La medicina de la energía. 1ª parte

CAROLINE MYSS

 

La Medicina de la Energía

 

Este libro está dedicado

a Racbel Namtti Remen, doctora En medicina, y a Daniel Lowensteifí, doctor en medicina, con todo mi amor y gratitud por haber aparecido en mi vida.

 

Introducción

 

¿En qué consiste la medicina energética?

Mi intención al escribir este libro es ofrecer al lector una nueva perspectiva sobre la salud, específicamente: por qué no nos curamos y cómo podemos conseguirlo. Quizá dé la impresión de que abordo el tema de la curación como si fuera secundario, puesto que dedico una gran parte del li­bro a los motivos que nos impiden sanar, pero creo que mu­chos de nosotros sentimos casi tanto miedo a sanar como a estar enfermos. Confío en que el lector, al percatarse de que el temor y otras emociones nos impiden sanar, identi­fique con más facilidad la forma en que dificulta, consciente o inconscientemente, el proceso de su curación.

Dar por sentado que todo el mundo desea curarse es a la vez erróneo y peligroso. Por ejemplo, la enfermedad puede convertirse en un potente instrumento para recla­mar atención; como forma de influir en los demás, la en­fermedad hasta puede resultar atractiva. Por otra parte, la enfermedad puede transmitir el mensaje de que la forma de vida debe modificarse drásticamente. Puesto que el cambio constituye uno de los aspectos más aterradores de la vida, quizás el temor al cambio sea mayor que el miedo a la propia enfermedad y, como consecuencia, los cambios necesarios son aplazados continuamente.

Uno de los errores de la cultura holista de hoy en día consiste en la creencia de que la enfermedad es el resulta­do de una actitud personal negativa, ya sea debida a trági­cas experiencias pasadas que contaminan nuestras mentes y nuestros cuerpos, o al mal karma de una vida anterior.

 

Pero la actitud negativa no es la única fuente de enferme­dad. Esta también puede ser la respuesta a una plegaria; y guiarnos físicamente hacia un camino de percepción y co­nocimiento que de otro modo nunca habríamos recorrido. La enfermedad puede convertirse en un catalizador que nos impulse a ampliar nuestra conciencia psíquica y com­prender el profundo significado déla vida.

A pesar de ser aterradora, la enfermedad constituye, al mismo tiempo, una invitación a penetrar en la natura­leza del misterio. La vida está llena de misterios que te­nemos que explorar pero que no debemos esperar resol­ver. Debemos vivir con las preguntas que nos formulamos sobre nuestra vida, incluso considerarlas nuestras com­pañeras y permitir que nos guíen hacia las regiones más recónditas de nuestro ser, donde descubrimos lo sagra­do. Confío en que este libro le ayude a hallar nuevas for­mas de abordar el significado de la enfermedad y otros desafíos que se plantean en la vida, a profundizar en los mis­terios de su ser y a avanzar en el camino personal que con­duce a las regiones de lo espiritual.

Si bien la enfermedad puede ayudarle a hallar su esen­cia sagrada, su unión con Dios, con la humanidad y con todas las criaturas, no es preciso que enferme para entrar en contacto con su espíritu y sanar su vida. He compro­bado que las personas empiezan a comprender la natura­leza sagrada de su ser al investigar lo que yo llamo medi­cina energética. Existen siete centros de energía en nuestro cuerpo que, según el sistema hindú, se denominan chakras. Cada chakra corresponde, más o menos, a una zona de nuestro cuerpo. Yo concibo esos chakras como linos dis­cos informáticos o unos bancos de datos «energéticos» en los que se almacena todo tipo de información. En el cur­so de mi trabajo, he constatado que esos siete centros de energía se corresponden con ¡os diversos problemas y de­safíos que nos plantea la vida, los mismos que los siete sa­cramentos del cristianismo y los diez sefirot del Árbol de la Vida de la tradición cabalística judía también nos ayu­dan a resolver.

Nuestro espíritu alcanza la madurez y comprensión de nosotros misinos en siete estadios de desarrollo espi­ritual. A medida que superarnos esas etapas adquirimos dis­tintas formas de poder interior. Los chakras —y sus ho­mólogos en los sacramentos y el Árbol de la Vida— marcan una senda de evolución interior. Constituyen los hitos de nuestro camino personal, que nos conduce hacia una con­ciencia psíquica superior. Aprender el lenguaje de los cha­kras y fomentar estas cualidades espirituales refuerza nues­tro cuerpo tísico al misino tiempo que nos ayuda a sanar o a conservar la salud.

un hombre llamado Ben, que asistió a uno de mis ta­lleres terapéuticos mientras seguía un tratamiento contra un cáncer de próstata, reaccionó de inmediato cuando le expliqué la correspondencia entre los chakras, los sacra­mentos y el Árbol de la Vida. Para él, constituían un nue­vo lenguaje de curación. Ben comenzó a usar el lenguaje simbólico que enseño en mis talleres —y que explico en este libro— para su curación. Cada vez que iba a visitar a su médico para recibir tratamiento, pronunciaba antes una ora­ción o mantra, mediante la cual invocaba el poder de los chakras, los sacramentos y el Árbol de la Vida a fin de «ac­tivar» su cuerpo. Al cabo de seis meses su cáncer remitió.

Como «intuitiva» médica, describo a las personas la naturaleza de sus enfermedades físicas y las distinciones energéticas que presentan en su cuerpo. A partir de la ob­servación de los campos de energía que impregnan y ro­dean el cuerpo, obtengo información sobre experiencias importantes de la infancia, comportamiento y supersti­ciones, todo lo cual incide de forma decisiva en la salud fí­sica dé la persona. Basándome en la información que per­cibo intuitivamente en sus campos energéticos, inclusive los chakras, les recomiendo la forma de tratar su dolencia tanto física como espiritualmente.

El propósito de utilizar !a medicina energética es tra­tar simultáneamente el cuerpo y el espíritu. A medida que usted se adentre en el lenguaje de los chakras, aprenderá a identificar los factores emocionales, psicológicos y es­pirituales estresantes que afectan a su salud de un modo negativo y que se corresponden con sus síntomas físicos. Asimismo, en su salud incide su grado de autoestima y su relación con los demás, su respuesta a experiencias o re­cuerdos traumáticos y la forma en que administra su ener­gía en las situaciones cotidianas.

La medicina energética es una ciencia muy antigua; sus principios y sus técnicas eran conocidos por los anti­guos hindúes, los chinos y los sanadores chamanes. Lo que representa una novedad es la correlación que he es­tablecido entre las ideas espirituales orientales de los cha­kras y la ética y las verdades espirituales occidentales, afín de crear un nuevo lenguaje de la energía. La palabra ¿energía ha asumido recientemente distintos significados, pero yo la utilizo para referirme tanto a la energía física como espiritual. La metafísica oriental y !a teosofía occidental han descrito una serie de envoltorios o capas energéticas que rodean e interactúan en el cuerpo. Cuando los místi­cos nos dicen que somos infinitamente más vastos de lo que nos imaginamos, en parte se refieren a este campo energético. todos lo poseemos y en él se halla valiosa in­formación sobre nuestras circunstancias y necesidades fí­sicas, psicológicas y espirituales.

En mi realidad de intuitiva, interpreto este campo y veo la relación entre, pongamos por caso, una pérdida de energía en el páncreas y la aparición de diabetes o hipo-glucemia. Asimismo, puedo observar la evolución de de­terminados aspectos de la vida de una persona, por ejem­plo, el estrés debido al exceso de responsabilidad o al temor a ésta. Al aprender el lenguaje de los chakras, usted podrá darse cuenta de la interacción entre la energía física y la energía espiritual, y utilizar esa percepción para prevenir o curar una enfermedad realizando ciertos cambios en su vida.

Asimismo, puede aprender a utilizar la visión simbó­lica a fin de interpretar intuitivamente los símbolos de po­der en su vida, averiguar en qué ha invertido su energía per­sonal, descubrir el auténtico significado de los desafíos que se plantean en su vida, al margen de los hechos tan­gibles, y comprender de qué forma incide todo ello en su salud.

Este libro le ofrece una guía del lenguaje de los chakras, más breve que mi libro anterior, Anatomía del espíri­tu, a fin de que se familiarice con el lenguaje de la energía y emprenda su propio proceso de curación. Si ha leído Anatomía del espíritu o The Creation af Health, puede utilizar esta revisión de los chakras para refrescar la memoria.

Los chakras están alineados vertical mente desde la base de la columna hasta la coronilla, para indicar que ascende­mos hacia lo Divino a medida que aprendemos a dominar el influjo seductor del mundo material. En cada estadio, adquirimos una mayor comprensión de nuestro poder personal y espiritual, puesto que cada chakra representa una lec­ción espiritual o un desafío común a todos los seres huma­nos. Aunque el sistema de chakras se desarrolló en Oriente y constituyó la base para ciertas enseñanzas hindúes, budistas y racistas, los tipos de energía que describen se correspon­den con la energía definida por los sefirot cabalísticos y por los sacramentos cristianos.

Al principio del libro, y de forma más exhaustiva al fi­nal, reviso el lenguaje de los chakras. Describo diversas for­mas de utilizar su energía para sanar, y técnicas para el de­sarrollo de la visión simbólica. Asimismo, presento un contexto simbólico más amplio orientado a la curación. Aunque no he escrito antes sobre este concepto, lo utili­zo desde hace tiempo en mis talleres. Dicho en pocas pa­labras: veo la historia de nuestra evolución espiritual como una sucesión de culturas de poder (o energía) que se corresponden aproximadamente con diferentes eras astro­lógicas. Una era astrológica dura unos dos mil años, du­rante los cuales la conciencia humana se desarrolla de nue­vas formas. En cada una de esas eras existió un determinado tipo de energía dominante, la cual influía en la vida, la sa­lud y la espiritualidad de las personas. Cada era ha apor­tado al conocimiento humano determinadas concepcio­nes sobre la naturaleza de la realidad y el poder del espíritu, unas concepciones que aún hoy influyen en nuestra salud y en nuestra alma. A fin de ayudar al lector a comprender el tipo de poder o energía característico de cada una de esas eras, recurro al simbolismo de la astrología.

La era de Aries se extendió aproximadamente desde el 2000 a. C. hasta el nacimiento de Jesús, que inició la era de Piscis. Y como cualquiera que conozca la obra musical Huir! sabe, estamos entrando en la era de Acuario. Aries, un signo de fuego, representa el fuego que se enciende, la creación inicial, el comienzo del zodíaco y, a mi enten­der, el despertar de numerosas culturas y civilizaciones. Du­rante la era de Aries se inició una unidad tribal de cultu­ras, pensamiento y leyes que reemplazó al tribalismo más primitivo de la precedente era de Tauro. La de Aries fue la era de! dominio del medio físico por parte del hombre, de las leyes —desde el Código de Hammurabí hasta las ta­blas de Moisés—, de la colocación de los cimientos so­ciales y culturales sobre los que se basó el desarrollo emo­cional, psicológico y espiritual de la siguiente era.

La era de Piscis fue una época de dualismo en que la conciencia humana se polarizó radicalmente entre la cultura occidental y la oriental, la iglesia y el estado, el cuerpo y el espíritu (en una división que tuvo en el maniqueísmo su máximo exponente), la ciencia del magnetismo, incluso la polaridad entre la izquierda y la derecha. Al mismo tiem­po, nos alejamos de la mentalidad tribal para desarrollar un claro sentido del yo: el Renacimiento ensalzaba al indivi­duo, los artistas y los compositores comenzaron afirmar sus obras y la gente empezó a escribir diarios. El concepto de ley pasó de basarse en códigos tribales a basarse en los de­rechos del individuo, representados por la Carta Magna, la Constitución norteamericana y otras leyes más recientes des­tinadas a suavizar las restricciones sociales y religiosas.

Mientras entramos en la era de Acuario, a finales del siglo XX, nos estamos alejando de eras astrológicas repre­sentadas por peces y animales, y avanzamos hacia una era representada por un ser humano: el aguador. Si el tema de Piscis era la división, el tema de Acuario es la integridad, en la cual aspiramos a descubrir una unidad espiritual. Las religiones del mundo han comenzado a tratar de adap­tarse unas a otras en formas sin precedente, y hemos de­sarrollado un mercado global, una tecnología global, y una conciencia global de la justicia social y de la necesi­dad de preservar el medio ambiente, pese a las evidentes violaciones de ambos. El cántico que se dejó oír por pri­mera vez en la convención democrática de Chicago en 1968: « ¡Todo el mundo nos observa!», se ha convertido en un canto tan profético como la descripción de Marshall McLuhan de la cultura mundial emergente como una «aldea global». Esta nueva unidad tribal mundial suplan­tará el tribalismo, mucho más limitado, de la era de Aries. Con cada era astrológica, la conciencia espiritual ha madurado y se ha producido una mayor toma de con­ciencia de nosotros misinos, del espíritu inherente a otra vida y del gran poder que nos rodea. Es preciso que exa­minemos el papel que cada una de esas eras ha desem­peñado a fin de comprender cómo hemos asimilado sus actitudes y criterios y de qué manera éstos están obstacu­lizando nuestros esfuerzos para curarnos individual, física y espiritual mente. Con el paso de las diferentes eras as­trológicas, se han sucedido diversas mentalidades y distintos tipos de poder físico y espiritual. A estas actitudes y po­deres, yo los he denominado tribal, individual y simbóli­ca. La comprensión de las características del poder propio de cada era astrológica nos permite reconocer que po­seemos múltiples capacidades de percepción: la percep­ción tribal es sensorial, la individual abarca interpreta­ciones emocionales y psicológicas, y la simbólica penetra en los dominios impersonales de la visión arquetípica. El poder tribal, característico de la era de Aries, es esencial­mente una conciencia de grupo, la cual tiene su manifes­tación más importante en la pertenencia a una familia, grupo étnico, religión y nación. Los puntos fuertes del poder tribal: seguridad, orden, lealtad, sentido de la iden­tidad, se convierten fácilmente en sus debilidades; rigi­dez, conformismo, patriarcalismo, xenofobia. La con­ciencia tribal se centra en los elementos externos con exclusión de numerosos imperativos individuales y espi­rituales internos, y, por tanto, es un sistema de percep­ción esencialmente sensorial.

El poder individual, por el contrario, está relaciona­do con nuestra identidad emocional y psicológica, sim­bolizada por la era de Piséis, durante la cual la ciencia y las artes florecieron, y el valor del genio individual aumen­tó. Los puntos débiles del poder individual son un foco ex­cesivo en el yo, el narcisismo y la tendencia a polarizar el bien y el mal, lo masculino y lo femenino, Oriente y Oc­cidente, el conocimiento y la intuición, el hemisferio ce­rebral izquierdo y el derecho.

Por ultimo, e! poder simbólico nos permite ver las cosas en términos impersonales; contemplar la historia y nuestras vidas bajo la visión global y unificadota caracte­rística de la era de Acuario, la cual nos impulsa a descu­brir el poder interior de la conciencia. La energía de esa era astrológica emergente nos conduce hacia la creación de una cultura en la que el espíritu y la energía ocupan un lugar prioritario frente a la materia y el cuerpo, y a la com­prensión de que la energía que anida en nuestra mente, cuerpo y espíritu es la misma que la energía de Dios o de una divinidad superior. Sin embargo, mientras entramos en la era cié Acuario, mantenemos la conexión con la ener­gía evolutiva contenida en todas las eras anteriores.

La capacidad de entender el poder y la energía de esas tres formas nos facilita una nueva percepción de las elec­ciones que hacemos a lo largo de nuestra vida, compren­der cómo éstas influyen en nuestro espíritu y nuestra sa­lud, y cómo podemos ayudamos a recobrar la salud y a recuperar nuestro espíritu.

En el desarrollo de la historia vemos un reflejo de nuestra propia evolución espiritual y nuestra necesidad de adaptarnos al cambio. Las dificultades y la enferme­dad forman una parte integrante de nuestro desarrollo espiritual. De igual forma que, al analizar la historia del mundo, creamos un significado a partir de unos hechos aparentemente inconexos, también podemos crear un sig­nificado a partir de los problemas y los desafíos de nues­tra vida cotidiana.

Mi intención, y esperanza, es que toda esta información procure al lector un medio a través del cual abordar la en­fermedad sin temor y afrontar los cambios con coraje. Es­pero que este libro le ofrezca unos métodos novedosos y útiles de verse asimismo, los factores que amenazan su salud y su capacidad de sanar. Mi deseo es que se vea a sí mis­mo en el contesto de la cultura actual, a fin de desarrollar la visión simbólica. De este modo, confío en que logre en­cender el fuego sanador que reside en lo más profundo del espíritu humano, el cual le guiará a lo largo del camino de su curación.

El fuego sanador, que se ha apoderado de nosotros como individuos, se halla también presente en todos los rincones del planeta; una fuerza mucho más poderosa que nosotros nos impulsa a curarnos a nosotros mismos, nues­tra cultura y nuestro entorno; a convertirnos, en definiti­va, en una especie consciente. Por este motivo muchos de nosotros deseamos estar sanos y tener plena conciencia pro­pia, y no sentirnos frustrados por nuestra incapacidad de alcanzar esa meta. Quizás al comprender la dinámica de esta nueva cultura de la que formamos parte seamos ca­paces de convertirnos en unos seres humanos más sanos y empezar a cumplir nuestro destino.

Mientras enseño a las personas que asisten a mis ta­lleres con el afán de sanar el lenguaje simbólico de los chakras. los sacramentos, el Árbol de la Vida y el contexto cultural que conduce a la curación personal, veo cómo ese lenguaje refuerza la creencia en la guía divina. Aprender a manejar esos símbolos metafísicos les ayuda a ponerse en contacto con la energía sanadora inherente a su espí­ritu.

Conocí a Ellie hace cuatro años en un taller terapéu­tico en Europa, durante una época en que yo estaba con­centrándome en tas similitudes entre los sacramentos, el Árbol de la Vida y el sistema de chakras. No sabía que Ellie sería la primera persona con la que compartiría esta información. Durante una conversación privada, Ellie me contó que desde hacía ocho años había tenido reiteradas experiencias con el cáncer. El primer tumor había apare­cido en su pierna izquierda. Era un tumor pequeño y ma­ligno, pero después de extirpárselo los médicos le asegu­raron que habían frenado su desarrollo. Cuatro años más tarde, Ellie descubrió otro rumor en su brazo. Fue ope­rada de nuevo y los médicos le dijeron que habían logra­do frenar el desarrollo de ese tumor, al igual que el primero, pero su médico personal le recomendó que vigilara muy de cerca cualquier síntoma anómalo en su cuerpo. En la época en que nos conocimos, Ellie estaba recibiendo tra­tamiento para curar un tercer tumor, que había apareci­do otra vez en su pierna, tres años después del segundo. Ellie sabía que este tumor también era maligno y se sen­tía aterrorizada puesto que, por más que procurara llevar una vida sana, no lograba evitar que se le reprodujeran los tumores cancerosos. Además, Ellie estaba obsesiona­da por el temor de que cada pequeño dolor, al margen de dónde estuviera localizado, pudiera ser un síntoma de otro tumor.

Ellie estaba profundamente confusa, porque sabía que hacía cuanto debía hacer para mantener limpio su or­ganismo. Si la dieta, el ejercicio, la terapia, el yoga y di­versos tratamientos holistas no daban resultado, ¿qué le quedaba por hacer? ¿Existía un Dios que realmente nos escuchara? Y de ser así, ¿dónde estaba ese Dios en su vida?

Ha habido vanos momentos en mi trabajo cuando no he sabido encontrar las palabras adecuadas, y éste fue uno de ellos. Como no sabía qué decir, expliqué a Ellie que yo también me había hecho a menudo esas preguntas y nun­ca había recibido la respuesta de la manera en que la es­peraba. Le dije que mientras trabajaba con mis clientes, Utilizando el sistema de chakras como mi único punto de referencia, con frecuencia había pensado que el modelo, aunque antiguo y sagrado, era incompleto. Entonces un día, cuando impartía clase a un grupo de alumnos, con­templé el modelo de siete círculos que había dibujado en la pizarra y en lugar de ver el sistema de chakras, me puse a pensar en los siete sacramentos cristianos. Poco después tuve una intuición parecida sobre el Árbol de la Vida se­gún aparece descrito en la cabala judía. Me maravilló la unión de esas tres tradiciones sagradas y el hecho de que la voz de lo Divino me mostrara el caudal de energía sa­grada que pasa a través del cuerpo.

Describí a Ellie la unión de esas tres tradiciones espi­rituales y añadí que, para beneficiarse de su poder, debía contemplar su unión a través de una lente simbólica. Le pedí que interpretara el bautismo, el primer sacramento, como la representación, de su capacidad de contemplar su vida y las personas que formaban parte de ella, junto a su relación con la tierra, como un don que le había pedido que aceptara. Le propuse que añadiera no sólo el signifi­cado de Shekhinah, que representa una unión con la co­munidad de la humanidad, sino la energía de Gaia, la fuerza vital de la naturaleza. Mientras yo hablaba Ellie cerró los ojos, y comprendí que escuchaba mis palabras con gran atención. Le pedí que sintiera esta conexión con la tierra y con su vida, y que la dirigiera hacia su primer chakra, con la imagen de que se estaba reconectando totalmente al sistema vital.

Continué esta descripción a través de los chakras res­tantes, y cuando treminé, Ellie se había sumido en un pro­fundo estado de meditación. Al cabo de media hora abrió los ojos y dijo con calma:

—No me había percatado de que mis experiencias con el cáncer estaban destruyendo más que mi cuerpo. No era consciente de que había perdido todo contacto con la energía vital, y que ninguna dieta podía sustituir ese déficit. Debo restablecer mi conexión con la vida, no sólo preocuparme de sanar mi cáncer.

Ellie repitió esa visualización constantemente. Permaneció en contacto conmigo y, cada vez que me llamaba, me informaba de que sentía que su sistema físico se iba re­generado. Me explico que había dado una estructura a sus visualiza dones en la que pretendía incorporar el significa­do de las lecciones inherentes a cada chakra, sacramento y Sefirá del Árbol de la Vida. Me dijo que había decidido apla­zar su intervención quirúrgica porque deseaba comprobar si su labor interna era capaz de producir un cambio en su cuerpo. En caso afirmativo, significaría que hahía conseguido romper el ciclo dé tumores cancerosos.

Al cabo de un mes, el tumor empezó a dar muestras de disminuir; la señal que Ellie aguardaba. Se lo hizo ex­tirpar, totalmente convencida de que el cáncer no volve­ría a reproducirse.

Aunque la de Ellie es una historia particularmente impresionante de la curación de una enfermedad física, se pueden curar muchas dolencias, tanto emocionales y es­pirituales como físicas. Las historias que relato en este li­bro abarcan episodios cotidianos y casos excepcionales con numerosos grados intermedios; es posible que el lec­tor vea reflejada, en alguno de ellos, su situación personal o su crisis vital. Deseo asegurarle que aquí hallará algo que le facilite la curación.

Una de las principales convicciones que deseo que usted adopte, a fin de sanar su vi da o su dolencia, es la im­portancia del perdón. El perdón libera la energía necesa­ria para sanar. Le ofrezco varias formas de perdonar el pa­sado, o dejar de aferrarse a él, y le propongo nuevos ritos e invocaciones que le ayudarán a contemplar su vida actual simbólicamente, a potenciar su energía personal, a tomar contacto con la energía divina y a sanar.

Si bien la primera parte de este libro está dedicada a abordar en profundidad los motivos que impiden sanar, en la segunda parte muestro detalladamente la forma de conseguirlo. Empezaremos hablando del principal obs­táculo de nuestra cultura que impide sanar a la gente.

 

 

 

Primera parte

POR QUÉ LAS PERSONAS NO SANAN…

 

La «heridalogía» y el fuego sanador

A fines de la primavera de 1988, llegué a la comuni­dad de Findhorn, en el nordeste de Escoda, para dirigir un taller sobre curación. En aquel momento de mi carrera, la mayoría de personas que asistían a mis talleres venía en busca de una curación personal. Esperaba que yo, como intuitiva médica, le facilitara su curación directamente, asignándole una lectura particular y estableciendo un tra­tamiento adecuado. (Hoy en día, mis talleres están llenos de personas seguras de sí mismas que desean ser más in­tuitivas por medio del lenguaje de los chakras, y así poder sanar sus dolencias y su vida, o bien de profesionales que desean aprender cómo sanar a otras personas.)

Aunque yo no soy una sanadora, estaba encantada de atenderles, por supuesto, y procuraba ayudarles en la me­dida de lo posible. Con frecuencia, mis lecturas sirvieron para confirmar las sospechas y las intuiciones que esas personas tenían sobre sí mismas y los cambios que debían realizar en su vida. A veces esas lecturas propiciaban un pro­ceso interno de curación física y espiritual. No obstante, en aquella época, tanto la gente que participaba en mis ta­lleres como yo misma estábamos convencidos de seguir el camino adecuado. A fin de cuentas, la curación y la sa­lud se habían convertido en el núcleo de la cultura holis­ta o de concienciación psíquica, y en el centro de mi vida. Prácticamente todas las personas con las que traté, tanto profesional como personalmente, me dijeron que desea­ban convertirse en sanadoras o que necesitaban a un sanador, que habían decidido acudir a un nuevo sanador o que creían estar destinadas a convertirse en sanadoras en cuanto hubieran completado su curación.

Me gustaba viajar por el mundo y conocer a personas entregadas a su labor espiritual, que me necesitaban tan­to como yo a ellas, y me encantó Findhorn, una comuni­dad formada por unas trescientas personas que compar­tían una vida cooperativa, dedicada al cultivo de productos naturales, y un profundo respeto por todos los caminos es­pirituales. Algunos miembros de la comunidad residen en un edificio encantador de principios de siglo transfor­mado en hotel; otros habitan en un hermoso parque situado junto a la bahía de Findhorn. La agreste belleza de las tie­rras altas de Escocia, combinada con la dedicación espi­ritual de la comunidad, convierten a Findhorn en un lu­gar extraordinariamente atractivo. Cada vez que lo visito me parece recibir una carga energética que me produce fuertes intuiciones, y la visita de 1988 no fue una excep­ción. Pero en esa ocasión las intuiciones se produjeron de forma insólita.

Antes de iniciar el taller, que debía durar una sema­na, quedé para almorzar con mi querida amiga Mary. Como llegué al comedor antes de lo previsto, me senté a tomar un té con dos señores que estaban allí. Mary apa­reció al cabo de un rato y cuando se acercó a nuestra mesa le presenté a mis acompañantes. Mary estaba extendien­do la mano para saludarlos cuando Wayne, otro miembro de la comunidad de Findhorn, se acercó a ella y le preguntó:

— ¿Estás ocupada el ocho de junio, Mary? Necesita­mos que alguien acompañe a un invitado que viene a pa­sar el día en Findhorn.

El tono de !a respuesta de Mary fue tan revelador como su extensión.

— ¿El ocho de junio? —Replicó con brusquedad—. ¿Has dicho el ocho de junio? —Roja de indignación, Mary continuó—: ¡Ni pensarlo! El ocho de junio rengo la reu-nión del grupo de apoyo para victimas de incesto y nun­ca, nunca faltaría. Cuentan con mi presencia. Las víctimas de incesto nos apoyamos mutuamente. Si no ¿quién más lo tiara?

Mary continuó protestando durante unos minutos, pero eso es lo que recuerdo con precisión. Me chocó la ela­borada respuesta que había desencadenado en Mary una pregunta tan simple como si estaba ocupada en determi­nada fecha. Wayne pareció no darse cuenta de la curiosa reacción de Mary, simplemente; le dio las gracias y se mar­chó. Pero yo me quedé estupefacta. Mas tarde, mientras almorzábamos, pregunté a Mary:

—¿Era preciso que, al responder a la pregunta de Wayne, informaras a esos tres hombres que, de joven, habías sido víctima de un incesto, que sigues resentida contra codo el género masculino y que intentaras con­trolar el tono de la conversación con tu ira? Lo único que te ha preguntado Wayne era si estabas ocupada el ocho de ¡unió, y, como respuesta, les das a esos tres hombres un mini cursillo de terapia. Habría bastado con un sí o un no.

Mary me miró como si la hubiera traicionado. Se puso tensa y repuso con frialdad y en un tono claramente de­fensivo:

—He respondido de esa forma porque soy una vícti­ma de incesto.

A continuación dejó de comer, se apartó de la mesa y lanzó la servilleta sobre el plato, para indicar que el al­muerzo había concluido; al igual que nuestra amistad, aunque en aquellos instantes no me percaté de ello.

—Mary, cielo —contesté, suavizando un poco mi tono—, sé que has sido víctima de un incesto, pero lo que intento comprender es por qué te ha parecido necesario contar a dos extraños y a Wayne tu historia, cuando lo único que él quería saber era si podías ayudarle el ocho de junio. ¿Es que pretendes que esos hombres te traten o te hablen de una forma especial? ¿Por qué se te ocurrió mos­trar tus heridas a unos extraños que acababas de conocer?

Mary me contestó que yo no podía comprenderlo porque no había soportado lo que ella y otras muchas víc­timas de incesto habían padecido, pero que esperaba que una amiga se mostrara más comprensiva. Yo repuse que lo que le pedía no tenía nada que ver con su supuesta fal­ta de comprensión. De pronto noté la separación de ener­gía entre nosotras y comprendí que para salvar nuestra amistad tenía que hablarle en «el lenguaje de las heridas», observar unas reglas específicas sobre cómo debe com­portarse una amiga comprensiva, y tener siempre pre­sente que Mary se definía a sí misma a través de una ex­periencia negativa.

Además de ese doloroso episodio de su infancia, Mary arrastraba también una historia de dolencias crónicas. Pa­decía un dolor constante, algunos días emocional, otros físico. Aunque era amable y siempre estaba dispuesta a ayudar a sus amigos, prefería la compañía de personas que hubieran sufrido algún trauma en su infancia. Aquel día, durante nuestro almuerzo, comprendí que Mary necesi­taba estar con gente que hablara su mismo lenguaje y com­partiera la misma mentalidad y conducta. Se trata de una acritud que denominé «heridalogía». Desde entonces, me he convencido de que cuando nos definimos mediante nuestras heridas perdemos nuestra energía física y espi­ritual, y corremos el riesgo de enfermar.

Aquel día tuve la sensación de que me habían cata­pultado fuera del ambiente sanador de Findhorn y de su movimiento de toma de conciencia psíquica, y lo con­templara como una extraña. Aunque no había observado con anterioridad esa mentalidad y esa conducta ni en Mary ni en ninguna otra persona, curiosamente, el día siguiente se produjo en mi taller una versión en miniatura del in­cidente ocurrido con Mary en el comedor.

Llegué con veinte minutos de antelación para preparar mi presentación y vi a una mujer sentada sola. Me senté junto a ella y le pregunté:

— ¿Cómo te llamas?

Es lo único que le pregunté. Pero la mujer, sin mi­rarme, respondió:

—Soy una víctima de incesto, pero he cumplido cin­cuenta y seis años, y he superado el trauma. Formo parte de un grupo de apoyo maravilloso y algunos nos reunimos una vez por semana como mínimo, lo que me parece esen­cial para nuestra curación.

La mujer aún no me había dicho su nombre, así que le pregunté de nuevo:

— ¿Cómo te llamas?

Pero ella no me contestó directamente. Parecía como ausente. Me dio la sensación de que llevaba mucho tiem­po preparándose para decir algo en público, y ahora, que tenía oportunidad de hacerlo, no era capaz de oír ningu­na pregunta que no estuviera relacionada con su tema. En lugar de decirme su nombre, me explicó que le encanta­ba asistir a talleres como los míos porque la gente se sen­tía libre de hablar sobre su pasado, y que confiaba en que yo permitiera a los asistentes compartir sus historias per­sonales con los demás. Le di las gracias y salí de la habita­ción: necesitaba unos momentos a solas para poner en or­den mis pensamientos.

Conocer a esa mujer al día siguiente del incidente con Mary no fue una coincidencia. Yo creo que ocurrió para obligarme a tomar conciencia cíe los medios en los que confiamos para sanar nuestra vida: por medio de la tera­pia y los grupos de apoyo. Según pude comprobar, muchas personas que se hallan en un «proceso» de curación se sienten al mismo tiempo bloqueadas. Se esfuerzan por hacer frente a sus heridas valiente me n re, tratan de dar un significado a experiencias traumáticas anteriores y profe­san un compasivo entendimiento hacia las personas que comparten sus heridas. Pero no se curan. Han redefinido su vida a partir de sus heridas y del proceso do aceptación. No se esfuerzan en superar sus heridas. De hecho, se ha­llan bloqueadas dentro de ellas. Después de haber oído a tanta gente hablar en heridalogía, creo que estaba desti­nada a poner en tela de juicio ciertas suposiciones que mu­chos otros y yo creíamos a pies juntillas, en especial la de que todas las personas que están heridas o enfermas de­sean recobrar la salud.

En aquellos momentos, me pareció como si me hu­bieran dado unas gafas mágicas con las que contemplar la conducía de las personas que asistían a mi taller. No tar­dé en constatar que el lenguaje de la heridalogía también se hablaba fuera de Findhorn. Existen muchas personas en el mundo que confunden el valor terapéutico de expresar sus traumas y necesidades con el derecho de manipular a otros con sus heridas. En lugar de considerar el hecho de poner sus heridas al descubierto como una primera etapa del proceso de curación, las utilizan como una bandera; y a sus grupos, como familias y naciones.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? Hace poco más de una generación, nuestra sociedad estaba estructu­rada de tal forma que a la gente le resultaba difícil expre­sar sus necesidades psicológicas y emocionales más ino­centes. Hoy en día, la gente luce sus heridas más profundas como una medalla al valor. ¿Cómo hemos llegado a es­te punto? Para explicarlo, debo retroceder un poco en el tiempo.

 

LA REVELACIÓN DEL MUNDO INTERIOR

 

Inicié mi trabajo como intuitiva médica en 1983, cuan­do empecé a intuir enfermedades en otras personas. En aquella época, carecía de una formación profesional, pero había fundado, con otra gente, una editorial dedicada a li­bros relacionados con la conciencia psíquica, la salud y la medicina alternativa o complementaria. La editorial pu­blicaba relatos en primera persona sobre curaciones ¡un­to a obras de autores con una orientación científica que escribían sobre las últimas novedades y hallazgos en tra­tamientos médicos que entonces se consideraban alter­nativos. Esos años en que trabajé como editora e intuitiva médica me proporcionaron una educación complemen­taria tan rica, que ahora pienso que esta formación perso­nal debía de estar dirigida por una fuerza superior.

Los innumerables manuscritos que recibíamos rela­tando historias personales revelaban el profundo temor que sienten las personas al enfrentarse a una enfermedad ter­minal. Pero muchas historias mostraban, al mismo tiem­po, el poder del espíritu humano para catalizar un proce­so de sanación capaz de restituir la fuerza vital, otorgar significado a una dolencia y curar una enfermedad cróni­ca o presuntamente terminal. De vez en cuando, llegaba a mis manos el manuscrito de un paciente que había per­dido la batalla por la vida física pero había conquistado una profunda paz interior, la sensación de haber completa­do su vida y estar dispuesto a pasar al estado siguiente: la muerte del cuerpo.

Nuestra cultura, a principios de los años ochenta, es­taba ávida de métodos curativos y buscaba la experiencia o estado anímico que encendiera un fuego sanador. Cuan­do yo inicié mis talleres, en 1984, el campo de la medici­na alternativa había establecido un nuevo vocabulario para describir la curación psicológica y emocional. La gente ha­blaba abiertamente sobre su salud física, mental y espiri­tual. Compartir los detalles del pasado de uno se convir­tió en una práctica habitual, y la gente comentaba sin recato sus experiencias de incesto y abusos sexuales. Los límites sociales que, con anterioridad, habían delimitado lo que era aceptable socialmente, se habían disipado dan­do paso a una nueva forma de intimidad instantánea.

Esta nueva intimidad surgió de la cultura terapéutica de los años sesenta. Con anterioridad, los secretos de fa­milia, informes financieros, afiliación política, problemas laborales y rumores sobre quién se acostaba con quién eran considerados una información «íntima», comparti­da sólo por miembros de la familia y allegados. Hasta el hecho de preguntar a alguien a qué candidato presiden­cial había votado era considerado una pregunta extrema­damente personal. Se consideraban temas difíciles de co­mentar abiertamente, incluso con amigos de confianza: antes de los años sesenta carecíamos de vocabulario para compartir con otros el contenido más íntimo de nuestra vida emocional. Las necesidades emocionales personales aún no se habían introducido en nuestra cultura. No es­tábamos acostumbrados a hablar de nuestras experiencias psicológicas más profundas, y creíamos que bastaba con cumplir con nuestro trabajo y nuestras responsabilidades familiares para satisfacer nuestras necesidades físicas y emocionales básicas.

Además, con anterioridad a los años sesenta la socie­dad consideraba que las personas que acudían a un psi­quiatra padecían trastornos psíquicos. En 1972, la no­ticia de que el candidato a la vicepresidencia, Thornas Eagleton, compañero de candidatura a la Casa Blanca de George McGovern, se había sometido a psicoterapia bas­tó para frustrar sus esperanzas políticas. La noción de su­perar un trauma por medios terapéuticos no se había im­puesto en la sociedad, por lo que la gente creía que cualquier trastorno no físico equivalía a una enfermedad mental. Las personas temían hurgar en las regiones recónditas de la mente y el corazón, y se resistían a explorarlas. Quie­nes lo hadan adquirían fama de rebeldes, excéntricos, mis-ticos, eremitas o marginados. La mayoría de la gente no quería saber nada de sus fuerzas internas y vivía conven­cida de que si su mundo externo era estable, su mente y su corazón alcanzarían de forma natural un cierto grado de satisfacción.

La era terapéutica generó una nueva dimensión de pensamiento: nos reveló nuestro mundo interior. Cada paso que dábamos nos aproximaba a nuevas percepcio­nes sobre nosotros mismos, las cuales derribarían las ba­rreras que habíamos erigido en torno a nuestra psique y nuestras emociones. El concepto de «nosotros creamos nuestra realidad» se puso de moda. La fascinante idea de que poseemos un poder decisivo, personal y espiritual arraigó en la imaginación popular, y la «auto responsabilidad» se convirtió en un nuevo término de poder. Apli­cábamos esos criterios a cada aspecto de nuestra vida, y muy especialmente al proceso de curación.

La gente anhelaba «levantarse y proclamar» no sólo que estaba enferma sino que era responsable de su enfer­medad, como si esa confesión pública tuviera en sí misma un poder que garantizara la curación. En mis talleres y otros a los que asistí, las personas, tras describir la enfer­medad que padecían, se apresuraban a añadir: «Sé que es mi responsabilidad.» Si antes se consideraba tabú comen­tar en público nuestras emociones, en ese momento había pasado a ser un requisito imprescindible para curarnos.

Animada por la noción de que sus dolencias físicas eran consecuencia de una herida emocional, la gente se ponía a hurgar en su vida interior a fin de exorcizar toda acti­tud, recuerdo o pensamiento negativo. Creía que si logra­ba rescatar ese impulso emocional secreto, o liberar esa experiencia infantil negativa, su sistema biológico le re­compensaría restituyéndole la salud. Prácticamente todas las personas que conocí durante esos años estaban con­vencidas de que les bastaba con profundizar en las zonas recónditas de su psique para recuperar la salud. Curiosa­mente, todos los asistentes a mis talleres que llevaban a cabo ese rito espontáneo de confesión pública irradiaban entusiasmo y esperanza. En ocasiones, cuando su pasado era extremadamente dramático, su confesión arrancaba encendidos aplausos del resto de participantes.

 

Yo también creía, al igual que los asistentes a mis ta­lleres, que la clave de la curación física se ocultaba en la psique. Estaba convencida de que poseíamos una energía interior que contenía el combustible necesario para reor­ganizar nuestra bioquímica y reconstruir nuestro cuerpo.

En ocasiones una persona que había logrado superar una enfermedad —que no sólo había conseguido que la enfermedad remitiera sino que se había curado por com­pleto— se convertía, en nuestros talleres, en una cele­bridad. Durante las pausas, todos nos congregábamos en torno a la persona que se había curado a sí misma para preguntar: « ¿Cómo lo has conseguido?» Yo también es­taba pendiente de su respuesta, impaciente por averiguar un nuevo y extraordinario tratamiento, programa nutricional o psicoterapia, que garantizara la curación.

Esos auto sanadores atribuían su éxito a múltiples fac­tores, entre ellos: cambio de dieta, terapia de vitaminas, ba­ños de lodo, hipnosis, recuerdos de experiencias anterio­res, ejercicios físicos y limpieza del colon. En la mayoría de los casos, describían unos tratamientos que afectaban conjuntamente al cuerpo, la mente y el alma. Al margen del tratamiento o programa nutricional que describieran, el mayor regalo que esos auto sanadores hacían al resto del grupo era la esperanza. Los que lograban recuperar la sa­lud eran considerados una prueba viviente de que el es­fuerzo personal encaminado a descubrir los secretos de la psique y a sanar —asistiendo a talleres, leyendo libros y aprendiendo a expresarse—llevaba invariablemente a una total curación.

 

EL PUNTO DE INFLEXIÓN

 

Por razones que tal vez jamás llegue a entender, en 1988 se produjo un cambio súbito en las creencias y los crite­rios sobre la curación, por lo menos entre los grupos en los que yo me movía. En aquella época, yo dirigía talleres en varios países, pero aquel año me encontré con la mis­ma reacción en todas partes: los asistentes a los talleres no sólo deseaban sanar, sino que querían saber por qué no se curaban.

Habían probado numerosos tratamientos alternativos, pero seguían sin tener éxito. El entusiasmo que desperta­ra la búsqueda personal del tratamiento adecuado, la má­gica combinación de tratamientos de cuerpo y mente, ha­bía dado paso a una terrible frustración y a una persistente pregunta: « ¿Qué ocurre? ¿Por qué fracasan todos los tra­tamientos?» La desesperación que sentían era enorme. No recuerdo las veces que alguien me preguntó: « ¿Cre­es que se trata de un castigo divino?» En aquel entonces, yo no tenía la respuesta adecuada, sólo la socorrida: «Ten fe y persiste con el tratamiento. No te conviene adoptar una actitud negativa.» Sin duda eso les resultaba tan útil como si yo les hubiera dicho: «No pienses en los peces de colores.» Quizás incluso aumentara el sentimiento de cul­pabilidad que tenían respecto de su enfermedad.

Ciertamente, la fe y el optimismo son factores im­portantes a la hora de resolver cualquier crisis vital, incluso una enfermedad. En cualquier caso, en 1988 la gente ha­bía comenzado a perder la fe en la medicina holista y en la auto-responsabilidad, y comenzaba a recurrir a las su­persticiones de lo que yo denomino la mentalidad tribal. Sospechaban que eran víctimas de un castigo por alguna falta terrible que habían cometido; consideraban su en­fermedad o su sufrimiento como una condena divina. Debo reconocer que yo me sentía tan perpleja como ellos. Mientras observaba sus denodados esfuerzos por sanar, empecé a pensar que quizá se estaban equivocando en algo, que tal vez, no debían curarse, o que aún no se había descubierto el tratamiento adecuado...

EL PODER SEDUCTOR DE LAS HERIDAS

A raíz del fatídico almuerzo con Alary en Findhorn, y posterior encuentro con la víctima de incesto en mí ta­ller, empecé a vislumbrar en dónde residía el problema. Duran te ios años si guíenles, me centré en mi idea déla heridalogía. Aprendí a leer entre líneas en lo que decían los asistentes a mis talleres. Empecé a discernir cuándo una persona se hallaba en un estadio concreto del proceso de curación, en el cual requería un testigo, cuando alguien había descubierto el valor «comercia]» de su herida, es decir, su valor manipulador.

—Cuantío aprendas una nueva palabra, escucha con atención —me había dicho mi tía favorita, siendo yo ni­ña—, porque comprobarás que todo el mundo la utiliza.

Mi ría tenía razón, y en cuanto empecé a comprender la heridalogía, constaté que la mayoría de asistentes a mis talleres conversaba en ese nuevo lenguaje, mientras com­partía abiertamente sus historias personales con otros par­ticipantes. En ocasiones, esos intercambios asumían un ca­riz competitivo y daba ía impresión de que una persona trataba de eclipsar las experiencias dolorosas de otra.

El hecho de compartir experiencias traumáticas y he­ridas se había convertido en un nuevo lenguaje cié intimi­dad, el medio de desarrollar confianza y comprensión. E! intercambio de revelaciones íntimas, que en principio ha­bía servido para establecer el necesario diálogo entre tera­peuta y cliente, se había convertido en un rito de unión para personas míe acababan de conocerse. En cierra ocasión, conocí a una mujer que, tras el saludo de rigor, se apresuró a explicarme que para ella las «normas» de la amistad se basaban en que la gente «respetara sus heridas-. Cuando le pedí que me aclarara el significado de sus palabras, res­pondió que había comenzado a procesar todas las violacio­nes que había padecido de niña, y que durante el proceso de curación experimentaba frecuentes cambios de ánimo y crisis depresivas. El «respetar sus heridas» significaba que los demás respetaran sus altibajos emocionales en lugar de criticarlos. En definitiva, esa mujer reclamaba el derecho a imponer el tono de cualquier acto soda] en el que partici­para. Si se hallaba en un «momento bajo», confiaba en que su grupo de apoyo no introdujera una nota de humor en el ambiente sino que se adaptara a su estado anímico. Cuan­do le pregunté cuánto tiempo creía que iba necesitar ese ni­vel intensivo de ayuda, repuso:

—Quizá varios años, en cuyo caso espero que mi gru­po cíe apoyo me conceda ese tiempo.

Este tipo de autoritarismo social puede ser muy po­deroso, incluso crear adicción; la curación no requiere esa exhibición de autoridad. Cuando pregunté a esa mujer qué motivos tenía para curarse, dado «lo bien que lleva­ba su mal», por así decir, se sintió ofendida por mi pregunta y mi incapacidad de «respetar sus heridas». Aunque tra­té de explicarle que trataba sinceramente de comprender su proceso de curación, no respondió a mi pregunta.

La gente utiliza la heridalogía para entablar intensas re­laciones románticas. Muchas personas me han confesado que asisten a mis talleres más por el deseo de contacto so­cial que por una necesidad de sanar. Dada la soledad que in­vade nuestra cultura, cuando dos personas solteras y sin compromiso se conocen en un taller, a menudo contunden la intimidad de la información que intercambian con un vín­culo romántico. Algunas personas, que yo denomino «las del paso trece», utilizan los grupos de apoyo que siguen un pro­grama terapéutico de doce pasos para -«ligarse» a posibles compañeros sentimentales, cuando éstos atraviesan una fase anímica que les hace extremadamente vulnerables.

Muchos asistentes a mis talleres describen a su «alma gemela» como la persona que comprende el dolor emo­cional que han experimentado de niños. Ese lazo puede parecer romántico en las primeras fases de una amistad, pero lo cierto es que se basa en un hecho traumático, en dolor y temor. En estos casos, el dolor se convierte en un factor indispensable para mantenerse u ni dos y necesitar­se mutuamente, y la curación constituye una amenaza para ese lazo. Inevitablemente, la relación corre un serio peligro cuando uno de los dos decide que ha llegado el momento de liberarse del pasado y seguir adelante.

No me mal interpreten: todo tipo de grupos de ayuda, desde los AA hasta los programas de doce pasos, pasando por ¡agente que ayuda a las personas que perdieron a su pa­dre o su madre de niños, proporcionan un apoyo vital. El hecho de compartir heridas, evidentemente, establece un clima de liberación entre los miembros del grupo —en oca­siones, por primera vez en sus vidas— y les permite evocar recuerdos dolorosos, y explorar sus sentimientos y temo­res junto a unos compañeros comprensivos que les apoyan sin juzgarles.

El ambiente cálido y comprensivo, que constituye prácticamente una consecuencia automática de este nivel de intercambio de experiencias, ofrece, asimismo, a los miembros del grupo una vida social que antes de asistir a sus talleres no tenían. Otra amiga mía, Jane, me dijo en cier­ta ocasión:

—Las personas de mi grupo de apoyo se han con­vertido en mi nueva familia. No me juzgan como lo hace mi familia biológica. Ahora ya no necesito acudir a mi familia.

Ciertamente, la intención que anima a esos grupos de apoyo es honrosa y merece nuestro aplauso; muchas per­sonas se han beneficiado y siguen beneficiándose de su participación en ellos.

Sin embargo, aparte del apoyo que ofrecen, existe otra dinámica que me hace cuestionar su valor terapéuti­co. Las personas para quienes el grupo de apoyo se ha convertido en una parte importante de su vida social desea, naturalmente, continuar formando parte del mis­mo indefinidamente. Pero debido a que el criterio implí­cito para seguir siendo miembro del grupo es que se debe necesitar continuamente su apoyo, es preciso aceptar el mensaje; no explícito que el grupo transmite: -<no te cu­res». Es decir, para seguir formando parte de un grupo de apoyo uno debe «permanecer separado» de otros amigos y de su familia.

Esta dinámica me recuerda un célebre dicho de Buda:

—Mis enseñanzas son una balsa destinada a ayudar­te a cruzar el río. Cuando alcances la otra orilla, abandó­nala y sigue adelante con tu vida.

La «otra orilla» era la metáfora que empleaba Buda para describir la iluminación, la meta de todas sus ense­ñanzas, Una vez iluminado, signe adelante con tu vida, no cargues constantemente con la balsa.

No tenemos por qué cargar continuamente con nues­tras heridas. Debemos ir más allá de nuestras tragedias y desafíos, y ayudarnos mutuamente a superar los numero­sos episodios traumáticos que jalonan nuestra vida. Si per­manecemos atrapados por el poder de nuestras heridas, im­pedimos nuestra transformación. Pasamos por alto los grandes dones inherentes a nuestras heridas: la fuerza de superarlas y las lecciones que podemos aprender mediante ellas. Las heridas constituyen el medio a través del cual pe­netramos un el corazón de otras personas. Nos enseñan a ser compasivos y prudentes.

¿Qué ocurriría, por ejemplo, si los miembros del gru­po de Jane le dijeran que su papel sólo consistía en pro­curarle la fuerza necesaria para resolver sus problemas con su familia, en lugar de convertirse ellos mismos en su familia sustitutiva? Supongamos que le dijeran que mien­tras Jane se empecinara en no tener tratos con su familia lo que hacía era huir en lugar de curarse, y que disponía de un plazo limitado durante el cual, el grupo le ayudaría a desarrollar las técnicas necesarias para resolver sus di­ferencias con su familia. Al término de ese plazo, Jane de­bería incorporarse de nuevo a su familia biológica para valorar su fuerza y su energía, para ver si le era posible relacionarse con ellos sin esperar ni necesitar su aproba­ción. Si era capaz de conseguirlo, habría curado su mayor herida.

Yo se lo sugerí Jane, pero ella se puso de inmediato a la defensiva. Para ella, abandonar a su nueva familia sig­nificaba caer en un agujero negro emocional. Estaba ran unida a su grupo de apoyo que no creía ser capa?, de se­guir adelante sin él. Su grupo representaba mucho más que una reunión semanal: era el centro de su vida social. Jane no concebía «acabar» con ellos, aunque ellos le exigieran seguir «activamente herida» y en necesidad de curación.

 

SU «CUENTA CORRIENTE CELULAR»

Para comprender las peligrosas implicaciones de la heridalogía, en primer lugar debemos examinar la natu­raleza de la energía que anima nuestra vida en la tierra. Cada uno de nosotros posee centenares de circuitos de energía conectados entre sí, una energía que diversas culturas han denominado de forma diferente: el aliento divino de la vida que late en cada uno de nosotros. Lo que los indios llaman prona y los chinos chi'i, los cristianos lo denomi­nan grada a Espíritu Santo, y los secularistas, vitalidad o fuer­za vital. Podemos pensar que esta energía penetra en no­sotros desde el universo, desde Dios o desde el Tao y, a medida que fluye a través de nosotros, nos proporciona la savia que precisamos para alimentar nuestro cuerpo, nues­tra mente y nuestras emociones, además de para contro­lar nuestro medio exterior. Todo en nuestra vida —cada pensamiento, cada acción en la que participamos—• re­quiere esta energía. Aunque todos poseemos esa fuerza vital, que fluye a través de nosotros, seamos conscientes de ello o no —al igual que Dios «hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia sobre justos e injustos» (Mateo 5,45)—, podemos maximizar nuestra cantidad de energía y el uso que hacemos de ella. En efecto, potenciar nuestra conciencia psíquica significa ser conscientes del flujo de tuerca vital que fluye a través de nosotros, y de nues­tra capacidad de dirigirla hacia determinadas zonas del cuerpo, sin por ello retirarla involuntariamente de otras.

Imagine este flujo de energía como una asignación equivalente a cien dólares diarios. Su labor consiste en aprender a invertir bien ese capital, porque sus inversio­nes pueden proporcionarle grandes intereses o hacer que se endeude. Evidentemente, unas inversiones positivas le rendirán unos ingresos positivos, no sólo incrementando su energía sino creando una energía adicional. Las inver­siones negativas, por el contrario, le ocasionarán deudas. Si la deuda es mayor que su asignación diaria, tendrá que pedir un préstamo. En términos energéticos, deberá to­mar energía prestada.

Esta cantidad adicional de energía puede obtenerse de dos fuentes. Una es la energía de otras personas, con las cuales usted se comporta de forma parasitaria a fin de ob­tener la energía necesaria para alimentar su sistema físi­co y emocional. Esta utilización de la energía de los de­más crea adicción, y hace que usted se vuelva cada día más incapaz de valerse por sus propios medios y más depen­diente de los demás. Necesita de los demás para potenciar su autoestima y para que le indiquen cómo debe vivir, comportarse o pensar, porque carece de la energía nece­saria para crear su propia vida. Esta fuente de energía sue­le ser de corta duración, porque las personas que se la pro­porcionan no tardan en darse cuenta de que el hecho de estar con usted les hace sentirse agotadas, faltas de ener­gía, y le rehuirán.

La otra fuente de capital energético adicional son los recursos energéticos que usted posee en sus tejidos celu­lares. Todas las células de su cuerpo deben cargarse de energía diariamente para sobrevivir, al igual que también necesitan agua todos los días. Debe emplear su asignación diaria de capital energético en alimentar su sistema físico y emocional. Si mantiene su cuerpo en perfectas condi­ciones puede alimentar su creatividad, sus relaciones su necesidad vital de optimismo. Pero cuando extrae dema­siada energía de su cuenta corriente celular, se endeuda. Cuanto mayor es ¡adeuda más se debilita su tejido celular. Si no modifica este esquema, saldando sus deudas con la asignación diaria de energía, corre el riesgo de enfermar.

El seguir aferrado a los acontecimientos negativos de nuestro pasado resulta caro, prohibitivamente caro. Es como tratar cíe mantener vivos a los muertos, y exige una tremenda cantidad de energía. Cuando experimentamos un trauma, la naturaleza nos proporciona unos fondos adicionales, por así decir, para protegernos durante ese período de crisis, pero se trata de un «préstamo» limita­do. Ningún préstamo dura eternamente, y la señal de que debemos saldar el préstamo es que comenzamos a sentir que el tiempo se ha detenido, que nuestra vida se ha es­tancado. Cuando nos negamos a librarnos del dolor que albergamos en nuestro sistema, caemos en la depresión. La energía tóxica de la depresión alimenta nuestras acti­tud es negativas hacia los demás y agota nuestros recursos energéticos. Comenzamos a proyectar las causas de nues­tro fracaso sobre los demás y les achacamos la culpa de nuestra desgracia. Esta respuesta irresponsable a nues­tros problemas se convierte en una actitud rutinaria. Nos aferramos a las relaciones ya los hechos negativos del pa­sado y del presente, porque así podemos considerarnos las víctimas y a lodos los demás la fuente de nuestras des­gracias.

La única forma de modificar ese esquema es librán­donos de la carga del pasado, saldando esa deuda energé­tica que ya no podemos mantener. El perdón es un medio de conseguirlo. Perdonar no significa restar importancia a lo ocurrido, o decir que no importa que alguien Ie haya violado. Significa librarnos de los sentimientos negativos que albergamos sobre ese hecho y sobre la persona o las personas que lo realizaron. Evidentemente, se trata de un proceso psicológico difícil y complicado, y en el capítulo 3 hablaré más extensamente sobre el perdón. Pero existe una clara referencia al valor del perdón en el Evangelio cris­tiano: cuando Jesús perdona a sus asesinos mientras se ha­lla en !a cruz, comí» acto previo a liberar la energía nece­saria para que se cumpla la resurrección. Y al referirse a la oración, que para Jesús consumía la clave de la comu­nión con lo Divino, dijo claramente: «Y cuando estéis orando, si tenéis algo contra alguien, perdonadlo para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone vuestros pecados» (Marcos, 11:25). La energía divina no penetrará en usted mientras no esté dispuesto a perdonar y a seguir adelante con su vida.

El perdón posee un valor extraordinario, pero no es el único medio de liberar energía. Algunos acontecimientos del pasado de los que debemos librarnos no son hechos ne­gativos sino episodios placenteros. Quizás no pueda usted librarse del hecho de que ya no tiene veinte años, de que ha cumplido cincuenta, u ochenta, Qui?,á no pueda li­brarse del recuerdo del aspecto juvenil que tenía antes, o de sus dotes atléticas, o de su agilidad mental. Esta inca­pacidad es otra forma de malgastar energía en el pasado. Una de mis mejores amigas era incapaz de librarse del re­cuerdo de sus años en el instituto. En aquella época de su vida, creía tener el mundo a sus pies y ser capaz de lograr lo que se propusiera. Pero después de dejar el instinto, cada vez que se le presentaba una oportunidad, mi amiga ha­llaba un pretexto para no aprovecharla. De hecho, temía no querer hacer nada en realidad. Esa combinación de te­mor a participar en la vida y de aferrarse a un momento del pasado, aparentemente lleno de posibilidades, llevó a mi amiga a la quiebra energética y contrajo una enfermedad terminal. Veinte años después de la época del institu­to, seguía obsesionada con ella y era incapaz de avanzar. Hace unos años, contrajo lupus —una enfermedad rela­cionada directamente con el temor a desprenderse del pa­sado— y murió.

Muchas mujeres que han cumplido los cincuenta o los sesenta se aterran a sus treinta, luciendo un estilo juvenil en lugar de reconocer que han alcanzado la edad ma­dura, o anciana, o senil. Los hombres de cierta edad ha­cen lo mismo: se compran un coche deportivo rojo y persiguen a mujeres de veinte años. Esas conductas son lógicas y tan nocivas para la salud como el no querer des­prenderse de los hechos; negativos del pasado. Se debe aceptar la etapa de la vida en la que se uno encuentra y ser consciente de ello. Si es usted una persona de edad avanzada, no tiene por qué pensar que esa etapa equivale a un deterioro, pero no puede vivir lamentándose por haber per­dido la juventud.

El rechazo a librarnos del pasado, ya se trate de he­chos negativos o positivos, significa el desperdicio de una parte de su cuota diaria de energía. Si comienza a perder energía y no hace nada para recuperarla, su cuerpo físico se debilitará inevitablemente. El problema puede co­menzar de manera muy simple: usted empieza a sentirse decaído o nota que está falto de energía. Si no presta aten­ción, eso puede llevarle a contraer una infección vírica, gri­pe, jaqueca, migrañas o náuseas. Si sigue perdiendo ener­gía sin tomar medidas para evitarlo, esas pequeñas dolencias pueden degenerar en una enfermedad grave. Y, aunque es una idea que muchos rechazan, yo creo que la propensión a sufrir accidentes se debe añadir a este conjunto. La per­sona propensa a sufrir accidentes está endeudada energé­ticamente. Su sistema está des compensa do y puede sufrir desde pequeñas desgracias hasta un accidente mortal. Esas personas deben aprender a reconocer sus días malos, o épocas —al igual que notamos que nos hemos resfriado y procuramos descansar más o tomar vitaminas—, porque, por ejemplo, no son el momento adecuado para acudir a una entrevista de trabajo o tomar una decisión impor­tante.

Como intuitiva médica, yo distingo con más facili­dad que otras personas un déficit de energía, aunque, tal como explico en Anatomía del espíritu, con un poco de práctica es posible aprender a diagnosticar esa pérdida de energía en uno mismo. Las lecturas diagnósticas que realizo consisten en la observación de los circuitos ener­géticos que fluyen a través de una persona y la «interpre­tación» de lo que me dicen. Observar un circuito energético es un poco como leer un electrocardiograma, donde uno busca algún blip que indique peligro. Yo retrocedo en el tiempo y, cuando observo un blip en el circuito, espero hasta obtener alguna impresión sobre lo ocurrido, que me revele en qué circunstancias la persona perdió parte de su espíritu.

Hace unos años, hice una lectura a una mujer que pa­decía un dolor crónico. Cuando retrocedí once años en su pasado, sentí que había perdido a su hija en un accidente de carretera. Esa es una desgracia y una herida totalmen­te legitima; de hecho, nuestra sociedad probablemente la colocaría en terreno sagrado por considerarla la más gra­ve de las heridas sociales.

Mientras yo observaba su circuito energético, la ima­gen de la herida cambió y se convirtió en un bote de sal­vamento con numerosos pasajeros a bordo. La observé durante unos minutos, hasta que de golpe comprendí que tenía ante mi a una mujer extremadamente manipulado­ra que, por primera vez en su vida, había recibido una he­rida legítima y no estaba dispuesta a renunciar a ella. ¿Llo­raba la pérdida de su hija? Por supuesto. Pero otra parte de su personalidad pensaba: «Esto no está mal.» Esta mu­jer utilizaba la herida para legitimar el aspecto manipula­dor de su carácter. He conocido a muchas personas que utilizan un trauma de su infancia y lo convierten en el de­recho a manipular a ¡os demás, a mostrarse amargadas o enojadas con el mundo entero. Esta mujer acabó recono­ciendo que era una persona carente de principios éticos en lo tocante a su negocio, y que cada vez que alguien le plantaba cara, ella esgrimía su herida para obligar a la otra persona a pedirle disculpas: «¡Dios mío! Perdóneme si la he contrariado.» Sinceramente, ¿quién es capaz de re­nunciar a ese tipo de poder?

De modo que yo le dije;

—Sin duda la muerte de su hija representó para us­ted un dolor muy intenso y grave. Pero usted se ha bene­ficiado de esa trágica situación, \c ha sacado el máximo partido y no está dispuesta a renunciar a ella. Esta herida le ha proporcionado un poder que nunca tuvo antes.

La mujer reconoció que yo estaba en lo cierto. Pero pese a confesarlo, observé en su rostro que deseaba seguir aferrándose a su herida.

¿Por qué es tan difícil renunciar a una herida? Yo creo que lodos nacemos con una serie de percepciones sobre «lo que creemos que es cierto». Una de esas percepcio­nes es que si renunciamos a ciertas cosas nuestra vida cam­biará. Y lo cierto es que tememos más el cambio que la muerte. En cierta ocasión, ofrecí una charla sobre ese tema en la Universidad de New Hampshire. Ante un pú­blico de unas seiscientas personas. Una mujer, de aspec­to muy pacífico e incluso sumiso, me pidió que aclarara lo que estaba diciendo sobre renunciar a nuestro lenguaje de heridalogía. Yo repuse que nos negamos a renunciar a él porque se ha convertido en nuestro principal lenguaje de intimidad, y que todo lo demás —nuestras relaciones sen­timentales, nuestra vida social— lo hemos creado en tor­no a nuestras heridas. Para la mayoría de la gente, añadí, la idea de renunciar a ello es insoportable. En ese mo­mento, la mujer se levantó de un salto, como si hubiera re­cibido una descarga eléctrica, y gritó:

—No me gusta lo que dice. No me gusta porque si re­nuncio a este lenguaje de heridas no tendré nada que de­cirle a nadie. ¡No me gusta ni pizca!

 

LA HERIDA SOCIAL

 

Los casos como el de esta mujer y el de Jane no son raros. La heridalogía se ha convertido en un fenómeno so­cial que se extiende por todo el mundo, y representa un cambio en la conciencia global. Durante las cuatro últi­mas décadas, la sociedad americana se ha afanado en sen­sibilizarse ante la necesidad que tiene la gente de resolver sus traumas, pérdidas y violaciones personales. Nuestra cul­tura es más consciente délos trastornos emocionales pos-traumáticos, y del impacto de unas

violaciones emocionales y sexuales que, con anterioridad a los años sesenta, eran prácticamente invisibles. La revolución sexual, el movi­miento holista y la cultura Terapéutica han logrado que la mente tribal reconozca la magnitud criminal de esas vio­laciones personales, anteriormente consideradas menos traumáticas que los daños físicos.

Una vez que la mente tribal —el nivel de conciencia social más primitivo, orientado hacia la supervivencia, identificado con la etnicidad, la nacionalidad y la realidad consensual— hubo reconocido las consecuencias psico­lógicas y emocionales de esas violaciones, reaccionó con la formación de grupos de apoyo para ayudar a las perso­nas heridas emocionalmente con la promulgación de le­yes que criminalizaban las violaciones psicológicas y emo­cionales. Estas y otras medidas terapéuticas eran correctas y muy necesarias.

Pero, seguramente debido a que las heridas emocio­nales son muy poderosas, las actitudes culturales han ido más allá de la adopción de medidas terapéuticas adecua­das hasta llegar a una híper sensibilización ante las demandas y reivindicaciones de las víctimas. Maestros, mé­dicos, sacerdotes, empresarios e incluso miembros de la familia se ven, de pronto, obligados a andarse con extre­ma cautela a la hora de tratar con niños o miembros del sexo opuesto, por temor a ser acusados de conducta «im­propia».

Yo misma, como organizadora de talleres terapéuti­cos, recibí un contrata que contenía una cláusula sobre «una nueva política de acoso» en la que se identificaban nueve métodos de conducta reconocidos oficialmente como ofen­sivos (esto es, causantes de heridas). Esas conductas eran «sutiles y menos sutiles, y van desde contar chistes hasta tocar a otra persona, pasando por una conducta verbal ofensiva y por no informar sobre la conducta ofensiva de otra persona».

Evidentemente, las personas que fueron objeto de abusos sexuales y traumas en su juventud necesitan ayu­da para hacer frente a su pasado y valorar sus actos. Pero estos adultos tienen otras alternativas, aparte de asesinar a sus violadores. Este tipo de medidas, aunque bien in­tencionadas, animan a “buscar” la herida en encuentros sociales y «buscar» la conducta ofensiva en circunstan­cias totalmente inocentes. Una sacerdote episcopaliana me explicó hace poco que se había llevado un gran disgusto al enterarse de las nuevas medidas adoptadas por su igle­sia, que prohíben a los miembros de la parroquia abra­zarse.

—Como directora espiritual, con frecuencia toco a mis clientes para infundirles ánimo —dijo—. Ahora no sólo me prohíben tocarlos sino que debo dejar la puerta abierta durante las sesiones de dirección espiritual o con­fesión, que son totalmente privadas.

Su reacción ante esas medidas fue sacarse el titulo de masajista terapéutica para estar autorizada, por así decir­lo, a tocar a sus clientes.

El poder de la herida ha alcanzado también a nuestros tribunales, tal como demostró la incapacidad del ¡lirado para alcanzar un veredicto en el juicio inicial de 1995 con­tra los hermanos Menéndez. En nuestro afán por crear una sociedad más consciente de los sentimientos de sus miem­bros, ahora debemos preguntarnos si no habremos animado en exceso a respetar las heridas de los demás. Es frecuen­te ver a ahogados en televisión excitando a la gente a que­rellarse contra otros por «daños personales», lo que sig­nifica ganar dinero explotando nuestras heridas y nuestra rabia. El mensaje social es que las heridas representan una fuente de ingresos; sanarlas no te reporta ninguna ventaja.

En nuestra cultura mediática, las normas que rigen nuestra vida cambian a gran velocidad. La respuesta cul­tural a la nueva toma de conciencia sobre las heridas emo­cionales ha consistido en sensibilizarse hacia ellas, pues toda curación —en el caso de un individuo o de una sociedad— empieza por la identificación de las heridas. Pero esta identificación constituye tan sólo la primera parte de la cu­ración: el proceso de sanar requiere superar el dolor.

No pretendo decir que debamos pasar por alto los efectos de nuestras heridas en nuestra conducta cotidia­na. Pero sí debemos evitar recrearnos en traumas pasados, hasta el extremo de agotar las reservas energéticas que posee nuestro cuerpo al utilizar la energía que deberíamos invertir en el presente. El propósito de una «toma de con­ciencia», según el significado que damos a ese término, es ser conscientes de los sutiles desarrollos energéticos que se producen en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu, y obrar en consecuencia.

El desarrollo de esta conciencia psíquica conlleva im­plicaciones muy variadas con respecto a la manera en que vivimos. El intercambio de ondas vibratorias o energéti­cas que se produce cuando nos hallamos en el exterior, por ejemplo, es distinto del que se produce cuando esta­mos dentro de un edificio, o cuando estamos al sol en vez de alejados del sol. Cuando estamos al sol, no sólo sentimos calor y nos bronceamos, sino que un campo de on­das vibratorias se une al nuestro y potencia la calidad de la energía que fluye a través de nuestro cuerpo. Dicho de otro modo, el efecto del sol sobre nuestro sistema ener­gético es semejante a cargar una batería. Desarrollar la conciencia psíquica significa asimilar unos comporta­mientos que cargan nuestras células energéticas y man­tienen nuestra vitalidad.

Por el contrario, citando nos despreocupamos o abu­samos de la energía y de la vida, pagamos una deuda ener­gética. Tomar en cuenta un trauma o una tragedia que afecta a otra persona exige de nosotros una respuesta com­pasiva, puesto que la compasión es una carga de energía que ayuda a la persona que sufre. Si respondemos sin com­pasión, o nos mostramos indiferentes, contraemos una deuda kármica. Cuando nos percatemos del poder de la energía—constituye el núcleo de la vida, no sólo una me­dida de vigor— descubriremos el poder contenido en nuestros pensamientos, no sólo con respecto a nosotros mismos sino a los demás.

Una de las historias más impresionantes que he oído jamás en un taller fue relatada poruña mujer que bahía re­sultado gravemente herida en un accidente de carretera había tenido una experiencia cercana a la muerte. La llamaré Maggie. Maggie sufrió una conmoción tan brutal que abandonó su cuerpo y, mientras flotaba sobre la escena del accidente, oyó las distintas reacciones de los conduc­tores de los coches que iban detrás de ella. Algunos se mostraban profundamente impresionados por el acci­dente, mientras que otros protestaban, pensando tan sólo en el retraso que e! atasco les iba a causar.

Pero del quinto coche detrás del suyo, Maggie vio brotar un maravilloso remolino de luz que se alzó hacia el éter y luego penetró en su cuerpo. « ¿Qué ocurre?», se preguntó Maggie. Y en aquel instante se encontró senta­da jumo a la conductora del quinto coche, que estaba rezando una oración por Maggie. En aquel estado energé­tico, en aquella experiencia cercana a la muerte, Maggie se fijó en la matrícula del coche y la grabó en su memoria. Al cabo de unos momentos penetró de nuevo en su cuer­po y la trasladaron al hospital. Cuando se hubo recupera­do del accidente, Maggie localizó a la mujer que había re­zado por ella y se presentó en su casa con un ramo de flores para darle las gracias.

 

LA RECUPERACIÓN DEL ESPÍRITU

 

Al seguir la evolución dé las almas de algunas perso­nas aquejadas de cáncer, a menudo he observado que, en su infancia, una persona importante para ellas —el padre, la madre o un maestro— les dijo algo así como «nunca ha­rás nada bueno», o «siempre serás una nulidad». Quizás ese comentario no duró más de tres segundos, pero esos tres segundos dominaron el resto de la vida de esa perso­na. Si alguien puede estar dominado por un comentario de tres segundos, ¿cree usted que será capaz de crear su propia realidad? Yo no. Es esa negatividad la que crea su realidad, y el desafío que tiene ante sí es serlo suficiente­mente fuerte para recuperar su espíritu.

Cuando lea las páginas siguientes y realice el ejer­cicio que indico a continuación, tenga presente que es realmente usted quien crea su realidad. Imagine un gran círculo ante sí, y luego visualice su prana, su fuerza vital o su gracia, penetrando por la parte superior de su cabeza. Ahora elija: ¿cómo desea distribuir su prana? Tal como lo distribuya, regresará a usted. Usted le dice a su espíri­tu: «Regresa a ese acontecimiento tan amargo que me ocurrió en el pasado y mantenlo vivo para mí, y luego tráeme sus frutos.» Y con esos frutos usted alimenta su tejido celular.

 

Ejercicio: Recuperar su espíritu

 

No es sencillo recuperar el espíritu que perdimos hace tiempo, no sólo debido al auténtico dolor que experi­mentamos en su momento, sino también a que el hecho de permanecer en recuerdos llenos de ira o amargura pue­de convertirse en un hábito. Es tan fácil que nuestro es­píritu regrese a donde hemos enterrado nuestro pasado que la conciencia no capta su energía y al final simplemente nos advierte de que nuestro espíritu se ha instalado en el pasado. Así, al cabo de un tiempo, ni siquiera tenemos que activar de forma consciente nuestro pasado traumático; se activa

automáticamente.

El proceso para devolver esta energía al presente em­pieza por realizar algunas modificaciones en nuestra con­ciencia y nuestro vocabulario; dicho de otro modo, debe­mos ser más listos que nuestro pasado. Aprenda a tomar conciencia, con tanta frecuencia como sea posible, de lo que está pensando y dónde invierte su energía. Cuando se percate de que ha vuelto a sumirse en un recuerdo oscu­ro, ordene a su energía que regrese al momento presente diciendo:

—Me niego a seguir avanzando en esa dirección. Aban­dono ese camino de una vez por todas.

No es necesario que se ponga a gritar de rabia ni a aporrearlos cojines del sofá. Puede desprenderse de esos recuerdos con un toque de humor, con frases como:

— ¡Otra vez tú! ¡Largo de aquí! No tengo tiempo ni ganas de seguir pensando en ti.

Anímese y no deje que su pasado le intimide. Deje de otorgarle poder aferrándose a la idea de que las cosas de­bieron y pudieron haber sido distintas. Eso no tiene nin­gún sentido.

Cuando adquiera un mayor control sobre sus pensa­mientos, trate de modificar su vocabulario. Al referirse a su vida, procure utilizar el tiempo presente. Ello no significa que no deba evocar su pasado, pero acostúmbrese a recordar sólo los momentos felices. Cuando alguien le pregunte cómo está, responda de modo positivo; ese debe ser su punto de partida. Si está tratando de resolver una crisis que ha experimentado recientemente, compártala con otra persona, pero no se recree en ella. Si el incidente le recuerda «las numerosas ocasiones en que me ocurrió esto», puede evocar esos momentos si y sólo si está dis­puesto a tratar de descifrar el esquema que persiste en su interior y que desencadena esos recuerdos, y romperlo. Si, después de su peregrinaje por los recuerdos de su pasado, emerge sintiéndose una víctima, diciendo «es inútil, haga lo que haga estoy condenado al fracaso», eso significa que no ha comprendido el significado de recuperar su espíri­tu. Si desea resolver los traumas de su pasado debe «via­jar por el tiempo» con el sincero propósito de localizar y romper esos esquemas reiterativos, y percatarse de lo que debe aprender en esta vida.

 

2

LOS CINCO MITOS SOBRE LA SANACIÓN

 

La relación entre conciencia y enfermedad es actual­mente objeto de numerosos debates y estudios científicos. Ciertamente, el tomar conciencia de las convicciones ne­gativas y sus efectos sobre nosotros puede ayudarnos a adoptar decisiones positivas y a mejorar nuestra vida. Yo creo, junto a muchos otros maestros e investigadores, que una toma de conciencia del innato vínculo de nuestro cuerpo-mente con nuestro espíritu puede propiciar el proceso de curación.

Con todo, incluso las mejores personas enferman. Al­gunas personas extraordinariamente sanas han contraí­do enfermedades corrientes y vulgares, incluso cánceres dolorosos. Oirás quizá supieran de antemano cómo iban a morir. Pero pese a sus desgracias físicas, esos santos y sa­bios se esforzaron en comprenderse, en mostrarse com­pasivos con los demás y en entrar en contacto con la ener­gía divina que dirigía sus vidas. Aunque no lograran curar su enfermedad física —o ni siquiera trataran de hacerlo—, sanaron su espíritu al aceptar la voluntad divina y el sublime propósito al que estaban destinados.

Debemos comprender que, en algunos casos, es vo­luntad divina que no nos curemos físicamente, sino que aprendamos, por medio de una enfermedad crónica o ter­minal, ciertas lecciones necesarias para nuestra alma. En otros casos, debemos asimilar virtudes espirituales que sólo la enfermedad pone a nuestro alcance, y, al asimilar­las, servir de inspiración a otros. La transformación mediante la enfermedad es un tema espiritual que se repite desde hace siglos, y la fe en lo Divino puede enseñarnos lecciones muy valiosas y sanarnos.

Un hombre llamado Simón ayudó durante un trecho a Jesús a cargar con la cruz, en el camino hacia la crucifi­xión. Ese episodio, simbólicamente tan poderoso, mere­ce más atención de la que le prestamos. Nos dice que, en nuestro viaje hacia el conocimiento de nosotros mismos y la realización de nuestro destino, también debemos ayu­dar a quien no tiene suficiente fuerza a transportar su car­ga; en ocasiones, esa carga es negativa.

Una vez, en Londres, tuve una sesión con un hombre exquisito que poseía el rostro de alguien que ha sido ben­decido por la mano divina. Después de la sesión, el hom­bre me dijo:

—Soy una buena persona, pero no comprendo por qué tengo tantos problemas con mis superiores.

Trabajaba para British Telecom. Yo le miré y sólo vi bondad en su aura. Cerré los ojos y pedí a lo Divino que me guiara. AI cabo de unos instantes, tuve la sensación muy intensa de que ese hombre era una especie de ángel de la guarda y que absorbía una gran cantidad de energía negativa. Buena parte de esa energía negativa era racista, porque él procedía de la India. Muchos otros indios que él conocía experimentaban también ese racismo pero no eran lo bastante fuertes para encajarlo, de modo que ese hombre absorbía la negatividad que iba dirigida hacia ellos. Yo traté de explicárselo:

—-No sé si eso íe ayudará, pero es la iónica sensación que he tenido.

—Si no es más que eso —repuso mi cliente—, puedo vivir con ello.

Oí una historia aún más sorprendente sobre un reputado maestro hindi que padecía un cáncer terntinal que afectaba a numerosos órganos de su cuerpo. A medida que progresaba el cáncer, él se iba debilitando, hasta que su cuerpo empezó a mostrar los estragos causados por su enfer­medad. Un día uno de sus alumnos, que sentía venera­ción por él, se le acercó y le preguntó por qué no se cura­ba o si no podía sanarse. El maestro espiritual lo miró y se echó a reír.

— ¿Quieres ver cómo curo mi cuerpo? —preguntó—. Observa.

Tras estas palabras, el maestro curó su cuerpo, que al instante rectiperó su aspecto saludable habitual. El alum­no se quedó perplejo.

—No lo comprendo —dijo éste—. Si posees tanta luz en tu interior, ¿qué causa esta oscuridad malsana?

—Esta oscuridad no me pertenece —contestó el ma­estro espiritual—. Es tuya y de mis otros alumnos. Yo car­go con ella hasta que seáis lo bastante fuertes para aca­rrearla vosotros mismos. Yo no la siento.

Aceptarla voluntad divina constituye la clave para al­canzar !a madurez espiritual, y para resolver los proble­mas físicos y emocionales. Al margen de que una enfer­medad sea una crisis espiritual o haya sido causada por nuestra negatividad, ia naturaleza humana está prepara­da para buscar el medio de sanar. Pero mis numerosas ex­periencias con personas aquejadas de enfermedades gra­ves me han convencido de que, con frecuencia, la gente no se cura porque, consciente o inconscientemente, tie­ne más fe en unas creencias muy potentes que interfieren su curación que en su capacidad de sanar.

Existen cinco mi tos fundamentales sobre la curación, que consumen la energía mental y emocional de una per­sona hasta el punto de impedirle sanar. Cada uno de esos mitos sirve para apoyar la actitud de la heridalogía, que de­bilita al cuerpo en lugar de sanarlo. Esas creencias son tan fuertes que, en ocasiones, superan a nuestras creencias optimistas sobre la posibilidad de curarnos. Ello se debe a que las creencias basadas en la esperanza y el optimis­mo se refieren al futuro, a posibilidades, mientras que la enfermedad es una realidad y los mitos que la sustentan hablan en tiempo presente. La curación es intangible, pero sen timos y vemos nuestra enfermedad.

El medio más eficaz de destruir el poder de un mito es reconocer que .se cree en él, y que por mucho que se com­parta esa creencia con otras personas, no por ello deja de ser una creencia para convertirse en un hecho. A continuación, hay que hacer un esfuerzo consciente para librarse de su in­flujo. Cuando lea las descripciones de estos cinco mitos, pre­gúntese: « ¿Creo en él?» Si la respuesta es afirmativa, yo le mostraré la forma —por medio de la oración y otros ritos— de apartarlo de su mente. Ningún mito permite que la psi­que se libere de él sin plantar batalla, pero si usted tiene realmente la intención de sanar debe librar esa batalla y, a continuación, desarrollar unos esquemas mentales desti­nados a suplantar esos mitos y a potenciar su salud.

 

EL PRIMER MITO: Mi VIDA ESTÁ DEFINIDA POR MI HERIDA

Es prácticamente imposible no estar influido por un pa­sado de heridas emocionales}'psíquicas. Tanto literal como simbólicamente, las heridas impregnan nuestra sangre y nuestro cuerpo. Nuestra biografía es en buena parte bio­logía. Las heridas son como unos canales que desvían agua y espíritu del río de nuestra vida. Cuantas más heridas te­nemos, mayor es el esfuerzo que debemos hacer para re­cuperar nuestra energía, frenar la pérdida energética y afa­narnos en sanar. Independientemente del número y la profundidad de esos canales, para curarnos debemos recu­perar nuestra fuerza vital.

Muchas personas están convencidas de que sus vidas no son sino una compilación de heridas psíquicas que ellos mismos no pueden sanar. Cuando les digo que pueden li­brarse de sus heridas, la mayoría responde: —Usted no lo comprende. No he vuelto a ser la mis­ma persona desde esa experiencia. ¿Cómo puedo cambiar eso ahora?

Después de pasar por una experiencia traumática o trágica, esas personas tienden a contemplar cada nueva experiencia a través de la lente de la herida que padecen. Proyectan su experiencia anterior sobre todo cuanto for­ma parte de su vida actual. Inician toda relación sospe­chando que será igual que la anterior. Incluso advierten a la persona con la que entablan una relación que jamás po­drán confiar en él n ella plenamente debido a su expe­riencia pasada. Y describen su vida como una serie de de­sastres personales y profesionales que no pueden tener fin porque su pasado herido les ha arrebatado coda opor­tunidad de ser felices.

Aunque este estado anímico es triste, limitador y de­rrotista, algunas personas derivan un gran poder de su continuidad porque les autoriza a llevar una vida de nu­las expectativas y escasa responsabilidad. Les permite apo­yarse en otros, explotando sus sentimientos de culpabili­dad para seguir beneficiándose de esa ayuda. Se expresan cotí tristeza o amargura sobre las metas creativas que ja­más lograrán alcanzar debido a su historial de traumas fí­sicos o emocionales. Buscan un sistema de apoyo que les conceda un espacio social en el que se sientan cómodos, donde puedan desarrollar libremente su heridalogía sin que les critiquen por ello. Dado que no se espera nada de una personalidad herida, no pueden fracasar.

Con el paso de los arios, a medida que esas personas se acostumbran a este poder y a esta autoprotección, cada vez les cuesta más cambiar. A medida que nos hacemos ma­yores, nos resulta muy difícil abandonar nuestras heridas y modificar nuestros criterios. Pero lo cierto es que el he­cho de conceder tanta importancia a sus heridas puede dañar su psique tanto como las mismas heridas. El recrear­se en una herida equivale a herirnos a nosotros mismos, constituye una auto flagelación, mantiene nuestra con­ciencia siempre centrada en la debilidad y nunca en la re­cuperación. Además, una psique convencida de su vulnerabilidad emocional y psicológica sólo puede producir un cuerpo físico que refleje esa condición. Si la fuerza y la in­dependencia le producen temor, le resultará muy difícil conservar o recuperar la salud.

En uno de mis talleres, conocí a un hombre llamado Frank i|ue estaba absolutamente convencido de que sus he­ridas habían creado unas limitaciones inamovibles con respecto a lo que podía conseguir en la vida. Frank se que­jaba continuamente de que podría haber sido un científi­co o un médico, pero, como algunos de sus profesores en la escuela le criticaban constantemente, se vio obligado a dedicarse a trabajos que requerían un menor nivel educativo y así evitarse más humillaciones.

Durante el taller, cada vez que la discusión se centra­ba en los diversos tratamientos médicos, Frank se apre­sura ha a aportar su opinión, que siempre era negativa. Los médicos no saben cómo tratar una enfermedad, decía, por­que la mayoría de ellos no saben lo que es el sufrimiento. En cierto momento, un hombre objetó que muchos mé­dicos tienen un pasado complicado, y que eligen la pro­fesión médica precisamente para ayudar a los demás. El mismo era médico, dijo. Frank despachó esa objeción adu­ciendo que el hombre se limitaba a reprimir su dolor y que, como médico, era incapaz de entrar en contacto con sus emociones. A medida que la discusión se prolongaba, cuatro personas más relataron sus crisis personales, que ha­bían conseguido resolver. Pero Frank interpretó esos co­mentarios positivos como una ofensa. Se levantó y decla­ró que nadie había padecido unas heridas emocionales tan profundas como él. Tras lo cual se marchó y abandonó el grupo de apoyo.

Pese a la actitud de Frank, a menudo me he sentido inspirada por las maravillosas historias de curación que otras personas de este grupo relataron, y por muchas otras que he oído en otros talleres. Esas personas habían supe­rado unas experiencias atroces y habían logrado no sólo construir una vida productiva, sino dichosa.

En un taller conocí a una mujer llamada Alison que había padecido cáncer de mama y se había curado. Poco después de cumplir treinta años, se descubrió un bulto en el pecho que resultó ser maligno. En esa época, Alison mantenía una relación con un hombre llamado Sam y ha­bían empezado a hablar de matrimonio. Cuando Alison contó a Sam que tenía cáncer, él respondió que «lucha­rían juntos contra eso» y luego se dedicarían a disfrutar de la vida. Pero no Fue así, porque, según explicó Alison, «Sam necesitaba que yo dependiera de é!. Mi dependen­cia le hacía sentirse seguro: le daba la sensación de que controlaba nuestra relación».

Mientras Alison se esforzaba en sanar, también curó su personalidad, y comprendió que, aunque amaba a Sam, su dependencia de él ¡e impedía progresar. Dependía de él hasta el punto de pretender que fuera él quien consiguiera curarla. Al mismo tiempo, Alison temía ser fuerte porque asociaba la fortaleza con la independencia.

—Yo era inca paz, de relacionarme con otras personas sin proporcionarles una lista de mis puntos débiles —dijo—. Yo sabía cómo ser incompleta, y siempre me había pareci­do el medio de sentirme unida a alguien. Con Sam dio re­sultado, al igual que con otros hombres con los que había tenido una relación. Pero comprendí que debía convertir­me en una persona distinta, una persona fuerte y capaz de afrontar sola el cáncer.

Incluso la idea de curarse por sí sola asustaba a Alison, porque temía que Sam pensara que había hecho algo sin su participación.

—Me atormentaba tanto el temor de curarme como el de no curarme —nos explicó Alison—. Comprendí que, si me curaba, tendría que analizar esas facetas de mi personalidad que había utilizado para comunicarme con la gen­te, en particular con Sam. Una noche me di cuenta de que debía tomar mía decisión, y dije a Sam que necesitaba un poco de espacio para reorganizar mis pensamientos. El lo interpretó como un rechazo, y nuestra relación terminó.

La doctora de Alison le proporcionó una perspectiva bien distinta. Le aseguró que ser una persona fuerte no sig­nificaba vivir sola, sin» gozar de una vida más satisfacto­ria, porque la independencia implica poder elegir. La fuer­za le permitiría no tener que «conformarse con lo primero que se presentara»-, sino poder decidir con qué hombre de­seaba compartir su vida.

—Al principio no la creí —dijo Alison—, pero me gustó lo que decía.

Alison recordaba esas palabras cada vez que experi­mentaba temor ante la soledad, especialmente ahora que vivía s«la-

Me dije que sola o con otra persona, deseaba dis­frutar de una vida sana y placentera —dijo—. Lo que me pareció más interesante de esa decisión es que una vez que me dije eso, empecé a creer que era capaz de controlar mi vida yo misma. Pero, al mismo tiempo, sabía que no esta­ría sola.

Después de nuestra conversación, experimenté una sensación muy positiva con respecto a la situación de Ali­son. Vi en ella todos los elementos de responsabilidad y firmeza de carácter que necesita una persona cuando se en­frenta a una enfermedad grave. Pero más que eso, vi que ella estaba convencida de lo que decía. Al cabo de un tiem­po, recibí una carta de Alison comunicándome que su cán­cer había remitido y que confiaba en que lograría sanar por completo.

No subestimo la dificultad de renunciar a la creencia de que tu vida está y siempre estará definida por tus heri­das. Es muy difícil abandonar este mito porque resulta muy útil: nos permite pensar que cualquier fracaso o falta de logros por nuestra parte es culpa de otra persona. La única forma de librarse del dominio que este mito ejerce sobre la psique es asumir una mayor responsabilidad por la calidad de nuestra vida, como hizo Alisen. En lugar de lamentarse de no haber ido a la universidad, vaya a la uni­versidad. Empiece por apuntarse sólo a una asignatura por año, por correspondencia si es necesario. En lugar de lamentarse de no pesar veinte kilos menos, modifique su dieta, camine más, aunque sólo sea un par de kilómetros al día, y reduzca grasas. Cuando sienta la tentación de de­cir u pensar «yo pude haber conseguido..., pero mis he­ridas pasadas me lo impidieron», tome las medidas nece­sarias para cumplir esa meta «inalcanzable»-.

 

Preguntas para un auto-examen

  • ¿Busca siempre algún pretexto para no hacer co­sas más positivas en su vida?
  • ¿Compara su historial de heridas con el de otras personas? En caso afirmativo, ¿por qué?
  • Si se siente más herido que otras personas, ¿hace eso que se sienta más poderoso?EL SEGUNDO MITO: ESTAR SANO SIGNIFICA ESTAR SOLOSanar, al igual que la espiritualidad, es un proceso continuo, tal como indican numerosas historias de la tra­dición oriental. En una historia relatada por Jack Korn-field, psicólogo y profesor de Meditación Perceptiva, un monje asciende por una montaña decidido a hallar la ilu­minación o morir. Durante el camino, se encuentra con un viejo sabio que porta un enorme tardo y le pregunta si ha oído hablar de la iluminación. El anciano, que es Bodhisattva el Sabio, deposita el fardo en el suelo. En aquel instante el monje alcanza la iluminación.El anciano se agacha, recoge el fardo y echa a andar hacia la aldea. Es decir, después de alcanzar la iluminación nos aguardan los mismos placeres y las mismas tareas. Aun después de curarnos, debemos seguir trabajando para con­servar la salud. La curación es un proceso sin final.Alos norteamericanos les encanta el mito del tipo individualista, fuerte y duro. El problema es que muy po­cos de nosotros podemos identificarnos con esa imagen porque somos esencialmente seres sociales. En tanto crea­mos que la auténtica curación requiere un esfuerzo heroico e individual, tendremos una excusa muy conveniente para no intentarlo siquiera. Incluso adoptar las medidas más mo­destas para sanar, como aprender meditación y yoga, o modificar nuestra dieta, nos parece imposible sin la cola­boración de un compañero o compañera, aunque muchas personas han conseguido realizar esos cambios en su vida sin ayuda de nadie.Beth y Matt se peleaban continuamente, no sólo por lo del tabaco sino porque Beth pasaba mucho tiempo fue­ra de casa. Al darse cuenta de que cada ve?, tenía menos en común con Beth, Matt le pidió que se marchara de casa. Ella me confesó que ése era el cambio que más temía, no sólo porque carecía de recursos económicos para hallar una nueva residencia y costear sus gastos médicos, sino por­que llevaba mucho tiempo con Matt y no concebía su vida sin éJ.Cuando pregunté a Beth si ese plan había dado re­sultado, respondió:No sé si Beth logró curarse, pero confío en que se percatara de que su dilema estaba agotando sus reservas de energía. No obstante, cuando pienso en ella, veo a una persona cuya principal preocupación no era curarse, sino quedarse sola, y que ese temor a la sociedad probablemente agravaría su enfermedad.Su nuevo estilo de vida implicaba una cierta soledad. Pero ésta se convirtió para él en una reconfortante compa­ñera. Bart empezó a apreciar y respetar a la persona en la que se estaba convirtiendo. Le gustaba sentirse fuerte y capaz de controlar su vida, aunque en ocasiones añoraba a sus viejos amigos. En los momentos en que se sentía solo, Bart se consolaba visualizando su futuro con unas imágenes po­sitivas de una vida nueva, no de soledad sino de esperanza, rodeado por amigos. Al cabo de dos años, su enfermedad remitió por completo. Posteriormente una persona alle­gada a Bart me dijo que éste se había casado y tenía un nuevo círculo de amigos que compartían su acción por los pro­ductos naturales y las prácticas espirituales. 
  • Preguntas para un auto examen
  • Las condiciones para alcanzar la curación son duras, sobre todo cuando nos exigen renunciar a nuestros ami­gos íntimos. Aunque no todo el inundo se ve obligado a cambiar drásticamente de vida, en caso necesario, no que­da más remedio que hacerlo. Si tiene usted que renunciar ii sus viejas amistades, tenga presente la naturaleza cícli­ca de la vida, ensalzada por los místicos, desde el anóni­mo autor del Eclesiastés hasta Lao-tzu. Después del in­vierno viene la primavera. Tanto la soledad como la amistad desempeñan determinados papeles en distintos momen­tos durante el proceso de curación. La curación no re­quiere soledad, al igual que el misticismo no requiere ci­licios ni una dieta de saltamontes.
  • En otra ocasión, conocí a un joven simpático y alegre llamado Bart a quien los médicos habían diagnosticado leucemia. Dos días después de recibir el diagnóstico, Bart comenzó a leer tocio cuanto pudo sobre los métodos de cu­ración basados en la conexión entre la mente y el cuerpo. Cambió todos los aspectos de su vida, hasta el extremo de pintar de nuevo su apartamento de unos colores que, para él, inducían la paz de espíritu. Sólo uno de sus amigos se mostró respetuoso con las iniciativas emprendidas por Bart. Los otros le tomaban el pelo, sobre todo cuando decidió comer sólo productos naturales e inició una práctica espiritual. Al cabo de un tiempo, Bart cortó todo contacto con su viejo círculo de amigos y, aunque al principio los echaba de menos, lo su­peditó todo a su afán de recuperar la salud. En caso nece­sario, estaba dispuesto a vivir en un mundo de absoluto ais­lamiento y silencio.
  • —Hago la mayor parte de lo que debería hacer, de modo que en ese aspecto me siento satisfecha. Pero echo de menos las sesiones semanales con mi grupo de apoyo, porque Matt no tiene ni idea de lo que significa padecer un cáncer. Ksas personas sí lo saben, y me aceptan sin re­servas. Compartimos la misma meta, nos apoyamos mu­tuamente. Es una sensación muy agradable. Matt dice que, a esas personas, yo les importo un comino, que sólo les importa lo que puedan sacar de mí. Yo no lo creo, pero no puedo demostrárselo porque Matt se niega a cono­cerlas. En cualquier caso, Matt me ha prometido perma­necer a mi lado, y eso es lo que cuenta.
  • Beth propuso un pacto: Matt podía fumar en la casa y comer lo que quisiera, y el la acudiría a las reuniones de su grupo de apoyo sólo cada quince días. Acamhir», él de­jaría de criticarla por su nueva dieta y por asistir a clases de yoga.
  • En uno de mis talleres, una mujer llamada Beth me contó que cuando le diagnosticaron un cáncer decidió tra­tar de curarse a través de la medicina complementaria. Modificó su dieta, y dejó de ruinar y de beber alcohol. A continuación, se inscribió en un grupo de apoyo para en­fermos de cáncer, buscó la ayuda de un terapeuta y empezó a practicar yoga. Su novio, Matt, que era un fumador em­pedernido, se sintió amenazado por esas iniciativas, en particular cuando Beth le dijo que ya no podía fumar en casa.
  • En la sociedad norteamericana, la idea más extendi­da es que una persona sana es una persona que se ha re­cuperado por completo de una herida o una enfermedad y sigue adelante con su vida, inmune a cualquier otro problema de salud. Pero la verdad es que tanto si estamos cu­rados o en vías de curación, siempre necesitamos una co­munidad de amigos y familiares que nos quiera, una co­munidad basada no sólo en las heridas y la dependencia sino en unos intereses compartidos y un apoyo emocio­nal. La curación no representa el fin de las necesidades del corazón, sino una puerta que nos permite abrir nuestros, corazones.
  • — ¿Es así de sencillo? —Pregunta—. ¿Hasta con de­jarlo todo y no aferrarse a nada? —El monje mira al an­ciano y añade—: ¿Y ahora qué?
  • Con frecuencia se dice que para recobrar la salud es preciso «aprender a valerse por uno mismo», es decir, cui­dar de uno mismo, ser independiente. Para algunas per­sonas psíquicamente heridas, recobrar la salud y alcanzar la independencia significa soledad y vulnerabilidad. Para muchos, este temor a una independencia heroica —y, por ende, soledad— constituye la raíz de su incapacidad para curarse. Por otra parte, creen que una vez se hayan cura-do estarán siempre sanos, y que, con la recuperación tic la salud, se evaporará la necesidad de apoyo emocional y psicológico. Esta es otra variante del mito arcaico de que una vez que alcancemos la Tierra Prometida, habremos ¡legado al término de nuestro viaje. Pero las personas qui­se están curando o que están curadas necesitan la compa­ñía y la amistad de oíros al igual que el resto del mundo. Creamos salud iodos los días y en todo momento, y de­bernos ser conscientes de ello. Al igual que la iluminación no es un estado permanente tan sólo al alcance de super­hombres espirituales, la salud no se consigue fuera de una comunidad, sino que requiere un vínculo consciente en­tre la mente, el cuerpo y el espíritu; un vínculo entre el in­dividuo, las demás personas y el universo.
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  • ¿Teme usted que si se cura su grupo dé apoyo le abandonará o se mostrará menos comprensivo con usted?
  • Cuando se visualiza curado, ¿está solo en la habi­tación?
  • ¿Cree usted que las heridas emocionales constitu­yen un medio de establecer un vínculo con otra persona y que, si se cura, tendrá que .separarse de esa persona?EL TERCER MITO: Nuestra sociedad, con su culto a las drogas, sostiene que la mayoría de trastornos dolorosos, físicos y psíquicos, deben curarse con fármacos. Los anuncios de televisión fomentan el uso de analgésicos contra el dolor de cabeza, el dolor de espalda y cualquier otro síntoma imaginable. Ciertamente, un dolor crónico nos impide llevar una vida normal y satisfactoria. Pero el dolor emocional o psíqui­co puede ser también una señal que nos obligue a prestar atención. Puede ser un maestro, tanto si se origina en nuestras emociones como en nuestro cuerpo. Dirige nuestra atención hacia esa área física o emocional que debemos restaurar. Eliminar prematuramente un dolor con fárma­cos es un error, ya que puede inducirnos a creer que nos hemos curado cuando no es así. En lugar de medicarnos al primer síntoma, debemos analizar la situación y averi­guar por qué experimentamos un dolor localizado, o una serie de molestias y dolores difusos. Los anuncios de tele­visión que más detesto son los que ofrecen unos remedios contra trastornos digestivos que deben tomarse antes de comer, para que usted pueda ingerir una serie de alimen­tos grasos, picantes o lácteos sin sentir el dolor de estó­mago que trata de advertirle que su cuerpo no puede di­gerir ese tipo de comida.Si usted se da cuenta de que tiene dependencia de una determinada droga, establezca un programa de des­habituación paulatina y acuda a un grupo de apoyo que le ayude a superar esta difícil tarea. Sin embargo, an­tes de iniciar el tratamiento, le recomiendo que acuda a un terapeuta que le pueda llevar de la mano —y de la mente, por así decir-— paso a paso hacia una renovada toma de contacto consigo mismo. Aprenda métodos alternativos de control mental y corporal, por ejemplo cómo utilizar su respiración para comunicarse con su cuerpo, o el biofeedb&ck, que se inventó precisamente con ese fin.Un hombre llamado Fred, que asistió a uno de mis ta­lleres, me confesó que había empezado a tomar analgési­cos cuando sintió dolores de espalda. Aunque al principio la medicación le aliviaba el dolor, al cabo de un tiempo Fred comprobó que necesitaba aumentar la dosis. Un año más carde le dijo a su médico que la medicación ya no le ali­viaba los dolores y le pidió que le recetara un remedio más potente. Su médico !e recomendó que hiciera ejercicio para reforzar la espalda. Fred siguió su consejo, pero los ejercicios no bastaban. Entonces acudió a otro médico que le recetó un fármaco más potente, que un tiempo des­pués también dejó de ser eficaz.—Francamente, no me molesté en hacerlo porque me hubiera tomado tiempo y yo quería algo que aliviara mis dolores inmediatamente.Fred me explicó que tenía un historial de inversiones fi­nancieras desastrosas y negocios fracasados porque siem­pre andaba buscando maneras fáciles y rápidas de ganar mucho dinero. Cuantos mayores eran sus fracasos, más le dolía la espalda.Cuando le pregunté qué le había inducido a asistir a uno de mis calieres, en vista de su actitud, Fred me con­fesó que quería aprender a utilizar «el poder mental» y la intuición para tomar decisiones financieras más acerta­das. Yo le sugerí que quizá los fármacos que tomaba in­fluyeran negativamente en su juicio, pero Fred insistió en que la única forma en que podía funcionar era tomando analgésicos que eliminaran el dolor. Nuestra conversa­ción concluyó con esa nota tan poco optimista. Sincera­mente, yo no tenía muchas esperanzas de que Fred con­siguiera curarse.Lester continuó tomando la medicación porque el dolor le impedía conciliar el sueño por las noches, por cansado que se sintiera. Una noche, mientras yacía en la cama preguntándose si lograría alguna vez curarse y de­jar de sentir dolor, se le ocurrió tratar de adentrarse en su dolor. Se imaginó penetrando en su pierna para observar lo que ocurría deba]o de la piel.—Gracias a este ejercicio que practicaba cada día, o mejor dicho, cada hora —concluyó Lester—, llegué a con­vencerme de que lograría sanar mi cuerpo. Día tras día, sentía que mi mente iba adquiriendo renovado vigor y que mi cuerpo se restauraba.  
  • Preguntas para un auto-examen
  • Yo no tenía dudas de que Lester conseguiría sanar, y él tampoco.
  • Lester puso música de fondo para que le ayudara a relajarse, y se imaginó reparando el tejido celular de su pier­na y transmitiendo el mensaje de que todas las células can­cerosas debían ser destruidas de inmediato. Lester repi­tió ese ejercicio cada día, y fue notando que su confianza aumentaba. Al mismo tiempo fue reduciendo la dosis de analgésicos hasta que, finalmente, dejó de tomarlos, aun­que todavía sentía cieno dolor. Lester me contó que ha­bía comenzado a considerar su dolor como una «luz guía» que, durante cada sesión de meditación, le indicaba dón­de debía centrar su atención.
  • Una historia más positiva es la de Lester, quien había padecido unos dolores arroces debido a un tumor en la pierna y a la intervención quirúrgica que le habían prac­ticado para extirpar los tejidos cancerosos. Durante su convalecencia, los médicos le recetaron unos analgésicos, que Lester aseguró que necesitaba porque era incapaz de soportar aquel dolor. Mientras Lester se esforzaba por re­cobrar las fuerzas en su pierna, el dolor se intensificó; per­sistía incluso cuando Lester no caminaba ni hacía ejerci­cios de rehabilitación.
  • Le pregunté cómo no se había percatado de la rela­ción entre su mala situación financiera y sus dolores de es­palda. Fred reconoció que sabía que esos dos problemas estaban conectados, pero se decía que en cuanto consiguiera ganar una cantidad importante de dinero, la espalda de­jaría de dolerle. Estaba convencido de ello y empeñado en Conseguir su propósito.
  • Yo le pregunté qué otros factores, aparte del dolor de espalda y su dilema con los fármacos, le causaban estrés.
  • Cuando pregunté a Fred por qué no había analizado el motivo por el cual su espalda le causaba tantos proble­mas, respondió:
  • Si está dispuesto a abordar la tarea de adentrarse en su dolor, necesitará ayuda, pues probablemente no sabe ni cómo ni dónde empezar. Una forma de comenzar es estudiarse a sí mismo. Preste atención a los pensamien­tos o actitudes que tiene a lo largo del día y que le pro­ducen dolor. Anótelos para hacerlos tangibles, y reconozca ios daños físicos que causan a su cuerpo. Quizá reco­nozca qiie se recrea con unas imágenes dolorosas de us­ted mismo o con unas creencias repletas de dolor sobre su vida. Quizá comprenda que, en el fondo, es usted un pesimista que ve sólo lo negativo y no repara en lo posi­tivo. O quizá reconozca que el dolor que soporta no es el suyo, sino el dolor de otros a quienes desea proteger. Hasta es posible que usted llegue a considerar el dolor como un desafío espiritual que ha aparecido en su vida a fin de fortalecer su psique hasta extremos inimagi­nables.
  • Aunque la utilización de drogas para calmar el do­lor puede ser esencial en alguna etapa del proceso de sanación, debemos preguntarnos si esas drogas son siem­pre necesarias o si impiden que el dolor nos advierta de que algo no funciona en nuestra vida. Padecer dolor es una experiencia horrorosa, pero también lo es la drogo-dependencia. Las drogas empeoran la situación porque al tomarlas usted no se percata de lo que ocurre en su cuer­po y puede creer que Ivi ausencia de dolor significa que se ha curado. Y no es así. No tema sentir dolor y utili­zarlo como un aliado para que le ayude a sanar su cuer­po. Posiblemente sea el único lenguaje que logre atraer su atención.
  • En muchos casos, el dolor indica la presencia de una enfermedad, ya sea emocional o física, y es normal creer que todo dolor e;> negativo. Pero el dolor es también un maestro, un mensajero que nos hace prestar atención a nuestro cuerpo o alejarnos de conductas y situaciones en las que nos mostramos débiles para adoptar un estilo de vida que potencie nuestra fuerza e integridad.
  • Sentir dolor significa ser destruido por él
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    • ¿Considera siempre el dolor como un enemigo?
    • ¿Ha aprendido algo del dolor físico? En caso afir­mativo, ¿qué?
    • Para combatir el dolor, ¿suele tomar medicamen­tos químicos o utiliza la meditación u otra disciplina interior?
    • ¿Ha sido adieto a los analgésicos o a las pastillas para dormir?
  •  TODA ENFERMEDAD ES CONSECUENCIA DE LA NEGATIVIDAD Y ESTAMOS DAÑADOS EN LO MÁS PROFUNDO DE NUESTRO SERNuestros pensamientos influyen decisivamente en la salud de nuestra mente y de nuestro cuerpo, y para sanar debemos explorar las regiones más recónditas de nuestro ser. Pero la raíz de una enfermedad no es siempre un pa­trón negativo, y no siempre debemos achacar la culpa de no lograr curarnos a unas experiencias negativas o a las cre­encias negativas que anidan en nuestro inconsciente. Mu­chas personas me cuentan que han explorado denudadamente su pasado en busca de esa experiencia negativa que les causó la enfermedad, pero no han logrado hallarla. ¿Qué deben hacer, me preguntan, para desenterrar esa pieza de su psique que les falta?Sería más fácil curarnos de una enfermedad si inves­tigáramos nuestro pasado en busca de patrones positivos además de negativos. Por más que exploremos nuestra psique en busca de todo cuanto pueda haber contribui­do a debilitarnos, no debemos pasar por alto las facetas fuertes y resistentes de nuestra personalidad. Cuando nos preocupamos sólo en buscar los patrones negativos, todo lo bueno que hay en nuestra vida suele eclipsarse.Los programas de apoyo no sólo ayudan a las perso­nas a recuperarse cié sus heridas, sino a celebrar su fuer­za. El espíritu humano no se duerme dentro de nosotros debido a nuestros patrones vitales negativos, ni la vida de la mayoría de la gente consiste en un largo rosario de tra­gedias. El desenterrar lo positivo es un proceso tan tera­péutico eomo el eliminar las partes negativas de nuestro pasado.Aunque el grupo de apoyo ayudó a Sheila a superar su desesperación, su cáncer seguía progresando. Varios miem­bros del grupo estaban convencidos de que ella seguía afe­rrándose a su matrimonio, o a otra parte negativa de su pa­sado. Sheila no sabía lo que era. de modo que acudió a mi taller para hallar la forma de descubrir las emociones ne­gativas que la estaban perjudicando.—Como es lógico, tuve problemas con mis hijos y al­gunas otras cosas —reconoció—, pero todo se resolvió. Mis hijos ya son mayores y mantenemos una relación de pro­fundo cariño. Nunca he tenido problemas económicos, y, aunque he perdido a mi padre y a mi madre, murieron porque había llegado su hora. Les lloré durante un tiem­po, pero luego me recuperé.—Ahora —comentó—, me pregunto si me engaña­ba. Quizá nunca tuve ninguna de esas cualidades.Por lo que deduje, la crisis de salud de Sheila, su cre­encia en un doloroso pasado que no conseguía descifrar y la deterioración de su imagen personal le habían crea­do un dilema mayor que el fracaso de su matrimonio. Sin embargo, estaba resucitando el dolor que le producía su divorcio, en lugar de aceptar que su marido la había aban­donado por sus propias razones. Es posible que, al supe­ditar sus problemas de salud a su búsqueda de unas expe­riencias pasadas negativas y al dolor de su divorcio, Sheila hubiera permitido que su cáncer de mama se agravara, y se deteriorara la imagen que tenía de sí misma.  

 

  • Preguntas para un auto examen
  • Lo que podría haber hecho Sheila, al igual que mu­chas otras personas, era desterrar el mito de que uno con­trola todos los aspectos de su vida.
  • Su autoestima era perfecta, como un soplo de aire fresco. Pero mientras seguía conversando con ella, empecé a notar que se estaba desintegrando ante mis ojos. Final­mente, resultó que Sheila ya no tenía tan buena opinión de sí misma, sino que desde hacía poco se había conven­cido de que la positiva imagen que tenía de sí era Fruto de su vanidad, la cual la había creado para evitar enfrentarse a su auténtica personalidad. Incluso llegó a sugerir que su vanidad podría haber sido el auténtico motivo de su fra­caso matrimonial.
  • Mientras Sheila describía su pasado, le pregunté qué opinión tenía de sí misma. Supuse que enumeraría una larga lista de síntomas de escasa autoestima, pero me sor­prendió. Me dijo que siempre se había considerado una persona bondadosa, comprensiva con los demás, inteligente y sociable.
  • Hasta que su matrimonio empezó a zozobrar, Sheila había sido una mujer relativamente feliz.
  • Cuando le diagnosticaron un cáncer de mama, Shei-la inició de inmediato un tratamiento médico y se inscri­bió en un grupo de apoyo para mujeres con esa enferme­dad. La comprensión que halló en el grupo ayudó a Sheila a librarse del dolor provocado por su reciente divorcio, que ella no había deseado. Su afán por salvar su matrimonio había «minado sus fuerzas», según dijo, tanto simbólica como físicamente.
  • Una voluntad firme y bien orientada, esencial a la horade reparar el tejido dañado, constituye una cualidad rara. Solemos utilizar nuestra fuerza cié voluntad más para eoritrolar a los demás que para controlarnos nosotros mis­mos. Y cuando tratamos de desarrollar una mayor fuerza de voluntad, por lo general lo hacemos motivados por el deseo de romper una adicción o de practicar unos ejerci­cios diarios más que por el afán de controlar nuestros pen­samientos negativos.
  • En algunos casos la enfermedad es el resultado de una serie de causas y es inútil tratar de atribuir la causa a un solo factor. La vida no es tan sencilla. Algunas enferme­dades se desarrollan debido al elevado grado de toxicidad de nuestro medio y al contacto con gérmenes, bacterias y virus. Otras se deben al contacto con agua contamina­da o parásitos. Otras son consecuencia de la genética, y es imposible vencerlas. Y algunas, como he dicho antes, pue­den ser una forma de guía espiritual. En nuestro afán de ser física y espiritualmente fuertes, olvidarnos que nues­tro viaje emocional es relativamente nuevo y que nuestro cuerpo físico sigue sometido al poderoso influjo de nues­tro medio y los cambiantes esquemas de nuestra sociedad.
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  • EL CUARTO MITO:
  • ¿Busca usted constantemente lo que hizo para me­recer la enfermedad que padece?
  • ¿Cree usted que no logrará sanar hasta que descu­bra la falta que cometió?
  • ¿Suele recrearse en las experiencias negativas del pasado, convencido de que, al hacerlo, estimula su curación?EL QUINTO HITO: ES IMPOSIBLE LOGRAR UN VERDADERO CAMBIOEste último mito es muy pernicioso porque ejerce un gran poder sol >re la psique, independientemente de que uno esté enfermo o no. Creemos que es imposible cambiar por una rayón bien simple: a nadie le gusta el cambio, y a nadie le gusta cambiar. Nos gusta que todo siga igual, incluso, pa­radójicamente, en situaciones adversas. Creemos que «más vale malo conocido que bueno por conocer», y así es corno la mayoría de nosotros consideramos el proceso de cambio.Muchas personas se convencen de que basta con aban­donar una adicción o iniciar un programa de ejercicios para curarse. Ciertamente, esos cambios ayudan a la curación pero contribuyen muy poco a eliminar los problemas que nos im­piden sanar. La curación requiere un cambio interno y ex­terno. Requiere que nos formulemos preguntas como: « ¿Me satisface la vida que llevo? ¿Presto la debida atención a mis necesidades personales o tan sólo me ocupo de las necesi­dades de los demás?» Esas preguntas no sólo dirigen nues­tra atención hacia nuestra persona sino que nos obligan a cambiar la trayectoria de nuestra vida e incluso a modificar nuestra naturaleza. Llegados a este punto, generalmente em­pezamos a discutir con nosotros mismos, diciéndonos una y otra ve/, que no podemos cambiar nuestra naturaleza. «Así he sitio siempre —decimos—, porque yo soy así.»Para conseguir que se produzca un cambio en lo más profundo de nuestra naturaleza, debemos hacer frente a esas características personales que tratamos de rehuir. A menudo no nos percatamos de ciertas partes de nuestra per­sonalidad, bien porque no queremos reconocerlas o por­que no prestamos mucha atención a nuestro lado oscuro. Sea cual fuere el motivo, debemos afrontarlas de una vez por todas. No es tarea fácil. No nos gusta bucear en nues­tro lado oscuro, ni nos gusta analizar nuestros temores y nuestros rasgos negativos.En uno de mis talleres, una mujer de 41 años llamada Louisa nos explicó cómo había reaccionado al averiguar que padecía un cáncer de ovarios. Había acudido a un te­rapeuta especializado en hipnosis. Al principio, la hipnosis no había surtido efecto, principalmente porque Louisa era incapaz de relajarse lo suficiente para desconectar su men­te. Un día su terapeuta le propuso que antes de la siguien­te sesión Louisa fuera a hacerse un masaje. Louisa siguió su consejo, y llegó a la consulta de su terapeuta lo bastante re­lajada para dejarse hipnotizar. Durante la sesión de hipno­sis, Louisa empezó a hablar de su temor a envejecer. Creía que la vejez representaba la pérdida de su belleza, su atrac­tivo sexual y, por ende, su poder como mujer. Considera­ba el proceso de envejecimiento como una enfermedad in­curable y afirmó que cada célula de su ser prefería morir a vivir como una anciana que contemplaría con envidia los ros­tros de otras mujeres más jóvenes y atractivas.— ¿Cómo voy a temer envejecer? A fin de cuentas, forma parte de la vida. Todo el mundo envejece.medida que volvía las páginas, Louisa empezó a ponerse muy nerviosa y comentó que debajo de aquella tonelada de ma­quillaje eran unas mujeres de lo más corriente. Su tensión aumentó cuando su terapeuta le pidió que imaginara cómo era la vida de una de aquellas mujeres tan extraordinaria­mente atractivas. Louisa dijo que no tenía ni remota idea. Cuando su terapeuta le preguntó si creía que esas muje­res temían envejecer, Louisa respondió:—Estás hablando de ti misma —respondió su tera­peuta—, y es necesario que lo reconozcas. El temor está tan arraigado en ti que t?stás destruyendo tus órganos fe­meninos, porque odias el proceso de envejecimiento que se produce dentro de ru cuerpo femenino.Otras personas, sin embargo, consideran el cambio no sólo posible sino como una aventura, sobre todo cuan-do lo abordan con sentido del humor. Linda, una mujer que padecía cáncer de piel, era una persona encantadora, simpática y con un gran sentido del humor. Decidió plan­tearse su curación como una aventura.Linda estaba dispuesta a probar cualquier tipo de tra­tamiento que hallara en el mercado. Después de investi­gar diversas posibilidades terapéuticas, conoció a un hom­bre que era a la vez terapeuta y profesor de meditación. Se reunían dos veces a la semana, y según me comentó Linda:Como parte del tratamiento, él le recomendó que Linda se sumiera enun estado de meditación y respondiera a sus preguntas, A fin de colaborar con el plenamente, Linda compuso un poema que solía repetir unas cuantas veces antes de relajarse y sumirse en un estado de medi­tación: «Entro para restaurar mi ser, y salgo curada.»No es frecuente que consideremos cambiar nuestra for­ma de ser como una aventura, pero ¿por qué no puede serlo? La enfermedad está tan estrechamente relaciona­da con nuestros temores y patrones negativos que la pers­pectiva de curarnos nos infunde tanto miedo como ía pro­pia enfermedad. Saber que debemos realizar unos cambios profundos nos espanta. La admirable actitud de Linda muestra la positiva opción de abordarla curación con con­fianza y alegría, por improbable y difícil que parezca.Larry preparó un programa terapéutico que cubría todos los aspectos: físico, mental, emocional y espiritual. Pero básicamente se centró en sus problemas emociona­les, que, según él, constituían el núcleo de su toxicidad. Fue una experiencia muy grata conocer a Larry, uno de los pocos hombres con que me he encontrado que se propu­so renovarse por completo, como hacen algunas mujeres. Con el fin de comprender las debilidades y lagunas de su naturaleza emocional, Lany se reunió con muchas ami­gas y antiguas novias para preguntarles la opinión que te­nían de él y de la forma de expresar sus emociones.—Al principio —dijo Larry—, me sentí como si tra­tara de escalar una montaña que no tenía cima y seguía tre­pando sin cesar, o como si cavara un pozo insondable. Debo reconocer que me disgustó lo que esas mujeres dijeron so­bre mí. Si volviera a repetir el experimento, les pediría que añadieran también alguna virtud, para suavizar el impac­to. En cualquier caso, mi terapeuta me dirigió para que pensara en mi infancia y tratara de hallar en ella la razón de mi egocentrismo. Entonces me di cuenta de que siem­pre había reclamado la atención de mis padres, y que aun­que ellos me habían dado mucho cariño y atención, nun­ca me había parecido suficiente. Siempre deseaba más, y esa necesidad persistió durante mis años adultos. En cier­to momento le confesé a mi terapeuta que empezaba a sentirme como un gusano, pero ella se echó a reír y dijo que eso indicaba que iba por buen camino. No sé lo que quiso decir con esa observación, pero seguí trabajando con ella.—Simultáneamente a este trabajo terapéutico —con­tinuó Larry—, deseaba convertirme en una persona dis­tinta, cuando menos para conservar la salud. Supongo que era una decisión egocéntrica, pero qué más da. Me esfor­cé en cambiar. Cuando salía con una chica o con un ami­go, procuraba no hablar tan sólo de mí mismo. Me interesaba por sus cosas, les escuchaba con atención. Al principio traté de impresionarles con mi nueva persona­lidad, pero al poco tiempo comprendí que realmente me interesaba lo que les ocurría a los demás. Y ante todo, me gustaba ia persona en la que me estaba convirtiendo.La creencia de que estamos profunda e inevitable­mente dañados suele ir acompañada por la convicción de que no merecemos ningún tipo de ayuda, n¡ humana ni di­vina, y que tampoco merecemos aceptar la ayuda que nos ofrezcan. Librarse de esa carga emocional requiere un es­fuerzo tremendo, pero no sobre humano. Tal como de­muestra e! caso de Larry, requiere fuerza de voluntad. Ad­miro mucho la forma en que Larry pugnó por cambiar su personalidad. Su interior no le infundía miedo, hasta el ex­tremo de que pidió a sus amigos y amigas que le suminis­traran datos sobre sí mismo, lo cual muchos de nosotros no habríamos sido capaces de hacer por temor. Pero nin­gún obstáculo era demasiado grande para impedir que Larry alcanzara su meta. Y aunque curar unas migrañas es una minucia comparado con curar un cáncer, creo que, en caso de haber contraído esa enfermedad, Larry hubie­ra tratado de vencerla aplicando el mismo tesón y la mis­ma actitud positiva.Preguntas para un auto examen
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  • Gracias a esa actitud positiva, Larry se curó muy pron­to de sus migrañas y sus otras dolencias.
  • Gracias a su entusiasmo y a su atan por explorar su na­turaleza, Larry se percató de que su cuerpo comenzaba a eli­minar la tensión que había acumulado a lo largo de los años. Sus migrañas persistieron durante un tiempo, pero su ten­sión arterial se normalizó y su úlcera empezó a remitir. Para ayudarle a resolver el problema de las migrañas, su terapeuta le enseñó ¡a técnica del “biofeedback”, un método que resulta efectivo con las migrañas puesto que ayuda a una per­sona a centrar su atención en enviar calor a sus manos, lo cual hace que disminuya la tensión en e! cerebro.
  • I Alego acu dio a una terapeuta y le entregó una lista tic los defectos que, con .sinceridad, sus amigas le habían re­velado. Entre éstos se hallaba un carácter egocéntrico, falta de comprensión hacia los demás, mal genio y cierta tendencia a exagerar las cosas para convertirse en d cen­tro de atención. Una vez que salió de su estupor al averi­guar lo que sus amigas opinaban de él, Larry, con ayuda de su terapeuta, comenzó la tarea de transformarse.
  • Cuando Larry padecía migrañas, tensión arterial ele­vada y una úlcera, llegó al extremo de negarse a seguir vi­viendo «en un cuerpo en ruinas», según me dijo. Tenía la impresión de haberse convertido en «un basurero físico», y que era «el terrateniente de un sistema feudal que exi­gía modernizarse».
  • —Como sabía que era necesario —me explicó Linda—, pensé que era mejor hacerlo de buen grado que resistir­me. Yo no sabía que tenía miedo a establecer una relación estrecha con la gente, pero así era. Y también descubrí que tenía verdadera fobia a los espacios cerrados, miedo a no poder salir de ahí. Sospecho que ése es el motivo de que pasase tanto tiempo al aire libre, y todo ese sol posi­blemente me hizo daño. Mi terapeuta me dijo que esos dos temores estaban relacionados. Ahora, cuando me en­cuentro en una habitación cerrada, me digo que ya no ten­go miedo. De paso me digo que si tengo algún otro temor oculto en mi interior, que salga y dé la cara. Ahora estoy preparada para afrontar cualquier cosa.
  • —Cuando no estábamos en el exterior, estábamos en el interior.
  • —Siempre deseé ser una exploradora —comentó—, pero nunca imaginé que tendría que explorar dentro de mi cuerpo.
  • Louisa insistió en que no existía la menor relación en­tre su enfermedad y ese absurdo temor a envejecer. Desde su punto de vista, su cáncer era el resultado del estrés que le cansaba su trabajo, o quizá simple mala suerte, l.ouisa era incapaz de considerar siquiera !a posibilidad de otra inter­pretación. En su caso, un cambio de actitud era imposible, pues sólo estaba dispuesta a cambiar su vida mientras ese cambio no modificara la imagen que ella tenía de sí misma.
  • —Pues claro. Lo basan todo en su belleza, y cuando ésta desaparece, su carrera y su vida personal llegan a su fin. Ningún hombre se siente atraído por una vieja.
  • Durante la siguiente sesión su terapeuta mostró a Louisa unas revistas de moda llenas de fotografías de mu­jeres guapísimas y le pidió que comentara las fotos. A
  • Cuando Louisa se despertó del trance y su terapeuta le contó lo que había dicho durante la hipnosis, Louisa lo negó.
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  • El mito de que es imposible lograr un verdadero cam­bio está profundamente enraizado en nuestro ADN. Todo y todos parecen sustentarlo porque no queremos cambiar nosotros mismos, ni creemos que los otros puedan cam­biar. Incluso cuando con fiamos en que una persona cam­bie sus características negativas, solemos dudar de que sea capa/, de esa transformación.
  • Aunque el cambio es constante e inevitable, preferi­mos dedicar nuestros esfuerzos a impedir que se produz­can cambios en nuestra vida. Pedir a las personas que ini­cien un cambio e invoquen al viento para que impulse su embarcación más allá de las protegidas aguas del puerto y hacia el ancho mar, es como pedirles que se sienten so­bre carbón ardiente. Pero lo cierto es que la curación y el cambio son la misma cosa. Se componen de la misma ener­gía. No podemos pretender curar una enfermedad sin antes examinar qué patrones de conducta y actitudes debe­mos modificar en nuestra vida. Una vez que los hayamos identificado, debemos hacer algo con ellos. Esto requie­re pasar a la acción, y la acción propicia el cambio.
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  • ¿Piensa en la necesidad de cambiar pero no hace nada para conseguirlo?
  • ¿Supone que el cambio le perturbará y deprimirá en lugar de considerarlo una aventura emocio­nante?
  • ¿Considera el cambio como una experiencia caó­tica que le hará perder el control sobre su vida?

 

Rara vez he conocido a una persona que no creyera por lo menos en uno de esos mitos. Debido a su difusión, librarse de ellos y de las formas de pensamientos que los acompañan en una tarea ímproba. Sin embargo, puede parecerle reconfortante saber que no será el único en ese camino. El sendero está más concurrido de lo que pueda imaginar, y la mayoría de sus compañeros lo encuentran tan duro como usted.

Como punto de partida para curarse, pruebe alguno de los métodos positivos que he descrito en este capítulo. Añada cualquier método que usted crea que puede ayu­darle a I levar a cabo los cambios internos que estimularán su curación.

No tema el desespero ni el agotamiento que inevita­blemente experimentará. Nadie puede mantener una ac­titud positiva y firme todo el tiempo, ni siquiera en las cir­cunstancias más favorables. En ocasiones las técnicas de curación descritas en los libros le parecerán absurdas: cambie su mentalidad, adopte una actitud positiva, haga ejercicio, coma bien y se curará. ¡Ojalá fuera tan simple! Pero no lo es. Una y otra vez, deberá explorar en su inte­rior, enfrentarse a los mitos en los que cree y eliminar sus temores y patrones negativos. Debe seguir haciendo esos ejercicios incluso después de haber sanado. Aunque usted no sea culpable de su enfermedad, debe penetrar en ella para aprender a hacerle frente, hallar su significado, vivir con ella y vencerla. ¿Hacia dónde si no debemos dirigir nuestra mirada? Podemos contemplar las estrellas, pero, en última instancia, vivimos en nuestro cuerpo. Nos pre­guntamos sobre nuestro lugar en el mundo, sobre la na­turaleza de Dios, sobre cuántos años viviremos. ¿Acaso son esas preguntas distintas de las que nos formulamos cuando llevamos a cabo la tarea de explorar nuestro inte­rior, cuando buscamos nuestra negatividad, o esas partes de nosotros que bemos descuidado durante tantos años? Lo cierto es que no tenemos más remedio que aproxi­marnos a nosotros mismos: la única forma de salir, por así decir, es entrar.

Consuélese pensando que la enfermedad no es el úni­co medio de que disponemos para localizar y eliminar los temores que se ocultan bajo esos cinco mitos, pero es la más poderosa. La vida es un peregrinaje a través de esos mitos, y en diversos momentos a lo largo del camino de­beremos enfrentarnos a esos temores, ya sea durante una crisis profesional, un divorcio, la muerte de una persona querida o el éxito repentino, que puede hacernos temer que nuestros amigos nos envidien y acaben abandonán­donos. Cada experiencia en la vida nos acerca a nosotros mismos, pues ya se trate del éxito o del fracaso, nos pre­guntamos si estamos mejorando o empeorando, y qué parte de nuestro ser ha experimentado un mayor impac­to o cambio. La enfermedad nos exige explorar nuestro in­terior y tomar conciencia de nuestro ser.