da que caminaba. Iba lleno de ilusión, una proyección. Avanzaba suave y delicadamente; pero, cuando la alcanzó, se entristeció en forma repentina. Volvió, y le pregunté qué había pasado. Me contó:

-No es una mujer. Es un sannyasin con el pelo largo.

 

Pero, por un momento, estuvo en un ensueño.

Pero podía haber sido homosexual; entonces, el caso hubiera sido exactamente al revés: si hubiera sido una mujer no le habría servido, y un sannyasin, con un hermoso cuerpo masculino, ha­bría llenado su interior de poesía.

Un homosexual vive en un mundo totalmente diverso; su pro­yección es diferente. Un heterosexual vive en un mundo totalmen­te distinto, con una proyección también diferente. Después, hay personas autoeróticas a las que no les interesa la homosexualidad ni la heterosexualidad; están tan encerradas en sus propios cuer­pos que viven en un mundo completamente diferente. Y hay gen­te que está más allá del sexo; también ellos viven en un mundo absolutamente distinto. Entonces, el mundo no está ahí afuera; está en algún lugar dentro de ti.

Entonces, hay un punto en el que no está la mente: este mun­do que conociste hasta ahora, simplemente desaparece. No es que no quede nada; no es que todo se disuelva en la nada; no. Pe­ro todo lo que conoces, simplemente desaparece, y te enfrentas por primera vez con lo desconocido. El mundo es una proyección; la existencia, no. Cuando el mundo desaparece, la existencia está allí en su gloria absoluta, ¡magnífica! Pero ahora no es una pro­yección, porque no hay proyector dentro. La mente es el proyec­tor: obsérvala, porque es una de las raíces de toda nuestra desdi­cha... y también de nuestra felicidad.

Un hombre comprensivo nunca está feliz ni triste; no siente angustia ni placer: y ese es el placer. Simplemente existe, sin nin­guna proyección. Nada puede hacerlo más feliz, y nada puede ha­cerlo más infeliz. Está simplemente en un estado de profunda sa­tisfacción por primera vez (nada lo molesta), y puede ver qué es la existencia.

Quienes han visto así, sin la mente, dicen que el mundo no existe, pero Dios sí existe. El mundo es una proyección; Dios no es una proyección, Dios es la realidad. Y te la estuviste perdien­do. Te la estuviste perdiendo con tus proyecciones: ves otra cosa, lo que quieres ver.    

No existe una mujer ni existe un hombre. Existe la mujer por­que tú eres sexual. Si en tu interior desaparece el sexo, desapare­ce la mujer. Pero quedará alguien; tu esposa no va a desaparecer en el aire. Quedará ahí, pero ya no será una esposa, ya no será una mujer. De pronto, desaparecen todas las proyecciones, y es­tá Dios. Tu mujer se transforma en un dios, la roca se transforma en un dios. La existencia es Dios; la existencia es divina, pero no lo puedes ver, porque es la pantalla sobre la cual se depositan to­das tus proyecciones.

Por eso, los Budas siempre dicen que, si tienes cierto deseo, no puedes acceder a la verdad, porque todo deseo la colorea. Si quieres conseguir algo, no Podrás conocer la realidad. El esfuerzo mismo por lograr algo (un deseo) la colorea. Cuando no tienes de­seos, cuando no eres para nada ambicioso, cuando no estás aspi­rando a conseguir nada, cuando eres simplemente un ser, absolu­tamente quieto e inmóvil, la realidad aparece ante ti de repente.

Entonces, el mecanismo es el siguiente: tú y la realidad, y en­tre los dos la mente. Éste es el mecanismo de lo irreal, de lo ilu­sorio, maya. Tú y la realidad, sin más mente en el medio: de re­pente, se descubre todo lo que existe, todos los misterios se abren. Pero, cuando cae la mente, cae el puente: tú y la realidad forman una unidad, porque no hay línea divisoria. En este mo­mento, tú estás allí, tu mente está allí, y el mundo está allí; la tri­nidad de la cual han hablado todas las religiones: el Padre, el Hi­jo, el Espíritu Santo. Los hindúes lo llaman Trimurti. Debes ha­ber visto las tres imágenes de Brahma, Vishnú, Mahesh: tres ros­tros juntos. Estos tres rostros desaparecen, pues los tres son ilu­sorios. Oculta detrás de estas tres caras, hay una sola. Con esa no hay objeto ni sujeto; simplemente, ves lo que existe. Aquello que existe, se descubre. Pero, para llegar a este nivel de comprensión, tienes que entender tus ilusiones, y conociste muchas. Pero nun­ca aprendiste nada.

 

Alguien le preguntó a un viejo místico sufí, Bayazid, cuando esta­ba en su lecho de muerte:

-¿Quieres decir algo acerca del hombre, para que pueda apro­vechar?

-Una cosa: el hombre nunca aprende -replicó.

 

Pasaste por muchas experiencias, ¿y qué aprendiste? Sigues igual, sigues jugando el mismo juego. ¿Observaste esto, que si­gues igual? Las situaciones pueden variar, pero el juego sigue sien­do el mismo.

Te enamoras de una mujer. En el momento en que te enamo­ras, no puedes creer que llegará un momento en que este amor desaparecerá; ¡no puedes creerlo! Es sencillamente imposible pensar que tu amor pueda desaparecer. Después, desaparece; después, te hartas de la mujer. La misma mujer que era tu sueño, tu deseo; si no la hubieras tenido, habrías llorado y gritado toda tu vida. La tuviste, la conseguiste, y tarde o temprano se instala el aburrimiento. Te sientes harto y te gustaría escapar. En ese mo­mento, nunca te pones a recordar. Nunca miras hacia atrás ni ves que esa es la misma mujer por la que estabas loco. Un día esta­bas loco por tener a esta mujer, y ahora estás loco por escaparte de su lado. Un día pensabas que era la persona más hermosa del mundo, y ahora esta misma persona es la más desagradable. ¿Con qué frecuencia piensan los maridos en matar a sus mujeres? ¿Con qué frecuencia piensan las mujeres en matar a sus maridos? ¿Con qué frecuencia piensan los niños, los niños pequeños, en matar a sus padres?

 

Un niño volvió del colegio y se veía muy triste. La mamá le pre­guntó:

-¿Qué sucede? ¿Por qué estás triste?

El niño replicó:

-Había un psicoanalista en el colegio. Vino a evaluar a todos los chicos, y yo soy el único anormal. Por eso estoy triste.

La mamá dijo:

-¿Cuál es tu anormalidad? ¿Qué dijo? El niño aclaró:

-Hizo un ejercicio: los chicos teníamos que escribir si nos gus­taría o no matar a nuestros padres, y yo fui el único que puse que no. Todos los demás chicos escribieron que sí. Entonces, el psicoanalis­ta dijo: "Tú eres el único niño anormal: todo niño quiere matar a sus padres”. ­

 

Llega un momento en que el amante quiere matar a la amada.

Y ella era el objeto de todos sus deseos, de todos sus sueños, de toda su poesía. ¡Con qué alegría pensaba en estar con ella! Pero sólo en sueños. La realidad es difícil: destruye y aniquila todos los sueños. Ahora, quiere deshacerse de ella, y nunca aprenderá na­da. Más tarde o más temprano, volverá a enamorarse de otra mu­jer, y se repetirá lo mismo nuevamente. Lo mismo, sin ninguna diferencia. Otra vez pensará que esta mujer es la persona más hermosa del mundo, otra vez pensará que ya no hay necesidad de buscar a nadie más ahora que está satisfecho, que ha encontrado a la persona justa. Y no se dará cuenta de que se repite el mismo patrón. En unos días, se agotará nuevamente y comenzará a per­seguir a otra persona.

¿Aprendes algo alguna vez? ¿Aprendiste algo alguna vez? Y, si no aprendes, ¿cómo puedes madurar? Y si no aprendes y repites una y otra vez el mismo círculo vicioso, éste se cristaliza cada vez más en tu interior, llega a tus raíces mismas. Éste es el estado de la ignorancia.

Si empiezas a aprender, el círculo se quiebra por algún lado. Entonces, comienzas a ver todo el patrón de tu mente, cómo fun­ciona: primero el amor, después el hartazgo, luego el amor nue­vamente, después el hartazgo. El círculo gira. Y si lo entiendes, un día, la misma comprensión del sinsentido de este circuito te saca del mismo. No debes hacer nada; sólo tienes que comprender, tie­nes que aprender a través de la vida.

Muévete. Vive todas las experiencias que puedas, porque la ex­periencia es el único aprendizaje. Muévete y no tengas miedo; pe­ro aprende: no alcanza con moverse. Estuviste moviéndote y via­jando: eso no sirve. Si te sigues moviendo en un circuito incons­ciente, las cosas quedan cada vez más fijas. Te transformas prác­ticamente en un robot, te vuelves predecible: se puede decir todo acerca de ti. Por eso existe la astrología: no porque alguien sepa qué dicen las estrellas, no porque alguien sepa qué hay escrito en tu mano; no. La astrología existe porque eres predecible, te mue­ves dentro de un círculo vicioso.

 

Una joven le estaba mostrando la mano a una gitana. La mujer le miró la mano y aseguró:

-Te has enamorado... (la chica se sorprendió porque había ocultado ante todo el mundo este hecho...), y el hombre del que te enamoraste tiene una altura de un metro noventa.

Se sorprendió aún más: ¡exacto!

Y tiene el pelo negro, largo y suelto.

¡Ahora ya era increíble! Entonces, la gitana le dijo a la joven:

-Tiene una pequeña cicatriz de una herida en la mano derecha. Esto era demasiado; así que la joven dijo:

-¿Cómo puedes enterarte de estas cosas a través de la mano?

-¿Quién se entera a través de la mano? -respondió la gita­na. -¡Es por tu anillo de bodas! Hace tres años, tu anillo era mío.

 

Eres predecible porque te mueves dentro de un cierto patrón, como hace todo el mundo. Si le predices algo a alguien, hay un cincuenta por ciento de posibilidades de que sea correcto, y un cincuenta por ciento es demasiado. Los astrólogos son sólo inte­ligentes, nada más que astutos. Mientras hablan, te observan, se fijan en cómo te sientes. Perciben cuál es la senda correcta por tu cara, o porque estás inclinando la cabeza. También inclinas leve­mente la cabeza cuando aceptas algo interiormente.

Viene a revisarme un médico, un hombre muy bueno. Pero no necesito preguntarle nada, porque siempre dice interiormente sí o no. Si me revisa el pecho, asiente. Entonces, me digo a mí mis­mo que está bien, que no es necesario preguntarle; asiente en for­ma muy sutil. Me toma la presión y asiente, pero no se da cuen­ta.

 

Tampoco tú te das cuenta de que, cuando le muestras la mano a alguien, le estás dando indicios: "Sí, esto encaja”. Cuando una línea encaja, estás atrapado, pues ahora te moverás como un ro­bot en esa línea. Te vuelves predecible. Quien te lee la mano, só­lo está ante un enigma al comienzo. Una vez que capta el indicio, una vez que descubre la línea sobre la cual te has movido, una vez que asientes, estás atrapado. Ahora, puede seguir diciendo cosas que encajan. Eres un robot. Sólo cuando te vuelves iluminado, te vuelves impredecible. Entonces, ningún astrólogo puede decir na­da de ti.

Un astrólogo me vino a ver en Bombay, un hombre muy famoso.

Estábamos discutiendo y él decía que la astrología era una ciencia.

Yo le dije:

-Haz una cosa: tú anticípame un año, y yo haré todo lo contra­rio. Si dices que no moriré, me moriré. Si dices que moriré, no me moriré. Predice un año y después decide.

Respondió:

-Está bien; volveré.

Nunca regresó. Pregunté por él muchas veces porque, antes de esto, solía venir.

 

Pero se pueden decir cosas de ti porque te mueves como una máquina. No puedes cambiar; estás dominado. Si te enamoraste, dirás las mismas cosas que les dijiste a otras chicas.

 

Mulla Nasruddin se enamoró de una mujer, le dijo: -Eres la persona más amable del mundo.

Por supuesto que la mujer se sintió muy bien. Se puso muy con­tenta, se ilusionó. Al ver su cara, Nasruddin le aclaró:

-¡Espera!... También les dije esto a otras mujeres.

 

Tú eres el mismo: sólo observa. Cuando te enamoras, te repi­tes exactamente, ¡exactamente! No cambia ni una sola cosa.

 

Mulla Nasruddin se divorció de su esposa y, después de doce años, se encontraron en una función. Estaban sentados uno al lado del otro, en forma accidental, cuando Nasruddin se emborrachó mu­cho. Había estado borracho el día en que le había declarado su amor a esta mujer, y ahora lo estaba nuevamente. Dijo:

-¿Qué te parecería volver a intentarlo?

La mujer respondió:

-¡Sobre mi cadáver!

Nasruddin se rió y dijo:

-No has cambiado nada.

 

Ella había dicho exactamente lo mismo treinta años antes, cuando se habían casado, y ese día se repitió”, exactamente la mis­ma situación: se encontraron en una función, en forma acciden­tal se sentaron uno al lado del otro, y Mulla Nasruddin se puso muy borracho; por eso le hizo la proposición. Ningún hombre puede declararle su amor a una mujer sin estar borracho. ¿Cómo podría hacerlo? Y aquel día la mujer también había respondido: "¡Sobre mi cadáver!".

Simplemente, mira hacia atrás, observa, fíjate. Tal vez haya pasado el momento de observar, pero puedes hacer algo: puedes revivirlo. Además, es más fácil. Revivir algo es un proceso muy bello, una profunda y enorme meditación. Si puedes vivirlo con plena consciencia en el momento, no hay necesidad. Pero no pue­des; en ese mismo momento, no es posible. Entonces, haz algo: revívelo. Cierra los ojos todas las noches, antes de dormir, y vuel­ve al pasado. No recuerdes, ¡revive! Cuando recuerdas, te mantie­nes al margen; no sirve. Simplemente, revive todo el momento.

Le estás declarando tu amor a una mujer; ¿qué le dices?, ¿qué dijiste exactamente? Dilo nuevamente, colócate otra vez en esa si­tuación, transfórmate en el hombre joven que eras entonces. Y la mujer: obsérvala, tan bella como estaba ese día. Muévete lenta­mente... y verás muchas mujeres, y la misma.

Por eso los hindúes dicen que el mundo es una rueda. La pa­labra "samsar", que los hindúes usan para hablar del mundo, alu­de a una rueda. El símbolo de la bandera hindú es una rueda. Ese símbolo lo sacaron de Buda, porque Buda dijo que el mundo es como una rueda. Y te estás apegando a la rueda, y sigues movién­dote con ella.

Toma consciencia de que estás repitiendo. La repetición es in­consciente. Toma consciencia de que te estuviste comportando co­mo un robot y no como un hombre. Toma consciencia. Retorna y observa, revive los momentos y date cuenta de que has estado re­pitiendo lo mismo una y otra vez: la misma furia, y luego el arre­pentimiento; el mismo casamiento, y luego el divorcio; el mismo enamoramiento, y después el hartazgo. Si puedes descubrir y ver el carácter repetitivo de tu vida, la comprensión misma de estar metido en un circuito repetitivo se transforma en consciencia. La próxima vez que le declares tu amor a otra mujer, de pronto sur­girá en ti una corriente de energía, y podrás ver y sentir: no más repeticiones. Entonces, las cosas serán diferentes.

Aprende a través de la vida; si no, las cosas no van a cambiar. Todo el mundo piensa: "Esta vez va a ser distinto”. Si tú no has cambiado, ¿por qué habría de ser diferente esta vez? Y, si obser­vas detalladamente, te darás cuenta de que no sólo repites el he­cho de enamorarte; te enamoras una y otra vez de la misma cla­se de hombre o de mujer; la misma clase. Así tiene que ser.

Supe de un hombre que se divorció ocho veces. Y, entonces, de repente, tomó consciencia: "¿Qué me está pasando? ¿Me están haciendo una broma, o qué? Porque siempre me enamoro otra vez de la misma clase de mujer”.

Nadie te está haciendo una broma... porque estás eligiendo tú y, si sigues igual y no aprendiste, ¿cómo podrías elegir otra clase de mujer? Volverá a atraerte la misma clase de mujer. Volverás a enamorarte de la misma clase de mujer y, entonces, se repetirá el mismo círculo. Ocho veces u ochenta; no hace ninguna diferen­cia. Si sigues igual, harás lo mismo; volverás a encontrar a la mis­ma persona primero atractiva y luego desagradable.

¡Aprende! Aprende a través de la vida; y la lección más impor­tante es que no ves la realidad tal como es. Proyectas cosas sobre ella y, cuando proyectas, seguro que tarde o temprano te frustra­rás, porque la realidad no encaja con tu proyección. ¿Cómo pue­de la realidad encajar con tu proyección? ¿Quién eres tú? Tú de­bes adaptarte a la realidad; no es la realidad la que debe adaptar­se a tu proyección. Por eso eres desdichado: porque siempre sien­tes que algo sale mal. Nada sale mal. Empiezas con un sueño, y la realidad no cree en tu sueño: eso es todo. ¿Cómo puedes obli­gar a la realidad a que se adapte a tus sueños?

Veo una puerta en la pared (en mi sueño) y empiezo a cami­nar a través de ella. Me lastimo. No es que la pared esté allí para que me lastime; la pared no tiene absolutamente nada que ver. Si veo una puerta en la pared, me lastimaré, porque la pared no va a ceder ante mi sueño.

La realidad es enorme; es el todo. Tú eres sólo una parte y só­lo madurarás cuando dejes de hacer este esfuerzo absurdo. Y a es­to lo denomino sannyas: un hombre o una mujer que ha llegado a descubrir que "la realidad no se puede adaptar a mis sueños; en­tonces, me adaptaré yo a la realidad". De inmediato, se produce una revolución. Si sigues intentando una y otra vez que la realidad se adapte a tus demandas, a tus sueños, a tus deseos, a ti, eres in­fantil. ¿Quién eres tú? Pero esta idea falaz aparece.

Cuando nace un niño, la madre es la única realidad. Está en contacto únicamente con la madre y ésta satisface todos sus de­seos: tiene hambre y la madre le da leche; tiene sed y le dan agua; se siente mojado y le cambian los pañales; tiene un poco de frío y le colocan una manta encima. Le satisfacen todo. Y todo niño es un soñador; tiene que serlo. El niño empieza a sentirse como si fuera el centro del mundo: él está aquí para demandar y el mun­do está allí para satisfacerlo. Si sigues así, seguirás siendo un ni­ño.

 

         Veo personas que no crecen para nada. Llegan a sus tumbas, pero en realidad nunca salieron de sus cunas, aún juegan con sus juguetes y sueñan y, después, gritan y lloran porque la realidad no las tiene en cuenta; entonces, se sienten frustradas, se ponen agresivas, sienten que en todas partes hay algo que anda mal o está en contra de ellas, como si la realidad fuera su enemiga.

La realidad no es tu amiga ni tu enemiga. Ninguna de las dos cosas. Si tomas consciencia, se torna amigable. Si no tomas consciencia, demuestra ser tu enemiga. En sí misma, no es ninguna de las dos cosas. La realidad no tiene prejuicios sobre ti como ami­go ni como enemigo. La realidad simplemente existe allí en toda su pureza. Depende de ti: si empiezas a enfrentarte a la realidad, se hará tu enemiga; si comienzas a adaptarte a ella, a aceptarla, a fluir con ella, no contra la corriente sino dejándote llevar por ella, si simplemente te entregas a ella... esto es confianza, esto es shraddha, fe.

La ciencia es conflicto; la religión es confianza. ¿Qué es la ciencia en realidad? Es un esfuerzo para que la realidad se adecue a los sueños del hombre. Tal vez al principio parezca que estás triunfando, pero tarde o temprano el éxito mismo demuestra ser el mayor fracaso. En cada lugar en que la ciencia tuvo éxito, ha llegado al fracaso; ¡en cada lugar! Cambió toda la biosfera, y aho­ra empezaron a aparecer problemas ecológicos. Lo que hace la ciencia, tarde o temprano, habrá que deshacerlo. Cada vez que tiene éxito, demuestra ser un fracaso. El hombre no es cada vez más feliz; este siglo es el siglo más triste de toda la historia del hombre. Nunca antes el hombre había sido tan infeliz. Y el hom­bre ha triunfado mucho, pero ha triunfado en algo que está bási­camente mal.

Estás forzando algo, eres agresivo. La ciencia es como una vio­lación a la naturaleza. Puedes violar a una mujer, pero eso no es un triunfo; no es un triunfo para nada, es un fracaso. Sólo un hombre totalmente fracasado hace un intento de violación. Un hombre incapaz de amar hará un intento de violación, pero vio­lación no es amor. El amor es cuando la mujer se abre, se entre­ga, se rinde, se vuelve receptiva, celebra y danza; pero entonces no es agresión.

La religión es como el amor, y la ciencia, como la violación. La naturaleza toda sufre por esta violación, y es sólo un esfuerzo in­fantil. No encontrarás a un país antiguo que sea científico; no. Llegaron a ese punto muchas veces, y muchas veces se dieron cuenta de que es infantil.

En India, hace cinco mil años, hubo una guerra. La denominan Mahabharata, la Gran Guerra de la India. Si alguien lee sobre ella y la analiza profundamente, parece que hubieran llegado a inven­tar nuevamente todas las armas que hemos inventado. Tenían al­go como la bomba H, pues la descripción de la destrucción es tan amplia que no pudo haberse producido de otra manera. Destru­yeron todo el país; no sólo el país, sino el mundo entero. Ese mo­mento, ese momento histórico, ahora se ha vuelto prácticamente mítico, porque no existe registro. La destrucción fue tan vasta, tan total, que todos los registros se perdieron. Después de eso, la In­dia no intentó nuevamente ser científica: tal fue el fracaso. De­mostró ser destructivo, nada más. Ahora, en Occidente, estamos llegando nuevamente a ese punto culminante.

Pero recuerda, todo el esfuerzo es erróneo, por una cosa bási­ca: que tratas de forzar la realidad en función de tus sueños. ¿Quién eres tú y cuál es tu sueño? Estás aquí por poco tiempo; la realidad existe sin principio. Tú vas a desaparecer de aquí, y la realidad existirá eternamente. ¿Quién eres tú? Un sueño que exis­te en la realidad durante setenta años. Setenta años no es nada para la realidad; un sueño adentro del sueño que trata de obligar a que la realidad se adapte a él. Todas las utopías son tontas e in­fantiles.

Quienes saben llegaron a aprender que "la realidad no se pue­de modificar; lo único que se -puede modificar soy yo". Y, si, uno cambia, de repente uno puede ver: ésta es la pared y esa es la puerta. Entonces, no hará esfuerzos por atravesar la pared; irá ha­cia la puerta. La realidad se vuelve amigable.

En Occidente, la humanidad de hoy siente que el hombre es un extraño, no alguien que está en su casa. Si te enfrentas a la reali­dad, seguro que sentirás, un día u otro, que eres un extraño; no sólo que eres un extraño, sino que la realidad está contra ti. En Oriente, siempre sentimos que el hombre está en su casa; la rea­lidad es mi madre, la realidad es el útero. No somos extraños, no somos enemigos; la realidad nos ama: por eso estamos aquí. La realidad nos crea porque nos ama, y estamos en nuestra casa.

Pero tú no sentirás esta comodidad si no tratas de aprender al­go básico: abandona tus sueños. Vives en función de tus sueños y, al final, demuestras ser un tonto. Esta historia tiene por objeti­vo demostrar cómo te afecta la proyección. Tratemos de enten­derla.

 

Un hombre viejo que había nacido en Yen, pero había creci­do

en Chu'u, decidió regresar a su país natal. Mientras cruza­ba

el estado de Chin, sus compañeros decidieron hacerle

una broma. Señalando una ciudad, dijeron:

-Ésta es la capital de Yen.

 

No lo era; pero, una vez que el viejo empezó a pensar "Es mi país, mi capital, aquí he nacido", empezó un sueño. Estaba muy emocionado al respecto. Había regresado a su pueblo, y no era su pueblo; pero ese no era el punto. Si crees que lo es, lo es. Si no crees que lo sea, no lo es.

¿Te fijaste alguna vez que puedes atravesar un cementerio y, si no sabes que es un cementerio, sigues cantando y riendo? Si lo sabes, es imposible; si sabes que es un cementerio, no puedes atravesarlo vivo. Tendrás que enfrentar muchas dificultades, no porque el cementerio las genere, sino por la idea de estar en el cementerio. Eso es proyectar.

 

Yo vivía con uno de mis familiares. Por la noche, rechinaba los dientes en muchas oportunidades y yo solía hacerle bromas. Cada vez que se quedaba alguien nuevo, le decía que no pasara por ese cuarto a la noche, pues era muy peligroso; afirmaba que un hombre que vivía allí había muerto en la Primera Guerra Mundial, poco des­pués de haberse casado con una mujer muy, muy bella, hermosa a pesar de ser pobre, pero que tenía un solo ojo. El hombre se había ido a la guerra y no había regresado, pero nadie le había informado a la pobre mujer que había muerto; ella había preguntado y pregun­tado, había ido una y otra vez al correo en busca de una carta, pero ésta nunca había llegado. Finalmente, la mujer también había muer­to, esperando, esperando y esperando. Aún espera como fantasma y, cada vez que llega un hombre a su casa, piensa: "Puede ser que, tal vez, haya llegado mi marido”. Entonces, por la noche, ella viene, lo destapa y le mira la cara. Es una mujer hermosa con un solo ojo y usa un sari rojo. En consecuencia, le aclaraba que se lo contaba porque, si sucedía sin que yo se lo hubiera advertido, se podía asus­tar; le aclaraba que ella nunca lastimaba a nadie, que se limitaba a mirar y, al darse cuenta de que no es su hombre, tira la manta con ira y sale.

Como estaba planteado, la mayoría decía: "¡No lo creo!" ¡Y ésta es la víctima justa! Cuando alguien afirma "¡No lo creo!", es la víc­tima justa. Cuanto más firmemente dice que no lo cree, tanto más fir­memente está reprimiendo un temor.

Yo le decía: "La cuestión no es esa, si lo crees o no; es una expe­riencia. No te estamos obligando a creerlo, pero llegarás a conven­certe. Yo mismo no lo creía, pero cuando vi... ¿qué puedo hacer?".

Después, poco a poco, el hombre empezaba a preguntar: "Y... eh... ¿cómo sabes que la mujer está en la habitación?".

Yo le decía: "Escucharás un ruido, como alguien rechinando los dientes”.

El hombre que dormía en esa habitación, en general, lo hacía ocho o diez veces por noche. Poca gente lo hace. A esa hora se pro­duce algún desarreglo estomacal; están tensos y rechinan los dien­tes.

Vino una mujer y le relaté la historia; me respondió que no la creía para nada. Era una mujer muy educada, doctorada en filosofía por alguna universidad, y se consideraba atea.

Le dije que ese no era el punto y que la noche lo probaría. Ella replicó: "¡Pero yo no lo creo!".

Dije: "Está muy bien. No te obligamos a creer, pero es nuestra obligación hacerte tomar consciencia de lo que va a pasar. Siempre sucede”.

A las doce de la noche me fui a dormir y, apenas había apagado la luz, gritó. Entré y la miré: estaba completamente inconsciente, se había desmayado. En el momento en que se metió en la cama y apa­gó la luz, este hombre lo hizo en el momento exacto. Tardó cuatro o cinco minutos en volver en sí. Miraba al rincón de la habitación, ce­rraba los ojos, ¡y volvía a desmayarse!

Toda la noche tuve que atenderla. Por la mañana, todavía tenía fiebre. Le dije: "No hay fantasmas, no te preocupes”.

Respondió: "Ahora, no puedo asegurarlo. La mujer estaba para­da en ese rincón rechinando los dientes, con un solo ojo y un sari ro­jo. ¡Yo la vi!".

Al principio, era una broma y todos mis familiares con quienes yo vivía lo sabían. Pero, poco a poco, ellos también se empezaron a asustar; decían: "Pero si le pasa a tanta gente, algo debe haber de cierto en esto”. Nadie dormía en esa habitación, ni siquiera el hom­bre que rechinaba los dientes, que aseguraba no poder dormir allí, pues podía haber algo; creía que tal vez era esa mujer la que le ha­cía rechinar los dientes, pues los médicos decían que no tenía nada. Suponía que ella lo obligaba, o bien algo que ella hacía.

Llegó un momento en que, si alguien necesitaba algo de esa ha­bitación, venía y me pedía que fuera, pues no había nadie más que estuviera dispuesto a entrar allí.

Hace algunos años visité la habitación. La habían cerrado por­que decían, cuando yo me fui, nadie estaba dispuesto a entrar en el cuarto. Y actualmente, en algunas noches, a pesar de que el hombre que rechinaba los dientes ya no está, se escucha el ruido.

 

La gente proyecta; por eso existen tantos fantasmas. No de­pende de la realidad; depende de tu mente. Si tienes miedo, creas algo a partir de tu temor; de inmediato, en la realidad aparece una contraparte. Si amas, creas algo; de inmediato, aparece una con­traparte en la realidad. Vives dentro del caparazón de tu propia mente, que te cubre como una cápsula.

Entonces, recuerda: no hay un solo mundo; hay tantos mun­dos como mentes. Si en una casa hay cinco personas, hay cinco mundos. Por eso es tan difícil comunicarse, porque el otro vive en su propio mundo, y tú, en el tuyo. Es difícil penetrar en el mun­do del otro.

El pueblo no era el pueblo de su niñez, no era su lugar de na­cimiento. Le estaban haciendo una broma.  Le dijeron:

 

-Ésta es la capital de Yen.

El viejo se dominó y adquirió una apariencia solemne.

Den­tro de la ciudad, señalaron un templo:

-Éste es el templo de tu barrio. Éste es el templo: tus padres

rezaban aquí y es aquí donde fuiste iniciado en el budismo.

Lo contempló profundamente.

Señalaron una cabaña:

-Ésta era la cabaña de tu padre.

 

Iban creando una atmósfera a su alrededor.

 

Señalaron un montículo de tierra y dijeron:

-Ésta es la tumba de tu padre.

 

Él no pudo evitar llorar en voz alta. Habían creado un mun­do, le habían puesto una pantalla y habían sacado a la luz todas sus proyecciones. Sus compañeros lanzaron una carcajada y le dijeron:

 

-Estamos bromeando: todavía no saliste de Chin. Aún no hemos llegado a tu pueblo; estamos pasando por otro lugar.

 

El viejo se sintió muy incómodo.

 

Cuando llegues a darte cuenta, también te sentirás incómodo, absolutamente incómodo. Toda tu vida fue un truco, no de tus compañeros sino de tu propia mente. Pensabas que era hermoso y no lo era. Pensabas que era horrible y no lo era. Pensabas que había que conseguirlo y no valía la pena, y pensabas que no tenía valor alguno, y no era así. Todo está patas para arriba: vives en un caos.

La gente recurre a mí y me pregunta cuál es la necesidad de un maestro, o por qué se necesita un maestro. Un maestro se re­quiere para traer adentro de ti algo que está más allá de la men­te, algo de otro terreno. Si no, ¿cómo saldrías de tu mente? No puedes salirte de tu mente. Sería como tirar de ti mismo con los cordones de tus propios zapatos: puedes intentar dar un pequeño salto, pero estarás nuevamente en la misma tierra.

Se necesita alguien que te haga arrancar, que te abofetee, que te conmueva, que te conmueva tanto que se corte tu sueño, que se interrumpa tu sueño. ¿Cómo lo vas a hacer solo? En todo lo que hagas, la mente será el agente; y la mente es el problema. Tu mente es el problema. ¿Cómo puedes salir de ella? ¿Cómo pue­des dar un salto afuera de ella? Cualquier cosa que hagas, será ella quien la hace. Cualquier cosa que pienses que pasa, será creada por ella. Y todas las interpretaciones serán dictadas por la mente.

 

Una noche, un policía vio a Mulla Nasruddin. Era medianoche y la ciudad entera se había ido a dormir. Mulla pasaba, borracho, to­cando una armónica. El policía lo paró y le dijo:

-Otra vez estás borracho, Nasruddin. Tendrás que acompañar­me.

Nasruddin respondió:

-¡Seguro! ¿Qué quieres cantar?

-Tendrás que acompañarme -repitió pero, cuando el que es­cucha es un hombre alcoholizado, interpreta a su propio antojo.

 

Una vez a Mulla lo agarraron y lo llevaron a la comisaría. Estaba muy, muy enojado y furioso. Gritaba: "¿Por qué me trajiste aquí? ¿Qué te crees que soy?", y muchas otras cosas, como cualquier bo­     rracho.

Entonces, el sargento, que estaba en su escritorio, le dijo: -Se te trajo aquí por beber.

Respondió Mulla:

-Entonces está bien, ¿cuándo empezamos?

 

Un hombre alcoholizado hace sus propias interpretaciones... por eso dijo: "Está bien; bárbaro. ¿Cuándo empezamos?".

Tu mente interpreta, pero ¿quién lo revisa? ¿Quién te avisa que es tu mente la que otra vez te está haciendo un truco? Y tu mente es tan vieja, tan antigua, ¡miles de vidas! Está tan profundamen­te arraigada, ¿quién te desempolvará de ella? Es necesario alguien que no esté dormido igual que tú. Para eso se requiere un maes­tro nada más. Pero la mente insiste en que no es necesario, y su­pone que puede hacerlo sola. Entonces, ya has elegido al maes­tro: tu mente es tu maestro.

Sólo existen dos posibilidades: o bien tu maestro es tu mente, o bien eliges a alguien despierto. Con tu mente como maestro, no crecerás en absoluto. Estás escuchando la fuente incorrecta. El hecho de que sea tuya no hace ninguna diferencia. La enferme­dad también te pertenece, y sin embargo vas al médico para que se encargue de ella.

Krishnamurti siempre dijo que no hay necesidad de un maes­tro. Tiene razón y, a la vez, está totalmente equivocado. Tiene ra­zón porque, una vez que te despiertas, te das cuenta de que no era necesario, de que estabas soñando. Cuando prestas atención, se detiene el sueño y entonces no puedes sentir cuál era la nece­sidad. "Era sólo un sueño, podía haber salido solo de él”. Pero es­to lo piensas después. Hasta Krishnamurti necesitó a Annie Be­sant y a Leadbeater; tuvo sus propios maestros. Eso se piensa después. Cuando algo sucede, siempre puedes sentir: "Podía ha­berlo hecho”. Pero, cuando no se ha producido, ni siquiera pue­des pensar en ello, porque tu pensamiento también será parte de tu sueño.

 

Se necesita un maestro cuando estás dormido. Cuando te des­piertes, también pensarás que no había necesidad de un maestro. Entonces, por supuesto que, para ti, no es necesario un maestro. Pero después muchos se despistarán, pues estarás rodeado por muchas personas egoístas, como verás. En ningún otro lugar po­drás encontrar tal cantidad de egoístas como cerca de Krishnamur­ti pues, apenas el egoísta escucha que no es necesario maestro, se siente muy feliz. Dice: "¡Bien!". Siempre piensa que él es lo esencial y que no es necesario entregarse a nadie, pues el yo se resis­te a la entrega. Y, como este hombre afirma que no es necesario maestro alguno, los egoístas se alegran mucho. Alrededor de Krishnamurti, hallarás toda clase de egoístas, pues parece muy bueno y muy conveniente que no haya necesidad de abandonarse.

Eso es lo que pide el yo, en eso insiste siempre el yo: no en­tregarse. Porque, una vez que te entregas y un elemento extraño entra en ti... Ese es el sentido de un maestro: que uno se propo­ne no escuchar más a su mente, pues ya la ha escuchado bastan­te y no ha llegado a ningún lado. Desde ahora, escuchará al maes­tro. Algo extraño ha penetrado, algo que nunca antes estuvo en ti. Un nuevo elemento entra en ti, y este elemento nuevo se vuel­ve un centro de cristalización.

Ahora, la mente dirá "¡Haz esto!", pero no podrás escucharla y deberás escuchar al maestro. La mente seguirá diciendo cosas durante muchos años pero, si sigues escuchando al maestro, po­co a poco, la mente se irá cansando. Ahora ya no la escuchas, no la alimentas; la mente se muere de hambre, comienza a retraerse. Llega un momento en que muere; en ese preciso momento, te despiertas.

¿Qué le hizo esta gente a este pobre viejo? Lo ayudó a crear una ilusión. La ilusión estaba allí, y debe haber sido muy auténti­ca, pues empezaron a caerle lágrimas.

 

Señalaron un montículo de tierra y dijeron:

 

-Ésta es la tumba de tu padre.

Él no pudo evitar llorar en voz alta.

 

Algún día, tu padre morirá (todo el mundo ha de morir), y vas a llorar y gemir. ¿Estás seguro de que era tu padre? Tal vez, al­guien te haya hecho una broma. ¿Cómo puedes estar seguro de que era tu padre? Ésta es la diferencia entre una creencia y una fe. Una mujer sabe quién es la madre: eso es fe. Y un padre, sim­plemente, cree que es el padre, pero no lo sabe. No hay forma de saberlo. La paternidad es una creencia; la maternidad es una fe. La fe depende del saber; la creencia, sólo de la sola creencia. No hay fundamento para ella. ¿Cómo sabes que tu padre era real y que no te engañaron? Pero, si se muere, no tiene importancia si era un engaño o no. Brotarán las lágrimas, gritarás y llorarás. Y, si alguien viene y te dice que no te preocupes demasiado, pues no era tu padre, habrá un cambio repentino. Entonces, tu padre no está muerto. Vives en tu mente.

 

Supe que se estaba incendiando una casa, y el dueño lloraba y gritaba. Se estaba volviendo loco. Entonces, alguien le preguntó:

-¿Por qué lloras y gritas? Yo estuve presente ayer, y tu hijo ven­dió la propiedad: ya no te pertenece.

El hombre preguntó:

-¿En serio?

Las lágrimas desaparecieron y empezó a disfrutar la escena co­mo un espectador más.

Entonces, alguien vino y le dijo:

-Sí, se habló de venderla, hubo conversaciones. Pero no se de­cidió nada. ¿Por qué estás disfrutando y riendo? Es tu propiedad.

Nuevamente brotaron las lágrimas. Empezó a golpearse el pecho y dijo:

-¡No puedo seguir viviendo! Aquí está toda mi vida, todo el es­fuerzo de mi vida!

Y entonces llegó el hijo y dijo:

-No te preocupes, todo está bien. Ya me han entregado el dine­ro y el hombre no se dio cuenta de nada. Vive en el pueblo vecino y no se dio cuenta. En el momento en que la casa se prendió fuego, corrí hacia el otro pueblo. Todo ha terminado: ya tengo el dinero.

 

 

Nuevamente, el padre empezó a disfrutar y a reírse.

 

Éste es tu mundo, es así como te manejas: sólo con ideas; una idea: lloras y gritas; una idea: te ríes y disfrutas; una idea: eres fe­liz; una idea: eres desdichado. Alguien te dice "Eres hermoso" y te alegras mucho. Alguien te dice "Te ves horrible" y te sientes muy desdichado. ¡Son sólo palabras! ¿Qué estás haciendo? Se un poco más cuidadoso; si no, te verás en situaciones confusas.

Cuando aparece la muerte, todo el mundo se confunde: se ha desperdiciado toda la vida. Por lo que sé, en el momento de mo­rir, hay más confusión que miedo. ¡Se terminó todo! Creías que tu mujer se iría contigo, porque ella siempre decía que no podía vivir sin ti y, sin embargo, está pensando en volver a casarse.

 

La esposa de Mulla Nasruddin estaba por morir y dijo:

-Nasruddin: recuerda por lo menos una cosa. Sé que volverás a casarte; no tiene sentido negarlo, no trates de engañarme. Sé que te volverás a casar, pero tienes que prometerme algo: que no le da­rás mi ropa a ninguna otra mujer.

Nasruddin le contestó:

-¡Jamás! Nunca la regalaré. Y, de cualquier manera, no le en­traría a Fátima: es demasiado delgada.

 

¡Ya está todo decidido! Y creíste, y desperdiciaste tu vida por niños que no te pertenecen, por una mujer o un marido, por di­nero, por prestigio. Destruiste toda tu vida, toda tu oportunidad.

Uno se siente confundido ante la muerte. Puedes temer a la muerte ahora pero, cuando la muerte llega, no hay nada que ha­cer: uno la acepta. Pero, entonces, toda la vida parece absurda, sin sentido.

 

El viejo se sintió muy incómodo. Cuando llegó a Yen y vio

en realidad la capital, el templo de su barrio, la cabaña y

la tumba de su padre, no lo sintió tan profundamente.

 

Aprendió algo, en verdad aprendió algo. Maduró un poco. ¿Qué significan esas lágrimas si pueden brotar sólo a raíz de una proyección? ¿Cuál es el sentido de toda esta emoción, este senti­miento? Era sólo un montículo de tierra, no la tumba de su padre, y él estaba llorando. Ahora, la tumba verdadera está allí, pero ¿qué diferencia hay entre una tumba real y una tumba irreal? Am­bas son montículos de tierra; alguien podría estar engañándote. E, incluso cuando nadie te estuviera engañando, ¿qué diferencia hay? No era su casa, lo estaban engañando; se emocionó tanto, se puso tan sentimental. Ésta puede ser su casa, pero ¿cuál es la diferencia? Aprendió.

Éste es el mensaje de esta historia: aprender a través de la ex­periencia. Poco a poco, todo el sentimentalismo se detiene, cae. Y recuerda una cosa: el sentimentalismo pertenece a la mente, no la sensibilidad. La sensibilidad no pertenece a la mente; el senti­mentalismo sí. Y un hombre consciente es absolutamente sensi­ble, pero no sentimental. Hay una gran diferencia, una diferencia absoluta.

¿Qué es la sensibilidad? La sensibilidad no es una proyección. El sentimentalismo sí. Si este hombre viejo en verdad hubiera es­tado despierto desde el principio, no se hubiera preocupado por ir al viejo pueblo en el que había nacido, pues eso es sentimenta­lismo. ¿Qué diferencia hace el lugar donde naciste? Eres aquel que nunca nació. No le hubiera importado dónde vivió su padre ni dónde estaba su tumba. ¿Qué diferencia hace? El cuerpo viene de la tierra y retorna a ella; va del polvo al polvo. Tu padre no es sólo el cuerpo.

Si el hombre hubiera estado consciente, no se le podría haber hecho esa broma. En primer lugar, no le habría importado ni si­quiera si, pasando por ese pueblo, alguien le decía: "Esa es la tumba de tu padre”. Él habría respondido: "Bien. Todo el mundo muere”. No se habría sentido incómodo. No habría habido pro­blema. El sentimentalismo siempre te hace sentir incómodo.

Un hombre de consciencia es sensible. "Sensible" quiere decir que, si alguien se está muriendo, lo asistirá. Si alguien se está mu­riendo y lo necesita, lo cuidará. Si alguien se está muriendo, le da­rá lo que pueda dar. No tiene sentido llorar y gemir, pues así no ayudarás.

Un hombre está llorando porque tiene hambre, y te sientas a su lado y también lloras porque sientes mucho lo que le pasa: eso es sentimentalismo. Tu llanto no se volverá pan para él: seguirá teniendo hambre. En lugar de un hombre llorando en el mundo, ahora hay dos hombres llorando. Has duplicado el llanto y la pe­na. Eso no sirve. ¡Haz algo!

Un hombre sensible hará algo. Un hombre sentimental llorará y gritará, pero siempre creerá ser sensible. Un hombre sensible no se verá como sensible, pues estará haciendo algo. Si alguien tiene hambre, tratará de encontrarle algo para comer. Si tiene sed, irá y le conseguirá agua. No verás lágrimas rodando por sus mejillas, y no lo verás golpeándose el pecho, tirándose al suelo y gritando: "¡Este hombre tiene hambre!". No podrás ver que es sensible, pues la sensibilidad es imperceptible. A él le importa; la diferencia es sutil y delicada.

Un Buda no llorará porque estés en la miseria; te ayudará. Te ayudará a salir de la miseria. Si estás en la miseria, un hombre sentimental se vuelve él mismo infeliz: llora, gime, y siempre sien­tes que te quiere mucho. Pero esto no es amor. Está tan enfermo como tú. Si en verdad le importara, haría algo. Trataría de cam­biarte, de modificarte.

 

Había una mujer cuyo único hijo había muerto. En ese momento, Buda estaba en el pueblo. La mujer tenía un solo hijo y su marido ya había muerto. Se llamaba Gautami. Entonces, empezó a llorar ya ge­mir, y no dejaba que los vecinos agarraran el cadáver para quemar­lo. Se apegaba a él y no los dejaba paseó el cadáver del hijo por to­do el pueblo pidiéndole a la gente que la ayudara, que le diera algún remedio. La gente le decía: "Ahora ya no se puede hacer nada. El niño ha muerto”. Pero ella no escuchaba.

Entonces, alguien le sugirió recurrir a Buda, un hombre despier­to y capaz de hacer un milagro.

-¡Recurre a él! -le dijo.

Entonces, corrió hacia allí. ¿Y qué hizo Buda? Ni una lágrima apa­reció en sus ojos.

La mujer debe haber sentido que él era muy duro, que no tenía corazón. Le dijo:

-¿No tienes corazón? Mi hijo está muerto, ¡haz algo! Sólo tóca­lo y revivirá. Fuiste iluminado, eres un dios; puedes hacer algo. ¡Ten piedad de mí!

Buda le dijo:

-Haré algo, pero tú haz algo primero: deja al niño muerto aquí y ve al pueblo. El pueblo no es tan grande: sólo tiene trescientas per­sonas. Ve y golpéales la puerta a todos; pídeles sólo una cosa pues, para hacer el milagro, necesitaré algunas mostacillas. Pero hay que cumplir con una condición: el niño volverá, pero debes traer mosta­cillas de una casa donde nunca haya muerto nadie.

En su miseria, la mujer no pudo comprender lo importante. Cuan­do estás triste, tus ojos se llenan de tantas lágrimas que no puedes ver, no puedes pensar con claridad. Un hombre que se está murien­do cree cualquier cosa. Un hombre que se está ahogando en un río se agarra de un pelo. Entonces, si un Buda te dice que te vayas...

Corrió de casa en casa, golpeó todas las puertas. La gente le de­cía:

 

-Mujer, ¿te has vuelto loca? Tenemos mostacillas; podemos dártelas. Justo ha sido la cosecha. Pero no podemos cumplir con la condición, pues mucha gente murió en esta casa.

Ella corrió por todo el pueblo. Corrió por todo el pueblo, golpean­do todas las puertas y pidiendo, pero en todas las familias había muerto alguien. No había ninguna familia en la cual la vida no hubie­ra sido destruida por la muerte.

Poco a poco, su lágrimas se secaron; comenzó a entender lo que Buda quería mostrarle. Para el momento en que hubo completado el circuito de todo el pueblo, era una mujer diferente. Fue a ver a Buda y él le preguntó:

-¿Trajiste las mostacillas? Ella lanzó una risa y dijo:

-¡Me tendiste una trampa! Ahora, iníciame en las sannyas. He llegado a entender que la vida es muerte. Mi hijo murió y tú fuiste verdaderamente compasivo. Incluso si hubieras hecho un milagro y el niño hubiera renacido, eso no hubiera llevado a ninguna parte: hu­biera tenido que morir nuevamente. No habría sido un milagro real y me habría engañado más. Me has hecho tomar consciencia de que todo lo que nace tiene que morir. El niño murió; el padre del niño mu­rió; yo también voy a morir, más tarde o más temprano. Iníciame; en­séñame aquello que nunca muere, enséñame lo inmortal.

Y ella siguió diciendo:

-Perdóname, pues no tenía consciencia. Te dije algo que no era verdad: te dije que eras duro, que eras como una roca, que tu cora­zón no era un corazón. Pero sé que me equivoqué.

 

Buda no derramó ni una sola lágrima. Él no es sentimental; es sensible.

Cuando eres sensible, sólo entonces puedes ayudar. Si eres sentimental, creas más confusión. Cuando un hombre compren­de, se vuelve cada vez más sensible. Ayuda, se preocupa, y nun­ca se sentirá confundido. Un hombre sentimental siempre estará confundido, porque algo está mal. Tú también sabes cuándo te es­tás portando como un tonto; tú también lo sabes.

 

Cuando llegó a Yen y vio en realidad la capital, el templo

de su barrio, la cabaña y la tumba de su padre, no

lo sintió tan profundamente.

 

Aprendió un poco... Y, si este aprendizaje continúa, continúa y continúa, llega un momento en que ves la realidad tal como es. Entonces, no hay tristeza, porque la mente toda fue abandonada. Entonces, estás cara a cara con lo real. No hay alegría ni tristeza, porque ambas son proyecciones de la mente. Y, cuando ambas desaparecen, hay paz; cuando ambas desaparecen, hay arroba­miento. No me malinterpretes: arrobamiento no significa felici­dad. Arrobamiento alude a la ausencia de alegría y de tristeza. La felicidad será interrumpida por la tristeza; y al tristeza, por al ale­gría. Son polaridades; la rueda está girando.

El arrobamiento nunca es interrumpido. Es silencio, es paz, es una tranquilidad, una paz absoluta. Obtuviste la comprensión: ahora, nada te molesta. Ahora, te mueves en el mundo sin men­te, te mueves en el mundo sin proyectar. Y, entonces, todo es her­moso. No es tu belleza, por supuesto, ya que ésta lleva en sí la fealdad. Ahora todo es hermoso, pero esta hermosura trasciende tanto a tu belleza como a tu fealdad. Todas las dualidades son su­peradas.

Trata de aprender de toda experiencia; esa es la única medita­ción. No dejes que ninguna experiencia caiga en un desagüe; aprende algo. El aprendizaje te lo quedarás. Y, cuando la acumu­lación de discernimientos llega a cierto nivel, hay una explosión. Es como cuando se calienta el agua hasta cien grados: el agua de­saparece y se transforma en algo totalmente diferente. Su estado se modifica: se evapora. Lo común es que el agua fluya hacia abajo; pero, cuando se evapora, empieza a subir; la dimensión cam­bia.

Eres como el agua. Si no aprendes, seguirás moviéndote hacia abajo. ¡Aprende! Aprender es un calor, un aclimatamiento, una maduración, un fuego. Aprende más, y crearás más fuego en tu interior; y después llega a cien grados y se produce un salto. De repente, la dimensión hacia abajo desaparece; te estás yendo pa­ra arriba. Estás subiendo, subiendo y subiendo: te transformaste en una nube.

Esto sólo es posible a través de la experiencia, cuando la expe­riencia se convierte en aprendizaje, y el aprendizaje, en discerni­miento. El discernimiento es lo esencial. No es una memoria, si­no la esencia misma de todo lo que sabes. No puedes explicarle tu discernimiento a nadie; no. No es un conocimiento; no se pue­de transmitir.

 

Un maestro debe crear situaciones para que aprendas, para que entiendas, para que adquieras ímpetu, un fuego.

Debes haber visto fotos de las pirámides. Fueron hechas por escuelas muy, muy secretas de Egipto. La palabra "pirámide" quiere decir "fuego interior", y la pirámide está hecha de manera tal de acumular energía. Recientemente, los científicos se dieron cuenta de que la forma de una pirámide es una gran acumulado­ra de energía. La forma misma, la forma triangular misma, acu­mula energía. Descubrieron este fenómeno en forma accidental. Un científico estaba trabajando en la pirámide de Giza. Mientras estaba trabajando allí, entró un perro; sin querer, cerró la puerta y se fue de vacaciones. Cuando volvió después de tres semanas, encontró al perro muerto, pero su cadáver se había momificado automáticamente. El perro estaba muerto, pero el cadáver no se estaba deteriorando para nada.

Entonces, hizo muchos experimentos con gatos y ratones, y se sorprendió: algo milagroso estaba sucediendo en Giza. Un cuer­po muere, tiene que deteriorarse... Entonces, hizo un pequeño experimento: hizo un modelo chico de pirámide y puso adentro un ratón, y el ratón se murió y se momificó; el cuerpo no se de­terioró.

Ahora lo han patentado en Alemania: hicieron una pirámide de cartón, para hojitas de afeitar. Te afeitas la barba y pones la hojita en la pirámide; al día siguiente, se vuelve a afilar en forma automática. Y una sola hojita de afeitar puede durar toda una vi­da.

 

La palabra "pirámide" significa "fuego interior". Todo el cuer­po humano es como una pirámide. Si profundizas más, llegarás a entender que, cerca del ombligo, existe una forma de energía que es triangular. Y, cerca del ombligo, dentro del triángulo, en el me­dio, existe un fuego. Ahora, es una llama muy, muy pequeña. Si aprendes más, y si tu aprendizaje se transforma en discernimien­to (tienes la esencia de él), sentirás un calor que aumenta cerca del ombligo. En Japón, lo llaman hara. El calor aumenta y, a medida que aumenta el calor cerca del ombligo, comienzas a cambiar. Lle­ga un momento en que sientes un calor ardiente cerca del ombli­go; se vuelve casi insoportable. Y, entonces, de repente, todo cambia. A cien grados, tu cuerpo se torna totalmente diferente.

El fluir del cuerpo ya no es hacia abajo. El sexo desaparece, pues el sexo es el fluir hacia abajo. De repente, la energía está as­cendiendo. Y, después, la energía llega al pico más alto de tu ser, el sahasrar, desde donde alcanza lo divino. Así que, aprende más, no te manejes sin consciencia. La consciencia es fuego. Cuando Heráclito dice que el fuego es la raíz de toda la existencia, tiene razón. Sabe algo: que el fuego es la raíz de toda la existencia. No el fuego que ves; ese fuego es sólo una de las formas.

La comprensión es como el fuego: te quema por completo a ti tal como estás ahora, al yo, a la mente. Te da una dimensión di­ferente: te transformas en una nube y te desplazas por el cielo. Tienes alas.

 No dejes que ninguna experiencia pase sin que saques de ella algún aprendizaje. Cada momento tiene un valor: aprende algo. Cuando llegue el día de mañana y salga el sol, no debes ser el mis­mo: tienes que haber aprendido. Estas veinticuatro horas tienen un valor; debes aprender.

Y cuando digo aprender no quiero decir que tienes que saber más; debes aprender más. Incluso una persona muy ignorante puede ser muy comprensiva. Ignorante en el sentido de que no es educada, de que no sabe mucho. Y una persona muy educada, un "hombre de Oxford" puede no comprender absolutamente nada, aunque sepa. ¿Puedes notar la diferencia? El conocimiento deriva de la memoria, de la mente. La comprensión deriva de la expe­riencia, de la experiencia existencial, no de la memoria.

Suficiente por hoy.

 

Décimo Discurso:

 

Molestando

 

 

Cuando Teng Yin Feng estaba por morir, les dijo a quienes

lo rodeaban:

-He visto a monjes morir sentados y acostados, pero ¿ha

muerto alguno de pie?

-Sí, algunos -le respondieron.

-¿Y cabeza abajo? -preguntó Teng.

-No, eso nunca.

Entonces, Teng murió apoyado sobre su cabeza, y

su ropa también se levantaba, cerca de su cuerpo.

Decidieron llevarlo al crematorio, pero aún estaba

allí, sin moverse. La gente que venía desde lejos

y desde cerca contemplaba la escena con asombro.

Su hermana menor, una monja, estaba allí, por ca­sualidad.

Le rezongó:

-Cuando estabas vivo, no tenías en cuenta las leyes y las

costumbres; e incluso ahora que estás muerto, te estás

moles­tando a ti mismo.

Entonces, pinchó a su hermano con el dedo, y él cayó

dan­do un golpe. Después, se fueron al crematorio.

 

 

La muerte es la raíz de todos los temores; y, si hay temor, no puedes vivir. Con temor, no hay vida. Si tienes miedo, ya estás muerto. Éste es el círculo vicioso: te da miedo la muerte y, a raíz del miedo, no puedes vivir, ya estás muerto. Entonces, te asustas más, y tu temor se arrastra hasta tu centro mismo y te vuelves un temblor.

Como yo te veo, no eres más que un temblor. Si profundizas, siempre encontrarás el miedo a la muerte. Este temor es la raíz de todos los miedos. En todo temor, cualquiera sea su forma, en algún lado se oculta el miedo a la muerte. ¿Por qué la gente le tie­ne tanto miedo a la muerte? ¿Es en realidad la muerte un fenó­meno para temer?

Lo primero que hay que recordar es que no conoces la muer­te. No la conociste; entonces, ¿cómo puedes tener miedo de algo que no conoces? Es imposible. Puedes tener miedo de algo que conoces, pero de algo totalmente desconocido, absolutamente desconocido, ¿cómo puedes tener miedo? El miedo implica un objeto al cual temer.

No puedes, en realidad, tenerle miedo a la muerte; debes tener miedo de otra cosa. Esa otra cosa es una vida insatisfactoria. No has podido vivir, no has podido obtener satisfacción, no has po­dido rebosar, no has podido festejar. Tu vida ha sido un vacío, una cavidad, una nada.

La muerte se acerca y aún no pudiste vivir: es esto lo que ge­nera el temor. La muerte se acerca y ya no existirás. Perderás la oportunidad. A cada momento, estás perdiendo la vida y todavía no la has vivido: es esto lo que genera el temor. La muerte se acerca; ese no es el temor. El miedo radica en que todavía no has vivido y la muerte está llamando a tu puerta; ha llegado el mo­mento de irse y aún no estás satisfecho.

Si has vivido, sientes satisfacción, alegría y una profunda gra­titud. Has florecido; no hay nada más que lograr. Así, no tienes miedo a la muerte; más bien, le das la bienvenida. Lo has conse­guido. Ahora, la muerte llega como un sueño profundo después de un día de trabajo: todo un día de logros, de satisfacciones, de metas alcanzadas, de reuniones, de encuentros, de florecimiento; y, después, llega la muerte, como un sueño profundo. Le das la bienvenida. Cuando el árbol ha florecido, la muerte es bienveni­da; cuando el árbol aún está luchando por florecer, hay temor.

Si tienes miedo de morir, eso es una clara indicación de que tu vida entera ha sido un desperdicio. Ha sido como un desierto: na­da floreció en ella. Ha sido como un estanque, encerrado en sí mismo, sin moverse para ningún lado. No ha sido como un río que fluye, que danza, que corre hacia el infinito.

 

Cuando un río llega al océano, hay una muerte. Cuando se se­ca un estanque, se ensucia cada vez más, se evapora; eso también es muerte. Pero ambas muertes son absolutamente diferentes. Cuando un río llega al océano, hay satisfacción, pues allí el río morirá y se transformará en algo más grande. Es un salto, un sal­to de lo finito al infinito: el río se pierde a sí mismo, pierde su identidad, y se transforma en el océano. No pierde nada y gana todo.

 

Pero un estanque que se seca, que no sale a ningún lado, sin océano en ninguna parte, sólo secándose en sí mismo, también está muriendo. Tú eres como un estanque; por eso el miedo a la muerte. Sé como un río, y no tendrás miedo de morir.

La muerte en sí misma es como un sueño. El sueño es una muerte momentánea; entonces, si una persona tiene mucho mie­do de morir, seguro que también empezará a tener miedo de dor­mir. En Occidente, actualmente, el insomnio se ha vuelto un fenó­meno común: casi todo el mundo lo sufre. No sólo por las tensio­nes mentales existe este insomnio; más profundo que estas tensio­nes es el temor, el miedo a la muerte. No puedes librarte de él.

Conozco a una persona que le tiene tanto miedo a la muerte que no puede dormir, porque teme morir mientras duerme. Trata de quedarse despierto: habla, lee, escucha música, pero le da mie­do quedarse dormido. Y, si tienes miedo durante muchos, muchos días, esto se transforma en un hábito; sin saberlo, creas una ba­rrera contra el sueño.

En Occidente, a la gente le da miedo la muerte. Y, si tienes miedo, ¿cómo puedes quedarte dormido? El sueño es como la muerte. Entonces, lógicamente, tienen razón: si tienes miedo a la muerte, también debe asustarte dormir. Son fenómenos similares: el dormir es una muerte transitoria. Después del trabajo del día, estás agotado. Necesitas una muerte, para después renacer, para estar rejuvenecido, fresco y renovado por la mañana. Y, en el dor­mir, lo que se produce es exactamente una muerte.

¿Notaste el hecho de que, al dormir, no eres en absoluto la misma persona? No recuerdas quién eres, no recuerdas si eres ri­co o pobre, no recuerdas tu propio rostro, no recuerdas quién es tu padre y quién es tu madre; no recuerdas nada de lo que has aprendido, nada de lo que te ha cultivado. Dejas todo en la puer­ta y te vas a dormir. Por eso es tan refrescante, porque te desha­ces de ti mismo. Eres como una carga: la dejas en la puerta y te vas a dormir. El sueño abre una nueva dimensión, en la cual no existe identidad, ni yo, ni nada de este mundo. Por eso es tan fres­co, tan refrescante. Por la mañana, regresas a la vida: comienza un nuevo día, una nueva vida.

El miedo a la muerte creará automáticamente un miedo al sue­ño y un miedo al amor, pues el amor también es como la muer­te. En él, mueres. Por eso la gente no puede amar. Hablan del amor, fantasean, imaginan, pero nunca se enamoran. Incluso si lo intentan, tratan de manipular el fenómeno, no permitirlo, porque el amor también es como la muerte.

Cuatro cosas son similares: la muerte, el amor, el sueño y la meditación. Sus características son parecidas, y la principal es que tienes que disolverte. Y la gente tiene miedo de todas: si le temes a la muerte, tendrás miedo del sueño, del amor y de la medita­ción.

Muchos acuden a mí y me preguntan cómo amar. No es cues­tión de cómo, y cuando preguntas cómo tratas de manipular: te gustaría mantener el control, para poder apretar el botón de en­cendido o de apagado cada vez que tengas ganas. Te gustaría se­guir siendo el amo de toda la situación.

Pero nadie puede estar en posesión del amor. El amor te po­see a ti; tú no puedes poseerlo. El amor te controla a ti; tú no pue­des controlarlo. El amor implica que tú ya no estás allí, ha llega­do alguien más. Por eso el amor rejuvenece tanto. Incluso si un hombre viejo se enamora, notarás que su rostro se ve más joven, sus ojos ya no parecen de viejo. Su cuerpo puede ser viejo, pero la totalidad de su ser rejuvenece de repente. ¿Por qué sucede es­to? Por esta razón: puedes dejarte ir; te diriges hacia la fuente ori­ginal de energía, en la cual es posible renacer. Tocas el centro in­mortal. Únicamente tocas el centro inmortal cuando estás dis­puesto a morir: ésta es la paradoja. Tocas el centro más profun­do cuando estás dispuesto a morir. Si te apegas a la superficie y tienes miedo, miedo de dejarte ir, te quedas en la superficie, y la superficie es el cuerpo.

Quienes le tienen miedo al amor no le tienen miedo al sexo. El amor es peligroso; el sexo no, porque se lo puede manipular. Ahora, hay muchos manuales acerca de cómo hacerlo. Puedes manipularlo: el sexo se puede transformar en una técnica. El amor nunca se puede transformar en una técnica. Si en el sexo tratas de mantener el control, entonces ni siquiera el sexo te ayu­dará a alcanzar lo esencial. Llegarás a cierto punto y te retraerás pues, en algún punto, el sexo también requiere dejarse ir.

Por eso, el orgasmo se torna cada vez más difícil de alcanzar. La eyaculación no es el orgasmo; dar a luz a un hijo no es un or­gasmo. En un orgasmo participa todo el cuerpo: la mente, el cuerpo, el alma, todo junto. Vibras, todo el ser vibra, de los pies a la cabeza. Ya no estás en control: la existencia ha tomado po­sesión de ti y no sabes quién eres. Es como una locura, como un sueño, es como la meditación, es como la muerte.

Entonces, incluso en el sexo, te dejas ir hasta un punto, pero no la totalidad porque, si dejas ir a la totalidad, el yo no puede existir. Y éste es el problema: tienes miedo de la muerte porque no puedes vivir totalmente.

El amor, la meditación, el sueño: nada es total. En tu actividad, tampoco eres total porque, si lo fueras, también llegaría un mo­mento en que te perderías. Perderte se ha vuelto un problema: no puedes perderte, no puedes relajarte; tienes que hacer algo. En­tras al jardín y cavas un pozo, pero no eres total. Si fueras total mientras cavas el pozo, te olvidarías por completo de ti mismo; la autoconsciencia desaparecería.

Eres autoconsciente, pero no tienes consciencia de tu propio ser. Eres consciente, pero hay un yo. Eres consciente de lo total: los árboles, los rayos de sol, las brisas que soplan, los pájaros que cantan, tu actividad, el cavado del pozo, la tierra que sale. Tienes consciencia de todo, salvo de tu ser. Si tomas consciencia de tu ser, en ese momento tendrás una sensación orgásmica. Es como el amor profundo, es como el sueño, es como la muerte. Saldrás to­talmente diferente y renovado.

Si no apuntas a dejarte ir, la vida no se te puede dar. Se pro­duce a través de ese medio cuando no estás. Cuando no estás pa­rado en el camino, la vida se te da, y te sientes satisfecho. Cuan­do estás satisfecho, no hay miedo a la muerte. Cuando no le tie­nes miedo a la muerte, cada vez eres más capaz de dejarte ir.

Y, si verdaderamente conociste lo que es la vida, ¿a quién le preocupa la muerte? Si verdaderamente conociste lo que es la vi­da y la disfrutaste, la muerte no es el final; es la culminación, la cúspide, el dejarse ir más alto. Entonces, el amor no es nada, un orgasmo sexual no es nada, el sueño no es nada. Si viviste una vi­da buena, satisfactoria, la muerte es el placer más grande, pues es un dejarse ir superior. Cuanto más intenso y total sea el dejarse ir, mayor será el placer. Ésta es la regla, ésta es la ley.

Entonces, ¿qué hacer? Si quieres vivir, debes darle lugar tam­bién a la muerte. Son como dos ajas. No es algo que en algún punto llega, al final; es un proceso. Empezaste a morir el día que naciste. No es que aquí hay vida y allí muerte. No; no puedes se­pararlas. Están unidas; tienen que estarlo. La vida es muerte. La vida y la muerte son dos alas: el día que naces, ese mismo día em­piezas a morir. Es un proceso. Inhalas: es vida; exhalas: es muer­te. Por la mañana, te levantas: es vida; a la noche, te vas a dor­mir: es muerte. Trabajas, actúas: es vida; luego, te relajas: es muerte. Es continuo, está allí en todo momento. Y, si evitas la muerte, estarás evitando también la vida. Si no quieres exhalar con profundidad, ¿cómo puedes inhalar profundamente? Si no quieres relajarte, ¿cómo puedes actuar profundamente? No ten­drás energías.

Si tienes miedo de dormir, por la mañana no te despertarás fresco y tendrás sueño todo el día. Entonces, todo se confunde. No estás ni vivo ni muerto; sólo duras en forma tediosa. Y esto de sólo durar en forma tediosa es una mala situación. O estás vi­vo, o estás muerto; pero no te limites a durar en forma tediosa. Si estás completamente muerto, accederás a una vida más gran­de; si vives completamente, accederás a una muerte más grande. Porque son dos caras de la misma moneda. Una vez que puedes entender que la vida implica muerte, que todo acto de estar vivo es también un acto de muerte, puedes captar lo total.

Entonces, la vida no es seria, sino graciosa. Se torna seria por el miedo a la muerte. No te puedes reír con fuerza a raíz del mie­do a la muerte; no puedes disfrutar a raíz del miedo a la muerte; no puedes hacer nada a raíz del miedo a la muerte. La muerte siempre está a la vuelta de la esquina, como una sombra negra que te persigue. No te deja hacer nada. Entonces, te pones serio y empiezas a pensar cómo alcanzar lo inmortal, empiezas a bus­car la forma de volverte inmortal, de descubrir el secreto, el elixir.

Éstas son todas búsquedas insensatas; no son la verdadera bús­queda. En ningún lado existe algo químico o alquímico, como un elixir u una ambrosía; no. El secreto radica en ver la vida y la muerte como un único proceso. No puedes hallar el secreto en ningún lugar. La piedra filosofa no existe en ningún lugar; existe en este hecho de que la vida y la muerte están unidas. Son un úni­co proceso, un fenómeno unitario. Entonces, no tienes miedo. Más bien, por el contrario, le das las gracias a la muerte, porque únicamente se posibilita la vida a través de la muerte. A través de la muerte, se posibilita la vida; a través de la muerte, todo se re­nueva.

Por eso, la muerte no está en contra de la vida; no es lo con­trario, no es el rival. A través de la muerte se posibilita la vida: es­tás vivo porque puedes morir. Si no puedes morir, tampoco esta­rás vivo. Si pides la inmortalidad, no sabes lo que estás pidiendo: serás como una roca y, entonces, no podrás estar vivo.

Mira la flor que floreció esta mañana. Cerca de la flor, hay una roca. A la noche, la flor se habrá marchitado, pero la roca segui­rá ahí, porque la flor está más viva y la roca no lo está tanto. A la noche, la flor habrá muerto. ¿Qué quieres? ¿Ser un fenómeno pa­recido a la roca, o un fenómeno parecido a la flor? ¿Por qué mue­re tan rápido la flor? Porque está tan viva, tan intensamente viva, que la muerte le llega pronto, no se demora en llegar. La flor no duraba en forma tediosa: vivió el momento, lo vivió por comple­to; bailó bajo el cielo, gozó del sol y de la brisa. Por un momen­to, fue la eternidad. La flor rió, la flor cantó, la flor hizo todo lo que tuvo que hacer y, a la noche, la flor estaba lista para morir; y sin una sola lágrima en los ojos, sin llorar ni gemir.

Mira a la flor que se está muriendo: sus pétalos ya se han caí­do al piso, pero nunca puedes decir que sea fea. Es hermosa in­cluso en su muerte. Después, mira a un hombre que se está mu­riendo: se pone feo. ¿Por qué? Por el miedo. El miedo te vuelve feo. Si estás muy asustado, te volverás cada vez más feo. La flor está satisfecha; ahora, ha llegado el momento de descansar, y la flor se va a descansar; una vez que haya descansado, la flor retor­nará.

Una y otra vez... La vida es una eterna recurrencia. La muer­te es sólo un descanso. No necesitas preocuparte por eso; simple­mente, vive. Y, si vives, no eres serio. Si tienes miedo ante la muerte, entonces eres serio. Ser sincero es una cosa, y ser serio es otra. Un hombre que ama la vida es sincero, auténtico, pero nunca serio. La vida no es como una enfermedad. Si te fijas en la muerte y estás obsesionado con ella, la vida será únicamente se­ria: te transformarás en un malhumorado. Puedes ir a los monas­terios, a los templos, al Himalaya, pero seguirás siendo un malhu­morado. Es el miedo lo que te ha llevado al monasterio.

Recuerda que una persona auténticamente religiosa no se guía por el miedo, sino por el amor. Una auténtico religioso, en ver­dad, se hace religioso para gozar más de la vida, para disfrutarla absoluta y totalmente. No tiene miedo. Un hombre verdadera­mente religioso ve a la vida como un juego: no es un negocio; es un juego. Los hindúes lo llaman leela, un entretenimiento: ni si­quiera un juego; un entretenimiento. Hay una diferencia entre jue­go y entretenimiento. Los chicos se entretienen, pero tú puedes incluso hacer un juego, a partir del entretenimiento. Entonces, se vuelve parecido a un negocio: incluso al jugar, estás buscando la victoria, el éxito, la ganancia, la ventaja.

La vida es un entretenimiento. No hay nada para obtener de ella; ella misma es el objetivo; no hay un sitio al cual llegar, pues ella misma es lo esencial. La vida no es apuntar a lograr un obje­tivo; no es ir a ningún lado. Es como con los chicos que juegan: no les puedes preguntar por qué están jugando, cuál es el objeti­vo, pues se reirían de tu estupidez y te dirían que sólo están jugan­do, porque es muy lindo. No les interesa beneficiarse; tampoco tú deberías preocuparte por beneficiarte, sino por entretenerte.

La vida es un momento para festejar, para disfrutar. Haz de ella diversión, festejo, y entrarás al templo. El templo no es para los malhumorados; nunca fue para ellos. Mira la vida: ¿ves tristeza en algún lugar? ¿Viste alguna vez un árbol deprimido? ¿Viste alguna vez un pájaro agobiado por la ansiedad? ¿Viste alguna vez un ani­mal neurótico? No; la vida no es eso; para nada. Sólo al hombre algo le salió mal, y algo le salió mal porque el hombre se conside­ra a sí mismo muy sabio y muy inteligente.

Tu inteligencia es tu enfermedad. No seas demasiado sabio. Siempre recuerda parar y no llegar hasta el extremo. Un poco de tontería y un poco de sabiduría está bien, y la combinación justa te transforma en un Buda: un poco de tontería y un poco de sa­biduría. No seas solamente sabio; si no, además, serás un malhu­morado. No seas solamente tonto; si no, además, te volverás sui­cida. Un poco de tontería, la suficiente para disfrutar de la vida, y un poco de sabiduría para evitar los errores, estará bien.

Pero uno debe conocer la combinación justa, y la combinación justa es siempre diferente para cada individuo. Mi combinación justa no puede ser la tuya; nadie es modelo de otra persona. Tie­nes que encontrar tu propio equilibrio, pues todo el mundo es to­talmente único. Pero siempre recuerda no destruir por completo la tontería pues, en ciertos momentos, ser tonto es una forma de sabiduría.

 

Todo el mundo tiene que estar abierto. En ciertos momentos, debes ser como el niño, en ciertos momentos debes olvidarte simplemente de los asuntos de la vida, y únicamente disfrutar el momento, sin objetivo alguno, haciendo cosas tontas: bailar y cantar, juntar guijarros en la orilla y jugar con ellos. Y sin que na­die en tu interior te diga: "¿Qué tontería estás haciendo? Podrías dedicar este tiempo a ganar plata. A esta hora, podrías estar en la oficina o en el negocio, y tu cuenta bancaria podría estar cre­ciendo. ¿Qué estás haciendo? ¿Eres un niño?".

Si el niño que hay en ti está completamente perdido, nunca podrás ser religioso. La religión es para los niños. Por eso Jesús insiste en que sólo aquellos que son como niños podrán ingresar al Reino de Dios. ¿Pero qué significa ser un niño? Observa a un niño: es sabio. También es tonto pero, cuando se requiere sabidu­ría, puede ser sabio, muy sabio.

 

Estuve algunos días con una familia, y un pequeño de la familia estaba leyendo un libro. En la tapa del libro, había un dibujo de Atlas manteniendo la Tierra. Entonces le pregunté:

-¿Sabes quién es este Atlas?

-Sí -dijo-. Es un gran gigante que mantiene al mundo entero. Entonces, interrogué:

-Correcto, pero ¿quién mantiene a Atlas?

Razonó un momento y me dijo:

-Creo que se debe haber casado con una mujer rica.

 

Pueden ser sabios y son tontos. Cuando un niño es sabio, su sabiduría tiene la frescura de una gota de rocío en la mañana; no es algo añejo. Tu sabiduría es añeja, contaminada. La has reco­lectado, la has tomado prestada; la has tomado de otros, no es tu­ya. ¿Qué sabes que es tuyo? La has recolectado de muchas fuen­tes diferentes. Eso es conocimiento y no sabiduría.

La sabiduría es una respuesta, una respuesta fresca al momen­to; el conocimiento es algo viejo, deteriorado, recolectado. No respondes al momento; traes el pasado, el recuerdo a ti, y reac­cionas a través de él. La sabiduría es una respuesta, y el conoci­miento, una reacción. Tú ya tienes la respuesta, pero una res­puesta preparada antes de que surja la pregunta no es sabiduría. Un niño es sabio porque carece de conocimiento. Tiene que mi­rar a su alrededor, tiene que sentir, tiene que pensar, tiene que res­ponder: no sabe.

 

 

Se dice (es un mito cristiano) que, cuando Jesús llegó al mar, és­te se transformó en vino rojo. Los teólogos cristianos han intentado explicarlo: ¿cómo puede el mar transformarse en vino rojo? Han te­nido muchas dificultades, se han confundido, y todavía no han en­contrado respuesta alguna. Pero un niño pequeño halló la respues­ta, y ese niñito fue lord Byron, quien más tarde se hizo famoso como un gran poeta. Era un niño pequeño que iba a la escuela cuando se planteó la pregunta: ¿Por qué y cómo se transformó el mar en vino rojo cuando Jesús llegó hasta él? La respuesta estaba lista, prepa­rada; ya había sido enseñada. Todos los otros niños empezaron a es­cribir sus respuestas; sólo lord Byron esperó con los ojos cerrados, la maestra se le acercó muchas veces, pero él estaba tan meditati­vo que creyó mejor no molestarlo: estaba pensando mucho.

¿Ven qué puede pensar un niño? Porque siempre se piensa en lo conocido. Si sabes, puedes pensar. Si no sabes, ¿qué puedes pen­sar? ¿Qué estaba haciendo? Únicamente es posible pensar cuando sabes algo; entonces, puedes pensar. Pero si no sabes, no sabes. El niño estaba sentado en silencio, pero se veía tan hermoso. Final­mente, escribió una sola oración, y era la siguiente: "Al ver que el Señor ha llegado, al mar le dio vergüenza y se puso colorado”. Cuando Jesús llegó ("... el Señor ha llegado..”.), el mar, al ver que el Señor había llegado, se puso tímido, como una niña. Había llegado el amado, y esa timidez se encontraba en la cara del mar. Sólo un chico puede responder de ese modo, porque no sabe la respuesta. Pero esto es hermoso; todos los teólogos son, al lado de este niño, simplemente tontos. Él dijo lo correcto; lo explicó todo.

 

Existe una cierta sabiduría cuando eres inocente. Pero la ino­cencia es ignorancia y, por supuesto, hay cierto grado de tontería cuando eres ignorante. Un niño es hermoso porque es las dos co­sas: inocente, sabio en su inocencia, y tonto, tonto en su inocen­cia. Y un niño es la medida justa para ti. Recuerda que tendrás que acceder a una segunda infancia antes de poder ingresar al Reino de Dios.

Una segunda infancia es incluso más bella que la primera, por­que en la primera no tenías consciencia. En la segunda, estarás plenamente consciente. Es así como se comportan los maestros zen. A veces los verás simplemente tontos, y en ciertos momen­tos los encontrarás tan sabios que no podrás creer cómo puede coexistir esta tontería con un hombre tan sabio. Y tú, en tu cono­cimiento, también eres tonto; pero tu tontería está contaminada, no es inocente. Cuando la tontería es inocente tiene una sabidu­ría por sí misma; y, cuando está contaminada por el conocimien­to, es simplemente idiotez; no tiene sabiduría alguna.

 

Supe que Albert Einstein estaba con una mujer muy inteligente que sabía mucho. Por la noche, estaban sentados junto a una ven­tana, y la mujer dijo:

-Mire hacia afuera, Dr. Einstein. Esta estrella, esta Venus, es tan hermosa: parece una hermosa mujer.

Einstein replicó:

-Mi querida señora, no es Venus: es Júpiter. La mujer exclamó:

-Dr. Einstein, ¡usted es sencillamente sorprendente! ¡Hasta puede evaluar el sexo de un planeta desde tan lejos!

 

Con esto, ella le estaba diciendo: "¿Venus? Venus es femenino y Júpiter es masculino. ¡Usted es sorprendente! ¿Cómo puede evaluar el sexo de un planeta desde tan lejos?". Y la mujer era muy inteligente, profesora de alguna universidad, pero tonta en lo que hace a sus conocimientos.

Y, cada vez que eres tonto por tu conocimiento, eres idiota, simplemente idiota. Sé tonto como un niño: si no sabes, no sa­bes; no finjas. Un chico simplemente dice: "No sé”. ¿Puedes de­cir tan sencillamente que no sabes? Es muy difícil decir "No sé" porque, cuando uno lo dice, el "yo" cae. Y, si no puedes recono­cer que no sabes, nunca serás sabio. Sólo a través de la ignoran­cia cae el yo y, cuando no esté el yo, habrás alcanzado una segun­da infancia.

No podrás comprender a este maestro zen si no puedes enten­der esta característica de un tonto sabio, de la tontería en la pro­pia sabiduría: un hombre que toma la vida como diversión. Cuan­do toma la vida como diversión, también toma la muerte como di­versión. Para él, nada es un problema; él acepta todo, es festivo. Ahora, trata de comprender este hermoso relato.

 

Cuando Teng Yin Feng estaba por morir, les dijo a quienes

lo rodeaban:

-He visto a monjes morir sentados y acostados, pero ¿ha

muerto alguno de pie?

-Sí, algunos -le respondieron.

-¿Y cabeza abajo? -preguntó Teng.

-No, eso nunca.

 

La muerte se acerca, la muerte está por golpearle la puerta, y el maestro dice: "¿Cómo la recibiré? Viene este huésped, ¿cómo haré de anfitrión? ¿Cómo lo recibiré?".

Tú mueres; un maestro recibe la muerte. Tú mueres apegán­dote a la vida, sin estar preparado para morir. Es necesario arran­carte de ella; por eso todo tu ser se pone horrible. Un maestro se prepara; incluso pregunta por la postura: "¿En qué postura mori­ré?" ... Porque a la muerte hay que recibirla de un modo único: no llega todos los días; es un huésped extraño. Uno tiene que prepa­rarse; tiene que estar listo.

¿Y qué clase de maestro era este Teng para decir: "He visto a monjes morir sentados y acostados...”.? Por lo general, la gente muere recostada y de espaldas; ni siquiera sentada. Sólo algunos, quienes mueren en estado de meditación, quienes mueren de ma­nera meditativa, mueren sentados. De no ser así, el noventa por ciento de la gente muere en una cama. Preguntó:

 

pero ¿ha muerto alguno de pie?

-Sí, algunos -le respondieron.

 

Unas pocas personas, unas pocas y extrañas personas, murie­ron sentadas. También murieron de pie, por ser muy meditativas. Existen ciertas técnicas que sólo se pueden llevar a cabo de pie. Por ejemplo, las técnicas jainitas, las de Mahavira, todas se deben practicar de pie. Él meditó de pie durante años; se sentaba única­mente cuando estaba cansado; si no lo estaba, se quedaba de pie.

Si estás de pie en silencio, de inmediato te llega cierto silencio. Inténtalo en el rincón de tu habitación: sólo párate en el rincón, callado, sin hacer nada. De pronto, la energía también se pone de pie en tu interior. Sentado, sentirás muchas molestias en la men­te, pues ésta es la postura del pensador. De pie, la energía fluye como una columna y se distribuye equitativamente por todo el cuerpo. Esta postura es hermosa.

Hay pocas técnicas de meditación que se practican de pie. In­téntalo, ya que algunos lo encuentran muy, muy bello. Si puedes estar de pie durante una hora, es simplemente maravilloso. Sólo de pie y sin hacer nada, sin moverte, verás que algo se asienta en tu interior y se torna silencioso. Se producirá un centrado, y te sentirás como una columna de energía; el cuerpo desaparece.

Entonces, unos pocos meditadores han muerto de pie...

 

-¿Y cabeza abajo? -preguntó Teng.

 

Ponerse en una shirshasan, una postura de cabeza... ¡nadie ja­más ha muerto así! Ni siquiera puedes dormir en una postura co­mo esa; morir así debe ser muy difícil, porque la sangre circula ha­cia la cabeza. Entonces, nadie lo ha intentado. Teng es el único que no sólo lo intentó, sino que lo logró. Es absolutamente impo­sible morir en esta postura: si ni siquiera puedes dormir en ella.

Para dormir, es necesario cierto fenómeno en el cuerpo: la sangre no debe circular hacia la cabeza. Por eso usamos almoha­das, para mantener la cabeza un poco más levantada que el cuer­po, de manera que la sangre no vaya hacia la cabeza. Si la san­gre circula hacia la cabeza, ésta sigue pensando. Cuanto más ci­vilizados nos volvemos, tanto más aumenta el tamaño de nuestras almohadas; por eso, necesitamos una, dos, tres almohadas. Un gran pensador tiene que usar cinco, seis o siete almohadas, pues hay que detener la circulación de la sangre. Por eso, después de comer, es más fácil quedarse dormido: porque la sangre circula hacia el estómago. El cuerpo ahora tiene que cumplir una función más básica: digerir la comida. No se puede permitir pensar; sería un lujo.

Cuando comiste demasiado, no puedes pensar, y cuando estás muerto de hambre tampoco. Por eso, muchos religiosos usaron el ayuno como una meditación: es que, si ayunas, no puedes pensar. El cuerpo necesita energía para las funciones más elementales; no se le puede ceder energía a la cabeza: sería un lujo. Por eso los animales no piensan: aún no han llegado a ese nivel de vida.

Cuanto más rico es un país, más pensamiento hay. Cuanto más pobre es un país, menos pensamiento hay en él, pues no puede dedicar energías a pensar. Si ayunas, verás que, por las no­ches, es difícil dormir; es muy difícil pues, sin nada para digerir, toda la energía se va a la cabeza. El movimiento de energía hacia la cabeza debe ser detenido; sólo así podrás dormir. Es difícil dor­mir en una postura cabeza abajo.

 

-¿Y cabeza abajo? -preguntó Teng.

-No, eso nunca.

 

"Nunca hemos oído algo así, ¿de qué estás hablando? ¿Una persona parándose sobre su cabeza para morir...?".

 

Entonces, Teng murió apoyado sobre su cabeza, y su ropa

también se levantaba, cerca de su cuerpo.

 

Eso es posible. Hasta hace algunos años, hubiera sido sólo un mito, pero ahora hay explicaciones científicas para ello. Es posi­ble porque el cuerpo es electricidad, no es otra cosa que bioelec­tricidad. Cuando alguien muere, el cuerpo se convierte en una pi­la de energía, y esa pila abandona el cuerpo. Si es energía muy magnética, como debe serlo en el caso de un maestro, la ropa simplemente se magnetiza.

No sólo Teng murió cabeza abajo, sino que, además, su ropa se levantaba con su cuerpo, se adhería al cuerpo. Si te frotas la ropa en el cuerpo, sentirás que se puede generar cierta electrici­dad en la ropa. El cuerpo es eléctrico y, cuando el cuerpo muere, la electricidad lo abandona; es empujada hacia arriba. Sólo con esa corriente puede haberse levantado la ropa. No es necesario pensar en esto como mito o leyenda; es posible.

 

Entonces, Teng murió apoyado sobre su cabeza...

 

¿Es tan sencilla la muerte que puedes morir cabeza abajo? Sí, la muerte es sencilla siempre que hayas vivido. Entonces, puedes elegir el momento justo para morir. Debes haber escuchado que muchos santos hicieron predicciones de que morirían determina­do día, a determinada hora. La gente cree que sabe cómo leer el futuro. Eso no tiene sentido: nadie puede leer el futuro. El futuro alude a aquello que se mantiene invisible. Entonces, ¿qué hacen?

Si te digo "Después de que pasen siete días, moriré por la ma­ñana, a las seis en punto clavadas; no te olvides", ¿qué pensarás? Pensarás: "¿Cómo es posible?". La única posibilidad parece ser, para la mente, que de alguna manera conozco el futuro. Eso no es verdad: nadie conoce el futuro. Pero un hombre que ha vivido en forma total puede decidir cuándo morir. No está haciendo pre­dicciones; simplemente, está afirmando que ha decidido morir cierto día, a las seis en punto de la mañana.

Si has vivido (y cuando digo vivir, quiero decir vivir en forma total), sabes lo que es la energía vital. Llegas a conocer todos los escondites y las grietas de la energía de la vida; entonces, cono­ces todas sus mareas, cuándo sube la corriente y cuándo hay re­flujo de la misma, dónde hay un pico y dónde un valle. Entonces, conoces todos sus matices. Si has vivido totalmente, te conoces por completo. Entonces, puedes decidir cuándo morir; no hay problema. Es tan sencillo como afirmar: "Dejaré esta habitación a las seis en punto”. ¿Cuál es el problema? ¡A las seis en punto, dejas la habitación! Pero debes conocerte a ti mismo, conocer la habitación, y saber dónde está la puerta.

No tienes consciencia de quién eres; no tienes consciencia de lo que eres. Eres consciente sólo de un diminuto fragmento de tu ser (tu mente), y aun de éste no tienes plena consciencia. Nueve décimos de tu ser siguen siendo un continente oscuro; aún es co­mo África: nunca penetras allí. En tu ser íntimo, la geografía no está aún completamente medida, mapeada; no tienes tu propio mapa.

Una vez que conoces tu mapa, la geografía interna, la topogra­fía, cuando llegue el momento justo, simplemente, puedes decidir irte. Puedes abandonar este cuerpo, pues no es más que una ca­sa, un refugio; no eres tú. Un maestro no está identificado con el cuerpo y tampoco con la mente; puede decidir. ¡Por eso, Teng se puso sobre su cabeza y murió! Se puede utilizar incluso esta pos­tura imposible de estar sobre la propia cabeza. Si sabes cómo vi­vir, sabes cómo morir, pues son una misma cosa.

Otra cosa que hay que entender es por qué hacía bromas acer­ca de la muerte. ¡La muerte es un tema serio, y él se lo está to­mando en broma! Puesto sobre su cabeza, se está riendo de la muerte. Está diciendo que, si has vivido, si has tenido una vida de celebración, puedes morir celebrando: es divertido. Cuando sabes que vas a morir, algo en ti se vuelve eterno y, entonces, la vida to­da se vuelve diversión. Es una gran broma cósmica y puedes ju­gar con ella.

En su muerte, Teng estaba transmitiéndoles un mensaje a sus discípulos: "Todo es diversión, no se preocupen demasiado por nada. Simplemente, vivan el momento mientras dure. ¡Vívanlo y disfrútenlo!".

Ésta es también mi sensación: que, si hay algún Dios, no te va a preguntar qué cosas buenas y qué cosas malas hiciste, qué pe­cados cometiste y qué virtudes cultivaste; no. Si existe algún Dios, te va a preguntar si tu vida fue una fiesta o una tristeza. Es lo úni­co que se puede preguntar. Cuando toda la existencia festeja, ¿por qué te quedas aislado, solo, separado de todo? Y después sientes que eres un extraño. Cuando las flores florecen, ¿por qué te alejas? ¿Por qué no florecer? Cuando los pájaros cantan, ¿por qué te alejas? ¿Por qué no cantar, por qué no participar?

La religión es una participación en la mística que te rodea, en el misterio que te rodea. No es un esfuerzo por saber, sino un es­fuerzo por estar, por ser participante. Entonces, todo es hermo­so: la vida es hermosa y la muerte también; y puedes hacer una broma.

Este Teng era un hombre extraño. Los discípulos estaban muy asustados. ¿Qué hacer? Nunca antes había ocurrido algo así; na­die había muerto sobre su cabeza. ¿Qué hacer con un hombre así?

 

Decidieron llevarlo al crematorio, pero aún estaba allí, sin moverse.

 

Si fuiste una pila de energía en vida, una columna inmóvil, si lograste algo en la vida que se haya cristalizado, puedes utilizar inclusive tu muerte.

Hay muchas versiones de esta historia. En una de ellas, la her­mana viene y le dice: "¿Por qué te estás haciendo el tonto?". Teng se ríe y muere.

 

La gente que venía desde lejos y desde cerca contemplaba

la escena. Su hermana menor, una monja, estaba allí,

por ca­sualidad.

 

Ella vivía en otro monasterio, para mujeres. No vino porque el hermano hubiera muerto, sino sólo a ver qué tontería estaba ha­ciendo. Era como una hermana mayor para Teng, y pudo darle la última lección.

 

Le rezongó:

 

Cuando estabas vivo, no tenías en cuenta las leyes y las

costumbres; e incluso ahora que estás muerto, te estás

moles­tando a ti mismo.

 

Este Teng es uno de los maestros zen rebeldes. Vivió una vida sin leyes y sin regulaciones. Vivió una vida sin ninguna disciplina forzosa. No es que no fuera disciplinado; era absolutamente disci­plinado. De no ser así, ¿cómo se habría puesto sobre su cabeza para morir? No sólo fue disciplinado en su vida; también fue dis­ciplinado en su muerte. No puedes encontrar una disciplina tan absoluta sin disciplina forzosa. Esta disciplina provenía de su inte­rior; él seguía su propio camino, nunca siguió a nadie. Tenía re­glas, pero éstas no estaban establecidas por ningún código exter­no, sino que provenían de su propia consciencia. Por supuesto que era una molestia para otras personas.

 

Se dice de Teng que, cuando vivía con su propio maestro, siendo él un discípulo, dormía mucho más mientras todos los demás esta­ban despiertos y el monasterio entero estaba trabajando. Eran las nueve de la mañana y él todavía seguía durmiendo. Una vez, vino el maestro y le dijo:

-Teng, ¿qué estás haciendo? Esto es un monasterio: hay que le­vantarse en el brahmamuhurt, a las cinco.

Se dice que Teng respondió:

-Por supuesto que siempre me levanto a la mañana, ¡siempre me levanto en el brahmamuhurt!

Dijo el maestro:

-¿Qué dices? Son las nueve, el sol salió hace cuatro horas. Teng explicó:

-Cuando el Brahma que hay dentro de mí se quiere levantar, me levanto. Ese es el brahmamuhurt, el momento de Dios. Cuando el Dios que hay dentro de mí se quiere levantar. ¿Quién soy yo para crear reglas? Me levanto de inmediato; nunca pierdo un solo mo­mento. Cuando el Dios que hay en mí se quiere levantar, salto de la cama; cuando se quiere acostar, me meto de un salto en la cama. ¿Quién soy yo, maestro, para introducir una perturbación?

Y el maestro cedió:

-Tienes razón: has descubierto el verdadero brahmamuhurt.

 

Se dice que él nunca comía según las reglas. Porque, en un monasterio budista, tienes que seguir las reglas, todo está estable­cido. Eso en sí mismo tiene una belleza, y a algunos esa rutina fi­ja les viene muy bien. Pero no intentes seguir a Teng; no puedes ser un Teng.

Recuerda que, para algunos, alrededor del cincuenta por cien­to, la rutina sirve porque, cuando algo se transforma en una ruti­na, no necesitas preocuparte por eso, pues se arregla solo. Si son las cinco, tienes que levantarte. No necesitas decidirlo cada día, porque decidirlo cada día genera más ansiedad y más pensamien­to. Si son las seis, debes ir a la meditación; entonces, vas. Son las siete, así que vas a desayunar. En el desayuno, te sirven todos los días cosas establecidas; entonces, no necesitas pensar qué te ser­virán. Ni siquiera es necesario desear, porque no tiene sentido: el desayuno es fijo, es siempre el mismo. Y de esta manera continúa la rutina.

Poco a poco, se vuelve algo robótica a tu alrededor; estás com­pletamente exento de tomar decisiones. Puedes hacer otras co­sas: puedes meditar, puedes tomar consciencia; no necesitas preo­cuparte por las cosas triviales que te rodean. Para el cincuenta por ciento de la gente, esto encaja perfectamente; para el otro cin­cuenta por ciento, no encaja para nada. Entrar en una rutina se transforma en una preocupación y un motivo de ansiedad para ellos; no están hechos así.

Uno debe sentirse a sí mismo, uno tiene que sentir cómo está hecho y no guiarse por ninguna otra cosa; solamente guiarse por uno mismo. Y sólo hay dos posibilidades: puedes vivir una vida de espontaneidad, o bien puedes vivir una vida de disciplina. Ambas posibilidades son correctas, pues lo esencial es prestar atención y mantenerse alerta.

Teng nunca siguió reglas. Cuando tenía hambre, comía, aun­que fuera medianoche; cuando no tenía hambre, no comía, por más que pasaran varios días. No estaba ayunando, porque un ayu­no debe ser algo forzado. No era un ayuno; no tenía hambre y, por lo tanto, no comía. Muchas noches no se dormía, en caso de no tener sueño; y, cuando tenía sueño, dormía varios días segui­dos.

 

Cuando estabas vivo, no tenías en cuenta las leyes y las

costumbres; e incluso ahora que estás muerto, te estás

moles­tando a ti mismo.

 

La hermana también era una iluminada; si no, hubiera estado llorando y gimiendo. Ella no lloraba ni gemía; por el contrario, le estaba dando un buen consejo a este hombre que se moría: un tonto que siempre fue un molesto, ahora, en el momento de su muerte, también lo es. La hermana es de un tipo de mujer total­mente diferente.

Ésta es mi sensación: que las mujeres son del tipo de quienes necesitan una disciplina externa. En ese cincuenta por ciento de gente que necesita disciplina, cerca del cuarenta por ciento son siempre mujeres. Hay razones para ello. La naturaleza hace que las mujeres estén sujetas a una regla. Por eso, cada veintiocho días, les viene el período. El cuerpo sigue una rutina; si algo anda mal, esa disciplina se quiebra. Pero sólo si algo anda mal; si no, es absolutamente rígida.

El cuerpo de una mujer sigue reglas. Tiene que hacerlo, pues la mujer dará a luz a sus hijos, será madre, y no se puede dejar a un niño en manos de alguien que se comporta de manera indivi­dualista. Una mujer tiene un inconsciente colectivo, y no un in­consciente individual. Debe tenerlo porque, a través de ella, se cumple un objetivo. En nueve meses, el niño nace y, si la mujer es saludable, todo será rutinario. Si puedes cumplir con una ruti­na, todo saldrá bien. Por eso, la hermana pertenece al polo opuesto dentro de los tipos de mujer.

Desde el comienzo, sentirás que una niña no se comporta igual que un varón. Una niña es más graciosa, de formas más redon­deadas, más obediente; no es rebelde. Un varón es, desde el prin­cipio, un creador de problemas y un rebelde. Si le dices "No ha­gas esto", seguro que lo hace. Un varón es completamente distin­to. Una madre puede sentir ya en el útero si el hijo será varón o nena, porque el varón empieza a dar patadas dentro del útero. Puedes sentir que una nena se queda absolutamente quieta y re­lajada, mientras que un varón comienza a dar patadas. Inclusive en el útero, la energía masculina es diferente de la femenina.

Esta hermana debe haberle dicho siempre que se equivocaba.

Pero él fue auténtico consigo mismo, inclusive en su muerte. Fue auténtico consigo mismo mientras estuvo vivo y siguió siéndolo cuando murió. Había sido siempre un hombre real, auténtico, leal a su propio ser, sin seguir a nada que no fuera su propia energía vital, a cualquier lugar hacia donde ésta lo guiara. Pero la herma­na también era auténtica consigo misma: incluso cuando el her­mano estaba muerto, no llegó llorando y gimiendo. Le dio el últi­mo consejo que se le podía dar. Le dijo: "Fuiste un molesto en vi­da. Les creaste problemas a los demás, porque nunca prestaste atención a las leyes y a las costumbres. Y ahora, hasta en el mo­mento de tu muerte, te estás molestando a ti mismo”.

 

Entonces, pinchó a su hermano con el dedo, y él cayó

dan­do un golpe.

Después, se fueron al crematorio.

 

Ambos sabían que no existe muerte. Se dice que, cuando el hermano cayó dando un golpe, la hermana, simplemente, se vol­vió a su monasterio.

Si te tomas la vida como algo sencillo, si la disfrutas, si tu vida se torna satisfactoria, poco a poco, lo mismo pasará con tu muer­te. ¿Qué estamos haciendo? No estamos disfrutando de la vida; sólo nos estamos preparando para disfrutarla. Y la vida es aquí y ahora; no se necesita preparación alguna. Veo gente que siempre se está preparando: se están preparando para tener una gran vi­da en algún lugar en el futuro. Tendrán miedo a la muerte, pues en el futuro espera la muerte. Y tu vida también está en el futuro: te estás construyendo una casa, o te estás comprando un auto, y esto y aquello, acumulando cosas; simplemente, preparándote pa­ra vivir. Nunca estarás preparado y, en el momento en que lo es­tés, la muerte golpeará a tu puerta. Ese es el temor, que "la muer­te pueda llegar antes de que estés preparado".

Un hombre con capacidad de discernimiento vive la vida aquí y ahora; la vive en cada momento. Para él, no hay muerte, por­que no hay vida futura. Él agota el momento, lo vive completa­mente, lo disfruta, le agradece a Dios por él, está agradecido. ¿Dónde está el temor a la muerte, si en este momento estás vivo? Aquí, en este momento, estás vivo ¿dónde está el temor a la muerte? No intentes estar preparado para morir; sólo vive. Y te digo que todos, tal como somos, estamos preparados para vivir el momento presente.

No dejes pasar este momento y no pidas largos preparativos; así nunca estarás listo. Y la mente adquiere una modalidad habi­tual: siempre pensar en el mañana y el mañana, se queda fijada a esto. En el momento en que hayas conseguido el bienestar, la mente empezará nuevamente a decirte: "Mañana, mañana”. El mañana es la enfermedad de la mente.

Cuando vives el momento, una nueva vida toma existencia. Una vida nueva es una vida del "ahora". Entonces, ¿dónde está el temor? ¿A quién le preocupa la muerte? Así que, finalmente, pue­des hacer una broma. Y, si vives, empiezas a sentir lo que es la vi­da. Esto sólo se siente viviendo; no hay otra manera. Es como na­dar: nadas y aprendes. Se aprende a nadar, nadando, así como se aprende a vivir, viviendo.

Pospones, no sientes la vida, sientes muerte a tu alrededor. Posponiendo, sentirás muerte; viviendo, sentirás vida. Si sientes vida, es eterna; no habrá muerte para ella, nunca morirá; durará, durará y durará, y cada momento será eterno.

Recuérdalo lo más profundamente que puedas: no pospongas, no dejes las cosas para mañana. Aquí y ahora, está todo lo que necesitas. Disfrútalo y, cuanto más lo disfrutes, más te será dado. Eso quiso decir Jesús cuando afirmó que, si golpeas, la puerta se te abrirá; si pides, te será dada. En este momento, la puerta está allí. ¡Pide, golpea, vive! No lo dejes para después.

Ese es todo el mensaje de los que han tomado consciencia: al­canza con hoy; el mañana se ocupará de sí mismo. Y el mañana no llega nunca; siempre es hoy. Si conoces el arte de vivir aquí y ahora, podrás vivir cada momento cuando llegue. Incluso en el momento de la muerte, podrás vivir. Es lo que hizo Teng: vivió el momento de su muerte. Y, si puedes vivir el momento de tu muer­te, ¿cómo puedes morir? Entonces, también transformas tu muer­te en vida.

En este momento te está ocurriendo exactamente lo contrario: estás convirtiendo tu vida en muerte, a causa de las postergaciones. Siempre mañana, siempre preparándote, preparándote y preparándote; y, cuando llega el momento, tu mente todavía se está preparando. Deja de lado todas las postergaciones, golpea al momento, y serás tan hermoso como los lirios en el campo de los que habla Jesús: ni siquiera Salomón, en la cúspide de su gloria, era tan bello.

 

Tú eres bello, ¿por qué te desgastas? Eres divino, ¿por qué te desgastas? Eres lo esencial, ¿por qué te pierdes en mañanas, en preparativos futuros, en la mente? ¿Por qué malgastas tu energía vital en el desierto del tiempo? Está aquí y ahora, y este "aquí y ahora" se convierte en la puerta. Y la puerta siempre te está es­perando. Sólo golpéala. Con sólo golpearla, se abre.

Suficiente por hoy.

 

NOTAS

 

1. Relato del primer discurso: de "One Note of Zen" (Un comentario sobre el zen), de Zen Flesh, Zen Bones (Carne zen, huesos zen), de Paul Reps,  1957 (p. 66).

2. Relato del segundo discurso: de Zen Buddhism (Budismo zen),        1959 Peter Pauper Press, Inc. Reeditado con autorización (p. 42).

3. Relato del tercer discurso: de "The Three Types of Religious Met­hod". (Las tres clases de métodos religiosos), de The Cpt's Yawn (El bostezo del gato), de Sokei-an, First Zen Institute of America, Nue­va York, 1947.

4. Relato del cuarto discurso: de Zen Flesh, Zen Bones, op. cit.(p. 42).

  1. Relato del quinto discurso: de The Practice of Zen (La práctica del

zen), de Chang Chen-chi, Harper & Brothers, Nueva York, 1959.

  1. Relato del sexto discurso: de Wisdom of the East Series. The Baak

of Lieh- Tzu (La sabiduría de la progresión oriental. El libro de Lieh­

Tzu), traducido por A. C. Graham (p. 52).

7. Relato del séptimo discurso: de Zen: Poems, Prayers, Sermans, Anecdotes, Interviews (Zen: poemas, oraciones, sermones, anéc­dotas, entrevistas), editado por Lucien Stryk y traducido por Takas­hi Ikemoto, 1965 Lucien Stryk y Takashi Ikemoto (p. 133).

8. Relato del octavo discurso: de Zen Buddhism, op. cit. (pp. 13-14).

  1. Relato del noveno discurso: de Wisdom af the East Series..., op.
  2. (p. 73).

10. Relato del décimo discurso: de Oriental Humor (Humor orienta),

de R. H. Blyth, Hokuseido Press, Tokio, 1959.

 

El Autor

 

 

 

   La mayoría de nosotros vivimos nuestras vidas en el mundo del tiempo, entre recuerdos del pasado y esperanzas del futuro.  Sólo rara vez tocamos la dimensión intemporal del presente, en momentos de belleza repentina, o de peligro repentino, al encontrarnos con una persona amada o con la sorpresa de lo inesperado.  Muy pocas personas salen del mundo del tiempo y de la mente, de sus ambiciones y de su competitividad, y se ponen a vivir en el mundo de lo intemporal.  Y muy pocas de las que así lo hacen han intentado compartir su experiencia con los demás.  La Tse, Gautama Buda, Bodhidharma… o, más recientemente, George Gurdjieff, Ramana Maharshi, J. Krishnamurti: sus contemporáneos los toman por excéntricos o por locos; después de su muerte, los llaman “filósofos”.  Y con el tiempo se hacen legendarios: dejan de ser seres humanos de carne y hueso para convertirse quizás en representaciones mitológicas de nuestro deseo colectivo de desarrollarnos dejando atrás las cosas pequeñas y lo anecdótico, el absurdo de nuestras vidas diarias.

         Osho ha descubierto la puerta que le ha dado acceso a vivir su vida en la dimensión intemporal del presente, ha dicho que es “un existencialista verdadero”, y ha dedicado su vida a incitar a los demás a que encuentren esta misma puerta, a que salgan de este mundo del pasado y del futuro y a que descubran por sí mismos el mundo de la eternidad.

         Osho nació en Kuchwada, Madhya Pradesh, en la India, el 11 de diciembre de 1931.  Desde su primera infancia, el suyo fue un espíritu rebelde e independiente que insistió en conocer la verdad por sí mismo en vez de adquirir el conocimiento y las creencias que le transmitían los demás.

         Después de su iluminación a los veintiún años de edad.  Osho terminó sus estudios académicos y pasó varios años enseñando filosofía en la Universidad de Jabalpur.  Al mismo tiempo, viajaba por toda la India pronunciando conferencias, desafiando a los líderes religiosos a mantener debates públicos, discutiendo las creencias tradicionales y conociendo a personas de todas las clases sociales.  Leía mucho, todo lo que llegaba a sus manos, para ampliar su comprensión de los sistemas de creencias y de la psicología del hombre contemporáneo.  A finales de la década de los 60, Osho había empezado a desarrollar sus técnicas singulares de meditación dinámica.  Dice que el hombre moderno está tan cargado de las tradiciones desfasadas del pasado y de las angustias de la vida moderna que debe pasar un proceso de limpieza profunda antes de tener la esperanza de descubrir el estado relajado, libre de pensamientos, de la meditación.

         A lo largo de su labor, Osho ha hablado de casi todos los aspectos del desarrollo de la conciencia humana.  Ha destilado la esencia de todo lo que es significativo para la búsqueda espiritual del hombre contemporáneo, sin basarse en el análisis intelectual sino en su propia experiencia vital.

         No pertenece a ninguna tradición: “Soy el comienzo de una conciencia religiosa totalmente nueva”, dice. “Os ruego que no me conectéis con el pasado: ni siquiera vale la pena recordarlo”.

         Sus charlas dirigidas a discípulos y a buscadores espirituales de todo el mundo se han publicado en más de seiscientos volúmenes y se han traducido a más de treinta idiomas.  Y él dice: “Mi mensaje no es una doctrina, no es una filosofía.  Mi mensaje es una cierta alquimia, una ciencia de la transformación, de modo que sólo los que están dispuestos a morir tal como son y a nacer de nuevo a algo tan nuevo que ahora ni siquiera se lo pueden imaginar… sólo esas pocas personas valientes estarán dispuestas a escuchar, porque escuchar será arriesgado.

         “Al haber escuchado, habéis dado el primer paso hacia el renacer.  De manera que esta filosofía no podéis echárosla por encima como un abrigo para presumir.  No es una doctrina en la que podráis encontrar el consuelo  ante las dudas que os atormenta.  No, mi mensaje no es ninguna comunicación oral.  Es algo mucho más arriesgado.  Trata nada menos que de la muerte y del renacer”.  Osho abandonó su cuerpo el 19 de enero de 1990.   Su enorme comuna en la India sigue siendo el mayor centro de desarrollo espiritual del orbe y atrae a millares de visitantes de todo el mundo que acuden para participar en sus programas de meditación, de terapia, de trabajo con el cuerpo, o simplemente para conocer la experiencia de estar en un espacio búdico.

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Osho Internacional

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