Símbolos y la Simbólica

CAPITULO I

 

Todos los seres y las cosas expresan una realidad oculta en ellos mismos, la cual pertenece a un orden superior, al que manifiestan, y son el símbolo de un mundo más amplio, más realmente universal, que cualquier enfoque particular o literal, por más rico que éste fuese. En verdad la vida entera no es sino la manifestación de un gesto, la solidificación de una Palabra, que contemporáneamente ha cristalizado un código simbólico. Ese es el libro de la vida y del universo, en el que está escrito nuestro nombre y el de todos los seres y las cosas, y los distintos planos en que conviven y se expresan, comunicándose perpetuamente, interrelacionándose entre sí a través de gestos y símbolos. La trama entera del cosmos es en verdad un símbolo que cada una de sus partes expresa a su manera.

Y si toda la manifestación es simbólica y el universo un lenguaje, un código de signos, nosotros somos también símbolos y conocemos y nos relacionamos a través de ellos. Todo pasa entonces a ser significativo y cada cosa está representando otra de orden misterioso y superior a la que debe la vida, su razón de ser.1 Entonces los símbolos están vivos y emiten sus mensajes, e interactuando los unos con los otros también reciben y retransmiten innumerables señales y constituyen grupos, conjuntos, señales o estructuras de los que son parte. Los indefinidos códigos simbólicos están manifestando un sólo modelo universal, la arquitectura de la tierra y el cielo, encuadrada en los límites del espacio y del tiempo.

Son pues inevitables, consubstancial es al ser humano. Y ellos, como los gestos, generan el enmarque en que nos hallamos, promoviendo todas las acciones, no sólo las que han pasado y las futuras, sino las del presente, las del ahora mismo. Si con el lenguaje pueden nombrarse todas las cosas, todas las cosas están implícitas en el lenguaje. Si lo numerable tiene signo, en esos signos está toda la posibilidad de lo numerable. Gracias al símbolo nos revelamos a nosotros mismos, pues merced a éste se forma la inteligencia, se crea nuestro discernimiento y se ordena la conducta. Pudiera decirse que él es la cristalización de una forma mental, de una idea arquetípica, de una imagen. Y al mismo tiempo su límite; lo que posibilita el retorno a lo ilimitado a través del cuerpo simbólico, que permite así las correspondientes transposiciones analógicas entre un plano de realidad y otro, facultando el conocimiento del ser universal en los distintos campos o mundos de su manifestación. Ya que expresa lo desconocido por su apariencia sensible y conocida.

El símbolo conforma de continuo lo preexistente, establece una perpetua conexión con nosotros mismos y una vinculación constante con el cosmos, del que es solidario. El gesto simbólico, o el rito cósmico, es la permanente posibilidad del reciclaje del ser y de la cadena de los mundos. Es revelador, siempre da a conocer algo. Tiene también poderes transformadores. Por su intermedio algo abstracto se concreta, e inversamente algo concreto se abstrae. Es ambivalente, pues es aquello que él expresa y simultáneamente lo expresado. Su función mediadora constituye un punto de conexión donde se produce la transición entre dos realidades, participando de ambas: como sujeto dinámico, o como objeto estático.

A su función intermediaria como sujeto pudiera representársela geométricamente con la vertical, que se recorre en dos direcciones: ascendente-descendente-ascendente. Y a su función como objeto estático se la podría ilustrar con la horizontal, que es un reflejo de la energía vertical en el plano de la realidad sensible donde ésta se expresa. Y donde también se da su ambivalencia, generando de esta forma las leyes de la simetría, lo izquierdo y lo derecho en el cosmos.

Esta polarización está presente en todo lo signado por el espacio y el tiempo, y se refiere al pasado y al futuro, a lo pasivo y a lo activo, a la concentración y a la expansión, a la atracción y a la repulsión, y a toda dualidad complementarla de opuestos que posibilitan el orden y el equilibrio cósmico, y que el símbolo testimonia sin hacer exclusiones.

- La simpatía, o la sintonización de una onda o vibración rítmica común, hace que dos cosas se correspondan, pues lo similar atrae lo similar y se une con él. La atracción produce la complementareidad y la fecundación, la división prohija la ruptura y la expulsión. Para que dos cosas se atraigan mutuamente es necesario que haya en una parte de la otra, y en ésta algo de aquélla.

Estas situaciones se dan a distintos niveles de profundidad y planos de relación. Y es necesario que exista afinidad para que la armonía rítmica se produzca. Asimismo se requiere que la disposición o la forma de los entes asociados se corresponda para que se dé la conjunción armónica. Esto quiere decir que estén "diseñados" de tal o cual manera para que el acoplamiento sea posible; que se hallen invertidos los unos con respecto a los otros. Tal lo pasivo y lo activo (la copa y el líquido que la colma), lo cóncavo y lo convexo (la matriz y aquello que se plasma en ella).

La analogía es la relación entre un objeto y otro objeto, entre un plano y otro plano, que vibran a la misma frecuencia. Se ha dicho que la analogía es correspondencia rítmica. Y el símbolo es la unidad analógica entre un plano y otro plano, o un objeto y otro objeto. También pudiera decirse que él es el mensajero de una energía-fuerza, que lo conforma, y que actúa mágicamente a su través.

De hecho, todas las formas se reducen a escasas estructuras primarias que están en la base prototípica de cualquier manifestación. Este conjunto de módulos e imágenes se halla también simbolizado ordenadamente por las figuraciones geométricas en correlación con el denario numeral, las que conjuntamente hacen posibles todas las construcciones matemáticas.2 En el código del lenguaje alfabético-fonético, las letras y las sílabas tienen esa misma función sintetizadora-generadora, así se las mire desde el punto de vista de la manifestación verbal hacia sus orígenes, o contrariamente, desde su fuente original hacia su solidificación o concreción en palabras u oraciones. El símbolo, al sintetizar en sí todas las posibilidades expresivas, está manifestando a nuestro orden sensible y sucesivo la simultaneidad del conocimiento, que se traduce en la pluralidad de sus significados. La analogía es una lógica fundamentada en los mecanismos de asociación. El universo es un tejido de estructuras interdependientes, incesantemente relacionadas las unas con las otras. Estímulos y respuestas que a su vez han de generar nuevas contestaciones.

También los pueblos en su historia realizan esta constante esquemática comunicándose por el intercambio y por la guerra. Y este flujo y reflujo forma parte de la estructura del mundo. Dos corrientes telúricas y cósmicas que son la textura misma del universo, que al atraerse se unen y al expelerse se rechazan, oponiéndose, para volver a juntarse en una asociación que materializa la posibilidad y la continuidad de la vida, asegurando su difusión; ya que estas corrientes se buscan simultáneamente, pues cada una de ellas tiene en su constitución dos partes, que al oponerse se complementan, e inversamente, un núcleo que al reflejarse se polariza.

Es gracias a la cadencia inefable del lenguaje simbólico, y su reiteración ritual, que se generan los códigos y se repite el modelo cósmico presente en cada una de sus partes constitutivas, pues ellas pertenecen al cuerpo simbólico y reiteran el arquetipo del que han de derivar todos los modelos posibles. De la arquitectura del cosmos a las de las arquitecturas particulares, y contrariamente, de las arquitecturas particulares a la arquitectura cósmica. Esta es la manera viva y permanente de lo que expresándose a sí mismo manifiesta la ley en que se crean, transforman y conservan, los seres y las cosas. En una metamorfosis constante, que no va ni viene, pues constituye un circuito perpetuo, un todo continuo, que se regenera conjuntamente con el nacimiento diario del sol, y que se revela coetáneamente con el tiempo.

Pero es necesario, para que este orden horizontal indefinido de multiplicación, muerte y retorno, tenga sentido, que exista alguna interrelación en profundidad volumétrica, la que se representa en el plano horizontal por la vertical, como símbolo de otro plano o mundo, lo que llega a constituir un sistema de coordenadas que nos da cuenta de lo alto y de lo bajo -para equilibrar de esta forma la imagen fugaz del devenir haciéndola significativa y jerarquizándola-, completando así el encuadre en donde las cosas se buscan a sí mismas, en sus distintos planos de existencia y modos de realidad y donde se conjugan con otras que a su vez imitan la misma estructura. Es esta interacción la que da lugar al espacio tridimensional, que se presenta como un sólido, producto de las tensiones y los ritmos internos, del entrecruzamiento multidimensional de las coordenadas, que crean un sistema coherente, una red o un cuadriculado, que es la base a partir de la cual se posibilitan las formas y la sustancia en que ellas aparecen manifestadas. Este orden es un delicado equilibrio permanentemente inestable, que se refiere una y otra vez a sí mismo, siendo su identidad la afirmación de su ser en la temática vida, muerte, resurrección, configurando un ciclo o rueda, que vuelve a sus orígenes después de realizar un recorrido completo. Constituye pues un entrecruzamiento vertical-horizontal de dos planos o energías simultáneas, que se reciclan indefinidamente, como una rueda dentro de otra rueda, o como el símbolo plano de la cruz de brazos iguales inscrita en una circunferencia. Pero para que este proyecto quedara asegurado era indispensable que una cosa fuese el símbolo y otra lo simbolizado. Que el valor de lo uno y lo otro fuese determinado no sólo por su correspondencia armónica, sino por la situación de primacía que hace que uno simbolice a lo otro y no al contrario, a pesar de la analogía que los hace solidarios, pero invertidos, en tanto que uno refleja la energía de lo otro, re convirtiéndola, y la difunde haciéndola inteligible.

En el simbolismo, lo de orden menor está simbolizando a lo mayor, y no a la inversa. La rueda simboliza el movimiento universal, y no este movimiento se encuentra simbolizando a una rueda específica, individualizada. Una imagen o un modelo del cosmos, simbolizan al universo y no es este universo el símbolo de un modelo o imagen particular; así se trate del modelo de la rueda, o el de la cruz tridimensional, o el del árbol de la vida Sefirótico. Lo mismo cuando se dice que una persona nacida bajo el influjo zodiacal de Leo está relacionada con el sol, no se dice que Leo, y menos el sol, son los símbolos de tal o cual persona concreta. Sin esta salvedad, el símbolo nada simbolizaría y no tendría razón de ser, y la simbólica sería una mera constatación de formas parientes. Es la revelación de un alto secreto cognoscitivo, manifestado por una forma inteligible, lo que caracteriza a una transmisión de energías ordenadora, que hace posible, por otra parte, el fluir de su discurso existencial.

La regeneración es la posibilidad de que todo sea siempre nuevo y ahora, de que la existencia sea real y no un vago teatro de sombras indeterminadas y fluctuantes. El símbolo es el punto de contacto entre la realidad que él cristaliza y el ropaje formal con el que se viste para hacerlo. Este vestido ha de ser agradable y correlativo con la idea que expresa, para que ésta pueda ser comprendida en verdad. Entonces manifestará cabalmente la energía-fuerza que lo ha conformado y podrá transmitirla en el contexto adecuado, que él mismo condicionará, por la actualización de su potencia. Inversamente se puede decir que esta energía inteligente trasciende al símbolo considerado como mero objeto estático, o soporte de conocimiento. Y siendo esto así, él nos permite pasar por su intermedio de un plano de conciencia a otro, constituyéndonos en los protagonistas del conocimiento, vale decir, del ser, ya que existe una identidad entre lo que se es y lo que se conoce. Se actualizan entonces las potencias inmanentes del símbolo, y la idea-fuerza de lo simbolizado se comprende en todo su esplendor, ya que ha sido manifestada adecuadamente. A través de la identificación con el símbolo y con el conocimiento paulatino nacido de la reiteración ritual y revivificante de su energía, deviene lo simbolizado, que ha estado oculto en la estructura simbólica, y que ésta no ha dejado nunca de expresar. Todo lenguaje incluye un metalenguaje, y en verdad no habría lenguaje sin metalenguaje o translenguaje. El trans-lenguaje metafísico se expresa por el modelo del universo, o plano de la creación. Es decir, a niveles inteligibles y sensibles, en razón de que el lenguaje y lo físico existen para este fin, constituyendo códigos simbólicos de manifestación y revelación.

Conocer, es aprehender aquello que se conoce. Es realizar una síntesis, de tal suerte que, la unión del sujeto y el objeto del conocimiento, sean el conocer. Que el que conoce, sea idéntico a la cosa conocida. Se trata entonces de una conjunción de opuestos, merced a la cual se produce el conocimiento. Esta unión complementaria es la misma que se obtiene en y por el amor, producida también por la atracción de oposiciones que se conjugan y que de esa forma recrean la unidad originaria -a cualquier nivel en que acontezca-, estabilizando el equilibrio general, además del particular. Es por medio de la unidad y su irradiación que se actualiza perennemente el acto creativo. Eso puede verse en cualquier código, serie, agrupación o estructura. Se repite un esquema en el que están implícitas sus modalidades de desarrollo y conservación, y también su propio fin a través de la multiplicación de sus posibilidades. Hasta que éstas deben sintetizarse nuevamente en lo esencial, para entonces volver a difundirse, y pasar nuevo hálito al ritmo vital. La unidad es el símbolo más alto de todos, el símbolo por excelencia, porque lleva en sí la potencialidad de lo simbolizable. El principio ontológico es la razón de ser del símbolo; y la unidad, su manifestación simbólica. El Ser, El mismo, aún siendo increado es el origen de la emanación que dará lugar a la concreción material.

Reiterando el acto creativo, que nace de la pureza indiferenciada, sin mezcla, de lo que no es ni un polo ni otro, sino lo que es en sí mismo, nos regeneramos a nosotros y al universo, constituyéndose el hombre en el símbolo central, de lo único, que es lo mismo que decir del ser, del amor, o del conocimiento.

Comprendiendo la identidad entre el ser universal, el todo y el sí-mismo, la entera manifestación de los principios se nos presenta como una revelación. Se habrá llegado entonces a conocer la unidad del ser, que es igual al sí-mismo, sin división ni extensión de ningún tipo, motivo por el que no puede tener par. Sin embargo, esa realidad que a nivel cósmico es la más alta, no es sino un punto afirmado en las posibilidades infinitas del no ser. Por lo que el ser es un punto en la infinitud del no ser (o de lo supracósmico, o del supra-ser o del hipertheos realmente incondicionado) e inversamente el no ser es un punto presente en todo lo que es. La unidad actúa como símbolo y conecta a la unidad aritmética (que será generadora de la serie numérica) con la unidad metafísica, que también pudiera signarse con el cero aritmético.

Esto, si se considera al símbolo como lo que realmente es, o sea aquello que posibilita cualquier manifestación, aun llevándola a su instancia más alta, es decir, la de considerar simbólica a la misma tri-unidad de principios universales que constituyen el ser. Pues tanto el ser como el símbolo, se expresan primero como principios, y sucesivamente a tres niveles en el discurso de la manifestación. Lo mismo sucede con la unidad, que puede ser conocida a tres grados, y también en su principio.

Otra cosa es lo que sucede en la sociedad actual, que considera al símbolo, en el mejor de los casos, a nivel de alegoría. Aunque a veces ni siquiera lo toma en cuenta aun en su forma literal, sino que lo rechaza de plano por el hecho mismo de ser "simbólico", ya que considera este hecho como una estafa, como la sustitución de lo que realmente es, por lo que no puede ser. Y por lo tanto ese signo o símbolo ha de ser una falsificación y un supuesto arbitrario. O al menos una invención, cuando no un cuento. Con el mito sucede lo mismo, hasta el extremo de que llamar a alguien mitómano, es una forma educada de decirle mentiroso.

Es claro que esta confusión y esta ignorancia, por razones cíclicas, es propia del hombre contemporáneo, que es el exponente más neto de la estulticia generalizada, que viene incubándose desde antiguo. Valga un ejemplo: en el universo todo es sexuado. Esta verdad evidente por sí misma, sin embargo se le presenta al contemporáneo como una extraordinaria novedad en el pensamiento humano, un gran descubrimiento moderno, fruto de las investigaciones científicas de los sexólogos, intérpretes y analistas, y una conquista de los movimientos sexuales de distinto signo. El uso "correcto", o "libre", del sexo, parece ser uno de los postulados axiomáticos de esta sociedad progresista. Se visualiza al sexo como algo que el hombre no conocía de sí mismo o del mundo. Un tema en el que no había reparado del todo hasta nuestros días. Como si no hubiéramos estado siempre desnudos debajo de nuestros vestidos, o la naturaleza hubiera ocultado este hecho de alguna forma. Lo más menguado del caso es que, además, este "descubrimiento" no se refiere al cosmos en su totalidad, todo él sexuado -o diferenciado en un par de opuestos que se atraen o se repelen- sino que considera que sólo el ser humano posee este derecho "conquistado". Pues supone que las mismas bestias hacen apenas un uso limitado de la genitalidad, mientras que los vegetales prácticamente no la poseen y en el reino mineral es nula. Todo esto referido sólo al plano más estrictamente material, pues es obvio que se ignora la presencia real de los mundos sutiles, y no se tiene ni idea de la existencia de los arquetipos. Esta visión antropomórfica del sexo, como atributo personal del ser humano, que las demás criaturas parecerían tener apenas por añadidura 3 se ve agravada por el hecho de que lo sexuado, para la mentalidad progresista, no excede lo erótico-genital. Y su desconocimiento al respecto es tal, que se cree que la realización sexual es en sí misma un fin, tan avanzado y moderno como la moda. Una panacea universal aprobada con certificado, inventada recientemente por la ciencia, para la tranquilidad y el confort psíquico de los ciudadanos.4

Por lo tanto, cuando decimos que el universo es sexuado, con seguridad que nos estamos refiriendo a otra cosa de lo que vulgarmente se entiende por esto. Estamos afirmando, como lo han hecho todas las tradiciones, que en la creación, en la vida, hay siempre presentes dos corrientes cósmicas de energía. Y que cada una de ellas representa un sexo, una polaridad, que la genitalidad humana también manifiesta entre un sinnúmero de seres y cosas. Unánimemente la antigüedad ha otorgado a la sexualidad y sus misterios una importancia fundamental. A tal punto, que se considera a la energía sexual no sólo como generadora, sino también como regeneradora. Como el soporte y el impulso que permite la realización y el conocimiento. Puesto que utilizando su polaridad -que es la misma dualidad de todas las cosas- se pretende la unión (donde la oposición no existe), encarándosela como un medio de realización, de transmutación, que va de lo más grosero, a lo más sutil, empleándose numerosísimas formas "prácticas" para obtener este objeto. Por otra parte, y volviendo al tema, diremos que es imposible definir al símbolo, pues él y la creación perenne no toleran límites conocidos en su desarrollo lineal y cuantitativo. Siendo el símbolo el soporte del Conocimiento, sus posibilidades son ilimitadas. El es en sí mismo su propia definición, puesto que su función es su ser. Es siempre idéntico a sí, y mutable con los cambios de los seres individualizados, las formas y los estilos que lo reflejan. Se lo halla presente en todas las tradiciones, porque se encuentra en la textura de la vida, de la manifestación y del hombre. Este último es mucho más y mucho menos de lo que él actualmente imagina. Mucho más en profundidad, en el sentido vertical de lo no formal, mucho menos en cuanto a sus indefinidas posibilidades horizontales de mutación que él y las formas personalizan.5 Y lo mismo sucede con su concepción de la vida, su visión del mundo, y su comprensión del símbolo.

Ya hemos dicho que el símbolo es el punto de conexión entre una energía vertical y otra horizontal, como lo figura la escuadra, o la letra griega gamma, y que participa de ambas naturalezas. También hemos afirmado que la energía vertical es descendente y ascendente a la vez, pues va de lo simbolizado al símbolo, y de éste a lo simbolizado, como un sin fin. Asimismo, que la energía horizontal se difunde e irradia indefinidamente generando su propio plano, o campo de acción. Debemos agregar que el sentido ascendente o descendente que le otorgamos a esta energía, no sólo se manifiesta en función del camino de ida y vuelta vertical que recorre, sino igualmente en cuanto es "benéfica" o "maléfica" -por decirlo así; benéfica en cuanto el símbolo es tal, y como tal es comprendido, vale decir cuando cumple normalmente su mediación; maléfica, si él es considerado apenas una convención arbitraria, o una mera invención humana, y así es tomado, motivo por el cual no es revelador de ningún otro nivel que no sea el psiquismo del hombre. En este último caso, la degradación del símbolo sería un acto sumamente perturbador, que sólo la comprensión, la vivificación del simbolismo, pudiera equilibrar. Esto también estaría representado por la figura de la cruz, en la cual los brazos horizontales conforman el campo o plano de manifestación del símbolo, y los brazos superior e inferior, estarían expresando su energía ascendente-descendente o benéfica-maléfica, respectivamente.

En el símbolo específico de la rueda cósmica, imagen y modelo de la creación, un eje fijo constituye un centro que irradia su energía hacia el exterior, difundiéndose en proporción directa al cuadrado de las distancias. En la concentración, o retorno al centro interior desde la periferia, la energía recorre inversamente ese cuadrado de las distancias. Una y otra energía son exactamente proporcionales entre sí y ambas coexisten permanentemente. La primera expresa la voluntad de la expansión indefinida, y la otra, la contracción necesaria a toda manifestación. Si la primera fuese el fluir de las emanaciones hasta su propio límite, ese límite estaría impuesto por la contracción de la segunda y su atracción hacia el centro arquetípico.6 Estas dos energías se figurarían geométricamente por dos espirales, una evolutiva y la otra involutiva. Teniendo en cuenta que son simultáneas, y que constituyen la estructura del huevo del mundo, siendo ellas la expresión simbólica de los principios de los que este huevo primigenio deriva.

Conviene asimismo hacer una distinción entre los símbolos naturales y los símbolos específicos de la Ciencia Sagrada, o Ciencia a secas. Estos últimos son los portadores sintéticos, conscientes y didácticos, de un conocimiento o verdad, y nos han sido transmitidos a través del hombre mismo.7

Ahora bien, hemos estado viendo que toda expresión o manifestación es de por sí simbólica. Sin que esto deje de ser cierto en ningún momento, conviene aclarar que hay determinados juegos de símbolos, mitos y ritos -que por otra parte se dan en distintas formas en todas las tradiciones- que han sido específicamente acuñados, como vehículos del conocimiento, por los sabios y los inspirados de los innumerables pueblos. Estos gestos rituales, revelados por los dioses a los mortales, incluyen la enseñanza de una cosmogonía y la posibilidad de comprender nuevos mundos, o nuevos estados del ser, que constituyen la verdadera realidad de lo que es el hombre y el universo. Esta posibilidad siempre es enseñada; el ser humano en su estado ordinario no la conoce, ni puede realizarla por sí solo, mal que le pese, y necesita siempre un espejo donde mirarse y reconocerse, y la palabra que lo rescate del mundo de los muertos, o de los ignorantes, y le insufle la posibilidad de una nueva vida, de encarnar el hombre nuevo. Ese espejo es, en primera instancia, el juego de las simbólicas, que han de ser aprendidas y enseñadas, para obtener así un imprescindible estado de virginidad. Posteriormente, esas mismas simbólicas son ordenadoras, y quienes las transmiten las conocen porque a su vez se las han enseñado. Esta cadena iniciática tradicional nos remonta hasta el origen, tanto histórico como atemporal, al fin del cual nos encontramos siempre con la misma pregunta: ¿quién? 8 ¿Quién se los ha revelado a los sabios y a los hombres? Según la tradición, su origen es no humano, por ser supracósmico. De hecho, todos los pueblos coinciden en la fuente mítica, producida en la noche de la historia, más allá del tiempo. Además es unánime la idea de un dios civilizador y ordenador, o la de un héroe liberador e instructor. Los símbolos necesitan ser enseñados, para que haya una comprensión real de las fuerzas que concentran. La energía que permanece oculta en el símbolo en estado potencial, requiere ser activada. Mediante el rito del aprendizaje, el estudio y la meditación, se despierta al símbolo y éste actúa. La relación es mutua. La energía-fuerza que éste expresa viene a nosotros, y nosotros a nuestra vez la proyectamos sobre él, estimulando su propia esencia. Se evoca entonces, además, la energía de todos los que han conocido, comprendido y transmitido el símbolo. Y esa misma entidad, o estructura arquetípica, actualiza los principios universales, haciendo que estos devengan a nosotros y nosotros participemos de ellos, gracias a la identificación con el símbolo y la mediación simbólica, reactivada por una exégesis ritual, que es aquélla que a lo largo del hilo de la historia ha mantenido viva la posibilidad de la regeneración, o lo que es lo mismo, la que hace factible que todo siempre sea nuevo y verdadero.

Nos toca ahora ver las relaciones entre símbolo, mito y rito, y debemos entonces afirmar que esos vocablos designan de distinta manera a una misma cosa en tres formas operativas. Nos dice Mircea Eliade que: "El mito es la explicación y la justificación de la irrealidad de la existencia". El constituye un eje fijo que articula lo que constantemente deviene, lo perecedero, lo ilusorio. Es una verdad tangible, un "modelo ejemplar", periódicamente encarnado por la comunidad, o algunos de sus miembros, y posibilita la regeneración colectiva estabilizando el orden necesario para el desarrollo. El expresa los orígenes y la renovación de la vida, armonizando y asegurando la continuidad de los pueblos. Los mitos de la creación del universo y los trabajos de los héroes son el testimonio revelado de una posibilidad diferente, de la realidad del más allá, al nivel de la comprensión del hombre. Son ellos los que, al transmitir este conocimiento, otorgan a la vida un sentido coherente y la enriquecen con la opción salvadora de la realización espiritual. El mito es necesario. Es un motor vivo y constante en la vida de las sociedades. El nuclea las tradiciones orales y consagra los valores de lo colectivo y lo individual. Promueve las acciones y educa a los hombres al enseñarles lo que no podrían saber si no fuera por su intermedio. Los mitos son para esos hombres toda la realidad y la verdad, y la dura existencia cotidiana ocupa frente a ellos un lugar secundario o derivado, como las sombras con respecto a la luz.

Se debe también subrayar la carga emotiva del mito y la resonancia inmediata que encuentra en el hombre. Asimismo, no ha de pasarse por alto su función mnemotécnica, pues el "recuerdo" es una fuerza constitutiva de la vida y siempre la antigüedad ha considerado a la memoria como una deidad. En una concepción donde el universo es un conjunto de partes solidarias, indisolubles e interrelacionadas, el cosmos también tiene mente y memoria. Los períodos de "sueño" en el universo, corresponden a los momentos de olvido de los pueblos, a su desintegración. El mito hace que éstos despierten y se produzca la reintegración y el "recuerdo". En el hombre sucede lo mismo, y gracias al mito, nos liberamos del tiempo relativo y ordinario, y regresamos a un tiempo otro, en donde todo es verdad, a un momento sin duración cronológica, a un estado "mítico" original, perfectamente experimentable, en el que las cosas y las concepciones cotidianas pasan a ser completamente otras cosas y otras concepciones, pues el ángulo de visión ha sido alterado por el conocimiento de lo suprahistórico y lo sobrehumano.

Es importante destacar que la forma normal de transmitir un mito es a través de la poesía 9 y su recitado rítmico reiterativo, la que junto con el gesto y el movimiento conforma y escenifica la estructura del rito. Se trata de dar expresión a los grandes ritmos cósmicos y naturales que se transfieren a los acontecimientos y a los personajes en el tiempo de una historia, en un estado particular. Esta cosmogonía repite mágicamente la situación original, haciendo al presente efectivo, actual y renovador, por obra del poder concentrado de la energía del mito y su ritualización.

La etimología de la palabra "rito" proviene del latín ritus, que significa ceremonia religiosa. Deriva de la raíz sánscrita rt, que conforma el nombre ritli: ida, marcha, encaminarse, adelantar o progresar, uso, etc., y también la voz rita: orden. Se trataría pues de un uso o andar ordenado, tal cual la marcha de los días, y especialmente las ceremonias en el tiempo circular del calendario ritual, y su cristalización o actualización en el espacio del templo, o casa cultural.

Debemos dejar bien establecido que cuando nos referimos aquí a las ceremonias religiosas, lo hacemos en el sentido más amplio del término. Por un lado, estas ceremonias jamás han sido "religiosas" en el sentido que se atribuye hoy en día al término, y tampoco "ceremonias", como las que vulgarmente conocemos. Los ritos de fecundación, de regeneración y de iniciación, no tienen nada que ver con lo devoto-ortodoxo, piadoso-sentimental, moral-justo, o con la solemnidad engolada, características que son propias de la sociedad contemporánea y que constituyen un derivado deforme de las virtudes de lo sagrado, lo heroico y lo metafísico. Por otra parte insistimos en que la comprensión moderna de lo que es una ceremonia, se halla vinculada a ideas asépticas relativas al laicismo, la conmemoración, o la pompa exterior, cuando no son actividades presuntamente mágico-fenoménicas, que no exceden el nivel literal. Se toma la forma ceremonial como un fin en sí misma, o como una comedia anticuada, o un hecho mecánico-institucional de corte digno.

Si el cosmos es la fijación de un gesto, o la solidificación de la inflexión de un sonido, o la danza de un bailarín supracósmico, es por lo tanto un rito primigenio que se halla implícito en todo lo manifestado. La reiteración de este rito es una perenne actualización de ese hecho efectuada a nivel sensible. Exige por eso el conocimiento del evento cosmogónico original para que sea "verdadera", en el sentido de que obtenga adecuadamente sus propósitos. O se precisa para esto, al menos, una disposición tal de ánimo, que haga posible paulatinamente ese conocimiento y su complementarla realización efectiva. El rito es liberador; al imitar conscientemente y con la debida disposición armónica el ritmo de la estructura cósmica, nos permite salir de ella por su intermedio, encontrando así la posibilidad de trascenderla al vivenciarla, y comprenderla en el corazón. Esta liberación no es ningún "milagro", pues verdaderamente la estructura cósmica es nada más -y nada menos un soporte de lo increado, y el hombre un simple extranjero, como exiliado en esta tierra. Este es un hecho normal, tal cual el retorno a nuestra auténtica casa, o a nuestros orígenes no humanos. Y el rito iniciático, una vía ordenada para efectuarlo.10

En realidad, la vida misma es el mayor de los ritos. Una ceremonia permanente, el rito por excelencia, donde la perfección finita de cada símbolo o gesto esconde e Implica una perfección infinita. En este encuadre, la vida es una simbólica, y su conocimiento constituye la ciencia de los ritmos y de los símbolos. Y es a través de la ciencia de los símbolos, es decir, por medio del conocimiento de la simbólica, que se realiza el pasaje de lo cósmico a lo supracósmico, de lo creado a lo increado, de lo humano a lo no humano.

 

NOTAS

  1. Debe haber por lo tanto un parentesco, una relación mutua entre estas dos cosas para que una pueda simbolizar a la otra. Sobre todo cuando se tiene en cuenta que la de orden menor debe su forma a la de orden secreto, a la que expresa.
  2. En las civilizaciones que utilizaban al 5, 10 o 20 como base de su numerología.
  3. La sociedad moderna no sólo tiene una visión antropomórfica respecto a este tema, sino que lo vuelca sobre todas las cosas. Comenzando por su concepción de Dios. Todo lo "humaniza", y proyecta en todo su psicología, suponiendo además que el hombre universal, es como él un progresista occidental del siglo Y-X, un hipotético hombre "científico". La concepción del mundo contemporánea es antropomórfica y psicologista y, para colmo, presume de ser objetiva.
  4. La sobrevaloración de lo erótico-genital impide ver en el comportamiento humano las innumerables formas de penetración y recepción.
  5. A las que la tradición brahmánica y la budista designan con el nombre de rueda de las reencarnaciones.
  6. En el mundo del hombre, que depende de la atmósfera, ese papel le corresponde a la gravitación -gracias a la cual la sangre no se escapa por los poros- que comprime y solidifica lo creado.
  7. Haciendo la salvedad de que éste no los ha inventado, y que no se trata de una simple convención, como sería el caso de las modernas técnicas de la comunicación, notación o señalización, o el uso que hace de ellas la publicidad, la ciencia, y también su utilización por las políticas a cualquier nivel de sugestión que sea o con el fin que fuese.
  8. Esta es también la última pregunta de la cábala hebrea: ¿mi?
  9. Hoy mismo en día, los mitos profanos se propagan a través de la canción.
  10. Para dar sólo un ejemplo de los indefinidos posibles, diremos que el rito de la danza -en el que las coreografías cosmogónicas circulares son unánimes- asegura un medio de transformación y transfiguración espiritual, para aquél que ha comprendido su significado y su naturaleza, en relación con el conocimiento de sí mismo y del universo.

 

CAPITULO II

EL SIMBOLISMO DE LA RUEDA

1

ALGUNOS ASPECTOS DEL SIMBOLISMO DE LA RUEDA

De los numerosos símbolos que aparecen en una u otra tradición o civilización, alejadas en el espacio (geográfico) o en el tiempo (histórico) y que son idénticos, merece especial atención el símbolo de la rueda. No sólo porque éste se da en todas las culturas de las que tenemos noticia, sino también por las innumerables posibilidades que brinda, la diversidad de campos que abarca, y la acción concentradora que ejerce en el estudio y el ordenamiento indispensable en cualquier investigación seria.

Por otra parte, las relaciones de todo tipo a que se presta este símbolo parecen indefinidas, así como sus conexiones con otros pantáculos igualmente tradicionales.1 En efecto, siendo el símbolo de la rueda la expresión del movimiento y la multiplicidad, también lo es de la inmovilidad original y de la síntesis. Es, asimismo, la expresión simbólica de la expansión y la concentración. De la energía centrífuga, que parte del centro a la periferia, y de la energía centrípeta, que retorna a su centro, eje o fuente. Para volver a extenderse una vez más, siguiendo una ley universal a la que obedecen las mareas de los mares (flujo y reflujo) y la tierra (condensación, dilatación). Así como la diástole y la sístole, la aspiración y la expiración del hombre o del universo, es decir, tanto de lo microcósmico como de lo macrocósmico.

Es este símbolo también la manifestación de lo que siendo apenas virtual (el punto) genera un espacio o plano (que delimita la circunferencia).2 Y está obviamente ligado, por lo tanto, con el espacio y el tiempo, y asociado o unido a cualquier idea de cosmogonía y creación. En este mismo sentido, el movimiento superficial de la rueda, o externo, estaría vinculado con la manifestación, mientras la virtualidad, la inmovilidad del punto central o eje, se hallaría conectada con lo inmanifestado.3 Las modalidades especiales del símbolo de la rueda surgen por la irradiación, o por la "actualización", de las "potencialidades" del punto central, que se hace "presente" en el tiempo, creando un campo espacial. Se ha visto que un punto genera un plano, es decir, un espacio. Ese punto central es un eje en la tridimensionalidad. Por lo tanto el símbolo de la rueda está estrechamente ligado con todo símbolo axial y vertical. Y asimismo con todas las proyecciones de la vertical, es decir, con la creación de planos o espacios horizontales, articulados a través de un eje al cual reflejan, siendo uno de ellos el perímetro limitado de nuestro mundo, ciclo, o cualquier campo definido en relación con las coordenadas espaciotemporales.

Entre los símbolos que manifiestan la verticalidad, o el eje, deben destacarse el árbol (asociado por cierto a la vida y a la generación cíclica), la montaña (o la piedra como "Miniatura" de aquélla) y asimismo el hombre. Por lo que concierne a este último -tal cual hoy lo encontramos-, ha extraído sus conocimientos, toda su cultura, de un modelo simbólico revelado, que es la proyección de la energía vertical al crear un plano horizontal (una civilización, por ejemplo), que en su movimiento cíclico, rotativo, es reintegrada a su no ser primigenio. La ciudad, el sistema social, el templo, el hogar, los objetos de uso cotidiano, las costumbres, el arte, las leyendas, mitos, artesanía, agricultura, labores domésticas, así como los ritos religiosos, civiles o personales, o las normas de ordenamiento, leyes y pautas de comportamiento actuales, han sido aprendidas de civilizaciones tradicionales anteriores en pleno proceso de degradación. Esas estructuras, que constituyeron por siglos la forma del ordenamiento social y personal (hoy completamente desvirtuadas), reconocían por antecedentes al mito, a lo supracósmico, supraindividual y divino, destacando sus orígenes sagrados.

En cuanto a otras modalidades de este pantáculo (pequeño todo), al que nos estamos refiriendo, señalaremos su identificación con la idea de ciclo o de espacio cerrado sobre sí mismo; ya se trate del ciclo del sol en un año, o su movimiento aparente en un día, o represente la vida entera de un ser humano (desde su nacimiento hasta su muerte), o un período histórico en esa existencia, o en la existencia del mundo en general (vgr. un siglo). Es interesante en este sentido asociarlo al estudio del movimiento, los calendarios, los períodos vinculados con la agricultura, el conocimiento de la armonía de los cielos y la tierra, y todo lo concerniente a la ciencia de los ritmos.

Es, pues, el símbolo de la rueda, un prototipo o modelo de la idea arquetípica que el cosmos íntegro no hace sino manifestar. Y al ser un modelo del cosmos bien pudiera ser calificado como universal en la acepción más amplia de este término. Por eso llama poderosamente la atención, que siendo de tan singular importancia, no se le preste la dedicación debida, aun apareciendo como un legado fundamental, en unánimes formas tradicionales.

Esto se debe, en gran parte, al hecho de que la simbología aparece, a los ojos de nuestros contemporáneos, como una ciencia nueva, en el sentido historicista de este término. Siendo que tanto los antecedentes de esta ciencia, como su razón de ser, se remontan precisamente al símbolo, o sea, a la posibilidad de toda manifestación -actual o pretérita-, entroncando con los orígenes no-históricos o atemporales de cualquier expresión. Ya que esta expresión no hace sino plasmar la energía esencial a través de una forma sustancial. Sin embargo, nunca más citados que hoy en día los autores que se han ocupado, en el pasado o en el presente, acerca de los temas de la simbólica, que apasionan al investigador actual, y en los que éste ve una posibilidad nueva, o una manera de acceder al conocimiento (no a la suma de información o al enciclopedismo estéril) auténtico.

De todas maneras, no está de más subrayar el hecho de que aún entre estos autores no se haya tratado específicamente el tema, sino incluido entre otros estudios y enseñanzas simbólicas.4 Tampoco está de más recalcar cierta dificultad en la comprensión del lenguaje' simbólico por parte del lector corriente, no familiarizado con el método analógico y la utilización de la síntesis y no del análisis. Es importante, por otro lado, destacar que muchas de estas dificultades se deben a las diversas terminologías, o palabras, que se emplean con distintas acepciones, en tal o cual contexto, en un mismo o en diferentes códigos. A veces con sentidos o entonaciones completamente ajenos a los originales, cuando no invertidos, como es el caso de la lectura "literal", o "sentimental", de cualquier texto, símbolo, rito, mito o leyenda. O de la propia existencia, sin ir más lejos.

En todo caso, diremos que el símbolo es la expresión de una energía oculta, que se manifiesta a través de la propia estructura simbólica. A esa energía el símbolo debe su razón de ser, pues sin ella nada estaría simbolizando. Es por lo tanto el recipiente en el que se plasma su propia forma y el transmisor de una energía que al conformarlo se expresa a sí misma. En ese sentido hemos dicho que, en términos generales, cualquier expresión es simbólica. Y la manifestación entera es un símbolo de algo que está por detrás, o más allá de ella. O mejor, de algo que es inmanente en ella, o de aquello que se halla ocultó, o que es virtual o potencial en su ser. Debe haber, pues, una correlación muy definida y analogías muy precisas (aunque fueran invertidas) entre lo simbolizado y el símbolo. Así éstas se tomaran desde el punto de vista de lo simbolizado, como energía actuante que plasma al símbolo y se manifiesta a través de él, o desde el punto de vista del símbolo, como mediador de una energía-fuerza que lo trasciende y que él no hace más que manifestar. Sin esta correlación sería imposible que cualquier símbolo, palabra o gesto, expresase cualquier cosa. O se llegaría a la confusión de lenguas, donde las palabras, los gestos o los símbolos, carecieran de todo sentido. El caos, la negación del orden, la torre de Babel.

En este desorden, los símbolos 5 habrían perdido su energía y no actuarían como transmisores de la idea-fuerza, pues habría sido rota su conexión con lo simbolizado, al ser aislados de su fuente de vida y tratados analíticamente o de manera literal. Sin embargo, en forma potencial, estos símbolos conservan la vibración que los ha plasmado, y basta con que sean actualizados para que recobren su vivificante labor mediadora, y se conviertan en el vehículo, o la estructura necesaria, que nos va a llevar más allá de sí misma, a un plano o nivel diferente de comprensión. En este punto hay que disipar rápidamente algunos equívocos. El primero es el de confundir alegoría con símbolo, y dar a éste un valor como de algo probable o posible, en la "esfera" del "como si fuera". Es decir, haciéndolo "simbólico", en la versión degradada que hoy en día tenemos de este término. Por lo tanto negándole toda posibilidad real, didáctica o actuante. O lo que es lo mismo, negándolo lisa y llanamente.6 El segundo es tratarlo como algo del pasado. Algo ya muerto y que nada significa. O tomar lo que éste dice como una cosa "superada". Todo día de la creación es el primero y todo símbolo expresa hoy, a su manera, una idea arquetípica, universal, simultánea y eterna. El tercero es el grueso error de confundir al símbolo con lo simbolizado, de lo cual la idolatría y la literalidad dan buenos ejemplos.

Asimismo, debe recalcarse que todas las tradiciones han atribuido a sus símbolos y códigos simbólicos el carácter de revelados, o de origen suprahumano; a lo que se debe agregar la coincidencia de que los símbolos fundamentales están presentes en todas las tradiciones de manera manifiestamente idéntica, aun en sus aplicaciones secundarias, o en sus formas derivadas y folklóricas. Y así estos dos simples hechos: a) la observación de la identidad asombrosa entre las simbólicas de todas las tradiciones (vivas o muertas); y b) el que todas ellas les asignaran a esas simbólicas un carácter no humano y revelado, debe ser para nosotros tanto un tema de meditación, como un incentivo para el estudio y la comprensión de estas simbologías y tradiciones. A las que podremos acceder gracias al vehículo simbólico, tomado como la estructura de una idea. Desde esta perspectiva, habría que visualizar al símbolo como un gesto por el cual se expresa una idea-fuerza: o sea, el arquetipo en acción. De "el fuego" a los fuegos", de lo sintético a lo múltiple. Asimismo, inversamente cambiando el punto de vista, de lo múltiple a lo sintético. De los innumerables fuegos, al fuego arquetípico.

En lo que se refiere específicamente al símbolo tratado en estas páginas, nos interesa quede en claro su relación con dos energías complementarlas, que hemos llamado vertical y horizontal, y que también pueden ser designadas -haciendo una transposición analógica- como esencial y sustancial. El eje central (vertical) enlaza una cadena de mundos, o de planos de manifestación (horizontales), uno de los cuales es nuestro mundo o nuestra vida, en la variedad indefinida de mundos y vidas. De ciclos dentro de ciclos. Va de suyo, que el punto que genera al plano es invisible, como cualquier punto en el espacio. Y que el axis, que es la razón de ser de cualquier espacio tridimensional (en la arquitectura por ejemplo), permanece oculto e imperceptible, expresándose sólo en forma refleja, en las innumerables manifestaciones a las que él da lugar. Tal como el espacio vacío, con respecto a las paredes, las columnas, estructuras u ornamentos, que constituyen su ropaje sustancial. Lo mismo podría ser aplicado a la arquitectura universal. También debe decirse que este eje central, que vincula dos o más planos entre sí, lleva implícita la idea de movimiento, como en el caso de las ruedas de un carro, vehículo simbólico (como el caballo), que expresa la posibilidad de un viaje, el traslado de un punto a otro punto, o la conexión de un plano con otro plano. La asociación obvia de este símbolo con el movimiento, se expresa en distintas tradiciones por la idea de un carro solar, o por la rueda calendárica de un tiempo cíclico, reiterado por sus propias limitaciones (en el caso del sol por sus dos solsticios y dos equinoccios). Que no son sino las mismas limitaciones (encuadre, orden) de todo lo manifestado.

Es así, entonces, que el punto central en un plano horizontal (o lo que es lo mismo, el eje vertical, en lo volumétrico), se debe emparentar con la potencia esencial de lo ilimitado, mientras que su expresión manifiesta, es decir la circunferencia, debe vincularse con la limitación del acto, que conforma las superficies periféricas o sustanciales de la figura. Por otra parte, esta inversión que hace de lo horizontal un reflejo de lo vertical, y de toda manifestación sustancial una proyección de la inmanifestación esencial, nos dice mucho acerca de la ilusión de todo lo que se mueve, lo relativo. Lo que tiene principio y fin, o está sujeto a causa-efecto. Por eso mismo nos habla también de la realidad de lo que siendo uno (el centro como proyección de la vertical), no tiene par. De aquello que permaneciendo inmóvil (lo absoluto), no está subordinado a ningún proceso dialéctico.7 Por otra parte, este esquema de la rueda es el modelo del ciclo. En la vida que nos rodea, de la que formamos parte constitutiva, todo son ciclos que existiendo simultáneamente se interrelacionan entre sí, como pueden ser el del átomo incluido en el mayor de la molécula, y éste en el de la célula, y la célula en el del organismo humano; o como el ciclo del día, incluido en el mayor de la semana, y éste en el del mes, y el mensual en el año, etc. Todo lo que reconoce principio y fin, causa y efecto, nace y muere en forma indefinida, mientras lo increado, lo no dual, es infinito y eterno.

Hay en el plano manifestado una energía (centrífuga) que parte del origen virtual hasta el límite de sus posibilidades, y que retorna al mismo punto original (centrípeta), para continuar perennemente este recorrido. Estos dos aspectos son también los de dilatación o expansión, y contracción o concentración, simbolizados respectivamente por el círculo y el cuadrado. Ambas figuras -como símbolos de un espacio o campo limitado- son equivalentes. Y tanto el círculo como el cuadrado han representado para la antigüedad idéntica perspectiva simbólica. A veces una misma tradición ha utilizado con preferencia una de esas formas, en tal o cual período, o las dos de manera conjunta.8 Las tradiciones del extremo Oriente simbolizan estos dos aspectos 9 con el Yin y el Yang, que actúan como fuerzas permanentes y equilibradoras de todo ciclo o proceso cualquiera. En el caso del ciclo del hombre, habría también una energía ascendente relacionada con la niñez y la juventud, y otra descendente equiparada con la madurez y la vejez. En rigor, esta división binaria del ciclo es importantísima y parte en dos nuestro modelo de la rueda. Si fuese la porción oriental la ascendente, y la occidental la descendente, correspondería, desde este punto de vista, la primera al símbolo del círculo (energía centrífuga), y la segunda al del cuadrado (energía centrípeta).

Pero, antes de seguir, debemos aclarar que el modelo simbólico de la rueda, es válido no sólo para un ciclo en particular, cualquiera que éste sea, sino que es el prototipo de una idea arquetípica, y puede ser aplicado a cualquier ciclo, así se trate de un ciclo de ciclos, etc., en sucesión indeterminada. En este sentido no está de más recordar, que para la antigüedad la idea de cosmos es una sola. No hay varios mundos o cosmos, sino que la suma de todos esos mundos o cosmos, galaxias o estrellas indefinidas, es la que constituye la idea de cosmos o mundo, en su acepción más amplia. No hay, por lo tanto, nada: "fuera" del cosmos. Ni tampoco ninguna cosa que no esté sujeta a las leyes de ese cosmos, ni a su ordenamiento cíclico.10 Esto lo han sabido todos los pueblos civilizados del mundo, y de su concepción del cosmos han extraído toda su cultura. Al fijar sus propios límites espaciales y temporales han dado lugar a su ciudad. Al crearla, es decir, al solidificarla o cristalizarla, y al establecer las marcas reincidentes de los períodos agrícolas, han conseguido alimento necesario para la satisfacción de sus necesidades básicas. En el plano horizontal del mundo, todo está aquí y ahora. Y todas las evasiones de las evasiones, son también ilusiones.

Sin embargo -y según la feliz frase de Paul Eluard, "hay otros mundos, pero están en éste"- se nos ofrece a través del modelo tradicional, la posibilidad de escapar del movimiento reiterativo, siempre constante, de la "rueda cósmica" o "rueda de las encarnaciones". Pues la solución, o salvación, está presente en forma inmanente, en esa misma rueda, de manera oculta, como se encuentra en la semilla toda la potencialidad del nuevo árbol, y en el huevo el origen del ser".11 Por lo tanto, el ordenamiento cultural, todas las estructuras de una civilización, no son sino el reflejo de. un centro invisible, que se manifiesta, o revela, a través de las mismas. Pues ellas no son sino soportes, o símbolos, de una realidad mucho más vasta, no sujeta al cambio. Y todo esto que se acaba de decir, referido a la cultura y a sus estructuras, podría ser aplicado a cualquier orden. A tal o cual organismo vivo. Pues así como cualquier objeto visible tiene una estructura interna fundamental, gracias a la cual éste se hace reconocible como tal, también los símbolos, por los que se manifiestan externamente las cosas -que no son sino simbólicas-, han de tener alguna estructura interna. Estas estructuras de los símbolos tradicionales,12 no son sino ideas, o juegos de ideas, que ellos mismos plasman con sus formas. Lo que llevaría a pensar que el universo tiene una estructura precisa, y leyes, y juegos de módulos prototípicos. Es decir, un modelo que se expresa simbólicamente, a través de números y formas geométricas, dando lugar a las ciencias correspondientes.

En realidad, toda estructura tiene una forma. En el caso de la urdimbre y trama de los tejidos, de la red de pesca o caza, se advierte el entrelazamiento de lo vertical con lo horizontal, por medio de ligamentos o ensambles, formando un reticulado. Este diseño simbólico de orden, dado por el cuadriculado de cualquier plano, bien pudiera expresar también la idea misma de estructura. Así ésta fuese la de la casa-templo, la ciudad, la agricultura, o la cultura. Y los límites mismos de ese cuadriculado (el encuadre final bajo la misma forma), la idea prototípica de un ciclo de ciclos, o lo que es lo mismo, de la unidad y la multiplicidad coexistiendo de manera simultánea. El hecho de que un número limitado de formas (el cuadriculado), sea enmarcado en una forma prototípica (el cuadrado o tablero de ajedrez), permite a las definidas piezas del juego (así sean reyes o peones), una cantidad indefinida de movimientos y jugadas múltiples. Si el total del tablero simbolizara al cosmos,13 el cuadriculado expresaría un orden dentro de ese plano o campo, perfectamente delimitado, gracias al cual existen las leyes (del juego), que permiten a las diferentes piezas protagonizar sus propias jugadas, o conjuntos de jugadas.14 Esta estructura es la expresión de un orden o de una inteligencia universal, que permaneciendo secreta e invisible, es el prototipo de todo lo que puede ser llamado orden o inteligencia. Por otro lado, esas mismas leyes expresadas en medidas y pesos cuantitativos, y definidas a nivel espacio-temporal, nos refieren también a una estructura invisible del cosmos. O a un equilibrio y armonía universal, que conforman un lenguaje articulado, relacionado con otra "visión" del espacio y el tiempo.

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OTRAS MODALIDADES DEL SIMBOLO DE LA RUEDA

Con nuestra óptica cultural contemporánea, estamos acostumbrados a visualizar al espacio y al tiempo como homogéneos, sin fisuras. La antigüedad no pensaba lo mismo. Y establecía en distintos lugares geográficos, especialmente elegidos, y en fechas calendáricas precisas, sus espacios y tiempos rituales. Y esos son –precisamente, en la trama invisible de la vida, los puntos de coyuntura (ensambles, nudos o ligaduras), o de interconexión con otros planos o mundos.15

En ese sentido, es interesante destacar la simbología de los pueblos peregrinos, que en un viaje a través de los años (tiempo) y de los distintos lugares (espacio), encuentran su ser al solidificarse, concentrarse, o cristalizar como un pueblo, o nación, en determinada circunstancia temporal y espacial.16 Advertida esta circunstancia por los sacerdotes, los sabios y los jefes, el pueblo se asienta en ese paraje y en ese tiempo, y crea de esa manera una cultura. La vida nueva de un grupo. Un plano, o medio, que por irradiación de un centro, como en el modelo de la rueda cósmica, ha de estructurar las concepciones, emociones, sentimientos, de una comunidad. O lo que es lo mismo, su razón de ser como tal.

Asistimos a una recreación del mundo, a la instauración de una cosmogonía, que hace posible la vida de ese grupo, y que el mismo pueblo conforma al actuarla. Esa "cosmización" de un punto espacio-temporal de la circunferencia -o periferia de la rueda- sería un rayo de la rueda, un reflejo de la unidad central, y un verdadero centro para los que se adscribiesen a ella. En ese sentido, debemos recordar una vez más, que a la energía centrífuga o de expansión, corresponde la energía centrípeta o de contracción. Y que conjuntamente ambas realizan el rito de la vida y la muerte, de esa o de cualquier otra comunidad, así como de cualquier cosa creada, que está sujeta a la determinante causa-efecto, como todo lo incluido en el mundo manifestado. Así pues, al instaurarse un espacio y un tiempo significativo, en la masa de lo amorfo e indeterminado,17 se lo sacraliza,18 y se lo realza por su cualidad intrínseca, en detrimento de lo menos significativo o profano, netamente vinculado con lo relativo, lo múltiple y lo trabajoso.

De esta manera, mediante este rito, nace un pueblo que comienza a contar su tiempo, su historia, desde ese momento en adelante. Siendo sus orígenes, desde esta perspectiva, míticos o no temporales. Igualmente toma conciencia de sí, de su ser, y se visualiza como protagonista, "centro del mundo", o "pueblo elegido". Lo que es lo mismo que decir que tiene un nombre.19

Ese mismo nombre, o color, o número, o particularización químico-genética, o impresión digital, es absolutamente personal. Y se expresa mediante una marca o signo, que otorga al ser su individualidad dentro de un conjunto de seres. Y que -paradójicamente- es al mismo tiempo el anuncio de su propia muerte, en la limitación (causa-efecto) de cualquier plano de existencia. Ya que es claro que aquello que nos da la vida, por ese mismo expediente, nos está signando con la muerte.

Hemos visto entonces, cómo el nacimiento de un ser -por ejemplo una cultura- crea simultáneamente un nuevo espacio y un nuevo tiempo, en donde se desarrolla ese ser; y que tal desarrollo no es sino ese ser mismo. O dicho de otra manera: que toda creación renueva las posibilidades espacio-temporales, arquetípicas, de la creación original, y no es sino una modalidad de esa misma creación, al actualizar las posibilidades de lo que en el universo manifestado ha dado lugar a las coordenadas espacio-temporales. Para una civilización tradicional, las fiestas sagradas son puntos significativos en la circunferencia del ciclo calendárico, que garantizan la comunicación con la energía invisible del centro, reflejo de la verticalidad.20 Lo mismo sucede con el vasto espacio que, como el año, presenta puntos y situaciones de coyuntura, de comunicación de energía a través de distintos planos o niveles.21 Ellas están dadas en circunstancias geográficas precisas, en los lugares en donde se establecen las ciudades, se fundan los templos, o se instala la casa habitación.22

Estos puntos significativos (sagrados), están claramente jerarquizados con respecto a los insignificantes (profanos), aunque íntimamente relacionados con ellos, ya que no podrían existir los unos sin los otros.23

En esta perspectiva, el centro del modelo simbólico de la rueda, correspondería al origen. Y su despliegue manifestado al samsara (para emplear un término hinduista-budista), desde el cual, y gracias a una concentración de energías, se retornaría a la unidad nirvánica simultánea de los seres y las cosas. De la que éstos no han salido jamás, sino en forma ilusoria y sucesiva, de acuerdo con los patrones dialécticos de la mente dual. Por otra parte hay que destacar que esta división jerárquica entre lo nirvánico y lo samsárico, y asimismo entre lo sagrado y lo profano, lo simultáneo y lo sucesivo, es por cierto relativa. Y válida sólo desde el punto de vista de lo samsárico, lo profano y lo sucesivo. Es decir, de lo discursivo, que trata de expresar un solo hecho y una sola realidad, que en sí misma comprende la gama indefinida de todas las posibilidades de manifestación, ya fueran las que éstas fuesen. Desde la periferia hacia el centro se establecen esas jerarquías, siendo el centro mismo la máxima jerarquización, como símbolo en el plano de la unidad original vertical, que produce por grados todas las cosas, y a la cual necesariamente ellas retornan en forma sucesiva. Si una gota de agua cae en un estanque, forma un campo de irradiación que llega hasta sus propios límites. Desde el punto de vista de un ser situado en ese límite, y por lo tanto, un ser sucesivo, el retorno a su fuente original se realizaría a través de la ruptura de los diversos círculos concéntricos, que se le presentarían como imágenes de mundos o estados espacio-temporales diferentes, como escalonados, los que impiden asimismo su fusión con el centro. O envuelven y ocultan esa gota original, esa semilla primigenia, que se vislumbra como anterior en el tiempo.

La figura simbólica de un círculo 24 que contiene otros círculos internos, considerada desde el punto de vista de su expansión (ad-extra), es la sucesión de escalones intermedios que hacen posible la existencia de cualquier creación.25 Tomada desde el punto de vista de la periferia, es el viaje jerarquizado (ad-intra), o la escala sucesiva que se recorre al pretender la fusión con el centro primigenio.26 Así, en el modelo de una ciudad tradicional (o civilización), los límites de la misma enmarcan un espacio significativo. Fuera de este orden todo es incertidumbre, confusión, barbarie o salvajismo. Pero esta ciudad se halla jerarquizada. En su periferia vive la gran masa.27 Un grado más adentro (o más alto), se halla un número menor de personas que se dedican a actividades más específicas. Otro grado o paso más adentro o arriba, se encuentra un grupo aún menor, la nobleza, y por encima de ella, solo, el emperador, como encarnación del poder real y sobre todo del conocimiento o sabiduría sacerdotal.28 Esta es la verdadera idea de aristocracia, siempre ligada a la jerarquía espiritual, y al conocimiento que ella entraña, sin punto en común con las versiones a las que estamos generalmente habituados, degradación e inversión, propia de "este mundo".

En el simbolismo constructivo, la arquitectura del templo se levanta desde el plano cuadrangular de la base (tierra), hasta la semiesfera de la cúpula (cielo), escalonada jerárquicamente en planos o niveles superpuestos. Este templo, en su planta, o plano horizontal, reproducirá las mismas Jerarquías verticales de su estructura, y el paso dificultoso y jerarquizado a su través. La calle representaría el mundo de lo confuso y lo aleatorio. A ella se abre la puerta (símbolo de pasaje de un espacio a otro espacio, o de un estado a otro estado) del templo, que establece propiamente el límite entre lo sagrado y lo profano. Al transponerla, y luego del paso por el área donde se halla la pila bautismal (símbolo de la regeneración por el agua, o nuevo nacimiento), se penetra en el recinto propiamente dicho: y se recorre el camino 29 que lleva al centro del templo 30 donde se encuentra el altar, como proyección, en el plano, de la verticalidad de la cúpula. Y sobre la piedra de sacrificio, relacionada con el fuego, el sagrario,31 un recinto o recipiente vacío capaz de recoger los efluvios celestes, que se derraman sobre este punto como emanaciones, y que bien pudiera ser llamado el "corazón" del templo.

De allí en más las jerarquías son verticales, y para percibirlas hay que morir nuevamente, y resucitar o regenerarse en el fuego. Mientras las aguas bautismales están emparentadas con los nacidos de vientre de madre (aunque hagan ayunos, penitencias, sean ascetas, o practiquen la castidad como Juan Bautista), el bautismo de fuego está relacionado con la piedra de sacrificio, la sangre y el vino ceremonial; con Cristo, y los que ya virtualmente no tienen ningún condicionamiento humano, ni aun el borroso signo de la determinación del nacimiento, por lo que no se encuentran identificados con su persona, ni incluso con sus mismos actos relativos. Es decir, los que ya conocen por intuición directa los estados supra-individuales del ser, de los que se dice ya no perciben exclusivamente por los sentidos, y se hallan en condiciones de emprender entonces un nuevo viaje, esta vez vertical. Esta misma significación (de los círculos contenidos los unos en los otros, jerarquizados con respecto a su aproximación a un centro o eje) la dan los hebreos, cuando dicen que Sión es la tierra elegida, que dentro de ella se halla la ciudad sagrada de Jerusalén, en el interior de ésta su templo, y oculto en el corazón de este último, el Sancta Sanctorum.

Si el templo es un modelo del cosmos, los efluvios divinos han de hallarse en forma inmanente en lo más oculto del mismo. Si el cuerpo humano es también un templo y un modelo, o miniatura del cosmos, estos efluvios también se han de encontrar en forma virtual, o en potencia, en el fondo del corazón. En el modelo cósmico de la rueda se hallará el punto central (invisible), que articula sus irradiaciones o vibraciones graduales de energía, hasta llegar a sus propios límites, o sus formas superficiales. Pero: a) el templo no es la suma de sus ladrillos, ni el inventario cuantitativo que pudiera hacerse -en cualquier dirección de su conjunto, o de sus partes. b) Asimismo el hombre no es la suma de sus células, ni el catálogo de sus innumerables componentes. Y c) por otra parte, en el modelo simbólico que estamos estudiando: "treinta rayos convergen hacia el cubo de la rueda, pero es el vacío del centro el que hace útil a la rueda".32 En realidad, lo que verdaderamente interesa, es el espacio interno y sus cualidades diferentes, significativas, sagradas, y no la sucesión cuantitativa de ventanas y columnas del templo, o músculos y poros del hombre, o lugares indefinidos por donde pasa, haya pasado o pasará la rueda. En verdad, ese lugar interno, es la morada del silencio, o del misterio. El corazón y la clave (llave) del ser. Pues en él se halla la posibilidad del ascenso vertical. La salvación mesiánica, o la salida definitiva del samsara al nirvana, o estado de "iluminación".33

Esta liberación, se logra a través de un camino gradual, por estaciones, que en el caso de la tradición extremo oriental, se enumeran de la periferia al centro, como Tao del hombre, Tao de la tierra, Tao del cielo, y el Tao de Taos, o Tao abstracto. En la tradición judía (y también de la periferia al centro), como Olam ha'asiyah, o mundo de la realidad materializada, Olam hayetsirah, o mundo de las formaciones cósmicas, Olam haberiyah, o plano de la creación y Olam ha'atsiluth, mundo de las emanaciones. Este camino espiral ascendente, que va de lo más bajo a lo más alto,34 de lo más grueso a lo más sutil, de lo múltiple a lo sintético, y vincula varios planos entre sí, de manera sucesiva, es el que describe Dante en la Divina Comedia. Y es bien sabido que esa vía es llamada la de la iniciación en los misterios. Lo que equivale a la transmutación de la conciencia del aprendiz o alumno, la ampliación de todas sus posibilidades latentes o dormidas. El cual, a través de un proceso arquetípico, realiza un "viaje", o camino sucesivo; la aventura del conocimiento, que finalmente termina en la obtención de lo buscado. Este hallazgo es llamado licor de inmortalidad, elixir de larga vida, paraíso, tesoro, vida eterna, o Santo Grial.

En el centro arquetípico, o en el eje vertical, está ese lugar que todos los seres anhelan, aun sin saberlo. Y allí es donde lo encuentran los hombres de la ciencia, o filósofos, o artistas, como se denomina a los alquimistas medioevales. Es por otra parte, en ese lugar invisible, apenas virtual, donde los sabios de todos los pueblos y todas las tradiciones lo han hallado unánimemente. Pues conocen que lo que es mayor en un sentido, es menor en otro, y viceversa. Así, lo que es mayor en un orden elevado (cielo), es casi imperceptible en un orden bajo (tierra). Y lo que es mayor en un orden bajo (tierra), es menor en un orden alto (cielo). Estos personajes buscan entonces lo pequeño, lo imperceptible, lo invisible, lo sutil, porque saben que allí se halla en potencia toda la posibilidad del poder. Y no lo buscan para luego utilizarlo con ánimo práctico. Ni tampoco manipulan este conocimiento como una "fórmula" literal. Sino que, experimentando en sí mismos, reconocen o encarnan la verdad de estos asertos, netamente invertidos con respecto a la educación ilusoria recibida en el mundo profano, que hace de lo cuantitativo y lo mayor lo más poderoso, cuando la realidad es precisamente lo contrario, pues cualquier acto está incluido en su potencia.

En todo caso, ese "camino", o "viaje", es análogo al de la creación de un mundo o cosmos. Es también la reintegración del alma a sus planos superiores, tanto después de la muerte física, como de la muerte iniciática. Y en ambos casos, el alma que detiene su andar en el "viaje" divino del ser, debe necesariamente caer hacia abajo y reencarnar nuevamente, si se trata de la muerte física, y de limitarse a un nivel del camino fijado por sus propias convicciones o condicionamientos, si nos referimos a la iniciación. No habrá podido entonces ser reabsorbida en su origen, y se verá impelida a errar, una vez más, a través de innumerables estados del ser universal, habiendo perdido la oportunidad que representaba el estado humano, sin que esto implique la condenación definitiva,35 sino la dificultad de la realización espiritual, y las "pruebas" necesarias para el "pulimento de la piedra", o sea: el azaroso paso de un estado a otro estado (muerte-resurrección, desanudar-anudar), hacia la inmovilidad del principio siempre presente.

En este sentido debemos anotar que el hombre "progresista", "victorioso" y "de ciencia", según es concebido por la sociedad moderna contemporánea -es decir, por nosotros al ser hijos de la programación condicionada que nos ha tocado-, no ha llegado aún, a los ojos de una sociedad tradicional, a ser hombre. Según esta concepción, existimos ordinariamente en un estado infrahumano, y debemos actualizar, mediante un intenso trabajo, nuestras potencialidades latentes o dormidas, hasta llegar al estado edénico, virginal o primordial,36 que en nuestro modelo de la rueda es el punto central, original, el tabernáculo del templo, el corazón del ser, espacio vacío en el que podemos ser fecundados por el espíritu. Se daría entonces la posibilidad del nacimiento del Cristo interno (anunciado por Juan y Elías),37 el que, a su vez, a través de su pasión y muerte, pudiera finalmente identificarse con el Padre, en forma directa, lo que le permite la resurrección y la vida eterna. En este último caso, se llegaría a la fusión con la deidad -sin confusión-, a la unión en el eje vertical representado por el árbol de la cruz. Es decir, a los estados suprahumanos, o supracósmicos, y a la posibilidad de la trascendencia absoluta, que ningún lenguaje o código podrá jamás expresar, pero que puede ser vivenciada por el verdadero hombre, en su carácter intermediario.

NOTAS

  1. La esfera es en la tridimensionalidad lo que el círculo es en el plano. Sabido es que el símbolo de la rueda se representa gráficamente como un punto y la circunferencia a que da lugar por la irradiación de sus posibilidades. Mientras el punto central (o eje de la rueda) permanece fijo e inmutable, la periferia se mueve y gira alrededor de él.
  2. Es curioso observar que el punto central y la circunferencia, "que juntos conforman la figura del círculo", constituyen el emblema astrológico del sol, que es el padre de la vida, la que produce por irradiación de su energía hasta sus propios límites.
  3. En la nomenclatura alquímica, el punto y la circunferencia y a veces sólo un círculo (simbolizado por Uroboros, la serpiente que se muerde la cola), son imágenes de la vida y su origen, de la sucesión y la simultaneidad. Y también del oro entendido como rey de los metales o símbolo de la perfección mineral. Hay que recordar que la alquimia sostiene que la energía de los astros en los cielos, se cristaliza en la de los minerales, siendo ambas análogas entre sí. Esto es lo mismo que decir que existe una reciprocidad entre cielo y tierra y viceversa. Es innecesario agregar que estas relaciones están invertidas la una con respecto a la otra y que la perspectiva o visión varía según se tome un punto de vista o el opuesto. Lo mismo sucede con el punto central y la circunferencia a que da lugar. Siendo estos términos complementarios, están sin embargo jerarquizados. Lo más alto es el cielo, lo más bajo la tierra. El hombre acata las leyes de la tierra, la tierra acata las leyes del cielo" (Tao Te King 25). Es imprescindible un punto central o eje para que la circunferencia o la rueda existan, no así a la inversa. Hay una interrelación, pero también una preeminencia con respecto a la mitad superior (cielo) y a la mitad inferior (tierra) de una esfera.
  4. Después de haberse publicado estos artículos el autor ha conocido el excelente trabajo de Maryvonne Perrot, Le Symbolisme de la Roue que trata extensamente el tema, aunque desde una perspectiva distinta -y convergente- a estos textos.
  5. Cuando se habla aquí de símbolos léase también mitos y ritos, leyendas y textos sagrados.
  6. Lo mismo sucede con el mito o la leyenda. En el lenguaje corriente han pasado a ser sinónimo de "cuentos".
  7. La expresión natural del concepto que el punto geométrico manifiesta en el plano, es la unidad aritmética, generadora de toda la serie o código o campo o mundo numérico. Hay que aclarar también que la unidad aritmética es sólo una imagen de la no-dualidad metafísica. Al ser el primer número es también la primera determinación. Lo mismo ocurre con el ser, con referencia al no-ser, y ambos con respecto a la no-dualidad. En ese sentido, el punto central "creador" del espacio, o lo que es lo mismo, el "ser" de ese espacio horizontal, es a su vez el reflejo del no-ser, o de la inmanifestación vertical, y ambas de la "no-dualidad".
  8. Se puede hacer notar que el círculo tiene 360' y que la suma de los 4 ángulos rectos del cuadrángulo (90 x 4 = 360) es la misma. Además, 360 = 3 + 6 + 0 = 9. El 9 (número cuyos múltiplos siempre se reducen a él mismo), es el número del ciclo. También lo es de la circunferencia, que sumada a la unidad central (9 + 1 = 10), nos da la totalidad de las posibilidades del ciclo numérico y de la Tetraktys pitagórica. También, la del retorno al origen (10 = 1 + 0 = l).
  9. El movimiento centrífugo o el que va del centro a la periferia, tiene que ver, como se ha dicho, con la expansión. Este movimiento debe transponerse en el plano circular del ciclo, situándolo al norte, originando la circunferencia y correspondiendo esta energía a la mitad ascendente de la rueda del día, es decir a la que partiendo del norte, identificada con las cero horas, llega hasta el sur o mediodía. La porción descendente del ciclo (que va de sur a norte, es decir, que retorna a su punto original) está entonces relacionada con la contracción o concentración centrípeta o atardecer y noche. Algunas culturas, en distintos lugares y épocas, han dividido al ciclo de forma aparentemente diferente, lo que está en relación directa con la razón de ser de esas civilizaciones. Así, no se ubica el norte siempre arriba ni el sur obligatoriamente abajo. Tampoco el movimiento es visto, necesariamente, de izquierda a derecha -es decir, en el sentido de las agujas del reloj, sino que se lo considera en forma retrógrada. Estos dos ejemplos pueden encontrarse en las culturas precolombinas y extremo orientales.
  10. Uno de los errores contemporáneos más comunes es el de concebir un infinito finito. La suma indefinida de finitos (o ciclos) no puede constituir el infinito. Este, por definición, es lo que no es finito. O sea, lo que no está sujeto a finitud. Es lo mismo que hacer de un relativo, o de la suma de innumerables relativos (o anécdotas), algo absoluto.
  11. La traducción de la palabra sánscrita chakra es precisamente rueda o disco. La "apertura" de los chakras o su expansión generativa, estaría vinculada con la ampliación del plano de la conciencia, simbolizada por la flor de Loto (que se abre a la mañana y se cierra a la noche). En Occidente, esta flor sería la rosa. En particular la ROSA MUNDI, idéntica a la ROTA MUNDI.
  12. Tal vez fuese oportuno establecer aquí, una diferencia entre significado y signo. El significado es la esencia o idea universal que el signo plasma (o encarna), que viene a ser como la forma o el ropaje del significado, adecuado a la relatividad espacio-temporal. El significado de un signo es lo que éste significa no su rol significante. Lo simbolizado es lo que el símbolo expresa verdaderamente, su razón de ser, no su capacidad transmisora. El mito es realmente la idea expresada en y por el personaje mítico, no las andanzas y aventuras computables de los héroes y los dioses. El rito no es sólo una ceremonia conmemorativa de sentido social, sino la correspondencia de energías entre un plano de realidad -o de conciencia- y otro desconocido. Al otorgárseles a estos términos una lectura lineal, se los degrada haciéndolos incomprensibles. Las acepciones dadas a las palabras y a las cosas en ciertos lugares o durante determinadas épocas, no sólo nos ilustran sobre la mentalidad de esas sociedades, sino que muchas veces constituyen ejemplos evidentes de inversión. Desgraciadamente en la actualidad se toma el significado del símbolo como si este significado fuese su función significante. El significado de los antiguos signa (o milagros) era el de la revelación sobrenatural; jamás el efecto que esos signa producían en la población. Por otra parte, habría una distinción entre símbolos naturales y símbolos tradicionales (iniciáticos) precisos, diseñados especialmente para producir una comunicación directa con el principio. Estos últimos tendrían una función "didáctica", obviamente relacionada con la enseñanza y el conocimiento.
  13. Conocido es que el juego de ajedrez tiene orígenes astrológicos.
  14. La idea de desenrollar los cielos, es decir, la de crear el cosmos, o lo que es lo mismo, el plano o tablero en donde éste se manifiesta, está en estrecha relación con el símbolo del telón, que se abre en la caja (cubo) escénica y donde se comienza a representar una obra ilusoria, con papeles y roles. Especialmente el teatro de títeres. Y también el cinematógrafo, que mediante una inversión de la visión óptica, proyecta en la pantalla o plano, indefinidas imágenes, anécdotas o "historias".
  15. La serie numérica y la escala musical son dos códigos discontinuos, y sus componentes no son homogéneos. De allí las paradojas aritméticas y los semitonos musicales.
  16. En el caso de los aztecas, luego de un peregrinaje de un número preciso (mágico) de años, éstos hallan su momento o la maduración necesaria o la escisión temporal adecuada, que se corresponde con un hecho espacial: el descubrimiento de una isla entre las aguas, símbolo tradicional del centro; y de una piedra, miniatura de la montaña, que junto con el árbol -en este caso un nopal- es emblema del eje.
  17. Por ejemplo, el esquema circular o cuadrangular de una ciudad (o civilización), en medio de la confusión de las selvas o los campos salvajes. Por otra parte, los templos o tiendas de culto de forma circular son propios de los pueblos nómadas, mientras que los de base cuadrangular corresponden a los sedentarios.
  18. Lo sagrado no tiene nada que ver con lo "religioso" tal cual hoy se lo entiende vulgarmente.
  19. Recordar la potestad creativa e intermediaria que posee el hombre, otorgada a Adán en el paraíso; la de nombrar todas las cosas. Por otra parte, los nombres no son sino las formas simbólicas de lo innombrable. Y ya se sabe que el nombre expresa la esencia de la "cosa".
  20. rayos, en el modelo de la rueda del cosmos. Estos "rayos", cuya relación con lo celeste resulta obvia, son emisarios que unen la tierra con el cielo. En el caso del círculo son los "radios" los que vinculan el centro a la circunferencia.
  21. Como ya se indicó, cada uno de los indefinidos puntos de la periferia constituye una "individualización" y una imagen refleja del punto arquetípico, así ésta corresponda a una sociedad o a un ser humano.
  22. Estos términos son equivalentes e intercambiables. El altar de la casa es el hogar, el pater familias es el sacerdote. En los pueblos nómadas se lleva un poste ritual, símbolo del eje, que se asienta en el lugar en donde le toca acampar a ese pueblo. Otros peregrinos llevan ese mismo centro dentro de sí.
  23. En la vida (ciclo) de un hombre, esos puntos significativos, en los que se establece comunicación directa o vertical, con otros tiempos o espacios, o mejor, donde se actualizan otras lecturas o vivencias, de las coordenadas espacio-temporales en las que estamos enmarcados (crucificados), pueden ser visualizados como estados especiales de la conciencia y muchos de ellos se recuerdan como significativos o como evocaciones o "remembranzas", en el sentido que Platón atribuía a ese término.
  24. su equivalente cuadrangular.
  25. Jacob, andando por el desierto, se acuesta en un lugar determinado y con una piedra, símbolo del eje (miniatura de la montaña), como almohada, "sueña" con "ángeles", que "descienden" y "ascienden" por una escalera, del cielo a la tierra y de la tierra al cielo. Esta irrupción de lo vertical en lo horizontal, es equivalente a la irradiación del centro o al rayo de una rueda, que comunica el movimiento a la periferia, como ya hemos visto.
  26. Así Dionisio Areopagita, hablando de las líneas rectas que convergen en el centro, nos dice que en la medida en que ellas están más próximas del mismo, la unión es más íntima. Y al contrario, cuanto más alejadas están de él, mayor es la separación.
  27. Lo que podríamos decir, la base, si a este modelo plano de la ciudad le damos tridimensionalidad o relieve. En efecto, círculos o cuadrados sucesivos, los unos dentro de los otros, nos dan la idea, en el plano, de lo que es la pirámide o el zigurat, en el espacio. Que va desde la base numerosa, a la culminación del punto único final.
  28. Obsérvese que la serie expansiva (ad-extra) pudiese expresarse así: 1 + 2 + 3 + 4 = 10 (número de totalidad). Mientras la serie contractiva (ad-intra) sería: 10 = 4 + 3 + 2 + 1, según la conocida tetratkys pitagórica.
  29. En este recorrido se encuentra el "laberinto" (como en Chartres y en otras catedrales y templos), símbolo del peregrinaje en la búsqueda del conocimiento y del peligro de "perderse". Del que hay que encontrar dificultosamente la salida, para nuestra propia salvación.
  30. En algunas iglesias, en especial en las catedrales góticas, este centro no se halla en el "medio" de la forma arquitectónica, sino en el centro de la cruz, que es el esquema del plano constructivo. Como se sabe, la cruz cristiana no tiene los brazos iguales.
  31. El santuario o arca de la alianza es, a su vez, otra miniatura del cosmos.
  32. Lao Tse: Tao Te King 11.
  33. Es curioso destacar que muchas personas piensan que la iluminación es algo que se produce con coros sentimentales de violines y arpas o con una música grave y solemne, en un mundo cinematográfico autocompasivo y pomposo. Otros creen que llega de casualidad o como algo fulminante. En ambas versiones, debe notarse que esta "iluminación" viene de fuera y alumbra al sujeto en cuestión. O sea, que hay un sujeto que ilumina y un objeto iluminado. Bien por el contrario, la iluminación se refiere a un estado de conciencia, en donde las cosas y nosotros somos una sola identidad, sin confusión de ninguna especie. Y donde una iluminación distinta abarca todos los objetos, que simultáneamente brillan a la nueva luz de un estado, que se acaba de descubrir, y que se traduce en ese conocimiento.
  34. Pese a que sus primeras y largas etapas son descritas, muchas veces, como un descenso a los infiernos, un viaje al inframundo, al interior de la tierra.
  35. Por un acto de arrepentimiento del presente, o sea, una reactualización, se borran los "pecados" del pasado. El eje de la rueda se mantiene inmutable, mientras es propio de la movilidad el cambio permanente.
  36. Saber que no somos nada, que nada debemos saber, deponer el vano orgullo de la ignorancia oficializada y nuestra falsa seguridad.
  37. Este sería, propiamente, el estado humano. Y correspondería, entonces, a la función mediadora del hombre entre cielo y tierra. A título adicional, diremos que es bien conocida la identificación entre Adán y Cristo. Esta situación central es llamada tifereth en la cábala hebrea y corresponde al centro de donde el sol extrae su energía, que manifiesta, repitámoslo, a través de sus rayos o los rayos de la rueda.

 

CAPITULO III

PERSPECTIVAS DESDE EL ARTE

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Generalmente al hablar de arte hoy en día, nos referimos vagamente a la historia del mismo, o imprecisamente a un hecho cultural de cierto "status" intelectual y socioeconómico, que la pintura (la más injustamente afortunada de las artesanías) ejemplifica. También solemos referirnos a él como a un inventario musicológico de obras acabadas y fechadas en tal o cual tiempo y localizadas en este o aquel sitio. Desde el punto de vista en que nos situamos no nos interesan tanto estas perspectivas, que por cierto no negamos, sino que preferimos ver al arte como una actitud específicamente humana, no ubicada en ningún esquema clasificatorio o histórico-geográfico, sino perfectamente viva, actualizada por el hombre de todos los tiempos y reflejada en sus símbolos culturales y sagrados, que si bien reconocen un origen preexistente, son la materia a partir de la cual se produce la regeneración cíclica de las civilizaciones, del mismo modo que en el firmamento la actividad solar recrea permanentemente las diversas condiciones o formas de vida de su sistema. En ese sentido siempre nos ha interesado el arte como forma de conocimiento, o mejor, la actitud del artista como una manera de adentrarse en determinadas dimensiones del mundo lineal de su entorno -aunque él mismo sea poco consciente de ello-, mediante una concentración de sus posibilidades, ya fuese a través de un trabajo ordenado y paciente o de la síntesis catártica totalizadora. O de ambas, puesto que por cierto la una no tiene por qué excluir a la otra, sino que más bien se complementan allí donde el hallazgo o contemplación de la belleza produce una especie de emoción relacionada con un sentimiento de plenitud, ausencia o vacío, donde todos los seres y las cosas no son sino ellos mismos, en su pura realidad despojada, lo que equivale a vivenciar la idea arquetípica de armonía, aun en la desarmonía, y de equilibrio y justicia, aun en los conceptos que dialécticamente se les oponen.

Esta emoción intelectiva es un modo de conocer. Una manera, una actitud por cierto imprecisa, no lógica, de aproximarse al objeto del conocimiento por el sujeto que conoce y que llegada a su clímax, funde al sujeto que conoce con el objeto conocido, produciendo el conocimiento, que deja entonces de ser sucesivo, inclusive espacial, para pasar a ser algo diferente al producirse una transformación -cualquiera que ésta sea-, siempre aprehendida a través de la experiencia directa, aunque el soporte simbólico utilizado fuese cualquier cosa o ser manifestado. Puede verse aquí una estrecha vinculación con el amor, en cuanto ambas posibilidades emotivas unen o religan, o actúan como prolongaciones de la identidad del sí mismo en todas las cosas. Nos interesa además rescatar un elemento de incertidumbre, o de aventura, inherente a los riesgos del arte y del amor, dos maneras de encarar por lo más alto el proceso del conocimiento, que se halla en el origen y en la identidad del ser mismo. Y ese riesgo, esa pasión, ese fuego, está siempre presente en todo lo que implique la búsqueda y la realización de la belleza y la sabiduría, es decir la unidad en amor, lo que constituye el arte en la vida.

Así pues, nos referimos al arte como una "poética" comprometida con el conocer del hombre, al que consideramos parte imprescindible de este proceso perenne de interrelación y expresión, donde la inteligencia universal que él mismo refleja, manifestándose como un arte de indefinidas posibilidades, le brinda la opción de ser todo lo que él conoce. Esta "poética" incluye a todas las artes: 1 arquitectura y construcción, artesanías, técnicas y ciencias, oficios (cerámica, vidrio, jardinería, herrería, ropa y calzado, joyería, carpintería, etc.), las artes llamadas marciales y la danza, escultura, música, teatro y poesía, geometría, gramática, alquimia, etc., es decir a las artes liberales y al hombre integral.

Y como nada deja de ser simbólico en el orden microcósmico, esta "poética", referida al hombre y su actividad creadora, puede transponerse al orden macrocósmico, donde la naturaleza, la vida y el universo, no son sino un conjunto análogo de seres y funciones, unido en el amor. Y entonces la tierra y el hombre pueden ser considerados como obras de arte, u objetos de diseño, frutos de una poética general, cuyo origen es un sonido llamado verbo o logos, que no es sino la manifestación surgida del mayor grado de concentración posible.2

2

Es obvio afirmar que sin hombre no hay arte, aunque no está de más efectuar esta aclaración en una sociedad que por una especie de manía empírica, separa a las cosas de su contexto, y les otorga una categoría diferente, como si tuvieran vida o realidad por sí mismas, clasificándolas en el casillero imaginario correspondiente, en este caso bajo el nombre de "arte", otorgándole una serie de características perfectamente arbitrarias o ilusorias, tendientes a hacernos creer -de manera casi publicitaria-, que aquello es una verdad objetiva, para colmo casi científica, siempre algo concreto, tangible, dispuesto a ser analizado y catalogado. El hombre es el sujeto-objeto del verdadero arte, y a través de él se materializa la posibilidad de la obra creativa, reflejo de una obra más vasta, en la que el hombre está incluido. El mago -que saca cosas de la sustancia informe, y al realizarlas actualiza las posibilidades que ésta tiene en sí, al igual que las que porta él mismo -interiormente-, ubicado en el centro de su círculo ritual, es el creador del espacio donde se dan todas sus posibilidades y las de su obra. Este es su cosmos, simbolizado por el círculo, que cumple también funciones limitativas, además de protectoras. Y su imagen vertical, ubicada espacialmente en el centro o eje de la figura, es la mediación entre cielo y tierra; es decir la de un vehículo entre el mundo invisible de las ideas y la manifestación horizontal y material de las mismas, a través de una gestación o encarnación de las potencialidades del ser que han de reflejarse en el acto creativo.

Este hombre es el artista,3 individuo de oficio o de conocimiento, que recrea el mundo a través de su actividad redentora, al vivificar las potencialidades que todo hombre lleva en sí mismo en forma latente, y toda substancia de manera inmanente. Se conecta así con el ritmo de todas las cosas, el ritmo universal,4 y su obra constituye el pasaje entre lo increado y lo creado, como una síntesis que manifestara a la unidad, para inmediatamente plasmarla en la multiplicidad de las formas. Lo que equivale a asimilarlas análogamente a un doble movimiento de concentración-expansión, de expresión energética centrípeta-centrífuga, yin-yang, solve-coagula, siempre presente en todas las cosas, y que hace vibrar al artista como un diapasón armónico en su conexión vertical, que necesariamente debe irradiar en el plano horizontal.

Y esta conversión de energía estática en dinámica, que va de lo uno a lo múltiple, tiene su réplica instantánea en la acción inversa, la del reciclaje de lo múltiple a lo uno, ya que la obra de arte concebida y ejecutada se transforma a su vez en objeto estático, y es contemplada por otro hombre, que a partir de ella, como cosa creada, se remonta al acto creativo y a la revelación de la idea -o arquetipo- inspiradora, que originó todo el proceso. En esa labor transmisora, donde el ser humano como sujeto dinámico -en este caso el artista- recibe, emite y da lugar al objeto o símbolo revelador, que a su vez retransmite la energía originaria, convirtiéndose así en un soporte, en un vehículo apto para la comprensión, reside el misterio del arte. En suma, el misterio del hombre, o de toda la creación -ya que este proceso es válido para cualquier manifestación-, la que se expresa siempre en forma rotativa o cíclica.

Queremos recordar aquí la idea de la fecundación por la palabra, y la ya mencionada del verbo o logos como origen de la manifestación. Y también la de Purusha como principio activo y Prakriti como principio pasivo o sustancial de la creación universal. El artista, mago, chaman o demiurgo, es también el rey o emperador de un espacio donde él es el eje o centro.5 Y estando todo concatenado en la vida universal, habiendo siempre algo preexistente, y de manera análoga algo que ha de ser preexistente para otros -que abrirán los Ojos después de nosotros-, cada gesto o actitud moverá energías indefinidas, algunas de ellas visibles o de un historicismo evidente, pero la mayor parte serán invisibles, ni siquiera conocidas por aquellos mismos que participan en ellas.

La ley de correspondencia siempre actúa, como no podría dejar de ser, ya que se trata de una ley universal; y la voluntad de ser crea un nuevo espacio donde la obra creativa o el reino florecen, pues donde no había sino un amorfo, o un vacío, la substancia universal virgen para ser fecundada por la energía positiva, ahora se ha engendrado un mundo, que ya estaba contenido en esa substancia de un modo pasivo. Y así lo que era pasivo será ahora activo, y la energía activa, que funcionó como un detonador, se convertirá en un símbolo, u objeto estático creado, que llevará implícito en él mismo la energía activa original, sintetizada en forma pasiva o potencial, dispuesta a ser vivificada, para poder adquirir así una nueva configuración espacio-temporal, entre la bipolaridad del eje de una esfera, o el punto original y la circunferencia de un círculo, o el centro y la periferia móvil de una rueda. El hombre sería entonces un mediador, un intermediario, el creador de un plano de expansión entre la idea arquetípica y su cristalización final en el mundo, entre la unidad original primigenia y la individualidad de la obra creada en la diversidad de un género, ya que cualquier punto de la circunferencia es un reflejo -y como tal invertido- del punto original, y lleva dentro de sí mismo, como él, la posibilidad de engendrar un campo, o cosmos, es decir una obra o creación. Esta es la razón de ser del arte, y por cierto de la magia, y también del símbolo y el rito.

De este modo, el hombre, al identificarse por el arte con el punto virtual, o unidad sintética, escapa de la relación espacio-temporal, pues lo inmóvil, absoluto o infinito, no tiene fin ni fines. Y así es como extrae de la idea arquetípica la manifestación creativa, que siempre nació y siempre nace. Esto se debe a que la unidad, desdoblándose en el ritmo de la dualidad, mediante sus emanaciones o intermediaciones, genera la multiplicidad de los seres -o los estados del ser universal-, o las cosas creadas, puntos individuales en la circunferencia espacio-temporal, simientes que portando en sí mismas la posibilidad de crear, o sea de imitar 6 la unidad arquetípica, hacen que ésta refluya incesantemente con el movimiento de una rueda, imagen y modelo del cosmos. Así, la inspiración artística, su expresión, y el retorno a la idea original a través de la síntesis que hizo posible la concreción de la obra u objeto artístico, es lo que constituye un esquema simbólico siempre presente en cualquier manifestación.

3

A esta altura del discurso parece evidente que lo que se tiene hoy día considerado por arte, lo que se entiende por tal, poco o nada tiene que ver con las concepciones expresadas con anterioridad. No se tratará aquí de hacer una crítica exhaustiva de las hipótesis o controversias estéticas actuales -ni del mercado y la profesión de artista-, -y tampoco de las circunstancias cíclicas, histórico-socio-culturales económicas, que han engendrado estos tremendos equívocos y mermas. Aunque sí se querrían puntualizar ciertos detalles o errores ejemplificadores:

Uno de ellos consiste en tomar por arte a una serie de trabajos escogidos más o menos arbitrariamente, condicionados por circunstancias temporales que se canalizan por medio de las modas, usos y costumbres, y atribuirles una categoría "artística". Otro el de otorgarle al arte una naturaleza objetiva, como si se tratara de una realidad tangible que pudiera transponerse a tal o cual artefacto. "Las obras están hechas con arte, no son arte", nos advierte lúcidamente A. Coomaraswamy. Se podría objetar que todas las cosas son arte, pero siempre que se viera en ellas un símbolo expreso de la idea, es decir una posibilidad de encarnar a la misma. Pero si la visión fuese literal se entendería una vez más al símbolo no como mediador, sino de manera objetal, separándolo de su contexto, convirtiéndolo en una deidad idolátrica, un fetiche o un tabú. Un equívoco más sería tomar el arte como algo más o menos intrascendente o placentero, pero casi necesario, algo que "espiritualiza" o hace más agradable el ambiente general. Como una experiencia lúdica, una técnica inteligente -casi exquisita- de evasión, proveedora de una alta dosis de confort y status. O inversamente, dramatizar las circunstancias creativas, adjudicándoles una importancia absoluta, tratando de hacer trascendentes las vivencias psicofísicas o la materia con la que se trabaja, que por definición no son trascendentes. Otro más: la división entre lo que es bello o simbólico y lo que es útil, ignorando que lo que es bello o simbólico, tiene por sí mismo lo máximo de la utilidad. Asimismo el reducir el arte al gusto, que como el ego deviene constantemente, y hoy es una cosa y mañana otra. Igualmente, la actitud de aquellos que pretenden utilizarlo como un medio de propagación ideológica o de influencia psíquica, cualquiera que ésta sea, por lo mismo anotado anteriormente.

El arte tomado como expresión de la personalidad es una falacia, puesto que esa personalidad, tal cual hoy se la visualiza, es inexistente. Ha sido extraída del medio que la ha condicionado. Y no es sino la reproducción o mera imitación de gestos, cuando no la copia decidida de estilos, actitudes, modas, maneras, "Ideas"; en suma: de una serie de historietas tan falsas como las nuestras. Ya que los modelos a quienes, conscientemente o no, copiamos, se han visto abocados a situaciones análogas a las que nos han tocado a nosotros y han procedido de igual forma, disfrazándose de la mejor manera posible, en el baile de fantasía progresista en el que estamos. Y así, las máscaras van cambiando a lo largo del tiempo, con la constante de que en cada caso creemos ser "nosotros" esa misma máscara. Esto es, la identificación con la morisqueta de turno,7 con la cual estamos vinculados emocionalmente, las más de las veces por un acontecimiento fortuito, por un hecho casual de uno u otro sentido, ante el que reaccionamos de tal o cual manera. Situaciones que extraemos del ambiente y que quedan impresas en nuestra psique como algo propio y personal e importantísimo, cuando en realidad son enteramente inventadas por la ilusión de otros que comparten nuestra ignorancia.

Es necesario advertir que estamos completamente programados, y aquello por lo que estamos dispuestos a morir, vale decir nuestra identidad personal, no es sino algo impuesto por las circunstancias contingentes (socioeconómicas, histórico-geográficas y familiares) que nos ha tocado vivir. ¿Qué hombre realmente pudiera identificarse, siendo universal, con el número de su documento de identidad o con su impresión dígito-pulgar o con sus obsesiones, fobias y manías?

Se ha dicho que la vida es sueño, y también que la sociedad moderna, que afirma enfáticamente sus supuestos indiscutibles, y que nos moldea "positiva" y "materialmente" en ellos, es una farsa. En todo caso es evidente que nosotros internamente no somos esa ilusión, ese engaño compartido que hemos visto cambiar ante nuestros ojos de manera evidente en sus formas políticas, históricas, sociales, científicas, afirmando con la misma seguridad, solidez y desparpajo, anteayer una cosa, ayer otra, hoy una diferente -completamente opuestas y contradictorias-, actitud que seguirán manteniendo hasta el fin, como lo vienen haciendo, justificándose siempre. Y lo que es más paradójico: tomando este estado de total confusión y de reincidencia de errores filosóficos y desviaciones que vienen señaladas desde la antigüedad, como progreso y evolución. Si nos negamos a ser ese producto social, cabe preguntarse: ¿qué somos? Y encontrar una salida. Lo cual sería lo mismo que reconocer la propia identidad, el ser, el verdadero yo. Se está en medio de una rueda y no se puede huir. Atrapados, todo se repite una y otra vez, y no conseguimos escapar de nuestros patrones, que se reciclan en un perpetuo retorno, ya que estamos apresados en la cárcel del principio y el fin, de la dualidad de la causa y el efecto, que obliga a nuestra psique a repetir indefinidamente sus conductas en perfecto acuerdo con el tiempo, que se reitera de tal suerte, que cada día que pasa es un acercarse del plazo de la vejez, la enfermedad y la muerte.

Sucede que los hombres de este siglo no recordamos que el ser humano todo lo aprende. Nos enseñan a comer, a caminar, a hablar, y de allí en más toda la serie. Nada sería el hombre de lo que pretende si no lo hubiera aprendido. Somos lo que sabemos, y eso siempre nos es enseñado. Y sorprendentemente creemos y damos como algo natural -como consubstancial con el ser humano- un saber infuso común a una especie privilegiada, propietaria y rectora de la tierra, cuando ciertamente no hacemos sino imitar imitaciones que nos conforman. Esto es válido no solamente para los conocimientos racionales o conscientes, sino que asimismo lo es para el "sentimiento" y hasta para el "instinto" -ambos aprendidos-, que en la época actual son la mayor garantía de certeza.

Por eso, se trataría de abandonar la confusión de la idea de tiempo, tal cual hoy se nos ofrece, para conocer y vivir lo atemporal, la eterna belleza, a través del soporte de la obra creativa, y acceder al estado donde la causalidad no existe. Sin lugar a dudas el arte es una actividad contemplativa, pues promueve el conocimiento a través de la identificación del sujeto y el objeto, por mediación de la belleza. Pero el "esteta", el personaje oficial que se ocupa de estos asuntos, lo ignora, ya que es un enamorado de apenas la superficie de las cosas.8 El arte es la evocación de la idea arquetípica, invocada en el rito de la creación. Es la irrupción de lo invisible e inaudible, que mediante la forma y el pensamiento se expresará a sí mismo, reconociéndose en el gesto y la palabra, que configuran toda manifestación -aun la cósmica-, lo que es equivalente a la acuñación de un lenguaje o código, que va de lo universal a lo particular, y de éste reviene a lo universal, por la atracción de lo perfecto de la obra -a la que nada hay que agregarle ni quitarle-, que simboliza la perfección de su creador, por las correspondencias que se establecen entre ellos.

Las partidas de ajedrez del siglo XVIII, XIX o XX, tienen estilos tan diferentes entre sí, como lo tienen las artes visuales, la literatura, la música y toda moda o actividad, en íntima relación con las ideas filosóficas, las ciencias y las mentalidades de esos períodos. El gusto cambia, es relativo y perecedero como la apreciación "estética". Pero si las obras han sido ejecutadas rectamente, esto es, de acuerdo al arte, y como expresión de la naturaleza universal, de la vida, del conocimiento, de la comprensión de las pautas del modelo cósmico, o en concordancia con la ciencia de los ritmos -lo que equivale a decir perfectas en su género-, han de reflejar necesariamente la belleza completa de aquello que las inspiró.

Pero hoy en día se reemplaza al significado por la anécdota, olvidando que es el contenido de las imágenes mentales de quien realiza la obra, lo que efectiviza el rito de la creación. Que sin ellas y su sentido, todo sería una mera reproducción o parodia (muy hábil, espectacular o rutinaria), sin ningún objeto ni significado, salvo el de la multiplicación cuantitativa, el halago momentáneo de la vanidad, la degustación de un pequeño poder o el cumplir con la "conciencia" moral (o inmoral), satisfaciéndola con la mera acción, a la que se atribuyen así características mágico-sagrado-religiosas, dentro de un contexto social, material y profano. Desde estos puntos de vista, la actividad artística es un negocio como cualquier otro, acaso una profesión especializada o un trabajo que alguien quiere cumplir. De acuerdo con el patrón social vigente, es el marchand quien saca el mayor provecho rentable, puesto que él crea y maneja el mercado en relación con sus gustos, ideologías e intereses particulares, en compañía o en contra de otros personales análogos, con el que se reparten el poder del "botín" cultural y su traducción monetaria. El arte no es algo ligero, netamente snob y clasista, relacionado con el triunfo en la vida y el éxito. Una actividad para "listos", que por motivo de ciertas facilidades, se sobrevaloran sin recordar que, por otra parte, cualquiera tiene estas disposiciones naturales en uno u otro campo, no todos hoy considerados como "artísticos".9

En fin, y para no seguir abundando en detalles y en críticas archiconocidas para aquéllos que se interesan en estos asuntos, y volviendo a nuestros temas específicos, si no fuese un exceso, diríamos que el símbolo, por definición, es indefinible, ya que es algo significante, distinto de sí mismo, en razón de lo cual él es tal. Sin embargo no debemos confundir su significado con su función significante o significativa. En efecto, el significado de los signa (o milagros) es el de la revelación de lo sobrenatural. Nunca el efecto que esos signa producen en el medio.10 Esta "definición" le cuadra a la creación artística -símbolo por excelencia- y asimismo al hombre, que es el símbolo más alto de la obra creacional. Si consideramos el modelo de la rueda y lo transponemos al ser de este hombre, diremos que el punto central corresponde a su Yo, a su interioridad, a su identidad, a su espíritu, y la periferia a sus egos personales, a su exterioridad, a sus circunstancias y a su cuerpo. Lógicamente, si el punto central representa el espíritu y la circunferencia el cuerpo, es fácil inferir que lo que va del punto virtual al límite del plano, la zona intermedia, que es casi la superficie entera de la figura del círculo -vale decir los indefinidos radios o rayos que comunican lo más interno, profundo y misterioso, con lo más externo, superficial y manifiesto-, corresponderá a la función del alma, ánima o psique, verdadero vehículo del arte.

Tomando debida cuenta de que esta mediación tiene una parte más alta, la más cercana al espíritu (donde convergen las irradiaciones en el punto central y están más próximas a él), y otra más baja, la más cercana al cuerpo (en donde los rayos se han ido separando, alejándose del centro). Esta es la antigua distinción entre la Venus Urania y la Venus Pandemos, y entre Diana y Hécate, y también entre el verdadero arte relacionado con la cognición y la belleza y el arte de halago, o festivo, vinculado con el gusto y la superficialidad. En verdad estos extremos no se excluyen, salvo en la mentalidad de los que han tomado partido por uno, negando y menospreciando al otro -habiendo optado ciertamente por el más bajo-, y nos han enseñado como única y buena esa elección, intentando complicarnos en sus maniobras.

No nos queda entonces más remedio que negar la negación y afirmar entonces los principios, o sea lo inmóvil y eterno (sagrado), para poder complementarlo con su opuesto incesante, lo que se mueve y cambia (profano) y comprender así el tiempo y su sentido simbólico, al igual que el de la manifestación, sabiendo que en la inmanifestación primordial, en la inmutabilidad, han de hallar su complemento y su origen. Ya que lo sensible es el reflejo de lo inteligible, o como se ha dicho: "lo invisible se deja ver a la inteligencia por sus obras".11

Tengamos cuidado de ciertas personas,12 que han hecho de su conformismo o su rebeldía un credo, las que por un imperativo lógico e histórico de su estructura interna, no pueden superar la periferia, la ilusión, la literalidad, el consumo psicológico e ideológico, la mala fe congénita, y sobre todo, la ignorancia, que hace unos siglos está de última moda.

4

Casi resulta innecesario señalar que por detrás de cualquier manifestación hay algo previo que la ha conformado y que a esa energía le debe su razón de ser, tanto fuese tomada esa manifestación como fenómeno o expresión de cualquier tipo. Los ejemplos más bellos de este hecho son la espontaneidad, el gesto puro, la verdadera intuición intelectual y el acto gratuito. La vida, la naturaleza, y el cosmos, serían ilustraciones admirables de este sencillo y magno acontecimiento permanente. Ellos se expresan en el encuadre espacio-temporal en que se plasma cualquier manifestación, estando por cierto el hombre incluido como parte integrante de la misma. Serían, pues, todas estas revelaciones simultáneas de los seres y las cosas, coetáneas con el tiempo en un enmarque espacial determinado. Y por lo tanto las expresiones posibles sujetas a estas dimensiones espacio-temporal es -en donde se produce la existencia humana-, que cuajan en formas cristalizadas, han de tener una estructura previa, respondiendo a ciertas coordenadas -modelos o ideas arquetípicas-, para que puedan ser ellas mismas las cosas o los seres que constituyen el universo. En verdad, estos entes a que nos estamos refiriendo, no son sino símbolos o energías-fuerza que representan -cada cual a su forma o manera substancial- ideas que ellos encarnan, dando lugar de esa manera al cosmos entero, al que configuran. En el simbolismo del tejido, es fácil advertir que la faz brillante y luminosa de lo visible, del diseño exotérico, es la expresión del laborioso, oculto, oscuro y ordenado trabajo de la trama y la urdimbre. La idea de una estructura "anterior", o previa, a un fenómeno o expresión cualquiera, no es sólo obvia para el filósofo, el arquitecto, el artesano o profesional -o para un operarlo de cualquier índole-, sino para todos los que hayan pensado alguna vez en el lenguaje o simplemente en cualquier morfología. La imagen visible es, pues, la proyección o el reflejo del pensamiento, de la idea, o de la intuición intelectual, mediante la cual se manifiestan las cosas o se las pretende expresar. Va de suyo que estos símbolos o juegos de símbolos -que establecen entre sí diversas relaciones de distinto tipo-, configuran códigos o lenguajes diferentes, que al ser expuestos a un nivel de comprensión menos sutil, necesariamente han de obscurecer su contenido, u ocultarlo, desde el punto de vista de un nivel más denso o enrarecido de lectura. De allí la función mediadora de los símbolos, como emisarios, puentes o puertas de pasaje de un plano de la realidad a otro, que está siempre más allá de éste.13 Sobre todo en un mundo que suponemos chato e igualitario, cuando en verdad se trata de un universo diferenciado y jerarquizado. Prueba de ello nos dan las distintas especies que lo pueblan, así como los diversos espacios que lo constituyen, y los diferentes tiempos que suceden en él. Por eso es que todo símbolo es significativo, o significante, cualquiera que éste sea, y en particular aquéllos en que las distintas tradiciones de la antigüedad volcaron su experiencia, como testimonio de su conocimiento acerca de lo simbolizado. Porque para estos pueblos los símbolos no son arbitrarios, o convencionales, o "metafóricos", sino que figuran los principios mismos, con los que guardan una unidad analógica tan viva como real. Eso es lo que permite al símbolo pasar del orden fenoménico al trascendente. O sea: que facilita la revelación sintética o la comprensión de un lenguaje universal y eterno, de la que el propio símbolo es apenas un soporte, para acceder a un orden distinto, que se halla a otro nivel respecto de la visión literal o alegórica que solemos tener de los hechos y las cosas.

Por otro lado, el símbolo -generalmente numérico o geométrico- se oculta de la mirada ordinaria bajo el oropel de lo decorativo o lo funcional, porque esa es la manera en que se cumple el orden natural de las cosas manifestadas. Esto es particularmente destacable en el simbolismo constructivo, en especial en lo que se refiere al centro o al eje. Tal es el caso del centro invisible de cualquier espacio, en el que son extremadamente notorios los muros y las paredes o el enmarque que los circunda. Lo mismo sucede con el simbolismo del arco arquitectónico, donde las evidentes columnas han sido levantadas simétricamente a partir de un centro, en el plano horizontal, que no es sino la proyección del eje vertical. El cual, por otra parte, permanece perfectamente oculto e imperturbable, mientras solemos admirar las lujosas y pesadas colgaduras exteriores y los agregados más o menos tardíos.14 El símbolo ha pasado desapercibido y debemos realizar un trabajo con nosotros mismos, interno, para poder rescatar los valores simbólicos. Por otra parte, ya se sabe que este lenguaje ha sido utilizado unánimemente por los maestros y artistas de todas las civilizaciones tradicionales. Debemos empezar entonces por crear en nuestro interior las posibilidades de la comprensión, necesarias para interpretar y vivenciar estos "secretos" del arte y el símbolo. Pues entre ellos y nosotros sólo se halla una muralla psicológica, que puede transponerse pese a una inmensa dificultad atribuible al olvido y más que nada a la inversión total de los valores actuales acerca del mundo y del mismo hombre, el que sin embargo, hoy como ayer, ha nacido para el conocimiento. Y si bien el símbolo, el mito y el rito, pueden ser tratados en forma conjunta, quizá sea necesario establecer alguna diferenciación entre ellos.

El símbolo iconográfico está más relacionado con el espacio y de hecho -como es notorio en los yantrams hindúes y en los iconos del cristianismo oriental- trata de inducir, o crear, un espacio distinto en la conciencia del que lo contempla. El mito, Por el contrario, podría vincularse en mayor grado con el tiempo y en verdad nos conecta con un tiempo diferente del cotidiano. En el templo se combinan estas dos características y el espacio sagrado pretende "atrapar" el tiempo de los héroes y los dioses. El rito, por su parte, dramatiza (o psicodramatiza, para hablar en términos modernos) la ceremonia, y reitera, a través de la voz, el gesto y el movimiento, el tiempo y el espacio primigenios.15 Los rescata a su virginidad y pureza original, otorgando al orden interno y al pensamiento, su auténtico valor, su intrínseca armonía.16 Y aquí debemos recordar que todo arte reconoce orígenes sagrados (no necesariamente religiosos). Tal es el caso de la danza, la música, la poesía (vates, de donde Vaticano), etc. Por otra parte el arte no se ha propuesto otra cosa como meta a lo largo de los tiempos, en cuanto él ha sido una permanente búsqueda del conocimiento, o mejor, del reconocimiento. Ahora bien: si existen ideas arquetípicas, o juegos prototípicos estructurales anteriores a toda manifestación y que al expresarla la conforman, es lógico inferir que esas coordenadas constituyen un modelo universal exacto, preciso y concreto.

Por cierto que tal modelo no sería rígido, maquinal o un artefacto de relojería, según pudiéramos imaginarlo con nuestra programación industrial. Y menos aún una computadora infernal o una gigantesca cassette indefinida, que finalizaría, junto con nuestras vidas y la del mundo, en una constante relación causa-efecto. Más bien se trataría de un organismo vivo, al igual que el hombre y la naturaleza, y por lo tanto un misterio lleno de puntos de coyuntura, imposibles de ser computados por su propio comportamiento supralógico y metacuantitativo. En suma, una poética. Una obra de arte. En ese sentido, el cosmos y el plan o plano en que se ha conformado, configuran la más gigantesca posibilidad de expresión y concepción artística imaginable, ya que de este modelo, y su manifestación, derivan todas las formas posibles y secundarias de realización, así éstas tengan un sentido cualquiera, el inverso, o estén neutralizadas entre ambos. Puesto que la desarmonía constante de las partes es la que produce necesariamente la armonía y el equilibrio del conjunto. Esto es tan válido para el modelo cósmico universal, como para el hombre en su integralidad, que no es sino una miniatura de aquél. De un lado el hombre verdadero como punto interior o corazón del cosmos, de otro, opuestamente, el universo como una proyección del ser.

La forma más simple está en todas las formas, lo cual equivale a decir que todo está en todo y que todo está en uno mismo. Y es curioso observar que estas sencillas verdades, que de alguna manera conocemos -y que por cierto todos hemos experimentado-, están hoy como cubiertas por un velo de vergonzosa autocensura, porque tal vez sentimos temor de que nos retrotraigan a la infancia, o a la adolescencia, y nos hagan acaso perder el bagaje "intelectual" a veces tan trabajosa y esforzadamente conquistado. Para algunos sería de un gusto dudoso afirmar que la vida -o la naturaleza como una ilustración de ella- nunca se equivoca. O que su piel tiene todo tipo de texturas y que cambia de muda todas las estaciones. También asegurar que crece, se desarrolla, envejece y muere. Que la manifestación universal -simbolizada por la danza de Shiva- es la perfección, el equilibrio y la armonía; que a lo largo y a lo ancho del mundo, o del cosmos, toma todas las formas posibles y no hay olor ni sonido que no esté incluido en ella. Igualmente si aseguramos que esta manifestación es lo único que no ha dejado de ser novedoso, o sorpresivo, y que siempre un hombre o una mujer la podrá contemplar por primera vez. O que ha podido superar el pesimismo y el optimismo de sus proyectos, pues éstos son sus realidades de todos los días. Que entre sus símbolos y ella misma no hay ninguna diferencia. Y que a través de la contemplación de su simbólica trascendemos la dualidad de la cárcel de la mente, pues contemplar es recrear la obra de arte permanente. Y que, asimismo, somos regenerados cada vez que se cumple un nuevo ciclo y se nos abre una puerta de acceso a otras realidades tanto más efectivas cuanto menos ilusorias.

El símbolo y el arte -transmisores y receptores de energías nos brindan la posibilidad de una salida, de una escala, de un camino a ser recorrido mucho más fácilmente de lo que uno se imagina. A veces las sendas se pierden en el laberinto. Tal vez esa sea la única forma, para algunos, de salir de él. En el caso del arte y el artista, son particularmente válidas las palabras de William Blake: "por el camino del exceso también se llega al palacio de la sabiduría". Además, habiendo un modelo cósmico universal, la obra de arte ya está hecha. Ha sido simbolizada. Y tiene un plan y un orden. Todo nuestro trabajo consiste en rescatar y unir los fragmentos de uno mismo, hacia la síntesis definitiva. Lo más sencillo está siempre al alcance de la mano y en la interioridad de cada cual. Realizar nuestra labor con la suma de nuestras posibilidades, participando de la gran obra universal mediante pautas y métodos concretos; el primero de los cuales, ya se sabe, es la entrega al trabajo: una forma de amor. Y comprendiendo que no estamos excluidos de la vida y la manifestación, sino que más bien se está esperando todo de nosotros, de acuerdo a nuestras particularidades, cualesquiera que éstas fueran, sin establecer comparaciones ni juicios, tan relativos como arbitrarios.

Se dice que el símbolo es uno mismo. Que la verdadera obra de arte es lo que pueda hacer cada cual consigo en el fondo de su corazón. Las producciones son secundarias, y llegan por añadidura. Lo realmente válido se sitúa en la zona más misteriosa y desconocida. Y que por cierto nadie podrá juzgar sin equivocarse, pues la libertad interior es incalificable. Mucho menos por el propio interesado. Ya que ella no necesita de nada, pues siendo apenas la virtualidad de un punto, un espacio vacío, es simplemente lo que es. Así nos guste o no nos guste. A nosotros, a los "amigos" o "enemigos", o a nuestra ilusoria superestructura mental, que ciertas veces nos aplaude a rabiar para que saquemos pecho como pavos, y otras nos deprime muchísimo para que nos perdamos en el primer resumidero.

NOTAS

  1. Una poética no es sólo una metafórica ni una confusa ensoñación o un vago "sentimiento cósmico" -como el símbolo no es sólo alegoría-, sino más bien una forma de ser, una manera de vivir, siempre relacionada con la búsqueda de la verdad -y en este sentido es heroica-, la sed de conocimiento y por lo tanto la reintegración al sí mismo.
  2. Ver más adelante la teoría de la Tsim-Tsum cabalística.
  3. Nombre con el que también gustaban autodenominarse los alquimistas.
  4. La expresión ritmada o rima, es propia de la poética, así como de la música y la danza.
  5. El pontífice deriva su nombre del de puente. Lo que equivale a decir: de un vehículo mediador entre dos orillas o puntos, que son el cielo y la tierra, los dos polos de la creación.
  6. En el sentido en que Platón, en el Timeo, dice que "el tiempo es una imagen móvil de la eternidad; imita la eternidad".
  7. Las máscaras teatrales griegas han dado lugar, por medio del latín, a la palabra "persona".
  8. "¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello!" (Mateo, XXIII, 24).
  9. En la cocina, en la jardinería, en la medicina, en la caza, en los juegos de manos, en el cálculo aritmético, etc.
  10. cap. II nota 12.
  11. Romanos, 1, 20.
  12. Esas personas también somos nosotros o muchos de nuestros egos.
  13. Todo mensaje o mensajero es la expresión de una realidad más vasta y superior, de la cual él sólo es el representante
  14. Lo mismo es válido para cualquier figura geométrica o "estructura primaria" relacionadas con la numerología y en especial con la serie de 1 a 9.
  15. El templo reúne al espacio y al tiempo, como el movimiento -ritual de la rueda- los conjuga y efectiviza. Templus es un diminutivo de tempus. Un microespacio y un microtiempo simbolizan todo el espacio y todo el tiempo puestos en acción por la "rueda de la vida".
  16. Afortunada o desgraciadamente, no se puede comprender el ritual, el símbolo o la creación entera, si no es en posesión de las claves que esas expresiones llevan implícitas, en el encuadre en el que se han manifestado. Si la obra de arte corresponde a una idea, o al menos a una forma de pensamiento, debemos retrotraernos al origen de esa idea o a la identificación con ese modo de pensamiento, para poder realmente comprenderla. De allí la necesidad de una enseñanza y el gradual aprendizaje en la realización del conocimiento. Es decir, el camino iniciático a través de la vía simbólica o mítica o poética. Porque éstas proporcionan, en efecto, un medio especialmente adecuado, un andamiaje que permite la encarnación, en relación con la apertura de la conciencia y que, por cierto, no sólo modifica nuestra mentalidad, sino nuestra vida. Pues si somos capaces de oír las voces reveladoras que se hallan en nuestro interior, mediante un trabajo paciente y delicado, un arte, llegaremos a la convicción de que esas voces corresponden a las enseñanzas que nos han sido dadas y que, por otra parte, son las que constituyen ese símbolo o mito que comenzamos a comprender y que se efectiviza o vivifica en forma ritual en el interior de la conciencia, que de esa manera adquiere categoría universal.

 

CAPITULO IV

LA TRADICION HERMETICA

La tradición hermética deriva su nombre, nada menos que de Hermes, dios griego, el Mercurio romano, y sobre todo del mítico Hermes Trismegisto, todos ellos instructores y educadores de los hombres, mensajeros de los dioses, personaje que aparece en casi todas las tradiciones bajo distintas formas, como emisario o intermediario entre cielo y tierra, siempre vinculado con lo que vuela, por lo que se lo suele representar con atributos alados. Asimismo se lo relaciona con audiciones, recepciones y transmisiones de mensajes. Es decir, con doctrina (1), ciencia, sabiduría y revelación. La palabra tradición viene a significar en cierta forma lo mismo que lo anterior (2), por lo que la expresión tradición hermética pudiera parecer una redundancia, si no se quisiera destacar, por el aditamento de esta última palabra, un origen revelado neto- como también señalar una circunstancia histórico cultural referida específicamente al Occidente y a los orígenes de su civilización. Por otra parte, el término que nos ocupa es también claro en cuanto indica una vía de conocimiento determinada, relacionada con los misterios menores, llamados también mundo o plano intermedio, en el camino iniciático, expresando además la idea de la obscuridad y silencio, inherentes a este sendero, refiriéndose igualmente a su naturaleza misteriosa.

La tradición hermética es, pues, una forma de la tradición unánime, universal y primigenia -adecuada al ropaje histórico y a la mentalidad de ciertos pueblos y ciertos seres que se ha manifestado aquí y allí, conformando y organizando la cultura y la civilización. El dios Hermes es solidario con el Toth egipcio (3), puesto que, como él, representa sabiduría e interpretación hermenéutica, y virtudes de profecía, atribuidas también a Enoch y a Elías Artista -patrono de la alquimia-, arrebatados ambos al cielo en un carro de fuego (vehículo francamente solar) y de los que se dice no están muertos, sino vivos, como otros personajes análogos de distintas tradiciones, de los que se aguarda su segunda aparición al fin de los tiempos, así como los cristianos esperan la parusia del maestro Jesús, rey de los judíos, Cristo Rey, que encarna en forma humana, para revelarnos la verdadera vida: transmisión que lo convierte en salvador y redentor. Históricamente no es demasiado difícil de advertir, que los mitos y símbolos esotéricos egipcios, judíos, griegos romanos, cristianos, árabes y mediterráneos en general conforman un conjunto que se puede relacionar directamente con los pueblos occidentales; y que esta influencia espiritual, aunque no tome formas religiosas, es indiscutiblemente válida por la pureza de su origen, y por el desarrollo concatenado de transmisión, protagonizado por sabios, profetas, guerreros y "artistas". Esto no excluye que el conjunto de enseñanzas al que nos referimos sea perfectamente solidario con otros de distintas épocas y latitudes, y hasta idéntico a ellos, más allá de los disfraces formales. En el caso particular que nos ocupa -el del emisario divino que reúne en sí la posibilidad unificada de lo que repta y lo que vuela, de la tierra y el aire, que han debido ser separados para complementarse adecuadamente a través de la pasión y el amor-, este hecho es claro y probatorio de la unidad arquetípica de todas las tradiciones, ya que esta oposición-conjunción, se halla manifestada por doquier. Lo que sí nos interesa ahora es destacar que las ciencias y artes que se han dado en llamar la tradición hermética tienen un origen común, que se manifiesta históricamente a lo largo de la vida de Occidente, y que se expresa por intermedio de una serie de disciplinas y trabajos, mitos y símbolos, que constituyen un código coherente, susceptible de ser transpuesto a todos los códigos y sistemas tradicionales, pues en verdad ellos expresan y se proponen lo mismo: revelar un conocimiento oculto, permitiendo de esta manera la conquista del verdadero estado humano, el ser original, que todo hombre ha perdido por la caída, y que lo coloca en una situación infrahumana con respecto a sí mismo, motivo por el que ha de restaurar su verdadero Yo, que se halla oculto en su interior, tan sólo vivo en forma potencial, y que debe actualizar, por la memoria de sí y el recuerdo del arquetipo original, con fe y amor, gracias a la doctrina tradicional, conocida en este caso con el nombre de hermetismo. Que le permite renacer (4) al estado auténticamente humano, de cara al cual los estados inferiores (5) aparecen como sueños, o ensayos, o proyectos ilusorios, o mera tontería, por no decir estúpida vanidad.

Estas disciplinas, o vehículos, llevan al aprendiz -a través del mundo intermedio- y lo colocan frente al tabernáculo, en el corazón del templo, en el eje, que igualmente comunica con la cripta o caverna, el país subterráneo de los muertos, o mejor, en el interior del sagrario, desde donde podrá iniciar su ascensión vertical, hacia la cúpula o la sumidad, que simbolizan la salida del templo o del cuerpo lo supracósmico o lo suprahumano. Hace tiempo que ha recibido las aguas bautismales. Incluso ya se ha liberado de las pruebas del laberinto de las formaciones. Convertido ahora, por la comunión solar, en el Rey del Mundo, el aspirante podrá entonces ser absorbido enteramente en la función sacerdotal y escapar de la cosmogonía, que se le ha revelado, utilizando su identificación con ella como un soporte vivo de transmutación inefable. Oficio de guerreros y caballeros, lo es también de sabios y artistas, es decir, de astrólogos y alquimistas, e incluye la maestría en el conocimiento. No poco es este conocimiento, en el caso de la astrología y la alquimia, disciplinas que conforman el hermetismo o la tradición hermética -los misterios menores de la antiguedad-, pues se refieren respectivamente al conocimiento del cielo y de la tierra, constituyendo ambas el saber de la cosmogonía completa, la ciencia de los ciclos y la ciencia de las transmutaciones: la "arquitectura" experimentada en forma directa (6).

Históricamente se puede detectar en numerosos puntos de la cultura occidental la aparición de corrientes de ideas, creencias, sistemas y puntos de vista herméticos, es decir, esotéricos, dentro del exoterismo de tal o cual período determinado. Si nos atenemos a la cronología cristiana, estos acontecimientos ideológicos aparecen no sólo en determinados momentos históricos -conformando períodos enteros, como en la Edad Media europea-, sino que también constituyen los antecedentes de ciertos personajes y hechos científicos, filosóficos, históricos, literarios, y aun el origen de todo un código, como en el caso de la astronomía y la matemática. Conviene, pues, situarse en algún segmento más o menos claro y computado del devenir temporal y evaluar un muestreo de acontecimientos culturales-históricos, a fin de ilustrar esta exposición, que no pretende ser un estudio histórico o sociológico.

Podemos ubicarnos entonces en la Alejandría del siglo III de nuestra era y observar la multitud de ideas, concepciones y personajes, tradiciones y culturas -incluso la hindú y la budista-, que confluyen allí, constituyendo una verdadera encrucijada de caminos, un punto de concentración de una serie de energías análogas, venidas de varias y diferentes direcciones, las cuales han de conformar posteriormente las diversas facetas de nuestra cultura. En aquellas fechas y lugar podemos encontrar al cristianismo de los primeros padres conviviendo con el gnosticismo, ambos de origen oriental. Al pensamiento griego, en particular el neoplatonismo -que ha de aparecer como una constante a lo largo de la historia de Occidente- mezclado con la tradición hebrea, y con los fragmentos de civilizaciones como la caldea, la egipcia, las del Irán, y otras, algunas de ellas perdidas u olvidadas por nosotros. No intentaremos tampoco en este ensayo, dar una visión más o menos clara de estos hechos, ni siquiera de brindar un panorama. Remitimos al lector a la numerosa bibliografía al respecto, obra de auténticos especialistas. Desde nuestro punto de vista, destacamos estas coordenadas espacio-temporales, como lugar de reunión y posterior expansión de las ideas de la Tradición Unánime, de la filosofía perenne y universal, de la doctrina, que han llegado a nosotros con el nombre de tradición hermética. Es también muy interesante subrayar que estas ideas, a través de los siglos, se han mantenido vivas hasta nuestros días. Y no sólo han sobrevivido simplemente, sino que han constituido, y aún constituyen, la trama invisible de ciertos acontecimientos revivificadores de la historia del hombre occidental, sin la cual esta historia, y este hombre, hubieran desaparecido ya hace largo tiempo.

El andamiaje de ideas a que nos estamos refiriendo, ha de permanecer más o menos incólume y ser considerado como la sabiduría siempre oculta y esquiva, pero presente en la vida pública de la ciudad y el pueblo -como una herencia cultural imperecedera-, hasta aproximadamente el siglo XVII. Y seguirá constituyendo la médula cultural de Europa. Pero, a partir de entonces los valores más profundos, puestos en crisis por el mal llamado "humanismo", se degradarán hasta la negación de toda posibilidad de tradición y doctrina, el desconocimiento de cualquier esoterismo, y la ignorancia total referida a lo que se entiende por iniciación (7). Se ha pasado entonces a la profanación de lo sagrado y a la desacralización de la vida y la realidad, por lo que todo comienza a ser empírico e insignificante (8).

No es que esto no hubiese ocurrido anteriormente -o, inversamente, que en la obscuridad actual no exista la luz-, pero nos estamos refiriendo ahora al tono particular de un determinado ciclo. Este ciclo que tratamos, es, en términos generales, el de la cultura llamada occidental. Y está, como todo ciclo, encadenado a otro, que a su vez lo está a un tercero, y así sucesivamente. Pero esto no es todo: cada ciclo es un fragmento de otro mayor y cada una de sus partes puede ser un ciclo completo en sí, con sus sistemas de subciclos, y de este modo indefinidamente. Todo son ciclos dentro de ciclos, y la historia ejemplifica -de manera alarmante a veces- esta complejidad tan sutil como enmarañada. Pero la doctrina aparece en cada uno de ellos, de una u otra manera, por momentos brillando intensamente en otros declinando, o escondida en la obscuridad, en el corazón de unos pocos. La tradición hermética ha estado presente en Occidente desde sus orígenes históricos e ideológicos, manifestándose a través de distintos grupos, personas o instituciones. No nos referimos exclusivamente a la filosofía griega, Pitágoras y Platón (9), Plotino y Porfirio, ni a la soteriología de los romanos (Virgilio, Proclo, Apuleyo) tampoco a los verdaderos gnósticos, ni a los primeros padres de la Iglesia, sino que queremos destacar el enorme cúmulo de hermetistas occidentales cristianos y esoteristas judíos e islámicos, que tanta influencia tuvieron sobre los constructores de la Edad Media y entre alquimistas, rosacruces y algunas órdenes caballerescas de diferentes tipos, algunas de ellas vinculadas con la Masonería, organización iniciática nacida históricamente en el siglo XVIII, aunque de orígenes mucho más antiguos –inclusive míticos-, que afortunadamente ha permanecido hasta la fecha, aunque desgraciadamente es casi desconocida, aun para los propios integrantes de sus cuadros, en razón de la degradación cultural cíclica, que se da en todos los órdenes y lugares, cada vez más progresiva y veloz, y que ha hecho a la verdad tanto más misteriosa y secreta, como si se hubiera retirado realmente al interior de sí misma y hubiese que buscarla, o sacarnos los velos psicológicos que nos la ocultan de nosotros mismos. Sin embargo, la Masonería sigue otorgando la iniciación en sus logias y ésta es perfectamente válida, dado que se trata de la transmisión regular de una influencia espiritual. Son muchas las logias que en Europa y América están trabajando muy seriamente y son bastantes los adeptos que revitalizan los valores originarios.

Con respecto al Occidente moderno, podemos aceptar que las tradiciones religiosas que actualmente lo conforman y que están presentes en mayor grado en su cultura, son la judía, la cristiana y la islámica, o sea, las denominadas "del Libro". El judaísmo tiene en su religión su propia tradición y ciertos rabinos se dedican a la cábala, a las relaciones entre letras, palabras y números, al estudio, al rito y la meditación. En cuanto al Islam, su parte exotérica y su esoterismo están muy poco diferenciados aparentemente en sus formas exteriores, lo cual puede llevar a engaño, o al menos a confusión. Religión del desierto, se la vivencia en forma individual, y sus prácticas, totalmente interiores, no precisan de imaginerías ni ritos complicados. El sufismo, es conocido, es la expresión del esoterismo islámico. En cuanto al cristianismo, y más específicamente al catolicismo, diremos que muchos de sus miembros han pertenecido en diferentes épocas a órdenes herméticas de esoterismo cristiano. Papas, arzobispos, obispos, cardenales, sencillos abades, o párrocos, o humildes monjes, han encarnado el conocimiento. Y no sólo entre los doctores y los sabios de la Iglesia, sino también entre sus santos y sus mártires, comenzando por los apóstoles. Sólo nos bastará con mencionar algunos nombres, dentro del esoterismo cristiano, que prueban la continuidad y la importancia de éste, no sólo en cuanto a la Iglesia como institución y al catolicismo como religión se refiere, sino en cuanto representa históricamente las raíces mismas del pensamiento occidental. Así, por ejemplo, deberíamos comenzar por Orígenes y los primeros padres de la Iglesia, para continuar con el cristianismo ortodoxo de Oriente (10), hablar del monaquismo en Irlanda, de San Benito y la constitución de las diversas órdenes de monjes religiosos, para pasar a San Bernardo, al Císter y la caballería, mencionando nada menos que a Dionisio Areopagita en el siglo V, y también a San Agustín, para llegar a Alberto Magno, Santo Tomás de Aquino, y al Maestro Eckhart. En este punto, es importante la aparición de un ambiente iniciático, el de los místicos de Munich, que fue para Eckhart lo mismo que la orden de los Fedeli d'Amore para Dante. Asimismo, deberíamos recordar a los artistas medioevales (Nicolás Flamel, Basilio Valentino, Bernardo Trevisano) y al hermetismo cabalístico cristiano: Raimundo Llull, Nicolás de Cusa, Marsilio Ficino y Pico de la Mirándola. También a Jacobo Boehme, Cornelio Agripa, Francesco Zorzi; y los magos isabelinos, hasta Robert Fludd y los mencionados rosacruces.

De esta manera podríamos recorrer los ciclos de las historias particulares -inscritos dentro de otros más amplios y establecer las legítimas vinculaciones y las relaciones insospechadas de todo tipo, entre diversos acontecimientos sin conexión aparente, que nos harían ver y conocer otra historia. Y ese es el valor que en verdad tiene la historia de los personajes y los pueblos, el de poder ser tomada como un código de señales significativas o significantes, como un discurso salpicado aquí y allá de detalles reveladores. Un lenguaje criptográfico, que pudiera irnos dando una especie de espectro o panorama -de encuadre en el tiempo-, en el que leyésemos como en un libro abierto, el libro de la vida, cuya lectura ha de llevarnos a la inmortalidad a través del conocimiento de los ciclos universales, análogos a los ciclos de los hombres.

El conocimiento de "otro tiempo" en verdad está incluido en la ordenación o iniciación hermética, que supone la vivencia directa de una cosmogonía y la iniciación en sus misterios. Y sólo se lo ha querido traer aquí para mostrar el influjo espiritual de la tradición hermética, bajo distintas formas, hasta nuestros días, en Occidente. Incluso el cristianismo ofrece una posibilidad, motivo por el cual las personas interesadas en este tipo de temas a los que nos estamos refiriendo, no tienen necesidad de acudir a tradiciones extrañas a la suya, aunque de ninguna manera debieran desecharlas, pese a la dificultad que algunas veces se tiene de identificarse con ellas. (11)

El alquimista y el astrólogo trabajan solos. Así se los puede ver en numerosos grabados de la iconografía hermética. O bien estudiando, meditando u orando, cuando no absortos en la contemplación de sus hallazgos (12). La obra hermética se produce en la interioridad del athanor (analógicamente, del templo del hombre). Lo cierto es que esta tradición propone el conocimiento mediante el estudio de la cosmogonía. Estudiar las leyes cosmogónicas no supone la erudición literal, o el cómputo de detalles banales, que para estas disciplinas son cosas secundarias, si no a veces entorpecedoras. Conocer la cosmogonía supone ser uno con ella. Estar vivo o haber nacido al verdadero estado humano. Este hecho asombroso incluye una pérdida y un hallazgo de identidad, una muerte y una resurrección, que se realizan innumerables veces en varios años, en el athanor del alquimista, su interioridad. Y le da también la materia con qué seguir trabajando en este proceso alquímico, llamado también de iniciación en la senda del conocimiento y de la vida real.

Conocer una cosmogonía significa vivir el mandala tridimensional del cosmos. Comprender la revelación de un universo y sus leyes, absolutamente diferente del que nos fue enseñado. Donde los valores son tan otros, que únicamente pueden ser percibidos por medio de una total conversión psicológica. Este proceso necesita de un orden y de un trabajo. No sólo tiene enormes riesgos de desviación de muchos tipos (los cuales, generalmente, son parte del proceso), sino que puede resultar casi imposible de realizar, por indefinidos motivos. Se dice que es difícil, pero no imposible. En el camino pueden quedar, entre otras cosas, la salud, la fama y la honra, es decir, toda seguridad. Pero la recompensa es la identidad, el conocimiento, el ser. El aprendiz de alquimista está dispuesto a la realización espiritual, que incluye el conocimiento vivo de las leyes del cosmos, en definitiva, el conocimiento de sí mismo, y de la realidad, del orden, de la vida. Recibirá, pues, lo que ha deseado, siempre que su trabajo sea paciente y sacrificado (13) y pase las pruebas de los héroes mitológicos. Debe llevar su trabajo hermético a todo nivel en su vida y su cotidianeidad, pues se trata de la recuperación de la luz -la lucidez-, utilizando el emotivo fuego de la sangre. El estudio de las disciplinas herméticas y de los textos mágicos, se alternará con la constante meditación y el trabajo interno, sagrado, y se sorprenderá entonces de verse cada vez más extranjero en el mundo de las causas y efectos (14). Ese espacio interno podrá albergar las estructuras con las cuales construir un nuevo cosmos, o mejor, las descubrirá en sí mismo y manifestándose por doquier. Podrá entonces vivir de la mañana hasta la noche -y en sus mismas horas de reposo- un nuevo mundo, cada vez más asombroso, cuya característica es la riqueza y también el esplendor. Siendo tanto lo que tiene en las manos, ha de tomar conciencia entonces de su responsabilidad con respecto a sí, y advertir que no ha sido por su mérito, ni un descubrimiento propio, lo obtenido, sino que simplemente eso es así, y que, además, a él no le pertenece. Y es más aún, reconocerá que su personalidad, tal cual la imaginaba, no existe. Debe entonces procurar manejarse con las estrategias propias de las artes marciales y equilibrar constantemente el recorrido de su camino, el manejo de su vehículo. Este arte requiere una manipulación delicada y es probable que se aprenda a golpes; al menos se trata de una ciencia de fuertes contrastes. Pero, perseverando hasta el fin, logrará vivir en un mandala vivo, espejo del cosmos, donde toda cosa tiene significado, en las tensiones y matices propios de la armonía y el orden de lo creado, y de su sustento invisible y arquetípico. Habrá conocido la cosmogonía, y luego del bautismo lunar de Juan, de agua (de la ciencia de la escuadra), y de haber recibido el bautismo solar de Jesús, de fuego (de la ciencia del compás), y cuando haya culminado este último proceso, entonces podrá decirse que ha comprendido la esencia de la tierra y el cielo, lo que es simultáneo con su llegada al centro y equivale a estar ya listo para empezar su ascenso vertical, pues ha finalizado con los misterios menores.

Se trata pues de una senda mágica, donde los mismos vehículos son reveladores. (15) Y cuando nos referimos al término magia, va de suyo que no estamos hablando de ninguna cosa de tono menor, donde los siempre mezquinos intereses personales están en juego y la mera individualización fenoménica es valorizada de acuerdo a patrones modernos y materializados. Nos referimos a algo muchísimo más sutil y poderoso: la auténtica estructura invisible del espacio y el tiempo, intuida directamente, que no es ya algo exterior o ajeno a uno mismo y al todo. Entre otras razones, se dice que el pensamiento analógico es mágico, porque las asociaciones y correspondencias que él provoca nos enseñan a pensar, nos hacen saber de qué se trata el oscuro recuerdo del conocimiento. Y nos transforma en verdaderos seres inteligentes, al hacernos partícipes de la naturaleza de nuestra identidad. Esta transformación psicológica, y la fenomenología que le corresponde, es mágico-teúrgica. Por otra parte, existen sistemas iniciáticos especialmente diseñados para transmitir estas verdades del pensamiento analógico. Estos métodos están cargados con el influjo espiritual de quienes los han dado a luz y con la energía de todos aquellos que han meditado en ellos. Para eso han sido construidos -así como cualquier texto revelador o sagrado, que sin este fin no hubiera sido escrito- y se confía en su poder simbólico y sintético, que nos manifiesta la cosmogonía a través de un mandala -o juego de estructuras- para hacernos partícipes de ella, utilizando códigos y símbolos como el árbol de la vida Sefirótico o el juego del Tarot.

De esta manera se transmite la energía espiritual de la revelación y la persona que está en condiciones de comprender podrá oír las voces y el llamado de la Tradición y efectivizar su iniciación, es decir, comenzar el camino del conocimiento. Para ese entonces seguramente la mayoría de los candidatos han conocido bastante el mundo que los rodea, y de una u otra manera, se han desilusionado de él; han tocado fondo con respecto a lo que la sociedad actual puede ofrecerles como atractivo, sobre todo en lo que toca al plano de la realización del auténtico ser. Es decir, que han efectuado un trabajo de depuración y selección con respecto a sí mismos, y esa búsqueda los ha traído a los temas de la tradición hermética, que casi nunca se encuentran de forma casual. A partir de un momento determinado -para el que hay que estar preparado internamente- se produce el comienzo efectivo del proceso de conocimiento. Las pruebas iniciáticas son posteriores a ese punto y se las asimila al paso por el laberinto. Las dificultades que cada aspirante haya encontrado hasta el momento de la iniciación, deben tomarse sólo como circunstancias preparatorias, por graves o significativas que fuesen.

De aquí en más se va articulando un proceso que, transpuesto al plano de lo temporal, ha de verse necesariamente como sucesivo y gradual, y que comprende el conocimiento de siete, nueve, o más estadios (16), según las diferentes tradiciones, y que se simbolizan en forma de pirámide en el espacio, o bien, en el plano, con la espiral -o la doble espiral- o con un juego de círculos concéntricos (los unos dentro de los otros), que pueden sintetizarse en tres grandes círculos o niveles, correspondientes a los grados de aprendiz, compañero y maestro, y a los subgrados que hubiese entre uno y otro de estos estadios.

Estas cosas son bien sencillas de comprender, aunque no tanto de experimentar honestamente, motivo por el cual cantidad de personas no han hecho sino confundirse y confundir al respecto, amparándose en la ignorancia de los demás, constituyéndose en verdaderos impedimentos de la iniciación de los puros (l7), haciéndose de esta manera cómplices de fuerzas muy oscuras, que no nos atrevemos a calificar, pero que pueden formar parte de este proceso y también troncharlo definitivamente. Nos referimos expresamente a aquellos que niegan la posibilidad de la encarnación del conocimiento, a través de un desarrollo, y repudian de ese modo la divinidad del Cristo interno, contra la unánime opinión de las tradiciones. Son esas mismas personas las que, al no sentirse cualificadas para esa empresa, se permiten juzgar a los demás de acuerdo a la chatura y mediocridad de sus patrones, motivo por el cual se condenan a sus propias limitaciones, sin que por eso su deseo de dañar, y de hacer el mal, sea menos notorio. Cosa curiosa, este tipo de seres son moralistas y ciertas veces pretenden conocer algo del proceso iniciático. Son enemigos tan embozados como pueriles, que piensan que la iniciación es una ceremonia física, donde un extraterrestre impone las manos sobre un pobre ignorante y éste se transforma inmediatamente en superman. La iniciación sería, para estas personas, un diploma debidamente certificado y garantizado por una religión oficialista, un premio por buena conducta y puntualidad, una gratificación otorgada al mérito. Tengamos mucho cuidado con los que "saben" acerca de la doctrina, el misterio y la iniciación, falsos doctores de la ley que condenan el proceso de amor y pasión cristiana. Esta gente suele ser la misma que aquellos otros oscuros sacristanes de vocación, que pretenden ser "buenos" y "piadosos", por la bondad y la piedad misma (l8), haciendo verdaderas competencias para medir quién es el mejor y el mayor entre ellos, llenándose todos de una satisfacción soberbia, húmeda y pringosa. Estos personajes, insignificantes en sí, pueden hacer grave daño, repitámoslo, legalizándose tras una ortodoxia mentida y una ubicación y un conocimiento falsos; y el aspirante debe saber que son enemigos de su evolución espiritual, a los que tiene necesariamente que vencer, en el plano de las ideas, porque es probable que sean parte de las pruebas de su recorrido y no sólo personas inocentes y equivocadas.

Asimismo, hay otra especie que puede encontrarse a lo largo del proceso y que, junto con la anterior, constituye un bloque muy marcado, que tiene de común con ella el fingimiento, aunque el aprendiz ha de saber que innumerables peligros le aguardan en forma de muchos personajes, que no son sino la proyección externa y social de sus egos internos. Se trata, en este caso, de aquellos que entienden que dominar las pasiones es ocultarlas (19). Además, siempre con segunda intención, íntimamente asociada con el poder. Y no se permiten la menor demostración de sus emociones, procediendo con la "habilidad" de los jugadores de poker de gentes con "agallas", que actúan con "sangre fría. (20)

Con muchos conceptos acontece lo mismo que con estos personajes, o egos, y son auténticos riesgos. Sin ir más lejos, con toda la terminología actualmente en uso, que corresponde a una lectura literal y materializada de las palabras y los términos, con respecto al sentido con que fue ron concebidos. Esta confusión, este impedimento, no es un hecho aislado, sino que, por el contrario, constituye una muestra de la degradación cultural general de la sociedad moderna, cuyo jefe, es necesario nombrarlo, es el príncipe de este mundo, que, como tan bien se ha dicho, no sólo es un monstruo del mal y la falsedad, sino que, por sobre todas las cosas, es un auténtico estúpido y un mentiroso. Personaje que todos llevamos dentro y que nos hace vendernos constantemente por un plato de lentejas.

Por lo tanto, nada tiene de irregular un proceso iniciático que se realiza por medio de las enseñanzas, instructores y maestros de la tradición hermética -como tampoco otro que se efectúe por la judía, cristiana, o islámica- y que se desenvuelve en forma normal, pese a las dificultades, sinsabores y paradojas de todo tipo, propias de esta vía mágico-teúrgica –en la que se trabaja casi siempre en forma solitaria-, aunque su realización se produzca en un medio tan irregular como el mundo moderno. Y es necesario advertir, a las personas a quienes comienzan a sucederles ciertos hechos referidos a la apertura de su conciencia y les nace compartirlos, que deben tener cuidado, porque estas cosas son peligrosas. Pero, también pudieran sentirse lo suficientemente seguras como para vivirlos con otros, u otro, entre los cuales se encontrará el Espíritu, según se dice en los evangelios. Igualmente, se afirma que: "buscad y encontraréis", y, asimismo, un adagio hermético asegura que: "cuando el discípulo está, aparece el maestro". Este último, si la actitud es adecuada, surgirá de todas maneras. Es conveniente aclarar, por un lado, que nadie puede agregar un sólo codo a su estatura, motivo por el cual ha de llegar hasta donde puede y debe, en el recorrido de la vida y el conocimiento. Por otro, que al aspirante, a pesar de sus múltiples méritos, todo le ha sido o le será enseñado. Que ningún hombre puede ni podrá conocer estos secretos, ni descubrirlos por sí mismo, si no es por revelación y por su participación en una cadena iniciática, con la que se enlaza. La vía que aquí se propone es la simbólica de la tradición hermética y su relación con la simbólica y la mitología universal. Donde un símbolo o mito no resulta claro, en tal o cual contexto, se busca la analogía correspondiente en esta o aquella tradición. Las transposiciones y relaciones que se efectúan con los símbolos constituyen gran parte del trabajo hermético. Un símbolo chino, o precolombino, puede iluminar inmediatamente un símbolo europeo y de esta manera constituirse en parte integrante de un juego de relaciones, de ideas, que si no fuese por su participación, no pudieran efectuarse. Debe recordarse, una vez más, la energía-fuerza atribuida a los símbolos en general y a los de la tradición hermética -en este caso particular- y a su irradiación mágico-teúrgica. También debe prestarse atención completa a los textos de los sabios, hierofantes y magos, que actúan de una manera especial, entre quienes son capaces de recibirlos, y los conducen al jardín del paraíso, o estado adámico, restituyéndolos al andrógino original. En todo caso, debemos señalar, para finalizar, que seguramente es muy beneficioso el transitar específicamente una tradición religiosa determinada, y practicar el rito exotérico correspondiente. Pero de ninguna manera es imprescindible, pues los misterios de la tradición hermética -que no es religiosa- y la iniciación en los mismos, no sólo constituyen el patrimonio vivo de Occidente, sino también, acaso, su razón de ser, como un gesto, o un color, en el espectro de la historia humana.

NOTAS:

  1. No confundir con la estrechez y el fanatismo de lo dogmático.
  2. Del latín tradere: transmitir.
  3. Al que míticamente se le suele atribuir la paternidad del código del Tarot. El ave Ibis es uno de sus símbolos.
  4. Conocer = co-nacer. En francés es más evidente: co-naitre.
  5. Pensamos que no debe asociarse los misterios menores con el budismo hinayana y los mayores con el mahayana. El hinayana designa el pequeño vehículo y significa la vía que el adepto, o el monje, efectúa por sí y para sí. El mahayana o gran sendero, es la realización que no se produce ' hasta que la última yerba sea redimida", es decir, la que se alcanzaría conjuntamente con todos los seres sintientes Esta diferencia no cabe entre los misterios menores y los mayores Tampoco que los misterios menores correspondan a lo que ha dado en llamarse la vía húmeda y los mayores a la vía seca. Ni que los primeros sean lunares y los segundos solares. Los misterios menores corresponden a la totalidad de la obra alquímica y a la astrología y, por lo tanto, a la vía lunar y a la solar, la obra al blanco y la obra al rojo, los pequeños y los grandes viajes. En los misterios mayores, la idea de viaje, y aún la de movimiento carecen de sentido.
  6. Algunos toman específicamente el año 1492 como encrucijada de este fenómeno histórico. Efectivamente, en esa época se unifica la España católica, se descubre América y son expulsados los moros y los judíos (e incluso los gitanos) de la península Ibérica. Este tema exigiría un largo desarrollo, que alguna vez intentaremos.
  7. De más está decir, que esta degradación también afecta a la Tradición Hermética, que en muchos casos ha degenerado en parodias e instituciones pseudoespiritualistas, ocultistas, teosóficas y en toda suerte de fraternidades y cofradías que han usurpado determinados conocimientos, rebajándolos a la trivialidad de su lectura literal. Lo mismo acontece con los nombres y terminologías de la auténtica tradición, con los que se comercia en forma descarada, cuando no "filantrópica".
  8. ¿Quién es Platón?, nos hemos preguntado varias generaciones de lectores.
  9. Todavía existe el esoterismo dentro de esta forma tradicional, y no exclusivamente localizado en el monte Athos.
  10. Actualmente no es difícil conectarse con miembros o representantes de tradiciones orientales, ya sea viajando hacia ellos o asistiendo a cursos y ritos en distintas ciudades europeas o americanas. Especialmente maestros taoístas y zen budistas, así como lamas del budismo mahayana. Igualmente existen en Occidente taricas islámicas, entre las que podemos citar, en ciudades de lengua castellana, la de Granada (España) y Buenos Aires (Argentina). La tradición hindú es, desgraciadamente, la víctima más notoria de todo tipo de fraudes. Donde esto es más evidente, es en la propia India, y aun en ciudades sagradas como Varanasi Rischikesh y Harivard. Estos mismos peligros existen dentro de la Tradición Precolombina, o mejor, entre algunos que pretenden conocerla o aun representarla, lo cual no es el caso, por supuesto, de sus auténticos jefes, maestros, o de sus medicine men.
  11. A la contemplación se la puede vincular, en mayor grado, con la energía celeste, mientras que a la acción se la puede conectar, más directamente con lo terrestre.
  12. En el sentido de sacrum-facere.
  13. Interesa destacar la fuerza energética de la oración, su poder de concentración inmediato, la necesidad de la invocación incesante de los nombres divinos, su repetido recuerdo, su memoria traída constantemente al siempre Presente.
  14. Recordar los numerosos caballos mágicos, o que hablan, de las distintas tradiciones y folklores.
  15. En la tradición hermética suelen tomarse a veces como diez a estos grados, siendo los siete primeros los de construcción del ser o templo interno, el octavo de pasaje, el noveno de conclusión de la Obra, y el décimo, el de coronación de la misma o virtual salida del cosmos o de la perspectiva espacio-temporal simplemente humana, que se ha ido modificando poco a poco a lo largo del proceso.
  16. Los puros, los no compuestos ni dobles. Los valientes y generosos aspirantes al conocimiento. Nada que ver con las piadosas "hijas de María".
  17. Como los que desean ser ascéticos o estoicos, por la ascética y el estoicismo como fines, y no como simples vehículos o medios, que aparecen en el camino. Una vez más se hace de un relativo un absoluto.
  18. En lugar de utilizar ese fuego y domesticarlo, de tal suerte que facilite la transmutación.
  19. Son los chicos malos del paseo, o aquellos que ya "lo saben" o que confunden su megalomanía con la verdad. Su deporte es la constante manipulación.

 

CAPITULO V

DOS MODELOS SIMBOLICOS HERMETICOS:

El Tarot y El Arbol de la Vida Sefirótico

1

EL TAROT

La relación del simbolismo de la rueda con el Tarot resulta obvia. Efectivamente; la palabra "taro" está invertida silábicamente, y este nombre criptogramático no quiere decir sino rota, es decir, rueda.1 Como se sabe, el código simbólico del Tarot tiene orígenes medioevales (alquímicos, numerológicos, cabalísticos, astrológicos), aunque no es sino la forma actualizada -en su espacio y en su tiempo- que toma la tradición primordial para expresarse; como es también el caso de la cábala histórica, que nace en España en el siglo XIII con la aparición de las escuelas que dan nacimiento al Zohar, el libro fundamental en el trabajo cabalístico.2 El Tarot es también un libro que en lugar de tener páginas impresas con palabras, se expresa a través de símbolos estampados en una serie de planchas o cartulinas. En él se ordena una cosmología completa, y constituye un modelo del universo, análogo al mismo, construido con su misma estructura, de donde el poder mágico e iniciático que se les atribuye tradicionalmente. De todas formas, se trata de un lenguaje relacionado con el conocimiento, que se manifiesta a distinto nivel y de diversas maneras. El Tarot es ese lenguaje al manifestarlo y por lo tanto el vehículo que expresa una sabiduría que él mismo lleva implícita. Es un compendio de ciencia actuante, al ser el mensajero de una energía que le da su razón de ser, y que por cierto lo trasciende. Esto, sin tomar en cuenta su acción como promotor de imágenes y fecundador de visiones.

No es el caso de hablar en este trabajo sobre el Tarot en el sentido de dar una explicación sucesiva y una a una de sus partes, sino más bien sugerir, aclarar y ordenar su estrechísima relación con el simbolismo de la rueda cósmica. Lo mismo se pretende con la Cábala; en efecto, ésta también, a través del modelo universal llamado -como en otras tradiciones- árbol de la vida, nos da la visión de una estructura del cosmos válida para todo tiempo y lugar, así para lo más pequeño como para lo más grande. Este árbol, este diagrama, está compuesto por diez números, o "numeraciones", llamadas sefiroth, que son otros tantos estados de un ser Uno o el desarrollo de la multiplicidad manifestada del cosmos entero a partir de la unidad original.

Cada cosa tiene nueve reflejos de sí, dice la tradición cabalística, y esos reflejos o aspectos de la unidad original, sumados a ella misma (1 + 9 = 10), conforman un todo, o un ciclo completo, que es tanto el del universo entero como el ciclo particularizado de cada una de sus partes. El código simbólico de la aritmética de Pitágoras no dice otra cosa, y llama a este ciclo de los nueve primeros números, el de los números naturales, al cual pueden reducirse todos los números posibles. Este código básico numérico es fundamental, pues sintetiza todas las posibilidades de la serie y crea un sistema con el que es posible numerar todas las cosas. Numerar todas las cosas es darles vida, es nombrarlas. Y va de suyo que la aritmética a la que nos referimos dista mucho de su aplicación exclusivamente cuantitativa, que es casi la única que conocemos los nacidos en la sociedad moderna. Bien por el contrario, el código numérico expresa principios o ideas universales, que cada dígito manifiesta a su manera; y la misma diferencia que existe entre ellos (vgr. la unidad con respecto al binario, el binario referido a la tríada) no está sino señalando esta variedad conceptual, o las distintas modalidades de una misma energía, que es precisamente la descrita en la serie numérica.

Este modelo simbólico aritmético, que por otra parte es análogo y complementarlo con el código geométrico, nos brinda la indefinitud de las posibilidades numéricas, a través de todas las combinaciones posibles de los dígitos naturales entre sí, es decir, el universo numerable de lo innumerable o una serie de finitudes indefinidas. Este espacio cerrado y ordenado, aparentemente homogéneo, creado por el propio sistema aritmético o geométrico, sería la representación o la manera de aprehender y fijar al cosmos a través de una visión que tuviera o reflejara iguales características que el cosmos mismo, vale decir, que fuera su modelo. Lo que equivaldría a afirmar que los números originalmente son sagrados y de allí su carácter "mágico" recogido aún hoy por diversos folklores y, sobre todo, que son otra cosa distinta de la lectura que de ellos hacemos actualmente.

No es necesario insistir sobre el hecho de que la idea de número está asociada a la de módulo y a la de "medida"; asimismo a la de equilibrio y sobre todo a la de armonía, estrechamente ligadas a las ideas o conceptos universales que expresa la escala musical. Por otra parte, agregaremos que en la cábala hebrea cada letra del alfabeto -como en el esoterismo islámico y griego- tiene una correspondencia numeral. Y que juntos, letras y números, constituyen la ciencia de los nombres.3 Y así como en las relaciones mutuas y recíprocas entre los nueve primeros números se puede numerar todo lo numerable, así también con las veintidós letras o claves del alfabeto hebreo, combinadas entre sí, se puede nombrar todo lo nombrable. O lo que es lo mismo, el mundo entero, pues todo lo manifestado tiene nombre -el mismo hecho de su manifestación es una señal o nombre-, menos, claro está, lo que no puede nombrarse, lo que no tiene nombre, lo inmanifestado, lo que está más allá del propio código o lenguaje, y sin embargo lo que todo código, o lenguaje, o mundo, o sistema, en forma implícita no hace sino expresar, puesto que toda manifestación es una concreción, o una materialización, de la inmanifestación original. Tal el acto con respecto a la potencia.4

La traducción de la palabra hebrea kabalah es "tradición"; más especialmente usada en el sentido de "recibir algo", aceptar" (un mensaje o legado). Esa herencia no está referida a un depósito de letra muerta, ni a moralinas grupales, o a ritos vacíos de contenido, ni siquiera a usos y costumbres determinados, o a normas de conducta y formas de vida. No es la preservación de un folklore, ni tampoco la de una religión, y mucho menos la propiedad de un pueblo o cenáculo determinado, por más fanatismo que se ponga en ello. El verdadero eje tradicional y el auténtico legado, el tesoro que nos han dejado nuestros padres, los fundadores de los pueblos, es su concepción del mundo; el conocimiento de otras realidades que hoy no podemos ver los hijos de esta época, por estar como dormidos, muy confusos y enfadados, y completamente ignorantes. Y aunque la cadena iniciática se ha mantenido ininterrumpida hasta nuestros días, estos conocimientos parecen casi definitivamente perdidos, o preservados en forma muy oculta en pequeños grupos. Obviamente este legado -expresado por todos aquéllos que los pueblos han llamado sabios en todos los tiempos- no podría tener nada que ver con una versión literal de las cosas, como la que nos ha inculcado la pretendida ciencia contemporánea. Tampoco con una concepción empedernidamente materializada, lo que hace pensar en actitudes infantiloides. Menos aún con encuadres socio-políticos, económicos, sentimentales o competitivos, de cualquier género. Sólo podemos decir que la educación occidental contemporánea está diseñada para exaltar el ego. Y por la vía de creer que el sueño que es nuestra existencia, que suponemos una realidad única e imprescindible en el universo -así como que nuestros trajes, máscaras, disfraces, circunstancias, somos nosotros-, nos identificamos con eso y no advertimos que estamos condicionados, o solidificados, entre las cuatro paredes de un encierro, de una confusión, de un amorfo al que no se le encuentra salida. A poner fin a esa cárcel de la mente viene la tradición como un mensajero o intermediario (dios, arcángel, ángel, fuerza activa de la tradición misma), en este caso bajo la forma del código aritmético y geométrico, del sistema alfabético, del Tarot, del diagrama del árbol de la vida Sefirótico, o del modelo de la rueda cósmica.

Es importante insistir en que todos estos sistemas5 son modelos universales, y por lo tanto análogos a lo que representan; y que todos ellos han sido diseñados como vehículos para salir del cosmos mismo. O dicho de otra manera: que el conocimiento de una cosmogonía -no en forma "racional", sino asumiendo que la vida y nosotros somos eso-,6 la encarnación de ese conocimiento, la identificación con el universo -en el sentido de ser un sólo mundo o lograr un estado de virginidad primordial- son los pasos previos para arribar a lo que está más allá del cosmos, lo supracósmico. Eso es precisamente lo que afirman unánimemente las tradiciones: que su legado les ha sido revelado y que ellas lo transmiten; que su modelo cósmico les ha sido inspirado; y que el conocimiento de ese modelo -o sea, de todas las cosas-, no es propio, sino que por el contrario tiene orígenes no humanos, y los dioses nos lo han dado como un medio ordenado, una escala, para que la comunicación entre ellos y nosotros pueda ser posible. Esa escala, ese puente, ese eje, sería la tradición misma, que a través de sus estructuras, sistemas, modelos, ritos, símbolos, pudiera operar una labor de escisión o fractura y unir o ligar un espacio profano u ordinario con otro sagrado o significativo. Este es precisamente el objeto que se propone toda tradición particular y su razón misma de ser: el de establecer el contacto entre cielo y tierra, necesidad imperiosa que todos los pueblos han experimentado y realizado parejamente con el conocimiento de los secretos reveladores de la cosmogonía.

Esta realidad por cierto que nos toca, pues siendo todo aprendido, y además siendo nosotros lo que sabemos, los modelos culturales en los que nos hemos educado -y que han pasado a ser nuestra personalidad por identificación con los mismos- son un límite y un condicionamiento, por un lado, y una salida por otro, pues constituyeron originalmente una escala para trascender el espacio profano y arribar al conocimiento de otro espacio distinto. Tan diferente de él como lo que está "más acá" con referencia a lo que está "más allá". De allí también que se haya afirmado siempre y unánimemente que los orígenes culturales, es decir, la civilización de los pueblos (incluidos usos y costumbres, artes plásticas, danza y arquitectura, artesanía, poesía, agricultura, ritos, vestimenta, morales, normas de comportamiento, tabúes, etc.) reconoce filiación directa con el "más allá", con lo no humano, con los misteriosos dioses que pueblan y recrean el universo, como si fueran una tropa divina.

Esa milicia de energías invisibles lleva sin embargo nombres; la indagación de esos nombres nos conduce a su conocimiento, es decir, a la identificación con las energías que ellos representan. La ciencia de los nombres sería entonces el conocimiento de esas energías invisibles y específicas que conforman el mundo. Y a través de este conocimiento llegaríamos a la sublimación de estas energías, hasta su identificación con lo que no tiene nombre (de lo audible a lo inaudible), aquello que nadie ha visto jamás, ni jamás podrá ver -pues su aprehensión no tiene nada que ver con los sentidos- y de lo que no se podrá nunca tener una imagen posible. Y no porque no pueda expresarse por dificultad del que lo enuncia, o incomprensión del que lo escucha, sino por su propia naturaleza (si así pudiera decirse) no humana, que hace que cualquier traducción llevada al plano humano, sea apenas un reflejo y por lo tanto también una inversión, cuando no una proyección más o menos distorsionada. En realidad esos dioses o nombres divinos no son otra cosa que la expresión de principios universales. Y su conocimiento sería simultáneo a la identificación con las energías que ellos simbolizan, o, expresado de otra manera: con la encarnación de las emanaciones que ellos nombran o enumeran.

Este proceso de conocimiento, o la iniciación en la ciencia, o en el arte, transforma a quien lo realiza. Y por la vía de esa transmutación de energías, va ascendiendo peldaños en la escala cognoscitiva, ordenadamente, haciendo estaciones en su ascenso, que simbolizan determinadas energías cósmicas cada vez más amplias en el largo camino hacia la propia evolución por medio de un nuevo aprendizaje. Puesto que si todo es aprendido debemos demoler lo que ha constituido nuestra ilusión acerca de la "personalidad" que poseemos -sacada de aquí y allá, fruto de] azar y absolutamente condicionada por situaciones geográficas, históricas, políticas, religiosas, raciales, económicas, sociales, culturales, físicas, nacionales, provinciales, familiares, etc.- y construir una nueva estructura (dejar el hombre viejo y aceptar el hombre nuevo) a través de la cual se pueda aprehender el conocimiento. Destruir para construir. Aunque en verdad este proceso doble es simultáneo, pues al desprendernos de ciertas cosas damos lugar al espacio mental necesario para aprender otras nuevas, o dicho de otro modo: se asume el hecho de que a una acción sigue una reacción, y que éste es el rito fundamental de la vida. Este gradual proceso de d esa condicionamiento de una cultura, o mejor, de la forma de ver esa cultura, para aprender otra lectura de la misma -en todo caso mucho más ligada a su prototipo original, reflejo de un arquetipo eterno-, es equiparado a la búsqueda y a la obtención de la libertad. Y esto es lo que pretenden todas las tradiciones a través de sus modelos esotéricos. No otra cosa es lo que simbolizan el Tarot, la cábala y el modelo cósmico de la rueda.

En el caso del Tarot, éste consta de setenta y ocho láminas o cartas simbólicas, módulos que combinados y barajados entre sí crean un plano o enfoque de la realidad. Este punto de vista es variable pues es indefinido, ya que las distintas tiradas de cartas configuran , en cada una de ellas, una situación particularizada, análoga a la de cada punto de la periferia de nuestro modelo de la rueda en relación con la inmovilidad central. Estas imágenes que se crean simultáneamente con el plano de una tirada, conforman diversas situaciones o articulan un lenguaje en el que ellas se expresan y que todo aquél que esté dispuesto a oír escuchará. Para eso es previamente necesario el aprendizaje paciente y fatigoso de este código; pero él mismo se va revelando a medida que profundizamos en su interior.

Con respecto al árbol Sefirótico de la cábala sucede lo mismo: las relaciones y transposiciones, las combinaciones y articulaciones de las sefiroth7 que constituyen el diagrama del árbol de la vida, producen un campo o espacio horizontal, apto para que las energías verticales trascendentes, existentes en forma inmanente en cualquier código o manifestación, sean despertadas y produzcan una reacción que reviene sobre aquél que realiza un trabajo o se dedica al estudio, aprendizaje y conocimiento de estas energías prototípicas o ideas universales, expresadas por los números, las letras del alfabeto y las sefiroth.

El sistema simbólico-cósmico del Tarot, sus setenta y ocho cartas, se subdivide en tres paquetes llamados arcanos mayores, arcanos menores y cartas de la corte (a los que podríamos llamar grupo a, grupo b, y grupo c); y el número respectivo de estas láminas es de veintidós, cuarenta y dieciséis. Los arcanos mayores de por sí constituyen una introducción y una síntesis de este sistema. Sus veintidós figuras están numeradas en forma sucesiva de uno a veintiuno,8 quedando una carta final sin numerar (llamada "El Loco"), que tanto puede colocarse al principio como al final de la serie y que juega para algunos el papel de cero y en todo caso el de principio y fin: el alfa y el omega de todo esquema circular, cerrado en sí mismo, como es el modelo de la rueda cósmica. Estas cartas tienen nombre diferente y un símbolo gráfico distinto para cada una de ellas.

Están luego los arcanos menores, que constituyen también un todo separado, pese a su ensamble con los otros dos paquetes de cartas. Su número es de cuarenta naipes, en una serie que va de uno a diez, y que admite cuatro colores o señales en su clasificación, llamados bastos, espadas, copas y oros. Esta serie de uno a diez debe relacionarse con el sistema de Pitágoras y con las diez sefiroth o emanaciones divinas de la cábala.9 En cuanto a los cuatro "colores", están estrechamente vinculados con cualquier visión cuaternaria del ciclo, así sea ésta la del movimiento aparente del sol a lo largo del día, o del año, o el recorrido entero de un manvántara o ciclo de una humanidad. Asimismo se los debe ligar con los cuatro elementos y con los tres grados iniciáticos (aprendiz, compañero y maestro) en el proceso del conocimiento, que sumados al estado ordinario o profano, constituirán un circuito escalonado, análogo, como seguidamente veremos, a la división cuaternaria (en planos o mundos) que se aplica al diagrama Sefirótico. Por último queda un paquete de dieciséis láminas, que se dividen en los mismos cuatro colores que los arcanos menores: bastos, espadas, copas y oros, pero que también está diferenciado por una jerarquía cuaternaria, simbolizada por el rey, la reina, el caballo o caballero, y la sota o valet. Los cuatro colores y las cuatro jerarquías deben relacionarse con los mundos o planos cabalísticos, así como con toda referencia al número cuatro, a la cruz y al cuadrado, que son los que enmarcan y limitan un plano o mundo al fijarlo, manifestándolo, creándolo de esa manera. A continuación veremos otras relaciones mutuas entre el Tarot y la cábala.

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EL ARBOL DE LA VIDA SEFIROTICO

En cuanto al diagrama del árbol de la vida, éste tiene un diseño10 que es susceptible de ciertas diferenciaciones. Tradicionalmente se lo divide en cuatro planos horizontales, o mundos, llamados olam ha'Atsiluth (emanaciones), Beriyah (creación), Yetsirah (formaciones) y Asiyah (que da origen a la manifestación y a la concreción material).11 Al principio corresponden las sefiroth Kether (corona), Chokhmah (sabiduría), Binah (inteligencia); al segundo las de Hesed (gracia), Din (juicio), Tifereth (esplendor); al tercero Netsah (victoria), Hod (gloria) y Yesod (fundamento); y finalmente al cuarto sólo Malkhuth, la mujer del rey, la que recibe y concreta el legado, la tierra, o el mundo en su sentido más amplio, la manifestación universal, percibida por los sentidos, que ha podido ser gracias al proceso que describe el modelo Sefirótico.

También surge naturalmente del propio diagrama su división en tres planos verticales, visualizada tradicionalmente como tres columnas, Una central, neutra, axial, que es el eje visible de las otras dos y es llamada pilar del equilibrio, o del medio, estando constituida por Kether, Tifereth (el centro o corazón de todo árbol), Yesod y Malkhuth. Simétricamente, a cada uno de sus lados se hallan dos pilares o columnas, a los que se atribuye la energía activa y la pasiva, también designadas como la columna de la gracia o del amor, y la columna de la justicia o del rigor. La primera constituida por las sefiroth Chokhmah, Hesed y Netsah y la segunda por Binah, Din y Hod. También puede ser imaginado como una puerta, símbolo que, como el caballo, la nave o el puente, indican el traslado de un espacio a otro.

Por el árbol de la vida se desciende desde la unidad central, o mejor, desde la primera manifestación, Kether (la corona), a la multiplicidad periférica de lo manifestado, Malkhuth, la materialización de ese energía. De esta manera se crea un circuito cerrado (1+ 9 = 10), que lleva implícita la idea de que esa energía, una vez alcanzados sus límites, retorne a su fuente original (10 = 1 + 0 = 1).12 Perpetuamente, las energías del cosmos ascienden y descienden entre el cielo y tierra, desde su calidad más fina hasta su forma su forma más grosera. Este proceso se realiza de manera simultánea, lo que realmente incluye el hecho de que se efectúa en todas las cosas, o seres, y en distintos grados o mundos.

La idea de que podamos ser parte de un ser humano gigantesco y primigenio, de que nosotros seamos una célula sanguínea de ese hombre (o que nuestro sistema solar sea esa misma célula) no es ajena a la cábala. Por el contrario, a ese ser se le denomina Adam Kadmon y su múltiple desmembramiento conforma el universo, como es también el caso del Osiris egipcio, del Dionisos Zagreus de los griegos, y de otros muchos mitos cosmogónicos. Ese universo de módulos, números, letras, estrellas, miembros, no es sino un símbolo manifestado de lo inmanifestado y las claves para llegar de la manifestación a la inmanifestación.

El descenso de las emanaciones divinas que se concretan en la creación cósmica está sucediendo en este momento y el hecho de que el mundo sea tal cual cosa, para la mentalidad moderna, o que de acuerdo a nuestro punto de vista percibamos esto o aquello, es completamente indiferente al proceso de la creación universal, que es perenne, aun visualizado desde el punto de vista horizontal; simultáneo, desde la proyección vertical.

Este laboratorio, que es el mundo, ha sido descrito también como un caldo de cultivo en el que se cuecen diversas energías, se solidifican las más densas, se volatilizan las más sutiles y buscan un espacio más allá de las estructuras que las contenían.

En el árbol de la vida, tres energías o principios interactúan constantemente entre sí. Uno es activo, el otro pasivo, el tercero neutro. El activo se opone al pasivo y el pasivo al activo, pero no se excluyen, sino que se complementan. El neutro es aquel punto donde el activo y el pasivo dejan de ser tales. Una energía latente que existe en todas las cosas, verdadero factor de equilibrio, y proyección vertical del eje del cielo sobre el plano horizontal de la tierra. Es el pilar invisible, o eje, a partir del cual han sido creadas todas las cosas y al cual todas las cosas retornan. Lugar de paz; la lucha y el desequilibrio han llegado a su fin.

Esta lucha y complementación perenne (Yin y Yang) a que está sometido el proceso de la vida y el hombre mismo, es expresada en la cábala no sólo por la división ternaria del modelo del árbol cósmico, a la que nos estamos refiriendo, sino también con la teoría del Tsim-Tsum. 13

Si el mundo entero fuese una exhalación, o un sonido, o la emanación de la luz, también tendría esta división ternaria, que se produce en cuatro campos, o planos, o "lecturas" diferentes de un hecho o cosa, si así pudiera decirse: o sea, una visión de mundos "paralelos", o simultáneos, o diversos estados de un ser universal. Hay entonces cuatro árboles de la vida o cuatro maneras distintas de ver el mismo árbol. Uno es el modelo del árbol cósmico visualizado a nivel de Atsiluth, el mundo de las emanaciones primigenias de las que nada puede saberse desde el plano del conocimiento ordinario. El segundo sería el diagrama del árbol en el plano de la creación (Beriyah), signado con el número cuatro. El número cuatro es tomado siempre como número de la primera manifestación o primera creación.14 El tercero es el diagrama a nivel de las formaciones cósmicas (Yetsirah). Estos tres primeros serían invisibles y estarían Incluidos en el cuarto, pues a decir verdad, este último no es sino una materialización de aquéllos y corresponde a la manifestación cósmica en su grado físico, corporal o sensorio.

A su vez, un modelo cósmico, a un nivel de lectura (o un árbol visualizado en tal o cual plano), incluiría también la posibilidad de otros tres planos o niveles.15 De hecho, si cada cosa tiene nueve reflejos de sí misma, cada sefirah incluiría un árbol Sefirótico dentro, y así con cada uno de ellos indefinidamente. Esta multiplicación no se produce sólo en el plano, sino que también es volumétrica y se proyecta en las seis direcciones del espacio: norte, oriente, sur, poniente, zenit y nadir, oponiéndose dos a dos como las caras de un cubo, teniendo a Tifereth (esplendor o belleza) como centro o eje, proyección de la vertical en la horizontal, punto neutro o corazón del árbol.16

En ese mismo sentido, indicaremos que el modelo del árbol tiene relieve, pues admite tres lecturas de sí mismo, que sumadas a la vulgar o profana, nos darán la idea de profundidad, más allá del plano.17 Eso es, por otra parte, lo que expresa la diferencia entre cuatro colores y también entre cuatro jerarquías. El modelo cósmico simboliza en pequeño, lo que el original es en grande, de donde es sencillo inferir que lo manifestado, el universo entero, tenga cuatro lecturas o cuatro grados jerarquizados de sí mismo, siendo la existencia material, solidificada, un mero ropaje, O forma, o modo, que toma una corriente de energías al "concretarse". De donde puede observarse que el Tarot, y su interrelación con el modelo Sefirótico, es una cosa bien distinta -y no tan fácil- de aquella visión que lo encuadra en un juego, o en un procedimiento predictivo, en el sentido más literal aplicado a estos vocablos.18 Con el árbol de vida de la cábala sucede lo mismo. Y estos mandalas que refulgen con las luces del cosmos, ignoran completamente las especulaciones de tono menor, teñidas de carácter utilitario, donde los problemas personales están siempre de por medio.

La cábala, el Tarot, el modelo cósmico de la rueda, son sólo vehículos de conocimiento. Y si bien el conocimiento se expresa a través de ellos (para nuestra realización), ellos mismos no son el conocimiento. Son el puente,19 el pasaje, el navío, que nos conduce de un espacio a otro espacio; pero nunca un objeto de adoración o de devoción, en el sentido que se da a estos términos hoy en día.

Una vez que el caballo nos ha llevado al término del viaje, nos despedimos con todo agradecimiento y cariño de él, y por mejor caballo que sea, lo dejamos, pues la función de nuestro vehículo ya se ha cumplido al finalizar el recorrido. No es posible tomar lo relativo por absoluto, por más que sea lo que se nos ha inculcado en este mundo de enormes minucias, de anécdotas e historietas, siempre "trascendentales" para lo que llamamos "nuestra vida". Tomamos las superficies brillantes y pulidas por lo que son las cosas en sí. Esta superficialidad nos impide ver que el cuerpo es el traje del alma. Y que esta última no es sino el vestido del espíritu.

Volviendo a los arcanos mayores del Tarot -en su relación con el modelo del árbol cabalístico-, señalaremos que esta serie sucesiva numerada de I a XXI, con el agregado de "El Loco" (cero), se puede ordenar de la siguiente manera: 0, 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, hasta llegar al ciclo completo de la serie, descendiendo por el árbol de la vida, desde Kether hasta Malkhuth,20 o en el modelo cósmico de la rueda, del punto virtual inicial a la multiplicidad de los puntos de la periferia. Y retornar desde el límite de la serie, o plano, hasta el centro o a la unidad original. Lo que nos daría, en el caso de los arcanos mayores, la siguiente serie de ida y vuelta, de descenso y ascenso, a través del árbol de la vida:

Correspondería entonces, a cada arcano del Tarot, una sefirah: "El Mago" (número uno), a Kether (número uno), y así hasta el décimo, arcano precisamente llamado "La Rueda de la Fortuna", identificado con Malkhuth, la sefirah número diez. En el ascenso el camino se emprendería ahora desde abajo, en forma inversa, y a Malkhuth correspondería asimismo la carta once, "La Fuerza". Yesod (que en el camino de descenso se equipara con la carta nueve, "El Ermitaño") coincidiría también con la doce, "El Colgado", y así sucesivamente. Quedarían dos cartas fuera del árbol de la vida, que serían la cero y la veintiuno21 y que simbolizarían el alfa y el omega, el principio y el fin, el punto de equilibrio y unión -y escisión- entre lo propiamente llamado vertical y el plano de su reflexión horizontal. Esta salida del cosmos, más allá de Kether -en Kether como Ain, para la cábala- y la reintegración con el mundo, es simbolizada por el arcano veintiuno,22 y es en definitiva la meta que posibilitan estos vehículos herméticos, que describen el movimiento desde el punto de vista de la inmovilidad.23

En el diagrama de la cábala, cada sefirah tiene un aspecto luminoso y otro oscuro. Uno mira a Kether y el otro a Malkhuth. Todo el árbol pudiera ser visualizado así, teniendo como centro a Tifereth, la superficie de las aguas. Esto vendría a ser precisamente la oposición (y complementarismo) de lo que vuela y lo que repta. Asimismo, cada sefirah de la columna activa ha de tener algo de la pasividad del que se le opone, y viceversa, para que esto pueda ser posible.24 Como se sabe, la tradición extremo oriental lo expresa diciendo que en cada energía Yin hay una Yang, y que en cada Yang una Yin. En el Tarot esto se manifiesta por el sentido "benéfico" o "maléfico" que puede tener tal o cual lámina. También por el hecho de que salgan al derecho o al revés con respecto al que consulta el oráculo. La Alquimia medioeval llamaba a este proceso disolución y coagulación (solve et coagula), siendo la primera expansiva o centrífuga (ad extra) y la segunda contractiva o centrípeta (ad intra). La unión o complementación de esos opuestos -en el centro o eje de la rueda, el lugar donde se resuelven todas las oposiciones- constituye al hermafrodita alquímico, o andrógino primordial.

Por otra parte, ya hemos dicho que los cuarenta arcanos, menores se reúnen en cuatro paquetes, conjuntos (o colores) iguales numerados de uno a diez. En éstos, el primero, llamado de bastos, comienza con el número uno de ese color y continúa con la serie hasta el diez. Con las siguientes series sucede lo mismo, van del uno al denario en colores -o palos- que como se sabe, son: bastos, copas, espadas y oros; y en la baraja francesa: trébol, corazón, pica y cuadrado o diamante. Corresponden a las diez sefiroth en los cuatro mundos o planos, y nos dan la inmediata idea de un diagrama cuádruple tridimensional. Mejor, de cuatro diagramas superpuestos, saliendo del plano y formando un conjunto volumétrico, una caja estructurada que da la imagen de una construcción perfectamente organizada en su totalidad.25 Igualmente, a cada número corresponde una sefirah, tocándole el número uno a Kether, el dos a Chokhmah, y así sucesivamente hasta el número diez, Malkhuth, en donde finaliza la serie. A cada color o palo, corresponde un mundo o plano del árbol. A bastos Atsiluth, a espadas Beriyah, a copas Yetsirah, y a oros Asiyah. Tomemos un ejemplo: supongamos que sacamos del mazo de naipes una carta que ella es el siete de copas. Por su número corresponderá a la sefirah número siete, Netsah, y como tal le cuadran todos los atributos y energías referidos a esta sefirah cabalística. Pero al mismo tiempo su color o palo nos está diciendo que esta baraja se refiere al plano donde esa energía actúa, en este caso el plano o mundo de Yetsirah. Esta carta entonces alude a un concepto,26 o a una energía denominada Netsah en Yetsirah, perfectamente específica y distinta a los otros treinta y nueve símbolos o cartas del conjunto, o paquete de los arcanos menores. Como ya se dijo al comienzo de este estudio, hay cuatro árboles diferentes, cada uno con sus diez sefiroth, que en el esquema cósmico de la rueda se explayarían, como los brazos de una cruz, hacia los cuatro puntos cardinales, teniendo a Kether como punto central común.27

Esta misma idea se representa también como un árbol prototípico (reflejo de un arquetipo o idea universal), en donde la vida tiene cuatro lecturas o colores distintos, visualizados en el diagrama plano como sucesivos, aunque de hecho son simultáneos. Es decir, que es ilustrada con el diagrama prototípico del árbol, dividido en cuatro porciones horizontales o niveles. Esta división cuaternaria se refiere también al hombre, ya que éste es una miniatura del cosmos. Y así como la vida tiene cuatro lecturas -que van de lo más superficial o externo, a lo más profundo o interno-, así también esta diferenciación se da en cualquier expresión sujeta a los límites del tiempo y el espacio, como una jerarquía (y por lo tanto una sucesión), en la que lo más alto correspondería a los orígenes y lo más bajo a la actualidad. En realidad, lo que acontece es que ciertas energías verticales y simultáneas son transferidas o traducidas a otras horizontales y sucesivas, y se manifiestan sensiblemente al nivel de éstas.

El modelo macrocósmico del árbol asimismo puede ser equiparado a lo microcósmico y humano (recordar la versión cabalística en donde el cosmos es un ser gigantesco) y ser referido a la estructura física del hombre. En este caso, la cabeza de dicho hombre estaría compuesta por las sefiroth Kether, Chokhmah y Binah, correspondiendo a estas dos últimas el ojo derecho y el izquierdo, respectivamente, y asimismo los hemisferios cerebrales en su división binaria. El tronco estaría compuesto por Hesed, Din y Tifereth, siendo las dos primeras los brazos derecho e izquierdo; y la tercera, el corazón y el plexo solar hasta el ombligo, así como todos los órganos contenidos en la cala torácica.28 Netsah y Hod serían la pierna y cadera derecha y la pierna y cadera izquierda. También estarían accionando en la zona ventral y sus órganos internos, mientras que los genitales corresponderían a Yesod. Finalmente Malkhuth, única sefirah del plano de Asiyah está emparentada con los pies.29

Además de esta analogía microcósmica física, el árbol prototípico tiene correspondencias macrocósmicas y astrales. En efecto, cada sefirah puede ser vinculada con un astro (o dios, para otras tradiciones) en un universo en cambiante sucesión de energías, la mayor parte de las cuales son invisibles (o "angélicas"), ya que la única que simboliza la concreción o tierra -la receptividad divina procreando-, el cosmos físico manifestado, es Malkhuth, la cristalización y solidificación prohijada por la energía pasiva, capaz de recibir toda la vibración de la vida y materializarla. Para nuestra época estas correspondencias astrales pueden atribuirse de esta manera: Saturno a Binah, Júpiter a Hesed, Marte a Din, el Sol a Tifereth, Venus a Netsah, Mercurio a Hod y la Luna a Yesod. Esto nos lleva a una estrecha relación con la alquimia, pues para ésta, los minerales con que trabaja son también las energías de los astros madurados en las entrañas de la tierra.

Es muy importante destacar que el modelo del árbol de la vida está invertido. En efecto, todo árbol "normal" tiene las raíces en la tierra y sus frutos son aéreos. El modelo cósmico del árbol Sefirótico, tiene sus raíces en el cielo -Kether-, y sus frutos son la concreción de la vida en la tierra -Malkhuth, la inmanencia divina- lo que nos hace pensar que nosotros, como seres manifestados, estamos invertidos con respecto a las emanaciones de la deidad.30 Además, esta inversión, que se produce en el plano propiamente humano a través de los sentidos, es, por otra parte, una clave en la estructura del modelo del universo. Resulta muy clara en el símbolo de la estrella de David o sello salomónico que, como se sabe, consta de dos triángulos equiláteros entrelazados y opuestos, que configuran el símbolo típico de la analogía. Por otra parte debe advertirse que las energías de las sefiroth del árbol, interactuando e interrelacionándose entre sí, son las que finalmente conforman el cosmos, haciendo que todas las cosas se desenvuelvan en un perfecto orden y disponiendo los cuerpos celestes y terrestres en armónicos movimientos. Este equilibrio universal es actualizado por intermedio de las energías angélicas llamadas ofanim (ruedas) y sus gravitaciones en espiral conocidas como remolinos (galgalim).

Ahora bien, la encarnación de estos conocimientos cosmogónicos, referidos a otras maneras del espacio y el tiempo, y su aprehensión, es decir, el acceso a otros mundos que están presentes en nuestro mundo ordinario31 -aunque en forma oculta-, es trabajo que puede realizarse con el modelo del árbol cabalístico y el Tarot, que para eso han sido diseñados, en correspondencia análoga con el cosmos. La enseñanza sugiere estudio y meditación, y también silencio. Internalización de las energías del árbol de la vida, expresadas por las sefiroth, por la determinación de ciertos atributos divinos. Y llevar el trabajo que se realiza con ese árbol de la vida, a la cotidianidad.32 Este diagrama es el modelo de todas las cosas, y por lo tanto está ahora y siempre presente. Es para nosotros una herencia del pasado que se actualiza al revivir las energías que se encuentran en él contenidas, lo que equivale a despertar a los dormidos símbolos que comienzan misteriosamente a vislumbrarse, a resonar en el interior de uno mismo, y que establecen una especie de "puente", o vehículo axial, para pasar de un espacio a otro espacio, o de un mundo a otro mundo.

Y es por ese mismo eje central, que vincula a todos los planos o estados que tiene un ser en sí, por donde se conectará con lo supracósmico. Entendiendo por esto no solamente lo que está "más allá" de las sefiroth de "construcción cósmica", sino también lo que excede al modelo del árbol mismo, lo cual se halla simbolizado por Kether, que en su acepción más elevada es idéntico a Ain, el absoluto, la nada.33 Aunque esta sefirah en su aspecto más bajo -si así pudiera uno expresarse-, al ser la primera determinación, ya está condicionada por el ser.34

Esta salida del cosmos es lo que propone la alquimia, trabajando con el método de las transformaciones de las virtudes físico-simbólicas de la vida en su aspecto mineral, en correspondencia con el hombre y su psique.35 El sabio realiza su trabajo en el athanor u horno alquímico. Este artefacto es también un modelo del universo y su cuerpo consta de tres niveles horizontales superpuestos, en el primero de los cuales la "materia" densa penetra en el athanor y en el último, sale en forma de gases sutiles por un orificio superior que corresponde a la sumidad. En el simbolismo de la construcción, la puerta del templo o de la casa-habitación, cumple esa misma función de medio de paso, o de traslado horizontal de un espacio profano, u ordinario, a otro sagrado o significativo.36 Y también -como en el athanor- la salida es a través del eje vertical, simbolizado en el templo por el altar. o ara, como proyección de la cúpula en el plano. En la casa-habitación, esto se manifiesta por la chimenea u hogar, que es una salida al "exterior", a otro mundo o espacio que está "más allá" de aquél que el modelo cósmico, o constructivo, manifiesta.

En última instancia, este athanor, templo u hogar, no es sino la simbolización del hombre mismo y un reflejo central del eje universal, por el que a través de distintos niveles o planos, se va de lo más denso a lo más sutil, de lo más groseramente manifestado -por una transmutación, refinamiento o proceso evolutivo- a lo más etéreo, tal cual los gases con respecto a la materia solidificada. De la manifestación a lo inmanifestado. Como lo describe el modelo del árbol de la vida, que se corresponde con la división en planos horizontales del athanor, en relación con los mundos ya mencionados, de este diagrama cabalístico. Asimismo, en el simbolismo constructivo, en la figura de la pirámide o del zigurat, se notarán estos planos superpuestos desde la base hasta lo más elevado. Por otra parte -y para terminar- debemos decir que estos niveles o jerarquías se hallan expresados en la representación plana del modelo cósmico de la rueda por cuatro círculos concéntricos, que se ubican rodeando al punto original, y que son diversos escalones que van desde el movimiento hacia la inmovilidad, o viceversa, según sea el sentido de la lectura que se dé a la figura.

No es de extrañar pues, que la alquimia, como la cábala, el Tarot, la numerología, la astrología, la construcción, la magia, etc., se hallen tan estrechamente relacionados. Pues en verdad ellos conforman la cosmología y la ontología, como soportes de la metafísica, constituyendo una sola ciencia o arte, vinculada con un sólo conocimiento, cuya experiencia, o encarnación, es obtenida simultáneamente con la transmutación.

En el movimiento de la rueda se conjugan la unidad central y la totalidad periférica. Lo inmóvil, con lo que circula y pasa. El fuego que no quema, con la rueda del sol. Y ambos elementos -que en realidad conforman uno solo polarizado- se encuentran en el corazón humano y generan sus imágenes para que éste, trabajando con la alternancia de sus ritmos, presintiéndola, adaptándose a ella, realice la obra química en el jardín de su alma. La rueda es, en verdad, el conocimiento de este principio, dual, que igualmente se vive como sintético o múltiple; como cierto o ilusorio. Es el mismo ser el que reúne estas posibilidades.

NOTAS

  1. El agregado de una T final viene a sumarse a este nombre, para afirmar la idea de circularidad y retorno al principio
  2. Es muy importante señalar, que si bien la cábala es la expresión esotérica del judaísmo y en este sentido nada tiene que ver con la tradición hermética, el hermetismo, por el contrario, "utiliza", si así pudiera decirse, numerosos elementos cabalísticos, lo que ha dado lugar a la denominada cábala cristiana. Por otra parte, se encuentran antecedentes sobre la cábala desde el siglo III y asimismo, se piensa que el Zohar comenzó a redactarse en aquella época. Los pitagóricos y otras escuelas griegas realizaban con su lengua transposiciones de letras y cálculos numéricos, y se los ha considerado como antecesores de los cabalistas. Este modo de trabajo ha pasado desde la antigüedad hasta hoy y es efectuado por distintos grupos gnósticos. Debe decirse también que la "iniciación hermética" corresponde a los misterios menores, etapa donde es verdaderamente necesaria la idea de una instrucción u orden, y que ha de completarse con el coronamiento de los misterios mayores, coincidentes con la aparición efectiva del maestro interno, y el regreso al estado primordial, equivalente al "paraíso terrestre" o sea, al retorno al centro y la efectivización de las posibilidades que encierra el estado humano.
  3. La que según Platón, en el Cratilo, "no es un trabajo ligero".
  4. El cosmos y la manifestación entera constituyen un lenguaje, y por lo tanto una poética. También un código a ser descifrado, lo que equivale a decir: una aventura. Un gesto en el que todo está incluido. La danza que Shiva baila perennemente.
  5. Que nada tienen que ver con la clasificación racional filosófica, la que por su mismo origen y estructura es antimetafísica.
  6. No hay nada más cierto que la sentencia que dice: "uno es lo que conoce".
  7. La traducción de sefirah, de la que sefiroth es plural, es la de número o determinación; la de ofan es rueda, como arquetipo de los mundos. Hay que recordar que esta última es también la designación del ángel Metatrón, como mediador universal y mensajero de la plenitud de Dios o de las energías divinas, símbolo asimismo del alma universal.
  8. Se dice también que cada una de ellas corresponde a un siglo de nuestra era.
  9. El Sepher Yetsirah (Libro de las Formaciones), que junto con el Zohar (Libro del Esplendor) constituye el libro sagrado fundamental de la cábala, dice expresamente al respecto: "No son once, son diez, no son nueve, son diez".
  10. De aquí en adelante pueden consultarse las ilustraciones 1, 2, 3, 4, y siguientes.
  11. Atsiluth sería el principio de la manifestación ontológica, Beriyah la manifestación informal, Yetsirah, la manifestación sutil -por debajo del nivel de las aguas superiores- o sea, las aguas inferiores, y Asiyah, la manifestación grosera, que corresponde al estado corporal del hombre o del cosmos. Estos dos últimos planos están estrechamente unidos y constituyen el compuesto psíquico-físico del macro o del microcosmos. Son el alma inferior y el cuerpo, mientras que el alma superior y el espíritu estarían simbolizados por Beriyah y Atsiluth.
  12. La serie sefirótica o numeral desarrolla un ciclo completo, que va de la concepción de la unidad, a la de la circularidad, expresada por el número nueve. Si la unidad de ese punto original es la que genera la serie numeral -o el rayo de la rueda que va del centro a la periferia- en nueve emanaciones sucesivas (1 + 9 = 10), el denario, que es el limite de su desarrollo, la reitera (10 = 1 + 0 = 1). Esto quiere decir que el punto periférico, en donde acaba el radio, también es unitario -y por lo tanto igualmente capaz de engendrar y renovar el ciclo-, salvo que hay que hacer notar que se halla invertido en relación con su origen.
  13. El infinito hace lugar en sí mismo y se concentra en un punto a partir del cual el espacio adquiere su característica y el cosmos es entonces creado.
  14. Es interesante observar que si se suman los consecutivos de la serie, 4 = 1 + 2 + 3 + 4, se obtiene 10, que es igual a 1 + 0 = 1, 0 sea, un retorno a la unidad original, o la manifestación de la unidad a otro nivel o plano. Lo mismo sucede con el siete que es igual a 1 + 2 + 3 + 4 + 5 + 6 + 7 = 28, que es igual a 2 + 8 = 10 = 1 + 0 = 1. Es decir, que vuelve a repetir la unidad a otro nivel, tal cual sucede con Netsah, la primera sefirah del plano siguiente inferior. Finalmente, igual acontece con la sefirah número diez, Malkhuth, única ubicada en el plano de Asiyah.
  15. "Al rotar, los cuatro "colores" o "rayos" asumen la apariencia de cuatro " ruedas" (ofanim), cada una de las cuales era, por decirlo así, una rueda en el medio de una rueda". Leo Schaya, El Significado Universal de la Cábala.
  16. A las seis sefiroth inferiores, de la primera tríada, se las denomina de " construcción" (cósmica). Son siete si se la incluye a Malkhuth.
  17. También Dante, en la dedicatoria de La Divina Comedia, atribuye estos cuatro planos simultáneos de lectura a los libros sagrados del antiguo y del nuevo testamento, además de a su propia obra.
  18. En su origen la palabra adivinación tiene una intima relación con lo divino. En toda civilización los encargados de consultar los oráculos (hombres y mujeres) cumplían una función sacerdotal, así en Delfos y en todos los centros culturales. De allí también "vaticinio", de "vate" (o inspirado).
  19. Recordar la relación entre puente, pontífice y la carta número V del Tarot, relativa a la enseñanza y el aprendizaje, llamada "El Papa" o "El Hierofante" o psicopompos (iniciador en los misterios para los egipcios y los griegos).
  20. La unidad sería, a la inversa de lo que estamos habituados, el mayor de los números, puesto que los contiene a todos. Cuanto mayor la cantidad numérica, mayor es la fragmentación o división de la energía simbolizada por la unidad. Lo pequeño es lo más poderoso.
  21. Obsérvese que la suma de los dos arcanos mayores correspondientes a cada sefirah es siempre igual a veintiuno.
  22. En el Tarot de Marsella, esta lámina es una mujer dentro de una rueda (la forma es elíptica, pues el cuadrángulo del naipe es rectángulo y su proporción dos a uno).
  23. Tanto la carta que inaugura el descenso, el número uno, "El Mago", como la que inicia el retorno o ascenso, la número once (uno y uno), "La Fuerza", son las únicas que llevan, en los arcanos mayores, un extraño sombrero que está "por encima" del cuerpo -o estructura- y lo "corona". Tiene la forma de un ocho apaisado, signo que ha pasado a ser el símbolo aritmético del infinito. Es, en verdad, la representación de un circuito cerrado o todo continuo, como la rueda con una torsión, estudiada hoy en día como "cinta de Moebius".
  24. Cada sefirah, como cada número, es activa con respecto a la que le sigue en la serie y pasiva con respecto a la que le antecede. Así el tres (Binah), es activo con respecto al cuatro (Hesed) y pasivo con respecto al dos (Chokhmah). El dos (Chokhmah), es pasivo con respecto al uno (Kether) y activo con respecto al tres (Binah) y así unos y otros, de ida y vuelta, simbolizan una corriente perenne de energías que se resolverá siempre en la unidad.
  25. Cuando este "trono" comienza a moverse, se le llama "la carroza" (merkabah); luego, los cuatro hayoth, o ejes periféricos surgidos del "trono", se convierten -a su vez en carrozas, y mientras viajan en todas las direcciones del cosmos, emanan de ellos ruedas (ofanim) o poderes angélicos que juegan su parte en la actualización de formas esféricas y los movimientos cíclicos de todo lo creado. Sus vibraciones espirituales son llamadas remolinos o espirales (galgalim).
  26. En el sentido de concepción, de concebir. No en el de conceptualizar; operación indirecta donde el verbo es suplantado por una manifestación verbal. Con el agravante de que "se toma" a ésta de forma exclusiva y excluyente.
  27. Serían los cuatro ríos del paraíso, surgidos de una fuente única (proyección de la vertical). Y también, los cuatro sabios que llegan a ese paraíso o estado de pureza original. Es interesante destacar que, de estos sabios, uno sólo es apto para vivir en él; de los otros tres, uno enloquece, otro enferma (pierde la fe) y el tercero muere. Sin embargo, estos cuatro personajes coexisten en nuestro interior. Cada letra de PaRDéS (paraíso en hebreo), corresponde a cada uno de los mundos o planos del árbol de la vida.
  28. El ómphalos u ombligo del mundo, corresponde propiamente al medio o centro de la figura física humana. Sin embargo, la cábala toma simbólicamente como centro a Tifereth, el corazón del árbol. Esta concepción del corazón como centro, está presente también en la totalidad de las tradiciones, aunque despojando este órgano del carácter sentimental que se le suele atribuir en el Occidente contemporáneo. Ambas localizaciones espaciales son equivalentes y se hallan situadas sobre el mismo eje, aunque una se encuentra en un plano más alto con respecto a la otra.
  29. Es interesante relacionar este "hombre universal" con la imagen narrada por Daniel ante Nabucodonosor, donde se visualizaba a una estatua diferenciada en cuatro planos por la calidad del material empleado en su confección y que eran: oro para la cabeza; plata para el tronco; bronce para el vientre y el sexo; y arcilla mezclada con hierro para las piernas y los pies. Esta figura que ha dado lugar a la expresión "coloso con los pies de barro" está específicamente referida al ciclo que vivimos y a su descenso gradual.
  30. "Si la creación es la imagen de Dios, la cosmogonía funciona en forma exactamente igual a una proyección reflejada por la ley de inversión, o más precisamente, por analogía inversa. La ley deriva del principio de la "contracción" divina, Tsim-Tsum". (Leo Schaya, El Significado Universal de la Cábala).
  31. Y de una manera tan notoria que éste no es sino una "prolongación", "cristalización" o "concentración" de aquéllos.
  32. No son dos cosas diferentes lo que "yo" soy y lo que es "el árbol Sefirótico". El diagrama es susceptible de transposiciones microcósmicas en correspondencias simbólicas que incluyen hasta lo físico. El árbol es un modelo y "yo" también soy eso. La encarnación es la actualización ritual de la energía original, a todos los niveles.
  33. La "nada" tomada como ensimismamiento total. En cuanto a la lectura profana que se da hoy a esa palabra, este pretendido concepto en rigor no existe, pues al ser "nada" estarla ya siendo algo.
  34. Por encima del uno, del ser, está el no-ser. Pero por encima del ser y el no-ser, está la no-dualidad.
  35. No podemos abordar aquí el tema de la alquimia operativa, de laboratorio, por no ser el lugar adecuado y no entrar el tema dentro de nuestra estricta competencia. Bástenos decir que esta ciencia o arte ha sido practicado por distintas civilizaciones tradicionales y también bajo su aspecto vegetal. Sus objetivos no han sido algo tan fácil como la obtención de la longevidad o el oro físico. Pero estas mismas acciones sobre la "materia" del mundo, que prueban su conocimiento y encarnación de la cosmología, no son sino resultados, u operaciones derivadas de la gran obra, que es lo que verdaderamente el alquimista propone: la realización o efectivización de otros estados del ser universal, operados por el hombre mismo, capaz de auto-transmutarse de transformarse en una "cosa" distinta a lo que era. En estos otros ámbitos del ser -o del conocimiento- habitan los inmortales entre turbas de ángeles y demonios (de la palabra griega daimon) que viven un espacio y un tiempo distinto al de los simples mortales -en lugar supra-espacial y en un tiempo a-cronológico-, los que acaso pudiéramos considerarnos como un experimento en el laboratorio de la vida.
  36. Como se sabe, la tradición hermética es una cadena iniciática de Occidente, que incluye numerosas disciplinas y órdenes de realización o trabajos artesanales. Las relaciones con la construcción en general encuentran en el Compagnonnage y en la Francmasonería -en ciertas logias que no han seguido el proceso de degradación general del mundo contemporáneo- su medio de expresión adecuado. Los constructores de las catedrales góticas están íntimamente emparentados con los alquimistas y ambos trabajan en el plano intermedio del alma.

 

CAPITULO VI

LA RUEDA Y SUS RELACIONES CON OTROS SIMBOLOS TRADICIONALES

La mayor parte de los autodenominados "astrólogos" de hoy día ignoran todo lo referido a la ciencia a la que pretenden dedicarse y entre otras cosas, parece que no saben que la palabra "zodíaco" significa "rueda de la vida". Estos astrólogos de consumo, con una formación intelectual que, en el mejor de los casos, araña la media de una sociedad cientificista-positivista, pretenden sobresalir de la mediocridad del grupo al que pertenecen, mediante la posesión de ciertos conocimientos adquiridos a costa de penosos esfuerzos, en tristes academias o en sospechosas organizaciones ambiguamente humanitarias.

Este personal (que se inmiscuye en la vida privada de la gente sencilla, que recurre a ellos para que se la oriente a través de un horóscopo -o alguna otra mancia- o se le brinde alguna oportunidad de salida en la horrible situación planteada por el medio sociocultural en el que han tenido que vivir) no tiene ningún nivel de conocimiento de ningún tipo, al punto de que ignora totalmente la existencia de otros planos que no sean los de la mínima realidad existencial psico-física, fenoménico-material, a la que ellos se adscriben, y que "espiritualizan" mediante la superstición, el engaño y la fantasía, en la tarea de agregar ilusión a la ilusión, de presumir de poderes y conocimientos, y de manipular en su provecho determinadas terminologías robadas y fuerzas nacidas de la sugestión más grosera. Que la ilusión engendre la ilusión es algo que no debe ni puede sorprender a nadie.

La astronomía, ciencia oficial, no deja sin embargo de reconocer en sus orígenes una herencia astrológica más o menos vergonzosa, algo ya superado pero que al mismo tiempo le da cierto status jerárquico. Otro tanto acontece con la química en relación con la alquimia. La verdad es que tanto química como astronomía son degradaciones de alquimia y astrología. Las tradiciones antiguas incluían en la alquimia y la astrología a la química y la astronomía, como partes de estas ciencias, en el aspecto vinculado con la experiencia cuantitativa y el análisis empírico. Sólo esa lectura parcial ha subsistido, aislada de sus principios y del contexto, conformando las ciencias oficiales. Y esa misma degeneración de pensamiento -en cuanto al nivel de lectura actual de las auténticas ciencias tradicionales- existe también entre los entusiastas de la "astrología", denominando de esta manera a ocultistas, espiritistas-espiritualistas, teosofistas, parapsicólogos, hipnotistas, naturistas y brujos y "magos" de distinto pelo.

La alquimia es la ciencia de la transmutación integral, simbolizada por las propiedades de los minerales, y la astrología es el conocimiento de los verdaderos cielos, ritualizado por las estrellas y expresado por el código del firmamento. En el caso particular del zodíaco, la división en doce de la circunferencia, correspondiente a las estaciones que hace el sol en un recorrido anual alrededor de la tierra, y que la fragmentan en porciones de treinta grados, es representada por una rueda de doce rayos, siendo cada uno de ellos un mes del año, y treinta los días o unidades que lo componen. Esta es la rueda de la vida o el límite espacio-temporal que cohesiona y hace que gire la máquina del mundo. Y la simbolización de esta rueda cíclica, en el plano, es el círculo, con el punto central claramente marcado o a veces supuesto. Este símbolo, como ya se ha dicho, vale para cualquier ciclo, así sea el anual, el de los días de un mes, el de los años de la vida de una persona o el de los siglos en una civilización, que vienen y vuelven y retornan.1 Todos los pueblos han conocido este supuesto, este principio filosófico del tiempo cíclico. Ese ir y venir, morir y renacer del año -para hablar sólo del ciclo anual-, es el devenir que los calendarios simbolizan.

En el caso de las civilizaciones azteca y maya, la circunferencia está dividida en dieciocho partes de veinte grados -y en trece de igual número de grados para el calendario esotérico-ritual-, pero el significado es el mismo: el de la perennidad de la regeneración y la sincronización o medida rítmica del movimiento, "del dios tiempo que penetra todas las cosas". Resulta inconcebible que los "científico? de hoy en día puedan seguir afirmando que los precolombinos no conocían la rueda. No sólo los calendarios azteca y maya son ruedas, sino que ésta puede verse en su forma práctica aplicada en "juguetes" (o miniaturas) prehispánicos, incluso exhibidos en uno de los principales museos antropológicos. Por otra parte son innumerables los diseños de formas circulares, espirales, y sus interrelaciones, realizados en todos los materiales posibles por los pueblos de América del Norte, Centro y Sur, elaborados como expresiones de su conocimiento metafísico, cosmogónico y del principio que la rueda representa. El que la rueda "técnica" fuese un tabú para estas civilizaciones y que su aplicación práctica estuviese censurada -por ejemplo en el transporte-, es un hecho que está referido a la repugnancia de utilizar algo sagrado a niveles profanos. Ruedas y engranajes son los que han traído la mecanicidad, la deshumanización y la desintegración del mundo contemporáneo.

Ahora bien, si transponemos lo macrocósmico a lo microcósmico, y atendemos a ese permanente retorno del ciclo sobre "sí mismo", trayéndolo del plano cosmológico al psicológico, podremos observar con nitidez la sucesión de anécdotas de nuestra vida, el juego teatral de sombras y luces de su historia, el escenario donde se monta su espectáculo, los personajes que entran y salen y que cambian constantemente de nombres, de disfraces, de máscaras, de situaciones y roles, y la increíble ilusión del conjunto, en cuanto que en él cualquier cosa es posible e insignificante, y por lo tanto un fantasma, un amorfo relativo, sujeto al desgaste del tiempo y la memoria. La superficie de la rueda de la vida gira una y otra vez; y así vemos pasar las etapas del día, los años, los seres que amamos y por los que fuimos amados, y todo aquello que ha de morir, lo sujeto a causa y efecto, a principio y fin. Esa es la ley de la vida, y no la de la vida eterna, sino la de la existencia perecedera, reencarnándose permanentemente en innumerables formaciones, a las que se dedican trabajosa y activamente los astrólogos y pseudo-espiritualistas, tomándolas por la metafísica, cuando en realidad no son sino fenómenos y situaciones, por los que estamos condicionados; comenzando por el signo de nuestro nacimiento, al que debemos trascender.

A la periferia móvil y substancial, asociada con el tiempo, se opone la inmutabilidad esencial del centro o eje de la rueda. Situándose ambas a los extremos de un radio o rayo, que los conecta, comunicándolos. Esta superficie cambiante, inestable y sinuosa, está' asociada con la serpiente y la forma serpentina y también con su equivalente: el dragón de las tradiciones orientales y occidentales. En el centro de la rueda se halla un personaje que la tradición hindú denomina Çakra-Varti, el servidor de la rueda, idéntico al mítico Taranis druídico, al "sabio perfecto" de los chinos, al Ometéotl náhuatl (y otras parejas de deidades), que tendido e inmóvil da la vida a través de Tonatiuh, representados siempre en la actitud impasible del principio, de donde emana toda la manifestación y los cambios y retornos de las formas existenciales.

Ya hemos dicho que la rueda de la que estamos hablando es la figura de un círculo en el plano. También hemos visto la relación de esta figura con el cuadrado, y que ambas son en el espacio la esfera y el cubo respectivamente. Lo mismo sucede con la espiral plana y la hélice. Al agregar volumen a la figura se le añaden nuevas posibilidades significativas, al ser visualizada ésta a otro nivel. El plano nos sirve como soporte para la visión en profundidad, para la comprensión espacial.2

La figura del círculo es más perfecta que la del cuadrado, pues en esta última no todos los puntos de los lados son igualmente equidistantes del centro. Esta "primacía" del círculo sobre el cuadrado, es la misma que existe entre el cielo y la tierra, el punto y la circunferencia, el hilo y la trama, pues sin aquél ésta no sería. La complementariedad de estas dos figuraciones, su valorización y su utilización conjunta en numerosas asociaciones, es una de las claves del lenguaje simbólico. Ya que se necesitan juegos de símbolos, conjuntos, para que el símbolo adquiera su propia significación. Unos nos llevan a otros, y éstos a unos terceros y es en estas mutuas relaciones, y en las posibilidades a que dan lugar, donde se comprende la naturaleza de la simbólica y la función mediadora del símbolo. Pues a pesar de que el conocimiento posibilitado por su medio, y lo que nosotros pensábamos acerca de él antes de haberlo obtenido, son cosas distintas, se puede sin embargo advertir que fue a través de la actuación del símbolo, y del conjunto de la simbólica y sus relaciones, que se lo ha conseguido. Por otro lado se comprueba que estas simbólicas constituyen la manera más fiel y clara, exacta y despojada, en la que pudiera sintetizarse un pensamiento, un estado especial de la conciencia o una visión del cosmos; al extremo de que la unidad entre ambos parece evidente.

La cruz de brazos iguales es la estructura interna del círculo, la representación de las tensiones que lo equilibran y conforman. Y también lo es del cuadrado. Asimismo, la cruz tridimensional cumple esa función con respecto a la esfera y el cubo. La cruz plana simboliza al número cinco. En este caso se toma al punto central como un elemento independiente. El éter de los antiguos, que al emanar su irradiación genera el cuaternario de los brazos cruciformes, opuestos dos a dos, los que alcanzando su propio límite necesariamente retornan al punto original, a su quinta esencia. Este es el corazón del símbolo y el reflejo de la potencia que él está manifestando y que incansablemente reabsorbe. Es el centro del plano horizontal, desde donde se irradia la energía del plano vertical, del axis mundi, que él difunde hasta enmarcar un espacio; como un oscuro vortex, que pese a su inmutabilidad generará todos los gestos mutables, siendo de esta manera simultáneamente todas las cosas, el punto original y cualquier otro punto de la circunferencia, la esencia y la substancia, Purusha y Prakriti, y todos los grados posibles de la manifestación de los principios en la creación, o ser universal.3

El número cinco tradicionalmente simboliza al hombre y su representación geométrica también es una estrella de cinco puntas. Esta estrella tiene la particularidad de ser un continuo, y se la puede dibujar de un sólo trazo, sin levantar el lápiz del papel, y volver al punto que la generó, completando la figura. Por otro lado, su diseño corresponde a la representación de un hombre con los brazos Y piernas en cruz (en forma de equis) y su tronco y su cabeza como eje vertical. La cabeza está simbolizando la sumidad, la posibilidad de evadirse de los propios límites, o sea, de conocer lo ilimitado a través de la salida del cosmos, y alcanzar la entera libertad de lo que no está condicionado por el espacio y el tiempo. Lo que es en sí mismo eterno, pues no tiene nacimiento ni fin, ni se halla dimensionado por ninguna extensión. El corazón o el ombligo del mundo, como imágenes del centro, reflejan en el plano creacional la posibilidad de lo que no tiene discurso por no ser sucesivo, y de aquello que no podrá ser comprendido a menos que se preste urgente y minuciosa atención a los símbolos que lo expresan, o mejor, a lo que está oculto en sus diseños.

Por otra parte, la proyección de un cubo en el plano, nos da una cruz de seis brazos o rueda de seis radios. Al agregársele al eje norte-sur una semicircunferencia en el extremo de su brazo norte, para designar el polo, la sumidad, y también la tridimensionalidad de lo alto-bajo, expandida en las cuatro direcciones cardinales, obtenemos el símbolo llamado crismón, muy difundido en la cristiandad y asimilado al "ojo de la aguja". Y muy semejante en su forma, y exacto en su significado a la cruz denominada ansata, que puede verse abundantemente representada en la tradición egipcia.

Asimismo, hemos visto ya que, en la simbólica del templo de base cuadrada y cúpula semiesférica, los valores numéricos asignados a esas formas geométricas, eran de cuatro y nueve, respectivamente. En numerosos casos el domo, de valor nueve, como el de la circunferencia, es reemplazado por el triángulo, que corona la estructura cuadrangular de la base. Tal es el caso de muchos edificios griegos y romanos y también el de las pirámides egipcias y precolombinas. Igualmente el de los obeliscos, el de muchísimos portales que no rematan en arco, y el de los altares cristianos, que repiten el cosmograma simbólico del templo en su estructura vertical.

La iniciación en la Tetraktys pitagórica suponía el conocimiento más alto, mientras que la del cuadrado de cuatro, se refería al conocimiento de la tierra y constituía un paso para obtener la primera, estando simbolizadas ambas por el triángulo y el cuadrado. El número nueve está implícito en el tres ya que es su potencia cuadrada y significa la expresión de la trinidad como principio universal, y su manifestación en un plano delimitado, cerrado, cíclico, que junto con la unidad con la que se complementa, configura la imagen del todo. Lo mismo sucede con el triángulo y su punto central (3+1=4), los que generan la forma cuadrangular. El número cuatro ha sido tomado siempre como el número del despliegue de lo manifestado o la expresión de los principios en el plano de la creación.4 Respecto a las relaciones entre el tres y el nueve -o entre el triángulo y el círculo- recordaremos que la suma de los ángulos de un triángulo siempre es igual a dos ángulos rectos. Es decir a ciento ochenta grados, que es el valor de una semicircunferencia, cúpula o domo, el que por otra parte es un número circular o cíclico, ya que es sabido que así se denomina a aquellos números en los que, al sumarse los dígitos componentes entre sí, se obtiene el nueve.

La asociación entre el simbolismo de la rueda y el del fuego es muy frecuente en las tradiciones antiguas y los pueblos "primitivos". Para enumerar algunos ejemplos bíblicos citaremos a Daniel (VII, 9) que nos dice que: "Su trono, llamas de fuego, con ruedas de fuego ardiente": o a Ezequiel (X,6): "Toma fuego de en medio de las ruedas, de entre los querubines"; o la Epístola de Santiago (III, 6): "Y la lengua es fuego... prende fuego a la rueda de la vida". Esta misma relación está implícita en el llamado fuego de rota, imprescindible para la transmutación según algunos alquimistas medioevales. Refiriéndonos a esta mutua vinculación, debemos decir que en ocasiones se ubica al fuego en el centro de la rueda, como es en el caso de los círculos mágicos. También como eje o centro del templo, piedra o altar de sacrificio, sagrario, ara, residencia oculta de Agni, el fuego, el principio radiante. Inversamente, en algunas simbólicas se lo transfiere del medio a la periferia, y se ven así ruedas de innumerables fuegos, como se puede observar en diferentes ritos y danzas, y en la pirotecnia de las fiestas de varias tradiciones.5 En verdad el simbolismo es el mismo, aunque tomado desde dos puntos de vista. En una perspectiva, el fuego se ha multiplicado en innumerables fuegos; desde otra, el fuego central absorbe la división de la pluralidad de los fuegos, para significar el fuego original o arquetípico. Por una parte, la unidad del ser en sí mismo, por otra, su presencia perenne en la manifestación.

Una antigua sentencia de la filosofía griega, expresada posteriormente por Nicolás de Cusa, y en general por todos los neoplatónicos y hermetistas, nos dice que: "Dios es un círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna". Por lo mismo, los contrarios de periferia y centro se hacen intercambiables. Todo punto periférico es el centro de un sistema. "Dios está en el mundo y el mundo está en Dios". "El rostro de los rostros, está velado en todos los rostros". "Dios está en el círculo de sus bailarines y es al mismo tiempo el centro de la danza". Se trata de la permanente paradoja de una ausencia siempre presente, de una inmanencia trascendente. Cualquier punto de la circunferencia, al transformarse en centro, todo lo abarca. Y cualquier punto de este círculo, o sistema, lleva en forma inherente, constitutiva, esa misma posibilidad. La unión de contrarios ha dado lugar a la simultaneidad de lo que ya no se diferencia: "Trascendencia e inmanencia coinciden en Dios, al que se le conoce como el Uno invisible e indivisible y se lo reconoce en lo múltiple visible y divisible".6 Todo está en todo, y todo en uno.

Es por Dios, que nos ha dado el nacimiento físico y espiritual, que a El mismo lo conocemos. La unidad no puede conocerse sino por si misma, pues si hubiera algo fuera de ella, que pudiera comprenderla, dejaría entonces de ser la unidad. Si visualizamos este hecho utilizando el símbolo de la rueda en el plano y situamos el principio de la vida en el extremo norte del círculo, a las cero horas del día, y el mediodía (o mitad de la vida), en el extremo sur, el fin coincidirá con su comienzo -a las cero horas-, conformando el alfa y el omega de toda manifestación. El sentido de la creación es este perpetuo reconocimiento del sí mismo en todas las cosas. Lo invisible, haciéndose visible, es que se manifiesta al mundo y los sentidos.

Esto sucede todos los días en todos los lugares y el hombre lo ha simbolizado siempre llevándolo a las múltiples áreas de su pensamiento o de su actividad cotidiana. En una sociedad tradicional la vida entera es un rito colectivo, y el trabajo, el placer, o cualquier acción diaria, es la ritualización, o la puesta a ritmo, de acuerdo a las energías cósmicas-telúricas, siempre presentes. En ese sentido, toda construcción, utensilio, ceremonia, lenguaje, gesto o imagen de una sociedad tradicional, es un símbolo o una señal de conocimiento (o reconocimiento) de la cosmogonía,7 que se imita y repite de acuerdo al modelo creacional, que por cierto está vivo en este momento.

Así, el símbolo constituye y forma parte de la vida normal de un pueblo tradicional y se lo encuentra diseminado por doquier, en cada una de las expresiones de la cotidianidad de esa comunidad. La palabra latina orbs (mundo) deriva de orbis, el círculo. Por extensión, el orbe sería (etimológicamente) un plano circular o su equivalente cuadrado.

Es frecuente encontrar en el centro de patios cuadrangulares, a cielo descubierto, una fuente (redonda), símbolo del eje y de las aguas originales (también capaces de saciar la sed espiritual o de conocimiento), que se escalona a tres niveles que van de menor a mayor y de alto a bajo y que fluyen y se vuelcan sucesivamente el uno en el otro. Los juegos y las diversiones -como todo hecho cultural- reconocen por cierto un origen sagrado y han constituido siempre formas rituales de expansión y recreación. Sin ir más lejos, el Tarot es un juego de naipes, y el mismo bridge (puente), refleja valores de orden cosmológico, así como el ajedrez, aunque sus simpatizantes lo ignoren. El juego de pelota de los mesoamericanos es un cosmograma en movimiento, donde los participantes juegan conscientemente su vida, al igual que en otras expresiones lúdicas y castrenses, como la "guerra florida" o los torneos medioevales europeos y todas las competencias marciales de los innumerables pueblos, incluidas sus fiestas "olímpicas". Estas manifestaciones culturales tenían como objeto recrear la cosmogonía, como se ha dicho, y al mismo tiempo revelarla. Cumplían, pues, también una función didáctica -aún a nivel de enseñanza subliminal-, pues es bueno recordar aquí que el hombre debe aprenderlo todo y vivenciarlo permanentemente, pues sin la idea de un orden repetido de manera invariable, aunque de mil formas diferentes, corre el riesgo seguro de precipitarse en la desintegración y la confusión de lo amorfo.

La transmisión del conocimiento adquiere los modos de expresión más variados, tantos como tal o cual cultura haya desarrollado en cualquier dirección, refiriéndose todas a un plano arquetípico común. Y mismo hoy día, en la sociedad occidental, son muy numerosos los fragmentos que se encuentran presentes en la cultura media (y que son los que la justifican), que no son en el fondo sino los restos dilapidados de nuestra herencia tradicional.

El circo podría tomarse como una ilustración de lo que estamos exponiendo. Desde la etimología de esta palabra, relacionada con el círculo (circus) y con el límite, hasta la diversidad de atracciones y espectáculos que ofrece, es todo él un muestrario de retazos simbólicos. La carpa redonda se articula a través de un eje central, creando un espacio significativo, donde ha de realizarse la función. Cuatro aberturas de la carpa marcan la orientación cardinal y corresponden a los lugares donde han sido sujetados a tierra los cuatro primeros cordeles, a los que se agregan otros cuatro en los puntos intermedios. El juego de las tensiones de estas cuerdas y su ubicación direccional, equilibran y estructuran la carpa del circo. Y la función ya puede comenzar. Payasos que se golpean y realizan cosas imposibles despertando la risa, el aplauso e igualmente el llanto; enanos y gigantes y todo tipo de desproporciones y fenómenos de la naturaleza, actores, ilusionistas que extraen de sus sombreros mundos de fantasía, caballos y animales amaestrados, personas que vuelan en el espacio, luces y sonidos cambiantes, configuran un todo mágico donde se recrea la ilusión, para subrayarla, y se imita el espectáculo del mundo y de sus indefinidas, secretas, y aún monstruosas posibilidades. Durante siglos este arte de fascinación ancestral, con estrechísimas vinculaciones con el teatro ambulante y el de títeres, y los trovadores y juglares medioevales, ha despertado el entusiasmo, la emoción (a veces teñida de nostalgia o de filosofía) y ha enseñado a numerosas generaciones. Como hoy lo hace también el tiovivo y el parque de diversiones, cuyas atracciones, sobre todo desde el comienzo de la sociedad industrial y mecánica, están basadas todas en ruedas, generadoras de movimiento y sensaciones.

Hay que recordar, además, el carácter errático del circo, su peregrinaje a través de los países, su nomadismo. En ese sentido nos gustaría decir unas palabras referidas a la asociación de la rueda con la psicología de la marcha, el viaje, la búsqueda, la idea de superación de obstáculos, desafío, progreso, desarrollo, evolución. Conceptos todos que siendo muy loables desde un punto de vista -tomados como movimientos del alma-, sin embargo llevan implícito su propio fin. A no ser que puedan ser transferidos del plano horizontal, donde comúnmente se los encuentra, al vertical. De la necesidad psicológica, o de la simple ansiedad de ir más lejos, por curiosidad, o por querer experimentar algo novedoso, al hallazgo y la realización espiritual. O sea, siempre que esa aspiración encuentre un orden ascendente y no nos precipite en un desorden descendente, originado por la propia dinámica del deseo, que jamás puede ser satisfecho, pues al obtenerse lo pretendido, éste sigue subsistiendo y origina nuevamente su proceso reincidente, que por agotamiento comienza a decrecer. Vale decir, cada vez que se ha considerado como un medio que posibilite un fin superior y desconocido, y no como un fin en si mismo, en el cual lo desconocido sería suplantado por el simple cambio de formas y su perpetua reincidencia. O por las distancias cuantitativas atribuidas a ese más allá, o la suma de las posibles experiencias sensibles.

Esas aspiraciones horizontales, bien entendidas, son la memoria inconsciente de lo vertical. La atracción hacia el centro, la fuerza que posibilita el retorno a los orígenes. Por ello el hombre es un privilegiado, pues en cualquier momento puede recuperar la memoria de sí, intentar reconstruir su pasado glorioso, volver a sus fuentes perdidas. El hilo del tiempo teje permanentemente en su rueca esta urdimbre y trama, que es un soporte para conocer lo atemporal, lo eterno, presentido oscuramente en nuestro interior, y que es, en definitiva, el motor secreto que nos impele a realizar todos los actos, aunque no sepamos este hecho o lo traduzcamos de mil maneras tan superficiales como anecdóticas. Minucias de corto alcance que nos distraen, nos encandilan y supeditan a ellas al someternos a su yugo. En ese sentido el símbolo es una valiosísima ayuda, pues concentra nuestra atención y nos permite orientarnos y ordenarnos, con respecto a nuestro eje. Así, nos facilita la realización de todo tipo de correspondencias y transposiciones, ya sea a nivel psicológico, filosófico, u ontológico.

En cuanto a ciertas formas como la espiral, que es la prolongación del círculo -y la rueda-, o más bien la salida de ambas hacia otros planos ya no horizontales sino verticales -significando la verdadera evolución o el progreso espiritual sucesivo-, es un símbolo que se encuentra en todas las tradiciones y tiempos, desde el extremo oriente a las culturas americanas y que, asimismo hoy en día, no deja de representarse una y otra vez como parte integrante del acervo y patrimonio humano. En efecto, la espiral, que es el signo de la evolución y la salida del cosmos, es asimismo el de la involución o la reiteración sucesiva de un enrulamiento paulatino. De hecho, la espiral evolutiva y la espiral involutiva se representan como dobles espirales, o serpientes, en numerosas tradiciones; y son los símbolos de los dos principios o corrientes de energía cósmica simultáneas, que se hallan en todas las cosas. Una ascendente y otra descendente, como las dos mitades del día, permitiendo ambas, en su equilibrio, la estabilidad y la armonía, como se las puede ver en el caduceo de Mercurio o rodeando el calendario azteca. También las formas sinuosas del Yin y el Yang expresan esta idea en el plano, conformando un círculo (o una esfera en lo volumétrico), figura perfecta que no tiene principio ni fin: el Tao. Esta espiral (que en la tridimensión es una hélice), funcionando conjunta y simultáneamente con su opuesta, configura el huevo del mundo o el alma de una esfera, articulada entre dos polos invisibles, opuestos y gravitacionales.8 Siendo que estas dos hélices están unidas en un punto estático de equilibrio, que genera un plano horizontal, el plano ecuatorial, formando en verdad el conjunto una sola figura. La que podría ponerse en relación con los tres gunas hindúes: sattwa, energía ascendente; rajas, energía expansiva, y tamas, energía descendente.

Esta idea también pudiera representarse en lo espacial por dos conos unidos por la base -la superficie de las aguas-, o en el plano, por dos triángulos equiláteros invertidos y unidos en un punto, o muchas veces entrelazados, mostrando bien claramente la unión de los contrarios y su coexistencia e interdependencia, lo que en verdad constituye la estrella de seis puntas, o sello salomónico, verdadero símbolo de la analogía en el espejearse y el corresponderse de un plano superior con otro inferior, que es su complemento. Señalando asimismo lo alto y lo bajo y los cuatro límites del mundo horizontal, que sus energías generan, al relacionarse, lo que suele simbolizarse por una circunferencia que circunda y toca en seis puntos a la estrella, completando la imagen.

También a la espiral y a la doble espiral se las suele figurar de manera cuadriforme, lo que ha dado lugar a numerosas guardas simbólicas -enmarques de un todo continuo-, hoy ordinariamente percibidas como simplemente decorativas. La misma cruz svástica, símbolo tan expandido y graficado como el de la espiral -a la que la une un estrechísimo parentesco-, es una hélice a la que se representa con una direccionalidad de giro hacia un lado y su inverso y es sabido que en numerosas tradiciones se la encuentra representada por el entrecruzamiento de dos formas helicoidales.9

Pero nada de esto podría ser percibido, si no fuera por ese cubo interior, que todo hombre tiene dentro de sí, su espacio propio, que le permite orientarse en el plano y le indica qué es adelante y qué atrás, qué la derecha y qué la izquierda y, sobre todo, lo que le dice qué es lo alto y qué lo bajo, gracias a lo cual disfruta de su verticalidad y su equilibrio, ya que sin ello nada tendría sentido. Esa estructura invisible está íntimamente relacionada con el medio del hombre, puesto que también es la estructura del cosmos, al que el hombre pertenece. Y constituye el lenguaje que le permite la comunicación entre él y el mundo. Pues participando ambos de un mismo modelo, se hace posible la cohesión del sistema, la coherencia del discurso en las seis direcciones del espacio, a saber, en todas las posibilidades de lo creado. Espacio compuesto por coordenadas y tensiones, que abarcan todos los rumbos del compás, en el centro del cual hay un punto de reposo y descanso -el "ojo" del huracán- que es igualmente en otras transposiciones analíticas el fin y el principio de la semana en el tiempo: el sabath; siendo las seis restantes los días de la creación, o de la manifestación, o construcción sefirótica del mundo; y también las caras de un cubo.

Hemos visto hasta ahora ruedas de cuatro y seis rayos y sus vinculaciones con otros símbolos. Podríamos mencionar la de ocho e ilustrarla con la rosa de los vientos o el timón de las naves; o la de doce, y volver a decir que corresponde al zodíaco y al horóscopo.10 Pues tanto el plano zodiacal, modelo con el que fueron construidas las ciudades de la antigüedad (la ciudad de la tierra era un reflejo de la ciudad celeste), como el horóscopo, pueden ser cosas muy diferentes a las que sospechan los modernos astrólogos. Los cuales no se detienen a pensar que la astrología es nada menos que la ciencia del cielo, y que ésta, juntamente con la alquimia -ciencia de la tierra-, constituyen el conocimiento de una cosmogonía, y configuran la ciencia de los ritmos y los ciclos.

Creemos, sin embargo, que el esfuerzo de estos investigadores pudiera verse recompensado (y validaría la enseñanza de la astrología, tal cual hoy se la expone) por el hecho de que sus trabajos les hicieran ejercitarse en el lenguaje analógico y les brindaran la posibilidad de concebir en forma espacial, tridimensional. Y sobre todo, si les permitieran comprender la idea de ciclo, repetición y circularidad del tiempo. Nunca si se ocupasen hasta la obsesión de problemas personales, materiales o psicológicos, que pueden parecerles a ellos grandes acontecimientos mágicos o universales sólo en razón de su miopía y falta de comprensión del símbolo. Pues la comprensión del símbolo, tal cual la concebimos y aquí la exponemos, es la condición sine qua non del conocimiento de la astrología, que por cierto es una simbólica.

NOTAS

  1. Es además, como todo "astrólogo" y "ocultista" sabe, el que corresponde al sol y al oro filosofal.
  2. Esta comprensión "espacial" del mundo o de su "tridimensionalidad", sería análoga a la imagen de una cuarta dimensión espacial, equivalente a un más allá no visible, por supuesto, en la visibilidad. Todo lenguaje incluye un metalenguaje. Con la realidad que perciben los sentidos no pasa otra cosa.
  3. Quiere destacarse especialmente la importancia capital que toma esta concepción -y su relación con el número cinco- en las tradiciones precolombinas, como igualmente en las extremo orientales.
  4. En la serie numeral, si se hace a un lado la unidad y se suman por tríadas los demás números sucesivos, estos suman siempre nueve; ejemplo: (2+3+4=9), (5+6+7=18=1+8=9). Esto es también válido en el orden de las decenas, las centenas y los miles, en forma indefinida, o sea en los múltiplos de nueve, que al reducirse vuelven indefectiblemente al nueve, pues están repitiendo la misma operación en otro orden. Vgr.: si tomamos la tríada sucesiva de (35+36+37=108=1+0+8=9) obtenemos el mismo resultado que si sumáramos (35 = 3 + 5 = 8) más (36 = 3 + 6 = 9) más (37 = 3 + 7 = 10 = 1 + 0 = l); a saber: (8 + 9 + 1 = 18 = 1 + 8 = 9), es decir que la serie se repite demostrando que es un ciclo indefinido, que se produce "fuera" de la unidad, que ha sido sin embargo su origen, y en la que radica todo su sentido aritmético.
  5. En la India, al dios Shiva se lo suele representar bailando dentro de una rueda de fuego.
  6. Las citas son de E. Wind: Los Misterios Paganos del Renacimiento. Barral Editores. Barcelona 1972.
  7. La palabra símbolo es de raíz griega, y significa el reconocimiento de dos personas o sujetos mediante una marca o signo.
  8. Geométricamente hablando, una hélice es una curva de longitud indefinida que da vueltas en la superficie de un cilindro, formando ángulos iguales con todas las generatrices.
  9. En el símbolo del huracán, o ciclón, tornado, representado también por espirales o dobles espirales, es necesario advertir igualmente esta dualidad e interrelación de lo centrípeto con lo centrífugo (y su vinculación con los movimientos de rotación y translación del fenómeno). Además es interesantísimo constatar que estos ciclones en el hemisferio norte se producen de izquierda a derecha (como las manecillas del reloj), o sea, que son dextrógiros. Mientras que en el hemisferio sur presentan el giro de derecha a izquierda (al revés de las manecillas del reloj), vale decir, como levógiros o retrógrados.
  10. Se podrían extender indefinidamente estas asociaciones de la rueda con otros símbolos tradicionales. Sólo se ha querido dar una muestra de la posibilidad del trabajo simbólico, que es un juego prácticamente inagotable. Y no por ello menos preciso, riguroso, exacto y verdadero. Siempre referido a un centro y a un orden, que nada tienen de arbitrarios, aunque hay que advertir que los frutos de este trabajo no son la obtención de la lógica de las relaciones en sí mismas, o su grado de probabilidad, sino el estado de conciencia que éstas actualizan en nosotros.

 

 

CAPITULO VII

CICLOS Y RITMOS

En un capítulo anterior veíamos a la historia como un código de señales significativas, como una simbólica del alma de los hombres - análoga al alma del mundo -, que bajo distintas formas se va manifestando en la vida de los pueblos. Y si bien esa historia no se repite exactamente - ni jamas podría hacerlo, pues es imposible para el ser manifestarse dos o más veces en el mismo estado de existencia, por las mismas leyes del espacio, el tiempo, y el movimiento, que los números y las figuras geométricas simbolizan- es evidente que ella abunda en reiteraciones y analogías. Ello se debe, sin duda, a la circularidad del tiempo y a la teoría de los ciclos - inscriptos los unos dentro de los otros -, así se trate de los más pequeños, como los del día o el año, o los mayores, aquéllos del manvántara y del kalpa, que se refieren respectivamente al ciclo de nacimiento-desarrollo-fin de una humanidad, en correspondencia con el cielo y la tierra de ese período, y de un mundo, y su condición temporal.

Es importante señalar también que los acontecimientos históricos se dan siempre en un lugar geográfico determinado, tomando a veces ciertas regiones primacía sobre las otras, por muy distintos factores, entre ellos los referidos a lo tocante a la propia naturaleza de la tierra y sus variaciones en el desarrollo temporal, que van desde el cambio climatológico, hasta la desaparición de continentes enteros. En general se tiende a pensar en una geografía fija y en un espacio estelar solidificado, cuando la propia tierra es un punto de referencia móvil -como todos los planetas y el espacio no es propiamente sino el juego de la tensión dinámica de distintas fuerzas, o el permanente desequilibro y equilibrio de los elementos que lo componen.

La relación espacio-tiempo, y su mutua correspondencia, está claramente expresada en la historia y la geografía sagrada de los distintos pueblos, así como en sus mitos, ritos y símbolos, y por lo tanto, en la leyenda y el folklore de las sociedades actuales. En el cristianismo, la historia de Jesús comienza en un -lugar pequeño, humilde, apartado, un pesebre o caverna, y velan por el niño y le dan su aliento dos animales instalados a su lado como dos columnas, que simbolizan el rigor y la justicia (el asno) y la gracia y la misericordia (el buey); la tozudez y la mansedumbre que se han de ver posteriormente homologadas por el mal y el buen delincuente, al final de la historia, en otra situación geográfica, o en otra posición sobre el mismo eje, esta vez en la sumidad de un monte llamado Gólgota, que significa cráneo -símbolo de la cúpula axial, caput o cabeza-, la cúspide donde se produce la exaltación gloriosa, la absorción en el regazo del Padre, lugar elevado, especialmente señalado en todas las tradiciones como sitio de contacto con otras realidades que están más allá del cosmos. No abundaremos dando numerosos ejemplos ilustrativos de tradiciones y civilizaciones en donde la correspondencia y la complementariedad entre los símbolos de tiempo y espacio resultan obviamente significativas, pues no conviene a la naturaleza de este estudio, que en cierto sentido pretende ser una síntesis, y no una demostración. Sólo diremos que a un tiempo mítico corresponde un espacio diferenciado, propio, y que determinados espacios (como el paraíso terrenal y la Jerusalén celeste), se relacionan con tiempos distintos. El alma humana entra al mundo por una puerta y sale por otra, y en el ínterin -signado por el espacio y el tiempo- tiene la oportunidad de reconocerse y escapar de esa condición por la identificación con otros estados del ser universal, que puede vivenciar por medio de la conciencia individual -semejante a la conciencia universal- y que constituyen la posibilidad de la regeneración particular -y también de la universal-, siempre, claro está, tomando como soporte a la generación y la creación en el espacio y el tiempo. Lo que nos indica que la vida del hombre -y del mundo- no sólo constituye una gran oportunidad para la integración con el ser universal y sus numerosos estados, absolutamente desconocidos para el grueso de la población, sino que nos señala igualmente que ese ser universal se manifiesta, o existe, gracias a estas coordenadas espacio-temporales, que vienen a ser como su corpus sensible -los "sentidos" del mundo, análogos a los sentidos de los Hombres-, en los que tanto él como nosotros nos reflejamos, tomando conciencia así de la unidad original; o dicho de otro modo: que el espíritu se reconoce a sí mismo por sí mismo. Por otra parte, toda la historia y la geografía sagradas no son sino la ejemplificación de estas mutuas correspondencias entre espacio y tiempo y, como acabamos de ver, la manera en que el ser universal se expresa o manifiesta, reflejándose en estas cualidades sensibles, en este código simbólico. O en otros términos: que el cosmos y sus coordenadas constitutivas vienen a ser la manifestación sensible del ser u hombre universal.

Agregaremos que el tiempo es mensurable en la medida en que se expresa en una variable divisible, es decir, el espacio. Por lo que siempre el tiempo está en relación con el espacio y lo supone necesariamente. Lo mismo sucede con el movimiento, que también se manifiesta en el espacio y que tiene del tiempo el orden sucesivo, razón por la que se lo suele identificar con él, al punto de que se lo puede considerar como una representación espacial del tiempo. En verdad, el movimiento -que no es sino la actualización de las potencialidades espacio-temporales hace coexistir en sí mismo al espacio,1 que es simultáneo, con el tiempo, que es sucesivo, equilibrando de esta manera el orden universal. Tiempo y espacio se complementan e interactúan. El tiempo signa, da color, y modifica el espacio, como bien puede observarse en la simbólica del paisaje y sus cambios y variaciones a través de las cuatro estaciones del año, que no son en definitiva sino el reflejo directo de símbolos cíclicos más amplios, que encuentran su sentido en la idea del ciclo arquetípico. Y es de esta manera cíclica que conviene leer a la historia y la geografía -y a las artes y las culturas que en ellas se producen-, pues conforman una simbólica -una poética- del tiempo y el espacio. El modelo simbólico de la rueda expresa y reúne de la manera más clara y sencilla la coexistencia del espacio (o plano de irradiación, donde todo está comprendido) y el tiempo, significado por el movimiento (en el que las cosas se manifiestan en forma sucesiva). Y si nos atenemos a este modelo cósmico, comprenderemos que el punto virtual, siempre central -reflejo de un eje vertical-, organiza el espacio, que en definitiva es la actualización de la potencia de ese punto rebatida en el plano horizontal, la cual es recorrida sucesivamente, temporalmente, por la línea recta, o rayo, que establece la relación bipolar entre el punto original y el punto límite de la circunferencia, los que coexisten como sucesivos y simultáneos, temporales y atemporales, cuantitativos y cualitativos; y también como móviles e inmóviles, y que plasmados en el principio substancial, determinarán la forma (modo, color o signo) de la vida del modelo.

Y repitámoslo, la coexistencia de estas dos coordenadas, que condicionan todo el mundo "físico", se hace posible merced al movimiento de la rueda -que desde un punto de vista puede ser tomada como la conjunción espaciotemporal-, que ha de generar la vida y también la forma en que esos principios se expresan'. Pero para poder comprender claramente estas ideas debemos ubicarnos necesariamente en alguna escala y verter estos conceptos en términos de magnitudes, o sea, traducirlos a nuestra existencia o forma de conocer sensible, en estricta correspondencia con la naturaleza de las cosas y el plano arquitectónico de la creación. De allí el papel fundamental de la cantidad -y el de la manifestación-, lo que, sin embargo, aislada de su principio y sin relación con su contexto, tomada de forma literal, y hasta endiosada por sus características fenoménicas aparentes, se convierte en el principal obstáculo del conocimiento, al considerársela como una deidad idolátrica a la cual se rinde todo tributo, lo que desemboca en el fanatismo ciego de sus adeptos.

En la economía divina, lo indefinidamente grande y lo indefinidamente pequeño se sitúan en una escala, o enmarque, que está en correspondencia con el hombre y el mundo, sin lo cual todo carecería de sentido y por lo tanto no podría ser aprehendido, ni existir de ninguna manera. Lo que nos reconduce a la idea de que el cosmos (macro y micro) constituye una sola "cosa", y una sola "materia", y por lo mismo un conjunto análogo, compuesto por leyes semejantes, aunque tomen formas diferentes, como lo ejemplifican el cuerpo humano, la cultura de las civilizaciones y el discurso musical. Esta escala se expresa en y por el movimiento pendular de los ritmos y los ciclos, y se computa y comprende en términos dimensionales. Desde este punto de vista el espacio y el tiempo pueden ser visualizados como indefinidos, precisamente al situarnos a nosotros, y al mundo, en un orden de magnitudes variables y finitas.

Conocidos son los ejemplos modernos que sitúan a la nave de la tierra (y a su tripulante el hombre) en la inmensidad del espacio. Así, debemos decir que esta "nave" se mueve en el cielo a muchos miles de kilómetros por hora2 y pertenece al sistema del sol, por ser el "astro rey" su centro, como el corazón lo es del mundo celular. Este sistema, a su vez se inscribe dentro de la Vía Láctea, una nebulosa espiral, que es obviamente un mundo mayor que el solar y del cual éste depende. Habría pues en la Vía Láctea un sol de nuestro sol, como la célula lo es con respecto a la molécula, y ésta con referencia al electrón. Asimismo ese papel le corresponde a la naturaleza en relación con el hombre, y también a la tierra con respecto a la naturaleza, y al sol con referencia a la tierra, la cual le debe su causa, así como la naturaleza debe su existencia a la tierra, el hombre a la naturaleza, la célula al hombre, la molécula a la célula y el electrón a la molécula. En cierto sentido puede decirse que cada mundo más amplio es el origen, o un padre, para el más restringido, y que éste juega ese mismo papel con respecto al que le sigue. Esta concatenación, que resulta perfectamente normal, tiene la característica de sorprendernos en cuanto reflexionamos en las magnitudes con las que topamos en nuestro intento de ubicación en la escala de lo indefinidamente grande y lo indefinidamente pequeño. Efectivamente, se supone que el sol gira alrededor de su centro galáctico empleando doscientos millones de años en recorrerlo, lo cual constituiría un "día" solar. A su vez, la Vía Láctea giraría en torno a un centro desconocido y tardaría en recorrerlo veinte millones de millones de años, lo que conformaría un "día" galáctico.3 En cuanto a las magnitudes de lo pequeño, diremos que el "día" de una célula sanguínea es de dieciocho segundos, y el de la molécula, apenas un poco más de un segundo. Nada agregaremos respecto al electrón y a mundos mucho más pequeños (aunque señalaremos que la microelectrónica produce en la actualidad computadoras que operan con señales de trescientos mil millones de ciclos por segundo). Por otra parte, son de todos conocidos aquellos datos que nos sitúan a tanta distancia de determinadas estrellas, que algunas de las más cercanas se hallan a magnitudes medidas en años luz, lo que equivale a decir que el tiempo que se tardaría en recorrer la distancia que nos separa de ellas, de acuerdo con la velocidad con que la luz se propaga en el universo, es tan grande, que una estrella visible en una noche cualquiera, es contemplada desde la tierra como seria hace cientos de millones de años y no como es en la actualidad. Lo mismo vale en forma inversa y si un observador se hallase hoy en alguna de aquellas estrellas más cercanas, mirando hacia la tierra con algún aparato, artefacto, o método, lo que vería sería, por ejemplo, el comienzo del presente kalpa, por decir algo. Esto, sin duda, es una manera de expresarse, pues las magnitudes espaciales a que nos referimos, medidas en tiempo cronológico, no son verdaderamente mensurables, y no guardan la debida proporción, que quizás deba buscarse sólo en la escala del sol y su sistema, teniendo en cuenta que la antigüedad y la tradición hacen unánimemente referencia a esta "medida".

Si una célula sanguínea, cuyo ciclo dura dieciocho segundos con relación a su centro, el corazón, pretendiera ubicarse a sí misma respecto al gran ciclo o "día" solar, que es el período de precesión de los equinoccios (veinticinco mil novecientos veinte años), o sin ir tan lejos, con el año solar de trescientos sesenta y cinco días, o aún mejor, con un simple día de veinticuatro horas, observaría que este último tiempo cronológico, en el que cabe la vida de cuatro mil ochocientas generaciones de su especie (lo que equivaldría en el plano humano a un espacio de ciento veinte mil años, considerando la duración actual de una generación en veinticinco años), no sólo no le sirve para sus cálculos, sino que además ella se encuentra condicionada intrínsecamente por los acontecimientos propios de su medio, en este caso el organismo humano y su centro, el corazón, que en veinticuatro horas vive toda suerte de traslados y cambios espacio-temporales. El tiempo, con el que se mide el espacio, no es en ningún modo uniforme. Está vivo ahora, como una cualidad sensible del cosmos; y su computación cronológica, con la que solemos, dimensionar el espacio, es uno sólo de sus aspectos o cualidades. El tiempo es una categoría del alma, que nace del interior del corazón y que constantemente se regenera a sí misma4. Por otra parte, el espacio geométrico es uniforme, el físico no lo es. Se puede hablar de un espacio cuantitativo o mensurable, que se supone homogéneo, pero el espacio no es sólo la cantidad, sino también la cualidad de los elementos que lo componen.5

Asimismo, queremos destacar que los ciclos y nuestra ubicación respecto a ellos, nos dan una proporción entre las cosas, idea muy cercana a la de armonía -y justicia-, conceptos que están muy estrechamente ligados a aquél de "medida" a que nos hemos referido, y que expresarían las cualidades inherentes a la cantidad, y no sólo su magnitud continua y sucesiva. Además, hemos dicho que cada ciclo o mundo es un símbolo de otro mundo mayor o superior; una imagen de un encadenamiento, que va más allá del tiempo específico del ciclo, o mundo, que se toma como punto de referencia, y que pudiera ser entonces considerado como extratemporal, con respecto al ciclo o mundo menor, o no sujeto a las mismas "medidas", por referirse ambos a distintas cualidades vivas del tiempo y el espacio, que conforman las diferentes partes del ser u hombre universal. Y esta proporción, o ritmo, "magnitud", o "medida", constituye el orden del mundo, su ley, en el que cada una de sus partes se articula en proporción con todas las otras, pero guardando una relación que no siempre puede medir la serie numeral discontinua, puesto que en primer lugar el cosmos no es un espacio absolutamente continuo, y en segundo término, no es un modelo geométrico o mecánico,6 sino un organismo vivo, o las posibilidades que el germen o embrión porta en sí mismo.7

Para la tradición hindú, el kalpa es la medida o módulo del tiempo, equiparable en otro orden al módulo espacial del sistema solar. Este kalpa supone todo nuestro mundo, y es donde se da propiamente el estado humano -expresado en los distintos manvántaras por las formas correspondientes a las diferentes posiciones de los planetas y estrellas, y sus correlativas mudanzas en la fisonomía de la tierra-, que es un estado del ser universal, signado por el tiempo y el orden sucesivo, que caracterizan precisamente a nuestro mundo y su desarrollo. Como se sabe, un kalpa contiene una serie de catorce manvántaras. De estos, seis han pasado y siete son los futuros, pues nos encontramos actualmente en el final del séptimo de la serie. La duración de un manvántara es de cuatro millones trescientos veinte mil años. La duración del kalpa sería entonces cuatro millones trescientos veinte mil por catorce, lo que daría un total de sesenta millones cuatrocientos ochenta mil años, o un "día" de Brahma. El año de Brahma se obtiene multiplicando esta cifra por trescientos sesenta, o sea, veintiún mil setecientos setenta y dos millones ochocientos mil años. Y la vida de Brahma dura cien años, por lo que se debe multiplicar la cantidad anterior por ésta y obtendremos así lo que, los hindúes llaman un Para. Se trata de expresar de esta manera lo indefinido, saliendo de toda proporción computable. Esta cronología, debe ser tomada en su expresión numérica y cuantitativa, como constituyendo un símbolo-magnitud.8 Sobre todo si se tiene en cuenta que "a un Brahma le sigue otro Brahma; uno se acuesta, el otro se levanta. No se pueden contar. El número de estos Brahmas no tiene fin...  más allá de la visión más lejana, allende todo espacio imaginable, nacen los universos y se desvanecen indefinidamente. Como barcos ligeros estos universos flotan sobre el agua pura y sin fondo que forma el cuerpo de Vishnú. De cada poro de este cuerpo sale un universo a cada instante y estalla. ¿Tendrás la presunción de contarlos?".9

Evidentemente, se trata de un tiempo indefinido que progrese ad infinitum. Y que sin embargo constantemente se regenera, en forma cíclica, lo que lo actualiza perennemente y lo pone a nuestra disposición de manera virginal, por la repetición del ritmo fundamental del cosmos: su destrucción y su recreación periódicas, experimentadas constantemente por el hombre. Debe destacarse que esto sucede siempre en el microcosmos con la función respiratoria, la que está íntimamente asociada con los ciclos y con los ritmos. Cada vez que es oxigenada una célula sanguínea, mueren y renacen sus moléculas. Podría decirse, en este sentido, que cada vez que aspiramos nacemos, y cada vez que espiramos morimos. Y lo mismo sucede con el aspir y el expir universal.10

En verdad, todo el trabajo para librarse de lo que en términos budistas es el samsara -o dar vueltas a la rueda de las existencias-, es decir, trascender el espacio cósmico y el tiempo cíclico, se realiza por medio del tiempo, o mejor, con el tiempo y en el espacio. O sea, con los elementos vivos de la creación física, que posibilitan este pasaje, o transmutación, la que se efectúa de numerosas maneras. Así, sobre el fondo prototípico de un proceso iniciático, se teje una historia personalizada, en la que el recuerdo de los orígenes y la memoria de sí mismo son traducidas en el tiempo, como una evocación de la infancia en la que ésta tenía de más puro, o como la rememoración de vivencias pasadas que fueron significativas y a las que se les descubre un sentido que muchas veces yacía oculto por la maraña de la psique. Este recuerdo del sí mismo, aunque sea frágil y fragmentario, por una parte no se refiere a la personalidad tal como estamos acostumbrados corrientemente a considerarla, y por otra, se relaciona con el hecho de ir vislumbrando poco a poco otra dimensión del tiempo; el tiempo mítico (o la anamnesiS tal cual la consideraba Platón), mucho más real y efectivo que aquel cómputo parcializado del devenir, el cual se nos aparece bajo esta nueva luz como un amorfo más o menos ilusorio. La audición de estas voces internas, es lo mismo que escuchar al hombre interior fuera de sus circunstancias externas; vivenciar el ser, el hombre universal, afortunadamente separado ahora de sus máscaras o roles y también de sus variadas conductas y formas de existencia. Se pasa así a vivir una experiencia mucho más cercana a uno mismo, que nos va haciendo comprender una presencia que siempre ha estado allí, como un invisible componente de toda individualidad. Este conocimiento de la unidad del ser, a cualquier nivel que se produzca, se puede considerar como una ruptura del espacio profano en el que habitualmente estamos encerrados, y el acceso a otro plano, área o mundo, de mucha más sutileza y calidad, y por lo tanto de mayor riqueza cualitativa. Se opera, por eso mismo, una ruptura de nivel espacial, a partir del tiempo tomado como un soporte de la eternidad, ya que él mismo constituye una manifestación refleja, o invertida, del no-tiempo -o de otro tiempo-, que en la línea de nuestra horizontalidad histórica se comprende como algo anterior, cuando en verdad este tiempo mítico vertical coexiste con la sucesión, razón por la cual de él puede decirse que: "es una imagen móvil de la eternidad". Y ese mismo tiempo corriente, y el espacio donde se produce, han de tener algo de la cualidad de lo que expresan o simbolizan, pues como ya hemos dicho, si no fuera así, de ningún modo podrían manifestarlo.

Si fuera lícito hablar de "historia" a determinadas magnitudes, el mundo entero ha sido un "huevo", luego un embrión, que posteriormente se ha manifestado en y con todas sus especies -las que comienzan a desarrollarse en forma independiente y armónica, en relación con su medio, su contexto-, o partes, tal cual un hombre, un animal o un árbol; y tal como ellas se regenera y reproduce cíclicamente a los niveles en que se manifiesta. De hecho, ésta es una manera de decir,11 pues en realidad lo que se expresa como sucesivo, es simultáneo en otro orden, y aún dentro del mismo orden espacio-temporal es perenne, sucede constantemente -y por lo tanto en este preciso instante-, y se expresa a través de leyes prototípicas.

Estamos acostumbrados a ver la creación como algo absolutamente histórico, cuando en verdad éste es sólo un punto de vista, ya que el hecho creativo no es únicamente horizontal, sino que fundamentalmente es vertical, en cuanto a que el origen presente en cada forma substancial es extratemporal y no signado por el tiempo y el espacio. Ese origen de todos los ciclos es el ciclo prototípico, que en su dimensión increada está siendo siempre. Es preciso advertir que lo que muta son las indefinidas formas, nunca las estructuras primarias prototípicas, y jamás los arquetipos, bien llamados eternos. Todo el tiempo está sucediendo ahora en el corazón del hombre. El creador genera todo el cosmos y lo asegura mediante la polarización en un dios conservador y otro destructor y transformador.

Nos interesa seguir considerando la rueda como espacio, como tiempo, y asimismo como movimiento, es decir en cuanto a su actuación generada por el espacio y el tiempo. Ya nos hemos referido a las cuatro edades de la humanidad, o a las cuatro etapas de la vida de un ser humano. Sería interesante también reflexionar sobre el ciclo de la función respiratoria, que se divide en forma binaria: aspiración-expiración -y que tanto es válido para el hombre como para el universo-, el que puede subdividirse en cuatro tiempos -o movimientos espaciales-, de los cuales el primero es una toma de aire, el segundo su retención, seguido de un tercero de expulsión completa -equiparado a una muerte-, al que continúa un cuarto de total vacío. Inevitablemente en este punto ha de producirse una nueva aspiración, indispensable para la regeneración cíclica. En cuanto a la rueda como espacio, ya nos hemos referido a ella cuando la consideramos como mandala 12 vale decir, como espacio significativo y sagrado, en oposición a cualquier lugar indeterminado, caótico o profano. O sea: la rueda estática asociada al espacio, en contraposición con la rueda dinámica vinculada al tiempo. El espacio genera tiempo, El tiempo crea espacio. Y entrambos producen el movimiento de la rueda, que constituye la ritualización del mandala cósmico, o la puesta en acto, o en función, de las potencialidades ocultas en lo inmóvil, que posteriormente han de tomar vida y forma substancial. Y esa vida y esa forma producidas por el movimiento, han de estudiarse en relación con otro ciclo cuaternario. Nos referimos al reciclaje perenne de los elementos, o los componentes de la vida que conforman la "materia", y que, como es sabido, se denominaban fuego-agua, aire-tierra, para la antigüedad. En verdad, como tal, esta "materia" no existe, sino que podemos hablar de ciertos estados de la misma en relación con el mayor o menor grado de intervención del principio o elemento que la conforman. Suponiendo un estado relativamente estable de esta materia de que se trata, ella se nos aparece de tres modos básicos: como sólida, líquida y gaseosa, los que corresponden a los elementos tierra, agua y aire. El cuarto elemento o principio, el fuego, es también llamado el principio radiante de la materia. Es por intermedio del calor, o fuego, que se transforman los restantes elementos o estados, los unos en los otros, al derretir éste a los sólidos, evaporar a los líquidos, y por su ausencia, condensar a estos últimos, solidificándolos. En este sentido, la liberación o absorción del calor determina en realidad el estado de la materia. Por lo tanto, un estado relativamente estable de materia, sólo se diferenciará de otro, de acuerdo a la proporción del calor, que hace que las moléculas de un cuerpo se hallen a tal o cual distancia entre sí, lo que permite la libertad de movimiento que es posible entre ellas. De todos modos, y volviendo a nuestro tema de la proporción y la medida, y teniendo en cuenta que el sol es el elemento ígneo, o radiante, en cuanto a los estados de la materia de nuestro planeta, es lógico pensar que este astro esté en perfecta armonía, coincidencia y equilibrio, con la vida de este mundo, con su estructura misma -al igual que la del hombre- ubicados ambos en una onda de energía afín, en la cual al existir los elementos en forma individualizada, por acción del sol mismo, pueden constantemente mutar y combinarse y proseguir a su nivel la obra creacional. Si se alterasen las proporciones, las magnitudes, las medidas de este equilibrio armónico, si la tierra se alejara o se acercara al sol desmesuradamente, se acabaría la vida por congelamiento o por evaporación, por el excesivo apretujamiento molecular de lo compacto o por la dispersión molecular de lo gaseoso. Lo que nos expresa bien a las claras la relatividad de aquello que tomamos como algo fijo, real e inamovible, cuando es evidente que se trata de todo lo contrario. Sobre todo si consideramos que este permanente reciclaje de los elementos se produce igualmente, y con las mismas características, en el hombre, y que, más allá de ser sucesivo se da en forma simultánea. Ya que en cada uno de estos estados de la "materia" se encuentran presentes todos los elementos, interactuando en distintas proporciones entre sí; lo que asimismo equivale a decir que la "materia" del universo es una sola.

Siguiendo con la relatividad de los fenómenos y la mutabilidad de las cosas, indicaremos que algunas de las imágenes que se nos aparecen como firmes y nos convencen de nuestra propia individualidad -Y de la segura garantía que nos ofrece la historia-, son extremadamente banales y jamás hemos meditado sobre ellas. Como curiosidad, y con respecto a la historia, haremos hincapié en que un individuo cualquiera sólo puede recordar fehacientemente a sus abuelos y su época, a lo sumo tres generaciones, que son las que constituyen "su mundo" -aunque él mismo suponga lo contrario-, que no se remonta a más de un siglo, permaneciendo todo lo demás en un estado de difusa confusión, tal cual si hubiese perdido la memoria y tuviera que referirse a circunstancias externas contingentes -"histórico-científicas"-, a las que tiene que otorgar una categoría real, objetiva, verdadera; pues al identificarse con ellas, adquiere inmediatamente la seguridad de la posesión de un hipotético "yo", que pasa a ser nada menos que su identidad, su presunto ser en el mundo y la razón de su existencia. Esta módica perspectiva, jamás confesada interiormente por temor a la desintegración, hace sin embargo a los contemporáneos sentirse partícipes de la historia mundial, como si esta fuera una institución oficial y universalmente objetiva para todos los pueblos y seres, algo sustancial y garantizado que avanza hacia el progreso y que dicta una ley inmutable y científica, de la que ellos son los depositarlos y árbitros. No nos atrevemos a calificar estas actitudes, de las que algunos se carcajean sin disimulo, y que otros enjuician con, una seriedad que no admite descargos. En cuanto a la idea humorística de la posesión individualizada de la personalidad "a ultranza" -que nos hace sentirnos únicos y exclusivos en el mundo-, ella constituye una paradoja en la comprobación estadística, ya que en poco mas o menos cuatro siglos se han tenido más de un millón de antepasados (cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos, etc.), lo que equivale por ejemplo a decir, que en el siglo XV -fecha del descubrimiento y comienzo de la conquista de América-, es casi seguro que han existido aquí y allí más de un millón de nuestros antecesores directos, tan propietarios de su ego como nosotros mismos.13 Lo cual nos conduce nuevamente al tema de la proporción y la medida, o sea el de la ubicación, íntimamente vinculado al equilibrio y la armonía de los ritmos y los ciclos y la necesidad de un encuadre y una orientación.

Coincidamos en que la época histórica en que nos ha tocado vivir es dura y difícil en razón de su situación en el tiempo cíclico.14 Es más, se advierte que estamos en el ocaso de una cultura y al final de un período que se produce en el mundo entero. Diversas voces, desde distintas tradiciones, vienen advirtiendo este hecho -cada vez más expresamente- desde hace ya años. Esto ha dado pie asimismo a la aparición de pseudoprofetas y especuladores, que aprovechan de esta circunstancia para profitar con artes y engaños a nuestras expensas. Se dice en varios libros sagrados que estos personajes se han de multiplicar en nuestra época. Sin embargo, ellos mismos no son sino un símbolo del fin. Y este fin, no es sino el segundo advenimiento, la liberación. Por cierto algo más difícil de imaginar, y que guarda poca relación, proporción, o medida, con los parámetros con que estamos acostumbrados a ver las cosas. Hay, sin embargo, una promesa vertida en forma clara en todas las tradiciones, y que los cristianos llaman Parusía. El mismo evangelio nos dice que de ese día y hora nadie sabrá nada, y que andaremos trajinando y afanándonos por lo de siempre, en forma normal. Hay quienes estudian estos temas en detalle, de acuerdo a fuentes y datos tradicionales, y muchos de ellos destacan al "milenio" -décadas más o menos- como fecha promedio de los límites del actual manvántara. Pero, lo que sí puede con seguridad afirmarse, es que a los efectos del ser individualizado, el fin de una civilización es perfectamente equiparable al fin de sus días, ya que todos los ciclos son análogos.15 Quien ha pasado por la muerte ya no puede morir. Y nada de esto será más o menos doloroso de lo que ha sido siempre y por cierto es también ahora mismo.16 Por otro lado, el fin de los tiempos se refiere a la abolición de nuestro condicionamiento espacio-temporal y a un retorno a la frescura virginal de los orígenes no determinados, que por cierto incluyen la posibilidad de un renacimiento. En este contexto, las palabras libertad, igualdad y fraternidad adquieren su último sentido y también nos marcan una tarea a realizar o un destino que cumplir.

NOTAS

  1. Las civilizaciones son ciclos que tienen principio, desarrollo y fin; que poseen vida, como los hombres y los continentes geográficos. Se generan al igual que los organismos vivos y corren su misma suerte.
  2. Es interesante destacar como curiosidad que el hombre apoya sólo las plantas de los pies, u otra pequeña superficie de su cuerpo, sobre la tierra. La mayor parte de su volumen vive y transita en el espacio a esa enorme velocidad y es aéreo. Sin duda, los habitantes modernos de las grandes ciudades no nos enteramos de este hecho -como casi de ningún otro-, pues fijamos nuestros propios límites al identificarnos con nuestras concepciones, y nos sentimos bien anclados en una hipotética tierra material, absolutamente sólida, cuando en verdad es una superficie porosa en la que el aire circula libremente, penetrándola y conformándola, como es además notorio en el cuerpo humano. Por otro lado, la parte que no es aérea es líquida, como lo atestiguan claramente también el propio conjunto de fluidos del cuerpo y la constitución geográfica y sustancial de la tierra. Tomando además debida cuenta de que estos elementos tan inestables están constantemente en movimiento, e interactúan entre sí.
  3. Estos cálculos aquí citados se consignan sólo a título de ejemplo ilustrativo y sin pretensiones cientificistas.
  4. Es obvio que las épocas cronológicas de igual duración no responden necesariamente a tiempos equivalentes. El tiempo no transcurre uniformemente.
  5. Para Alan Watts: "El espacio y mi conocimiento del Universo son lo mismo".
  6. La simbólica y la geometría son vehículos, enseñanzas didácticas para comprender el cosmos, pero no el cosmos en sí.
  7. Debemos, por lo tanto, referimos a un orden, a un encuadre correlativo y proporcional entre el hombre y el cosmos, dejando de lado los ciclos muy mayores, que son exclusivamente cósmicos, y los muy menores, que ya no poseen una relación significativa con respecto al ser humano.
  8. Lo mismo sucede con el número diez mil en la tradición china, con el cuatrocientos en las meso-americanas, y también con el milenio, u otros símbolos-magnitud, en diferentes civilizaciones.
  9. Si se lleva un poco más lejos este ejemplo, pudiera decirse que cada vez que encendemos un fósforos e produce un, mundo, un sistema completo; o que cada vez que parpadeamos asistimos inconscientemente a la creación de un campo, que tendrá dentro de sí la posibilidad de generar otro, y así en una serie ¡limitada!. Por otro lado, un milenio no es ni la fracción de un segundo en la vida de un dios.
  10. Según Platón, desde el norte al sur se desarrolla un movimiento ascendente, a partir de allí retorna nuevamente hacia el norte (impulsado por sí mismo, abandonado a su suerte), recorriendo en sentido inverso su ruta circular. También es interesante poner a lo anterior en relación con la vida existencial e histórica del ser humano, así como con los ciclos de las distintas civilizaciones.
  11. Como lo sería el referirnos a nuestro propio ciclo existencial humano tomado como independiente del resto. O sea, considerarlo como un circuito cerrado y autónomo, uniforme y autosuficiente, cuando bien por el contrario la realidad nos indica la interdependencia, que es posible gracias a lo que todo ciclo tiene de individual, aunque esta individualidad adquiera su sentido en la vida del conjunto, como está claramente ejemplificado en el caso del ciclo de una célula sanguínea.
  12. Recordemos que la traducción de mandala es círculo.
  13. Este sencillo ejemplo no lo es tal, en cuanto comprobamos que el hombre en sí, sintetiza a todos sus antepasados y proyecta todos sus descendientes. Si esto se simbolizara gráficamente, se haría mediante dos triángulos invertidos, o dos conos, o espirales, unidas por un punto o vértice común, que representaría al hombre en su función mediadora.
  14. Aunque este hecho no justifica las responsabilidades individuales. Ha sido el hombre, en facultad de su libre albedrío, el que ha llevado al mundo a la situación en que se encuentra. El ser humano es tanto el mediador de la construcción como el de la destrucción.
  15. En virtud de su aceleración, el tiempo se contrae en el espacio y acorta las distancias de tal suerte, que en verdad se contrae en sí mismo. Hasta que ese exceso de velocidad en que reitera sus ciclos, lo lleva al grado de devorarse y ser absorbido por la simultaneidad del espacio. Ese sería el fin de los tiempos, el retorno al origen, en el cual la rueda dejará de girar, cesará el movimiento. Y en esa indiferenciación virginal se generará entonces un nuevo espacio, un cielo y una tierra nuevos, y también un nuevo hombre o humanidad, otro ciclo -en este caso un manvántara-, con un tiempo regenerado, como sucede analógicamente con cada año nuevo.
  16. "Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta". (Mateo VI, 26).

 

CAPITULO VIII

LAS DOS MITADES DEL HUEVO COSMICO

Tal vez la energía de la gravedad y sus leyes no son sólo principios aplicables a la "materia", sino algo más universal, arquetípico, vinculado con cualquier forma de la atracción en diferentes niveles expresivos. Esto si es que contamos con la similitud de dos entes que se atraen al complementarse, los que deben oponerse siempre para que esta conjunción se realice. El rito y la magia conocen este principio que constituye su razón misma de existir como tales.1 Las leyes de la analogía suponen diversos planos, donde las transposiciones puedan efectuarse e incluyen la atracción y el rechazo, el reconocimiento de lo que verdaderamente significa lo mutuo, dando por sentado que esta similitud entre plano y plano -que coexisten simultáneamente- es una condición previa a todo rito o analogía. Por otra parte, este tipo de energía se encuentra explícita en la tradición hindú, cuando ésta se refiere a los tres gunas: sattwa, rajas y tamas. En efecto, si sattwa se vincula a una energía vertical ascendente, tamas se encuentra en el extremo opuesto de esa verticalidad y manifiesta a la energía descendente. Va de suyo que entre ambas hay una complementación, ya que no podrían ser la una sin la otra y que ellas coexisten simbolizando la evolución y la involución y generando a una tercera, llamada rajas, que permite la expansión y el desarrollo del plano horizontal y sucesivo. Por lógica, en cada una de estas "fuerzas" han de estar presentes las otras dos, como parte constitutiva de las mismas. Por lo que conforman un conjunto interdependiente, donde una sola y misma energía, al desdoblarse, se polariza, constituyendo un eje vertical por el que ascienden y descienden fuerzas, equilibrándose en un punto medio o centro, que genera un plano horizontal de desplazamiento de esa energía hasta sus propios límites, es decir, directamente proporcional al juego de sattwa y tamas, al de la evolución y la involución de un ser cualquiera, así fuese un hombre, una civilización o un mundo. Si graficamos esto en el plano, obtenemos un eje vertical y otro horizontal -en donde la energía de sattwa y de tamas se reflejan-, que lo cruza en su centro, conformando la figura de la cruz, universalmente tradicional. Esta representación que en muchas ocasiones aparece circunscrita por una circunferencia que la complementa y aclara,2 no es sino la simbolización del cuaternario y el ciclo -con todo lo que ello involucra, como hemos visto a lo largo de estos textos- y conforma una síntesis perfecta de pensamiento,3 donde la idea de totalidad y simultaneidad en el espacio, en el tiempo, y con respecto a los "elementos" constitutivos de la creación, se manifiesta de una sola vez y se percibe con un sólo golpe de vista, gracias al equilibrio del juego armónico de tensiones involucradas en ella -y asimismo en todas las cosas-; lo que equivale a decir: a la coexistencia de sattwa, rajas y tamas, que también la cruz simboliza.4 Sin caída no hay redención y es obvio que sin tamas, sattwa no tendría lugar en la conciencia, es decir, en nuestro mundo. Y en vez de adjudicarle un valor a estas energías referido a su bondad o maldad -excluyendo ilusoriamente a una en beneficio de la otra-, bien haríamos en tratar de comprenderlas bajo la luz recíproca que ellas simultáneamente emiten, merced a la cual podemos diferenciarlas, como posteriormente distinguiremos a ambas de rajas, su expansivo reflejo generador. También tamas es una forma de la deidad y por lo tanto su energía es sagrada. Conociendo esta realidad como componente del ser universal presente en toda la creación -a la que da precisamente lugar-, es que el individuo puede saber de su contrapartida, de la posibilidad de su opuesto, o sea: de la realidad igualmente válida de sattwa, que por otra parte es también energía inmanente en tamas, así como esta última está comprendida en sattwa y las dos conjuntamente en igual proporción en rajas, fundamentando el cosmos en su expansión horizontal. Habría que agregar que el constante y precario equilibrio de estas alternativas en determinados períodos del tiempo histórico, hace que predomine sucesivamente una sobre las, otras en aras de la proporción del conjunto. En el momento actual del ciclo, la energía gravitacional, es decir, la atracción hacia lo descendente -seguida de un paulatino opacamiento y densificación-, es la que prima sobre las otras. Por ese motivo esta energía es fuerte y dominante, y por lo mismo tiene particular interés, puesto que también -en forma velada- hace explícitas a las demás: en particular a su opuesta y complementaria sattwa, la cual puede entonces aparecer como "salvadora" gracias a tamas, con la que se enlaza naturalmente, ya que ambas son una sola y misma energía polarizada, con signo opuesto, invertida la una con respecto a la otra y viceversa.

Esto también es válido para las dos mitades de un círculo, rueda o esfera. La superior simboliza el cielo, la inferior significa la tierra. En medio de las dos, como un eje vertical, se halla el hombre,5 al que cabe un papel de mediador, de intermediario en la creación, que va mucho más allá de lo que vulgarmente éste se imagina, ya que su rol o función -si así se le pudiera llamar- es el punto imprescindible de la obra de la creación, que él mismo acaba y corona al "redondea? su sentido unitario y establecer un foco de unión -el equilibrio de un eje estático en un mundo en constante movimiento y fuga- en el perpetuo devenir de las cosas y las formas, cumpliendo un papel reunificador en distintos planos o mundos.

Esta característica esencial del hombre es hoy negada bárbaramente, no sólo por el cientificismo, sino también por numerosas pseudo-religiones. En verdad, las mismas religiones tal cual aparecen hoy día en su ocaso, o la niegan, o no la conocen.6 Ello se debe a que hacen de normas relativas, absolutos, de medios, fines, y sobre todo, a que han prescindido o eliminado al "mal" de sus cosmologías. Por lo que nos ofrecen una lectura mutilada de la realidad y por lo tanto de nosotros mismos. Esta tremenda limitación, que pudiera resultar infantil si no hubiera sido marcada a sangre y fuego por el odio del fanatismo sectario, no constituye sino pura y simple ignorancia, tanto más evidente y extraña cuando se encuentra en gente que se supone culta, mismo entre ministros y sacerdotes de esas religiones, de los que se piensa son especialistas en estas cuestiones, cuyo conocimiento de lo sagrado se establecería así con ciertas reservas.

Es lamentable, entonces, que no se pueda revelar en estas personas -que acaso lo desean sinceramente- la verdad y la vida, por el simple hecho de que no se lo permiten, por sus condicionamientos y prejuicios, o porque andan ocupados -en el mejor de los casos- con su imaginación omnipotente, en sus ensoñaciones "místicas", o trajinando secamente presuntas ortodoxias dogmáticas, cuando no sintiéndose piadosos o gratificados por su "bondad". Lo grave es que estos profesionales se ven en la obligación de imponernos una idea "verdadera" de la deidad (generalmente ligada a la "sensiblería" o al "humanitarismo"), ciertamente antropomorfa, que constituye una limitación evidente del conocimiento de aquello que no es humano y que tampoco posee forma. Pensamos entonces que su percepción del conocimiento es tan distorsionada y confusa que, desde el punto de vista de la majestad de ese conocimiento, equivale a una negación. Con el doble agravante de querer a la fuerza esa profusa ignorancia, utilizándola además como factor de poder, aplicada siempre a fines menores, casi siempre personales. Estas "autoridades" nos han dado una imagen errónea de lo que la tradición, unánimemente, describe como algo más parecido al no-ser, que al ser. Experiencia ésta que excluye toda posibilidad de conocimiento computable y que nada tiene que ver (al menos directamente) con la piedad, la salud, la suerte, la felicidad y la realización personal. Y sí con la aceptación, el reconocimiento de lo que ha sido siempre, la palpable realidad del misterio, la frescura inocente del deambular y fluir interno, o la "ingenuidad" virginal del niño, o del loco, que bien comprendidas y vivenciadas constituyen los frutos del árbol de vida -siempre presente-, ante los cuales cualquier promesa o descubrimiento fenoménico, "dogma ortodoxo" o "conocimiento secreto", resultan absurdos y risibles, pues la pura realidad -que algunos han tratado de expresar como un vacío o una nada, aclarando que no se trata exactamente de eso- se impone por sí, como unidad, vivencia en la cual estamos incluidos los humanos, constituyendo nosotros sus posibilidades más perfectas de ex presión y revelación. Se nos dirá que este opacamiento de la diafanidad original, perceptible en la ciencia y en las religiones -y que precisamente da lugar al cientificismo y a las pseudoreligiones-, es "tamásico" o gravitacional y que se debe a la naturaleza del ciclo. A lo que responderemos afirmativamente. Agregando además que gracias a esta característica, es que acaso podamos vivenciar la energía de sattwa, pues, como hemos visto, la deidad también se manifiesta en términos negativos: 1 como asimismo, desde un punto de vista inverso y análogo, lo hace la teología llamada "negativa".

En lo que respecta a lo personal, cada hombre y cada institución tienen con seguridad un fin y un destino, es decir, una función y una misión, aunque ellos mismos no las conozcan, o éstas sean lo contrario de lo que pretenden. Creemos que juzgar es un error perfectamente señalado en varias tradiciones. Por otra parte, el refrán popular que dice "nadie sabe para quien trabaja", es definitivamente aplicable también a uno mismo. La frase in omnia caritate, expresa claramente lo que muchos pensamos al respecto. La enseñanza evangélica de "amad a vuestros enemigos", debe ser destacada en forma particular, pues, entre otras cosas, es acaso posible que merced a ellos podamos reconocer a la verdad en lo que resta del ciclo. O expresado de otro modo: podemos disponernos a conocer a fondo la energía pesada de la densidad, para permitirnos la levedad de lo sutil, de lo que siempre ha sido sin esfuerzo.

Ahora bien, si se nos pregunta si hay alguna diferencia entre esas dos porciones en que el círculo o la esfera se dividen -o el movimiento ascendente de ida (norte-sur, medianoche-mediodía), o descendente o de retorno (sur-norte, mediodía-medianoche), de la rueda cósmica-, contestaremos de igual modo afirmativo, recordando que de la polarización, o del binario, es que nace toda diferencia, que se sintetiza en la primera distinción; la que hace a las cosas activas o pasivas tomar el nombre de cielo o tierra. Esta dualidad, que se expresa a través de las energías llamadas sattwa y tamas, las que simultáneamente generan a rajas a perpetuidad, conforman una triunidad de principios (homologables a ciclo, tierra, hombre), que al manifestarse en el plano horizontal o creacional, conforman y limitan el cosmos, es decir, todas las cosas. El cuaternario, simbolizado por la cruz, nos dice que la misma oposición entre la energía ascendente-descendente, se ha transferido al plano de conjunción, horizontal o creacional, donde también se oponen análogamente -pues han pasado a ser componentes del mismo- en esta figura que simboliza la totalidad de lo creado o limitado, donde ahora se enfrentan dos a dos, generando y equilibrando la manifestación entera, que queda marcada con su sello, reproduciéndolo indefinidamente. Si a la representación plana la llevamos a lo espacial, el cuaternario, simbolizado por una cruz, se convertirá en una cruz volumétrica. Y el simbolizado por un cuadrado se transformará en un cubo. En ambos casos no hemos hecho sino añadir una dimensión al modelo que simboliza el cosmos, completándolo y dando lugar a las indefinidas variables que pueden constituirlo, las que siempre se refieren a una triunidad de principios -en este caso espaciales: largo, ancho y profundidad- que conforman el universo entero, al manifestarse.7 Lo que nos interesa de momento, es señalar que una vez creado y definido de modo cuaternario el plano horizontal, por la acción de una triunidad de principios, se suma con ellos, conformando un septenario, que -como ya hemos indicado en estos textos es el concepto numeral que se refiere a la totalidad de la creación, simbolizado por el cubo en el espacio y por el sello de Salomón en el plano, que como se sabe, está compuesto por dos triángulos invertidos.

Volviendo a aquella primera diferenciación o polarización -que hace que las cosas progredan y tengan nombre-, diremos que en el caso de la división horizontal en dos mitades, de la esfera, la rueda o el círculo, una de ellas es elevada o ascendente y corresponde a la medianoche y al cielo, mientras que la otra, siendo su opuesta, denotara lo contrario: lo bajo, lo descendente, el mediodía, la tierra. Se ve en esta concepción que el cielo, como lugar más elevado, como summum de la verticalidad, está más bien asociado a ideas de obscuridad, mientras que las de plena luz corresponden a la tierra.8 Esta obscuridad está más de acuerdo con lo inmanifestado que con lo manifestado, con lo invisible que con lo visible, con lo desconocido que con lo conocido, con el secreto, más que con la divulgación. ¿Pero no sería lícito preguntarse en nombre de qué se puede afirmar la primacía del cielo sobre la tierra, de lo alto sobre lo bajo, de lo evolutivo sobre lo involutivo, si vemos que esas energías son complementarias? Sólo diremos que varias tradiciones han señalado a la estrella polar -situada en el norte- como la puerta de salida simbólica a lo supracósmico. Esta idea incluye no solamente la posibilidad de diferenciación entre lo alto y lo bajo -otorgando a lo elevado la primacía-, sino que esa misma jerarquía está dada por la existencia de otros planos, mundos o niveles, respecto a los cuales se crean y consideran los criterios comparativos, las calificaciones mismas de alto y bajo. Tradicionalmente, siempre se le ha atribuido al cielo la energía activa y a la tierra la pasiva. Si consideramos que en la manifestación las energías se oponen dos a dos, nos es sencillo advertir que en toda energía positiva se halla comprendida su contraria negativa, así como que toda energía pasiva tiene un componente activo, al que se opone, para ser lo que es, es decir: ella misma. Y como todo Yin tiene su Yang, y este modelo se manifiesta indefinidamente, debemos concluir que esta helicoide, esta espiral evolutiva-involutiva de energías, que configura el símbolo chino -y que se extiende en la síntesis de la cruz a los brazos horizontales, que se expresan en forma simultánea con el eje-, es absolutamente inaprehensible. Al menos, de la manera en que estamos acostumbrados -aunque sea mentalmente a posesionarnos de los conocimientos y las cosas.9 Ante tal comprobación no queda sino abandonarse y reconocer nuestra ignorancia, pues no podría haber nada más estúpido que tratar de inventar o imponer un orden cualquiera, cuando ya está todo ordenado. Que pretender "crear" algo, cuando la maravilla es advertir que ya todo está creado. Y uno con ello.

La contemplación es pasiva, y, como energía de la tierra, debe ser trabajada y preparada para que las energías activas del cielo la lleguen a fecundar. Debemos promover el Yin para obtener, por atracción gravitacional, el descenso del Yang y producir la cópula entre ambos, para trascender así al propio Yang, y ascender evolutivamente a su través al conocimiento de la unidad, en otro plano, claro está, donde ya no existe la oposición y al que "no conociendo su nombre llamo Tao". No nos debe extrañar, pues, que se trabaje con y en el reflejo llamado microcosmos, utilizando las, leyes análogas de la inversión, que bien empleadas producen la ruptura de nivel. Asimismo, y retornando a nuestro modelo plano de la rueda, pudiéramos hacer en él una doble transposición. Por un lado, podríamos tomar al eje inmóvil como al cielo, a un punto cualquiera de la periferia como a la tierra, y al rayo que los conecta como el intermediario, merced al cual éstos se unen, generando el plano o artefacto de que se trata. Por el otro, se pudiera considerar, en el mismo sentido, al punto interior, al exterior, y a la serie que los une, como correspondientes a Atma, Jivatma y el rayo Buddhi, de la tradición hindú, con todo lo que estas transposiciones llevan implícito. Debemos dejar aclarado, además, que el cielo al que nos estamos refiriendo conforma parte del cosmos manifestado, así como Brahmâ tampoco es Atma -salvo en cuanto éste último es Prajapati- y menos aún, Brahma incondicionado o Para-Brahma, aunque a veces se los suele identificar por analogía. Estas aseveraciones nos obligan a reflexionar sobre la idea de distintos planos -o de jerarquías dentro de un mismo plano- que ellas incluyen y expresan. Pero primero hemos de decir unas palabras respecto a que, de hecho, cualquier punto manifestado es el centro de un sistema. O dicho de otra manera, que este centro no se halla en ninguna parte, por encontrarse en todas. Efectivamente, si eso es así, y ese centro se identifica por otra parte con el "cielo", éste se halla también en la tierra. Y la tierra misma ha de tener dos polos, o dos tendencias, o energías, llamadas sattwa y tamas, una activa y la otra pasiva, equiparables a cielo y tierra, que conforman una tercera con la que son simultáneas: rajas. Todas ellas, emanadas de la unidad, de la que son copartícipes, la que al expresarse crea un encuadre donde éstas se manifiestan, mediante el cual pueden ser aprehendidas. Este proceso arquetípico impondrá también su estructura a las cosas que constituyen la totalidad del cosmos. Es entonces lógico pensar que ese mismo cosmos puede tener varios planos, o mundos, implícitos, que se conectan constantemente con los principios ontológicos, ya que son éstos los que en verdad los conforman. En el caso del cuerpo del hombre, se obtendría una división ternaria que correspondería a extremidades, tronco y cabeza, que serían el símbolo visible de tres mundos internos, que se asimilarían asimismo a cuerpo (o tierra), alma (psique, mundo intermedio y hombre) y espíritu (o cielo). La mayor parte de las tradiciones considera estos tres grados o niveles, que no son sólo válidos para el hombre, sino también para el universo.10 Al nivel intermedio se lo suele subdividir en lo que está por encima de las aguas o por debajo de ellas, las aguas superiores y las inferiores,11 la psique superior y la inferior. Y estos grados o mundos son visualizados como jerarquizados o colocados sucesivamente a lo largo de un camino.12 Se trata, como tantas veces se ha explicado, de distintos estados de la conciencia, puesto que cada símbolo produce siempre una impresión psicológica que hace válidas, o mejor, obligatorias, las transposiciones a ese plano. Estados vinculados con la transformación del pensamiento, y aun de las percepciones, que se van efectuando en este camino o recorrido, lo que lógicamente ha de alterar nuestro esquema de vida. Se debe advertir que esta jerarquización sucesiva es fundamentalmente una didáctica, pues en la vida misma se expresa de manera simultánea, como un todo orgánico, al igual que en el hombre o en el huevo gigantesco que produce el universo. Esta división jerárquica es tan válida como aquella otra del cuaternario, que limita al espacio, al tiempo y al reciclaje de los estados de la materia, y acaba por definir al cosmos como algo claro y coherente entre sus partes. La idea de planos o de lecturas de la realidad no es arbitraria, sino que corresponde efectivamente a la naturaleza de las cosas que se pretende simbolizar y transcribir, según las enseñanzas recibidas y experimentadas por todos aquéllos que han identificado su ser con su conocimiento.

En ese sentido, y pidiendo disculpas por las numerosas reiteraciones que posiblemente pudieran haber sido obviadas en estos textos reincidentes, queremos referirnos nuevamente al tiempo, tomándolo como ejemplo, ahora, de la "jerarquización" en planos, o lecturas, de la realidad, a que nos estamos refiriendo. Se trata de una división cualitativa del mismo, en profundidad, según se lo perciba a distintos niveles de comprensión, que corresponden entonces a categorías intrínsecas del tiempo mismo. Podríamos así distinguir una concepción lineal y en fuga del tiempo -ya fuera individual o colectiva-, la cual es propia de la literalidad del hombre contemporáneo; una concepción cíclica, que es la que vivía el habitante medio de una civilización tradicional (y que por cierto puede recuperar para sí cualquiera de los hijos de este siglo)13 y una concepción atemporal -un tiempo atemporal-, lo que configura una contradicción, o al menos una paradoja, con respecto al tiempo horario de los relojes. A estas tres habría que agregar una cuarta concepción -si en lugar de tres planos consideramos cuatro, como ya lo hemos advertido con respecto al diagrama Sefirótico de la cábala-, y esta última idea sería la de vivenciar el no-tiempo, la simultaneidad, la unidad, la eternidad, la realidad sin ningún tipo de mixturas o adherencias anecdóticas y existenciales. Pues ya se sabe que al trascender el tiempo sucesivo no hay pasado ni futuro y, por lo tanto, queda abolida cualquier historia. Esta mención de tiempos conceptuales diferentes, que se producen simultáneamente, tiene por objeto, en este momento, ubicarnos en la "tridimensionalidad" de nuestra caja o espacio mental, que también podríamos denominar campo de la conciencia.14 En ese sentido, contamos con una potencialidad que no conocemos, pero que sí presentimos, y que está dada, precisamente, por la posibilidad que nos ofrecen esos planos de ampliar nuestras vivencias: en este caso concreto, de alcanzar, mediante una penetración y una ruptura de nivel, una comprensión no sólo lineal y sucesiva de un tiempo horario o cuantitativo, siempre angustioso, sino la "experiencia" de otras modalidades del mismo. Esta idea de planos o mundos coexistentes es, por otra parte, la que fundamenta todo simbolismo y hace del símbolo el vehículo que los conecta entre sí.

Hay todavía que poner en claro que sería un vano error suponer con orgullo mental omnipotente que la lectura de otras realidades -y la consiguiente adaptación a las mismas- suprimiría de una vez, y para siempre, planos o estados de conciencia inferiores, siendo que éstos también son parte constitutiva del cosmos, y sería imposible abandonarlos definitivamente mientras no se abandone, a su vez, a éste. La iniciación en los misterios cosmogónicos, es decir, el morir y renacer a otros planos de la realidad mediante la regeneración psíquica, no es aún la salida verdadera del cosmos, sino que se trata de un aprendizaje imprescindible sobre su constitución, sobre el "espíritu" de las cosas y su aprehensión. Un andamiaje que nos permite concebir la posibilidad de lo supracósmico, del no ser y de la no-dualidad, realidades que exceden la mera individualidad que signa nuestras experiencias sensoriales o mentales, en tanto que las particulariza. Aunque es útil señalar que -lógicamente- cuando se empieza apenas a atisbar la posibilidad de lo supraindividual, todo lo referido a lo personal cae tan estruendosamente como una torre que es destruida por un rayo, dejando así de ser la protagonista del paisaje.

Esta visión en profundidad -si así se la pudiera llamar-, corresponde, como hemos visto, al propio esquema interno del hombre, que encuentra dentro de sí a esta variedad seriada de planos o mundos, que debe comenzar a conocer, pues son parte integrante de su propio campo de conciencia, o sea, de su vida. Por otro lado, por medio del símbolo se efectivizan las posibilidades de ese conocimiento y las características auténticamente humanas, que todo hombre ordinario lleva en sí, y que no conoce, a menos que ellas se encuentren estimuladas por el fuego del amor y convenientemente ordenadas por la tradición, para que puedan ser reconocidas por él mismo. Este es el tipo de instrucción que ofrece una verdadera enseñanza y una iniciación en los misterios menores, cuya primera parte pudiera asimilarse a un viaje infracósmico, o a una estancia en el interior de la tierra, una visita al país de los difuntos o a un descenso a los infiernos de lo caótico.

Resulta evidente que esta involución a la que nos acabamos de referir -así como la posterior evolución que completa el proceso de palingénesis-, se halla simbólica e íntimamente relacionada con la gravitacionalidad. Si recordamos, por otra parte, que la tierra es pasiva con respecto al cielo, es decir, que otorga la forma a los efluvios divinos, lo que equivale a equipararla a la gran generadora, o diosa madre -y asimismo a todas las vírgenes-, colegiremos que para todo nacimiento -de cualquier tipo que éste sea- es imprescindible la presencia pasiva, formativa y generativa de la tierra, o sea, de la energía gravitacional ubicada espacialmente en el Sur, es decir, en el sitio más bajo y denso, en oposición a lo alto y sutil.15 En términos del budismo mahayana: sin el samsara es imposible el nirvana, vale decir, que el conocimiento real del samsara es lo que nos lleva al conocimiento verdadero del nirvana, que al ser obtenido -y sólo en ese momento-, nos dice que samsara y nirvana eran y son una sola cosa, que la diferenciación es únicamente una forma de decir, una simple manera fenoménica de la mente, emparentada con la ilusión y la ignorancia. Por otra parte, creemos que bajo esa misma luz deben leerse las palabras evangélicas: "Si al deciros cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas del cielo?",16 ya que en ellas puede verse que toda enseñanza comienza siendo un aprendizaje sobre lo cosmogónico, que permitirá el posterior pasaje a lo metafísico. Así lo es, al menos, para esta época del ciclo, en donde Occidente tiene precisamente una fuerza gravitacional tan importante y de la cual Cristo es el avatar. Aunque se debe llamar particularmente la atención sobre el posible equívoco de interpretación literal, en donde un trabajo de realización interna debería comenzar por el "cuerpo" (dietas alimenticias, sexuales, ejercicios corporales, respiratorios, etc.) o por logros profanos, personales (estima, auto-respeto, éxitos profesionales, ascenso en la escala cultural y social, superación y dominio del carácter, poder sobre los otros, etc.), de autosuficiencia o pretendido valor; error que se comete pensando, tal vez, en que ha de irse de lo particular a lo universal, cuando en verdad las ciencias tradicionales nos dicen lo contrario: que de los principios se deducen todas las posibilidades.

En verdad, se podrían desarrollar estas ideas una y otra vez, viéndolas desde innumerables ángulos de visión y relacionándolas entre sí, y también con otras, que nos aclara rían ciertos aspectos del mundo, que intuimos, y que sin embargo permanecen velados para nosotros. Estas relaciones, que no son ni arbitrarias ni casuales, son las bases o fundamentos de la labor analógica y simbólica. E igual mente de la obra alquímica y cabalística. El resultado que se obtiene con estas investigaciones es difícilmente evaluable en términos cuantitativos y traducible a patrones actuales -derivados de ideas filosóficas erróneas, que circulan desde hace varios siglos en Occidente y que han tenido que parir, finalmente, a la mecánica industrial, a la técnica electrónico-atómica y al consumo-, los cuales nada tienen que ver ni en sus principios ni en sus métodos y fines, con la auténtica ciencia. Desde otra perspectiva, un capítulo denominado, un poco ampulosamente, las dos mitades del modelo cósmico", ha de tratar, indefectiblemente, sobre el binarlo. La dualidad, como se ha expresado a lo largo de estos escritos, es el motor dialéctico que impulsa cualquier acto o pensamiento, por lo que lamas ningún discurso podría agotar el tema. Sólo nos queda agregar que este texto, en general, ha tenido únicamente en cuenta la partición horizontal de nuestro modelo de la rueda, efectuada por la línea del horizonte o plano ecuatorial, que lo divide en dos secciones iguales: una arriba y al norte, otra abajo y al sur. El modelo también puede dividirse en otras dos mitades, situadas a ambos lados del eje vertical: una a la derecha y al oriente, otra a la izquierda y al occidente. Este nuevo binario, que está, obviamente, en correspondencia con los brazos horizontales de la cruz que todo lo abarca, diferencia claramente dos mitades análogas y complementarias del cosmos, llamadas derecha e izquierda, perceptibles en todas las cosas y merced a las cuales las mismas cosas son perceptibles. Esta particularidad es lo que se ha dado en llamar la simetría, y sus leyes especulares y simpáticas, y configura todo un tema que rebasa nuestras intenciones actuales. La izquierda y la derecha se complementan, son formas parientes y análogas. Pero no se simbolizan entre sí, sino que ambas son símbolos de la realidad vertical que es su origen y al que las dos representan. El auténtico valor de los símbolos no radica tampoco en sus efectos transmisores, que son secundarios, sino en la (o las) causa(s) de su propia existencia. Es decir, en lo que ellos simbolizan en su esencia, lo que por otra parte justifica su intermediación. Y esta causa (o causas) bien comprendida y vivenciada, se resuelve siempre en su unidad, que no es sino afirmación o manifestación de sus posibilidades no-causales, valga la expresión. Nos resta decir que lo que hemos expuesto respecto a la oposición cielo-tierra, norte-sur, es igualmente válido en la de derecha-izquierda, oriente-occidente, dado que esta partición horizontal es un reflejo de la primera. Así, si transcribimos algunos de los conceptos vertidos hasta aquí, con respecto a la complementariedad que estamos destacando ahora, se obtendrán resultados provechosos en nuestros estudios, pero teniendo siempre en cuenta las modalidades especiales de esta oposición o inversión.17 Finalmente, ya que nos estamos refiriendo a nuestros trabajos y estudios, queremos traer nuevamente a la memoria otra enseñanza cristiana: la que señala que los frutos del conocimiento sólo podrán ser obtenidos por aquellos "que perseveren hasta el fin".

Nota: Apenas habiendo puesto punto final al presente capítulo, hemos leído un artículo titulado "Nueve hipótesis sobre la génesis del Universo", que ha sido escrito por el físico-matemático ruso Igor Novikov y otros.

En él se dice: a) que el universo se expande; b) que esta expansión es comparable a una inmensa explosión cósmica (irradiación) y que esa explosión sucede por inercia; c) que el universo es homogéneo; d) que esta homogeneidad permite la "heterogeneidad" (concentraciones, enrarecimientos) y es la que ha posibilitado, precisamente, el nacimiento de nuestro complejo universo; e) que estas "heterogeneidades" son ondas sonoras (de sonido relicto, el que es igual y continuo en todo el universo)18. Queremos transcribir textualmente el final del artículo:

"Nosotros estamos acostumbrados a considerar la gravitación y las fuerzas electromagnéticas como si fueran fuerzas de naturaleza distinta. ¿Pero ha sido siempre así? Es muy posible que la gran explosión haya sido un proceso de división de un supercampo único, en el cual todos los tipos de interacción estaban unificados". Según se dice en el referido artículo, estas son las últimas novedades con que se halla confrontada la ciencia.19 Un comentario jocoso lo constituye el hecho de que se aclara que estas investigaciones han comenzado hace menos de cincuenta años. Sin embargo, no deja de llamarnos la atención algo que ya hemos observado anteriormente; nos referimos a los hallazgos y aproximaciones seguramente intuitivas que lo mejor de la ciencia y los científicos modernos logran en sus búsquedas20. De todas maneras, el sentido que tiene la inserción de esta nota, no es precisamente el de "legitimar" una "teoría", otorgándole un status científico, sino mas bien mostrar cómo, aún desde un punto de vista que no es el que aquí se expone, igualmente se puede vislumbrar el conocimiento. Pues éste se halla en la trama misma del hombre que, en su heterogeneidad, es solidario y homogéneo con el cosmos.

Anexo: Queremos hacer notar la analogía entre el sonido relicto, que se propaga uniformemente en el universo, y la forma en que la luz -tradicionalmente otra forma del sonido- lo hace, de acuerdo a la más moderna ciencia. Efectivamente, desde la teoría de la relatividad de la actual física-matemática, el papel del observador es decisivo. Pues la teoría de la relatividad, se construyó a partir de un único axioma, que establece que, para cualquier observador, la velocidad de la luz de cualquier origen, que se mueva o no, con respecto al observador, es siempre la misma. Siendo esto así, el propio observador, recibiendo en cualquier punto o dirección del espacio, una emisión cuantitativa de luz idéntica -la cual no es alterada por ninguna circunstancia-, es la "causa" de la velocidad de la luz que recibe. Y ya sabemos que lo que es válido para el microcosmos, asimismo ha de ser válido para el macrocosmos, salvando, otra vez, los problemas necesarios a cualquier transposición. Lo que sí resulta claro es que en un universo dividido -en este caso entre el emisor y el receptor-, pero único en su esencia, algo de lo que se recibe estará implícito en lo que se emite y lo mismo a la inversa. Y esta correspondencia y analogía es la que determina incluso la estructura y la forma de lo creado, a saber, de la manifestación y los símbolos en que ésta se expresa. De igual modo, es interesante destacar que, en estos ejemplos que estamos tratando, relativos al sonido y a la luz, el "centro", de donde se expande la energía, no puede ser localizado en ningún lugar específico, lo que equivale a decir que no tiene "realidad" espacial. Ya que siendo el espacio homogéneo -o un "caldo de cultivo" que permite las condiciones heterogéneas de la manifestación-, cualquier punto del mismo bien pudiera ser el centro.

NOTAS

  1. ¿No será esta energía expresión, a su nivel, de lo que los griegos entendían por el pneuma?
  2. Como en las numerosas "ruedas" esparcidas en el arte de todas las civilizaciones.
  3. En el sentido que le damos a este término, y que siempre tuvo, conocido con el nombre de nous en la filosofía griega, totalmente ajeno a la conjeturación racionalista, y por el contrario, utilizado aquí como sinónimo de intuición directa, en la que tanto se conjugan la inteligencia, hoy llamada creadora, como la experiencia y la emoción.
  4. Si de la representación plana llevamos esta figura a lo volumétrico, obtenemos una cruz tridimensional o sólida. O sea, un sistema completo, un conjunto de coordenadas, que como el cubo, constituye un modelo del cosmos.
  5. Que a su vez en su cuerpo físico representa esta dualidad superior-inferior, teniendo como centro el ombligo, o el corazón -en un sentido más elevado-, órganos que están íntimamente relacionados con la generación y la expansión.
  6. Haciendo notar, por otra parte, que las grandes religiones ofrecen no sólo la transmisión espiritual necesaria, sino también la norma, y el rito exotérico, como vehículos de la realización.
  7. La triunidad de los principios temporales conocida como pasado, presente y futuro, se manifiesta en el ciclo cuaternario de las estaciones de un año.
  8. Ya hemos indicado que el cielo es representado por un círculo, mientras que la tierra lo es por un cuadrado. Otra simbolización cambia al círculo por un triángulo, sintetizándolo. En el símbolo del templo, la cúpula, que corona un edificio de base cuadrada, es suplantada por un prisma triangular. Tal es el caso de la pirámide. Haciendo notar que siempre la tríada se ha considerado como más elevada o superior al cuadrángulo.
  9. La cruz se subdivide otra vez simétricamente en el plano horizontal, oponiéndose nuevamente dos a dos y formando el octógono que simboliza al polígono de mayor número de lados, es decir, el de lados indefinidos, el cual, sumado a su centro, configura numéricamente la circunferencia y el ciclo completo. Esto se ve claramente en el diagrama chino llamado de Fu-Shin, donde los ocho trigramas fundamentales se subdividen en otros ocho, generando los sesenta y cuatro hexagramas del I-Ching o libro de las mutaciones.
  10. Habría pues un cuerpo, un alma y un espíritu universales.
  11. En este caso, el nivel más bajo correspondería a las aguas "abismales» o caos.
  12. En la simbólica constructiva, el templo en su división vertical tiene tres niveles: el subterráneo donde se halla la cripta o pozo, el de la superficie y el de la bóveda o cúpula, homologables a los tres planos o mundos que bajo distintas formas llevamos vistos en este trabajo.
  13. Resulta muy difícil, desde nuestras concepciones actuales, entender la Parusía, o segundo advenimiento, presente en forma universal en la casi totalidad de las tradiciones. Esta idea es perfectamente clara y luminosa desde la concepción íntima, o vivencia, de un tiempo rotativo, cíclico, circular.
  14. El punto, la línea, el plano y el sólido simbolizan también cuatro "dimensiones" de la conciencia y de la percepción espacio-temporal.
  15. Resulta natural que el símbolo alquímico del elemento tierra sea un triángulo con el vértice hacia abajo. Asimismo es lógico que su opuesto sea el de un triángulo con su vértice hacia arriba.
  16. Juan, III, 2.
  17. A la derecha asimismo corresponde lo vertical, lo alto y lo activo. A la izquierda lo horizontal, lo bajo y lo pasivo. Los números impares son positivos y los pares negativos.
  18. Ver anexo a esta nota.
  19. Lo cual no deja de guardar relación con aquello de que los extremos se tocan (lo que es obvio cuando se acaba un recorrido circular). O dicho de otra manera, que el punto más alto de la circunferencia, y el más bajo, se hallan sobre el mismo eje.
  20. Este es igualmente el caso el poeta Edgar Allan Poe, que en su fascinante libro "Eureka", su testamento intelectual, que escribiera poco antes de morir, nos plantea toda una cosmogonía muy próxima a las concepciones tradicionales, que siempre han sido consideradas como reveladas.

 

CAPITULO IX

CONCLUSIÓN

Llegamos al final de estos textos, que se han ido entretejiendo a si mismos en una especie de cadencia circular, dada por la propia naturaleza del tema que hemos pretendido describir. De más está decir que hemos realizado este trabajo sin intentar agotar un modelo simbólico, que, como el cosmos, es inagotable. Nos hubiera gustado tratar en extensión ciertos temas -siempre vinculados con el símbolo de la rueda- que aquí apenas se sugieren. Así, hubiéramos querido referirnos a la rueda en relación a la música y la danza de los pueblos y destacar en primer lugar la idea de ritmo que implícitamente estas artes acarrean. Del mismo modo, subrayar la circularidad de las estructuras musicales, del canto y del recitado, como igualmente las coreografías de rondas y reiteraciones, presentes en la totalidad de las tradiciones. Esto puede verse claramente, aún hoy en día, en el folklore universal, en la danza y el canto de los "primitivos" y los niños, cuya base rítmica y circular puede verificarse fácilmente. Si aceptamos que nuestra cultura aún recuerda ciertos fragmentos de su pasado tradicional -que constituyen su propia textura inconsciente-, podemos comprender estas manifestaciones unánimes. Ya hemos señalado los orígenes sagrados y míticos de todo arte o creación.

También hemos dicho que el modelo de la ciudad, el de la cultura de las civilizaciones, ha sido estructurado de manera análoga al modelo del cielo y al conocimiento interno y directo de la cosmogonía, dentro de la cual el estado humano tiene un papel primordial. Y que estas estructuras culturales y simbólicas, como sus manifestaciones míticas y rituales, constituyen los principios a partir de los cuales estas civilizaciones progreden, hasta llegar posteriormente a olvidarlos en razón de su multiplicación, o caída, no obstante que éstos sigan conformando ocultamente el corazón de esa sociedad que los niega. Si por otro lado reflexionamos en que cada gesto o expresión es en última instancia simbólico, descubriremos por esa vía que, igualmente, todo acto es ritual. Y que en definitiva los ritos, los mitos y los símbolos, forman parte de la vida misma -o mejor, son la vida misma- y su reiteración cíclica y rítmica es la memoria arquetípica de un hecho original, no signado por el espacio y el tiempo ordinario y lineal, sino ubicado en otra dimensión que es la propia de lo sagrado. En este sentido, el símbolo de la rueda es extremadamente dual: por una parte significa la increíble generosidad de la vida manifestada, por la otra, el encadenamiento, la esclavitud de nuestras reiteraciones y hábitos, ejemplificados por los engranajes de la sociedad industrial y de consumo, que ha terminado de mecanizarnos; y peor aún -desde una dimensión más perturbadora: la posibilidad de permanecer prisioneros indefinidamente en la rueda de las encarnaciones.

La reiteración cíclica y circular en las ceremonias culturales, recrea y regenera a quien participa de ellas -a cualquier grado que sea esta participación-, pues imitan consciente y deliberadamente un gesto original revelado, que estas personas, grupos o sociedades, han llegado a conocer a través de su manifestación simbólica. En esta nueva vida, o estado regenerado, se hallan las posibilidades del hombre verdadero, y en realidad, de toda la cultura -en el sentido más amplio del término-, ya que habiendo ella sido articulada de acuerdo al modelo simbólico de una cosmogonía, constituye un mensajero, o vehículo, para llevar a los hombres que la conforman al encuentro de esas realidades ocultas, de lo que es lo específicamente humano. La civilización -en la verdadera acepción de esta palabra- es un puente y una escala, una guía y un mapa de ruta en el viaje hacia el sí mismo. Y sus estructuras y sus expresiones constituyen no sólo un orden donde las cosas pueden ser posibles, sino también una didáctica, una enseñanza siempre viva y actual, que tanto se patentiza en sus deidades como en sus refranes "populares". Y por cierto que en todo esto participan la música, los cantos y recitados, las danzas y ceremonias de las naciones. De los estribillos a los rondeau, al canto gregoriano, o a las ceremonias de la iglesia ortodoxa; desde las composiciones modernas de esquema espiral, como el "Bolero" de Ravel, hasta los mantrams hindúes y budistas, y los recitados hebreos e islámicos; de los bailes folklóricos, o los de los pueblos "primitivos", a las danzas derviches o al tai-chi, todas estas expresiones derivan de un mismo origen y están siempre presentes en las entrañas del hombre y sus sociedades.

Además hubiéramos deseado hacer mayor referencia al símbolo de la rueda en su asociación con la simbólica del carro y el viaje. Sabidas son las virtudes renovadoras de un cambio de situación o rol y las de estar en un medio completamente extranjero, por cierto no siempre exento de peligros. En esta perspectiva debe incluirse al símbolo del peregrinaje (análogo al del cambio de la piel, que caracteriza a ciertos animales), que el sol igualmente ritualiza diaria y anualmente. El mismo carro es un símbolo solar, y se lo vincula también con el fuego -por ejemplo en la visión de Ezequiel- y como vehículo del ascenso a los cielos del profeta Elías. En este caso, el carro -cúbico y en movimiento, como ya hemos visto-, impulsado por la energía generativa de sus ruedas, recorre la vía láctea en el viaje iniciático, o ascensión al cielo de otras realidades, lo que incluye una lectura completamente diferente del mundo manifestado. No insistiremos en la iniciación como ciclo; sólo diremos que las ideas de hombre nuevo, nacimiento a la vida (y a la realidad), muerte y resurrección, fin y comienzo, y palingénesis, aparecen en las culturas de cualquier tipo de las que se tenga memoria. Agregaremos que el viaje iniciático o del conocimiento, es el comienzo de la vida del que emprende este camino. Es entonces perfectamente análogo a cualquier generación y sobre todo a la creación arquetípica del cosmos, que a pesar de los esfuerzos de nuestros contemporáneos sigue innegablemente vivo. El viaje iniciático -o recorrido de ultratumba- también describe una parábola circular, lo que se puede ver no sólo en los mitos de resurrección, vida-muerte-vida, y en los ritos de fecundación y vegetación, sino asimismo en algunos símbolos tan claros como la Parusía cristiana, que era, y es, común a todas las tradiciones: el regreso del héroe civilizador y educador, la vuelta del salvador -portador del conocimiento y la verdadera vida- que ha de restaurar aquel tiempo mítico, aquella época y estado original donde la belleza y la sabiduría realmente existían sobre la tierra. Esto igualmente se advierte en el viaje extático del chaman, que sale de sí para recorrer los infiernos -el país de los difuntos-1 y los cielos y finalmente vuelve a sí mismo, a su ubicación tangible y concreta, luego de haber efectuado una circunvalación, una vuelta sobre sí mismo, que se ha realizado en su psique. Al finalizar esta revolución, la psique, se halla totalmente regenerada. Después de haber transcurrido todo un mundo o ciclo, se ha dado lugar a un nuevo ser. A saber: el conocimiento de ese ser por sí mismo, aunque ahora a otro nivel, lo que se advierte por la misma caducidad o muerte del estado "anterior", que se experimenta como algo pasado, como un sueño.

Esta renovación consciente de la vida es más una integración que un descubrimiento. El hombre verdadero ha estado siempre presente aunque permaneciera desconocido para quien ocupaba su lugar. Desde otro punto de vista, éste es el conocimiento o constatación del supra-ser, o no-ser, por el ser. De lo supracósmico, a través del cosmos y su modelo ejemplar, o sea, de lo suprahumano, por la intermediación del hombre, en un proceso circular. Aquí debemos aclarar que si bien el ser es la afirmación del supra-ser, o no-ser, este último de ninguna manera es la negación -ni pudiera serlo- del primero. No se da esta oposición entre el ser y el no-ser, puesto que éstos no son equiparables. El no-ser, o supra-ser, por su propia condición no puede oponerse jamás a nada, porque realmente no es. El ser, que es su afirmación,2 manifiesta puntualmente la unidad, razón por la que podrá así polarizarse, y engendrar con ello su propia negación, en su reflejo, posibilitando, en la sucesión de su desarrollo y límite, el retorno a sí mismo, es decir: a su origen y al origen de toda manifestación. El no-ser no es pues la negación del ser, como el concepto hermético del vaciamiento o de la nada (el Ain de la cábala hebrea, por ejemplo) tampoco expresa lo que el nihilismo entiende por tal; ni lo invisible es aquello que está fuera de nuestro campo visual y menos aún ciertas vagas y nutridas ensoñaciones. Por otra parte, se dice que el pulimento de la piedra bruta exige herramientas cada vez más precisas y sutiles. Si al principio del viaje iniciático, o proceso de conocimiento, hay que eliminar lo más basto, es decir: advertir el engaño de la personalidad y correlativamente negarla, así como comprender la ilusión de nuestra vida y concepciones, y la relatividad de todas las cosas, posteriormente -se nos dice- se va encontrando mayor sentido en la totalidad de lo manifestado, tanto en lo individual o microcósmico, como en lo universal o macrocósmico, ya que esos estados son modos, o grados, de la conciencia del ser universal, transparentes emanaciones y opacamientos de la suprema identidad, que desembocarán en el cosmos y en el hombre, y que constituyen no sólo la huella digital de la deidad, sino que son, además, la forma en que ella se percibe a sí misma.

La conexión del símbolo de la rueda con el del carro, el viaje y el movimiento, nos transmite también una sensación de avance, de evolución, que transpuesta al proceso cognoscitivo es el desarrollo de la conciencia del individuo que participa de él, y su proyección en la sucesión temporal. Es un hecho que cuanto más una persona se concentra en la búsqueda de la verdad, la obtención de la unidad y la realización de sí mismo, más se amplía su capacidad de percibir lo universal.3 Sin embargo, es necesario advertir que en un viaje de este tipo es imposible mirar hacia atrás, pues recordar el pasado es desatar a las Furias. También se debe dar noticia de que la personalidad puede extraviarse en los recovecos laberínticos de la psique -del alma- y que son necesarios los instrumentos y el vehículo que nos ofrecen la tradición y la doctrina, pues ellas nos ubican y orientan. Haciendo la salvedad, de que esta doctrina es la expresión del conocimiento interno de la cosmogonía y que debe diferenciarse claramente del dogma, que es la imposición autoritaria de pretendidos axiomas elegidos arbitraria o interesadamente. Así pues, esta promoción al conocimiento, que se verifica por sí misma, es un ingreso -por medio del enlace con la intimidad de la doctrina- al mandala vivo de la cosmogonía: lo que supone una ordenación en lo interno y un conocimiento directo de lo sagrado.

También hubiéramos querido escribir sobre la rueda como símbolo de refugio, como protección mágica, y en ese sentido emparentarla con cualquier recinto sagrado, vinculado siempre con la salvación, ya sea éste el círculo mágico o el arca de Noé. Asimismo como defensa contra las tinieblas exteriores y como talismán. E igualmente recalcar sus cualidades terapéuticas y curativas, que coinciden con las que se atribuyen a los símbolos y a los conjuntos de simbólicas tradicionales, en general. Por otro lado, la rueda es el instrumento principal de la ciencia de los ritmos, cuyo fin es ritmar, conectarse con el ritmo del ser universal. La palabra "rosario" deriva de rotarium y con ella se designan los recordatorios religiosos del cristiano, islámico y budista. Es interesante observar que ciertas ruedas utilizadas en esta última tradición, para la reiteración ritual, se hayan conocido en Occidente como "máquinas de orar". La oración misma puede verse como un circuito de comunicación tierra-cielo-tierra, y el rito rítmico de la plegaria un volver al sí mismo. Ciertos símbolos clásicos y renacentistas, como el de las tres Gracias, están dispuestos en forma encadenada y relacionados de tal modo los unos con los otros, que nos transmiten por sus gestos y las expresiones de sus rostros, la idea de dar-aceptar-devolver. Asimismo se corresponden con las tres Parcas, que tejen el destino del cosmos y de los hombres: una hila, la otra mide, la tercera corta; también asimiladas al pasado, al presente y al futuro.4

Si nos acordamos de que el símbolo manifiesta verdaderamente la realidad, y que el rito imita conscientemente el ritmo de la estructura cósmica -así como el mito la ejemplifica-, podemos comprender la importancia fundamental que éstos tienen, ya sea como factores de poder regenerativo o de protección y defensa psico-física. Por cierto que estas funciones no se efectúan en desmedro de su capacidad transmisora, pues antes que nada, el símbolo es un vehículo cognoscitivo. Pero estas características son propias de los símbolos, mitos y ritos, en general, y, en este caso particular, atributos que se le suelen adjudicar a la rueda.

También hay una constante tradicional en la que se suelen asociar el acto creativo, el sonido, la luz y el nombre, con el símbolo de la rueda. En la tradición hindú se dice: "Mediante el nombre de los cuatro, él ha hecho girar la rueda redonda."5 Con respecto al sonido, el monosílabo AUM (OM) con el que se evoca y repite el acto creativo, "pasa de la vocal más abierta a la consonante más cerrada cercando las posibilidades indefinidas del sonido", como nos dice Lanza del Vasto.6 En lo que se refiere a la luz, la simple enunciación del Fiat Lux hace que la luz sea y con ella todas las cosas. En este último caso, el sonido es anterior a la luz y ésta es su manifestación, en cuanto se identifica con el rayo creacional, que une el centro con la periferia, conformando un orden inteligible.

Con respecto a nuestra individualidad o a la manifestación de la personalidad, podríamos hacer notar que no sólo estamos condicionados por nuestro pasado, madre o matriz, lo cual resulta casi obvio, sino igualmente por nuestro futuro -puesto que estos extremos se conjugan siempre en la actualidad del presente- que como otro polo nos atrae hacia sí.7 Esta es la idea de destino, en cuanto éste es la efectivización de nuestro ser. Pero esto únicamente es posible si se ha desencadenado la potencia dramática del sí mismo, actitud que revela la búsqueda del origen, o la memoria de un pasado arquetípico. Lo que es idéntico a viajar en el sentido -aparentemente inverso-, del encuentro del destino, ya que este destino es el origen, y este origen el destino.

Ya hemos dicho que el símbolo sagrado y tradicional, como expresión directa y revelada de la manifestación cosmogónica, su resonancia y comprensión, promueve una transmutación lenta, sutil y verdadera, que conforma un camino o vía simbólica, mientras que la insignia, la divisa y los códigos convencionales, producen estímulos de superficie, sumamente estadísticos, que actúan casi como movimientos reflejos de nuestro condicionamiento. Si el símbolo nos da la libertad, la insignia y la convención nos atan a la unilateralidad de un punto de vista juzgado como "bueno" y, por extensión, "natural" y "universal". En realidad, el grado de comprensión del signo, hace que éste sea tomado como un verdadero símbolo, una insignia o una convención, cuando no una alegoría: "la insignia uniforma, el símbolo unifica". También hemos explicado que la unidad, desdoblándose en el ritmo de la dualidad, engendra, mediante sus emanaciones, la multiplicidad de los seres o los estados del ser universal, que se focalizan en puntos individuales, cosas o seres creados, simientes que portan en ellas mismas la posibilidad de engendrar. O sea, la de imitar la unidad arquetípica: lo que hace que ésta refluya incesantemente como el movimiento de una rueda, imagen y modelo del cosmos.

Igualmente queremos destacar -aunque parezca hoy extraño- las buenas maneras y las leyes de la cortesía y el mutuo respeto, como formas rituales cotidianas, que producen un movimiento completo de ida-vuelta y retorno, que facilita constantemente la posibilidad de ser. Esta actitud se encuentra, mismo hoy en día, en algunas comunidades donde llega a tomar la forma del amor y de la armoniosa y equilibrada convivencia. Ha sido parte de todas las culturas e incluye un compromiso con la vida y una aceptación del orden, favoreciendo la creación en un ambiente adecuado para la gestación-nacimiento-realización de sus integrantes. Permitiendo además una interpenetración de energías entre ellos y una comunicación de todo tipo a través de parámetros simbólicos especialmente diseñados con ese fin, pero que, como todas las cosas, una vez que se transforman en algo institucional, oficial, pierden su sentido y pasan sólo a ser formas huecas y convencionales, que terminan muriendo por la rigidez de su solidificación.

Es como si cada gesto tuviera su réplica opuesta, que formara parte del todo. Y todo origen-desarrollo y fin, volviese sobre sí mismo -como bien lo demuestra el ciclo de la vida humana: generación-duración-entrega (o retorno)- y este apagarse y prenderse, nacer y morir, de los ciclos, constituye la armonía universal; pues aquel rotar conforma un conjunto visible e invisible de causas y efectos que garantiza la coherencia y solidaridad del mismo y que "en sí" es su propia explicación o conforma su dialéctica. Todo esto en forma simultánea, por mediación de una serie de planos horizontales, que al llegar a su límite, término o muerte, desencadenan la creación de otros nuevos, que han de correr igual suerte que sus predecesores, como asimismo la de sus sucesores. De tal modo, este conjunto carece de principio y de fin en el tiempo y no puede ni podría tenerlo. La ley causa-efecto funciona hasta cierto nivel, humano o cósmico. Más allá están -valga la paradoja- las posibilidades supra-humanas del hombre y las supra-cósmicas del cosmos, lo que equivale a decir: el conocimiento de otros niveles del ser universal. Hay un sentido interno en el concierto cósmico, unido por la energía que simbolizan los nombres de amor arquetípico, amor divino (o sea la atracción que siente el creador por sus criaturas y que éstas devuelven haciéndolo mutuo) o amor a secas.8 Y el juego de sus tensiones internas (derecha-izquierda, adelante-atrás, arriba-abajo), confluyen y se atraen y repelen, produciendo la aparente solidez del conjunto. Estas oposiciones, necesariamente suponen un espacio, en el que la simultaneidad debe manifestarse en forma sucesiva. Toda posibilidad humana está contenida en este esquema. Por lo tanto, la idea de lo supra-humano y de lo supra-cósmico, es inmanente al hombre y al cosmos y necesariamente los trasciende. La rueda no dejará de girar y volver conforme un plan perfecto e invariable, que en su propio diseño contiene al mismo tiempo su ley y además su clave -o llave-, es decir: la posibilidad de lo que está más allá de ella.

Otros temas de mucho interés son el del símbolo de la rueda como ombligo y ojo cósmico y sobre todo el de la corona como una modalidad del de la rueda. En efecto, la corona, como ciertos objetos de uso diario (alianzas, collares, pulseras, aros), participa de este simbolismo central y axial, aunque ésta nos interesa ahora en particular porque significa ciertos atributos propios de la autoridad y el poder, y no es casual que su ubicación en el cuerpo humano -en su sumidad- corresponda a ideas de realización y grandeza. El rey figura la encarnación de las energías de la deidad, de la cual es intermediario en la tierra. Gobierna y ordena, y de ahí su vinculación unánime con el sol, al que también se denomina astro-rey. En ese sentido, es también el centro crístico,9 la posibilidad divina, y representa al hombre adámico, al hombre verdadero, regenerado. En la simbólica cristiana se le atribuye a Jesús un doble papel; uno el de sacerdote y el otro el de rey. Este último es también un símbolo axial (como bien lo expresa en la iconografía el cetro con que se le representa), que psicológicamente se traduce como un estado obtenido al llegar precisamente al centro: reintegración que determina el que podamos ser los emperadores -ni autoritarios ni pretenciosos- de nosotros mismos, acaso reyes con corona de espinas, tal como la describe el Evangelio. La tonsura de los frailes representa esto y es importante insistir en que el símbolo se halla ubicado en la cúspide del microcosmos, señalando su punto de salida, como lo hace la estrella polar en el macrocosmos. El sombrero de paja -y todo sombrero-, construido a partir del centro y en forma circular, por el entrecruzamiento de la urdimbre y trama, no sólo es protección contra el sol, o abrigo, sino que como el paraguas, o parasol -que tiene forma de domo-, es un adminículo mágico y celeste de importancia capital, para quienes no toman a broma estas cosas.

Se habrá notado que a lo largo de estos escritos no se ha puesto el índice sobre los aspectos prácticos y artesanales de la rueda sino en forma secundaria. Muchos han querido ver en la rueda el primer instrumento técnico de la humanidad, ya sea como productor de fuego, es decir, como un transformador y generador de energía o también como medio de transporte y sobre todo como factor de reproducción indefinida. Es probable que desde su punto de vista estén en lo cierto. Pero esas características son derivadas de las significaciones principales del símbolo.

En la sociedad moderna, las ruedas y los engranajes juegan tal papel, que bien podría decirse que estas sociedades en realidad no existirían si no fuese por tales artefactos. Y pudiera seguirse en esa misma línea afirmando que la rueda es la entraña de las naciones contemporáneas. Así lo es, en efecto, y aquí podemos ver nítidamente otra muestra de la ambivalencia del símbolo; ya que lo que significa la perfección celeste puede también significar la esclavitud infernal, según sea el contenido que le atribuyamos o asignemos, el cual está en proporción directa con la comprensión y el respeto que tengamos por el símbolo en general. Lo cierto es que en la sociedad mecánica y técnica en que vivimos, las mismas máquinas y sus funciones son simbólicas y hablan a todos aquéllos que están dispuestos a escucharlas, a pensar en ellas, pues bien pueden constituir soportes para la meditación y la reflexión, como todas las cosas. En primer lugar, ellas están basadas en la dualidad macho-hembra; y en segundo, se articulan de acuerdo a las leyes de la simetría, que son otras formas de lo anterior. Se suele pensar que estas características -y otras- que poseen las máquinas, están inspiradas en el cuerpo humano, al que copian y al que acabarán finalmente por reemplazar. La verdad es que tanto la máquina como el cuerpo humano no pueden evadirse de las estructuras y leyes cósmicas y su modelo inmutable, en los que están comprendidos. Sin embargo, nos es bastante difícil entender estas sencilleces, porque es tan grande el condicionamiento que las máquinas nos han producido en pocos siglos que han terminado por dominarnos, ya que no podemos salir de los esquemas mentales que su uso nos ha impuesto. Pues actuando directamente sobre nuestra psique, han modificado no sólo nuestros hábitos, costumbres y conductas, sino que han determinado nuestras emociones y gustos y, lo que es aún peor, han mecanizado nuestra inteligencia rebajándola sólo a niveles cuantitativos de producción y eficacia, que pretenderían excluir a todos los otros. Nuestras concepciones mentales están signadas por el medio en que vivimos y en éste domina lo mecánico y técnico. Tal vez no nos damos cuenta de este hecho porque soñamos que somos artistas o filósofos, o muy originales, pero nuestra imagen íntima del cosmos es más parecida a un ingenio mecánico, a una fábrica -o a un hormiguero-, que a cualquier otra cosa.

Sin embargo muchísimos de los inventos del mundo moderno son casi modelos herméticos a escala. Tal es el caso del cinematógrafo: en un plano cuadrangular -equivalente al espacio cúbico de la sala de proyección- irrumpe un rayo de luz en la oscuridad y se suceden entonces acciones de posibilidades y duración indefinidas, pero siempre limitadas. Todo sucede allí. Esa película es la totalidad de sí misma. Como ella pueden haber millones, pero siempre el hecho es el mismo. Por otra parte, la imagen que vemos es proyectada por un aparato movido por una rueda que nos va presentando sucesivamente las secuencias. Pero para que esto sea posible, es necesario que otra rueda rebobine la cinta, pues la imagen de la proyección está invertida con respecto a la imagen de la filmación. Lo curioso es que cuando se hace la "toma", sucede lo mismo con respecto a lo que se filma y la máquina debe invertir ópticamente la imagen, tal cual, por otra parte, lo hace el ojo humano. Se podría extender mucho este interesante tema pero no es el caso de hacerlo en este lugar. Otro invento evidente es el del fonógrafo. Gira en un plato un disco -esta vez la rueda produce sonido- y todo lo que es ese disco, su ciclo de duración completo, su espacio musical, está allí presente. Su desarrollo va desde su principio a su fin. Hay muchísimos discos y cada uno de nosotros somos artistas que grabamos nuestro propio disco. Jamás nadie podrá contar todos esos discos -o mundos- y aunque pudiese, no le valdría absolutamente para nada. Eso nos lleva a la idea de un disco que contuviera todos los discos. El universo en que vivimos bien pudiera ser ese disco, cassette o rollo de pianola tridimensional y "quíntuple-sensorio". Pero entonces, sería lícito preguntarse: ¿cuándo empezó y cuándo acaba?, y además ¿quién lo puso? Creemos haber dado algunas ideas al respecto. Podríamos responder que del organismo vivo del cosmos los hombres derivan todas las mecánicas, y que no de nuestras concepciones mecánicas, derivan el cosmos y el hombre. Podríamos también decir que esas concepciones, a su vez, son secuelas de ideas filosóficas erróneas, que han dado lugar precisamente a la sociedad industrial, caracterizada por el racionalismo, el materialismo y lo cuantitativo. La cual nos lleva a formular las susodichas preguntas equivocadamente y a concebir al hombre, la naturaleza y el cosmos, como máquinas; en este caso máquinas de responder. Y podríamos además dar un montón de explicaciones y tal vez escribir una vez más este libro. A veces no conviene dar demasiadas explicaciones, y otras no hay nada más que explicar. Hemos visto al cosmos como una vibración que se propaga en todas direcciones alrededor de sí misma, por ondas concéntricas, en forma isótropa, como un vortex espiral o una helicoide indefinida o una esfera que no se cierra jamás. Este fenómeno no tiene ni principio ni fin, se regenera ad infinitum, y sólo es la proyección, la huella o manifestación, de un misterio invisible e inaudible que se encuentra oculto en sí mismo. Pero esto es sólo una forma de decírnoslo, de comprenderlo. En realidad todo es mucho más sencillo, presente, intangible, e indeterminado; y siempre, con respecto a los ojos de los sentidos, completamente otra cosa.

Por otra parte, no hay nadie en el desván de los fantasmas de la mente. Los dioses benéficos y los maléficos son exactamente los mismos, pero invertidos. Y ambos son ilusorios. Los horrores y los éxtasis por los que atravesamos son igualmente vanos. Mientras no podamos salir de la idea de causa y efecto, seremos atormentados por nuestro karma. Pero si bien la ignorancia es dolor y sufrimiento, el saber que somos víctimas de las imágenes y los trucos mentales -aún los más sofisticados y autojustificados-, que nosotros mismos proyectamos o emitimos, es curativo e iluminador y puede liberarnos del compromiso de nuevas acciones o identificaciones con lo relativo. Puesto que no realizándolas, o no esperando nada de ellas, se convierten en simples hechos que ya no causan efecto alguno. Y este es el caso de lo que puede acontecer con nuestros egos, disfraces, máscaras, personalidades, estados anímicos, gustos, conductas y formas de vida, que no dejan de ser cosas secundarias o aleatorias.

El pensamiento analógico es mágico e igualmente es mágico el viaje del conocimiento. En éste, debemos tomar determinados vehículos apropiados para ciertos tramos que debemos cumplir. Posteriormente, y en diferentes terrenos y momentos, debemos dejarlos -a veces definitivamente- y coger otros nuevos. Para algunas personalidades, son unos los vehículos y no otros. Lo mismo con la época en que deben ser utilizados. Algunos seres tiene ciertas facilidades particulares y simpatías por determinadas cosas y rechazo por otras. Las formas del despertar y del trabajo de desarrollo, son tan distintas como hombres existen en el mundo, aunque todo el proceso bien pudiera calificarse de prototípico. Es muy útil -y desde nuestro punto de vista casi necesario- el estudio en profundidad de varias formas tradicionales, pero el enlace íntimo con la tradición, que actúa en nosotros, es imprescindible. El concepto de la deidad en la filosofía y la tradición hermética no es religioso, ni su criterio de la moral responde a los tabúes, requisitos y aspiraciones de la mediocre convención burguesa contemporánea. Otra cosa que es casi imprescindible a los occidentales, es el conocimiento preciso de las ideas que hacen a la doctrina, aunque no se las comprenda con la lógica racional, o el interesado no las sepa enunciar en forma consciente. El rito del estudio, de la meditación, de la atención concentrada, del dejarse fluir, y la encarnación de la enseñanza, son necesarios. La casi totalidad de las tradiciones han apoyado estos ritos y viajes simbólicos con la ingestión de determinadas yerbas, plantas o substancias psicodélicas, consideradas específicamente como sagradas o mágicas y utilizadas durante determinados períodos del proceso iniciático. Por cierto que estos vehículos no son imprescindibles, y ni siquiera necesarios, pero es importante hacer hincapié en ellos, ya que no sólo nos hacen vivenciar en profundidad estados internos, ideas y realidades del hombre y del cosmos, sino que contribuyen activamente, por ellos mismos, en este recorrido de ordenación e integración, donde el amor -a cualquier nivel que se presente, aun como pasión- es una energía que funciona como un motor fundamental, como un medio especialmente adecuado para la realización; siempre y cuando no se lo tome como algo estrictamente personalizado de lo que somos propietarios, que sólo existe -y que se agota- en su propia esterilidad. Al amor como intermediario le caben las generales de la ley simbólica, que claramente expresan que no se debe tomar al símbolo por lo simbolizado; que no se puede confundir al vehículo con el nuevo espacio al que nos transporta; que mal haríamos con hacer un absoluto de algo relativo, por más satisfactorio o útil que esto nos resulte o haya resultado. Pues corremos el peligro de cambiar un plano ordinario o literal, por otro de mayor calidad -el cual sólo constituye un preámbulo para ir escalando otros mundos-, que tiene casi las mismas características, aunque más ricas y ampliadas del primero, pero que también se acaba en sí mismo y por lo tanto puede igualmente consumirse. Repetimos: el amor, de cualquier naturaleza que fuere, ha sido unánimemente considerado una vía de acceso al conocimiento. Especialmente cuando esa emoción se transfiere a la sabiduría, la que suele ejemplificarse con la mujer como imagen del intelecto trascendente. Esto es especialmente neto en el Cantar de los Cantares y en el Libro de la Sabiduría atribuidos a Salomón: "Me robaste el corazón, hermana mía, novia, me robaste el corazón con una mirada tuya, con una vuelta de tu collar". "¡Qué hermosos tus amores, hermana mía, novia! ¡Qué sabrosos tus amores! ¡Más que el vino! ¡Y la fragancia de tus perfumes, más que todos los bálsamos!" (Cantar de los Cantares IV, 9, 10).

Y el rey cuenta su historia: "La amé más que la salud y la hermosura, y preferí tenerla a ella más que la luz, porque la claridad que de ella sale no conoce noche. Con ella me vinieron a la vez todos los bienes, y riquezas incalculables en sus manos. Y yo me regocijé con todos estos bienes porque la Sabiduría los trae, aunque ignoraba que ella fuese su madre". (Sabiduría VII, 10-12). Y sigue: "Pues hay en ella un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, perspicaz, inmaculado, claro, impasible, amante del bien, agudo, incoercible, bienhechor, amigo del hombre, firme, seguro, que todo lo puede, todo lo observa, penetra todos los espíritus, los inteligentes, los puros, los más sutiles. Porque a todo movimiento supera en movilidad la Sabiduría, todo lo atraviesa y penetra en virtud de su pureza. Es un hálito del poder de Dios, una emanación pura de la gloria del Omnipotente, por lo que nada manchado llega a alcanzarla. Es un reflejo de la luz eterna, un espejo sin mancha de la actividad de Dios, una imagen de su bondad. Aun siendo sola, lo puede todo; sin salir de sí misma, renueva el universo; en todas las edades, entrando en las almas santas, forma en ellas amigos de Dios y profetas, porque Dios no ama sino a quien vive con la Sabiduría. Es ella, en efecto, más bella que el sol, supera todas las constelaciones; comparada con la luz, sale vencedora, porque a la luz sucede la noche, pero contra la Sabiduría no prevalece la maldad" (Sabiduría VII, 22-30). Continuando: "Se despliega vigorosamente de un confín a otro del mundo y gobierna de excelente manera el universo. Yo la amé y la pretendí desde mi juventud; me esforcé por hacerla esposa mía y llegué a ser un apasionado de su belleza. Realza su nobleza por su convivencia con Dios, pues el Señor de todas las cosas la amó. Pues está iniciada en la ciencia de Dios y es la que elige sus obras. Si en la vida la riqueza es una posesión deseable, ¿qué cosa más rica que la Sabiduría que todo lo hace? Si la inteligencia es creadora, ¿quién si no la Sabiduría es el artífice de cuanto existe? (Sabiduría VIII, 1-6).

Se ve claramente aquí que esta hembra es una deidad: una diosa. Y para ser exactos: la Diosa, que va cambiando sus nombres y quitando sus ropajes antes de entregarse definitivamente. Ella es madre y esposa, hermana y novia, hija y concubina, su sexualidad se expande en forma esférica en todas direcciones. La promesa que exhala su fragancia es la misma que nuestra necesidad de copular místicamente con ella. Nos llama con el fuego de su ardiente amor, amor divino, y se nos revela virgen y vacía, oscura, sutil y misteriosa, perfectamente invisible, pero también pura, limpia y clara como el esplendor desnudo de la idea. La tierra, la naturaleza y la vida han heredado estos atributos que reflejan generosamente y nos los ofrecen como medios de realización. Por el amor a la vida y a las criaturas -amor que de ninguna manera es "ideal"- y a través de ellas, y conjuntamente con ellas, se reitera el rito cósmico permanente. Las asociaciones de la mujer con el amor, la generación y la vida son conocidas por todo el mundo (Afrodita nace de una concha, símbolo de la concepción, Deméter preside las bodas, Hera dirige la vida de los héroes). Ella simboliza la recepción, en cuanto es la contraparte femenina del cielo, y genera el dulce y delicioso vino de la vida, la comunión en la sangre del cosmos, en los efluvios secretos y nutritivos de la savia de la tierra, y nos transmite el vértigo y el éxtasis de la belleza.

Llegamos ya al final de estos textos, que tal vez hayan dejado traslucir la posibilidad de una vía simbólica como forma y método de acceder al conocimiento. En verdad, la simbólica es una ciencia de estructuras, una ciencia arquetípica, una ciencia de ciencias.10 Existe desde siempre, y todos los pueblos y dioses se han expresado a través de ella. Asimismo puede plantearse -y de hecho actualmente así se la plantea- como una ciencia nueva: la simbología11 que cumplirá sus funciones y propósitos en cuanto restituya al símbolo su sentido original y haga de esta manera que las energías potenciales que yacen en él, resuciten, vivificando a su vez todo su entorno.

Y por último nos toca ahora a nosotros formular una pregunta: si aceptamos que más allá del tiempo no hay causalidad y por lo tanto no hay historia, ni personalidad. Y si consideramos que la eternidad no ocupa lugar, entonces, con toda franqueza, ¿adónde es que vamos?

NOTAS

  1. El viaje iniciático se equipara al recorrido del alma post-mortem.
  2. Lo determinado es el ser de lo indeterminado.
  3. Esto se debe a dos energías que coexisten simultáneamente en él y que se figuran con el símbolo de la doble espiral. No es el momento de hablar de este tema, puesto que ya se ha hecho en otras partes de este trabajo.
  4. La mitología griega tiene igualmente una estructura circular. Las aventuras y andanzas de los dioses y héroes son análogas y se remiten las unas a las otras, se encadenan entre sí. Las historias de los personajes están todas relacionadas; y ésta deriva de aquélla, la cual a su vez está íntimamente vinculada con esta otra. Los mismos personajes aparecen en distintas historias, las cuales reiteran idénticos mitos en otras circunstancias espacio-temporales, con otras anécdotas y nombres. También la Biblia es un claro ejemplo de cómo y en qué diversas épocas y formas, en un mismo pueblo, se repiten los mitos ejemplares encarnados de distintos modos, por diferentes protagonistas, lo que constituye ciclos de repetición arquetípica, en los que se expresa tanto el orden interno de una cosmogonía, como el proceso iniciático.
  5. Rig-Veda, 1,155,6.
  6. Algo similar ocurre con la construcción de la palabra AZOTH, criptograma de la búsqueda y el hallazgo alquímico. Ella está formada por la primera letra de los alfabetos griegos, latino, hebreo y árabe. La Z es la letra final del latín, así como la O (omega) lo es del griego y la TH corona los alfabetos hebreo y árabe. Está aquí clara la imagen de la reabsorción del fin en el principio.
  7. Es muy interesante pensar que estamos signados por nuestro futuro y adoptar frecuentemente ese punto de vista: reconocer que esa persona que hoy vemos por primera vez y que nos resulta tan familiar, ya la conocemos de nuestro futuro. Si nos fijamos bien, es probable que a casi toda la gente uno la haya conocido del futuro.
  8. Al final de La Divina Comedia, Dante nos dice que el amor es el que hace girar armónicamente la rueda que mueve el sol y a las demás estrellas.
  9. Ubicado ahora espacialmente en el corazón como reflejo de lo suprahumano y supra-cósmico.
  10. Que no está sujeta a la sistematización, ni a la manía clasificatoria de la epistemología.
  11. la simbólica, como prefieren llamarla la mayor parte de sus investigadores y estudiosos.