La medicina de la energía. 2ª parte

CAROLINE MYSS

 

La Medicina de la Energía

 

Este libro está dedicado

a Racbel Namtti Remen, doctora En medicina, y a Daniel Lowensteifí, doctor en medicina, con todo mi amor y gratitud por haber aparecido en mi vida.

 

 

Los chakras, las eras astrológicas

y las formas de poder

 

A muchos de nosotros nos ha resultado franca mente di­fícil integrar en nuestra vida las asombrosas transforma­ciones en las actitudes y creencias sobre la curación que se han producido en las últimas décadas. Una manera de en­tender esos cambios y de sentirnos más cómodos con ellos es analizarlos en el contexto del desarrollo histórico que los ha generado. Dado que yo contemplo la historia a tra­vés de la lente del progreso no sólo tecnológico sino tam­bién espiritual y físico, repasaré brevemente el sistema de energía humana definido por los chakras, el cual constitu­ye el núcleo de mis teorías sobre la curación. Apartar de ahí, examinaré la relación entre las tres últimas eras astrológi­cas y las manifestaciones de poder psico-espiritual que se han dado en cada una de ellas.

 

LOS CHAKRAS

 

El conocimiento de los chakras ha existido durante mi­les de años, aunque sólo ha sido durante este último siglo cuando se ha filtrado con detalle a Occidente. Según los sistemas hindú y budista, los siete chakras constituyen los centros energéticos tradicionales del cuerpo astral, un plano sutil de energía que coexiste con el cuerpo físico. Los chakras son las áreas de conexión entre el cuerpo y el es­píritu que, una vez purificadas y «abiertas» mediante unos ejercicios avanzados de yoga, conducen al adepto a la iluminación, aunque en el caso de algunas personas, por ra­zones que no conocemos con precisión, los chakras se abren de forma espontánea. A menudo aparecen repre­sentados como flores de loto o ruedas que giran (en sáns­crito, chackra significa «rueda» o «círculo»), y cada chakra se corresponde aproximadamente con una zona del físi­co. (Las escuelas del taoísmo en China emplean un siste­ma parecido, aunque con terminologías distintas.)

El primer chakra, o Muladhara, se sitúa en el punto entre el ano y los genitales, donde ¡a energía vital del cuer­po y el espíritu yace como una serpiente enroscada. Según el sistema hinduista, el proceso de desenroscarla serpiente se conoce como Kundalini yoga, ül segundo chakra se ha­lla en la raíz de los genitales, el tercero corresponde al ple­xo solar, el cuarto está localizado cerca del corazón (en medio del pecho o hacia el lado derecho), el quinto se ha­lla en la región de la garganta, el sexto está ubicado un poco por encima del espacio entre las cejas (el llamado tercer ojo); el séptimo está situado sobre la coronilla, aun­que corresponde a la glándula pineal. Este último chacra se llama Sahasrara, derivado de la palabra sánscrita que sig­nifica «mil», y se refiere al «loto de los mil pétalos» de la iluminación. Existe un octavo chacra fuera del cuerpo fí­sico, situado en el borde superior del campo áurico, pero hablaré sobre ese chakra en el capítulo 7.

Para los occidentales que no conozcan la terminología y metafísica oriental, puede ser más sencillo considerar los chakras como unos discos informáticos que contienen todo tipo de información. Al igual que el disco duro de su orde­nador, los chakras giran y adquieren datos y también se puede acceder a ellos para recuperar esa información. Cada banco de datos energético resuena ante una vibración es­pecífica de energía necesaria para nuestro cuerpo físico y espiritual.

Según la ciencia oriental, la fuerza vital del universo fluye desde la coronilla hacia abajo a través de los chakras,

 

 

Alimentando nuestro cuerpo con siete clases de energía di­ferente, cada una de las cuales es esencial para nuestro de­sarrollo físico y espiritual. Y también fluye hacia arriba a través de los chakras, transmitiendo percepciones indivi­duales y la sensación consciente de la interconexión uni­versal.

Aunque todos los chakras son una parte inherente de nuestro ser espiritual y físico, yo creo que los seres huma­nos sólo consiguen tener acceso a ellos durante diversas fa­ses de nuestra evolución psicoespiritual. Asimismo, a me­dida que pasamos de la infancia a la madurez, activamos las energías de los chakras y sus lecciones espirituales en una secuencia de abajo arriba. A continuación ofrezco una bre­ve descripción de algunas de las creencias y conductas aso­ciadas con los chakras, en orden ascendente. El lector po­drá remitirse a esas descripciones cuando comentemos la relación de los chakras con las eras astrológicas y las formas de poder, en el resto de este capítulo.

 

Primer chakra: Este centro energético contiene los sistemas de creencias más directamente relacio­nados con nuestra familia biológica y nuestro entor­no social. La característica que identifica a los siste­mas del primer chakra es que constituyen unas formas de pensamiento grupales que derivan de tradiciones religiosas, étnicas, culturales, sociales, comerciales, políticas y familiares. Esos sistemas enseñan a los miembros de la tribu cómo ejercer control sobre el gru­po o cómo ceder el control a las figuras de autoridad del grupo; por consiguiente, los desafíos espirituales de este chakra tienen que ver con la forma en que nos relacionamos con nuestro mundo físico.

 

Segundo chakra: Del control del grupo, pasamos al control del individuo. El pensamiento y las lec­ciones del segundo chakra se aplican principalmente a las relaciones sexuales, la amistad, las asociacio­nes empresariales y financieras y el poder, y cual­quier interacción entre dos individuos que haga aflo­rar la necesidad de asumir el control de una situación. Naturalmente, las formas de control incluyen las conductas positivas y negativas, y todos experimen­tamos en nuestra vida ciertas formas individuales negativas a las que debemos enfrentarnos a causa de la influencia que ejercen sobre nuestra energía y nuestro cuerpo.

 

Tercer chakra: Este centro energético está princi­palmente relacionado con las creencias que sostene­mos sobre nosotros mismos: nuestro aspecto físico, in­teligencia, dotes físicas y habilidades, desde la gimnasia hasta el baile o el bordado. En suma, este chakra cons­tituye el centro de nuestra autoestima, y, como tal, los desafíos espirituales relacionados con este centro se refieren a la maduración del yo.

 

Cuarto chakra: Este centro-corazón del cuerpo humano es el generador de todas las emociones: amor, bondad, celos, ira, odio. El corazón es el más pode­roso de todos los chakras porque posee la autoridad absoluta para crear o destruir; como tal, la energía del corazón es la más difícil de dominar. Si su corazón está controlado por el poder tribal, sus conexiones emocionales serán igualmente limitadas. Los desa­fíos espirituales del cuarto chakra consisten en apren­der a ser compasivos, el valor del perdón y el signifi­cado del amor consciente, que a menudo llamamos «amor incondicional», lo cual convierte al corazón en un instrumento universal de bondad sin ninguna intención oculta que reduzca el amor a actos de ma­nipulación e intentos de controlar a los demás.

 

 

 

 

 

Anatomía de la energía

 

 

CHAKRA

ÓRGANOS

MANIFESTAC1ONES MENTALES Y/O EMOCIONALES

DEFUNCIONES FÍSICAS

1

Soporte físico del cuerpo

Base de la columna

Piernas, huesos

Pies

Recto

Sistema inmunitario

Seguridad física en la familia o grupo Capacidad de proveer a las

necesidades de la vida

Capacidad de hacerse valer y defenderse Sentirse a gusto en casa

Ley y orden social y familiar

Dolor crónico de la parte baja de la espalda

Ciática Varices

Tumor o cáncer rectal

Depresión Trastornos relacionados con la inmunidad

2

Órganos sexuales

Intestino grueso

Vértebras inferiores

Pelvis Apéndice Vejiga

Zona de las caderas

Acusación y culpabilidad

Dinero y sexualidad

Poder y dominio

Creatividad

Ética y honor en las relaciones

 

Dolor crónico de la parte baja de la espalda Ciática Trastornos tocológicos

o ginecológicos Dolor pélvico o en la parte baja de la espalda Potencia sexual Problemas urinarios

3

Abdomen Estómago

Intestino delgado

Hígado, vesícula biliar

Riñones, páncreas

Glándulas suprarrenales Bazo

Parte central de la columna

Confianza Miedo e intimidación

Estima y respeto propios,

confianza y seguridad

en sí mismo Cuidado de sí mismo y de los demás Responsabilidad para tomar

decisiones

Sensibilidad a la crítica Honor personal

Artritis                                      

Ulceras gástricas o duodenales

Afecciones de colon e intestinos

pancreatitis/diabetes

Indigestión crónica o aguda

Anorexia o bulimia

Disfunción hepática

Hepatitis

Disfunción suprarrenal

4

Corazón y sistema circulatorio

Pulmones

Hombros y brazos

Costillas/pechos

Diafragma Timo

Amor y odio

Resentimiento y amargura Aflicción y rabia Egocentrismo Soledad y compromiso Perdón, y compasión Esperanza y confianza

Fallo cardíaco congestivo Infarto de miocardio (ataque

al corazón) Prolapso de la válvula mitral Cardiomegalia Asma/alergia Cáncer de pulmón Neumonía bronquial Parte superior de la espalda, hombros .Cáncer de mama

5

Garganta

Tiroides Tráquea

Vértebras cervicales

Boca Dientes y encías

Esófago Para tiroides

Hipotálamo

Elección y fuerza de voluntad

Expresión personal

Seguir los propios sueños

Uso del poder personal para crear Adicción Juicio y crítica Fe y conocimiento

Capacidad para tomar decisiones

Ronquera. Irritación crónica de garganta Ulceras bucales .Afecciones en las encías .Afecciones temporomaxilares Escoliosis Laringitis Inflamación de ganglios .Trastornos tiroideos

6

Cerebro Sistema nervioso Ojos, oídos Nariz

Glándula pineal Glándula pituitaria

Auto evaluación, Verdad

Capacidades intelectuales Sensación de capacidad Receptividad a las ideas de otras personas Capacidad para aprender de las experiencias Inteligencia emocional

Tumor cerebral/derrame/embolia

Trastornos neurológicos Ceguera/sordera Trastornos en toda la columna Problemas de aprendizaje Ataques epilépticos

 

7

Sistema muscular Sistema esquelético Piel

Capacidad de confiar en la vida

Valores, ética y valentía

Humanitarismo Generosidad

Visión global de las situaciones

Fe e inspiración Espiritualidad y devoción

 

Trastornos energéticos Depresión mística Agotamiento crónico no relacionado con Sensibilidad extrema a la luz,

al sonido y a cualquier otro

factor ambiental

 

 

 

 

 

Quinto chakra: Este centro energético es el nú­cleo de la voluntad humana, el lugar desde el cual transmitimos nuestra verdad. Cada elección que rea­lizarnos conlleva el poder de iniciar un cambio. Cuan­to más conscientes seamos de que no existe la elección individual, más impacto tendrá nuestra voluntad. El desafío espiritual de este chakra consiste en recono­cer que la fuerza de voluntad se mide, no por la forma en que imponemos nuestra voluntad sobre los demás, que es nuestra tendencia cultural, sino por nuestra capacidad de controlarnos. El autocontrol y la disci­plina conscientes significan vivir según la verdad de que cada pensamiento es un acto de gracia en poten­cia o un arma en potencia. Unos pensamientos nobles conducen a una expresión verbal noble y a un com­portamiento noble. Debemos aprender a dirigir cons­cientemente nuestra fuerza vital hacia unos pensa­mientos que nos devuelvan una energía positiva. Esta norma es aún más vital cuando nos enfrentamos a una enfermedad grave. Para que las técnicas de curación alternativas tengan unos efectos positivos, es absolutamente preciso que nuestra voluntad se alinie con nuestro corazón. Sin esa fuerza de voluntad, la visualización y otras disciplinas internas tendrán tan sólo la eficacia de unos dulces ensílenos y no la fuerza ne­cesaria para generar un cambio en nuestra biología física.

 

Sexto chakra: Este centro energético controla el po­der de la mente. Es el núcleo de nuestra conciencia psí­quica, y como tal, posee una gran autoridad. Una ver­dad espiritual es que la realidad existe detrás de nuestros ojos, no frente a ellos, y este chakra nos exige fami­liarizarnos con los niveles más profundos del ser y la conciencia. Todos seremos desafiados repetidamen­te a replantearnos las creencias en las que hemos in­vertido tanta energía. En ocasiones, nos percatare­mos de que esas creencias carecen de significado y deberemos asimilar otras más auténticas. Las carac­terísticas inherentes al sexto chakra pueden consti­tuir nuestros peores obstáculos o nuestras mejores ventajas: el orgullo y la capacidad de juicio. Utiliza- das de forma positiva, nos llevan a obrar con sabidu­ría; en sus manifestaciones negativas u oscuras, nos con­ducen a la arrogancia y al cinismo. Las lecciones es­pirituales del sexto chakra se refieren a la percepción y la intuición, a ver más allá de lo visible.

 

Séptimo cbakra. La energía de este centro es como un imán que tira de nosotros hacia arriba, hacia la per­cepción divina. Nos ofrece fe y esperanza. Es lo que yo llamo «nuestra cuenta comente de gracia» o nues­tra «cuenca corriente celular», en la que se almacena la energía generada por las oraciones y otros actos de devoción espiritual. Es asimismo nuestra conciencia espiritual, la parte de nuestro ser que busca la com­pañía de Dios, aunque no seamos conscientes de ello, recordándonos que la vida es algo más que la adqui­sición de bienes. Si tomamos conciencia de la sutil corriente divina que fluye a través de es te chakra, ésta generará la búsqueda y las preguntas espirituales ca­paces de transformarnos: ¿Por qué nací? ¿Qué es la verdad? ¿Cuál es el verdadero significado de la vida, y cómo puedo hallarlo? Si no se presta atención y se responde a esas preguntas, pueden desarrollarse sen­timientos de ansiedad y depresión.

 

 

 

 

 

Los chakras, los sacramentos y el Árbol de la Vida

Existen muchos medios de calibrar nuestro desarrollo espiritual; en mi opinión, la combinación de los chakras con el lenguaje simbólico de los sacramentos cristianos y la tradición cabalística es el más eficaz.

Ciertas verdades son universales para todas las tradi­ciones espirituales; por ejemplo, todos los sistemas espi­rituales enseñan a respetar la vida y la energía personal y que no se debe asesinar o robar. Pero las tradiciones es­pirituales hindú, cristiana y judía, de modo particular, con­tienen unos paralelismos aún más marcados. Los siete chakras se corresponden casi exactamente con el sistema de símbolos de los sacramentos cristianos y del Árbol de la Vida, por lo que, contemplados con juntamente, cons­tituyen un viaje de desarrollo espiritual. Es más fácil apre­ciar la correspondencia entre los siete chakras y los siete sacramentos cristianos. Si alineamos los sacramentos en cierto orden —bautismo, eucaristía, confirmación, ma­trimonio, confesión, orden sagrada y extremaunción— sus funciones evocan de forma asombrosa, en significado y poder, las de los siete chakras. (Aunque el orden en que he colocado a los sacramentos no es el de la Iglesia cató­lica, creo que se aproxima más al orden en que los reci­bían los catecúmenos de la Iglesia primitiva.) Ambos sis­temas ilustran, en su propio lenguaje, el flujo dinámico de energía que otorga vida al cuerpo humano.

Asimismo, en la tradición cabalística, el Árbol de la Vida contiene diez cualidades de la naturaleza humana que de­bemos cultivar a fin de alcanzar la plena madurez espiri­tual. Puesto que seis de esas diez cualidades, sefirot, son complementarias entre sí, el Árbol de la Vida parece te­ner siete niveles, al igual que las otras dos tradiciones. Por tanto, estas tres tradiciones ofrecen una perspectiva algo distinta pero compatible y unifícadora de la misma verdad: el espíritu se desarrolla a través de siete estadios de poder.

 

 

 

 

 

LAS ERAS ASTROLÓGICAS

El desarrollo paulatino de nuestra naturaleza espiri­tual individual en el curso de una sola vida es un reflejo de la evolución histórica de la espiritualidad humana a lo lar­go de los siglos. Según un principio aceptado de la evolu­ción biológica, a veces una especie realiza un salto gigantesco en su evolución. A mi entender, durante los últimos cuatro mil o cinco mil años, la humanidad experimentó en varias ocasiones un salto evolutivo equivalente en el aspecto psicoespiritual. Puesto que mi teoría sobre el desarrollo de los chakras se basa en la intuición y no en unos hechos científicos demostrables, posiblemente le resulte más sen­cillo considerarlos como una metáfora de la evolución es­piritual humana. Por lo demás, a las puertas del próximo milenio, creo que nos hallamos en medio de otro gigan­tesco salto en nuestro desarrollo evolutivo.

Durante mi estudio de las escrituras cristianas me he tropezado en varias ocasiones con simbolismo astrológi­co. El mejor exponente de este simbolismo es la afirma­ción, contenida en el Nuevo Testamento, de que tres re­yes siguieron a una estrella en el cielo, la cual interpretaron como un signo de que un la Tierra se había producido un nuevo nacimiento, un acontecimiento de gran significa­ción. Mi admiración por el lenguaje espiritual y las lecciones de la astrología me llevaron a explorar este terreno co­mún, y empecé a observar una correlación entre el inicio de las eras astrológicas tradicionales y la aparición de nue­vas ideas espirituales en la conciencia humana. A medida que cada era astrológica avanzaba, aparecían nuevas en­señanzas espirituales que modificaban nuestros criterios sobre nosotros mismos, la naturaleza de Dios, el mundo y el lugar que ocupamos en él. Estas nuevas formas de pensamiento se convierten en las fuentes de inspiración que subyacen todos los cambios culturales, y canalizan cada impulso social, consciente e inconsciente, que for­ma parte de la fuerza vital colectiva. Este contexto historico-astrologico de la emergencia de las verdades espiri­tuales quizá mejore su comprensión de su viaje espiritual y su capacidad de curarse a sí mismo y a su vida.

Las eras astrológicas constituyen unos ciclos de dos mil años cada uno. (En términos astrológicos, cada era comienza cuando el Sol, en el momento del equinoccio de primavera, penetra en el sector del cielo, de treinta gra­dos, identificado por un determinado signo del zodíaco.) Las tres eras astrológicas más recientes son Aries, que se prolongó desde, aproximadamente, el 2000 a. C. hasta el nacimiento de Jesucristo; Piscis, la era actual, que está a punto de concluir; y Acuario, la era en ia que nos dispo­nemos a entrar y que durará aproximadamente hasta el año 4000.

Para comprender el significado de la nueva era en la que estamos entrando, y los desafíos que nos plantea, es preciso que antes sepamos de dónde procedemos y dón­de nos hallamos hov en día.

 

La era de Aries: el poder tribal

Los doce signos del zodíaco se asocian con uno de los principales elementos: niego, tierra, aire o agua. Aries es un signo de fuego, y el fuego es el elemento que corres­ponde a la acción. Las características de Aries son creati­vidad, liderazgo, lealtad, motivación y la facultad de pro­piciar nuevos comienzos. Las personas nacidas bajo el signo de Aries poseen, por naturaleza, una actitud que in­dica su capacidad de alcanzar sus objetivos. Durante la era de Aries, se organizó la cultura tribal, en la cual el foco de la conciencia humana se orientaba hacia la creación de comunidades tribales unificadas que garantizaran la su­pervivencia tísica. La meta era alcanzar el poder de gru­po y la resistencia tísica, y controlar los elementos exter­nos de la vida. No fue una era de introspección emocional o psicológica, sino de aprender a afrontar los problemas externos.

Las nuevas conciencias que se originan al inicio de cada era astrológica constituyen las regias básicas de esa era. La era de Tauro, el período de dos mil años que pre­cedió a la era de Aries, representó una forma de cultura tribal mucho más tosca, y en numerosas partes del mun­do y en particular en la partí; donde se originó el legado espiritual cíe Occidente, desprovista de la fuerza orga­nizativa de unas leyes articuladas. Durante la era de Tau­ro, el sacrificio, incluido el sacrificio humano, era consi­derado un medio de aplacar la cólera de Dios. Pero en el amanecer de la era de Aries, según el Génesis en la Bi­blia, Abraham recibió instrucciones de Yahvé de fundar la nación de Israel, constituyéndose el patriarcado del pue­blo judío. Con anterioridad a la formación de la nación de Israel, los hebreos itinerantes habían vivido de modo semejante a los cananeos y realizaban sacrificios animales y humanos.

Teniendo en cuenta que el sacrificio humano era una práctica habitual en aquella época, no es de extrañar que Yahvé ordenara a Abraham sacrificar a su único hijo Isaac. Mientras Abraham e Isaac preparaban el altar del sacrificio, Isaac se sentía perplejo, incapaz de comprender qué estaban ofreciendo a Dios con su muerte. Abraham dijo a su hijo: «Dios proveerá el cordera para el holo­causto, hijo mío.» Cuando estuvo preparado el altar, Abra­ham ató a su hijo, lo puso sobre el altar y empuñó el cu­chillo para degollarlo. En ese momento, apareció un ángel y dijo a Abraham: «No extiendas tu brazo sobre el niño, ni le hagas nada, porque ahora sé que eres temeroso de Dios, ya que no me has negado tu hijo, tu único hijo.» Abraham alzó los ojos y vio a un carnero enredado por los cuernos en la maleza, y se lo ofreció a Dios en lugar de su hijo (Gé­nesis, 22).

En las clases de religión, se cita este célebre episodio como muestra de la sumisión de Abraham a la voluntad de Dios, pero su significado simbólico es mucho mayor. En términos metafóricos, esa historia nos dice que la hu­manidad había evolucionado hasta ocupar un lugar de ma­yor autoridad con respecto a Dios, de modo que el sacri­ficio humano ya no era necesario para complacer a Dios ni conseguir su perdón. A otro nivel, la desaparición de la «conciencia de sacrificio*' indica que la conciencia hu­mana se había desarrollado lo suficiente como para que la humanidad diera un valor nuevo y mayor a la vida huma­na. Nuestros antepasados se dieron cuenta de que Dios no exigía sacrificios humanos; esa práctica reflejaba el ínfimo valor que los seres humanos concedían a la vida en tanto que súbditos de un dios externo al que debían aplacar.

"Iras el sacrificio, Dios dijo a Abraham que de sus des­cendientes se formaría Ja nación de Israel. El sacrificio había pasado de ser un acto destinado a aplacar la ira di­vina a ser un pacto con Dios y una expresión de gratitud hacia Él. Pero la ¡dea del sacrificio como medio para el per­dón de la culpa y la restauración del carácter sagrado de la naturaleza humana sigue firmemente enraizada en la conciencia humana, aun hoy en día. Seguimos influidos por la creencia de que el sacrificio incide en la voluntad de Dios.

Abraham vivió hacia el 2000 a. C., en los albores de la era de Aries y de un nuevo orden de poder para el pue­blo hebreo. Su nieto Jacob tuvo doce hijos, cié tos cuales derivaron las doce tribus de Israel (que se corresponden con los doce signos del zodíaco). A mediados de la era de Aries, probablemente hacia el 1200a. C., Moisés condu­jo a los judíos desde Egipto hasta la Tierra Prometida, en un viaje que simboliza la unidad del pueblo hebreo en su fe en un solo Dios. Posteriormente surgieron los Diez Mandamientos y otras leyes tribal es que formaron la base de lo que significaba ser judío: la «conciencia tribal» dio paso a un sentimiento de genuina identidad y orden. Las escrituras hebreas también provienen de la era de Aries, y en ellas existen frecuentes referencias a los pactos con Dios y los corderos que se sacrificaban para sellar esos pactos.

Bajo Aries, no sólo los judíos desarrollaron una con­ciencia tribal más compleja, sino también los griegos, los romanos, los egipcios y otras culturas de la época. La iden­tidad tribal y el sentido de la nacionalidad —el pertene­cer a una nación en lugar de un clan o una tribu— se im­puso. El tema de la era de Aries y la cultura tribal era el dominio y la autoridad sobre el medio externo. Las cien­cias naturales, las leyes e incluso las calzadas romanas fue­ron fruto de la conciencia tribal.

Las religiones tribales primitivas adoraban a dio­ses que se identificaban más o menos con la naturaleza, de ahí que la mayoría de las supersticiones tribales es­tuvieran destinadas a controlar el temperamento de los dioses y a evitar su enojo. Por otra parte, los sistemas de creencias y temores inherentes a la conciencia tribal siguen ejerciendo un poderoso influjo. U no de los motivos cabe atribuirlo al hecho de que son tan antiguas que están prác­ticamente programadas genéticamente en la conciencia humana.

Las leyes tribales de esa era pretendían controlar el comportamiento de los individuos con el fin de facilitar la supervivencia física. Las leyes entregadas a Moisés en el Éxodo definían las responsabilidades tribales, desde la die­ta hasta la conducta sexual pasando por la responsabilidad hacia la familia. Estas responsabilidades se corresponden con las formas de conciencia del primero, segundo y tercer chakras, los cuales están estrechamente relacionados con la fa­milia, el dinero, el poder, el sexo y la autoestima. Incluso hoy día, las culturas tribales de Oriente Medio y la cuenca del Mediterráneo siguen haciendo hincapié en los códigos de honor y deshonor.

La personalidad atribuida a Yahvé en esa época esta­ba configurada por características humanas basadas en unos ideales sublimes, que la ley hebrea pretendía fo­mentar y emular. La personalidad de Dios era una exten­sión de la naturaleza humana. Si amamos a nuestros se­mejantes, Dios debe amarnos a todos. Si somos gente de honor y justicia, Dios debe encamar la justicia. En el Exodo, Yahvé es descrito como un Dios de justicia, ley y or­den, un Dios celoso y vengativo. Exige lealtad y recono­ce que utiliza un sistema material de castigo y recompen­sa- La ley hebrea pretendía regular la envidia, el afán de venganza y la necesidad de justicia, las cuales están rela­cionadas con los tres primeros chakras. Muchas personas signen creyendo —no de forma racional, sino visceral y «tribal»— que Dios premia el buen comportamiento con bienes materiales y castiga la conducta negativa del mis­mo modo.

A medida que la humanidad ha ido adquiriendo una mayor conciencia de nuestras capacidades espirituales, he­mos ido elevando nuestro concepto espiritual de Dios. La expansión de nuestra conciencia nos ha llevado a ampliar la perspectiva de nuestra propia posible divinidad, poder y humanidad. Pero aún no somos capaces de superarla con­ciencia tribal: esas partes de nosotros que responden de for­ma instintiva en lugar de razonable a simbólicamente- Esas tendencias ejercen unos efectos perniciosos sobre nuestra salud. La envidia, la codicia, el afán de venganza y otros rasgos correspondientes a los cháfelas inferiores siguen sien­do algunos de los factores emocionales que más contribu­yen a la pérdida de nuestra salud y capacidad de curarnos. Aunque sabemos que no debemos envidiar a los demás, no podemos contener las sensaciones viscerales generadas por los celos. La razón —una capacidad regida por el sexto chakra— no puede competir con el funcionamiento de la con­ciencia tribal.

Asimismo, seguimos profundamente aferrados a la creencia de que, para hablar con Dios y ser oídos por El, debemos mantener un diálogo basado en el sacrificio. Una mujer que asistía a mis talleres me reveló que, al averi­guar que su hija padecía cáncer, renunció a comer carne y otros productos, confiando en que ese gesto «inspiraría» a Dios a curar a su hija. Hasta mujer creía que los rezos de intercesión no bastaban para conseguir sus propósitos, sino que debía tomar medidas tangibles para reforzar sus plegarias. La conciencia tribal requiere un acto tangible, y la identidad de esta mujer se basaba en su papel de matriarca. Oraba públicamente, representando a toda la fa­milia, «convirtiéndose», como líder tribal, en su «voz» reconociendo incluso que había sido ella quien se había sacrificado, puesto que ningún otro miembro de la fami­lia era lo bastante fuerte para mantener esa disciplina.

Los deberes de una tribu biológica incluyen aceptar a todos los nuevos miembros e instruirlos en los métodos de supervivencia de acuerdo con las normas y leyes de la tribu. Es preciso que la tribu ejerza un control sobre su me­dio externo a fin de sobrevivir física y económicamente. Las lecciones sobre responsabilidad constituyen una parte esencial de la preparación para la vida adulta. Pero debe­mos distinguir entre lo bueno y lo malo de nuestro legado tribal. El proceso de desarrollo espiritual exige que con­servemos las influencias tribales positivas}' descartemos las que no lo son.

Todo tipo de tribus, inclusive las organizaciones co­merciales y sociales, se rigen por unas normas básicas de educación destinadas a facilitar la supervivencia. A dife­rencia de las tribus biológicas, los grupos sociales no es­tán obligados a aceptar a nuevos miembros incondicionalmente, pero tienen el deber ético de enseñar a los nuevos miembros las normas y los métodos esenciales para la supervivencia de ese grupo, y para la superviven­cia dentro del grupo. Esos métodos incluyen una norma­tiva sobre el vestir, el comportamiento y el respeto por la jerarquía. Si un nuevo miembro se niega a adoptar una conducta adecuada, se convierte en un marginado y aca­ba marchándose en busca de otra tribu en la que integrarse y compartir el poder.

Existen varios aspectos positivos del poder tribal apar­te de la supervivencia básica. El poder tribal cultiva la le­altad, la ética y un código de honor, y la carencia de estos principios pone en peligro a nuestra sociedad. Hoy en día existen muchos niños disfuncionales porque su familia no posee algún tipo de código de honor y una fuerza ética. En muchos casos, estos niños no saben a quién recurrir y se unen a pandillas, porque, al menos, éstas les ofrecen unos ritos y cierto código de honor. El peligro de la lealtad tri­bal reside en que ésta se debe siempre y en todo momen­to a la tribu; la lealtad hacia uno mismo ocupa un lugar muy bajo en la lista de prioridades tribal.

Por más que tratemos de convencernos de que he­mos evolucionado más allá de la conciencia tribal, en to­dos nosotros siguen actuando poderosos elementos de ésta. Yo misma he pronunciado numerosas veces, al igual que la mayoría de la gente, la siguiente frase: «Juro que jamás seré como tú...» En mi caso, se trataba de tú abue­la. Era el tipo de persona que, cuando comías en su casa, no permitía que te sirvieras tu mismo; siempre lo hacía ella y, por lo general, unas porciones descomunales. Después de comportarte y comértelo todo, mi abuela te servía otra montaña de comida. Cuando todos empezábamos a que­jarnos, a desabrocharnos el cinturón y a protestar que íba­mos a reventar, mi abuela replicaba invariablemente:

— ¿Después de haberme pasado toda la mañana en la cocina?

De modo que me juré que jamás sería como ella. Pero hace unos años, cuando vivía en New Hampshire, invité una noche a unos amigos a cenar en mi casa. Mediada la cena, dije sin pensar;

— ¡Si casi no habéis probado bocado! ¡Después de que me he pasado toda la tarde en la cocina!

Apenas había pronunciado esas palabras cuando me disculpé, entré en la cocina y llamé a mí madre.

—Estoy poseída —le dije, y le conté lo ocurrido.

Después de escucharme, mi madre preguntó:

  • — ¿Les serviste otra ración?
  • —No —repuse—, no lo hice.

—Entonces no estás poseída —declaró mi madre—. Sólo tienes a la abuela en la cocina.

No debemos subestimar las consecuencias que tiene sobre nuestra salud mantener una conciencia tribal. Sim­bólicamente, el sistema inmunológico hace por el cuer­po lo mismo que el poder tribal hace por el grupo: lo pro­tege de posibles influencias nocivas externas.. Comoquiera que el tribalismo está relacionado con nuestros primer, segundo y tercer chakras, el estrés que sufre nuestro or­ganismo debida a esas creencias de temor supersticioso ata­ca a los sistemas que están conectados con esos tres cha­kras: el sistema inmunológico, los órganos sexuales, el páncreas, la vesícula, el hígado, las piernas y los muslos. Con todo, una identificación y relación saludable con nuestra familia biológica constituye una fuente de fuerza emocional y psíquica, y una base sólida para el siguiente nivel de poder e identificación personal.

 

La era de Piséis: el poder individual

Piscis es un signo de agua, y el agua es el elemento as­trológico asociado con las emociones y la introspección. Las características de la era astrológica de Piscis, que co­menzó hace unos dos mil años, son la conciencia emo­cional, el pensamiento intuitivo y el dualismo. El símbo­lo de Piscis —dos peces que nadan en sentido opuesto— representa elecciones y procesos mentales complejos. Bajo la conciencia tribal, los individuos dejaban, y siguen ha­ciéndolo, que la tribu tomara importantes decisiones en su lugar, desde la elección del cónyuge hasta el trabajo. La capacidad de decisión individual, que comenzó a ser re­levante durante la era de Piscis, marcó un nuevo paradigma, y con ella apareció un nuevo sistema perceptual: el po­der individual.

A fin de gestionar esto nuevo poder individual bajo Piscis, los límittís que determinan la vida emocional y men­tal del individuo fueron establecidos con una precisión sin precedentes. La cultura global asumió esos limites y definiciones de los papeles individuales y colectivos. Hoy en día, muchos de nosotros consideramos esas definicio­nes meros estereotipos, pero siguen siendo potentes, tan­to individual como globalmente. Algunos de esos límites se resumen en !as dos columnas siguientes:

 

                   ENERGÍA .MASCULINA     ENERGÍA FEMENINA

 

Cultura occidental

Cultura oriental

Poder del Estado

Poder de la Iglesia

Ciencia

Religión

Pro genitor

Hijo

Razón

Intuición

Mente

Corazón

Cuerpo

Alma

Agresividad

Pasividad

Control externo

Control interno

Independencia

Dependencia

 

 

Durante la era de Piscis, la evolución humana inició un largo trayecto desde la mentalidad tribal hacia el de­sarrollo del yo, que permitió a los individuos formarse una identidad propia mientras que, hasta cierto punto, se mantenía la influencia tribal. La cultura de la era de Piscis también potenció el desarrollo de todo cuanto el yo era capaz de descubrir, concretamente la ciencia y la medici­na. El énfasis en el desarrollo de la inteligencia se convir­tió en el arma principal contra el núcleo supersticioso de la visión tribal y, finalmente, condujo a la Ilustración y a la presente cultura secular. Gracias a la energía de la era de Piscis, la razón y la energía emocional tuvieron mayo­res posibilidades de desarrollarse.

El concepto de amor occidental también nació bajo Piséis: desde el amor cortesano hasta la noción de que la gente es libre para casarse con la persona que ama en lu­gar de someterse a un matrimonio concertado por las autoridades tribales, (Incluso hoy en día, sin embargo, en muchas culturas tribales, se da por sentado que la tribu eli­ge al compañero o compañera de sus miembros.) La his­toria de Romeo y Julieta se convirtió en el drama arquetípico del deseo del individuo de satisfacer sus necesidades emocionales aun contra los usos y costumbres tribales y familiares. Sobre todo durante los últimos siglos, la era de Piséis ha traspasado la autoridad que detentaba la tribu a la mente y el corazón de la humanidad.

La historia de la cultura occidental bajo Piscis simboliza el desarrollo paso a paso del poder de la decisión indivi­dual, la cual dio el salto más espectacular durante el Re­nacimiento, cuando el talento de los artistas individuales fue más allá de las «escuelas tribales», o talleres de los ma­estros. Los precursores de este salto fueron Miguel Ángel, Rafael y Leonardo da Vinci, quienes representaron un cambio en el poder, ya que el artista firmaba su obra con su nombre en vez de hacerlo con el nombre de la escuela para la que pintaba o de dejarla sin firmar en un gesto de inmersión en las aguas del talento tribal. Había nacido el yo en tanto que artista, autor o músico, o las tres cosas.

La cultura oriental se inició en este nuevo tipo de energía a partir del nacimiento de Gautama Buda. Buda nació hacia el 500 a. C., cuando había transcurrido apro­ximadamente tres cuartas partes de la era de Aries, pero el desarrollo del budismo se produjo en tres períodos dis­tintos, de los cuales sólo el primero compartía ciertas ca­racterísticas con la energía de Aries. La primera época, o «vuelta de la rueda» según la jerga budista, se conoce como budismo Theravada o Hinayana. y dominó los pri­meros quinientos años de budismo. La doctrina budista Theravada se caracterizaba por la renunciación a todos los bienes materiales y una vida de estricta separación de todo lazo humano. Esta estricta disciplina, que reflejaba los elementos de fuego de Aries, y la ley y el orden de la épo­ca, sólo reconocía las necesidades emocionales como obs­táculos contra el estar en el presente.

Al inicio de la era de Piscis, la tradición budista expe­rimentó una gran revolución -—podríamos llamarla una revolución pisciana— y dio paso a la segunda vuelta de la rueda, conocida como la tradición Mahayana. El budis­mo comenzó a centrarse en la compasión desarrollando el concepto de budhisuttva, el individuo iluminado que se promete no descansar hasta que todos los otros seres ha­yan alcanzado también la iluminación. Aunque la doctri­na Theravada insistía en que sólo los monjes varones po­dían alcanzar la iluminación y el nirvana, la Mahayana admitía que los laicas y las mujeres también podía llegar a esos niveles. La tercera vuelta de la rueda, conocida como Vajrayana, ampliaba la orientación compasiva de Maha­yana, añadiendo unas técnicas espirituales más avanzadas y complejas con el fin de acelerar el proceso hacia la ilu­minación de todos los seres. De todas las tradiciones bu­distas, la Mahayana es la más difundida en la actualidad.

Las enseñanzas de Ruda socavaron la mentalidad de supervivencia tribal de la era de Aries al hacer hincapié en que el intento de proteger el yo mediante la violencia, y la acumulación de bienes materiales conduce al sufri­miento. Antes de la era de Piscis, la humanidad no se ha­bía preocupado emociona I mente de otros individuos que no fueran miembros de sangro de la tribu, y la supervivencia física constituía el principal objetivo. Buda aportó a la hu­manidad unas lecciones más elaboradas de desarrollo per­sonal o poder individual. Esto representó el siguiente paso de la evolución espiritual, aunque las enseñanzas budis­tas tuvieran que aguardar hasta la segunda vuelta de la rueda, al comienzo de la era de Piscis, para alcanzar su to­tal orientación hacia los demás. Desde el punto de vista de la conciencia humana, el desarrollo de la compasión ha­cia seres que no fueran miembros de sangre de la tribu marcó un incremento del valor global de la vida.

La era cristiana abrió el corazón de la humanidad. A tal fin, Jesús de Nazaret procuró un nuevo vocabulario emocional al hablar de amor, fraternidad, bondad y per­dón; unas lecciones del corazón que todo individuo debe aprender. La relación eme mantenía Jesús con su «Padre» en el cielo introdujo en la cultura israelita un nivel de in­timidad con Dios sin precedentes. Bajo la conciencia tri­bal, uno jamás se hubiera atrevido a dirigirse a Dios por el apelativo de «Padre», y mucho menos «Papá», como cabe traducir el término arameo de “Abbá” que utilizaba Je­sús. Dando por descontado que Dios se ocupaba amoro­samente de todos los aspectos de la vida personal del in­dividuo, Jesús inició la relación de padre a hijo entre la humanidad y el cielo, y proporcionó a los individuos el me­dio de establecer una unión más estrecha con lo Divino. Con el tiempo, María, la Madre de Dios, se convirtió en la versión cristiana de la «Diosa Madre Divina».

La crucifixión y muerte de Jesús introdujo dos temas importantes de la era de Piscis: la compasión hacia todos los seres, incluso hacia los que no pertenezcan a la tribu, y el perdón. Uno de los mayores esfuerzos que deben realizarse durante el proceso de curación es el de perdo­narse a uno mismo y a los demás, y dejar de malgastar una preciosa energía en males pasados. Más que ningún otro maestro, Jesús sintetiza el progreso espiritual por medio de las palabras que dijo en la cruz refiriéndose a sus ase­sinos: «Perdónalos, Padre, pues no saben lo que hacen.»

No obstante, aunque el cristianismo forma parte de la conciencia humana desde hace siglos, todavía no hornos aprendido a perdonar. En parte el motivo de esta incapa­cidad reside en que, aunque aceptamos el concepto de perdón intelectualmente, nuestra naturaleza emocional lo re­chaza porque se halla en clara contradicción con nuestra conciencia tribal residual. En cierto sentido, d perdón pa­rece ¡r contra nuestro sentido de justicia, como si dijéramos a alguien que nos ha lastimado: «No te preocupes, lo que me has hecho no tiene importancia.» Creemos que cualquier delito cometido contra nuestra persona debe ser castigado, o que nosotros mismos debemos ser castigados por nuestras faltas, malos pensamientos o actitudes nega­tivas. Este sentimiento de ofensa no sólo demuestra que no hemos comprendido el significado fiel perdón y su im­portancia en nuestra evolución espiritual, sino que tampoco hemos entendido su importancia a la hora de sanar.

El otro tema es la elección, posiblemente el único po­der que realmente tenemos. Las elecciones que hacernos durante nuestra vida constituyen nuestras marcas carac­terísticas, tanto en la dimensión física como energética. Bajo la conciencia tribal, nuestro poder de elegir está contro­lado por las percepciones del grupo. Vemos lo que ve el grupo, creemos lo que cree el grupo, amamos lo que ama el grupo y odiamos lo que odia el grupo. Aunque eso nos procura una sensación de seguridad, inhibe el desarrollo de nuestra capacidad de pensar por nosotros mismos.

Jesús, durante su vida, encarnó el poder de la elec­ción, tal como nos muestra el Nuevo Testamento, al de­safiar a los mayores tribales de su fe y ofrecer a la gente un enfoque alternativo de Dios, de el la misma y de las crisis que se producen en la vida. La víspera de su muerte, Je­sús se dirigió al huerto de Getsemaní para orar con sus dis­cípulos. Cuando sus discípulos cayeron en un sueño pro­fundo, Jesús rogó a Dios: “Abbá” ¡Padre, todo te es posible: aparta de mí este cáliz! Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú» (Marcos, 14: 36).

En esa profunda plegaria, Jesús eligió consciente­mente aceptar su destino. Renunció a ejercer su voluntad, sometiéndose no a la tribu sino a la voluntad de Dios en un acto que simboliza la confianza absoluta en la razón di­vina. Al aceptar su muerte, la decisión de crucificarlo, que al día siguiente tomarían las autoridades, fue tomada en aquellos momentos entre Jesús y Dios. La mentalidad tri­bal no participó en esa decisión, aunque quienes asistie­ran a su crucifixión creyeran que las tribus romana y pa­lestina eran las responsables de la muerte de Jesús.

Cuando Judas vendió la información sobre el paradero de Jesús por treinta monedas de plata —la traición más cé­lebre de la cultura occidental—, ese acto simbolizó el po­der tribal: la utilización de dinero y fuerza física. Duran­te el juicio que se celebró posteriormente, ni Herodes ni Poncio Pilato lograron que Jesús se comportara confor­me a los cánones tribales. Jesús se negó a defenderse, a proclamar su inocencia y a pactar. Y, lo que resulta aún más significativo, no se mostró atemorizado ni desorientado; eran los otros quienes estaban perplejos. Jesús informó a los mayores tribales que no tenían poder alguno sobre los hechos que se desarrollaban. En cada detalle de su juicio, Jesús respondió de forma que dejó perpleja a la tribu, de­mostrando que todos tenemos la opción de elegir, inclu­so en las circunstancias más adversas.

Todos los hechos que condujeron a la muerte de Je­sús constituyen una celebración del poder de elección, re­presentado por toda su trayectoria vital y, en particular, por su elección de perdonar a sus verdugos en lugar de ven­garse de ellos. Su elección más importante se produjo poco después, cuando eligió el momento de su muerte al decir: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.»

La vida de Jesús, y la de Buda, significa que debemos evolucionar inevitablemente más allá del nivel de con­ciencia tribal. Desde la perspectiva de la cultura de Piscis, el acto de Judas representa no una traición sino el fin de una relación con un nivel de conciencia anterior, que a Jesús le es ajeno. Una parte del mensaje de Jesús nos mues­tra cómo responder a la señal de que debemos buscar un nivel de conciencia superior: sometiéndonos a la volun­tad de Dios.

En nuestra vida, cuando llega el momento en que de­bemos superar viejos conceptos y renunciar a unas per­cepciones que impiden nuestro desarrollo, con frecuen­cia interpretamos la señal cíe «recoger nuestras cosas y marcharnos» como una traición: e! beso de Judas. Pode­mos trabajar durante años para una empresa, convenci­dos de que ésta nos proporcionará una pensión de jubila­ción, y encontrarnos de pronto de patitas en la calle debido a un recorte de personal. Podemos casarnos, convenci­dos de que pasaremos el resto de nuestra vida con nues­tro cónyuge, y descubrir al cabo de veinte años que éste o ésta se ha enamorado de otra persona.

Desde el punto de vista tribal, esos actos son traicio­nes. Mientras los consideremos traiciones, tardaremos años en recuperarnos y habremos malgastado una gran cantidad de energía. Pero si aprendemos a contemplarlos simbólicamente (como en los capítulos siguientes), vere­mos que constituyen la señal de que debemos despren­dernos de las creencias pertenecientes a la mentalidad tri­bal y evolucionar hacia el próximo estadio de conciencia.

Cuando dejamos atrás la conciencia tribal, en muchos casos, por no decir siempre, podemos elegir tomar «el ca­mino de la sabiduría». Todas las señales nos indican que ha llegado el momento de desprendernos de viejos con­ceptos y avanzar. Quienes presten atención a esas señales deberán hacer frente a sus propios desafíos, pero, con fre­cuencia, debido al temor que nos infunde el cambio, la mayoría de nosotros permanecemos aferrados a situacio­nes y relaciones que, esencialmente, han concluido. Es posible que usted experimente el deseo de abandonar su trabajo, pero aunque ese deseo se intensifique, prefiere hacer caso omiso de él porque sólo estaría dispuesto a rea­lizar el cambio si supiera que le aguarda un trabajo más satisfactorio y mejor remunerado. A medida que se acu­mula la tensión en su interior, usted lucha contra ese de­seo oponiendo toda una serie de excusas. «No es el momento adecuado», se dice, o «con el tiempo mi situación laboral mejorará». Pero transcurren los meses y lo único que cambia es su humor, que se va agriando, no sólo de­bido a su trabajo, sino a la rabia que siente hacia sí mismo por no haber tenido el valor de remediar la situación.

Entonces, la siguiente fase de su vida no tiene otra al­ternativa que manifestarse en «el camino de la amargu­ra». Es comparable a las consecuencias de no acudir al dentista cuando nos duele una muela porque no queremos soportar un pequeño dolor y e] coste de resolver una ca­ries: acabamos teniendo que someternos a! proceso más doloroso y costoso cié reemplazar la muela. Cuando el asunto es dejar su trabajo, es probable que las consecuen­cias se manifiesten como una enfermedad (por lo general una dolencia crónica, como jaquecas persistentes o unaúl-cera) o como lo que percibimos como una traición, es de­cir, que nos despidan de la empresa.

El temor de abandonar un trabajo o afrontar un ma­trimonio en crisis es, en realidad, miedo a hacernos car­go de nuestra vida. En lugar cié comprender que ha llegado el momento de plantarle cara al temor y dejar nuestro tra­bajo, la mayoría de nosotros evitamos enfrentarnos al te­mor hasta que una experiencia nos obliga a mirarnos cara a cara a nosotros mismos. Es posible que usted, por ejem­plo, se resista a abandonar un matrimonio que se ha con­vertido en algo contraproducente y espiritual mente no­civo, para acabar descubriendo que su cónyuge ha hecho algo—como tener una aventura sentimental—que pre­cipita el divorcio, pese a todos los esfuerzos que haga us­ted por evitarlo. En caso de que el estrés se agrave, corre usted el riesgo de contraer una enfermedad debilitante o mortal. O quizá tenga peor suerte y siga envejeciendo en medio de lo que Thoreau denominaba «una vida de si­lenciosa desesperación», sin llevar a cabo las tareas difí­ciles ni dejar que se cumpla su propósito espiritual.

Cuando se sienta traicionado, examine la cuestión con detenimiento para ver si no se trata de una «invitación divina» a desprenderse de su viejo bagaje y descubrir nue­vos horizontes.' lodos hemos sufrido traiciones, pero, con­templadas a través de la lente de una conciencia superior, las vemos como potentes puntos de infk'xión en nuestra vida que nos permiten alcanzar nuevas formas de poder: el poder del individuo. Desde esa óptica, las palabras de Je­sús,” perdónalos porque no saben lo que hacen”, adquie­ren un significado especial. Reflexione sobre la posibilidad de que usted ya haya decidido, en su huerto de Getsemani persona], que debe avanzar, pero necesita un pequeño im­pulso inicial. Las personas que usted cree, desde un punto de vista tribal, que han cometido una traición, en realidad están poniendo en marcha un pacto que usted ya ha hecho con Dios. ¿Cómo puede usted enfurecerse con unos men­sajeros del Señor? Usted no tiene nada que perdonarles, pues no le han perjudicado en absoluto.

Tanto Jesús como Buda desempeñaron un papel de­cisivo a la hora de dar forma a la faz pisciana de Dios, per­mitiendo a la humanidad contemplara un ser muy supe­rior al burdo Señor que habían conocido bajo Aries. El budismo convirtió la compasión en una extensión de lo Di­vino que anida en nosotros, y nos ofreció un camino me­díante el cual podíamos llegar a formar parte cié la apaci­ble naturaleza del universo. Jesús introdujo una figura paterna cuya «personalidad», amable, compasiva y solí­cita, representa la esencia del cuarto chackra, el centro y co­razón del cuerpo.

El que emprendamos nuestro viaje personal en el bu­dismo, el cristianismo, otra religión o ninguna carece de importancia. Al final todos seremos conducidos a lo lar­go de un sendero de evolución interna que nos haga per­catarnos de nuestros errores y nos ofrezca la oportunidad de utilizar el poder individual cíe la elección. Tenga pre­sente que este despertarse hallará en conflicto con el po­der de la mentalidad tribal, tanto dentro como en derredor suyo, puesto que la tribu no fomenta la independen­cia y la conciencia individual.

Si los peces nadando en sentidos opuestos, que sim­bolizan el signo de Piscis, representan opciones y elec­ción, también representan polaridad y confrontación. Cuando Piscis adquirió pujanza, durante la última parte del segundo milenio, una gigantesca ola de revoluciones se extendió por el planeta. Aquellos que se pronunciaban a favor del derecho de los individuos desafiaron la auto­ridad tribal. Emergieron naciones enteras, entre ellas Es­tados Unidos, que aspiraban a convertirse en puertos se­guros para los individuos que buscaran la libertad de expresión política y religiosa. Cuando Piscis entró en sus dos últimos siglos, comenzó la revolución industrial y, con ésta, la creencia de que cualquier «ser» individual po­día hacerse rico, desmintiendo la antigua creencia tribal de que uno «nacía» rico y poderoso.

La influencia de Piscis ha impulsado a la humanidad a desarrollar el poder asociado con el cuarto, quinto, sexto y séptimo chakras. Si el poder de Aries es tribal y se orien­ta hacia el exterior, alineado con la energía de nuestros tres primeros chakras, la energía de Piscis se dirige hacia nues­tro ser interior. Los chakras situados entre el cuarto y el séptimo lugar se equiparan a la energía de Piscis: el cora­zón, la voluntad y la elección, la mente y la vida espiritual. Con anterioridad a la era pisciana, las energías asociadas con los cuatro chakras superiores estaban dominadas por el poder de los tres chakras interiores. Ahora, cuando la era de Piscis está a punto de concluir, los chakras superiores funcionan como un sistema perceptual independiente de la mentalidad tribal. En última instancia, nuestras capacida­des perceptuales tribales e individuales deben trabajar en ar­monía. Con todo, cuando las necesidades del corarán van en contra de las necesidades de un grupo al que estamos vinculados, el conflicto puede provocar grandes sufri­mientos.

 

Muchas personas han compartido conmigo su an­gustia de tener que abandonar la religión en la que había sido educadas para seguir un camino espiritual más satis­factorio. La reacción de sus familias casi siempre es de crí­tica y temor, a menudo acompañada por la advertencia de que esa persona ha caído bajo la influencia de una secta. Una mujer me explicó que cuando se enamoró de un hom­bre de otra raza y se fue a vivir con él su familia cortó con ella. Se sentían tan avergonzados de que mi cliente hubiera elegido a un compañero de otra raza que no querían que sus amistades lo averiguaran; les resultaba más fácil rom­per todo lazo con ella que explicar a la tribu lo que había hecho.

Si esa mujer hubiera escuchado a las autoridades de la tribu, las consecuencias para su yo podrían haber sido de­sastrosas: desde una depresión a cualquier enfermedad gra­ve. Las formas de angustia emocional y mental que se co­rresponden con los patrones de estrés de los cuatro chakras superiores comprenden la depresión y la esquizofrenia, la incapacidad de perdonarse uno mismo y a los demás, el sentimiento de culpabilidad por haber «traicionado» a la tribu y una serie de crisis espirituales causadas por la rup­tura con las tradiciones tribales, y entre ellas la religión tribal.

La localización física de una enfermedad no indica necesariamente el chakra a través del cual el cuerpo pier­de energía; el cáncer de mama, por ejemplo, no siempre indica un trastorno del cuarto chakra. En la mayoría de en­fermedades, la pérdida de energía comienza «por debajo de la cintura», en el área tribal; esa pérdida de energía inicia! puede entonces desencadenar unos trastornos perso­nales y emocionales que se alinean con el cuarto chakra.

Un excelente ejemplo de la transición irrevocable de poder tribal a poder individual es lo que ocurrió en Esta­dos Unidos durante la guerra de Vietnam. Cuando una na­ción declara la guerra a otra, la suposición tribal es que la nación está de acuerdo con esa declaración de guerra y que, con la excepción de unos pocos, la apoyará con todas sus fuerzas. Las autoridades tribales confían en esta leal­tad, y, cuando se les da, resulta impresionante, como de­mostraron las iniciativas de los aliados durante la Segun­da Guerra Mundial. Pero cuando el conflicto bélico de Vietnam se convirtió en un tema que acaparaba la aten­ción de toda la nación, la energía de Piscis había alcanza­do su cenit, líe! mismo modo que el resplandor de una bombilla se intensifica poco antes de agotarse, había lle­gado el momento cíe que se produjera la última expresión de poder individual antes de ser superado por el poder simbólico.

Durante los años sesenta, el poder del individuo se activó como nunca antes, con decenas de miles de perso­nas que se oponían a la guerra tribal y, lo que es más im­portante, se negaban a reconocer a los nor.-vietnamitas como enemigos. Esa acción hizo que disminuyera sensi­blemente el poder tribal; a partir de entonces esta nación no ha vuelto a pisar un terreno tribal cómodo y seguro con respecto a la guerra. Cuando estalló la guerra del Gol­fo, el Gobierno estadounidense tuvo que asegurar a la opi­nión pública que su participación en la guerra casi no su­pondría la pérdida de vidas norteamericanas y que apenas tendría impacto en la economía, es decir, que no se nece­sitaría un «sacrificio» para ganar. Hoy en día, nuestras autoridades tribales están más ocupadas en mantener la paz que en enviar a los jóvenes al frente. Lejos de tener un va­lor político para nuestros líderes, la guerra se ha conver­tido en una baza negativa. Sin embargo, otras naciones se hallan aún divididas internamente por guerras tribales, y se usa la brutal supresión de los derechos civiles y religiosos del individuo para batallar contra la energía de­mocratiza dora de Piscis.

 

La era de Acuario: poder simbólico

 

Al igual que la mentalidad tribal no ha desaparecido por completo en la era de Piscis, la mentalidad pisciana se­guirá manifestándose en la era de Acuario. No obstante, a fines de los años cincuenta y principios de los años se­senta ocurrieron dos hechos que representaron un cam­bio en la mentalidad global y concedieron a millones de personas la autorización divina para recorrer sendas es­pirituales que con anterioridad les habían estado vedadas. En 1959, la invasión del Tíbet por parte de los comunis­tas chinos obligó al Dalai Lama a huir de su país natal y afincarse en la India, donde sigue viviendo (aunque se ha convertí do en una figura activa por todo el mundo). Tres años más tarde, el papa Juan XXIII convocó un sínodo de obispos en el Concilio Vaticano II, durante el cual los di­rigentes eclesiásticos se afanaron en poner a la Iglesia ca­tólica a la altura de la era moderna. Sí se contemplan esos hechos por separado, no se descubre un paralelismo in­mediato entre ellos. Pero observados conjuntamente, y desde un punto de vista simbólico, esos dos hechos re­presentan una infusión cié espiritualidad mística en la vida moderna y marcaron el comienzo de la fusión de las tra­diciones espirituales de Oriente y Occidente.

Cuando miles de monjes budistas del Tíbet tuvieron que recurrir al mundo exterior en busca de apoyo, muchos ofrecieron a cambio el extraordinario tesoro de escritos y enseñanzas que conservaban en sus monasterios. Asimis­mo, una de las inesperadas consecuencias del Concilio Va­ticano II fue que un gran número de religiosos católicos, tai vez desilusionados con la liberalización de las normas llevada a cabo por el concilio, abandonaron sus órdenes re­ligiosas y regresaron a la vida laica. Muchos de esos sacer­dotes, monjes y monjas habían cursado estudios avanzados en teología y habían tenido acceso a las obras y enseñan­zas de las grandes místicos cristianos, desde los Padres del Desiervo hasta Hildegard von Bingen, Meister Eckhart, Te­resa de Avila y san Juan de la Cruz. Al reinsertarse en la vida de la sociedad occidental llevaron consigo esas enseñan­zas, las cuales di fundieron hasta un extremo que quizás ha­bría sido impensable de haber permanecido esos sacerdo­tes y monjas enclaustrados en sus monasterios.

Como consecuencia de esos hechos al parecer inde­pendientes entre sí, la gente tuvo acceso a las doctrinas mís­ticas de las tradiciones espirituales de Oriente y Occi­dente. A mediados de los años sesenta, este proceso se aceleró cuando Estados Unidos decidió suprimir las ba­rreras a la inmigración que había erigido en 1917. Una ole­ada de maestros hindúes llegó a nuestras costas al mis­mo tiempo que el espíritu de liberación invadía el país y volvía la mente de los norteamericanos más receptiva al poder de sus enseñanzas. Asimismo, las iglesias cristianas experimentaron una revolución interna cuando las muje­res comenzaron a reclamar el derecho de ser ordenadas sacerdotes y ministros, y los laicos a exigir una mayor par­ticipación en los ritos y toma de decisiones de la iglesia. Esta apertura en la estructura de la autoridad clerical ha­bía comenzada hacía siglos con la Reforma protestante; poco después, el movimiento de reforma dentro del ju­daismo tuvo un efecto análogo sobre un gran número de judíos. Sin embargo, en Occidente, el misticismo había per­manecido por lo general apartado de la conciencia popu­lar. Esa situación cambió de forma radical.

Puede que la religión siga siendo esencialmente tri-hal, pero en la transición de la era de Piséis a la de Acua­rio comienza a funcionar de forma mucho más consciente y con una libertad individual sin precedentes. La es­piritualidad moderna, con su conexión más íntima con Dios, ha inspirado una pasión interna que va más allá de los límites de la religión ortodoxa. A medida que la reli­gión institucional pierde terreno, la espiritualidad se acre­cienta; una espiritualidad más universalista en su orientación que las doctrinas que la precedieron. La Nueva Era ha demostrado estar abierta a multitud de tradiciones y prácticas espirituales, e, incluso dentro de las religiones ortodoxas, se ha acelerado la tendencia hacia el ecumenismo, la aceptación de otros caminos y otras tradiciones igualmente válidas y dignas de respeto.

Mediante este cambio de orientación, la palabra con­ciencia ha adquirido el significado de búsqueda de unos profundos conocimientos místicos, combinados con la racionalidad y la libertad. Armada con un vocabulario que antes estaba reservado a los monjes y a los místicos, la cul­tura occidental ha derribado las fronteras de la religión y se ha lanzado de lleno a los dominios de lo sagrado. No sólo queremos saber sobre la doctrina Kundalmi, la re­encarnación, la meditación y el éxtasis espiritual, sino que queremos vivir esas experiencias. Queremos que el po­der de esas doctrinas espirituales activen nuestro tejido celular; queremos sentir la presencia de Dios en nuestro cuerpo y en nuestra mente. Queremos tener contacto fí­sico con la Divino, y alcanzar el mismo nivel de proximi­dad que antaño habían gozada los santas y los místicos de las grandes tradiciones.

Al tiempo que se producían esos cambios en la espi­ritualidad y la religión, nosotros experimentamos lo que yo llamo un implante de mente global. Una nueva per­cepción se había impuesto en la conciencia humana, una percepción característica de la energía de Acuario: la idea de que podemos crear nuestra realidad. Esta noción ins­piró una nueva visión de la capacidad del poder humano que afectó a todas las facetas de la vida. Tal como hemos visto en el capítulo 1, el corolario de esa idea es la creen­cia de que podemos crear nuestra salud y propiciar nues­tra curación. Esta percepción es característica de la ener­gía de Acuario porque Acuario es un signo de aire, y el aire es el elemento astrológico asociado con la mente: una renovación de ideas y pensamiento.

 

Si la energía pisciana, simbolizada por dos peces que nadan en sentido opuesto, representa la separación de fuerzas, la energía de Acuario se halla en la base del holismo, la necesidad de unir a grupos de personas además de a grupos de pensamiento. La conciencia de Acuario es holista por naturaleza, esto es, hace que la gente contem­ple la vida a través de la lente de la unidad en lugar de la lente de la diversidad y la división. El holismo, una pala­bra acuñada por el estadista surafricano Jan Christian Smuts en 1926, refleja el antiguo principio de que «todo es uno», y nos enseña que no podemos regenerar una par­te del organismo sin tratarlo en su totalidad. Así, el mo­vimiento holista intenta curar la enfermedad, no tratan­do los síntomas, sino todo el organismo, con dieta, ejercicio y muchos otros tratamientos complementarios. A medi­da que nos aproximamos ala era de Acuario, esos princi­pios han comenzado a penetrar en la medicina ortodoxa.

La energía de Acuario nos lleva a modificar cada as­pecto de nuestra vida, en especial si hemos desarrollado una excesiva dependencia de lo que nos resulta conocido y familiar, y a investigar cada lugar inexplorado que ha­llemos, sobre todo en nuestro interior. La energía de Acua­rio nos impulsa a explorar nuestro ser “superior”, la par­te de nosotros que está más allá de los límites de nuestro cuerpo y del ritmo cotidiano de la vida. Representa una energía capaz de elevar la percepción humana y conver­tirla en una visión simbólica. Esta energía nos llena de la sensación de que somos unos seres exquisitamente crea­tivos, dotados de unos recursos internos lo bastante po­tentes para curar enfermedades que, hasta ahora, se con­sideraban incurables y a desafiar la velocidad a la que envejecemos.

A medida que la energía de Acuario empezó a dejar­se sentir en los años sesenta, inspiró una revolución social masiva. Puesto que no sabíamos cómo utilizar este poder internamente, lo utilizamos externamente, en forma de la revolución sexual, el movimiento feminista, los moví» míenlos de los derechos civiles y anti-bélicos, la cernirá» cultura, la cultura de las drogas, etc., y se desarrolló muí voz que, en última instancia, se convirtió en la revolución psico-espiritual. La gente ansiaba romper con todo lo con­vencional, con todo cuanto mantuviera las viejas atadura* en corno a la mente y el corazón. Era el inicio de una tran­sición del Homo sapiens al Homo noeticus, de seres cuyas percepciones están controladas por los cinco sentidos a se­res cuyas percepciones se basan en el conocimiento y !¡i visión espiritual.

Así como durante las eras astrológicas de Aries y Piscis cada «na introdujo una nueva fase de conciencia en la experiencia humana (tribal e individual), la era de Acuario está introduciendo un sistema de creencias esencialmen­te holista, basado en la unidad de las interpretaciones físicas, emocionales, psicológicas y simbólicas. Más allá de su capacidad de inspirarnos a enfocar la solución de proble­mas de modo distinto, la conciencia holista activa nuestra capacidad de contemplar los hechos en términos simbóli­cos, en lugar de verlos de forma personal. La energía de Acuario es más lógica y sistemática que el poder emocio­nal pisciano. Esto no significa que no sea emocional, sino que aborda la resolución de problemas de forma práctica. Como su naturaleza está orientada hada la búsqueda de so­luciones, la energía de Acuario se siente atraída hacia las causas humanitarias y las crisis de [os desfavorecidos. Las numerosas cansas que han aparecido en aras de grupos so­ciales que carecen de igualdad de derechos durante los úl­timos treinta años demuestran que la energía de Acuario ha penetrado en todas las capas de la sociedad.

Acuario es el signo que rige la electricidad, y la elec­tricidad es energía. El símbolo de Acuario es el aguador, y el agua es un conductor natural de la energía eléctrica. Simbólicamente, los impulsos de Acuario nos están ha­ciendo comprender el papel que la energía desempeña en nuestra vida: cómo colabora con nuestra anatomía física, que qué forma su carencia puede causarnos enfermedad y cómo puede curarnos.

Estamos empezando a vernos como sistemas energé­ticos, y deseamos comprender cómo estos sistemas están relacionados con todas las oirás formas de vida.

El próximo milenio ha sido etiquetado como «la era de la información» debido a nuestra creciente depen­dencia de la transmisión de ésta. Pero información, en el sentido de transmisión de datos, no es sino otra palabra convencional que significa energía. El Internet, el correo electrónico, el fax, la televisión por cable y por satélite contribuyen a la auténtica unificación de nuestra comu­nidad global, según la frase feli?, de Marshall McLuhan, «la aldea global». Es perfectamente lógico que una de las primeras prioridades del Gobierno chino, en su intento de controlar la población, sea restringir el acceso a la World Wide Web. No es preciso que uno crea en la Nue­va era para comprobar que el poder está pasando de ser una fuerza física a ser poder de pensamiento y energía, la esencia de una sociedad computerizada.

Durante las sesiones de lecturas intuitivas que reali­zaba a finales de los años ochenta, noté que percibía in­formación de una naturaleza más simbólica que la de la in­formación que estaba acostumbrada a evaluar. Al cabo de un tiempo, me percaté de que había tomado contacto con un octavo chackra, el cual trascendía el cuerpo propiamente dicho. El octavo chackra contiene el perfil de las influen­cias arquetípicas que forma parte de la evolución espiri­tual de una persona y de sus experiencias cotidianas. (Véa­se el capítulo 7.)

A medida que trabajaba con esa información arquetípica, comprendí que la visión simbólica constituye la esencia, la energía de Acuario. Nuestra dimensión in­consciente parecía desear salir y mostrarse. Los pactos arquetípicos a los que nos comprometemos antes de encaramos —a los que Hamo nuestros Contratos Sagrados— nos situaban, al parecer, en una posición que nos permi­tía sanar más rápidamente que con cualquier otro instru­mento con el que me hubiera encontrado hasta entonces. Esto contribuía a explicar por qué, durante los últimos treinta años, numerosos psicólogos, muchos de ellos ins­pirándose en la obra de Carl Jung, han llevado a cabo im­portantes investigaciones sobre arquetipos. Al tomar con­tacto con la región arquetipica, habíamos adquirido el lenguaje mediante el cual podíamos llevar hasta la con­ciencia psíquica esa región del inconsciente que está en­trelazada en los patrones cotidianos de nuestra vida. El «niño», el «sanador herido», el «guerrero», la «¡mujer salvaje» y el «héroe», por ejemplo, son irnos pocos de los numerosos arquetipos que hemos introducido en el área terapéutica para usar como «voces» que ayudan a com­prender la coreografía simbólica que se oculta tras los pro­blemas tísicos.

Las percepciones simbólicas nos permiten darnos cuenta de que el auténtico significado de una crisis resi­de en mostrarnos lo que debemos aprender sobre noso­tros mismos. Culpar a los otros participantes en nuestro drama por enseñarnos lo que debemos aprender es el col­mo de la estupidez. Si, por ejemplo, debo aprender cómo me sentiría si alguien me robara el bolso, cualquiera que sea capaz de robármelo actúa como mi maestro. Pasarse la vida odiando a un determinado «maestro» —esperan­do el momento en que yo pueda castigar al ladrón o ha­cer que se sienta culpable por los años de angustia que me ha hecho pasar— interferirá con mi proceso de aprendi­zaje. Nadie ha comprendido este principio mejor que el Dalai Lama, quien ha dicho reiteradamente que está agra­decido a los chinos por obligarle a exiliarse, pues esa ex­periencia le ha enseñado el valor de la compasión. (Dado que la diáspora tibetana ha enriquecido a Occidente con una extraordinaria afluencia de magníficos maestros dispuestos a compartir sus conocimientos místicos, nosotros también deberíamos sentirnos agradecidos.) El Dalai Lama nunca (dijo que China tuviera razón al hacer lo que hizo, y nunca ha dejado de luchar denodadamente en favor de la liberación del Tíbet del gobierno comunista. Ambas actitudes —la gratitud y la lucha contra la injusti­cia— no son mutuamente excluyentes.

El trabajar con la visión simbólica es una de las técni­cas más eficaces que podemos desarrollar, pues nos pro­porciona «fuerza perceptual». Nos adentramos en un estado de conciencia más objetivo, que nos permite inter­pretar los acontecimientos de nuestra vida como desafíos espirituales que potenciarán nuestro desarrollo. Esto es especialmente cierto de las enfermedades, tal como vere­mos en el capítulo 6. Aunque muchas de las lecciones de la vida son tremendamente dolorosas, básicamente son positivas. La capacidad de contemplar una crisis al margen de sus detalles físicos requiere aceptar los acontecimien­tos y estar dispuesto a «¡agarrar nuestras cosas y marchar­nos». Cuantío uno comienza a caminar de nuevo, concre­tamente a rravés de la región simbólica, está más cerca de curarse y no vuelve a utilizar técnicas perceptual es ordi­narias.

Bajo la influencia de la energía de Acuario, construi­mos un nuevo modelo de salud. Lo ampliamos más allá de la definición pisciana de «ausencia de enfermedad física», pues comprendemos que la salud incluye nuestros pensa­mientos, ocupaciones, relaciones, filosofía de la vida, prác­ticas espirituales y mucho más. El modelo que propone Acuario no mide la salud tan sólo por el nivel al que fun­ciona nuestro cuerpo, sino según la manera en que ges­tionamos toda nuestra energía. Desde esa perspectiva, uno puede estar físicamente limitado pero muy sano, como el actor Christopher Reeve, quien al aceptar su tragedia física ha conseguido liberar su espíritu y convertirse en fuente de inspiración para mucha gente.

En línea con el holismo de Acuario, hemos constata­do que no somos la única forma de vida consciente que exis­te en este planeta. En unos aspectos que aún no com­prendemos del todo, estamos vinculados energéticamente a todas las otras formas de vida, ya sea animal, insecto, planta o microbio. A medida que ampliamos nuestras in­vestigaciones en los dominios de la energía, descubrimos que nuestra salud personal se ve influida por las ondas vi­bratorias que emite nuestra sociedad global y su medio. Lamentablemente, hace tiempo que desaprovechamos la oportunidad de tomar «el camino de la sabiduría» a la hora de resolver los problemas medioambientales. Esta­mos destinados, en cuanto comunidad global, a tomar «el camino de la amargura», en el que nos veremos obligados a modificar muchos de nuestros hábitos a fin de prevenir desastres globales del medio ambiente, la economía y la salud.

Desde una perspectiva simbólica, estas crisis y los cambios a los que nos obligarán marcarán el final del ac­tual patrón pisciano de padre e hijo y la aparición del sis­tema de cooperación acuariano. Asistimos al final de la dependencia del gobierno por parte del individuo, tipifi­cado por nuestros nuevos criterios sobre el sistema esta­dounidense de subsidios, seguridad social y programas de atención sanitaria. Incluso comenzamos a vislumbrar unos indicios halagüeños de que la fascinación pisciana por los medicamentos químicos —que generó el mito de que la ciencia posee las claves de todos los misterios físicos— también ha llegado a su fin. En su lugar ha aparecido un modelo acuariano que contempla la salud y la curación como un estilo de vida en el que el tratamiento de las en­fermedades comprende todas las facetas de la vida.

Al mismo tiempo, sin embargo, se están introduciendo algunos mitos acuarianos a propósito de la salud que in­ducen a engaño, entre ellos la creencia de que podemos curar una enfermedad tan sólo con el poder de la mente y que un espíritu sereno es capaz de frenar el enveje­cimiento. La mente, sin la ayuda del espíritu y las emo­ciones, tiene una influencia limitada sobre el cuerpo. Y aunque la unidad del cuerpo, mente y espíritu puede efec­tivamente retrasar el deterioro del cuerpo, no se ha de­mostrado que podamos prevenir unos cambios drásticos en nuestro aspecto físico o su desintegración final.

Al hablar por separado de las eras astrológicas de Aries, Piséis y Acuario e identificar cada una de ellas con una ampliación del alcance de la conciencia humana, es fácil interpretar equivocadamente el desarrollo humano como un proceso estrictamente lineal. La verdad, en especial la verdad espiritual, rara vez es tan sencilla. En ciertos as­pectos, las eras poseen una característica cíclica que hace que su curso se asemeje más a una espiral que a una línea recta. La unidad global de la era de Acuario, por ejemplo, refleja la unidad tribal de la era de Aries, si bien con unas consecuencias más positivas. Y esas dos eras reflejan la unidad de la legendaria cultura de la Edad de Oro de la Dio­sa; cuando la civilización adoraba esencialmente una dei­dad femenina bajo múltiples manifestaciones, cuando nin­guno de los dos sexos ocupaba un lugar dominante, cuando el sistema imperante de interacción social era la asociación y la cooperación. Por motivos que no están claros, esta cul­tura aparentemente idílica no pudo sobrevivir. Es posi­ble que la humanidad debiera progresar a través de unos ciclos de creación, destrucción y recreación, análogos a los de la cosmología hindú, para llegar a donde hemos llega­do hoy.

Sin duda, la humanidad ha cometido numerosos erro­res a lo largo de este camino, pero no existe error alguno en el esquema general de nuestro desarrollo, Estamos aquí por una razón, y debemos aprender de nuestro pasado co­lectivo. Una de las cosas más importantes que debemos aprender es a reconocer y trabajar con el poder individual y el simbólico, y dominar el lenguaje de la energía, esto es, hablar en términos de chackras. Asimismo, debemos ser capaces de integrar las tres formas de poder—tribal, in­dividual y simbólico—que se han desarrollado duran telas eras de Aries, Piscis y Acuario, puesto que las tres operan de forma simultánea en nuestro interior. En el próximo capítulo, comentaremos la transición del poder tribal al individual y, por último, al poder simbólico, e identifica­remos algunos de los signos mediante los cuales podrá re­conocer esta transformación en usted mismo.

 

4

Iniciar el viaje hacia el poder individual y simbólico

Todos comenzamos nuestra vida saturados de creen­cias tribales o de grupo, empezando por las de nuestra tri­bu biológica. Las creencias tribales, debido a su naturale­za, son asimiladas por el grupo; algunas son reconocidas universalmente como verdades, como la de que asesinar no está bien, mientras que otras son exclusivas de un determi­nado grupo, como la creencia de que «la nuestra es la úni­ca religión verdadera». Incluso antes de que alcancemos la edad de la ratón (hacia los siete años), nuestros circuitos ener­géticos han sido conectados a las creencias tribales por me­dio de la influencia de nuestros mayores tribales (padres, maestros, líderes religiosos y políticos), comenzando con las creencias que están alineadas con nuestro primer cha­ckra, y continuando con los patrones inherentes a nuestros segundo y tercer chakras. Cuando cumplimos cuatro años, los tres chakras ya se hallan plenamente activos. (Más ade­lante, cuando desarrollamos nuestro poder individual, se ac­tivan el cuarto, quinto y sexto chakras. El séptimo chakra se activa cuando aprendemos a contemplar los aconteci­mientos de nuestra vida a través de la visión simbólica, re­conociendo los patrones arquetípicos que constituyen la base de muchas de nuestras acciones.)

Comenzamos a emerger de la mentalidad tribal y ad­quirir poder individual (y posteriormente poder simbó­lico) cuando empezamos a formularnos preguntas sobre nuestra relación con el resto del universo: «¿Cómo enca­jan mis necesidades en las obligaciones que tengo? De hecho, ¿cuáles son mis necesidades?» Este proceso se inicia de un modo sutil, al igual que uno pierde interés en una afición o un cierto upo de comida, y adopta otras aficio­nes y otra dieta. Por supuesto, un cambio en la percepción sobre el lugar que ocupamos en el universo es mucho más serio que abandonar una afición. Cambiar tic criterio so­bre la vida y todo lo que comprende es un proceso complicado e inquietante.

Quizá le consuele saber que es inevitable alejarse de la mentalidad tribal para adquirir poder individual. La mayoría de nosotros llegamos a un punto en nuestra vida en que el mundo con el que estamos familiarizados ya no nos satisface. En el caso de algunas personas, ocurre más de una vez. Debemos superarnos a nosotros mismas; no podemos evitar esta evolución del mismo modo que no po­demos frenar nuestro proceso de envejecí miento. La cues­tión es cómo completar esta transición de un modo airoso y saludable. A veces, el catalizador es una crisis emocional o interior, otras es la elección que hacemos la que nos con­duce en una dirección imprevista. Inevitablemente, todos llegamos a una etapa en que el lugar que ocupábamos y en el que nos sentíamos cómodos se vuelve tan incómodo como si nos estuviéramos asfixiando con el aire enra­recido de nuestro pasado.

La propia exploración es un componente importan­te y enriquecedor en nuestra evolución espiritual. Pero, con frecuencia, la posibilidad de conocemos a nosotros mis­mos nos aterroriza porque, como hemos visto en el se­gundo mito sobre la curación, asociamos la búsqueda de nuestro yo interior con la soledad. Somos tribales por na­turaleza, sin duda, pero debemos comprender que todo en la vida constituye una extensión de nuestra tribu, no sólo las personas relacionadas con nosotros genéticamente ni las que están unidas a nosotros por lazos de amistad o de amor.

Tomar conciencia significa comprender que todos formamos parte de un potente sistema energético. Esto lo aprendemos conociéndonos a nosotros mismos fuera de las circunstancias familiares, que nos ofrecen una se­gundad ilusoria, como creer que siempre tendremos a al­guien que nos cuide y decida por nosotros. Vivir con esas creencias nos impide descubrir el contenido de nuestra mente y nuestro corazón, por lo que no se nos deja vivir siempre a través de la mente de otra persona. Asimismo, no podemos interferí r siempre en las necesidades de otra persona ni con su derecho de penetrar en su interior, para separar e individuar, ya se trate de nuestro cónyuge, hijo o amigo.

Debemos conocer el poder de nuestros pensamien­tos y sentimientos y descubrir la inmensa capacidad de elección inherente a ese poder. La elección es fruto de po­laridades opuestas: los dos peces de Piscis. Activa nuestras experiencias, individuales y espirituales, y expresa nues­tras creencias. Podemos elegir ser bondadosos o crueles, indulgentes o vengativos, generosos o mezquinos, com­pasivos o intolerantes, lisas elecciones asumen un mayor significado cuando comprendemos que sus consecuen­cias van mucho más allá de nosotros mismos y nuestros alle­gados, y que esas consecuencias afectan a nuestra biolo­gía. Cada elección que hacemos, tanto si la expresamos verbalmente como si no, influye en la atmósfera de la ha­bitación donde nos hallamos o en la casa en la que hemos entrado o de la que hemos salido. Incluso es posible que nuestras elecciones incidan en las variaciones meteoroló­gicas. La cultura occidental hace poco que ha empezado a tomarse en serio el poder de la elección, que las prácti­cas hindúes y budistas nos enseñan como pensamientos jus­tos, expresiones justas y acciones justas.

El tornar conciencia significa aceptar nuestro poder individual y el hecho de que el poder de nuestros pensa­mientos y acciones tiene unos efectos incalculables. Mien­tras permanezcamos bajo el in flujo de! poder tribal, nuestra facultad de elegir y de asumir responsabilidades es li­mitada. Bajo la mentalidad tribal, no nos percatamos de las complejas fuerzas psicológicas y emocionales que in­ciden en nuestras decisiones. Solemos tomar decisiones por reacción o costumbre. Pero cuando empezamos a ex­plorar nuestro interior, ampliamos la forma en que nos de­finimos a nosotros mismos y mies tro papel en la vida. A medida que asumimos la responsabilidad de nuestras ac­ciones externas, y de nuestros pensamientos y actitudes, comenzamos a ver nuestras conexiones energéticas con los demás y con la propia fuerza vital.

En bien de nuestra evolución personal, debemos li­brarnos del poder tribal, penetrar y analizar nuestra psi­que, y tomar contacto con nuestro lado oscuro. Las pola­ridades de Piscis y del poder individual simbolizan la falta de respuestas sencillas; toda virtud tiene su lado oscu­ro. Tal como dijo el Señor a Isaías hacia el final de la era de Aries: «Yo formo la luz y creo las tinieblas, hago la fe­licidad y creo la desgracia. Yo, Yahvéh, he creado todo» (Isaías, 45: 7). Asimismo, cada decisión de actuar de una determinada manera elimina la posibilidad de otro tipo de acción, pero debemos aceptar el hecho de que, con fre­cuencia, no existe una decisión ideal. Lo importante no es la elección en sí misma, sino la razón por la cual la hemos hecho. Si elegimos hacer algo por temor, el resultado de nuestra acción será insatisfactorio e inestable; si elegimos hacer algo inspirados por nuestra fe, las consecuencias de nuestra acción nos conducirán por la senda que debemos tomar, aunque demos varios rodeos.

Nuestra vida cambia externamente a medida que no­sotros cambiamos internamente. Lo uno es consecuencia de lo otro, y, por más que nos esforcemos, no podemos de­tener esa dinámica. A menudo tratamos desesperadamente de llevar con nosotros a las personas que queremos, o de dominar los componentes externos de nuestra vida, al mismo tiempo que, en nuestro interior, arden fuegos que amenazan con devorarnos. Tratamos de describir a nues­tra familiay a nuestros amigos lo que experimentamos, con­fiando en que ellos también lo experimenten, o bien ha­llen el paisaje que exploramos dentro de nosotros lo bastante atractivo para sumergirse en el mundo que resi­de detrás de sus ojos. En ocasiones lo conseguimos; otras no. Debemos emprender nuestro viaje personal motiva­dos por nuestra fe, no en función de quién decida acom­pañarnos. Como suele decir el psicólogo y teólogo Sam Keen, dos de las preguntas más importantes de nuestro via­je personal son: «¿Adonde me dirijo?» y «¿Quién me acompañará?». Y es muy importante que nos las formu­lemos por este orden.

Conviene tener presente que el instinto de la tribu es disuadir a sus miembros de alejarse demasiado del terre­no conocido. Con frecuencia, cuando emprenda el viaje de exploración interior topará con oposición. No debe tomárselo personalmente, pues se trata de un acto de amor tribal, o cuando menos de lealtad tribal, porque las tri­bus, por definición, se esfuerzan en mantener a sus miem­bros unidos.

Sus amigos y familiares no siempre pueden satisfacer su deseo de que su experiencia personal sea justificada y te­nida en cuenta por ellos, porque no experimentan lo mismo que usted. Les cuesta comprender su afán de aislamiento porque ellos aún están rodeados por las personas que aman; no sienten la necesidad de profundizar en el significado de sus vidas cuando se sienten felices viviendo en la superficie.

I Muchos de nosotros, al principio, tememos emprender esa búsqueda porque sabemos instintivamente que compor­ta unos cambios radicales. De hecho, dudo de que quienes hemos emprendido esa búsqueda lográramos avanzar si conociéramos de antemano las dificultades con las que tendremos que enfrentarnos.

Es posible que su viaje de exploración interior haya comenzado sin que usted haya reparado en ello. Las señales no son difíciles de encontrar, una vez que sepa lo que está buscando. A continuación, enumero algunas de las seña­les más comunes y reveladoras.

Las señales que indican que ha iniciado la explora­ción interna:

  • Una creciente incomodidad en su medio familiar, que se manifiesta como una insatisfacción con su trabajo o con las personas próximas a usted.
  • La incapacidad de identificar el motivo por el que se siente deprimido o agotado.
  • Una profunda sensación de soledad, a menudo acompañada por el temor de que su aislamiento no concluirá nunca.
  • La certeza de que algo ha cambiado en su vida, y de que, aunque no sepa lo que el futuro le reserva, no puede volver atrás y vivir como hasta ahora.
  • Una creciente curiosidad por averiguar cuáles son sus necesidades personales y un intenso deseo de que alguien que comprenda lo que usted experi­menta se lo ratifique. La profunda soledad que pue­de acompañar a cualquier despertar requiere cierto grado de validación, sobre todo si no está usted ro­deado por personas que comprenden lo que usted experimenta. (En tal caso, buscar la compañía de un grupo de apoyo o asistir a talleres sobre esos temas puede ser muy útil.)
  • La aparición de unas dotes que usted ignoraba que poseía, como la capacidad de sanar o aconsejar a otros, y un cambio en su percepción de la realidad. Esto comporta a menudo una mayor sensibilidad hacia la energía o vibraciones que transmiten las personas y situaciones. Pasa de relacionarse con el mundo externo a través de sus cinco sentidos a to­mar conciencia de sus dotes multisensoriales e intuitivas. Aunque la intuición de supervivencia, o el instinto visceral, está siempre activo, esta nueva sensibilidad refleja la emergencia de una capacidad intuitiva mucho más profunda y puede convertirse en el tipo de sensibilidad que se necesita para sanar mediante, por ejemplo, el Toque Terapéutico o la acu­puntura, o simplemente le ayudará a convertirse en un individuo mucho más perceptivo.

Un cambio en su relación con el tiempo. Para el po­der tribal, el tiempo es una fuerza externa y lineal que nos hace avanzar a través de las etapas de la vida, desde la juventud hasta la vejez. Lo que usted consiga y la rapidez con que lo consiga está calibrado por la velocidad tribal. Si la tribu cree que después de un año de tratamiento y cinco años de buena sa­lud se puede considerar a alguien curado de un cán­cer, ése es el tiempo que un creyente en la tribu pensará que tardará en curarse. Para el poder in­dividual, el tiempo se va haciendo cada vez más re­lativo, a medida que usted descubre el poder de su mente consciente. Ya no precisa estar controlado por el tiempo del grupo, sino que tiene la opción de comprobar cómo el poder personal y la sanación de suyo interno influyen en la velocidad a que sana su cuerpo. Este sentido del tiempo se aplica tam­bién a la rapidez con que usted puede crear algo nuevo para usted mismo. En lugar de pensar «soy demasiado viejo para empezar otra vez», convén­zase de que la edad no tiene nada que ver con la creatividad, el amor o el goce de la vida. Un aumento en la sensibilidad hacia ciertos ali­mentos, tejidos, toxinas ambientales y medicamen­tos como la aspirina y remedios contra el resfriado. Es posible que desarrolle alergias a sustancias que an­tes no afectaban a su organismo, como el trigo, los productos lácteos o la cafeína.

  • Una creciente curiosidad sobre temas relaciona­dos con la evolución propia, bien por elección o por necesidad.
  • La sensación de una nueva identidad, que puede in­cluir nuevas aspiraciones o el deseo de cambiar de estilo de vida. Quizá decida renunciar a la vida ur­bana e irse al campo, o negociar una reducción de salario a cambio de más tiempo libre y dedicarse a nuevas aficiones.
  • Unas sensaciones de liberación que jamás había experimentado, como si hubiera roto unas cadenas invisibles que le sujetaban a unas formas de conducta repetitivas que ya no satisfacían a su espíritu.
  • La necesidad de estar más en contacto con la natu­raleza o de disponer de más tiempo para estar solo.
  • Una creciente insatisfacción con la religión insti­tucional y una búsqueda déla espiritualidad. Qui­zás empiece a vivir experiencias espirituales, tales como estados de meditación profunda, el anhelo de emprender un nuevo camino en la vida o un des­pertar a místico.

“Un infinito aburrimiento y pérdida del gusto por todo aquello que antes le procuraba satisfacción y alegría.

  • El desarrollo de una enfermedad que no se cura con tratamientos médicos alopáticos.

Todos los que emprendan el camino hacia el poder in­dividual experimentarán al menos una de esas señales o estadios y algunos pueden experimentar varios o todos ellos. Cada uno representa un desafío: bien sea en forma de una nueva irritación o incomodidad que necesitamos aliviar, o en forma de una nueva orientación, o una facultad o po­der que deseamos utilizar. Nuestro viaje personal se ca­racteriza por la necesidad de afrontar y resolver esos de­safíos, y es, a menudo, descrito como «la experiencia del desierto» o de la «noche oscura del alma». El comienzo de esta noche oscura del alma puede parecemos terrible, y disuadirnos de nuestro empeño, pero para desarrollar nuestro poder individual debemos soportar necesaria­mente cierto dolor y sufrimiento. Al mismo tiempo, nos ofrece la oportunidad de alcanzar un elevado grado de dominio y satisfacción. Al igual que cuando nos muda­mos de casa, cambiamos de trabajo o entablamos una nue­va relación, las dificultades a las que debemos hacer fren­te al iniciar nuestro viaje encierran la posibilidad de gozar de una mayor satisfacción y dicha.

Examinemos algunas de las formas que asume el de­safío a nuestra antigua forma de conducta tribal, y veamos cómo podemos transformarla en un nuevo comienzo.