Un libro de Teosofia

UN LIBRO DE TEXTO DE TEOSOFIA

 

CAPITULO 1

 

CONCEPTO DE LA TEOSOFIA

 

"Aún existe una escuela filosófica que la cultura moderna ha perdido de vista". Con estas palabras comienza A. P. Sinnet su obra El Mundo Oculto, la primera divulgación de la Teosofía, publicada hace treinta años. Desde entonces, millares de personas han aprendido sabiduría en dicha escuela; y sin embargo, la masa general de las gentes aún desco­noce sus enseñanzas, de modo que sólo pueden res­ponder muy vagamente a la pregunta: "¿Qué es Teo­sofía?" Dos libros hay que ya responden a esta pregunta: El Buddhismo Esotérico de Sinnet y La Sabiduría An­tigua de la señora Besant. No intento emular a estas dos obras magistrales, sino tan sólo presentar una ex­posición lo más clara y sencilla que me sea posible, a propósito para servirles de introducción. Solemos hablar de la Teosofía, no como de una religión en sí misma, sino como de la verdad que por igual subyace en todas las religiones. Así es en efecto. Mas desde otro punto de vista po­demos decir que es al propio tiempo filosofía, religión y ciencia. Es filosofía porque nos explica francamente el plan de evolución de a la par los cuerpos y las almas contenidos en nuestro sistema solar. Es religión en cuanto por habernos mostrado el curso de la ordinaria evolución, también nos indica y aconseja un método de abreviar dicho curso, de suerte que por consciente esfuerzo adelantemos en mayor derechura hacia la meta. Es ciencia porque no trata de ambos asuntos como materia de creencia teológica, sino de directo conoci­miento asequible por estudio e investigación. Afirma la Teosofía que el hombre no necesita apo­yarse en la fe ciega, porque tiene en su interior po­tencias latentes que una vez actualizadas lo capacitan para ver y examinar por sí mismo: y además comprueba su afirmación demostrando cómo pueden actualizarse dichas potencias. Por otra, parte, la Teosofía en sí misma es el re­sultado de la actualización de tales potencias, porque sus enseñanzas se fundan en directas observaciones efectuadas en el pasado y únicamente posibles por me­dio de la mencionada actualización. Como filosofía, nos enseña que el sistema solar es un mecanismo cuidadosamente ordenado, la manifes­tación de una magnificente vida, de la que el hombre es menuda parte. Sin embargo, la Teosofía se ocupa en esta menuda parte que inmediatamente nos atañe y la trata por completo en sus tres aspectos: pasado, presente y futuro. La trata en el aspecto presente describiendo lo que en realidad es el hombre cuando se le observa por me­dio de vigorizadas facultades. Suele decirse que el hombre tiene alma; pero la Teosofía, como resultado de directa investigación, in­vierte la frase y afirma que el hombre es un alma que tiene cuerpo, o mejor dicho varios cuerpos que son sus instrumentos o vehículos en diversos mundos. Estos mundos no están separados en el espacio, sino simul­táneamente presentes doquiera estamos nosotros y susceptibles de examen. Son las divisiones del aspecto material de la naturaleza, los diferentes grados de den­sidad de las agregaciones de materia, según más ade­lante explicaremos al pormenor. El hombre tiene existencia en varios de dichos mundos; pero normalmente sólo es consciente en el inferior, aunque a veces en sueños y éxtasis vislumbre los superiores. Lo que se llama muerte es la dejación del vehículo correspondiente al mundo inferior; pero el alma o verdadero hombre en un mundo superior no se altera ni queda afectada por ello, de la propia suerte que tam­poco se altera el hombre físico al despojarse de su gabán. Todo esto es materia de observación y expe­riencia, no de especulación. La Teosofía tiene mucho que enseñarnos respecto a la historia del hombre, de cómo en el transcurso de la evolución ha llegado a ser lo que es. También esto es materia de observación, porque hay un registro indeleble de todo cuanto ha sucedido, una especie de memoria de la Naturaleza, cuyo examen reproduce ante los ojos del investigador las escenas primitivas de la evolución como si ocurrieran en el momento presente. Estudiando de esta suerte el pasado sabemos que el hombre es de origen divino y que tiene tras si una muy dilatada evolución de doble aspecto: la de la vida interna del alma y la de la forma exterior. Sabemos además que la vida del hombre como alma es de larguísima duración, mientras que la que acostumbramos a llamar su vida es tan sólo un día de su verdadera existencia. El hombre ha vivido ya muchos de estos días y ha de vivir todavía muchos más; y para comprender la verdadera vida y su objeto la hemos de considerar en relación no sólo de este día de ella que principia en el nacimiento y acaba en la muerte, sino también a los días que la precedieron y a los que le han de seguir. De los días futuros también hay mucho que hablar y puede obtenerse sobre ello gran copia de concreta in­formación, por conducto de quienes están muchísimo más adelantados que nosotros en el camino de la evo­lución y por consiguiente tienen directa experiencia de él. También cabe obtener dicha información de inferencias derivadas de la marcha seguida por quienes nos precedieron en el camino. La meta de este particular ciclo de evolución está a nuestra vista aunque todavía muy por encima de nosotros; y parece que aun después de alcanzada se abre una interminable senda de progreso a cuantos quieran emprenderla. Una de las más admirables ventajas de la Teosofía es que a su luz se resuelven muchos problemas, se des­vanecen muchas dificultades, se explican las aparen­tes injusticias de la vida, se descifran no pocos enigmas y establece el orden en lo que caótico parece. Por lo tanto, aunque algunas de sus enseñanzas se funden, en la observación de fuerzas cuya directa acti­vidad está más allá del alcance del hombre vulgar, si éste las acepta como hipótesis, no tardará en percatarse de su exactitud, porque tan sólo ellas explican racio­nalmente y con acabada coherencia el drama de la vida. Entre las nuevas verdades capitales que la Teosofía trae al mundo occidental, sobresale la de la existencia de Hombres perfectos y la posibilidad de relacionarse con Ellos y recibir Sus enseñanzas. Otra verdad igualmente importante es que el mundo no está ciegamente zarandeado por la anarquía, sino que progresa bajo el gobierno de una Jerarquía perfectamente organizada, de modo que es de absoluta imposibilidad el definitivo fracaso y la eterna perdición de ni aun la entidad más insignificante. El vislumbre de la actuación de dicha Jerarquía engendra inevitablemente el deseo de cooperar con ella, de servir a sus órdenes por humildes que sean nuestras facultades para en algún lejano porvenir ser dignos de incorporarnos en los extremos de sus filas. Esto nos representa el aspecto religioso de la Teosofía. Quienes llegan a conocer y comprender estas enseñanzas, no se satisfacen con el lento caminar de los eones de evolución y anhelosos de ser inmediata­mente útiles, piden y obtienen el conocimiento de un corto pero escarpado sendero. No hay medio de liberarse de la obra que se ha de realizar. Es como subir una carga a la cumbre de una montaña. Tanto si se lleva derechamente a la cumbre por un escabroso atajo, como por el suave meandro de la falda, se ha de emplear en el esfuerzo el mismo número de kilográmetros. Por consiguiente, para efectuar el mismo trabajo en menos tiempo se necesitará determinado esfuerzo. Sin embargo, es posible hacerla, porque algunos lo han hecho y aseguran que el resultado compensa so­bradamente la molestia. De este modo se van transcendiendo gradualmente los vehículos hasta que el libertado hombre se convierte en inteligente cooperador del grandioso plan de evolu­ción de todos los seres. Además, la Teosofía da en su concepto religioso una regla de conducta basada no en supuestos manda­mientos promulgados en remotos períodos del pasado, sino en el simple buen sentido según indican los hechos. La actitud del estudiante de Teosofía respecto de las reglas que prescribe se parece mucho más a la que adoptamos con las normas higiénicas que a la obedien­cia de religiosos mandamientos. Podemos decir, si queremos, que tal o cual cosa está de acuerdo con la divina voluntad, porque esta divina voluntad está expresada en las leyes de la naturaleza y como quiera que la divina voluntad ordenó sabia­mente todas las cosas, infringir sus leyes equivale a perturbar la suave actuación del plan, detener o retrasar por un momento aquella mínima parte de la evolución y por consiguiente apenarnos y apenar a los demás. Tal es el motivo de que el sabio obedezca las leyes naturales; pero no para escapar a la imaginaria ira de una ofendida divinidad. Aunque desde cierto punto de vista podemos con­siderar la Teosofía como religión, conviene señalar dos importantísimos puntos de diferencia entre ella y lo que de ordinario se llama religión en Occidente. En primer lugar no exige creencia alguna de sus adherentes ni siquiera habla de creencia en el sentido vulgar de esta palabra. El estudiante de la ciencia oculta o conoce una cosa o suspende todo juicio sobre ella, y en su método no ha lugar para la ciega fe. Por supuesto que los principiantes no pueden co­nocer por sí mismos y en consecuencia se les invita a estudiar los resultados de diversas observaciones y acep­tarlas como hipótesis, hasta que con el tiempo sean capaces de por sí mismos comprobarlas. En segundo lugar, la Teosofía nunca intenta con­vertir a nadie de la religión que ya profese. Por el contrario, a cada cual le explica la religión en que milita y lo capacita para descubrir en ella significados mucho más profundos que los que hasta entonces coligiera. También le enseña a comprenderla y practicarla mucho mejor que antes y en muchos casos le restituye en grado todavía superior la fe en ella, que casi había perdido del todo. Asimismo tiene la Teosofía el aspecto de ciencia y en verdad es la ciencia de la vida y la ciencia del alma. A todo objeto de estudio aplica el científico método de la paciente y a menudo repetida observación; y tabu­lando después los resultados infiere las consecuencias de ellos. De esta suerte ha investigado la Teosofía los di­versos planos de la naturaleza, las condiciones de la conciencia del hombre durante la vida y después de lo que comúnmente se llama muerte. Conviene insistir en que las afirmaciones de la Teosofía sobre todas estas materias no son vagas conjeturas ni dogmas de fe, sino que están fundadas en la directa y frecuente observación de hechos y sucesos. Los investigadores teosóficos se ocupan también hasta cierto punto en materias propias de la deuda ordinaria, según verán quienes lean la obra recientemente publicada sobre Química oculta. Por lo tanto, resulta que la Teosofía entraña en íntima combinación algunas características de la filo­sofía, la religión y la ciencia. Pero alguien acaso pregunte: ¿Cuál es el evan­gelio de la Teosofía para este apesadumbrado mundo? ¿Cuáles los puntos básicos que se infieren de sus in­vestigaciones? ¿Qué hechos capitales ha de exponer ante la humanidad? Las respuestas se han resumido en tres principios fundamentales. "Hay tres verdades absolutas y eternas, aunque puedan permanecer silenciosas por falta de expresión. "El alma humana es inmortal y su porvenir no tiene límites de progreso y esplendor. "El Principio de vida reside en nosotros y fuera de nosotros. Es imperecedero y eternamente benéfico. No se le oye ni se le ve ni se le huele; pero lo percibe quien anhela percepción. "Cada cual es su absoluto legislador; el que se rodea de luz o se sume en tinieblas; el juez de su con­ducta, que lo premia o lo castiga. "Estas verdades tan grandes como la vida misma son tan sencillas como la más sencillamente del hombre". En forma abreviada y lenguaje vulgar, significan que Dios es bueno, que el hombre es inmortal y que cosecha lo que siembra. Todo está sujeto a un definido plan que actúa bajo inteligente dirección, con arreglo a leyes inmutables. El hombre tiene su lugar señalado en dicho plan y vive sujeto a dichas leyes. Si las com­prende y de acuerdo con ellas obra, adelantará rápi­damente y será dichoso. Si no las comprende y volun­taria o involuntariamente las quebranta, retardará su progreso y será desdichado. Estas no son teorías sino verdades comprobadas. Quien lo dude, que lea y lo verá.

 

CAPITULO 2

 

DE LO ABSOLUTO AL HOMBRE

 

En nuestro actual estado de evolución, nada pode­mos saber de lo Absoluto, de la Infinito, de lo Om­niabarcante, sino que es. Nada podemos decir que no sea limitado y por lo tanto inexacto. En lo Absoluto se contienen innumerables univer­sos y en cada universo muchedumbre de sistemas so­lares. Cada sistema solar es la expresión de un po­deroso Ser a quien llamamos el Logos, la Palabra de Dios, la Divinidad Solar. Es lo que los hombres signi­fican por Dios. Penetra todo el sistema solar en el que nada hay que no sea El. Es el sistema solar la manifes­tación del Logos en la materia visible. Sin embargo, el Logos vive más allá y externamente al sistema solar con estupenda vida propia entre Sus iguales. Según dice una Escritura oriental: "Sabe que después de formar el universo entero con un átomo de mi Ser, sigo existiendo". Nada podemos saber de la superior vida propia del Logos; pero de la porción de Su vida que vitaliza Su sistema, algo podemos saber en los niveles infe­riores de la manifestación. No podemos verle; pero sí podemos ver la actuación de su poderío. Ningún clari­vidente puede ser ateo, porque demasiado formidable es la evidencia. De Su propio ser puso este grandioso sistema en existencia. Los que a este sistema pertenecemos somos evolucionantes porciones de la vida del Logos, chispas de Su divino Fuego. De El procedemos y a El hemos de volver. Muchos han preguntado que por qué emanó el Logos de Sí mismo este sistema y nos ha enviado a arrostrar las borrascas de la vida. No podemos saberlo ni es cuestión práctica. Basta que estemos en este mun­do y nuestro deber es conducirnos óptimamente. Sin embargo, muchos filósofos han especulado sobre este punto y han expuesto varias opiniones. La mejor que conozco es la de un filósofo gnóstico, quien dice: "Dios es amor, pero el amor en sí mismo no puede ser perfecto a menos que haya en quienes prodigarlo y puedan corresponderlo. Por lo tanto, el Logos se manifestó en la materia y puso límites a Su gloria, a fin de que por medio del natural y lento proceso de evolución viniéramos a la existencia y de acuerdo con Su voluntad fuéramos des­envolviéndonos hasta alcanzar Su nivel, porque enton­ces el amor de Dios sería más perfecto, pues podría prodigarlo en Sus propios hijos, quienes lo compren­derían y corresponderían a él, de suerte que se reali­zaría el magno plan del Logos y se cumpliría Su vo­luntad". No sabemos en qué estupendas alturas reside la conciencia del Logos ni cuál es su verdadera naturaleza tal como allí se manifiesta; pero cuando se coloca en condiciones que están a nuestro alcance, su manifes­tación es siempre trina y así es que como Trinidad lo conciben todas las religiones. Son Tres y sin em­bargo esencialmente Uno. Son tres Personas (por per­sona se entiende una máscara) y sin embargo un solo Dios que se manifiesta en tres aspectos. Son Tres aspectos para nosotros, que los miramos desde nuestro inferior nivel, porque Sus funciones son diferentes; pero son Uno para El porque sabe que sólo son fases o facetas de Sí mismo. Los tres Aspectos se relacionan con la evolución del sistema solar y también con la del hombre. Esta evolución es Su voluntad y el método de ella Su plan. Inmediatamente después del Logos y formando parte de El de misteriosa manera están Sus siete minis­tros, llamados a veces los Espíritus planetarios. Em­pleando un símil tomado de la fisiología del cuerpo humano, la relación de los Espíritus planetarios con el Logos puede compararse a la de los ganglios nerviosos con el cerebro. Toda evolución dimanante del Logos se transmite por medio de uno u otro de los Espíritus planetarios. Después de estos Espíritus siguen numerosas hues­tes u órdenes de Seres espirituales a que llamamos án­geles o devas. No conocemos todas las funciones que desempeñan en las diferentes partes de este admirable plan, pero sí sabemos que algunos están íntimamente relacionados con la construcción del sistema solar y el desenvolvimiento de la vida en él. En nuestro mundo hay un Ministro que repre­senta al Logos y gobierna en absoluto la evolución que se efectúa en este planeta. Podemos concebirlo como el verdadero REY de éste mundo y a sus órdenes están varios agentes encargados de diferentes departamentos, uno de los cuales atañe a la evolución de las diferentes razas humanas, de suerte que cada raza principal tiene un Jefe que la establece, la diferencia de las demás y preside su desenvolvimiento. Otro departamento es el de religión y educación, del que han surgido todas las religiones y los insignes Instructores de que nos habla la historia. El ministro encargado de este departamento o viene individual­mente o envía a alguno de Sus discípulos a fundar una nueva religión cuando comprende que es necesaria. Por lo tanto, todas las religiones, al aparecer en el mundo, contenían una concreta afirmación de la ver­dad que siempre ha sido fundamentalmente la misma, aunque su exposición varió a causa de las diferencias entre las razas a quienes se revelaba. Por las condiciones de civilidad y el grado de evo­lución en que cada raza se hallaba, era conveniente ex­poner esta única verdad en diversas formas. Pero la verdad esencial es siempre la misma; así como la fuente de que dimana, aunque el aspecto externo parezca dife­rente y aun contradictorio. Es insensato que los hombres se peleen sobre la su­perioridad de tal o cual instructor o doctrina, porque el instructor es siempre un enviado de la Gran Fraternidad de Adeptos y sus enseñanzas coinciden siempre en los puntos capitales de ética y moral. Hay en el mundo un conjunto de verdades sub­yacentes en todas las religiones, que representan los hechos de la naturaleza tal coma hoy día los conoce el hombre. A causa del desconocimiento de estas verdades, las gentes ignorantes y profanas disputan sobre si hay Dios, si el hombre sobrevive a la muerte, si le es po­sible progresar y cuál es su relación con el universo. Estas cuestiones empezaron a inquietar la mente del hombre desde que despertó su inteligencia. No son enigmáticas coma suele suponerse, pues la respuesta está al alcance de cualquiera que se esfuerce debida­mente en hallarla. La verdad es asequible y la obtendrá todo aquel en que en obtenerla se esfuerce. En las primeras etapas de la evolución de la hu­manidad, los superiores dignatarios de la Jerarquía provienen del exterior, es decir, de otros puntos mayormente evolucionados del sistema; pera tan pronto como los hombres alcanzan por la enseñanza recibida el suficiente nivel de poder y sabiduría, se encargan de ejercer el oficio de aquellos dignatarios. Para que un hombre pueda ejercerlo ha de ascender a muy alto nivel y llegar a lo que se llama un adepto, un ser de tanta bondad, poder y sabiduría que sobresalga de en­tre el resto de la humanidad por haber alcanzado la cúspide de la evolución humana y cumplido lo que el plan de Dios le señalaba para su cumplimiento durante el actual ciclo de evolución. Sin embargo, prosigue evo­lucionando más allá de dicho nivel, en camino de la divinidad. Gran número de hombres de las principales nacio­nes del mundo han ascendido al nivel del adeptado. Son excelentes almas que con indomable valor asalta­ron los alcázares de la Naturaleza y se apoderaron de sus más recónditos secretos, ganando por ello el legí­timo derecho al título de adeptos. Hay entre ellos mu­chos grados jerárquicos y muchas esferas de actividad; pero siempre permanecen algunos en directo contacto con nuestra tierra, como miembros de la Jerarquía que tiene a su cargo la administración de los intereses del mundo y la espiritual evolución de la humanidad. A esta augusta Corporación se le suele llamar la Gran Fraternidad Blanca, aunque sus miembros no viven en comunidad, sino que cada uno de ellos se aparta del mundanal bullicio; y sin embargo perma­necen constantemente en comunicación entre sí y con su Jefe, porque es tanto su conocimiento de las fuerzas superiores, que para comunicarse no necesitan reunirse personalmente en el mundo físico. En la mayor parte de los casos continúa viviendo cada cual en su propio país sin que ni quienes están junto a ellos sospechen su poderío. Todo el que quiera puede llamar su aten­ción, con tal de que se haga digno de atraerla. Nadie tema que sus esfuerzos pasen inadvertidos. Semejante inadvertencia es imposible, porque quien se entrega a un servicio de tanta trascendencia se distingue de los demás hombres como refulgente llama en noche tene­brosa. Algunos de estos adeptos que así trabajan en beneficio del mundo, desean tomar por aprendices a quie­nes han resuelto dedicarse por completo al servicio de la humanidad. A estos adeptos se les llama maestros. Uno de dichos aprendices fue Elena Petrowna Blavatsky, una noble alma enviada hace cosa de noventa y cinco años a ofrecer conocimiento al mundo. En unión del coronel Enrique Steele Olcott fundó la Sociedad Teosófica para la difusión de los conocimien­tos que estaba encargada de comunicar. Entre los que en aquellos primeros días se relacionaron con ella es­taba A. P. Sinnett, director del periódico The Pioneer, cuya aguda inteligencia comprendió desde luego la magnitud e importancia de las enseñanzas blavatskianas. Aunque la señora Blavatsky había ya publicado la obra Isis sin velo, pocos se habían fijado en ella y Sin­nett fue el primero que en sus dos obras: El Mundo Oculto y El Buddhismo Esotérico puso las enseñanzas en forma inteligible para los lectores occidentales. Precisamente estas dos obras me proporcionaron la coyuntura de conocer primero a su autor y después a la señora Blavatsky. De ambos aprendí mucho; y cuan­do le pregunté a la señora Blavatsky que cómo podría yo adquirir mayor conocimiento y adelantar definiti­vamente en el Sendero que nos señalaba, me respondió diciendo que de la misma manera que los Maestros la habían aceptado a ella por aprendiz, aceptarían tam­bién a otros estudiantes; pero que el único medio de lograr la aceptación era mostrarse merecedor de ella por medio de ferviente y altruista labor. Manifes­tóme que para llegar el hombre a tal punto, había de tener una absolutamente fija determinación, pues no podía esperar feliz éxito quien tratara de servir simultáneamente a Dios y a Mammón. Un Maestro había dicho sobre el particular: "Para obtener buen éxito, debe dejar el discípulo su propio mundo y venirse al nuestro". Esto significa que debe dejar de ser uno de cuan­tos sólo viven para adquirir riquezas y poderío y unirse a la exigua minoría que con menosprecio de semejan­tes cosas viven tan sólo para dedicarse abnegadamente al bien del mundo. Nos advirtió claramente la señora Blavatsky que el sendero era muy difícil de hollar; que la incom­prensión de los mundanos podría vilipendiarnos; que nos esperaba labor muy ardua y penosa; y que aunque el resultado era seguro no cabía predecir cuánto tar­daríamos en obtenerlo. Algunos de nosotros aceptamos gozosas estas condiciones y ni por un momento nos hemos arrepentido de nuestra decisión. Al cabo de algunos años de labor tuve el beneficio de ponerme en relación con estos insignes Maestros de Sabiduría, de quienes aprendí muchas cosas, entre ellas la de comprobar por mí mismo y de primera mano la mayor parte de las enseñanzas que me habían comu­nicado. Por lo tanto, respecto de esta materia, escribo de lo que conozco y he visto por mí mismo. En las enseñanzas de los Maestros hay algunos puntos cuya comprobación requiere facultades supe­riores a las que hasta ahora he adquirido. De dichos puntos sólo puedo decir que son congruentes con lo que yo conozco y en algunos casos se ha de aceptar como necesarias hipótesis para la explicación de lo que yo he visto. También tienen dichos puntos, como el resto del sistema teosófico, la autoridad de los poderosos Instructores. Desde entonces aprendí a comprobar por mí mismo la mayor parte de lo que se me enseñaba y he visto que era exacto en todos sus pormenores. Por lo tanto, motivo tengo para dar por sentada la probabi­lidad de que también la parte restante resulte exacta cuando sea capaz de comprobarla. Todo fervoroso estudiante de Teosofía se propone obtener la honra de que por aprendiz lo acepte un Maestro de Sabiduría. Sin embargo, para ello se ne­cesita determinado esfuerzo. Siempre hubo quienes hi­cieron este esfuerzo y por lo tanto conocieron. Es tan trascendental el conocimiento, que cuando un hombre lo adquiere plenamente, llega a ser más que hombre y transpone los límites de nuestra visión. Pero hay diversas etapas en la adquisición de este conocimiento y si queremos podemos aprender mucho de quienes todavía están aprendiendo, porque todos los seres humanos se hallan en uno u otro de los peldaños de la escala de la evolución. Los salvajes están al pie de la escala. Los civilizados hemos recorrido ya parte del  camino. Pero aunque al mirar atrás veamos los in­feriores peldaños de la escala que ya hemos trans­puesto, al mirar hacía arriba veremos los muchos pel­daños superiores a que aún no hemos llegado. Así como en cada uno de los peldaños inferiores al nuestro hay quienes están, pasando por ellos, de modo que vemos por donde hemos pasado, así también hay hombres en cada uno de los peldaños superiores, de suerte que al observarlos podemos ver por donde hemos de pasar en el porvenir. Precisamente porque vemos hombres en cada uno de los peldaños de esta escala que conduce a un nivel de inefable esplendor, comprendemos que es para nosotros posible la ascensión. Quienes están más arriba de nosotros, tan altos que nos parecen dioses por su admirable sabiduría y poder, nos dicen que no hace mucho tiempo estaban donde nosotros estamos ahora y nos indican claramente los peldaños intermedios por los que hemos de pasar para ser como Ellos.

 

CAPITULO 3

 

LA CONSTRUCCIÓN DE UN SISTEMA SOLAR

 

El principio del universo (si acaso lo tuvo) es­capa a nuestra comprensión. En los más primitivos puntos de la historia a que podemos alcanzar, ya es­taban en plena actividad los dos capitales opuestos de espíritu y materia, de vida y de forma. Notemos que es necesario revisar el ordinario concepto de materia, porque lo que comúnmente lla­mamos fuerza y materia son en realidad dos modali­dades del Espíritu en diferentes etapas de evolución y la verdadera materia o esencia de cada cosa está en su inapercibida intimidad. Un cientista francés ha dicho recientemente: "No hay materia. No hay más que agujeros en el éter". Esta afirmación coincide con la famosa teoría del profesor Osborne Reynolds y la investigación ocultista demuestra la exactitud de este concepto y así se ex­plica lo que los sagrados libros de oriente dan a en­tender cuando dicen que la materia es una ilusión. La ultérrima raíz de la materia según la vemos en nuestro nivel es lo que los cientistas llaman el éter del espacio[1]. A los sentidos físicos les parece vacío el espacio ocupado por el éter, que sin embargo es más denso que cuanto nos quepa concebir y el profesor Reynolds dice que es diez mil veces más denso que el agua, con una presión media de 50.000 toneladas por pulgada cuadrada[2]. Tan sólo pueden percibir esta substancia los dota­dos de muy aguda facultad clarividente. Cabe conjetu­rar que un tiempo llenaba dicha substancia todo el es­pacio, aunque carecemos de conocimiento directo sobre este punto. También cabe suponer que algún excelso Ser (no la Deidad de un sistema solar sino otro Ser infini­tamente superior) alteró esta condición de quietismo infundiendo Su espíritu o energía en una porción de dicha materia, del tamaño de todo un universo. El efecto de la infusión de dicha energía puede compa­rarse al soplo de un poderoso aliento que forma en el éter un número incalculable de tenues burbujas esfé­ricas[3] que son los ultérrimos átomos constituyentes de lo que llamamos materia. No son los átomos quími­cos ni tampoco los átomos ultérrimos del mundo físico. Están en un nivel muy superior y sus agregaciones, se­gún veremos más adelante, forman los que de ordinario llamamos átomos. Cuando la Deidad solar inicia la construcción de Su sistema halla a mano este material de infinita masa de tenues burbujas de que pueden constituirse las diversas especies de materia tal como las conocemos. Empieza por trazar los límites de su campo de actividad; que es una vasta esfera cuyo círculo máximo es mu­chísimo mayor que la órbita del más lejano de Sus futuros planetas. Dentro de los límites de esta esfera establece una especie de vórtice gigantesco cuyo mo­vimiento congrega las burbujas en una ingente masa central, que ha de constituir la futura nebulosa. En este vasto torbellino esférico infunde sucesivos impulsos de energía para formar con las burbujas cada vez más complexas agregaciones, de que resultan siete gigantescos mundos de materia que se interpenetran concentricamente en diferentes grados de densidad y en el mismo espacio. Actuando en Su Tercer Aspecto infunde el Logos en esta estupenda esfera el primer impulso y establece en el interior un gran número de tenues vórtices cada uno de los cuales atrae cuarenta y nueve burbujas y las ordena en determinada configuración. Estos peque­ños grupos de burbujas así formadas son los átomos del segundo de los siete interpenetrados mundos. Sin em­bargo, no se aprovechan para ello todas las burbujas, sino que se dejan disociadas suficiente número de ellas para actuar como átomos del primero y superior mundo. A su debido tiempo sobreviene el segundo impulso que actúa en casi todos los cuarenta y nueve átomos-burbujas (dejando los bastantes para proporcionar átomos al segundo mundo) los atrae a sí y después vuelve a emitirlos, estableciendo entre ellos vórtices cada uno de los cuales contiene 492 = 2401 burbujas, que forman los átomos del tercer mundo. Después de otro intervalo sobreviene el tercer impulso que influye en casi todas las 2401 burbujas restituyéndoles su originaria forma y emitiéndolas de nuevo como átomos del cuarto mundo cuyo número de burbujas es de 493 en cada átomo. Se repite este proceso hasta que el sexto impulso ha cons­truido el átomo del inferior y séptimo mundo, que con­tiene 496 burbujas. Este átomo del séptimo mundo es el átomo ul­térrimo del mundo físico, no el átomo químico, sino cada uno de los electrones o protilos de que dicho átomo se compone. Hemos llegado al punto en que la vasta esfera tur­binal contiene siete tipos de materia de diferente den­sidad, pero todos ellos esencialmente idénticos, porque todos están constituidos por las mismas burbujas. Están estos tipos de materia extensamente entremezclados, de modo que tomando al azar una porción de cualquier parte de la esfera hallaríamos en ella materia de todos los tipos, aunque los átomos más pesados gravitan mayormente hacia el centro. El séptimo impulso emitido por el Tercer Aspecto de la Deidad solar no restituye los átomos físicos últi­mamente formados a su primitiva condición de bur­bujas disociadas, sino que desde luego los cohesiona en determinadas agregaciones que constituyen los pro­toelementos, de cuya combinación resultan los llama­dos por la ciencia elementos químicos. La formación de estos últimos se efectúa en un larguísimo período de tiempo, por virtud de diversas fuerzas que les dan determinada ordenación, como acertadamente insinúa sir Guillermo Crookes en su artículo sobre La Génesis de los Elementos. En realidad, no ha terminado todavía su proceso de formación. El uranio es el último y más pesado ele­mento químico que hasta ahora conocemos; pero quizás se constituyan en el porvenir otros más complicados. Según pasó el tiempo, fue aumentando la conden­sación, hasta llegar al estado de una vasta y ardiente nebulosa giratoria, que al enfriarse tomó la forma de un enorme disco y gradualmente se quebró en anillos alrededor de un núcleo central, por el estilo de lo que hoy día observamos en Saturno, aunque en muchísima mayor proporción. Al acercarse el tiempo en que los planetas habían de ser necesarios para los fines de la evolución, la Deidad estableció en un punto del espesor de cada anillo un vórtice subalterno en el cual se concentró gradualmente gran parte de la materia del anillo. El entrechoque de los congregados fragmentos reavivó el calor y el planeta resultante fue por algún tiempo una masa de gases incandescentes. Poco a poco se fue de nuevo enfriando hasta que estuvo en disposición de ser teatro de una Índole de vida como la nuestra. Así se formaron todos los planetas de nuestro sistema solar. Casi toda la materia de los interpenetrados tipos a que nos hemos referido estaba por entonces concen­trada en los recién formados planetas, y cada uno de ellos se componía y se compone de los siete diferentes tipos de materia. La Tierra en que ahora vivimos no es tan sólo una esfera de materia física constituida por átomos del tipo inferior, sino que también tiene ma­teria de los otros seis tipos. Saben los estudiantes científicos que ni en la más densa y compacta substancia se tocan unos a otros sus átomos. Los espacios interatómicos son enormemente mayores que el tamaño de los átomos y por lo tanto queda lugar para que los átomos de materia de los otros seis tipos o mundos no sólo ocupen aquellos espacios, sino que se muevan libremente en ellos y alrededor de los físicos. En consecuencia, la Tierra que habitamos no es un solo mundo, sino siete interpenetrados mundos que ocupan el mismo espacio, con la salvedad de que los tipos de materia sutil se extienden más allá del punto de concentración de la materia densa. Hemos dado nombre a estos interpenetrados mun­dos para convenientemente designarlos. El primero no necesita denominación porque el hombre no está rela­cionado con él; pero cuando sea preciso mencionarlo lo llamaremos mundo divino. Al segundo mundo se le designa con el nombre de monádico porque en él re­siden las chispas de la Vida divina a que llamamos mónadas humanas. Pero ninguno de estos dos mundos ha podido ser investigado ni aun por los más poderosos clarividentes. El tercer mundo, cuyos átomos contienen 2401 burbujas, se llama mundo espiritual, porque en él actúa el superior espíritu del hombre tal como ahora está constituido. El cuarto es el mundo intuicional [4] porque de allí descienden las más altas intuiciones. El quinto es el mundo mental porque de su materia está formada la mente del hombre. El sexto se llama emo­cional o astral, porque las emociones del hombre ponen en vibración su materia[5]. El séptimo es el mundo fí­sico, constituido por la materia que vemos en nuestro alrededor. Todos estos interpenetrados mundos están esencialmente constituidos por la misma materia, pero de diferente grado de densidad y en distinta ordena­ción. Por lo tanto, también difieren entre sí el tono e intensidad de sus respectivas vibraciones. Pueden compararse los siete mundos a una vasta escala o gama de vibraciones con muchas octavas. La materia física vibra en una tesitura que abarca cierto número de octavas inferiores; la materia astral vibra en otra tesitura su­perior; la mental en otra aún más alta y así sucesiva­mente. Cada uno de estos mundos tiene además de su tipo de materia sus peculiares combinaciones o substancias de esta materia. En cada mundo coordinamos estas substancias en siete grupos según la tónica vibratoria de sus moléculas. Por lo general, aunque no siempre, cuanto más lenta es una ondulación mayor es el átomo, que entonces está constituido por un especial ordena­miento de átomos de la materia inmediatamente supe­rior. El calórico aumenta el volumen de las moléculas y apresura y amplifica su vibración, de modo que la substancia se dilata hasta el punto en que se debilita la cohesión de los átomos, que pasan a la condición inmediata superior. En el mundo físico, las siete sub­divisiones están representadas por otros tantos grados de densidad de la materia, que de mayor a menor son las siguientes: sólido, líquido, gaseoso, etéreo, super­etéreo, subatómico y atómico. En la subdivisión atómica, todas las formas están construidas por el ordenamiento de los átomos físicos en determinadas configuraciones sin cohesionarlas pre­viamente en moléculas. Si comparamos el átomo físico a un ladrillo, cualquier forma de la subdivisión atómica estará construida por el ordenamiento de varios ladri­llos en determinada configuración. A fin de construir materia de la subdivisión inmediata inferior, es nece­sario reunir antes varios ladrillos (átomos) y cementarlos en bloques de cuatro, cinco, seis o siete ladrillos cada uno y después utilizar estos bloques como piedras de edificación. Para formar materia de la siguiente subdivisión o sea de la superetérea, será preciso cemen­tar varios bloques de la superatómica, dándoles deter­minada forma y empleándolos como piedras de edifica­ción. Así se procede sucesivamente hasta llegar a la materia sólida. Convertir una substancia sólida en líquida equi­vale a aumentar la vibración de sus moléculas com­ponentes hasta que se disocian en las menos complexas moléculas que las componen. En todos los casos puede repetirse este proceso sucesivamente hasta que toda substancia física se reduzca a los átomos ultérrimos del mundo físico. Cada uno de los siete mundos tiene sus habitantes con sentidos capaces tan sólo de percibir las vibraciones de la materia de su respectivo mundo. El habitante del mundo físico ve, oye y siente por medio de vibraciones de la materia física que le rodea; pero también está igualmente rodeado por las materias de los otros seis mundos, interpenetrados con la del suyo, aunque en circunstancias ordinarias no las percibe, porque sus vibraciones no le hieren los sentidos, de la propia suerte que nuestros ojos físicos no pueden percibir las vibra­ciones de la luz ultraviolada, aunque la experimenta­ción científica demuestra su existencia y hay quienes la ven por medio de órganos sensorios diferentemente construidos. Un ser viviente en el mundo astral podría ocupar el mismo espacio que otro viviente en el físico y sin embargo ni uno ni otro advertirían su simultánea presencia ni se impedirían en modo alguno los movi­mientos. Lo mismo ocurre en los demás mundos. En este momento estamos rodeados por los mundos de ma­teria, sutil, tan cercanamente como el mundo que vemos y sus habitantes están a nuestro alrededor, nos circun­dan por todas partes y pasan por nuestro lado y a través nuestro sin que lo advirtamos. Puesto que nuestra evolución está actualmente centralizada en el globo llamado Tierra, tan sólo di­remos de los mundos superiores lo que se relacione con ella. Por consiguiente, cuando en adelante digamos "mundo astral" se entenderá únicamente la parte astral de nuestro globo y no todo el mundo astral del sistema. También es un globo la parte astral de nuestra Tierra, pero de materia astral y ocupa el mismo espacio que ocupa el globo físico; pero como su materia es mucho más ligera, se extiende por todos lados muy allá de la­ atmósfera de la Tierra, hasta un poco menos de la dis­tancia de la Luna, de modo que aunque los dos globos físicos Tierra y Luna estén a 384.000 kilómetros de distancia, los cuerpos astrales de ambos astros se tocan cuando la Luna está en el perigeo, pero no cuando en el apogeo. Llamaré "mundo mental" al todavía mayor globo de materia mental en cuyo medio existe el te­rrestre. Al considerar globos de materia más sutil, tenemos que son de radio lo bastante largo para tocar las correspondientes esferas de otros planetas del sis­tema, aunque su materia está en la superficie del globo físico tan cerca de nosotros como los demás tipos de materia. Todos los globos de materia sutil giran alrededor del sol interpenetrados con el físico o planeta Tierra. El estudiante de Teosofía hará muy bien en acos­tumbrarse a considerar la Tierra como el conjunto de dicha masa de interpenetrados mundos o tipos de ma­teria y no sólo como el núcleo físico que ocupa el centro de la masa.

 

CAPITULO 4

 

EVOLUCION DE LA VIDA

 

Del Tercer Aspecto de la Deidad provienen todos los impulsos que según hemos dicho determinan la for­mación de los siete tipos principales de materia. De aquí que en el sistema cristiano se le llame al Tercer Aspecto el "Dador de Vida" o el Espíritu que planeaba sobre la faz de las aguas del espacio. La Teosofía con­sidera todos esos impulsos como uno solo y le deno­mina primera efusión o primera oleada de vida. Una vez dispuestos los mundos en las descritas condiciones y ya existentes la mayor parte de los elementos químicos, sobrevino la segunda oleada de vida que procedente del Segundo Aspecto de la Deidad entrañaba el poder de combinación. En todos los mun­dos encontró esta segunda oleada lo que pudiéramos llamar elementos correspondientes de cada uno de los mundos, y procedió a combinarlos en organismos que después animó, construyendo de esta suerte los siete reinos de la naturaleza. La Teosofía reconoce siete reinos porque separa, al hombre del animal y considera varias etapas de evolución invisibles al ojo físico y les da el nombre medieval de "reinos elementales". La Vida divina descendiente de lo alto se infunde en la materia y el proceso de esta infusión puede con­siderarse dividido en dos etapas: la gradual asimilación de materia cada vez más densa y después la gradual desasimilación de los vehículos anteriormente asimilados. El primer nivel en que pueden observarse científicamente los vehículos de la vida es el mental, el quinto contando de lo sutil a lo denso y el primero en que hay separados globos. Para mejor, comprensión en el estudio, conviene dividir el mundo mental en dos partes a que llamare­mos superior e inferior según el grado de densidad de la materia. El mundo mental superior consta de las tres subdivisiones más sutiles de materia mental. El inferior está constituido por las otras cuatro. Cuando la oleada llega al mundo mental superior, reúne sus elementos etéreos y los combina en las co­rrespondientes substancias con las que construye las formas en que se infunde la vida. A este conjunto de formas vivas de materia mental le llamamos primer reino elemental. Después de un largo período de evolución en estas diferentes formas mentales, la oleada de vida, que no ha cesado de empujar hacia abajo, se identifica tan por completo con ellas, que en vez de ocuparlas y retirarse periódicamente, reside siempre en ellas y se las asimila de modo que desde dicho nivel puede pro­ceder a la temporánea ocupación de formas en inferior nivel. Llamamos a esta etapa segundo reino elemental, cuya animadora vida reside en el mundo mental su­perior, mientras que los vehículos por cuyo medio se manifiesta están en el inferior. Tras otro período de parecida duración, la descen­diente energía repitió el proceso, identificándose de nuevo la vida con sus formas y fijando su residencia en el mundo mental inferior para desde allí animar las del astral. A esta etapa le llamamos el tercer reino elemental. Estas formas de que hablamos son densas en com­paración de las del mundo respectivo superior y sutiles en comparación de las del respectivo mundo inferior, pero todas las de los tres reinos elementales son infini­tamente más sutiles que la más sutil del mundo físico. Cada uno de dichos tres reinos elementales es un reino de la naturaleza, tan variado en la manifestación de sus formas de vida como los reinos vegetal y animal que conocemos. Después de un largo periodo empleado en ordenar las formas del tercer reino elemental, se identifica sucesivamente la vida con todas ellas y es entonces capaz de animar la parte etérea de los reinos vegetal, mineral y animal, aunque en condiciones en que no puede ma­nifestarse libremente. En el transcurso de la evolución del reino mineral, la energía descendente se identifica con las formas eté­reas de este reino y es entonces capaz de animar la parte densa de dichas formas tales como ahora las per­ciben nuestros sentidos. En el reino mineral no sólo incluimos las substan­cias ordinariamente llamadas minerales, sino también los líquidos, gases y algunos cuerpos etéreos que des­conoce la ciencia occidental. Toda la materia que conocemos es materia viva y siempre está evolucionando la vida en ella contenida. Al llegar al punto céntrico de la etapa mineral, cesa la presión descendente de la energía vital y se trans­muta en presión ascendente. Cesó la espiración y co­mienza la inspiración. Cuando termina de evolucionar el reino mineral, la vida retorna al mundo astral, llevándose los resul­tados obtenidos de sus experiencias en el físico y en­tonces anima las formas vegetales, empezando a mostrarse en ellas mucho más claramente, en la modalidad a que llamamos vida vegetativa. En una posterior etapa de su evolución, retorna la vida al mundo mental in­ferior, desde donde anima las formas del reino animal por intermedio de la materia astral que entonces ya no es parte colectiva de todas las formas del reino, sino que según explicaremos más adelante constituye un cuerpo astral de cada forma individual. En cada uno de estos reinos no sólo pasa la vida un período de tiempo de casi increíble duración, sino que evoluciona siguiendo una definida trayectoria desde las formas inferiores hasta las superiores de cada reino. Por ejemplo, en el reino vegetal comenzó a evo­lucionar la vida en los musgos e hierbas y terminó en los corpulentos árboles de las selvas. El animal comenzó en los infusorios y terminó en las especies superiores de mamíferos. El proceso evolutivo va invariablemente de las formas simples e inferiores a las complexas y supe­riores. Pero lo que principalmente evoluciona es la vida y no la forma, aunque también las formas evolu­cionan y mejoran con el tiempo, pero sólo a fin de proporcionar más adecuados, vehículos a la evolucionante vida. Cuando la vida llega al punto culminante del reino animal, pasa al reino humano en las condiciones que muy luego vamos a explicar. La efusión de energía divina pasa de un reino a otro, de modo que si tan sólo consideramos una oleada de dicha efusión sólo podremos tener cada vez en existencia un reino de la naturaleza. Pero la Deidad emite en sucesión constante una tras otra oleada, de suerte que a toda hora actúa simultáneamente un número de ellas. El reino humano representa una de dichas oleadas; pero evoluciona lado por lado de otra oleada que vita­lizó el reino animal y surgió de la Deidad una etapa más tarde que la del reino humano. También tenemos el reino vegetal que representa una tercera oleada; el mineral, correspondiente a la cuarta y los ocultistas conocen la existencia en nuestro alrededor de los tres reinos elementales, que represen­tan la quinta, sexta y séptima oleadas. Sin embargo, todas estas oleadas no son más que ondulaciones de una misma efusión de energía del Segundo Aspecto de la Deidad. De lo dicho se infiere que tenemos un plan de evo­lución en el cual la Vida divina se va involucionando gradualmente en la materia a fin de recibir por medio de esta materia vibraciones que de ningún otro modo podrían afectarla y que los contactos procedentes del exterior le suscitaran vibraciones capaces de responder a ellos, hasta que lograra establecer automáticamente vibraciones que le infundiesen poderes espirituales. Cabe conjeturar que la efusión de vida fuese ho­mogénea al brotar de la Deidad en un nivel inasequible a nuestro conocimiento; pero cuando prácticamente la conocemos en el mundo intuicional desde donde anima las formas del mundo mental superior, no es ya la uni­taria alma del sistema, sino que se diversifica en muchas almas. Supongamos que la homogénea efusión es una uni­taria alma en un extremo de la escala. En el otro ex­tremo, al llegar al reino humano, la unitaria alma se diversifica en millones de almas individuales. Pero en los peldaños intermedios, también es intermedia la condición, pues aunque el alma total del sistema esté ya algún tanto dividida no lo está todavía hasta el extremo límite de división. Cada hombre es una alma individual, pero no es individual el alma de los animales y vegetales. El alma humana sólo puede manifestarse por medio de un solo cuerpo a un mismo tiempo, mientras que el alma ani­mal se manifiesta simultáneamente por medio del cuerpo de varios animales de su especie y el alma ve­getal por medio de todavía mayor número de plantas separadas. Por ejemplo, un león no es una entidad perma­nentemente individual como el hombre. Cuando el alma humana abandona el cuerpo físico, sigue siendo la misma entidad separada de las demás entidades. Pero cuando un león muere, su alma vuelve a unirse a la masa o grupo anímico del que se desglosó para animar la forma material, como se desglosaron otras almas para animar las formas de los demás leones. A dicha masa o agregado anímico le llamamos alma grupal. Supongamos que una de estas almas grupales ani­ma cierto número de cuerpos de león, que por ejemplo fijaremos en cien. Mientras vive cada uno de estos cuerpos leoninos lo anima una centésima parte del alma grupal; y entretanto vive la forma, parece como si di­cha centésima parte fuese un alma individual, de modo que durante la vida física, tan individuo es el león como el hombre; pero no es permanente individualidad, porque al morir se restituye su alma al grupo a que pertenece y queda unida a él. Un símil dará a comprender mejor este proceso, comparando el alma grupal con una cubeta de agua y los cien cuerpos leoninos con cien cortadillos. Al introducir cada cortadillo en la cubeta toma el agua que en él cabe, comparable a la separada alma. El agua asume la configuración del cortadillo que la contiene y queda temporáneamente separada del agua de la cubeta y de la de los demás cortadillos. Coloquemos ahora en el agua contenida en cada cortadilla una substancia colorante o una esencia odo­rífera, que distinta en cada uno de ellos represente las cualidades adquiridas por la separada alma del león durante su vida. Derramemos después en la cubeta el agua del cortadillo, simbolizando con ello la muerte del león. El color del tinte o la fragancia de la esencia se difundirán por toda el agua de la cubeta, pero serán mucho más débiles que cuando el agua estaba en el cortadillo. Esto significa que el alma grupal comparte las cualidades adquiridas por la experiencia del alma de un león, aunque en mucho menor grado. Podemos tomar otro cortadillo de agua de la cu­beta; pero ya no podrá ser el mismo que antes después de mezclado con los restantes. Cada cortadillo que desde entonces extraigamos de la cubeta contendrá indicios del color u olor puesto en el agua de cada cortadillo vertida en la cubeta. De esta suerte, las cualidades adquiridas por la experien­cia de un solo león llegarán a ser colectiva propiedad de todos los leones que en adelante nazcan del alma grupal, aunque en grado inferior al que tenían en el león que las desenvolvió. Así se explican los instintos heredados. Tal es la razón de que el pato recién salido del huevo se zam­bulla inmediatamente en el agua sin que nadie le haya enseñado a nadar; de que el polluelo tiemble ante la sombra de un halcón; de que el ave artificialmente in­cubada sin haber visto jamás un nido, los fabrique há­bilmente según la costumbre de su especie. Descendiendo en la escala zoológica vemos que una misma alma grupal provee a un enorme número de cuerpos, a innumerables millones en el caso de los di­minutos invertebrados; pero según ascendemos en la escala zoológica, el número de cuerpos pertenecientes a una misma alma grupal es cada vez menor y por lo tanto mayores las diferencias entre los individuos. Así se van unificando las almas grupales. Volvien­do al símil de la cubeta, tenemos que según vayamos vertiendo cortadillo tras cortadillo de agua coloreada, la de la cubeta adquirirá cada vez mayor intensidad cromática. Supongamos ahora que por imperceptibles grada­ciones se formara en mitad de la cubeta una película vertical que endureciéndose se convirtiera en tabique de separación, de modo que hubiese mitad derecha y mitad izquierda de la cubeta y cada cortadilla tomado de una mitad se volviese a verter en la misma mitad. Resultarán entonces de diferente tonalidad ambas mitades, como si realmente hubiese dos cubetas. Cuando un alma grupal llega a la etapa representada por este símil, se divide en dos, del mismo modo que una cédula se divide por escisión. Así es que según va aumentando la experiencia, las almas grupales son más pequeñas, pero más nume­rosas, hasta llegar al hombre cuya alma ya no vuelve a grupo alguno sino que permanece perpetuamente separada. Una de las oleadas de vida vitaliza a todo un reino; pero no todas las almas grupales de aquella oleada han de pasar por todos los peldaños de dicho reino, desde el inferior al superior. Si un alma grupal animó en el reino vegetal a los árboles forestales, al pa­sar al reino animal prescindirá de las formas inferiores de invertebrados, peces, reptiles y aves, para animar desde luego las formas inferiores de mamíferos. Los invertebrados y peces y reptiles del reino zoológico re­cibirán vitalidad del alma grupal que hubiese animado las inferiores formas vegetales. Análogamente, el alma grupal que haya llegado al nivel superior del reino animal, no se individualizará en hombres salvajes, sino en los de alguna cultura, pues los salvajes reciben la vitalidad de las almas grupales que animaron formas animales de más bajo nivel. Cualquiera que sea la etapa de evolución de las almas grupales se distribuyen en siete grandes tipos, correspondientes a cada uno de los siete ministros por cuyo conducto las efunde la Deidad. Estos tipos se distinguen claramente en cada reino y las sucesivas formas que respectivamente animan constituyen una enlazada serie de elementales, mine­rales, vegetales y animales cuyas almas grupales son de un mismo tipo sin divergir hacia ninguno de los otros seis. Desde, este punto de vista no se han enumerado todavía los minerales, vegetales y animales; pero lo cierto es que la vida que anima un mineral de deter­minado tipo, nunca vivificará a un mineral de dife­rente tipo, aunque varíe dentro de su propio tipo. Al pasar al reino vegetal y después al animal, habitará en vegetales y animales de aquel mismo tipo y no de otro; y cuando llegue al reino humano se individualizará en hombres también del mismo tipo. La individualización consiste en que el alma de un animal asciende a un nivel mucho más alto del en que se halla un alma grupal, de modo que ya no puede restituirse a ella. Pero esto no ocurre en cualquier ani­mal, sino tan sólo en aquellos cuyo cerebro está vigo­rizado hasta cierto punto y el método a propósito para alcanzar esta vigorización es poner al animal en directo contacto con el hombre. Por lo tanto, únicamente pue­den individualizarse ciertas especies de animales do­mésticos, pertenecientes a cada uno de los siete tipos anímicos, representados por el perro, el gato, el ele­fante, el mono, el caballo, etc. Los animales salvajes pueden ordenarse en diversas líneas conducentes a los domésticos, como por ejemplo la zorra y el lobo, que son de la misma estirpe que el perro; el león, tigre y leopardo, que culminan en el gato doméstico. Así te­nemos que el alma grupal correspondiente a los cien leones anteriormente aludidos, pudo en una posterior etapa de su evolución subdividirse en cinco almas gru­pales que animaran a veinte gatos. La oleada de vida actúa durante larguísimo tiempo en cada reino. Actualmente nos hallamos en un poco más de la mitad de uno de estos período o eones y en consecuencia las circunstancias no son favorables para las individualizaciones, que normalmente sólo ocurren al fin de cada período, aunque hay casos muy raros en que antes de dicho término se individualiza un animal, por estar muchísimo más adelantado que la mayoría de los de su especie, siendo necesario para ello la íntima compañía del hombre. Si se trata cariñosamente a un animal cobra mucho afecto a su dueño y al propio tiempo acrecienta su inteligencia con el esfuerzo de adivinarle los deseos. Además, las emociones y pensa­mientos del dueño influyen constantemente en los del animal y propenden a elevarlo intelectual y emocio­nalmente a mayor nivel. En favorables circunstancias este progreso puede conducir al animal a un punto en que transcienda el contacto con el grupo a que pertenecía, de suerte que su fragmento de alma colectiva sea capaz de responder a la efusión dimanante del Primer Aspecto de la Deidad. Porque esta tercera efusión u oleada de vida no es como las otras un impetuoso flujo que afecta simultáneamente a millares o millones de formas, sino que se infunde aisladamente en la forma capaz de recibirla. La tercera oleada de vida ha descendido ya hasta el mundo intuicional, pero el alma del animal ha de as­cender a dicho nivel al propio tiempo que la oleada desciende y ambas se encuentran en el mundo men­tal, donde queda convertida el alma en ego o permanente individualidad hasta que prosiguiendo su evolu­ción vuelva a la divina unidad de donde procedió. Para constituir el ego, el fragmento del alma co­lectiva que hasta entonces fue la vitalizadora energía, se convierte a su vez en vehículo animado por la chispa divina llegada de lo alto. Puede decirse que esta chispa estuvo cobijando desde el mundo monádico al alma grupo durante todo el transcurso de su evolución, pero sin poderse unir a ella hasta que los fragmentos del alma grupal están lo bastante evolucionados para permitir la unión. La diferencia entre el animal más superior y el hombre más ínfimo consiste en la separación del resto del alma colectiva para constituir un ego individual.

 

CAPITULO 5

 

CONSTITUCION DEL HOMBRE

 

El hombre es en esencia una chispa del Fuego di­vino, perteneciente al mundo monádico. A esta chispa, que reside continuamente en el mundo monádico, le llamamos mónada. Para los fines de la evolución hu­mana, la mónada se manifiesta en los mundos inferiores.

La señora Annie Besant, presidente de la Sociedad Teosófica, ha expuesto una nueva nomenclatura en que se de­nominan mundos los que antes se llamaban planos, cuyos nombres han cambiado también según vemos en los siguientes cuadros comparativos. “Las nuevas denominaciones substituyen a las que se dieron en el volumen 2 de La Vida Interna”.

 

            Nuevas denominaciones        Antiguas denominaciones

  1. Mundo divino.             1.       Plano Adico.
  2. Monadico.                 2.          Anupadaka.
  3. Espiritual.                  3.          Atmico o nirvánico.
  4. Intuicional.                4.          Búdico.
  5. Mental.                      5.          Mental.
  6. Emocional.                 6.          Astral.
  7. Físico.                        7.         Físico.

 

Cuando del mundo monádico desciende al espiritual, se manifiesta como trino espíritu, con tres aspectos, análogamente a los Tres Aspectos de la Deidad en mun­dos infinitamente superiores. Uno de los tres aspectos de la mónada permanece siempre en el mundo espiritual y le llamamos espíritu humano. El segundo aspecto se manifiesta en el mundo intuicional y le llama­mos intuición. El tercer aspecto se manifiesta en el mundo mental Superior y se le da el nombre de inte­ligencia. Estos tres aspectos constituyen conjuntamente el ego que anima el fragmento del alma grupal. Así tenemos que si bien el hombre es en realidad una mó­nada residente en el mundo monádico, se manifiesta como ego en el mundo mental superior, con los tres aspectos de espíritu, intuición e inteligencia, por me­dio del vehículo de materia mental superior a que llamamos cuerpo causal. El ego es el verdadero individuo durante todo el transcurso de la evolución humana, e ideológicamente es lo que más se aproxima al ordinario concepto anti­científico de alma. Salvo en lo que atañe a su adelanto permanente inmutable desde él momento de la indi­vidualización hasta que trascendida la humanidad se sumerge en la divinidad. No le afectan lo que llama­mos nacimiento y muerte; y lo que comúnmente se considera como su vida sólo es un día de su verdadera vida. El cuerpo que vemos y que nace y muere es una vestidura que asume para cumplir una parte de su evolución. Pero este cuerpo no es el único de que se reviste, porque antes, mientras está en el mundo mental su­perior, debe establecer un enlace con el mundo físico por medio de los mundos mental inferior y astral Cuando el ego ha de descender se reviste de un velo de materia mental inferior, a que llamamos cuerpo mental y es el instrumento de que se vale para expresar concretamente sus pensamientos, pues los abstractos son propios del ego en el mundo mental superior. Después se reviste de un velo de materia astral a que llamamos cuerpo astral y es el instrumento de sus pasiones y emociones, así como en conjunción con la parte inferior del cuerpo mental lo es también de todo pensamiento entreverado de egoístas y personales sen­timientos. Tan sólo después de haberse revestido de dichos dos cuerpos mental y astral está en disposición de asumir un infantil cuerpo humano y nacer en el mundo que todos conocemos. Durante su vida terrena educe y vigoriza ciertas cualidades como resultado de sus experiencias. Al tér­mino de esta vida, cuando ya está gastado el cuerpo físico, invierte el ego el procedimiento que empleó al descender y va dejando uno tras otro los temporáneos vehículos que fue asumiendo en el descenso. Primero se despoja del cuerpo físico y continúa viviendo en el mundo astral con su cuerpo astral. La permanencia del ego en el mundo astral de­pende de la cantidad de pasiones y emociones que ali­mentó en su vida terrena. Si fueron muchas y vehemen­tes, el cuerpo astral será muy robusto y durará largo tiempo; pero si fueron pocas, tendrá el cuerpo astral menos vitalidad, y el ego podrá desecharlo más pronto. Una vez desechado, continúa viviendo el ego en su cuerpo mental cuya consistencia depende de la Ín­dole de pensamientos que le fueron habituales durante la vida terrena y por lo general es muy larga su per­manencia en este mundo. Por fin desecha también el cuerpo mental y vuelve a ser una vez más el ego en su propio mundo. A causa de su escaso desenvolvimiento no es del todo consciente en este mundo, cuya materia vibra de­masiado rápidamente para afectarlo, de la propia suerte que las vibraciones de la luz ultraviolada son dema­siado rápidas para impresionar nuestra retina. Tras un período de descanso en el mundo mental superior, experimenta el ego nuevos deseos de descen­der a un nivel cuyas vibraciones pueda percibir y se reconozca plenamente vivo, por lo que repite el pro­cedimiento de descenso a la materia densa y vuelve a tomar cuerpo mental, astral y físico. Como quiera que los cuerpos o vehículos de la otra vez se fueron desintegrando sucesivamente, los que ahora asume le resultan enteramente distintos y así es que durante la vida física no recuerda las otras análogas que la precedieron. Cuando el ego actúa en el mundo físico, la me­moria funciona por medio del cuerpo mental inferior; pero como este cuerpo es nuevo y distinto en cada na­cimiento no puede recordar anteriores nacimientos en que para nada intervino. El ego recuerda todas sus vidas pasadas cuando se halla en su propio mundo; y a veces se filtran reminis­cencias o influencias de ellas a través de los vehículos inferiores. Aunque de ordinario no recuerde el ego durante la vida física las experiencias pasadas en las anteriores, manifiesta las cualidades que dichas expe­riencias le edujeron y vigorizaron. Por lo tanto, cada cual es lo que él mismo se hizo en las vidas pasadas. Si fomentó buenas cualidades, también serán buenas las que manifieste; pero si descuidó su mejoramiento y se puso en débil y mala dis­posición, se encontrará precisamente en siniestras con­diciones. Las buenas o malas cualidades con que nace son las que él mismo estableció. Todo este proceso de materialización tiene por finalidad el adelanto del ego, quien se reviste de los expresados velos de materia porque por medio de ellos es capaz de recibir vibraciones a las cuales pueda res­ponder de modo que eduzcan y desenvuelvan sus la­tentes cualidades. Aunque el ego descienda de un mundo superior a los inferiores, únicamente por medio de este descenso le es posible conocer plenamente los mundos superiores. La plena conciencia en un mundo entraña la capacidad de responder a todas las vibraciones de tal mundo; y por lo tanto, el hombre ordinario no tiene plena con­ciencia en ningún mundo, ni siquiera en el físico, que se figura conocer. Sin embargo, le es posible desarrollar su poder de percepción en todos los mundos y por me­dio del desenvolvimiento de la conciencia hemos obser­vado los fenómenos que estamos describiendo. El cuerpo causal es el vehículo permanente del ego, cuyo propio plano es el mundo mental superior. Está constituido por materia de la primera, segunda y tercera subdivisiones del mundo mental. En las gentes vulgares sólo está en actividad la materia correspon­diente a la tercera subdivisión y según va educiendo el ego sus latentes potencias en el transcurso de la evo­lución, la materia de las otras dos subdivisiones se va vivificando, aunque únicamente en el hombre perfecto a que llamamos adepto, está el cuerpo causal en plena actividad. Todo esto puede observarse por clarividencia, pero sólo por un vidente que sepa usar la visión del ego. Difícil es describir acabadamente el cuerpo causal, porque los sentidos correspondientes a su mundo son por completo distintos y muy superiores a los del cuerpo físico. Sin embargo, el recuerdo de la configu­ración del cuerpo causal según lo vio el clarividente, lo representa como un ovoide que circunda el cuerpo físico, en un espesor de medio metro. En el salvaje apa­rece como una burbuja hueca, porque aunque en reali­dad está llena de materia mental superior, es incolora y diáfana por no haberse puesto todavía en actividad. A medida que adelanta la evolución, el cuerpo, causal se va vivificando por efecto de las vibraciones que le llegan de los cuerpos inferiores. Pero esta vivificación es muy lenta, porque las actividades del salvaje no son a propósito para obtener expresión en una materia tan sutil como la del cuerpo causal; pero cuando el hombre llega a la etapa en que es capaz de pensamientos abstractos y de inegoístas emociones se despierta en el cuerpo causal la posibilidad de respuesta. Entonces se matiza, y en vez de ser una incolora burbuja se con­vierte en una esfera de variados y hermosísimos colo­res más allá de cuanto cabe imaginar. Las vibraciones del amor puro son de color de rosa pálido; las de la intelectualidad, amarillas; las de la simpatía, verdes; las de la devoción, azules; y las de muy alta espiritualidad, de azul lila. Los mismos co­lores ostentan los cuerpos mental inferior y astral; pero al acercarnos al físico va gradativamente disminu­yendo la delicadeza e intensidad de los colores. En el transcurso de la evolución introduce a veces el hombre siniestros elementos que como el orgullo, la ira y la lujuria son incompatibles con su vida como ego. Estos elementos se manifiestan asimismo en vibraciones, pero provienen de las inferiores subdivisiones de sus respectivos mundos y por lo tanto no pueden en modo alguno repercutir en el cuerpo causal, compuesto de materia de las tres subdivisiones superiores del mundo mental. Cada subdivisión del cuerpo astral influye enérgicamente en la correlativa subdivisión del cuerpo mental sin que pueda influir en las demás; y así es que al cuerpo causal sólo le afectan las vibraciones provenientes de las tres subdivisiones superiores del cuerpo mental que siempre manifiestan buenas cua­lidades. La consecuencia práctica de este hecho es que el hombre sólo puede infundir buenas cualidades en su ego o verdadero ser. Las malas cualidades que ali­menta en su naturaleza inferior son transitorias y las ha de eliminar según adelante en su evolución porque ya no poseerá materia capaz de expresarlas. La diferencia entre el cuerpo causal del salvaje y el del santo consiste en que el del primero es incoloro y está inactivo, mientras que el del segundo está en plena actividad y lleno de vivos y constantes colores. Cuando el hombre transciende la santidad y llega a ser una gran potencia espiritual, aumenta de tamaño su cuerpo causal porque aumenta también el número de sus expresiones y ha de irradiar en todos sentidos poderosos rayos de vívida luz. El cuerpo causal del adepto es de enormes dimensiones. El cuerpo mental está constituido por materia de las cuatro subdivisiones inferiores del mundo mental y sirve para expresar los pensamientos concretos. Tam­bién en el cuerpo mental observamos la misma policromía que en el causal, aunque menos viva y con al­guna que otra adición, como por ejemplo el color ana­ranjado que manifiesta orgullo, el escarlata que denota ira, el moreno brillante de la avaricia, el gris oscuro del egoísmo y el gris verdoso de la falsía. Suele observarse además en el cuerpo mental una entremezcla o combinación de colores. El amor, la inteligencia y la devoción pueden estar teñidos de egoís­mo cuyo gris moreno da a la mezcla impuro y fangoso aspecto. Aunque las partículas del cuerpo mental están siempre en rápido e intenso movimiento unas entre otras, tiene una especie de indeterminada organización y su tamaño y forma dependen de los del cuerpo causal. Se notan en su masa ciertas estrías que más o menos irregularmente lo dividen en segmentos correspondien­tes a un área distinta del cerebro físico, de modo que cada tipo de pensamiento se expresa por medio del área cerebral a que corresponde. En el hombre ordinario está el cuerpo mental to­davía tan poco desarrollado, que hay muchos individuos en quienes no se han puesto en actividad todos los seg­mentos y el conato de pensamiento perteneciente a ellos ha de dar la vuelta en busca de un conducto expedito que por lo inadecuado, resulta confuso e incomprensible el pensamiento. Tal es el motivo de que unos sobre­salgan en las matemáticas y otros no puedan con ellas y al paso que algunos tienen extraordinaria aptitud para la música, otros no aciertan a distinguir la diferencia entre dos tonos. Toda la materia del cuerpo mental ha de circular libremente; pero cuando fija tenazmente su pensa­miento en algún objeto o asunto, entonces se entorpece la circulación y se forma una especie de callosidad o verruga en el cuerpo mental, cuya manifestación en el mundo físico son los prejuicios, de modo que hasta que se deshace la verruga no le es posible al hombre pensar rectamente ni ver claro en los asuntos, temas u objetos relacionados con aquel segmento de cuerpo mental, pues la congestión de la materia impide el libre paso de las vibraciones. Cuando el hombre usa una parte de su cuerpo mental no sólo vibra entonces más rápidamente, sino que también se abulta entretanto y aumenta de ta­maño. Si el pensamiento es muy insistente, persiste el aumento de tamaño y de aquí que pueda el hombre acrecentar en buen o mal sentido el tamaño de su cuerpo mental. Los buenos pensamientos producen vibraciones de la finísima materia del cuerpo mental, los cuales por su ligereza específica propenden a flotar en la parte superior del ovoide, mientras que los malos pensamien­tos, como los de egoísmo y avaricia, son vibraciones de la materia mental densa, que gravitan hacia la parte inferior del ovoide. Por lo tanto, el hombre vulgar que se entrega con bastante frecuencia a malos pensamientos de diversa índole, suele manchar la parte inferior de su cuerpo mental que toma la tosca apariencia de un huevo con el extremo ancho hacia abajo. Pero el que ha dominado estos viles pensamientos y se goza en los nobles y su­periores, ensancha la parte superior de su cuerpo men­tal que en consecuencia ofrece el aspecto de un huevo con la punta hacia abajo. Del estudio de las estrías y colores del cuerpo mental de un individuo infiere el clarividente su ca­rácter y lo que haya adelantado en la vida presente, así como observando el cuerpo causal puede conocer los progresos realizados por el ego desde el punto en que salió del reino animal cuando el hombre piensa en un objeto concreto, como una casa, un libro, un paisaje, etc., plasma en la materia de su cuerpo mental una tenue imagen de aquel objeto, que flota en la parte superior de dicho cuerpo, generalmente a la altura y frente a los ojos, donde permanece mientras sostiene el pensamiento y algún tiempo después, cuya duración depende de la intensidad y nitidez de la contemplación mental del objeto. Tal imagen es realmente objetiva y puede verla todo el que haya agudizado su vista mental. Cuando una persona piensa en otra, forja un tenue retrato de ella ­por el mismo procedimiento. Si el pensamiento es puramente contemplativo sin sentimientos de amor ni odio ni deseo de ver físicamente a la persona, el pensamiento no la afecta; pero si el pensamiento va unido a una emoción, como por ejemplo la de amor, toma forma concreta, construida con materia del cuerpo mental  del pensante y por estar mezclado el pensamiento con la emoción, también hay en la forma materia astral. De ello resulta una forma astromental que brota del cuerpo en que se engendró y se mueve por el espacio hacia la persona en quien emotivamente se pensó. Si el pensamiento es muy vehemente salva todas las distan­cias; pero el de las gentes vulgares es débil e inconsis­tente y no tiene eficacia allende muy limitada área. Al llegar la forma astromental a la persona a quien va dirigida descarga su energía en los cuerpos astral y mental de aquélla y le comunica su misma tónica vibratoria. Dicho esto de otra manera, tendremos que un pensamiento de amor dirigido a otra persona entraña la efectiva transmisión de una cantidad de materia y ener­gía del que lo dirige y levanta en quien recibe el pen­samiento una emoción de afecto, al par que leve pero permanentemente le acrecienta la capacidad de amar. El mismo efecto produce en el pensante y por lo tanto es igualmente beneficioso para ambos. Todo pensamiento construye una forma. Si va di­rigido a otra persona, se mueve hacia ella. Si es seña­ladamente egoísta permanece en la inmediata vecin­dad de quien lo emite. Si no es de una ni de otra índole, flota durante algún tiempo en el espacio y después se desvanece lentamente. Así es que toda persona deja tras sí por doquiera va una estela de formas de pensamiento. Al pasar por la calle, andamos entre un mar de pensamientos ajenos. Si alguien deja su mente ociosa por algún tiempo, la afectan dichos pensamientos residuales de los demás, aunque por de pronto no se dé cuenta de ello; pero uno u otro acabará por estimular su atención y apo­derándose la mente de él, lo vigorizará con su propia fuerza, lanzándolo enseguida para que afecte a otros. Por lo tanto, un hombre no es responsable de los pensamientos que cruzan por su mente, porque pueden ser ajenos; pero sí es responsable de consentir en ellos, de apropiárselos, vigorizarlos y expedirlos. Los pensamientos fijos e insistentes, de cualquier clase que sean, cercan al pensante y la mayoría de las gentes circuyen su cuerpo mental de una costra o con­cha de tales pensamientos que entenebrece la visión mental y facilita la formación de prejuicios. Toda forma de pensamiento es una temporánea entidad semejante a una cargada batería eléctrica en espera de ocasión para descargar. Propende siempre a reproducir su tónica vibratoria en el cuerpo mental a que se aferra y levantar en él un pensamiento análogo. Si la persona a quien va dirigida está atareada o ya ocupa en algún objeto su pensamiento, las partículas de su cuerpo mental están ya habituadas a vibrar en determinada tonalidad y no pueden de momento quedar afectadas desde el exterior. En este caso, la forma mental espera la ocasión y permanece cerca de la persona hasta que cuando ya está desocupada penetra en ella, descarga su energía y al instante se desvanece. El pensamiento fijo obra exactamente de la misma manera respecto de quien lo engendra y descarga en él su energía en cuanto se le depara coyuntura. Si el pensamiento es siniestro, el que lo ha emitido lo cree tentación del demonio, cuando en verdad él es su propio tentador. Generalmente, cada pensamiento definido crea una nueva forma; pero si otra forma está ya rondando al pensante, otro pensamiento análogo o sobre el mismo asunto, en vez de crear una nueva forma se entrefunde con la primera y la intensifica, de modo que si el hombre piensa y cavila persistentemente sobre una mis­ma cosa o persona puede crear una fuerza mental de enorme fortaleza. Si el pensamiento es siniestro, esta poderosa forma llega a tener maligna influencia que dura muchos años con todas las circunstancias y toda la energía de una realmente viva entidad. Todo cuanto queda descrito se refiere a los impremeditados pensamientos del hombre; pero es po­sible crear deliberadamente una forma mental y dirigida hacia otra persona con intención de favorecerla y auxiliarla. Tales una de las líneas de actividad que siguen quienes desean servir al género humano. Una firme y vigorosa corriente mental dirigida acertada­mente a otra persona puede valerle de eficacísimo auxilio. Una potente forma de pensamiento actuará como ángel custodio que a su protegido libre de la im­pureza, de la ira o del temor. Muy interesante modalidad de estos estudios es la observación de los diferentes colores y matices que según su índole toman las formas mentales. Los colo­res indican la calidad del pensamiento y están en correlación con los que ya describimos en los cuerpos. La configuración de las formas varía hasta lo infinito, pero cada clase de pensamiento asume un contorno típico. Todo pensamiento de carácter definido, como los de amor o de odio, de devoción o recelo, de cólera o temor, de orgullo o envidia, no sólo crea una forma, sin que establece una corriente mental. La circunstan­cia de que cada uno de dichos pensamientos asuma de­terminado color indica que el pensamiento se mani­fiesta en una vibración de la materia de cierta parte del cuerpo mental, cuya tonalidad se transmite a la materia mental circundante, de la propia suerte que la vibración de una campana se transmite al aire que la rodea. Las vibraciones del pensamiento se difunden en todos sentidos y cuando chocan con otro cuerpo mental que se halla en condición pasiva o receptora, le comu­nica su tonalidad vibratoria. De esta suerte no se trans­mite una idea definida como sucede con la forma men­tal, pero propende a levantar un pensamiento de la misma índole. Por ejemplo, sí el pensamiento es devo­cional, sus vibraciones excitarán la devoción, pero el objeto de devoción será distinto en cada persona en cuyo cuerpo mental percutan las vibraciones del devoto pensamiento. Por el contrario, la forma mental sólo influye en la persona a quien va dirigida, esto es en la persona objeto del pensamiento y no sólo si este pensa­miento es devoto despertará en ella el general sentimiento de devoción sino también le representará la imagen del Ser en quien ha de concentrar su devoción. Quien habitualmente tiene buenos, puros, nobles y vigorosos pensamientos, utiliza para ello la parte su­perior de su cuerpo mental, que no está todavía desarro­llada en el hombre vulgar. Por lo tanto, el que así piensa es una potencia benéfica en el mundo, muy útil para cuantos receptivos le rodean, porque las vibracio­nes que emite propenden a despertar una nueva y su­perior porción del cuerpo mental de los que las reciben y abren ante ellos nuevos y más dilatados campos de pensamiento. Puede no levantar en ellos exactamente el mismo pensamiento, pero será de la misma índole. Las vibra­ciones de quien habitualmente piensa en Teosofía, no comunicarán precisamente ideas teosóficas a quienes le rodeen; pero despertarán en ellos pensamientos mucho más nobles, generosos y elevados que los que hasta entonces les eran habituales. Por otra parte, las formas de pensamientos engen­dradas en semejantes circunstancias, aunque de acción más restricta que la de las vibraciones es mucho más precisa. Sólo afectan a quienes en algún modo se abren a ellas y les comunican ideas teosóficas. Los colores del cuerpo astral tienen el mismo significado que los de los vehículos superiores, pero de in­tensidad algunas octavas más baja y mucho más pa­recidos a los que vemos en el mundo físico. Es el cuerpo astral el vehículo de las pasiones y emociones, por lo que puede tener colores expresivos de ruines y viles sentimientos incompatibles con los mundos supe­riores. Así por ejemplo el color cárdeno moreno-rojizo indica sensualidad y el negro en forma de nubes denota malicia y odio. Un extraño gris lívido señala temor y el gris muy oscuro dispuesto en densos anillos en rededor del ovoide manifiesta abatimiento y depresión. La ira está expresada por un número de vedijas escar­lata en el cuerpo astral, cada una de las cuales repre­senta un leve impulso colérico. La envidia tiene por indicio un peculiar gris oscuro, generalmente entron­cado con las vedijas escarlata. La configuración y tamaño del cuerpo astral coin­ciden con los de los ya descritos y en el hombre ordi­nario su contorno está generalmente muy bien seña­lado; pero en el salvaje es por todo extremo irregular y parece una nube globulosa de repulsivos colores: Cuando el cuerpo astral está relativamente sosegado (pues nunca está del todo quieto) sus colores in­dican las habituales emociones del individuo y cuando éste experimenta un violento arrebato emocional, la tonalidad vibratoria correspondiente a la emoción sen­tida, domina durante algún tiempo en todo el cuerpo astral.   Si por ejemplo es un arrebato de devoción, todo el cuerpo astral se tiñe de azul y mientras dura este sentimiento, los normales colores apenas modifican el azul o aparecen débilmente a su través y reaparecen cuando cesa la vehemencia de la emoción. Sin embargo, el espasmo emocional determina el aumento de tamaño de la parte de cuerpo astral normalmente azul, por lo que cuando el hombre experimenta con frecuencia devocionales impulsos, no tarda en tener una extensa área de azul en su cuerpo astral. Generalmente el aceso, espasmo, arrebato o im­pulso del sentimiento devocional va acompañado de pensamientos de devoción, que aunque engendrados en el cuerpo mental atraen a su alrededor buena porción de materia astral, de modo que actúan en ambos mundos y por ambos circula la corriente vibratoria a que hemos aludido. Así se convierte el individuo en un cen­tro de devoción que hará partícipes a otros de sus pen­samientos y emociones. Lo mismo ocurre en los casos de amor, simpatía, odio, cólera, abatimiento y cualquiera otra emoción. El impulso emotivo no afecta de por sí gran cosa al cuerpo mental aunque puede interrumpir durante algún tiempo la expresión física de sus actividades, no porque esté alterado, sino porque el cuerpo astral que es el medio de su enlace con el físico vibra en tal tonalidad que no puede transmitir ninguna otra índole de vibraciones. Los colores permanentes del cuerpo astral reaccio­nan en el mental y producen sus análogos de intensidad algunas octavas más alta, de la propia suerte que una nota musical produce sobretonos. A su vez el cuerpo mental reacciona de la misma manera sobre el causal y así va el ego asimilándose poco a poco todas las buenas cualidades manifestadas en los vehículos inferiores. En cambio, no ocurre así con las malas cualidades, porque su tonalidad vibratoria no puede repercutir en la superior materia mental de que está compuesto el cuerpo causal. Hasta aquí hemos descrito vehículos que sirven de manifestación al ego en sus respectivos mundos y que él mismo se proporciona; pero el vehículo físico se lo proporciona la naturaleza con arreglo a leyes que ex­plicaremos más adelante y aunque en cierto modo es dicho vehículo expresión del ego no es en modo alguno su perfecta manifestación. En la vida ordinaria sólo vemos una pequeña parte del cuerpo físico, la que está constituida por las sub­divisiones sólida y líquida de materia física; pero el cuerpo físico contiene materia de las siete subdivisiones y todas desempeñan su función y tienen igual impor­tancia en la vida física. Generalmente se da el nombre de "doble etéreo" a la parte invisible del cuerpo físico. "Doble" porque reproduce exactamente el tamaño y configuración de la parte visible; y "etéreo" porque está constituido por aquella materia sutil cuya vibración determina en la retina las sensaciones luminosas[6]. La parte invisible del cuerpo físico es de grandísima importancia, puesto que sirve de vehículo a las corrientes vitales que mantienen vivo el cuerpo y de puente a las vibraciones mentales y astrales que pasan a la parte densa, de modo que si faltase no podría uti­lizar el ego las células cerebrales. La vida del cuerpo físico cambia incesantemente y para mantenerla ha de recibir alimento de tres dis­tintas fuentes: manjares que digerir, aire que respirar y vitalidad que absorber. La vitalidad es esencialmente una fuerza pero cuando infundida en la materia se manifiesta como un definido elemento existente en todos los mundos a que nos hemos referido y en el momento actual en que con él estamos relacionados, lo hallamos en la superior sub­división del mundo físico. Así como la sangre circula por arterias y venas, así la vitalidad circula por los nervios; y de la propia suerte que cualquier anorma­lidad en el flujo de la sangre afecta al cuerpo físico, así también la más leve perturbación del flujo vital afecta a la parte superior del cuerpo físico. La energía vital procede originalmente del sol. Un ultérrimo átomo físico cargado de ella atrae a su alre­dedor otros seis y constituye un átomo etéreo. En este caso la originaria energía vital se distribuye entre los siete y cada uno lleva su parte de carga. El átomo etéreo así constituido se asimila al cuerpo humano por medio de la parte etérea del bazo, donde se divide en sus partes componentes a fin de que cada una de ellas vaya a su respectivo destino. El bazo es uno de los siete centros dinámicos de la parte etérea del cuerpo físico. En cada uno de nues­tros vehículos ha de haber en actividad siete centros dinámicos y cuando están activos los ve el clarividente como superficiales vórtices por donde la energía de los cuerpos superiores penetra en el inferior. En el cuerpo físico los centros dinámicos están situados:

1° En la base de la columna vertebral

2° En el plexo solar

3° En el bazo

4° Sobre el corazón

5° En la garganta

6° Entre ceja y ceja

7° En la coronilla

 

Hay otros centros inactivos cuya actualización es perjudicial. Los cuerpos superiores se ofrecen al clarividente en configuración ovoide; pero la materia que los cons­tituye no está uniformemente repartida por toda su masa. En el centro de dicho ovoide se halla el cuerpo físico que atrae intensamente materia astral y ésta a su vez atrae con la misma violencia materia mental. Así es que la mayor parte de la materia del cuerpo astral penetra en el interior del físico y lo mismo su­cede respecto del cuerpo mental. Cuando vemos el cuerpo astral de un hombre en su propio mundo, esto es despojado del cuerpo físico, todavía conserva la configuración de este último, aun­que como la materia es más sutil, aparece como un cuerpo físico de densa neblina en medio de un ovoide de materia todavía más sutil. Lo mismo cabe decir del cuerpo mental visto en su propio plano. Por lo tanto, si en los mundos astral o mental encontramos a una entidad a quien conocimos en el físico, la reconoceremos instantáneamente por su aspecto lo mismo que en el mundo físico. Tal es la verdadera constitución del hombre. En primer lugar es una mónada o chispa divina, de la que el ego es parcial expresión a fin de que pueda evolu­cionar y vuelva después gozosamente a la mónada, lle­vando consigo su cosecha en forma de cualidades edu­cidas y afirmadas a copia de experiencias. El ego a su vez pone parte de sí mismo en los mun­dos inferiores, con el mismo propósito y a esta parte le llamamos personalidad (palabra derivada de la latina persona que significa máscara) porque es la máscara de que se reviste el ego para manifestarse en mundos inferiores al suyo propio. Así como el ego es una pequeña parte e imperfecta expresión de la mónada, así también la personalidad es una pequeña parte e imperfecta expresión del ego, de suerte que lo que ordinariamente llamamos hombre no es más que el fragmento de un fragmento del hombre verdadero. La personalidad tiene por vestiduras los tres cuer­pos mental, astral y físico. Mientras el hombre está lo que llamamos vivo y consciente en el mundo terreno, se halla limitado por el cuerpo físico, con el que sólo utiliza los astral y mental como puentes de paso o me­dios de enlace. Una de las limitaciones del cuerpo físico es que pronto se fatiga y necesita periódico descanso. Cada noche lo entrega el hombre al sueño y se retrae en su cuerpo astral que no se fatiga y por lo tanto no nece­sita dormir. Durante el sueño del cuerpo físico, el hombre puede moverse libremente en el mundo astral, aunque la am­plitud de este movimiento depende del grado de adelanto en su evolución. El salvaje no va más allá de unos cuantos kilómetros del punto en que duerme su cuerpo físico y a veces apenas se mueve, porque todavía es sumamente vaga su conciencia. El hombre culto es generalmente capaz de trasla­darse en vehículo astral a donde quiera y tiene mucha más conciencia en aquel mundo, aunque aún no puede recordar al volver al mundo físico lo que hizo y en dónde estuvo durante su permanencia en el astral. Sin embargo, a veces recuerda algún incidente o experiencia de que ha sido actor o testigo, y le llama sueño vivido. Mucho más a menudo, sus recuerdos están deplorablemente entremezclados con vagas memorias de la vida física e impresiones recibidas del exterior en la parte etérea del cerebro, lo cual origina los absurdos y desvariados sueños de la vida ordinaria. El hombre evolucionado es tan consciente en el mundo astral como en el físico y en estado vigílico recuerda perfectamente cuanto hizo en el mundo astral, o sea que durante las veinticuatro horas del día tiene plena conciencia de sí mismo y la sigue teniendo aún después de la muerte física.

 

CAPITULO 6

 

DESPUES DE LA MUERTE

 

La muerte es la dejación del cuerpo físico; pero no hay en ella más diferencia para el ego, que para el hombre físico la dejación de un gabán, porque una vez despojado de su cuerpo físico, el ego continúa viviendo en su cuerpo astral hasta consumir la energía generada por las emociones y pasiones en que consintió durante la vida terrena, pues entonces sobreviene la segunda muerte y también se desintegra el cuerpo astral, de modo que el ego continúa viviendo en su cuerpo mental y en el mundo mental inferior. En esta condición permanece hasta que se extinguen las energías mentales generadas durante sus últimas vidas astral y física, cuando a su vez abandona el cuerpo mental y vuelve a ser un ego en su propio mundo, actuando en cuerpo causal. Por lo tanto, no es la muerte lo que de ordinario se entiende por tal, sino una sucesión de etapas de vida continua, que se pasan una tras otra en los tres mundos físico, astral y mental. La proporción del tiempo que el hombre pasa en cada uno de dichos mundos depende de su grado de adelanto. El salvaje vive casi exclusivamente en el mundo físico y al fin de cada vida terrena permanece sólo unos cuantos años en el mundo astral. Según evo­luciona, es más duradera su vida astral y cuando educe el entendimiento y es capaz de pensar, pasa también algún tiempo en el mundo mental. El hombre ordinario de los pueblos civilizados per­manece más tiempo en el mundo mental que en los físico y astral y cuanto más adelantado está el hombre en su evolución más larga es su vida en el mundo mental y más corta en el astral. La vida astral es el resultado de todos los senti­mientos que entrañan el elemento egoísta. Si han sido concretamente egoístas, colocan al hombre en muy desagradables condiciones en el mundo astral. Si aun­ que teñidos de egoísmo han sido buenos y amables, les proporcionan una relativamente placentera, pero to­davía limitada vida astral. Si los pensamientos y emo­ciones fueron del todo inegoístas, le conducirán a la vida en el mundo mental, que por lo tanto no podrá menos de ser dichosa. La vida astral que el hombre hizo de por sí des­dichada o relativamente gozosa, corresponde a lo que los católicos llaman purgatorio. La vida en el mundo mental inferior, que siempre es enteramente feliz, co­rresponde a lo que se llama cielo. El hombre determina por sí mismo su purgatorio o su cielo, que no son lugares, sino estados de conciencia. El infierno no existe. Sólo es una ficción de la fantasía teológica; pero quien insensatamente viva puede for­jarse un muy desagradable y duradero purgatorio. Ni el purgatorio ni el cielo son eternos, porque una causa finita no puede producir infinitos resultados. Las variaciones de su duración son tan amplias que inducirían a error cuantas cifras se fijasen. Si conside­ramos un hombre ordinario de la ínfima clase media, como un modesto comerciante o un dependiente de mostrador, podrá computarse en cuarenta años el tér­mino de su vida astral y en unos doscientos el de su vida en el mundo mental. Por otra parte, el hombre de espiritualidad y cultura, podrá tener veinte años de vida astral y mil de vida celeste. Quien esté bastante evolucionado reducirá la vida astral a unos cuantos días u horas y permanecerá 1.500 años en el cielo. No solamente varía muchísimo la duración de estos períodos sino que también difieren grandemente las condiciones en ambos mundos. La materia constitu­yente de los citados cuerpos es materia viva, no muerta y conviene tener muy en cuenta esta circunstancia. El cuerpo físico está constituido por células, cada una de las cuales es una tenue vida unitaria animada por la segunda efusión dimanante del segundo Aspecto de la Deidad. Dichas células son de varias clases y desem­peñan diversas funciones, lo cual se ha de tomar muy en consideración para comprender la obra del cuerpo físico y vivir en él saludablemente. El mismo principio rige en los cuerpos astral y mental. En la vida de las células que los constituyen no hay todavía inteligencia, pero sí un poderoso ins­tinto que siempre las impele en dirección de su desenvolvimiento. La vida que anima la materia componente de dichos cuerpos se dirige en sentido descendente, de modo que para ellos progresar significa descender a más densas formas de materia y manifestarse por medio de ellas. Pero el progreso para el hombre significa precisa­mente lo contrario, porque ya se ha sumido del todo en la materia y de ella asciende hacia su origen. Por lo tanto hay un constante conflicto de intereses entre el hombre interior y la vida que anima la materia de sus vehículos cuya tendencia la impele a descender mien­tras la del hombre lo impele al ascenso. La materia del cuerpo astral, o más bien la vida que anima sus moléculas desea para su evolución tan­tas y tan varias y tan groseras vibraciones como le sea posible recibir. La siguiente etapa de su evolución será animar materia física y recibir sus todavía más lentas vibraciones, por lo que se predispone a ello deseando las más groseras vibraciones astrales y aunque carece de inteligencia para forjar un plan con que lograrlo, su instinto le ayuda a descubrir el medio de recibir más fácilmente dichas vibraciones y gozarse a su sabor en ellas. Las moléculas del cuerpo astral están cambiando incesantemente como las del cuerpo físico; pero la vida de las moléculas astrales tiene un muy vago senti­miento de sí misma en conjunto, como una especie de temporánea entidad. No sabe que forma parte del cuerpo astral de un hombre, porque es completamente incapaz de comprender lo que es un hombre, pero conjetura de una manera ciega que en sus actuales circunstancias recibe muchas más vibraciones y más intensas que recibiría si flotara con toda libertad en la atmósfera. Entonces recogería eventualmente a dis­tancia la radiación de las pasiones y emociones del hombre; pero tal como se halla, en el centro de ellas, no pierde ninguna y con toda su violencia las recibe. Por lo tanto, se ve en favorable situación y se esfuerza en mantenerla. Está en contacto con algo más sutil, con la materia del cuerpo mental del hombre y le pa­rece que si logra entremezclar sus vibraciones con aquel algo más sutil, se intensificarán y ampliarán conside­rablemente. Puesto que la materia astral es el vehículo del deseo y la materia mental lo es del pensamiento, el instinto a que nos hemos referido significa en lenguaje corriente que si el cuerpo astral nos induce a pensar que nosotros necesitamos lo que él necesita, le será más fácil lograrlo. Así ejerce el cuerpo astral una lenta y firme presión sobre el hombre, una presión que para el cuerpo astral es una especie de hombre y para el hombre una inclinación a lo solaz y grosero. Si el hombre es de apasionado temperamento, la presión se ejerce suave pero incesantemente en el sen­tido de la iracundia. Si el hombre es sensual, sentirá una constante inclinación a la lujuria. Quien todo esto no comprende, incurre general­mente en uno de ambos errores: o lo achaca a un re­pentino impulso de su propia naturaleza y la considera esencialmente maligna, o bien se figura que el impulso procede del exterior como tentación de un imaginario demonio. La verdad está entre ambos errores. El impulso no es propio del hombre sino del vehículo de que se sirve y para el cual el deseo es natural y justo, aunque dañoso para el hombre, quien debe resistirlo. Si lo resiste y no cede al incitado deseo, las partículas de su cuerpo astral necesitadas de las vibraciones pasionales se debilitarán por falta de nutrición y acabarán por atrofiarse y desprenderse, substituidas por otras par­tículas cuya natural tónica vibratoria esté en mayor armonía con la que el hombre habitualmente permita en su cuerpo astral. Esto explica lo que durante la vida se llama im­pulsos repentinos de la naturaleza inferior. Si el hom­bre cede a tales impulsos, serán cada vez más violentos hasta que por último le parezca que no puede resistirlos y se identifique con ellos, lo cual es precisamente el propósito de la vaga vida del cuerpo astral. A la muerte del cuerpo físico se despierta esta vaga conciencia astral y al percatarse de que su exis­tencia como entidad está amenazada, toma instintiva­mente las medidas a propósito para defenderse y sub­sistir tanto tiempo como sea posible. La materia del cuerpo astral es mucho más fluida que la del físico y su conciencia obra en las partículas astrales y las dispone para resistir cualquier intrusión. Coloca las más densas y groseras en la periferia, como una especie de costra y ordena las demás en capas con­céntricas de modo que el conjunto del cuerpo astral resista al roce tanto como su constitución consienta y pueda en consecuencia retener su forma el mayor tiem­po posible. Todo esto produce en el hombre varios efectos des­agradables, porque la fisiología del cuerpo astral es totalmente distinta de la del físico, el cual recibe las sensaciones del exterior por medio de órganos a pro­pósito, instrumentos de sus sentidos, mientras que el cuerpo astral no tiene sentidos especializados según por tales entendemos. En el cuerpo astral corresponde al órgano de la visión, la propiedad que tienen sus moléculas de res­ponder a los contactos del exterior que recibe por me­dio de análogas moléculas. Como el cuerpo astral está constituido por mate­rias de todas las subdivisiones del mundo astral, es capaz de ver todos los objetos construidos con materia de cualquiera de dichas subdivisiones. Suponiendo que un objeto astral esté constituido por la entremezcla de materia perteneciente a las se­gunda y tercera subdivisiones, el hombre que viva en el mundo astral sólo podrá percibir dicho objeto si en la periferia de su cuerpo astral hay partículas de las segunda y tercera subdivisiones del mundo astral, ca­paces de recibir y responder a las vibraciones emitidas por tal objeto. Quien a causa del ordenamiento de su cuerpo astral por la vaga conciencia a que nos hemos referido sólo tenga en la periferia de dicho cuerpo par­tículas pertenecientes a la no tan sutil materia de la inferior subdivisión del mundo astral, no podrá per­cibir el objeto mencionado, como tampoco somos ca­paces de percibir visualmente por medio del cuerpo los gases atmosféricos o los objetos constituidos exclusiva­mente por materia etérea. Durante la vida física la materia del cuerpo astral está en constante movimiento y sus partículas pasan unas por entre otras, como sucede en el agua hirviente. Por lo tanto, cabe asegurar que en cualquier momento habrá partículas de toda variedad en la periferia del cuerpo astral, y en consecuencia será el hombre capaz de ver durante el sueño cualquier objeto astral de su cercanía. Si como por ignorancia hacen las gentes vulgares, permite la instintiva ordenación de su cuerpo astral, será muy distinta en este respecto la condición del hombre pues por tener en la periferia las partículas más densas e inferiores, sólo podrá percibir impresio­nes análogas partículas de la masa circundante y en vez de ver todo el mundo astral, únicamente verá una séptima parte y aun la más impura y grosera, cuyas vibraciones sólo pueden expresar siniestros sentimien­tos y emociones y provenir de las más toscas entidades astrales, resultando de ello que el hombre en tal con­dición no verá más que los repulsivos habitantes del mundo astral y sólo recibirá las más ingratas y vul­gares influencias. Estará rodeado de otros hombres cuyos cuerpos astrales sean probablemente de mediana índole; pero como sólo puede percibir lo que en ellos hay de vil y grosero, le parecerán monstruos de vicio sin ninguna característica virtuosa. Aun sus mismos parientes y amigos le parecerán distintos de lo que eran, porque será incapaz de apreciar sus buenas cualidades. En semejantes circunstancias no es extraño que considere el mundo astral como un infierno; y sin em­bargo, no está la culpa en el mundo astral sino en el mismo hombre por haber consentido en su cuerpo astral tanta cantidad de materia grosera y permitir que la vaga conciencia astral le haya dominado y dis­puesto su cuerpo de tan siniestra manera. Quien estudie estos asuntos repugnará en absoluto ceder durante la vida a los impulsos pasionales y no consentirá la instintiva disposición de su cuerpo astral después de la muerte, pudiendo en consecuencia ver todo el mundo astral y no tan sólo su parte baja y grosera. Muchos puntos de semejanza con el mundo físico tiene el astral, pues como el físico, ofrece distintos aspectos a diversas gentes y aun a un mismo individuo en los varios períodos de su existencia. Es la morada de las emociones y de los ruines pensamientos y las emociones son todavía mucho más violentas que en el mundo físico, pues en éste, gran parte de la emoción de un individuo se emplea en poner en movimiento la densa materia física del cerebro y no es posible per­cibir toda la violencia de la emoción. Así es que si ve­mos que un hombre manifiesta en el mundo físico tal o cual afecto, no percibimos la totalidad de su afecto, sino tan sólo la porción restante después de realizada la obra en la materia física. Por lo tanto, las emociones son más intensas en la vida astral que en la física; pero si se dominan no ex­cluyen los pensamientos elevados y así el hombre puede entregarse en el mundo astral como en el físico al estu­dio y al auxilio del prójimo o perder el tiempo en vagabunda ociosidad. El mundo astral se dilata hasta la distancia media de la órbita de la Luna; pero aunque todo él está abierto para los de entre sus habitantes que no consin­tieron en la instintiva disposición de su cuerpo astral, la gran mayoría permanecen muy cercanos a la super­ficie de la Tierra. La materia de las siete subdivisiones del mundo astral se interpenetra libremente, aunque la más densa propende a aglomerarse en el centro de la masa. Sucede en esto algo muy parecido a lo que se observa en un cubo de agua que contenga en suspensión partículas de materia de diferente grado de densidad, pues aunque estén difundidas por toda la masa del agua, las más densas se acumulan cerca del fondo del cubo. Por lo tanto, si, bien no hemos de creer que las varias subdivisiones del mundo astral estén sobre­puestas como las capas de una cebolla, resulta su co­locación algún tanto semejante a este ordenamiento. La materia astral interpenetra la materia física en todo su conjunto, pero, cada subdivisión de la materia física atrae predilectamente a la correlativa subdivisión de la astral. De aquí que todo cuerpo físico tenga su con­traparte astral. Si colocamos un vaso de agua sobre una mesa, el vaso y la mesa, que son de materia física sólida, esta­rán interpenetrados por materia astral de la subdivi­sión inferior; pero el agua del vaso, por ser de materia física líquida estará interpenetrada por materia astral de la sexta subdivisión que corresponde al estado lí­quido, mientras que el aire circundante, de condición gaseosa, estará interpenetrado por materia astral de la quinta subdivisión, correspondiente al estado gaseoso. Pero así como el aire, el agua, el vaso y la mesa están igualmente interpenetrados por la sutil materia física a que hemos llamado etérea, así también las res­pectivas contrapartes astrales del aire, el agua, el vaso y la mesa están interpenetradas por las superiores subdivisiones de materia astral correspondientes al estado etéreo. Sin embargo, la materia astral correlativa al estado sólido es más sutil que el éter atómico físico. Quien después de la muerte pase al mundo astral sin haber consentido en el instintivo ordenamiento de su cuerpo astral, apenas notará diferencia de la vida física. Puede moverse a voluntad en todas direcciones, aunque por lo general permanece junto a los lugares donde vivió físicamente y ve su casa, su habitación, sus muebles, a sus parientes y amigos. El viviente en el mundo físico, que ignora la existencia de los mundos superiores, se figura haber perdido a quienes de los suyos dejaron el cuerpo físico; pero los muertos no experimentan ni por un instante la sensación de haber perdido a los vivos. Desde el mundo astral no pueden ver los muertos el cuerpo físico de los vivos; pero les ven el cuerpo astral, que como tiene exactamente la misma configu­ración del físico, identifican la presencia de sus parien­tes y amigos, a quienes ven rodeados de una débil y luminosa aureola ovoide y si son observadores nota­rán otros leves cambios en su derredor. Mas por lo que a sí mismos atañe, están plenamente convencidos de que no han ido a un lejano cielo o infierno, sino que aún permanecen en contacto con el mundo físico aunque lo vean desde distinto punto de vista. Los muertos perciben el cuerpo astral de sus pa­rientes y amigos con tanta claridad que no pueden pen­sar haberlos perdido; pero cuando el viviente está en conciencia vigílica, el muerto no puede impresionarle en modo alguno; porque la conciencia del viviente actúa entonces en el mundo físico y su cuerpo astral sólo le sirve a la sazón de puente. Por lo tanto, el muerto no puede comunicarse con el vivo ni leer sus elevados pen­samientos; pero colegirá del cambio de color del cuerpo astral las emociones del viviente y con un poco de prác­tica en la observación acabará por leer los pensamien­tos entremezclados con el egoísmo o el deseo. Cuando el viviente está dormido, cambia la situa­ción, pues entonces ambos son conscientes en el mundo astral y puede comunicarse en todo y por todo con tanta libertad como se comunicaban en la vida física. Las emociones del viviente reaccionan con mucha inten­sidad en el muerto amado quien no puede menos de sufrir hondamente si aquél manifiesta desconsuelo. De casi infinita variedad son las condiciones de vida después de la muerte física; pero fácilmente puede computarlas quien comprenda lo que es el mundo astral y considere el carácter de la persona a quien se refiera, porque la muerte no altera en lo más mínimo el carác­ter personal y las emociones y deseos son exactamente igual que antes. Es en todos respectos el mismo hom­bre excepto en el cuerpo físico y su felicidad o su des­dicha dependen del grado en que le afecta la pérdida del cuerpo físico. Si sus ansias han sido de índole para cuya satis­facción es necesario el cuerpo físico, está expuesto a sufrir considerablemente, pues las ansias se manifies­tan en una vibración del cuerpo astral y mientras el hombre está en el mundo terreno, la mayor parte de la energía emocional se consume en poner en movimiento las densas partículas físicas. Por lo tanto, el deseo pa­sional es mucho más violento en la vida astral que en la física y si el hombre no ha logrado dominarlo y en su nueva vida no puede satisfacerlo, le ocasionará mu­chísimo desasosiego, con grave y prolongada tribu­lación. Pongamos por ejemplo el caso extremo de un beodo o de un lujurioso y tendremos una concupiscencia que en la vida física fue lo bastante para sobreponerse a la razón, al sentido común, al decoro personal y a los afectos de familia. Después de la muerte, el hombre experimenta en el mundo astral la misma concupis­cencia, pero cien veces más intensa y le es imposible satisfacerla porque ha perdido su cuerpo físico. Semejante vida es un verdadera infierno, el único infierno posible; y sin embargo, nadie castiga al hombre, sino que cosecha el perfectamente natural resultado de sus acciones. Según pasa el tiempo, se va consumiendo poco a poco la energía pasional, pero a costa de terribles su­frimientos, porque cada día le parecen al hombre mil años; pues no tiene la noción del tiempo como la tenemos en el mundo físico y sólo puede medir el tiempo por sus sensaciones. Del falseamiento de esta verdad derivó la blasfema idea de la eterna condenación. Muchos otros casos no tan extremos darían idea de cuán tormentosa es un ansia imposible de satisfacer. Caso más frecuente es el del hombre que no tiene determinados vicios como el de la embriaguez o la lujuria, pero que estuvo enteramente apegado a los in­tereses mundanos, a la vida de los negocios o frivoli­dades sociales. Para él es fatigosa la vida astral, porque no puede satisfacer lo único que ansía, ya que en el mundo astral no hay materiales negocios en que ocu­parse y aunque pueda tener tantos compañeros como desee, le resultan muy distintas las relaciones sociales, porque en el mundo astral no existen las ficciones y convencionalismos en que se funda el trato social del mundo físico. Sin embargo, los casos a que nos hemos referido son los menos y para la mayoría de las gentes el estado posterior a la muerte física es mucho más dichoso que el de la vida terrena. La primera impresión que experimenta el desencarnado es el de una admirable y deleitosa libertad. Nada le molesta ni le importuna y no tiene que cumplir otros deberes que los que por su propia iniciativa contraiga. Excepto una exigua minoría, pasan los hombres haciendo en la vida física lo que no quisieran hacer pero que han de hacerla para mantenerse y mantener a su familia. En el mundo astral no hay necesidad de alimento porque no se siente hambre ni sed, ni de abrigo porque cada cual  se reviste con el pensamiento de lo que desee y por vez primera desde su infancia es el hombre enteramente libre de hacer lo que guste. Se acrecienta grandemente su capacidad para toda clase de goces con tal que su satisfacción no requerirá por instrumento el cuerpo físico. Si gusta de las bellezas de la naturaleza, podrá viajar rápida y cómodamente por el mundo entero para contemplar sus más amenos parajes y explorar sus más escondidos repuestos. Si se goza en el arte, estarán a su disposición las obras maes­tras del mundo entero. Si es aficionado a la música, libre será de oírla doquiera y tendrá para él mayor significado que antes, pues aunque ya no pueda escu­char los sonidos físicos, percibirá el efecto esencial de la música en mucho mayor medida que en este bajo mundo. Si amante es de la ciencia, no sólo podrá vi­sitar a los más eminentes investigadores científicos sino tomar de ellos cuantos conceptos e ideas estén al alcance de su comprensión e investigar por sí mismo la ciencia del mundo astral en términos muchos más dilatados de los que le fueron posibles en la vida física, y lo mejor de todo será que si su predominante gozo en la tierra fue auxiliar al prójimo, hallará vastísimo campo donde realizar sus filantrópicos esfuerzos. En el mundo astral no siente el hombre hambre ni frío no está expuesto a enfermedades; pero muchos hay que poseídos todavía del deseo de las cosas terrenas, se han envuelto en la red de sus propios pen­samientos y necesitan en su ignorancia quienes de ellos los libren enseñándoles a distinguir la realidad de la ilusión en lo referente al mundo astral, porque los más de ellos llegan a dicho mundo completamente ignoran­tes de sus condiciones sin darse cuenta de que han muerto y cuando de ello se percatan, les sobrecoge el temor de lo que les tenga reservado la suerte según coligen de las funestas enseñanzas teológicas que re­cibieron en la tierra. Todos éstos necesitan el inteli­gente y cariñoso auxilio de quienes conozcan el mundo astral y las leyes de la naturaleza. Así es que en el mundo astral no le falta prove­chísima ocupación al hombre cuyos intereses durante la vida física fueron noblemente racionales, ni tam­poco se carece de relaciones de sociedad, porque los hombres de análogos gustos y aficiones se asocian lo mismo que sucede en el mundo físico y muchos fenó­menos de la naturaleza incomprensibles en la tierra por estar ocultos tras el denso velo de la materia física, se ofrecen abiertamente al estudio de quienes quieran observarlos. Cada cual se forma allí gran parte de su ambiente. Ya hablamos de las siete subdivisiones del mundo astral y numerándolas desde lo superior y más sutil hacia abajo, las vemos agrupadas naturalmente en tres clases: las primera, segunda y tercera subdivisiones forman una clase; las cuarta, quinta y sexta otra clase; y la séptima o ínfima queda aislada. Según ya dijimos, aunque la materia de todas las subdivisiones se interpenetra, propende a ordenarse en obediencia a su gravedad específica, de modo que la mayor parte de la materia perteneciente a las subdivisiones superiores se encuentra respecto de la superficie de la tierra en un nivel mucho más elevado que la masa de la ínfima subdivisión. De aquí que aunque un habitante del mundo astral pueda moverse por todos sus ámbitos, propenderá a flotar en el nivel correspondiente al peso específico de la materia más densa que haya en su cuerpo astral. Quien no hubiere permitido el reordenamiento de la materia astral después de la muerte podrá recorrer libremente todo el mundo astral; pero la mayoría que así lo permiten no son igualmente libres y no porque algo les impida ascender o descender de nivel, sino porque tan sólo pueden percibir distintamente una parte de dicho mundo. Ya dijimos algo acerca del destino del hombre situado en el ínfimo nivel y preso en una recia concha de grosera materia. A causa de la relativamente extrema densidad de dicha materia no es tan consciente de su propia subdivisión como el que está en cualquier otro nivel. El peso específico de su cuerpo astral lo sume bajo la superficie de la tierra cuya materia física no  pueden percibir sus sentidos astrales y queda naturalmente atraído hacia la grosera materia astral que cons­tituye la contraparte de la tierra sólida. Por lo tanto, el hombre que se confina a esta ínfi­ma subdivisión flota en tinieblas, muy separado de otros muertos cuya vida fue tal, que se hallan en superior nivel. Las subdivisiones cuarta, quinta y sexta del mundo astral son la residencia de la mayor parte de sus habi­tantes y tienen por trasfondo la contraparte astral del mundo físico con todos sus familiares accesorios. La vida en la sexta subdivisión es la misma que la terrestre, excepto el cuerpo físico y sus necesidades; pero en las quinta y cuarta subdivisiones ya no es tan material y se aparta más y más de nuestro bajo mundo y de sus intereses. Aunque las subdivisiones primera, segunda y tercera ocupan el mismo espacio, dan la impresión de estar mucho más lejanas del mundo físico y de ser mucho menos materiales. Los habitantes de estas sub­divisiones pierden de vista la tierra y sus pertenencias. Por lo general se hallan muy ensimismados y forman en gran parte su propio ambiente, aunque son lo bastante objetivos para que los perciban los demás habitantes de su nivel y también los clarividentes. Esta región del mundo astral es la tierra de ve­rano a que se refieren los espiritistas, el mundo donde por la actividad de su mente ponen los muertos en tem­poránea existencia casas, escuelas y ciudades, que si fantásticas desde nuestro punto de vista, son para ellos tan reales como para nosotros las casas, los templos y demás edificios de piedra; y muchas gentes viven allí satisfechas durante largos años en medio de aquellas creaciones mentales. Bellísimos son algunos de los paisajes de tal modo creados, pues contienen encantadores lagos, ingentes montañas y amenos jardines, muy superiores a todo cuanto existe en el mundo físico, aunque por otra parte también contiene mucho de lo que ridículo le parece al clarividente que sabe ver las cosas tal cuales son, como por ejemplo, las formas mentales creadas por el esfuerzo de los ignorantes para representar los simbo­lismos de sus doctrinas religiosas. Así un tosco aldeano construye la forma mental de un monstruo de mil ojos o de un mar de cristal entremezclado con fuego, las son naturalmente grotescas aunque para su autor resul­ten completamente satisfactorias. Esta región del mundo astral está repleta de fi­guras y paisajes creados por el pensamiento. Los indi­viduos de todas las religiones forjan allí las imágenes de sus dioses y plasman sus conceptos del paraíso, go­zándose sumamente entre aquellas imaginadas repre­sentaciones hasta que pasan al mundo mental y se ponen en contacto con algo más cercano a la realidad. Todo el que ha consentido en el instintivo reorde­namiento de su cuerpo astral, o sean las gentes vulga­res, han de ir pasando sucesivamente por todas las sub­divisiones del mundo astral, aunque no todos serán conscientes en todas ellas. El hombre de ordinaria hon­radez tiene en su cuerpo astral muy poca materia de la ínfima subdivisión, que no basta en modo alguno para formar la compacta y recia envoltura, pues si bien la reordenación coloca en la periferia la materia más densa, esta materia es en el hombre ordinario de la sexta subdivisión con muy poco de la séptima y por lo tanto su ambiente es la contraparte del mundo físico. El ego se va concentrando continuamente en sí mismo y a medida que se concentra, elimina de su cuerpo astral la materia de una tras otra subdivisión. Por lo tanto, la permanencia del hombre en cualquiera subdivisión del mundo astral depende de la cantidad de materia que perteneciente a dicha subdivisión haya en su cuerpo astral y aquella cantidad dependerá a su vez de la conducta que hubiere seguido en la vida te­rrena, de la índole de sus deseos, emociones y senti­mientos y de la clase de materia que de esta suerte se haya atraído y asimilado. Cuando el hombre vulgar se halla en la sexta sub­división, planeando todavía por los lugares y cerca de las gentes con quienes más estrechamente se relacionó en la tierra, nota que según pasa el tiempo se debilitan poco a poco los espectáculos terrenos y van perdiendo su importancia, al paso que de cada vez más propende a formar su ambiente de conformidad con sus más persistentes pensamientos. Al llegar a la tercera subdi­visión, advierte en ella plenamente las realidades del mundo astral. La segunda subdivisión es algo menos material que la tercera, porque así como ésta es la tierra de verano de los espiritistas, aquélla es el cielo material de los más ignorantes ortodoxos, mientras que la primera subdivisión o superior nivel del mundo astral es la peculiar mansión de quienes en vida se dedicaron a empresas materiales, pero de índole intelectual, no con propósito de beneficiar a la humanidad sino por motivos de ambición egoísta o con propósito de ejercicio intelectual. Todos estos individuos son completamente dichosos y más tarde llegarán a una etapa en que pue­dan apreciar algo muy superior y lo encontrarán dis­puesto para ellos. En la vida astral propenden a juntarse los egos de la misma nacionalidad y comunes intereses, lo mismo que sucede en la tierra. Por ejemplo, las gentes religio­sas que se imaginan un cielo material, no se mezclan con las de otras religiones que tengan distinto con­cepto de los goces celestes. Nada le impide a un cristiano de internarse en el cielo del hinduista o del musulmán, pero no lo intentará siquiera porque su interés e inclinaciones le llevan al cielo de su propia fe en compañía de sus correligionarios. Sin embargo, no es tal en modo alguno el verdadero cielo que describen todas las religiones, sino una su grosera y material desnaturalización. Ya veremos cuál es el verdadero cielo al considerar el mundo mental. Quien no ha consentido el reordenamiento de la materia de su cuerpo astral puede recorrer libremente todo este mundo y examinarlo a su placer en vez de quedar confinado a una sola parte. No lo encuentra inconvenientemente henchido, porque es mucho más extenso que la superficie del globo terrestre, mientras que su población es algo menor, porque el término medio de la vida de la humanidad en el mundo astral es menor que en el físico. Sin embargo, no sólo los muertos habitan en el mundo astral, sino que siempre hay una tercera parte de vivientes que dejan durante el sueño su cuerpo físico. También hay en el mundo astral cierto número de habitantes no humanos, algunos de ellos muy infe­riores al hombre y otros considerablemente superiores. Los espíritus de la naturaleza constituyen nume­rosísimo reino, de cuyos miembros existen algunos en el mundo astral y forman gran parte de su población. También habitan individuos de este vasto reino en el mundo físico, porque muchas de sus clases llevan cuerpos etéreos y están en el punto inmediatamente inferior al normal alcance de la vista física. Así es que en ciertas circunstancias suele ocurrir que son visibles y en comarcas montañosas y solitarias la aparición de estos seres es tradicional entre los cam­pesinos, quienes los llaman hadas, duendes, trasgos y ondinas. Aunque son proteicos, prefieren presentarse en forma de homúnculos o feminúnculas y por no haberse individualizado se les puede considerar casi como ani­males etéreos o astrales; pero muchos de ellos son tan inteligentes como el promedio de la humanidad y tienen sus razas y naciones como nosotros las tenemos, si bien se clasifican en cuatro tipos principales que son: los espíritus de la tierra, del agua, del fuego y del aire. En el mundo astral sólo residen espíritus del aire, pero en tan prodigioso número que se les encuentra en todas las subdivisiones. Asimismo tiene representación en el mundo astral el multinúmero reino de los ángeles llamados devas en la India. Son seres mucho más evolucionados que el hombre y sólo habitan en el mundo astral los pertene­cientes a la hueste inferior, cuyo estado de evolución es casi el mismo que en el que se hallan los que podría­mos llamar hombres bondadosos. Pero los seres humanos no son los únicos ni si­quiera los principales pobladores de nuestro sistema solar. Hay otras líneas de evolución paralelas a la nuestra, cuyos seres no pasan por la forma humana aunque sí por un nivel análogo al de la humanidad. A una de estas otras líneas de evolución pertenecen los espíritus de la naturaleza anteriormente descritos y en muy alto nivel de dicha línea se halla el gran reino de los ángeles, quienes en nuestro actual estado de evolución rara vez se ponen en contacto con nosotros; pero según adelantemos seremos capaces de familiari­zarnos con ellos. Cuando se consumen las siniestras emociones del hombre, esto es, las entremezcladas con egoístas pen­samientos, termina la vida astral y el ego pasa al mundo mental. Pero este paso no supone translación alguna en el espacio, sino que el impulso natural del ego ha transpuesto ya la materia sutilísima de la primera subdivisión astral y su conciencia se concentra en el mundo mental. El cuerpo astral no se ha desintegrado todavía aunque está en proceso de desintegración y el ego lo desecha como en un período anterior de su evolución desechó el cuerpo físico. Sin embargo, entre los cadá­veres astral y físico hay una diferencia que conviene advertir por las consecuencias que de ella se derivan. Cuando el hombre deja su cuerpo físico, la sepa­ración ha de ser completa como generalmente lo es; pero no ocurre lo mismo con la mucho más sutil ma­teria del cuerpo astral. El hombre que durante la vida física se identificó con sus pasionales deseos, se asimila tanta materia as­tral que el impulso del ego no basta a desasimilarla por completo. Por consiguiente, al trascender el cuerpo astral y transferir sus actividades al mental, deja algo de sí mismo aprisionado en la materia del cuerpo astral, que de esta suerte conserva cierta vitalidad y puede moverse libremente por el mundo astral, de modo que los ignorantes arriesgan confundirlo con la verdadera entidad, sobre todo teniendo en cuenta que la porción de conciencia remanente en el cadáver astral es del ego y por lo tanto, se considera como tal ego, cuyos re­cuerdos conserva aunque sólo parcial e inexactamente. A veces se presenta en las sesiones espiritistas una entidad de esta índole y quienes conocieron y trataron en la vida física a la verdadera, se extrañan de que haya venido tan a menos después de la muerte. A esta fragmentaria entidad se le llama ectoplasma. Posteriormente, se desvanece dicho fragmento de conciencia sin restituirse al ego a quien originariamente pertenecía y el cadáver astral subsiste todavía, aunque sin vestigio alguno de vida. En tal estado se le llama cascarón. Por sí mismo no puede el cascarón aparecerse en las sesiones espiritistas ni ejercer actividad de ningún linaje; pero pueden apoderarse juguetonamente de él los espíritus de la naturaleza y utilizarlos para tempo­ránea residencia; y en este caso sí puede comunicarse mediumnímicamente simulando la personalidad del ego a que un tiempo perteneció, pues el espíritu de la na­turaleza que de él se vale evoca y reproduce algunas de las características y recuerdos de aquella perso­nalidad. Durante el sueño se concentra el hombre en su cuerpo astral y se aparta del físico; pero al morir se lleva de momento consigo la parte etérea del cuerpo físico y mientras desecha esta parte queda incons­ciente, porque el doble etéreo no es un vehículo ni puede utilizarse como tal; y así mientras en él está envuelto no es capaz el hombre de actuar en el mundo físico ni en el astral. Hay quienes en pocos momentos se libran de la envoltura etérea, al paso que otros tar­dan horas, días y aun semanas. Sin embargo, tampoco es todo hombre consciente en el mundo astral desde el momento en que se libra de la envoltura etérea, porque si hay en él gran can­tidad de materia astral densa, se forma en su alrededor una costra, sin que le sea posible utilizar dicha clase de materia. Si su vida física no fue del todo mala, poca costumbre tendrá de utilizar la materia astral densa o de responder a sus vibraciones, por lo que permane­cerá inconsciente hasta que dicha materia se desasimile y llegue a la superficie la clase de materia que esté acostumbrado a utilizar. Sin embargo, semejante oclusión nunca es com­pleta, pues aun cuando la costra sea muy compacta, siempre se abre paso hacia la periferia alguna partícula de sutil materia astral y le da al hombre pasajeros vislumbres de su ambiente. Hay quienes tan desesperadamente se aferran a la vida física, que en vez de desprenderse del doble etéreo procuran con todas sus fuerzas retenerlo y algunos lo logran durante mucho tiempo, aunque a costa de pe­nosos sufrimientos, pues están incomunicados con los mundos físico y astral y envueltos en una espesa niebla gris a cuyo través columbran vaga e incoloramente las cosas del mundo físico. Muy terrible lucha les cuesta mantenerse en tan desdichada situación y sin embargo no quieren desprenderse del doble etéreo porque les parece una especie de enlace con el único mundo que conocen. Así es que vagan solitarios y miserables hasta que de pura fatiga se desprenden del doble etéreo y pasan a la relativa felicidad de la vida astral. A veces se agarran desesperadamente a cuerpos ajenos e intentan introducirse en ellos, logrando en ocasiones su intento. Pueden apoderarse de un cuerpo infantil, después de expulsar a la débil entidad para quien estaba destinado y también suelen posesionarse del de un animal. Todas estas perturbaciones provienen de la ignorancia y nunca le sobrevienen a quien comprende las leyes de la vida y de la muerte. Al fin de la vida astral, el hombre muere a su vez en este mundo y nace en el mental; pero no le ocurre lo que al experto clarividente, quien lo recorre todo y vive en él lo mismo que en los mundos físico y astral. El hombre ordinario ha estado circuido durante toda su vida terrena de una congerie de formas men­tales, algunas de ellas transitorias y de largo tiempo desvanecidas; pero las que representan los capitales intereses de su vida le acompañan siempre y de más en más se intensifican. Si algunas de éstas fueron egoístas, se difundió su energía por la materia astral hasta consumirse durante la vida en este mundo. Pero las enteramente inegoístas son peculiares de su cuerpo mental y cuando pasa al mundo mental sólo es capaz de apreciarlo por medio de las puras formas mentales. El cuerpo mental del hombre no está entonces completamente desarrollado, pues sólo actúan en toda plenitud las partes que utilizó inegoístamente. Al des­pertar después de la segunda muerte, su primer sentimiento es de indescriptible dicha y vitalidad, de tan in­tensa alegría de vivir que de momento no anhela otra cosa que vivir. Esta dicha es la esencia de la vida en todos los mundos superiores del sistema y aun la mis­ma vida astral tiene mucho mayores posibilidades de dicha que cuanto conocemos en el mundo físico; pero la vida celeste en el mundo mental es incomparable­mente más dichosa que la vida astral. La misma gra­dación se experimenta en cada mundo superior, pues la vida en cualquiera de ellos parece el pináculo de la felicidad y sin embargo es mucho más feliz en el mundo inmediatamente superior. A medida que aumenta la felicidad, se acrecienta la sabiduría y es mucho más amplia la visión. Se enfrasca el hombre en los menesteres de la vida física y se figura que es muy laborioso y entendido; pero cuando pasa a la vida astral, advierte que en la tierra no fue más que una oruga que sólo veía la hoja por donde rastreaba, mientras que allí despliega alas de mariposa y vuela por el esplendoroso espacio de un mundo mejor. Sin embargo, por imposible que parezca, la misma experiencia se repite al pasar al mundo mental, donde a su vez es la vida incomparablemente más amplia e intensa que en el astral. No obstante, todavía hay más allá la vida del mundo intuicional que es respecto de la del mental lo que la luz del sol, comparada con la de la luna. La situación del hombre en el mundo mental di­fiere muchísimo de la que tuvo en el astral, donde usaba un cuerpo a que estaba completamente habituado, pues de él se servía cada noche durante el sueño. Pero en el mundo mental vive en un vehículo que no ha usado hasta entonces, que no está del todo desarrollado y por lo tanto le impide ver gran parte de su ambiente. La naturaleza inferior de su personalidad se con­sumió durante la vida astral y ahora sólo le quedan los altos y puros pensamientos, las nobles e inegoístas as­piraciones que tuvo en la vida terrena y que le envuel­ven a manera de concha por cuyo medio es capaz de responder a determinadas vibraciones de aquella suti­lísima materia. Los pensamientos que lo envuelven son las fuerzas absorbentes de la riqueza del mundo celeste y echa de ver que este mundo es inagotable venero del que puede extraer cuanto alcance la potencia de sus pensamientos y aspiraciones; porque en el mundo mental, la infinita plenitud de la Mente divina está abierta con ilimitada abundancia a todas las almas en la justa proporción de sus merecimientos para recibirla. Quien ya ha completado su evolución humana y edujo de su interior el germen divino, goza plenamente del esplendor del mundo mental; pero como ninguno de nosotros ha llegado todavía a tal punto, sino que esta­mos ascendiendo gradualmente a tan espléndida con­sumación, resulta que no podemos disfrutar por com­pleto del mundo mental. Pero cada uno obtiene y conoce de dicho mundo tanto cuanto para obtenerlo y conocerlo se haya preparado con sus anteriores esfuerzos. A diferentes individuos corresponden diferentes capacidades; y según dicen los orientales cada cual tiene su vaso grande o pequeño, pero todos han de llenarse hasta colmar su medida, porque el mar de la felicidad contiene muchísima más de la necesaria para todos. El hombre sólo puede contemplar la gloria y her­mosura del mundo mental por las ventanas que él mis­mo se haya construido. Cada forma mental es una de estas ventanas por la cual recibe respuesta de las fuerzas externas. Si durante su vida terrena se interesó principalmente por las cosas del mundo físico, pocas ventanas se habrá construido para contemplar por ellas las bellezas del mundo mental. Sin embargo, todo el que esté en un nivel superior al del salvaje debe haber tenido algún toque de sentimiento puramente inegoísta, aunque no haya sido más que una sola vez en su vida y dicho sentimiento será su ventana en el mundo mental. El hombre ordinario no es capaz de mucha acti­vidad en este mundo, pues su condición en él es prin­cipalmente receptiva y muy limitada su visión allende su costra de pensamientos. Está rodeada de fuerzas vivas, es decir de los potentes ángeles que habitan en tan esplendoroso mundo y muchas de sus jerarquías son muy sensibles a ciertas aspiraciones del hombre y responden a ellas fácilmente. Pero sólo es posible aprovechar el auxilio angé­lico, previa preparación al efecto, porque sus aspira­ciones y pensamientos están ya orientados en determi­nada dirección y no es posible darles de repente nuevo rumbo. Los pensamientos elevados pueden seguir muchas direcciones, unas personales y otras impersonales. Entre estas últimas se cuentan el arte, la música y la filosofía y quien se interese en cualquiera de estas actividades, encontrará ilimitadas enseñanzas e infinito goce, de conformidad con su poder de recepción. También hay quienes cuyos elevados pensamien­tos se contraen al amor y la devoción. Si un hombre ama a otro profundamente o si tiene intensa devoción a una deidad personal, forja una imagen del amado o de la deidad y la tiene a menudo presente en su mente, llevándosela consigo al mundo celeste, porque a este nivel pertenece por naturaleza la imagen. Consideremos primero el caso del amor. Esta emo­ción, que forma y retiene la antedicha imagen, es una muy poderosa energía, lo bastante intensa para llegar hasta el ego amado en la parte superior del mundo mental, pues el amor recae sobre el ego, el verdadero hombre a quien el otro ama y no al cuerpo físico que es su tan parcial representación. El ego amado siente la vibración amorosa y respondiendo anhelosamente a ella se infunde en la forma mental de él forjada y por lo tanto el amado y el ama­dor se encuentran juntos mucho más vívidamente que nunca. No altera este resultado la circunstancia de que el amado esté vivo o muerto, pues el sentimiento amoroso no se dirige a la porción de ego aprisionado en un cuerpo físico, sino el verdadero hombre, al ego en su propio mundo, que siempre responde. Quien por ejemplo tenga cien seres queridos podrá responder completa y simultáneamente al afecto de cada uno de ellos, porque por numerosas que sean las imágenes mentales que de él se forjen en un nivel inferior no podrán consumir la inagotable energía del ego. Así es que todo hombre tiene a su alrededor du­rante la vida celeste a los parientes y amigos de su mayor predilección, quienes estarán siempre dispuestos a acompañarlo, porque les forja las imágenes mentales en que manifestarse con todos los visos de la realidad. En nuestro limitado mundo físico estamos tan acostumbrados a considerar a quienes amamos en su escueta forma corporal, que de momento nos es difícil comprender la magnitud del antedicho concepto; pero una vez comprendido nos convenceremos de cuán más cerca que en la vida terrena estamos de ellos en la celeste. Lo mismo ocurre en el caso de la devoción. En el mundo celeste se halla el hombre dos etapas más pró­ximo al objeto de su devoción que lo estaba durante la vida terrena y así sus experiencias son más vívidas y mucho más transcendentales. En el mundo mental, como en el astral, hay siete subdivisiones. La primera, segunda y tercera son la morada del ego en su cuerpo causal; pero el cuerpo mental contiene únicamente materia de las otras cuatro subdivisiones y por lo tanto en éstas transcurre su vida celeste. Sin embargo, el hombre no va pasando de una a otra de estas subdivisiones como en el caso del mundo as­tral, porque su cuerpo mental no experimenta reorde­namiento, sino que el ego se sitúa en la subdivisión correspondiente a su grado de adelanto y allí pasa toda su vida celeste. Cada cual establece sus propias condiciones que son tan diferentes como individuos. En términos generales cabe decir que la caracte­rística predominante en la subdivisión inferior es el inegoísta afecto de familia, e inegoísta ha de ser, pues de lo contrario no tendrían allí lugar adecuado, porque todo matiz egoísta se desvanece en el mundo astral. La característica peculiar de la sexta división es el sentimiento religioso de índole antropomórfica, mien­tras que en la quinta es la devoción manifestada en vivas obras. Las quinta, sexta y séptima subdivisiones se re­lacionan con la devoción personal concentrada en los parientes y amigos o en una deidad personal, mientras que la desinteresada e impersonal devoción a la huma­nidad tiene su lugar en la cuarta subdivisión, cuyas actividades son muy variadas y pueden dividirse en cuatro clases principales:

  1. La inegoísta adquisición de conocimiento es­piritual.
  2. Estudios filosóficos y científicos de orden superior.
  3. La habilidad literaria o artística ejercida con fines inegoístas.
  1. Servicio por el sólo anhelo de servir.

Pero también termina esta gloriosa vida celeste y entonces se desintegra el cuerpo mental como se desin­tegraron el astral y el físico y comienza la vida del ego en su cuerpo causal. Aquí ya no necesita el ego ventanas, porque es su peculiar morada y se ha derrum­bado toda valla. La mayoría de los egos tienen escasa conciencia en tan excelsa altura. Permanecen soñolientos y apenas despiertos, pero su visión es verdadera por limitado que sea su desenvolvimiento o etapa de evolución. Sin embargo, cada vez que vuelven al mundo causal es menor su limitación y por lo tanto mayor es su cre­cimiento y más amplia y plena su verdadera vida. Según prosigue el ego adelantando, es más larga, la vida causal en proporción de la existencia en los mundos inferiores. A medida que el ego progresa no sólo es capaz de recibir sino también de dar. Entonces se acerca a su triunfo, porque aprende la lección del Cristo, el glo­rioso coronamiento del sacrificio, la suprema delicia de entregar su vida entera en beneficio de los hom­bres sus hermanos, la devoción del Yo a todos los se­res, el célico esfuerzo en servicio de la humanidad y el empleo de las espléndidas fuerzas celestes en auxilio de los militantes hijos de la tierra. Tal es la vida que nos aguarda. Tales son los peldaños que aun quienes estamos al pie de la áurea escala podemos ver y representar a los que todavía no los han visto, a fin de que también abran los ojos ante el inimaginable esplendor que los circuye aun ahora mismo en esta sombría vida cotidiana. Tal es una parte del Evangelio de la Teosofía: la certidumbre de este sublime porvenir para todos los seres. Es seguro por­que ya está a nuestro alcance y para lograrlo no hemos de hacer más que predisponernos al logro.

 

CAPITULO 7

 

REENCARNACION

 

La vida del ego en su propio mundo, tan gloriosa y completamente satisfactoria para el hombre evolu­cionado, no tiene apenas importancia para el hombre ordinario, porque todavía no alcanzó el grado de adelanto que requiere la actuación en el cuerpo causal. En este cuerpo se retrae el hombre, obediente a las leyes de la naturaleza, pero entonces pierde la sensa­ción de vida activa y su incesante ansia por experi­mentarla una vez más lo encamina a otro descenso en la materia. Tal es el plan de evolución señalado al hombre en la presente etapa. Ha de desenvolverse descendiendo a materia más densa y después ascender llevando con­sigo el resultado de las logradas experiencias. Por lo tanto, su verdadera vida abarca millones de años y lo que las gentes acostumbran a llamar una vida humana no es más que un día de tan dilatada existencia; y en realidad aún es menos que un día, pues a una vida de setenta años en la tierra suele seguir un período veinte veces más largo de permanencia en las superiores esferas. Cada ser humano tiene tras si una larga serie de vidas físicas y al hombre ordinario le espera todavía una mucho más larga serie de ellas. Cada una de dichas vidas es como un día pasado en la escuela. El ego se recubre con su vestidura de carne y va a la escuela del mundo físico para aprender ciertas lecciones. Las aprende, deja de aprenderlas o medio las aprende según sea el caso, durante el día escolar de la vida terrena. Después se despoja de la vestidura de carne y retorna a su propio mundo, a su nativa patria en busca de re­frigerio y descanso. En la mañana de cada nueva vida reanuda la lección en el mismo punto en que la dejó la noche antes. Puede aprender algunas lecciones en un día, mientras que otras le cuestan muchos días de aprendizaje. Si es alumno aplicado y aprende prontamente lo que necesita saber, si comprende bien las disciplinas de la escuela y se toma el trabajo de ajustar a ellas su conducta, su vida escolar será relativamente corta y al fin de ella entrará muy bien equipado en la ver­dadera vida de los mundos superiores, para la que aquélla fue tan sólo preparación. Otros egos son alumnos torpes que tardan en aprender las lecciones y algunos no comprenden las reglas de la escuela y las quebranta sin cesar su ig­norancia. Otros son díscolos y aunque conozcan las reglas no pueden armonizarse desde luego con ellas. Todos éstos tienen más larga vida escolar y con sus acciones demoran la entrada en la vida real de los mundos superiores. En esta escuela no puede fracasar definitivamente ningún alumno. Todos han de asistir hasta aprender la última lección. En cuanto a esto no les queda otro re­curso, pero se les deja a su arbitrio el tiempo necesario para prepararse al examen superior. El alumno prudente echa de ver que la vida escolar no tiene valor intrínseco, sino que tan sólo es una preparación a más alta y gloriosa vida, se esfuerza en comprender tan por completo como le es posible las reglas de su escuela y a ellas ajusta su conducta tan estrechamente como puede, de modo que aproveche el tiempo en aprender cuantas lecciones necesite. Coopera inteligentemente con los Instructores y emprende cuan­ta labor está a su alcance a fin de cumplir la mayor edad y entrar en su reino como glorificado ego. La Teosofía nos enseña las leyes, reglas y normas de la vida escolar y con ello proporciona mucha ven­taja a sus estudiantes. La primera ley capital es la de la evolución. Todo hombre ha de llegar a ser perfecto y educir en sumo grado las divinas posibilidades latentes en su interior, porque este desenvolvimiento es el objeto de todo el plan de la evolución humana. La ley de evolución le impele sin cesar hacia más levantadas empresas y si es prudente se adelantará a sus exigencias, anticipándose al necesario curso de lecciones, porque así no sólo evita todo antagonismo con la ley sino que obtiene el máximo auxilio de su acción. El que se rezaga en  la carrera de la vida se ve espoleado incesantemente por la ley, de modo que le acarrea sufrimiento resistirse a su impulso. Así el que se rezaga en el sendero de la evolución se ve acosado e impelido por su sino, mientras que quien inteligente­mente coopera con la ley es libre de escoger el camino que ha de seguir, con tal que vaya en ascendente pro­gresión. La segunda ley capital de la evolución es la de causa y efecto. No hay efecto sin causa y toda causa ha de producir su efecto. Por lo tanto, estos dos ele­mentos se unifican, porque al poner uno en acción se pone necesariamente el otro. En la naturaleza no hay lo que suelen llamarse premios y castigos, sino causas y efectos. Tal como se ven en mecánica y química los ve el clarividente en los problemas relativos a la evolución. La misma ley rige en todos los mundos. En todos es el ángulo de reflexión igual al ángulo de incidencia. En una ley mecánica que la acción y la reacción son contrarias e iguales. En la sutilísima materia de los mundos superiores no siempre es instantánea la reac­ción. A veces se dilata durante larguísimos periodos de tiempo, pero sobreviene exacta e inevitablemente. Tan certera en su actuación como las leyes mecá­nicas del mundo físico es la superior ley según la cual el hombre que emite un buen pensamiento o ejecuta una buena acción recibe bien en cambio y que quien emite un mal pensamiento o ejecuta una mala acción recibe exactamente el mismo mal, pero no como pre­mio o castigo otorgado o infligido por una voluntad externa, sino tan sólo como lógicos y automáticos re­sultados de su propia actividad. El hombre aprecia los resultados de las leyes mecánicas del mundo físico, porque la reacción sigue casi inmediatamente y visiblemente a la acción. Pero no advierte la reacción en los mundos supe­riores porque tarda en sobrevenir y a veces no sobre­viene en esta vida sino en la futura. La acción de la ley de causa y efecto soluciona muchos problemas de la vida ordinaria y explica el porqué de los diversos destinos de los hombres y de las diferencias que se advierten entre ellos. Si uno es muy inteligente para ciertas cuestiones y otro muy torpe es porque el primero se esforzó en una vida anterior en el estudio de aquella especialidad, mientras que el torpe la estudia por vez primera. El genio y el niño prodigio no reciben sus dotes por capricho de Dios sino que son el resultado de varias vidas de estudiosa apli­cación. Las diversas circunstancias que nos rodean y las cualidades que poseemos son consecuencias de nuestras pasadas acciones. Somos lo que nosotros mis­mos nos hemos hecho y nos sucede lo que merecemos por lo tanto los efectos se ajustan a las causas. Aunque esta ley natural obra automáticamente, hay un orden de ángeles o devas encargados de admi­nistrarla, quienes si bien no pueden alterar ni en un ápice el resultado de un pensamiento o de una acción, está en sus atribuciones apresurar o diferir su efecti­vidad y determinar la manera de realizarlo. Si así no fuese tendríamos que en las primeras etapas de su evolución podría el hombre cometer tan graves errores que no tuviera fuerzas bastantes para sufrir de una vez las consecuencias, El plan de Dios es conceder al hombre cierto grado de libre albedrío y si hace buen uso de él se le aumentará progresivamente la facultad de opción; pero si de él abusa, habrá de sufrir las consecuencias de sus malas acciones y se verá restringido por ellas. Según aprende el hombre a usar bien de su libre albedrío, se le concede en mayor grado, de modo que puede adquirir ilimitado poder para el bien, mientras que se le restringe su poder para el mal. Le es posible progresar cuanto quiera, pero no se le permite perma­necer siempre en la ignorancia. Natural es que en las primeras etapas de la vida salvaje, el mal prevalezca contra el bien y si los re­sultados de sus malas acciones cayeran entonces de golpe sobre el hombre estrujarían las aun débiles e incipientes facultades. Además, son de muy diversa índole los resultados de las acciones humanas, pues mientras el de algunas es inmediato, el de otras necesita mucho tiempo para su efectividad y así sucede que según adelanta el hombre tiene suspendida sobre él una nube preñada de resultados buenos o malos en espera de realización. Podemos comparar este conjunto de expectantes efectos como una deuda contraída con la Naturaleza que se va cancelando por partes ora alicuantas, ora alícuotas, señaladas a cada uno de los sucesivos naci­mientos. La parte asignada es el destino del hombre en cada vida. Todo esto significa que le corresponde cierta can­tidad de penas y otra de alegrías, de sufrimientos y goces, que inevitablemente ha de experimentar; pero queda a su completo y libre albedrío la manera de arrostrar y hacer uso de su destino, equivalente a una cantidad de energía que forzosamente se ha de actua­lizar, aun que cabe la posibilidad de modificar su acción oponiéndole otra energía contraria como sucede en los sistemas de fuerzas mecánicas. El resultado de las malas acciones pasadas es de la misma índole que cualquiera otra deuda. Puede pagarse de una vez en una tremenda catástrofe comparable a un cheque a favor del Banco de la Naturaleza, o tam­bién puede pagarse en la divisoria moneda de menudos disgustos, contratiempos y sinsabores. Pero lo cierto es que de un modo u otro ha de saldarse. Por lo tanto, las condiciones de nuestra vida pre­sente son en absoluto el resultado de nuestras acciones en las pasadas, de lo que se infiere lógicamente que nuestras acciones en la vida actual determinarán las condiciones de las vidas venideras. El que se encuentra limitado en sus facultades o en adversas circunstancias no siempre es capaz de me­jorar su condición en la vida actual, pero sí puede ase­gurarse en la futura la condición que escoja. Las acciones del hombre no se contraen a él mismo sino que repercuten en quienes le rodean. A veces la repercusión es insignificante, pero otras veces puede ser importantísima. Los resultados de poca monta se­rán pequeñas partidas en nuestra cuenta con la Natu­raleza; pero las consecuencias graves serán cuenta de mayor cuantía que se habrá de saldar directamente con el individuo en quien haya repercutido nuestra buena o mala acción. Quien dé de comer a un mendigo hambriento o le prodigue consuelo recibirá el resultado de su buena obra como una participación en los colectivos beneficios de la Naturaleza; pero quien por efecto de una buena acción cambie en redondo el rumbo de la vida de alguien, seguramente lo encontrará en una vida futura para que le devuelva el beneficio. Quien moleste al prójimo habrá de sufrir propor­cionalmente por ello de algún modo y en alguna parte en tiempo futuro, aunque no vuelva a encontrar jamás al molestado; pero quien ocasiona gravísimo perjuicio a otro, le estropea la vida o le retarda la evolución, encontrará seguramente a su víctima en alguna vida venidera para tener oportunidad de resarcir con su abnegado servicio el daño que le ocasionó. En resumen, las deudas menudas se satisfacen del fondo común; las cuantiosas, se han de pagar personalmente. Tales son los principales factores que determinan el próximo nacimiento del hombre. Primero actúa la capital ley de evolución, cuya tendencia es impeler al hombre hacia la situación que le ofrezca más favora­bles ocasiones de educir las facultades que mayormente necesite. Para el cumplimiento del plan general de evolu­ción, la humanidad está dividida en grandes razas, lla­madas razas raíces, que sucesivamente prevalecen y gobiernan el mundo. Una de estas razas es la aria o indocaucásica a que hoy pertenecen los más adelantados habitantes de la tierra. La precedió en el orden de evo­lución la raza mongólica, llamada usualmente atlante en los libros teosóficos porque floreció en un continente que estuvo donde hoy se agitan las aguas del Atlántico. Antes de la mongólica prevaleció en el mundo la raza negra, de cuyos descendientes todavía existen algunos, aunque mezclados con vástagos de las razas posteriores. De cada raza raíz derivan varias ramas llamadas subrazas, como por ejemplo la romana y la teutónica; y cada subraza se divide en diversos vástagos, tales como los italianos y franceses derivados dé la subraza romana y los ingleses y alemanes de la teutónica. Esta ordenación tiene por objeto proporcionar al ego la mayor variedad de circunstancias, condiciones y ambientes. Cada raza está especialmente adecuada para que sus individuos eduzcan y fortalezcan una u otra de las cualidades necesarias en el transcurso de la evo­lución. Cada país ofrece un número casi infinito de condiciones de riqueza y pobreza, un dilatado campo de posibilidades o total carencia de ellas; facilidad o difi­cultad para el adelanto individual. Por entre toda esta innumerable multitud de condiciones la ley de evolución impele al hombre a que se coloque en las más convenientes a sus necesidades en la etapa de evolución en que se halle. Sin embargo, la obra de la ley de evolución está condicionada por la de causa y efecto, porque las ac­ciones del hombre pueden haber sido tales que no me­rezca encontrar las mejores ocasiones posibles de adelanto, es decir, que en su pasado pudo haber puesto en actividad ciertas fuerzas cuyo inevitable resultado sea la limitación que le impida aprovechar las ocasiones fa­vorables y haya de contraerse a posibilidades de se­gundo orden. Así cabe decir que si la ley de evolución obrara libremente por sí misma, colocaría siempre al hombre en las más favorables ocasiones de adelanto; pero está restringida y condicionada por las pasadas acciones del hombre. Importante característica de dicha limitación y una de las que mayormente pueden resultar en bien o en mal es la influencia que en un ego ejerzan aquellos con quienes en el pasado contrajo concretas relaciones de amor o de odio, de beneficio o perjuicio, es decir, todos aquellos egos a quienes ha de encontrar de nuevo a causa de los lazos que con ellos anudó en pretéritos tiempos. Este enlace es un factor que se ha de tener en cuenta antes de determinar en dónde y cómo ha de renacer. La voluntad de Dios es la evolución del hombre. Los esfuerzos de la Naturaleza, manifestación de Dios, propenden a proporcionar los medios más a propósito para dicha evolución, que sin embargo está condicio­nada por los merecimientos del hombre y los lazos con­traídos en el pasado. Cabe suponer que cuando el hombre reencarna puede aprender en cualquiera de cien estados las lec­ciones necesarias para la vida que ha de pasar. De la mitad o aún más de dichos estados puede quedar ex­cluido a consecuencia de sus pasadas acciones y entre las posibilidades que le restan, la elección puede estar determinada por la presencia en tal o cual familia o en tal o cual vecindario de otros egos de quienes ha de recibir algún servicio o a quienes ha de pagar una deuda de amor.

 

CAPITULO 8

 

FINALIDAD DE LA VIDA

 

Para cumplir nuestro deber en el plan divino, no sólo hemos de esforzarnos en comprenderlo en con­junto sino también la parte esencial que en él ha de desempeñar el hombre. La efusión divina llega en el reino mineral a su más honda inmersión en la materia, pero no alcanza su ultérrimo punto de diferenciación en el Ínfimo nivel de la materia, sino al entrar en el reino humano, en el arco ascendente de la evolución. Así es que hemos de considerar tres etapas en el curso de esta evolución:

  1. El arco descendente, en que propende conti­nuamente a la diferenciación y hacia cada vez más densa materialidad. En esta etapa, el espíritu va involucionándose en la materia para aprender a recibir impresiones por me­dio de ella.
  2. La primera parte del arco ascendente en que aumenta la tendencia hacia la diferenciación, pero al propio tiempo hacia la espiritualización y salida de la materia. En esta etapa, el espíritu aprende a dominar la materia y a considerarla expresión de sí mismo.
  3. La última parte del arco ascendente, en que ya cumplida la diferenciación, la tendencia es hacia la unidad y una mayor espiritualidad.

En esta etapa el espíritu sabe ya recibir impresio­nes de la materia y manifestarse por medio de ella, ha despertado sus potencias latentes y aprende a em­plearlas con acierto en servicio de la Deidad. El objeto de esta evolución es producir un ego como manifestación de la mónada, para entonces evolucionar revistiéndose de sucesivas personalidades. Quienes así no lo comprenden, consideran la per­sonalidad como el verdadero ser del hombre y en consecuencia sólo viven para la personalidad, ajustando su conducta a lo que les parece su beneficio temporal. Pero quien lo comprende echa de ver que lo único importante es la vida del ego para cuyo progreso ha de valerse de su temporánea personalidad; y por lo tanto, cuando ha de decidirse entre dos posibles normas de conducta, no se pregunta como el hombre vulgar: ¿Qué me allegará mayor placer y provecho como per­sonalidad ? sino ¿qué me hará progresar mayormente como ego?". La experiencia no tarda en enseñarle que nada puede serle beneficioso ni beneficiar a nadie que al propio tiempo no beneficie a todo el linaje humano y así aprende muy luego a olvidarse de sí mismo y desear tan sólo lo que mejor pueda servir a la humanidad. Evidentemente, en esta etapa de evolución, todo cuanto propenda a la unidad y a la espiritualidad estará de acuerdo con el plan de Dios respecto del hombre y nos será por lo tanto beneficioso, mientras que nos será perjudicial todo cuanto tienda a la separación y a la materialidad. Hay pensamientos y emociones que propenden a la unidad, como el amor, la simpatía, el respeto y la benevolencia y hay otros que propenden a la discordia, como el odio, la antipatía, la envidia, los celos, el or­gullo, la crueldad y el temor. Desde luego que el primer grupo nos favorece y el segundo nos perjudica. En todos los pensamientos y emociones de índole siniestra reconocemos la predominante nota del egoísmo personal, mientras que en los de índole armónica ve­mos que el pensamiento se dirige hacia el prójimo con olvido de la propia personalidad. En consecuencia advertimos que en el egoísmo se resumen todos los vicios y el perfecto altruismo es la corona de toda virtud. De aquí se infiere por norma de conducta de quien desee cooperar inteligentemente con la divina Voluntad debe desechar todo pensamiento de placer o beneficio personal y entregarse exclusivamente a cumplir la Voluntad de Dios trabajando en bien del prójimo. Muy alto ideal es éste y de difícil logro, porque de larguísimo tiempo atrás estamos sujetos al egoísmo. La mayoría de las gentes se hallan aún muy lejos de la actitud altruista y no pueden esforzarse en conse­guirla por falta de la necesaria intensidad en las buenas cualidades y abundancia de las siniestras. Aquí entra en actuación la capital ley de causa y efecto a que ya nos hemos referido. Así como en el mundo físico recurrimos confiadamente a las leyes de la naturaleza, así también podemos recurrir a las mis­mas leyes en el mundo superior. Si en nuestro interior encontramos malas cualidades es porque han ido cre­ciendo a favor de la ignorancia y la condescendencia; pero una vez disipada la ignorancia por el conocimiento y reconocida la mala cualidad, disponemos evidente­mente del método para librarnos de ella. Cada vicio tiene su virtud contraria y si algún vicio levanta cabeza en nuestro pecho, determinémonos deliberadamente a cultivar la virtud contraria. Si uno echa de ver que hasta entonces fue egoísta, que contrajo el hábito de pensar ante todo en sus pla­ceres y conveniencias personales sin tener en cuenta el efecto que su conducta había de producir en los demás, ha de acostumbrarse a complacer al prójimo aun a costa de sus propias privaciones y molestias, hasta que arraigada en hábito la costumbre se desvanezca su contraria. Si uno reconoce que hasta entonces ha sido malicioso, con tendencia de atribuir a siniestros móviles las acciones del prójimo, acostúmbrese a pensar bien de todo el mundo y a suponer nobles motivos en la ajena conducta. Se dirá que al obrar así se expone a que le enga­ñen y abusen de su confianza. Pero esto no importa gran cosa, pues más vale que alguna vez le engañen, que engañarse al pensar mal del prójimo. Además, la confianza engendra la fidelidad. Gene­ralmente, el hombre en quien se confía, se muestra digno de la confianza, mientras aquel de quien se sos­pecha o recela propende a justificar la sospecha. Quien se vea inclinado a la avaricia ha de cultivar la largueza; si a la ira, la paciencia; si a la curiosidad, esfuércese en refrenarla; si es propenso a la melancolía, alegre su ánimo aun en las más adversas circunstancias. En todo caso, una mala cualidad personal presupone la carencia de la cualidad contraria en el ego. El medio más expedito de extirpar la mala cualidad e impedir que rebrote es llenar el vacío del ego y la buena cua­lidad así vigorizada formará parte integrante del carác­ter del ego en futuras vidas. Un ego no puede ser malo, aunque puede ser im­perfecto. Las cualidades que eduzca han de ser nece­sariamente buenas y cuando ya están bien definidas se muestran en cada una de sus sucesivas personalidades. En consecuencia, estas personalidades no tienen los vicios contrarios a aquellas virtudes; pero cuando en el ego falta una buena cualidad, no hay nada en la perso­nalidad capaz de contrarrestar el crecimiento del vicio opuesto; y como ya otros de su vecindad adolecen del mismo vicio y el hombre tiende al remedo, es muy probable que también se manifieste rápidamente en él. Sin embargo, aquel vicio es propio de los vehículos y no del ego y su reiteración puede ocasionar un im­pulso muy difícil de dominar; pero si el ego se resuelve a establecer en sí la opuesta virtud, quedará desarrai­gado el vicio sin temor de rebrote ni en esta ni en las futuras vidas. Quien se esfuerce en establecer en sí buenas cua­lidades tropezará con algunos obstáculos que ha de aprender a desbaratar. Uno de ellos es el temperamento criticón de las gentes que a todo ponen reparos y todo lo empequeñecen y señalan defectos en cosas y personas. Para progresar se necesita todo lo contrario y quien desee adelantar rápidamente por el sendero de evolu­ción ha de acostumbrarse a ver el bien en todas las cosas y descubrir la divinidad latente en cosas y per­sonas. Únicamente así le será posible auxiliar al pró­jimo y obtener el mejor provecho posible de las cosas. Otro obstáculo es la falta de perseverancia. Propendemos en estos tiempos a la impaciencia. Si proyec­tamos un plan queremos lograr al punto beneficiosos resultados y si no los logramos, desechamos enseguida aquel plan y trazamos otro. No es tal medio a propó­sito para progresar en ocultismo. El esfuerzo que esta­mos haciendo consiste en concentrar en una o dos vidas la evolución que en natural transcurso necesitaría tal vez cien vidas y precisamente no es empresa que haya de producir inmediatos resultados. Intentamos extirpar un vicio y vemos que es muy difícil ¿por qué? Porque hemos estado cediendo al vicio durante quizás veinte mil años, y no es posible desa­rraigar en un par de días un hábito de veinte mil años de arraigo. Permitimos que el vicioso hábito adquiriera enor­me impulso, que es indispensable vencer antes de apli­car la energía en opuesta dirección. No es posible ven­cerlo en un momento; pero cabe la absoluta seguridad de que si perseveramos, eventualmente lo venceremos, porque por violento que sea el impulso es una cantidad finita, mientras que la fuerza que le oponemos es el infinito poder de la voluntad humana, capaz de renovar su esfuerzo día tras día, año tras año y si necesario fuese vida tras vida. Otra grave dificultad en nuestro camino es la falta de discernimiento. Las gentes de Occidente no aciertan a ver claro en asuntos de religión. Todo es vago y ne­buloso y ni la vaguedad ni la nebulosidad sirven para adelantar en ocultismo. Claros han de ser nuestros con­ceptos y definidas nuestras imágenes mentales. Otras cualidades necesarias son la serenidad y el júbilo, muy raras en la vida moderna, pero indispensa­bles en la obra de que tratamos. El procedimiento para la formación del carácter es tan científico como el que se sigue para robustecer los músculos. Muchos que tienen los músculos débiles y flácidos se figuran que tal es su natural condición y la consideran como una especie de sino a que están su­jetos; pero todo el que entienda algún tanto de la cons­titución del cuerpo humano, sabe que por medio del continuado ejercicio se vigorizarán aquellos músculos y se normalizará todo el organismo. De exactamente la misma manera, muchos hom­bres reconocen que tienen mal genio o que los domina algún vicio y cuando a consecuencia de ello cometen un craso error o infieren un grave daño, se excusan di­ciendo que tienen un temperamento impulsivo o que son tal o cual por naturaleza sin poderlo remediar. Pero también en este caso, como en el de los músculos, está el remedio en su mano. El metódico y apropiado ejercicio físico vigorizará los músculos y el asimismo apropiado y metódico ejercicio mental forta­lecerá una débil cualidad del carácter. El hombre vul­gar no se percata de que así puede hacerlo y aunque se percate de que pueda, no se decide, porque requiere mucho esfuerzo y mortificación. No ve motivo para emprender una tarea tan difícil y penosa. Sin embargo, el motivo lo proporciona el conoci­miento de la verdad. Quien bien comprende la marcha de la evolución no solamente se interesa sino que se complace y tiene por privilegio cooperar con ella. Quien desea el fin, también desea los medios y para ser capaz de hacer buena obra en beneficio del mundo ha de ac­tualizar en su interior la conveniente energía y las ne­cesarias cualidades por lo tanto, quien aspire a refor­mar el mundo ha de empezar por reformarse a sí mismo. Ha de abandonar la actitud de insistir sobre sus dere­chos y entregarse al ardoroso cumplimiento de los deberes. Ha de considerar cada punto de relación con el prójimo como una oportunidad para auxiliarle o favorecerle. Quien estudia inteligentemente estos asuntos no puede menos de reconocer la tremenda fuerza del pensamiento y la necesidad de eficazmente regularla. Toda acción deriva de un pensamiento, porque aun las que como suele decirse se hacen sin pensar, son el resul­tado de los pensamientos, deseos y emociones que el hombre alimentó copiosamente durante largo tiempo antes de que lo impulsaran a la acción. ­Por lo tanto, el hombre prudente vigila con mucho cuidado su pensamiento, porque le sirve de poderoso instrumento de cuyo uso es responsable. Tiene el deber de gobernar su pensamiento para que no se le alborote en perjuicio propio y del prójimo. También es su deber acrecentar el poder de su pensamiento porque le servirá para realizar efectivamente mucho bien. Mediante el gobierno de su pensamiento y de su acción, eliminando todo mal y fomentando las buenas cualidades, podrá el hombre elevarse sobre el nivel de sus semejantes y sobresalir entre ellos por su actuación en favor del bien y en contra del mal, de la evolución en contra del estancamiento. Los miembros de la excelsa Jerarquía en cuyas manos está la evolución del mundo desean encontrar hombres así para enseñarles a trabajar en la magna empresa. Dichos hombres atraen inevitablemente la atención de los Maestros quienes los utilizan como ins­trumentos de su labor. Si dan pruebas de ser buenos y eficaces instrumentos, le proporcionarán concretas en­señanzas a título de aprendices, para que ayudándoles en la obra mundial que han de hacer, puedan algún día ser lo que Ellos son e ingresar en la potente Fra­ternidad a que pertenecen. Mas para tan grande honra como ésta no basta la ordinaria bondad. Por supuesto que ante todo ha de ser bueno el hombre, pues de lo contrario no se le podrían utilizar; pero además de bueno ha de ser fuerte y sabio. Lo necesario no es tan sólo un hombre bueno, sino una vigorosa potencia espiritual. No sólo ha de haber desechado el candidato toda ordinaria flaqueza, sino que debe haber adquirido robustas cualidades an­tes de ofrecerse a los Maestros con esperanza de acep­tación. Ya no ha de seguir viviendo como desatinada y egoísta personalidad sino como inteligente ego que comprende la parte que ha de desempeñar en el vasto plan del universo. Ha de haberse olvidado enteramente de sí mismo. Con abandono de todo pensamiento de medro provecho o placer mundanos. Ha de resolverse a sacrificarlo todo y principalmente su persona en favor de la Obra que ha de llevar a cabo. Puede vivir en el mundo, pero no según el mundo ni ser del mundo, ni ha de importarle un ardite la opinión de las gentes. A fin de auxiliar a los hombres ha de hacerse algo más que hombre. Ha de vivir radiante, jubilosa y enérgicamente por el bien de los demás y ser en el mundo expresión del amor de Dios. Es un elevado ideal, aunque no mucho; pero posible porque hombres son quie­nes lo han de realizar. Cuando un hombre actualiza sus potencias latentes hasta el punto de llamar la atención de los Maestros de Sabiduría, es fácil que uno de Ellos lo reciba en calidad de aprendiz a prueba. El período de prueba suele durar siete años, pero puede acortarse o prolongarse a discreción del Maestro. Terminado el período de prueba, si ha sido satisfactoria su labor asciende a la categoría de discípulo aceptado y entonces se coloca en más íntima relación con su Maestro, cuyas vibraciones influyen constantemente en él de modo que poco a poco aprende a considerarlo todo como lo considera su Maestro. Después de otro período, si ha dado muestras innegables de merecimiento, puede intimar todavía más la relación y ascender al grado de hijo del Maestro. Sin embargo, estos tres grados o etapas sólo indi­can su relación con el Maestro, no con toda la Frater­nidad, que únicamente admite en su seno a quien está preparado para recibir la primera gran iniciación. El ingreso en la magna Fraternidad de Quienes gobiernan el mundo, puede considerarse, como el tercero de los puntos críticos de la evolución del hombre. El primero es cuando pasa al reino humano, cuando se individualiza desde el reino animal y obtiene cuerpo causal. El segundo es el que los cristianos llaman "con­versión", los hinduistas "adquisición del discernimiento" y los budistas "la apertura de las puertas de la mente". En este punto se da cuenta el hombre de los capi­tales fenómenos de la vida y se aparta de fines egoístas para unirse de grado a la corriente de evolución en obe­diencia a la voluntad divina. El tercer punto es el más importante de todos, porque la iniciación que admite al hombre en las filas de la Fraternidad, le asegura también contra todo riesgo de fracaso en el cumplimiento del divino propósito en el tiempo para ello señalado. De aquí que a quienes llegan a este punto se les llame en la religión cristiana los "elegidos" o los "salvados" y en la budista "el que ha entrado en la corriente". Alcanzado este punto tiene el hombre la absoluta seguridad de llegar con tiempo y esfuerzo al todavía más alto del adeptado o etapa de superhumana evolución. Llega a ser adepto quien ha cumplido la divina vo­luntad en cuanto atañe a nuestra cadena planetaria, porque el adeptado es la etapa en que el hombre ha de alcanzar ya la meta final en el promedio del ciclo de evolución. Así es que durante el tiempo restante del ciclo queda en libertad para auxiliar a los hombres sus hermanos o dedicarse a todavía más grandiosa obra re­lacionada con otra evolución superior. Quien no está iniciado corre el riesgo de rezagarse en el presente ciclo de evolución y quedar en espera del siguiente. Tal es la "condenación eónica" de que habló Cristo y se ha interpretado erróneamente por "eterna condenación". De esta condenación eónica,  es decir, del fracaso en el actual ciclo de evolución u oleada de vida, se "salva" quien recibe la iniciación y ha "entrado en la corriente" que debe conducirle al adeptado durante el actual ciclo de evolución, aunque con sus acciones todavía puede apresurar o retardar su marcha por el sendero qué está hollando. La primera iniciación puede compararse a la ma­trícula de ingreso del estudiante en la universidad y el adeptado equivale relativamente al título de doctor que se recibe al fin de la carrera, durante la cual sufre tres exámenes intermedios que continuando el símil son la segunda, tercera y cuarta iniciación, pues el adeptado es la quinta. Nos dará una idea general del curso de esta superior evolución el estudio de lo que las Escrituras bu­distas llaman "trabas" o sean los vicios y malas cuali­dades de que ha de ir librándose el hombre a medida que adelanta en el sendero. .

Dichas trabas son:

  1. La ilusión de separatividad.
  2. Duda.
  3. Superstición.
  4. Apego a los placeres.
  5. Posibilidad de odiar.
  6. Deseo de vida en este o en otros mundos.
  7. Orgullo.
  8. Iracundia.
  9. Ignorancia.

 

A quien alcanza el nivel del adeptado ya no le queda ninguna ulterior posibilidad de perfeccionamien­to moral, por la que en adelante la evolución significa para él más amplio conocimiento y más admirables poderes espirituales.

 

CAPITULO 9

 

CADENAS PLANETARIAS

 

El plan de evolución a que nuestra Tierra perte­nece, no es el único de nuestro sistema solar, pues en este sistema existen diez separadas cadenas de globos como escenarios de análogas evoluciones. Cada uno de estos planes de evolución se desenvuelve en una cadena de globos y cada cadena pasa por siete encarnaciones en el transcurso de su evolución. El objeto de estas sucesivas encarnaciones de la cadena de globos de cada plan evolutivo es irse su­miendo gradualmente en la materia para también por grados ir ascendiendo de ella. Cada cadena consta de siete globos y tanto globos como cadenas están sujetos a la regla de descender a la materia y después ir saliendo de ella. Para mejor comprender este proceso pongamos por ejemplo la cadena a que pertenece nuestra Tierra. Actualmente se halla en su cuarta encarnación, la más material; y por lo tanto, tres de sus globos se hallan en el mundo físico, dos en el astral y dos en la parte in­ferior del mental. La oleada de vida divina pasa suce­sivamente de globo a globo de esta cadena, principiando por uno de los superiores, descendiendo gradualmente a los inferiores y ascendiendo después hasta el mismo nivel en donde principió. Designaremos convencionalmente los siete globos por las primeras letras del alfabeto y numeraremos ordinalmente las encarnaciones. Por lo tanto, como quiera que la encarnación actual de nuestra cadena es la cuarta, el primer globo de la cadena en la presente encarnación será 4A, el segundo 4B, el tercero 4C, el cuarto (nuestra Tierra) 4D, el quinto 4E, el sexto 4F y el séptimo 4G. No todos estos globos están constituidos por materia física. El 4A no contiene materia inferior a la mental y tiene su contraparte en todos los mundos su­periores al suyo, pero ni un átomo de materia inferior. El 4B es de materia astral. El 4C es de materia física visible telescópicamente, porque es el planeta Marte. El globo 4D es nuestra Tierra, donde está hoy en acción la oleada de vida. El globo 4E es el planeta Mercurio, también de materia física. El globo 4F es de materia astral, correlacionado en el arco ascendente con el globo astral 4B del arco descendente. El globo 4G es de materia mental, correlacionado en el arco ascendente con el globo 4A también de materia mental en el arco descendente. Así resulta un sistema de globos que empieza en el mundo mental, desciende al astral y al físico y as­ciende al mental a través del astral. Así como la sucesión de los globos en una cadena constituye el descenso a la materia y la ascensión desde ella, así también ocurre en las sucesivas encarnaciones de una cadena. Hemos descrito las circunstancias de la cuarta encarnación; pero echando una mirada retros­pectiva a la tercera vemos que no principió en el mundo mental, sino que los globos 3A y 3G eran de materia causal; 3B y 3F de materia mental; los 3C y 3E de ma­teria astral; y únicamente el globo 3D de materia física. Aunque la tercera encarnación de nuestra cadena hace larguísimo tiempo que pasó, todavía es visible el cadáver del que fue su planeta o globo físico 3D o sea la Luna, el actual satélite de la Tierra, por lo que a aquella tercera encarnación de nuestra, cadena, se le llama cadena lunar. La quinta encarnación de nuestra cadena, que to­davía ha de tardar incalculable tiempo, será correlativa a la tercera, con los globos 5A y 5G de materia causal; los 5B y 5F de materia mental; los 5C y 5E de materia astral; y un solo globo físico 5D que aún no existe. Las otras encarnaciones de la cadena siguen el mismo orden de descenso y ascenso. Los globos 2A y 2G y 6A y 6G están todos en el mundo intuicional; los 2B y 2F y 6B y 6F en el causal; los 2C y 2E y 6C y 6E en el mental; 2D y 6D en el astral. Análogamente IA-IG y 7A-7G pertenecen al mundo espiritual; IB-IF y 7B-7F al intuicional; IC-IE y 7C-7E al causal; ID y 7D al mental. Por lo tanto, vemos que no sólo desciende en la materia y de ella reasciende la oleada de vida al pasar de uno a otro globo, sino que lo mismo hace toda la cadena en el transcurso de sus siete sucesivas encar­naciones. En el sistema solar a que pertenecemos, hay actual­mente en trámite diez planes de evolución; pero de ellos tan sólo siete se hallan en etapa que requiera planeta físico. Las cadenas son:

  1. La de un planeta no descubierto todavía por los astrónomos, llamado Vulcano, muy cercano al Sol. Esta cadena se halla en la tercera encarnación.
  2. La de Venus, que está en la quinta encarna­ción y por lo tanto también tiene un solo planeta físico.
  3. La de Tierra-Marte-Mercurio que está en la cuarta encarnación y por lo mismo tiene tres planetas físicos.
  4. La de Júpiter.
  5. La de Saturno.
  6. La de Urano en su tercera encarnación.
  7. La de Neptuno y dos desconocidos planetas allende la órbita neptuniana, pues tiene tres planetas físicos por hallarse en la cuarta encarnación.

Suele llamarse período catenario a cada encarna­ción de una cadena y durante este período la oleada de vida pasa siete veces por los siete globos de la cadena y a cada una de dichas veces se le llama ronda. El tiempo en que la oleada de vida permanece en cada globo, se llama ciclo mundial y durante cada ciclo mun­dial se suceden siete razas raíces que según ya dijimos se subdividen en subrazas y éstas en ramales­

Para mayor claridad puntualizaremos sinóptica­mente esta clasificación:

7 ramales = 1 subraza.

7 subrazas = 1 raza raíz.

7 razas-raíces = 1 ciclo mundial.

7 ciclos mundiales = 1 ronda.

7 rondas = 1 ciclo catenario.

7 ciclos catenarios = plan de evolución.

10 planes de evolución. = Nuestro sistema solar.

Es evidente que la cuarta raza raíz del cuarto globo de la cuarta ronda del cuarto ciclo catenaria será el punto medio de un plan de evolución. Nosotros he­mos transpuesto no hace mucho este punto medio. La raza aria a que pertenecemos es la quinta raíz del cuarto globo, de modo que el punto medio de nuestro plan de evolución correspondió a la época de la cuarta raza raíz, que fue la atlante. Por lo tanto, la masa total del linaje humano está a muy poco más de mitad de ca­mino en su evolución y los pocos egos que se aproximan al adeptado, fin y corona de nuestra evolución, están muy adelantados respecto de los demás hombres. ¿Cómo adelantaron tanto? En unos casos porque trabajaron ardorosamente; pero generalmente porque son egos ya viejos e ingresaron en el reino humano en muy remota fecha y  han tenido más tiempo de adquirir experiencias en la humana evolución. Una oleada de vida procedente de la Deidad se detiene generalmente durante todo un ciclo catenario en cada uno de los reinos de la naturaleza. La oleada de vida que en nuestra primera cadena animó el primer reino elemental animó el segundo de estos reinos en la segunda cadena, el tercero en la tercera y está ahora animando en la cuarta el reino mineral. En la quinta cadena animará el reino vegetal, en la sexta el animal y en la séptima el humano. De esto se infiere que la presente humanidad cons­tituía el reino mineral en la primera cadena, el vegetal en la segunda y el animal en la tercera. Algunos que ahora son hombres se individualizaron en la tercera cadena, que fue la lunar e ingresaron en el reino humano al comienzo de la actual cadena terrestre. Otros que estaban más atrasados no se individualizaron en la tercera cadena y permanecieron todavía algún tiempo en el reino animal de la cuarta cadena antes de alcanzar la individualización. Sin embargo, no todos los individuos de la actual humanidad ingresaron conjuntamente en la cadena terrestre. Al terminar la cadena lunar, los hombres de ella se hallaban en diversas etapas de evolución. La meta señalada para dicha cadena no era el adeptado sino la que para nosotros es ahora la cuarta etapa del sendero de evolución. Quienes alcanzaron la meta o nivel señalado para la cadena lunar (llamados gene­ralmente en bibliografía teosófica Señores de la Luna) tuvieron abiertos ante sus pasos siete caminos o moda­lidades de servicio. Uno de estos caminos era el de pasar a la cadena terrestre para servir de auxilio y guía a las primeras razas humanas y lo siguieron algunos de aquellos Señores. La mayoría de los hombres lunares no habían alcanzado aún la señalada meta al término de la cadena lunar y por consiguiente reaparecieron también como hombres en la cadena terrestre. Además, una gran cantidad de animales lunares estaban cercanos a la individualización. Algunos ya la han logrado, mientras que otros todavía no; y como éstos necesitan nuevas encarnaciones en el reino animal de la cadena terrestre, prescindiremos de ellos en nues­tra consideración sobre este asunto. Había muchas clases de hombres lunares y por ello conviene explicar su distribución en la cadena terrestre. Por regla general, quienes han alcanzado el más alto nivel posible en una cadena, un globo o una raza raíz, no renacen en los comienzos de la siguiente cadena, globo o raza. Las primeras etapas se destinan siempre para las entidades atrasadas y hasta que éstas se apro­ximan al nivel de las más adelantadas no reencarnan estas otras para seguir unidas con aquéllas, pues de lo contrario fuera muy señalado el desnivel. Es decir, que casi la primera mitad de todo ciclo de evolución, sea de raza, globo o cadena, está destinada al progreso de las entidades atrasadas, hasta que alcan­cen el nivel de las adelantadas y entonces, éstas reen­carnan para proseguir junto con aquéllas hacia el tér­mino de la evolución, habiendo estado entretanto des­cansando gozosamente en el mundo mental. Así es que los primeros egos que procedentes de la cadena lunar entraron en la terrestre no fueron cierta­mente los más adelantados, sino los más atrasados de cuantos habían logrado la individualización. Eran hom­bres con todavía mucho de animalidad. Como quiera que entraban en una cadena de glo­bos recién plasmados, habían de establecer las formas en todos los reinos de la naturaleza. Es necesario efec­tuar esta labor al principio y nunca después de la pri­mera ronda de una nueva cadena, porque aunque la oleada de vida se concentra cada vez en un globo de los siete de la cadena, no desaparece totalmente la vida de los otros seis globos. Por ejemplo, en el momento actual la oleada de vida de nuestra cadena está concentrada en la Tierra, pero también hay vida en Marte y Mercurio, los otros dos globos físicos de la cadena. Todavía hay en ellos seres humanos, animales y vegetales, por lo que cuando la oleada de vida pase a uno de ambos, no habrá nece­sidad de crear nuevas formas, pues ya están allí los viejos tipos que se revivificarán con pasmosa fecundidad, multiplicándose rápidamente los diversos reinos. Así pues la ínfima clase de hombres lunares, los animálicos, establecieron las formas en la primera ronda de la cadena terrestre. Inmediatamente después llega­ron los superiores animales lunares dispuestos a ocupar las formas recién construidas. En la segunda ronda de la cadena terrestre, los hombres animálicos de la lunar que habían sido allí los más atrasados, fueron los de­lanteros de la tercera humanidad, al paso que los za­gueros eran los que habían sido animales superiores y estaban cercanos a la individualización en la cadena lunar. En la tercera ronda de la terrestre ingresaron en el reino humano muchos más animales lunares, hasta que en el promedio de la tercera ronda, al llegar la oleada de vida al globo D o sea a nuestra Tierra, reen­carnaron los hombres lunares del orden inmediato su­perior, el segundo orden y asumieron con la dignidad de reyes divinos la dirección de la humanidad. En la cuarta ronda, o sea la actual, vinieron a la Tierra los hombres lunares del primer orden, los que estaban muy cerca de la meta. Algunos de ellos habían entrado ya en el sendero durante su estancia en la Luna y no tardaron en lograr el Adeptado y pasaron más allá de la Tierra. Otros, no tan adelantados, lo alcanzaron posteriormente, esto es, hace unos cuantos millares de años y son los adeptos de hoy día. Los hombres que ac­tualmente pertenecen a las subrazas superiores de la humanidad estaban varias etapas tras ellos, aunque tienen la posibilidad de seguir sus huellas con sólo quererlo. La evolución a que nos referimos es la del ego o alma humana; pero también se ha de considerar la evolución del cuerpo. Las formas construidas en la primera ronda eran muy diferentes de cuantas hoy conocemos. En rigor apenas pueden llamarse formas las plasmadas en el mundo terreno, porque eran de materia etérea, semejantes a vagas, flotantes y amorfas nubes. En la se­gunda ronda fueron ya concretamente físicas, aunque todavía amorfas y lo bastante tenues para flotar a merced del viento. Hasta la tercera ronda no empezaron a tener las formas algún parecido con las astrales y los procedi­mientos de su reproducción en aquellas primeras etapas eran muy distintos del hoy vigente en la especia hu­mana y análogo al que hoy se observa en los hongos, algas y otras formas inferiores de vida. A la sazón era andrógino el hombre y la separa­ción de sexos no sobrevino hasta el promedio de la tercera ronda. De entonces acá ha ido evolucionando rápidamente la forma humana en más definidas líneas, aumentando en compacticidad al par que disminuía la estatura y logrando mantenerse en posición bípeda en vez de ir agachado o a rastras, en distinción de las de­más formas animales de que por ley del transformismo había evolucionado la humana. Merece mencionarse una extraña discontinuidad­ en el proceso de la evolución de la forma. En la cuarta ronda hubo en la Tierra un desvío de la recta marcha evolutiva. Como quiera que la Tierra es el globo intermedio y también es intermedia la cuarta ronda, seña­laban ambas él punto medio de la evolución y el último instante del período durante el cual habían podido in­dividualizarse los animales de la cadena lunar. En con­secuencia se dispuso lo conveniente para proporcionar coyuntura de individualización al mayor número posi­ble de dichos animales y al efecto se reprodujeron las condiciones de las primera y segunda rondas en vez de las condiciones de las primera y segunda razas, porque en tiempo oportuno no estaban aquellas atrasadas entidades en disposición de aprovecharse de las condiciones de las primera y segunda rondas con cumplida eficacia. Pero con lo que habían adelantado durante la ter­cera ronda ya estaban algunos a punto de aprovecharse de dichas condiciones y por lo tanto quisieron individualizarse antes de que se cerrase la puerta del reino humano. Desde luego que no alcanzarán muy alto nivel de evolución humana, pero al menos cuando ingresen en el reino humano de la próxima cadena les será muy ventajoso el haber tenido esta ligera experiencia de la humana vida. La evolución terrestre recibió muy poderoso estí­mulo del eficaz auxilio prestado por el planeta hermano Venus, que está ahora en la quinta encarnación de su cadena y en la séptima ronda de tal encarna­ción de modo que sus habitantes se hallan vez y media más adelantados que los terrícolas en su evolución. Por lo tanto, fue excelente idea que por estar ellos mucho más evolucionados se trasladaran a la Tierra algu­nos adeptos de la venusta evolución, con objeto de auxiliar a la humanidad terrestre en aquellos momen­tos críticos del progreso de la cuarta raza raíz, cuando se iban a cerrar las puertas del reino humano. A estos augustos Seres se les ha denominado Señores de la Llama e Hijos de la Ignea Niebla y contribuyeron maravillosamente a la evolución terrestre. La inteligencia de que tanto nos engreímos la debemos casi del todo a su presencia, porque en el natural curso de los sucesos, la próxima quinta ronda había de pre­sidir el desenvolvimiento de la inteligencia, mientras que en la cuarta ronda actual nos correspondía tan sólo cultivar las emociones. Por consiguiente, hemos ade­lantado muchísimo en el programa que se nos tenía se­ñalado y este adelanto provino enteramente del auxilio concedido por los grandes Señores de la Llama. La Mayoría de ellos sólo estuvieron con nosotros durante aquel crítico período de nuestra evolución; unos cuantos permanecen todavía para desempeñar los altos cargos de la Fraternidad Blanca, hasta que haya hombres de nuestro ciclo de evolución capaces de re­levar en sus funciones a los augustos visitantes. La evolución que nos aguarda atañe igualmente a la vida y a la forma, porque en las futuras rondas, al paso que los egos crezcan en poder; sabiduría y amor, serán de cada vez más bellas sus formas físicas. En el mundo terrestre hay actualmente hombres de muy diversa evolución y entre ellos muchos salvajes tan atrasados respecto de los pueblos cultos que es de todo punto imposible que alcancen su nivel. Posterior­mente, llegaremos en el transcurso de nuestra evolu­ción a un punto en que ya no podrán convivir los za­gueros con los delanteros y será necesario le separación. Este procedimiento es exactamente análogo al que emplea un catedrático con sus alumnos. Durante el curso académico los ha preparado a todos para el exa­men de prueba y a mediados de curso ya conjetura quiénes saldrán airosos y si hubiere algunos que de ningún modo pudiesen arrostrar el examen, haría bien en decirles a medio curso: "Es completamente inútil que prosigáis con vues­tros condiscípulos, porque no entenderíais las cada vez más difíciles restantes lecciones del programa y os será imposible, en el tiempo que falta, poneros en condicio­nes de vencer en el examen. Así es que serían vanos vuestros esfuerzos y estorbaríais a los demás alumnos de la clase. Por lo tanto, os valdrá mucho más desistir de esforzaros contra lo imposible y repetir el curso an­terior que no aprendisteis debidamente, para presen­taros el año que viene a este examen, pues entonces os será fácil lo que ahora imposible". Esto mismo se les dirá a los egos muy atrasados en una futura etapa de nuestra evolución. Quedarán eliminados del aula en aquel curso académico para repetir la asignatura en el siguiente. Tal es la "eterna condenación" a que ha poco nos referíamos. Se calcula que las dos quintas partes de la humanidad quedarán eliminadas de la actual evolución y las otras tres quin­tas partes proseguirán con mayor rapidez hacia su glo­rioso destino.

 

CAPITULO 10

 

FRUTOS DEL ESTUDIO TEOSOFICO

 

 

"Los miembros de la Sociedad Teosófica estudian estas verdades y los teósofos se esfuerzan en practi­carlas". Así pues, ¿qué clase de hombre es el verda­dero teósofo a consecuencia de este conocimiento? ¿Qué fruto da este estudio en su conducta diaria? Convencido el teósofo de la existencia de un su­premo Poder infinitamente sabio y amoroso que di­rige el curso de la evolución, ve que todo cuanto este plan abarca está encaminado a su progresivo desenvol­vimiento. Comprende el teósofo que el pasaje de la Escritura según el cual "todas las cosas propenden al bien" no es un poético arranque de la fantasía ni expresa una piadosa esperanza sino que afirma una cien­tífica verdad. El logro final de inefable gloria es absolutamente seguro para todo hijo de hombre cualquiera que sea su presente condición. Pero aún hay más. En el momento actual todos están en camino de su gloria y las circunstancias en que cada cual se halla propenden a favorecerle y no a perjudicarle, con tal que acertadamente las comprenda. Triste verdad es que en el mundo hay mucha ma­licia, aflicción y sufrimiento; pero desde su alto punto de mira, ve el teósofo que a pesar de lo muy terribles son temporáneos y superficiales, y pueden aprovecharse como elementos de progreso. Cuando en los días de su ignorancia contemplaba el teósofo desde su bajo nivel los males del mundo, le era imposible comprender esta verdad ni descubrir el genuino significado del aparente mal que veía al clavar sus ojos en el inferior aspecto de la vida. Pero una vez se ha levantado de su bajo asiento para subir a los altos niveles de la mente y la conciencia y desde allí mira los males del mundo con los ojos del espíritu y descubre su significado, se convence de que en verdad todo es bueno; pero no que será bueno en algún lejanísimo período, sino que aun en el presente momento, en el fragor de la lucha y en medio del apa­rente mal, sigue fluyendo la caudalosa corriente de evo­lución y por lo tanto todo es bueno, porque todo mar­cha hacia la meta de perfección. Elevando así su conciencia sobre las borrascas y tribulaciones de la vida mundana, advierte el teósofo que lo que miraba como mal, parece oponerse a la cau­dalosa corriente de progreso; pero también se da cuenta de que el impulso de la divina ley de evolución es respecto de aquel somero mal como las formidables cataratas del Niágara respecto de las espumosas vedijas que flotan en la superficie. Así es que mientras simpatiza profundamente con todo lo que sufre, sabe cuál será el fin de este sufri­miento y son para él imposibles la desesperación y el desaliento. Además aplica estas consideraciones a sus propias penas y disgustos así como a los del prójimo; y por lo tanto, allega del estudio de la Teosofía una perpetua serenidad y más todavía, incesante placidez y jovialidad. No conoce el tedio, pues no tiene en verdad motivos para entediarse desde el momento en que sabe que todo ha de acabar en bien. Su elevada ciencia le convierte en firme optimista, porque le enseña que cuanto de malo pueda haber en una persona o en una colectividad ha de ser necesariamente transitorio por oponerse al irresistible impulso de la evolución, mien­tras que cuanto de bueno haya ha de ser por necesidad permanente y útil, porque está apoyado por la omnipotencia de aquel impulso y por lo tanto ha de persistir y prevalecer. Sin embargo, no cabe imaginar ni por un momento que porque el teósofo esté absolutamente seguro del definitivo triunfo del bien, mire con pasiva indiferencia los males del mundo. Sabe que es su deber combatirlos con todas sus fuerzas, pues así coadyuva a la acción de las energías evolutivas y adelanta la hora de su vic­toria final. Nadie será tan activo como él en trabajar por el bien, aunque se vea libre de las desazones y angustias que suelen afligir a quienes se esfuerzan en auxiliar al prójimo. Otro valiosísimo fruto del estudio de la Teosofía es la carencia de temor. Muchas gentes están de con­tinuo anhelosas e inquietas por tal o cual cosa y temen que les suceda esto o lo otro, que les falle tal o cual combinación o que fracasen en sus proyectos, por lo que no tienen ni un momento tranquilo y lo más temi­ble para la mayoría es la muerte. El teósofo transciende todos estos sentimientos, porque conoce la capital verdad de la reencarnación, ha desechado ya varios cuerpos físicos y sabe que la muerte no difiere esencialmente del sueño, pues así como el sueño sobreviene entre nuestros días de actividad y nos proporciona descanso y refrigerio, así entre los días de trabajo aquí en la tierra, a que llamamos vidas, sobreviene una larga noche de existencia astral y men­tal para darnos descanso y refrigerio y ayudarnos en nuestro camino. Para el teósofo equivale la muerte a despojarse por largo tiempo de su carnal vestidura. Sabe que es su deber conservarla todo lo posible para adquirir por su medio cuantas experiencias pueda; pero  cuando le llegue la hora, la desechará agradecido, porque seguro está de que la nueva etapa será mucho más gozosa que la pasada. Por lo tanto, no teme a la muerte, aunque conoce que ha de seguir en el mundo hasta el término natural de su vida física, pues en el mundo está para progresar y su progreso es cosa de formidable importancia. El teósofo tiene de la vida un concepto muy dis­tinto del de la generalidad de las gentes. No es su objeto amontonar riquezas materiales ni obtener honores. Lo importante para él es llevar adelante el divino plan. Sabe que para esto se halla en el mundo y que a ello ha de supeditar todo lo demás. También está libre el teósofo de cavilaciones, te­mores, sobresaltos e inquietudes de carácter religioso. Nada de esto le conturba, porque ve claramente que el progreso hacia la perfección es la divina voluntad res­pecto del hombre, que nadie puede substraerse a este progreso y que todo cuanto encontremos en nuestro camino, todo cuanto nos suceda está destinado a favorecer nuestro adelanto. Ya no se conturba ni experimenta temor alguno respecto de sí mismo. Se contrae a cumplir lo mejor posible los deberes que le van saliendo al paso, seguro de que así todo le resultará en bien sin necesidad de inquietarse. Se satisface tranquilamente con realizar su labor y ayudar a los hombres sus hermanos, convencido de que el supremo poder le impulsará firme y lentamente y hará por él todo cuanto necesite, con tal que se man­tenga en el recto sendero y mientras por su parte haga cuanto buenamente le sea posible. Puesto que el teósofo sabe que todos formamos parte de una magna evolución y literalmente somos hijos de un mismo Padre, ve que la confraternidad uni­versal de la humanidad no es imagen poética sino un hecho positivo; no un sueño de algo que haya de reali­zarse en una vaga y lejana Utopía, sino una condición ya existente. La certeza de esta omniabarcante fraternidad le da al teósofo una más dilatada perspectiva de la vida y un amplio punto de mira desde donde ver todas las cosas. Advierte que son idénticos los verdaderos inte­reses de todos los seres humanos que a costa del quebranto o del sufrimiento ajeno, nadie logrará positivas ganancias. Esto no es para él artículo de fe religiosa sino una verdad científica comprobada por el estudio. Echa de ver que la humanidad constituye un todo, no puede ser bueno para la colectividad nada de lo que perjudique al individuo, porque el perjuicio no sólo afecta a quien lo infiere sino a cuanto le rodean. Comprende el teósofo que el verdadero beneficio para él es el que comparte con los demás, y que todo adelanto que realice en el orden espiritual es algo que consigue para sí y también para los demás. Si adquiere conocimiento o dominio propio, logra con ello en verdad mucho sin quitarle nada a nadie, antes al contrario auxilia y fortalece a los demás. Conocedor de la absoluta unidad espiritual del linaje hu­mano, sabe que aun en este bajo mundo ningún positivo provecho puede obtenerse que no resulte al propio tiempo provechoso para toda la humanidad y se obtenga en su nombre; que el progreso del hombre debe con­sistir en aliviar las cargas del prójimo; que su espiritual adelanto implica un leve, pero no imperceptible ade­lanto de la humanidad en general; y que cuantos so­brellevan noblemente las penalidades y aflicciones en sus esfuerzos hacia la luz, alivian con ello la carga y consuelan los dolores del prójimo. Al reconocer la fraternidad humana, no como una halagüeña esperanza acariciada por el abatimiento sino como un positivo hecho derivado científicamente de una serie de hechos naturales; al convencerse de la absoluta certeza de esta verdad, cambia radicalmente su actitud hacia todas las cosas y siente profundamente simpatía y se dispone a prestar auxilio, porque ve que nada debe hacer de cuanto entrechoque con sus altos intereses. De aquí se sigue que ha de estar henchido de am­plísima tolerancia y viva caridad. No puede menos de ser tolerante porque sabe que más importa la conducta que las creencias. También ha de tener caridad porque su mayor conocimiento le capacita para no mostrarse riguroso con cosas que el hombre ordinario no comprende. ­ La norma del teósofo respecto al bien y al mal, a lo justo e injusto, es siempre más elevada que la de las gentes vulgares y sin embargo es mayor su indulgencia con el pecador porque penetra más en lo hondo de la naturaleza humana. Se da cuenta de lo que era el pe­cado a los ojos del pecador en el momento de cometerlo y así es más indulgente que quien nada sabe de todo esto. Pero el teósofo va aún más allá de la tolerancia, caridad y simpatía. Siente verdadero amor a todos los seres humanos y por ello está siempre dispuesto a pres­tar auxilio, porque sabe que cada contacto con el pró­jimo le deparará oportunidad de auxiliarlo y el mayor conocimiento adquirido por sus estudios lo capacitará para dar consejo y auxilio en casi todos los casos que se les presenten. No se empeña en que los demás piensen como él, pues sabe que tal empeño es uno de los más comunes errores entre las gentes vulgares y que argumentar equivale a consumir energía mental y así no se enzarza en discusiones; pero si alguien desea de él consejo o instrucción está siempre pronto a dárselos, aunque sin el menor intento de ganar prosélitos. La idea de auxilio predomina en todas las relacio­nes de su vida, no sólo respecto del prójimo sino también en conexión con el vasto reino animal que le rodea. Algunos seres de este reino están en íntimo contacto con el hombre y con ello tiene ocasión de favorecerlos. Reconoce el teósofo que también los seres del reino animal son sus hermanos, aunque mucho más jóvenes y que también les debe fraternal cariño, de modo que su relación con ellos sea siempre para favorecerlos y nunca para perjudicarlos. Ante todo y sobre todo, la Teosofía es para el teó­sofo una doctrina de sentido común, que le enseña hasta el punto en que por ahora es capaz de compren­derlas, las verdades referentes a Dios y al hombre y las relaciones entre ambos. Después reflexiona sobre estas verdades y obra de conformidad con ellas, guiado por la razón y el discernimiento. Acomoda su conducta a la ley de evolución que le enseñó la Teosofía y le proporciona una nuevo punto de vista y una piedra de toque en donde comprobar todas las cosas; ante todo, sus pensamientos, emociones y obras y después cuanto le quepa experimentar en el mundo exterior. Siempre aplica el siguiente criterio: "¿favorecerá o dificultará esto la evolución? ¿Es justo o injusto?". Con arreglo a este criterio ve desde luego si debe alen­tar o reprimir cualquier pensamiento o emoción que se levante en su interior. Si ha de beneficiar a la mayoría de la humanidad será bueno. Si ha de perjudicar a al­guien o entorpecerle en su adelanto será malo y debe evitarlo. Exactamente el mismo criterio ha de seguir al juzgar de las cosas exteriores. Si sometida a la piedra de toque resulta favorable a la evolución ha de admi­tirla y de lo contrario rechazarla. Los intereses personales no le preocupan en ningún caso. Sólo piensa en el bien de la evolución ge­neral y así se asienta en sólido fundamento con claro criterio que le libra de las angustias de la incertidumbre y la indecisión. Dios quiere que el hombre evolucione; y por lo tanto todo lo que favorezca esta evolución ha de ser bue­no y todo lo que a ella se oponga o la retarde desde ser malo aunque tenga en su apoyo la creencia de las multitudes o la inmemorial tradición. Sabedor el teósofo de que el verdadero hombre es el ego y no el cuerpo, comprende que lo importante es la vida del ego y que a estos altos menesteres ha de subordinar todo cuanto se relaciona con el cuerpo. Reconoce que se halla en la vida terrena para progresar y que este progreso es lo único importante. La verdadera finalidad de su vida es la educción de sus inherentes cualidades y el perfeccionamiento de su carácter en los tres aspectos físico, mental y espiritual. Advierte que en este progreso se espera de él no menos que la absoluta perfección; que en su mano están las fuerzas necesarias y dispone de la eternidad para con­seguirlo, aunque cuanto más pronto la alcance mayor será su individual eficacia para colaborar en el di­vino plan. Sabe que su vida terrena es como un día de escuela y su cuerpo físico una temporal vestidura en que se ha envuelto para aprender las lecciones de la expe­riencia. Comprende que estas lecciones son el único propósito de verdadera importancia y que obra con inconcebible estupidez quien con por cualquier conside­ración se desvía de tal propósito. La vida dedicada exclusivamente a la adquisición de riquezas o de fama le parece juego de chiquillos y un insensato sacrificio de todo cuanto es verdaderamente valioso, por fugaces momentos de engañosa satisfacción para la naturaleza inferior. Pone sus afectos en las cosas espirituales y no en las terrenas, porque comprende que tal es la rectitud de conducta y conoce cuán deleznables y fútiles son las cosas de la tierra. Siempre procura colocarse en muy alto punto de vista, pues sabe que no son de fiar los inferiores, donde los pasionales deseos y sentimientos forman una nube que le ciega la visión. Cuando se entabla una lucha en su interior, re­cuerda que su verdadero ser ha de triunfar, porque la naturaleza pasional no es el verdadero hombre sino tan sólo la indómita porción de uno de sus vehículos. Sabe que aunque caiga mil veces en el camino hacia su meta, sus motivos para alcanzarla son tan poderosos después de la milésima caída como eran al principio; de modo que sería inútil a más de insensato y perjudicial entregarse al abatimiento y la desespe­ración. Emprende desde luego la marcha por el sendero de perfección porque sabe que no le será tan penosa como si la demorara para más tarde y sobre todo porque si se esfuerza en realizar algún progreso y lo consigue, estará en disposición desde un superior nivel de tender una mano auxiliadora a quien no ha llegado todavía al peldaño de la escala a que él ascendió. Echa de ver que llegó al punto de adelanto en que se halla, por lento proceso de mejoramiento, y así es que no espera el instantáneo logro de la perfección. Considera cuán inevitable es la magna ley de causa y efecto y que una vez comprendida la actuación de esta ley puede valerse inteligentemente de ella para su adelanto mental y moral, de la propia suerte que en el mundo físico nos aprovechamos de las leyes cuya ope­ración hemos logrado comprender. Como sabe qué es la muerte no la teme ni se aflige por la suya ni por la de aquellos a quienes ama, pues ya murieron varias veces en otros tiempos y están fa­miliarizados con ella. Considera la muerte como el tránsito de una in­completa vida física a otra completa y superior, por lo que sinceramente la recibe y cuando mueren sus allegados reconoce que es un beneficio para ellos, aun­que no pueda por menos de experimentar algo de pena al verse separado siquiera temporalmente de ellos por lo que respecta al mundo físico. Sin embargo, sabe que los llamados muertos están todavía cerca de él y que le basta con desprenderse interinamente de su cuerpo físico durante el sueño para estar junto a ellos como antes. Ve claramente que el universo es uno y que todo él está regido por la misma ley divina, tanto en lo visible como en lo invisible a la vista física. Así es que no experimenta nerviosidad ni extra­ñeza al pasar de una a otra región del universo ni está inseguro acerca de lo que ha de encontrar allende el velo. Sabe que en la vida superior se le dejarán admirables ocasiones de adquirir nuevos conocimientos y realizar utilísima obra; que la vida fuera de este denso cuerpo físico tiene una intensidad y refulgencia con las que en comparación se anonada todo goce terreno. De esta suerte, a favor de su claro conocimiento y completa seguridad reciben cuantos le rodean el poderoso influjo de la vida eterna. Es imposible en él la duda respecto de su destino, pues así como mirando al salvaje se percata de lo que fue en el pasado, así contemplando a los primates de la humanidad en grandeza y sabiduría comprende lo que será en el porvenir. Ve ante sí una continua cadena de progreso, una escala de perfección en cada uno de cuyos peldaños hay seres humanos, de modo que conoce que puede su­bir por ellos, según la inalterable ley de causa y efecto, que obra siempre de la misma manera y por lo tanto puede confiar en ella y utilizarla como utiliza las leyes del mundo físico. El conocimiento de la ley de causa y efecto amplía su perspectiva y le demuestra que si algo ha de suce­derle le sucederá por haberlo merecido a consecuencia de alguna acción cometida, de alguna palabra hablada, de algún pensamiento sostenido en pasados tiempos o en precedentes vidas. Comprende que toda tribulación equivale al pago de una deuda; y por lo tanto, cuando le sobreviene una tribulación la recibe y acepta como una enseñanza, pues sabe por qué le ha sobrevenido y se alegra de que le depare coyuntura de satisfacer alguna de sus obligaciones. Además, considera la tribulación como otra índole de oportunidad, esto es, lo que le permite verla por su aspecto beneficioso si la sobrelleva dignamente. No malgasta tiempo en anticipar posibles infor­tunios ni cuando le alcanza la desdicha la agrava in­sensatamente con lamentaciones, sino que se dispone a sufrir con paciencia y fortaleza lo que en ella haya de inevitable. Sin embargo, no se somete al infortunio con fata­lista resignación. Recibe la adversidad como un estí­mulo para prosperar en términos que sea capaz de ven­cerla y así de un remotísimo mal extrae la semilla del futuro perfeccionamiento. Porque para pagar la deuda pendiente actualiza cualidades de valor y resolución que serán para siempre suyas en venideras edades. Se distingue el verdadero teósofo del resto de las gentes, por su inalterable júbilo, su indomable valor en las dificultades, su franca simpatía y positivo auxilio; pero al propio tiempo toma muy por lo serio la vida y reconoce que cada cual tiene mucho que hacer en este mundo, por lo que no hay tiempo que perder. Sabe el teósofo con absoluta seguridad que además de labrar su propio destino influye poderosamente en el de quienes le rodean y por ello ve la gravísima responsabilidad que le acarrea el ejercicio de su poder. También sabe que los pensamientos son cosas y que por medio de ellos se puede hacer mucho bien o mucho mal. Comprende que nadie vive independientemente porque cada uno de sus pensamientos influye también en los demás y las vibraciones emitidas por su mente se reproducen en las mentes ajenas, de suerte que es un foco de salubridad o de infección mental para todos aquellos con quienes se pone en contacto. De aquí que su código de ética sea muy superior al vigente en el mundo profano, porque sabe que no sólo ha de regir sus palabras y acciones sino también sus pensamientos, puesto que pueden tener más graves y transcendentales efectos que su externa expresión en el mundo físico, ya que aunque un hombre no piense concretamente en otro puede afectarlo con su pensa­miento en bien o en mal. Aparte de esta inconsciente influencia de su pen­samiento en los demás, lo emplea conscientemente para el bien, emitiendo corrientes mentales de auxilio y consuelo hacia los menesterosos y afligidos, con lo que se le abre un nuevo mundo de útiles servicios. Sus pensamientos son siempre nobles, armónicos y elevados. Se coloca en actitud optimista respecto de todas las cosas y en disposición de auxiliar. Repudia los pensamientos viles y siniestros, las actitudes pesimistas y el desdén ante el dolor. Continuamente busca el bien en todas las cosas para intensificarlo en cuanto pueda y se esfuerza en favorecer sin nunca perjudicar. Así llega a ser utilísimo para los hombres sus hermanos y en modesta esfera un colaborador del plan de evolución. Se olvida completamente de sí mismo y sólo vive para beneficiar a los demás, reconociéndose como una partícula del plan de evolución. Ve a Dios en su interior, aprende a ser fiel expre­sión de Dios y cumpliendo así la voluntad de Dios llega a ser bendición de sí mismo y de toda la hu­manidad.

 

 

FIN

 

Este archivo fue descargado desde:

http://hermandadblanca.org/

http://hermandadblanca.org/archives/libros-del-tibetano/

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

2007

 

 

[1] Descrito en Química Oculta con el nombre de koilon.

[2] Equivalentes a ochenta millones de toneladas por metro cuadrado o sean aproximadamente unas 7.738,440 atmósferas de presión. (N. del T.)

[3] De estas burbujas se dice en La Doctrina Secreta que son los agujeros abiertos por Fohat en el espacio.

[4] En otro tiempo se le llamaba plano búdico

[5] Le dieron los alquimistas el nombre de astral, porque su materia es brillante como los astros comparada con la del mundo físico

[6] No se ha de confundir el éter físico con el éter del espacio cuya negación es la materia.