058- Mi fórmula de la invulnerabilidad

58
Mi Fórmula de la Invulnerabilidad

“La cabeza de los demás es un lugar
demasiado desdichado para que en
él se asiente mi auténtica felicidad”.
- Schopenhauer

Pasamos tanto tiempo queriendo dar gusto a los demás con nuestro comportamiento que así es como generamos nuestro propio paredón donde nos exponemos para ser atacados por los comentarios que esperamos de los otros. El colmo es que uno mismo prepara el campo de ataque y uno mismo se coloca en el blanco, y así es como un ser humano se hace vulnerable, al conferirle importancia a los comentarios que los demás hacen de uno. Y es que nada ni nadie tiene importancia, salvo la que uno mismo decide darle. ¡He ahí nuestro poder, para bien o para mal! La vulnerabilidad que permitimos es la cualidad elegida de ser vulnerables, es decir, otorgar permiso para ser herido o recibir lesión, física o moral. Mi invitación el día de hoy es a elegir precisamente lo contrario, opción que en todo momento existe, optar por tu propia invulnerabilidad, elegir que nada ni nadie te hiera o lesione física o moralmente, y te diré cómo.
            Llega un momento en la vida en que necesitamos darnos cuenta de algo: gran parte de nuestro malestar, de nuestros momentos de desdicha o infelicidad, suelen ser porque nos sentimos desacreditados o no queridos por lo que alguien dijo de nosotros, y siendo ese alguien una persona a la que nosotros le conferimos importancia. Aquí lo más trascendente en un despertar hacia una Nueva Conciencia es entender que “nosotros le conferimos” el poder a una persona para afectarnos. Ninguna persona en absoluto, ninguna, ya sea tu esposo, esposa, novio, novia, jefe, padre, madre, hijo, quien sea, tiene el más mínimo poder para afectarnos si nosotros no se lo conferimos. Darse cuenta de este gran poder que tenemos es una de las facultades de liberación (o esclavitud) más efectivo que el ser humano tiene. Nuestro prestigio es algo que se encuentra en la cabeza de las otras personas, y en ese lugar, uno no puede hacer nada. Es un lindero exclusivo de la otra persona.
            La gente que se preocupa mucho por su imagen pública automáticamente está esclavizada a lo que digan los demás de él. Y esa esclavitud genera concomitantemente vulnerabilidad. Es el ego del ser humano que está sediento de aprobación constante, y es así, mediante nuestro ego, que decidimos hacernos vulnerables. Esta es una de las trampas que nos pone nuestro ego para caer en el lado oscuro de la vida, con todas sus ruindades, desdichas y ansiedad. Cada vez que me encuentro a una persona preocupada o deprimido por lo que sus familiares dicen de él, por lo que la gente ha opinado de él, simplemente me doy cuenta del dolor que la persona se auto inflige por desear aprobación. Ese propio deseo de aprobación es el que nos hace vulnerables.
            Ahora bien, ¿Cómo lograr la invulnerabilidad? ¿Cómo hacer para que no nos afecte lo que los demás dicen de uno? ¿Se podrá alcanzar un estado así? ¿Se podrá ser independiente de lo que los demás opinen de uno? Respuesta: Sí, un categórico y rotundo sí. Esta total afirmación la sabía desde hace años “teóricamente” y me empezaba a servir de algo, pero hasta esta altura de mi vida la he podido constatar fehacientemente en la práctica, en la dicha de entender cabalmente y, con ese entendimiento, ver cómo se transforma el conocimiento en acción. Esta es una de las ocasiones en donde bendigo una y mil veces la existencia de una Nueva Conciencia como opción de vida que claramente podemos elegir, y que la he elegido, al igual que cualquier otra persona la puede elegir. Ahora bien, si ya sabemos que sí, sí se puede lograr la invulnerabilidad, la pregunta que se antoja sería ¿Cómo? Y he diseñado una fórmula para ello. Una fórmula cuya eficacia la he comprobado al 100% en todos los casos que he estudiado (donde me incluyo) para hoy llegar a publicarla aquí. Es una sencilla pero tremendamente poderosa fórmula que si la aplicas en tu vida, te juro lograrás una transformación total en tu existencia, un cambio del infierno al paraíso literalmente, aquí en la Tierra. Mi fórmula es la siguiente:
Confía en ti mismo + Filosofía = Invulnerabilidad
En esta maravillosa fórmula la esencia es la adquisición de una Nueva Conciencia, es decir, primero abrirse a un nuevo conocimiento para luego hacerlo tuyo a través de la práctica donde constates su eficacia y así transformarla en una directriz de vida que te ayude a ver las cosas de una forma totalmente diferente. Esa será la manera en que aprenderás a conferir importancia exclusivamente a lo que desees que la tenga. Es ahí donde descubres cómo te hacías vulnerable y ahora puedes elegir transformarte en invulnerable.
            En el primer aspecto, confianza en ti mismo, es menester estudiar profundamente un hermoso ensayo escrito por R. W. Emerson. Su ensayo llamado “Confía en ti mismo” es una joya invaluable de la literatura universal del desarrollo humano y superación personal desde el siglo XIX. Yo tuve acceso a este sublime ensayo desde hace muchos años y fueron de los primeros textos que trajeron luz a mi vida en forma deslumbrante, fue desde aquel entonces que me volví fanático lector de Emerson, padre del Trascendentalismo, sin duda una de las personas más iluminadas que han pasado por el planeta. Yo sé que Emerson colaboró y me inspiró hace años para crear Nueva Conciencia. Te compartiré algunos párrafos de su ensayo que nos ayudarán a lograr nuestra invulnerabilidad, confiando en ti mismo:
            “Creed en vuestro propio pensamiento; creed que lo que es verdadero para uno en la intimidad del corazón es verdadero para todos los hombres: eso es el genio. Expresad vuestra convicción latente será a su tiempo el sentir universal, ya que lo más íntimo llega a ser lo más externo; y nuestro primer pensamiento nos es devuelto por las trompetas del juicio final.
            Por familiar que sea para cada uno la voz del espíritu, el mayor mérito que concedemos a Moisés, Platón y Milton, es que reducen a la nada libros y tradiciones y no dicen lo que los hombres pensaron, sino lo que han pensado ellos. El hombre debería observar, más que el esplendor del firmamento de bardos y sabios, ese rayo de luz que atraviesa su alma desde dentro. Sin embargo, rechaza su pensamiento precisamente porque es suyo.
            En cada obra del genio reconocemos nuestros propios pensamientos rechazados; vuelven a nosotros con cierta majestad prestada. Las grandes obras de arte no poseen una lección más interesante que ésta: nos enseña a preservar con amable inflexibilidad, sobre todo cuando las voces están del otro lado. Tal vez mañana dirá un desconocido, con seguro buen sentido, lo que ya habíamos pensado, y nos veremos obligados a recibir de otro, avergonzados, nuestra propia opinión.
            Hay un momento en la formación de todo hombre en que llega a la convicción de que la envidia es ignorancia, y la imitación un suicidio. Que tiene que tomarse a sí mismo, bueno o malo, como parte propia. Que aunque el ancho del mundo esté lleno de oro, no le llegará ni un gramo de trigo por otro conducto que no sea el del trabajo que dedique al trozo de terreno que le ha tocado en suerte cultivar. El poder que reside en él es nuevo en la naturaleza, y nadie más que él sabe lo que puede hacer, y no lo sabe hasta que lo ha probado”
            ¡Qué tal! Así escribía mi maestro Emerson. Confianza que se sucede como hermosa consecuencia de saber quién es uno. El primer gran paso para confiar en uno mismo es saber quién se es. Y para saberlo has de lanzarte a investigar afanosamente tan noble y divina información. Tal vez de eso trate la vida, de una búsqueda constante en forma de viaje para saber quién eres en verdad, para que luego, si tienes la dicha de hallar la respuesta, reposes con la total tranquilidad, paz e invulnerabilidad que te da ese conocimiento: la confianza plena en ti mismo. Hoy estoy seguro de que de esto debe tratar el viaje del héroe que todos llevamos dentro, parafraseando la idea de Joseph Campbell. La vida es un viaje de auto-descubrimiento, y el viaje ¡vale tanto la pena!
            He observado que el ser humano que no confía en sí mismo, aún así necesita confiar en algo, y es entonces cuando elige confiar, más fácil y cómodamente, en lo que digan los demás de él: lo que diga su familia, los amigos, la sociedad, los clientes, los medios, la religión, etc. Grave error surgido de la ignorancia de no saber quién se es y que genera vulnerabilidad por creer que se es lo que dicen los demás que es uno; ahí tu vulnerabilidad la gestas al decidir confiar en que eres lo que los otros piensan que eres, ahí tú te desacreditas y eres víctima constante de los juicios ajenos, donde tu opinión es menos importante que la que tienen los demás de ti, o peor aún, donde tu no tienes opinión siquiera, por eso ahí eres víctima, e irónicamente al conferir importancia a la opinión de los demás, eres también el victimario. La ignorancia de no saber quién eres, a su vez, suele ser consecuencia de tu apatía, de tu falta de interés en querer buscar, por querer investigar, por querer saber quién eres realmente, y es ahí cuando la gente elige no vivir, sino tan solo durar, “ir pasándola”. Pero si decides vivir realmente, has de emprender el viaje en búsqueda de ti mismo, y ese viaje lo debes realizar tú solo, el acceso a la respuesta es privilegio exclusivo de quien decide lanzarse a tan divino encuentro, el de sí mismo.
Ese gran viaje es hacia dentro, donde reside la gran respuesta y el mundo exterior solo nos sirve poderosamente como mero reflejo para saber por donde vamos, la percepción que tengas del mundo exterior tan solo es una brújula que te indica hacia dónde has decidido ver en tu interior, ya que lo que halles dentro de ti será lo que alcances a ver afuera. Por eso, busca bien y busca el bien que reside en ti. ¿Quién eres realmente?  Nadie podrá darte la respuesta, tú solo la debes encontrar. ¡Pero date tiempo para buscarla! Por ello he insistido tanto en lo valioso que resultan los momentos de soledad, de total aislamiento, porque esos momentos suelen ser la puerta de entrada al camino que te llevará a tan valiosa respuesta: saber quién eres, para así, ¡confiar en ti mismo! No es mera coincidencia que los grandes maestros espirituales dedicaran tanto tiempo a estar solos. En esos momentos del viaje, en esos momentos de soledad, en el silencio que les acompaña cuando decides buscar, ahí se suele escuchar la respuesta que buscamos. Intenta y lo verás. La confianza en ti mismo se incrementa grandemente en estos momentos.
            Algunas personas podrían tildar de arrogante o muy pagado de sí a quien confía demasiado en sí mismo, pero hoy te digo que confiar en uno mismo nunca es demasiado, simplemente es. Hoy te invito a que eleves tu estado de conciencia al saber de una vez por todas que los juicios que los demás emiten de ti no te definen nunca en absoluto, sino que tan solo se trata de lo que “aquella” otra persona alcanza a ver de ti, lo que implica una característica de percepción exclusiva de aquella persona, con lo cual, el juicio que emita de ti, insisto, no te define, sino que le está definiendo precisamente a aquella persona. Ejemplo, cuando alguien te dice: “…eres un engreído”. Eso jamás te define a ti, sino que la persona se está definiendo a sí misma en rasgos de su percepción por lo que ella muy particularmente alcanza a ver en ti, confiriéndole a su propio juicio crítico la idea de “engreído”. Y una simple comprobación de esto es que tu mismo comportamiento, para otra persona, puede ser calificado como “…tan natural”. En ese otro juicio, tampoco se te define a ti, sino que se define esa otra persona manifestando que bajo sus creencias particulares, tu comportamiento se le figura natural. Lo único que te define es lo que tú pienses de ti mismo. Eso sí te define. Quede de útil paso afirmar lo mismo con respecto a tus juicios: lo que tú opines de alguien nunca definirá a ese alguien, sino que te estás definiendo a ti mismo. Si algo te gusta o no te gusta de alguien, no es porque ese alguien lo tenga, sino porque lo que tiene a ti te gusta o no, de esa forma puedes ver cómo te defines a ti mismo con los juicios que haces de los demás. Los otros ya vienen definidos por lo que ellos mismos piensan de si.
           Por escasos o no que sean mis talentos, hoy simplemente he decidido que yo soy realmente, y no necesito, para mi propia certidumbre, de ningún testimonio secundario al mío. Simplemente he empezado a sentirme cierto con lo que yo opine de mí, y con eso me es más que suficiente. Cuando la gente me escribe y opina de mí cosas bellas o cuando me reconocen muy positivamente, me alegro mucho, pero así como hace años me alegraba por lo que creía decían de mí, hoy no; hoy me sigo alegrando pero por ellos, por lo que ellos alcanzan a ver en mí y que es independientemente de mí. Con lo que yo veo de mi estoy satisfecho y alegre y me es suficiente. Con lo que los demás vean de mí me siento independiente, de hecho, con lo que se diga de mí tan solo veo los juicios que definen a la persona que opina, pero nada veo que defina en mí (por lo que ya te he explicado), y todo juicio lo respeto en virtud de tal, por el símbolo que es en cuanto al nivel del viaje al que cada persona ha llegado al momento de emitir su juicio, por el estado de conciencia que ha alcanzado al momento de expresar su opinión. Hoy he llegado a suponer que cuando Jesucristo alguna vez preguntó a sus apóstoles “¿Qué anda diciendo la gente de mí allá afuera?”, no estaba investigando su prestigio, sino que divinamente estaba indagando el estado de conciencia de la gente de allá afuera.
           He aprendido cabalmente que uno suele ver en los demás lo que lleva dentro, de tal suerte que cuando se admira a alguien, no es más que un reflejo de la dicha que habita en nosotros y anhela ser observada en otro para conocerse a sí. Y es que la capacidad de admiración reside en el que observa y no en las características de lo observado. Esta es la razón por a cual una persona es incapaz de disfrutar de un hermoso viaje, incapaz de gozar una exquisita comida, incapaz de emocionarse frente a un espectáculo, incapaz de sentir la profundidad de un escrito, no porque el viaje sea aburrido o la comida mala o el espectáculo burdo o el escrito falso, sino porque la persona no tiene la capacidad interior de apreciar el bien, la verdad y la belleza. Es cuestión enteramente personal, es la falta personalísima de un corazón puro y de una mente en paz, características interiores del ser, necesarias para poder contemplar con asombro y júbilo la existencia. Por ello resulta de capital importancia saber quién eres, encontrando a Dios Quien reside en ti, para que así logres confiar en ti mismo, pudiendo así apreciar al mundo como un lugar apacible y digno de experimentarse sin el más mínimo temor a ser dañado.
           Pues bien, hasta aquí te he explicado la primera parte de mi fórmula para lograr la invulnerabilidad, confiar en ti mismo. Pero para mantenernos así de invulnerables, es extremadamente útil el apoyo de la Filosofía, es decir, es conveniente tener acceso el estudio racional del pensamiento humano desde un doble punto de vista: conocimiento y acción. Entonces, filosofemos un rato; verás que bien te va a sentar.
           Por ejemplo, permíteme hablarte un momento del “Honor”, aquello por lo que muchas personas creen que deben actuar sin saber que así se hacen vulnerables. Me encanta la definición de “Honor” que da André Comte-Sponville: Es la dignidad, cuando pasa por la mirada de los otros. O el amor propio, cuando se toma muy en serio. Lo interesante cuando se analiza brevemente el honor, es que puede incitar tanto al heroísmo como a la guerra o al asesinato (los famosos crímenes de honor). Dice Comte-Sponville: “Es un sentimiento profundamente equívoco, que no se podría admirar ni despreciar del todo. Es una pasión noble; pero es sólo una pasión, no una virtud. Estoy de acuerdo en que no se pueda prescindir socialmente de ella. Razón de más, desde un punto de vista individual, para desconfiar. El honor nacional es como un fusil cargado. ¿Y qué decir del honor de esos adolescentes que se matan entre ellos, a la puerta de nuestros colegios, por una mirada o un insulto [o por defender una ideología]? El honor ha producido más muertos que vergüenza, y más asesinos que héroes”. El honor es otra de tantas trampas que nos tiende el ego. Por esa conciencia de separación que favorece y que con ella forjarse bandos de ideologías y fortalecerse “nacionalidades” que nos separan como humanidad.
           El hecho de defender nuestro punto de vista esgrimiendo los más afilados argumentos en pos de la salvaguarda de nuestro honor, hace que nos batamos en duelo verbal o físico, simbolizando una incapacidad radical para creer que nuestro nivel intelectual, moral o social (o el que sea) es asunto nuestro, y decidiendo vivir nuestra propia idea de sí mismos en virtud de los juicios cambiantes de nuestro público. Como dice Alain de Button: “Para el duelista, el único factor que determina su opinión sobre sí mismo es lo que las otras personas piensan de él”. Para muchas comunidades y familias donde todavía no llega una Nueva Conciencia, se espera que el honor se mantenga mediante la violencia. Por ejemplo, en ciertas familias tradicionales, para merecer la honra de ser hombre, se debe ser físicamente aguerrido, tener potencia sexual, mostrarse predador hacia las mujeres antes de casarse y ocasionalmente luego de ello, ser capaz de cuidar económicamente a la familia y tener autoridad suficiente sobre su esposa para garantizar que no coquetee con otros. Así, la deshonra masculina emana si se incumple esto, pero también se cree perder por la ausencia de una respuesta lo suficientemente violenta ante una injuria perpetrada por otro, ahí se gana el apelativo de cobarde (bajo ese primitivo estado de conciencia). Es así, con un nivel de conciencia harto primitivo, cuando se vive la extrema vulnerabilidad ante el desdén ajeno; por la extrema necesidad en nuestras prioridades de ser observados por los demás con una óptica favorable. Por ello, decidir elevar nuestro estado de conciencia, precisamente con una Nueva Conciencia, es lo que genera invulnerabilidad. Sigamos filosofando.
           Cito a Chamfort cuando dijo: La naturaleza no me ha dicho “no seas pobre”; ni mucho menos “sé rico”; pero sí me pide “sé independiente”. Y de eso se trata gran parte de la invulnerabilidad. Permíteme compartirte esta anécdota de Alejandro Magno: Cuando pasó por Corinto visitó al filósofo Diógenes y lo encontró sentado bajo un árbol, en harapos y sin ningún dinero. Alejandro, el hombre más poderoso del mundo, le preguntó si podía hacer algo para ayudarle. “Sí”, contestó el filósofo, “apártese a un lado. No deja pasar el sol”. Los soldados de Alejandro se quedaron horrorizados, temiendo uno de los famosos estallidos de furia de su jefe. Sin embargo, Alejandro, se limitó a reírse y comentó que si él no hubiera sido Alejandro, sin duda le hubiera gustado ser Diógenes.
           Un transeúnte, después de observar cómo Sócrates era insultado en el mercado, le preguntó: “¿Acaso no le importa que le injurien?”, “¿Por qué?”, replicó el filósofo, “¿cree usted que debiera molestarme que un estúpido me hubiera dado de patadas?”. Algún otro filósofo atinadamente comentó: “Recuerda, el vulgo siempre es un mal juez de las buenas acciones”. Y con estas reflexiones filosóficas estamos abriendo nuestra mente al entendimiento de la invulnerabilidad.
           En un estado de conciencia primitivo (mismo que muchas personas mantienen en la actualidad) cuando entablan una relación que creen de honor, le confieren tanta importancia a lo que los demás digan de sí mismos que el punto de vista de los demás genera la imagen que tienen de sí mismos, de tal suerte que si los demás dicen que no es un hombre honorable, entonces cree no serlo. Sin embargo, con una Nueva Conciencia, las relaciones de honor cambian a relaciones con conciencia intelectual de sí mismo, donde se hace uso de la razón y se pondera, por lo menos, mediante la comparación de la opinión ajena de la propia. Así, en una relación con conciencia de sí mismo, cuando el punto de vista de los demás es “No eres honorable”, entra la razón y juzga se es verdad o falso lo que se dice. Si es verdad bajo criterio propio, pues sí, no se es honorable, pero si se alcanza a ver la falsedad del juicio mediante el ejercicio de nuestra razón apuntalada en el conocimiento de sí mismo y por ende en la confianza en uno, se concluye: soy aceptable, a pesar de mi imagen. Es por ello tan importante el uso de nuestra razón, ya que según las normas de ésta, una determinada conclusión debe considerarse cierta, sólo y únicamente, cuando se infiere de una secuencia lógica de pensamientos basados en premisas inicialmente sensatas.
           Como lo expresa Botton, desde hace mucho tiempo los filósofos vienen postulando que, cuando comenzamos a escrutar las opiniones de otras personas, estamos dispuestos a descubrir algo tan triste como curiosamente liberador: que las ideas de la mayoría de la población sobre la mayor parte de los asuntos están extraordinariamente transitadas por el error y la confusión. Chamfort, haciéndose eco de la actitud misantrópica de generaciones de filósofos anteriores y posteriores a él, planteó el asunto con la contundencia de su sencillez: “La opinión pública es la peor de las opiniones”.
          En las relaciones humanas, puedo decir que la aprobación de los demás nos importa por dos razones, una material y otra psicológica. Materialmente porque el abandono por parte de la comunidad puede traer incomodidades y riesgos de índole física, al no dar gusto a quien nos provee de algo, corremos el riesgo de perder ese algo; se trata de la funesta consecuencia de negociar con el amor y donde nos hacemos tan vulnerables: “yo me comporto como a ti te gusta haciendo como que te amo pero a cambio de ganar merecidamente que me mantengas”. Es ahí cuando la convivencia diaria con alguien que nos mantiene resulta en la debilitante y continuamente vulnerable exposición dependiente de la tan variable apreciación del otro hacia nuestro comportamiento. Y la segunda razón por que la aprobación de los demás nos importa, la psicológica, es porque quizá después de que los demás dejen de mostrarnos signos de respeto y admiración nos resulte muy difícil seguir confiando en nosotros mismos, es cuando llegamos a creer que no merecemos el amor de nadie porque tan solo alguien nos dejó de apreciar. Es cuando uno se pregunta en intimidad, luego de ver hacia donde caminan “los demás”: ¿Estaré bien o mejor voy para el otro lado, aquel a donde uno lo quieren?
           Por ello se requiere de una gran y sana autoestima para seguir con nuestra propia obra. Y como dice Emerson: “Haz tu obra y te fortalecerás”. De hecho, una de las frases que más fuerza le han dado a mi vida y hoy comparto contigo, es también de Emerson cuando afirmó: “Vuestra acción auténtica se explicará a sí misma, y explicará vuestras demás acciones auténticas”. No se necesita más explicación. Lo que nuestra autoestima nos permita hacer, habrá de hacerse y sin importar la opinión pública. Quizá sólo se debe permitir que sacuda nuestra autoestima lo que exclusivamente sea condenatorio y cierto; pero por salud mental y amor propio hay que detener ese proceso masoquista que consiste en buscar la aprobación ajena preguntándonos antes si sus puntos de vista merecen ser escuchados. Recuerdo cuando hace algunos meses un amigo me traicionó a todas luces, (pasando su comportamiento por los filtros más estrictos de mi raciocinio para emitir un juicio así) y luego quiso buscarme encarecidamente para “explicarme” sus puntos de vista y dejar las cosas claras, cuando más claras ya no podían estar. Llamadas por teléfono, recados escritos al celular, y correos electrónicos. No atendí ninguno de ellos en ningún momento, de hecho, nunca leí ningún comunicado porque, por ejemplo, cuando aparecía su nombre en el remitente del correo electrónico, ipso facto se borraba el mensaje y nunca tuve acceso a su lectura. Permitirme acceder a sus intentos de comunicación conmigo al leer sus mensajes o al responder sus llamadas obedecería a un proceso por que el que buscamos el amor de personas por las que, una vez que analizamos sus ideas y valores, descubrimos que apenas y sentimos respeto por. Entonces, sin rencor alguno, podemos comenzar a desdeñar a ciertas personas tanto como ellas nos desdeñan: ejemplos.
           Disfruta leyendo y comprendiendo de lo que alguna vez señaló Schopenhauer, un destacado modelo filosófico: “Poco a poco nos iremos haciendo indiferentes a lo que ocurre en la cabeza de otras personas, al adquirir un conocimiento adecuado del carácter superficial y fútil de sus pensamientos, su estrechez de miras, la mezquindad de sus sentimientos, la perversidad de sus opiniones y la cantidad de sus errores. Entonces comprobaremos que quien atribuye mucho valor a las opiniones de esos, le honra en demasía”. ¡Precisamente por el entendimiento que me dio este gran filósofo es que no tuve el menor reparo en suspender tajantemente toda comunicación con aquel a quien honré en demasía en alguna ocasión llamándolo mi amigo! El comprender cabalmente, el entender y confrontarnos con la verdad, nos hace actuar de inmediato y sin el más mínimo reparo y sin el menor asomo de rencor. Simplemente se opta por la paz y la invulnerabilidad se sucede como consecuencia.
           Cuando uno observa en la sociedad que en un número considerable de personas se mantiene con el entretenimiento de jugar dominó o a las cartas, viendo telenovelas o noticieros, tomando café mientras se critica la vida de los demás, cuando uno observa que la crítica mordaz de las vidas ajenas se ha transformado en un tipo de entretenimiento, tanto familiar como televisado, cuando uno observa los temas que se tocan en la abrumadora mayoría de los medios de comunicación, cuando uno observa de lo que hablan muchas familias, tanto propia como ajenas, esto nos da una medida de lo que vale la sociedad y de la declarada bancarrota de todas las grandes ideas y pensamientos como para mantener el arte de una verdadera conversación. No digo que exageremos nuestra perspectiva de la sociedad como cuando Voltaire afirmó: “La tierra está llena de gente a la que no merece la pena dirigirles la palabra”, pero en algo se acercaba a la realidad.
Bueno, también hay que ver quién lo decía, alguien que dedicó su vida al análisis profundo y filosófico de la vida. Una persona así, ¿con quién se sentiría bien dialogando? Pues solo con una persona similar, y hay tan pocas, eso sí. Muy pocas. Schopenhauer se hacía preguntas que hoy comparto cuando hacía referencia a esas personas con tan poco valor moral o pobre educación, decía: “Aunque esas personas llegaran a respetarnos, ¿cuánto podría valer ese respeto?”, y añadía así como para entenderle aún más: “¿Acaso un músico se sentiría halagado por los ruidosos aplausos de su público, si supiera que, a excepción de una o dos personas, éste se compone de sordos [al verdadero arte]?”. Yo no creo.
           Para seguir creando mi invulnerabilidad incluso ante una ofensa mayúscula, o un maltrato cualquiera de familiares, amigos o sociedad en general, la filosofía me ayudó –y continúa ayudándome— con palabras transformadoras como las de Chamfot, otro misántropo filosófico, cuando me hizo entender por qué muchos de los grandes seres humanos que han pasado por esta tierra, suelen ser personas solitarias, felices y pacíficos ermitaños:
           “Una vez que hayamos decidido que sólo veremos a quienes nos traten con moralidad, con virtud, y de forma razonable y veraz; sin considerar las convenciones, la vanidades y las ceremonias más que como la utilería de la sociedad; una vez que así lo hayamos decidido (y hay que hacerlo de este modo, para evitar caer en la estupidez, la debilidad y la infamia) el resultado será una vida más o menos solitaria”.
           Me consta. Y lo disfruto intensamente. Me impactan las palabras de este gran filósofo cuando dice: “…y hay que hacerlo de este modo para evitar caer en la estupidez, la debilidad y la infamia”. ¡Caray! Más claro no lo pudo decir. Yo siempre me he sorprendido tremendamente al tiempo que guardo silencio por prudencia, ante comentarios de familiares míos que se quejan amargamente de un maltrato que recibieron por ir a determinada comida o reunión con otros de sus familiares y que, por cierto, no es la primera vez que lo tratan así. Mi manifiesto talento para escuchar me ha mantenido para atender su queja completa a manera de respetuoso momento de convivencia. Pero en mi interior, mientras escucho, siempre surge imponente la pregunta: “Y si ya sabía que lo tratan así, ¿por qué volvió a ir? ¿A qué fue?”. No cabe duda que, como dice otro filósofo, nadie sufre el tiempo suficiente sin que él mismo tenga la culpa; uno decide hacerse vulnerable, uno elige ser víctima por iniciativa propia. Esto es cierto. Lo veo constantemente en mis pacientes. Eso es algo que le caracteriza a la gente que tiene miedo a crecer y liberarse, creer que el destino los llevó a convivir con determinadas personas y han de hacerlo para siempre. Craso error de percepción manipulado por convencionalismos de la sociedad que tan debilitada moral y emocionalmente está.
           Yo comparto, guardadas las proporciones, la idea de Chamfot en Nueva Conciencia, y sin embargo quiero dejar en claro algo: no discrimino a nadie, acepto la coexistencia de muy diferentes estados de conciencia, acepto las tremendas diferencias en educación y moralidad de las personas con las que convivimos diariamente. ¡Todas son bienvenidas a Nueva Conciencia! Incluso me acepto yo. Pero eso es algo muy diferente a que prefiera estar con ellas en mi intimidad emocional y física. Ahí sí me doy el privilegio de algo profundamente humano, el poder para elegir. Un concepto es aceptar pacíficamente que las diferencias existen por lo que cada quien alcanzó a conocer hasta determinado momento, algo sano y muy recomendable para nuestro crecimiento espiritual, y otro concepto muy diferente es el bello ejercicio de nuestra voluntad mediante el acto de elegir con quién convivo. Incluso muchas veces, la elección más sana puede ser mantenerse aislado. Schopenhauer aceptaba esta posibilidad de buen grado cuando afirmó: “En el mundo sólo se puede elegir entre la soledad y la vulgaridad”.
           Cuanto menos te veas “obligado” a establecer contacto con los demás, mejor será para ti. Tengo la idea en Nueva Conciencia de que elegir estar con alguien nunca debe ser un acto obligado ni por las más finas normas del protocolo social. ¡Al diablo con el protocolo social cuando está en juego tu felicidad o tu integridad o tu paz interior! Créeme en esto, y pocas veces hablo así en una columna. Si no te sientes bien con quien estás, levántate y vete. Así de simple, así de inmediato y así de inteligente. Si todavía optas por la cortesía de despedirte de quien te maltrata, quizá eso te sirva a ti, pero ten la certeza de que tu cortesía no es en lo más mínimo reconocida por quien te despediste. No la entienden.
           Dicho lo anterior, debo precisar que la inteligentísima decisión de evitar a las personas que no nos tratan con moralidad, virtud y de forma razonable y veraz, no debe entenderse como carencia absoluta del deseo de estar acompañado, eso va en contra de la naturaleza misma del ser humano como un ser social, sino que tan solo pongo de manifiesto el error de elegir la insatisfacción de estar con quien no se desea por el mero accidente de no haber otra compañía disponible; en esos casos, la mejor y más sana opción es la soledad. En esencia, a lo que me refiero es que hay que saber elegir con quién convive uno y ahí sí, ¡a disfrutar del encuentro!, incluso si la elección ha sido tan sólo contigo mismo.
           Como lo señala Botton: “Desde el aislamiento de sus estudios, los filósofos nos han recomendado que sigamos los dictados internos de nuestra conciencia y no las muestras de aprobación o de censura del exterior”. ¡Esto es elegir crear nuestra propia invulnerabilidad! De una vez por todas te invito a que te convenzas de algo: lo que importa no es lo que le parecemos a un grupo cualquiera, sino lo que sabemos que somos. En palabras de Schopenhauer: “Cualquier reproche sólo podrá herirnos si acierta el tiro. Cualquiera que sepa que en realidad no merece un reproche podrá, y lo hará confinadamente, tratarlo con [inteligente y sano] desprecio”. Y aquí quiero apuntalar esta idea con algo de lo que aprendí en la materia de lógica desde que la estudié en mi preparatoria con una guapa filósofa que me dio la asignatura y que aún tengo en mi memoria, me decía: recuerda Alejandro que el mayor desprecio es el no aprecio.
          Confiar en ti y estudiar filosofía, como juntos la hemos compartido hoy, te ha ayudado a lograr tu propia invulnerabilidad, lo sé. Disfruta de la liberación que brinda una Nueva Conciencia. Y sé que al lograrlo, has comprendido y aceptado una de las más poderosas razones para vivir con una constante e invulnerable…
¡Emoción por Existir!