176- La cuenta bancaria emocional

176
La Cuenta Bancaria Emocional
No puede haber amistad sin confianza,
ni confian­za sin integridad.
Samuel Johnson

Todos sabemos lo que es una cuenta bancaria. En ella efectua­mos depósitos y constituimos una reserva de la que podemos exigir intereses generados por nuestros depósitos cuando los necesitamos. La «cuenta bancaria emocio­nal» es una metáfora de la confianza incorporada de una relación. Es el sentimiento de seguridad que tenemos respecto de otro ser humano.

Todos tenemos metafóricamente hablando una cuenta bancaria con cada persona que nos relacionamos sea de orden laboral, afectivo, familiar ó amistad.
Para explicarlo le pido se imagine la cuenta emocional que tiene con su pareja novia esposa ó lo que sea. Hacemos depósitos en nuestra cuenta mediante la cortesía, la bondad, la ho­nestidad, manteniendo el compromiso personal con ellos, esto genera un saldo a favor en nuestra cuenta. La confianza que tiene en usted crece por las acciones que realiza (depósitos emocionales), y usted puedo apelar a esa confianza muchas veces, en el caso de que la necesite. Incluso puede equivocarse (retiro emocional), y ese nivel de confianza, de su saldo emocional, compensará la diferencia.

Pero si tiene la costumbre de mostrarse descortés e irrespetuo­so, de interrumpir, de exteriorizar reacciones desmesuradas, de ig­norar a la otra persona, de comportarse con arbitrariedad, de traicionar su confian­za, de amenazarlo(a), si en su vida no vale dos céntimos, la otra persona finalmente mi cuenta bancada emocional quedará sin saldo.
Antes de llegar a ceros, el nivel de confianza será muy bajo. ¿Qué flexibilidad puede esperar? Ninguno. Esta paseando por un campo minado. Debo tener mu­cho cuidado con todo lo que dice. Sopesar cada palabra. Proteger su retaguardia. Y muchas organizaciones funcionan así. Mu­chas familias funcionan así. Muchos matrimonios funcionan así.

Si una gran reserva de confianza no se sostiene mediante depósi­tos constantes, el matrimonio se deteriora. En lugar de una comuni­cación y una comprensión ricas, espontáneas, la situación se con­vierte en acomodaticia, en la que dos personas simplemente tratan de vivir con estilos diferentes, de manera respetuosa y tolerante. La re­lación puede deteriorarse más, y volverse hostil y defensiva. La res­puesta «de lucha o fuga» da origen a batallas verbales, portazos, mu­tismo, repliegue emocional y autocompasión. Puede terminar en una guerra fría en un hogar sostenido sólo por los hijos, el sexo, la pre­sión social o la protección de la imagen. O bien concluir en una gue­rra abierta en los tribunales, donde pueden librarse durante años amargas batallas legales que destruyen el ego, mientras cada una de las partes revive los pecados del otro ex cónyuge.

Y esto ocurre en la relación más íntima, de mayor riqueza poten­cial, más gozosa, satisfactoria y productiva de todas las relaciones posibles en este mundo.
Nuestras relaciones más constantes, por ejemplo el matrimonio, requieren los depósitos más constantes. Con expectativas que no menguan, los antiguos depósitos se evaporan. Cuando uno se en­cuentra con un antiguo compañero de la escuela media que no ha vis­to durante años, puede retomar la relación exactamente donde la ha­bía dejado, porque allí están todavía los antiguos depósitos. Pero las cuentas con las personas con las que interactuamos más frecuente­mente requieren de depósitos más constantes. Las interacciones dia­rias o las impresiones que dejamos (de las que ni siquiera nos damos cuenta) determinan a veces intereses automáticos. Esto es especial­mente cierto con respecto a los adolescentes.

Supongamos que uno tiene un hijo adolescente y que las conversaciones normales con él siguen la línea de «Limpia tu cuarto, abo­tónate la camisa, apaga la radio, ve a cortarte el pelo, ¡y no te olvides de sacar la basura!». Al cabo de un período de tiempo, los reintegros exceden en mucho a los depósitos.

Ahora bien, supongamos que ese hijo está a punto de tomar al­gunas decisiones importantes que afectarán al resto de su vida. El ni­vel de confianza es tan bajo y la comunicación está tan cerrada, y es tan mecánica e insatisfactoria, que el jovencito simplemente no mos­trará ninguna receptividad hacia sus consejos. Usted puede tener co­nocimientos y sabiduría para ayudarlo, pero como su cuenta está tan al descubierto, su hijo terminará tomando una decisión con una pers­pectiva emocional a corto plazo, de la que bien pueden resultar mu­chas consecuencias negativas a largo plazo.

Usted necesita un equilibrio positivo para comunicarse sobre esas delicadas cuestiones. ¿Qué hacer entonces?

¿Qué sucedería si empezara a tomar decisiones concernientes a la relación? Tal vez tenga oportunidad de tener con el muchacho pe­queñas atenciones: comprarle una revista sobre patinaje si el tema le interesa, o acercarse a él cuando trabaja en un proyecto escolar, para ofrecerle ayuda. Tal vez pueda invitarlo al cine, o llevarlo a tomar un helado. Probablemente el depósito más importante entre los posibles consista simplemente en escuchar, sin juzgar, predicar o leer su pro­pia autobiografía en lo que él le dice. Solamente escuche y trate de entender. Hágale sentir su preocupación por él, el hecho de que lo acepta como persona.

Puede que al principio el joven no reaccione. Incluso puede des­confiar. «¿Qué pretende papá? ¿Qué técnicas está ensayando esta vez mamá conmigo?» Pero en la medida en que esos depósitos autén­ticos no se interrumpan, empezarán a sumarse. Disminuirán nuestros números rojos.
Recuerde que el arreglo rápido es un espejismo. Construir y re­parar las relaciones lleva tiempo. Sí uno se impacienta por la falta de respuesta o la ingratitud aparentes, tal vez esté retirando grandes can­tidades y anulando todo el bien que ha hecho. «Después de todo, nuestros sacrificios fueron por ti. ¿Cómo puedes ser tan ingrato? Tra­tamos de ser buenos contigo y tú actúas así. ¡No puedo creerlo!»

Es difícil no impacientarse. Para ser proactivos, centrarse en el círculo de influencia y cultivar lo que crece, se necesita carácter, y no «tirar de las flores para ver cómo están las raíces».
Pero en esto no hay en realidad ninguna posibilidad de arreglo rá­pido. La construcción y reparación de relaciones supone una inver­sión a largo plazo.

Seis depósitos principales

Permítaseme sugerir seis depósitos principales capaces de cons­tituir una cuenta bancada emocional.

Comprender al individuo

Uno de los depósitos más importantes que pueden hacerse con­siste en procurar realmente comprender a la otra persona; ésta es la clave de todos los otros depósitos. Simplemente no sabemos en qué consiste «depositar» en otra persona hasta que se comprende al indi­viduo. Lo que para usted podría ser un depósito —dar un paseo para hablar, ir a tomar un helado, trabajar juntos en un proyecto común— no siempre es percibido como tal por los otros. Incluso es posible que se perciba como un retiro, si no tiene que ver con los intereses o necesidades profundos de la persona.

Lo que para alguien es una misión, para otro es una minucia. Cuando hacemos un depósito, lo que es importante para la otra per­sona debe ser tan importante para nosotros como lo es esa persona. Tal vez estemos trabajando en un proyecto de alta prioridad cuando nuestro hijo de seis años nos interrumpe con algo que para nosotros es trivial, pero para él tiene mucha importancia. Se necesita del se­gundo hábito para reconocer y volver a comprometerse con el valor de esa persona, y del tercer hábito para subordinar nuestros horarios a esa prioridad humana. Al reconocer el valor que el propio niño asigna a lo que tiene que decir, demostramos comprenderlo, y de este modo efectuamos un gran depósito.

Tengo un amigo cuyo hijo desarrolló un ávido interés por el béis­bol. A mi amigo no le interesaba en absoluto. Pero un verano llevó al chico a ver jugar a los principales equipos de la liga. El viaje le llevó más de seis semanas y costó mucho dinero, pero se convirtió en un vínculo fuerte de la relación.
Al volver, a mi amigo le preguntaron: «¿Tanto te gusta el béis­bol?». «No», contestó él, «pero me gusta mucho mi hijo.»

Otro amigo, un profesor universitario mantiene con su hijo ado­lescente una relación terrible. Toda la carrera del hombre había sido esencialmente académica, y le parecía que su hijo malgastaba su vida dedicándose a trabajos manuales en lugar de desarrollar su men­te. En consecuencia, casi constantemente presionaba al muchacho y, en momentos de arrepentimiento, intentaba realizar depósitos que no daban resultado. El jovencito percibía los gestos como nuevas formas de rechazo, comparación y juicio, y ello determinaba gran­des reintegros. La relación se deterioraba destrozando el corazón del padre.

Un día le hice conocer este principio de hacer que lo que es im­portante para la otra persona sea tan importante para uno como la persona misma. Lo grabó profundamente en su corazón. Comprome­tió a su hijo en el proyecto de construir una miniatura de la Muralla China alrededor de la casa. No era sencillo, y los dos trabajaron codo con codo durante más de un año y medio.

Gracias a tal experiencia de vinculación, el hijo pudo superar esa fase de su vida y desarrolló un enorme deseo de perfeccionar su men­te. Pero el beneficio real se produjo en lo que sucedió en la relación. En lugar de ser un punto doloroso, se convirtió en una fuente de gozo y fuerza para padre e hijo.

La regla de oro dice: «Trata a los otros como querrías que ellos te trataran a ti». Si bien superficialmente esto podría entenderse como hacer por los otros lo que queremos que ellos hagan por nosotros, creo que en un aspecto más esencial quiere decir que hay que com­prenderlos profundamente en tanto individuos, como nosotros mis­mos querríamos ser comprendidos, y después tratarlos en los térmi­nos de esa comprensión. Un padre inteligente ha dicho sobre la edu­cación de los hijos: «Hay que tratarlos a todos igual, es decir, a cada uno de modo diferente».

Prestar atención a las pequeñas cosas

Las pequeñas bondades y atenciones son muy importantes. Las pequeñas asperezas, las pequeñas faltas de respeto, suponen reintegros importantes. En una relación, las cosas grandes son las cosas pequeñas.
Recuerdo una noche que pasé con dos de mis hijos hace algunos años. Era una salida organizada de padre e hijos; fuimos a ver gim­nasia y lucha libre, a comer hotdogs, beber naranjada, y después al cine: un paseo verdaderamente completo.

En medio de la película, mi hijo, que en aquel entonces tenía cuatro años, se quedó dormido. Su hermano mayor, de seis perma­neció despierto hasta el final. A la salida cogí al menor en brazos, lo llevé al coche y lo tendí en el asiento trasero. Era una noche muy fría, de modo que lo cubrí con mi chamarra.
Al llegar a casa, volví a llevar al pequeño en brazos y finalmente lo arropé en la cama. Después de que el mayor se pusiera su pijama, se cepillara los dientes y también se acostara, me tendí junto a él para hablar sobre el paseo.
«¿Te ha gustado el paseo?»
«Mucho», contestó.
«¿Te has divertido?»
«Sí.»
«¿Qué te ha gustado más?»
«No sé. Me parece que la acrobacia sobre la cama elástica.»
«Extraordinario, ¿no es cierto? Todas esas volteretas en el aire...»
No existió una respuesta adecuada de su parte. Me encontré tra­tando de hacer avanzar la conversación. Me preguntaba por qué mi hijo no se abría más. Por lo general lo hacía cuando sucedían co­sas que le entusiasmaban. Yo me sentía un poco defraudado. Me pa­recía que algo andaba mal; él había estado muy callado mientras vol­víamos a casa y, después, mientras se preparaba para acostarse.
De pronto me dio la espalda, poniéndose de cara a la pa­red. Preguntándome por qué lo hacía, me puse de pie lo bastante de prisa como para ver lágrimas en sus ojos.
«¿Qué es lo que anda mal, hijo? ¿Qué es?»
Se dio la vuelta, y advertí que se sentía algo azorado por las lá­grimas y el temblor de sus labios y barbilla.
«Papá, si yo tuviera frío, ¿también a mí me cubrirías con la cha­queta?»

De todos los acontecimientos de aquel especial paseo nocturno, lo más importante para él había sido un pequeño acto de cariño: una demostración momentánea e inconsciente de amor a su hermano pe­queño.
Para mí, aquello supuso entonces una lección personal y podero­sa, y sigue siéndolo todavía. Por dentro, las personas son muy tiernas y sensibles. No creo que la edad o la experiencia determinen una di­ferencia importante. Por dentro, incluso detrás del exterior más rudo y duro, están los sentimientos y afectos tiernos del corazón.

Mantener los compromisos

Mantener un compromiso o una promesa es un depósito de suma importancia; romperlos representa un importante reintegro. De he­cho, probablemente no haya reintegro de más peso que hacer una promesa importante y después no cumplirla. La próxima vez que volvamos a hacer una promesa, no nos creerán. La gente tiende a construir sus esperanzas en torno a promesas, en particular en pro­mesas concernientes a su subsistencia básica.

Como padre, he tratado de llevar a la práctica la filosofía de no hacer nunca una promesa que no pueda mantener. Por lo tanto, mis promesas son muy cuidadosas, muy pocas, y trato de ser consciente de todas las variables y contingencias posibles, de modo que no sur­ja de pronto algo que me impida cumplirlas.
A veces, a pesar de mis esfuerzos, aparece lo inesperado, crean­do una situación en la que sería insensato o imposible mantener la promesa hecha. Pero valoro esa promesa. De todos modos la man­tengo o le explico abiertamente la situación a la persona involucrada, y le pido que me libere de la promesa que le hice.

Creo que si el lector cultiva el hábito de mantener siempre las promesas que hace, tenderá puentes de confianza que pasen sobre las brechas de incomprensión que puedan existir entre él y su hijo. En­tonces, cuando el pequeño quiera hacer algo que uno no quiere que haga, y cuyas consecuencias puede prever una persona madura, pero no el niño, podemos decirle: «Hijo, si haces esto, te aseguro que esto otro será el resultado». Si en ese niño se ha cultivado la confianza en la palabra de los padres, en sus promesas, seguirá el consejo.

Aclarar las expectativas

Imagine las dificultades que debería afrontar si usted y su jefe tu­vieran diferentes supuestos acerca de a quién le corresponde descri­bir la tarea que usted hace.
«¿Cuándo voy a tener la descripción de mi puesto?», podría pre­guntar usted.
«He estado esperando que me la trajera para discutirla», podría responder su jefe.
«Creo que describir mi puesto le corresponde a usted.»
«Ése no es mi rol en absoluto. ¿No se acuerda? Desde el princi­pio le dije que el modo en que se desenvuelva en gran medida de­pende de usted.»
«Pensé que quería decir que la calidad de mi trabajo dependía de mí. Pero ni siquiera sé en qué consiste realmente mi trabajo.»
Las expectativas poco claras en el área de las metas también so­cavan la comunicación y la confianza.
«Hice exactamente lo que usted me pidió que hiciera y aquí está el informe.»
«No quiero un informe. La meta era resolver el problema, no analizarlo e informar sobre él.»
«Creí que la meta era una buena caracterización del problema para que algún otro se hiciera cargo de la solución.»
¿Cuántas veces hemos mantenido esta clase de conversaciones?
«Usted dijo...»
«No, se equivoca. Yo dije...»
«Pero no, usted nunca dijo que se suponía que yo...»
«¿Cómo que no? Yo claramente dije...»
«Usted nunca mencionó...»
«Pero si ése fue nuestro acuerdo...»

La causa de casi todas las dificultades que aparecen en las rela­ciones arraiga en expectativas conflictivas o ambiguas en torno a los roles y metas. Ya se trate de la cuestión de quién hace qué en el tra­bajo, de cómo se comunica uno con su hija cuando le dice que arre­gle su cuarto, o de quién pondrá la comida al pez y sacará la basura, podemos estar seguros de que las expectativas poco claras provoca­rán incomprensiones, decepciones y retiros de confianza.

Muchas expectativas son implícitas. No han sido anunciadas o enunciadas explícitamente, pero sin embargo las personas las incorporan a una situación particular. En el matrimonio, por ejemplo, el hombre y la mujer tienen expectativas recíprocas respecto de sus ro­les. Aunque no se hayan examinado (y a veces ni siquiera reconocido por la persona que las alberga), satisfacerlas provoca grandes depó­sitos para la relación, mientras que violarlas representa reintegros.
Por ello es tan importante, siempre que se ingresa en una situa­ción nueva, poner todas las expectativas sobre la mesa. Las personas las utilizarán para empezar a juzgarse recíprocamente, y si sienten que se han violado sus expectativas básicas, la reserva de confianza disminuirá. Creamos muchas situaciones negativas al dar por senta­do que nuestras expectativas son evidentes por sí mismas, y que los otros las comprenden y comparten claramente.

El depósito consiste en comenzar con expectativas claras y explí­citas. Esto supone una inversión real de tiempo y esfuerzo al principio, pero el ahorro de grandes cantidades de tiempo y esfuerzo para más adelante. Cuando las expectativas no son claras y compartidas, la gen­te empieza a verse envuelta emocionalmente, y las incomprensiones se multiplican, originando colisiones y fracturas de la comunicación.

La clarificación de las expectativas requiere a veces mucho cora­je. Actuar como si no existieran diferencias y confiar en que las co­sas marcharán parece más fácil que afrontar esas diferencias y traba­jar juntos para llegar a un conjunto de expectativas mutuamente acordadas.

Demostrar integridad personal

La integridad personal genera confianza y constituye la base de muchos tipos diferentes de depósitos.
La falta de integridad puede socavar casi cualquier otro esfuerzo tendente a crear grandes cuentas de confianza. Es posible tratar de comprender, recordar las pequeñas cosas, mantener las promesas, aclarar y satisfacer las expectativas, sin que por ello se constituyan reservas de confianza si las personas actúan con duplicidad interior.

La integridad incluye la veracidad, pero va más allá de ella. La veracidad consiste en decir la verdad: en otros términos, en adecuar nuestras palabras a la realidad. La integridad consiste en adecuarla realidad a nuestras palabras; en otros términos, mantener las pro­mesas y satisfacer las expectativas. Esto requiere un carácter integrado, una unicidad, primordialmente con uno mismo, pero también con la vida.
Uno de los modos más importantes de poner de manifiesto la in­tegridad consiste en ser leales con quienes no están presentes. De esa manera construimos la confianza de los que sí lo están.

Cuando uno defiende a quienes están ausentes, retiene la confian­za de los presentes.
Supongamos que el lector y yo conversamos a solas, y que criti­camos a nuestro supervisor como no nos atreveríamos a hacerlo en su presencia. Ahora bien, ¿qué sucederá si el lector y yo nos enemis­tamos? El lector sabrá que yo voy a hablar de sus defectos con algún otro. Eso es lo que usted y yo hemos hecho a espaldas de nuestro su­pervisor. Usted conoce mi carácter. Yo digo amabilidades frente a frente y hablo mal por detrás. Usted me ha visto hacerlo.
Ésa es la esencia de la duplicidad. ¿Puede esto crear una reserva de confianza en la cuenta que yo tengo depositada en usted?

Por otra parte, supongamos que usted empieza a criticar a nues­tro supervisor y yo estoy básicamente de acuerdo con algunas de esas críticas, de modo que le propongo que vayamos directamente a ver a ese hombre para exponerle efectivamente de qué modo podrían mejorarse las cosas. En tal caso, ¿qué sabría usted acerca de lo que yo voy a hacer si alguien lo critica a sus espaldas?

Tomemos otro ejemplo. Supongamos que en mi esfuerzo por construir una relación con usted, le digo algo que otra persona me ha confiado en secreto. «Realmente no debería decírselo, pero como us­ted es mi amigo...» Esa deslealtad mía respecto de otra persona, ¿acrecentaría mi cuenta de confianza en usted? ¿O lo llevaría a pre­guntarse, por su parte, si las cosas que usted mismo me ha confiado no las estoy compartiendo con otros?
Podría parecer que esa duplicidad efectúa un depósito en la per­sona con la que se está, pero en realidad es un reintegro, porque lo que uno comunica es la propia falta de integridad. Así se puede con­seguir el huevo de oro del placer transitorio consistente en despreciar a alguien o compartir información privilegiada, pero estamos aho­gando a la gallina, debilitando la relación que proporciona un placer duradero en la asociación.

La integridad en una realidad interdependiente consiste simple­mente en que uno trata a todo el mundo siguiendo el mismo conjun­to de principios. Cuando lo hagamos, las personas llegarán a confiar en nosotros. Puede que al principio no aprecien las francas experien­cias de confrontación que esa integridad es capaz de generar. La con­frontación exige un considerable coraje, y muchas personas preferi­rían seguir la vía de la menor resistencia, desmereciendo y critican­do, traicionando confidencias, o participando en el chismorreo sobre otros a espaldas de ellos. Pero, a largo plazo, la gente confiará en no­sotros y nos respetará si somos veraces, abiertos y amables con ella. Importamos lo bastante como para que valga la pena la confronta­ción. Y se dice que poseer la confianza de alguien en más que poseer su amor. A largo plazo, estoy convencido de que quien tiene la con­fianza también tendrá el amor.

Cuando mi hijo era muy pequeño, a menudo me hacía una pregunta muy profunda. Cada vez que yo reaccionaba ante alguien desmesuradamente, o demostraba una gran impaciencia o descorte­sía, él se mostraba tan vulnerable y franco, y nuestra relación era tan buena, que simplemente me miraba a los ojos y me decía: «Papá, ¿me quieres?». Si le parecía que yo estaba violando un principio bá­sico de la vida con respecto a algún otro, se preguntaba si no lo vio­laría también respecto de él.

Como maestro y como padre, he descubierto que la clave de los noventa y nueve es el restante uno, en particular ese uno que pone a prueba la paciencia y el buen humor de los muchos. Es el amor y la disciplina del «uno» (estudiante o hijo) lo que transmite amor a los otros. El modo en que tratamos al «uno» revela el modo en que con­sideramos a los noventa y nueve restantes, porque en última instan­cia cada uno de ellos es «un uno».

Integridad significa también evitar toda comunicación engañosa, desleal o que no respete la dignidad de las personas. Según la defini­ción de la palabra, «mentira es toda comunicación que intenta enga­ñar». Ya nos comuniquemos con palabras o conductas, si somos ín­tegros, nunca podremos intentar el engaño.

Disculparse sinceramente cuando realiza un retiro de la cuenta

Cuando realizamos retiros de una cuenta bancaria emocional, debemos disculparnos y hacerlo sinceramente. Las siguientes pala­bras sinceras representan depósitos considerables:
«Me equivoqué».
«No fue amable por mi parte.»
«Fui irrespetuoso»
«No respeté su dignidad, lo lamento profundamente.»
«Te avergoncé frente a tus amigos, sin ningún derecho. No debí hacerlo, ni siquiera para demostrar que yo tenía razón. Discúlpame.»

Se necesita mucha fuerza de carácter para disculparse con rapi­dez, de todo corazón y no de mala gana. Para disculparse auténtica­mente es necesario ser dueño de uno mismo y tener una seguridad profunda respecto de los principios y valores fundamentales.
Las personas con poca seguridad interior no pueden disculparse, porque ello las lleva a sentirse demasiado vulnerables. Les parece que se muestran blandas y débiles, y temen que los otros se aprovechen de su debilidad. Su seguridad se basa en las opiniones de los otros, y les preocupa lo que ellos puedan pensar. Además, por lo general, se sienten justificadas en lo que han hecho. Justifican su propio error con el error de algún otro. Y si llegan a disculparse, lo hacen superficialmente.
«Si vas a hacer una reverencia, que tu inclinación sea pronuncia­da», dice la sabiduría oriental. «Paga hasta la última moneda», dice la ética cristiana. Para constituirse como depósito, la disculpa tiene que ser sincera. Y tiene que percibirse como sincera.

Leo Roskin enseñó que «El débil es el cruel. La amabilidad sólo puede esperarse del fuerte».
Una tarde me encontraba escribiendo, en el escritorio de mi casa, sobre el tema de la paciencia. Oía a los chicos corriendo de aquí para allá y haciendo ruido. Sentía que mi propia paciencia empezaba a desvanecerse.
De pronto, mi hijo David empezó a golpear la puerta del baño, gritando hasta el límite de sus fuerzas: «¡Déjame entrar! ¡Déjame en­trar! ¡Déjame entrar!».

Salí corriendo del escritorio y le hablé con energía. «David, ¿tie­nes idea de lo que todo esto me molesta? ¿Comprendes lo difícil que es concentrarse y escribir creativamente? Ve a tu cuarto y quédate allí hasta que puedas comportarte como corresponde.» Así lo hizo, abatido, y cerró la puerta.
Al volverme advertí otro problema. Los niños habían estado ju­gando a fútbol americano en el corredor de un metro veinte centímetros de ancho, y uno de ellos había recibido un codazo en la boca, pOr lo que, tendido en la sala, estaba sangrando. Descubrí que David ha­bía ido al baño a buscar una toalla mojada. Pero su hermana María, que se estaba duchando, no quiso abrirle.

Al comprender que yo había interpretado la situación de un modo totalmente erróneo y que había exagerado mi reacción, de in­mediato fui a disculparme con David.
En cuanto abrí la puerta, lo primero que me dijo fue: «No quiero perdonarte».
«¿Por qué no, hijo?», pregunté. «Con toda sinceridad, no me ha­bía dado cuenta de que querías ayudar a tu hermano. ¿Por qué no me perdonas?»
«Porque hiciste lo mismo la semana pasada», fue la respuesta. En otras palabras, lo que estaba diciendo era: «Papá, tu cuenta está en números rojos; hablando a tu modo no vas a zafarte de un problema que tú mismo has creado con tu conducta».

Las disculpas sinceras representan depósitos; las disculpas reite­radas e interpretadas como insinceras representan retiros. Y la calidad de la relación lo refleja.
Una cosa es cometer un error, y otra muy distinta no admitirlo. La gente perdona los errores, porque los errores suelen ser cosas de la mente, del juicio. Pero no se perdonan fácilmente los errores del co­razón, la mala intención, los malos motivos, la justificación que por orgullo pretende encubrir el error.

Las leyes del amor y las leyes de la vida

Cuando efectuamos depósitos de amor incondicional, cuando vi­vimos las leyes primordiales del amor, también estamos animando a otros para que lo hagan. En otras palabras, cuando verdaderamente amamos a los demás sin poner condiciones, sin ataduras, los ayuda­mos a sentirse seguros, a salvo, validados y afirmados en su mérito esencial, en su identidad e integridad.

Se anima su proceso natural de desarrollo. Les facilitamos la vi­vencia de las leyes de la vida —cooperación, contribución, autodis­ciplina, integridad— y a descubrir y ser fieles a lo mejor y más im­portante de su propio interior. Les otorgamos la libertad de actuar sobre la base de sus propios imperativos internos, en lugar de reaccio­nar a nuestras condiciones y limitaciones. Esto no significa que seamos permisivos o blandos, lo cual es en sí mismo un reintegro importan­te. Aconsejamos, imploramos, establecemos límites y consecuencias. Pero amamos a cualquier precio.
Cuando violamos las leyes primordiales del amor —cuando im­ponemos ataduras y condiciones a ese don— en realidad animamos a los otros a violar las leyes primordiales de la vida. Los colocamos en una situación defensiva y reactiva en la que sienten que tienen que demostrar: «Yo importo como persona, independientemente de ti».

En realidad, no son independientes. Son contra dependientes; esto es otra forma de dependencia. Se vuelven reactivos, casi centrados total­mente en el enemigo, más preocupados por defender sus «derechos» y por producir pruebas de su individualidad, que por escuchar proactivamente y por hacer honor a sus propios imperativos internos.
La rebelión es un nudo del corazón, no de la mente. La clave es efectuar depósitos, depósitos continuos de amor incondicional.

Tuve un amigo que era decano de una escuela muy prestigiosa. Durante años planificó y ahorró para que su hijo tuviera la oportuni­dad de asistir a esa misma institución, pero, cuando llegó el momen­to, el muchacho se negó a hacerlo.
Esto preocupó profundamente al padre. Graduarse en esa escue­la representaba para el joven una gran ventaja. Además se trataba de una tradición familiar. Tres generaciones anteriores habían estudiado en aquel establecimiento. El padre arguyó, exhortó y habló. También trató de escuchar a su hijo para comprenderlo, confiando siempre en que el muchacho cambiaría de opinión.

Sutilmente, estaba transmitiendo un mensaje de amor condicio­nal. El hijo sentía que, en alguna medida, el deseo del padre acerca de que él estudiara en esa escuela era mayor que el valor que le asig­naba como persona y como hijo, lo que resultaba terriblemente ame­nazante. En consecuencia, luchó por su propia identidad e integri­dad, intensificando sus esfuerzos y reforzando su resolución para ra­cionalizar su decisión de no inscribirse en la institución.

Después de un intenso autoanálisis, el padre optó por hacer un sacrificio: renunciar al amor condicional. Sabía que el hijo podría no efectuar las elecciones que él deseaba; sin embargo, padre y madre resolvieron amar al hijo incondicionalmente, con independencia de su elección. Resultaba extremadamente difícil, porque el valor de la experiencia educativa del joven estaba muy cerca de sus corazones, y porque se trataba de algo que habían planeado y por lo que habían luchado desde su nacimiento.

Padre y madre atravesaron un proceso muy difícil de reescritura del guión, luchando por comprender realmente la naturaleza del amor incondicional. Le dijeron al muchacho lo que estaban haciendo y por qué, y también que habían llegado a un punto en el que podían decir con toda honestidad que la decisión que tomara no afectaría ni en lo más mínimo el amor incondicional que experimentaban por él. Ellos no hacían eso para manipularle, para «ponerlo en orden». Lo hacían como prolongación lógica de su crecimiento y de su carácter.

El muchacho casi no reaccionó en aquel momento, pero en ese punto sus padres poseían un paradigma tal de amor incondicional que sus sentimientos no podían variar por ello. Más o menos una se­mana después, el hijo les confirmó su decisión de no ir a aquella es­cuela. Ellos estaban perfectamente preparados para tal respuesta, y siguieron demostrándole un amor incondicional. Todo estaba en or­den, y la vida continuó normalmente.

Al cabo de poco tiempo, ocurrió algo interesante. Como el chico ya no sentía la necesidad de defender su posición, sondeó más pro­fundamente su interioridad y descubrió que en realidad quería pasar por aquella experiencia educativa. Solicitó el ingreso en la escuela, y después se lo comunicó al padre, quien de nuevo demostró su amor incondicional al aceptar totalmente la decisión del hijo. Mi amigo se sintió feliz, pero no en exceso, pues había aprendido verdaderamen­te a amar sin condiciones.

Dag Hammarskjold, ex secretario general de las Naciones Uni­das, formuló cierta vez una observación profunda y de amplio alcan­ce: «Es más noble entregarse por completo a un individuo, que tra­bajar con diligencia por la salvación de las masas».
Entiendo que esto significa que puedo dedicar ocho, diez o doce horas al día, cinco, seis o siete días a la semana, a los millares de per­sonas y proyectos que están «allí afuera», y sin embargo no tener una relación profunda, significativa, con mi esposa, mi hijo adolescente o mis compañeros de trabajo más próximos. Y requeriría más noble­za de carácter —más humildad, coraje y fuerza— reconstruir esas re­laciones singulares, que seguir consagrando todas esas horas a una multitud de personas y causas.

En veinticinco años de asesoramiento a organizaciones, siempre me ha impresionado el poder de ese enunciado. Muchos de los pro­blemas de las organizaciones provienen de dificultades de relación en la cumbre: entre los dos socios de un estudio profesional, entre el propietario y el presidente de una compañía, entre el presidente y el vicepresidente ejecutivo. Verdaderamente se necesita más nobleza de carácter para afrontar y resolver esas cuestiones que para conti­nuar trabajando con diligencia a favor de los muchos proyectos y personas que están «allí afuera».

Cuando tropecé por primera vez con la frase de Hammarskjold, yo estaba trabajando en una organización en la que las expectativas entre el individuo que era mi mano derecha y yo mismo no estaban muy cla­ras. Yo simplemente no tuve el coraje de afrontar nuestras diferencias de expectativas de roles, metas y valores, particularmente en lo concernien­te a nuestros métodos de administración. De modo que trabajé algunos meses siguiendo arreglos transitorios para evitar lo que podría conver­tirse en una confrontación muy desagradable, mientras en el interior de aquel hombre y en el mío se desarrollaban sentimientos negativos.

Después de leer que es más noble entregarse completamente a un individuo que trabajar con diligencia por la salvación de las masas, me sentí profundamente influido por la idea de reconstruir esa relación.
Tenía que pertrecharme bien para lo que me esperaba, porque sa­bía que iba a ser realmente difícil sacar a la luz los problemas y lograr una comprensión y un compromiso profundos y compartidos. Re­cuerdo haber temblado antes de la visita. Él parecía un hombre muy duro, muy convencido de sus propios métodos y sus aptitudes. Temía que una confrontación amenazara nuestras relaciones y que como con­secuencia yo perdiera su colaboración.
Realicé un ensayo general mental de la visita que esperaba, y fi­nalmente tomé posiciones en mi interior en lo referente a ciertos principios, pero no a la práctica de lo que iba a decir y hacer. Después alcancé un estado de paz mental y me sentí con el coraje suficiente para emprender la comunicación.

Cuando nos reunimos, para mi sorpresa total, descubrí que aquel hombre había atravesado el mismo proceso, y también deseaba mante­ner esa conversación. Era cualquier cosa menos duro y autodefensivo.

Sin embargo, teníamos estilos administrativos considerablemen­te distintos, y toda la organización estaba reaccionando a esas dife­rencias. Ambos reconocimos los problemas que nuestra desunión ha­bía originado. Al cabo de varias visitas, pudimos afrontar las cuestio­nes más profundas, ponerlas sobre la mesa, y resolverlas una a una con un espíritu de gran respeto mutuo. Fuimos capaces de crear un poderoso equipo en el que nos complementábamos, y de desarrollar un profundo afecto personal, que tuvo una enorme influencia en nuestra aptitud para trabajar juntos con efectividad.

Para crear la unidad necesaria en la conducción efectiva de la empresa, de una familia o un matrimonio, se requiere gran fuerza y coraje personales. En el desarrollo de relaciones, no se puede com­pensar la falta de nobleza del carácter personal con numerosas habi­lidades técnicas para la administración del trabajo. Es en un nivel muy esencial, de persona a persona, donde vivimos las leyes primor­diales del amor y la vida.