253- Falsas identificaciones del autoconocimiento

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Falsas identificaciones del Autoconocimiento
"Intentamos conocer el mundo que nos rodea, cuando la
verdadera sabiduría es conocernos a nosotros mismos."
- José Alberto Navarro

En este capítulo trataremos de cómo nos percibimos a nosotros mismos, de nuestra construcción como personas. Es la base de todo lo que sentimos y hacemos en el mundo, a partir de esa construcción personal elegimos nuestro lugar.

Para la legendaria pregunta que los seres humanos nos hacemos desde el principio de los tiempos: ¿Quiénes somos y adónde vamos? hay muchas respuestas. Las respuestas, desde ya, han ido cambiando según las corrientes filosóficas imperantes encarnadas por las culturas en distintas partes del planeta. Pero ante todo debemos definir qué es una identificación. Es, a mi criterio, el apego a una idea. Podemos profundizar esta definición sin embargo básicamente es eso. Nuestra mente funciona así, calca, copia, y una vez que produce ese mecanismo lo archiva. Tal vez nos resulte más fácil ahora que aprendimos a manejar computadoras, las computadoras a su vez nos han copiado a nosotros los humanos. Jorge Luis Borges decía que todo lo que existe en el mundo es una extensión del cuerpo humano y sus capacidades, un puñal es la extensión de la mano, por ejemplo. Y la PC bien puede ser considerada la extensión de nuestra mente.

Las personas necesitamos simbolizar para sobrevivir psíquicamente, así creamos una idea de padre, de madre y de nosotros mismos forjada a través de las experiencias. Pero esas ideas no son estigmas, de hecho pueden ser cambiadas por otras ideas y así ocurre, es inevitable. Por otra parte no son las experiencias en sí mismas las que crean estas huellas o registros sino la interpretación que hacemos de ellas, y ahí también interviene nuestra mente. Claro que el cambio se produce en un tiempo que relacionado con la vida humana es muy extenso. La fuerza del cambio o de la evolución es una cualidad de la energía y por lo tanto tiene la pujanza constante de lo que no se doblega, pero la tendencia al arraigo también lo es. Una vez que una persona crea su propia imagen de sí, se aferra a ella y si no adquiere una actitud consciente, posiblemente muera con esa representación mental de lo que cree que es, debido a que opera un principio de inercia. Todo es energía, la mente y nuestras emociones también lo son.

Volviendo al planteo inicial de las transformaciones según las épocas, podemos decir que para una sociedad muy estratificada socialmente como la nuestra el "quién soy" individual suele estar registrado y enmarcado por esa desigualdad y la respuesta es: soy el que está por encima del otro socialmente o soy el que está en la línea tal o cual de la sociedad. Sobre todo que tiene una connotación económica muy marcada.

La manera de pensarse es en oposición al otro. De allí que la competencia tenga tanto arraigo en este proceso de delinear la propia identidad, la persona se está midiendo constantemente con un afuera, una pauta externa que no le permite encontrar en su interior su propia dimensión. Esto explica porque es tan difícil dejar de ver el exterior y a los demás y descubrir mi maravilloso ser, esta introspección es algo que muy difícilmente en nuestra cultura nos enseñan.

Uno de los ejemplos más básicos para explicar el cambio de conciencia es el pasaje de la Edad Media al renacimiento europeo, el cambio fue importante y la cosmovisión humana se transformó, dio un salto. La identidad del ser humano de la Edad Media se forjaba comunitariamente con relación a una figura paternal que era la de Dios, el concepto de individualidad surge en el Renacimiento y se expresa en ese afán de notoriedad pública que observamos en los llamados genios de la pintura, en artistas y en científicos. Esto se corresponde con un avance de la clase social llamada "burguesía" agrupada en las ciudades, nace el llamado mundo moderno vinculado al desarrollo de la escritura que, con la invención de la imprenta, se populariza.

La escritura ha fortalecido el desarrollo del hemisferio izquierdo del cerebro, que como sabemos tiene la función de separar, clasificar y analizar. El cambio que estamos viviendo en este momento es semejante aunque en un grado mayor y la revolución ya no es mecánica sino cibernética. Muchos cuestionan que tanta gente se pase horas frente a las pantallas de TV o PC, pero es un proceso de compensación, porque la imagen desarrolla el hemisferio derecho del cerebro que tiene la función de integrar, simbolizar y relacionar y así se contrapesan siglos de decodificación de escritura.

Entonces tomando el ejemplo de aquel salto del siglo XVI que a la pregunta clásica de quiénes somos, respondió: somos los hacedores de un mundo moderno y ya no nos definimos por ser los hijos de un Dios todopoderoso, hoy podemos respondernos de una manera un tanto más confusa. Más allá de las convicciones religiosas de cada persona o de la filosofía imperante, en Occidente la respuesta se tambalea y se viene tambaleando desde hace unas cuantas décadas. Sin irnos demasiado lejos podemos observar el modo en que nuestros próceres nacionales construían esa identidad a la que podemos llamar filosófica. Eran los forjadores de la nación y a esa causa entregaban su vida, debido a que en el proceso de forjar la identidad individual, la consolidación de la nación y su pertenencia a ella constituían el marco de esa identidad.

Eran en tanto y en cuanto se sentían formando parte de una comunidad nacional. Hoy podemos sonreír cuando escuchamos que tal o cual prócer nacional dijo antes de morir determinada frase, puede parecérsenos exagerado que alguien piense en la patria o en ganar una batalla en el momento de morir, pero sea o no cierta la frase dicha, expresa una cosmovisión. En ese sentido nuestros antepasados no tenían conflictos. La nación era su identidad. El siglo XX extendió fronteras y la nación dio paso a la ideología y la pertenencia a un país no otorgaba tanta identidad como la filiación a una doctrina de carácter político. El siglo XX fue el siglo de las ideologías, del mismo modo que dos siglos antes los vástagos de un reinado se sentían plenos por seguir los mandatos de su rey.

Podemos trazar una línea que va desde el clan o la tribu, los imperios, los reinos, las naciones hasta las ideologías. Hoy, aunque nos sentimos parte de una nación, nuestra identidad no está puesta en ese marco. Porque la identidad nos da la sensación de plenitud y en la evolución de nuestra conciencia esa etapa ya fue incorporada, es decir que ya lo aprendimos, ahora necesitamos aprender otra cosa. Si la identidad es ese espejo que nos muestra quiénes somos. ¿Quiénes somos hoy para nosotros mismos? ¿Cuál es la imagen que reflejada nos permite reconocernos y sentirnos completos, íntegros y parte de una unidad mayor?

Yo, por ejemplo, son mexicano y ciudadano de Toluca, pero también me siento latinoamericano y también me siento ciudadano del mundo. Y hace muy poco que el planeta no me alcanza porque sé que más allá hay seres y concepciones que también me definen. No me alcanza esta configuración geográfica para trazar una imagen de mí misma frente a mí misma.

El año pasado escuché en un seminario dado por Mónica Sokolosky que es una empresaria argentina que trabaja comprometidamente además para desarrollar la conciencia realizando talleres y seminarios, ella dijo al pasar que existen cuatro identificaciones que son falsas pero que en algún momento y en mayor o menor medida están funcionando en la actualidad. Cito, aunque no por orden de importancia ya que no existe tal orden.

La identificación con el pasado.

Esta es una de las más encarnizadamente apegadas en nuestra cultura. Es obvio que somos el resultado de una serie de tendencias, en eso se basa la psicología en todas sus ramas, la antropología también hace su aporte y ahora la neurociencia y la biología han entrado a tallar para ofrecer sus descubrimientos con mucho más peso en esta profundización de los condicionamientos humanos. Las tendencias existen, sin duda, pero hasta dónde le otorgo todo el poder a esas tendencias. La vida se sostiene igual que la estructura de una obra de arte, es decir en el contraste y la polaridad.

Si la fuerza no tiene otra fuerza equivalente que se le oponga no existe la vida. Creer que porque tuviste una infancia desdichada en tu vida, será siendo desdichada es una idea forjada por una corriente cultural que no es una verdad. Nada de lo que te ha sucedido en el pasado sea lo que sea determinar lo que deseas ser en el futuro.

Si yo creo que las tendencias del pasado tienen más poder que mi propia capacidad de evolucionar y que mi voluntad y mis deseos de vivir, le estoy entregando el poder de mi creencia (que es sólo una creación de mi mente) y a partir de una creencia se estructura toda la cosmovisión de una persona, se abre un marco y en ese marco se organiza el saber. Y si lo pensamos bien es un contrasentido. La vida se define a cada instante.

La vida se reformula en cada acto de nuestra respiración. Para los que como yo creemos en la trascendencia, es decir en que este núcleo de conciencia que nos conforma como humanos y que no se desintegra cuando el cuerpo ha agotado su experiencia en la tierra sino que continúa como una energía aglutinada y sigue su viaje a otro plano de existencia, sea reencarnando o pasando a otras dimensiones para reencarnar o no más adelante, las creencias son más frágiles que para los que suponen que todo se juega en este plano tridimensional del mundo de la materia. Ese núcleo de conciencia llamado "alma" por los católicos, "atma" por los hindúes tiene una unidad en sí y una memoria de sí, de modo que no se dispersa por el simple hecho de desprenderse de la materia densa, ese conjunto de materia sutil que podemos llamar alma o como se nos antoje, responde a las leyes de la física que entre otras tantas aseveraciones sostiene que “en la naturaleza nada se pierde, todo se transforma”, es un antiguo axioma que aprendimos en el colegio. Desidentificarnos con el pasado no es tan difícil si tomamos conciencia de que es una línea de pensamiento que construimos.

De un modo correlativo se trata de no identificarnos con nuestra mente. Es preciso hacer una tarea de descondicionamiento y los caminos son muchos, las técnicas proliferan, la neurociencia nos demuestra que cada experiencia produce una huella cerebral pero también podemos modificar el funcionamiento produciendo hormonas que van cambiando la configuración de nuestro cerebro. Es cierto que hay condicionamientos determinantes en casos de violadores seriales, en los registros de la adicción a drogas, pero aún en este último caso es posible estacionarse y frenar así el automatismo como lo atestigua el éxito de los grupos de Alcohólicos Anónimos y químico dependientes. Personalmente confieso que despegarme del pasado no es lo que más me ha costado o quizá estuve cuarenta años intentándolo y a la larga creo haberme despegado, pero la trampa al menos en mi caso fue apegarme a la siguiente identificación que es:

La identificación con el futuro.

Cuando nos identificamos con una imagen forjada por nosotros mismos, tendemos a creer que allí está nuestra identidad y con el correr del tiempo esa identidad se va fortaleciendo, pero está apoyada en una falsedad. Una de las identificaciones que tendemos a realizar y con la que justificamos la mayor parte de nuestra vida suele ser la identificación hacia el pasado, desarrollada mínimamente en el artículo de abajo, la otra es: La identificación con el futuro: Esta identificación puede darse en distintos niveles. En mi caso descubrí que se producía en una falta de conexión con la vida misma colocando todas mis aspiraciones en un lugar que no había llegado y que nunca llegaría, porque el futuro es eso, una utopía, NO EXISTE, solo existe en nuestra mente.

Por un lado me declaro optimista y siempre estaba a la espera que aparecieran las manifestaciones de lo anhelado. Sin embargo las circunstancias históricas, como era de esperarse, influyeron también. Formé parte de la llamada generación de transición después de ruptura con lo establecido que comenzó en los 60´s.

No es necesario haber adherido a estas ideas para haber sentido su impacto, nadie escapa al influjo de su época debido a que existen campos de energía en las sociedades que afectan a todos sus integrantes; o como dice Carl Jung somos parte de un inconciente colectivo. En aquellos años estaba en auge los hippies que pretendían darlo vuelta todo. Esta cosmovisión ponía el acento en la transformación social, sea esta política o de costumbres, lo que promovió la predisposición a endiosar ese “después” que vendría luego del cuestionado hoy. En cierto sentido fue una generación de soñadores llenos de nostalgias del tiempo que vendrá.

Desde un punto de vista espiritual, la identificación con el futuro es menos fácil de detectar que la identificación con el pasado, incluso el arte se ha ocupado de crear esos personajes vetustos encerrados en una casa o aferrados a lo antiguo como paradigmas del apego al pasado, pero la identificación con el futuro goza de bastante buena salud en nuestra moderna sociedad. En realidad la teoría positivista lógica que tuvo tanto peso desde fines del siglo XIX se apoyaba en la idea de que el progreso indefinido de la ciencia nos llevaría a la felicidad humana sin medida. Y nosotros nos formamos culturalmente con estas ideas, de modo que necesitamos revisarlas.

Si observamos bien la propaganda que nos bombardean desde los medios de comunicación se sustenta en este concepto filosófico: el jabón es el mejor porque lava mejor, pero pronto va a salir otro que lava más. Y aunque sea el mismo jabón le cambian el paquete, lo adornan y nos hacen creer que es otro más eficaz. Así con los celulares, ahí tenemos un buen ejemplo, no basta con que los celulares que son maravillosos y útiles sirvan para hablar, sirven para enviar mensajes de texto, para usar como calculadoras, para entretenernos con juegos, para sacar fotos y pronto nos van a servir para rascar la espalda.

Cuando nos ofrecen un producto nos están vendiendo una ilusión. Trabajé algunos años en el rubro de turismo y solíamos decir que no le vendíamos a la gente pasajes o excursiones, sino ilusiones de un momento feliz en el futuro. El sistema de compra venta de mercancía que nos induce al consumismo se apoya en la visión filosófica del positivismo lógico. Está todo muy bien, el problema es lo que subyace en la base de esa carrera loca: y es la desconexión con el presente porque la identificación con el futuro se apoya en la insatisfacción del presente.

Esto va creando un control mental que nos impulsa a colocar nuestra conciencia en un afuera lejano. Todavía el positivismo lógico como modelo de pensamiento rige nuestra vida y en el fondo sentimos o creemos que acumulando más bienes de consumos seremos un poco más felices. O que lo bueno y lo que mejorará mi vida viene de afuera y ese afuera puede estar representado por muchas cosas y en esencia se trata del futuro mismo como un lugar por ahora inaccesible. Aunque hayamos revisado este concepto, sobrevive y se mezcla con lo que digerimos día a día.

Lo que cifra esa espera del futuro puede estar llenado con la acumulación de información, o prestigio, sin darnos cuenta nos desviamos hacia la carrera mental como una boca abierta hacia exterior que nos garantizará placer, satisfacción o lo que mi persona considere satisfactorio. La idea de acumulación está vinculada con la falsa identificación con el futuro. Es como esos animalitos que guardan comida para el invierno. La sociedad moderna tiene hambre de futuro y nos crea apetitos constantes. Este futuro se nos presenta tan inapresable que pretendemos alcanzarlo y, como no tiene cualidad en sí mismo, intentamos agarrarlo con la cantidad. La cantidad, la acumulación nos liga al mundo material, la cualidad, en cambio, nos vincula al mundo de las representaciones, a los símbolos, a lo que tiene sustancia y no puede ser descartado.

La identificación con el futuro es en la actualidad muy poderosa porque la sostiene la insatisfacción, la prueba está que tienen tanto éxito los adivinos y todas sus variantes, no siempre en un sentido de auto indagación genuina que en eso el tarot y la astrología psicológica hacen aportes valiosos, sino como tanteo de lo que está por venir fuera del alcance de mis propias decisiones. Si me identifico con el futuro, es decir si creo que mi identidad está forjada por lo que llegaré a ser o llegaré a tener o llegaré a protagonizar, apoyo mi propia vida en un vacío, en la espera, en el “mientras tanto”.

Lamentablemente la práctica política muchas veces se sostiene excesivamente en esto como son muchos movimientos de izquierda en el mundo, todo estaba puesto en un futuro absolutamente lejano llamado “revolución” sin que los indicios concretos del presente respaldaran los pasos dados y por eso, si las condiciones no estaban dadas, la propuesta revolucionaria afirmaba que había que crearlas incluso contra los deseos del pueblo mismo. Cuando la propia existencia se sustenta en el futuro, se pierde la noción del valor de la calidad de vida; como ejemplo, basta ver el nivel de vida de los cubanos hoy.

Si hay algo que caracteriza nuestra existencia humana es la revolución permanente, pero permanente no en la espera de un acontecimiento prodigioso ó revolucionario situado fuera de nosotros mismos y que nos cambiará de lugar y nos hará felices de la noche a la mañana, no para nada, sino permanentemente en forma interna: cambian nuestras células, cambia el ritmo y la velocidad en que los electrones giran alrededor del átomo dentro de nuestra materia. Cambian nuestras ideas sobre el mundo y sobre nosotros mismos.

Cambiamos nosotros y esta es una buena metáfora para sentir que el futuro está en nuestro presente. Por desgracia muchas ofertas de venta de productos, muchas teorías religiosas y sectarias se consolidan fortaleciendo está falsa identificación que otorgan una identidad pasajera a las personas. Como por ganar la lotería o esperar al esposo ideal o al romance o a la mudanza a un barrio más distinguido. Y mientras esto ocurre, la persona se desvincula con su centro colocando sus expectativas en un lugar ajeno a su propio poder de transformación. La identificación con el futuro debe ser muy tentadora para nosotros, ya que es el argumento más sólido del lenguaje publicitario y de los discursos políticos y algunas sectas religiosas que terminan ofreciendo sueños dorados para tapar la insatisfacciones personales, por lo tanto es la que más necesitamos revisar. Se explica perfectamente que esta identificación con el futuro tenga tanto arraigo: toda la cultura Occidental se nutre de lo exterior, de lo que viene de afuera.

Debemos recordarnos una vez más que las llaves están siempre adentro de nosotros. La identificación con el futuro es igual a las otras tres identificaciones, absolutamente falsa y no tiene nada que ver con lo que somos en verdad, en lo profundo. Y si pensamos un poco en el hambre de fama que se percibe en tanta gente no es otra cosa que una identificación con el futuro, se ponen todas las expectativas en ese “llegar a ser”. Tengamos en cuenta que la identificación falsa es una idea autoengañosa que nos hace creer lo que no somos y así perdemos nuestra verdadera identidad y es el camino más directo hacia la desdicha. Ya que de eso se trata estar aquí en el mundo: llegar a ser feliz.

Otra de las falsas identificaciones es:

La Identificación con el lugar social.

Esta identificación ha sido y es muy importante. Cuando a alguien se le pregunta quién es, responde: Soy médico, soy madre, soy maestro, soy empleada, etc. La cultura ha hecho que la gente se identifique con aquello que realiza en el mundo para subsistir materialmente o, en suma, ganar dinero y como la sociedad se ha brutalizado en ese sentido, la gente estudia, dedica todo su tiempo a eso, en prepararse para ganar dinero. Y luego como dedicó todo el tiempo de su vida, es decir su vida misma para aprender a ganar dinero, se define por el rol. Existe una clasificación de la gente que nos llegó de Estados Unidos en la que se divide al mundo en dos grandes grupos: ganadores o perdedores.

Eso es una barbaridad, ya que una vez que se identifica a la persona con uno de los dos le queda como estigma. Nadie es ganador o perdedor desde el vamos, lo erróneo es que esta calificación se basa en ganar dinero o éxito social. Esta clase de visión produce violencia y es una visión clasista. Si vamos a importar ideas que sean un tanto más ecuánimes ¿no? Se escucha con frecuencia últimamente “Fulano es un winner”. Es un error enorme definir a las personas por un solo aspecto de sus vidas y encima por un aspecto tan superficial. Un famoso escritor dijo que esos escritores que van con sus manuscritos a las editoriales y no los publican resultan patéticos.

Con ese criterio Borges, Faulkner, Kafka y tantos otros, han sido patéticos, el valor que subyace en este comentario es el mismo que ha creado la idea de perdedores y ganadores. Si tomo al éxito, que es un síntoma cambiante y frágil, como patrón de medida, le pongo el sello de mi propia emocionalidad a cada cosa en tanto responda a mi deseo o no. Es patético para él cuya medida es el éxito y no el valor literario en sí mismo que no depende casi nunca de la cantidad de libros vendidos ni de la fama del escritor.

¿Qué evolución espiritual puede tener una persona que focaliza todo su ser en el rendimiento que otorga una imagen externa, una visión adornada para los demás? Esa persona queda apresada en la figuración. Vive para el afuera. Esta característica de poner la autovaloración en un criterio ajeno a la persona misma es un rasgo del patriarcado basado en la dominación del más fuerte, en las jerarquías y por lo tanto en el sometimiento. Ese esquema no sirve más. Es obsoleto. El desarrollo espiritual tiene que ver, ya lo he dicho, ante todo con la felicidad, con la alegría. ¿Y eso cómo se mide desde afuera?

Hemos visto últimamente cómo la gente se enferma y muere por exceso de trabajo. El exceso de trabajo es un síntoma de la enfermedad del ego. Las enfermedades en boga son el resultado de esa falsa identificación con el lugar social: fobias, estrés, cardiopatías, enfermedades derivadas del agotamiento. Hay una tendencia en la actualidad en los grupos espirituales a responder cuando la gente recién se conoce, sin decir su profesión, porque eso encasilla a las personas y crea también falsos escalafones. La gente, al presentarse a otras personas, responde diciendo su nombre y detalla apenas su proceso de autoconocimiento. Es una forma de relacionarse desde lo profundo y no desde lo aparente. Occidente le ha otorgado gran valor al hacer, al accionar en el mundo, y eso es el resultado de la falta de afecto.

Hay que hacer, mostrar, para sentirse apreciado, porque las personas no son valoradas por el simple hecho de ser personas, tienen que ganarse su lugar incluso en el interior de las familias. Las personas se levantan cada día y se dicen secretamente: Tengo que demostrar que valgo. Y se dejan llevar por la loca carrera de la acción. ¿Qué clase de valor es ese que me lleva a la muerte o al agotamiento? ¿Qué valor humano es el que hoy me otorga reconocimiento colectivo y mañana me tira a la basura?

He citado tres falsas identificaciones que son:
La identificación con el pasado
La identificación con el futuro
La identificación con el lugar social

Identificación es el apego de nuestra mente a una idea que el propio ego forjó de sí mismo y con la que construye un símbolo de lo que cree que es. Y existe una última identificación que tal vez sea la más encubierta y es:

La identificación con el lugar de los otros.

Esta identificación es peligrosa porque se confunde con solidaridad o buenas intenciones. Aunque también se sustenta en la tendencia humana a la proyección. Nos proyectamos en lo que nos rodea, sean personas, situaciones, impedimentos, circunstancias, etc. A veces el peso del obstáculo es tal que le damos una mayor envergadura y se convierte en el eje de nuestra vida.

Puede ser un familiar enfermo, una madre indiferente o ausente, un empleo engorroso, aburrido o exigente, una dificultad monetaria perpetuada en el tiempo, cualquier elemento que obstaculiza nuestra vida presente, entonces lo primero que se nos cruza por la mente es afirmar: -Ah, si no estuviera esto en mi vida todo sería mejor.

Así la mente comienza otra vez su operación clásica de separación. Rechazando lo que nos está ocurriendo, nos escindimos interiormente. La solución no es identificarnos tampoco con su opuesto complementario, lo que equivale a una forma de negación, ya que en realidad se nutren de una misma energía porque es la misma energía oscilando en sus dos polos, sino transitarlo, aceptarlo sin apegarnos a eso, sin hacer jugar nuestra identidad en eso. La trampa en el caso de esta falsa identificación reside en que tomamos esa prueba en nuestra existencia como un obstáculo que habría que extirpar y no como un desafío y una oportunidad.

Me atrevería a afirmar que todos, en mayor o menor medida, experimentamos un grado de esta falsa identificación. Nuestro nivel evolutivo no nos permite todavía comprender que todo lo que experimentamos, que todo lo que nos produce dosis de dolor es necesario para alguna clase de aprendizaje que necesitamos alcanzar, por ese motivo seguimos creyendo que si pudiésemos quitar alguna cosa, al menos una, nuestra vida despegaría.

Y es un error. Ese obstáculo al enfrentarse con nuestra resistencia a aceptarlo, se fortalece, en realidad lo fortalecemos nosotros con nuestra manera de enfocarlo. Y lo convertimos así en un emblema de nuestra incapacidad. Pero eso que está allí afuera, ese lugar del otro, es el reflejo de algo que está dentro de mí y lo que puedo modificar es lo que está adentro, sólo así su resonancia, que se ubica afuera, experimentará cambios.

La situación económica difícil suele funcionar como chivo expiatorio perfecto en esto del lugar de los otros. Nos olvidamos de que todo lo que nos rodea es el resultado de nuestro propio comportamiento y de nuestro modo de pensar. O en todo caso de algo anterior a este cuerpo. Este es el lugar de la victimización y el tema da para muchas páginas. Toda victimización resulta de una interpretación errónea de la propia situación actual.

Y la identificación con el lugar de los otros es proclive a la victimización. Siempre hay algo que podamos hacer para modificar nuestra situación, pero en el caso extremo de no poder hacerlo, siempre está modificar nuestra mirada sobre esa situación y eso nos ubicará inmediatamente en otro lugar. Cada una de estas cuatro falsas identificaciones pueden ser profundizadas pero todas se basan en una idea equivocada sobre nuestro concepto de persona. Es importante que reflexiones sobre ellas porque tarde o temprano nos daremos cuenta de que oscilamos entre una y otra a lo largo de nuestra vida, a veces en apenas un acercamiento.

Al menos eso me pasa a mí. La identificación con el lugar de los otros merece especial atención. La mayoría de las personas siente que es injusto que haya vivido o viva determinado dolor o condicionamiento. Y ahí está la clave de su evolución. La aceptación de todo lo que soy, he vivido y me rodea es el gran primer y último paso en este camino de autoconocimiento.

Hace unos cuantos años un amigo me hizo el siguiente comentario: "Fulano se la pasa criticando a su trabajo, no se da cuenta de que si no aprende a valorar su actual trabajo, nunca podrá tener otro". La mayoría de la gente cree que es al revés, que si cambia lo externo cambiará su estado de ánimo. Impone en el afuera, en ese otro una condición y así condiciona su propia vida. Es una modificación en su actitud hacia lo que tiene y lo rodea lo que producirá una acercamiento a lo anhelado. Recuerdo el principio Hemético Universal: “Lo que es adentro es afuera”.

Y aquí la parábola de Cristo sobre las dos mejillas encuentra su ubicación. Poner la otra mejilla es aceptar la dualidad de lo que llega a mi vida y abrazarla enteramente. Ese es el camino crístico. La energía al no encontrar oposición en mi mente abre canales. El lugar del otro o si se prefiere, el lugar de lo otro, es una circunstancia que la vida pone delante de mí a manera de desafío y prueba. Personalmente esta es la falsa identificación en la que yo necesito trabajar más, indagar más.

No somos meros condicionamientos del pasado, ni la pura potencialidad de lo que se supone podemos llegar a alcanzar en un futuro, no somos nuestra profesión ni tampoco somos eso que las circunstancias familiares o sociales nos determinaron, el único lugar posible es el del presente.

Y el presente es un lugar inestable, cambiante, fluctuante pero en el que todo es posible y en el que a la vez todo, como acabo de decir, no deja de transformarse. De modo que no hay posibilidad de aferrarse a nada de modo permanente. Cuando nos aferramos mediante una operación mental a alguna idea fija, ya sea esta de sobrevaloración o de limitación o impedimento, cuando nos aferramos a alguna persona o a alguna circunstancia, frenamos el fluir de ese presente. Y así detenemos nuestra evolución. La vivencia del presente nos ubica en lo que los budistas llaman la impermanencia.

No, no es para nada fácil ocupar este lugar, sin embargo es el único lugar donde la vida fluye, cualquier identificación es un acto de freno y congelamiento, pensemos que en los otros cuatro lugares la vida se estanca, la mente encuentra sus parámetros preferidos que son la solidificación de lo conocido. O la ilusión hueca. Habitar el presente no es factible si la mente toma el comando, el presente sólo puede habitarse siguiendo el llamado del propio corazón. Las ideas prefijadas desfallecen frente al cambio constante. Las coordenadas están regidas por las funciones de oposición, separación y detenimiento.

Pero la vida no funciona así, basta mirar alrededor, si no nos armonizamos con los movimientos de la vida, entramos en fricción con sus leyes y sufrimos. Eso es lo que ocurre. Ahora bien, para poder sostener este habitar en un presente cambiante debemos poseer algo que nos sostenga para no caer en el vacío. Yo personalmente creo en la evolución y en la trascendencia del ser humano, lo que supone que la tierra es un planeta escuela, un paso más en un largo camino siempre ascendente para mi conciencia. Pero para quienes no creen en esto, la vida misma con sus leyes permanentes puede ser la sustentadora de este movimiento magistral e inevitable que significa transitar por ella: vivir. La vida es más sabia que los trucos de nuestra mente.

Es importante recordar en nuestra mente oscila y, cuando necesita encontrar una energía densa, elige alguna de estas cuatro falsas identificaciones y así se desconecta del verdadero ser que no está relacionado o no depende del lugar social, del espacio de los otros, ni del peso de lo ocurrido antes ni del anhelo de lo que vendrá. Es preciso que estemos alerta y revisemos constantemente nuestro concepto de persona, porque una identificación falsa equivale a sufrir del mismo modo en que identificarnos con nuestro ser interno es fuente de dicha. Para nuestro ser interno no hay tiempo y los lugares no dependen del espacio tridimensional. Desde ya esto sólo es posible únicamente despertando ese otro órgano de conocimiento adormecido por la cultura: nuestro corazón. El amor que sentimos es lo único que puede definirnos más cabalmente.

Hasta aquí he desarrollado someramente la tendencia de nuestra mente a identificar a nuestra persona con situaciones o aspectos que nos alejan de nuestro verdadero ser. A esta tendencia la clasifiqué en cuatro grupos llamados falsas identificaciones. Y son: La identificación con el pasado La identificación con el futuro La identificación con el lugar social La identificación con el lugar de lo otro o del otro Obviamente estas son llamadas falsas identificaciones porque nos dan una sensación de identidad que se apoya en una mentira, debido principalmente que la identificación se produce con un parámetro que es variable y como tal puede desaparecer.

Por ejemplo, la falsa identificación con el lugar social puede basarse en el dinero que una persona tenga y nada hay más volátil que el dinero, pero también se puede apoyar en su éxito profesional que, aunque se presente sólido y asentado, puede coartarse, incluso una habilidad artística puede perderse por quiebres físicos o mentales. De modo que la identificación con el lugar social como forma de crearse una identidad es endeble y curiosamente suele ser la que más otorga identidad actualmente, ya que vivimos en una sociedad que pone su punto de mira en la apariencia exterior.

Recuerdo que estando en un país caribeño, amigos de ese lugar insistían en llamarme “ingeniero” antes de decir mi nombre. Le pedían al mozo esto o aquello para el ingeniero. A mí me daba mucha risa y les aclaraba que yo no era necesario que me nombraran así, pero para ellos era importante que yo aparentara serlo. Salvando las diferencias culturales entre países, en México los títulos profesionales substituyen a los nobiliarios europeos; trabaje en una empresa trasnacional y en mi labor profesional se de muchas otras donde no se usa el título profesional, simplemente Sr. Fulano, Srita X, etc… a efecto de no poner trabajas por diferenciación al ambiente laboral.

El efecto de una identificación de la persona con su rol social suele ser el individualismo, la actitud competitiva y el engreimiento, que conlleva desprecio hacia terceros. El apego al pasado y la identificación de la propia identidad con lo perdido se manifiesta en personalidades depresivas, negativas, pusilánimes, que se desconectaron de su capacidad para ver las oportunidades de crecimiento que ofrece el momento presente.

Aunque quizá el resultado más visible o notorio de la identificación con el pasado en los tiempos que corren son esas personas que no aceptan el paso del tiempo y viven haciéndose cirugías para aparentar una edad distinta a la que tienen. La identificación con el futuro está a la orden del día y se expresa en fobias y estrés y en los tan populares ataques de pánico, que son hijos de la ansiedad y la ansiedad podría considerarse como la enfermedad básica que nace de la identificación con el futuro.

El efecto más visible para mí de la identificación con el lugar de lo otro, es la inhabilitación de una persona para centrarse en sí misma y auto observarse, porque todo en ella tiende a creer que el impedimento para su goce está en la situación que considera impuesta por la vida. Eso que se presenta, al no ser aceptado, se convierte en un mole que obstaculiza el fluir de la energía. De esta manera la persona se paraliza a la espera de que se produzca un cambio en su vida exterior, sin descubrir que ese supuesto escollo es la gran oportunidad para su transformación. Una vez más el poder está puesto afuera, ha sido entregado.

Claro que todo esto es muy fácil enunciarlo y muy arduo llevarlo a la práctica. Sin embargo no bien nuestra conciencia enfoca un problema tiende a encontrarle la solución, el solo hecho de detectar el conflicto es prácticamente la garantía de un camino de superación. Y no es puro optimismo, lo difícil es detectar el conflicto, saber cuál es el problema, porque nuestra mente tiende a ocultárnoslo para continuar en lo conocido. Tomar conciencia es una llave y un disparador a la vez.

No bien la mente descubre la dificultad, ya nada es lo mismo y, tarde o temprano, se activa la auto – transformación. Creo que esto se produce por el movimiento de la energía que responde a la polaridad. Al focalizar el conflicto se promueve un movimiento de los dos polos que están siempre conectados. Así que tomar conciencia es un reto y una responsabilidad que nos empuja inevitablemente a un cambio de estado. Incluso en el marxismo hay una premisa que dice algo así como que cuando se identifican las raíces de un problema, están sentadas las bases de su solución.

Podría explayarme sobre los efectos de estas falsas identificaciones hasta el cansancio, lo que considero importante para mí y, por la misma razón, para los demás, es detectar en ciertos momentos de mi vida, cuándo me estoy identificando equivocadamente, cuando mi persona se apega a un concepto de lo que no es en verdad. Y así, descartando erróneos apegos, se va fortaleciendo mi identidad genuina en ese intenso camino de ir hacia adentro. Las guerras y disputas en el mundo entre las personas, las naciones y las culturas, se deben a que cada uno de nosotros cree ser quien no es y choca con lo que el otro a su vez cree ser.

Es la lucha por el poder mundano que nos impide el acceso al amor, al intercambio desinteresado y la valoración del semejante. De modo que revisar nuestras identificaciones es la base de todo camino de autoconocimiento. Sé que he sido redundante en estos cinco artículos, pero sigo creyendo que son importantísimos o, mejor dicho, que importa trabajar en esto. Yo lo continúo haciendo. Hay vidas enteras identificadas completamente con una de estas formas erróneas.

El mundo con sus valores superficiales nos empuja a creer que somos algo distinto de lo que somos. Cuando creemos que nuestra identidad está asociada con algo, luchamos por defender lo que entendemos nos define y esa lucha nos aleja de los demás, porque instaura una suerte de fortaleza de autoafirmación. Para encontrarme con los demás necesito identificarme con mi propio centro que está vacío de aditamentos y es común a todos los seres humanos.

Las supuestas cualidades de las falsas identificaciones son murallas. El peligro de las falsas identificaciones es que mientras nos ocupamos en creer y sostener lo que no somos, sustentado por la identificación del yo, digamos que mientras nos entretenemos con eso, perdemos la valiosa oportunidad de descubrir quiénes somos en realidad. Y ese conocimiento, ese concepto que construye nuestra identidad, es la base de todo lo que pensamos, sentimos y hacemos.

Esta época de Navidad es propicia para descubrirnos a nosotros mismos. Y este tema de quién soy, es el primero que nos conviene enfocar. Fue Cristo quien en plena sociedad esclavista lanzó un nuevo concepto de persona absolutamente revolucionario. Valorizó el trabajo en una sociedad que recluía ese quehacer a lo más bajo de la escala social: el esclavo. Amplió la dimensión de la persona humana a un plano ético, equiparó a los seres humanos a la condición de divinidad pero a todos los seres por el simple hecho de nacer humanos.

En una sociedad tan estratificada como la esclavista este fue un impacto en la conciencia. Habló además de la existencia de otra dimensión fuera del mundo. El saber quién se es, hizo que la humanidad post cristiana le encontrara un nuevo sentido a la vida. Una vez más debemos hacer conciencia de nuestro poder para darle un valor trascendente a nuestra vida, para saber cuál es el genuino objetivo de pisar la tierra. Pareciera que nos hemos olvidado que ante todos somos personas que sentimos, que ayudamos a los demás, que tenemos ideas sobre la vida y la muerte y que hemos venido a aprender y a mejorar nuestra condición básica de ser humanos. Lo que creemos que somos nos conduce por una determinada senda.

Es esa idea lo que nos hace encontrar el final del camino ¿Si no sabemos quiénes somos en verdad, adónde iremos a parar?