179- Afile la sierra

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Afile La Sierra

"Tú eres el creador de tu propia vida ia vida...
cuanto más pongas en ella y tomes acciones,
más lograrás. ¿Por qué no empezar ahora?"

Benjamin Jowett

Suponga el lector que se encuentra con alguien que trabaja fe­brilmente en el bosque, cortando un árbol con una sierra.
—¿Qué está usted haciendo? —le pregunta.
—¿No lo ve? —responde él con impaciencia—. Estoy cortando este árbol.
—¡Se le ve exhausto! —exclama usted—. ¿Cuánto tiempo hace que trabaja?
—Más de cinco horas, y estoy molido. Esto no es sencillo.
—¿Por qué no hace una pausa durante unos minutos y afila la sierra? —pregunta usted—. Estoy seguro de que cortaría mucho más rápido.
—No tengo tiempo para afilar la sierra —dice el hombre enfáti­camente—. Estoy demasiado ocupado aserrando.
Este capítulo consiste en tomar tiempo para afilar la sierra. Engloba a todos los otros hábitos del modelo de los siete hábitos por­que es el que los hace posibles.

Las cuatro dimensiones de la renovación

Renovarse significa preservar y realzar el mayor bien que usted posee: usted mismo. Significa renovar las cua­tro dimensiones de su naturaleza: la física, la espiritual, la mental y la social/emocional.
Aunque con diferentes palabras, la mayoría de las filosofías de la vida tratan implícita o explícitamente sobre estas cuatro dimensiones: la perspectiva (espiritual), la autonomía (mental), la conexión (social) y el tono (físico). El gurú George Shee-han se refiere a cuatro roles: ser un buen animal (físico), un buen artesano (mental), un buen amigo (social) y un santo (espiritual). La teoría seria de la motivación y las organizaciones abarca esas cuatro dimensiones de la motivación: la economía (física); el modo en que la gente es tratada (social); el modo en que la gente es desarrollada y utilizada (mental); y el servicio, el puesto de trabajo, la contribución de la organización (espiritual).

«Afilar la sierra» significa básicamente dar expresión a las cua­tro motivaciones. Supone ejercer las cuatro dimensiones de nuestra naturaleza, regular y congruentemente, de manera sabia y equilibra­da.
Para hacerlo, tenemos que ser proactivos. Tomarse tiempo para afilar la sierra es una actividad importante pero no urgente, por eso le dedicamos tan pocos recursos. Como está en el centro de nuestro centro de influencia, nadie puede hacerlo por nosotros. Debemos hacerlo nosotros mismos.

Esa es la inversión más poderosa que está a nuestro alcance en la vida: la inversión en nosotros mismos, en el único instrumento con que contamos para vivir y realizar nuestra aportación. Nosotros so­mos los instrumentos de nuestra propia ejecución, y para ser efecti­vos debemos reconocer la importancia de dedicar tiempo regular­mente a afilar la sierra en las cuatro dimensiones.

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La dimensión física

La dimensión física supone cuidar efectivamente nuestro cuerpo físico: comer el tipo correcto de alimentos, descansar lo suficiente y hacer ejercicio con regularidad.
Estas actividades son altamente potenciadoras que la mayoría de nosotros no realizamos sistemáticamente porque no es urgente. Y como no lo hacemos, tar­de o temprano nos encontramos afrontando los pro­blemas y crisis de salud que son el resultado natural de nuestra ne­gligencia.

La mayoría pensamos no tener tiempo para hacer ejercicio. ¡Qué paradigma más distorsionado! No tenemos tiempo para no hacerlo. Hablamos más o menos de tres a seis horas por semana, o un míni­mo de treinta minutos al día, día tras día. No parece una cantidad ex­cesiva de tiempo para dedicarla al ejercicio físico, en vista de los enormes beneficios que éste aporta a las otras 162 o 165 horas de la semana.
No se necesita ningún equipo especial. Si uno quiere acudir a un gimnasio o a un club para usar ciertos equipos o disfrutar de ciertos deportes como el tenis o el frontón, ésas son posibilidades adiciona­les, pero no necesarias para afilar la sierra.
Un buen programa de ejercicios puede llevarse a cabo en casa, y permite atender tres áreas del mantenimiento corporal: la resistencia, la flexibilidad y la fuerza.

Resistencia. Se obtiene con ejercicios aeróbicos y proviene de la eficiencia cardiovascular; es decir, de la capacidad del corazón para bombear la sangre a través del cuerpo.
Aunque el corazón es un músculo, no se puede ejercitar por me­dio de un acto de voluntad directo, sino sólo paralelamente a los grandes grupos musculares, en particular los de las piernas. Por ello son tan beneficiosos ejercicios tales como caminar rápido, correr, an­dar en bicicleta, nadar, esquiar y hacer jogging.

Se considera que una persona está en buena forma si puede llevar su ritmo cardíaco a por los menos cien latidos por minuto y mante­nerse en ese nivel durante treinta minutos.
Lo ideal es tratar de llevar el ritmo cardíaco a por lo menos el se­senta por ciento del pulso máximo, es decir, la mayor velocidad con que puede latir su corazón sin dejar de bombear la sangre a través del cuerpo. Se acepta que el ritmo cardíaco máximo es en general igual a 220 menos su edad. Si usted tiene 40 años, debería intentar lograr durante el ejercicio 108 pulsaciones por minuto (220 - 40 = 180; 180 x 0,6 = 108). En términos generales se considera que el «efec­to del entrenamiento» oscila entre el 72 y 87 por ciento de su ritmo cardíaco personal máximo.

Flexibilidad. Se logra mediante ejercicios de estiramiento. La mayoría de los expertos recomienda ejercicios de calentamiento an­tes, y de enfriamiento después de las prácticas aeróbicas. Antes, ayu­da a distender y calentar los músculos, preparándolos para la ejercitación más vigorosa. Después, contribuye a eliminar el ácido láctico, de modo tal que no se sienta dolorido y rígido.

Fuerza. Se consigue con ejercicios de tensión muscular como las flexiones de brazos, los abdominales, colgar de una barra y alzarse con los brazos, la calistenia simple y el levantamiento de pesas. El énfasis que se ponga en desarrollar fuerza depende de la situación de cada uno. Si realiza un trabajo físico o actividades deportivas, una mayor fuerza mejorará sus habilidades. Si tiene un trabajo básica­mente sedentario y el éxito en su estilo de vida no requiere mucha fuerza, entonces puede bastarle el cuidado del tono muscular me­diante calistenia, ejercicios aeróbicos y de estiramiento.

Para renovar la dimensión física, lo esencial es afilar la sierra, ejercitar regularmente el cuerpo de modo tal que preserve y realce nuestra capacidad para trabajar, adaptarnos y disfrutar.
Para desarrollar un programa de ejercicios hay que utilizar la sensatez. Existe la tendencia a exagerar, en especial si no se ha hecho ejercicio nunca. Y ello puede crear dolor, lesiones o incluso un daño permanente, sin ninguna necesidad. Es preferible empezar lentamente. Todo programa de ejercicios debe estar en armonía con los últi­mos descubrimientos de la investigación científica, con las recomen­daciones del médico personal y con la propia autoconciencia.
Si uno no está acostumbrado a hacer ejercicio, el cuerpo sin duda protestará contra el cambio y querrá seguir en su cómoda marcha, colina abajo. Al principio, no gusta. Incluso se puede llegar a odiar­lo. Pero sea proactivo. Haga ejercicio de todos modos. Aunque llue­va en la mañana prevista para el jogging, no deje de cumplir con el plan. «¡Muy bien! ¡Llueve! ¡Entonces desarrollaré mi poder de vo­luntad tanto como mi cuerpo!»

No se trata de un arreglo rápido y transitorio; es una actividad de cuadrante II capaz de producir extraordinarios resultados a largo pla­zo. Pregúntele a cualquiera que haga ejercicio sistemáticamente. Poco a poco, al volverse más eficiente el corazón y el sistema de pro­cesamiento del oxígeno, el pulso en estado de reposo se hace más lento. A medida que se aumenta la capacidad del cuerpo para hacer cosas más exigentes, las actividades normales van resultando más fá­ciles y agradables. Se tendrá más energía por la tarde, y la fatiga que en el pasado determinaba que nos sintiéramos «demasiado cansa­dos» como para hacer ejercicio se verá reemplazada por una energía que nos dará vigor para todo lo que emprendamos.

Es probable que el mayor beneficio que se experimente como consecuencia del ejercicio sea el desarrollo de los músculos de la proactividad del primer hábito. Cuando uno actúa sobre la base del valor del bienestar físico, en lugar de reaccionar a todas las fuerzas que le impiden hacer ejercicio, el paradigma de uno mismo, la auto­estima, la autoconfianza y la propia integridad se ven profundamen­te afectados.

La dimensión espiritual

La renovación de la dimensión espiritual proporciona liderazgo a nuestra propia vida. Está altamente relacionada con el segundo hábito.
La dimensión espiritual es nuestro núcleo, nuestro centro, el compromiso con nuestro sistema de valores, un área muy privada de la vida, de importancia suprema. Bebe en las fuentes que nos inspi­ran y elevan, y que nos ligan a las verdades intemporales de la humanidad. Y tiene en cada persona un carácter muy distinto y dife­rente.

Yo encuentro renovación en la meditación piadosa cotidiana so­bre las Escrituras, porque ellas representan mi sistema de valores. Cuando leo y medito me siento renovado, fortalecido, centrado; vuel­vo a comprometerme con el servicio.
Algunos obtienen una renovación similar sumergiéndose en la gran literatura o la gran música. Otros la encuentran en el modo en que se comunican con la naturaleza. La naturaleza otorga su bendi­ción a quienes se entregan a ella. Escoja la que más le haga sentir bien, pero por favor ¡Hágalo!. Cuando uno puede abandonar el ruido y el caos de la ciudad, y compartir las armonías y el ritmo de la naturaleza, se siente renovado. Durante cierto tiempo, nada puede perturbarlo; es casi inconmovible, hasta que gradualmente el ruido y el caos externos empiezan a invadir esa sensación de paz interior.

Arthur Gordon relata una historia maravillosa e íntima relaciona­da con su propia renovación espiritual, en un breve texto titulado The turn ofthe tide. Habla de una época de su vida en la que empezó a sentir que nada tenía sentido. Su entusiasmo se había desvanecido; sus esfuerzos por escribir resultaban estériles. Y la situación empeo­raba día tras día.
Finalmente decidió pedir ayuda a un médico. Éste no encontró ningún problema físico y le preguntó si estaba dispuesto a seguir sus instrucciones durante un día.
Gordon contestó que sí; el médico le dijo que pasara el día si­guiente en el lugar donde más feliz había sido cuando niño. Podía co­mer, pero no debía hablar con nadie, ni leer, ni escribir, ni escuchar la radio. Después le escribió cuatro prescripciones en sendas recetas, y le dijo que las fuera leyendo una por una, a las nueve, las doce, las tres de la tarde y a las seis.
«¿Habla usted en serio?», le preguntó Gordon.
«¡No pensará que bromeo cuando reciba mi factura!», fue la res­puesta.
De modo que a la mañana siguiente Gordon se dirigió a la playa. En la primera receta, leyó «Escuche cuidadosamente». Pensó que el médico estaba loco. ¿Cómo podría pasarse tres horas escuchando? Pero había acordado seguir esas instrucciones, de modo que escuchó. Oyó los sonidos habituales del mar y las aves. Al cabo de cierto tiem­po, pudo oír otros sonidos no tan aparentes al principio. Mientras escuchaba, empezó a pensar en las lecciones que el mar le había im­partido de niño: paciencia, respeto y conciencia de la interdependen­cia de todas las cosas. Al escuchar los sonidos —y el silencio— sin­tió dentro de él una paz creciente.
Al mediodía, tomó la segunda receta y leyó: «Trate de volver atrás». «Volver atrás, ¿adonde?», se preguntó. Tal vez a la infancia, a los recuerdos de tiempos felices. Pensó en su pasado, en los muchos pequeños momentos de alegría. Trató de recordarlos con exactitud. Y al hacerlo descubrió dentro de sí una calidez creciente.
A las tres de la tarde, leyó la tercera receta. Hasta ese momento, las prescripciones habían sido fáciles de cumplir. Pero ésa era dife­rente; decía: «Examine sus motivos». Al principio adoptó una acti­tud defensiva. Pensó en lo que deseaba (el éxito, reconocimiento, se­guridad) y lo justificó por completo. Pero entonces se le ocurrió que esos motivos no eran lo suficientemente buenos y que tal vez allí es­taba la respuesta a su situación de parálisis.

Consideró sus motivos en profundidad. Pensó en su felicidad pa­sada. Y por fin encontró la respuesta.
«En un relámpago de certidumbre», escribió, «vi que si los moti­vos que uno tiene son erróneos, nada puede ser correcto. No importa que uno sea cartero, peluquero, agente de seguros, ama de casa o cualquiera otra cosa. Mientras uno siente que está sirviendo a los otros, es que la tarea está bien hecha. Cuando a uno sólo le preocupa ayudarse a sí mismo, el trabajo es menos bueno: una ley tan inexora­ble como la gravedad.»
A las seis, rápidamente pudo cumplir con la prescripción final. «Escriba lo que le preocupa en la arena», decía. Se arrodilló y escri­bió varias palabras con un trozo de concha roto. Después se puso de pie, dio la espalda a lo que había escrito y echó a andar, sin mirar atrás; sabía que iba a subir la marea.

La renovación espiritual exige que se le dedique tiempo. Pero como tampoco lo consideramos urgente, no tenemos tiempo para dedicarlo a cultivarla.
 Se dice que el gran reformador Martin Luther King comentó en una oportunidad: «Tengo mucho que hacer hoy, de modo que necesi­to pasar otra hora de rodillas». Para él, la oración no era una obliga­ción mecánica, sino una fuente de poder que le permitía liberar y multiplicar su energía.
Una vez le preguntaron a un maestro Zen del lejano Oriente, que conservaba la paz y la serenidad fueran cuales fueren las presiones que afrontara: «¿Cómo conserva usted esa serenidad y esa paz?». Él respondió: «Nunca abandono mi lugar de meditación». Meditaba por la mañana temprano, y durante el resto del día llevaba consigo la paz de esos momentos, en la mente y el corazón.
La idea es que cuando dedicamos tiempo a sumergirnos en el centro del liderazgo de nuestras vidas, en lo que la vida es en última instancia, ese centro se despliega como un paraguas y cubre todo lo demás. Nos renueva, nos refresca, sobre todo si volvemos a compro­meternos con él.

Por ello creo que es tan importante un enunciado de la misión personal. Si tengo una comprensión profunda de mi centro y mi pro­pósito, puedo repasarlo y volver a comprometerme con él frecuente­mente. En nuestra renovación espiritual cotidiana, podemos visuali­zar y vivir los acontecimientos del día en armonía con esos valores.
El líder religioso David O. McKay enseñó que «Las más grandes batallas de la vida se libran cotidianamente en los aposentos silen­ciosos del alma». Si uno gana las batallas en ese lugar, si resuelve los conflictos interiores, experimentará una sensación de paz, de saber lo que busca. Y se descubrirá que las victorias públicas (en las que se tiende a pensar cooperativamente, a promover el bienestar y el bien de otras personas, y a sentir una felicidad auténtica por los éxitos de los otros) se logran a continuación, de una manera natural.

La dimensión mental

En su mayor parte, nuestro desarrollo mental y nuestra disciplina para el estudio provienen de la educación formal. Pero en cuanto nos libramos de la disciplina exterior de la escuela, muchos dejamos que nuestras mentes se atrofien. Abandonamos la lectura seria, no explo­ramos con profundidad temas nuevos que no se refieren a nuestro campo de acción, dejamos de pensar analíticamente y de escribir (por lo menos, ya no escribimos con sentido crítico o de un modo que ponga a prueba nuestra capacidad para expresarnos con un lenguaje depurado, claro y conciso). En lugar de ello, pasamos el tiempo vien­do la televisión.
Las encuestas indican que la televisión se ve en la mayoría de los hogares durante unas treinta y cinco a cuarenta y cinco horas por se­mana. Ése es un tiempo igual al que muchas personas dedican a sus trabajos, y mayor que el que se destina a la escuela. Se trata de la he­rramienta de socialización más poderosa que existe. Y cuando ve­mos la televisión estamos sometidos a la exposición de todos los va­lores que se enseñan a través de ella. Esto puede influir en nosotros de un modo muy sutil e imperceptible.

El ver la televisión con sensatez exige una autoadministración efectiva que nos permite diferenciar y elegir los programas informativos, inspiradores o de entretenimiento que me­jor sirven y expresan nuestros propósitos y valores.
En mi familia sólo vemos la televisión unas siete horas a la se­mana, una hora al día por término medio. En una reunión de familia hablamos sobre ello y consideramos algunos de los datos acerca de lo que está sucediendo en los hogares a causa de la televisión. Des­cubrimos que al examinar el tema en familia, cuando nadie está irri­tado o a la defensiva, la gente empieza a darse cuenta de la depen­dencia enfermiza que significa volverse adicto a una serie o a la vi­sión constante de determinado programa.
Tengo razones para estar agradecido a la televisión y a muchos programas de alta calidad, educativos y de entretenimiento. Ellos pueden enriquecer nuestras vidas y ayudar significativamente al lo­gro de nuestros propósitos y metas. Pero con muchos programas simplemente perdemos el tiempo, no hacemos un buen uso de nues­tras mentes; otros, si lo permitimos, influyen en nosotros de modo negativo. Lo mismo que el cuerpo, la televisión es buen siervo pero mal amo. Tenemos que administrarnos efectivamente para maximizar el empleo de todos los recursos en el logro de nuestras misiones.
La educación (la educación continuada, que sin cesar pule y am­plía la mente) es una renovación mental vital. A veces supone la dis­ciplina externa del aula o programas de estudio sistematizados; más a menudo no lo hace. Las personas proactivas pueden imaginar mu­chos modos de educarse.

Resulta extremadamente valioso adiestrar la mente para que tome distancia respecto de su propio programa, y lo examine. Ésa es para mí la definición de la educación humanística: la capacidad para examinar los programas de la vida, en el marco de otros paradigmas, y de los interrogantes y propósitos de mayor alcance. El adiestramiento, sin una educación de ese tipo, estrecha y cierra la mente, pues los supuestos subyacentes de ese mismo adiestramiento nunca son objeto de examen. Por ello, es tan valioso leer con amplitud y ex­ponerse a los grandes pensadores.
No hay mejor modo de informar y ampliar regularmente la men­te que acostumbrarse a leer buena literatura. Ésa es otra actividad altamente potenciadora. Permite penetrar en las mejores mentes del presente y el pasado del mundo. Yo recomiendo con én­fasis ponerse como meta un libro por mes, pasar luego a un libro por quincena, y después a un libro por semana. «La persona que no lee no es mejor que la persona analfabeta.»
La literatura de calidad, como la de los grandes libros, los clási­cos universales, las autobiografías, el National Geographic y otras publicaciones que amplían nuestra conciencia cultural, así como la bibliografía de diversos campos, pueden ampliar nuestros paradig­mas y afilar nuestra sierra mental, en particular si al leer practicamos el quinto hábito y procuramos comprender primero. Si nos apoyamos en nuestra autobiografía para formular juicios prematuros antes de haber comprendido realmente lo que el autor tiene que decir, limita­mos los beneficios potenciales de la experiencia de la lectura.

Escribir es otro poderoso modo de afilar nuestra sierra mental. Llevar un diario con nuestros pensamientos, experiencias, compren­siones y aprendizajes promueve la claridad, la exactitud y el contex­to mentales. Escribir buenas cartas (comunicándose en el nivel más profundo de los pensamientos, sentimientos e ideas, y no en el nivel trivial y superficial de los acontecimientos) también incide en nues­tra capacidad para pensar con claridad, para razonar con precisión y para ser comprendidos con efectividad.
Organizar y planificar son otras formas de renovación mental asociadas con los hábitos segundo y tercero. Esto es empezar con un fin en mente y ser mentalmente capaz de organizar y alcanzar ese fin. Es ejercitar el poder de visualización e imaginación para percibir el fin desde el principio, y ver la totalidad del viaje, si no paso por paso, por lo menos en general.

Se dice que las guerras se ganan en la tienda del general. Se afila la sierra en las tres primeras dimensiones (la física, la espiritual y la mental) con la práctica que yo denomino «victoria privada cotidia­na». Y le recomiendo al lector que se dedique una hora al día, du­rante el resto de su vida.
No hay ningún modo de pasar una hora que pueda compararse con la victoria privada cotidiana, en términos de valor y resultados. Influye en todas las decisiones y relaciones. Mejora extraordinaria­mente la calidad, la efectividad de todas las otras horas del día, e in­cluso la profundidad y el descanso del sueño. Otorga la fuerza a lar­go plazo física, espiritual y mental que nos permite afrontar con éxi­to los desafíos difíciles de la vida.
En palabras de Phillips Brooks,

Algún día, en los años venideros, usted luchará con la gran tenta­ción o temblará bajo el peso de la mayor tristeza de su vida. Pero la lu­cha real está aquí, ahora... Ahora se está decidiendo si, en el día de su suprema tristeza o tentación, usted fracasará miserablemente o vencerá con gloria. Sólo es posible formar el carácter por medio de un proceso continuo y constante.

La dimensión social / emocional

Las dimensiones social y emocional están ligadas entre sí porque nuestra vida emocional se desarrolla (primordial pero no exclusiva­mente) a partir de nuestras relaciones con los otros, y en ellas se ma­nifiesta.
Renovar nuestra dimensión social/emocional no lleva tiempo en el mismo sentido que renovar las otras dimensiones. Podemos hacer­lo en nuestras interacciones cotidianas normales con las otras perso­nas. Pero sin ninguna duda requiere ejercicio. Tal vez tengamos que esforzarnos, porque muchos no hemos alcanzado el nivel de victoria privada y las habilidades de la victoria pública necesarias para que los hábitos cuarto, quinto y sexto se desplieguen naturalmente en to­das nuestras interacciones.

Supongamos que usted es una persona clave en mi vida. Podría ser mi jefe, mi subordinado, mi colaborador, mi amigo, mi vecino, mi cónyuge, mi hijo, un miembro de mi familia: alguien con quien yo quiero o necesito interactuar. Supongamos que tenemos que comunicarnos, trabajar juntos, discutir una cuestión esencial, lograr un propósito o re­solver un problema. Pero vemos las cosas de distinto modo, a través de cristales diferentes. Usted ve a la joven, y yo a la mujer sensible.
Me acerco a us­ted y le digo: «Advierto que estamos afrontando esta situación de modo diferente. ¿Por qué no acordamos comunicarnos hasta que po­damos hallar una solución con la que los dos podamos sentirnos bien? ¿Estás dispuesto a hacerlo?». La mayor parte de las personas respon­derán que sí.

Entonces paso a la filosofía «Primero permíteme escuchar­te.» En lugar de escuchar con la intención de responder, escucho empáticamente, con la finalidad de comprender su paradigma profunda y completamente. Cuando yo pueda explicar su punto de vista tan bien como lo hace usted mismo, me concentraré en comunicarle mi propio punto de vista, de manera que usted también pueda compren­derme a mí.
Sobre la base de nuestro compromiso de buscar una solución con la que ambos nos sintamos bien, y de una recíproca comprensión pro­funda, pasamos juntos a trabajar juntos para gene­rar soluciones de tercera alternativa que remedien nuestras diferen­cias y que ambos reconozcamos como mejores que las que usted o yo propusimos inicialmente.

El éxito no es en lo esencial una cuestión de intelecto, sino de emoción. Está altamente relacio­nado con nuestro sentido de la seguridad personal.
Si nuestra seguridad personal proviene de fuentes que están den­tro de nosotros, tendremos la fuerza necesaria para poner en práctica lo necesario para afilar la sierra. Si somos emocionalmente insegu­ros, aunque estemos muy adelantados desde el punto de vista inte­lectual, ponerlo en práctica con per­sonas que piensan de modo diferente sobre cuestiones fundamenta­les de la vida puede resultar terriblemente amenazador.
¿De dónde nos puede llegar la seguridad intrínseca? No proviene de lo que las otras personas piensan de nosotros, ni de la manera en que nos tratan. No proviene de la programación de la que hemos sido objeto. No proviene de las circunstancias ni de nuestra posición.

Viene de adentro. Viene de los paradigmas precisos y los principios correctos profundamente arraigados en nuestra mente y nuestro corazón. Viene de una coherencia de adentro hacia afuera, de vivir una vida de integridad en la que nuestros hábitos diarios reflejan nuestros valores más profundos.
Creo que una vida de integridad es la fuente fundamental de la valía personal. No estoy de acuerdo con la literatura popular sobre el éxito en cuanto a que la autoestima es primordialmente una cuestión de disposición mental, de actitud, como si uno pudiera lograr la paz mental mediante una preparación psicológica.

Tenemos paz mental cuando nuestra vida está en armonía con los principios y valores verdaderos, y de ningún otro modo.
Está también la seguridad intrínseca que resulta de una vida interdependiente efectiva. Hay seguridad al saber que existen solucio­nes ganar/ganar, que la vida no es siempre «o esto o aquello», que casi siempre se cuenta con terceras alternativas mutuamente benefi­ciosas. Hay seguridad al saber que uno puede salir del propio marco de referencia sin renunciar a él, que podemos comprender real y pro­fundamente a otro ser humano. Se logra seguridad cuando uno interactúa auténtica, creativa y cooperativamente con las otras personas y despliega estos hábitos de la interdependencia.

Hay una seguridad intrínseca que surge del servicio, del hecho de ayudar a otros de modo significativo. Una fuente importante es el tra­bajo cuando uno se ve a sí mismo realizando contribuciones y crean­do, incidiendo realmente en los resultados. Otra fuente es el servicio anónimo, que nadie conoce y que nadie conocerá nunca. Y eso no importa. Lo que importa es hacer felices las vidas de otras personas. El motivo es la influencia, y no el reconocimiento.
Victor Frankl se centró en la necesidad de que la vida tenga pro­pósito y sentido, algo que la trascienda y saque a la luz nuestras mejores energías. El desaparecido doctor Hans Selye, en su monu­mental investigación sobre el estrés, dijo básicamente que una vida larga, sana y feliz es el resultado de realizar aportaciones, de tener proyectos significativos que sean personalmente estimulantes y me­joren y hagan feliz las vidas de los otros. Su ética era: «Gánate el amor de tu prójimo».
En palabras de George Bernard Shaw:

Éste es el verdadero goce de la vida, ese ser utilizado con un pro­pósito que uno mismo reconoce como importante. Ese ser una fuerza de la naturaleza, y no un montoncito febril y egoísta de malestares y molestias que se queja de que el mundo no se consagra a hacerlo feliz. Soy de la opinión de que mi vida pertenece a toda la comunidad, y de que mientras viva es mi privilegio hacer por ésta todo lo que pueda. Cuando muera, quiero estar completamente agotado. Pues cuanto más duramente trabajo, más vivo. Gozo de la vida por la vida misma. Para mí la vida no es una pequeña vela. Es una especie de antorcha esplén­dida que por el momento sostengo, con fuerza, y quiero que arda con el mayor brillo posible antes de entregarla a las futuras generaciones.

El equilibrio en la renovación

El proceso de la autorenovación debe incluir la renovación equi­librada en las cuatro dimensiones de nuestra naturaleza: la física, la espiritual, la mental y la social/emocional.
Aunque la renovación en cada una de las dimensiones es impor­tante, sólo alcanza efectividad óptima cuando las abordamos conjuntamente, de un modo sensato y equilibrado. El descuido de cualquier área afecta negativamente a las restantes.

He descubierto que esto es tan cierto respecto de las organizacio­nes como de las vidas individuales. En una organización, la dimen­sión física se expresa en términos económicos. La dimensión mental o psicológica tiene que ver con el reconocimiento, el desarrollo y el empleo del talento. La dimensión social/emocional es la de las rela­ciones humanas y el modo en que se trata a la gente. Y la dimensión espiritual se refiere a la búsqueda de un sentido en el propósito o aportación y en la integridad de la organización.
Cuando una organización descuida una o más de estas áreas, el todo resulta negativamente afectado. La energía creadora que podría generar una enorme sinergia positiva se utiliza en cambio para luchar contra la organización, y se convierte en fuerzas restrictivas que obs­taculizan el crecimiento y la productividad.

He encontrado organizaciones cuyo único impulso es el econó­mico: ganar dinero. Por lo general no dan publicidad a ese propósito. A veces incluso dan publicidad a algún otro. Pero, en sus corazones, lo único que desean es ganar dinero.
En estos casos encuentro también una gran sinergia negativa en la cultura, que genera, por ejemplo, rivalidades entre los departa­mentos o una comunicación defensiva o autoprotectora, politiqueo o intentos de lograr poder a expensas de los otros. Sin ganar dinero es imposible prosperar, pero ésa no es una razón suficiente para la exis­tencia de la organización. No podemos vivir sin respirar, pero no vi­vimos para respirar.
En el otro extremo del espectro, he visto organizaciones que se centran casi exclusivamente en la dimensión social/emocional. En cierto sentido constituyen una especie de experimento social y su sis­tema de valores no incluye ningún criterio económico. No miden ni calibran su efectividad, y como consecuencia pierden toda eficiencia y finalmente se vuelven inviables en el mercado.

He hallado organizaciones que llegan a desarrollar tres de las cuatro dimensiones: pueden tener buenos criterios en cuanto a servi­cio, economía y relaciones humanas, pero no están realmente com­prometidas en identificar, desarrollar, utilizar y reconocer el talento de las personas. Y si estas fuerzas psicológicas son ignoradas, el es­tilo resultante será una autocracia benévola; la cultura reflejará dife­rentes formas de resistencia colectiva, tendencia a los enfrentamientos, excesivo cambio de personal, y otros problemas culturales pro­fundos y crónicos.
La efectividad organizacional así como también la individual re­quieren el desarrollo y la renovación de las cuatro dimensiones de un modo sensato y equilibrado. El descuido de cualquier dimensión ori­gina la resistencia de un campo de fuerzas negativo contrario a la efectividad y el crecimiento. Las organizaciones y los individuos que reconocen las cuatro dimensiones en su enunciado de la misión crean un marco poderoso para la renovación equilibrada.
Este proceso de perfeccionamiento continuo es el sello del «movimiento de la calidad total» y la clave del poder económico del Japón.

La sinergia en la renovación

La renovación equilibrada es sinérgica en grado óptimo. Lo que uno hace para afilar la sierra en cualquiera de las dimensiones tiene un efecto positivo en las otras, porque todas están altamente interrelacionadas. La salud física afecta a la salud mental: la fuerza espiri­tual afecta a la fuerza social/emocional. Al progresar en una dimen­sión, acrecentamos nuestras aptitudes en las otras.
Los siete hábitos de las personas altamente efectivas producen una sinergia óptima entre esas dimensiones. La renovación en cual­quier dimensión aumenta la capacidad para vivir mejor.

Al renovar la dimensión física, reforzamos nuestra visión perso­nal, el paradigma de la propia autoconciencia y la vo­luntad libre, de la proactividad, del conocimiento de que somos li­bres para actuar y no ser actuados, para elegir nuestra respuesta a cualquier estímulo. Éste es probablemente el mayor beneficio del ejercicio físico. Cada victoria sobre nosotros mismos efectúa un depósito en la cuenta de la seguridad intrínseca personal.
Al renovar nuestra dimensión espiritual, reforzamos el liderazgo personal. Aumentamos nuestra capacidad para vi­vir sobre la base de la imaginación y la conciencia moral, y no sólo de la memoria; para comprender profundamente nuestros valores y paradigmas más íntimos, para crear dentro de nosotros un centro de principios correctos, para definir nuestra misión singular en la vida, para reformular nuestros guiones y vivir en armonía con los princi­pios correctos y beber en las fuentes personales de la fuerza. La rica vida privada que creamos con la renovación espiritual efectúa depó­sitos enormes en la cuenta personal de seguridad.

Al renovar la dimensión mental, reforzamos nuestra administra­ción personal (tercer hábito). Al planificar, nos obligamos a recono­cer las actividades altamente potenciadoras para optimizar el uso del tiempo y la energía, y organizar y ejecutar las actividades centrándonos en esas prioridades. Al emprender un proceso de educación continua, am­pliamos nuestra base de conocimientos y nuestras opciones. La se­guridad económica no reside en el empleo que tenemos; reside en nuestra capacidad para producir: pensar, aprender, crear, adaptarnos. Esa es la verdadera independencia económica. No consiste en tener riquezas, sino en el poder para producirlas. Es intrínseca.
La victoria privada personal —un mínimo de una hora al día de­dicada a la renovación de las dimensiones física, mental y emocio­nal— es la clave para el desarrollo personal y está total­mente en nuestro círculo de influencia. Es lo necesario para integrar esos hábitos en la vida, para con­vertirse en una persona centrada en principios.

Es también el fundamento del éxito en la relación con los demás, la fuente de seguridad intrínseca necesaria para afilar la sierra en la di­mensión social/emocional. Nos procura fuerza personal para centrarnos en nuestro círculo de influencia en las situaciones interdependientes, para ver a los otros a través del paradigma de la mentalidad de la abundancia, para valorar auténticamente sus diferencias y sen­tirnos felices con sus éxitos. Nos proporciona los cimientos para tra­bajar por una comprensión genuina y por soluciones sinérgicas del tipo ganar/ganar en una realidad interdependiente.

La espiral ascendente

La renovación es el principio —y el proceso— que nos permite ascender en una espiral de crecimiento y cambio, de perfecciona­miento continuo.
Para realizar un progreso significativo y sistemático a lo largo de esa espiral, tenemos que considerar otro aspecto de la renovación cuando éste se aplica al privilegio humano específico que dirige este movimiento ascendente: nuestra conciencia moral.

La conciencia moral percibe nuestra congruencia o discrepancia con los principios correctos y nos eleva hacia ellos... cuando está en buena forma.
Así como la educación de los nervios y músculos es vital para el atleta, y la educación de la mente es vital para el estudioso, la educa­ción de la conciencia moral lo es para la persona verdaderamente proactiva y altamente efectiva. Pero el adiestramiento y la educación de la conciencia moral exigen una concentración aún mayor, una disciplina más equilibrada, una vida más coherentemente recta. Re­quiere disfrutar con regularidad de literatura inspiradora, albergar pensamientos nobles y, sobre todo, vivir en armonía con su débil voz.

Así como el exceso de comida y la falta de ejercicio pueden mi­nar el estado de un atleta, las cosas obscenas, groseras o pornográfi­cas pueden nutrir una oscuridad interior que embote nuestra sensibi­lidad superior y reemplace la conciencia natural o divina de «¿Qué es lo correcto y lo incorrecto?» por la conciencia moral social del «¿Me descubrirán?».
Cuando ya tenemos autoconciencia, debemos elegir los propósi­tos y principios que pondremos en práctica en la vida; de otro modo alguna otra cosa llenará el vacío, y perderemos nuestra autoconcien­cia para ser como animales rastreros, cuya finalidad primordial es la supervivencia y la reproducción. Las personas que viven en ese nivel no están viviendo, están siendo vividas. Están reaccionando, no to­man conciencia de los dones singulares que dormitan sin desarro­llarse en su interior.

Y para desarrollarlos no hay atajos. Rige la ley de la cosecha: siempre recogemos lo que sembramos, ni más ni menos. La ley de la justicia es inmutable, y cuanto más coherentes seamos con los prin­cipios correctos, mejor será nuestro juicio sobre cómo funciona el mundo, y más precisos nuestros paradigmas, nuestros mapas del te­rritorio.

 

 

 

 

 

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La espiral ascendente

Creo que, al crecer y desarrollarnos a lo largo de esa espiral as­cendente, debemos mostrar diligencia en el proceso de la renova­ción, educando y obedeciendo a nuestra conciencia moral. Una con­ciencia moral cada vez más educada nos impulsará en la senda de la libertad, la seguridad, la sabiduría y el poder personales.
Para moverse a lo largo de la espiral ascendente es necesario aprender, comprometerse y actuar en planos cada vez más altos. Nos engañamos al pensar que uno solo de esos factores es suficiente. Para no dejar de progresar, debemos aprender, comprometernos y actuar... aprender, comprometernos y actuar... y aprender, comprometernos y de nuevo actuar.

Sugerencias prácticas

  1. Haga una lista de las actividades que lo ayudarían a mantenerse en un buen estado físico, adecuadas a su estilo de vida y con las que usted disfrutaría después de las horas de trabajo.
  2. Elija una de esas actividades e inclúyala como meta en su área del rol personal para la próxima semana. Al final de la semana evalúe su rendimiento. En el caso de que no haya alcanzado esa meta, ¿fue porque la subordinó a un valor auténticamente superior? ¿O no lo­gró usted actuar con integridad respecto de sus valores?
  3. Haga una lista análoga de actividades renovadoras de las dimensiones espiritual y mental. En el área social/emocional, enumere relaciones que le gustaría mejorar, o circunstancias específicas en las que la victoria pública le procuraría una mayor efectividad. Elija un ítem de cada área para planteárselo como meta de la semana. Llé­velo a cabo y evalúe.
  4. Comprométase a poner por escrito actividades específicas para «afilar la sierra» en las cuatro dimensiones todas las semanas, a realizarlas y a evaluar su rendimiento y los resultados.

El futuro no pertenece a quienes saben esperar, sino a quienes saben prepararse.
Manero