Tarot transformación de Osho

 Tarot transformación de Osho

 

Date un respiro, relájate y permítete un tiempo para ti. Conéctate con tu Ser profundo, hazte una pregunta y elije un número. Recibirás un lindo mensaje en forma de una carta con mensaje positivo.
Elevar la conciencia a través del aprendizaje.

 

01ª carta 02ª carta 03ª carta 04ª carta 05ª carta 06ª carta 07ª carta
08ª carta 09ª carta 10ª carta 11ª carta 12ª carta 13ª carta 14ª carta
15ª carta 16ª carta 17ª carta 18ª carta 19ª carta 20ª carta 21ª carta
22ª carta 23ª carta 24ª carta 25ª carta 26ª carta 27ª carta 28ª carta
29ª carta 30ª carta 31ª carta 32ª carta 33ª carta 34ª carta 35ª carta
36ª carta 37ª carta 38ª carta 39ª carta 40ª carta 41ª carta 42ª carta
43ª carta 44ª carta 45ª carta 46ª carta 47ª carta 48ª carta 49ª carta
50ª carta 51ª carta 52ª carta 53ª carta 54ª carta 55ª carta 56ª carta
57ª carta 58ª carta 59ª carta 60ª carta      

 

 

01 - No-Mente

Lo máximo y lo inexpresable

El estado de no-mente es el estado de lo divino. Dios no es un pensamiento sino la experiencia de la ausencia de pensamientos. No es un contenido mental; es la explosión que se produce cuando la mente carece de contenidos. No es un objeto que puedas ver; es la misma capacidad de ver. No es lo visto, sino quien ve. No es como las nubes que se juntan en el cielo, sino como un cielo sin nubes. Es ese cielo vacío.

Cuando la conciencia no se proyecta en ningún objeto, cuando no hay nada que ver, nada que pensar, y sólo hay vacío alrededor, entonces uno cae sobre sí mismo. No hay lugar donde ir: uno se relaja en su propia fuente, y esa fuente es Dios.
Tu ser interno no es otra cosa que tu cielo interno. El cielo está vacío, pero el cielo vacío lo contiene todo, toda la existencia, el sol, la luna, las estrellas, la tierra, los planetas. El cielo vacío da espacio a todo lo que es, forma el trasfondo de toda la existencia. Las cosas vienen y van, y el cielo sigue siendo el mismo.
Exactamente de la misma forma tienes un cielo interno, que también está vacío. Las nubes vienen y van, los planetas nacen y desaparecen, las estrellas surgen y mueren, y el cielo interno permanece igual, intocado, inmaculado, íntegro. A ese cielo interno lo llamamos sakshin , el testigo, y es el objetivo de toda meditación.
Entra y disfruta del cielo interno. Recuerda: no eres ninguna de las cosas que puedes ver. Puedes ver los pensamientos, entonces no eres los pensamientos; puedes ver los sentimientos, entonces no eres los sentimientos; puedes ver los sueños, los deseos, los recuerdos, las imaginaciones, las proyecciones, entonces no eres nada de eso. Sigue eliminando todo lo que puedas ver. Entonces, un día llega el momento tremendo, el momento más significativo de la vida, cuando no queda nada que rechazar. Todo lo visto desaparece y sólo queda el que ve. Y el que ve es el cielo vacío.
Saberlo es no tener miedo, y saberlo es, además, estar lleno de amor. Saberlo es ser Dios, es ser inmortal.

 

02 - Comunión

 Armonía dentro y fuera

El hombre está viviendo como una isla y es de ahí de donde surgen todas las desgracias. A lo largo de los siglos el hombre ha tratado de vivir independientemente de la existencia, cosa imposible por la propia naturaleza de las cosas. El hombre no puede ser independiente ni dependiente. La existencia es un estado de interdependencia: todo depende de todo lo demás. No hay jerarquía, nadie está por arriba ni por abajo de los demás. La existencia es una comunión, una historia de amor eterna. Pero la idea de que el hombre tiene que estar más alto, ser superior o especial, crea problemas. El hombre no tiene que ser nada; tiene que disolverse en la totalidad de las cosas. Cuando dejamos caer todas las barreras se produce la comunión, y esa comunión es una bendición. Ser uno con la totalidad lo es todo. Éste es el núcleo mismo de la religiosidad.

Pero la idea de que el hombre tiene que estar más alto, ser superior o especial, crea problemas. El hombre no tiene que ser nada; tiene que disolverse en la totalidad de las cosas. Cuando dejamos caer todas las barreras se produce la comunión, y esa comunión es una bendición. Ser uno con la totalidad lo es todo. Éste es el núcleo mismo de la religiosidad.
Heráclito dice: Las cosas no irían mejor si todo les ocurriera a los hombres según sus deseos. A menos que esperes lo inesperado no podrás encontrar la verdad, porque es difícil de descubrir y difícil de lograr. A la naturaleza le encanta esconderse. El señor cuyo oráculo está en Delphi ni habla ni oculta, sólo da señales.

La existencia no tiene lenguaje... y si dependes del lenguaje no podrás comunicarte con la existencia. La existencia es un misterio, no puedes interpretarlo. Si lo interpretas, lo pierdes. La existencia puede ser vivida, pero no pensada. Se parece más a la poesía que a la filosofía. Es una señal, es una puerta. Muestra, pero no dice nada.
No podemos acercarnos a la existencia a través de la mente. Si piensas sobre ella, puedes seguir pensando, pero, por más que lo hagas, nunca la alcanzarás, porque el propio pensamiento es la barrera. El pensamiento es un mundo privado, te pertenece; a continuación te deja encerrado, encapsulado, prisionero dentro de ti mismo. Si no piensas, dejas de ser; dejas de estar encerrado. Estás abierto, te haces poroso, la existencia fluye dentro de ti y tú fluyes en la existencia.
Aprende a escuchar: escuchar significa estar abierto, vulnerable, receptivo, pero de ningún modo significa pensar. Pensar es una acción positiva. Escuchar es pasivo: eres como un valle que recibe; eres como un útero que recibe. Si puedes escuchar, entonces la naturaleza habla, pero sin lenguaje. La naturaleza no emplea palabras. ¿Entonces qué es lo que usa? Como dice Heráclito, usa signos. Vemos una flor: ¿Cuál es el signo que contiene? No está diciendo nada pero, ¿puedes realmente afirmar que no dice nada? Dice muchas cosas pero no emplea palabras: es un mensaje sin palabras.
Para oír lo que no tiene palabras tendrás que abandonar las palabras, porque sólo lo similar puede oír a lo similar, sólo lo similar puede relacionarse con lo similar.

Cuando te sientes junto a una flor, no seas una persona, sé una flor. Cuando te sientes junto a un árbol, no seas una persona, sé un árbol. Cuando te bañes en el río, no seas un hombre, sé el río. Entonces recibes miles de señales. Y no se trata de comunicación, es una comunión. La naturaleza habla, y habla en miles lenguas, pero en ningún lenguaje.

 

03 - Iluminación

Por qué Buda espera en las puertas del cielo

Hagas lo que hagas, hazlo en profunda alerta; entonces, incluso las mínimas cosas se vuelven sagradas. Entonces cocinar o limpiar se vuelven algo sagrado; se convierten en una adoración. La cuestión no reside en lo que haces, sino en cómo lo haces. Puedes limpiar el suelo como un robot, de manera mecánica; como tienes que limpiarlo, lo limpias; entonces te pierdes algo precioso. Limpiar el suelo podría haber sido una gran experiencia; te la has perdido. El suelo queda limpio, pero ha dejado de ocurrir algo que podría haber ocurrido dentro de ti. Si eres consciente, si estás alerta, además del suelo, tú mismo habrías recibido una profunda limpieza. Limpia el suelo con plena conciencia, irradiando conciencia. Trabaja, siéntate o camina, pero hay algo que tiene que ser un hilo continuo: ilumina más y más momentos de tu vida con la luz de la conciencia. Deja que la vela de la conciencia arda en todo momento, en cada acto. El efecto acumulativo de esta práctica es la iluminación. El efecto acumulativo, juntando todos los momentos, todas las pequeñas velas, se convierten en una gran fuente de luz.

Limpia el suelo con plena conciencia, irradiando conciencia. Trabaja, siéntate o camina, pero hay algo que tiene que ser un hilo continuo: ilumina más y más momentos de tu vida con la luz de la conciencia. Deja que la vela de la conciencia arda en todo momento, en cada acto. El efecto acumulativo de esta práctica es la iluminación. El efecto acumulativo, juntando todos los momentos, todas las pequeñas velas, se convierten en una gran fuente de luz.
Cuenta la historia que cuando Gautama Buda murió, llegó a las puertas del paraíso. Esas puertas raras veces se abren, sólo una vez cada muchos siglos; los visitantes no llegan todos los días y cuando alguien llega a sus puertas, todo el paraíso lo celebra. Una conciencia más ha conseguido florecer y la existencia es mucho más rica de lo que era antes.
Las puertas estaban abiertas y el resto de los iluminados que habían entrado antes al paraíso... porque en el budismo no hay Dios, pero los iluminados son divinos: por tanto, hay tantos dioses como seres iluminados. Todos se habían reunido en las puertas con música, canciones y danzas. Querían dar la bienvenida a Gautama Buda pero, para su sorpresa, él estaba de pie dando la espalda a las puertas. Su rostro todavía miraba a la distante orilla que había dejado atrás.
Ellos dijeron, "Qué extraño. ¿A quién espera?"
Y se dice que el Buda respondió, "Mi corazón no es tan pequeño. Estoy esperando a aquellos a los que he dejado atrás y siguen luchando en el camino. Son mis compañeros de viaje. Podéis mantener las puertas cerradas, tendréis que esperar un poco para celebrar mi entrada en el paraíso porque he decidido ser el último en atravesarlas. Cuando todos se hayan iluminado y hayan entrado por la puerta, cuando no quede nadie fuera, entonces será mi momento de entrar."
Esta historia es una historia, no puede ser un hecho real. No es algo que dependa de uno; cuando te iluminas entras en la fuente universal de la vida. No es una cuestión de elección o de decisión. Pero la historia es que él sigue intentándolo, incluso después de morir. Esta historia surgió de lo que dijo que iba a hacer el último día antes de morir: que os esperaría a todos.
Ya no puede esperar más, ya ha esperado mucho más de lo que le correspondía. Ya debería haberse ido pero, viendo tu desgracia y tu sufrimiento, de algún modo sigue allí. Pero cada vez la espera se hace más imposible. Tendrá que dejarte atrás —con desgana— pero te esperará en la otra orilla. No entrará en el paraíso porque hizo una promesa: «No olvidéis que estaré allí esperándoos durante siglos. Pero daos prisa, no me defraudéis, y no me hagáis esperar demasiado».

 

 04 - Sinceridad

La Búsqueda de Bodhidharma por un Discípulo

Sólo hay que recordar una cosa: sé auténtico, sé sincero contigo mismo. Declara tu verdad al precio que sea. Aunque tengas que arriesgar la vida, arriésgala, porque la verdad es mucho más valiosa que ninguna otra cosa, porque la verdad es verdadera vida.

Esto me recuerda a Bodhidharma, que introdujo el zen en China... El emperador salió a recibirle a la frontera; y si hubiera sido cualquier otro que Bodhidharma, el emperador le habría cortado la cabeza inmediatamente porque se estaba comportando de una manera muy impertinente. El emperador había construido miles de templos, había alzado miles de estatuas de Buda. Había mil estudiosos traduciendo continuamente las palabras de Buda del Pali al chino, y diez mil monjes eran alimentados por la tesorería imperial. El emperador había hecho mucho para que China fuera budista. Obviamente, pensaba que sus actos serían valorados, por eso dijo, "He hecho todo esto. ¿Qué piensas? ¿Cuál es la virtud alcanzada con todo ello?"
Bodhidharma dijo, "¿Virtud? ¡Idiota!" —y lo dijo enfrente de toda la corte que acompañaba al emperador.

El emperador no podía entenderlo. El dijo, "No entiendo por qué te enfadas tanto."
Bodhidharma replicó, "Estás destruyendo la palabra viva y estás alimentando a esos eruditos que en nada contribuyen a la conciencia de la gente. ¿Y todavía tienes el valor de preguntar si estás acumulando grandes virtudes? ¡Irás directo al infierno!" El emperador pensó, «¿Cómo puedo salir de la trampa que me pone este hombre? Estoy en la jaula del león y no puedo salir...» Poco después, el emperador regresó a palacio y Bodhidharma se quedó en las colinas que rodean la frontera china. Se quedó sentado en un templo mirando a la pared durante nueve años y declaró: «Hablar con gente que no entiende es como hablarle a la pared. Pero hablando a la pared al menos uno tiene el consuelo de que es una pared. Sólo giraré el rostro cuando se presente alguien digno de escuchar la palabra viva».
Nueve años es mucho tiempo, pero, finalmente, una mañana el hombre se presentó. Dijo a Bodhidharma, Escucha, creo que soy la persona que has estado esperando. Para probarlo, se cortó una mano con su espada, la echó en el regazo de Bodhidharma y dijo, "¡Gírate hacia mí o me corto la cabeza aquí mismo y tú serás el responsable!"
Bodhidharma se dio la vuelta inmediatamente y dijo, "Es suficiente. ¡Ésta es la prueba de que estás tan loco como yo quiero! Siéntate. No hace falta que te cortes la cabeza, tenemos que hacer uso de ella; vas a ser mi sucesor."
Un hombre que se corta la mano para probar la sinceridad de su búsqueda... y Bodhidharma no duda ni por un momento de que se hubiera cortado la cabeza si no se hubiese vuelto. Se habría cargado innecesariamente con la responsabilidad de haber matado a un hombre, y además un hombre tan hermoso, tan valiente. Ciertamente aquel hombre fue el sucesor de Bodhidharma.
Pero nadie sabe lo que ocurrió entre ellos. No se pronunció ni una palabra; Bodhidharma simplemente se volvió hacia él, le dijo que se sentara, le miró a los ojos... caía nieve y alrededor había un silencio inmenso. No se planteó ninguna pregunta ni se dio ninguna respuesta. Pero algo debe haber ocurrido porque de otro modo Bodhidharma no lo hubiera elegido como discípulo.

 

05 - El Último Accidente

Chiyono y su balde con agua

Lo que produce la iluminación no es una secuencia de causas. Tu búsqueda, tu intenso anhelo, tu disposición a hacer cualquier cosa, todo ello junto crea cierto aroma a tu alrededor en el que ese gran accidente se hace posible.

La monja Chiyono estudió durante años pero era incapaz de encontrar la iluminación. Una noche estaba transportando un viejo cubo lleno de agua. Mientras caminaba, observaba la luna reflejada en el agua del cubo. De repente, las tiras de bambú que sujetaban las piezas del cubo se rompieron y el cubo se deshizo. El agua se derramó y el reflejo de la luna desapareció; y Chiyono se iluminó. Escribió el siguiente verso:

De un modo y otro traté de mantener el cubo íntegro,
esperando que el débil bambú nunca se rompiera.
De repente, el fondo se cayó.
No más agua; no más reflejo de la luna en el agua--
vaciedad en mi mano.


La iluminación es siempre como un accidente porque es imprevisible, porque no puedes gestionarla, no puedes hacer que ocurra. Pero no me entendáis mal, porque cuando digo que la iluminación es como un accidente, no estoy diciendo que no hagáis nada para obtenerla. El accidente sólo ocurre a los que hacen mucho para que les ocurra, aunque nunca les ocurre por lo que hacen. Ese hacer sólo es la causa que crea la situación por la que tiende a ocurrir el accidente, eso es todo. Éste es el significado de ese magnífico suceso.
Debo deciros algo de Chiyono. Era una mujer muy hermosa. Cuando era joven, hasta el emperador y los príncipes iban tras ella. Ella se negaba porque sólo quería ser amante de lo divino. Fue de monasterio en monasterio intentando hacerse monja, pero hasta los grandes maestros se negaban--tenían a su cargo muchos monjes y ella era tan hermosa que se olvidarían de Dios y de todo lo demás. Por eso, allí donde iba, encontraba las puertas cerradas.

¿Qué hizo Chiyono? Encontró una salida, se quemó la cara y se la llenó de cicatrices. Y después fue a un maestro que ni siquiera podía reconocer si era hombre o mujer. Entonces fue aceptada como monja. Estudió y meditó durante treinta, cuarenta años sin parar.

Entonces, de repente, una noche... estaba mirando la luna reflejada en el cubo de agua. De repente el cubo se cayó, el agua se derramó y la luna desapareció; ése fue el detonante.

Siempre hay un punto crucial en el que lo viejo desaparece y lo nuevo comienza, en el que renacemos. Ése fue el punto crucial. De repente, el agua se derramó y ya no había luna. Entonces Chiyono debe haber mirado hacia arriba para ver la verdadera luna. De repente despertó al hecho de que todo es un reflejo, una ilusión, porque vemos las cosas a través de la mente. Cuando se rompió el cubo, la mente también se rompió. Estaba preparada. Todo lo que podía hacerse ya se había hecho. Ella ya había hecho todo lo posible. No quedaba nada, estaba preparada, se lo había ganado. Este accidente ordinario se convirtió en el punto crucial, el detonante.

De repente el fondo se cayó-- fue un accidente. No más agua, no más luna en el agua; vaciedad en mi mano.

Y esto es la iluminación: cuando tienes la vaciedad en tu mano, cuando todo está vacío, cuando no hay nadie, ni siquiera tú. Has llegado al rostro original del zen.

 

06 - Avaricia

Una parábola acerca de la ambición y la prisa

Cuando la gente se vuelve avara, empieza a tener mucha prisa, y trata de encontrar el modo de hacer las cosas más rápido. Lo hacen todo corriendo porque piensan que la vida se les agota. Son las personas que dicen: «El tiempo es dinero». ¿El tiempo es dinero? El dinero es muy limitado; el tiempo es limitado. El tiempo no es dinero, el tiempo es eternidad; siempre ha estado ahí y siempre estará. Y tú siempre has estado aquí y siempre estarás. Por tanto, abandona la avaricia y no te preocupes por los resultados. A veces, por tu impaciencia, pierdes muchas cosas.

Os contaré una antigua parábola india...

Un gran santo, Narada, iba hacia el paraíso. Solía viajar entre la tierra y el paraíso. Era como el mensajero que unía ambos mundos; hacía de puente.

Se encontró con un anciano sabio, ya muy mayor, que sentado bajo un árbol repetía su mantra. Había estado repitiendo su mantra durante muchos años y muchas vidas. Narada le preguntó: —¿Te gustaría preguntar algo? ¿Quieres que le transmita algún mensaje tuyo al Señor?

El anciano abrió los ojos y dijo: —Pregúntale sólo una cosa: ¿cuánto más tendré que esperar? ¿Cuánto más? Dile que es demasiado. He estado repitiendo este mantra durante muchas vidas, ¿cuánto tiempo más tengo que seguir haciéndolo? Estoy cansado de él, estoy aburrido.

Al lado del anciano sabio, debajo de otro árbol, había un joven con una ektara, un instrumento de una sola cuerda, tocándolo y bailando. Narada le preguntó en broma: —¿Te gustaría saber cuánto tiempo te queda para iluminarte? Pero el joven ni siquiera se molestó en responder. Siguió bailando. Narada volvió a preguntarle: —Voy a ver al Señor. ¿Tienes algún mensaje para él? Pero el joven se rió y siguió bailando.

Cuando Narada volvió unos días después, le dijo al anciano: —Dios ha dicho que tendrás que esperar al menos tres vidas más. El anciano se enfadó tanto que arrojó el rosario de cuentas lejos de sí. ¡Tenía ganas de pegar a Narada! Y dijo: —¡Esto no tiene ningún sentido! He estado esperando tanto tiempo, y he praticado todo tipo de austeridades: he cantado, he ayunado, he hecho todos los rituales. He cumplido todos los requisitos. Tres vidas; ¡es injusto!

El joven seguía bailando bajo su árbol y estaba muy contento. Narada tenía miedo, pero se le acercó y le dijo: —Aunque tú no hayas preguntado nada, yo inquirí por mi propia curiosidad. Cuando Dios dijo que al anciano le quedaban todavía tres vidas, pregunté por el joven que bailaba a su lado y tocaba la ektara. Y Dios dijo: «Ese joven tendrá que esperar tantas vidas como hojas hay en el árbol bajo el que baila».

Entonces el joven comenzó a bailar aún más deprisa y dijo: —¿Tantas vidas como hojas hay en este árbol? Entonces ya no estoy muy lejos, ¡es como si ya hubiera llegado!, piensa en todos los árboles que hay en la tierra. ¡Compara! Estoy muy cerca. Gracias por haber preguntado.

Y se puso a bailar otra vez. Y la historia cuenta que instantáneamente, en ese mismo momento, el joven se iluminó.

 

 07 - Màs Allá de la Avaricia

Una parábola acerca de la ambición y la prisa (2)

Cuando la gente se torna llena de avaricia, a la vez se torna en gente apurada, y sigue buscando más formas de lograr mayor velocidad. Están continuamente corriendo porque, piensa que la vida se le está acabando. Esta es la gente que dice, "El tiempo es dinero".

¿El tiempo es dinero? El dinero es muy limitado; el tiempo es ilimitado. El tiempo no es dinero, el tiempo es la eternidad - siempre ha estado y siempre estará aquí. Y tú has estado siempre aquí y tú estarás siempre aquí

Por esto, deja la avaricia, y no te preocupes por los resultados. A veces sucede - que por tu impaciencia - te pierdes muchas cosas.

El hombre está lleno cuando está en sintonía con el universo; si no está en armonía con el universo entonces está vacío, totalmente vacío. Y de ese vacío surge la avaricia. La avaricia trata de llenarnos —de dinero, de casas, de muebles, de amigos, de amantes, de cualquier cosa— porque uno no puede vivir vacío. Es algo horroroso, una vida fantasmagórica. Si estás vacío y no hay nada dentro de ti, vivir es imposible.

Para sentirte lleno, para sentir que tienes mucho dentro de ti, sólo hay dos caminos: o bien te sintonizas con el universo... Entonces te sientes lleno de la totalidad, de las flores y las estrellas. Están tanto dentro como fuera de ti. Ésa es la verdadera plenitud. Pero si no lo haces —y hay millones de personas que no lo hacen— entonces lo más fácil es llenarse de cualquier trasto viejo.
La avaricia significa que sientes un profundo vacío y que estás dispuesto a llenarlo de cualquier cosa que esté a mano, sin importarte lo que sea. Una vez que entiendes esto, no te queda nada más que hacer con la avaricia. Lo que te queda por hacer es entrar en comunión con el todo para que desaparezca el vacío interno. Y con él, desaparece toda avaricia.

Pero en todo el mundo hay mucha gente loca que busca cosas para llenar su vacío. Unos acumulan dinero, aunque no lo usen. Otros se dedican a comer; y continúan tragando aunque no tengan hambre. Saben que eso les va a crear sufrimiento, que enfermarán, pero no pueden impedirlo. Esta forma de comer también es una manera de llenarse.

Por lo tanto, hay muchas maneras de llenar el vacío, aunque nunca se llena del todo: sigue habiendo un vacío y tú sigues sintiéndote desgraciado porque nunca es suficiente. Siempre hace falta más, y la demanda de más y más no acaba nunca.

Tienes que entender el vacío que estás tratando de llenar y preguntarte: «¿Por qué estoy vacío? Toda la existencia es tan plena, ¿por qué me siento vacío? Quizá haya perdido la pista, ya no sigo la dirección correcta, mi dirección existencial. Ésa es la causa de mi vacío».

Por tanto, sigue tu dirección existencial.

Abandónate y acércate a la existencia en silencio y en paz, en meditación. Y un día te darás cuenta de que estás tan lleno —rebosante—, rebosas alegría, dicha, bendición. Tienes tanto que puedes darlo al mundo sin quedarte exhausto.

Ese día, por primera vez, no sentirás ninguna avaricia, ningún deseo de dinero, alimentos ni cosas, no querrás nada.

Vivirás con naturalidad y encontrarás lo que necesites.

 

08 - El Ser Discípulo

Los muchos profesores de Junnaid

Ninguna situación carece de lecciones, ninguna en absoluto. Todas las situaciones están preñadas, pero esto es algo que tienes que descubrir; superficialmente puede no parecer que es así. Tienes que estar alerta, tienes que mirar todos los aspectos de la situación.

A uno de los grandes maestros sufíes, Junnaid, le preguntaron cuando se estaba muriendo... su primer discípulo se acercó a él y le preguntó: «Maestro, nos dejas. Siempre hemos tenido una pregunta en mente pero nunca hemos tenido coraje suficiente para hacértela. ¿Quién fue tu Maestro? Todos tus discípulos sentimos esa curiosidad porque nunca te hemos oído hablar de tu Maestro».

Junnaid abrió los ojos y dijo: —Me resultará muy difícil responder porque he aprendido de casi todos. Toda la existencia ha sido mi Maestra. He aprendido de cada suceso ocurrido en mi vida. Y estoy contento de todo lo que me ha ocurrido, porque gracias a todo ese aprendizaje he llegado.

Para satisfacer vuestra curiosidad os voy a dar tres ejemplos. El primero: tenía mucha sed y me dirigía hacia el río con mi cuenco, mi única posesión. Cuando llegué al río, un perro vino corriendo, saltó al río y comenzó a beber.


Le observé un momento y arrojé el cuenco lejos de mí; me di cuenta de que era inútil. Un perro puede vivir sin él. Yo también salté dentro del río y bebí todo lo que quise. Como había saltado al río, todo mi cuerpo se refrescó. Me senté en el río durante unos segundos, di las gracias al perro y toqué sus pies con profundo respeto porque me había enseñado una lección.

Lo había dejado todo, todas las posesiones, pero tenía cierto apego por mi cuenco. Era muy hermoso, bellamente tallado y siempre pensaba que alguien podría robármelo. De noche lo ponía debajo de mi cabeza, como almohada, para que nadie me lo quitara. Era mi último apego, y el perro me ayudó. Quedó muy claro: si un perro puede arreglárselas sin cuenco de mendigar... Yo soy un hombre, ¿por qué no iba a poder arreglármelas? Aquel perro fue uno de mis Maestros.

Segundo —dijo Junnaid— me perdí en el bosque y cuando llegué al pueblo más cercano ya era media noche. Todo el mundo estaba dormido. Deambulé por allí para ver si encontraba a alguien despierto que pudiera darme cobijo, hasta que me encontré con un hombre. Le dije: —Parece que tú y yo somos los únicos que estamos despiertos en todo el pueblo. ¿Puedes acogerme esta noche?

El hombre dijo: —Puedo ver por tu túnica que eres un monje sufí...»

La palabra sufí viene de suf; suf significa lana, una prenda de lana. Los sufíes han utilizado prendas de lana durante siglos; de ahí viene su nombre, de la ropa que llevan. El ladrón dijo: —Puedo ver que eres un sufí y me siento un poco avergonzado de llevarte a mi casa. Estoy más que dispuesto, pero debo advertirte quién soy. Soy un ladrón; ¿te gustaría ser el invitado de un ladrón?

Junnaid dudó un momento. El ladrón dijo: —Mira, es mejor que te lo haya dicho. Parece que dudas. El ladrón está dispuesto pero el místico duda de entrar en casa de un ladrón, como si el místico fuera más débil que el ladrón. De hecho, soy yo el que debería tener miedo de ti: ¡Podrías cambiarme, podrías transformar mi vida! Invitarte supone un riesgo para mí, pero no tengo miedo. Te doy la bienvenida. Ven a mi casa. Come, bebe, duerme y quédate el tiempo que desees porque vivo solo y gano lo suficiente. Puedo mantener a otra persona. Y será muy agradable charlar contigo de las grandes cosas. Pero pareces dudar.

Y Junnaid se dio cuenta de que lo que el ladrón le decía era verdad. Pidió perdón. Tocó los pies del ladrón y dijo: —Sí, mi enraizamiento en mi propio ser aún es muy débil. Eres un hombre fuerte y me gustaría ir a tu casa. Y me gustaría quedarme un poco más, no sólo esta noche. ¡Yo también quiero fortalecerme!

—¡Vamos! —dijo el ladrón. Alimentó al sufí, le dio de beber, le ayudó a prepararse la cama y le dijo: —Ahora me iré. Tengo que hacer mi trabajo. Vendré temprano por la mañana. El ladrón volvió a primera hora de la mañana. Junnaid le preguntó: —¿Has tenido éxito?

—No, hoy no, pero mañana ya veremos —dijo el ladrón.

Y esto continuó durante treinta días: el ladrón salía cada noche y volvía cada mañana con las manos vacías. Pero nunca estaba triste ni frustrado —ni un signo de fracaso en el rostro, siempre estaba feliz— y decía: —No importa. He puesto lo mejor de mí en el intento. Hoy no he podido encontrar nada pero mañana volveré a intentarlo. Y, Dios mediante, mañana puede suceder lo que no ha sucedido hoy.

Al mes, Junnaid se fue, y durante años trató de alcanzar la realización, aunque siempre fracasaba. Pero cuando pensaba en abandonar su proyecto, se acordaba del ladrón con su cara sonriente diciendo: «Dios mediante, lo que no ha sucedido hoy puede suceder mañana».

Recuerdo que el ladrón fue uno de mis mayores Maestros —dijo Junnaid—. Sin él no sería lo que soy.

Y tercero —dijo Junnaid— entré en un pueblecito. Un niño llevaba una vela encendida. Evidentemente iba hacia algún pequeño templo de la localidad para dejar la vela ardiendo durante la noche.

Y Junnaid le preguntó: —¿Puedes decirme de dónde viene la luz? Has encendido la vela, de modo que has tenido que verlo. ¿Cuál es la fuente de la luz?

—¡Espera! —dijo en niño riéndose, y apagó la vela delante de Junnaid—. ¿Has visto cómo se ha ido la luz? ¿Puedes decirme adónde ha ido? Si me dices adónde ha ido, te diré de dónde viene, porque es el mismo lugar. Ha vuelto a su fuente.

—He estado con grandes filósofos pero nadie me ha dicho algo tan hermoso: 'Ha vuelto a su fuente'. Todo acaba volviendo a su fuente. Además, el niño me ha hecho tomar conciencia de mi ignorancia. Estaba tratando de gastarle una broma y he salido trasquilado. Me ha mostrado que plantear preguntas necias —¿de dónde ha venido la luz?— no es inteligente. Viene de ninguna parte, de la nada; y vuelve a ninguna parte, a la nada.

Toqué los pies del niño —continuó Junnaid—. Él se quedó sorprendido y dijo: —¿Por qué me tocas los pies? —Eres mi Maestro —respondió Junnaid—, me has enseñado algo. Me has dado una gran lección, una gran comprensión.

Desde ese momento he estado meditando sobre la nada y, poco a poco, he ido entrando en ella. Y ahora llegará el momento final en que la vela se apagará, la luz se apagará. Y yo sé dónde voy; a la misma fuente.

Recuerdo a ese niño con profundo agradecimiento. Todavía puedo verlo delante de mí, soplando su vela.

 

09 - El Milagro Más Grande

Sobre las tentaciones de los poderes espirituales

Hacer un milagro es genial, pero no lo suficientemente genial. Hacer un milagro es seguir estando en el mundo del ego. La verdadera grandeza es tan ordinaria que no pretende nada; es tan ordinaria que nunca trata de probar nada.

Un hombre vino a Lin Chi y dijo: —Mi Maestro es un gran psíquico. ¿Qué me dices del tuyo? ¿Qué puede hacer tu Maestro? ¿Qué milagros?

—¿Qué milagros ha estado haciendo tu Maestro? —preguntó Lin Chi.

El discípulo dijo: —Un día me dijo que fuera a la otra orilla del río y estaba allí con un papel en la mano. El río era muy ancho, más de un kilómetro. Él estaba de pie en la otra orilla; desde allí empezó a escribir con una pluma y su escritura se plasmó sobre el papel que yo sostenía. Esto lo he visto con mis propios ojos, ¡soy testigo de ello! ¿Qué puede hacer tu Maestro?

—Cuando tiene hambre come, cuando tiene sueño duerme —dijo Lin Chi.

—¿De qué me estás hablando?, —dijo el hombre—. ¿Y a eso le llamas milagro? ¡Todo el mundo lo hace!
Lin Chi continuó: —No, nadie lo hace. Cuando duermes, haces otras mil cosas. Cuando comes, estás pensando en otras mil cosas. Cuando mi maestro duerme, simplemente duerme; no da vueltas ni se agita, ni siquiera sueña. En ese momento sólo existe el sueño, nada más. Y cuando tiene hambre come. Siempre está donde está.

¿Para qué sirve escribir de una orilla del río a la otra? Eso es algo que sólo interesaría a personas muy estúpidas. ¿Por qué lo hace?

Alguien fue a Ramakrishna y le dijo: —Mi maestro es un gran hombre. Puede caminar sobre el agua.

—¡Eso es estúpido!, —dijo Ramakrishna—. Yo puedo ir al barquero y por dos peniques me cruza a la otra orilla. Tu Maestro es un loco. Ve y dile que no pierda su vida. Eso es algo que se puede hacer con toda facilidad.

Pero la mente siempre está deseando. La mente no es más que deseo, anhelo de que ocurra algo. A veces piensa en el dinero, en tener más dinero, una casa más grande, en ser más respetable, en tener más poder político. Después uno gira hacia la espiritualidad y la mente sigue siendo la misma. Ahora uno quiere más poderes psíquicos: telepatía, clarividencia y todo tipo de tonterías. Pero la mente sigue siendo la misma; quieres más. El mismo juego continúa...

Ahora se trata de telepatía, clarividencia o poderes psíquicos: «Si puedes hacer tal cosa, yo puedo hacer más. Puedo leer la mente de la gente a miles de kilómetros de distancia».

La vida en sí misma es un milagro, pero el ego no está dispuesto a aceptarlo. Quiere hacer algo especial, algo que nadie más haga, algo extraordinario.

 

10 - Valía

Sobre las virtudes de la inutilidad

No te preocupes demasiado por los fines utilitarios. Más bien, recuerda constantemente que no estás aquí, en la vida, para ser un objeto. No estás aquí para tener utilidad; eso está por debajo de tu dignidad. No estás aquí para ser cada vez más eficiente, sino para estar cada vez más vivo; estás aquí para ser cada vez más inteligente; estás aquí para ser cada vez más feliz, extáticamente feliz.

Lao Tse iba viajando con sus discípulos y llegaron a un bosque donde había cientos de leñadores contando troncos porque se estaba construyendo un gran palacio.

Habían cortado casi todo el bosque, pero queda un árbol, un gran árbol con miles de ramas, tan grandes que su sombra podía cobijar a diez mil personas. Lao Tse pidió a sus discípulos que averiguaran por qué aquel árbol no se había cortado todavía cuando el resto del bosque había sido talado y no quedaba nada.

Los discípulos fueron y preguntaron a los leñadores: —¿Por qué no habéis cortado este árbol?

—Este árbol es totalmente inútil —dijeron los leñadores—. No se puede hacer nada con él porque las ramas tienen muchos nudos. No hay ni un tramo recto. No se pueden construir pilares con él ni se pueden fabricar muebles. Tampoco se puede quemar su madera porque el humo es muy malo para los ojos, casi te puede dejar ciego. Este árbol es absolutamente inútil. Por eso no lo hemos cortado.

Los discípulos volvieron. Lao Tse se rió y dijo: —Sed como este árbol. Si queréis sobrevivir en el mundo sed como este árbol, absolutamente inútiles. Entonces nadie os hará daño. Si sois rectos os cortarán, alguien os convertirá en muebles. Si sois preciosos alguien os venderá en el mercado, os convertiréis en un bien de consumo. Sed como este árbol, absolutamente inútiles. Entonces nadie os podrá hacer daño. Y creceréis grandes y fuertes, y podréis dar sombra a miles de personas.

La lógica de Lao Tse es muy distinta de la lógica de tu mente. Él dice: sé el último. Muévete en el mundo como si no fueras. Sé un desconocido. No trates de ser el primero, no compitas, no trates de probar tu valía. No hace falta. Sé inútil y disfruta.

Por supuesto que es muy poco práctico. Pero si llegas a entenderle, te darás cuenta de que es muy práctico a otro nivel, en la profundidad: porque la vida es para disfrutar y celebrar, la vida no es un bien de consumo en el mercado; debería ser como la poesía, como una canción, como una danza.

Lao Tse dice: si tratas de ser muy listo, si tratas de ser muy útil, serás utilizado. Si tratas de ser muy práctico, de un modo u otro te pondrás las riendas, porque el mundo no puede dejar en paz al hombre práctico. Lao Tse dice: abandona todas esas ideas. Si quieres ser un poema, un éxtasis, olvídate de la utilidad. Sé sincero contigo mismo.

 

11 - Reconocimiento

El maestro, el jardinero y el invitado

El anhelo de la mente es ser extraordinaria. El ego tiene hambre y sed de reconocimiento. Algunos alcanzan ese sueño a través de las riquezas, otros a través del poder, de la política; otros realizan el sueño por medio de milagros, de juego malabares, pero el sueño permanece: «No puede soportar no ser nadie». Y eso es un milagro; cuando aceptas que no eres nadie, cuando eres tan ordinario como todo lo que te rodea, cuando no pides reconocimiento, cuando puedes existir como si no existieras. El milagro es estar ausente.

Esta historia es preciosa, una de las más hermosas anécdotas zen, y Bankei es un Maestro genial. Pero Bankei era un hombre ordinario.

En una ocasión Bankei estaba trabajando en su jardín. Llegó un buscador, un hombre que buscaba un Maestro, y preguntó a Bankei: —Jardinero, ¿dónde está el maestro?

Bankei se rió y dijo: —Espera. Atraviesa esa puerta y dentro encontrarás al Maestro.

El hombre dio la vuelta y entró. Vio a Bankei sentado en un trono, era el mismo hombre que había visto fuera, el jardinero. El buscador preguntó: —¿Estás tomándome el pelo? Baja de ese trono. Lo que haces es sacrílego, ¿es que no tienes respeto por tu Maestro?

Bankei bajó, se sentó en el suelo y dijo: —Bueno, ahora lo tienes difícil. No vas a encontrar a ningún maestro por aquí... porque yo soy el Maestro.

Al hombre le resultaba difícil ver que un gran Maestro pudiera trabajar en el jardín, que pudiera ser ordinario. Se fue. No pudo creer que aquel hombre fuera el Maestro; perdió su oportunidad.

Todo el mundo teme no ser nadie. Sólo unas cuantas personas curiosas y extraordinarias no tienen miedo de no ser nadie, como Gautama Buda o Bankei. Un nadie no es fenómeno ordinario; es una de las mayores experiencias de la vida: eres y al mismo tiempo no eres. Eres pura existencia sin nombre, sin dirección, sin límites... ni pecador ni santo, ni inferior ni superior, sólo silencio.

La gente tiene miedo porque su personalidad desaparece ante una persona así; su nombre, su fama, su respetabilidad, todo desaparece; de ahí viene el miedo. Pero la muerte se va a llevar todas esas cosas de cualquier modo. Los sabios permiten que todo eso caiga por sí mismo. Entonces a la muerte no le queda nada que llevarse. El miedo desaparece porque la muerte no puede venir a ti; no tienes nada para ella. La muerte no puede matar a quien no es nadie.

Cuando sientes que no eres nadie, te vuelves inmortal. El nirvana es esa experiencia de la nada, el silencio absoluto sin alteraciones, sin ego, sin personalidad, sin hipocresía; sólo silencio... y los insectos cantando por la noche.

De algún modo estás aquí, y, sin embargo, no eres.

Estás aquí por tu vieja asociación con el cuerpo, pero si miras dentro no eres. Y esa comprensión, donde hay puro silencio y puro ser, es tu realidad, que la muerte no puede destruir. Ésta es tu eternidad, es tu inmortalidad.

No hay nada que temer. No hay nada que perder. Si piensas que vas a perder algo —tu nombre, tu respetabilidad, tu fama— has de saber que no valen nada. Son juguetes infantiles, no son aptos para personas maduras. Y ya es hora de que madures, de que simplemente seas.

Tú 'ser alguien' es muy pequeño. Cuanto más eres alguien, más pequeño eres; cuanto dejas de ser alguien, más grande eres. Sé absolutamente nadie y serás uno con la existencia misma.
 

12 - Cuestionamiento

El profesor y su sed de respuestas

Quien se dedica a hacer preguntas se pierde en la jungla filosófica. Deja que las preguntas vayan y vengan. Observa la multitud de preguntas como observas a las personas que pasan por la calle —nada que dar, nada que tomar—, con desapego, a distancia... Cuanta más distancia haya entre tú y tus preguntas, mejor. Porque la respuesta surgirá de esa apertura.

Un profesor de filosofía fue a ver a un Maestro zen, Nan-in, y le preguntó por Dios, por el nirvana, por la meditación y muchas otras cosas. El Maestro escuchó en silencio —preguntas y más preguntas— y después dijo: —Pareces cansado. Has tenido que subir a esta montaña tan alta y vienes desde un lugar muy lejano. Déjame que te sirva una taza de té. Y el Maestro zen hizo el té.

El profesor esperó; las preguntas hervían en su interior. Y cuando el Maestro estaba haciendo el té, el samovar cantaba y el aroma del té comenzó a extenderse, el Maestro dijo al profesor: —Espera, no tengas tanta prisa. ¿Quién sabe? Quizá tus preguntas se respondan mientras tomas el té... o incluso antes.

El profesor se sentía perdido. Empezó a pensar. «Todo este viaje ha sido una pérdida de tiempo. Este hombre parece estar loco. ¿Cómo se van a responder mis preguntas sobre Dios bebiendo un té? ¿Qué tiene una cosa que ver con la otra? Más vale que me escape de aquí cuanto antes. Pero como también se sentía cansado, pensó que sería bueno tomar una taza de té antes de retomar el camino.

El Maestro trajo la tetera, empezó a servir el té y continuó vertiéndolo. La taza estaba llena y el té empezó a rebosar sobre el platillo, pero él seguía echando. Entonces se llenó también el platillo. Una gota más y el té empezaría a derramarse por el suelo; y el profesor gritó: —¡Alto! ¿Qué haces? ¿Estás loco o qué? ¿No puedes ver que la taza ya está llena? ¿No ves que el platillo está lleno?

Y el Maestro zen dijo: —Ésta es la situación exacta en la que te encuentras: tu mente está tan llena de preguntas que, aunque las responda, no tienes lugar para las respuestas. Pero pareces un hombre inteligente. Te has dado cuenta de que, ahora, una gota más no habría ido a la taza ni al platillo, habría empezado a derramarse por el suelo. Y eso mismo te digo, desde que entraste aquí tus preguntas rebosan por todas partes. Este lugar es pequeño, ¡pero lo has llenado con tus preguntas! Vuelve, vacía la taza y después regresa. Primero has de crear un poco de espacio dentro de ti.

 

13 - Dejando Ir el Conocimiento


La visión obsesionante de Naropa

La verdad es tu propia experiencia, tu propia visión. Aunque yo haya visto la verdad y te la cuente, en el momento de contártela se convertirá en mentira para ti. Para mí era verdad, entró a través de mis ojos. Fue mi visión. Para ti no será tu visión, será algo prestado. Será una creencia, será conocimiento, no un conocer. Y si empiezas a creer en ella, estarás creyendo una mentira. Recuérdalo. Incluso una verdad se convierte en mentira cuando entra en tu ser por la puerta equivocada. La verdad tiene que entrar por la puerta delantera, a través de los ojos. La verdad es una visión. Uno tiene que verla.

Naropa era un gran erudito, un gran sabio, tenía diez mil discípulos. Un día estaba sentado y rodeado por miles de escrituras, muy antiguas y raras. De repente se quedó dormido, debía estar cansado, y tuvo una visión.

Vio a una mujer muy, muy mayor y horrible, una bruja. Era tan fea que empezó a temblar en sueños. Era tan asquerosa que Naropa quería escapar, pero ¿dónde podía escapar? ¿Dónde ir?
Se sentía atrapado, hipnotizado por la vieja bruja. Sus ojos eran como imanes.

 —¿Qué estás estudiando? —le preguntó la anciana.

—Filosofía, religión, epistemología, lengua, gramática, lógica... —dijo él.

—¿Las entiendes? —volvió a preguntar la anciana.

—Por supuesto... Sí, claro que las entiendo.

A Naropa le habían planteado miles de preguntas en su vida —miles de estudiantes preguntando e inquiriendo— pero nadie le había preguntado eso: si entendía las palabras y el sentido. Y los ojos de la mujer eran tan penetrantes: le llegaban al fondo de su ser, era imposible mentirle. A cualquier otra persona podría haberle dicho: «Por supuesto que entiendo el sentido», pero a esta mujer, a esta mujer de aspecto horrible, le tenía que decir la verdad. Y dijo: —Comprendo las palabras.

La mujer se sintió muy feliz. Empezó a bailar y a reírse, su fealdad se transformó, empezando a mostrar una belleza sutil. Entonces Naropa pensó: «Si la he hecho tan feliz, ¿por qué no hacerla un poco más feliz aún? y dijo: —Sí, y también entiendo el sentido.

La mujer dejó de reírse, dejó de bailar. Empezó a llorar y recuperó toda su fealdad; ahora era incluso mil veces más fea. Naropa dijo: —¿Por qué lloras? ¿Y por qué antes bailabas y cantabas?

—Me sentí feliz porque un gran erudito como tú no me estaba mintiendo. Pero ahora lloro porque me has mentido. Yo sé —y tú también sabes— que no comprendes el sentido.

La visión desapareció y Naropa fue transformado. Se fue de la universidad, no volvió a tocar una escritura en toda su vida. Se hizo completamente ignorante; había entendido que la mujer no era un personaje externo, era una proyección. Era el propio ser de Naropa que, a través del conocimiento, se había vuelto horroroso. Bastó esta comprensión, «no entiendo el sentido», y la fealdad se transformó inmediatamente en belleza.

La visión de Naropa es muy significativa. A menos que sientas que el conocimiento es inútil nunca saldrás en busca de la sabiduría. Llevarás la moneda falsa pensando que es un verdadero tesoro. Tienes que darte cuenta de que el conocimiento es una moneda falsa, no es conocer, no es comprender. Como mucho es algo intelectual: se comprenden las palabras pero se pierde el sentido.
 

14 - Autenticidad


Milarepa y el profesor falso

Lo real no es el sendero. Lo real es la autenticidad del buscador. Esto es algo que quiero resaltar. Puedes tomar cualquier camino. Si eres sincero y auténtico alcanzarás la meta. Puede que algunos caminos sean más fáciles y otros más difíciles, algunos tendrán verdes prados a ambos lados y otros avanzarán entre desiertos, unos estarán rodeados por paisajes maravillosos y desde otros no se divisará paisaje alguno, esto no es lo importante; si eres sincero y honesto, auténtico y verdadero, cada sendero te llevará a la meta. Por tanto, todo se puede reducir a una única cosa: el camino es la autenticidad. Sea cual sea el sendero que sigas, si eres auténtico, cualquier camino te conducirá al objetivo. Y lo contrario también es verdad: sea cual sea el camino que sigas, si no eres auténtico, no llegarás a ninguna parte. Sólo la autenticidad te llevará de vuelta a casa, nada más. Todos son secundarios. El elemento básico es ser auténtico, ser verdadero. los senderos

Esto es lo que se contaba de un gran místico, Milarepa.
Cuando fue a ver a su Maestro, en el Tíbet, era tan humilde, tan puro, tan auténtico, que los demás discípulos se sentían celosos de él. Estaba claro que él sería el sucesor. Y, como había fuertes rivalidades, trataron de matarlo.
Un día le dijeron: —Si realmente crees en el maestro, ¿por qué no saltas desde la colina? Si realmente crees, si tienes confianza, entonces no te puede pasar nada, no te harás daño. Y Milarepa saltó sin dudar un momento. Los demás corrieron... porque había casi mil metros hasta el fondo del valle. Corrieron a encontrar los huesos desparramados, pero él estaba allí sentado y feliz, tremendamente feliz. Abrió los ojos y dijo: —Tenéis razón, la confianza protege.

Pensaron que debía haber sido una casualidad; por eso, un día que una casa se había incendiado, le dijeron: —Si amas a tu maestro y confías en él, puedes entrar. Entró corriendo a la casa para salvar a una mujer y a un niño que aún quedaban dentro. El fuego era tan fuerte que los demás discípulos esperaban que muriera, pero cuando salió con la mujer y el niño en brazos no tenía ni una quemadura. Y estaba cada vez más radiante, porque la confianza...

Un día que se dirigían a alguna parte, tenían que cruzar un río y le dijeron: —No necesitas cruzar en el bote. Como tienes tanta confianza, puedes caminar sobre el río —y él caminó.

Ésa fue la primera vez que el maestro le vio. No sabía que le habían dicho que saltase al precipicio ni que entrara en la casa en llamas. Pero en aquella ocasión estaba en la orilla, vio a Milarepa caminar sobre el agua y le dijo: —¿Qué haces? ¡Es imposible!

—¡No es imposible es absoluto! —dijo Milarepa—, lo estoy haciendo gracias a su poder, señor.

El Maestro pensó: —Si mi nombre y mi poder pueden hacer esto en este hombre ignorante y estúpido... Yo mismo nunca lo he intentado. Entonces lo intentó. Y se ahogó. No se ha vuelto a oír nada de él desde entonces.

 

15 - Estar Alerta

La súbita muerte del discípulo de Ekido

Permanece alerta. Has de tomar cada momento como si fuera el último. ¡Y hay muchas posibilidades de que lo sea! Por lo tanto, úsalo totalmente. Sácale todo su jugo. En esa misma totalidad estarás alerta.

El maestro japonés Ekido era un profesor severo y sus discípulos le tenían miedo. Un día, mientras daba la hora en la campana del templo, uno de sus discípulos dio un tañido de menos porque de repente se fijó en una muchacha preciosa que acaba de atravesar las puertas. Sin que el discípulo lo supiera, Ekido estaba detrás de él y le dio un golpe con su bastón; el susto hizo que al discípulo se le parara el corazón y murió.


Si piensas en esta historia te puede parecer que el Maestro mató al discípulo. Pero no es así. El discípulo iba a morir de todos modos; ése era el momento de su muerte. El Maestro lo sabía; simplemente usó el momento de su muerte para que su discípulo se iluminase.

Esto no se cuenta en la historia, pero es lo que ocurrió; de otro modo, ¿por qué iba a estar el Maestro de pie detrás de él? ¿No tenía nada mejor que hacer? En aquel momento no había nada más importante, porque su discípulo iba a morir y tenía que aprovechar esa circunstancia.
La historia es muy hermosa y significativa. El discípulo vio pasar a una muchacha preciosa y perdió toda conciencia. Todo su ser se convirtió en un deseo: quería ir detrás de la muchacha, poseerla. El momento anterior había estado alerta y ahora ya no lo estaba.

Estaba tocando la campana plenamente alerta. Esto es parte de la meditación en un monasterio zen: cualquier cosa que hagas, hazla conscientemente. Hagas lo que hagas, permanece allí presente como una luz; entonces todo se revela. Aquel discípulo iba a estar alerta y atento en el momento de morir, y la mente le jugó una mala pasada, jugó su última carta: ¡apareció una muchacha muy hermosa! En ese momento, cuando el discípulo perdió la conciencia, el Maestro le pegó con fuerza en la cabeza.

El Maestro ve que la muerte invisible se le está acercando y golpea al discípulo para que recupere la alerta. El Maestro esperaba detrás de él.

Los Maestros siempre están esperando detrás de los discípulos, aunque no siempre físicamente; y éste es uno de los momentos más importantes, cuando la persona va a morir. El Maestro le golpeó con fuerza y su cuerpo cayó, pero por dentro estaba alerta. El deseo desapareció. Todo lo demás cayó junto con el cuerpo, se quedó destrozado; pero el discípulo estaba alerta. Y en esa alerta, murió. Y si puedes unificar la alerta con la muerte, te iluminas.

 

16 - Imitación

El dedo de Gutei indicando al Uno

Sé verdadero contigo mismo, porque tu propia verdad puede llevarte a la verdad definitiva. La verdad de cualquier otra persona no puede ser la tuya. Tienes una semilla dentro de ti. Sólo florecerás si esa semilla brota y se convierte en árbol; entonces sentirás el éxtasis, la bendición. Pero si sigues a otros esa semilla seguirá muerta. Y puedes acumular todos los ideales del mundo y tener mucho éxito, pero te sentirás vacío porque nada te puede llenar; sólo la semilla, cuando se convierta en árbol, te llenará. Sólo te sentirás pleno cuando tu verdad haya florecido, nunca antes.

El maestro zen Gutei solía levantar su dedo cuando explicaba cuestiones relativas al zen. Un discípulo muy joven comenzó a imitarlo, y cuando alguien le preguntaba de qué había hablado su maestro, el muchacho levantaba el dedo.

Gutei se enteró de lo que estaba ocurriendo y un día, en el momento en que lo estaba haciendo, tomó al muchacho, sacó un cuchillo, le cortó el dedo y lo tiró lejos. Cuando el chico salió corriendo, Gutei le gritó: «¡Alto!» El muchacho se detuvo, se dio la vuelta y vio a su maestro a través de las lágrimas.

Gutei tenía el dedo levantado. El muchacho fue a levantar su dedo y cuando se dio cuenta de que no estaba, hizo una reverencia. En ese momento se iluminó.

Ésta es una historia muy extraña y hay muchas posibilidades de que la malinterpretes, porque lo más difícil de comprender en la vida es el comportamiento de una persona iluminada.

Los Maestros nunca hacen nada superfluo, ni siquiera levantar un dedo... Gutei no tenía el dedo levantado siempre, sólo cuando explicaba cosas del zen. ¿Por qué? Todos vuestros problemas surgen de que estáis fragmentados, desunidos; sois un caos, no una armonía. ¿Y qué es la meditación? Tan solo una vuelta a la unidad.

Las explicaciones de Gutei eran secundarias; lo principal era el dedo levantado. Estaba diciendo: —¡Sed uno y vuestros problemas se resolverán! El muchacho comenzó a imitarle.

Ahora bien, la imitación no te lleva a ninguna parte. Imitación significa que el ideal viene de fuera, no es algo que ocurra dentro de ti. Tienes una semilla dentro de ti; si imitas a otros, esa semilla seguirá muerta.

Gutei debe haber sido muy, muy compasivo. Sólo pudo ser tan duro por compasión: la imitación tiene que ser cortada de raíz. El dedo sólo es simbólico. El muchacho tiene que recibir un gran susto y el sufrimiento tiene que llegar hasta el centro mismo de su ser. Un momento de intensa conciencia, una gran herramienta...

Gutei gritó: «¡Alto!» En el momento en que se paró, el muchacho ya no sentía dolor. A causa de su viejo hábito, cuando el maestro eleva su dedo, el muchacho trata de elevar el suyo, que ya no está allí. Y por primera vez en su vida se da cuenta que no es el cuerpo; es atención, conciencia. Es un alma, y el cuerpo sólo es una casa.

Eres la luz que habita en el interior; no la lámpara, sino la llama.

 

17 - Una Taza de Té

El párpado de Bodhidharma y los orígenes del té

La conciencia llega a través de la sensibilidad. Hagas lo que hagas, tienes que ser más sensible, de modo que incluso algo tan trivial como hacer el té... ¿Puedes pensar en algo más trivial que hacer el té? ¿Puedes pensar en algo más ordinario que el té? No, no puedes; y los monjes y maestros zen han elevado algo tan ordinario a la categoría de lo más extraordinario. Han tendido el puente entre «esto» y «eso»... como si el té y Dios se hubieran hecho uno. A menos que el té sea divino tú tampoco lo serás, porque lo más bajo tiene que ser elevado a lo más alto, lo ordinario tiene que ser elevado a extraordinario, la tierra tiene que convertirse en el cielo. Ha de tenerse el puente, no debe quedar separación.

El té fue descubierto por Bodhidharma, el fundador del zen. La historia es muy hermosa. Estuvo meditando durante nueve años, mirando a la pared. Nueve años mirando a la pared, continuamente... por tanto, es natural que en algún momento empezara a quedarse dormido.

Luchó y luchó con el sueño; recuerda, el sueño metafísico, la inconsciencia. Quería permanecer consciente incluso mientras dormía. Quería lograr la continuidad de conciencia: la llama debía arder de día y de noche, las veinticuatro horas. Esto es dhyana, esto es meditación: ser consciente.
Una noche sintió que le sería imposible permanecer despierto; se estaba quedando dormido. ¡Se cortó los párpados y los arrojó lejos de sí! Ahora ya no podía cerrar los ojos.

Es una historia muy hermosa. Para llegar a los ojos internos, hay que deshacerse de los ojos externos. Ése es el alto precio que hay que pagar. ¿Y qué pasó? Después de unos días descubrió que los párpados que había arrojado al suelo habían empezado a germinar y estaban dando dos brotes. Se convirtieron en la planta de té.

Por eso, cuando bebes té, algo de Bodhidharma entra en ti y no puedes quedarte dormido. Bodhidharma estaba meditando en una montaña llamada T'a, y de ahí viene el nombre de té, de la montaña donde Bodhidharma meditó durante nueve años.

Es una parábola. Cuando el maestro zen dice: —Tómate una taza de té —en realidad está diciendo—: prueba un poco de Bodhidharma. No te preocupes de cuestiones como si Dios existe o no, quién creó el mundo, dónde están el cielo y el infierno o cual es la teoría del karma y el renacimiento.

Cuando el maestro zen dice: —Olvídate de todo. Tómate una taza de té —te está diciendo—: Es mejor que te hagas más consciente, no entres en todo ese sin sentido. No te va a ayudar en absoluto.

 

 

18 - Meditación

¿En qué lado de tu paraguas has dejado tus zapatos?

Haz las pequeñas cosas de tu vida con una conciencia relajada. Mientras comas, come totalmente: mastica totalmente, saborea totalmente, huele totalmente. Toca el pan, siente la textura. Huele el pan, huele el sabor. Mastícalo, deja que se disuelva en tu ser y permanece consciente; entonces estás meditando. Y entonces la meditación no está separada de la vida. Cuando la meditación está separada de la vida algo va mal. Se vuelve en contra de la vida. Entonces uno empieza a pensar en ir a un monasterio o a una cueva del Himalaya. Entonces uno quiere escapar de la vida, porque la vida parece distraernos de la meditación. La vida no es una distracción, la vida es la ocasión de meditar.

Un discípulo vino a ver a Ikkyu, su maestro. El discípulo ya llevaba cierto tiempo practicando. Estaba lloviendo y, al entrar, dejó los zapatos y el paraguas fuera.

Después de presentar sus respetos, el maestro le preguntó a qué lado de los zapatos había dejado el paraguas.

Ahora bien, ¿qué tipo de pregunta es esta...? Uno no espera que los maestros pregunten tonterías... más bien espera que hablen de Dios, del despertar de la kundalini, de la apertura de los chacras, de luces que aparecen en la cabeza. Uno pregunta cosas ocultas, esotéricas. Pero Ikkyu hizo una pregunta muy ordinaria. Ningún santo cristiano, ningún monje jaina, ningún swami hindú la hubiera planteado. Sólo lo puede hacer alguien que esté con Buda, en Buda, alguien que sea realmente un buda.
El maestro preguntó a qué lado de los zapatos había dejado el paraguas. Ahora bien, ¿qué tienen que ver los zapatos y los paraguas con la espiritualidad? Si se te hubiera planteado la misma pregunta a ti, te habrías sentido molesto. ¿Qué clase de pregunta es ésta? Pero hay algo tremendamente valioso en ella. Si hubiera preguntado algo sobre Dios, sobre la kundalini o los chacras, eso habría sido necio, totalmente carente de sentido. Pero esta pregunta tiene sentido. El discípulo no lo podía recordar, ¿a quién le importa donde se dejan los zapatos y de qué lado se deja el paraguas, a la izquierda o a la derecha? ¿A quién le puede importar? ¿Quién presta tanta atención a los paraguas? ¿Quién piensa en los zapatos? ¿Quién es tan cuidadoso? Pero eso fue suficiente. El discípulo fue rechazado.

Ikkyu le dijo: —Ve y medita siete años más.

—Siete años —dijo el discípulo—, ¿por esta pequeña falta?

Ikkuy respondió: —Esto no es una pequeña falta. Las faltas no son grandes o pequeñas; simplemente no estás viviendo meditativamente, eso es todo. Ve, medita siete años más y después vuelve.

Éste es el mensaje esencial:
Sé cuidadoso, cuidadoso con todo. Y no establezcas distinciones entre las cosas, esto es trivial y lo otro espiritual. Depende de ti. Presta atención, sé cuidadoso, y todo se convierte en espiritual. No prestes atención, no seas cuidadoso, y todo se convierte en profano.

Tú eres el que imparte la espiritualidad, es tu regalo al mundo.

Cuando un maestro como Ikkyu toca su paraguas, el paraguas es tan divino como puede serlo cualquier otra cosa. La energía meditativa es alquímica. Transforma los metales básicos en oro; transforma lo más bajo en lo más alto.
br> Y en la cumbre última, todo es divino. Este mismo mundo es el paraíso, y este mismo cuerpo es el cuerpo de buda.

 

19 - Permaneciendo Centrado

El monje y la prostituta

Estés donde estés, céntrate más, permanece más alerta, vive más conscientemente. No hay ningún otro lugar donde ir. Todo lo que tiene que ocurrir, tiene que ocurrir dentro de ti y está en tu mano. No eres un muñeco y los hilos que te mueven no están en las manos de nadie. Eres un individuo absolutamente libre. Si decides permanecer en la ilusión, puedes hacerlo durante muchas, muchas vidas. Si decides salir de ella, basta con la decisión de un momento. Puedes salir de la ilusión ahora mismo.

Buda estaba en Vaishali, donde vivía Amrapali; Amrapali era una prostituta. En los tiempos de Buda, en la India, la costumbre mandaba que a la mujer más hermosa de la ciudad no se le permitiera casarse con nadie porque eso crearía celos, conflictos, luchas. Por eso la mujer más bella tenía que convertirse en la nagarvadhu: la esposa de toda la ciudad.

No era algo deshonroso; al contrario, eran muy respetadas. No eran prostitutas ordinarias. Sólo eran visitadas por los más ricos, los reyes, los príncipes, generales: el estrato más elevado de la sociedad.

Amrapali era muy hermosa. Un día estaba de pie en su terraza y vio a un joven monje budista. Nunca se había enamorado de nadie, y se enamoró de él de repente; un hombre joven con una gran presencia, conciencia, gracia. Su manera de andar... Corrió a él y le dijo: —Dentro de tres días va a empezar la estación de las lluvias... Los monjes budistas no se trasladan durante los cuatro meses que dura la época de las lluvias. —Te invito a quedarte en mi casa durante esos cuatro meses —dijo Amrapali.

Se lo preguntaré a mi maestro. Si me lo permite, vendré —respondió el joven monje.

El monje vino, tocó los pies de Buda y le contó la historia: —Me ha pedido que me quede cuatro meses en su casa. Le he dicho que se lo diría a mi maestro y por eso he venido... lo que tú digas.

Buda le miró a los ojos y dijo: —Puedes quedarte allí.

Fue una gran sorpresa. Diez mil monjes... Se hizo un gran silencio, pero había mucho enfado, muchos celos. Cuando el monje se fue a casa de Amrapali, los demás empezaron a comentar: —Toda la ciudad está asombrada. Sólo se habla de una cosa: que un monje budista está en casa de Amrapali.

—Guardad silencio —dijo Buda—, confío en mi monje. Le he mirado a los ojos y no he visto deseo en ellos. Si hubiera dicho que no, él no lo habría sentido en absoluto. Le dije que sí... y él se ha ido. Confío en su conciencia, en su meditación. ¿Por qué estáis tan agitados y preocupados?

Cuatro meses después el monje volvió, tocó los pies de Buda, y detrás de él venía Amrapali vestida como una monja budista. Tocó los pies de Buda y dijo: —He intentado mis mejores artes para seducir a tu monje, pero fue él quien me sedujo a mí. Me ha convencido con su presencia y con su conciencia de que la verdadera vida es la que se halla a tus pies.

Y Buda dijo a la asamblea: —¿Estáis ahora satisfechos o no? Si la meditación es profunda, si la conciencia es clara, nada puede alterarla. Y Amrapali se convirtió en una de las mujeres iluminadas entre los discípulos de Buda.

 

20 - Ego

La mujer y el cruce del río

El ego es un fenómeno social; es la sociedad, no eres tú. Pero te da una función en sociedad, un lugar en la jerarquía social. Y si te quedas satisfecho con él, perderás la oportunidad de encontrar tu verdadero ser. ¿Te has dado cuenta alguna vez de que a través del ego entran en ti todo tipo de desgracias? No puede hacerte dichoso; sólo puede hacerte desgraciado. El ego es el infierno. Cuando sufras, trata de observar y analizar, y descubrirás que de algún modo el ego es la causa del sufrimiento.

Dos monjes budistas están volviendo al monasterio y llegan a la orilla de un río. La corriente es muy fuerte, es un lugar montañoso. Una muchacha joven y muy hermosa está esperando allí a que alguien le ayude a cruzar. Teme entrar en el río sola.

Uno de los monjes, que es el mayor de los dos, por supuesto... como tiene más edad camina por delante: un juego del ego. Si eres mayor, tienes que caminar por delante; los monjes más jóvenes tienen que caminar un poco más atrás. El monje más anciano va el primero. La joven le pregunta: —¿Me ayudaría? Bastaría con que me diese la mano. Me da miedo, la corriente es muy fuerte y el río tal vez sea profundo.

El anciano cierra los ojos; esto es lo que Buda había dicho a sus monjes, que si veían una mujer, en especial si es hermosa, debían cerrar los ojos. Es algo que me sorprende: ya la has visto y después cierras los ojos; si no la hubieses visto, ¿cómo sabrías que es mujer y que es hermosa? Ya te ha afectado, ¡y entonces cierras los ojos! Por tanto, el monje cierra los ojos y entra en el río sin responder a la mujer.
Entonces llega el segundo monje, el más joven. La muchacha tiene miedo, pero no puede hacer otra cosa: el sol está a punto de ocultarse, pronto se hará de noche. Por tanto, le pide al monje: —¿Me darías la mano para ayudarme a cruzar, por favor? El río parece profundo y la corriente es muy fuerte... tengo miedo.

El monje dice: —Es profundo, lo sé, no basta con que te coja de la mano; siéntate sobre mis hombros y te llevaré al otro lado.

Cuando están llegando al monasterio, el monje más anciano pregunta al joven: —Escucha, compañero, has cometido un pecado y voy a informar de que no sólo tocaste a una mujer y hablaste con ella, ¡sino que la llevaste a hombros! Debes ser expulsado de la comunidad; no mereces ser un monje.

El joven simplemente se rió y dijo: —Parece que yo dejé a la muchacha en el suelo hace tres kilómetros y tú sigues llevándola a hombros. Hemos recorrido tres kilómetros y sigues preocupado por el incidente.

Ahora bien, ¿qué está ocurriendo con este viejo monje? La muchacha era preciosa; ha perdido la oportunidad. Está enfadado, celoso. Está lleno de sexualidad, está hecho un verdadero lío. El joven está completamente limpio. Cruzó el río con la muchacha y la dejó en la otra orilla, y eso es todo, la cosa acabó allí mismo.

Nunca luches con la avaricia, el ego, la ira, los celos, el odio; no puedes matarlos, no puedes aplastarlos, no puedes luchar con ellos. Lo único que puedes hacer es tomar conciencia de ellos y, en el momento en que tomas conciencia, desaparecen. Ante la luz, la oscuridad simplemente desaparece.

 

21 - Conciencia

María Magdalena y el perfume inapreciable

La sociedad te dice una y otra vez: «Esto está bien y eso está mal»; a eso se le llama conciencia. Es algo que se instaura, se implanta en ti, y tú lo vas repitiendo. Carece de valor, no es auténtico. Lo real es tu verdadera conciencia. No tiene respuestas preparadas respecto a lo que está bien y lo que está mal, no. Sin embargo, en cualquier situación que surja, te da luz inmediatamente: sabes qué hacer al instante.

Jesús fue a visitar la casa de María Magdalena. María estaba muy enamorada. Vertió un perfume muy caro sobre sus pies, toda la botella. Era un perfume especial y valioso; podría haberse vendido. Judas se quejó inmediatamente diciendo: —Deberías prohibir a la gente que hiciera estas tonterías. El perfume se ha perdido y hay gente pobre que no tiene qué comer. Podríamos haber distribuido el dinero entre los pobres.

¿Qué dijo Jesús? Dijo: —No te preocupes, los pobres y los hambrientos siempre van a estar ahí, pero yo me iré. Siempre puedes servirlos —no hay prisa— pero yo me iré. Mira el amor, no el perfume precioso. Mira el amor de María, su corazón.

¿Con cuál de los dos habrías estado de acuerdo? Jesús parece muy burgués y Judas tiene mucho sentido práctico. Judas habla de los pobres y Jesús simplemente dice: —Pronto me iré, deja que su corazón haga lo que ella quiera y no te entrometas con tu filosofía.
Normalmente tu mente estaría de acuerdo con Judas. Era un hombre muy culto, sofisticado, un pensador. Y fue el traidor: vendió a Jesús por treinta monedas de plata. Pero, cuando crucificaron a Jesús, empezó a sentirse culpable. Así suelen funcionar los hombres buenos: empezó a sentirse muy culpable, su conciencia empezó a presionarle. Y acabó suicidándose.

Era un hombre bueno, tenía conciencia, pero no era consciente. Esta distinción tiene que sentirse en toda su profundidad. La conciencia es algo prestado, dado por la sociedad; la consciencia es algo que tienes que conseguir por ti mismo. La sociedad te enseña lo que está bien y lo que está mal: haz esto y no hagas lo otro. Te da la moralidad, el código, las reglas del juego: ésa es tu conciencia. Por fuera, el policía, por dentro, la conciencia: así es como te controla la sociedad.

Judas tenía conciencia, pero Jesús era consciente. A Jesús le importaba más el amor de la mujer, María Magdalena. Era algo tan profundo que impedir que lo mostrara le habría herido; se habría quedado encojida por dentro. Verter el perfume en los pies de Jesús sólo era un gesto. Detrás de ese gesto, ella estaba diciendo: «Esto es todo lo que tengo, es lo más precioso que tengo. Verter agua sobre sus pies no sería suficiente; es demasiado barata. Me gustaría derramar mi corazón, me gustaría derramar todo mi ser...»

Pero Judas era un hombre de conciencia: miró al perfume y dijo: «Es caro». Estaba completamente ciego a la mujer y a su corazón. Lo material es el perfume, lo inmaterial es el amor. Pero Judas no podía ver lo inmaterial, para eso hacen falta los ojos de la consciencia.

 

22 - El Corazón Tonto

La loca sabiduría de San Francisco de Asís

El corazón tiene sus razones que la razón no puede comprender. El corazón tiene su propia dimensión de ser, que es completamente oscura para la mente. El corazón es más elevado y más profundo que la mente, está más allá de su alcance. Parece alocado. El amor siempre parece alocado porque no es utilitario. La mente es utilitaria. Lo utiliza todo para algún fin: esto es lo que significa ser utilitario. La mente tiene un propósito y está orientada hacia un fin; lo convierte todo en un medio. Y el amor no puede convertirse en un medio, ése es el problema. El amor mismo es el objetivo.

Los locos siempre demuestran una sabiduría sutil, y los sabios siempre se comportan como locos. Antiguamente, todos los grandes emperadores siempre tenían un bufón en la corte. También tenían a hombres muy sabios, consejeros, ministros y primeros ministros, pero siempre tenían un loco.

¿Por qué? Porque hay cosas que los llamados hombres sabios no pueden entender, que sólo un loco puede entender, porque los supuestos sabios son tan necios que su astucia y su inteligencia les cierran la mente. Un loco es simple, y era necesario porque muchas veces los supuestos sabios no decían las cosas al emperador por miedo. Un loco no teme a nadie, hablará sin importarle las consecuencias.

Así es como actúa un loco: de manera simple, sin pensar en los resultados. Un hombre inteligente siempre piensa en los resultados antes de actuar. En primer lugar piensa y luego actúa. El loco actúa sin pensárselo antes.

Cuando alguien alcanza la realización última, no es como vuestros sabios. No puede ser como ellos. Puede que sea como vuestros locos, pero no puede ser como vuestros sabios.

Cuando San Francisco se iluminó, solía llamarse a sí mismo «el loco de Dios». El papa era un hombre sabio y, cuando San Francisco fue a verlo, incluso él pensó que aquel hombre se había vuelto loco. El papa era un hombre inteligente, calculador, listo; ¿de qué otro modo podría haber llegado a papa? Para hacerse papa uno tiene que hacer mucha política. Para hacerse papa uno necesita ser diplomático, hace falta competir y desbancar a los demás, usarlos como escaleras y luego dejarlos de lado.

Es política... porque un papa es un líder político. La religión es algo secundario, a veces ni siquiera está presente. ¿Cómo puede un hombre religioso luchar y mostrarse agresivo para conseguir un puesto? Sólo son políticos.

San Francisco vino a ver al papa y el papa pensó que aquel hombre estaba loco. Pero los árboles, los pájaros y los peces pensaban de otro modo. Cuando San Francisco iba al río, los peces daban saltos de alegría para celebrar su venida. Miles de personas fueron testigos de este fenómeno: millones de peces saltaban simultáneamente; el río entero se llenaba de peces saltarines. San Francisco había venido y los peces se sentían felices. Y los pájaros le seguían donde quiera que iba; iban a posarse en sus piernas, en su cuerpo, en su regazo. Entendían a este loco mejor que el papa. Incluso los árboles que se habían secado y estaban a punto de morir reverdecían y volvían a florecer cuando se acercaba San Francisco. Los árboles entendían bien que aquel loco no era un loco ordinario: era el loco de Dios.

 

23 - Plegaria

El amor y la ley de Moisés

Permite que tus gestos sean vivos, espontáneos. Deja que sea tu conciencia la que decida sobre tu estilo de vida, tu pauta de vida. No permitas que nadie más lo decida. Eso es un pecado, permitir que lo decidan otros. ¿Por qué es un pecado?, porque nunca estarás en ello. Será algo superficial, será algo hipócrita. No preguntes a nadie cómo has de orar. Deja que el momento decida, deja que ese momento sea decisivo y la verdad del momento será tu oración. Y una vez que decidas que la verdad del momento te posea, empezarás a crecer y conocerás la tremenda belleza de la oración. Has entrado en el camino.

Una historia famosa sobre Moisés:
Iba paseando por el bosque y vio a un hombre rezar. El hombre estaba diciendo unas cosas tan absurdas que Moisés tuvo que pararse. Lo que el hombre decía era profano, sacrílego. Decía: «Dios, a veces te debes sentir muy solo; yo puedo venir y estar a tu lado como una sombra. ¿Por qué sentirte solo si yo te hago compañía? Y además no soy un inútil: te daré un buen baño y te quitaré las pulgas del pelo y del cuerpo...»
¡¿Pulgas?! Moisés no podía creérselo: ¿Qué está diciendo este hombre? «Y cocinaré para ti; mis guisos gustan a todo el mundo. Y te haré la cama y te lavaré la ropa. Cuando estés enfermo te cuidaré. Seré tu madre, tu esposa, un sirviente, un esclavo; puedo ser todo tipo de cosas. Basta con que me des una señal para que sepa que puedo venir...»

Moisés le hizo detenerse y dijo: —¿Qué haces? ¿A quién hablas? ¿Pulgas en el pelo de Dios? ¿Que Él necesita un baño? ¡Basta de tonterías! Esto no es oración. Dios se sentirá ofendido por ti.

El hombre cayó a los pies de Moisés y dijo: —Lo siento. Soy un hombre iletrado e ignorante. No sé rezar. ¡Por favor, enséñame!

Así, Moisés le enseñó el modo correcto de rezar y se sentía muy feliz porque había puesto a un hombre en el camino justo. Feliz y con el ego un poco hinchado, Moisés se alejó. Y cuando estaba solo en el bosque, oyó una voz de trueno procedente del cielo que le decía: «Moisés, te he enviado al mundo para que acerques a la gente a mí, para que hagas de puente, no para que alejes de mí a mis amantes. Y eso es exactamente lo que has hecho. Ese hombre era uno de los más cercanos. Vuelve y pídele perdón. ¡Retira tu plegaria! Has destruido toda la belleza de su diálogo. Él es sincero, es amoroso. Su amor es verdadero. Lo que decía, lo decía desde el corazón, no era un ritual. Ahora bien, lo que tú le has dado sólo es un ritual. Lo repetirá, pero sólo estará en sus labios; no será algo que salga de su ser».

 

24 - Abusar del poder


El único antídoto para el mal uso de los poderes psíquicos es el amor, porque cuando no hay amor, el poder corrompe. Puede tratarse de riqueza, de prestigio, de poder político, o pueden ser poderes psíquicos; eso es indiferente. Cuando te sientas poderoso, si no cuentas con el amor como antídoto, tu poder será una calamidad para los demás, una maldición; porque el poder ciega los ojos. El amor abre los ojos, el amor limpia los ojos..., tu percepción se aclara

ABUSAR DEL PODER
DE COMO VIVEKANANDA PERDIÓ SU LLAVE

En el ashram de Ramakrishna en Dakshineshwar, Calcuta, había muchos discípulos  y, Vivehananda era uno de los más intelectuales. Además, había un hombre muy simple que también era discípulo: se llamaba Kalu; era un pobre hombre. Era un hombre tan lleno fe,  tan religioso, tan emocional, que tenía cientos de estatuas de distintos dioses en su habitación. A primera hora de la mañana se bañaba en el Ganges y comenzaba la adoración de los dioses; por supuesto, todos los dioses tenían que ser adorados igualitariamente para que no se ofendieran. Así, Kalu perdía todo el día, y todo el mundo se reía de él: ¿Qué haces? ¡Con un dios es suficiente!»
Vivekananda era uno de los que más se burlaba de Kalu. Le decía:
Simplemente  eres un estúpido. te dedicas  a  adorar a unas piedras y estás perdiendo tu vida!
Un día Ramakrishna dio a Vivekananda un método para practicar la atención:
-Ve a tu celda, cierra la puerta y practícalo. Cuando Vivekananda llegó a cierto estado, se sentía tan poderoso que tuvo una idea: Si rn este momento le digo a Kalu dentro de mí que tire todos sus dioses al Ganges, lo hará».
Y lo hizo. En su celda, dentro de sí, le dijo ¡l Kalu: ,Coge todos tus dioses y arrójalos al Ganges».

Kalu recogió todos sus dioses en un gran saco, y, ya estaba bajando los escalones hacia el río cuando Ramakrishna corrió tras él y le dijo:
Qué estas llaciendo?
-De repente he oído una voz -dijo Kalu-; debe de haber venido de Dios mismo porque ¡lo había nadie más e la habitación; irme decía: «Kalu recoge todos tus dioses y tíralos al Ganges. Hera tan poderosa que no cabia duda.
-Ven. toma los dioses y volvamos cun ellos,  Yo te enseñaré de dónde venía esa voz--dijo Ramakrishna.
Llamó a la puerta de Vivekananda. Vivekananda salió y Ramakrishna, muy enfiadado, le dijo:
--Vivekananda, esto es lo último que esperaba de ti. Te dije que estuvieras alerta, no que perturbaras la vida de un pobre hombre. De un hombre tan limpio de corazón, tan amoroso, tan hermoso. ¿cómo has podido hacerlo? A partir de este momento no tendras acceso a ese poder.
Y se dice quc Vivekananda murió sin alcanzar la iluminación. Aunque se convirtió en el sucesor de Ramakrisna porque era un gran orador, Tenia cierto carisma e influencia sobre la gente murió siendo un pobre hombre que no sabía nada. Y lu causa es que había alterado a un hombre sencillo; en cuanto tuvo el mínimo poder, lo empleo no para el beneficio de los demás, sino para hacer daño.

 

25 - Luz en el Sendero

El filósofo, el místico y la tormenta

Un relámpago no ilumina tu camino, no te sirve como si fuera una lámpara en tu mano; sólo te da un fogonazo, un vislumbre del camino que tienes por delante. Pero ese vislumbre es precioso; ahora tus pies estarán firmes, ahora serás fuerte, ahora tu determinación de alcanzar tu destino se verá fortalecida. Has visto el camino, sabes que está ahí y no deambulas sin dirección. Un fogonazo de luz y vislumbrarás el camino que tienes que recorrer y el templo que es el destino de tu viaje.

He oído una historia de dos hombres que se perdieron en el bosque una noche muy oscura. Era un bosque muy peligroso, lleno de animales salvajes, muy denso y rodeado de oscuridad. Uno de los hombres era un filósofo y el otro era un místico.

De repente estalló una tormenta, las nubes se abrían y había grandes relámpagos. El filósofo miraba al cielo, el místico mantenía la vista en el camino. En ese momento hubo un relámpago y el sendero se iluminó delante de ellos. El filósofo miró al relámpago y se preguntó: «¿Qué está pasando?», perdiendo así el camino.

 Tú estás perdido en un bosque aún más denso que el de esta historia. La noche es más oscura. A veces viene un relámpago: debes mirar al sendero. Chuang Tzu es un relámpago, Buda es un relámpago, yo soy un relámpago. No me mires a mí, mira al sendero. Si me miras a mí, perderás tu oportunidad, porque el relámpago no se volverá a repetir. Sólo dura un momento, y los momentos en los que la eternidad penetra en el tiempo son muy escasos; son como relámpagos.

Si miras a los relámpagos, si miras al buda —y un buda es muy hermoso, su rostro es fascinante, sus ojos magnéticos—, si miras al buda, pierdes tu camino. Mira al camino y olvídate del buda.

Mira al camino y haz algo: síguelo, actúa. El pensamiento no te guiará, sólo la acción, porque el pensamiento ocurre en la cabeza. Nunca puede ser total; lo único total es el acto. ¡Interésate por la vida!, vivir es lo auténtico. No sigas reuniendo información sobre qué es la meditación: ¡Ponte a meditar! No sigas reuniendo información sobre la danza: hay enciclopedias enteras que hablan de la danza, pero no tienen ningún sentido si no empiezas a bailar. ¡Arroja lejos esas enciclopedias! Descárgate del conocimiento y empieza a vivir.

Y cuando empieces a vivir, las cosas ordinarias adquieren una belleza extraordinaria. Cosas pequeñas —la vida consiste en cosas pequeñas— pero cuando les aportas la cualidad de un amor intenso y apasionado se transforman, se vuelven luminosas.

 

26 - Ser Único

Más allá de la superioridad y la inferioridad

Cada ser humano es único. Ni siquiera hace falta plantearse quién es superior y quién inferior. Sí, las personas son diferentes. Dejadme que os recuerde algo para que no me entendáis mal. No estoy diciendo que todos somos iguales. Nadie es superior ni inferior, pero tampoco somos iguales. Las personas son simplemente únicas, incomparables. Tú eres tú, yo soy yo. Yo tengo que aportar mi potencial a la vida, tú tienes que aportar el tuyo. Yo tengo que descubrir mi propio ser y tú tienes que descubrir el tuyo.

Cuando desaparece la inferioridad, todo sentimiento de superioridad también desaparece. Viven juntos, no se les puede separar. El hombre que se siente superior sigue sintiéndose inferior en algo. El hombre que se siente inferior quiere sentirse superior en algo. Son un par; siempre están juntos; no se les puede separar.

Ocurrió... Un hombre muy orgulloso, un guerrero, un samurai, vino a ver a un maestro zen. El samurai era famoso, bien conocido en todo el país. Pero mirando al maestro, mirando la belleza y la gracia del maestro, de repente se sintió inferior. Quizá había venido con el deseo inconsciente de probar su superioridad. Dijo al maestro: —¿Por qué me siento inferior? Hace un momento todo estaba bien. Al entrar en tu patio, de repente me he sentido inferior. Nunca me había sentido así. Siento un temblor en las manos. Soy un guerrero, me he enfrentado a la muerte muchas veces y nunca he tenido miedo, ¿por qué siento este temor?
—Espera —dijo el maestro—. Cuando todos se hayan ido, te responderé. La gente seguía viniendo a visitar al maestro y el hombre se sentía cada vez más cansado. Al llegar la noche la habitación se vació y cuando ya no quedaba nadie, el samurai dijo: —¿Puedes responderme ahora? —Vamos fuera —dijo el maestro.

Era una noche de luna llena, la luna estaba saliendo por el horizonte... y el maestro dijo: —Mira estos dos árboles. Éste árbol que se eleva hacia el cielo y este otro pequeño. Ambos han estado al lado de mi ventana durante años y nunca ha habido ningún problema. El árbol pequeño nunca ha dicho: «¿Por qué me siento inferior a ti?» al árbol grande. ¿Cómo puede ser? Este árbol es pequeño y ese árbol es grande, y nunca he escuchado ni un susurro. ,br>
—Porque no pueden compararse —dijo el samurai. —Entonces no hace falta que me preguntes, ya conoces la respuesta —dijo el maestro.

Las comparaciones son las que crean la inferioridad o la superioridad. Cuando no comparas, toda superioridad e inferioridad desaparecen. Entonces eres, simplemente estás allí. No importa si eres un matorral o un gran árbol; eres quien eres. Eres necesario. Una hoja de hierba es tan necesaria como la mayor de las estrellas. Sin esa hoja Dios sería menos de lo que es. El canto del cuchillo es tan necesario como cualquier Buda; el mundo será menos rico si el cuchillo desaparece.

Mira a tu alrededor. Todo es necesario y todo encaja entre sí. Es una unidad orgánica: nadie es superior ni inferior, nadie está más alto o más bajo. Cada uno es único e incomparable.

 

27 - Bendiciones Disfrazadas

Las fortunas y desgracias de un aldeano

El único problema que produce la tristeza, la desesperación, la ira, la desesperanza, la ansiedad, la angustia, la desgracia, es que te quieres librar de ellas. Ésa es la única barrera. Tendrás que vivir con ellas. No puedes escapar. Ellas crean las situaciones en que las que podemos integrarnos y crecer. Son los desafíos de la vida. Acéptalos. Son bendiciones disfrazadas.

Un hombre tenía un caballo muy hermoso, tan especial que hasta los emperadores querían comprárselo al precio que fuera, pero él se negaba. Entonces, una mañana, descubrió que le habían robado el caballo.

Todo el pueblo se reunió a su alrededor para mostrar sus condolencias y le dijeron: —¡Qué desgracia! Podrías haber conseguido una fortuna, te estaban ofreciendo tanto dinero. Pero has sido obstinado y estúpido, y ahora te han robado el caballo.

Pero el anciano se rió y dijo: —No digáis bobadas; lo único cierto es que el caballo ya no está en el establo. Dejemos que venga el futuro y ya veremos qué nos depara.

Y en quince días el caballo volvió, y no volvió solo, trajo consigo una docena de caballos salvajes del bosque. Todo el pueblo se reunió y dijeron: —¡El anciano tenía razón! Su caballo ha vuelto trayendo consigo doce magníficos caballos. Ahora puede ganar todo el dinero que quiera. Fueron ante el hombre y le dijeron: —Lo sentimos. No podíamos entender el futuro y los caminos del Señor, ¡pero tú eres genial! Sabías lo que iba a pasar; puedes vislumbrar el futuro.
—¡Tonterías! —dijo el anciano—, lo único que sé es que el caballo ha vuelto con otros doce; pero nadie sabe lo que ocurrirá mañana.

Y al día siguiente ocurrió que mientras el hijo del anciano estaba tratando de domar a uno de los caballos, se cayó y se rompió las piernas. Todo el pueblo volvió a reunirse y dijeron: —Tenías razón, nunca se sabe lo que va a ocurrir; la vuelta del caballo ha resultado ser una maldición. Más valdría que no habría vuelto. Ahora tu hijo se quedará paralítico para el resto de su vida.

—No adelantéis conclusiones —dijo el anciano—. Esperad a ver qué pasa. Lo único que sabemos seguro es que mi hijo se ha roto las piernas, eso es todo.

Y ocurrió que quince días después los jóvenes de la localidad fueron llamadas a filas por el gobierno porque su país iba a entrar en guerra. Sólo quedó el hijo del anciano porque no sería útil en la batalla. Todos se reunieron y dijeron: —¡Nuestros hijos se han ido! Al menos tú tienes a tu hijo contigo. Puede que esté paralítico, ¡pero al menos está aquí! Nuestros hijos han sido reclutados y el enemigo es muy superior; caerán en el campo de batalla. No tendremos a nadie que cuide de nosotros cuando nos hagamos mayores, y tú por lo menos tienes un hijo que aún puede curarse.

—Sólo podéis decir que vuestros hijos han sido llamados a filas —respondió el anciano—. Mi hijo se ha quedado, pero no podemos concluir nada.

¡Simplemente declara lo ocurrido! No piensas que las cosas son una bendición o una maldición. No las interpretes y pronto te darás cuenta de que todo es muy hermoso.

 

28 - Auto-Aceptación

Paz del corazón en el jardín del rey

No puedes mejorarte. Y no estoy diciendo que el mejoramiento no pueda ocurrir —recuerda—, pero tú no puedes mejorarte. Cuando dejas de intentar mejorarte, la vida te mejora. En esa relajación, en esa aceptación, la vida empieza a acariciarte, la vida empieza a fluir a través de ti. Nadie ha sido como tú y nadie será como tú; simplemente eres único, incomparable. Acéptalo, ámalo, celébralo, y esa misma aceptación comenzarás a ver que los demás son únicos, empezarás a ver su incomparable belleza. El amor sólo es posible cuando hay una profunda aceptación de uno mismo, del otro, del mundo. La aceptación crea el ambiente en el que crece el amor, el terreno en el que el amor florece.

Esto es lo que he oído:
Un rey entró en su jardín y encontró árboles, arbustos y flores marchitos y agonizantes. El roble dijo que se estaba muriendo porque no podía ser tan alto como el pino. Girándose hacia el pino, vio que flaqueaba porque no podía dar uva como la parra. Y la parra moría porque no podía florecer como la rosa. Pero vio que los pensamientos estaban tan frescos como siempre. Y cuando les preguntó, recibió esta respuesta:

«Di por supuesto que cuando me plantaste, querías mis flores. Si hubieras querido un roble, o una parra o una rosa, los habrías plantado. Por eso pensé que, como me habías puesto aquí, debía dar lo mejor de mí para ser lo que tú quieres. No puedo ser otra cosa que lo que soy, y trato de serlo al máximo de mis posibilidades».

Estás aquí porque la existencia te necesita tal como eres. ¡Si no fuera así habría puesto a otra persona en tu lugar! La existencia no te habría ayudado a estar aquí, no te habría creado. Estás haciendo algo muy esencial, algo fundamental, tal como eres. Si Dios hubiera querido un Buda, lo habría creado, habría creado todos los que hubiera deseado. Produjo un Buda, eso fue suficiente, y se quedó satisfecho, completamente satisfecho. Desde entonces no ha creado otro Buda ni otro Cristo.

En cambio, te ha creado a ti. ¡Piensa en el respeto que el universo te muestra! Te ha elegido a ti, no a Buda, ni a Cristo, ni a Krishna. Y la razón es que tú eres más necesario. Ahora mismo encajas más. Su trabajo ya está hecho, ellos han contribuido a la existencia con su fragancia. Ahora tú tienes que contribuir con la tuya.

Pero los moralistas, los puritanos, los sacerdotes siguen enseñándote, y siguen volviéndote loco. Dicen a la rosa: «Conviértete en un loto». Y dicen al loto: «¿Qué haces aquí? Tienes que ser otra cosa». Vuelven loco a todo el jardín y todas las plantas empiezan a morirse; porque nadie puede ser otra cosa que lo que es, simplemente es imposible.

Eso es lo que le ha pasado a la humanidad. Todo el mundo aparenta. Se ha perdido la autenticidad, se ha perdido la verdad, todo el mundo trata de aparentar que es otra persona. Mírate a ti mismo: pretendes ser quien no eres. Y sólo puedes ser tú mismo: no hay ningún otro camino y nunca lo ha habido; no hay ninguna posibilidad de que seas otra persona. Seguirás siendo quien eres. Puedes disfrutar de ello y florecer, o puedes negarte y te marchitarás.

 

29 - Gratitud

Una noche sin alojamiento

El momento en el que es uno es capaz de sentirse agradecido por el placer y el dolor, sin distinción, sin elección, simplemente sentirse agradecido por cualquier cosa que reciba... Porque si Dios nos da una cosa, debe ser por algo. Puede que nos guste, puede que nos disguste, pero debe ser necesario para nuestro crecimiento. Invierno y verano son necesarios para nuestro crecimiento. Una vez que esta idea se instaura en el corazón, cada momento de la vida es un momento de gratitud. Deja que esto se convierta en tu meditación y en tu oración: agradece a Dios cada momento: la risa, las lágrimas, todo. Entonces sentirás que surge un silencio desconocido de tu corazón. Es la bienaventuranza.

Lo primero de todo es aceptar la vida como es. Aceptándola, el deseo desaparece. Aceptando la vida como es, las tensiones desaparecen, el descontento desaparece; aceptándola como es, uno empieza a sentirse muy alegre sin razón alguna.

Si existe un motivo, la alegría no será duradera. Si la alegría no tiene motivo, estará ahí para siempre. Ocurrió en la vida de una famosa adepta zen. Se llamaba Rengetsu... Muy pocas mujeres han llegado hasta el final del camino zen. Ella era una de esas pocas mujeres.
Estaba haciendo una peregrinación. Llegó a un pueblo al atardecer y se puso a pedir alojamiento para esa noche, pero los aldeanos le cerraban sus puertas. Estaban en contra del zen. El zen es tan revolucionario, tan absolutamente rebelde, que resulta muy difícil de aceptar. Si lo aceptas te transformarás; si lo aceptas tendrás que pasar por el fuego y nunca volverás a ser el mismo. Las personas tradicionales siempre han estado en contra de la verdadera religión. La tradición es todo lo que es falso en la religión. Los aldeanos deben haber sido budistas tradicionales y no querían que la mujer pasara la noche en el pueblo; querían que se fuera.

Era una noche fría; la mujer no tenía alojamiento y estaba hambrienta. Tuvo que pasar la noche al abrigo de un cerezo del campo. Como hacía tanto frío no podía dormir bien. Y el lugar era peligroso, estaba lleno de animales salvajes. A medianoche el frío la despertó y vio, contra el cielo nocturno, las flores del cerezo totalmente abiertas, riendo a la brumosa luna. Sobrecogida por la belleza de la escena, se puso de pie e hizo una reverencia mirando hacia el pueblo, pronunciando estas palabras:

Gracias a su bondad al negarme alojamiento me he encontrado debajo de las flores esta noche de luna brumosa. Se sentía agradecida. Daba las gracias a quienes le habían negado alojamiento porque, si hubiera dormido bajo un techo, se habría perdido esta bendición: estas flores de cereza y estos susurros de la misteriosa luna, y el silencio de la noche, el absoluto silencio de la noche. No estaba enfadada, aceptaba la situación. Y no sólo la aceptaba y le daba la bienvenida; se sentía agradecida.

Uno se convierte en un buda en el momento en que acepta todo lo que la vida le trae, con gratitud

 

30 - Aquello que Nunca Muere

La madre afligida y la semilla de mostaza

Recuerda a cada momento: ¿Va a quitarte la muerte eso que estás acumulando? Si es así, no merece la pena que te preocupes por ello. Y si la muerte no te lo va a quitar, entonces puedes sacrificar en su nombre incluso la vida, porque un día u otro la vida se irá. Antes de que la vida se vaya, aprovecha la oportunidad para encontrar eso que nunca muere.

A una mujer se le murió el marido. Era joven y sólo tenía un hijo. Quería hacer el sati, quería saltar a la pira funeraria con su marido, pero su hijito se lo impidió. Tenía que vivir para aquel niño.

Pero poco después el niño también murió. Esto era demasiado, estaba a punto de volverse loca y preguntaba a la gente: —¿Alguien conoce a algún médico que pueda devolver la vida a mi hijo? Yo vivía sólo para él y ahora toda mi existencia se ha quedado en tinieblas. Como Buda iba a venir a la ciudad, le dijeron: —Lleva a tu hijo ante Buda. Dile que estabas viviendo para ese niño, que ahora ha muerto, y pídele: «Como eres una persona tan grande e iluminada, ¡devuélvelo a la vida! ¡Ten piedad de mí!»

La mujer fue ante Buda, puso el cuerpo muerto del niño a sus pies y dijo: —Devuélvele la vida. Tú conoces todos los secretos de la vida, has llegado al punto supremo de la existencia. ¿No puedes hacer un pequeño milagro para esta pobre mujer? —Lo haré, pero con una condición —dijo Buda.

Cumpliré cualquier condición que me pidas —respondió la mujer.

—La condición es que vayas a la ciudad y me traigas unas semillas de mostaza de una casa en la que no haya muerto nadie.

La mujer no podía entender su estrategia. Fue a una casa y le dijeron: —¿Unas cuantas semillas de mostaza? Podemos llevar carros llenos de semillas de mostaza para que Buda devuelva la vida a tu hijo. Pero hemos visto tantas muertes en nuestra familia... Era un pueblo pequeño, y ella fue a cada casa. Todos estaban dispuestos: «¿Cuántas semillas quieres?» Pero la condición era imposible de cumplir porque todos habían visto muchas muertes en sus familias...

Aquella misma noche la mujer entendió que cuando uno nace está destinado a morir, por tanto, ¿qué sentido tenía devolver la vida al niño? Volverá a morir. Más vale que busque lo eterno, lo que nunca ha nacido y nunca morirá. Volvió con las manos vacías.

Buda le preguntó: —¿Dónde están las semillas de mostaza? Ella se rió. Por la mañana había venido llorando; ahora se reía y dijo: —¡Ha sido un truco! Cualquiera que nazca está destinado a morir. No hay ni una sola familia en el mundo en la que no haya muerto nadie. Ya no quiero que devuelvas la vida a mi hijo, ¿para qué? Olvídate el niño e iníciame en el arte de la meditación para que pueda ir a la tierra, al espacio de la inmortalidad, donde no se conocen el nacimiento y la muerte.

Esto es para mí un auténtico milagro: cortar el problema desde la misma raíz.

 

 

31 - Desapego

Hakuin y el niño pequeño

Siente continuamente algo dentro de ti que es igual, pase lo que pase en la periferia. Cuando alguien te insulte, céntrate en el punto donde sólo le escuchas, sin hacer nada, sin reaccionar, simplemente escucha. Te está insultando. Y después alguien te alaba; simplemente escucha. Insulto-alabanza, honor-deshonor, simplemente escucha. Tu periferia se alterará. Obsérvalo, no trates de cambiarlo. Míralo; permanece profundamente centrado, mirando desde allí. Así lograrás un desapego que no es forzado, un desapego espontáneo, natural. Y una vez que percibas ese desapego espontáneo, nada podrá alterarte.

En el pueblo donde vivía el gran maestro zen Hakuin, una muchacha se quedó embarazada. Su padre le presionó para que declarara quién era su amante y, al final, para huir del castigo, ella dijo que era Hakuin. El padre no dijo nada más, pero cuando llegó el momento y el niño nació, se lo llevó inmediatamente a Hakuin y lo tiró al suelo ante él. —Parece que se trata de tu hijo —dijo, y se puso a insultarle por aquel asunto tan desgraciado.

—Ah, ¿es así? —respondió Hakuin. Tomó al retoño en sus brazos. A partir de entonces, donde quiera que iba llevaba al niño consigo, envuelto en la manga de su túnica. Durante los días lluviosos y las noches tormentosas salía a mendigar leche por las casas vecinas. Muchos de sus discípulos, considerándolo caído, le daba la espalda y se iban. Y Hakuin no decía palabra.

Entre tanto, la madre se dio cuenta de que no podía soportar la agonía de estar separada de su hijo. Confesó el nombre del verdadero padre y su propio padre corrió a postrarse a los pies de Hakuin, implorándole una y otra vez que le perdonara. Hakuin sólo dijo: —Ah, ¿es así? —y le devolvió al niño.

Para el hombre ordinario lo que dicen los demás importa demasiado porque no tiene nada propio. Lo que piensa que es, sólo es una colección de opiniones de otros. Alguien le ha dicho: «Eres precioso», otra persona le ha dicho: «Eres inteligente», y ha ido coleccionando todas esas frases. Por lo tanto siempre tiene miedo: no debe comportarse de tal manera que pierda su reputación, su respetabilidad. Siempre tiene miedo de la opinión pública, de lo que dicen los demás, porque lo único que sabe de sí mismo es lo que le dicen los demás. Si lo retiran, le dejan desnudo. Entonces ya no sabe quién es, si es feo o guapo, inteligente o tonto. No tiene ni una vaga idea de su propio ser; depende de los demás.

Pero el hombre que está en meditación no necesita las opiniones de los demás. Se conoce a sí mismo, por eso no importa lo que digan. Aunque todo el mundo diga algo que va en contra de su experiencia, simplemente se reirá. Esa puede ser, como mucho, la única respuesta. Pero no va a dar ningún paso para cambiar la opinión de la gente. ¿Quiénes son ellos? Ni siquiera se conocen a sí mismos y están tratando de ponerle etiquetas. Rechazará las etiquetas. Simplemente dirá: «Soy lo que soy, y así es como voy a ser».

 

 

32 - Mas Allá de la Pequeña Familia

Nadie es mi madre

Naces con una gran potencial de inteligencia. Naces con una luz interna. Escucha a esa suave y tranquila vocecita interna, y ella te guiará. Nadie más puede guiarte, nadie puede ser un modelo para tu vida porque eres único. No ha existido nadie que fuera exactamente como tú y tampoco existirá. Ésta es tu gloria, tu grandeza: que eres totalmente irremplazable, que sólo eres tú mismo y nadie más.

Jesús era niño y su padre y su madre habían venido al gran templo para el festival anual. Jesús se perdió entre la multitud y sus padres tardaron en encontrarlo hasta el anochecer. Estaba sentado con los eruditos, y aunque sólo era un niño, discutía cosas con ellos.

Su padre le dijo: —Jesús, ¿qué haces aquí? Hemos estado muy preocupados por ti.
Jesús dijo: —No os preocupéis. Estaba ocupándome de las cosas de mi padre.
—Yo soy tu padre, ¿qué tipo de asuntos has estado atendiendo? Yo soy carpintero.
—Mi padre está en el cielo —respondió Jesús—. Tú no eres mi padre.

Así como el niño tiene que dejar el cuerpo de la madre —tiene que salir del útero, si no morirá— lo mismo ocurre mentalmente. Un día tiene que salir del útero de su padre y de su madre. No sólo físicamente, también mentalmente; y no sólo mentalmente, también espiritualmente.

 Y cuando nace el niño espiritual, rompe con el pasado completamente y por primera vez se convierte en un yo, una realidad independiente que está de pie sobre sus propios pies. Antes de eso era parte de su madre, de su padre o de su familia, pero nunca era él mismo.

Hagas lo que hagas, pienses lo que pienses, decidas lo que decidas, observa: ¿Viene de ti o está hablando otra persona? Y te sorprenderá descubrir la voz real; quizá se trate de tu madre, vuelves a escucharla hablar. Tal vez sea tu padre; la voz no suele resultar difícil de detectar. Permenecen ahí, grabadas en ti exactamente del mismo modo que cuando las oíste por primera vez: el consejo, la orden, la amonestación, el mandato.

Puede que descubras a mucha gente: el sacerdote, los profesores, los amigos, los vecinos, los parientes. No hace falta luchar. Por el simple hecho de saber que no es tu voz sino la de otra persona —sea quien sea— sabes que no la vas a seguir. Sean cuales sean las consecuencias, estás decidiendo moverte por ti mismo, estás decidiendo ser maduro. Ya llevas mucho tiempo siendo un niño, llevas mucho tiempo siendo dependiente. Ya has oído y dependido de esas voces el tiempo suficiente. ¿Y dónde te han llevado? A hacerte un lío.

Por eso, cuando descifres de quién es la voz, dile adiós... porque la persona que te dio esa voz no era tu enemiga. No tenía mala intención, aunque ésa no es la cuestión. La cuestión es que te impuso algo que surge de tu fuente interna; y cualquier cosa que venga del exterior te convierte en un esclavo psicológico.

Sólo tu propia voz te llevará al florecer, a la libertad.

 

33 -  Renovación

La herencia de Buda

Cuando no hay pasado, cuando no hay futuro, sólo entonces hay paz. El futuro significa aspiraciones, logros, objetivos, ambiciones, deseos. No puedes estar aquí y ahora, siempre estás corriendo tras algo, yendo a alguna parte. Uno tiene que estar totalmente presente al presente, entonces es cuando hay paz. Y de ahí surge la renovación de la vida, porque la vida sólo conoce un tiempo, y ese tiempo es el presente. El pasado está muerto; el futuro sólo es una proyección del pasado muerto. ¿Qué puedes pensar del futuro? Piensas en términos del pasado, ya que es lo que conoces, y lo proyectas, aunque mejorado, por supuesto. Es más hermoso, está decorado; todos los dolores han desaparecido y sólo quedan los placeres, pero sigue siendo el pasado. El pasado no es, el futuro no es, sólo el presente es. Estar en el presente es estar vivo, en el óptimo, y eso es renovación.

Justo un día antes de que Gautam Buda dejara su palacio para salir en busca de la verdad, su esposa había tenido un hijo. Es una historia tan humana, tan hermosa...

Antes de irse del palacio quería ver el rostro de su hijo al menos una vez, el símbolo de su amor por su esposa. Por eso entró en su habitación. Ella estaba dormida y el niño estaba cubierto bajo una manta. Quería apartar la manta y descubrir el rostro del niño porque quizá no volvería nunca. Estaba a punto de salir a realizar una peregrinación desconocida. Estaba arriesgándolo todo: su reino, su esposa, su hijo, a sí mismo, por buscar la iluminación, algo de lo que había oído hablar y que sólo era una posibilidad que había ocurrido a un puñado de personas que la habían buscado.


Tenía tantas dudas como cualquiera de vosotros, pero había llegado el momento de tomar la decisión. Estaba determinado a partir. Pero la mente humana, la naturaleza humana... Simplemente quería ver; ni siquiera había visto el rostro de su propio hijo. Pero tenía miedo de que si movía la manta... si Yashodhara, su esposa, se despertase, le preguntaría: «¿Qué haces en mi habitación en medio de la noche?, y pareces preparado para ir a alguna parte».

Estaba a punto de salir y había dicho al conductor de la carreta: «Sólo un minuto. Déjame ver el rostro de mi hijo. Puede que no regrese nunca». Pero no pudo mirar por miedo a que si Yashodhara se despertaba, empezaría a llorar y lamentarse: «¿Dónde vas? ¿Qué haces? ¿De qué renunciación me hablas? ¿Qué es la iluminación?» Y uno nunca sabe lo que va a hacer una mujer, ¡podría despertar a todo el palacio! Su padre vendría y todo se iría al traste. Así es que simplemente se escapó...

Doce años después, cuando estaba iluminado, lo primero que hizo fue volver a su palacio para pedir perdón a su padre, a su esposa, a su hijo que ahora debía tener doce años. Se daba cuenta de que estarían enfadados. El padre estaba muy enfadado; fue el primero en venir a saludarle y estuvo insultándole durante media hora. Pero se dio cuenta de que él estaba diciendo muchas cosas y su hijo estaba allí como una estatua de mármol, como si nada le afectara.

El padre le miró, y Gautam Buda dijo: —Eso es lo que quería. Por favor, seca tus lágrimas. Mírame: no soy el muchacho que se fue del palacio. Tu hijo murió hace años. Yo me parezco a él, pero mi conciencia es muy diferente. Simplemente mira.

—Lo veo. He estado insultándote durante media hora y esto prueba que has cambiado. Recuerdo lo temperamental que eras: no podrías haberte quedado en silencio. ¿Qué te ha ocurrido?

—Te lo contaré, pero déjame ver primero a mi esposa y a mi hijo. Deben estar esperando; deben saber que he venido.

Y lo primero que le dijo su esposa fue: —Puedo ver que estás transformado. Estos doce años han sido un gran sufrimiento, pero no porque te hubieras ido; he sufrido porque no me lo dijiste. Si simplemente me hubieras dicho que ibas a buscar la verdad, ¿crees que te lo habría impedido? Me has insultado gravemente. Ésta es la herida que he estado llevando durante doce años. Yo también pertenezco a la casta guerrera, ¿piensas que soy tan débil que me hubiera puesto a gritar y a llorar y que habría tratado de detenerte?

Todos estos años mi único sufrimiento fue que no confiaste en mí. Te lo habría permitido, te hubiera dado un regalo de despedida, habría salido al carro a decirte adiós. En primer lugar quiero plantearte la única pregunta que ha estado en mi cabeza todos estos años, y es que cualquier cosa que hayas logrado... y ciertamente parece que has logrado algo.

Ya no eres la misma persona que se fue de este palacio; irradias una luz diferente, tu presencia es totalmente nueva y fresca, tus ojos son tan claros y puros como un cielo sin nubes. Te has vuelto tan hermoso... siempre fuiste hermoso, pero ahora parece que tu belleza no es de este mundo. Alguna gracia ha descendido sobre ti desde el más allá. Mi pregunta es, sea lo que sea lo que hayas conseguido, ¿no era posible conseguirlo aquí, en palacio? ¿Puede el palacio impedir que se manifieste la verdad?

Es una pregunta tremendamente inteligente, y Gautam Buda tuvo que admitirlo: —Podría haberlo conseguido aquí, pero en aquel momento no lo sabía. Ahora puedo decir que lo podría haber conseguido aquí, en este palacio; no era necesario ir a las montañas ni a ninguna otra parte. Tenía que ir dentro, y eso podría haberlo hecho en cualquier lugar. Este palacio es un lugar tan bueno como cualquier otro, pero ahora puedo decir eso, que entonces no tenía ni idea de que era así. Perdóname porque no es que no confiara en ti o en tu coraje. De hecho, dudaba de mí mismo: si te hubiera despertado y hubiera visto a nuestro hijo, podría haber comenzado a preguntarme: «¿Qué estoy haciendo dejando a mi preciosa esposa, que me ama con todo su amor, con toda devoción. Y dejando a mi hijo que sólo tiene un día... Si tengo que dejarlo, ¿por qué le he dado la vida? Estoy evadiendo mis responsabilidades».

Si mi anciano padre hubiera despertado me hubiera sido imposible partir. No era que no confiara en ti; en realidad no confiaba en mí mismo. Sabía que había una vacilación; no era total en la renuncia. Una parte de mí decía: «¿Qué haces? » y otra parte de mí decía: «Es el momento de hacerlo. Si no lo haces ahora se hará cada vez más difícil. Tu padre se está preparando para coronarte. Y cuando seas coronado rey, será más difícil».
br> Yashodhara le dijo: —Ésta es la única preguntar que quería plantearte, y estoy inmensamente feliz de que hayas sido absolutamente veraz al decir que podías alcanzar la verdad aquí o en cualquier parte. Ahora bien, tu hijo, que está allí de pie, un niño de doce años, ha estado preguntando por ti continuamente, y yo le he dicho: «Espera, él volverá; no puede ser tan cruel, no puede ser tan rudo, no puede ser tan inhumano. Un día vendrá. Quizá lo que ha salido a realizar le lleve tiempo; una vez que lo consiga, lo primero que hará será regresar».

Así pues, tu hijo está aquí y quiero que me digas, ¿cuál va a ser tu herencia para él? ¿Qué tienes para darle? Le has dado la vida, ¿qué más le darás ahora?

Buda no tenía nada excepto un cuenco para mendigar, por tanto llamó a su hijo que tenía por nombre Rahul. Llamó a Rahul cerca de sí y le dio su cuenco de mendigar. Le dijo: —No tengo nada. Ésta es mi única posesión; desde ahora en adelante tendré que usar mis manos como recipiente para tomar los alimentos. Dándote este cuenco te inicio en el sannyas. Ése es el único tesoro que he encontrado y me gustaría que tú también lo encontrases.

Y dijo a Yashodhara: —Tienes que prepararte para formar parte de mi comuna de sannyasins —e inició a su esposa. El anciano rey se acercó y estaba observando toda la escena. Dijo a Gautama Buda: —¿Entonces vas a dejarme fuera? ¿No quieres compartir lo que has hallado con tu anciano padre? Mi muerte esta cerca... iníciame a mí también.

Buda dijo: —De hecho, he venido a llevaros a todos conmigo, porque he encontrado un reino mucho más grande, un reino que durará siempre, que no puede ser conquistado. He venido aquí para que pudierais sentir mi presencia, para que pudierais sentir mi realización, y yo pudiera persuadiros de que os seáis mis compañeros de viaje.


 

34 - Rabia

El monje de la ira ingobernable

La próxima vez que te sientas iracundo, ve y da siete vueltas a la casa, y después siéntate debajo de un árbol y observa dónde se ha ido tu ira. No la has reprimido, no la has controlado, no se la has echado encima a nadie... La ira sólo es un vómito mental; no hace falta echarla encima de nadie. Corre un poco, o toma una almohada y golpéala hasta que se te relajen las manos y los dientes. En la transformación nunca controlas, simplemente te haces más consciente. Estás iracundo, es un fenómeno muy hermoso, es como electricidad en las nubes...

Un estudiante zen vino donde Bankei y le dijo: —Maestro, tengo un genio ingobernable. ¿Cómo puedo curarlo?
—Muéstrame tu genio —dijo Bankei—, esto suena fascinante.
—Ahora mismo no lo tengo —dijo el estudiante— por eso no puedo enseñártelo.
—Bueno, entonces —dijo Bankei— tráemelo cuando lo tengas.
—Pero no puedo traértelo justo en el momento en que lo tengo —protestó el estudiante—, surge inesperadamente y seguro que se me pasará antes de llegar hasta tí.
—En ese caso —dijo Bankei— no puede ser parte de tu verdadera naturaleza. Si lo fuera, podrías mostrármelo en todo momento. Cuando naciste no lo tenías, entonces debe venirte del exterior. Te sugiero que cuando quiera que entre en ti, te pegues con una vara hasta que ese humor no pueda soportarlo y se tenga que ir.

 Incluso en medio de la ira, si tomas conciencia de ella, se cae. ¡Pruébalo! Justo en medio, cuando estás muy excitado y te gustaría matar a alguien... de repente toma conciencia y te darás cuenta de que algo ha cambiado: una marcha interna, puedes sentir el click, tu ser interno se ha relajado.

Puede que a tus capas externas les cueste relajarse, pero el ser interno ya está relajado. La cooperación está rota... ahora ya no estás identificado. El cuerpo necesitará algo de tiempo para calmarse, pero en lo más profundo todo está en calma.

Lo que hace falta es la conciencia, no la condena; y a través de la conciencia la transformación ocurre espontáneamente. Si tomas conciencia de tu ira, la comprensión penetra. Simplemente observando, sin juicio, sin decir que es bueno, sin decir que es malo, simplemente observando tu cielo interior. Hay relámpagos, ira, tienes calor, todo tu sistema nervioso tiembla y se mueve, sientes un temblor por todo tu cuerpo; un momento precioso, porque cuando la energía está en funcionamiento resulta fácil observarla; cuando no está en funcionamiento no puedes observar.

Cierra los ojos y medita sobre ella. No luches, simplemente mira a lo que está ocurriendo: todo el cielo lleno de electricidad, tantos relámpagos, tanta belleza; simplemente túmbate en el suelo y observa el cielo. A continuación haz lo mismo internamente. Alguien te ha insultado, alguien se ha reído de ti, alguien te ha dicho esto o lo otro... muchas nubes, nubes negras en el cielo interno y muchos relámpagos y rayos. ¡Observa!

Es una escena preciosa, aunque también es terrible porque no la entiendes. Es misteriosa, y cuando no se entiende el misterio, se vuelve terrible, da miedo. Pero cuando se entiende un misterio, se convierte en una gracia, en un don, porque ahora tienes las llaves, y con las llaves eres el amo.


 

35 - Dominio de los Estados de Ánimo

El secreto del anillo

Pensar «soy la mente», es inconsciencia. Saber que la mente sólo es un mecanismo como lo es el cuerpo, saber que la mente está separada... Viene la noche y después viene la mañana; y tú no te identificas con la noche. No dices: «Soy la noche»; y tampoco dices: «Soy la mañana». Viene la noche y después viene la mañana; viene el día y después vuelve la noche; la rueda continúa girando, pero tú te das cuenta de que no eres estas cosas. Lo mismo ocurre con la mente. Aparece la ira pero tú te olvidas: te conviertes en ira. Viene la avaricia y te olvidas: te conviertes en avaricia. Se presenta el odio y te olvidas: te conviertes en odio. Eso es inconsciencia. Conciencia es darse cuenta de que la mente está llena de avaricia, llena de ira, llena de odio o llena de lujuria, pero tú sólo eres un observador. Entonces puedes ver cómo surge la avaricia y se convierte en una gran nube oscura que después se dispersa; y tú no has sido tocado. ¿Cuánto tiempo pueden quedarse? Tu ira es momentánea, tu avaricia es momentánea, tu lujuria es momentánea. Simplemente observa y te quedarás sorprendido: vienen y se van. Y tú permaneces allí, intocado, fresco, tranquilo.

La cosa más básica a recordar es que cuando te sientas bien, en un estado de éxtasis, no debes pensar que va a ser un estado permanente. Vive el momento tan alegremente, tan animadamente como puedas, sabiendo muy bien que ha venido y se irá, como la brisa que entra en tu casa, con toda su fragancia y frescor, y sale por la otra puerta.

 Esto es lo más fundamental. Si piensas que puedes hacer que tus momentos de éxtasis sean permanentes, ya has empezado a destruirlos. Cuando vengan, agradécelos; cuando se vayan, siéntete agradecido a la existencia. Permanece abierto. Ocurrirá muchas veces; no enjuicies, no seas un elector. Permanece libre de elecciones. Sí, habrá momentos en los que te sentirás desgraciado. ¿Y qué? Hay personas que se sienten desgraciadas y no han conocido ni un momento de éxtasis; tú eres afortunado. Incluso en medio de tu desgracia, recuerda que no va a ser permanente; también pasará, por eso no dejes que te altere demasiado. Permanece sereno.

Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza; acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza, son la naturaleza misma de las cosas. Y simplemente eres un observador: no te conviertes ni en la felicidad ni en la desgracia. La felicidad viene y se va, la desgracia viene y se va. Pero hay algo que siempre está allí —siempre y en todo momento— y ése es el observador, el testigo.

Poco a poco ve centrándote más en el observador. Vendrán días y vendrán noches... vendrán vidas y vendrán muertes... vendrán éxitos y fracasos. Pero si permaneces centrado en el observador —porque es la única realidad en ti— todo es un fenómeno pasajero.

Sólo por un momento trata de sentir lo que te digo: simplemente sé un testigo...

No te aferres a ningún momento porque es hermoso ni alejes de ti ningún momento porque es desgraciado. Deja de hacer eso. Lo has estado haciendo durante vidas enteras. Nunca has tenido éxito hasta ahora y nunca lo tendrás, jamás. El único modo de ir más allá, de permanecer más allá, es encontrar el lugar desde el que puedes observar todos estos fenómenos cambiantes sin identificarte.

Te contaré una antigua historia sufí...
Un rey dijo a los sabios de la corte: —Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total. Tiene que ser muy pequeño de manera que quepa escondido debajo del diamante del anillo.

Todos ellos eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados. Pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le pudiera ayudar en momentos de desesperación total... Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada.

El rey tenía un anciano sirviente que era casi como su padre; también había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él, por tanto lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso respeto por él. El anciano dijo: —No soy un sabio, un erudito, un académico; pero conozco el mensaje, porque sólo hay un mensaje. Y esa gente no te lo puede dar; sólo puede dártelo un místico, un hombre que haya alcanzado la realización.

Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un místico. Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento por mis servicios, me dio este mensaje —y lo escribió en un papel, lo dobló y se lo dio al rey—. No lo leas, manténlo escondido en el anillo. Ábrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación.

Y ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos le perseguían. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Y llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: del otro lado había un precipicio y un profundo valle. Caer por él sería el fin. No podía volver, el enemigo le cerraba el camino y ya podía oír el trotar de los caballos. No podía seguir hacia delante, y no había ningún otro camino...


 

36 - Las Puertas del Infierno

El orgullo del samurai

El cielo y el infierno no son geográficos, son psicológicos, son tu psicología. El cielo y el infierno no están al final de tu vida, están aquí y ahora. La puerta se abre a cada momento; a cada momento transitas entre el cielo y el infierno. Es algo que ocurre de momento a momento, es urgente; en un momento puedes pasar del infierno al cielo, del cielo al infierno. El infierno y el cielo están dentro de ti. Las puertas están muy cerca una de otra: con la mano derecha puedes abrir una y con la izquierda puedes abrir la otra. Con un cambio mental, todo tu ser se transforma: del cielo al infierno y del infierno al cielo. Cuando actúas inconscientemente, sin conciencia, estás en un infierno; cuando eres consciente, cuando actúas con plena conciencia, estás en el cielo.

El maestro zen Hakuin es uno de los raros florecimientos. Vino a verle un guerrero, un samurai, un gran soldado, y le preguntó: «¿Existe el cielo, existe el infierno? Y si hay cielo e infierno, ¿dónde están las puertas? ¿Desde dónde se entra? ¿Cómo puedo evitar el infierno y elegir el cielo?»

Era un guerrero simple. Un guerrero siempre es simple; de otro modo no sería guerrero. Un guerrero sólo conoce dos cosas: la vida y la muerte; su vida siempre está en juego, siempre está jugando; es un hombre simple. No había venido a aprender ninguna doctrina. Quería saber dónde estaban las puertas para evitar el infierno y entrar en el cielo. Y Hakuin le contestó de la única forma que un guerrero podía entender.

¿Qué hizo Hakuin? Le dijo: —¿Quién eres tú?
—Soy un samurai —replicó el guerrero.

 En Japón ser un samurai es algo de lo que sentirse orgulloso. Significa ser un guerrero perfecto, un hombre que no durará ni un segundo en entregar su vida. Para él, la vida y la muerte sólo son un juego. Y dijo: —Soy samurai, soy un jefe de samurais. Incluso el emperador me presenta sus respetos.

—¿Tú un samurai? —dijo Hakuin riéndose—. Más bien pareces un mendigo.

El orgullo del samurai estaba herido, su ego machacado. Olvidó a qué había venido. Sacó la espada y estaba a punto de matar a Hakuin. Olvidó que había venido a ver al maestro para aprender dónde están las puertas del cielo y del infierno.

Hakuin se rió y dijo: —Ésta es la puerta del infierno. Con esta espada, esta ira, este ego, así se abre la puerta. Esto es algo que un guerrero puede entender. Y el samurai comprendió de inmediato: ésta es la puerta. Volvió a envainar la espada.

Y Hakuin dijo: —Ahora has abierto las puertas del cielo.

El infierno y el cielo están dentro de ti, ambas puertas están dentro de ti. Cuando te comportas inconscientemente, allí está la puerta del infierno; cuando estás alerta y consciente, allí está la puerta del cielo.

¿Qué le ocurrió a aquel samurai? Cuando estaba a punto de matar a Hakuin, ¿era consciente? ¿Era consciente de lo que estaba a punto de hacer? ¿Era consciente de para qué había venido? Toda conciencia había desaparecido. Cuando el ego se adueña de la situación, no puedes permanecer alerta. El ego es la droga, el intoxicante que te hace completamente inconsciente. Actúas, pero tu acto viene del inconsciente, no de la conciencia. Y cuando un acto viene del inconsciente, la puerta del infierno se abre. Hagas lo que hagas, si no eres consciente de lo que estás haciendo, la puerta del infierno se abre.

El samurai recuperó la alerta inmediatamente. De repente, cuando Hakuin dijo: «Ésta es la puerta, ya la has abierto», esa misma situación debe haber creado una alerta. Un momento más y la cabeza de Hakuin habría rodado por los suelos. Y Hakuin dijo: «Ésta es la puerta del infierno».

No es una respuesta filosófica; ningún maestro responde de manera filosófica. La filosofía sólo existe para las mentes mediocres, no iluminadas. El maestro responde, pero su respuesta no es verbal, es total. La cuestión no era que aquel hombre podría haberle matado. «Si me matas y eso te pone alerta, merece la pena»; Hakuin jugó el juego.

El guerrero estaba allí, parado, con la espada en la mano y Hakuin estaba justo enfrente: sus ojos se reían, su rostro sonreía y las puertas del cielo se abrieron. Él entendió: la espada volvió a la vaina. Mientras ponía la espada en la vaina debe haberse sentido totalmente silencioso, pacífico. La ira había desaparecido, la energía que acompañaba a la ira se había convertido en silencio.

Si te despiertas de repente en medio de la ira, sientes una paz que nunca había sentido antes. La energía se estaba moviendo y de repente se detiene; entonces tendrás silencio, un silencio inmediato. Caerás en tu ser interno, y la caída será tan repentina que serás consciente.

No es una caída lenta, es tan repentina que no puedes permanecer inconsciente. Sólo puedes permanecer inconsciente con las cosas rutinarias, con las cosas graduales; te mueves tan despacio que no puedes sentir el movimiento. Esto fue un movimiento repentino: de la actividad a la no-actividad, del pensamiento al no-pensamiento, de la mente a la no-mente. Mientras la espada volvía a la vaina, el guerrero se dio cuenta. Y Hakuin dijo: «Aquí se abren las puertas del cielo».

El silencio es la puerta. La paz interior es la puerta. La no-violencia es la puerta. El amor y la compasión son las puertas.


 

37 - Las Puertas del Cielo


El orgullo del samurai

 

El Cielo y la Tierra no son geográficos, son psicológicos, son tu psico-logía. El cielo y la tierra no están al final de tu vida, están en el aquí y ahora. En cada momento la puerta se abre; en cada momento sigues titubeando entre el cielo y el infierno. Es un asunto de instante-a-instante, es urgente; en un solo instante puedes ir desde el infierno al cielo, del cielo al infierno.

El cielo y el infierno están dentro tuyo. Las puertas están muy cerca una de la otra: con la mano derecha puedes abrir una, con la iquierda puedes abrir la otra. Con sólo un cambio en tu mente, tu ser es transformado - desde el cielo al infierno - desde el infierno al cielo. Cuando tu actuas inconscientemente, tu estás en el infierno; cuando sea que estés conciente, cuando tu actúas con plena conciencia, estás en el cielo.

El maestro zen Hakuin es uno de los raros florecimientos. Vino a verle un guerrero, un samurai, un gran soldado, y le preguntó: «¿Existe el cielo, existe el infierno? Y si hay cielo e infierno, ¿dónde están las puertas? ¿Desde dónde se entra? ¿Cómo puedo evitar el infierno y elegir el cielo?»

Era un guerrero simple. Un guerrero siempre es simple; de otro modo no sería guerrero. Un guerrero sólo conoce dos cosas: la vida y la muerte; su vida siempre está en juego, siempre está jugando; es un hombre simple. No había venido a aprender ninguna doctrina. Quería saber dónde estaban las puertas para evitar el infierno y entrar en el cielo. Y Hakuin le contestó de la única forma que un guerrero podía entender.

¿Qué hizo Hakuin? Le dijo: —¿Quién eres tú?
—Soy un samurai —replicó el guerrero. .

En Japón ser un samurai es algo de lo que sentirse orgulloso. Significa ser un guerrero perfecto, un hombre que no durará ni un segundo en entregar su vida. Para él, la vida y la muerte sólo son un juego. Y dijo: —Soy samurai, soy un jefe de samurais. Incluso el emperador me presenta sus respetos.

—¿Tú un samurai? —dijo Hakuin riéndose—. Más bien pareces un mendigo

El orgullo del samurai estaba herido, su ego machacado. Olvidó a qué había venido. Sacó la espada y estaba a punto de matar a Hakuin. Olvidó que había venido a ver al maestro para aprender dónde están las puertas del cielo y del infierno.

Hakuin se rió y dijo: —Ésta es la puerta del infierno. Con esta espada, esta ira, este ego, así se abre la puerta. Esto es algo que un guerrero puede entender. Y el samurai comprendió de inmediato: ésta es la puerta. Volvió a envainar la espada.

Y Hakuin dijo: —Ahora has abierto las puertas del cielo.

El infierno y el cielo están dentro de ti, ambas puertas están dentro de ti. Cuando te comportas inconscientemente, allí está la puerta del infierno; cuando estás alerta y consciente, allí está la puerta del cielo.

¿Qué le ocurrió a aquel samurai? Cuando estaba a punto de matar a Hakuin, ¿era consciente? ¿Era consciente de lo que estaba a punto de hacer? ¿Era consciente de para qué había venido? Toda conciencia había desaparecido. Cuando el ego se adueña de la situación, no puedes permanecer alerta. El ego es la droga, el intoxicante que te hace completamente inconsciente. Actúas, pero tu acto viene del inconsciente, no de la conciencia. Y cuando un acto viene del inconsciente, la puerta del infierno se abre. Hagas lo que hagas, si no eres consciente de lo que estás haciendo, la puerta del infierno se abre.

El samurai recuperó la alerta inmediatamente. De repente, cuando Hakuin dijo: «Ésta es la puerta, ya la has abierto», esa misma situación debe haber creado una alerta. Un momento más y la cabeza de Hakuin habría rodado por los suelos. Y Hakuin dijo: «Ésta es la puerta del infierno».

No es una respuesta filosófica; ningún maestro responde de manera filosófica. La filosofía sólo existe para las mentes mediocres, no iluminadas. El maestro responde, pero su respuesta no es verbal, es total. La cuestión no era que aquel hombre podría haberle matado. «Si me matas y eso te pone alerta, merece la pena»; Hakuin jugó el juego.

El guerrero estaba allí, parado, con la espada en la mano y Hakuin estaba justo enfrente: sus ojos se reían, su rostro sonreía y las puertas del cielo se abrieron. Él entendió: la espada volvió a la vaina. Mientras ponía la espada en la vaina debe haberse sentido totalmente silencioso, pacífico. La ira había desaparecido, la energía que acompañaba a la ira se había convertido en silencio.

Si te despiertas de repente en medio de la ira, sientes una paz que nunca había sentido antes. La energía se estaba moviendo y de repente se detiene; entonces tendrás silencio, un silencio inmediato. Caerás en tu ser interno, y la caída será tan repentina que serás consciente.

No es una caída lenta, es tan repentina que no puedes permanecer inconsciente. Sólo puedes permanecer inconsciente con las cosas rutinarias, con las cosas graduales; te mueves tan despacio que no puedes sentir el movimiento. Esto fue un movimiento repentino: de la actividad a la no-actividad, del pensamiento al no-pensamiento, de la mente a la no-mente. Mientras la espada volvía a la vaina, el guerrero se dio cuenta. Y Hakuin dijo: «Aquí se abren las puertas del cielo».

El silencio es la puerta. La paz interior es la puerta. La no-violencia es la puerta. El amor y la compasión son las puertas.
 

 

38 - Transmutación

La Meditación del Corazón de Atisha

El dolor es natural; tiene que ser comprendido, tiene que ser aceptado. Como tememos el dolor de manera natural, de manera natural tendemos a evitarlo. De ahí que mucha gente haya evitado el corazón y esté colgada en la cabeza, viva en la cabeza. El corazón da dolor, es verdad, pero sólo porque puede dar placer; por eso da dolor. El placer llega a través del dolor; la agonía es la puerta por la que entra el éxtasis. Si uno es consciente de él, acepta el dolor como una bendición. Entonces, de repente, la cualidad del dolor empieza a cambiar inmediatamente. Ya no eres su antagonista, y como ya no eres su antagonista, ya no es dolor; es un amigo. Es un fuego que te va a limpiar. Es una transmutación, un proceso en el que lo viejo se irá y lo nuevo llegará, en el que la mente desaparecerá y el corazón funcionará en su totalidad. Entonces la vida es una bendición.

Prueba este método de Atisha:
Cuando inspires —escucha con cuidado porque es uno de los mejores métodos—, cuando inspires, piensa que estás inspirando todas las miserias de todos los habitantes del mundo. Toda la oscuridad, toda la negatividad, todo el infierno que existe por doquier, los estás inspirando. Y deja que sean absorbidos en tu corazón.

Puede que hayas oído hablar de los llamados pensadores positivos de Occidente. Ellos dicen justo lo contrario; en realidad, no saben lo que dicen. Dicen: «Cuando espires, arroja de ti todas tus miserias y negatividades; y cuando inspires, inspira alegría, positividad, felicidad, regocijo». El método de Atisha es exactamente lo opuesto: cuando inspires, inspira todo el sufrimiento y las desgracias de todos los seres del mundo: pasados, presentes y futuros. Y cuando espires, espira toda la alegría que tengas, toda la dicha que tengas, todas las bendiciones que tengas.

Espira, derrámate en la existencia. Éste es el método de la compasión: bebe todo el sufrimiento y derrama las bendiciones. Y si lo haces te quedarás sorprendido. En el momento en que tomas todos los sufrimientos del mundo dentro de ti, dejan de ser sufrimientos. El corazón transforma la energía inmediatamente. El corazón es una fuerza transformadora: bebe la miseria, y transfórmala en dicha... después derrámala. Una vez que has aprendido que tu corazón puede hacer esta magia, este milagro, querrás repetirlo una y otra vez.

Pruébalo. Es uno de los métodos más prácticos, es simple y produce resultados inmediatos. Hazlo hoy mismo y mira qué pasa. Ésta es una de las prácticas de Buda y sus discípulos. Atisha es uno de sus discípulos, de la misma tradición, de la misma línea. Buda repite una y otra vez a sus discípulos: «Ihi passiko; ¡venid y ved!». Son gente muy científica. El budismo es la religión más científica de la tierra; de ahí que vaya ganando terreno en el mundo.

A medida que el mundo vaya haciéndose más inteligente, Buda se hará cada vez más importante. Tiene que ser así. Conforme aumente el número de gente dedicada a la ciencia, Buda tendrá un mayor atractivo. Él convencerá a las mentes científicas, porque dice: «Todo lo que digo puede ser practicado». No os dice: «Creedlo», lo que os digo es: «Experimentad con ello, experimentadlo, y sólo entonces, si lo sentís en vosotros mismos, confiad en ello. Y si no es así, no hace falta creer».

Prueba este precioso método de compasión: toma en ti toda la miseria y derrama sobre el mundo la alegría.

 

39 - Energía

El hombre con el collar de dedos

O haces que tu energía sea creativa, o se volverá amarga y se hará destructiva. La energía es algo peligroso: si la tienes, tienes que usarla creativamente porque, de otro modo, antes o después te darás cuenta de que se ha vuelto destructiva. Por tanto, encuentra algo —cualquier cosa que te guste— y pon tu energía en ella. Si quieres, puedes ponerla en la pintura; o si lo prefieres, en la danza y en el canto; o si quieres tocar un instrumento... Lo que quieras, encuentra la manera de poder perderte completamente. Si puedes perderte tocando la guitarra, ¡bien! En los momentos en que te pierdes, tu energía se libera de manera creativa. Si no puedes perderte en la pintura, en la canción, en la danza, tocando la guitarra o la flauta, entonces encontrarás otras maneras más bajas de perderte: ira, furia, agresión; éstas son las maneras bajas de perderse.

Gautama Buda inició a un asesino al sannyas; y no era un asesino ordinario. Rudolf Hess no era nada comparado con él. Se llamaba Angulimal. Angulimal significa el hombre que lleva una guirnalda de dedos humanos. Había hecho voto de matar a mil personas; tomaba un dedo de cada persona asesinada para poder recordar a cuántos había matado y se había hecho una guirnalda con ellos.

Ya tenía en su guirnalda novecientos noventa y nueve dedos, sólo le faltaba uno. Y le faltaba porque el camino donde él rondaba estaba cerrado; nadie transitaba por él. Pero Gautama Buda entró por el camino cerrado. El rey había puesto guardias para avisar a la gente, sobre todo a los extranjeros, que no sabían que había un hombre tan peligroso suelto por las colinas. Los guardias dijeron a Gautama Buda: —Este no es el camino que debes usar. Aquí es donde vive Angulimal. Ni siquiera el rey tiene el coraje necesario para viajar por él. Ése hombre está loco.

 

Su madre solía ir a verle. Era la única persona que iba a verle de vez en cuando, pero hasta ella ha dejado de ir. La última vez que fue, él le dijo: «Ahora sólo me falta un dedo y si no llegas a ser mi madre... Quiero avisarte que si vuelves aquí otra vez no regresarás. Necesito un dedo desesperadamente. Hasta ahora no te he matado porque podía matar a otros, pero ahora la única que pasa por este camino eres tú. Por eso quiero avisarte de que si vienes una vez será responsabilidad tuya, no mía». Desde entonces la madre no ha regresado.

No tomes un riesgo innecesario. ¿Y sabéis lo que Buda les respondió? Buda dijo: —Si no voy yo, ¿quién irá? Sólo pueden ocurrir dos cosas: o bien le cambio —y no puedo perderme este desafío— o le proporcionaré un dedo y así cumplirá su deseo. Algún día voy a morir de todos modos. Al menos, darle mi cabeza a Angulimal servirá para algo; de todos modos moriría algún día y vosotros me pondríais en una pira funeraria. Creo que es mejor realizar el deseo de alguien y proporcionarle un poco de paz mental. O bien me mata o le mato yo, pero el encuentro va a producirse; por favor llevadme hasta él.

La gente que solía seguir a Gautama Buda, sus compañeros que competían por ver quién estaba más cerca de él, comenzaron a ir más despacio. Pronto hubo kilómetros de distancia entre Buda y sus discípulos. Todos querían ver qué ocurría pero sin acercarse demasiado. Angulimal estaba sentado en su roca, esperando. No podía creer lo que veían sus ojos. Un hombre muy hermoso y de gran carisma se estaba acercando a él. ¿Quién podía ser?


Nunca había oído hablar de Gautama Buda, pero hasta su endurecido corazón comenzó a sentir cierta ternura por aquel hombre. Era tan hermoso, acercándose hacia él. Era temprano por la mañana... soplaba una brisa fresca y el sol estaba saliendo... y los pájaros cantaban y las flores se habían abierto; y Buda se acercaba cada vez más. Finalmente, Angulimal, con la espada desnuda en la mano, le gritó: —¡Alto! Gautama Buda estaba a sólo unos pasos, y Angulimal dijo: —No des un paso más porque entonces no será responsabilidad mía. ¡Quizá no sepas quién soy!

—¿Sabes quién eres? —preguntó Buda.
—Ésa no es la cuestión —respondió Angulimal—. No es momento ni lugar de discutir esas cosas. ¡Tu vida está en peligro!
—Yo opino lo contrario —dijo Buda—, es tu vida la que está en peligro.
—Solía pensar que estaba loco —dijo el hombre—, pero tú sí que estás loco. Y sigues acercándote. Entonces, que no digan que he matado a un inocente. Pareces tan inocente y hermoso que quiero que vuelvas. Encontraré a otra persona. Puedo esperar, no tengo prisa. Si he podido conseguir novecientos noventa y nueve... sólo necesito uno más, pero no me obligues a matarte.

Buda se acercó mucho y las manos de Angulimal temblaban. Aquel hombre era tan hermoso, tan inocente, tan parecido a un niño. Ya se había enamorado de él. Había matado a tanta gente... y nunca había sentido esta debilidad anteriormente; nunca había conocido el amor. Por primera vez estaba lleno de amor. Por eso estaba en una contradicción: su mano sostenía la espada para matar a la persona, pero el corazón le decía: «Vuelve a poner la espada en su lugar».

Buda dijo: —Yo estoy preparado, pero ¿por qué te tiembla la mano? Eres un gran guerrero, incluso los reyes tienen miedo de ti, y yo sólo soy un pobre mendigo. No tengo más que mi cuenco de mendigar. Puedes matarme y me sentiré inmensamente feliz de que mi muerte satisfaga al menos el deseo de alguien; mi vida habrá sido útil y mi muerte también habrá sido útil. Pero antes de que me cortes la cabeza tengo un pequeño deseo, y creo que tú me lo concederás antes de matarme.

Ante la muerte, incluso el enemigo más implacable está dispuesto a conceder un deseo. Angulimal dijo: —¿Qué quieres?
—Quiero que cortes de ese árbol una rama llena de flores. No volveré a verlas; quiero ver las flores de cerca, sentir su fragancia y su belleza al sol de la mañana, su gloria.

Entonces Angulimal cortó una rama llena de flores. Y antes de que pudiera dársela a Buda, éste le dijo: —Esto sólo es la mitad del deseo; la otra mitad es: por favor, vuelve a poner la rama en el árbol.

—Desde el principio he pensado que estabas loco. Ahora bien, éste es el deseo más loco que he oído en mi vida. ¿Cómo voy a volver a poner la rama en el árbol?

—Si no puedes crear, no tienes derecho a destruir —dijo Buda—. Si no puedes dar vida, no tienes derecho a dar muerte a ninguna criatura viva.

Un momento de silencio y un momento de transformación... la espada se le cayó de las manos. Angulimal cayó a los pies de Buda y le dijo: —No sé quién eres, pero seas quien seas, llévame al espacio donde tú estás; iníciame.

Entonces los seguidores de Buda se habían acercado más. Estaban cerca y cuando Angulimal cayó a los pies de Buda, ellos les rodearon. Alguien dijo: —¡No inicies a este hombre! ¡Es un asesino!

—Si yo no lo inicio —dijo Buda—, ¿quién lo hará? Y amo a este hombre, amo su coraje. Veo su enorme potencial: un sólo hombre luchando contra el mundo. Quiero este tipo de gente, gente que pueda mantener su posición frente al resto del mundo. Hasta ahora estaba frente al mundo con su espada; a partir de ahora estará frente al mundo con una conciencia que es mucho más afilada que cualquier espada. Os dije que alguien iba a morir, pero no era seguro quién sería, si yo o Angulimal. Ahora podéis ver que Angulimal ha muerto. ¿Y quién soy yo para juzgar?
 

 

40 - Integridad

"Sólo se necesita una aguja ordinaria"

Nadie es una isla, todos somos parte de un vasto continente. Existe una gran variedad entre nosotros, pero eso no hace que seamos seres separados. La variedad enriquece la vida: una parte de nosotros está en los Himalayas, una parte de nosotros está en las estrellas, una parte de nosotros está en las rosas. Una parte de nosotros está en las alas de los pájaros, una parte de nosotros está en el verde de los árboles. Estamos extendidos por todo. Experimentar esto como una realidad transformará todo tu planteamiento de vida, transformará cada uno de tus actos, transformará tu mismo ser.

Se cuenta que en vida del gran místico sufí Farid, un rey vino a verle. Le había traído un presente: un precioso par de tijeras de oro con diamantes engarzados, muy valiosas, muy especiales. Tocó los pies de Farid y le dio las tijeras; Farid las tomó, las miró, y se las devolvió diciendo: —Señor, muchas gracias por el regalo que me ha traído. Es muy hermoso, pero totalmente inútil para mí. Sería mejor si me pudiera dar una aguja. No necesito tijeras; una aguja bastará.

—No comprendo —dijo el rey—, si necesitas una aguja, también necesitarás unas tijeras.
—Es una metáfora —explicó Farid—. No necesito tijeras porque las tijeras sirven para cortar las cosas. Necesito una aguja porque las agujas sirven para unir cosas. Yo enseño a amar. Toda mi enseñanza se basa en el amor: juntar cosas, enseñar a la gente a estar en comunión. Necesito una aguja para poder unir las cosas. Las tijeras son inútiles para mí porque cortan y desconectan. La próxima vez que venga, bastará con que traiga una aguja ordinaria.

La lógica es como un par de tijeras: corta, divide las cosas. La mente es una especie de prisma: haz pasar un rayo de luz a través de ella y se divide inmediatamente en siete colores. Pasa cualquier cosa a través de la mente y se vuelve dual. La vida y la muerte no son la-vida-y-la-muerte, la realidad es vidamuerte. Debería ser una única palabra, no dos; ni siquiera debería haber un guión entre ellas. Vidamuerte es un fenómeno. Amorodio es un fenómeno. Luzoscuridad es un fenómeno. Negativopositivo es un fenómeno. Pero cuando haces pasar este fenómeno a través de la mente, la unidad se divide en dos inmediatamente. Vidamuerte se convierte en vida y muerte; no sólo están divididas, sino que la muerte se vuelve antagonista de la vida. Son enemigas. A partir de ese momento puedes seguir tratando de que las dos se encuentren, pero nunca lo conseguirás.

Kipling tiene razón: «Oriente es Oriente y Occidente es Occidente, y los dos nunca se encontrarán». Según la lógica, esto es verdad. ¿Cómo pueden encontrarse Oriente y Occidente? ¿Cómo puede Occidente encontrarse con Oriente? Pero existencialmente es un sin sentido total. Se encuentran en todas partes.

Por ejemplo, te encuentras en la India. ¿Es Oriente u Occidente? Si la comparas con Londres, es el Oriente; pero si la comparas con Tokio, es Occidente. Entonces, ¿qué es exactamente, Oriente u Occidente? Oriente y Occidente se encuentran en cada punto, y Kipling dice: «Los dos nunca se encontrarán».

Los dos se están encontrando constantemente. No hay un punto tal que Oriente y Occidente no se encuentren y no hay ningún hombre en el que Oriente y Occidente no se encuentren. No puede ser de otro modo; tienen que encontrarse: es una realidad, un cielo.

 

41 - Fracaso

El secreto del verdadero éxito

Cuando es por la mañana, es por la mañana. Cuando es por la tarde, es por la tarde. No se puede elegir. Abandona la elección y te sentirás libre en todas partes: la libertad sólo puede hallarse en la ausencia de elección. Así, cuando eres joven, es muy hermoso; cuando eres un niño, es muy hermoso; cuando eres anciano, es muy hermoso; cuando te estás muriendo, es muy hermoso... porque nunca estás separado de la totalidad, eres una ola del océano. La ola del océano puede pensar en sí misma como en un individuo; entonces vienen los problemas. La ola del mar nunca piensa que está separada; por eso, le lleve donde le lleve el océano, ella se deja llevar alegremente, bailando, está muy dispuesta a seguir esa dirección.

Una canción del místico Kabir:
Hablo a mi amante interno y le digo, ¿por qué tanta prisa? Sentimos que hay cierto espíritu al que le encantan los pájaros, y los animales, y las hormigas; tal vez el mismo que hizo de ti un ser radiante cuando estabas en el vientre de tu madre. ¿Es lógico que ahora vayas por ahí siendo un huérfano total? La verdad es que te has dado la espalda a ti mismo y has decidido entrar solo en la oscuridad. Ahora estás enredado con los demás y has olvidado lo que una vez supiste, y por eso todo lo que haces contiene algún extraño fallo.

Las cosas ocurren cuando se necesita que ocurran; las cosas van a ocurrir cuando tengan que ocurrir. Todo va bien; simplemente confía. Recuerda la diferencia. El teólogo dirá: «Cree en el concepto de Dios». El místico dice que no hay necesidad de creer en el concepto de Dios, basta con sentir la armonía de la existencia. No es un concepto, no es una creencia: puedes sentirlo, está por todas partes.

Casi es tangible.En el momento en que piensas que eres uno con la totalidad, se produce la relajación; tiene lugar un abandono repentino. No hace falta que te sostengas a ti mismo, puedes relajarte. No hace falta que estés tenso porque no tienes que conseguir ningún objetivo personal concreto. Fluyes con Dios. El objetivo de Dios es tu objetivo, su destino es tu destino.

No tienes un destino privado; el destino privado crea problemas. ¿No lo has visto en tu propia vida? Todo lo que haces te lleva al fracaso. Y sigues sin ver el punto: crees que no lo hiciste como tendrías que haberlo hecho y por eso fallaste. Después piensas que no eres lo suficientemente hábil, entonces te ejercitas más pero vuelves a fracasar. Y después piensas: «Todo el mundo está contra mí» o «el destino está contra mí», o «soy una víctima de los celos de la gente». Continúas encontrando explicaciones a tus fracasos, pero nunca das con su verdadera raíz.

Kabir dice: fracaso significa tú-menos-Dios. Ésa es la comprensión de Kabir. Fracaso es igual a tú-menos-Dios, y éxito es igual a tú-más-Dios. Y recuerda, cuando digo 'Dios' no me refiero a una persona sentada allí arriba, en algún lugar del cielo, sino al espíritu cósmico. Siente el espíritu cósmico, el Tao, la ley que interpenetra a toda la existencia de la que naciste y a la que un día volverás.

 

42 - Preocupación

La mujer en el bus

¿Te has dado cuenta alguna vez de este hecho?: el presente siempre es jugoso, el presente siempre es dichoso. La preocupación y el sufrimiento están creados por lo que quisiste hacer en el pasado y no pudiste, o por lo que quieres hacer en el futuro y no sabes si podrás hacer. ¿Te has dado cuenta alguna vez? ¿Has visto esta pequeña verdad de que en el presente no hay sufrimiento ni preocupación? Ésta es la razón por la que el presente no altera la mente; es la ansiedad la que altera la mente. En el presente no hay sufrimiento. El presente no sabe de sufrimientos; el presente es un momento tan breve que el sufrimiento no cabe en él. En el presente sólo cabe el cielo, no el infierno. ¡El infierno es demasiado grande! El presente sólo puede ser paz, sólo puede ser felicidad.

He oído que una anciana iba viajando en un autobús y estaba ansiosa, preocupada, preguntando continuamente qué parada era aquella. El desconocido que se sentaba a su lado le dijo: —Relájese, no se preocupe. El revisor anunciará las paradas y si se siente muy preocupada, puedo llamarle para que venga. Así usted le dice dónde quiere bajarse y él tomará nota. ¡Relájese!

El hombre llamó al revisor y la mujer le dijo: —Por favor, recuerde, no quiero perder mi parada. Tengo que llegar a un lugar muy urgentemente.

—De acuerdo —dijo el revisor—. Tomaré nota, aunque no hacía falta que me llamaran porque siempre anuncio las paradas. Pero tomaré nota y vendré a avisarle cuando llegue su parada. Pero relájese, ¡no esté tan preocupada!

La anciana sudaba, temblaba y parecía muy tensa. Y dijo: —Muy bien, anótelo, tengo que bajarme en la última parada, donde se acaba el recorrido del autobús.

Bien, y si se iba a bajarse en la última parada, ¿para qué preocuparse? ¿Cómo iba a saltársela? ¡No hay manera de saltarse la última parada! En el momento en que descansas, en el momento en que te relajas, sabes que la existencia ya está en marcha, moviéndose, alcanzado nuevas cumbres. Y tú eres parte de ello. No necesitas tener tus propias ambiciones.

Esto es relajación: descansar, abandonar los objetivos privados, abandonar la mentalidad de conseguir cosas, todas las proyecciones del ego. Y entonces la vida es un misterio. Tus ojos se quedarán maravillados; tu corazón se llenará de admiración.

No tenemos que convertirnos en algo; ya lo somos. Éste es todo el mensaje de los seres despiertos: que no tienes que conseguir nada, que ya te ha sido dado. Es el regalo de Dios. Ya estás donde deberías estar, no puedes estar en ninguna otra parte. No hay lugar adonde ir, nada que conseguir. Como no hay lugar donde ir y nada que conseguir, puedes celebrar la existencia. Entonces no hay prisa, no hay preocupación, no hay ansiedad, no hay angustia ni miedo a ser un fracaso. No puedes fracasar. Es imposible fracasar por la propia naturaleza de las cosas, porque la cuestión no consiste en triunfar, en absoluto.

 

43 - Ilusiones

La parábola del árbol que cumplía los deseos

El pensador crea con sus pensamientos; ésta es una de las verdades fundamentales que tienes que entender. Todo lo que experimentas es creación tuya. Primero lo creas, después lo experimentas y después te quedas atrapado en la experiencia, porque no sabes que la fuente de todo está en ti.

En una ocasión, un hombre iba viajando y entró casualmente en el paraíso. Los indios creen que en el paraíso hay árboles que conceden todos los deseos, kalpatarus. Basta con sentarse debajo de ellos, desear algo, y el deseo se realiza inmediatamente: no hay desfase entre el deseo y su realización. Piensas, y tu pensamiento se convierte en cosas; el pensamiento se plasma automáticamente.

Los kalpatarus no son otra cosa que símbolos de la mente. La mente es creativa, los pensamientos son creativos.

El hombre estaba cansado y se quedó dormido debajo de uno de estos árboles que conceden los deseos. Cuando despertó, como estaba muy hambriento, dijo: «Ojalá que pudiera conseguir comida en algún sitio». Y de repente el alimento surgió de la nada y flotaba en el aire; era una comida deliciosa. Empezó a comer inmediatamente y cuando se sintió satisfecho, surgió en él otro pensamiento: «Si pudiera conseguir algo de bebida...» Y como en el paraíso no existe la ley seca, se materializó inmediatamente un vino delicioso.

Bebiendo el vino y relajado a la sombra del árbol en la brisa fresca del paraíso, el hombre empezó a preguntarse: «¿Qué está pasando? ¿Estoy soñando o estoy rodeado de fantasmas que me gastan bromas?» ¡Y aparecieron los fantasmas! Eran feroces, horribles, daban ganas de vomitar. Se puso a temblar y se le pasó un pensamiento por la cabeza: «Ahora seguro que me van a matar. Estos fantasmas van a acabar conmigo». Y le mataron.

Ésta es una antigua parábola de enorme significado. Tu mente es el árbol que concede los deseos: antes o después, todo lo que piensas te es concedido. A veces el desfase es tan grande que te olvidas completamente de haberlo deseado; a veces el desfase es de años, a veces de vidas, de modo que no puedes conectar con el origen del deseo. Pero si observas con profundidad, descubrirás que todos tus pensamientos te crean y crean tu vida. Crean tu cielo, crean tu infierno. Crean tu desgracia, crean tu alegría. Crean lo negativo, crean lo positivo. Todo el mundo es un mago que hila y teje un mundo mágico a su alrededor y después se siente atrapado: la araña se queda atrapada en su propia tela.

Una vez que se entiende esto, las cosas empiezan a cambiar. Entonces puedes jugar y puedes cambiar tu infierno por un cielo; basta con pintar desde otro punto de vista. O si estás muy enamorado de tus desgracias puedes crear todas las que quieras, a tu plena satisfacción. Pero entonces ya no puedes protestar, porque sabes que son una creación tuya, son tu pintura, no puedes responsabilizar a nadie de ella.

Toda la responsabilidad es tuya. Entonces surge una nueva posibilidad: puedes dejar de crear el mundo, puedes detener el proceso de creación. No hace falta que crees el cielo y el infierno, no hace ninguna falta. El creador puede relajarse, retirarse. Ese retiro de la mente es la meditación.
 

 

44 - Deseo

La canastilla mágica del mendigo

Cuando deseas algo, tu gozo depende de eso. Si se te quita, te sientes miserable; si se te da, te sientes feliz. ¡Pero sólo por el momento! eso también se tiene que entender. Cuando tu deseo se cumple, sólo por el momento sientes gozo. es momentáneo, porque una vez lo consigues, la mente vuelve a desear más, algo más.

La mente existe en el deseo; de ahí que la mente nunca te deje sin deseo. Si no tienes deseo, la mente muere inmediatamente. Éste es todo el secreto de la meditación.

Un mendigo llamó a la puerta de un emperador a primera hora de la mañana. El emperador iba a salir a dar un paseo matutino en su precioso jardín; de no ser por esta circunstancia hubiera sido difícil que el mendigo pudiera encontrarse con él. Pero en ese momento no había ningún guardián que lo impidiera.

El emperador dijo: —¿Qué quieres? —¡Piénsatelo dos veces antes de preguntar eso! —dijo el mendigo. El emperador nunca había visto antes a un hombre tan fiero; había batallado en la guerra, había obtenido grandes victorias y había dejado claro que no había nada más poderoso que él, y de repente este mendigo le dice: «¡Piensa dos veces lo que dices porque puede que no seas capaz de realizar mi deseo!»

El rey dijo: —No te preocupes, déjalo de mi cuenta; ¡pide lo que quieras y se realizará!

—Ves este cuenco de mendigar —dijo el mendigo—, ¡quiero que se llene! No me importa de qué, la única condición es que se llene, que esté lleno. Aún estás a tiempo de decir que no, pero si dices que sí, estás tomando un riesgo.

El emperador se puso a reír. Un cuenco de mendigar... ¿y me estás dando una advertencia? Le dijo a su ayudante de cámara que llenase el cuenco de diamantes para que aquel mendigo se enterase de a quién estaba pidiendo.

El mendigo volvió a decirle: —Piénsatelo dos veces. Y pronto empezó a quedar claro que el mendigo tenía razón, porque en el momento en que se vertían los diamantes en el cuenco, desaparecían.

Los rumores se extendieron inmediatamente por toda la capital y miles de personas se acercaron a observar lo que pasaba. Cuando las piedras preciosas se acabaron, el rey dijo: «Traed todo el oro y la plata, ¡traedlo todo! Mi reino e incluso mi integridad están amenazadas». Pero antes de llegar la noche había desaparecido todo y sólo quedaban dos mendigos, y uno de ellos había sido emperador.

Entonces el emperador dijo: —Antes de pedirte perdón por no escuchar tus avisos, por favor dime el secreto de este cuenco de mendigar.

—No hay ningún secreto —dijo el mendigo—. Lo he pulido de manera que parezca un cuenco, pero es una calavera humana. Todo lo que eches dentro de ella desaparecerá.

La historia es tremendamente significativa. ¿Has pensado alguna vez en tu propio cuenco de mendigar? Todo desaparece —poder, prestigio, respetabilidad, riqueza— todo desaparece y tu cuenco sigue con la boca abierta, pidiendo más. Y ese «más» te aleja del presente. El deseo, la añoranza de otra cosa te aleja de este momento.

Sólo hay dos tipos de personas en el mundo: la mayoría de ellas corren detrás de sombras, sus cuencos de mendigar seguirán con ellos hasta que se vayan a la tumba. Y una pequeña minoría, uno entre un millón, que deja de correr, abandona todos los deseos y no pide nada; y de repente lo encuentra todo dentro de sí.
 

 

45 - Viviendo Totalmente

Alejandro el Grande conoce a Diógenes

Los que dicen: «Estamos esperando una oportunidad», están siendo engañosos, y no engañan a nadie sino a sí mismos. La oportunidad no va a venir mañana. Ya ha llegado, siempre ha estado aquí. Estaba aquí incluso cuando tú no estabas. La existencia es una oportunidad; ser es la oportunidad. No digas: «Mañana meditaré, mañana amaré, mañana bailaré con la existencia». ¿Por qué dejarlo para mañana? Mañana nunca llega. ¿Por qué no ahora mismo? ¿Por qué posponerlo? Posponer las cosas es un truco mental; así mantienes la esperanza y entre tanto la oportunidad se te escapa de las manos. Y al final llegarás al callejón sin salida —la muerte— y no te quedará ninguna oportunidad. Esto te ha ocurrido muchas veces antes. No eres nuevo aquí, has nacido y has muerto muchas, muchas veces. Y cada vez la mente te ha jugado la misma mala pasada, y aún no has aprendido nada.

Cuando Alejandro Magno venía hacia India, se encontró con un hombre curioso, Diógenes. Era una mañana de invierno, soplaba una brisa fresca y Diógenes estaba a la orilla del río, tomando el sol, desnudo. Era un hombre muy hermoso. Cuando hay un alma hermosa, surge una belleza que no es de este mundo.

No tenía nada, ni siquiera un cuenco de mendigar, porque, un día que iba al río con su cuenco para beber agua, vio que un perro entraba corriendo en el río. El perro entró en el río y bebió; Diógenes se rió y dijo: «Este perro me ha enseñado una lección. Si él puede vivir sin cuenco de mendigar, ¿por qué yo no?» Arrojó lejos el cuenco, saltó al río como el perro y bebió. Desde entonces vivía sin nada.
Alejandro nunca había visto a un hombre tan grácil, una belleza tan total, algo que venía de lo desconocido... Se quedó anonadado y dijo: «Señor...» Él no había dicho «señor» a nadie en toda su vida. Dijo: —Señor, estoy inmensamente impresionado por su ser y me gustaría hacer algo por usted. ¿Hay algo que pueda hacer por usted?

—Simplemente ponte a un lado porque me estás quitando el sol —dijo Diógenes—; eso es todo. No necesito nada más.

—Si tengo otra oportunidad de volver a la tierra —replicó Alejandro— pediré a Dios que en lugar a volver a hacerme como Alejandro, me haga como Diógenes.

Diógenes se rió y dijo: —¿Quién te impide ser como yo ahora mismo? Puedes convertirte en un Diógenes. ¿Adónde vas? He visto pasar ejércitos durante meses, ¿dónde vas? ¿Y para qué?

—Voy a la India para conquistar todo el mundo —dijo Alejandro.

—¿Y qué harás después? —preguntó Diógenes.

—Después descansaré —respondió Alejandro.

Diógenes se rió y dijo: —Estás loco, yo ya estoy descansando ahora mismo, y no he conquistado el mundo. No veo la necesidad. ¿Quién te ha dicho que tienes que conquistar el mundo para poder descansar? Y yo te digo: si no descansas ahora, no lo harás nunca. Siempre te quedará algo que conquistar... y el tiempo pasa. Morirás en medio de tu viaje.

Y Alejandro murió en el medio de su viaje. Cuando estaba regresando a la India, murió en el camino. Y aquel día recordó a Diógenes. Sólo tenía a Diógenes en mente; él no había podido descansar en toda su vida, y aquel hombre descansó.

 

46 - La Búsqueda

Buscando a la casa de Dios

Reúne todo el coraje y da el salto. Seguirás existiendo, pero de una manera tan nueva que no podrás conectar con la anterior. Será una discontinuidad. Lo viejo era tan pequeño, tan limitado, tan mezquino, y lo nuevo es tan vasto. Has pasado de ser una gota de rocío a ser el océano. Pero incluso la gota de rocío tiembla por un momento e intenta quedarse un poco más, porque ha visto el océano... una vez que cae de la hoja de loto, desaparece. Sí, de algún modo dejará de ser; como gota de rocío habrá desaparecido. Pero esto no es una pérdida. Será oceánica. Y todos los demás océanos son limitados. El océano de la existencia es ilimitado.

He mencionado muchas veces un hermoso poema de Rabindranath Tagore. El poeta había estado buscando a Dios durante millones de vidas. Le había visto algunas veces, a lo lejos, cerca de una estrella, y empezaba a ir en esa dirección, pero cuando llegaba a la estrella, Dios se había ido a otra parte. Pero él siguió buscando y buscando —estaba determinado a buscar el hogar de Dios— y la sorpresa de sorpresas fue que un día llegó a una casa en cuya puerta estaba escrito: «Casa de Dios».

Imagina su éxtasis, comprende su alegría. Subió corriendo las escaleras y estaba a punto de llamar a la puerta cuando su mano se quedó congelada de repente. Había tenido una idea: «Si por causalidad ésta es la verdadera casa de Dios, entonces ya he acabado, mi búsqueda se ha acabado. He llegado a identificarme con mi búsqueda, no sé hacer otra cosa. Si se abre la puerta y encuentro a Dios, la búsqueda se acaba. ¿Y entonces qué?»

Empezó a temblar de miedo, se quitó los zapatos y descendió los preciosos escalones de mármol. Tenía miedo de que Dios pudiera abrir la puerta aunque él no había llamado. Y a continuación se puso a correr tan rápido como nunca antes. Pensaba que había corrido detrás de Dios todo lo rápido que podía, pero ese día corrió como nunca, sin mirar atrás. El poema acaba: «Sigo buscando a Dios. Sé dónde está su casa, por eso la evito y busco por otros lugares. El desafío es muy grande, la emoción es muy grande, y mientras busco sigo existiendo. Dios es un peligro: seré aniquilado. Pero ahora ni siquiera temo a Dios, porque sé dónde vive. Por eso, evitando su casa, sigo buscándolo por el universo. Y en lo más profundo de mí sé que no busco a Dios; mi búsqueda es para nutrir mi ego».

Normalmente a Rabindranath Tagore no se le suele asociar con la religión. Pero sólo un hombre con una tremenda experiencia religiosa puede escribir un poema así. No es poesía ordinaria, contiene una gran verdad. La situación es ésta: la dicha no te permite existir; tienes que desaparecer. Por eso no se ve mucha gente dichosa por el mundo. La desgracia nutre tu ego, por eso se ve a tanta gente desgraciada en el mundo. El punto básico y central es el ego. Para la realización de la verdad última tienes que pagar el precio, y el precio no es otro que abandonar el ego. Por eso, cuando llegue el momento, no lo dudes. Desaparece danzando... con una gran risa, desaparece; con canciones en tus labios, desaparece.

 

47 - Esperanza

Perdido en la selva

La alegría del amor sólo es posible si has conocido la alegría de estar solo, porque sólo entonces tienes algo que compartir. En cambio, dos mendigos que se encuentran, que se aferran uno al otro, no pueden ser dichosos. Crearán miseria uno para el otro porque cada uno de ellos esperará, y esperará en vano, que «el otro le llene». Los dos esperan lo mismo y no pueden llenarse mutuamente. Ambos son ciegos; no pueden ayudarse.

He oído que un cazador se perdió en la selva. Durante tres días no pudo encontrar a nadie que le señalara el camino y cada vez sentía más pánico: tres días sin comida y con un miedo constante de los animales salvajes. Durante tres días no pudo dormir; se mantenía sentado, despierto y subido en un árbol, temiendo que le atacaran. Había serpientes, leones, animales salvajes.

El cuarto día, a primera hora de la mañana, vio a un hombre sentado bajo un árbol. Puedes imaginar su alegría. Corrió hasta él, lo abrazó y dijo: «¡Qué alegría!» Y el otro hombre también le abrazó: los dos eran inmensamente felices. A continuación se preguntaron: «¿Por qué estás tan feliz?»
—Estaba perdido y esperaba encontrar a alguien —dijo el primero. —Yo también estaba perdido y esperando encontrar a alguien —dijo el segundo—, pero si los dos estamos perdidos, entonces nuestra alegría no tiene sentido. ¡Ahora estaremos perdidos los dos juntos!

Esto es lo que ocurre: te sientes solo, el otro se siente solo y os encontráis. Primero la luna de miel: el éxtasis de haber encontrado al otro, ahora ya no estarás solo. Pero en tres días, o si eres lo suficientemente inteligente en tres horas... depende de lo inteligente que seas. Si eres estúpido te llevará más tiempo, porque te cuesta aprender; la persona inteligente puede verlo inmediatamente, en tres minutos... «¿Qué estamos haciendo? No va a salir bien. El otro está tan solitario como yo. Ahora viviremos juntos: dos soledades juntas. Juntar dos heridas no les ayuda a curarse».

Somos parte unos de otros; nadie es una isla. Pertenecemos a un continente invisible pero infinito. Nuestra existencia es ilimitada. Pero estas experiencias sólo ocurren a personas que se están autorealizando, que se quieren tanto a sí mismas que pueden cerrar los ojos, estar solas y sentirse totalmente dichosas. De esto trata la meditación.

Meditar significa sentirte extático en tu soledad. Pero cuando te sientes extático en tu soledad, pronto sientes tanto éxtasis que no puedes contenerlo. Empieza a rebosar. Y cuando comienza a rebosar, se convierte en amor.

La meditación permite que ocurra el amor. Y las personas que no conocen la meditación nunca conocerán el amor. Aparentarán que aman, pero no pueden amar. Sólo lo pretenderán, porque no tienen nada que dar, no rebosan. Amar es compartir. Pero antes de poder compartir, ¡tienes que tener algo! Lo primero debe ser la meditación.

La meditación es el centro, el amor es su circunferencia. La meditación es la llama, el amor es su irradiación. La meditación es la flor, el amor es su fragancia.

 

48 - Desafío

La parábola del granjero y el trigo

Desgracia sólo significa que las cosas no encajan con tus deseos; y las cosas nunca encajan con tus deseos, no pueden hacerlo. Las cosas simplemente siguen su naturaleza. Lao Tsé llama a esta naturaleza el Tao. Buda llama a esta naturaleza el Dhamma. Mahavir definió la religión como «la naturaleza de las cosas». No se puede hacer nada: el fuego es caliente y el agua fresca. El hombre sabio es el que se relaja con la naturaleza de las cosas; él sigue la naturaleza de las cosas. Y cuando sigues la naturaleza de las cosas, no lanzas ninguna sombra. No hay desgracia. Entonces, incluso la tristeza es luminosa, incluso la tristeza tiene su belleza. No es que la tristeza no se vaya a presentar; se presentará, pero no será tu enemiga. Serás amigo suyo porque verás su necesidad. Podrás ver su gracia, podrás ver por qué está ahí y por qué es necesaria.

He oído una antigua parábola; debe ser muy antigua porque por aquellos tiempos Dios vivía en la tierra. Un día se le acerco un hombre, un viejo granjero, y dijo: —Mira, puede que seas Dios y que hayas creado el mundo, pero tengo que decirte una cosa: no eres un granjero. No conoces ni el ABC de llevar una granja. Tienes algo que aprender.

—¿Qué me aconsejas? —dijo Dios.

—Dame un año de tiempo y durante ese periodo deja que haga las cosas a mi manera para ver qué pasa. ¡La pobreza será barrida de la faz de la tierra!
Dios aceptó: concedió un año al granjero. Naturalmente éste pidió las mejores condiciones: nada de tormentas ni vientos fuertes, ningún peligro para la cosecha. Todo era cómodo, agradable, y él se sentía muy feliz. ¡El trigo crecía tanto! Cuando quería sol, tenía sol; cuando quería lluvia, tenía lluvia, toda la que quería. Aquel año todo era correcto, matemáticamente correcto. Pero cuando se cosechó, no había nada dentro del trigo.

El granjero estaba sorprendido. Y preguntó a Dios: —¿Qué ha pasado? ¿Qué ha fallado?

—Como no había desafíos —dijo Dios—, como no había conflicto ni fricción, como evitaste todo lo malo, el trigo permaneció impotente. Es imprescindible luchar un poco. Las tormentas son necesarias, los rayos y truenos son necesarios. Ellos agitan el alma dentro del trigo.

Esta parábola es de inmenso valor. Si sólo eres feliz y feliz y feliz, la felicidad perderá todo su sentido. Será como si alguien escribiera con tiza blanca en una pared blanca. Nadie será capaz de leerlo. Tienes que escribir en una pizarra negra, entonces se puede leer.

La noche es tan necesaria como el día. Y los días de tristeza son tan esenciales como los días alegres. A esto es a lo que yo llamo comprensión. Una vez que lo entiendes, te relajas; y en esa relajación está la rendición. Dices: «Que se haga tu voluntad». Dices: «Haz lo que te parezca correcto. Si hoy hacen falta nubes, dame nubes. No me escuches, mi comprensión es limitada. ¿Qué sé yo de la vida y sus secretos? ¡No me escuches! Sigue haciendo tu voluntad». Y, poco a poco, cuanto más veas el ritmo de la vida, el ritmo de la dualidad, el ritmo de la polaridad, dejas de preguntar, dejas de elegir.

Éste es el secreto. Vive con este secreto y ve su belleza. Vive con este secreto y de repente te quedarás sorprendido: ¡Qué grandes son las bendiciones de la vida! ¡Cuánto se te está dando a cada momento!

 

49 - Amor

El reto del rey a sus tres hijos

Recuerda, la semilla nunca corre peligro. ¿Qué peligros podrían afectar a la semilla? Está absolutamente protegida. Pero la planta siempre corre peligro, la planta es muy delicada. La semilla es como una piedra, dura, oculta tras una cáscara. Pero la planta tiene que soportar mil y un peligros. Y no todas las plantas alcanzarán la altura necesaria para florecer, para dar mil y una flores... Son pocos los seres humanos que llegan al segundo estadio, y muy pocos de los que alcanzan el segundo estadio llegan al tercero, el del florecimiento. ¿Por qué no pueden alcanzar ese tercer estadio, ese estadio de dar flores? Por la avaricia, por la mezquindad, no quieren compartir... por un estado de desamor. Hace falta coraje para convertirse en planta y hace falta amor para convertirse en flor. Una flor indica que el árbol está abriendo su corazón, soltando su perfume, dando su alma, derramando su ser sobre la existencia. No te quedes en la semilla. Reúne coraje, coraje para dejar el ego, coraje para abandonar las seguridades, coraje para dejar caer las certezas, coraje para ser vulnerable.

Un gran rey tenía tres hijos, y quería elegir a uno de ellos para ser su sucesor. Era muy difícil porque los tres eran muy inteligentes, muy valientes. ¿Cuál escoger? Entonces preguntó a un gran sabio, y el sabio le sugirió una idea...

El rey volvió a palacio y reunió a sus tres hijos. Dió a cada uno de ellos una bolsa de semillas de flores y les dijo que se iba a hacer una peregrinación: —Tardaré unos años; uno, dos, tres, o quizá más. Y esto es una especie de prueba para vosotros. Me tendréis que devolver las semillas cuando regrese. Quien las proteja mejor será mi sucesor.Y salió a hacer su peregrinación.

El primer hijo las encerró en un cofre de hierro porque tenía que devolvérselas a su padre tal como estaban. El segundo hijo pensó: «Si dejo las semillas encerradas como ha hecho mi hermano, se morirán. Y no puede decirse que una semilla muerta sea semilla en absoluto. Mi padre podría decir: 'Yo te he dado semillas vivas, que podían crecer, pero éstas están muertas; no pueden crecer'». Por eso se fue al mercado, vendió las semillas y se quedó el dinero. Y pensó: «Cuando mi padre regrese, volveré al mercado, compraré semillas nuevas y se las daré; serán mejores que las que él me dio a mí».

Pero el tercero fue el que mejor lo hizo. Fue al jardín y espació las semillas por todas partes.

Después de tres años, cuando el padre volvió, el primer hijo abrió su cofre. Todas sus semillas estaban muertas y olían mal. Y el padre dijo: —¡Qué! ¿Son estas las semillas que yo te di? Aquellas podían crecer y dar flores de delicado perfume y estás apestan. ¡Estas no son mis semillas!

Fue al segundo hijo. Éste corrió al mercado, compró semillas, volvió a casa y dijo: —Éstas son las semillas. —Lo has hecho mejor que tu hermano mayor —dijo el padre—, pero no eres tan capaz como me gustaría.

El rey fue a su tercer hijo. Con gran esperanza y miedo en su corazón le dijo: —¿Qué has hecho? Y el tercer hijo le llevó al jardín donde pudo ver millones de plantas florecientes, millones de flores por todo. Y el hijo dijo: —Estas son las semillas que me diste. Pronto recogeré las semillas y te las devolveré. Ya están casi listas para la recolección.

—Eres mi sucesor —dijo el padre—, esto es lo que hay que hacer con las semillas.

 

50 - Compasión

Jesús y los cambiadores de dinero

La gente viene a mí y me pregunta qué es correcto y qué equivocado. Yo les digo: «La conciencia es acertada; la inconsciencia es una equivocación». Yo no etiqueto las acciones de acertadas o equivocadas. Yo no digo que la violencia está equivocada. A veces puede ser acertada. Yo no digo que el amor es acertado. A veces puede estar equivocado. Se puede amar a la persona equivocada, se puede usar el amor para un propósito equivocado. Alguien ama a su país. Eso es equivocado porque el nacionalismo es una maldición. Alguien ama su religión y puede matar, asesinar, puede quemar los templos de los demás. Ni el amor es siempre justo, ni el odio es siempre desacertado. Entonces, ¿qué es lo correcto y qué es lo equivocado? Para mí, la conciencia es acertada. Si eres plenamente consciente de tu ira, incluso la ira es acertada. Y si eres amoroso sin conciencia, incluso el amor puede estar equivocado. Por tanto, permite que la conciencia esté presente en cada acto que realices, en cada pensamiento que pienses, en cada sueño que sueñes. Deja que la cualidad de la conciencia penetre cada vez más en tu vida. Empápate de ella. Entonces todo lo que hagas será virtuoso. Entonces todo lo que hagas será bueno. Entonces todo lo que hagas será una bendición para ti y para el mundo en el que vives.

Dejadme que os recuerde un suceso acaecido en vida de Jesús. Tomó un látigo y entró en el gran templo de Jerusalén.

¿Un látigo en manos de Jesús...? Esto es lo que Buda indica cuando dice: «Una mano que no está herida puede manejar veneno». Sí, Jesús puede manejar un látigo, sin problema; el látigo no puede tener más poder que él. Su conciencia es tal que él permanece alerta.

El gran templo de Jerusalén se había convertido en un lugar de ladrones. Había cambistas dentro del templo y estaban explotando a todo el país. Jesús entró sólo en el templo y dio la vuelta a los mostradores de los cambistas, tirando su dinero y creando tanto alboroto que salieron despavoridos. Ellos eran muchos y Jesús estaba solo, ¡pero tenía tanta furia, tanto fuego! Esto ha sido un problema para los cristianos: ¿Cómo explicarlo?, porque se esfuerzan por decir que Jesús es una paloma, un símbolo de la paz. ¿Cómo va a tener un látigo en la mano? ¿Cómo va a estar tan enfadado, tan furioso, que tirase por el suelo los mostradores de los cambistas y los echara del templo? Debe haber estado hecho una furia porque, de no ser así, como estaba solo, podrían haberle reducido. Su energía debe haber sido una tormenta; ellos no podían afrontarlo. Los sacerdotes y los comerciantes escaparon gritando: «¡Este hombre está loco!»

Los cristianos evitan esta historia. Pero no hace falta evitarla si uno la entiende: ¡Jesús es tan inocente! No está enfadado, es su compasión. No es violento, no es destructivo; es su amor. El látigo en su mano es el látigo en manos del amor, de la compasión.

Un hombre consciente actúa a partir de su conciencia, por tanto no cabe el arrepentimiento; su acción es total. Y una de las bellezas de la acción total es que no crea karma; no crea nada; no deja ningún rastro en ti. Es como escribir en el agua: antes de acabar... ya se ha ido. Ni siquiera es como escribir en la arena, porque eso puede durar unas horas en caso de que no haya viento; es escribir en el agua.

Si puedes estar totalmente alerta, entonces no hay problema. Puedes manejar veneno; entonces el veneno será medicinal. En manos del sabio, el veneno se convierte en medicina; en manos de los necios, incluso la medicina, incluso el néctar, acabará convirtiéndose en veneno. Si funcionas desde la inocencia —no desde el conocimiento sino desde la inocencia del niño—, entonces no te puede ocurrir ningún mal, porque no dejas rastro. Permaneces libre de tus acciones. Vives totalmente y ninguna acción te carga.

 

51 - Dejando Ir el Pasado

Deja a los muertos enterrar a los muertos

Reúne coraje; el viaje ya ha empezado. Aunque volvieras ya no volverías a encontrar la misma orilla. Aunque volvieras, los viejos juguetes ya no serían de ninguna utilidad; has acabado con ellos, sabes que eran juguetes. Ahora tienes que encontrar lo real, tienes que investigarlo. Y tampoco está tan lejos; está dentro de ti.

Un hombre que viva de acuerdo con el pasado forzosamente sentirá aburrimiento, falta de sentido, y una especie de angustia: «¿Qué hago aquí? ¿Por qué sigo vivo? ¿Qué pasará mañana? ¿Será otra repetición del día de hoy? Y hoy es una repetición de ayer». Entonces, ¿qué sentido tiene? ¿Por qué ir arrastrándote de la cuna a la tumba en la misma rutina?

Esto es perfecto para búfalos y monos, porque no tienen memoria del pasado y no tienen ni idea del futuro. No se sienten aburridos, porque para eso se requiere cierta conciencia. Esta conciencia sabe que lo hiciste ayer, lo estás repitiendo hoy y volverás a hacerlo mañana; porque no sales del pasado, no lo dejas morir, lo mantienes vivo. Éste es el dilema que todo el mundo enfrenta en la vida y la única solución es dejar que muera el pasado.

En la vida de Jesús hay una historia muy hermosa. Llega a un lago; es por la mañana, el sol todavía no ha salido y un pescador va a lanzar su red al agua. Jesús le pone la mano en el hombro y le dice: —¿Cuánto tiempo vas a seguir haciendo lo mismo? Cada día, mañana, tarde y noche, no haces otra cosa que pescar peces. ¿Piensas que la vida está hecha para esto?
Nunca lo había pensado —responde el pescador—, pero ahora que me has planteado la pregunta, puedo entender lo que quieres decir, que la vida debe ser algo más.

—Sígueme y te enseñaré a ser pescador de hombres —dice Jesús—. El hombre miró en los ojos de Jesús... tal profundidad, tal sinceridad, tanto amor que no se podía poner en duda a aquel hombre, tal silencio rodeándole que uno no puede decirle que no. El pescador lanzó su red al agua y siguió a Jesús.

Cuando salían de la ciudad, llegó un hombre corriendo y dijo al pescador: —¡Vuestro padre que llevaba tantos días enfermo acaba de morir! ¡Venid a casa!

El pescador preguntó a Jesús: —Dame tres días para poder hacer los rituales que se esperan de un hijo cuando muere su padre. Y ésta es la frase que quiero que recordéis: Jesús dice al pescador: —Dejad que los muertos entierren a los muertos, tú ven conmigo.

¿Qué quiere decir? «Toda la ciudad está llena de gente muerta; ellos se encargarán del sepelio de tu padre. Tu eres necesario en otra parte, ven conmigo».

A cada momento hay algo que se muere. No seas coleccionistas de antigüedades; dejad de lado lo muerto. Seguid la vida, fluid con la vida, con vuestra totalidad e intensidad, y nunca afrontaréis ningún dilema, ningún problema.

 

52 - Arrepentimiento

Cuando Shibli tiró la rosa

Si has hecho algo equivocado, ve donde esa persona. Sé humilde, pide perdón. Sólo esa persona puede perdonarte, nadie más. Y recuerda que ése es el significado de la palabra «pecado»: olvido. Por tanto, no vuelvas a olvidarlo y repitas lo mismo; en otro caso, pedir perdón perderá todo el sentido. Sé cuidadoso, permanece alerta, sé consciente; y no vuelvas a hacer lo mismo. Recuerda no cometer otra vez el mismo error; esto debería convertirse en una decisión que tomas, entonces estás realmente arrepentido. El arrepentimiento puede convertirse en un fenómeno muy, muy profundo si comprendes la responsabilidad. Entonces, incluso algo mínimo, si se convierte en verdadero arrepentimiento, no sólo verbal, no sólo superficial; si se hunde en tus raíces, si te arrepientes de raíz; si todo tu ser tiembla y llora, y te salen lágrimas —no sólo de tus ojos, de cada célula de tu cuerpo— entonces el arrepentimiento puede convertirse en una transfiguración.

La primera vez que se dio a conocer el nombre de Shibli fue cuando Mansoor al-Hillaj estaba siendo asesinado. En el pasado, muchos han sido asesinados por gente supuestamente religiosa —Jesús fue asesinado—, pero nunca hubo un crimen igual al de al-Hillaj. Primero le cortaron las piernas —estando vivo— y después las manos. Después le arrancaron la lengua y le sacaron los ojos; y seguía vivo. Lo cortaron en pedazos.

¿Y cuál era el crimen que había cometido? Había dicho: An'al Hak. Signfica: «Soy la Verdad, soy Dios». Todos los videntes de los Upanishads lo declaran: «Aham Brahmasmi: soy Brahma, el Ser Supremo». Pero los mahometanos no pudieron tolerarlo.

Mansoor es uno de los grandes sufíes. Cuando empezaron a cortarle las manos miró al cielo, rezó a Dios y dijo: —¡No puedes engañarme! Puedo verte en todos los presentes. ¿Estás tratando de engañarme? ¿Has venido como un asesino, como un enemigo? Pues te digo que vengas como vengas te reconoceré, porque te he reconocido dentro de mí. Ahora no hay posibilidad de engaño.

Shibli era compañero y amigo de al-Hillaj. La gente tiraba piedras y barro para ridiculizar a al-Hillaj, y Shibli permanecía allí. Mansoor se reía. De repente empezó a llorar porque Shibli le lanzó una rosa. Alguien le preguntó: —¿Qué pasa? ¿Te has vuelto loco? ¿Te ríes cuando te tiran piedras y ahora que Shibli te ha lanzado una rosa te pones a llorar?

Mansoor dijo: —La gente que me tira piedras no sabe lo que hace. Pero Shibli tiene que saberlo. Será difícil que Dios le perdone. Otros serán perdonados porque actúan por ignorancia; no pueden evitarlo. En su ceguera es todo lo que pueden hacer. Pero Shibli, ¡es alguien que sabe! Por eso lloro por él. Él es el único que está cometiendo un pecado aquí.

Y esta declaración de Mansoor cambió completamente a Shibli. Tiró el Corán, las escrituras y dijo: —Ni siquiera me han hecho comprender que todo conocimiento es inútil. Ahora buscaré el verdadero conocimiento. Y cuando después le preguntaron por qué había lanzado la rosa, dijo: —Tenía miedo de la multitud. Si no hubiera lanzado nada, la gente podría creer que soy de su grupo. Podrían ponerse violentos conmigo. Por eso lancé la flor, fue una concesión. Mansoor tenía razón: lloraba por mi miedo, por mi cobardía. Lloraba porque había transigido ante la multitud. Pero Shibli entendió. El llanto de Mansoor fue transformador.

 

53 - Juego

El reto de Krishna a Arjuna

Tu mente sigue jugando infinitamente: todo lo que ocurre no es más que un sueño en una habitación vacía. Durante la meditación, uno tiene que observar la mente jugar, como niños que juegan y saltan porque les sobra energía; eso es todo. Los pensamientos saltan, juegan, sólo es un juego; no te los tomes en serio. Si tienes un mal pensamiento, no te sientas culpable. O si tienes un gran pensamiento, un pensamiento muy bueno —que quieres servir a la humanidad y transformar todo el mundo, y que quieres traer el cielo a la tierra— no dejes que hinche mucho tu ego, no sientas que te has vuelto muy grande. No son más que juegos de la mente, que a veces sube y otras baja. Lo que ocurre es que rebosa energía, tomando muchas formas diferentes.

La dimensión de juego tiene que ser aplicada a toda tu vida. Hagas lo que hagas, permanece en esa actividad tan totalmente que el fin se vuelva irrelevante. El fin vendrá, tiene que venir, pero no está en tu mente. Estás jugando, estás disfrutando.

Esto es lo que Krishna quiere decir —durante el Mahabarata, la gran guerra relatada en el Gita— cuando dice a su discípulo que deje el futuro en manos de lo divino: «El resultado de tu actividad está en manos de lo divino, simplemente actúa». Este «hacer simple» se convierte en un juego.

Esto es lo que a Arjuna le resulta difícil de entender, porque dice que si sólo es un juego, ¿por qué matar? ¿Por qué luchar? Pero toda la vida de Krishna no es más que un juego; no podrías encontrar en ninguna parte a un hombre tan poco serio. Toda su vida es sólo un juego, una obra, un drama. Disfruta de todo pero no se lo toma en serio. Lo disfruta intensamente pero no se preocupa del resultado. Lo que ocurra es irrelevante.

A Arjuna le resulta difícil comprender a Krishna porque Arjuna calcula, piensa en término de los resultados. Al principio del Gita dice: «Todo esto parece tan absurdo. En ambos lados mis amigos y mis parientes esperan dispuestos a luchar. Gane quien gane será una pérdida, porque mi familia, mis parientes y mis amigos serán destruidos. Aunque gane, no valdrá de nada porque, ¿a quién voy a mostrar mi victoria? Las victorias son significativas por todos los amigos, parientes, familiares que las disfrutan. Pero no quedará nadie, la victoria será sobre cadáveres. ¿Quién la valorará? ¿Quién dirá: 'Arjuna, has hecho algo importante'? Por tanto, ganar o perder me parece absurdo. Todo esto es un sinsentido». Quería renunciar a luchar. Era mortalmente serio y cualquiera que calcule también lo será.

El entorno del Gita es único. La guerra es el asunto más serio. No puedes jugar con ella porque están implicadas muchas vidas; no puedes jugar. Y Krihsna insiste en que incluso allí tienes que estar dispuesto a jugar. No pienses en lo que va a pasar al final, simplemente permanece en el aquí y ahora. Simplemente sé un guerrero, jugando. No te preocupes por el resultado porque el resultado está en manos de lo divino.

Y la cuestión no es ni siquiera si el resultado está en manos de lo divino o no; la cuestión es que no debería estar en tus manos, no debería depender de ti. Si depende de ti, tu vida no puede ser meditativa.

 

54 -  Intención Focalizada

Saraha y la hacedora de flechas

La mente es tan astuta que puede esconderse hasta en las vestimentas de su mismo opuesto. Desde la indulgencia se puede tornar en asceticismo, de ser materialista puede hacerse espiritual, de ser mundano puede tornarse en etéreo. Pero la mente es la mente – ya sea que estés pro el mundo o contra el mundo, permaneces enjaulado en la mente.

Pro o contra, ambos son partes de la mente. Cuando la mente desaparece, la mente desaparece en una conciencia sin elecciones. Cuando dejas de elegir, cuando no estás ni a favor ni en contra – eso es detenerse en el medio. Una elección conduce a la izquierda, un extremo; otra elección conduce a la derecha, al otro extremo. Si no lo eliges, estás exactamente en el medio. Ésto es la relajación, ésto es descanso. Te vuelves sin elecciones, sin obsesiones, y en ese estado de no-obsesión, de conciencia-sin-elección, surje la inteligencia que ha estada dormida en lo profundo de tu ser. Sé tu propia luz.

Saraha, el fundador del Tantra, era hijo de un brahmán muy erudito que vivía en la corte del rey Mahapala. El rey estaba dispuesto a dar a su propia hija a Saraha, pero Saraha quería renunciar a todo; quería hacerse sannyasin.

El rey trató de persuadirle: Saraha era tan guapo y tan inteligente, era un hombre tan hermoso. Pero él insistió y al final tuvieron que darle permiso: Saraha se hizo discípulo de Sri Kirti. Lo primero que le dijo Sri Kirti fue: «Olvídate de todos los vedas, de todos tus conocimientos y de todo ese sin sentido». Le resultó muy difícil pero él estaba dispuesto a todo. Fueron pasando los años y, poco a poco, borró todo lo que había conocido. Se convirtió en un gran meditador.

Un día, mientras Saraha estaba meditando, de repente tuvo una visión: había una mujer en el mercado que sería su verdadera maestra. Fue al mercado. Vio a aquella mujer, que era joven, muy viva, irradiaba vida; estaba cortando una flecha sin mirar a la izquierda ni a la derecha, totalmente absorta en lo que hacía. Inmediatamente sintió algo extraordinario en su presencia, algo que no había conocido antes. Algo tan fresco, algo de la fuente misma. La flecha estaba preparada. La mujer, con un ojo cerrado y el otro abierto, asumió la postura de ir a disparar la flecha hacia una diana invisible...Y ocurrió algo, algo como una comunión.

Saraha nunca se había sentido así. En ese momento, el significado espiritual de lo que ella hacía caló en él. No miraba a la izquierda ni a la derecha, sólo al medio. Por primera vez entendió lo que quiere decir Buda cuando habla de estar en el medio: evita el eje. Puedes desplazarte de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, pero serás como un péndulo en movimiento. Estar en el medio significa que el péndulo está simplemente allí, no va a la derecha ni a la izquierda. Entonces el reloj se para, entonces el mundo se para. Entonces ya no hay tiempo... se produce el estado de no-tiempo. Sri Kirti le había hablado de él muchas veces; Saraha había leído sobre él, había reflexionado, contemplado; había discutido con otros sobre este estado, que lo que hay que hacer es estar en el medio. Por primera vez lo había visto en acción: la mujer no miraba ni a derecha ni a izquierda... sólo miraba al medio, estaba enfocada en el medio.

El punto medio es donde ocurre la trascendencia. Piénsalo, contémplalo, obsérvalo en la vida.

 

55 - Sexo

El círculo de Mahamudra

El sexo contiene grandes secretos y el primero de ellos es —si meditas lo verás— que la alegría se produce porque el sexo desaparece. Y cuando estás en ese momento de alegría, el tiempo también desaparece —si meditas sobre ello—, la mente también desaparece. Y estas son las cualidades de la meditación. Mi propia observación es que el primer vislumbre de la meditación en el mundo debe haber ocurrido a través del sexo; no hay otro modo. La meditación debe haber entrado en la vida a través del sexo, porque es el fenómeno más meditativo... si lo entiendes, si entras profundamente en él, si no lo usas como una droga. Entonces, poco a poco, a medida que crece la comprensión, que disminuye el anhelo, llega un día de libertad en el que el sexo ya no te persigue. Entonces uno está tranquilo, silencioso, es totalmente él mismo. La necesidad del otro ha desaparecido. Uno puede seguir haciendo el amor si así lo elige, pero no lo necesita. Entonces será una forma de compartir.

Cuando dos amantes están un profundo orgasmo sexual, se funden mutuamente; entonces la mujer ya no es la mujer, el hombre ya no es el hombre. Son como el círculo de yin y yang, contactando uno con otro, encontrándose en el otro, fundiéndose, sus identidades quedan olvidadas. Por eso el amor es tan hermoso. Este estado se llama mudra; este estado de profundo orgasmo se llama mudra. Y el estado final de orgasmo con la totalidad se llama Mahamudra, el gran orgasmo.

Orgasmo es un estado en el que dejas de sentir tu cuerpo como materia; vibra como energía, electricidad. Vibra tan profundamente, desde la base misma, que olvidas completamente que es algo material. Se convierte en un fenómeno eléctrico, y es un fenómeno eléctrico. Ahora los físicos dicen que no hay materia, que la materia sólo es apariencia; en el fondo, lo que existe es electricidad, no materia. En el orgasmo, llegas a esa capa más profunda de tu cuerpo donde la materia deja de existir, sólo hay olas de energía; te conviertes en energía danzante, vibrante. Ya no sientes los límites, son pulsantes, ya no son sustanciales. Y tu amada también pulsa.

Y poco a poco, si las dos personas se aman y se rinden una a la otra, se rinden a ese momento de pulsación, de vibración, de ser energía, y no tienen miedo... Porque cuando tu cuerpo pierde los límites es como la muerte, el cuerpo se convierte en algo vaporoso, el cuerpo evapora la sustancialidad y sólo queda la energía, un ritmo sutil, pero tú te sientes como si no fueras. Uno sólo puede entrar en ello con profundo amor.

El amor es como la muerte: mueres en lo relativo a tu imagen, mueres al pensamiento de que eres un cuerpo; mueres como cuerpo y evolucionas como energía, energía vital. Y cuando los esposos, o los amantes o compañeros, comienzan a vibrar siguiendo un ritmo, los latidos de sus corazones y sus cuerpos se juntan, se produce una armonía: entonces ocurre el orgasmo y dejan de ser dos. Este es el símbolo del yin y del yang: el yin entra en el yang, el yang entra en el yin; el hombre entra en la mujer, la mujer entra en el hombre. Ahora son un círculo y vibran al mismo tiempo, pulsan juntos. Sus corazones ya no están separados, sus latidos ya no están separados; se han convertido en una melodía, en una armonía.

Es la mejor música posible; todas las demás músicas sólo son nimiedades, sombras, comparadas con ésta. Esta vibración de dos como uno es el orgasmo. Cuando esto mismo ocurre, no con otra persona, sino con toda la existencia, entonces es Mahamudra, entonces es el gran orgasmo.

 

56 - Devoción

La danza de Meera en el templo

La devoción es un modo de mezclarse y fundirse con la existencia. No es una peregrinación; simplemente es perder todos los límites que te separan de la existencia: es una historia de amor. Amar es mezclarse con un individuo, la profunda intimidad de dos corazones; tan profunda que los dos corazones empiezan a bailar la misma armonía. Aunque los corazones son dos, la armonía es una, la música es una, la danza es una. Lo que es el amor entre los individuos, es la devoción entre un individuo y la totalidad de la existencia. El individuo baila en las olas del océano, baila en los árboles que bailan al sol, baila con las estrellas. Su corazón responde a la fragancia de las flores, a las canciones de los pájaros, a los silencios de la noche. La devoción es la muerte de la personalidad. Abandonas voluntariamente lo que es mortal en ti; sólo queda lo inmortal, sólo queda lo eterno, lo que no conoce la muerte. Y naturalmente eso que no muere, que siempre sigue adelante, que no conoce principio ni fin, no puede ser separado de la existencia. La devoción es la forma más elevada de amor.

Sabes que Jesús dijo: «Dios es amor». Si lo hubiese dicho una mujer, la frase sería: «Amor es Dios». Dios debe ser secundario; es una hipótesis mental. Pero el amor palpita en cada corazón. Hemos visto a personas como Meera... Pero sólo mujeres muy valientes podían atreverse a salir del sistema social represivo. Ella pudo hacerlo porque era una reina, aunque su propia familia trató de matarla porque bailaba por las calles, cantando canciones. Su familia no podía tolerarlo.

Particularmente en India, y en Rajasthan, la mujer está muy reprimida. Y una mujer de la belleza de Meera, bailando en la calle, cantando canciones de alegría... Había un templo en Vridavan, donde Krishna residió. Se construyó un gran templo en su memoria, y en aquel templo no se permitía entrar a ninguna mujer. A las mujeres sólo se las permitía estar en el exterior y tocar los escalones del templo. Nunca veían la estatua de Krishna que estaba dentro porque el sacerdote era inflexible.

Cuando llegó Meera, el sacerdote temía que entrara en el templo. Puso a dos hombres con espadas para guardar la puerta, espadas desenvainadas, para impedir que Meera entrara. Pero cuando llegó —y estas personas son muy escasas, una brisa tan radiante, una danza tan hermosa, una canción que pone en palabras lo que no se puede poner en palabras— los guardias olvidaron qué hacían allí y Meera entró bailando en el templo.

Era el momento en que el sacerdote adoraba a Krishna. El plato, lleno de flores, se le cayó al suelo cuando vio a Meera. Estaba enfadadísimo y le dijo: —Has roto una regla que tiene cientos de años.

—¿Qué regla? —dijo ella.

—Ninguna mujer puede entrar aquí. ¿Y puedes imaginar cuál fue la respuesta? Eso es valor... Meera dijo: —¿Entonces cómo has entrado tú? Excepto el uno, el trascendente, el amado, todos somos mujeres. ¿Piensas que hay dos hombres en el mundo, tú y él? Olvida ese sin sentido.

Ciertamente tenía razón. Una mujer llena de corazón considera la existencia como el amado. Y la existencia es una.

 

 

57 - Inteligencia

Rabia y el acertijo de la aguja perdida

Nacemos para ser dichosos, es nuestro derecho de nacimiento. Pero la gente es tan estúpida, ni siquiera reclama su derecho de nacimiento. Se interesan más por lo que poseen los demás y empiezan a correr detrás de esas cosas. Nunca miran dentro, nunca buscan en su propia casa. La persona inteligente comenzará la búsqueda desde su ser interno —ese será el primer lugar a explorar— porque a menos que sepa lo que tengo dentro, ¿cómo puedo ir buscando por el mundo?; es un mundo tan grande. Y los que han mirado dentro lo han encontrado instantáneamente, inmediatamente. No se trata de un progreso gradual, es un fenómeno repentino, una iluminación repentina.

He oído hablar de una gran mística sufí, Rabia al-Adawia. Una noche, la gente le encontró sentada en la carretera buscando algo. Era una mujer mayor, tenía los ojos débiles y apenas podía ver. Por eso los vecinos vinieron a ayudarla. Le preguntaron: —¿Qué buscas?

—Esa cuestión es irrelevante —dijo Rabia—, estoy buscando. Si podéis ayudarme, hacedlo.

Se rieron y dijeron: —Rabia, ¿te has vuelto loca? Dices que nuestra pregunta es irrelevante, pero si no sabes lo que estás buscando, ¿cómo podemos ayudarte?

Rabia dijo —De acuerdo. Sólo por satisfaceros os diré que estoy buscando mi aguja, he perdido mi aguja. Ellos empezaron a ayudarla, pero enseguida se dieron cuenta de que el camino era inmensamente ancho y la aguja era una cosa muy pequeña. Por tanto, preguntaron a Rabia: —Por favor, dinos dónde la has perdido, el lugar exacto y preciso. Si no es muy difícil. El camino es muy grande y podríamos estar buscando eternamente. ¿Dónde la perdiste?

—Otra vez planteáis una pregunta irrelevante —dijo Rabia—; ¿qué tiene eso que ver con mi búsqueda?

Se detuvieron y dijeron: —¡Ahora estamos seguros de que te has vuelto loca!

—De cuerdo —dijo Rabia—, para satisfaceros os diré que la he perdido en mi casa.

—¿Entonces por qué estás buscándola aquí? —le preguntaron. Y se comenta que Rabia contestó: —Porque aquí hay luz y adentro no. El sol se estaba ocultando y aún quedaba algo de luz en el camino.

Esta parábola es muy significativa. ¿Te has preguntado alguna vez qué estás buscando? ¿Has convertido alguna vez la pregunta de qué estás buscando en objeto de tu meditación profunda? No. Incluso si en algunos momentos, momentos de sueño, tienes una intuición de lo que estás buscando, nunca es muy preciso, nunca es muy exacto. Aún no lo has definido.

Si tratas de definirlo, cuanto más definido esté, menos sentirás la necesidad de buscarlo. La búsqueda sólo puede continuar en un estado de vaguedad, en un estado onírico; cuando las cosas no están claras simplemente sigues buscando. Empujado por algún impulso interno, llevado por algún apremio interno, hay una cosa que sabes: tienes que buscar. Es una necesidad interna. Pero no sabes qué buscas. Y a menos que sepas lo que estás buscando, ¿cómo vas a encontrarlo?

Es algo vago; piensas que está en el dinero, en el poder, en el prestigio, en la respetabilidad. Pero después ves personas respetables, personas poderosas, que también están buscando. Después ves personas tremendamente ricas; y también están buscando. Buscan hasta el final de sus vidas. Por tanto, la riqueza no va a ser de ayuda, el poder no va a ser de ayuda. La búsqueda continúa a pesar de lo que tienes.

Debes estar buscando alguna otra cosa. Esos nombres, esas etiquetas —dinero, poder, prestigio— son sólo para satisfacer la mente. Son sólo para ayudarte a sentir que estás buscando algo. Ese algo aún es indefinido, una sensación muy vaga. La primera cosa para el buscador real, para el buscador que está un poco alerta, consciente, es definir la búsqueda; formular un concepto claro de ella, de lo que es; sacarla de la conciencia de sueño; mirarla directamente, afrontarla.

Inmediatamente empieza a ocurrir una transformación. Si empiezas a definir tu búsqueda, empiezas a perder interés en ella. Cuanto más la defines, menos hay allí. Una vez que sabes claramente de qué se trata, de repente desaparece. Sólo existe cuando no estás atento.

Deja que lo repita: la búsqueda sólo existe cuando duermes; la búsqueda sólo existe cuando no eres consciente. La inconsciencia crea la búsqueda.

Sí, Rabia tiene razón. Dentro no hay luz. Y como dentro no hay luz ni conciencia, por supuesto que sigues buscando fuera; porque fuera parece haber más claridad. Nuestros sentidos son completamente extravertidos. Los ojos se abren hacia fuera, las manos se mueven, se extienden hacia fuera, las piernas se mueven hacia fuera, los oídos escuchan los ruidos externos, los sonidos. Todo lo que está a tu disposición se abre hacia fuera; los cinco sentidos se abren de manera extravertida.

Empiezas a buscar donde ves, sientes, tocas: la luz de los sentidos te lleva fuera. Y el buscador está dentro. Esta dicotomía tiene que ser comprendida. El buscador está dentro, pero como la luz está fuera, el buscador empieza a moverse de manera ambiciosa, tratando de encontrar algo de fuera que sea satisfactorio. Y nunca va a ocurrir. Nunca ha ocurrido. No puede ocurrir en la naturaleza de las cosas porque, a menos que hayas buscado al buscador, toda tu búsqueda carece de sentido. A menos que llegues a saber quién eres, todo lo que buscas es fútil, porque no conoces al buscador. Sin conocer al buscador, ¿cómo puedes avanzar en la verdadera dimensión, en la verdadera dirección? Es imposible.

Primero hay que tener en cuenta lo primero. Si has parado toda búsqueda y de repente te has dado cuenta de que sólo hay una cosa que saber: «¿Quién es este buscador en mí? ¿Qué es esta energía que quiere buscar? ¿Quién soy yo?»; entonces se produce una transformación. Todos los valores cambian de repente. Empiezas a moverte hacia dentro. Entonces Rabia ya no se sienta en el camino buscando una aguja que se ha perdido en alguna parte en la oscuridad de su propia alma. Una vez que te empiezas a mover hacia dentro...

Al principio está muy oscuro; Rabia tiene razón. Es muy, muy oscuro porque durante vidas enteras nunca has estado dentro: tus ojos han estado orientados hacia el mundo exterior. ¿Lo has observado? A veces, cuando entras en casa desde el exterior que está muy soleado, la luz es muy brillante... cuando de repente entras, la casa está muy oscura, porque los ojos están enfocados en la luz externa. Cuando hay mucha luz, las pupilas se encojen. En la oscuridad, los ojos se tienen que relajar. Pero si quedas sentado un rato, poco a poco la oscuridad desaparece. Hay más luz; tus ojos se van adaptando.

Durante muchas vidas has estado fuera, al calor del sol, en el mundo, por eso cuando entras dentro has olvidado completamente cómo reajustar los ojos. La meditación no es más que un reajuste de tu visión, de tus ojos. Y si sigues mirando dentro —se requiere tiempo— gradualmente, lentamente, empiezas a sentir que dentro hay una luz preciosa. Pero no es una luz agresiva; no es como el sol; se parece más a la luna. No brilla, no deslumbra, es muy fresca; no es caliente, es muy compasiva, es muy calmante, es un bálsamo.

Poco a poco, cuando hayas ajustado la luz interior, verás que eres la misma fuente. El buscador es lo buscado. Entonces verás que el tesoro está dentro y que el único problema era que estabas buscándolo fuera. Estabas buscándolo en algún lugar externo y siempre ha estado dentro de ti. Estabas buscando en la dirección equivocada, eso es todo.

 

58 - Haciendo

Confía en Alá, pero ata a tu camello primero

Ocurre cada día: podrías haber hecho algo pero no lo hiciste, y usas la excusa de que si Dios quiere que se haga algo, lo hará de algún modo. O haces algo y después esperas el resultado; esperas y el resultado nunca llega. Entonces te enfadas, como si te hubieran engañado, como si Dios te hubiera traicionado, como si Él estuviera contra ti y fuera parcial, injusto y lleno de prejuicios. Y en tu mente surge una gran queja. Entonces la confianza ha desaparecido. La persona religiosa es la que continúa haciendo todo lo humanamente posible pero sin causar tensión por ello. Como somos átomos muy, muy pequeños en este universo, las cosas son muy complicadas. Nada depende únicamente de mi acción; hay miles de energías que se cruzan. El total de las energías decidirá el resultado. ¿Cómo voy a poder definirlo yo? Pero si no hago nada, puede que las cosas no vuelvan a ser las mismas. Tengo que hacer y al mismo tiempo tengo que aprender a no esperar nada. Entonces el hacer es como una oración, sin deseo de que se produzca un resultado. Entonces no hay frustración. La confianza te ayudará a no sentirte frustrado y atar el camello te mantendrá vivo, inmensamente vivo.

Este dicho sufí quiere crear el tercer tipo de hombre, el verdadero hombre: el que sabe cómo hacer y que sabe cómo no hacer; el que puede estar activo y decir «¡Sí!» cuando es necesario, y puede decir «¡No!» Y estar pasivo cuando es necesario; el que está plenamente despierto de día y plenamente dormido de noche; el que sabe inspirar y espirar, el que conoce el equilibrio de la vida.

«Confía en Alá pero ata primero el camello."

Este dicho surge de una pequeña historia. Un maestro estaba viajando con uno de sus discípulos. El discípulo era el encargado de cuidar del camello. Llegaron de noche, cansados, a la posada para caravanas. Era obligación del discípulo atar el camello, pero no se molestó en hacerlo y lo dejó fuera. En cambio, se dedicó a rezar, le dijo a Dios: «Encárgate del camello», y se durmió.

Por la mañana el camello no estaba: había sido robado, se había ido... podía haberle ocurrido cualquier cosa. El maestro preguntó: —¿Qué ha pasado? ¿Dónde está el camello? —No lo sé —dijo el discípulo—. Pregúntaselo a Dios, porque yo le dije a Alá que cuidara de él; y como yo estaba cansado, no tengo la menor idea. Yo no soy el responsable porque se lo dije muy claramente. No hay forma de que no lo entendiera: se lo repetí tres veces. Y como siempre enseñas que debemos confiar en Alá, he confiado. Ahora no te enfades conmigo.

El maestro dijo: —Confía en Alá, pero primero ata el camello, porque Alá no tiene otras manos que las tuyas. Si quiere atar el camello, tendrá que usar las manos de alguien; pero no tiene otras que las tuyas. ¡Y es tu camello! La mejor forma de hacerlo, el camino más sencillo y más fácil es usar tus manos. Confía en Alá, no confíes sólo en tus manos; de otro modo estarás tenso. Ata el camello y después confía en Alá.

Preguntarás: «¿Para qué confiar en Alá si ya he atado el camello?»; porque aunque esté atado, el camello puede ser robado. Haz todo lo que puedas, pero eso no garantiza el resultado, no hay garantía. Por tanto, haz todo lo que puedes y después acepta lo que ocurra.

Éste es el significado de atar el camello: haz lo que puedas hacer, no eludas tu responsabilidad, y después si no pasa nada o si algo va mal, confía en Alá. Entonces Él sabe muy bien lo que hace. Quizá sea bueno para nosotros viajar sin camello. Es muy fácil confiar en Alá y ser vago. Es muy fácil no confiar en Alá y hacer las cosas. El tercer tipo de hombre es difícil de encontrar: confías en Alá y sigues haciendo las cosas. Pero ahora sólo eres un instrumento; Dios es el verdadero actor, tú sólo eres un instrumento en sus manos.

 

59 - El Viaje

Aunque hayas faltado a tu voto mil veces...

El dolor, el sufrimiento y la miseria, has de tomártelos sin seriedad, porque cuanto más en serio te los tomes, más difícil te resultará salir de ellos. Cuanto menos serio seas... puedes pasar por el sufrimiento, por la noche oscura, cantando una canción. Y si uno puede pasar por la noche oscura cantando una canción y bailando, ¿para qué torturarse innecesariamente? Haz de todo este viaje desde aquí hasta aquí una hermosa cuestión de risa.

Hay una declaración preciosa de Mevlana Jalaluddin Rumi, uno de los mayores maestros sufíes que han existido. Dice: Ven, ven, seas quien seas; Vagabundo, adorador, amante del aprendizaje... No importa. La nuestra no es una caravana de desesperación. Ven, aunque hayas roto tu voto mil veces. Ven, ven, una vez más, ven.

Recuerda esta preciosa declaración: «La nuestra no es una caravana de desesperación». Yo también puedo decirlo. La nuestra no es una caravana de desesperación, es una celebración; es la celebración de la vida. La gente se vuelve religiosa porque se siente desgraciada y la persona que se vuelve religiosa por sentirse desgraciada, lo hace por razones equivocadas. Y si el principio mismo está equivocado, el final no puede ser correcto.
Vuélvete religioso por alegría, por la experiencia de la belleza que te rodea, por el inmenso regalo de vida que Dios te ha dado. Hazte religioso por gratitud, por agradecimiento. Tus templos, tus iglesias, tus mezquitas y tus gurudwaras están llenas de personas desgraciadas. Han convertido también los templos en infiernos. Están allí porque están en agonía. No conocen a Dios, no tienen interés en Dios; no les importa la verdad; no se preguntan nada. Están allí sólo para ser consolados, reconfortados. Por eso buscan a cualquiera que pueda darles creencias baratas para poner parches a sus vidas, para ocultar sus heridas, para encubrir su desgracia. Están allí para buscar alguna falsa satisfacción.

La nuestra no es una caravana de desesperación. Es un templo de alegría, de canción, de danza, de música, de creatividad, de amor y de vida. No importa, puede que hayas roto todas las reglas: las reglas de conducta, las reglas de moralidad. De hecho, cualquiera que tenga agallas acabará rompiéndolas. Estoy de acuerdo con Jalaluddin Rumi, él dice: Ven, aunque hayas roto tu voto mil veces. La gente inteligente va a romper sus votos muchas veces, porque la vida sigue cambiando, las situaciones cambian. Y el voto se toma bajo presión: quizá el miedo del infierno, la avaricia del cielo, la respetabilidad social... No surge del núcleo más íntimo.

Cuando algo surge de tu ser interno, nunca se rompe. Pero tampoco es un voto, es un fenómeno simple, como respirar. Ven, ven, ¡y una vez más ven! A todo el mundo se le da la bienvenida, sin condiciones. No tienes que cumplir ningún requisito.

Ha llegado el tiempo en que se necesita una gran rebelión contra todas las religiones establecidas. La religiosidad es necesaria en el mundo, pero no las religiones —no más hindúes, no más cristianos, no más mahometanos—, tan sólo personas religiosas, personas que tengan un gran respeto por sí mismas.

 

60 - Risa

La última sorpresa del místico chino

La risa es eterna, la vida es eterna, la celebración continúa. Los actores cambian, pero la obra continúa. Las olas cambian, pero el océano continúa. Te ríes, cambias —y otra persona ríe—, pero la risa continúa. Celebras, alguien más celebra, pero la celebración continúa. La existencia es continua, es un continuum. En ella no hay ni un momento de discontinuidad. Ninguna muerte es muerte, porque cada muerte abre una nueva puerta; es un principio. La vida no tiene fin, siempre hay un nuevo principio, una resurrección. Si cambias tu tristeza por la celebración, también serás capaz de transformar tu muerte en una resurrección. Por tanto, aprende el arte mientras aún queda tiempo.

He oído hablar de tres místicos chinos. Nadie sabe sus nombres, y nadie los supo nunca. Se les conocía únicamente como los «Tres Santos Rientes», porque nunca hacían nada más; simplemente se reían.

Estas tres personas eran realmente hermosas: se reían, y su vientre temblaba. Su risa era contagiosa y los que la oían también se ponían a reír. Todo el mercado se ponía a reír. Cuando unos minutos antes había sido un lugar feo, donde la gente sólo pensaba en el dinero, de repente llegaban los tres locos y cambiaban todo el ambiente. La gente olvidaba lo que había venido a comprar y a vender. A nadie le importaba la avaricia. Durante unos segundos se abría un nuevo mundo.
Se movían por toda la China, de un lugar a otro, de pueblo en pueblo, ayudando a la gente a reír. La gente triste, la gente enfadada, la gente avarienta, la gente celosa: todos se ponían a reír con ellos. Y muchos se daban cuenta de la clave: puedes ser transformado.

Entonces ocurrió que, en uno de los pueblos, uno de ellos murió. La gente del pueblo se reunió y dijo: —Ahora habrá problemas. Ahora veremos si se siguen riendo. Su amigo ha muerto; deben ponerse a llorar.

Pero cuando llegaron, los dos estaban danzando, riéndose y celebrando la muerte. La gente del pueblo dijo: —Esto es demasiado. Cuando una persona muere, reírse y danzar es profano.

—Toda la vida nos hemos reído con él —dijeron ellos—, ¿cómo vamos a despedirle con otra cosa? Tenemos que reírnos, que disfrutar, que celebrar. Éste es el único adiós posible para un hombre que se ha reído toda su vida. No nos parece que esté muerto. ¿Cómo puede morir la risa, cómo puede morir la vida?

Entonces había que quemar el cuerpo y la gente del pueblo dijo: —Le bañaremos como prescribe el ritual. Pero sus amigos contestaron: —No, nuestro amigo ha dicho: «No realicéis ningún ritual, no me cambiéis de ropa ni me deis un baño. Simplemente ponedme en la pira tal como estoy». Tenemos que seguir sus instrucciones.

Y entonces, de repente, se fraguó un gran acontecimiento. Cuando el cuerpo se puso al fuego, el anciano realizó su último truco. Había ocultado muchos cohetes y fuegos artificiales bajo su ropa y ¡de repente hubo un festival! Todo el pueblo se puso a reír. Los dos amigos locos se pusieron a danzar y todo el pueblo les siguió.

No era una muerte, era una nueva vida.