196- Tu conexión con lo superior

196
Tu Conexión con lo Superior

"No somos seres humanos en un viaje espiritual.
Somos seres espirituales en un viaje humano.
- Stephen Covey

En la Introducción al taller de autoestima te prometí “Un apasionante viaje por el arte de ser humano”. Te he llevado por muchas facetas del ser humano en 195 capítulos. Esta obra, pero, quedaría aberrantemente inconclusa si no escribo de tu espiritualidad, ya que no solo es parte de la autoestima de las personas, sino parte del ser humano, negarlo es degradarnos al concepto de que somos un conjunto de elementos químicos reunidos efectuando procesos físicos, químicos y biológicos definidos por las leyes de la ciencia, pero, que por cierto a pesar de todos los avances del conocimiento,  hay procesos y reacciones que aún no encuentran respuesta los médicos y científicos del porqué suceden en pleno siglo XXI.

Quiero aclarar que este capítulo y los tres siguientes alrededor de éste tema, no pretende cambiar tus conceptos religiosos, decirte que estas bien ó que estas mal, tampoco es una sesión de catecismo, ni invitación a ningún grupo religioso, solamente pretendo presentarte  a la espiritualidad como parte de un todo entre el cuerpo, la mente y el alma. Ya que la máxima expresión de amor es la libertad y este taller ha pretendido que te quede claro, muy claro, tienes el poder de crear libremente la vida que desees.
Hecha la aclaración, comencemos:

Has buscado las respuestas a las preguntas más significativas de la vida una y otra vez, con seriedad y sinceridad; de lo contrario no esta­rías leyendo este capítulo.
            He sido insistente en que tú búsqueda debe efectuarse en tu interior, sin importar si ha pasa­do en tu vida exterior.  La persona que busca con sinceridad, recibe con sinceridad.
Por eso has llegado hasta aquí y te has puesto a leer estas palabras. Tú mismo te has colocado aquí, no ha sido por accidente. Reflexiona detenidamente cómo llegaste hasta aquí y verás.
           
¿Crees en la inspiración divina? Yo sí, tanto para mí como para ti.
A algunas personas no les agrada cuando alguien dice que ha recibi­do la inspiración divina.
De modo que sentimos bastante desconfianza ante esta afirmación de que "Dios es mi fuente". Y quizá está bien que nos sintamos así. No queremos tragamos todo lo que los demás nos dicen, sólo porque afir­man que traen un mensaje del Altísimo.
Pero, ¿cómo podemos distinguir lo que es de inspiración divina de lo que no lo es? ¿Cómo podemos saber a ciencia cierta quién dice la verdad?

¡Ah, ésa es la gran pregunta! Pero éste es el gran secreto: no necesi­tamos saberlo. Lo único que debemos saber es nuestra verdad, no la de los demás. Una vez que lo comprendemos, lo entendemos todo. Com­prendemos que lo que dicen los demás no necesita ser la Verdad; sólo debe conducimos a nuestra propia verdad. Y así será inevitablemente, tarde o temprano.
Todas las cosas nos conducen a nuestra verdad más íntima. Ése es su propósito.
No podrías detener este proceso aunque quisieras, pero sí puedes acelerarlo.
            El taller de Autoestima no afirma contener la Verdad. Su propósito es el de guiarte hacia tu propia sabiduría interior. No es necesario que estés de acuer­do con su contenido para que logre su propósito. De hecho, no impor­ta que estés o no de acuerdo. Si estás de acuerdo, será porque ves en todo este material tu propia sabiduría. Si no lo estás, será porque no puedes ver­la. En ambos casos serás conducido a tu propia sabiduría.
            De modo que agradécete por este taller, porque ya te ha dejado cla­ro un punto muy importante: La autoridad más importante reside en ti.

            Esto se debe a que cada uno de nosotros tiene conexión directa con lo Divino.
Cada uno puede tener acceso a la sabiduría eterna. En realidad, creo que Dios nos inspira a todos en todo momento. Y, aunque todos haya­mos tenido esta experiencia, algunos la llaman de otro modo:
Eventualidad
Coincidencia
Suerte
Accidente
Experiencia fuera de lo común
Encuentro fortuito e incluso
Intervención Divina

Estamos dispuestos a reconocer que Dios interviene en nuestra vi­da, pero somos incapaces de aceptar la idea de que pueda inspiramos a pensar, decir o hacer algo en concreto. Nos parece que eso es pasarse de la raya.
Voy a pasarme de la raya.
Voy a declarar que creo que Dios me ha inspirado a escribir este taller de autoestima y a ti a tomarlo. Ahora pongamos a prueba esta idea frente a las po­sibles razones que te inspirarían desconfianza.

Primero, tengo la certeza, como acabo de decir, de que todos so­mos inspirados por Dios, siempre. No creo que tú ni yo seamos espe­ciales, ni que Dios nos haya conferido determinado poder, ni que nos haya concedido un don particular que nos permita comulgar con lo Di­vino. Creo que todos nos encontramos en este estado de comunión continua y que podemos experimentarlo de manera consciente cada vez que lo deseemos. De hecho, para mí que ésta es la promesa de mu­chas religiones.

Segundo, no creo que nuestras palabras, acciones o escritos se vuel­van infalibles cuando experimentamos un momento de apertura con lo Divino. Con todo respeto a cualquier religión o movimiento que afir­me que su fundador o líder actual es infalible, pienso que las personas con inspiración divina sí cometen errores. Y de hecho creo que los co­meten con regularidad. Por tanto, no creo que cada palabra de la Bi­blia, del Bhagavad Gita o del Corán sean literalmente verdaderas, ni que todo lo que dice el Papa ó cualquier líder religioso cuando habla ex cátedra sea correcto, ni que todas las acciones de la Madre Teresa hayan sido las mejores en su momento. Sí creo que la Madre Teresa recibía la inspiración divina, pero eso y ser infalible son dos cosas muy distintas.

Me encuentro en un camino, y desde luego que no he llegado a mi destino. Al parecer, ni siquiera estoy cerca. En realidad, la única dife­rencia entre la persona que soy ahora y la que era antes es que, ahora, cuando menos he encontrado el camino. Sin embargo, para mí, es un gran avance. Pasé una gran parte de mi vida sin tener claro adónde me dirigía y luego preguntándome por qué no llegaba a mi destino.

EL taller de autoestima es resultado de compartir las respuestas que  fui encontrando en mí camino y ahora sé adónde me dirijo. Voy Casa, de regreso a la plena con­ciencia y experiencia de mi comunión con Dios. Y nada me lo puede impedir. Dios me lo ha prometido y yo creo en su promesa, por fin.

Dios también me ha enseñado el camino. Bueno, no el camino, si­no un camino. Pues la verdad más grande de Dios es que no existe un solo camino a Casa, sino muchos. Existen miles de caminos hacia Dios y todos llegan a Él.
En efecto, todos los caminos conducen a Dios, porque que no hay otro lugar adónde ir.
Dios sí entra en nuestra vida, de manera real y presente, y no tenemos que ser santos, ni sabios, ni elegidos, ni nada que pensemos que tiene que ser un requisito especial para que así sea.

No es necesario que te unas a mí en esta creencia, ni que creas en todas las palabras de estas páginas. Reconoce. Simplemente reconoce.
Reconoce si algo de lo que aquí aparece es tu verdad. Si lo es, sabrás que es verdad, pues te habrás reunido con tu sabiduría interior. De no ser así, también lo sabrás, pues asimismo te habrás reunido con tu sabi­duría interna. En cualquiera de los casos obtendrás grandes beneficios, pues habrás experimentado, en ese momento de reunificación, tu pro­pia comunión con Dios.

Y ése era tu propósito cuando llegaste aquí. A estas páginas. Y a este planeta.
De elegir esta experiencia de comunión con Dios, finalmente cono­cerás la paz, la alegría sin límites, la plena expresión del amor y la liber­tad total.
De elegir la verdad, cambiarás tu mundo.
De elegir esta realidad, la crearás y finalmente experimentarás Quién Eres Realmente.
            Será lo más difícil que hayas hecho jamás y lo más fácil que llegarás a hacer.
Será lo más difícil que hayas hecho nunca porque tendrás que negar quién crees que eres y dejar de negar a Dios. Será lo más fácil que ha­yas hecho jamás, porque no tendrás que hacer nada.

Cuando aceptes, esta relación con tu guía interior, cuando le permitas entrar en tu vida. Aceptas que tú y el creador son Uno, éste será tu boleto para el Cielo. Dice: Entrada para uno.
Este es el mensaje: Todos Somos Uno.
Éste es el único mensaje que importa. Es el único mensaje que exis­te. Todo lo demás en la Vida es un reflejo de este mensaje. Todo lo de­más lo transmite.

El hecho de que hasta ahora no lo hayas podido recibir (lo has escu­chado con frecuencia, pero no lo has podido recibir) es lo que ha origina­do cada desgracia, cada pena, cada conflicto, cada corazón roto en tu experiencia. Ha originado cada asesinato, cada guerra, cada violación y robo, cada agresión y ataque mental, verbal o físico. Ha originado cada enfermedad y malestar, y cada encuentro con lo que llamas "muerte".

La idea de que no somos Uno es una ilusión.
La mayoría de la gente cree en Dios, pero no en un Dios que crea en ella. Dios sí cree en la gente y la ama más de lo que la mayoría sabe. La idea de que Dios se quedó callado como una tumba y de que hace mucho le dejó de hablar a la especie humana es falsa.
La idea de que Dios está enfadado con la especie humana y la echó del Paraíso es falsa.
            La idea de que Dios se ha nombrado juez y jurado y que decidirá si los miembros de la especie humana van al Cielo o al Infierno llevando la contabilidad de lo que cada quién hace, es falsa.
            Dios ama a todos los individuos que alguna vez vivieron, que viven ahora o que llegarán a vivir.
            Dios desea que todas las almas regresen a Él, y el cumplimiento de este deseo es algo inevitable.
Dios no está separado de nada y nada está separado de Dios.
Dios no necesita nada, pues Dios es todo lo que existe.
Esto es lo bueno. Todo lo demás es ilusión.
            La especie humana ha estado viviendo con ilusiones durante mucho tiempo. Esto no se debe a que sea tonta, sino a que es muy inteligente. Los seres humanos han intuido que las ilusiones tienen un propósito muy importante, pero la mayoría simplemente lo ha olvidado.
Y ha olvidado que su olvido mismo es parte de aquello que ha olvidado, y por tanto parte de la ilusión.
            Ahora es el momento de que los humanos recuerden.
           
Tú eres uno de los que encabezan la vanguardia de este proceso. No es sorprendente, considerando lo que ha estado ocurriendo en tu vida.
Has tomado este taller para recordar las ilusiones del ser humano. Así no volverás a estar atrapado en ellas, sino que nuevamente lograrás la comunión con Dios en el transcurso de tu vida mediante la conciencia de la Realidad Máxima. Es perfecto que ¡Que haya sido hecho así! y, obviamente, no ha sido por ca­sualidad.

Has venido aquí para saber, por experiencia propia, que Dios reside dentro de ti, y que puedes tener, cada vez que lo desees, una reunión con el Creador.
Puedes experimentar y encontrar al Creador dentro de ti y en todo lo que te rodea. Pero debes ver más allá de las ilusiones del hombre. No de­bes hacerles caso. Esto lo veremos con detalle en capítulos siguientes.

Ahora bien: el primer paso en el proceso de cualquier comunicación verdadera es que estés dispuesto a suspender concientemente tu incredulidad sobre lo que estás escuchando. Eso es único que te pido. Temporalmente, abandona por favor cualquier idea que puedas tener de Dios y de la Vi­da. Podrás recuperar tus ideas en cualquier momento. No se trata de abandonarlas para siempre, sino tan sólo de hacerlas a un lado por el momento para dar margen a la posibilidad de que quizás existe algo que no sabes, y cuyo conocimiento podría cambiarlo todo. Te repito: podría cambiar todo.

Examina, por ejemplo, tu reacción ante la idea de que Dios se comu­nica contigo en este preciso momento.
En el pasado, encontraste todo tipo de razones para no aceptar que puedes sostener una verdadera conversación con Dios. Te voy a pedir que hagas esos pensamientos a un lado y supongas que estás recibiendo este mensaje directamente de Dios.

Si bien inicialmente recibir un mensaje directo de una Divinidad te puede parecer improbable, debes comprender que estás tomando parte en este comunicado para recordar, por fin, Quién Eres Realmente y las ilusiones que has creado. Pronto comprenderás perfectamente que, de hecho, has causado que este capítulo llegara a tus manos. Por el momento, simplemente escúchame cuando te digo que en la mayor parte de los momentos de tu vida, estás viviendo una ilusión.

Hay ilusiones del hombre son ilusiones muy grandes, muy convincentes, que has creado al comenzar tu experiencia sobre la Tie­rra. y todos los días creas cientos de ilusiones más pequeñas. Puesto que crees en ellas, has inventado una historia cultural que te permite vivir estas ilusiones y convertirlas en realidad.
Por supuesto, no son auténticamente reales. Sin embargo, has creado un mundo como el de Alicia en el país de las maravillas en el que, en efec­to, parecen muy reales. Igual que el Sombrerero Loco, negarás que lo falso es falso y que lo verdadero es verdadero.
De hecho, lo has estado haciendo durante mucho tiempo.
Una historia cultural es una historia que se ha trasmitido de generación en generación a lo largo de siglos y milenios. Es la historia que te narras acerca de ti mismo.
           
Como tu historia cultural se basa en ilusiones, genera mitos en lugar de la comprensión de la realidad, sosteniendo por generaciones algunas creencias que te han llevado a vivir lejos de lo que este Universo perfecto, maravilloso y abundante tiene para ti.
Tienes tan arraigada esta historia cultural, que ahora la vives plena y totalmente. "Sencillamente, así son las cosas", se dicen unos a otros.
Esto se lo han repetido mutuamente durante siglos, milenio tras mi­lenio. Durante tanto tiempo, que han surgido mitos basados en esas ilu­siones e historias. Algunos de los mitos más célebres se han reducido a conceptos, como...

. Señor, hágase Tu voluntad
. Supervivencia del más apto
. El vencedor se queda con el botín.
. Naciste con el pecado original.
. El pecado se paga con la muerte.
. La venganza es mía, dijo el Señor.
. Lo que no sabes no te hace daño.
. Sólo Dios sabe.

... ya muchos otros igualmente destructivos e inútiles. Basándose en estas ilusiones, historias y mitos, ninguno de los cuales tiene relación con la Realidad Máxima, muchos humanos se han formado el siguiente concepto de la Vida:

Nacemos en un mundo hostil, dirigido por un Dios que desea que hagamos ciertas cosas y que no hagamos otras, y que nos cas­tiga con la tortura eterna si no sabemos distinguidas.
Nuestra primera experiencia en la Vida es la separación de nuestra madre, Fuente de nuestra Vida. Esto crea el contexto de toda nuestra realidad, la cual experimentamos como una separa­ción de la Fuente de Toda la Vida.

No sólo estamos separados de toda la Vida sino de las demás partes de la Vida. Todo lo demás que existe, existe separado de nosotros. Y estamos separados de todo lo que existe. No queremos que las cosas sean así, pero así son. Nos gustaría que fueran de otra manera y luchamos por cambiadas.

Buscamos experimentar una vez más la Unidad con todas las cosas y, en especial, con los demás. Quizá no sepamos exactamen­te cómo, aunque sea casi instintivo. Nos parece que es lo natural. El único problema es que no parece haber suficiente de lo demás para satisfacemos. Sea lo que sea que deseemos, nunca recibimos lo suficiente. No tenemos suficiente amor, ni suficiente tiempo, ni suficiente dinero. No tenemos suficiente de lo que creemos nece­sitar para sentimos felices y satisfechos. En el momento en que pensamos que tenemos suficiente, decidimos que queremos más.

Puesto que no hay suficiente de lo que creemos necesitar para ser felices, debemos luchar por obtener lo más que podamos. Se nos exige algo a cambio de todo, desde el amor de Dios hasta las riquezas naturales de la Vida. No basta con estar vivo. Por tanto, nosotros, igual que el resto de la Vida, no somos suficiente.
Como simplemente ser no es suficiente, comienza la competen­cia. Si lo que hay no es suficiente, hay que competir por lo que hay. Debemos competir por todo, incluyendo a Dios.

Esta competencia es difícil. Es por nuestra supervivencia mis­ma. En esta competencia sólo los más aptos sobreviven. Y el ven­cedor se queda con el botín. Si perdemos, vivimos un infierno sobre la Tierra. Y después de morir, si perdemos en la competen­cia por Dios, experimentaremos el infierno nuevamente, pero esta vez, para siempre.

Pensamos que el amor de Dios es incondicional, pero sus retribuciones no. Dios nos ama aunque nos sentencie a la conde­nación eterna. A Él le hiere más que a nosotros, porque realmente desea que regresemos a casa, pero no puede hacer nada si nos por­tamos mal. Nosotros decidimos.

Por tanto, hemos concluido que la clave radica en no portarnos mal. Debemos ser buenos. Debemos luchar por serlo. Para hacerlo, hemos de saber qué desea y qué no desea Dios. No podemos complacer a Dios y tampoco podemos evitar ofenderlo si no sabemos distinguir entre el bien y el mal. De modo que debemos saber cuál es la verdad.

Es fácil comprender e identificar la verdad. Todo lo que debe­mos hacer es escuchar a los profetas, maestros y sabios, ya la fuen­te y al fundador de nuestra religión. Si existe más de una religión y, por tanto, más de una fuente y un fundador, entonces debemos aseguramos de elegir la religión correcta. Elegir la equivocada puede convertimos en perdedores.

Cuando elegimos la correcta somos superiores, somos mejores que nuestros semejantes, pues tenemos la verdad de nuestro lado. Esta condición de ser "mejores" nos permite obtener mayor canti­dad de premios en la competencia, sin competir realmente por ellos. Nos declaramos ganadores antes de que comience la com­petencia. Debido a este razonamiento nos concedemos todas las ventajas y escribimos nuestras "Reglas de la Vida" de tal manera que a algunos les resulta casi imposible ganar los premios real­mente importantes.

No hacemos esto por maldad, sino para aseguramos el triunfo, como corresponde, puesto que los de nuestra religión, nacionali­dad, raza, género y tendencia política son los que conocen la ver­dad y, por tanto, merecen ser los triunfadores.

Como merecemos triunfar, tenemos derecho a amedrentar a otros, a pelear con ellos, incluso a matarlos de ser necesario, a fin de obtener este resultado.
Tal vez exista otra manera de vivir, quizá Dios tiene otra cosa en mente, otra verdad más grande, pero si la hay, no la conoce­mos. De hecho, ni siquiera es evidente que debamos conocerla. Es posible que ni siquiera debamos intentar saberla, y mucho menos conocer y comprender a Dios de verdad. Intentarlo sería un atrevi­miento, y afirmar que ciertamente lo has logrado sería una enorme blasfemia.

Dios es el Conocedor Desconocido, el Conmovedor Inmuta­ble, el Gran Invisible. Por tanto, no podemos saber la verdad que debemos conocer para poder cumplir con las condiciones que de­bemos cumplir para recibir el amor que debemos recibir para así, evitar la condenación que intentamos evitar para gozar de la vida eterna que teníamos antes de que todo comenzara.

Nuestra ignorancia es desafortunada, pero no debe ser proble­mática. Todo lo que debemos hacer es aceptar de buena fé a aque­llo que creemos saber con certeza (nuestra historia cultural) y actuar como corresponde. Esto ya lo hemos intentado, cada uno según sus creencias, y así hemos producido la vida que ahora vivi­mos y la realidad sobre la Tierra que estamos creando.

Lo anterior, es la interpretación de la mayor parte de la humanidad, con lige­ras variaciones según los individuos. Pero es así, en esencia, como viven sus vidas, justifican sus decisiones y explican los resultados.
Algunos de ustedes no aceptan todo esto, pero en parte todos lo hacen. Y aceptan estas afirmaciones como el funcionamiento de la reali­dad, no porque reflejen su sabiduría más profunda, sino porque alguien les dijo que son verdad.

En algún nivel, han tenido que forzarse a creer en ellas. A esto se le llama fingir.
Sin embargo, ahora es el momento de dejar de fingir y enfocar la rea­lidad. Esto no será fácil, porque la Realidad Máxima será muy diferente de lo que muchas personas de tu mundo aceptan hoy como real. Literal­mente, tendrás que "estar en este mundo, sin pertenecer a él".

Y, cuál sería el propósito si tu vida está bien? Ninguno. No tendría ningún propósito. Si estás satisfecho con tu vida y con el mundo tal co­mo es, no hay razón para que modifiques tu realidad y dejes de fingir.
Este mensaje es para los que no están satisfechos con su mundo.

Encontrar nuestra espiritualidad nos permitirá encontrar …….. “Vivir con pasión”.