Libro Anatomía del Espíritu. 2ª parte

ANATOMÍA DEL ESPÍRITU

CAROLINE MYSS

perder ese po­der. Mientras lee, estúdiese a sí mismo, con la intención de identificar «en qué manos ha encomendado su espíritu».

 

Segunda parte

LAS SIETE VERDADES SAGRADAS

 

Mi comprensión del sistema de los chakras se ha desa­rrollado en mi trabajo como intuitiva médica.* Hablar de mi trabajo con las personas que lean este libro es como llevar­las al interior de mi mente y laboratorio. En cuanto a usted, coja de aquí solamente lo que a su corazón y a su espíritu les parezca correcto y deje lo demás.

En la segunda parte hablo de cada chakra por separado con el fin de que usted se familiarice con sus características, significado y contenido específicos. Sin embargo, cuando analizo una enfermedad desde el punto de vista de la medi­cina energética, también evalúo al paciente completo, inclu­yendo sus síntomas físicos y hábitos mentales, sus relacio­nes y alimentación, su práctica espiritual y su profesión o trabajo. Tenga presente esta misma regla cuando estudie el sistema energético humano. Independientemente de la zona del cuerpo donde esté localizada una enfermedad, una evaluación completa de la energía ha de incluir los siete chakras, como también todos los aspectos de la vida del paciente.

A medida que lea la información sobre los chakras, irá viendo que los problemas que involucran a los chakras pri­mero, segundo y tercero son aquellos en los que la mayoría de las personas gastan su energía. No es una coincidencia que ­la mayoría de las enfermedades sean consecuencia de una fu­ga de energía a través de esos tres chakras. Incluso cuando una enfermedad se desarrolla en la parte superior del cuer­po, como en los casos de afecciones cardíacas o cáncer de ma­ma, normalmente su origen energético se encuentra en el es­trés causado por problemas de los tres chakras inferiores, por ejemplo problemas en el matrimonio o la pareja, la familia o el trabajo. Emociones como la furia y la rabia nos golpean físicamente bajo la cintura, mientras que una tristeza no ex­presada guarda relación con enfermedades situadas por en­cima de la cintura. Por ejemplo, la principal emoción que se oculta tras los quistes o bultos en los pechos, o el cáncer de mama, es la pena, la aflicción y los asuntos emocionales in­conclusos relacionados por lo general con el dar y recibir nu­trición y cariño. Sin embargo, esta nutrición y cariño tam­bién tienen que ver con la salud de las relaciones, y éstas son principalmente asunto de los chakras primero y segundo.

 

 

 

 

 

 

Anatomía de la energía

 

 

CHAKRA

ÓRGANOS

MANIFESTAC1ONES MENTALES Y/O EMOCIONALES

DEFUNCIONES FÍSICAS

1

Soporte físico del cuerpo

Base de la columna

Piernas, huesos

Pies

Recto

Sistema inmunitario

Seguridad física en la familia o grupo  Capacidad de proveer a las

necesidades de la vida

Capacidad de hacerse valer y defenderse Sentirse a gusto en casa

Ley y orden social y familiar

Dolor crónico de la parte baja de la espalda

Ciática Varices

Tumor o cáncer rectal

Depresión Trastornos relacionados con la inmunidad

2

Órganos sexuales

Intestino grueso

Vértebras inferiores

Pelvis Apéndice Vejiga

Zona de las caderas

Acusación y culpabilidad

Dinero y sexualidad

Poder y dominio

Creatividad

Ética y honor en las relaciones

 

Dolor crónico de la parte baja de la espalda Ciática Trastornos tocológicos

o ginecológicos Dolor pélvico o en la parte baja de la espalda Potencia sexual Problemas urinarios

3

Abdomen Estómago

Intestino delgado

Hígado, vesícula biliar

Riñones, páncreas

Glándulas suprarrenales Bazo

Parte central de la columna

Confianza Miedo e intimidación

Estima y respeto propios,

confianza y seguridad

en sí mismo Cuidado de sí mismo y de los demás Responsabilidad para tomar

decisiones

Sensibilidad a la crítica Honor personal

Artritis                                      

Ulceras gástricas o duodenales

Afecciones de colon e intestinos

pancreatitis/diabetes

Indigestión crónica o aguda

Anorexia o bulimia

Disfunción hepática

Hepatitis

Disfunción suprarrenal

4

Corazón y sistema circulatorio

Pulmones

Hombros y brazos

Costillas/pechos

Diafragma Timo

Amor y odio

Resentimiento y amargura Aflicción y rabia Egocentrismo Soledad y compromiso Perdón, y compasión Esperanza y confianza

Fallo cardíaco congestivo Infarto de miocardio (ataque

al corazón) Prolapso de la válvula mitral Cardiomegalia Asma/alergia Cáncer de pulmón Neumonía bronquial Parte superior de la espalda, hombros .Cáncer de mama

5

Garganta

Tiroides Tráquea

Vértebras cervicales

Boca Dientes y encías

Esófago Para tiroides

Hipotálamo

Elección y fuerza de voluntad

Expresión personal

Seguir los propios sueños

Uso del poder personal para crear Adicción Juicio y crítica Fe y conocimiento

Capacidad para tomar decisiones

Ronquera. Irritación crónica de garganta Ulceras bucales .Afecciones en las encías .Afecciones temporomaxilares Escoliosis Laringitis Inflamación de ganglios .Trastornos tiroideos

6

Cerebro Sistema nervioso Ojos, oídos Nariz

Glándula pineal Glándula pituitaria

Auto evaluación, Verdad

Capacidades intelectuales Sensación de capacidad Receptividad a las ideas de otras personas Capacidad para aprender de las experiencias Inteligencia emocional

Tumor cerebral/derrame/embolia

Trastornos neurológicos Ceguera/sordera Trastornos en toda la columna Problemas de aprendizaje Ataques epilépticos

 

7

Sistema muscular Sistema esquelético Piel

Capacidad de confiar en la vida

Valores, ética y valentía

Humanitarismo Generosidad

Visión global de las situaciones

Fe e inspiración Espiritualidad y devoción

 

Trastornos energéticos Depresión mística Agotamiento crónico no relacionado con Sensibilidad extrema a la luz,

al sonido y a cualquier otro

factor ambiental

 

 

 

 

Así pues, han de evaluarse varios chakras, si no todos, para comprender por qué enferma una persona. Si bien las ener­gías que circulan por nuestro organismo son muchas y complejas, el primer chakra es con mucho el más complejo, pues­to que es el centro energético inicial o raíz del cuerpo.

Tenga en cuenta que los trastornos y enfermedades enumerados anteriormente han de entenderse del modo siguiente: los extremos negativos de cualquier problema emo­cional de la lista pueden tener una gran influencia en el de­sarrollo de cualquiera de las disfunciones anotadas en la des­cripción del chakra correspondiente.

 

 

1

Primer chakra: El poder tribal

 

El contenido energético del primer chakra es el poder tri­bal. La palabra «tribu» no sólo es sinónimo de familia, sino que es también un arquetipo, y como tal tiene connotacio­nes que trascienden su definición más tradicional.

En su sentido arquetípico, la palabra connota identidad de grupo, fuerza grupal, fuerza de voluntad grupal y creen­cias de grupo. Todos esos significados constituyen el conte­nido energético de nuestro primer chakra.

El primer chakra nos conecta y afirma; es nuestra cone­xión con las creencias familiares tradicionales, que favorecen la formación de la identidad y la sensación de pertenecer a un grupo de personas de un lugar geográfico determinado.

Para conectar con la energía del primer chakra, centre la atención durante un momento en algo tribal que le active una reacción emocional, por ejemplo:

  • escuchar el himno nacional,
  • presenciar un espectáculo militar,
  • ver a un atleta cuando recibe una medalla de oro en los Jue­gos Olímpicos,
  • asistir a la boda de una persona querida,
  • enterarse de que a un niño o una niña le han puesto su nombre.

 

Mientras centra la atención en la experiencia que elija, tenga presente que la zona del cuerpo donde se genera la re­acción es su chakra tribal.

Ubicación: La base de la columna (en el cóccix).

Conexión energética con el cuerpo físico: La columna, el recto, las piernas, los huesos, los pies y el sistema inmunitario.

Conexión energética con el cuerpo emocional/mental: El primer chakra es el cimiento de la salud emocional y mental. La estabilidad emocional y psíquica se origina en la unidad familiar y el primer entorno social. Diversas enfermedades mentales se generan a causa de disfunciones familiares, en­tre ellas las personalidades múltiples, el trastorno obsesivo-compulsivo, la depresión y los comportamientos destructi­vos como el alcoholismo.

Conexión simbólica/perceptiva: La energía del primer chakra se manifiesta en nuestra necesidad de lógica, orden y estructura. Esta energía nos orienta en el tiempo y el espacio y orienta nuestros cinco sentidos. Cuando somos niños per­cibimos y conocemos el mundo físico a través de los cinco sentidos. La energía del primer cbakra tiene dificultades pa­ra interpretar simbólicamente la vida, de modo que nuestros cinco sentidos nos dan percepciones literales y nos hacen apreciar las cosas por su valor aparente o facial. Hasta que no somos mayores no somos capaces de buscarle un sentido simbólico a los acontecimientos y las relaciones.

Conexión sefirot/sacramento: La sefirá de Shejíná, que literalmente signifícala comunidad mística de Israel, simbo­liza la comunidad espiritual de toda la humanidad y el espí­ritu femenino de la tierra llamado Gaia. El sentido simbóli­co del sacramento del bautismo es honrar a la propia familia biológica como sagrada y divinamente elegida para ser la tri­bu apropiada a partir de la cual comenzar el viaje de la vida.

Miedos principales: Miedo de no sobrevivir físicamente, de ser abandonado por el grupo y a la pérdida del orden físico.

Fuerzas principales: La identidad tribal/familiar, el vínculo que nos une a la tribu y su código de honor; el apoyo y la lealtad que dan la sensación de seguridad y conexión con el mundo físico.

Verdad sagrada: La verdad sagrada inherente al primer chakra es que Todos somos uno. Aprendemos esta verdad y ex­ploramos su poder creador mediante las experiencias conec­tadas con la dinámica tribal o de grupo. Esta verdad conlleva el mensaje de que estamos conectados con todo lo que vive y que cada opción que hacemos y cada creencia que tenemos in­fluye en la totalidad de la vida. El sentido simbólico de la sefirá de Shejiná es que todos formamos parte de una comuni­dad espiritual. Como parte del desarrollo espiritual y la salud biológica, esta verdad sagrada tiene su expresión física en el honor, la lealtad, la justicia, los lazos familiares y de grupo, la conexión y la afirmación, la necesidad de cimiento espiritual y la capacidad de utilizar el poder físico para sobrevivir.

Comenzamos a descubrir que Todos somos uno cuando empezamos la vida en el seno de una tribu o familia. Perte­necer a una tribu es una necesidad primordial, ya que de­pendemos totalmente de nuestra tribu para cubrir las nece­sidades básicas de supervivencia: alimento, techo y ropa. Como seres tribales, estamos diseñados energéticamente pa­ra vivir juntos, crear juntos, aprender juntos, estar juntos y necesitarnos mutuamente. Cada uno de nuestros ambientes tribales, desde la tribu biológica o las tribus que formamos con compañeros de trabajo, hasta nuestros lazos tribales con amigos, nos ofrecen los marcos físicos dentro de los cuales podemos explorar el poder creativo de esta verdad.

Cultura tribal

Nadie comienza su vida teniendo conciencia de ser un «individuo» y de poseer poder o fuerza de voluntad. Esa identidad viene mucho después y se desarrolla en fases que van de la infancia a toda la edad adulta. Comenzamos a vivir como partes de una tribu y nos conectamos con nuestra con­ciencia tribal y voluntad colectiva asimilando sus fuerzas, de­bilidades, creencias, supersticiones y temores.

Mediante las interacciones con la familia y otros grupos aprendemos el poder de compartir una creencia con otras personas. También nos enteramos de lo doloroso que es ser excluido de un grupo y de su energía. En el grupo aprende­mos el poder de compartir un código moral y ético que se transmite como legado de generación en generación. Este có­digo de conducta guía a los niños de la tribu durante sus años de desarrollo, proporcionándoles un sentido de dignidad y pertenencia.

Si las experiencias tribales nos interconectan energética­mente, también lo hacen las actitudes tribales, sean éstas per­cepciones complejas como «Todos somos hermanos y her­manas* o supersticiones como «El número 13 trae mala suerte».

El poder tribal, y todos los asuntos relacionados con él, está conectado energéticamente a la salud del sistema inmunitario, así como a las piernas, los huesos, los pies y el recto. En sentido simbólico, el sistema inmunitario hace por nues­tro cuerpo exactamente lo que hace el poder tribal por el gru­po: lo protege de influencias externas potencialmente dañi­nas. Las debilidades en los asuntos tribales personales activan energéticamente trastornos relacionados con el sistema inmunitario, los dolores crónicos y otros problemas del es­queleto.

Los retos tribales difíciles nos causan pérdidas de poder, principalmente en el primer chakra, y si entrañan un estrés extremo nos hacen propensos a enfermedades relacionadas con el sistema Inmunitario, desde el resfriado común al lu­pus.

El Chakra tribal representa nuestra conexión con expe­riencias de grupo tanto positivas como negativas. Las epidemias son una experiencia de grupo negativa, a la cual nos ha­cemos energéticamente propensos si los temores y actitudes personales de nuestro primer chakra son similares a los del "primer chakra» global cié la cultura. Las epidemias virales y de otro tipo son un reflejo tanto de los problemas sociales actuales de la tribu cultural como cíe la salud del «sistema inmunitario» de la tribu social. Es importante señalar este pun­to porque, a través de las actitudes de nuestro primer chakra, todos estamos conectados con nuestra cultura y sus acti­tudes.

Un ejemplo elocuente de la capacidad energética de la tribu social para manifestar una enfermedad es la epidemia de polio de los años treinta y cuarenta. En octubre de 1929 se desplomó la economía estadounidense y comenzó la Gran Depresión, que afectó a toda la nación. Para explicar cómo se sentía la gente, periodistas y políticos, empresarios y tra­bajadores, hombres y mujeres, todos se describían a sí mis­mos como si el desastre económico los hubiera dejado «li­siados».

A comienzos de los años treinta surgió una epidemia de polio, que representaba simbólicamente el espíritu lisiado de la nación como comunidad. Las personas que se sentían más lisiadas económicamente, ya fuera por la experiencia real o por el miedo de tenerla, fueron las más vulnerables al virus de la polio mielitis. Dado que los niños absorben la ener­gía de su tribu, los niños estadounidenses fueron tan vulnera­bles a la enfermedad viral como al malestar económico. Todos somos uno: cuando toda una tribu se contagia del miedo, esa energía se propaga a sus hijos.

Esta sensación de estar lisiados se tejió tan rápidamente en la psique tribal que los votantes incluso eligieron a un pre­sidente lisiado por la poliomielitis, Franklin D. Roosevelt, símbolo viviente a la vez de debilidad física y de indómita re­sistencia. Fue necesario un acontecimiento tribal físico y una experiencia de fuerza física, la Segunda Guerra Mundial, para sanar el espíritu tribal estadounidense. La sensación de he­roísmo y unidad tribal, respaldada por el repentino aumen­to de puestos de trabajo, restableció el orgullo y el honor de cada miembro de la tribu.

Al final de la guerra, la nación estadounidense ya había vuelto a asumir el liderazgo mundial. De hecho, Estados Uni­dos se convirtió en e! líder del mundo libre porque produjo armas nucleares, posición que inyectó un enorme orgullo y poder en el chakra tribal de la cultura. También aquí, esta re­cuperación se reflejó en el lenguaje de los portavoces de la na­ción, que para describir su recién sanada cultura utilizaron la expresión «cié nuevo en pie» (económicamente). Ese cambio de conciencia, que reflejaba un espíritu tribal sanado, permi­tió derrotar el virus de la polio. El espíritu y la actitud de la tribu fue en última instancia más fuerte que el virus. No es una coincidencia que Joñas Salk descubriera la vacuna para la poliomielitis a comienzos líe los años cincuenta.

Un ejemplo más contemporáneo de esta misma dinámi­ca es el virus del sida. En Estados Unidos este virus predo­mina más entre los consumidores de drogas, las prostitutas y la población gay. En otros países, como Rusia y algunos africanos, el virus medra entre las personas cuya calidad de vida escasamente les permite sobrevivir. En algunas regiones de Latinoamérica el virus medra entre mujeres de clase me­dia cuyos maridos, aunque no son homosexuales, mantienen relaciones con otros hombres a modo de ejercicio «machista». Al margen de cómo contraen el virus, todas estas perso­nas comparten la sensación común de ser víctimas de su cul­tura tribal.

Si bien todo el mundo ha sido víctima de algo o alguien, esta conciencia de víctima refleja un sentimiento de impo­tencia dentro de la cultura tribal, ya sea debido a una prefe­rencia sexual, o a la falta de dinero o de posición social. Esas mujeres seropositivas latinoamericanas creen que carecen de los medios para protegerse, incluso las que están casadas con hombres ricos no pueden enfrentarse a sus maridos por su comportamiento porque su cultura aún no valora la voz fe­menina. Contemplado simbólicamente, el virus del sida apa­reció en la cultura estadounidense precisamente cuando se generalizó la tendencia a la victimización. La energía cultu­ral de nuestro país se está agotando debido a la necesidad que tienen algunos de sentirse poderosos a expensas de otras per­sonas, consideradas menos valiosas, lo que produce trastor­nos en la inmunidad biológica.

Mantener la salud de nuestro primer chakra individual exige tratar nuestros problemas tribales personales. Si nos sentimos víctimas de la sociedad, por ejemplo, deberíamos tratar esa percepción negativa para que no cause fugas de energía. Podemos, por ejemplo, buscar ayuda terapéutica, especializarnos en un trabajo, buscar una visión más simbó­lica de nuestra situación o participar activamente en la polí­tica para cambiar las actitudes de la sociedad. Alimentar la amargura hacia la tribu cultural embrolla nuestra energía en un constante conflicto interior que impide el acceso al po­der sanador de la verdad sagrada Todos somos uno.

Nuestras respectivas tribus nos introducen en la vida «del mundo». Nos enseñan que el mundo es seguro o peli­groso, abundante o plagado de pobreza, educado o igno­rante, un lugar del cual coger o al cual dar. Y nos transmiten sus percepciones sobre la naturaleza de la realidad; por ejem­plo, que esta vida es sólo una de muchas o que esta vida es lo único que existe. De nuestras tribus heredamos sus actitu­des hacia otras religiones, etnias y grupos raciales. Nuestras tribus «activan» nuestros procesos de pensamiento.

Todos hemos oído generalizaciones del estilo «Todos los alemanes son muy organizados», «Todos los irlandeses son unos narradores estupendos», etc. A todos se nos han dado explicaciones sobre Dios y el mundo invisible, y sobre la re­lación de éste con nosotros, como por ejemplo en las frases: «No le desees el mal a nadie porque se volverá en tu contra»,

«Nunca te rías de nadie porque Dios puede castigarte» y otras similares. También asimilamos numerosas ideas relati­vas a los sexos, como: «Los hombres son más inteligentes que las mujeres", «A todos los niños les gustan los juegos de­portivos y a todas las niñas les gusta jugar con muñecas», etc.

Las creencias tribales que heredamos son una combina­ción de verdad y ficción. Muchas de ellas tienen un valor eterno, como «Está prohibido matar». Otras, que carecen de esa cualidad de verdad eterna y son de miras más estrechas, tienen por finalidad mantener a las tribus separadas entre ellas, violando la verdad sagrada Todos somos uno. El proce­so de desarrollo espiritual nos presenta el desafío de retener las influencias tribales positivas y descartar las que no lo son.

Nuestro poder espiritual aumenta cuando somos capaces de ver más allá de las contradicciones contenidas en las ense­ñanzas tribales y aspirar a un grado de verdad más profundo. Cada vez que damos un giro hacia la conciencia simbólica influimos positivamente en nuestros sistemas energético y biológico, y contribuimos a aumentar la energía positiva del cuerpo colectivo de la vida, la tribu mundial. Imagínese este proceso de maduración espiritual como una «homeopatía es­piritual».

Las consecuencias energéticas de las creencias

Independientemente de lo «verdaderas» que sean las cre­encias familiares, cada una de ellas orienta nuestra energía hacía un acto de creación. Cada creencia, cada acto, tiene una consecuencia directa. Cuando compartimos creencias con grupos de personas, participamos en los acontecimientos energéticos y físicos creados por esos grupos. Esta es la ex­presión creativa y simbólica de la verdad sagrada Todos so­mos uno. Cuando respaldamos a un candidato a un cargo po­lítico y ese candidato gana, pensamos que nuestro apoyo energético y físico ha contribuido a ello; además, tenemos la sensación de que esa persona representa nuestros intereses, lo cual es una manera de experimentar físicamente el poder de la unidad contenida en la verdad Todos somos uno.

Cari Jung dijo una vez que la mente de grupo es la for­ma «inferior» de conciencia, porque las personas que parti­cipan en una acción de grupo negativa rara vez se responsa­bilizan de su papel y sus actos personales. Esta realidad es el lado oscuro de la verdad Todos somos uno. De hecho, una ley tribal no escrita sostiene que quienes aceptan la responsabi­lidad son los jefes o líderes, no sus seguidores. Los juicios de Nuremberg que tuvieron lugar después de la Segunda Gue­rra Mundial son un clásico ejemplo de las limitaciones de la responsabilidad tribal. La mayoría de los nazis juzgados por planear y llevar a cabo el genocidio de once millones de per­sonas (de las cuales seis millones eran judíos) afirmaron que ellos «sólo cumplían órdenes». Sin duda en e! momento de hacerlo les enorgullecía su capacidad para cumplir sus res­ponsabilidades tribales, pero en el momento del juicio fue­ron totalmente incapaces de reconocer ninguna consecuen­cia personal de sus actos.

Dado el poder de las creencias unificadas, sean correctas o equivocadas, es difícil estar en desacuerdo con la propia tribu. Se nos enseña a hacer elecciones y tomar decisiones conformes a lo que aprueba la tribu, a adoptar sus modales sociales, manera de vestirse y actitudes. En su sentido sim­bólico, esta adaptación refleja la unión de la fuerza de vo­luntad individual con la fuerza de voluntad del grupo. Per­tenecer a un grupo de personas o un grupo familiar con el que nos sentimos a gusto espiritual, emocional y físicamen­te produce una fuerte sensación de poder. Esa unión nos ca­pacita, nos autoriza, y aumenta energéticamente nuestro po­der personal y nuestras fuerzas creativas mientras hagamos elecciones que no se opongan a las del grupo. Nos unimos para crear.

Al mismo tiempo tenemos en nuestro interior un im­placable e innato deseo de explorar nuestras propias capaci­dades creativas y de desarrollar nuestro poder y autoridad individuales. Este deseo es el ímpetu que está detrás de nues­tros esfuerzos por hacernos conscientes. El viaje humano universal consiste en tomar conciencia de nuestro poder y de la manera de utilizarlo. Tornar conciencia de la responsa­bilidad que entraña el poder de elección representa la esen­cia de este viaje.

Desde un punto de vista energético, hacerse consciente precisa nervio, aguante. Es muy difícil, y a veces muy dolo­roso, evaluar las creencias personales y separarnos de aque­llas que ya no apoyan nuestro crecimiento. Pero, por la pro­pia naturaleza de la vida, el cambio es constante, y no se trata sólo de un cambio externo, físico. También cambiamos in­teriormente; abandonamos ciertas creencias y reforzamos otras.Las primeras creencias que ponemos en duda son las tribales, porque nuestro desarrollo sigue la estructura de nuestro sistema energético; nos limpiamos de ideas de aba­jo arriba, comenzando por las primeras y más básicas.

Evaluar nuestras creencias es una necesidad espiritual y biológica. El cuerpo físico, ¡a mente y el espíritu requieren ¡deas nuevas para crecer y prosperar. Por ejemplo, algunas tribus poseen muy pocos conocimientos acerca de la im­portancia del ejercicio y la alimentación sana hasta que un miembro de la familia cae enfermo. Entonces tal vez se pres­cribe un nuevo programa de ejercicios físicos y de dieta pa­ra el familiar enfermo, y esto introduce una realidad total­mente diferente en la mente y el cuerpo de otros familiares, una realidad que hace referencia a la necesidad de hacer elec­ciones más responsables y conscientes en el cuidado perso­nal, como aprender a valorar la autoridad sanadora de la nu­trición y el ejercicio.

 

Las crisis de la vida nos dicen simbólicamente que nece­sitamos liberarnos de las creencias que ya no nos sirven pa­ra el desarrollo personal. Esas circunstancias que nos obligan a elegir entre cambiar o estancarnos son los mayores retos. Cada nueva encrucijada significa entrar en un nuevo ciclo de cambio, ya sea adoptando un nuevo régimen de salud o una nueva práctica espiritual. Y el cambio significa, inevitable­mente, dejar a personas y lugares conocidos para avanzar ha­cia otra fase de la vida.

Muchas de las personas que conozco en mis seminarios están inmovilizadas entre dos mundos, el viejo mundo que necesitan dejar y el nuevo mundo en el que tienen miedo de entrar. Nos atrae hacernos más «conscientes», pero al mis­mo tiempo nos asusta, porque significa que tenemos que asu­mir la responsabilidad personal de nosotros mismos y de todo lo que nos afecta: salud, profesión, actitudes y pensa­mientos. Una vez que aceptamos la responsabilidad personal, aunque sea de un solo aspecto de nuestra vida, ya no podemos volver a utilizar el «razonamiento tribal» para justificar o dis­culpar nuestro comportamiento.

En la conciencia tribal no existe la responsabilidad per­sonal de forma bien definida, de modo que es mucho más fá­cil esquivar la responsabilidad en las consecuencias que tie­nen nuestras decisiones personales en el ambiente tribal. La responsabilidad tribal sólo abarca los aspectos físicos de la vida, es decir, la persona individual es responsable de sus fi­nanzas, asuntos sociales, relaciones y ocupación. La tribu no exige que sus miembros se responsabilicen de las actitudes que heredan. Según el razonamiento tribal, es aceptable jus­tificar los prejuicios personales diciendo: «En mí familia to­dos piensan así.» Es dificilísimo salirse de la zona de agrado que acompaña a esas justificaciones; sólo tenemos que pen­sar en la cantidad de veces que hemos dicho: «Todo el mun­do lo hace, ¿por qué yo no ?» Este argumento es la forma más rudimentaria de la verdad sagrada Todos somos uno, y se uti- liza corrientemente para evadir la responsabilidad de todo tipo de actos inmorales, desde la evasión de impuestos y el adulterio hasta quedarse con el cambio de más que da el de­pendiente de una tienda. Sin embargo, los adultos espiritualmente conscientes ya no pueden utilizar ese razona­miento tribal. La evasión de impuestos se convierte en un robo deliberado; el adulterio se convierte en el quebran­tamiento consciente de los votos del matrimonio, y quedar­se con cambio de más se hace equivalente a cometer un ro­bo en la tienda.

Muchas veces es necesario examinar las adherencias a los prejuicios tribales para que pueda comenzar la curación. Un hombre llamado Gerald acudió a mí para que le hiciera una lectura, diciendo que se sentía agotado. Cuando le exploré la energía recibí la impresión de que tenía un tumor malig­no en el colon. Le pregunté si le habían hecho pruebas mé­dicas; él titubeó un instante y luego me dijo que le habían diagnosticado cáncer de colon. Me dijo que necesitaba mi ayuda para creer que podía curarse. Una parte de él deseaba desconectarse de la actitud de su tribu hacia el cáncer, por­que todos sus familiares que habían enfermado de cáncer ha­bían muerto. Ni él ni su familia creían que el cáncer pudiera curarse. Hablamos acerca de un buen número de métodos que podrían servirle, entre ellos las numerosas terapias que ayudan a las personas a desarrollar una actitud más positiva mediante visualizaciones. Lo más importante es que Gerald ya había reconocido intuitivamente que su conexión ener­gética con esa actitud tribal era un problema tan grave como la propia enfermedad. En su proceso de curación, Gerald re­currió al apoyo terapéutico para liberarse de su creencia tri­bal respecto al cáncer. Estuvo dispuesto a probar todas las opciones que tenía disponibles.

 

Desafío al poder tribal tóxico

De nuestra tribu aprendemos cosas relativas a la lealtad, el honor y la justicia, actitudes morales que son esenciales para nuestro bienestar y sentido de responsabilidad perso­nal y grupal. Cada una de ellas expresa la verdad sagrada con­tenida en el primer chakra, el primer sacramento y la prime­ra sefirá: Todos somos uno. Cada una de estas actitudes puede también volverse destructiva o tóxica sí se interpreta con un criterio estrecho.

La lealtad

La lealtad es un instinto, una ley no escrita de la que pue­den fiarse los miembros de la tribu, particularmente en pe­ríodos de crisis. Así pues, forma parte del sistema de poder tribal y suele tener más influencia incluso que el amor. Se puede sentir lealtad hacia un familiar al que no se ama, o ha­cia personas de la misma etnia aunque no se las conozca per­sonalmente. La expectativa de lealtad por parte del grupo ejerce un enorme poder sobre la persona individual, sobre todo cuando ésta se siente en conflicto respecto a su lealtad hacia alguien o hacia aiguna causa que tiene grandes valores para la persona.

En una evaluación que hice a un joven afectado de can­sancio crónico recibí la impresión de que sus piernas estaban simbólicamente en su ciudad natal; su primer chakra estaba literalmente trasladando a su ciudad natal el poder de la par­te inferior de su cuerpo y su espíritu. El resto del cuerpo se­guía con él, por así decirlo, en el lugar donde residía, y esa división era lo que le causaba el cansancio crónico. Cuando le comuniqué mi impresión me dijo que nunca había queri­do marcharse de su ciudad porque su familia dependía mu­cho de él, pero que su empresa lo trasladó. Le pregunté si le gustaba su trabajo. «Hummm..., regular», fue su respuesta. Le sugerí que dejara su trabajo y volviera a casa, dado que su ocupación le interesaba muy poco. Dos meses después reci­bí una carta de él. Me decía que a los pocos días de nuestra conversación había presentado la dimisión y vuelto a su ciu­dad esa misma semana. Estaba curado de su cansancio y, aun­que aún no había encontrado otro trabajo, se sentía estu­pendamente.

La lealtad es una hermosa cualidad tribal, en especial cuando es consciente, cuando es un compromiso que sirve a la persona y a su grupo. No obstante, las lealtades extremas, que dañan la capacidad de ¡a persona para protegerse a sí mis­ma, equivalen a una creencia de la que es necesario liberar­se. El siguiente caso, en el que intervino una violación tribal primaria, ilustra el sentido simbólico del sacramento del bau­tismo.

Tony, actualmente de treinta y dos años, pertenece a una familia de inmigrantes de la Europa del Este con siete hijos. Tenía cinco años cuando su familia se trasladó a Estados Uni­dos. Durante los primeros años de lucha por establecer un hogar en este país, a sus padres les resultó dificilísimo pro­veer las necesidades básicas de sus hijos. A los ocho años, Tony encontró trabajo en una tienda de caramelos de la lo­calidad para hacer pequeños servicios.

Su familia le agradecía muchísimo los diez dólares extra que aportaba semanalmente. A ¡os dos meses el niño ya lle­vaba a casa casi veinte dólares a la semana y se sentía muy or­gulloso de sí mismo; veía lo mucho que valoraban sus padres su contribución a los fondos familiares. Pero cuando ya es­taba establecida esa dinámica de valoración, el dueño de la tienda comenzó a hacerle insinuaciones sexuales. El asunto comenzó por sutiles contactos físicos, que finalmente de­sembocaron en una situación en la que el pederasta domina­ba totalmente al niño. Muy pronto, Tony se sintió tan do­minado que todas las noches tenía que llamar al dueño de la o

tienda para decirle que su relación seguía siendo un «secre­to entre ellos».

Tony continuó llevando esa doble vida y, comprensible­mente, su estado psíquico se fue debilitando. Sabía que esos frecuentes contactos sexuales con el «hombre de los carame­los» eran inmorales, pero su familia ya contaba con su con­tribución de casi cien dólares mensuales. Finalmente reunió el valor para contarle a su madre, con mínimos detalles, lo que tenía que hacer para ganar ese salario mensual. La reacción de su madre fue prohibirle que volviera a hablar de esas cosas. La familia contaba con que conservara ese trabajo, le dijo.

Tony continuó en la tienda de caramelos hasta los trece años. Los efectos de ese abuso influyeron en su vida escolar. Le costó mucho aprobar el primer curso de enseñanza se­cundaria, y a los quince años abandonó los estudios. Para seguir aportando dinero, entró a trabajar como aprendiz de peón de construcción y al mismo tiempo comenzó a beber.

El alcohol le servía para olvidar las horribles experien­cias de abuso sexual y le calmaba los nervios. Comenzó a be­ber todas las noches después del trabajo. A los dieciséis años ya era un experto en peleas callejeras y alborotador del ba­rrio. La policía lo llevó a casa varias veces por provocar pe­leas y cometer actos de vandalismo no graves. Su familia tra­tó de obligarlo a que dejara de beber, pero no lo consiguió. Una vez que sus amigos lo llevaron a casa después de una no­che de borrachera, les gritó enfurecido a sus padres y her­manos por no haberlo rescatado del «hombre de los cara­melos». Sabía que su madre le había contado a su padre lo de los acosos porque, aunque no le dijeron que dejara el traba­jo, prohibieron a sus hermanos que fueran a esa tienda. Des­pués se dio cuenta de que sus hermanos también sabían lo sucedido, pero lo comentaban como si fuera un chiste, insi­nuando a veces que él disfrutaba.

A los veinticinco años, Tony montó una pequeña em­presa de albañilería por su cuenta; él y su equipo de cuatro hombres realizaban pequeñas obras de reparación en las ca­sas del barrio. Consiguió mantener bastante próspera su em­presa hasta los veintiocho años. A esa edad, su problema con el alcohol se agravó tanto que empezó a sufrir ataques de pa­ranoia, durante los cuales creía estar rodeado por demonios que le ordenaban que se suicidara. A los veintinueve ya ha­bía perdido su empresa y su hogar, y se entregó totalmente al alcohol para resistir la situación.

Yo lo conocí un mes después de que comenzara a traba­jar nuevamente. Lo habían contratado para hacer reparacio­nes en una casa cercana a la mía, y nos conocimos allí casi por casualidad. Aunque se las arreglaba para dirigir a su peque­ño equipo, bebía durante el trabajo. Yo le hice un comenta­rio al respecto.

—Usted también bebería si tuviera mis recuerdos —me contestó.

Lo miré y, al observar el modo en que sostenía su cuer­po, supe al instante que habían abusado sexualmente de él cuando era niño. Le pregunté si deseaba hablar de su infan­cia. Algo lo motivó a abrirse y sacó fuera ese capítulo oscu­ro de su vida.

Después de eso nos encontramos unas cuantas veces pa­ra hablar de su pasado. Al escucharlo me di cuenta de que el dolor de saber que su familia no había querido ayudarlo era mayor que el dolor causado por el abuso sexual. De hecho, sus familiares lo consideraban un borracho y estaban con­vencidos de que fracasaría una y otra vez en la vida. El do­lor causado por la traición de su familia lo estaba destru­yendo. Curiosamente, ya había perdonado al hombre de los caramelos. El asunto inconcluso era con su familia.

Dos meses después de conocemos, Tony decidió, él so­lo, entrar en un programa de tratamiento del alcoholismo. Cuando lo terminó fue a visitarme y me contó el efecto sa­nador de las sesiones de terapia. Sabía que tendría que tratar sus sentimientos negativos hacia su familia.

En los círculos terapéuticos se sabe que la reconciliación casi siempre significa enfrentarse a las personas con quienes se tienen asuntos inconclusos y limpiarse las heridas delan­te de ellas. En el mejor de los casos, las personas que nos han herido piden disculpas y se produce alguna forma de reno­vación o cierre. Pero Tony comprendió que su familia jamás sería capaz de reconocer su traición. Sus padres, en particu­lar, se sentirían demasiado avergonzados incluso para escu­char su historia. Eran emocionalmente incapaces de recono­cer que sabían lo que había tenido que hacer esos años para ganar dinero.

El decidió, por lo tanto, recurrir a la oración y continuar con la psicoterapia.

Cuando ya llevaba más de un año de sobriedad y com­promiso con la oración me dijo que había desaparecido su rabia contra su familia. Yo te creí. Dado el miedo que tenían sus padres de no lograr sobrevivir con tan poco dinero en un país desconocido, tal vez hicieron lo único que eran capaces de hacer. Tony se esforzó por renovar los lazos con su fami­lia y, a medida que su empresa fue prosperando, su familia comenzó a hablar con orgullo de su éxito. Para él, eso re­presentó una petición de disculpas por los acontecimientos pasados.

Tony fue capaz de bendecir a su familia y de considerar­la la fuente de la fuerza que descubrió en su interior. Su viaje del ostracismo a la curación, el amor y la aceptación repre­senta el sentido simbólico del sacramento del bautismo.

Otro hombre, George, llegó a uno de mis seminarios porque su esposa lo convenció de que asistiera. No era el par­ticipante típico. Se presentó como un «espectador», y desde el comienzo dejó muy claro que todo este «abracadabra» eran cosas que interesaban a su esposa, no a él.

Comencé el seminario con una introducción al sistema energético humano. George se dedicó a resolver un cruci­grama. Se quedó dormido durante la parte de la charla sobre la relación entre las actitudes y la salud física. En el descan­so le llevé una taza de café.

— ¿Conseguiré suscitar su interés por una bebida? —le pregunté, con la esperanza de que captara la indirecta de que prefería que mis alumnos tuvieran los ojos abiertos.

Después del descanso volví al primer chakra y a la natu­raleza de la influencia tribal. Noté que George estaba un po­co más atento. Al principio lo atribuí al efecto del café, pero cuando hablé de la influencia que tiene la primera progra­mación sobre nuestra composición biológica, comentó:

— ¿Quiere decir que todavía tengo en el cuerpo todo lo que me dijeron mis padres cuando era pequeño?

Su tono rayaba en el sarcasmo, pero era evidente que al­go del tema le había tocado una cuerda.

Le dije que tal vez no todo lo que le dijeron sus padres estaba todavía en su energía, pero que ciertamente muchas cosas sí.

—Por ejemplo, ¿qué recuerdos tiene de cómo conside­raban sus padres el envejecimiento? —le pregunté, porque sabía que él acababa de cumplir sesenta años.

Todos los participantes se quedaron en silencio esperan­do su respuesta. Tan pronto se dio cuenta de que la atención estaba puesta en él, se cohibió y adoptó una actitud casi de niño.

—-No lo sé. Nunca he pensado en eso.

—Bueno, piénselo ahora —le dije, y repetí la pregunta.

La esposa de George estaba en el borde del asiento, de­seosa de responder por él. Le dirigí una mirada que signifi­caba: «Ni se le ocurra*, y ella se echó hacia atrás.

—No sé qué decir —dijo él—. Mis padres siempre me decían que trabajara mucho y ahorrara dinero porque tenía que ser capaz de cuidar de mí mismo en la vejez.

— ¿Y cuándo piensa envejecer?

George no supo contestar a esa pregunta, de modo que la planteé de otra manera: — ¿Cuándo envejecieron sus padres?

—Cuando llegaron a los sesenta, por supuesto.

—Así que a esa edad ha decidido hacerse viejo usted, cuando llegue a los sesenta-.

—Todo el mundo es viejo a partir de los sesenta —con­testó él—. Así es la vida. Por eso nos jubilamos a los sesen­ta, porque somos viejos.

La sesión de la tarde se inició en torno a los comentarios de George. El explicó al grupo que siempre había creído que la vejez comenzaba a los sesenta porque ése fue el mensaje que reforzaron constantemente sus padres, ninguno de los cuales llegó a pasar de los setenta.

Hablamos de lo que significaba desconectarse de una creencia que no contiene ninguna verdad pero que, de to­dos modos, ejerce «poder» sobre nosotros. Ante la sorpre­sa de todos, incluidas su esposa y yo, George captó el con­cepto de inmediato, como si le hubieran regalado un nuevo juguete.

—¿Quiere decir que si me desconecto, como dice usted, de una idea, esa idea deja de tener voz y voto en mi vida?

El momento decisivo llegó cuando él miró a su esposa y le dijo:

—Yo ya no quiero ser viejo, ¿y tú?

Ella se echó a reír y a llorar al mismo tiempo, como hi­cieron todos los demás asistentes al seminario. Aún no sé ex­plicar por qué la comprensión de George «despegó» tan rá­pido. Rara vez he visto que alguien comprenda algo con tanta, rapidez y profundidad como él, cuando reconoció que el principal motivo de que estuviera envejeciendo era que creía que tenía que envejecer a los sesenta. Desde entonces Geor­ge ha disfrutado de la vida y comenzado a respetar su per­cepción interior de la edad, en lugar de dejarse gobernar por el concepto que tiene de ésta la sociedad.

El honor

Una tribu está unida no sólo por lazos de lealtad sino también de honor. El código de honor de cada tribu es una combinación de tradiciones y ritos religiosos y étnicos. Los ritos como el bautismo u otras ceremonias tribales de ben­dición vinculan energéticamente a los nuevos miembros con el poder espiritual del grupo. Ese sentido del honor nos transmite fuerzas, nos pone de parte de nuestras relaciones de sangre y raciales, y nos enseña lo que significa cumplir la palabra y actuar con integridad.

Si bien normalmente el honor no se considera un com­ponente de la salud, yo he llegado a creer que bien podría estar entre sus componentes más esenciales, incluso en el mismo plano que el amor. El sentido del honor aporta una energía muy potente y positiva al sistema espiritual, bioló­gico e inmunitario, a los huesos y a las piernas. Sin honor es muy difícil, si no imposible, que una persona permanezca er­guida con orgullo y dignidad, porque carece de un marco de referencia para su comportamiento y decisiones, y así no puede confiar en sí misma ni en los demás.

El sentido del honor forma parte de lo que la tribu ense­ña a sus miembros acerca del rito tribal fundamental del ma­trimonio. Una mujer, que era la última de un tronco fami­liar, lo expresaba así: «Cuando se estaba muriendo, mi padre me hizo prometerle que tendría un hijo. Yo le dije que no ha­bía encontrado a ningún hombre con el que me apeteciera casarme. Sus últimas palabras fueron: "Cásate con cualquie­ra, pero continúa la familia."»

La forma en que los cónyuges se comportan enseña los criterios éticos a la siguiente generación. El adulterio está prohibido; sin embargo, los mayores de una tribu que co­meten adulterio dan permiso a sus hijos para quebrantar esa norma cuando sean adultos. El padre mantiene a la familia; sin embargo, un padre que abandona esa responsabilidad de-

ja a sus hijos un significado muy distorsionado del compro­miso y la responsabilidad. Se nos enseña a tratar con respe­to a los demás; sin embargo, los progenitores que no se res­petan a sí mismos y mutuamente crían hijos que serán adultos no respetuosos. Sin la estabilidad moral de un códi­go de conducta honrada, los niños se convierten en adultos incapaces de crearse una vida estable.

Hay que ser capaz de dar la palabra y atenerse a ella, sea a otra persona o a sí mismo. Hay que ser capaz de confiar en que uno va a terminar las cosas que comienza y a cumplir sus com­promisos. Cuando -no confiamos en nosotros mismos, todos y todo nos parece temporal y frágil, porque así es corno nos sentimos por dentro. Un hombre me dijo: «No quiero vivir co­mo vivían mis padres, siempre mintiéndose uno a otro. Pero vivo pensando que en cierto modo he heredado esa caracterís­tica y que si se presentan las circunstancias me comportaré igual.» Esa carencia de honor individual trasciende las fronte­ras de las tribus personales y pasa a la sociedad en general.

Conocí a Sam en un seminario durante el cual nos con­tó sinceramente la historia de su vida. Se crió en medio de la pobreza y sin figura paterna. Sentía una fuerte necesidad de ser líder, aunque sólo fuera de una pandilla. Era su forma de experimentar un sentido del honor. Se dedicó al narco­tráfico, negocio con el que ganaba casi 75.000 dólares a la se­mana. Tenía un grupo de «empleados» que lo ayudaban en tratos que suponían enormes sumas de dinero.

Un día, cuando iba conduciendo, puso la radio del co­che; estaban dando un programa de entrevistas. Estaba a punto de cambiar de emisora cuando la entrevistada hizo un comentario sobre la existencia de los ángeles. Dijo que cada persona tiene un ángel guardián, y que estos ángeles nos cui­dan y observan todas nuestras actividades. «No tenía el me­nor deseo de seguir escuchando lo que decía al respecto, pe-ro de repente me acordé de mi abuela, que cuando yo era ni­ño me contaba historias sobre mi ángel de la guarda, que siempre me cuidaba. Había olvidado totalmente esas cosas, hasta que oí a aquella mujer hablar por !a radio.»

En ese momento iba a hacer una entrega de drogas, pe­ro se sintió abrumado por la sensación de que su ángel lo es­taba mirando. «Me pasé todo el santo día pensando cómo iba a explicar cuando me muriera io que hacía para ganarme la vida.»

Por primera vez en su vida comprendió que tenía un pro­blema que no sabía cómo resolver. «Había muchos tipos que contaban conmigo para ganar dinero. No podía ir y decir­les: "Escuchad, chicos, tenemos que cambiar las cosas por­que esos ángeles están mirándonos y no nos conviene que se enfaden." Eran tipos duros, y no sabía cómo salir de esa si­tuación.»

Una noche, pocos días después de aquel programa de ra­dio, chocó con el coche contra un poste eléctrico y se produ­jo lesiones bastante graves en las piernas y en la parte inferior de la espalda. Sus «empleados» le aseguraron que ellos con­tinuarían con el negocio, pero él pensó que el accidente era una oportunidad para cambiar la dirección de su vida. Los médicos le dijeron que la recuperación del uso de las piernas sería un proceso largo y lento, y que era posible que tuviera que soportar un dolor crónico para el resto de su vida. Sam comenzó a leer libros sobre curación y sobre ángeles.

«Tenía la sensación de que si prometía no volver a las ca­lles, mis piernas sanarían. Les dije a mis compinches que ya no me sentía capaz de aguantar la presión y, no sé muy bien por qué, me creyeron. Yo creo que se debió a que querían mi parte en el negocio, pero a mí me vino muy bien. Me marché del barrio en cuanto pude y recomencé mi vida.»

Finalmente se metió en un tipo de «pandilla» diferente, un grupo de chicos que se reunía por las noches en un local de la YMCA (Asociación de Jóvenes Cristianos) cercano. Se consagró a ayudarlos a evitar la vida que él había llevado an­teriormente.

«Ahora gano poquísimo dinero, comparado con lo que estaba acostumbrado a ganar, pero la verdad es que eso no im­porta nada. Gano para vivir. Y cuando veo a esos chicos y ellos me cuentan sus sueños, les digo que todo es posible porque sé que es cierto. Incluso les digo lo importante que es enorgulle­cerse de lo que uno hace, y a veces les habló de sus ángeles. Esos chicos me hacen sentir que mi vida tiene una finalidad. Jamás había tenido esa sensación, y debo decir que produce una euforia mucho mej or que la que produce cualquiera de las drogas que vendía. Por primera vez en mi vida sé lo que es te­ner limpia el alma y sentirme orgulloso de lo que soy.»

Sam se ha convertido en un tipo diferente de «jefe de pandilla», que inspira honor y honradez entre los chicos con quienes trabaja. Ahora cojea, pero camina. «¿Quién se ha­bría imaginado que iba a andar más erguido cojeando ?», co­menta riéndose.

Todavía tiene días malos de dolor, como los llama él, pe­ro su actitud hacia la vida es de dicha interminable. Estimu­la a todas las personas que lo conocen, e irradia una estima propia que procede de su auténtico amor por la vida. No me cabe duda de que descubrir una finalidad en la vida favore­ció su curación.

La justicia

La tribu nos introduce en el concepto de justicia, nor­malmente con la ley del «ojo por ojo, diente por diente», o del «haz a los demás lo que quieres que ellos te hagan a ti», o la ley del karma: «El que siembra, recoge.» La justicia tri­bal mantiene el orden social y se puede resumir así: Es justo tratar de vengarse por actos dañinos sin causa; es justo hacer todo lo que sea necesario para protegerse y proteger a la pro-pía familia; es justo ayudar a los familiares en actos de pro­tección o venganza. Es injusto poner en peligro a cualquier familiar para obtener un beneficio personal; es injusto no cumplir hasta el final un mandato tribal; es injusto ayudar a alguien a quien la tribu considera una amenaza o un peligro. El mandato en contra de hacer caer la deshonra o la ver­güenza sobre la familia ejerce una fuerza extraordinaria­mente controladora sobre cada uno de sus miembros.

Cuando un miembro de la tribu realiza algo de valor para los demás, estos participan automáticamente de una «recom­pensa energética». No es infrecuente que un miembro de la tri­bu «viva del poder» de otro miembro que se ha ganado fama pública. « ¿Qué hay en un apellido?», preguntamos a veces con desprecio. Hay muchísimo: la energía del orgullo o la ver­güenza que transmite el primer chakra de una persona. Violar la justicia tribal, por otra parte, puede ser causa de pérdida de poder para el sistema energético de la persona, hasta el punto que ésta puede sentirse permanentemente «desconectada» y tener dificultades para conectar con otras personas.

Por lo general, la tribu cree que hay un motivo «huma­namente lógico» para que las cosas ocurran como ocurren. Esta creencia causa una terrible aflicción. Algunas personas se pasan años tratando inútilmente de descubrir «el motivo» por el cual han tenido que soportar ciertos acontecimientos dolorosos; cuando no logran encontrar una razón satisfac­toria, acaban viviendo como envueltos en la niebla, incapa­ces de continuar con su vida y de dejar atrás el pasado.

Aunque la ley tribal es necesaria para mantener el orden social, no refleja el razonamiento del cielo. Pensando en el sentido simbólico del sacramento del bautismo se puede en­contrar un paso espiritual para salir de la trampa de la justi­cia humana y entrar en la naturaleza del razonamiento divi­no. Si logramos considerar que nuestras experiencias tribales están «organizadas» para favorecer el progreso espiritual, no la comodidad física, entonces comprenderemos que los acontecimientos dolorosos son esenciales para nuestro de­sarrollo personal, y no castigos de nuestros actos.

Cuando la justicia tribal obstaculiza el progreso espiri­tual, es necesario liberarse de su autoridad sobre el propio poder de elección. Este reto es uno de los más difíciles de los relacionados con el primer chakra, porque suele exigir una separación física de la familia o de un grupo de personas con las que hemos establecido lazos.

Patrick era un joven extraordinariamente encantador que asistió a uno de mis seminarios. Coqueteaba con toda mujer que se le pusiera a tres metros de distancia. Todas las personas que lo conocían lo encontraban jovial, simpático y acogedor. Trabajaba de auxiliar en la sala de urgencias de un hospital y era un excelente narrador; cuando contaba cosas de su vida, todos lo escuchaban embobados. Al parecer, po­cos notaban que sufría de dolor crónico en las piernas y en la parte inferior de la espalda. No podía estar sentado du­rante toda una charla; de vez en cuando tenía que ponerse de pie y estar así un rato para estirar el cuerpo. Caminaba con una ligera cojera.

Todos se imaginaban que Patrick era tan alegre en pri­vado como se mostraba en público, pese a que procedía de Irlanda del Norte, famosa por sus interminables conflictos religiosos y económicos, y a que probablemente en la sala de urgencias le había tocado ver más de una herida por disparo y a más de una víctima de coche bomba.

Una mañana me encontré con él durante el desayuno y me pidió que le hiciera una lectura, aunque le noté cierta in­comodidad o reticencia al decírmelo. Le pregunté la edad, y cuando entré en ese estado distanciado que permite recibir impresiones, me preguntó, nervioso:

— ¿Cuánto crees que eres capaz de ver?

Al instante recibí la impresión de que en esos momentos él estaba involucrado en una actividad militar y de que su in­tenso dolor en las piernas se debía a haber recibido fuertes gol­pes, hasta el extremo de quedar permanentemente lesionado.

— ¿Por que recibo la impresión de que llevas una doble vida, la mitad entre militares y la otra mitad en el hospital? ¿Perteneces a alguna organización militar?

Inmediatamente se puso tenso, noté rigidez en todo su cuerpo y su actitud. Al verlo convertirse de un ser humano simpático y acogedor en un desconocido glacial, compren­dí que yo acababa de cruzar una frontera peligrosa.

—Hay que estar preparado para protegerse en mi región del mundo —contestó.

Obviamente se refería a los eternos conflictos de Irlan­da del Norte. Pero yo supe inmediatamente que su energía no estaba implicada en la autoprotección sino en la agresi­vidad.

—Creo que el peso de tu conexión con una organización de tipo militar es la causa de tu incapacidad para curar tu do­lor crónico —le dije—. En mi opinión, necesitas reducir tu vinculación con ese grupo, si no dejarlo totalmente.

—Algunas cosas son posibles y otras no —contestó él—. Uno no puede abandonar el poder de la historia, por mucho que quiera hacerlo. Además, una persona no puede cambiar fácilmente la forma en que se hacen las cosas. La venganza lleva a más venganza; una semana son mis piernas, la sema­na siguiente son las de ellos. Es un camino de tontos, pero una vez que estás en él, no puedes salir.

Estuvimos unos momentos en silencio, sin hablar nin­guno de los dos. De pronto él dijo:

—Ahora tengo que irme. Ya hemos dicho suficiente.

Yo creí que se refería a marcharse de la mesa del desayu­no, pero en realidad se marchó del seminario y nunca más volví a verlo.

No sé si Patríck se vio obligado alguna vez a quitarle la vida a una persona, pero sisé que el peso de su doble vida era lo que le impedía sanar sus piernas. Sencillamente era inca­paz de dejar su «tribu militar», aunque fuera a costa de su sa­lud y del conflicto entre su sentido de justicia personal y el ambiente de venganza justiciera que lo rodeaba.

La enseñanza última del primer chakra es que sólo la jus­ticia verdadera está ordenada divinamente. Comprendí la profundidad de esta enseñanza cuando le estaba haciendo una lectura a una mujer que tenía un cáncer extendido por todo el cuerpo. Al recibir las impresiones de ella, vi una ima­gen de la crucifixión. Esa imagen no estaba conectada con su religión, sino con su sensación de haber sufrido una expe­riencia «Judas», la dificultad de sanar de una terrible traición.

Mientras pensaba en el significado de esa imagen, com­prendí que la experiencia Judas es un arquetipo que expresa que el razonamiento y la justicia humanos siempre nos fa­llan en algún momento, y que no tenemos poder para reor­ganizar los acontecimientos ni rehacer las cosas a fin de que sean como las habríamos querido. La lección de una expe­riencia Judas es que poner la fe en la justicia humana es un error y que hemos de pasar la fe de la autoridad humana a la divina. Es confiar en que nuestra vida está gobernada «con justicia divina», aunque no podamos verla. Hemos de hacer un esfuerzo por no amargamos ni aferramos al papel de víc­timas cuando nos traicionan o no podemos obtener lo que deseamos, como hizo la mujer que desarrolló cáncer a con­secuencia de su experiencia de traición. Necesitamos confiar en que no hemos sido víctimas en absoluto y en que esa ex­periencia dolorosa nos desafía a revisar dónde hemos colo­cado la fe. La historia de Erik es una clásica ilustración de có­mo es este desafío.

Conocí a Erik hace varios años en un seminario que di en Bélgica. Estuvo sentado en silencio durante todo el curso, y cuando éste acabó me anunció que él era el conductor que me llevaría a Amsterdam. Yo estaba agotada y lo único que deseaba era dormir, pero cuando estábamos en camino me dijo:

—Permítame que le cuente mis experiencias.

En ese momento la perspectiva me pareció tan atractiva como meterme un palito en el ojo, pero de todos modos le dije:

—De acuerdo, tiene toda mi atención.

Hasta el día de hoy agradezco su insistencia.

Un día, hacía diez años, Erik vio que toda su vida se le des­moronaba. Dos socios con los que estaba tratando de sacar adelante un par de empresas le anunciaron que habían toma­do la decisión de no continuar trabajando con él. Eran dos contra uno, así que él no podía hacer mucho para influir en la decisión. Le propusieron un acuerdo: recibir 35.000 dólares en efectivo o quedarse con todas las existencias de una pequeña empresa que poseían en común, que en realidad no tenía nin­gún valor. Atónito, se marchó de la oficina y se fue a casa.

—Tan pronto llegué a casa le dije a mi mujer: «Tengo al­go que decirte», a lo cual ella contestó: «Yo también tengo algo que decirte. Quiero divorciarme, he conocido a otro hombre.» Mis tres socios se divorciaban de raí el mismo día. Me sentí tan abrumado que, aunque era ateo, llegué a la con­clusión de que sólo el cielo podía meterse así en la vida de una persona. Esa noche decidí orar. Le dije a Dios: «Si Tú es­tás detrás de esto, háblame. Seguiré la orientación que me des, sea cual sea.»

»Esa noche tuve un sueño. En el sueño iba conduciendo un coche por los Alpes, durante una horrorosa tormenta. La carretera estaba en muy malas condiciones, cubierta de hie­lo, y tenía que aferrar fuertemente el volante para impedir que el coche patinara y se saliera del camino. En un momento dado casi perdí el control y tuve la impresión de que el co­che iba a caer montaña abajo, pero no cayó. Finalmente lo­gré llegar hasta la cima de la montaña, y una vez pasada ésta ya no había tormenta, brillaba el sol y la carretera estaba se­ca y segura. Continué conduciendo hasta ver una pequeña casita de campo, en cuya ventana ardía una vela para guiar­me y dentro me esperaba comida caliente sobre la mesa.

»Guiándome por el sueño decidí aceptar la oferta de mis socios de quedarme con las existencias de la empresa sin va­lor, porque era de comida de gatos y el coche que yo condu­cía en el sueño era un Jaguar. A mis socios les encantó la elec­ción, pues pensaron que se ahorrarían los treinta y cinco mil dólares. Yo sabía, aunque no muy bien por qué, que al acep­tar esa oferta tenía que liberarlos a ellos y a mi esposa sin en­fado. Tenía que despedirme de ellos, aunque, irónicamente, eran ellos los que pensaban que se libraban de mí. Poco des­pués surgieron en mi vida varias oportunidades para sacar adelante esa pequeña empresa. Tal como vaticinó el sueño, los primeros meses de puesta en marcha fueron muy difíci­les; pero yo sabía, por el sueño, que lo conseguiría, así que continué adelante.

«Actualmente poseo una de las empresas más prósperas de Bélgica y dedico gran parte de mi tiempo a otras activi­dades empresariales. Y me volví a casar, con una mujer ma­ravillosa que es la compañera de mi vida en todo el sentido de la palabra. Jamás imaginé nada de lo que hago ahora; só­lo Dios pudo haber conocido este plan. Cada mañana co­mienzo el día con una oración; le agradezco a Dios haberme separado de mí vida anterior, porque yo solo no habría teni­do jamás el valor de dejar a esas tres personas. Ahora, siem­pre que me encuentro con una persona a la que se le ha tras­tocado la vida le digo: "Dios te respalda. No hay nada de qué preocuparse. Estoy seguro."

 

Todos estos estudios de casos son ejemplos de situacio­nes en los que vemos la verdad sagrada Todos somos uno. El poder espiritual contenido en la sefirá de Shejiná y el sa-cramento del bautismo se combina con la energía del chakra tribal para darnos «intuición del primer chakra*, para ayu­darnos a vivir honradamente entre nosotros y para desarro­llarnos y trascender las percepciones erróneas que contradi­cen la verdad Todos somos uno. Nuestra siguiente fase de desarrollo es explorar los temas del segundo chakra y la ver­dad sagrada Respetaos mutuamente.

Preguntas para auto-examinarse

  1. ¿Qué creencias heredó de su familia?
  2. ¿Qué creencias de las que aún tienen autoridad en su modo de pensar puede reconocer que ya no son válidas?
  3. ¿Qué supersticiones tiene? ¿Cuáles tienen más autori­dad sobre usted que su capacidad de razonar?
  4. ¿Tiene su código de honor personal? ¿Cuál es?
  5. ¿Ha comprometido alguna vez su sentido del honor? Si lo ha hecho, ¿ha dado pasos para sanar eso?
  6. ¿Tiene algún asunto inconcluso con sus familiares? Si es así, haga una lista de los motivos que le impiden sanar sus relaciones familiares.
  7. Haga una lista de todo lo bueno que piensa que le ha ve­nido de su familia.
  8. Si tiene hijos a los que está criando, haga una lista de las cualidades que desearía que sus hijos aprendieran de us­ted.
  9. ¿Qué tradiciones y ritos tribales conserva para usted y su familia?

10. Describa sus características tribales interiores que le gustaría reforzar

 

 

Segundo chakra:

El poder de las relaciones

 

El segundo chakra es el chakra de las relaciones. Su ener­gía comienza a vibrar y a hacerse notar alrededor de los sie­te años. A esa edad los niños comienzan a relacionarse con otros niños y adultos con más independencia de sus padres y fuera del entorno hogareño. Por medio de estas primeras interacciones comienzan a individualizarse, a entablar rela­ciones y a explorar su poder de elección. Con el segundo cha­kra, la energía pasa de obedecer a la autoridad tribal a des­cubrir otras relaciones que satisfacen necesidades físicas personales. Pese a ser un chakra inferior cuya energía nos im­pulsa a relacionarnos con fuerzas externas, el segundo cha­kra es una fuerza potente.

Ubicación: Parte inferior del abdomen hasta la zona del ombligo.

Conexión energética con el cuerpo físico: Órganos se­xuales, intestino grueso, vértebras inferiores, pelvis, zona de las caderas, apéndice y vejiga.

Conexión energética con el cuerpo emocional/mental: Es­te chakra se hace eco de la necesidad de relacionarnos con otras personas y de la necesidad de dominar hasta cierto pun­to la dinámica de nuestro entorno físico. Todo aquello a lo que nos adherimos para mantener el dominio sobre nuestra vida externa, como la autoridad, otras personas o el dinero, está ligado, mediante el segundo chakra, a nuestro campo energético y cuerpo físico. Las enfermedades que se origi­nan en este centro de energía son activadas por el miedo a perder ese dominio. El cáncer de próstata y de ovario, el do­lor crónico en la parte baja de la espalda y las caderas y la ar­tritis son algunos de los trastornos de salud más comunes. Los problemas durante la menopausia, corno los sofocos y la depresión, son disfunciones energéticas del segundo cha­kra. Los fibromas son consecuencia de la energía creativa del segundo chakra que no dio a luz y de la energía vital dirigi­da a trabajos o relaciones sin futuro.

Conexión simbólica/perceptiva: La energía de este chakra nos capacita para generar un sentido de identidad personal y fronteras psíquicas protectoras. Mientras evaluamos cons­tantemente nuestra fuerza personal en relación con el mun­do externo y sus rostros físicamente seductores (relaciones sexuales, sustancias adictivas u otras personas), la energía del segundo chakra de un ego físico sano nos capacita para rela­cionarnos con ese mundo sin tener que negociar o «vender­nos»; es la energía de la autosuficiencia, el instinto de super­vivencia necesario para estar en este mundo.

Conexión sefirot/sacramento: El segundo chakra se co­rresponde con la sefirá de Yesod, que representa el falo, es decir, ¡a energía masculina de la procreación. Este chakra relacional también contiene la energía de la «alianza». Esta energía procreadora es a la vez biológica y espiritual: desea­mos engendrar hijos y también dar forma física a nuestra energía creativa, lo que es tan esencial para la salud física co­mo para la espiritual. El sacramento de la comunión se hace eco de la energía de este chakra y simboliza los lazos que es­tablecemos con las personas. El acto de «compartir el pan» simboliza muchos tipos de comuniones.

Miedos principales: Miedo a perder el dominio y a ser do­minado por otro, mediante el poder dominador de acontecimientos o trastornos como la adicción, la violación sexual, la traición, la impotencia, las pérdidas económicas, el abando­no por parte de un socio principal o colegas profesionales, etc. También, temor a perder el poder del cuerpo físico.

Fuerzas principales: La capacidad y la energía para so­brevivir por uno mismo económica y físicamente, defender­se y protegerse, que es el instinto de «luchar o huir»; la ca­pacidad de arriesgarse; la resistencia para recuperarse de una pérdida, sea de familiares, pareja, socios, propiedad, trabajo o dinero; el poder para rebelarse y restablecer una vida; y la capacidad y el talento para tomar decisiones personales y profesionales.

Verdad sagrada: La verdad sagrada inherente al segun­do chakra es Respetaos mutuamente. Esta verdad se aplica a nuestro modo de relacionarnos entre nosotros y con todas las formas de vida. Desde el punto de vista espiritual, to­das las relaciones que formamos, desde las más superficiales hasta las más íntimas, nos ayudan a hacernos más conscientes. Algunas relaciones son necesariamente dolorosas porque co­nocernos a nosotros mismos y encarar nuestras limitaciones no es algo que tendamos a hacer con mucho entusiasmo. Mu­chas veces necesitamos estar espiritualmente «equipados» para esos encuentros.

Las energías arquetípicas de !a sefirá de Yesod, el sacra­mento de la comunión y la energía física del segundo chakra simbolizan que las relaciones son fundamentalmente men­sajeros espirituales. Las personas con quienes nos relaciona­mos introducen en nuestra vida, y nosotros en las de ellas, revelaciones sobre nuestras fuerzas y debilidades. Desde las relaciones en el seno del hogar hasta las laborales, las de la comunidad y la actividad política, ninguna unión está exen­ta de valor espiritual; cada una contribuye a hacernos crecer como personas. Nos resulta más fácil ver el valor simbólico de nuestras relaciones cuando abandonamos la compulsión a juzgar qué y quién tiene valor y en su lugar nos concen-tramos en honrar a la persona y la tarea que tenemos entre manos.

La energía del segundo chakra entraña una dualidad. La energía unificada del primer chakra, representada por la mente tribal, se divide en polaridades en el segundo chakra. A esta división de fuerzas se le ha dado muchos nombres: yin/yang, amma/animus, masculino/femenino, sol/luna. Comprender el significado de esta dualidad de opuestos es la clave para trabajar con los temas del segundo chakra. Las energías de la sefirá de Yesod y el sacramento de la comu­nión se combinan con estas energías duales del segundo cha­kra para garantizar que nos «atraemos» las relaciones que contribuirán a que nos conozcamos a nosotros mismos. Ex­presiones muy conocidas, como «lo semejante atrae a lo se­mejante» y «cuando el discípulo está preparado aparece el maestro*, reconocen que hay una energía actuando -entre bastidores», que al parecer organiza cuándo y dónde cono­cemos a las personas, y siempre en el momento oportuno. El desafío espiritual del segundo chakra es aprender a relacio­narnos conscientemente con los demás, a formar uniones con personas que contribuyen a nuestro crecimiento y a dejar las que nos lo impiden.

La ciencia física reconoce la energía del segundo chakra como la ley de causa y efecto (por cada acción hay una reac­ción igual y opuesta) y la ley del magnetismo (los objetos con cargas contrarias se atraen). Aplicadas a las relaciones, estas leyes significan que generamos modalidades de energía que nos atraen personas que en cierto sentido son opuestas a no­sotros, personas que tienen algo que enseñarnos. Nada ocu­rre al azar; antes de entablar cualquier relación, le abrimos la puerta con la energía que estábamos generando. Esta reali­dad es la que hace tan delicioso el aprendizaje sobre el dua­lismo del segundo chakra; cuanto más conscientes nos hace­mos, más conscientemente podemos utilizar la energía del segundo chakra.

El poder de elección

La energía del segundo chakra nos sirve para evolucio­nar y trascender la energía colectiva de la tribu. La elección nace de los opuestos, y la dualidad de! segundo chakra nos impulsa a elegir en un mundo de opuestos, de modalidades de energía positiva y negativa. Cada elección que hacemos aporta una sutil corriente de nuestra energía al Universo, que es sensible a la influencia de la conciencia humana.

Administrar o manejar el poder de elección, con todas sus consecuencias creadoras y espirituales, es la esencia de la experiencia humana. Toda enseñanza espiritual tiene por fi­nalidad estimularnos a reconocer que el poder de elegir es la dinámica que convierte el espíritu en materia, la palabra en carne. La elección es el proceso mismo de la creación.

El hecho de que nuestras elecciones entretejan nuestro espíritu en los acontecimientos es el motivo de que las prin­cipales tradiciones espirituales se hayan formado en torno a una enseñanza esencial: elige sabiamente, porque cada elec­ción que haces es un acto creador de poder espiritual del cual eres responsable. Además, cualquier elección hecha a partir de la fe tiene todo el respaldo del poder del cielo, de ahí que «la fe del tamaño de un grano de mostaza puede mover una montaña», pero cualquier elección hecha a partir del miedo es una violación de la energía de la fe.

Sin embargo, la elección tiene un aspecto misterioso, porque jamás sabremos completamente el resultado total de ninguna elección que hagamos. Una enseñanza primordial del segundo chakra es la naturaleza paradójica de la elección. Lo que parece correcto puede resultar que estaba equivoca­do; lo que parece bueno puede acabar siendo malo. Justo cuando todo va sobre ruedas, el caos lo estropea todo.

Paradójicamente, si bien la energía del segundo chakra nos inclina a tratar de controlar nuestra vida, la enseñanza es que no podemos estar al mando. Somos seres físicos y ener-géticos, pero, dado que el mundo externo no se puede con­trolar, la tarea que tenemos por delante es dominar nuestras reacciones interiores al mundo externo, es decir, nuestros pensamientos y emociones.

En todo caso, todos batallamos en un ciclo aparente­mente interminable de decepciones en el cual tratamos de controlar nuestra vida. Buscamos sin cesar una elección fan­tástica que lo ponga todo en orden permanente, deteniendo el movimiento del cambio lo suficiente para establecer un control definitivo sobre todos y todo. ¿Es ésa la profesión ideal? ¿Es ése el cónyuge ideal? ¿Es ésa la ubicación geográ­fica ideal? Al buscar constantemente esa única elección co­rrecta, damos forma al miedo al ritmo cambiante que es la vida misma. Al buscar a esa sola persona o cosa externa que nos proporcione paz, estabilidad, amor y salud para siem­pre, dejamos de lado el poder más auténtico que está «detrás de nuestros ojos, no delante». La verdad contenida en la na­turaleza paradójica del dualismo es la siguiente: No es lo que elegimos lo que importa; el poder para influir en el resulta­do está en el motivo para hacer determinada elección.

El reto que nos presenta el segundo chakra es conocer qué nos motiva a elegir lo que elegimos. Conociendo nues­tros motivos conoceremos el contenido de nuestro espíritu. ¿Estamos llenos de miedo o llenos de fe? Cada elección que hacemos contiene la energía de la fe o la del miedo, y el re­sultado de toda decisión reflejará hasta cierto punto esa fe o ese miedo. Esta dinámica de la elección nos garantiza que no podemos huir de nosotros mismos ni de nuestras decisiones.

Elección y relaciones

La energía del segundo chakra es muy voluble, porque desea crear. También está vinculada a asuntos relativos a la supervivencia física, la relación sexual, el poder y el dinero, que son las monedas de las relaciones. Cuando nos lanzamos a hacernos un lugar en el mundo físico, nuestros conflictos interiores entre la fe y el miedo suelen quedar enterrados ba­jo problemas de supervivencia que dominan nuestros pen­samientos: ¿Soy capaz de ganarme la vida? ¿Soy capaz de en­contrar una pareja? ¿Soy capaz de cuidar de mí?

El lado oscuro de los temas del segundo chakra se com­pone de nuestros miedos predominantes: violación, traición, pérdida económica y pobreza, abandono, soledad, impo­tencia e incapacidad de cuidar de nosotros mismos. Cada uno de estos temores tiene el poder de dominarnos y de gober­nar nuestros actos toda la vida. En el lenguaje de las escritu­ras, estos miedos equivalen a «falsos dioses».

Para conocer nuestras motivaciones, es decir, descubrir nuestros «falsos dioses» personales, necesitamos las relacio­nes. Para entablar una relación hacemos uso de parte de nues­tra energía o poder personal. Una vez entablada, podríamos preguntarnos, muchas veces inconscientemente: ¿Esta rela­ción me quita poder o yo extraigo poder de ella? ¿Dónde acabo yo y dónde comienza la otra persona? ¿Cuál es mi po­der y cuál es el poder de la otra persona? ¿Me estoy com­prometiendo yo a cambio de seguridad, dinero o posición social? Si bien estas preguntas son sanas en esencia, en la ma­yoría de las relaciones comenzamos a pensar a partir de opuestos psíquicamente divisores e inductores de conflicto: yo o tú, mío o tuyo, bueno o malo, ganador o perdedor, co­rrecto o equivocado, rico o pobre.

En su sentido simbólico, estos conflictos representan la relación que mantienen la mayoría de las personas con Dios: mi poder o el Tuyo; ¿estás realmente conmigo en la Tierra o debo tratar de controlarlo todo yo? Y aun en el caso de que haya un poder divino actuando entre bastidores, ¿cómo sé qué elecciones hacer? Este conflicto primario de fe confor­ma todas y cada una de nuestras relaciones,

Paradójicamente, el desafío de manejar estas energías conflictivas es mantenerlas en la conciencia de la unicidad in­herente del Universo. Comenzamos este viaje explorando el conflicto en las relaciones: las relaciones generan conflicto, el conflicto genera elección, la elección genera movimiento y el movimiento genera conflicto. Rompemos este ciclo ha­ciendo elecciones que trascienden el dualismo y las divisio­nes que percibimos entre nosotros mismos y los demás, y entre nosotros y Dios. Mientras uno se concentre en tratar de dominar a otro, olvidando que ese otro es un espejo que refleja sus propias cualidades, mantendrá vivo el conflicto en su interior. Sin embargo, considerarnos mutuamente unidos en uniones simbólicas nos sirve para dar cabida a las dife­rencias. Éste es el sentido simbólico del sacramento de la co­munión.

El desafío de administrar la energía creativa

Las energías del segundo chakra necesitan crear vida, «mover la tierra», dejar una impresión o contribución en el continuo de la vida. A diferencia de la inspiración, que es cualidad del séptimo chakra, la energía creativa es esencial­mente física, terrenal, está conectada a la tierra. Es la sensa­ción de estar físicamente vivo. La energía del segundo cha­kra nos proporciona los instintos e intuiciones básicos para sobrevivir, como también el deseo de crear música, arte, po­esía y arquitectura, y la curiosidad para investigar la natura­leza en las ciencias y la medicina. La energía creativa nos atrae hacia un diálogo interior con las polaridades del yo, nuestras inclinaciones conflictivas, y nos impulsa a formar relaciones externas para resolver esas polaridades.

La energía creadora nos saca de las modalidades habi­tuales de comportamiento, pensamientos y relaciones. El há­bito es un infierno al que se aferran las personas con el fin de detener la corriente del cambio. Pero la energía creativa desafía la repetición del hábito. Estas dos fuerzas, la repetición y la creatividad, están reñidas entre sí dentro de la psique hu­mana y nos impulsan a dar un sentido personal y otra forma al caos de nuestro mundo.

La energía del segundo chakra es uno de los principales recursos para hacer frente a los acontecimientos cotidianos, ofreciendo soluciones creativas a los problemas mentales, fí­sicos y espirituales. La obstrucción de esa energía puede dar origen a problemas de impotencia, infertilidad, infecciones vaginales, endometriosis y depresión. También obstaculiza nuestra maduración espiritual, como si dijera: «Ya no quie­ro ver más, no quiero profundizar más, no quiero partici­par en el proceso de aprendizaje de la vida.» Si se le permite circular, la energía creativa actuará continuamente para dar otra forma a nuestra vida y revelarnos más sobre por qué las cosas ocurren como ocurren de lo que podríamos entender solos.

Una mujer llamada Kate vino a verme para que le hicie­ra una lectura después de que su marido muriera en un acci­dente de coche a los treinta y tantos años. Ella se quedó so­la para mantener a dos hijos, con opciones aparentemente mínimas para arreglárselas en la vida, ya que no tenía ningún tipo de educación formal ni habilidades. Me dijo que senci­llamente no le quedaba ni un ápice de energía para «conti­nuar viviendo».

Era evidente, para mí y para ella, que sufría una depre­sión. Durante la evaluación vi que tenía un quiste ovárico be­nigno, del cual ella aún no sabía nada. Hablamos de la im­portancia de dejar atrás el pasado y encontrar un motivo para continuar, pero eso a Kate le parecía abrumador. Le dije que fuera a ver a su médico para que le examinara el quiste, y tam­bién que hiciera alguna pequeña tarea que representase su in­tención de reconstruir su vida. Tenía que visualizar que esa tarea aportaba nueva energía a su vida. Que tuviera un quis­te en el ovario no era sorprendente, porque no sólo había perdido a su compañero sino también una forma de vida, y se encontraba ante el problema de su capacidad para sobre­vivir física y económicamente. La supervivencia es un tema importante del segundo chakra.

La tarea que eligió para simbolizar su nuevo comienzo fue plantar flores, que representarían una nueva vida. Cada vez que plantaba una flor, decía: «Éste es un nuevo comien­zo para mí y para mis hijos.» Día a día fue trabajando más conscientemente en atraer energía al presente. No se permi­tía pensar demasiado en la vida que había llevado con su ma­ndo. También fue al médico para que la examinara. El mé­dico le confirmó que tenía un quiste benigno en el ovario. No estaba en peligro inmediato, le dijo, pero tenía que con­trolárselo periódicamente. Entonces ella añadió otra tarea a la de plantar flores. Cuando quitaba malas hierbas en el jar­dín, decía: «Me estoy quitando el quiste del cuerpo.»

Al cabo de seis semanas comenzó a tener ideas acerca de cómo obtener ingresos. Siempre había sido buena para las actividades domésticas, como cocinar y coser, pero jamás se le había ocurrido ganarse la vida con esas habilidades. En­tonces, un día la llamó una amiga para decirle que acababa de torcerse la muñeca y que tenía que coser todo el vestua­rio para una producción del teatro de la localidad; ¿podría encargarse ella de ese trabajo?

Kate aceptó, fue al teatro, recibió las instrucciones sobre los trajes y vestidos y volvió a casa con la tela y las medidas. Cuando miró los diseños comenzó a imaginar modificacio­nes y vio dónde podría hacer mejoras. Llamó a la persona encargada del vestuario y le sugirió algunas modificaciones, que fueron aceptadas. El vestuario fue un éxito. Poco des­pués empezó a recibir peticiones para que colaborara en otros proyectos teatrales y trabajos de diseño personal.

Finalmente Kate abrió su propio taller de diseños y tie­ne un próspero negocio. El quiste en el ovario se disolvió. Ha recomendado a muchas personas que cuando se sientan

en un callejón sin salida y necesiten comenzar de nuevo, planten flores en un jardín mientras piensan: «Esto que plan­to es una idea creativa para mi vida.»

El caso de Kate ilustra cómo la energía creativa nos pue­de lanzar por caminos que jamás habíamos imaginado y au­mentar el poder de nuestras elecciones positivas. Una idea creativa tiene su propio campo energético y puede generar la participación sincrónica de las personas y circunstancias que se necesitan para llevar la idea adelante y pasar a la si­guiente fase de la vida. Simbólicamente, la historia de Kate también representa la presencia de las energías espirituales de la sefirá de Yesod, la necesidad de crear, y del sacramen­to de la comunión, la fuerza magnética que irradiamos y nos atrae ayuda cuando más la necesitamos.

Dado que la energía creativa es tan voluble y potente, uno de los mayores retos es utilizarla conscientemente. Lo hacemos con mucha frecuencia en la intimidad de nuestros pensamientos, pero también está presente en las conversa­ciones con los demás. Por ejemplo, podemos cambiar crea­tivamente los detalles de las historias que contamos para que se adapten a nuestros propósitos, o manipular a alguien pa­ra obtener lo que deseamos. Esos actos emplean de modo ne­gativo la energía. El chismorreo y la manipulación agotan el poder del segundo chakra.

Los actos y los pensamientos negativos tienen su origen en el miedo. El grado de autoridad que tiene en nuestro inte­rior, por ejemplo, el miedo a la traición de una persona, o a la violación dentro de una relación, o un abuso en asuntos eco­nómicos, determina el grado en que nos comportamos de mo­do negativo. La fe en algo, sea positivo o negativo, produce resultados. Poner la fe en el miedo da resultados destructivos, comenzando por la desintegración de nuestra capacidad de re­lacionarnos con confianza con el mundo externo.

Cuando estamos motivados por el temor, nos pueden se­ducir fácilmente los falsos dioses del sexo, el poder, el dinero y todo lo que ellos representan. Una vez seducidos, ce­demos nuestro dominio a la autoridad seductora: la relación personal disfuncional, la fuente externa de dinero o seguri­dad, la experiencia que se sigue recordando cuando hace mu­cho que debería haberse olvidado, o la adicción a las drogas o al alcohol. Hipnotizada por la voz del miedo, la persona es incapaz de pensar y actuar con claridad porque está conta­minada por temores que interrumpen la energía y las ideas creativas, que toman su energía del segundo chakra. Literal y simbólicamente el segundo chakra es el canal del naci­miento. Aunque las ideas recién nacidas tienen su propio campo energético y luchan por sobrevivir, como hacen los bebés recién nacidos, el miedo suele abortar una nueva idea. Algunas personas temen dar a sus ideas, o relaciones, el «es­pacio para respirar» que necesitan para prosperar. Es posi­ble, por ejemplo, que la persona se sienta amenazada cuan­do una idea suya llega al punto en que necesita el apoyo de la pericia ajena. O tal vez adopte una posición de propieta­ria de la idea, es decir, dado que ella «parió» la idea, ésta es suya y por lo tanto ella tiene que controlarlo todo y a todas las personas que se han adherido a la idea. Ambas reacciones suelen producir un «ahogo de energía», al igual que hace un progenitor o pareja controlador y temeroso.

Un hombre llamado John asistió a uno de mis semina­rios porque deseaba descubrir intuitivamente una nueva dirección para su profesión. Según contó, siempre se había esperado que estableciera so propia empresa de vídeos. Cuando se aproximaba su cuarenta cumpleaños, pensó que era cuestión de «ahora o nunca». Encontró dos socios y en­tre los tres pusieron en marcha lo que todos esperaban que fuera una empresa próspera. Juntos elaboraron un plan y em­pezaron a buscar inversores. Durante el período de planifi­cación o «período de soñar» del proyecto todo fue bien en­tre ellos. Disfrutaron poniendo en común sus energías y ambiciones y pensaron que estaban llamados al éxito, creencia que se hizo aún mayor cuando se aseguraron cinco in­versores diferentes.

Pero, inesperadamente, la inyección de capital los en­frentó entre sí. En lugar de catapultarlos hacia la siguiente fase creativa de desarrollo, el dinero cambió la actitud de John, que comenzó a hacer sutiles insinuaciones de que, en su mayor parte, las ideas eran fruto de su creatividad, y que por lo tanto él debía estar al mando de la siguiente fase de de­cisiones. La competición de John con sus socios descarriló el ímpetu creativo y al cabo de seis meses, ya gastada una buena parte de la inversión inicial, todavía no habían logra­do producir ningún vídeo. Los tres se vieron finalmente obli­gados a disolver la sociedad y declararse en bancarrota. John echaba la culpa del fracaso a sus socios, convencido de que envidiaban su talento.

Junto con la capacidad de crear del segundo chakra, es­tá también la capacidad de conflicto. Su verdad sagrada y te­ma, Respetaos mutuamente, contiene enorme poder espiri­tual y la solución para el manejo de su desafío espiritual. Cuando actuamos de acuerdo con esta verdad, hacemos aflo­rar lo mejor de nosotros mismos y de los demás. Simbólica­mente, las energías de la sefirá de Yesod y el sacramento de la comunión han de ser utilizadas para honrar a otro ser hu­mano, ya sea intuyendo las palabras adecuadas que hay que decir a alguien, o reconociendo la igual importancia que tie­ne en una unión. La creación es una forma de comunión que une las energías generadoras de vida de las personas en pos de un objetivo común. A la creatividad se la suele llamar tam­bién semillas o simientes, que es otra alusión metafórica a la energía fálica de la sefirá de Yesod.

John fue incapaz de reconocer el hecho de que sus socios también tenían talento, ideas creativas y ambición. En lugar de respetarlos y trabajar con ellos, se sintió amenazado. Cuando le hice una lectura en privado, con la esperanza de ayudarlo a comprender la fuente de su temor, recibí la impresión de que lo que más temía era la impotencia, y que re­lacionaba la impotencia sexual y la impotencia económica y creativa con la autoridad compartida. Al mismo tiempo le atraía la idea de crear con otras personas. Aunque era posi­ble resolver ese conflicto con terapia, él se resistió a la suge­rencia. Me dijo que, en su opinión, todo negocio debe tener un solo jefe y que su problema se resolvería si lograba en­contrar un grupo de personas con talento que entendieran eso. La terapia, dijo, no cambiaría su forma de pensar sobre la dinámica de llevar un negocio y, por lo tanto, no le servi­ría de nada. Le dije que mientras no estuviera motivado pa­ra poner en duda sus creencias continuaría dirigiendo em­presas que finalmente fracasarían. La verdad es que salió del seminario decidido a encontrar otro equipo al que dirigir.

Los abortos energéticos y físicos resultantes del miedo tienen consecuencias emocionales y con frecuencia también físicas. Las mujeres que se practican abortos porque sus ma­ridos las rechazan a ellas o al bebé, o porque les aterra ser in­capaces de ofrecer un hogar al bebé, podrían tener trastor­nos en el sistema reproductor, por ejemplo, mio-fibromas. Una vez me llamó Norm Sbealy para consultarme sobre una paciente que sufría de una grave hemorragia vaginal sin cau­sa física conocida. Cuando le evalué la energía, vi que había tenido dos abortos, ninguno de ellos deseado por ella. Le pregunté a Norm si ella le había dicho algo sobre sus dos abortos. Norm le preguntó acerca de sus sentimientos hacia esos abortos, de los que no había hablado durante el examen médico. La mujer se desmoronó emocionalmente y sacó fue­ra toda la aflicción y el sentimiento de culpa que habían pe­sado sobre ella durante años. Esos traumas eran la causa energética de la hemorragia.

Las mujeres que he conocido que se han practicado abor­tos por decisión propia han dicho que no se sienten trauma­tizadas por la experiencia. Pensar que no era el momento adecuado para ser madres y el hecho de saber que tenían de-recho a tomar esa decisión tuvo un papel importante en su capacidad para vivir tranquilas respecto a su elección. Una mujer me contó que antes de practicarse el aborto realizó una ceremonia en la cual envió un mensaje al espíritu del bebé que llevaba. Le comunicó que no podía proporcionarle un ambiente estable. Estaba convencida de que el mensaje fue recibido porque después del aborto tuvo un sueño, en el cual se encontró con un espíritu que le dijo: «Todo está bien.»

Los abortos de energía ocurren con mucha mayor fre­cuencia que los abortos físicos, y son experiencias de hom­bres y mujeres. Así como el aborto de un feto puede dejar enormes cicatrices emocionales y físicas, también los abor­tos de energía dejan su marca. Tanto en hombres como en mujeres, los abortos de energía son causa de problemas físi­cos, entre ellos la infertilidad. Muchas profesionales que es­tán excesivamente dedicadas a sus profesiones tienen difi­cultades para quedar embarazadas. Algunos hombres en la misma situación también experimentan problemas de prós­tata y dificultades con su potencia sexual.

Un hombre recordaba que había invertido gran cantidad de tiempo, energía y dinero en planear una nueva empresa. Dado que no tenía suficiente dinero para ponerla en marcha solo, buscó el respaldo financiero de algunos conocidos. Ba­sándose en la fuerza del respaldo prometido, se puso a hacer planes. Después de varios meses de pulir los detalles, fue a ver a sus socios para obtener el dinero que le habían prometido. Todos se echaron atrás. Su creación nunca vio la luz y él se sintió profundamente dolido. Según sus palabras, no pudo «parir» la idea. Durante años llevó en su cuerpo la «muerte» de su plan, como un aborto. Finalmente desarrolló un tumor maligno en el colon, que le causó la muerte años después. Su necesidad de dar a luz vida, que es igual en la psique mascu­lina y femenina, lo hizo sufrir ese aborto de energía.

Otro hombre me contó que una vez su esposa se prac­ticó un aborto sin que él lo supiera, porque pensaba que la decisión era sólo de ella. Cuando él se enteró, llevó en su or­ganismo la energía de rabia y culpa de ese aborto. A conse­cuencia de ello se quedó impotente: su cuerpo se negó a vol­ver a producir vida.

El desafío de administrar la energía sexual

La sexualidad y codas nuestras actitudes hacia ella están impresas en el segundo chakra. La sexualidad es un poder sin refinar, el poder para formar lazos sólidos y una unión ínti­ma con otra persona, con la cual podemos producir y sus­tentar vida. Tener una pareja y formar una familia, con o sin hijos, representa para nosotros estabilidad como adultos. Encontrar una pareja para la vida también incluye formar una unión con una persona del mismo sexo. Romper las res­tricciones culturales que obligan a la gente a atenerse a for­mas reducidas y limitadas de expresión sexual ha permitido a las personas buscar compañía según sus necesidades. Así, la comunidad homosexual ha iniciado su viaje hacia la con­quista de la dignidad dentro de un mundo predominante­mente heterosexual.

El segundo chakra contiene el deseo de crear vida y tam­bién la capacidad para hacerlo. El embarazo y el parto unen las fuerzas «dualistas” entre dos personas de forma más tan­gible que cualquier otra expresión de unidad.

Además de crear vida, la relación sexual es también un medio de auto expresión, un medio para afirmar el agrado que nos produce relacionarnos físicamente con el mundo que nos rodea. La sexualidad nos conecta con el cuerpo y las ne­cesidades físicas, así como con la capacidad para explorar nuestros aspectos eróticos y sensuales. El erotismo sexual es una forma de liberación, no sólo emocional y física, sino también espiritual. ¿Por qué espiritual? El placer erótico es, por naturaleza, «momentáneo», es un encuentro en el cual derribamos la mayor parte de las fronteras físicas para dis­frutar en toda su plenitud del contacto humano. Explorada sin vergüenza, la energía erótica puede elevar el cuerpo y el espíritu humanos a sensaciones de éxtasis, que a veces pro­ducen estados alterados de conciencia.

Las mujeres son ejemplos físicos de la forma vital conti­nuada de la energía, que se convierte en materia mediante el embarazo y el parto. El ciclo vital femenino expresa una pro­gresión natural de la energía sexual. En la mayoría de las mu­jeres, por ejemplo, la kundalini, o energía espiritual-sexual, comienza a subir naturalmente alrededor de los cuarenta años. A medida que sube, activa los chakras por donde pasa. Cualquier asunto inconcluso que esté albergado en los cha­kras inferiores se manifestará durante los años premenopáusicos y menopátisicos. En las mujeres que han tenido placer sexual limitado, por ejemplo, la energía kundalini obstruida, o juegos sexuales no practicados, se puede manifestar en for­ma de sofocos. La energía creativa no utilizada, o conflictos creativos, también podría manifestarse en forma de sofocos.

En una mujer menor de cuarenta años, los trastornos menstruales, dolores y síntomas premenstruales son indica­dores clásicos de que el hecho de ser mujer, su papel en la tri­bu y las expectativas de la tribu respecto a ella le causan cierto tipo de conflicto. La mayoría de los problemas de mens­truaciones muy abundantes e irregulares se deben a que la mujer está sometida a un estrés emocional excesivo, combi­nado con la creencia de que no tiene ningún poder de elec­ción en su vida y de que sus opciones están controladas por otros. Las anormalidades hemorrágicas se exacerban cuan­do la mujer interioriza señales confusas de su familia o de la sociedad respecto a su placer y necesidades sexuales. Por ejemplo, una mujer puede desear placer sexual, pero al mis­mo tiempo sentirse culpable por ello o incapaz de pedirlo francamente. Es posible que ni siquiera tenga conciencia de su conflicto interior.

Los problemas tubáricos (o de las trompas de Falopio) y de fertilidad están centrados en la «niña interior» de la mu­jer, mientras que las trompas en sí mismas representan heri­das de la infancia no sanadas o energía no utilizada. Se pue­de obstaculizar la salida de óvulos porque el ser interior de la mujer no se siente lo suficientemente «mayor», querido, maduro o sanado para ser fértil. Es posible que tras los pro­blemas de trompas esté esta modalidad energética. Una par­te de la mujer puede continuar en la prepubertad debido a una indecisión inconsciente acerca de su disposición a pro­ducir vida, si en cierto modo aun no «ha salido del huevo» ella misma.

Las energías kundalini son energías opuestas de la psi­que y el cuerpo. Se enrollan alrededor de la columna, desde la base, en el primer chakra, hasta la coronilla, pasando en espiral por los siete chakras. Siguiendo una tradición espiri­tual hindú, el yoga kundalini enseña una manera de manejar esta energía e inducir una experiencia kundalini, un estado de éxtasis espiritual al que se llega disciplinando la propia energía sexual. En lugar de la liberación normal de la ener­gía sexual mediante un orgasmo físico, la práctica espiritual kundalini dirige la energía sexual hacía arriba, por la columna, y culmina en una unión espiritual con lo Divino. De nu­merosos místicos se dice que experimentaban estados alte­rados de conciencia durante momentos de meditación profunda en que se producía liberación orgásmica.

Normalmente, el erotismo sexual produce orgasmo, y la liberación de este voltaje de energía es esencial para la salud física, mental y psíquica. El orgasmo es una manera, cier­tamente muy placentera, de eliminar los «desechos ener­géticos» que acumulamos a través del contacto humano co­rriente. El ejercicio y la creatividad son otros medios cono­cidos de liberación. Pero cuando la persona no tiene forma de liberarla, esta energía se queda en el organismo y, si no se la maneja conscientemente, puede producir reacciones que recorren toda la gama, desde la depresión hasta la violencia. Sin embargo, sí se producen experiencias kundalini espon­táneas.

En otros tiempos, yo me habría reído de la idea de que una unión sexual condujera a un lazo espiritual. Pero en la siguiente historia las profundas verdades kundalini y las en­señanzas tántricas resultan evidentes.

Conocí a Linda hace varios anos, cuando las dos estába­mos invitadas en la casa de una amiga común. Yo tenía do­lores premenstruales y le pregunté si tenía una aspirina, co­mentando de paso:

—Ya sabes cómo es esto.

—Pues no, no So sé -—dijo ella—. Jamás en la vida he te­nido una regla. —Al ver mí expresión de incredulidad, aña­dió—: Puedes hacerme una lectura si quieres.

Eso hice. Inmediatamente recibí la impresión de que le habían hecho una histerectomía, pero la impresión era muy rara, pues la imagen era de una niña a la que le hacen la ope­ración. Al mismo tiempo recibí la impresión de una intensa energía sexual que circulaba en un flujo muy sano por su se­gundo chakra, imagen que rara vez se ve en la energía de mu­jeres que ya no tienen sus órganos sexuales. Le expliqué mis impresiones y admití que eran muy confusas para mí.

Sonriendo, ella confirmó que le habían hecho una histe­rectomía. El resto de las imágenes, me dijo, adquirirían sen­tido cuando me contara su historia.

Linda y su marido, Steve, habían sido novios en el insti­tuto a comienzos de los años sesenta. En aquel tiempo toda­vía era raro que los adolescentes se relacionaran sexualmente. Ella reconoce que temía el momento en que su relación con Steve se hiciera sexual, porque a los dieciséis años le ha­bían diagnosticado que tenía subdesarrollados los órganos sexuales (lo cual explica por qué recibí la imagen de una ni­ña). Le era imposible tener ciclos menstruales normales y mucho más un embarazo. Le avergonzaba sufrir ese trastorno y no se lo dijo a Steve. Temía que si él se enteraba de que no podía tener hijos no se casaría con eíla, porque no era una mujer «normal». A ío mejor incluso dejaba de encontrarla sexualmente atractiva. No tenia ni idea de si podría tener re­laciones sexuales con un hombre, pero deseaba muchísimo casarse con Steve.

En esa época, Linda se había aficionado a tocar el dúlce­mele (salterio), un instrumento de cuerda popular en Esta­dos Unidos. Steve le hizo uno y se lo regaló ¡a noche en que se graduaron. Esa noche hicieron el amor. Ella no le contó su secreto; le aterraba la idea de que, de alguna manera, él descubriera alguna anomalía durante el acto sexual, que pa­ra ella era el primero.

Mientras hacían el amor Linda comenzó a jadear, no tan­to por pasión como por temor. Al mismo tiempo repetía mentalmente una oración, pidiéndole a Dios que les permi­tiera estar juntos toda ia vida. En medio de esta mezcla de fervor espiritual y amor sexual, notó una oleada de energía que le recorrió todo el cuerpo y pasó al de Steve. Sintió co­mo si ambos se hubieran convertido en un solo sistema ener­gético, y en ese momento estuvo segura de que se casarían, aunque ella no pudiera tener hijos.

Pero a la semana de esa potente noche de graduación, Steve le anunció que deseaba marcharse por un tiempo, so­lo. Lo repentino de esa decisión, unido a la nueva intimidad entre ellos, la convenció de que se marchaba porque ella fun­cionaba mal sexualmente. Creyó que él no deseaba estar con ella, y que dejar la ciudad era su manera de decírselo. Se des­pidieron.

Transcurridos cuatro años, cada uno se casó con otra pa­reja. Curiosamente, los dos se casaron el mismo mes. Si bien Linda deseaba dar lo mejor de sí a su matrimonio, nunca ha­bía dejado de amar a Steve. En realidad, cuando se casó ya no le importaba si su incapacidad para tener hijos o llevar una vida sexual normal representaría un problema para un hombre, ni siquiera para su marido. Al año y medio de estar casada le hicieron una histerectomía porque se le estaba de­sarrollando un tumor en el útero.

Cuando se casaron, tanto Linda corno Steve se traslada­ron a ciudades distantes de su ciudad natal. Los dos matri­monios duraron cinco años y, por increíble que pueda pare­cer, los dos se divorciaron con una semana de diferencia. Y los dos volvieron a su ciudad el mismo mes. Durante todos esos años no se habían visto ni tenido contacto con anterio­res amigos comunes.

Después de regresar a su ciudad, Linda se encontró en apuros económicos, tanto que tuvo que empeñar todas sus cosas de valor, entre ellas el preciado dúlcemele, su último vínculo con Steve. Dos horas después de que Linda saliera de la casa de empeño, entró Steve a empeñar algunas de sus joyas. Vio el dúlcemele y preguntó cuánto tiempo llevaba allí. Cuando le dijeron que la persona que lo había llevado prácticamente acababa de salir de la tienda, él salió a buscar­la, dúlcemele en mano. Esa noche Linda y Steve se reunie­ron y desde entonces no han vuelto a separarse. Cuando él vio el dúlcemele, le dijo, al instante su cuerpo se saturó del recuerdo de ella y se sintió invadido de amor. Comprendió que se encontraba en un apuro económico desesperado, porque si no jamás lo habría empeñado.

Esa misma noche ella le explicó su problema de salud, y también su creencia de que la había dejado porque ella no era un ser sexual completo. Él le confesó que su motivo para marcharse fue que la noche de la graduación, cuando esta­ban haciendo el amor por primera vez, sintió una oleada de energía que le recorrió todo el cuerpo, algo que jamás había experimentado antes. Sintió como si todo su ser estuviera unido a ella para siempre, y en ese momento la sensación fue de euforia. Pero al pensarlo unos días después, la sensación lo asustó, y lo único que se le ocurrió hacer fue huir. Linda se quedó muda de asombro.

Esa misma noche decidieron casarse, y la ceremonia se celebró antes de que acabara la semana. Cuando hicieron el amor la noche de su reencuentro, sintieron de nuevo aque­lla oleada de energía, y esta vez los dos fueron conscientes de ella. Pensaron que sólo se debía al placer de estar nueva­mente juntos, pero al continuar con regularidad su actividad sexual la energía fue aumentando. Steve había leído cosas acerca de la energía kundalini e introdujo a Linda en el concepto. Desde entonces utilizaron conscientemente esa olea­da de energía, tanto para el placer físico como para el placer espiritual. Eso explicaba de sobra mi impresión de las olea­das de energía sana que circulaban por su segundo chakra a pesar de la histerectomía.

La unión sexual, con todos sus placeres físicos, también simboliza la unión espiritual de dos personas. Muy bien po­dría ser que la energía sexual abra una corriente de energía espiritual que forma lazos trascendentes entre dos personas profundamente enamoradas.

A Linda y Steve les permitió alcanzar ese estado de conciencia que se define como experiencia kundalini, una expresión total del poder conjunto de la sefirá de Yesod, el sacramento de la comunión y el segundo chakra o chakra relacional.

La necesidad de esforzarnos por respetarnos mutua­mente suele quedar eclipsada en las relaciones sexuales, de­bido en gran medida a que con mucha frecuencia el miedo domina la energía sexual. Hace que los hombres tengan mie­do de no ser lo suficientemente potentes o masculinos: sin embargo, la mayoría de las tribus permiten a sus niños ac­tuar sexualmente sin ningún control hasta que alcanzan cier­ta «madurez». En ese momento se supone que adquirirán au­tomáticamente la capacidad de actuar sexualmente con responsabilidad. Una percepción tribal muy común es que los jóvenes tienen que «hacer sus correrías» para después po­der establecerse, lo que exime a los hombres de ser conde­nados o considerados responsables de su comportamiento. Al fin y al cabo, sus impulsos biológicos los dominan.

A las mujeres, en cambio, no se les da el mismo permiso para explorar su naturaleza sexual, pese a que el movimiento de liberación de la mujer ya ha cumplido tres décadas. Toda­vía se exige a las mujeres que se comporten, que controlen su energía sexual, mientras los hombres siguen disfrutándola. A muchas mujeres se les crea un miedo a perder el control e in­cluso a ser consideradas seres sexuados. Una participante en uno de mis seminarios explicaba que su madre siempre hacía que se sintiera «sucia» cuando se arreglaba para salir con sus amigas y amigos. Las insinuaciones sexuales de su madre le hacían pensar que atraer la atención de cualquier hombre equivalía a prostitución. Esa intrusión emocional de la ma­dre era una violación de la energía de su hija.

La consideración de la energía sexual como necesaria, pe­ro siempre «potencialmente descontrolada», contribuye mu­chísimo a fomentar la actitud tribal esquizofrénica que nues­tra sociedad adopta hacia la expresión sexual. Anima a las mujeres a estar, actuar y vestirse sexualmente atractivas, pe­ro si a consecuencia de eso son atacadas, a la mente social si­gue resultándole incómodo culpar al violador, agresor o ase­sino. Todavía se examina a las mujeres que han sido violadas para ver cómo iban vestidas e investigan su vida sexual. Las mujeres a quienes su novio o marido golpea o viola reciben apoyo de grupos organizados para protegerlas, pero no de la sociedad en su conjunto. La mente social todavía pregun­ta a las mujeres maltratadas cosas como: «Y si es tan malo, ¿por qué no lo dejó?», queriendo decir con ello que esas agresiones son problemas que han de resolverse mediante te­rapia, que no son lo suficientemente graves para presentar un demanda judicial. Las condenas mínimas que reciben los violadores expresan la actitud tribal de que las violaciones sexuales siguen siendo sólo un poco ilegales, delitos meno­res, no comparables con las verdaderas atrocidades sociales.

El dualismo de las energías del segundo chakra lleva con­sigo, por un lado la opinión social de que la energía sexual está fuera de control, y por otro, el alto valor que atribuyen nuestras tribus al autocontrol. Consideramos la sexualidad una amenaza para nuestra capacidad de dominarnos y de controlar a otros. Las relaciones de cualquier tipo hacen que aflore la necesidad de protegernos, pero los lazos sexuales hacen aflorar miedos extremos, sobre todo a la traición, un miedo tan fuerte que puede poner en peligro una relación ín­tima.

Las ideas culturales sobre la sexualidad varían de una so­ciedad a otra. La historia puritana de la cultura estadouni­dense, combinada con el valor que damos al control sexual, contribuye enormemente al sentimiento de vergüenza por nuestro cuerpo y nuestra naturaleza sexual. En la mayoría de mis seminarios, las personas que cuentan sus casos de vi­da sexual insatisfactoria son tan numerosas como las que acuden por motivos de salud. Muchas dicen haber estado ca­sadas años e incluso décadas, sin haber tenido ni una sola conversación con su cónyuge acerca de sus respectivas ne­cesidades sexuales. Los motivos dados varían desde la ver­güenza a la simple ignorancia de lo que significa tener nece­sidades sexuales.

Esta vergüenza sexual, tan predominante en nuestra men­te tribal, influye en la necesidad de la sociedad estadounidense de generar leyes que establezcan el comportamiento sexual correcto e incorrecto. Dado que la energía natural del segun­do chakra sale del yo y va hacia el «otro», su miedo caracte­rístico produce la necesidad de controlar el comportamiento sexual. Así, la tribu da validez a las parejas casadas y monó­gamas y trata de avergonzar a las otras. Algunos estados no sólo consideran incorrectos, sino delictivos, ciertos tipos de conducta sexual, prescindiendo del hecho de que, entre adultos que han llegado a un mutuo acuerdo, la actividad sexual es voluntaria. Esta condena legal se dirige en particular a los homosexuales.

La vergüenza por la sexualidad se extiende a las enfer­medades de transmisión sexual, como la sífilis, el herpes y el sida. Inevitablemente, las personas que padecen una enfer­medad de transmisión sexual se sienten obligadas a ofrecer un perfil de su vida sexual, para que nadie piense que han contraído la enfermedad por mantener relaciones sexuales indiscriminadas.

Las conductas sexuales delictivas, como la violación, el incesto y el acoso sexual a los niños, son algo más que viola­ciones físicas; son también violaciones de la energía. Se pue­de violar el campo energético de una persona maltratando verbalmente o adoptando una actitud destructiva, discapacitadora.

Bill, participante en un seminario, tuvo una relación con su padre que ilustra la violación emocional o de actitud. Cuando era niño, su padre le manifestaba constantemente su desprecio diciéndole que «nunca sería nada en la vida». Él dedicó años a tratar de demostrarle a su padre que estaba equivocado, pero ¡amas lo consiguió. Cuando murió su pa­dre, sin haberse retractado nunca de su condena, Bill quedó paralizado emocionalmente. Sufría de depresión crónica, no era capaz de conservar un empleo y era impotente. Aunque el desprecio de su padre iba dirigido a la potencia de su hijo en el mundo material, no a su sexualidad, la productividad económica y la sexualidad son energías del segundo chakra y, como tales, están estrechamente ligadas.

La violación y el incesto de un campo energético están motivados por el deseo de mutilar la capacidad de la perso­na para ser independiente y prosperar. Los órganos sexuales albergan el daño infligido por esas creencias y actos negati­vos. Numerosas personas que sufren de problemas sexuales, desde la impotencia y la infertilidad hasta el cáncer en los ór-ganos reproductores, recuerdan haber sido criticadas cons­tantemente por sus habilidades profesionales, ambiciones y logros, así corno también por su apariencia física. En reali­dad, los padres «violaron» a sus hijos, despojándolos del po­der personal que necesitaban para la salud y el éxito.

Las violaciones de energía de este tipo podrían ser in­cluso más comunes que ¡a violación física y el incesto. Cuan­do la violación y el incesto se definen en el sentido de viola­ciones de energía, hombres y mujeres reconocen por igual haber sido violados. Cuando en los seminarios pregunto a tos participantes: « ¿Cuántos de vosotros habéis sentido vio­lada vuestra dignidad o estima propia en el ambiente laboral o familiar?», casi todo el mundo levanta la mano.

Cuando pregunto: « ¿Cuántos de vosotros sois o habéis sido violadores de energía?», la respuesta es, comprensible­mente, algo más moderada. Sin embargo, cuando las habili­dades físicas de otra persona nos intimidan y adoptamos ac­titudes negativas hacia ella o nos enzarzamos en un combate verbal, lo que realmente hacemos es intentar violar a esa per­sona, despojarla de su poder. El cuerpo físico alberga las in­tenciones negativas en los órganos sexuales: los actos de vio­lación de energía dañan tanto al violador como a la víctima. La violación de un ser humano envenena el sistema energé­tico del violador y, por lo tanto, contamina su sistema bio­lógico. Las violaciones de la energía tienen una cualidad kármíca de justicia inherente que trasciende la justicia física, es decir, aunque parezca que la persona queda impune después del comportamiento delictivo, sobre todo en los casos de violación o incesto, siempre se hará justicia en el plano de la energía, haya o no testigos presénciales. Por este motivo, las enseñanzas espirituales subrayan la importancia del perdón y animan a las personas a continuar con su vida. Espiritualmente, se enriende que el orden divino es una fuerza que es­tá en constante funcionamiento para restablecer el equilibrio cuando logramos desprendernos de la necesidad de determinar un resultado justo. El hecho de que veamos o no la ac­ción de la justicia es irrelevante, pero se trata de una «reali­dad que suele costamos digerir.

La sexualidad es una forma de canje y, en ciertas circuns­tancias, incluso un tipo de moneda. Muchas personas utili­zan la relación sexual como un medio para lograr un fin, y acaban sintiéndose víctimas de violación cuando sus esfuer­zos por manipular fracasan. Una persona que canjea relación sexual por un puesto o un trabajo ambicionado, o la utiliza para acercarse a alguien que detenta el poder, se queda con la sensación de haber sido violada. Sin embargo, utilizar la re­lación sexual para lo que la persona llamaría un «canje justo» no deja la vibración energética de violación en el cuerpo.

La forma más antigua de moneda sexual es, ciertamente, la prostitución, el acto más discapacitador en que puede par­ticipar un ser humano. La prostitución de la propia energía es una violación más común que la prostitución física; mu­chísimos hombres y mujeres permanecen en situaciones que representan seguridad física, sintiendo al mismo tiempo que al hacerlo están vendiendo una parte de sí mismos.

La energía del dinero

Dentro de la psique de cada uno vive un elemento de la prostituta, esa parte de nosotros mismos que posiblemente podría ser dominada por la cantidad apropiada de dinero. La prostituta interior puede surgir en los tratos de negocios o en las relaciones personales, pero inevitablemente nos en­contraremos con ella.

El dinero, como la energía, es una sustancia neutra que coge su rumbo de la intención de la persona. Un aspecto más fascinante del dinero, sin embargo, es que podemos imbri­carlo en la psique humana a modo de sucedáneo de la fuer­za vital. Por lo general, cuando una persona equipara el dinero a la fuerza vital —sustitución que suele ser incons­ciente—, las consecuencias son negativas, porque cada cén­timo que gasta es también un gasto inconsciente de energía. La escasez de dinero se traduce, también inconscientemen­te, en escasez de energía en el cuerpo.

La percepción errónea del dinero como fuerza vital, combinada con una repentina pérdida de dinero, puede ac­tivar varios tipos de crisis de salud: cáncer de próstata, im­potencia, endometriosis, problemas ováricos, dolor en la parte baja de la espalda o ciática. El hecho de que tantos tras­tornos físicos generados por apuros económicos se mani­fiesten en los órganos sexuales es una expresión simbólica de la energía del falo, representada por la sefirá de Yesod: el di­nero se ha equiparado a la potencia sexual.

Hasta cierto punto, todos relacionamos en la psique el dinero con la fuerza vital. El desafío es conseguir, si pode­mos, una relación con el dinero en la que éste esté separado de nuestra fuerza vital, pero al mismo tiempo sea atraído ha­cia nuestra energía de forma fácil y natural. Cuanto más im­personal es nuestra relación con el dinero, más posibilidades tenemos de hacer que su energía entre en nuestra vida cuan­do la necesitamos.

No podemos negar que el dinero tiene influencia en el mundo simbólico o energético. Expresiones como «Las pa­labras no valen, lo que cuenta es el dinero», aluden a la cre­encia de que lo que la gente hace con el dinero dice más so­bre sus motivos que las intenciones expresadas verbalmente.

El dinero es el medio por el cual hacemos públicos nues­tros objetivos y creencias íntimos. La energía precede a la ac­ción, y la calidad de nuestras intenciones influye mucho en los resultados.

Las creencias sobre el dinero influyen también en las ac­titudes y prácticas espirituales. La creencia de que Dios ben­dice a quienes se esfuerzan por hacer el bien, recompensán­dolos económicamente, está muy arraigada, como lo está también la de que prestar ayuda económica a otros median­te obras de candad nos garantiza que estaremos protegidos contra la pobreza. Estas y otras muchas creencias del mismo género reflejan la idea más elevada de que Dios se comunica con nosotros mediante nuestras finanzas y, a la inversa, de que nosotros nos comunicamos con Dios mediante actos fi­nancieros.

Que estas actitudes estén basadas en la mitología o la ver­dad no hace al caso. Creemos en esas sentencias, y por ese solo hecho deberíamos comprender que hemos ligado el di­nero con la fe. La relación más sabia que podemos tener con el dinero es considerarlo una sustancia que la fe puede apor­tar a la vida.

Anteponer la fe al dinero lo baja de categoría, convir­tiéndolo de jefe en servidor, que es su puesto apropiado. La fe que trasciende al dinero libera a la persona para seguir su orientación intuitiva sin conceder una autoridad innecesaria a las preocupaciones económicas. Evidentemente, mientras formemos parte del mundo físico hemos de respetar su có­digo de honor respecto a las deudas y los pagos, y adoptar una relación sensata con el dinero, pero, aparte de eso, éste no merece más atención.

El solo hecho de comenzar a establecer esa fe es una se­ñal de madurez espiritual. Una persona espiritual mente ma­dura puede actuar según una orientación que a una persona motivada por el dinero le parecería tonta o arriesgada. En muchos mitos espirituales, el cielo se comunica con la per­sona que tiene fe y luego la dirige proveyéndola diariamen­te de «maná del cielo» para que pueda realizar la tarea asig­nada. Estos mitos tienen mucho del sentido simbólico de la sefirá de Yesod. Parte del maná recibido incluye energía eco­nómica. En ninguna parte de la literatura espiritual, que yo sepa, se cuenta el caso de alguien que haya lamentado seguir la orientación divina.

Andrew, de veintisiete años, vino a verme para que le hiciera una lectura porque tenía un sueño recurrente y necesi­taba ayuda para interpretarlo. En el sueño se trasladaba a Montana. Puesto que nunca había estado en Montana, allí no tenía ni trabajo, ni casa, ni amigos, ni contactos. Trató de desechar el sueño, como si fuera una escena de película que se hubiera alojado en su inconsciente. Pero poco a poco el sueño le fue produciendo la sensación de que su único mo­tivo para continuar en el trabajo que realizaba eran los be­neficios económicos. Me preguntó cómo interpretaba yo el sueño.'«Yo consideraría seriamente la posibilidad de mar­charme a Montana», le contesté.

Él me dijo que jamás había estado en Montana y que no tema el menor deseo de ir allí. Le sugerí que hiciera un viaje a Montana sólo para ver cómo le sentaba el lugar. Me dijo que lo pensaría y que me mantendría informada.

Unos seis meses después recibí noticias suyas. Seguía te­niendo el mismo sueño, pero había aumentado la sensación sobre los beneficios económicos y ya lo hacía sentirse como una prostituta. Él se consideraba un hombre de honor, y cuando el sueño le insinuó que estaba comprometiendo su honor le resultó difícil soportarlo. Lo animé nuevamente a visitar Montana, aunque esta vez le dije que hiciera el viaje tan pronto como pudiese. Me dijo que lo pensaría seria­mente.

A la mañana siguiente me llamó para decirme que había dejado su trabajo. Ésa mañana, al entrar en la oficina, la sen­sación fue tan fuerte que no tuvo más remedio que actuar. Cuando anunció que se trasladaba a Montana, sus colegas creyeron que había conseguido un puesto estupendo allí. Él les dijo que no, que no sólo no tenía trabajo ni promesa de trabajo allí, sino que en realidad seguía un sueño.

Antes de que hubiera transcurrido un mes, Andrew se trasladó a Montana. Una vez allí, decidió alquilar una habi­tación en la casa de una pareja propietaria de un rancho. Ne­cesitaban ayuda en los quehaceres del rancho y lo contrata-ron. Una cosa condujo a otra, y a medida que pasaban los me­ses, Andrew cada vez trabajaba más con las manos que con la cabeza, una experiencia que era nueva para él. Cuando llegó la temporada de vacaciones navideñas, decidió quedarse con sus nuevos amigos en lugar de ir a su cuidad del este. Los ran­cheros tenían una hija que fue a visitarlos por Navidad. Al ve­rano siguiente, Andrew estaba casado con la hija, y durante los cinco años siguientes aprendió a administrar el producti­vo rancho, que finalmente heredarían él y su esposa.

Al seguir su sueño, Andrew se declaró un hombre libre, se diera cuenta o no. Sus actos fueron como una declaración ante el cielo de que para él era más importante enfrentarse a lo desconocido que comprometer su honor por la seguridad económica. A cambio recibió mucho más de lo que jamás ha­bía imaginado.

Dados los numerosos mensajes sexuales negativos que forman parte de nuestra cultura, no es fácil desarrollar una vida sexual sana, como ilustra el siguiente caso.

Alien, de veintiocho años, vino a verme para que le hi­ciera una lectura. Me dijo que las mujeres le daban mucho miedo y que necesitaba comprender por qué. Cuando le hi­ce la evaluación vi que era impotente, y recibí fuertes impre­siones de que él se consideraba un pervertido sexual; sin em­bargo, no tuve la impresión de que hubiera acosado o abusado de alguien. Su energía tampoco era la de alguien que ha sido acosado sexualmente de pequeño, por lo que las imágenes me parecieron muy confusas. Durante la conversación le expu­se mis impresiones y le pregunté por qué se consideraba un pervertido sexual. Me dijo que cuando era adolescente él y otros chicos participaron en lo que él llamó una «paja en círculo», es decir, un acto de masturbación en grupo. De pronto, la madre de uno de ellos entró y se puso a gritarles que eran unos pervertidos y que debería darles vergüenza ha­cer eso. La mujer llamó a las madres de todos para contarles el incidente y después al director de la escuela. Les dijo que no se podía confiar en esos chicos y que había que vigilarlos para que no se acercaran a las chicas ni a los niños pequeños. Las habladurías se extendieron por toda la ciudad y durante el resto de los años escolares todos ellos fueron rechazados socialmente. En cuanto se graduó del instituto, Alien se mar­chó lejos, pero por entonces ya se creía un pervertido sexual.

Reconoció que era impotente y me dijo que aún no ha­bía salido con ninguna chica. Yo le comenté que esa mastur­bación en grupo era algo muy común, tanto que los adoles­centes casi podían considerarlo un rito. «No me lo creo», replicó. Acordamos que buscaría ayuda terapéutica para tra­bajar ese problema y para comprender que esa experiencia no indicaba perversión sexual.

Alrededor de un año después recibí una carta de Andrew. En ella me contaba el progreso que había hecho en la tera­pia. Me decía que estaba empezando a sentirse «socialmen­te normal», lo que para él era una sensación nueva. Había co­menzado una relación con una mujer con quien se sentía muy a gusto, tanto que pudo contarle su experiencia trau­mática. La reacción de ella fue de compasión y comprensión, no de rechazo. Alien se sentía optimista, creía que muy pron­to sanaría totalmente.

Las energías del segundo chakra sacan sutilmente a la luz recuerdos de los que es necesario liberarse, provocando cons­tantemente el deseo de tomar medidas y actuar para ser más sanos física y espiritualmente.

La energía ética

El segundo chakra es el centro ético del cuerpo. Aunque las leyes están conectadas con el primer chakra, la ética y la moralidad personal residen en el segundo chakra. La ener­gía de la Sefirá de Yesod y el sacramento de la comunión nos influyen espiritualmente para tener un sólido código ético, induciéndonos a entablar relaciones uno-uno y avisándonos intuitivamente de los peligros de traicionar nuestro código de honor.

Los órganos del segundo chakra «registran» todos aque­llos actos interpersonales en los que «damos nuestra palabra», hacemos promesas, aceptamos promesas, y nos comprome­temos con otras personas. Un sólido código ético personal irradia un tipo de energía perceptible. Esta parte de nuestra biología también registra las promesas que nos hacemos a no­sotros mismos y todo tipo de decisiones para «remodelar» ciertos comportamientos.

El orden físico del que se encarga el segundo chakra ha­ce que nos sintamos seguros, y sus leyes, que notemos la exis­tencia de control en nuestro entorno. La ética y la moralidad del segundo chakra nos proporcionan un lenguaje median­te el cual podemos comunicar lo que aceptamos y lo que no aceptamos en las relaciones humanas. La ética tiene un enor­me poder vinculador: buscamos la compañía de aquellas per­sonas que comparten nuestro concepto del bien y el mal; cuando una persona se desvía de su carácter ético o moral, solemos descalificarla como compañera íntima. También ne­cesitamos que nuestro dios sea un dios ordenado, y siempre tratamos de penetrar el código divino del bien y el mal, la re­compensa y el castigo, intentando razonar por qué «les ocu­rren cosas malas a las personas buenas». Nos consuela creer que, si falla la justicia humana, la justicia divina se encarga­rá de que todos reciban su «merecido».

Dado que el segundo chakra alberga todos nuestros mie­dos individuales de supervivencia, hemos construido un sis­tema jurídico externo que respalda cierta apariencia de jue­go limpio, esencial para nuestro bienestar. Ejercer el poder jurídico, o incluso únicamente utilizar el vocabulario jurídi­co, ofrece una especie de válvula de escape a las presiones que se acumulan en el segundo chakra. El sistema jurídico, al me­nos en teoría, es un medio para determinar la culpa y castigar las violaciones; con frecuencia, el veredicto de inocencia se considera una cuestión de honor, y la indemnización económica que recibe la víctima representa la restitución de cier­ta dignidad personal. Esta dinámica es la versión social de la verdad sagrada Respetaos mutuamente.

La necesidad de juego limpio y de ley y orden la senti­mos en nuestra biología, donde observamos las leyes físicas de la salud, como el ejercicio, la buena nutrición, la regu­lación consciente del estrés y cierta medida de coherencia y orden. Estas leyes indican a nuestra biología que estamos físicamente a salvo y confiamos en nuestro entorno. La ines­tabilidad, por el contrario, mantiene constante y a toda mar­cha el flujo de adrenalina, y en continuo estado de alerta el mecanismo de «lucha o huida». El cuerpo no puede sopor­tar un período prolongado de estrés sin producir reacciones biológicas negativas. Las úlceras y las migrañas son dos de los indicadores más comunes de que el caos en la vida de una persona se ha hecho insoportable.

Paul, de cuarenta y dos años, es un abogado que acudió a mí para que le hiciera una lectura, según dijo, debido a que el estrés relacionado con su trabajo lo estaba matando. Cuan­do le estaba haciendo la evaluación, recibí la impresión de que una energía tóxica estaba tratando de entrar en su se­gundo chakra, como si algo o alguien intentara dominarlo. Entonces vi que sufría de dolores crónicos, desde migrañas hasta dolores de espalda, cuello y hombros.

Cuando le comuniqué mis impresiones, él las confirmó, diciendo que desde hacía diez años sufría dolores más o me­nos intensos. Había recurrido a la terapia, pero no le sirvió de nada. Tomaba analgésicos como si fueran caramelos, lo cual explicaba mi impresión de que algo trataba de domi­narlo: le aterraba la idea de convertirse en adicto a esos anal­gésicos. El origen de su dolor, le expliqué, era su implacable deseo de que todo resultara según sus planes. Su obsesión por dominar era tal que tenía que ganar en todo lo que hacia, ya se tratara de asuntos legales, deportes, juegos de cartas o Incluso llegar primero a alguna parte. Le impulsaba la necesidad de dominar, y al estar tomando pastillas analgési­cas lo atormentaba la posibilidad de ser dominado por algo. Pura él, eso significaba perder su sentido del honor. Paul cre­ta que si algo o alguien lo dominaba, su integridad se vería comprometida; ése era su código de honor personal.

Le sugerí que, puesto que era abogado, debería estable­cer un contrato consigo mismo en virtud del cual se com­prometiera a reordenar su vida paso a paso. Podía lograr que su naturaleza dominante, pero honorable, trabajara con él cambiando poco a poco su necesidad de controlar los resul­tados. Lo más probable era que la energía generada por ca­da éxito que obtuviera le aliviaría el dolor. Le encantó la idea, sin duda porque él controlaría el contenido del contrato. Me dijo que haría el acuerdo inmediatamente y me enviaría una copia por fax. Y eso hizo, al día siguiente.

Pasados tres meses, me envió una nota en la que me con­taba que había progresado en su curación desde que estaba "bajo contrato» para mejorar. Con el fin de vencer su nece­sidad de ganar, se había prohibido hacer apuestas. Sólo per­mitía que continuara su pasión por ganar en los asuntos ju­rídicos, donde fuera apropiado. Jamás se había dado cuenta, me dijo, de que todas las personas que lo conocían interpre­taban su necesidad de ganar como «una naturaleza odiosa­mente competitiva». Le estaban desapareciendo los dolores; las migrañas eran menos frecuentes y su espalda había me­jorado tanto que ya podía hacer ejercicio.

La historia de Paúl expresa el sentido simbólico de co­mulgar con uno mismo; es decir, hacer un trato con uno mis­mo para adquirir salud y equilibrio. Mientras una parte disfuncional de la naturaleza de la persona influya negativa­mente en el resto del organismo, la energía se irá agotando, dividida en contra de sí misma. Paúl fue capaz de hacer un fructífero contrato consigo mismo y sanar.

Puesto que los seres humanos por naturaleza somos una especie que busca la ley y el orden, caemos fácilmente bajo el yugo de personas que proyectan autoridad y desean do­minar. Nuestro instinto de confiar en las personas con quie­nes vivimos y trabajamos es una prolongación de la energía del Respetaos mutuamente; es antinatural creer que hay que estar mirando por encima del hombro mientras tratamos de crear algo en unión con otros. Sin embargo, muchas perso­nas hacen mal uso del poder, lo utilizan para dominar en lu­gar de para apoyar a los demás.

Dentro de las relaciones personales es normal crear un conjunto de normas o leyes que ambas partes están de acuer­do en seguir: nada de aventuras extra conyugales, nada de jue­go, ninguna compra importante sin mutuo acuerdo, etc. Sin embargo, es energéticamente destructivo establecer normas con el fin de controlar el crecimiento emocional, mental, psí­quico o espiritual de otra persona. En general, si una pareja no puede ampliar sus normas y fronteras para dar cabida al crecimiento personal, la relación se desintegra. Los padres a veces violan espiritual y emocionalmente a sus hijos con el fin de establecer su autoridad paternal.

La venganza personal es otro mal uso de la energía del segundo chakra. El segundo chakra es nuestro centro de de­fensa propia y de armamento, concebido para ser utilizado alrededor del segundo chakra. Aunque actualmente los dia­rios están llenos de noticias sobre personas que emplean ar­mas para hacer justicia, con mucha frecuencia el acto de «to­marse la justicia por su mano» tiene su origen en leyes de honor personal, psíquico y emocional, como el deseo de «desquitarnos» cuando alguien nos ha agraviado de algu­na manera. La energía de la venganza es uno de los venenos emocionales más tóxicos para nuestro sistema biológico, y es causa de disfunciones que van desde la impotencia hasta cánceres en la zona genital.

 

El poder personal del segundo chakra

SÍ bien la creatividad, la sexualidad, la moralidad y el dine­ro son formas de la energía de poder del segundo chakra, es también necesario hablar del deseo de poder personal. El po­der es una manifestación de la fuerza vital. Necesitamos poder para vivir, prosperar, funcionar. La enfermedad, por ejemplo, es la compañera natural de las personas impotentes. Todo lo que atañe a la vida está, de hecho, ligado a nuestra relación con esta energía llamada poder.

Sentimos una sensación de poder a la altura del primer chakra, cuando estamos con un grupo de personas a las que, en cierto modo, nos hallamos unidos como por una corriente eléctrica. Un ejemplo de este tipo de poder es el entusiasmo de los hinchas deportivos o los que participan en una cam­paña política; el entusiasmo une a las personas que respaldan al mismo equipo o la misma causa. El tipo de poder del se­gundo chakra, sin embargo, expresa esta energía en formas físicas, como el materialismo, la autoridad, el dominio, la propiedad, el atractivo sexual, la sensualidad, el erotismo y la adicción. Todas las formas físicamente seductoras que pue­de adoptar el poder están energéticamente conectadas con el segundo chakra. Y a diferencia del poder del primer chakra, cuya naturaleza es grupa!, el segundo tiene una naturaleza uno-uno. Cada uno de nosotros, como persona individual, necesita explorar su relación con el poder físico. Necesita­mos saber cómo y cuándo estamos dominados por un poder externo y, si es así, a qué tipo de poder somos más vulne­rables.

El poder es la fuerza vital, y nacemos conociéndolo. Des­de que somos pequeños nos ponemos a prueba y ponemos a prueba nuestra capacidad para saber qué y quién tiene po­der, para aprender a adquirir poder y a utilizarlo. Mediante estos ejercicios infantiles descubrimos si tenemos lo que ha­ce falta para adquirir poder. Si lo tenemos, comenzamos a soñar con lo que nos gustaría realizar de mayores. Pero si de­cidimos que somos incapaces de atraernos la fuerza vital, co­menzamos a vivir en una especie de «deuda de poder». Nos imaginamos sobreviviendo solamente gracias a la energía de otras personas, no a la nuestra.

En las personas que confían en su capacidad para adqui­rir poder, los sueños normales suelen convertirse en fanta­sías de poder. En el peor de los casos, podrían llenar su men­te de ilusiones de grandeza. Entonces, la mente racional se eclipsa debido a un deseo de poder que sobrepasa los pará­metros del comportamiento aceptable para incorporar todos y cada uno de los medios que lleven a ese fin. El apetito de poder puede convertirse en una adicción que desafía la voluntad de Dios. El ansia de poder por el poder es tema de numerosos escritos y mitos de egos humanos que, en última instancia, son humillados por el designio divino.

El desafío para todos no es convertirnos en «célibes de poder», sino conseguir la suficiente fuerza interior para re­lacionarnos cómodamente con el poder físico sin vender el espíritu. Eso es lo que significa «estar en el mundo pero no ser del mundo». Nos fascinan las personas que son inmunes a las seducciones del mundo físico; se convierten en nuestros héroes espirituales.

Gandhi tenía una relación limpia con el poder. Su deseo de mejorar la vida del pueblo de la India tenía más motiva­ciones transpersonales que personales. En su vida personal, ciertamente sufrió grandes tormentos por el poder, concreta­mente en el aspecto sexual. Pero sus sufrimientos personales sólo dieron más credibilidad a sus consecuciones globales: re­conoció sus imperfecciones e intentó conscientemente sepa­rar su debilidad de su trabajo social, a la vez que trataba de utilizar ese poder para evolucionar espiritualmente.

El personaje cinematográfico Forrest Gump conquistó el corazón de millones de personas principalmente debido a su comportamiento ético hacia el poder del mundo físico.

Lo curioso es que Gump no aparecía como una persona es­piritual, y no rechazaba ni la actividad sexual, ni el poder, ni el dinero. Más bien conseguía todos esos objetivos gracias a su inocencia y su impermeabilidad a la contaminación del negocio de vivir. Jamás vendió su espíritu, por mucho mie­do o soledad que sintiera.

Durante los seminarios, cuando pido a los participantes que definan su relación con el poder suele cambiar drástica­mente la atmósfera de la sala. La tensión que se crea me ha­ce desear profundizar más en este asunto. Muchas personas cambian de postura en el asiento para cubrir su segundo chakra. Se cruzan de piernas, por ejemplo, o se inclinan apo­yando los codos sobre los muslos y sosteniéndose la cara con las manos. Me miran como diciendo: « ¡Caramba! Esa pre­gunta es muy interesante, pero no te acerques mucho.»

Cuando ofrecen respuestas, invariablemente empiezan definiendo el poder como la capacidad de conservar el do­minio sobre el propio entorno, o como el vehículo para lo­grar que se hagan las cosas. Después pasan a decir que es la fuerza interior necesaria para dominarse uno mismo. El ras­go más sorprendente de todas las respuestas combinadas es que la mayoría define el poder como tener un objeto, ya sea ese objeto algo del mundo externo o del yo. Si bien el poder interior se reconoce como el ideal, en la práctica es menos popular que el poder externo, en primer lugar porque el po­der externo es mucho más práctico, y en segundo, porque en cierto modo el poder interno nos exige renunciar a nuestra relación con el mundo físico.

En esta fase de nuestra evolución, tanto en el plano cul­tural como individual, podemos reconocer que el poder ex­terno o físico es necesario para la salud. La salud es conse­cuencia directa de los principios espirituales y terapéuticos que asimilamos en la vida cotidiana. La espiritualidad y la psicoterapia contemporáneas subrayan que el poder perso­nal es fundamental para el éxito material y el equilibrio espiritual. Interviene directamente en la creación de nuestro mundo y salud personales.

David Chetlahe Paladin (su verdadero nombre) me con­tó su vida en 1985; murió en 1986. Su vida es un testimonio de la capacidad humana para lograr una clase de poder inte­rior que desafía las limitaciones de la materia física. Cuando lo conocí irradiaba una especie de fuerza y poder excepcio­nales, y yo sabía cómo había conseguido lo que tantas perso­nas desean conseguir. David fue uno de mis mejores maes­tros, una persona que dominaba la verdad sagrada Respetaos mutuamente, y transmitía totalmente a los demás la energía de la sefirá de Yesod y el sacramento de la comunión.

David era un indio navajo que se crió en una reserva du­rante los años veinte y treinta. A los once años ya era alco­hólico. En su adolescencia se marchó de la reserva, vagó du­rante unos meses y finalmente encontró trabajo en un barco de la marina mercante. Sólo tenía quince años, pero se hizo pasar por un chico de dieciséis.

A bordo del barco se hizo amigo de un joven alemán y de otro indio estadounidense. Juntos viajaron a los puertos de escala de todo el océano Pacífico. David se dedicaba a di­bujar, como pasatiempo. Uno de los temas que dibujaba eran los búnker que estaban construyendo los japoneses en las diversas islas de los Mares del Sur. Era el año 1941.

Sus dibujos de búnker cayeron finalmente en manos de los militares estadounidenses. Cuando fue llamado a filas, su­puso que continuaría su trabajo de dibujante, pero So envia­ron a participar en una operación secreta contra los nazis. El ejército había reclutado a indios navajos y de otras tribus pa­ra formar una red de espionaje. Los agentes se situaban detrás de las líneas enemigas y transmitían información a la base prin­cipal de operaciones en Europa. Dado que todas las transmi­siones por radio podían ser interceptadas, se utilizaban idio­mas indios para evitar que el mensaje fuese interpretado.

En una ocasión en que David estaba detrás de la línea enemiga, fue sorprendido por soldados nazis. Los nazis lo torturaron de muchas formas, entre otras, clavándole los pies al suelo y obligándolo a permanecer de pie durante varios dí­as. Después de sobrevivir a ese horror, fue enviado a un cam­po de exterminio porque era «de raza inferior». Cuando lo estaban empujando para que subiera a un vagón de tren, no­tó que le metían un rifle entre las costillas para que se diera prisa. Se volvió para mirar al soldado nazi: era el joven ale­mán que había sido su compañero a bordo del barco mer­cante.

Su amigo alemán consiguió que lo trasladaran a un cam­po de prisioneros de guerra, donde pasó los años restantes. Tras la Liberación, los soldados estadounidenses lo encon­traron inconsciente y moribundo. Transportado a Estados Unidos, David pasó dos años y medio en coma en un hospi­tal militar de Battlc Creek (Michigan). Cuando finalmente salió del coma, tenía el cuerpo tan debilitado por sus expe­riencias en el campo de prisioneros que no podía caminar. Le pusieron unas pesadas tablillas de refuerzo en las piernas, y con muletas lograba recorrer distancias cortas.

David decidió volver a su reserva, para dar el último adiós a su gente, antes de ingresar en un hospital para vete­ranos de guerra donde pasaría el resto de su vida. Cuando llegó a la reserva, sus familiares y amigos se quedaron ho­rrorizados al ver el estado en que se encontraba. Se reunie­ron en consejo para decidir cómo podían ayudarlo. Después del consejo, los ancianos se acercaron a él, le quitaron las ta­blillas de las piernas, le ataron una cuerda a la cintura y lo arrojaron al agua. «David, llama a tu espíritu —-le ordena­ron—. Tu espíritu ya no está en tu cuerpo. Si no lo llamas pa­ra que vuelva, te soltaremos. Nadie puede vivir sin su espí­ritu. Tu espíritu es tu poder.»

Según me contó David, «llamar a su espíritu» fue la ta­rea más difícil de su vida. «Fue más difícil que soportar que me clavaran los pies al suelo. Vi las caras de aquellos nazis.

Reviví todos los meses pasados en el campo de prisioneros. Sabía que tenía que desprenderme de mi rabia y mi odio. Apenas podía evitar ahogarme, pero oré para dejar salir la rabia de mi cuerpo. Eso fue lo único que pedí, y mi oración fue escuchada.*

David recuperó el uso total de sus piernas y continuó con su vida. Se convirtió en chamán, pastor cristiano y sanador. También volvió a dibujar y conquistó la fama.

David Chetlahe Paladín irradiaba un tipo de poder que parecía ser la gracia misma. Tras sobrevivir a una confronta­ción con el lado más oscuro del poder, trascendió esa oscu­ridad y pasó el resto de su vida sanando y estimulando a las personas a «llamar a su espíritu» para que vuelva de las ex­periencias que extraen de su cuerpo la fuerza vital.

El tema central de la unión de las energías dualistas de nuestras relaciones es aprender a Respetarnos mutuamente. Utilizando la energía del segundo chakra, la fuerza creado­ra de la sefirá de Yesod y la visión simbólica del sacramento de la comunión, podemos aprender a querer y valorar las uniones sagradas que formamos entre nosotros durante to­dos los días de la vida.

Gran parte de la forma en que reaccionamos ante los de­safíos externos está determinada por la forma en que reaccio­namos ante nosotros mismos. Además de todas las relaciones que mantenemos con personas, también debemos entablar una relación sana y amorosa con nosotros mismos, tarea que pertenece a la energía del tercer chakra.

 

Preguntas para auto examinarse

1. ¿Cómo define la creatividad? ¿Se considera una perso­na creativa? ¿Lleva hasta el fin sus ideas creativas?

  1. ¿Con qué frecuencia dirige sus energías creativas por ca­minos negativos de expresión? ¿Exagera o adorna la «re­alidad» para apoyar sus puntos de vista?
  2. ¿Se siente a gusto con su sexualidad? Si no es así, ¿es ca­paz de trabajar para sanar su desequilibro sexual? ¿Uti­liza a personas para su placer sexual, o se ha sentido uti­lizado? ¿Es ío suficientemente fuerte para respetar sus fronteras sexuales?
  3. ¿Cumple su palabra? ¿Cuál es su código de honor per­sonal? ¿Y el ético? ¿Negocia o vende sus valores éticos según las circunstancias?
  4. ¿Tiene la impresión de que Dios es una fuerza que ejer­ce justicia en su vida?
  5. ¿Es una persona dominante o controladora? ¿Se enzar­za en juegos de poder en sus relaciones? ¿Es capaz de verse claramente en circunstancias relacionadas con el poder y el dinero?
  6. ¿Tiene autoridad sobre usted el dinero? ¿Adquiere com­promisos que violen su yo interior para conseguir segu­ridad económica?
  7. ¿Con qué frecuencia elige motivado por los miedos de supervivencia?
  8. ¿Es lo suficientemente fuerte para dominar los miedos concernientes a lo económico y la supervivencia física, o éstos lo dominan a usted y sus actitudes?

10. ¿Qué objetivos personales aún no se ha dedicado a con­seguir? ¿Qué le impide actuar para conseguirlos?

 

Tercer chakra: El poder personal

La energía del tercer chakra, que es la del poder personal, se convierte en la vibración dominante de nuestro desarrollo durante la pubertad. Nos ayuda aún más en el proceso de in­dividualización, de formar un «yo», un ego y una persona­lidad separados dé nuestra identidad heredada. Este centro de energía también contiene muchos aspectos relacionados con el desarrollo del poder personal y la autoestima.

El tercer chakra completa la trilogía física del sistema energético humano. Igual que los chakras primero y segun­do, se relaciona principalmente con una forma física del po­der. Donde el primer chakra se hace eco del poder grupal o tribal, y el segundo se hace eco del poder que va y viene en­tre el yo y los demás, el tercer chakra vibra con nuestro po­der personal en relación con el mundo externo.

Ubicación: El plexo solar.

Conexión energética con el cuerpo físico: Estómago, pán­creas, suprarrenales, intestino delgado, vesícula biliar, hígado y la parte media de la columna, situada detrás del plexo solar.

Conexión energética- con el cuerpo emocional/mental: El tercer chakra, a veces llamado plexo solar, es nuestro centro de poder personal, el núcleo magnético de la personalidad y el ego. Las enfermedades que se originan aquí son activadas por problemas relacionados con la responsabilidad hacia uno mismo, la estima propia, el miedo al rechazo y la excesiva sensibilidad a la crítica.

Conexión simbólica/perceptiva: El tercer chakra medía entre la conciencia más externa (característica de los chakras primero y segundo) y la interiorización de la conciencia. El primer chakra tiene un centro de gravedad externo y siem­pre está situado dentro de una mente de grupo. El segundo chakra también tiene un centro de gravedad externo, pero afecta a las relaciones y sus efectos en nosotros. En el tercer chakra, sin embargo, el centro de gravedad está interioriza­do en parte; la cuestión ya no es cómo nos relacionamos con las personas que nos rodean, sino cómo nos relacionamos con nosotros mismos y cómo nos comprendemos.

Conexión sefirot/'sacramento: La sefirá de Nétzaj repre­senta la cualidad divina de la resistencia y la sefirá de Hod simboliza la majestad (o integridad) de lo Divino. En el sis­tema chakral, estas dos cualidades forman pareja, porque dentro de la tradición cabalística las dos representan las cua­lidades que necesitamos para «erguirnos» como personas in­dividuales. Así, Nétzaj y Hod se representan simbólicamente como las piernas del cuerpo. También se consideran la fuen­te de la profecía y el centro de la visión simbólica. El signi­ficado simbólico de Nétzaj y Hod forma un potente lazo espiritual con el sacramento de la confirmación. Este sacra­mento representa el surgir del «yo consciente», es decir, esa parte de la personalidad humana que es eterna y que está na­turalmente alineada con lo sagrado.

Miedos principales: Miedo al rechazo, a la crítica, a pare­cer estúpido y a no cumplir las propias responsabilidades; todos los temores relacionados con la apariencia física, co­mo el temor a la obesidad, la calvicie o la vejez; miedo de que otras personas descubran nuestros secretos.

Fuerzas principales: Autoestima, respeto propio y auto­disciplina; ambición, capacidad para generar acción y para manejar una crisis; valor para correr riesgos; generosidad, ética y fuerza de carácter.

Verdad sagrada: La verdad sagrada del tercer chakra es Respétate a ti mismo, tema apoyado por las energías espiri­tuales de las sefirot de Nétzaj (resistencia) y Hod (majestad), por el sentido simbólico del sacramento de la confirmación y el poder inherente al tercer chakra. Las energías que se unen en este chakra sólo tienen un objetivo espiritual: ayu­darnos a madurar en la comprensión propia, es decir, la re­lación que tenemos con nosotros mismos y la forma en que nos sostenemos solos y nos cuidamos. La cualidad espiritual que confiere el sacramento de la confirmación es el respeto hacia uno mismo. Este sacramento también simboliza el pa­so de la infancia a la edad adulta. Todos hemos afrontado o vamos a afrontar una experiencia que nos revela nuestras fuerzas y debilidades interiores como algo al margen de la influencia de nuestros mayores. La cualidad espiritual inhe­rente al tercer chakra nos impulsa a crearnos una identidad separada de nuestro yo tribal.

 

Desarrollo de la autoestima

Estas tres corrientes espirituales se fusionan para formar la voz intuitiva de nuestro plexo solar. A medida que la per­sona desarrolla su sentido de identidad, su voz intuitiva se va convirtiendo en su fuente natural y constante de orienta­ción.

La forma en que uno se siente consigo mismo, si se res­peta o no, determina la calidad de vida, la capacidad de triun­far en los negocios o el trabajo, las relaciones, la curación y las habilidades intuitivas. La comprensión y aceptación de uno mismo, el lazo que forma consigo es en muchos senti­dos el principal desafío al que se enfrenta. La verdad es que si una persona no se gusta a sí misma será incapaz de tomar decisiones sanas. En lugar de eso, cederá a otro su poder per­sonal para tomar decisiones, a alguien a quien desea impre­sionar o ante quien cree que debe ser débil para obtener se­guridad física. Las personas que tienen poca estima propia entablan relaciones y se ven inmersas en situaciones labora­les que reflejan y refuerzan esa debilidad.

Un hombre me contó que jamás había esperado ser ama­do por su pareja. Se casó solamente para tener compañía, convencido de que el amor era algo que le ocurría a otros, nunca a personas como él. Nadie nace con una autoestima sana. Esta cualidad hemos de aprenderla a lo largo del pro­ceso de vivir, a medida que vamos haciendo frente a un de­safío tras otro.

El tercer chakra en particular se hace eco de las fronte­ras del cuerpo físico. ¿Somos fuertes o débiles físicamente? ¿Capaces o discapaces? ¿Hermosos o llenos de cicatrices? ¿Demasiado altos o demasiado bajos? Desde el punto de vis­ta espiritual, todas y cada una de las ventajas y limitaciones son ilusorias, raeros «accesorios». Sin embargo, la acepta­ción o resistencia a esos accesorios es fundamental para en­trar en la vida adulta espiritual. En realidad, desde la pers­pectiva espiritual el mundo físico no es otra cosa que nuestra aula, pero en esta aula se nos presenta el siguiente reto: da­dos el cuerpo, el entorno y las creencias que tiene una per­sona, ¿hará elecciones que fortalezcan su espíritu o eleccio­nes que dispersen su poder en las ilusiones físicas que la rodean? Los retos del tercer chakra nos harán evaluar una y otra vez nuestro sentido de poder personal y nuestra identi­dad con relación al mundo externo.

Pensemos, por ejemplo, en los retos del tercer chakra de una mujer que se ve obligada a desplazarse con ayuda de una silla de ruedas. El hecho de que el mundo físico sea una ilu­sión no quiere decir que la silla de ruedas no exista ni que su problema físico no sea real. Más bien quiere decir que nada del mundo físico puede contener o limitar el poder del espíritu humano. Es posible que la mujer no recupere nunca el uso de sus piernas, pero de todos modos tiene el poder de decidir si esa silla de ruedas discapacitará su espíritu. Si elige sacar el mayor provecho de la vida en una silla de ruedas, lo que hace es mucho más que tomar una sana decisión psí­quica; toma una decisión espiritual que hace intervenir to­das las energías de las sefirot de Nétzaj y Hod.

Una vez que estaba dando un seminario de una semana de duración en México, conocí a una mujer llamada Ruth; estaba alojada en el mismo hotel que yo, pero no asistía a mi seminario. Iba en una silla de ruedas debido a la artritis que padecía, el caso de artritis más extremo que he visto.

Una mañana me levanté muy temprano y salí al patio con una taza de café para redactar algunas notas para mí charla del día. Vi que allí estaba Ruth sola, sentada en su silla de ruedas, escuchando música clásica en un viejo magnetófono. Yo la ha­bía conocido el día anterior, pero esa mañana no pude evitar quedarme mirándola, creyendo que no lo notaría porque me daba la espalda. Pensé en cómo se las arreglaría con ese cuer­po terriblemente lisiado, y obeso debido a su incapacidad pa­ra moverse. De pronto ella volvió la cabeza, sonrió y me dijo:

—Te estás preguntando cómo me las arreglo para vivir en este cuerpo, ¿verdad?

Me quedé tan sorprendida que no pude ocultarlo.

—Me has pillado, Ruth. Eso es exactamente lo que esta­ba pensando.

—Bueno, ven aquí y te lo diré.

Mientras acercaba mi silla a !a suya, aquella mujer de se­tenta y cinco años me preguntó:

—¿Te gusta la música de New Age?

Yo asentí.

—Estupendo, voy a poner esta cinta de New Age mien­tras te lo cuento.

Con la música de fondo de Kitaro, aquella notable judía me contó su historia.

—Me quedé viuda a los treinta y ocho años, con dos hi­jas que mantener y pocos medios para hacerlo. Me convertí en la persona más manipuladora que te puedas imaginar. Nunca le robé a nadie, eso sí, pero me acerqué bastante a ello. Cuando mi hija mayor tenía veintidós años entró en una co­munidad budista. Yo había criado a mis hijas en un bogar ju­dío tradicional, en Nueva York, ¡y va ella y entra en una co­munidad budista! Cada vez que venía a visitarme yo le decía:

»— ¿Corno has podido hacerme esto? Después de todo lo que me he sacrificado por ti, ¿cómo has podido?

«Tuvimos esa conversación unas cien veces. Un día, ella me miró y me preguntó:

»—Mamá, ¿acaso llevo la ropa sucia? ¿Me ves sucia en algo? ¿Hago algo que te ofenda?

«—Seguro que tomas drogas —le contesté-—. Eso es, te han metido en el mundo de la droga.

»—Sí, he tomado drogas —admitió.

»¿ Y sabes lo que le dije entonces? Le dije:

»—Dame un poco.

«Y eso hizo, me trajo un poco de LSD. Yo tenía cin­cuenta y cinco años y tome ácido.

Estuve a punto de caerme de la silla. No podía imagi­nármela tomando LSD.

— ¿Crees en los ángeles? —continuó.

—Por supuesto.

—Estupendo, porque eso fue lo que me ocurrió a conti­nuación. Tomé el LSD y tuve una experiencia fuera del cuer­po. Me encontré flotando por encima de mi cuerpo, más li­viana que el aire. Y vi a una hermosa mujer que dijo que era mí ángel.

*—Ruthíe, Ruthie, ¿sabes lo difícil que es ser tu ángel? —me preguntó-

»Yo le contesté que nunca había pensado en eso, y ella me dijo:

»—Déjame que te muestre cómo te veo yo. «Entonces me señaló a mi doble, que estaba atada con miles de cintas de caucho.

»—-Así es como te veo —me dijo mi ángel—. Cada una de estas cintas es un miedo que te domina. Tienes tantos miedos que nunca puedes oírme cuando te hablo para de­cirte que lo tengo todo controlado. —Después añadió-—: Aquí tienes unas tijeras. ¿Qué te parece si las cortas y te li­beras?

» Y eso fue lo que hice. Las corté una tras otra, y cada vez que cortaba una sentía entrar en mi cuerpo una increíble ole­ada de energía.

»—Bueno, ¿no te sientes mejor? —me preguntó mi ángel.

»Yo le respondí que me sentía más liviana que el aire y más feliz de lo que me había sentido jamás en mi vida. Y no podía parar de reírme.

»—Ahora tienes que volver a entrar en tu cuerpo —me dijo ella—, pero antes te mostraré una cosa.

»Me mostró el futuro, y me vi artrítica. Ella no supo de­cirme por qué tendría que soportar esta enfermedad, sólo que tendría que hacerlo. Pero me dijo que me acompañaría en cada paso del camino. Después me puso en mi cuerpo. Le conté a mi hija lo que me había ocurrido y las dos nos reí­mos casi sin parar durante dos meses. Desde entonces hemos estado muy unidas. Cuando contraje esta artritis, hace diez años, pensé:" ¡Ah, bueno, esto no es estar lisiada. Estaba mu­cho más lisiada cuando podía caminar. Tenía tanto miedo de estar sola, de cuidar de mí misma, que quería que mis hijas estuvieran siempre cerca para no tener que cuidarme yo." Después de aquella experiencia nunca más he vuelto a sentir miedo. Creo que mi enfermedad es una manera de recor­darme que no tenga miedo nunca. Ahora hablo todos los dí­as con mi ángel y sigo riéndome mucho más de lo que me reía antes.

Ojalá pudiera llevar a Ruth conmigo a todas partes para que les contara su historia a los participantes de mis semina­rios. Yo creo que Ruth y su ángel son gemelas. Su historia representa la elección de creer que el mundo no físico de la energía divina tiene más autoridad que el mundo físico de la forma y la materia. Esta elección hizo que lo que podría ha­ber sido una discapacidad se convirtiera poco a poco en una fuente de inspiración y estímulo. Sus limitaciones se trans­formaron en una ventaja. Esta es la influencia de las sefirot de Nétzaj y Hod, nuestras «piernas» espirituales.

Aumento del poder interior

«Reordenamos» nuestra vida cuando preferimos el es­píritu a las ilusiones de las circunstancias físicas. Cada vez que hacemos una elección, o bien nos involucramos más en el mundo físico ilusorio o bien invertimos energía en el po­der del espíritu. Cada uno de los siete chakras representa una versión o manifestación diferente de esta única enseñanza esencial. Cada vez que decidimos fortalecer nuestro poder interior, limitamos la autoridad que tiene el mundo físico so­bre nuestra vida, nuestro cuerpo, nuestra salud, nuestra men­te y nuestro espíritu. Desde el punto de vista de la energía, cada elección que fortalece el espíritu refuerza el campo ener­gético; y cuanto más fuerte es el campo energético, menos conexiones hay con personas y experiencias negativas.

Conocí a Penny en un seminario, cuando ella ya había co­menzado a reconstruir activamente su vida por su cuenta. Ha­bía estado dieciocho años casada con un hombre con quien tenía un negocio en sociedad. Ella era el cerebro de la empre­sa. Era alcohólica, lo que a su marido le venía muy bien por­que también era alcohólico. Él quería que ella bebiera, porque tenerla semiconsciente le daba más dominio en el matrimonio y en el negocio.

Habitualmente, cuando ella llegaba a casa del trabajo se

ocupaba de los perros y los quehaceres domésticos. Su ma­rido le servía una copa de vino y le decía: «Ahora descansa. Yo me encargaré de la cena.» Cuando la cena estaba lista, ella ya estaba «borracha».

Después de unos diecisiete años así, Penny se dio cuen­ta de que tenía un problema. Pensó en asistir a las reuniones de Alcohólicos Anónimos, pero lo reconsideró: «Vivíamos en una ciudad pequeña. Si me veían entrar en esa reunión, pronto se correría el rumor.»

Así pues, pasaba en coche por delante de Alcohólicos Anónimos, pero jamás entraba. Llegó un momento en que tocó fondo. En lugar de volver con su marido, telefoneó a una amiga y le dijo: «Necesito ayuda.» La amiga la acompa­ñó a su primera reunión en Alcohólicos Anónimos.

La sobriedad le cambió la vida. Cuando recuperó el jui­cio, se dio cuenta de que nada en su mundo funcionaba y me­nos aún su matrimonio. Pese al miedo que tenía de romper su matrimonio, lo que también significaba dejar el trabajo, lo hi­zo, paso a paso. Se trasladó a otra ciudad, continuó asistien­do a las reuniones de A.A. y realizó cursos de desarrollo per­sonal, que fue donde nos conocimos. Decidió cambiar de aspecto, se hizo otro corte de pelo y adelgazó nueve kilos. En resumen, volvió a la vida. Aunque eso la dejaba en una situa­ción económica más vulnerable, decidió divorciarse de su ma­rido porque era «lo que necesitaba mi espíritu para ser ubre». A medida que daba estos pasos, ella y yo hablábamos sobre cada uno de ellos y sobre cómo cambiaría su vida y bienestar. Aunque el divorcio cambiaría su situación financiera, necesi­taba descubrir si sería capaz de obtener ingresos sola. Deci­dió que creía lo suficientemente en sí misma para suponer que sí sería capaz. Estudió y trabajó para ser monitora de progra­mación neurolingüística (PNL). Por último conoció a James, un hombre fabuloso que coincidía con ella en lo referente a la salud y el desarrollo personal. Se casaron y actualmente dan seminarios sobre desarrollo personal en Europa.

La historia de Penny nos habla de la capacidad ilimitada que tiene cada persona para transformar su vida, si hay de­terminación y un fuerte sentido de responsabilidad perso­nal. Estas cualidades de poder son inherentes al tercer chakra. El compromiso de Penny con su propia curación es el sentido simbólico del sacramento de la confirmación. Se des­conectó de las personas y circunstancias negativas, llamó a su espíritu y descubrió que tenía una resistencia (Nétzaj) y dignidad (Hod) infinitas, mediante las cuales logró recons­truir su vida. Dado que fue capaz de hacer frente a sus te­mores, fue también capaz de liberarse de ellos y hacerse po­derosa, sana y próspera.

Cuanto más se fortalece el espíritu, menos autoridad ejerce en nuestra vida el tiempo lineal. Hasta cierto punto, el tiempo lineal es una ilusión del mundo físico, relacionado con la energía física de los tres primeros chakras. Para las ta­reas físicas necesitamos energía física; por ejemplo, cuando se trata de llevar una inspiración de pensamiento a forma, lo hacemos con pasos lineales. Pero cuando se trata de creer en nuestra capacidad para sanar, es necesario reexaminar el con­cepto de tiempo.

La ilusión de que curarse exige «mucho tiempo» tiene muchísima autoridad en nuestra cultura. Creerlo lo hace cierto. El Génesis dice que Yahvé «insufló un hálito de vi­da y el hombre se hizo un ser viviente». Cuando decidimos creer algo insuflamos nuestro hálito a esa creencia, dándole así autoridad.

Nuestra cultura cree que sanar de los recuerdos doloro­sos de la infancia requiere años de psicoterapia, pero no tie­ne por qué ser así. Si lo creemos, podemos sanar los recuer­dos dolorosos y quitarles la autoridad que tienen en nuestra vida de una forma muy rápida.

Llegamos a medir la duración del proceso de curación por el tiempo que le atribuye la mente tribal. Por ejemplo, actualmente la mente de grupo cree que ciertos cánceres tar­dan seis meses en matarnos, que las personas afectadas por el sida pueden vivir entre seis y ocho años, que el luto y la aflicción por la muerte del cónyuge requiere por lo menos un año, y que la aflicción por la muerte de un hijo podría no acabar jamás. Si creemos estas estimaciones, damos poder sobre nuestras vidas a la mente tribal en lugar de ejercer nues­tro poder personal. Si el espíritu de la persona es lo bastan­te fuerte para retirarse de la autoridad de una creencia de gru­po, es suficientemente capaz en potencia de cambiar su vida, como lo demuestra la excepcional historia de Margaret.

Conocí a Margaret en un seminario que di en New Hampshire. Según sus palabras, en su hogar recibió una educación «sencilla, corriente y estricta». Sus padres filtraban todo lo que leía y decidían quienes podían ser sus amigas. Jamás le permitieron asistir a ningún espectáculo que ellos conside­raran demasiado «extremista». A veces incluso tenía que leer el periódico a escondidas. Creció dominada por el miedo de sus padres a lo desconocido. Cuando llegó el momento de ele­gir una profesión, sus padres le dijeron que, dado que era mujer, había esencialmente dos ocupaciones posibles para ella: la enseñanza y la enfermería.

Margaret decidió ser enfermera. Poco después de gra­duarse en la escuela de enfermería, se casó con un hombre que, según sus palabras, era «sencillo, corriente y estricto. Me bus­qué una réplica de mis padres».

La pareja se trasladó a una pequeña ciudad donde ella ejerció su profesión como enfermera a domicilio. La comu­nidad era típicamente agradable y tenía sus personajes espe­ciales, particularmente una mujer llamada Ollie, que por al­gún motivo se había ganado la reputación de «peligrosa».

Nadie hablaba con ella ni la invitaba a ninguna fiesta o acontecimiento social. Por Halloween, los niños la ator­mentaban. Esto sucedía desde hacía diez años.

Un día, Ollie llamó a la oficina central de enfermeras a domicilio, para solicitar asistencia. Todas las enfermeras se negaron a ir excepto Margaret.

Sintió cierta aprensión al acercarse a la casa de Ollie, pe­ro una vez dentro se encontró, según sus palabras, «con una mujer de cincuenta años, sola, inofensiva y necesitada de afecto».

Durante el tiempo que estuvo a su cuidado, entre ellas nació una buena amistad. Cuando Margaret se sintió más en confianza, le preguntó a Ollie cuál era el origen de la repu­tación que tenía. Ollie se quedó callada un rato y después le contó que de pequeña «le había venido un poder, así, de re­pente». Ese poder curaba a personas. Su padre comenzó a vender sus servicios curativos a todos los que los necesita­ban y ganó bastante dinero, hasta que «un buen día el poder sencillamente se acabó». Su padre creyó que era tozudez de ella, y trató de obligarla a golpes a hacerlo volver, pero el po­der no volvió.

Cuando llegó a la mayoría de edad, Ollie se marchó de casa y se fue a una ciudad donde nadie la conocía. Allí tra­bajó como mujer de limpieza y a los treinta y dos años se ca­só. Del matrimonio nacieron dos hijos. El hijo menor en­fermó gravemente de leucemia a los cinco años. El doctor les dijo que se prepararan para la muerte del niño, porque era inevitable. Entonces ella le contó a su marido lo del poder que había tenido cuando era niña, y le pidió que la acompa­ñara en la oración. Pidió a Dios que le concediera una vez más ese don para sanar a su hijo. Se arrodilló junto a la cama del niño, oró y luego le impuso las manos. A los dos días el niño ya manifestaba señales de recuperación; a la semana era evidente que estaba recobrando la salud; a los dos meses, es­taba totalmente recuperado.

El doctor les preguntó qué habían hecho, qué tratamien­to le habían dado al niño. Ollie le pidió a su marido que no se lo dijera, pero él le contó exactamente todo lo ocurrido.

 

La reacción del médico fue decir que Ollie era «peligro­sa» y le aconsejó a su marido que tuviera «cuidado con ella, que podría ser una bruja o algo así».

Cinco meses después, Ollie llegó un día a su casa y se en­contró con que .su marido se había marchado, llevándose a as dos hijos. El marido solicitó el divorcio, y se lo conce­dieron por motivos de trastorno mental de Ollie. Aquello la desbordó. Le contó a Margaret que había tratado varias ve­ces de ver a sus hijos, pero en vano. Desde entonces no los veía.

La amistad entre Margaret y Ollie se fue haciendo cada vez más fuerte. El «poder- de Ollie estimuló a Margaret a leer libros sobre curación, el poder de sanar y la espiritualidad. Ollie le había abierto un mundo nuevo. Cuanto más apren­día, más pensaba en sus padres, en su miedo a las ideas nue­vas y en su empeño en que ella sólo aprendiera «cosas co­rrientes, de acuerdo con su estilo de vida corriente.

Margaret trató de contarlo a su marido todo lo que esta­ba aprendiendo, con la esperanza de que encontrara la in­formación tan estimulante como la encontraba ella. Pero él se sintió amenazado por Ollie y esas nuevas ideas, y un buen día le prohibió que siguiera viéndola.

Por aquel entonces Margaret ya necesitaba ver a Ollie, no sólo por lo mucho que la quería sino también porque con ella estaba aprendiendo cosas acerca del poder de sanar, que era la energía del amor de una fuente divina. Esta vez no que­ría dejarse dominar por los miedos de otra persona.

Margaret entró en la peor crisis de su vida, no sólo a cau­sa de Ollie, sino porque se sentía «entre dos mundos de pen­samiento». Sabía que, viera o no a Ollie de nuevo, jamás po­dría volver a sus primeras creencias sobre la curación y la espiritualidad. Deseaba continuar aprendiendo, y finalmen­te le dijo a su marido que, pensara él lo que pensase, estaba decidida a cumplir con su deber de atención domiciliaria a Ollie. Su marido comenzó a decirle cosas como: «Esa mujer te tiene hechizada. Vete a saber qué más hay entre vosotras.» El ambiente en casa llegó a un punto que se le hizo insopor­table, y Margare! se mudó a un apartamento. Pensó que tal vez una separación temporal resultaría beneficiosa para el matrimonio.

Sus colegas y amigas se pusieron de parte de su marido. Le decían que iba a sacrificar su matrimonio por una loca moribunda. Nadie entendía sus motivos para hacer lo que hacía. Ella oraba «pidiendo un milagro sin restricciones», con lo cual quería decir que no le importaba cómo resolvie­ra Dios la crisis, simplemente deseaba que acabara.

Pasados unos cuatro meses, recibió un mensaje de su ma­rido, en el que le decía que tenían que verse. Ella creyó que iba a pedirle el divorcio, pero no, lo que quería decirle era que le habían diagnosticado cáncer de colon. Estaba asusta­do. Y entonces se produjo el milagro. ¿Podría Ollie sanar­lo?, le preguntó. Margaret se estremeció de emoción. Inme­diatamente fueron a casa de Ollíe.

Ollie le explicó a él que el poder venía de Dios y que de­bía concentrar su atención en eso. Le hizo una imposición de manos que no duró más de diez minutos. El hombre se recuperó del cáncer de colon en tres meses. Después de eso su deseo de cuidar de Ollie se convirtió en obsesión, tanto que insistió en que se instalara en la casa de ellos, donde vi­vió hasta su muerte-

«Ahora a mi marido le parece poco todo lo que hace por mí o por los demás. Celebramos en casa ceremonias de cu­ración, en las que oramos con otras personas y les ofrecemos instrucciones para sanar. Jamás hubiera creído que esto po­día ocurrir. Es imposible contar las veces que mi marido me ha dicho: "Cada día agradezco a Dios en mis oraciones que tuvieras el valor de oponerte a mí y atenerte a tus creencias. Hoy estoy vivo gracias a ti."»

Sin duda alguna, los recuerdos de nuestra infancia pueden ser fuente de mucho dolor; sin embargo, es posible que, como a Margaret, se nos presenten oportunidades de utilizar ese dolor para estimularnos a hacer otras elec­ciones.

Autoestima e intuición

Cuando comencé a dar seminarios sobre la orientación intuitiva, mandaba hacer ejercicios interiores y prácticas de meditación a los participantes. Pero la mayoría de las perso­nas que hacían meditación después decía que no tenía nin­gún éxito en el desarrollo de su intuición. Durante un semi­nario me di cuenta de que en realidad el problema no estaba en entrar en contacto con la intuición; en su gran mayoría, los participantes ya estaban en contacto con su intuición, pe­ro tenían un concepto totalmente errado de la naturaleza de ésta.

Todos confundían intuición con capacidad profética. • Creían que la intuición es la capacidad de vaticinar el futu­ro. Pero la intuición no es ni la capacidad de profetizar ni un medio para evitar una pérdida financiera o relaciones dolo-rosas. En realidad, es la capacidad de utilizar la información energética para tomar decisiones en el momento. La infor­mación energética la forman los componentes emocionales, psíquicos y espirituales de determinada situación. Son los in­gredientes del «aquí y ahora» de la vida, no información no física proveniente de algún lugar del «futuro».

En su mayor parte, la información accesible a la intui­ción da a conocer su presencia haciéndonos sentir incómodos, deprimidos, angustiados y nerviosos, o, en el otro extremo, distanciados e indiferentes, como si de pronto estuviéramos separados de todos nuestros sentimientos. En los sueños de naturaleza intuitiva recibimos símbolos de cambio o de caos. Estos sueños suelen presentarse con más intensidad durante las crisis emocionales. Las sensaciones energéticas o intuitivas indican que hemos llegado a una encrucijada de la vida y que tenemos la oportunidad de influir, al menos hasta cierto grado, en la fase siguiente, mediante la decisión que toma­mos en ese momento.

La intuición e independencia del tercer cbakra, unidas, nos dan la capacidad para arriesgarnos, para seguir y actuar según las corazonadas o sentimientos viscerales. Evan, de veintiocho años, acudió a mí porque sufría de una grave úl­cera de colon. Cuando le hice la evaluación, recibí repetida­mente la impresión de un caballo que es conducido a la puer­ta de salida pero nunca participa en la carrera. El tercer chakra de Evan era como un agujero abierto por el cual sa­lía energía. Daba la impresión de que no le quedaba nada de energía para sostenerse solo. De hecho, parecía haber huido de todas las oportunidades que le había ofrecido la vida por­que tenía miedo de fracasar. No quería correr ni un solo ries­go que pudiera confirmar alguna intuición.

Según sus propias palabras, su vida había sido una serie de inicios falsos. Se le habían ocurrido todo tipo de negocios, pero nunca se había decidido a llevarlos adelante. Vivía ana­lizando el mercado bursátil, en busca de una fórmula que re­velara la pauta de alzas y bajas de los precios de las acciones. Obsesionado con esos informes, había acumulado datos es­tadísticos. En realidad, se le daba bastante bien identificar las acciones que estaban a punto de aumentar de valor. Le pre­gunté por qué no se lanzaba e invertía en algunas de esas ac­ciones. «La fórmula todavía no es perfecta —me dijo—. Tie­ne que ser perfecta.» Sin embargo, se sentía muy amargado consigo mismo, porque sabía que habría ganado muchísimo dinero si hubiera seguido algunas de sus corazonadas. En realidad se habría hecho bastante rico. Le comenté que si lo hacía tan bien sobre el papel era muy probable que acertara en una inversión real. Me contestó que el mercado bursátil es muy voluble, y que nunca podía estar seguro de que sus corazonadas resultarían correctas.

La úlcera de colon le estaba desgarrando el cuerpo debi­do a su incapacidad para actuar según sus corazonadas. No lograba decidirse a invertir ni siquiera un poco de dinero en una acción. Su miedo a arriesgarse le estaba destruyendo li­teralmente el cuerpo, pero seguía obsesionado con un nego­cio que no es otra cosa que riesgo. Decirle que empleara al­guna técnica de relajación habría sido tan inútil como decirle a un adolescente que llegue a casa a la hora. Lo que necesita­ba era dejar a un lado su mente de ordenador y guiarse por sus instintos viscerales. Pero no se fiaba de ellos porque no le ofrecían «pruebas» de los resultados, sólo le sugerían po­sibilidades.

Los participantes en mi seminario también estaban en contacto con su intuición, pero suponían que intuición sig­nifica dirección clara, no sólo orientación intuitiva. Esperaban que una buena intuición les diera el poder para reordenar su vida en armonía y felicidad completas. Pero orientación in­tuitiva no significa seguir una voz hacia la Tierra Prometida. Significa tener autoestima para reconocer que el desagrado o confusión que uno siente en realidad lo guía para tomar el mando de su vida y hacer las elecciones que lo saquen de su estancamiento o desgracia.

Si una persona tiene poca autoestima, no puede actuar según sus impulsos intuitivos porque su miedo al fracaso es demasiado intenso. La intuición, como todas las disciplinas meditativas, puede ser enormemente eficaz, pero sólo si uno tiene la valentía y el poder personal para llevar a cabo la orientación que le da. La orientación requiere acción, pero no garantiza seguridad. Mientras que nosotros medimos el éxito por el rasero del agrado y la seguridad, el universo lo mide por la cantidad que hemos aprendido. Mientras utili­cemos el agrado y la seguridad como criterio para medir el éxito, tendremos miedo de nuestra orientación intuitiva, porque por su propia naturaleza ésta nos guía hacia nuevos ciclos de aprendizaje que a veces son desagradables.

En uno de mis seminarios, una mujer llamada Sandy co­mentó con orgullo que había vivido seis años en un ashram en la India, perfeccionando su práctica de la meditación. Ca­da mañana y cada noche realizaba una hora de meditación y era capaz de recibir una orientación espiritual muy clara. Du­rante un momento en que estábamos solas me preguntó si yo había recibido alguna impresión de ella, acerca de dónde debería vivir y sobre corno debería ganarse la vida. Le pre­gunté por qué no recibía esa información en sus medita­ciones, y añadí que la orientación ocupacional no era mi es­pecialidad. Me contestó que su orientación sólo era para asuntos espirituales. Yo objeté que su ocupación era parte de su vida y, por lo tanto, formaba parte de su espiritualidad. Me dijo que, simplemente, no podía obtener ese tipo de in­formación.

—¿Cuál es la peor intuición posible que podrías recibir en tu meditación sobre dónde vivir y en qué trabajar? —le pregunté.

—Eso es fácil —contestó al instante—, volver a la ense­ñanza en el centro de Detroit. En realidad he tenido pesadi­llas con eso.

—En tu lugar, yo consideraría la posibilidad de hacerlo. A mí eso me parece orientación.

Al año siguiente recibí una carta de ella en la que me con­taba que después del seminario se había sentido acosada por deseos de volver a la enseñanza. Los combatió enérgicamente y acabó con migrañas y trastornos del sueño. Mientras tan­to se ganaba la vida trabajando de dependienta en una libre­ría, y su salario no era muy bueno. Así las cosas, recibió una oferta para hacer sustituciones en el distrito escolar donde había trabajado antes y lo aceptó. Al segundo mes de estar allí introdujo una clase optativa de meditación para alumnos de segunda enseñanza, que se reunían dos veces a la semana después del horario escolar. La clase tuvo tanto éxito que al año siguiente la incluyeron en el programa, y Sandy, encantada, firmó un contrato para darla. Poco después le desapa­recieron las migrañas y los trastornos del sueño.

Para sanar es necesario creer en uno mismo. Antes de comprender la importancia de la propia estima para desa­rrollar las habilidades intuitivas, yo habría afirmado que la fe es el factor más importante en la curación. Ahora equipa­ro la fe con la estima propia y el poder personal, porque la falta de autoestima refleja falta de fe en sí mismo y en los po­deres del mundo invisible. Sin duda la fe es fundamental pa­ra manejar los problemas de la existencia cotidiana.

Un ejemplo es el de una mujer llamada Janice, que ron­daba los treinta años. Me llamó porque deseaba aprender a manejar su salud. Tenía un buen número de trastornos, pe­ro no me preguntó por qué tenía que hacerles frente; lo úni­co que le interesaba era comenzar a sanar.

Cuando era adolescente le hicieron una intervención quirúrgica debido a una obstrucción en el colon. Cuando la conocí estaba casada, tenía, un lujo y se encontraba en el hos­pital para que le hicieran su séptima operación abdominal. Le habían quitado la mayor parte del tracto intestinal y ten­dría una colostomía para el resto de su vida. Ya no podía comer alimentos sólidos; tenía que alimentarse a base de lí­quidos a través de un catéter que le habían insertado quirúr­gicamente en la parte superior del pecho. Eso también sería permanente. Tenía que conectar el dispositivo justo antes de dormirse; durante la noche, la alimentación líquida entraba gota a gota en su cuerpo. Dado que este tipo de nutrición lí­quida acababa de inventarse, el seguro médico no la cubría. Los viajes, aunque sólo fueran de un fin de semana, signifi­caban un tremendo engorro, ya que tenía que llevar mucho equipo médico. Además de todos sus problemas físicos, y a consecuencia de éstos, ella y su marido estaban acumulando una deuda insuperable.

Cuando iba de camino al hospital para ver a Janice me imaginé que estaría abrumadísima por sus circunstancias y aterrada ante el futuro. Pero, ante mi sorpresa, irradiaba una actitud positiva y energía. Deseaba aprender técnicas de energía, como la meditación o la visualización, para mejorar su salud. Durante nuestra conversación me comentó: «He de reconocer que cuando me estaban colocando el catéter sentí lástima de mí misma, por no decir que me sentí culpa­ble. Pensé que era una carga económica para mi marido y una esposa muy poco conveniente. Después salí a caminar por los corredores del hospital y vi a personas que padecían otras enfermedades. Decidí que mi situación no era tan mala des­pués de todo, y me dije que podía manejarla!»

Después de su última operación, volvió a la universidad para terminar la carrera de enfermería. Justo cuando estaba reorganizando su vida, su marido le pidió el divorcio. Me te­lefoneó y quedamos en encontrarnos.

Durante nuestra conversación me dijo: «No me sor­prende en absoluto que Howard desee el divorcio. Me ha da­do todo el apoyo que ha podido durante los últimos doce años, pero para él esto no ha tenido mucho de matrimonio. No puedo permitirme sentirme amargada; tengo un hijo que me necesita y estoy profundamente convencida de que la negatividad sólo aumentará mis problemas físicos. Pero estoy asustada, ¿qué puedo hacer ahora? ¿Existe una visualización que haga aparecer repentinamente el valor en las entrañas ?»

Decidimos que lo prioritario para ella en esos momen­tos era superar el divorcio, y que debería tener todo el apo­yo posible durante los meses siguientes. Cuando estaba en las últimas fases del divorcio encontró trabajo en un hospi­tal de la localidad. Se mudó a un apartamento con su hijo de diez años y se esforzó muchísimo en entablar nuevas amis­tades. Dio prioridad a su vida espiritual; todas las mañanas, ella y su hijo hacían visualizaciones en las que aparecían fe­lices, sanos y completos, acto que activaba las energías rela­cionadas con el tercer chakra: resistencia, vitalidad y respe­to hacia uno mismo. Estaba decidida a «sostenerse sola»durante su penosa experiencia, y lo consiguió. Su enferme­dad permaneció estable durante todo ese período de transi­ción, y al año de divorciarse conoció a un hombre maravi­lloso y volvió a casarse. Su historia ilustra bien la capacidad del espíritu humano para trascender las limitaciones físicas y los problemas personales reaccionando con valentía ante ellos. Janice tuvo sus días malos, lógicamente, pero compren­dió que la autocompasión le hacía más daño que su enfermedad física. Su actitud y la práctica espiritual diaria mantuvo su cuer­po y su espíritu en equilibrio, simbolizando el sostén energé­tico de las sefirot de Nétzaj y Hod y el sacramento de la con­firmación.

El sentido simbólico del sacramento de la confirmación es que adquirimos «vida» por dentro autorizándonos, dán­donos poder interiormente. La autoestima y el poder perso­nal consciente a veces se desarrollan en un momento me­morable de la vida que significa una iniciación a la edad adulta espiritual. Tai vez en un repentino destello de com­prensión, la persona ve la manera de realizar una tarea que antes le parecía abrumadora. Tal vez se ve a sí misma pode­rosa y comprende que es capaz de lograr objetivos de todo tipo, desde una buena forma física hasta éxito económico.

Desarrollar confianza en la propia capacidad de lograr objetivos es una de las maneras en que el poder personal se convierte en agente de! cambio personal. Al mismo tiempo puede producirse un cambio similar en la vida espiritual o simbólica de la persona. La adquisición de poder interior cambia el centro de gravedad, pasando de lo externo a lo in­terno, lo que es señal de un pasaje o paso espiritual.

En muchas culturas se practica un rito de pasaje para la gente joven, rito que representa la entrada del espíritu en la edad adulta, por ejemplo, el barmitzva y ei has mitzva (ce­remonias religiosas mediante las cuales los chicos y las chicas entran a formar parte de la comunidad adulta) en la cul­tura judía, y la confirmación en la cristiana. En muchas tra­diciones nativas de Estados Unidos, al menos históricamen­te, a los jóvenes se los enviaba lejos de la tribu durante un tiempo, a vivir solos en el desierto, para ser iniciados como guerreros. Estas ceremonias señalan el fin de la dependencia de la persona joven de la energía protectora del poder de la tribu, y su aceptación personal de la responsabilidad de su vida física y espiritual. El rito también señala el reconoci­miento de esa aceptación por parte de la tribu. Una vez «ini­ciada», la persona joven está sujeta a las expectativas más ma­duras de sus amigos y familiares.

El sentido del yo más poderoso o capacitado también puede desarrollarse en fases a lo largo de la vida, en una se­rie de mini-iniciaciones. Cada vez que avanzamos en autoes­tima, aunque sea un poquito, tenemos que cambiar algo en nuestra dinámica externa. Generalmente detestamos el cam­bio, pero una iniciación representa la necesidad de cambiar. Es posible que la persona acabe una relación porque se ha hecho más poderosa y necesita una pareja más fuerte. O tal vez deje un trabajo porque necesita salir de situaciones se­guras y familiares y poner a prueba el alcance de su creativi­dad. Si se producen demasiados cambios a un ritmo excesi­vamente rápido, puede resultar abrumador, de modo que intentamos administrar la capacitación aceptando los desa­fíos o problemas de uno en uno. Al hacerlo así, los cambios que experimentamos forman una pauta en nuestro viaje ha­cia el poder personal.

 

Las cuatro fases del poder personal

La propia estima, o autoestima, se convirtió en una ex­presión popular a comienzos de los años sesenta, década de revolución que redefinió nuestra visión de la persona capacitada, autorizada. Entonces se aceptó que la propia estima es esencial para la salud de hombres y mujeres, y se redefinió la salud, incorporando la salud psíquica y la espiritual a la salud física.

Cada una de las tres décadas siguientes afinó todavía más esta nueva definición de autoestima. Las tendencias sociales de los períodos comprendidos entre los años sesenta y los noventa reflejan simbólicamente las fases de desarrollo de la auto capacitación que experimentamos cada uno como indi­viduos. Después de la década de revolución de los años se­senta vino la década de los setenta, que fue de involución. La energía en bruto liberada durante los años sesenta, que de­rribó barreras externas, condujo a la tarea de los años seten­ta de derribar barreras internas. En esta década, la «psicote­rapia» se convirtió en una palabra corriente.

Los años setenta fusionaron dos nuevas fuerzas psicoló­gicas. En primer lugar, el potente término «yo» o «ego» se li­beró de su prisión puritana, en la que el único sufijo permi­tido era «ismo» o «ista». Durante siglos, la palabra «egoís­mo» había impedido a la gran mayoría de las personas actuar en pos de cualquier forma de desarrollo personal. Los años setenta hicieron aceptable y de uso común el prefijo «auto» (auto motivado, autocuración, autoconciencia). Este simple cambio equivalió a darnos a cada uno nuestra propia llave del «jardín secreto», en el cual, con un poco de ayuda, des­cubriríamos que realmente podemos caminar solos.

No es de extrañar que esta fascinación por el yo se lleva­ra al extremo. Para probar hasta dónde podía llevarnos el po­der de nuestros nuevos «yoes», el tema de los años ochenta fue el consentimiento del yo: el narcisismo. La atmósfera narcisista de los ochenta nos hizo sentir como si de pronto fué­ramos libres para satisfacer todos nuestros deseos físicos. Y, efectivamente, nos consentimos hasta extremos insospecha­dos. ¿Con qué rapidez podemos hacernos ricos? ¿Con qué rapidez podemos transmitir información? ¿Con qué rapidez podemos convertir nuestro mundo en un tecnoplaneta? ¿Con qué rapidez podemos adelgazar? ¿Con qué rapidez podemos sanar? Incluso el objetivo de hacernos conscientes, anterior­mente una tarea sagrada que requería toda una vida consa­grada al trabajo, se convirtió en algo que parecía que se po­día alcanzar en una semana, si se pagaba el dinero suficiente.

Ese autoconsentimiento llega a un punto de saturación, y cuando entramos en los años noventa el péndulo ya ha os­cilado del mundo exterior al interior, dirigiendo todas esas modalidades de energía hacia la evolución personal, hacia la formación de un yo lo bastante poderoso para «estar en el mundo sin ser del mundo», un yo que sepa disfrutar de la magnificencia de] mundo físico sin permitir que sus muchas ilusiones le agoten el alma.

Revolución, involución, narcisismo y evolución; éstas son las cuatro fases a través de las cuales avanzamos hacia el logro de la propia estima y la madurez espiritual. Una per­sona espiritualmente adulta hace participar con discreción sus cualidades espirituales interiores en sus decisiones coti­dianas. Los pensamientos y actividades «espirituales» son inseparables de los otros aspectos de la vida: todos se con­vierten en uno.

Una persona puede pasar años en cada fase o sólo unos cuantos meses, pero, al margen de lo que dure cada fase, ine­vitablemente tendrá que esforzarse en resolver los desa­fíos particulares de su carácter, ética, moralidad y respeto propio.

Hemos de trabajar para descubrirnos, comprender por qué guardamos secretos, tenemos adicciones o culpamos a los demás de nuestros errores. Hemos de esforzarnos en comprender por qué nos resulta difícil recibir o hacer un elo­gio, o sí sentimos vergüenza interior. Necesitamos poder enorgullecemos de nuestro carácter y nuestros logros sin sentirnos mal por ello. Necesitamos conocerlos parámetros de nuestro carácter, cuánto vamos a ceder o transigir y dónde debemos fijar el limite, e incluso si fijamos un límite. La creación de una identidad propia se apoya en el autodescubrimiento, no en la herencia biológica y étnica. Esta prime­ra fase del descubrimiento propio es la revolución.

 

Primera fase: Revolución

El desarrollo de la autoestima requiere un acto de revo­lución, o de varias mini revoluciones, mediante el cual nos separamos del pensamiento grupal y establecemos nuestra propia autoridad. Es posible que de pronto veamos que nuestra opinión difiere de la de nuestros familiares o amis­tades, pero en cualquier caso tendremos dificultad para li­berarnos de la energía del grupo, cuya fuerza depende del número y de la oposición contra la mayoría de las expresio­nes de individualidad.

El acto de encontrar nuestra voz, aunque sea en mini­ revoluciones, es importante espiritualmente. La madurez espiritual no se mide por la complejidad de las opiniones de una persona, sino por su autenticidad y el valor necesario pa­ra expresarlas y mantenerlas. Al decir valor no me refiero a la tozudez intratable de dos personas enzarzadas en una dis­cusión; esa dinámica es un juego de poder del segundo chakra. La madurez espiritual, por el contrario, es la capacidad de mantener con firmeza una opinión, dado que refleja una auténtica creencia interior.

Jerry vino a verme para que le hiciera una lectura porque tenía una úlcera. Recibí una impresión muy fuerte de que mantenía relaciones con una mujer que violaba su código moral. Noté que, por un lado, sentía la necesidad de prote­gerla, y por otro, se sentía decepcionado de ella y de sí mis­mo por no ser capaz de expresarle esos sentimientos. Cuan­do le expuse mis impresiones, me dijo que Jane, su pareja, era drogadicta. Cuando la conoció estaba «limpia», y al mes de conocerse se fue a vivir con el. Durante dos meses todo fue bien aparentemente, pero después el comportamiento de Jane comenzó a cambiar. Él le preguntó si había vuelto a la droga, pero ella le dijo que no, que estaba de mal humor por­que deseaba dejar el trabajo pero no tenía ni idea de dónde buscar otro. Al principio él la creyó, pero luego notó que le faltaba dinero en la cartera. Se lo comentó, y ella le explicó que había cogido dinero para comprar cosas para la casa y le pidió disculpas por no habérselo dicho. Las historias de las mentiras de Jane ocuparon media hora de nuestra conversa­ción.

 

Le sugerí que conectara los puntos. Jamás había tenido úlcera antes de vivir con Jane. Su problema no era Jane, le di­je, sino el hecho de que deseaba angustiosamente decirle que no creía sus explicaciones. Él estuvo callado un rato y des­pués me dijo que no deseaba creer que la causa de la úlcera fuese Jane; él había establecido un compromiso con ella, y estaba mal abandonar a una persona necesitada; además, le aterraba la idea de que lo abandonara si hablaba con ella de esto. «¿Que prefieres perder, tu salud o Jane?», le pregun­té. Añadí que en realidad ya se estaba enfrentando a ella, pe­ro era su úlcera la que hablaba. Dos días más tarde me llamó para decirme que le había pedido a Jane que se fuera de su casa. Me contó que, ante su gran sorpresa, se sintió aliviado por la decisión: «No creí que tuviera valor para hacerlo, pe­ro ya no podía seguir viviendo así. Prefiero estar solo a vivir una mentira.»

Desafiar a Jane fue para Jcrry una revolución personal. Esa experiencia le ayudó a comprender que necesitaba res­petar sus valores personales y que era capaz de hacer la elec­ción que le convenía.

Cuando desarrollamos este tipo de fuerza interior, aun­que sea en pequeña medida, somos más capaces de hacer in­trospección y auto examinarnos. De esta manera varaos re­emplazando gradualmente las influencias de nuestra mente tribal o de grupo por nuestra propia guía interior o intuiti­va. Una vez que ha comenzado este proceso, el siguiente pa­so natural es la «involución», es decir, la exploración de nues­tro yo interior.

 

Segunda fase: Involución

Cada nuevo encuentro, deseo o propósito que tenemos le pregunta a nuestro yo interior: «¿Qué otra cosa creo? ¿Qué otra cosa pienso? Deseo conocerme. Esto es una petición de información.» Cada vez que se produce una situación nueva, la información entra a raudales en nuestras entrañas. Las per­sonas y circunstancias nuevas nos despiertan sentimientos. En esta fase de involución evaluamos el mundo externo y si se adapta a nuestras necesidades. Con frecuencia, este auto examen lleva a la persona a centrar la atención en su relación con Dios y la finalidad de su vida, pero primero ha de desa­rrollar cierto grado de vigor interior que le dé fuerzas para controlar las consecuencias del pensamiento auto examinador. En los seminarios, algunas personas me dicen que cuan­do les hago ciertas preguntas de tipo auto reflexivo prefieren «escurrir el bulto» porque no desean conocerse tan bien. O tal vez dicen: «No sé, nunca he pensado en eso», a lo cual yo respondo: «Bueno, pues piénselo ahora.» ¿Por qué es tan co­mún esta reacción? Porque el conocimiento propio induce a la elección y la acción, y muchas personas no se sienten pre­paradas para ninguna de esas dos cosas.

 

Durante uno de mis seminarios conocí a Emma, una mu­jer de casi sesenta años que acababa de terminar un trata­miento quimioterápico para cáncer de colon. Tenía seis hi­jos, todos ya adultos. Me contó que el cáncer le había servido de inspiración. Durante el período de recuperación se dio cuenta de que, aunque sus hijos la querían muchísimo, ama­ban más su parte «servidora». Con gran dolor por su parte, oyó comentar a cuatro de sus hijos que tenían que buscar a otra persona para que les hiciera esto o aquello, y pregun­tarse cuándo estaría ella lista para reanudar sus funciones. Comprendió que necesitaba reevaluar su papel en la vida y que parte de sí misma era preciso sanar. Su revolución la con­dujo a un período de involución, durante el cual leyó mu­chísimo sobre autocuración y conocimiento propio. Com­prendió que hasta ese momento había vivido para sus hijos y que necesitaba vivir para sí misma. Le llevó unos cuantos meses reunir el valor suficiente para cambiar las normas de su casa, pero las cambió. Anunció a sus hijos que ya no con­taran con ella para las interminables tareas de hacer de niñe­ra de sus hijos pequeños, que ya no prepararía siempre las co­midas principales, que ya no dejaría de hacer lo que estaba haciendo para hacerles recados. En resumen, recuperó su de­recho a decir que 110. Sus hijos se sintieron tan dolidos y alte­rados por su anuncio que convocaron una reunión familiar (consejo de la tribu) para buscar una manera de doblegarla. Emma se mantuvo firme en su posición y les dijo que ten­drían que adaptarse al hecho de que ella, además de ser su madre, era una persona que tenía sus necesidades y había de­cidido jubilarse de su papel de madre.

La historia de Emma nos muestra que la fase de involu­ción va seguida del nacimiento narcisista de una nueva ima­gen de uno mismo.

 

Tercera, fase: Narcisismo

Aunque tiene mala prensa, a veces el narcisismo es una energía muy necesaria en el trabajo para desarrollar un sen­tido fuerte del yo. Darnos una nueva imagen, por ejemplo, un nuevo corte-de pelo, ropa nueva, tal vez incluso una nue­va forma corporal mediante ejercicios, indica que se están produciendo cambios dentro de nosotros. Mientras estamos

en esta fase vulnerable, es posible que nos encontremos con fuertes reacciones críticas por parte de nuestra tribu o cole­gas, pero la energía narcisista nos da agallas, firmeza para re­crearnos, remodelarnos y cambiar nuestras fronteras ante la oposición. Los cambios que se producen en esta fase nos pre­paran para los cambios internos más importantes que vienen a continuación.

Gary definió bellamente esta fase durante un seminario. Nos explicó que de repente comenzó a ponerse ropa elegante para asistir a conciertos y obras de teatro, cuando antes siem­pre iba con téjanos y camiseta. Aunque la sola idea de rom­per con los hábitos de sus amigos le producía sudores fríos, pensaba que ese cambio era un importante paso en su desa­rrollo personal, porque deseaba saber lo que era sentirse «mi­rado con envidia». No es que deseara ser envidiado; simple­mente quería liberarse del dominio que habían ejercido en él sus amigos al determinar una imagen que siempre proyec­taba humildad. Gary contó que era homosexual. Yo le pre­gunté sí era franco con su familia respecto a eso, y él contes­tó: «Todavía no. Estoy trabajando para llegar a ese grado de autoestima paso a paso. Tan pronto como me sienta lo sufi­cientemente fuerte para vestirme como quiero, entonces tra­bajaré para adquirir la suficiente fuerza para ser quien quie­ro ser.»

Ser quien uno quiere ser capta la importancia de la cuar­ta fase: la evolución.

Cuarta fase: Evolución

Esta última fase en el desarrollo de la propia estima es in­terior. Las personas capaces de mantener sus principios, su dignidad y su fe sin comprometer ninguna energía del espí­ritu son personas evolucionadas interiormente, como Gandhi, la Madre Teresa y Nelson Mándela. Evidentemente, el mundo está lleno de personas mucho menos famosas que han logrado este grado de autoestima, pero el espíritu de estas tres personas se hizo cargo de su entorno físico, y ese entor­no cambió para dar cabida al poder de su espíritu.

Estas tres personas, por cierto, fueron consideradas narcisistas durante alguna fase de su desarrollo. A la Madre Te­resa, por ejemplo, en su primera época casi la obligaron a de­jar dos comunidades religiosas, debido a que su visión del servicio a los pobres era mucho más intensa de lo que podían soportar sus hermanas. Durante ese tiempo se la considera­ba ensimismada y narcisista. Tuvo que pasar por un período de profunda reflexión espiritual, y cuando llegó el momen­to oportuno, actuó según le indicaba su guía intuitiva. Al igual que Gandhi y Mándela, entró en una fase de evolución en la cual la personalidad se convirtió en persona: fuerza arquetípica que podría inspirar y estimular a millones de per­sonas. Cuando el espíritu toma el mando, el mundo también se rinde ante su fuerza.

Los desafíos del viaje

Desarrollar la comprensión, la independencia y el res­peto propios no resulta sencillo, aun cuando el viaje sólo conste de cuatro fases o etapas. El tercer chakra rebosa de energía: las energías de las ambiciones personales, el sentido de la responsabilidad y el respeto por nuestras fuerzas y de­bilidades, y también las energías de los miedos y secretos que aún no nos atrevemos a encarar. Dado que solemos estar des­garrados por conflictos personales, nos produce una gran turbación encontrarnos con el desafío espiritual de "vaciar­nos para poder llenarnos*, morir de cara a los viejos hábitos e imágenes propios para renacer. Sin embargo, el camino del desarrollo de la independencia y madurez es mucho más que un acto psicológico de salud. Convertirse en experto del pro-ceso interior del conocimiento propio y de la visión simbólica es una tarea espiritual fundamental que lleva al creci­miento de la fe en uno mismo.

Me encanta la historia de Chuck porque capta la esencia espiritual del Respétate a. ti mismo. Chuck procedía de una familia muy tradicional de la Europa del Este. La influencia de su familia era fuerte en todos los aspectos, actitudes so­ciales y valores religiosos. Chuck era el raro de la familia: no le gustaban los deportes ni las fiestas con cerveza y se sentía atraído por ideas y amistades liberales. Cuando estaba en se­gunda enseñanza ya llevaba una doble vida, manteniendo fuera del ámbito familiar sus intereses y amigos. Al acabar los estudios secundarios ya sabía que era homosexual, lo que intensificó su necesidad de esa doble vida, pues sabía que su familia sería incapaz de aceptar su homosexualidad. Dejó su casa para viajar al extranjero y enseñar en otras culturas; dominaba varios idiomas.

Cuando finalmente se estableció de nuevo en su ciudad, había recibido varias condecoraciones académicas, pero esta­ba deprimido. Cuando lo conocí era evidente que necesitaba dejar sus viajes externos y aventurarse dentro de sí mismo. Hablamos de su vida desde el punto de vista simbólico, reco­nociendo que el verdadero motivo para vivir fuera había sido que se sentía incómodo por ser el raro de la familia. Deseaba angustiosamente ser aceptado por su familia, pero sabía que aún le hacía falta aceptarse él a sí mismo. Todavía no podía vi­vir francamente como gay, y eso le preocupaba. «No creo que haya aceptado ser gay, cuando las únicas personas que co­nozco son mis amigos gay. Mi mayor temor, si exploro mis sentimientos, es descubrir que el problema de fondo es que no puedo aceptarme verdaderamente. ¿Qué puedo hacer?»

Chuck se dedicaba a estudios de misticismo y era fiel a una práctica espiritual que consistía en oración, meditación y culto en la iglesia. Le sugerí que hiciera un peregrinaje a los lugares espirituales sobre los que tanto le gustaba leer, y que dirigiera su intención espiritual hacia la aceptación de sí mis­mo. Me citó la frase de un amigo que le había dicho: «El pe­regrinaje es misticismo extrovertido, al igual que el misticis­mo es un peregrinaje introvertido.»

Al verano siguiente emprendió un viaje por Europa para visitar Fátima, Lourdes y varios lugares más que para é! re­presentaban lo sagrado. En cada lugar realizó una ceremonia espiritual, en la cual se liberaba de una parte de su pasado y pedía capacidad para aceptarse totalmente. Cuando volvió a casa había cambiado. Estaba libre y «vivo», del modo en que hemos de estarlo todos. Se había desprendido de su sombra y parecía irradiar luz. Una de las primeras cosas que hizo fue reunir a sus familiares y decirles que era homosexual. Estaba preparado para una reacción negativa, pero con gran alegría por su parte, ellos lo aceptaron. El viaje espiritual le había per­mitido conquistar la independencia de su pasado y de sus te­mores por el mañana, y una profunda fe en sí mismo.

Todos estamos en una especie de peregrinaje, aunque evi­dentemente no es necesario viajar a lugares sagrados físicos ni realizar ceremonias para liberar el pasado. Lo que sí es ne­cesario, sin embargo, es viajar espiritualmente y despren­dernos de los miedos que nos impiden reconocer la belleza de nuestra vida, y llegar a un lugar de curación y autoacep-tacíón. Podemos hacer diariamente ese viaje en la intimidad de nuestras oraciones y meditación.

La difunta poetisa Dorothy Parker comentó una vez: «Detesto escribir. Me encanta haber escrito.» Lo mismo po­dría decirse del desarrollo del poder personal: una vez que hemos llegado es como el cielo, pero el viaje para llegar allí es largo y arduo. La vida nos lleva implacablemente a com­prender la importancia de las palabras de Polonío en Hamlet: «Sé sincero contigo mismo.» Porque sin poder personal la vida es una experiencia terrible y dolorosa.

 

Trabajar con la intuición no nos permite evitar el desa­fío de encarar nuestros miedos. No hay ningún atajo para convertirse en una persona sana y completa, y desde luego las capacidades intuitivas no son la respuesta, sino sencilla­mente la consecuencia natural de tener autoestima.

Biológicamente estamos hechos para aprender esta en­señanza: el cuerpo prospera cuando el espíritu prospera. El tercer chakra encarna la verdad sagrada Respétate a ti mis­mo, verdad respaldada por el sentido simbólico de las sefirot de Nétzaj y Hod y por el sacramento de la confirmación. Cuando adquirimos la fuerza y el vigor que proporciona vi­vir con autoestima, nuestras capacidades intuitivas emergen naturalmente.

Preguntas para autoexaminarse

  1. ¿Se gusta? En caso negativo, ¿qué no le gusta de usted y por qué? ¿Trabaja activamente para cambiar las cosas que no le gustan de usted?
  2. ¿Es una persona sincera? ¿Tergiversa a veces ía verdad? Si lo hace, ¿por qué?
  3. ¿Critica a otras personas? ¿Necesita culpar a otros para protegerse?
  4. ¿Es capaz de reconocerlo cuando no tiene razón? ¿Se muestra receptivo a lo que le dicen sobre usted otras per­sonas?
  5. ¿Necesita la aprobación de los demás? Si es así, ¿por qué?
  6. ¿Se considera fuerte o débil? ¿Tiene miedo de cuidar de sí mismo?
  7. ¿Se ha permitido estar con una persona a la que no ama­ba porque eso le parecía mejor que estar solo?
  8. ¿Se respeta? ¿Es capaz de decidir hacer cambios en su estilo de vida y atenerse al compromiso?

9. ¿Tiene miedo a la responsabilidad, o se siente responsa­ble de todos y de todo?

10. ¿Piensa continuamente que ojalá su vida fuera diferen­te? Si es así, ¿está haciendo algo para cambiarla o se ha resignado a la situación?

 

 

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Cuarto chakra: El poder emocional

 

El cuarto chakra es la estación central del sistema ener­gético humano. Al estar en el centro, media entre el cuerpo y el espíritu y determina su salud y fuerza. La energía del cuarto chakra es de naturaleza emocional y contribuye a im­pulsar el desarrollo afectivo. Este chakra representa la lec­ción espiritual que nos enseña a manifestar el amor y la com­pasión y a reconocer que la energía más potente que tenemos es el amor.

Ubicación: Centro del pecho.

Conexión energética con el cuerpo físico: Corazón y apa­rato circulatorio, costillas, pechos, timo, pulmones, hom­bros, brazos, manos y diafragma.

Conexión energética con el cuerpo emocional/mental: Es­te chakra se hace eco de nuestras percepciones emotivas, las cuales determinan la calidad de nuestra vida mucho más que las percepciones mentales. Cuando somos niños reacciona­mos ante las circunstancias con toda una gama de emocio­nes: amor, compasión, envidia, confianza, esperanza, deses­peración, odio, celos y miedo. Cuando somos adultos, se nos desafía a generar en nuestro interior un ambiente y una es­tabilidad emocional con los cuales actuar conscientemente y con compasión.

 

Conexión simbólica/perceptiva: El cuarto chakra repre­senta más que ningún otro nuestra capacidad para «abando­narnos en las manos de Dios». Con esta energía aceptamos nuestros problemas emocionales como una prolongación del plan divino, cuya intención es nuestra evolución conscien­te. Liberando el dolor emocional, liberándonos de la nece­sidad de saber porqué las cosas han ocurrido como han ocu­rrido, llegamos a un estado de serenidad. Para lograr esa paz interior, sin embargo, tenemos que adherirnos a la energía curativa del perdón y liberarnos de la necesidad inferior de justicia humana autodeterminada.

Conexión sefirot/sacramento: El cuarto chakra se co­rresponde con la sefirá de Tiféret, que simboliza la belleza y compasión que hay en Dios. Esta energía representa e! co­razón de lo Divino, que derrama sin cesar la fuerza vital nu­tritiva. El sacramento del matrimonio se corresponde con la energía del cuarto chakra. Como arquetipo, el matrimonio representa el primer y principal lazo con uno mismo, la unión interior del yo y el alma.

El desafío inherente al cuarto chakra se asemeja al del ter­cero, pero es más complejo espiritualmente. Mientras que el tercer chakra se centra en los sentimientos hacia nosotros mismos, el cuarto lo hace en los sentimientos hacia nuestro mundo interior, nuestra reacción emocional a nuestros pen­samientos, ideas, actitudes e inspiraciones, así como en la atención que prestamos a nuestras necesidades emocionales. Este grado de compromiso es el factor esencial para entablar relaciones sanas con los demás.

Miedos principales: Miedo a la soledad, al compromiso y a «obedecer al corazón»; miedo a la incapacidad de prote­gerse emocionalmente; miedo a la debilidad y traición emo­cionales. La pérdida de energía del cuarto chakra puede dar origen a celos, amargura, rabia, odio e incapacidad de per­donar.

Fuerzas principales: Amor, perdón, compasión, dedicación, inspiración, esperanza, confianza y capacidad para sa­narse uno y sanar a otros.

Verdad sagrada: El cuarto chakra es el centro del poder del sistema energético humano porque El amor es poder di­vino. Si bien generalmente la inteligencia, o «energía men­tal», se considera superior a la energía emocional, en realidad esta última es la verdadera motivadora del cuerpo y espíritu humanos. El amor en su forma más pura, es decir, el amor incondicional, es la sustancia de lo Divino, con su infinita ca­pacidad para perdonarnos y responder a nuestras plegarias. Nuestros corazones están diseñados para expresar belleza, compasión, perdón y amor. Va en contra de nuestra natura­leza espiritual actuar de otra manera.

No nacemos expertos en amor, sino que nos pasamos la vida aprendiendo. Su energía es poder puro. Nos sentimos atraídos e intimidados por el amor en igual medida. El amor nos motiva, nos domina, nos inspira, nos sana y nos des­truye. El amor es el combustible de nuestro cuerpo físico y espiritual. Cada uno de los desafíos de la vida es una en­señanza sobre algún aspecto del amor. La forma en que res­pondemos a estos desafíos queda registrada en nuestros te­jidos celulares; vivimos dentro de las consecuencias biológi­cas de nuestras elecciones biográficas.

Aprendizaje del poder del amor

Dado el poder que tiene el amor, vamos conociendo es­ta energía en fases o etapas. Cada fase nos presenta una lec­ción sobre la intensidad y las formas del amor: perdón, com­pasión, generosidad, amabilidad, cariño por uno mismo y los demás. Estas fases siguen el diseño de los chakras: co­menzamos a conocer el amor dentro de la tribu, asimilando las numerosas expresiones de esta energía de nuestros fami­liares. El amor tribal puede ser incondicional, pero general-mente transmite la expectativa de lealtad y apoyo a la tribu: en el ambiente tribal el amor es una energía que se compar­te entre personas de la misma ciase.

Cuando despierta el segundo chakra y conocemos los la­zos de la amistad, el amor se amplía para incluir a «extraños.» Expresamos el amor queriendo a personas con las que no nos unen lazos sanguíneos y compartiendo con ellas. Cuando el tercer chakra despierta, descubrimos el amor de las cosas ex­ternas, de nuestras necesidades personales, físicas y materia­les, entre las cuales puede estar el deporte, los estudios, la moda, el galanteo y el emparejamiento, el trabajo, el hogar y el cuerpo.

Estos tres chakras tienen que ver con el amor en el mun­do externo.

En alguna época de nuestra civilización, estas tres prácti­cas del amor eran lo único que requería la vida. Muy pocas personas necesitaban algo más que el amor tribal y de pareja. Pero con el advenimiento de la psicoterapia y el movimiento de la espiritualidad, el amor se identificó como la fuerza que influye y tal vez determina la actividad biológica. El amor nos ayuda a sanar a otras personas y a nosotros mismos.

Las crisis de la vida cuyo núcleo es un problema de amor, como el divorcio, la muerte de un ser querido, el maltrato emocional, el abandono o el adulterio, suelen ser causantes de una enfermedad, no sólo un acontecimiento que la pre­cede por simple conciencia. La curación física suele re­querir la curación de los problemas emocionales.

Jack, un carpintero de cuarenta y siete años, invirtió una parte importante de los ahorros de su vida en una empresa creada por su primo Greg. Definiéndose como un «novato en los negocios», Jack me contó que Greg siempre daba la impresión de saber exactamente lo que hacía con las inver­siones, y le prometió que esa importante inversión le produciría beneficios suficientes para jubilarse anticipadamen­te. La esposa de Jack, Lynn, tenía serías dudas respecto a in­vertir todos sus ahorros en una empresa que no les garanti­zaba los beneficios, pero Jack confiaba en su primo y creía que todo resultaría exactamente como estaba previsto.

Al cabo de cuatro meses la empresa fracasó y Greg de­sapareció. Dos meses después, Jack sufrió un accidente en el trabajo y se lesionó la parte inferior de la espalda. Empezó a sufrir de hipertensión, se encerró en sí mismo y se fue de­primiendo cada vez más. Asistió a uno de mis seminarios porque Lynn lo obligó a acompañarla, desesperada por sa­carlo de ese estado de incapacitación.

Algunos trastornos son tan evidentes que cualquier per­sona desconocida puede hacer las conexiones e imaginar la causa. El estrés económico de Jack, junto con la sensación de que su primo se había aprovechado de él, sin duda le hacía arder de rabia la psique, lo cual le debilitaba la espalda y el nervio ciático. Su ira era también causa de la hipertensión, ya que no paraba de pensar en el error que había cometido al creer en las promesas de abundancia de su primo. Jack esta­ba «enfermo del corazón» debido a la traición de Greg y a la sensación de haberle fallado a su esposa.

Cuando mi charla llegó al tema del perdón, Jack se puso tan irritable que pidió permiso para salir de la sala. Yo no quería que se marchara porque sabía que necesitaba oír la in­formación que iba a presentar, pero al verle la cara tuve muy claro que quedarse sólo aumentaría su malestar. Lynn le ha­bló como si en la sala no hubiera nadie aparte de ellos dos, le cogió la mano y le dijo que, aunque se estaba castigando por lo que consideraba un acto de estupidez, ella pensaba que ha­bía actuado por amor. «Jamás creeré que un acto de amor sea recompensado con dolor —añadió—. Si cambias de pers­pectiva y te atienes a la verdad de que apoyaste a alguien a quien amabas porque eso era lo que te parecía correcto, en­tonces, de alguna manera, todo resultará bien para nosotros.

Jack se echó a llorar, pidió disculpas balbuciendo y le dio las gracias a su esposa. Los demás participantes del semina­rio también estaban profundamente afectados y decidieron tomarse un descanso para darles una cierta intimidad a Jack y Lynn. Cuando estaba saliendo de la sala, Lynn me pidió que me acercara a ellos. «Creo que ya podemos irnos —me dijo—. Estaremos bien.»

Pasados unos meses contacté con Jack y Lynn para sa­ber cómo estaban. Lynn me dijo que Jack había vuelto al tra­bajo y que, aunque la espalda todavía le causaba algunas mo­lestias, ya no le dolía tanto. Tenía la tensión arterial normal y ya no estaba deprimido. Los dos se sentían notablemente liberados del desastre económico porque ambos fueron ver­daderamente capaces de perdonar lo ocurrido y continuar viviendo. "No hemos sabido ni una palabra de Greg —aña­dió—, pero suponemos que debe de estar pensando en este desastre mucho más que nosotros.»

Esta pareja es un ejemplo del poder espiritual de la ener­gía del corazón. La compasión que pasó del corazón de Lynn al cuerpo de Jack le dio a él el apoyo que necesitaba para per­donar a su primo, perdonarse a sí mismo y continuar con su vida.

Amarse, el camino hacia lo Divino

La expresión «Si no te amas a ti mismo no puedes amar a nadie» es muy común. Sin embargo, para muchas personas amarse a sí mismas continúa siendo un concepto vago que se suele manifestar de diversas formas materiales, como com­prarse un montón de cosas por capricho o tomarse unas fa­bulosas vacaciones. Pero recompensarse con viajes y capri­chos, es decir, utilizar el placer físico para expresarse afecto, es el amor del tercer chakra. Si bien este tipo de recompensa resulta placentero, puede obstruir el contacto con las turbulencias emocionales más profundas del corazón, que surgen cuando necesitamos evaluar una relación, un trabajo o algu­na otra circunstancia difícil que afecta a nuestra salud. Amar­se a sí mismo, como desafío del cuarto chakra, significa tener valor para escuchar los mensajes de las emociones y las directrices espirituales del corazón. El arquetipo al que con más frecuencia nos guía el corazón para sanar es el del «ni­ño herido».

El «niño herido» que hay dentro de cada uno de nosotros contiene estructuras emocionales lesionadas o atrofia­das de nuestra juventud, en forma de recuerdos dolorosos, actitudes negativas e imágenes personales disfuncionales. Sin darnos cuenta, podríamos continuar actuando dentro de es­tas estructuras cuando somos adultos, aunque con otras mo­dalidades. Por ejemplo, el miedo al abandono se convierte en celos, y el abuso sexual en sexualidad disfuncional, lo que suele ser causa de una repetición de las mismas violaciones con nuestros propios hijos. La imagen negativa que tiene un niño de sí mismo puede convertirse después en causa de dis­funciones, como la anorexia, la obesidad, el alcoholismo y otras adicciones, o en temor obsesivo al fracaso. Estas mo­dalidades pueden dañar las relaciones afectivas, la vida per­sonal y profesional, y la salud. El amor a sí mismo comien­za por enfrentarse a esta fuerza arquetípica del interior de la psique y liberarnos de la autoridad del niño herido. Si no se curan, las heridas nos mantienen anclados en el pasado.

Derck es un empresario de treinta y siete años que asis­tió a uno de mis seminarios porque deseaba resolver algunos recuerdos dolorosos de su infancia. De niño había sufrido muchísimos malos tratos. A menudo lo golpeaban y le nega­ban la comida cuando tenía hambre, y también lo castigaban obligándolo a ponerse zapatos demasiado pequeños para él. En cuanto terminó la segunda enseñanza se marchó de casa, se costeó él mismo los estudios de formación profesio­nal y después se dedicó al comercio. Cuando lo conocí estaba casado, era muy feliz en su matrimonio y tenía dos hijos pequeños. Según sus palabras, había llegado el momento cíe enfrentarse a los recuerdos de la infancia, que hasta ese mo­mento había conseguido mantener a distancia, al igual que a sus padres. Su padre había muerto hacía poco, y su madre estaba deseosa de recuperar algo de su relación con él. Él accedió a verla, y en su primer encuentro le exigió que le ex­plicara por qué ella y su padre lo habían tratado tan mal cuan­do era niño.

Al principio su madre negó todo maltrato, pero final­mente le echó al padre la culpa de las pocas cosas que logró recordar y dijo que si hubiera sabido que él se sentía tan des­graciado habría hecho algo para remediarlo. Después se pu­so emotiva y le preguntó cómo podía tratarla con tanta du­reza cuando ella acababa de enviudar. Se trata una reacción bastante típica de un progenitor abusivo cuando un hijo adulto se enfrenta a él.

Derek escuchó atentamente m¡ charla sobre los recuer­dos individuales y tribales, No creía que sus padres fueran malas personas, sino simplemente que estaban asustados y tal vez no se daban cuenta de lo que hacían. Al final del se­minario me dijo que le había dado mucho en que pensar y que me lo agradecía.

Alrededor de unos cuatro o cinco meses después del se­minario, Derek me envió una nota. Había decidido que la vi­da es demasiado corta para albergar malos recuerdos, y que prefería creer que la vuelta de su madre a su vida era una oportunidad para mostrarle una forma más amorosa de vi­da, mediante su propio matrimonio y la crianza de sus hijos. Continuaba viendo regularmente a su madre y creía que al­gún día «todo estaría bien».

La historia de Derek ejemplifica la orientación sanado­ra procedente de la Sefirá de Tiféret, que en su caso le dijo que necesitaba reconsiderar sus recuerdos emocionales. Co­mo siempre hace, a Derek esta orientación le llegó en el momento en que estaba lo suficientemente maduro para actuar de conformidad con ella. Seguir la propia orientación intui­tiva es la forma superior de cuidado preventivo de la salud. Las energías espirituales de su corazón le avisaron de que sus recuerdos negativos podrían comenzar a dañar su salud físi­ca. El sistema intuitivo de todas las personas funciona así; es raro que no nos avise de las corrientes negativas que pueden hacernos, y nos harán, daño, o que no nos diga cómo pode­mos optar por liberarnos de esas energías negativas antes de que se conviertan en una enfermedad física.

Sanar es posible mediante actos de perdón. En la vida y las enseñanzas de Jesús, el perdón es un acto de perfección espiritual, pero también un acto físicamente curativo. El per­dón no es una mera opción, sino una necesidad para la cura­ción. Jesús siempre sanaba primero los sufrimientos emocio­nales de sus pacientes; la curación física venía naturalmente después. Si bien las curaciones de Jesús han sido interpreta­das por muchos teólogos y maestros de escuela dominical co­mo una recompensa divina por la confesión de mala conducta por parte del receptor, el perdón es un acto espiritual esencial que ha de producirse para que la persona se abra totalmente al poder sanador del amor. Amarnos a nosotros mismos sig­nifica querernos lo suficiente para perdonar a las personas de nuestro pasado, a fin de que las heridas ya no puedan hacer­nos daño, porque nuestras heridas no hacen daño a quien nos hirió, sino a nosotros. Desprendernos de esas heridas nos ca­pacita para pasar de la relación infantil con lo Divino, de los tres primeros chakras, a una relación en que participamos con lo Divino en la manifestación del amor y la compasión del cuarto chakra.

Las energías del cuarto chakra nos impulsan aún más ha­cia la madurez espiritual que trasciende el diálogo padre-hijo con lo Divino, trasciende el pedir explicaciones de los acontecimientos, trasciende el miedo a lo inesperado. El ni­ño herido cree que lo Divino es un sistema de recompensa y castigo, y que tiene explicaciones lógicas para todas las ex­periencias dolorosas. El niño herido no entiende que en to­das las experiencias, por dolorosas que sean, hay percepcio­nes y conocimiento espiritual. Mientras pensemos como niño herido, amaremos condicionalmente y con mucho mie­do a las pérdidas.

Nuestra cultura en general está evolucionando hacia la curación de su insistencia en las heridas y en el ser víctimas. De todos modos, una vez que estamos dentro del poder de las heridas, nos resulta difícil ver la manera de liberarnos de ese poder negativo y avanzar para llegar a ser «no heridos» y autocapacitados. La nuestra es una «cultura del cuarto chakra» que aún no ha salido de las heridas para entrar en la edad adulta espiritual.

 

Despertar del yo consciente

Salimos del cuarto chakra pasando por él y aprendiendo sus lecciones. Cuando la persona entra en el interior de su corazón, deja atrás las formas conocidas de pensar de los tres chakras inferiores, en particular el corazón tribal. Se libera de la protección de explicaciones habituales como «Mi prio­ridad son las necesidades de mi familia» o «No puedo cam­biar de empleo porque mi esposa necesita sentirse segura», y su corazón la recibe en su puerta con una sola pregunta: « ¿Y yo qué?»

Esa pregunta es una invocación que nos presenta infor­mación reprimida durante años, pero bien registrada, y que en un instante puede determinarnos un nuevo camino. Po­dríamos intentar retroceder y entrar de nuevo en la protec­ción de la mente tribal, pero su capacidad de consolarnos ya ha desaparecido.

Comenzamos la formidable tarea de llegar a conocernos descubriendo nuestra naturaleza emocional, no en relación con ninguna otra persona n¡ cosa, sino en relación con no­sotros mismos. Haya o no haya otra persona que desempe­ñe un papel principal, uno necesita preguntarse: « ¿Qué me gusta? ¿Qué amo? ¿Qué me hace feliz? ¿Qué necesito para estar equilibrado? ¿Cuáles son mis fuerzas? ¿Puedo confiar en mí mismo? ¿Cuáles son mis debilidades? ¿Por qué hago las cosas que hago? ¿Qué me hace necesitar la atención y aprobación de los demás? ¿Soy lo suficientemente fuerte pa­ra intimar con otra persona y, aun así, respetar mis necesi­dades emocionales?»

Estas preguntas son diferentes de las de la mente tribal, que nos enseña a preguntan ¿ Qué me gusta en relación con los demás? ¿Hasta qué punto puedo ser fuerte y seguir sien­do atractivo para los demás? ¿Qué necesito de los demás pa­ra ser feliz? ¿Qué tengo que cambiar en mí para conseguir que alguien me ame?

No nos resulta fácil dedicarnos a contestar estas pre­guntas de auto exploración porque sabemos que las respues­tas nos exigirán cambiar de vida. Antes de los años sesenta, este tipo de auto examen era el dominio más o menos exclu­sivo de miembros marginales de la sociedad: místicos, artis­tas, filósofos y otros genios creativos. Conocer al «yo» acti­va la transformación de la conciencia humana y para muchos artistas y místicos la consecuencia de ello ha sido, entre otras cosas, la aparición de episodios de depresión, desesperación, alucinaciones, visiones, intentos de suicidio y trastorno emo­cional incontrolable, además de elevados estados de éxtasis combinados con erotismo físico y trascendental. Común­mente se creía que el precio del despertar espiritual era de­masiado elevado y arriesgado para la mayoría de las perso­nas, y estaba destinado sólo a unos pocos «dotados».

Pero la energía revolucionaria de los años sesenta llevó a millones de personas a preguntarse: « ¿Y yo qué?» Después, el movimiento de la conciencia humana introdujo a nuestra cultura por la puerta arquetípica del cuarto chakra. Desenterró los secretos de nuestro corazón y expresó los detalles de nuestra infancia herida, que aún conforman gran parte di-nuestra personalidad adulta.

Comprensiblemente, la cultura del cuarto chakra ha asis­tido a un aumento nacional de divorcios. La apertura del cuarto chakra ha transformado el arquetipo del matrimonio en el arquetipo de la pareja. En consecuencia, la mayoría de los matrimonios contemporáneos exige un fuerte sentido del «yo» para tener éxito, y no la abdicación del «yo» que re­querían los matrimonios tradicionales. El sentido simbólico del sacramento del matrimonio es que la persona primero debe estar unida con su propia personalidad y espíritu. Una vez que tiene una clara comprensión de sí misma, entonces puede crear una buena relación íntima de pareja. El aumen­to de divorcios es, por lo tanto, consecuencia directa del cuarto chakra, que lleva a las personas a descubrirse a sí mis­mas por primera vez. Muchas personas atribuyen el fracaso o la ruptura de sus matrimonios a que su cónyuge no le ofre­cía ningún apoyo a sus necesidades emocionales, psíquicas e intelectuales, y en consecuencia tuvieron que buscar una ver­dadera pareja.

La apertura del cuarto chakra ha cambiado también nuestra conciencia sobre la salud, la curación y las causas de la enfermedad. Mientras que en otros tiempos se creía que la enfermedad tenía esencialmente su origen en los chakras in­feriores, la genética y los gérmenes, ahora vemos el origen de la enfermedad en grados tóxicos de estrés emocional. La cu­ración comienza con la reparación de las lesiones emocio­nales. Todo nuestro modelo médico se está reformando en torno al poder del corazón.

La siguiente historia refleja este cambio. Conocí a Perry, médico, en uno de mis seminarios. Perry tenía muchísimo tra­bajo en su consulta, lo que le generaba el típico grado de estrés profesional y personal. Cuando la comunidad médica se inun­dó de información sobre teorías y prácticas alternativas, leyó cosas sueltas por aquí y por allá, pero continuó recetando los tratamientos usuales a sus pacientes porque no sabía lo sufi­ciente sobre tratamientos alternativos para recomendarlos.

Hace unos cinco años decidió asistir a un seminario sobre terapias alternativas. Quedó muy impresionado no sólo por la validez científica de) material presentado, sino también por los estudios de casos de que hablaban sus colegas. Tan pronto volvió a su trabajo, consideró de forma diferente a sus pacientes y comenzó a hacerles preguntas sobre sus proble­mas personales durante los exámenes normales. Leyó libros sobre salud holística y asistió a más charlas y seminarios so­bre el tema que encontraba más interesante, el componente emocional de la enfermedad. Poco a poco fue perdiendo la fe en los tratamientos de la medicina oficial. Deseaba hablar de sus sentimientos con sus colegas, pero éstos no compartían su interés. Llegó un momento en que ya no se sentía cómo­do recetando medicamentos, pero todavía no se sentía lo su­ficientemente seguro como para recomendar simplemente que el paciente buscara otros tratamientos. Al final, le daba tanto miedo llegar a su consulta que consideró seriamente la posibilidad de dejar el ejercicio de la medicina.

Un día, a sus cincuenta y dos años, mientras se prepara­ba para recibir a un paciente nuevo, sufrió un ataque al co­razón en su despacho. Durante su recuperación pidió ver a un psicoterapeuta y a un consejero espiritual. Recibió tera­pia durante varios meses, después pidió una excedencia, y en ese tiempo estudió atención médica alternativa. Finalmente fundó un centro de tratamientos donde se podían atender las necesidades psíquicas y espirituales de los pacientes, además de sus necesidades físicas.

«Tuve un ataque al corazón muy grave —dice Perry—. Siempre creeré que recuperé la salud gracias a la terapia, que me permitió entrar en mí mismo. No me di cuenta de que te­nía el corazón enfermo debido a mi práctica médica hasta que el corazón literalmente enfermó. ¿Qué podía ser más evidente? Por mi propio bien necesito tratar a mis pacientes con la atención y conciencia que ahora comprendo que ne­cesitan. También necesito cuidar de mí mismo de otra ma­nera, de modo que ya no trabajo las horas que trabajaba an­tes. Ahora, cuidarme es una prioridad. Toda mi vida es más sana porque caí enfermo y decidí creer que rni ataque al co­razón tenía un significado mucho mayor que el de un sim­ple problema eléctrico en mi sistema coronario.

 

Trascender el lenguaje de las heridas

En esta cultura del cuarto chakra, el lenguaje de la intimi­dad se apoya en las heridas. Antes de los años sesenta, una con­versación aceptable consistía principalmente en el intercam­bio de datos relativos a los tres primeros chakras: nombre, lugar de origen, trabajo y aficiones. Rara vez alguna persona revelaba detalles sobre sus deseos sexuales o las profundida­des de sus tormentos psíquicos o afectivos. Nuestra cultura aún no se sentía cómoda con ese tipo de conversaciones, y ca­recíamos del vocabulario para ellas.

Pero desde que se convirtió en cultura del cuarto chakra, hemos adquirido una especie de fluidez terapéutica y, al mis­mo tiempo, creado un nuevo lenguaje para la intimidad que yo llamo «heridología». Ahora hacemos de la revelación y el intercambio de heridas la sustancia de nuestra conversación; en realidad, los utilizamos como si fuera pegamento para for­talecer la relación. En efecto, hemos adquirido tal dominio en esto que hemos convertido nuestras heridas en una espe­cie de «moneda relacional» y la empleamos para dominar si­tuaciones y a personas. Los incontables grupos de apoyo cre­ados para ayudar a las personas a trabajar en sus historiales de abuso sexual, incesto, adicción y malos tratos, por nom­brar unos pocos, sólo sirven para asentar más la heridología corno el idioma contemporáneo de la intimidad. En el seno de estos grupos de apoyo bien intencionados, se recibe, a ve­ces por primera vez, la necesaria validación de los daños que se han soportado. La compasión de los solícitos miembros de) grupo se percibe como un largo trago de agua fresca en un día caluroso y seco.

Caí en la cuenta del predominio de este lenguaje de la heridología un día en que había quedado para comer con una amiga. La esperaba tomando café con dos hombres. Cuan­do llegó Mary, se la presenté a Ian y Tom, y en ese momen­to se acercó otro hombre para preguntarle a ella si estaba li­bre el 8 de junio, porque ese día su comunidad esperaba a un invitado especial y necesitaban a alguien que lo acompañara por el campus. Lo único que le preguntó era si estaba libre el 8 de junio, es decir, que bastaba con responder sí o no. Pe­ro Mary contestó:

— ¿El 8 de junio? ¿Has dicho el 8 de junio? De ninguna manera; cualquier otro día sí, pero el 8 de junio no. El 8 de Junio es nuestra reunión de supervivientes de incesto y ja­más nos dejamos plantadas. Nos hemos comprometido a apoyarnos mutuamente y, pase lo que pase, allí estamos. Ese; día de ninguna manera. Tendrás que buscarte a otra perso­na, porque yo no voy a faltar a mi compromiso con este gru­po. Todas tenemos un historial de compromisos no cumpli­dos y estamos consagradas a no tratarnos con la misma desconsideración.

—De acuerdo, muy bien, gracias —se limitó a decir Wayne, el que le había hecho la pregunta, y se marchó.

Pero yo me quedé pasmada, igual que Ian y Tom. Mary y yo nos fuimos a comer, y cuando estuvimos solas le pre­gunté:

—Mary, quisiera saber por qué has dado tantas explica­ciones a Wayne. Lo único que te ha preguntado es si estás li­bre el 8 de junio. No hacía ni diez segundos que conocías a Ian y Tom, y por lo visto era importantísimo para ti que se enteraran de que de pequeña fuiste víctima de incesto y que todavía estás furiosa por eso. Querías a toda costa que esos hombres lo supieran. Desde mi punto de vista, es evidente que querías que tu historial emocional dominara la conver­sación en la mesa. Querías que esos dos hombres se andu­vieran con cuidado contigo y te reconocieran como una per­sona herida. Has dado toda esa información cuando lo único que Wayne te había preguntado era si estabas libre el 8 de ju­nio. Lo único que tenías que hacer era decir que no. ¿Por qué has tenido que explicar delante de unos extraños que eres una superviviente de incesto?

—Porque eso es lo que soy —contestó, mirándome co­mo si la hubiera traicionado—, una superviviente de in­cesto.

-—Eso ya lo sé, Mary. Lo que te pregunto es por qué te­nías que decirlo.

Me dijo que era evidente que yo no sabía nada sobre el apoyo emocional, particularmente para las supervivientes de incesto. Le expliqué que comprendía que había soportado una infancia muy dolorosa, pero que sanar significa superar el dolor, no «comercializarlo». Como amiga, me sentía en la necesidad de decirle que se estaba dejando dominar seria­mente por la autoridad de sus heridas, que es lo contrario a sanarlas realmente. Ella repuso que tendríamos que recon­siderar nuestra amistad, y cuando nos despedimos al salir del restaurante también nos despedimos de nuestra amistad.

Pero yo continué impresionada por lo que acababa de presenciar. En ningún momento había contestado a mi pre­gunta. Estaba absolutamente atrincherada en sus heridas, tanto que las había convenido en una especie de moneda so­cial. Pensaba que se le debían ciertos privilegios debido a su penosa infancia: el privilegio de poder llamar al trabajo di­ciendo que estaba enferma cada vez que necesitaba «proce­sar» algún recuerdo; ayuda económica de su padre por lo que le había hecho; e infinito apoyo emocional por parte de sus amigas y amigos. Los verdaderos amigos, según Mary, eran

las personas que comprendían su crisis y asumían sus res­ponsabilidades cuando estas le resultaban demasiado pesa­das a ella,

Curiosamente, al día siguiente yo tenía que dar una bre­ve charla en esa comunidad. Llegué temprano y me senté al lado de una mujer que había ido a escuchar mi charla.

—-Hola —le dije—. ¿Cómo te llamas?

Sin volverse a mirarme me contestó:

—Tengo cincuenta y seis años y soy superviviente de in­cesto. Claro que eso ya lo he superado porque formo parte de un grupo de supervivientes de incesto y somos nuestro sistema de apoyo mutuo. Mi vida está llena gracias a esas per­sonas.

Me quedé anonadada, no sólo porque esa conversación era una repetición de la que había mantenido con Mary, si­no también porque sólo le había preguntado el nombre.

Las heridas, como lenguaje de la intimidad, han encon­trado su campo de expresión dentro de las relaciones, ade­más de en los grupos de apoyo para curación. De hecho, no es exagerado afirmar que nuestros ritos para la vinculación romántica casi necesitan una herida para «despegar». Un tí­pico rito de vinculación se desarrolla más o menos del mo­do siguiente: Dos personas se encuentran por primera vez; se dicen sus respectivos nombres, ciudad natal y posible­mente algunos datos relativos a sus orígenes étnicos o reli­giosos (datos del primer chakra). A continuación la conver­sación pasa a temas del segundo chakra: trabajo, historias relaciónales, entre ellas matrimonios, divorcios e hijos, y tal vez situación económica. Después vienen los temas del ter­cer chakra, generalmente referencias a las preferencias en co­midas, programas de ejercicios, actividades durante el tiem­po ubre y posiblemente programas de crecimiento persona!. Si desean establecer una relación más íntima, pasan al cuar­to chakra. Una persona revela una herida que está «proce­sando». Si la otra persona quiere responder de un modo «vinculante», le revelará una herida que haga juego, que sea de la misma magnitud. Si las heridas hacen pareja, las perso­nas se convierten en «compañeras de herida». En su unión entrarán las siguientes condiciones tácitas del convenio:

  1. Nos acompañaremos para apoyarnos mutua y totalmen­te en cualquier recuerdo difícil relacionado con esta he­rida.
  2. Este apoyo supondrá reorganizar cualquier parte de nues­tra vida social, o incluso laboral, en torno a las necesida­des de nuestra pareja herida.
  3. Si hace falta, asumiremos las responsabilidades de nuestra pareja para demostrarle la sinceridad de nuestro apoyo.
  4. Siempre animaremos a nuestra pareja a procesar sus he­ridas con nosotros y a tomarse todo el tiempo que haga falta para su recuperación.
  5. Aceptaremos, con el mínimo roce, todas las debilidades y defectos que tienen su raíz en la herida, ya que la acep­tación es esencial para la curación.

En resumen, un vínculo basado en la intimidad herida es una garantía implícita de que los miembros debilitados de 3a pareja se necesitarán siempre el uno al otro y siempre tendrán un paso abierto hacia el corazón del otro. En lo que se refie­re a la comunicación, estos vínculos representan una dimen­sión totalmente nueva del amor, una dimensión orientada ha­cia el apoyo terapéutico y el cuidado de los compromisos mutuos hacia la curación. En cuanto al poder, las parejas ja­más habían tenido un acceso mutuo tan fácil a la vulnerabili­dad del otro, ni tanta aceptación franca del uso de las heridas para ordenar y dominar las relaciones íntimas. La heridología ha redefinido totalmente los parámetros de la intimidad.

La intimidad herida ha encontrado muchísimo apoyo en la comunidad de curación holística, particularmente en la li­teratura sobre las conexiones entre dolor emocional y enfermedad, y entre la curación de traumas emocionales y la recuperación de la salud. Se han creado grupos de apoyo en torno a todos los tipos posibles de traumas emocionales, des­de incesto hasta abusos durante la infancia, violencia do­méstica y aflicción por tener un familiar en la cárcel. Los pro­gramas de entrevistas en televisión adquieren popularidad haciendo públicos los detalles de las heridas de las personas. {Actualmente no sólo vivimos dentro de nuestras heridas, si­no que además nos divierten con las heridas de otras perso­nas.) El sistema jurídico ha aprendido a convertir las heridas en poder económico: en Estados Unidos los anuncios tele­visivos animan a la gente a entablar demandas judiciales co­mo forma de hacer frente a sus lesiones y agravios.

Antes de los años sesenta, madurez y fuerza significaban guardarse para sí los dolores y la vulnerabilidad. Ahora, en cambio, las definimos como la capacidad de la persona para mostrar a otra sus debilidades interiores. Si bien la intención origina! de estos grupos de apoyo era ofrecer una experien­cia de actitud sustentadora y compasiva a la persona que es­taba atravesando una crisis, nadie esperaba que esto conti­nuara hasta que la persona se hubiera recuperado de la crisis. Simplemente pretendían ser como un bote salvavidas para atravesar un río de transición.

Pero muy pocos miembros de estos grupos han querido bajarse del bote cuando han llegado a la otra orilla. En su lu­gar, han convertido una fase de transición en un estilo de vi­da a jornada completa. Una vez que han aprendido a hablar el lenguaje de la heridología, se les hace dificilísimo renun­ciar a los privilegios que acompañan al estar herido en nues­tra cultura del cuarto chakra.

Sin un programa establecido para la curación, corremos el peligro de hacernos adictos a lo que consideramos apoyo y compasión; comenzamos a creer que necesitamos más y más tiempo para «procesar» las heridas. Dado que se ve el vencimiento del plazo para este apoyo, los miembros de es­tos grupos suelen aferrarse a él con una desesperación que más o menos quiere decir: «Jamás me iré de aquí porque es el único lugar donde he encontrado apoyo. En mi mundo ordinario no cuento con ningún apoyo; por lo tanto seguiré viviendo "en proceso" y entre personas que comprenden lo que he sufrido.»

El problema de estos sistemas de apoyo es la dificultad para decirle a una persona que ya ha recibido suficiente apoyo y que necesita continuar con el asunto de vivir. En muchos sentidos este problema refleja nuestra comprensión tergi­versada de la compasión. La compasión, emoción del cuar­to chakra y una de las energías espirituales contenidas en la sefirá de Tiféret, es la fuerza para respetar el sufrimiento de otra persona a la vez que se devuelve el poder a la propia vi­da. Dado que durante mucho tiempo nuestra cultura no ha dado tiempo para sanar el corazón, y ni siquiera reconocía la necesidad de darlo, ahora compensamos excesivamente ese fallo no fijando ningún límite de tiempo en torno a esa cu­ración. Nos hace falta crear un modelo de relación íntima sa­na, que sea poderosa y esté capacitada pero continúe siendo vulnerable. En estos momentos definimos «sano» o «sana­do» como lo contrario de «necesitado»; por lo tanto, estar sano o sanado significa ser totalmente auto suficiente, siem­pre positivo, siempre feliz, siempre seguro de sí mismo, y no necesitar jamás a nadie. Con razón son pocas las personas que se consideran «sanadas».

El camino hacia el corazón poderoso

La curación es sencilla, pero no fácil. Los pasos son pocos, pero exigen un gran esfuerzo.

Primer paso: Comprométase a curarlo todo, llegando hasta la fuente u origen del dolor. Esto significa entrar en el interior y llegar a conocer las heridas.

Segundo paso: Una vez «dentro», identifique y examine las heridas. ¿Se han convertido éstas en una forma de «po­der» en su vida actual? Si ha convertido sus heridas en poder, afronte los motivos por los cuales tal vez podría tener miedo de sanar, porque liberarse de un pasado doloroso es mucho más difícil que hablar de los recuerdos. Cuando identifique sus heridas, procure que alguien «dé fe» de ellas y de la in­fluencia que han tenido en su desarrollo. Necesita al menos una persona, tal vez terapeuta o amiga, que sea capaz de tra­bajar con usted de esta manera.

Tercer paso: Una vez que haya expresado verbalmente sus heridas, observe cómo las utiliza para influir en las per­sonas de su entorno, y también en sí mismo, o incluso para dominarlas. ¿Alguna vez las ha utilizado como pretexto pa­ra cancelar una cita, por ejemplo, diciendo que no se en­cuentra bien cuando en realidad está perfectamente? ¿Algu­na vez ha intentado dominar a una persona diciéndole que sus actos le recuerdan a sus padres? ¿Se ha dado permiso pa­ra abandonar una tarea, o ni siquiera intentarla, pensando lú­gubremente en su pasado y por lo tanto favoreciendo una depresión? ¿Tiene miedo de perder sus conexiones íntimas con ciertas personas de su vida si sana? ¿Le da miedo tener que dejar atrás algo o mucho de su vida familiar si elige sa­nar? Hay que responder con sinceridad a estas preguntas, porque forman el grupo de motivos más importantes por los cuales las personas tienen miedo de recuperar la salud.

Cuando se observe durante el día, fíjese en el vocabula­rio que elige, su uso de la terminología terapéutica, la flui­dez con que utiliza el lenguaje de la heridología. Después formule nuevas formas de conversar con los demás que no estén sujetas al poder de las heridas.

Cambie su vocabulario, incluso para hablar consigo mis­mo. Si cambiar la forma de hablar le resulta difícil, reconozca que es mucho más difícil soltar el poder que le viene de la herida que hablar del recuerdo de la experiencia dolorosa. Una persona que no puede zafarse del poder de la herida es adicta a las heridas, y cuesta tanto superar esta adicción co­mo cualquier otra. No tenga miedo de buscar ayuda tera­péutica para dar este paso o cualquiera de los otros.

Cuarto paso: Identifique lo bueno que puede venirle, y le ha venido, de sus heridas. Comience a vivir dentro de la conciencia de aprecio o valoración y gratitud; si es necesa­rio, simúlelo hasta que lo logre. Inicie una práctica espiri­tual y aténgase a ella. No se tome a la ligera su disciplina es­piritual.

Quinto paso: Una vez que haya establecido una con­ciencia de valoración, puede dedicarse al desafío del perdón. Por atractivo que parezca el perdón en teoría, es un acto muy poco atractivo para la mayoría de las personas, principal­mente porque ía verdadera naturaleza del perdón sigue en­tendiéndose mal. Perdonar no es, como muchos creen, de­cirle a quien nos ha hecho daño: «Todo está bien, no pasa nada.» Perdonar es un acto de conciencia muy complejo, un acto que libera la psique y el alma de la persona de la necesi­dad de vengarse y de la percepción de sí misma como una víctima. Más que exonerar de culpa a quien nos ha causado daño, perdonar significa liberarnos del dominio que ejerce sobre nuestra psique el hecho de considerarnos víctimas. La liberación que genera el perdón llega en la transición hacia un estado más elevado de conciencia, no sólo en teoría, sino energética y biológicamente. De hecho, las consecuencias de un auténtico acto de perdón rayan en lo milagroso. En mi opinión, el perdón podría contener la energía que genera los milagros.

Evalúe lo que necesita hacer para perdonar a otros y, si es necesario, para perdonarse a sí mismo. Si necesita hablar con alguien para cerrar el asunto, asegúrese de que no lleva el mensaje de acusación escondido debajo de la manga. Si lo lleva, no está auténticamente dispuesto a olvidar y pasar a otra cosa. SÍ necesita exponer sus pensamientos de cierre en una carta, hágalo, pero asegúrese también en este caso de que su intención es recuperar su espíritu atascado en el ayer, no enviar otro mensaje de rabia.

Finalmente, invéntese una ceremonia oficial en la cual llama a su espíritu para que vuelva del pasado y se libera de la influencia negativa de todas sus heridas. Tanto si prefiere un rito como una oración en privado, formule su mensaje de perdón de algún modo «oficial» para establecer un nuevo co­mienzo.

Sexto paso: Piense con amor. Viva con aprecio y gratitud. Invite al cambio a que entre en su vida, aunque sólo sea con su actitud. Y recuérdese continuamente el mensaje de todos los maestros espirituales que valen: Mantenga su espíritu en el momento presente. En el lenguaje de Jesús: «Deja a los muertos y tú sigue con tu vida.» Y como enseñaba Buda: «Sólo existe el ahora.»

Lo curioso respecto a la curación es que según con quien uno hable puede llegar a creer que, o bien no hay nada más fácil, o bien no hay nada más complicado.

El cuarto chakra es el centro del sistema energético hu­mano. Todo lo que ocurre en nuestra vida y a su alrededor se decide al calor de nuestro corazón. Todos tendremos ex­periencias que nos «partirán el corazón» y lo dejarán abier­to de par en par. Al margen de la forma en que se nos parta el corazón, la elección será siempre la misma: ¿Qué voy a ha­cer con este dolor? ¿Lo voy a utilizar como pretexto para dar más autoridad al miedo, o puedo liberarme de la autoridad del mundo físico mediante un acto de perdón? Esta pregun­ta, contenida en el cuarto chakra, se nos presentará una y otra vez en la vida hasta que la respuesta que demos sea nuestra liberación.

 

Las energías sutiles de la sefirá de Tiféret y el sacramen­to del matrimonio nos impulsan continuamente a descu­brirnos y amarnos a nosotros mismos. Este amor es la clave esencial para encontrar la felicidad, que según nuestra con­vicción está fuera de nosotros, pero que los textos espiritua­les nos recuerdan que sólo la encontramos dentro. A muchas personas les asusta conocerse porque están convencidas de que el conocimiento propio significa que tendrán que vivir solas, sin sus actuales amistades y parejas. Si bien el efecto a corto plazo del conocimiento propio puede ser causa de cambios, el desarrollo a largo plazo, alimentado por la con­ciencia, no por el temor, será más satisfactorio. No tiene sen­tido querer ser consciente intuitivamente y después trabajar para impedir que esa conciencia nos altere la vida. El único camino hacia la conciencia espiritual pasa por el corazón. La verdad no es negociable, sea cual sea la tradición que se elija como medio para conocer lo Divino. El amor es poder di­vino.

Preguntas para auto examinarse

  1. ¿De qué recuerdos emocionales todavía necesita sanar?
  2. ¿Qué relaciones de su vida necesitan curación?
  3. ¿Alguna vez utiliza sus heridas emocionales para domi­nar situaciones o a personas? Si es así, descríbalas.
  4. ¿Alguna vez se ha dejado dominar por las heridas de otra persona? ¿Qué siente respecto a dejar que eso vuelva a ocurrir? ¿Qué pasos está dispuesto a dar para impedir ser dominado de esa manera otra vez?
  5. ¿Qué temores tiene respecto a volver a estar sano emocionalmente?
  6. ¿Relaciona salud emocional con no necesitar una rela­ción íntima?
  7. ¿Cómo entiende el perdón?
  8. ¿A qué personas le falta aún perdonar y qué le impide li­berarse del dolor que usted relaciona con ellas?
  9. ¿Qué ha hecho usted que necesite perdón? ¿Qué perso­nas están trabajando para perdonarlo?

10. ¿Qué entiende por una relación íntima sana? ¿Está dis­puesto a dejar de utilizar sus heridas para abrirse a una relación así?

 

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Quinto chakra: El poder de la voluntad

 

El quinto chakra contiene las dificultades de rendir la vo­luntad y el espíritu a la voluntad de Dios. Desde el punto de vista espiritual, el objetivo supremo es la entrega total de nues­tra voluntad personal en las «manos de lo Divino». Jesús y Buda, así como otros grandes maestros, representan el domi­nio de este estado de conciencia, la unión completa con la vo­luntad divina.

Ubicación: La garganta.

Conexión energética con el cuerpo físico: Garganta, ti­roides, tráquea, esófago, paratiroides, hipotálamo, vértebras cervicales, boca, mandíbulas y dientes.

Conexión energética con el cuerpo emocional/mental: El quinto chakra se hace eco de los numerosos problemas emo­cionales y mentales que se presentan durante el aprendizaje de la naturaleza del poder de elección. Todas las enfermeda­des están relacionadas con el quinto chakra, porque la elec­ción interviene en todos los detalles de la vida y, por lo tan­to, en todas las enfermedades.

Conexión simbólica/perceptiva: El desafío simbólico del quinto chakra es progresar mediante la maduración de la vo­luntad, comenzando por la percepción tribal de que todo y todos los que lo rodean tienen autoridad sobre uno, pasando por la percepción de que sólo uno tiene esa autoridad, hasta la percepción final de que la verdadera autoridad pro­viene de alinearse con la voluntad de Dios.

Miedos principales: Los miedos relacionados con el po­der de voluntad existen en todos los chakras. Tememos no tener autoridad o poder de elección en la vida, primero den­tro de la tribu, y después en nuestras relaciones personales y profesionales. Además tememos no tener autoridad sobre nosotros mismos, perder el control en lo que se refiere a nuestras reacciones ante sustancias, el dinero, el poder, el do­minio emociona) de otra persona sobre nuestro bienestar. Y finalmente tememos la voluntad de Dios. La idea de entre­gar su poder de elección a una fuerza divina sigue siendo la mayor dificultad para la persona que desea hacerse cons­ciente.

Fuerzas principales: Fe, conocimiento propio y autori­dad personal; capacidad de tomar decisiones sabiendo que, sea cual fuere la decisión que tomemos, somos capaces de atenernos a nuestra palabra, con nosotros mismos y con los demás.

Conexión sefirot/sacramento: El quinto chakra se co­rresponde con las sefirot de Jesod, que representa el amor o la clemencia de Dios, y de Gueburá, que representa el juicio de Díos. Estas dos sefirot son los brazos derecho e izquier­do de Dios, que describen la naturaleza equilibrada de la vo­luntad divina. El sentido de estas sefirot es que lo Divino es clemente y que sólo Dios tiene derecho a juzgar las eleccio­nes que hacemos. La sefirá de Jesod nos recuerda que debe­mos emplear palabras amables para comunicarnos con los de­más, y la sefirá de Gueburá, que debemos hablar con respeto e integridad. El sacramento de la confesión se corresponde con el quinto chakra, y simboliza el hecho de que todos so­mos responsables de la forma en que utilizamos nuestro po­der de voluntad. Mediante el sacramento de la confesión se nos ofrece la oportunidad de rescatar a nuestro espíritu de las «misiones negativas» a que lo hemos enviado como conse­cuencia de nuestros pensamientos o actos negativos.

Verdad sagrada: El quinto chakra es el centro de las elec­ciones y sus consecuencias, del karma espiritual. Cada elec­ción que hacemos, cada pensamiento y sentimiento que tenemos, es un acto de poder que tiene consecuencias bioló­gicas, medioambientales, sociales, personales y mundiales. Estamos donde están nuestros pensamientos, y así, en nues­tra responsabilidad están incluidas nuestras aportaciones energéticas.

¿Qué elecciones haríamos si pudiéramos ver sus conse­cuencias energéticas? Sólo podemos acercarnos a este tipo de previsión ateniéndonos a la verdad sagrada Entrega tu vo­luntad a la voluntad divina. Las lecciones espirituales con­tenidas en el quinto chakra nos enseñan que los actos moti­vados por una voluntad personal que confía en la autoridad divina producen los mejores efectos.

Nuestros pensamientos y actitudes también se benefi­cian de aceptar la orientación superior. Una mujer que tuvo una experiencia de casi muerte piensa que cada elección que hace tiene un efecto energético en la totalidad de la vida, por­que cuando se encontraba en ese estado intermedio entre la vida y la no vida física vio todas las decisiones que había to­mado en su vida y las consecuencias que habían tenido sus actos en ella misma, en otras personas y en la vida en gene­ra). Se le reveló que esa orientación estaba constantemente tratando de penetrar su conciencia. Ya eligiera comprarse un vestido o ir al médico para hacerse un reconocimiento, nin­guna de sus decisiones era tan insignificante como para que lo Divino la pasara por alto. En el caso de la compra de un vestido, por ejemplo, vio las consecuencias energéticas in­mediatas de esa «venta» en la larga cadena de personas que habían participado en su creación y distribución. Ahora pi­de orientación antes de tomar cualquier decisión que deba tomar. Comprender las consecuencias energéticas de nuestros pensamientos, creencias y actos podría obligarnos a te­ner un nuevo grado de sinceridad. Nos sería imposible men­tir, ya sea a nosotros mismos o a otras personas. La curación auténtica y completa exige ser sincero con uno mismo. La incapacidad de ser sinceros obstaculiza la curación tan se­riamente como la incapacidad de perdonar. La sinceridad y el perdón rescatan nuestra energía, o espíritu, de la dimen­sión energética «del pasado». Nuestro quinto chakra y sus lecciones espirituales nos enseñan que el poder personal es­tá en nuestros pensamientos y actitudes.

Las consecuencias del miedo

Las consecuencias energéticas más onerosas se producen como consecuencia de actuar por miedo. Incluso en el caso de que actuar por temor nos lleve a lo que deseamos, gene­ralmente también produce efectos secundarios no deseados. Estas sorpresas nos enseñan que actuar por miedo trangrede nuestra confianza en la orientación divina. Claro que to­dos vivimos, al menos periódicamente, en la ilusión de que estamos al mando de nuestra vida. Nos afanamos por obte­ner dinero y posición social para tener más poder de elec­ción y así no vernos obligados a someternos a las decisiones que toman otros por nosotros. La idea de que para tener con­ciencia hay que rendir la voluntad personal a lo Divino está en conflicto directo con todo lo que hemos llegado a creer que mide el poder de una persona.

Así pues, es posible que repitamos el ciclo miedo-sorpresa-miedo-sorpresa hasta que lleguemos a orar diciendo: Tú eliges, yo te sigo. Una vez que entonamos esa oración, en nuestra vida puede entrar una orientación, acompañada de interminables actos de sincronismo y coincidencia: la «in­tromisión» divina en su mejor aspecto.

Emily es una maestra de enseñanza básica de treinta y cinco años que, poco después de obtener su título, hace tre­ce años, perdió la pierna izquierda debido a un cáncer. Du­rante su rehabilitación volvió a vivir con sus padres. Lo que ellos imaginaban que sería un período de un año se convir­tió en un decenio, porque Emly no recuperó la indepen­dencia, sino que se deprimió y cada vez le asustaba más la perspectiva de cuidar de sí misma. Redujo tanto su actividad física que no se aventuraba más allá de la manzana donde es­taba su casa. A medida que transcurría el tiempo se iba atrin­cherando más en la casa de sus padres, hasta que llegó un mo­mento en que dejó totalmente de salir, aunque sólo fuera por placer.

Sus padres sugirieron que se sometiera a una terapia, pe­ro nada tuvo ningún efecto en ella. «Lo único que hacía, año tras año —me contó su madre—, era sumirse en la idea de que la pérdida de la pierna le había impedido casarse y formar una familia, o llevar cualquier otro tipo de vida sola. Se sentía "marcada" por su experiencia con el cáncer y a veces comen­taba que ojalá volviera el cáncer a "completar su trabajo".»

A raíz de la enfermedad de su hija, la madre se interesó por los tratamientos alternativos. Cuando nos conocimos, ella y su marido estaban tratando de reunir valor para pedirle a Emily que se fuera a vivir sola, porque era necesario que aprendiera a atender a sus necesidades físicas y a sanar su es­tado psíquico. Necesitaba volver a confiar en su poder de vo­luntad.

Los padres le alquilaron y amueblaron un apartamento, y Emily se fue a vivir en él, enfadada y asustada. Les dijo que se sentía abandonada. Antes de que transcurriera un mes co­noció a una vecina, Laura, que vivía sola con su hijo de diez años, T. J. El niño siempre llegaba del colegio antes que su madre volviese del trabajo. Emily lo oía trajinar por la casa, sentarse a ver la televisión y prepararse merienda mientras esperaba casi tres horas solo la llegada de su madre.

Una tarde, al regresar de la tienda, se encontró con Laura, que volvía del trabajo. Comenzaron a hablar de T. J., y Laura le comentó lo preocupada que estaba por sus trabajos escolares y por todo el tiempo que pasaba solo en casa. Ca­si sin darse cuenta, Emily se ofreció no sólo a hacerle com­pañía a T. J., sino también a orientarlo y asistirlo en sus tra­bajos escolares, ya que ella era profesora titulada. Laura aceptó encantada, y a la tarde siguiente Emily comenzó a asistir a T. J.

A las pocas semanas, en el bloque de apartamentos ya se había corrido la voz de que había una «profesora maravillo­sa» que estaba dispuesta a supervisar y cuidar a los niños a su vuelta del colegio. Emily se vio desbordada por las peti­ciones de los padres que regresaban tarde a casa. Le pregun­tó al administrador del complejo de apartamentos si había alguna sala disponible para tres horas por la tarde. Se en­contró la sala, se establecieron las condiciones económicas y, a los tres meses de haber dejado la casa de sus padres, Emily «volvió a la vida».

Cuando Emily me contó su historia, se refirió varias ve­ces a la espontaneidad con que se había ofrecido a hacer de tutora de T.J. El ofrecimiento «se le escapó de la boca an­tes de que ella tuviera tiempo de pensarlo; si lo hubiera pen­sado, dice, jamás se habría ofrecido a colaborar. Esa cir­cunstancia le hizo pensar por un momento que se trataba de un «mandato» del ciclo para que cuidara y asistiera a T.J. en sus trabajos escolares. Finalmente decidió creer que el man­dato iba dirigido a ella; que debía hacer de tutora de T. J. y de los otros once niños que habían puesto a su cuidado pa­ra volver a la enseñanza el siguiente otoño.

Sea cual fuere el motivo, Emily tuvo la fuerza moral de reconocer la orientación. En cuanto comenzó a cuidar de otros, venció el miedo de no ser capaz de cuidar de sí mis­ma. Comprendió que era una prueba viviente de que Dios atiende a las necesidades de las personas, y renovó su fe.

 

La fe

La esencia del quinto chakra es la fe. Tener fe en alguien entrega una parte de nuestra energía a esa persona; tener fe en una idea entrega una parte de nuestra energía a esa idea; tener fe en un miedo entrega una parte de nuestra energía a ese miedo. Medíante esta entrega de energía quedamos im­bricados —mente, corazón y vida— en sus consecuencias. Nuestra fe y nuestro poder de elección son, de hecho, el pro­pio poder de la creación. Somos los canales por medio de los cuales la energía se convierte en materia en esta vida.

Por lo tanto, la prueba espiritual inherente a toda nues­tra vida es el reto de descubrir qué nos motiva a hacer las elec­ciones que hacemos, y si tenemos fe en el miedo o en lo Di-vino. Todos necesitamos hacernos estas preguntas, bien como tema del pensamiento espiritual o bien a consecuencia de una enfermedad física. Llega un momento en que todos nos pre­guntamos: ¿Quién está al mando de mi vida? ¿Por qué las co­sas no resultan como quiero? Por mucho éxito que tengamos, en algún momento tomamos conciencia de que nos sentimos incompletos. Algún acontecimiento, relación o enfermedad que no entraba en nuestros planes nos hará ver que no basta el poder personal para superar una crisis. Estamos destina­dos a tomar conciencia de que nuestro poder personal es li­mitado. Estamos destinados a preguntarnos si en nuestra vi­da actúa alguna otra «fuerza» y a plantearnos las siguientes preguntas: ¿Por qué ocurre esto? ¿Qué quieres de mí? ¿Qué debo hacer? ¿Cuál es mi finalidad?

Adquirir conciencia de nuestras limitaciones nos dis­pone a considerar otras opciones que de otro modo no ha­bríamos elegido. En los momentos en que nuestra vida nos parece más descontrolada podríamos abrirnos a una orien­tación que antes no habríamos acogido bien. Entonces es po­sible que nuestra vida avance en direcciones que no había­mos previsto. La mayoría acabamos diciendo: «Jamás pensé que hará esto, o vivirá aquí, pero aquí estoy, y todo marcha bien.»

Podemos llegar a esa rendición utilizando la visión sim­bólica, a fin de considerar la vida solamente como un viaje es­piritual. Todos hemos conocido a personas que se han recu­perado de circunstancias terribles, y han atribuido el hecho a haber dejado las cosas en manos de lo Divino. Y todas esas personas han compartido !a experiencia de decir a lo Divino: «No se haga mi voluntad, sino la Tuya.» Si esa oración es lo único que se necesita, ¿por qué le tenemos tanto miedo?

Nos aterra la idea de que reconocer la voluntad divina y, por lo tanto, rendir nuestra voluntad a una voluntad supe­rior, nos va a alejar de todo lo que nos proporciona agrado o comodidad física. Así pues, nuestra voluntad se resiste a la orientación divina: la invitamos a entrar, pero nos esforza­mos en obstaculizarla totalmente. Una y otra vez veo en mis seminarios a personas que se enfrentan a ese dilema; desean orientación intuitiva, pero tienen miedo de lo que les dirá esa voz.

Tengamos presente que nuestra vida física y nuestro ca­mino espiritual son una misma cosa. Disfrutar de la vida fí­sica es un objetivo tan espiritual como el de lograr un cuer­po físico sano. Ambas cosas son una consecuencia de seguir la orientación divina al hacer elecciones sobre cómo vivir y de actuar movidos por la fe y la confianza. Rendirse a la au­toridad divina significa liberarse de las ilusiones físicas, no de los placeres y comodidades de la vida física.

Las energías del quinto chakra nos guían hacía esa ren­dición. La Sefirá de Jésed transfiere al quinto chakra la ener­gía divina de la grandeza mediante el amor, que nos orienta a ser lo más amorosos posible en todas las circunstancias. A veces, el mayor acto de amor es abstenernos de juzgar a otra persona o a nosotros mismos. Una y otra vez se nos recuer­da que juzgar o criticar es un error espiritual. Desarrollar la disciplina de la voluntad nos permite abstenernos de pensar o expresar pensamientos negativos acerca de otras personas y de nosotros mismos. No juzgando, logramos la sabiduría y vencemos nuestros temores. La sefirá de Gueburá nos enseña a liberarnos de la necesidad de saber por qué las cosas ocurren como ocurren y a confiar en que, sea cual fuere ese motivo, for­ma parte de un designio espiritual superior.

Marnie, de cuarenta y cuatro años, es sanadora, una sa­nadora auténticamente ungida, que empezó su trabajo des­pués de una noche oscura del alma de siete años, durante la cual tuvo que sanarse ella sola. A los treinta años trabajaba de asistenta social en Escocia, llevaba una vida activa, te­nía muchas amistades y disfrutaba enormemente con su tra­bajo. De pronto le comenzaron unos dolores que, según le dijeron, «no eran diagnosticares».

Mes tras mes, los dolores fueron en aumento. Unas ve­ces era dolor de espalda, otras, en las piernas, y otras, terri­bles migrañas. Finalmente el dolor la obligó a pedir una ex­cedencia en el trabajo. Estuvo casi dos años yendo de un especialista a otro, pero ninguno consiguió explicarle ese do­lor crónico y la ocasional pérdida de equilibrio, ni recetarle ningún tratamiento eficaz.

Marnie fue cayendo en una depresión cada vez más pro­funda. Sus amigos le recomendaron que recurriera a tera­peutas alternativos, en los que ella no había creído jamás. Un día fue a visitarla una amiga cargada de libros sobre trata­mientos alternativos, entre los cuales estaban los escritos de Sai Baba, un maestro espiritual que vivía en la India. Ella le­yó los libros, pero rechazó las ideas, considerándolas cosas que «sólo mentes sectarias pueden creer».

Seis meses de dolores la obligaron a retractarse de esas palabras, y viajó a la India para tratar de conseguir una au­diencia personal con Sai Baba. Pasó tres semanas en su ashram, pero no logró verlo en privado. Regresó a Escocia, sin­tiéndose aún más abatida que antes. Poco después de su regreso tuvo una serie de sueños en los cuales se le hacía una sola pregunta: ¿Eres capaz de aceptar lo que te he dado?

Al principio pensó que los sueños eran una simple con­secuencia de su viaje a la India y de sus numerosas conver­saciones sobre la naturaleza de la voluntad de Dios para las personas. Una amiga le sugirió que interpretara los sueños como sí realmente fueran una pregunta espiritual. «No tenía nada que perder —dice ella—-, así que ¿por qué no?»

La siguiente vez que tuvo el sueño contestó: «Sí, acepto lo que me has dado.» Inmediatamente, se sintió bañada de luz y por primera vez desde hacía años se vio libre de dolor. Despertó con la esperanza de que su enfermedad habría de­saparecido, pero no fue así- De hecho, en los cuatro años si­guientes fue empeorando. Pensaba una y otra vez en el sue­no, afirmándose en la creencia de que en realidad no era un sueño, pero continuó sintiéndose amargada y desesperada, pensando a veces que Dios le pedía que sufriera sin ningún motivo,

Cuenta que una noche, mientras lloraba, llegó a la «ren­dición*. Creía que desde que diera la respuesta en el sueño había estado en ese estado de conciencia, pero esa noche comprendió que no. «Aquello no era rendición, sino resig­nación. Había una actitud que decía: "De acuerdo, lo haré; ahora recompénsame haciendo que me sienta mejor." Y esa noche me di cuenta de que tal vez nunca me sentiría mejor, y de que si me ocurría eso, ¿qué le diría a Dios? Me rendí completamente y dije: "Elijas lo que elijas para mí, sea. Sim­plemente, dame fuerzas."»

En el acto le desapareció el dolor y sintió las manos ca­lientes, no con un calor normal, corporal, sino con «calor es­piritual». De inmediato supo que ese calor que circulaba por sus manos tenía el poder de sanar a otras personas, aunque, paradójicamente, quizás ella no pudiera «beber de ese po­zo». Entonces se rió francamente de su trastorno, porque era «exactamente igual a las historias de los místicos de antaño que había leído. Pero ¿quién habría pensado que yo iba a te­ner sus aptitudes?».

Ahora Marnie es una sanadora muy querida y respeta­da. Aunque su cuerpo físico ha mejorado bastante de ese do­lor no diagnosticable, todavía pasa momentos difíciles. Sin embargo, según sus palabras: «Dado lo que soy y sé actual­mente, volvería a sufrir todo ese dolor, por el privilegio que tengo ahora de sanar a otros.» Yo encuentro impresionante y admirable su historia, debido a su profunda comprensión de la diferencia entre rendición y resignación, y porque vi­vió el mito según el cual una vez que le hemos dicho a Dios que sí, todo funciona perfectamente. Decir sí a una enfer­medad o un trastorno es la primera parte, un acto que pue­de cambiar o no nuestro problema; la segunda es decir sí al tiempo decidido por Dios.

El acto de la confesión rescata al espíritu de las conse­cuencias de nuestras elecciones. A medida que aprendemos más acerca de nuestra naturaleza, llegamos a comprender lo mucho que el espíritu continúa adherido a los acontecimien­tos y pensamientos negativos, pasados y presentes. La con­fesión es mucho más que el reconocimiento público de una mala conducta. En su sentido energético es el reconocimien­to de que hemos tomado conciencia y, por lo tanto, supera­do un miedo que antes tenía el mando sobre nuestro espí­ritu. En su sentido simbólico, la confesión libera a nuestro espíritu de los miedos y pensamientos negativos del pasado. Continuar adheridos a los acontecimientos y pensamientos negativos es tóxico para la mente, el espíritu, los tejidos celu­lares y la vida.

El karma es la consecuencia energética y física de las elec­ciones que hacemos. Las elecciones negativas generan si­tuaciones que se repiten para enseñarnos a hacer elecciones positivas. Una vez que aprendemos la lección y hacemos una elección positiva, la situación no vuelve a repetirse porque nuestro espíritu ya no está adherido a la elección negativa que fue causa de la lección. En las culturas occidentales, este tipo de lección kármíca se reconoce en dichos sociales como «El que siembra, recoge» o «Nada se hace impunemente». El acto de confesión significa que nos reconocemos responsa­bles de lo que hemos creado y que hemos comprendido el error de nuestras elecciones. Por lo que se refiere a la energía, este rito libera al espíritu de los dolorosos ciclos de aprendi­zaje y lo reorienta hacia las energías creativas y positivas de la vida.

La confesión es tan esencial para nuestra salud mental, corporal y espiritual que no podemos evitarla. La necesidad de purgar el espíritu de los recuerdos cargados de culpa es más fuerte que la necesidad de guardar silencio. Un funcio­nario de prisiones me comentó: «A muchos delincuentes los descubren porque tienen que decirle aunque sea a una per­sona lo que hicieron. Y aunque en el momento sólo haya si­do por alardear, de todos modos es una forma de lo que yo considero confesiones callejeras.»

Los psicoterapeutas se han convertido en los confesores de los tiempos modernos. Con ellos tratamos de resolver nuestros conflictos psíquicos y emocionales, explorando sin­ceramente los lados oscuros y superando los miedos de nues­tra naturaleza y nuestra psique. Cada vez que derrotamos a la autoridad que ejerce un miedo en nuestra vida y lo reem­plazamos por un mayor sentido de nuestro poder personal, la dulce energía de la curación entra a raudales en nuestro sis­tema energético. Expresado en el lenguaje de la confesión, estos importantes actos terapéuticos equivalen a llamar a nuestro espíritu para que vuelva de las misiones negativas a las que lo hemos enviado.

Sabiendo que el quinto chakra nos enseña el modo de utilizar nuestra voluntad y registra las órdenes que damos a nuestro espíritu, la pregunta es: ¿Cómo nos las arreglamos con las enseñanzas del quinto chakra?

 

Entre la cabeza y el corazón

Dado que el centro de la voluntad está situado entre las energías del corazón y las de la mente, necesitamos aprender a equilibrar nuestras reacciones a sus impulsos. Por lo gene­ral, cuando somos niños se nos dirige hacia una de estas dos energías gobernantes: normalmente, se dirige a los niños pa­ra que utilicen la energía mental, y a las niñas para que se de­jen llevar por el corazón.

La energía mental potencia el mundo externo, mientras que la energía del corazón potencia nuestro ámbito personal. Durante siglos, nuestra cultura ha creído que la energía emo­cional debilita la capacidad de tomar con rapidez las decisio­nes mentales necesarias, y que la energía mental es práctica­mente inútil en el ámbito emocional. Hasta los años sesenta, esta separación se consideraba aceptable. En esa década, en la que el corazón se encontró con la mente, se redefinió este concepto: una persona equilibrada es aquella que actúa con el corazón y la mente al unísono.

Si la mente y el corazón no se comunican con claridad entre sí, uno dominará al otro. Cuando nos dirige la mente, sufrimos emocionalmente porque convertimos en enemiga la información emocional; queremos dominar todas las si­tuaciones y relaciones, y mantener la autoridad sobre las emociones. Si nos dirige el corazón, tendemos a mantener la ilusión de que todo marcha bien. Dirija la mente o el corazón, la voluntad no estará motivada por la sensación de seguridad interior, sino por el miedo y el inútil objetivo de controlar. Este desequilibrio entre la cabeza y el corazón convierte a la persona en adicta. Desde el punto de vista energético, cual­quier comportamiento motivado por el miedo al crecimiento interior equivale a una adicción. Incluso comportamientos que normalmente son sanos, como el ejercicio y la medita­ción, por ejemplo, pueden ser adicciones si se emplean para evitar el dolor, el conocimiento o la intuición personal. Cualquier disciplina se puede convertir en un tenaz obstáculo entre la conciencia y el inconsciente, que dice: «Quiero orientación, pero no me des ninguna mala noticia.» Incluso tratamos de controlar la propia orientación que estamos bus­cando. Acabamos por vivir en un ciclo, aparentemente in­finito, de desear el cambio temiendo al mismo tiempo ese cambio.

La única manera de abrirnos paso a través de ese obs­táculo es tomar decisiones en las que intervenga el poder uni­do de la mente y el corazón. Es fácil continuar con un hábi­to que nos obstaculiza, alegando que no sabemos qué hacer a continuación. Pero eso rara vez es cierto. Cuando estamos atrapados por un hábito, se debe a que sabemos exactamen­te lo que deberíamos hacer a continuación, pero nos aterra hacerlo. Para romper la repetición de los ciclos de nuestra vi­da sólo hace falta tomar una firme decisión que apunte ha­cia el mañana, no hacia el ayer. Las decisiones que dicen «Se acabó, no continuaré aceptando este tipo de trato», o «No puedo seguir aquí ni un solo día más; debo marcharme», con­tienen el tipo de poder que une las energías de la mente y del corazón, y la vida comienza a cambiar casi instantáneamen­te a consecuencia de la autoridad presente en ese intenso gra­do de elección. De acuerdo que asusta dejar los contenidos de la vida que conocemos, aun cuando esa vida sea terrible­mente triste. Pero es que el cambio asusta, y esperar a tener esa sensación de seguridad antes de hacer un cambio sólo produce más tormento interior, porque la única manera de obtener esa sensación de seguridad es entrar en el remoli­no del cambio y salir por el otro lado sintiéndose vivo de nuevo.

Elleen Caddy, fundadora junto con otras dos personas de la comunidad espiritual de Findhorn, en el norte de Es­cocia, ha tenido una interesante vida de cambios y desafíos mientras aprendía a confiar en la orientación divina y a ren­dirse a sus directrices. Recibió la orientación, que ella atribuye a la voz de «Cristo», de dejar a su primer marido y sus cinco hijos e iniciar una relación con un hombre llamado Peter Caddy. Aunque siguió esta orientación, los años si­guientes fueron muy tumultuosos, debido en parte a que en aquella época Peter estaba casado. Finalmente Peter dejó a su esposa, se casó con Elleen y se hizo cargo de la adminis­tración de un hotel en decadencia de la ciudad de Forrest, al norte de Escocía. Tuvieron tres hijos y, siguiendo la orienta­ción de Elleen, muy pronto Peter convirtió ese hotel mo­desto en uno de cuatro estrellas. Durante esos años el con­tacto de Elleen con sus otros cinco hijos fue mínimo, pero su guía le dijo que acabaría reconciliándose con ellos, lo que resultó cierto. Como los dos llegaron a comprender, la guía de Elleen provenía de un lugar espiritual profundo.

Cuando el hotel estaba en el apogeo de su éxito, Peter fue despedido, ante la sorpresa de todo el mundo. Esto fue una conmoción para él y para Elleen, ya que jamás había su­puesto que el trabajo de Peter sería recompensado con el des­pido. Pero entonces su guía le dijo a Elleen que alquilaran una caravana en un parque para caravanas de la localidad lla­mado Findhorn. Allí se les ordenó hacer un jardín, sugeren­cia aparentemente absurda, dado el clima, la situación geo­gráfica y el mínimo de luz solar. De todos modos, ellos hicieron lo que se les ordenaba, y muy pronto se les unió una mujer llamada Dorothy McLean,

Al igual que Elleen, Dorothy era una intermediaria, pe­ro su orientación provenía de «energías naturales» que le in­dicaron la forma de colaborar con ellos de modos cocreadores. Las energías naturales prometieron que exagerarían el crecimiento de las plantas durante siete años exactos, para demostrar lo que se puede realizar cuando las fuerzas espi­rituales, humanas y naturales de la vida funcionan unidas.

El jardín prosperó exactamente como les habían pro­metido. Las plantas alcanzaron proporciones inauditas. Muy pronto, los rumores sobre la existencia de este jardín Dios». Aunque seguía la orientación que recibía, en realidad no deseaba hacerlo y, por lo tanto, la mayor parte del tiem­po estaba en conflicto. Necesitaba aprender a tener fe y con­fianza en la «conciencia de Cristo», como llama ella a su guía. Esa era su misión espiritual personal.

Ahora dice que la fuerza de Dios es una realidad interior que la dirige siempre. Está consagrada a un camino de servi­cio y piensa que sus recompensas han sido numerosas: «Ten­go una familia en el sentido arquetípico. Estoy rodeada por una comunidad que es mi familia. Tengo un hermoso ho­gar, una relación amorosa con todos mis hijos y una relación íntima con Dios. Me siento profundamente bendecida.»

El vínculo de Elleen con la energía de «Cristo» refleja un camino místico contemporáneo. Su vida ha abarcado los ca­minos espirituales antiguo y nuevo: el antiguo, en el que el dirigente espiritual aceptaba las penurias y la contemplación solitaria en calidad de intermediario entre los demás y Dios; y el nuevo, en el que la persona vive dentro de la comunidad espiritual.

Elleen vive con las pruebas, bendiciones y recompensas de la orientación divina. Su vida está llena de milagros y de frecuentes sincronismos.

Entregar la propia voluntad a la orientación divina pue­de ser causa de experiencias difíciles a la vez que de un gran conocimiento e intuición. La persona puede experimentar el doloroso final de muchas fases de su vida, entre ellas matri­monios y ocupaciones. Pero aún no he conocido a nadie que piense que el resultado final de unirse con la autoridad divi­na no haya valido la pena. Ninguna historia capta mejor es­ta experiencia que la lección original de rendición, la histo­ria de Job.

Job era un hombre que tenía una enorme fe en Dios y grandes riquezas, y que se enorgullecía de ambas cosas. Sa­tán te pidió permiso a Dios para poner a prueba a Job, ase­gurando que él era capaz de hacerle perder la fe. Dios aceptó. Lo primero que hizo Satán fue hacerle perder sus pose­siones y a sus hijos, pero Job continuó fiel a Dios, creyendo que si ésa era su voluntad, debía aceptarla. Después Satán le envió una enfermedad, y su esposa le recomendó que «re­prendiera a Dios» por aumentar sus desgracias. Job conti­nuó siendo fiel a Dios. Su esposa murió.

Sus amigos Elifaz, Bildad y Sofar fueron a visitarlo para manifestarle su compasión, y discutieron sobre la naturale­za de la justicia divina. Ellos creían que Dios jamás castiga­ría a un «hombre justo»; por lo tanto, Job tenía que haber hecho algo que constituía una ofensa para los cielos. Job ale­gó su inocencia y les dijo que sus sufrimientos formaban par­te de la experiencia universal de la injusticia.

Cuando Job comenzó a pensar que, después de todo, tal vez Dios era injusto al hacerlo sufrir, intervino un joven lla­mado Elihú y reprendió a Job y sus amigos por creerse ca­paces de conocer la «mente de Dios» y por pensar que Dios les debía una explicación por sus decisiones.

Finalmente, Dios le habló a Job y lo instruyó sobre la di­ferencia entre voluntad humana y voluntad divina. Le pre­guntó: « ¿Dónde estabas tú cuando yo creé la Tierra? [...] ¿Acaso has dado tú órdenes a la mañana y enseñado su lugar a la aurora?»

Job comprendió que desafiar la voluntad de Dios era una locura y se arrepintió. Informó a sus amigos sobre la verdad que había aprendido: que ningún mortal puede conocer ja­más la mente de Dios, que el único acto verdadero de fe es aceptar todo lo que Dios nos pide y que Dios no le debe a ningún mortal una explicación de sus decisiones. Entonces puso su voluntad en las manos de Dios diciendo: «Una vez hablé; no volveré a hablar.» Dios le dio otra familia y dupli­có sus posesiones terrenas.

Una y otra vez, los problemas a los que nos enfrentamos nos inducen a preguntar: ¿Cuál es la voluntad de Dios para mí? Con frecuencia pensamos que la voluntad de Dios para noso-tros es una tarea, un trabajo, un medio de acumular poder para nosotros. Pero la verdad es que la voluntad divina nos llevará primero y principalmente a aprender acerca de la natu­raleza del espíritu y de Dios.

El acto más importante de voluntad al que podemos con­sagrar nuestro espíritu es elegir vivir según estas normas:

  1. No hacer ningún juicio.
  2. No tener ninguna expectativa.
  3. Renunciar a la necesidad de saber por qué las cosas ocurren como ocurren.
  4. Confiar en que los acontecimientos no programados son una forma de dirección espiritual.
  5. Tener el valor de tomar las decisiones que necesitamos to­mar, aceptar lo que no podemos cambiar y tener la sabi­duría para ver la diferencia entre ambas cosas.

 

Preguntas para auto examinarse

¿Qué es para usted tener «fuerza de voluntad»? ¿Quiénes son las personas de su vida que tienen domi­nio sobre su fuerza de voluntad y por qué?

  1. ¿Intenta dominar a otras personas? Si es así, ¿quiénes son esas personas y por qué necesita dominarlas?
  2. ¿Es capaz de expresarse sinceramente cuando necesita hacerlo? En caso negativo, ¿por qué?
  3. ¿Es capaz de advertir cuándo está recibiendo orienta­ción y de actuar según ésta?
  4. ¿Confía en la orientación que no presenta ninguna «prueba» sobre su resultado?
  5. ¿Qué miedos tiene en relación con la orientación di­vina?
  6. ¿Pide orientación para sus planes personales o es capaz de decir: «Haré lo que el cielo me ordene hacer»?

9. ¿Qué le hace perder el dominio de su fuerza de volun­tad?

10. ¿Regatea consigo mismo cuando sabe que necesita cam­biar pero va postergando el hacerlo? Si es así, identifi­que esas situaciones y sus motivos para no desear actuar.

 

 

 

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