Los maestros y el sendero. C. W. Leadbeater

LOS   MAESTROS  Y     EL   SENDERO

 C.W. LEADBEATER

FEDERACIÓN TEOSOFICA INTERAMERICANA BUENOS AIRES — REPÚBLICA ARGENTINA

 

Título de la obra original en inglés:

«THE MASTERS AND T.H.E. PATH»

Traducción de: Federico Climent Terrer M.S.T.

Publicado por Distribuidora ORION; San Juan — Puerto Rico

Distribuye en España: VITAE — Madrid

Copiright © FEDERACIÓN TEOSOFICA INTERAMERICANA

Depósito Legal B. 37.655 - 1978

ISBN 84-499-2130-9

 

 

 

Impreso por Gráficas Ampurias — Vilamarí, 102 Tel. 223 92 12

Barcelona-15 — ESPAÑA

Impreso en España                                            

Printed in Spain

 

PREFACIO

Una sola razón abona el deber que tengo de prologar el libro compuesto por mi respetable colega. Trata de muchos puntos hasta ahora estudiados y discutidos en un círculo relativamente estricto, formado por estudiantes muy versados en los conocimientos teosóficos y dispuestos a estudiar las afirmaciones referentes a esferas en donde aún no podían entrar por sí mismos, pero en las que esperaban entrar más tarde y comprobar entonces lo afirmado por sus mayores.

Los rápidos cambios del mundo del pensamiento, dimanantes de la proximidad de la venida del Instructor del mundo, dan utilidad a algunos informes concernientes a una parte del mundo en que reside, porque acaso dichos informes contribuyan en cierto modo a preparar a las gentes para recibir sus enseñanzas.

Sea de ello lo que fuere, deseo asociarme a las afirmaciones expuestas en este libro, pues puedo atestiguar personalmente la exactitud de casi todas ellas, y decir también en nombre de mi colega y en el mío propio, que el libro se publica como una crónica de atentas observaciones cuidadosamente registradas pero sin pretensiones de autoridad ni exigir de nadie que las acepte. Tampoco son fruto de la inspiración, sino tan sólo un verídico relato de lo visto por el autor.

 

ANNIE BESANT

 

CAPÍTULO PRIMERO

LA  EXISTENCIA  DE   LOS   MAESTROS

De las nuevas verdades expuestas por la Teosofía, una de las más importantes es la de la existencia de hombres perfectos, que se deduce lógicamente de las otras dos magnas verdades teosóficas del karma y de la evolución por medio de sucesivas encarnaciones.

Al observar en nuestro alrededor vemos palmariamente hombres en todos los grados de evolución, unos mucho más atrasados que nosotros en su desenvolvimiento y otros que en algún aspecto están evidentemente más adelantados. Por lo tanto, cabe la posibilidad de que haya algunos cuyo adelanto sea muchísimo mayor, pues si los hombres se van constantemente mejorando en el transcurso de una larga serie de vidas sucesivas en dirección hacia determinada meta, seguramente ha de haber algunos que ya hayan llegado a ella.

Hay entre nosotros quienes en el proceso evolutivo han conseguido actualizar tales o cuales de los sentidos superiores latentes en el hombre y que en el porvenir poseerá todo el género humano. Por medio de dichos sentidos vemos la escala de la evolución extendida por encima y por debajo de nosotros, y que hay hombres en todos los peldaños.

Numerosos testimonios afirman directamente la existencia de hombres perfectos a quienes llamamos Maestros; pero me parece que el primer paso que debemos dar es adquirir la certeza de que deben existir tales hombres, y más adelante, en último término deduciremos que a dicha clase pertenecen los hombres con quienes nos hemos puesto en contacto.

  La historia de las naciones relata las hazañas de los genios en cada uno de los campos de la humana actividad. Fueron hombres que en su especial línea de acción y habilidad superaron a la masa general, hasta el punto de que muchas más veces de las que cabe imaginar, sus ideales estaban muy allá de la comprensión de las gentes, de modo que no sólo su obra se había perdido para la humanidad, sino que ni siquiera han conservado sus nombres.

Se ha dicho que la historia de una nación podía resumirse en las biografías de unos cuantos individuos y que siempre las minorías selectas inician los progresos en arte, música, literatura, ciencia, filosofía, filantropía, política y religión. A veces sobresalen en el amor a Dios y al prójimo como los insignes santos y filántropos; otras veces en el conocimiento del hombre y de la naturaleza como los eminentes filósofos, sabios y científicos; otras en su labor beneficiosa para la humanidad como los grandes libertadores y reformadores.

Al contemplar a estos hombres y considerar cuan altos están respecto del ordinario nivel de la humanidad y cuan adelantados en la evolución humana ¿no es lógico inferir que no podemos señalar los límites del alcance humano y que es posible que hayan existido y aun que ahora existan hombres mucho más adelantados que aquéllos, de magna espiritualidad, conocimiento y aptitud artística, hombres completos en cuanto a las humanas perfecciones, hombres precisamente como los adeptos o superhombres a quienes algunos de nosotros hemos tenido el inestimable beneficio de encontrar?

Esta Vía Láctea del ingenio humano que enriquece y hermosea las páginas de la historia es al propio tiempo la gloria y la esperanza de todo el género humano, porque sabemos que estos excelsos Seres son los precursores de los demás hombres y que como almenaras o faros iluminan el camino que debemos seguir si deseamos alcanzar la gloria que muy luego nos será revelada.

Hace largo tiempo que aceptamos la enseñanza de la evolución de las formas en que mora la vida divina. Ahora tenemos la complementaria y mucho más alta idea de la evolución de la vida, que nos demuestra que la razón del admirable desenvolvimiento de formas cada vez más superiores es que la siempre creciente vida las necesita como instrumento de expresión. Las formas nacen y mueren; las formas crecen, decaen y perecen; pero el espíritu se va desenvolviendo eternamente, anima las formas y progresa por medio de la experiencia en ellas adquirida; y cuando una forma ha prestado su servicio y está desgastada, la substituye otra mejor dispuesta a la expresión del espíritu.

Tras la evolucionante forma retoña siempre la Vida eterna, la Vida divina que penetra la naturaleza toda, la cual no es más que la multicolor envoltura construida por el mismo Dios.

Dios alienta y vive en la belleza de las flores, en la robustez del árbol, en la agilidad y gracia del animal, y en el corazón y el alma del hombre.

La voluntad de Dios es evolución, y por ello toda vida adelanta y asciende, y resulta la cosa más natural del mundo la existencia de hombres perfectos en el último extremo de esta línea de siempre creciente poder, sabiduría y amor. Aun más allá de ellos, allí donde no llega nuestra mirada ni nuestra comprensión, se dilata una perspectiva todavía más esplendorosa de la que más adelante daremos alguna insinuación, que sería completamente inútil por de pronto.

La lógica consecuencia de todo esto es que deben existir hombres perfectos y que no faltan indicios de la existencia en todo tiempo de tales hombres, que en vez de abandonar por completo el mundo para vivir en los reinos superhumanos o divinos, han permanecido en contacto con la humanidad, movidos de su amor a ella, para auxiliarla en su evolución de belleza, amor y verdad, y ayudar al cultivo del hombre perfecto, tal como el botánico amante de las plantas se goza en la producción de una perfecta naranja o una perfecta rosa.

   Las crónicas de todas las grandes religiones demuestran la presencia de tales superhombres, tan henchidos de la vida divina que repetidamente se los consideró como representantes del mismo Dios.

En toda religión, y especialmente en sus comienzos, apareció un tal Ser, y en algunos casos más de uno. Los induistas tienen sus grandes avatares o encarnaciones divinas, como Shri Krishna, Shri Sancharacharya, el Señor Gautama el Buda, cuya religión se difundió por el Extremo Oriente, y una nutrida pléyade de rishis, santos e instructores.

Estos excelsos Seres no sólo se interesan en despertar la naturaleza espiritual de los hombres, sino también en todo cuanto contribuye a su bienestar en la tierra.

Todo cristiano conoce o debe conocer la larga serie de profetas, instructores y santos pertenecientes a su religión, y que en algún modo (acaso no bien comprendido) su Instructor  supremo, el Cristo, fue y es el Hombre-Dios.

Todas las religiones primitivas (por decadentes que algunas de ellas estén en las naciones decaídas) y aun las de las tribus de los hombres primitivos, muestran como capital característica la existencia de superhombres que auxiliaban a las infantiles gentes entre las que moraban.

 

La enumeración de estos superhombres, por interesante que fuese, nos desviaría de nuestro presente propósito, por lo que para ello remitimos al lector a la excelente obra de W. Williamson titulada La Magna Ley.

Hay muchas y recientes pruebas de la existencia de estos superiores Seres. En mi juventud nunca necesité prueba alguna, porque como resultado de mis estudios, estaba plenamente convencido de que debían existir tales hombres, pues me parecía su existencia perfectamente natural y mi único deseo era verlos cara a cara.

Sin embargo, entre los miembros más modernos de la Sociedad hay muchos que con suficiente razón necesitan conocer dichas pruebas.

Hay numerosos testimonios personales. La señora Blavatsky y el coronel Olcott, cofundadores de la Sociedad Teosófica, la doctora Annie Besant, nuestra actual presidente y yo mismo hemos visto a algunos de estos Seres superiores, y muchos otros miembros de la Sociedad han tenido también el beneficio de ver a uno o dos de Ellos, por lo que todo cuanto estas personas han escrito sirve de amplio testimonio.

Se ha objetado a veces diciendo que quienes vieron o les pareció ver a estos superhombres podían estar soñando o presa de alucinación. Creo que el único fundamento de semejante duda es que muy raras veces hemos visto a los Adeptos mientras ellos y nosotros actuábamos en cuerpo físico.

En los primeros días de la Sociedad, cuando únicamente la señora Blavatsky había educido las facultades superiores, los Maestros solían materializarse de modo que se les pudiera ver, y así se mostraron físicamente en varias ocasiones, según relata la primitiva historia de nuestra Sociedad, aunque conviene advertir que no se manifestaron en cuerpo físico, sino en materializada forma.

Algunos de nosotros los vemos habitual y constantemente durante el sueño, cuando actuamos en el cuerpo astral o en el mental, según el grado de nuestro adelanto, y los visitamos y vemos en cuerpo físico; pero entonces no estamos nosotros en cuerpo de carne y huesos, y este es el motivo de escepticismo de las gentes del plano físico acerca de tales experiencias.

Dicen los escépticos: «Pero como quien vio a esos Seres estaba fuera de su cuerpo físico, y los que se le aparecieron se presentaron fenoménicamente y luego desaparecieron ¿cómo se sabe que en efecto eran quienes decís?»

Hay algunos, aunque pocos casos, en que el Maestro y quien lo vio estaban ambos en cuerpo físico, como le sucedió a la señora Blavatsky, a quien oí decir que había residido algún tiempo en un monasterio del Nepal en donde constantemente vio a tres Maestros en cuerpo físico. Algunos de Ellos han descendido más de una vez en cuerpo físico, de su montañero retiro de la India.

El coronel Olcott atestigua que vio a dos Maestros en aquellas ocasiones. Encontró a los maestros Moría y Kuthumi.

Damodar K. Mavalankar, a quien conocí en 1884, había visto al maestro Kuthumi en cuerpo físico. Otro caso es el de un caballero llamado S. Ramaswamier, a quien conocí por entonces, que había encontrado físicamente al maestro Moría según se lee en el capítulo titulado: De cómo un discípulo encontró a su Maestro, de la obra: Cinco años de Teosofía. Otro caso es el de W. T. Brown, de la Logia de Londres, quien también tuvo el beneficio de ver a un Maestro en análogas condiciones.

También hay en la India gran número de testimonios no recopilados porque quienes veían a los Maestros estaban tan seguros de la posibilidad de verlos que no consideraban necesario registrar ningún caso individual.

Por mi parte puedo asegurar que en dos ocasiones he visto a un Maestro, estando ambos en cuerpo físico. Uno de ellos es el llamado Júpiter en Las Vidas de Alcione, y auxilió a la señora Blavatsky en la redacción de varios pasajes de la famosa obra Isis sin velo cuando la escribía en Filadelfia y Nueva York.

Mientras residía yo en Adyar, el maestro Júpiter fue tan amable que le dijo a mi reverenciado instructor Swami T. Subba Rao, que me llevase a visitarlo. Obedientes a esta invitación fuimos a su casa, donde nos recibió muy afablemente, y tras larga e interesantísima conversación, tuvimos el honor de comer con él, aunque era brahmán, y bajo su techo nos cobijamos aquella noche y buena parte del día siguiente. No cabe admitir en este caso ni la más leve ilusión.

El otro Adepto a quien tuve el placer de encontrar físicamente fue el conde de San Germán, llamado a veces el príncipe Rakoczi. Le vi en muy ordinarias circunstancias, sin previa invitación, como si hubiese sido casual el encuentro, en el Corso de Roma, por donde se paseaba como cualquier caballero italiano. Se me llevó al parque Pinciano y allí estuvimos sentados más de una hora, hablando de la Sociedad Teosófica y su obra, o mejor diré que El hablaba y yo escuchaba, aunque respondía a Sus preguntas.

En diferentes circunstancias he visto a otros miembros de la Fraternidad. Mi primer encuentro con uno de ellos ocurrió en un hotel de El Cairo. Me encaminaba yo a la India con la señora Blavatsky y otras personas, y nos detuvimos algunos días en dicha población. Acostumbrábamos reunimos en la habitación de la señora Blavatsky para trabajar, yo estaba sentado en el suelo, recortando y ordenando para ella unos cuantos artículos periodísticos que necesitaba. Se hallaba la señora Blavatsky sentada junto a una mesa tan cercana que con mi brazo le rozaba las faldas. La puerta del aposento estaba ante nuestra vista, y sin que nadie la abriera, apareció de repente un hombre que se interpuso entre ambos. El sobresalto me hizo dar un brinco y me quedé confuso; pero la señora Blavatsky exclamó jocosamente:

—Si no sabe usted lo bastante para no sobresaltarse de nimiedades como ésta, no adelantará usted mucho en la labor oculta.

Me presentó la señora Blavatsky al recién venido, que a la sazón no era todavía adepto sino arhate, el grado inferior inmediato, pero que hoy es el maestro Djwal Kul.

Algunos meses después de este incidente se nos presentó el maestro Moría lo mismo que si tuviese cuerpo físico. Se paseó por la habitación, donde yo esperaba a la señora Blavatsky que se hallaba en el contiguo dormitorio. Aquella fue la primera vez que le vi clara y distintamente, pues aun no había yo educido mis latentes sentidos lo bastante para recordar lo que veía en cuerpo sutil. En parecidas condiciones vi al maestro Kuthumi en la azotea de la Residencia central de Adyar. Se apoyaba en la balaustrada como si acabara de materializarse en el aire del lado opuesto. También vi varias veces del mismo modo y en la misma azotea al maestro Djwal Kul.

   Supongo que no se dará tanto valor a estas pruebas, porque los Maestros se presentaban como apariciones; pero como desde entonces aprendí a usar libremente mis vehículos superiores y a visitar de este modo a los excelsos Seres, puedo atestiguar que Aquellos que en los primeros años de la Sociedad Teosófica se materializaban ante nosotros son los mismos Adeptos a quienes desde entonces he visto en sus propias casas.

    Las gentes han insinuado que acaso soñáramos yo y cuantos han tenido las mismas experiencias, pues las visitas se efectúan durante el sueño del cuerpo; pero yo replico a esto diciendo que habría de ser un muy persistente sueño, por cuanto lo tengo desde hace cuarenta años y simultáneamente lo han tenido gran número de gentes.

Quienes deseen reunir pruebas acerca de estas materias, y es un deseo muy razonable, deben consultar la primitiva bibliografía de la Sociedad Teosófica. Si hablan con nuestra Presidente, escucharán de sus labios que ha visto en diversas ocasiones a algunos de estos insignes Seres, y muchos de nuestros miembros darán sin vacilar pleno testimonio de que han visto a un Maestro. Puede ser que durante la meditación vieran Su rostro y más tarde tuviesen prueba concreta de la realidad de Su ser.

Muchas pruebas da el coronel Olcott en su libro: Hojas de un viejo Diario, y hay un interesante tratado con el título ¿Existen los hermanos? escrito por A. O. Hume, quien ejerció altos cargos en la administración civil de la India y colaboró asiduamente con nuestro difunto vicepresidente A. P. Sinnett. Dicho tratado se publicó en la obra titulada: Insinuaciones sobre Teosofía Esotérica.

El señor Hume era un escéptico angloindo, de mente legalista; intervino en la cuestión relativa a la existencia de los Hermanos (1) y aun en aquella temprana fecha reconoció que había abrumadores testimonios de que existían. Desde la publicación de aquél ha aumentado el número de testimonios.

La amplitud e intensidad de la visión y demás facultades resultantes del desenvolvimiento de nuestras potencias latentes, nos ha enseñado por constante experiencia que además de los humanos hay otros órdenes de seres, algunos de los cuales son superiores a nosotros y están en un nivel análogo al de los Adeptos. Entre ellos encontramos los devas o ángeles y otros que se hallan mucho más adelantados que nosotros en todos los aspectos.

    Puesto que en el transcurso de nuestro desenvolvimiento hemos llegado a comunicarnos con los adeptos, les hemos preguntado reverentemente que cómo alcanzaron tan superior nivel. Unánimemente responden todos que no ha mucho tiempo estaban en donde ahora estamos nosotros. Se elevaron sobre las filas de la ordinaria humanidad, y nos dicen que con el tiempo seremos lo que Ellos son y que la Vida evoluciona gradualmente en progresión ascendente, mucho más allá de cuanto podemos concebir, hasta identificarse con la Divinidad.

Vemos que hay varias etapas definidas en la primitiva evolución: el vegetal, superior al mineral; el animal, superior al vegetal; el hombre, superior al animal. De la propia suerte, el reino humano tiene determinado límite, allende el cual se dilata el reino superhumano. Más allá de los hombres están los superhombres.

  Al estudiar este sistema o plan de evolución vemos que en el hombre concurren tres principios: cuerpo, alma y espíritu, que se subdividen en diversas modalidades. Tal es la constitución del hombre según declaró San Pablo hace dos mil años. El espíritu o mónada es el aliento de Dios (2), la chispa divina, el verdadero hombre, aunque más exactamente diríamos que planea sobre el hombre tal como lo conocemos.

 

 

 (1)También se da este nombre a los maestros porque pertenecen a la gran fraternidad y porque son los hermanos mayores del linaje humano.

(2)   La palabra espíritu deriva de la latina spiro que significa aliento.

   El plan de desenvolvimiento de la mónada consiste en que ha de descender a la materia para adquirir definido y exacto conocimiento experimental del mundo objetivo.

En cuanto somos capaces de observar, la mónada o chispa divina no puede descender hasta nuestro actual nivel ni llegar directamente al plano físico donde pensamos y actuamos. Acaso depende esta imposibilidad de la muchísima diferencia entre las vibraciones de la mónada y las de la materia física, por lo que han de haber condiciones y estados intermedios. Desconocemos en qué plano de la naturaleza existe originariamente la chispa divina, porque está fuera de nuestro alcance. Su inferior manifestación o reflejo desciende hasta el plano cósmico inferior, según expusimos en Un Libro de texto de Teosofía.

Comúnmente hablamos de siete planos de existencia, que son las subdivisiones o subplanos del plano cósmico inferior, llamado prakrítico o plano físico del Cosmos.

La mónada puede descender hasta el segundo de dichos siete planos, al que por ello le llamamos plano monádico, pero no puede llegar a un nivel inferior. A fin de relacionarse con la materia densa, irradia una porción de sí misma a través de los dos planos inmediatamente inferiores, o sean el tercero y cuarto, y a dicha porción de la mónada le llamamos ego o alma.

El divino Espíritu, muy por arriba de nosotros, no hace más que planear sobre nosotros.

El alma, pequeña y parcial representación del espíritu (1), no puede descender más abajo de la parte superior del plano mental (2) y para relacionarse con los planos inferiores ha de proyectar en ellos una porción de sí misma que constituye la personalidad. Por lo tanto, esta personalidad, que la mayoría de las gentes toman por su verdadero ser, no es más que el fragmento de un fragmento.

La evolución de los reinos inferiores predispone al desenvolvimiento de la constitución humana. Un animal, mientras vive en el plano físico, y durante algún tiempo después en el astral, tiene alma tan individual y separada como la del hombre; pero cuando el animal termina su vida astral su alma no reencarna en otro cuerpo, sino que retorna a una especie de almario llamado en nuestros libros alma grupal. Puede compararse el alma grupal a un depósito de agua que sirviese para satisfacer las necesidades de la misma especie, como, por ejemplo, veinte caballos. Cuando ha de nacer un caballo, es como si sacáramos del depósito el agua que cabe en un vaso. Durante la vida del caballo, las experiencias por las que pasa modifican su alma y aprende las lecciones consiguientes, que pueden compararse a diversas materias colorantes echadas en agua del vaso. Al morir el caballo, esta agua se vuelca en el depósito y la materia colorante se diluye por toda la masa.

 

 

 

 

 

 

(1)   Es como si la mónada bajara un dedo de fuego, y el extremo de ese dedo fuese el alma.

(2)   Es el quinto plano contando de arriba abajo. El séptimo e ínfimo es el plano físico.

 

 

   Cuando nace otro caballo, se llena otro vaso con el agua del depósito; pero se comprende que es materialmente imposible sacar las mismas gotas que formaron el agua del vaso símbolo de la vida del caballo precedente (1).

Cuando un animal ha evolucionado lo bastante para poder entrar en el reino humano, ya no vuelve su alma al grupo de su especie sino que permanece como separada entidad, con nuevo y hermoso destino. El alma madre, el agua del depósito se convierte en vehículo de algo muy superior, y en vez de actuar como alma, queda animada. No hay en el plano físico nada con que comparar acertadamente este fenómeno, a no ser que imaginemos la inyección del aire en el agua hasta el punto de convertirla en agua aérea. Si aceptamos este símil, el agua que antes era el alma del animal, se ha convertido en el cuerpo causal de un hombre, y el aire inyectado en el agua es el ego a que ya nos referimos, o sea el alma humana, parcial manifestación del divino Espíritu.

Este descenso del ego está simbolizado en la mitología griega por la crátera (2) y en las leyendas medievales por el Santo Grial o cáliz que representa el resultado de la inferior evolución en que se ha vertido el vino de la Vida divina para que naciese el alma humana. Así es, según ya dijimos, que la antes alma animal se convierte en el cuerpo causal del hombre, y tiene su propio asiento en la parte superior del plano mental como permanente vehículo del ego o alma humana, al que se transfiere todo lo aprendido en el transcurso de la evolución.

De allí en adelante, el progreso del ego tiene por objetivo retornar al plano inmediatamente inferior al monádico, llevando consigo el resultado de su descenso en forma de experiencias ganadas y cualidades adquiridas. En todos nosotros está el cuerpo físico completamente desenvuelto y por ello se supone que lo dominamos; pero ha de estar bajo el absoluto gobierno del alma. Ya lo está en las clases superiores de la humanidad, aunque a veces se rebela y desboca. El cuerpo astral también está desarrollado, pero todavía no sujeto a un perfecto dominio, pues aun entre las clases superiores hay muchas víctimas de sus emociones, porque en vez de dominarlas se esclavizan a ellas y los arrastran a donde no quisieran ir, como el desenfrenado caballo arrastra al jinete.

Podemos admitir en consecuencia que en las clases más adelantadas de la actual humanidad, el cuerpo físico está completamente desarrollado y sujeto a gobierno; el cuerpo astral también está del todo desarrollado pero no bajo completo dominio; el cuerpo mental está en proceso de evolución y todavía muy lejos de su acabado desenvolvimiento. Mucho camino queda aún por andar antes de que estos tres cuerpos, físico, astral y mental se sometan completamente al gobierno del alma. Cuando esto suceda, la naturaleza inferior se sumirá en la superior y el ego prevalecerá en el hombre, pues aunque no sea todavía perfecto, los diferentes vehículos están de tal suerte armonizados que todos tienen el mismo objetivo de perfección.

 

 

(1)  Para más amplio informe de este proceso, véase Un libro de texto de Teosofía., publicado por la «Biblioteca Orientalista».

 (2)   Vasija muy grande que se colocaba en medio de la mesa, llena de vino, y de la cual iban llenando   sus copas los convidados. (N. del  T.)

El ego va poco a poco dominando los vehículos personales hasta identificarlos consigo, y entonces comienza la mónada a dominar al ego, hasta que, así como antes se identificó la personalidad con el ego, se identifique el ego con la mónada, y obtenga el hombre el resultado final de su descenso a la materia, es decir, que se convierta en superhombre o adepto.

Por vez primera entra entonces en la vida real, porque todo su estupendo proceso de evolución por los reinos inferiores y después por el humano hasta llegar al adeptado, no es más que la preparación a la verdadera vida del espíritu que empieza cuando el hombre transciende la humana evolución.

El reino humano es el curso superior de la escuela del mundo, y cuando el hombre aprende todas las lecciones de dicho curso pasa a la vida real, a la vida del glorificado espíritu, a la vida de Cristo. Muy poco sabemos de lo que esta vida sea, aunque vemos a algunos que la comparten. Su gloria y esplendor superan a toda comparación y transcienden nuestro entendimiento; y no obstante, es una vivida y viviente realidad que todos hemos de alcanzar seguramente algún día aunque no queramos. Si obramos egoístamente y vamos contra la corriente de evolución, retardaremos nuestro progreso, pero al fin y al cabo no podremos evitarlo.

Terminada la evolución humana, el hombre perfecto desecha sus diversos cuerpos materiales, pero conserva el poder de revestirse de cualquiera de ellos siempre que los necesite en el transcurso de su labor. En la mayoría de los casos, el adepto ya no necesita cuerpo físico ni astral ni mental ni siquiera causal, pues reside permanentemente en su elevadísimo nivel. Pero cuando por algún propósito necesita relacionarse con un plano inferior, ha de revestirse temporáneamente de un vehículo apropiado a dicho plano, porque sólo por medio de la respectiva materia puede relacionarse con los habitantes del plano. Si desea conversar con los hombres del mundo físico ha de asumir cuerpo físico, o por lo menos materializarse parcialmente, pues de lo contrario no podría hablar. De la propia suerte, si desea impresionar nuestra mente ha de revestirse de cuerpo mental. Siempre que su labor requiera por instrumento un vehículo inferior, puede asumirlo, pero sólo lo retiene temporáneamente.

El hombre perfecto tiene ante sí siete senderos de progreso por donde encaminarse (1). El mundo está en gran parte dirigido y guiado por una Fraternidad de Adeptos a la que pertenecen nuestros Maestros; pero los estudiantes de Teosofía suelen forjarse muy equivocados conceptos de Ellos. Unas veces los consideran como una numerosa comunidad monástica residente en ignoto lugar. Otras veces creen que son ángeles, y muchos se figuran que todos son naturales de la India y que residen en los Himalayas. Ninguna de estas suposiciones es verdadera. Hay una gran Fraternidad cuyos miembros están en continua relación; pero como se comunican en los planos superiores no tienen necesidad de vivir juntos. Algunos de estos ex­celsos Hermanos, a quienes llamamos Maestros de Sabiduría, asumen, como parte de su actuación, la tarea de aceptar discí­pulos aprendices para enseñarles; pero estos Maestros son mi­noría en la poderosa corporación de superhombres.

 

 

 (1)   Los enumeraremos en otro capítulo.

 

    Las facultades del adepto son en verdad muchas y muy admirables; pero todas son natural y elevada ampliación en grado superior de las propias del hombre ordinario. A mi en­tender, la principal característica del adepto, comparado con el hombre ordinario, es que mira y considera las cosas desde muy distinto punto de vista, porque está completamente lim­pio de los pensamientos egoístas que de tal modo prevalecen en la mayoría de las gentes. El adepto ha eliminado la natura­leza inferior y no vive para sí mismo sino para toda la huma­nidad; y sin embargo, de un modo que él solo comprende, tam­bién queda incluido en toda la humanidad. Ha llegado a la etapa en que en su carácter no hay tacha ni un pensamiento ni emoción referente al yo personal. Su único propósito es fa­vorecer el adelanto de la evolución y obrar en armonía con el Logos que la dirige.

La característica que en importancia sigue a la anterior es su completo desenvolvimiento. Todos nosotros somos imper­fectos. Ninguno ha alcanzado el superior nivel en ninguna fase de su carácter y aun los mismos sabios y los santos sólo han llegado a la excelencia en un solo aspecto, y están todavía por desenvolver otros matices de su naturaleza. Todos poseemos el germen de las diferentes características, pero parcialmente de­senvueltas y unas en mayor grado que otras. Pero el adepto está plenamente desarrollado y es un hombre de perfecta de­voción, amor, simpatía y compasión, al par que su mente es muchísimo más comprensiva de lo que podemos imaginar y posee admirable y divina espiritualidad. Se halla por encima y mucho más allá de todos los hombres conocidos porque está acabadamente evolucionado.

 

 

 

 CAPITULO  II

 

EL CUERPO FÍSICO DE LOS MAESTROS

Como quiera que entre los estudiantes de Teosofía predo­minan vagos e inexactos conceptos acerca de los Maestros, di­ré algo sobre la vida diaria y el aspecto de algunos de Ellos, a fin de que se comprenda cuan natural es su vida y cuál es su fase material.

No hay ninguna señalada característica física que distinga infaliblemente a los adeptos de los demás hombres; pero siem­pre se presentan en actitud solemne, noble, digna, pura y se­rena, de modo que quien los encuentra difícilmente deja de reconocer que está delante de un hombre extraordinario. Es el varón fuerte y prudente que sólo habla con el definido propó­sito de favorecer, aconsejar o remediar; y sin embargo, es su­mamente benévolo y jubilosamente humorista, pero sin mo­lestar a nadie con su humorismo, antes al contrario, mitiga las tribulaciones de la vida.

Dijo en cierta ocasión el maestro Moría, que es imposible adelantar en el sendero oculto sin jovialidad y agudeza, y se­guramente todos los adeptos que he visto poseían esta cua­lidad.

La mayoría de ellos son de muy fina presencia y tienen un cuerpo físico perfecto porque viven en completa obediencia a las leyes de la salud, y sobre todo no se desasosiegan por cosa alguna.

Agotaron de mucho tiempo atrás todo su mal karma, y así su cuerpo físico es tan perfecta expresión del augoeides o glorificado cuerpo del ego como consienten las limitaciones del plano físico, de suerte que no sólo el efectivo cuerpo carnal de un adepto es espléndidamente hermoso, sino que también cual­quier cuerpo que pueda tomar en una subsiguiente encarnación reproducirá casi exactamente el antiguo permitiéndole adap­tarlo a las diferencias de raza y familia porque nada hay que modificar en él un adepto es espléndidamente hermoso, sino que también cual­quier cuerpo que pueda tomar en una subsiguiente encarnación reproducirá casi exactamente el antiguo permitiéndole adap­tarlo a las diferencias de raza y familia porque nada hay que modificar en él. Como ya no pesa sobre Ellos el karma, están en completa libertad de, cuando por alguna circunstancia ne­cesitan asumir cuerpo físico, escoger el país o raza en que ha­yan de nacer para mayor eficiencia de la obra que han de rea­lizar, y así es que no tiene capital importancia la nacionalidad del cuerpo físico con que en determinada época y lugar actúen en este mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 UN  BARRANCO  EN  EL  TIBET

 

                      

 

   Este grabado es una reproducción fotográfica del original que se conserva en la Residencia Central de la Sociedad Teosófica en Adyar (Madras). Lo precipitó sobre seda el Maestro Djwal Kul. Sus principales colores son ver­de, azul e Índigo. Lo firmó el Maestro con el seudónimo de «Gai Ben-Ja-min». A la izquierda del grabado se ve al Maestro Moria a caballo. El in­dividuo que está en el agua cogiendo una pértiga es el mismo Maestro Djwal Kul quien está adrede vuelto de espaldas porque no cree dignas de repro­ducción sus mongólicas facciones.

 

   Para conocer si un hombre es adepto es necesario verle el cuerpo causal, cuyo extraordinario tamaño y la disposición de sus colores en esferas concéntricas son pruebas de superiori­dad espiritual (1).

Describiré brevemente el valle del Tibet donde hoy día habitan los maestros Moría, Kuthumi y Djwal Kul. Los maes­tros Moría y Kuthumi tienen su respectiva vivienda en las opuestas márgenes de un angosto barranco por cuyo cauce fluye una suave corriente de agua y cuyos taludes están pobla­dos de pinos.

De cada casa parte un camino que conduce a un puente sobre el barranco, y cerca del puente hay una pequeña aber­tura que da entrada a una serie de salas subterráneas que contienen un museo oculto cuyo guardián es el maestro Ku­thumi en nombre y representación de la Gran Fraternidad Blanca.

 

 

 

(1)Véase la lámina XXVI de la obra El hombre visible e invisible.

 

 

 

Los objetos de dicho museo son de variadísimo carácter, y parecen destinados a servir de ejemplo del proceso de la evolución.

Hay allí vividas imágenes de cada uno de los diversos ti­pos de hombres que han existido en la tierra, desde el gigan­tesco lémur de balderas articulaciones hasta los remanentes pigmeos de las primitivas e inferiores razas humanas. Mode­los en altorrelieve muestran las variaciones de la superficie terrestre y su configuración anterior y posterior a los cataclis­mos que tan señaladamente la alteraron. Enormes diagramas representan las migraciones de las diferentes razas del mundo, indicando exactamente hasta donde llegaron en sus éxodos. Otros diagramas análogos denotan la influencia de las diver­sas religiones del mundo y señalan en dónde se practicaron en su pureza original y dónde se contaminaron adulteradamen­te con los residuos de otras religiones.

Admirables estatuas que parecen vivas, perpetúan el as­pecto físico de los caudillos e instructores de razas largo tiem­po olvidadas; y para que la posteridad los examine se conser­van objetos relacionados con importantes y todavía descono­cidos adelantos de la civilización. Allí se ven manuscritos de increíble antigüedad e inestimable valor, como por ejemplo el escrito por mano del mismo Señor Buda durante su última vida en que fue el príncipe Siddharta, y otro escrito por el Señor Cristo de Palestina. También se conserva en este museo el maravilloso original del Libro de Dzyan descrito por la se­ñora Blavatsky como prolegómeno de La Doctrina Secreta. También hay escritos procedentes de otros mundos distintos del nuestro. Están asimismo representadas las formas anima­les y vegetales, muchas de las cuales conocemos en estado fó­sil, aunque de la mayor parte no tienen los naturalistas la me­nor idea. Por último hay, para estudio de los discípulos, re­producciones de populosas ciudades de remotísima y olvidada antigüedad.

Todas las estatuas y modelos tienen los mismos colores que tuvieron sus originales, y conviene advertir que se fueron coleccionando estos objetos, cada cual en su época, con la de­liberada intención de demostrar a la posteridad las sucesivas etapas por que ha ido pasando la civilización, de modo que en vez de fragmentos incompletos, como nos ofrecen nuestros mu­seos, tengamos en todos los casos una sistemática e instructi­va serie de reproducciones. En el museo del Tibet encontramos modelos de todas las clases de máquinas inventadas por el hombre en el transcurso del tiempo y notables y copiosos ejem­plos de las formas de magia empleada en los diversos períodos de la historia.

En el vestíbulo que antecede a las vastas salas del museo están las vividas imágenes de los discípulos de los maestros Moría y Kuthumi que entonces se hallaban en el período pro­batorio y que describiré en el próximo capítulo. Dichas imá­genes están colocadas alrededor de la pared a manera de estatuas y representan exactamente a los respectivos discípulos; pero ordinariamente no puede verlas el ojo físico porque la materia más densa que entra en su composición es la etérea.

Cerca del puente hay también un templete con torrecillas de estilo birmano, a donde acuden unos cuantos lugareños a ofrecer frutas y flores, quemar alcanfor y recitar el Pancha Sita. Un camino áspero y desigual conduce al valle por el lado del barranco. Desde cada una de las casas de los Maestros se ve la otra y ambas están más altas que el puente, desde donde es dudoso que se puedan ver porque el barranco forma allí meandro. Si seguimos el camino hacia el valle, pasada la casa del maestro Kuthumi, nos conducirá a una gran pilastra de roca desde la cual, a causa de los rodeos del barranco, se pier­de de vista la casa. Más allá del barranco se dilata una llanura con un lago en el que según tradición solía bañarse la señora Blavatsky, quien dicen que encontraba el agua muy fría. El valle es abrigado y se orienta hacia el mediodía, de suerte que aunque en invierno está toda la comarca aledaña cubierta de nieve, no recuerdo haber visto jamás ni un solo copo en las inmediaciones de las casas de los Maestros. Estas casas son de piedra, muy firme y sólidamente construidas.

La casa del maestro Kuthumi está dividida en dos partes por un recto pasillo central. La primera puerta de la derecha del pasillo da acceso al aposento principal de la casa, donde suele estar el Maestro. Es muy espacioso, de 15x9 metros de superficie y alto de techo, de modo que más parece salón que aposento y ocupa toda la latitud de la casa en la derecha del pasillo. Detrás de esta sala hay dos habitaciones casi cuadra­das, una para biblioteca y otra para dormitorio, que completan la parte derecha de la casa, destinada al uso personal del Maes­tro y rodeada de amplia galería. El lado izquierdo del pasillo está dividido en pequeños departamentos de diversas clases que no tuvimos ocasión de examinar detenidamente.

La sala principal tiene muchas ventanas en lo largo y en ancho, bajo las cuales se extiende un continuado asiento, de modo que al entrar se recibe la impresión de una ininterrum­pida perspectiva. También hay en el centro de la pared opues­ta a la de las ventanas una amplia chimenea con su tablero, cubierta de hierro forjado como se dice que no hay otra en el  Tibet y dispuesta de suerte que su irradiación calienta los tres aposentos.

 

 

Plano de la casa del Maestro Kuthumi.

   Junto a la chimenea está el sillón del Maestro, tallado en madera antigua y con el asiento tan exactamente adecuado al ocupante que no hay necesidad de cojines. Diseminados por el salón se ven mesas, divanes, sofás y otros asientos, la mayoría sin respaldo, y en un ángulo el teclado del órgano del Maestro.

El techo mide unos seis metros de altura con vigas pri­morosamente esculpidas que se entrecortan en puntos or­namentales y dividen el techo en secciones oblongas. Una arcada con una columna en el centro, de estilo algo semejan­te al gótico, pero sin vidriera, da a la biblioteca, y otra aber­tura semejante da al dormitorio. Esta pieza está sencillamen­te amueblada con una cama ordinaria, especie de hamaca pendiente entre dos soportes de madera tallada fijos en la pared, uno de ellos en figura de cabeza de león, y el otro en la de elefante, de suerte que cuando no se usa queda ple­gada contra la pared.

La biblioteca es un elegante departamento con millares de volúmenes. Perpendiculares a la pared sobresalen altas estan­terías repletas de libros en varios idiomas, algunos de ellos de la moderna bibliografía europea, y en lo alto hay anaqueles pa­ra los manuscritos. El Maestro es eminente filólogo, y además de muy erudito en literatura inglesa, conoce perfectamente la francesa y alemana. También hay en la biblioteca una máquina de escribir que al Maestro le regaló un discípulo.

Muy poco sé de la familia del Maestro. Hay una señora, evidentemente discípula, a quien llama «hermana»; pero ig­noro si efectivamente lo es, o si tan sólo prima o sobrina. Re­presenta mucha más edad que él, aunque esta circunstancia no haría improbable el parentesco, porque él conserva por largo tiempo el aspecto de quien domina a los años. Ella se le pa­rece algo, y una o dos veces ha concurrido a las reuniones te­nidas en la casa, aunque más bien cabe suponer que ejerce funciones de ama de gobierno y cuida de la servidumbre, en­tre la cual hay un anciano matrimonio que hace muchos años está al servicio del Maestro, y si bien nada saben de la verda­dera categoría de su amo, lo consideran como indulgente y amable patrón y se benefician muy mucho de estar a su ser­vicio.

   El Maestro posee un vasto jardín, aparte de gran extensión de terreno, y mantiene operarios agrícolas para cultivarlo. Cer­ca de la casa crecen entre helechos multitud de floridos ar­bustos y flores silvestres. Cruza el jardín un arroyuelo que forma una pequeña cascada sobre la cual está tendido un puen­te. Allí suele sentarse el Maestro cuando proyecta corrientes de pensamiento y derrama bendiciones sobre los suyos, y al su­perficial observador le parecería que contempla ociosamente la naturaleza y escucha distraído el canto de las aves y el ru­mor del agua. Otras veces se sienta en el sillón, y cuando los suyos le ven así, comprenden que no deben molestarlo, pues aunque ignoran lo que hace, suponen que está en Samadhi. La circunstancia de que los orientales conocen esta clase de me­ditación y la respetan, puede ser uno de los motivos que tie­nen los adeptos para vivir en Oriente con preferencia a Occi­dente.

De esta manera nos parece que el Maestro pasa en tran­quila y sedante actitud una considerable parte del día, cuando está en meditación, como nosotros diríamos, pero tiene además muchas otras tareas. Ha compuesto música y escrito notas y artículos con diversos fines, y también le interesa el adelanto de las ciencias físicas, aunque este ramo es la especialidad de otro Maestro de Sabiduría.

De cuando en cuando, el maestro Kuthumi cabalga en un hermoso bayo, y a veces cuando han de trabajar juntos, le acompaña el maestro Moria que siempre monta un magnífico caballo blanco.

Nuestro Maestro visita regularmente algún monasterio, y a veces sube al que está aislado en la montaña. Su principal ejercicio es andar a caballo para cumplir sus deberes, aunque también suele ir a pie en compañía del maestro Djwal Kul que vive muy cerca del risco desde donde se descubre el lago.

El Maestro toca a veces el órgano que tiene en la sala. Es­tá construido en el Tibet bajo su dirección y es una combina­ción de órgano y piano con teclado como los que he visto en Occidente, en el que puede interpretar toda nuestra música occidental. No se parece a ningún instrumento de los que co­nozco, porque tiene teclado a ambos lados para tocar indistin­tamente desde la sala o desde la biblioteca. Los teclados del órgano, pedal y acompañamiento dan a la parte de la sala, mientras que el del piano mira a la biblioteca. Los teclados se pueden pulsar a la vez o separadamente. El órgano con sus pedales se toca desde la sala como de ordinario; pero dando vuelta a un manubrio que hace efecto de registro, se enlaza el mecanismo del piano con el del órgano y ambos suenan simul­táneamente. Así resulta el piano como un registro suplementa­rio del órgano.

Sin embargo, desde la biblioteca puede tocarse el piano separadamente del órgano; pero un complicado mecanismo en­laza con el teclado del piano el acompañamiento del órgano, de modo que se puede tocar el piano solo o con acompaña­miento de órgano o con algunas llaves del órgano. Como tam­bién es posible, según he dicho, tocar separadamente ambos instrumentos, con dos ejecutantes, uno en cada teclado, resulta un dúo de órgano y piano. El mecanismo y la tubería de este extraño instrumento ocupan lo que pudiéramos llamar el des­ván de esta parte de la casa del Maestro, quien por magnetis­mo lo ha puesto en comunicación con los gandarvas o devas musicales, quienes cooperan en la ejecución de las obras, y producen armonías jamás oídas en el plano físico, como si las vibraciones del órgano acompañaran las de instrumentos de cuerda y viento.

Siempre está resonando en el mundo el canto de los de­vas, siempre resuena en el oído de los hombres, que no escu­chan su belleza. El profundo bordón del mar, el suspiro del viento en los árboles, el bramido del torrente montesino, el murmullo del arroyo, el rumor de los ríos, el estrépito de las cataratas junto con muchos otros sones componen el grandioso canto de la viviente Naturaleza y el eco en el mundo físico del más grandioso canto de la esencia de los devas.

 

Dice Luz en el Sendero:

 

Tan sólo fragmentos de este grandioso canto llegarán a tus oídos mientras no seas más que hombre. Pero si los escuchas, recuérdalos fielmente para no perder ninguno de los que te llegaron, y procura aprender de ellos el significado del misterio que te rodea. Con el tiempo no necesitarás instructor. Porque así como el individuo tiene voz, así también la tiene aquello en lo que el individuo existe. La vida habla y nunca está silenciosa. Pero su expresión no es un llanto, como tú que estás sordo, puedes suponer, sino un himno. Aprende por él que eres parte de la armonía. Aprende por él a conocer las leyes de la armonía.

  Todas las mañanas acude a casa del Maestro cierto nú­mero de personas, no precisamente discípulos, sino adherentes que se sientan en la galería. A veces les da el Maestro una es­pecie de conferencia, pero por lo general prosigue ocupado en su labor sin concederles más que una cariñosa sonrisa que los satisface igualmente. Están en el campo de influencia del aura del Maestro y lo veneran. A veces come en la galería rodeado de los tibetanos que se sientan en el suelo con las piernas cru­zadas; pero generalmente lo hace a solas en su aposento. Es posible que observe la regla de los monjes budistas y se abstenga de todo alimento después de mediodía, porque no re­cuerdo haberle visto nunca cenar, y aun es posible que no ne­cesite comer todos los días. Lo más probable es que tome ali­mento siempre que el sostén del cuerpo lo requiera, pero no a horas fijas. Le he visto comer unas tortas morenas y dulces, de harina de trigo, manteca y azúcar, confeccionadas por ma­no de su hermana. También come arroz y salsa de aderezo en forma de sopa. Se sirve de una primorosa cuchara de oro con un elefante en el extremo del mango, unido al cuenco en án­gulo distinto del de las cucharas usuales. Es una joya de fami­lia, muy antigua y seguramente de subido valor. De ordinario va vestido de blanco con la cabeza descubierta excepto cuando se reviste con el hábito de los gelugpas, del que forma parte un casquete parecido al casco romano. Sin embargo, el maes­tro Moria acostumbra llevar turbante.

La casa del maestro Moria está en el lado opuesto del valle y mucho más abajo, casi al lado del templete y de la entrada al subterráneo. Es de muy diferente arquitectura, de dos pisos con galerías de cristales en el frente de la fachada que da al camino. El género de vida del maestro Moria es muy seme­jante al ya descrito del maestro Kuthumi. Si subimos por el camino por la margen izquierda del barranco a lo largo del valle, pasaremos por la derecha de la casa y tierras del maestro Kuthumi, y en la colina encontraremos en el mismo lado del camino una cabaña que el hoy día maestro Djwal Kul cons­truyó con sus propias manos cuando era discípulo a fin de vi­vir cerca de su Maestro. En dicha cabaña hay una especie de placa en la que a petición del maestro Kuthumi un discí­pulo de nacionalidad inglesa estampó por precipitación una vista de la sala principal de la casa del Maestro con los retratos de varios maestros y discípulos, en recuerdo de una fruc­tífera y muy dichosa velada que pasaron en casa del Maestro.

Volviendo ahora a considerar el personal aspecto de los excelsos Seres, diremos que lo modifica algún tanto el Rayo o tipo a que cada cual pertenece. El primer Rayo domina en las más eminentes características y quienes nacen bajo su in­fluencia son los reyes y gobernantes del mundo interno y es­piritual, y en consecuencia del mundo físico. Todo el que po­sea en sumo grado las cualidades que los capaciten para do­minar a los hombres y conducirlos sin violencia por el camino que le plazca, pertenece probablemente al primer Rayo o se dirige hacia este Rayo.

Así es la regia presencia del Señor Vaivasvata, el manú y gobernador de la quinta raza raíz, el adepto de mayor estatura, pues mide dos metros de alto y está muy bien proporcionado. Es el hombre representativo y el prototipo de nuestra raza, pues de él descienden todos los individuos de esta raza. El rostro del Manú refleja extraordinario poderío; la nariz es aguileña; la barba castaña, espesa y ondulante; los ojos tam­bién castaños; y en su cabeza obstenta una magnífica cabe­llera, que le da un aspecto de leonina majestad.

 

Dice nuestra Presidente:

 

 «Es alto, de regia majestad, de mirada penetrante como la del águila, brillante y viva con reflejos de oro.»

Hoy día vive en los Himalayas, no lejos de la casa de su hermano mayor el Señor Maitreya.

Parecida figura es la del maestro Moría, lugarteniente y sucesor del Señor Vaivasvata, y futuro Manú de la sexta raza raíz. Es de la regia estirpe Rajput; usa barba partida, casi negra, y sobre los hombros le cae la cabellera. Los ojos son negros, de escudriñante y poderosa mirada. Es unos cuantos milímetros más bajo de estatura que el señor Vaivasvata, tie­ne aire marcial y habla en cortas y concisas frases, como si estuviera acostumbrado a que instantáneamente se le obede­ciese. Su presencia da la impresión de una fortaleza y poderío irresistibles con imperiosa dignidad que mueve a profundísima reverencia.

La señora Blavatsky me refirió varias veces cómo había encontrado al maestro Moria en el Hyde Park de Londres cuan­do el año 1851 vino él con otros príncipes indos a visitar la primera Exposición universal. Inconscientemente, pues sólo te­nía yo entonces cuatro años, lo vi también en aquella ocasión. Recuerdo que me llevaron a ver una fastuosa procesión cívica, en la que además de otras maravillas, cabalgaban unos perso­najes indos lujosamente trajeados. Eran habilísimos jinetes que a mi parecer montaban los más hermosos corceles del mundo y no es extraño que en ellos se fijaran deleitosamente mis infantiles ojos, y que fueran para mí lo más atractivo de aquella mágica exhibición. Al pasar los jinetes por donde yo es­taba de la mano de mi padre, uno de los más arrogantes me echó con sus negros ojos una penetrante mirada que medio me estremeció y al propio tiempo llenóme de indescriptible gozo y entusiasmo. Pasó con sus compañeros y no le volví a ver, pero el recuerdo de aquella refulgente mirada quedó estam­pado en mi infantil memoria.

Por supuesto que a la sazón no sabía yo quién fuese, y nunca lo hubiera podido identificar a no ser por una benévola observación que me hizo muchos años después. Hablando un día en su presencia de los primeros días de la Sociedad Teosófica, acerté a decir que tuve el placer de verle por vez pri­mera en materializada forma cuando en cierta ocasión fue al aposento de la señora Blavatsky, en Adyar, para infundirle for­taleza y darle algunas instrucciones. Pero él, que conversaba con otros adeptos, volviese de pronto hacia mí y amablemen­te me dijo:

«No fue esa la primera vez. ¿No recuerdas que cuando eras todavía muy niño fuiste a ver la cabalgata de caballeros indos, y no notaste que ya entonces te dirigí la mirada?

Recordé inmediatamente y respondí:

— ¡Oh! Maestro. ¿Erais vos? Debí haberos reconocido.

No mencioné este incidente entre las ocasiones que tuve de tratar a un Maestro en cuerpo físico, porque no sabía que el jinete de la mirada fuese Maestro, y porque nadie hubiera hecho caso del testimonio de un chiquillo.

Otro regio personaje es el Señor Chakshusha, el manú de la cuarta raíz, de nacionalidad china y nobilísima estirpe. Tie­ne los salientes pómulos del tipo mongol y su rostro parece primorosamente esculpido en marfil viejo. Viste de ordinario magníficas túnicas de tisú de oro, y por lo general no nos re­lacionamos con él en nuestra usual labor excepto cuando en tal o cual ocasión tratamos con un discípulo perteneciente a la cuarta raíz.

La personalidad de nuestro Señor el Bodisatva, el Instruc­tor del mundo, y la de su principal lugarteniente el maestro Kuthumi denotan la influencia de su omniabarcante amor. El señor Maitreya lleva en la actualidad un cuerpo de la subraza celta, aunque cuando aparezca en el mundo para enseñar a Su pueblo, como muy pronto trata de hacerlo, asumirá el cuerpo preparado para El por uno de sus discípulos. Hermosísimo es su rostro, de rasgos firmes y sin embargo suavísimos, con abundosa cabellera que cual lluvia de oro le cae sobre los hom­bros. La barba es puntiaguda, como se le representa en anti­guas pinturas, y sus ojos, de maravilloso color violado, pare­cen dos flores gemelas, dos luceros, dos profundos y santos hoyos llenos de las aguas de sempiterna paz. Su sonrisa es de inefable dulzura y le rodea un deslumbrante nimbo de esplen­dente luz matizada con el admirable reflejo rosado que siem­pre brilla en el Señor de Amor.

 

Nos lo podemos imaginar sentado en su vasto salón fron­tal de su casa en los Himalayas. Se abren en el salón varias ventanas que dan a los jardines y terrazas y a lo lejos se divisan las onduladas planicies de la India.

O bien cabe imaginárnoslo vestido de flotante túnica blan­ca con amplia cenefa de oro, paseando por el jardín para gozar del fresco a la caída de la tarde entre las hermosas flores que embalsaman el aire con su exquisita fragancia.

Admirable sobre toda medida y descripción es nuestro bendito Señor el Cristo porque de El fluye el amor que confor­ta a millones de almas, y Su voz es la voz que habla, como ja­más lo hizo hombre alguno, las docentes palabras que dan paz a los ángeles y a los hombres. Dentro de pocos años, los que an­dan por los tenebrosos caminos del mundo oirán la voz y sen­tirán la influencia del amor de Cristo. ¡Ojalá podamos dispo­nernos a recibirle cuando advenga y tributarle adecuado reci­bimiento y fiel servicio!

El maestro Kuthumi lleva cuerpo de brahmán de Cachemi­ra y es de complexión tan airosa como la de los ingleses de tipo medio. Tiene flotante cabellera y azules ojos henchidos de júbilo y amor. La barba y el cabello son castaños, tornasolados de rubio y oro cuando los hiere un rayo de sol. Difícil es de describir su rostro, porque la sonrisa altera su expresión. La nariz está elegantemente configurada y los ojos son rasgados y de un admirable y límpido azul. También instructor y sacer­dote y de aquí a muchos siglos sucederá al Señor Cristo en su altísimo cargo, y será el Instructor del mundo y el Bodisatva de la sexta raza raíz.

El Mahachoán es el tipo de estadista, del hábil organiza­dor, aunque también posee algunas características militares. Lleva cuerpo indo, alto y delgado, de perfil elegante y rostro lampiño, severo, con robusto y cuadrado mentón. Los ojos pro­fundos, de mirada penetrante, y habla con brusquedad de soldado. Generalmente usa el traje indo con turbante.

Mucho se le parece al Mahachoán el maestro conocido con el nombre de conde de San Germán. Aunque no muy alto, es gallardo, de porte marcial, con la grave dignidad y exquisita cortesía de un magnate del siglo XVIII, que denota su perte­nencia a una antigua y noble familia. Son sus ojos rasgados y castaños, rebosantes de ternura y jovialidad, con destellos de energía, y su majestuoso aspecto impele a la obediencia. La color del rostro es aceitunada; el cabello recortado con raya en medio, peinado hacia atrás, y barba corta en punta. Suele llevar un uniforme de paño oscuro con vueltas de dorado en­caje y capa encarnada de corte militar que acrecienta su marcial continente. Reside de ordinario en un castillo de la Europa oriental, secular propiedad de su familia.

El maestro Serapis es alto, de hermosa complexión y na­cionalidad griega, aunque toda su labor se concentra en Egip­to, relacionada con la Logia egipcia. Es de distinguidas faccio­nes de tipo ascético, algo parecidas a las del cardenal Newman.

Acaso el adepto llamado el Veneciano es el más gallardo y hermoso de toda la Fraternidad. Mide 1,977 metros de estatu­ra y su abundante barba y rubia cabellera se parecen a las del Manú. Tiene los ojos azules. Aunque nacido en Venecia, su fa­milia es indudablemente de sangre goda, pues su tipo pertenece a esta subraza.    

El maestro Hilarión es griego, de antiguo tipo heleno, ex­cepto en lo ligeramente aguileño de la nariz. Su ancha y hun­dida frente se parece a la del Hermes de Praxiteles. También es de hermosa presencia y de más juvenil continente que la mayoría de los adeptos.

   El que en un tiempo fue el discípulo Jesús lleva ahora cuerpo sirio con la atezada epidermis, los negros ojos y la negra barba de los árabes. Viste de ordinario túnica blanca con 'turbante. Es el Maestro de los devocionales y tiene por tónica de su personalidad una intensa pureza y una tan pro­funda devoción que no conoce obstáculos. Vive con los drusos del monte Líbano.

Dos de los excelsos Seres con quienes nos hemos relacio­nado, difieren levemente del que con toda reverencia pudiéra­mos llamar tipo usual del cuerpo físico del adepto. A uno de ellos lo cita varias veces en sus escritos el coronel Olcott y se le da el nombre de Júpiter en la obra titulada: El Hombre; de dónde y cómo vino. Es de más baja estatura que la mayoría de los miembros de la Fraternidad, y según se me alcanza, el único cuyo cabello tiene toques grises. Se mantiene erguido y anda con gallardo aire marcial. Es propietario rural y cuando con Swami T. Subba Rao fui a visitarlo, le vi varias veces tra­tar de negocios con quienes parecían capataces que le rendían cuentas y recibían instrucciones.

El otro es el maestro Djwal Kul, quien todavía llevaba el mismo cuerpo de cuando logró el adeptado hace pocos años. Por este motivo no habrá sido posible hacer de este cuerpo una perfecta reproducción del augoeides. Su rostro tiene rasgos distintamente tibetanos, con salientes pómulos, y es de aspecto un tanto avejentado.

A veces un adepto necesita por alguna circunstancia espe­cial un cuerpo a propósito para intervenir temporáneamente en el mundano bullicio. Tal será el caso cuando advenga el Ins­tructor del mundo, y se nos dice que también entonces apare­cerán varios otros adeptos para servirle de lugartenientes y ayudarle en su magna obra por la humanidad. Estos excelsos Seres, a ejemplo de su Jefe, asumirán temporáneamente los cuerpos de sus discípulos, por lo que es necesario que estén dispuestos cierto número de tales vehículos para que Ellos pue­dan usarlos.

Algunos estudiantes suelen preguntar que cómo teniendo ya los adeptos cuerpo físico necesitarán otros en la antedicha ocasión. Quienes alcanzan el adeptado y escogen de entre los siete senderos que ante sus pasos se abren el de permanecer en este mundo para guiar la evolución de la humanidad a que pertenecen, conceptúan conveniente a su obra el retener cuerpo físico, que no puede ser como los ordinarios si ha de servir a su propósito, pues además de completamente sano debe ser perfecta expresión de cuanto puede manifestar el ego en el plano físico.

La construcción de semejante cuerpo no es liviana tarea. Cuando el ego de un hombre ordinario encarna en su nuevo cuerpo infantil, lo encuentra dirigido por un elemental artifi­cial creado de conformidad con el karma del ego, según expuse en La Vida interna. Dicho elemental está hábilmente ocupado en modelar la forma física que muy luego ha de nacer al mun­do exterior, y permanece dando ulteriores toques al cuerpo hasta los seis a siete años del niño. Durante este tiempo, el ego se va familiarizando con sus nuevos vehículos mental, emo­cional y físico; pero muy poca es la efectiva acción que en ellos ejerce hasta la retirada del elemental. Aunque está relacionado con sus cuerpos no les presta mucha atención, y prefiere espe­rar el punto en que sean más responsivos a sus esfuerzos.

Muy distinto es el caso del adepto. Como quiera que no ha de agotar mal karma, no interviene el elemental artificial y el ego se encarga de desenvolver su cuerpo sin ajeno auxilio ni más limitaciones que las de la ley de herencia. De esta suer­te es posible elaborar un cuerpo más fino y delicado, aunque también exige mayor esfuerzo por parte del ego y consume du­rante algunos años gran cantidad de tiempo y energía. En con­secuencia, y también por otras razones, el adepto no quiere repetir este trabajo más veces de las estrictamente necesarias y procura que su cuerpo le dure tanto como sea posible. Nues­tros cuerpos envejecen y mueren por diversas causas, entre ellas la heredada debilidad, las enfermedades, accidentes, pa­siones y exceso de trabajo. Pero en el caso del adepto, no in­fluye ninguna de dichas causas, y su cuerpo es capaz, sin em­bargo, de realizar una obra y tener un aguante incomparable­mente superior a la capacidad del hombre ordinario.

Los cuerpos de los adeptos son tales como los hemos des­crito y pueden retenerlos muchísimo más tiempo que el hom­bre ordinario, de lo que resulta que su edad supera en mucho a su aspecto. Por ejemplo, el maestro Moría representa unos treinta o cuarenta años; y sin embargo, según lo que de El nos dicen sus discípulos tiene su cuerpo cuatro o cinco veces más edad, pues la misma señora Blavatsky refiere que cuando de niña lo vio por vez primera, estaba tan viril como muchos años después.

El maestro Kuthumi representa la misma edad que su constante amigo y compañero el maestro Moría; y sin embar­go, se cuenta que recibió un título universitario en Europa an­tes de promediar el pasado siglo, por lo que está ya cerca de los cien años. Actualmente carecemos de auténticos informes acerca del límite de vida del cuerpo físico de un adepto, pero hay indicios para conjeturar que excede en más del doble de los setenta años a que alude el Salmista.

Un cuerpo así construido de propósito para llevar a cabo magnas obras ha de ser inevitablemente muy sensitivo, y por esta razón requiere exquisitos cuidados si ha de estar siempre en inmejorable disposición. Se desgastaría tan pronto como los nuestros si estuviera sujeto a los innumerables roces y menu­das molestias del mundo profano y de su incesante corriente de siniestras vibraciones. Así es que los excelsos Seres viven de ordinario en relativo apartamiento del mundo y aparecen ra­ras veces en este ciclónico caos a que llamamos vida diaria. Si pusieran sus cuerpos en el torbellino de curiosidad y vehemente emoción que sin duda rodeará al Instructor del mundo cuando advenga, seguramente que se acortaría su vida y por ser suma­mente sensitivos habrían de pasar innecesarios sufrimientos.

El adepto evita estos inconvenientes ocupando el cuerpo de un discípulo, cuya evolución impele poderosamente con ello. Usa de este prestado vehículo, únicamente cuando lo necesita para dar una conferencia, derramar una lluvia de bendiciones o cualquier otro propósito, y una vez cumplido devuelve el cuerpo al discípulo que entretanto ha estado en espera, y re­asume el cuerpo de su propia pertenencia para proseguir su obra en beneficio del mundo. De este modo no interrumpe gran cosa sus habituales ocupaciones, y sin embargo tiene siempre a su disposición un cuerpo por cuyo medio puede cooperar cuando sea necesario en la beatífica obra del Instructor del mundo.

 

Fácilmente cabe imaginar la influencia que esto ejerce en el discípulo favorecido por la distinción de prestar su cuerpo físico a un Maestro, aunque escape a nuestro alcance la exten­sión que pueda tener dicha influencia.

 

Un vehículo impregnado del magnetismo del Maestro ha de ser para el discípulo un poderoso auxilio y no una limita­ción, pues mientras usa su cuerpo tendrá siempre el privilegio de bañarlo en el maravilloso magnetismo del adepto, porque ha de estar dispuesto a reasumirlo tan pronto como haya aca­bado de usarlo el Maestro.

 

Los adeptos siempre toman prestado el cuerpo de su discípulo cuando consideran conveniente convivir con los hombres en mundanas condiciones.

 

Así procedió el Señor Gautama cuando vino al mundo a obtener el budado y lo mismo el Señor Maitreya cuando estuvo en Palestina hace dos mil años.

La única excepción que conozco es la del bodisatva que asume el oficio de instructor del mundo cuando su predecesor obtiene el budado. Su primera aparición en el mundo con la nueva categoría de instructor se efectúa por medio del naci­miento en cuerpo infantil. Así lo hizo nuestro Señor, el actual Bodisatva, cuando nació con la personalidad de Sri Krisnha en las rientes llanuras de la India para verse amado y reverencia­do con vehementísima devoción apenas jamás igualada.

La temporánea ocupación del cuerpo de un discípulo no ha de confundirse con el permanente uso que una persona anciana hace del vehículo que alguien le ha preparado. Saben los per­sonalmente adoctrinados por nuestra insigne fundadora, la se­ñora Blavatsky, que cuando dejó el cuerpo en que la conoci­mos, infundióse en otro que acababa de abandonar su primi­tivo poseedor. No sé de cierto si este cuerpo había sido prepa­rado deliberadamente para ella, aunque se conocen casos en que hubo tal preparación.

 

Siempre es difícil adaptar el vehículo así prestado a las necesidades e idiosincrasia del nuevo ocupante, y probablemen­te nunca le será vestidura de cabal adaptación. El ego que va a encarnar tiene la facultad de escoger entre consumir gran cantidad de tiempo y trabajo en gobernar el desenvolvimiento de un nuevo vehículo que sea tan perfecta expresión de él co­mo cabe en el plano físico o bien evitar esta dificultad infun­diéndose en el cuerpo que otro ego le preste, proporcionándole así un instrumento lo bastante eficaz para todo ordinario me­nester, aunque nunca satisfaría por completo las necesidades de su poseedor. Desde luego que todo discípulo estará anheloso de honrarse en proporcionarle el cuerpo a su Maestro; pero pocos son los vehículos suficientemente puros para ello.

 

Suele preguntarse que para qué necesita el adepto cuerpo físico si su obra tiene por campo de acción los planos supe­riores.

 

Este punto no es de nuestra incumbencia; pero si la espe­culación sobre ello no es irreverente, se nos ocurren varias ra­zones. El adepto invierte mucho tiempo en proyectar corrien­tes de influencia, y aunque según se infiere de la observación, dichas corrientes proceden más a menudo del plano causal o del inmediatamente superior, suelen ser a veces corrientes eté­reas, para cuya proyección es indudablemente más ventajoso un cuerpo físico. Por otra parte, casi todos los Maestros a quienes he visto, tienen unos cuantos discípulos que les sirven de auxiliares y con Ellos o muy cerca viven en el plano físico y para esta convivencia se necesita cuerpo físico. De esto se in­fiere que muy poderosos motivos ha de tener un adepto para tomarse la molestia de asumir cuerpo físico, pues ya conoce­mos lo bastante sus procedimientos de actuación para estar convencidos de que siempre lo hacen todo del mejor modo po­sible y por el medio que requiere el mínimo consumo de energía.

SEGUNDA PARTE

LOS DISCÍPULOS

CAPITULO III

 

EL SENDERO HACIA EL MAESTRO

 

Siempre ha existido una Fraternidad de Adeptos, la Gran Fraternidad Blanca. Siempre han existido aquellos que saben, los poseedores de la interna sabiduría, y nuestros Maestros fi­guran entre los actuales representantes de esta potísima estirpe de videntes y sabios. Parte del conocimiento que Ellos entro­jaron durante innumerables eones está a la disposición de to­do ser humano en el plano físico, con el nombre de Teosofía. Pero aun hay más allá. Al hablar alguien en cierta ocasión del enorme cambio operado por la Teosofía en nuestra conducta, y del admirable alcance de la doctrina de la reencarnación, el maestro Kuthumi repuso sonriente:

 

—Sí, es verdad; pero nosotros no hemos hecho hasta ahora otra cosa que levantar una punta del velo.

 

Cuando ya hayamos asimilado completamente el conoci­miento recibido y nos conduzcamos con arreglo a Sus enseñan­zas, la Fraternidad estará dispuesta a levantar un poco más el velo, pero sólo cuando cumplamos dichas condiciones.

El Sendero está abierto para cuantos anhelan saber y ade­lantar más; pero quien aspire a acercarse a los Maestros y al­canzarlos habrá de ser inegoísta como lo son Ellos, habrá de olvidarse de su personalidad y dedicarse enteramente al servi­cio de la humanidad como Ellos se dedican. El punto de vista de los Maestros es tan distinto del nuestro que por de pronto no alcanzamos a comprenderlo. Tienen sus particulares afec­tos como los tenemos nosotros y seguramente aman a unos hombres más que a otros; pero nunca permitirán que estos sentimientos influyan lo más mínimo en su obra. Se ocuparán muchísimo de un hombre si en él descubren las semillas de futura grandeza y si conocen que no serán tiempo ni trabajo perdidos los que en él inviertan. En el ánimo de los excelsos Seres no cabe el menor asomo de favoritismo. Única y exclusi­vamente consideran la obra que se ha de hacer, la obra de la evolución y la valía de un hombre con relación a ella, y si no­sotros nos capacitamos para tomar parte en la obra de la evo­lución, muy rápidamente progresaremos.

 

Pocos se dan cuenta de la magnitud de esta empresa, ni de la gravedad de su petición cuando desean que se les admita como discípulos. Los adeptos se relacionan con el mundo en­tero por medio de enormes efluvios de energía, con los que in­fluyen en los cuerpos causales de millones de seres o en el plano búdico, y constantemente aunque gradualmente enalte­cen en gran escala los cuerpos superiores de las gentes. Sin em­bargo, el mismo Maestro que emplea su vida en esta obra, atiende a veces a los pormenores relacionados con un discípu­lo. Todos cuantos se atrevan a solicitar su admisión como dis­cípulos han de advertir la estupenda índole de las fuerzas y de la obra en que se han de empeñar y de la excelsitud de los Seres con quienes se han de relacionar. Por muy poco que se com­prenda la magnitud de todas estas cosas se echará de ver por qué los adeptos no quieren emplear energía en un discípulo, a no ser que conozcan que dentro de un plazo prudencial podrá añadir en recta dirección una poderosa corriente de energía en beneficio del mundo. Los adeptos están encargados de llevar a cabo el plan del Logos del sistema y quienes de nosotros anhe­len acercárseles, han de aprender a conducirse igualmente y vi­vir tan sólo para la obra. Quienes así lo hagan, atraerán sin du­da la atención de los excelsos Seres, quienes les enseñarán a ayudar y favorecer al mundo.

Lento pero constante es el progreso humano. Por lo tanto, va aumentando el número de hombres perfectos, y todo el que haga el tremendo esfuerzo requerido, llegará al adeptado. En circunstancias normales se necesitan muchas vidas antes de al­canzar tan alto nivel; pero precisamente ahora se nos depara la posibilidad de apresurar nuestro adelanto en el Sendero y concentrar en unas cuantas vidas terrenas la evolución que a paso ordinario tardaría millares de años. Tal es el esfuerzo que están haciendo algunos miembros de la Sociedad Teosófica en cuya Escuela Interna o Esotérica se enseña a los hombres a prepararse más rápidamente para dicha magna obra. Esta preparación requiere mucho dominio propio y determinado esfuerzo perseverante año tras año, que a menudo da muy pocas muestras exteriores de adelanto, porque entraña el de­senvolvimiento de los cuerpos superiores con preferencia al físico, y dicho desenvolvimiento no siempre se manifiesta notoriamente en el plano físico.

Quien oye hablar de los Maestros y su obra y comprende bien todo cuanto significa y entraña debe sentirse inmediata­mente movido por el interno deseo de conocerlos y entrar a su servicio. Cuanto más aprende mayormente admira la belleza y gloria del plan de Dios y más vivo es su anhelo de tomar parte en la obra. Una vez convencido de que Dios tiene un plan de evolución desea ser colaborador de Dios y ninguna otra cosa puede darle cumplida satisfacción.

Entonces se pregunta: «¿Qué debo hacer?» Y la respuesta es: «Trabajar tanto como puedas en auxilio del progreso de la humanidad, como trabaja el Maestro. Comienza con lo que ten­gas ocasión de hacer y puedas hacerlo, aunque al principio sea algún humilde menester externo, y en cuanto adquieras las ne­cesarias cualidades de carácter se te confiará el aspecto supe­rior de la tarea hasta que por el esfuerzo de portarte y obrar óptimamente poseas las cualidades que exige la admisión en la Gran Fraternidad Blanca.»

Recuerdo que cuando por vez primera tuve la satisfacción de ponerme en más estrecho enlace con el Maestro, le pregunté por carta qué debía hacer y me respondió como sigue:

«Debéis hallar apropiada labor. Ya sabéis lo que nosotros hacemos. Participad en nuestra obra del modo que podáis. Si yo os encargara determinada labor, la haríais, pero el karma sería mío porque yo os lo encargué, y vos sólo cosecharíais el karma de la obediencia voluntaria, que si bien es muy bueno, no es el resultante de iniciar una fructífera acción. Deseo que hagáis algo por vuestra propia iniciativa, pues así recaerá en vosotros el karma de la buena acción.»

Creo que todos podemos aplicarnos estas palabras y com­prender que no hemos de esperar a que se nos encargue o con­fíe tal o cual obra, sino ponernos espontáneamente a trabajar. Hay muchísima obra de índole modesta que realizar en relación con la Teosofía. Quizás alguien prefiera la parte más ostentosa, como dar conferencias ante numerosos auditorios, y habrá quienes a ello se brinden; pero hay gran porción de tra­bajo monótono y fatigoso en relación con la Sociedad Teosófica, y no siempre encontramos quienes voluntariamente lo hagan.

La reverencia y el amor a nuestros Maestros deben mover­nos a hacer voluntariamente lo que quiera que en su servicio redunde por humilde que sea, pues podemos tener la segu­ridad de que los servimos siempre que ayudamos a la So­ciedad fundada por dos de Ellos.

De muy señalado carácter son las cualidades que para la admisión en la Gran Fraternidad Blanca se han de adquirir du­rante la obra realizada en la primera parte del Sendero. Son siempre esencialmente las mismas aunque se les ha dado muy diversos nombres en los últimos veinticinco siglos; pero la más reciente y sencilla exposición de ellas se encuentra en el admi­rable libro de Krishnamurti titulado: A los pies del Maestro.

 

Aunque el señor Krishnamurti es ante las gentes el autor del libro, su contenido es casi todo original del Maestro Kuthumi, según declara el mismo autor al decir en el prefacio: «Es­tas palabras no son mías, sino del Maestro que me enseñó». Cuando se publicó el libro, el cuerpo del señor Krishnamurti era de trece años de edad, y los planes del Maestro requerían que tuviese pronto conocimiento de las condiciones seguidas para la iniciación.

 

El texto del libro contiene cuanto el Maestro creyó a pro­pósito para concentrar la esencia de la necesaria enseñanza en la forma más breve y sencilla posible. A no ser por las exigen­cias de este caso particular, nunca hubiéramos podido disponer de una exposición tan clara, concisa, completa y que abarcara todos los puntos esenciales. Muchos libros se han publicado con los pormenores de las etapas del Sendero probatorio y va­riedad de argumentos para definir el exacto significado de los términos sánscritos y palis; pero en el citado libro del señor Krishnamurti, el Maestro desvanece gallardamente toda ambi­güedad y se contrae a dar la esencia de la doctrina en palabras de los modernos idiomas o apropiados a la mentalidad de la vida del día.

Por ejemplo, las cuatro cualidades llamadas en sánscrito viveka, vairagya, shatsampatti y mumukshutva, se traducen en el libro A los pies del Maestro con las palabras de equiva­lente significado discernimiento, indesideración, bondad y amor. Sin embargo, la traducción fiel de mumukshutva no es amor, porque dicha palabra sánscrita expresa deseo de libera­ción. Pero el Maestro parece argüir diciendo que el intenso deseo de liberación equivale al de trascender toda traba mun­dana, de modo que aun viviendo entre estas trabas no se ex­perimente ni el más leve sentimiento de estar ligado a ellas. Pero semejante liberación sólo puede lograrse por medio de la unión con el supremo Ser inmanente en todas las cosas, es decir, por la unión con Dios. Y Dios es amor. En consecuencia, sólo cuando lleguemos a estar henchidos del amor divino al­canzaremos la liberación.

 

No es posible describir las cualidades más hermosas y satisfactoriamente como están descritas en A los pies del Maestro, y cabe decir confiadamente que quien practicara con toda escrupulosidad las enseñanzas expuestas en dicho libro, pasaría inmediatamente por el portal de la iniciación. Fue para el Maestro un caso excepcional emplear tanto tiempo en la di­recta enseñanza de un individuo; pero por medio del señor Krishnamurti han llegado las enseñanzas a conocimiento de millares de gentes a quienes auxiliaron inconcebiblemente.

Muy sencillo es el relato de cómo se escribió A los pies del Maestro. Todas las noches me llevaba yo al jovencito Krishna­murti en cuerpo astral a casa del Maestro para que le enseña­se. El Maestro hablaba con él unos quince minutos cada noche, y al terminar la plática resumía el Maestro en unas cuantas frases o en una sola máxima los principales puntos que le ha­bía enseñado, y se repetía el sumario hasta que el joven lo aprendía de memoria. Al despertarse por la mañana, recordaba el sumario y lo transcribía. El texto de A los pies del Maestro contiene todos estos resúmenes, epítomes o sumarios de las enseñanzas del Maestro y con sus propias palabras. El joven los transcribía algo trabajosamente porque a la sazón no cono­cía bien el idioma inglés; pero la transcripción era exacta pues sabía los sumarios de memoria. Tiempo después marchó el jo­ven Krishnamurti a Henares con nuestra Presidente. Desde allí me escribió a Adyar donde yo estaba, pidiéndome que coleccio­nara y le enviase todas las notas que el había tomado de lo que el maestro le había dicho. Yo las coleccioné lo mejor que el pude y las copie a máquina.

 

Entonces me pareció que como todo era palabras del Maestro, sería mejor asegurarme de que no había error de la transcripción, ya al  efecto le enseñé al maestro Kuthumi la copia mecanográfica, suplicándole que tuviera la amabilidad de 

repasarla. La leyó, cambió aquí y allá algunas palabras, puso unas cuantas apostillas aclaratorias y añadió unas pocas frases que yo le había oído durante las lecciones y estaban omitidas. Después me dijo: «Ahora me parece que está bien. Es aceptable.» Pero enseguida repuso: «Se lo enseñaremos al Señor Maitreya.» En efecto, fuimos los dos, él con la copia en la mano, a enseñárselo al Instructor del Mundo, quien la leyó, aprobó y dijo: «Debiérais hacer con esto un libro que sirviese para que las gentes conozcan a Alcione.»

Sin embargo, nosotros no teníamos intención de publicar en el mundo profano dichas enseñanzas ni considerábamos conveniente que el pensamiento público se concentrara en un muchacho de trece años que aún había de completar su educación. Pero en el mundo oculto hacemos lo que se nos manda y, en consecuencia, a la mañana siguiente estaba ya el original en la imprenta.

 

Sobrevinieron todos los inconvenientes que de la publicación recelábamos; pero el Señor Maitreya seguía teniendo razón y nosotros no, porque el bien que el ilbro ha allegado al mundo, excede inimaginablemente de las tribulaciones .que nos causó su publicación. Millares de gentes nos han escrito diciéndonos que la lectura del libro cambió radicalmente su conducta y los movió a mirar todas las cosas desde un punto de vista completamente distinto y más certero de] en que hasta entonces se habían colocado.

Se ha traducido A los pies del Maestro a veintisiete idiomas y se han impreso más de cien mil ejemplares en unas cuarenta ediciones. Ha realizado este libro una labor maravillosa.

Sobre todo lleva la especial licencia del adviniente Instructor del Mundo, y esta circunstancia acrecienta su valor, pues nos da una idea de lo que serán las enseñanzas del Instructor.

Otros libros hay también muy útiles para quien se esfuerce en entrar en el Sendero. Son La Voz del Silencio y Luz en el Sendero que al efecto se nos dieron, y los admirables libros de nuestra Presidente titulados: Hacia el Templo y El Sendero del discipulado que son de inestimable valía.

 

Si lee y medita estos libros, no tendrá el aspirante duda alguna de lo que haya de hacer. Ha de esforzarse en dos puntos principales: la reforma de su carácter y la labor en beneficio del prójimo.

Las enseñanzas de los citados libros le invitan a tomar respecto do la vida una actitud por completo diferente, según se infiere de las frases de un Maestro que dice:

«Quien aspire a trabajar con nosotros y para nosotros ha de abandonar su mundo y venirse al nuestro.»

 

Esto no significa, como han supuesto algunos orientalistas, que el candidato haya de apartarse del trato de las gentes y de sus diarias ocupaciones mundanas, y retirarse al yermo, a la cueva o a la montaña; pero sí que ha de desechar por completo su actitud mental respecto del mundo y asumir la del Maestro. El hombre mundano juzga de los sucesos del mundo según afectan a sus personales intereses; el Maestro los juzga únicamente según influyen en la evolución de la humanidad. Todo cuanto contribuya a favorecer la marcha de la humanidad por el camino del progreso es bueno y debe apoyarse. Todo cuanto de un modo u otro se oponga, interrumpa, estorbe o retarde el adelanto de la humanidad es malo y debe combatirse. Es bueno cuanto favorece la evolución. Es malo cuanto la perjudica.

 

En esto vemos un criterio muy diferente del profano, y nos proporciona una piedra de toque para comprobar lo que hemos de favorecer y lo que hemos de combatir, pudiendo aplicar también este criterio a las cualidades de nuestro carácter. Seremos útiles al Maestro en tanto podamos colaborar con El aunque sea en humildísimos menesteres, y nuestra mejor obra será el hacernos semejantes a El de modo que miremos el mundo como El lo mira.

 

   Si trabajamos en correspondencia con el Maestro, cada vez nos colocaremos en mayor simpatía con El y nuestros pensamientos se parecerán más y más a los suyos, con lo que nos acercaremos a El en pensamiento y obra hasta el punto en que llamemos su atención, pues siempre está en vigilancia de quienes puedan servirle de auxiliares en su labor. Una vez se haya fijado en nosotros nos atraerá hacia El para observarnos desde más cerca y con mayor detenimiento, a cual efecto nos pondrá en contacto con cualquiera que ya sea discípulo. Por lo tanto no hay necesidad de hacer especial esfuerzo para llamarle la atención.

Nos dice la señora Blavatsky que el Maestro se fija en quienquiera que ingresa en la Sociedad Teosófica, y añade que aun en algunos casos lo estimula al ingreso a causa de sus precedentes vidas. Así parece que los excelsos Seres saben mucho de nosotros antes de que conozcamos algo de Ellos. El adepto nada olvida. Está siempre en posesión de cuanto le ha sucedido y si por coincidencia mira a una persona, ya para siempre la recuerda.

Cuando alguien ingresa en la Escuela Esotérica, se establece un definido enlace, no todavía directamente con el Maestro, sino antes con la cabeza visible de la Escuela y por su conducto con el Maestro, quien es la cabeza invisible.

El lazo así establecido con la cabeza visible se va estrechando a medida que el candidato adelanta en la Escuela. En las etapas preliminares es muy débil el lazo, que se fortalece algún tanto al efectuar la promesa y cuando dan la correspondiente, a los grados superiores se estrecha todavía más el lazo, lo cual queda de manifiesto en la mayor intensidad de la línea mental que enlaza a cada uno de los miembros de la Escuela con la Cabeza visible, porque en ella está pensando constantemente el candidato durante la meditación, que fortalece y abrillanta el lazo.

La Cabeza visible o Jefe externo de la Escuela Esotérica está ya identificado con su Maestro; y por lo tanto, quien con el Jefe se relaciona queda también relacionado con el Maestro. De esta suerte, todos los pertenecientes a la Escuela Interna están en contacto con su Maestro, que es el maestro Moría, aunque trabajan en modalidades de actividad distintas de las de El y serán discípulos de otros Maestros cuando se les ponga a prueba. Sin embargo, aun mientras permanezcan en la Escuela Esotérica recibirán la influencia del que ha de ser su Maestro, porque si bien los adeptos viven separadamente en el mundo físico, están en realidad tan unidos, que relacionarse con uno equivale a ponerse en relación con todos. Parecerá una vaga e indirecta relación; pero no es lo que desde nuestro bajo punto de vista nos figuramos, pues los adeptos están admirablemente unidos en estrecho haz en los planos superiores.

    Durante la preliminar etapa de este indirecto enlace por medio del Jefe visible, el Maestro puede emplear por instrumento, si así lo desea, a cualquiera de los individuos de la Escuela Esotérica; pero no suele hacerlo porque es cosa en El insólita transcribir su energía por un conducto no especialmente preparado. Pero El conoce algún tanto a los que están en su Escuela, y este conocimiento se manifiesta a veces en la emisión de un auxiliador pensamiento a los que trabajan para El. Sé de un caso en que se valió de un miembro de la Escuela que estaba dando una conferencia, para exponer nuevos puntos ante el auditorio. Desde luego que se vale mucho más frecuentemente de sus discípulos, pero también a veces de algunos que no lo son.

Cuando el estudiante comprenda todo esto, ya no preguntará; « ¿Qué haré para llamar la atención del Maestro?» Sabrá que es completamente innecesario esforzarse en llamarle la atención y que no hay ni el más leve temor de que nadie le pase inadvertido.

 

Sobre este particular recuerdo muy bien un incidente de mis primeros días de relación con los Maestros. Conocía yo en el plano físico a un sujeto eruditísimo y de suma santidad de carácter, quien creía firmemente en la existencia de los Maestros y dedicó su vida a la obra de habilitarse para el servicio. Parecíame un hombre tan a propósito en todos conceptos para el discipulado, y tan superior a mí en muchos aspectos, que no podía comprender cómo no estaba ya reconocido. Como yo era a la sazón novicio e ignorante aproveché una favorable oportunidad que se me deparaba, y muy humildemente y como si de antemano me disculpara, le hablé al Maestro de aquel hombre, insinuando que tal vez podría ser un eficaz instrumento. El Maestro me respondió sonriendo amablemente con juguetón acento:

—No temáis que se nos haya pasado por alto vuestro amigo. Nadie puede quedar inadvertido. Pero en este caso hay todavía un karma que se ha de agotar, y por ello no es posible tomar en cuenta vuestra insinuación. Vuestro amigo saldrá del plano físico, y luego retornará. Entonces será completa la expiación y podrá cumplirse lo que para él deseáis.»

 

Dicho esto, con la gentil amabilidad que tan señaladamente lo caracteriza, entrefundió aun más íntimamente. Su conciencia con la mía y la elevó a un plano superior al que yo entonces podía alcanzar, y desde aquella altura me mostró cómo los excelsos Seres observan el mundo. La tierra entera aparecía ante nosotros con sus millones de almas, la mayoría rudimentarias y por lo tanto inconspicuas; pero si entre toda aquella enorme multitud había una alma que aunque aún lejana, se acercaba al punto en que se la podía utilizar en buen servicio, sobresalía de entre la masa humana como un brillante faro en noche obscura.

 

El Maestro me dijo:

    —Ya veis cuán imposible sería que nadie nos pasara por alto, ni aunque estuviera todavía muy lejos de la posibilidad de ser aceptado como probacionario.

 Por nuestra parte no podemos hacer otra cosa que trabajar de firme en el perfeccionamiento de nuestro carácter, y por el desenvolvimiento de nuestro ser y nuestra inegoísta devoción al interés del prójimo, predisponernos por todos los medios posi­bles a merecer el honor que anhelamos, con la seguridad de que el Maestro nos reconocerá en cuanto estemos dispuestos. Pero hasta que se nos pueda utilizar económicamente, o sea de modo que la energía empleada por medio de nosotros dé en nuestra obra resultados tan fructíferos como si se empleara por cualquier otro medio, faltaría el Maestro a su deber si nos pusiera en relación con Él.

 

 Podemos tener la absoluta seguridad de que no hay excep­ciones en esta regla, aunque nos parezca haber notado alguna. Es posible que un Maestro ponga a prueba a un hombre mien­tras todavía tenga notorios defectos; pero cabe la seguridad de que en tal caso posee el designado muy hermosas cualidades internas que compensan sobradamente los superficiales defec­tos. Como todos nosotros, los Maestros de Sabiduría han deja­do tras sí numerosas vidas durante las cuales anudaron ciertos lazos kármicos, y así sucede que determinado individuo tiene contra Ellos un crédito por algún servicio hace largo tiempo prestado. En la serie de vidas que escudriñamos, hemos encon­trado algunos ejemplos de esta clase de lazos kármicos.

 

Recordemos también que todo el que meditabundamente piensa en el Maestro, establece con El muy definida relación, la cual se le muestra al clarividente como una especie de línea de luz. El Maestro siente en su subconciencia el choque de esta línea y emite en respuesta una continua corriente magnética que persiste hasta mucho después de terminada la meditación, cuya práctica regular ayuda muchísimo al aspirante, y su regu­laridad es uno de los más importantes factores del buen resul­tado. Se ha de efectuar todos los días a la misma hora y perse­verar firmemente en ella, aunque de pronto no tenga positivas consecuencias. En este caso, es preciso poner mucho cuidado en evitar el desaliento que dificultaría la recepción de la in­fluencia del Maestro, y fuera prueba de que el aspirante piensa más en sí mismo que en Él.

 

 

Algunos preguntan de palabra o por escrito a nuestra Pre­sidente y a mí mismo, diciendo: «¿Por qué no me utiliza el Maestro? Soy su ardiente devoto y anhelo que de mí se sirva, que me lleve a su lado y me enseñe. ¿Por qué no lo hace así?»

 

Varias razones hay para ello. Unas veces porque el pregun­tante adolece de algún grave defecto, que ya de por sí es sufi­ciente razón. Otras veces, y me apena decirlo, es el orgullo, pues puede tener tan buen concepto de sí mismo, que no sirva para recibir lecciones, aunque se figure que sirve. En algunos casos, en nuestra civilización el defecto es la irascibilidad, pues una persona de notoria bondad y reconocido mérito, puede te­ner los nervios tan desentonados que le sea imposible perma­necer en constante contacto con el Maestro. Hay otros casos en que el impedimento está en la curiosidad. Algunos se sorpren­den de que la curiosidad sea un defecto, pero seguro lo es graví­simo husmear vidas ajenas y sobre todo querer enterarse del grado de progreso oculto en que se halla el prójimo. Al Maes­tro le sería imposible atraer a quien tuviera semejante flaque­za de carácter. Otro frecuente impedimento es la quisquillosidad o propensión a darse por ofendido. Hay aspirante de exce­lentes prendas que por quisquilloso no puede servir de instru­mento al Maestro, porque le es imposible congeniar con nadie. Habrá de esperar hasta que aprenda a adaptarse al trato de gentes y trabajar en cooperación con los demás. Muchos soli­citantes pecan de este defecto, y si se lo decimos se molestan porque se figuran que no lo tienen y que nosotros nos equivo­camos. Pocos son los que hacen caso de la advertencia y pro­curan enmendarse.

Recuerdo muy bien que una señora me preguntó estando yo en una ciudad de los Estados Unidos:

— ¿Qué tiene el Maestro contra mí? ¿Por qué no me pue­do acercar a él?

Yo le pregunté a mi vez:

— ¿De veras desea usted saberlo?

Respondió que ciertamente ansiaba saberlo, y así me con­juró a que por medios ocultos, o clarividentemente o como yo quisiera le examinase sus vehículos y sus vidas pasadas, para resolver en consecuencia la actitud que debía adoptar.

Le tomé la palabra y le dije:

—Pues bien, si verdaderamente desea usted saber él por qué, le digo que está usted muy pagada de sí misma, pues pien­sa usted siempre en su persona y no lo bastante en la obra.

 Esta respuesta la ofendió vivamente y marchóse diciendo que no se fiaba mucho de mi clarividencia. Sin embargo, tuvo el valor de volver dos años después a decirme:

—Lo que usted me dijo es verdad. Voy a procurar enmen­darme con todas mis fuerzas.

Como este caso hay mil, con la única diferencia de que el de la referida señora ha sido el único en que el interesado re­conoció su falta.

La presunción es una variedad de orgullo muy frecuente en nuestros días. La personalidad que hemos ido formando en el transcurso de millares de años se ha fortalecido de tal ma­nera que es dificilísima tarea invertir su actitud y acostumbrar­la a mirar las cosas bajo el aspecto en que las ven otros. Es preciso apartarse del centro de su círculo, según expuse en La vida interna, para acercarse al Maestro.

Sin embargo, ocurre algunas veces que el interrogante no tiene ningún defecto notable, y al examinarlo, sólo cabe de­cirle:

—No veo en usted ningún defecto grave; pero es preciso que se perfeccione usted en conjunto.

'Muy desagradable es dar semejante respuesta; pero lo cier­to es que todavía no están lo bastante evolucionados y han de progresar antes de ser útiles. Se necesita no poca fortaleza y magnanimidad para colocarse respecto de la obra en la misma actitud que el Maestro, contra los pensamientos del mundo.

Quienes siguiendo la corriente de la evolución lleguen a esta etapa en un lejano porvenir, encontrarán la tarea más fá­cil, porque la pública opinión estará entonces armonizada con dichos ideales. Sin embargo, ahora debemos resistir a lo que los cristianos llaman la tentación, es decir, la pesadumbre del vulgar criterio, porque millones de gentes en nuestro alrede­dor emiten egoístas pensamientos. Para combatirlos, es necesario  un esfuerzo enérgico, perseverancia y positivo valor. Debe­mos proseguir tenazmente la tarea, y aunque repetidas veces desfallezcamos, no hemos de amilanarnos, sino erguirnos y marchar adelante.

Los cuerpos astral y mental del candidato debieran mani­festar continuamente las armónicas emociones de amor, devo­ción, simpatía y aspiración intelectual; pero en vez de vibrar estas cuatro primarias emociones con espléndidos y hermosos colores, se ve generalmente el cuerpo astral manchado con vór­tices rojos, morenos, grises y negros, en número a veces de más de ciento. Se parecen a como si el cuerpo físico estuviera cubierto de verrugas que menoscabaran la sensibilidad de la piel. El candidato ha de eliminar dichos vórtices y desenredar la usual madeja de mezquinas emociones.

En el Sendero no caben términos medios. Muchos están en la reservada actitud en que se colocaron Ananías y Sefira, quie­nes repugnaron declarar lo que poseían en bienes terrenos, no precisamente con intento de engañar, sino porque no tenían se­guridad en el éxito de la novel religión cristiana. Eran muy en­tusiastas y dispuestos a dar cuanto pudiesen; pero se figuraban que sería prudente reservarse algo por si fracasaba el movi­miento. No merecían que se les vituperase por esta circunstan­cia, sino que lo malicioso y falaz fue que sabiendo que se ha­bían reservado algo, dijesen que lo habían entregado todo. Mu­chos hay actualmente que siguen su mal ejemplo; y no creo que el relato sea verídico porque los apóstoles se mostraron muy severos contra ellos.

Así tampoco entregamos nosotros todo cuanto tenemos, pues nos reservamos algo de nosotros mismos, no precisamen­te dinero ni bienes materiales sino personales sentimientos que nos alejan de los pies del Maestro. En ocultismo no vale esta restricción. Debemos seguir al Maestro sin reservas. No diga­mos: «Seguiré al Maestro mientras no me haga trabajar con tal o cual persona; o seguiré al Maestro, con la condición de que todo cuanto yo haga se publique en los periódicos.» No he­mos de establecer nosotros las condiciones; pero tampoco hemos de dar de mano nuestros deberes en el plano físico. Lo necesario es que pongamos nuestro entero ser a disposición del Maestro. Hemos de prepararnos a renunciar a todo, cederlo to­do e ir a donde convenga, no como una prueba, sino porque el amor a la obra sea el supremo sentimiento de nuestra vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO IV

 

PROBACIÓN

 

En muchas ocasiones ha elegido el Maestro sus discípulos de entre las filas de los fervorosos estudiantes y obreros de la índole descrita. Pero antes de aceptarlos definitivamente toma las necesarias precauciones para asegurarse de que el electo merece ponerse en contacto con El. Tal es el objeto de la etapa del Sendero llamada probación. Cuando el Maestro con­ceptúa que uno puede ser su discípulo, encarga a quien ya lo es, de presentárselo en cuerpo astral. No se necesita para ello mucha ceremonia. El Maestro hace unas cuantas advertencias, le dice al nuevo candidato lo que de él se espera, y a veces puede hallar con su acostumbrada benevolencia algún motivo para felicitarle por la obra ya realizada.

 

Después forja el Maestro una imagen viviente del candida­to, esto es, moldea con materia mental, astral y etérea una exacta duplica de los cuerpos causal, mental, astral y etéreo del neófito, y la coloca en lugar a propósito para de cuando en cuando observarla. Cada imagen está magnéticamente enlazada con el candidato a quien representa, cuyas emociones y pensa­mientos se reproducen exactamente en la imagen por simpatía vibratoria, de modo que con sólo mirarla conoce el Maestro si desde la última vez que la miró ha ocurrido alguna alteración o trastorno en los cuerpos que representa, esto es, si el elegido para discípulo se ha desequilibrado de ánimo o ha cedido al tedio, a la depresión o a impuros pensamientos. No admitirá el Maestro al candidato en más cercana relación, hasta que du­rante largo tiempo vea al examinar la imagen que los vehícu­los no han experimentado grave excitación. Cuando el Maestro lo acepta por discípulo debe el candidato unirse con El más estrechamente que con cuanto le quepa imaginar, pues el Maestro necesita entrefundir las dos auras a fin de transmitir por ellas espontáneamente su energía. Pero una relación tan íntima no puede contraerse a un solo aspecto, porque si entre las vibraciones del discípulo hubiese algunas que perturbaran los cuerpos astral y mental del Maestro, sería la unión imposible y el eventual discípulo habría de esperar hasta que eliminara dichas vibraciones.

 

   Un discípulo en probación no ha de ser necesariamente mejor que quienes todavía no lo están. Tan sólo ocurre que por alguna cualidad es útil para la obra del Maestro, y en consecuencia se le pone a prueba durante más o menos tiempo, porque hay quienes al principio se muestran muy entusiastas y con mucho anhelo de servir, pero que desgraciadamente se cansan y se retraen al cabo de algún tiempo. El candidato ha de subyugar toda emoción siniestra y seguir trabajando de firme hasta ser lo bastante ecuánime y puro. Cuando por largo tiempo no observe el Maestro conmoción alguna en la imagen del discípulo, comprenderá que ha llegado la hora de atraérselo.

    No vaya a creerse que la imagen sólo reproduce las turbaciones y discordancias. Refleja totalmente la condición de la conciencia astral y mental del discípulo, por lo que debe reproducir vibraciones de benevolencia y jovialidad e irradiar paz a la tierra y buena voluntad a los hombres. No olvidemos que para adelantar en el Sendero no basta la bondad pasiva. Es necesaria también la activa. Gran cosa es no hacer daño a nadie; pero recordemos que nuestro admirable Ejemplo pasó por el mundo haciendo el bien.

Si un discípulo en probación hace alguna extraordinaria buena obra, el Maestro fija un poco más la atención en él, y si lo ve bien dispuesto le envía una oleada de estímulo o le interpone en su camino alguna obra para ver cómo la realiza. Sin embargo, generalmente encomienda toda esta labor a uno de sus antiguos discípulos.

Se espera de nosotros que ofrezcamos al candidato ocasiones favorables, pero el ofrecerlas entraña muy grave responsabilidad, porque si el interesado aprovecha la ocasión, todo va bien y si no la aprovecha recae una mala nota sobre él. A veces nos gustaría ofrecer a las gentes favorables ocasiones de adelanto, pero no nos atrevemos porque aunque si las aprovechan les beneficiará muy mucho, en cambio si nos las aprovechan les será más difícil aprovechar nuevas ocasiones.

 

    De lo dicho se infiere que el lazo del discípulo con el Maestro durante el período de prueba es de observación y ocasional servicio. No tienen los Maestros por costumbre valerse de pruebas aparatosas o especiales. En general, cuando el neófito queda puesto a prueba se le deja seguir el curso ordinario de la vida, y la repercusión en la imagen de las vibraciones resultantes de la diaria experiencia basta para indicar la índole de su carácter y su grado de adelanto. Cuando de esta observación infiere el Maestro que el probatorio será buen discípulo, lo acepta y coloca en más cercana comunicación. A veces bastan unas cuantas semanas y otras se necesitan años enteros para llegar a esta conclusión.

 

    A causa de que estamos en una época crítica, se ha puesto en probación a muchos jóvenes en estos últimos años, y sus padres y los miembros antiguos de la Sociedad Teosófica se han admirado de que a pesar de los sinceros sacrificios y la labor realizada durante largos años se les postergue a ellos y se escoja a los jóvenes.

 

     La explicación es muy sencilla. El karma de los miembros antiguos ha sido el de trabajar en prepararse ellos y preparar el camino al advenimiento del Instructor del Mundo, y precisamente por esto han atraído al renacimiento en la tierra a egos que en anteriores encarnaciones alcanzaron un alto grado de adelanto. Pero aunque hayan renacido en cuerpo infantil están mucho más evolucionados que los viejos de cuerpo físico y no tan adelantados en la evolución. Si un joven se relaciona de pronto estrechamente con un Maestro no debe extrañar semejante relación a quien haya pasado largos años de meditación y penoso trabajo, porque el hijo puede remontarse a mayor altura que el padre, y precisamente por razón de esta capacidad lo confió el karma a los cuidados de un padre ya versado en las enseñanzas teosóficas que le movieron a ser un padre ideal, según convenía a un tan evolucionado ego. En vez de asombrarse o quedar perplejo y algo mohino el padre por la elección del hijo, debiera alegrarse vivamente de habérsele confiado la guía en el mundo físico de quien está en propincua potencia de ser uno de los Salvadores del mundo.

    Acaso pregunte alguien que cómo un niño puede apreciar la honra recibida con su elección ni si es capaz de comprender su esplendente magnificencia. A esto respondemos que hemos de tener en cuenta que se acepta por discípulo al ego y no a la personalidad. Sin embargo, puede el ego subyugar de tal modo sus vehículos o al menos dominarlos de suerte que no entorpezcan la obra que ha de realizar; pero el ego y no la personalidad ha de realizarla, y no sabemos cuánta parte de ella ha realizado ya en vidas anteriores. Muchos de los que ahora están encarnando son egos muy adelantados y de entre ellos se ha de escoger el grupo de discípulos que rodeen al Señor cuando advenga. Quienes llegan al discipulado en esta vida pueden muy bien haber sido discípulos durante muchos años en una vida pretérita, y el mayor beneficio que los viejos podemos recibir es relacionarnos con estos jóvenes, porque por su medio podremos adelantar la obra del Señor si los educamos perfectamente.

En la obra El aspecto oculto de las cosas y capítulo titulado Relación con los niños, expuse extensamente lo necesario para la educación de los niños de modo que mantengan todo cuanto de bueno han traído del pasado y explayen en pleno florecimiento las hermosas características de su naturaleza que por desgracia estrujan muchas veces brutalmente los padres. Entre otros puntos hablé de los funestos efectos de infundir temor a los niños con la dureza y crueldad de trato; pero quiero mencionar ahora sobre este particular un caso demostrativo de los resultados indeciblemente terribles que a veces se siguen del temor. Los padres han de tener sumo cuidado en escoger maestro para sus hijos so pena de que por una mala elección acarreen un daño irremediable a los pequeñuelos de quienes son responsables.

    Hace tiempo llegó a mí la noticia de un percuciente ejemplo de las consecuencias funestísimas de semejante brutalidad. Había tenido yo el grandísimo honor de presenciar la iniciación de uno de nuestros miembros más jóvenes y el iniciador en aquella ocasión era el mismo Señor Maitreya. Durante la ceremonia, el candidato, como de costumbre, había de responder a ciertas preguntas pertinentes a cómo solventaría las dificultades y casos excepcionales que se le pudiesen presentar, y después se le preguntó si sería capaz de perdonar a un hombre que le había maltratado bárbara y cruelmente en su infancia. El iniciador forjó entonces la imagen de un aura con brotes, pimpollos y vástagos de admirable delicadeza y hermosísimo color y luz, como si atisbaran a través del aura y se ocultasen después en el interior. El iniciador dijo:

 

—Tales son las semillas de las más altas y nobles cualidades del hombre: frágiles y delicadas como tela de araña, que sólo pueden desenvolverse en un ambiente de profundo y puro amor sin el más leve toque de temor o encogimiento. Quien en lo demás está dispuesto, y las desenvuelve en toda su plenitud, puede alcanzar el adeptado en esta misma vida. El destino que para ti esperábamos era que como insigne adepto estuvieras a mi lado cuando yo descendiese a tu mundo físico; Pero aquellos a quienes te confié (porque te dedicaron a mi servicio aun antes de que nacieses) te dejaron en manos de tal hombre que era de todo punto indigno de confianza. Esta era tu aura antes de que sobre ti cayera el tizón de su malicia. Ahora mira lo que su crueldad hizo de ti.

 

    Al punto transmutóse el aura retorciéndose horriblemente y al aquietarse de nuevo habían desaparecido los hermosísimos retoños dejando en su lugar innumerables y menudas cicatrices. El Señor manifestó que el daño inferido no podía compensarse en esta vida, y dijo:

—Aun me ayudarás cuando advenga y espero que obtengas en esta vida el aratado; pero todavía hemos de esperar algún tiempo para la final iniciación. A nuestros ojos no hay crimen más enorme que entorpecer el progreso de un alma.

  Al ver el candidato aquella aura marchita y rígida, con todas sus esperanzas desvanecidas por la brutalidad de aquel hombre, experimentó de nuevo por un momento, lo que ya hacía tiempo había olvidado, es decir, las angustias del pequeñuelo a quien alejan de su hogar, el temor y espanto que sin cesar lo envuelven, el punzante ultraje contra el que no hay medio de revolverse, el morboso sentimiento de verse sin remedio en las garras de un tirano, el apasionado resentimiento de malignas injusticias, sin esperanza ni punto de apoyo en el abismo ni Dios a quien recurrir. Yo que observaba su mente comprendí entonces algo de aquella tragedia infantil y por qué eran tan transcendentales sus efectos.

    No solamente entorpece el progreso este aborrecible pecado de crueldad con los niños, cuando la víctima se acerca al adeptado. Las superiores cualidades que deben desenvolverse durante la quinta raza, o sea la raza aria, apuntan en delicados brotes análogos aunque no tan hermosos como los ante descritos, y en la mayor parte de los casos los estropea la bárbara crueldad de padres y maestros. De esta suerte quedan algunos egos en el mismo nivel durante varias encarnaciones y los torturadores de su personalidad se estancan en las clases inferiores.

    Algunos egos encarnan en tal estado que aunque se hallen muy lejos de las cumbres de la iniciación, evolucionan rápidamente y necesitan añadir a su carácter tal o cual de dichas delicadas cualidades, por lo que también les será funesto el trato brutal.

 

    Hasta que la noticia del caso antes mencionado llegó a mí, no había oído yo decir que la vida en que ha de lograrse el adeptado ha de tener una niñez de absoluta perfección de ambiente; pero basta exponer la idea para convencerse de su veracidad. Tal es probablemente una de las razones de que tan pocos logren el adeptado en cuerpos europeos, pues en este particular estamos muy atrasados respecto al resto del mundo. De todos modos, es evidentísimo que sólo males pueden derivar de este espantoso hábito de crueldad. Nuestros miembros deben trabajar cuanto les sea posible para suprimirlo, y como dije al principio, tener sumo cuidado de que ningún niño de los que estén a su cargo sea víctima de esta criminal brutalidad.

    Al Señor Maitreya se le ha llamado repetidamente Instructor de los ángeles y nombres, y esta circunstancia tiene a veces diversa expresión cuando se dice que en el gran reino de la obra espiritual es el ministro de la Religión y de la Educación. No solamente encarna de tiempo en tiempo, cuando lo cree necesario, o envía a alguno de sus discípulos para enseñar una nueva modalidad de las eternas verdades, o como podemos decir, para fundar una nueva religión. Por completo independientemente de todo esto, tiene a su constante cargo todas las religiones, e inspira toda nueva y enaltecedora enseñanza declarada por cualquiera de las antiguas o modernas religiones. Muy poco sabemos de los métodos que adopta para difundir sus enseñanzas por el ancho mundo, pero hay diversos medios de enseñar, aparte del de la palabra hablada, y no cabe duda de que diariamente procura realzar los intelectuales conceptos de millones de ángeles y hombres.

  Su mano derecha en toda esta admirable obra es su ayudante y presunto sucesor el maestro Kuthumi, así como el ayudante y presunto sucesor del manú Señor Vaivasvata es el maestro Moría. A causa de ser el maestro Kuthumi el futuro Instructor, ha de encargarse de los discípulos probatorios y de los aceptados en temprana edad. Cabe la posibilidad de que ya más adelante en su vida los utilicen otros Maestros en diferentes modalidades de la obra, pero siempre están todos o casi todos bajo la tutela del maestro Kuthumi.

   Durante largos años ha sido mi tarea educar a jovencitos conceptuados como una esperanza por el Maestro. Los relaciona conmigo en el mundo físico y por lo general me da breves instrucciones respecto a las cualidades que desea desenvolver en ellos y la índole de la enseñanza que han de recibir. Desde luego que el Maestro, en su infinita sabiduría no trata a los tiernos cuerpos y cerebros como a los adultos, y al efecto extractaré los siguientes pasajes del relato de la puesta en probación de tres jóvenes hace cosa de diez años.

 

 

ENTRADAS EN PROBACIÓN

 

    El maestro Kuthumi estaba sentado en la galería de su casa y extendió las manos hacia los jóvenes que yo le presentaba. El primer jovencito hizo una graciosa genuflexión y le besó la mano al Maestro quedando apretujado contra su rodilla. Los tres lo miraban fijamente y a sus infantiles ojos parecían asomárseles las almas. El Maestro les sonrió dulcísimamente y dijo:

 

—Con singular placer os recibo. Conmigo trabajasteis en el pasado y espero que también trabajéis esta vez. Conviene que seáis de los nuestros antes de que advenga el Señor y por lo tanto, me hago tempranamente cargo de vosotros. Tened en cuenta que no hay tarea más gloriosa que esta que queréis emprender, pero no es tarea fácil, porque habéis de gobernar por completo vuestros pequeños vehículos, olvidaros enteramente de vosotros y vivir tan sólo para beneficiar a los demás y cumplir la obra que se nos ha encomendado.

 

 

Dicho esto acarició con la mano la barbilla del primer jovencito que se arrodillaba, y le preguntó sonriente:

— ¿Podrás hacerlo así?

    Los tres respondieron que procurarían hacerlo.

Entonces el Maestro les dio algunos consejos a uno tras otro, y les preguntó después separadamente:

— ¿Quieres dedicarte a trabajar en el mundo bajo mi guía? Y cada uno respondió:

—Quiero.

Arrodillóse entonces el primer jovencito, frente al Maestro, quien le impuso las manos sobre la cabeza y le dijo:

—Así pues, te tomo por discípulo en probación y espero que pronto te relaciones más estrechamente conmigo, y por lo tanto te doy mi bendición para que puedas transmitirla a otros.

   Según hablaba el Maestro, el aura del jovencito crecía maravillosamente de tamaño, y se intensificaron fúlgidamente sus colores de amor y devoción. Después exclamó:

— ¡Oh! Maestro. Hazme verdaderamente bueno. Hazme apto para servirte.

Pero el Maestro respondió:

—Sólo tú puedes hacerte bueno, querido mío; pero mi ayuda y bendición estarán siempre contigo.

   Entonces el Maestro efectuó con cada uno de los otros dos neófitos la misma ceremonia, e igualmente crecieron sus auras y se avivaron sus colores expansivamente de maravillosa manera.

   Por último el Maestro se levantó y se llevó consigo a los neófitos diciéndoles:

—Ahora venid conmigo y ved lo que hago.

  Todos descendimos en grupo por el camino en declive que conduce al puente tendido sobre el barranco. Entramos en el subterráneo y el Maestro enseñó a los tres jovencitos las imágenes vivientes de todos los discípulos probacionarios, y dijo:

—Ahora voy a forjar vuestras imágenes. Y los materializó ante la vista de ellos, y ellos sintieron naturalmente vivísimo interés. Uno de ellos exclamó:

—¿Así soy yo?

En una de las imágenes aparecía una mancha rojiza, y el Maestro le preguntó al original con humorístico acento:

— ¿Qué es esto?

El jovencito respondió:

—No lo sé.

Sin embargo, a mí me pareció que lo conjeturaba, porque la mancha era resultado de una violenta emoción experimen­tada la noche anterior.

El Maestro indicó en las auras diversos colores y disposi­ciones, les explicó lo que significaban y cuáles debían alterar. Les dijo que diariamente observaría las tres imágenes para ver cómo ellos adelantaban, y esperaba que se conducirían de mo­do que las imágenes producidas tuviesen placentero aspecto. Después les dio la bendición final.

 

   *       *       *

 

A los probacionarios adultos se les deja en amplia libertad para que por sí mismos busquen y hallen la tarea más conve­niente; pero a los jóvenes suele el Maestro interponerles en el camino determinada clase de labor, y observa cómo la llevan a cabo. A veces se digna dar instrucciones y voces de aliento a algunos jóvenes, y también suele manifestar cómo ha de edu­cárseles.

Para gobierno de otros jóvenes que deseen seguir el mismo Sendero entresacamos de dichas instrucciones los siguientes pasajes:

 

CONSEJO DEL MAESTRO

 

«Sé que el único objeto de vuestra vida es servir a la Fra­ternidad, pero no olvidéis que hay más altos peldaños ante vo­sotros y que el adelanto en el Sendero requiere desvelada vigi­lancia. Siempre habéis de estar en acecho de la oportunidad, mejor dicho, habéis de provocarla y establecerla, y servir de auxilio en las menudas obras para que podáis hacer la mayor cuando se os confíe.

»No olvidéis ni por un momento vuestra oculta afinidad. Debe serviros siempre de inspiración y no sólo como escudo contra los necios pensamientos que floten en vuestro derredor sino como un constante estímulo de la actividad espiritual. Im­posible para vosotros ha de ser la frívola mezquindad de la vida profana, aunque no ha de quedar más allá de vuestra com­pasiva comprensión. Todavía no gozáis de la inefable felicidad del adeptado, pero tened en cuenta que ya estáis unidos con Quienes viven la vida superior, que sois difusores de Su fulgor en este bajo mundo, y que por lo tanto debéis ser en vuestro nivel soles de júbilo y amor. Aunque las gentes no lo estimen y comprendan, vuestro deber es brillar.

 

»No cejéis en el empeño porque todavía hay más altas cumbres que escalar. No se ha de olvidar la necesidad de ade­lanto intelectual, y debéis cultivar la simpatía, el afecto y la tolerancia. Cada cual ha de tener en cuenta que hay otros pun­tos de vista distintos del suyo, que también merecen atención. Deben desaparecer en absoluto toda acritud o rudeza de pala­bra y toda propensión a la sofistería. Quién a ello se sienta inclinado, ha de reprimirse en cuanto le incite el impulso, y hablar poco y con exquisita cortesía. No hablar nunca sin pen­sar si lo que vais a decir es sensato y afable. Quien pruebe a cultivar el sentimiento del amor se librará de muchos errores. El amor es la suprema virtud y sin él todas las demás virtudes serán tan estériles como riego en arena.

 

«Rigurosamente ha de eliminarse todo siniestro sentimien­to y hay que combatirlos hasta que sean incompatibles con vo­sotros. Los arrebatos irascibles turban el tranquilo mar de la conciencia de la Fraternidad. También ha de extirparse el or­gullo porque es un grave obstáculo para el progreso. Se necesi­ta exquisita delicadeza de palabra y de pensamiento, el raro aroma del perfecto tacto incapaz de lastimar ni ofender. Muy difícil de lograr es esto, pero lo alcanzaréis si os empeñáis.

 

«Vuestro anhelo ha de ser el concreto servicio y no tan só­lo un pasatiempo. No penséis en lo que deseáis hacer por vues­tro gusto sino en lo que podéis hacer de modo que beneficie al prójimo. Olvidaos de vosotros mismos para favorecer a los demás. El discípulo ha de ser consecuentemente amable, ser­vicial y compasivo; pero no de cuando en cuando sino siempre. Recordad que todo el tiempo que no empleéis en el servicio o en prepararos para el servicio será para vosotros tiempo per­dido.

»Cuando echéis de ver algo maligno en vosotros combatid­lo viril y esforzadamente. Si perseveráis venceréis. Es cuestión de fuerza de voluntad. Estad en acecho de oportunidades e insinuaciones. Sed eficientes. Yo siempre estoy dispuesto a auxi­liaros; pero no puedo hacer la obra en vez de vosotros. El es­fuerzo ha de venir de vuestra parte. Procurad conoceros com­pletamente por introversión y dedicaros de por vida a la devo­ción y el servicio.

»Bien hicisteis hasta ahora, pero deseo que aún os portéis mejor. Os he probado proporcionándoos ocasiones de servir y hasta ahora las habéis aprovechado noblemente. Por consi­guiente, os depararé muchas mayores ocasiones de cuyo aprove­chamiento dependerá vuestro adelanto. Recordad que la recom­pensa de una labor felizmente cumplida es siempre la oportu­nidad de realizar otra mayor, y la fidelidad en el desempeño de menesteres que os parezcan humildes, conduce al empleo en obras de más alta importancia. Espero que pronto os acerquéis más a mí, con lo que podréis ayudar a vuestros hermanos en el Sendero que conduce a los pies del Rey. Agradeced la po­sesión de un gran poder de amar y que sepáis cómo inundar de luz a vuestro mundo, cómo entregaros con regia progalidad y derramar beneficios como un rey. Todo es excelente, pero cuidad de que en el corazón de la magnífica flor del amor no haya ni el más leve toque de orgullo porque podría irse exten­diendo como invisible punto de marchitez que al difundirse aja y desluce toda la flor. Recordad que nuestro insigne Hermano dijo: «Sed humildes si queréis alcanzar la sabiduría. Sed aún más humildes cuando la hayáis alcanzado». Cultivad la fragante planta de la humildad hasta que su aroma suave impregne to­das las fibras de vuestro ser.

Cuando tratéis de realizar la unidad, no bastará que atrai­gáis a los demás y los envolváis en vuestra aura identificándo­los con vosotros. Aunque esto es ya de sí un gran paso, debéis ir más adelante e identificaros con cada uno de ellos. Debéis penetrar en el corazón de cada uno de vuestros hermanos y comprenderlos, nunca por curiosidad sino porque el corazón de un hermano es un lugar a la vez secreto y sagrado. No habéis de fisgar ni discutir sino simpatizar, comprender y auxiliar. Es muy fácil criticar a los demás desde el punto de vista en que el crítico se coloca. Difícil es conocerlos y amarlos; pero este es el único medio de atraerlos. Deseo que progreséis rápidamente a fin de que pueda emplearos en la Magna Obra, y para ayuda­ros en esto os doy mi bendición.

 

»Hija mía, bien hiciste en ejercer tu influencia para civili­zar hasta donde te fue posible los toscos elementos que te ro­deaban y auxiliar a otra pura alma para que viniese a mí. Esta labor será una brillante estrella en tu corona de gloria. Continúa ayudándola y mira a ver si hay otras estrellas que añadir a tu corona. Esta tu noble obra me permite acercarte a mí mucho más pronto de lo que de otro modo hubiera sido posible. No hay procedimiento de progreso tan rápido como el de ayudar a otros a que adelanten en el Sendero. Además tuviste la fortuna de encontrar a un antiguo compañero, porque si dos pueden trabajar juntos su labor tiene más eficiencia que si la misma cantidad de energía empleasen separadamente. Comenzaste bien. Sigue rápida y seguramente por el mismo camino.

»Te doy la bienvenida, último novicio de nuestra gloriosa comunidad. No te será fácil olvidarte enteramente de ti misma y entregarte sin reservas al servicio del mundo. Sin embargo, se exige de nosotros que vivamos tan sólo para beneficiar al prójimo y cumplir la obra que se nos ha confiado. Has tenido buen principio en el proceso de tu desenvolvimiento, pero to­davía te queda mucho por hacer. Reprime aun el más leve aso­mo de irascibilidad y está siempre dispuesta a recibir consejos e instrucciones. Cultiva la humildad y la abnegación y que te invada un férvido entusiasmo para el servicio. Así serás un efi­caz instrumento en manos del Gran Maestro, un soldado del ejército capitaneado por los Salvadores del mundo. Para ayu­darte te tomo como discípulo probacionario.»

 

                                                            *      *      *

A muchos les sorprenderá la suma sencillez de estas ins­trucciones, y aun tal vez las desdeñen por parecerles insufi­cientes para guiar y auxiliar a las gentes en la inmensa comple­xidad de la moderna civilización. Pero quien así lo conceptúa, olvida que en la conducta del discípulo es esencialísimo el abs­tenerse de toda complicación y cumplir lo que el Maestro di­ce: «Ven de tu mundo al nuestro». Es lo mismo que si le di­jese: Ven a un mundo de pensamiento en el que la vida es sen­cilla y unilateral, en que lo justo y lo injusto están claramente definidos, y rectos e inteligibles los caminos que se han de se­guir. El discípulo ha de vivir sencillamente. Cuando alcanza la sencillez de vida le es mucho más fácil el adelanto. La ordina­ria vida mundana es complicada, incierta, confusa, en cuyas al­borotadas corrientes naufraga el débil; pero el discípulo del Maestro ha de mantenerse fuerte y sano, ha de regir por sí mismo su vida con divina sencillez. Su mente debe desechar toda ilusión y vaguedad mundanas y dirigirse recto como una flecha hacia su ideal.

«Si no os volviereis como niños no entraréis en el reino de los cielos». Y el reino de los cielos es la Gran Fraternidad Blanca de adeptos (1).

De los antecitados pasajes se infiere cuan alto es el ideal que el Maestro presenta a la vista de sus discípulos. A algunos puede parecerles lo que en teología se llama un consejo de per­fección, esto es, una meta, un grado, una altura imposible de al­canzar todavía, pero a la cual debemos perseverantemente aspi­rar. Todo aspirante anhela elevarse, aunque ninguno es aún ca­paz de realizar su aspiración, pues si lo fuera no necesitaría pa­sar nuevas vidas terrenas. Muy lejos estamos de la perfección; pero los jóvenes capaces de colocarse en contacto con los Maes­tros tienen en ello admirable ocasión a causa precisamente de su juventud y plasticidad de cuerpos, pues mucho más fácil­mente que los viejos pueden eliminar todo cuanto no sea ente­ramente lo que debe ser. Si cultivan el hábito de colocarse en el certero punto de vista, de obrar movidos por justas razones y de mantenerse en recta actitud durante toda su vida, se irán acercando cada vez más al ideal de los Maestros. Si el discípu­lo puesto a prueba pudiese ver mientras está en conciencia vigílica las imágenes vivientes forjadas por el Maestro, compren­dería la importancia de lo que acaso parezcan insignificantes pormenores.

La irascibilidad es un obstáculo muy frecuente. Según ya dije, es muy fácil ser irascible en el seno del mundo civilizado donde el hombre está siempre en alta tensión. Vivimos en una civilización de torturante bullicio que irrita y destempla los nervios. Muy frecuente es que las personas sensitivas, después de experimentar los efectos del ambiente de la ciudad, vuel­van a sus casas completamente rendidos y quebrantados. Mu­chos otros factores contribuyen, pero la fatiga, el cansancio, provienen principalmente del incesante estrépito y de la opre­sora influencia de multitud de cuerpos astrales que vibran a muy diversas tonalidades y todos ellos excitados por cosas baladíes. En estas circunstancias es muy difícil evitar la irascibi­lidad, especialmente el discípulo cuyos vehículos son más sen­sitivos y están más tensos que los del hombre ordinario.

   Por supuesto, que esta irritación es superficial y no llega a los adentros; pero mucho mejor es evitar aun la irritación superficial, porque sus efectos duran más de lo que solemos figurarnos. En las tormentas marítimas, empieza el viento por levantar las olas; pero las olas prosiguen hinchadas hasta mu­cho después de calmado el viento. Tal es el efecto producido en el agua, que es relativamente pesada; pero la materia del cuer­po astral es mucho más ligera que el agua y las vibraciones que en su masa se levantan penetran más hondamente y produ­cen por lo tanto efectos más duraderos. Un leve pensamiento siniestro que sólo permanezca en la mente diez minutos, puede producir en el cuerpo astral un efecto que persista durante cua­renta y ocho horas. No se calmarán las vibraciones hasta pa­sado mucho tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

  (1)   Véase The Hidden Side of Christian Festivals, páginas 12 y 446.

 

 

 

 

 

   Por supuesto, que esta irritación es superficial y no llega a los adentros; pero mucho mejor es evitar aun la irritación superficial, porque sus efectos duran más de lo que solemos figurarnos. En las tormentas marítimas, empieza el viento por levantar las olas; pero las olas prosiguen hinchadas hasta mu­cho después de calmado el viento. Tal es el efecto producido en el agua, que es relativamente pesada; pero la materia del cuer­po astral es mucho más ligera que el agua y las vibraciones que en su masa se levantan penetran más hondamente y produ­cen por lo tanto efectos más duraderos. Un leve pensamiento siniestro que sólo permanezca en la mente diez minutos, puede producir en el cuerpo astral un efecto que persista durante cua­renta y ocho horas. No se calmarán las vibraciones hasta pa­sado mucho tiempo.

Cuando notamos en nuestro carácter el vicio de la irascibi­lidad, se puede remediar más fácilmente por el cultivo de la virtud opuesta, que enfocando la atención en aquélla. Uno de los medios de combatir la irascibilidad es el de pensar firme y constantemente contra ella; pero no cabe duda de que este me­dio suscita la oposición del elementario astral o mental, por lo que mucho más eficaz es cultivar la consideración a los demás basada en el amor al prójimo. Quien esté henchido de amor y consideración al prójimo no será capaz de pensar ni hablar ira­cundamente contra nadie, y de este modo no excitará la oposi­ción de los elementarios como la suscitaría si se limitara a re­primir la irascibilidad.

Hay otras modalidades de egoísmo que pueden demorar muy gravemente el adelanto del discípulo. Una de ellas es la negligencia. Yo he visto quien por seguir enfrascado en la lec­tura de un libro deleitable, falta a la puntualidad. Otro escribi­rá de cualquier manera una carta sin reparar en la molestia que ha de producir en la vista y ánimo de quien haya de descifrar su enrevesado carácter de letra. Todas estas cosas contribuyen a menguar la receptibilidad a las influencias superiores, a desaliñar la conducta, concitarse la antipatía de las gentes y me­noscabar el dominio propio y la eficiencia individual. La pun­tualidad y la eficiencia son condiciones esenciales para el sa­tisfactorio cumplimiento de la obra. Muchas personas son ineficientes. Cuando se les encarga un trabajo no lo concluyen acabadamente y de mil modos se excusan, o si se les pide algún informe, no saben dónde encontrarlo. Las gentes difieren mu­cho en este particular. A uno le podemos preguntar una cosa y responderá: «No lo sé». Otro dirá: «No lo sé, pero lo averigua­ré». Y vuelve con el solicitado informe. De análoga suerte, hay quien dice que no puede hacer una cosa y otro que persevera hasta que la hace.

Sin embargo, en toda obra que el discípulo emprenda ha de pensar en el bien que a los demás allegue y en la oportuni­dad de servir con ello al Maestro (pues aunque sean materiales menudencias tienen mucho valor espiritual) sin parar mientes en el buen karma resultante pues sería otra y muy sutil moda­lidad de egoísmo personal. Recordemos que Cristo dijo: «Por cuanto lo hicisteis al menor de mis hermanos, a mí lo hiciste».

Otros sutiles efectos del mismo linaje producen la depre­sión, la envidia y la agresiva afirmación de los propios dere­chos. Ha dicho un adepto: «Pensad menos en vuestros dere­chos y más en vuestros deberes.»

Cuando el discípulo actúa en el mundo profano, puede te­ner a veces necesidad de afirmar afablemente y ejercer sus dere­chos pero entre sus condiscípulos no hay tales derechos sino sencillamente oportunidades. Si un hombre está enojado, pro­yecta agresivos sentimientos; y aunque no llegue al extremo de sentir odio, anubla densamente su cuerpo astral con riesgo de anublar también el mental.

Análogas perturbaciones se producen frecuentemente en el cuerpo mental con efectos asimismo desastrosos. Quien se pre­ocupa demasiado de un problema y sobre él cavila incesante­mente sin llegar a resolverlo, provoca una especie de tormenta en su cuerpo mental. Pero la palabra «tormenta» sólo da muy leve idea de la realidad del hecho, porque son sumamente suti­les las vibraciones en el plano mental, y más apropiado símil sería compararlas a una úlcera ocasionada por el roce. A veces topamos con polemistas tan aficionados a argüir, que ni siquiera se dan cuenta del aspecto del problema que se debate. Quien así discute tiene el cuerpo mental continuamente infla­mado, con riesgo de que se forme una úlcera mental a la me­nor provocación. En este caso no cabe esperanza de progreso oculto hasta que el individuo remedie con el equilibrio mental y el sentido común la morbosa condición.

Afortunadamente, los efectos de las emociones armónicas son más duraderos que los de las siniestras, porque obran en la parte sutil del cuerpo astral. El efecto que un intenso senti­miento de amor o devoción produce en el cuerpo astral, persis­te hasta largo tiempo después de olvidada su causa. Es posible, aunque no frecuente, que el cuerpo astral esté conmovido al propio tiempo por dos distintos linajes de vibraciones, como, por ejemplo, amor y cólera. En el instante de experimentar un intenso sentimiento de cólera no será capaz el iracundo de sen­tir ningún afecto amoroso, a menos que la ira proceda de no­ble indignación. En tal caso, los efectos serán paralelos, aunque uno a más alto nivel que otro y por lo tanto persistirán mucho más tiempo.

Es muy natural en la gente joven la propensión a divertir­se, a regocijarse, a leer y escuchar cosas amenas y reírse ale­gremente por ellas. Esto es de todo punto lícito y no ocasiona daño alguno. Si las gentes pudieran ver el efecto producido en el cuerpo astral por una risa franca y jubilosa, se convencerían de que es tan beneficioso como el de la activación de la cir­culación sanguínea determinada en el hígado y demás vísceras por el paseo a caballo. Pero si fueran visibles los efectos de los cuentos y chascarrillos de picaresca índole, advertirían espantosa diferencia, pues las formas así engendradas son en­teramente malignas y permanecen largo tiempo en el cuerpo astral con riesgo de atraer otra clase de aborrecibles entidades. •Quienes se acerquen a los Maestros han de estar libres de tan funestas influencias, como también de todo lo turbulento y .escabroso. Los jóvenes deben precaverse constantemente con­tra cualquier reincidencia en necedades y chiquilladas.

Hay que evitar a toda costa la propensión a la risa tonta, pues su efecto es muy nocivo en el cuerpo astral, porque lo ro­dea de un telamen de hilos de color gris sucio de muy repug­nante aspecto y en forma de una especie de envoltura que im­pide la entrada a las armónicas influencias. Es un peligro contra el que se han de precaver cuidadosamente los jóvenes. Sed tan alegres y jubilosos como podáis. Al Maestro así le place y os ayudará a progresar en el sendero; mas no consintáis que ni por un momento mancillen vuestra jovialidad la grosería o la torpeza y que nunca estalle vuestra risa en estrepitosas carca­jadas ni tampoco en risita burlona.

Hay en esto como en otras cosas un definido límite entre lo inocente y lo que arriesga llegar a ser dañoso. El método más seguro de determinarlo es considerar si la diversión que­branta las normas de la delicadeza y el buen gusto. Desde el punto en que la risa traspone estas normas, desde el momen­to en que hay en ella el menor toque de estrepitosidad y cesa de ser perfectamente refinada, entramos en peligroso terreno. El aspecto interno de todo ello es que mientras el ego perma­nece dueño de su cuerpo astral, todo marcha felizmente; pero tan pronto como se le subleva, la risa se trueca en tonta y ne­cia, y el cuerpo astral arrastra al ego como desbocado caballo a su jinete. Un cuerpo astral sin freno está a merced de even­tuales influencias y pueden afectarlo los más siniestros pensa­mientos y emociones.

Procurad también que vuestro regocijo sea siempre puro y limpio, sin asomo de complacencia en el sufrimiento o en el fracaso del prójimo. Si alguien es víctima de un mortificante accidente, no os riáis del aspecto ridículo del suceso, sino acu­did presurosos a ayudar y consolar. La amable benevolencia y ayuda deben ser siempre vuestras señaladas características.

El clarividente capaz de observar el efecto de las siniestras emociones en los vehículos superiores, comprende desde luego cuan importante es dominarlas; pero como la mayoría de las gentes no alcanzan a ver el efecto, no hacen caso y proceden tor­pemente. Lo mismo sucede a conscuencia de las murmuracio­nes insensatas y las palabras ociosas. Dijo Cristo en su última encarnación en este mundo, que los hombres habían de dar cuenta en el día del Juicio de todas sus palabras ociosas. Esta parece demasiado rigor, y si el ortodoxo concepto del Juicio fuese exacto, sería aquello abominablemente injusto. No quiso dar a entender en modo alguno que por palabras ociosas que­dara el hombre condenado a eternos tormentos. No hay tal. Pero sabemos que cada pensamiento y cada palabra tienen su karma, su resultado, y cuando una y otra vez se repiten las palabras necias, forman en torno del necio una atmósfera que re­chaza las buenas influencias. Para evitarlo se necesita mucha atención.

Sería un ideal sobrehumano exigir de una persona que en todo momento se olvidara de sí misma; pero los discípulos se esfuerzan en ser superhumanos porque el Maestro está más allá del hombre. Si el discípulo pudiera vivir perfectamente, ya se­ría adepto. No puede serlo todavía; pero si constantemente se acordara de su ideal, se acercaría a él más rápidamente. Cada palabra ociosa que sale de sus labios, afecta durante algún tiem­po sus relaciones con el Maestro, por lo que ha de tener sumo cuidado en vigilar sus palabras.

Especialmente debe evitar el aspirante toda inquietud y agitación. Algunos de mucha energía y ardimiento malgastan la mayor parte de sus esfuerzos y no obtienen de ellos positivo efecto por ceder a semejantes vicios de conducta, porque se circundan de una aura de trémulas vibraciones que retuerce todo pensamiento o emoción que la atraviesa, y toda armónica influencia procedente del interior queda neutralizada por la tremulación con que tropieza. Sed absolutamente fieles; pero lograd la fidelidad con perfecta calma, sin inquietudes ni agi­taciones.

Otro punto que conviene representar a nuestros estudian­tes es que en ocultismo siempre expresamos exactamente lo que queremos decir, ni más ni menos. Cuando sentamos la re­gla de que no se debe decir nada ofensivo para otro, se entien­de esta regla en absoluto; no que sólo hayamos de ir disminu­yendo el número de censuras y maledicencias que soltamos ca­da día, sino que debe cesar definitivamente toda crítica y mur­muración. Muy acostumbrados estamos a oír consejos y máxi­mas morales sin creer que han de practicarse rigurosamente, como si un superficial asentimiento o un débil esfuerzo para acercarnos a cumplirlas fuese todo cuanto de sus fieles exige la religión. Es preciso desechar por completo esta actitud mental y comprender que en ocultismo se requiere la estricta y literal obediencia a las instrucciones dadas por el Maestro o por su discípulo.

La presencia de un antiguo discípulo sirve en estas mate­rias de mucho auxilio a los que están en probación o recién aceptados. Primitivamente, cuando en la India un instructor elegía a sus alumnos, formaba con ellos un grupo y se los lle­vaba consigo dondequiera fuese. De cuando en cuando los alec­cionaba, pero a veces no recibían instrucción alguna; y no obs­tante, adelantaban rápidamente porque siempre estaban en el aura del instructor y en armonía con él, en vez de quedar su­jetos a las ordinarias influencias.

El instructor los ayudaba a reformar su carácter y con sumo cuidado los vigilaba.

Nuestros Maestros no pueden adoptar este plan físicamen­te; pero a veces han dispuesto las cosas de modo que uno de sus antiguos discípulos reúna a su alrededor un grupo de can­didatos y los atienda individualmente, tal como el jardinero cuida las plantas, derramando sobre ellos día y noche la in­fluencia necesaria para despertar ciertas cualidades o fortale­cer los puntos flacos del carácter. Rara vez recibe el discípulo concretas instrucciones para llevar a cabo esta obra, aunque el Maestro puede hacer de cuando en cuando alguna observación o comentario.

También favorece el adelanto de los aspirantes la circuns­tancia de estar reunidos en grupo, pues reciben en común la influencia de los altos ideales con lo que se apresura el desen­volvimiento de las apetecibles características. Probablemente, por acción de la ley kármica, el aspirante se pondrá en contac­to con quien esté más adelantado que él y reciba mucho bene­ficio de la capacidad de responder a su influencia. Este es el motivo de que los Maestros no asciendan a nadie que no haya estado en relación con un antiguo discípulo capaz de guiarlo y enseñarle. Sin embargo, hay excepciones, y cada Maestro sigue su peculiar procedimiento en el trato con sus discípulos. Según nos dice nuestra Presidente, a veces el Maestro deja que el dis­cípulo enseñe por su propia cuenta a los aspirantes, a fin de que vaya vigorizando sus facultades e intensificando sus fuer­zas con el mínimo de extraña asistencia. A cada cual se le trata como mejor le conviene.

 

 

CAPÍTULO V

 

 

ACEPTACIÓN

 

Aunque la aceptación por el Maestro determina una pro­funda diferencia en la conducta del discípulo, no hay mucho mayor ceremonia que en el caso de la probación. El siguiente relato de la aceptación de algunos jóvenes servirá para compa­rarlo con el que de la probación expusimos en el capítulo anterior.

 

 

RELATO DE UNA ACEPTACIÓN

 

Fuimos como de costumbre a casa de nuestro maestro Kuthumi y lo encontramos sentado en grave conversación con el maestro Moría. Naturalmente, nos mantuvimos apartados; pe­ro el Maestro, con su deslumbrante sonrisa de bienvenida, nos invitó a que nos acercáramos y nosotros le saludamos como de costumbre.

El primero de nuestros candidatos, a quien su Maestro le había llamado en otra ocasión «perpetuamente fulgurante es­trella de amor», ama de modo tal a su Maestro que lo conside­ra como su Hermano mayor, sin que en lo más mínimo le cohíba su presencia, aunque siempre habla de El con profundísi­ma reverencia. Verdaderamente es un hermoso espectáculo verlos juntos.

En esta ocasión, nuestro Maestro se sonrió benévolamente y le preguntó:

— ¿Te has decidido por fin a trabajar bajo mi guía y dedi­carte al servicio de la humanidad?

   El joven respondió con mucho entusiasmo que tal era su decisión, y el Maestro prosiguió diciendo:

—Mucho me han complacido los esfuerzos que has hecho y espero que no te desanimes. En las nuevas condiciones no ol­vides lo que te dije hace unos cuantos meses. Tu labor y deter­minación me permiten acortar el tiempo de tu probación, y me place que hayas escogido el más corto camino de adelanto, cual es de traerte contigo a otros por el Sendero. La más po­tente fuerza del mundo es el amor absolutamente desinteresa­do, pero pocos pueden mantenerlo libre de extorsión o de ce­los, aunque se concentre en un solo objeto. Tu adelanto provie­ne de haber mantenido siempre viva y ardiente la llama del amor para varios objetos simultáneamente. Mucho hiciste para adquirir fortaleza, pero aún necesitas más. También has de ad­quirir discernimiento y diligencia para que conozcas cómo obrar en determinado momento y no diez minutos después. An­tes de decir o hacer algo, piensa cuidadosamente en las conse­cuencias que puedan tener tus palabras o acciones. Pero tú te has portado excelentemente y estoy muy satisfecho de ti.

Después el Maestro impuso las manos sobre la cabeza de cada candidato y le dijo:

—Te acepto por discípulo de conformidad con el antiguo ritual.

Sucesivamente los fue colocando en la esfera de su aura, de suerte que durante algunos momentos el discípulo se identi­ficó con el Maestro hasta el extremo de desaparecer su visible entidad, y reaparecer a poco denotando en su semblante inefa­ble dicha y majestad con las características especiales del Maestro, como no las había mostrado hasta entonces. Una vez terminó todo esto, el Maestro dijo a cada discípulo:

—Te bendigo.

Después, dirigiéndose a todos juntos les habló así:

—Venid conmigo. He de presentaros con vuestro nuevo ca­rácter para que os reconozcan oficialmente y registren vues­tra filiación.

Se los llevó entonces para presentarlos al Mahachoán, quien los miró penetrantemente y les dijo:

—Muy jóvenes sois y os felicito por haber alcanzado en temprana edad tan elevada posición. Procurad vivir en el ni­vel a que habéis llegado.

   Dicho esto, inscribió sus nombres en el imperecedero re­gistro, mostrándoles todavía en blanco las columnas opuestas a sus nombres, y expresando la esperanza de que pronto pu­diera hacer por ellos nuevas anotaciones.

Al regresar de la visita al Mahachoán, el Maestro condujo a sus nuevos discípulos a la cueva inmediata a su mansión y le vieron desvanecer en sutilísimo aire las imágenes que de ellos había formado poco tiempo antes, diciéndoles:

—Ya no las necesito porque constantemente habéis de ser desde ahora parte de mí mismo.

Observando esta ceremonia con la vista del cuerpo causal, aparece el Maestro como un ardiente globo de fuego con varias capas concéntricas de color, y en el centro del globo el cuerpo físico y sus contrapartes de los otros planos. La radiación del globo ígneo se extiende hasta centenares de metros a la re­donda.

Al acercarse al cuerpo físico del Maestro, el discípulo se in­terna en aquel fulgurante globo de sutilíma materia hasta lle­gar a su centro al postrarse a los pies del Maestro. Y cuando el Maestro abarca al discípulo y en su aura lo envuelve, el cen­tro del globo se explaya para incluir en su seno al discípulo, quien durante toda la ceremonia de la aceptación ha estado muy adentro del círculo externo de aquella potente aura. Así, durante unos cuantos momentos Maestro y discípulo son uno solo, y además de afectar el aura del Maestro a la del discípulo, según se ha descrito, las especiales características logradas por el segundo actúan sobre los correspondientes centros del aura del primero que resplandecen en respuesta.

La indescriptible unión del discípulo con el Maestro, que comienza con la ceremonia de la aceptación, es permanente, pues aunque el discípulo esté muy lejos del Maestro en el plano físico, sus vehículos superiores vibran en armonía con los de El. Constantemente se va el discípulo sintonizando y asemeján­dose de más en más a su Maestro, por muy remota que pueda haber sido la semejanza en un principio. De esta manera llega a ser útil al mundo, como un abierto canal por donde la ener­gía del Maestro fluye a los planos inferiores. Por medio del constante meditar sobre su Maestro y de la fervorosa aspira­ción hacia El, influye el discípulo de tal modo en sus vehículos que están sin cesar abiertos a la influencia del Maestro. Conti­nuamente piensa el discípulo recibir la palabra del Maestro a cuya influencia se abren los vehículos que por lo mismo repe­len toda siniestra vibración. Por lo tanto, desde el cuerpo as­tral en adelante, todos los vehículos del discípulo se asemejan a una copa abierta por arriba y cerrada por los lados, de modo que no admite lo que llega de los planos inferiores.

La sintonización del discípulo prosigue durante todo el tiempo del discipulado. Al principio, sus vibraciones son varias octavas más bajas que las del Maestro, aunque en armonía con ellas, y poco a poco van subiendo de tono. Este proceso se efec­túa muy lentamente, pues no es posible llevarlo a cabo con la rapidez con que se troquela una pieza de metal ni con la rela­tiva prontitud con que se templa un violín o se afina un piano. Estos instrumentos son cosas inanimadas; pero en nuestro ca­so se ha de modelar un ser viviente, y a fin de conservar la vi­da, el pausado crecimiento interior debe adaptarse a la moda­lidad de la influencia externa, como el hortelano puede ende­rezar poco a poco la torcida rama de un árbol o el ortopédico las piernas de un patizambo.

Sabemos que durante este proceso no enfoca el Maestro to­da su atención en cada uno de los discípulos, sino que actúa simultáneamente en millares de individuos y realiza muchos más altos menesteres, como si jugara una colosal partida de ajedrez cuyas piezas fueran las naciones del mundo y las dife­rentes categorías de ángeles y hombres. Sin embargo, el efecto es el mismo que resultaría si atendiera exclusivamente a cada discípulo, porque la atención que puede concentrarse en uno entre cientos es más intensa que la nuestra concentrada en uno solo. El Maestro suele encargar a uno de sus antiguos discípu­los la tarea de tonalizar los cuerpos inferiores, aunque mantie­ne un constante flujo entre sus vehículos y los del discípulo. De esta suerte lleva a término mejor obra en pro de sus discí­pulos sin necesidad de entrar en pormenores sobre ello.

Por lo tanto, el discípulo aceptado es como si dijéramos un puesto avanzado o una prolongación de la conciencia de su Maestro, quien por medio de aquél ve, oye y siente, de modo que cuanto se hace en su presencia hecho queda en la del Maestro. No quiere esto decir que el Maestro sea siempre conscien­te del suceso mientras éste ocurre, aunque a veces lo sea. Pue­de estar a la razón ocupado en cualquier otra obra, pero des­pués queda el suceso archivado en su memoria. Todo lo que el discípulo haya experimentado con relación a un asunto, apare­cerá en la mente del Maestro en cuanto éste dirija su atención a dicho asunto.

Cuando el discípulo envía un pensamiento de devoción a su Maestro, el leve fulgor de este pensamiento produce un efec­to semejante a si se abriera una ancha válvula, y el Maestro derrama un caudaloso flujo de fuerza y amor. Si alguien envía un pensamiento de devoción a quien no es adepto, aparece co­mo una ígnea corriente que se dirige hacia él; pero cuando el discípulo envía dicho pensamiento a su Maestro, derrama éste un copioso flujo de encendido amor que por completo inunda al discípulo. La energía de un adepto irradia continuamente en todas direcciones como la luz del sol, y el toque del pensamien­to del discípulo suscita una prodigiosa corriente de energía que desciende hasta el discípulo. Tan perfecta es la unión de Maes­tro y discípulo que si éste experimenta alguna grave turbación en sus vehículos inferiores repercutirá en los de aquél, cuya obra en los planos superiores quedará por ello interrumpida, y para evitar este inconveniente, tiende el Maestro un velo que lo separa del discípulo mientras dura la perturbación.

Muy triste es para el discípulo verse de tal manera separa­do, pero de él solo es la culpa y en su mano está el cese de la separación sin más que dominar sus pensamientos y emocio­nes. Por lo general, un tan deplorable incidente no suele durar más allá de cuarenta y ocho horas, aunque he conocido casos mucho peores en que la separación duró algunos años y aun toda aquella vida terrena. Sin embargo, estos son casos extre­mos y muy raros, porque poco probable es que el Maestro acep­te por discípulo a quien sea capaz de sufrir tan graves per­turbaciones.

Nadie puede quedar aceptado por discípulo si no ha con­traído el hábito de dirigir su energía al exterior y concentrarla atentamente en los demás para derramar sobre ellos pensa­mientos de auxilio y deseos de benevolencia y amor. En gene­ral, el hombre ordinario dirige todas sus energías hacia sí mis­mo, hacia su personalidad, y por lo tanto sus fuerzas se entrechocan en el interior. Pero el discípulo ha de explayarse de modo que constantemente mantenga una actitud de afecto y servicio. Por lo tanto, vemos en el discípulo un hombre cuyos vehículos superiores son una especie de cáliz abierto a las al­tas influencias de su Maestro, pero cuyo fondo constituido por los vehículos inferiores está habituado a irradiar dichas in­fluencias sobre las gentes. De este modo es el discípulo un perfecto instrumento de que el Maestro se vale para transfe­rir su energía a los planos exteriores.

Si un adepto residente en el Tibet necesitara difundir una porción de energía en el nivel etéreo de Nueva York, no sería eficiente el enviar directamente el flujo etéreo a tan larga dis­tancia, pues habría de emitir su energía a un nivel muy supe­rior al etéreo y desde allí formar un canal que la condujese al punto requerido.

Podría también compararse este caso al de la transmisión de la electricidad a enorme voltaje a través de los campos y su derivación por medio de transformadores que le diesen el infe­rior voltaje exigido por el punto a donde se hubiese de aplicar. Pero el trazado del canal para transmitir la energía a Nueva York, le representaría al adepto la pérdida de casi la mitad de la energía necesaria para llevar a cabo la obra propuesta. Por consiguiente, el discípulo situado en el punto de referencia es un inestimable instrumento de ahorro de trabajo, y ha de te­ner sobre todo en cuenta que debe constituirse en un buen ca­nal, porque esto es lo que mayormente necesita de él su Maes­tro. Así en otro aspecto puede considerarse al discípulo como un complemento del cuerpo del Maestro para utilizarlo en el punto donde el discípulo se encuentre.

El cuerpo humano es en realidad el instrumento transmi­sor de la energía del ego. Durante siglos se ha ido acostum­brando a obedecer los mandatos de la voluntad de manera más económica. Por ejemplo, si queremos mover o volcar un vaso que esté sobre una mesa no hay más que alargar la mano y empujarlo. Sin embargo, también es posible mover o volcar el vaso por la sola fuerza de voluntad sin contacto físico, como así lo realizó uno de los primitivos miembros de la Sociedad Teosófica, aunque después de haber dedicado durante dos años una hora diaria al vigoroso esfuerzo de la voluntad aplicada al fin deseado. Resulta evidente la mayor eficiencia de emplear el cuerpo físico para mover o volcar el vaso.

En las primeras etapas de su relación con el Maestro nota­rá el discípulo que cae sobre él un copioso flujo de fuerza sin saber de dónde viene ni a dónde va. Solamente se da cuenta de que una enorme vena de ardiente fuego le invade e inunda to­do su alrededor; pero con un poco de cuidadosa atención no tardará en advertir la dirección que lleva, y algún tiempo des­pués se convencerá de que procede del Maestro y que se dirige hacia las gentes a quienes afecta y auxilia. Sin embargo, el dis­cípulo no es capaz de dirigirla. Tan sólo sirve de canal y no obstante se le enseña a que coopere en la distribución de la energía. Más adelante llega un tiempo que en vez de infundir el Maestro su energía en el discípulo y dirigirla por su conducto a una persona lejana, le encarga que la busque para con menor dispendio infundirle algo de energía. Siempre y doquiera que el discípulo pueda realizar una parte de la obra del Maestro, se le deparará ocasión para ello, y conforme vaya siendo más útil, será mayor la parte que se le confíe, al objeto de aliviar, si­quiera ligeramente, el esfuerzo del Maestro. Nosotros pensa­mos mucho y con razón en la labor que nos corresponde hacer en este mundo; pero todo cuanto podamos imaginar y cumplir es nadería con relación a lo que el Maestro lleva a cabo por me­dio de nosotros. Siempre recibe el discípulo una suave radia­ción, aunque no lo advierta; y sin embargo, el mismo discípulo notará distintamente todo extraordinario flujo de fuera.

A veces, el Maestro envía un concreto mensaje a tercera persona por medio de su discípulo. Recuerdo que una vez se me encargó de llevar un mensaje a un miembro de la Sociedad Teosófica, de alta intelectualidad a quien no conocía yo muy bien. Sentíme algo cohibido al acercarme a él con el mensaje, pero no tuve más remedio, y le dije:

—Mi Maestro me ha encargado que le entregue este men­saje, y me limito a cumplir el encargo. Tengo la seguridad de que no puedo darle a usted prueba alguna de que el mensaje es de mi Maestro, y debo dejar que le conceda usted la impor­tancia que juzgue conveniente. Yo no tengo más remedio que cumplir las instrucciones recibidas.

Yo conocía el contenido del mensaje porque lo había transcrito, y aseguro que era tan sencillo y amistoso como pudiera ser el de un amigo a otro, sin que denotara especial sig­nificado. Pero evidentemente eran engañosas las apariencias, porque el caballero a quien se lo entregué, mostróse muy ad­mirado y me dijo:

—No necesita usted tomarse la molestia de probar que el mensaje es de su Maestro. Inmediatamente lo conocí por la re­dacción, y hubiera sido en absoluto imposible para usted com­prender el significado de algunas de las referencias que el Maestro hace.

Aún no tengo idea de lo que significaba el mensaje.

Otro valioso beneficio de que goza el discípulo aceptado es el de colocar el pensamiento que tenga sobre alguna cues­tión lado por lado del pensamiento del Maestro y compararlos. Fácilmente se comprende que el frecuente uso de esta facultad dirigirá el pensamiento del discípulo por noble y liberal rumbo, y le permitirá corregir errores, prejuicios y falsas interpreta­ciones. De varios modos puede el discípulo ejercer esta facul­tad. Yo seguí siempre el de ponerme en meditación con intento de asimilar en lo posible mi conciencia a la del Maestro. Una vez he llegado al máximo punto de elevación que entonces me era posible, me volvía de repente para mirar el asunto de que se trataba y en seguida recibía la impresión de cómo lo consi­deraba el Maestro. Probablemente estaba muy lejos de ser una exacta impresión, pero al menos me sugería lo que el Maestro opinaba sobre el caso, en cuanto yo era capaz de penetrar su pensamiento.

Sin embargo, hay que ir con mucho cuidado en no abusar de dicha facultad que nos sirve de última referencia en difici­lísimas cuestiones o cuando no disponemos de suficientes ele­mentos de juicio y sin embargo hemos de tomar una determi­nación; pero en modo alguno nos exime del deber de pensar ni tampoco puede aplicarse a las decisiones sobre asuntos de la vida ordinaria que podemos resolver perfectamente por noso­tros mismos.

El candidato a la aceptación ha de ejercer estrecha vigi­lancia sobre sí mismo. Si no ha recibido directas insinuaciones de su Maestro o de algún antiguo discípulo respecto a los vi­cios que debe evitar, hará bien en observarlos por sí mismo, y una vez descubiertos, o informado sobre ellos, se mantendrá en incesante vigilancia contra ellos. Al propio tiempo no ha de excederse jamás en la introversión ni computarse vicios de que carezca. El procedimiento más seguro es concentrar la aten­ción en el beneficio del prójimo, porque si su mente rebosa de este pensamiento se moverá por instinto en recta dirección. El anhelo de disponerse acabadamente para la obra le incitará a desbaratar cuantos obstáculos intercepten el camino, de suerte que adelantará sin pensar concretamente en su adelanto.

No cabe exigir que el discípulo esté pensando constante y exclusivamente en su Maestro, pero sí que la imagen del Maes­tro esté siempre en el trasfondo de su mente y a su inmediato alcance para cuando lo requieran las vicisitudes de la vida. Nuestra mente, como la cuerda de un arco, no puede estar en continua tensión. El razonable descanso y el cambio de pensa­miento son necesarios a la salud mental; pero el discípulo ha de tener sumo cuidado de que no haya ni el más leve asomo de impureza o antipatía en el descanso de su mente, y no ha de consentir pensamiento alguno del que se avergonzaría delan­te del Maestro.

No hay ningún inconveniente en leer una amena y honesta novela por vía de diversión, pues las formas mentales engen­dradas por la lectura no interceptarán en modo alguno la co­rriente de pensamientos del Maestro; pero se han de evitar las novelas repletas de maliciosas insinuaciones que ponen ante la mente impuras formas de pensamiento o glorifican el crimen o tratan de temas repugnantes o describen escenas de odio y crueldad.

De la propia suerte no hay peligro en tomar parte o pre­senciar los juegos y deportes normalmente ejercitados, mien­tras que es de rigor abstenerse de todos aquellos en que inter­venga el apasionamiento, la brutalidad o se arriesgue la vida del hombre o de algún animal.

Ha de comprender el discípulo que en sus esfuerzos por mejorar de conducta no han de desanimarle jamás los fraca­sos por repetidos que sean. Aunque fracase muchas veces en sus esfuerzos y caiga otras tantas en el sendero que se trace, tiene el mismo motivo para levantarse y seguir andando después de la milésima caída, que tenía cuando la primera. En el plano fí­sico hay muchas cosas francamente imposibles, pero no así en los mundos superiores. No podemos levantar una tonelada de peso sin ayuda mecánica, mientras que en los mundos superiores es posible levantar la pesadumbre de nuestras muchas im­perfecciones, por la sencilla razón de que los músculos huma­nos no están construidos para levantar pesos de tonelada ni lograrían levantarlos por mucho que se ejercitaran porque su fuerza está limitada, al paso que en las cosas espirituales tiene el hombre tras sí el divino e inagotable poder, del que poco a poco va con su esfuerzo extrayendo el necesario para vencer todo linaje de obstáculos.

Suelen decir las gentes: «Me es posible tratar con las co­sas del plano físico, pero muy difícil es intervenir en las de los planos astral y mental». Precisamente esta queja es de todo punto contraria a la verdad. Como no están acostumbrados a actuar en la materia sutil, se figuran que no pueden; pero en cuanto movilicen su voluntad verán cómo las cosas siguen su impulso de una manera imposible en el plano físico.

Algunos discípulos han facilitado esta labor con auxilio de un talismán o de un amuleto, que en verdad puede ser valioso, porque la naturaleza física se ha de subyugar lo mismo que las emociones y los pensamientos, y es muy difícil subyugarla. Por lo tanto, un talismán fuertemente magnetizado para tal o cual propósito por quien sepa hacerlo será de inestimable ayuda (1). Muchos se sobreponen a los amuletos y talismanes diciendo que no necesitan auxilio extraño; pero en cuanto a mí, he ha­llado la tarea tan ardua que me alegraría de cualquier ayuda que se me ofreciese.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(1)   Véase al efecto la obra The Hidden Side of Things.

 

 

 

 

 

  CAPÍTULO VI

 

 

OTRAS PRESENTACIONES

 

Durante todo este tiempo, mientras el Maestro se sirve de su discípulo como de un aprendiz, lo predispone para presentar­lo a la Gran Fraternidad Blanca y recibir la iniciación. El princi­pal objeto de esta Fraternidad es favorecer la evolución, y el Maestro sabe que cuando el discípulo esté dispuesto a tener el estupendo honor de ingresar en ella será muchísimo más útil al mundo que hasta entonces. Por lo tanto, el deseo del Maestro es realzar al discípulo lo más pronto posible a tan alto ni­vel. En los libros orientales que tratan del asunto, escritos ha­ce millares de años, se encuentran muchos relatos referentes a este primer período de instrucción, llamado en la primitiva bibliografía teosófica el Sendero de Probación, que no significa el tiempo durante el cual pone un Maestro a prueba a un can­didato al discipulado, sino un curso de enseñanzas preparato­rias para la iniciación. Yo mismo empleé dicho título en mi obra Protectores invisibles; pero desde entonces ya no lo uso, a fin de evitar la confusa ambigüedad dimanante de emplear una misma denominación con dos distintos significados.

El método empleado es fácilmente comprensible y algo semejante al seguido en nuestras antiguas universidades. Si el estudiante desea obtener un grado universitario ha de sufrir el examen de ingreso para que lo admitan en una de las Faculta­des. El decano de la Facultad es técnicamente responsable del adelanto del alumno, de quien debe considerarse principal tu­tor. El alumno ha de trabajar de firme en los estudios, pero el decano de la Facultad ha de asegurarse de que está bien dispuesto a recibir el grado. El decano no confiere personalmente el grado, sino la abstracta entidad llamada Universidad y en representación el rector. La Universidad y no el decano dispone el examen del alumno y confiere los diversos grados. La misión del decano es procurar que el alumno esté suficientemente pre­parado, y en cierto modo es responsable de esta preparación durante la cual puede relacionarse particularmente con el alumno sin que esta relación tenga el menor carácter oficial.

De análoga suerte, la Gran Fraternidad Blanca nada tiene que ver con las relaciones entre Maestro y discípulo. Este es un asunto que concierne exclusivamente al Maestro. La iniciación se confiere por el miembro que al efecto señala la Fraternidad y en nombre del único Iniciador. Solamente así es posible re­cibir la iniciación. Cuando el Maestro considera que su discí­pulo está suficientemente preparado, lo comunica a la Frater­nidad y después lo presenta para la primera iniciación. La Fra­ternidad se limita a preguntar si el candidato está conveniente­mente dispuesto, sin inmiscuirse para nada en las relaciones que haya podido tener con su Maestro, pues no le importa que se halle en cualquiera de las etapas de probación, aceptación o filiación. Han de proponer y garantizar al candidato dos miembros de la Fraternidad que ostenten el grado de adepto, y seguramente ningún adepto propondrá ni responderá de un candidato a la iniciación si no está plenamente convencido de su aptitud por haberse identificado con su conciencia.

Por lo tanto, el Sendero probatorio es una etapa condu­cente al Sendero propiamente dicho que comienza en la prime­ra iniciación. Los libros orientales describen estos senderos impersonalmente, como si no interviniese el Maestro. Se for­mula la siguiente pregunta:

 

« ¿Cómo viene a este sendero probatorio un hombre mun­dano y cómo llegó a conocer la existencia del sendero?»

Señalan los libros cuatro causas, de las que una sola bas­ta para determinar la entrada en el sendero probatorio. Pri­mera, por el conocimiento y trato de alguien ya interesado en el asunto.

Por ejemplo, algunos de nosotros podemos haber sido frai­les o monjas en la edad media y habernos tratado con un abad o abadesa que tuviera ya un conocimiento tan profundo de la vida interna como el que tuvo Santa Teresa, deseando vivamente poseer el mismo conocimiento, sin el menor propósito egoís­ta, ni pensando en la importancia o satisfacción personal que pudiera allegarnos sino tan sólo en el placer de auxiliar al pró­jimo como veíamos que el abad lo auxiliaba con su profundo discernimiento. Semejante anhelo en aquella vida, seguramente nos relacionaría en la próxima encarnación con las enseñanzas sobre el asunto.

En los países occidentales, el único medio de adquirir los conocimientos referentes a la vida interior es el de leer libros teosóficos o ingresar en la Sociedad Teosófica. Hay tratados de índole mística y espiritualista que exponen con alguna am­plitud dichas enseñanzas, pero no conozco ninguno que tan clara y científicamente las puntualice como la bibliografía teosófica ni sé de obra alguna tan copiosa como La Doctrina Secreta.

Por supuesto que los libros sagrados de la India y de otras naciones tratan prolijamente del asunto, pero de un modo difí­cil de entender para los occidentales. Cuando después de mu­chas obras teosóficas leemos las buenas traducciones de los orientales hallamos en ellas nuestras enseñanzas teosóficas. En la Biblia cristiana, aunque en muchos pasajes no está bien tra­ducida desde nuestro punto de vista, encontramos enseñanzas teosóficas, mas para encontrarlas es preciso conocer la Teoso­fía, y una vez conocida echamos de ver que no pocos pasajes la corroboran y no pueden tener exégesis racional sin ella. Ve­mos entonces cómo muchas ceremonias religiosas, al parecer insignificantes, cobran vida e interés, iluminadas por las ense­ñanzas teosóficas. Sin embargo, nunca he conocido el caso de que alguien indujera de las ceremonias o de los pasajes bíbli­cos las enseñanzas teosóficas. Así tenemos que uno de los me­dios de acercarse al sendero es el trato y relación con quienes ya lo están hollando.

Otro medio es el de leer u oír algo sobre el asunto. Yo co­nocí las enseñanzas teosóficas el año 1882 por haber leído El Mundo oculto y El Budismo esotérico de Sinnett. Instintiva­mente comprendí que estos libros decían verdad, y la acepté con el encendido anhelo y la deliberada intención de aprender cuanto pudiese sobre el asunto aunque para dio hubiera de recorrer todo el mundo. Poco después renuncié a mi posición en la Iglesia anglicana y me fui a la India, que me parecía país más favorable a mi actividad.

El tercer medio de acercarse al Sendero que mencionan los libros orientales es el del acrecentamiento intelectual. A fuerza de mucho pensar puede uno comprender los principios teosóficos, aunque me parece que rara vez se logra por este medio.

El cuarto, es el dilatado ejercicio de la virtud y la práctica del bien en cuanto alcance el conocimiento del individuo, quien, por lo tanto recibirá cada vez más luz.

Hace cuarenta años, cuando se me expusieron las cualida­des necesarias desde el punto de mira del budismo esotérico para entrar en el sendero, eran las siguientes:

Primeramente el discernimiento, llamado en sánscrito viveka o manodvaravajjana, que significa la apertura de las puer­tas de la mente o más bien el escape por la puerta de la mente. Esta es una muy apropiada expresión, puesto que el discerni­miento deriva de que nuestra mente se ha abierto de modo que podamos distinguir entre lo real y lo ilusorio, lo apetecible y lo desdeñable y entre los pares de opuestos.

La segunda cualidad es la indesideración, llamada vairagya por los indos, y se me describió en el sentido de parikamma, que significa la preparación para actuar en el mundo oculto, aprendiendo a obrar bien por exclusivo amor al bien. Esto im­plica el logro de una superior indiferencia en que ya no preo­cupa el resultado o fruto de la obra, lo cual equivale a indesi­deración aunque expresado en distinta forma.

Los seis puntos o normas de buena conducta, llamados shatsampatti en el sistema índico, se me representaron como upacharo, que significa vigilancia de la conducta. Por si el es­tudiante compara los seis puntos con los expuestos en A los pies del Maestro, reproduciré lo que sobre ellos dije en Pro­tectores invisibles.

 

En idioma palí se denominan como sigue:

 

  1. ° Samo. Significa quietud y es aquella calma y pureza de pensamiento que proviene del completo dominio de la mente. Es cualidad dificilísima de lograr, y sin embargo de todo punto necesaria, porque a menos que la mente actúe en completa obe­diencia a la voluntad no podrá ser útil instrumento de la obra del Maestro. Esta cualidad incluye a la par el dominio propio y la calma necesaria para actuar en el mundo astral.

 

Dama. Significa subyugación. Es el dominio y por con­siguiente la pureza de palabras y acciones. Deriva necesaria­mente de la cualidad anterior.

 

  1. ° Uparati. Significa cesación y consiste en desechar toda mojigatería y también desechar la creencia en la necesidad de las ceremonias prescritas por tal o cual religión, a fin de que el aspirante logre la independencia de pensamiento acompa­ñada de generosa tolerancia.

 

Titikkha. Equivale a paciencia. Consiste en sufrir gozo­samente todo cuanto el karma nos depare y desprendernos de las cosas mundanas siempre que sea necesario. También inclu­ye la carencia de rencor o resentimiento por los agravios reci­bidos, pues sabe el candidato que quienes le agravian son ins­trumentos de su propio karma.

 

  1. ° Samadhana. Significa asiduidad y consiste en la firme­za de propósito y conducta, de suerte que la tentación no pueda en modo alguno desviar del sendero al candidato.

 

  1. ° Saddha. Equivale a fe y estriba en la confianza en el Maestro y en uno mismo, es decir, que se considera al Maes­tro como un instructor competente, y aunque el discípulo des­confíe de sus propias facultades tiene en su interior la chispa del fuego divino que cuando se convierta en llama lo capaci­tará para hacer cuanto hace el Maestro.

La cuarta cualidad en la clasificación induista se llama mumukshutva y se traduce por el vehemente deseo de liberación de la rueda de muertes y nacimientos, mientras que los bu­distas la denominan anuloma, equivalente a orden o sucesión y significa que es una cualidad derivada de las otras tres.

De la comparación de los diversos sistemas se infiere que son fundamentalmente las mismas las cualidades que el candi­dato ha de cultivar para predisponerse a la primera iniciación, por más que de pronto parezcan diferentes.

 

Seguramente que durante veinticinco siglos y quizás aún antes de este lapso, se siguió dicho sistemático procedimiento respecto a la evolución de quienes se deciden a marchar ade­lante; y aunque en algunas épocas, como por ejemplo la ac­tual, son las circunstancias mucho más favorables para la ini­ciación, los requisitos no varían, y hemos de tener cuidado para no incurrir en el error de que se han aminorado algún tanto las cualidades.

Así vemos que por distintos caminos se llega al mismo punto de la iniciación.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

TERCERA PARTE

 

LAS INICIACIONES

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

    CAPITULO VII

 

LA PRIMERA  INICIACIÓN

 

Muchos se figuran que la iniciación es un paso adelante que han de dar por mismos. Creen que el iniciado es un hom­bre que por su propio esfuerzo ha ascendido a gran altura y ha llegado a ser muy excelsa individualidad en comparación del hombre mundano. Así es en efecto; pero comprenderemos me­jor la cuestión si la consideramos desde un más alto punto de vista. La importancia de la iniciación no consiste en exaltar a un individuo, sino en que se identifica con la excelsa Orden de la Comunión de los Santos, como hermosamente la llama la Iglesia cristiana, aunque muy pocos se fijan en el verdadero significado de estas palabras.

Comprenderemos mejor la estupenda realidad subyacente en la iniciación en la Fraternidad, después de considerar la or­ganización de la Jerarquía oculta y la obra de los Maestros, de que trataremos más adelante. El candidato llega a ser algo su­perior a un hombre personal, porque se convierte en unidad de una formidable energía.

En cada planeta tiene el Logos solar un representante con funciones de virrey. En la Tierra se le da a este representante el título del Señor del Mundo y es el Jefe de la Fraternidad. Por otra parte, la Fraternidad no es tan sólo una corporación de hombres en la que cada cual tiene deberes que cumplir, si­no también una fortísima unidad, un flexible instrumento en manos del Señor, una potente espada que puede esgrimir.

Hay un maravilloso e incomprensible plan por el cual des­pués de haberse diversificado el Uno en muchos, vuelve a ser

Uno otra vez; pero sin que las unidades componentes del sis­tema pierdan lo más mínimo de su individualidad y poder co­mo tales unidades, sino al contrario, que se han acrecentado mil veces hasta formar parte del Señor, del cuerpo que usa, de la espada que esgrime, del órgano que pulsa, del instrumento con que lleva a cabo su obra.

En todo el mundo sólo hay un Iniciador, con facultades para delegar su autoridad en un adepto cuando se trata de las primeras y segunda iniciaciones, aunque en tales casos recurre el adepto al Señor en el momento crítico de conferir el grado. Este momento es de imponderable maravillosidad en la vida espiritual del candidato, según no hace mucho tiempo mani­festó el maestro Kuthumi al aceptar a un discípulo, diciéndole:

—Ahora que has alcanzado la inmediata meta de tus aspi­raciones, te exhorto a que te fijes en lo mucho mayores requi­sitos de la próxima etapa, para la cual has de prepararte y es «la entrada en la corriente», o lo que los cristianos llaman «salvación». Este ideal será el punto saliente en la larga línea de tus existencias terrenas, la culminación de setecientas vidas. Hace siglos te individualizaste en el reino humano. En un porvenir que, según espero, no será remoto, saldrás del rei­no humano por la puerta del adeptado y entrarás en el superhumano. Entre estos dos extremos no hay puesto de mayor importancia que la iniciación hacia la cual debes dirigir desde ahora tus pensamientos. No sólo serás así para siempre salvo sino que ingresarás en la sempiterna Fraternidad auxiliadora del mundo. Piensa en el sumo cuidado con que has de prepa­rarte para tan prodigioso acontecimiento. Quisiera que te re­presentaras de continuo su gloria y hermosura a fin de que vivieses en la luz de su ideal. Joven es tu cuerpo para tan for­midable esfuerzo, pero se te depara una espléndida oportuni­dad y deseo y espero que completamente la aproveches.

Al iniciar a un ego este entra a formar parte de la más compacta corporación del mundo y se une al dilatado océano de conciencia de la Gran Fraternidad Blanca. Durante largo tiempo no podrá el nuevo iniciado comprender cuanto esta unión entraña, y ha de penetrar mucho más adentro del san­tuario antes de que se dé cuenta de lo estrecho del lazo y de la magnitud de la conciencia del Rey, de la cual participan hasta cierto punto los hermanos.

Todo esto es incomprensible e inexplicable en el mundo profano, pues su metafísica y sutilidad transcienden la eficacia del lenguaje; y sin embargo, es una gloriosa realidad hasta el extremo de que quien lo empieza a vislumbrar, le parece ilusorio lo demás.

Ya vimos que el discípulo puede situar su pensamiento junto al del Maestro. Por propia voluntad puede el iniciado si­tuar el suyo junto al de la Fraternidad y atraer de la magna conciencia tanto como en el nivel en que se halla sea capaz de recibir, con la seguridad de que cuanto más allá de ella atraiga, más irá siendo capaz de atraer, de modo que su indivi­dual conciencia se dilate hasta el punto de serle imposible todo mezquino pensamiento. Y así como el discípulo aceptado ha de ser muy cuidadoso en no perturbar los vehículos inferiores del Maestro, pues con ello le entorpecería la obra, así también un miembro de la Fraternidad nunca ha de suscitar discordan­cia alguna en la unitaria acción de la magna conciencia.

Ha de tener en cuenta el iniciado que la Fraternidad en conjunto no efectúa la misma obra que los Maestros. Muchos de sus miembros están ocupados en muy distintos menesteres que requieren suma concentración y completa calma; y si al­gún novicio, olvidando su alta vocación, perturbara a la Fra­ternidad con molestas vibraciones, afectaría la perturbación a la obra de los adeptos. Aun nuestros mismos Maestros podrían descuidar este punto y sufrir voluntariamente alguna molestia de esta clase en atención al porvenir cuando el nuevo miem­bro haga provechoso uso de las facultades de la Fraternidad; pero los que nada tienen que ver con la educación de candi­datos, podrían decir en tal caso: «Nuestra obra queda pertur­bada, y para evitarlo es mejor que permanezcan afuera quie­nes todavía tienen indisciplinada la personalidad.» Añadirían que nada se perdería con ello, pues también es posible adelan­tar desde el exterior, y que los discípulos deben ser más fuer­tes y prudentes antes de obtener la iniciación.

Tan admirablemente se amplía la conciencia del iniciado que bien puede considerarse como un nuevo nacimiento. Prin­cipia por ser «niño» en la vida del Cristo o conciencia búdica despertada en su interior. Posee entonces el poder de dar la bendición de la Fraternidad, que consiste en infundir una tre­menda y dominante energía en quien juzgue capaz de aprovecharla. El poder de la Fraternidad descenderá sobre el elegido en el grado en que el iniciado lo haga descender. Al elegido compete aprovecharlo y recordar que es responsable de la aplicación que le dé.

El oficiante en la iniciación bendice según la siguiente fór­mula:

«Yo te bendigo. Sobre ti derramo mi energía y mi bendi­ción. Procura derramar constantemente esta bendición en otros.»

Cuanta mayor sea la confianza del nuevo iniciado más co­pioso flujo de energía podrá derramar. Si vacila lo más míni­mo o le apesadumbra la responsabilidad de ser transmisor de un tan copioso flujo de energía, no será capaz de utilizar ple­namente este maravilloso don. Pero si posee la cualidad de saddha o completa confianza en el Maestro y en la Fraterni­dad, y está completamente seguro de que por su unión con los excelsos Seres le son todas las cosas posibles, podrá ir por el mundo como un verdadero ángel de luz derramando alegría y bendiciones a lo largo de su camino.

La conciencia de la Gran Fraternidad Blanca es indescrip­tible por lo maravillosa. Puede compararse a un vasto, tranqui­lo y refulgente océano, tan prodigiosamente compacto, que la más leve vibración de conciencia se transmite de un extremo a otro instantáneamente; y sin embargo, a cada miembro de la Fraternidad le parece aquella vibración la de su individual con­ciencia, aunque con una fuerza, una importancia y una sabidu­ría que ninguna conciencia humana puede igualar.

Así como todos los discípulos están unidos con su Maestro, así también la Fraternidad está toda unida en su Señor. Los miembros pueden discutir libremente entre ellos cualquier punto; pero la discusión se contrae a presentar a una misma mente los diversos aspectos o fases del asunto, para comparar­los entre sí con pasmosa y tremenda serenidad que nada es ca­paz de perturbar. Sin embargo toda insinuación o advertencia sobre el asunto es bien recibida, como si todos los miembros de la Fraternidad estuviesen animados del vivísimo deseo de contribuir cada cual por su parte a dilucidarlo.

Nada hay en este mundo con lo que acertadamente pueda compararse la conciencia de la Fraternidad. Relacionarse con ella es ponerse en contacto con algo nuevo y extraño, y sin embargo inefablemente admirable y hernioso, algo que sin necesi­dad de prueba ni comparación denota de por sí que pertenece a un superior y desconocido mundo.

Aunque los miembros de la Fraternidad están de tal modo sumergidos en la conciencia colectiva, se hallan al propio tiem­po definidamente separados, porque para tomar decisiones de importancia se requiere el asentimiento de todos los hermanos.

El gobierno del Rey es absoluto, aunque siempre le acom­pañan sus consejeros cuyas observaciones escucha y considera en todo caso. Pero este cuerpo consultivo difiere enormemente de los parlamentos políticos del mundo. Los que ocupan cargos no han sido elegidos por sufragio ni por decisión de un partido, sino porque merecen ocuparlos por su mayor adelanto y sabi­duría. Nadie duda de la decisión de su superior porque sabe que verdaderamente es superior y que tiene mayor intuición y poder para decidir. No cabe la menor sospecha de que estos superhombres puedan pensar u obrar por coacción, porque tan completa confianza todos han depositado en su potente organi­zación que no son posibles entre ellos definitivas discrepancias. Únicamente a una tal Fraternidad con un tal Rey se pueden aplicar las hermosas palabras de una de las colectas de la Iglesia anglicana: «En Su servicio hay absoluta libertad.»

En una corporación así no debía haber seguramente la me­nor posibilidad de fracaso o perturbación; pero a causa de la humana fragilidad y de que no todos los miembros de esta gran Logia Blanca son todavía superhombres, sobrevienen, aunque raras veces, algunos fracasos. Como dice Luz en el Sendero: «Los Seres superiores retroceden, aun desde el um­bral, porque les asusta el peso de su responsabilidad y se ven incapaces de seguir adelante.» Únicamente el logro del adapta­do afirma la absoluta seguridad.

El Iniciador manifiesta al candidato que por haber entra­do en la corriente está ya para siempre en salvo, aunque toda­vía arriesga demorar considerablemente su adelanto si cede a cualquiera de las tentaciones que le han de asediar en el sen­dero.

La frase «ser salvo para siempre» se toma en el sentido de significar la certeza de pasar adelante en el actual período de evolución, y no quedar rezagados el «día del Juicio», en el pro­medio de la quinta ronda, cuando Cristo, que habrá entonces descendido a la materia, declare quiénes pueden y quiénes no alcanzar la meta de evolución señalada a la presente cadena planetaria. No hay condenación eterna. Es sencillamente, como dice Cristo, condenación eoniana. Habrá quienes no puedan seguir adelante en el actual período de evolución, pero sí po­drán en el próximo período, de la propia suerte que un alum­no suspenso en un curso de estudios puede seguir adelante y aun colocarse a la cabeza de la clase al repetir el curso el año siguiente.

Triste y terrible cosa es que ocurra un fracaso entre los ini­ciados, y entonces se estremece penosamente la conciencia co­lectiva, porque la separación de un miembro equivale a una dolorosa operación quirúrgica en que se desgarran las fibras del corazón. Sin embargo, el errático hermano no puede fra­casar definitivamente, porque está ligado por un lazo inque­brantable, aunque muy poco sabemos del áspero camino de pruebas y sufrimientos por que ha de pasar antes de volver a unirse con la Fraternidad.

«La Voz del Silencio permanece en su interior, y aunque abandone del todo el Sendero, algún día resonará la Voz y lo dividirá en dos partes, separando sus pasiones de sus divinas posibilidades. Entonces, con penosa desesperación de la ampu­tada naturaleza inferior, él volverá.»

Como en los precedentes capítulos, daré aquí un relato del ceremonial adoptado, que si bien persiste sin alteración esencial en el transcurso de los siglos tiene un formulismo bas­tante elástico. La primera parte de las instrucciones que el Ini­ciador da al candidato es siempre la misma. La segunda parte consta de consejos y exhortaciones variables según la condi­ción del candidato. He visto casos en que el Iniciador forjó la imagen del más encarnizado enemigo del candidato y le pre­guntó a éste si estaba dispuesto a perdonarlo en absoluto y aun a favorecerlo si por acaso lo encontraba en su camino. En otros casos se le pregunta al candidato sobre la labor que haya realizado, y a veces declaran como testigos quienes se han vis­to por él favorecidos.

 

 

 

 

RELATO DE UNA PRIMERA INICIACIÓN

 

Como la fiesta de Wesak se celebró aquel año de 1915 en la mañana del 29 de Mayo, se eligió la noche del 27 del mismo mes para la iniciación del candidato, y se nos dijo que estuvié­ramos todos preparados para el acto.

En aquella ocasión, el Señor Maitreya fue el Iniciador y en consecuencia se efectuó la ceremonia en el jardín de su casa. Cuando inician el Maestro Moría o el Maestro Kuthumi, se efectúa la ceremonia en la cueva que se abre cerca del puente tendido sobre el barranco que separa las casas de ambos maestros.

Reuniéronse en el jardín del Señor Maitreya gran número de adeptos, y estaban presentes todos los que cuyos nombres conocemos. El hermoso jardín lucía en todo su esplendor. Las flores de los rododendros fulguraban como encendido carmín y el aroma de las rosas tempranas embalsamaba el ambiente. Sentóse el Señor Maitreya en su acostumbrado banco de már­mol que rodea el corpulento árbol frontero a la entrada de la casa. Los Maestros se agruparon en derredor, a derecha e izquierda, acomodados en sitiales adrede dispuestos sobre el césped desde cuyo nivel se sube por dos peldaños al sitial de mármol, en el que también se sentaron el manú Señor Vaivasvata y el Mahachoán, uno a cada lado de los brazos del trono tallado de propósito para estas ceremonias, que da frente al Sur y se le llama Trono de Dakshinamurti.

El candidato, acompañado de los dos Maestros que lo pre­sentaban, se colocó a los pies del Señor Maitreya y detrás y en el nivel inferior de la terraza estaban los discípulos, unos ya iniciados y otros por iniciar, aparte de algunos invitados a pre­senciar buena parte de la ceremonia, aunque eventualmente un velo de dorada luz encubre a su curiosidad los actos y movi­mientos de las figuras centrales.

El candidato iba como de costumbre revestido de una flo­tante y blanca túnica de lino, mientras que la mayor parte de los maestros lucían vestimentas de seda blanca profusamente orladas con magníficos bordados de oro. Una numerosa hueste de ángeles planea sobre los circunstantes y llenan el aire de una suave y melódica vibración que de extraña y sutil manera parece efluir de la tónica del candidato un intrincado telamen de sonidos como expresión de sus cualidades y posibilidades. Durante toda la ceremonia prosigue este canto que delicada­mente subraya todas las palabras que se van pronunciando sin interrumpirlas, como el cantarino rumor del arroyuelo no in­terrumpe el gorjeo de las aves, pero que en ciertos puntos de la ceremonia va en crescendo hasta culminar en un himno triunfal. La música aumenta con sus vibraciones en vez de apa­gar la voz de los locutores. Siempre tiene por base esta músi­ca la tónica fundamental del candidato, con variaciones y fu­gas sobre ella, que de un modo incomprensible para el enten­dimiento del profano expresa todo cuanto es y será el candi­dato, quien a la sazón estaba situado en medio de la escena entre el Maestro Kuthumi, quien por ser su maestro lo propo­nía, y el maestro Jesús que apoyaba la propuesta.

El Señor Maitreya formuló sonriente la primera pregun­ta del ritual:

— ¿Quién es este que así conducís ante mí? El maestro Kuthumi respondió según la fórmula de cos­tumbre:

—Un candidato que solicita ingresar en la gran Fraterni­dad.

—¿Garantizáis que merece admisión?

—Lo garantizo.

— ¿Queréis guiar sus pasos por el Sendero en que desea entrar?

—Quiero.

—Nuestra regla prescribe que dos hermanos superiores garanticen al candidato. ¿Hay algún otro hermano dispuesto a apoyar la propuesta?

Entonces habla por vez primera el apoyante, diciendo:

—Yo estoy dispuesto a apoyarla.

El Iniciador le pregunta al proponente:

— ¿Tenéis prueba de que si se le confieren complementa­rias facultades las empleará en el adelanto de la magna obra?

—Esta vez ha sido corta la vida de este candidato, pero ya tiene en su abono muchas buenas acciones y ha comenzado a hacer nuestra obra en el mundo. También en Grecia hizo mu­cho para difundir mi filosofía y civilizar al país donde vivía.

El maestro Jesús añadió:

   —Durante dos vidas de dilatada influencia hizo mi obra, enmendando injusticias, ajustando su conducta de gobernante a un noble ideal, y divulgando por doquiera las enseñanzas de amor, pureza y santidad cuando fue monje en una encarna­ción. Por estas razones le apoyo ahora.

Entonces el Señor Maitreya dijo mirando sonriente al candidato:

—El cuerpo de este candidato es el más joven de cuantos hasta ahora se nos han presentado para su ingreso en la Fra­ternidad. ¿Hay algún miembro que todavía viva en el mundo profano y esté dispuesto a prestarle en nuestro nombre tanto auxilio y consejo como su joven cuerpo necesite?

Sirio se adelantó del grupo de discípulos que estaban de­trás, y dijo:

—Señor, en cuanto mi capacidad lo permita y mientras yo permanezca al alcance de su cuerpo, haré gustosamente por él todo lo que me sea posible.

El Señor repuso:

— ¿Está tu corazón henchido de verdadero amor fraternal hacia este candidato, de modo que puedas guiarlo como se debe?

—Lo está.

Entonces, el Señor se dirigió por primera vez al candida­to, preguntándole:

— ¿Por tu parte amas a este hermano de modo que volun­tariamente admitas su auxilio cuando sea necesario? El candidato respondió:

—Verdaderamente lo amo de todo corazón, porque sin él no estaría yo aquí.

El Señor inclinó gravemente la cabeza, y los dos Maestros colocaron al candidato frente a frente del Iniciador, quien fi­jando en él la vista le dijo:

—Deseas ingresar en la Fraternidad existente de eterni­dad en eternidad?

—Así lo deseo, Señor, si me juzgáis apto aunque mi cuer­po sea joven.

— ¿Conoces el objeto de esta Fraternidad?

—Cumplir la voluntad de Dios llevando a cabo Su plan de evolución.

— ¿Te comprometes a dedicar toda tu vida y todas tus fuerzas de ahora en adelante a esta obra, olvidándote en abso­luto de ti mismo en beneficio del mundo, convirtiendo toda tu vida en amor como Dios es amor?

—Procuraré hacerlo así hasta el extremo límite de mi ca­pacidad, con el auxilio de mi Maestro.

— ¿Prometes mantener secreto de todo cuanto se te exija el secreto?

—Lo prometo.

Después se le hicieron al candidato las acostumbradas pre­guntas respecto al conocimiento astral y al mundo astral. Se le mostraron muchos objetos astrales y hubo de decirle al Inicia­dor qué eran, y distinguir entre el cuerpo astral de un viviente y de un difunto, entre una persona física y la imagen o forma mental de la misma persona, entre la imitación de un Maestro y el verdadero y auténtico Maestro. Después el Iniciador le re­presentó varios casos astrales y preguntóle cómo prestaría su auxilio en cada caso, a lo que respondió el candidato lo me­jor que supo.

Por último el Iniciador declaró sonriendo que habían sido muy satisfactorias las respuestas, y seguidamente procedió a la Instrucción en un solemne y hermoso discurso que según ya dije es substancialmente siempre el mismo, aunque se añade algo particularmente relacionado con el candidato. La Instruc­ción explica la obra de la Fraternidad en el mundo y la respon­sabilidad que individualmente pesa sobre cada miembro, por­que cada cual ha de compartir la grave pesadumbre de las tristezas del mundo y ha de estar dispuesto al auxilio tanto por servicio como por consejo, porque no hay más que una Frater­nidad que actúa bajo una mismo ley y un solo Jefe, y todo her­mano tiene el privilegio de poner sus conocimientos especiales a disposición de la Fraternidad para el fomento de cualquiera de las modalidades de la magna obra de favorecer el progreso de la humanidad. Aunque la autoridad del Rey es absoluta no se toma ninguna decisión de importancia sin el conocimiento de aún el miembro más joven de la Fraternidad. En cualquier parte del mundo donde se halle un hermano, representa a toda la Fraternidad y cada cual se compromete a estar a la disposi­ción de la Fraternidad, a ir donde se le envíe y hacer lo que se le ordene. Aunque los miembros jóvenes obedecen implíci­tamente a sus Jefes, pueden proporcionar datos referentes a la localidad en que habiten y sugerir alguna idea que a Aquéllos les parezca de posible aplicación.

Todo hermano residente en el mundo ha de tener en cuenta que es un centro radiante de la energía efundida por la Fra­ternidad para auxiliar a los menesterosos de auxilio y que al propio tiempo debe servir de canal para que cualquier herma­no derrame sus bendiciones sobre el mundo. Por lo tanto, los jóvenes hermanos deben estar dispuestos a cada momento a que se les pueda utilizar, pues no sabe cuándo serán necesarios sus servicios. La vida del hermano debe estar entregada por completo al bien del prójimo. Ha de vigilar anhelosa e incesan­temente toda oportunidad de prestar servicio, y su mayor gozo ha de ser el prestarlo. Ha de recordar que en sus manos está el honor de la Fraternidad y por lo tanto debe ir con sumo cui­dado que ninguna palabra ni obra suya la deshonren a la vista de las gentes ni den motivo a que se piense de ella ni un ápice menos altamente de lo que merece.

No se figure el candidato que por haber entrado en la co­rriente está ya exento de pruebas, luchas y dificultades. Por el contrario, habrán de ser todavía más intensos sus esfuerzos aunque dispondrá de mayor fortaleza para realizarlos. Su po­der será mucho mayor que antes, pero también lo será su res­ponsabilidad. Ha de considerar que no es él, como separado ser, quien ha subido un peldaño que lo coloca sobre sus pró­jimos, sino que más bien debe alegrarse de que por su medio se vaya realizando algún tanto la humanidad, libertándose en la misma proporción de sus cadenas y enalteciendo mucho más su conciencia. Siempre le acompaña la bendición de la Frater­nidad, pero descenderá sobre él en la misma medida en que la derrame sobre los demás, porque tal es la eterna ley.

Esta es la parte invariable de la Instrucción. Como parti­cular consejo al candidato que se iniciaba aquella noche, el Ini­ciador añadió:

—Demasiado joven es tu cuerpo para soportar el peso de esta magnífica gracia de la iniciación; pero tu misma juventud te depara una oportunidad tan maravillosa como la que más hayan tenido los hombres. La has merecido por el karma de tus pasadas vidas de sacrificio. Procura que en este cuerpo la merezcas también. Esperamos de ti que des prueba de nuestro acierto al abrirte tan pronto las puertas. Recuerda siempre la entrado en la corriente. Que llegues pronto a la otra orilla.

La música angélica orquestó entonces una grandiosa y me­lódica sinfonía cuyas dulces vibraciones llenaron el aire de vi­gorosa alegría, mientras el Iniciador, el prosternado candidato y sus dos padrinos quedaban envueltos en ondas de bellísimos colores que traían la bendición del Bodisatva y del Mahachoán. Y la exquisita y áurea luz de la Flor de la terrestre hu­manidad, de Gautama, el Señor Buda, refulgía sobre Ellos en bendición, porque otro hijo del hombre había entrado en el Sendero. La argentina Estrella envolvió por un momento en su explayada refulgencia al Iniciador y al nuevo hermano. Cuando se retrajo el estelar fulgor la túnica del neófito no era ya de hilo sino de seda blanca como las de los otros iniciados.

De arrobadora hermosura fue la escena en que el Iniciador hizo brillar su cuerpo causal y brilló el del nuevo iniciado en respuesta. Relumbró una luz oriverde; y la mónada, que nor­malmente aparecía como una mancha luminosa en el átomo permanente del cuerpo causal, resplandeció con intensificado brillo y explayóse hasta ocupar todo el óvalo. En aquel punto la mónada se identifica temporáneamente con el ego para for­mular los votos del candidato. El efecto en el cuerpo astral es también interesantísimo, pues oscila rítmicamente sin alterar su equilibrio, de suerte que de allí en adelante es capaz de sen­tir con mayor viveza que antes sin desquiciarse de su base ni substraerse al dominio del candidato. El Iniciador establece di­cha oscilación reproduciendo sus propias vibraciones en el cuerpo astral del neófito y al propio tiempo afirmándolo de modo que no haya perturbaciones ni estremecimientos sino una inmensa intensificación del poder vibratorio.

Cumplidas todas estas ceremonias, el Iniciador dio al nue­vo hermano la Clave del Conocimiento e instruyóle sobre el modo de reconocer en el mundo astral a cualquier miembro de la Fraternidad a quien todavía no conociese personalmente. Después encargó a varios antiguos discípulos de los Maestros que cuidaran tan pronto como les fuera posible de los necesa­rios ejercicios búdicos, finalizando la magna ceremonia con la bendición que al nuevo iniciado dieron todos los hermanos. Después el nuevo iniciado bendijo al mundo, valiéndose así por vez primera del formidable poder que se le acababa de confe­rir. Al difundirse la bendición por el mundo, vivificando, vigorizando y hermoseando todas las cosas, llenó los aires un mul­titudinario murmullo con miríadas de rumores armonizados en un cántico de intenso gozo y profunda gratitud. Se había ma­nifestado otra fuerza benéfica, y la Naturaleza, que gime y se afana con sus hijos, se regocija cuando uno de ellos entra en la Fraternidad que al fin ha de librarla de sus dolores. Por­que una sola es la Vida del mundo, y cuando una entidad rea­liza algún progreso, participa del beneficio la Naturaleza ente­ra, incluso los seres a que tan injustamente llamamos inani­mados.

Así terminó la admirable ceremonia, y los Maestros rodea­ron al nuevo hermano y le felicitaron cordialmente mientras se desvanecía la fulgurante Estrella.

A la noche siguiente recibí la orden de presentar al neófito al Señor del Mundo. Este es un honor excepcional que en modo alguno forma parte de la primera iniciación, pues generalmen­te acompaña a la tercera. A la hora señalada nos dirigimos a Shamballa y se nos recibió en el salón principal como es cos­tumbre en semejantes casos. Estaba el Rey conversando con el Señor Gautama el Buda y el Señor Maitreya quien presentó al neófito ante el Rey diciendo que era «nuestro novísimo herma­no, la siempre brillante Estrella de amor». El kumara Sanat sonrió benévolamente al joven que se arrodillaba ante El le­vantando las manos a estilo de saludo oriental, y el Rey se las tomó con Su diestra diciéndole:

—Bien hiciste, hijo mío, y estoy contento de ti. Para de­círtelo te he llamado. Ve y pórtate todavía mejor, pues espero que desempeñes parte muy importante en el porvenir de mi nueva subraza. Hace pocas horas brilló visiblemente mi Estre­lla sobre ti. Recuerda que así brillará siempre aunque no la veas, y donde brille habrá constantemente poder, pureza y paz.

Después, el Señor Buda, imponiendo las manos sobre la cabeza del neófito, le dijo:

—También yo deseo felicitarte y bendecirte, porque conje­turo que tu rápido progreso de ahora es promesa del venidero, y que en el porvenir te saludaré como a un hermano del Glo­rioso Misterio, como a un miembro de la Dinastía espiritual que transmite la luz a los mundos.

Los tres Kumaras que detrás se hallaban sonrieron tam­bién al joven que arrodillado permanecía sin pronunciar palabra, pero rebosante de amor y adoración. El Rey nos bendijo y emprendimos el viaje de regreso.

El tiempo empleado en la ceremonia de iniciación varía se­gún las circunstancias, y una de ellas es el grado de conoci­miento del candidato. La tradición señala que algunas inicia­ciones duraron tres días y tres noches, aunque generalmente se invierte en ellas mucho menos tiempo. Una de las que yo presencié, se efectuó en dos noches y un día, pero otras se con­cretaron en una sola noche por haber prescindido de muchos puntos cuya ulterior ejecución se encomendó a los más adelan­tados discípulos de los Maestros. Antiguamente eran muy pro­lijas algunas iniciaciones porque a los candidatos se les había de enseñar la actuación en el mundo astral. También hay ejer­cicios búdicos, porque los iniciados necesitan tener algún tan­to desarrollado el vehículo búdico para comprender las ense­ñanzas que se han de dar en este plano. Muchos teósofos han actuado ya astralmente y conocen de antemano los pormeno­res del mundo astral que corresponde enseñar en la iniciación a quien los desconoce. Cuando el Iniciador sabe que el candi­dato tiene ya algún desarrollo búdico, lo confía a los antiguos discípulos para que a la noche siguiente o cuando mejor con­venga lo adiestren en los ejercicios búdicos.

La iniciación propiamente dicha no dura más de seis horas, y antes y después se concede un poco de tiempo a los candida­tos. Los Maestros felicitan siempre al candidato después de la iniciación y cada cual le dice unas cuantas palabras amables. Aprovechan la ocasión de estar reunidos para transmitir algu­nas órdenes a sus discípulos, y por lo general es motivo de in­tenso regocijo, al menos entre los miembros jóvenes. Se cele­bra como victoria colectiva la admisión de otro neófito, de uno más que está salvo para siempre.

Ya hemos hablado de la íntima relación entre un discípulo aceptado y su Maestro. De cada vez es mayor la intimidad y ge­neralmente sucede que cuando el discípulo se acerca al portal de la iniciación, el Maestro considera que ha llegado el tiempo de atraer al discípulo a más estrecha unión, y entonces se le llama Hijo del Maestro y el lazo es tal que no sólo la mente inferior sino también el ego del discípulo con su cuerpo causal quedan asimilados al del Maestro, de modo que éste ya no pue­de tender un velo que lo separe del discípulo. Luz, en el Sendero alude hermosamente a esta íntima unión en el siguiente pasaje : «Únicamente a los discípulos que son como El mismo, puede decirles el Maestro: «Mi paz os doy». Estos son los que tienen el inestimable privilegio de transferir plenamente a otros la paz. Todo discípulo aceptado por el Maestro tiene el derecho y el deber de bendecir en su nombre, y cuando así lo haga, segu­ramente que el Maestro derramará un copioso flujo de energía. Con mayor motivo ha de dar su bendición cuando entre en al­guna casa diciendo: «Que la bendición del Maestro permanez­ca en esta casa y en todos sus moradores». Pero el Hijo del Maestro es capaz de infundir más plena y mayor paz con el to­que de su íntima presencia, porque ya es o muy luego será miembro de la Gran Fraternidad Blanca que concede el poder de dar más copiosa bendición aunque cada grado tiene su pro­porcional eficacia.

Recuerdo haber dado estas bendiciones en diferentes co­yunturas a un noble ángel de la vecindad a quien tengo el ho­nor de conocer muy bien. Al pasar en buque cerca de su terri­torio, le saludé una vez con la bendición de mi Maestro, y fue de veras hermoso ver cómo la recibió, inclinándose profunda­mente y demostrando su estima con un bello y suave resplan­dor de beatitud y extrema devoción.

Otro día, en análogas circunstancias, le di la bendición de la Fraternidad e instantáneamente toda la energía del án­gel resplandeció en gozosa respuesta iluminando la extensión de su territorio. Fue como si al toque de atención hubiese ele­vado un guerrero a su altura a los millares de soldados que militan a sus órdenes. Toda la naturaleza respondió al momen­to. Así vemos que aunque el ángel reverencia profundamente a mi Maestro, no es su Maestro, pero mi Rey es su Rey, porque no hay más que un Rey.

La cuestión de si un hombre se acerca aptamente a la ini­ciación entraña tres diferentes órdenes de consideraciones interdependientes.

Primero se ha de ver si posee suficiente número de las cualidades necesarias, según se exponen en A los pies del Maes­tro, lo cual significa que ha de poseer un mínimo de todas y mucho más del mínimo de algunas. Para comprender mejor esta idea comparémosla con lo que se hace al calificar por pun­tos a los estudiantes en el examen académico. De antemano determinan los examinadores que no aprobarán a ningún exa­minando que no responda satisfactoriamente a un señalado número de preguntas sobre cada materia, por ejemplo, que ha de responder al menos a la cuarta parte de las que se le hagan. Si algún examinando no cumple esta condición quedará inde­fectiblemente reprobado. Pero además, se exige que el mínimo número total de respuestas satisfactorias sobre las materias en conjunto sea por ejemplo del cuarenta por ciento, de modo que aunque el examinando haya contestado a la cuarta parte de las preguntas en cada materia, quedará reprobado si el mínimo total de respuestas satisfactorias no llega al cuarenta por cien­to de las preguntas formuladas. Por lo tanto, el examinando que sólo obtenga veinticinco o treinta puntos en una o dos ma­terias ha de alcanzar mayor número de puntos en las demás para merecer la aprobación de los examinadores. Este es pre­cisamente el método empleado en ocultismo. Ha de reunir el candidato cierto grado de cada una de las cualidades requeri­das, pero ha de tener completamente actualizadas algunas de ellas. No puede recibir la iniciación el candidato que carezca de discernimiento; pero si lo posee en menor grado del reque­rido, la superabundancia de amor podrá compensar la corte­dad de discernimiento.

En segundo lugar, el ego debe haber disciplinado sus ve­hículos inferiores hasta el punto de poder utilizarlos siempre que los necesite. Debe haber efectuado lo que en la primitiva bibliografía teosófica se llamaba unión del yo inferior con el Yo superior. Ha de tener suficiente fortaleza para realizar los requeridos esfuerzos que afectan incluso al cuerpo físico.

En cuanto al grado de adelanto en que se ha de hallar el candidato al recibir la iniciación no hay regla fija. Fuera un error suponer que todos los iniciados están en la misma etapa de evolución, de la propia suerte que no todos los que obtienen el título académico de bachiller poseen el mismo grado de co­nocimientos. Es muy posible que un candidato sobresalga en varias de las cualidades requeridas y exceda del mínimo total señalado y sin embargo esté muy por debajo del mínimo co­rrespondiente a una sola cualidad. En tal caso sería necesario esperar a que poseyera el grado mínimo de la cualidad defi­ciente, y no cabe duda de que entretanto desenvolvería aún más las otras cualidades. Por lo tanto, resulta evidente que si bien hay un señalado límite de adelanto para obtener la inicia­ción, pueden transponerlo con ventaja algunos candidatos en determinada dirección.

Vemos, además, que hay mucha variedad en los intervalos entre las iniciaciones. El que ha sido capaz de obtener la pri­mera, puede poseer gran parte de las cualidades requeridas pa­ra la segunda, y en consecuencia el intervalo le será muy cor­to. En cambio el que haya obtenido la primera iniciación con el mínimo de condiciones requeridas, habrá de ir educiendo las cualidades necesarias y adquirir el conocimiento demandado para la segunda, por lo que le será largo el intervalo.

Ya hemos entrado en un período de la historia del mundo en que puede ser muy rápido el progreso en todas las etapas de evolución porque la próxima llegada del Instructor del mun­do ha suscitado un progresivo resurgimiento espiritual, de suerte que quienquiera que a él se sume se verá empujado por la corriente y adelantará con mucha mayor rapidez.

Esto no se refiere tan sólo a la humana corriente de pen­samientos y emociones, porque el pensamiento humano no es más que una corta parte de dicho resurgimiento, pues están en minoría los hombres que saben algo en concreto respecto a la próxima venida de Cristo. Lo más importante es el formidable poderío mental y emocional de la numerosa hueste de ángeles que conocen el plan y diariamente se esfuerzan en favorecerlo.

Sin embargo, tan rápido progreso exige penoso esfuerzo de que pocos son capaces. El estudiante de ocultismo que se pro­ponga apresurar su evolución, debe tener en cuenta que una de las condiciones necesarias es la salud física. Si desea realizar en una sola vida terrena el progreso que normalmente requeri­ría veinte o más, el total esfuerzo ha de ser el mismo, pues no se concede rebaja alguna en las condiciones prescritas para la iniciación, y por consiguiente para lograr éxito habrá de some­ter a más rudo trabajo todos sus vehículos.

En el plano físico es posible abreviar los cursos académi­cos, mas para salir airoso del examen debe intensificar el estu­diante el esfuerzo de todas sus facultades intelectuales y some­ter a duro trabajo el cerebro, la atención, el aguante, los sentidos, etc., de lo que, según todos sabemos, suele resultar fácil­mente el quebranto de la salud corporal. Análogas condiciones esperan a quien se esfuerce en apresurar su evolución espiri­tual. Es posible apresurarla y hubo quien lo consiguió, pues resulta muy noble hazaña para el capaz de acometerla con la precaución de no excederse en el esfuerzo, porque entonces re­trocedería en vez de progresar.

No solamente es necesaria la salud física al emprender los esfuerzos sino también conservarla hasta el fin, porque el pro­greso en sí mismo no es más que el medio de llegar a un fin, pues nosotros no tratamos de adelantar para obtener mayor grandeza y sabiduría personal sino para adquirir el poder y co­nocimiento que nos permita trabajar con la mayor eficacia po­sible en beneficio de la humanidad. No debemos jamás olvidar que el ocultismo es la apoteosis del sentido común.

Con rarísimas excepciones, sólo habían recibido hasta aho­ra la iniciación candidatos de ya maduro cuerpo físico y des­pués de haber dado pruebas por sus actividades en la vida, de que estaban dedicados a la obra del Logos. Sin embargo, du­rante estos últimos años, algunos egos de cuerpo joven han me­recido el beneficio de recibir la iniciación y entendemos que el motivo de ello es preparar un grupo de jóvenes obreros capa­ces de servir al Señor cuando advenga. A su venida actuará el Instructor del mundo en la maravillosa conciencia de la Fra­ternidad, y Su obra será tanto más expedita cuanto mayor nú­mero de servidores encarnados en cuerpo físico se congreguen en Su torno. Podrá el Instructor utilizar los servicios de un profano según su capacidad; pero el discípulo aceptado por un Maestro le será más útil al Instructor en varios sentidos que pudiera serle el profano, y muchísimo más útil le será todavía quien haya transpuesto el portal de la iniciación y avive los múltiples lazos que ligan a los miembros de la Fraternidad. El iniciado es siempre el ego, y poco importa la edad que tenga el cuerpo físico en un momento dado.

Cuando recibe la iniciación un ego de cuerpo joven, los miembros antiguos de la Fraternidad que viven cerca o en con­tacto con él en el plano físico han de asistirlo y guiarlo, a causa de la grave responsabilidad que la iniciación entraña por el ex­playe de conciencia y la otorgación de mayores facultades y poderes. Una mala acción que cometa o un paso en falso que

 

Cuando el discípulo da el gran paso de la iniciación e in­gresa en la Fraternidad, llega a ser en mayor y más especial sentido que antes, hermano de todos los hombres. Esto no quiere decir que haya de guiarles la conducta y criticarlos acre­mente, pues su misión en la vida no es criticar sino estimular, y si ve razón para hacer alguna advertencia, ha de hacerla con exquisita delicadeza y cortesía. Las gentes no ven a los miem­bros superiores de la Fraternidad, y por lo tanto juzgan de ella por la conducta de los jóvenes miembros que viven en el seno de la sociedad. A esto se refiere la observación hecha en la Ins­trucción iniciática cuando se le dice al candidato que tiene en sus manos la honra de la Fraternidad.

Es su deber efundir amor y bendición, de suerte que su presencia acreciente la dicha del lugar donde se halle. Por lo tanto debe constantemente mirar en derredor suyo. De enton­ces en adelante ya no han de importarle los juicios de las gen­tes sino el de la Fraternidad. Poco ha de importarle gozar o no de popularidad si en su conducta se mantiene fiel a los ideales que se le han presentado. Algunos antiguos miembros de la Fraternidad querrán servirse de él en determinado momento sin que se percate de ello en su conciencia física; pero no po­drá ser útil si en el momento en que se le necesite se halla pen­sando en sus particulares asuntos con miras hacia su persona­lidad y no al interés del mundo.

La suprema necesidad para él es la construcción del carác­ter, de modo que cuando su Maestro le mire, lo vea pensando en el bien del mundo y no en sí del mundo allega felicidad o le acarrea infortunio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO VIII

 

 

EL EGO

 

Para comprender claramente las ulteriores etapas del Sen­dero es necesario considerar en este punto el ego y el modo como despertó y actualizó sus potencias para armonizar con él la personalidad y llegar al plano búdico donde descubre su uni­dad con toda vida.

En El hombre visible e invisible y en El Credo cristiano publiqué un diagrama representativo de las tres oleadas de la vida divina en nuestro sistema de evolución. En la cima del diagrama hay tres círculos que simbolizan los tres aspectos del Logos o sean las tres Personas de la Santísima Trinidad. De cada círculo desciende una línea vertical que se cruza en ángu­lo recto con las siete líneas horizontales que simbolizan los siete planos de la naturaleza. La línea vertical que parte del tercer círculo, símbolo del tercer Aspecto, desciende hasta la mitad del diagrama y es más gruesa y oscura a medida que des­ciende, en demostración de cómo el Espíritu Santo vivifica la materia de los diversos planos, construyendo primero los áto­mos y agregándolos después para constituir los elementos.

La segunda oleada de vida desciende a la materia así vivi­ficada, desde el círculo que simboliza al Dios Hijo, y la Vida divina de dicha oleada construye con la materia diversas for­mas en que infundirse y habitar, esto es, que se construye cuer­pos, o vehículos o instrumentos de manifestación y expresión. En el ínfimo nivel de materialidad, la Vida divina anima el reino mineral y evoluciona gradualmente hasta llegar a ser lo bastante definida para animar el reino vegetal y más tarde el animal. Cuando alcanza el superior nivel del reino animal ocu­rre un notable cambio e interviene un nuevo factor, la tercera oleada de vida que desciende del círculo superior, símbolo del primer Aspecto del Logos, llamado comúnmente Dios Padre.

La misma energía que hasta entonces fue la animadora se convierte ahora en animada, esto es, que la nueva energía di­manante de la primera Persona se apodera de lo que hasta en­tonces fue alma animal y hace de ella su vehículo o cuerpo, de materia tan extremadamente sutil que no es perceptible a los sentidos físicos. Así nace el ego en su cuerpo causal y acumula en sí todas las experiencias adquiridas por aquella alma animal durante los eones de su precedente evolución, de modo que no se pierde ni una sola de las actualizadas cualidades.

¿Qué energía es esa, dimanante del superior aspecto que del Logos solar conocemos? Es en verdad la efectiva vida del mismo Dios. También podrá decirse que la primera y segunda oleadas de vida son dicha energía. Así es, pero fueron descen­diendo lenta y gradualmente por todos los subplanos, atrayen­do en derredor la materia de cada uno de ellos y compenetrán­dose tan íntimamente con ella que resulta por todo extremo di­fícil reconocer su naturaleza divina. En cambio la tercera olea­da de vida efluye directamente del primer Aspecto del Logos sin entrefundirse con la materia. Es como pura y blanca luz que no se contamina por donde pasa.

Aunque para más clara comprensión indica el diagrama que la tercera oleada de vida está procediendo directamente del Logos, hace ya largísimo tiempo que procedió y se man­tiene reposante en un punto intermedio del segundo plano, y entonces se le llama mónada. La mejor manera de comprender el concepto de mónada es quizás considerarla como una parte de Dios, como una parte de Aquello que por naturaleza es indi­visible. Parecerá esto una paradoja o una contradicción desde el punto de vista del entendimiento humano, pero entraña una eterna verdad inaccesible a nuestra comprensión.

El método general del descenso del Espíritu es siempre el mismo aunque alteran sus pormenores. El Logos proyecta la mónada o tenue porción de Sí mismo en un plano muy inferior al suyo. Este descenso supone una muy estrecha limitación, aun­que tan superior al alcance de nuestra conciencia que no es po­sible describirla ni comprenderla. De la propia suerte, la mónada proyecta una tenue porción de sí misma en el plano in­mediatamente inferior al suyo propio, y esta porción es el ego, cuya limitación es todavía muchísimo mayor. Otro tanto sucede cuando el ego a su vez proyecta una tenue porción de sí mismo en los cuerpos mental, astral y físico. Esta porción es la perso­nalidad, o punto de conciencia que los clarividentes ven mo­verse de un lado a otro en el interior del hombre. Un sistema de simbología dice que se le ve como «el hombre dorado del tamaño de un pulgar» residente en el corazón; pero muchos de nosotros lo vemos más bien en forma de estrella, y yo lo he visto siempre como una brillante estrella de luz. El hombre puede mantener donde quiera esta estrella de conciencia, es decir, en uno cualquiera de los siete centros principales del cuerpo, según su tipo o rayo, y a mi entender también según su raza y subraza. Los que pertenecemos a la quinta subraza de la quinta raza raíz, casi siempre mantenemos la estrella de conciencia en el cerebro, en el centro dependiente del cuerpo pituitario. Sin embargo, hay hombres de otras razas para quie­nes es más natural mantenerla habitualmente en el corazón, en la garganta o en el plexo solar.

La estrella de conciencia es la representante del ego en los planos inferiores y a su manifestación por medio de los vehícu­los mental, astral y físico le llamamos personalidad o sea el hombre tal como aparece en la vida de sociedad.

Pero aunque la personalidad sea parte integrante del ego, aunque al ego pertenezcan toda la vida y poder de la persona­lidad, suele olvidar estas circunstancias y creyéndose entidad independiente obra en este mundo con egoístas fines. Está la personalidad enlazada con el ego por una línea de comunica­ción llamada en nuestros libros antahkarana, pero por lo ge­neral no se esfuerza en utilizarla. En las gentes vulgares que no han estudiado nunca estos asuntos, el hombre se concreta en la personalidad y rara vez y aun parcialmente se manifiesta el ego.

La evolución del hombre en sus primeras etapas consiste en abrir dicha línea de enlace, de modo que el ego sea capaz de manifestarse por medio de ella y dominar por fin la personali­dad para que ésta no tenga pensamiento ni voluntad indepen­dientes, sino que sea, como debe ser, la expresión y manifesta­ción del ego en los planos inferiores.

   Sin embargo, se ha de entender que como el ego pertenece por naturaleza a un plano de todo punto superior, no podrá jamás manifestarse plenamente en el físico. Todo lo más que cabe esperar es que la personalidad no contenga nada contrario al ego y que manifieste de él tanto como sea posible expresar en este bajo mundo.

La personalidad del hombre absolutamente indisciplinado carece de efectiva comunicación con el ego. El iniciado está en plena comunicación. Por lo tanto ha de haber quienes se hallen entre estos dos opuestos extremos. Conviene tener presente que el ego está en proceso de desenvolvimiento, y en consecuencia hemos de tratar con egos en muy distintas etapas de evolución. Siempre es un ego en muchísimos aspectos enormemente ma­yor de lo que pueda ser la personalidad. Aunque, según diji­mos, el ego es una porción de la mónada, es ego completo en su cuerpo causal por más que no tenga todavía actualizadas sus potencias, mientras que sólo pone un toque de su vida en la personalidad. También es cierto que la vida del ego en el pla­no causal supera infinitamente en amplitud y vividez a todo cuanto conocemos de la vida en la tierra. Así como la persona­lidad evoluciona para ser la más cumplida expresión del ego, así también evoluciona el ego para ser la más cumplida expresión de la mónada. Una personalidad tosca olvida su relación con el ego y se considera de todo punto independiente; pero no es fá­cil que el ego, en su superior nivel, desconozca su enlace con la mónada. Seguramente que unos egos se darán mejor cuenta que otros de las necesidades de su evolución, lo que equivale a decir que hay egos viejos y egos jóvenes, y que los viejos se esfuerzan mayormente que los jóvenes en actualizar sus laten­tes posibilidades.

Nos inclinamos a creer que el ego sólo puede evolucionar por medio de la personalidad; pero no es así, o por lo menos se contrae dicho medio de evolución a determinado grupo de cualidades. Según expuse en El hombre visible e invisible, el cuerpo causal de un salvaje es casi incoloro. A medida que evo­luciona y actualiza buenas cualidades, manifestadas en el cuer­po causal, aparecen los colores indicativos de dichas buenas cualidades y no tarda el cuerpo causal en henchirse de palpi­tante vida y aumenta enormemente de tamaño porque ya puede expresar con mayor amplitud al ego. Se va explayando más y más desde su centro físico hasta que el hombre es capaz de abarcar en la esfera de su influencia a millares de personas y ser un eficaz instrumento del bien.

Pero todo esto, por admirable que parezca, no va más allá de un aspecto del desenvolvimiento del ego, quien dispone de otras vías de progreso apenas conocidas aquí en este mundo, pues sigue su propia vida entre sus iguales, entre los excelsos arrupadevas  y todo linaje de espléndidos ángeles en un mundo muy allende de nuestra penetración. El ego joven apenas ha despertado todavía a esta gloriosa vida, de la propia manera que el niño en primera infancia nada sabe de los intereses del mundo que le rodea; pero cuando su conciencia se explaya y despierta a toda esta magnificencia, queda fascinado por su vi­vacidad y belleza.

Al propio tiempo, él mismo se transmuta en un glorioso objeto y por vez primera nos da idea de lo que Dios quiere que sea el hombre. Entre los arrupadevas y los ángeles los pensa­mientos no toman forma ni flotan en el espacio como en los planos inferiores sino que se transmiten a manera de relámpa­go de una a otra entidad. Aquí no hay ya vehículos nuevamen­te adquiridos que se hayan de ir dominando poco a poco y aprender a expresar con mayor o menor amplitud el alma in­terna, sino que vemos un cuerpo más viejo que los montes, una efectiva expresión de la divina gloria sin cesar en él resi­dente y que a su través brilla de más en más con la gradual actualización de sus potencias. Ya no tratamos aquí con formas externas, sino que vemos las cosas en sí mismas, la realidad subyacente en la imperfecta expresión. Aquí la causa y el efecto están unidos, claramente visibles en su unidad como el anver­so y el reverso de una misma medalla. Hemos dejado lo con­creto por lo abstracto y no tenemos ya multiplicidad de formas sino la idea subyacente en todas las formas. Aquí es válida la esencia de las cosas y no hemos de entretenernos en estudiar pormenores ni detenernos a explicar un asunto ni a perorar so­bre él, sino que tomamos su esencia y lo movemos en conjun­to como pieza de ajedrez. Lo que en el mundo terreno sería un sistema filosófico cuya explicación requeriría muchos volú­menes, es allí un sencillo y definido objeto, un pensamiento que se puede emitir con la misma facilidad con que se echa un naipe sobre el tapete de una mesa de juego. Una ópera o un oratorio que en el mundo exige numerosa orquesta con largas horas de ejecución, es allí una sencilla pero intensa vibración. La técnica pictórica de una escuela está condensada en una magnifícente idea y esta especie de ideas es el intelectual len­guaje de que se valen los egos para conversar unos con otros.

No es fácil expresar en palabras físicas las diferencias en­tre los egos, puesto que todos ellos superan excelentemente en diversos aspectos a cuanto acostumbramos a calificar de gran­de en este mundo. Las analogías llevadas al extremo conducen a error, sobre todo si se toman al pie de la letra; pero acaso dé una idea de la impresión que recibí al conversar con los egos, si digo que uno de los más adelantados me pareció así como una especie de magnífico y majestuoso embajador, rebo­sante de sabiduría y amabilidad, mientras que el menos evolu­cionado tiene el aire cordial y campechano del hidalgo campe­sino. El ego que ya está en el Sendero y cerca del adeptado tie­ne mucho de común con los ángeles e irradia influencias pro­digiosamente poderosas.

Así pues ¿hemos de extrañar que el ego se lance vehemen­temente al torbellino de intensa actividad de su propio plano y que le parezca inmensamente más interesante y de mayor im­portancia que las lejanas y mezquinas luchas de una constrita y medio formada personalidad velada en las densas tinieblas de un mundo inferior?

Muy poco interés tiene para el ego la vida física del hom­bre mundano y sólo de cuando en cuando ocurre algo digno de llamarle la atención y obtener de ello positivo provecho. El hombre vulgar vive chapuceramente y más de la mitad del tiempo está del todo ajeno a la vida superior. Solemos quejar­nos de que nuestros egos se ocupen muy poco de nosotros, pero preguntémonos cuánto nos hemos preocupado de ellos. Por ejemplo, ¿cuántas veces al día hemos pensado en el ego? Si deseamos llamar su atención hemos de poner la personali­dad a su servicio. Tan pronto como dediquemos gran parte de nuestro pensamiento a las cosas espirituales, esto es, tan pron­to como verdaderamente comencemos a vivir, comenzará tam­bién el ego a preocuparse de nosotros.

Sabe muy bien el ego que sólo por medio de la personali­dad con sus cuerpos mental, astral y físico puede cumplir cier­tos aspectos de su evolución, y por lo tanto sabe que ha de atenderla y manejarla hasta por completo dominarla. Pero también es cierto que a veces esta labor no es atractiva porque la personalidad se muestra demasiado grosera y sin promesa de sumisión. Si consideramos el número de personalidades que nos rodean, con su cuerpo físico envenenado por la carne, el alcohol y el tabaco, su cuerpo astral ennegrecido por la codicia y la lujuria y su cuerpo mental enfrascado en los negocios o en siniestros deportes, no hemos de extrañar que al contemplar un ego desde sus excelsas cumbres semejante personalidad, re­suelva diferir sus vehementes esfuerzos hasta otra encarnación, con la esperanza de que el nuevo temo de vehículo sea más susceptible de influencia que el que a la sazón contempla ho­rrorizado. Podemos imaginar que el ego se diga en soliloquio: «Nada puedo hacer con esta personalidad. Aprovecharé la oca­sión de proporcionarme la vez siguiente mejores instrumentos, pues difícilmente podrían ser éstos peores de lo que son, y en­tretanto tengo muchas más importantes cosas que hacer aquí.»

Algo parecido suele suceder en las primeras etapas de una nueva encarnación. Desde el nacimiento del niño, el ego lo co­bija, y en algunos casos empieza ya a influir en él desde muy temprano, aunque por regla general no le concede mayor aten­ción hasta los siete años de edad, época en que el elemental kármico ha terminado ya su labor. Tan ampliamente difieren los niños entre sí que no es extraño que difieran en la misma medida las relaciones de los egos con sus personalidades. Unos niños son avispados y responsivos; otros lerdos y embotados. En este último caso, el ego suele desentenderse por algún tiem­po de la personalidad, con la esperanza de que cuando el niño crezca será más agudo o más responsivo.

Esta decisión puede parecemos desacertada, porque si el ego desdeña su actual personalidad, probablemente no será me­jor la próxima, y si permite que el niño vaya creciendo sin su influencia, las siniestras cualidades que haya manifestado tal vez se intensifiquen en vez de extinguirse. Pero estamos en ma­la posición para juzgar de ello, pues nuestro conocimiento del problema es muy incompleto y nada vemos de los altos menes­teres a que está entregado el ego.

De aquí se infiere cuan imposible es conjeturar la etapa de evolución en que se halle un hombre a quien vemos en el plano físico. Pueden causas kármicas haber producido una muy relevante personalidad cuyo ego sólo esté moderadamente evo­lucionado, mientras que en otro caso, distintas causas kármicas pueden haber determinado la deficiente personalidad de un ego bastante evolucionado.

Buen ejemplo de ello nos ofrece la vida del Señor Buda. Acudían a él cuantos estaban atribulados, y un día se le presen­tó un hombre diciéndole que tropezaba con graves dificultades para meditar. El Señor Buda le respondió que las dificultades con que tropezaba eran consecuencia de que en una vida ante­rior había tenido el insensato hábito de molestar a algunos de­votos y perturbarlos en su meditación. Sin embargo, aquel hombre incapaz de meditar podía ser un ego más avanzado que aquellos otros que cumplían normalmente la meditación.

Maravilloso es el cambio que se advierte en la personalidad cuando el ego decide enfocar en ella toda su energía. Quien no haya investigado por sí mismo esta circunstancia no será capaz de imaginar cuan prodigioso, súbito y radical es dicho cambio cuando lo favorecen las circunstancias, es decir, cuando el ego es razonablemente enérgico y la personalidad no es irremedia­blemente viciosa, y sobre todo cuando la personalidad se es­fuerza en atraerse al ego y ser adecuada expresión de él.

La dificultad de comprender este fenómeno sube de punto por la necesidad de considerarlo simultáneamente desde dos puntos de vista. Muchos hombres son en este mundo enfáticas personalidades y piensan y obran casi exclusivamente como ta­les. Sin embargo, sabemos que realmente somos egos y quienes de nosotros han sutilizado sus vehículos por largos años de meditación, haciéndolos más sensibles a las delicadas influen­cias, suelen darse frecuente cuenta de la intervención del Yo superior. Cuanto más arraiguemos el hábito de identificarnos con el ego, más clara y propiamente veremos los problemas de la vida; pero mientras nos consideremos personalidades con la mira puesta en el ego, es nuestro deber y nuestro interés abrir­nos a su influencia, propender hacia él y persistentemente es­tablecer en nuestro interior vibraciones que pueda utilizar. Al menos hemos de tener la seguridad de no interponernos en el camino del ego y de favorecerlo en cuanto esté a nuestro al­cance.

Puesto que el egoísmo es la intensificación de la personali­dad, nuestro primer cuidado ha de ser desecharlo. Después hemos de henchir nuestra mente de altos pensamientos porque si está de continuo ocupada en cosas materiales, por muy es­timables que sean, no podrá utilizarla el ego como instrumento de manifestación y expresión. Cuando el ego se esfuerza en el intento de influir en la personalidad y con su dedo la explora, recibámoslo entusiástica mente y apresurémonos a obedecer sus requerimientos de modo que se vaya posesionando más y más de nuestra mente y se acomode en su morada de los planos inferiores. Así nos iremos acercando a la meta que deseamos alcanzar. Así pondremos los pies en el sendero que conduce directamente a la primera iniciación, en la que el ego y la per­sonalidad se identifican, o mejor diremos que el ego absorbe a la personalidad de modo que nada haya en ésta que no sea representación de aquél, es decir, el yo inferior expresión del superior. Puede la personalidad haber tenido de por sí muchas siniestras cualidades, tales como envidia, ira o tedio, pero ya están todas extintas y sólo reproduce lo que de lo alto le llega. Una vez el ego ha puesto en armonía consigo la naturaleza in­ferior, se dirige hacia el plano búdico, el plano de la unidad, cuyo alcance es el único medio de que el hombre desvanezca la ilusión de separatividad que le obstruye el camino de ade­lanto. Por esto son necesarias las experiencias búdicas en la primera iniciación si antes no se tuvieron, como sucede en al­gunos casos, cuando las nobles emociones del cuerpo astral se reflejan en el vehículo búdico y lo estimulan de modo que ya está algo despierto antes de la iniciación.

Toda vida es esencialmente una y así han de reconocerlo cuantos ingresan en la Fraternidad. Se nos enseña que el Yo es uno, y nosotros tratamos de comprender lo que esto significa; pero la cosa es muy distinta cuando de ello nos convencemos por individual experiencia, como le sucede al candidato al en­trar en el plano búdico. Es algo parecido a si en la vida física estuviéramos en el fondo de un pozo desde donde miráramos el resplandor del sol que ilumina la superficie de la tierra; y así como el sol puede alumbrar a un mismo tiempo el fondo de muchos pozos y sin embargo es única su luz, así la Luz del úni­co Ser ilumina la obscuridad de nuestro corazón. El iniciado ha salido del pozo de la personalidad y ve que la luz que creía ser suya es en verdad la infinita Luz que todo lo ilumina. Mientras el ego vive en el cuerpo causal, reconoce la divina conciencia en todas las cosas, y cuando mira a otro ego re­conoce la divinidad en él, pero en el plano búdico no hay ne­cesidad de este reconocimiento, porque el otro ego está ya den­tro de su corazón, porque él es aquella otra conciencia y esta conciencia es la de él. Ya no hay distinción entre y yo por­que ambos son uno como facetas de algo que a la par trans­ciende e incluye a ambos.

Sin embargo, durante todo este extraño progreso no se pierde la conciencia individual, aunque se pierda por completo el sentimiento de separatividad. Por paradójico que esto parez­ca es la pura verdad. En el plano búdico recuerda el hombre todo su pasado. Es el mismo hombre que hizo esto o lo otro en un lejanísimo pretérito. No ha cambiado en esencia sino en grado de evolución, pues está mucho más alto y se da cuenta de que incluye en sí muchas otras manifestaciones. Si ahora mismo pudieran un centenar de seres humanos realzar su con­ciencia hasta el plano búdico, llamado también intuicional, tendrían una sola conciencia que a cada cual le parecería la suya propia absolutamente inalterada pero que incluye asimis­mo las de los demás. Cada uno se figuraría que él ha absorbido a los demás, y esta ilusión persistiría hasta que ulterior obser­vación comprobara que todos los cien son facetas o aspectos de una sola conciencia, y que lo que hasta entonces consideró cada cual como sus cualidades, su inteligencia y sus energías, fueron siempre las cualidades, inteligencia y energía del único Ser.

Hemos llegado a la comprensión efectiva del reverencial aforismo: «Tú eres Aquello.» Una cosa es hablar de este aforis­mo en lenguaje terreno y comprenderlo o tratar de compren­derlo intelectualmente, y otra cosa muy distinta entrar en el maravilloso mundo búdico y conocerlo con inquebrantable se­guridad.

Cuando la conciencia búdica se manifiesta por medio del cerebro físico da nuevo valor a todos los actos y relaciones de la vida. Ya no miramos a una persona o cosa aunque sea con benevolencia o simpatía, sino que somos aquella persona o co­sa y la conocemos tan por completo como el pensamiento de nuestro cerebro o el movimiento de nuestra mano. Apreciamos sus motivos como si fuesen nuestros, esto es, como si compren­diéramos perfectamente que otra parte de nosotros mismos con mayor conocimiento o distintos puntos de vista pudiese obrar de muy distinta manera que nosotros.

Sin embargo, no se ha de entender que porque un hom­bre alcance el subplano inferior del mundo intuicional ha de hallarse plenamente consciente de la unidad de toda vida. El conocimiento perfecto se adquiere cuando al cabo de mucho es­fuerzo y trabajo se alcanza el superior nivel del reino de la uni­dad. Entonces se dilata la conciencia y se experimenta la esen­cial identidad de todos los seres; pero comienza también un período de esfuerzo y de perfeccionamiento análogo al que en el mundo físico hemos de pasar cuando por medio de la medi­tación tratamos de realzar nuestra conciencia al plano inmedia­tamente superior. Paso a paso, subplano tras subplano, ha de recorrer el aspirante su camino, porque aun en tan alto nivel es necesario el esfuerzo para proseguir la evolución.

Recibida la primera iniciación y entrado en el plano búdico se ha de ir perfeccionando el candidato, subplano tras subpla­no para quebrantar los tres grandes grilletes, como técnica­mente se les llama, que entorpecen su ulterior evolución. Ya está definitivamente en el Sendero de Santidad y ha llegado a la etapa que en el sistema budista se llama de sotapatti o sohan que significa «el que ha entrado en la corriente» y los induístas llaman el parivrajaka que quiere decir el «errabun­do» porque ya no encuentra refugio ni morada en ningún lu­gar de los tres bajos mundos.

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO  IX

 

LAS SEGUNDA Y TERCERA INICIACIONES

El candidato que ha recibido la primera iniciación está ya definitivamente en el sendero que conduce al adeptado y ha traspuesto el portal del camino que del conocimiento humano lleva al superhumano.

Mirando desde abajo este sendero, causa sorpresa que el candidato no esté ya exhausto después del trabajo que le costó llegar a la primera iniciación y que no retroceda descorazona­do al ver las ingentes alturas que ante sus pasos se yerguen en el siempre ascendente sendero. Mas ha bebido en la fuente de la vida y «su fortaleza vale por la de diez, porque su corazón es puro» y el esplendor de la humanidad ideal que descubre con siempre creciente limpidez tiene para él un inspirador atractivo que no admite comparación con ningún interés ni es­tímulo material.

La primera jornada de su camino termina en la segunda iniciación, para la que ha de quebrantar las tres ligaduras si­guientes:

 

  1. a Sakkayaditthi. — Ilusión del yo.

 

2.'       Vichikichacha. — Duda o inseguridad.

 

  1. a Silabbataparamasca. — Superstición.

 

La primera es la conciencia del «yo soy yo» relacionada con la personalidad, que no es más que una ilusión y debe des­echarse al dar el primer paso en el sendero ascendente. Pero el quebranto de esta ligadura requiere algo más que el desvanecimiento de tal ilusión, pues es indispensable reconocer la esen­cial unidad de la individualidad con el Todo y que por lo tan­to no ha de tener jamás intereses opuestos a los de sus herma­nos, pues en realidad más rápidamente se progresa cuanto me­jor se ayuda al progreso del prójimo.

Respecto de la segunda ligadura conviene advertir que las gentes educadas según la mentalidad occidental están desgra­ciadamente familiarizadas con la idea de que quien profesa una religión o pertenece a una escuela o secta ha de creer cie­gamente en sus definidos dogmas; y por lo tanto, al oír que en ocultismo se considera la duda como un obstáculo en el ca­mino del progreso, podrían suponer que también se exige de quienes siguen el sendero la misma ciega fe que exigen las modernas supersticiones. Nada más falso.

Verdad es que la duda y mejor diríamos la inseguridad en algunas cuestiones es un obstáculo para el progreso espiritual; mas el antídoto de esta duda no es la fe ciega que por sí misma es una ligadura como más adelante veremos, sino la convicción basada en el razonamiento matemático y en la experiencia in­dividual. Si un escolar duda de la exactitud de la tabla de mul­tiplicar difícilmente adelantará en el estudio de las matemáticas superiores; pero sus dudas se desvanecerán si se le demuestra razonada y experimentalmente la exactitud de la tabla. Enton­ces creerá que dos veces dos son cuatro no porque alguien se lo diga sino por personal y directa comprobación. Este es el único medio que de disipar dudas conoce el ocultismo.

El vichikichcha se ha definido diciendo que es la duda so­bre las doctrinas del karma y de la reencarnación y sobre la eficacia del método para alcanzar el sumo bien por el Sendero de Santidad; pero el conocimiento de estas verdades entraña la de que el mundo es la escuela establecida para el hombre por Dios cuyo admirable y beneficiente plan es la evolución de la vida inmortal a través de las perecederas formas. Cuando el iniciado rompe esta segunda ligadura adquiere la absoluta cer­teza, basada en su conocimiento de primera mano o en el ra­ciocinio lógico, de que son verdaderas las enseñanzas del ocul­tismo sobre el karma y la reencarnación.

La tercera ligadura, silabbataparamasa o superstición, in­cluye toda clase de disparatadas y erróneas creencias, entre ellas la de que los ritos y ceremonias son necesarios para purificar el corazón. El iniciado se convence al romper esta ligadu­ra de que los sacramentos, plegarias, peregrinaciones, ayunos y la observancia de multitud de ritos y ceremonias son auxilios y nada más que auxilios proporcionados por las religiones; y que el hombre prudente los adoptará si los considera útiles, pe­ro nunca confiará en ninguno de ellos como suficiente para al­canzar la salvación. Entonces advierte que ha de buscar la li­beración en su interior y que por muy valiosos que dichos auxi­lios puedan ser para fomentar su voluntad, su sabiduría y su amor nunca han de suplantar el personal esfuerzo que indis­pensablemente necesita para vencer. El que rompe esta tercera ligadura se convence de que ninguna forma de religión es ne­cesaria para todos los hombres, sino que en cualquiera de ellas y aun fuera de todas, es posible encontrar el Sendero de per­fección.

Las tres citadas ligaduras están en coherente serie. Una vez descubierta la diferencia entre la personalidad y la indivi­dualidad es posible comprender con alguna latitud el efectivo curso de la reencarnación y disipar toda duda sobre este pun­to. Esto conseguido, el conocimiento de la espiritual permanen­cia del verdadero ego infunde confianza en la fortaleza espiri­tual del hombre y desvanece toda superstición.

Cada etapa del Sendero de Santidad se divide en cuatro pe­ríodos. El primero se llama maggo y comprende el tiempo en que el estudiante se esfuerza en romper las ligaduras. El se­gundo es phala, que literalmente significa fruto o resultado y comprende el tiempo durante el cual encuentra el hombre el resultado cada vez mayor de sus esfuerzos. El tercero, bhavagga o consumación, es el período en que obtenido ya todo el resul­tado de sus esfuerzos, puede cumplir satisfactoriamente la obra peculiar del trecho en que el sendero se halla. El cuarto es gotrabhu que significa haber alcanzado la aptitud necesaria para recibir la siguiente iniciación.

Para llegar al período gotrabhu es absolutamente esencial que el candidato se haya libertado completa y enteramente de las ligaduras que dificultan esta etapa del sendero. Antes de proceder a la segunda iniciación, el Iniciador exige pruebas de cómo ha usado el candidato los poderes que se le confirieron en la primera, y una de las más hermosas características de la ceremonia es la parte en que se adelantan a dar testimonio todos los auxiliados por el candidato, quien además ha de saber actuar libremente en su cuerpo mental, porque así como la pri­mera iniciación se recibe en el mundo astral, la segunda tiene por escenario el mundo mental.

Parece incongruente esta afirmación con lo que dijimos acerca de que la primera iniciación se efectuaba en una sala o en un jardín, pero en realidad no hay tal incongruencia. Si el Señor Maitreya es el celebrante, la ceremonia se efectúa usual-mente en su jardín o en su salón, y está presente en cuerpo físico, como también lo está en muchos casos el manú Señor Vaivasvata que vive en la vecindad. Todos los demás circuns­tantes se hallan generalmente en cuerpo astral si es primera iniciación y en mental si segunda. Los adeptos allí presentes en­focan su conciencia con perfecta facilidad en el nivel requeri­do; pero como en los mundos astral y mental hay una fiel con­traparte de todo lo existente en el físico, los informes son exactos y tal como se describen los lugares relacionados con el mundo físico.

 

 

 

 

 

 

RELATO DE LA SEGUNDA INICIACIÓN

 

Se recibió la noticia de que en la noche del plenilunio de Chaitra se efectuaría una  numerosa reunión de adeptos en ca­sa del Señor Maitreya y que se aprovecharía esta circunstancia para admitir algunos candidatos a la iniciación sakridagamin tan pronto como lo tuviera por conveniente la augusta asam­blea. El maestro Moria ordenó a los guardianes de uno de los candidatos que estuvieran dispuestos no más allá de las diez de la noche del plenilunio.

Por la tarde acudieron muchos amigos de la India que rondaron por allí, hasta que cuando los candidatos y sus guar­dianes se marcharon a casa del maestro Kuthumi, los siguie­ron discretamente y se quedaron en espera a respetuosa distan­cia de la casa. Poco después entró el maestro Moria e inmedia­tamente se marchó con el maestro Kuthumi a casa del Señor Maitreya, seguido de los discípulos, que se detuvieron en el jardín mientras los dos Maestros entraban en la casa.

El jardín está en una cañada de la meridional estribación de los Himalayas desde donde se domina una dilatada extensión de las llanuras de la India que transpone el horizonte. Además de lo abrigado de su situación lo protege por la espal­da un pinar encurvado hacia la derecha; y más allá, un poco hacia Oriente se alza la antiquísima casa de piedra con amplia galería apoyada en pilares, donde habita el manú de nuestra ra­za, el excelso Señor Vaivasvata. El jardín del Señor Maitreya estaba iluminado por la argentina luz de la luna llena que ba­ñaba los exuberantes grupos de rododendros y las abiertas flo1-res primaverales, y centelleaba en el sitial de mármol blanco que rodea el corpulento árbol, donde acostumbra a reposar el Señor Maitreya y en el que se acomodó al salir de la casa. Los Maestros se situaron a derecha e izquierda formando semi­círculo en los asientos del césped. Un peldaño más abajo esta­ban los dos candidatos entre los maestros Kuthumi y Djwal Kul que los presentaban. Detrás, los guardianes del candidato más joven en el mundo físico. El Manú se sentaba un poco más atrás de la derecha del Bodisatva, y sobre Ellos refulgía la esplendente figura del Señor Buda quien en su última vida te­rrena había aceptado de ambos candidatos «el voto inquebran­table» y les daba ahora su omnipotente bendición en la etapa que estaban a punto de emprender. Cerca del Señor Buda se veía al Mahachoán, Jefe de los cinco Rayos y algo sobre entre Ellos fulguró después, en respuesta a la solemne invocación del Bodisatva, la brillante Estrella del único Iniciador, del potente Rey de la Jerarquía Oculta, del Señor del Mundo. Tal era el exquisito aparato de la ceremonia de iniciación.

Los maestros Kuthumi y Djwal Kul adelantaron un paso a los candidatos, y el Bodisatva preguntó:

— ¿Quiénes son éstos que me presentáis? El maestro Kuthumi respondió:

—Son dos hermanos que rotas las ligaduras de la separatividad, la duda y la superstición, y cosechado y conocido el re­sultado de su labor desean entrar en el Sendero de Sakridaga-min. Yo los presento como Gotrábhu.

El Señor Maitreya preguntó:

— ¿Continuarás guiando a estos hermanos por el sendero en que solicitan entrar? El Maestro respondió:

—Así lo haré. El Señor repuso:

—Nuestra regla prescribe que dos hermanos de grado su­perior afiancen a cada candidato propuesto para el segundo sendero. ¿Hay algún otro hermano que apoye la propuesta?

El maestro Djwal Kul respondió:

—Yo la apoyo.

El Señor dirigióse a los guardianes y les dijo:

—Vosotros, como dos hermanos residentes en el mundo profano, cuidasteis del más joven de estos candidatos y habéis tenido experiencia en vuestra aceptada misión de guardianes. Por lo tanto, en vista de que todavía su cuerpo es joven ¿que­réis proseguir guardando al candidato y auxiliarle en su paso por el segundo sendero?

Los guardianes respondieron:

—Gozosamente así lo haremos. El Señor preguntó:

— ¿Lo amáis aún tan tiernamente que vuestra labor sea fácil y agradable?

Los guardianes respondieron:

Lo amamos más profundamente todavía que al empezar nuestra dichosa tarea. El candidato es dócil y aplicado; fácil de guiar y pronto en aprender.

El Señor le preguntó al joven candidato:

— ¿Está tu corazón henchido de amor a estos dos herma­nos y proseguirás alegremente sometido a su guía, sin permitir que nada se interponga entre tu corazón y el suyo?

El candidato respondió:

Así lo haré gustosamente, porque muchísimo los amo y les estoy agradecidísimo por sus solícitos cuidados.

El Señor les preguntó a los dos candidatos:

—Así, pues, ¿deseáis entrar en el sendero del sakridagamín?

—Así lo deseamos si tal merecemos. El Bodisatva dijo:

—Como quiera que es costumbre inmemorial de esta Fra­ternidad preguntarles a los candidatos a cada sucesiva inicia­ción cómo han usado de los poderes anteriormente conferidos, y como quiera que un poder sólo es tal poder cuando se usa en beneficio del prójimo, yo pregunto por lo tanto: ¿quién ates­tigua los servicios prestados por estos candidatos desde la úl­tima vez que ante nosotros estuvieron y los admitimos en la  Fraternidad? ¿Qué concreta obra docente han efectuado? ¿A quién auxiliaron?

Cuando estas solemnes palabras hendieron los aires, como si a modo de intimación rodearan el mundo, surgieron de todos los ámbitos multitud de testigos y aguardaron en silencio con la mirada radiante de gratitud, fija en los dos candidatos.

El maestro Kuthumi dijo:

—He aquí quienes de muchos países y naciones han recibi­do de mis dos discípulos, luz, fortaleza y consuelo. De los la­bios de mi hijo mayor escucharon mi mensaje millares de oídos, y se esforzó incesantemente en iluminar a los que esta­ban en tinieblas y aquí llegan para atestiguarlo. También ha escrito un libro y numerosos artículos que dan prueba de su amoroso trabajo en beneficio del prójimo. En cuanto a mi hijo menor todavía es de cuerpo muy joven para actuar pública­mente, pero ha escrito un librito en que difunde las enseñan­zas que yo le di y millares de gentes le aman y le toman por guía que hacia nosotros las conduce. También están aquí para dar testimonio.

Muchas voces exclamaron:

—Nosotros damos testimonios.

Tan numerosos eran los testigos, que el aire parecía estar henchido de sus voces, y el Bodisatva, el Salvador del Mundo, sonríe) más dulcemente al escuchar la respuesta a la pregunta que había interrogado.

Después habló e] primer guardián, diciendo:

—Yo atestiguo que el mayor de estos candidatos, se man­tuvo firme y tranquilo y enteramente leal a mi hermano y a mí (opuestos en apariencia) en épocas de amarga turbulencia y porfiada lucha. También atestiguo que infatigablemente ha tra­bajado sin sombra de egoísmo en bien del prójimo, en cuyo* servicio empleó todos sus poderes. En cuanto al joven, mi ama­do discípulo, atestiguo que continuamente procura auxiliar a. todos con quienes se encuentra, y denota rara habilidad en el auxilio, pues irradia tal flujo de amor y pureza, que su sola; presencia es una bendición. Todos conocéis la valía de su in­apreciable librito.

 

El segundo guardián también habló en favor de los can­didatos, diciendo:

Añado mi testimonio en pro de estos dos queridos candidatos. Doy fe de que el mayor me ha prestado personalmen­te muy leal, afectuoso y abnegado auxilio y sé que muchos otros han recibido de él luz e inspiración. Respecto del candidato más joven doy individual testimonio de admirable amor y de­voción que ha inspirado a los miembros de su Orden, tanto en Adyar como en Benarés, y del favorable cambio operado en la conducta de ellos. También he recibido muchas cartas cuyos firmantes declaran que el libro por él escrito les ha dado un nuevo concepto de la vida.

El maestro Kuthumi llamó de entre la multitud a quienes hubiesen aprendido la verdad de labios de cada uno de los can­didatos a quien respectivamente miraban como guía. Muchos se adelantaron para atestiguar el auxilio recibido y cada cual expuso lo que sentía en su corazón. Algunos declararon que la lectura de A los pies del Maestro les había dado un nuevo con­cepto de la vida. Otros que habían recibido mucho auxilio pe­ro que no pudieron acudir en aquella ocasión porque estaban en conciencia vigílica y ocupados en sus respectivas profesio­nes, fueron representados en viva imagen por el Maestro, y aunque no pudieron decir ni hacer nada, es probable que por conducto de ellas llegara a sus originales algo de la maravillosa influencia de la ceremonia, que continuó mientras se retiraba la multitud.

El Bodisatva se dirigió entonces a los candidatos diciéndoles que aprobaba la labor que habían realizado, y manifestó su esperanza de que usarían los poderes que se les iban a conferir tan apropiadamente como habían usado los antes conferidos. Luego añadió:

—Habéis quebrantado para siempre las tres ligaduras que atan a vuestros hermanos a la tierra, y la libertad por vosotros 'lograda debe servir para aliviarles el peso de dichas ligaduras. Ta sabéis con toda seguridad que es pura ilusión la idea del separado Yo. Ahora debéis infundir esta seguridad en vuestros vehículos inferiores, de modo que jamás haya en ellos ni una acción ni un pensamiento tocante a la separatividad, sino que todo se concentre en el único Yo que se manifiesta por medio de todos los seres. ¿Os esforzaréis en hacerlo así y no cesar hasta lograrlo?

Los candidatos respondieron:

—Así lo haremos.

El Señor Maitreya dijo:

—Habéis quebrantado el grillete de la duda y ya estáis se­guros de la verdad de la evolución cuyo método es la reiterada caída en la materia bajo la ley de perfeccionamiento. Ahora de­béis usar los poderes que se os van a conferir para disipar en los demás toda duda respecto a estas capitales verdades de mo­do que compartan el conocimiento por vosotros adquirido y no seguramente para vosotros solos. Por lo tanto, ¿usaréis vues­tros poderes para iluminar a las gentes?

Los candidatos respondieron:

—Así los usaremos.

Dijo el Señor Maitreya:

Habéis transcendido toda superstición. Ahora sabéis que en cualquier religión puede un hombre encontrar la luz. Sabéis que los ritos y ceremonias no tienen valor intrínseco, y que cuanto con ellos se hace puede también hacerse sin ellos por medio del conocimiento y de la voluntad. Sobre todo estáis li­bres de la superstición que achaca ira al Poder director de la evolución, pues ya sabéis que todo cuanto existe está incluido en el amor universal, y el evangelio del amor habéis de predi­car entre los hombres. ¿Procuraréis disipar las tinieblas me­diante la propagación de este evangelio?

Los candidatos respondieron:

—Sí.

Después añadió el Señor Maitreya:

—Tened siempre en cuenta que no hay otras tinieblas que las motivadas por la ignorancia y la Ilusión. Bien se dijo: «De lo alto proviene iodo perfecto don, y nos llega del Padre de Luz en quien no hay variación ni sombra de veleidad.» En El no hay ni la más leve obscuridad, pero los hombres vuelven la espalda a la Luz y caminan sobre su propia sombra quejándose de que andan en tinieblas.

Entonces sometieron a los candidatos a algunas pruebas de actuación en el plano mental. Hubieron de examinar a los. que estaban en el mundo celeste, tal como en el porvenir serían, puestos a su cuidado, y el Señor les preguntó qué harían para auxiliarlos en cada caso, teniendo en cuenta las limitaciones en que actuarían sus protegidos. Uno de los casos era el de un monje medieval, muy devoto, pero con mezquinos conceptos de Dios, de los santos y de la Iglesia, y el Señor les preguntó qué harían para favorecerlo en su evolución.

La ceremonia de la segunda iniciación se efectúa en el pla­no mental, y cuantos en ella intervienen actúan en su cuerpo mental y no en el mayaviirupa que usarían en el plano astral.

Efectuadas las pruebas y después de haber respondido sa­tisfactoriamente los candidatos a las preguntas que se les hi­cieron, los condujeron ante el Señor Maitreya en cuya pre­sencia se postraron. Levantóse el Señor Maitreya, y con el rostro vuelto hacia Shamballa, exclamó:

—¡Oh! Señor de Luz, Vida y Gloria. ¿Hago esto por Ti y en Tu nombre?

Entonces fulguró sobre la cabeza la esplendente Estrella en muestra de que el único Iniciador aprobaba lo hecho, y la augusta figura del Señor Gautama el Buda brilló con mayor intensidad mientras su diestra bendecía a los circunstantes.

También se levantó el Mahachoán para dar su bendición, y el Bodisatva fue imponiendo sucesivamente las manos sobre las inclinadas cabezas, y todos se postraron en reverente home­naje a los poderosos Seres. Reinaba el silencio.

En medio de aquella maravillosa quietud recibieron los candidatos la clave del conocimiento, y el Bodisatva emitió de sus cuerpos mental y causal rayos de poder que penetrando en los cuerpos mental y causal de los recién iniciados, estimularon en súbito y espléndido crecimiento los gérmenes de análogos poderes allí existentes. Como si un capullo estimulado por los rayos del sol rompiera de pronto su clausura y se desplegara en magnífica flor, así explayaron súbitamente sus latentes po­deres en radiante belleza los cuerpos mental y causal de los candidatos. Así explayados eran fáciles transmisores de la nue­va facultad de la intuición cuyo ejercicio ya no tropezaría con ningún obstáculo.

El Señor Maitreya dijo:

—Recibid este nuevo poder que os doy y confiad en él sin temor. Poned vuestros vehículos inferiores en tal orden y responsabilidad, que el nuevo poder llegue sin tropiezo a través de ellos hasta vuestro cerebro y gobierne infaliblemente vuestra conducta. Así brillará en el camino que vais a recorrer y os preparará para entrar en el tercer sendero.

Terminó el Señor Maitreya dando su solemne bendición, y la Estrella y las augustas Entidades que cerca estaban se des­vanecieron mientras todos se inclinaban reverentemente. Así terminó la ceremonia.

Los Maestros allí reunidos dejaron sus sitiales y cada uno dijo unas cuantas palabras de afecto a los recién iniciados y los bendijo. El maestro Kuthumi también dirigió benévolas pala­bras a la multitud de testigos que, como dijimos, se habían re­tirado a prudente distancia, pero que a la sazón se les permitió que volvieran a acercarse para despedirse de sus guiadores, quienes ya iluminados por la luz del nuevo conocimiento ad­quirido, dieron algunos consejos a cada uno de aquellos adictos y los despidieron con una bendición.

 

 

 

 

La segunda iniciación estimula rápidamente el desenvolvi­miento del cuerpo mental y a este punto o cerca de él aprende el discípulo a usar el mayavirrupa (1) o sea un cuerpo astral interino que se elabora quien de ordinario reside en el plano menta! Cuando un hombre actúa en el plano astral se vale usualmente del cuerpo astral, y si entretanto necesitara mani­festarse en el plano físico, habría de materializar un cuerpo fí­sico de que revestirse. Así lo hacen a veces, aunque no frecuen­temente porque exige gran consumo de energía.

Por otra parte, si actúa en el plano mental y desea mani­festarse en el astral, habrá de materializar un cuerpo astral in­terino, o sea el mayavirrupa; y cuando terminada su labor en el plano astral se haya de restituir al mental, se desvanecerá el mayavirrupa cuyos materiales retornarán a la general circula­ción de materia astral, de donde los extrajo la voluntad del dis­cípulo.

Hasta que recibe la primera iniciación, el neófito actúa por las noches en su cuerpo astral; pero tan pronto como adquiere pleno dominio de este cuerpo y sabe usarlo como vehículo, co­mienza a actuar en su cuerpo mental. Cuando este otro está completamente organizado, es un vehículo mucho más flexible que el astral y con él puede efectuar mucha labor, imposible con el astral. La facultad de formar el mayavirrupa le permite trasladarse instantáneamente del plano mental al astral y vol­ver del astral al mental, de modo que continuamente pueda valerse del mayor poder y más aguda percepción del cuerpo mental, puesto que sólo ha de materializarse astralmente cuan­do necesite hacerse visible a los moradores del mundo astral. Será preciso que primero le enseñe el Maestro al discípulo a formar el mayavirrupa, y después, aunque no sea muy fácil tarea ya lo podrá construir sin auxilio ajeno.

La segunda iniciación da por resultado un notable desen­volvimiento y expansión del cuerpo mental, aunque sus efectos tardan todavía algunos años en manifestarse en el cerebro físi­co, y en cuanto comienzan a manifestarse, ya es posible que vi­bre en armonía con dicho desenvolvimiento.

    El período subsiguiente a la segunda iniciación es para el iniciado el más peligroso de todos los del sendero, aunque mientras no se alcanza la quinta iniciación, siempre hay riesgo de retroceder o de errabundear durante algunas encarnaciones. Pero especialmente en dicho período se descubre si hay tal o cual flaqueza en el carácter del iniciado. Debiera ser imposible el retroceso para quien tan excelsa altura alcanza; y sin embar­go, la experiencia nos enseña que por desgracia así ha sucedido algunas veces. En casi todos los casos, el peligro está en la so­berbia. Si el carácter del iniciado tiene la más leve mancha de soberbia está en riesgo de caída. Lo que en el mundo físico lla­mamos inteligencia no es más que un sencillo reflejo de la ver­dadera inteligencia; y no obstante hay en el mundo físico quien se engríe de su inteligencia y de su intuición. Por lo tanto, cuando un hombre adquiere siquiera un vislumbre de lo que su inteligencia será en el porvenir, le amenaza un grave riesgo, y sufrirá terriblemente si por ello se ensoberbece. Tan sólo una incesante y creciente vigilancia le capacitará para traspasar con éxito feliz este período, por lo que debe esforzarse constante­mente en borrar toda huella de orgullo, egoísmo y prejuicio.

 

 

 

 

 

 

 

(1)   Esta palabra se ha traducido a veces como si significara «cuerpo ilusorio».

 

 

Cuando conocemos esotéricamente todas estas cosas, ve­mos de pronto iluminados con clara luz algunos pasajes bíbli­cos. Dicho peligroso período en la vida del iniciado tiene por símbolo en el Evangelio, la tentación en el desierto, subsi­guiente al bautismo de Cristo por Juan. Los cuarenta días en el desierto simbolizan el período durante el cual el crecimiento del cuerpo mental subsiguiente a la segunda iniciación se transfiere al cerebro físico, aunque ordinariamente requiere esta transferencia un período de por lo menos cuarenta años. En la vida de Jesús, fue el período en que su cerebro físico se dis­ponía a servir de instrumento de manifestación y expresión al advinente Cristo. Entonces, el demonio, símbolo de la natura­leza inferior, se acerca a tentar al iniciado, y le incita a que use egoístamente de sus poderes, diciéndole: «Si eres Hijo de Dios, convierte en pan esas piedras.» Después le vuelve a tentar el demonio del orgullo, diciéndole que se arroje al suelo desde el cimborio del templo para asombrar al populacho con semejan­te prodigio. Por fin, le muestra el demonio todos los reinos de la tierra para excitar su ambición y le dice: «Todo esto te daré si rendido me adoras.» Cada una de estas tentaciones represen­ta una modalidad de orgullo.

Así como la primera iniciación se equipara a un nuevo na­cimiento, la segunda iniciación puede equipararse al ígneo bau­tismo del Espíritu Santo, porque en aquel momento desciende la Tercera Persona de la Beatísima Trinidad, en forma de eflu­vio de fuego, de flamígero flujo de vivida luz. Los budistas llaman sakadagamin al iniciado que se halla en este período y que sólo necesita encarnar una vez más en el mundo terrestre antes de obtener el adeptado en la cuarta iniciación, después de la cual ya no es forzoso el renacimiento físico. Los induístas le dan el nombre de kutichaka, que significa «el que se ha cons­truido una cabaña» como símbolo de que ha conquistado la paz. Durante este período ya no se han de romper más ligadu­ras, y se adelanta mucho psíquica e intelectualmente. Si hasta entonces no se adquirieron las que llamamos facultades psíqui­cas, deben educirse a la sazón, pues sin ellas fuera de todo pun­to imposible asimilarse el conocimiento que se va a recibir ni cooperar en la alta obra beneficiosa para la humanidad. Ha de tener absoluto dominio de la conciencia astral mientras actúe en el plano físico, y durante el sueño podrá actuar en el mundo celeste, porque la conciencia del hombre separado de su cuer­po físico es siempre un grado superior a la dominante mien­tras está bajo el peso del cuerpo carnal.

Cuando el iniciado ha transpuesto las cuatro subetapas de la segunda iniciación y es nuevamente gotrabhu, está ya dis­puesto para recibir la tercera iniciación y llegar a ser anagamin, que significa «el que no vuelve», porque se espera de él que en aquella misma vida terrena reciba la próxima inicia­ción. Los induístas designan al iniciado en esta etapa del sende­ro, con el nombre de hamsa, que significa «cisne» y simboliza parafrásicamente la sentencia Soham o «Yo soy Aquel». Por otra parte, según tradición, el cisne es capaz de separar la leche del agua, y análogamente el sabio es capaz de estimar el verdadero valor de los seres vivientes por los fenómenos de la vida.

La tercera iniciación está representada en el simbolismo cristiano por la Transfiguración de Cristo en el monte Tabor ante sus discípulos. Se transfiguró de modo que «su rostro bri­llaba como el sol y sus vestidos eran blancos como la luz, tan sumamente blancos como la nieve, hasta el punto de que nin­gún batanero de la tierra fuera capaz de darles mayor blancu­ra». Esta descripción sugiere el concepto del augoeides, el hom­bre glorioso, y pinta exactamente lo que sucede en la tercera iniciación, porque así como la segunda concierne principalmen­te al desenvolvimiento del cuerpo mental, la tercera se relacio­na con el del causal. El ego se pone en más íntimo contacto con la mónada y en verdad así se transfigura. Aun la misma perso­nalidad recibe la influencia de esta maravillosa efusión. La in­dividualidad y la personalidad se identifican en la primera ini­ciación y esta unidad ya no se quebranta; pero el crecimiento del Yo superior en la tercera iniciación no se refleja en los mundos inferiores a pesar de la identificación.

Relata el Evangelio, que en la Transfiguración se aparecie­ron Moisés y Elias, los dos personajes principales del Antiguo Testamento: el legislador hebreo y el máximo profeta de Is­rael. Así los dos métodos de acercarse a la verdad: el de la obediencia a la ley y el de la inspiración profética, estuvieron en compañía del Cristo que acababa de establecer la ordena­ción del Evangelio. Todos estos símbolos están relacionados con el ceremonial de la tercera iniciación. Otro símbolo refe­rente a esta misma etapa nos lo ofrece el pasaje evangélico de la presentación del niño Jesús en el templo. En el relato tradi­cional está este símbolo muy fuera de lugar, pues el Cristo fi­gura todavía en la infancia. La presentación en el templo sim­boliza que en la tercera iniciación ha de ser presentado el can­didato ante el Rey espiritual del mundo, el poderoso Jefe de la Jerarquía oculta, quien en esta etapa confiere la iniciación por sí mismo o bien delega su autoridad en uno de sus tres discípu­los, los tres Señores de la Llama que con El vinieron de Venus. En el segundo caso, el candidato ha de presentarse al Rey poco después de recibida la iniciación. Así el Cristo comparece en presencia de su Padre, y el cuerpo búdico del iniciado se expla­ya hasta identificarse con su origen en el plano nirvánico, efec­tuándose entonces la admirable unión de los primero y segundo principios del hombre.

Mientras el anagamin se mueve en los menesteres de su vi­da cotidiana, disfruta de las espléndidas posibilidades del pla­no causal, y cuando por la noche deja el cuerpo físico, recobra la maravillosamente explayada conciencia del plano búdico. Durante este período ha de librarse de los tardíos remanentes de las cuarta y quinta ligaduras, llamadas kamaraga y patigha, que consiste en el apego al goce de la sensación compendiada en el amor terreno, y en toda posibilidad de ira o de odio. El iniciado ha de librarse del riesgo de que cualquier cosa terre­na lo esclavice. No quiere decir esto en modo alguno que no haya de sentir la atracción de lo agradable, hermoso o casto ni la repulsión de lo ingrato, feo u obsceno ni que no haya de te­nerlos en cuenta en el transcurso de su obra. Pero no ha de permitir que lo dominen, siempre dispuesto a sobreponerse a tales sentimientos cuando lo exija la índole de su actuación.

Aquí nos hemos de prevenir contra un muy frecuente falso concepto. El purísimo y nobilísimo amor humano nunca mue­re ni jamás lo menoscaba la disciplina del ocultismo. Por el contrario, lo amplía e intensifica hasta que todo lo abarca con el mismo fervor que al principio lo prodigaba a unos cuantos seres. El iniciado se sobrepone a toda consideración respecto de la personalidad de quienes lo rodean, y así se libra de la in­justicia y parcialidad que con tanta frecuencia entraña el or­dinario amor.

Tampoco se ha de suponer que al ganar este amplísimo amor a todos los seres, haya de perder el de sus predilectos. El estrecho lazo entre Ananda y el Señor Buda o entre Cristo y San Juan son pruebas de que se intensifica enormemente el amor predilecto, y el lazo entre Maestro y discípulo es más fuerte que todos los afectos terrenos. Porque el amor que florece en el Sendero de Santidad es amor entre los egos y no tan sólo entre personalidades. Por lo tanto es firme y perma­nente sin temor de menoscabo ni veleidad porque es «el per­fecto amor que desvanece todo temor».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO X

 

LAS INICIACIONES SUPERIORES

Será más sencillo este asunto para el estudiante si divide en dos grupos las cuatro etapas del Sendero del Adeptado y co­loca las tres primeras en el primer grupo. Durante estas tres etapas llega a la perfección la conciencia búdica, y en la cuarta iniciación entra el candidato en el plano nirvánico, ocupándose de allí en adelante en ascender firmemente por los cinco subplanos inferiores del nirvánico, donde el ego tiene su ser. También puede considerarse la cuarta iniciación como una eta­pa intermedia, pues se dice que entre la primera y la cuarta iniciación transcurren ordinariamente siete vidas y otras siete entre la cuarta y la quinta. Sin embargo, este número puede aumentar o disminuir, según dije antes, y el período de tiempo efectivamente empleado en la mayoría de los casos no es muy largo, pues las vidas se suceden una a otra sin intermedios en el mundo celeste.

En la terminología budista se llama arhat al que ha recibi­do la cuarta iniciación, y significa el capaz, el benemérito, el venerable, el perfecto. Los induístas le llaman el paramohamsa, el que está más allá del hamsa. Los libros orientales encomian muchísimo al iniciado en cuarta porque conocen que se halla en altísimo nivel.

En la simbología cristiana está la cuarta iniciación repre­sentada por las angustias sufridas en el huerto de Getsemaní, la crucifixión y la resurrección de Cristo; pero como hay algu­nas etapas preliminares se puede simbolizar más completa­mente la cuarta iniciación con todo cuanto se dice que sucedió durante la semana llamada santa. El primer acontecimiento fue la resurrección de Lázaro, que siempre se conmemora el Sábado de Pasión aunque según el Evangelio ocurrió una o dos semanas antes. El domingo de Ramos se celebra la entrada triunfal de Cristo en Jerusalén. El lunes y martes predicó va­rios sermones en el templo; el miércoles lo traicionó Judas Is­cariote; el jueves instituyó la Sagrada Eucaristía; en la noche del jueves al viernes, compareció ante Pilatos y Herodes; el viernes fue crucificado; el sábado permaneció en el sepulcro, y en el primer instante del domingo, para siempre triunfante re­sucitó de entre los muertos.

Todos estos pormenores del drama de la Pasión están re­lacionados con lo que realmente sucede en la cuarta iniciación. Cristo hizo algo insólito y prodigioso al resucitar a Lázaro en sábado, y en consecuencia gozó poco después de su único triunfo terrenal, porque las gentes acudieron presurosas al sa­ber que había resucitado a un muerto, y le esperaron a la sa­lida de la casa de Lázaro, cuando se dirigía a Jerusalén, para aclamarlo con entusiasmo y tratarlo como todavía en Oriente tratan a quien consideran santo. El pueblo le siguió entusiásticamente hasta Jerusalén, y Cristo aprovechó entonces aquella oportunidad para aleccionar a la multitud que se había con­gregado en el templo deseosos de verle y oírle. Este es un sím­bolo de la realidad, porque el iniciado atrae algún tanto la atención pública y cobra cierto grado de popularidad y simpa­tía. Después hay siempre un traidor que se revuelve contra él y tergiversa cuanto ha dicho y hecho, de modo que aparece co­mo un malvado a la vista de las gentes.

Dice Ruysbroek sobre el particular:

«A veces ven estos infelices privados de todos los bie­nes terrenos, separados de sus amigos y parientes, abandona­dos por sus mismos discípulos, menospreciada y desconocida su santidad, calumniadas todas las obras de su vida, rechaza­dos y desdeñados por sus compañeros y afligidos por diversas enfermedades.»

A esto sigue una lluvia de vilipendios, denuestos y maltra­tos, y la abominación del mundo. Después la escena del huerto de Getsemaní, cuando el Cristo se siente desfallecer al verse en completo abandono y a poco la befa y el escarnio en público y la crucifixión. Finalmente el grito desde la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

 

La señora Blavatsky dice en La Doctrina Secreta, que el verdadero significado de la exclamación de Cristo es: «¡Dios mío, Dios mío, cómo me glorificas!» No soy capaz de compro­bar cuál de ambas traducciones es la exacta, pero las dos en­trañan una profunda verdad. Una de las características de la cuarta iniciación es que al candidato se le deja enteramente solo. Primeramente ha de quedarse solo en el mundo físico, pues todos sus amigos y parientes se revuelven contra él a cau­sa de malas inteligencias, y aunque más tarde resplandezca la justicia, entretanto sufre el candidato la animadversión gene­ral del mundo que se declara contra él. Quizás no sea ésta la más penosa prueba; pero tiene un aspecto interno que consiste en experimentar por un momento la condición llamada avichi, que significa «sin vibración».

El estado de avichi no es como vulgarmente se cree una especie de infierno, sino una condición en la cual el hombre está absolutamente solo en el espacio y se siente separado de toda vida, incluso de la del Logos. Sin duda es la más espan­tosa experiencia por que puede pasar un ser humano. Dícese que tan sólo dura un momento; pero quienes la han sufrido de­claran que es de muchísimo mayor duración, porque en aquel plano ya no existen el tiempo ni el espacio. A mi entender, tan terrible experiencia produce dos resultados: que el candidato pueda simpatizar con quienes por efecto de sus acciones caen en el estado de avichi y que aprenda a permanecer separado de todos los objetos externos, así como convencerse de que es esencialmente uno con el Logos y de lo ilusorio del sentimiento de soledad. Hubo quienes cayeron en este horrendo estado y retrocedieron hasta el extremo de tener que repetir su obra de iniciación; mas para quien sin desmayo la resiste, es la prueba, aunque sumamente terrible, de muy admirable beneficio, por lo que si bien se le puede aplicar la exclamación: «¿Por qué me has abandonado?» también le conviene la de: «¡Cómo me glo­rificas!» al salir triunfante el candidato de la prueba.

La cuarta iniciación difiere de las demás en su extraño do­ble aspecto de sufrimiento y victoria. Las tres primeras inicia­ciones están respectivamente simbolizadas en el cristianismo por el Nacimiento, el Bautismo y la Transfiguración; mas para simbolizar la cuarta fueron necesarios varios sucesos. La Crucifixión con todos los sufrimientos que la precedieron sir­vió para simbolizar el aspecto aflictivo, mientras que el aspec­to gozoso está representado por la Resurrección y el triunfo sobre la muerte. En esta etapa siempre hay sufrimiento físico, astral y mental, ludibrio de las gentes, hostilidad del mundo y aparente fracaso; pero también hay siempre en los planos supe­riores, el esplendente triunfo desconocido para el mundo exte­rior. La especial índole del sufrimiento que aflige al candidato en esta cuarta iniciación elimina cuantos residuos kármicos puedan interponerse todavía en su camino, y la paciencia y ale­gría con que lo soporte contribuirán valiosamente a fortalecer­le el carácter y ayudarle a determinar su grado de utilidad en la obra que le aguarda.

Una antigua fórmula egipcia describe como sigue la Cruci­fixión y Resurrección que simboliza la efectiva iniciación: «Después el candidato quedará atado sobre la cruz de madera, morirá y será sepultado y descenderá al mundo inferior, pero al tercer día resucitará de entre los muertos.»

En aquellos tiempos no resurgía el candidato del sarcófago en que en estado de éxtasis se le había depositado, hasta pasa­dos tres días con sus noches y parte del cuarto. Entonces re­surgía al aire libre por el lado oriental de la pirámide o tem­plo, a fin de que los rayos del sol naciente le dieran en el ros­tro y acabaran de despertarle de su largo sueño.

El antiguo proverbio que dice «no hay corona sin cruz» puede interpretarse en el sentido de que sin el descenso del hombre a la materia, sin atarse a ella como a una cruz, sería imposible para él resucitar y recibir la corona de gloria. Así es que por la limitación y el sufrimiento obtiene la victoria.

Imposible nos es describir la resurrección. Cuantas pala­bras empleáramos empañarían su esplendor y blasfemia pare­cería aun el intento de descripción. Sin embargo, cabe afirmar que equivale a la completa victoria sobre todas las tristezas, tribulaciones, dificultades, tentaciones y pruebas. Es un triun­fo imperecedero porque lo ha logrado por conocimiento y for­taleza de ánimo.

Recordemos cómo proclamó el Señor Buda su liberación.

«Muchas mansiones de vida me alojaron, y siempre inquirí quién había forjado aquellas prisiones de los sentidos atestadas de aflicción. ¡Penosa fue mi incesante lucha! Pero ahora ya te conozco, constructor de este tabernáculo. Nunca volverás a eri­gir estas murallas de dolor ni a colocar la parhilera de los des­engaños ni a empotrar traviesas en la arcilla. Derruida está tu casa y cuarteada la viga maestra. ¡La ilusión la construyó! Así pasaré seguramente a obtener la liberación.»

Desde esta cuarta etapa es consciente el arhat en el plano búdico aunque actúe en el físico, y al dejar este último duran­te el sueño o el éxtasis, se transfiere su conciencia a la inefa­ble gloria del plano nirvánica. Al recibir la cuarta iniciación ha de tener ya el candidato un vislumbre de conciencia nirvánica, como al recibir la primera tuvo una momentánea experien­cia del plano búdico. Mas ahora sus cotidianos esfuerzos han de propender al enaltecimiento y ampliación de su conciencia nirvánica. Esta labor es prodigiosamente difícil, pero poco a poco se capacitará para adelantar su obra en este inefable es­plendor.

Al principio se verá completamente desorientado y sentirá como primera impresión una vehemente intensidad de vida, que le sorprenderá no obstante estar familiarizado con el pla­no búdico. También se sorprendió, aunque no tanto, cada vez que anteriormente fue ascendiendo de uno a otro plano. Cuan­do por vez primera me transporté con plena conciencia al pla­no astral desde el físico, noté que la vida es allí mucho más amplia que cuanto conocía en la tierra, y exclamé: «Yo me fi­guraba que sabía qué era la vida, pero no la conocía.»

Al pasar al plano mental se redobló la sorpresa, pues si el astral era hermoso más lo es todavía el mental y al entrar en el causal fue todavía mayor, de modo que a cada ascenso se re­pite la sorpresa sin que ninguna conjetura predisponga a ella, pues siempre es la vida en el nuevo plano mucho más estupen­damente gloriosa y feliz que cuanto cabe imaginar y no hay palabra que la describa.

Los orientalistas europeos tradujeron la palabra nirvana por aniquilación, porque significa «apagar con un soplo», co­mo se apaga la llama de una vela. Sin embargo, nada más opuesto a la verdad. Seguramente es la aniquilación de todo cuanto en el mundo físico conoce el hombre, porque ya no es tal hombre sino Dios en el hombre, un Dios entre otros Dioses aunque menor que Ellos.

 

Imaginémonos el universo entero henchido por un inmen­so torrente de vivida luz que con determinado propósito fluye­ra irresistiblemente hacia delante, y que fuese comprensible y estuviese enormemente concentrada, pero absolutamente sin esfuerzo ni violencia. Al principio sólo notaríamos un senti­miento de bienaventuranza y veríamos únicamente la intensi­dad de la luz; pero poco a poco advertiríamos que aun en aquella constante refulgencia hay puntos o núcleos más bri­llantes en los que la luz adquiere una nueva cualidad a propó­sito para percibirla desde los planos inferiores cuyos habitan­tes no podrían sin este auxilio sentir su refulgencia. Después echaríamos de ver que aquellos núcleos de mayor brillantez a manera de soles subsidiarios son los excelsos Seres, los Espíri­tus planetarios, los potentes Angeles, los Señores del Karma, los Dianchoanes, Budas, Cristos, Maestros y otros muchos de quienes ni siquiera sabemos los nombres, por cuyo medio flu­ye la luz y la vida a los planos inferiores.

Poco a poco, según nos vamos acostumbrando a esta ma­ravillosa realidad, echamos de ver que somos esencialmente unos con todos estos Seres, aunque estamos muy por debajo de la cumbre de su esplendor. Nos percatamos de que somos parte del Único residente en todos Ellos y en todos los puntos del espacio, de que también constituímos un foco del que si bien a muy inferior nivel fluye asimismo la luz y la vida sobre los que están, no lejos de ella porque todos son parte de ella y nada hay fuera de ella, sino lejos de comprenderla y experi­mentarla.

La señora Blavatsky dice que la conciencia nirvánica es como un círculo que tiene el centro en todas partes y su cir­cunferencia en ninguna. Es una profunda sentencia atribuida indistintamente a Pascal, al cardenal de Cusa y al Zohar pero que pertenece en justicia a los Libros de Hermes. Muy lejos está dicha conciencia de la aniquilación. El iniciado que la al­canza no pierde en lo más mínimo el sentimiento de su indi­vidualidad. Su memoria es perfectamente continua. Es el mis­mo hombre y puede en verdad decir. «Yo soy Yo», sabiendo lo que el Yo significa. Aunque esto parezca extraño es muy cierto. No hay lenguaje humano capaz de dar ni siquiera la más leve idea de semejante estado de conciencia, porque todo aquello con lo que están familiarizadas nuestras mentes se desvaneció

 

Desde largo tiempo antes de llegar al nivel nirvánico. Desde luego que aun en este nivel está el espíritu revestido de una especie de envoltura de imposible descripción, porque por una parte parece como si fuese un solo átomo y por otra como si todo el plano nirvánico. El hombre tiene la con­ciencia de hallarse simultáneamente en todas partes, pero en cualquiera de estos puntos del plano podría concentrarse en sí mismo disminuyendo el efluvio de su energía que entonces fuera para él como un cuerpo.

Quien sólo una vez ha experimentado esta maravillosa uni­dad ya no puede olvidarla ni volver a ser jamás lo que antes era, pues por muy densamente que se vele en vehículos infe­riores para ayudar y salvar a sus hermanos menores, por muy estrechamente que se ate a la cruz de la materia, recluido, li­mitado y preso, no podrá olvidar que sus ojos han visto al Rey en toda su hermosura, que han contemplado la lejana, lejaní­sima tierra, que no obstante su lejanía la descubriríamos en nuestro interior si fuésemos capaces de explorarla, porque para alcanzar el nirvana no es necesario subir a un altísimo cielo sino tan sólo abrir nuestra conciencia a su esplendor.

Dijo el Señor Buda:

No os quejéis ni lloréis ni supliquéis sino abrid los ojos y mirad. Porque la luz os envuelve y es tan admirable y her­mosa que trasciende a cuanto los hombres han imaginado y a cuanto en sus plegarias impetraron. Es la sempiterna luz.»

 

Habla el profeta Isaías de «la lejanísima tierra»; pero esta frase está infielmente traducida. No habló Isaías de la tierra lejanísima sino de «la tierra de lejanas distancias» lo cual es muy distinta y bellísima idea, indicadora de que el profeta ha­bía tenido alguna experiencia de los planos superiores y com­paraba en su mente el esplendor de los estrellados cielos con las angostas catacumbas por donde nos arrastramos en la tie­rra. Porque angosta catacumba es la vida terrena comparada con la vida nirvánica; un ciego reptar por obscuros y tortuosos caminos en comparación de la espléndida vida con definido propósito, del exacto cumplimiento de la divina Voluntad que anima y actúa en las voluntades de Quienes allí moran.

 

El arhate tiene ante sí la formidable obra de ascender al pináculo del supremo plano de la existencia humana, y mientras en esta labor se ocupa ha de quebrantar las cinco restan­tes de las diez grandes ligaduras, que son:

 

 

 

  1. Ruparaga. — Es el deseo de la belleza de forma o de existencia física en una forma, incluso en el mundo celeste.
  2. Arruparaga. — Deseo de vida sin forma.
  3. Mana. — Orgullo.
  4. Uddhachcha. — Agitación o irascibilidad. La posibili­dad de que algo lo conturbe.
  5. Avijja. — Ignorancia.

 

 

Las sexta y séptima ligaduras incluyen además del raga o atracción el dvesha o repulsión, y el quebrantamiento de es­tas ligaduras implica una cualidad de carácter por cuya virtud ni en los planos inferiores de forma o rúpicos ni en los supe­riores sin forma o arrúpicos hay ni es posible que haya nada capaz de atraer ni repeler al iniciado que en ellos actúe.

Cuando quebranta la octava ligadura olvida la magnitud de sus proezas y ya le es imposible el orgullo, pues mora en la luz y no se compara con las cosas inferiores. Entonces posee la perfecta serenidad que nada puede perturbar y queda libre para adquirir todo conocimiento, para ser omnisciente en cuan­to se refiere a nuestra cadena planetaria.

Ya se acerca ahora a la quinta iniciación, a la del adeptado. Ha prescindido de todo cuanto le hizo hombre y empren­de la etapa final que ha de convertirlo en superhombre, en asekha, como los budistas le llaman porque ya no tiene nada que aprender y agotó las posibilidades de la naturaleza huma­na, o en jivanmukta, como le llaman los induístas, porque al­canzó la liberación y es un ser libre, no por separada indepen­dencia, sino porque su voluntad es una con la Voluntad uni­versal, con la Voluntad del Uno sin segundo. Mora continua­mente en la luz del nirvana, aun en su conciencia vigílica si prefiere permanecer en cuerpo físico en la tierra; y cuando es­tá fuera de este cuerpo asciende al plano monádico que está no sólo allende de nuestras palabras sino de nuestro pen­samiento.

Dice el Señor Buda:

No midas con palabras lo Inmensurable ni hundas la sonda del pensamiento en lo Insondable. Quien pregunta, yerra. Quien responde, yerra. ¡No digas nada!

 

En el simbolismo cristiano, la Ascensión de Cristo y la ve­nida del Espíritu Santo en lenguas de fuego, representan la en­trada en el adeptado, porque el adepto asciende a una esfera superior a la humanidad y más allá de la tierra, aunque si lo prefiere puede volver al mundo físico, como hizo Cristo, para enseñar y auxiliar a los hombres. Al ascender el adepto se iden­tifica con el Espíritu Santo e invariablemente lo primero que hace con su nuevo poder, es infundirlo en sus discípulos tal como Cristo lo infundió mediante lenguas de fuego en el cole­gio apostólico el día de la Pentecostés.

El examen del diagrama representativo de los principios del hombre, publicado en otras obras teosóficas, descubrirá el enlace entre la manifestación del Logos en el plano prakrítico del Cosmos y en el alma del hombre. Veremos que el Alma, el trino Espíritu humano, reside en el subplano inferior del plano nirvánico o espiritual y que en el subplano superior de este mismo plano reside la manifestación inferior del Espíritu San­to o Tercer Aspecto del Logos, con la cual se identifica el adep­to, y tal es el verdadero significado del domingo de Pentecos­tés o fiesta del Espíritu Santo.

A causa de dicha identificación puede el adepto aceptar discípulos; pero el arhate, aunque ya tiene mucho que enseñar, todavía actúa a las órdenes de un adepto y las transmite al plano físico; pero no toma discípulos porque aún no está iden­tificado con el Espíritu Santo.

Superior a la iniciación del adepto es la del choán y aún más allá hay otras de que trataré en el capítulo destinado a la Jerarquía Oculta. La escala de los seres asciende hasta nu­bes de luz en las que muy pocos hombres pueden penetrar; y cuando les preguntamos a Quienes están más altos y saben in­finitamente más que nosotros, lo único que pueden responder es que la escala se extiende mucho más allá de lo que su vista alcanza. Ellos ven muchos más peldaños que nosotros, pero la escala sigue ascendiendo a inimaginables alturas de gloria y nadie conoce su fin.

Aunque es de todo punto exacto que ninguno de nosotros el fin de la escala de los seres y que nos es casi incompren­sible la obra de Quienes actúan en los planos superiores de la Jerarquía, conviene advertir que su existencia y actuación es tan real y definida, y aún más, que cualquiera de las cosas del mundo físico, y que no hay la menor vaguedad en nuestra vi­sión de aquellos excelsos Seres. Aunque sólo conozco muy po­co de la parte superior de Su obra, durante muchos años he visto constantemente, casi todos los días, al Bodisatva ocupado en ella, y también he visto varias veces al Señor del Mundo en Su maravillosa e incomprensible existencia. Así es que para mí son entidades tan reales como cualquiera de las personas a quienes conozco y trato en este mundo y estoy tan seguro co­mo cabe estar de Su existencia y de algo de la obra que reali­zan en el mundo.

De la portentosa verdad que de Ellos puedo decir, estoy absolutamente seguro; y sin embargo, no acierto a explicar lo que son ni a comprender más que una parte de Su obra. He visto a los Dianchoanes, a los Espíritus planetarios y a los Em­bajadores de otros sistemas solares y estoy absolutamente se­guro de la existencia y transcendental gloria de todos estos Seres; pero desconozco el conjunto de la obra de Su vida. También he visto la Manifestación del Logos de nuestro siste­ma solar, tal como es entre Sus iguales; pero millones de ve­ces más esplendoroso que el aspecto en que lo vi. ha de ser en el que lo ven los excelsos Seres. Tal como dice el Bhagavad Gitá que vio Arjuna la divina Forma, así la he visto yo sin el menor género de duda, por lo que deseo atestiguar personal­mente que es tal como declaro, aunque me expongo a la befa de algunos que me preguntarán que quién soy yo para decir semejantes cosas. Pero yo lo he visto y fuera cobardía no ates­tiguarlo.

Repetidamente he manifestado de palabra y por escrito que ni siquiera intento que nadie crea en la Teosofía por razón de mis afirmaciones. Opino que cada cual debe estudiarla por sí mismo e inferir del estudio sus propias conclusiones, pues la capital razón para aceptar cualquier doctrina ha de ser que o por individual experiencia la conozca o que le parezca la más razonable hipótesis de cuantas hasta entonces se le expongan. Pero esto no altera en modo alguno la circunstancia de que yo tenga pruebas que ofrecer a quienes se presten a examinarlas, y que he expuesto en este y en otros libros. Los que en el si­glo XX escribimos sobre Teosofía podemos corroborar la ex­plícita afirmación de San Juan, hace dos mil años:

 

Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos fisto con nuestros ojos, lo que hemos mirado y palparon nuestras manos... lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos.

Poco nos importa a quienes damos testimonio de lo que hemos visto, que el mundo lo crea o no.

«Quienquiera que ha sentido el Espíritu del Supremo, no puede confundirlo ni de El dudar ni negarlo. Aunque a una voz ¡oh! mundo tú lo niegues, quédate a ese otro lado, mien­tras yo permanezco aquí en el mío.»

Inmediatamente después del adeptado, se abren ante los pasos del iniciado siete ramas del Sendero, entre las cuales puede escoger. Sobre este punto será lo mejor repetir lo dicho en la obra: El hombre; de dónde y cómo vino; a dónde va.

Luego que transpuesto el reino humano llega el hombre al dintel de la vida superhumana, se abren siete senderos a la elección de sus pasos. Puede entrar en las bienaventuradas omnisciencia y omnipoten­cia del nirvana, cuya actuación trasciende a cuanto conocemos, con po­sibilidad de llegar a ser en algún mundo futuro un avalar o encarna­ción divina, lo que suele llamarse «tomar la vestidura dharmakaya». También puede entrar en el «período espiritual» frase que encubre des­conocidos significados, entre ellos probablemente el de «tomar la vesti­dura sambhogakaya». Asimismo puede formar parte de aquella tesore­ría de energías espirituales de donde para Su obra las extraen los agen­tes del Logos, tomando al efecto «la vestidura nirmanakaya». Igual­mente puede ser un miembro de la Jerarquía oculta que gobierna y protege el mundo donde alcanzó la perfección. Por otro sendero puede pasar a la cadena siguiente y ayudar a construir sus formas. De la propia suerte puede entrar en la espléndida evolución angélica o de ¡os devas. Por último, le cabe consagrarse al inmediato servicio del Logos, que lo destine a algún punto del sistema solar, para ser Su ministro y mensajero y vivir tan sólo para cumplir Su voluntad y realizar Su obra en el conjunto del sistema por El gobernado. Así como un general tiene su Estado Mayor cuyos individuos transmiten sus órdenes a todos los puntos del campo de batalla, así son aquellos Seres el Estado Mayor del que a todos manda «los ministros que cumplen Su deseo». Parece este sendero muy espinoso y el mayor sacrificio que aguarda al adepto, por lo que se le distingue y considera en extremo. Un individuo del Estado Mayor no tiene cuerpo físico, pero por el poder creador o kriyashakti se construye uno con la materia del globo a donde se le envía. En el Estado Mayor hay Seres de diversos grados de evolución desde el de arhate en adelante.

El que se reviste del dharmakaya se recluye en la móna­da y se desprende hasta de su átomo nirvánico. El sambhogayaka retiene el átomo nirvánico y se manifiesta como trino Espíritu. El nirmanakaya retiene el cuerpo causal y los áto­mos permanentes que entrañó en el transcurso de su evolución, de modo que en cualquier momento puede, si tal desea revestirse de los cuerpos mental, astral y físico. Mantiene con­cretamente su relación con el mundo de que procede, a fin de constituirse en depósito de la energía espiritual que se derra­ma sobre el mundo.

La Voz del Silencio dice que el nirmanakaya es una espe­cie de dique a propósito para evitar mayor tristeza y miseria a los hombres del mundo. A quienes no comprenden el interno significado de este símbolo, les parecerá que la miseria y la aflicción entran en el mundo desde el exterior y que los excel­sos Seres impiden la entrada de mayor caudal; pero no es así en modo alguno, pues toda tristeza y miseria proviene del mis­mo que la sufre. Cada cual es su propio legislador y decreta su premio o su castigo; pero el deber del nirmanakaya es propor­cionar un copioso flujo de energía espiritual en auxilio de la humanidad. Continuamente está el nirmanakaya generando esta energía sin reservarse para sí ni una dina, sino que toda la pone al servicio de la Fraternidad para que la emplee en aliviar la pesadumbre del mundo.

Así vemos que de cuantos alcanzan el adeptado, relativa­mente pocos se quedan en nuestro mundo terrestre como miembros de la Jerarquía Oculta; pero tanto Ellos como Su obra son de vital importancia, por lo que les dedicaremos los restantes capítulos de este libro.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CUARTA PARTE

 

 

 

LA JERARQUÍA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO XI

 

LA OBRA DE LOS MAESTROS

 

     Acabo de exponer que de cuantos alcanzan el adeptado, sólo muy pocos se quedan en la tierra como miembros de la Jerarquía Oculta para favorecer la evolución de la vida de con­formidad con el plan de Dios. Actualmente hay unos cincuenta o setenta superhombres ocupados en dicha obra, de la que nuestra Presidente dice en su folleto titulado: Los Maestros:

 

De innumerables maneras ayudan al progreso de la humanidad, desde la superior esfera derraman luz y vida sobre el mundo entero, de modo que tan libremente como la luz del sol se las asimilen los capaces de recibirla. Así como el mundo físico vive por la Vida de Dios, concentrada en el sol, así el mundo espiritual vive por la misma Vida concentrada en la Jerarquía oculta. Además, los Maestros especial­mente relacionados con las religiones, las usan como depósitos en que vierten Su energía espiritual para distribuirla a los fieles de cada religión por los apropiados «medios de gracia».

Sigue después el vasto mundo intelectual, en donde los Maestros emiten formas mentales de considerable energía para que las reciban y se las asimilen los hombres de talento y las comuniquen al mundo. En este nivel también transmiten Sus deseos a los discípulos, notifi­cándoles la tarea que han de emprender.

Luego tenemos el mundo mental inferior en donde se generan las formas de pensamiento que influyen en la mente concreta y la guían por útiles líneas de actividad en el mundo terrestre, así como también derivan de allí las enseñanzas de los que viven en el mundo celeste.

A continuación vemos las múltiples actividades del mundo astral, con el auxilio prestado a los llamados muertos, la general dirección y vigilancia de las enseñanzas dadas a los discípulos jóvenes y la ayuda concedida en innumerables casos de necesidad.

En el mundo físico se ocupan los Maestros en observar el curso de los acontecimientos, la enmienda o neutralización, en cuanto lo per­mite la ley, de las torcidas corrientes, el constante equilibrio de las fuerzas que actúan en pro y en contra de la evolución, el fortalecimiento del bien y la debilitación del mal. En solidaridad con los An­geles de las Naciones guían las formas espirituales como los otros guían las materiales.

Podemos considerar más detenidamente algunas de las mo­dalidades de actuación aquí brevemente indicadas por la rá­pida y penetrante mirada de nuestra Presidente, que de esta facultad goza fama mundial. Aunque es corto el número de adeptos, se han distribuido de manera que nadie quede en el mundo desatendido ni olvidado. Al efecto han dividido la tie­rra en áreas especiales, análogamente a como la Iglesia divide un país en parroquias, de suerte que doquiera viva un hom­bre está incluido en una de esas divisiones geográficas y tiene una concreta organización eclesiástica que satisfaga sus nece­sidades espirituales y a veces también las materiales. Sin em­bargo, las parroquias de los adeptos no son distritos rurales ni barrios urbanos, sino dilatados países y aun continentes.

Tal como el mundo está hoy dividido, puede decirse que un adepto tiene a su cargo la Europa, otro la India, y así se reparten el mundo entre todos. Estas demarcaciones no coin­ciden con las de la geografía política, pues en cada una de ellas el adepto ha de cuidar de todos los diferentes grados y formas de evolución, no sólo de la humana, sino también de la angélica, de las diversas clases de espíritus de la Naturaleza, de los animales, vegetales y minerales que están por debajo de nosotros, de los reinos de esencia elemental y muchos otros de los cuales nada ha oído decir hasta ahora la humanidad. Así es que la obra del adeptado es muy prolija y complicada.

Además del patronato de los adeptos, cada raza, cada país y cada ciudad tiene su deva o ángel custodio o tutelar que fa­vorece su desenvolvimiento, y corresponde en muchos respec­tos a la antigua idea de la deidad protectora de una tribu, aunque en muy superior nivel. Tal fue, por ejemplo, Palas Atenea.

Hay diversas series de influencia al servicio del Logos pa­ra la evolución del hombre, y naturalmente todas obran en el mismo sentido y en mutua cooperación. No hemos de caer en el error de atribuir a dichas influencias los desastres que a ve­ces subvierten a un país, como fue la revolución francesa y recientemente la rusa. Estos desastres provienen exclusivamen­te de las salvajes pasiones del pueblo que destruye en vez de construir, y demuestran el riesgo a que se expone la obra del adepto y del espíritu tutelar de la raza cuando se hacen ensa­yos de democracia. La tiranía entraña terribles males y tam­bién penosos sufrimientos, pero al menos hay en ella algo de disciplina, y el gran problema es derrocar la tiranía sin perder la estabilidad y gobierno del organismo social. Cuando esto se pierde, es muy difícil que las gentes se mantengan en reflexiva serenidad, y las pasiones se desatan, se amotinan las turbas, y las multitudes quedan obsesionadas por enormes olas de si­niestras influencias. El ángel tutelar de la nación procura guiar los sentimientos de las gentes y se interesa por las masas populares, de modo que cuando lo cree necesario las estimu­la a realizar actos patrióticos y heroicas hazañas, de la propia suerte que un general alentaría a sus tropas a seguir adelante en el campo de batalla; pero nunca se desentiende de sus vi­das ni se muestra indiferente a sus sufrimientos, sino que de todos cuida con la misma solicitud que un prudente general de sus soldados.

Según hemos visto en anteriores capítulos, gran parte de la obra de los adeptos se efectúa en planos muy superiores al físico, pues se ocupan en efundir su propia energía y en derra­mar la almacenada por los nirmanakayas. Es karma del mun­do poseer a su servicio una porción de esta enaltecedora ener­gía; y aun los hombres ordinarios que conforman su voluntad con la divina enfocando algún tanto sus pensamientos y emo­ciones en auxilio de la humanidad tienen por ello parte en es­te magno sacrificio. En consecuencia, el género humano evolu­ciona como si fuera un solo ser y el milagro de la fraternidad capacita a cada individuo para progresar incomparablemente más que pudiera entregado a sí mismo.

Todo esto forma parte del plan del Logos, quien evidente­mente quiso que participáramos en su realización, pues al pro­yectarlo pensaría diciéndose:

«Cuando mi pueblo llegue a cierto nivel comenzarán a co­operar inteligentemente conmigo. Por lo tanto, dispondré las cosas de manera que cuando lleguen a dicho punto sean capa­ces de asimilarse mi energía.» Así es que confía en cada uno de nosotros.

La Fraternidad está identificada con todo el género huma­no en los planos superiores y por medio de sus agentes distribuye un buen karma, aunque desde luego fuera muchísimo mejor si estuviese disociado de las malas cualidades.

La ciudad de Benarés es un constante centro de energía, aun independientemente de las peregrinaciones anuales. Abun­da en santuarios y reliquias que también pueden los adeptos utilizar como canales, lo mismo en Benarés que en cualquier otro paraje del mundo. Por ejemplo, en tal o cual punto pue­de conservarse la reliquia de un santo perteneciente a una de las religiones profesadas por los hombres. Si la reliquia es auténtica irradiará de ella cierta cantidad de intenso flujo mag­nético a causa de su relación con el santo, y se puede utilizar para bendecir a quienes la veneren, enviándoles por medio de ella una corriente de energía. Sin embargo, en muchos casos no es auténtica la reliquia y aunque a esta mixtificación se le da desde el punto de vista profano grandísima importancia, no tiene tanto como parece en contra de la eficacia, pues si du­rante largo tiempo la veneraron las gentes como auténtica, formando en su alrededor un gran foco de energía devocional, puede la Fraternidad utilizarla cual si fuese auténtica, sin que importe para nada que las gentes se engañen en su creencia, porque su devoción es sincera y esto es lo que importa. Si hu­biese mayor comprensión sobre el particular no se burlarían las gentes irreflexivas de las supersticiones de los campesinos católicos de Sicilia y España o de los faquines indos, porque tienen devoción a una imagen o reliquia que no es lo que ellos se figuran. Desde luego que vale más la verdad que el error; pero conviene tener en cuenta que no es lícito arrebatarle al ignorante el objeto de su devoción hasta que sea capaz de as­cender a superior nivel de conciencia. Semejante iconoclastia empobrece al mundo, porque no sólo menoscaba la devoción sino que obstruye los canales por donde derramarían su ener­gía los adeptos.

Además, es evidentemente imposible que un campesino ig­norante juzgue de la autenticidad de una reliquia, y fuera gro­sera injusticia que el efecto de su devoción sinceramente sen­tida y con honrado intento enfocada, dependiera de una cir­cunstancia que él no puede conocer.

En el vasto mundo de las realidades no se llevan tan torpe­mente las cosas. La verdadera devoción halla siempre plena y cordial respuesta tanto si el objeto de la devoción es o no lo que el devoto cree que es. Lo real es la devoción, lo único im­portante y debe recibir y recibe la respuesta que merece. La re­liquia apócrifa sólo sirve de punto en que se enfoca la devo­ción, y un punto imaginario serviría para ello lo mismo que cualquier otro.

Ya dije que los discípulos de los Maestros son también aprendices que en su inferior nivel sirven de transmisores de energía y realizan diversas tareas en cada una de las ramas de la civilización y cultura humanas, como parte de la obra de los Maestros en el mundo.

También llevan a cabo mucha labor quienes reciben inspi­ración de los discípulos o de las asociaciones que han fundado o influido. Sin esta influencia fuera de seguro la humanidad muy mísera, aunque desconoce la fuente de que mana su ver­dadera riqueza. Los Maestros no pueden descender de Su ex­celsa tarea al desempeño de estos bajos y fáciles menesteres, porque si descendieran se estropearía el mecanismo de la evo­lución.

Muchos preguntan que por qué los Maestros no escriben algún libro; pero quienes tal preguntan no tienen en cuenta que los Maestros impulsan la evolución mundial y no pueden abandonar esta labor para informar a las gentes de una parte de ella. Sin embargo, si un Maestro tuviese tiempo de escribir un libro y no hubiera de dar más provechoso empleo a su ener­gía, fuera el libro incomparablemente superior a cuantos po­seemos. Pero si todas las cosas hubieren de hacerlas los que perfectamente saben hacerlas, no quedaría campo libre para el ejercicio de nuestras facultades y no tendría razón de ser nuestra existencia en este mundo.

No ha mucho tiempo organizaron en gran escala los discí­pulos de los Maestros un servicio práctico en el plano astral, del que di cuenta en el libro Protectores invisibes. La mayor parte de esta labor se efectúa en beneficio de los recién falle­cidos que suelen hallarse en el plano astral confusos, extravia­dos y aun sufrientes, sobre todo cuando en vida estuvieron su­gestionados por la horrible idea de los tormentos eternos del infierno, que forma parte del acopio mercantil de algunas per­vertidas sectas religiosas. Aunque ya hace algunos años, estaba ya fundada la Sociedad Teosófica cuando se organizó una hues­te de activos protectores invisibles, que en un principio estuvo compuesta de egos vivientes en el mundo que decidieron dedi­car a esta labor el tiempo del sueño de su cuerpo físico; pero no tardaron en adherírseles gran número de egos no existentes ya en vida terrena, que no habían pensado en la utilidad de aquel servicio.

Hasta entonces, los que del mundo físico pasaban al as­tral quedaban por la mayor parte abandonados a sí mismos, a menos que algún pariente los encontrase y los introdujera en la nueva vida. Por ejemplo, al morir una madre, permanecía en vigilancia de sus pequeñuelos, y si alguno de éstos moría poco después, ella le daba cuanta información le era posible. Gene­ralmente, los muertos de buena condición comunicaban a otros el conocimiento que poseían, cuando era necesario prestarles auxilio.

En las antiguas civilizaciones, donde las familias eran nu­merosas y vivían en colectividad, muy pocos quedaban sin el necesario auxilio al transponer las puertas del otro mundo. Los familiarizados con la literatura oriental recordarán que los libros religiosos de la India dan suma importancia a los lazos y deberes de familia que se dilatan a las invisibles regiones de allende el velo de la muerte. Las condiciones del mundo astral eran en otro tiempo semejantes a las de un país sin escuelas, hospitales ni oficinas de información pública, donde los recién llegados sufrían mucho y todavía más en época de guerra epi­demia u otra calamidad.

Muy excelente descripción de cómo actúan los Maestros en pro del mejoramiento del mundo nos da nuestra Presidente en las Conferencias de Londres en 1907, donde algo nos dice acerca de las providencias tomadas por la Fraternidad para sa­car a Europa de las tinieblas medievales. Refiere que en el si­glo XIII, un poderoso personaje, a la sazón residente en el Tibet, ordenó a la Fraternidad que en el tercer cuarto de cada siglo se hiciera un esfuerzo para iluminar a Europa. Si estu­diamos cuidadosamente la historia, veremos que de entonces en adelante, la Fraternidad ha ido emitiendo un nuevo rayo de luz hacia fines de cada siglo.

Estos esfuerzos están puntualizados por Fritz Kunz en el siguiente cuadro sinóptico:

 

 

 

   Año

  del esfuerzo                          INDOLE DEL PROGRESO                         Adelanto logrado

 

  • Rogerio Bacon y resurgimiento                Democratización de la

        de la cultura mental                                    cultura Renacimiento

 

 

 

  • Christian Rosenkreuz y difusión             

  de la cultura

 

1475                                 Propagación de la imprenta                      Democratización del               

                                             Fijación del conocimiento                        conocimiento. La         

                                                                                                           Reforma

 

 

1575                                  Francisco de Bacón y la ciencia        

                                          El idioma inglés

 

 

                                         Libertad política, desgraciadamente

                                            Lograda por medios revolucionarios.

 

 

  • Sociedad Teosófica. Sociedad de                Democratización del

                                     Investigaciones  psíquicas. Iglesia                ocultismo. Evolución

                                     católica liberal. Comasonería

                                       Evolución

 

 

 

  • Difusión amplia de lo que ahora se

                                        Llama  esoterismo

                                         Evolución espiritual

    El último de estos esfuerzos fue la fundación de la So­ciedad Teosófica en 1875. Tras detenidas consideraciones, los maestros Moria y Kuthumi echaron sobre sí la responsa­bilidad de semejante paso y escogieron al noble obrero que se llamó la señora Blavatsky para que les ayudara en el plano fí­sico. Muchos estudiantes de Teosofía saben qué preparación recibió para la obra que había de llevar a cabo; y cómo en tiempo oportuno la envió la Fraternidad a los Estados Uni­dos para que allí encontrara al coronel Olcott, el colaborador que había de suplir las características en ella deficientes, cua­les eran el talento organizador y el don de gentes para reunir en su torno a los que iban a formar en el mundo exterior la Sociedad fundada en Nueva York y cuya sede central se tras­ladó mas tarde a la India.

En el momento de escribir estas páginas, la Sociedad ha entrado en el quincuagésimo año de servicios a la humanidad, y es imposible estimar el bien que ha hecho en todos los as­pectos de la vida humana. No puede computarse su influencia por el número de sus miembros o de sus Ramas, aunque no es en modo alguno insignificante puesto que se extiende por todos los países del mundo civilizado. En cada campo del es­fuerzo humano dio la Sociedad Teosófica su nota caracterís­tica cuyas vibraciones se multiplican a nuestro rededor en las palabras y obras de los estadistas, literatos, científicos, artis­tas y muchos otros que en su mayor número ni siquiera han oído en su vida pronunciar la palabra Teosofía. La Sociedad Teosófica ha llamado la atención acerca de las realidades del mundo invisible y del poder de la mente. Ha proclamado el de­ber de la fraternidad en la vida del mundo, no mediante la uniformidad sino por la cooperación de individuos diferentes •entre sí, cada cual sobresaliente en su especial modalidad pe­ro unidos todos em el mismo sentimiento de mutuo auxilio y respeto. La Sociedad Teosófica ha puesto al Oriente y al Occi­dente en tan cercana relación como nunca antes estuvieron, ha pedido amplia libertad para el estudio comparado de las re­ligiones, demostrando con inconfundible evidencia, su común origen y la esencial unidad de sus enseñanzas. Por fin ha puesto a millares de gentes a los pies de los Maestros para siempre servirles con todas sus fuerzas y con todo su corazón en beneficio de la humanidad.

 

En su obra a favor del mundo, la Fraternidad no sólo mi­ra al tiempo presente sino al lejanísimo porvenir y prepara el desenvolvimiento de nuevas razas y naciones en donde la hu­manidad eduzca sus cualidades en armónica consecuencia. Se­gún veremos al tratar de la Jerarquía, el progreso de la huma­nidad no es azaroso, sino que la formación de las razas con sus especiales características físicas, emocionales y mentales (a manera de clases en la amplia escuela del mundo) es tan concreta, precisa y definida como el plan de estudios y la dis­tribución de tiempo y trabajo en un moderno establecimiento docente.

La gran raza aria, que aunque todavía no ha alcanzado la plenitud de su vigor domina hoy en el mundo por su poderosa mentalidad, sucedió a la raza atlante que aún forma la mayo­ría de la población del globo y ocupa vastísimos territorios.

 

En este respecto, tres linajes de actividad son perentorios en los presentes momentos. El primero es la preparación para que encarne y actúe entre los hombres el Bodisatva o Instructor del Mundo, la misma poderosa Entidad llamada Cristo que ocupó el cuerpo de Jesús hace dos mil años. El advenimiento del Instructor no ha de confundirse con el secular esfuerzo a que antes nos referíamos, el cual corresponde al primer Rayo y está adscrito al departamento de oculta labor que se ocupa en guiar a las razas y subrazas, mientras que el advenimiento del Instructor es un suceso que sólo ocurre muy de tiempo en tiempo y es una actividad del segundo Rayo o departamento de religión y educación.

El Instructor del Mundo advendrá cuando lo juzgue opor­tuno aunque se nos dice que no ha de tardar. La Orden de la Estrella de Oriente se fundó hace trece años para preparar el advenimiento del Instructor, reuniendo en una aspiración co­mún a gentes de

  todas las religiones y sectas que esperan Su venida y desean aunar sus esfuerzos para proclamarla ante el mundo y predisponerse en la medida de sus posibilidades para ser útiles al Señor cuando advenga.

Puesto que el Señor Maitreya ha escogido a nuestra Pre­sidente para que anuncie Su advenimiento, nos parece razo­nable conjeturar que Sus enseñanzas se parecerán bastante a. las ideas que con tanta elocuencia ha propagado ella durante: los últimos treinta y seis años. Algunas sectas pretenden que ha de venir a juzgar al mundo y destruir la tierra, por lo que el temor y la ansiedad acompañan a estas creencias. Pero todo miedo a Dios proviene de la incomprensión. Ciertamente que el advenimiento de Cristo está relacionado con un fin, pero no con el fin del mundo sino de una edad o era, el larguísimo pe­ríodo de tiempo llamado en griego aion y traducido por eón en nuestros idiomas modernos.

Así como Cristo declaró hace dos mil años que había lle­gado a su fin la antigua ley porque El había venido a comple­mentarla con el Evangelio, así también tendrá el Evangelio su fin y complemento cuando de nuevo advenga Cristo y exponga más amplias enseñanzas. Sin embargo, esencialmente las nue­vas enseñanzas serán las mismas que las antiguas porque no hay más que una sola enseñanza de la verdad, pero la expli­cará más claramente en consideración de que ya es mayor nuestro conocimiento para comprenderla. La expondrá quizás en nuevas fórmulas, de nuevo ropaje revestida, con alguna be­lleza de expresión adecuada a nuestra presente mentalidad y afirmará lo que convenga a mayor número de gentes.

Con seguridad será esencialmente la misma enseñanza porque subyace en todas las religiones existentes, que si bien difieren en el método de exposición coinciden absolutamente en la norma de conducta que exigen de sus fieles. Advertimos notables diferencias en las enseñanzas exotéricas del cristia­nismo, budismo, induísmo e islamismo; pero si examinamos la conducta de los santos varones de cada una de estas creen­cias, veremos que todos siguen exactamente la misma norma de vida y que coinciden en apreciar las virtudes que el hombre bueno debe poseer y los vicios que debe evitar. Todos nos di­rán que el hombre ha de ser caritativo, veraz, amable, honra­do y auxiliador del menesteroso. Todos convendrán en que el hombre duro, codicioso, cruel, mentiroso y bellaco no adelan­ta un paso ni tendrá probabilidades de éxito hasta que cam­bie de conducta.

Hemos de reconocer que lo importante en cada religión no son las vagas especulaciones metafísicas sobre puntos de los que no es posible saber nada con certeza ni tienen influen­cia alguna en la conducta. Lo importante son los preceptos que afectan a nuestra vida diaria y nos hacen de tal o cual modo en las relaciones con el prójimo. Dichos preceptos son los mismos en todas las religiones existentes y serán los mismos en las nuevas enseñanzas cualquiera que sea su formal exposición.

 

Acaso podemos ir algo más lejos en predecir lo que el Ins­tructor ha de enseñar. Seguramente insistirá en la capital ver­dad de que los males del mundo provienen de la falta de amor fraternal; que si el hombre aprendiera a amar y adoptara la actitud fraternal se desvanecería todo mal y amanecería la edad de oro. Aunque no cabe esperarlo inmediatamente, al fin los hombres se convencerán por sí mismos de que mucho más han de ganar por los caminos del amor que por los vericuetos del odio.

El segundo linaje de actividad consiste en la modelación de los cuerpos físicos, astrales y mentales de la sexta subraza de nuestra raza aria, que ya comienza a brotar en los Estados Unidos de América, en Australia y acaso en algunos otros pun­tos del globo. El formidable poder de la mente y de la volun­tad del Manú está activo en los planos internos, y modifica los tipos físicos de los niños de la nueva era, siempre que son susceptibles de modificación; y algunos jóvenes miembros de la Fraternidad que actúan en el mundo externo tienen el en­cargo de proporcionar a dichos niños la educación y discipli­na más a propósito para la nueva subraza. Esta labor es to­davía incipiente, pero está destinada a prosperar en enormes proporciones, hasta que dentro de unos cuantos siglos la sexta subraza aparezca distinta y admirablemente joven en el nuevo mundo, mientras el mundo antiguo prosigue llevando la quin­ta subraza a su madurez y perfección. Y más tarde, la sexta subraza, radiante y gloriosa en su virilidad derramará sus be­neficios sobre la quinta de suerte que por vez primera irá digna y serenamente decayendo una subraza en fructífera y venerable vejez, en premio de sus presentes y futuros servicios a la infantil subraza y de su lucha llena de sacrificios pero triunfante contra las potestades tenebrosas, y por haber pro­porcionado posibilidades de adelanto cual nunca las conoció la humanidad.

 

Conviene explicar quiénes entendemos que pertenecen a la sexta subraza. Nuestras ideas sobre el particular son dema­siado rígidas. Cuando la sexta subraza esté definitivamente establecida mostrará peculiares características físicas, astrales y mentales que no posee el hombre de tipo medio de la quinta subraza. Recordemos que de ésta ha de ir formándose poco a poco aquélla y dichas nuevas características se han de educir una por una en los respectivos egos. El proceso de preparación es muy largo y puede comprender varias vidas. Así es que cuando miramos a nuestro alrededor y examinamos desde tal punto de vista a las gentes, y especialmente a los jóvenes, no podemos decir de pronto quién pertenece y quién no a la sexta subraza.

 

Más seguro fuera decir por ejemplo: «Parece que el indi­viduo A posee el 25 por 100 de las características de la nueva subraza; B el 50 por 100; C el 75 por 100; y D las reúne todas, por lo que cuanto se me alcanza es el perteneciente a la sexta subraza.» Pero tengamos en cuenta que la mayoría de jóvenes en quienes ponemos nuestras esperanzas son del tipo A, pues del B hay muy pocos y del C y el D sólo se encuentran en los reducidos círculos esotéricos. También hemos de tener pre­sente que es muy desigual el desenvolvimiento de un carácter, pues puede un joven haber adelantado mucho en el orden as­tral y mental antes de que en el cuerpo físico se manifieste el adelanto, mientras que por favorable herencia puede tener un cuerpo físico capaz de expresar mayor progreso del hasta en­tonces logrado por el ego. Muy pocos muestran todas las ca­racterísticas y pueden darse por muy satisfechos si denotan algunas de ellas.

 

Ni aun en la culminación del desenvolvimiento hay uni­formidad. Será la sexta subraza dolicocéfala y sin embargo tendrá subdivisiones braquicéfalas, e individuos rubios y mo­renos, de ojos azules y ojos negros. Desde luego que las ca­racterísticas astrales y mentales son las más importantes; pe­ro en la mayor parte de los casos sólo es posible juzgar por el aspecto físico. La tónica fundamental es el altruismo y la predominante el entusiasta anhelo de servicio, acompañadas de positiva amabilidad y cordialísima tolerancia. Quien de sus placeres se olvida y sólo piensa en favorecer al prójimo está ya muy adelantado en el sendero. El discernimiento y el buen sentido son también señaladas características.

 

En cuanto a los signos físicos de los individuos pertene­cientes a la sexta subraza los más notables son la delicadeza y bella configuración de manos y pies, con los dedos delgados, sobre todo al mirarlos de perfil y las uñas ovales. También es importante la contextura de la piel.

 

 

 

 

En cuanto a rostros los hay de tres tipos: el distintamen­te oval con frente alta; el algo menos oval con frente ancha y el inconfundiblemente braquicéfalo (1). El Individuo ya cer­cano a la sexta su braza se distingue por cierta expresión del rostro que muy luego reconocerá quien la indague.

El tercer linaje de actividad es la fundación de la sexta raza raíz cuya cuna se mecerá en California dentro de unos sie­te siglos. El Manú de la sexta raza, que hoy día es el maestro Moria, establecerá personalmente en California una comuni­dad, acompañado de su colaborador el maestro Kuthumi, que ha de ser el Bodisatva de la misma raza (2). Aunque todavía faltan algunos siglos, que son un breve período en la verda­dera vida del hombre, como todos lo comprobaremos al mi­rarlos de espaldas, también se hacen ya preparativos para ello, en los que toma parte algo importante la Sociedad Teosófica. Cada Rama de esta Sociedad tiene el deber de estimular a sus miembros para que difundan entre los profanos el adquirido conocimiento teosófico, según su temperamento, capacidad y las ocasiones que le depare el trato con las gentes, a fin de auxiliar a la actual quinta raza.

Dentro de cada Rama de la Sociedad Teosófica, donde se reúnen individuos de tan distintos tipos y diversas proceden­cias, deben ayudarse mutuamente, y si la Rama se mantiene fiel a sus ideales enaltecerá el carácter de sus miembros, pues recibirán provechosas lecciones del espíritu de fraternidad que difícilmente aprenderían en el mundo profano.

Muchas sociedades se constituyen con objeto de lograr un propósito determinado o de acometer tal o cual empresa; pe­ro en la Sociedad Teosófica sabemos que aunque un dechado de perfección atraiga mayormente a unos que a otros, la con­fraternidad humana no se alcanzará por el triunfo de un solo ideal, sea el amor, la belleza o la verdad, sino por el entrelace

de ellos en un supremo ideal, como cordeles de la potente ma­roma que ate al hombre con Dios.

Dijo hace siglos el Hitopadesha: «Las cosas menudas cre­cen poderosamente si hábilmente se combinan. Al furioso ele­fante se le sujeta con una cuerda fabricada con entrelazadas briznas de hierba.»

 

Tal es el espíritu de fraternidad que gradualmente adquie­re el verdadero teósofo, uniéndose a sus hermanos por interno impulso y no por externa coacción. Los miembros de la So­ciedad son un verdadero plantel para los Maestros que si tie­nen éxito en cultivarlos los capacitarán para renacer en la co­munidad de la sexta raza cuando se establezca en el plano físico.

 

 

 

 

(1)   Braquicéfalo es el individuo  de cráneo casi redondo porque tiene de anchura las cuatro quintas partes de la longitud.

Dolicocéfalo es el individuo cuyo cráneo es muy oval porque la longitud excede en más de una cuarta parte a la anchura.

 

(2)   De esta comunidad he tratado  en la obra: El  hombre;  de dónde y cómo vino; a dónde va, publicada por la «Biblioteca Orientalista».

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO XII

 

LOS CHOANES Y LOS RAYOS

 

En el capítulo precedente procuré describir varias moda­lidades de la obra de los Maestros; pero desde luego hay mu­chas modalidades, de algunas de las cuales nada sabemos en concreto. Sin embargo, lo que conocemos indica que la obra es vasta y variada, y que los Maestros intervienen en ella de muy diversos modos, según su temperamento y preferencias. Todas las cosas según explicaremos más adelante, entrañan una séptuple división que también se encuentra en la Gran Fraternidad Blanca, donde se distinguen claramente los Siete Rayos.

El primer Rayo es el gobernante y está presidido por el Señor del Mundo. A la cabeza del segundo Rayo está el Señor Buda, a cuyas órdenes actúan el Manú y el Bodisatva de la raza predominante a la sazón en el mundo. De la misma cate­goría es el Mahachoán que preside los otros cinco Rayos, aun­que cada uno de ellos tiene su Jefe.

En el capítulo siguiente explicaré lo que pueda acerca de los grados superiores de la Jerarquía y trataré de referir en éste algo de la obra de los Jefes de los Rayos tercero al séptimo, y de los maestros Moría y Kuthumi que se hallan al mismo nivel de estos cinco Jefes en los primero y segundo Rayos.

El título de Choán se confiere al Adepto que recibe la sexta iniciación y también se designa con el mismo nombre al Jefe de los Rayos tercero a séptimo, que desempeña un muy alto cargo en la Jerarquía. Conviene advertir que el título de  Choán equivale al de Señor y como éste se usa general y par­ticularmente. Damos el título de señor o señora por urbanidad y cortesía a las personas de cierto nivel social; pero este título así aplicado es muy distinto de cuando lo aplicamos a un per­sonaje revestido de autoridad y positivo señorío.

También aparece esta palabra en el título de Dhyan Choán que se repite frecuentemente en La Doctrina Secreta y otros textos; pero entonces se refiere a Seres de altísimo nivel y en­teramente independientes de la Jerarquía Oculta de nuestro planeta.

Para bien comprender este otro aspecto de la obra de los Maestros es necesaria una digresión que explique el significado de los siete Rayos. Es un punto sumamente difícil. Hace ya largo tiempo recibimos algunos informes muy valiosos aun­que incompletos acerca de los Rayos. Recuerdo muy bien la ocasión en que se nos dieron. El señor Cooper-Oakley, un her­mano indo y yo estábamos sentados en la terraza de Adyar, cuando en la primera época de la Sociedad Teosófica sólo constaba la sede central de un edificio y de doce hectáreas de yermo aledaño. De pronto se reunió con nosotros el hoy maes­tro Djwal Kul que a la sazón era el principal discípulo del maestro Kuthumi, y nos dio durante aquellos días copiosas enseñanzas con mucha amabilidad y paciencia. El señor Coo­per-Oakley preguntó de su característica manera:

—Maestro, ¿tendríais la bondad de enseñarnos qué son los Rayos?

Centellearon los ojos de nuestro Instructor al decirnos:

—No podré enseñaros todo lo referente a los Rayos hasta que hayáis recibido una muy alta iniciación. ¿Queréis que os informe de lo que puedo deciros, lo cual será fragmentario y expuesto a error, o bien queréis esperar hasta que sea posible daros completa información?

Desde luego que preferimos algo a nada y le manifestamos que nos contentaríamos con

 lo que nos pudiese dar. Transcri­bimos la notable información que nos comunicó, aunque en mucha parte nos fue ininteligible según había predicho. Des­pués añadió:

—Nada más puedo deciros porque me ligan mis prome­sas; pero si vuestra intuición es capaz de colegirlo, os diré si estáis en lo cierto.

     De todos modos, nos sirvió de mucho aquella fragmentaria información.

He aquí el cuadro sinóptico de los Rayos y sus caracte­rísticas que nuestro Instructor nos dio en aquella ocasión:

 

Rayo

 

Característica del Rayo

 

Característica mágica

 

Religión

 

I

 

Fohat,   Sechinab

 

*  *  *

 

Induísmo

 

II

 

Sabiduría

 

     Yoga Raja

(Mente humana)

 

Budismo

 

III

 

Akasa

 

Astrología (Fuer­zas naturales magnéticas)

 

Caldea

 

IV

 

Nacimiento  de Horus

 

Yoga Hatha (Desarrollo físico)

 

Egipcia

 

V

 

Fuego

 

Alquimia (Substancias materiales)

 

Zoroastrismo

 

VI

 

Encarnación de la Divinidad

 

Baktí (Devoción)

 

Cristianismo (Kábala)

 

VII

 

***

 

Ceremonial mágico

 

Culto de los elementales

 

 

                                                                 Diagrama II

 

Se nos explicó que la religión asignada a cada Rayo no se ha de tomar como una perfecta exposición de él, sino tan sólo como un residuo de la última ocasión en que el Rayo in­fluyó en el mundo. Se omitieron la magia del primer Rayo y la característica del séptimo. No se nos pudo explicar el sig­nificado del nacimiento de Horas, pero se nos dijo que una de las características del cuarto Rayo era el uso de las fuer­zas de acción e interacción, como si dijéramos las fuerzas masculina y femenina de la Naturaleza. Siempre que en una religión interviene el falicismo ha de achacarse a la materia­lización y equivocado concepto de algún secreto relacionado con este Rayo. El verdadero desenvolvimiento del séptimo Ra­yo consistiría en la comunicación con los devas superiores para recibir de ellos instrucciones.

De lo expuesto se infiere lo fragmentario de la informa­ción que ha llegado hasta nosotros, pues lejos de ser comple­ta no es ni siquiera un bosquejo, ya que se nos advirtió que en la comunicada información había enormes huecos que no sería posible llenar hasta mucho más tarde. En cuanto se me alcanza, muy poco se ha escrito hasta ahora sobre el asunto, y aun tan reservadamente expuesto que no es fácil de com­prender. Además, los instructores de ocultismo eluden res­puestas categóricas cuando sobre ello se les pregunta (1).

 

 

Lo esencial es saber que hay una séptuple división en to­das las cosas del universo manifestado tanto de vida como de materia. Toda vida existente en nuestra cadena planetaria per­tenece y pasa por uno u otro de los siete Rayos, cada uno de los cuales tiene siete subdivisiones. En el universo hay cuaren­ta y nueve Rayos que en grupos de siete constituyen los Siete Grandes Rayos Cósmicos procedentes de los Siete Grandes Logos. Sin embargo, en nuestra cadena planetaria y acaso en to­do nuestro sistema solar sólo actúa uno de los siete Grandes Rayos Cósmicos, cuyas subdivisiones son nuestros Siete Ra­yos. No se ha de suponer que nuestro sistema solar sea la única manifestación de dicho Logos, pues cada uno de los Siete Grandes Logos puede presidir millones de sistemas. So­bre el particular expuse en La Vida Interna:

El conjunto de nuestro sistema solar es una manifestación de su Logos y cada partícula del sistema es definida parte de Sus vehículos. La materia física de la totalidad del sistema solar constituye Su cuer­po físico; toda la materia astral contenida en el sistema constituye Su cuerpo astral; toda la materia mental. Su cuerpo mental, y así sucesi­vamente. Del todo superior y allende Su sistema, tiene una más am­plia y mayor existencia por Sí mismo, pero que no afecta en lo más mínimo a la verdad de la afirmación que acabamos de hacer.

El Logos solar contiene en Sí siete Logos planetarios, que son por decirlo así centros de energía en el interior de El, canales por donde se difunde Su energía. Sin embargo, al propio tiempo y en cierto sen­tido, puede decirse que los siete Logos planetarios constituyen el Lo­gos solar. La materia que según hemos dicho compone los vehículos del Logos solar, compone también los vehículos de los Logos planeta­rios, porque no hay partícula material del sistema que no sea parte de uno o de otro de dichos vehículos. Todo esto es verdad con referencia a cada uno de los planos; pero consideremos, por ejemplo, el plano astral, ya que su materia es lo bastante sutil para satisfacer el propó­sito de nuestra investigación, y al propio tiempo está lo suficientemen­te cercana a la materia física para que no transponga los límites de nuestra física comprensión.

Cada partícula de la materia astral del sistema es parte del cuerpo astral del Logos solar, pero también es parte de uno u otro de los siete Logos planetarios. Recordemos que esto incluye la materia que consti­tuye el cuerpo astral del hombre, pues no tenemos ni una partícula que sea exclusivamente nuestra. En cada cuerpo astral hay partículas per­tenecientes a cada uno de los siete Logos planetarios, pero las propor­ciones varían indefinidamente. Los cuerpos de las mónadas que origi­nariamente emanaron por conducto de determinado Logos planetario continuarán durante toda su evolución teniendo más partículas de aquel Logos que de cualquier otro, y de esta manera se puede distin­guir a qué Logos planetario pertenece originariamente un ser humano.

La simbología cristiana alude a estos Siete Grandes Se­res en el Apocalipsis de San Juan, que dice:

 

 

 

 

 

 

 

 

(1)   Hay publicada una interesante obra sobre el tema: Los Siete Rayos, escrita por el profesor Ernesto Wood. El texto es muy instructivo y presenta la cuestión bajo un nuevo aspecto.

 

 

 

   Y siete lámparas de fuego estaban ardiendo ante el trono, las cua­les son los siete Espíritus de Dios.

Son los místicos Siete, los grandes Logos planetarios, cen­tros de vida en el Logos. Son los verdaderos Jefes de los Ra­yos en todo el sistema solar y no únicamente en nuestro pla­neta. De uno u otro de estos Siete Logos planetarios o Jefes de los Rayos han emanado todos los seres humanos.

La Doctrina Secreta nos habla de los Siete Sublimes Se­ñores, las Potestades Creadoras, las Inteligencias Incorpóreas, los Dhyanchoanes o Angeles de la Presencia. Sin embargo, es­te último título tiene dos aplicaciones que conviene no confun­dir. Cuando nuestros hermanos cristianos celebran la Euca­ristía, aparece en cada celebración un Ángel de la Presencia que en realidad es una forma mental del Señor Cristo, un ve­hículo de Su conciencia, por lo que propiamente se le llama una manifestación de Su presencia. Pero cuando el título de Angeles de la Presencia se da a aquellos Siete Grandes Seres tiene por muy distinta razón el que siempre están en presen­cia del Logos y representan los Rayos de que son Jefes, y por lo tanto nos representan a nosotros, pues en cada uno de no­sotros hay parte de la divina vida de cada uno de Ellos.

Porque cada hombre pertenece fundamentalmente a un Rayo, por cuyo conducto emanó, como mónada, de lo Eterno a lo temporal, a la vida enciente; y no obstante, tiene en sí algo de todos los Rayos, y no hay en él dina de energía ni partícula de materia que no forme parte efectiva de uno u otro de estos maravillosos Seres. Está literalmente constituido de la esencia de todos aunque predomina la de uno. Por lo tanto, el más leve movimiento de estos Angeles de la Presen­cia ha de afectar en mayor o menor grado a cada ser humano, porque somos carne de Su carne, huesos de Sus huesos y es­píritu de Su espíritu. Esta gran verdad es el fundamento de la muchas veces mal comprendida astrología.

Todos estamos siempre en presencia del Logos solar, por­que en el sistema no hay punto en donde no se halle y de El forma parte todo cuanto existe. Pero en especial sentido, los Siete Espíritus son parte y manifestaciones del Logos, o como si dijéramos cualidades o centros de los que efluye Su energía. De esto nos dan indicio los nombres con que los hebreos da-signaban a los siete Espíritus. El primero de Ellos es siempre Miguel, que significa fortaleza de Dios o según a veces se ha interpretado: «el igual a Dios en fortaleza».

En hebreo la palabra El significa Dios, como vemos por ejemplo en Beth-El, casa de Dios, y Elohim con que se desig­na a Dios en los primeros versículos de la Biblia. Los nombres hebreos de los siete Espíritus terminan en el; y así Gabriel significa «omnisciencia de Dios» o también se le llama «el héroe de Dios». Está relacionado con el planeta Mercurio, y Miguel con Marte. Rafael significa «el salutífero poder de Dios» y se relaciona con el Sol que es para los hombres el manantial de salud en el plano físico. Ariel es «la luz o fue­go de Dios» y Zaquiel «la benevolencia de Dios», en relación con el planeta Júpiter. Los otros dos arcángeles son Samuel y Jofiel, pero no recuerdo su significado ni el planeta a que pertenecen.

San Dionisio llama a estos Siete Espíritus Constructores y también Cooperadores de Dios. San Agustín dice que poseen el Pensamiento divino o Prototipo; y Santo Tomás de Aquino afirma que Dios es la Causa primaria y los siete Espíritus la secundaria de todos los efectos visibles. El Logos hizo todas las cosas por mediación de los Espíritus planetarios. La cien­cia nos dirá que los planetas son fortuitos agregados de ma­teria, condensación de una nebulosa, y efectivamente son así; pero ¿por qué? Porque cada uno de ellos está regido por una inteligente Entidad que dispone equilibradamente los átomos de materia. Todo cuanto existe resulta de la acción de fuerzas naturales ajustadas a las leyes cósmicas; pero no olvidemos que tras cada fuerza está siempre su administrador, la inteli­gente Entidad que la rige y dirige.

 

Aunque para describir a los Espíritus planetarios me he valido de la terminología cristiana, los encontramos con otros nombres en todas las grandes religiones.

Así, pues, cuando la materia primordial o Espíritu que en tiempos futuros había de constituir al hombre emergió de la infinita indiferenciación, fluyó por siete canales distintos, co­mo podría el agua de un depósito fluir por siete distintos tu­bos, cada uno con diferente materia colorante que tiñiese el agua que por él pasara y la distinguiera para siempre del agua fluyente por los demás tubos.

A través de los sucesivos reinos elemental, mineral, vege­tal y animal, los Rayos son siempre distintos uno de otro, como lo son también en el reino humano, aunque actúan de muy otra manera en los reinos inferiores, porque como en es­tos reinos no hay individualización, resulta evidente que toda una especie de animales, por ejemplo, ha de pertenecer a uno u otro Rayo, de donde se sigue que todos los animales existen­tes en el mundo podrían sinopticarse en siete columnas pa­ralelas según el Rayo a que pertenecieran; y como quiera que un animal sólo se individualiza a consecuencia de su contacto con el hombre, a la cabeza de cada columna figuraría un ani­mal doméstico por cuyo medio es únicamente posible la indi­vidualización en aquel Rayo.

El perro, gato, elefante y caballo son ejemplos de esta clase; y por lo tanto, resulta evidente que el impulso de la Vida universal que ahora anima a un perro, nunca animará a un caballo o a un gato, sino que proseguirá manifestándose en la misma especie hasta alcanzar la individualización.

No se han efectuado todavía investigaciones para descubrir a qué Rayo pertenece cada especie de animales y vegetales; pero hace años tuve ocasión de estudiar las piedras preciosas y hallé que cada Rayo tiene entre ellas su representación, por cuyo medio la energía del Rayo se transmite más fácilmente que por cualquiera otra.

Reproduzco aquí la tabla publicada en La Ciencia de los Sacramentos que muestra la piedra preciosa situada a la cabeza de cada Rayo, y otras que también pertenecen al mismo Rayo pero  con menor intensidad.

 

 

 

Rayo

 

Joya Correspondiente

 

Sucedáneas

 

 

 

1

 

Diamante

 

Cristal de roca.

 

 

 

2

 

Zafiro

 

Lapislázuli, turquesa y sodalita.

 

3

 

Esmeralda

 

Aguamarina,   jade

  1. mala

 

 

4

 

Jaspe

 

Calcedonia, ágata y

serpen tina

 

 

5

 

Topacio

 

Cetrina y esteatita.

 

 

 

6

 

Rubí

 

Turmalina, granate, carbúnculo, rodonita.

Cornerina, tulita .

 

7

 

Amatista

 

Pórfido y violana.

 

 

 

Diagrama III

 

 

   De lo expuesto se infiere que los siete tipos correspondientes a los respectivos Rayos son notorios entre los hombres y que cada ser humano pertenece a uno u otro Rayo.

 

Siempre se han reconocido en la especie humana esta índole de diferencias fundamentales. Hace un siglo se clasificaba a los hombres en de temperamento sanguíneo, linfático, bilioso y nervioso. Los astrólogos los diferencian en hombres de Jú­piter, Marte, Venus, Saturno, etc. Pero estas agrupaciones no eran más que diversos métodos de señalar las fundamentales diferencias de disposición resultantes de los canales o conduc­tos por donde las mónadas surgieron del seno del Logos, o mejor dicho por donde con arreglo al plan de evolución se or­denó que cada cual surgiera.

No es cosa fácil determinar a qué Rayo pertenece un or­dinario ser humano, porque está muy sumido en la materia y ha engendrado gran variedad de karma, parte del cual po­drá sobreponerse y obscurecer su verdadero tipo, aun durante toda una vida terrestre. Pero el hombre cercano al Sendero mostrará un definido impulso o fuerza dirigente del mismo carácter del Rayo a que pertenezca, y que le moverá a efec­tuar la clase de obra o prestar la índole de servicio peculiares de dicho Rayo. También le conducirá a los pies de un Maestro perteneciente al mismo Rayo, para quedar por decirlo así ins­crito en el Colegio que rige el Choán del Rayo.

Facilitará la comprensión de esta diferencia de tipos, el conocimiento de los métodos que suelen emplear individuos de diversos Rayos cuando se valen de la magia para obtener tal o cual resultado, según indica la tabla de la página 179.

El individuo perteneciente al primer Rayo lograría su ob­jeto por pura fuerza de irresistible voluntad sin valerse de ningún medio natural. El del segundo Rayo también actuaría por fuerza de voluntad, pero con plena comprensión de to­dos los métodos posibles y el deliberado empleo del más efi­caz. El del tercer Rayo preferirá valerse de las fuerzas del plano mental y tendrá mucho cuidado en observar cuándo las influencias son más favorables al buen éxito de su labor. El del cuarto Rayo se valdrá para el mismo propósito de las sutiles fuerzas etéreas; el del quinto, de la luz astral; el del sexto, de la fe en una Deidad y de las oraciones con que impetre su protección; el del séptimo empleará complicadas ceremonias mágicas y si le es posible invocará el auxilio de entidades no humanas.

Por otra parte, si se trata de la curación de una enfermedad, el individuo perteneciente al primer Rayo extraerá salud y fuerza de la copiosa Fuente de la Vida universal; el del se­gundo comprenderá perfectamente la índole de la dolencia y empleará su voluntad para curarla del mejor modo posible; el del tercero invocará a los Espíritus planetarios y escogerá para la aplicación del remedio el momento en que sean más favorables las influencias astronómicas; el del cuarto se valdrá de medios físicos, tales como el masaje; el del quinto empleará medicamentos alopáticos; el del sexto curará por la fe; el del séptimo recurrirá a himnos o invocaciones mágicas. En todos estos casos podrá el individuo emplear cualquiera de los me­dios mencionados, pero probablemente considerará más efi­caz el de su Rayo.

En los miembros de la Fraternidad las distinciones de los Rayos son mucho más notorias y se observan en el aura, de modo que el Rayo a que un Adepto pertenece no sólo afecta a su aspecto sino también a la obra que ha de realizar.

Podremos mejor advertir los caracteres distintos de los Rayos, si observamos la actuación de los Choanes de los Ra­yos tercero a séptimo y de los dos Choanes que están en el mismo grado de evolución, pero en los Rayos primero y se­gundo donde llevan a cabo la misma clase de labor en servi­cio de sus Jefes. Los siete Choanes jerárquicos que están a la cabeza de los Rayos son reflejo de los siete Espíritus ante el Trono del Logos.

Conviene advertir que tan sólo podemos bosquejar las cualidades correspondientes a cada Rayo y conocer un frag­mento de la obra que realizan los Adeptos a él pertenecien­tes, teniendo además en cuenta que la plena posesión de las cualidades propias de un Rayo, en manera alguna implica la carencia de las cualidades correspondientes a los demás Rayos. Por ejemplo si decimos que un Adepto es excelente en for­taleza, también ha llegado a la humana perfección en amor, devoción y demás cualidades.

Ya he tratado algo extensamente del maestro Moría, que representa al primer Rayo en el nivel de la iniciación de Choán. Permanece con la serena e inquebrantable fortaleza de su Rayo desempeñando mucha parte de la obra de guiar a los hombres y establecer naciones, de que más detenidamen­te trataré en el siguiente capítulo. Al primer Rayo pertenece también el maestro Júpiter que en nombre de la Jerarquía actúa como Guardián de la India, que durante la existencia de la quinta raza, fomenta las semillas de todas sus posibili­dades y en tiempo oportuno las envía a cada subraza para que germine, brote, medre y fructifique. También penetra en las honduras de las abstrusas ciencias cuya cáscara son la as­tronomía y la química, y su obra en este particular es un ejemplo de la múltiple variedad de actividades correspondien­tes a un mismo Rayo.

El maestro Kuthumi, que en otro tiempo fue el insigne filósofo Pitágoras, es también Choán y en el mismo nivel re­presenta al segundo Rayo, el de la Sabiduría que proporciona valiosos instructores al mundo y cuya obra se comprenderá mejor cuando en el siguiente capítulo relatemos la de los Bodisatvas y los Budas.

Ya me referí al maravilloso amor y sabiduría que irradia del Maestro a quien tengo la inefable delicia de obedecer y servir, y a su método especial atañe cuanto he dicho acerca de la enseñanza y disciplina de los discípulos. Otros Maestros pertenecientes a otros Rayos conducirán a sus discípulos al mismo punto y educirán de ellos las mismas nobles cualida­des por medios irreprochables pero por procedimientos com­pletamente distintos, así como también hay diferencia en la manera como un mismo Maestro trata a diferentes discípulos.

Jefe del tercer Rayo es el Choán llamado El Veneciano. En los individuos pertenecientes a este Rayo que se dedican al servicio del hombre aparece muy señalada la característica de adaptabilidad correspondiente a dicho Rayo, cuya influencia tiende a capacitar al hombre para acomodarse a la índole de las gentes a fin de mejor auxiliarlas y llegar a ser como dice San Pablo «todo para todos los hombres». Los muy adelanta­dos en este Rayo tienen exquisito tacto y la rara facultad de hacer la debida cosa en el oportuno momento. La astrología está relacionada con este Rayo, porque en cuanto puede alcan­zar un profano, consiste en conocer exactamente el tiempo más a propósito para hacer una cosa, movilizar determinadas fuerzas, así como también si el tiempo presente no es favora­ble para tal o cual labor y de este modo evitarse muchas di­ficultades y acrecentar la eficiencia individual.

El cuarto Rayo está a cargo del maestro Serapis, de quien habíamos oído hablar mucho en la primera época de la Socie­dad Teosófica porque estuvo una temporada encargado de aleccionar al coronel Olcott mientras su maestro Moría des­empeñaba otra misión. No es infrecuente el temporáneo inter­cambio de discípulos entre los Maestros. Las características especiales del Choán Serapis son la armonía y la belleza, y los individuos pertenecientes a este Rayo sufren mucho hasta que logran armonizar su ambiente, porque por armonía han de realizar la mayor parte de su obra. El arte tiene suma impor­tancia en este Rayo y muchos artistas pertenecen a él.

El maestro Hilarión, con su espléndida cualidad de exac­titud científica, preside el quinto Rayo. Fue un tiempo el filó­sofo Jámblico, de la escuela neoplatónica, y valiéndose de Mabel Collins por instrumento, nos ha dado Luz en el Sendero y El Idilio del Loto Blanco. Dice nuestra Presidente que el maestro Hilarión es «habilísimo en la prosa poética del idioma inglés y en la melodiosa expresión de las ideas». Influye po­derosamente en la mayoría de científicos del mundo, y los in­dividuos más adelantados de Su Rayo se distinguen por la exactitud de sus observaciones científicas y por la absoluta confianza que merecen sus trabajos de investigación. Desde luego que la ciencia de este Maestro supera de mucho a la académica, y conoce y maneja muchas de las fuerzas con que la Naturaleza interviene en la vida del hombre.

Porque la Naturaleza responde a las emociones del género humano y diversamente las intensifica. Si un hombre está alegre y es dichoso, otros seres comparten su dicha y alegría pues los espíritus de la naturaleza acuden a su encuentro y acrecientan su alegría. Por doquiera ocurre esta especie de reacción. Por ejemplo, en la Europa septentrional los espíri­tus de la naturaleza son algo reflexivos y tienen ratos de te­dioso ensimismamiento, por lo que hallan apropiada residencia en Escocia, Irlanda, Gales, Bretaña y análogos países, porque no son propensos al júbilo y las gentes son allí más frías y menos excitables, la naturaleza no tan gozosa, el clima lluvioso, el cielo gris, y la vida y la poesía toman muy tristona tona­lidad. El contraste es tremendo entre dichos países y Grecia y Sicilia, donde todo es radiante, de oro, encarnado y azul, y las gentes están alegres y son en apariencia felices. Los espí­ritus de la naturaleza se bañan efectivamente en la dicha de una persona humana, y sobre todo ocuden a solazarse en el aura de quien está henchido de gozoso amor.

Hoy día se desconoce gran parte de este aspecto de la vi­da. Ahora sabemos que dos volúmenes de hidrógeno y uno de oxígeno forman un volumen de agua; pero los antiguos indostanes y los antiguos griegos conocían a los espíritus del agua y estudiaban la manera de colaborar con ellos, lográndolo tan cumplidamente como hoy movemos una máquina por medio de la electricidad.

El sexto Rayo, cuya característica es la devoción, está re­gido por el maestro Jesús, que llegó al adeptado mientras en­carnó en la tierra en la personalidad de Apolo de Tyana y fue posteriormente el insigne reformador religioso de la India meridional Shri Ramanu- jacharía. Es el Rayo de los devotos, santos y místicos de todas las religiones, de quienes está en­cargado el Choán Jesús, sea cualquiera el culto que tributen a Dios.

Hace diecinueve siglos, la Fraternidad envió a Apolonio de Tyana con una misión entre cuyos cometidos se contaba el de establecer centros magnéticos en varios países. Se le entre­garon algunos objetos de la clase de talismanes para que los enterrase en los escogidos parajes a fin de que por el magne­tismo irradiado pudieran ser dichos lugares futuro escenario de magnos acontecimientos. Algunos de estos centros ya se han utilizado, pero otros todavía no, aunque se utilizarán en el inmediato porvenir en relación con la obra del adviniente Cristo. Así es que muchos pormenores de esta obra están ya trazados desde hace dos mil años y en su preparación se toma­ron las convenientes disposiciones en el plano físico.

El Jefe del séptimo Rayo es el maestro conde de San Ger­mán, personaje histórico del siglo XVIII, a quien también se le llama el maestro Rakoczi por ser el último vástago de esta regia dinastía. Fue Francisco Bacón o lord Verulamio en el si­glo XVII; el monje Roberto en el XVI; Hunyadi Janos en el XV; Christian Rosenkreuz en el XIV; Rogerio Bacón en el XIII. Es el adepto húngaro a que se alude en El Mundo Oculto. Mucho antes del siglo XIII fue el filósofo Proclo, y más an­taño todavía San Albano. Se ocupa mayormente en el ceremo­nial mágico y utiliza los servicios de potentes ángeles que le obedecen implícitamente y se complacen en cumplir Su voluntad. Aunque habla todos los idiomas europeos y muchos orientales, se vale casi siempre del latín, por ser el vehículo mejor adecuado a su pensamiento, y lo maneja con tan her­moso ritmo que no tiene igual en el mundo. En las ceremo­nias de ritual se reviste de magníficos ropajes multicolores adornados con preciosas joyas. Tiene un traje de malla de oro que perteneció a un emperador romano, sobre el que lleva una magnífica capa carmesí en cuyo broche brilla una estrella sep­tenaria de diamante y amatista. A veces luce una espléndida túnica violada.

 

Aunque se ocupa en el ceremonial y todavía usa algunos ritos de los antiguos Misterios cuya nomenclatura hace ya largo tiempo que olvidó el mundo profano, también se rela­ciona con la situación política de Europa y el progreso de las ciencias físicas.

A continuación transcribo un sumario de la obra de es­tos Choanes y de sus Rayos, tal como apareció en La Ciencia de los Sacramentos.

1.°   Fortaleza.

«Seré fuerte y valeroso perseverando en Su servicio.»

2.o   Sabiduría.

«Alcanzaré la intuicional sabiduría que sólo puede educirse por el perfecto amor.»

3.o   Adaptabilidad o Tacto.

«Procuraré lograr el poder de decir y hacer lo justo en el mo­mento oportuno, y tratar a cada cual en su propia esfera para ayu­darle más eficientemente.

4.°   Belleza y Armonía.

«En cuanto pueda infundiré belleza y armonía en mi vida y am­biente, para que sean más dignos de El. Aprenderé a ver la belleza en toda la Natura, para mejor servirle.»

5.o   Ciencia (.conocimiento pormenor).

«Adquiriré conocimiento y exactitud para dedicarlos a Su obra.»

6.°   Devoción.

«Desenvolveré en mí el pujante poder de la devoción, para por su medio atraer a otros hacia El.»

7.°   Servicio ordenado.

«Ordenaré y dispondré mi servicio de Dios de la manera por El prescrita, para ser plenamente capaz de aprovechar las ventajas de la amorosa ayuda que Sus santos ángeles están siempre prontos a prestar.»

 

Todos habremos de educir con el tiempo todas estas cua­lidades, aunque sólo las poseeremos plenamente cuando al­canzada la perfección seamos superhombres. Actualmente de­notamos nuestra imperfección en la circunstancia de que tene­mos unas cualidades mucho más educidas que otras. Hay quienes sobresalen por la exactitud de sus observaciones y su acertado criterio científico, pero como no han cultivado toda­vía el amor y la devoción, son fríos, duros, antipáticos, pro­pensos a pensar mal del prójimo y muy escrupulosos en el examen de un problema intelectual. Su decisión será casi siempre contraria a quien se cruce en su camino, mientras que el hombre de tipo devoto o afectivo se inclinará a pensar bien del prójimo y a conciliarse con las opiniones ajenas; pero aun­que su juicio fuese equivocado se inclinaría por el lado de la misericordia. Sin embargo, esto son deflexiones del juicio es­trictamente riguroso, y con el tiempo habremos de equilibrar perfectamente dichas cualidades porque el superhombre es el hombre perfectamente equilibrado. Así dice el Bhagavad Gitá: «El equilibrio es yoga.»

Periódicamente se observan en los Espíritus planetarios cambios que parecen corresponder a la inspiración y espira­ción o a los latidos del corazón humano. Sea lo que fuere, se nota indudablemente en Ellos un infinito número de permu­taciones y combinaciones; y como nuestros cuerpos astrales están constituidos de la misma materia que los suyos, es evi­dente que toda alteración en el cuerpo astral de un Espíritu planetario repercutirá en el cuerpo astral de todos los hom­bres del mundo y más especialmente en los de en quienes pre­domine la materia astral del respectivo Espíritu. Si tenemos en cuenta que lo mismo que en el plano astral sucede en todos los planos, comprenderemos cuan importantes son para nosotros las emociones de los Espíritus planetarios, pues prueba de su influencia nos da la historia en los cíclicos cam­bios del temperamento de los pueblos y el consiguiente carác­ter de la civilización. Prescindiendo de los ciclos mundiales y considerando únicamente el período de una raza raíz, vemos que los siete Rayos van predominando sucesivamente en ella, acaso más de una vez, y durante el período de predominio de un Rayo se suceden siete subciclos de influencia de conformi­dad con una regla que requiere explicación.

 

Tomemos, por ejemplo, el período en que en una raza predomina el quinto Rayo. Durante este período prevalecerá en la mente de los hombres la idea capital de dicho Rayo sobre la que probablemente se establecerá una religión; pero el período o ciclo de predominio se subdividirá en siete pe­ríodos subalternos, durante el primero de los cuales la idea capital del quinto Rayo estará matizada por la tónica y los métodos del primer Rayo. En el segundo período subalterno, la idea capital estará matizada por la tónica y métodos del segundo Rayo, y así sucesivamente, de modo que en el quinto período subalterno, la idea capital culminará en plenitud de pureza y vigor. Parece como si estas divisiones y subdivisiones debieran corresponder a las subrazas y sus ramificaciones, pe­ro hasta ahora no me ha sido posible averiguarlo.

Al tratar de un asunto tan obscuro y complicado como éste, sin otro conocimiento que el muy leve que por ahora po­seemos, resulta difícil aducir ejemplos. Sin embargo, sabemos que actualmente predomina el sexto Rayo, de cuyo primer subciclo cabe señalar la influencia, en la admirable taumaturgia de los primitivos santos; del segundo, en las escuelas gnósticas cuya idea capital era la necesidad de adquirir la gnosis o verdadera sabiduría; del tercero, en los astrólogos judiciarios; del cuarto, en los torcidos esfuerzos que para vigorizar su voluntad por medio de torturas corporales y repugnantes martirios hicieron Simeón el Estilita, los flagelantes y otros falsos ascetas; del quinto, en los alquimistas y rosacruces me­dievales; del sexto, en los éxtasis de las órdenes monásticas dedicadas a la contemplación; y del séptimo, en las ceremo­nias, ritos, formulismos e invocaciones de la iglesia romana.

El moderno espiritismo y la tendencia al culto de los ele­mentales, que es a menudo la característica de su degradada modalidad, puede considerarse como un sistema premonitorio de la influencia del adviniente séptimo Rayo, sobre todo te­niendo en cuenta que el moderno espiritismo nació de una sociedad secreta existente en el mundo desde que el séptimo Rayo predominó últimamente en la raza atlante.

Quienes conocen algún tanto la historia eclesiástica están convencidos de la real y decisiva influencia que ejerce un Rayo durante su predominio. Así se comprende por qué la edad media fue fecundísima en devoción completamente ciega y abundaron en ella quienes desconocedores de la religión ha­blaban en su nombre y querían imponer forzosamente las ideas engendradas por su ignorancia en quienes sabían muchísimo más. Quienes ejercían el poder, los dogmatistas cristianos, eran precisamente los que desconocían el verdadero significado de los dogmas que enseñaban. Sin embargo, había quienes hu­bieran podido explicar muchos puntos de la doctrina cristia­na; pero las gentes no los escuchaban y los dogmatistas los excomulgaban por herejes.

Durante aquella tenebrosa edad, quienes algo sabían, co­mo por ejemplo los alquimistas (1) se encontraban entre los templarios, los rosacruces y los francmasones. Todos ellos fueron perseguidos en aquellos días por los cristianos igno­rantes en nombre de la devoción a Dios. Gran número de san­tos medievales estaban poseídos de un hermoso y espiritual sentimiento de devoción, pero tan mezquina y estrechamente manifestado, que a pesar de su espiritualidad se mostraban hostiles a quienes no opinaban como ellos y aun encarnizada­mente los perseguían.

 

 

 

 

 

(1)   No todos  los  alquimistas  sabían  gran  cosa,  pero  algunos  sabían  se­guramente más que los cristianos.

 

Muy pocos los que mantenían ideales de verdadera espiri­tualidad y se les miraba con sospecha. Tales fueron los quietistas, como Ruysbroeck, Margarita y Cristina Ebner, el jesuita español Molinos y Jacobo Boehme

   En la mayor parte de los casos, las gentes más ignorantes atropellaban a los que sabían y siempre hicieron tal en nombre de la devoción que era en verdad muy sincera e intensa.

El predominio de la devoción no era exclusivo del cristia­nismo. También se reflejaba intensamente en las religiones establecidas por los anteriores Rayos. Las personas devotas podrían tildar de frío al induísmo que se difundió rápidamente por la India y aun hoy día lo profesan las tres cuartas partes de la población. El punto capital del induísmo es el cumpli­miento del deber, allí llamado dharma. Sostiene que el hom­bre ha nacido en una u otra casta según sus merecimientos y está obligado a cumplir con los deberes de su casta. Tan ex­traordinarios méritos había de tener para sobreponerse a la casta, que durante larguísimo tiempo no se conoció ninguna excepción. Veneraban la ley y el orden, y desaprobaban a los descontentos de su suerte, pues decían que según el plan de Dios el hombre ha de utilizar hasta el extremo las condiciones en que se halla, pues en premio de esta conformidad irían me­jorando dichas condiciones de nacimiento en nacimiento. En­señaban que en todas las castas tenía el hombre la puerta abierta para llegar a Dios si vivía rectamente sin tratar de me­jorar de situación por medio de la lucha, sino contrayéndose a cumplir fielmente con su deber en el estado de vida en que le había puesto Dios.

A las personas devotas les parecerá todo esto científica­mente frío y acaso lo era; pero cuando el Rayo devocional co­menzó a influir en el mundo operóse un gran cambio en el induísmo, pues propagóse ampliamente el culto de Vishnú, la Segunda Persona de la Trinidad, encarnado en Shri Krishna. Entonces surgió la devoción sin restricciones hasta el extremo de que a veces llegaba en su vehemencia a culminar en una orgía emocional; y es probable que durante aquel período hu­biese en la India mayor devoción entre los adoradores de Vishnú, que entre los cristianos cuya religión es manifiesta­mente devocional. Tan intensa es su emoción que a los tem­peramentos occidentales les apena presenciar sus demostra­ciones. Yo he visto a rígidos comerciantes caer en éxtasis de devoción y prorrumpir en desconcertado llanto y cambiar en­teramente con sólo oír nombrar al Niño Shri Krishna. Toda cuanta devoción han sentido los países cristianos por el Niño Jesús la han sentido también los induístas por el Niño Shri Krishna. Tal fue la influencia de la devoción en un sistema re­ligioso que no tiene de por sí carácter devocional.

Tampoco lo tiene el budismo, que fue un don del induísmo a la cuarta raza raíz, y cuyo ciclo devocional no coincide con el nuestro. El budismo no admite la necesidad de la ora­ción, pues les dice a sus fieles que Dios conoce sus necesidades mucho mejor que ellos mismos y que es inútil rogarle o tra­tar de tenerle propicio, porque todo lo hace mejor de lo que el hombre pueda pensar. Los budistas de Birmania dirían: «La infinita Luz existe, pero no es para nosotros. Algún día la alcanzaremos. Entretanto nuestro interés está en seguir las enseñanzas de nuestro Señor y hacer cuanto quiere que ha­gamos.»

 

No son ateos los budistas, sino que consideran a Dios tan infinitamente superior al hombre y tan seguros están de Su existencia, que la dan ya por supuesta. Los misioneros dicen que los budistas son ateos; pero yo he vivido entre ellos, los conozco más íntimamente que la mayoría de misioneros y ten­go el convencimiento de que en el fondo no son ateos, sino que su reverencia es demasiado profunda para ponerse en relacio­nes familiares con Dios como los occidentales que parecen in­timar con El y estar enterados de toda Su obra. Esta familiari­dad es para los orientales una muy irreverente actitud.

 

También el fuego de la devoción ha inflamado al budismo, y en Birmania adoran al Señor Buda casi como a un dios. Me di cuenta de esto cuando hube de componer un catecismo pa­ra uso de los niños budistas. El coronel Olcott compuso el primer catecismo budista destinado a los niños, pero las res­puestas eran de difícil comprensión aun para los adultos. Nos pareció necesario redactar para los niños una especie de epí­tome preparatorio y reservar el catecismo de Olcott, que era una magnífica obra, para los estudiantes adelantados.

En el catecismo de Olcott se encontraba la siguiente pre­gunta:

—¿Fue Buda un dios? Y la respuesta era:

—No fue un dios sino un hombre como nosotros, pero mu­chísimo más adelantado.

Esta respuesta se aceptó sin reparo en Siam y Ceilán; pe­ro al llegar a Birmania, los budistas de este país redargüyeron diciendo que «Buda fue mayor que cualquier Dios de quien algo conocemos».

En sánscrito la palabra «Deva» equivale a «Dios», y los indos sólo usan la palabra Dios en el sentido que nosotros la empleamos, al referirse a Ishvara o a una Persona de la Trinidad.

Cuando los misioneros dicen que los indos tienen treinta y tres millones o trescientos treinta millones de dioses, tiene esta palabra el significado de «deva» en cuyo concepto se in­cluyen gran número de seres, como los ángeles y los espíritus de la naturaleza, pero no los adoran como tampoco los adora­mos nosotros. Saben que existen y los clasifican. Esto es todo.

En Birmania vimos que la devoción había influido en el budismo, pero en Ceilán cuyos habitantes descienden por la mayor parte de los inmigrantes indos, si se les pregunta a los budistas que por qué hacen ofrendas al Señor Buda responden que por gratitud a los beneficios de él recibidos. Y al pregun­tarles si se figuraban que Buda se percataba de las ofrendas y en ellas se complacía, respondieron:

—¡Oh! no. Ya pasó el paranirvana y no creemos que sepa nada de ello; pero a El le somos deudores del conocimiento de la ley que nos enseñó, y por esto perpetuamos Su nombre y por gratitud le hacemos las ofrendas.

Así es que la oleada de devoción ha influido poderosa­mente en el mundo desde el nacimiento del niño Krishna hace dos mil cuatrocientos años; pero ya ha desaparecido la inten­sidad de su sexta fase, y el séptimo subperíodo está preparan­do rápidamente la influencia del adviniente séptimo Rayo.

Todavía hay mucha devoción ignorante entre los campesi­nos de algunos países arios; pero las gentes cultas ya no pro­penden a sentir devoción a menos que conozcan el objeto que la inspira. Hubo una fase que tuvo su peculiar valor, particu­larmente en la cuarta subraza de la raza aria, cuando las gen­tes se movían fácilmente a devoción por cualquier objeto que las impresionaba, y que al vigorizarse la mente concreta en la quinta subraza, tuvo por reacción el agnosticismo, el cual ha perdido hoy día todo su prestigio de suerte que el hombre es­tá mejor dispuesto al examen e investigación en vez de negarlo todo frenéticamente.

En nuestros días se opera una doble mudanza, porque aparte de la modificación de la influencia del Rayo, está en los comienzos la sexta subraza que entraña intuición y sabiduría, armonizando cuanto de mejor hay en la inteligencia de la quinta y en la emotividad de la cuarta.

El Rayo cuyo predominio se avecina tiene por tónica el ceremonial, que no siendo ya solamente la de la séptima sub­división del sexto, sino de la primera del séptimo, en vez de considerársele desde el punto de vista de la ostentación dévica. Su beneficiosa influencia se acrecentará cuando las gentes se interesen por conocer el significado de las ceremonias.

Actualmente va aumentando de año en año la importan­cia de las ceremonias religiosas. A mediados del siglo pasado, era escaso el ceremonial en la Iglesia de Inglaterra, y los templos de este culto apenas se diferenciaban de las capillas no conformistas, pues no había ornamentos sacerdotales, ni vi­drieras de colores ni decorados de ninguna clase y todo estaba tan desnudo y raso como podía estar. Nadie cuidaba de que los objetos sagrados fuesen bellos y dignos de Dios y Su servi­cio. Toda la importancia se concentraba en la predicación y aun principalmente desde el punto de vista práctico. Pero di­fícilmente hallaríamos una parroquia anglicana en semejantes condiciones. Al antiguo desdén ha sucedido la reverencia. Los templos están hermosamente decorados y en muchos de ellos, y sobre todo en las catedrales, se practican las ceremonias con exactitud y reverencia. Ha cambiado por completo el concepto del culto divino.

También se manifiesta de otros modos el cambio de Rayo. Se está propagando ahora una modalidad de la masonería lla­mada comasonería que difiere de las demás modalidades en que las características de nuestra época exigen la equiparación de la mujer al hombre. Quienes iniciaron la comasonería no pensaban en la influencia del Rayo; pero la fundaron y diri­gieron de acuerdo con la propensión al ceremonial propia de la época. Recuerdo que durante un largo período del reinado de la reina Victoria de Inglaterra estuvo muy en desuso el ce­remonial público de la corte; pero a fines de la era victoriana se reavivó algún tanto, y Eduardo VII le devolvió su prístino esplendor. Muchas personas comenzarán ahora a percibir la influencia del nuevo Rayo y desearán como nunca tomar par­te en las ceremonias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO XIII

 

 

LA TRINIDAD Y LOS TRIÁNGULOS

Sabemos que el Logos de nuestro sistema solar (1) es una Trinidad de tres Personas, esto es, que actúa bajo tres distin­tos aspectos, designados con diversos nombres según las reli­giones, aunque no se les considera siempre bajo un mismo concepto, porque son tan múltiples sus manifestaciones que ninguna religión ha logrado simbolizar toda su verdad.

En algunas religiones tenemos la Trinidad de Padre, Madre e Hijo, relacionada con las ideas de generación e interacción. De este tipo de Trinidad tenemos ejemplo en Osiris, Isis y Horus de la religión egipcia y en Odin, Freya y Thor de la mito­logía escandinava. Los asirios y fenicios adoraban una Trini­dad cuyas personas eran Anu, Ea y Bel. Los druidas tenían a Taulac, Fan y Mollac. El budismo del Norte a Amitabha, Ava-lokiteshvara y Manjushri. En la Kábala de los judíos, las tres personas son Kether, Binah y Chokma. En el mazdeísmo, Ahuramazda, Asha y Vohumano, o también Ahuramazda, Mithra y Ahrimán. Por doquiera está reconocido el principio de la Trinidad, aunque sus manifestaciones son diferentes. En la religión induísta tenemos la Trinidad de Shiva, Vishnú y Brahma. En esta Trinidad no aparece el elemento materno pero está indirectamente reconocido en que cada una de estas tres personas tiene un shakti o poder simbolizado en su con­sorte, o sea la manifestación del poder de cada persona de la Trinidad en la materia.

En el cristianismo la Trinidad está integrada por el Pa­dre, el Hijo y el Espíritu Santo, siendo muy interesante notar que algunos libros antiguos dan carácter femenino al Espíritu Santo. También son trinos los Logos y trina la manifestación de lo Absoluto, como asimismo es trino el hombre con su es­píritu, su intuición y su inteligencia, que representan respectivamente la voluntad, la sabiduría y la actividad. La Trini­dad humana es una imagen y algo más que imagen de la di­vina, pues no sólo simboliza los tres aspectos del Logos, sino que de un modo incomprensible para la conciencia física es también una efectiva manifestación y expresión de los tres-Aspectos en el mundo terrestre.

Así como el Logos es trino, así también el gobierno oculto del mundo está distribuido en tres departamentos regidos res­pectivamente por el Señor del Mundo, el Señor Buda y el Ma­hachoán, quienes además de ser reflejos de los tres Aspectos del Logos con su efectiva y real manifestación, pues han al­canzado grados de iniciación que les dan conciencia vigílica en los planos allende el campo de la evolución humana, donde mo­ra el Logos manifestado (2). El Señor del Mundo se identifica con el primer Aspecto del Logos en el plano ádico, el superior de los siete de nuestro sistema y ejecuta la divina Voluntad en la tierra. El Señor Buda está identificado con el segundo-Aspecto del Logos en el plano anupadaka y difunde la divina Sabiduría entre los hombres. El Mahachoán está unido con el tercer Aspecto del Logos en el plano nirvánico y ejerce la di­vina Actividad en representación del Espíritu Santo. Es verda­deramente el Brazo del Logos extendido para realizar Su obra en el mundo.

 

 

 

(1)   Es la Entidad a que las gentes se refieren cuando nombran a Dios.

(2)   Véase  a  este  propósito  la  obra  de  Annie  Besant:  Estudio  sabré   la   conciencia

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Diagrama IV

El logos bajo tres distintos aspectos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El siguiente cuadro sinóptico esclarecerá estos conceptos:

 

 

 

 

LOGOS             Divinos                Planos                 Triángulo                  Rayos

                          Atributos        de la naturaleza        de Agentes

 

 

 1er  Aspecto        Voluntad               Adi o                    Señor del                      1

                                                    primordial                 Mundo

 

 

 

 2do Aspecto      Sabiduría            Anupadaka o             El Señor                      2

                                                     monádico                    Buda

 

 

 

3er Aspecto       Actividad             Atmico o              Mahachoán                    3-7

                                                       espiritual

 

                         202

 


                     Diagrama VI

 

   Las Entidades primera y segunda de este Triángulo di­fieren de la tercera en que Su obra no alcanza al plano físico, pues sólo llega al plano átmico la del Señor del Mundo y al búdico la del Señor Buda. Pero sin la obra de estas dos entida­des no fuera posible la que se efectúa en los planos inferiores, pues les transmiten Su influencia por medio de sus respecti­vos representantes el Manú Vaivasvata y el Señor Maitreya, quienes se hallan en sus correspondientes Rayos al mismo nivel del Mahachoán pues han recibido la iniciación de este grado, y así se constituye otro Triángulo para administrar en el plano físico los atributos del Logos. El siguiente diagrama muestra la posición de los Triángulos:

 

 

       Durante todo el período de una raza raíz, el Manú traza los pormenores de la evolución de dicha raza, y el Bodisatva, como Instructor del Mundo y ministro de Educación y reli­gión, favorece el progreso espiritual de los individuos de la raza en cuanto sus posibilidades les permiten progresar, mien­tras que el Mahachoán dirige la mente de los hombres para que prospere toda manifestación de cultura y civilización con­gruente con el plan de aquel ciclo evolutivo. Son estos Seres Cabeza y Corazón y la Mano con cinco Dedos que moldean activamente en el mundo la raza puesta a su cuidado para convertirla en el orgánico ser del Hombre celeste.

Esta denominación no es mero símil, sino que expresa una positiva verdad, porque al fin de una raza raíz, todos cuantos pertenecientes a ella han conseguido el adeptado cons­tituyen un potente organismo esencialmente uno, o sea el Hombre celeste, en quien, como en el hombre terreno, hay siete centros principales, cada uno de los que es un poderoso adepto. En este Ser colectivo, el Manú ocupa el lugar del ce­rebro, y el Bodisatva el del corazón; y en Ellos y como parte de Ellos y gloriosamente unidos a Ellos estaremos Sus sier­vos, de modo que la espléndida colectividad llegará en su ul­terior evolución a ser Ministro de un futuro Logos solar. Sin embargo, tan superior a la comprensión de la mente concreta es la maravilla de todo esto, que la unidad del Hombre ce­leste no menoscaba en lo más mínimo la libertad de cada adepto ni estorba su acción en otros menesteres.

Hasta hace poco no se estableció la regla de que el cargo de Mahachoán lo desempeñase un adepto de esta categoría. Era costumbre que cada choán de los cinco en sucesión al­ternase en la presidencia de los cinco Rayos, aunque con el requisito de haber recibido la iniciación de Mahachoán. Sin embargo, actualmente está cada uno de los tercero al séptimo Rayos presidido por un choán, y aparte de ellos está el Ma­hachoán. Esta nueva ordenación deriva tal vez del próxima advenimiento del Instructor del Mundo.

En los tercero a séptimo Rayos, la superior iniciación que puede recibirse en nuestro globo es la de Mahachoán; pero cabe ir más adelante en los Rayos segundo y primero, según indica el siguiente cuadro sinóptico de las iniciaciones, el cual muestra que la iniciación búdica puede recibirse en los Rayos segundo y primero, y que el adepto puede seguir toda­vía más adelante en el primero.

 

 

 

 I

N              Señor del                      Iniciaciones únicamente posibles en los

         Mundo                                                Rayos primero y segundo

 

 I            

C     SU 

       PE    Pratyeka        Buda             

 I    RIO-     Buda

A   RES      

C              Manú       Bodisatva                            Mahachoán

 I           

O     6       Choán         Choán        Choán      Choán      Choán        Choán        Choán

N            

E      5       Aseka         Aseka        Aseka      Aseka      Aseka          Aseka         Aseka

S      4

         3       Primer         Segundo     Tercer      Cuarto     Quinto         Sexto        Séptimo

        2         Rayo            Rayo          Rayo        Rayo       Rayo           Rayo          Rayo

        1     

 

Diagrama VI

 

  Por si pareciera que hay algo de injusticia en este plan, conviene advertir que el nirvana se puede alcanzar en cual­quier Rayo, pues en cuanto el hombre se convierte en adepto es libre de entrar en aquel estado de beatitud por un período que según los cómputos terrestres sería una eternidad; pero sólo entra en la primera etapa nirvánica, que no obstante su para nosotros incomprensible exaltación es muy inferior a las que respectivamente pueden alcanzar el Choán y el Maha­choán; y aun la gloria de estas etapas resulta pálida en com­paración de la que pueden lograr los adeptos que durante su  vida terrena hacen los esfuerzos necesarios para después reci­bir las superiores iniciaciones conferidas en los segundo y primer Rayos. También pueden evolucionar en los cinco Ra­yos los que siguen una línea de actividad distinta de la de nuestra Jerarquía.

La posibilidad de cambiar el Rayo a que pertenece, por la firme voluntad de cambiarlo, deja abiertos todos los sende­ros al estudiante de ocultismo. Se sabe que los dos Maestros más íntimamente relacionados con la Sociedad Teosófica han realizado dicho esfuerzo, y quienes desean mantener su rela­ción con Ellos están en camino de hacer consciente o incons­cientemente el mismo esfuerzo. El método a propósito para mudar de Rayo es sencillo en teoría pero muy difícil en la práctica. Si un estudiante que se halla en el sexto Rayo, o sea el devocional, desea trasladarse al segundo o de la sabiduría, es necesario que antes se ponga bajo la influencia de la se­gunda subdivisión de su propio sexto Rayo, hasta que esta in­fluencia predomine en su conducta y se halle por ello en la sexta subdivisión del segundo Rayo en vez de hallarse en la segunda del sexto. En una palabra, habrá atemperado su devo­ción por el aumento de conocimiento y será devoto de la Sa­biduría divina. Así podrá por persistentes y vigorosos esfuer­zos trasladarse a otra subdivisión del segundo Rayo.

Evidentemente tenemos en esto una desviación de las or­dinarias reglas de procedimiento, porque una mónada salida de un Espíritu planetario volverá evolucionada al seno de otro. Tales cambios son relativamente raros y al fin se equili­bran satisfactoriamente. Casi siempre se efectúa la transfe­rencia a los primero y segundo Rayos, y pocos son los que a estos Rayos pertenecen de cuantos se hallan en las inferiores etapas de evolución.

 

El caso del Bodisatva sirve para dar alguna explicación de la admirable unidad de las Entidades de los Triángulos con el Logos. Ya vimos que la unión del discípulo con su Maestro es más fuerte que cualquier lazo terreno. Más íntima todavía fue la del maestro Kuthumi con su instructor el maestro Dhruva, quien a su vez fue discípulo del Señor Maitreya. Por lo tanto, el maestro Kuthumi está unido con el Señor Maitre­ya o sea el Bodisatva, en cuyo nivel es la unión todavía más perfecta.

 

Están los adeptos tan por sobre la terrena humanidad que difícilmente se advierte diferencia de gloria entre los di­versos niveles de los mundos superiores. Todos brillan como estrellas muy arriba de nosotros, y sin embargo se conside­ran como polvo a los pies del Señor Maitreya. Debe de haber allí una diferencia enorme aunque no podamos estimarla. Si alzamos los ojos a estas estupendas alturas todas nos pare­cen igualmente esplendorosas, excepto cuando por el tamaño del aura colegimos que hay diferencias. Pero al menos pode­mos comprender que la unión entre el maestro Kuthumi y el Señor Maitreya es mucho mayor y más real que cuanto cabe imaginar en el terrestre mundo. Aún es todavía más íntima la unión del Señor Maitreya con el segundo Aspecto del Logos a Quien representa en la tierra, y tal es el significado de la unión hipostática entre Cristo como Dios y Cristo como hombre. Porque el Bodisatva, llamado en Occidente el Señor Cristo, es la Sabiduría intuicional, la representación y manifestación de la segunda Persona de la Santísima Trinidad. En esto consiste el misterio de las dos naturalezas de Cristo, quien «aunque es Dios y hombre no es dualidad sino unidad en Cristo, no por conversión de la Divinidad en carne sino por encarnación de Dios».

 

La segunda Persona de la Santísima Trinidad existía eones antes de que el Señor Maitreya naciese a la evolución, y des­cendió por vez primera cuando como Segunda Oleada de Vida tomó sus vehículos de manifestación de la virgen materia de su nuevo sistema solar, ya vivificada por el Espíritu Santo. Así vemos entonces por primera vez el Cristo manifestado en antítesis del Cristo manifestado, y aun parece que a la sa­zón era mayor el Cristo como Dios que como hombre.

Los bodisatvas son los representantes de la segunda Per­sona o Aspecto en los diversos planetas del sistema regido por un Logos, y cuando uno tras otro llegan a la Jefatura de su Rayo, se unen tan íntimamente con la segunda Persona que se convierten en Cristos y se realiza en ellos la unión hipos­tática.

El segundo Aspecto del Logos desciende a la materia y toma carne humana y se hace hombre, por lo que es «igual al Padre en cuanto a su divinidad e inferior al Padre en cuanto a su humanidad» como reza el credo de Atanasio.

 

   Nuestro Señor el Bodisatva ha sido un hombre como no­sotros y todavía es hombre, aunque perfecto. Pero su huma­nidad se ha divinizado hasta el punto de ser un verdadero Cristo, una representación del segundo Aspecto del Logos, pues por él y mediante él podemos llegar a Dios. Tal es la razón de que se considere a Cristo como mediador entre Dios y el hombre. No es que esté haciendo un trato o convenio en nuestro nombre o rescatándonos de algún terrible castigo co­mo creen muchos cristianos ortodoxos, sino que es en verdad un mediador, por estar entre el Logos y el hombre y ser visi­ble al hombre y el canal por donde la energía divina se derra­ma sobre la humanidad. Por lo tanto, es el Jefe de todas las religiones que difunden la energía divina.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPÍTULO  XIV

 

LA  SABIDURÍA  DE  LOS  TRIÁNGULOS

El buda actual es el Señor Gautama que encarnó por úl­tima vez en la India hace dos mil quinientos años, y en aque­lla encarnación terminó su serie de vidas como bodisatva y sucedió al anterior buda Kasyapa en la Jefatura del segundo Rayo en la Jerarquía oculta de nuestro globo. Su vida en la personalidad de Siddartha Gautama está admirablemente re­latada en el poema de Sir Edwin Arnold titulado: La Luz de Asia.

Durante un ciclo mundial aparecen siete budas, uno para cada raza raíz, y se hacen cargo de la actividad especial del segundo Rayo en el mundo entero, ocupándose individualmen­te en la parte de dicha actividad que corresponde a los pla­nos superiores, mientras confía a su auxiliar y representante el bodisatva el oficio de Instructor en los planos inferiores.

Los autores orientales no encuentran elogio bastante enco­miástico ni devoción demasiado profunda para quien alcanza el budado; y así como nosotros admiramos a los Maestros que nos parecen casi divinos en bondad y sabiduría, así los orien­tales, aun en mayor grado consideran a un buda. El Señor Gautama, el buda actual, fue el primer individuo de nuestra humanidad que llegó a este estupendo grado de evolución, pues los budas precedentes habían sido fruto de otras evolu­ciones, y le fue preciso realizar un esfuerzo violentísimo para alcanzar su altísimo nivel. Tan estupendo fue el esfuerzo, que los budistas le llaman el mahabhiniskramana o sea el mag­no sacrificio.

 

Hace muchos millares de años surgió la necesidad de que un adepto fuera el Instructor del Mundo en la cuarta raza raíz, pues ya había llegado la hora de que la humanidad se proporcionase sus propios budas. Hacia la mitad de la cuarta ronda de la cuarta encarnación de nuestra cadena planetaria, que era exactamente el punto central de la evolución a que pertenecemos, los manús, los instructores y otros dignatarios que nuestra humanidad requería, vinieron de las más adelan­tadas humanidades de otras cadenas que habían progresado más o que eran más viejas que nosotros; y por haber recibido este auxilio estamos obligados a prestarlo en el porvenir a evoluciones posteriores. Así se demuestra la positiva fraterni­dad entre todos los seres vivientes, pues vemos que no sólo existe entre los individuos de una humanidad ni aun entre los vivientes en nuestra cadena planetaria, sino que todas las cadenas del sistema solar están solidarizadas en admirable mutualidad auxiliadora.

No tengo prueba alguna de que los sistemas solares se auxilien de tal suerte unos a otros, pero con arreglo a la ley de analogía me inclino hacia la afirmativa. Por lo menos he visto Entidades que procedentes de otros sistemas han venido a visitar el nuestro y me he convencido de que no viajaban por recreo sino con determinado propósito, que ignoro y no me compete indagarlo.

En la época del remoto pasado a que me he referido, nuestra humanidad debía haber comenzado a proporcionarse ella misma sus instructores; pero se nos dice que nadie había alcanzado todavía el nivel necesario para asumir tan tremen­da responsabilidad. Los primeros frutos de la humanidad te­rrestre en aquel período fueron dos Hermanos que estaban en e] mismo grado de desenvolvimiento oculto: uno era el que hoy llamamos el Señor Gautama el Buda, y el otro nues­tro actual Instructor del Mundo, el Señor Maitreya. No sa­bemos por qué no habían reunido las requeridas cualidades; pero por su vehementísimo amor a la humanidad el Señor Gautama se ofreció anhelosamente a realizar cualquier es­fuerzo que fuese necesario para adquirir las exigidas cualida­des. La tradición nos informa de que vida tras vida fue practi­cando determinadas virtudes y en cada vida adquirió una in­dispensable cualidad.

 

Los libros budistas refieren el magno sacrificio del Señor Gautama, pero sus autores no comprendieron la índole del sa­crificio, pues se figuraron que el Señor Gautama para enseñar la ley había descendido del plano nirvánico después de reci­bida la iluminación. Verdad es que descendió; pero esto no hubiera sido un sacrificio, sino una obra ordinaria, aunque no muy agradable. Su magno sacrificio fue emplear millares de años en capacitarse para ser el primero de la humanidad que pudiese ayudar a los hombres sus hermanos enseñándoles la Sabiduría de eterna vida. Muy noblemente realizó esta obra. Algo sabemos pero mucho más ignoramos de las encarnacio­nes de Buda después de haber sido el Bodisatva de su época. Fue sucesivamente Vyasa, Kermes Trimegistro, apellidado el Padre de la sabiduría, el primero de los veintinueve Zoroastros, instructores de la religión de Fuego, Orfeo entre los griegos a quienes enseñó la música y el canto; y finalmente encarnó por última vez en el norte de India, y peregrinó por el valle del Ganges durante cuarenta y cinco años predicando su ley y reuniendo en su alrededor a quienes en vidas ante­riores habían sido sus discípulos.

Por algún motivo que escapa a nuestra comprensión, tal vez a causa de tan dilatado e intenso esfuerzo, no tuvo tiempo el Señor Buda de llevar a la perfección algunos puntos de su obra. En el nivel a que había llegado era ya imposible el fra­caso; pero quizás los pasados esfuerzos superaron a un tan gran poder como el suyo. Sin saber por qué, lo cierto es que no pudo atender a algunos pormenores, y por lo tanto la vida ulterior del Señor Gautama fue distinta de la de sus predece­sores.

Según ya dije, cuando un bodisatva asciende a buda y en­tra en este glorioso estado con toda su cosecha, como dicen las Escrituras, transmite a su sucesor toda la obra referente a la tierra, y en superiores niveles prosigue trabajando por la humanidad. Cualesquiera que sean las múltiples actividades del Dyani Buda no le obligan en la tierra; pero a causa de las peculiares circunstancias que concurrieron en la vida del Señor Gautama, hubo la diferencia de dos actos complemen­tarios.

El primero fue que el Señor del Mundo, el Gran Rey, el Único Iniciador, envió desde Venus a uno de sus tres discípulos, los Señores de la Llama, para que encarnase en la Tierra casi inmediatamente de haber recibido la iluminación el Señor Gautama, a fin de que durante una corta vida empleada en viajar por la India, estableciera en este país ciertos centros re­ligiosos llamados mathas. En la referida encarnación se llamó Sankaracharya (1), fundador de una escuela de filosofía que restauró en cierto grado el induísmo infundiendo nueva vida en sus fórmulas y compendiando muchas enseñanzas de Gau­tama el Buda.

Actualmente, el induísmo, aunque en muchos aspectos no llegue a su supremo ideal, es una religión mucho más viva de lo que era antes del advenimiento de Buda, cuando había de­generado en estéril formulismo.

Shri Sankara contribuyó también muchísimo a la dismi­nución de los sacrificios cruentos, que ya hoy día son raros en la India. Aparte de sus enseñanzas en el plano físico, Shri Sankara realizó en los planos superiores alguna obra oculta que tuvo mucha influencia en la vida ulterior de la India.

El segundo acto suplementario a que me he referido lo efectuó el Señor Gautama, quien en vez de entregarse a otra obra superior, permaneció en suficiente contacto con el mun­do para oír y escuchar las invocaciones de su sucesor cuando fuesen necesarias, de modo que en circunstancias cíclicas pu­diera todavía aconsejar y auxiliar a la humanidad. También quiso volver al mundo una vez cada año, en el aniversario de su muerte y derramar sobre los hombres un caudal de ben­diciones.

 

 

 

(1) No el que escribió los comentarios sino el fundador de su escuela que vivió hace más de dos mil años.

 

El Señor Buda posee su especial modalidad de energía que derrama al bendecir al mundo. Esta bendición es mara­villosamente excepcional, porque su autoridad y categoría, Bu­da tiene acceso a planos de la naturaleza allende nuestro al­cance; y por lo tanto, puede transmutar y transferir a nues­tro plano la energía de los superiores. Sin esta mediación de Buda, las energías de dichos planos no podrían servirnos en la vida física, porque sus vibraciones son tan formidables y tan increíblemente rápidas, que nos es imposible percibirlas en ninguno de los tres planos físico, astral y mental. Pero la bendición de Buda se difunde por el mundo entero y encuentra al punto canales por donde circular la transferida energía divina y lleva aliento y paz a los capaces de recibirla.

La coyuntura elegida para dar esta bendición es el día del plenilunio de mes Vaishakh del calendario indo, llamado Wesak en Ceilán y correspondiente a nuestro mes de Mayo, por ser el aniversario de los más importantes acontecimientos de la última vida terrena del Señor Gautama el Buda, cuales fueron su nacimiento, iluminación y muerte.

 

En relación con esta visita de Buda e independientemente de su trascendental significado esotérico, se celebra en el pla­no físico una ceremonia exotérica en la que el Señor Gautama se muestra en presencia de una multitud de peregrinos.

 

Sin embargo, no estoy seguro de si Buda se les muestra directamente o si ellos no hacen más que imitar la actitud de los adeptos y discípulos que se postran al aparecer el Señor a quien ven cara a cara en aquel momento. Parece probable que por lo menos algunos peregrinos lo hayan visto, porque los budistas del Asia Central saben que se celebra dicha ceremo­nia y la llaman «la aparición de la Sombra o Reflejo de Buda», y los relatos tradicionales la describen con bastante exactitud. Dícese que tropeles de peregrinos vagan inútilmente por los alrededores sin poder encontrar el paraje donde la ceremonia se celebra; pero en cuanto se me alcanza comprender no veo razón alguna para restringir el número de espectadores.

Todos los miembros de la Gran Fraternidad Blanca excep­to el Rey y sus tres Discípulos asisten casi siempre a dicha ceremonia, y no hay motivo en contra de que los fervorosos individuos de la Sociedad Teosófica puedan presenciarla en cuerpo astral. Quienes conocen el secreto se arreglan de mo­do que su cuerpo físico quede sumido en sueño una hora an­tes del plenilunio y nadie lo despierte ni perturbe hasta una hora después.

El paraje elegido es una meseta rodeada de no muy altas colinas, al norte de los Himalayas, no lejos de la frontera del Nepal y a unos 640 kilómetros al oeste de la ciudad de Lhassa. La meseta es de configuración toscamente oblonga de unos dos kilómetros de largo y algo menos de ancho. El terreno decliva ligeramente de sur a norte y es por la mayor parte árido y pedregoso, salvo en algunos puntos cubierto por gro­sera y achaparrada vegetación. Un riachuelo corre por la

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

por en medio del lado septentrional a través de una barranquera cubierta de pinabetes hasta llegar a un lago situado a algunos kilómetros. La comarca aledaña parece silvestre e inhabitada, pues no se ofrece a la vista edificio alguno excepto dos o tres chozas junto a las ruinas de una ermita en la falda de una de las colinas del lado oriental de la meseta.

Cerca del centro de la mitad meridional hay a manera de altar un enorme bloque de granito gris blanquecino con vetas de una materia brillante, de unos cuatro metros de alto por dos de ancho, ele­vado a un metro sobre el suelo.

Desde algunos días antes de la fecha señalada las márgenes del riachuelo y las faldas de las coli­nas circundantes se ven pobladas de grupos de tien­das de extraño y tosco aspecto, las más de ellas ne­gras, de modo que aquel ordinariamente desolado paraje se convierte en el animado campamento de una multitud. Gran número de gentes llegan de las tribus nómadas del Asia Central y algunos de muy lejos del norte. La víspera del plenilunio todos los peregrinos toman un baño especial de carácter reli­gioso y se lavan las ropas en preparación para pre­senciar la ceremonia.

 

Algunas horas antes del plenilunio se aglomeran los peregrinos en la parte septentrional de la mese­ta y se sientan ordenadamente en el suelo, cuidando de dejar un ancho espacio libre delante del altar. Generalmente asisten varios lamas que aprovechan la ocasión para dirigir pláticas a los concurrentes. Una hora antes del momento exacto del plenilunio, comienzan a llegar las formas astrales entre las que se cuentan las de los miembros de la Fraternidad, Diagrama algunos de los cuales se materializan para que los       IX puedan ver los peregrinos,   quienes   se  arrodillan cetro    de y postran en su presencia. A veces, los Maestros y     Poder otras entidades de mayor categoría se dignan conversar amiga­blemente con sus discípulos y varios circunstantes. Entretanto,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

los designados al efecto disponen el altar para la ceremonia, cubriéndolo de hermosísimas flores con una enorme guirnalda del sagrado loto en cada ángulo. En el centro se coloca un pre­cioso cuenco de oro cincelado lleno de agua, e inmediatamente delante de él se deja un espacio sin flores. Media hora antes del momento del plenilunio, a una señal del Mahachoán los miem­bros de la Fraternidad se congregan en el espacio libre del centro de la meseta al norte del altar y se ordenan en tres filas en un amplio círculo, con el rostro hacia el altar. La fila exte­rior está formada por los miembros más jóvenes de la Frater­nidad y los Oficiales superiores ocupan ciertos puntos de la fila interior. Después se cantan en idioma pali algunos versículos de las Escrituras budistas, y al terminar el canto se materializa el Señor Maitreya en el centro del círculo, con el Cetro de Po­der en la mano, que sirve de fulcro para el gobierno de la ener­gía efundida por el Logos planetario, quien lo magnetizó hace millones de años, cuando por primera vez puso en movimiento la oleada de vida humana en Su cadena de mundos. Se nos di­ce que el Cetro de Poder es el signo físico de la concentración y atención del Logos y que se transporta de globo a globo se­gún sea uno u otro el foco de la evolución, de modo que cuando el Cetro salga de nuestra Tierra para el inmediato globo queda­rá sumida en una especie de letargo. No sabemos si también se transporta el Cetro a los globos no físicos ni tampoco sabemos la manera de usarlo ni la parte que desempeña en la economía del mundo. Está ordinariamente al cuidado del Señor del Mun­do en Shamballa y tan sólo se lo presta al Señor Maitreya con ocasión del festival del plenilunio de Wesak. Es una barra de un metal desconocido de los químicos terrenos, llamado oricalco, de unos 60 centímetros de largo por 5cms. de diámetro, que lleva engarzado en cada extremo un grueso diamante talla­do en forma de esfera proyectada en punta cónica, y siempre parece rodeado de una aura de brillante y transparente llama. Conviene advertir que durante la ceremonia únicamente mane­ja y toca este Cetro el Señor Maitreya.

Al materializarse en el centro del círculo todos los adep­tos se inclinan reverentemente ante El y se canta otro versícu­lo. Mientras dura el canto el círculo interior de adeptos se divide en ocho segmentos para formar una cruz dentro del círculo exterior, cuyo centro sigue ocupando el Señor Maitreya. En el inmediato acto de este pomposo ritual, la cruz se convierte en triángulo en cuyo vértice se coloca el Señor Maitreya cerca del altar sobre el que deposita reverentemente el Cetro de Poder, en el espacio contiguo al cuenco de oro, y el triángulo de adeptos se muda en una figura curvada en que todos dan rostro al altar. En el siguiente movimiento, la figura curvada se transforma en un triángulo invertido, de modo que resulta el emblema de la Sociedad Teosófica, aun­que sin la serpiente. El triángulo invertido se convierte des­pués en la estrella de cinco puntas, cuyo vértice meridional cercano al altar ocupa el Señor Maitreya y los demás dignata­rios o choanes los cinco puntos de intersección de los lados. Acompañamos el diagrama en la página siguiente, de las di­ferentes figuras para facilitar su comprensión.

Al llegar a este acto final de los preliminares de la cere­monia, cesa el canto, y tras algunos instantes de solemne si­lencio, empuña de nuevo el Señor Maitreya el Cetro de Poder y levantándolo por encima de su cabeza exclama con sonora voz en lengua pali:

—Todo está a punto. ¡Ven, Maestro!

Vuelve a depositar en el altar el Cetro de Poder en el exacto momento astronómico del plenilunio, y entonces apa­rece por encima de las colinas meridionales la colosal figura del Señor Buda. Los miembros de la Fraternidad se inclinan a manos juntas y la multitud se prosterna rostro en suelo y postrada permanece, mientras los cantores entonan los tres versículos que el mismo Buda enseñó al niño Chatta durante su última vida terrena:

«El Señor Buda, el Sabio de los sakyas, es el mejor Ins­tructor de la humanidad. Hizo cuanto debía hacer y pasó a la opuesta orilla (el nirvana). Está henchido de fortaleza y energía. Tomo por guía al bienaventurado Ser.

»La Verdad es inmaterial. Nos libra de la pasión, del de­seo y de la tristeza. Es inmaculada. Es dulce, sencilla y ló­gica. Tomo esta Verdad por guía.

»Todo cuanto se da a las ocho categorías de nobles Seres que por pares forman los cuatro grados y conocen la verdad, obtiene crecida recompensa. Tomo por guía esta Fraternidad de Nobles Seres.»

Entonces la multitud se levanta y contempla la presencia

 

 

 

 

 

 

Diagrama X

Transformación de la cruz en el emblema de la Sociedad.

 

 

 

 

del Señor, mientras la Fraternidad entona en beneficio del pueblo la hermosa letra del Sutta Mahamangala, que tradu­cido por el profesor Rhys Davids dice así:

«En su anhelo del bien, los devas y los hombres han se­ñalado varias cosas dignas de bendición. Dinos ¡oh! Maestro ¿cuál es la mayor bendición?»

«No servir al insensato. Servir al sabio. Honrar a quien merezca honra. Esta es la mayor bendición.»

«Morar en un país ameno. Haber cumplido buenas ac­ciones en pasadas vidas. Tener el alma henchida de nobles deseos. Esta es la mayor bendición.»

«Mucha intuición y mucha educación. Dominio propio y mente disciplinada. Amables palabras bien dichas. Esta es la mayor bendición.»

«Ayudar a padre y madre. Amar a la esposa y a los hijos. Seguir una apacible profesión. Esta es la mayor bendición.»

«Dar limosnas y vivir rectamente. Auxiliar a los parien­tes. Obrar de modo que no merezca vituperio. Esta es la ma­yor bendición.»

«Aborrecer el pecado y no pecar más. Abstenerse de bebi­das embriagantes. No ser perezoso en el bien obrar. Esta es la mayor bendición.»

«Ser paciente, manso y sufrido. Asociarse con los pacífi­cos. Tener pláticas religiosas en tiempo oportuno. Esta es la mayor bendición.»

«Refrenarse y ser puro. Conocer las cuatro verdades ca­pitales. Saber que existe el nirvana. Esta es la mayor ben­dición.»

«Permanecer inconmoviblemente sereno ante las estremecedoras vicisitudes de la vida, sin pasión ni tristeza. Esta es la mayor bendición.»

«De todo punto invencible es quien así procede. Por do­quiera completamente seguro. Esta es la mayor bendición.»

La Figura flotante sobre las colinas es de colosal tamaño, pero reproduce exactamente la forma y características del cuerpo que usó el Señor Buda en su última vida terrena. Apa­rece sentado con las piernas cruzadas y las manos juntas, ves­tido con el amarillo sayal de los monjes budistas, de modo que el brazo derecho queda desnudo.

No es posible describir exactamente el aspecto del rostro, en verdad divino, porque armoniza la sabiduría y el amor, la serenidad y la fortaleza en una sola expresión que contiene todo cuanto nos cabe imaginar como divino. El color del ros­tro es blanco-amarillento y las facciones claramente dibujadas. La frente espaciosa y noble; los ojos rasgados, brillantes e intensamente azules; la nariz levemente aguileña; los labios rojos y firmemente señalados. Sin embargo, todo esto sólo nos muestra la máscara corporal y apenas nos da idea del vivido conjunto. La cabellera es negra, casi azulada y ondulante, pe­ro no larga como se acostumbra en la India ni rasurada como la de los monjes orientales, sino cortada hasta poco antes de llegar a los hombros, partida por el medio y echada atrás desde la frente.

Dícese que cuando el príncipe Siddartha dejó la casa pa­terna en busca de la verdad se cortó a cercén la cabellera con su espada y desde entonces la llevó así cortada.

Terminado el canto del Sutta Mahamangala, el Señor Maitreya toma el cuenco de oro que lleno de agua está sobre el altar y durante algunos momentos lo sostiene por encima de la cabeza, mientras los circunstantes, que se han provisto de vasos llenos de agua, imitan Su actitud. Al reponer el cuen­co de oro sobre el altar, entona la Fraternidad otro versículo

 

«El es el Señor, el Santo, de perfecto conocimiento, que posee los ocho linajes de conocimiento y ha cumplido los quin­ce santos ejercicios, que siguió el camino que conduce a la iluminación, que conoce los tres mundos, el sin rival, el Ins­tructor de dioses y hombres, el Bienaventurado, el Señor Buda.

 

Al terminar el canto, el Señor levanta la mano derecha en actitud de bendecir y una sonrisa de amor irradia de sus la­bios y una lluvia de flores se derrama sobre la multitud que vuelve a prosternarse mientras los miembros de la Fraterni­dad se inclinan reverentemente. Entretanto, la Figura se va desvaneciendo poco a poco en los aires y el gentío prorrumpe en exclamaciones de júbilo y alabanza. Los miembros de la Fraternidad se acercan al Señor Maitreya por orden de ca­tegoría y van tomando un sorbito de agua del cuenco de oro, al paso que el pueblo sorbe del agua contenida en sus respec­tivos vasos, llevándose a casa la sobrante en sus botellas de cuero, pues la consideran como agua bendita que los librará de toda maligna influencia y aun podrá curar sus enferme­dades. Después los de la multitud se felicitan mutuamente y se llevan a sus lejanos hogares indeleble recuerdo de la cere­monia en que han tomado parte.

 

   El Apocalipsis de San Juan el Teólogo nos da en el si­guiente pasaje muy interesante vislumbre de los predece­sores de Buda:

 

Y alrededor del trono había veinticuatro sillas; y vi sobre ellas veinticuatro ancianos sentados, vestidos de ropas blancas; y tenían sobre sus cabezas coronas de oro.

Quien es capaz de ver este espectáculo, y con el tiempo todo hombre ha de ser capaz, lo interpreta desde el punto de vista de sus personales creencias. Así San Juan vio lo que es­peraba ver, es decir, los veinticuatro ancianos de la tradición hebrea. El número de veinticuatro señala la fecha en que por vez primera se vio esta visión o más bien la fecha en que de ella se formuló la idea judía; pero si ahora pudiéramos al­zarnos en espíritu y contemplar la inefable y gloriosa es­cena, veríamos no veinticuatro sino veinticinco ancianos, pues el Señor Buda alcanzó dicho estado después de que San Juan tuvo la apocalíptica visión. Porque dichos ancianos son los insignes instructores de los mundos durante nuestra ronda. Hay siete budas en cada uno de los globos de la cade­na planetaria, o sean veintiuno en los tres globos por donde hemos pasado. El señor Gautama ha sido el cuarto buda del mundo terrestre; y por lo tanto si en pasados tiempos eran veinticuatro los ancianos de la visión, hoy son veinticinco, como resultaría si los acertáramos a ver.

 

La Iglesia cristiana ha interpretado la visión muy diferen­temente, pues cree que los veinticuatro ancianos representan a los doce apóstoles y a los doce profetas hebreos. Si así fue­ra, el vidente San Juan se hubiera de haber visto a sí mismo entre los primeros y seguramente lo dijera. Los ancianos ce­ñían coronas de oro y las deponían ante El, según canta el glorioso himno de la Trinidad.

 

Recuerdo que en mi infancia me maravillaba muchísimo cómo esto pudiera ser, pues me parecía muy extraño que ci­ñesen corona y al propio tiempo las depusieran. No acertaba a comprenderlo y cavilaba sobre cómo se las arreglarían los ancianos para ceñirse de nuevo las coronas, de modo que pu­diesen otra vez deponerlas. Es muy natural que un niño tenga estas algo ridículas ideas, pero se desvanecen cuando uno las comprende. Quien haya visto una imagen de Buda habrá ob­servado que de la corona que ciñe le sale un moroncito có­nico, a manera de coronilla dorada, símbolo de la energía es­piritual dimanante del centro llamado brahmaranda o sea la coronilla o el loto de mil pétalos como le llaman los libros orientales.

 

En el hombre muy evolucionado, este centro de energía resplandece con tan vivo fulgor que forma una verdadera co­rona; y el significado del pasaje es que deposita a los pies del Logos todo el fruto de su evolución, todo el espléndido karma engendrado, toda la energía espiritual que irradia, para que el Logos la utilice en Su obra. Así es que simbólicamente puede estar depositando de continuo su corona, pues la restaura en cuanto la energía dimana de su interior.

 

El Señor 'Maitreya, nombre que significa compasión, su­cedió al Señor Buda en el oficio de Bodisatva y desde entonces se ha esforzado en fomentar el espíritu religioso. Una de las primeras providencias que tomó al asumir el cargo de Bodi­satva fue aprovechar el formidable magnetismo engendrado en el mundo por la presencia de Buda y disponer que simul­táneamente apareciesen notables instructores en diversos pun­tos de la tierra, de suerte que poco después de Buda vemos a Sankara y Mahavira en India, a Mithra en Persia, a Laotse y Confucio en China y a Pitágoras en Grecia.

 

 

 

 

El mismo Señor Maitreya ha venido ya dos veces: la pri­mera en la persona de Krishna que encarnó en las llanuras de la India y la segunda en la personalidad de Jesús con el nom­bre de Cristo en Palestina. En la encarnación como Krishna su capital característica fue el amor. El niño Krishna atrajo a su alrededor gentes que sentían por él profundísimo e in­tenso afecto. También durante su encarnación en Palestina fue el amor su más señalada característica, pues les dijo a sus discípulos: «Un nuevo mandamiento os doy: que os améis unos a otros como yo os he amado.» Suplicó al Padre que los discípulos fuesen una misma cosa con El como El era una misma cosa con el Padre. Juan, el discípulo amado, insiste en la idea del amor al decir: «Quien no ama no conoce a Dios porque Dios es amor.»

 

Lo que ahora se llama cristianismo fue sin duda un her­moso concepto tal como Cristo lo enseñó originalmente; mas por desgracia ha degenerado de su altísimo nivel en manos de ignorantes expositores. Sin embargo, no se ha de suponer que la enseñanza de la fraternidad humana y del amor al prójimo fuese desconocida en el mundo. Dice San Agustín, en La Ciudad de Dios:

«Lo mismo que hoy llamamos religión cristiana existió ya entre los antiguos y no ha faltado desde los comienzos de la humanidad hasta la venida de Cristo en carne mortal, desde cuyo momento comenzó a llamarse cristiana la ya existente verdadera religión.»

Quienes hayan leído el Bhagavad Gitá recordarán que rebosa de enseñanzas de amor y devoción. También el Bodisatva actual, el Señor Maitreya, ocupó ocasionalmente el cuer­po de Tsong-ka-pa, el insigne reformador religioso tibetano y durante siglos ha ido enviando al mundo a varios de sus discípulos, entre ellos a Nagarjuna, Aryasanga, Ramanujacharya, Madhvacharya y muchos otros que fundaron nuevas es­cuelas religiosas o explicaron los misterios de la religión. Tam­bién era discípulo suyo el fundador de la religión musulmana.

Ahora ha llegado el tiempo oportuno para que el Señor Maitreya vuelva a aparecer en cuerpo físico entre los hombres y seguramente aparecerá dentro de pocos años. En un capítulo anterior he tratado ya de este advenimiento y de lo que pro­bablemente enseñará el Instructor.

El envío de los discípulos anteriormente nombrados es tan sólo una parte de la obra del Bodisatva, que no se con­trae al reino humano, sino que incluye la educación de todos los seres vivientes en la tierra y la de los devas evolucionan­tes. Por lo tanto, el Bodisatva es el Jefe o Cabeza invisible de todas las religiones existentes hoy día y de cuantas ya fene­cieron ostensiblemente en el transcurso del tiempo, aunque sólo las ampara en su forma original y no con las corrupcio­nes introducidas en todas ellas por el hombre. El Señor Mai­treya varía el tipo de religión según la época en que la esta­blece y el pueblo a quien va destinada; pero aunque la forma varíe según adelanta la evolución, la moral siempre es la misma.

El Bodisatva volverá otras veces a la tierra durante el período de la quinta raza raíz y fundará nuevas religiones, atrayendo cada vez a su alrededor a cuantos estén preparados para seguirle y de entre ellos escogerá a quienes pueda rela­cionar más cercanamente consigo y serán sus íntimos discí­pulos. Hacia el fin de la quinta raza, mucho después que haya  llegado a su punto culminante y comience la sexta raza a predominar en el mundo, dispondrá las cosas de modo que todos cuantos fueron sus discípulos en sus sucesivos adveni­mientos encarnen simultáneamente en la tierra para acompa­ñarle en su última vida en este mundo, durante la cual alcan­zará la iluminación o estado de Buda. Al propio tiempo los que fueron sus discípulos, aunque físicamente no le reconoz­can ni lo recuerden, se verán irresistiblemente atraídos hacia El y bajo Su influencia entrarán gran número de ellos en el Sendero y podrán adelantar hasta muy superiores etapas por haber hecho notables progresos en precedentes encarnaciones. En un principio conceptuábamos por imposible lo referido en los libros budistas respecto a que cuando el Señor Gautama alcanzó la iluminación, muchos hombres obtuvieron ins­tantáneamente el aratado; pero mejor examinado el asunto hemos visto la verdad subyacente en aquellos relatos. Quizás se exagera la cifra; pero es indudable que muchos discípulos recibieron de pronto la iniciación arática por virtud del po­deroso magnetismo del nuevo Buda.

Además del festival de Wesak hay otro día del año en que se congregan reglamentariamente los miembros de la Fraternidad. Esta reunión se celebra usualmente en la casa particular del Señor Maitreya, situada también en los Himalayas, pero en la vertiente meridional en vez de en la septen­trional. En esta ocasión no hay peregrinos del mundo físico, aunque bien se recibe a todo visitante astral. Se celebra la reunión el día del plenilunio del mes de Ashadha, correspon­diente a nuestro Julio, por ser el aniversario del notable ser­món pronunciado por el Señor Buda ante sus cinco discípulos anunciándoles el descubrimiento de la verdad. A este sermón se le llama comúnmente el Sutta Dhammachakkappavattana, que el profesor Rhys Davids ha traducido con el título de La puesta en marcha de la fegia carroza del reino de la justicia. Los libros budistas lo describen más brevemente con el título de El giro de la rueda de la ley. En este sermón explicó Buda por vez primera las Cuatro Nobles Verdades y el Noble Óc­tuple Sendero con el término medio del Buda, que consiste en vivir rectamente en el mundo sin caer por una parte en las extravagancias del ascetismo ni por otra en el libertinaje de la disolución.


  
Movido el Señor Maitreya de profundo afecto a su insigne antecesor ordenó que en cada aniversario de dicho sermón se recitara ante la congregada Fraternidad, y después del recita­do acostumbra el Señor Maitreya dirigir una sencilla plática a los reunidos, respecto a la práctica de las enseñanzas ex­puestas en el sermón.

 

Comienza a recitarse este sermón en el preciso instante del plenilunio y el recitado y la plática duran cosa de media hora. El Señor Maitreya suele sentarse en el sitial de mármol co­locado en el borde de la terraza del ameno jardín de su casa. Los adeptos de superior categoría se sientan en su cercano alrededor y los demás en el jardín un poco más abajo. En es­ta reunión, como en la de Wesak, suele haber oportunidad para entablar placenteras conversaciones y amable trato de los maestros con los discípulos y aspirantes a quienes bené­volamente bendicen.

 

Convendrá dar algunos informes de la ceremonia y de lo que en ella se dice, aunque es de todo punto imposible re­producir fielmente la maravillosa belleza y elocuencia de la plática del Señor Maitreya en aquella ocasión. El siguiente relato no es total, sino una combinación de fragmentos muy imperfectamente transcritos y que algunos de ellos ya se han publicado en otra parte; pero al menos darán idea de la mar­cha general de la ceremonia a quienes nada sepan todavía de ella.

 

El gran Sermón es admirablemente sencillo y el Buda lo repitió sin cesar, para que los discípulos lo transcribiesen y de allí en adelante pudieran todos leerlo pues en aquel tiempo se ignoraba la estenografía. Como los discípulos habían de re­tener en la memoria las palabras de Buda para después anotar­las, fue el sermón muy sencillo, y al leerlo se echa de ver que Buda lo compuso con el propósito de facilitar su perpetuación de modo que todos lo recordasen fácilmente. Sus puntos están dispuestos con riguroso orden lógico, de modo que cada uno recuerda el anterior, como si se ajustaran a un método mne-motécnico. Cada frase suelta sugiere a los budistas un conjun­to de relacionadas ideas; y así es que a pesar de su sencillez contiene el sermón una completa norma de recta conducta.

Se podría creer que ya está dicho todo cuanto cabe decir sobre el sermón; pero el Señor Maitreya, con su maravillosa elocuencia y hábil exposición, lo renueva de año en año, y a cada circunstante le parece que la plática va dirigida a él per­sonalmente. En cada aniversario, lo mismo que en la original predicación, se repite el pentecóstico milagro. El Señor Maitreya habla en el armonioso idioma pali primitivo: y sin em­bargo cada circunstante lo oye en su propia lengua materna. Comienza el Sermón diciendo que el sendero intermedio es el más seguro y el único verdadero. Sumirse en la grosera concupiscencia de los placeres mundanos es vil y degradante y no conduce a parte alguna. Mas por otro extremo, también es maligno y estéril el extravagante ascetismo. Puede haber algunos, muy pocos, que tengan sincera vocación para la vida contemplativa y solitaria, y pueden ser capaces de llevarla rectamente; y aun en este caso hay que prevenirse contra las exageraciones; mas para la generalidad de las gentes el camino mejor y más seguro es vivir rectamente en el mundo y no según el mundo. Lo primero que se necesita para vivir de tal manera es conocer las condiciones requeridas por dicho gé­nero de vida. El Señor Buda las expone en forma de las si­guientes Cuatro Nobles Verdades:

 

  1. a Aflicción.
  2. a Causa de la aflicción.
  3. a Cese de la aflicción o manera de evitarla.
  4. a Medio de eludir la aflicción.

 

1.° La primera verdad significa que toda vida terrena es aflictiva a menos que el hombre sepa cómo vivirla. Al co­mentar esta verdad dijo el Bodisatva que la vida terrena es aflictiva en dos sentidos. Uno de ellos es hasta cierto punto inevitable, pero el otro es completamente erróneo y se puede evitar. Para la mónada, verdadero espíritu del hombre, toda vida manifestada es aflictiva, porque la limita y condiciona de un modo que la mente concreta no es capaz de concebir, pues no tiene idea de la gloriosa libertad de la vida superior. Exac­tamente en el mismo sentido se dice que el Cristo se sacrifica al tomar carne humana en el mundo terrestre. Es sin duda un sacrificio porque se limita y renuncia entretanto a los excelsos poderes que le son peculiares en su propio plano. Lo mismo

le sucede a la mónada humana que indudablemente hace un gran sacrificio al descender a la materia inferior y cobijarla durante su larguísima evolución hasta alcanzar el reino hu­mano, cuando infunde en la materia un poco de sí misma, al­go así como la punta de un dedo, y constituye de este mo­do un ego o alma individual.

 

Aunque personalmente seamos un fragmento de fragmen­to, no por ello dejamos de ser parte de una magnifícente Rea­lidad. No da motivo a engreírse el ser nada más que un fragmentó; pero tenemos la certeza de que por formar parte de dicha Realidad podemos eventualmente alzarnos hasta ella y con ella identificarnos. Tal es la finalidad de nuestra evolu­ción. Y aun cuando a este fin lleguemos, tengamos en cuen­ta que no ha de ser para complacernos en nuestro adelanto sino para ser capaces de colaborar en el plan de evolución. Todos estos sacrificios y limitaciones entrañan sufrimiento, pero es un sufrimiento gozoso en cuanto el ego comprende la trascendencia del sacrificio y de la limitación. El ego no es perfecto como la mónada, y por lo tanto no alcanza a com­prender desde luego la finalidad del sacrificio y ha de apren­derla. La tremenda limitación que ha de sufrir la mónada en cada ulterior descenso a la materia es inevitable, y por esto entraña mucho sufrimiento toda vida manifestada. Hemos de aceptar estas limitaciones como un medio conducente a un fin, como una parte del divino plan de evolución.

 

Hay otro aspecto aflictivo de la vida, que puede evitarse. El que vive en la ordinaria vida del mundo se ve con frecuen­cia atribulado. No fuera verdad decir que siempre está afli­gido, pero sí está muy a menudo inquieto y propenso a caer en angustiosa ansiedad. La causa de ello es que lo dominaran diversas clases de ruines deseos que lo atan y aprisionan. Se-esfuerza continuamente en adquirir algo que no tiene y le con--sume la ansiedad por poseerlo; pero cuando lo posee le con--turba el temor de perderlo. Esto no sólo puede aplicarse al dinero sino también a la posición social, al empleo, al poderío y demás ventajas materiales. Semejantes inquietudes ocasio­nan muy diversas tribulaciones, pues además de la ansiedad" del que apetece una cosa, hay que tener en cuenta la envidia,, hostilidad y malos sentimientos de cuantos otros apetecen y se esfuerzan por lograr la misma cosa. Hay otros objetos de; deseo que parecen mucho más nobles que éstos y sin em­bargo no son los superiores.

Por ejemplo, si un hombre se enamora perdidamente de una mujer que no puede corresponderle con igual afecto, este deseo contrariado es causa de ansiedad, celos, abatimiento y otras siniestras emociones. Se dirá que es muy natural el sen­timiento amoroso, y efectivamente lo es, así como también es copioso manantial de dicha el amor correspondido. Pero si no es posible esta correspondencia, el desdeñado ha de resig­narse y no afligirse por la imposibilidad de satisfacer su de­seo. Cuando decimos que una cosa es natural, damos a en­tender lo que cabe esperar del hombre ordinario; pero el es­tudiante de ocultismo ha de sobreponerse al término medio de la humanidad, pues de lo contrario ¿cómo podría ayudarla? Hemos de elevarnos sobre el vulgo para poder tenderle la auxi­liadora mano. Debemos propender a lo sobrenatural y no a lo natural en el sentido ordinario.

 

El clarividente aceptará desde luego la verdad de la ense­ñanza de Buda en cuanto a la aflicción de la vida, porque al examinar los cuerpos astral y mental de las gentes los ve sem­brados de pequeños vórtices que giran vertiginosamente y re­presentan todo linaje de siniestros pensamientos, morbosas emociones, malos deseos, inquietudes y ansiedades, que cau­san mucha pena, cuando precisamente la serenidad de ánimo es lo más necesario para adelantar en la evolución. El único medio de lograr la paz es desechar tan morbosos elementos, y así llegamos a la segunda de las Cuatro Nobles Verdades, la Causa de la aflicción.

 

Ya hemos visto que la causa de la aflicción es siempre el deseo. Si un hombre no desea riquezas ni honores ni posi­ción ni poderío, permanecerá tranquilo aunque la vida no se los depare. Como es hombre, algo ha de desear; pero lo desea sin pasión, suave y ecuánimemente, con la previa determina­ción de no conturbarse si no lo consigue. Venios cuan profun­damente se afligen quienes pierden los seres amados que les arrebata la muerte. Si su amor fuese puro, si no amasen el cuerpo sino el alma de su deudo o amigo no experimentarían el sentimiento de separación, y por lo tanto no se afligirían. En cambio, si su deseo se contrae al contacto con la forma corporal en el plano físico, ha de causar tristeza la separación. Pero si desecharan este deseo material y vivieran en comu­nión con la vida superior se desvanecería la tristeza.

 

Algunos se afligen al ver que la vejez se les echa encima y que sus vehículos no rigen ya con la firmeza que solían. Desean recobrar la energía y las facultades de la virilidad. Les convendrá reprimir este deseo y considerar que sus vehículos hicieron ya su buen trabajo y hay que dejarlos que hagan tranquila y suavemente el que todavía puedan, sin afligirse por el envejecimiento. No tardarán en poseer nuevos cuerpos y el más adecuado medio de lograr que sean buenos es hacer el mejor uso posible de los viejos, manteniéndose en todo caso tranquilos, serenos e imperturbables. Para ello es necesario olvidarse de la personalidad de modo que cesen los deseos egoístas y procurar servir al prójimo en cuanto de ello sean capaces.

 

 

3.° Cese de la aflicción. Ya hemos visto que puede cesar la aflicción y lograrse la paz manteniendo siempre el pensa­miento en las cosas superiores. Todavía hemos de vivir en este mundo, simbólicamente llamado valle de lágrimas y es­trella de aflicción, como en verdad lo es para muchos, tal vez para la mayoría de las gentes aunque no sería necesario que lo fuera; y sin embargo, podemos vivir en él completamente dichosos si no nos apegamos al deseo. Vivimos en el mundo, pero no hemos de vivir según el mundo ni ser del mundo hasta el extremo de que nos cause inquietud, turbulencia y aflicción. Indudablemente nuestro deber es auxiliar al próji­mo en sus tristezas y tribulaciones; para más eficazmente auxiliarle hemos de ser incapaces de entristecernos y atribu­larnos, de suerte que no nos conturben las molestias y roza­mientos que le desazonan. Si tomamos filosóficamente la vi­da terrena, cesará para nosotros la aflicción.

Quizás alguien juzgue inasequible esta condición; pero no es así porque si lo fuera no nos la hubiese aconsejado el Se­ñor Buda. Podemos y debemos alcanzarla, porque sólo cuando la alcancemos nos será posible auxiliar eficazmente al pró­jimo.

 

  1. ° Medio de eludir o evitar la aflicción. En el Noble Óctuple Sendero se nos da otra de las admirables tabulacio­nes categóricas del Señor Buda, tanto más hermosa cuanto que puede aplicarse a todos los grados de evolución. El hom­bre del mundo, aun el inculto e ineducado, puede aplicarse el aspecto inferior del óctuple sendero y hallar por su medio paz y satisfacción, mientras que el más profundo filósofo pue­de aplicárselo en su aspecto superior y obtener de él mucho provecho.

La primera etapa de este sendero es la verdadera creencia. Algunos se oponen a este requisito diciendo que exigiría de ellos algo parecido a la fe ciega; pero no se exige en modo al­guno esta clase de fe, sino más bien cierto grado de conoci­miento respecto de los capitales factores de la vida. Requiere que conozcamos algo del divino plan en cuanto a la humani­dad atañe, y si no somos capaces de conocerlo por nosotros mismos, hemos de aceptarlo según constantemente se nos lo enseña. Hay verdades fundamentales que en una u otra forma las enseñan continuamente a los hombres los instructores re­ligiosos y las Escrituras Sagradas, y aún a los salvajes se las enseñan sus curanderos y saludadores. Cierto es que en la forma difieren las religiones y los libros sagrados, pero los puntos en que todas coinciden ha de aceptarlos quien quiera vivir dichoso.

 

Una de dichas verdades es la eterna ley de causa y efecto. Si un hombre vive bajo la ilusión de que puede hacer cuanto se le antoje y que nunca recaerán en él las consecuencias de sus actos, no dejará de advertir que algunos de estos actos le acarrea aflicción y sufrimiento. Si por otra parte no com­prende que el objeto de la vida es progresar, que la voluntad de Dios es que llegue a ser mejor de lo que es, también en­tonces se acarreará aflicción y sufrimiento, porque se inclina­rá al grosero y ruin aspecto de la vida que jamás puede satis­facer al hombre interno. De esto se infiere que ha de conocer algo de estas capitales leyes de la naturaleza y si no puede conocerlo por sí mismo está en el deber de creerlo. Más ade­lante, en un superior nivel, antes de recibir la segunda inicia­ción se nos dice que hemos de desvanecer toda duda.

Cuando le preguntaron al Señor Buda que si la fe ciega era condición de este medio, respondió:

 

—No; pero debéis conocer por vosotros mismos tres im­portantísimas cosas:

  1. a que únicamente por el Sendero de Santidad y recta conducta puede alcanzar el hombre la per­fección.
  2. a que para alcanzarla ha de pasar por muchas vidas, mejorándose en cada una de ellas.

 

  1. a que todas las cosas actúan sujetas a la eterna ley de justicia.

 

En esta etapa de evolución, el hombre debe disipar todo linaje de dudas y estar firmemente convencido en su interior y en su exterior de dichas verdades; mas el hombre atrasado en su evolución ha de creerlas, pues no podrá progresar si alguien no le guía.

La segunda etapa del óctuple sendero es la rectitud de pensamiento. Ahora bien; la rectitud de pensamiento entraña dos distintas condiciones. La primera exige que pensemos en lo bueno y no en lo malo, que reservemos siempre en la men­te nobles y hermosos pensamientos porque de lo contrario la llenarían por completo los vulgares pensamientos de nuestra cotidiana ocupación. No nos engañemos en esto. Todo cuan­to hagamos lo hemos de hacer exacta y solícitamente y con la necesaria concentración de pensamiento para que resulte per­fecta la obra. Pero la mayoría de las gentes, cuando acaban de hacer una cosa y aun cuando suspenden su ejecución toda­vía piensan en frivolidades y cosas relativamente ruines. Quie­nes sienten devoción por el Maestro procuran tener siempre reservada su imagen en la mente, para que en cuanto se lo permitan las ocupaciones de la vida cotidiana el pensamiento en el Maestro llene su mente.

A su vez el discípulo piensa: «¿Qué haré para asemejar mi vida a la del Maestro? ¿Cómo podré mejorarme para ser capaz de mostrar la belleza del Señor a quienes me rodean? ¿Qué haré para llevar adelante la auxiliadora obra del Maestro?

Una de las cosas que podemos hacer es enviar por do­quiera pensamientos de simpatía y benevolencia.

Recordemos también que el recto pensamiento ha de ser definido, no vago ni difuso. Los pensamientos que tienen mo­mentáneamente por objeto una cosa y en seguida se posan en otra muy distinta son inútiles, pues no nos ayudarán en modo alguno a lograr el dominio de la mente. El pensamien­to recto no puede tener ni la más leve mácula ni sombra de sospecha, pues hay quienes por nada del mundo cederían aún pensamiento notoriamente impuro u horrible y en cambio no reparan en dar paso a pensamientos no concretamente ma­los, pero algo sospechosos. Nada de esto ha de haber en el pensamiento recto, y se ha de eliminar todo cuanto denote la más ligera sospecha. Hemos de estar seguros de que nuestros pensamientos han de ser perfectamente puros y buenos.

Otra acepción del recto pensamiento es la de que sea exac­to, esto es, que exprese únicamente lo verdadero. Así a veces pensamos injustamente mal de una persona, movidos por el prejuicio y la ignorancia. Tenemos la idea de que una persona es mala y creemos que forzosamente ha de ser malo cuanto haga. Le achacamos intenciones y motivos que muchas veces carecen en absoluto de fundamento y al hacerlo así la juzga­mos equivocadamente y por lo tanto no es recto nuestro pen­samiento.

Todo hombre que no sea adepto tiene en sí algo malo y algo bueno; pero desgraciadamente nos fijamos por mala costumbre en lo malo y desdeñamos por completo lo bueno. En consecuencia, tampoco es recto nuestro pensamiento acer­ca de estas personas, no sólo por erróneo sino por in caritativo. Miramos tan sólo un aspecto de la persona y desconoce­mos el opuesto. Además, al fijar la atención en las malas cua­lidades en vez de en las buenas, intensificamos el mal, mien­tras que por medio del recto pensamiento podríamos dar la misma intensificación al aspecto armónico de la naturaleza del hombre.

La siguiente etapa es la rectitud de palabra, y también no­tamos las mismas dos divisiones. Primeramente, debemos ha­blar siempre de cosas buenas, porque no nos incumbe hablar de las faltas del prójimo. La mayor parte de las veces no es verdad lo que se nos cuenta de los vicios ajenos, y si lo pro­palamos también seremos mentirosos y nos perjudicaremos a nosotros mismos y a la persona de quien murmuramos. Y aun si lo que se nos cuenta es verdad, haremos todavía peor en repetirlo, porque ningún bien podemos hacer al prójimo divulgando lo que hubiere hecho de malo, y lo mejor será callarlo. Instintivamente callaríamos si la mala acción la hu­biese cometido un hijo, hermano, padre, madre, esposa o ma­rido, y comprenderíamos que sería muy fea acción referir la maldad de una persona amada a quienes sólo por nuestra re­ferencia pudieran conocerla.

Si no es hipócrita nuestra afirmación de fraternidad uni­versal, nos percataremos de que no tenemos derecho a descu­brir las faltas o vicios de nadie, y que debemos hablar de los demás como queremos que de nosotros hablen. Por otra par­te, advirtamos que muchas gentes no dicen verdad en lo que hablan porque incurren en inexactitudes y exageraciones, pon­derando la importancia de menudencias y frivolidades, lo cual no es seguramente rectitud de palabra.

Además, las palabras han de ser afables, convenientes, discretas y jamás necias. Muchísimos se figuran que ha de ser obligatoria la conversación y que es de palurdos o pata­nes no estar continuamente hablando. Parece como si al en­contrar a un amigo faltáramos a la buena amistad y exquisita cortesía si no le damos incesante conversación. Recordemos que cuando Cristo estuvo en la tierra declaró explícitamente que el hombre habría de dar cuenta de sus palabras ociosas, pues la palabra ociosa suele ser maligna, y aunque no lo sea, siempre supone desperdicio de tiempo. Al hablar, digamos al menos algo útil y provechoso. Hay quienes por alarde de ingenio prodigan los chistes y chanzas y han de poner siempre un comentario burlón a lo que otro dice, mostrándolo todo bajo su aspecto risible o jocoso. Seguramente todo esto en­tra en la clasificación de palabras ociosas, y no cabe duda de que hemos de ir con sumo cuidado en punto a la recti­tud de palabra.

La siguiente etapa es la recta acción. Desde luego nota­mos el enlace de estas tres sucesivas etapas. Si pensamos siem­pre en lo bueno no podremos hablar de lo malo, porque la pa­labra es expresión del pensamiento; y si pensamos y hablamos rectamente, nuestras acciones no podrán menos de ser de la misma recta índole.

Toda acción se ha de considerar pronta y acertadamente. Hay muchos que no saben qué partido tomar en apuradas con­tingencias, y van de un lado para otro sin resolverse a nada eficaz, siguiendo a los que tienen el cerebro mejor organizado. Otros se precipitan inconsideradamente en una violenta acción sin reparar en las consecuencias.

Aprendamos a pensar pronta y a obrar rápidamente y no obstante con perfecta consideración. Sobre todo que la acción sea siempre inegoísta y nunca movida por interés personal. Aunque esto es muy difícil para muchos, es un poder que de­be adquirirse, y quien trate de vivir para los Maestros tendrá numerosas ocasiones de practicar el altruismo. Hemos de pensar tan sólo en lo que mejor convenga a la obra de los Maestros y en lo que podemos hacer en servicio del prójimo, prescindiendo enteramente de toda consideración personal. No hemos de pensar en qué parte de la obra nos gustaría desem­peñar, sino desempeñar lo mejor posible la que se nos asigne.

En nuestro tiempo pocos son los que viven solitarios co­mo antaño vivían los eremitas y anacoretas. Vivimos en rela­ción con muchas gentes; y por lo tanto, cuanto decimos o ha­cemos ha de afectar necesariamente a gran número de perso­nas. Hemos de tener siempre en cuenta que nuestros pensa­mientos, palabras y acciones no son meras cualidades sino fuerzas cuyo uso se nos ha encomendado y del cual somos di­rectamente responsables. Todas se han de emplear en servicio de la humanidad y si les diéramos distinto empleo faltaríamos a nuestro deber.

La quinta etapa es la de recto medio de subsistencia, y se relaciona muy directamente con gran número de nosotros. El recto medio de subsistencia es el que no daña a ningún ser viviente. Desde luego vemos que con esta etapa son incompa­tibles las profesiones de carnicero y pescador; pero el man­dato alcanza a mucho más allá, porque si para vivir nosotros no hemos de dañar a ningún ser viviente, resulta que también queda incluido en la regla el tabernero y el vendedor de cual­quier clase de bebidas alcohólicas por ser dañino el alcohol.

Aún hay más. Pongamos por caso el de un comerciante fraudulento. Tampoco es recto su modo de vivir porque enga­ña a los compradores. Si el comerciante vende sus artículos a precio razonable sin defraudar en cantidad ni en calidad, será recto su modo de ganarse el sustento; pero engañará a las gentes desde el instante en que venda un artículo caro y malo dándolo por barato y bueno. Un recto medio de subsis­tencia puede ser malo si se ejerce dolosamente la profesión que lo proporciona. Debemos tratar con los demás tan hon­radamente como queremos que nos traten a nosotros. El co­merciante que se dedica a determinadas mercancías ha de conocer muy bien el artículo, pero el comprador no lo conoce y por lo tanto pone toda su confianza en el vendedor. Cuando recurrimos a un abogado o a un médico esperamos que nos ha de tratar honradamente. En la misma actitud acude el comprador al comerciante, quien por ello ha de tratar al com­prador con tanta fidelidad como el médico o el abogado tra­ta a sus clientes. Cuando de este modo alguien confía en nosotros, compromete nuestro honor para que le sirvamos fielmente. Cada cual tiene el derecho de obtener una razona­ble utilidad de su profesión, pero también ha de cumplir leal-mente con su deber.

 

La sexta etapa es la de la rectitud en el esfuerzo. Tiene suma importancia. No hemos de satisfacernos con ser pasiva­mente buenos o contentarnos con la abstención del mal, sino que se nos exige la positiva práctica del bien.

Cuando el Señor Buda expuso esta enseñanza, empezó por decir: «Cesad de obrar mal.» Pero a renglón seguido aña­de: «Aprended a obrar bien.» No basta ser negativamente buenos ni como los que cargados de buenas intenciones no las concretan en acción.

 

Todo ser humano posee además de su grado de fuerza física, otro de fuerza mental. Cuando hemos de efectuar una diaria labor, sabemos que hemos de reservar nuestras fuer­zas físicas para llevarla a cabo, y por lo tanto no hemos de hacer nada que las menoscabe antes de emprenderla.

 

De la propia suerte, todos tenemos más o menos fuerzas mentales y volitivas que sólo nos permiten efectuar cierta cantidad de labor en su respectiva esfera, y en consecuencia hemos de ir con mucho cuidado en no malgastar dichas fuerzas.

 

También disponemos de otras. Cada cual ejerce mayor o menor influencia en sus parientes y amigos. Esta influencia significa poder de cuyo uso es directamente responsable quien lo ejerce. Nos rodean los hijos, los parientes, criados, depen­dientes y empleados en los que ejercemos algo de influencia, al menos con nuestro ejemplo, por lo que hemos de cuidar mu­chísimo de lo que decimos y hacemos, pues los demás nos imitarán.

 

La rectitud en el esfuerzo significa que hemos de efectuar nuestra labor con arreglo a métodos y procedimientos eficien­tes que no malgasten nuestra energía. Se pueden hacer mu­chas cosas, pero unas son más urgentes y necesarias que otras, por lo que debemos considerar de antemano en cuál de ellas será más provechoso nuestro esfuerzo. No conviene que todos hagamos lo mismo. La labor se ha de distribuir entre todos para llevarla completamente a cabo sin dejar desatendido nin­gún aspecto ni condición. En todos estos asuntos hemos de valemos del raciocinio y del discernimiento.

Recta memoria y recto recuerdo es la séptima etapa con diversos significados. La recta memoria a que se refiere el Señor Buda ha sido considerada por algunos de sus discípu­los como la memoria de las pasadas encarnaciones, que El poseyó plenamente. En uno de los jatakas se refiere que cier­to sujeto murmuró una vez del Señor Buda, quien dirigién­dose a sus discípulos les dijo:

—Yo insulté a este hombre en una vida anterior y ahora me murmura. No tengo derecho a resentirme.

Desde luego que si recordáramos cuanto antes nos ha su­cedido, podríamos disponer mejor nuestra presente conducta; pero aunque la mayoría de las gentes no puedan recordar sus vidas pasadas, no se infiere de ello que no les convenga la en­señanza de la recta memoria.

Ante todo significa esta enseñanza que hemos de recordar cuanto en esta vida hemos hecho y vamos haciendo, quiénes somos, cuál es nuestra labor, cuáles nuestros deberes y qué ríos incumbe hacer en servicio del Maestro.

Además, la recta memoria significa una razonable elección de lo que mayormente conviene recordar. A todos nos suce­den en la vida cosas agradables y desagradables. El hombre prudente procurará mantener vivo el recuerdo de los sucesos placenteros y dejará morir el de los aflictivos. Supongamos que alguien se llega de pronto a nosotros y nos ultraja. La persona insensata recordará el ultraje durante meses y aun años y no cesará de decir que el tal o el cual le infirió un ultraje. Este recuerdo le irritará el ánimo; pero ¿qué bene­ficio obtendrá de ello? Evidentemente ninguno. Tan sólo con­seguirá afligir su ánimo y mantener vivo un siniestro pensa­miento. Seguramente que esto no es recta memoria. Debemos perdonar y olvidar cuanto mal se nos haga y acordarnos siempre de los beneficios recibidos porque el recuerdo henchirá nuestra mente de amor y gratitud.

Por otra parte, todos hemos cometido errores y conviene recordarlos para no repetirlos; pero sin afligirnos ya ni lamentarnos por ellos, pues no fuera tal recta memoria.

La última etapa es la recta meditación o recta concentración y no sólo se refiere a la habitual meditación cotidiana que forma parte de nuestra disciplina, sino que también significa que en el transcurso de la vida nos hemos de concentrar en las buenas obras de auxilio y servicio. En la vida diaria no podemos estar meditando continuamente porque nos cumple efectuar nuestra ordinaria labor, aunque no estoy seguro de que pueda hacerse sin reservas semejante afirmación. Si bien es verdad que no es posible mantener constantemente la conciencia en los planos superiores, distraída del mundo físico, cabe la posibilidad de continuada meditación en el sentido de tener las cosas espirituales en el trasfondo de la mente, según dije al tratar del recto pensamiento, de modo que se coloquen en primera línea cuando en otra cosa no esté ocupada la mente. Entonces será nuestra vida una continua meditación sobre las cosas espirituales, interrumpida de cuando en cuando por la necesidad de enfocar el pensamiento en los ordinarios menesteres de la vida.

Este hábito mental nos influirá mucho más favorablemente de lo que a primera vista cabe imaginar. Lo semejante atrae a lo semejante. Dos personas que adopten dicha norma de pensamientos se atraerán mutuamente, y así puede suceder que varias personas habituadas a este linaje de meditación formen un foco o núcleo que irá creciendo hasta concretarse tal vez en una Rama Teosófica. De todos modos, se atraerán y sus pensamientos reaccionarán unos en otros, y cada individuo facilitará el progreso de los demás.

Además, doquiera estemos y vayamos nos rodea una invisible hueste de ángeles, espíritus de la naturaleza y egos desencarnados. La recta concentración atraerá a nuestro alrededor las mejores entidades de estas clases de seres de modo que siempre nos circunden favorables y benéficas influencias.

Tal es la enseñanza que dio el Señor Buda en su primer Sermón, y sobre ella se funda el reino de la Justicia tan dilatado como el mundo. Son estas enseñanzas las ruedas de

 

la regia Carroza que por vez primera puso el Señor Buda en movimiento en el festival de Ashadha, hace muchos siglos.

Cuando en el lejano porvenir suene la hora del adveni­miento de un nuevo Buda, cuando el actual Bodisatva encarne por última vez en la tierra para alcanzar la iluminación, pre­dicará la divina ley al mundo en la forma que le parezca más adecuada a las exigencias de su época, y le sucederá en el oficio de Bodisatva el maestro Kuthumi, quien se ha transfe­rido al segundo Rayo para asumir la responsabilidad de ser el Bodisatva de la sexta raza raíz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CAPITULO XV

 

 

 EL PODER DE LOS TRIÁNGULOS

Está gobernado nuestro mundo por un Rey espiritual, uno de los Señores de la Llama que hace muchos siglos llega­ron del planeta Venus. Los indos le llaman el kumara Sanat (1) y también se le suelen dar los nombres de Único Iniciador, el Uno sin Segundo, el eterno Doncel de diez y seis estíos y el Señor del Mundo. Es el Gobernador supremo. En Su mano y dentro de su efectiva aura está todo el planeta. Representa al Logos en la Tierra cuya evolución preside en los diversos aspectos de devas, hombres, espíritus de la naturaleza y de­más seres relacionados con el globo terrestre. Pero es com­pletamente distinto del Espíritu planetario cuyo cuerpo físico es la Tierra.

El kumara Sanat mantiene en la mente el plan de evolu­ción y reside en un elevadísimo plano del cual nada sabemos. Es la Fuerza que mueve la máquina del mundo, la encarnación de la divina voluntad en la Tierra y reflejos de El son la de­cisión, la perseverancia y análogas características que se ma­nifiestan en la conducta de los hombres.

Tan amplia es su conciencia, que abarca de una vez toda la vida de nuestro globo. En Sus manos está el poder de la destrucción cíclica, porque blande las superiores modalidades del fohat y dispone directamente de fuerzas cósmicas extra­ñas a nuestra cadena. Su obra se relaciona más bien con la humanidad en conjunto que con los individuos, y se nos dice que cuando influye en determinada persona lo hace por me­dio del atma y no del ego.

Al llegar el aspirante a cierta etapa del Sendero, lo pre­senta formalmente su Maestro al Señor del Mundo, y quienes cara a cara lo han visto dicen que tiene el aspecto de un her­mosísimo joven, con un aire de dignidad y benevolencia su­perior a toda descripción; y sin embargo, con tan visibles muestras de omnisciente e inexcrutable majestad y de irresis­tible poder, que algunos, incapaces de resistir Su mirada, se hubieron de velar el rostro, henchidos de pavor, como así le sucedió a nuestra insigne fundadora H. P. Blavatsky.

Quien ha visto una vez al Señor del Mundo, no puede ol­vidar jamás esta experiencia ni en adelante duda ya de que por terribles que sean la aflicción y pecados del mundo, to­das las cosas se encaminan al eventual bien de todos los se­res, y que la humanidad está invariablemente guiada hacia su meta final.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(1)   Kumara significa príncipe o gobernante.

 

 

 

 

 

 

Se nos enseña que durante cada período mundial se su­ceden tres Señores del Mundo, y el actual es ya el tercero. Reside con Sus tres discípulos en un oasis del desierto de Gobi, llamado Shamballa, al que también se suele dar el nom­bre de Isla Sagrada, en recuerdo de la época en que era una isla del mar interior de Asia.

Al kumara Sanat y Sus tres discípulos se les apellida «Hijos de la ígnea Niebla», porque pertenecen a una evolu­ción distinta de la nuestra. Aunque sus cuerpos tienen aspecto humano, difieren muchísimo de los nuestros en constitución, y son más bien vestiduras asumidas por conveniencia, que cuerpos en el ordinario sentido de esta palabra, pues son ar­tificiales y sus partículas no cambian como las de la física forma humana. No necesitan alimento y permanecen inmuta­bles durante millones de años.

Los tres discípulos están en el grado de evolución corres­pondiente a los budas, y se les da el nombre de Budas Pratyeka o Pachcheka. Ayudan al Señor del Mundo en Su obra y están destinados a ser nuestros tres sucesivos Señores del Mundo cuando la humanidad terrestre se transfiera al planeta Mercurio.

Cada siete años celebra el Señor de] Mundo en Shamballa una ceremonia algo parecida a la fiesta de Wesak, pero mucho más pomposa y de distinto tipo, a la que invitados asis­ten todos los adeptos y algunos miembros de grado inferior, quienes así tienen ocasión de relacionarse con su excelso Cau­dillo. Aparte de en esta fiesta septenaria, sólo se comunica el Señor del Mundo con los Jefes de la Jerarquía oficial, excep­to cuando por razones especiales llama a otros ante Su presencia.

La Doctrina Secreta describe la excelsa posición de nues­tro Rey espiritual. Enseña dicha obra que aun cuando la evo­lución siga adelante y hacia lo alto no se alterará la relativa posición de las etapas del Sendero, por lo que en el lejanísi­mo porvenir las actuales etapas de evolución ocuparán un mu­cho más subido nivel. El estado del hombre perfecto de la séptima ronda de nuestra cadena corresponderá al «penúlti­mo grado de la Jerarquía de entonces, la superior de la tierra y de la cadena terrestre»: es decir, que el Rey se halla ahora en sólo un grado superior al punto en que de aquí a millones de años, al cabo de dos rondas y media de múltiples experien­cias llegará el hombre perfecto de nuestra humanidad. El Rey del Mundo vino durante la tercera raza raíz a encargarse de la evolución terrestre. La venida del entonces futuro Rey es­tá descrita en los siguientes términos en la obra: El hombre; de dónde y cómo vino; ¿a dónde va?

La gran estrella polar lemuriana estaba todavía completa y el enor­me creciente se extendía a lo largo del Ecuador, incluyendo Madagascar. El mar cuyo lecho era el actual desierto de Gobi, rompía sus olas en las abruptas costas formadas por las escotaduras septentrio­nales de los Himalayas, y todo se iba preparando para el más dramá­tico instante de la historia de la Tierra: el advenimiento de los Se­ñores de la Llama.

Los Señores de la Llama y el Manú de la tercera raza raíz habían hecho todo lo posible a fin de colocar a los hombres en el punto a propósito para que, avivado el germen de la mente, pudiera descender el ego. Recibieron impulso todos los rezagados y ya no hubo en las filas animales quien pudiera ascender por entonces a la categoría hu­mana. La puerta por donde entraban en el reino humano los inmi­grantes procedentes del reino animal se cerró cuando ya no se agol­paba nadie a ella ni hubiera sido posible alcanzarla sin que se repitiera el formidable impulso que se da por única vez en el promedio de cada plan de evolución.

Para el advenimiento de los Señores de la Llama se escogió la época coincidente con el insólito fenómeno astronómico de una espe­cial conjunción de planetas que colocaba a la Tierra en las más fa­vorables condiciones magnéticas. Sucedió esto hace unos seis millones y medio de años, cuando ya no quedaba por cumplir otra labor que la que únicamente podían llevar a cabo los Señores de la Llama.

 

Con el estruendoso bramido de un torrente y envuelta en ígneas nubes que cubrían el firmamento de disparadas lenguas de fuego, des­cendió entonces de inconcebibles alturas, relampagueando a través de los aéreos espacios, la carroza de los Hijos del Fuego, de los Señores de la Llama, que venidos de Venus posaron sobre la «Isla Blanca» risueñamente tendida en el seno del mar de Gobi. Estaba la isla ver­deciente de follaje y radiante de matizada floración, como si la Tirra ofreciese la más amorosa y galana bienvenida a su llegado rey, el kumara Sanat, el «doncel de diez y seis estíos», el de «perpetua y virginal juventud», el nuevo Gobernador de la Tierra, que advenía a Su reino acompañado de Sus discípulos los tres turnaras, y sus ayudantes, los treinta poderosos Seres que demasiado grandes para que la Tierra pu­diese reconocerlos en graduación de categorías, estaban revestidos de los gloriosos cuerpos que Ellos mismos habían formado por el poder de kriyashakti, y eran la primera Jerarquía oculta, las ramas del único árbol banano, alimentador de los futuros adeptos y centro de toda vida oculta. La morada de estos Seres fue y es la imperecedera Tierra sagrada en que sempiternamente brilla la Estrella flamígera, símbolo del monarca de la Tierra, el inmutable polo en cuyo torno se enhebra de continuo la vida de nuestro planeta.

Del Ser todavía superior al Señor del Mundo dice La Doc­trina Secreta :

El Ser a que aludimos, y que permanece innominado es el Trino de quien derivaron en subsiguientes épocas todos los históricamente conocidos sabios y hierofantes, como el rihsi Kapila, Kermes, Enoch, Orfeo, etc. En cuanto a hombre objetivo es para el profano el miste­rioso personaje, siempre invisible y sin embargo siempre presente res­pecto del cual tantas leyendas prevalecen en Oriente, sobre todo entre los ocultistas y los estudiantes de la ciencia sagrada. Se transmuta y no obstante permanece siempre el mismo, y mantiene dominio espi­ritual sobre los adeptos iniciados en el mundo entero. Según hemos dicho, es el Innominado, aunque tiene muchos nombres que como su naturaleza son desconocidos. Es el iniciador, llamado el «Magno Sa­crificio», porque sentado en el Umbral de la Luz, la mira desde el interior del Círculo de Obscuridad que no traspondrá ni se moverá de su asiento hasta el último día del actual ciclo de vida. ¿Por qué permanece el Solitario Vigilante en el lugar que se escogió? ¿Por qué está sentado junto a la Fuente de la Primaveral Sabiduría, de la que ya no bebe, pues ya nada ha de aprender que no sepa ni en esta Tierra ni en su cielo? Porque los solitarios peregrinos de llagados pies, al regresar a su Morada, no están seguros hasta el último momento de no extraviarse en este ilimitado desierto de ilusión y materia llamado vida terrena. Porque ardientemente desea mostrar el camino que con­duce a aquella región de libertad y luz, de la que salió voluntariamente, a todo prisionero que logró libertarse de las ataduras de la carne y de la ilusión. En suma, porque se ha sacrificado en beneficio de la humanidad, aunque muy pocos elegidos puedan aprovecharse del Mag­no Sacrificio.

Bajo la directa y silente guía de este MahaGuru fueron guías de la primitiva humanidad los demás maestros e instructores no tan di­vinos, desde el primer despertamiento de la conciencia humana. Por medio de estos «Hijos de Dios» aprendió la infantil humanidad las primeras nociones de todas las artes y ciencias así como también las del conocimiento espiritual. Ellos colocaron la primera piedra de aque­llas antiguas civilizaciones que tan penosamente enigmáticas son para los modernos eruditos.

En el primer Rayo tiene el hombre mayor posibilidad de adelanto dentro de la Jerarquía de nuestro globo, porque en ella hay dos iniciaciones superiores a la de Manú. La con­dición de los Budas Pachcheka, que están en la etapa inme­diatamente superior a la de Manú, no ha sido bien compren­dida por algunos autores que los describen como seres egoís­tas que se niegan a enseñar lo que aprendieron y pasan al nirvana.

Verdad es que estos Budas no enseñan, pero es porque tienen otra labor que hacer en su propio Rayo, y cuando se marchan de este mundo es para llevar a otra parte el fruto de su gloriosa labor.

 

La siguiente iniciación, que nadie puede conferir sino que cada cual ha de dársela a sí mismo, coloca al adepto en el nivel del Señor del Mundo, y entonces puede desempeñar el oficio de primero o segundo Señor en un mundo y después asumir la más grave responsabilidad de tercer Señor en otro mundo.

La obra de tercer Señor de un mundo es mucho más de­licada porque le incumbe terminar cumplidamente aquel pe­ríodo de evolución y entregar en manos del Manú Simiente los innumerables millones de seres evolucionantes de los que ha de ser responsable durante el nirvana interplanetario, has­ta entregarlos a su vez al Manú Raíz del globo inmediato.

Cuando el tercer Señor del Mundo ha cumplido su deber, recibe otra iniciación enteramente externa a la Jerarquía te­rrestre y alcanza el grado de Vigilante Silencioso. En esta ca­tegoría permanece en guardia durante toda una ronda, hasta que al volver a nuestro planeta la oleada de vida transmite el cargo a Su sucesor.

A pesar de lo lejanísimos que estamos todavía de tan es­plendentes y altísimas cumbres de evolución, nos conviene elevar el pensamiento a ellas para tener siquiera una débil comprensión, porque nos señalan el punto a que hemos todos de llegar, y cuanto más claramente lo columbremos más se­guro y rápido será nuestro progreso para alcanzarlo, por más que no sea posible movernos con la velocidad de la flecha y que da en el blanco.

En el transcurso de la evolución, todo ser humano lle­gará a tener plena conciencia en el supremo plano de nuestro universo, el plano de la divinidad, y ser al propio tiempo cons­ciente en todos los niveles del plano prakrítico cósmico, de modo que potente en lo superior sea capaz de comprender y actuar en lo inferior y en lo ínfimo y de prestar auxilio en donde sea necesario auxiliar.

Seguramente a todos nos espera la omnipotencia y omni-presencia; y aunque la vida terrena nada valga en cuanto a lo que podemos obtener por nosotros mismos, vale la pena de soportarla y sufrirla como indispensable medio de alcanzar la verdadera vida que nos aguarda.

Dijo el profeta Isaías: «Cosas que ojo no vio ni oreja oyó ni han entrado en corazón de hombre son las que Dios ha preparado para quienes le aman.»

Porque como la paz de Dios, Su amor, sabiduría, poder y gloria trascienden a toda comprensión.

 

 

PAZ A TODOS LOS  SERES

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INDICE

 

PRIMERA PARTE

 Los Maestros

 

                                                                                                              Pág.

Prefacio ……………………………………………………………..    3

Capítulo I. – La Existencia de los Maestros………………………..     4

  1. – El cuerpo físico de los Maestros……………………..  13

 

 

SEGUNDA PARTE

Los Discípulos

 

Capítulo III. – El Sendero hacia el maestro. ……………………..       26

               IV . – Probación…………………………………………      34

  1. – Aceptación……………………………………….. 46
  2. – Otras presentaciones……………………………… 51

 

 

TERCERA PARTE

Las Iniciaciones

 

Capítulo VII. – La primera Iniciación……………………………         58

  1. – El Ego……………………………………………   66
  2. – Las segunda y tercera iniciaciones………………   72
  3. – La iniciaciones Superiores………………………         81

 

 

CUARTA  PARTE

La Jerarquía

 

Capítulo  XI. – La obra de los Maestros………………………….       89

  1. – Los Choanes y los Rayos…………………………     97
  2. – La Trinidad y los Triángulos……………………. 110
  3. – La Sabiduría……………………………………. 116
  4. – El poder de los Triángulos……………………… 135

 

 

 

CUADROS E ILUSTRACIONES

Cubierta libro en  tricolor con la aparición del Sr., Buda

en la ceremonia del plenilunio de Wesak, narrada

en el capítulo.

 

Grabado de un barranco en el valle del Tibet donde habitan…           14

los Maestros Moria, Kuthumi y Djwal Kul.

 

Plano gráfico de la casa que habita el Maestro Kuthumi    …             16   

 

 

 

Diagrama   I. – Cuadro sinóptico, índole del Progreso…….                 92

  1. – Cuadro sinóptico, los Rayos y sus características 98
  2. – Tabla relacionada con las piedras preciosas

                          que corresponda a cada rayo   …                                 101

  1. – Ilustración EL LOGOS en sus tres distintos

                           Aspectos   ………………………………………..    111

  1.   -  Cuadro sinóptico EL LOGOS  y sus  Divinos

                          Atributos………………………………………….     112

  1. – Ilustraciones de la posición triángulos…………….     112
  2. – Cuadro sinóptico. Iniciaciones Superiores.

                          Vigilante  Silencioso - Señor del mundo………….    113

  1. – Ilustración de la meseta al norte de los Himalayas

                         Donde está situado el altar y celebran la ceremonia

                         La gran fraternidad, con la asistencia del

                         Pueblo………………………………………………   119

  1.   – Ilustración Del cetro de Poder del Sr. del Mundo

                          que los presta al Sr. Maitreya con motivo

                          Del festival de Wesak……………………………      120

  1. – Ilustración de la transformación de la cruz en el

                         Emblema de la Sociedad Teosófica sin la serpiente      123