Los sueños. C. W. Leadbeater

LOS SUEÑOS

 

C.W. LEADBEATER

 

CAPITULO 1

 

INTRODUCCION

 

 

Muchos de los asuntos con los cuales los estudios teosóficos nos ponen en contacto, se hallan distanciados de los intereses de la vida cotidiana. Y a tal punto se llegan a distanciar que, a pesar de sentirnos atraídos hacia ellos por una fuerza que aumenta en progresión geométrica, cuanto más los conocemos y comprendemos, nos quedamos en el fondo de nuestra mente, poseídos, por así decirlo, de un vago sentimiento de irrealidad o, por lo menos, de inaccesibilidad, durante el tiempo que de ellos nos ocupamos. Cuando leemos sobre la formación del sistema solar, o sobre los movimientos de nuestra propia cadena planetaria, no podemos dejar de sentir que su estudio, si bien abstracto, es interesante y útil, pues nos muestra como el hombre llegó a ser lo que es, aunque sólo de forma indirecta su estudio se relacione con la vida que estamos viviendo aquí y ahora. Nada hay, sin embargo, que se oponga al presente estudio: todos los lectores de estas páginas han tenido sueños; y es incluso probable que muchos de ellos sueñen frecuentemente. Pueden estar por lo tanto intrigados o intere­sados en la explicación de los fenómenos del sueño, con la ayuda de la luz que sobre este tema arrojan las investigaciones en la línea de la teosofía. El método más conveniente para explicar los varios aspectos de nuestro asunto será tal vez el siguiente: primero considerar cuidadosamente los mecanismos físico, etérico y astral, a través de lo que las impresiones se transmiten a nuestra conciencia; segundo, ver como la consciencia, a su vez, influencia y utiliza este meca­nismo; tercero, notar el estado tanto de la consciencia, como de su mecanismo durante el sueño; y cuarto, investigar como son, en consecuen­cia, producidos los distintos tipos de sueños en el hombre. Porque estoy escribiendo para estudiantes de teosofía en general, me sentiré en libertad de escribir, sin mayores explicaciones, en los térmi­nos usuales entre nosotros, que presumo les serán familiares, pues de otro modo mi pequeño libro excedería con mucho sus límites prefija­dos. Si por el contrario, este texto cae en manos de un lector para el cual el uso de estos términos representa un handicap, le presento mis excu­sas, remitiéndole, para las aclaraciones preliminares, a cualquiera de las obras elementales sobre teosofía, como las de la señora Annie Besant: "La antigua sabiduría" o" EI hombre y sus cuerpos".

 

 

CAPITULO 2

 

EL MECANISMO

 

FISICO

 

 

Hablaremos en primer lugar sobre la parte física del mecanismo. Tenemos en nuestro cuer­po un gran eje central de materia nerviosa que termina en el cerebro; desde éste se extiende una fina red de hilos nerviosos en todas las direcciones. Estos son, según la ciencia moderna, los que por sus vibraciones transmiten hacia el cere­bro, las impresiones del exterior. El cerebro, una vez recibidas tales impresiones, las traduce en sensaciones o percepciones, de manera que si yo pongo la mano en un objeto que está caliente, no es realmente mi mano, sino mi cerebro, que está recibiendo información que le comunican las vibraciones, por intermedio de sus hilos tele­gráficos, que son los haces de nervios. Es importante, asimismo, considerar que todos los hilos nerviosos de nuestro cuerpo tienen la misma constitución, y que el haz especial llama­do óptico, que transmite al cerebro las impresio­nes producidas sobre la retina y así nos permite la visión, difiere de los haces nerviosos de la mano o del pié solamente en que a través de largos períodos de evolución fue especializado y capacitado para recibir y transmitir más rápidamente una serie de vibraciones, que a nosotros se nos hacen visibles en forma de luz. La misma observación es correcta en lo que se refiere a nuestros órganos sensoriales; los nervios de la audición, del olfato o del paladar, sólo se diferen­cian unos de otros en virtud de esta especializa­ción. En esencia todos son idénticos y cada cual cumple su tarea exactamente de la misma mane­ra, a través de la transmisión de vibraciones al cerebro. Así, el cerebro, que es el gran centro de nuestro sistema nervioso, es fácilmente influenciado por las vibraciones, por pequeñas que estas sean, de nuestra salud, y muy especialmente por aquellas que impliquen alteración en la circulación de la sangre. Cuando la corriente sanguínea en los vasos de la cabeza es regular y normal, el cerebro (y todo el sistema nervioso) está preparado para funcionar de forma ordenada y eficiente; pero si acontece cualquier perturbación, sea en la can­tidad o velocidad de la misma, se produce inme­diatamente el efecto correspondiente en el ce­rebro, y a través de éste en los nervios, a lo largo del cuerpo. Si, por ejemplo, hubiera un excesivo aumento del caudal sanguíneo que llega el cerebro, se producirá una congestión de los vasos, ocasio­nándose una irregularidad en el desempeño de su función; si se produjera una insuficiencia, el cerebro (y en consecuencia todo el sistema nervioso), quedará primeramente excitado y des­pués en estado letárgico. La calidad de la sangre es también de suma importancia. Al circular por el cuerpo, la sangre ejerce dos funciones principales: proveer de oxígeno y nutrir los diferentes órganos del cuerpo. Si fuera incapaz de desempeñar adecuada­mente una de estas dos funciones, sobrevendrá un desorden orgánico. Si fuera deficiente la cantidad de oxígeno que llega al cerebro, quedará éste sobrecargado de dióxido de carbono, sobreviniendo luego torpeza y letargo. Ejemplo de esto es la sensación de cansancio y somnolencia que se tiene frecuen­temente dentro de una habitación llena de gente y mal ventilada; debido al agotamiento de oxíge­no en el recinto, provocado por la respiración continua de tantas personas, el cerebro no reci­be la cantidad que necesita, volviéndose por esto incapaz de desarrollar las tareas que le compe­ten. Por otro lado, la velocidad de la sangre en los vasos influye en la actividad cerebral; si fuera excesiva provocará fiebre; si fuera demasiado lenta, tendrá lugar el letargo. Es obvio, por tanto, que nuestro cerebro (a través del cual, y conviene recordarlo, deben pasar todas las impresiones físicas) está fácilmente sujeto a ser perturbado y más o menos retrasado en el desempeño de sus funciones por causas aparentemente triviales - ­causas a las que es probable que muchas veces no prestemos atención, incluso durante las horas de vigilia - y que ciertamente ignoramos durante el sueño. Antes de continuar, debemos registrar otra peculiaridad de este mecanismo físico: la ten­dencia a repetir automáticamente las vibraciones a las que está acostumbrado a responder. Es a esta peculiaridad del cerebro a la que se le deben atribuir todos los hábitos y tendencias corporales, que son completamente indepen­dientes de la voluntad, y casi siempre difíciles de vencer. Conforme a lo que veremos, el papel que esta peculiaridad representa es aún más importante durante el sueño que en el estado de vigilia.

 

 

ETERICO

 

No es sólo a través del cerebro (como acaba­mos de mencionar) por donde las impresiones pueden ser recibidas por el hombre. Casi exac­tamente coexistente e interpenetrando su forma visible, hay un doble etérico (anteriormente lla­mado linga sharira en la literatura teosófica), el cual también tiene un cerebro que es, en verdad, no menos físico que el otro, aunque esté com­puesto de una materia en estado más sutil que el gaseoso. Si examinamos con la facultad psíquica el cuerpo de un recién nacido, le veremos permea­do, no sólo por materia astral en todos los grados de densidad, sino también por diferentes grados de materia etérica; y si nos tomáramos el trabajo de retroceder nuestro examen de esos cuerpos interiores hasta su origen, veremos que fue con esta última materia con la que los agentes de los señores del Karma hicieron el doble etérico (el molde para la construcción del cuerpo físico); mientras que en la materia astral, el ego descen­diente la incorporó (no por supuesto de modo consciente, sino por acción automática) en su paso por el mundo astral, y es de hecho, el mero desarrollo en este plano, de tendencias cuyas semillas fueron en él adormecidas durante sus experiencias en el mundo celeste, nivel en que era imposible que germinaran por falta de mate­ria, en el grado adecuado a su expresión. Ya se ha dicho que el doble etérico es el vehículo de la vida en el hombre, o de la fuerza vital (prana en sánscrito), y todo aquel que tiene facultades psíquicas desarrolladas, puede ver exactamente como ocurre esto. Verá el principio de la vida casi incoloro, aunque intensamente luminoso y activo, que constantemente se difun­de en la atmósfera de la tierra a través del sol. Verá como la parte etérica del bazo, en el ejerci­cio de su admirable función, absorbe esa vida universal especializándola en prana, a fin de ser más prontamente asimilable para el cuerpo; co­mo el prana recorre todo el cuerpo a lo largo de los hilos nerviosos, sobre la forma de minúsculos glóbulos de agradable color rosáceo, producien­do el calor de la vida, la salud y la actividad para penetrar los átomos del doble etérico; y como, cuando las partículas rosáceas son absorbidas, el éter vital superfluo, finalmente se irradia del cuerpo en todas las direcciones como una luz de color azul claro. Si examináramos después la acción de este éter vital, tendríamos razón para creer que la transmisión de las impresiones al cerebro de­pende más de su flujo regular a lo largo de la parte etérica de los hilos nerviosos, que de la mera vibración de las partículas de su parte más densa y visible, como generalmente se supone. Ocuparía demasiado espacio describir todas las experiencias que demuestran esta teoría; bastará la indicación de una o dos más simples, para demostrarles las principales líneas de di­rección. Cuando un dedo queda completamente entor­pecido por el frío, es incapaz de sentir; el mismo fenómeno de insensibilidad puede ser fácilmen­te producido por un hipnotizador; éste, por medio de algunos pases sobre el brazo del hipnotizado, consigue llevarlo a una condición en que puede ser atravesado por una aguja sin la más mínima sensación de dolor. ¿Por qué el hipnotizado no siente nada en ninguno de estos dos casos? Los hilos nerviosos aún están allí; en el primer caso fueron paralizados por el frío y por la ausencia de sangre en los vasos, se puede afirmar; pero esa no será ciertamente la causa en el segundo caso, en que el brazo conserva su temperatura normal y la sangre circula como habitualmente. Si recurrimos a la ayuda del clarividente será posible que obtengamos una explicación más próxima a la realidad. Diría el que la razón de que parezcan muerto el dedo congelado es que la sangre es incapaz de circular a través de los vasos, donde el éter vital dejó de fluir por los hilos nerviosos; debemos pues recordar que a pesar de ser invisible la materia en estado etérico a la vista del común de los mortales, ella es todavía puramente física, y está por tanto sujeta a sufrir la influencia del frío y del calor. En el segundo caso diría que, al hacer los pases que insensibilizan el brazo del hipnotiza­do, lo que el hipnotizador realmente hace es inducir su propio éter nervioso en el brazo o su magnetismo, conforme se ha denominado, ale­jándolo así del hipnotizado. El brazo está aún activo y con vida, porque a través de él fluye el éter vital; pero ya no es el propio éter vital del hipnotizado, y no se encuentra, por lo tanto, en "rapport" con el cerebro, dejando de haber, consecuentemente, una sensación en el brazo. Parece entonces evidente que aunque no sea absolutamente el propio éter vital el que realiza el trabajo de transportar las impresiones exter­nas hacia el cerebro del hombre, la presencia de él especializada por este mismo hombre, es ciertamente necesaria para aquella transmisión a lo largo de los hilos nerviosos. Ahora, así como cualquier cambio en la circu­lación de la sangre influye en la receptividad de la materia más densa del cerebro, codificando la seguridad de las impresiones venidas a través suyo, del mismo modo, los cambios en el volumen o la velocidad de las corrientes de vida, ejercen influencia en la parte etérica del cerebro. Por ejemplo: cuando la cantidad de éter nervioso especializado por el bazo cae, por alguna razón, por debajo de la media, inmediatamente se hace sentir debilidad o cansancio físico; y si en tales circunstancias ocurre también que es au­mentada la velocidad de su circulación, el hom­bre se vuelve hipersensible, altamente irritable e incluso histérico; y siendo él, en semejante esta­do, mucho más sensible de lo que lo es normal­mente a las presiones físicas, esa es la razón por la que una persona enferma pueda tener visio­nes o ver apariciones completamente imperceptibles a otras que gocen de buena salud. Si por otro lado, el volumen y la velocidad del éter vital, son reducidos al mismo tiempo, el hombre experimenta un fuerte cansancio, y que­da menos sensible a las influencias externas, y con una sensación general de extrema debilidad para prestar la menor atención a lo que sucede. Es preciso recordar que la materia etérica de la que hablamos, es materia más densa, general­mente reconocida como perteneciente al cere­bro. Son ambas, en verdad, partes de un sólo y mismo organismo físico; y, por lo tanto, cual­quier alteración en una de ellas, repercute ins­tantáneamente en la otra. No puede haber, por consiguiente, certeza de que las impresiones serán correctamente transmitidas por medio de este mecanismo, a menos que sus partes estén ambas operando en completa normalidad; el funcionamiento irregular de una, puede fácil­mente entorpecer o perturbar la receptividad del mecanismo, empañando o retorciendo las imá­genes que le son presentadas. Además de esto, como va a ser ahora explicado, está él mucho más sujeto a tales aberraciones, durante el sue­ño, que en el estado de vigilia.

 

 

ASTRAL

 

 

Otro mecanismo a ser considerado es el lla­mado cuerpo astral, comúnmente llamado cuer­po de los deseos. Como su nombre indica, este vehículo se com­pone de materia astral exclusivamente, y es con efecto a la expresión del hombre en el plano astral, así como el cuerpo físico lo es en los nive­les inferiores del plano físico. Al estudiante de teosofía, una buena dosis de dificultad les será ahorrada, si aprende a mirar esos diferentes vehículos simplemente como una manifestación actual del ego en los respec­tivos planos. Si comprende, por ejemplo, que el cuerpo causal (a veces llamado huevo áurico) es el vehículo real del ego reencarnante y donde él habita mientras permanece en el plano que es su verdadera casa: los niveles superiores del mun­do mental; pero, al descender a los niveles infe­riores debe el ego, a fin de poder funcionar en ellos, revestirse de la materia correspondiente, materia así atraída le proporciona el cuerpo men­tal. De forma semejante, descendiendo al plano astral, forma el cuerpo astral o cuerpo de los deseos, con la materia respectiva sin por ello retener todavía, como es obvio, todos los otros cuerpos. Con el descenso subsecuente al plano íntimo se forma el cuerpo físico en el centro del huevo aúrico, que contiene así al hombre com­pleto. El vehículo astral es todavía más sensible a las impresiones externas que los cuerpos físico y etérico, pues es él la propia sede de todos los deseos y emociones, el hilo de ligazón a través del cual puede el ego coger las experiencias de la vida física. El cuerpo astral, peculiarmente susceptible a la influencia de las corrientes de pensamiento que pasan, y cuando la mente no ejerce el necesario dominio sobre él, está reci­biendo perpetuamente esos estímulos desde afuera, a los cuales responde ardientemente. También este mecanismo, como los otros, se deja influenciar más fácilmente durante el sueño del cuerpo físico. Varias observaciones lo de­muestran. Sugestivo ejemplo es el caso recien­temente relatado al autor sobre las dificultades que un hombre enfrentó para dejar la bebida. Después de un largo período de abstinencia, consiguió sofocar enteramente el deseo físico del alcohol, al punto de que en estado de vigilia, sentía absoluta repulsa hacia él. Verificó, sin embargo, que a menudo, todavía soñaba estar bebiendo; y durante el sueno sentía renacer el antiguo y horrible placer de tal degradación. De día aparentemente, el deseo era mantenido bajo el freno de su voluntad, y formas de pensamiento elementales que pasaban por allí eran incapaces de causarle impresión alguna; pero en el sueño, sintiéndose liberado, el cuerpo astral escapaba del dominio del ego y de tal modo resumía su natural y extrema susceptibilidad, que fácilmente se volvía presa de las influencias nocivas, de ahí el imaginar experimentando una vez más los placeres mórbidos de su detestable vicio.

 

 

CAPITULO 3

 

EL EGO

 

 

Las diferentes piezas del mecanismo, son to­das realmente meros instrumentos del ego mien­tras el dominio de estas sobre ellas esté aún muy incipiente. Importa por ello tener siempre pre­sente que el ego es una entidad en desarrollo, no pasando en la mayoría de nosotros de ser una simple semilla de lo que un día llegará a ser. Una estancia del libro de Dzyan dice: "aquellos que no recibieron sino una chispa permanecerán desprovistos de entendimiento: la chispa brillaba débilmente"; y la señora Blavatsky explica: "a­quellos que no recibieron sino una chispa consti­tuyen la base humana que tiene que adquirir su intelectualidad mediante la presente evolu­ción manvantárica" (La doctrina Secreta, Cap. 2). En el caso de la mayoría, la chispa está ardien­do aún muy floja, y muchas eras transcurrirán antes de que su lento crecimiento alcance el estado de una llama fija y resplandeciente. Es verdad que en la literatura teosófica hay pasajes que parecen dar a entender que nuestro ego superior no necesita evolución, siendo ya perfecto y divino en su propio plano; pero donde quiera que tales expresiones hayan sido usadas sea cual fuera la terminología empleada, debe aplicarse tan sólo al alma, el verdadero dios dentro de nosotros, que, ciertamente, está mucho más allá de la necesidad de cualquier espe­cie de evolución de la que podamos saber. El ego reencarnante, sin duda evoluciona, pu­diendo ser claramente visto el proceso de su evolución por los que desarrollaron la visión clarividente, en la medida necesaria a la perfec­ción de lo que existe en los niveles superiores del plano mental. Como ya fue observado, es de materia de este plano (si le podemos dar el nombre de materia) de lo que se compone el cuerpo causal, relativamente permanente, que el ego lleva con él a través de nacimientos y naci­mientos hasta el estadio final evolutivo humano. Pero aunque todo ser individualizado deba po­seer necesariamente cuerpo causal (pues es su posesión lo que constituye la individualidad), la apariencia de ese cuerpo no es la misma en todos los casos: en el hombre común no desarro­llado sus contornos son imprecisos, y malamente se distinguen incluso entre los dotados de visión que les abra los secretos de aquel plano; por lo tanto no pasa de ser una simple película incolora, apenas lo bastante para mantener su conexión y constituir una individualidad reencarnante y no más (véase "El hombre visible invisible", láminas 5 y 8). Sin embargo, cuando el hombre comienza a desarrollar su intelectualidad, o incluso su intelecto superior, sobreviene un cambio. El Individuo real comienza a tener una característica propia, y las partes de las que fueron modeladas en cada una de sus personalidades por las circunstancias ambientales, inclusive la educa­ción: y aquella característica es representante por el tamaño, color, luminosidad y precisión del cuerpo causal, del mismo modo que de la perso­nalidad se muestra el cuerpo mental, con la diferencia de que el primer vehículo superior es naturalmente, más bello y sutil (véase "Ibidem", lámina XXI). Sobre otro aspecto difiere también de los cuerpos inferiores: en ninguna de las circuns­tancias ordinarias puede el mal manifestarse a través de él. El peor de los hombres ha de mos­trarse en este plano superior solamente como entidad no desarrollada; sus vicios, aunque transmitidos de vida a vida, no pueden manchar su vehículo superior, apenas volverán más difícil el desarrollo de las virtudes opuestas. Por otro lado, la perseverancia en el camino recto se refleja inmediatamente en el cuerpo causal; en el caso del discípulo que progresó en la senda de la santidad, es una visión maravillosa que transciende toda concepción terrenal (Ipid., lámina XXVI); y en el adepto, es una deslumbran­te esfera de luz y de vida, cuya gloria radiante no hay palabras que lo describan. Aquel que con­templó una vez un espectáculo tan sublime como este y puede también ver a su alrededor indivi­duos en todas las fases de desarrollo desde esa película incolora de la persona vulgar, jamás alimentará dudas en cuanto a la evolución del ego reencarnante. El poder que tiene el ego sobre sus diversos instrumentos y, por lo tanto, la influencia que en ellos ejerce, es naturalmente poco apreciable en los estados iniciales. Ni su mente ni sus pasiones están sobre su control total; en verdad, el hombre común casi no hace esfuerzos para frenarlos, sino que se deja llevar por aquí y por allá, como sugieren sus pensamientos o deseos de orden inferior. De esto se difiere porqué en el sueño las diferentes piezas del mecanismo se encuentran libres para operar casi enteramente por cuenta propia, sin dependencia del ego, y el estado de su progreso espiritual es uno de los factores que tenemos que ponderar en la cuestión de los sueños. Es importante considerar también la parte que el ego desempeña en la formación de nuestras concepciones de objetos externos. Debemos recordar que las vibraciones de los hilos nervio­sos simplemente se limitan a comunicar impre­siones al cerebro, y que pertenece al ego, actuando a través de la mente, la tarea de clasificar­las, combinarlas y recombinarlas. Cuando por ejemplo, yo miro por la ventana y veo una casa y un árbol, inmediatamente las identifico, aunque la información transmitida a mí por los ojos sea por si sola insuficiente para esta identificación. Lo que sucede es que ciertos rayos luminosos (esto es, corrientes de éter vibrando en determinada longitud de onda) son reflejados por aquellos objetos e hieren la retina de mi ojo, y los hilos nerviosos sensibles se ocupan de conducir estas vibraciones al cerebro. ¿Pero qué es lo que ellos nos tienen que decir? La información que realmente transmiten es la de que en determinada dirección existen blo­ques de colores variados, limitados por contor­nos más o menos definidos. Es la mente la que en virtud de experiencias pasadas, es capaz de discernir que un objeto particular de superficie blanca representa una casa, y otro rodeado de verde a un árbol; y que son ambos probablemente de uno u otro orden de tamaño, situándose a esta o aquella distancia de donde me encuentro. Aquel que es ciego de nacimiento, que adquie­re la visión por medio de una operación, queda durante largo tiempo sin saber que son los objetos que ve, y no puede enjuiciar a que distancia se encuentran. Se da el mismo caso con los recién nacidos. Les vemos muchas veces queriendo agarrar cosas que están fuera de su alcance (la luna por ejemplo); pero a medida que van creciendo, aprenden inconscientemente por la experiencia, el tamaño probable de las for­mas por él vistas. E incluso las personas adultas pueden con facilidad engañarse en cuanto a la distancia y la dimensión de cualquier objeto que no les sea familiar, especialmente si lo ve con luz difusa e incierta. Se comprende por lo tanto que la visión sólo por sí misma, no es en absoluto suficiente para una percepción exacta; y que el discernimiento del ego, actuando a través de la mente, es lo que conduce a la identificación de las cosas vistas. Y ese discernimiento, además de esto, no es un instinto peculiar de la comparación inconsciente de muchas experiencias, puntos que deben ser objetos de cuidadosa atención cuando llegue­mos a la próxima división de nuestro asunto.

 

 

CAPITULO 4

 

EL SUEÑO

 

Cuando el hombre entra en sueño profundo, conforme a abundantes testimonios de la obser­vación de los clarividentes, los principios supe­riores como el vehículo astral, invariablemente se ausentan del cuerpo físico, en cuya proximi­dad quedan flotando. Es en verdad al proceso de este alejamiento a lo que generalmente llama­mos "ir a dormir". Al considerar el fenómeno de los sueños, debemos tener en la mente esta situación, para ver como ella influye en el ego y en sus varios mecanismos. Así, en el caso que vamos a examinar, presumimos que nuestro sujeto está inmerso en un sueño profundo, permaneciendo el cuerpo físico quieto en la cama (incluso aquella parte sutil que se acostumbra a llamar doble etérico), mientras que el ego en el cuerpo astral, flota encima con la misma tranquilidad. ¿Cual será en tales circuns­tancias la condición de la conciencia de aquellos diversos principios?.

 

 

EL CEREBRO

 

Cuando el ego dejó de dominar el cerebro, no perdió éste enteramente la conciencia, como tal vez pudiéramos esperar. Se evidenció en varias experiencias que el cuerpo físico está dotado de una cierta conciencia intrínseca, enteramente distinta del ego y distinta también del mero agregado de la conciencia de sus células. Observó el autor durante varias ocasiones, el efecto de esta conciencia, al presenciar una extracción de dientes bajo la acción de un gas anestésico. El cuerpo dejó escapar un grito con­fuso y las manos se irguieron en un movimiento instintivo, indicando claramente que hasta cierto punto fue sentida la operación. Pero cuando el ego reasumió el mando veinte minutos después, declaró que no había sentido absolutamente nada. Se que tales movimientos son general­mente atribuidos a la acción refleja, y semejante afirmación acostumbra a ser aceptada como si fuese una explicación real; la verdad, sin embar­go, es que no pasa de ser una frase cuyas palabras no aclaran nada de lo que realmente ocurrió. Tal conciencia, por lo tanto, aún funciona en el cerebro físico, aunque el ego esté flotando enci­ma de él. Pero su alcance es sin duda mucho menor que el del hombre propiamente dicho, y, consecuentemente todas aquellas causas antes mencionadas como de probable repercusión en la actividad del cerebro, son entonces capaces de influenciarlo en mucha mayor escala. La más ligera alteración en la alimentación o en la circu­lación de la sangre, produce ahora graves trastornos, y es por esto que la indigestión, perturbando el flujo sanguíneo, da origen a sueños agitados o malos sueños con frecuencia. Pero aunque alterada, esta extraña y desorde­nada conciencia, presenta muchas peculiari­dades dignas de tomar en cuenta. Su acción parece en gran medida automática, y sus resul­tados habitualmente incoherentes, desconexos y confusos en extremo. Parece incapaz de apren­der una idea excepto cuando reviste la forma de una escena en que él es el propio actor; y de ahí el porqué todos los estímulos, sean de dentro o de fuera, son inmediatamente traducidos en imá­genes perceptibles. Es incapaz de asimilar ideas abstractas o de retener recuerdos de este orden, las cuales se convierten en nociones imagina­rias. Si por ejemplo, la idea de la gloria pudiera ser sugerida a esta conciencia, no tomará forma sino como una visión de algún ser glorioso, apareciendo delante del soñado; si fuera un pensamiento de odio, éste solamente será apreciado como una escena en la cual un actor imaginario manifestó un violento rencor hacia el soñador. Además de esto, toda dirección local del pensamiento significa para él de modo absoluto un transporte espacial. Si durante las horas de vigilia pensamos en la China o en Japón, es como si nuestro pensamiento, en ese mismo instante, estuviera en esos países; sin embargo, sabemos perfectamente que nuestro cuerpo no sale de donde se encontraba un momento antes. En el estado de conciencia ahora considerado, el ego no se encuentra presente para distinguir y comparar las impresiones más groseras, por consiguiente, cualquier pensamiento transitorio sugerido a la China o a Japón, puede represen­tarse apenas como un transporte instantáneo y efectivo hacia aquellos países, el soñador allí se encontraría de repente, rodeado de todas las circunstancias propias que en este momento pudiera recordar. Se ha notado que aunque espantosas transiciones de este tipo son demasiado frecuentes en los sueños, jamás el soñador parece sentir cualquier sorpresa o imprevisto por ellas. Este fenómeno es fácilmente explicable cuando se ha examinado a la luz de observacio­nes como las presentes, porque en la restrictiva conciencia del cerebro físico, no existe nada que nos pueda comportar tal sentimiento de sorpresa: simplemente él percibe las escenas como se presentan delante de él, careciendo de discernimiento para enjuiciar su secuencia o falta de ella. Otra fuente de extraordinaria confusión visible en esta semiconciencia, es la manera en la que en ella opera la ley de asociación de ideas; es familiar para todos nosotros la notable acción instantánea de esta ley en la vida de vigilia; sabemos como una palabra casual, una nota musical e incluso el perfume de una flor, pueden ser suficientes para redespertar en la mente una cadena de recuerdos hace mucho tiempo olvi­dados. Durante el sueño, en el cerebro, esa ley está siempre activa, pero funciona bajo curiosas limi­taciones. Todas las asociaciones de ideas abs­tractas o concretas se convierten en una mera combinación de imágenes; y, porque nuestra asociación de ideas actúa casi siempre por sincronismo, en forma de acontecimientos que se suceden unos a otros, aunque realmente sin ninguna interconexión, fácilmente se concibe común la ocurrencia de inexplicables confusio­nes de imágenes, tanto o más como que es prácticamente infinito su número, y todo lo que se puede extraer de esa inmensa reserva de memoria, aparece bajo la forma de imágenes. Como es natural, una tal sucesión de cuadros raramente permite una reconstrucción perfecta en la memoria, porque a nada ayuda la ausencia de orden; la diferencia de lo que sucede en vigi­lia, es que no hay dificultad para recordar una frase o verso asociados, aunque hayan sido oídos una sola vez; mientras que si se recurre a un sistema nemotécnico, sería casi imposible reconstruir con exactitud un simple aglomerado de palabras sin sentido en circunstancias seme­jantes. Otra peculiaridad de esa curiosa conciencia del cerebro, es que es singularmente sensible a muchas pequeñas influencias externas, él todavía las aumenta y las transforma a un grado casi increíble. Todos los que escribieron al respecto de los sueños citan ejemplos de esto; y con seguridad, alguno de éstos serán del conoci­miento de cuantos han dedicado atención a este asunto. Entre las historias más comunes que se han escuchado, existe la de un hombre que tuvo un sueño angustioso de estar siendo ahorcado por­que el cuello de su camisa estaba demasiado ajustado; y de otro que exageró una herida que le fue infligida durante un duelo; y de otro que transformó un pequeño pellizco en una morde­dura de un animal feroz. Maury cuenta que cierta vez la barra de la cabecera de la cama en que dormía, se soltó tocando levemente su cuello, pero que este insignificante contacto dio origen a un terrible sueño sobre la revolución francesa  en el que sentía que estaba siendo guillotinado. Relata otro autor que muchas veces despierta con el recuerdo confuso de sueños llenos de ruidos, voces altas y sonidos irritantes, y que durante mucho tiempo no le fue posible descu­brir la causa; pero al final consiguió relacionarlos con el sonido murmurante producido en el oído, tal vez por la circulación de la sangre, cuando tumbado sobre la almohada escuchaba un poco más alto el mismo murmullo que se oía cuando una concha se acerca al oído. En este punto ya se habrá evidenciado que es en el propio cerebro físico donde tienen sede un sinnúmero de exageradas confusiones en la historia de muchos fenómenos oníricos.

 

EL CEREBRO ETERICO

 

Es obvio que esta parte del organismo tan sensible a todas las influencias, incluso durante nuestras horas de vigilia, debe ser aún más susceptible durante el estado del sueño. Examinando el cerebro etérico en tales cir­cunstancias por un clarividente, se observó que por él están siempre pasando corrientes de pensamientos; no hay pensamientos propios, pues le falta el poder de pensar, pero hay pensa­mientos ocasionales que flotan a su alrededor. Es una verdad perfectamente conocida por los estudiantes de ocultismo, que "los pensamien­tos son cosas", porque todo pensamiento queda impreso en la esencia elemental plástica, y gene­ra una entidad con vida temporal, cuya duración depende de la energía del pensamiento-impulso. Vivimos, por lo tanto, en medio de un océano de pensamientos ajenos, los cuales, estemos dor­midos o despiertos, se presentan constantemen­te a la parte etérica de nuestro cerebro. Mientras estamos pensando activamente, y tenemos así nuestro cerebro perfectamente ocu­pado, este se vuelve prácticamente impermea­ble a la incesante intromisión de pensamientos desde afuera; pero a partir del momento en que lo dejamos ocioso, la corriente caótica comienza su invasión. Entre los pensamientos, hay muchos que no son asimilables y que pasan casi desaper­cibidos; de cuando en cuando, sin embargo, sobreviene uno que provoca vibraciones a las que no está acostumbrada la parte etérica del cerebro, y éste lo incorpora como propio y lo aumenta de intensidad. Tal pensamiento, a su  vez, sugiere otro, y así, toda una serie de ideas comienzan hasta que eventualmente también se disipan. Entonces, la corriente desconexa y con­fusa recomienza a fluir a través del cerebro. La gran mayoría de las personas, si prestaran atención a lo que habitualmente consideran sus pensamientos íntimos, verán que ellos consisten en gran medida en una corriente ocasional como aquella, que en verdad no es de pensamientos propios, pero se compone de meros fragmentos dispersos de los de otras personas. Porque el hombre ordinario no tiene dominio sobre su men­te; casi nunca sabe exactamente lo que está pensando en determinado momento, o porqué le viene tal o cual pensamiento; en vez de orientar la mente hacia un rumbo certero, consiente en que ella vague sin voluntad y sin objetivo. Y así cualquier semilla adventicia traída por los vien­tos, encuentra terreno propicio para germinar y fructificar. El resultado es que aún cuando el ego real­mente desee alguna vez pensar ordenadamente sobre un asunto en particular, se ve prácticamen­te imposibilitado de hacerlo; de un lado a otro convergen súbitamente todo tipo de pensamientos errantes, y no acostumbrado a dominar la mente, carece de fuerzas para detener su caudal. No sabe que el verdadero pensamiento se caracteriza por la concentración; y no habiendo ésta, aquella debilidad de la mente y de la voluntad, hace que para el hombre común sean tan difíci­les los primeros pasos en el sendero del progre­so oculto. Además de esto, ya que en el presente estado de evolución del mundo, hay probable­mente, más pensamientos malos que buenos en circulación alrededor de él, semejante debilidad de la mente transforma al hombre en un ser expuesto a toda suerte de tentaciones, que serían del todo evitadas si hubiese un poco de atención y esfuerzo. En el sueño, entonces, la parte etérica del cerebro se encuentra aún más que normalmente a merced de aquellas corrientes de pensamien­to, dado que en esta situación, el ego está en asociación menos íntima con él. Hecho curioso mostrado en experiencias re­cientes, es el de que si por cualquier circunstan­cia son esas corrientes alejadas de la parte eté­rica del cerebro, éste no permanece absoluta­mente pasivo, sino que evoca para sí mismo escenas  de su almacén de memorias pasadas. Más adelante daremos ejemplos en este sentido describiendo algunas de las experiencias.

 

 

EL CUERPO ASTRAL

 

Como hemos dicho anteriormente, es en este vehículo en el que el ego funciona durante el sueño y es generalmente visto por aquellos cuya visión interna esté abierta, flotando en el aire por encima del cuerpo físico en la cama. Su aparien­cia, sin embargo, varía bastante según el grado de evolución alcanzada por el ego. En el caso de un ser humano atrasado y aún por desarrollarse, no es más que una nube vaporosa e imperfecta con forma ovoide, de contornos muy irregulares y mal definidos; y la figura central (la contraparte astral más densa del cuerpo físico), rodeada por una nube, es también vaga a pesar de ser reconocible. El cuerpo astral sólo es receptivo a las vibraciones más groseras e impetuosas del de­seo, y es incapaz de alejarse unos metros más allá del cuerpo físico; pero a medida que se evoluciona, la nube ovoide va ganando contor­nos más definidos, y la figura en el interior asume el aspecto de una imagen casi perfecta del cuerpo físico. Al mismo tiempo aumenta su receptividad y pasa a responder instantáneamente a las vibraciones de su plano, desde la más sutil a la más abyecta, si bien en el cuerpo astral de un Ser humano altamente evolucionado, ya no existe prácticamente materia grosera para responder a las vibraciones de este último tipo. Se hace mayor también su poder de locomoción, y es capaz de viajar sin dificultad a considerables distancias de su vehículo físico, y regresar trayendo impresiones más o menos exactas de los lugares visitados y de las personas con quienes se ha encontrado. En todos los casos, es el cuerpo astral extre­madamente impresionable por cualquier pen­samiento o sugestión que implique deseo, aun­que en algunas personas los deseos de más fácil repercusión sean de carácter más elevado que en otras.

 

 

EL EGO DURANTE EL SUEÑO

 

 

La condición del cuerpo astral durante el sue­ño es en sobremanera variable a medida que progresa en la evolución; pero la del ego que en él habita varía aún más. Estando aquel bajo la forma de una nube que flota, permanece el ego casi dormido, como el cuerpo físico; es ciego a las visiones y sordo a las voces de su propio mundo superior. Si alguna idea perteneciente a este mundo, por casualidad le alcanzase, esca­pándose del control del respectivo mecanismo, no tendría medios de imprimirla en el cerebro físico para recordarla al despertar. Si un hombre en este estado primitivo captase algo de todo aquello que le sucede durante el sueño, sería casi invariablemente el resultado de meras im­presiones físicas, internas o externas, recibidas por el cerebro, olvidada cualquier posible expe­riencia del ego real. En casi todas las fases pueden ser observados los que duermen, desde la del total olvido de las cosas, hasta la de la plena y perfecta conciencia en el plano astral, si bien sea relativamente rara esta última. Hasta incluso lo bastante consciente de la importantes experiencias por las que muchas veces haya pasado en este plano superior, pue­de el hombre eventualmente, lo que no es raro que ocurra, sentirse impotente hasta cierto punto para ejercer dominio sobre el cerebro en el sentido de refrenar sus formas-pensamientos irracionales, sustituyéndolas por las que desea­se recordar. Y así, una vez despierto, al cuerpo físico sola­mente le resta el más confuso recuerdo, o incluso ninguno, de lo que efectivamente sucedió. Y es una pena que así suceda, porque se le pueden deparar muchas cosas de la mayor importancia e interés para él. No sólo le es posible visitar escenarios distan­tes de extraordinaria belleza, sino incluso mantener e intercambiar ideas con amigos vivos o muertos que estén igualmente despiertos en el plano astral. Es probable que obtenga felicidad al encontrar personas cuyos conocimientos sean superiores a los suyos, y le proporcione consejos e instrucciones; puede, por otro lado gozar del privilegio de ayudar y consolar a los que saben menos que él. Y también entrar en contacto con entidades no humanas de varias especies: espíritus de la naturaleza, elementales artificiales, o incluso devas, aunque raramente. Estará más sujeto a varios tipos de influencias benéficas o maléficas, estimulantes o aterrorizantes.

 

 

EL EGO Y SU TRASCENDENTAL

MEDIDA DEL TIEMPO

 

Tanto si guarda o no recuerdo de alguna cosa cuando esté físicamente despierto, el ego está dotado de plena, o al menos parcial con­ciencia del ambiente astral; está empezando a entrar en posesión de su patrimonio de poderes, que transcienden con mucho aquellos de que aquí dispone; pues su conciencia, cuando es así liberada del cuerpo físico, disfruta de amplias posibilidades. Su medida del tiempo y el espacio es totalmente diferente de la que es normal durante nuestra vida de visita. Desde nuestro punto de vista es como si para él no existiese el tiempo ni el espacio. No cabe aquí discutir, ni deseo hacerlo, el tema, por más que resulte interesante, para poder afirmar si el tiempo realmente existe, la muerte, parece adoptar una medida trascendental del tiempo que nada tiene en común con nuestra medida fisiológica. Para comprobarlo, centenares de historias pueden ser recordadas; basta mencionar dos; una bien antigua relatada, creo yo, por Addison en "The Spectator", y la otra que hace referencia a un acontecimiento que ocurrió en época bien reciente y que fue reflejado por la prensa.

 

 

EJEMPLOS ILUSTRATIVOS

 

Existe en el Corán, parece ser, la maravillosa narración de una visita que en la mañana de cier­to día hizo al cielo el profeta Mahoma. Allí vio muchas y diferentes regiones sobre las cuales oyó amplias y completas historias; también tuvo largos coloquios con los ángeles. Mientras tanto, cuando volvió al cuerpo físico, notó que la cama de donde se levantaba aún estaba caliente y verificó que habían transcurrido apenas unos segundos; se dio cuenta, en efecto, que no había acabado de vaciarse un jarro de agua, que él accidentalmente había derramado al partir hacia la expedición. La historia de Addison cuenta como un sultán de Egipto, declarando que era imposible creer aquello que escuchó, pasó en tono desabrido a apostofrar de mentirosa la narrativa de su ins­tructor religioso. El instructor, notable y erudito doctor en leyes, dotado de poderes milagrosos, quiso al instante probar al incrédulo monarca que la historia no era absolutamente imposible. Trajo consigo un gran barreño de agua y le pidió al sultán que metiera en él la cabeza y la retirase lo más deprisa posible. El rey se puso de acuerdo en meter la cabeza dentro del barreño de agua y, para su gran sorpresa, se vio inmedia­tamente en un lugar que jamás conoció, una larga playa cercana al pié de una gran montaña. Después de volver en sí de su asombro, la idea más natural que le pasó por la mente, como soberano oriental, fue la de haber sido hechizado; comenzó entonces a proclamar contra la innominable traición del sabio. Pero el tiempo transcurría; sintió hambre, y no le quedaba otra alternativa sino salir en busca de alimento en esa extraña región. Después de errar durante algún tiempo, dio con unos hombres que se ocupaban en derrum­bar árboles en un bosque. A ellos se dirigió pidiéndoles ayuda. Aceptaron la propuesta y le llevaron en su compañía hasta la ciudad en que residían. Allí quedó él viviendo y trabajando durante años; economizó dinero y más tarde contrajo matrimonio con una mujer rica. Pasó mu­chos años felices de vida matrimonial, constituyendo una pequeña familia de catorce hijos; pero después de perder su esposa y sufrir muchas adversidades, por fin reducido a la miseria, fue obligado, ya en edad adulta a volver al antiguo oficio de cargador de leña. Un día cuando paseaba junto al mar se quitó la ropa y se zambulló en el agua para darse un baño. Al erguir la cabeza y sacudir los ojos, se que­dó pasmado de verse en pié en medio de sus antiguos cortesanos con el viejo instructor a su lado y el recipiente con agua enfrente. No es de extrañar que sólo después de algún tiempo le fuese posible creer que todos aquellos años de incidentes y aventuras no pasaron de ser el sueño de un momento, provocado por la suges­tión hipnótica del instructor, y que él realmente no hiciera sino meter la cabeza por un instante en el recipiente con agua y erguirla a continua­ción. Una buena historia que sirve para ilustrar lo que hemos dicho antes; cierto es, sin embargo, que no tenemos pruebas para demostrarlo. Es bien diferente lo que le ocurrió otro día a un conocido hombre de ciencia. Tuvo que some­terse a la extracción de dos dientes, para lo que le fue aplicada la anestesia apropiada. Interesa­do en problemas de este tipo, decidió observar cuidadosamente sus sensaciones durante el curso de la operación; pero en el momento en que inhaló el gas, se apoderó de él tal entorpeci­miento que olvidó inmediatamente su intención, pareciendo caer en un sueño profundo. Despertó a la mañana siguiente, conforme él supuso, y salió como de costumbre a reanudar sus trabajos y experiencias científicas, dar con­ferencias en varias corporaciones eruditas, etc., todo con un exaltado sentimiento de alegría y de redoblada capacidad: la conferencia representó un notable triunfo; cada experiencia condujo a nuevos y magníficos descubrimientos; se suce­dieron a este ritmo los días y las semanas duran­te un considerable período, aunque el tiempo exacto no se pudiera precisar. Hasta que finalmente, cuando estaba haciendo una exposición delante de los miembros de la Real Sociedad se vio importunado por el insólito comportamiento de uno de los presentes que le perturbó diciendo: "ahora todo está terminado"; y deteniéndose para saber que significaba tal observación, oyó otra voz que decía así: "ambos están fuera". Fue entonces cuando se dio cuenta de que se encontraba sentado en la silla del dentista: todo aquel período de intensa actividad él lo había vivido en cuarenta segundos exactamente. Se puede decir que ninguno de estos casos fue propiamente un sueño común. Pero acontecimientos semejantes se dan frecuentemente en los sueños comunes, habiendo, por consiguiente, innumerables testimonios que lo comprue­ban. Steffens, uno de los autores alemanes que se ocuparon de este asunto, relata que, aún siendo niño, dormido al lado de su hermano, soñó que estaba siendo perseguido por un terrible animal feroz, en una calle lejana. Huyó poseído por un  gran pánico y sin poder gritar, hasta que alcanzó una escalera en la cual se subió; pero exhausto por la carrera y por el terror, fue agarrado por el animal, que le mordió gravemente en el muslo. Se despertó asustado, y vio entonces que su her­mano le había pellizcado el muslo. Richers, otro escritor alemán, cuenta la historia de un hombre a quien el estampido de un tiro le despertó, siendo este momento el final de un largo sueño en el cual él se hiciera soldado, desertara, y, vencido por un inmenso cansancio, fuera capturado y sometido a proceso, condena­do y finalmente fusilado; todo este gran drama se desarrolló hasta el instante en que le despertó del sueño el sonido del tiro. Existe también la historia del hombre que se durmió en un sillón mientras fumaba un cigarro, y que después de soñar con la existencia de inci­dentes durante años y años, se despertó con el cigarro todavía encendido. Casos como estos se pueden multiplicar en número casi infinito.

 

 

EL PODER DE LA DRAMATIZACIÓN

 

 

Otra notable peculiaridad del ego a acrecentar su trascendental medida del tiempo, es sugeri­da por algunas de estas historias y viene a ser su facultad, o tal vez sea mejor decir su costumbre de dramatizar, instantánea. Se observará en los casos de los disparos y en el pellizco, que precisamente acabamos de referir: el efecto físico que despertó a la persona surgió como el clímax de un sueño que aparentemente se prolongó duran­te un largo espacio de tiempo, mientras que en verdad, fue obviamente sugerido por el propio efecto físico. La noticia, por así decirlo, de este efecto físico, tanto si ha sido un sonido como un contacto, fue comunicado al cerebro por los hilos nerviosos, y semejante transmisión exige cierto lapso de tiempo, sólo una insignificante fracción de se­gundo sin duda pero aún así, una cantidad  definida que es calculable y mesurable por los delicadísimos instrumentos usados en la moderna investigación científica. El ego, cuando está fuera del cuerpo, es capaz de percibir con abso­luta instantaneidad, y sin uso de los nervios; consecuentemente, se da cuenta de lo que ocurre justamente en aquella infinitesimal fracción de segundo antes que la información llegue  cerebro físico. En ese inapreciable espacio de tiempo, parece que él compone una especie de drama o serie de escenas, que culminan y finalizan en el evento que despierta al cuerpo físico; y después de despertar sufre la limitación de los órganos de este cuerpo, volviéndose incapaz de distinguir en la memoria entre lo subjetivo y lo objetivo y de ahí imaginar haber realmente participado en el drama durante el sueño. Ese estado de cosas, con todo, parece ser peculiar al ego que desde el punto de vista espiritual está aún relativamente subdesarrolla­do; a medida que ocurre la evolución, y el hombre real pasa a comprender su posición y sus responsabilidades, trasciende él la fase de los alegres pasatiempos de la infancia. Se asemeja al hombre primitivo, que ve todo fenómeno natural bajo la forma del mito: el ego no evolucionado drama­tiza todos los eventos que caen en sus manos. Pero el hombre que alcanzó la continuidad de la conciencia, se encuentra de tal modo absorto en su trabajo en los planos más elevados, que no le sobra energía para otras cosas y por eso deja de soñar.

 

 

FACULTADES DE PREVISIÓN

 

 

Otro resultado del método paranormal de medir el tiempo consiste en la posibilidad de que el ego haga previsiones dentro de ciertos límites. Presente, pasado y futuro se abren ante él siem­pre que él los sepa leer; y no hay duda que él así puede ver a priori sucesos de importancia o interés para su personalidad inferior, en los cua­les sus intentos para grabarlos tendrán mayor o menor éxito. En el caso del hombre común son tremendas las dificultades del camino. Ni incluso semides­pierto él se encuentra; casi no ejerce ningún dominio sobre sus diversos vehículos; no puede así impedir que su mensaje sea transformado o aumentado por las ondas del deseo, o por las corrientes del pensamiento que sobrepasan en la parte etérica del cerebro, o por algunos pe­queños problemas fisiológicos en el cuerpo denso. Teniendo en cuenta todo esto, no es de extrañar que solo raramente tengan éxito sus intentos. Una y otra vez, la previsión completa y perfecta de un acontecimiento es traída con nitidez de dominios del sueño; pero la mayoría de las veces la escena llega desfigurada e irreconocible, mientras otras veces todo no pasa de ser una sensación imprecisa de una densidad inminente, y con más frecuencia, nada alcanza al cuerpo. Se argumenta a veces, que si la previsión se cumple, debe ser mera coincidencia; pues si los hechos pudieran ser previsibles es porque estarían preordenados, no existiendo entonces el libre albedrío en el hombre. Sin duda existe este libre albedrío; he aquí por qué dijimos antes que la premonición sólo es posible dentro de ciertos límites. Los asuntos que dicen respecto al hombre común, es proba­ble que esta posibilidad sea en escala más amplia, porque él carece de voluntad propia desarrollada, digámoslo así, y es por consiguien­te, criatura en manos de las circunstancias. Su karma hace que se vea en medio de circunstan­cias especiales cuya acción sobre él constituye el factor más importante de su vida, de tal modo que su futuro curso es previsible con una certi­dumbre casi matemática. Cuando consideramos el caudal de conoci­mientos sobre los cuales la acción del hombre tiene apenas una diminuta influencia, y  también los efectos, ha de parecernos un poco espantoso que en el plano donde se hace visible el resulta­do de todas las causas actualmente en juego, se pueda predecir una extensa parte del futuro, incluyendo sus pormenores. De que tal cosa sea factible tenemos un sin número de pruebas, no solamente a través de los sueños proféticos como por la segunda-vista de los habitantes del norte de Escocia y por las tradiciones de los clarividentes; en que se basa todo el esquema de la astrología. Pero cuando pasamos a tratar con un hombre desarrollado, un hombre dotado de conocimien­to y voluntad, entonces nos falla la profecía, porque ya no es él una criatura en manos de las circunstancias sino el señor de casi todas ellas. En verdad, los acontecimientos principales de su vida se disponen de antemano por su karma pasado. Con todo, la manera por la cual él deja que le influencien y su método de comportamiento de cara a los mismos es su posible triunfo; eso no depende de él y no puede ser objeto de previsión excepto como probabilida­des. Sus actos en este sentido, por su turno se convierten en causas, generándose cadenas de efectos que escapan al ordenador original, y por vía de la consecuencia, a la exactitud del pronóstico. Encontramos una analogía en una simple ex­periencia mecánica. Si fuera empleada cierta cantidad de fuerza para empujar una pelota, nos será imposible anular o disminuir la fuerza a partir del momento en que la pelota entra en movimiento; pero podremos neutralizar o modifi­car el impulso mediante la aplicación de una nueva fuerza en sentido diferente. Una fuerza rigurosamente igual en dirección opuesta inmovilizará la pelota. Una fuerza menor, reducirá la velocidad; y cualquier fuerza de otro lado tendrá el efecto de alterar, tanto la velocidad como la dirección. Este es el "modus operandi" del destino. Es obvio que en un momento dado están en juego una serie de causas. No habiendo interferencia serán inevitables ciertos resultados, resultados que en los planos ya elevados parecen ya pre­sentes, pudiendo ser trazados con exactitud. Pero también es obvio que un hombre con volun­tad fuerte podrá, recurriendo al empleo de fuer­zas nuevas, variar estos resultados; y tales modificaciones no podrían normalmente ser previstas por un clarividente a menos que nuevas fuerzas hubiesen entrado después en acción.

 

 

ALGUNOS EJEMPLOS

 

 

Dos incidentes que llegaron recientemente al conocimiento de este autor representan exce­lentes ilustraciones de la posibilidad de previ­sión y de su modificación por efecto de una firme voluntad. Un caballero que poseía el don de la escritura automática recibió cierta vez por este medio, una comunicación que se decía procedente de una dama con la que él mantenía relaciones superfi­ciales. En la carta se mostraba ella muy contraria­da y en estado de profunda indignación: tenien­do preparada una conferencia que iba a dar, no había nadie en el salón a la hora concertada. Sintiose por esto frustrada en la presentación de su discurso. Encontrándose con la dama días después, y suponiendo que la carta se refería a un aconte­cimiento pasado, le expresó él su pesar por su frustración. Con gran sorpresa respondió ella que era todo muy extraño, puesto que aún no estaba lista la conferencia, siendo su intención pronunciarla la próxima semana. Añadió que esperaba que la comunicación no significase una profecía. Pero por el contrario, lo que quedó probado es que se trataba realmente de una profecía: nadie estuvo presente en el salón, la conferencia no se realizó y la interesada se manifestó contrariadí­sima y afligida, tal como había vaticinado la escritura automática. ¿Que especie de entidad inspiró la comunicación?. No se sabe; pero seguro que fue una que se situó en un plano donde la previsión era posible; y bien podría haber sido realmente como se mencionó, el propio ego de la conferencista, ansioso por mitigarle la frustración que previó tendría la mente en el plano inferior. Si lo fue nos preguntaremos, ¿por qué no la influenció directamente?; es admisible que estu­viese del todo imposibilitado de hacerlo, y que la mediumnidad del amigo fuese el canal único del que disponía para transmitir el aviso. Aunque el método es indirecto, conocen los estudiantes de estos asuntos numerosos ejemplos de comunicaciones idénticas en que fue imposible recurrir a otros medios. En otra ocasión el mismo caballero recibió por el mismo proceso lo que parecía ser otra carta de otra amiga femenina, relatándole la larga y triste historia de su vida. Se mostraba ella en estado de gran aflicción y decía que toda la dificultad se originó en una versación, cuyos pormenores expuso, con cierta persona que la persuadió contra sus propios sentimientos, a adoptar un determinado comportamiento. Y pasó a describir como poco más o menos después de un año tuvieron inicio una serie de acontecimientos directamente atribuibles a ese comportamiento, y que culminaron en la práctica de un crimen hediondo, arruinándole la vida para siempre. Corno en el caso precedente, inmediatamente que nuestro caballero se encontró con la su­puesta autora de la carta, se refirió al contenido de esta. Nada sabía ella a tal respecto; y sin embargo, de la fuerte impresión que le causaron las singularidades de la historia, convinieron los dos en no prestarle ningún significado. Pasado algún tiempo, y para gran sorpresa de la joven, la conversación aludida en la carta vino a realizarse, siendo instada a asumir un compor­tamiento cuyo trágico destino le hubiera sido pronosticado. Por cierto que ella hubiera acep­tado, insegura de su propio discernimiento, si no fuera porque recordó la profecía; y fue este recuerdo lo que le dio fuerza para resistir con la mayor de las determinaciones, aunque tal actitud acusase extrañeza y decepción a su interlocutor. Como no fue seguido el comportamiento indicado en la carta, el tiempo de la catástrofe vaticinado llegó y pasó sin ningún incidente fuera de lo normal. Así podría haber ocurrido cualquiera que fuese el caso. Entretanto, si recordamos que la otra predicción se cumplió exactamente, tendremos que admitir que la advertencia transmitida por la carta probablemente impidió la práctica del cri­men. Si esto es verdad, ahí tenemos un buen ejemplo de cómo podemos modificar nuestro futuro mediante el ejercicio de una voluntad firme.

 

 

EL PENSAMIENTO SIMBOLICO

 

Otro punto digno de atención con referencia a la condición del ego cuando está ausente del cuerpo durante el sueño, es que él parece pensar por medio de símbolos. Queremos decir: lo que en nuestro plano sería una idea cuya expresión exigiría gran número de palabras, para el ego es perfectamente transmisible apenas a través de una imagen simbólica. Ahora, cuando un pensa­miento como ese viene a imprimirse en el cere­bro, y es recordado en la conciencia de la vigilia, sin duda es que necesita una traducción. Mu­chas veces la mente ejecuta esta función; pero en otras el símbolo no viene acompañado de su llave, permaneciendo por así decirlo sin traduc­ción; y entonces surge la confusión. Muchas personas, sin embargo, traen de este modo los símbolos e intentan aquí darles inter­pretación. En casos así cada persona tiene su propio sistema de simbología. La señora Crowe, en un párrafo de su libro "Night side of nature", escribe: "sé de una señora que sueña con tener un gran pez siempre que está cercana a sufrir un infortunio. Soñó una noche que el pez había mordido dos dedos de su hijo. Inmediatamente después un colega del niño le produjo una herida en los mismos dedos con una pequeña hacha. Encontré varias personas que aprendieron por experiencia a considerar determinado tipo de sueño como una premonición segura de un acontecimiento infausto". Sin embargo, existen muchos puntos en que están de acuerdo muchos de estos soñadores; por ejemplo, el de que soñar con aguas profundas significa un disgusto que va a venir, y que soñar con perlas es señal de lágrimas.

 

 

LOS FACTORES DE LOS SUEÑOS

 

 

Examinada así la condición del hombre duran­te el sueño, vemos cuales son los factores capa­ces de influir en la producción de sueños:

  1. El ego, que puede encontrarse en estado de conciencia, desde la insensibilidad casi com­pleta, hasta el dominio total de sus facultades, y que al aproximarse a esta última condición va entrando cada vez más en la posesión de ciertos poderes, los cuales trascienden los que gene­ralmente poseemos en estado normal de vigilia.
  2. El cuerpo astral, siempre agitado por turbulen­tas ondas de emoción y deseo.
  3. La parte etérica del cerebro, por la cual pasa una incesante colección de cuadros entre sí.
  4. El cerebro físico inferior, con su semicon­ciencia inferior y su costumbre de expresar todos los estímulos en forma pictórica.

 

Al dormirnos, nuestro ego se recoge más en sí mismo y deja que sus cuerpos más libres sigan su propio camino; debe recordarse, sin embargo, que la conciencia de estos vehículos, separada cuando les es dado mostrarla, es de carácter muy rudimentario. Si añadimos que cada uno de aquellos factores es entonces infinitamente más susceptible a las impresiones exteriores que en otros momentos, veremos que no hay muchas razones para extrañarnos de que la memoria de la vigilia (una especie de síntesis de todas las diferentes actividades que se verifican) sea casi siempre confusa. Vamos ahora, con tales pensamientos en nuestra mente, a ver cómo los diferentes tipos de sueños habituales deben ser expuestos.

 

 

CAPITULO 5

 

LOS SUEÑOS

 

LA VISION VERDADERA

 

 

La verdadera visión no puede ser propiamente clasificada como sueño; es un caso en que el ego ve cómo ocurre algún hecho en un plano superior de la naturaleza, directamente, o por inspiración de una entidad más evolucionada. Sea como fuese, tiene el ego conocimiento o percepción de las cosas que le interesan, o contempla alguna visión gloriosa y elevada que le estimula y forta­lece. Feliz el hombre a quien semejante visión le llega con la nitidez suficiente para abrir su cami­no a través de todos los obstáculos, y fijarla con firmeza en su memoria de vigilia.

 

 

EL SUEÑO PROFETICO

 

Este sueño debe ser también atribuido exclu­sivamente a la acción del ego que lo prevé por sí mismo o se inspira en algún acontecimiento futuro para el cual desea preparar su concien­cia de vigilia. Es posible cierto grado de certeza y veracidad en esta premonición, conforme a la capacidad del ego para captar los hechos y teniéndolos captados, imprimirlos en el cerebro de vigilia. A veces el evento es de aquellos que se revisten de aspecto grave, como la muerte o un desastre, siendo por esto obvio motivo del ego para intentar grabarlo. En otras ocasiones sin embargo, el hecho previsto no parece tener aparentemente importancia, y nos es difícil com­prender porqué el ego se preocuparía por él mismo. Sin duda es siempre posible que en tal hipótesis el hecho recordado signifique apenas el pormenor mínimo de alguna visión mucho más extensa, no habiendo llegado lo restante al cere­bro físico. Está claro que muchas veces el vaticinio tiene carácter premonitorio, y no faltan ocasiones en que la advertencia haya sido tenida en consideración, llegando el soñador a escapar de la muerte o de un accidente. En muchos casos el aviso es dejado de lado, o su verdadera significa­ción pasa desapercibida cumpliéndose la profe­cía. En otros existe el intento de tomar previsión a causa de la sugestión; pero no teniendo aquel que sueña el necesario dominio sobre las circunstancias, éstas al final los conducen, a su pesar, a la situación pronosticada­. Son tan comunes las historias a este respecto de los sueños proféticos, que el lector fácilmente las encontrará en casi todos los libros que versan sobre esta materia. Citaré un ejemplo reciente de W.T. Stead, en "Rel ghost stories". El héroe fue un herrero que trabajando en una fábrica se dejó atropellar por una rueda hidráulica. Sabía él que la rueda necesitaba ser arregla­da, y una noche soñó que al terminar las activida­des del día siguiente, el gerente le detuvo para hacer el arreglo; que su pié se escurrió y quedó enganchado en el engranaje, siendo gravemente herido y más tarde amputado. Por la mañana contó el sueño a su mujer y convino que estaría ausente cuando le buscaran para arreglar la rueda. Durante el día anunció el gerente que la rueda entraría en reparación justo en el momento de la salida de los obreros, por la tarde; pero el herrero resolvió irse antes de la hora. Fue hacia un bosque situado en la vecindad y allí intentó esconderse. Al llegar cerca de un local donde había cierta cantidad de madera perteneciente a la fábrica, sorprendió a un sujeto que robaba algunas piezas de la pila. Partió en su búsqueda con la intención de cogerlo, pero quedó de tal manera excitado que llegó a olvidarse enteramente de la resolución anterior; y sin que se diera cuenta de esto, regresó a la fábrica justamente a la hora en que los trabajadores se retiraban. No podía olvidarse de la recomendación reci­bida, y siendo el herrero con más categoría de la fábrica, le correspondía el trabajo en la rueda; pero decidió que lo haría con especial cuidado. A pesar de todas las precauciones, su pié resbaló y fue enganchado por el engranaje, tal como en su sueño, con tan poca suerte que quedó destroza­do, obligándole a ser conducido a la enfermería de Bradford, donde la pierna fue amputada por encima de la rodilla. De este modo se cumplió íntegramente el sueño profético.

 

 

EL SUEÑO SIMBOLICO

 

También este es trabajo del ego, y en verdad que puede ser definido como una variante de menor efecto de la categoría precedente, porque a final de cuentas, corresponde a un intento del ego imperfectamente traducido, en el sentido de transportar una información hasta el futuro. Noel Paton da un ejemplo de esta especie de sueño en una carta escrita a la señora Crowe, y por ella transcrita en el libro "The Night side of nature", veamos: "este sueño de mi madre ocurrió así: se encontraba ella en una galería larga, sombría y oscura; a un lado estaba mi padre, y al otro mi hermana mayor, y a continuación yo mismo y el resto de la familia por orden de edad... Todos permanecíamos inmóviles y en silencio. Fue entonces cuando él entró, aquel algo increíble que, proyectando por delante su siniestra sombra, envolvió todas las trivialidades del sueño prece­dente en una sofocante atmósfera de pavor. Entró furtivamente, descendió los tres escalones que iban de la entrada a la cámara de horror; y mi madre sintió que era la muerte.            Cargada sobre el hombro una pesada hacha para destruir a sus hijos de un solo golpe, así lo imaginó ella. Al entrar el bulto, mi hermana Alexes se salió de la fila, interponiéndose entre él y mi madre. Ahí el bulto irguió el hacha y lanzó un golpe sobre mi hermana Catalina, golpe que mi madre horrorizada no pudo interceptar, aunque agarrase un taburete de tres pies con esta inten­ción. Vio que no podía tirar el taburete sobre el fantasma sin golpear a Alexes, que se precipita­ba entre ambos. El hacha golpeó su objetivo, y Catalina cayó. Nuevamente, el implacable bulto blandió el ha­cha sobre la cabeza de mi hermano que era el siguiente en la fila; pero en ese interín, Alexes se escondió en un lugar detrás del fantasma, y mi madre, soltando un grito de pavor, le tiró en la cabeza el taburete. Entonces él se desvaneció y ella despertó. Tres meses después mis hermanos y yo fuimos todos acometidos por la fiebre amarilla. Mi her­mana Catalina falleció casi inmediatamente, sacrificada, conforme mi madre supuso, por su extrema aprensión, mientras Alexes parecía estar en peligro inminente; el sueno-profecía en parte parecía cumplido. Yo también estuve a las puertas de la muerte, desahuciado por los médicos. Mi madre, sin embargo, no perdió la esperanza y confiaba en mi recuperación. Pero en cuanto a mi hermano, considerado en estado desesperado, y sobre cuya cabeza ella, en el sueño, viera que pendía un hacha, sus recelos eran demasiado grandes; porque ella no recor­daba si se había o no consumado el golpe en la ocasión en que el espectro desapareció. Mi hermano se restableció, pero tuvo una recaída de la que apenas escapó con vida. Lo mismo no sucedió con Alexes; durante un año y diez meses, la pobre niña padeció y yo le sujeta­ba su pequeña mano cuando murió. He así como se realizó el sueño". Es curioso observar la exactitud con que se verifican los pormenores del simbolismo, incluso en lo referente al supuesto sacrificio de Catalina para la salvación de Alexes, y la diferencia en el modo en que ambas murieron.

 

 

EL SUEÑO NÍTIDO Y COHERENTE

 

El sueño puede a veces significar una reminiscencia más o menos exacta de una verídica experiencia astral por la que haya pasado el ego cuando se encontraba fuera del cuerpo físico dormido. O tal vez más frecuentemente, la dra­matización por el ego de la impresión producida por un insignificante sonido o contacto físico, o aún alguna idea pasajera que se le hubiese ocurrido. Ejemplos de esto último ya los mencionare­mos; y de lo otro también existen muchos; entre ellos podemos incluir el caso relatado en el li­bro "Dreams and ghosts", de Andrew Lang, y que le ocurrió al conocido médico francés Dr. Brirre de Boismont. Este lo describe por cuenta propia: "Miss C., una dama de excelente buen sentido, vivía antes de casarse, en compañía de su tío D., famoso médico miembro del Instituto. En una época su madre enfermó seriamente en el campo. Una noche, la moza soñó que la veía pálida y moribunda, habiéndose agravado su estado de salud por motivo de la ausencia de sus dos hijos, uno que era vicario en España, y otra la propia moza que vivía en París. Oyó, entonces, que se pronunciaba su nombre en cristiano: Carlota vio en el sueño a las personas que rodeaban a su madre trayéndole su pequeña sobrina y aijada Carlota, que se encontraba en el cuarto contiguo. La enferma dio a entender por medio de un gesto que no esta­ba llamando a esta Carlota, sino a su hija de París. Al día siguiente la melancolía de Miss C. despertó la atención de su tío. Ella le contó el sueño, y él le reveló que su madre estaba muerta. Algunos meses después, en ausencia de su tío, fue ella a arreglar los papeles en los cuales no gustaba que nadie tocase, y en medio de ellos se encontró con una carta en la que se revelaba la muerte de su madre, con todas las particularida­des vistas en el sueño. Mr D. las ocultó para evitar que llegaran a causarle demasiado sufrimiento". A veces el sueño clarividente se refiere a un asunto mucho menos importante que la muerte, como en el siguiente caso contado por el doctor F.G. Lee, en "Glimpses in the twilight". Una señora soñó que veía a su hijo en una extraña embarcación parada cerca de una esca­lera que llevaba a un piso superior. Le pareció pálido y en extremo cansado; y le decía a ella en tono afligido: "madre, no tengo donde dormir”. Pasado algún tiempo llegó una carta del hijo que adjuntaba un croquis de la curiosa embarcación, indicando el lugar de la escalera hacia el piso superior. Explicaba también que un día sobrevino una tempestad, hecho que ocurría en el día del sueño, que casi hizo zozobrar la embar­cación, y cubrió literalmente de agua su cama. Terminaba la descripción con las siguientes palabras: "me quedé sin lugar donde dormir". Está claro que en ambos casos, los sonadores, movidos por pensamientos de amor y ansiedad, habían efectivamente viajado con el cuerpo as­tral durante el sueño, hasta donde se encontra­ban los entes cuya suerte les interesaba, y sim­plemente testimoniaban los acontecimientos en que los mismos participaron.

 

 

EL SUEÑO CONFUSO

 

 

Este sueño, que es el más común de todos, puede tener varias causas, como ya tuvimos ocasión de decir. Puede ser apenas la impresión más o menos fiel de una serie de cuadros sin conexión entre sí y de transformaciones imposi­bles producidas por la acción automática y sin lógica del cerebro físico inferior. Puede ser repro­ducción de corrientes de pensamientos ocasio­nales que hayan cruzado la parte etérica del cerebro; si en ellos toman parte imágenes senso­riales de cualquier especie, esto se debe al siempre agitado mar de los deseos terrenales, probablemente estimulados por influencias im­pías del mundo astral. Puede ser debido a un intento imperfecto de dramatización por parte de un ego desarrollado; o una combinación inexpli­cable de varios o todos estos factores. El modo por el cual se procesa semejante combinación tal vez se vuelva más claro con la descripción sucinta de algunas de las experiencias sobre el estado del sueño llevadas a cabo recientemente con la cooperación de investigadores clarividen­tes, miembros de la logia de Londres de la Sociedad Teosófica.

 

 

 

CAPITULO 6

 

EXPERIENCIAS SOBRE EL ESTADO DEL SUEÑO

 

 

El objetivo especial de las investigaciones, par­te de las cuales voy ahora a describir, consistió en descubrir si era posible impresionar el ego de una persona común durante el sueño, de forma suficiente para volverla capaz de recordar lo ocurrido cuando despertara. Se deseaba también, en la medida de lo posi­ble, descubrir cuales son los obstáculos que habitualmente se anteponen a este recuerdo. La primera experiencia intentada recayó en un hombre medio de poca instrucción y de aspecto exterior rudo. Un tipo de pastor australiano cuya envoltura astral, que se veía flotando por encima del cuerpo, se presentaba externamente como poco más que una nube imprecisa a la deriva. La conciencia del cuerpo sobre la cama se mostraba confusa y cargada en lo tocante a las partes densa y etérica de la estructura. La prime­ra, la parte densa, respondía hasta cierto punto a los estímulos de fuera: por ejemplo, el caer de dos o tres gotas de agua hacía el cerebro evocar, aunque con retraso, la escena de fuertes chapa­rrones; en cuanto la parte etérica del cerebro era un canal pasivo a través del cual fluye una corriente continua de pensamientos descone­xos a cuyas vibraciones solo esporádicamente respondía, y así mismo parecía hacerlo con acen­tuada lentitud. El ego que flotaba encima revelaba su estado no desarrollado y de semiconciencia; pero el envoltorio astral, si bien impreciso y sin forma definida, daba señales de gran actividad. El cuerpo astral, flotante, puede en cualquier ocasión dejarse influenciar con facilidad por el pensamiento consciente de otra persona. Se hizo en este caso la experiencia en el sentido de alejarlo hasta corta distancia del cuerpo físico en la cama. El resultado, sin embargo, fue que al alejarlo unos metros más allá, era visible el malestar en ambos vehículos, volviéndose nece­sario renunciar al intento, pues un alejamiento mayor llevaría al hombre a despertar probable­mente en un estado de gran terror. Cierto escenario fue escogido, un bellísimo panorama descortinado de lo alto de una montaña tropical; y el operador lo proyectó con nitidez en la conciencia del sueño del ego. Este lo captó y examinó, si bien de manera confusa e incomprensible. Después de colocado en su frente el escenario durante algún tiempo, se despertó al hombre para ver si lo recordaba como sueño. Su mente, sin embargo, no registró nada a este respecto, no trayendo la menor reminiscencia desde el estado de sueño. Se sugirió que la corriente continua de formas de pensamiento extrañas que le pasaban por el cerebro, consti­tuían posiblemente un obstáculo, distrayéndolo y volviéndole impermeable a influencias de sus principios más elevados. Y por eso, se construyó una concha magnética alrededor de su cuerpo, a fin de impedir la entrada de aquella corriente, intentando de nuevo la experiencia. El cerebro, así privado de su alimento normal, comenzó poco a poco y como en un sueño a repasar escenas de la propia vida del hombre pasado; pero siendo nuevamente despertado, no se modificó el resultado: su memoria estaba completamente en blanco, tal como en el caso de la escena antes presentada delante de él; sin embargo, tenía la vaga idea de haber soñado con acontecimientos de su vida pasada. En ese momento fue abandonada la experien­cia por impracticable; era evidente que se trata­ba de un ego poco desarrollado, y cuyo principio kármico era demasiado fuerte para ofrecer algu­na posibilidad de éxito. Otra experiencia con el mismo hombre, en una época posterior, ya no presentó tan malos resul­tados. El escenario preferido en este caso era en sobremanera excitante, consistiendo en un inci­dente en un campo de batalla, que según todo indicaba, habría de ejercer en ese tipo de mente una influencia mayor que el de un paisaje. Aquí el ego no desarrollado del hombre mostró un inte­rés que superó al del otro escenario. Pero cuan­do el hombre despertó, el recuerdo de este acontecimiento no existía, y todo cuanto queda­ba era una vaga impresión de que él estaba combatiendo; el donde y el porqué ya lo había olvidado completamente. La experiencia siguiente fue con una persona de un tipo bastante superior, un hombre de buen proceder moral, inteligente y culto, con muchas ideas filantrópicas y elevadas aspiraciones. En su caso, el cuerpo denso respondió instantá­neamente a la prueba del agua, en una extraordi­naria escena de un enorme temporal, lo que a su vez repercutió sobre la parte etérica del cerebro, despertando por asociación de ideas, una serie de escenas vívidamente representadas. Cuando semejante perturbación cesó, la corriente habi­tual de pensamientos comenzó a desfilar; se observó, sin embargo, que provocaba en el cere­bro una reacción en escala mucho mayor, cuyas vibraciones eran igualmente muchos más fuer­tes, iniciándose en cada caso una secuencia de asociaciones que frecuentemente desviaban la corriente extraña durante un considerable espa­cio de tiempo. El cuerpo astral presentaba contornos más definidos en su formación ovoide, y la materia astral más densa del interior era una perfecta reproducción del cuerpo físico; y cuando los deseos se mostraban menos activos, el propio ego asumía un grado mucho más elevado de conciencia. El mismo cuerpo astral, en esta experiencia, podía alejarse hasta la distancia de varias millas del cuerpo físico sin ocasionar, en apariencia, la más leve perturbación en ninguno de ellos. Cuando la imagen de un paisaje tropical fue presentada al ego, inmediatamente este le dio su más placentera atención, admirando y contemplando sus bellezas con todo entusiasmo. Pasa­do el éxtasis, después de algunas horas se despertó al hombre; pero el resultado se reveló algo desalentador. Sabía que tuvo un sueño magnífico, pero fue incapaz de recordar los deta­lles y los pocos y fugaces fragmentos que su mente retuvo eran simples reminiscencias de divagaciones del propio cerebro. Se repitió más tarde la experiencia con el mismo hombre, y también como el primero, se dispuso una concha magnética en torno al cuer­po; en este caso, como en el otro, el cerebro comenzó inmediatamente a elaborar escenas propias. El ego recibió el paisaje aún con mayor entusiasmo que la primera vez, reconociéndolo como el escenario que viera en anterior ocasión y apreciándolo en todos sus aspectos y detalles, con estática y total admiración por los múltiples encantos que ofrecía. Pero cuando él estaba así absorto en la contemplación, aquí el cerebro etérico se entretenía en rememorar pasajes de su vida escolar, sobre­saliendo el que tuvo lugar en un día de invierno, cuando el suelo se cubrió de nieve, y él y nume­rosos compañeros se tiraban bolas de nieve, unos a otros, en el patio de la escuela. Después que el hombre despertó como de costumbre, el efecto fue extremadamente curio­so; tenía el más vivo recuerdo de que estuviera en lo alto de una montaña contemplando una visión maravillosa y conservaba bien nítidos en su mente los aspectos principales del panorama, pero en vez del exuberante verdor tropical que confería la riqueza a la verdadera perspectiva, vio él las tierras circundantes envueltas en un manto de nieve, y le pareció que cuando estaba absorbiendo con profundo deleite las bellezas del panorama, que se mostraba frente a él, súbi­tamente se vio, por uno de esos bruscos cambios tan frecuentes en los sueños, tirando bolas de nieve junto con antiguos y olvidados compañeros de la infancia, en el viejo patio de la escuela en la que dejara de pensar hacía tanto tiempo.

 

 

CAPITULO 7

 

CONCLUSION

 

Las experiencias anteriores demuestran sin sombra de dudas y con claridad suficiente, como el recuerdo de nuestros sueños es, la mayoría de las veces, caótico e incoherente. Incidentalmen­te explican porqué algunas personas en que el ego no esta desarrollado y son fuertes los de­seos mundanos de varias especies, nunca sueñan, y porqué muchas otras son capaces, cuando las circunstancias son favorables, de traer algún confuso recuerdo de su aventura nocturna. Ve­mos además de esto, que si un hombre pretende coger en su conciencia de vigilia los frutos de lo que su ego aprendió durante el sueño, le es absolutamente necesario adquirir el dominio de sus pensamientos, subyugar todas las pasiones subalternas y afinar la mente con actitudes nobles. Si quisiera tomarse el trabajo de formar durante la vida de vigilia, el hábito del pensamiento firme y concentrado, no tardará en verifi­car que el beneficio ganado por este medio, no se limita al día a día de su actividad. Que si aprende a contener su mente para mostrarse también dueño de esta, así como de sus pasiones inferio­res. Que si se esfuerza con perseverancia en adquirir el mando total de sus pensamientos, con el objetivo de saber en todo momento con segu­ridad aquello en lo que está pensando y porqué; y verá que su cerebro ase ejercitado en escuchar tan solamente las sugerencias del ego, quedará tranquilo cuando no esté en uso y rehusará recibir y hacerse eco de las corrientes ocasiona­les del océano de pensamientos circundantes. Y de ese modo ya no será impermeable a las influencias de los planos menos materiales, don­de el discernimiento es más fino, y el juicio más verdadero que en nuestro plano inferior. La ejecución de un acto elemental de magia puede contribuir a ayudar a algunas de estas personas a adiestrar la parte etérica del cerebro. Las escenas que allí se desarrollan cuando es desviada esta corriente de pensamientos exte­riores serán tales que probablemente impedirán el recuerdo de las experiencias del ego más que el flujo agitado de los propios pensamientos, ase el alejamiento de esta corriente impetuosa que encierra una dosis mucho mayor de mal que de bien, significa un apreciable paso en la dirección al objetivo deseado. Y esto puede conseguirse perfectamente sin gran dificultad. Que el hombre cuando se vaya a la cama piense en el aura que le envuelve y desee con firmeza que la superficie de este aura se convierta en una concha protec­tora contra la invasión de influencias extrañas: la materia áurica obedecerá su pensamiento y se formará realmente una concha a su alrededor, evitándose estas corrientes. Otro punto que tan incisivamente se evidenció en nuestras ulteriores investigaciones hace refe­rencia a la inmensa importancia del último pensamiento en la mente del hombre al dormirse. Este es un aspecto que jamás sacude a la gran mayoría de las personas, a pesar de influir en ellas, tanto física como moral y mentalmente. Hemos visto qué tan pasiva y fácilmente se deja el hombre influenciar cuando está dormido. Si entra en este estado con el pensamiento vuelto hacia cosas dignas y elevadas, él en consecuencia atrae cerca de sí elementales creados por pensamientos afines de otros seres humanos; reposa suave y tranquilo, y su mente se abre a impresiones de los planos superiores y se cierra a los inferiores, porque él la está diri­giendo para el trabajo en el sentido correcto. Si, al contrario, entra en el sueño con pensamientos impuros y mundanos, al atravesar el cerebro, atraen criaturas groseras y malas que se hallan cerca, y su sueño es agitado por ondas maléficas de pasión y deseo que lo vuelven ciego a las luces y sordo a los sonidos procedentes de los mundos superiores. Al teósofo sincero le cumple efectuar todo lo que esté a su alcance para enfocar sus pensamientos en el más alto nivel del que sea capaz antes de dormirse. Para ello debe recordar que cruzando lo que parece apenas ser el umbral del sueño, tal vez alcance allí, poco a poco, la admi­sión en aquellos reinos maravillosos donde sola­mente es posible la verdadera visión. Si el hombre persevera en dirigir el alma hacia arriba, sus sentidos internos al final comenzarán a desarrollarse; la luz dentro del santuario brilla­rá con más y más intensidad, hasta alcanzar la conciencia plena y continua. Y entonces él deja­rá de soñar. Dormir para él ya no significará zambullirse en el olvido, sino solamente caminar hacia delante con alegría y decisión en el rumbo de aquella existencia más integra y sublime, donde el alma estará siempre aprendiendo, aunque todo su tiempo esté dedicado al servicio. Porque el servicio es el gran maestro de la sabiduría, y la gloriosa tarea que le fue confiada es la de ayudar siempre hasta el extremo límite de sus fuerzas, en una obra que jamás termina, la obra de los maestros, cuya finalidad es ayudar y llegar a la evolución de la humanidad.

 

 

FIN