Los centros de fuerza. C. W. Leadbeater

LOS CENTROS DE FUERZA Y EL  FUEGO SERPENTINO

(Force-Centres and The Serpent-Fire, 1910)

C.W. Leadbeater

LOS CENTROS DE FUERZA

 

EN cada uno de nuestros vehículos hay ciertos centros dinámicos, llamados en sánscrito chakrams, que significa rueda o disco giratorio. Son los puntos de conexión por los cuales se transmite la fuer­za de uno a otro vehículo. Se ven fácilmente en el doble etéreo, donde aparecen como depresiones o vórtices en forma de salvilla. Suele decirse que corresponden a ciertos órganos físicos; pero conviene advertir que el centro dinámico etéreo no está en el interior del cuerpo, sino en la superficie del doble etéreo, que sobresale unos seis milímetros del contorno de la materia densa. Siete, son los centros dinámicos que generalmente se emplean en ocultismo y están situados en las siguientes partes del cuerpo: 1º en la base del espinazo; 2º en el ombligo; 3º en el bazo; 4º en  el  corazón; 5º  en la garganta; 6º entre ceja y ceja; 7º en la coronilla. Además de éstos hay en el cuerpo otros centros dinámicos que no emplean los estudiantes de magia blanca.

 Conviene recordar que Blavatsky alude a otros tres y  los denomina centros inferiores. Algunas escuelas ocultistas se valen de ellos, pero son tan sumamente peligrosos que debemos considerar su excitación como la mayor desgracia.

Estos siete centros dinámicos se corresponden con los siete colores y las siete notas, y los tratados hindúes los relacionan con ciertas letras del alfabeto y determi­nadas modalidades de vitalidad. También se les da poé­tica semejanza con las flores, asignándoles a cada uno de ellos cierto número de pétalos.

Preciso es recordar que son vórtices de materia eté­rea y están todos en rápida rotación. En cada uno de estos abiertos vórtices se precipita, en ángulo recto con el plano del disco giratorio, una fuerza del mundo astral, que podemos llamar primaria y procede del Lo­gos. Esta fuerza es de naturaleza septenaria y todas sus variedades actúan en todos los centros, aunque sólo una predomina en cada uno de ellos.

El influjo de fuerza infunde 1a vida divina en el cuerpo físico que sin ella no podría subsistir, y por lo tanto, los centros dinámicos en que se precipita dicha fuerza son indispensables a la existencia del vehículo y actúan en todos, aunque giran a muy distintas velo­cidades. Sus partículas pueden estar en relativamente lento movimiento, de modo que sólo formen el nece­sario vórtice para la fuerza, o bien pueden resplande­cer y palpitar con vívida luz hasta el punto de dar entrada a una enorme cantidad de fuerza, de suerte que se le abran al ego nuevas posibilidades y se le añadan nuevas dotes cuando funcione en el respectivo plano.

Vienen después las fuerzas secundarias de movi­miento ondulante, que se precipitan en el vórtice for­mando ángulos rectos consigo mismas, o sea en la su­perficie del doble etéreo, de la propia suerte que una barra imanada atravesada en una bobina de inducción, engendra una corriente eléctrica que fluye a1rededor de la bobina en ángulo recto con el eje director del imán. Una vez dentro del vórtice, la fuerza primaria irradia de él en ángulos rectos, pero en dirección rec­tilínea, como si el centro del vórtice fuese el cubo de una rueda y las radiaciones de la fuerza primaria sus radios, cuyo número difiere según el centro dinámico y determina el número de "pétalos" cuando se comparan con una flor. Cada una de estas fuerzas secundarias que ondulan alrededor de la depresión del disco tiene su característica longitud de onda y luz de cierto color;  pero en vez de moverse en línea recta como la luz, se mueve en ondas relativamente amplias de varios tamaños, cada una de las cuales es múltiplo de las cor­tas ondu1aciones de su interior, aunque todavía no se ha calculado su exacta proporción.

El número de ondulaciones se determina por el de radios de la rueda, y la fuerza secundaria ondula debajo y encima de las irradiaciones de la primaria, de la propia suerte que se puede entrelazar un tejido de mimbres alrededor de los rayos de la rueda de un ca­rruaje.

Las oleadas son infinitesimales, y probablemente cada ondulación comprende algunos miles de ellas. Cuando las fuerzas se precipitan en el vórtice, estas ondulaciones de diversos tamaños se entrecruzan en la plantilla cestal, produciendo en apariencia lo que los tratados hindúes comparan con los pétalos de una flor y que todavía mejor pueden compararse con las salvillas de cristal irisado y ondulante que se fabrican en Venecia. Todas las ondulaciones o pétalos tienen reflejos nacarados, aunque cada uno con su predominante color.

En el hombre ordinario, cuyos centros dinámicos no tienen más actividad que la necesaria para mantener su cuerpo vivo, los colores son pálidos, mientras que son muy refulgentes en los hombres que tienen los cen­tros dinámicos en  plena actividad y cuyo diámetro ha aumentado desde unos cinco centímetros al de una ordinaria salvilla de mesa. Brillan como soles en miniatura.

 

Descripción de los centros

 

El primer centro dinámico, situado en la base del espinazo, tiene una fuerza primaria que emite cuatro rayos y ordena sus ondulaciones como si estuviera di­vidido en cuadrantes con huecos entre ellos, es decir, parecidamente al signo de la cruz. Por esta razón se ha simbolizado este centro con la cruz, y a veces una cruz ígnea representa la serpiente de fuego que en él reside.

En plena actividad tiene este centro color rojo ana­ranjado de tonalidad ígnea, en íntima correspondencia con la modalidad. vital que se le transmite desde el centro básico. En cada centro se echa de ver análoga correspondencia con el color de su vitalidad.

El segundo centro, situado en el ombligo, se llama plexo solar y recibe una fuerza primaria con diez ra­diaciones, de modo que vibra como si se dividiera en diez ondulaciones o pétalos. Está íntimamente relacio­nado con diversos sentimientos y emociones y su color predominante es una extraña entremezcla de varios ma­tices del rojo, aunque también hay gran parte de verde.

El tercer .centro, sito en el bazo, está destinado a especializar, subdividir y dispersar la vitalidad que nos llega del sol, pues del bazo vuelve a irradiar en seis rayos horizontales, quedando la séptima modalidad in­clusa en el cubo de la rueda. Por lo tanto, este centro tiene seis pétalos de ondulaciones y es muy refulgente, brillante y parecido a un sol.

El cuarto centro está en el corazón y es de brillante color dorado. Cada uno de sus cuadrantes se divide en tres partes y tiene en conjunto doce radiaciones de la fuerza primaria.

El quinto centro, colocado en la garganta, tiene dieciséis radios, y por 10 tanto, dieciséis aparentes divisiones. Hay en él mucho azul, pero en general es de color argentino brillante como el de la luna cuando se refleja en las aguas.

Entre ambas cejas está el sexto centro, que parece dividido en dos mitades, predominando en una el color rosa bordeado de amarillo y en la otra una especie de azulado purpúreo, ambos íntimamente armonizados con el color respectivo de las modalidades de vitalidad que reciben. Por tal razón dicen los autores hindúes que este centro sólo tiene dos pétalos, aunque si contamos las ondulaciones del mismo carácter que las de los centros anteriores, veremos que cada mitad se subdivide en cuarenta y ocho rayos o sean noventa y seis irradiaciones de su primaria fuerza. 

El séptimo centro, en la coronilla, cuando está en plena actividad es acaso el más brillante de todos por sus indescriptibles efectos cromáticos y sus vibraciones de inconcebible rapidez. Los autores hindúes le asignan mil pétalos, y no exageran mucho en ello, pues su fuerza primaria emite 960 radiaciones. Además, su configuración difiere de la de los otros centros en que tiene una especie de subsidiario vórtice de color blanco brillante con el centro dorado. Este vórtice subalterno no es tan veloz y posee de por sí doce ondulaciones.

He oído decir que cada pétalo de estos centros dinámicos representa una cualidad moral cuyo desarrollo ­pone el centro en actividad. No he podido comprobar experimentalmente esta afirmación ni atino a comprenderla, porque el aspecto petálico está producido por fuerzas definidas y fácilmente reconocibles; y además, los pétalos de cada centro están o no activos según se hayan despertado o no dichas fuerzas, por lo que el desarrollo de los pétalos no tiene a mi modo de ver más relación con la moralidad que el desarrollo del bíceps.

En cambio, he tratado a personas de no muy ele­vada moralidad, cuyos centros estaban plenamente ac­tivos, mientras que otras muy espirituales y de nobi­lísima conducta moral no los tenían vitalizados del todo. Por lo tanto, no me parece que haya relación entre ambos desarrollos.

 

 

 

 

Los Centros Astrales

 

Aparte de mantener vivo el cuerpo físico, los cen­tros dinámicos tienen otra función que sólo desempe­ñan en plena actividad. Cada centro etéreo se corres­ponde con otro astral, aunque éste, por ser de cuatro dimensiones, tiene una extensión en sentido de todo punto distinta de las tres del etéreo, y en consecuencia no es exactamente homologo, aunque en parte coincidan. El vórtice etéreo está siempre en la superficie del cuerpo etéreo; pero el centro astral está con frecuencia en el interior del vehículo  astral. Ahora bien; la fun­ción de los centros etéreos, cuando están plenamente activos, es transferir a la conciencia física la peculiar cualidad del correspondiente centro astral; y así, antes de recopilar los resultados que cabe conseguir de poner los centros etéreos en actividad, conviene considerar la

función de cada centro astral, que ya están plenamente activos en todas las personas cultas de las razas supe­riores. Por lo tanto, ¿qué efecto produce en el cuerpo astral la excitación de los centros astrales?

El primero de estos centros, el de la base del espi­nazo, es la morada de la misteriosa fuerza que sim­boliza la serpiente ígnea y en La Voz del Silencio se llama la Madre del Mundo. Más adelante trataremos con mayor detención de esta fuerza. Por ahora limi­témonos a considerar sus efectos en los centros astra­les. Esta fuerza existe en todos los planos y su activi­dad excita los centros. Hemos de tener en cuenta que primitivamente fue el cuerpo astral una masa casi iner­te, con muy vaga conciencia, sin poder de acción ni claro conocimiento del mundo circundante. Por lo tan­to, lo primero que ocurrió fue la elevación de esta fuerza en el hombre hasta el nivel astral. Una vez levantada o puesta en acción, sé transfirió al segundo centro, correspondiente al ombligo, y 10 vivificó, des­pertando así en el cuerpo astral la aptitud de sentir todo linaje de influencias, aunque todavía sin nada pa­recido a la definida percepción de ver y oír.

Después se transfirió la fuerza al tercer centro as­tral, que corresponde al bazo físico, y por su medio vitalizó todo el cuerpo astral, capacitando al individuo para utilizarlo conscientemente como vehículo de loco­moción, aunque tan sólo con muy vaga idea de lo que pudiese encontrar en sus viajes.

Al despertarse el cuarto centro, adquirió el hombre la facultad de recibir y simpatizar con las vibra­ciones de otras entidades astrales, de modo que pudo comprender instintivamente sus sentimientos.

La actividad del quinto centro, que corresponde a la garganta, facultó al hombre para oír en el plano astral, esto es, desarrolló el sentido que en el mundo astral produce en la conciencia el mismo efecto a que llamamos audición en el plano físico.

El desarrollo del sexto, correspondiente al etéreo entre cejas, produjo análogamente la vista astral, o sea la definida percepción de la naturaleza y forma de los objetos astrales, en vez de percibir vagamente su pre­sencia.

El despertar del séptimo, o sea el de la coronilla, complementó acabadamente la vida astral del hombre y perfeccionó sus facultades.

Respecto del séptimo centro parece que hay alguna diferencia según la índole del hombre. En muchos de nosotros, los vórtices astrales del sexto y séptimo de estos centros convergen en el cuerpo pituitario, que en este caso es el único enlace directo entre el plano físico y los superiores. Sin embargo, hay otros hombres en quienes el sexto centro está todavía adherido al cuerpo pituitario, pero el séptimo se dobla o diverge hasta coin­cidir su vórtice con la atrofiada glándula pinea1, que en este caso se vivifica y constituye una comunicación directa con el mental inferior sin pasar por el ordi­nario intermedio del astral. A este tipo de hombres se refería Blavatsky al insistir en la reavivación de la glándula pineal.

 

Los Sentidos Astrales

 

Así vemos que estos centros astrales desempeñan en cierto modo funciones de sentidos de percepción astral, aunque sin lo dicho resultaría ina­decuado el nombre de sentidos, pues conviene recordar que si bien para la mejor comprensión del asunto ha­blamos de vista y oído astrales, queremos expresar con ello la facultad de responder a las vibraciones adap­tadas a la conciencia astral del hombre, del mismo ca­rácter que las correspondientes a sus ojos y oídos mien­tras actúa en el plano físico.

Pero en las del todo distintas condiciones del mun­do astral no se necesitan órganos especiales de per­cepción para obtener este resultado. En todas las par­tes del cuerpo astral hay materia capaz de responder vibratoriamente; y por lo tanto, el que actúa en dicho vehículo ve por delante, por detrás, encima, debajo y a los lados sin necesidad de volver la cabeza. Así es que los centros no se pueden llamar órganos en la ordi­naria acepción de la palabra, pues no percibe por ellos el hombre el mundo exterior, como sucede con los ojos y oídos. Sin embargo, de la vivificación de los centros depende la sensoria facultad astral, pues al desarro­llarse cada uno de ellos le comunican al cuerpo astral la aptitud de responder a un nuevo orden de vibraciones.

Como quiera que todas las partículas del cuerpo as­tral están en continuo movimiento de traslación, como las de una masa de agua hirviente, todas van pasando sucesivamente por cada uno de los centros dinámicos, de suerte que éstos despiertan a su vez en cada par­tícula astral que por ellos pasa la facultad de responder a nuevas vibraciones, con lo que el cuerpo astral es en conjunto un órgano de percepción que al fin resume todos los sentidos. De todos modos, aunque los sentidos astra1es estén completamente despiertos, no por ello es el hombre capaz de transferir a su cuerpo físico la con­ciencia de su funcionamiento.

 

La Vivificación de los Centros Etéreos

 

Los centros dinámicos del cuerpo astral se van despertando uno tras otro sin que el hombre físico lo ad­vierta, y el único medio de advertirlo es despertar asimismo los centros etéreos. Esto se logra por el mismo procedimiento seguido para despertar los centros as­trales, esto es, por la actualización de la ígnea serpiente que revestida en el plano físico de materia etérea, dormita en el centro dinámico de la base del espinazo.

Se la despierta o actualiza por el deliberado y per­severante esfuerzo de la voluntad en poner del todo activo este primer centro dinámico, cuya tremenda fuerza vivificará los demás centros, de suerte que cada uno de ellos transfiera a la conciencia física las faculta­des educidas por el desarrollo de sus correspondientes centros astrales. Cuando el centro dinámico etéreo del ombligo está en actividad, empieza el hombre a ser consciente en el plano físico de toda clase de influen­cias astrales, y presiente sin conocer el motivo, qué unas son amistosas, otras hostiles o que unos lugares son agradables y otros repulsivos.

Al despertar activamente el centro etéreo del bazo, el hombre recuerda, siquiera en parte, sus vagabundeos astrales, y un ligero y accidental estímulo de este cen­tro semeja vagamente la deleitosa sensación de volar ­por los aires.

La actividad del cuarto centro, que está en el corazón, capacita al hombre para sentir instintivamente las alegrías y tristezas de los demás, y a veces puede reproducir en sí mismo, por simpatía, los dolores y tor­mentos físicos del prójimo[1].

Cuando despierta el centro etéreo de la garganta, oye el hombre voces que suelen hacerle toda clase de insinuaciones y también a veces oye deleitables músicas o placenteros sonidos. Al estar el centro en plena acti­vidad es el hombre clariaudiente en el plano astral.

La vivificación del sexto centro, o sea el de entre cejas, despierta la visión astral, y en estado de vigilia puede ver el hombre lugares lejanos o personas ausen­tes. Al principio sólo permite la entrevisión de pai­sajes y nubes de color; pero una vez en plena actividad despierta la clarividencia.

También está relacionado de otro modo con la vista el centro de entre cejas, pues por su mediación se ad­quiere la  facultad de agrandar los diminutos objetos físicos. Del punto medio de dicho centro sale un tenue y flexible tubo de materia etérea, parecido a una mi­croscópica sierpe con un ojo por cabeza, que puede con­traerse o dilatarse para agrandar el tamaño de los objetos diminutos y disminuir el de los colosales, de modo que se adapte a este órgano de clarividencia. Los tratados antiguos aludían a ello al hablar de la facul­tad de hacerse un hombre más grande o más chico a su voluntad. Así es que para examinar un átomo, el clarividente dispone de un ojo cuya potencia visual se ­acomoda al tamaño del átomo de suerte que éste pa­rece agrandado[2].

Al despertar el séptimo centro es capaz el hombre de salir y entrar conscientemente de su cuerpo físico sin romper el enlace, de modo que su conciencia no se interrumpirá ni de noche ni de día. Cuando la ígnea serpiente ha pasado por todos estos centros, siguiendo un orden variable según el tipo del individuo, no se interrumpe la conciencia hasta que el hombre entra en el mundo celeste al terminar la vida astral. Hasta enton­ces no hay diferencia para él  entre el sueño y la muerte. Sin embargo, antes de que esto suceda, puede tener el hombre algunos vislumbres del mundo astral, porque las vibraciones muy violentas pueden activar temporalmente uno u otro de los centros sin que despierte del todo la serpiente ígnea, aunque también cabe ac­tualizarla en parte y producir entretanto una clarivi­dencia parcial. Porque este fuego dinámico consta de siete capas o grados de energía, y puede ocurrir que cuando un hombre se esfuerza con toda su voluntad en actualizarlo, sólo consiga levantar una capa, y creído de haber realizado ya la tarea la juzgue ineficaz. Enton­ces ha de repetirla una y otra vez, excavando gradual­mente más y más hondo, hasta que no sólo se con­mueva la superficie sino que el núcleo de fuego se pon­ga en plena actividad.

 

 

EL FUEGO SERPENTINO

 

YA sabemos que esta ígnea serpiente, llamada en sánscrito kundalini, es la manifestación física de una de las grandes fuerzas del universo, una de las energías del Logos. También sabemos que la electricidad es otra energía del Logos, en sus diversas modalidades de calor, luz y movimiento. Otra energía del Logos es la vitalidad llamada prana  que no puede transmutarse en ninguna de las antes mencionadas mo­dalidades energéticas. Por lo tanto, cabe decir que la vitalidad y la electricidad son los extremos inferiores de dos corrientes de energía del Logos.

La serpiente ígnea o kundalini puede considerarse como el extremo también inferior de otra corriente del Logos, como la manifestación en el plano físico de otro de los múltiples aspectos de su poder.

Al igual que el prana o vitalidad, el kundalini exis­te en todos los planos conocidos; pero sólo trataremos de su expresión en la materia etérea. No puede trans­mutarse en vitalidad ni en electricidad, y ni una ni otra de ambas parecen afectarla. Yo he visto un cuer­po humano cargado nada menos que con 1.250.000 vol­tios, de suerte que al extender el brazo hacia la pared brotaban llamas de sus dedos sin molestia alguna[3], y a pesar de ser tan enorme el potencial eléctrico, no produjo efecto alguno en la serpiente ígnea.

La Voz del Silencio llama al kundalini "fuerza íg­nea" y "madre del mundo". Por extraños que parezcan estos nombres están justificados, porque en verdad es como fuego líquido que fluye por el cuerpo en dirección espiral a modo de movimiento serpentino. En cuanto al nombre de "madre del mundo" se le da porque ac­tiva nuestros diversos vehículos, de suerte que se nos  abren uno tras otro los mundos superiores.

En el cuerpo del hombre, está localizada la serpien­te ígnea en la base del espinazo, según ya dijimos; pero en el hombre vulgar permanece latente y dormida du­rante toda la existencia terrena; y en verdad vale más dejarla dormir hasta que la moralidad del hombre lle­gue a suficiente nivel y su voluntad sea lo bastante recia para gobernarla y sus pensamientos de sobra pu­ros para arrostrar sin peligro su actualización. Nadie ose jugar con esta ígnea fuerza sin concretas instruc­ciones de un maestro experto en su manejo, porque en­traña gravísimos peligros, algunos de ellos de índole física, y su desgobernada actuación produce íntimos dolores, desgarra los tejidos y aun puede ocasionar la muerte. Sin embargo, este es el menor mal resultante de su imprudente operación, pues también puede estro­pear los vehículos superiores.

Uno de los más frecuentes efectos de la prematura actualización de la serpiente ígnea es que entonces fluye cuerpo abajo en vez de cuerpo arriba, excitando con ello groserísimas pasiones, con tal intensidad que no le cabe al hombre resistirlas porque se ha puesto en acción una fuerza contra la cual está tan perdido como el nadador ante las fauces de un tiburón. Tales son los sátiros y monstruos de depravación que se hallan entre las garras de una fuerza incomparablemente superior a toda humana resistencia. Acaso adquieran algunos poderes supernormales; pero les pondrán en contacto con un bajo orden de evolución incompatible con la hu­mana, y para emanciparse de tan horrible esclavitud necesitarán más de una encarnación. En verdad que no exagero el horror de semejante estado, como acaso hiciera quien de oídas lo contara sin testimonio perso­nal. Yo mismo he tratado a individuos sujetos a tan espantosa suerte, y con mis propios ojos vi lo que les sucedía. Hay una escuela de magia negra que adrede emplea siniestramente el kundalini con objeto de vivi­ficar los bajos centros dinámicos que jamás emplean los discípulos de la Buena Ley.

Aparte de este peligro capital, entraña otros mu­chos de siniestra índole la prematura actualización de la serpiente ígnea, porque intensifica en general la na­turaleza del hombre y estimula las malas y bajas cua­lidades mucho más fácilmente que las buenas.  Por ejemplo, en el cuerpo mental se despierta muy luego la ambición y no tarda en hincharse extraordinariamente. Cabe en lo posible que también despierte poderoso ta­lento, pero irá acompañado de un orgullo satánico como no se concibe en el hombre vulgar. No presuma el hom­bre de poder habérselas con toda fuerza que en su cuerpo se levante, porque la serpiente ígnea no es una fuerza ordinaria, sino algo irresistible. Desde luego que ningún inexperto debe intentar siquiera desper­tarla, y si por acaso la despertara algún accidente, ha de consultar enseguida con un entendido en la cues­tión.

Echará de ver el lector que de propósito he omitido la explicación del modo de actualizar la serpiente ígnea ni tampoco señalé el orden en que una vez actualizada pasa por los diversos centros dinámicos, pues no puede intentarse en modo alguno sin expreso mandato del Maestro, quien cuidará de su discípulo durante las diversas etapas del experimento.

Solemnemente prevengo a todos los estudiantes con­tra cualquier conato en el sentido de despertar esta tremendísima fuerza sin adecuada tutela, porque yo mismo he presenciado muchos casos de las terribles consecuencias de una ignorante y mal aconsejada in­tromisión en estas gravísimas materias. La fuerza íg­nea es una tremenda realidad, uno de los fenómenos capitales de la naturaleza, y no es cosa de juego ni que se pueda manejar a la ligera, sino tan peligrosa en manos inexpertas como en las de un niño la dinamita. Verdaderamente se ha dicho de ella: "Libera, a los yo­guis y esclaviza a los insensatos."[4]

En cuestiones como ésta, se figuran algunos estu­diantes que habrá para ellos particular excepción de las leyes naturales o que la especial intervención de la Pro­videncia les librará de los efectos de su locura. Segu­ramente que no sucederá nada de esto, y quien insen­satamente provoque una explosión es muy fácil que resulte su primera víctima. Muchas tribulaciones y des­engaños se ahorrarían los estudiantes si comprendieran que en todo cuanto con el ocultismo se relaciona sig­nificamos exacta y literalmente lo que decimos, y que es aplicable a todos los casos sin excepción. Las leyes capitales del universo no conocen el favoritismo.

Muchos desean ensayar el mayor número posible de experimentos porque se creen aptos para recibir las más elevadas enseñanzas y adelantar cuanto quiera en su desarrollo; pero pocos se resignan a ir mejorando pacientemente su carácter, a dedicar tiempo y trabajo a una labor útil a la Sociedad, y esperar a que un Maes­tro le advierta que ya está en disposición de recibir cuanto otros anhelan. No pierde su perpetua oportuni­dad el viejo aforismo: "Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadi­dura."

Hay casos, en que el fuego brota espontáneamente y se nota un pesado ardor; y otros casos, aunque raros, en que se actualiza por sí mismo. En este último caso arriesga ocasionar mucho dolor porque los centros di­námicos no están dispuestos a su paso y habría de abrír­selo quemando gran parte de tegumento etéreo con el consiguiente dolor.

Cuando la serpiente ígnea despierta de por sí o ac­cidentalmente, suele precipitarse por el interior de la columna vertebral en vez de seguir la dirección serpen­tina en que el ocultista está acostumbrado a guiarla. Si es posible, ha de ponerse en obra la voluntad para de­tener el flujo ígneo; pero si no es posible, como suele ocurrir, tampoco hay que alarmarse, porque probable­mente se escapará por la cabeza difundiéndose en el ambiente sin producir otro daño que una ligera debili­dad. Lo peor que puede ocurrir es una temporánea pér­dida de conciencia. El verdadero y más terrible peligro no está en que el fuego se precipite hacia arriba, sino que fluya hacia abajo e interiormente.

Respecto al desarrollo oculto, la principal función de la serpiente ígnea es que al pasar por los centros di­námicos, según dijimos, los vivifica y constituye en puer­ta  de tránsito entre los cuerpos físico y astral. Dice La Voz del Silencio que cuando la serpiente ígnea llega al centro dinámico de entre cejas y del todo lo vivifica, confiere al hombre la facultad de oír la voz del Maestro, que en este caso significa la voz del ego o Yo superior. El motivo de esta afirmación es que el cuerpo pituitario,

en ordenada actividad, forma un perfecto enlace con el vehículo astral, de modo que por él puede recibirse toda comunicación interna.

No es esto sólo. Todos los centros dinámicos superiores se han de despertar de suerte que respondan a cualesquiera influencias de los subplanos astrales; pero este desarrollo lo adquirirá cada individuo a su debido tiempo, aunque no en la presente encarnación si es la primera vez que estudia atentamente el asunto. Algunos hindúes podrán lograrIo porque sus cuerpos son más adap­tables por herencia que otros; pero la mayoría habrán de esperar toda otra ronda.

El dominio de la serpiente de fuego se ha de inten­tar repetidamente en cada encarnación, puesto que se renuevan los vehículos; pero lograda enteramente una vez, no cuesta gran cosa la reiteración del intento.

Conviene recordar que la serpiente ígnea actúa de distinto modo según el tipo del individuo, y así algunos verán al ego sin oír su voz. Además, la relación con el ego abarca varios grados, pues para la personalidad sig­nifica la influencia del ego y para el ego significa el poder de la mónada, mientras que para la mónada sig­nifica la consciente expresión del Logos. ­

No caerá fuera de propósito que exponga aquí mi experiencia individual en el asunto. Hace veinticinco años, la primera vez que residí en la India, no me es­forcé en despertar el fuego ni en verdad sabía mucho acerca de él, pues opinaba que para ello era necesario haber nacido con un cuerpo físico especial que yo no poseía. Pero cierto día me insinuó un Maestro determi­nada clase de meditación para evocar la fuerza ígnea. Desde luego obedecí 1a insinuación y al cabo de tiempo obtuve éxito. Sin embargo, no me cabe duda de que el Maestro vigiló el experimento y me hubiera auxiliado en caso de peligro. Me han dicho que algunos ascetas hindúes enseñan esta práctica a sus discípulos manteniéndolos sin cesar bajo su cuidadosa vigilancia. Pero yo no conozco personalmente a ninguno ni debo tener con­fianza en ellos mientras no me los recomiende alguien de cuyo verdadero conocimiento esté yo convencido.

Me preguntan muchos lo que deben hacer para des­pertar esta fuerza  Les aconsejo que hagan lo que yo hice. Les recomiendo que se entreguen a la obra teosó­fica y esperen a recibir expreso mandato del Maestro, que se encargará de su desarrollo psíquico, prosiguien­do entretanto los acostumbrados ejercicios de medita­ción. No han de preocuparse en lo más mínimo de si lograrán dicho desarrollo en la presente o en la pró­xima encarnación, sino que deben considerar la materia desde el punto de vista del ego y no de la personalidad, con la absoluta certeza de que los Maestros están siem­pre a la mira de a quien pueden ayudar, de modo que es de todo punto imposible que nadie escape a su ob­servación, y que indudablemente darán sus instruccio­nes cuando las consideren oportunas.

Nunca he oído decir que la edad del individuo ponga límite a su desarrollo psíquico mientras goce de perfec­ta  salud, porque esta condición es necesaria a fin de que el cuerpo pueda soportar el esfuerzo, que es mucho más violento de cuanto les cupiera imaginar a quienes nunca lo intentaron.

Una vez levantada la fuerza debe gobernarse ri­gurosamente y pasar por los centros dinámicos en su­cesión distinta para cada tipo de individuos. También es preciso que si la fuerza ha de tener eficacia se mueva de cierto modo que el Maestro explicará oportunamente.

 

El Velo que separa los Planos

 

Ya dijimos que los centros etéreos y astrales están en muy íntima correspondencia; pero entre ellos e interpenetrándolos de suerte no fácilmente descriptible hay una tupida tela compuesta de una capa de átomos fí­sicos muy comprimidos y empapados en una peculiar modalidad de la fuerza vital. La vida divina que desciende normalmente del plano astral al físico está to­nalizada de modo que pasa sin dificultad a través de esta tela, que no obstante opone infranqueable obstácu­lo al paso de cuantas fuerzas no pueden servirse de la materia atómica de los planos físico y astral. Esta tela es la protección proporcionada por la naturaleza para impedir la prematura comunicación entre los planos dichos, que sería seguramente perjudicial.

Esta tela o membrana no consiente que en condiciones normales recordemos con toda claridad lo que nos ha sucedido durante el sueño y también ocasiona la momentánea inconsciencia que siempre acompaña a la muerte. Sin esta misericordiosa protección, el hombre vulgar que nada sabe de la fuerza ígnea y está desprevenido para habérselas con ella, podría ser víctima de alguna entidad astral que en cualquier momento le pu­siera frente a fuerzas superiores a la suya, y estaría expuesto a su constante obsesión si tratara dicha en­tidad de apoderarse de sus vehículos.

Desde luego se comprende que todo daño sufrido por esta membrana es realmente desastroso. De varios modos puede sobrevenir el daño, lo que nos induce a prevenirlo por cuantos medios dispongamos. Puede so­brevenir el daño por accidente o por continuada tor­peza en la práctica. Una violenta conmoción en el pla­no astral, como, por ejemplo, un repentino y terrible espanto, puede desgarrar este delicado organismo y pro­ducir la locura[5]. El mismo efecto causará un violentísimo acceso de cólera, así como toda intensa emo­ción de índole siniestra que determine una especie de estallido en el cuerpo astral.

Los nocivos hábitos que mayor daño hacen a esta membrana protectora son: el alcohol, los narcóticos y el deliberado empeño en abrir por medio de comuni­caciones espiritistas las puertas que la naturaleza man­tiene cerradas. Algunos alcaloides y bebidas, sobre todo el alcohol y todos los narcóticos, incluso el tabaco, con­tienen ciertas materias volátiles que se transfieren del plano físico al astral[6].

 Estas volatilizadas substancias atraviesan en con­tradirección los centros dinámicos, y si mucho se re­pite este paso dañan gravemente y acaban por destruir la delicada membrana.

Esta destrucción puede efectuarse de dos diferen­tes modos según el tipo del individuo y la proporción de los constituyentes de sus cuerpos etéreo y astral. En primer lugar, el roce de las substancias volatilizadas endurecen los átomos de la membrana de suerte que estropean grandemente su pulsación y los incapacitan para seguir vitalizados por la modalidad de energía que los cohesiona en la membrana, resultando de ello que ésta se osifica e impide la transmisión entre ambos pla­nos físico y astral.

En los beodos habituales se observan los efectos de ambos modos de deterioro. Los afectados por el roce abrasador de las substancias volatilizadas caen en el delirium tremens, en la obsesión o en la locura. Sin em­bargo, son casos relativamente raros. Más frecuente es el segundo modo de deterioro cuyos resultados son la debilitación general de las facultades, que se sumen en el grosero materialismo y la brutalidad, con pérdida de todo noble sentimiento y del propio dominio. El hombre así degradado carece de dignidad, olvida todos sus deberes, no tiene concepto de sus responsabilidades, hasta el punto de que si cuando sobrio amaba a su es­posa e hijos, una vez beodo no reparará en disipar en la satisfacción de su apetito el dinero que debiera in­vertir en el sostén de su familia. El afecto y la digni­dad se desvanecieron por completo.

La segunda clase de efectos se echan de ver en los esclavos del tabaco, quienes persisten en  el vicio aun­que saben perfectamente bien que molesta y repugna a sus convivientes. El deterioro de la membrana se nota asimismo en que es el único hábito vicioso de que un caballero no se abstiene, aunque comprenda que ofende a los demás, demostrando con ello grave mella en la delicadeza de sentimientos.

Según dijimos, todas las impresiones que pasan del plano astral al físico o viceversa se transfieren direc­tamente por los subplanos atómicos; pero cuando el al­cohol o los narcóticos debilitan o deterioran la mem­brana, no sólo inficionan todas las materias atómicas sino también la materia astral de los segundo y tercero subplanos, inutilizándolas como medio transmisor, de suerte que la única comunicación remanente entre el astral y el físico es la producida por alguna fuerza del séptimo subplano astral cuya violenta vibración halla respuesta en el físico. Y sabido es que en el séptimo subplano astral sólo hay repulsivas y malignas influenci­as.

Pero aunque la naturaleza tome tales precauciones para proteger los centros dinámicos, no pretende en modo alguno que siempre estén vigorosamente cerra­dos. Hay un medio a propósito para abrirlos. Acaso fuera más exacto decir que la intención de la naturaleza no es que las puertas se abran más de lo que están en su actual posición, sino que el hombre debe perfec­cionarse hasta el punto de aumentar el flujo que pasa por la puerta según ya está.

Sin embargo, la conciencia del hombre ordinario no puede utilizar materia atómica pura en el cuerpo físico ni el astral; y por lo tanto, en condiciones nor­males es incapaz de establecer a voluntad comunicación consciente entre ambos planos. El procedimiento ade­cuado para lograrlo es purificar los vehículos astral y físico hasta que se vivifique por completo su materia atómica, de modo que sirvan de medio transmisor a las comunicaciones entre ambos. Entonces la membrana mantiene en el más alto grado su posición y actividad, y ya no es un obstáculo para la perfecta comunicación, al propio tiempo que continúa impidiendo el contacto entre los subplanos inferiores que darían paso a todo linaje de siniestras influencias.

Por estas razones aconsejamos siempre al estudian­te que no provoque sino que espere el desarrollo de las facultades psíquicas hasta que en el natural curso de  los acontecimientos las reciba en consecuencia del des­arrollo de su carácter, como seguramente las recibirá según se infiere del estudio de los centros de fuerza.

Esta es la evolución natural; este es el único medio positivamente seguro para obtener todos los beneficios y evitar todos los peligros. Este es el Sendero que nues­tros Maestros hollaron en el pasado, y por lo tanto es hoy nuestro sendero.

 

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[1] Esto nos da la explicación esotérica de los estigmas de San Francisco de Asis, y la verosimilitud de este hecho de la vida del santo. N. del T.

[2] El tubo serpentino que sale del centro entre cejas estaba simbo­lizado en el capacete de los reyes de Egipto a quienes como jerarcas religiosos del país se les atribuía este poder entre otros ocultos.

[3] Conviene advertir que por grande que sea el potencial eléctrico no perjudica al cuerpo humano con tal que esté absolutamente aislado; pero el más leve contacto con un objeto lo electrocutaría al instante. ­N. del T.

[4] Hathayogapradipika, III - 107.

[5] Por supuesto que hay otros casos en que también el miedo puede ocasionar la locura.

[6] También el té y el café contienen estas materias, aunque en can­tidad tan infinitesimal que es necesario abusar mucho para sentir sus  efectos.