Libro Anatomía del Espíritu. 1ª parte

ANATOMÍA DEL ESPÍRITU

CAROLINE MYSS

Con amor y gratitud infinitos, dedico este li­bro a mis tres ángeles personales, sin cuya ayuda jamás habría sobrevivido a las épocas más oscuras de mi vida: mi madre, que es mi constante fuen­te de fortaleza, mi hermano Edward, mi fuente inagotable de humor y optimismo, y mi cuñada Amy, que se ha convertido en un tesoro familiar.

Presentación

Las ocasiones de conocer a una persona especial y única que altere nuestras percepciones del mundo y de nosotros mismos son excepcionales. Está usted a punto de conocer a una persona así de extraordinaria. Escritora e intuitiva mé­dica, Caroline Myss va a fascinarle, estimularle y motivarle con sus opiniones sobre la espiritualidad y la responsabili­dad personal de nuestra salud. Algunos aspectos de su obra van a parecerle tan de sentido común que le extrañará no ha­ber pensado antes en ellos. Otras de sus ideas pulsarán sus cuerdas emocionales y psíquicas y lo inducirán a reevaluar su camino espiritual.

Conocí la filosofía de Caroline hace muchos años. Su mensaje, sencillo y potente, es que cada uno de nosotros na­ce con una tarea espiritual consustancial, con el compromi­so sagrado de aprender a utilizar su poder personal de mo­do responsable, sabio y amoroso. Durante miles de años la sociedad ha estado dominada por la idea de que el poder co­rrompe, y de que el poder absoluto corrompe absolutamente. La autoridad y el dominio, el dinero y el sexo han propor­cionado los ropajes artificiales del poder. No hace mucho, por ejemplo, en un artículo sobre John F. Kennedy hijo apa­recido en una revista, se decía que este joven tenía dinero y seguridad sexual más que suficiente pero nada de poder; luego pasaban a vulgarizar el poder añadiendo el engaño popular de que, en cierto modo, el joven podría comprar poder pu­blicando una revista sobre famosos. Si su idea del poder es ésa, prepárese para la tremenda conmoción que le produ­cirá este libro, porque Caroline Myss ofrece una visión mu­cho más profunda del verdadero poder, el poder del espíri­tu humano.

A lo largo de los siglos han existido personas dotadas de intuición y misticismo que han percibido los centros de po­der del cuerpo humano. Alice Baily, Charles W. Leadbetter y Rudolf Steiner han escrito sobre este tema, pero nadie ha captado tan bien como Caroline Myss la amplitud y pro­fundidad de nuestro marco espiritual electromagnético. Ja­más se nos había revelado tan magistralmente la anatomía del espíritu. Esta obra establece los fundamentos de la me­dicina del siglo XXI.

La pregunta más importante que se ha hecho la gente a lo largo de la historia es: «¿Cuál es mí finalidad en la vida?» Caroline responde a ella de forma sencilla y profunda. Nues­tra finalidad es vivir de modo coherente con nuestros idea­les espirituales, vivir la regla de oro en cada momento de la vida y vivir los pensamientos como oración sagrada. Es así de sencillo, pero dista mucho de ser fácil.

Durante un momento, imagínese que entra en una sala llena de gente y que de inmediato percibe el grado de como­didad o agrado que siente. Imagínese además que es capaz de sintonizar con la chakra interior del inconsciente de cada persona, que «conoce» la energía y la salud de cada una de las personas presentes en la sala. Y, lo que es aún más im­portante, imagínese que conoce con detalle su propia ener­gía y todos los factores que le producen una merma de po­der intelectual, físico y emocional. La sabiduría básica que le transmite este libro le ofrece los instrumentos para comenzar a ver su energía y la de los demás.

La física cuántica ha confirmado la realidad de la esencia vibratoria de la vida, que es lo que perciben estas personas Intuitivas. El ADN humano vibra a una frecuencia de entre 32 y 78 gigaherzios (miles de millones de ciclos por segun­do). Si bien todavía no es posible evaluar con instrumentos científicos la frecuencia concreta de una persona ni los obs­táculos que impiden la circulación de esa energía, hay dos hechos básicos innegables. El primero, que la energía vital no es estática; es cinética, se mueve. Y el segundo, que las per­sonas dotadas de esta intuición, como Caroline, son capaces de evaluarla, si bien todavía no se puede medir con exactitud ni la mente humana ni el sistema energético. La verdad es que en mis veinticinco años de trabajo con personas intuitivas de todo el mundo, no he conocido a ninguna tan clara y exacta como Caroline.

Ella capta la energía sutil del organismo de la persona y lee el lenguaje de su ser electromagnético. Una y otra vez, sus diagnósticos documentan los efectos que tiene sobre la salud la energía emocional, del pasado y del presente. Perci­be las experiencias profundas y traumáticas, las creencias y actitudes que alteran la frecuencia vibratoria de las células y la integridad de nuestro sistema energético. Lee nuestros es­píritus, que en último término son nuestro verdadero poder.

En este libro encontrará información detallada sobre los siete centros de poder del cuerpo. Estos centros son impor­tantísimos reguladores de la circulación de la energía vital; re­presentan las principales baterías biológicas de la biografía emocional. «La biografía se convierte en biología”: aunque no aprenda ninguna otra cosa de este libro, este solo hecho le será útil. También aprenderá la forma de evitar que sus afec­tos o apegos, o la energía negativa de otras personas, le ago­ten la energía; aprenderá a fortalecer su sentido de identidad y honor para que los falsos símbolos del poder, como el di­nero, el sexo y la autoridad externa, no erosionen su base de poder personal, y aprenderá a desarrollar sus capacidades in­tuitivas.

Anatomía del espíritu nos presenta una nueva y fasci­nante forma ecuménica de comprender los siete centros de energía del cuerpo. Funde los conceptos de poder de las tra­diciones judía, cristiana, hindú y budista en siete verdades espirituales universales, y nos explica: «La joya universal presente en las cuatro principales religiones es que lo Divi­no está encerrado en nuestro organismo biológico en siete fases de poder que nos acrisolan y nos hacen más trascen­dentes en nuestro poder personal.»

La fuerza de esta fusión del sentido metafísico de los sa­cramentos cristianos, la cabala y los chakras lo transforma­rá para siempre. Conocimiento es poder, y el conocimiento que presenta este libro es la clave para el poder personal.

Este libro expone la esencia de la medicina alternativa con una claridad que lo estimulará a vivir sus ideales espiri­tuales y lo despertará a los milagros de la autocuración. Me siento feliz de haber asistido a la larga gestación de esta obra trascendente. La riqueza que ha aportado a mi vida este co­nocimiento excede todos mis sueños. Deseo que la sabidu­ría de Caroline ilumine igualmente la suya.

 

Dr. C. Norman Shealy

 

  • El doctor Shealy es fundador del Instituto Shealy de Asistencia Sa­nitaria Global, presidente fundador del Colegio de Médicos Holísticos de Estados Unidos y director de proyectos de investigación y prácticas del Instituto Forest de Psicología. Es autor de Mirada Do Hdppen.

 

Dios esté en mi cabeza, y en mi entendimiento,

Dios esté en mis ojos y en mi mirada,

Dios esté en mí boca y en mis palabras,

Dios esté en mi lengua y en mi gusto,

Dios esté en mis labios y en mi saludo.

Dios esté en mi nariz y en mí olfato y mi inspiración,

Dios esté en mis oídos y en mi audición,

Dios esté en mi cuello y en mi humildad,

Dios esté en mis hombros y en mi porte,

Dios esté en mi espalda y en mi postura.

Dios esté en mis brazos y en mi dar y recibir,

Dios esté en mis manos y en mi trabajo,

Dios esté en mis piernas y en mi caminar,

Dios esté en mis pies y en mí firme conexión,

Dios esté en mis articulaciones y en mis relaciones.

Dios esté en mis entrañas y en mis sentimientos,

Dios esté en mis intestinos y en mi perdonar,

Dios esté en mi talle y en mis movimientos,

Dios esté en mis pulmones y en mi respiración,

Dios esté en mi corazón y en mis afectos.

Dios esté en mi piel y en mi tacto y mis caricias,

Dios esté en mi carne y en mis penas y suspiros,

Dios esté en mi sangre y en mi vivir,

Dios esté en mis huesos y en mi morir,

Dios esté en mi final y en mi revivir.

 

Texto ampliado de la oración tradicional del reverendo Jim COTTER, que aparece en su libro Prayer at Night, Cairn Publicatíons, Sheffield, GranBretaña,1988.

 

Prólogo

Mi transformación en intuitiva médica

 

En el otoño de 1982, después de abandonar mi profesión de periodista y obtener un doctorado en teología, fun­dé junto con otras dos personas una editorial llamada Stillrmint. Publicábamos libros sobre métodos de curación alternativos a la medicina oficial. Sin embargo, pese a mi in­terés empresarial en las terapias alternativas, no tenía el me­nor interés personal en ellas. No sentía el más mínimo de­seo de conocer a ningún sanador. Me negaba a meditar, le tomé una profunda aversión a las campanillas que suenan movidas por la brisa, a la música de la New Age y a las con­versaciones sobre horticultura orgánica. Fumaba y bebía café a litros, todavía en la tónica de una osada y curtida re­portera. No estaba en absoluto preparada para una expe­riencia mística.

No obstante, durante ese mismo otoño me fui dando cuenta poco a poco de que mi capacidad perceptiva se había expandido considerablemente. Por ejemplo, un amigo co­mentaba que un conocido suyo no se encontraba bien, y yo ¡muía de inmediato la causa del problema. Mis intuiciones eran extraordinariamente exactas y se corrió la voz por la co­munidad. Muy pronto comenzaron a llamar por teléfono a la editorial personas que deseaban concertar hora conmigo para que les hiciera una evaluación de su salud. En la prima­vera de 1983 ya hacía lecturas a personas que sufrían diver­sos tipos de crisis existenciales y de salud, desde depresión hasta cáncer.

Decir que estaba perpleja sería un eufemismo. Me sentía confundida y algo asustada. No lograba imaginar cómo me llegaban esas impresiones. Era y sigue siendo como tener sueños despierta, unos sueños impersonales que comienzan a ocurrir tan pronto recibo el permiso de la persona y co­nozco su nombre y su edad. La impersonalidad y la objeti­vidad de estas impresiones es importantísima, porque es lo que me indica que no son invenciones ni proyecciones mí­as. Es como la diferencia entre mirar un álbum de fotogra­fías de un desconocido y uno de la propia familia. En el caso del álbum del desconocido no hay ningún tipo de lazo afec­tivo con nadie. Así, mis impresiones son claras, pero des­provistas de todo carácter emotivo.

Puesto que tampoco sabía el grado de exactitud de mis impresiones, pasados unos dos meses comencé a sentir un intenso temor antes de cada consulta, pues me parecía que dichas experiencias entrañaban un gran riesgo. Soporté los primeros seis meses diciéndome que emplear mi intuición médica era algo así como un juego. Me entusiasmaba acertar porque un acierto significaba al menos que mi cordura esta­ba intacta. Pero, incluso así, siempre me preguntaba: «¿Fun­cionará esta vez?» «¿Y si no recibo ninguna impresión?» «¿Y si me equivoco en algo?» «¿Y si alguien me pregunta algo que no sé contestar?» «¿Y si le digo a la persona que está sa­na y después me entero de que le han diagnosticado una en­fermedad terminal?» Y la pregunta más importante: «¿Qué hace en esta discutible ocupación una periodista y alumna de teología dedicada a editora?»

Me sentía como si de repente, sin tener ninguna prepa­ración, se me hubiera hecho responsable de explicar la vo­luntad de Dios a un montón de personas tristes y asustadas. lo irónico era que cuantas más personas deseaban com­prender mejor lo que Dios les estaba haciendo, más deseaba yo comprender lo que Dios me estaba haciendo a mí. Esa incertidumbre fue causa de años de migrañas.

MÍ deseo era continuar como si mi incipiente habilidad no se diferenciara en nada de una habilidad para preparar pasteles, pero sabía que no era así. Habiendo recibido edu­cación católica y estudiado teología, sabía muy bien que las capacidades transpersonales conducen inevitablemente al monasterio o al manicomio. En el fondo de mi alma sabía que estaba conectando con algo esencialmente sagrado, y ese Conocimiento me desgarraba. Por un lado temía quedar in­capacitada, como los místicos de antaño; por otro, me sen­tía destinada a una vida en la que sería evaluada y juzgada por creyentes y escépticos- Fuera cual fuese el futuro que Imaginaba, me sentía empujada a la desgracia.

Pero de todos modos me fascinaba mí recién descubier­ta capacidad perceptiva, y me sentía obligada a continuar evaluando la salud de personas. Durante esa primera época, las impresiones que recibía eran principalmente sobre la sa­lud física inmediata de la persona en cuestión y el estrés emo­cional o psíquico relacionado con ésta. Pero también veía la energía que rodeaba su cuerpo; la veía llena de información «obre su vida. Veía esa energía como la prolongación de su espíritu. Comencé a darme cuenta de algo que jamás me enseñaron en la escuela: que nuestro espíritu está muy, muy in­tegrado en nuestra vida cotidiana; que encarna nuestros pensamientos y emociones y registra cada uno de ellos, desde los más mundanos hasta los más visionarios. Aunque más o menos se me habían enseñado que después de la muerte el es­píritu «sube» o «baja», según el grado de virtud con el que hayamos vivido, comencé a comprender que el espíritu es mucho más que eso. Participa en cada segundo de nuestra vi­da. Es la fuerza consciente que constituye la vida misma.

Continué realizando lecturas sobre la salud en cierta forma como sí llevara puesto el piloto automático, hasta que un día me ocurrió algo que resolvió mis dudas y mi ambigüe­dad respecto a la habilidad que poseía. Estaba en plena se­sión con una mujer que tenía cáncer. Hacía mucho calor y me sentía cansada. Estábamos sentadas frente a frente en mi pequeña oficina de Stillpoint. Acababa de terminar la eva­luación y me quedé callada un momento, pensando cómo decírselo. Me asustaba decirle que el cáncer se le había ex­tendido por todo el cuerpo. Sabía que me iba a preguntar por qué le había ocurrido esa catástrofe a ella, y me irritó la res­ponsabilidad de tener que contestarle. Pues bien, en el ins­tante en que abría la boca para hablar, ella estiró la mano y la colocó sobre mi pierna. «Caroline —me dijo-—•, sé que ten­go un cáncer grave. ¿Podrías decirme por qué me ha ocurri­do esto a mí?»

Mi indignación ante la odiada pregunta creció todavía más, y estaba a punto de gritarle: “¿Cómo quieres que lo se­pa?», cuando de pronto me inundó una energía que jamás había experimentado antes. La sentí moverse por mi cuerpo como si quisiera desplazarme hacia un lado para poder uti­lizar mis cuerdas vocales. Dejé de ver a la mujer que tenía de­lante. Me sentí como si me hubieran reducido al tamaño de una moneda y ordenado «observar» desde el interior de mi cabeza.

Una voz habló por mi boca a la mujer: «Permíteme que te lleve a hacer un recorrido por tu vida y por cada una de las relaciones que has tenido —dijo—. Permíteme que te acom­pañe por lodos los miedos que has sentido y que te muestre que esos miedos te han dominado durante tanto tiempo que ahora la energía vital ya no te nutre.»

Esa «presencia» acompañó a la mujer en el recorrido por todos los detalles de su vida, absolutamente por todos. Le recordó las conversaciones más insignificantes, le enumeró los momentos de inmensa soledad en que había llorado so­la, le recordó todas las relaciones que habían tenido algún sentido para ella. Esa «presencia» me dejó la impresión de que todos y cada uno de los segundos de nuestra vida, y to­das y cada una de las actividades mentales, emocionales, crea­tivas, físicas e incluso de descanso con que los llenamos, son algo conocido y registrado. Cada juicio que hacemos queda registrado; cada actitud que adoptamos es una fuente de po­der, positivo o negativo, del que somos responsables.

Esta experiencia me dejó pasmada. Desde mi puesto, a un lado, comencé a orar, medio por temor y medio por hu­mildad, al verme frente al designio íntimo y último del uni­verso. Siempre había supuesto que nuestras oraciones eran «oídas», pero jamás había sabido cómo. Ni tampoco había imaginado, con mi simple razonamiento humano, cómo al­gún sistema, aunque fuera divino, podía llevar la cuenta de las necesidades de todas las personas, dando prioridad a las peticiones de curación por encima, digamos, de las peticiones de ayuda económica. No estaba preparada para ese espec­táculo sagrado en el que cada segundo de la vida se conside­ra tiernamente algo de gran valor.

Mientras oraba, todavía como simple observadora, pedí que esa mujer siguiera sin percatarse de que no era yo quien le estaba hablando. Si no podía darle una razón que justifí­case por qué tenía cáncer, tampoco podría explicarle cómo conocía los detalles de su pasado. Tan pronto hice ese ruego, me encontré nuevamente mirándola a la cara. Mi mano esta­ba sobre su rodilla, imitando su gesto, aunque no recordaba haberla puesto allí, y me temblaba todo el cuerpo. Retiré la mano. Ella se limitó a decir: «Muchísimas gracias. Ahora puedo soportarlo todo.» Tras permanecer un momento en silencio, añadió: «Ni siquiera me asusta la muerte. Todo va muy bien.»

Poco después de que se marchara salí yo también, en un estado de profunda conmoción. Mientras caminaba por el hermoso prado que rodea la editorial, accedí a colaborar con esa capacidad intuitiva, fuera cual fuese el resultado.

Desde ese día de otoño de 1983, he trabajado con entu­siasmo en esta actividad de intuitiva médica. Eso significa que empleo mí capacidad intuitiva para ayudar a las perso­nas a entender la energía emocional, psíquica y espiritual que está en el origen de [a enfermedad, el malestar o la crisis vi­tal. Soy capaz de percibir el tipo de enfermedad que se ha de­sarrollado, muchas veces antes de que la persona sepa que tiene una enfermedad. No obstante, normalmente las per­sonas con quienes trabajo saben que su vida no está en equi­librio y que algo va mal.

Ningún «primer acontecimiento» espectacular introdu­jo en mi vida esas capacidades intuitivas. Simplemente des­pertaron, con naturalidad, como si siempre hubieran estado allí, a la espera del momento apropiado para salir. Cuando era niña y adolescente, siempre fui intuitivamente despabi­lada, y al igual que les sucede a la mayoría de las personas, mis instintos viscerales me hacían reaccionar. Usted también evalúa, instintiva y a veces conscientemente, las energías de otras personas, pero por lo general conoce a la persona o al menos ha tenido algún contacto con ella antes. Lo insólito de mi intuición es que puedo evaluar a personas con las que jamás he tenido ni el más mínimo contacto. En realidad pre­fiero no haber tenido con ellas ningún contacto anterior, por­que mirar a la cara a una persona asustada obstaculiza enor­memente mi capacidad de «ver» con claridad.

Con el uso, mi intuición se ha hecho más precisa. Aho­ra la considero casi normal, aunque cómo funciona siempre seguirá siendo algo misterioso. Si bien puedo' enseñarle has­ta cierto grado la manera de ser intuitivo, la verdad es que no sé muy bien cómo lo aprendí yo. Supongo que adquirí esta enorme intuición debido a mi curiosidad por los temas es­pirituales, combinada con la profunda ilustración que sentí al ver que mi vida no resultaba tal como la había planeado. Por otra parte, es igualmente posible que mi intuición mé­dica fuera sencillamente la consecuencia de algo que comí.

Sabiendo cómo trabajan los dioses, no me sorprendería en absoluto.

No me ha sido fácil perfeccionar mis intuiciones, ni si­quiera después de haberme comprometido a colaborar en ello. No tenía ningún modelo ni maestro, aunque finalmen­te conté con el apoyo y la orientación de colegas médicos. Pero ahora, después de catorce años de trabajo continuado, esta habilidad me parece un sexto sentido. Para mí eso sig­nifica que es hora de que enseñe a otras personas el lengua­je de la energía y la intuición médica.

Trabajando con mis intuiciones he identificado las cau­sas emocionales y psíquicas de la enfermedad. Indudable­mente existe una fuerte conexión entre el estrés, tanto físico como emocional, y las afecciones concretas. Esta conexión ha sido bien documentada en lo que se refiere a las enferme­dades cardíacas y la hipertensión, por ejemplo, y la llamada personalidad tipo A, término utilizado para referirse a per­sonas cuyo comportamiento es muy competitivo, agresivo e impaciente, que siempre tienen prisa, lo que las hace pro­pensas a dolencias cardíacas. Mis percepciones concretas, sin embargo, me han enseñado que el estrés o malestar emo­cional y espiritual es la raíz de todas las enfermedades físicas. Además, algunas crisis emocionales y espirituales tienen una correspondencia muy específica con trastornos en determi­nadas partes del cuerpo. Por ejemplo, las personas que acu­den a mí aquejadas de una enfermedad cardíaca han tenido experiencias que las indujeron a cerrarse a la intimidad o el amor. Las personas que sufren dolores en la parte inferior de la espalda han tenido constantes problemas económicos; las personas enfermas de cáncer tienen conexiones no resueltas con el pasado, asuntos inconclusos y problemas emociona­les; las personas que padecen enfermedades sanguíneas tie­nen conflictos muy arraigados con su familia. Cuanto más estudiaba el sistema energético humano, más comprendía que en nuestro cuerpo o en nuestra vida muy pocas cosas se generan «al azar». La conexión entre el estrés emocional y espiritual y una enfermedad concreta se entiende mejor en el contexto de la anatomía del sistema energético humano, es decir, la anatomía de nuestro espíritu, que forma el núcleo de lo que actualmente enseño a lo largo y ancho de Estados Unidos y en muchos otros países, y que es el tema principal de este libro.

Ser médicamente intuitiva me ha servido para aprender, no sólo acerca de las causas energéticas de las enfermedades, sino también de los retos que afrontamos al curarnos a noso­tros mismos. Para raí fue muy importante comprender que la «curación» no siempre significa que el cuerpo físico se recu­pera de una enfermedad. Curación puede significar también que el espíritu de la persona se libera de miedos y pensamien­tos negativos, hacia sí misma u otras personas, que ha tenido durante mucho tiempo. Este tipo de liberación y curación es­piritual puede producirse aunque el cuerpo físico muera.

Aprender el lenguaje del sistema energético humano es un medio para comprendernos a nosotros mismos, un me­dio para salir airosos de esos retos espirituales. Al estudiar la anatomía de la energía identificará las pautas o modalidades de su vida, y la profunda interrelación que existe en el fun­cionamiento de mente, cuerpo y espíritu. Este conocimien­to propio le proporcionará placer y paz mental, y al mismo tiempo lo conducirá a la curación emocional y psíquica.

Esta introducción a la intuición médica es el resultado de catorce años de investigación sobre la anatomía y la intui­ción, el cuerpo y la mente, el espíritu y el poder. En estas pá­ginas le enseñaré el lenguaje de la energía con el que trabajo. Adquiriendo un buen conocimiento de la anatomía de la energía, se dará cuenta también de que su cuerpo es la mani­festación de su espíritu. Podrá leer su cuerpo corno si fuera un escrito. Entender el idioma de que la energía capacita a la persona para ver el espíritu en su cuerpo y para comprender qué genera y fortalece esa energía, a la vez que la hace resistente a ella. El idioma de la energía le dará una nueva visión, una nueva perspectiva de su poder personal. También des­cubrirá qué debilita su espíritu y su poder personal, a fin de evitar más fugas de energía. La aplicación de este lenguaje y esta comprensión del sistema energético humano le servirá para tener impresiones intuitivas más claras que, a ofrecer­le referencias concretas basadas en el cuerpo, eliminarán esa sensación de estar mirando ciegamente al vacío en busca de información.

En este libro recurro a la sabiduría antiquísima, profun­da y permanente de varias tradiciones espirituales —los chakras hindúes, los sacramentos cristianos y el árbol de la vida de la Cábala—, para presentar una nueva visión de cómo fun­cionan unidos el cuerpo y el espíritu. Observe, por favor, que no he incluido las copiosas enseñanzas del islamismo, no porque no respete sus verdades sino porque no he vivido es­ta tradición como he vivido las enseñanzas judeocristianas, hindúes y budistas; por lo tanto, no me siento capaz de es­cribir con honradez acerca del islamismo. Aprendiendo a considerar su cuerpo y su espíritu de un modo inspirado en viejas verdades, podrá empezar a desarrollar su intuición y a comprender y manejar su espíritu.

Mi primera idea fue centrar este libro «simplemente» en torno al sistema energético humano, a la filosofía y la prác­tica del diagnóstico basado en la energía, y a la intuición mé­dica, pero cuando comencé a escribirlo me di cuenta de que no podía explicar con precisión estos conceptos de energía sin el marco espiritual. Creo que estamos hechos para en­tender nuestros cuerpos-mentes como poderes espirituales individuales que expresan una energía divina superior. Esta­mos hechos para descubrir nuestro poder personal y tam­bién nuestra finalidad compartida de estar vivos dentro de un contexto espiritual.

Todos compartimos la realidad de tener un tipo de cuer­po físico que enferma o sana por los mismos motivos. Todos tenemos crisis emocionales o psíquicas comunes a la expe­riencia humana. Todos tememos el abandono, la pérdida de seres queridos y la traición; el sentimiento de rabia es tan tó­xico en el cuerpo de un judío como en el de un cristiano o un hindú; todos nos sentimos atraídos por el amor. En lo que se refiere a la salud del espíritu y del cuerpo, no hay diferencias entre nosotros.

Así pues, el enfoque mente-cuerpo de este libro está im­buido del lenguaje espiritual de la visión simbólica. La vi­sión simbólica es una manera de verse y comprenderse, de ver y comprender a los demás y los acontecimientos de la vida desde la perspectiva de modalidades o pautas arquetípicas universales. Desarrollar esa visión simbólica incre­mentará su capacidad intuitiva porque le enseñará una ob­jetividad sana que saca a la luz el sentido simbólico de los acontecimientos, las personas y los desafíos, muy especial­mente, tal vez, el doloroso desafío de la enfermedad. La vi­sión simbólica permite percibir el propio espíritu y la ilimi­tada capacidad que tenemos cada uno para la curación y la salud o integridad.

Las personas que asisten a mis charlas y seminarios son muy variadas. Son profesionales de la salud, personas que buscan ayuda para sí mismas o personas que desean ser in­tuitivas médicas. Todas ellas comparten el deseo común de comprender el poder de su espíritu; desean desarrollar una claridad interior, su propia voz intuitiva. Los médicos que llenan mis seminarios me cuentan la frustración que sienten cuando tienen la corazonada de que bajo la enfermedad de un paciente hay una causa emocional o incluso espiritual subyacente, y carecen de libertad para hacer un diagnóstico espiritual porque las ideas espirituales no tienen ninguna au­toridad en la ciencia oficial. Muchos médicos se reservan sus impresiones intuitivas porque, como dice uno, «las corazo­nadas y las pruebas todavía no son compatibles con los re­quisitos de los seguros médicos». Otro médico me comentó: «No me hace falta intuición médica; tengo bastante. Lo que me hace falta es conocer los comportamientos de la fa­milia y los problemas espirituales más profundos de mis pa­cientes, porque sé que ésa es la información que necesitan para sanar. Necesitan algo más que medicamentos, ya que éstos sólo enmascaran temporalmente sus síntomas.» El de­seo de un contexto y una interpretación espiritual de la vida es universal. Creo que el lenguaje de la energía y la práctica de la visión simbólica pueden salvar el abismo existente en­tre la perspectiva de la medicina oficial y la perspectiva espi­ritual de la salud y la curación.

De todos modos, como he dicho antes, el hecho de in­tuir la presencia de enfermedad al principio me asustó y per­turbó mi falta de contexto médico y espiritual. Por eso, du­rante los dos primeros años me reservaba gran parte de la información que percibía. Limitaba mis servicios a ayudar a las personas a interpretar el estrés y los factores emociona­les, psíquicos y espirituales subyacentes al desarrollo de sus enfermedades. No hablaba de tratamientos médicos especí­ficos ni de intervenciones quirúrgicas, sino que aconsejaba a los clientes que consultaran un médico. Pero en 1984 cono­cí al doctor C. Norman Shealy y comencé con él un progra­ma intensivo de formación en la anatomía física del cuerpo humano. Hablando con los pacientes, personalmente y a tra­vés de Norm, acerca de su vida y sus enfermedades, logré afi­nar mi comprensión de las impresiones que recibía. Esto me proporcionó la zona de tranquilidad que necesitaba para que madurara mi habilidad, aunque sigo sin tratar a los clientes y sólo intento ayudarlos a interpretar los problemas espiri­tuales que están en la raíz de sus crisis emocionales o físicas.

A lo largo de los años de trabajo con Norm, que se con­virtió en mi colega médico y querido amigo, me di cuenta de que mi habilidad es muy valiosa en las fases anteriores al de­sarrollo real de la enfermedad física. Antes de que el cuerpo produzca una enfermedad física, hay indicadores de energía que nos dicen que estamos perdiendo vitalidad, por ejemplo, un estado de letargo o de depresión prolongado. Las perso­nas que están en esas fases suelen buscar el consejo de su mé­dico porque saben que no se sienten bien, captan señales de pérdida de energía. No obstante, con frecuencia las pruebas y los exámenes médicos indican que no pasa nada, porque todavía no pueden identificar que ocurra algo en el plano fí­sico. Las pruebas médicas en uso no pueden medir la pérdi­da de energía, y la mayoría de los médicos no dan crédito a la idea de la disfunción energética. Sin embargo, constante­mente aparecen enfermedades desconcertantes que no res­ponden a los tratamientos médicos vigentes. Algunas de ellas, el sida por ejemplo, se pueden diagnosticar con méto­dos médicos, mientras que otras parece ser que se generan debido al ritmo acelerado de nuestra vida y la constante ex­posición a la energía electromagnética de ordenadores, an­tenas parabólicas, teléfonos móviles y demás aparatos con los que sobrecargamos el medio ambiente. Por el momento, trastornos tales como el síndrome de cansancio crónico y otros relacionados con el medio ambiente se consideran en­fermedades «no oficiales»; según los criterios de la medici­na oficial carecen de una causa microbiana identificable. Pero sin duda alguna son enfermedades oficiales según la defini­ción energética de disfunción de la salud, porque sus sínto­mas indican que el paciente está experimentando una pérdida de energía en el campo energético.

La intuición médica puede servir a los médicos que com­prenden que el cuerpo humano es a la vez un sistema físico y un sistema energético, que sitúan la experiencia humana en un contexto espiritual, para identificar el estado energético de una enfermedad física y tratar la causa subyacente además de los síntomas. El tratamiento del campo energético admite di­versas terapias, entre ellas la orientación psicológica, la acu­puntura, el masaje y la homeopatía. El ingrediente esencial para la curación de la energía sigue siendo, de todos modos, la participación activa del paciente. Por apremiante que sea el aviso de un intuitivo médico sobre la probabilidad de una enfermedad, los avisos no curan. Los actos, sí.

Nada me agradaría más que transmitir inmediatamente mi habilidad intuitiva a través de libros y seminarios. Pero la verdad es que se requieren anos de práctica para desarrollar plenamente las propias intuiciones. Mis años de práctica en calidad de «residente intuitiva» con Norm, neurocirujano formado en Harvard y ex presidente del Colegio de Médi­cos Holísticos de Estados Unidos, me dieron la preparación necesaria para trabajar como profesional. Cualquiera puede beneficiarse de las enseñanzas que presento en este libro, pe­ro, dado que es esencial un programa de residencia para de­sarrollar plenamente la intuición, en un futuro próximo, Norm y yo tenemos la intención de ayudar a los alumnos con capacidad intuitiva médica a realizar sus prácticas como residentes en centros holísticos de salud de todo el país. Ac­tualmente realizamos en su granja de Springfield (Missouri) un programa sobre la ciencia de la intuición, cuyo objetivo es enseñar a las personas a utilizar su intuición como parte normal de sus habilidades perceptivas.

La idea de un programa de residencia intuitiva médica habría parecido bastante absurda hace diez años, pero des­de entonces hasta ahora ha aumentado la receptividad social hacia tratamientos médicos que aplican el antiquísimo co­nocimiento de la circulación de la energía por el interior y alrededor del cuerpo humano, entre otros, la acupuntura, la acupresión y el chi-kung. Como escribe el doctor Larry Dossey en Meaning and Medicine, necesitamos ejercer la «Medicina de la III Era», es decir, terapias que combinen mé­todos espirituales y físicos, holísticos y alopáticos para la cu­ración física y emocional. No puedo dejar de pensar que las personas intuitivas médicas llegarán finalmente a ser miem­bros esenciales de los equipos de asistencia médica, tanto en este país como en el resto del mundo.

 

El sistema médico oficial está a punto de reconocer la co­nexión entre las disfunciones energéticas o espirituales y la enfermedad. Es inevitable que algún día salve el abismo que actualmente existe entre cuerpo y mente, pero mientras tanto podemos sanarnos a nosotros mismos construyendo nuestros propios puentes hacia el espíritu, aprendiendo el lenguaje de la energía y la habilidad de la visión simbólica. Espero que a lo largo de este libro aprenda a pensar en sí mismo utilizando el lenguaje de la energía con tanta claridad como ahora ve su cuerpo físico, y que comience a ocuparse de su espíritu con tanta conciencia como se ocupa de su cuerpo físico

 

Introducción Breve historia personal

Como les digo a las personas que asisten a mis charlas y seminarios, voy a introducir al lector en el mundo que exis­te «detrás de mis ojos». Sin embargo, tal vez tome más con­ciencia del guía interior que trabaja en su vida si primero le cuento cómo se produjeron las llamadas que me han condu­cido a esta perspectiva, si primero le presento a las diferentes personas y los diversos acontecimientos que a lo largo de los años me han llevado por el camino de la intuición médica.

Circunstancias decisivas

Todo lo que para mí tiene importancia profesional, per­sonal y espiritual, lo he aprendido en mi trabajo como in­tuitiva médica. Pero cuando estaba estudiando iba lanzada en una dirección muy distinta. Rebosante de ambición, es­tudié periodismo, y en el primer año de carrera decidí que ganaría el premio Pulhzer antes de cumplir los treinta. El problema de este plan, como descubrí cuando estaba en mi primer trabajo en un periódico, era que carecía del talento necesario para hacer un reportaje de éxito.

Dejé el trabajo en el periódico, pero no me resignaba a aceptar la idea de que mi único sueño profesional, ser escritora, no se hiciera realidad. Al no tener ningún otro sueno de reserva, caí en una depresión tóxica, viscosa, una clásica «noche oscura del alma». Durante los peores meses, dormía hasta tarde y después, sentada en el suelo de mi despacho, en casa, contemplaba artículos para revistas a medio escribir.

Una mañana, cuando acababa de despertar de un pro­fundo sueño, todavía en ese nebuloso estado entre el sueño y la vigilia, me abrumó la sensación de que había muerto y que sólo estaba recordando mi vida. Me sentí agradecida de que ésta hubiera acabado. Cuando finalmente abrí los ojos y me di cuenta de que estaba viva, sentí náuseas y me pasé el resto de la mañana vomitando mi decepción. Agotada, vol­ví a la cama para tratar de averiguar en qué había fallado al planear mi vida. En ese momento recordé repentinamente un trabajo que nos mandaron hacer en una clase de perio­dismo.

La profesora había dedicado bastante tiempo a subrayar la importancia de la objetividad para hacer un buen reporta­je periodístico. Ser objetivo, nos dijo, significa mantenerse emocionalmente distanciado del tema sobre el que se está ha­ciendo el reportaje, y atenerse solamente a los «hechos» que describen o explican la situación. Nos pidió que nos imagi­náramos un edificio en llamas y a cuatro periodistas situa­dos cada uno en una esquina distinta para cubrir la informa­ción sobre el suceso. Cada uno tendría una perspectiva distinta del mismo incendio. Cada uno entrevistaría a per­sonas de la esquina donde estaba. La pregunta que nos plan­teó la profesora fue: ¡Qué periodista conoce los hechos rea­les y tiene el punto de vista correcto ? Es decir, ¿cuál de ellos veía la verdad?

De pronto ese sencillo trabajo de hacía años adquirió un tremendo sentido simbólico. Tal vez la «verdad» y la «reali­dad» eran sólo cuestión de percepción. Tal vez había estado mirando la vida con un solo ojo, viendo el edificio desde una sola esquina y hablando con personas que también carecían de profundidad en su percepción. Comprendí que tenía que abrir el otro ojo y salir de esa esquina.

Entonces mi agotada y frustrada mente dio otro salto atrás. Al año siguiente de graduarme en el instituto, fui a Alas­ita a trabajar durante el verano. Un grupo de buenas amigas y yo atravesamos el país desde Chicago, mi ciudad, hasta Seattle, donde embarcamos en un trasbordador que nos llevaría por el paso entre las islas hasta Hanes. El viaje duró tres días, y ninguna pegó ojo durante el trayecto, de modo que cuan­do llegamos a nuestro destino casi veíamos doble.

En el muelle nos esperaba un hombre que nos llevó en camioneta hasta el hotel de la localidad. Subimos a las habi­taciones y nos dejamos caer en la cama. Todas se quedaron dormidas inmediatamente, pero yo no podía conciliar el sue­ño. Estaba tan nerviosa que salí del hotel y comencé a vagar por la ciudad. De pronto me vio el conductor de la camio­neta y se detuvo para preguntarme adonde iba. Le dije que había salido a dar un paseo. Me invitó a subir, cosa que hice, y me llevó hasta una vieja casa de madera de dos plantas. «Su­be a la primera planta —me dijo—. La mujer que vive allí se llama Rachel. Conversa con ella un rato, y después yo ven­dré a recogerte.»

Actualmente, en Chicago, hacer eso se consideraría bas­tante peligroso, pero en aquellos momentos mi capacidad de razonar estaba ofuscada por el agotamiento y mi fascinación por Alaska, así que hice lo que me sugería; subí la escalera y llamé a la puerta. Me abrió una mujer indígena de algo más de ochenta años, Rachel.

—Bueno, pasa. Te prepararé té.

Así es la cortesía en Alaska: una hospitalidad afable, con­fiada, acogedora. Rachel no pareció sorprendida al verme ni actuó como si yo fuera una molestia. Para ella era una cosa normal que alguien se presentara en su casa a tomar té y con­versar.

Me senté medio dormida, y tuve la sensación de encontrarme en dos mundos distintos. La mitad del apartamento estaba decorado con objetos típicos de la cultura rusa: ico­nos de la Virgen Negra, un samovar en el que Rachel estaba preparando el re y cortinas de encaje ruso. La otra mitad era de un estilo atapasco puro; entre otras cosas, había un pe­queño tótem y una manta india colgada de la pared.

Rachel levantó la vista del samovar y vio que yo estaba mirando el tótem.

— ¿Sabes leer un tótem? —me preguntó.

—No. No sabía que se pueden leer.

—Ah, pues sí que se leen. Los tótems son afirmaciones espirituales sobre los guardianes de la tribu. Mira ése. El ani­mal de arriba es el oso. Eso significa que el espíritu del oso es el que guía a nuestra tribu; el oso es fuerte, inteligente pa­ra acechar a su presa, pero jamás mata sólo por matar, sino para protegerse, y necesita largos períodos de sueño para re­cuperar su fuerza. Hemos de imitar a ese espíritu.

Al oír esas palabras desperté. Me encontraba ante una buena profesora, y una buena profesora me induce a prestar atención al instante.

Rachel me contó que era mitad rusa y mitad atapasca, y que vivía en Alaska desde mucho antes que ésta se convir­tiera en estado de Estados Unidos. Contándome, aunque brevemente, cosas de su vida y de las tradiciones espiritua­les atapascos, aquella mujer cambió para siempre mi vida.

— ¿Ves esa manta colgada de la pared? Esa manta es muy especial. En la cultura atapasca es un gran honor ser tejedor de mantas o escritor de canciones, o tener cualquier otra ocu­pación. Hay que tener el permiso del escritor para cantar sus canciones, porque estas contienen su espíritu. Y si eres teje­dora de mantas, te está prohibido comenzar una a no ser que sepas que vas a vivir el tiempo suficiente para terminarla. Si descubres que necesitas morir (eso dijo, «si necesitas mo­rir»), debes celebrar una ceremonia con otra persona que es­té dispuesta a terminar esa tarea en tu lugar, porque no puedes dejar una parte de tu trabajo inconcluso al morir. Si lo haces, dejas atrás una parte de tu espíritu.

»Esa manta estaba casi terminada cuando el Gran Espí­ritu se le apareció en sueños a la mujer que la estaba hacien­do y le dijo que se preparara para dejar la Tierra. Ella le pre­guntó al Espíritu si podría vivir lo suficiente para terminar la manta, y el Espíritu le dijo que sí, que se le concedería ese tiempo. Murió dos días después de terminarla. Su espíritu está en esa manta y me da fuerzas.

Según Rachel, la vida es muy sencilla:

—Nacemos a la vida para querernos mutuamente y que­rer a la Tierra. Después recibimos el aviso de que nuestra vi­da llega a su fin, y debemos disponer lo necesario para par­tir sin dejar atrás ningún «asunto inconcluso». Hay que pedir disculpas, transmitir las responsabilidades tribales y aceptar de la tribu su gratitud y amor por el tiempo que hemos pa­sado con ella. Así de sencillo.

Se quedó callada un momento para servir el té y después continuó:

—Mañana por la noche iré a una ceremonia, una fiesta llamada potintcb. Un hombre se está preparando para dejar la Tierra y va a regalar todas sus pertenencias a la tribu. Pon­drá sus ropas y herramientas en una gran bandeja y la tribu aceptará simbólicamente sus pertenencias, lo que significa que él será liberado de todas sus responsabilidades con la tri­bu para poder terminar el trabajo de su espíritu. Después nos dejará.

Yo estaba muda de asombro por la actitud serena y tran­quila de Rachel, sobre todo por la naturalidad con que ha­blaba de la muerte. ¿Dónde estaba ese temor al que yo esta­ba tan acostumbrada en mi cultura? Rachel acababa de destrozar todo mi mundo tal como yo lo entendía, en parti­cular mi concepto de la dimensión espiritual de la vida, o de Dios. Hablaba con la naturalidad de una lluvia de verano. Deseé desechar las verdades que me había ofrecido mientras tomábamos el té como si no fueran más que creencias pri­mitivas, pero mi instinto me dijo que ella conocía a un Dios muchísimo más real que el mío.

— ¿Cómo sabe ese hombre que se va a morir? —le pre­gunté—. ¿Está enfermo?

—Fue a ver al hechicero. El hechicero le miró la energía, y ésta le dijo lo que le ocurría.

— ¿Cómo sabe esas cosas el hechicero?

Ella pareció impresionada por mi ignorancia. Me miró a los ojos.

—Dime, ¿cómo es que tú no sabes estas cosas? ¿Cómo puedes vivir sin saber lo que hace y lo que te dice tu espíri­tu? Todo el mundo va a ver al hechicero para saber lo que le dice su espíritu—-añadió—.Hace unos años el hechicero me dijo: «Pronto te romperás una pierna si no caminas mejor.» Yo sabía que no se refería a mí caminar físico. Quería decir que y o no era honesta porque deseaba al hombre de otra mu­jer. Debía dejar de ver a ese hombre. Me resultó difícil por­que yo lo amaba. Pero mi espíritu estaba enfermando por esa falta de honestidad. Me marché de aquí y estuve fuera du­rante un tiempo, y cuando volví caminé derecha.

Sentí unos deseos locos de quedarme una temporada con Rachel para aprender más de ella. Me ofrecí a limpiarle la ca­sa, hacer recados, cualquier cosa. Pero cuando vino a reco­germe el hombre de la camioneta ella me despidió y nunca volví a verla. Cuando subí a la camioneta el hombre me co­mentó: «Rachel es algo especial, ¿verdad?»

Cuando volví a casa ese otoño, llegó mi cuerpo sin mi es­píritu. Tardé meses en volver a reunirlos. Antes de conocer a Rachel no había pensado nunca en el poder del espíritu tal co­mo lo explicaba ella. Jamás había pensado que entretejemos nuestro espíritu en todo lo que hacemos y en todas las per­sonas que conocernos. Tampoco había pensado que las elec­ciones que hago en la vida expresan mi espíritu o afectan a mi salud.

Ahora comprendo que la historia de la curación emo­cional y física de Rachel es un buen ejemplo de cómo pode­mos cambiar nuestra vida utilizando la visión simbólica. Aunque no lo supe entonces, la tarde que pasé con ella me abrió las puertas a lo que luego sería la intuición médica. Si bien no comenzaría mi trabajo en este campo hasta pasados ocho años, el recuerdo de ella me sacó de mí depresión post-periodística y me puso en un camino diferente. Decidí estu­diar teología en un departamento de graduados, con la es­peranza de que eso me daría una perspectiva más amplia, semejante a la de Rachel, y me serviría para liberarme por fin de mi visión de una esquina de la calle, mis ideas preconce­bidas y mis limitaciones mentales. Tal vez el Dios que yo co­nocía no era el Dios que existía en realidad, ya que cierta­mente no escuchaba las oraciones que le dirigía para que me convirtiese en una escritora. Tal vez el Dios que aún no co­nocía mostraría más Interés.

Empecé a estudiar teología en un estado de crisis, sin­tiéndome impotente por primera vez en mi vida. De todos modos, termine un doctorado en el estudio del misticismo y la esquizofrenia, el encuentro con la locura en el camino ha­cia la cordura espiritual. Después me daría cuenta de que esa misma sensación de impotencia me llevó a estudiar el poder, porque las vidas de los místicos son enseñanzas sobre la aflic­ción y la discapacitación espiritual, seguidas de un renaci­miento a nuevas relaciones con el poder. Tras puertas cerra­das, a través de la angustia y e! éxtasis, los místicos logran acceder al espíritu de un modo tan profundo que les permi­te insuflar energía, una especie de electricidad divina, a las palabras y los actos corrientes. Se vuelven capaces de sanar a otros mediante actos de amor, perdón y fe auténticos.

De algunos de los místicos más conocidos de la cultura cristiana, san Francisco de Asís, santa Clara de Asís, Juliana de Norwich, santa Teresa de Ávila, santa Catalina de Siena y el padre Pío, más contemporáneo, se dice que están en un continuo e íntimo diálogo con Dios, que viven en una clari­dad que trasciende con mucho la conciencia normal. Para ellos el mundo de «detrás de los ojos» es infinitamente más real que el mundo que tienen delante de los ojos- Las per­cepciones de los místicos sobre la realidad y el poder difie­ren de las de las personas corrientes. En el lenguaje del cris­tianismo, los místicos «están en el mundo pero no son del mundo». En el lenguaje del budismo y el hinduismo, están desligados de las ilusiones del mundo físico; pueden ver sim­bólicamente, con claridad, porque están despiertos. (La pala­bra buda significa "el que está despierto».) Si bien el camino para lograr ese grado de conciencia y claridad puede resultar arduo, por mucha aflicción física que encontraran estos mís­ticos en su camino, ninguno de ellos pidió jamás volver a la conciencia ordinaria.

Cuando recurro a la intuición y la visión simbólica para ayudar a alguien a ver por que ha enfermado, suelo pensar en la vida de los místicos, sobre todo en la relación de la per­sona con el poder. Cuando era novata en la intuición, no es­tablecía la conexión entre enfermedad, curación y poder per­sonal, pero ahora creo que el poder es el fundamento de la salud. Mi objetividad, mi perspectiva simbólica de la vida, me sirve para evaluar la relación de la persona con el poder y el modo en que esto influye en su cuerpo y su espíritu.

Actualmente empleo el lenguaje de Rachel para decir a las personas que han entretejido su vida en cosas negativas y que, para recuperar la salud, necesitan retirarse por un tiem­po, hacer que su espíritu vuelva y aprender nuevamente a ca­minar derechas. Ojalá pudiéramos seguir estas instrucciones tan sencillas, porque nuestro espíritu contiene realmente nuestra vida y nuestras opciones en la vida. Entretejemos re­almente nuestro espíritu en los acontecimientos y las rela­ciones de nuestra vida. La vida es así de sencilla.

 

Aprendizaje intuitivo

Ahora veo, al contemplar estos catorce años pasados, que había un programa dispuesto para mi educación, un progra­ma dirigido a enseñarme a interpretar el lenguaje de la energía para hacer diagnósticos intuitivos. De 1983 a 1989, cuando era una aprendiza de intuitiva, ciertos sincronismos extraordina­rios me sirvieron para aprender lo que necesitaba saber.

En primer lugar, advertí que me encontraba con «gru­pos» de personas que presentaban el mismo trastorno. Una semana acudían a mí tres personas con el mismo tipo de cán­cer. Pasadas unas semanas venían a verme otras tres perso­nas que sufrían de migraña. Así fueron llegando grupos de personas afectadas de diabetes, cáncer de mama, problemas de colon, cáncer de próstata, prolapso de la válvula mitra!, depresión y otros muchos problemas de salud. Antes de to­mar la decisión de aceptar mis intuiciones, no se habían pre­sentado personas con un tipo de problema particular.

Al mismo tiempo fue aumentando la calidad de la infor­mación que recibía. Ésta me mostraba cómo había contri­buido el estrés emocional, psíquico y físico de la vida de esas personas a desarrollar la enfermedad. Al principio me limi­taba a advertir la impresión que recibía de cada persona, sin que se me ocurriera comparar el tipo de estrés de una perso­na con el de otra. Finalmente, sin embargo, comencé a ver que ninguna enfermedad se desarrolla al azar, y revisé los ca­sos anteriores en busca de las pautas emocionales o psíqui­cas que precedían a una enfermedad determinada. En 1988 ya lograba identificar las modalidades de estrés de casi cien enfermedades diferentes. Desde entonces, esas modalidades han resultado válidas y útiles para muchos médicos y otros profesionales de la salud a quienes se las he enseñado.

Conocer a Norm Shealy fue otro acontecimiento extra­ordinario. Además de ser neurocirujano, Norm es el funda­dor del Colegio de Médicos Holísticos de Estados Unidos y el principal especialista en el control del dolor. Desde 1972 también se ha interesado en temas metafísicos.

Durante la primavera de 1984 me invitaron a asistir a un congreso bastante exclusivo en el Medio Oeste, no por mis capacidades intuitivas sino en calidad de editora en StÜlpoint, que era mi principal ocupación. Durante el congreso cono­cí a un psicólogo que sin ningún motivo aparente me co­mentó, señalando a Norm Shealy: «Mira, ¿ves a ese hombre que está allí? Es médico, y le interesan los intuitivos mé­dicos.»

Yo me puse terriblemente nerviosa, pero decidí abordar al doctor Shealy y decirle que yo tenía intuición médica. Un día, cuando estábamos almorzando y me tocó sentarme a su lado, le dije que era capaz de diagnosticar a personas a dis­tancia. Él no pareció impresionado en lo más mínimo. Con­tinuó pelando una manzana y me preguntó:

— ¿Hasta dónde llega su habilidad?

-—No lo sé muy bien.

—-¿Es capaz de identificar un tumor cerebral? ¿Es capaz de ver una enfermedad en formación en el cuerpo de una per­sona? No me hace ninguna falta que alguien me diga que la «energía” de una persona está baja; eso lo sé ver yo mismo. Necesito a alguien que pueda explorar a una persona como un aparato de rayos X.

Le dije que no estaba muy segura de mi exactitud, ya que era relativamente nueva en esto. Me dijo que alguna vez me llamaría, cuando tuviera a un paciente que, en su opinión, pudiera beneficiarse de mi habilidad.

Al mes siguiente, mayo de 1984, me telefoneó a Stillpoint. Me dijo que tenía aun paciente en su consulta, y a con­tinuación me facilitó los datos de su nombre y edad y espe­ró mi respuesta. Recuerdo con mucha claridad la evaluación que hice porque estaba tremendamente nerviosa. Le hablé de mis impresiones en imágenes, no en términos fisiológi­cos. Le dije que era como sí el paciente tuviera hormigón bajándole desde la garganta. Después le comenté los proble­mas emocionales que, desde mi punto de vista, habían pre­cedido al desarrollo de su trastorno físico. Al paciente, que era drogadicto, le aterrorizaba hasta tal punto confesar su problema que era físicamente incapaz de decirlo. Las pala­bras se le congelaban en la garganta. Cuando acabé, el doc­tor Shealy me dio las gracias y colgó. Yo me quedé sin saber si había hecho un buen trabajo o no, pero después él me di­ría que el hombre tenía cáncer de esófago.

Ése fue el comienzo de mi trabajo con Norm Shcaly. Su fría reacción ante mis evaluaciones me resultó enormemen­te beneficiosa. Si en esa época hubiera mostrado un gran en­tusiasmo por mi habilidad, yo me habría sentido cohibida y probablemente habría tratado de impresionarlo, to cual sin duda habría obstaculizado m¡ precisión. Su actitud indife­rente me sirvió para continuar siendo objetiva y clara. Así pues, como aprendí de mi profesora de periodismo y como ahora yo enseño a otras personas, la objetividad es esencial para realizar una evaluación correcta. Nada obstaculiza más la evaluación que la necesidad de «tener razón» o demostrar que se es capaz de hacer una evaluación intuitiva.

Durante el año siguiente Norm me ayudó a estudiar ana­tomía humana y me llamó varias veces más para que hiciera evaluaciones de sus pacientes. Mis evaluaciones fueron ad­quiriendo cada vez más corrección técnica. En lugar de re­cibir imágenes vagas de órganos corporales, pronto fui ca­paz de identificar' y distinguir las vibraciones exactas de una enfermedad concreta y su ubicación en la fisiología de la per­sona. Cada enfermedad y cada órgano corporal, me enteré, tienen su propia «frecuencia» o modalidad vibratoria.

Jamás se me ocurrió pensar entonces que algún día Norm y yo formaríamos un equipo de trabajo. Si bien ya me había comprometido a comprender mi habilidad, todavía dedicaba la mayor parte de mi energía al éxito de Stíllpoint. Pero en marzo de 1985 conocí a un joven cuyo valor para hacer frente a su enfermedad y sanarla me dio el valor para abrirme a mis intuiciones de otra manera.

Trabajando con Norm había adquirido más confianza en mi capacidad para identificar por su nombre las enfermeda­des que percibía, así como el estrés y los precursores ener­géticos. Sin embargo, evitaba orientar a los clientes hacía de­terminado tratamiento para su curación; eso se lo dejaba a Norm. Lo poco que sabía sobre curación se limitaba a los manuscritos que leía en mi trabajo editorial y a conversa­ciones con mis socios.

Un sábado por la mañana, en marzo de 1985, me llamó por teléfono un hombre llamado Joe, a quien había conoci­do por casualidad después de una charla que di en Kansas City. Me llamaba para decirme que tenía la sensación de que a su hijo Peter le ocurría algo malo, y me preguntó si podría hacerle una evaluación. Dado que Peter ya era un adulto, le pedí que hablara con él y obtuviera su permiso para que yo lo evaluara. A los diez minutos volvió a llamar para decirme que Peter aceptaba cualquier ayuda que yo pudiera darle. Le pregunté la edad de Peter, y cuando me la dijo, al instante me abrumó la sensación de que tenía leucemia. Eso no se lo di­je a Joe, sino que dije que quería hablar directamente con su hijo y le pedí su teléfono.

Mientras anotaba las impresiones intuitivas que estaba re­cibiendo, me di cuenta de que, en realidad, las vibraciones que percibía no eran las de la leucemia. Pero no lograba identifi­car la frecuencia, puesto que nunca las había percibido antes. De pronto comprendí que Peter era seropositivo. Mi conver­sación con él la tengo grabada en la memoria, porque me ima­ginaba lo rara que me sentiría yo si una desconocida del otro extremo del país me llamara y me dijera: «Hola, acabo de com­probar tu sistema energético, y no sólo eres seropositiva sino que ya has comenzado a desarrollar el sida.» De hecho, el cuer­po de Peter estaba comenzando a manifestar los síntomas de neumocistosis (neumonía producida por Pneumocystis cari ), la enfermedad pulmonar más común asociada con el vi­rus del sida. Lo que le dije a Poter esa mañana fue:

—Peter, soy amiga de tu padre. Soy intuitiva médica. —Traté de explicarle lo que hacía y, finalmente, añadí—: He evaluado tu energía y tienes el sida.

—Dios mío, Caroline—me dijo—- Estoy asustadísimo. Me han hecho dos análisis y los dos han resultado positivos.

El tono de su voz y su inmediata confianza me produje­ron una oleada de emoción. Hablamos de lo que debería ha­cer. Peter me dijo que su padre ni siquiera sabía que era ho­mosexual, y mucho menos que tenía el sida. Yo le aseguré que no le diría nada a su padre, pero lo animé a sincerarse con él en lo referente a su vida y su salud. Hablamos durante casi media hora. En cuanto colgué, su padre me llamó pa­ra preguntarme sobre mis conclusiones. Le dije que Peter ne­cesitaba hablar con él y que no me parecía correcto revelarle el contenido de nuestra conversación.

—Sé lo que le pasa a mi hijo —me dijo—. Quiere dejar la Facultad de Derecho y tiene miedo de decírmelo.

Yo no le contesté, y ahí acabó la conversación. Veinte mi­nutos más tarde Joe volvió a llamarme:

—He estado pensando en las peores cosas que podrían pasarle a mi hijo, y he comprendido que si ahora me llama­ra y me dijera «Papá, tengo el sida», seguiría queriéndolo.

—Espero que lo digas en serio —contesté yo—, porque eso es exactamente lo que vas a oír.

Transcurrieron otros treinta minutos y Joe volvió a lla­marme para decirme que en ese momento Peter iba de ca­mino a su casa y que al día siguiente a mediodía estarían los dos en mi sala de estar, en New ITampshire. Me quedé ató­nita y llamé a Norm inmediatamente.

Entre Norm y yo elaboramos un programa de curación para Peter que Incluía, entre otras cosas, una dieta sana, casi vegetariana, hacer ejercicios aeróbicos, dejar de fumar, apli­carse compresas de aceite de ricino en el abdomen durante 45 minutos cada día, y psicoterapia para que le ayudara a li­berarse del miedo a revelar que era gay. Peter hizo todo lo que necesitaba hacer para sanar, sin quejarse ni pensar que era un esfuerzo. En realidad, su actitud era como si pensase: «¿Y esto es todo?»

Muchas personas, podría señalar aquí, entran en estos programas de curación como si se tratara de castigos. Des­pués de este caso Norm y yo trabajamos con una mujer que sufría de obesidad, diabetes y dolor crónico. Le explicamos que podía mejorar inmediatamente cambiando su dieta por un programa de nutrición sana y haciendo ejercicios mode­radas. «De ninguna manera —fue su respuesta—. Jamás po­dría hacer esas cosas. No tengo ninguna fuerza de voluntad. ¿Tenéis oirás sugerencias?»

Peter, en cambio, asumió con gratitud su responsabili­dad personal en su curación y aceptó todas las exigencias de su tratamiento como si no representaran ningún esfuerzo. AÍ cabo de seis semanas el análisis de sangre para el virus del sida resultó negativo, Actualmente Peter es un abogado en ejercicio y hasta el momento continúa siendo seronegativo.

Después, Norm y yo escribimos el estudio de su caso en nuestro primer libro, SIDA: Puerta de transformación. A consecuencia del caso de Peter, comenzarnos a dirigir talle­res para personas seropositivas o que ya habían desarrolla­do el sida, con la profunda convicción de que, si una perso­na pudo sanarse, otras también podrían.

 

De afición a profesión

 

La espectacular curación de Peter de una enfermedad considerada terminal me trajo la primera de varias invita­ciones para, dar charlas en el extranjero acerca del sida y de la curación en general. Su caso significó un cambio decisivo para mí, y me indujo a comenzar a investigar los orígenes de la enfermedad; concretamente, cómo y cuándo se desarro­lla, qué se precisa para curarla, y por qué algunas personas sanan y otras no. En particular, comencé a preguntarme qué podría predisponer a toda una cultura para ser vulnerable a una epidemia. ¿Qué tipo de estrés emocional y físico pone en marcha la química de un grupo hacia la enfermedad?

Pensando simbólicamente, casi podrían considerar las ma­nifestaciones del sida una enfermedad mundial. La neumocistosis podría simbolizar la destrucción de las selvas, de las que la Tierra extrae la mayor parte de su provisión de oxíge­no. De modo similar, el sarcoma de Kaposi, esas lesiones can­cerosas de la piel que se forman en muchos pacientes de si­da, simbolizaría la destrucción de la superficie natural de la Tierra, más drásticamente tal vez por las pruebas de armas nucleares, pero también por los desechos tóxicos y otras for­mas de contaminación. Y por último, el sistema inmunitario humano podría simbolizar la capa de ozono, cuya fragilidad actual es comparable a la del sistema inmunitario de una per­sona muy enferma.

Algunas personas llamaron «milagroso» el caso de Petcr, queriendo decir con eso recibió una gracia especial de Dios que influyó en su curación, y que sin esa gracia no habría mejorado jamás. Si bien podría ser así, cabría pre­guntarse de todos modos: «¿Qué se requiere para que ocu­rra un milagro?» Yo creo que nuestros tejidos celulares con­tienen las modalidades vibratorias de nuestras actitudes y credos, así como la presencia o ausencia de una exquisita fre­cuencia energética o «gracia», que podemos activar llaman­do a nuestro espíritu para que retorne de sus aferramientos negativos.

Como se dice en A Course in Miracles, «los milagros son naturales; algo va mal cuando no ocurren». La curación de Peter me indujo a descubrir que obstaculiza la energía que obra milagros. Por ejemplo, una persona puede ser vegeta­riana y correr nueve kilómetros todos los días, pero si mantiene una relación abusiva, o detesta su trabajo, o tiene pe­leas diarias con sus padres, pierde energía, o poder, en un comportamiento que puede conducirla a una enfermedad o impedir que supere una afección que ya ha contraído. En cambio, si está centrada espiritualmente y retira su energía de las creencias negativas, puede comer alimentos para gato y continuar estando sana.

Comprenda, por favor, que mi intención no es recomen­dar una dieta insana y que se evite el ejercicio; simplemente quiero decir que estos factores por sí solos no mantienen la salud. Tampoco interprete mis palabras como que un com­promiso hacía la toma de conciencia espiritual es una garan­tía de salud, pero esto sí favorecerá su vida y su comprensión personal, y preparará el terreno para una curación óptima, fí­sica y espiritual, sea de forma espontánea o gradual.

Cuanto más he ido comprendiendo la relación entre nues­tra dinámica interior y la calidad de nuestra salud y de nuestra vida, en general, más comprometida me he sentido con mi tra­bajo de intuitiva. Norrn y yo continuamos juntos nuestra in­vestigación, y en 1988 publicamos nuestros hallazgos sobre los problemas emocionales y psíquicos que preceden al de­sarrollo de las enfermedades en The Creation of Health.

El último recodo del camino

Poco después de terminar ese libro tuve un accidente a raíz del cual casi morí desangrada. El golpe me produjo una hemorragia nasal que fue aumentando hasta hacerse impa­rable. En la ambulancia en la que me trasladaban al hospital iba sentada en la camilla con un enorme recipiente sobre el regazo, porque sí me hubiera echado la sangre me habría ahogado. De repente la cabeza se me fue hacia delante y al instante me encontré fuera de la ambulancia, flotando so­bre la carretera, mientras por la ventanilla veía mi cuerpo y la frenética actividad del equipo médico para salvarme la vida.

De pronto me sentí eufórica, completamente ingrávida y llena de vibraciones, de una manera que jamás había experimentado. Se me ocurrió que estaba fuera de mi cuerpo, tal vez, muerta. Esperé ver el «túnel» del que tanto había oído hablar, pero no apareció ninguno. Lo que sí sentí fue que me iba alejando de la Tierra. Entré en un estado de serenidad tan Intenso que incluso recordarlo ahora produce un fuerte efec­to en mí. Entonces vi una imagen de Norm. Estaba de pie en un estrado, preparándose para dar una charla; tenía en la ma­no un ejemplar de The Creation of Health. Le oí decir: «Yo pensaba que éste iba a ser el comienzo de nuestro trabajo jun­tos, pero lamentablemente ha resultado ser el final.»

Sentí un deseo urgente de volver a mi cuerpo, de recu­perar la vida física, e inmediatamente me sentí volar y entrar en mi cuerpo. Después de esa experiencia, la única pregunta que me hice fue: « ¿Por qué no vi mi editorial cuando estaba en ese estado?» Entonces supe que dejaría esa empresa y de­dicaría el resto de mi vida a la intuición médica,

En calidad de intuitiva médica profesional he trabajado con quince médicos de todo el país, entre ellos, la doctora Christiane Northrup, tocóloga-ginecóloga, una de las fun­dadoras del centro médico para mujeres llamado Women to Women, en Yarmouth (Maine), y autora del libro Womcn's Bodies, Women's Wisdom. En otoño de 1990, Chris me lla­mó para que ie hiciera una evaluación de su salud, y después de aquella sesión me ha llamado para realizar evaluaciones intuitivas de muchas de sus pacientes. La oportunidad de tra­bajar con Chris y otros médicos marcó mi mayoría de edad como intuitiva médica. Me demostró que mi trabajo con el sistema energético humano podía servir a los médicos para ayudar a sanar a otros.

Desde 1990 hasta 1992, además de ampliar mi trabajo con médicos dirigí un abrumador número de seminarios, sola y con Norm, en Estados Unidos, Australia, Europa, México y Canadá. En esos primeros seminarios hablaba del sistema energético humano y después realizaba evaluaciones intui­tivas a todas las personas participantes. A veces eso signifi­caba hacer hasta 120 evaluaciones de salud en el curso de un fin de semana. Con frecuencia acababa un seminario empa­pada en sudor. Al final de un día de trabajo estaba agotada. Al cabo de dos años de trabajar así, estaba quemada.

Como me ha ocurrido siempre, justo cuando estaba lle­gando al fin de mis fuerzas se me abrió otra puerta. En fe­brero de 1992 estaba dando un seminario en una ciudad del interior de New Harnpshire. El grupo acababa de volver de comer y decidí comenzar la sesión de la tarde con una pre­gunta para, por así decirlo, tener un punto de partida. Así pues, me senté junto a una mujer.

— ¿Qué puedo hacer por usted hoy? —le pregunté, su­poniendo que, como hacían los demás, me expondría algún problema de salud.

Pero ella se cruzó de brazos, me miró como si yo fuese una estafadora y me contestó:

—No lo sé, usted me lo dirá. Para eso he pagado.

Decir que me inundó la rabia sería como decir que en Montana el invierno es algo fresco. Sentí tal deseo de coger­la y llevarla hasta la puerta que se me aceleró la respiración hasta casi ahogarme. Hice una inspiración profunda.

—Bueno, me quedaré aquí sentada hasta que se me ocu­rra un motivo para agradecerle ese comentario. Y es posible que estemos aquí muchísimo tiempo.

Se creó un ambiente de tensión en la sala. Nadie se mo­vía.

Entonces me vino la idea. Salté del asiento y anuncié:

—No volveré a hacer evaluaciones personales de salud a nadie. En lugar de eso enseñaré a que cada uno se evalúe a sí mismo. Yo no soy más que una persona, y si sigo así no vi­viré mucho tiempo. Si alguno de ustedes desea que le de­vuelvan el dinero, pídalo ahora mismo. Si no, saquen lápiz y papel porque vamos a trabajar. Van a aprender a ver sus cuer­pos como yo los veo. Les haré un servicio mucho mayor si les enseño a localizar los problemas en su cuerpo en lugar de hacerlo yo por ustedes. —Miré a la mujer, que estaba muy impresionada, y le dije—: Creo que tal vez me ha salvado us­ted la vida. Le estoy muy agradecida.

Nadie pidió la devolución del dinero y ese día comencé a enseñar «auto diagnosis».

En otoño de 1992 Norm y yo ya estábamos hablando de elaborar un programa de formación en la ciencia de la intui­ción. Nos reunimos con un empresario holandés que acce­dió a financiar las primeras fases de nuestro programa, y en 1993 comenzamos a celebrar seminarios intensivos de ense­ñanza de intuición médica, lo que finalmente me llevó a es­cribir este libro. Enseñar este sistema en seminarios me ha otorgado el privilegio de escuchar la historia de la vida de muchos participantes, algunas de las cuales explico en este libro. Algunos pacientes se sanaron a sí mismos, en lo que a energía se refiere, evitando así el desarrollo de una enferme­dad física real; otros, en lo que se refiere a lo físico, detuvie­ron o sanaron una enfermedad que ya había aparecido.

Para organizar este libro he seguido el orden que me ha dado buen resultado al enseñar los aspectos técnicos de la in­tuición médica y las evaluaciones intuitivas de la salud. El ca­pítulo 1 de la primera parte presenta los principios de la in­tuición médica, tal como he llegado yo a conocerlos, y da instrucciones sobre cómo aplicarlos a uno mismo.

El capítulo 2 presenta un modelo complementario y, se­gún creo, nuevo, del sistema energético humano, basado en la síntesis de tres tradiciones espirituales: las enseñanzas hin- dúes respecto a los chakras, el sentido simbólico de los siete sacramentos cristianos y la interpretación mística de las diez sefirot, o árbol de la vida, presentadas en el Zohar, el texto principal de la cabala (enseñanzas místicas del judaísmo). Los siete chakras, los siete sacramentos cristianos y el árbol de la vida simbolizan los siete planos o niveles del sistema ener­gético humano y las siete fases del desarrollo humano, o las siete enseñanzas esenciales del camino espiritual universal, o el viaje del héroe, como lo habría definido Joseph Camp­bell. En muchos sentidos, el capítulo 2 es el corazón del li­bro, porque presenta un perfil espiritual-biológico del siste­ma energético humano.

El capítulo 2 acaba con una extensa interpretación de las percepciones espirituales y energéticas que utilizo ahora pa­ra guiarme en mi trabajo. Estas percepciones formarán los cimientos para su aprendizaje del lenguaje de la energía y la visión simbólica. Podrían servirle para profundizar en su comprensión de las formas de energía de su salud física y es­piritual y la de sus seres queridos.

En la segunda parte, los capítulos 1 a 7 muestran la ana­tomía de los siete centros de poder del cuerpo humano, con información básica y estudios de casos de la vida real que ilustran el modo en que utilizamos la información energéti­ca en nuestro desarrollo espiritual.

El epílogo, «Guía para el místico contemporáneo», su­giere la forma de aplicar la visión simbólica al desarrollo y la salud personales.

Como les digo a mis alumnos al comienzo de cada se­minario, quédese solamente con lo que a su corazón le pa­rezca correcto y verdadero.

 

Primera parte

NUEVO LENGUAJE DEL ESPÍRITU

 

1

Medicina energética e intuición

Cuando hablo de la intuición suelo decepcionar a algu­nas personas, porque estoy firmemente convencida de que la visión simbólica no es un don sino una habilidad, una ha­bilidad que tiene su base en la propia estima. Desarrollar esa habilidad, y un sano sentido de sí mismo, resulta más fácil cuando se piensa con las palabras, los conceptos y los prin­cipios de la medicina energética. Así pues, mientras lee este capítulo piense que aprender a utilizar la intuición es apren­der a interpretar el lenguaje de la energía.

El campo energético humano

Todo lo que vive late de energía, y toda esa energía con­tiene información. Si bien no es sorprendente que quienes practican medicinas alternativas o complementarias acepten este concepto, lo cierto es que incluso algunos físicos cuán­ticos reconocen la existencia de un campo electromagnético generado por los procesos biológicos del cuerpo. Los cien­tíficos aceptan que el cuerpo humano genera electricidad, porque el tejido vivo genera energía.

El cuerpo físico está rodeado por un campo energético que abarca el espacio que ocupan los brazos extendidos y todo el largo del cuerpo. Este campo es a la vez un centro de información y un sistema perceptivo muy sensible. Median­te este sistema estamos en constante «comunicación» con to­do lo que nos rodea, ya que es una especie de electricidad consciente que transmite y recibe mensajes hacia y desde los cuerpos de los demás. Estos mensajes que entran y salen del campo energético son los que percibimos los intuitivos.

Quienes practican la medicina energética creen que el campo energético humano contiene y refleja la energía de ca­da persona. Nos rodea y lleva con nosotros la energía emo­cional generada por nuestras experiencias interiores y exte­riores, tanto las positivas como las negativas. Esta fuerza emocional influye en el tejido físico interno del cuerpo. De esta manera, la biografía de una persona, es decir, las expe­riencias que conforman su vida, se convierte en su biología.

Entre las experiencias que generan energía emocional en el sistema energético están las relaciones pasadas y actuales, tanto personales como profesionales, (as experiencias y re­cuerdos profundos o traumáticos, y todas las actitudes y cre­encias, sean de tipo espiritual o supersticioso. Las emocio­nes generadas por estas experiencias quedan codificadas en el organismo y los sistemas biológicos y contribuyen a la for­mación de tejido celular, el cual genera a su ve?, una calidad de energía que refleja esas emociones. Estas impresiones energéticas forman un lenguaje energético que contiene una información literal y simbólica. Una persona intuitiva mé­dica puede leer dicha información.

He aquí un ejemplo del tipo de mensaje que podría co­municar el campo energético. Supongamos que una persona tenía dificultades para aprender matemáticas en la escuela de primera enseñanza- Normalmente, saber que doce hacen una docena no supone una carga emocional susceptible de alterar la salud del tejido celular. Pero si el profesor o la profesora hu­millaba a esa persona porque no sabía eso, entonces la expe­riencia tendría una carga emocional que generaría lesión celular, sobre todo si la persona insiste en ese recuerdo en la edad adulta, o lo utiliza a modo de piedra de toque para determi­nar la forma de hacer frente a las críticas, las figuras de auto­ridad, la educación o el fracaso. Un intuitivo podría captar la imagen literal de la relación de esa persona con su profesor o cualquier otro símbolo negativo ligado a esa experiencia.

Las imágenes positivas y la energía de las experiencias positivas también están contenidas en el campo energético. Piense en alguna ocasión en que alguien le elogiara un tra­bajo bien hecho, un acto de bondad o la ayuda que prestó a una persona. Sentirá una energía positiva, una oleada de po­der personal dentro del cuerpo. Las experiencias positivas y negativas dejan registrado un recuerdo en el tejido celular y en el campo energético. La neurobióloga Candace Pert ha demostrado que los neuropéptidos, sustancias químicas ac­tivadas por las emociones, son pensamientos convertidos en materia. Las emociones residen físicamente en el cuerpo y se interrelacionan con las células y los tejidos. De hecho, la doc­tora Pert dice que ya no puede separar la mente del cuerpo, porque el mismo tipo de células que producen y reciben esas sustancias químicas emocionales en el cerebro están presen­tes en todo el cuerpo. A veces el cuerpo reacciona emocionalmente y fabrica sustancias químicas emocionales incluso antes de que el cerebro haya registrado un problema. Re­cuerde, por ejemplo, lo rápido que reacciona su cuerpo ante un ruido fuerte, antes de que haya tenido tiempo de pensar.

En su libro Healing and the Mina, Bill Moyers cita las palabras de la doctora Pert: «Ciertamente hay otra forma de energía que aún no hemos entendido. Por ejemplo, hay una forma de energía que parece abandonar el cuerpo cuando és­te muere. [...] La mente está en todas las células del cuerpo.» «¿Quiere decir que las emociones están almacenadas en el cuerpo?», le pregunta Moyers. «Por supuesto. ¿No se había dado cuenta? [...] Hay muchos fenómenos que no podemos explicar sin referirnos a la energía.»

Lectura del campo

Además de leer experiencias concretas y conflictivas de la infancia, a veces la persona intuitiva puede incluso captar supersticiones, hábitos personales, comportamientos, cre­encias morales y preferencias en música y literatura. Otras veces las impresiones energéticas son más simbólicas. Por ejemplo, de un paciente que sentía una opresión en el pecho que le dificultaba la respiración, yo recibía la impresión sim­bólica de que estaba ante un pelotón de ejecución que le dis­paraba al corazón. Evidentemente eso no le había ocurrido, pero le habían hecho muchas exploraciones médicas sin con­seguir localizar ninguna causa física de su trastorno. Cuan­do le comenté mi impresión, me dijo que su esposa lo había traicionado varias veces con otros hombres, y que él sentía esos actos exactamente como disparos en el corazón. Ai re­conocer esas emociones, que antes había tratado de pasar por alto, logró resolver sus problemas, tanto los de su matrimo­nio como los de su salud.

La energía emocional se convierte en materia biológica mediante un proceso complejísimo. Al igual que las emiso­ras de radio operan en longitudes de ondas energéticas es­pecíficas, cada órgano y sistema corporal está calibrado para absorber y procesar energías emocionales y psíquicas espe­cíficas. Es decir, cada zona del cuerpo transmite energía en una frecuencia específica, detallada, y cuando estamos sanos, todas están «sintonizadas armónicamente». Una zona del cuerpo que no esté transmitiendo en su frecuencia normal in­dica dónde se encuentra localizado un problema. Un cambio en la intensidad de frecuencia indica un cambio en la natura­leza y gravedad de la enfermedad, y revela la modalidad de estrés que ha contribuido a desarrollar la enfermedad.

Esta forma de interpretar la energía del cuerpo se llama a veces «medicina vibratoria». Se asemeja a las prácticas y cre­encias más antiguas, desde la medicina china y las prácticas chamanicas indígenas, hasta casi todas las terapias populares o alternativas. La verdad es que la medicina energética no es nueva; pero yo creo que mi interpretación de ella y de la for­ma en que podemos utilizarla para sanar espiritualmente, jun­to con los tratamientos médicos contemporáneos, es única. SÍ una persona es capaz de percibir que está perdiendo energía debido a una situación estresante, y actúa para corregir esa fu­ga de energía, reduce, sí no elimina completamente, la proba­bilidad de que ese estrés se convierta en una crisis física.

Si bien puedo analizar para usted el lenguaje de la ener­gía para que comience a ver y sentir el campo energético hu­mano, a entender su correspondiente anatomía espiritual, a conocer las fuentes de su poder personal y a desarrollar su propia intuición, tengo cierta dificultad para explicar exac­tamente cómo adquiero yo esa información energética. Al parecer otras personas intuitivas tienen la misma dificultad, pero todas captamos la información que posee el impulso más fuerte, la mayor intensidad. Por lo general, esos impul­sos están directamente relacionados con la parte del cuerpo que se está debilitando o enfermando. Normalmente, el sis­tema energético de la persona sólo transmite la información que es esencial para que la conciencia conozca el desequili­brio o la enfermedad. A veces la información simbólica re­sulta perturbadora, como en el caso de la imagen de «dispa­ros en el corazón». Pero esa intensidad es necesaria para que el mensaje del cuerpo pueda pasar a través de las pautas men­tales o emocionales habituales causantes del desarrollo de la enfermedad. Las intuiciones médicas colaboran con la in­tención del cuerpo de favorecer su salud y su vida; es decir, nuestra energía siempre va a buscar la salud, a pesar de lo que podamos hacernos a nosotros mismos físicamente. Si, por ejemplo, decirnos una mentira, en la mayoría de los casos nuestro campo energético le comunicará a la otra persona la «realidad energética» de que no estamos diciendo la verdad. La energía no miente; no sabe mentir.

 

Quedarse con la primera impresión

Cuando reciba una Impresión intuitiva acerca de sí mis­mo o de la persona a la que está evaluando, preste atención a cualquier imagen que surja. Muchas personas buscan las intuiciones y las percepciones sin riesgo, no las sanas, por­que desean un tránsito sin riesgo hacía el futuro, hacía lo des­conocido. Así, es posible tener la tentación de descartar una imagen perturbadora o que no coincide con los propios de­seos o los de la persona a la que se está evaluando. La mayo­ría de las personas que acuden a mí para que les haga una eva­luación ya han intuido que algo va mal, pero vienen con la esperanza de que yo dé otro sentido a sus sensaciones, que les diga, por ejemplo: «Simplemente se está produciendo en usted un cambio corporal natural, pero no le pasa nada físi­camente.» Sin embargo, es importante decir a las personas la verdad, no to que quieren oír. En multitud de ocasiones he confirmado las impresiones intuitivas negativas de personas que han acudido a mí. Sus capacidades son ian exactas como las mías. Esas personas saben que están enfermas; pero, co­mo yo no comparto su miedo, mis intuiciones pueden in­terpretar la información mejor que ellas.

Las personas han de hacer frente a lo que temen. En el caso del hombre de los «disparos en el corazón», superfi­cialmente le parecía menos arriesgado evitar enfrentar a su esposa adúltera con sus sospechas de que lo estaba engañan­do. En lugar de actuar según sus intuiciones, echó tierra so­bre su dolor y su rabia, los enterró en su cuerpo, pero esos sentimientos se manifestaron finalmente en forma de dolor y opresión en el pecho. Su cuerpo y su espíritu trataron de despertarlo a la necesidad de hacer frente a los engaños de su mujer; pero, como hacen muchas personas, el esperaba que no afrontando el problema éste desaparecería. Su cuerpo, no obstante, le reveló que el verdadero precio de ese método «sin riesgo» era un peligro para su salud. La historia de este hombre ilustra lo poderosas que son realmente las intuicio­nes y cómo son capaces de romper y atravesar la actitud más decidida para llevarnos hacia la curación.

La vida es dolorosa a veces, y espiritualmente estamos hechos para hacer frente a los dolores que nos presenta la vi­da. En el mundo occidental, sin embargo, solemos desfigu­rar el plan de Dios y esperar que la vida sea cómoda y sin problemas. Medimos la presencia de Dios en nuestra vida por el grado de comodidad personal; creemos que Dios exis­te si se escuchan nuestras oraciones. Pero ni Dios, ni Buda, ni ningún otro líder o tradición espiritual garantizan o favo­rece una vida sin dolor. Las enseñanzas espirituales nos ani­man a crecer, pasando por y dejando atrás las experiencias dolorosas, cada una de las cuales es una lección espiritual. Desarrollar la capacidad intuitiva nos servirá para aprender las lecciones inherentes a nuestras experiencias.

Tener una actitud mental reflexiva

No hay ninguna fórmula fija para desarrollarla intuición. Algunas personas la desarrollan mediante la meditación, o gracias al dominio de una habilidad o un deporte. He oído decir a varias personas que la capacidad intuitiva es conse­cuencia de un estilo de vida espiritual, pero eso no es exacto. La capacidad intuitiva la tenemos todos, porque es una habi­lidad de supervivencia y no tiene una intención espiritual. Sin embargo, mantener una actitud reflexiva o meditativa facili­ta la recepción de ¡as intuiciones. La objetividad nos ayuda­rá a interpretar las impresiones que recibimos y a situarlas en un contexto espiritual simbólico.

La objetividad es la clave

La experiencia me ha enseñado a discernir entre impre­siones personales e impersonales; mi indicador de una in­tuición correcta es la falta de emoción. Una impresión cla­ra no tiene para mí ninguna energía emocional conectada con ella. Si siento una conexión emocional con una impre­sión, considero que esa impresión está contaminada. Mu­chas veces, sin embargo, la persona a quien se está evaluan­do sí siente cierta carga emocional de la impresión que uno recibe.

A mi juicio, las impresiones no son ni auditivas ni vi­suales- Más bien son como rápidas imágenes mentales que contienen una corriente eléctrica muy sutil. Cuando explo­ro el cuerpo de una persona, me concentro en cada centro de energía y espero que surja una imagen. Pasados unos cinco segundos comienzan a surgir las imágenes, y el proceso con­tinúa desarrollándose hasta que se detiene solo- La duración varía de una persona a otra; la lectura de algunas personas precisa casi una hora, mientras que las de otras tardan me­nos de diez minutos.

De vez en cuando me encuentro con una persona a la que no puedo leer ni ayudar. Sólo puedo preguntarme por qué ocurre eso. Algunas veces me he quedado con la sensación de que nada de lo que diga tiene sentido para ella, y otras he tenido la impresión de que la persona sólo desea un tipo de respuesta muy concreto que yo no le puedo dar, como por ejemplo por qué ha fracasado su matrimonio. También soy prácticamente inútil para alguien si estoy agotada o si en mi mente hay algo intensamente personal.

Para aprender a leer el sistema energético humano, el pri­mer paso es estudiar los principios subyacentes a esta prác­tica. A continuación hay que adquirir cierta experiencia prácti­ca. Este libro le ofrece los conceptos teóricos y algunos indicadores para explorar su propia capacidad intuitiva. Sin embargo, cuando esté aprendiendo la técnica y poniéndola en práctica en su propia vida, debe fiarse de sus reacciones viscerales.

Primer principio: La biografía se convierte en biología

Según la medicina energética, todos somos libros vivos de historia. Nuestro cuerpo contiene nuestra historia, todos los capítulos, párrafos, estrofas y versos, línea a línea, de to­dos los acontecimientos y relaciones de nuestra vida. A me­dida que avanza la vida, nuestra salud biológica se va con­virtiendo en un relato biográfico vivo que expresa nuestras fuerzas, debilidades, esperanzas y temores.

Todos los pensamientos que ha tenido una persona han viajado por su organismo biológico y activado una reacción fisiológica. Algunos pensamientos son como descargas in­tensas que causan una reacción en todo el cuerpo. Un miedo, por ejemplo, activa todos los sistemas corporales; el estóma­go se tensa, el ritmo cardíaco se acelera y tal vez el cuerpo co­mienza a sudar. Un pensamiento amoroso puede relajar to­do el cuerpo. Algunos pensamientos son más sutiles, y otros son incluso inconscientes. Muchos no tienen ningún sentido y pasan por el cuerpo como el aire a través de un visillo; no precisan atención consciente y su influencia en la salud es mí­nima. Sin embargo, cada pensamiento consciente, y muchos inconscientes, sí generan una reacción fisiológica.

Todos los pensamientos, al margen de su contenido, en­tran primero en los sistemas corporales en forma de ener­gía. Aquellos que llevan energía emocional, mental, psíquica o espiritual producen reacciones biológicas que luego se al­macenan en la memoria celular. Así, nuestra biografía se te­je en nuestro sistema biológico, poco a poco, lentamente, día a día .

La historia de un joven paciente de Norm es un buen ejemplo de cómo funciona este proceso- Norm me telefoneó para consultarme sobre este paciente, dentista, que no se en­contraba bien en general y se sentía cada vez más cansado. Tenía un dolor agudo en el lado derecho del abdomen y padecía una fuerte depresión.

El agotamiento permanente y progresivo, que embota la claridad mental y emocional, es un síntoma energético que indica que algo va mal en el cuerpo. La mayoría de las per­sonas no lo consideran un síntoma porque no duele. Pero si el agotamiento continúa, aun cuando la persona duerma más horas, el cuerpo trata de comunicarle que está «enferma ener­gética mentó? Responder a ese mensaje en la fase de energía a menudo puede prevenir el desarrollo de una enfermedad.

La depresión es otro síntoma de que no todo funciona bien. Generalmente en el mundo clínico la depresión se con­sidera un trastorno emocional y mental. Pero la depresión prolongada suele preceder al desarrollo de una enfermedad física. Desde el punto de vista energético, la depresión es li­teralmente una liberación inconsciente de energía o, si se quiere, de fuerza vital. Si la energía fuera dinero, la depre­sión sería como abrir el billetero y declaran «No me impor­ta quién coja mi dinero ni cómo se lo gaste.» La depresión prolongada genera inevitablemente un cansancio crónico. Si a uno no le importa quién le coge dinero ni cuánto, es inevi­table que acabe arruinado. De forma similar, sin energía no se puede sostener la salud.

Cuando Norm examinó a este dentista tuvo la impresión de que estaba desarrollando una enfermedad. Debido al do­lor abdominal, le hizo pruebas y análisis por si tenía cáncer de páncreas, pero los resultados fueron negativos. Entonces me llamó a raí. Como es nuestra costumbre, sólo me dijo el nombre y la edad del paciente, y nada sobre el dolor ni so­bre sus sospechas. En mi evaluación vi que el costado dere­cho de este hombre, alrededor del páncreas, estaba generando energía tóxica. Le dije a Norm que ese hombre estaba car­gado de un enorme sentimiento de responsabilidad y que eso se había convertido para él en una fuente constante de an­gustia. Tenía la sensación de que era incapaz de vivir como deseaba, y esa sensación lo dominaba hasta el punto de ex­cluir cualquier otra emoción. (Evidentemente todos tenemos sentimientos negativos, pero no toda la negatividad produ­ce una grave enfermedad física. Para crear enfermedad, la negatividad tiene que convertirse en la emoción dominante, co­mo le ocurría a este dentista.)

Después de explicarle mi evaluación, le dije a Norm que ese paciente tenía cáncer de páncreas. Él reconoció que ya había sospechado esa enfermedad, pero que los análisis ha­bían resultado negativos. Se despidió y volvió con su pa­ciente. Le recomendó que evaluara hasta qué punto le bene­ficiaba su trabajo. Lo más probable, le dijo, era que tuviera que hacer algunos cambios para obtener lo que deseaba. El paciente reconoció que deseaba dejar esa ocupación, pero consideraba que no podía dedicarse a otra cosa por el efecto que tendría su decisión en las personas que dependían de él. Norm no le dijo que tenía la frecuencia energética de cán­cer de páncreas, pero habló con él sobre sus frustraciones profesionales y trató de ayudarlo a cambiar su actitud nega­tiva. Por desgracia, el dentista no fue capaz de seguir el con­sejo. Él definía la responsabilidad como una obligación de preocuparse por los demás excluyéndose a sí mismo, y fue incapaz de concebir una vida que incluyera también el cui­dado y la realización de sí mismo.

Pasadas dos semanas, su médico habitual repitió las prue­bas para detectar el cáncer de páncreas; esta ve?, resultaron positivas. Lo operaron inmediatamente, pero murió a los cua­tro meses de la operación.

A veces es necesario un esfuerzo concertado para rea­lizar un cambio mental que permita sanar. Si bien el dentis­ta no logró aceptar que su frustración profesional y la sensación de estar atrapado le estaban cambiando la química y la salud del cuerpo, a otras personas les resulta fácil hacerlo. Sin embargo, aceptar la idea de que todas las partes de nues­tra vida, desde el historial físico y las relaciones hasta cada actitud, opinión y creencia que llevamos dentro, afectan a nuestra composición biológica es sólo una parte del proce­so de curación. También hay que hacer que esa aceptación del plano mental pase al físico, introducirla en el cuerpo, sen­tir visceral y celularmente la verdad y creerla en su totalidad.

Es muy fácil aprender algo nuevo y limitarse a aplicar ese conocimiento despreocupadamente. La idea de que la bio­grafía se convierte en biología supone que hasta cierto pun­to nosotros participamos en la creación de la enfermedad. Pero, y éste es un punto importantísimo, no debemos abu­sar de esta verdad culpándonos o culpando a los pacientes por contraer una enfermedad. La enfermedad se desarrolla a consecuencia de comportamientos o actitudes que sólo en­tendemos que son biológicamente tóxicos cuando ya se han convertido en tóxicos. Solamente cuando la enfermedad nos obliga a revisar nuestras actitudes nos acercamos a la com­prensión de que nuestras actitudes cotidianas de temor o amargura son, de hecho, sustancias biológicamente tóxicas.

Repito, todos tenemos sentimientos negativos, pero no toda actitud negativa produce enfermedad. Para crear la en­fermedad, las emociones negativas tienen que ser dominantes, y lo que acelera el proceso es saber que el pensamiento nega­tivo es tóxico y, aun así, darle permiso para que medre en nues­tra conciencia. Por ejemplo, una persona puede saber que ne­cesita perdonar a alguien, pero decide que continuar enfadada le da más poder. Continuar obsesivamente enfadada la hace más propensa a desarrollar un a enfermedad, porque la conse­cuencia energética de una obsesión negativa es la impotencia. La energía es poder, y transmitir energía al pasado pensando insistentemente en acontecimientos penosos resta poder al cuerpo actual y puede conducir a la enfermedad.

 

El poder es esencial para sanar y para conservar la salud. Las actitudes que generan sensación de impotencia no sólo conducen a una falta de estima propia, sino que también ago­tan la energía del cuerpo físico y debilitan la salud general Así pues, el siguiente principio que hay que explorar es la importancia primordial del poder para la salud.

 

Segundo principio: El poder personal es necesario para la salud

 

Un día Norm me llamó para que hiciera la evaluación de una mujer que sufría de depresión y de dolores en el cuello y la parte inferior de la espalda. También quería saber si la beneficiarían diversos tratamientos electromagnéticos. «De ninguna manera —contesté yo—. No tiene el poder sufi­ciente en su organismo para que esos aparatos le resulten be­neficiosos.»

Esa era la primera vez que yo hacía un comentario sobre el poder de una persona para sanar. Norm me pidió que se lo explicara más, y sólo entonces caí en la cuenta de lo que acababa de decir. De pronto tuve una percepción totalmen­te distinta del sistema energético humano como expresión del poder personal.

Le expliqué que las actitudes de esa mujer habían sido la causa de que perdiera poder en su vida. Se sentía incapaz, siempre buscaba aprobación, y tenía un enorme miedo de estar sola. Su estima propia se basaba solamente en su capa­cidad para dominar a los demás, principalmente a sus hijos. Sus temores y su incapacidad eran como un agujero negro, hacia el cual atraía a todas las personas, sobre todo a sus hi­jos, para finalmente aplastarlos. Continuamente los critica­ba con el fin de que continuaran dependiendo de ella, ya que a los hijos débiles les resulta difícil abandonar el nido. En­contraba defectos en todo lo que hacían, ya fueran cosas relacionadas con los estudios o con los deportes, porque no podía arriesgarse a capacitarlos con apoyo emocional. Dado que dominar a los demás le consumía una enorme cantidad de energía y que jamás se sentía al mando, vivía agotada. Su dolor crónico también era consecuencia de su Incapacidad para dominar a otros. Cuando llegó a la consulta de Norm parecía derrotada.

Esa mujer no podía aceptar el hecho inevitable de que sus hijos se fueran del hogar, pero afirmaba que actuaba así por el bien de ellos. Según ella, era una madre sustentadora porque les proporcionaba una casa limpia, alimentos sanos y ropa buena. Sin embargo, se esforzaba sistemáticamente en minarles el desarrollo emocional, hecho que ella se nega­ba a admitir.

Puesto que los tratamientos médicos usuales no le ha­bían servido de nada, Norm estaba pensando en un método alternativo, que combinara psicoterapia, estimulación cra­neal mediante un aparato eléctrico y terapia de color y luz. Me di cuenta de que con esas técnicas ella podría mejorar du­rante una semana o tal vez un mes, pero que no sanaría to­talmente mientras no renunciara a su lucha patológica por dominar.

Esa tarde comprendí que para que una terapia alternati­va tenga éxito es necesario que el paciente tenga un concep­to «interno» del poder, una capacidad para generar energía interna y recursos emocionales, como por ejemplo creer en su autosuficiencia. Esa mujer sólo tenía un concepto «exter­no» del poder, el que extraía de una fuente externa, sus hijos. Lógicamente, esa paciente podía ir a sesiones de psicoterapia, pero mientras no afrontara la verdad acerca de sí misma, lo único que haría sería hablar de sus quejas durante una hora a la semana. No habría ninguna curación real. Como observa M. Scott Peck en sus libros People ofthe Líe y The RoadLess Traveled, para sanar es esencial ver y reconocer la verdad acerca de nosotros mismos, acerca de nuestra participación

en la creación de nuestros problemas y acerca de cómo nos relacionamos con los demás.

La evaluación de esa mujer me hizo ver con más pro­fundidad el papel que desempeña el poder en nuestra vida y nuestro sistema energético. El poder está en la raíz de la ex­periencia humana. Nuestras actitudes y creencias, sean po­sitivas o negativas, son prolongaciones de la forma en que definimos, utilizamos o no utilizamos el poder. Nadie está libre de problemas con el poder. Por ejemplo, es posible que tratemos de superar sentimientos de incapacidad o impo­tencia, o de mantener el dominio sobre otras personas o si­tuaciones que creemos que nos dan poder, o de conservar la sensación de seguridad (sinónimo de poder) en nuestras re­laciones personales. Muchas personas desarrollan una en­fermedad cuando pierden algo que para ellas representa po­der, como dinero, un trabajo o un partido de fútbol, o cuando pierden a alguien a quien han investido de poder o de su iden­tidad, como el cónyuge, un amante, un progenitor o un hi­jo. Nuestra relación con el poder está en el núcleo de nues­tra salud.

Consideremos juntos el primer principio (que la bio­grafía se convierte en biología) y este segundo principio (que el poder personal es necesario para la salud). El poder media entre nuestros mundos interno y externo, y al hacerlo se co­munica en un lenguaje de mito y símbolos. Piense, por ejem­plo, en el símbolo más común del poder: el dinero. Cuando una persona interioriza el dinero como símbolo de poder, su adquisición y control se convierten en símbolo de su salud: cuando adquiere dinero, su sistema biológico recibe el men­saje de que está entrando poder en su cuerpo. Su mente trans­mite el mensaje inconsciente: «Tengo dinero, por lo tanto es­toy a salvo, estoy segura. Tengo poder y todo está bien.» Este mensaje positivo transmitido al sistema biológico genera salud.

Ciertamente, ganar mucho dinero no garantiza la salud, pero es innegable que la pobreza, la impotencia y la enfer­medad están ligadas. Ganar dinero con dificultad o perder­lo repentinamente puede debilitar el sistema biológico. Re­cuerdo a un hombre que a mediados de los años ochenta se hallaba en la cima del éxito. Su empresa era cada ve?, más próspera y él tenía la energía de diez personas. Trabajaba has­ta muy tarde, hacía vida social hasta altas horas de la madru­gada, y a la mañana siguiente era el primero en llegar al tra­bajo, siempre alerta, alegre, pendiente de todo. En octubre de 1987 se produjo una crisis en el mercado bursátil y su em­presa fue una de las que cayeron.. La salud de este hombre se deterioró en meses. Empezó a sufrir de migrañas, después de dolor de espalda y finalmente de un trastorno intestinal bas­tante grave, "Ya no podía soportar trabajar hasta tarde ni su vida social, y se retiró de todas las actividades que no con­sistieran en hacer sobrevivir su imperio financiero.

Ese hombre no sabía que había «calibrado» su salud pa­ra hacer dinero. Pero cuando cayó enfermo vio de inmedia­to la conexión. Comprendió que para él el dinero represen­taba la libertad y la capacidad para llevar el estilo de vida con que siempre había soñado. Cuando perdió su fortuna, per­dió su poder y en cuestión de semanas también se arruinó su biología. Ciertamente, el estrés de reactivar una empresa puede debilitar a cualquiera. Este hombre había soportado mucho estrés cuando su empresa estaba en la cumbre, pero aquel tipo de estrés le daba poder.

Cada uno tenemos numerosos símbolos de poder, y ca­da uno de esos símbolos tiene su equivalente biológico. El dentista que desarrolló un cáncer de páncreas tenía un sím­bolo de poder: su trabajo; pero como había llegado a des­preciarlo, iba perdiendo poder día a día. La falta de poder desencadenó una reacción biológica que acabó generando una enfermedad terminal.

Nuestra vida está estructurada en torno a símbolos de poder: dinero, autoridad, títulos, belleza, seguridad. Las personas que llenan nuestra vida y las decisiones que tomamos en cada momento son expresiones y símbolos de nuestro po­der personal. Solemos vacilar a la hora de desafiar a una per­sona a la que creemos más poderosa que nosotros, y con fre­cuencia accedemos a hacer cosas porque creemos que no tenemos el poder para negarnos. En incontables situaciones y relaciones, la dinámica que funciona por debajo es la ne­gociación del poder: quien lo tiene y cómo podemos mante­ner nuestra participación en él.

Aprender el lenguaje simbólico de la energía significa aprender a evaluar la dinámica del poder en nosotros mis­mos y los demás. La información energética es siempre veraz. Aunque una persona acepte verbalmente algo en público, su energía dirá cómo se siente en realidad, y sus ver­daderos sentimientos encontrarán la manera de expresarse mediante una declaración simbólica. Nuestros sistemas bio­lógico y espiritual siempre intentan expresar la verdad, y siempre encuentran la manera de hacerlo.

Es necesario tomar conciencia de lo que nos da poder. La curación de cualquier enfermedad se facilita identifican­do nuestros símbolos de poder y nuestra relación simbólica y física con esos símbolos, y escuchando los mensajes que el cuerpo y las intuiciones nos envían acerca de ellos.

 

Tercer principio: La persona puede sanarse sola

La medicina energética es una filosofía holística que en­seña lo siguiente: «Yo soy responsable de la creación de mi salud; por lo tanto, en cierto sentido yo participé en la crea­ción de esta enfermedad. Puedo participar en la curación de la enfermedad sanándome yo, lo que significa sanar al mis­mo tiempo mi ser emocional, psíquico, físico y espiritual.»

Curación total y cura no son lo mismo. Se produce una «cura» cuando la persona ha logrado controlar o detener el avance físico de una enfermedad. Curar una enfermedad fí­sica, sin embargo, no significa necesariamente que se haya aliviado también el estrés emocional y psíquico que forma­ba parte de ella. En este caso es muy posible, y con frecuen­cia probable, que la enfermedad reaparezca.

El proceso de la cura es pasivo, es decir, el paciente se in­clina a ceder su autoridad al médico y al tratamiento pres­crito, en lugar de desafiar activamente la enfermedad y re­cuperar la salud. La curación total, en cambio, es un proceso activo c interno que implica investigar las actitudes, los re­cuerdos y las creencias con el deseo de liberarse de todas las pautas negativas que impiden la total recuperación emocio­nal y espiritual. Esta revisión interna conduce inevitable­mente a la revisión de las circunstancias externas, con el fin de recrear la vida de modo que active la voluntad: la volun­tad de ver y aceptar las verdades de la propia vida y de la for­ma en que se han utilizado las energías, y la voluntad de uti­lizar la energía para crear amor, autoestima y salud.

El lenguaje de la medicina oficial tiene un tono más mi­litar que el de la medicina energética: «El paciente fue ata­cado por un virus»; o bien: «Una sustancia contaminó el te­jido celular, produciendo un tumor maligno.» La filosofía de la medicina oficial considera al paciente una víctima inocen­te, o prácticamente impotente, que ha sufrido un ataque no provocado.

En la medicina oficial, el paciente sigue un tratamiento prescrito por el médico, de modo que la responsabilidad de la curación la tiene el médico. Si el paciente colabora o no con su médico es un hecho que ciertamente influye en el tra­tamiento, pero su actitud no se considera importante para el proceso, ya que los medicamentos y la cirugía son los que hacen la mayor parte del trabajo. En las terapias holísticas, por el contrario, la disposición del paciente para participar plenamente en su curación es necesaria para el éxito.

Las medicinas holística y oficial adoptan dos actitudes di­ferentes respecto al poder: activa y pasiva. Los tratamientos con sustancias químicas de la medicina oficial no requieren ninguna participación del paciente; en cambio una técnica holística, como la visualización, por ejemplo, es mejorada, in­tensificada, por un paciente activo e implicado. Es decir, se produce una conexión energética entre la conciencia del pa­ciente y la capacidad curativa de la terapia y a veces incluso del terapeuta. Cuando la persona es pasiva, es decir, adopta la actitud de «hágamelo», no sana totalmente; puede recupe­rarse, pero es posible que jamás trate realmente el origen de la enfermedad.

Adquisidores

La madre que sufría de depresión y dolor crónico de cue­llo y espalda es un ejemplo de persona que sólo tiene poder pasivo. Este tipo de persona dependiente cree que debe ex­traer poder del ambiente externo y de otras personas, o por medio de ellas. Consciente o inconscientemente, piensa: «So­la no soy nada.» Este tipo de persona busca adquirir poder mediante el dinero, la posición social, la autoridad política, so­cial, militar o religiosa, y la relación con personas influyentes. No expresa francamente sus necesidades, sino que se hace ex­perta en tolerar o manipular situaciones insatisfactorias.

En el sistema energético humano, las interacciones de la persona con su entorno se pueden comparar con circuitos electromagnéticos. Estos circuitos recorren codo el cuerpo y nos conectan con objetos externos y otras personas. Nos sentimos atraídos hacia objetos o personas poderosos, u «ob­jetivos de poder», para introducir ese poder en nuestro sis­tema. Pero esa conexión con un objetivo de poder extrae una parte de poder de nuestro campo y lo sitúa en el objetivo. Al principio yo consideraba simbólicos estos circuitos de ener­gía, pero he llegado a creer que en realidad son verdaderos caminos de energía.

 

Con mucha frecuencia oigo decir a per­sonas que se sienten «enganchadas» a otra persona o a una experiencia del pasado. Algunas comentan que se sienten «agotadas* después de estar con cierta persona o en un de­terminado ambiente. De hecho estas palabras corrientes des­criben mejor de lo que podríamos pensar la interacción de nuestro campo energético con nuestro entorno.

 

 

 

 

 

 

Figura 1: Los circuitos de energía recorren

TODO EL CUERPO Y SE ADHIEREN A UN OBJETIVO DE PODER

 

Cuando una persona dice que está «enganchada» a alguien o algo de un modo negativo, o se identifica excesivamente con un objeto o posesión, inconscientemente está realizando un diagnóstico intuitivo, está identificando el modo en que pierde po­der. A estas personas yo las llamo adquisidoras.

El tipo más extremo de adquisidor es el adicto. Al mar­gen del tipo de adicción que tenga la persona (drogas, alco­hol o dominio sobre los demás), sus circuitos energéticos es­tán tan absolutamente conectados con el objetivo que ya no pueden hacer uso de su capacidad de razonar. En un semi­nario que di en Dinamarca para personas que eran seropositivas o ya habían desarrollado el sida, me encontré ante un caso que ilustra trágicamente las consecuencias energéticas de una adicción. Había allí una mujer llamada Anna, que ha­bía contraído el virus del sida debido a su ocupación, la pros­titución. Anna tenía modales de niña y era muy menuda. También cojeaba, porque hacía un mes uno de sus «clientes» le había roto varias costillas.

En un momento dado hablé de lo que necesita hacer una persona para superar una enfermedad grave. Dije que las adicciones, por ejemplo, al tabaco, a las drogas o al alcohol, restan valor al proceso de curación. Durante uno de los des­cansos Anna se acercó a mí y me dijo: «Pero, Caroline, ¿qué daño puede hacer fumar sólo dos cigarrillos al día?» Al mi­rarla comprendí que si yo hubiera tenido en una mano la cu­ra para el sida y en la otra un cigarrillo, y le hubiera dado a elegir entre ambas cosas, su mente habría elegido la cura pa­ra el sída, pero todos sus circuitos energéticos habrían ido directamente hacia ese único cigarrillo.

Es imposible insistir lo suficiente en este punto: los ob­jetivos a los que conectan sus circuitos energéticos los ad­quisidores son personas o cosas a las que les han cedido su poder, concretamente el poder de dominarlos. La adicción de Anna a los cigarrillos tenía más autoridad sobre ella que su deseo de sanar. Incapaz de tomar decisiones capacitadoras pa­ra ella, estaba atada a un hábito de dejar su energía en manos de otros, casi siempre a su chulo y a sus cigarrillos, los dos objetivos de poder que la dominaban totalmente. La curación estaba fuera cíe su alcance porque, en esos momentos, su po­der sólo existía fuera de los límites de su cuerpo físico.

No es fácil para la mente competir con las necesidades emocionales. A una sabía muy bien que tanto su ocupación como su adicción a los cigarrillos eran peligrosas para su sa­lud. Pero emociónalmente seguía anhelando el tabaco por­que creía que la relajaba, y continuaba con su chulo porque creía que éste cuidaba de ella. Su mente había racionalizado su aferramiento emocional, y quería negociar su proceso de curación proponiendo que dos cigarrillos no podían dañar su salud. Su incapacidad para superar sus adicciones, la in­capacitaba para recuperar su poder de sanar.

No es la mente, sino nuestras necesidades emocionales las que controlan nuestra adhesión a los objetivos de poder. El famoso dicho «el corazón tiene razones que la razón no comprende» capta perfectamente esta dinámica. Inevitable­mente, a la persona adquisidora le resulta muy difícil utili­zar su intuición. Su propia estima está tan adherida a la opi­nión de su objetivo de poder que automáticamente niega cualquier información que le transmita su intuición. La in­tuición clara precisa la capacidad de respetar las propias im­presiones. Si necesitamos que otra persona dé validez a nues­tras impresiones, obstaculizamos enormemente nuestra capacidad de intuir.

Puesto que la curación no es negociable, el reto es mu­cho mayor para las personas adquisidoras que para las que tienen un sentido de poder activo. Sanar es, por encima de todo, la tarea de una sola persona. Nadie puede sanar por otro. Podemos ayudar a otras personas, ciertamente, pero nadie puede, por ejemplo, perdonar a alguien en nombre de otra persona, ni tampoco hacer que otra persona se libere de recuerdos o experiencias dolorosos que necesita liberar para sanar. Dado que la naturaleza misma del poder pasivo es «poder mediante adhesiones», va en contra de toda la bio­logía de una persona adquisidora soltar o separarse de los objetivos que agotan su energía. Estas personas están casi programadas para los tratamientos de la medicina oficial, lo que no siempre es necesariamente negativo; el tratamiento oficial es la forma de curación más apropiada para ellas mien­tras continúen pasivas.

 

Reorientar el poder

La mayoría de las personas que asisten a mis seminarios lo hacen porque comprenden que necesitan cambiar de vi­da. Algunas tienen miedo de dejar a su pareja o su trabajo, mientras que otras desean encontrar una manera de sopor­tar una situación incompatible con sus necesidades emocio­nales. No podría ni comenzar a calcular el número de veces que alguien me ha dicho: «Creo que estaba mejor antes de darme cuenta de lo infeliz que soy.»

Una vez que tomamos conciencia de nuestras necesida­des emocionales es imposible olvidarlas. Una vez que cono­cemos el origen o la causa de nuestra infelicidad, no pode­mos borrar ese conocimiento. Tenemos que elegir, tomar decisiones. La capacidad de elegir es un poder activo, y la sensación de tener poder activo es a la vez emocionante y te­mible, porque hace que deseemos cambiar esas partes de nuestra vida que ya no son apropiadas, y cambiarlas nos es­timula a poner en tela de juicio otros aspectos que no son sa­tisfactorios.

Cambiar la vida suele ser difícil debido a las lealtades que tenemos. Normalmente aprendemos la lealtad dentro de la estructura familiar y en conexión con la familia. La lealtad hacia uno mismo, sin embargo, es una virtud totalmente dis­tinta, y adherirse a ella puede provocar un tremendo cata­clismo en la familia. Ser leal a sí misma podría, por ejemplo, hacer que una mujer reconozca que ya no puede continuar en su matrimonio. En lo que respecta a hacer partícipe de esa información a su marido, se le dirá: «Piensa en tus hijos.» Su caso es un ejemplo muy común de lealtad al grupo que está en conflicto con la lealtad a uno mismo. Mientras vivimos en una situación insatisfactoria, tal vez tratamos de respetar por un tiempo las exigencias de la lealtad al grupo y evitamos pensar en nuestras necesidades emocionales personales. En algún momento, no obstante, nuestro cuerpo emocional ad­quiere el poder suficiente y la mente ya no logra engañar al corazón. La esposa infeliz o bien acaba en una permanente confusión personal por continuar en el matrimonio o bien decide divorciarse, presa de un sentimiento de culpabilidad por haber sido desleal al grupo, su familia. La verdad es que no hay muchas maneras de introducir con éxito las necesi­dades personales en una circunstancia que se creó anees de saber cuáles eran esas necesidades.

Julie asistió a uno de mis seminarios porque sufría de gra­ve cáncer de ovario y de mama. Desde hacía varios años su matrimonio no funcionaba bien. Deseaba sanar del cáncer, pero vivía con un hombre q ue la trataba con total desprecio, costumbre que había comenzado dos años antes de que se ca­saran. Solía decirle que sólo verla le causaba repugnancia, pe­se a que ella era muy atractiva. Para ganarse su aprobación, ella se dejaba morir de hambre y hacía ejercicio. Se definía co­mo maestra de la manipulación; empleaba la manipulación para soportar su matrimonio aunque con eso no conseguía lo que deseaba. Cuando quería que él le prestara atención, se in­ventaba interesantes historias sobre personas que decía haber conocido mientras hacía la compra. Una vez lo telefoneó a la oficina para decirle que un hombre había intentado violarla cuando estaba haciendo jogging. Pero inventara lo que in­ventase, nada conseguía atraer su interés o su respeto.

El dinero era otro problema entre ellos. Aunque él ga­naba mucho, le daba muy poco para los gastos domésticos y personales, y exigía que le rindiera cuenta de hasta el últi­mo céntimo. A pesar de esa humillación, a Julie nunca se le ocurrió buscar un trabajo porque creía que no tenía ningu­na habilidad laboral.

La actividad sexual había acabado a los dos años de ma­trimonio. Los esfuerzos que hacía ella por mantener viva esa parte de su relación conyugal la humillaban más aún. Cuan­do le diagnosticaron cáncer, su marido se negó a dormir en !a misma cama con ella. Su reacción ante ese rechazo fue dor­mir en el suelo, en el pasillo de entrada al dormitorio. Todas las mañanas, él pasaba por encima de ella para entrar en el cuarto de baño, y de vez en cuando la insultaba cuando ella lo miraba y le pedía ayuda.

Le pregunté por qué no lo dejaba y ella contestó que nunca había sido capaz de cuidar de sí misma ni emocional ni económicamente, y que en esos momentos necesitaba más que nunca que él la cuidara. Lo irónico es que siempre que hablaba de su marido aparecía una expresión soñadora en su cara, casi como sí estuviera hechizada, y decía que él era un hombre muy cariñoso y que simplemente estaba agobiado por los negocios. La quería de verdad, añadía; simplemente, le costaba demostrar afecto.

Cuando le sugerí que viera a un psicoterapeuta me dijo que su marido pensaba que los terapeutas no hacen ningún bien, así que no podría ir. También le dije que recuperaría al­go de fuerzas si comía alimentos nutritivos, entre ellos un in­tenso programa de vitaminas con una dieta sana. Contestó que si su marido lo aprobaba, lo haría.

Desde el punto de vista de la energía, es significativo que Julie desarrollara un cáncer en los órganos femeninos, pri­mero en los ovarios y después en la mama. Su enfermedad simbolizaba sus sentimientos ante el rechazo como mujer. Como leerá en el capítulo siguiente, los órganos sexuales contienen nuestra energía biográfica, la de nuestras relacio­nes con las personas y la de nuestra manera de ser en nues­tro entorno. Julie era incapaz de verse a sí misma con poder personal porque, para ella, la fuente de seguridad era su marido; su biología recibía constantes «señales de impotencia». Julie murió antes de que acabara el año.

 

 

 

 

 

 

figura 2: mujer cuyos circuitos de energía van hacia su marido

 

 

                                        Esposa                                      Marido

 

 

           Dado que esta mujer depende totalmente de su marido, todos sus circuitos de energía están adheridos al campo energético de él. La con­secuencia de este desequilibrio es que a la mujer no le queda nada de energía para mantener sano su cuerpo, y al mismo tiempo genera en el marido una sensación de ser «ahogado».    

El tipo de personas que tienen un poder activo son muy diferentes de las adquisidoras como Julie. Son «auto motivadoras», consideran una prioridad el cuidado de sí mismas, y sus circuitos de energía están adheridos al conocimiento, la fuerza y la vitalidad emocional. Una persona auto motivadora es capaz de hacer cualquier cosa que sea necesaria para mantener el equilibrio entre cuerpo, mente y alma.

A semejanza de Julie, Joanna formaba parte de un ma­trimonio disfuncional y desarrolló un cáncer de mama. Si bien su matrimonio no era la historia de horror emocional de Julie, tenía sus problemas. Su marido, Neil, buscaba la compañía de otras mujeres. Ella lo sabía, pero trataba de ha­cer la vista gorda. Con el fin de soportar el adulterio de su marido, comenzó a asistir a seminarios de capacitación de mujeres y, gracias a ellos, finalmente vio que el compor­tamiento de Neil violaba sus límites emocionales. Antes de esos seminarios jamás se le había ocurrido pensar que tenía esos límites emocionales personales. Como hacen muchas personas, se había casado con la idea de que dos personas de­ben transformarse en un solo sistema emocional.

Joanna no tardó en comprender que su cáncer de mama (la zona del cuerpo relacionada con la acción de dar y nutrir) sólo sanaría si tomaba medidas para respetarse, para desa­rrollar su autoestima. Fue fortaleciéndose en ella la imagen de una persona fuerte; al considerarse «individuo» comen­zó a relacionarse consigo misma de un modo que antes le ha­bría parecido imposible, dado que su concepto de identidad siempre había necesitado un cónyuge.

Cuando reconoció sus necesidades, ejercitó su recién ad­quirida autoridad enfrentándose a Neil y exigiéndole que cumpliera las promesas del matrimonio. Él le prometió cam­biar de comportamiento, pero la promesa duró menos de un mes. Finalmente Joanna comprendió que no lo conseguiría, y que ella había cambiado tanto que ya no podía aceptar esas violaciones emocionales. Si quería sanar del cáncer tenía que apartarse de la situación que le estaba arruinando la salud. Se divorció de Neil y se recuperó del cáncer.

Los grupos de apoyo para personas enfermas suelen in­ducir a éstas a redefinirse a sí mismas. Reconociendo sus ne­cesidades y evaluando sus vidas según ellas mismas, admiten que sus circunstancias actuales no son aceptables para la persona en que se están transformando ni conducen a la curación. Comprenden que tienen que tomar medidas para cambiar. En el proceso de la curación aprenden a separar­se de los objetos o las personas que les roban la fuerza del cuerpo.

La necesidad de cambio convierte la curación en una ex­periencia aterradora para muchas personas. Consciente o in­conscientemente, saben que desenchufar sus circuitos ener­géticos de un objetivo de poder es lo mismo que decirle adiós. Entran en un perturbador limbo donde desean sepa­rarse de su objetivo de poder y a la vez seguir aferradas a él. Algunas personas terminan por intentar vivir en los dos mundos de forma simultánea, sin habitar totalmente el que ya no les viene bien ni pasar totalmente al otro. Así es como muchas personas hacen el viaje al pozo de la curación y, una vez que llegan allí, descubren que no pueden beber de él.

La curación exige actuar. No es un acontecimiento pasi­vo. Estamos hechos para utilizar nuestros recursos interio­res, a fin de encontrar la fuerza material para dejar atrás cre­encias y comportamientos anticuados y vernos de un modo nuevo y sano.

                                           

Aprendizaje de la visión simbólica

En la segunda parte, cuando explique los temas del po­der que están tejidos en nuestra psique y nuestra biología, trate de diagnosticar su relación con cada uno de los siete centros de poder de su cuerpo. Conviértase en el sujeto de su primera evaluación intuitiva. Mientras lo hace, descubri­rá que cada vez toma más conciencia del extraordinario mun­do que está detrás de sus ojos. En último término aprende­rá la visión simbólica, la capacidad de utilizar la intuición para interpretar los símbolos de poder de su vida.

A modo de punto de partida le ofrezco las siguientes di­rectrices. Cuando una persona desea ver más, la curación es inevitable. Pero necesita un método interior de asimilar es­ta información para hacerla real.

Lo primero y principal es centrar la atención en aprender a interpretar simbólicamente los desafíos de la propia vida, en­contrarles un sentido. Piense y sienta cómo éstos se conectan con su salud. Preste atención diariamente a los desafíos que se le presenten y al modo en que su mente y su espíritu reaccio­nan ante ellos. Observe qué le hace perder poder y dónde sien­te la pérdida. Evalúe la actividad espiritual y biológica que se produce a consecuencia de ello.

Segundo, considérese en todo momento un ser energé­tico y físico a la vez. Su parte energética transmite y registra todos sus pensamientos e interacciones. Tenga presente en todo momento que su biografía se convierte en biología. Ad­quiera la costumbre de evaluar a ¡as personas, las experien­cias y la información que permite entrar en su vida. El desa­rrollo de la visión simbólica comienza por la intención: conscientemente y con regularidad, evalúe sus interacciones y el modo en que éstas influyen en su poder emocional y fí­sico. Y recuerde que si tiene un programa particular, es de­cir, si desea ver las cosas de cierta manera, obstaculizará la recepción de la información energética.

Tercero, realice cada día auto-evaluaciones de su energía. Cuando tenga práctica sólo le llevará unos momentos hacer la auto expío ración. Para practicar, utilice el modelo del sis­tema energético humano que presento en el capítulo 2 a mo­do de referencia. Reflexione sobre cada centro de poder du­rante uno o dos minutos, con tranquilidad y objetividad. No espere a enfermar para ocuparse de la salud de su sistema energético. Aprenda a percibir el estrés que se va acumulan­do en su campo energético y tome medidas para sanar en ese plano. Convierta la auto-evaluación en un hábito.

Cuarto, cuando descubra una fuga de energía, concéntrese solamente en los aspectos esenciales que pueden ser­virle para recuperar la energía. Hágase siempre la pregunta: «¿Por qué estoy perdiendo energía?» Para sanar cualquier desequilibrio, sea energético o físico, siempre debe hacer in­tervenir la mente y el corazón. Esfuércese en ver más allá de los componentes físicos de una crisis. Remítase a las siete ver­dades sagradas de la energía (tal como las presento en el ca­pítulo 2). Una o más de esas verdades estarán relacionadas con esa situación estresante. Pregúntese cuál de esas verda­des está representada simbólicamente en la situación.

Por ejemplo, si tiene una crisis laboral, tal vez le con­venga remitirse a la verdad sagrada Respétate a ti mismo [ni­vel tres]. Ésta muy bien podría hablarles a los problemas que le están ocurriendo. Asiéndose a esa percepción, sale de la arena movediza de la ilusión, se eleva a la altura espiritual o simbólica que necesita para interpretar su situación de mo­do impersonal y para aprender la lección de poder que esa situación le presenta.

La instrucción espiritual nos enseña a mantener el enfo­que sobre nosotros mismos, no de modo egocéntrico sino como una manera de manejar conscientemente nuestra ener­gía y nuestro poder. Así, la quinta tarea consiste en averiguar qué le quita poder, no quién. Comprenda que la persona que parece estar agotándole la energía en realidad es una parte de usted- Por ejemplo, si tiene envidia de alguien, lo importan­te para usted no es esa persona, sino el lado oscuro de su na­turaleza que se refleja en ella. En realidad, esa persona le sirve de maestra. Concentrarse en la persona de quien tie­ne envidia no lo va a sanar. Con eso sólo conseguirá que se le presenten más maestros, cada uno más fuerte que el ante­rior. Su tarea consiste en aprender la lección que el maestro tiene para usted, en lugar de sentir resentimiento hacia el ma­estro,

Cuando llega a la conclusión errónea de que determina­da persona es la causa de su agotamiento, se desliza hacia el miedo y la acusación. Necesita enfocar correctamente su centro de poder y concentrarse en él hasta que obtenga una impresión del tipo de poder que esa persona tiene en rela­ción con usted. Cuando fija la vista en la lección, y no en el maestro, ha logrado un importante beneficio de visión sim­bólica: ve cómo le llega la verdad mediante el desafío o la di­ficultad.

Sexto, simplifique sus requisitos para sanar. Los requi­sitos para sanar cualquier enfermedad son esencialmente los mismos. Considere la enfermedad un trastorno del poder, casi un mal funcionamiento técnico. Una vez que ha identi­ficado la verdad sagrada que está relacionada con su situa­ción, organice su proceso de curación interna con cualquier tratamiento de la medicina oficial que sea esencial, y aténga­se a su programa. Recurra a cualquier tipo de apoyo que ne­cesite y utilícelo correctamente. Tenga presente que la tarea es pasar por las heridas, no instalarse en ellas. No pierda tiempo en pensar, actuar u orar como una víctima. Sentirse víctima sólo aumenta la enfermedad o el problema, y si se convirtiera en un estado mental permanente, podría consi­derarse una enfermedad en sí misma.

Haga todo lo que sea necesario para apoyar y sustentar su cuerpo físico, como por ejemplo tomar los medicamen­tos apropiados, mantener un programa de ejercicios diarios y nutrirse adecuadamente. Al mismo tiempo, haga todo lo necesario para que se produzca la curación; por ejemplo, de­jar un trabajo o un matrimonio estresante, emprender la práctica de la meditación, o aprender a esquiar. Lo que im­porta aquí no son los cambios concretos que haga, sino ha­cer realmente los cambios que requiera la curación.

Hablar no sana; actuar, sí. Si bien es esencial mantener una actitud positiva, sea cual fuere la enfermedad, la cura­ción precisa dedicación y compromiso. La visualización no dará resultados si sólo se practica una vez a la semana, y na­die se pone en forma con una sola visita al gimnasio a la semana. Sanar el propio cuerpo o las dificultades de la vida, o desarrollar la visión simbólica, requiere práctica y atención diarias. Sanar una enfermedad en particular puede ser una ocupación de jornada completa, aunque es posible simplifi­car los pasos necesarios para realizar la tarea.

Si una persona utiliza un «paquete» de curación com­plejo, es decir, varios terapeutas y terapias diferentes, varios médicos, varios programas de hierbas y vitaminas, pero ha­ce poco o ningún progreso, quizá sea porque ella misma es­tá obstaculizando su curación- Tal vez, en cierto sentido, sa­nar le supone una amenaza mayor de lo que imagina. Tal vez es incapaz de dejar atrás algo del pasado, o tal vez su cura­ción alteraría el equilibrio de poder entre ella y otra perso­na. Tiene que usar la cabeza para pensar en ello porque, evi­dentemente, algunas enfermedades son más graves que otras, y el hecho de que no haya curación no siempre indica que la persona la está obstaculizando. Pero sí diez terapias y tera­peutas diferentes no bastan para aportar cierto grado de cu­ración a su vida, quiere decir que debe pensar en la posibilidad de un obstáculo consciente o inconsciente, o en la posibili­dad de que su curación exija prepararse para abandonar la vida física.

Séptimo, simplifique su espiritualidad, Todos mis estu­dios terrenos sobre el cielo me han llevado a la conclusión de que el cielo no es un reino complicado; por lo tanto, la teo­logía personal no debería ser complicada. Intente creer so­lamente lo que el ciclo ha declarado esencial. Por ejemplo:

  • Todas las circunstancias se pueden cambiar en un momento dado, y toda enfermedad se puede curar. Lo Divi­no no está limitado por el tiempo, el espacio ni los intere­ses físicos humanos,
  • Sea consecuente: viva lo que cree.
  • El cambio es constante. La vida pasa por fases de cam­bios difíciles y por fases de paz. Aprenda a avanzar con la corriente del cambio en lugar de intentar impedir que ocurra.
  • Jamás espere que otra persona le dé felicidad; la felicidad es una actitud y una responsabilidad interior y personal.
  • La vída es esencialmente una experiencia de aprendizaje. Todas las situaciones, retos y relaciones contienen algún mensaje que vale la pena aprender o enseñar a otros.
  • La energía positiva funciona con más eficacia que la ener­gía negativa en todas y cada una de las situaciones.
  • Viva en el momento presente y practique el perdón a los demás.

No ganamos nada creyendo que el cielo «piensa y actúa» en forma compleja. Es mucho mejor, y más eficaz, aprender a pensar como piensa el cielo, en forma de verdades sencillas y eternas.

Con toda probabilidad hacemos la vida mucho más com­pleja que lo que tiene que ser. Conseguir salud, felicidad y equilibrio energético se reduce a centrar más la atención en lo positivo que en lo negativo, y a vivir de una manera espi-ritualmente coherente con lo que sabemos que es la verdad. Comprometerse con esos dos principios es suficiente para que el poder que nuestro sistema biológico divino contiene influya en el contenido y la dirección de nuestra vida.

Todos estamos hechos para aprender las mismas verda­des y permitir que nuestra divinidad trabaje en nuestro in­terior y a través de nosotros; esta tarea es sencilla, aunque dista de ser fácil. Cada uno de nosotros tiene decorados y personas diferentes en su vida, pero los desafíos que éstos re­presentan son idénticos para todos, como también lo son las influencias que esos desafíos ejercen en nuestro cuerpo y es­píritu. Cuanto más capaces somos de aprender esta verdad, más podemos desarrollar la visión simbólica, la capacidad de ver más allá de las ilusiones físicas y de reconocer las leccio­nes que nos presentan los desafíos de la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

2

Hechos a imagen de Dios

Desde que tuve mis primeras intuiciones médicas he sa­bido que éstas se refieren fundamentalmente al espíritu hu­mano, a pesar de que describen problemas físicos y de que yo utilizo el lenguaje de la energía para explicárselas a los demás. «Energía» es una palabra neutra; no tiene ninguna asociación religiosa ni evoca temores arraigados sobre la relación perso­na] con Dios. Es mucho menos inquietante escuchar: «Se le ha agotado la energía», que: «Su espíritu está intoxicado.» Sin embargo, muchas de las personas que han acudido a míen rea­lidad han sufrido una crisis espiritual. Yo les he explicado esa crisis como un trastorno energético, pero habría sido más útil para ellas si lo hubiera hecho también en términos espi­rituales.

Después de comprender las correspondencias entre los chakras orientales y los sacramentos religiosos occidentales introduje finalmente el lenguaje espiritual en mis explica­ciones energéticas. Esto ocurrió repentinamente, durante uno de mis seminarios sobre la anatomía de la energía. Cuan­do estaba haciendo la introducción dibujé en la pizarra sie­te círculos, dispuestos vertical mente, para representar los centros de poder del sistema energético humano. Al mirar los círculos vacíos caí en la cuenta de que no sólo hay siete chakras, sino también siete sacramentos cristianos. En ese momento comprendí que su mensaje espiritual es el mismo. Después, cuando estaba investigando y explorando en más profundidad sus similitudes, descubrí que la cabala también tiene siete enseñanzas semejantes. La correspondencia entre estas tres tradiciones me llevó a comprender que la espiri­tualidad es mucho más que una necesidad psíquica y emo­cional: es una necesidad biológica innata. Nuestro espíritu, nuestra energía y nuestro poder personal son una sola y úni­ca fuerza.

Las siete verdades sagradas que comparten estas tradicio­nes están en el núcleo de nuestro poder espiritual. Nos ense­ñan la forma de orientar el poder, o fuerza vital, que circula por nuestro organismo. En efecto, encarnamos esas verdades en nuestros siete centros de poder; forman parte de nuestro sistema interno de orientación física y espiritual, y al mismo tiempo son un sistema externo de orientación para nuestro comportamiento espiritual y para la creación de salud. Nues­tra tarea espiritual en esta vida consiste en aprender a equili­brar las energías del cuerpo y el alma, del pensamiento y la acción, del poder físico y el poder mental. Nuestro cuerpo contiene una plantilla o programa inmanente para la curación.

El libro del Génesis nos dice que el cuerpo de Adán fue creado «a imagen de Dios». El mensaje de esta frase es a la vez literal y simbólico. Significa que las personas somos ré­plicas energéticas de un poder divino, un sistema de siete energías primarias cuyas verdades estamos destinados a explorar y desarrollar a través de la experiencia llamada vida.

Cuando entendí que el sistema energético humano en­carna estas siete verdades, ya no pude limitarme a un voca­bulario de la energía y comencé a incorporar ideas espiri­tuales a mis diagnósticos intuitivos. Dado que nuestro diseño biológico es también un diseño espiritual, el lenguaje com­binado de energía y espíritu pasa por diversos sistemas de creencias; abre avenidas de comunicación entre los credos e incluso permite a las personas volver a culturas religiosas anteriormente rechazadas, descargadas de dogmas religiosos. Las personas que asisten a mis seminarios han adoptado de buena gana este lenguaje de energía-espíritu para referirse a las dificultades que conllevan sus enfermedades físicas, tras­tornos causados por el estrés o sufrimiento emocional. Ver el problema dentro de un marco espiritual acelera el proce­so de curación, porque añade una dimensión de sentido y fi­nalidad a sus crisis y las capacita para contribuir a curarse a sí mismos; co-crean su salud y re-crean su vida. Puesto que el estrés humano siempre corresponde a una crisis espiritual y es una oportunidad de aprendizaje espiritual, casi cualquier enfermedad permite una nueva percepción respecto al uso, mal uso o mala dirección del espíritu o poder personal.

La mayoría de las tradiciones religiosas y culturales, des­de los antiguos griegos e hindúes hasta los chinos y los ma­yas, consideran divino el origen de la conciencia humana, el espíritu o el poder.

La mayoría de los mitos de todas las culturas hablan de la interacción entre la divinidad y la humanidad, en historias de dioses que se unen con seres humanos para engendrar hi­jos semejantes a dioses y semidioses. Estos hijos encarnan todo el espectro del comportamiento humano, desde gran­des actos de creación, destrucción y venganza, o mezquinos actos de celos, rivalidad y rencor, hasta actos trascendenta­les de metamorfosis, unión sexual y sensualidad.

Las primeras culturas que crearon estas mitologías divi­nas exploraron así su naturaleza emocional y psíquica y los poderes intrínsecos del espíritu humano. Cada cultura ex­presaba así sus ideas respecto a las transformaciones y los tránsitos del viaje espiritual universal, el viaje del héroe, en palabras de Joseph Campbell.

Entre las historias de Dios, sin embargo, la tradición ju­día es única, porque jamás se describe a Yahvé como un ser sexuado. A Dios se le atribuye una mano derecha y una mano izquierda, pero la descripción ¡amas continúa «más abajo de la cintura». A diferencia de otras tradiciones espi­rituales, los judíos transfirieron a Yahvé solamente algunas cualidades humanas, manteniendo una relación más distan­te con ese inaccesible Divino.

Pero cuando apareció en escena el cristianismo, sus se­guidores, todavía judíos entonces, dieron a Dios un cuerpo humano y lo llamaron Jesús, el hijo de Dios.

La gran herejía de los cristianos, según los otros judíos, fue cruzar el límite biológico y comenzar su nueva teología con un acontecimiento bioespiritnal: la Anunciación. En la Anunciación, el ángel Gabriel anuncia a la Virgen María que goza de gran favor ante el Señor y va a dar a luz un hijo al que llamará Jesús. La implicación aquí es que Dios es el pa­dre biológico de este hijo. De pronto, el principio divino abs­tracto del judaismo, llamado Yahvé, se acopla con una mu­jer humana.

Los cristianos hicieron del nacimiento de Jesús una «te­ología biológica», y convirtieron su vida en una prueba de que la humanidad está hecha «a imagen y semejanza de Dios». Judíos y cristianos creían por igual que nuestro cuer­po físico, en particular el masculino, era semejante al de Dios. Escritos teológicos más contemporáneos han puesto en du­da esa semejanza biológica, modificándola y convirtiéndola en una semejanza espiritual, pero de todas formas queda el concepto original de que biológicamente estamos hechos a imagen de Dios, importante aspecto literal y arquetípico de la tradición judeocristiana.

El hilo común a todos los mitos espirituales es que los seres humanos nos vemos inevitablemente impulsados a fu­sionar nuestro cuerpo con la esencia de Dios, que deseamos tener lo Divino en los huesos y en la sangre, en nuestra com­posición mental y emocional.

En los sistemas de creencia de todo el mundo, los conceptos de la naturaleza espiritual de lo Divino reflejan las me­jores cualidades y características humanas. Puesto que en nuestro mejor aspecto somos compasivos, Dios tiene que ser omnicompasivo; puesto que somos capaces de perdonar, Dios tiene que ser omniperdonador; puesto que somos ca­paces de amar, Dios tiene que ser sólo amor; puesto que in­tentamos ser justos, la justicia divina debe regir nuestros es­fuerzos por equilibrar lo malo y lo bueno. En las tradiciones Orientales, la justicia divina es la ley del karma; en el mundo I cristiano es el fundamento de la regla de oro. De una u otra manera, hemos tejido lo Divino en todos los aspectos de la vida, el pensamiento y las obras.

Actualmente, muchos buscadores espirituales tratan de impregnar su vida cotidiana de una mayor conciencia de lo sagrado, esforzándose en actuar como si cada una de sus ac­titudes expresara su esencia espiritual. Esta forma conscien­te de vivir es una invocación, una petición de autoridad es­piritual personal; representa el abandono de la relación clásica padre-hijo con Dios de las antiguas religiones y un avance hacia la edad adulta espiritual. La maduración espi­ritual supone no sólo desarrollar la capacidad de interpretar i los mensajes más profundos de los textos sagrados, sino también aprender a leer el lenguaje espiritual del cuerpo. Cuan­do nos hacemos más conscientes y reconocemos el efecto de I los pensamientos y actitudes (la vida interna) sobre el cuerpo físico y la vida externa, ya no necesitamos concebir a un Dios-padre externo que crea para nosotros y del cual de­pendemos totalmente. En calidad de adultos espirituales, aceptamos la responsabilidad de co-crear nuestra vida y nuestra salud. La co-creación es en realidad la esencia de la edad adulta espiritual, el ejercicio de elegir y aceptar que so­mos responsables de lo que elegimos.

Administrar nuestro poder de elección es el reto divi­no, el contrato sagrado que hemos venido a cumplir. Comienza por elegir cuáles van a ser nuestros pensamientos y actitudes. Mientras que en otro tiempo elección significa­ba la capacidad para reaccionar ante lo que Dios ha creado para nosotros, ahora significa que participamos en lo que ex­perimentamos, que co-crearnos nuestro cuerpo físico me­diante la fuerza creativa de nuestros pensamientos y emo­ciones.

Las sietes verdades sagradas de la cabala, los sacramen­tos cristianos y los chakras hindúes apoyan nuestra trans­formación gradual en adultos espirituales conscientes. Estas enseñanzas literales y simbólicas redefinen la salud espiri­tual y biológica y nos sirven para entender lo que nos man­tiene sanos, lo que nos hace enfermar y lo que contribuye a sanarnos.

Las siete verdades espirituales trascienden las fronteras culturales, y en el plano simbólico constituyen un mapa de carreteras para nuestro viaje por la vida, un mapa de carre­teras impreso en nuestro diseño biológico. Una y otra ve? los textos sagrados nos dicen que la finalidad de la vida es comprender y desarrollar el poder del espíritu, poder que es esencial para nuestro bienestar mental y físico. Abusar de este poder agota el espíritu y arrebata fuerza vital al cuerpo físico.

Dado que la energía divina es inherente a nuestro organismo biológico, todo pensamiento que nos pasa por la mente, toda creencia que alimentamos, todo recuerdo al que nos aferramos, se traduce en una orden positiva o negativa a nuestro cuerpo y espíritu. Es magnífico vernos a través de estas lentes, pero también resulta apabullante, puesto que ninguna parte de nuestra vida o nuestros pensamientos es impotente, ni siquiera privada. Somos creaciones biológicas de diseño divino. Una vez que esta verdad forma parte de nuestra conciencia, no podemos seguir llevando una vida corriente.

 

El poder simbólico de los siete chakras

Según enseñan las religiones orientales, en el cuerpo hu­mano hay siete centros de energía. Cada uno de ellos con­tiene una enseñanza espiritual universal para la vida, que he­mos de ir aprendiendo a medida que evolucionamos hacia una conciencia superior. En realidad yo ya llevaba años rea­lizando evaluaciones intuitivas cuando caí en la cuenta de que lo que enfocaba instintivamente eran esos siete centros energéticos. Esta antiquísima y sagrada forma de represen­tación describe con extraordinaria exactitud el sistema ener­gético humano, con sus hábitos y tendencias.

El sistema de chakras es una representación arquetípica del proceso de maduración de la persona a través de siete fa­ses claras y diferentes. Los chakras están alineados verticalmente desde la base de la columna hasta la coronilla, lo que sugiere que ascendemos hacia lo divino dominando poco a poco la seductora atracción del mundo físico. En cada fase perfeccionamos un poco más el entendimiento del poder personal y espiritual, puesto que cada chakra representa una enseñanza de vida o un desafío común a todos los seres hu­manos. A medida que la persona va dominando cada chakra, va adquiriendo un poder y un conocimiento de sí misma que se integra en su espíritu y la hace avanzar por el camino que conduce hacia la conciencia espiritual, a semejanza del clásico viaje del héroe.

A continuación presento un resumen muy breve de las enseñanzas vitales que representan los siete chakras (véase fig.3):

Primer cbakra: Enseñanzas relativas al mundo material.

Segundo chakra: Enseñanzas relativas a la sexualidad, el tra­bajo y el deseo físico.

Tercer cbakra: Enseñanzas relativas al ego, la personalidad y; la estima propia.

 

 

 

Cuarto chakra: Enseñanzas relativas al amor, el perdón y la compasión.

Quinto chakra: Enseñanzas relativas a la voluntad y la auto-expresión.

Sexto chakra: Enseñanzas relativas a la mente, la intuición, la percepción profunda y la sabiduría.

Séptimo chakra: Enseñanzas relacionadas con la espirituali­dad.

Estas siete enseñanzas de vida nos dirigen hacia una con­ciencia mayor. Pero si hacemos caso omiso de nuestra res­ponsabilidad y necesidad de aplicarnos conscientemente a aprender estas lecciones espirituales, la energía que contie­nen se puede manifestar en forma de enfermedad. En efec­to, las numerosas tradiciones espirituales orientales consi­deran que la enfermedad es un agotamiento del propio poder interior o espíritu. Las correspondencias entre las principa­les tradiciones espirituales subrayan la experiencia humana universal de conexión entre el espíritu y el cuerpo, la enfer­medad y la curación.

Considerados desde un punto de vista simbólico, no li­teral, los siete sacramentos ensílanos tienen un sentido cla­ramente análogo al de los siete chakras.

 

El Poder simbólico de los Sacramentos Cristianos

La iglesia cristiana primitiva identificó siete sacramen­tos, o ritos reconocidos oficialmente, que serían realizados por sus dirigentes ordenados.

Estos siete sacramentos eran, y siguen siendo, ceremo­nias sagradas que imprimen (para emplear el lenguaje cris­tiano) caracteres concretos de «gracia o energía divina». Ca­da carácter de gracia corresponde a un único sacramento. Si bien actualmente los siete sacramentos se asocian principalmente con la iglesia católica romana, otras tradiciones cris­tianas han conservado muchos de ellos, por ejemplo, el bau­tismo, el matrimonio y la ordenación sacerdotal.

En su sentido simbólico, cada sacramento representa también una fase de capacitación que invita a lo Divino a. penetrar en el espíritu de la persona. La propia palabra «sacra­mento» significa un rito que pide al poder de lo sagrado que entre en el alma de la persona. El sentido simbólico de los sacramentos trasciende su sentido religioso, y mis alusio­nes a ellos no han de mal-interpretarse como una sugerencia a recibir realmente los sacramentos de una institución cris­tiana.

Los sacramentos presentan tareas simbólicas para crecer hasta una madurez espiritual y para obtener la curación, pe­ro también son concretos en su descripción de lo que hemos de hacer en las principales fases de la vida para aceptar la res­ponsabilidad personal que acompaña a la madurez espiritual. Los sacramentos también son los actos que hemos de reali­zar junto con los ritos que se realizan en nosotros. Repre­sentan los poderes que hemos de conceder a los demás y re­cibir de ellos.

Consideremos el sacramento del bautismo, por ejemplo, por el cual una familia acepta la responsabilidad física y es­piritual de un hijo que ha traído al mundo. Nuestro reto, co­mo adultos espirituales, es aceptar simbólica, totalmente y con gratitud a la familia en que nacimos.

En este sentido simbólico, el bautismo también signifi­ca honrar, respetar a nuestra familia y respetarnos a nosotros mismos, perdonando a nuestros familiares cualquier pena o sufrimiento que nos causaron durante nuestra infancia.

El poder contenido en ese perdón es precisamente el po­der que sana al cuerpo.

Los siete sacramentos, con sus finalidades simbólicas, son los siguientes:

Bautismo: Recibir o conceder una expresión de la gracia que representa la gratitud por la propia vida en el mundo físico.

Comunión: Recibir o conceder una expresión de la gracia (en forma de «hostia») que representa la unión sagrada con Dios y con las personas presentes en nuestra vida. 

Confirmación: Recibir o conceder una expresión de la gra­cia que favorece e intensifica la individualidad y la estima propias.

Matrimonio: Recibir o conceder una bendición que sacraliza la unión con otra persona, y que en última instan­cia acepta además a todas las personas presentes en la pro­pia vida como un matrimonio sagrado.

Confesión: Recibir o conceder la gracia para limpiar el pro­pio espíritu de los actos negativos de la voluntad.

Orden sagrada: Recibir o conceder la gracia para sacralizar el propio camino de servicio.

Extremaunción: Recibir o conceder la gracia para concluir los asuntos inconclusos antes de morir.

 

Estas siete fases de iniciación personal representan los poderes innatos que hemos de hacer realidad, los poderes que hemos de emplear conscientemente afrontando los re­tos que nos presenta la vida.

 

El poder simbólico de las diez Sefirot

Las diez sefirot, o árbol de la vida de la cabala, com­prenden una enseñanza compleja que fue evolucionando a lo largo de muchos siglos, una enseñanza increíblemente análoga a la de los chakras y sacramentos. En la cabala me­dieval, las diez sefirot describen las diez cualidades de la na­turaleza divina. Dado que tres de estas cualidades están em­parejadas con otras tres, en realidad las diez cualidades se pueden agrupar en siete planos o niveles, que suelen re­presentarse en forma de un mítico árbol de la vida invertido, con las raíces arriba, en el cielo. En The Zohar: The Book or Enlightenment, Daniel Chañan Matt dice que las diez sefirot se consideran el programa divino de la enseñanza según la cual «el ser humano está creado a imagen de Dios* (Gé­nesis 1,27). Lo Divino comparte diez cualidades con los se­res humanos; estas cualidades son poderes que se nos man­da desarrollar y acendrar en nuestro viaje por la vida.

Aunque el judaísmo defiende el rostro más abstracto de Dios, las diez sefirot describen todo lo que es permisible de la personalidad de Yahvé.

A diferencia de otras tradiciones religiosas, el judaísmo jamás consideró que sus profetas fueran encarnaciones di­rectas de lo Divino. El budismo, en cambio, comienza con un hombre, Siddhartha, que fue ungido para llevar el men­saje de la iluminación a la gente de la tierra; el budismo no describe a un Dios semejante a un ser humano, pero el hinduismo tiene muchos dioses que han venido a la tierra, y el cristianismo tiene al «hijo de Dios»f que vivió treinta y tres años entre los hombres.

Las diez sefirot son las cualidades de lo Divino que tam­bién conforman al ser humano arquetípico. Estas cualidades se interpretan a la vez como la esencia de Dios y como ca­minos por los cuales podemos volver a Dios. Cada cualidad representa un progreso hacia una revelación más poderosa de los «nombres» o «rostros» de Dios.

Estas diez cualidades suelen describirse como vestiduras del Rey, vestiduras que nos permiten mirar al Rey, la fuente de la luz divina, sin cegarnos. La otra imagen, el árbol inver­tido, simboliza que las raíces de esas diez cualidades están profundamente arraigadas en una naturaleza divina que nos atrae de vuelta al ciclo mediante la oración, la contemplación y las obras. Nuestra tarea es ascender a nuestra fuente divi­na desarrollando esas diez cualidades en nuestro interior.

Las cualidades de las diez sefirot, los sacramentos cris­tianos y el sistema de chakras son prácticamente idénticas. La única diferencia está en la forma de numerar los poderes. Mientras los sacramentos y los chakras ponen el número uno en la base y cuentan hacia arriba, las diez sefirot ponen el nú­mero uno arriba (las raíces del árbol) y cuentan hacia abajo.

Aparte de eso, las cualidades atribuidas a cada uno de los siete niveles o planos son casi idénticas.

El orden aceptable de las diez Sefirot, los nombres más comúnmente utilizados y su significado simbólico (véase fig. 4} son los siguientes:

  1. Kéter (a veces se escribe Kether Elyon), la corona su­prema de Dios. Representa la parte de lo Divino que ins­pira la manifestación física. Esta sefirá es la más indefi­nida y por lo tanto la más incluyente. No hay ninguna identidad, ninguna especificidad en este punto de inicio entre cielo y tierra.
  2. Jojmá, la sabiduría. Esta sefirá representa el punto de contacto entre la mente divina y el pensamiento huma­no. Mediante esta energía comienza a formarse la mani­festación física; la forma precede a la expresión real.
  3. Bina, el entendimiento y la inteligencia de Dios. Bina es también la madre divina, la matriz donde todo se pre­para para nacer. Esta sefirá equivale al ánima de Jojmá.
  4. Jésed, el amor o clemencia de Dios; también grandeza. Esta sefirá está emparejada con la quinta, Gueburá.
  5. Gueburá (también llamada Din), poder, juicio y casti­go. Jésed y Gueburá se consideran los brazos derecho e izquierdo de Dios. Estas dos cualidades se equilibran mutuamente.
  6. Tiféret (también llamada Rahamin), compasión, armo­nía y belleza. Esta sefirá se considera el tronco del árbol o, por utilizar un símbolo comparable, el corazón del ár­bol.
  7. Nétzaj (o Nezá), la resistencia de Dios. Esta sefirá está emparejada con la octava, Hod, y juntas representan las piernas del cuerpo.
  8. Hod, la majestad de Dios. Juntas, Nétzaj y Hod forman las piernas derecha e izquierda de Dios. Son también la fuente de la profecía.

 

  1. Yesod, el falo, la fuerza procreadora de Dios, que funde la energía convirtiéndola en forma física. A esta sefirá se la llama también La Virtuosa, y se alude a ella en Prover­bios 10,15 llamándola «Cimiento del mundo».

10. Shejiná (también llamada Keneset Yisra'el y Malkut), lo femenino, la comunidad mística de Israel. Todo Israel es sus extremidades (Zóhar, 3,23 Ib).

 

Cuando Tiféret (compasión) y Shejiná (lo femenino) se fusionan, el alma humana despierta y comienza su viaje mís­tico. En ese momento las sefirot dejan de ser meras abstrac­ciones y se convierten también en el mapa del desarrollo es­piritual, orientando a la persona individuo en su camino de ascenso.

 

Incluso con una mirada al azar vemos que los sentidos arquetípicos de los chakras, los sacramentos y las sefirot son idénticos. Si logra sentir y comprender el poder simbólico contenido en todas estas tradiciones, habrá comenzado a uti­lizar el poder de la visión simbólica. Comprenderá la teolo­gía como una ciencia de la curación del cuerpo, la mente y el espíritu.

Combinar la sabiduría del sistema de chakras con el po­der sagrado inherente a los sacramentos cristianos y las ca­racterísticas divinas expresadas por las diez sefirot nos da una visión profunda de las necesidades del espíritu y cuerpo. Aquello que sirve al espíritu enaltece al cuerpo. Aquello que mengua el espíritu mengua el cuerpo.

 

Cómo funcionan unidos los chakras, los sacramentos y las sefirot

Cada uno de los siete planos o niveles de poder de nues­tro organismo contiene una única verdad sagrada. Esta ver­dad late sin cesar en nuestro interior, ordenándonos vivir conforme al uso correcto de su poder. Nacemos con un co­nocimiento innato de esas siete verdades que están presen­tes, entretejidas, en nuestro sistema energético. Profanar esas verdades, no respetarlas, debilita el espíritu y el cuerpo físi­co, mientras que honrarlas aumenta la fuerza del espíritu y del cuerpo físico.

La energía es poder; el cuerpo necesita energía y, por lo tanto, necesita poder. Los chakras, las sefirot y los sacra­mentos nos hablan del poder que ejercemos al actuar y rela­cionarnos mutuamente, y del hecho de controlar ese poder mediante procesos cada vez más intensos. En el primer ni­vel, por ejemplo, aprendemos a manejarnos con una identi­dad de grupo y con el poder que nos viene de la familia; en fases posteriores nos individualizamos y manejamos el po­der como adultos. Poco a poco aprendemos a controlar la mente, los pensamientos y el espíritu. Cada decisión que to­mamos, ya sea motivada por la fe o por el miedo, dirige nues­tro espíritu. Si el espíritu de una persona está impulsado por el miedo, ese miedo regresa a su campo energético y a su cuerpo. Si, en cambio, su espíritu está dirigido por la fe, la gracia regresa a su campo energético y su organismo bioló­gico se desarrolla bien y prospera.

Estas tres tradiciones sostienen que dejar suelto el espí­ritu en el mundo físico por miedo o negatividad es un acto desleal, que antepone la voluntad personal a la voluntad del cielo. Según la expresión espiritual oriental, todo acto crea karma. Los actos realizados según la conciencia crea karma bueno; los actos de temor o negatividad crean karma malo, en cuyo caso uno necesita «rescatar» su espíritu de ese mié-do que motivó el acto negativo. En la tradición cristiana, el sacramento de la confesión es el acto de hacer volver el espí­ritu de los lugares negativos, con el fin de entrar «completos» en el cielo. En el lenguaje del judaísmo, un miedo que tenga tal poder sobre un ser humano es un «falso dios». Según las palabras de Rachel, mi maestra atapasca, uno hace volver a su espíritu del mal camino para poder caminar recto.

Somos materia y espíritu al mismo tiempo. Para com­prendernos y estar sanos en cuerpo y espíritu, hemos de en­tender cómo se relacionan la materia y el espíritu, qué nos quita el espíritu, o fuerza vital, del cuerpo, y cómo podemos rescatarlo de los falsos dioses del miedo, la rabia y la ten­dencia a aferramos al pasado. La acción de aferrarse a algo por temor ordena a un circuito de nuestro espíritu que aban­done el campo energético y, como dice la frase bíblica, «de­rrame la simiente de vida en la tierra», una tierra que nos cuesta la salud. Lo que agota el espíritu agota el cuerpo. Lo que alimenta el espíritu alimenta el cuerpo. La energía que da vida al cuerpo, la mente y el corazón no se origina en el ADN, sino que tiene sus raíces en la propia Divinidad. La verdad es así de sencilla y eterna.

Hay tres verdades comunes a estas tradiciones espiri­tuales y a los principios de la intuición médica:

  1. Orientar mal el poder del espíritu personal genera conse­cuencias para el cuerpo y la vida.
  2. Todo ser humano se encuentra con una serie de dificulta­des que ponen a prueba su lealtad para con el cielo. Estas pruebas se presentan en forma de desintegración de su base de poder físico: la inevitable pérdida de riqueza, fa­milia, salud o poder mundano. La pérdida activa una cri­sis de fe, que obligará a preguntarse: « ¿En qué o en quién tengo fe?» O: « ¿En qué manos he encomendado mi espí­ritu? Aparte de esas pérdidas importantes, lo que de­sencadena la búsqueda de sentido más profundo y la «ascensión» espiritual suele ser un trastorno físico que pro­duce un cataclismo personal o profesional. Todos tende­mos a mirar hacia arriba cuando sentimos que nos falta el suelo bajo los pies.

3. Para sanar de esa mala dirección de su espíritu, la perso­na ha de estar dispuesta a actuar para dejar atrás el pasa­do, limpiar su espíritu y volver al momento presente. «Cree como si fuese cierto ahora» es la instrucción del Li­bro de Daniel para hacer visualizaciones u orar en el mo­mento presente.

 

En estas tres tradiciones espirituales, el mundo físico pro­porciona el aprendizaje a nuestro espíritu, y las «pruebas» que en él encontramos siguen una pauta bien ordenada.

En el sistema de chakras (véase fig. 5), cada centro de energía almacena determinado poder. Estos poderes ascien­den desde el poder físico más denso hacia el poder más ete­rice o espiritual. Es extraordinario cómo las dificultades o los retos con que nos enfrentamos en la vida siguen también esta pauta. Los chakras uno, dos y tres están calibrados pa­ra los asuntos o problemas que nos exigen poder físico o ex­terior. Los chakras cuatro, cinco, seis y siete están calibrados para el poder no físico o interior. Sí los emparejamos con los sacramentos y las sefirot, no sólo disponemos de un progra­ma para el desarrollo de nuestra conciencia sino también de un lenguaje espiritual de curación, a modo de mapa simbó­lico vital de los inevitables desafíos que encontramos en el proceso cíe curación.

 

Las siete verdades sagradas

Poder externo

Nivel uno: La fusión del primer chakra (Muladhara), o chakra tribal, el sacramento del bautismo y la sefirá de Shejiná.

El poder generado por estas tres fuerzas arquetípicas transmite a nuestros sistemas energético y biológico la ver­dad sagrada Todos somos uno. Estamos conectados con toda la vida y entre nosotros. Todos y cada uno debemos apren­der a honrar, o respetar, esta verdad. Conectándonos con la energía de cualquiera de estas tres fuerzas arquetípicas po­demos conectar con esta verdad. El chakra tribal se hace eco de nuestra necesidad de honrar los lazos familiares y de te­ner un código de honor en nuestro interior. Comenzamos a conocer esta verdad Todos somos uno dentro de nuestra familia biológica, aprendiendo a respetar los «lazos de sangre*. En la familia podríamos también aprender que «Todos for­mamos parte de una sola familia divina», que «todos somos uno* en nuestra iglesia o sinagoga. El lazo con la familia bio­lógica simboliza la conexión con todos y con todo lo que vi­ve. Thich Nhat Hanh expresa esto con la palabra «interser». Profanar o violar este lazo energético, considerando, por ejemplo, que aquellos que son diferentes a nosotros son in­feriores, crea conflicto en el espíritu y por lo tanto en el cuer­po físico. Aceptar y actuar conforme a la verdad fundamen­tal Todos somos uno es un reto espiritual universal.

En la celebración del sacramento cristiano del bautismo, una familia hace un doble compromiso. El primero es acep­tar su responsabilidad física de la nueva vida que ha nacido en ella, y el segundo, aceptar la responsabilidad de enseñar a ese niño o niña los principios espirituales. El cumplimiento de esas responsabilidades crea un fuerte cimiento de fe y ver­dad en el cual la persona puede confiar toda su vida.

Para el adulto espiritual, el sacramento del bautismo en su sentido simbólico supone otros dos compromisos. El pri­mero, la necesidad espiritual de aceptar totalmente que nues­tra familia de origen ha sido «divinamente elegida» para que nos enseñe las lecciones que necesitamos aprender en esta vi­da. El segundo, el de aceptar la responsabilidad personal de vivir honradamente como miembro de la tribu humana, de hacer a los demás lo que querríamos que ellos nos hicieran a nosotros, y de respetar todo lo que vive en esta tierra. Al cumplir esos dos compromisos, lo que hacemos en esencia es bautizarnos y honrar nuestras propias vidas. Renegar de este compromiso, por ejemplo, considerando de modo ne­gativo a nuestra familia de origen, resta muchísimo poder a nuestro sistema energético, porque esto se opone a la verdad superior que está dentro de nuestro sistema energético.

La sefirá de Shejiná, cuyo nombre significa «presencia divina», es la conciencia divina que crea y protege a la comunidad mística de Israel. Desde una perspectiva más sim­bólica y universal, la conciencia divina crea y protege a to­das las tribus de la raza humana. Shejiná es también la puer­ta de acceso a lo Divino: «Aquel que entra debe pasar por esta puerta» (Zohar, l,7b). Esta descripción es muy apro­piada, ya que Shejiná se hace eco del primer chakra, tribal, del sistema energético humano. Para ascender en la verdad espiritual, sugiere, primero hemos de honrar a nuestra fami­lia y a todas las comunidades humanas.

 

Nivel dos: La fusión del chakra de las relaciones (Svadisthana), el sacramento de la comunión y la sefirá de Yesod.

El poder generado por estas tres fuerzas arquetípicas transmite a nuestros sistemas la verdad sagrada Respetaos mutuamente. Del chakra de las relaciones recibimos el po­der de actuar con integridad y honradez en todas nuestras relaciones, desde el matrimonio y la amistad a los vínculos profesionales o laborales. Esta energía es particularmente ac­tiva, ya que vibra en todas las actividades financieras y crea­tivas. La integridad y el honor son necesarios para la salud. Cuando alguien viola de alguna manera su honor o com­promiso, contamina su espíritu y su cuerpo físico.

En su sentido simbólico, el sacramento de la comunión infunde a nuestro sistema energético la verdad de que cada persona «con la que compartimos una unión» es una parte de nuestra vida. Cuando «partimos el pan» con alguien, re­conocemos simbólicamente que todos formamos parte de una sola familia espiritual, la que sabemos que existe por de­signio divino, y que todos nos necesitamos mutuamente pa­ra enriquecer nuestras vidas. El hecho de que algunas de es­tas «uniones» resulten dolorosas es una necesidad. Todos los que forman parte de la vida de una persona tienen un papel esencial en su desarrollo. El desafío es madurar lo suficien­te para reconocer esta verdad y vivir conforme a ella. Desde el punto de vista espiritual, es antinatural considerar enemigas a las demás personas o ser enemigo de sí mismo. Las re­laciones negativas generan energía negativa, la cual obstru­ye la visión simbólica. No podemos ver la finalidad divina en una unión que decidimos interpretar negativamente.

La sefirá de Yesod representa el segundo chakra o ener­gía comunitaria. Yesod es el falo, la necesidad procreadora de sembrar las simientes de vida, de crear materia de la ener­gía, forma de la potencialidad. En esta sefirá, la creación es un acto compartido, un dualismo natural del que nace la vi­da. Yesod simboliza la necesidad energética de formar unio­nes sagradas con otros seres humanos, uniones de las cuales procede la continuación de la vida. Nos sentimos espiritual-mente impulsados a conectar con lo sagrado que hay en otras personas, a fundir el alma con una pareja. La relación íntima es de por sí una forma de unión sagrada, y la sefirá de Yesod nos induce a sentirnos naturalmente atraídos por aquellas personas con quienes es posible una unión sagrada. Viola­mos nuestro espíritu cuando no honramos los votos o las promesas que hemos hecho a otras personas dentro de una unión sagrada, o cuando los quebrantamos de modo des­honroso. A veces la vida nos exige reconsiderar nuestros contratos, y se producen divorcios en el matrimonio y en otras uniones. El acto de divorciarse no es deshonroso en sí mismo; pero debemos ser conscientes respecto al modo en que nos comportamos al retractarnos de una promesa.

 

Nivel tres: La fusión del chakra del poder personal (Manipura), el sacramento de la confirmación y las sefirot de Hod y Nétzaj. El poder generado por estas cuatro fuerzas arquetípicas nos transmite la verdad sagrada Respétate a ti mismo. Las cuatro fuerzas arquetípicas de este nivel nos im­pulsan hacia el desarrollo de la estima y el respeto propios. El chakra contiene nuestro «instinto de supervivencia», la intuición que nos protege cuando estamos en peligro físico y nos avisa de la energía y los actos negativos de otras personas. Violamos esta energía cuando no hacemos caso de nuestros instintos viscerales.

El sentido simbólico del sacramento de ¡a confirmación es aceptar la responsabilidad de la calidad de la propia per­sona. Parte del proceso de tomar conciencia de nosotros mis­mos es una experiencia de «iniciación» o una ceremonia de «mayoría de edad». El espíritu necesita una experiencia o ce­remonia así, a modo de señal o marca del paso a la edad adul­ta; cuando falta este marcador, queda una impresión negati­va o vacía, consciente o inconsciente, que se manifiesta en debilidades psíquicas. Algunas de estas manifestaciones son: la constante necesidad de recibir la aprobación de otras per­sonas, que puede dar origen a identificaciones dañinas con pandillas, sectas u otro tipo de grupos des-aconsejables; la in­capacidad de valorarse, y la incapacidad de desarrollar un sentido de sí mismo como persona individual. La capacidad de obtener orientación intuitiva del propio espíritu está en un fuerte sentido del yo y de respeto por ese yo.

Igualmente importante es el papel de la estima propia, o autoestima, en la curación y en el mantenimiento de un cuer­po sano. Cuando no nos respetamos a nosotros mismos, nuestras relaciones con los demás son estados de intimidad temporal y frágil. Constantemente tememos el abandono porque nuestros actos están motivados por el terror de estar solos. La confirmación propia, es decir, el desarrollo y reco­nocimiento conscientes de un código personal de honor, es importantísima para la creación de un cuerpo sano. No hay salud sin honor.

El sentido simbólico de la sefirá de Nétzaj es la resisten­cia, que es un poder para conservar la fuerza y la vitalidad que supera la capacidad del cuerpo físico solo. Este poder des­pierta cuando aceptamos nuestra vida tal como es, y lo perdemos cuando nos centramos en lo que nos falta o cuando pensamos que la vida es hueca, que carece de sentido. En es­te último caso necesitamos aprender a aceptar la responsabilidad personal de haberla creado. El sentido simbólico de la sefirá de Hod es majestad o integridad, energía que nos per­mite trascender las limitaciones del yo y activar nuestra co­nexión espiritual con la autoridad Divina. La energía de Hod se fortalece desarrollando una actitud de valoración y grati­tud por todo lo que tenemos y por el don de la vida misma. Juntas, Nétzaj y Hod son las piernas simbólicas del cuer­po humano. Junto con las energías masculina y femenina del tercer chakra, sugieren la necesidad de crear una unión espi­ritual de la dualidad interior, y el hecho de que sin autoesti­ma y honor personal jamás podremos afirmarnos sobre nues­tros pies, por así decirlo, sea en lenguaje literal o simbólico.

 

Poder interno

Nivel cuatro: La fusión del chakra del poder emocional (Anahata), el sacramento del matrimonio y la sefirá de Tiféret.

El poder generado por estas tres fuerzas arquetípicas nos transmite la verdad sagrada El amor es poder divino. Este centro de energía es el punto central de poder dentro del sis­tema energético humano, la puerta simbólica de acceso a nuestro mundo interno.

La energía de este chakra nos comunica el conocimien­to de que el amor es el único poder auténtico. No sólo la mente y el espíritu necesitan amor para sobrevivir, cre­cer y prosperar; también lo necesita el cuerpo físico. Viola­mos esta energía cuando actuamos de modo no amoroso con los demás. Cuando albergamos emociones negativas hacia los demás o hacia nosotros mismos, o cuando producimos do­lor a otras personas intencionadamente, envenenamos nues­tro sistema físico y espiritual. El veneno más potente para el espíritu humano es la incapacidad de perdonarnos a noso­tros mismos o de perdonar a otros. Esto inhabilita los recursos emocionales de la persona. El desafío propio de este chakra es perfeccionar nuestra capacidad de amar a los de­más y a nosotros mismos, y desarrollar el poder del perdón.

En su sentido simbólico, el sacramento del matrimonio introduce en nuestra vida la necesidad y la responsabilidad de explorar el amor. Primero hemos de amarnos a nosotros mismos, y nuestro primer matrimonio debe ser simbólico: el compromiso de atender conscientemente a nuestras nece­sidades emocionales personales, para así poder amar y acep­tar a los demás incondicionalmente. Aprender a amarnos es un desafío para todos. Nadie nace amándose a sí mismo; es algo que debemos trabajar. Cuando nos desatendemos emocionalmente, no sólo nos envenenamos nosotros, sino que también inyectamos ese veneno en todas nuestras rela­ciones, en particular la conyugal.

La sefirá de Tiféret, que simboliza el corazón y el sol que hay dentro del cuerpo humano, late y nos transmite las ener­gías de la compasión, la armonía y la belleza, las cualidades tranquilas del amor. La energía que nos transmite Tiféret equilibra todas las cualidades divinas de las diez sefirot. So­mos seres compasivos por naturaleza, y prosperamos en un ambiente de tranquilidad y armonía. Estas energías son esen­ciales para la salud física, así como para el desarrollo emo­cional y los «actos de corazón». Cuando el corazón no re­bosa de las energías vitales del amor y la armonía, ni el dinero ni el poder, por mucho que sea, le permiten estar en paz. Un corazón vacío genera una vida vacía, y ía consecuencia de ello suele ser una enfermedad, la expresión concreta de la fal­ta de armonía que, en el mejor de los casos, atraerá la aten­ción de la mente. Es necesario rectificar las violaciones al co­razón; si no, será imposible la curación.

Nivel cinco: La fusión del chakra del poder de la volun­tad (Vishuddha), el sacramento de la confesión y las sefirot de Jésed y Gueburá.

 

El poder generado por estas cuatro fuerzas arquetípicas nos transmite la verdad sagrada Entrega, tu voluntad a la vo­luntad divina. Esta entrega es el acto más importante que po­demos realizar para dar estabilidad espiritual a nuestra vida. Todos y cada uno de nosotros tenemos cierta conciencia de que hemos nacido para una finalidad concreta, que la vida contiene un plan divino. El quinto chakra es el centro de esa conciencia y de nuestro deseo de contactar con el plan di­vino.

A medida que maduramos, todos tratamos de adaptar nuestra vida a nuestros deseos o nuestra voluntad. Primero nos separamos de nuestros padres, nos independizamos y buscamos una profesión. Después, inevitablemente ocurre algún acontecimiento o crisis. Tal vez un trabajo no se de­senvuelve de acuerdo con el plan, o un matrimonio no fun­ciona, o se contrae una enfermedad. Al margen de cuál sea la crisis concreta, nos encontramos en una situación que nos obliga a afrontar las limitaciones de aquellos recursos inte­riores que nos impiden llevar a cabo con éxito nuestros pla­nes. Una vez que estamos en esa situación inevitable, nos ha­cemos algunas preguntas: « ¿Qué se supone que he de hacer con mi vida? ¿Para qué nací?» Estas preguntas disponen el escenario para ajustar nuestra voluntad al plan divino; ésta es la elección más profunda que podemos hacer.

Esa sola elección, hecha con fe y confianza, permite que la autoridad divina entre en nuestra vida y convierta nues­tros esfuerzos en éxitos y nuestras heridas en fuerzas. Si bien conscientemente podemos o no desear rendir nuestra vo­luntad personal a la autoridad divina, seguro que encontra­remos numerosas oportunidades para hacerlo. Un incenti­vo para hacer esa elección lo encontramos en la vida y las penurias de algunas personas que no experimentaron otra cosa que sufrimientos y fracasos hasta el momento en que le dijeron a Dios: «Toma tú el mando.» Entonces su vida se lle­nó de extraordinarios actos de sincronía y sus corazones de nuevas relaciones. Aún no he conocido a ninguna persona que haya lamentado decirle a lo Divino: «Soy toda tuya.»

En su sentido simbólico, el sacramento de la confesión nos comunica el conocimiento de que distorsionar la verdad va en contra de nuestro diseño natural. Mentir es una viola­ción del cuerpo y del espíritu, porque el sistema energético humano identifica la mentira como un veneno. El espíritu y el cuerpo necesitan sinceridad e integridad para prosperar. Ése es el motivo de que por naturaleza necesitemos librar­nos de todas las distorsiones que nos hemos creado. La con­fesión simboliza la depuración de todo lo que no es honra­do en nuestro interior. Sana el daño que creamos por el mal uso de nuestra fuerza de voluntad. Limpiar el espíritu es el paso esencial del proceso de curación. En los programas psicoespirituales, como el de los doce pasos, la confesión y la entrega de la voluntad personal a «un poder superior a uno mismo» son las bases mismas del éxito. La psicoterapia tam­bién es una forma contemporánea y secular de confesión. La confesión recupera, rescata al espíritu del dominio del mun­do físico y lo reorienta hacia el mundo divino.

De la sefirá de Jésed, que significa «grandeza» y «amor», recibimos el instinto natural y la directriz espiritual de ha­blar de forma que no hagamos daño a otras personas. La co­municación que emplea esta clase de energía no precisa es­fuerzos; la violamos y nos envenenamos cuando no decimos la verdad. En realidad, no debemos confesar nuestras faltas o incorrecciones a otras personas si hacerlo va a hacerles aún más daño. E! sentido de confesarlas es poder reorientar nues­tra energía hacia actos y comportamientos positivos. No es­tamos hechos para criticar a los demás ni a nosotros mismos; sólo pensamos mal de otras personas por miedo. Decir pa­labras hirientes a alguien contamina a la persona a quien van dirigidas y a la que las dice, y el cuerpo físico de esta última la hará responsable de esa forma de destrucción (en el bu­dismo éste es el precepto de Bien hablar). Nuestro conocimiento innato de la responsabilidad genera la culpabilidad que solemos sentir por nuestros actos negativos, y por eso nos sentimos impulsados a confesarlos, para sanar.

La sefirá de Gueburá, que significa «juicio y poder», transmite a nuestro sistema energético el conocimiento de que jamás debemos juzgar intencionadamente a otra perso­na ni a nosotros mismos de modo negativo. Los juicios ne­gativos generan consecuencias negativas, tanto en el cuerpo como en el ambiente externo.

 

Nivel seis: La fusión del chakra de la mente (Ajna), el sa­cramento del orden y las sefirot de Bina y Jojmá.

El poder generado por estas cuatro fuerzas arquetípicas transmite al sistema energético la verdad sagrada Busca solamente la verdad. Del chakra de la mente recibimos la energía para buscar las respuestas a los misterios que se nos presentan. Es un designio divino el que nos impulsa a pre­guntar: « ¿Por qué?», y a desear saber hoy más que lo que sa­bíamos ayer. La energía que irradia este chakra nos orienta constantemente a evaluar la verdad e integridad de nuestras creencias. Como sabemos instintivamente desde que nace­mos, tener fe en algo o en alguien que carece de integridad contamina el espíritu y el cuerpo.

Antes o después, todos nos encontramos en circunstan­cias que nos inducen a cambiar nuestras creencias y a acer­carnos más a la verdad. Maduramos en nuestras creencias pa­so a paso, experiencia a experiencia. La energía del sexto chakra es implacable: nos empuja a abandonar las percep­ciones que no son ciertas. Cuando actuamos en contra de es­ta energía, impidiendo conscientemente que entren verda­des más profundas en nuestro campo mental, se nubla u oscurece nuestro sistema perceptivo.

El sacramento del orden sagrado, en su sentido literal, es el acto por el cual una persona se hace sacerdote y asume ofi­cialmente la tarea de canalizar lo sagrado. Todos deseamos contribuir a que las vidas de otras persona sean valiosas y ten­gan sentido; es una manera de sentir que lo que hacemos es sagrado. (En el budismo, a esto se le llama Bien vivir.) Sea cual fuere la tarea que uno tiene en la vida —sanador, progeni­tor, científico, agricultor, buen amigo—, todos podemos ser transmisores de la energía divina. Logramos simbólicamen­te la ordenación sacerdotal cuando las personas con quienes vivimos o trabajamos reconocen que nuestras contribucio­nes son beneficiosas para su crecimiento personal o espiri­tual. El esfuerzo por apoyar y no juzgar a las personas con quienes vivimos o trabajamos crea en nuestro interior un ca­nal para la energía divina. A las personas que irradian apoyo y amor se las reconoce justamente como poseedoras de una energía ordenada. Son arterias de la intervención divina. Ca­da uno de nosotros tiene la capacidad para convertirse en un canal divino, para ser útil a los demás reflejando la energía sa­grada, que es la definición contemporánea del sacerdocio.

Para ayudarnos a ser ese tipo de canal de la energía y la acción divinas, la sefirá de Jojmá transmite a nuestro sistema energético el impulso para invocar la presencia de la sabidu­ría divina en nuestra capacidad de razonamiento, sobre todo en los momentos en que parece que la lógica humana no nos conduce a ninguna parte. Jojmá nos ayuda a equilibrar el ra­zonamiento y el juicio, a mantenernos adheridos a la verdad y a tomar decisiones que creen las mejores consecuencias, pa­ra nosotros y para aquellos con quienes nos relacionamos.

Respaldando la energía de Jojmá está la sefirá de Bina, que infunde en la energía del razonamiento humano, con fre­cuencia endurecida, el poder más suave del entendimiento divino, más ligado a las emociones. La combinación de Joj­má y Bina nos servirá de sistema interior de orientación, es­timulándonos a trascender las limitaciones del pensamiento humano y llegar, como la figura bíblica de Salomón, a la cla­ridad mental que nos permite fundir el razonamiento divi­no con nuestros procesos de pensamiento.

Cuanto más logramos desprendernos de la tendencia aprendida a juzgar, más abrimos la mente a una clase de en­tendimiento que es de origen divino. El razonamiento hu­mano no puede darnos respuesta a los misterios de la vida; no puede explicarnos por qué las cosas ocurren como ocu­rren. Sólo es posible lograr una auténtica paz respecto a la vida desprendiéndonos de la necesidad de saber el porqué de las cosas desde el punto de vista del razonamiento humano y adhiriéndonos al razonamiento divino: «Hazme saber lo que soy capaz de saber, y confiar en que detrás de todos los acontecimientos, por dolorosos que sean, existe una razón, de la cual puede salir lo bueno.»

Nivel siete: La fusión del chakra del espíritu (Sahasrara), el sacramento de la extremaunción y la sefirá de Kéter.

El poder generado por estas tres fuerzas arquetípicas transmite a nuestro sistema energético la verdad sagrada Vi­ve en el momento presente. Dado que en esencia somos se­res espirituales, las necesidades espirituales son tan impor­tantes para nuestro bienestar como las necesidades físicas, e incluso tal vez más.

El chakra del espíritu nos dice que nuestro espíritu es eter­no. Somos algo más que nuestro cuerpo físico, y esa verdad puede consolarnos durante los numerosos fines de etapa que forman parte de la experiencia humana. La aparente relación del cuerpo con el tiempo cronológico es sólo una ilusión, una ilusión que nuestro espíritu tiene la tarea de revelarnos. Per­mitir que nuestro pensamiento viva demasiado tiempo en el pasado es antinatural para nuestro diseño divino; ese desequi­librio origina deformaciones del tiempo que obstaculizan nues­tra capacidad para vivir en el presente y recibir una orientación espiritual cada día. No le encontraremos ningún sentido a esa orientación si sólo nos concentramos en desentrañar los mis­terios del ayer. Si vivimos totalmente en el momento presente, esos misterios del ayer se desentrañarán poco a poco.

El espíritu de la persona se siente instintivamente atraí­do hacia esta verdad sagrada. De ella recibe la inspiración que la eleva al éxtasis. Prosperamos, y sanarnos, en momentos de éxtasis, cuando el espíritu se hace más fuerte que el cuerpo y el cuerpo puede responder a los mandatos del espíritu.

La necesidad de vivir en el momento presente es apoya­da por el sacramento de la extremaunción. En su sentido li­teral, este sacramento fue creado para ayudar a las personas a liberar su espíritu antes de la muerte. En su sentido sim­bólico, este sacramento reconoce la necesidad de recuperar, de rescatar nuestro espíritu, para concluir los asuntos que quedaron inconclusos en diversos momentos de la vida. La energía de este sacramento nos proporciona la capacidad de soltar nuestras experiencias pasadas para no «llevar lo muer­to a cuestas». El poder y el simbolismo de este sacramento, por lo tanto, no se limitan al final de la vida. Necesitamos, biológica y espiritualmente, poner un cierre a todas las co­sas, y podemos recurrir a esta energía sacramental para que nos ayude a hacerlo. Después de cualquier experiencia dolorosa y traumática, siempre recibimos una orientación in­terior que nos ayuda a desprendernos del pasado y continuar viviendo. Cuando elegimos mantener el pasado más vivo que el presente, obstruimos la circulación de la fuerza vital. Dis­torsionamos el «presente», porque comenzamos a ver todo lo que ocurre «hoy» a través del pasado, debilitando así el cuerpo y el espíritu. Enfermamos por «llevar lo muerto a cuestas» durante demasiado tiempo.

De la sefirá de Kéter, que simboliza nuestra conexión con el mundo de lo infinito, recibimos el conocimiento de que no existe la muerte; sólo existe la vida. A todo el que se haya marchado antes que nosotros nos lo encontraremos nuevamente; ésa es una promesa divina. Estamos destina­dos a descansar en el poder y el consuelo de esa verdad sa­grada.

Nacernos conociendo estas siete verdades sagradas. Lo cierto es que cada uno de nosotros es en esencia «una edi­ción biológica» de ellas. Después se nos enseñan variaciones de estas verdades por medio de las prácticas religiosas de nuestras tribus; y aun en el caso de que no nos las enseñen conscientemente, estas verdades se activan automáticamen­te en nosotros, en nuestras entrañas, en nuestra mente, en nuestro sentido del orden natural de la vida. Cuando madu­ramos, llegamos a comprender su contenido con mayor cla­ridad y profundidad, y cada vez somos más capaces de res­ponder a sus mensajes, de interpretar simbólicamente su información y de ver sus mensajes arquetípicos.

Las verdades contenidas en las escrituras de las diferen­tes tradiciones religiosas tienen por finalidad unirnos, no se­pararnos, La interpretación literal de estas enseñanzas crea motivos de separación, mientras que la interpretación sim­bólica, es decir, ver que todas ellas hablan del mismo diseño de nuestra naturaleza espiritual, nos une. Cuando alejamos la atención del mundo externo y la dirigimos al mundo inter­no, aprendemos a desarrollar una visión simbólica. Por den­tro todos somos iguales, y los desafíos espirituales con que nos encontramos son los mismos. Nuestras diferencias ex­ternas son ilusorias y temporales, meras propiedades físicas. Cuanto más buscamos lo que es igual en todos nosotros, más autoridad adquiere nuestra visión simbólica para dirigirnos.

La fusión de las tradiciones hindú, cristiana y judía en un solo sistema con verdades comunes constituye un potente sistema de orientación que puede expansionar la mente y el cuerpo y enseñarnos el modo de gobernar nuestro espíritu en el mundo.

En la segunda parte se explican con detalle los siete chakras desde el punto de vista de su poder inherente, haciendo especial hincapié en los miedos que nos hacen perder ese po­der. Mientras lee, estúdiese a sí mismo, con la intención de identificar «en qué manos ha encomendado su espíritu».

 

 

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