028- Espirituculturismo

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Espirituculturismo

En ninguna parte puede hallar el
hombre un retiro tan apacible y
tranquilo como en la intimidad de su alma.
MARCO AURELIO

Las Olimpíadas, evento deportivo mundial, en donde la mayoría de los países participan con sus mejores deportistas cada cuatro años. De hecho, el concepto de Olimpíada (acentuado) es lo que se co­noce como esa fiesta de talento físico, y olimpiada (sin acento) es el periodo de cuatro años entre dos celebra­ciones consecutivas de juegos olímpicos. Esto lo acabo de aprender ahora que consulté el Diccionario General de la Lengua Española VOX. Desde que vengo aprecian­do las Olimpíadas, un deporte de gran lucimiento en las grandes competencias internacionales es el fisicocul­turismo, en el que los atletas hacen gala de su enorme e indescriptible musculatura.

Ver a esos hombres y a esas, mujeres siempre me ha conducido a varias reflexiones y a la vez a admirados: ¿cuántas horas habrán dedicado al ejercicio para estar así? La respuesta más común de sus declaraciones a la prensa y televisión, suele ser medido su entrenamiento no en horas, sino en años, años enteros de dedicación en los que ¡diario! tonificaron sus músculos para lograr esculpir tal físico. Ello me ha llevado a pensar, con Nueva Con­ciencia, que lo mismo sucede con la evolución espiritual de una persona. Si existieran juegos olímpicos espirituales, creo que bien podría llamarse a este deporte: espiritu­culturismo.

Tuve el gran impulso de proponer este deporte del alma, por los testimonios que he observado en el medio que me desenvuelvo, por los envíos con preguntas tales como: ¿Qué debo hacer para sentirme mejor? ¿Cómo lo­gro crecer como persona? ¿Cómo puedo ser más huma­no?. Con base en las experiencias personales y opinión de expertos, puedo decir que vivir en paz es tan sólo el resultado de un método, orden y disciplina de mucho tiempo, practicados durante años para evolucionar espiritualmente. Por eso mi propuesta es un auténtico espirituculturismo, por la dedicación cotidiana para crecer en lo más grandioso de un ser hu­mano, su espíritu. No con, esta afirmación demerito al cuerpo, no en absoluto, sino que tan sólo intento mos­trar en su más justa proporción humana" algo mucho menor al espíritu que le da vida. Por cierto, si es ésa la proporción cuerpo-espíritu, ¿por qué tantas personas dedicarán más tiempo al cuidado de su físico que al de su espíritu? Pues muy posiblemente porque el cuerpo "se ve" y se mide más fácilmente. De esa manera, no me extraña que el cuerpo obedezca a las leyes de la Física, pero el espíritu obedece a las leyes divinas.

La madre de toda habilidad es la práctica. No existe nada mejor para asegurar la maestría en alguna disciplina que la excelencia engendrada por la práctica constante. Por ejemplo, al término de algunas de mis conferencias, se acercan personas para preguntar en dónde pueden tomar un curso de oratoria o de comunicación. Tras indicarles que en Nueva Conciencia se desarrollan cursos y semi­narios para diferentes necesidades, y que deben practi­car mucho, me ha resultado difícil confesar a ciertas personas que tienen gusto por la oratoria, que yo nunca he tomado un curso en esa área, pero eso sí, lo único que he hecho es hablar y hablar, pronunciar conferen­cias casi diario durante diez años.

Recuerdo que a mi maestra, colega y amiga Marina Buzali, afamada conferenciante, le hice un comentario hace años, cuando juntos dábamos clase de comunica­ción oral, en el sentido de que muchas de las cosas que enseñamos no son tan útiles como la práctica misma de la comunicación oral. Dijo que estaba de acuerdo con­migo, pero que debíamos enseñar algunos lineamientos para que luego con la práctica se perfeccionara. Comen­to esto para recalcar la importancia de la práctica -ejercicio constante-, acompañada de una indescriptible paciencia, para cultivar la maestría en alguna disciplina. ¿Quién te inspira más confianza, un médico que lleva años traba­jando y ganando experiencia o un brillante alumno que acaba de aprobar su examen profesional incluso con mención honorífica? ¿Confías más en un abogado que lleva años litigando o en un brillante alumno recién gra­duado? ¿En un mecánico que apenas acaba de abrir su taller o en un maestro que lleva años arreglando auto­móviles?.

No demerito el esfuerzo que se realiza al empezar, pero ello dista mucho de ejecutar con maestría determi­nada disciplina u oficio. Sólo con el tiempo surge la cre­dibilidad en un auténtico maestro. Doy fe de ello. Mi mayor éxito como consultor y asesor emocional de mu­chas personas lo avalan años de práctica en el área del desarrollo humano, más no ejerzo la Medicina porque descubrí algo mucho mejor: Nueva Conciencia. Nunca en mi vida he prescrito formalmente un medicamento, ya que tuve la dicha, con la práctica de los años, de darme cuenta de que ayuda y cura más un diálogo llano, puro y sincero en donde se modifique la forma de pen­sar del aquejado, para que como consecuencia haya un cambio en el actuar, y así ser más feliz. Todas mis terapias están orientadas hacia el crecimiento espiritual por técnicas que yo mismo he desarrollado en investigacio­nes personales. Lo que cura es el espíritu que con pa­ciencia espera su madurez.

Siempre me impactó el éxito del escritor y conferencista Anthony Robbins, quien sin un título pro­fesional de ningún tipo, sin carrera universitaria en su haber, logró ayudar -y sigue ayudando- a miles de personas aplicando sus conocimientos obtenidos por la lectura de cientos de libros de desarrollo humano, y así ha logrado ser el gurú de la superación personal y la autoayuda más importante del planeta. Sigo sus pasos, al igual que los de los grandes maestros Wayne W. Dyer, Deepak Chopra; y de quien más he aprendido y anhelo seguir aprendiendo: Jesús.

Seas creyente o no, quiero compartir contigo la fuer­za del espirituculturismo, que requiere un gran ejercicio interior de la persona para merecer la medalla olímpica divina: la paz. Existen varios ejercicios que se pueden rea­lizar para tener un espíritu preparado para lograr tan anhelada presea, el oro de la paz, pero el ejercicio que más fortalece, el que más nos garantiza alcanzar la máxima condecoración divina-olímpica, sin lugar a dudas es el per­dón. Perdonar es un ejercicio de alto impacto, es un ejer­cicio exclusivo para seres humanos de gran fortaleza y valentía. A los débiles y cobardes les es casi imposible realizarlo.

Más que un ejército hiriendo, vence un héroe perdonando.
PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA

Aquí surge un desafío relacionado con la "época" en que nos tocó vivir a ti y a mí. Ahora se le da un singular posi­cionamiento de evolución humana a la tecnología. Es como un dios para muchos. Debo confesarte que yo mis­mo soy un fanático de ella, me encantan las computado­ras, los celulares, el uso de Internet y sus infinitas formas de aplicación, los DVD'S, videocámaras digitales, hor­nos de microondas, microchips en tarjetas de crédito, y los teléfonos en general siempre han sido mi fascinación. Sin embargo, he decidido "usar" la tecnología, y no per­mito que ella me use a mí. Defiendo a toda costa la exquisitez de un bello diálogo en persona con mi mejor amigo, prefiriéndolo a la ya común práctica de un e-mail o una conversación por celular.

Te comento esto porque la tecnología nos ha traído, sin duda alguna, grandes avances, pero nos ha perjudi­cado en otra dimensión, nos ha traído una "era express" en la que, gracias al avance tecnológico, todo lo quere­mos más rápido y eficiente. Todo nos urge. Queremos comer la pizza tan rápido que sólo consumimos las que prometan llegar antes de 30 minutos, queremos un e-mail directo al radiolocalizador para ahorramos el tiem­po de ir a prender la computadora, preferimos un servicio express en la agencia para decidir o no dejar el automó­vil, elegimos la tintorería que pueda entregamos más rápido la ropa limpia, preferimos comprar productos que nos prometen adelgazar en cuestión de unos cuantos días y sin esfuerzo como por arte de magia, preferimos comprar un casete subliminal que promete enseñamos a dominar otro idioma mientras dormimos y en cuestión de horas. ¿Será todo esto posible gracias a la tecnología actual? Responderé sincetamente: no sé. Pero hay algo que sí sé y muy bien: en el terreno del crecimiento humano y la evolución espiritual, la velocidad del desarro­llo no es rápida como en el de la tecnología.

En las charlas que doy acerca de la calidad, explico que uno de los parámetros más valorados es "la velocidad de respuesta"; sin embargo, yo mismo doy fe de que en cuestión espiritual no suele existir tal velocidad de res­puesta, sólo se cultiva la virtud de la paciencia. Sobre todo, el crecimiento espiritual hay que entenderlo como un desarrollo en donde puede haber muy pequeños re­sultados luego de un gran esfuerzo; en él no hay saltos, sino pasos, yeso requiere de una gran paciencia.

La justicia distributiva o conmutativa no tiene nada que ver con el crecimiento y desarrollo espiritual de un ser humano. Esto lo debe aceptar, como un primer gran paso, quien se adentre en el apasionante camino de la evolu­ción espiritual. Hoy más que nunca he comprendido que Dios no es Lógica, es gratuidad. Los conceptos de ga­nancia, salarios, premios, paga, no son de Dios, son del hombre en su dimensión física; Dios sólo maneja con­ceptos de gratuidad y dádiva. En el terreno físico hemos aprendido que se debe guardar una relación entre los esfuerzos y los resultados, por eso las básculas, los pro­gramas de ejercicios por horas y días (medidas de tiem­po al fin y al cabo) que prometen ciertos resultados (tallas, peso, etc.). Pero en el terreno espiritual existe una franca desproporción entre los esfuerzos y el resultado, y es que en Dios no hay medida. Recuerda que en el mundo de la gracia no hay proporcionalidades ni cálculo de proba­bilidades ni constantes psicológicas. Por eso, el resulta­do de hacer oración es imprevisible.

Quiero compartirte, con todo respeto para tus creen­cias, la Nueva Conciencia que he adquirido de la ora­ción. Creo que en este espirituculturismo al que te invito, se requiere de oración, pero no entendida como a mu­chos nos vendieron la idea de rezar desde que éramos niños, nada de eso, nada de mojigaterías. Y es que hacer oración "vocal" o peticiones comunitarias es algo muy fácil, cualquier persona lo hace y se aburre de ello, pero en cambio, habilitar facultades interiores para profundi­zar en la amistad divina, controlar y encauzar la energía mental en profundo silencio hasta la unión transformante con Dios por la auténtica oración, eso sí es difícil. Orar no es fácil, es un arte. Pero quiero afirmarte que como arte que es, se pueden establecer normas de aprendiza­je, se llega a experimentar la auténtica oración con un método, orden y disciplina.

Soy más que nunca un amante del silencio ya que en él he alcanzado a escuchar mucho más que en un medio bullicioso. Me ha impactado tanto, que por eso te lo comparto. Si eres de mis más asiduos lectores, notarás que cada vez que descubro algo bueno para el ser humano, algo que eleve su calidad me urge comunicarlo y compartirlo.

Hoy más que nunca necesitamos tener un breve mo­mento de oración para crecer como seres humanos, para evolucionar en lo que realmente somos: espíritu. Te su­plico que tomes estas líneas como una opción más para mejorar tu calidad de vida. Desde hace diez años, cuan­do comencé con esta filosofía, quise que su postura fuera sin ningún tinte religioso y político. Sólo enfoqué nues­tra misión en ayudar al ser humano a ser más humano.

Hoy he entendido otra estrategia, muy poderosa por cierto, para lograr la misión: la fuerza de la oración au­téntica. No me refiero a la lectura de una oración antes de dormir, como para acallar la conciencia, ni a la repeti­ción mecánica de frases cuyo significado no se compren­de a fondo, ni a la postura externa de devoción (mientras se abrigan pensamientos de odio, rencor o coraje). No, no me refiero a nada de eso, sino a algo verdaderamen­te difícil y desafiante para el desarrollo humano, al au­téntico arte de orar, al verdadero poder que tiene un rezo.

¿Para qué sirve una oración? Para parecemos más a nuestro Maestro espiritual, para pensar y sentir como él, para tener su visión. Nunca como hoy me había queda­do tan claro este objetivo de la oración. Influido por mis guías espirituales y contemporáneos, como los escrito­res Wayne W. Dyer, Neale Donald Walsh, Elizabeth Kübler­ Ross, entre otros, y lo que aprendí en el libro Un curso de milagros, entendí la enorme diferencia entre querer se­guir un dogma y tratar de ser como el que enseñaba, el que uno considere su Maestro espiritual. Sin duda es extremadamente distinto. No se trata de abrazar una creen­cia, sino de desarrollar mí profundo espirituculturismo, al seguir las enseñanzas de los fundadores de ellas. Los momentos de emoción sensible que tuvieron esos gran­des líderes espirituales de todos los tiempos, son los mismos que tú y yo podemos tener, es cuestión de prác­tica, mucha práctica en la oración, tal como lo hicieron ellos. Dice el padre Ignacio Larrañaga que esos momen­tos de emoción sensible son auténticos caramelos de Dios. Te invito a que los saborees. El sabor más exquisito que lograrás es el de la paz. Algunas dulce citas podrán sa­berte agridulces, pero así son.

Tu cuerpo puede ayudarte al estar en calma. De he­cho, recomiendo mucho guardar silencio y la calma ven­drá. Entiende que es distinto calma que paz; la calma quiero entenderla como el relajamiento de músculos y nervios, mientras que la paz es un encuentro con lo su­perior. La calma puede ayudar a encontrar paz, aunque té adelanto que la paz puedes encontrarla aun sin calma. Es normal que nuestro estado de ánimo cambie de un momento a otro, de un día a otro; el movimiento de la vida siempre es oscilante. Eso es normal. Lo único que te reservas es la dicha de poder elegir la oración como ejercicio de un auténtico espirituculturismo, cultivando la disciplina de esperar, actuando con paciencia, como la in­descriptible mansedumbre y sosiego que le caracterizaba a Jesucristo, aun en circunstancias de intranquilidad y aflicción. ¿Puede un ser humano común y corriente, como tú o yo, conservar la paz y serenidad en un momento de crisis?

Te puedo asegurar por experiencia propia que sí. Es cuestión de templar nuestro espíritu por mucho tiempo. ¿Cómo? Ejercitándolo al leer buena poesía y literatura de superación personal, al practicar la generosidad y dando diariamente algo valioso a los demás, hasta incluso fortaleciéndolo con el levantamiento de pesas espiritua­les más desafiante: el perdón.

Hay que ejercitar nuestro espíritu durante muchos años, al igual que los fisico­culturistas lo hacen con su cuerpo, y así los resultados empezarán a surgir. Vale la pena ejercitar y esperar todo ese tiempo; asimismo, te vuelvo a recordar que no por un gran esfuerzo espiritual se te garantiza un gran resultado. Las leyes divinas no son como las leyes de la Físi­ca. En otras palabras, no por ser vegetariano durante muchos años, se te garantiza que nunca te atacará un toro. Te digo esto por experiencia.

Con esta "era express" actual se vive la impaciencia. Recuerda que la impaciencia engendra violencia, la vio­lencia, fatiga, y la fatiga te lleva a la impotencia, que a su vez produce frustración, y ésta desilusión. Curiosamente cuando la gente se acerca a estos temas es por urgencias en su vida y pareciera que esta salida le resolverá sus problemas encima de toda lógica, se acaricia la idea que se de un milagro en su vida y para colmo de males necesita que suceda antes de 24 horas. No funciona así. Creo que por ello, la gente no cree en la oración, se desilusionó, le da la impresión de algo irreal. Se cree que si no logramos rápidamente algo no es realmente útil, y es que lo lento parece no ser provechoso cuando el ritmo de la vida es rápido. Ése es el problema de la oración en nuestros tiempos, ése es el desafío de la evolución y del creci­miento espiritual hoy en día.

Sin embargo, con una Nueva Conciencia, la oración, arte difícil para lograr su maestría, es una divina forma en la que nos estamos preparando para obtener la me­dalla de oro, para vivir el premio mayor: experimentar paz. Te vuelvo a recordar uno de los ejercicios más difí­ciles, que te obligará a hacer contorsiones espirituales que en más de una vez te generará calambres, pero vale la pena hacer el ejercicio: practica el perdón. Ese ejer­cicio te garantiza acercarte cada vez más a la presea de oro. Yo lo practico y me ha sentado bien. Sé que habrá obstáculos, los veo venir, pero espero haber ejercitado tanto mi espíritu que pueda pasar esa prueba para poder tener acceso a la siguiente. Creo que en eso consiste una franca evolución, y en el trayecto hay que disfrutar el avance. Ejercicio espiritual y paciencia; además, conser­var la sana conciencia de que en el espirituculturismo no existe relación entre el esfuerzo y los resultados, debe cultivar más aún nuestra virtud de la paciencia. Vivir prac­ticando este arte, sin duda podrá llevarte, cuando menos te lo esperes, a vivir y compartir la maestría de una gran...

¡Emoción por existir!