La medicina de la energía. 3ª parte

CAROLINE MYSS

 

La Medicina de la Energía

 

Este libro está dedicado

a Racbel Namtti Remen, doctora En medicina, y a Daniel Lowensteifí, doctor en medicina, con todo mi amor y gratitud por haber aparecido en mi vida.

 

 

LA ENFERMEDAD COMO VEHÍCULO DE TRANSFORMACIÓN

 

A menudo la enfermedad sirve para abrirnos los ojos durante nuestro viaje hacia la conciencia y el descubri­miento propio: requiere una atención inmediata y no po­demos pasarla por alto. Cuando contraemos una enfermedad mortal, no podemos permitirnos el lujo de no hacerle tuso. La enfermedad con frecuencia es el medio por el cual descubrimos el poder de nuestra psique y nuestro espíritu. Como ya hemos visto en el capítulo 2 la negatividad no siempre constituye la raíz de una enfermedad. En ocasiones, la enfermedad es el resultado de factores genéticos o ambientales sobre los que tenemos escaso control. Aunque cueste de creer, a veces la enfermedad es la respuesta a nuestras plegarias, puesto que constituye el medio por el que descubrimos nuestras dotes más valiosas y nuestra capacidad para ayudar a los demás. Por tanto, la enfermedad puede considerarse un punto de inflexión que exige que ejerzamos nuestra capacidad de elegir. Cuando afrontamos una crisis cuya resolución requiere un cambio en nuestra conciencia y estilo de vida, debemos biiscar el potencial de evolución espiritual inherente a la situación. Para evi­tar asumir una actitud negativa hacia nuestra enfermedad, debemos considerarla como una invitación a descubrir un nivel superior de conciencia. La literatura médica recien­te está llena de personas que respondieron a uji ataque car­díaco o a un cáncer modificando su dieta y Haciendo ejer­cicio, además de seguir un programa de reducción de estrés que incorporaba yoga y meditación; todos ellos desarro­llaron una auténtica afición hacia esas prácticas. Muchas personas modificaron sus vidas radicalmente hacia una vida de renovada espiritualidad al traspasar la puerta que les abría una enfermedad mortal.

Yo creo que podemos considerar toda enfermedad como una experiencia de transformación, puesto que la en­fermedad requiere que prestemos atención al proceso de curación, el cual contiene la posibilidad de un cambio. Cuando contraemos una enfermedad debido a una con­ducta negativa —abuso de sustancias tóxicas, tabaco, ni­veles elevados de estrés, un trabajo o una relación que no nos satisface— el cambio se convierte en parte integran­te del proceso de curación. Al mismo tiempo, el hecho de considerar una enfermedad como una oportunidad de profundizar en nuestro yo interior activa el potencial para sanar que yace aletargado cuando asumimos una acritud pasiva o caemos en la autocompasión. Tal como indico a las personas que asisten a mis talleres: «Los verbos curan, los sustantivos no.» cuando el desafío es una enfermedad

A los 41 años, Ann estaba casada, era madre de cua­tro hijos y un miembro activo de su comunidad. De im­proviso, los médicos le diagnosticaron que padecía lupo. Como Ann no conocía ia medicina alternativa, se some­tió a un tratamiento de medicina convencional. El médi­co le recetó esteroides, que debía tomar con frecuencia, y Ann engordó más de treinta kilos, cuando su peso nor­mal era de unos sesenta kilos.

El médico le dijo a Ann que el hipo era una enfermedad para la que no existía cura. En el mejor de los casos, con­seguiría una remisión de la enfermedad mediante una terapia de medicamentos. Ann pensó que no tenía más re­medio que aceptar ese diagnóstico y tratamiento, pe­ro al cabo de varios meses de tomar las drogas prescritas por su médico empezó a notarse muy deprimida y física­mente agotada. Se sentía culpable por no poder atender debidamente a su familia y tener que contar con su hija de 16 años para que le ayudara a preparar la comida, ha­cer la compra y limpiarla casa. Su hija, aunque se esfor­zó en ayudar a Ann, no tardó en mostrarse irritada con ella, pues apenas tenía tiempo de ver a sus amigos y no estaba preparada para hacer frente a esas nuevas responsa­bilidades.

La tensión entre madre e hija aumentó hasta que el ma­rido de Ann le aconsejó que acudiera a un terapeuta. Ann tardó dos meses en hacer caso de ese consejo, pero por fin decidió visitar a una terapeuta que practicaba la medi­cina alternativa y que le habló de otros tratamientos con­tra el lupo, tales como la acupuntura, la visualización y la aroma terapia.

Al mismo tiempo, Ann comenzó a conocerse mejor. Su terapeuta le advirtió claramente que no podía abordar esos tratamientos con la misma actitud con la que se ha­bía sometido a la terapia basada en fármacos. «Los fármacos actúan independientemente del estado anímico del pa­ciente —le dijo—, pero los tratamientos alternativos no. Su eficacia depende de que el paciente participe cons­cientemente en su curación»; de hecho, cuanto más cons­ciente eres, mejor van. Animada por esa perspectiva, Ann se esforzó en educarse por medio de libros, cintas mag­netofónicas y reuniones con un grupo de apoyo.

Durante su viaje personal, Ann experimentó varias transiciones importantes. La más relevante fue su descu­brí miento de la diferencia entre el apoyo que le brindaba su religión y el consuelo qué hallaba en otras prácticas es­pirituales. Cuando Ann se enteró de que estaba enferma, creyó que era un castigo. Cuando adquirió una relación más íntima con Dios, mediante esas nuevas prácticas espiritua­les, empezó a considerar a Dios de un modo muy distinto y a contemplar su enfermedad desde otra perspectiva.

—-Lo primero que descubrí—dijo Ann—. Fue que el sentimiento de culpabilidad que arrastraba desde que el médico me había diagnosticado la enfermedad (por no po­der ser la esposa y madre que había sido hasta entonces) se debía a que, de algún modo, yo me consideraba una mala persona. Me daba vergüenza haber contraído la enferme­dad y supuse que mi familia se avergonzaba de mí.

»Cuando aprendí a acercarme a Dios desde un pun­to de vista que no estaba vincula do a una determinada reli­gión, sino de una forma más espiritual —continuó Ann—, comprendí que, en ocasiones, una enfermedad es el me­dio por el cual Dios nos lleva a conocernos mejor. Por ejemplo, jamás se me había ocurrido que poseía un poder en mi interior que los pensamientos positivos activaban. Siempre había supuesto que era mejor ser mía persona optimista que quejarse continuamente, pero nunca había relacionado esa idea con el hecho de poseer la facultad de reforzar mi espíritu a fin de mejorar mi salud. Puesto que de niña me habían enseñado que Dios repartía sus bendi­ciones o sus desafíos de forma aleatoria, comprender que nada es aleatorio y nada es un castigo supuso para mí la li­beración más profunda que había experimentado en mi vida. Esa espiritualidad me dio fe, no sólo en que sí reza­ba con devoción Dios atendería mis plegarias, sino que em­pecé a creer que Dios escucha siempre nuestras oraciones y que la curación no consiste necesariamente en recibir una cura física. Puede significar el descubrimiento, como me ocurrió a mí, de que eres mucho más valiente de lo que te imaginabas.

«Comprendí que aunque deseaba eliminar el lupo de mi cuerpo, también deseaba sanar las numerosas insegu­ridades que me habían llevado a depender de los demás. Antes, aunque me sentía segura, en realidad no era sino una persona temerosa de intentar nada nuevo. Ahora tra­to de sanar esa faceta de mi personalidad, y me siento más satisfecha de mí misma. Ya no me siento dominada por las dudas que me atormentaban. Todavía padezco lupo, pero en muchos aspectos estoy más sana que antes y confío en que, si persisto en este camino, llegaré a sanar también fí­sicamente.

Al cabo de un tiempo la enfermedad de Ann remitió, y aunque nadie puede predecir cuánto tiempo durará esa remisión, Ann confía en que, cuando su enfermedad se reactive, estará preparada para afrontar su situación con valor.

 

Cuando el desafío es el temor a envejecer

 

No siempre es necesario contraer una enfermedad mortal o debilitante para que sintamos la necesidad de emprender un viaje personal. Un hombre llamado Jacques, a quien conocí hace unos años en un taller, me con­tó la encantadora historia de cómo decidió iniciar el via­je de descubrimiento propio. Era un próspero hombre de negocios que se había concedido todos los caprichos que pueden comprarse con dinero. Había viajado a lugares remotos, poseía tres residencias —una de ellas en los Al­pes franceses—, tenía un círculo de amigos interesantes y gozaba al máximo de la vida. El día de su cuarenta cum­pleaños, mientras estaba pensando qué regalarse, se contempló con detenimiento en el espejo. Observó que se había abandonado físicamente y que tenía «michelines» en las caderas, por lo que, en lugar de hacerse un regalo costoso y convencional, decidió empezar a hacer jogging y dedicar el año siguiente a ponerse en forma. Jacques re­conoció que el primer día que salió a correr lo hizo más por temor a envejecer que por motivos de salud. Después de correr durante tres manzanas se detuvo, tosiendo y bo­queando. Jacques comprendió que para cumplir el com­promiso que había adquirido consigo mismo tenía que dejar de fumar. A las ocho de aquella tarde, ya se había convertido en un ex fumador.

Al cabo de cuatro meses, su dedicación a su salud le llevó a interesarse por la nutrición, tema por el que había mostrado escaso interés antes. Después de informarse so­bre varios programas nutricionales, decidió renunciar a su dieta, repleta de grasas y colesterol, reducir su consumo de carne de vacuno y comer principalmente fruta y ver­dura.

Cuando cumplió cuarenta y un años, Jacques era la viva imagen de la salud. Su interés por el tema había despertado su curiosidad sobre otros factores que podían influir en la sa­lud: la actitud mental, las creencias y las necesidades perso­nales. Jacques empezó a revisar su vida o, según dijo, explo­rar su yo interior. Antes, cuando lo único que le interesaba eran sus negocios, no se había percatado de que existieran otras cosas —y menos aún otras personas— por las que me­reciera ía pena preocuparse. Pero desde que había empren­dido su viaje personal, había comenzado a interesarse por las personas con quienes trataba a diario.

Un día se le ocurrió la idea de invitar a un grupo de amigos íntimos y socios profesionales a su casa para una velada dedicada a la auto exploración. Naturalmente, me contó sonriendo, esperó a que todos hubieran llegado an­tes de revelarles el motivo por el que les había invitado. Sus amigos habían supuesto que Jacques iba a hablarles de un nuevo negocio; cuando les dijo sus verdaderos moti­vos, sus amigos desearon poder salir volando de la habi­tación.

—Pero como yo era el hombre más rico de la reunión —añadió Ja cq u es con una carcajada—, no tuvieron más remedio que quedarse.

Jacques abrió la sesión describiendo su proceso de transformación, agregando que, aunque sus amigos no se percataran de ello, estaban también inmersos en un in­terminable ciclo de ciegos logros profesionales, a la espe­ra de despertar. Jacques les propuso que explorasen ese des­pertar. Uno tras otro, esos hombres empezaron a hablar sobre sí mismos como no lo habían hecho jamás, descu­briendo sus sentimientos sobre su trabajo, estilo de vida y familia. Aunque al principio les resultaba difícil, su ti­midez fue desapareciendo poco a poco y, al término de la velada, prometieron volver a reunirse al cabo de un mes para llevar a cabo otra sesión semejante.

Al cabo de seis meses, Jacques y sus amigos ya se reu­nían de forma periódica y el grupo se había ampliado. Con el tiempo, fueron más allá de las cuestiones personales y comenzaron a explorar otros temas relacionados con la es­piritualidad, la crisis global y lo que podían hacer para contribuir a un mundo que les había dado tanto. Todos se comprometieron a colaborar para mejorar el planeta. Sus reuniones acabaron convirtiéndose en una mezcla de in­tercambio de experiencias personales y estudio de planes para participar en proyectos que pudieran beneficiarse de su apoyo.

El viaje personal de Jacques constituye una historia edi­ficante, en parte porque, en un principio, él era un indi­viduo que creía estar plenamente realizado. Antes de la toma de conciencia de suyo interior, era un hombre mo­tivado, determinado, seguro de sí y satisfecho; no parecía ser alguien que necesitara tomar contacto consigo mismo. Pero el término «individuo» posee dos significados muy

distintos, según lo interpretemos bajo la mentalidad tri­bal o bien en el contexto de la evolución de la conciencia. Un «individuo», según la mentalidad tribal, es poco más que una combinación de la identidad física y la fuer­za del yo, que en este caso significa la parte del ser que co­nocemos por medio de experiencias externas junto a nues­tros sentimientos sobre nuestro aspecto físico. Pero en el contexto de la conciencia psíquica, el término «indivi­duo» se refiere a la parte qué nosotros que es transfísica, que encarna unas características internas que derivan del cre­cimiento espiritual y que nos proporciona energía y po­der al margen de la aprobación del grupo.

 

Cuando su vida ya no le satisface

 

Aunque el viaje de descubrimiento interior de Jacques comenzó casi por capricho, la mayoría de la gente lo emprende como consecuencia de una grave crisis vital. Durante uno de mis talleres, Simón, un abogado, nos re­lató su experiencia. Había estudiado derecho porque su pa­dre era un juez y le había di choque, desde que Simón era un niño, su sueño había sido compartir un bufete con su hijo. Simón nos confesó que había estado tan influido por ¡as ambiciones de su padre, que hasta pasados ios 30 años no se percató de que tal vez pudiera tener aspiraciones propias.

Simón estudió derecho tal como deseaba su padre, y, a los 26 años, comenzó a ejercer la carrera. A los 27 años se casó y a los 29 años se convirtió en padre de una niña. Evidentemente, se esperaba de él que educaría a su hija para que también estudiara abogacía. Es más, cuando nació la niña, el padre de Simón comentó que, aunque no había es­perado que su primer nieto fuera una niña, seguramente también podría convertirse en una buena abogada.

Cuando Simón cumplió 34 años, estaba al borde de una crisis nerviosa. No se entendía con su mujer, ni ver­bal ni sexualmente, y no podía hacer frente a las respon­sabilidades de sil trabajo. El único apoyo que recibió de su familia fue la sugerencia de que se tomara unas vaca­ciones. Un día, cuando Simón estaba mirando por la ven­tana, su secretaria entró e hizo un comentario que le dejó perplejo.

—Usted necesita terapia —dijo—. Lo sabe, ¿no?

Al principio Simón se sintió ofendido por el comen­tario y se lo dijo. Ella repuso que no había pretendido ofenderle, pero que se había dado cuenta de cómo cada vez estaba más decaído y sospechaba que las tensiones de la vida cotidiana habían hecho mella en él. Un terapeuta, le ' aclaró su secretaria, no es una persona a la que van los lo­cos en busca de ayuda, sino un profesional al que acuden personas en su sano juicio cuando se percatan de que el inundo que les rodea se ha vuelto loco.

Cuando Simón le dijo que no conocía a ningún tera­peuta, su secretaria telefoneó al suyo y concertó una visi­ta para la semana siguiente. Simón le hizo prometer que no diría una palabra de aquello a nadie. Cuando llegó el día señalado, Simón salió de su oficina, se dirigió a la con­sulta de la terapeuta y durante la primera visita no hizo sino insistir en que no sabía por qué había ido a verla ni qué ha­cía allí.

La terapeuta empezó por hacer a Simón unas pre­guntas sobre su vida, su familia y su trabajo. Luego le formulo una pregunta que él jamás se había hecho:

—¿Qué metas se había fijado en la vida?

—Ser abogado, casarme y tener una familia —contestó Simón—. Exactamente lo que he conseguido.

—¿Está seguro? No parece sentirse muy «satisfecho» en estos momentos —replicó la terapeuta con tono desa­fiante—. ¿Nunca se le ha ocurrido pensar que quizá no era | eso lo que deseaba?

Simón reconoció que nunca había pensado en ello.

—¿Y por qué no lo hace ahora?

—No serviría de nada —repuso Simón—. Ya he ele­gido mis opciones.

La terapeuta sugirió a Simón que fuera a visitarla de nuevo la semana siguiente y que, mientras tanto, dedica­ra algún tiempo a reflexionar sobre qué otras elecciones pudo haber hecho, o cuáles le gustaría tomar ahora, o cuá­les no sería capaz ni de considerar. Simón no quería plan­tearse ese tema, pero la duda ya había sido plantada en su mente y, tanto si quería como si no, había iniciado el via­je hacia su interior.

Durante la semana, Simón apenas logró conciliar el sueño por las noches. No dejaba de pensar en su infancia, en los planes que su padre había trazado y las esperanzas que había depositado en él. Simón empezó a experimen­tar una rabia que jamás había sentido antes. Temiendo co­mentar esto con su padre —o tragarse lo que deseaba de­cirle— Simón evitó todo trato con él.

Su esposa notó que Simón estaba más nervioso, pero él no se atrevió a decirle que había comenzado una tera­pia porque estaba seguro de que ella no lo entendería. Du­rante la segunda visita, Simón confesó a su terapeuta que no sabía lo que deseaba en la vida porque nunca había te­nido ocasión de plantearse esa pregunta. De lo único que se había dado cuenta durante esa semana era de que jamás había tenido libertad de elección en ningún aspecto im­portante de su vida, ni en cuanto a su profesión ni a la per­sona con la que se debía casar. En resumen, Simón había vivido siempre de acuerdo con la mentalidad tribal.

—Dije a mi terapeuta que quería a mi mujer —aña­dió Simón—, pero me abstuve de reconocer que había lle­gado a la triste conclusión de que no estaba enamorado de ella.

En las semanas que siguieron, Simón, guiado paso a paso por su terapeuta, emprendió su viaje de exploración interior. Las primeras etapas fueron la experiencia más liberadora que había vivido, y la más aterradora. Simón comprendió que no podía seguir viviendo de esa forma. Deseaba tomarse un tiempo para explorar todas las op­ciones que había desaprovechado hasta entonces. Por fin, Simón comunicó a su familia que iba a tornarse unas va­caciones, pero no sólo de su trabajo. Dijo que necesitaba tiempo para plantearse todas las elecciones que se había visto obligado a tomar, para comprobar si eran lo que de­seaba realmente.

Al final, Simón siguió trabajando de abogado, pero dejó el despacho que compartía con su padre y abrió su propio bufete. Durante ese período de transición, conoció a una mujer de la que se enamoró, una mujer que encajaba en el nuevo e interesante territorio interno que Simón con­tinuó explorando con ayuda de su terapeuta. No le sor­prendió que sus padres, que no habían apoyado sus nue­vas elecciones, no aceptaran tampoco la decisión de divorciarse de su esposa. Simón concluyó el relato de su viaje personal con estas palabras:

—Sigo confiando en que un día mi familia conozca al hombre en el que me he convertido. Lamento la distan­cia que nos separa, pero por fin me siento satisfecho de mí mismo y de mi vida.

La historia de Simón es un ejemplo clásico de la se­paración de la influencia tribal por medio del renacimiento del individuo que llevamos dentro. De pronto, empeza­mos a sentirnos fuera de lugar en nuestra vida. La gente y los lugares familiares dejan de generar la energía que precisamos para desarrollarnos. Caemos en la depresión pero no comprendemos el motivo, sobre todo cuando no se ha producido ningún cambio evidente en nuestra vida.

En un plano más profundo, sabemos exactamente lo que ocurre y por qué estamos asustados. No nacemos despro­vistos de conocimientos sobre el poder de nuestra naturale­za espiritual, al contrario, sabemos instintivamente que todo cambio interno que realizamos, cada cambio en nuestra perspecQva o nuestras creencias, activa automáticamente un cam­bio externo en nuestra vida. Por más que nos esforcemos, no podemos detener ese cambio, lo cual debería darnos ánimos si estamos tratando de airar una enfermedad.

El temor inicial de Simón a evaluarse había sido acti­vado al darse cuenta de que algo se había despertado en su interior que provocaría un cambio radical en su vida. El cambio asusta hasta el extremo de que muchas personas in­conscientemente socavan su proceso de curación en lugar de realizar los cambios en su vida emocional y psicológica que, a su vez, acarrearán un cambio en su biología. Si cam­biamos nuestras emociones, cambiaremos nuestra ener­gía y, por ende, nuestra biología. Como suelo decir con fre­cuencia, nuestra biografía se convierte en nuestra biología. Aunque no existen garantías de que vayamos a curarnos, si somos capaces de iniciar un proceso de cambio, habremos potenciado nuestras posibilidades de sanar.

EL PODER DEL YO DESPIERTO

Cuando ya ha pasado del poder tribal al poder indivi­dual; una vez que ya se ha abierto a esa forma de energía, no tardará en comprender que el descubrimiento interior es un proceso que no acaba nunca. Por el contrario, la autoestima y la capacidad de expresar las necesidades per­sonales se convierten en la norma en lugar de la excepción. El poder individual tiene sus propias prioridades, su pro­pio vocabulario, sus valores propios. Tendrá la sensación de que se encuentra ante más desafíos de los que ¡amas había experimentado. Esto se debe a que ha activado en su inte­rior un potencial que había permanecido aletargado; des­cubrirá que posee unas capacidades, percepciones y otras herramientas energéticas que previamente no se había per­mitido poseer.

Por ejemplo, estarnos autorizados a explorar y manifestar nuestras necesidades personales. Aunque es difícil aprender a expresar nuestras necesidades, podemos pedir ayuda para aprender a hacerlo. Animados por nuestro po­der individual, podemos comprender nuestros Kmitesy la importancia de protegernos de las influencias que no es­timulan nuestro desarrollo personal. Empezamos a com­prender la necesidad de amarnos y de cuidar de nosotros mismos. No conozco a muchas personas que hayan apren­dido de niños a amarse a sí mismos para poder amar a otros con plenitud y generosidad, aunque conozco a mu­chas que recuerdan con ternura ser amados de pequeños. En la mayoría de los casos, me encuentro con gente que, hasta bien entrada la madurez, no se sentía confortable con la idea de quererse a sí mismos.

El amor a uno misino es un concepto relativamente nuevo y, por lo general, malinterpretado, pese a ser el co­rolario obvio del mandamiento de Jesús de que debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Por su­puesto, el amor a uno mismo puede ser problemático: en sus estadios iniciales, puede manifestarse en episodios de egocentrismo y narcisismo. Pero esos episodios pueden ser beneficiosos, porque nos obligan a introducir unas fronteras personales que, hasta la fecha, no habíamos de­finido. Después de la etapa de egocentrismo se produce la necesidad de explorar nuestras necesidades emocionales.

En el mejor de los casos, el amor a nosotros mismos consiste en la capacidad de cuidarnos, de hacer elecciones dentro de nuestro estilo de vida presente que nos benefi­cian y renuevan nuestra vitalidad. Para algunos de noso­tros, eso significa hacer ejercicio o practicar algún depor­te periódicamente, mientras que, para otros, significa irse al campo de vez en cuando. También hay los que necesi­tan el toque reconfortante de un tratamiento basado en ma­sajes, una limpieza facial una vez al mes o una actividad más social. Quizá necesite la compañía de un nuevo grupo so­cial, por ejemplo, de personas dedicadas a la conservación del medio ambiente, a vivir de forma natural o a realizar prácticas espirituales. O quizá necesite vivir solo, para sentirse libre y profundizar en su ser lejos de las tensio­nes sociales. Algunos expresan su amor a sí mismos com­prometiéndose a no permitir que nadie vuelva a abusar de ellos o a maltratarlos.

Al margen de las necesidades que usted descubra en sí mismo a medida que aprenda a amarse a sí mismo, lo im­portante es que se conceda el derecho a elegir, a expresar sus deseos y necesidades, y a respetarse. De esta forma, des­cubrirá que es cierto que no se puede amar a otra perso­na hasta que se aprende a amarse a uno mismo.

Uno de los aspectos más importantes de abrirse al po­der individual es que la nueva atmósfera curativa que le ro­dea le ofrece una nueva visión sobre lo que significa ser una persona sana. Más allá de la vieja y errada definición de que una persona sana es alguien que no está enfermo, su sa­lud es determinada, ante todo, por su conciencia psí­quica. Incluso en el caso de personas que padecen una en­fermedad física, tanto más si se trata de una enfermedad dolorosa, su creencia en las lecciones y el significado in­herente a su enfermedad puede generar una esperanza y energía que les ayudan a sobrellevarla.

Para que nuestro cuerpo prospere, debemos satisfa­cer nuestras necesidades espirituales. Esta noción se ha convertido en parte integrante del proceso de mantener la salud y de sanar. Asimismo, estamos abiertos a la posi­bilidad, si no la probabilidad, de que hayamos vivido con anterioridad y que esas vidas anteriores influyan en nues­tra presente existencia, incluso en nuestra salud. Nues­tros conocimientos sobre la nutrición y los suplementos dietéticos, junto a nuestros conocimientos de las técnicas holistas procedentes de las culturas orientales y de nues­tra propia cultura holísta, nos ofrecen unas posibilidades de curación que se contraponen a los diagnósticos habituales de la medicina alopática. Todos esos factores nos proporcionan grandes ventajas y extraordinarias opciones, en caso de que las necesite­mos para nuestra curación personal. En última instancia, todo lo que aprendemos sobre nuestro yo interior no sólo potencia nuestra salud sino también la calidad de nuestra vida física. E] objetivo es gozar plena y conscientemente de la vida dentro de nuestro cuerpo.

 

ASUMIR EL PODER SIMBÓLICO

El poder simbólico constituye el nivel más profundo de percepción que podemos alcanzar. La toma de con­tacto con la región arquetípica nos permite ver más allá del significado físico de los acontecimientos y contem­plarlos como unas oportunidades divinas para el desarro­llo de nuestra conciencia psíquica. La visión simbólica percibe una dimensión que los místicos han descrito como más real que lo físico, más poderoso que lo tangible.

La conciencia simbólica entra en contacto con lo Di­vino con menos interferencias que la conciencia individual. Percibe el nivel superior de vibraciones conocido como eternidad y puede manifestarse como una sensación interior profundamente enriquecedora, un encuentro espiritual o una experiencia psíquica. También puede asumir la for­ma de una intensa relación con la naturaleza, una expre­sión creativa o una extraordinaria percepción, un avance o una solución creativa.

 

Un ejemplo de razonamiento simbólico

En el capitulo 6 ofrezco al lector una detallada guía sobre cómo utilizar las tres formas de poder en las diferentes crisis y asuntos de su vida, no sólo en la enfermedad física. Pero de momento me limitaré a mostrarle bacía dónde se dirige; proporcionarle una breve sensación de la fuerza y la belleza de la mente simbólica.

Supongamos que el médico acaba de diagnosticar que usted padece una enfermedad grave, cáncer o esclerosis múltiple. Ambas enfermedades tienen un pronóstico ate­rrador. Al recibir ese diagnóstico, la mayoría de la gente experimenta un choque y tal vez ira; una reacción natu­ral. Pero pasados unos días usted deberá seguir un trata­miento médico, tomar una medicación. Para agilizar su cu­ración, quizá deba también modificar su dieta.

A medida que transcurren las semanas y usted no nota los resultados que esperaba, una voz interior comienza a preguntar: « ¿Por qué ha tenido que ocurrirme a mí? O bien pregunta: «¿Por qué me asombra que esto me haya ocurrido a mí? Me han ocurrido tantas desgracias que de­bería estar acostumbrado a ellas. Es absurdo esperar un mi­lagro.»

Usted cae en la depresión. La gente que le rodea tra­ta de animarle, de darle esperanzas, pero usted no cree que en su universo exista ya esperanza.

Un día conoce a una persona que le ofrece una nueva forma de interpretar su situación. Imagine, le dice esa per­sona, que cada uno de nosotros llevamos en nuestro inte­rior una parte que se siente «víctima». Para algunos de nosotros, nuestra «víctima» aflora cuando entablamos una relación sentimental. Para otros, la «víctima comienza a expresarse cada vez que nos preguntan nuestra opinión so­bre algún tema. Para unos terceros, nuestra «víctima» nos advierte continuamente sobre lo que podemos esperar cuan­do lleguemos «allí», sea donde fuere.

Usted le comenta a su nuevo consejero que comprende muy bien ese concepto de «víctima» y que conoce a per­sonas que encajan con cada una de esas descripciones, in­clusive usted mismo.

—En efecto —responde su consejero—. Todos lle­vamos a una «víctima» dentro de nosotros, por lo que nadie debería tomarse a su «víctima» de forma personal. Forma parte de la psique humana.

A continuación su consejero le pregunta:

—¿Y si le ofrecieran la oportunidad de encararse con esa parte de mismo y librarse de una vez para siempre de esa influencia negativa? ¿La aceptaría?

Tras reflexionar unos momentos, usted responde afir­mativamente.

Su consejero le advierte que esa liberación tiene que ser experimentada. Usted deberá encontrarse cara a cara con su «víctima» en unas circunstancias en las que él o ella sea tan poderoso que le fuerce a usted a descubrir la parte de sí mismo capaz de vencer a esa fuerza. Usted accede.

Al cabo de un tiempo, usted contrae una enfermedad física. Ésta es su oportunidad, y usted pregunta: «¿Cómo puedo encararme con la "víctima" que llevo dentro?»

—¿Esta enfermedad que padece le hace sentirse como una Víctima? —le pregunta su consejero.

—Sí, hace que me sienta impotente, contaminado, derrotado y traicionado por mi cuerpo. Hace que me sien­ta asustado.

—Entonces, centrémonos en estos sentimientos en lugar de en la enfermedad —responde su consejero—. Déjese guiar por esta verdad: no se tome esta crisis per­sonalmente, al margen de que se trate de una enferme­dad, un trauma provocado por la ruptura de una relación o una crisis laboral. El primer paso consiste en no dejar pasar el desafío, sino hacer frente con decisión a los te­mores y los sentimientos de «víctima» que esta crisis le ha despertado. El segundo paso consiste en penetrar en esos sentimientos. No se trata de la enfermedad en sí mis­ma, y usted debe repetirse esto cien o mil veces al día si es necesario. Se trata de la pérdida de poder que la enfermedad le causa.

«Luego vaya en busca de las cosas que le hacen sentirse poderoso. Tome decisiones que den poder a su or­ganismo. Desarrolle una idea de fe y de lo que puede ha­cer para tener un contacto más íntimo cotí el espíritu que lleva dentro. Repítase una y mil veces que no se trata de la enfermedad. Usted está haciendo frente a una parte de sí mismo que siempre le ha hecho sentirse derrotado y atemorizado, y la enfermedad no es sino el medio de en­cararse de una vez para siempre con ese fantasma.

»A continuación, recréese en su fuerza. Celebre los logros de cada día, tanto si le parecen importantes como insignificantes. Desde el punto de vista simbólico, cada vic­toria es importante. Busque las formas de fuerza y de de­bilidad que siempre le han influido. Imite a las debilida­des a mostrarse, una al día en caso necesario, para que usted pueda elegir alternativas y tomar las decisiones per­tinentes.

»Cada día, la Víctima que lleva dentro se hará más débil y el Vencedor más fuerte. Cada día, usted sentirá una conexión más profunda con la vida, una vida que us­ted controla en lugar de una vida que le controla a usted. Esta es la forma en que debe vivir porque es la que le in­funde deseos de vivir; asumir el control le hace sentir que puede crear lo que desee.

»Un día se percatará de que ya no tiene conciencia de la "víctima". De que posee la fuerza necesaria para ha­cer frente a lo que sea, tanto si se trata de crear una nue­va vida como de desprenderse de una vida que ha expe­rimentado con plenitud hasta el final. Así es como debemos tener conciencia de nosotros mismos, de una forma pro­fundamente personal al tiempo que reconocemos la na­turaleza universalmente impersonal de nuestras expe­riencias.

El razonamiento arquetípico es la forma de percep­ción más liberadora y enriquecedora que puede usted de­sarrollar. Combinada con su poder tribal e individual, la mentalidad simbólica le permite interpretar los desafíos negativos en su vida y comprender que cada uno de ellos constituye un don positivo, aunque no reconozca de in­mediato que se trata de un don.

La percepción simbólica trasciende el tiempo. Es una visión eterna que contiene todas las verdades adquiridas por la experiencia humana. Cuando la utilice, usted será libre de enriquecerse con las enseñanzas de los grandes maestros espirituales y filosóficos de cada generación y cada cultura, y comprenderá que no existen barreras que impidan aplicarlas actualmente. Tendrá la libertad de re­conocer que las crisis de hoy están relacionadas con he­chos que aún no se han producido y con hechos que ya han ocurrido, y comprenderá que la respuesta que usted ofrezca en el momento presente incide en el pasado y el futuro.

La mentalidad simbólica es una fuente de fuerza y verdad, y quienes han tomado contacto con ella son ca­paces de sobrevivir a cualquier crisis o adversidad. Asi­mismo, son capaces de experimentar una resurrección que sigue siendo puramente mítica para aquellos que son incapaces de comprender el poder de lo simbólico o la di­mensión invisible de la vida.

El poder simbólico es inherente a cada uno de noso­tros. Constituye la esencia del octavo chakra, el centro de poder que resuena por encima de nuestro cuerpo. Medio personal, medio impersonal, trata continuamente de se­ducirnos para que penetremos en él y descubramos nues­tra auténtica energía y naturaleza. Es nuestro yo incons­ciente, esa parte que ansia aflorar y convertirse en nuestro aliado consciente, no alejándonos del contacto gozoso con la vida física, sino permitiéndonos abrazar todo cuan­to la vida ofrece sin el temor a no ser lo bastante fuertes para conocerla en toda su plenitud.

 

Recibir orientación

En cada situación, por grave que sea, usted tiene la op­ción de buscar el significado que se oculta detrás del acon­tecimiento. En algunos casos, esto significa simplemen­te confiar en que existe una razón positiva para lo que ha ocurrido, y que, en el debido momento, se le revelará el sig­nificado. Ésta no es una respuesta fácil de aceptar en mo­mentos de crisis, especialmente durante una enfermedad que implica una situación de vida o muerte. Pero es la res­puesta que le procurará el mayor poder y la orientación más clara.

Reaccionamos ante las crisis utilizando los tres po­deres en el mismo orden en que los hemos desarrollado, tanto histórica como individualmente: tribal, individual y simbólico. Se trata de una respuesta automática; así es­tamos programados para enfrentarnos a las situaciones difíciles. Por ejemplo, nuestra reacción inicial al diag­nóstico de una enfermedad es semejante a nuestra reac­ción ante un terremoto. El mundo se abre bajo nuestros pies; ha ocurrido algo poderoso e imprevisto capaz de al­terar los aspectos más importantes de nuestra vida, inclu­sive nuestras relaciones íntimas y la seguridad de nuestro trabajo. Es casi imposible reaccionar de inmediato de for­ma positiva, ni ver enseguida un atisbo de esperanza. Así pues, al principio reaccionamos a nivel tribal, porque de­bemos asimilar las implicaciones físicas de algo que ame­naza nuestra misma existencia. Debemos comprender las complejidades de la enfermedad y las opciones de trata­miento, y organizar nuestra vida a fin de enfrentarnos a la enfermedad.

Una vez que la crisis de la enfermedad ha penetrado en nuestra mentalidad tribal a través de los chakras infe­riores, se filtra hasta nuestra mentalidad individual. Se trata de un cambio crucial y aterrador, pues mientras pen­samos y actuamos conforme a la mentalidad tribal, nuestra experiencia es asimilada y apoyada por el grupo. Pe­ro cuando penetra en nuestra mentalidad individual, ac­tivando nuestras reacciones psicológicas y emociona­les, nos encontramos solos. Nadie puede silenciar el temor que nos asalta de noche mientras yacemos en la cania pen­sando en lo que debemos afrontar al día siguiente.

Pero, en medio de este terrorífico viaje, se nos presenta la oportunidad de superar la desesperación y establecer un diálogo interior del que emergen una percepción y una orientación que trascienden nuestras circunstancias físi­cas. Este es nuestro punto de transición hacia ¡a mentali­dad simbólica.

 

Los tres estadios del diálogo se enmarcan dentro del siguiente esquema:

 

Tribal: Su familia puede adoptar la postura de que «esta enfermedad nos afecta a todos, y juntos lucha­remos contra ella». Su médico puede presentarle da­tos sobre cómo otras personas han reaccionado al tra­tamiento y se han enfrentado a la enfermedad. Todo ello indica que su enfermedad es un desafío que afec­ta al grupo, y la cuestión central es la siguiente: « ¿Por qué nos ocurre a nosotros y cómo vamos a hacerle frente?»

 

Individual: La realidad de lo que le está ocurrien­do a usted es vista como lo que es, un desafío indivi­dua!: no «nos afecta a nosotros», me afecta «a mí». La pregunta que se plantea de inmediato es, con fre­cuencia, la más aterradora: «¿Qué he hecho yo para merecer esto?» Usted piensa que si supiera por qué le ha ocurrido esta tragedia sabría cómo hacerle fren­te. En este estadio, la autocompasión y la depresión pueden apoderarse de su mente y convertirse en una crisis tanto o más grave que la propia enfermedad.

 

Simbólica: Existe una tercera postura que le ayu­dará más que cualquier tratamiento físico: la capaci­dad de responder simbólicamente, en lugar de lite­ralmente, a lo que le ocurre. En lugar de preguntarse « ¿por qué me ha ocurrido a mí?», trate de formular­se unas preguntas más profundas y auténticas: « ¿Por qué está ocurriendo esto? ¿Qué significado tiene esta situación y cómo debo reaccionar? Trate de conce­bir lo que le ocurre en los términos más impersona­les posibles, y desde esta postura, en ese momento, piense en las respuestas que le proporcionarán mayor energía y poder. Imagine que su crisis le está ocu­rriendo a otra persona que ni siquiera conoce, y pre­gúntese qué consejos le ofrecería. Remítase a las en­señanzas espirituales que le recuerdan que todo pasa por una razón y que la fe y la confianza en esa razón convierten lo imposible en posible.

Esta postura le proporcionará una orientación ade­cuada y el nivel más claro de percepción. Mediante la vi­sión simbólica, podrá contemplar su enfermedad dentro del contexto de toda su vida, más allá de lo que le ocurre en estos momentos. Logrará identificar, comprender y dialogar con sus patrones arquetípicos, y ver con claridad los recurrentes desafíos que han configurado la dinámica de su vida. A través de este proceso aprenderá a convivir con el misterio que le ha tocado afrontar, pues ahora po­see el medio que le permite obtener consuelo de ese mis­terio. Los aspectos no resueltos de su vida ya no le man­tienen bloqueado en su pasado, sino que se han convertido en una valiosa lente a través de la cual podrá aprender más sobre su camino de desarrollo personal. Este es el clima propicio para recibir orientación. La mentalidad simbó­lica contiene la capacidad de reducir cada uno de sus te­mores a unas meras palabras vacías de significado. Con la visión simbólica, usted podrá hacer frente al desafío físico de una enfermedad armado con un sentido de la eter­nidad.

Teniendo bien presentes estos tres niveles de poder como modelo de su yo interior, ha llegado el momento de investigar la relación que usted mantiene con el misterio de la curación.

 

Según da parte

…Y COMO PUEDO CONSEGUIRO

 

Hallar el camino adecuado a través del caos de la sanación

 

Debido a que nuestros pensamientos y nuestras emo­ciones desempeñan un papel crucial en el desarrollo de una enfermedad y debido a que los pensamientos positivos pueden aumentar nuestra capacidad de sanar, las artes curativas han pasado de centrarse exclusivamente en las medicinas externas a ocuparse de la naturaleza interior, mental y espiritual de la persona. La combinación de la mente, el cuerpo y el espíritu en las prácticas sanadoras ha llevado a la conjunción de diversos traca mi en tos que se practican en Oriente y Occidente. Las fuerzas conjuntas de la medicina complementaria y la espiritualidad pro­meten ser más eficaces para ayudar a la gente a curarse de enfermedades terminales y crónicas, mantener una bue­na salud en la vejez y retrasar el proceso de envejecimiento. Por otra parte, la espiritualidad oriental y la sabiduría de las tradiciones nativas procedentes de todas las culturas ofrecen nuevos conceptos sobre la divinidad a las cultu­ras occidentales, que hasta ahora se habían dejado influir por tradiciones predominantemente judeocristianas. Con las innumerables opciones que, de repente, tenemos ante nosotros, el asunto de la curación podría parecer un caos.

¿Cómo elegir entre tantas opciones y hallar el camino de curación más adecuado para nosotros? ¿Cómo dar con la combinación ideal de prácticas espirituales y tratamientos externos?

Comience trabajando para sanar su espíritu. Un espíritu sano es esencial para un cuerpo sano, aunque un espíritu sano no garantiza un cuerpo sano. La compren­sión de su espíritu constituye la clave para ayudarle a con­trolar lo que le ocurre a su cuerpo y dentro de éste. Pues­to que muchos tratamientos médicos complementarios requieren que usted sea consciente del papel que desem­peña el espíritu en la curación, debe tomar iniciativas personales con el fin de unir esa creencia y su espíritu con su cuerpo. En resumen, debe «físicalizar» su espíri­tu, encarnarlo.

Un modo de lograrlo es practicar su versión personal de cómo su cuerpo y su vida reflejan la energía de los chakras-sacramentos-sefirot. Esta practícale ayudará a dar una forma energética a su espíritu y a su poder divino, perso­nal e Interior. También necesitará librarse del anticuado concepto de un Dios externo basado en la dualidad padre-hijo que opera con un sistema de recompensa y castigo; la herencia espiritual de las eras de Aries y Piséis. Reco­nozca que existe una fuerza divina intrínseca a cada pen­samiento y acción, que una fuerza interior le guía con el fin de potenciar su conciencia. Conocer la naturaleza del Dios que lleva dentro le revelará su poder innato y le per­mitirá ser consciente de que co-crea todas las experiencias de su vida, inclusive la salud.

El temor le impide utilizar correctamente su poder. Cuando usted basa sus elecciones en el temor, el caos se interpone entre usted y su divinidad ulterior. Para dismi­nuir su susceptibibdad al temor, es preciso que preste ma­yor atención a su vida espiritual. Inicialmente no conse­guirá incrementar su poder espiritual haciendo lo que siempre ha hecho, de igual modo que no puede perfec­cionar sus dotes culinarias tocando el piano. El espíritu hu­mano requiere una atención diaria por medio de una prác­tica espiritual como la oración o la meditación. Esas prácticas alimentan el sistema energético y contribuyen a unir la mente, el corazón y el espíritu.

Sin embargo, una práctica espiritual no es lo mismo que llevar una vida sana. Seguir un camino o el otro no le permitirá alcanzar ambas metas simultáneamente. Una vida sana significa hacer ejercicio y alimentarse correcta­mente, evitar sustancias tóxicas y adoptar otros hábitos de vida saludables. Una vida sana, aunque observe al pie de la letra las normas más rígidas, no garantiza que usted no contraerá una enfermedad, pero reduce las posibili­dades.

Un estilo de vida sano le ayudará a aprender más so­bre lo que su cuerpo necesita para alcanzar el máximo bie­nestar físico, y una práctica espiritual le ayudará a com­prender el papel que desempeña lo Divino en su vida. Le mostrará el camino que debe tomar. Aunque una prácti­ca espiritual hará que su espíritu crezca y su salud mejo­re; le procurará estabilidad personal y le dirigirá hacia una conducta sana y no destructiva, ni una cosa ni la otra ga­rantizan una salud perfecta. Como hemos visto, quizá tenga usted que padecer una enfermedad que le sirva de ve­hículo de inspiración y le proporcione un sentido más profundo del poder de su espíritu.

Cuando una enfermedad forma parte de su viaje es­piritual, ninguna intervención médica logrará sanarle hasta que su espíritu haya empezado a realizar los cambios que la enfermedad está destinada a propiciar. La intervención médica, las modalidades complementarias de curación, la modificación de su dieta y un cambio en su estilo de vida pueden ayudar en cierta medida, y deberían ponerse en práctica. Pero la opción curativa más eficaz, cuando se en­drina a una enfermedad como desafío espiritual, es apoyarse en su práctica espiritual para que ésta le proporcione las percepciones necesarias. Su práctica puede constituir el medio de soportar la enfermedad y sanarla mediante un aumento en la fuerza y la sabiduría de su espíritu, o puede prepararle para aceptarla muerte física, si ésa es la voluntad divina. En cualquier caso es preciso que reoriente su fe hacia el terreno espiritual. La diferencia entre la práctica espiritual y la necesidad de responder a una enfermedad adoptando un programa que propicie la curación. Jerry vivía en una pequeña granja, para así poder cultivar sus propios alimentos, y era un experto cocinero vegetariano. También era un gran defensor de la forma física y había instalado en una habitación de su granja una serie de aparatos de ejercicios que utilizaba unas tres horas al día. Un hombre muy vital, Jerry poseía una personalidad cálida y sociable. Pero también era co­lérico- Cuando hablaba de la necesidad de llevar una vida natural, criticaba con vehemencia los daños causados al pla­neta por personas que no tenían conciencia del medio am­biente. Su apasionada actitud ante la vida en general con­tenía una energía negativa que le llevaba a despreciar a la gente que no compartía sus puntos de vista.

Cuando cumplió 3 9 años, los médicos le diagnosticaron un cáncer de huesos, un diagnóstico que conmocionó a Jerry y a codos cuantos le conocían. Sus amigos le reco­mendaron todos los sanadores que conocían, locales y na­cionales. Jerry visitó, al menos, una decena de sanadores, muchos de los cuales le propusieron un programa que comprendía añadir carne roja a su dieta a fin de reforzar su sistema con más hierro y aminoácidos. Jerry se negó ta­jantemente. Para él, comer carne representaba violar su estilo de vida y su espiritualidad. Las recomendaciones de los sanadores enfurecieron a jerry puesto que implicaban que había adoptado un tipo de alimentación inadecuado. Sus amigos le aconsejaron que modificara su dieta, al me­nos temporalmente, para ver si era cierto que le hacía me­jorar. Le dijeron que siempre podía regresar a un estilo de vida vegetariano cuando hubiera recuperado la salud. Pero Jerry creía que su compromiso con su modo de vida cons­tituía su expresión espiritual y que ello bastaría para cu­rarle. No estaba dispuesto a comprometer su dedicación a la defensa del medio ambiente, que él consideraba el único camino para alcanzar la plena conciencia psíquica.

A medida que transcurrían los meses, la salud de jerry fue empeorando. Sus amigos le rogaron que consultara a personas especializadas en prácticas espirituales para que le ayudaran a deshacerse de la profunda rabia que sentía. Jerry creía que Dios le había traicionado al enviarle esa en­fermedad, y que ningún director espiritual podía explicarle por qué su estilo de vida había desembocado en un cán­cer terminal cuando otros que no prestaban la menor aten­ción a su dieta gozaban de perfecta salud. Este dilema le atormentó hasta convertirse en una obsesión muy nega­tiva que le impedía prestar atención a su curación.

Al cabo de un tiempo, Jerry murió, convencido has­ta el día de su muerte de que había desperdiciado su vida, porque todas sus convicciones, inclusive la del «Dios de la tierra», no habían conseguido curarle. La vida de Jerry, en contraposición a la del cardenal Bernardin, nos re­cuerda que no debemos confundir la salud física con una auténtica práctica espiritual basada en la compasión, la oración y la meditación..No pretendo decir que si Jerry hubiera practicado la oración, además del cultivo de pro­ductos naturales y el ejercicio físico, no habría contraído un cáncer o que habría logrado sanar su enfermedad. Pero una práctica auténticamente espiritual le habría procura­do otras percepciones sobre su enfermedad física, mos­trándole las diversas opciones emocionales y psicológi­cas que se le ofrecían.

Dada la convicción de Jerry de que el cultivo de pro­ductos de forma natural constituía en sí mismo una prácti­ca espiritual, habría podido incorporar una práctica de me­ditación consciente en sus actividades diarias de agricultor, o podría haber dedicado más tiempo a unos actos físicos de oración. Quizás eso le hubiera ayudado a reconocer que mediante la ira no se puede convencer a la gente sobre la necesidad de regenerar la tierra. Tal vez hubiese contem­plado su crisis desde una perspectiva simbólica: que expe­rimentaba la misma toxicidad que la tierra que él se esforzaba en depurar. Esto habría ayudado a Jerry a luchar con­tra su enfermedad con más ahínco, motivado por el deseo de convertirse en un potente líder ambiental armado con una inspiración y unas percepciones más profundas.

La curación requiere la voluntad de realizar unos cam­bios permanentes en el estilo de vida físico y espiritual. Los cambios de vida saludables y la práctica espiritual son ca­minos paralelos que conducen a la misma meta, y todos los días debe recorrerse un trecho de cada uno de esos cami­nos. Uno de los asistentes a mis talleres, Jeff, consiguió re­correr ambos caminos. A los 24 años, los médicos \c diag­nosticaron una dolencia cardíaca. En aquella época, Jeff practicaba varios deportes, asistía periódicamente al gim­nasio y acababa de fundar una empresa de informática. El diagnóstico consistía fundamentalmente en que tenía un agujero» en el corazón, lo cual, como es lógico, alarmó a Jeff y a su familia.

Antes de que le diagnosticaran esa enfermedad, Jeff no se había Interesado por la espiritualidad. Pero cuando averiguó que estaba enfermo, se informó sobre nutrición y los ejercicios idóneos para las personas que padecían su dolencia. Sin embargo, según me confesó: «No recuerdo que mi vocabulario contuviera una sola palabra espiri­tual.» Una noche, cuando estaba adormecido, Jeff oyó una voz que le dijo: «Confía en mí.» Cuando me relató ese episodio, dijo que era una voz clara y suave al mismo tiem­po. Perplejo, Jeff se preguntó: «¿En quién debo confiar? ¿Quién me habla?»

A la mañana siguiente Jeff no conseguía borrar esa voz de su pensamiento, ni al día siguiente, ni al otro. Un día, durante mío de sus paseos cotidianos, y tras reflexio­nar durante una semana sobre lo que la voz le había dicho, Jeff pasó frente a una iglesia.

—Ni siquiera me fijé en si era una iglesia católica o protestante-—dijo Sólo sé que entré y me senté delante de todo. Al contemplar la cruz que pendía ante mí, pregunté en voz alta: «¿Fuiste tú quien me habló la otra noche?» De golpe, comprendí la verdad.

Jeff salió de aquella iglesia convencido de que lo que le ocurría era obra de una fuerza divina. Empezó a re/ar to­dos los días y buscó la compañía de personas que «habla­ban espiritualidad». Una de las cosas más sorprendentes fue que, cuando Jeff contó a esas personas su experiencia, nadie puso en duda su autenticidad. De hecho, según dijo Jeff, parecían considerarlo la cosa más normal del mundo.

Jeff aprendió sobre meditación y visualización, y ha­lló un gran consuelo en muchos libros que versaban so­bre temas espirituales. Aunque nunca se le había ocurri­do que necesitaba alimentar su espíritu al igual que su cuerpo, Jeff se dedicó a hacer ambas cosas todos los días. Llegó a un punto en que comprendió que, tanto si sobre­vivía como si no, ése no era el desafío al que se enfrenta­ba. En lugar de ello, lo que contaba para él era cómo po­día hacer frente a cualquiera de esas opciones, sin saher lo que el destino le tenía reservado.

Al cabo de dos años, la dolencia de Jeff desapareció por completo, ante el asombro de sus médicos, quienes le di­jeron que la recuperación, en esos casos, era rara. Por aquella época, Jeff había alcanzado un lugar de profunda paz interior.

—En el trabajo, mis compañeros acudían a mí para cal­marse —dijo—. Me aseguraban que el hablar conmigo les ayudaba a ver las cosas con más claridad y ano alterarse por cosas sin importancia. Yo me sentía como un conse­jero espiritual o un terapeuta, lo cual no me molesta, aun­que jamás se me ocurrió que acabaría desempeñando ese papel. Creo que estoy destinado a ayudar a las personas, con pensamientos positivos y la esperanza de que maña­na todo será mejor. Simbólicamente, creo que ésta es la ra­zón de que mi enfermedad fuera una dolencia cardíaca. Creo que sirvió para que yo abriera mi corazón.

 

Enfermedad, intimidad y el temor a sanar

La auténtica curación es uno de los viajes más temi­bles que podemos emprender. A algunas personas, la en­fermedad les proporciona una sensación de seguridad fí­sica que, en ocasiones, les lleva a reducir la velocidad a la que transcurre o se modifica su vida. Asimismo, la enfer­medad les ofrece la seguridad de no tener que hacer fren­te a sus cuestiones internas o realizar cambios importan­tes en su forma de ser. Y, como ya he comentado, ai contraer una enfermedad grave se reciben atenciones y cuidados que no suelen ser habituales. Esta situación resulta seductora y puede inducir a pensar que si sanamos cambiará.

El estudio de arquetipos, a medida que emergen du­rante la exploración de nuestro ser interior y de nuestros hábitos, constituye la puerta de acceso a los espacios más grandes y luminosos de la conciencia humana. Sin em­bargo, debo reconocer que yo no lo comprendí hasta que una enfermedad me obligó a examinar mis hábitos y mis temores. A través de aquel largo y doloroso viaje, de­sarrollé la capacidad intuitiva de percibir esos hábitos y te­mores en otras personas.

En 1982, me trasladé a New Hampshire para fundar junto con otras personas la Stillpoint Publishing Company. Como be comentado en el capítulo 1, las tres per­sonas que fundamos la editorial deseábamos especiali­zarnos en la publicación de libros que fomentaran el movimiento de la conciencia humana, pero para mí eso re­presentaba una meta profesional y no el compromiso per­sonal de asumir una vida más consciente. Antes de inte­resarme en la curación holista, había trabajado como periodista en Chicago y gozaba de una salud perfecta, aunque llevaba una vida nada saludable. Fumaba, bebía li­tros de café al día, no hacía ejercicio y no me preocupaba lo más mínimo de lo que comía. No consumía bebidas al­cohólicas ni drogas, pero, teniendo en cuenta mis otros hábitos nocivos, tenía el organismo repleto de toxinas. Poco después de llegar a New Hampshire, empecé a experi­mentar un dolor tan intenso en ía zona lumbar que a ve­ces tenía que visitar a mi masajista dos veces al día. Aún le estoy agradecida por hacerme un precio reducido, una es­pecie de «precio al por mayor» debido a las numerosas vi­sitas que le hice.

Al mismo tiempo, sufría dolores de cabeza constan­tes: migrañas, sinusitis y jaquecas debidas al estrés. A ve­ces duraban unos días, otras una semana entera. Recuer­do una jaqueca que tuve durante cinco semanas. Creí que sería el peor dolor de cabeza que iba a experimentar en mi vida, pero me equivocaba. Un año más tarde padecí uno que duró desde principios de mayo hasta fines de agosto.

Durante esa época, contraje también el síndrome de fatiga crónica, lo cual, pensándolo ahora, no me sorpren­de, ya que los eres socios de la editorial trabajábamos prác­ticamente las veinticuatro horas del día para levantar nues­tra empresa. Debido a ese horario y a los constantes dolores de cabeza, empecé a dormir mal. Con frecuencia pasaba buena parte de la noche vomitando a causa del dolor, y al día siguiente, agotada y sin haber pegado ojo, trabajaba en la oficina diez o doce horas seguidas, mientras bebía una taza de café tras otra para mantenerme despierta.

Por esa época, el arquetipo del «niño herido» empe­zó a popularizarse en los libros y los ambientes de psico­logía. Yo oía continuamente a personas que hablaban del niño que llevaban dentro y que achacaban la culpa de su conducta a las heridas que ese «niño interior» no había sa­nado. Yo pensaba que estaban locos y, dada mi propensión a soltar lo que pienso, solia decirlo sin ambages, lo cual me valió la fama de ser una persona a evitar en una situación de crisis.

Durante la época álgida de mi síndrome de fatiga cró­nica, una buena amiga mía llamada Sally propuso llevar­me a un sanador que ella conocía.

—¿Y cómo va a ayudarme? —pregunté con el máxi­mo tacto.

Sally me explicó que ese sanador curaba a la gente con sus manos. Yo le dije, sin ningún miramiento, lo que pen­saba sobre esos métodos y dejamos el tema hasta un día en que casi no pude levantarme de la cama. Llamé a Sally aquella misma mañana y le pedí que concertara una cita para ir a ver al sanador. De paso, le pedí que viniera a re­cogerme, pues me sentía demasiado débil para conducir.

Al cabo de una hora, mi amiga vino a buscarme y me llevó a conocer al sanador. Sally no paró de hablar, duran­te todo el trayecto, de la habilidad de ese hombre y de la fe que tenía en él. Cuando llegamos al cobertizo que el sanador utilizaba como despacho, éste me pidió que entrara en la habitación donde visitaba a sus pacientes. Me preguntó qué me ocurría y repuse que no tenía energía y que nece­sitaba algo que me pusiera en marcha. El sanador me miró a los ojos y luego miró por encima de mi cabeza. Después de hacer ese movimiento con los ojos tres veces, se apoyó en el respaldo de su silla y cruzó los brazos.

—Me niego a ayudarte —declaró.

Acto seguido, me acompañó hasta la puerta, mien­tras comentaba que yo regresaría a verlo. Le dije que es­perara sentado, y salí del cobertizo sintiéndome abando­nada de la mano de Dios y más sola que la una.

Cuando conté a Sally lo sucedido, ésta se quedó des­concertada. Durante el viaje de vuelta, Sally no cesó de dis­culparse por la forma en que el sanador se había compor­tado conmigo y, aunque insistí en que ella no tenía nada que ver, me di cuenta de que se sentía culpable. Nos que­damos calladas unos minutos, y después Sally dijo suave­mente:

—Creo que debes entrar en contacto con la niña que llevas en tu interior.

Eso era lo peor que me podía haber dicho, y en el peor momento.

—¡No quiero oír una palabra sobre esta estupideces de una niña interior! —protesté—. Mi niña interior, supo­niendo que exista, no está herida. No tuve una infancia trau­mática, no provengo de una familia desunida, mis padres se aman profundamente y siempre nos han querido a mis hermanos y a mí. Así que ¿dónde ha recibido sus heridas esta supuesta niña interior?

Sally repuso que las heridas de la infancia tienen mu­chas causas diferentes y que, aunque yo hubiera sido una niña feliz, todos adquirimos algún tipo de herida duran­te nuestros primeros años de vida. Yo le advertí que no se dejara llevar por esas tonterías.

Después de que Sally me dejara en casa, entré en mi habitación, me tumbé en la cama y me tiré de cabeza al pozo de la autocompasión. Creía tener toda ¡a razón para sen­tir lástima de mí misma porque había dedicado mí vida a tratar de curar a los demás publicando libros sobre trata­mientos alternativos y, cuando yo misma necesitaba ayu­da, esos tratamientos alternativos me habían fallado.

Me quedé en ese agujero negro de autocompasión has­ta unos diez días después de mi entrevista con el sanador. Cuando Sally se armó de valor y le preguntó por qué se ha­bía negado a ayudarme, el sanador le contestó que había notado una presencia detrás de mí que le había advertido que no me tocara. Cuando Sally me comentó esa extraña revelación, me quedé más desconcertada que antas. Al cabo de unos días, un grupo de estudiantes que trabajaba con ese hombre averiguó que, además de ejercer sus presuntas do­tes curativas, había tratado de abusar sexualmente de algunas de sus clientes femeninas. Cuando me enteré de eso, com­prendí que, justamente cuando me había sentido abando­nada, en realidad había estado protegida. Pese a este extraño episodio, no lograba recuperar las fuerzas y seguí sintien­do pena por mí misma.

En 1985, debido a mi incipiente fama de intuitiva den­tro del mundillo editorial, empecé a recibir invitaciones para dar unas conferencias sobre la relación entre la ener­gía y la enfermedad por el área de Nueva Inglaterra. Poco después, me pidieron que organizara un taller para un ma­ravilloso grupo de dentistas en el norte de New Hamps-hire. Mis métodos de enseñanza incluyen la utilización de casos clínicos y anécdotas que me han explicado per­sonas con las que he trabajado, pero puesto que en aque­lla época había tenido escasa experiencia con otra gente, decidí hablar sobre mi enfermedad. Cuando ya llevaba un rato hablando de mí misma, uno de los dentistas airó la mano y preguntó:

—¿Cómo es posible que una persona de su edad aga­rre tantas enfermedades infantiles?

En aquel instante sentí como si esa niña interior, la que yo creía que no existía, saltara de pronto fuera de mi pe­cho, me mirara a los ojos y se riera en mis narices como diciendo: «¡ilusa! ¿Creías que controlabas tu vida? Pues estás muy equivocada.»

Me sentí, al mismo tiempo, perpleja, disgustada, con­fundida e intrigada. Cuando acabó el taller, reflexioné so­bre esa experiencia y su significado. Empecé a tomarme en serio a mi niña interior y percibí áreas de mi vida que requerían ser exploradas más a fondo.

Seguía teniendo dolores de cabeza; a finales de los años ochenta, empecé a creer que no conseguiría librarme jamás de ellos. Mientras tanto, seguía enseñando a muchas per­sonas en los talleres, cada vez más grandes, que organiza­ba por todo el país, insistiendo en que cualquiera puede sa­nar de una enfermedad. Cuando pronunciaba esas palabras en voz alta, pensaba en mi fuero interno: «Excepto yo.» A menudo me alejaba del estrado sintiéndome como una es­tafadora, o, en todo caso, mino una persona en profundo conflicto. Aunque creía sinceramente en mis enseñanzas, no lograba conectar con el poder que contenían mis pala­bras y mis ideas. Me sentía como esos eruditos en la India llamados pandits, los cuales se dedican a estudiar e interpretar las escrituras hindúes y todas las sutilezas que en­cierran las prácticas místicas pero que no buscan aplicar para sí mismos esas enseñanzas. En resumidas cuentas, era incapaz de usar los métodos que propuganaba para airar-

me a mi misma.

 

En agosto de 1988, tuve que someterme a una pe­queña intervención en la nariz. Fui a mi ciudad natal, Chi­cago, para la operación porque necesitaba descansar. Sa­bía que después de la operación tendría la cara corno si me hubieran atracado por la calle, así que decidí quedarme en casa de mis padres hasta recuperarme por completo. Dos semanas después de la intervención, que fue perfecta­mente, regresé a mi granja de New Hampsbire. En cuan­to entré por la puerta, empecé a sangrar lentamente por la nariz. Eso me chocó, puesto que nunca antes había su­frido una hemorragia nasal, ni siquiera de niña.

Al poco rato, la hemorragia se volvió un torrente que me bajaba por la garganta. Corrí al baño y vomité sangre por todas partes. Llamé a mis vecinos, Karol y Ray, quie­nes me llevaron a su casa, me tendieron en el sofá y me die­ron un bol enorme para recoger la sangre que no paraba de chorrear.

—Tranquilízate, cielo —dijo Karol en tono mater­nal—. Nadie se muere de una hemorragia nasal.

Cuarenta y cinco minutos después, en los que no ha­bía dejado de sangrar, oí a Ray que le decía a Karol en voz baja:

—Tenemos que llamar a una ambulancia.

Cuando llegó el equipo de rescate, yo estaba dema­siado débil para moverme. Me metieron en la ambulan­cia, y dos mujeres roe atendieron durante el trayecto ha­cia el hospital. Tuve que incorporarme porque me ahogaba con la sangre que estaba tragando. Entonces, oí a una de las asistentes preguntar a su compañera:

— ¿Crees que se salvará?

Al oír ese comentario, miré por la ventana de la ambulancia, y en aquel instante mi cabeza cayó en el bol de sangre que sostenía en las rodillas. De pronto, sentí que flotaba fuera del vehículo, y miraba a esas dos mujeres, que intentaban desesperadamente levantar mi cabeza del bol. De algún modo comprendí que estaba muerta o que vivía una experiencia cercana a la muerte. Comencé a ale­jarme de la Tierra basta quedar suspendida en el espacio. De improviso, me sentí abrazada por una presencia, amo­rosa y extrañamente familiar, la cual me dijo que aún no había llegado el momento de regresar al hogar, que debía volver porque aún tenía muchas cosas que hacer.

Vi imágenes de lo que el futuro me reservaba, pero eran muy tenues, casi corno si mirara a través del aire. Cuando me disponía a regresar —suponiendo que fuera realmente a regresar— vi mi cuerpo, que en la distancia no parecía mayor que un grano de arena. Mientras flotaba en el espa­cio, tuve la sensación de ser del tamaño del infinito y me pre­gunté: « ¿Cómo volveré a mi cuerpo? No voy a caber.»

La imagen de un genio metiéndose en mía botella apa­reció por un segundo en mi mente y, en aquel instante, me sentí atraída como por imán hacia mi cuerpo, mientras pen­saba: «¿Es esto lo que representa la imagen de un genio en una botella?, ¿el espíritu que penetra en el cuerpo?»

Después de esa experiencia, me dediqué a examinar más a fondo a la niña que llevaba dentro. Durante ese pro­ceso, comprendí que el motivo por el que me resistía a bucear en el interior de mi ser era por temor a reencon­trar viejos sentimientos, como si examinar mi interior su­pusiera abrir una caja que había permanecido sepultada du­rante miles de años. En mi conciencia, iban apareciendo diversas imágenes. Mis sueños pasaran de ser normales y corrientes, con acontecimientos cotidianos, a ser imáge­nes de una niña asustada tratando de abrirse paso en un mundo de adultos. Poco a poco, comprendí que me ha­bía sentido de esa forma durante toda mi vida adulta. Mien­tras comenzaba a captar la magnitud de mi inseguridad, comprendí por qué desempeñaba siempre el papel de «niña» en la mayoría de mis relaciones. No conocía el significado de las fronteras personales, y solía reaccionar con comentarios sarcásticos ante situaciones conflictivas, un método infantil de comunicación que había desarro­llado porque no había aprendido a expresar mis temores y deseos. No obstante, comprendí que, para curarme fí­sicamente, primero debía encararme con mi niña interior y resolver los temores que este arquetipo contenía para mí. Yo no quería tener que hacer ese trabajo interior; en primer lugar, porque sabía que no era fácil, y en segundo lugar, porque sabía que se trataba de un largo trayecto. En el momento de redactar estas líneas aún no he llega­do al final del trayecto, pero estoy a muchos kilómetros del principio. Por medio de esta experiencia logré conec­tar con la energía sanadora que, durante años, me había parecido inaccesible. En vez de simplemente creer en la existencia de unas energías arquetípicas, ahora sé que son reales. Sé que no son únicamente unos lugares abstractos que hemos inventado para describir unas fuerzas imagi­narias que operan dentro de nosotros. Estas energías son reales, y existen en cada uno de nuestros pensamientos y nuestras experiencias. Muchos cíe nosotros tememos, como yo temía, establecer una relación íntima con nues­tro ser interior. Esa intimidad, a la vez humillante, ilumi­nadora y aterradora, constituye una experiencia esencial para sanar. La curación requiere una honestidad personal, y pocas cosas son más íntimas que ésa.

 

 

 

LAS CONDICIONES PARA SANAR

Armada con el conocimiento de mi resistencia a em­prender mi viaje personal de curación, decidí preguntar a los participantes en uno de mis talleres qué importan­cia tenía para ellos sanar. Al principio, todos respondieron con entusiasmo que nada se interponía en el camino para alcanzar esa meta. Pero su respuesta fue tan rápida y vehemente que supe que algo iba mal: había sido mental, no auténtica y emocional. El nivel emocional revela nues­tros verdaderos sentimientos.

Decidí ponerlos a prueba y les pedí que especificaran los posibles cambios en su estilo de vida que estaban dis­puestos a hacer para sanar. La curación tiene un precio, como también lo tiene comprender la naturaleza de nues­tra conciencia. El precio de la salud es, en muchos aspec­tos, semejante a la respuesta a otra pregunta que pude ha­berles formulado: «¿A qué estáis dispuestos a renunciar para reuniros con Dios?» El Señor pidió a Abraham que sacrificara a su hijo. La condición de sacrificar algo sim­boliza nuestro acuerdo de renunciar a nuestra adheren­cia a la dimensión de la autoridad física; es la prueba de nues­tra fe en lo Divino. Esta prueba aparece una y otra vez con cada crisis que se plantea en nuestra vida. No se nos pone a prueba una sola vez, sino que se nos formula con­tinuamente la siguiente pregunta: «¿En qué mundo con­fías, en el tuyo o en el Mío?»

Teniendo esto presente, formulé al equipo una serie de preguntas, alzando con cada una de ellas el listón del com­promiso.

—Si para sanar tuvierais que cambiar de trabajo, ¿es­taríais dispuestos a hacerlo?

La mayoría de los asistentes respondió que sí.

—Si para sanar tuvierais que trasladaros a otra ciudad, ¿estaríais dispuestos a hacerlo?

De nuevo, la mayoría repuso afirmativamente.

—Si para sanar tuvierais que cambiar la mayor parte de vuestras actitudes hacia otros y hacia vosotros mismos ¿estaríais dispuestos a hacerlo?

El grupo se lo pensó un poco más. En esta ocasión, las respuestas fueron más variadas. Algunos asistentes dije­ron que no creían que tuvieran que modificar mucho su actitud. Otros respondieron que si se necesitaban esos cambios, estaban dispuestos a hacerlos.

—Si para sanar tuvierais que modificar todos vues­tros hábitos físicos, como restringir el consumo de ali­mentos e incorporar en vuestra rutina diaria un progra­ma de ejercicios, ¿estarías dispuestos a hacerlo?

De nuevo, las respuestas fueron variadas. Algunos di­jeron que no querían renunciar a ciertas cosas y no veían la necesidad de hacerlo. En cuanto al programa de ejer­cicios, algunos dijeron que, aunque quisieran hacerlo, no disponían de tiempo suficiente.

—Si para sanar tuvierais que estar solos bastante tiem­po, quizá comenzar un retiro espiritual prolongado que os permita hacer frente a vuestro lado oscuro, ¿lo haríais?

Las respuestas se volvieron más interesantes. Algunos asistentes se pusieron a la defensiva: «¿Por qué tendría que hacer algo así?», querían saber. Otros se negaban ta­jantemente, como si temieran que una respuesta positiva les fuera a obligar automáticamente a retirarse de la vida mundana durante tres meses en cuanto acabara el taller.

—Si para sanar vuestra naturaleza emocional y psico­lógica tuvierais que experimentar una enfermedad física, tal vez larga y complicada, como medio de establecer' con­tacto con esas partes de vosotros, ¿aceptaríais el desafío?

La mayoría respondió que no. Algunos dijeron que lo aceptarían si no hubiera más remedio. Uno contestó: «Desde luego.»

—Si para lograr la salud tuvierais que renunciar a todo lo que os es familiar, vuestro hogar, vuestro cónyuge, vues­tro trabajo, ¿lo aceptaríais?

En esta ocasión, el grupo guardó silencio. Nadie que­ría responder. Yo sabía que estaban asustados. Cuando les pregunté qué temían, algunos contestaron con preguntas que, esencialmente, se reducían a las dos siguientes: «¿Por qué la curación exige tanto esfuerzo y sacrificio? ¿Por qué no puede ser más sencilla?»

Les dije que mi propósito al formularles esas pre­guntas no era ni aterrorizarles ni hacer que el proceso de curación pareciera un lecho de espinas. Mi propósito era demostrarles que poseemos en nosotros mismos, aun­que no lo sepamos, las condiciones para poder avanzar en nuestra vida, inclusive el poder de sanar una enferme­dad. Era evidente que responder a estas preguntas, aun­que todos los asistentes gozaran de una salud aceptable, les atemorizaba. Entonces les propuse que imaginaran cómo se sentirían si tuvieran necesariamente que afron­tar esta situación. Yo misma habría podido responder a esa pregunta.

Una mujer llamada Meg, que había venido poco tiem­po antes a verme para consultarme sobre su salud, pade­cía un dolor constante y agudo en el centro de la espalda. También experimentaba una sensación de ardor en los muslos tan intensa, que la piel de esa zona parecía haber sufrido quemaduras de tercer grado, y tenía los pies tan hinchados que apenas podía caminar. Cuando nos vimos, su voz sonaba muy débil y era evidente que había estado llorando. Durante la sesión, intuí que acababa de romper con un hombre del que estaba muy enamorada, un hom­bre con el que había confiado compartir el resto de su vida. Simbólicamente, representaba a la persona en la que ella podía «apoyarse». De forma un tanto confusa, Meg con­firmó mi intuición, al decirme que había roto con un hom­bre con el que había salido durante dos años y con quien había confiado en llegar a casarse.

Yo le pregunté si se había sentido sexualmente in­competente en esa relación, puesto que todo indicaba que, en parte, su problema se debía a un sentimiento de infe­rioridad sexual. Meg respondió negativamente. Yo insistí en que un profundo sentimiento de inferioridad era una de las causas de su situación, dado el emplazamiento del dolor de espalda y la sensación de ardor en los muslos.

Yo no tenía suficiente dinero para él —contestó Meg—. Quería casarse con una millonada, y yo tengo lo justo para mis gastos.

Pese a la actitud de ese hombre y a la enfermedad de Meg, ésta seguía viéndole.

—Viene cada día a ver cómo estoy —me dijo—. Ya ne­cesito que lo haga, porque donde vivo no hay nadie que pueda ayudarme.

Presenté a Meg un perfil de las «condiciones» que exigía su curación, y que empezaba por mudarse a otra comunidad donde contara con el apoyo de familiares o amigos, o, cuando menos, dejar de ver a ese hombre. Meg repuso que ambas cosas eran imposibles, en particular la segunda.

Entonces le pregunté si creía que, al curarse, ese hom­bre dejaría de visitarla. La respuesta de Meg fue tan ins­tantánea que no le dio tiempo a pensar en lo que decía:

—No puedo curarme. El me abandonaría y se busca­ría a otra mujer. ¿Y qué iba a hacer yo entonces?

Pedí a Meg que analizara su situación. Que imagina­ra simbólicamente que su ex novio representaba su temor de quedarse sola en la vejez, puesto que ya había cumpli­do los cincuenta años. Le aseguré que si hacía frente a ese temor y aprendía a valerse por sí misma, se sentiría más segura y más sana. De paso, quizá conociera a un hombre que se sintiera también seguro de sí mismo y se enamorara de ella. Le pedí que imaginara que vivía el mito de «una don­cella en apuros que aguarda que aparezca el príncipe azul», quien la rescatará y la llevará a su castillo. Entonces, en lu­gar de contemplar a su ex novio como el príncipe azul, que procurara verse a ella misma en ese papel.

Meg no podía verse simbólicamente a ella misma ni a su ex novio en esos papeles.

—Él no es fruto de mi imaginación —dijo—. Es real. ¿De qué me sirve imaginarlo como algo simbólico?

Meg se hallaba tan inmersa en la conciencia tribal que yo sólo podía comunicarme con ella utilizando un lenguaje tribal, de modo que le propuse que se fuera a vivir «temporalmente» con un miembro de su familia que la ayu­dara a recuperar la salud, aunque sus hermanos y herma­nas habitaban en otros estados. Megme prometió pensarlo, animada por la palabra «temporal».

No todo el mundo está tan limitado por su energía tri­bal. Un hombre llamado Tod me escribió para decirme que, después de haber asistido a una de mis conferencias sobre las condiciones que imponemos a nuestra curación, él había empezado a pensar seriamente sobre sus condi­ciones. A través del autoanálisis, Tod había comprendido que probablemente su cáncer de próstata se debía, en par­te, al temor que le infundía la posibilidad de que su fami­lia descubriera su homosexualidad. Tod siempre había mantenido oculta esa parte de su vida y temía que, si su fa­milia lo descubría, se sentiría avergonzada de él. Tod se había dado cuenta de que su temor procedía también de que él se sentía incómodo con su sexualidad, y de que, a menos que la aceptara abiertamente, no conseguiría curarse.

De modo que Tod invitó a sus familiares a cenar en su casa y después de cenar les preguntó si existía alguna circunstancia que les impidiera quererle. Sus familiares se mostraron desconcertados por la pregunta. Al cabo de unos momentos su hermana respondió:

— ¿Te refieres a si seguiríamos queriéndote si nos di­jeras que eras gay?

A Tod le sorprendió la respuesta de su hermana y la naturalidad con la que la había formulado.

—Sí —contestó—, a eso me refería.

—Luego —me comentó Tod—, mi hermana dijo: «Hombre, siempre lo hemos sabido. No tiene nada de particular. ¿Querías decirnos algo más? ¿Que te dedicas a robar bancos o algo por el estilo?» Yo me puse a reír y a llorar al mismo tiempo. Sentí una profunda sensación de amor y gratitud hacia mi familia. No se imagina cuánto quiero a mis padres y a la loca de mi hermana. Después de sincerarme con mi familia tuve el convencimiento de que curarme, para utilizar la frase de mi hermana, «no tenía nada de particular».

No podemos sanar una enfermedad grave o crónica sin cambiar algunos de nuestros hábitos, y el cambio, sin duda, constituye el aspecto más terrorífico del proceso de curación. Por supuesto, no todos los cambios son difíci­les, aterradores o dolorosos. Muchos son agradables, como llevar una vida menos acelerada y dedicar más tiempo a nuestras aficiones. Incorporar un programa de ejercicios a nuestra rutina cotidiana y consumir unos alimentos sa­nos también resulta agradable, una vez que esas activida­des pasan a formar parte integrante de nuestra vida. Pero todos ellos son unos cambios físicos o tribales.

El temor no comienza hasta que el cambio penetra en la región individual. Entonces debemos investigar qué nos perjudica emocional, psicológica y espiritualmente. A este nivel empezamos a desarrollar un enfoque condicio­nal, negociador, al proceso de curación.

Cuando pregunté a los participantes en mi taller qué cambios estarían dispuestos a realizar para curarse, la res­puesta más interesante la ofreció una mujer que llamaré Marta.

—Me gustaría no tener que trabajar todo el día —dijo—-, porque disfruto mucho de mi tiempo libre. Y me gustaría tomarme unas largas vacaciones cada año. Y visitar muchos países, porque viajar es una de mis aficiones fa­voritas. Y, por supuesto, no querría que se rompiera sú ma­trimonio ni tener que abandonar a mis hijos. Eso sería totalmente inaceptable.

La mayoría de cosas que mencionó Marta no eran as­pectos de su vida que sacrificaría para curarse, sino de­seos por cosas que no tenía.

Cuando Marta hubo terminado, la mayoría de los miem­bros del grupo hizo comentarios semejantes con los que ex­presaron su negativa a hacer grandes sacrificios para curar se. La franqueza de Marta les había permitido desdecirse de las respuestas positivas que habían formulado con anterio­ridad. Todos se sentían aliviados de poder evitar enfrentar­se a decisiones difíciles.

Lamentablemente, no podemos imponer nuestros tér­minos y condiciones al proceso de curación. Encontrar el camino indicado exige codo o nada. Cuando imponemos ciertas condiciones a nuestra curación, sólo conseguimos una curación condicional dependencia y la suposición de que otra persona puede hacerlo por nosotros

Somos, por naturaleza, seres dependientes, lo cual no es totalmente negativo. Resulta reconfortante saber que podemos apoyarnos en otros y que ellos cuentan con no­sotros. Esto es algo que aprendemos como seres tribales. La curación, sin embargo, es uno de los desafíos de la vida —quizás el más extremo— que debemos afrontar solos. Otros pueden ofrecernos su ayuda y so apoyo, pero sólo la persona enferma es capa?, de llevar a cabo la tarea más ardua y profunda.

Las actitudes positivas que Ja gente muestra hacia no­sotros durante el proceso de curación no son lo suficien­temente potentes para mejorar nuestro estado físico, en particular cuando nos sentimos invadidos por los temo­res que genera una enfermedad o cuando asumimos una actitud pasiva. Una mujer, a 5a que conocí en uno de mis talleres, padecía lupo y una depresión grave. Cuando le ha­blé de la necesidad de alimentar cierta medida de esperanza, repuso:

—Lo tic la esperanza lo dejo para mis amigos y mi Iglesia. A mí me basta y me sobra con el esfuerzo de levantarme por las mañanas.

Este es un ejemplo clásico de una persona que depende de la voluntad tribal para que realice el trabajo que le corresponde a ella. Pese al consuelo que nos aportan nuestros familiares y amigos, ese poder disminuye cuan­do el receptor no trata de ayudarse a sí mismo.

En otra situación, a un hombre que padecía cáncer de próstata y había caído en la depresión le propuse que se concediera una hora al día de «depresión». Durante esa hora, podía llorar, gritar o golpear un colchón, lo que fuera con tal de eliminar su rabia, el temor y el dolor que potencian la fuerza de la depresión. Pero después de esa hora, debía dedicarse a la oración, la meditación o la lec­tura de un libro sobre espiritualidad que le ayudara a re­cobrar su esperanza. De esta forma, cuando se reuniera con sus amigos o familiares para recibir su apoyo y su cariño, estaría en mejor disposición para asimilar la potente ener­gía que éstos transferían a su organismo.

Por más que queramos que los demás hagan el traba­jo por nosotros, no pueden. Es posible estar receptivos al cariño y al apoyo de los demás, pero la labor interior que debemos llevar a cabo sólo podemos realizarla nosotros mismos.

 

Tratamientos complementados

 

Cuando nos diagnostican una enfermedad, es lógico que nos sintamos confundidos. Al igual que si nos des­pertáramos en un país extraño al que no recordamos ha­ber viajado, no sabemos qué hacer ni a quién recurrir en busca de ayuda. Una mente receptiva es un factor muy útil. Investigue todas las opciones que puedan ayudarle. Desde la aparición del enfoque holista, en algunos círcu­los terapéuticos se ha puesto de moda rechazar de plano la medicina alopática. De hecho, muchas personas que participan en programas de tratamientos alternativos se muestran hostiles hacia cualquier tratamiento médico convencional de apoyo. Ala larga, es una actitud contra­producente. Los sentimientos negativos o temores sobre la medicina alopática no son un motivo justificado para des­cartarla. Sus esfuerzos por curarse pueden terminar en meros intentos de huir de la medicina convencional en lugar de tratar de mejorar su salud. Si decide seguir un tratamiento holista, es aconsejable que investigue a fon­do las numerosas opciones que tiene a su disposición en ambos terrenos médicos. 'lenga presente que, en muchos casos, el programa más eficaz consiste en combinar lo me­jor de ambos mundos.

En cualquier caso la imagen de la medicina alopática como enemiga ya no es válida ni útil. Aunque al principio la colectividad médica rechazó las turmas de medicina al­ternativa, de un tiempo a esta parte ha revisado su actitud y en la actualidad acepta la reflexología, la quiropráctica, el masaje y la acupuntura; la utilización de vitaminas, enzi­mas, aminoácidos y otros suplementos vitales; la utiliza­ción de tratamientos nutricionales para combatir los radi­cales libres —los elementos en el cuerpo que propician el desarrollo de enfermedades—. Por fortuna, la medicina alopática y la medicina complementaria han comenzado a unir fuerzas de una forma que refleja la unión de puntos de vista opuestos característica de la era de Acuario. E] estar abiertos a ambas posibilidades médicas nos ofrece la ven­taja de poder elegir entre una más amplia gama de trata­mientos que potenciarán nuestra energía sanadora.

La decisión más sabia que usted puede tomar, después de recibir un diagnóstico inicial, es pedir una segunda e in­cluso una tercera opinión. Tenga presente que cada médi­co se ha encontrado con diferentes casos al tratar una de­terminada enfermedad, por lo que, posiblemente, cada uno le haga recomendaciones diferentes hasta cierto punto. Aunque, al principio, esta variedad puede confundirle, a la larga resulta beneficiosa, porque disponer de numerosas opciones fomenta la esperanza. En mi caso, cuando busqué ayuda para curar mis intensos dolores de cabeza y migra­ñas, acudí a un médico que era «experto» en el tratamien­to de la sinusitis. Después de examinarme, dijo textual­mente:

—No puedo hacer nada por usted. Resígnese a vivir con esos dolores.

De haberle hecho caso, me habría sentido hundida, sin contar con que sus palabras habrían grabado un pen­samiento extremadamente negativo en mi conciencia.

En vez de eso, decidí consultar a otros profesionales, tanto alopáticos como holistas, y elegir un tratamiento que combinara lo mejor de ambos campos. Por fin, tras seguir las recomendaciones de un magnífico médico y un dotado quiropráctico, conseguí curarme de una dolencia que me había causado intensos dolores durante años. Pero tuve que ir mas allá del diagnóstico del primer médico al que acudí. Esa experiencia me enseñó lo susceptibles que somos a las opiniones de los llamados «expertos»; una opinión es tan sólo la percepción de una persona y no debemos interpre­tarla como «la última palabra» en ninguna situación.

Cuando se enfrentan a un diagnóstico de cáncer de mama o de ovarios, muchas mujeres no quieren someter­se a una intervención quirúrgica para evitar que les «am­puten» una parte de su cuerpo. Cindy, una mujer que co­nocí hace unos años, decidió tratar su cáncer de mama haciendo uso de todas las alternativas médicas que tenía a su disposición. Padecía un tumor maligno particular­mente brutal que le había penetrado en la piel, y le pro­vocaba constantes hemorragias y un dolor insoportable. Cuando todas las opciones fracasaron, Cindy acudió a un médico que se especializaba en quimioterapia de baja in­tensidad combinada con diversos tratamientos energéti­cos. Su tumor disminuyó en un cincuenta por ciento, pero al cabo de dos meses se reprodujo y aparecieron otros tu­mores.

Cindy acudió de nuevo al médico que la había ayudado a que se redujera su tumor, y aunque éste volvió a so­meterla a tratamiento, le aconsejó que se hiciera extirpar los tumores. Cindy se negó a considerar esa opción. Estalla convencida de que poseía una mente y un espíritu lo sufi­cientemente fuerces para vencer su enfermedad, y le re­pugnaba la idea de que introdujeran en su cuerpo una gran cantidad de sustancias químicas. Cuan cío tuve oportuni­dad de trabajar con ella, me dio la impresión de que buena parte de su energía no residía en su cuerpo sino en su ma­trimonio, pero éste había empezado a deteriorase. Cindy me explicó que su marido y la familia de éste habían criti­cado su afán de desarrollar sus facultades interiores. El am­biente en su casa se había vuelto insostenible y ella se había marchado. Durante el año siguiente, sus esfuerzos para ver a su marido con la esperanza de reconciliarse habían fraca­sado. Cindy tenía la impresión de que su marido había de­seado separarse de ella mucho antes pero le había faltado valor para decírselo, por lo que le había hecho la vida im­posible para forzarle a tomar ella esa decisión. Puesto que había sido Cindy quien había abandonado el domicilio con­yugal, parecía ser ella quien deseaba divorciarse.

Expliqué a Cindy que la energía que necesitaba para cu­rarse la estaba empleando en intentar sanar su matrimo­nio. Su cuerpo no respondía a sus esfuerzos por curarse porque la escasa energía que le quedaba no era suficiente para potenciar los tratamientos naturales. Le aconsejé que consultara a un terapeuta que la ayudara a liberar la ira que había acumulado contra su marido y su «tribu», y se­guir adelante con su vida. En vista de que la rabia que sentía y la situación de su matrimonio consumían rada su fuer­za vital, era preciso que siguiera de nuevo un tratamiento alopático. Comprendí que era una decisión difícil para ella, ya que equivalía a reconocer que su marido y su «tribu» habían estado en lo cierto al tacharla de «loca» por su em­peño en desarrollar sus facultades interiores. No obstante, no tenía más remedio que hacerlo.

 

Al efectuar una transición en nuestra vida, debemos liberar algo de nuestro pasado con el fin de potenciar nues­tra energía. En el caso de Cindy, la liberación de su pasa­do significaba abandonar auna tribu que se negaba a apo­yar a la persona en quien ella deseaba convertirse. Guarido se lo expliqué, Cindy lo comprendió simbólicamente, pero no consiguió tomar un contacto emocional con esa ima­gen. Aunque su mente hallaba gran consuelo en la idea de asumir un poder individual, su energía no lograba reali­zar la transición. Al cabo de un tiempo, el cáncer se extendió por todo su cuerpo y Cindy falleció un año después de que le hubieran diagnosticado la enfermedad.

En un taller que dirigí hace dos años, una mujer lla­mada Mary Ellen nos explicó su proceso de curación. Cuando le diagnosticaron cáncer de tiroides, su médico le recomendó que se sometiera a un tratamiento de ra­diación. Mary Ellen contestó que lo pensaría.

—Al principio, todo me aterrorizaba -—nos contó—. No me imaginaba sometiéndome a una terapia de radia­ción. Temía que me quemara la piel. Yo había oído hablar de tratamientos alternativos, pero no de un programa es­pecífico para combatir el cáncer de tiroides. De modo que acudí a varios terapeutas holistas para informarme sobre las posibilidades de éxito en personas con mi enfermedad. Ellos me relataron varios casos en que sus pacientes ha­bían logrado curarse y otros en que el tumor se había ex­tendido. El número de éxitos y fracasos era equiparable. Me sentí muy decepcionada, pues había confiado en que nie dijeran que todos los pacientes a quienes habían tra­tado habían conseguido sanar, aunque reconozco que era poco realista por mi parte.

»Cuanto más reflexionaba sobre mi situación, más convencida estaba de que lo mejor era seguir el consejo de mi médico y de un terapeuta holista, y combinar ambos tipos de tratamiento, y eso es lo que hice. Seguí un trata­miento de radiación, junto con unas sesiones de acupuntura, terapia psicológica, cambios nutrí dónales, yoga y demás tratamientos alternativos. Al cabo de seis meses, mi médico me informó de que mi cáncer había remitido. Yo le dije que prefería la palabra «curado», a lo que él res­pondió:

—Yo también la preferiría.

En última instancia, el camino más sabio es estar abier­to a cualquier método eficaz de curación, al margen de su carácter alopático u holista. Cualquier tratamiento capaz de potenciar su curación, devolverle la esperanza y ha­cer que su cuerpo recupere la salud merece tenerse en cuenta.

Utilice la visualización como medio para reunir todos los elementos que conforman su programa terapéutico. E) método de visualización más eficaz con el que yo trabajo en este contexto comienza por imaginarse a uno mismo en el centro de una rueda provista de numerosos radios. Visualice cada uno de esos radios como si representara una de las opciones de curación que usted ha elegido. Por ejemplo, un radio puede ser la «oración», otro la «tera­pia de conversación», otro la «acupuntura», el «apoyo de grupo», el «toque terapéutico», la «habilidad del médico»y así sucesivamente. Puede visualizar esas palabras en cada radio, o bien una imagen que represente esa moda­lidad curativa.

Luego imagínese que está tendido o sentado en el centro de esta rueda. Deje que la rueda comience a girar lentamente. Visualice la energía de esas técnicas terapéu­ticas penetrando en su organismo, no como unas disciplinas aisladas sino como una inmensa estructura integrada que irradia su poder colectivo al interior de su organismo. Un poco de música de fondo le ayudará a evocar el movi­miento de esta rueda. Abandónese a la fuerza del viento que genera el movimiento de la rueda, un viento que hace que su cuerpo se funda y se convierta en un fluido, al mis­mo tiempo que elimina de su organismo todas las toxinas y los elementos que han provocado su enfermedad. Visualizar una rueda que gira es un método muy eficaz por­que genera calor en el cuerpo, creando una manifestación tangible de la energía sanadora.

 

EVITE LA TENTACIÓN DE CAER EN LA HERIDALOGÍA

 

Antes de pasar a comentar las metodologías que le ayudarán a sanar, quisiera regresar al tema inicial de este libro: los peligros de caer en la herida logia. Pocas situaciones en la vi da hacen que nos sintamos más solos que el terror nocturno que nos asalta diariamente cuando el sol se pone sobre nuestra mente y nuestro cuerpo enfermos. Como respuesta a esa situación, muchas personas asumen el arquetipo de «mártir» o «víctima»; la tentación de con­vertirnos en adictos de nuestro sistema de apoyo no es menos poderosa.

Conocí a una mujer llamada Belle a través de su ma­rido, quien se puso en contacto conmigo porque estaba de­sesperado. Belle se había roto la pierna hacía tres meses y, según él, ya debía estar recuperada. Antes de romperse la pierna, Belle había anunciado a su esposo e hijos que no estaba dispuesta a seguir cuidando de ellos. Había deci­dido dejar de cocinar, limpiar y realizar otras tareas do­mésticas para su marido y sus cuatro hijos, dos adoles­centes y dos niños de corta edad. Después de partirse la pierna, la rutina cotidiana de Belle consistía en vestirse por la mañana, sentarse en un sillón en el cuarto de estar y dedicarse a leer o ver la televisión. Ella se reía de su si­tuación, y decía a su familia que «Dios quiere que me tome las cosas con calina. Está de acuerdo con la decisión que he tornado, y el accidente que he sufrido es prueba de ello».

El marido de Belle trató de razonar con ella, pero fue inútil. Le prometió llevarla a pasar unas vacaciones ma­ravillosas, ío cual representaba para él un enorme sacrifi­cio económico, pero ni aun así logró arrancarla, ni literal ni figurativamente, de su sillón en el cuarto de estar.

El marido de Bello ordenó a sus hijos que dejaran de limpiar y cocinar para ver si eso motivaba a su madre a re­anudar sus labores domésticas. Lo único que consiguió fue que la casa se sumiera en el caos y hartarse de llevar a los niños a comer a restaurantes de comida rápida. 'Iodo fue inútil. El marido de Belle me dijo que incluso había pensado en marcharse de casa y llevarse a sus hijos, pero ha­bía descartado esa idea porque no podía mantener dos do­micilios.

Yo ofrecí a ese hombre una perspectiva simbólica de su esposa. No pensé que le ayudaría gran cosa, pero no sa­bía qué más decirle. Como mínimo, pensé, pondría un toque de humor a una situación lamentable. Dije al ma­rido de Belle que se ¡a imaginara como una reina perezo­sa y le aconsejé que en lugar de centrar coda su atención en ella, él y sus hijos se ocuparan de sus propias cosas y pro­curaran divertirse juntos, dejando a la «reina» sola en su trono. Quizá si se sentía marginada de las diversiones fa­miliares trataría de integrarse en la familia, dado que el sentido de responsabilidad no la hacía reaccionar. El hom­bre se rió ante la idea de visualizar a su mujer como una reina perezosa y dijo que era una imagen que la describía a la perfección. Pero añadió que dudaba de que participar en las actividades familiares la atrajera más que sus libros y la televisión.

—Entonces saque el televisor de la casa —-le sugerí—. Restrinja el tamaño de la «corte» de su esposa, así limita­rá su placer. Si la opción de participar en las diversiones familiares no la motiva, quizá lo haga el aburrimiento.

Después de reflexionar unos momentos, el marido de Belle dijo que trasladaría e¡ televisor al sótano. De ese modo los niños podían seguir utilizándolo, y si Belle que

ría verla, tendría, como mínimo que bajar al sótano. Ese fue el fin de nuestra conversación.

Supongo que esa medida funcionó, porque el hom­bre no volvió a visitarme, pero el resultado de la historia es menos importante que el mensaje que transmite sobre el poder de la herida logia para controlar a los demás.

En otro taller, un hombre llamado Julio nos relató su lucha contra la depresión, y cómo los esfuerzos de su es­posa por ayudarle finalmente dieron resultado. Julio pa­decía frecuentes episodios depresivos, pero su trastorno se agravaba durante el invierno. Cuando estaba deprimi­do, pasaba el fin de semana en la cama. Se levantaba sólo para comer y cenar, cosa que hacía sentado ante el televi­sor, contemplando la pantalla con mirada ausente. Su es­posa lo había intentado todo para ayudarle a curarse de su depresión. Le proponía salir a cenar o ir al cine, o pasar el fin de semana fuera, pero él siempre se negaba.

—Por fin —dijo Julio—, mi esposa perdió la pacien­cia. Me dijo que me había convertido en un hombre abu­rrido y egocéntrico, y que estaba harta de mi depresión. Añadió que deseaba disfrutar de la vida, con o sin mí. Em­pezó a salir con sus amigas, no sólo los fines de semana, sino también durante la semana. La mayoría de las veces ni se molestaba en decirme adonde iba.

»Cuando regresaba a casa, me contaba que lo había pa­sado en grande y me preguntaba si me había divertido vien­do la televisión. Al poco tiempo, recogió sus cosas de nuestro dormitorio y se trasladó a otra habitación, diciendo que ya no tenía ganas de dormir conmigo. Me dijo que me había convertido en un pelmazo que le amargaba las vein­ticuatro horas del día. Yo protesté que necesitaba más tiem­po para airarme, a lo que ella replicó: "Y yo debo evitar caer enferma, lo que significa que debo evitar tu compañía. Así que puedes tomarte todo el tiempo que necesites, porque yo ya he llenado esos vacíos que compartía contigo, he re­hecho mi vida y ya no me apetece seguir contigo." «Sus comentarios me dolieron, y luego me asusté. No soportaba la idea de perderla, de modo que decidí curar­me cié mi depresión. Empecé a forzarme a salir con ella y a hacer cosas juntos. Al principio me costó mucho, por­que debía fingir que no estaba deprimido, pero no tuve más remedio, A la larga, gracias a mis esfuerzos, logré curar­me. Por fin era yo quien controlaba la situación en lugar de dejar que la depresión me controlara a mí. Ahora, cuan­do noto que voy a caer de nuevo en la depresión, tengo re­cursos para combatirla. Y se lo debo a mi mujer.

Cuando las personas permiten que les controle una «víctima», debido a un accidente o una enfermedad, o cuan­do las «víctimas» unen su sufrimiento personal a una cau­sa ajena, no hacen sino potenciar el poder tribal negativo. Este poder afecta no sólo a la víctima sino a la mayoría de las personas que creen que la ayudan pero en realidad fo­mentan su negatividad, o, según el lenguaje de los progra­mas de doce pasos, la «permiten».

Hace unos años, conocía un hombre llamado Tyrone que sufría el síndrome de la guerra del Golfo. Su cuerpo estaba muy debilitado. Había perdido buena parte del pelo y padecía unos dolores crónicos en todo el cuerpo, principalmen­te en las piernas, que le impedían caminar con normalidad. Tyrone me explicó que sus dolencias habían comenzado unos seis meses después de regresar de la guerra.

—La culpa la tiene el ejército —dijo Tyrone—, aun­que esos cabrones se nieguen a reconocerlo. No sólo deberían haberme compensado económicamente por no po­der seguir trabajando, sino que debían haberse disculpado públicamente por lo que me han hecho a mí y a muchos otros que están en mi situación. Yo no soy el único que pa­dece este trastorno. Cuando fui al hospital de veteranos para recibir tratamiento, los médicos me dijeron que mu­chos otros soldados sufrían el síndrome de la guerra del Golfo, pero que en realidad esa enfermedad no existía. ¿Se da usted cuenta? Como si eso fuera cosa de mi imaginación. Yo repliqué indignado; «Pues si no existe el sín­drome de la guerra del Golfo, ¿cómo diablos se llama esta enfermedad?» Los médicos respondieron que no lo sabían con certeza, pero me recomendaron que tomara muchas vitaminas, que me alimentara mejor y que visitara a un psicólogo. O sea, insinuaron que yo estaba chalado.

Dije a Tyrone que, en mi opinión, el problema no re­sidía en la ofensa que le habían infligido sino en su ira y en el hecho de que su dolencia se hubiera convertido en la expresión del sentimiento de haber sido traicionado por el ejército, el poder tribal con el que él se identifica­ba. Tyrone confesó que se sentía traicionado y abandonado por el ejército, y creía que las autoridades militares esta­ban obligadas a reconocer públicamente haber utilizado armas químicas que habían causado graves trastornos a sus propios soldados. Tyrone había recogido las firmas de varios hombres y mujeres que padecían la misma enfer­medad que él, con el fin de conseguir entre todos el apoyo de los medios de comunicación, los cuales presionarían a las autoridades militares para que confesaran la verdad. Ty­rone me aseguró que contaba con el apoyo de su esposa, quien le ayudaba en sus intentos de hacer pública la verdad sobre la guerra del Golfo.

Pregunté a Tyrone qué deseo era más fuerte: el de cu­rarse o el de demostrar que el ejército había traicionado a sus soldados. Tyrone respondió que deseaba conseguir ambos objetivos, pero que hasta la fecha había fracasado.

Le expliqué que, para conseguir esos objetivos, tenía que cambiar de actitud, dejar de librar su particular «gue­rra tribal» y hacer cuanto estuviera en su mano para cu­rarse. Le dije que hallaría más apoyo entre quienes pade­cían su misma enfermedad si se convertía en una persona que había logrado curarse de la dolencia. Una vez que se hubiera curado, todos querrían saber cómo lo había con­seguido.

Tyrone repuso que, aunque esa opción era lógica, si sanaba ya no tendría una prueba tangible de lo que había padecido; nadie le creería, y menos aún las autoridades militares.

Le hice notar que, si estaba empeñado en sanar al rit­mo que sus «cantaradas tribales heridos», estaba identi­ficando la velocidad y el nivel de éxito de su recuperación con el de su tribu. La decisión de sanar a la velocidad de un determinado grupo siempre es arriesgada, porque cons­tituye un camino difícil de recorrer desde el punto de vis­ta mental y energético. Y si no lograba recuperarse, a la larga, ¿de qué servirían sus esfuerzos?

Supe que mis palabras habían llegado a la mente de Tyrone, pero que su corazón seguía entregado a sus camaradas tribales heridos. Estaba convencida de que Tyrone se­guiría tratando de demostrar la realidad de su enfermedad a las autoridades militares en lugar de emplear su energía en sanar su cuerpo. Como estaba dispuesto a morir por su causa, típico del arquetipo de «mártir», un cambio de ac­titud representaba para él una traición a su tribu herida.

Quiero recalcar de nuevo que el apoyo de un grupo es esencial en cualquier proceso de curación, pero debe ser un apoyo que estimule el movimiento en la dirección ade­cuada. Dedique unos minutos al día o un día a la semana para abandonarse a las abrumadoras emociones de triste­za y depresión que le provoca su enfermedad, pero luego entréguese de nuevo a la energía de la esperanza. De este modo potenciará la eficacia del apoyo de sus amigos y fa­miliares, ¡unto a la intervención profesional; un sistema mediante el cual el proceso de curación puede ser menos difícil y que le ayudará a recuperar el camino hacia la luz.

Teniendo esto presente, exploremos las numerosas opciones de que disponemos para ayudarnos a sanar.

 

6 Encender el fuego sanador en nuestro interior

Una cosa es comprender intelectualmente los pasos que debe dar para curarse, y otra muy distinta compren­der lo que debe hacer emocionalmente. Para encender el fuego sanador, debe creer algo con todo su corazón. El co­razón contiene el agente catalizador que hace que el res­to de la mente y el cuerpo sanen mediante una reacción en cadena.

El espejismo más grave de la Nueva Era es que basta con potenciar la conciencia psíquica para sanar. Créame, la conciencia psíquica por sí misma no es suficiente. A lo que vemos y percibimos a nuestro alrededor, los hindúes y los budistas lo llamaban maya, ilusión o espejismo. De­pender exclusivamente de nuestra conciencia psíquica para sanar nuestro cuerpo es tan absurdo como utilizar cocaína, y provoca una adicción más grave; nos induce a creer que nuestra vida está cambiando cuando en realidad nos está dejando impotentes. No se haga ilusiones, sanar requiere una gran fuerza de voluntad.

 

 

Para empezar a combinar el poder déla mente, el cuerpo y el espíritu, y convertirlo en la voluntad de curarnos, de­bemos aprender a utilizar los tres tipos de percepción co­mentados con anterioridad, para modificar su mentalidad y su vida. El hecho de interpretar sus pensamientos, acti­tudes y desafíos dentro de este modelo de tres tipos de per­cepción tribal, individual y simbólico le procurará una gran ventaja a la hora de sanar sus problemas físicos y resolver sus crisis vitales. Estas formas de enfocar la vida le ofrecen tres perspectivas distintas sobre su capacidad de sanar y una mayor comprensión de lo que le ocurre a usted y dentro de usted. Como decía Carl Jung, ningún problema se resuel­ve al nivel en el que su originó; para hallar la solución es pre­ciso alcanzar un nivel superior.

Las tres columnas de la tabla representan las tres for­mas de poder -—tribal, individual y simbólico—, y las tres eras astrológicas bajo las cuales se han desarrollado. En cada columna, se hallan los chakras que corresponden a cada forma de poder, y el área de ia vida relacionado con cada chakra. Está bastante claro lo que cada chakra gobierna, salvo por el séptimo y el octavo. La «cuenta corriente ce­lular o de gracia» es donde almacenamos la energía, o gra­cia, que necesitamos para sanar nuestro cuerpo. Comenta­ré los ocho chacras con más detalle en el capítulo 7, pero básicamente constituyen un puente entre nuestra conciencia personal y la conciencia impersonal de la dimensión arquetípica. Esta contiene los patrones arquetípicos, los te­mas e imágenes reconocidas universalmente que procuran una visión impersonal de las experiencias humanas, derivadas de lo que Jung denominaba el inconsciente colectivo. Cuan­do somos capaces de contemplar los acontecimientos de forma simbólica en lugar de personalmente, observamos los arquetipos que operan en nuestro interior, como «el niño herido», el «salvador», el «héroe», la «madre», el «padre», la «mujer sabia» o el «hombre salvaje». Los arquetipos no son necesariamente positivos ni negativos, constituyen unos antiguos patrones de conducta en los que caemos en de­terminadas circunstancias. Si consideramos nuestra res­puesta a un hecho como el reflejo de un determinado ar­quetipo evitaremos interpretar ese hecho personalmente e invertir en él la energía celular que precisamos para sanar espiritual y físicamente.

Mientras aprende a utilizar las Tres Columnas de Per­cepción, tenga presente que no constituye un sistema de pen­samiento «bueno-mejor-perfecto». Cada tipo de poder tiene algo que ofrecer para ayudarnos a vivir de forma armoniosa y consciente. El poder tribal, por ejemplo, co­rresponde principalmente al inundo físico, y es la forma más externa de energía. Debemos abrazar la dimensión fí­sica que encarna, al igual que la dimensión espiritual, no se­pararlas. El poder tribal le permite analizar los cambios que se producen en su vida de forma más tangible que el poder individual o el simbólico. Pero el poder tribal puede, asi­mismo, limitar su capacidad de curarse si piensa de forma condicional (por ejemplo: este fármaco funciona, quizá se cure mi enfermedad). Por ese motivo, es preciso manejar con precaución este nivel de conciencia. Procure pensar “Este tratamiento curativo dará resultado porque sé lo que mi cuerpo necesita» Controle los pensamientos tribales negativos que le asalten, como por ejemplo: «No estoy se­guro de que esta terapia funcione»; cuando tenga estos pen­samientos, invoque a su quinto chakra de energía («voluntad» o «elección») para decir: «Yo hago las elecciones que necesito», y tenga la certeza de que esas elecciones le da­rán buen resultado. Si piensa o cree que una enfermedad sólo se cura por medio de fármacos, invoque a su voluntad individual y diga: «Todo puede curarse, y yo puedo alcan­zar una curación total.»

La utilización del poder individual y el poder simbó­lico le libera de los prejuicios y las limitaciones tempora­les de su medio externo. El poder simbólico le permite ver a través de los espejismos físicos y reconocer la lección que le ofrece cada desafío al que se enfrenta. Al ascender al nivel simbólico, donde el tiempo y el espacio no están sometidos a las limitaciones humanas, podrá contempla! las cosas desde una perspectiva superior. Ello le permitirá trazar un programa de acción, utilizando la voluntad individual. Puede utilizar la energía de la visión simbólica en codos los aspectos de su vida, desde crear un nuevo trabajo a librarse del pasado y seguir adelante.

El primer paso para utilizar las Tres Columnas de Percepción consiste en eliminar todas las creencias negativas sobre la curación. Empiece por trazar un gráfico con espacio para tres columnas, y escriba los nombres de los tres tipos de poder en la parte superior de las columnas. Identifique dos o tres de las creencias fundamentales que usted sostenga, relacionadas con la percepción y el poder tribal e individual, y anótelas en la columna correspondiente del gráfico. Da lo mismo que esas creencias sean negativas o positivas. Por ejemplo: «El proceso de curación es largo, doloroso y difícil» es una creencia negativa que deriva del poder tribal, por lo que debe anotarla en la columna tribal. La creencia de que «la curación contiene un men­saje para mí, y yo debo mostrarme receptivo a cualquier, cambio que sea necesario» nace del poder simbólico, por­que crea un estado anímico receptivo a la objetividad, a con­templar las cosas de forma arquetípica en lugar de perso­nal. Así pues, anótela en !a columna simbólica.

A continuación indico diez ejemplos de creencias co­rrespondientes a cada tipo de poder. La causa de que las creencias tribales sean negativas estriba en que la cultura tribal es más propensa que las otras dos a aterrarse a creen­cias negativas, aunque el poder individual también lo haga una ocasión. A medida que usted madure en materia de percepción espiritual, podrá reconocer el poder inheren­te a su interior (individual) en contraposición a buscar un poder fuera de usted (tribal).

 

Creencias tribales sobre la sanación

1. La enfermedad es un proceso largo y doloroso.

2. Las enfermedades graves no se curan por com­pleto.

3. Sólo los medicamentos químicos son eficaces.

4. La enfermedad es el resultado de un estrés diri­gido hacia mí por otras personas.

5. Yo no he tenido nada que ver en la creación de esta enfermedad.

ó. Mi enfermedad es un castigo por faltas que he co­metido.

7. Recurrir a la terapia significa reconocer que pa­dezco una enfermedad mental.

8. El responsable de mi curación es mi médico.

9. La enfermedad no tiene nada que ver con mis emociones ni con mi estado psíquico.

10. Para curarme debo pactar con lo Divino.

 

Creencias individuales sobre la sanación

El lado negativo de la mentalidad individual

1. MÍ enfermedad es el resultado de mi negatividad.

2. Mi enfermedad contiene un factor kármico.

3. La medicina alopática niega el poder y la eficacia de la medicina holista.

4. La meditación y la nutrición me ofrecen el sufi­ciente apoyo para curar mí enfermedad.

5. Mi enfermedad debe estar enraizada en mi in­fancia porque ésta fue muy dolorosa.

6. Si me convierto en un individuo sano y fuerte me quedaré solo.

 

El lado positivo de la mentalidad individual

  1. La curación constituye un viaje espiritual.

8. Mi espíritu es más fuerte que mi cuerpo.

9. Existen ciertas lecciones que debo aprender a me­dida que avanzo en el proceso de curación.

10. Para curarme debo asumir la responsabilidad de dicho proceso.

Creencias simbólicas sobre la curación

1. Yo formo parte de un sistema vital universal.

2. Todo cuanto es vida ayuda a mi vida.

3. Identificar mis patrones arquetípicos me ayuda a reconocer mi papel en creencias compartidas uni­versalmente.

4. El afán de comprender e! significado simbólico que encierra la experiencia de una enfermedad me ayuda a recorrer el camino que debo seguir para sanar.

5. Mi enfermedad puede ser una forma de recibir tina nueva orientación espiritual.

  1. Buscar razones negativas de por qué he contraí­do una enfermedad no es útil. Lo más importan­te son las elecciones que yo haga hoy.
  2. No existen elecciones erróneas. Cada elección en la que crea constituye un medio eficaz de curación.

8. Constantemente recibo orientación hacia el sig­nificado y el propósito de la vida.

9. El tiempo es una ilusión y por tanto no influye en el proceso de curación.

10. La edad no influye en el proceso de sanación.

Apliquemos ahora las Tres Columnas de Percepción a una típica creencia tribal y veamos cómo podemos transfor­marla en una percepción simbólica. Empiece por escribir la siguiente creencia: «La enfermedad es un proceso largo y doloroso» en la columna tribal. Luego trasládela al nivel simbólico de percepción, donde el tiempo no constituye un factor y el dolor puede ser un maestro. La percepción sim­bólica puede aniquilar el poder de esa creencia tribal al con­templarla de forma distinta, de modo que escriba en la co­lumna simbólica: «La curación trasciende el tiempo lineal. Puede producirse en un instante.» Ahora debe construir un puente de acción para conectar esas dos polaridades. Cree ese puente en la columna individual escribiendo: «Me compro­meto a centrar mi atención y mi voluntad en mantener mi energía en el momento invisible de aquí y ahora.» Esto sig­nifica que cada vez que caiga en un pensamiento negativo co­mo « ¿por qué tuvo que ocurrirme esto?», o escuche a al­guien expresar esa creencia, regrese a un mantra interior que le reoriente de inmediato hacia el pensamiento trascendental de que la creencia puede ser cierna para esa persona pero no para usted- El mantra puede ser tan sencillo como decir: «Ese pensamiento tribal no posee autoridad alguna sobre mí. Ale niego a conectar mis circuitos a ese pensamiento. No malgastaré mi energía en esos pensamientos.»

Cuando trate de transformar sus creencias tribales e individuales negativas sobre la curación en unas creen­cias simbólicas, tenga presente que la clave es mantener la objetividad. «Mi experiencia de una enfermedad» se convierte en «la experiencia de una enfermedad». A ni­vel físico, el aprender algo mediante una enfermedad es un proceso mucho más arduo que aprenderlo a través de un libro. Pero a nivel simbólico, ambas se convierten sim­plemente en unas experiencias mediante las cuales apren­derá ciertas cosas. Debe acostumbrarse a contemplar su enfermedad como contemplaría el hecho de regresar a la escuela. El alcanzar un estado psíquico objetivo durante siquiera cinco minutos al día es tan valioso que puede in­fundir en su cuerpo la energía equivalente a vivir seis me­ses con auténtica esperanza.

No es fácil alcanzar cierto desapego. En la cultura occi­dental, ese término, en ocasiones, se considera negativo, como si representara una actitud fría y distante que implica disgusto o resentimiento. Para la curación, es preferible con­siderar el desapego como un medio de separarnos de los te­mores de la mente y contemplar nuestras circunstancias como una experiencia que atravesamos en lugar de una ex­periencia que controla nuestra vida física. Un método efi­caz de alcanzar esta posición espiritual es crear un rnantra, una plegaria o un canto que le ayude a asumir una perspec­tiva trascendente. Por ejemplo, cierre los ojos y repita una frase como «asciendo más allá de mis temores en este mo­mento y siempre» o «los miedos ya no poseen autoridad so­bre mi espíritu». Puede recurrir a una figura espiritual que represente el estado de conciencia que está buscando en ese momento, ya sea Jesús, Buda, María, Ramana Maharshi oTeresa de Avila. No es necesario que la plegaria o el mantra sea largo y complicado. De hecho, cuanto más breve, me­jor; la brevedad posee poder porque las plegarias breves son más fáciles de repetir.

Mientras anota sus creencias positivas y negativas en las columnas correspondientes, trate de calcular el grado en el que está conectado energéticamente a cada creencia negativa. Asimismo, calcule la cantidad de energía que de­searía transmitir a cada creencia positiva. Por ejemplo, la creencia negativa «curarse es un proceso largo, doloroso y complicado» puede poseer cierta autoridad en su inte­rior, mientras que la creencia positiva «soy capaz de curar cualquier dolencia» puede ser algo en lo que usted desea creer pero no es capaz de interiorizar del todo. En ese caso, escriba que desearía dirigir buena parte de su energía ha­cia esa creencia. También puede valorar su conexión con cada creencia escribiendo «activa» o «inactiva» junto a ella. Esfuércese en distinguir cuando una creencia representa para usted una mera idea intelectual y cuando posee auto­ridad en su interior. Como ya he dicho, las ideas intelec­tuales no poseen ningún poder curativo.

Este ejercicio no puede completarse ni en un día ni en una semana. No se desanime si comprueba que, al prin­cipio, sólo es capaz de enumerar unas pocas creencias. Re­quiere un gran esfuerzo consciente desenterrar todas las creencias a las que nos aferramos. Los pensamientos y las actitudes aflorarán a lo largo de las situaciones y conver­saciones de su vida cotidiana, mostrándole sus creencias. Las personas con las que trata habitualmente pondrán de relieve distintas facetas de su personalidad: algunas po­tenciarán la faceta optimista, otras activarán sus temores. Cada creencia merece ser examinada, por lo que es reco­mendable que tenga siempre a mano una libreta donde ano­tar los pensamientos y recuerdos que desencadena este proceso. Tenga presente que las creencias negativas, por lo general, conducen a unos hábitos de conducta negativos. Examine los hábitos de conducta que le preocupan hasta lograr discernir las creencias en los que se basan.

Por ejemplo, si comprueba que una enfermedad recurrente es el resultado de una dieta cargada de productos refinados y azúcar, puede atribuir esta conducta negativa—consumir esa dieta— a la creencia de que usted no tiene nada que ver en la creación de su enfermedad.

 

Si a la hora de analizar sus creencias tiene la sensación de topar con un muro, hable con su hermano u otro miem­bro de su familia sobre los criterios que comparten y las diferencias que se interponen entre ustedes. Mantenga la conversación en un tono neutral: se trata sólo cié averigua! más cosas sobre las creencias conscientes e inconscientes de su tribu. Asimismo, si trabaja en una oficina, pregun­te a un compañero de confianza o a un colega profesional con quien tenga amistad qué criterios son los que, en opi­nión de él o ella, le lastran a usted en su trabajo. Aunque al principio le cueste recurrir a otros para efectuar «un control sobre su percepción», le resultará muy útil a la hora de organizar sus ideas sobre los problemas que su plantean en un proceso de sanación. Por ejemplo, que crea que no ha contribuido tanto como sus colegas a un determinado proyecto de trabajo. ¿Es una valoración jus­ta, o cree esto porque siempre se ha contemplado a sí mis­mo a través de un prisma de incompetencia? Pregunte a algún colega con quien tenga confianza si piensa lo mis­mo sobre sí mismo, o sobre usted. Si cree tener la culpa de todos los fallos que se producen en el trabajo, averigüe si sus colegas opinan igual que usted o si se culpa a sí mis­mo debido a una falca de autoestima.

Si cuenta con un maestro espiritual o pertenece a una institución, religiosa, hable con su sacerdote, ministro, ra­bino, lama o director espiritual y pídale que le ayude a ex­plorar cualquier pregunta que le preocupe, como, por ejem­plo, «¿acaso no he logrado establecer una conexión con lo Divino porque no he seguido una práctica espiritual continua o clásica?». Otra pregunta muy útil es « ¿la bondad para los demás puede considerarse una práctica espiritual?». Mas preguntas, y los diálogos que propicia el hecho de unirse a los demás y a sus criterios, le proporcionarán un gran consuelo y ayuda a la hora de crearse una orientación mas positiva.

El paso siguiente en las Tres Columnas de Percepción consiste en examinar su relación con los demás. El propósito de este paso es ayudarle a evaluar cuánta energía sigue invirtiendo en su pasado, restándola a su vida presente y a su salud. Al igual que calculó la cantidad de poder que asigna a sus creencias, trate de calcular la ener­gía que «malgasta» en sus relaciones. Una vez que haya tomado conciencia de lo que le perjudican ciertas rela­ciones, dejará de hacer esas malas inversiones. Recuerde que la curación es una tarea «costosa» desde el punto de vista energético, y que debe hacer acopio de toda su ener­gía vital para centrarla en su presente inmediato, en su «cuenta corriente de gracia» actual. Para ganar, para cu­rarse, es preciso que usted esté presente.

Redacte una lista de las relaciones en su vida que cree que son incompletas, incluyendo el nombre de la persona y el motivo. Incluya también las relaciones pasadas, con sus padres o hermanos, amigos o colegas profesionales, a me­dida que se le ocurran. Por ejemplo, si cree que su padre o su madre o ambos nunca le han aceptado tal como es usted, inclúyalos en la lista. Puede darse el caso de que su padre o su madre muriera siendo usted un niño, y esto le produje­ra una sensación de abandono que aún no ha logrado resolver. O quizá crea que perjudicó de alguna forma a uno de sus padres o a ambos, y todavía experimenta un profundo sen­timiento de culpa. Si piensa que la asignatura que tiene pen­diente con su padre o su madre consume una elevada pro­porción de su energía, anótelo. Utilice una frase como «gran pérdida de energía» o «pequeña pérdida de energía» para diferenciar las relaciones.

Debe prestar el mismo grado de atención a todas las re­laciones que siguen aportando una influencia negativa a su vida: colegas cíe trabajo, compañeros sentimentales, ami­gos que le han tallado. Compruebe cuánta energía negati­va genera hacia las personas que envidia o teme. Asimismo, trate de identificar la clase de sentimientos negativos que asocia con cada una de esas relaciones y el motivo por el cual sigue transmitiendo su energía liada éstas. Por último, si cier­tos lugares físicos suscitan en usted recuerdos negativos, ya se trate de una ciudad, un país, la escuela a la que asistió o la casa o el barrio donde vivió antes, siga el mismo proceso para evaluar su energía.

Por lo general, la mayoría de nuestros recuerdos ne­gativos corresponde a la columna tribal. Una gran parte del dolor que recibimos y generamos es fruto de proble­mas que padecimos en la infancia, en nuestras relaciones y nuestro trabajo. Tenemos problemas con el dinero, el po­der, la sexualidad y la autoestima. Aunque nuestro viaje vi­tal es esencialmente espiritual, descubrimos nuestro es­píritu a través de experiencias en el mundo físico. Cuanto más fuerte y más consciente sea su espíritu, más fácil le re­sultará transmitir esa energía positiva ala región maten al: el mundo que le rodea, sus relaciones, su familia y su pro­fesión.

Por último, aplique las Tres Columnas de Percepción a sus patrones de conducta, utilizando el mismo método. Una forma de razonamiento simbólico es identificar los pa­trones arquetípicos que se hallan activos en usted, como el «niño herido» o el «salvador*. Utilizar un enfoque arquetípico le permitirá reconocer sus patrones de conducta des­de una postura más objetiva y compasiva. Anote algunos de los temas que le preocupan referentes al dinero, el sexo y el poder. ¿Le resulta difícil ahorrar dinero? ¿Utiliza el sexo para evitar comprometerse en una relación sentimental? ¿Teme ejercer su poder porque su padre era una persona dominante, o lo utiliza de forma abusiva por el mismo motivo? Observe de nuevo que la mayoría de esos patrones de conducta corresponden ala columna tribal, incluso proble­mas como no ser capaz de perdonar a alguien. Supongamos que tiene usted ese problema: aunque el perdón es una cues­tión que atañe al corazón (cuarto chakra), el motivo por el que no puede perdonar probablemente está relacionado con un problema tribal como el sentirse traicionado o violado de alguna forma (primer chakra).

Ahora céntrese en las entradas que ha apuntado en la columna tribal. Describa cuál cree que es el significado sim­bólico de cada creencia, relación o conducta negativa que se haya en esa columna. Por ejemplo, la creencia «siem­pre ayudo a otros que no aprecian lo que hago por ellos», interpretada simbólicamente, representa su oportunidad de comprender el arquetipo del «salvador» que lleva den­tro, la necesidad de entregarse heroicamente con el fin de salvar a alguien. Al igual que muchos arquetipos, el de «salvador» puede ser un papel positivo, pero, por regla ge­neral, sólo conduce a una conducta autodestructiva que se hace pasar por altruismo. En cierta época de la historia de la humanidad, el salvador era un auténtico héroe, aunque las misiones de salvamento solían realizarse por el bien de la tribu y a costa del salvador.

Después de identificar el significado simbólico, pre­gúntese: « ¿Qué puedo hacer para rectificar esta conduc­ta e infundir de nuevo poder y fuerza a mi organismo?» A continuación anote la respuesta en la columna del po­der individual. Por ejemplo, «antes de ofrecer ayuda a al­guien, analizaré mis motivos. Si mis motivos son salvar o consolar a alguien, trataré de identificar la razón por la cual necesito comportarme de ese modo.» Puede preguntar­se: « ¿Esa persona me ha pedido ayuda, o se la he ofreci­do yo prematuramente debido a mí necesidad de que los demás me necesiten?» Entre parejas, este tipo de «al­truismo» puede consistir en un compañero que «salva» al otro, por ejemplo, un alcohólico, de tal forma que permite que éste siga bebiendo. O bien, si su compañero le refie­re un problema que tiene en el trabajo, quizás el otro le ofrezca la manera de «solventar» el problema, cuando lo único que su compañero pretende es que le escuche con comprensión. Quizá su compañero desee resolver él mis­mo el problema, y los intentos del otro por «salvarle» im­piden que lo haga.

Al utilizar estas tres formas de contemplar sus creen­cias y conductas, aprenderá a solventar sus problemas e in­fluir de modo positivo en las situaciones. Cuando busca el significado simbólico de un determinado asunto, contri­buye a desconectar su energía del temor y conectarla a ese asunto. La percepción simbólica le permite crear unas op­ciones que, de otra forma, habría tenido que concebir den­tro de las limitaciones de la percepción tribal. El hecho de introducir la percepción simbólica en los dominios triba­les, o en el mundo cotidiano en el que usted se halla, le ayu­dará a reorganizar su medio físico con el fin de conectar el poder de su cuerpo con su espíritu. Por ejemplo, si cree que está siendo castigado por alguna falta que cometió, susti­tuya esa creencia por la siguiente percepción simbólica: «Cada enfermedad me ofrece la oportunidad de aprender algo sobre mí mismo.»

Así, su poder individual se convertirá en el medio por el cual usted creará un patrón de conducta lo suficiente­mente potente para activar, en el interior de su cuerpo fí­sico, la energía que vibra a nivel simbólico.

Puede utilizar estas tres formas de percepción y po­der en todas las facetas de su vida para resolver proble­mas y relaciones conflictivas, para apreciar lo positivo que hay en su vida y, por supuesto, para potenciar su proceso de curación. La columna tribal es la columna de los pro­blemas; la columna individual es la columna activis­ta. Nuestra voluntad y muestras acciones individuales nos alejan del caos del pensamiento tribal y nos orientan hacia el mundo y, a través del mundo, hacia nuestro espíritu y nuestra curación. Por esto es imprescindible que modifi­quemos nuestras creencias y patrones de conducta nega­tivos a fin de avanzar en el proceso de curación.

Reconozco que es un proceso complejo, de modo que examinemos otro ejemplo para asegurarnos de que usted lo ha comprendido. En primer lugar, anote una creencia, relación o conducta negativa en la columna tribal. Un lamentable ejemplo de creencia tribal es la de que ciertas razas, nacionalidades o religiones son inferiores, lodos caemos en este tipo de creencias, pero esas creencias sólo existen a nivel externo o físico y no poseen ningún signi­ficado simbólico.

A continuación, pase a la columna simbólica y cree el medio de contemplar esa creencia, relación o conducta de forma que potencie su poder personal.

Una forma de pensamiento simbólico es contemplar el problema en términos de un principio universal. En el caso de una creencia racista o nacionalista, el principio puede ser algo tan sencillo como «todo es uno». Ahora des­criba en la columna individual un tipo de conducta que le ayude a realizar el cambio de percepción tribal a percep­ción simbólica. Si pretende llevar a cabo una curación física o psíquica, puede escribir que necesita acudir a un grupo de apoyo o a un terapeuta, o cree una nueva disci­plina interior como mantener un diario en el que anote to­das las cosas por las que se siente agradecido cada día de su vida. El propósito, en este caso, es construir un puen­te entre la columna tribal y la columna simbólica por medio de una acción personal mediante la cual pueda asi­milar en su organismo la energía positiva que emana del nivel simbólico de razonamiento. Para volver al ejemplo de las creencias racistas y nacionalistas, mi consejo es que modifique su vocabulario: ésta es la acción positiva que le permitirá tomar conciencia de su perspectiva y modifi­carla. Observe cuando dice «nosotros» en Jugar de «yo» en determinadas situaciones, tome conciencia de su postura defensiva hacia otros, cuestione su identificación con su nación o grupo étnico. Empiece por pensar en usted mis­mo, y por referirse a usted mismo como un ser global en lugar de étnico. ¿La tasa de desempleo es un problema menos grave en Japón que en Estados Unidos? ¿El con­flicto étnico representa un problema tan sólo en las nacio­nes de África y en los Balcanes?

 

Una vez que haya aprendido a utilizar las Tres Colum­nas de Percepción, emplee este método de forma periódi­ca para potenciar su curación. Es una herramienta podero­sa, pero no la única. A continuación, indico otros métodos útiles destinados a propiciar su fuego sanador, un poder que, una vez encendido, no tiene límites. Utilice cualquiera de estos métodos o todos ellos junto a las Tres Columnas de Per­cepción a fin de maximizar su capacidad sanadora.

 

LEÑA PARA EL FUEGO

Aprenda a decir no

El favor más importante que usted puede hacerse en una situación crítica es aprender a administrar su tiempo. Usted es su primera prioridad. Para ella lo primero que debe hacer es aprender a decir no. Deje de pensar que va a perderse la gran oportunidad de su vida si no acude a algo, tanto si se trata del estreno de una película muy galardo­nada, la boda de un pariente o una reunión de negocios.

Recuerde que sólo está presente ahora, no sabe lo que ocurrirá mañana. Las preguntas son, esencialmente, las mismas, tanto si está sano como si trata de sanar: « ¿Deseo invertir mi tiempo en esto? ¿Estoy malgastando el valio­so bien del tiempo porque temo perderme una oportuni­dad importante?»

Cuando se enfrente a una crisis vital, hágase estas pre­guntas;

1. ¿Quiénes son las personas más importantes en mi vida?

2. ¿Estoy invirtiendo mi tiempo en las personas y las cosas más importantes para mí, tanto para sanar como para vivir una existencia plena?

3. Si no es así, ¿qué puedo hacer para modificar la si­tuación?

Aunque estas preguntas de evaluación puedan parecerle más cruciales en una época de transición —cuando se enfrenta a una crisis de salud o a una crisis espiritual— debe formulárselas periódicamente durante toda su vida. Al igual que debe conservar su energía y utilizarla con prudencia, debe aprender a administrar su tiempo. Qui­zá deba reducir el tiempo que pasa en compañía de per­sonas cuya orientación o conducta no encajan con la ne­cesidad que usted tiene de sanar. No pretendo decir que, si trata de curarse de un cáncer o una historia de incesto, deba pasar todo el tiempo en compañía de otras víctimas de cáncer o de incesto. Pero si existen ciertas personas en su vida —amigos, parientes, compañeros de trabajo— que se expresan y se comportan de forma negativa, que no res­petan su cuerpo o que le animan a comportarse de un modo que no favorece su curación, pregúntese si le con­viene estar con ellas. El mero hecho de que alguien desee ser su amigo no es motivo suficiente para que usted dedi­que tiempo a esa persona en estos momentos de su vida.

Tampoco pretendo decir que deba «hacer algo útil» en todo momento, máxime si el «hacer algo» empieza a asumir la forma de una obsesión con la actividad y el ren­dimiento. Administrar su tiempo significa concederse unos espacios vacíos para usted mismo, para no «hacer» nada más que dejar que afloren ala superficie nuevas ideas y sentimientos. Esta «inactividad» es el mismo principio en eí que se basa la meditación, pero puede utilizarla para de­sembarazarse de tareas y preocupaciones a lo largo de coda su jornada, dedicando unos minutos a sí mismo. En este senado, una enfermedad, un trauma o una crisis vital pue­den representar una oportunidad para que usted explore su vida a un ritmo más pausado. Decir no a hacer algo puede significar decir 110 a ocuparse en algo simplemente para ha­cer algo. Este principio constituye un contrapeso muy útil para la segunda forma de propiciar su fuego sanador.

Cambie de rumbo de inmediato

Sanar es una tarea que no admite dilación. Muchas per­sonas inician su proceso de curación investigando todos los tratamientos que tienen asu alcance. Mientras llevan a cabo esta tarea, no hacen nada para mejorar su situación. Supo­nen que los conocimientos que asimilan constituyen en sí mismos una fuerza sanadora. Con frecuencia, las personas me comentan que no saben qué tratamiento seguir y, has­ta que se deciden, se sienten más «seguras» no haciendo mi­da. Yo creo que esto significa que no están dispuestas a rea­lizar ciertos cambios en su vida.

Cuando escucho la forma en que racionalizan su in­capacidad de decidirse, tengo la impresión de que el no ha­cer nada les permite, al menos de momento, mantener el engaño de que no están enfermos. Prefieren creer que su­fren una pesadilla de la que acabarán por despertarse. Este fenómeno se da sobre todo en aquellos casos en los que las personas aún no experimentan dolor causado por su en­fermedad.

Aplazar la decisión de cambiar de tiempo es más que ab­surdo; es peligroso. Es preferible comenzar por donde sea que no hacer nada. Cada elección positiva es buena, y activa una nueva corriente de energía en su vida. Esas nuevas medidas o cambios no tienen que ser trascendentales para ser eficaces. Entre tanto, siga leyendo toda la información que sirva para ampliar sus conocimientos sobre el tema.

Un buen comienzo es introducir ciertas modificaciones en su nutrición o añadir un programa de ejercicios a su ruti­na cotidiana. Empiece por caminar todos los días, o asistir a clases de yoga. Si no consigue localizar a un profesor, ad­quiera vídeos que le enseñen a practicar el yoga y otros ejer­cicios de relajación. Lea libros sobre tratamientos alterna­tivos, y pruebe uno de inmediato. Si cree que necesita el apoyo de \in grupo, acuda a un centro de tratamientos holis­tas o a un establecimiento de productos naturistas, y com­pruebe en el tablón de anuncios si figura algún grupo de apo­yo cercano a su domicilio. Puede realizar esos cambios al tiempo que busca consejo médico adicional.

Ante todo, recuerde que no puede permitirse caer en la tentación de «dejarlo para mañana». En el proceso de cu-ración sólo existe el «hoy». Mañana, como suele decirse, nunca llega.

Practique el pensamiento cíclico

La percepción de que el tiempo y la vida son experien­cias lineales entorpece el proceso de curación. Unos ejem­plos: «Si este tratamiento no da resultado al cabo de un mes, significa que no funciona y que no voy a curarme», o «a mi edad es imposible que me cure». En lugar de obse­sionarse con el factor «tiempo» piense en los ciclos de la na­turaleza, los cuales se reflejan en muchos otros procesos. En el mundo natural, a las épocas de calor, bienestar y pro­ductividad siguen inevitablemente períodos de frío, difi­cultades y disminución de la productividad, pero tras esas épocas difíciles regresa de nuevo la época de calor y disfru­te. Pocas culturas comprenden mejor ese principio y flujo cíclico que la china, cuya espiritualidad, al igual que en el caso de los nativos americanos, está estrechamente vincu­lada a la tierra. Como dice Tao Te Ching (7 7):

El camino del cielo se asemeja a la flexión de un arco.

El extremo superior se dobla hacia abajo y el inferior hada arriba.

A aquellos que les sobra, les quita; a quienes no tienen suficiente, les da.

Por tanto, para alcanzar el délo es predio reducir lo excesivo y aumentarla insuficiente.

Cuando usted se halle en el invierno de su enfermedad, puede llegar a pensar que el ciclo es interminable y que el verano no volverá nunca; es precisamente en esos momentos cuando debe controlar sus pensamientos. Dedique unos minutos a recordar épocas pasadas de su vida en que su suerte parecía haber alcanzado el punto más bajo. Evoque cómo se sentía entonces, prestando atención a las sensa­ciones de su cuerpo mientras vuelve a experimentar esos sentimientos de tristeza e impotencia. Luego evoque el punto de inflexión, y recréese en la sensación de alivio y es­peranza a medida que la situación comienza a cambiar a su favor. No tiene que tratarse necesariamente de un aconte­cimiento importante; puede ser tan simple como im para -do que estuvo a punto de perder, o recibir una carta de re­conciliación de un amigo del que se había distanciado. El resultado es menos importante que el cambio en la situa­ción. Quizá perdiera usted el siguiente partido, o rompie­ra definitivamente con ese amigo. Y algún día usted espi­rará el aire y no volverá a inspirarlo. Pero tenga presente que la curación constituye, 'ante todo, una experiencia de apren­dizaje, y una de las lecciones más importantes es que la vida se caracteriza por la impermanencia y las fluctuaciones. Si es capaz de aprender a aceptar los cambios con ecuanimi­dad, habrá aprendido a dominar algo más importante que una enfermedad.

El pensamiento cíclico es asimismo uno de los medios más eficaces para aprender a perdonar. Aunque es difícil eliminar el afán de justicia personal y lo que consideramos una recompensa o un castigo apropiados, desde la pers­pectiva divina, no nos corresponde a nosotros administrar justicia ni tampoco nos incumbe la recompensa o el casti­go que recibamos por nuestros actos. En uno de mis talle­res, conocí a un médico, un hombre amable y bondadoso que trabajaba en un hospital para veteranos atendiendo a los soldados heridos en combate. Este hombre creía es­tar destinado a realizar ese trabajo porque, desde niño, te­nía unos sueños en los que se veía como un soldado en la guerra de Secesión que mataba despiadadamente a sus ene­migos. Su trabajo se había convertido en el medio de con­trarrestar los asesinatos que había cometido en su «vida anterior»-. Aunque podía haber sido castigado por su falta de compasión, la justicia divina le había dotado de un ca­rácter noble y compasivo en su vida presente.

Cuando se sienta abrumado por su incapacidad de perdonar un daño que le hayan causado, recuerde las an­tiguas enseñanzas sobre las leyes del karma que se refle­jan en las enseñanzas cristianas: lo que va, vuelve, en esta vida o en la próxima. No le corresponde a usted decidir la naturaleza de la justicia a un nivel personal, lo cual no deja de ser una suerte, ya que con frecuencia la justicia huma­na es más implacable y menos ecuánime que la justicia di­vina. Su única misión consiste en aprender a perdonar, y recuperar la energía que está desperdiciando en hechos del pasado.

En parte, el problema de la mentalidad de víctima es que no tiene en cuenta el hecho de que nosotros mismos perpetuamos el daño que nos han causado. Cuando se indigne al recordar una ofensa pasada, le recomiendo que practique el siguiente ejercicio para aprender a perdo­nar. Examine atentamente todos sus actos de la semana pasada y compruebe si ha cometido el mismo tipo de in­justicia u ofensa que recibió. No es preciso que sea algo grave. Por ejemplo, quizá crea que en su infancia alguien le juzgó equivocadamente y que eso influye en cómo la gente lo ve hoy en día. Un hecho can simple como ha­ber sido malinterpretado por sus padres o por un maes­tro en algún momento determinado puede seguir pesan­do sobre usted. Cuando se sienta agobiado por ese peso, examine sus actos para comprobar si usted ha juzgado también equivocadamente a alguien. Al principio, su va­loración de otra persona puede parecerle intrascenden­te. Como no le gusta como viste cierta persona, la tacha de descuidada. Quizá convierta ese juicio en un rumor. O quizá comente que una determinada mujer ha alcan­zado el puesto que ocupa en su empresa por medio de métodos pocos éticos o deshonestos. Así, una valoración aparentemente inocente y sin importancia puede tener consecuencias serias. Es preciso que aprenda a perdo­narse a sí mismo por haber hecho ese juicio y perdonar a la persona que le juzgó equivocadamente hace tiempo. Re­cuerde las palabras del Padre Nuestro: «Perdónanos nues­tras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.»

 

Márquese metas realistas

Aunque todas las cosas terrenales cambian, no cam­bian necesariamente de la noche a la mañana. Muchas per­sonas que asisten a mis talleres creen que adquirirán en un día las dotes intuitivas que yo he tardado quince años en desarrollar. La clarividencia instantánea es posible, desde luego, pero lo habitual es que uno tenga que de­sarrollar sus dotes intuitivas teniendo en cuenta los principios energéticos. Por otra parte, aunque existe la posibilidad de que usted adquiera nuevos criterios o nue­vas percepciones y se cure al instante, lo más probable es que tenga que practicar las enseñanzas holistas du­rante largo tiempo. Al igual que nadie puede aprender a correr una maratón en un día, llevar una vida sana o curarse de una enfermedad requiere practicar de forma constante y regular las disciplinas curativas que uno de­cida seguir, ya sea un tratamiento médico, unos cambios nutricionales, un programa de ejercicios, visualiza dones o meditación.

Cuando nos diagnostican una enfermedad, o cuando sufrimos una grave crisis o una tragedia, suelen aparecer temores nuevos. Le recomiendo que sea paciente consi­go mismo. Si se siente deprimido o ansioso, trate de ana­lizar la situación para averiguar cuándo y en qué con tex­to afloran esos sentimientos. Quizá reflejan sus creencias tribales negativas. En tal caso, utilice las Tres Columnas de Percepción para tratar de descifrar el simbolismo más importante de su estado anímico o el mensaje que éste en­cierra. También puede practicar el siguiente ejercicio, per­teneciente a la tradición sufí, denominado «a un kilóme­tro de Bagdad».

Cierre los ojos y véase asimismo caminando por una solitaria carretera del desierto al parecer interminable, como una carretera en algún lugar remoto de Orien­te Medio. Sienta el sol cayendo sobre usted, la arena ardiente bajo sus pies, una sed y una fatiga insoportables. Experimente la aridez del lugar, la soledad, la desespera­ción que le embarga. Cuando esos sentimientos empie­cen a hacerse palpables, encuentre algún pequeño refu­gio bajo una roca junto a la carretera e instálese en él para pasar la noche. Observe cómo se pone el so!, sienta el aire fresco de la noche. Mientras descansa de sus fatigas, as­pire el aire refrescante y note cómo su cuerpo recobra las fuerzas.

Ahora salga de su refugio y mire a su alrededor. No muy lejos vislumbra unas lucecitas, y luego otras más. Sin duda debían de estar allí antes, pero usted no las vio por­que el sol le cegaba. Cuando comienza a oír una suave música, se percata de que, muy cerca, hay una dudad lle­na de gente, que se halla a una distancia que usted puede recorrer a pie. Usted creía que se hallaba en medio del desierto, pero sólo estaba a un kilómetro de Bagdad. Re­créese en su sensación de alivio. Mientras se solaza con este pensamiento, pronuncie una breve oración de gracias.

Aunque durante el primer mes del proceso de cura­ción no observe ningún cambio en su cuerpo, no crea que no se esté produciendo. Los cambios están ocurriendo en el piano energético, y causarán, al cabo de un tiempo, po­sitivos cambios mentales, espirituales e incluso físicos. Está usted más cerca de la meta de lo que imagina.

Durante el proceso de curación, consulte a otras per­sonas que hayan sufrido su enfermedad. Pueden procu­rarle información muy útil, pero no compare sus progre­sos con los suyos. Recuerde que aquello que no ha servido a cierta persona para sanar su cuerpo podría ser exactamen­te lo que usted necesita, desde el punto de vista energéti­co, para comenzar a sanar. Manténgase abierto a distintas opciones.

 

 

Desarrolle su fuerza de voluntad

El deseo de curarse no es lo mismo que tener la voluntad de hacerlo. Algunas personas que desean curarse no pose­en la fuerza de voluntad necesaria para realizar los cambios adecuados. Debe entrenar su mente y sus emociones para que respondan a las órdenes positivas que usted les envía. Y esos pensamientos positivos deben convertirse en las percepciones dominantes con las que se conectan su men­te y sus emociones. Dedicar treinta minutos una o dos ve­ces al día a la visualización y luego permitir que sus temo­res invadan sus pensamientos el resto de la jornada elimina la influencia positiva de sus ejercicios.

Orientarse constantemente un una dirección positi­va requiere disciplina, y alcanzar ese nivel de disciplina re­quiere práctica. Piense en lo fácil que le resulta distraerse cuando trata de mantener su mente y sus emociones centradas en un determinado pensamiento. Amenos que tenga mucha experiencia en meditación, al cabo de unos segundos se habrá distraído. En cierta ocasión dirigí a un grupo de alumnos en un ejercicio para el que debían elegir un pensamiento y concentrarse en él exclusiva­mente. Al cabo de unos instantes, varios alumnos se in­corporaron protestando de que el «ruido» del exterior les impedía realizar el ejercicio, o bien que la luz era dema­siado intensa para aquella «tarea interior». Precisamen­te, lo que necesitaban aprender era a abstraerse de ese tipo de distracciones.

Esperar a que se den ciertas condiciones externas an­tes de que usted pueda concentrarse es absurdo. No es pre­ciso que adquiera el grado de concentración de un maes­tro de meditación, pero debe alcanzar una relación con sus recursos internos lo bastante potente para eclipsar rápi­damente un pensamiento negativo con uno positivo y sen­tir la energía positiva que inunda su cuerpo. La utilización de un mantra —una frase o palabra repetida en silencio— constituye un método muy eficaz para aprender a con­centrarse. La palabra o frase puede serlas tradicionales pa­labras sánscritas «Om» u «Om Maní Padme Hum», que pertenecen a las tradiciones hindú y budista, o bien «Vir­gen María», «Jesús», el nombre de una virtud como «amor» o «compasión» o cualquier palabra o frase que le procure paz, fuerza, relajación y concentración. Puede combinar el mantra con una respiración profunda y acom­pasada.

Practique el siguiente ejercicio: inspire aire lenta y acompasadamente a través de la nariz hasta llenar la ba­rriga. Sienta cómo la zona del estómago se expande cuan­do inspira; al principio, apoye la palma de la mano sobre el ombligo para notarlo. Cuando haya llenado la barriga de aire, siga inspirando para llenar la zona del diafragma, situada en el centro del pecho justo encima del estómago. Si posee la suficiente capacidad, siga inspirando aire y llénese los pulmones hasta arriba y la parte superior del pecho- Contenga la respiración unos momentos y luego espire suavemente el aire a través de la nariz o la boca. Lleva un tiempo desarrollar la habilidad —y la capacidad pulmonar— de respirar mediante este proceso de tres eta­pas, pero la sensación de calma y objetividad que le pro­porcionará merece el esfuerzo. Si lo prefiere, puede acu­dir a un maestro de relajación o meditación para que le enseñe a practicar este y otros sencillos ejercicios. Libros como Foc!/singd&E.\igeneGend\Ki,y Are you GettingEn-lightened o LosingYour Mind?: A SpiritualProgramfor Men­tal Fitness de Dennis Gersten, doctor en medicina, ofre­cen eficaces y sencillos ejercicios para aprender a sustituir rápidamente los pensamientos negativos por una energía mental positiva. Lo importante es que practique esos ejer­cicios de forma regular y disciplinada. Al cabo de un tiem­po se convertirán en un acto reflejo, al igual que la respuesta de su energía física.

Otra forma de aprender a controlar su mente y sus emociones para evitar que estas le controlen a usted, es practicar con las situaciones cotidianas. Por ejemplo, mientras conversa con una persona, ésta hace un comentario que a usted le enfurece. O se enoja al encontrarse en un atasco de tráfico o se impacienta porque la tarea que está realizando no sale todo lo bien que desearía. Son si­tuaciones perfectas para que practique el control de su energía, manteniéndola dentro de su cuerpo e impidien­do que se disipe en situaciones sin importancia. También puede utilizar técnicas, como una respiración profunda o repetir un mantra, para no perder el control en estas si­tuaciones. Concéntrese en lo importante —su salud— y recuerde que, comparado con la recuperación de su sa­lud, todo lo demás resulta insignificante.

 

Sanar no es un proceso encaminado a resolver sus misterios, sino a aprender a vivir con ellos

La vida está llena de misterios. De hecho, la vida mis­ma es un misterio, un viaje plagado de brumas inespera­das y desvíos hacia mágicos jardines que no sabíamos que cultivaban para nosotros. Preguntarse por qué ocurren los acontecimientos dolorosos o maravillosos de nuestra vida es malgastar energía. Nunca sabremos qué elemen­tos participaron en la creación de esos momentos. En len­guaje psicológico —y divino—, esos acontecimientos es­tán «sobredeterminados»: participan tantos factores, incidentes, fuerzas y energías que es imposible determi­nar una causa concreta.

Las enfermedades constituyen uno de los misterios más insondables de la vida. ¿Por qué enfermamos? « ¿Porqué me ha ocurrido a mí? ¿Qué he hecho para merecerlo? ¿Lograré salvarme?» Quizá se pregunte usted si la enfer­medad está relacionada con una experiencia traumática que sufrió en su infancia o a las toxinas que contaminan el me­dio ambiente. No pierda el tiempo haciéndose esas pre­guntas. De momento, concéntrese en recuperar la salud.

Su búsqueda de una razón que explique su enferme­dad o su tragedia, será infructuosa. Consuélese deposi­tando su fe en la guía divina. Quizás el propósito de los mis­terios de nuestra vida sea apartarnos de nuestra dependencia de la razón humana y su limitada capacidad de explicar por qué las cosas son como son, y hacerle aceptar que es la inteligencia divina quien controla nuestra vida. La in­teligencia divina opera de formas que no podemos com­prender, pero sí podemos entender que no podemos con­fiar totalmente en nada más. lenga siempre presente que usted está destinado a vivir un misterio, no a resolverlo. Viva con las preguntas que se plantea, pero no permita que éstas dominen su vida, sus pensamientos o sus actos.

Intente renunciar a sus preguntas y deposítelas en manos de lo Divino. Visualice a Dios, a Buda, a María, a Je­sús o a Tao sacándole las preguntas de su interior, incor­porándolas a su ilimitada energía, alejándolas de usted y de su energía. Siéntase libre de toda preocupación, inun­dado por un suave resplandor curativo que alcanza cada rincón de su cuerpo y de su mente. Dése cuenta de que pue­de ver y sentir esta energía y ese resplandor en cualquier momento, que siempre estará a su disposición.

No siempre es fácil conservar la fe. En cierta ocasión, un sacerdote, un hombre inteligente y bondadoso, me confesó que le resultaba más fácil ofrecer consuelo a las muchas personas por las que se preocupaba que resolver la pugna interna con su fe. Su solución consistía en «re­zar a un Dios en el que no estoy seguro de creer, porque no tengo más remedio». A los parroquianos que acudían a él con una crisis semejante, les daba el mismo consejo. Dios escucha todas las plegarias, al margen de que crea­mos en El o no cuando recemos. El Dios o lo Divino que buscamos desea que conozcamos la angustia de las tinie­blas para que, cuando alcancemos la luz, podamos expli­carles a los demás el verdadero significado de escás pala­bras: «No temáis, pues estaré siempre con vosotros, hasta el fin de los tiempos.»

 

Cultive la gracia

Las enseñanzas de todas las tradiciones espirituales ofrecen esperanza. Al mismo tiempo, nos permiten vis­lumbrar el poder y la compasión de Dios y la dimensión de los milagros. Las verdades universales pueden ayudar­le a contemplar la vida como un río eterno y un poder in­finito.

Cuando tratamos de tocar la energía de lo Divino, as­cendemos simbólicamente a la cima de una montaña, como Abraham cuando llevó a Isaac a la cima del monte Moriah, Moisés en el monte Sinaí, o Jesús durante su Transfiguración en el monte Tabor. El significado sim­bólico de ascender por una montaña es el de emprender un viaje con el fin de contemplar un mundo mayor que no­sotros, ver nías allá de lo eme nunca antes hemos visto. Al llegar a la cima de la montaña, preguntamos: « ¿Puedo re­cibir la plena magnitud del poder que llevo dentro? ¿Po­dré conservar la intensidad de mi concentración y mi vi­sión de la curación una vez que haya abandonado la cima de la montaña, desde la que distingo el paisaje del alma y la eternidad?»

El espíritu necesita alimento para regenerarse, al igual que la mente y el cuerpo. Reúna el valor necesario para ac­tuar inspirándose con las historias de sabiduría de quienes modificaron sus vidas para siempre por medio de la acción, penetrando sin miedo en la noche oscura il el alma. Deléitese con la sabiduría de las tradiciones que no le son fami­liares: lea las leyendas del budismo o explore la cabala; en­treténgase con las parábolas sufí o la poesía de Rumi; estudie los sermones de Buda o las sencillas enseñanzas de Tliich Nhat Hahn; examine los escritos de místicos, desde los Pa­dres Cristianos del Desierto hasta los textos de Upanisad, muchos de los cuales están disponibles.

Estas historias no siempre tienen un sentido lógico; es más, probablemente son más eficaces debido a ello, porque poseen una belleza y un poder interior que tras­ciende el pensamiento racional. Según la tradición bu­dista, Bodhidharma llevó los principios del budismo zen de la India a China. Cuenta la leyenda que se sentó a me­ditar ante un muro y permaneció en esa posición nueve años, negándose a moverse. «No me volveré hasta que aparezca alguien que desee sinceramente aprender mis enseñanzas», dijo. Un día un erudito llamado Hui-K'e se aproximó a Bodhidharma y, lamentándose de que no co­nocía la paz de espíritu, le preguntó cómo podía alcanzarla. El maestro le rechazó respondiendo que esa tarea requería una ardua disciplina y no estaba hecha para los débi­les de carácter. Hui-K'e, que había permanecido de pie en la nieve durante horas, imploró de nuevo a Bodhidhanna que ¡e ayudara y éste volvió a rechazarle. Desesperado, el erudito se cortó la mano izquierda y la arrojó a los pies de Bodhidharma, diciendo: «Si no te vuelves, me cortaré la cabeza.» Bodhidharma contestó: «Tú eres la persona quu estaba esperando», y lo aceptó como alumno.

A medida que usted asimila verdades e historias que alimentan el espíritu, sentirá que en su interior se libera una energía. Es una energía que resuena con la verdatl universal y le guiará hacia la unidad con su mundo. Esta energía sólo puede llamarse «gracia». Es una fuerza vi­bratoria de tal potencia que es capaz de, en un instante, arrancarle de sus presentes circunstancias. Le transmitirá la percepción de que no existe nada que usted no sea ca­paz de afrontar y que todo se resolverá favorablemente, al margen de resultados particulares. El Yehudi, un rabi­no hasídico que murió en el siglo XIX, relató la historia de un ladrón que al hacerse viejo y no poder seguir practicando su «profesión» se moría de hambre. Un hombre rico supo de sus cuitas y le envió comida. Tanto el hombre rico como el ladrón fallecieron el mismo día. En la corte celestial juzgaron en primer lugar al hombre rico, quien fue con­siderado culpable de numerosas faltas y enviado al pur­gatorio. Pero cuando se disponía a entrar en él. apareció un ángel y le llevó de nuevo ante el tribunal, el cual informó al hombre rico que su sentencia había sido revisada. El la­drón a quien él había ayudado en la Tierra había robado la lista de sus pecados.

Por supuesto, la gracia no siempre es una fuerza ob­via. Se presenta de muchas formas, algunas sutiles y mundanas, otras poderosas y transfigura doras. En ocasiones la gracia se manifiesta como sincronía: su energía une a la gente o a los acontecimientos de una forma tranquiliza­dora, eficaz o espectacular cuando más se necesita y menos se espera. En otras, la gracia es la energía que de pron­to nos ilumina, dotándonos de comprensión y permi­tiendo que vislumbremos lo que antes no habíamos per­cibido. La gracia también puede transportarnos a un estado de conciencia alterada en la que nos sentimos llenos de una insólita energía: una combinación indescriptible de amor, esperanza y valor. La gracia, que también es protectora, puede convertirse en un escudo que nos rodea en ciertas situaciones peligrosas: nos permite sobrevivir a un acci­dente de carretera en el que pudimos habernos matado; nos conmina a regresar apresuradamente a casa para des­cubrir que nos habíamos dejado la estufa encendida; nos hace encontrarnos con un «extraño» que nos ofrece ayu­da en el momento que más la necesitamos. La gracia no opera según las leyes del tiempo lineal; por este motivo una enfermedad o una crisis vital que llevaría años curar o re­solver sana en un tiempo extraordinariamente breve.

Si cree usted que los milagros no les ocurren a las per­sonas comunes y corrientes, o que estas historias son exa­geradas, permita que le relate un caso que me ocurrió a mí. Satya Sai Baba es un santo viviente de la India que, según dicen, es capaz, entre muchas otras cosas, de hacer que se materialicen objetos, desde cenizas sagradas hasta piedras preciosas, de forma inesperada y misteriosa. Esta facultad se conoce con el término sánscrito de vibhuti, que signi­fica «revelación»o «poder». Hace unos años, en Findhorn, comprobé que me costaba mantener el equilibrio. La si­tuación empeoró hasta el extremo de que, un día, deses­perada, recé antes de acostarme una oración a Sai Baba: «Necesito vibhuti, urgentemente. Tengo un problema grave.» A la mañana siguiente, recibí un paquete de una persona en Copenhague a la que había conocido hacía cinco años y de quien no había vuelto a tener noticias; el paquete contenía un tubito lleno de cenizas, con una eti­queta que decía: «Para Caroline Myss de Satya Sai Baba.» Dado que el correo desde Dinamarca hasta Escocia suele tardar varios días, la respuesta a mi oración debía estar de camino antes de que yo pronunciara la oración. Yo no sabía qué hacer con las cenizas, de modo que saqué una piz­ca y, como soy ex católica, me la apliqué en la frente. Al cabo de unas horas de haber recibido el vibhuti, recuperé el equilibrio y no he vuelto a tener ese problema. Desde entonces llevo siempre conmigo el tubo de vibbuti.

A menudo la gente me pregunta si creo que la gracia pue­de salvar la vida de una persona. Es imposible demostrarlo, pero yo he llegado a convencerme de ello debido a los nu­merosos relatos de personas que han presenciado la inter­vención de la energía divina en sus vidas. Uno de esos rela­tos se refiere a un hombre llamado Steven. Habí a con traído un caso agudo de urticaria interna y externa debido a una me­dicación que había usado sin saber que era alérgico. La ur­ticaria comenzó como una pequeña irritación cutánea y se extendió por todo su cuerpo. Al cabo de unos días. Steven sospechó que era alérgico a algún producto, pero no se le ocu­rrió pensar que fuera la medicación. Revisó la comida, el ja­bón que utilizaba y los tejidos desús prendas. Mientras la urticaria seguía extendiéndose por su cuerpo, Steven desarrolló otros síntomas. Cada noche le subía la fiebre y, durante el día, se sentía muy débil. Estaba hinchado, debido a la re­tención de líquidos. Unos días más tarde la fiebre persistía y Steven se sentía tan postrado que no podía caminar. Los pies se le hincharon hasta el punto de no poder calzarse.

Una mañana, durante la fase más aguda de su dolen­cia, Steven oyó una voz, que le despertó y le dijo que acu­diera al hospital porque se moría. Luego la voz le dijo que respirara lenta y profundamente, llenándose los pulmo­nes de aire. Steven visualizó ¡a imagen de un maestro de yoga dirigiéndole durante un ejercicio. Steven era cristiano, y aunque sabía lo que era el yoga, nunca había aprendido ni practicado esa disciplina. Llamó a un amigo y le pidió que lo llevara al hospital de inmediato. Durante el cami­no, Steven siguió respirando como le había ordenado la voz y cada vez que cerraba los ojos visualizaba al maestro de yoga.

Steven llegó al hospital semiconsciente. Lo traslada­ron a la sala de urgencias, donde le administraron una in­yección de esferoides. El médico le dijo que había contraído un caso casi terminal de urticaria interna y externa, y que todos los órganos de su cuerpo y la piel estaban hincha­dos. También \n informó de que si no hubiera acudido al hospital, a las pocas horas probablemente habría muerto.

—Yo nunca me había interesado por el yoga, ni por ninguna enseñanza o práctica de la tradición hindú —me explicó Steven posteriormente—. Yo creía que el yoga era un ejercicio físico, no una práctica espiritual. Y jamás pen­sé que la respiración fuera otra cosa que un medio para man­tenernos vivos. Ahora practico el yoga de forma regular, aunque ya no veo al maestro cuando cierro los ojos. Ten­go un maestro «normal», pero todos los días me pregun­to: « ¿Por qué vi a un yoghi? Yo ni siquiera creía en esa tra­dición. ¿Cómo es posible? Jamás olvidaré esa experiencia. Cambió mi vida, más que esto, me la salvó.»

Comprendo que muchas personas se muestren un tanto escépticas ante historias como la de Steven; duran­te un tiempo ni yo misma las creía. Pero me han ocurri­do tantas cosas inexplicables, que mi escepticismo se ha des­vanecido. Uno de los hechos más inverosímiles tuvo como protagonista a una mujer llamada Jenny, déla que yo era amiga desde la escuela. Jenny mantenía una relación tor­mentosa con Mark, un hombre paranoico y peligroso que a la menor contrariedad se ponía a gritar como un pose­so. Era guardia en una prisión local y tenía varias armas de fuego en casa. Aunque nunca llegó a amenazar a Jenny con una pistola, cada vez que estallaba una pelea entre ellos Mark miraba fijamente su colección de armas. Por fin, Jenny decidió romper con él, pero le aterrorizaba tan­to la reacción de Mark que no fue capaz de llevar a cabo su propósito.

Cuando Jenny me invitó a su casa para que conocie­ra a Mark, yo no sabía nada de él, sólo que vivía con ella. Casi desde el momento en que llegué, Mark y yo sentimos una profunda antipatía mutua. Al principio, me lo tomé con sentido del humor, pues jamás me había encontrado con una reacción tan hostil por parte de alguien que no co­nocía. Jenny había invitado también a otra amiga suya, una mujer llamada Barbara, que era policía. Barbara y yo hicimos muy buenas migas, y al despedirme de ella le pedí su dirección y número de teléfono, aunque no tenía una idea concreta de ponerme en contacto con ella. Al mar­charme, abracé a Jenny y le murmuré al oído:

—Las dos debemos rezar para alejarte de este tipo.

Mark me dio la impresión de ser un individuo tan per­turbado que a los pocos días llamé a Jenny y para rogarle que le dejara. De paso, le dije que había cumplido mi prome­sa de rezar por ella, y que estaba convencida de que reci­biría la «gracia» necesaria para romper con Mark. Al cabo de cinco días, cuando me disponía a acostarme, tuve una intensa imagen visual de Jenny, muerta de un disparo. Le telefoneé de inmediato y cuando Jenny atendió la llama­da oí al fondo la voz de Mark gritando desaforadamen­te e insistiendo en que colgara el teléfono. Antes de colgar, Jenny consiguió decir; «Ayúdame.»

Yo saqué enseguida el número de teléfono de Barba­ra y la llamé. Barbara transmitió una llamada de emer­gencia a sus compañeros policías y juntos fueron a casa de Jenny. Al llamar a la puerta y comprobar que nadie abría, la derribaron. Encentaron a Jenny en un rincón, pertre­chada detrás de una silla. Mark empuñaba una pistola y amenazaba con matarla. Por fortuna, los policías lograron reducir a Mark, que fue arrestado y encarcelado. Jenny recogió sus cosas y se instaló unos días en mi casa. Al cabo de un tiempo, conoció a otra persona con quien compar­te una relación de amor y respeto.

 

Podría decirse que los detalles de esta experiencia —el momento en que conocí a Mark, mi afán de obtener el número de teléfono de Barbara y la promesa que hice a Jenny de rezar para que recibiera la gracia necesaria a fin de resolver esa situación—son meras coincidencias. ¿Pero cuáles son los ingredientes de una coincidencia? Perso­nalmente creo que detrás de esta historia está la energía de la gracia, en particular por el hecho de que aquella no­che visualicé la imagen de mi querida amiga asesinada de un disparo. En aquel instante, recibí instrucciones de sal­var a Jenny, y ahora puedo afirmar que conozco la sensa­ción y el poder de la energía de la gracia.

La gracia también puede considerarse como una ener­gía que nos envuelve como una suave manta cuando nece­sitamos consuelo, y nos infunde la sensación de que sean cua­les fueren los obstáculos que las rodean, éstos desaparecerán en el momento preciso. La gracia es una fuerza irrazona­ble; no tiene en cuenta lo que nosotros consideramos difi­cultades. Tiene el poder de transportarnos más allá de nues­tras facultades y ofrecernos apoyo en el momento en que lo precisamos. Cuando se produzcan esos momentos, pre­gúntese, mientras da gracias por lo que ha recibido, si el poder que propicia la aparición de las personas idóneas o las fuerzas idóneas es la energía de la gracia. Yo creo que sí.

Cada situación en su vida ha sido creada con la ener­gía de la gracia. Preste atención, no sólo a los momentos extraordinarios sino también a los ordinarios, y reconoz­ca que detrás de esos acontecimientos se encuentra la ener­gía divina. A menudo nos resulta tan difícil tener fe en lo que experimentamos como creer en una fuerza invisible.

Utilice imágenes sagradas

Varios alumnos me han dicho que aprender a visua­lizar la estructura interna de sus cuerpos físicos no les re­sultaba tan difícil como aprender a visualizar sus cuerpos energéticos. Si usted utiliza las imágenes sagradas de los chakras, el Árbol de la Vida, y los siete sacramentos, sus visualizaciones de energía espiritual le parecerán más tan­gibles y eficaces. Debido a que el proceso de visualizarlos chakras es muy complejo y valioso, he dedicado los capí­tulos 7 y 8 a los chakras, y a la conexión entre ellos y los sacramentos cristianos.

Pero existen muchas formas de utilizar imágenes sa­gradas. Un alcohólico en vías de recuperación llamado Gary vino a verme para confesarme que había vuelto a beber. Era conductor de camiones y, pese a las muchas horas que pasaba al volante, disponía de tiempo suficien­te para irse de copas. «No dejan de crucificarme», se la­mentó, mientras me explicaba que las críticas de los de­más por adicción a la bebida le llevaban a beber más. Se me ocurrió proponerle que utilizara unas imágenes sa­gradas. Le pregunté si se identificaba con la crucifixión, pero él insistió en que era simplemente una forma de ex­presarse. Yo le comenté el significado arquetípico de la crucifixión: chivo expiatorio de los pecados de los demás, como sin duda se consideraba él. Luego le pedí que ima­ginara la cruz con los chakras dispuestos de arriba abajo sobre el madero vertical, y le expliqué que se podía comba­tir su adicción abandonando la cruz y dejando que cruci­ficaran a su alcoholismo en lugar de a él.

Gary respondió a mis propuestas de forma muy po­sitiva. No sólo visualizó la cruz con los chakras, sino que en un crucifijo dibujó siete marcas que representaban los chakras. Llevaba el crucifijo debajo de la ropa, pero a ve­ces lo sacaba y tocaba, por ejemplo, el primer chakra al mis­mo tiempo que decía: «Ésta es la energía del primer cha­kra. Deseo renovar mi vida. Quiero volverme a bautizar y deshacerme del poder del alcohol.» Cuando tocaba el segundo chakra, se imaginaba comulgando con Dios y aceptando su gracia para abandonar la cruz. En términos del Árbol de la Vida, Gary consideraba la comunión como el elemento que le devolvía el poder masculino y la sen­sación de virilidad que había perdido debido a su adicción a la bebida.

Gary necesitaba un objeto físico que pudiera tocar, la visualización no habría bastado. Cada vez que se sentía tentado de tomarse una copa, sostenía el crucifijo en sus manos y rezaba para que le diera fuerzas.

Tanto si usted utiliza la visualización u objetos tangi­bles, las imágenes sagradas constituyen una forma de sen­tirse vinculado al cielo. La historia de la espiritualidad hu­mana está repleta de imágenes de lo Divino y numerosos santos, ángeles y espíritus. Muchos católicos creen que san Judas es el santo patrón de «los imposibles y le re­zan cuando atraviesan circunstancias críticas, como una en­fermedad física aparentemente incurable. Los milagros atribuidos a la fe en un santo no son simples leyendas po­pulares; muchos han sido confirmados por los doctores de la Iglesia más escépticos.

Debemos considerar las imágenes sagradas como un medio por el cual nuestros cinco sentidos establecen un vínculo tangible con lo Divino. El ver o visualizar cons­tituye una necesidad humana básica, puesto que nos re­sulta difícil tomar conciencia de algo que no percibimos. Esa conexión física no es tanto una cuestión de fe sino un modo de sentir un vínculo íntimo con Dios. Muchos bu­distas, que no creen en un Ser Supremo como tal, vene­ran imágenes no sólo de Buda sino de centenares de bodhisattvas celestiales y terrenales, y de espíritus femeninos llamados dakinis. Los judíos y los musulmanes, cuya reli­gión les prohíbe utilizar imágenes de Dios, utilizan re­presentaciones caligráficas de sílabas sagradas y testos para estimular su devoción. Dada la inmensidad del uni­verso, usted puede obtener un gran consuelo de ese vín­culo personal con Dios, que le recuerda que cada oración es atendida y cada pensamiento registrado.

Si usted tiene una imagen favorita de Dios, un santo personal o un maestro espiritual a quien reverencia, como Ramana MaharsM, Peina Chodron o el Dalai Lama, llé­vela siempre consigo. Aunque no puede transportar su al­tar o espacio sagrado, puede portar una pequeña imagen que le recuerde que jamás está solo. Necesitamos ese ni­vel de consuelo y confianza, no sólo para sanar el cuerpo sino para conservar mies tro autodominio cuando tema­mos ser presa de los temores y las angustias de la vida co­tí diana.

Aprenda algo nuevo cada día

Existe un gran poder en aprender algo nuevo cada día. Aprender activa la pasión, y la pasión es poder; de he­cho, la pasión es una cié las formas más potentes de ener­gía que podemos generar dentro de nuestro cuerpo. La pa­sión nos conecta con la vida, nos da un motivo para aguardar el mañana con entusiasmo.

Un amigo mío se aficionó a la cocina cuando tuvo que seguir una dieta especial. Asimismo, cocinar le proporcio­naba una razón para invitar ¡i sus amigos y familiares a co­mer en su casa periódicamente. Estos acudían para ver cómo mi amigo celebraba la vida que creaba en su cocina, y él utilizaba el tiempo de «creación» que dedicaba a preparar sus platos como una metáfora sanadora para su cuerpo. Una mu­jer que yo conocía se apasionó por la jardinería porque le encantaba cultivar plantas que le proporcionaban alimen­to y flores que llenaba su casa de gratas fragancias.

Al igual que la meditación, desarrollar y practicar una pasión constituye en sí misma una recompensa, aparte de los numerosos y valiosos «efectos secundarios»- Ni si­quiera imaginamos dónde pueden llevarnos nuestras pa­siones ni qué beneficios puede reportarnos seguir el im­pulso de nuestro corazón y nuestros deseos. En un libro titulado Jvurney, Robert y Suzanne Massie relatan la historia de cómo criaron a su hijo Eobby, que padecía he­mofilia. Los Massie, una pareja joven, tuvieron que ins­truirse ellos mismos y a su hijo sobre la hemofilia, y con­cienciar a sus, familiar es, a los maestros del niño e incluso a profesionales sanitarios acerca de esta enfermedad. Los Massie relatan sin ambages los esfuerzos que realizaron para ofrecer a su hijo los mejores cuidados desde finales de los años cincuenta hasta principio de los setenta, cuan­do la medicina moderna comenzaba a comprender cómo tratar las severas, dolorosas y peligrosas hemorragias que se producen en el interior de las articulaciones y los mús­culos de un hemofílico.

Durante su infancia, Bobby no pudo jugar ni partici­par en las actividades infantiles habituales porque no po­día correr el riesgo de herirse. Con frecuencia los médi­cos tuvieron que enyesarle las piernas o los brazos a causa de las hemorragias, lo cual representaba otro obstáculo para que Bobby se relacionara normalmente con otros niños. En ocasiones no asistía a la escuela durante semanas por­que sus hemorragias requerían cuidados especiales, y esto le hacía sentirse aislado. La situación generaba una gran tensión no sólo a él, sino también a sus padres y sus her­manos.

Suzanne describe el dolor que sentía al asistir al cons­tante tormento de Bobby como un dolor casi insoporta­ble, que la condujo a una crisis espiritual. Suzanne relata la noche oscura del alma durante la cual rezó a Dios pi­diéndole ayuda y fuerza para hacer frente a los sufrimientos de Bobby. Al cabo de un tiempo, gracias a la oración y a su empeño en seguir adelante, Suzanne adquirió renova­das fuerzas y aprendí ó a tener paciencia ante la situación que el destino les había deparado a ella, a Bobby y al res­to de la familia. Es una historia de admirable compasión, extraordinaria percepción y profundo crecimiento espi­ritual.

Un día, una de las rodillas de Bobby se hinchó mucho a causa de una hemorragia en el interior de la articula­ción. El dolor era tan intenso que el niño comenzó a de­lirar. Bobby no soportaba siquiera el peso de una sábana sobre su pierna y mucho menos que le tocaran. Suzanne permaneció en vela junto al lecho de su hijo tres días y tres noches, durante los cuales la hemorragia no cesó. En la tercera noche de aquel angustioso episodio, Suzanne, pese a estar agotada, sintió un impulso urgente de probar algo nuevo. Decidió seguir su impulso y convenció a Bobby de que se colocara en una postura que, de alguna manera ella sabía, le aliviaría el espantoso dolor. Después de ayu­darle a moverse, Suzanne colocó unos cojines alrededor de su pierna y le distrajo hablándole sobre el reciente via­je espacial a la luna. De este modo, madre e hijo lograron romper durante unos minutos el total dominio que el do­lor ejercía sobre Bobby.

Mientras Suzanne trataba de preparar a Bobby para que conciliara el sueño, rezó a Dios para que la ayudara. De pronto sintió como si una fuerza divina le ordenara que apoyara la mano en la rodilla de Bobby. Suzanne se resis­tió durante unos instantes, temiendo causar un mayor daño a Bobby, pero percibió de nuevo la orden de apoyar la mano en la rodilla de su hijo. Poco a poco, Suzanne acercó la mano a la rodilla y la coco durante unos segun­dos. Bobby se relajó y se quedó dormido, y Suzanne ex­perimentó una grata sensación de paz, convencida de que aquel terrible episodio había concluido.

Con el fin de paliarla angustia que le producía el cons­tante sufrimiento físico y emocional de su hijo, Suzanne decidió hacer algo que la distrajera; un ejercicio o una dis­ciplina mental que la mantuviera ocupada en otro tema. En su libro, relata que una voz ulterior le indicó que es­tudiara ruso, dada su pasión por la música y los bailes ru­sos. Mientras aprendía esa lengua, Suzanne se dedicó a estudiar la historia rusa y leyó numerosos artículos sobre los Romanov, la última familia real que gobernó Rusia antes de la revolución de 1917. Los Rotnanov tuvieron cin­co hijos, uno de los cuales, un varón llamado Alexis, era hemofílico, aunque su condición era menos severa que la de Bobby. Robert Massie, que en aquella época ejercía el periodismo, se sintió tan fascinado por los Romanov que escribió un artículo sobre el zarevich Alexis, Dado el in­terés que le inspiraban la historia rusa y los Romanov, Suzanne le aconsejó que escribiera un libro sobre el tema.

A medida que transcurrieron los años, Bobby aprendió a valerse por sí mismo y a hacer frente a su enfermedad de forma positiva. En una sección de Journey, escribe que aprendió mucho sobre sí mismo a través de su enfermedad. El afán de los Massie por informarse de todo lo relativo a la hemofilia propició su pasión por la historia y la cultura rusas, y llevó a Robert a investigar la historia de los Roma­nov y a escribir el bestseller Nicolás y Alejandra, con la va­liosa colaboración de su esposa Suzanne. Robert afirma que Suzanne y el estaban convencidos de que, como padres de un hemofílico, estaban predestinados a escribir un libro es­pecial, cuyo éxito resolvió los apuros económicos de la fa­milia. Gracias a su empeño en afrontar de modo positivo la enfermedad de Bobby, los Massie descubrieron sus dores como escritores, que a su vez se convirtieron en su regalo al mundo.

Recuerde, lo importante es cultivar una pasión, la que sea. Búsquela. Póngala en práctica.

 

Cree un nuevo vocabulario

Ya he comentado el peligro de vivir sumido en lo que yo denomino herida logia. Aunque es normal que desee ex­presar a otros el dolor y el temor que una enfermedad le provoca, evite caer en la tentación de hablar constante­mente de su sufrimiento.

A tal fin, le recomiendo crear un nuevo vocabulario que describa su condición en términos optimistas, sana­dores o espirituales. Por ejemplo, puede referirse a su en­fermedad como «un viaje espiritual hacia una parte des­conocida de mi mismo». Una mujer que conocí se refería a sil enfermedad como «una amiga que ha venido a ense­ñarme grandes verdades». Calificar de «amiga» a su en­fermedad contribuyó a reducir sus temores, pues jamás ha­bía tenido un amigo que le inspirara temor. Esta mujer asociaba a sus amigos con el amor, la alegría y la lealtad, y al considerar su dolencia como a una amiga, tenía la sen­sación de comunicarse con ella, listaba convencida de que su enfermedad la abandonaría cuando se hubiera cumpli­do el tiempo que debían permanecer juntas, y así fue. Cuando se curó, esta mujer organizó un rito de despedi­da para su amiga, un excelente antídoto a la tentación de caer en la herida logia, que recomiendo con entusiasmo.

El propósito de crear un vocabulario positivo para describir su situación es ayudarle a «superar su enferme­dad». Es preciso que se sienta más grande y más podero­so que la enfermedad de su cuerpo. Recuérdese constan­temente que cuenta con numerosos y valiosos elementos sanadores dentro, en su interior: amor, esperanza, fe. To­dos ellos son unos potentes aliados.

Escriba sobre su vida como si se tratara de un viaje, en una historia titulada «Mi biografía se convierte en mi bio­logía». Relate las maravillosas experiencias que ha vivido. No busque sólo los momentos de tristeza que puedan ha­ber contribuido a desencadenar su enfermedad o crisis vi­tal. Los momentos positivos potencian su salud, de modo que le conviene utilizarlos. Escriba sobre las relaciones pasadas y presentes que le produjeron una intensa satis­facción. Evoque ¡as épocas divertidas. Recréese recor­dando los momentos que le hicieron sentirse enamorado de la vida y agradecido de estar vivo.

Pida a sus amigos y allegados que le ayuden a crear un vocabulario positivo para describir lo que está experimentando. Un hombre describió su viaje cotidiano como «entrar en el pozo». Observe que ese hombre había esta­blecido cierta distancia utilizando la palabra <sel» en lugar de «mi» al referirse al pozo. Esa frase contenía para él un doble significado: el pozo representaba su pugna cotidia­na por descifrar sus emociones y a la vez le recordaba que debía concentrar toda su energía en recuperar la salud. Otros escriben versos poéticos que repiten varias ve­ces al día. Algunos incluso escriben versos dedicados a sus obras musicales preferidas. Lo importante es que usted ha­lle las palabras que le ayuden a distanciarse de su enferme­dad y le infundan poder. Recuerde que debe considerarse más grande que su enfermedad y hacerse más grande que la experiencia de la enfermedad. Considere su enfermedad en términos de una o dos palabras a lo sumo y luego ima­gine que usted es el editor de su enfermedad, capacitado para reescribir o borrar esas palabras de su mente, su corazón y su espíritu.

Revise a diario dónde ha conectado sus circuitos

Adopte la costumbre cotidiana de tomar nota de dón­de ha invertido su energía. Preste atención a cualquier sensación que le indique que su cuerpo está perdiendo energía, y analice los motivos. SÍ su energía se dirige ha­cia un objetivo que consume los recursos energéticos de su cuerpo, procure reorientarla hacia objetivos más posi­tivos. Preste atención y aprenda a sentir el flujo de ener­gía que entra y sale de su cuerpo. Ya conoce la sensación de una merma de energía cuando está furioso o atemori­zado, la sensación de debilidad que experimenta en el acto. Algunas personas experimentan un intenso dolor de ca­beza o de espalda. Interprete cualquier síntoma físico como una señal de que está perdiendo energía.

Como medida preventiva, dirija a diario sus circuitos de energía hacia objetivos positivos que le ayuden a sen­tirse rebosante de poder y de luz. Una persona que conozco visualiza sus circuitos conectados a las efigies de Jesús y de María que se hallan en la iglesia a la que asiste. «Conec­tarse» con esas imágenes cada mañana y cada noche le hace sentirse conscientemente vinculada a la energía di­vina. Otras personas visualizan sus circuitos energéticos conectados con el poder del Sol y otros sistemas de la na­turaleza que emanan una fuerza vi tal infinita y que repre­sentan el apoyo constante que nos brinda la naturaleza.

Otro sistema eficaz para conectar o desconectar sus circuitos es utilizar la respiración. Cuando inspire aire, imagine que está recuperando la energía que le ha arre­batado algún elemento perjudicial. Conecte su energía al inhalar, aspirando su propia energía y poder. Cuando se disponga a exhalar el aire, visualice un símbolo de fuerza y poder. Concéntrese en el símbolo, exhale el aire y libe­re su energía con estas palabras: «Formo parte de la ener­gía de este símbolo de fuerza y poder. Ruego que esta energía penetre constantemente en mi organismo.» Cuan­do se haya conectado con un símbolo que para usted re­presente poder, la energía penetrará continuamente en su cuerpo.

Practique la gratitud siempre que se sienta abrumado

Es fácil sentirse confundido por la gran cantidad de sugerencias para su curación que se le ofrecen. Cuando haya realizado sus prácticas de meditación, sus tratamientos terapéuticos y sus ejercicios cotidianos, quizá tenga la sen­sación de haberse quedado sin energía y sin luz diurna. Lo cierto es que no resulta tan agobiante como parece.

Las actitudes positivas, junto con las Tres Columnas de Percepción, acaban convirtiéndose en una costumbre, en lugar de ser un esfuerzo. Seguir una dieta adecuada no significa que no coma varias veces al día, la única dife­rencia estriba en lo que ingiere. Llevar un di ario puede re­presentar un nuevo ejercicio en si¡ vida, de modo que es­criba en él una vez a la semana, o más a menudo si disfruta con ello. Ante todo, procure no dejarse atemorizar por su enfermedad y halle nuevos métodos destinados a mante­ner una actitud positiva.

Pocas prácticas son tan relajantes para nuestro espí­ritu como la gratitud. El sentirse agradecido por todo lo que la vida nos ha dado y sigue dándonos hace sentirnos renovados. Convierta la gratitud en una práctica regular. No busque una sola e importante razón para sentirse agra­decido. Aprenda a contemplar su vida a través de un tele­objetivo que le permita observar todos los detalles.

Por último, en su esfuerzo por apreciar todo cuanto contiene su vida, incluyase a sí mismo. Regálese tiempo; tiempo para conocerse mejor y tiempo para amar y esti­mar a quienes forman parte de su vida. Concédase algu­nos caprichos que siempre deseó pero nunca se concedió. Explore nuevos Territorios.

Sin duda, el proceso de curación es un viaje solita­rio. Pocos de los obstáculos con que se topará en el cami­no atentarán contra su vida, pero una enfermedad puede ser mortal. Las experiencias psicológicas y espiritualmente devastadoras, como la pérdida de un hijo o un divorcio do­loroso, pueden ser tan peligrosas como una enfermedad; en algunos casos, la angustia que generan puede desembocar en graves trastornos físicos e incluso en el suicidio. Dedíquese con constancia a la labor de recuperar su salud men­tal y física. No deje que las limitaciones que experimenta hoy influyan en lo que pueda conseguir mañana.

Todo es posible, y el cielo siempre escucha.

 

 

 

 

 

 

 

7 Visualizar los chakras

 

Como hemos visto, el cuerpo físico posee siete niveles de poder interior. Cada nivel de poder no sólo correspon­de a un sistema físico dentro del cuerpo sino que también está relacionado con cuestiones externas e internas que for­man parte de nuestra vida. Este concepto del cuerpo es muy antiguo. Las enseñanzas y escrituras de las tradiciones es­pirituales budistas, hindúes, hebreas y cristianas hacen re­ferencia a los siete niveles sagrados de poder que contienen y administran la fuerza vital que fluye a través del cuerpo. El simbolismo de ios chakras, el Árbol de la Vida de la ca­bala judíay los siete sacramentos cristianos representan un mapa interior, un proceso de maduración espiritual que puede conducirnos de la mente inconsciente a la consciente, y de ahí a la mente superconsciente.

Los siete niveles de nuestro cuerpo energético regis­tran hasta los detalles más nimios de nuestra vida y de la forma en que distribuimos nuestra fuerza vital. Este archivo íntimo nos ayuda a investigar nuestra energía vital de for­ma consciente, a utilizarla de modo que alimente el espí­ritu en lugar de debilitarlo. Evolucionamos espiritual-mente aprendiendo las lecciones de cada nivel de poder y desarrollando unas cualidades cada vez más perfecciona­das de autoconocimiento y discernimiento.

Un buen sistema para familiarizarse con esos siete ni­veles de poder es visualizar activamente la energía que contiene cada uno de los chakras. Las visualiza dones in­dicadas en este capítulo le ayudarán a conectar con sus siete centros de poder y harán que esas energías le resul­ten más reales y útiles. No sólo utilizaron las imágenes orientales de los chakras, sino las imágenes occidentales de los sacramentos cristianos y los sefirot del Árbol de la Vida de la tradición cabalística judía. Es aconsejable que visualice los chakras, los sacramentos y los sefirot actuando de forma conjunta para crear la energía de un Riego sanador.

En todas las tradiciones espirituales, el fuego consti­tuye una fuerza que purifica el cuerpo. Quema las enfer­medades, la corrupción y las influencias negativas. Al uti­lizar la imagen del fuego sanador y las i imágenes que usted mismo conciba, logrará catalizar la sanación a todos los ni­veles de su ser: físico, emocional y espiritual.

Cuando visualice la unión de los chakras, los sacra­mentos y el Árbol de la Vida, tenga presente que no siem­pre obtendrá unas imágenes nítidas, en ocasiones no verá ninguna imagen. A veces sus visualizaciones le parecerán borrosas o huidizas. No se desanime: el elemento más im­portante de esta labor es realizarla de forma disciplinada e incorporar a esa disciplina una fe y una confianza au­ténticamente eficaces. Trate de dar forma a lo invisible, y confíe en que el mundo invisible actúa conjuntamente con el mundo físico. Al convertir la práctica de visualizar en un ejercicio natural y habitual de su conciencia psí­quica, permitirá que el fuego sanador actúe dentro de su cuerpo aunque usted no se percate de ello. Una vez en­cendido, ese fuego pasará a formar parte de su incons­ciente. Emergerá en sus sueños e intuiciones y le infun­dirá poder vital.

Le recomiendo que grabe en un magnetófono las vi­sualizaciones indicadas después del comentario de cada chackra. Luego puede poner la cinta y seguir las visualizacio­nes con los ojos cerrados, sin dejar de concentrarse en sus energías internas.

 

EL PRIMER CHAKRA

El primer chackra es el centro tribal de nuestro cuer­po. Según la tradición hindú, se llama Muladhara, que en sánscrito significa «soporte fundamental o de raíz». El bu­dismo reconoce este centro como el punto de conexión con la tierra. A través de este chackra, situado en la base de la columna vertebral, fluyen las raíces del Árbol de la Vida cabalístico, que en hebreo se denomina Shekhinah. Y se­gún la tradición cristiana, este centro está representado simbólicamente por el sacramento del bautismo. Aunque cada una de esas tradiciones utiliza distintas palabras para referirse al poder de este centro, todas se refieren a la mis­ma calidad de energía, considerada femenina, que simbo­liza la tierra. Si es usted capaz de imaginar las diversas for­mas de describir esta energía como una sola fuerza unida, empezará a comprenderla naturaleza del poder del primer chakra.

La energía de nuestro primer chakra nos proporcio­na estabilidad, nos ayuda a sentir que formamos parte del vasto universo de 1 a vida pero que a la vez nos hallamos in­disolublemente conectados a su dimensión física. Como esta energía está directamente enraizada en la vida física, ya que alimenta y es alimentada por esa conexión, se con­sidera una fuerza femenina. Podemos interpretar esta fuerza como nuestro vínculo con la energía de la propia tierra. Como seres energéticos, es esencial para nuestra sa­lud que mantengamos una conexión fuerte y positiva con la energía de este chakra. Nuestro cuerpo físico produce corrientes eléctricas que nos conectan con los sistemas de la vida física de la tierra y por medio de los cuales prospe­ramos.

Cuando no reconocemos esta conexión o cuando no la respetamos, experimentamos el lado oscuro del primer chakra. Perdemos estabilidad, nos resulta difícil manifes­tarnos en el mundo físico, no conseguimos que las cosas se resuelvan como deseamos, nuestros esfuerzos creativos se ven bloqueados y frustrados. Toda forma de vida re­quiere mantener una conexión con el campo magnético de la tierra. Si obstaculizamos nuestras conexiones vita­les impedimos que fluya a través de nuestros sistemas la energía necesaria para desarrollar una vida plena y eficaz, para realizar actos de conexión física y creación.

Otro aspecto del lado oscuro del primer chakra es la incapacidad de hallar un lugar en la tierra en el que nos sin­tamos «en casa». Las personas que no tienen una cone­xión consciente con el primer chakra a menudo encuen­tran que visitan hermosos lugares, pero ninguno les atrae lo suficiente para hacerles desear establecerse en él. Ansiasn hallar un lugar donde residir y una comunidad a la que pertenecer; aunque acaben afincándose en un determi­nado lugar, siempre tienen la sensación de que su cone­xión con ese lugar es incompleta.

Asimismo, una enfermedad produce, con frecuencia, la sensación de que perdemos contacto con nuestro mun­do físico, que nos hemos distanciado de la parte más ínti­ma de nuestra vida personal. Desde el punto de vista de la medicina energética, esa sensación representa una des­conexión de la energía de las raíces de la vida, o el primer chakra. Esta desconexión provoca una percepción im­precisa del mundo que nos rodea. La pasión que usted siente por las alegrías de su medio físico disminuye. Qui­zá se sienta aislado y perdido. Pero si se concentra en la energía de su chakra fundamental, logrará reconectarse con su energía y hacer que ésta fluya de nuevo hacia su vida.

El primer chakra: encender el fuego

 

Concéntrese en Shekhinah —la energía creativa feme­nina de su vida—y Muladhara, la raíz de su vida. Visuali­ce lo que son esas raíces; vea lo que le anima, en qué se ha lian plantadas sus raíces; qué le proporciona alimento. Vi­sualice sus circuitos de energía tomando contacto con todo lo que le es importante y valioso en su medio físico: su casa o lugar de residencia, su pareja, sus amigos, sus pa­rientes, su trabajo, sus posesiones y pasatiempos favoritos. Sienta esa conexión con todos sus sentidos, dirija su ener­gía fuera de su organismo y conéctela a todo cuanto usted tiene en su mente y en su corazón, y recárguela con este contacto. Sienta cómo le invade el poder de esas fuerzas positivas, esos tesoros energéticos.

Ahora concentre su atención en el significado sim­bólico del sacramento del bautismo: la celebración de aceptar con gratitud cada aspecto de su vida y a codos los seres que forman parte de ella. Imagínese como si hubie­ra renacido. Sienta la fuerza vital retornando a usted mien­tras repite: «Estoy conectado con todo cuanto constitu­ye mi vida. Me invade la energía de la gratitud, y dejo que esa energía fluya con toda su fuerza a través de mi cuerpo físico y espiritual.»

EL SEGUNDO CHAKKA

Su segundo chakra o centro energético se llama Svadisthana, que significa «su morada especial (femenina)» en la tradición hindú, y Yésod en la tradición hebrea. Se­gún la tradición cristiana, representa el sacramento de la eucaristía. En la tradición cabalística, este centro se con­sidera masculino y simboliza la energía física esencial para la creación. Pero también puede ser femenina puesto que constituye el centro de la creación de la vicia; ambas ener­gías, la masculina y la femenina, son imprescindibles para la creación de la vida física. Nosotros damos y recibimos la fuerza vital tangible del segundo chakra a través de la sexualidad. Este centro está localizado en las zonas sexua­les del cuerpo.

Al igual que el primer chafara, este centro de energía constituye un bastión magnético. Sin embargo, en lugar de mantenernos arraigados a nuestra tribu, sirve para generar atracción entre nosotros y los demás. Nos relacionamos di­rectamente con esta energía al encontrar amigos, compañeros sentimentales y también adversarios. El segundo chakra constituye el centro de nuestra naturaleza instintiva. Acti­va nuestro deseo sexual, nos previene sobre peligros que no percibimos físicamente y, en caso necesario, nos propor­ciona una fuerza física que supera la habitual. Por estos mo­tivos, el segundo chakra podría considerarse como nuestro centro de supervivencia. Genera vida física y la protege.

El lado oscuro del segundo chakra se desarrolla cuan­do nos invaden sentimientos de agresividad, hostilidad, venganza o avaricia; o cuando insistimos continuamente en el recuerdo de una traición, violencia física o abuso se­xual. Este estado anímico produce varias disfunciones, en­tre ellas la impotencia, tanto la sexual como la incapacidad de generar el magnetismo de creatividad necesario en nues­tras relaciones personales. No podemos mantener un vín­culo vibrante con las personas a las que nos une una rela­ción personal, porque perdemos energía a más velocidad que la recuperamos a causa de nuestra obsesión con pensa­mientos negativos.

El segundo chakra: encender el fuego

Concéntrese en primer lugar en la energía de Yésod, en su propia fuerza creativa. Despierte en su mente, corazón y espíritu imágenes de lo que ha creado en su vida, y, a continuación, genere imágenes de lo que desea crear. Vi­sualice los circuitos de su energía fluyendo desde su se­gundo chakra hacia las imágenes de todo cuanto desea crear, contemple cómo emana la vida desde su cuerpo ener­gético y luego concéntrese en la naturaleza de Svadisthana.

Mientras realiza esta visualización, repita la frase: «Soy un recipiente de creación. Estoy magnéticamente vivo, y soy capaz cíe crear vida.»

Ahora concéntrese en el sacramento de la eucaristía, que representa su vínculo con las numerosas relaciones de su vida. La eucaristía simboliza la realización de que cada persona en su vida, al margen de la calidad de la relación que mantenga con ella, desempeña un papel ordenado por lo Divino. Centre su atención en las relaciones que usted considera negativas, e imagínese desconectando sus cir­cuitos energéticos de estas relaciones. No permita que su incapacidad de comprender cómo esa persona pudo haber aportado algo positivo a su vida le disuada de su empeño; trabaje en ello por difícil que le resulte, hasta conseguir ha­cerlo con facilidad y sincera gratitud. Diga a cada persona que se siente agradecido por el papel que ha desempeña­do en su vida y usted en I a suya. Luego sienta o imagine sus circuitos energéticos regresando a su ser y sellando su se­gundo chakra, para impedir que se disipe más energía.

Cuando haya completado esa parte del ejercicio, cen­tre su atención en las relaciones positivas de su vida, dejan­do que el amor llene su segundo chakra con una brillante luz. Dirija sus circuitos energéticos hacia esas personas, enviándoles su amor e imaginando una unión entre usted y ellas. De nuevo, repita la frase; «Soy un recipiente de creación. Estoy magnéticamente vivo, y soy capaz de crear vida.» Este es el profundo significado simbólico del sacramento de la eucaristía.

El, TERCER CHAKRA

Según la tradición hebrea, el tercer centro de energía contiene dos fuerzas esenciales para nuestro espíritu: Hod, que representa integridad y majestad, y Nétzaj, símbolo de la capacidad de resistencia. Según la tradición hindú, esta energía se presenta como Manipura, que significa «ciudad de la Joya resplandeciente», y según la tradición cristiana está relacionado con el sacramento de la confir­mación. Todas estas descripciones aluden a unos poderes espirituales esenciales: la autoestima, el respeto por uno mismo y la integridad.

El respeto por uno mismo es necesario para sanar. Su falta, o un carácter deshonesto, constituyen de por sí una enfermedad. Cuando carecemos de las cualidades espiri­tuales fundamentales de resistencia, integridad, honor y autoestima, ia sanación del cuerpo físico se convierte en un doble desafío.

Es fácil darnos cuenta de que estamos penetrando en el lado oscuro del tercer chakra: se manifiesta como vergüen­za, inferioridad, incompetencia y temor de los demás. Los sentimientos negativos consumen la energía que precisa­mos para sanar. Piense en los elementos que socavan su resistencia y su integridad; por dónde se disipa su energía. La integridad no es sólo la forma en que usted se comporta con los demás, sino también 3a forma en que se comporta con­sigo mismo. ¿Es capaz de comprometerse a algo consigo mismo y mantener ese compromiso con integridad? ¿Pue­de prometerse modi ficar sus hábitos personales de conduc­ta (una disciplina asociada con el tercer chakra) y cumplir su promesa? A fin de reforzar su resistencia, ¿es capaz de com­prometerse a cambiar su estilo de vida y soportar los con­tratiempos de ese nuevo camino? ¿Puede mirarse a sí mis­mo y sentirse orgulloso de su propio código de honor?

El tercer chacra, a diferencia de los otros chacras que desempeñan un papel vital en la sanación, contiene la ener­gía para perseverar, el poder de resistir el viaje. El com­promiso consigo mismo de recorrer ese camino constitu­ye la base ciel proceso de curación. Este compromiso le otorga la capacidad de resistir aquello que, al parecer, está más allá de sus límites psicológicos, emocionales y físicos. Como una cuestión de honor espiritual y respeto a sí mismo, su compromiso a curarse refleja su consideración por la naturaleza sacrosanta de su vida. El cumplir ese com­promiso —día a día y hora a hora, activ a y pasivamente, en sus sueños y en sus pensamientos— genera ana intensa au­toestima y potencia el conocimiento de sí mismo.

 

El tercer chackra: encender el fuego

Piense en lo que necesita hacer para sanar física, emocional y espiritualmente. Concéntrese en su tercer chakra. Sienta el mensaje que le transmite. ¿A qué necesita re­nunciar? ¿Qué necesita conservar? ¿Cómo incidirá su re­nuncia a ciertas cosas y la conservación de otras en su cu­ración?

Comprométase a hacer todo cuanto sea necesario para regenerar su cuerpo físico, emocional y psíquico. Las pro­mesas más importantes son aquellas que hace a su espíri­tu. Su espíritu necesita esperanza, inspiración, oración y la energía del perdón. Prometa a su espíritu que vivirá en el tiempo presente para alimentarlo a él y a usted mismo. Rece todos los días. Mientras reza, traiga su espíritu de vuel­ta del pasado. Deje atrás los recuerdos y los lugares que debió haber abandonado hace tiempo, aunque ese «hace tiempo» sea hoy mismo.

Formule su promesa de sanar tanto en términos ge­nerales como específicos, y escríbala para que le ayude a darse cuenta de lo que debe hacer: «Prometo vivir y per­manecer en el presente en todo momento. Esto significa dejar a un lado cualquier ofensa o problema entre mi pa­reja y yo, o mis hijos y yo. Dejaré de trabajar en exceso y dedicaré tiempo a mi nuevo régimen de ejercicios y nu­trición. Meditaré dos veces al día, y me esforzaré en ex­presarme y obrar de modo adecuado hacia mí mismo y los demás.» Piense en todo cuanto quiere y debe hacer para sanar.

Cuando escriba su compromiso, le resultará muy útil imaginar el tercer chalcra tal como lo describe la tradición hindú: «la ciudad de la joya resplandeciente». Imagine que cada promesa que realiza es una joya en una corona, y que esa corona representa la esencia del poder divino que aporta fuerza vi tal a su espíritu y a su cuerpo. Dada la di­ficultad que supone mantener un compromiso de esta magnitud, le recomiendo que lleve siempre consigo una copia de ese compromiso, para, si siente que su resolu­ción flaquea, tocarlo y recordar que debe permanecer en el presente. En esos momentos repita esta invocación: «Estoy lleno de 1 a en ergia de la resistencia y el honor. Mis pensamientos y palabras poseen el poder de la creación.» Y recuerde siempre que su compromiso, si lo hace con integridad, le transmitirá poder constantemente, aunque usted no se percate de ello.

 

EL CUARTO CHAKRA

El término hebreo para describir el cuarto centro energético es Tiféret, que simboliza la energía de la armonía y la belleza. Su nombre hindú es Anahata, que significa «no estancado o no emitido» (que fluye con la energía pura de la creación). Según la tradición cristiana, este centro se co­rresponde con el sacramento del matrimonio, que, evi­dentemente, simboliza el matrimonio con otra persona, pero a la vez la unión interna del cuerpo, la mente y el es­píritu en el individuo. Es el centro energético situado en la mitad del cuerpo, entre los tres chacras inferiores y los tres superiores. Es a través del corazón que la mente ca­naliza las acciones que supervisa, y es el corazón el que inedia con compasión y discernimiento entre los sentimientos primarios e instintivos y las energías y las accio­nes gobernadas por los chakras relacionados con lo físi­co. La energía del centro del corazón nos eleva del mundo físico y nos permite tomar contacto con nuestro mundo interior, en particular con Ja forma en que concebimos el amor.

Es prácticamente imposible confundir la energía del verdadero amor, nuestra conexión más pura con la fuer­za vital. Es la fuerza más poderosa que fluye a través de no­sotros. Todos nos damos cuenta cuando no nos sentimos amados tanto si se debe a haber perdido a la persona ama­da o porque una relación no nos llena. Esta carencia nos causa una extraordinaria pérdida de energía.

El amor egoísta y posesivo provoca también una gran pérdida de energía. Cuando no amamos de forma incondicional, impedimos el libre curso de esta preciosa emoción que se contiene en el significado simbólico de Anahata, «no estancado». El lado oscuro del amor y de su energía se manifiesta como amargura, celos e incapaci­dad de perdonar. Estas oscuras emociones también in­terfieren en nuestra capacidad de amar y respetarnos a nosotros mismos. Impiden un matrimonio simbólico de nuestras energías interiores y eso nos permite compro­meternos a amar, honrar y proteger nuestra energía emo­cional.

La curación precisa la energía del amor, en especial del amor y el respeto hacia uno mismo. Asimismo, se be­neficia del poder del amor hacia la vida, la naturaleza, nuestra creatividad y lo Divino. Por supuesto, no pode­mos obligarnos a amar a alguien o algo, como tampoco po­demos hacer que aparezca en nuestra vida la persona que nos proporcionará esa energía. Pero podemos rezar para recibir el amor divino, para abrir nuestro corazón a los demás y para tratarnos a nosotros mismos con amor y compasión.

Desarrolle un rito personal que fomente su amor y res­peto hacia sí mismo. Maga todos los días algo que le sa­tisfaga y le proporcione placer. Utilice unas casetes de meditación, música suave, yoga o masajes que le relajen y le ayuden a sentirse en armonía con su espíritu. Si nece­sita la ayuda de un terapeuta o un guía espiritual, no dude en recurrir a ella.

El cuarto chakra: encender el fuego

Siempre existe un camino que conduce hacia uno mis­mo. Haga algo que siempre deseó hacer pero que ha ido aplazando por los motivos que sean. Lea poesías que le aporten fuerza e inspiración. Dedíquese a pintar, esculpir, tocar un instrumento musical, trabajar e! barro o bailar. Escuche música que le infunda una sensación de paz. Via­je a algún lugar que siempre deseó visitar. Adquiera la mascota que siempre quiso pero para la que nunca tuvo tiempo. Llevar a cabo algo que desea profundamente siem­pre le aportará energía y amor.

Amar a otras personas le procura una energía sanadora; celebre con las personas que ama el hecho de que forman parte de su vida y usted de la suya. Dígales cuánto signi­fican para usted. Agradezca todo el amor que hay en su vida, un don que se da y se recibe.

Cuando necesite conectar con una Energía Superior, practique la siguiente visual i nación:

Vea o siéntase conectado a la energía divina, e imagi­ne esa energía fluyendo a través de su cuerpo. Libere sus necesidades y temores en esa energía. Contemple cómo esa energía regresa al cielo, como una carta que ha sido en­viada y recibida por un amigo. Vea su cuerpo y su vida como una entidad espiritual.

Ahora visualice sus circuitos energéticos transmi­tiendo mensajes de amor a todas las personas que usted es­tima, y sienta la energía de su amor penetrando en su ser. Luego visualice su energía transportando mensajes de amor al mundo que le rodea, conectándose con la energía de la naturaleza y todo cuanto está vivo. Imagínese grande corno la galaxia y capaz de contener en su corazón la energía divina que existe en la raíz de toda creación. Siéntase vibrar en sincronía con esa energía. Vea y sién­tase unido a esa energía, que es la fuerza vital.

La energía vital de Anahata que fluye libremente, «no estancada», nos recuerda que el amor es una fuerza purificadora. El amor nos otorga el poder de librarnos de la carga de antiguas emociones. Vea y sienta esta inmensa fuerza impidiendo que su energía vital se oriente hacia hechos pasados. Sienta cómo ese carga abandona su mente y su cuerpo. Visualice esas cargas emocionales fluyendo me­ra de su organismo, como desechos arrastrados por una corriente de agua. Con su visión purificada, contemple y aprecie todo cuanto hay en su vida, inclusive su trayecto­ria personal hasta el momento presente. Sienta el efecto calmante de esta limpieza. Ahora contemple esta recon­fortante energía como su símbolo favorito de armonía y paz interior. Mientras realiza esta visualización, repítase: «Pido a lo Divino que llene mi cuerpo y mi espíritu con el poder sanador de un amor tan intenso que yo sienta su poder. Necesito este poder para sanar y vivir una existen­cia plena.»

 

EL QUINTO CHACKRA

 

Según la tradición hindú, el quinto centra aporta la energía de Vishuddha, que significa «purificado». Este quin­to chacra a una las energías físicas y espirituales. Mediante el uso puro de la voluntad, nos comportamos hacia los de­más de formas que transmiten nuestra fuerza de espíritu. Este quinto chakra se corresponde con el sacramento de la confesión, que purifica nuestros errores instándonos a re­conocerlos sinceramente, sin sentirnos culpables pero sin ne­garlos. En el budismo, el quinto chakra representa el «bien hablar», refiriéndose de nuevo a nuestra capacidad de ex­presarnos con honestidad. Este chackra contiene la energía de las fuerzas hebreas de Jésed y Geuburá. El primero re­presenta grandeza y amor, nuestra capacidad de expresar­nos honestamente con los demás y sobre los demás, y nues­tro respeto por el poder de la verdad. Geuburá simboliza la ecuanimidad de juicio, y su energía se intensifica cuando ejercemos una apreciación compasiva y no abusamos de forma injusta y cruel de nuestro poder para juzgar a los demás.

El bien hablar y la honestidad inspira a otros y potencia nuestros sistemas energéticos. Asimismo, cuando hace­mos mal uso de nuestra voluntad perdemos importantes cantidades de poder, en especial cuando obramos deján­donos llevar por un juicio erróneo o injusto. Podemos sentir la energía de un juicio negativo porque, al instan­te, nos asalta la sensación de haber cometido un error. Nuestra energía se escapa de nuestro organismo como un líquido a través de un vaso roto. Esta pérdida se pro­duce también cuando emitimos juicios negativos sobre nosotros mismos y nuestra conducta. Adoptar una acti­tud defensiva para ocultar nuestra falta al juzgar injusta­mente a otra persona no hace sino incrementar nuestra pérdida de energía. La falta de honestidad, un aspecto os­curo del quinto chakra, genera una mayor pérdida de energía porque tenemos que «proteger la mentira” que hemos creado. Esas actitudes mentales negativas desen­cadenan una reacción de adrenalina en el cuerpo físico y suelen provocar agotamiento crónico, depresión o baja au­toestima.

Estas actitudes y juicios negativos son actos que des­honran nuestra fuerza vital. La energía que crean sólo pue­de repararse mediante un acto de sincero arrepenti­miento. Aquí es donde entra en juego la fuerza del sacramento cristiano de la confesión. La confesión nos permite recuperar la energía que hemos perdido debi­do a nuestros juicios injustos y nuestras mentiras. Para sanar es preciso compensar esas expresiones mentales o verbales que hemos generado haciendo un mal uso de nuestra voluntad. Si desea confesar sus faltas acuda a un guía espiritual, como un sacerdote o un rabino. O a alguien que represente para usted un más alto nivel de madurez espiritual o autoridad mural y que pueda ser­virle de testigo. Realizar un acto de confesión y peni­tencia, aunque al principio se sienta humillado, le pro­curará una exquisita sensación de ligereza. Busque la compañía de una persona de confianza a quien pueda confesar sus faltas.

El quinto chakra: encender el fuego

Confiésese los problemas que ha causado a los demás y a sí mismo. Sin omitir detalle. Al reconocer esas accio­nes, se liberará de las toxinas generadas por el lado oscu­ro de su voluntad. Tal como indica el significado sánscri­to de este centro energético, el viaje espiritual requiere que purifique su voluntad y sus intenciones. Esfuércese por mantenerlas limpias. Potenciará la energía de todas las medidas que adopte con el fin de sanar. Una voluntad con­taminada tan sólo aporta una energía contaminada. Re­pítase esta verdad mientras realiza el ejercicio de visualización que indico a continuación.

Para ayudarle a llevar a cabo su autoconfesión, le re­comiendo que escriba en un papel sus faltos y juicios injus­tos, y que luego lo queme. Este rito posee un profundo po­der sanador, pero no es tan potente como cuan do purgarnos nuestros pecados o los confesamos a otra persona que re­presente la energía del perdón. Todos necesitamos realizar algún rito de confesión, al margen de que tratemos de cu­rarnos de una enfermedad o no. Cuando haya completado este rito, su espíritu y su cuerpo físico asimilarán de inme­diato la intensa energía que genera.

Purificarse es un acto sagrado, no un ejercicio de hu­millación. Tenga presente en todo momento que, desde una perspectiva sagrada, la confesión es uno de los actos más honrosos que pueda llevar a cabo un ser humano, porque elimina el peso de la vergüenza y permite que la energía de la verdad y del juicio honesto penetre en el es­píritu.

 

Cierre los ojos e imagine a las personas con las que tie­ne unos «asuntos pendientes». ¿A quién debe pedir per­dón a fin de recuperar su espíritu? ¿Quién le sigue des­concertando o preocupando? Las relaciones personales son un misterio, tanto cómo aparecen en nuestra vida como por qué existen. Examínelas desde una óptica simbólica. ¿De qué forma han ejercido esas personas un papel posi­tivo en su vida?

Invite a la energía de Geuburá (el juicio justo) y Jésed (el poder de la gratitud y el amor incondicional) a que co­bren vida en su interior. Contemple esas energías en tor­no a usted y a las personas a las que visualiza.

Reconozca que ignora las razones espirituales por las que esas personas han aparecido en su vida; quizá cons­tituyan el catalizador que propicia un éxito. Imagínese entablando un diálogo simbólico con ellas. Expréseles su gratitud por el papel que desempeñan en su vida y por la oportunidad que usted tiene de formar parte de la suya. Con cada persona que visualice, repita la frase: «Te expreso mi gratitud, y retiro cada circuito de mi energía de todo cuanto he juzgado.»

Por difícil que le parezca al principio este ejercicio, re­cuerde las numerosas ocasiones en que otros han emiti­do un juicio injusto contra usted, recuerde el dolor que sin­tió. Luego concéntrese en las personas a quienes usted juzgó injustamente y compadézcase de ellas. Visualice la ira que siente hacia las personas que le juzgaron injusta­mente a usted como una nube que se aleja flotando. As­pire profundamente la energía del perdón.

 

EL SEXTO CHAKRA

El simbolismo del sexto chakra lo revela la palabra hindú Ajna, que en sánscrito significa «mandato». Ajna re­presenta la capacidad de ver con claridad y compasión, y también se simboliza con un tercer ojo. El homólogo ca­balístico es la pareja de Binah, que aúna el limitado poder del raciocinio humano con la percepción divina, Jojmá, que simboliza nuestra capacidad de invocar el poder de la sabiduría divina para que guíe nuestro camino. A nivel simbólico de percepción, el sacramento cristiano del or­den sagrado nos dice que todos desempeñamos un papel importante en la evolución de la vida en la tierra, al mar­gen de cómo se manifieste ese papel en el plano físico. Si nuestra ocupación parece insignificante desde el punto de vista social, podemos llegar a la conclusión errónea de que somos insignificantes desde el punto de vista espiri­tual. Sin embargo, cada parte de nuestra vida es valiosa para Su conjunto y para el universo en su totalidad. Simbólica­mente, cada uno de nosotros debemos cumplir una misión. Debemos ordenarnos y reconocer que nuestra vida es im­portante, aunque jamás averigüemos la magnitud de nues­tra aportación.

El lado oscuro del sexto chakra es la falta de confian­za en uno misino y la mala costumbre de compararnos con otros. Cuando perdemos de vista nuestro propio va­lor, perdemos el equilibrio emocional y contemplamos a los demás con hostilidad, envidia y juicios negativos. Es­tas emociones ponen en peligro nuestra salud, y tenemos la impresión de «ir a ninguna parte». Estamos tan ciegos que no vemos todo cuanto aportamos a la vida de los de­más, y perdemos nuestra visión simbólica. El siguiente ejercicio de visualización le ayudará a recuperar el equi­librio y la visión simbólica.

El sexto chakra: encender el fuego

Visualice las energías de Binah y Jojmá como la sabi­duría divina y la razón divina. Imagine que una fuerza le eleva sobre el limitado panorama de su vida y la contem­pla en su totalidad a través de una lente divina. Utilice esta perspectiva para visualizar el significado simbólico del sa­cramento de la orden sagrada, la verdad de que su existencia tiene un propósito y un significado que trasciende su com­prensión. Desde este punto de vista, invite al poder de la razón divina a que penetre en su ser. No espere una res­puesta verbal a esta petición, sino una respuesta energé­tica: una sensación de claridad y de propósito. Repita el mantra: «Doy la bienvenida a la energía de la sabiduría di­vina y la razón divina en mi espíritu, y me libero de los jui­cios que he emitido sobre el valor de mi vida y la de los de­más. Reconozco la naturaleza sagrada de mi vida, y creo que mi vida es útil a este universo.»

Conecte con la energía de Ajna mediante la siguien­te invocación: «Reconozco que la razón divina tiene pre­cedencia sobre todos los criterios que yo pueda desarro­llar en mi mente.» Libérese de sus criterios y valores, y permita que la sabiduría divina —que se siente como un espacio desierto— penetre en su conciencia. Imagine una habitación vacía, imagine una puesta de sol, imagine la luna llena, imagine un mar infinito, imagine el cielo ta­chonado de estrellas...Visualice cualquier imagen que eli­mine los pensamientos mundanos de su conciencia y deje espacio para algo más trascendental. Sienta cómo usted se expande hasta alcanzar el tamaño de ese espació, y aspire ese «tamaño» a fin de que su ser se inunde de él, mientras que repite: «Libero las limitaciones del raciocinio huma­no hacia otros y hacia mí mismo. Vivo confiado y no ten­go más preguntas.» Sepa que mediante este ejercicio, ha­brá disuelto cualquier juicio que debilite su espíritu.

 

EL SÉPTIMO CHAKRA

La energía del séptimo chakra constituye nuestra co­nexión más pura con lo Divino. Esto se refleja en el sím­bolo hindú de Sahasrara, que significa el «loto de los mil pétalos» de la iluminación, o lo Divino en todo cuanto existe. Según la doctrina budista, el séptimo Loto repre­senta la eternidad de lo Divino, su infinita misericordia y su omnipresencia. Esta energía corresponde al símbolo he­breo de Kéter, la naturaleza indescriptible de Dios. Asi­mismo se corresponde con el último sacramento cristia­no, la extremaunción, símbolo de la liberación de todo lo «muerto y finito» en nuestras vidas. Juntas, estas fuerzas pueden transformarnos y ayudarnos a alcanzar un nivel de percepción que nos permita experimentar consciente­mente lo Divino y la energía de la gracia.

Cuando haya alcanzado usted este grado de poder en sus ejercicios de visualización de los siete chakras, com­prenderá la verdad que encierra esta frase: «No hay nada más, sólo esto.» Dedique unos minutos a reflexionar so­bre la claridad que ha alcanzado después de librarse de los desperdicios espirituales y físicos de su vida. No crea que debe «completar» los ejercicios de meditación de los otros chakras antes de poder beneficiarse de esta energía. La energía de este chakra penetra en su ser tanto si usted se percata de ello como si no, pero cuando reza para recibirla la podrá dirigir a fin de modificar su vida. La energía del séptimo chakra disuelve los temores, abre el corazón por completo, aniquila las limitaciones de la mente y hace que usted bendiga su vida. Le ayuda a conectar a comunicarse con la energía de Dios.

El lado oscuro de la energía de este chakra es la falta de fe y confianza en lo Divino, y el temor que nos infunden to­dos los aspectos de nuestra vida: desde qué será de nosotros mañana hasta cuál será el final de nuestra vida en la tierra. Nada nos infunde seguridad porque nuestra sensación de seguridad está enraizada en los elementos externos y el mundo físico. Nos aferramos a nuestro pasado, que sigue incidiendo negativamente en nuestra vida. Debido a nues­tro afán de volver la vista atrás, no apreciamos la gracia y la ayuda que recibimos constantemente, no vemos la rique­za de cada momento. Sólo si nos libramos de nuestro pa­sado y asimilamos la valiosa fuerza sanadora que acompa­ña al «aquí y ahora» podremos recibir esta energía, que representa la manifestación más pura de la fuerza vital.

De todos los chakras, éste es el que requiere un me­nor esfuerzo «consciente» para activarlo. Cualquier ora­ción abrirá nuestro séptimo chakra. Al igual que la ima­gen budista del loto, que estalla en todo su esplendor desde el lodo del cenagal, el séptimo chaira se abre por sí solo como una flor.

El séptimo chakra: encender el fuego

Penetre en la energía del séptimo chacra visualizán­dose a sí mismo mientras desconecta sus circuitos de todo cuanto representa una carga inútil. Libérese de las emo­ciones y del fardo psicológico de su pasado. Libérese de los problemas y las tensiones que arrastra por los demás. En el espacio que antes ocupaban esas preocupaciones, visualice la luminosa energía que genera la unión de lo Divino con su cuerpo y su espíritu. Sienta vea cómo sana.

Concéntrese en las energías de Kéter y Sahasrara, que representan el vínculo íntimo entre usted y Dios. Repita:

«No tengo foco, no tengo preguntas. Me libero de todos los pesos y preocupaciones. Yo soy unión.» Deje que su mente racional se duerma a medida que usted entra en un estado de irracional unidad. Sienta la energía que baja desde su coronilla hasta el centro del cuerpo, y luego has­ta su chakra fundamental, y asciende de nuevo. Le infun­de un beneficio espiritual indescriptible. Tiene derecho a él. No tiene más que pedirlo. Es su fuerza vital, la parte de su ser que conecta con el Absoluto indeterminado. La energía del séptimo chakra es la parte de su ser que le hace consciente de su propia grandeza, la cual va más allá de su vida individual. Sienta cómo hasta el más efímero con­tacto con esta energía es capaz de modificar la forma en que usted dirige su vida personal.

EL OCTAVO CHAKRA

El octavo chakra es el que me parece más interesan­te. Presento este chakra aparte de los otros siete porque representa nuestro siguiente nivel de evolución. Como tal, no influye directamente en nuestro cuerpo ni en nues­tra naturaleza personal, emocional o psíquica. El octavo chakra contiene nuestros esquemas arquetípicos, los te­mas o imágenes reconocidos universalmente que ofrecen una visión impersonal y simbólica de nuestra experiencia humana. Esta dimensión de conciencia nos conecta con las demás en una experiencia impersonal de evolución hu­mana.

Constituye una especie de almacén al que accedere­mos al entrar en la era de Acuario y donde se halla la in­formación y la conciencia universal. Este chakra representa el vínculo de conexión o el puente entre nuestra conciencia personal y la conciencia impersonal, más amplia, de la di­mensión arquetípica. Aunque no se corresponde con nin­gún punto de nuestro cuerpo, como lo hacen los otros siete chakras, está localizado sobre el campo energético que rodea e impregna el cuerpo, y conecta directamente con el séptimo chakra.

Al entrar en la era de Acuario, los arquetipos se harán más evidentes en nosotros y más accesibles para nosotros, y el octavo chakra adquirirá una importancia aún mayor. Este chakra siempre ha existido, pero no hemos podido acceder a él hasta hace poco. Al igual que ahora podemos ver la luz ultravioleta con la ayuda de un equipo electrónico, hemos ido desarrollando una capacidad meditativa y consciente que nos permite ver más allá del mundo vi­sible, y percibir la dimensión energética de nuestra vida. A medida que la conciencia humana evoluciona, nos vol­vemos más sensibles a un campo vibratorio cada vez más sutil.

Yo comencé a sentir la energía del octavo chakra en 1990, durante una sesión con una mujer que padecía el síndrome de fatiga crónica. A diferencia de otras sesio­nes, en ésta advertí la vibración de un nuevo elemento. Yo no tenía ningún punto de referencia que me permitie­ra interpretar esta .energía, por lo que supuse que se tra­taba de la energía de una enfermedad que desconocía. Al mismo tiempo, observé que mientras describía la natura­leza de su tensión psicológica le dije en varias ocasiones que su «niña interior» no había alcanzado la madurez. Era la primera vez que yo utilizaba un lenguaje arquetípico, pero, según comprendí al reflexionar más tarde so­bre esa sesión, el hecho de que cítara el arquetipo del niño interior permitió a la mujer comprender más fácilmente la naturaleza de sus problemas.

Después de esta experiencia, acogí con agrado esta nueva energía en mi esfera de percepción. En cada nueva sesión, observé que en la información que yo obtenía se iban filtrando más y más impresiones arquetípicas. Me asombró la profundidad que este material aportaba a mi percepción de la naturaleza consciente e inconsciente de una persona. Naturalmente, yo conocía buena parte de lo que se había escrito sobre los arquetipos en general, como la obra de Carl Jung, pero nunca me había encon­trado personalmente con esta dimensión.

A partir de entonces he comprendido que todos no­sotros, al mismo tiempo que estamos conectados a toda la esfera de la dimensión arquetípica, también estamos conectados a un conjunto personal de doce arquetipos que desempeñan un papel mas íntimo en la evolución y ma­duración de nuestra psique. Yo lo denomino nuestro Con­trato Sagrado, y recoge nuestros pactos con lo Divino, los cuales inciden de forma constante en nuestro crecimien­to consciente. Sospecho que estos pactos los suscribimos con anterioridad a nuestro nacimiento, no a través de nuestra personalidad sino de nuestra alma. Por esta ra­zón, mediante la limitada percepción de nuestra perso­nalidad no podemos comprender la magnitud de estos contratos. Para ello debemos desarrollar la capacidad de interpretar nuestra vida física de acuerdo con su signifi­cado simbólico. Desde esta perspectiva, los elementos fí­sicos que componen y rodean nuestra vida son como de­corados: sirven de catalizadores para propiciar una respuesta de nuestra mente inconsciente.

Mientras entramos en la era de Acuario, nuestra men­te inconsciente emerge de las profundidades de los as­pectos invisibles de nuestro ser, y toma contacto más di­recto con nuestra mente consciente. Este cambio de conciencia representa uno de los múltiples cambios pro­piciados por la energía de la próxima era astrológica. Es evidente que debemos seguir aprendiendo más sobre no­sotros mismos, y que ha llegado el momento de estable­cer un diálogo directo con esa parte de nosotros que tradicionalmente denominamos nuestro inconsciente.

Al igual que los otros chacras, el octavo también po­see un lado oscuro, o varios lados oscuros. El lado oscuro del niño interior, por ejemplo, se manifiesta como el «huérfano»: adultos con este arquetipo se lamentan de no ha­ber recibido de niños la debida atención y los debidos cui­dados par parte de sus padres, lo cual les convierte en adul­tos incompletos. El lado oscuro del «profeta» se manifiesta en la proyección de nuestra locura, mal interpretada como capacidad de liderazgo, y en siniestras advertencias a los demás. Jim Jones, que convenció a un grupo de sus se­guidores para que se suicidaran a causa de su apocalípti­ca visión del mundo, es un ejemplo de este tipo de «pro­fetas». El lado oscuro del arquetipo de la «madre» es la madre que maltrata o desatiende a su hijo, una mujer in­capaz de cumplir el papel aceptado universal mente de nia-drc cariñosa y entregada. El lado oscuro del arquetipo del «héroe» es el adicto crónico al trabajo o el salvador.

Los patrones arquetípicos son fuerzas muy podero­sas que se manifiestan en el contenido de nuestros sueños y en los dramas de nuestra vida física. Yo he constatado que al utilizar los patrones arquetípicos para interpretar los acontecimientos vitales de las personas que acuden a con­sultarme, no sólo les ayudo a aumentar su autoconocimiento sino que creo un ambiente impersonal que les per­mite examinarse de forma más desapasionada. Así, las personas que les han herido, y a las que ellos han perjudi­cado en cierta forma, ascienden al plano de almas que han desempeñado papeles mutuamente positivos en sus vidas. Desde esta elevada perspectiva, semejante al Testigo en el lenguaje védico, el perdón se convierte en una tarea su­mamente sencilla.

El octavo chakra: encender el fuego

 

Puesto que los ocho chakras le conectan con una di­mensión de la vida universal y simbólica, a fin de unirse con esta energía es preciso que dedique conscientemen­te tiempo a interpretar los acontecimientos y las relaciones de su vida en un sentido arquetípico. No me refiero a que se aferré a sus tendencias negativas y se obsesione pensando por qué las cosas no resultaron como usted hu­biera deseado. Utilice su visión simbólica para distanciar sus emociones de una determinada situación, positiva o negativa, y observe los detalles en busca de la lección o guía que condenen.

Aunque la visión simbólica no es un arte fácil de do­minar, comience controlando la forma en que examina una situación. En lugar de analizarla en primera persona, des­críbase las circunstancias con un tono neutral. Cambie «he tenido una discusión con mi jefe» por «se produjo una dis­cusión entre dos personas. La causa de la discusión era el modo en que había que realizar una tarea. El talante de una de las personas era de terquedad; el de la otra, de pre­potencia. Una persona simbolizaba una roca; la otra, un alud». Esta forma de distanciarse le permite observar lo que ocurre más allá del entramado físico y emocional del acon­tecimiento. Al analizar las situaciones de esta manera le resultará más fácil identificar las lecciones inherentes a las mismas y decidir lo que debe hacer. Practicar la percepción simbólica en el tiempo consciente, presente, produce un poderoso efecto sobre su vida y su curación.

Aplicar la percepción simbólica a los acontecimien­tos pasados le ayudará también a hallar la joya en esas ex­periencias. Elija un hecho de su pasado que le traumati­zó y replantéeselo. En lugar de decir «mi padre me humillaba cada vez que yo hacía algo que le disgustaba», diga «un adulto que se sentía insatisfecho con su vida tra­taba de contrarrestar ese sentimiento humillando a las personas que le rodeaban». Luego examine su vida y sus actos para observar si no estará usted comportándose de la misma manera que le traumatizó en su infancia.

Cuando haya completado este ejercicio, tanto si lo utiliza para analizar una experiencia pasada reciente o dis­tante, puede conectar con el poder del octavo chakra con la siguiente invocación: «Me libero de todos mis espejis­mos, y acepto la voluntad de lo Divino como Ja fuerza que me guía en la vida.»

 

Meditación para limpiar los chakras

Esta meditación es obra de un norteamericano, devoto y estudioso de Satya Sai Baba que, en la actualidad, vive e imparte clases en la India. Debe realizarla en un lugar tranquilo, donde nadie le interrumpa, durante quince o veinte minutos.

1. Siéntese en una silla o en el suelo, cierre los ojos y tome conciencia de los siete chakras por medio de la visualización, la sensación o la intuición. Vi­sualice, sienta o intuya que los chakras se abren como el objetivo de una cámara fotográfica.

2. Sienta o intuya una bola de luz dorada, del tama­ño de una pelota de baloncesto, situada a un me­tro sobre su cabeza. Sienta o intuya un haz o una cinta de luz color pardo que se extiende desde su primer chakra o chakra fundamental hasta el cen­tro de la tierra; es la cinta que le conecta a la tierra.

3. Mientras respira de forma natural y acompasada, inhale aire y sienta cómo la energía cósmica que proviene de la bola de luz dorada sobre su cabe­za se desliza a través del séptimo chakra, baja por su columna vertebral y penetra en su chakra fun­damental. Al mismo tiempo, sienta la energía te­rrestre que asciende a través de sus pies y sus pier­nas, y penetra en su chakra fundamental. Deje que las dos energías se encuentren y se imán en este punto.

4. Contenga la respiración, tanto rato como le sea confortable y sienta cómo esta mezcla de energía limpia su chakra fundamental.

5. Exhale el aire y deje que la energía sucia se desli­ce por la cinta de contacto con la Tierra. Esto no ejerce un efecto negativo sobre la Madre Tierra, dado que ésta lo quema en ¡a lava ardiente de su interior

  1. Repita el ejercicio, inhalando y exhalando tantas ve­ces como sea necesario hasta depurar el chakra por completo. Visualice o sienta el chakra desde todas las perspectivas: arriba, abajo, derecha, izquierda, delante, detrás, dentro y fuera; para cerciorarse de que ha quedado perfectamente limpio.

7. Cuando sienta que el chakra fundamental ha que­dado depurado, pase al siguiente. En primer lugar, comience inhalando de nuevo para dejar que se mezclen las dos energías en el chakra fundamen­tal. Luego, mientras contiene la respiración, tras­lade la mezcla de energías hasta el siguiente cha­kra que debe limpiar, y trabaje en ese punto inhalando y exhalando el aire varias veces. Con cada exhalación, la energía sucia se desliza hacia abajo por la cinta de contacto con la tierra.

8. Si siente que la energía de un chakra puede reci­bir la influencia de otra persona, viva o muerta, ro­dee el chakra con una luz blanca para protegerlo de dicha influencia, que en ocasiones adquiere la forma de ideas acerca de usted mismo.

9. Es posible que la concentración necesaria para llevar a cabo esta meditación haga que se acumu­le energía en la parte superior de su cuerpo. Qui­zá no la sienta físicamente, pero en todo caso ex­perimentará cierta tensión. Para aliviar esta tensión, después de que haya limpiado los siete chakras, inclínese hacia adelante, trate de tocar el suelo con la frente y apoye las palmas de las ma­nos en el suelo. (Si está sentado en una silla, apoye simplemente las palmas de las manos en el sue­lo.) Sienta cómo la tensión se desliza a través de la coronilla, la frente, los hombros y las manos hasta alcanzar el suelo. Respire hondo unas cuan­tas veces y relájese hasta sentir que la tensión ha desaparecido por completo. Luego incorpórese de nuevo y descanse con los ojos cerrados.

10. Ahora defina su espacio. Empiece tomando con­ciencia de los límites de su aura. Por lo general ésta se extiende unos cuatro metros y medio a partir del cuerpo.

11. A continuación, utilizando su energía mental, sienta cómo empuja su aura hacia fuera, hasta que su radio mida unos diez metros. Luego deje que su aura vuelva a asumir su posición natural, al igual que una goma elástica recupera su forma inicial cuando la soltamos.

12. Ahora, sienta cómo contrae su aura hacia su piel. Luego deje que recupere su posición natural.

13. Llene su aura con una deslumbrante luz dorada. Si lo desea, puede sentir en esa luz la presencia de su divinidad preferida o con la que se sienta más compenetrado.

14. Concluya el ejercicio envolviendo su aura en una luz turquesa para impedir que se disipe la ener­gía.

15. Descanse de nuevo para eliminar la tensión acu­mulada. Permanezca sentado con los ojos cerra­dos.

16. Cuando haya terminado de limpiar sus chakras, dedique unos instantes a recordar algún momento, por breve que fuera, durante el cual experimen­tó una sensación de trascendencia, de formar par­te de codo simultáneamente. No es necesario que se trate de una experiencia específicamente espi­ritual de oración o meditación, sino que puede ser una sensación de unión con el mundo natu­ral, o la fugaz sensación de trascender el tiempo y el espacio mientras contempla una obra de arte o escucha música, o durante la unión sexual, o in­cluso una competición atlética. Traiga este mo­mento a su conciencia y deje que la energía de esta sensación de trascendencia llene su ser, ex­perimente la sensación de estar conectado al ni­vel más profundo con Dios o con la infinita vas­tedad. Sienta, siquiera durante medio segundo, lo que significa formar parte de todo cuanto existe.

17. Tome lo que ha recibido de esta experiencia y de­posítelo en cada uno de los chakras, en sentido ascendente.

18. Descanse de nuevo para eliminar la tensión acu­mulada. Incorpórese y abra los ojos.

8

Utilizar Los chakras y los sacramentos para sanar

 

A nivel energético, existe una conexión muy real y profunda entre el sistema de chakras tal como floreció en la India y los siete sacramentos de la fe cristiana. Ambos sistemas nos ayudan a desarrollar una autoridad espiri­tual interna y a ser conscientes de nuestra curación y del poder divino.

Yo comprendí esta conexión entre el sistema de chakras y otras tradiciones espirituales mi entras meditaba sobre la na­turaleza de la verdad como fuerza universal. Observé, por ejemplo, que el mandamiento de que no debemos asesinar y robar se encuentra en todas las tradiciones espirituales. Por otra parte, las enseñanzas sobre ciertas prácticas dietéticas son exclusivas de determinadas religiones y, por consiguiente, no podemos considerarlas verdades universales.

Convencida como estaba de la autenticidad espiritual de los chakras, no pude evitar preguntarme por qué la re­ligión cristiana, por ejemplo, no contenía anas enseñan­zas similares. Un día, cuando dirigía un taller sobre el de­sarrollo de la intuición, contemplé el sistema de chakras que había dibujado en la pizarra y una parte de mí proyectó sobre él los siete sacramentos cristianos. Después del ta­ller, intrigada y confundida, dibujé los sacramentos junto a los chakras, en el orden en que se reciben. Poco a poco, comprendí que ambos sistemas ilustraban el poder del mismo flujo de energía dinámica que da vida al cuer­po humano. Posteriormente, relacioné ambos sistemas con el Árbol de la Vida de la tradición cabalística del judaísmo, observé más conexiones entre las tres tradicio­nes espirituales y comprendí la importancia que ejercen sobre nuestra salud.

A fin de verificar la validez de mis ideas, organicé un taller basado en las mismas. Decidí centrarme en los sa­cramentos, puesto que el sistema de chafaras es relativa­mente desconocido para la mayoría de los americanos, al igual que el Árbol de la Vida. (Pocos judíos modernos fuera del hasidismo estudian la cabala, aunque ésta ha co­menzado a experimentar un renacimiento.) Al principio, pensé en señalar simplemente el significado simbólico de los sacramentos y los chakras, pero luego se me ocurrió que, según la tradición cristiana, los sacramentos deben ser «tomados», a fin de que su carácter sagrado pueda des­pertar dentro del espíritu humano.

Esto no dejaba de tener sus riesgos, puesto que no soy sacerdote y ni estoy ordenada —según el significado tra­dicional del término— para llevar a cabo los ritos corres­pondientes a cada sacramento. Además, pensé que la idea de recibir los sacramentos podría disgustar a algunos de los asistentes a mi taller que siguen caminos espirituales muy alejados de la tradición cristiana, o que son cristia­nos que han abandonado su fe y no tienen el menor de­seo de regresar a sus raíces.

Mientras preparaba este taller, pedí a una amiga y sa­cerdote episcopaliana, la reverenda Suzannc Fagcol, que me ayudara en la tarea, y le dije que deseaba presentar los sacramentos en su contexto simbólico más que tradicio­nal. El taller, que tuvo lugar en México, comenzó con mi presentación de la unión entre el sistema de chakras y los sacramentos. El taller duró siete días, y cada día mi diser­tación se centró en un chafara, el sacramento correspon­diente y ¡a relación que esas dos fuerzas tienen con nues­tra salud y el proceso de curación. Cada tarde Suzanne suplementaba mi material con sus puntos de vista sobre el sacramento que yo había comentado en mi charla. Luego preparaba al grupo para recibir el sacramento, si desea­ban hacerlo. Tanto Suzanne como yo constatamos con asombro que todos los miembros del grupo accedieron a participar en casi todos estos ritos sagrados.

Por regla general, cuando dirijo un taller que se pro­longa varios días, entre los participantes se produce un vínculo de amistad y afecto. Pero ninguno de los talleres que yo había organizado a lo largo de mi carrera podía compararse con el que dirigí en México. Suzanne y yo con­fiábamos en que los participantes hallaran interesante la información que compartíamos con ellos, pero ni ella ni yo habíamos previsto el profundo impacto espiritual que ésta tuvo sobre los asistentes, ni las consecuencias que, según nos informaron, experimentaron a largo plazo. Du­rante esas sesiones, algunas personas resolvieron sus heri­das emocionales y psíquicas, y durante los meses sucesivos otras se pusieron en contacto con nosotras para comuni­carnos que habían logrado curarse de sus enfermedades físicas.

Uno de los participantes que más me impresionó fue una mujer llamada Sara, que había llegado al taller en un estado de gran excitación nerviosa. A sus 47 años, estaba consumida, actuaba como ima neurótica y pareció estar llo­rando durante toda la semana. Nos explicó que se había esforzado en mejorar su vida durante años sin conseguir­lo, y que ahora se sentía cansada, sola y deseaba encontrar marido. Francamente, parecía a punto de sufrir un co­lapso nervioso y, aunque no padecía una enfermedad físi­ca grave, su condición encajaba con el perfil del síndro­me de fatiga crónico. Sara era judía, pero le intrigó el enfoque bajo el que presentábamos los sacramentos y los tomó con profundo respeto. Cada noche —entre una y otra crisis de llanto— Sara nos refería alguna de las extraordi­narias percepciones que había tenido durante el día. Pa­recía tan trastornada que daba la impresión de liberarse de algo más profundo que sus dolencias presentes. No recuerdo haberla visto en ningún momento sin un pañuelo en la mano.

Cuando concluyó el taller, Sara parecía otra mujer. A las tres semanas, según me informó, conoció a un hom­bre, se hicieron novios y se casaron al poco tiempo. Sara y su marido atribuyen su matrimonio a los efectos bené­ficos de mi taller. Aparte del caso de Sara, se produjeron varias curaciones más, quizá menos dramáticas pero no me­nos eficaces.

Suzanne y yo organizamos otros talleres en los que combinamos los chacras y los sacramentos. Siguieron emitiendo una energía sanadora que nos impresionó y conmovió a ambas. Aunque me pareció importante que fuera Suzanne quien administrara los sacramentos, puesto que es sacerdote, cualquier persona puede llevar a cabo en su casa unos ritos simbólicos que les infundirán la ener­gía esencia] de los sacramentos. Llevar a cabo los prepa­rativos y tener la disposición adecuada sirve para intensi­ficar esa energía. El elemento que más puede ayudarle es un altar, incluso si lo hace en casa utilizando una mesa ple­gable o una simple superficie de madera colocada sobre dos ladrillos en una esquina. Sólo falta que añada un par de velas votivas, una imagen que le inspire —la Virgen María, Buda, Quan Yin, Jesús, su padre, su madre o un maestro espiritual por quien sienta cariño— y un reci­piente donde pueda quemar papel.

Los ritos que describo a continuación, aunque algu­nos puedan parecer ingenuos, son muy potentes si se eje­cutan con respeto. Usted mismo puede crear un «taller do­méstico» y tomar uno de los sacramentos cada semana, preferentemente el mismo día, después de haberse prepa­rado adecuadamente. Puede tomarlos durante un período corto o largo; lo importante es que dedique el tiempo sufi­ciente a prepararse psicológicamente para cada rito.

 

EL PRIMER CHAKRA-BAUTTSMO

 

El primer sacramento es el bautismo, que represen­ta la introducción de un nuevo miembro en la familia. Por medio de este sacramento, la familia acepta la responsa­bilidad del bienestar físico del niño, y se compromete ante Dios a darle un hogar, comida y ropa. Mediante el bau­tismo, los padres se comprometen asimismo a enseñar al niño el mundo físico que le rodea de acuerdo con las pau­tas de la religión, posición social y legado étnico de la fa­milia. El bautismo, por tanto, simboliza la información que hace que el niño arraigue en el lugar que le corresponde en la tierra. Este sacramento no sólo pertenece al cristia­nismo, sino que constituye una celebración arquetípica del don de la vida. Su significado y su relación con el pri­mer chacra, que simboliza nuestra conexión con la vida fí­sica y con la energía de la tierra, son idénticos a los de los ritos bautismales de otras culturas.

Al alinear la energía del primer chacra con el rito del bautismo —piense en ello como una fusión de fuerzas sim­bólicas— le permitirá empezar a considerar su vida y a su familia como el medio en el que usted estaba destinado a crecer espiritualmente. Aunque este concepto resulte di­fícil de entender, el aceptarlo representa un importante primer paso para librarse de la ira y de los rencores generados por las heridas que le infligieron sus familiares. Las heri­das recibidas en la infancia son muy difíciles de curar, por­que cuando estamos preparados para enfrentarnos a ellas, muchas de las personas que participaron en esos hechos ya han fallecido, dejándonos tan sólo nuestra memoria como herramienta de trabajo. No obstante, con el tiempo llega­rá a entender que incluso el ambiente familiar más nocivo puede constituir el punto de partida para sanar.

Pese al hecho de que muchas personas reconocen ha­ber participado en cierta medida en la elección de la vida en la que se han encarnado, y de que todos los aspectos de esa vida son una valiosa experiencia espiritual, los re­cuerdos dolorosos de la infancia pueden hacernos perder de vista este concepto. La violación de la que usted se sien­te víctima porque su familia no le procuró el suficiente apoyo emocional o físico es una herida profunda porque constituye mucho más que una herida personal; es una herida arquetípica.

La raza humana sabe universalmente que los adultos son responsables de sus hijos. Esto es más que una res­ponsabilidad social; es un dictado de la naturaleza con el fin de perpetuar la especie. Cuando se transgrede esta «ley», dentro del individuo se quiebra una corriente vi­tal. Sanar de una transgresión de esta ley requiere esfuer­zos constantes, incluso en la madurez, porque el código de la responsabilidad familiar hacia los hijos alcanza el flujo mismo de la fuerza vital.

Desde el punto de vista arquetípico, en prácticamen­te todas las sociedades existe alguna forma de bautismo. A nivel simbólico, hoy en día el bautismo, reexperimentado por adultos, tanto si fueron bautizados de forma or­todoxa como si no, ofrece una perspectiva muy valiosa a la hora de sanar heridas recibidas en la infancia. El signi­ficado simbólico del bautismo cambia nuestra visión del nacimiento, que pasa de ser una entrada aleatoria en una familia a una entrada en la experiencia espiritual de la vida a través del portal que representa esa familia. Esta pers­pectiva arquetípica nos libera del espejismo de que nues­tra vida está marcada irremisiblemente por la calidad de nuestra infancia. Asimismo, nos ayuda a comprender que el significado trascendental del bautismo reside no tanto en el hecho de que nuestra familia nos aceptara sino en que nosotros aceptemos el conjunto de nuestra vida tal como es, y el don mismo de la vida. Somos nosotros, cuando comprendemos lo que significa ser un individuo cons­ciente, quienes debemos bautizar nuestra vida movidos por la gratitud, en lugar de esperar que nos bauticen otros.

Durante mi primera charla en el taller organizado en Mé­xico, expliqué a los participantes que, al tomar el sacramen­to del bautismo, habían elegido un medio simbólico de tras­cender los obstáculos de su juventud, y aceptar a su familia y sus vidas. Contempladas desde la perspectiva divina, to­das las personas de su pasado aparecerían transformadas; verían a esas personas padeciendo a causa de sus demonios, o, aún mejor, como la inspiración que les había llevado a re­correr el camino en el que se hallaban en ese momento.

Tras esta explicación, Suzanne y yo ofrecimos el bau­tismo a los asistentes como un acto destinado a celebrar y aceptar el hecho de que todos somos responsables de nuestra propia vida. Como habíamos organizado el taller en un balneario de aguas termales en Río Caliente, lleva­mos a cabo el rito en una pequeña piscina. Algunas per­sonas se sumergieron del todo en el agua en lugar de que Suzanne y yo la vertiéramos sobre su cabeza. Pero todos ellos, en el momento de meterse en el agua, pronuncia­ron una oración de gratitud por el don de la vida. Varias personas nos dijeron más tarde que habían perdonado de corazón a sus padres y les habían bendecido por haber permitido que nacieran. El resto de los asistentes compartió con ellos su dolor y su gratitud. Al término de la ceremo­nia, los participantes hablaron sobre sus experiencias y manifestaron el convencimiento de que este rito tenía el poder de cambiar sus vidas para siempre.

Una mujer que, literalmente, se zambulló en el agua, dijo:

—Deseaba eliminar esos recuerdos de mi cuerpo, mi mente y mi corazón, y gracias a Dios creo que lo he con­seguido.

Un hombre comentó que había rezado para recibir la gracia que le permitiera ver otras cosas aparte de su exis­tencia. Deseaba contemplar toda la belleza que hay en la vida, y vivir conscientemente y con gratitud por estar vivo.

Otra mujer me escribió diciéndome que, cuando regresó a su casa, comentó a su familia su deseo de que interpreta­ran el significado de la vida como un don en lugar de como el resultado del coito entre un hombre y una mujer. Su hijo replicó que esa idea le parecía ridícula, pero su hija y su marido apreciaron la belleza que encerraba y fueron a ver al párroco de su iglesia para pedirle que les administrara el sacramento, pronunciando en voz alta las palabras del rito. El párroco insistió en que estaño era la forma ordinaria de administrar este sacramento.

—Nosotros tampoco somos gente ordinaria —con­testó la mujer.

Un hombre que culpaba a su familia de haberse convertido en un alcohólico y de que su lucha contra su adicción hubiera «arruinado» su vida, rezó al recibir el sacra­mento, pidiendo a Dios que le concediera la gracia para abrazar a su familia y librarse de su adicción al alcohol. Más tarde me escribió para informarme de que no había vuel­to a beber.

Una mujer nos habló del dolor que experimentó cuan­do su hija le dijo que no deseaba volver a tener ningún con­tacto con ella. Después de asistir a este taller, la mujer es­cribió a su hija, compartiendo con ella el significado simbólico del bautismo y expresando el deseo de que su hija lograra contemplar el don de la vida desde una perspectiva más am­plia que la de la relación que les unía como madre e hija. La mujer añadió que aunque no volvieran a verse, ella siem­pre le estaría agradecida a la vida por haber tenido una hija a la que adoraba. Al cabo de seis meses, su hija se puso en contacto con ella y restablecieron sus relaciones.

Otra mujer nos refirió que durante el sacramento del bautismo sintió la energía vital iluminar literalmente su región pélvica, donde tenía ira intenso dolor a causa de una infección. Sintió que una luz y un calor penetraban en su cuerpo y, al cabo de una semana, el dolor y la inflamación habían desaparecido.

Por último, un hombre dijo que el hecho de tomar este I

sacramento le había permitido librarse de la ira que sen­tía hacia su familia y que arrastraba desde hacía años. Con­fesó que había temido no poder desembarazarse ¡aínas de su rencor porque ninguno de los miembros de su familia estaba vivo y, por lo tanto, no podía encararse con ellos. Durante el rito, había comprendido que, en realidad, no deseaba encararse con ellos, sino aceptarlos tal como eran, y que a través del poder del bautismo había logrado trans­mitirles su mensaje.

El rito del bautismo

El bautismo consiste tradicionalmente en verter agua sobre el cuerpo o sumergirlo en el agua. Cuando usted realice su bautismo debe hacerlo con la intención de lim­piar su ser. A tal fin, le recomiendo beber agua que haya consagrado de alguna forma: coloque unos cristales en un recipiente con agua y déjelo al sol, o añada unas hierbas depurativas y déjelas macerar en el agua. Cuando beba este agua, hágalo con la intención de librarse de la toxici­dad que usted asocia con su familia biológica (o cualquier «familia» de la que forme parte en la actualidad, inclusi­ve su familia de trabajo). Sea consciente de que mediante este rito acepta y bendice la totalidad de su vida.

 

El, SECUNDO CHAKRA-LA EUCARISTIA

El segundo sacramento es la eucaristía, que simbólica­mente contiene el significado del segundo chakra. La euca­ristía es el sacramento que represéntala Ultima Cena, cuan­do Jesús dijo a sus discípulos; «Haced esto en memoria mía.» Por consiguiente, la eucaristía simboliza compartir amor y respeto con nuestro prójimo. Asimismo, representa la unión con lo Divino.

 

La enseñanza inherente a todas las tradiciones reli­giosas de que todos poseemos un espíritu divino en nues­tro interior resplandece a través cié este sacramento desde una perspectiva simbólica, 'toda persona con la que tene­mos una unión, positiva o negativa, contiene una cone­xión divina. Si el compartir con ella el pan constituye el acto físico de comunión, la eucaristía simbólica representa com­partir con ella el «pan» energético. Si nos contempláramos mutuamente desde esta perspectiva, podríamos pro­tegernos de la pérdida de energía resultante de los enfrentamientos con otros y de la contaminación emitida por la energía negativa que recibimos. Estaríamos mejor pre­parados para responder a los demás con pensamientos ama­bles, en lugar de pensamientos negativos, conscientes de que todas nuestras relaciones personales tienen, en cier­ta medida, un propósito espiritual. Ello requiere una gran disciplina espiritual, pero en esto consiste el tomar con­ciencia de nosotros mismos y de cuanto nos rodea.

El segundo chakra potencia nuestras relaciones y con­trola la calidad de la energía que intercambiamos con otras personas. Registra en su banco de datos nuestras concep­ciones con respecto al dinero, el poder y el sexo, unos ám­bitos de la vida que implican relacionarnos con otras per­sonas.

Cuando el segundo chakra se combina con el sacra­mento de la eucaristía de modo positivo, nos permite cons­truir una relación saludable, limpia y sin riesgos con el di­nero, el poder y el sexo. Se mantiene una sensación de seguridad, que nos permite tenerla certeza de que, sean cua­les fueren los problemas que se planteen en nuestra vida fí­sica, siempre hallaremos el medio de resolverlos.

Durante el taller que dirigí en México presenté el sacramento de la eucaristía no sólo como un método de recuperar poder, sino como una forma de impedir su pérdida en futuras relaciones. Simbólicamente, cuando mantenemos una comunión con otros reconocemos que todos formamos parte de la misma familia o fuente espi­ritual. Además, al ampliar el concepto del bautismo reco­nocemos que cada persona que existe en nuestra vida esta allí con una finalidad espiritual, aunque no seamos capa­ces de percibirlo con claridad. En ocasiones nos resulta imposible comprender el significado espiritual de una rela­ción «negativa». No obstante, el reconocer que esta relación tiene una finalidad es un medio eficaz de recuperar la energía que hemos invertido en ese vínculo negativo. Cuando alguien me comenta que ha hallado a su «com­pañero del alma» y que es maravilloso, contesto:

—Te equivocas. Tu auténtico compañero del alma es el que tu cuerpo no soporta.

Carlos Castañeda afirmó en una ocasión que debe­ríamos estar agradecidos por los «pequeños tiranos» que existen en nuestra vida, porque nos obligan a crecer y a aprender más que los demás.

Pedí a los participantes en el taller que imaginaran el acto de compartir el pan con otra persona desde el punto de vista simbólico. Un acto en el que pasaban a otra per­sona un pedazo de pan que contenía este pensamiento: «Yo te bendigo a ti y a nuestra acción recíproca, y a cam­bio pido lo misino.» Pedir la misma respuesta energética es adecuado puesto que la eucaristía es el acto de com­partir. Como parte de esta visualización, pedí a los asistentes que imaginaran que su energía abandonaba el segundo chakra y tomaba contacto con el segundo chakra de la otra persona, puesto que este chakra dirige nuestra concien­cia en términos de nuestra relación con los demás.

Podemos enviar pedazos de pan simbólicos con nues­tra bendición a personas que se hallan lejos de nosotros. Podemos, y deberíamos, enviarlos con frecuencia a las personas con las que mantenemos relaciones negativas y que requieren nuestra energía sanadora. Cuando usted pide esa bendición a cambio, visualice la energía negati­va que ha invertido en esa relación regenerándose y penetrando de nuevo en su sistema energético. Podemos, asi­mismo, enviar nuestra bendición de la eucaristía a perso­nas con las que debemos encontrarnos (aunque ya las co­nozcamos) con el fin de dotar a ese encuentro de una energía espiritual.

Durante el taller que organicé en México describí a los asistentes el significado simbólico de la eucaristía. Les expliqué que al tomar este sacramento, se comprome­tían a tratar de comprender que cada persona había si­do enviada a sus vidas, y ellos a las vidas de otros, con un propósito espiritual. Les pedí que dedicaran unos minutos a reflexionar sobre si deseaban vivir dentro de los pa­rámetros de este compromiso. Cuando llegó el momen­to de recibir este sacramento, todos participaron. Y de nuevo, tras este rito, los asistentes comentaron entre sus reacciones.

Un hombre me escribió diciendo que siempre había mantenido una relación muy tensa con su jefe. Ambos com­petían continuamente en la oficina por imponer su autori­dad y llevarse el mérito de tareas bien realizadas. Al visua­lizar a su jefe como un compañero espiritual, imaginó que le transmitía un pedazo de pan simbólico. Posteriormen­te, ese hombre me contó que, aunque no estaba seguro de la influencia que este rito tendría sobre su jefe, había con­seguido eliminar una gran parte de la tensión que sentía cerca de él. Añadió que estaba convencido de que, a la lar­ga, la relación con su jefe cambiaría, y que nunca volvería a padecer un estrés tan tóxico.

Otro hombre me escribió diciéndome que compar­tía el significado de este sacramento con su grupo de ora­ción, con el que se reunía cada semana. Habían decidido utilizar juntos la eucaristía como un medio de curar a to­dos los que les pidieran sus plegarias. Mientras rezaban ima­ginaban que el pan simbólico alimentaba el cuerpo en­fermo de una persona y transmitía mensajes a sus tejidos. A los tejidos sanos les decía que se hicieran más fuertes, y a los tejidos enfermos, que «comieran este pan y sana­ran». El hombre me dijo que se habían producido unos re­sultados asombrosos, entre ellos la curación de cánceres en personas adultas y niños.

Durante el taller, una mujer comentó que se había concentrado en ofrecer la comunión a cada miembro de su familia, a fin de compartir su amor y su fuerza con ellos. Este intercambio de energía, al utilizar un sacramento, le hizo sentir como si Dios enviara a su familia una bendi­ción especial.

Un hombre me impresionó especialmente al comen­tar que cuando había recibido el sacramento de la euca­ristía había visualizado a Dios administrándosela El mis­mo, y que había decidido utilizar este ejercicio en su vida cotidiana. Recibir el sacramento le había hecho sentirse más unido a Dios que todos los otros ejercicios espiritua­les que había practicado.

El rito de la eucaristía

Escriba en un papel los nombres de las personas con las que desea compartir la energía positiva o con las que ha existido una energía negativa. Puede también incluir a las personas por cuya salud desee rezar. Pronuncie una oración con las siguientes palabras: «Deposito este nom­bre en el altar porque pido...» Aunque lleve a cabo este rito a solas, puede partir el pan para simbolizar su deseo de compartir la energía positiva con otras personas para trans­mitirles gracia. También puede decir: «Mi intención es que la gracia que transmito alimente o regenere esta relación. Bendigo sinceramente el poder de este sacramento.» Com­plete su rito de la eucaristía consumiendo un poco de pan y ofreciendo una breve oración de gracias.

 

 

EL TERCER CHAKRA-CONFIRMACIÓN

La confirmación es un rito universal que representa asumir la plena responsabilidad de nuestras acciones y vi­vir conforme un código de honor. Para la re judía, la ce­remonia denominada Bar/Bat Mitzvah tiene el mismo significado; dentro de las culturas americanas nativas, la búsqueda de una visión—en la que un joven emprende solo en el desierto un viaje con el fin de tomar contacto con su espíritu animal— constituye un rito similar. Cada socie­dad reconoce que llega un momento en que sus miem­bros necesitan declarar que se sienten capaces de desen­volverse solos en el inundo.

Hoy en día, en Occidente se ha producido una crisis de honor. Hemos perdido 1 a capacidad de honrarnos a no­sotros mismos y a los demás. La mentiray el engaño pre­siden la política y la vida pública, los ámbitos académi­cos, los negocios e incluso las artes. En consecuencia, nuestros hijos no disponen de unos modelos válidos que imitar a la hora de desarrollar su propio código de honor. La total ausencia de ritos de iniciación no ha hecho sino incrementar los obstáculos con los que se topan nuestros jóvenes.

Simbólicamente, la confirmación representa un via­je que nos lleva a descubrir el auténtico significado de la autoestima y la integridad, la capacidad de soportar los retos de ia vida física y de vivir de acuerdo a un código de honor personal. El honor es esencial en el proceso de cu­ración, más cié lo que podemos imaginar. El honor es hon­radez. Es la promesa que nos hacemos a nosotros mismos de no negociar más allá de los límites de ía dignidad para obtener ganancias maten al es. Este código de honor, en vir­tud de su misma naturaleza, implica cumplir nuestra pa­labra, no decir mentiras y asumir la responsabilidad de nuestros actos. Combinar el significado simbólico de este sacramento con el tercer chakra, que representa poder y respeto por uno mismo, constituye otra unión natural de las fuerzas espirituales.

No he conocido a nadie que naciera con un fuerte sencido cíe autoestima; esta forma de poder debe con­quistarse. La falta de una autoestima saludable nos hace vulnerables a las opiniones y comentarios negativos, y a la manipulación de otros; hace que dudemos continua­mente de nuestra capacidad para tomar nuestras propias decisiones. Por otra parte, la autoestima constituye la raíz de las dotes de intuición. La intuición no provie­ne de consumir una dieta vegetariana ni de caminar cinco kilómetros al día escuchando música relajante en el walkman. Proviene del respeto hacia nosotros mismos y de tener el valor de responder a nuestros pensamientos y sentimientos. El problema es que muchas personas creen que la intuición es la capacidad de adivinar el futu­ro. Creen que si desarrollan sus poderes intuitivos y mo­difican su vida debidamente, se verán cumplidos sus de­seos de alcanzar la fortuna económica y el amor romántico. Sin embargo, la intuición no consiste en la capacidad de adivinar el Futuro, sino en la capacidad de reconocer que los trastornos de nuestra mente y nuestro cuerpo cons­tituyen señales que nos advierten de la necesidad de dar un giro a nuestra situación presente, por ejemplo cam­biando de trabajo. La puerta que buscamos no se abrirá a menos que tomemos los pasos necesarios para abrirla nosotros mismos.

No creo que podamos adquirir autoestima, y menos aún poder personal, leyendo libros o asistiendo a confe­rencias sobre el tema. Esta es un área de desarrollo per­sonal que nos exige correr riesgos en el mundo físico a fin de aprender a valemos por nosotros mismos. Sólo si es­tamos dispuestos a correr esos riesgos, lograremos ad­quirir el poder que conduce a la intuición y al valor. El valor es la energía que precisamos para reconocer intui­tivamente las señales de guía que nos indican que sigamos adelante con nuestra vida. No prestar atención a es­tas señales conduce a la pérdida de poder, de respeto ha­cia nosotros misinos y, por último, de salud.

Las tradiciones místicas orientales y occidentales nos enseñan que cuando nos respetamos a nosotros mis­mos, el honor personal y la integridad resplandecen en nuestros ojos. No tendrá necesidad de decirle a nadie que usted se respeta a sí mismo; toda su persona lo trans­mite. La capacidad de soportar sufrimientos es una cues­tión de honor espiritual que le permite asimilar en su sistema la energía de respeto que le transmiten otros. Empeñar sn palabra y mantenerla, no sóío ante los de­más sino ante sí mismo, no es más que una extensión de esta energía.

Durante el taller que dirigí en México, al preparar a los miembros dei grupo para que recibieran el sacramen­to, les pedí que escribieran en un papel sus códigos de ho­nor. Se trataba de una ceremonia privada, y no tenían que compartirlo con nadie. Posteriormente, al recibir el sa­cramento de la confirmación, se comprometieron a vivir una vida basada en el honor, ¡a integridad y la perseve­rancia, convencidos de la existencia de un Dios que hon­ra la fortaleza.

Después de este sacramento, una mujer me refirió en privado que el honor le infundía miedo porque casi todo lo que había conseguido en la vida lo había conseguido obrando de forma deshonrosa. Aunque nunca había ro­bado nada, no se había recatado ala hora de manipular, exa­gerar y mentir con tal de conseguir sus fines. Me confesó haber tenido que hacer acopio de un gran valor para re­cibir este sacramento porque significaba que, a partir de ahora, tendría que vivir de acuerdo a unas pautas de com­portamiento que le resultaban ajenas. No obstante, esta­ba dispuesta a intentarlo.

Un hombre comentó riendo que escribir un código de honor le hacía sentirse como un caballero de la Tabla Redonda, una sensación que le entusiasmaba. Después de recibir el sacramento, añadió, se sentía también capaz de conquistar a la doncella de sus sueños.

Otro hombre me escribió diciendo que «es difícil lle­var una vida honrosa porque limita tus opciones». La suya fue una carta que me impresionó profundamente, porque este hombre había sido un delincuente que había vivido de vender objetos robados. Pero después de asistir a mi ta­ller no rompió su código de honor, por más que le insta­ran a ello sus antiguos «compañeros de negocios». A par­tir de entonces se había construido una vi da que le hacía sentirse orgulloso de sí mismo.

De todas las cartas que recibí, la más conmovedora fue la de una mujer que nos había contado que padecía nu­merosos trastornos físicos y a la que poco antes le habían practicado una histerectomía. Me confesó que nunca ha­bía concedido ningún valor a los sacramentos del bautis­mo y la confirmación, pero que cuando yo expliqué al grupo el significado de esta última, cambió de parecer. Dijo que siempre había llevado una vida honrosa, salvo en lo tocante a sí misma. Se hacía multitud de promesas que ja­más cumplía, en particular la promesa de modificar su vida y no seguir abusando de su cuerpo. También se ha­bía prometido terminar sus estudios e incorporarse al Cuerpo de Paz. Cada vez que fracasaba en sus intentos, se mentía diciéndose que no era el momento idóneo o que no podía modificar su situación presente. Cuando recibió el sacramento de la confirmación, se hizo una promesa que estaba resuelta a cumplir: se prometió que, a partir de aquel día, llevaría a cabo todas las decisiones que tomara con respecto a su persona. Luego añadió son­riendo que la única forma de incumplir ese compromiso sería omitir la palabra «promesa» cuando hablara consi­go misma.

El rito de la confirmación

Consiga un diario y escriba en él su código de honor personal. Esto lo hará tangible, confiriéndole el aura de un contrato formal suscrito consigo misino, con la validez de un juramento. Ese diario se convertirá en un texto que us­ted irá redactando de forma continuada y periódica y don­de anotará y analizará las acciones y crisis de su vida. Para empezar, escriba una cuestión que pueda comprometer su código de honor, o un acontecimiento que ya lo haya com­prometido. Luego escriba: «Necesito ayuda en esta cues­tión.» Ahora cierre ese libro sagrado y colóquelo sobre su altar. Tenga la certeza de que recibirá esa ayuda, bien a tra­vés de un sueño, una conversación o leyendo el libro ade­cuado. Pero sepa que llegará a su vida.

 

 

EL CUARTO CHAKRA-MATRIMONIO

Todo el mundo conoce el significado literal del sa­cramento del matrimonio. Sin embargo, a nivel simbóli­co este sacramento consiste en comprometerse a amar y respetar no a otra persona sino a uno mismo. Aprender a amar, honrar y respetar a uno mismo, en la salud y la en­fermedad, hasta que nuestro espíritu abandone nuestro cuerpo, modifica por completo el significado del sacra­mento. Como codos hemos oído decir, a menos que sea­mos capaces de amarnos a nosotros mismos, no podre­mos establecer una relación saludable y positiva con otra persona.

Cuando aprendemos lo que significa amarnos a no­sotros mismos, la mayoría de nosotros atravesamos una eta­pa de narcisismo, en la que nos liberamos de los prejuicios y las normas de la sociedad. Todos necesitamos atravesar esa fase, porque debemos explorar el significado de una verdad espiritual dentro <Ie nuestra vida física. Pero llega un momento en que definir nuestro amor a través de la re­beldía y el egocentrismo deja de satisfacernos, y empeza­mos, casi de forma automática, a amar y a aceptarnos como somos, y a analizar cómo entendemos el amor y hasta qué punto somos capaces de amar a ¡os demás. A partir de en­tonces, podemos desarrollar, en nuestros tejidos celulares, la fuerza para creer que cuidar de nosotros mismos no es un acto egoísta sino una tarea espiritual imprescindible.

Amarse uno mismo significa escuchar los mensajes que provienen de nuestro corazón. A diferencia de la intuición del tercer chakra, que nos guía a nivel físico, la guía que proviene del corazón nos habla de la importan­cia de hacer sólo aquello «que nos dicta el corazón*. Sin el apoyo de la energía del corazón, nos sumimos en luí gra­ve conflicto interno, tratando continuamente de silenciar nuestros anhelos más profundos.

Seguir los dictados del corazón nos conduce al cami­no más satisfactorio que podemos recorrer. Pero en oca­siones la voz del corazón nos desconcierta porque cues­tiona las cómodas elecciones racionales que hemos tomado con la cabeza. Muchas mujeres que asisten a mis talle­res me han confesado que su elección de marido se basó más en la seguridad física que éste les ofrecía que en una intensa atracción emocional o física. Y su decisión de permanecer junto a su marido después de que se hubiera evaporado el amor romántico también se fundó en los imperativos de la seguridad.

Asimismo, varios hombres me han confesado que no se han divorciado debido a la responsabilidad que sienten hacia sus hijos.

Huelga decir que la decisión de «seguir los dictados del corazón» en circunstancias tan complicadas es una de las elecciones más difíciles a las que se enfrenta una per­sona a lo largo de su vida.

Con todo, desde una perspectiva auténticamente es­piritual —es decir, un lugar de profunda contemplación—, una persona puede llegar a comprender que el hecho de permanecer en ese tipo de situaciones no aporta amor ha­cia los demás, sino la energía de un corazón apenado y va­cío. En tal caso, el individuo debe hacer frente a la deci­sión de si resulta más conveniente marcharse o quedarse.

La falta de amor a uno mismo desemboca en un cons­tante desequilibrio emocional. Cuando uno no se siente nunca en paz consigo mismo, es imposible alcanzar el so­siego interior.

No necesitamos que nadie nos ayude a interpretar lo que nos dice nuestro corazón. Pero sí necesitamos ayuda para reunir el valor necesario que nos permita seguir esos dictados, puesto que nos obligarán a modificar nuestra vida. Analice las consecuencias de no seguir los dictados de su corazón: depresión, incerteza y un sentimiento an­gustioso de no seguir nuestro auténtico camino, sino de contemplarlo de lejos.

El sentimiento de culpa impide que nos amemos a no­sotros mismos, pues mucha gente se siente culpable de an­teponer sus propias necesidades a las de las personas que de­penden de ella. A nadie le gusta ceder el primer puesto, por lo que debemos serlo bastante fuertes para defender nues­tra nueva política. Sin embargo, las tradiciones orientales y occi dentales nos enseñan que el amor a uno mismo cons­tituye un don para los demás. El amor que fluye a través de nuestro corazón purifica no sólo nuestro espíritu sino el amor que compartirnos con otros. El amor incondicional se convierte en una auténtica fuerza sanadora, tan eficaz para los demás como para nosotros misinos. En estas cir­cunstancias es fácil perdonar, porque el daño generado por una relación tensa y difícil ya no tiene el poder de doble­garnos. Podemos contemplar a otra persona con miseri­cordia, al margen de los problemas que existan en noso­tros. El amor a uno mismo transmite el don de la serenidad interior. Esta es la enseñanza del cuarto chakra, en perfec­ta armonía con el significado simbólico del matrimonio.

 

Combinar este sacramento con la enseñanza del cuar­to chakra: respetarnos a nosotros mismos, hace que la pa­sión despierte en nosotros. No la pasión encaminada a una unión física con otra persona, sino la pasión que da li­bre curso a nuestro talento o nos permite construir una vida distinta. La pasión nos hace capaces de reconocer nues­tras verdades más íntimas y confesarnos que nuestra vida presente no nos satisface. La pasión no se deja anestesiar por las manipulaciones lógicas de la mente, puesto que rechaza la lógica y el orden, y elige el riesgo como com­pañero. Sentir la pasión de vivir constituye el auténtico sig­nificado de la liberación y el amor a uno mismo.

Para los participantes en el taller que dirigí en Méxi­co, tomar el sacramento del matrimonio representó la oportunidad de escuchar los dictados de su corazón y des­pertar la pasión que anidaba en ellos. Por esotérico que le parezca, una vez que la energía de la pasión interior co­bra vida y comienza a agitarse dentro de usted, debe es­tar dispuesto a seguir sus dictados. No puede invitar a la pasión a que penetre en su corazón y esperar que se com­porte como un huésped educado y discreto. La pasión le mostrará partes de su ser que ni siquiera había imagina­do. Y cuando comience a vislumbrar la persona en la que puede convertirse, no será capaz de silenciar el deseo de transformarse en ella.

De nuevo, como en el caso de los otros sacramentos, pedí a los asistentes a mi taller en México que reflexiona­ran sobre si estaban dispuestos a jurar «amar, honrar y respetar» la voz de su corazón, y vivir según los dictados de esa voz. Pronunciar ese juramento equivale a invitar a lo Divino a que nos dé nuevas instrucciones sobre cómo debemos vivir.

El matrimonio fue el sacramento que los participan­tes en mi taller más disfrutaron compartiendo, puesto que se prestaba a las típicas bromas sobre lo que dirían sus cónyuges cuando regresaran a casa y les contaran que se habían vuelto a «casar». En este ambiente alegre, con­templé cómo la gente celebraba su liberación. Como es lógico, la euforia que experimentaban disminuiría cuan­do regresaran a sus casas, pero aquella tarde creó una at­mósfera eléctrica.

—Me encanta la idea de amarme a mí misma —declaró una mujer—. En casa trabajo mucho, y recibo faxes con­tinuamente. Ahora responderé con un mensaje que diga: «Métete el fax donde te quepa. Estoy de luna de miel.»

—Mi nuevo amor a mí misma me produce la sensa­ción de que soplan vientos nuevos —comentó una mu­jer que había cumplido los setenta—. Es como si estuviera autorizada a dejarlo todo atrás; ahora sólo debo respon­der ante Dios.

Un hombre me comentó que aprender a amarse a sí mismo era complicado. Por su condición de eclesiástico, su misión consistía en cuidar de los demás, y temía que su nuevo amor le causara serios problemas, ya que buena parte de la influencia religiosa que había asimilado pro­pugnaba justamente lo contrario. Cuando me pidió que le aconsejara, me eché a reír y le propuse que cambiara de religión. Más seriamente, le expliqué que el cambio que había experimentado en su conciencia iba a resultar duro para todos, y le recomendé que compartiera el mensaje con su comunidad espiritual a fin de intensificar su compro­miso con este sacramento.

Una mujer de temperamento exuberante me contó que había dedicado toda su vida a ocuparse de los demás. Tenía ocho hijos, a los que había cuidado con amor hasta que se hicieron mayores, y ahora deseaba disfrutar de la vida. Sentía que el tiempo apremiaba, pues últimamente no se había encontrado bien, aunque no sabía exactamente cuál era el problema. En cualquier caso, al recibir este sacramento sintió que había hecho unos votos que le procurarían el medio de evitar contraer una enfermedad seria.

 

El rito del matrimonio

El matrimonio es tradicionalmente un sacramento en el que dos personas juran amarse mutuamente y vivir jun­tas el resto de su vida. Cuando este sacramento lo toma un solo individuo, su significado pasa necesariamente al nivel simbólico, convirtiéndose en un voto que puede renovar­se con frecuencia, como si se celebrara un aniversario.

Éste es un rito para el que debe prepararse con antela­ción. Elija la ropa que se pondrá, confeccione o adquiera una prenda o un complemento que le guste, que represente para usted la belleza y el amor, y le recuerde todo lo bueno que hay en su vida y en usted mismo. Puede incluso utili­zar un ramo de flores frescas o un regalo de alguien que us­ted considere un buen modelo. Sea cual fuere el objeto que elija, éste representa su juramento de amarse a sí mismo, de cuidar de sí y de respetarse en esta vida. Coloque este ob­jeto sobre su altar, y exprese su intención de que sirva como recordatorio de su valía personal.

Cuando sienta le necesidad de reconfortarse, acérquese a su altar y tome contacto con ese objeto. Recuer­de que debe comportarse consigo mismo como un com­pañero solícito y cariñoso. Esto es suficiente para e] rito del sacramento del matrimonio, pues ante todo repre­senta un recordatorio de que una de nuestras prioridades es cuidar de nosotros mismos.

 

EL QUINTO CHAKRA-CONFESIÓN

Al igual que el matrimonio, la confesión es un rito ex­tendido por todas las culturas, pues es una verdad uni­versal que el espíritu no puede cargar con el peso de sus errores y faltas sin desintegrarse. Debemos librarnos de todo lo oscuro que haya en nuestro interior para impedir que nuestros demonios psíquicos y emocionales nos devoren, y hagan que consideremos a los demás como u seres deshonestos, corruptos, peligrosos y culpables de acciones negativas- Cuando nos hallamos bajo el influjo de esos demonios estamos saturados de una energía pa­ranoica que nos impide confiar en los demás.

Hoy en día, los sanadores que practican medicina al­ternativa insisten en lanecesidad de «invocar a nuestro es­píritu para que regrese a nuestro cuerpo», y con frecuen­cia presentan esta verdad como si se tratara de un concepto nuevo. Pero lo único novedoso es el lenguaje empleado para describirlo. El lenguaje ayuda, desde luego, porque el sacramento de la confesión significa algo más que hu­millarnos ante otra persona mienta admitimos los pe­cados que hemos cometido.

Confesarse no significa simplemente rumiar sobre nuestras faltas. Requiere que invoquemos de forma cons­ciente la energía de nuestro espíritu y la orientemos ha­cía nuestros propio ser. Muchas tradiciones espirituales, ofrecer a un moribundo la oportunidad de confesarse a fin de que la totalidad de su espíritu pueda liberarse de la vida física sin dejar ningún fragmento tras de sí. La confesión exige un acto de suprema voluntad porque significa que uno está dispuesto a enfrentarse a su propia sombra y en­mendar sus faltas. Es una invitación a que la justicia pe­netre en nuestra vida, y aunque uno no necesite experi­mentarla justicia físicamente, equivale a reconocer que las elecciones que hacemos a cada momento de nuestra vida tienen unas determinadas consecuencias. Incluso nues­tras elecciones negativas dirigidas hacia nosotros mismos nos llevan, en última instancia, a reconocer el daño que nos hemos causado.

A medida que desarrollamos una conciencia de nues­tra energía, podemos discernir de inmediato cuándo ésta abandona nuestro cuerpo corro consecuencia de una acción negativa, porque en nosotros se activa un mecanismo que nos impulsa a preguntarnos si queremos realmente comportarnos de esa forma. En ese momento podemos optar por recuperar nuestra energía, pero si no lo hacemos el cuerpo responde con una sensación que nos Indica que hemos debilitado nuestro ser físico. Esto puede manifestarse como un sentimiento de culpabilidad que se extiende a través de todo nuestro organismo, un tirón en el plexo solar (tercer chakra) o remordimientos que no nos dan tregua hasta que recuperamos nuestra energía, rectificando la acción negativa. Cualquiera de esas tres re-acciones indican que hemos abusado de la energía de nues­tro espíritu, enviándola en una misión negativa.

Intensificar nuestra conciencia sobre el tono de nues­tros juicios y el significado de hacer elecciones prudentes, en lo que reside el auténtico significado del quinto cha­kra, arroja una intensa luz espiritual sobre la fuerza sana­dora de este centro energético. La serenidad que experi­mentamos después de haber recibido el sacramento de la confesión, la sensación de habernos librado de nuestras ti­nieblas, es señal de que el espíritu ha regresado a nuestro cuerpo.

A ningún participante en el taller de México le costó decidirse a tomar este sacramento. Aunque no es fácil compartir el sacramento de la confesión en público, en­tre el grupo existía un ambiente de estima y respeto tan profundo que no temieron hacerlo públicamente. Por otra parte, deseaban explorar juntos la sensación de reco­brar la energía de su espíritu.

—Espero no engañarme —comentó una mujer—-, pero me siento mas ligera que antes de recibir este sacra­mento. Quizá debería utilizarlo como dieta adelgazante —añadió sonriendo.

Un hombre dijo que, después de confesarse, sintió su cuerpo vibrar de energía, como si un rayo hubiera caído sobre él.

—Mientras recibía este sacramento, recé pidiendo fuerzas para no volver a mentir nunca. Me avergüenza ha­berlo hecho en el pasado, pero siento que Dios me ha per­donado.

—He padecido una depresión durante años —expli­có otro hombre—. He tomado multitud de medicamen­tos para combatirla y he visitado a numerosos terapeutas. Me han diagnosticado manía depresiva. Llegué a un pun­to en que temí no salir nunca de ese estado. Cuando nos hablabas sobre la confesión no pensé que fuera culpable de pecados como el de mentir, pero comprendí que siem­pre había envidiado a las personas que parecían más feli­ces que yo. No creo que pueda cambiar de la noche a la mañana, pero al menos ahora soy capaz de identificar este sentimiento y creo que sé cómo librarme de él.

—Yo he sabido que mi espíritu no se hallaba plena­mente en mi cuerpo desile que era niña —comentó una mujer—. Cuando me hice mayor se confirmaron mis sos­pechas, pues recordé que de niña había sufrido abusos. Desde el momento en que recordé esas experiencias sólo he sentido odio hacia los hombres que abusaron de mí. Re­zaba pidiendo que sufrieran el tormento que sufría yo. Durante este sacramento, les he transmitido el mensaje de que ya no controlaban mí espíritu. Al hacerlo, he sentido que recuperaba mi espíritu. Confío en que mi sensación de que al fin puedo librarme de los recuerdos traumáti­cos de mi infancia signifique que lo conseguiré.

El rito de la confesión

Si quema usted algo externamente, no se quemará in­ternamente. Dedique tanto tiempo consciente como pre­cise —una vez a la semana, por ejemplo, el domingo— para escribir en un papel las elecciones negativas que ha hecho y que le han supuesto una pérdida de energía. Son elecciones que no mejoran su vida ni la cié nadie más. Luego queme el papel en el recipiente sobre su altar, y mieii-tras el humo asciende hacia el cielo, pronuncie una ora­ción pidiendo mayor conciencia para no repetir esas elec­ciones negativas. SÍ lo prefiere, puede encender una vela en lugar de quemar papel, pero no deje de visualizar esas elecciones negativas mientras se esfuman y le devuelven la energía que le habían arrebatado.

 

EL SEXTO CHAKRA-ORDEN SAGRADA

De todos los sacramentos, la orden sagrada quizá sea el más difícil de comprender a nivel simbólico. Como expliqué a los participantes de mi taller en México, estamos acostumbrados a pensar en nosotros mismos en términos positivos, y medimos lo que tiene importancia en la vida por su tamaño y lo público que es. Es muy difícil romper el influjo que estos conceptos tienen sobre nuestra men­te. Aunque comprendamos a nivel intelectual e! signifi­cado simbólico del sacramento de la orden sagrada, éste no penetrará fácilmente en nuestro corazón y engendra­rá la pasión requerida para propiciar un cambio.

El camino hacia nuestra ordenación equivale a una profunda evolución personal y espiritual. No basta con estudiar el significado de la misericordia, el amor y la ca­ridad, sino que es necesario practicarlos. Al igual que los sacramentos precedentes nos hicieron comprender por qué debemos convertir nuestra evolución espiritual en una prioridad, el sacramento de la orden sagrada repre­senta una aproximación madura a lo Divino, para que nos utilice con el fin de aportar energía a los demás.

El significado original de la orden sagrada se basa en actos de amor y servicio hacia los demás que se producen de forma natural a través de la fuerza del espíritu. Pero cuan­do esos actos están motivados por la debilidad, y se ma­nifiestan como un afán de reconocimiento y autocomplacencia, están contaminados y se convierten en una for­ma de seducción- Las personas pueden engañarse con fa­cilidad al creer que reciben ayuda de otra persona, en par­ticular cuando la necesitan desesperadamente, y es por esto por lo que algunos sacerdotes, gurús y consejeros es­pirituales sin escrúpulos consiguen aprovecharse de sus alumnos y discípulos.

Una auténtica ordenación puede interpretarse como el hecho de alcanzar un grado muy alto de madurez espi­ritual, en el que los atributos del espíritu resplandecen con tal claridad que no es preciso que señales su presen­cia, pues todos la notan. Nuestra única tarea consiste en mantener estas cualidades con integridad, lo cual requie­re que reconozcamos que se hallan vivas dentro de noso­tros.

En mis explicaciones al grupo que asistió al taller de Mé­xico, señalé que este sacramento encierra una paradoja: pone de relieve la necesidad de amar y servir a los demás de una forma casi impersonal. Es decir, no es necesario que sea­mos conscientes de poseer unas cualidades que contienen semejante poder. Es a los demás a quienes corresponde ad­vertir esas cualidades en nos otros, y mediante su reconoci­miento administran el sacramento de la orden sagrada. Al mismo tiempo, debemos reconocer los tesoros que lleva­mos en nuestro interior. Quizás usted se pregunte cómo es posible ser consciente de algo y al mismo tiempo no per­catarse de ello.

La paradoja constituye uno de los lenguajes de lo Di­vino. El que no seamos conscientes de nuestros tesoros no significa que no los veamos. Significa que controlamos nuestro ego, en el sentido al que se refería Jesús al decir: «Cuando des una limosna, no dejes que tu mano izquier­da sepa lo que hace la derecha» Eso no significa que de­bamos eliminar nuestro ego de nuestra psique, sino man­tener un ego limpio que nos permita «estar en el mundo pero no pertenecer a este mundo». Podemos gozar de la abundancia que posee el mundo, pero no debemos dejar que nuestras dotes manipulen esa abundancia. Podemos amar profundamente, pero no debemos debilitar a los de­más por la forma en que los amamos.

Esta postura es reforzada por la energía del sexto chakra, que representa el buen juicio y el auténtico significa­do de la misericordia. Paradójicamente, el buen juicio es la facultad de no juzgar a los demás sino de tratar de com­prender de forma misericordiosa el motivo por el que un individuo se convierte en un ser negativo o tóxico. La apli­cación de la sabiduría comporta un poder sanador porque ofrece ayuda sin vergüenza ni crítica.

Al combinar la energía inherente al sacramento de la orden sagrada con la energía del sexto chakra, que repre­senta asimismo la liberación del influjo de los espejismos de la vida, nos permite comprender que nuestras mayores aportaciones a los demás suelen ser las que no conllevan un envoltorio físico: amor, comprensión, misericordia, alegría, optimismo, valor, no juzgarles y muchas otras. To­dos poseemos la capacidad de desarrollar estos maravillo­sos atributos del espíritu, y, al emprender ese camino, la ener­gía sanadora que aportamos a nuestra vida regenera nuestro espíritu.

Debido a que el sacramento de la orden sagrada se basa en las cualidades que los otros ven en nosotros, pedí a los participantes en mi taller que eligieran las cualida­des que deseaban desarrollar. Al tomar este sacramento se comprometían a la práctica espiritual de alimentar esas cualidades. Les pedí que examinaran la forma en que se relacionaban con otras personas: ¿Eran propensos a juz­gar a los demás? ¿Deseaban impresionarles? --Pretendían despertar su admiración? ¿Qué les motivaba a servir a los demás?

Estas preguntas no pueden responderse de la noche a la mañana. Por consiguiente, comprender el auténtico significado del sacramento de la orden sagrada exigió un mayor esfuerzo por parte de los miembros del grupo. Y debido a su relación con el sacerdocio, pedimos a los par­ticipantes que pasaran la tarde en silencio mientras deci­dían si deseaban tomarlo. La ordenación fue el único sa­cramento que no todos los asistentes decidieron tomar. Al observar las dudas y los problemas que suscitaba en cier­tos miembros del grupo, quise conocerlos motivos que ha­bían ¡levado a algunos -A abstenerse de recibirlo y a otros a tomar este sacramento. Quienes se abstuvieron de par­ticipar alegaron que no estaban dispuestos a hacer los sa­crificios personales que exigía. Una mujer confesó since­ramente que no deseaba servir a los demás porque prefería recibir ayuda a ofrecerla. Otra mujer dijo:

—No he tomado este sacramento porque no estoy preparada para los cambios que provocará en mi vida. No estoy dispuesta a entregar su vida conscientemente a Dios, que es en lo que consiste este sacramento. Y aunque intelectualmente sé que no ejerzo ninguna autoridad sobre mi vida, necesito creer que la controlo.

Pero para quienes recibieron este sacramento, su sen­tido de establecer una íntima comunión con Dios era evi­dente. Se habían comprometido conscientemente a ser­vir a los demás de la forma que Dios se lo ordenara. Lo que era más importante, se habían comprometido a no juzgar la trayectoria de su vida como insignificante porque no lu­ciera el manto del poder físico. Tan poderoso era ese com­promiso, que, cuando Suzanne les ungió la frente, pocos miembros del grupo pudieron repetir las palabras sin rom­per a llorar. Tanto a Suzanne como a mí nos resultó evi­dente que cuando cada persona se arrodilló con profun­da fe y confianza, sin temor a Dios, el poder invisible de la gracia penetraba en ellos.

—He tomado este sacramento —dijo un hombre— porque necesito algo en que basar mi práctica espiritual. Necesito que Dios me hable, no de negar quien soy, sino de regocijarse en quien soy. Si este gozo emerge y se convierte en algo que puede inspirar a otros, estupendo. Si sólo me inspira a mí, me doy por satisfecho.

Otro hombre me escribió más tarde diciendo que para é] el sacramento de la orden sagrada era el más potente.

-—Este sacramento me ha procurado unos paráme­tros con los que vivir y centrarme en lo que realmente es importante en mi vida. Me gusta creer que las cualidades que poseemos, no los bienes materiales que acumulamos, son lo verdaderamente importante. Esta idea me ha pro­porcionado una profunda satisfacción.

Una mujer que luchaba contra un cáncer de mama du­rante la época en que organicé ese taller, me escribió para decir:

—Pedí a Dios que me concediera fuerza interior para resistir el tormento de mi enfermedad. En lugar de caer en la desesperación pensando en si lograría curarme, de­cidí aferrarme a la creencia de que fuera cual fuese el re­sultado, lo afrontaría con fuerza y fe. Para mi sorpresa, des­pués de que me extirparan el tumor, me desperté en la cama del hospital sabiendo no sólo que habían eliminado el cáncer de mi cuerpo, sino que Dios me había concedi­do unos años más de vida.

El rito de ordenación

Puede aplicar este rito tanto a su trabajo cotidiano, sea donde fuere que lo realiza, como a una tarea específica que le haya sido encomendada o que usted ha accedido a llevar a cabo. Al ordenar su trabajo reconoce que es un trabajo sagrado, tanto si consiste en una labor artística o en vaciar orinales en un hospital, administrar una casa o dirigir una empresa. Si usted considera su trabajo sagra­do, procurará esmerarse y hacerlo del mejor modo posi­ble. Puede ordenar cualquier tarea y convertirla en sa­grada, de forma que represente el significado original de la ordenación, que consiste en reconocer que está especí­ficamente capacitado para llevar a cabo esa tarea.

De nuevo, debe preparar un poco de agua <Ie forma especial: colocando unos cristales en ella o vertiendo acei­tes aromáticos para conferirle energía, del mismo modo que un sacerdote bendice el agua. Escriba el nombre de su trabajo en un papel, y deposítelo sobre su altar casero. Si lo prefiere, puede ungir su escritorio, sus herramien­tas de trabajo, su ordenador o cualquier objeto que re­presente su deseo de realizar con honradez y dignidad lo que haya ordenado. Mientras lleva a cabo este rito, com­prométase a convertir su trabajo en una tarea sagrada.

 

El séptimo chakra-extremaunción

El sacramento de la extremaunción, o de los últimos ritos, se administra tradicionalmente a una persona que se está preparando para morir. Su significado reside en la aceptación por parte del moribundo de dejar atrás sus po­sesiones, tanto físicas como emocionales.

La extremaunción se administra, por lo general, sólo una vez, pero desde una perspectiva simbólica, en la región de nuestros pensamientos y sentimientos, puede adminis­trarse una vez al día, puesto que significa nuestro deseo de liberarnos de todo cuanto esté muerto en nuestra vida, y la elección consciente de no utilizar nuestra fuerza vital pa­ra mantener vivo aquello que ha fallecido en nosotros. Más que los otros, este sacramento nos ofrece una disciplina me­diante la cual podemos vivir en el momento presente.

Aunque al principio pueda resultar incómodo pensar en e! pasado como algo «muerto», no deja de ser una des­cripción exacta del lugar que llamamos «ayer». Infundir nuestra fuerza vital al pasado para mantenerlo vivo es como pretender vivir en un mausoleo. Es frío y oscuro, y no podemos hablar con los muertos.

No estamos destinados a cargar con el pasado como si aún estuviera vivo. Lo pasado, pasado está, y utilizar nuestra energía para mantener vivos unos acontecimientos o unas relaciones que ya no existen es como querer infundir aliento a un cadáver con la esperanza de que resucite. El coste de esas acciones, tanto para el cuerpo como para el espíritu, es enorme. Al explicar el significado simbóli­co de la extremaunción al grupo de México, lo presenté como un medio de librarnos de forma consciente, inclu­so a diario, de todo cuanto no deseamos seguir mante­niendo con nuestra energía. A. diferencia del sacramen­to de la confesión, que libera la negatividad que portamos, la extremaunción sirve para reorganizar las fases de nues­tra vida que ya han pasado. El fin de la juventud, la muer­te del matrimonio, la ruptura de una relación, la jubila­ción, mudarnos de hogar, todos constituyen ejemplos de unas etapas vitales que cambian continuamente, y dejan de formar parte de quienes somos y lo que somos en el presente.

Las personas se aferran a esas etapas de varias mane­ras, incluso por medio de intervenciones quirúrgicas des­tinadas a borrar el paso del tiempo de nuestro rostro y nuestro cuerpo. Conviene que nos preguntemos si nues­tro afán de ser quienes éramos hace un tiempo, y poseer lo que poseíamos, contribuye a nuestra salud o la com­promete. La respuesta es tan evidente que no es necesa­rio decirla. El bagaje del pasado no mantiene nuestros te­jidos corporales vivos. Disponemos sólo de una cantidad limitada de energía con la que administrar nuestra vida, y malgastarla en activar nuestro pasado sólo sirve para que nos endeudemos desde el punto de vista energético. Los recursos con los que saldamos esta deuda provienen de la energía que poseemos en las células de nuestros tejidos. Su uso debilita el cuerpo hasta el punto de hacer que con­traiga una enfermedad.

La energía inherente a la extremaunción combinada con la energía del séptimo chakra, que representa nues­tra conexión con la eternidad y lo Divino, celebra la ver­dad de que todo lo bueno de nuestro pasado sigue vivo den­tro de nosotros y en torno a nosotros, y que lo que está muerto conviene que siga muerto. No podemos sentir plenamente la gracia que nos garantiza nuestra inmorta­lidad si seguimos temiendo el paso de los años y tratamos de detenerlo. Esta es una paradoja creada por nosotros mismos, no mía paradoja concebida por el cuerpo para potenciar nuestro poder.

Nuestra conexión con la fuerza eterna de lo Divino por medio de este sacramento comprende todo lo que hemos sido, todo lo que somos y todo lo que estamos destinados a ser. Esta conexión constituye una garantía de que nues­tra fuerza vital es infinita y de que somos capaces de tras­cender cualquier obstáculo. Librarnos del ayer mediante lina mejor comprensión de nuestra naturaleza divina es el me­dio de superar todo cuanto nos ha sucedido en el plano fí­sico. De paso alcanzamos la verdad espiritual de que los acontecimientos físicos no son sino espejismos y que la for­ma física con que se manifiestan en nuestra vida carece de significado.

La sanación puede interpretarse como una forma de enseñarnos a vivir en el «aquí y ahora». Aunque el cris­tianismo ha cometido el error de hacer demasiado hinca­pié en el más allá, los Evangelios hacen referencia a la ne­cesidad de librarnos del pasado y procurar vivir en e! presente. Al discípulo que deseaba regresar a casa para enterrar a su padre, Jesús le dijo: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos» (Mateo, 8:22). Asimis­mo, las tradiciones orientales nos enseñan que el mundo físico no es más que un espejismo y que lo importante es vivir en el momento presente.

Pocos asistentes al taller de México dudaron sobre si participar o no en el rito de la extremaunción. Todos se mostraron más que dispuestos a vaciar el contenido de su bagaje emocional, como una liberación simbólica de lo que no deseaban seguir transportando.

—Hace tiempo que deseo librarme de varias cosas del pasado —comentó una mujer—, pero sentía remordi­mientos. Ahora comprendo que eso es lo que Dios desea que haga, y siento como si me hubiera quitado un peso de encima.

—Siempre he pensado que mis orígenes eran mi iden­tidad —dijo un hombre—. Pero ahora me he dado cuen­ta de que es una estupidez, y deseo librarme de esa faceta de mi personalidad.

Posteriormente, recibí una carta de una mujer que decía:

—Siempre he deseado vender la casa donde nací y que heredé de mis padres. Me pidieron que cuidara de ella porque era cuanto poseían, de modo que la he con­servado pese a ser una carga emocional y financiera. Pues bien, hace poco la puse en venta.

Un hombre me telefoneó para decir:

—Hace tiempo que padezco varias dolencias. Sufro un dolor crónico en la región lumbar, además de otros trastornos. Desde que practico la visualización para li­brarme de las cosas negativas, he llegado a la conclusión de que llevo todas mis dolencias en la espalda. Ahora es­toy convencido de que lograré sanar este dolor, y creo que ello se debe al hecho de que practico constantemente este sacramento.

 

El rito de la extremaunción

Empiece por preguntarse cuánta energía está mal­gastando. ¿Cuántas cosas muertas transporta consigo en su vida cotidiana? Anote en un papel la cantidad de pesos muertos que arrastra. Coloque el papel en un recipiente, deposítelo sobre su altar y préndale fuego. Cuando comience a arder, visualícese a sí mismo disolviendo las ata­duras que le han mantenido sujeto a ese episodio o episo­dios, y deje que su energía regrese a su cuerpo. Si lo pre­fiere, utilice un pequeño objeto que simbolice ese episodio —si se trata de un accidente de carretera, por ejemplo, pue­de utilizar un cochecito de juguete—- y adminístrele la extremaunción con el agua bendita que ha preparado. Pronuncie una oración para liberar la energía del episo­dio que simboliza este objeto. Por ejemplo, puede decir: «No deseo que esto permanezca en mi vida.»

Cuando sienta que su energía ha vuelto a usted, pro­nuncie una breve oración de gracias.

Epílogo Blancanieves y los siete chakras

Durante los últimos años, siguiendo los pasos de Cari Jung y Joseph Campbell, varios maestros y analistas jungianos, en particular Clarissa Pinkola Estés, se han dedi­cado a reinterpretar algunos de los mitos y cuentos de ha­das más populares. Su trabajo siempre me ha impresionado, pero nunca se me ocurrió aplicar esta técnica hasta un día en que estaba viendo la versión de Walt Disney de Blancanieves y los siete enanitos en la televisión. No esperaba que Walt Disney me transmitiera una verdad simbólica, de modo que lo que contemplé en la pantalla me pilló por sor­presa y confirmó el poder de este cuento de hadas. Por lo demás, constituye un excelente ejemplo de una curación y un despertar espiritual.

La reina se halla delante del espejo, el rasgo arquetípico del yo, que en la versión de Disney se halla rodeado por los signos del zodíaco. La reina pregunta: «Espejito, espejito mágico, ¿quién es la más bella del reino?» Alo que el espejo responde: «Blancanieves.»

Quizá Blancanieves sea el símbolo del yo superior de la reina, y ésta represente el yo tradicional, aferrado al materialismo y al control. Lo que la reina dice en realidad es que debe matar a suyo superior porque hace que se dé cuenta de cosas que prefiere no saber. A fin de cuentas, su yo superior está fregando los suelos de] castillo, lo cual representa la totalidad del ser, como un auténtico místi­co que ve a Dios en todo, y halla paz y satisfacción en las tareas más humildes. La reina ordena al cazador que mate a Blancanieves y le lleve su corazón, el chakra central que une el yo su­perior y el inferior! Creemos que hemos descubierta una novedad al relacionar nuestra biología a nuestras emo­ciones, pero no es una casualidad que se haya asociado siempre el corazón —en el mito y en las leyendas popu­lares— con la verdad y el amor, los elementos que cons­tituyen el cuarto chakra.

En lugar de matar a Blancanieves, el cazador deja que huya al bosque y mata a un cerdo, cuyo corazón lleva a la reina. Blancanieves inicia entonces su noche oscura del al­ma y pasa la noche en el bosque, temerosa de los ojos que la rodean. Al amanecer, se percata de que esos ojos perte­necían a los animales que la protegían. Tras haber supe­rado la noche sin sufrir daño alguno, echa a caminar y se encuentra con un puente que conduce a la casita de los enanitos. Blancanieves atraviesa el puente —el símbolo clá­sico de la transformación humana— y entra en la casa de su nuevo yo. De inmediato empieza a limpiarla y a poner en orden las cosas, de acuerdo con sus propios dictados. La rema, su yo inferior, ha sido trascendida.

De improviso se presentan los siete enanitos, que son mineros, pero Blancanieves les obliga a lavarse antes de dejarlos entrar. Dicho de otro modo, al descubrir sus charas, Blancanieves se dispone a purificarlos. Según la tra­dición de la doctrina Kundalini, los adeptos limpian y pu­rifican sus chakras de abajo arriba para que la sagrada energía déla fuerza vital que reside en la base de la columna vertebral ascienda hasta la coronilla. Esa purificación pue­de realizarse de forma paulatina, mediante la oración y la meditación; en algunos casos se produce de pronto, es­pontáneamente. En cualquier caso, es un preludio a la apertura del alma.

Entre tanto, en el castillo, la reina descubre que su yo superior sigue vivo. Toma una manzana envenenada, la tra­dicional fruta prohibida del conocimiento del bien y del mal, aunque el Génesis no la menciona específicamente. La reina ofrece la manzana a Blancanieves, que al morderla cae en un sueño profundo. Mientras duerme, desciende al submundo de los dominios arquetípicos. Para desper­tar de este sueño arquetípico, tiene que lograr que se unan el ánimus y el ánima, el príncipe y la princesa, los compo­nentes masculino y femenino de su alma. Esa unión pro­picia la resurrección de un ser completo, consciente de sí, regenerado.

Nuestro objetivo es muy parecido al de Blancanieves: lograr que nuestro yo deje de luchar contra nuestro yo superior, unificar los elementos de nuestra naturaleza, hacer las paces con nuestros siete chakras y despertar para asumir las riendas de nuestra vida. Las partes difíciles de esa empresa —vagar a través de la noche tenebrosa, puri­ficar nuestros centros energéticos, descender a los abis­mos de nuestra psique— constituyen las claves del proceso de curación. Huelga decir que no todas las crisis de salud terminan como en un cuento de hadas, pero cualquier es­fuerzo que realice, por insignificante que le parezca, le conducirá hacia un estado de salud espiritual y física.

Agradecimientos

En primer lugar, deseo expresar mi eterna gratitud a mi brillante editora y estimada amiga, Leslie Meredith, por su fe en mí y en este material.

Asimismo, mi mas profundo agradecimiento a Chip Gibson, director de Harmoni Books, por su valiosa ayuda. Y también a Andrew Stuart, colaborador de Leslie.

Como siempre, estoy en deuda con mi agente Ned Leavitt, una fuerza estable y sabia en mi vida, que me ha guiado a través de un millar de tormentas. Todo mi cariño, Ned.

Deseo expresar también mi gratitud a Peter Occhiogrosso, pues sin su ayuda no habría podido completar este manuscrito. La tarea de Peter fue monumental: reorganizar y revisar este manuscrito en un tiempo record. No solo no se dejó amedrentar por esta engorrosa tarea sino que me ofreció su apoyo en los momentos en que mas lo necesitaba. Peter ha sido para mí un salvavidas, con quien estaré siempre en deuda por su aportación a este libro y a mi vida.

Vaya también mi gratitud a Janet Biehl, quien se encargo de realizar la revisión tipográfica del libro. A Tami Simon, fundadora de Sound True Productions.Deseo expresar mas que mi gratitud .Tami produjo hace años el material básico de La medicina de la energía en una cinta de audio. Su apoyo y su fe en mi trabajo- y en mi persona- me estimularon a plasmar este material en un libro, especialmente debido a la buena acogida que el publico dispensó a es primera cinta. Nunca podré expresar a Tami, y al personal de SoundsTrue, lo mu­cho que aprecio lo que han hecho por mí.

M. A. Bjorkmany Rae Baskin, fundadores de Conference Works, han formado el equipo de apoyo básico de la mayoría de mis talleres y han propiciado el creciente in­terés del público en mi obra; os agradezco vuestra ayuda y amistad.

Los amigos personales y la familia constituyen el gru­po fundamental de apoyo de una persona. En mi caso, este apoyo comienza con el amor de mi madre, mi hermano Ed, mi cuñada Amy, mis primos y primas Marilyn, Mitchell, Chris y Ritchie, y mis increíbles amigos y amigas Norm, Suzanne Jim G. y Virginia Slayton, quienes me im­pulsaron a emprender la carrera docente. Mary Neville y Paula Daleo ocupan un lugar destacado en esta categoría, no sólo porque son mis ayudantes, sino porque son unas amigas leales sin cuya ayuda y consejo mi trabajo habría resultado aún más contuso de lo que ya es.

Por último, deseo expresar mi gratitud a los «dioses» por haber hecho que Donald apareciera en mi vida en el momento preciso. El me hace comprender cada día el mensaje esencial de este libro: que el amor es la fuerza más importante de la vida, por no decir la más bella.

Caroline Myss