064- Déjalo Ir

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Déjalo Ir

El origen de todo sufrimiento
            son los apegos.
Anthony de Mello

La semana pasada estuve en la Ciudad de Guadalajara por razones de trabajo, llevaba yo la inquietud de buscar a un antiguo queridísimo amigo y compañero de la escuela profesional, quién recién terminada la carrera profesional se fue a radicar a esa ciudad. Deseaba que mi llamada fuera para él una "¡Gratísima sorpresa!", después de 20 años de no vernos.

Les comentaré que los 5 años que vivimos juntos la experiencia de compartir la escuela profesional, también fue una oportunidad de convivir y conocer a una extraordinaria persona, ciertamente él marcó mi vida de una manera trascendente porque con él conocí un mundo diferente al mío, que me permitió conocer otros enfoques de vida y pensamiento.
 
Con este amigo aprendí que existían Duran-Duran, Depeche Mode y muchos más, que me llegaron a encan­tar. Su pasión era el fútbol americano y me convenció de que jugáramos en el equipo de la escuela que participaba en la liga intermedia en México, hasta que después de una tacleada que casi me sacan en camilla del campo de juego, con la rodilla casi fuera de su lugar, decidí que esto no era para mí.

Siempre me ha atraído la gratísima experiencia de intercambiar información y así juntos crecer; de hecho, con mi mejor amigo de la escuela profesional siempre sucedió así. De él aprendí mucho de la vida; casi fue quien me sacó del cascarón. Me decía: "mira, te juro que hay muchas cosas interesantes allá afuera, más allá de tus estudios". Sé que también yo ayudé en algo a quitarle su propio cascarón, pero porque tenía fama de un huevo de oro y su promedio en muchas materias era de regular a malo. Recuerdo vívidamente nuestro primer encuentro, me pidió ayuda para que le explicara Quími­ca.

Así empezó una época mágica en nuestras vidas o por lo menos en la mía, la relación de dos extraordi­narios amigos que se complementaban fenomenalmente. La comunicación creció a pasos agigantados y nos hici­mos grandes amigos. La amistad creció a tan altos nive­les que empezaron a sucederse los desafíos de toda auténtica amistad: comprenderse y empatar, diferir y perdonar. Llegó un día que me comunico que planeaba mudarse a Guadalajara, simplemente se fue y nunca supe más de él.

20 años después busco en el directorio telefónico su apellido con el nerviosismo de un reencuentro y la ilusión por el reen­cuentro en ambos e imaginé un gratísimo reenlace de vidas y eureka lo encontré, le marco, me contesta una voz femenina peguntando por mi nombre y unos instantes después la voz de mi amigo. Le di un gratísimo saludo que sentí no tuvo el mismo eco del otro lado de la línea telefónica, pareciera que nos llamáramos diario, me pregunto ligeramente por mí, le pegunte por él, su familia, su ocupación actual y algunos comentarios que salieron al aire de estos 20 años, por su parte me pregunto por algunos compañeros de aquella época durante unos 15 minutos. En eso nos informan que es hora de cerrar la oficina por lo que tenemos que retirarnos, le comunico que debo terminar la llamada y que solo me quedan dos días más en Guadalajara, me contesto que cuando quisiera le telefoneara después de x hora a ese mismo número, nos despedimos y colgué el teléfono.

La emoción que me embargaba no encontró eco alguno. Mi reflexión: es una respuesta lógica y normal. Y es que los amigos, así hayan sido los mejo­res, pueden cambiar tanto con el tiempo, que luego de dos décadas de ausencia, es como si fueran unas personas totalmente nuevas al reencontrarse. La amistad no cumple con la ley de la inercia, no camina sola, hay que empujarla con frecuencia para que siga andando.

Las personas que llegan a tu vida aparecen para de­cirte algo, para ayudarte a descubrir algo, para darte una lección, pero una vez que esto ocurre, cuando has apren­dido la lección y te gradúas en dicho aprendizaje, la persona que algo te debía enseñar debe partir. Las amista­des van cambiando, definitivamente. Si en la vida, real y auténticamente te interesa crecer y desarrollarte con­dición fundamental para la reflexión que te daré ahora, es necesario que aprendas esto: perder a los amigos es señal de que vamos por el buen camino; permanecer toda la vida con las mismas personas, ¡no es tan buena señal!

Pienso que el crecimiento espiritual de un ser huma­no conlleva momentos en que debemos aprender a "dejar ir", Y cuando dejas ir experimentas un momento de vacío, mismo que por definición luego llenarás, y así sucesivamente. Muchos aspirantes al desarrollo humano y crecimiento espiritual pasamos por afortunados momen­tos de vacío. Lo viejo ha dejado de atraemos y lo nuevo no se nos ha manifestado aún. Es una época en la que los amigos, actividades y pasatiempos ya no nos resultan atractivos, pero aún así no hay nada nuevo que los sus­tituya.

Desprendemos de alguien duele al principio, pero si en ello cultivamos la virtud de la paciencia, nos encon­traremos con que ese desprendimiento era más que ne­cesario para abrimos paso al siguiente nivel en nuestra evolución como personas. Si creces, vas dejando ir, de lo contrario, te atas.

En alguno de los libros que siempre están en mi buró, recuerdo haber leído una frase de este estado interme­dio como un "pasillo entre dos habitaciones". Hemos dejado parte de nuestra historia personal atrás, en la otra habitación, para ir a una mejor, pero de momento nos podemos encontrar en el pasillo. Hoy sé que se trata de un proceso natural y necesario, de hecho es una buena señal. En el rascacielos llamado "Vida", estamos ascen­diendo a otro piso y los amigos del piso anterior no quisieron subir contigo. Salir de la habitación para ir a otra o subir al siguiente piso, significa que hemos com­pletado una etapa de crecimiento y que estamos listos para algo nuevo y mejor. Así surgen los nuevos amigos, los de la habitación siguiente, los del piso de arriba.

Durante este periodo de transición, mientras sana­mente debemos "dejar ir", necesitamos tener fe y re­cordar que nuestras aspiraciones se harán realidad en su momento, no antes. Si te vas a vivir a otra ciudad, tendrás que pasar un rato en la carretera que une a la ciudad anterior con la nueva, para ti. Este trayecto te puede producir cierta inseguridad, pero también puede emo­cionarte al saber que te diriges a algo mejor. Ese "mejor" nunca llegará si no aprendemos a "dejar ir". Si logramos dejar ir, si logramos desapegarnos y confiar en el proce­so del desarrollo y crecimiento espiritual del ser hu­mano, alcanzaremos a ver en la vida el milagro de la fluidez. Necesitamos aprender a dejamos fluir. Los ape­gos generan sufrimiento porque la vida es un fluir cons­tante en donde no hay atadura alguna. Las ataduras son cuerdas y cadenas que surgen de nuestra miopía al intentar ver el fluir natural de la vida con el anhelo de sentir seguridad en aquello a lo que nos hemos atado. La vida no funciona así. La vida es un fluir y sentiremos ser parte de ese milagroso flujo cuando aprendamos a dejar ir.

¿Cómo puedes dejarte fluir? Observa a un surfista. Cada vez que he tenido la oportunidad de observar una competencia de surf, me llama la atención que el mejor es aquel que se deja llevar (fluir) por las olas, pero cuan­do quiere dominar la ola y ser él quien marca el paso, suele caer, golpearse y perderse momentáneamente en el fondo, lo revuelca la ola. Hoy te quiero invitar a que con una nueva conciencia, aprendamos a surfear la vida; si no te dejas fluir, si no dejas ir muchas cosas y perso­nas, la vida te puede revolcar.

Los amigos que me ha presentado la vida y que he dejado ir, si los vuelvo a ver, los veo con mucho gusto; cada quién ha labrado su propia leyenda personal y en ello nadie se debe meter. Paulo Coelho señala en El Al­quimista, una gran verdad: el que viaja sabe que es siem­pre necesario partir un día, la vida es un viaje constante.

A su vez, James Redfield en La profecía celestina*, en una de las iluminaciones plantea una cuestión muy im­portante: ¿cuántas veces por vivir atados a alguien o a algo, sentimos que detenemos nuestro crecimiento?... Hay que estar alertas y observar que esto ocurre cuando uno se apasiona por una persona. La codependencia, la cos­tumbre o la tradición, instancias todas ellas que no nos permiten "dejar ir", siempre detienen nuestro crecimien­to, frenan nuestra evolución.

La fusión de dos personas en una
da como resultado
            dos medias personas.
W AYNE W. DYER

Con algunas relaciones (amistades o de pareja) uno nota que con el tiempo los caminos se van separando y em­piezan a desarrollarse distintos intereses y actividades. En lo personal yo notaba la separación a leguas, pero me resistía, arguyendo falta de cariño o de cuidado, o de interés. Sin embargo, es curioso que cuando más nos afe­rramos a seguir con algo o con alguien, es cuando más nota nuestro corazón que los caminos se están distan­ciando. Definitivamente, el único que sabe surfear la vida es el corazón.

Buscar a mi amigo fue extraordinariamente gra­to, pero entendí que aunque nuestro pasado fue muy valioso, nuestro brevísimo reencuentro también lo fue por el simple hecho de que aprendí a "dejado ir".

Cambiar de opinión con respecto a algo o a alguien requiere de una gran flexibilidad, y es ella la que nos permite aprender a dejar ir. La sabiduría oriental señala: la flexibilidad es más poderosa que la resistencia, pero  nadie la pone en práctica. El poder no estriba en hacer lo que nosotros queramos, sino en acoplarnos al sano fluir de la vida para, así, seguir construyendo. Con nues­tro físico, con nuestro dinero o con nuestro conocimien­to, el poder que ganamos en este mundo es como una burbuja en el océano, que nos hace sentir diferentes y "aparte" del mar, pero tarde ó temprano esa burbuja ex­plotará, y entonces nos reintegraremos al océano.

Sé que estos conceptos pueden ser impactantes para algunos lectores. Ojala que con una nueva conciencia podamos estar de acuerdo. Deja ir y verás lo bueno que llega. Sin embargo, cuando explico y ayudo a vivir esta nueva conciencia a alguno de mis amigos, suele surgir esta pregunta: ¿cuándo somos libres de dejar ir a al­guien o algo que no consideramos fructífero, pero sin confundirlo con evasión de responsabilidad? ¡Magnífica pregunta! ¿Cuándo dejar a ese amigo? ¿Cuándo se impo­ne un divorcio? ¿Cuándo renunciar a aquel trabajo? ¿Cuán­do? Cuando en lo más profundo de tu corazón –donde nadie más que tú opina- sientas la certeza de que no estás huyendo con la esperanza de encontrar un sustitu­to mejor.

Si hay carga emocional, no es bueno dejar ir, hasta sería aconsejable retener o quedarse, pero si, por otra parte, nos sentimos satisfechos y plenos, con una conciencia limpia respecto a lo que hemos hecho, y sin­ceramente sabemos que ya no es un reto ni nos aporta nada constructivo, lo mejor es apartarse. Es una voz interna, no un impulso emocional, lo que nos dice: "déjalo ir", Y así se nos guía por el camino de la verdad.

Estoy comprometido con la verdad,
            no con la consistencia.

MAHATMA GANDHI

Los padres o madres responsables lo entienden perfectamente; saben que los hijos no los tendrán por siempre. A su vez, cualquier hijo sensato sabe que nunca tendrá por siempre a sus padres. Cualquier jefe sabe que su mejor colaborador querrá desplegar las alas, y lo debe dejar ir para favorecer su crecimiento. Cualquier persona que ha superado una separación también lo sabe. Si aprendemos a "dejar ir" con el fluir natural de la vida, no lu­charemos contra nada o nadie. Al no luchar, nunca nos debilitaremos, sino por el contrario, nos fortaleceremos. Desde que aprendí a "dejar ir", más milagros han sucedido en mi vida. Es algo difícil de explicar, pero así ocurre ¡diario!

Si llegas a sentir profundamente este mensaje, lejos de sentir nostalgia o tristeza por la pérdida o el distancia­miento, lejos de sufrir por ya no tener a alguien o algo, se abrirá un horizonte que no habías logrado ver, ni mucho menos imaginar, y te puedo asegurar con el máxi­mo grado de verdad, la evidencia incluso de mi vida, que "dejar ir" te conferirá una gran...

¡Emoción por existir!