008- Cuando Nada te Basta

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Cuando Nada te Basta

Si la lógica te indica que la vida es un mero accidente
sin sentido, no renuncies a la vida. Renuncia a la lógica

Me recomendaron un libro que se llama Cuando nada te basta", me dediqué a buscarlo. Estaba agotado por doquier. Me tardé en conseguido cerca de un mes y al fin llegó a mis manos. Tan sólo le puedo decir que lo adquirí un lunes por la tarde y que lo terminé de leer el martes siguiente por la mañana. Por favor no crea que se trata de un libro chiquitito. No, en absoluto, tiene más de 210 páginas. Leo muy rápido, pero le confieso que aun así, éste es uno de los pocos libros en mi vida que he leído en tan poco tiempo. Lo hice así, no por tener la capacidad de leer muy rápido, sino porque me atrapó el autor. He leído, literalmente, cientos y cientos de libros en mi vida, lo digo con modestia aparte; y muy pocos son los que han atrapado mi atención como éste. Así que, quiero dedicar este capítulo con todo respeto y admiración al autor de ese libro, Harold Kushner, y al mismo tiempo espero generar en usted, querido lector, un momento para hacer crecer nuestra autoestima como todos los que hemos compartido.

Carl G. Jung expresó alguna vez: "Alrededor de un tercio de mis pacientes no padece una neurosis definible en términos clínicos sino más bien sufre por la insensatez y futilidad de su vida. Esto puede denominarse la neurosis general de nuestros tiempos". Si todavía viviera C.G. Jung, me encantaría decide que estoy totalmente de acuerdo con él. Los psicólogos actuales aseguran, que podría incrementar la cifra de un tercio de Carl G. Jung a 2 terceras partes. Una de las prin­cipales fuentes de la depresión en nuestros días es el vacío exis­tencial. Esa falta de sentido en nuestras vidas, esa ausencia de emoción por existir, puede llegar a enfermar a un ser humano alcanzando, en algunas ocasiones incluso, hasta la muerte.

Lo anterior lo describió hace muchos años el doctor Víctor Frankl en su extraordinario libro “El hombre en busca de sentido”. Sin embargo, Harold Kushner aborda el tema desde una perspecti­va mucho más práctica y común en el diario quehacer del hom­bre moderno. Una de las preguntas más difíciles de responder en nuestra vida es: ¿Para qué existo? ¿Cómo justifico mi exis­tir? Y si encuentra la respuesta en "alcanzar alguna meta", surge otra pregunta: ¿Qué pasará luego de alcanzarla? Oscar Wilde cierta vez escribió que: "En este mundo, sólo existen dos trage­dias. Una es no obtener lo que deseamos, y la otra es obtener­lo". Lo que él trataba de advertimos es que, por mucho que nos afanemos por alcanzar el éxito, éste siempre nos dejará insatis­fechos porque siempre queremos más.

Es entonces cuando, al parecer, nada nos basta. Y es que el ser humano, usted o yo, en realidad no está sediento de fama, confort, riqueza o poder. Esas gratificaciones crean casi tantos problemas como los que resuelven. Los seres humanos estamos sedientos de sentido. Lo que anhelamos es la sensación de que hemos aprendido a vivir de tal manera que nuestra existencia se hace importante, de modo que el mundo sea al menos un poco distinto por el sim­ple hecho de que nosotros hemos transitado por él.

¿Qué encierra la vida aparte del mero hecho de existir, comer, dormir, trabajar y procrear hijos? ¿Acaso somos iguales a los animales salvo en la capacidad de cuestionamos el senti­do de la vida? Es muy difícil dar respuesta a esta pregunta, pero más difícil aún es evitar responderla. En este capítulo no intento dar respuesta a esta trascendente pregunta. Sin embargo, intento compartir un momento para crecer con usted al detener­nos a pensar si hemos vivido como corresponde, si no hemos malgastado nuestra existencia al vivir "esperando" el milagro que nos revele el misterioso sentido de la vida. La búsqueda de una vida plena es uno de los temas religiosos más antiguos, y en la Biblia se describe magistralmente en el libro de Eclesiastés.

Es un librito muy pequeño, apenas unas doce pági­nas. Sin embargo, como dicen los expertos en la Biblia (Harold Kushner es uno de ellos), no hay nada que se le asemeje en todas las Escrituras. Es la historia de un hombre enojado, cíni­co y escéptico, que tiene dudas acerca de Dios y cuestiona el imperativo de hacer el bien. "¿Qué provecho saca el hombre de todo el trabajo con que se afana debajo del sol?", pregunta en las primeras líneas. Trata de un hombre que se pregunta insis­tentemente y de una manera cruda y confrontante, el sentido de  lo que hace el ser humano. Como ¿para qué?, ¿qué sentido tiene la sabiduría o la riqueza, el placer o la salud?, ¿para qué hacer el bien a otros si no hay justicia? Esos son el tipo de planteamientos que se hace este hombre y logra llegar a desafi­ar la ortodoxia de sus tiempos. Basado en este pequeño libro de la Biblia es como se da paso a las reflexiones del sentido de la existencia.

Sigamos comentando. Si usted pudiera vivir sin restric­ciones, si le fuera permitido hacer lo que le venga en gana, si cualquiera cumpliese su voluntad, ¿eso le haría feliz? ¿Sería capaz de utilizar todo ese poder de tal manera que adquiriera sentido su vida de manera perdurable? Uno de los clásicos de la literatura mundial, el poema dramático Fausto de Goethe, la historia de un hombre que vende su alma al diablo, gira en torno a estas preguntas. El doctor Fausto, héroe del poema, es un científico y erudito de mediana edad, que ha abandonado toda esperanza de encontrarle sentido a la vida. Lo asalta el temor de llegar al fin de su existencia sin haber experimentado nunca lo que es estar realmente vivo. Por eso hace un trato desesperado con el diablo: promete entregarle su alma en el más allá a cambio de apenas un instante sobre la Tierra que le haga exclamar: "Este momento es tan gratificante que desearía pro­longarlo para siempre."

Lo más bello de esta obra, por lo menos para mí, fue el enterarme de que Goethe se pasó la vida entera escribiéndola. Quería que fuese su mayor afirmación acerca del sentido de la vida, la más perdurable obra literaria que le diera sentido a su propia vida. Comenzó a escribirla a los veinte años, la dejó luego para realizar otros proyectos, la retornó a los cuarenta y la terminó poco antes de morir, a los ochenta y tres años. Si bien no podemos saber a ciencia cierta qué sentía el Goethe anciano al redactar una línea en particular, resulta fasci­nante ver cómo cambian, desde el principio hasta el fin de la historia, las expectativas del personaje principal acerca de la vida.

Al principio, el joven Fausto desea experimentar todo, vivir sin límites; en la edad adulta, el diablo le da dinero, poder político, ser amado por la mujer que quiera, etcétera. Pero Fausto hace todo sin lograr ser feliz. Por enorme que sea la for­tuna que adquiera, sigue habiendo en su interior una sed insa­ciable (cuántos Faustos no conocemos, ¿no cree?). Al final de la obra, Fausto ya anciano se dedica a ayudar a los demás, cons­truye diques para recuperar tierras del mar con el fin de que allí pueda vivir la gente. Entonces, cuando Fausto ayuda a los demás, por primera vez en su vida, logra decir: "Este momento es tan gratificante que desearía prolongarlo para siempre."

De joven yo admiraba a las personas inteligentes,
ahora que soy viejo admiro a los bondadosos
- HAROLD KUSHNER

Con este brevísimo resumen de la obra Fausto quiero encaminado a una de las experiencias que más sentido le dan a la vida de todo ser humano: Ayudar. Tarde o temprano se dará cuenta de esto. Le garantizo que no fue necesario que lo leyera aquí. Pronto se iba a dar cuenta, si no es que ya se ha percata­do de ello. Sin embargo, uno de los mayores desafíos para nues­tro entendimiento es darse cuenta también de que "ayudar a otros" no le garantiza a usted que le vaya bien y a su vez otros le ayuden a usted en honor a la justicia, logrando así encontrar­le sentido a su actitud de ayuda original.

No vaya a caer en ese juego. La ilusión de que el mundo será justo para con nosotros porque somos buenos es como suponer que el toro no nos atacará porque somos vegetarianos. Por favor, no tome mi pos­tura como pesimista, tómela como sana y muy real. Le digo sana para evitarle muchas enfermedades que le pueden aparecer al ver frustrada su expectativa de justicia en este mundo. He aprendido que en este mundo no hay justicia, tan sólo existe la sublime opción de amar y así poder perdonar cualquier injus­ticia.

Yo, al igual que usted (estoy seguro), he presenciado va­rios signos de injusticia universal: la enfermedad de gente buena, la muerte repentina, el hecho de que asesinos queden impunes mientras la gente recta perece en la pobreza, el aban­donar un hijo a su padre que todo le dio, abusos de confianza y traición entre amigos, etcétera. Por ello he decidido no enfocar el sentido de la vida en la justicia, sino en el amor (con sus millares de manifestaciones). Ese amor que nos da la fuerza de perdonar y seguir adelante. De hecho, si la lógica le dice que a la larga nada es distinto porque todos morimos y desaparece­mos, entonces no viva a la larga. En lugar de vivir amargados acerca del hecho de que nada perdura, acéptelo como una ver­dad de la vida, y aprenda a encontrarle sentido a lo transitorio, a las alegrías que pronto se esfuman. Es una postura mucho más sana, créamelo.

Aprenda a disfrutar del momento, aunque no dure por toda la eternidad. Más aún, gócelo porque es sólo un momento que no habrá de regresar. Ese viaje de espectaculares paisajes, esa caricia, esa mirada de ternura, ese reencuentro, aquella comida, aquel partido de su juego predilecto, aquella charla y, por qué no, esta lectura. Todo momento tiene sentido. Los momentos de nuestra existencia pueden ser eternos sin que sean perpetuos. Esa es la magia y el enorme poder de un recuer­do. Ese poder radica dentro de usted.

Cuando cesamos de buscar la gran respuesta que le dé una trascendencia eterna a la vida, cuando dejamos de buscar "el sentido" de la vida y, en cambio, nos dedicamos a llenar cada día con momentos que nos gratifiquen, hallaremos la única respuesta posible a la duda sobre el sentido de la vida. La vida no consiste en escribir libros famosos, en amasar grandes for­tunas ni en reunir un enorme poder, sino en amar y ser amado. Es disfrutar de los alimentos y sentarse a tomar el sol en vez de comer a las carreras para regresar a la oficina. Es gozar con la belleza de los momentos efímeros, los atardeceres, las hojas que cambian de color, los raros instantes de una profunda y ver­dadera comunicación humana. Es paladearlos en lugar de dejar­ los de lado porque estamos muy ocupados, y lamentamos porque no duran hasta que tenemos tiempo como para experi­mentarlos.

Desperdiciar toda una vida para encontrar un único senti­do a la existencia, es como tratar de comer una sola comida suculenta de modo de no volver a sentir hambre nunca jamás. Ante la pregunta: ¿Cuál es el sentido de la Vida? no existe una sola respuesta, sino muchas: el amor, la alegría de trabajar, los simples placeres de una comida y la ropa limpia, convivir con un amigo, en fin, la lista es interminable, son todas las pequeñas cosas que suelen perderse en la tonta búsqueda de la gran solu­ción, pero que emergen sólo cuando dejamos de buscarla con tanto afán.

De esta manera, estimado lector, fue que descubrí que desde el mero planteamiento de la pregunta: ¿Cuál es el senti­do de la vida?, hay un grave error. Me percaté de que existe desde su planteamiento y que a muchos, donde me incluyo, nos hizo daño el habernos lanzado a la desgastante búsqueda de una sola respuesta. La pregunta bien formulada debe ser: ¿Cuáles son los sentidos de la vida? Entonces, y sólo hasta entonces, no encontraríamos tiempo ni espacios suficientes para responder­la.

Si usted y yo llegamos a esta etapa de la vida y logramos damos cuenta de la gran cantidad de cosas que existen para darle sentido a nuestra vida, y si vamos más allá y nos percata­mos de otra enorme cantidad de cosas que no podremos hacer ni obtener, y aun así logramos disfrutar de las que hacemos y de lo que hemos obtenido, lograremos llegar a justificar plena­mente nuestra existencia. Así, y en pleno honor a la verdad, damos cuenta de que la vida no tiene un sentido sino varios sen­tidos, diariamente lograremos vivir una auténtica. . .

¡Emoción por Existir!