Las vidas de Orión. C. W. Leadbeater

CRECIMIENTO DEL ALMA A TRAVÉS DE LA REENCARNACIÓN

  1. III

LAS VIDAS DE ORIÓN

Por C. W. LEADBEATER

Editadas por:

  1. JINARAJADASA

EDICIONES DE “FRATERNIDAD UNIVERSAL”, A. C.

ITURBIDE 28 MÉXICO, D. F. 1957

 

LAS VIDAS DE ORIÓN

(Nota preliminar)

En cuatro pequeños volúmenes editados en Adyar (Madras, India) por la Theosophical Publishing House, bajo la dirección del Sr. C. Jinarajadasa, aparecieron varias series de vidas anteriores de distintos miembros de la Sociedad Teosófica o de personas cuyos egos estuvieron de alguna manera conectados con existencias pasadas del Sr. C. W. Leadbeater.

No se trata de Vidas “Ejemplares” como las confeccionadas para algunos de los “santos” del Calendario; (“santos” que, según escuché de los labios del Sabio, deberían hallarse en los profundos infiernos por sus crueldades con sus semejantes). Esta es una serie de vidas genuinamente humanas, con las luchas, las pasiones, los fracasos y los triunfos, los sufrimientos, goces y amores, que todos nosotros hemos experimentado al actuar entre dos atracciones: la espiritual y la pasional.

Principiamos con estas Vidas de “ORIÓN” nombre supuesto de un ego que, según creo, reside ahora en los Estados Unidos y a cuyo impulsivo carácter alude el mismo Sr. Jinarajadasa en el Prefacio.

Por los años 1924 a 1926 tuve yo el privilegio de residir en aquel encantado y encantador invernadero espiritual de almas, que se llama Adyar, (Madras). como alumno en la Brahmavidya Ashrama, (una especie de Universidad para el estudio de la Sabiduría conjunta de Oriente y Occidente). Entonces oí decir a la Dra. Annie Besant, durante una de sus conferencias, que estos relatos de vidas anteriores que ella y el Sr. Leadbeater habían dictado a base de sus propias facultades clarividentes, no habían recibido aprobación unánime de parte de todos los miembros de la Sociedad Teosófica, ni mucho menos de parte de los científicos materialistas. “Sin embargo, añadía, son correctos y recomiendo a ustedes su lectura para que comprendan mejor la acción de la Ley de Karma y muchos datos de la prehistoria del mundo”.

La traducción de estas “vidas” estuvo a cargo del Hno. Galo R. Hernández P., de Veracruz, y a él debemos agradecimiento por esta labor que tan útil será para los estudiantes de la Antigua Sabiduría.

  1. de la Peña Gil

 

 

PREFACIO

(Por C. Jinarajadasa)

Entre los Egos cuyas vidas anteriores han sido examinadas, ORIÓN se destaca, en mi mente, por una característica especial. Es un Ego fuerte, con mucho poder de voluntad y determinación, pero parece que no aprende fácilmente de sus errores; parece incapaz de realizar intuitivamente, como Ego, que hay una Gran Voluntad cuyo propósito no debe ser contrariado. Se arroja contra esa Voluntad una y otra vez a pesar de que, en cada una, sólo atrae sufrimiento sobre sí. Es como un bulldog que, cuando ha hecho presa en la garganta de otro perro, no puede soltarlo aunque le peguen repetidamente, a causa, según se dice, de la peculiar conformación de sus mandíbula. Similarmente, cuando una de las personalidades del Ego Orión se dedica a la prosecución de sus planes aquí abajo, no permitirá que nada se interponga en su camino, ni aún la justicia y el deber, haciendo con ello inmensos daños a otros, con el rebote kármico de mayores males para sí. El resultado ha sido que en tres ocasiones ha llevado a cabo el mismo desatino, cada vez por un motivo ligeramente diferente; el craso error de rechazar la valiosísima oportunidad que se le ha dado de pertenecer al Círculo Interno de la Gran Obra y llegar a ser un “pilar” de aquel templo de donde ya no saldrá más.

Las vidas de Orión fueron examinadas en 1907 y publicadas en “The Theosophist” desde abril de 1911; pero después que estas vidas fueron transcritas y tipografiadas, y que terminó la publicación de “Las Vidas de Alcione” con el número de Febrero de 1911, fueron examinadas retrospectivamente otras de las primeras vidas de Alcione hasta el año 70.000 A. C. Orión apareció en ellas, y en un papel dramático en una por el año 29.700 A. C., la vida número 10 en el libro “Las Vidas de Alcione”. He tomado esta vida colocándola como “prólogo” a la serie de las de Orión investigadas en 1907, porque las consecuencias kármicas de un supremo disparate en dicha vida de hace tanto tiempo, se advierten en varias de las vidas que ahora publicamos.

Orión es un Ego evolucionado que a menudo aparece relacionado con algunos que ahora son Adeptos; sin embargo, por algún tiempo, como se revela en estas Vidas, él da un paso atrás en su desarrollo y reencarna entre Egos que son primitivos y retrasados en su evolución. En su natura1eza superior tiene poca afinidad con estos Egos retrasados. Se diría que, ya que él no quiere aprender ciertas lecciones acerca de lo que la Gran Voluntad significa entre los de su propia estatura interna, debe ser retrogradado a una etapa inferior de evolución, con la esperanza de que allí, entre las más violentas vibraciones de dolor y sufrimiento, algo penetrará dentro de su naturaleza que le haga distinguir entre lo recto y lo erróneo.

Todos nosotros nos movemos entre dos grupos de Egos: primero, entre aquellos de nuestra propia estatura, a quienes estamos ligados por el afecto y una aspiración común de servicio, y también algunas veces, desgraciadamente, por daños cometidos en su contra. Pero nuestro diario vivir nos pone en contacto con algunos de grupos inferiores, integrados por Egos más jóvenes, que nos sirven en diversas capacidades, como sirvientes, empleados, etc. Pensamos que nos libramos de ligas Kármicas con ellos porque les pagamos un salario, y no es así; la manera como los tratamos, nuestra actitud hacia ellos, recta o torcida, que los beneficia o perjudica, los ligan a nosotros y a nosotros con ellos. Ellos y nosotros habremos de encontramos en vidas futuras. para mutua ayuda o mutuo perjuicio.

En la liga entre Orión y Gama. se revela un extraño elemento en nuestras relaciones humanas. Gama es decididamente un Ego menos evolucionado que Orión. El lazo entre ellos, que aparece en el prólogo, sugeriría una amistad fuerte y permanente, una lealtad entre ambos; pero, como se verá en las Vidas, algunas veces la amistad se torna en dureza y aun en horrible crueldad. En la presente vida, Orión y Gama se han encontrado; Orión como un niño y Gama treinta años mayor. No se ha desarrollado liga especial entre ellos.

No podemos pensar en vicio alguno como parte del Ego en su propia y verdadera morada en el Plano Mental Superior. Un vicio, en una personalidad aquí abajo, es la ausencia de la virtud opuesta que aun no se ha desarrollado dentro del Ego. y así encontramos que las personalidades de Orión son a menudo influenciadas por los celos, por envidia de lo que otro está obteniendo y que él quisiera para sí. La reacción mental y emocional no es entonces de resignación, sino de resentimiento, yendo hasta el extremo de acciones malas. Sin embargo, en principio, todas las virtudes existen en cada Ego; pero existen adormecidas, no activas. Leyendo las varias series de Vidas, ciertamente parece que una virtud se educe o se desarrolla muy lentamente dentro del Ego. En el caso de Egos que hubieran crecido mucho en intuición, quizá dos o tres experiencias serán suficientes; pero, con aquellos que no están así dotados, tal parece que son necesarias docenas de la misma experiencia para enseñar una lección.

Fue dicho una vez, por un Maestro Adepto, que la evolución es un lento proceso cuya velocidad puede compararse con una progresión aritmética, por ejemplo: 2, 4, 6, 8, 10… y así sucesivamente. Pero en cuanto el hombre conoce la verdad y la vive, entonces su progreso es como una progresión geométrica: 2, 4, 8, 16, 32... etc. Y aquí radica la ventaja para aquellos que conocen el “Plan de Dios que es la Evolución”, como lo revela la Teosofía. Si bien no pueden ellos cambiar su carácter y acercarse perfectos como por milagro, empero tienen mayor poder de voluntad para hacerla, precisamente porque comprenden. Desde el momento en que ellos ganan comprensión, pueden, si se esfuerzan, saber si sus voluntades van paralelas o no con la Gran Voluntad. De allí surge la confianza para seguir “el relámpago interior” de su intuición; una fuerza para resistir los impactos de Karma, y una seguridad de que no solamente han visto la Meta, sino que están hollando el Sendero que a ella conduce. Entonces saben ellos que, de todas las cosas, este conocimiento es lo que únicamente vale; porque descubren dentro de sí mismos un inextinguible acumulador de poder con el cual abrirse camino hacia su futuro en la Eternidad.

  1. J.

 

Nota: “Las Vidas de Orión” forma el tercer volumen en la serie “El crecimiento del alma a través de la Reencarnación”. El primero y el segundo de dicha serie lo forman “Las Vidas de Erato” y “Las Vidas de Spica”.

  1. JINARAJADASA.

 

 

PRÓLOGO

 (Del 1ibro “Las Vidas de Alcione”. Nº 10. – 29.700 A. C.)

 

Un intervalo inusitadamente corto separa esta vida de nuestro héroe de la anterior. La Banda de Servidores se hallaba ocupada esta vez en ayudar a la fundación, no de una raza, sino de una religión, pues el Gran Mahâ-Guru[1] apareció ma vez más para proclamar la verdad eterna ante Su pueblo, aunque bajo un nuevo símbolo. Debemos suponer que El consideró propicio el tiempo para la promulgación de Su enseñanza en el recién formado Imperio Persa, y en consecuencia acortó la vida celestial de Sus Trabajadores, por lo cual encontramos el mismo grupo de ayudantes esperándole, En Arabia, diez mil años antes, había El arreglado el nombramiento de Surya[2] como Gran Sacerdote; y aquí, Surya estaba ya ocupando esa exaltada posición aun antes de su arribo. El Mahâ-Guru no nació en la raza en la forma ordinaria, sino tomando un cuerpo que había sido cuidadosamente preparado para El –el cuerpo de MERCURIO[3] segundo hijo del Rey Marte, quien a la sazón era el monarca de Persia, mientras que su hermano Corona, gobernaba la Mesopotamia a su nombre.

Marte procreó una familia de siete hijos, cuatro varones y tres mujeres, personajes todos ellos con quienes ya estamos familiarizados. Su hijo mayor y heredero era Júpiter; Mercurio le seguía y después nuestro héroe Alcione[4], siendo Orión el más joven de los hermanos. Las hermanas eran Electra, Rama y Fides, en tanto que otros antiguos amigos se encontraban cerca en la familia del Gran Sacerdote Surya quien tenía a Mizar, Yaxna y Selene[5] entre los varones y a Sirio[6] entre las hermanas. Todos estos muchachos jugaban, aprendían y crecían juntos, y para todo se les consideraba como miembros de una sola familia; de manera que el afecto que ya existía entre ellos como resultado de su asociación en edades previas, tenía todas las oportunidades de manifestarse y crecer.

A medida que nuestros muchachos se acercaron a la adolescencia, su cariño tomó una nueva forma, y finalmente Júpiter se casó con Leo, Mizar tomó por esposa a Electra –su compañero en aquella “trinidad” de antaño–. Mercurio no se casó, puesto que todos sus pensamientos estaban enfocados en el propósito de preparar el advenimiento del Mahâ-Guru. Desgraciadamente, tanto Alcione como Orión, se enamoraron de la misma joven: Sirio, lo que condujo a tristes complicaciones, como más tarde tendremos que explicar.

En los quinientos años que habían transcurrido desde la conquista de Persia, mucho se había progresado, y la capital había crecido y llegado a ser una ciudad espaciosa, bella y bien arreglada, conteniendo magníficos estilos de arquitectura. Muchas otras ciudades y villas habían surgido a la existencia, y la población se había incrementado rápidamente, quedando muy poco terreno baldío en las provincias centrales, porque el proyecto de irrigación ordenado por el Manú se había llevado a cabo en todas sus partes, de manera que el país, antes tan árido, se había convertido en uno de los más fértiles del mundo; y la prosperidad y el contentamiento reinaban allí.

La espléndida ceremonia que marcó la ocupación del cuerpo de Mercurio por el Mahâ-Guru ha sido hermosamente descrita por la señora Besant en el libro “El Hombre: de Dónde y Cómo Vino y Adónde Va”, y a esa crónica remito a todos aquellos que desearen leer una poética narración de un fenómeno oculto verdaderamente maravilloso; de la suntuosa procesión en medio de millares de aclamantes; del sermón del Mahâ-Guru; del Cetro de Poder; del fuego que cayó del. Cielo, y de la estrella flamígera que imparte la bendición del Señor del Mundo.

La actuación del Mahâ-Guru es, allende de toda comparación, la parte más importante de esta décima vida de Alcione, por lo cual, esta descripción que por fuerza omite lo que se ha escrito en “El Hombre: de Dónde y Cómo Vino y Adónde Va”, es necesariamente muy incompleta, y debe ser complementada leyendo las páginas 298-302 de esa obra. (Edición inglesa)

Inmediatamente después del advenimiento del Mahâ-Guru fué cuando Orión cometió el error que tuvo consecuencias de tan largos alcances. Casi desde su tierna infancia, tanto él como su hermano mayor Alcione, habían amado a su prima Sirio. La Joven sentía mucha simpatía y afecto por ambos, y siendo de tierno corazón, no quería tener que anunciar una decisión que debería causar profundo desengaño a uno de ellos. El asunto fué resuelto para ellos por sus padres, pues Marte y Surya discutieron el punto y llamaron a Alcione ante ellos para preguntarle si le agradaría tomar a su prima Sirio por esposa. Alcione replicó que ésa era exactamente lo que él deseaba, y entonces el padre de ella ordenó llamarla y le dijo:

“Nuestro Señor el Rey nos hace el honor de proponer una segunda alianza entre nuestras familias, sugiriendo que tú, mi hija, seas la esposa de su hijo Alcione. Tu madre y yo no podríamos desear nada mejor para tí; sin embargo, puesto que el casamiento entre quienes no congenian es un odioso pecado, te hemos llamado para interrogarte, y saber si estás enteramente de acuerdo en aceptar al Príncipe y puedes amarle con todo tu corazón, como un esposo debe ser amado.”

Sirio modestamente respondió que ella podía y quería, por lo cual desde ese momento la joven pareja quedó comprometida, y se fijó una fecha cercana para la ceremonia de la boda. Surya les dió una solemne bendición y ellos se llenaron de júbilo; pero, a medida que se retiraban de la presencia de sus mayores, Sirio acercó su cabeza a la de su prometido y le susurró al oído:

“Este es el día más feliz de nuestras vidas; pero será una triste noticia para Orión.”

Alcione se estremeció, y, guiándola en retroceso por el amplio salón hasta donde estaba su padre –quien se volvió sorprendido–, le dijo:

“Debo decir a usted, Señor, que mi hermano Orión también ama a esta dama y que este compromiso matrimonial Ya a ser un duro golpe para él.”

“Oh –exclamó el Rey.” “¿Ya cuál de ellos preferís vos, jovencita? ¡parecéis muy feliz como están las cosas!”

Sonrojándose Sirio, confirmó que estaba más que satisfecha, y que no pensaba perturbar los arreglos del Rey. Por tanto, Marte dijo:

“Sea; la doncella no puede casarse con dos y es propio que el hermano mayor se case primero. Veré a Orión y le diré que debe buscar esposa en otra parte; es demasiado joven todavía y hay mucho tiempo ante él.”

Pero cuando las nuevas del compromiso llegaron a Orión, éste se puso furiosamente disgustado y juró que el matrimonio nunca se efectuaría; que antes que sucediera, él mismo mataría tanto a Sirio como a su hermano. Inmediatamente mandó llamar a Gama, mozalbete de baja condición social que se había agregado a Orión como una especie de sirviente confidencial y adulador. Hábilmente Gama azuzó su orgullo y acrecentó su disgusto, pensando que algo provechoso para él sacaría de una pelea entre los dos Príncipes. Ya para entonces obscurecía, por lo cual Gama se puso a espiar a los novios; y, cuando vió a Alcione salir solo, corriendo llamó a Orión para que fuera a su encuentro. Cuando Orión vió venir a Alcione evidentemente gozoso, tarareando un conocido cántico de victoria usado por el ejército persa, su cólera contra su hermano se elevó a furia maniática y se arrojó sobre Alcione, daga en mano, hiriéndolo con ella. “¡Bien hecho! –gritó Gama–. Ahora vamos pronto por la muchacha y nos la llevamos antes de que se extienda la alarma”.

Y así, bajo la sombra de la noche, apresurados se dirigieron hacia la parte del edificio en donde Surya vivía, especialmente a las habitaciones de Sirio, bien conocidas de ellos. Ambos se creyeron afortunados al encontrarla acompañada solamente de una sirviente, a quien, acto continuo, Gama golpeó haciéndola caer sin sentido. Sirio pidió auxilio, pero pronto fué reducida a la impotencia, amordazada y llevada en peso por los dos hombres, que lograron sacarla de los jardines, sin ser vistos, a un gran parque que a esa hora del crepúsculo estaba casi desierto. Para entonces, sin embargo, la sirviente había vuelto en sí y dado la alarma. Una guardia, prontamente reunida, se puso en persecución de los malhechores. Un sirviente había visto a los dos hombres correr en dirección al parque cargando un objeto grande, y precisamente estaba describiendo a sus compañeros este extraño evento, preguntándose si no serían ladrones a quienes habría que perseguir, cuando se levantó el clamor de la búsqueda. Así supieron los guardias qué camino tomar y a quienes buscar, ya que la dama de compañía había reconocido a los dos hombres.

Por entonces ya había surgido la luna y, haciendo salir todo un regimiento de soldados y extendiéndolo rápidamente por el parque, pronto se encontraron las huellas de los fugitivos. Orión estaba tan poseído por la ira que era incapaz de calcular con cuidado; pero Gama, había tenido la idea de adentrarse hasta el bosque cercano y esconderse. La persecución, sin embargo, principió tan de prisa, que no les permitió llevar a cabo su plan. La dirección en que pensaron ir estaba copada y los batidores se habían extendido tan efectivamente, que bien pronto sólo quedaba un lugar por donde podían escapar. Esto guió a los abductores hacia una ligera inclinación y pronto fueron vistos por sus perseguidores, que convergieron todos sobre ellos. Abruptamente llegaron al borde de un acantilado que caía sobre el lago y vieron con rabia que estaban atrapados, porque los soldados les pisaban los talones y no había medio de escapar en ninguna dirección. Gama se arrojó al suelo con una maldición; pero Orión, levantando a Sirio en brazos, se lanzó atrevidamente al lago desde la altura. Sus perseguidores gritaron en coro cuando vieron que la presa se les escapaba; corrieron hacia el borde para ver, pero en la semiobscuridad nada claro pudieron distinguir. No podían bajar a la ribera sin tener que dar un gran rodeo que los retardaría mucho, pero sus gritos llamaron la atención de otra partida de buscadores que abajo habían oído el fuerte ruido producido por la caída de los cuerpos en el lago, y pronto comprendieron lo sucedido. Prácticamente no había playa directamente debajo, pero varios hombres se lanzaron al agua desde el punto más cercano y nadaron de prisa hacia los cuerpos flotantes.

Tanto Orión como Sirio sabían nadar; y como afortunadamente sucedió que cayeran al agua en posición casi erecta, no se lastimaron seriamente, si bien el golpe de la caída los aturdió bastante. Surgieron a la superficie separadamente. Sirio, impedida por sus ropas, no podía hacer otra cosa que flotar; pero como el agua estaba tranquila, esto era suficiente. Posteriormente declaró que nunca perdió el conocimiento, mientras que Orión, al parecer, si lo perdió, aunque su cuerpo también flotaba. En esa condición los encontraron los nadadores y lentamente los atrajeron a la orilla. No había botes disponibles en esa extremidad del lago; pero como se congregó tanta gente, se logró arrojar al agua un gran tronco de árbol que fue muy útil para sostener a los nadadores.

Así, finalmente, pudieron rescatar a la infortunada pareja. Cubrieron los cuerpos con ropas prestadas y los llevaron a palacio en donde el sueño de toda una noche casi los restauró a su condición normal.

Gama no presentó resistencia cuando fué capturado por los soldados y no teniendo excusa alguna por la parte que le tocaba en el drama, cínicamente confesó todo lo sucedido.

Mientras tanto, también se había encontrado a Alcione poco después de que fuera agredido. Lo llevaron a sus habitaciones en medio de muchas protestas coléricas y maldiciones contra el enemigo autor del daño; pues Alcione era muy popular. Rápidamente se llamaron a los médicos; vendaron sus heridas y se le administró cierta droga que lo hizo volver en sí temporalmente; y pronto lo hicieron dormir con la esperanza de que se recobraría con el descanso si todo marchaba bien, a pesar de lo sumamente débil que se hallaba por la pérdida de sangre. Aún no sabía quien era responsable del intento de su asesinato y, por supuesto, nada supo del rapto de Sirio, pues si bien notó su palidez cuando ella lo visitó a la mañana siguiente, fácilmente supuso que se debía a la ansiedad y tristeza por su propia condición. Los médicos le prohibieron aún el esfuerzo de hablar; de manera que hasta muchos días después fue cuando se enteró de lo que realmente había sucedido.

Entre tanto, el Rey Marte se encontraba realmente disgustado con todo lo acontecido y ordenó que al siguiente día llevaran a su presencia a Orión y a Gama para juzgarlos. Poco tenían que decir en su descargo, Orión admitió que su acción había sido. errónea al atacar a Alcione y expresó su contento al saber que no lo había matado, pero declaró que estaba fuera de sí por la ira, sin darse cabal cuenta de lo que hacía; pero que aun pensaba que si hubiera podido escapar llevándose a Sirio, todo se hubiera arreglado de algún modo. Marte habló duramente acerca de la desgracia recaída sobre la familia real cuando el propio hijo del Rey quebrantaba así la ley que su posición le obligaba a respetar, y de la dura necesidad en que se hallaba de decretar sobre su propio hijo la misma sentencia de destierro que por el mismo crimen hubiera pronunciado contra el más humilde de sus súbditos. Por consiguiente, ordenó que Orión y Gama fuesen a vivir fuera del Imperio Persa, diciéndoles que, mediante la rectitud y el trabajo, debían purgar en otra parte la perversa acción con que habían principiado sus vidas en su país natal.

No le fué permitido a Orión despedirse de Alcione, porque éste nada sabía aun de todo lo ocurrido y era obvio que la excitación que el relato le produjera, podría tener resultados funestos para él. Pero su hermano Mercurio –o mejor dicho, el Mahâ-Guru ocupando el cuerpo de su hermano Mercurio–, lo hizo venir antes de partir y le habló grave pero bondadosamente:

“Hijo, has actuado neciamente. En verdad has hecho mucho daño; empero, no es el mal hecho lo que realmente es serio; lo es, el hecho de que tú, que eres uno de los nuestros, hayas sido capaz de hacerlo. El egoísmo es siempre maléfico, pero es doblemente maléfico ahora, porque rompe la armonía de nuestro grupo justamente cuando más se necesita para una labor especial durante el corto espacio de tiempo que estaré entre ustedes. Solamente una vez en miles de años se nos presenta una oportunidad como la que en esta vida se te ha ofrecido: estar entre los precursores de aquellos que ayudan a la fundación y propagación de una Religión Mundial. Pero has permitido que los celos te arrojen del grupo de trabajadores y habrás de recorrer una muy larga y fatigosa senda antes de que puedas ganar el derecho de entrar nuevamente en él. Ve, pues, y aprende tu lección, a fin de que, cuando venga mi Sucesor, ya estés listo a participar en la obra, cumpliendo tu tarea.”

Así desaparece Orión de nuestras páginas por mucho tiempo, para reaparecer y ganar su antiguo lugar, tan sólo millares de años más tarde. Alcione recobró la salud lentamente y pronto se casó con Sirio.

 

 

 

 

LAS ÚLTIMAS 24 VIDAS DE ORIÓN

Promedio de existencia sobre la tierra: 53 ½ años.

Promedio entre cada encarnación 1017 años

FECHA DE

NACIMIENTO

LUGARES

RAZA Y

SUBRAZA

SEXO

EDAD

INTERVALO

ENTRE VIDAS

23875 A.C.

Hawai

IV-2

Masculino

60

837

22978 A.C.

Madagascar

IV-2

Femenino

57

713

22208 A.C.

Malaca

IV-7

Femenino

56

612

21540 A.C.

Sud-India

IV-1

Femenino

36

0

21504 A.C.

Sud-India

IV-2

Femenino

48

0

21456 A.C.

Sud-India

IV-2

Femenino

64

1775

19617 A.C.

Bactria

IV-4

Masculino

71

1245

18301 A.C.

Marruecos

IV-5

Masculino

67

1006

17228 A.C.

Poseidonis

IV-6

Masculino

91

1447

15690 A.C.

Tartaria

IV-7

Masculino

58

1125

14507 A.C.

Canadá

IV-1

Masculino

56

780

 13671 A.C.

Poseidonis

IV-2

Femenino

38

1543

12090 A.C.

Perú

IV-3

Femenino

85

2319

9686 A.C.

China

IV-4

Femenino

13

70

9603 A.C.

Poseidonis

IV-5

Femenino

39

1239

8325 A.C.

Etruria

IV-6

Femenino

65

1502

6758 A.C.

Tartaria

IV-7

Femenino

52

1007

5629 A.C.

India

IV-1

Femenino

62

1552

4015 A.C.

Egipto

IV-1

Masculino

71

1208

2735 A.C.

Sud-Africa

IV-2

Masculino

48

809

1879 A.C.

Persia

IV-3

Masculino

17

341

1521 A.C.

Asia Menor

IV-4

Masculino

31

991

499 A.C.

Grecia

IV-4

Masculino

76

2020

1597 D.C.

Venecia

IV-4

Masculino

23

276

1896 D.C.

U.S.A.

IV-5

Masculino

 

 

LAS VIDAS DE ORIÓN

–I–

(Hawai, 23, 875 A. C.)

PERSONAJES QUE FIGURAN EN ESTA VIDA

ALASTOR:  Gran sacerdote.– Su mujer: ETA. Su hijo ORIÓN.

ORIÓN: Gran sacerdote. Su primera mujer: CÁNCER. Su hijo: SYGNUS. Su amigo: GAMA: Su asesino: EPSILON.

GAMA: Su prometida: CÁNCER.

ZETA: Su amante: EPSILON.

 

Las vidas de Orión por lo general son menos regulares y más tormentosas que las vidas de Alcione; y tienen dos peculiaridades notables. Primera, cada vez que nuestro héroe comete un error, el Karma resultante desciende pesadamente sobre él en la próxima encarnación, como si fuese un sistema de pago al contado. La retribución es severa pero efectiva, y amputa la falta como en una operación quirúrgica. Segunda, Orión tiene dos grupos de asociados: uno, el grupo de Servidores que ya nos son familiares; el otro, una pandilla de relaciones decididamente indeseables con quienes nos encontraremos en las tres vidas que siguen inmediatamente.

Cada vez que al principio de una vida lo vemos rodeado de esta gente, sabemos de antemano que va a ser una dificultosa encarnación. Por el contrario, cuando lo encontramos en nuestro propio grupo, entonces sabemos que las influencias que le rodearán harán que manifieste lo mejor que hay en él.

Las vidas son particularmente útiles por su gran contraste con las de Alcione. Por un camino tan sembrado de obstáculos, atravesando tormentas tan terribles, el héroe ha llegado a los pies de su Maestro, quien lo ha tomado a su cargo. Muchas son las sendas para alcanzar la meta única.

Principiamos ahora con un nacimiento suyo en el año 23875 Antes de Cristo, en la vecindad de Waialai, en Oahu, una de las islas Hawaianas. El padre de Orión, “Alastor”, era médico y sacerdote. La raza a la cual pertenecía no era la moderna hawaiana de nuestros días, sino una Atlante primitiva. Esta gente, como sus sucesores, cayó bajo el hechizo de un maravilloso fenómeno natural que era tan prominente en su derredor, y adoraban al gigantesco volcán Kilauea –o quizá al Dios del Volcán y no a la montaña misma–. Sus ofrendas propiciatorias eran usualmente hechas al Espíritu del volcán, el padre de la actual Diosa Pelée, a quien adoraban los habitantes posteriores, pues la hija había suplantado al padre en los pensamientos del pueblo.

 Ocasionalmente se ofrecían sacrificios humanos al Dios. Las víctimas eran suministradas de entre los criminales, o de los prisioneros tomados en guerra. Cuando la cantidad de estos era insuficiente, se hacía una leva entre la generalidad de los habitantes. El padre de Orión, el Gran Sacerdote, usaba un horroroso tocado y una enorme máscara más grande que la cabeza de un hombre. Esta máscara tenía una cara horrible con una narizota aquilina. Estaba hecha de madera y se usaba descansando sobre los hombros del Sacerdote y elevándose muy arriba de su cabeza. Las revestiduras que usaba estaban hechas de hermosas plumas, de las cuales predominaban las rojas cuando oficiaba en ceremonias sacrificiales, y las amarillas en otras funciones menos importantes. El ropaje mismo estaba cortado en forma semicircular y, cuando lo usaba, le servía al hechicero como capa[7].

Al principio, el padre de Orión era Gran Sacerdote solamente de la isla de Oáhu, regenteando el templo dedicado al servicio del ahora extinto volcán “Cabeza de Diamante”. Pero más tarde fué nombrado Sumo Sacerdote de todo el reino isleño y por esa razón se trasladó a otra isla, a Hawai, a fin de supervisar las diarias devociones al Volcán de Kilauea. Ejercía gran poder sobre el pueblo, debido al miedo que le inspiraba. Venían a él, a invocar sus servicios, cuando las cosechas no eran buenas o cuando sus vacas no parían, o cuando tenían enemigos a quienes deseaban perjudicar. El sacerdote secretamente aumentaba la eficacia de su magia con el uso de venenos.

La madre de Orión, Eta, era un tipo de persona insignificante, que creía firmemente en el Sacerdote, su marido, y le tenía mucho miedo. Orión fué creado en gran temor y respeto a su padre y a sus poderes sobrenaturales. No era el padre un hombre afectuoso, pero tanto él como la madre eran buenos con Orión, a su manera. Orión gustaba mucho del mar y acostumbraba pasar gran parte de su tiempo en él, frecuentemente la mitad de cada día.

Como hijo mayor, tenía Orión que heredar el oficio de su padre llegado el tiempo; por lo cual principió su educación reglamentaria para el sacerdocio cuando tenía unos catorce años. Aún antes de eso, su padre le había enseñado a recitar algunas cosas que el muchacho no entendía, tales como encantamientos e invocaciones; páginas y más páginas de ellas se le enseñaron de viva voz. A la edad de catorce años hubo una especie de ceremonia preparatoria. Se obligó al muchacho a pasarse todo un día sin alimentos; después le hicieron cortes diagonales en el sentido de las costillas a cada lado del tórax. La gente arrancó la corteza de cierto árbol y la golpearon con mazas de piedra hasta convertirla en una especie de lona, o más bien felpa. Para vendar sus heridas, se usaron tiras de este material, dentro de las cuales, no obstante, se habían insertado pequeños pedazos de madera para impedir que se unieran los labios de las heridas, formando así una cicatriz ligera. En su lugar, quedaban grandes surcos o labios, como evidencia de su candidatura al Sacerdocio.

Al joven candidato le pusieron un collar y también una especie de cinturón hecho principalmente de conchas, con curiosos pedacitos de tela de color, arreglados en forma muy particular. Este traje había constituido anteriormente el vestido de todo el pueblo, pero ahora estaba reservado al sacerdocio, como insignia distintiva de su oficio.

A medida que transcurrió el tiempo, a intervalos, en las edades respectivas de 17, 19 y 21 años, Orión tuvo que pasar por diferentes ceremonias y más ayunos e invocaciones, y en la última de ellas, su padre le dió a tomar cierto cocimiento en una calabaza. Ahora bien, este brebaje estaba preparado con drogas amargas y desagradables, y produjo el efecto de sumir a Orión en un profundo trance o letargo. Mientras se encontraba en ese estado, su padre pronunciaba una invocación con el objeto de atraer al Dios y hacerle tomar posesión del cuerpo. Una gran criatura elemental proyectó su sombra sobre el cuerpo, pero no lo controló por mucho tiempo, ya que Orión recobró pronto su propia voluntad. Esta cuarta ceremonia lo convirtió en Sacerdote completo, (o “plumada”, esto es, que usaría las grandes capas semicirculares de plumas de canario).

Es interesante notar que los métodos empleados por el Sumo Sacerdote para “ayudar” a los Dioses a hacer efectivas las maldiciones que tenía que pronunciar, eran de tal naturaleza que aseguraban los resultados en cualquier caso; ya fuere que actuara o no la intervención divina. Por ejemplo: los hechiceros maldecían las cosechas, pero por la noche regaban con agua salada los campos para cooperar en los trabajos de la providencia.

Orión tuvo muchos compañeros, tanto de niño como de joven, pero en modo alguno fué bueno con ellos y no retuvo sus afectos, puesto que se aprovechaba de los poderes y posición de su padre para atemorizarlos y mantenerlos sujetos a él. Cuando le mostraban alguna falta de respeto o deferencia, los amenazaba con los poderes de su padre, augurándoles sueños malos y horrendas enfermedades. Como Orión persistiera en este modo de ser, era muy temido aun desde joven.

Por entonces se enamoró de una joven (Cáncer), quien ya estaba prometida a Gama, amigo particular suyo.

Este amigo siempre había querido y admirado a Orión, pero Orión no correspondía exactamente a su afecto, si bien se aprovechaba de él para utilizarlo en su provecho. Decidió que quería a la muchacha Cáncer para sí y amenazó a Gama con toda clase de hechicerías si no se la dejaba. Gama y su prometida se querían mucho, y a pesar de las amenazas de Orión, él no la abandonó.

Las maldiciones de Orión no daban resultado y entonces resolvió ayudar a los Dioses a deshacerse de su amigo. Pronunciando de nuevo la maldición aterrorizó a su amigo y logró darle a tomar una droga que le produjo una larga y grave enfermedad. Esperando morir, Gama, por último, consintió en ceder su novia a su rival; sin embargo, no murió, al fin recobró la salud y entonces trocó en odio el afecto que había sentido por Orión. La muchacha lo sabía todo y no se hallaba bien dispuesta hacia Orión; pero como le tenía tanto miedo por haberla amenazado con lanzar calamidades contra su familia, al fin cedió de mala gana a desposarse con él.

Orión se encantaba en el ejercicio del poder y le agradaba ver a la gente temblar de miedo ante él. Sobresalía en el arte de describir los horrores con que había de abrumarlos si no cedían a sus puntos de mira. Había un claro tinte de crueldad en su carácter y sentía gozo haciendo sufrir miedo a otros.

No fué muy bueno para la muchacha. Había encontrado el modo de hacerla sentir que “él era el Dios sombrío oculto en lo profundo y que nadie debía acercársele”.

Los sacerdotes-hechiceros eran los verdaderos médicos de la isla y por medio de sus servicios habían logrado gran preponderancia e influencia sobre el pueblo. Si los hechiceros quedaban satisfechos con la suma que les pagaba el enfermo, entonces ponían todo lo que estaba de su parte para que se curara; por el contrario, si la paga no era satisfactoria, entonces los sacerdotes ideaban la manera de deshacerse del paciente y de esta forma ellos obligaban al pueblo a pagarles tributo.

El Gran Sacerdote, que nominalmente estaba subordinado al Rey, ejercía, sin embargo, más poder sobre el pueblo que el Rey mismo. El padre de Orión era muy vengativo y, habiendo motivado una desavenencia con el Rey, trató de hacerlo asesinar. El Rey descubrió el complot, lo desterró deponiéndole así del cargo de Gran Sacerdote, y nombró a su hijo Orión en su lugar.

Acto seguido Orión decidió deshacerse de su primera esposa, considerando que ya no le convenía en su nueva posición, tramó que fuera envenenada a fin de quedar libre para casarse con la hermana del Rey, lo cual hizo poco tiempo después.

Su antiguo amigo Gama llegó a saberlo y juró venganza. Le hubiera gustado aniquilar a Orión, pero le temía demasiado. Orión también odiaba a Gama aunque en su interior su conciencia le reprochaba su proceder. Bien pronto, sin embargo, logró que pareciera como que Gama estaba inodado en un complot contra el Rey, y que lo redujeran a prisión, logrando más tarde que un emisario suyo llevara hasta él y lo envenenara. De allí en adelante, Orión se volvió más y más arrogante y gozaba mirando a la gente hacerle reverencia y apartarse de su camino cada vez que pasaba. Por otra parte, a veces parecía mucho más astuto y generalmente de mejor calibre mental que la mayoría de sus paisanos. Usualmente podía percibir la razón en los casos que le traían a juicio; pero desgraciadamente, esa facultad de clara visión de justicia en nada influía en sus decisiones, las cuales, generalmente, eran a favor del que pagaba el cohecho mayor, ya que era muy grande su deseo de posesiones. De este modo Orión adquirió un gran tesoro en vestiduras de plumas, muchas cabezas de ganado y extensas propiedades de varias clases.

Orión tuvo un hijo, Cygnus, en quien cifró mucho orgullo y por quien sintió gran afecto; las riquezas atesoradas fueron más bien para su hijo. Así gradualmente, adquirió mucho poder, además de que algo de la magia del país se actualizaba en realidad pues el Gran Sacerdote sin duda poseía considerable poder mesmérico. Por otra parte, siempre estaba pendiente de oportunidades de impresionar a la gente por medio de fenómenos fraudulentos, e inventaba tretas complicadas tales como hacer hablar a las imágenes por medio de tubos escondidos en el cuerpo de los ídolos. Por ejemplo, descubrió la periodicidad de un géiser y de ello se valió para hacer creer a las gentes que el chorro de agua sólo brotaba a su conjuro, como respuesta del Dios. Calculó el tiempo entre los brotes y para el día esperado reunía gran muchedumbre que le viera. Así los impresionaba grandemente y los predisponía a que hicieran su voluntad. En una ocasión se equivocó en sus cálculos y se vió obligado a estar conjurando durante una hora antes de que el chorro brotara.

El viejo Rey murió al fin y su hijo le sucedió en el trono. Orión había manejado al anciano padre con facilidad pero con el hijo no tuvo la misma suerte en sus esfuerzos para dirigir los asuntos de todo el país como “el poder tras el trono”.

Hubo una invasión desde otra isla llamada Kauai. Esta guerra fué ocasionada por el hecho de que el Rey, aconsejado por el Sumo Sacerdote, trató con altanería y malos modos a una embajada procedente de Kauai. Se pidió a Orión que maldijera a los invasores para impedir su desembarco y así lo hizo; pero sus conjuros no dieron resultado y el enemigo desembarcó a pesar de ellos. El Rey con su ejército los obligó a retirarse y el Gran Hechicero perdió mucho de su poder y prestigio con su fracaso. Poco después el Rey logró una o dos veces soliviantar los ánimos contra el Gran Sacerdote, haciendo que el pueblo se rebelara abiertamente contra sus dictados. Esto enfadó mucho a Orión y se entabló una lucha civil en la que algunos fueron muertos. Naturalmente los parientes de los muertos se volvieron contra Orión en venganza, y el Rey, aprovechándose de la oportunidad, lo depuso del cargo de Gran Sacerdote y lo desterró del país. Cuando Orión se marchaba, un hombre que guardaba oculto rencor contra él, por asuntos personales, al saber que ya no gozaba de la protección del Rey, cayó sobre él y lo mató a cuchilladas. Este hombre, Epsilon, que mató al Gran Sacerdote después de su caída, había sido novio de Zeta, muchacha sensitiva, altamente impresionable e hija de un hombre rico. Cuando Epsilon deseó casarse con ella, el Gran Sacerdote rehusó su consentimiento (que de acuerdo con las leyes del país era necesario) a menos que el padre de la muchacha hiciera donación al Sumo Sacerdote de parte de su patrimonio. El Padre rehusó hacerla y entonces Orión tuvo que amenazarlo con toda clase de padecimientos físicos y sobrenaturales. Estas amenazas tuvieron tal efecto sobre la muchacha, que finalmente la hicieron perder la razón. Su enamorado, por supuesto, juró entonces vengarla, y aprovechó la primera oportunidad que se le presentó.

El Gran Sacerdote tuvo una larga e incómoda vida en el plano astral, constantemente perseguido por sus víctimas. Alcanzó, no obstante, algo de vida celeste debido a su gran cariño por su hijo.

 

 

–II–

MADAGASCAR

 

ALASTOR: Cazador. Su hija: ORIÓN.

ORIÓN: Su novio: SYGNUS. Su comprador: Un viejo. Su rival: ZETA.

GAMA: Esposa del comprador.

EPSILON: Nieto de GAMMA.

 

Hay ahora cambio de sexo y la encarnación en esta raza es un descenso con relación a la anterior. La raza es bastante viril, pero menos civilizada que la de Hawai, pareciéndose más a la Zulú. La gente vivía en chozas de palma. Los hawaianos usaban ropas, pero esta gente sólo usaba una especie de cinturón sobre el tórax, hecha de tiras de cuero, ornamentado a veces con conchas y piedra corriente. Las mujeres usaban collares hechos de caracoles y cuentas de piedra bruta. El país era bello y fértil, y la raza muy valiente, llena de instintos belicosos pero inmisericorde y cruel, aparte de hallarse hechizada por una religión horrorosa. Adoraban un Dios a quien llamaban Saké, y a quien suponían manifestado mediante un monstruo gigantesco, un enorme pulpo que ya era muy viejo.

Vivía el tal pulpo en una albufera ahora completamente separada del mar, pero antes conectada con él. Era una enorme y espantosa bestia con un pico en forma del de la cotorra. Su cuerpo parecía una bola de gran tamaño, capaz de llenar una alcoba ordinaria. Sus gigantescos tentáculos medían trece metros de largo, con grandes ventosas en ellos, que, en la base de los tentáculos, eran tan grandes y redondas como platos de mesa, pero iban disminuyendo hacia los extremos. La gente acostumbraba alimentar a la bestia con seres humanos sacrificados; con criminales si era posible, o con prisioneros de guerra. Si ninguno de éstos había, entonces se escogía a las víctimas entre el pueblo, como en Hawai. Los Sacerdotes a quienes tocaba la tarea de escoger a las víctimas, naturalmente aprovechaban la oportunidad para deshacerse de sus opositores y de aquellos que no eran de sus simpatías, o designaban a alguno de los más ricos de la tribu, quien, de acuerdo con la ley, podía pagar rescate, o comprar un substituto a discreción del Hechicero.

Estos sacrificios se hacían a diario, pero, además de ellos, en ocasiones especiales se requerían sacrificios extraordinarios. El horror de la cosa afectaba de tal modo la imaginación de todo el país, que frecuentemente acontecía que ciertos individuos fueran presa de una especie de histeria y, en el paroxismo de ella, decididamente se arrojaran ellos mismos al pulpo. Se suponía que los sacerdotes tenían el poder de hechizar de tal manera a las gentes, que las impelían a arrojarse ellas mismas en sacrificio “espontáneo”.

Orión nació en el año 22978 A. C. y de nuevo fué hija de Alastor, que era un célebre cazador. El padre mostraba indiferencia hacia la niña porque prefería varones que pudieran ser cazadores como él. La madre, por otra parte, sentía más atracción por su niña que por sus muchachos. La criatura creció bonita y atractiva. Encarnado, al tiempo de esa misma vida, se hallaba Cygnus, que había sido hijo de Orión cuando éste fuera Gran Sacerdote en Hawai, y Orión en esta vida se enamoró profundamente del joven. Sin embargo, su padre, Alastor, estaba en contra de esa unión y vendió a la muchacha a un hombre más viejo que por entonces la deseaba, pero que más tarde se cansó de ella. Este hombre tenía ya una esposa de más edad, Gama, que había sido en la encarnación en Hawai el joven amigo a quien el Gran Sacerdote había quitado la novia, Cáncer, y a quien mandó envenenar.

Esta esposa, Gama, era celosa y vengativa, e hizo la vida muy desagradable para Orión; pero no se atrevía a más mientras gozaba del favor del marido. Más tarde, cuando el hombre mostró signos de gradual indiferencia hacia Orión, Gama se volvió cruel con ella y con sus hijos, causándoles grandes aflicciones y pesares. Había acabado el marido por no ocuparse más de Orión, a causa de haberse prendado de Zeta –otra persona de la vida en Hawai–, que ahora despertaba sus deseos. Sin embargo, no logró hacerse de ella y a consecuencia de su fracaso se volvió muy colérico y con facilidad tenía explosiones de ira. Constantemente maltrataba a Orión y a sus hijos, pues siempre estaba predispuesto contra ella por los chismes que le hacía Gama. Orión trató de consolarse entregándose a un enredo amoroso con Cygnus. Por desgracia, la vieja esposa, Gama, se enteró de lo que pasaba y ocasionó una gran tragedia. Logró que el marido descubriera a los amantes y cayera sobre ellos; que Cygnus fuera horriblemente mutilado ante los ojos de Orión y más tarde arrojado al pulpo.

El bebé de un año, a quien ella amaba y que el marido erróneamente suponía que era hijo del otro, fué arrojado al fuego ante sus ojos. Ella misma fué degradada a la condición de esclava en su propia casa y muy maltratada durante veinte años. Por todo ese tiempo ella estuvo alimentando un intenso odio hacia el marido y su primera mujer. Ahora bien, Gama tenía un nietecito a quien amaba apasionadamente. Un día, tras años de crueldad, Orión, enloquecida por su sufrimiento, tomó a este nieto, Epsilon, y lo arrojó al fuego. Gama enloqueció a su vez; ordenó que asieran a Orión, que desnuda la tendieran en el suelo y la amarraran a estacas clavadas en tierra cerca de un montículo de enormes hormigas arrieras. Estas hormigas eran grandes alimañas muy temidas por los nativos porque devoraban todo lo que encontraban a su paso. Atacaron y se comieron viva a Orión hasta que sólo quedaron los blancos huesos, perfectamente limpios. Este horrible proceso duró casi todo un día y los alaridos de Orión eran al principio desgarradores e indescriptibles.

El período astral que siguió fué exageradamente doloroso, pues Orión revivía una y otra vez las escenas de su reciente vida. Tuvo, sin embargo, un toque de vida celeste debido a su amor por su hijo y su amante.

 

NOTA ACERCA DE

LA SEGUNDA VIDA DE ORIÓN

“Existe en nuestros días, en el sur de Madagascar, una tribu denominada: la tribu de los “Antandroy”, que difiere grandemente de las otras tribus de la isla, porque sus miembros son más feroces y más guerreros que los otros; se asemejan más bien a los Zulúes que a ninguna de las tribus de Madagascar. Por más que no se tenga recuerdo de que crimen de este género se haya cometido realmente en los tiempos modernos, se sabe que un jefe ha dicho, hablando de otro jefe que lo había ofendido y con el cual se hallaba en guerra: “yo lo arrojaría sobre un hormiguero para que se lo coman las hormigas”. Este castigo es el más terrible que ellos pueden imaginarse; y en efecto, en su país se encuentra considerable número de enormes hormigueros que no se encuentran en ningún otro paraje. También existe en su región un gran lago salado, a poco menos de kilómetro y medio de la orilla del mar, con el cual no se comunica, y que se llama el lago “Aongo”. El más terrible juramento que pueda pronunciar un miembro de esta tribu es el de “jurar por el Saké (la s se pronuncia como sh suavizada), pero parece que ellos ignoran por qué este nombre de Saké les ha sido transmitido como si tuviera un significado terrible.”

(La anterior información fué enviada a París, a la redacción de “Le Lotus Bleu”, 4 Square Rapp, donde se publicaron estas “Vidas” en idioma francés, en 1914). A. P. G.

 

 

–III–

MALACA

 

ZETA: Hijo del médico hechicero, enamorado y amante de ORIÓN.

 

La raza en la cual Orión reencarnó después como niña, en el año 22.208 A. C. era, en muchos aspectos, superior a la tribu de Madagascar. La gente usaba más ropa y su modo de vivir era también mejor. Las canoas eran de un tipo comparativamente avanzado; estaban bien equipadas y aparejadas como veleros. Los nativos eran gente agradable y superior; no precisamente malayos del tipo actual, sino más bien una especie de mezcla de las razas Malaya y Dyaka.

Nuestra heroína vivía en la costa. Su padre era mercader y poseía muchos barcos. Las mercancías a que principalmente se dedicaba en gran escala eran cocos, telas y gemas. Estas gentes también producían bonitas telas tejidas las cuales teñían con gusto artístico y parece que importaban de China artículos de seda.

Orión era una criaturita muy tímida y huraña, nacida con un invencible horror hacia todo bicho que se arrastrase, y con gran miedo al fuego. De niña, tuvo frecuentes ataques de histeria al ver cosas que se arrastraban. Tenía espantosos sueños de su pasada vida y su horrible fin, y a menudo se desmayaba de terror cuando veía o recordaba a un pulpo. Era una niña delicada, delgaducha y pálida, debido a esa falta de sueño reparador, y, a medida que pasaba el tiempo, su condición fué de mal en peor. Sus padres eran bondadosos con ella y, algún tiempo después, llamaron a un doctor-hechicero que la ayudó tratando de librarla de lo que él llamaba malos espíritus. Por medio del mesmerismo, logró él neutralizar hasta cierto grado sus sufrimientos y, con drogas, hacer que pudiera dormir profundamente.

Sus pesadillas eran como una especie de recuerdos. Había sido tal la impresión hecha en el átomo astral permanente, que éste era capaz de enviarle no solamente vibraciones relativas a toda ,la vida, sino también a escenas particulares, pormenorizadas. No era tanto la memoria del Ego como la del permanente átomo astral. Originalmente las imágenes eran radiadas en la niña desde este átomo astral. Posteriormente creó ella formas-pensamiento de estas pavorosas escenas y tales formas fueron muy reales y vívidas. Gradualmente creció, mejorándose bajo el tratamiento, pero al mismo tiempo un tanto embotada y atontada a causa de él. A su debido tiempo se casó y tuvo dos niños a quienes se sentía muy apegada. El viejo doctor-hechicero que la curó por el tratamiento mesmérico se hizo íntimo amigo de la familia, y su hijo, Zeta, concibió una violenta pasión por Orión. Ella sin embargo sentía antipatía y miedo hacia él quien la amenazó con persuadir a su padre para que la hiciera volver a sus antiguas pesadillas si no accedía a sus deseos. Resistióse ella, pero tanto se preocupó de que cumpliera él sus amenazas, que el miedo al retorno de sus antiguos horrores se convirtió en constante obsesión.

Uno de sus grandes terrores había sido su miedo al fuego; y, por añadidura, su hijo mayor cayó una vez en el fuego y se quemó. Este accidente tuvo un efecto terrible en la joven madre, porque perdió la razón y las antiguas pesadillas volvieron de nuevo como algo permanente en su ánimo.

Su familia la cuidó con esmero y, cosa extraña, consideraban su locura como una especie de divina posesión por un Dios. Había períodos en que parecía aquietarse, tener lucidez y responder a preguntas. Durante estos períodos parecía tener la facultad de predecir sucesos futuros y de esta manera ganó la reputación de ser profetisa. Frecuentemente daba contestaciones oraculares, y parecía ser el Ego el que contestaba las preguntas.

Excepto por estos cortos e infrecuente s períodos, la vida fué una larga duración de sufrimiento mental; de manera que, cuando finalmente vino la muerte, para ella fué un gran alivio; si bien el paroxismo final fué algo horrible. Su muerte sobrevino por conmoción. Se había encendido una enorme fogata para celebrar una victoria; ella la vió y recordó su odio al fuego; y, repentinamente, lanzando alaridos salvajes, avanzó arrojándose dentro de él y pereciendo así.

Después de su muerte, en el plano astral, pronto estuvo otra vez enteramente sana. Únicamente la parte etérea del cerebro era lo que se había trastornado. Sin embargo ella se hallaba rodeada todavía de pavorosas formas mentales y al principio era perseguida y aterrorizada mucho por ellas. Entonces, ciertos amigos bondadosos (desencarnados que se daban cuenta de los hechos), la hicieron ver que aquello era ilusorio, y gradualmente la ayudaron a comprender su caso, de tal suerte que al fin pudo aplacarse y sentirse más en paz. Tuvo corta vida en el mundo celeste, donde encontró felicidad con sus hijos.

Ciertamente había cambiado su carácter, y por completo se había librado de la crueldad. Empero todavía le quedaba el deseo del poder, pero ya no el de sentir el placer de ver sufrir a otros; y así, en la siguiente vida, ella evitaría causar sufrimientos, haciéndolo solamente cuando no pudiera proceder de otra manera. Al parecer, la mayor parte del karma ya había sido consumido; primero por sufrimientos físicos en la vida de Madagascar, y en esta vida por agudo sufrimiento mental.

 

 

– IV–

SUR DE INDIA

 

IOTA: Hija de una dama Tamil. Sus sirvientas: ORIÓN y KAPA.

ORIÓN: Su hermano: EGERIA.

TEODOROS: Rey. Su primera mujer: ORIÓN. Su hijo: SIGNUS. Su hija (de la segunda mujer): SIGMA.

 

Llegamos ahora a una serie muy interesante de tres vidas que en muchos aspectos pueden ser consideradas casi como una sola vida puesto que no hay intervalo entre ellas. La primera de éstas tiene lugar en las montañas Nilgiri, en donde, en el año 21540 A. C., Orión nació en una de las tribus montañeras del Sur de la India. Era una muchacha extraordinariamente bien parecida, mucho más allá del promedio entre las de la tribu; muy hábil también para lograr los propósitos que deseaba, pero sin escrúpulos en los métodos. Sus intenciones eran abrirse paso en la vida y por lo tanto aprendió a leer y escribir el idioma Tamil, hazaña nunca vista entre las mujeres de su raza. A fin de aprender los hábitos de la vida culta se las arregló para entrar al servicio de una dama Tamil, de noble alcurnia, que vivía cerca de Bangalore. Había desarrollado algún afecto y tenía un hermano (Egeria), a quien ella amaba mucho. Sin embargo, amaba más el poder, por lo cual dejó al hermano y su hogar, y se dedicó a servir, a la edad de 15 años, rechazando con desprecio el amor de varios pretendientes de su propia raza.

Fué escogida para atender a la hija de la dama Tamil (Iota), una joven de 18 años, y pronto tuvo tanto éxito en agradar a su señora, que se convirtió en su confidente.

En esta familia Tamil se conservaba como patrimonio una enorme esmeralda a la que se atribuían mágicos poderes. Había sido magnetizada en Atlantis por uno de los Señores de la Faz Tenebrosa, y se suponía que confería poder a su poseedor para lograr aquello que más deseara pero atrayendo siempre desgracias al final, porque todos los que la usaban se convertían en instrumentos del magnetizador original. Iota persuadió a su padre, quien la idolatraba, para que le diera tan maravillosa piedra y arreglara su casamiento con un joven Rey vecino, Theo. No era ella de sangre real, pero el poder de la esmeralda ayudó a su padre a lograr su propósito. Como el mensajero que fué enviado para investigar, informara que la muchacha era hermana, el Rey aceptó la oferta y envió una escolta a encontrada.

De acuerdo con las costumbres de aquel tiempo, antes de salir de la casa paterna la muchacha se puso un tupido velo que sólo sería removido por el esposo. Llevó consigo tres sirvientas, entre las cuales iba Orión, nuestra heroína, la jornada duró varios días y por las noches acampaban en tiendas.

Durante este viaje, una poderosa tentación invadió la mente de nuestra heroína. Un día, dándose cuenta de que el Rey nunca había visto a su futura novia; y que la escolta tampoco la había visto debido a la costumbre del velo; y que ella misma era de igual estatura que su ama Y muy parecida en la apariencia general; concibió la idea de asesinarla, apoderarse de la esmeralda mágica y hacerse pasar por la novia. Después de pesar las probabilidades con todo cuidado, decidió llevar a cabo su plan y, llegada la noche apuñaleó a su joven señora mientras dormía. Una de las otras muchachas oyó algo y entró, pero tras una corta lucha también fué apuñalada. Nuestra heroína, entonces, despertó a la muchacha más joven (Kapa), con quien había hecho amistad y la amenazó de muerte si no guardaba el secreto y no la ayudaba en su propósito. La muchacha estaba muy aterrorizada pero a punta de daga fué obligada a someterse y a ayudarle a deshacerse de los cuerpos de las mujeres asesinadas. La escolta de la joven dama se hallaba acampada en derredor de su tienda, y Orión tuvo que cargar los cuerpos de su ama y su compañera asesinadas, pasando por todo él campamento y burlando la vigilancia de los centinelas. Logró esto después de encontrar muchas peripecias y salvar peligros de ser descubierta. Al llevar acabo lo anterior con éxito, debió hallarse en posesión de mucho valor y determinación.

A la mañana siguiente, Kapa fué enviada a anunciar a la escolta que su señora había decidido repentinamente despedir a dos de sus sirvientas y las había devuelto a su casa. Puesto que la difunta joven siempre había sido caprichosa, el anuncio fue aceptado como otra muestra de sus genialidades y la partida siguió su camino sin más averiguaciones ni sospechas, llegando pronto a su destino. Por supuesto, la heroína se había posesionado de la fatal esmeralda, y el Rey Theo, bajo tal espejismo, se sintió enteramente satisfecho con su novia, que en realidad era persona bastante presentable y había copiado a la perfección los modales de su finada señora.

El casamiento tuvo lugar con gran pompa y ceremonia. El Rey, bien enamorado, actuó muy bondadosamente con su joven esposa. Al principio, ella siempre estaba temerosa de ser descubierta, pero a medida que el tiempo transcurría, su ánimo se tranquilizaba. Llegó a sentir mucho apego a su marido y obtuvo gran influencia sobre él; y en lo general utilizó su ascendiente para buenos propósitos. El Rey gustaba mucho de cazar y ponía mayor atención en sus placeres que en administrar con justicia los asuntos del Estado. Orión se acostumbró a escuchar detrás del enrejado los casos que a el le traían para ser juzgados. Su perspicaz intuición y su conocimiento de las modalidades de la vida común propia de mujer montañera, la habilitaban para juzgar con agudeza y justicia; y el Rey, aconsejado por ella, ganó fama de astuto en sus decisiones y justiciero en sus juicios y por tanto, se hallaba muy contento con ella. Sin embargo, ella se dejaba sobornar cuando se trataba de asuntos de bastante consideración. Tuvo varios niños, y por lo general se sentía contenta, aunque algunas veces la preocupaba el miedo a que la descubrieran. Por ejemplo, una vez el padre de su antigua señora hizo viaje con el objeto de visitar a su hija y ella tuvo que recurrir a muchas burdas tretas para excusarse de verlo. A causa de este incidente, adquirió ella la reputación de ser orgullosa y sin corazón, pues el padre, por supuesto, pensó que, debido a que él no era de sangre real, su hija se avergonzaba de él,

Ella amaba con predilección a su hijo mayor, Cygnus, hermoso ejemplar de muchacho. Transcurridos diez años, el Rey, más bien por razones de Estado que por otra causa, tomó otra esposa más joven, una princesa de una casa real vecina, pero como nuestra heroína retuvo su influencia indisputada, toleró a la nueva esposa, tratándola con benevolencia algo despreciativa. La nueva reina también tuvo dos hijos, un niño y una niña.

A pesar de lo placentero de su vida, Orión empezó a tener dificultades de parte de su antigua compañera Kapa, única persona que sabía de los dos asesinatos. Cuando se hicieron las investigaciones acerca de la desaparición de las dos sirvientas, que se suponía habían regresado, se pensó que probablemente habían sufrido algún accidente en el camino, o habían sido capturadas por ladrones, pero nada se descubrió a pesar de las pesquisas hechas. Kapa, a quien Orión había promovido en la corte a grandes honores y la había casado con un joven noble, ayudante del Rey, finalmente reveló el secreto a su marido, quien inmediatamente empezó a chantajear a la Reina de varios modos. Esto continuó por algún tiempo causándole grandes temores y tristezas, y desde entonces empezó a llevar consigo un veneno con el intento de usarlo en caso de ser descubierta.

A la larga, envalentonado por sus éxitos de chantaje a la Reina, este joven noble formó un complot para apoderarse del trono y forzó a la Reina a unirse a su conspiración. El complot fué descubierto y el noble trató de salvar su vida revelando al Rey toda la historia. Este se asombró y se indignó profundamente, y sintiendo más que nada el ultraje a su real linaje, de haber sido engañado hasta verse casado con una mujer montañera, ordenó que aprisionaran a la Reina y la condenó a muerte, y a sus hijos al destierro. Desesperada ella con el fracaso de todos sus planes, pero, tal vez mucho más porque su amado hijo no heredara el trono, trató con insistencia de obtener perdón o la mitigación de la sentencia, pero el Rey se mantuvo inflexible. Llegó el día señalado para su muerte y ella, en el colmo de su desesperación, como último recurso, echó mano de la esmeralda que había logrado llevar consigo, e invocó apasionadamente a cualquier deidad que pudiera estar con ella conectada, a que viniera en su ayuda. Un hombre, obscuro y de ruda faz, se le apareció delante, materializándose dentro del cuarto en donde ella se hallaba encerrada. Algo desdeñosamente escuchó él sus ruegos y, señalando detrás de la reja de la pequeña ventana a una niña (Sigma) que jugaba en el patio de abajo, le dijo:

“Arrójale la esmeralda a aquella niña y yo te salvaré.”

Inmediatamente ella lo hizo así y acto seguido le ordenó el Genio que tomara el veneno. Este actuó instantáneamente y a la medida que ella abandonaba su cuerpo, la niña también cayó como desmayada, porque el mago forzó al ego de la niña a salirse de su cuerpo, e introdujo en él al de la Reina.

 

 

–V–

SUR DE INDIA

 

ORIÓN: (En el cuerpo de Sigma). Su marido: LEO. Sus hijos: ALCYONE, ALBIREO. Sus hijas: THESE, BEATRICE.

 

De pronto Orión se sintió muy extrañada de todo, pues no podía ajustarse muy bien y controlar el cuerpecito que ahora ocupaba; sin embargo, el mago guió a la niña durante algún tiempo y la obligó a guardar oculta la esmeralda mágica enterrándola. Cuando fueron los guardias a conducir a la Reina para su ejecución, la encontraron muerta en su celda. La gran esmeralda no fué encontrada en parte alguna y se pensó que había sido robada. La pequeña Sigma, cuyo cuerpo había tomado Orión, era la hija del Rey y de su joven esposa. Al principio Orión se sintió algo confundida y a pesar de todo el cuidado que trataba de ejercer, fueron observables ciertas anomalías por lo cual se pensó que la razón de la niña estaba perturbada y, a pesar de que más tarde pareció recobrarse un tanto, nunca fué después enteramente la misma de antes. No obstante, como era una niña de 6 años, su condición no fué muy notada excepto por su madre.

El recuerdo de su vida pasada era perfecto y con gran dificultad controlaba su lenguaje; pero gradualmente aprendió ella a no decir cosas que no fueran de niño. Con todo, en ocasiones, se olvidaba de sí misma y empleaba algunos de sus antiguos ademanes y formas de hablar, dando lugar a que la madre medio sospechara que la finada Reina algunas veces obsesaba a la niña.

La muchacha creció y era aún bastante joven cuando se la comprometió en matrimonio con “Leo”, que era el príncipe heredero de un reino vecino.

Nunca se atrevió a mostrar la esmeralda, pero, secretamente, la desenterró antes de partir para casarse con el príncipe y la llevó consigo. Su marido demostró ser, en lo general, buena persona aunque arbitrario y sujeto a explosiones de pasión cuando se le contrariaba. Más bien era un hombre disoluto, pero bondadoso con ella. Después de algún tiempo, Orión le mostró la esmeralda, alegando que el difunto Rey se la había dado cuando aún era niña. Tanto él, como su padre el Rey, se alegraron mucho de poseer la celebrada joya y nunca se les ocurrió dudar nada del cuento que ella les hizo.

Esta esmeralda, como ya se dijo, había sido magnetizada, mucho tiempo hacía, por un Señor de la Faz Tenebrosa y formaba un eslabón entre el magnetizador y su poseedor, dando al magnetizador poder sobre el otro, convirtiéndolo así en su instrumento. La voluntad del poseedor para lograr lo que deseara, era grandemente incrementada por la del mago que había impregnado la gema con su pensamiento. Y así, por lo general, la persona poseedora de la esmeralda con seguridad obtenía las cosas por ella deseadas. Casi siempre este deseo era el amor de alguien del sexo opuesto; o el poder para influenciar a otro a que hiciera la voluntad del dueño de la esmeralda.

Su magnetismo habilitó a Orión para dominar a su esposo, y puesto que él actuaba bajo su padre como gobernador de una división del Reino, ella empezó a satisfacer su afán por el poder, desempeñando otra vez su antiguo papel. Era ambiciosa y ansiaba mayor radio de acción, por lo cual se empeñó en que su esposo tratara de convencer a su padre a que se retirase a la selva y le dejara a él el Reino[8]. Finalmente, después de sobornar a los consejeros espirituales del viejo Rey, logró ella su propósito cuando su esposo fué proclamado Rey. Hasta un grado bastante extenso ella dictaba, a través de él, la política del país y planeó engrandecer su territorio y su propio poder. Intrigas de esta clase los envolvieron finalmente en una guerra con dos Reinos vecinos, los que unidos, claramente constituían una combinación demasiado poderosa contra ella por lo cual decidió pedir ayuda al gran poder Atlante.

Por este tiempo, los gobernantes de Atlantis reclamaban la soberanía nominal sobre la mayor parte del Sur de la India; y de hecho designaban gobernadores para algunos distritos; pero, generalmente, los Reyes nativos regían prácticamente sin interferencia alguna, aunque la mayoría pagaba pequeños tributos. Este Reino particular era completamente independiente, pero la Reina persuadió al Rey que sería mejor ofrecer adhesión nominal al lejano Imperio Tolteca, que ser conquistados por sus vecinos. Por lo tanto, el Rey mandó decir al Virrey del Sur de la India que él deseaba disfrutar de las bendiciones de la protección del Emperador Atlante contra los otros Reyes nativos. El Virrey aceptó la oferta de sumisión a nombre del Divino Regente de la Ciudad de las Puertas de Oro, y notificó a los enemigos que, si ellos atacaban al Rey, tendrían que habérselas también con los ejércitos Toltecas. De esa manera se abstuvieron ellos y triunfó así la política de la Reina; pero a costa de la independencia del país, y mucha gente expresó su disgusto.

Posteriormente ella sufrió de una enfermedad interna y gradualmente se fué consumiendo y debilitando. Cuando ella positivamente se dió cuenta de que su enfermedad era incurable y que su muerte se acercaba, de nuevo apeló al Genio de la esmeralda. Por mucho tiempo él no le hizo caso, pero al fin acudió a su llamado en un sueño y le dijo que la ayudaría a tomar otro cuerpo, pero que debía ser el de su propia hija (Theseo), a quien ella amaba tiernamente. La Reina se quejó de tal condición, pero el mago se mostró inflexible y secamente le dijo que, o aceptaba, o no habría ayuda. Pensando en esto, al día siguiente resolvió que no viviría a expensas de su hija; pero, después de muchos días de creciente sufrimiento, gradualmente fue llegando a la decisión de que no había más recurso que hacerla así. Las instrucciones que recibió en el sueño fueron que ella debería llevar a la niña al río y ahogarla; después, colgarle la esmeralda al cuello y acto seguido ahogarse a sí misma, y entonces sería ayudada a tomar el cuerpo de la niña en el momento de dejar el suyo. Con mucha repugnancia y horror llevó a cabo su programa; tomó a la niña y la llevó a la ribera, y con gran dificultad la retuvo bajo el agua hasta que perdió el conocimiento; luego tendió el cuerpecito sobre la ribera, le colgó la gema al cuello, y se arrojó ella al río. Se hundió; su cuerpo se ahogó y fue arrastrado por la corriente; y a poco fué despertada en su nuevo cuerpo por una sirviente que había encontrado al cuerpecito y estaba llorando sobre él, dándole masaje.

 

 

–VI –

SUR DE LA INDIA

 

MERCURIO: Instructor espiritual.

ORIÓN: (En el cuerpo de Thése). Su marido: SIRIO. La madre adoptiva de sus niños. HELIOS.

 

Se requirió un poco de tiempo para que Orión se diera completa cuenta de que se había realizado un nuevo cambio y sólo gradualmente fué acostumbrándose a su nuevo vehículo. Al principio se sintió atormentada por el remordimiento, más pronto olvidó sus escrúpulos en aras de su interés por su nueva vida. Naturalmente, bajo muchos aspectos, parecía una niña de adusto continente porque como este cuerpo era de más edad que el otro que anteriormente había tomado, le fué más difícil adaptarse. Era muy impulsiva, y pensaba sólo en sí misma, sin importarle las incomodidades que causaba a los demás con sus caprichos. Tenía el cuerpo diez años de edad cuando lo tomó y a medida que creció fué obteniendo mayor control sobre él. Pero en este cuerpo ya no podría aconsejar al Rey, que ahora enteramente a propia iniciativa, obtenía menos éxito en las cuestiones políticas y diplomáticas.

De tiempo atrás el descontento se estaba fomentando en el Reino con motivo de la impopular sumisión al poder Tolteca; y en cierta ocasión se aprovechó tal sentimiento para promover una rebelión. Tuvo lugar una batalla y el Rey fué derrotado y muerto. El Virrey Tolteca envió una fuerza para suprimir la insurrección, lo cual se hizo rápidamente y nombró a uno de sus Oficiales para hacerse cargo del gobierno hasta que llegaran instrucciones de Atlantis. Alcione, hijo de Leo (el Rey derrotado), tenía incuestionable derecho a ocupar el trono de su padre, y el Virrey no hubiera desatendido su demanda si él la hubiese hecho; pero había muchos puntos que tomar en consideración y sendas dificultades por delante. La actitud de Orión había acarreado impopularidad a la dinastía y Alcione no hubiera podido sentarse firmemente en el trono sino tras mucho derramamiento de sangre, a lo cual él se opuso. Y así, después de largas y cuidadosas deliberaciones con su sabia esposa, Heracles[9], y con el sacerdote, Mercurio, decidió él dejar que las cosas siguieran su curso. De hecho, tan pronto como pudo ser persuadido de que su deber no le obligaba a iniciar acción alguna, se alegró Alcione de poder hacer a un lado la política que no le atraía, para dedicar su vida al estudio.

Su hermana Orión vió claramente que los días del Reino independiente se habían acabado y pensó que podía ser político fascinar al oficial en funciones de gobernante. Como era astuta y bonita, no tuvo dificultad en coquetearle y adquirir una influencia considerable sobre él. Fué, sin embargo, bastante prudente para no casarse con él, pues reflexionó que, probablemente, sería enviado de Atlantis un gobernador permanente; y ella hacía ya sus planes para “enredarlo”. Después de casi dos años, arribó Sirio[10] como nuevo Regente, hombre serio de unos treinta años, justamente de la edad del cuerpo de ella, aunque solamente lo poseía desde hacía veinte. Se puso en obra para ejercitar sus artes sobre él quien no pareció muy responsivo al principio. A medida que llegaba a conocerlo mejor, se impresionó grandemente con su carácter y terminó por enamorarse desesperadamente de él. Bajo la influencia de este sentimiento, ella hizo a un lado todas sus artes, se volvió natural y por lo tanto mucho más atractiva para él que empezó entonces a sentirse vivamente interesado por ella. Si bien antes de su llegada había ella planeado casarse con él, ahora experimentaba muy encontrados sentimientos; por un lado, deseando apasionadamente su amor; y por el otro, sintiendo temor y respeto hacia él. Por último, Sirio la pidió formalmente en matrimonio a su hermano Alcione; éste dió su consentimiento y así llegó ella a ser su esposa.

Era él un hombre de principios firmes y sentimientos religiosos y ella examinaba ahora sus actos del pasado bajo una luz enteramente nueva. Muchas veces se inquietó por lo que hubiera pensado él en caso de saberlos, pues le constaba que tenía muy decididas opiniones acerca de la veracidad y de la rectitud, y era dado a juzgar con desprecio y desdén a quienes no practicaban esas virtudes, y así, mucho le complacía que él no pudiera averiguar su pasado; pero, poco a poco, a medida que se iba sintiendo profundamente más apegada a él, sentía frecuentes impulsos de confesárselo todo. La lucha entre estos encontrados sentimientos fué haciéndose más fuerte a medida que transcurrieron los años, llegando ella a sentirse a veces agotada, como rota en pedazos.

Sirio observó que su esposa sufría moralmente de algo y con frecuencia la interrogó al respecto, pero ella nada decía. Al fin se decidió a ir a hablar con Mercurio, Guía espiritual muy instruido, a quien hasta entonces ella había evitado y, bajo el sello del sigilo, le confesó toda la horrible verdad pidiéndole consejo. El le dijo que a fin de romper el hechizo se hacía necesario un gran sacrificio; que debía arrojar al mar la esmeralda; confesarle a su esposo toda la verdad; y luego renunciar a él y a sus seis hijos e irse a la selva, a vivir como anacoreta. Sintió ella su corazón destrozado; pero, como estaba resuelta a seguir las instrucciones recibidas, acompañada del mismo instructor fué a la playa, desde la cual arrojó la esmeralda, tan lejos como pudo, al fondo del mar; después, Mercurio pronunció sobre ella unas invocaciones solemnes; la bendijo, y la mandó a su casa a referirle todo a su esposo.

Sirio quedó sumamente conmovido, desconcertado y por completo confundido. Al principio estuvo tan atontado que no pudo hacer otra cosa que confortar a su esposa, pero pronto fue capaz de controlar en cierta medida sus facultades y protestó contra la decisión del Instructor, de que debían separarse. Juntos fueron a verlo y Sirio expuso el caso ante él. Por supuesto que él reconocía lo terrible de estar conectado con Magia Negra, pero arguyó que por esa misma razón debían pasar juntos por la prueba, ya que, obviamente, era deber del marido ayudar y sostener a su mujer. También arguyó que, como había seis niños pequeños, sería injusto quitarles a su madre. El Instructor estuvo de acuerdo con él en que todo esto era verdad, pero insistió en que el esposo debía pensar en el bienestar de su esposa como un Ego; no tanto en el bienestar y felicidad de ambos en esta vida, sino en la necesidad de que ella quedase libre de la funesta liga con el Mago negro. La esposa estuvo de acuerdo y designó a su íntima amiga Helios, como madrastra de sus hijos, tratando de persuadir a Sirio para que tomara por esposa a su amiga. Él, sin embargo, si bien estuvo perfectamente de acuerdo en que ella fuera tutora de los niños, no lo estuvo en tomarla por esposa, declinando hacer lo que Orión le pedía, diciendo que si lo hiciera así, no podría sentirse totalmente fiel a Orión.

Orión, entonces, renunció a su esposo y a sus hijos y se retiró a una caverna para vivir allí como anacoreta. Sirio trató en lo posible de hacerle todo lo más confortable para ella. Arregló con el Instructor que le permitiera visitar a su esposa una vez al mes, y estas visitas continuaron hasta la muerte de ella, ocurrida veinte años después.

El Mago la molestó grandemente, a intervalos, por largo tiempo; apareciéndosele con frecuencia y demandándole se sometiera a su voluntad. El lazo de sumisión que ya existía entre ellos le permitía atacarla; pero, siguiendo el consejo de Mercurio, ella nunca falló en resistir con toda su fuerza, por más que la lucha la dejase completamente agotada. Mercurio la alentaba diciéndole que este agudo sufrimiento era parte del precio que tenía que pagar, pero que si se mantenía firme, tendría asegurada la victoria final, y, al obtener ésta, lograría absoluta libertad de esa particular mala influencia por todas las vidas futuras. Tras algunos años de lucha incesante ella desarrolló suficiente fuerza de ánimo para llegar a ser casi indiferente a los asaltos y así los intervalos del ataque fueron decreciendo hasta que por fin ya no se la molestó jamás.

Después de esto, Mercurio la felicitó y le dió un mensaje de un Gran Ser diciéndole: que lo hecho, bien hecho estaba, pero que solamente era parte de la labor a realizar; que había todavía muchas debilidades que eliminar a costa de mucho sufrimiento; y muchos poderes que adquirir; pero que cuando pasara la tormenta y la flor de su alma abriera su corola, “ella se convertiría en Maestro Constructor en el Templo y por ella el mundo se regocijaría”.

Así desencarnó Orión como una asceta y se le consideró como Santa. Sirio renunció a su puesto; hizo que se nombrara otro gobernador y retornó a Atlantis en compañía de Alcione, como ya se ha dicho en el libro de las vidas de éste[11].

De todas las vidas que ya hemos examinado, esta serie de tres es quizá la más notable bajo muchos aspectos; ciertamente, casi podríamos incluir en esta observación a todas las seis vidas de Orión que hasta hoy se han expuesto ante nuestros lectores. Hasta cierto punto, jugar con Magia Negra nos ha acontecido probablemente a todos nosotros en una u otra época de nuestra pasada historia; nuestro mismo deseo de conocimientos de cosas ocultas es probable que nos haya puesto en contacto con ella, pero esto va más allá de un mero juego, e involucra mucho sacrificio inescrupuloso de vida. La vigésima nona vida de Alcione puede considerarse como correspondiente a esta bajo cierto aspecto, puesto que él (o mejor dicho ella) nació entonces en medios circundantes no deseables, entre una raza que practicaba siniestros ritos religiosos, pero parece que él siempre los consideró con horror, y finalmente se apartó de tales prácticas a costa de una absoluta renunciación de todo lo que conocía como vida. Sin embargo, claramente es aquel un caso muy diferente a éste, porque es imposible no observar que Orión, en su vida en Hawai, vivió al igual que sus vecinos sin que al parecer se sintiera fuera de lugar entre ellos, aún siendo más inteligente. Continuó en la misma actitud general de ánimo hasta la sexta vida, en que se encontró bajo la influencia de Mercurio, He1ios y Sirio, quienes de nuevo despertaron en él cualidades que hasta entonces habían dormitado en su mayor parte, y que lo trajeron a una condición en que su Yo Superior pudo, una vez más, dominar al inferior.

Sin embargo, es evidente que en las tres primeras vidas de Orión, estamos mirando, no el gradual progreso ascendente de un Ego que propiamente pertenece al nivel semisalvaje de la gente entre la que se encuentra, sino más bien de uno que realmente es de evolución mucho más elevada pero que ha sido colocado entre ellos por la acción de Karma, probablemente como resultado de alguna seria falda no muy lejana del punto en que hemos empezado nuestra investigación de esta serie de vidas[12]. Que algo de esto debió haber sucedido se demuestra por el hecho de que en el año 70000 A. de C. encontramos a Orión como hijo de Mercurio y como su nieta en el año 32000 A. C., de manera que es evidente que ha sido uno del grupo de Servidores desde un período muy remoto. Que el Karma de aquella caída, cualquiera que haya sido, no está lejos de extinguirse, se demuestra por el hecho de que en la presente encarnación suya, (siglo XX, la 25 según la numeración de esta serie) Orión tiene ya el honor de haber sido puesto a prueba por Mercurio.

Lo que esto significa lo he descrito exactamente en “La Vida Interna”, página 42 y por referencia a tal descripción, podrá verse que un Maestro nunca admite a una persona, ni siquiera a prueba, a menos que considere que haya una razonable probabilidad de que en la misma encarnación será capaz de entrar en la segunda etapa, la de Discípulo Aceptado. Y así, tenemos todas las razones para esperar que, a medida que corran los años, Orión seguirá los pasos de Alcione y tal vez le servirá de hábil lugarteniente. Un progreso tan rápido como ha sido el de Alcione en esta vida, solamente es resultado de una serie de vidas como las que él ha vivido, cosa que no cualquiera puede lograr, pero la meta del Discipulado es la misma para todos, si bien los medios por los cuales nos dirigimos a ella, y la velocidad a que nos movemos, son tan diversos como nuestras propias naturalezas.

 

Ideas religiosas que prevalecían en la India por los tiempos de la sexta vida de Orión. (21500 Años A. C.)

Encontramos que el idioma comúnmente usado entonces en la India no era el Sánscrito; y las ceremonias usualmente comenzaban con la palabra “TAU” en vez de “OM”. Las doctrinas de Reencarnación y Karma eran ampliamente conocidas por el pueblo. El Instructor (Mercurio) sabía de los Grandes Seres, de quienes algunas veces recibía ayuda. Algunas de las expresiones que ahora nos son familiares, estaban en uso también entonces, como por ejemplo: “Yo soy AQUELLO”. Mercurio dijo al pueblo que de todas las cualidades que podían desarrollar, de todas las virtudes que podían poseer, la más importante era el poder de reconocer que “Todo era AQUELLO”.

“Cortad un árbol” decía él, “AQUELLO es la vida del árbol”; “cavad la piedra, AQUELLO es lo que mantiene unidas las partículas de la piedra; “AQUELLO es la vida del Sol,” “AQUELLO está en las nubes, en el rugir del océano, en el arco iris, en la gloria de las montañas”, y así sucesivamente. Estas palabras son tomadas de un discurso de “Mercurio” sobre la muerte. En un libro del cual leía al pueblo hay frases bien conocidas, tales como estas: “Una cosa es lo estrictamente recto, en tanto que otra es lo placentero y fácil; estas dos cosas atan al hombre a objetos separados. De ambas, procede bien el que elige lo recto; aquel que escoge lo placentero, se aparta de la meta. La rectitud y la dulce complacencia vienen a un mortal; el sabio examina las dos y las separa. Porque el sabio prefiere lo recto a lo agradable; el tonto toma la dulzura y a ella se aferra”[13].

Las palabras en el libro de Mercurio no eran exactamente idénticas, pero eran claramente los mismos versos.

Había otra sentencia: “Si uno es matado y yo soy el matador, también soy la espada del matador, ya que nadie mata ni es muerto, porque todos somos uno. No hay primero ni último, ni vida ni muerte, porque todo es uno en EL.

Los libros usados por Mercurio no procedían de los Arios. Este libro del que leyó (evidentemente el Original del Katha Upánishad) fué escrito en la Ciudad de las Puertas de Oro, en Atlantis, por uno que era miembro de la Gran Fraternidad. Pertenecía a una gran colección y había pasado de mano a mano a través de muchos siglos. La historia del niño Nachiketas aun no había sido conectada con él.

En un templo no había imagen alguna. La religión no era adoración al Sol (al menos no exclusivamente); más bien era adoración a los Poderes de la Naturaleza. Fuera del templo había un gran toro de piedra, de frente al templo y mirando hacia dentro. Adentro había un curioso arreglo; una depresión y no un altar elevado. Por dos o tres escalones se descendía hasta una gran plataforma baja y cuadrada, pavimentada con bellos azulejos y luego había una depresión en el centro con un barandal en derredor. La gente arrojaba flores dentro de la depresión, en medio de la cual había una loza, que era especialmente sagrada; tenía algunos grabados, pero no pudimos descifrados.

En otro templo había muchas imágenes colocadas en nichos en la pared del fondo. La gente usaba allí vestiduras diferentes a las del templo anterior, y había hombres que claramente se distinguían como Sacerdotes, lo que no sucedía en el anterior. Las imágenes estaban sentadas con las piernas cruzadas y no tenían más que dos brazos. Probablemente era ésta la antigua forma del Jainismo, y las imágenes, Tirthankaras[14]. Algunas imágenes estaban desnudas; otras, que tenían una especie de cendal como envoltura, probablemente eran consideradas como vestidas, o quizá se intentaba con ello simbolizar algo convencional. En otro templo, bastante lejos hacia el Norte, ya había un Lingam. Allí, la Trimurti o Trinidad estaba plenamente reconocida, aunque los nombres no eran los que ahora se usan. En un Templo-caverna había una cara gigantesca labrada en la roca, que constaba de tres rostros en uno, si bien estaba de tal manera arreglada, que solamente una cara podía verse claramente según el ángulo visual. Había un gran templo en el Sur de la India que también contenía una Trimurti. Tratamos de descubrir el significado del nombre grabado en ella, para ver qué idea se hallaba relacionada con ella en la mente de sus sacerdotes, y encontramos que un sacerdote pensaba así del nombre: “El, cuya vida fluye a través de Todo”, mientras otro tenía la idea de que las tres personas eran: “El que abre las puertas; El que guía la corriente, y El que cierra las puertas”. No vimos aquí muestras de las imágenes de múltiples brazos que por ahora son tan numerosas.

Tenían los sacerdotes ideas muy firmes acerca de un “Lago de Luz”, el cual también era Muerte y Vida y Amor; todas las corrientes conducen al Lago de la Luz, de dondequiera que parezcan proceder. También había trazas de la teoría de que todo lo que vemos es ilusión, pero la única realidad es el Lago de Luz: “Vivimos en el Lago de Luz y no lo conocemos. Pensamos de nosotros como separados, pero cada uno es una gota en el Lago”. Parecía que los sacerdotes estaban predicando perpetuamente al pueblo guardarse de la ilusión de los sentidos, y realizar que AQUELLO es la Verdadera Presencia detrás de todo y que las formas separadas eran las gotas separadas. “Cuando caen, otra vez se unifican”, decían; “Somos nosotros mismos los que creamos las dificultades y las penas”.

Tenían una plegaria para “Los señores que son la Luz, cuya esencia es Luz.”

Lo arriba escrito representa algo de lo que se enseñaba al pueblo pero en este pequeño y estrictamente privado círculo de familia, Mercurio estaba dispuesto a ir un poco más allá, y exponer el verdadero significado de los símbolos, y dar más abundante y amplia información acerca del Lago de Luz y los Señores que son la Luz. Les habló de un gran Instructor que puede ser invocado con ciertas plegarias y ceremonias, cuya bendición podía descender sobre ellos si la pedían con fervor y corazón puro. Ellos lo invocaban en sus reuniones y siempre venía una respuesta, y en dos ocasiones especiales, Él mismo se presentó. Este Gran Ser era Aquel a quien nosotros conocemos como el Mahâ-Guru, y su especial conexión con este grupo derivó de que en una vida anterior Él había fundado esa religión y arreglado que, como fundador de ella, respondería a ciertas invocaciones hechas por sus verdaderos adherentes bajo condiciones apropiadas.

El infundía en la mente de Mercurio la solución de sus problemas y las respuestas a sus preguntas en materia de religión; y una o dos veces les dió ciertas direcciones personales, si bien esto sucedió raras veces.

 

 

– VII–

BACTRIA

 

ORIÓN: Su padre: LOMIA. Su madre: HELIOS. Su hermano: AQUlLES. Su hermana: EGERIA. Su mujer: CYGNUS. Sus hijos: VESTA, BELA, PARTHE. Su hija: RIGEL.

MUNI: Pobre hombre que revela a Orión la existencia de un tesoro.

 

Nuestra relación nos lleva esta vez a otra raza enteramente distinta y a otro País; a una antigua raza Turania, la cuarta subraza de la cuarta Raza Raíz; y a una ciudad en el país que desde entonces se ha llamado Bactria, al norte de Persia.

Después de todas las extrañas experiencias a través de las cuales había pasado Orión en cuerpo femenino, hubo ahora un cambio de sexo y esta vez nació en el año 19.617 A. C., como hijo de padres en buenas circunstancias, dueños de tierras y poseyendo considerables riquezas. La familia había sido grande y rica, pero la población había crecido tan rápidamente que por este tiempo aquella era muy numerosa y no les iba tan bien como antes en cuestiones monetarias; si bien todavía eran respetados como personas de rango y consideración. Su madre fué Helios, la Dama a quien había escogido para encargarse de sus hijos en la anterior encarnación, cuando adoptó la vida de ascetismo. Su padre, Lomia, estaba orgulloso de las tradiciones de familia y amargamente lamentaba la falta de medios suficientes para mantenerla en el antiguo nivel. Helios, no obstante simpatizar con los deseos de su esposo, usualmente les predicaba paciencia y contentamiento. Tenían un hijo, Aquiles (varios años mayor que Orión), a quien la madre quería apasionadamente; a medida que este creció, fué adentrándose con interés en los planes de su padre.

Tal fué el medio en que Orión pasó su infancia, y todas las influencias a su derredor tendían a inculcar el restablecimiento de la fortuna de la familia como lo más deseable sobre la tierra. También había una hermana, Egeria, más joven que Orión, para la cual era él siempre bondadoso, pero deseando a veces que mejor hubiera sido varón. Recibieron los niños cierta dosis de educación, y a Orión le enseñaron a escribir una curiosa, tosca y semijeroglífica escritura trazada en grandes y burdos caracteres; habilidad ésta que no era adquirida por la gran mayoría de la nación. Había muy pocos libros; sólo algunas colecciones de máximas religiosas o filosóficas; y otras sobre asuntos medicinales; o bien referentes a procesos de fabricación, siendo eso todo lo que los investigadores pudieron notar. La religión era algo vaga y mal definida; más bien un culto a los antepasados que otra cosa. La gente se reunía ocasionalmente en los templos y entonces se recitaban versos e invocaciones, pero los templos carecían por completo de decorado e imágenes. El estilo de arquitectura nos pareció curiosamente bajo y pesado a los ojos modernos.

Orión era muy querido por su madre, pero el padre y el hermano mayor, no obstante ser bondadosos con él, lo consideraban, como a todas las cosas meramente como otras tantas prendas en su afán de restaurar las fortunas familiares. La expansión del país era imposible, porque hacia el Sur existía un poderoso pueblo altamente civilizado, el cual siempre tendía a invadirle terreno a Bactria y absorberla, mientras que por los otros lados se hallaban rodeados por tribus de merodeadores belicosas y nómadas, grandes grupos de habitantes estaban ya emigrando hacia el Este, pero el padre de Orión rehusó abandonar los dominios ancestrales. Cuando Orión era un joven de 18 años, se casó con Cygnus, una buena chica, y tuvieron cuatro hijos, el mayor de los cuales fué Vesta, después siguió Rigel como niña; y Bela y Parthe como niños. Orión tenía toda clase de planes y le hubiera gustado dirigir los asuntos, pero su padre y el hermano mayor manejaban todo y mantenían todo en sus propias manos. Él buscaba siempre inquietamente un cauce para sus energías, pero como la familia no quería rebajarse a comerciar, parecía que para él no había qué hacer.

Por fin, Muni, un pobre hombre a quien él había ayudado amigablemente cuando estuvo sufriendo y en extrema pobreza, le contó, en muestra de gratitud, una extraña historia acerca de un gran tesoro escondido que había encontrado accidentalmente mientras andaba de caza por la región del norte del país. Había traído consigo todo lo poco que había podido cargar, con la intención de regresar con ayuda para traer el resto, pero había sufrido un accidente durante el viaje de regreso y estaba tan débil que probablemente nunca se recobraría. Orión quedó muy interesado y excitado con el cuento, y cuando el narrador murió, lo mencionó a su padre y hermano, quienes, sin embargo, lo tomaron como simple cuento, improbable e indigno de investigación. Tal parecía que el difunto tenía una hija en una ciudad distante, y había rogado a Orión que fuera a buscar el tesoro y le entregara la mayor parte a su hija cuando la encontrara, reteniendo sólo una parte de él como recompensa de su buena acción. Pero Orión pensó que si lo encontraba, sería mejor emplearlo en sus propios planes.

El pensamiento del oro escondido inflamó su imaginación; pensó mucho en ello y finalmente decidió, en oposición a los consejos de su padre y de su hermano, ir en su busca. Puesto que ellos no lo ayudarían, no podía él organizar más que una expedición pequeña y pobremente equipada. El y sus pocos compañeros vagaron durante semanas entre las montañas; se les acabaron las provisiones y tuvieron que soportar increíbles penalidades sin lograr encontrar el sitio descrito por el difunto. Al fin fueron capturados y esclavizados por una feroz cuadrilla de hombres pertenecientes a una de las tribus nómadas. Fueron muy maltratados; murieron muchos de ellos y Orión, no obstante que sobrevivió, tuvo doce años de grandes sufrimientos.

Mientras tanto, en su casa, su esposa y sus hijos hacía mucho tiempo que lo habían llorado como muerto; todos, excepto su segundo hijo, Bala, quien contra todas las opiniones pesimistas, persistía en su creencia de que su padre aún vivía, y anunció su intención de ir en su busca tan pronto como tuviera edad suficiente. Cuando cumplió dieciocho años, decidió que no podía demorar por más tiempo su expedición de rescate, y apeló a su abuelo y a su tío en pos de ayuda. Ellos calificaron el plan de quimérico y rehusaron; por lo cual se volvió hacia su hermano mayor, Vesta. Vesta, en realidad, tampoco creía; empero, algo en su fuero interno le decía que aquello podía ser. Como se había casado recientemente con Aldeb y tenían algunos hijos, sentía naturalmente que no debía alejarse de su casa, pero estuvo de acuerdo en ayudar a su hermano a equipar su expedición.

Bela no tenía idea alguna dónde podría encontrar a su padre. Como única guía sólo tenía el recuerdo infantil del cuento del tesoro que había oído cuando niño. Contaba ocho años de edad cuando su padre salió y éste tenía entonces 30 años. El propósito de Bela no era el tesoro; su única idea era rescatar a su padre. Suponía que Orión había sufrido algún accidente que le impedía volver, pero abrigaba la firme convicción de que aún vivía. En su niñez había aceptado la posibilidad de que su padre pudiera hallarse cautivo entre las tribus y por tanto se había puesto a aprender algo del lenguaje y costumbres de los nómadas. Así, cuando la partida llegaba a la vista de alguna banda errabunda, Bela siempre trató de escapar a la observación, ocultando su partida si ello era posible, y luego él mismo, con riesgo de su vida, entraba disfrazado en el campo de los nómadas en busca de su padre.

Después de dos años de aventuras, al fin lo encontró, esclavo en una de las bandas, pero tuvo gran dificultad en reconocerlo bajo tales condiciones después de doce años de fatigosas labores. Entre ambos urdieron un plan de escapatoria y Bela, que para entonces ya conocía bien las colinas, con éxito escondió su pequeña partida. Durante las idas y venidas de la tribu que había esclavizado a Orión, éste había descubierto las señales descritas por el difunto amigo, señales que indicaban la posición del tesoro; así, con éxito guió la pequeña banda de Bela hacia donde se encontraba y lograron desenterrarlo. Tras muchas vicisitudes y penalidades, lograron conducir a salvo el tesoro a casa, para júbilo y asombro del resto de la familia.

Ya había muerto el padre de Orión, y el hermano mayor Aquiles, era jefe de la familia. Después de que todos los miembros de la pequeña expedición fueron generosamente recompensados, aún quedó una fortuna. Como parecía casi cierto que esta nación bactriana sería absorbida por la poderosa potencia suriana, Aquiles, Orión, Vesta y Bela tuvieron un consejo de familia y después de muchas deliberaciones, decidieron unirse a la corriente, siempre creciente, de emigrantes hacia el Este, llevando consigo su tesoro. Viajaron en una vasta caravana que avanzaba muy despacio arriando sus rebaños y manadas, y acampando cada invierno durante los meses más fríos. Finalmente la familia se estableció en una comarca fértil en la parte sur de China, donde se procuraron hogar cómodo. Su riqueza les aportó consideración en la nueva comunidad y Aquiles fué luego electo jefe de una sección o colonia, y manejo los asuntos muy hábilmente. A medida que pasaba el tiempo, algunos más de nuestros personajes de “Las Vidas de Alcione” aparecieron en escena, porque el hijo de Vesta, Mira, creció y se casó con Selene, siendo sus hijos Sirio, Acione y Ajax; y sus hijas Vega y Mizar. Tan pronto como el biznieto de Orión, Sirio, llegó a edad suficiente para comprender algo, el viejo y el niñito se hicieron muy devotos uno del otro y andaban siempre juntos. El bisabuelo atraía al pequeño a su lado y le contaba interminables narraciones acerca de su cautividad y la larga búsqueda del tesoro; la pena del muchacho fué grande cuando el viejo murió a la edad de setenta y un años.

El carácter de Orión mostraba mejoramiento muy marcado desde los días en la India, y ya era muy fuerte su poder de amar; pero todavía quedaba mucho egoísmo y deseos de riqueza y poder, así como algo de inescrupulosidad en los métodos. Sin embargo, la transformación, desde los días de su vida como hechicero del Volcán en Hawai, cuatro mil doscientos años antes, era sencillamente maravillosa y muy desusada en la época.

 

 

– VIII–

MARRUECOS

 

ORIÓN: Su primera mujer: SIGMA. Su segunda mujer: EPSILON. Su rival: CÁNCER.

En esta ocasión encontramos a nuestro héroe tomando nuevo cuerpo en el año 18301 A. C., en una raza árabe, aunque no en Arabia, sino en África del Norte, cerca de Marruecos, en lo que entonces era una isla en el mar que llenaba el actual desierto de Sahara. Nació en la costa y fué hijo de un hombre importante y de influencia, que era dueño de tierras y navíos, y evidentemente un comerciante a la vez que agricultor.

Orión se encolerizaba si se le contrariaba y se mostraba resuelto a hacer siempre su propia voluntad; era muy dado a irrazonables explosiones de ira, si alguien interfería en el cumplimiento de sus propósitos. Cuando aún era niño, se entregó a malas compañías, en una edad irracionalmente temprana.

Antes de cumplir los veinte años, se casó con Sigma, mujer a quien no amaba pero que había sido escogida para él por sus padres. De hecho, el casamiento fué enteramente arreglado por los padres de los dos jóvenes, sin haberles consultado en lo más mínimo. Tuvieron varios hijos. Orión se enamoró más tarde, no de su esposa, sino de Epsilon, mujer de carácter desagradable. No ocultó él sus sentimientos y abandonó su esposa y su hogar con evidente disgusto de Sigma. Epsilon, que era hermosa, tenía muchos admiradores, pero favorecía a Orión porque le hacía muchos regalos. Pero Cáncer, que era hijo del Gobernador del Distrito, también la admiraba; era más rico que Orión y poseía el atractivo adicional de tener más poder socialmente. Por tanto, al fin concedió ella sus favores al hijo del Gobernador, muy contra la furia de Orión a quién ella mantuvo aún haciéndole la corte. Pero un día Orión los encontró juntos en un bosque, y enloquecido de rabia, se lanzó sobre ellos y luchó con su rival. La muchacha se desmayó, o pretendió estarlo. En la riña Orión mató al hijo del Gobernador y entonces, levantando en sus brazos a la desmayada muchacha, corrió con ella. Ella volvió en sí, y, al descubrirse en los brazos de Orión, empezó a dar gritos y forcejear por libertarse. El sendero tomado por Orión en su fuga con la muchacha, pasaba al borde de una barranca y, cuando ella trató de librarse de él, ambos perdieron el equilibrio y rodaron por la pendiente al fondo de la barranca. En su caída, Orión fué detenido por unos arbustos, y así se libró de serias heridas, recibiendo solamente algunos arañazos. La muchacha, sin embargo, rodó hasta el fondo y fué severamente lesionada. Orión, al encontrarla inconsciente, cuando corrió a rescatarla, creyó que estaba muerta.

Entretanto, algunas gentes que habían visto la lucha y oído los alaridos, vinieron al sitio corriendo y gritando. Repentinamente Orión se dió cuenta de que el hombre a quien acababa de matar era el hijo del Gobernador y de que aquí también yacía el cuerpo de una muchacha que su malhadada pasión había sacrificado. No podía esperar un juicio imparcial; y así, lleno de tormentosas emociones, huyó a la playa perseguido por algunos hombres que casi le pisaban los talones. Al llegar a la orilla, su corazón dió un vuelco al ver un navío velero, al cual reconoció al punto como uno de los de su padre, maniobrando para pasar por el estrecho pasaje entre la costa y una gran roca que se alzaba fuera del mar. Se arrojó desesperadamente al agua y, tras violentos esfuerzos, finalmente alcanzó al navío de su padre. Los marineros lo izaron a bordo, muy extenuado, y se lo llevaron a salvo, estando él bajo la impresión de que la muchacha había muerto.

En el curso del viaje, el buque pasó por el estrecho de Gibraltar. En el Atlántico se encontraron tempestades, y la frágil embarcación, construida para cruzar las benignas aguas de un mar interno, pronto fué muy abatida, y finalmente se hundió, cediendo a los tremendos golpes de las enormes olas. Orión se asió a un mastelero cuando el barco desaparecía, y, después de ser sacudido como juguete de las olas durante muchas horas, alcanzó tierra al final y fue arrojado inconsciente sobre la playa. Despertó para encontrarse en una isla (posiblemente El Gran Salvamento), completamente solo, porque la isla se hallaba habitada únicamente por animales. Había fruta en profusión y, matando algunos animales para alimentarse, le fué posible subsistir.

En esta isla vivió en silencio por veinte años. La isla estaba situada tan por completo lejos de las rutas de navíos mercantes, que en el corazón del náufrago había muy poca esperanza de rescate. La única posibilidad sería algún barco alejado de su ruta por los vientos, o bien algún navío particular. La soledad y la constante introspección produjeron un gran cambio en el carácter de Orión. Cama tenía mucho tiempo para pensar, gradualmente se dio cuenta de lo indigno de la vida que había llevado; de que todas estas tribulaciones sobre él y sobre otros, habían sido causadas por su apasionado egoísmo y su testarudez; e hizo el voto de que, si alguna vez fuere rescatado, viviría una vida mejor. Fué tal el efecto de esta nueva dirección de sus pensamientos, que, después de veinte años de soledad, se encontraba grandemente sosegado y se veía de mayor edad de la que en realidad tenía.

Al fin apareció un barco desviado de su curso por vientos contrarios; fué tomado a bordo, pero casi no podía hablar después de su prolongado silencio. Lo llevaron a tierra firme y sus rescatadores le dieron algunas ropas pero no dinero. Empezó a pié su viaje rumbo a Marruecos y encontró que era una jornada larga y fatigosa, llena de penalidades, pero al fin llegó a su propio país. Temiendo darse a conocer mientras no hubiese podido averiguar cómo andaban las cosas, se ocupó en tareas de criado que le permitían cubrir las más apremiantes necesidades, investigando siempre cuidadosamente acerca de su familia, la del Gobernador y de la muchacha. Por fin supo que toda la familia del Gobernador se había marchado de allí, y que la suya propia había desaparecido enteramente; y así, sintió que había pasado el peligro de que fuera reconocido, quedando libre de ser juzgado.

Le dijeron que solamente una mujer quedaba de la familia de la muchacha. Como ella vivía en un lugar quieto, pensó él que si se llegaba por allí, podría tener la oportunidad de verla y posiblemente reconocerla. Un día en que vigilaba, vió venir una mujer que se parecía a la muchacha su amiga de juventud, pero mucho más vieja de apariencia. Sintiendo la seguridad de que aquella muchacha estaba muerta, pensó que quizá ésta era hija de aquella y no dudó en hablarle. Ella, sin embargo, lo reconoció al punto, y después de los saludos de rigor, le contó cómo había vuelto en sí después de la caída, si bien llena de heridas y, por consecuencia, coja. Le platicó cómo, después que quedó definitivamente inválida, todos sus antiguos pretendientes la habían abandonado, y había quedado muy sola.

Durante todos estos años había estado pensando en lo que de ella se decía, y había llegado a la conclusión de que no había sido recta en sus tratos con sus dos amigos varones y poco después se sintió culpable de todo lo sucedido. En sus ensueños había llegado a pensar que Orión era el mejor de los dos hombres y que no había sido justa con él.

Epsilon ayudó a Orión a buscar a su esposa e hijos, pero no pudieron encontrarlos, y nadie supo dar razón de sus movimientos. Finalmente, estos dos se casaron y vivieron enteramente en paz, ya que ambos habían aprendido a ser prudentes. El sentía su salud casi arruinada, pero todavía algo le quedaba de su antiguo deseo de poder. Había ahorrado ella algún dinero, con el cual principió él a comerciar y de ahí en adelante, hasta sus muertes, vivieron una vida comparativamente quieta y ordinaria.

 

 

– IX–

POSEIDONIS

ORIÓN: Vendido como esclavo.

GAMA: Su vendedora.

ZETA: Su compañero de esclavitud.

 

El sombrío drama de esta novena vida de Orión se inició en la parte sur de Poseidonis, donde nació en el año de 17228 A. C., en una raza Akadiana que, no obstante ser prácticamente independiente, aun pagaba tributo al Emperador Tolteca. La población constaba de manufactureros y comerciantes más bien que agricultores. Aquí, en las fronteras del Gran Imperio Tolteca, el país se hallaba en una condición de inquietud y los comerciantes sufrían mucho por las depredaciones de los piratas, a quienes las autoridades parecían incapaces de reprimir. Los piratas ejercían señorío sobre el pueblo, atemorizando los distritos apartados y obligando a muchos de los mercaderes a pagarles una especie de tributo para no ser atacados. Orión fue hijo de un rico mercader que amaba al muchacho y lo consideraba como muy prometedor. Desde muy temprana edad recibió cierta. clase de educación comercial, aprendiendo el precio de varias mercaderías, especialmente el de las gemas, y le enseñaron cómo comprar barato y vender lo más caro posible.

Cuando llegó a la edad viriL su generoso padre le concedió una buena participación, pero Orión prontamente la excedió, entregándose de lleno a los más degradantes “placeres de la vida”, según así se les llamaba. Como su padre le tenía ilimitada confianza, Orión adquirió el hábito de hurtar pequeñas cantidades que extraía del negocio y que añadía a su participación, a pesar de que ésta ya era grande.

Se enamoriscó de Gama, una muchacha de carácter mezquino que constantemente le exigía regalos costosos y le urgía para que robara a su padre en lo que ella llamaba “escala caballerosa”. A fin de cumplirle sus extravagantes demandas, tramó él un desfalco mucho mayor, y recibió el pago de cierto cargamento de mercancías sin entregar el dinero a su padre. Mediante mentiras y engaños logró cubrir el desfalco por algún tiempo, pero al fin vió que su descubrimiento era inminente. La única persona que realmente podía comprobar algo en su contra, era Zeta, el joven que le había traído el dinero; y Gama le aconsejó que aquel joven debía desaparecer a fin de que el secreto no fuera descubierto. Oportunamente para ellos, un barco pirata estaba a la mano en una costa cercana, y la mujer sugirió que el inconveniente testigo fuera vendido a los piratas como esclavo. Orión llevó a cabo el plan y por el momento el secreto del crimen permaneció oculto. Al cobrar nuevamente al comerciante el dinero que ya había pagado, se supuso que el perdido mensajero había huido con la suma y en consecuencia su familia cayó en la desgracia, quedando arruinada.

En vista de esto, Orión sintió algún remordimiento porque la hermana del victimado era amiga suya con la cual había llevado relaciones íntimas; pero su amante de entonces con facilidad lo persuadió para que nada dijera, dejando así que las cosas siguieran su curso. Para satisfacer la insaciable rapacidad de Gama, pronto tuvo él que meterse en otros hurtos y pronto se vió en inminente peligro de ser descubierto. Desesperado, reprochó a la mujer que por culpa de ella había cometido todos esos crímenes; ella, muy enojada, le dijo que si no hacía el esfuerzo de conseguirle más dinero, acudiría a muchos otros hombres dispuestos a hacerlo. Tuvieron una gran riña, pues, en realidad, ella estaba ya cansada de él; de manera que, con ayuda de otros hombres amigos suyos, logró que Orión fuera a su turno secuestrado y vendido a los piratas. Hecho esto, sus desalmados dueños lo obligaron a trabajar como galeote esclavo.

Al fin lo llevaron a una isla en donde los piratas tenían su guarida, y allí se encontró con Zeta, la víctima que él mismo había vendido a los piratas años antes. Inmediatamente el victimado se arrojó sobre él tratando de matarlo, pero los piratas los separaron y, después de escuchar el relato de los sucesos, los sentenciaron, en un refinamiento de crueldad, a ser encadenados al mismo banco y forzados a tirar del mismo remo.

Noche y día, por muchos años, jamás estuvieron libres por un momento el uno del otro, y esta asociación tan estrecha creó una inquina de tal manera odiosa, que de continuo peleaban furiosamente, tratando de acometerse no obstante sus cadenas. Como consecuencia, eran fuertemente azotados por sus capataces y gradualmente obligados a un lúgubre sometimiento; y durante meses enteros no se hablaban uno al otro.

Un día, cuando el remo se quebró al incrustarse en un hueco del puerto, Zeta, instintivamente, lo mantuvo lejos de Orión y así, a costa de un tremendo esfuerzo personal, lo salvó de ser prensado y mortalmente herido por el remo. Orión frecuentemente había sentido remordimiento y arrepentimiento, y este acto de Zeta los hizo culminar; y por primera vez se hablaron bondadosamente. La camaradería en su miseria los tomó ahora en amigos en vez de enemigos. Con frecuencia discutieron en voz baja planes para escapar, pero nunca se presentaba el modo de que pudiera haber la más remota esperanza de llevarlos a cabo. Al fin llegó su oportunidad cuando la galera atacó a un navío que resultó ser demasiado fuerte y maniobró a manera de poder cortar la hilera de remos con la proa, rompiendo así uno por uno y dejándola indefensa. Muchos esclavos resultaron muertos por los remos rotos, pero algunos pocos fueron lanzados de sus bancas durante el choque, y entre ellos nuestros dos amigos. La averiada galera derivó hacia las rocas y los supervivientes fueron arrojados al mar. Zeta quedó muy mal herido, pero Orión, aunque también bastante lastimado, logró con mucho esfuerzo sacarlo a la playa a través de la resaca. Obtuvo ayuda de unos pescadores y todos juntos llevaron al herido a uno de sus jacales, en donde por muchos días permaneció tendido. Tan pronto como Orión curó de sus heridas, se contrató para trabajar con los pescadores a cambio de techo y comida para él y su amigo, y dedicó cada momento de su tiempo libre a aliviar los dolores da Zeta.

Tuvo éste una prolongada enfermedad porque se hallaba seriamente lesionado en su interior, y hasta después de un año le fué posible caminar y emprender la marcha; aún entonces estaba lisiado y débil. Orión le prodigó sus cuidados y le ayudó con mucha solicitud. Mendigando, ambos se encaminaron lentamente hacia el norte, a lo largo de la costa, rumbo a la gran ciudad. Arribando allí, Orión encontró empleo con un orfebre, quien al principio lo ocupó por compasión, pero que a la postre comenzó a encontrarlo muy útil. A la sazón contaba Orión cuarenta y dos años de edad, pues había permanecido catorce años cautivo de los piratas y hacía dos que se habían libertado. Gradualmente se rehizo Orión y su conocimiento de las joyas le fué útil. Por todo el tiempo mantuvo al lisiado Zeta hasta que por fin éste desencarnó.

El orfebre murió después de que Orión había trabajado con él diez y nueve años, y como los herederos se hallaban ocupados por otra parte, él asumió la dirección de una parte del negocio. Se había vuelto duro y avorazado, y no obstante que el negocio era pequeño, gradualmente él acumuló riquezas. Sin embargo, después de diez años de trabajo, todo lo perdió debido a la falta de honradez de su operario. Ahora se hallaba demasiado viejo para obtener trabajo regular; y así, gradualmente fue empeorando, volvió a mendigar para poder sobrevivir, y vivió en la pobreza y en la obscuridad hasta muy avanzada vejez.

En esta vida, como en la anterior, principió él con muy buenas oportunidades, pero eran sus deseos tan fuertes e irrefrenables que lo arrastraron tras ellos. Cuando un deseo hacía presa de su ánimo, él habría de satisfacerlo a toda costa y sin consideración alguna para otros, completamente falto de escrúpulos en sus métodos cuando se trataba de barrer obstáculos que se le oponían. En cada caso se le dió la oportunidad de reflexionar y arrepentirse; en la vida anterior meramente por una larga soledad; en ésta por un período más corto de positivo sufrimiento.

En ambos casos aprovechó la oportunidad hasta cierto grado, que se hizo patente en los últimos años de la vida.

Durante estas dos vidas; la Semita y la Akadiana, estuvo separado de los egos que lo habían ayudado, con objeto de ver si ya podía guiarse él solo. No fué muy grande el éxito; sin embargo, al final todo mejoró.

 

 

–x–

Tartaria

 

EPSILON: Su padre: DAFNE. Su madre: HEBE. Su marido: AGLAE. Sus hijos: ORIÓN, ESCORPIO, FLORA. Su hija: CAMELEON.

ORIÓN: Su mujer: HELIOS. Sus hijos: ALDEB, PEGASO. Sus hijas: EROS, SAGIT, OPHIUCHUS.

GAMMA: Aventurera.

KAPPA: Sirvienta de Helios.

 

De nuevo nació Orión en el año 15.690 A. C., en una raza tártara del centro de Asia; raza por completo nómada podría decirse, no obstante que algunos de sus miembros ya habían principiado a radicarse y construir ciudades. Para ello, aportaban una gran dosis de esplendor barbárico, pero muy poca educación. Las mujeres usaban en gran profusión toscos ornamentos hechos de oro, pero se les enseñaba poco, excepto a preparar yerbas medicinales y vendar heridas.

Orión fue hijo de Aglae, un oficial de elevado rango; una especie de presidente o gobernador de distrito, cuyo deber le obligaba a viajar constantemente por toda su provincia. A menudo iba con toda pompa, llevando consigo en una caravana a toda su familia y sirvientes. Durante los intervalos en estos viajes, vivían en una de las principales casas de la capital de la provincia.

El entrenamiento de Orión fue casi enteramente militar, se le enseñó a montar casi tan pronto como pudo caminar; a tirar con un arco; a usar la lanza; una corta espada y una cachiporra. Desgraciadamente, en la misma ciudad vivía Gama, quien había ejercido tan mala influencia sobre él en sus vidas anteriores. Apenas era un adolescente de 16 años, cuando la sombra de aquella mujer sin principios cayó otra vez sobre su vida. Ya estaba ella secretamente casada sin el conocimiento de sus padres, y no obstante, concibió una fuerte pasión por Orión y pronto consiguió atraerlo con sus artes. Como antes, ella quería costosos regalos, y el atontado joven se vió en aprietos, para procurarse los medios de satisfacer sus desenfrenados deseos.

Esto sucedió por algunos años, y hubiera podido repetirse hasta cierto grado la vida anterior si no hubiera entrado en escena una segunda joven, Helios[15], a quien él tuvo oportunidad de salvar, cierto día, de unos ladrones en un camino. Ella era exactamente el reverso de la otra; selvática y libre, y sin embargo tímida y modesta; una adorable criatura natural; mientras que la otra mujer era atrevida, desvergonzada y artificial.

Cabalgaba Helios por el camino acompañada por una sirvienta, Kapa, cuando dos rufianes se precipitaron sobre ella, asiendo las bridas de los caballos y trataron de arrancarle un collar de su cuello. Al observar esto, Orión galopó a toda prisa cayendo sobre uno de los asaltantes a quien abatió en tanto que el otro huía; entonces él sostuvo y tranquilizó a la asustada doncella que naturalmente se mostraba agradecida por su audaz liberación; mientras él se sentía profundamente impresionado por su belleza; y probablemente ambos gozaron intensamente por espacio de media hora en que siguieron caminando juntos. Cuando se acercaron al poblado, ella esperó a que él la dejara, por lo cual se despidió él cortésmente y se alejó. Al despedirse, se  aventuró él a pedirle su nombre, y recibió la desagradable sorpresa de saber que ella era la hija de un negociante que tenía con su casa una cruel y hereditaria enemistad. Sus antecesores, durante generaciones, habían estado matándose unos a otros al encontrarse, y cada familia había sido criada con la idea de considerar con el mayor horror y desprecio todo lo concerniente a la facción opuesta. Cabalgó él de regreso a su casa sumamente desalentado, ya que había resuelto mejorar su relación de conocimiento con la muchacha, y ahora se daba cuenta de que surgirían las más formidables dificultades en su camino.

A medida que pasaron los días, la impresión causada en él fue creciendo en vez de esfumarse, y sintió que, con esta sagrada imagen en su mente, él no podía ir a ver a la otra mujer. Cuando pasaron algunos días, la otra, ansiosa por miedo de que escapara de sus manos tan valiosa fuente de ingresos, mandó a buscarlo. El fue, porque no podía evitarlo, pero sus pensamientos estaban ocupados en algo muy distinto y naturalmente se mostró frío y distraído; por lo cual surgió un serio disgusto. La mujer quería que le diera más dinero, pero él ya no tenía interés en ella y sentía aburrimiento y desagrado. Trató él de reanudar la antigua relación por hallarse desesperado respecto a su nuevo amor, no viendo como podría alcanzarla, y sintiéndose totalmente indigno de ella aún si pudiera lograrlo. Sus intentos, sin embargo, no tuvieron éxito; la aventurera se dió cuenta de la vaciedad de sus pretextos y tuvieron incesantes pleitos y escenas entre ellos. No cesaba él de reproducir en su mente la imagen de la bella muchacha a quien había rescatado y día tras día se le encontró rondando la casa en que había entrado ella no obstante que ni siquiera sabía si aún estaba allí o no.

Le era imposible olvidar su rostro a pesar de que solamente una vez la había visto. Trató de dibujarlo, pero no, quedó satisfecho del resultado. Luchó largamente contra el sentimiento que le obsesaba y que, lejos de disiparse, crecía más y más fuerte. Dejó por completo a la otra mujer y reformó enteramente su vida.

Al fin llegó a la conclusión de que era inútil luchar por más tiempo contra su amor y así, solemnemente, informó a su padre de los hechos y declaró que, a pesar de la riña entre las familias, aquella joven debía ser suya si ella estaba dispuesta a serlo. El padre pensó que su hijo se había vuelto loco; no quiso escuchar sus proposiciones y menos considerarlas; e ignominiosamente lo corrió de su presencia. Orión, sin embargo, lealmente mantuvo su resolución; por lo cual su padre, encontrándolo intratable, finalmente le ordenó que se fuera de la casa, desheredándolo. El joven quedó así en una situación peculiar; arrojado sin fortuna al mundo, a causa de una mujer que había visto solamente una vez, sin saber siquiera si ella se preocupaba por él aunque fuera un poco.

Claramente parece una mejoría sobre la vida anterior, que, a causa de un verdadero amor, él estuviera dispuesto a arrojar de sí a la mujer mala, reformar su conducta, y perder todo lo que había constituido su vida hasta entonces.

Se alejó con su caballo y sus armas, y casi nada más; y puesto que así se le proscribía por el amor de su dama, él pensó que lo mejor que podía hacer era cruzar la estepa que le separaba del poblado en donde ella tenía su morada. Al llegar allí, debatió consigo mismo acerca de lo que debería hacer, porqué sabía que los parientes de la muchacha probablemente lo matarían en el acto a causa del rencor, si descubrían su identidad. Finalmente decidió que la audacia era la política mejor y más digna, y que debería ir abiertamente al padre de la muchacha y pedirle su mano; pero su mayor dificultad consistía en que no sabía si la muchacha le correspondía; por lo tanto, decidió averiguar sus sentimientos antes de actuar.

Justamente cuando ya se estaba desesperando, tuvo la buena fortuna de encontrarse con la joven que la acompañaba en la feliz ocasión de su encuentro con la que amaba. Al momento se hizo reconocer e indujo a la muchacha a hablar de su señorita. Con toda claridad lo alentó ella porque le dijo que su señorita a menudo hablaba de él y que ciertamente le daría gusto volver a verlo; y además, trató de arreglar una cita.

Ya era tiempo de que a Orión le llegara alguna fortuna porque se hallaba muy pobre, y a menudo ni siquiera tenía lo suficiente para comer, siendo su orgullo demasiado grande para permitirle hacer amistad con cualquiera.

Al día siguiente estuvo en el lugar de la cita y se regocijó en extremo al ver a la dama de su corazón aparecer en compañía de la sirvienta. Expresó él su cuita de amor y ella, ruborizada, admitió que no podía sentirse indiferente a tan gran devoción. Al escucharla, se sintió él transportado de gozo, pero principió a considerar lo que podría hacer, pues pensó que no había esperanza alguna para un desheredado proscrito en acercarse al padre con la pretensión de casarse con su hija. Ella intimó su disposición para esperarlo, pero expresó sus fervientes anhelos de que la espera no sería muy larga. Finalmente, decidieron que no les era posible esperar y que él debería ver al padre inmediatamente. Le vino la tentación de ir al padre ocultándole el hecho de que había sido desheredado; presentarse como enviado de su familia a proponer una alianza a fin de dar por terminada la enemistad y pedir a la muchacha en matrimonio; pero, después de pensarlo muy bien, desechó la idea, pues consideró que tal engaño lo volvía indigno de obtener la mano de su amada. Cuando él se presentó ante la casona con apariencia de castillo en que ella tenía su morada, y anunció su nombre al centinela, hubo gran conmoción. Lo llevaron ante el Jefe y allí, audazmente, le dijo a su hereditario enemigo que deseaba casarse con su hija. La sorpresa surtió sus efectos; el cacique no pudo ni siquiera indignarse; pensó que el muchacho estaba loco de remate y su primer impulso fué mandar que lo encerraran en un calabozo del castillo; pero, después de pensarlo bien, ordenó sencillamente que lo echaran fuera de su castillo, advirtiéndole que, si volvía por allí, podía darse por muerto.

Orión se sintió muy afortunado de haber salido tan bien librado, pero ignoraba enteramente qué haría después. Vió que tenía que ganar dinero de alguna manera para alimentarse y resolvió buscar algún trabajo; esto, sin embargo, no era cosa fácil, porque no se le había educado para ser trabajador útil; pero reflexionó que en la comarca aledaña podía sostenerse de la caza; y así, por algún tiempo, vivió una especie de vida gitana. Venía frecuentemente a la ciudad y aunque no podía ver a la dama de su amor, a veces se las arreglaba para encontrarse con la sirviente y para recibir y enviar mensajes por su medio. El consejo de la sirvienta era que no debía esperar más tiempo, sino de una vez raptarse a la dueña de su corazón. El replicó que lo haría con sumo gusto si pudiera llevarla a un palacio digno de ella. La próxima vez que vió a la doncella, ésta le trajo un mensaje en que la novia decía que no era necesario que la llevara a una primorosa residencia, que su amor se conformaba con una cabaña; después de eso, todo se arreglaría con facilidad. Un buen día ella se escapó furtivamente de la casa y huyeron juntos.

El padre se puso furioso cuando descubrió que ella había desaparecido; aun cuando no sabía la parte que el joven había tomado en el drama. Mandó a perseguirla, pero ellos ya llevaban ventaja y no pudieron alcanzarlos, pues se ocultaron en una de las tribus nómadas. Ciertamente fué una evidencia de amor verdadero el que estos dos, que habían sido acostumbrados a todas las comodidades y lujos que la época podía ofrecer, hubiesen renunciado a todo sólo por estar juntos, conformándose con vivir en las curiosas chozitas negras de una tribu incivilizada que arriaba ganados a través del desierto, de un pasturaje a otro. (Se recordará que en la vida anterior, Orión no renunció voluntariamente a su posición, sino que fué secuestrado). Estas gentes eran hasta cierto grado también depredadores, porque exigían contribuciones de alimentos de las más débiles de las tribus asentadas; pero recibieron a nuestros fugitivos amigos de buena gana, y vagaron con ellos por el país durante años, pasando muy lejos de su hogar nativo.

Estando solos y juntos entre gente que era comparativamente bárbara, ellos reaccionaron poderosamente uno sobre el otro. Orión estaba pleno de la idea de que su esposa había tenido una vida hermosa y pura; mientras que la suya había sido manchada tristemente; y así pensaba de ella siempre con humildad y en una forma de adoración, que incuestionablemente era buena para él. Ella, por su parte, no pensaba más que en su bravura; y en todo lo que había abandonado por ella. y así, admirándose mutuamente, vivieron muy felices, aun en medio de un ambiente físico tan horriblemente rudo y pobre.

Orión se ocupó de cazar para la caravana a cambio de alimento y albergue para él y su esposa; pronto cambió algunas pieles por ganado, y de esta suerte vino a ser propietario de unas pocas cabezas, como los hombres de la tribu.

Durante varios años anduvieron errantes con la tribu y les nacieron tres niños; siendo Aldeb el mayor y Eros la segunda criatura, una niña. Más tarde se incorporaron a otra banda de gente de más elevado tipo que se encontraba en guerra con una tribu vecina. Orión ofreció sus servicios que fueron ansiosamente aceptados, y cuando su partido resultó victorioso, él recibió una parte considerable del botín, volviéndose de nuevo comparativamente rico. Entonces él y su familia abandonaron por completo la vida errante y se asentaron entre sus nuevos amigos de la tribu victoriosa.

Mientras tanto, las noticias de la huída de ambos habían llegado a la familia de Orión, quienes se hallaban furiosos considerando que Orión había desgraciado el nombre y arrastrado por el lodo el honor de la familia al emparentar con sus enemigos hereditarios. Su padre despachó a su hermano Escorpio a buscarlo y a matarlo, ya que pensaba que solamente con su sangre se podía lavar la afrenta a su honor.

Escorpio, después de mucho trabajo, logró alcanzar a la pareja, pero encontrándolos domiciliados entre una tribu poderosa y guerrera, vaciló en atacarlos directamente. Pensó más acertado aliarse con una banda de ladrones que hacía tiempo depredaban por el distrito causando constantes molestias a los moradores. Estos bandidos ocupaban una pequeña cañada de suelo rocoso entre las colinas, tan bien defendida por la naturaleza que parecía casi inexpugnable. Estaba rodeada de precipicios como de 70 metros de altura; un río se despeñaba formando una cascada en un extremo del valle y el otro extremo por el cual el río desembocaba, era la única entrada practicable. Los bandidos la habían fortificado con la construcción de una pequeña muralla que la atravesaba dejando solamente un estrecho pasaje que siempre estaba guardado.

Escorpio se disfrazó y con otros dos bandidos estuvo acechando a Orión hasta que lo vió a cierta distancia del poblado y entonces cayeron sobre él. Siendo guerrero bien entrenado, Orión tuvo éxito en repeler el ataque, matando a uno de ellos e hiriendo a los otros dos; quienes, sin embargo, lograron escapar. Orión mismo estaba herido pero no muy seriamente. Consideró este ataque como un ordinario asalto de ladrones en despoblado sin tener la menor idea de que su propio hermano estuviera mezclado en ello. Escorpio se sentía ahora más decidido que nunca a causarle daño, si bien tenía miedo de encontrarse directamente en combate con él; por lo cual ideó un plan para raptarse al pequeño hijo y heredero Aldeb, quien por este tiempo tendría unos siete años. El nefando plan tuvo éxito y la pena de los padres del muchacho, al saber su desaparición, fué indescriptible. En verdad la angustia de la madre era tal, que Orión que la amaba tan profundamente, casi enloquecido por ello, juró apasionadamente rescatar al niño si aún se hallaba vivo.

Mirando en derredor con gran cuidado en busca de alguna clave que le indicara lo que había pasado, encontró, en una especie de bieldo que colgaba de la pared cercana a la puerta de entrada a su propia habitación, algunos pedazos de tela rota; uno o dos hilos de la ropa que llevaba el niño y tamo bien un fragmento de una clase particular de tela azul oscuro con una pequeña brizna de hierba pegada a ella. El bieldo colgaba muy por encima de la cabeza del niño, por lo cual dedujo el padre que cuando se trabó en sus ropas, alguien lo llevaba cargado. La tela azul era para él enteramente extraña, por lo cual pensó que sería de la ropa del raptor; la pequeña brizna pertenecía a una especie de planta que crecía solamente en un sitio del distrito, una pequeña área de terreno pantanoso, justamente a la salida de la cañada habitada por los bandidos. Inmediatamente dedujo Orión en donde podría estar su hijo y resolvió rescatarlo; pues si los ladrones no le habían dado muerte de inmediato, lógico era suponer que el niño todavía estaría vivo.

Todos tenían miedo de meterse con la banda de ladrones, sobre quienes pesaba una gran reputación de ferocidad, pero Orión gastó gran parte de su fortuna en sobornar a un número de hombres a fin de que se le unieran para atacar su fortaleza. Fué el solo a reconocer el terreno y desde luego decidió que nada podría intentarse por la entrada resguardada, y que su gente tendría que escalar de algún modo la colina y descender hasta la cañada por el precipicio. Construyó una escalera de cuerdas con barrotes de madera; algo nuevo en aquel país, y resolvió que unos cuantos seres atrevidos deberían descender por este medio, mientras el resto mantendría ocupados a los bandidos.

Los bandidos guardaban la entrada solamente, teniendo perfecta confianza en que los acantilados eran inescalables. Desde el valle, podría ser alcanzada la cumbre del precipicio, solamente después de un gran rodeo de varias horas. Así, Orión pudo poner a sus hombres en posición no lejana del precipicio, sin atraer la atención de los bandidos. Después, con mucho trabajo, reunieron un buen número de grandes peñascos sueltos, y cuando todo estuvo listo, Orión mismo, con una pequeña partida de hombres decididos, avanzó hasta el sitio escogido para fijar la escala; pero apenas había tenido tiempo de hacerla, cuando fué descubierto por uno de los bandidos, quien al instante dió la voz de alarma. Al momento los ladrones salieron corriendo de sus chozas y empezaron a disparar sus flechas contra la atrevida banda; pero al mismo tiempo Orión principió su ataque, pues sus hombres, en ambos acantilados, también empezaron a disparar nubes de flechas, mientras otros rodaban rocas sobre las cabezas de los ladrones que avanzaban; y todavía otros les arrojaban bolas de lana empapadas en aceite y encendidas. Así, en pocos minutos, varios de los jacales fueron incendiados y muchos de los bandidos muertos o heridos.

Entretanto, Orión había bajado por su rústica escala, siendo el primero en confiarse a su precario sostén. Tan pronto como llegó al fondo, fijó el extremo, a fin de que el resto de su gente pudiera bajar con más seguridad. Los bandidos estaban tan ocupados que sólo fué necesario un hombre para proteger el pie de la escala, permitiendo a los demás hombres bajar uno a uno con rapidez. Los otros, arriba, nunca cesaron de arrojar rocas y disparar flechas. Cuando ya tenía a 50 da sus hombres reunidos en el fondo de la cañada, los guió en furiosa carga sobre lo que quedaba de los bandidos, que así fueron exterminados después de una fiera y desesperada lucha, a la que posteriormente se unieron todos los otros hombres de Orión que descendieron por el acantilado. Orión, que en el fragor del combate buscaba ansiosamente al de la ropa azul, se arrojó con locura sobre el que la llevaba y lo mató con su propia mano; pero sufrió un terrible choque emocional cuando después de arrancarle el disfraz, reconoció que era su propio hermano a quien había matado.

Levantado el campo se encontró a varios prisioneros que estaban en espera de ser rescatados, así como un número de mujeres que los bandidos habían capturado en distintas ocasiones. Entre éstas, Orión tuvo el inmenso gozo de encontrar a su hijito, vivo, sano y salvo, aunque bastante atemorizado. Llevó al niño en triunfo a su casa para júbilo de su mujer y la reunión fué de veras feliz, aun cuando un poco ensombrecida por el horror del fraticidio. Orión se hallaba casi abrumado por el pensamiento de lo que había hecho; pero su esposa lo confortó, haciéndole ver que él no podía ser responsable, puesto que ignoraba completamente la identidad de su enemigo. No obstante, el pensamiento 10 molestó grandemente, y más cuando los vecinos evitaban encontrarlo desde que el hecho Be hizo del dominio público. Finalmente, toda la familia decidió abandonar esa parte del país y Orión encaminó su ruta en dirección de su antigua morada, con la intención, medio adoptada ya, de entregarse a su padre en una especie de expiación. Antes de llegar, sin embargo, supo que su padre había sido recientemente asesinado por la parte contraria en la vieja enemistad hereditaria; que en realidad su familia estaba casi exterminada y él era el único varón superviviente. Por lo tanto tomó él posesión de la propiedad, habiéndole persuadido su esposa de que era mejor no hablar del fraticidio que, por supuesto, era aquí desconocido. Por consideración a su esposa no tomó ninguna medida para proseguir la contienda, a pesar de que mucha gente le reprochaba el que dejara sin venganza la muerte de su padre.

Pasó el resto de su vida en comparativa quietud y desencarnó a la edad de 58 años, habiéndole seguido su esposa pocos años después.

Sin duda esta vida muestra una considerable mejoría sobre la anterior; no solamente en la mayor determinación exhibida, sino también en la ausencia de codicia y avaricia. Se notará, sin embargo, que para que se efectuara ese cambio, fué necesaria la proximidad a Orión de dos egos que siempre lo han ayudado e influenciado para el bien; de manera que la victoria no fué enteramente suya. Pocos de sus antiguos amigos estuvieron con él esta vez. Sirio fué ciertamente su bisabuelo, pero había desencarnado antes de que él naciera. Sirio se había casado con Bela y cuando menos dos de sus hijos jugaron parte prominente en la historia de su tribu; ya que su hijo mayor, Deneb, fué un gran líder político y militar; mientras que su segundo hijo, Lira[16], se dedicó a la filosofía y a la religión, llegando a ser un celebrado maestro y profeta. Orión tuvo en total cinco hijos, tres durante la vida errante y dos después.

 

 

– XI–

CANADÁ

ORIÓN: Su padre: URSA. Su madre: SIRIO. Su madrastra: GAMA. Su primera mujer: SIGMA. Su segunda mujer: NU. Su hijo: THESEO.

 

El escenario de esta vida tiene lugar en lo que es ahora Canadá, al norte del Lago Superior, y su fecha es 14507 Antes de Cristo.

Por aquel tiempo los grandes lagos tenían en cierto modo diferente configuración, y el clima era más frío. El padre de Orión, Ursa, pertenecía a una raza muy parecida a los Esquimales, que eran de poca estatura, vigorosos y oscuros. La gente vivía en casas de paredes muy gruesas, hechas con doble hilera de troncos. La tribu emigraba cada año para dedicarse a la cacería, trasladándose hacia el sur en el invierno y hacia el norte en el verano; y con frecuencia construían chozas de nieve en sus viajes. La madre de Orión, Sirio, era la hija del jefe; su padre, Ursa, era un hombre egoísta e intrigante que a menudo trataba con aspereza a la madre. Orión siempre sentía miedo de él, si bien el padre mostraba buena disposición hacia el niño en ocasiones en que se acordaba de él.

Cuando Orión tenía siete años, observamos que amaba a su madre y la ayudaba a cuidar a sus hermanitos, de los cuales había seis más jóvenes que él, siendo gemelos dos de ellos.

Por ese tiempo, su padre se enamoró de otra mujer, Gama, y la trajo a la casa en lugar de Sirio a quien despidió. Gama, al principio, pretendió cuidar a los niños pero en verdad no los quería y en breve empezó a descuidarlos y a tratarlos cruelmente. Orión pronto llegó a odiarla. A menudo no había suficiente alimento para toda la familia y el hambre lo hizo egoísta y hasta lo llevó a robar. De hecho se convirtió casi en un pequeño salvaje, chaparro pero fuerte para su edad, con vivos ojos negros. Su hambre interna de amor no era comprendida ahora que su madre se había ido; así, tuvo siempre que reconcentrarse en sí mismo y se volvió áspero, con frecuencia cruel; no porque le gustara la crueldad, sino porque estaba centralizado en sí mismo; ni siquiera pensaba en los demás.

Después de algunos años, la madre reapareció y rogó le permitieran ver a sus hijos algunas veces, pero la nueva esposa obligó al padre a rehusar.

Orión era atrevido y fuerte; odiaba a la nueva esposa; despreciaba a todas las mujeres y había perdido el cariño por su propia madre. Algunas veces salía a cazar con su padre, pero aún con él reñía. Cuando ya tenia 16 años, su padre fue muy aporreado por un oso; y la nueva esposa, viendo luego que Urza jamás volvería a ser otra vez un fuerte cazador, lo abandonó, y tomando sus joyas y algunas armas, huyó con un hombre más joven.

Orión no gustaba de quedarse en casa a cuidar a su padre herido por el oso y postrado en muy mal estado durante varias semanas. La primera esposa, Sirio, supo de su estado y volvió a la casa a cuidarlo hasta que recuperó la salud. Por este tiempo Orión había formado ya sus propios hábitos; era desconfiado de su madre y de todas las mujeres; era intratable y grosero y no respondía al ansioso amor de ella, ni la ayudaba con los demás niños; todo debía supeditarse a su pequeño capricho; si no, se impacientaba poniéndose altanero y colérico.

Ya estaba incontrolable, permaneciendo a veces fuera de su casa por días enteros. En prosecución de sus indomables pasiones, sedujo a Sigma, la hija de un vecino, muchacha casi de su edad. Esto fue descubierto y causó un gran alboroto, porque, bajo tales circunstancias, la muchacha ya no era persona deseable y no podía ser dada en matrimonio a otro. Se reunió un consejo de la tribu el cual decretó que, joven como aún era Orión, debía casarse con Sigma y llevársela a vivir en casa de su padre, lo cual ocasionó que tuvieran una boca más que alimentar, donde no había suficiente para todos. El padre se disgustó mucho, pero la madre trató de mejorar en lo posible la situación. Era Orión ligeramente bondadoso con la joven esposa cuando de ella se acordaba, pero pronto llegó a considerarla como una carga arrojada injustamente sobre él y como obstáculo a sus ambiciosas maquinaciones.

Por algunos años la familia vivió escasa de comodidades; Orión tuvo algunos hijos por los cuales realmente sentía cariño, pero desgraciadamente murieron y la pena lo endureció aún más. Al fin fué a incorporarse a otra tribu, a la edad de 24 años. Allí pronto adquirió reputación de buen cazador y hábil traficante en pieles y forros de pelo. Por razones de política se casó con Nu, la hija de un personaje importante y con ella obtuvo una buena dote. Orión no sentía especial cariño por su esposa pero tuvo dos hijos a quienes sí amaba con ternura: uno de ellos era Theseo. Cuando estos niños tenían siete y cinco años respectivamente, su madre murió y él no tenía persona alguna que se los cuidara. Justamente por entonces, en el curso de sus correrías, se encontró de nuevo con su tribu y supo que su padre había muerto y que su madre Sirio y su propia primera esposa, Sigma, estaban viviendo juntas en muy pobres circunstancias. Ambas se alegraron de volver a verlo y le ofrecieron cuidar de sus hijos; él aceptó su oferta y regresó a su propia tribu con sus pequeños hijos; y debido al amor de su madre por ellos, volvió él a amarla como cuando era pequeño.

Sirio siempre había lamentado su ausencia, de manera que ahora se sentía muy feliz al haberlo recobrado, así como su cariño. Quebrantada por penalidades, murió cuando él tenía treinta y cuatro años, pero la vida en casa siguió igual, ya que Orión se ligó de nuevo con su primera esposa y mutuamente se entendían mejor ahora. Ella cuidaba bien de sus hijos y pronto tuvo algunos propios. Orión se había vuelto menos egoísta; aunque todavía impulsivo; ahora se dedicó a una vida ordinaria de familia que duró como veinte años muriendo a la edad de cincuenta y seis.

En su mayor parte, esta vida fué, evidentemente, una prueba para ver si, bajo desfavorables circunstancias y con un cuerpo difícil, podría el ego imprimir a la personalidad el amor y desinterés de la vida anterior. En gran parte no tuvo éxito; y así, en la próxima encarnación, se hizo un experimento con un cambio de sexo.

 

 

– XII–

POSEIDONIS

 

ALASTOR: Rey. Su mujer: ETA. Su hijo: URSA. Su hija: ORIÓN.

ORIÓN: Su marido: URSA. Su hijo: SIRIO. Su hija: VEGA.

SIRIO: Su mujer: ALCIONE.

 

Esta vez Orión retorna a Poseidonis en el año 13.671 Antes de Cristo como hija de Alastor, quien era entonces Rey de una de las razas montañeras Tlavatlis. Era ella una criatura excesivamente hermosa y poseía el don de cautivar a cuantos la veían. Sin embargo, no le favorecía la liga con sus padres porque Alastor era áspero, severo y notablemente torpe; no entendía a sus hijos. Su madre Eta, si bien de suave trato y consentidora, era tonta y con frecuencia mentirosa.

Como ya se ha referido en la vida Trigésima primera de Alcione, la niña Orión era muy sensible a la influencia de Ursa, su hermano, un año mayor que ella, que la tiranizaba y la ordenaba que le sirviera. Esto duró toda su infancia; pero ella lo admiraba y lo amaba y por tanto con gusto obedecía sus mandatos. Ella misma era una chica selvática e impetuosa, rebelde a toda autoridad excepto la del hermano; pero él era peor y si bien ella a nadie se sometería, a él lo obedecía con conmovedora fidelidad. A medida que crecieron, las relaciones de su hermano con ella no fueron puramente fraternales y cuando ella cumplió 16 años se descubrió la verdad y hubo un gran escándalo. El necio del viejo Rey parecía completamente desprovisto de tacto y de simpatía; ni siquiera tuvo el buen sentido de arreglar quietamente las cosas en el seno de la familia como fácilmente lo hubiera hecho; él quería hacer alarde de imparcialidad, por lo cual hizo el caso del dominio público ordenando la ejecución de su hija y el destierro de su hijo. El hijo, a pesar de ser persona egoísta, no tenía intención de dejar que mataran a su hermana, o que contrariaran su voluntad; de manera que cohechó a los carceleros, logrando que su hermana escapara de la prisión y huyeron juntos, escondiéndose en las selvas, en las fronteras del país. Por supuesto que hubo un gran alboroto y enviaron gente en su persecución, pero ellos lograron eludir a sus perseguidores que tomaron otro rumbo; e hicieron creer que se habían ido por mar.

Ursa construyó una cabaña de troncos y vivieron una vida por completo idílica, solos en el bosque, muy felices del todo, si bien con disgustos ocasionales.

Algunas veces Orión añoraba la adulación a que había estado acostumbrada en la corte de su padre, pero el amor y las delicias de la libertad la satisfacían bastante bien; a lo menos en la primera embriaguez de ellas. Pronto nació su primer hijo, Sirio, un bello ejemplar de muchacho fuerte, y desde luego esta nueva sensación de maternidad dominó por completo su vida con exclusión de todo otro pensamiento. El padre también estaba interesado en la criatura aunque menos agudamente.

Había una costumbre en el país: el hijo mayor del Rey debería llevar siempre el símbolo de una serpiente tatuada en rojo alrededor del talle, pero esto se reservaba para los que se hallaban en línea directa de sucesión al trono. Naturalmente el marido de Orión llevaba ese símbolo, y él mismo hizo el tatuaje de igual marca en la piel de su hijo como signo de que era heredero al trono del reino, a pesar de haber nacido en la profundidad del bosque, lejos de la pompa de la corte.

Un año después, una niñita, Vega, vino a colmar a la madre de felicidad. Ella y sus dos criaturas formaban un bonito cuadro cuando jugaba con ellos y los bañaba en la corriente que pasaba frente a su cabaña. Tan absorta en ellos estaba, que apenas si extrañaba el bullicio de la vida de la corte que había abandonado; pero frecuentemente hacía planes para el futuro, respecto a la manera cómo su hijo habría de asumir sus derechos de nacimiento y ser reconocido como heredero del trono. Su hermano, ahora que la novedad de la vida en el bosque estaba pasando, empezó a cansarse de ella y a pensar que había comprado su amor a un costo muy elevado. Fueron más frecuentes los disgustos y a menudo revolvía él, en su mente, los planes para recuperar su posición de príncipe. A la larga, abandonó a la esposa y se encaminó hacia un puerto, al cual pretendió haber llegado por mar. Así, él retornó a la capital y se anunció a su padre, el Rey, quien lo aceptó de buen grado perdonándolo. Negó él todo conocimiento del paradero de su hermana y en lo general se aceptó la teoría de que ella había perecido al intentar escapar de la prisión.

Pronto arregló el Rey un casamiento para su hijo y éste consintió, aunque no había olvidado enteramente a su adorable hermana a quien había abandonado en la selva y a quién él hubiera preferido muchísimo, en lugar de la nueva e insulsa esposa, si hubiera podido tenerla sin sacrificar su posición.

Entretanto Orión, naturalmente, se hallaba en un estado de gran indignación y miseria. Por lo que concernía a la parte meramente material de la vida, tenía ella poca dificultad, pues podía obtener frutas silvestres, extraer raíces alimenticias y manejar las trampas en que su hermano acostumbraba atrapar a los pequeños animales del bosque. No tenía ropa para ella ni para los niños, excepto lo que ella misma se procuraba con hojas plegadas de palma y con pieles secadas de animales pequeños y de pájaros; pero el clima era tan cálido que con eso bastaba. Conociendo la terquedad de su padre, sabía muy bien que mientras él viviera, jamás podría ella presentarse en la corte y temía que, aunque tratase de vivir entre gente del campo en alguna parte del Reino, podría ser descubierta y enviada al patíbulo. Al mismo tiempo se hallaba bien resuelta a que, de un modo u otro, su hijo habría de recuperar sus derechos y por fin heredaría el reino. Pasó muchos días pensando sobre los diferentes aspectos del asunto y finalmente decidió que, en todo caso, lo mejor que podía hacer, por lo menos hasta que los niños estuvieran mucho mayores, era permanecer donde estaba y esperar. También esperaba que acaso su hermano se arrepentiría y volvería a ella; o hiciera algún arreglo por el cual fuera de nuevo recibida y reconocida, cuando menos después de la muerte de su padre, el anciano Rey.

Aquí en la selva permaneció ella durante años; los niños crecieron sanos y felices; parecían pequeñas estatuas griegas con su belleza y gracia. De pronto se le ocurrió que si dieran resultado sus planes tendientes a que sus hijos ocuparan algún día su legítimo lugar en el mundo, era absolutamente indispensable que ellos se fueran acostumbrando hasta cierto punto al trato de sus semejantes; de manera que poniéndose la mejor ropa que le quedaba de cuando se fugó de la corte, se dirigió a una villa bastante alejada. Estuvo allí algunos días haciéndose pasar por una mujer caminante y después regresó a su rústica choza. Repitió el experimento a intervalos durante los siguientes años; siempre evitando sospechas en lo posible y nunca yendo a la misma población dos veces. De este modo, y con la venta de algunas pieles, se procuró algunas telas con las que les hizo vestidos a los niños, para que los usaran cuando fueran a presentarse entre las gentes.

Existía un cariño intenso entre madre e hijos así como entre los hermanos. La madre también amaba tiernamente a la joven Vega pero el varón parecía ocupar el centro de su corazón y él, en reciprocidad, la idolatraba. Viviendo tanto tiempo solos, en medio de tan favorables circunstancias y derredores, todos se amaban profundamente y a menudo llegaron a poder entenderse sin palabras y a enviarse mensajes telepáticos a distancia.

Cuando el joven hubo crecido, su madre le relató la historia de su real origen y juntos hicieron planes de que él reaparecería en la capital a reclamar su lugar cuando su abuelo hubiera muerto; sin embargo, antes de que ello sucediera, Orión se enfermó y murió. En su lecho de muerte, tomó de su hijo el solemne juramento de que iría a su padre y se anunciaría a sí mismo como heredero del trono. Los jóvenes sintieron hondamente la partida de su querida madre; sepultaron su cuerpo en el piso de la cabaña y después la abandonaron para siempre ya que no podrían vivir donde cada árbol y cada piedra, perpetuamente les recordaría su pérdida. Poco a poco se encaminaron hacia la capital; cuidando el joven afectuosamente a su hermana. Cuando llegaron allí, él consiguió trabajo, e intentó ocultar su identidad hasta que el viejo Rey muriera, pero la serpiente tatuada alrededor de su talle lo denunció. Después de varias y muy dramáticas escenas[17] obtuvo por fin reconocimiento como heredero y andando el tiempo ocupó el trono. Su hermana Vega casó con Capella, uno de los grandes señores del Reino y la vida fué placentera en lo general para ella.

Para Orión esta encarnación mostró marcado adelanto: manifestó gran poder de amar y soportó bien una pesada prueba, triunfando el amor sobre la ambición, sobre el deseo de comodidades, y sobre las vanidades.

 

 

– XIII–

PERÚ

ORIÓN: Su padre: VESTA. Su madre: MIRA. Su hermano mayor: BELA. Su hermana menor: AQUILES. Sus primos: HÉCTOR, DEMETER, HELIOS. Su pretendiente: SIRIO. Su esposo: ALDEB. Su hijo mayor: TESEO. Su tía: RIGEL. Los amigos de la familia: SELENE y URANO.

MARTE: El Inca. Su hijo: SIWA.

MERCURIO: Amigo de la familia.

SIRIO: Su esposa: SPICA.

ALDEA: Sus alumnos: ARIES, TAURO, CASTOR y PÓLUX.

AQUILES: Su esposo: DEMETER.

VEGA: Amigo de un hijo de ORIÓN.

HERACLES: Amiga de una hija de ORIÓN.

 

Orión formó parte, esta vez, de una famosa reunión de nuestro grupo de egos, habiendo tomado cuerpo femenino el año 12090 A.C. en una familia perteneciente a la clase gobernante del Perú. Era de color rojo-broncíneo, de espléndidos ojos negros, y cuando creció fué muy hermosa, un ejemplar pleno de salud y de gracia. Su padre, Vesta, era un hombre capaz, lleno de entusiasmo por su trabajo y de aguda intuición respecto a lo que debía hacerse; captando, a grandes rasgos, el mejor modo de hacerlo. La madre, Mira, que cooperaba en tal trabajo, como era usual entre la clase regente, tenía más cabeza para los detalles; poseía en menor grado la grande y arrolladora intuición, pero más sentido práctico.

No obstante estar siempre muy ocupados, cuidaban muy bien de sus hijos y los hacían muy felices. En el Perú antiguo, todos los niños eran considerados como hijos del Estado y no dependía su educación de los padres sino de los Sacerdotes del Sol. Tal sistema de educación era mucho más práctico que el nuestro de la época actual; siendo su primer objeto el de formar ciudadanos buenos, útiles y competentes, que comprendieran plenamente todo lo que con probabilidad tendrían que llevar a cabo en el curso de sus diarias vidas.

Tenía Orión un hermano mayor, Bela, muchacho práctico y capaz, que al parecer efectuaba gran parte del trabajo de cuidar a sus dos hermanas más jóvenes, Orión y Aquiles, inventando juegos para ellas y haciéndolas trabajar con ahínco en tales juegos. De hecho alternaban los tres con la más alta sociedad, porque Siwa, el hijo del Inca, (Marte) con frecuencia era visto entre sus compañeros de juegos. Tenía la familia muchas ramificaciones y los niños estaban bien provistos de primos y primas con quienes constantemente se reunían, entre ellos Sirio, Héctor, Demeter, y Helios. Niñas y niños estudiaban, trabajaban y jugaban juntos, mucho más que en nuestros días. La pequeña Orión parecía darse cuenta del valor de su belleza y se pavoneaba orgullosa entre el grupo de sus juveniles admiradores. Sirio, cinco años mayor que ella, era muy adicta a la coqueta chiquilla, la que a veces parecía quererlo cariñosamente y a veces flirteaba claramente, tomando extrañas actitudes de contrariedad y haciendo mohínes de disgusto. Sirio era penosamente tímido y se sentía mejor cuando estaba sólo con ella.

Una vez, cuando ella tenía como diez años, tuvo él oportunidad de hacerle un servicio que, aún ya crecida, ella nunca olvidó. Cuando correteaban juntos por la margen de un río, de pronto salió un lagarto de entre las aguas y se arrojó sobre la niña. Ella dió un salto hacia atrás con un agudo grito, pero perdió el equilibrio y dió con su cuerpo en tierra; y no hubiera sido posible que escapara del lagarto, a no ser por el instantáneo brinco de Sirio, que afortunadamente llevaba en la mano una gruesa estaca a la cual con trabajos había hecho punta en ambos extremos con el objeto de cavar hoyos en la arena para ella, y justamente cuando las grandes mandíbulas estaban a punto de cerrarse sobre la niña, él llegó a tiempo de meter su brazo entre ellas; de manera que la tremenda fuerza de la  mordida hizo que las puntas de la estaca (que él había sostenido verticalmente) penetraran con firmeza en las mandíbulas de la bestia dejándole abiertas las fauces. Pudo retirar Sirio su brazo sin haber recibido más que algunas cortadas, y logró arrastrar a la asustada niña hacia el talud de la ribera poniéndola a salvo. Orión se portó con mucho valor y arrancando tiras de su vestido vendó las heridas del muchacho. Los niños no pudieron recobrar la estaca, cosa que sintieron mucho, ya que era muy escasa la madera en aquel país.

Un punto curioso consistía en que ambos podían, bajo ciertas condiciones, tener visiones en común. Cuando Orión era una criatura de siete años, y Sirio tenía doce, estaban un día sentados, mano en mano, a la orilla del río, y de pronto los invadió una especie de sueño, perdieron de vista las cosas que los rodeaban y se encontraron en la margen de un río mucho más pequeño, en medio de un espléndido escenario forestal, como nunca habían visto en el Perú y que no pudieron, por consiguiente, haber imaginado. Aquí estaban ellos, viviendo una vida completamente diferente; de hecho la vida de la última encarnación, lo que, por supuesto, no sabían. Les parecía que esta visión duraba mucho tiempo cuando en realidad tomaba solamente unos cuantos minutos. Ellos compararon las descripciones al despertar y descubrieron que hasta en los más mínimos pormenores, ambos habían visto la misma visión. Experimentaron otro día, y encontraron que casi en cualquier momento en que podían sentarse juntos, solos y tomados de la mano, y permanecer quietos, podían transportarse a ese estado de ensueño y vivir día tras día de esa extraña vida silvestre. Encontraron un gran deleite en ello y lo practicaban a frecuentes intervalos. Cuando el muchacho creció, sus visiones se hicieron más borrosas y gradualmente el poder se esfumó del todo en ambos, aunque ella lo retuvo más tiempo que él. La posesión de este curioso secreto hizo mucho más fuerte el lazo entre ellos.

Aldeb era casi de su misma edad y era también un gran favorito. Orión era diestra para la música y a veces muy amante de ella. La enseñaron a tocar algunos de los curiosos instrumentos musicales de la época: una especie de armonium de gran poder en el cual las notas eran pilares o cilindros de brillante metal, cuyos extremos se oprimían como las teclas de una máquina de escribir, poniendo así a vibrar ciertas lenguas de metal. Tocaba ella dos clases de liras (una de siete y otra de catorce cuerdas) que mantenía sobre el regazo, y también una gran arpa colgante de mucho alcance. Igualmente podía pulsar la lira de tres cuerdas que se llevaba en las procesiones y que se usaba muy efectivamente con las trompetas doradas del Sol. Le enseñaron a pintar poco, pero no parecía especialmente interesada en ese trabajo. La Vida era siempre alegre y feliz, el clima espléndido y los niños vivían, aprendían y jugaban y aún dormían, prácticamente siempre al aire libre.

Los padres mantenían en términos muy amistosos su relación con Mercurio, Urano y Selene; y había trato constante entre las familias. Mercurio en particular, a menudo observaba a Orión, la tomaba sobre sus rodillas, le contaba cuentos y le enseñó máximas acerca de la adoración de Inty, el Espíritu del Sol. También había una bondadosa tía, Rigel, a quién Orión amaba profundamente.

Las costumbres matrimoniales eran un tanto peculiares. Todos los casamientos se celebraban una vez al año solamente y en un día precisamente escogido para ello. Entonces el gobernador hacía reunir ante sí a todos los que durante los últimos doce meses habían alcanzado la edad matrimonial; y quienes lo deseaban, escogían sus compañeras, o bien sus padres lo hacían por ellos. Cuando todo estaba dispuesto, una gran ceremonia los unía y ya no había más casamientos hasta el mismo día del año siguiente. Un curioso resultado de este notable arreglo era que, astrológicamente, una gran proporción de los nacimientos tenía lugar bajo un mismo signo.

Sirio y Orión sin duda se amaban mutuamente. Sirio se consideraba protector de Orión; no obstante, sentía también por ella un temor reverencial, reconociéndola como el canal –según pensaba– por el cual se realizaban sus hermosos sueños; y era demasiado tímido, y se consideraba poca cosa para aventurarse a proponer matrimonio. Sin embargo, si él hubiera estado a mano cuando Orión alcanzó la edad debida, hay poca duda de que de algún modo ellos se hubieran entendido; pero Sirio, a la edad de 21 años, fué enviado a tomar posesión de un cargo en un distrito distante y aunque en su caso la ausencia aumentó su cariño, no parece que haya tenido el mismo efecto en la joven. Cuando ella alcanzó la edad requerida, Aldeb solicitó su mano con insistencia y, como los padres de ambos favorecían la unión, Orión lo aceptó. Sin duda ella fué feliz en todos conceptos como lo hubiera sido con Sirio, pero éste nunca se conformó; aunque lealmente se esforzó por aceptar los hechos de buen grado, sometiéndose a la decisión de ella. Algunos años más tarde arreglaron para él un casamiento con Spica, y él hizo lo posible para cumplir con sus deberes con fidelidad; pero su primer amor siempre ocupó el supremo lugar en su corazón. Por supuesto, las familias eran muy amigables entre sí, y Sirio mantuvo sus sentimientos cuidadosamente ocultos en su pecho. El esposo de Orión no estaba directamente ocupado en los asuntos de gobierno; sino que ayudaba en una especie de Departamento de investigación científica. No parecía que los experimentos persiguiesen algún conocimiento abstracto de la naturaleza, sino siempre para algún inmediato fin práctico: El descubrimiento de un nuevo y superior fertilizante para la tierra; algún nuevo método de endurecer o amalgamar los metales; algún novedoso y más bello tinte; o alguna medicina o ungüento especialmente eficaz. El esposo llevaba amistad íntima con dos jóvenes estudiantes muy inteligentes, uno de los cuales era Aries, y ellos dedicaban gran parte de su tiempo a experimentos de todas clases. Aldeb inventó un método para fabricar un tipo de combustible artificial particularmente concentrado, que obtuvo gran éxito; y también descubrió que podía obtenerse una luz brillante quemando cierto gas producido en el proceso, primer caso que hemos visto del uso del gas como iluminante.

En el curso de estas investigaciones, Aldeb, produjo una explosión de la que salió bastante lastimado y tuvo que guardar cama por largo tiempo, pero Aries era algo médico y logró hacer que se aliviara; y él volvió valientemente a sus estudios venciendo finalmente las dificultades.

Más tarde, tuvo él como ayudante a un joven estudiante, Tauro, atrevido y particularmente inteligente; Castor y Pólux también eran jóvenes estudiantes muy interesados en estas materias, aunque ninguno parecía querer dedicar definitivamente toda su vida a la ciencia; Vega, cuando joven, era amigo particular de uno de los hijos de Orión y por ello siempre estaba en la casa.

Orión tuvo una vida larga y útil, por completo ocupada, como en el antiguo Perú lo eran las de todos los de la clase más elevada –no exenta de los goces y pesares usuales–, pero en lo general feliz. Pueden mencionarse uno o dos incidentes prominentes; Orión fué solemnemente presentada a Marte, el Inca, por Siwa su hijo, y la ceremonia produjo una impresión permanente en ella, pues el Inca era considerado con gran temor, a la vez que con gran afecto, como la representación viviente del poder del Espíritu del Sol. Era El un hombre de majestuosa presencia y gran fuerza de carácter; indomable en voluntad e irresistible en fuerza; no obstante, pleno de benignidad. La joven debutante fué poderosamente afectada y cayó de rodillas, cara al suelo, ante la majestad de Su presencia, lo cual no era parte del programa de la ceremonia, pero el Inca mismo la levantó del piso y le habló bondadosamente dándole confianza.

En otra ocasión emprendió un largo viaje en compañía de su esposo a los distritos comarcanos del imperio. Aldeb fué enviado a examinar y reportar lo que encontrase acerca de unos ricos depósitos minerales recientemente descubiertos; estuvieron ausentes más de un año, tiempo durante el cual ella dejó a sus hijos al cuidado de su hermana más joven, Aquiles, quien ya se había casado con Demeter, un joven muy agradable y hábil. Orión sufrió mucho por la pérdida de su hijo mayor Teseo, quien siendo militar fué muerto en combate cuando se hallaba al frente de una expedición contra algunas tribus bárbaras. Heracles era amiga íntima de una de sus hijas y era muy admirada y amada por la familia, así como también por la de Sirio, quien se sentía particularmente atraído hacia ella.

Bajo las condiciones de aquella época en Perú, la mayoría de la gente vivía hasta edad muy avanzada y Orión contaba ya setenta y siete años cuando fué llamada al lecho de muerte de Sirio. Hubo entonces una conmovedora despedida entre estos dos que por tanto tiempo se habían amado tan tiernamente y una vez más, en aquella hora final, ella se sentó a la cabecera, le tomó las manos y la mística visión de su niñez volvió a repetirse; vieron de nuevo aquella selva extraña y sin embargo familiar, con su solitaria pero deliciosa vida; y después de aquello algo que antes nunca habían visto: el vislumbre de una escena, de una vida muy anterior en que ambos habían estado en presencia de un venerado Maestro y habían prometido consagrar sus vidas en ayudarse mutuamente en la reparación de un gran error. Ocho años más tarde, ella misma desencarnó pacíficamente y, justamente cuando abandonaba su cuerpo, vió a Sirio esperándola no como el viejo que había despedido en su lecho de muerte, sino en la forma del muchacho que por tanto tiempo había conocido y amado.

Progreso considerable fue hecho en esta vida, ya que hubo un gran adelanto en el desarrollo de virtudes tales como la paciencia, gentileza y capacidad de afecto.

 

 

–XIV–

CHINA

 

ORIÓN: Su pequeña amiga. THESEO.

 

Orión apareció esta vez 9686 años antes de Cristo, como una pequeña niña gordita y morenita, en el centro de China. Su padre fué una especie de Mandarín o gobernador de un poblado; era muy respetado y de hecho muy temido por sus convecinos. La madre, una alma ansiosa e inquieta, se hallaba algo sometida pero cuidaba bien, aunque ruidosamente, de la niña. Parece que por ese período en este país, se había tomado mucho empeño en la educación; principiaba en la tierna infancia y al parecer el único límite era la resistencia física a la cantidad con que abrumaban a los infortunados infantes. Enseñaron a la pobrecita de Orión a recitar versos y aburridos poemas que en lo absoluto carecían de significado para ella, pero obtuvo compensación leyendo los más imposibles cuentos de hadas en los cuales se deleitaba.

El trabajo impuesto hubiera aplastado a un niño europeo a esa tierna edad, pero esta criaturita cara–de–luna, sobrevivió y aún se desarrolló a pesar de él.

Parece que había muy poco juego, en cambio se prescribían ciertos ejercicios físicos. El padre era descuidadamente afectuoso; la madre lo era con cierta ansiedad, y la criatura devolvía el sentimiento con una especie de tibieza, que aparentemente era todo lo que las normas sociales permitían.

El pedacito de humanidad, la niña Orión de solemne apariencia, era en realidad capaz de un amor mucho más vívido y, por falta de objeto en qué verterlo, tuvo siempre un sentimiento de vacío, de insatisfacción, que hacía incompleta su vida. Pronto encontró tal objeto. Se hizo amiga de la niña de un vecino, Teseo, que era dos años mayor que ella. Su amor y admiración por esta amiguita pronto floreció en positiva adoración; al grado de que se escapaba secretamente de noche para ir a dormir a la puerta de la casa que habitaba su amor. Parece que esta amistad fué el factor más importante en esta breve vida, pues a la temprana edad de 13 años Orión cayó al río y se ahogó. Ni siquiera algo tan práctico como aprender a nadar había sido incluido en sus muchos conocimientos.

 

 

–XV–

POSEIDONIS

 

ORIÓN: Su padre: BETEL. Su madre: SAGIT. Sus amores: HEBE, ESTELA, ATALANTE. Su compatriota y amiga: SIRIO.

HELIOS: Abadesa. Sus religiosas: LIRA, CLlO, CAMELEON, PALLAS, POMONE.

SIWA: Prior. Sus frailes: SAO, FORTUNE, EROS, EPSILON, FLORA, ESCORPIO.

ESCORPlO: Experto en el magnetismo hipnótico.

Tercera Sub–Raza (En la ciudad).

ETA: Rico Tolteca. Sus esposas: DAPHNE, GAMMA.

ALASTOR: Su mujer: MELPOMENE. Sus hijos: URSA, LACHESIS.

 

La isla de Poseidonis fué escogida otra vez para lugar de nacimiento de Orión, que ocurrió el año 9603 antes de Cristo, en el montañoso país de la parte norte, entre la raza blanca de la cual había sido segregada la simiente para la raza Aria.

Sirio había nacido como mujer quince años antes, en otro valle distante unos ciento cincuenta kilómetros, pero nada supieron una de la otra sino hasta años más tarde. El padre de Orión, Betel, poseía una vasta propiedad y vivía en ella al antiguo estilo patriarcal, con muchos sirvientes y grandes manadas de ganado vacuno y lanar. Era Orión una hermosa niña, muy activa y saludable, y aprendió, cuando aún era muy joven, a ser un atrevido jinete. El padre idolatraba a la niña y la madre Sagit, permitía más de lo prudente a la imperiosa y voluntariosa hija. Todos los sirvientes rivalizaban en encontrar placeres para ella, condescendiendo a todas sus fantasías y caprichos. Naturalmente creció vana y voluntariosa, resistiendo a toda disciplina, e insistiendo en hacer su propia voluntad aún en los detalles menos importantes. Si alguien le decía que hiciera algo, ella inmediatamente quería hacer lo contrario, aún cuando su razón le mostrara que lo que se le pedía era razonable. Rara vez fallaban sus pequeños designios, de modo que generalmente se hallaba de buen humor y bondadosamente dispuesta; pero cuando se le contrariaba, volviese arisca y a veces apasionada.

En lo general ciertamente era egoísta e inconsiderada; si bien capaz de gran afecto. Varios jóvenes se enamoraron de ella y tal parece que mucho le gustaba burlarse de ellos y malquistar a unos contra otros. Aun no había cumplido los diez y seis años, cuando ya sus coqueterías habían causado una riña entre dos aspirantes a su mano, Hebe y Stela, en la cual este último perdió la vida. Muchos culparon a ella de tal suceso, lo cual la indignó en gran manera. Sin embargo, por este tiempo, ella misma empezó a enamorarse de Atlas, que era un joven elegible, cuya influencia probablemente habría modificado su carácter; pero precisamente en este punto crítico, los valles fueron invadidos por los ejércitos Toltecas.

Estas razas blancas del norte aún cuando nominalmente sujetas al emperador Tolteca, siempre habían mantenido un grado muy amplio de independencia; pero la cantidad de tributos y el modo de cobrarlos, daban frecuentes motivos a rebeliones y guerras, con ocasionales incursiones Toltecas como resultado. El país era tan montañoso y difícil de transitar que nunca se hallaba permanentemente ocupado por los ejércitos, pero de vez en cuando descendían sobre algunos de los valles, matando gente y llevándose los ganados. Uno de tales descensos aconteció sobre el rancho del padre de Orión, quien fué muerto, así como el novio y otros muchos hombres; siendo capturadas todas las mujeres jóvenes y llevadas a la ciudad en calidad de esclavas. Un mes antes, la misma expedición había invadido y asaltado el valle en donde Sirio vivía y también se la habían llevado. Fué asignada al harem de Eta, un tolteca rico, entrando así en una vida de servilismo del tipo más intolerable. Sirio sufrió mucho, pero trató de sobrellevar la prueba filosóficamente, esperando siempre que algo sucediera para mejorar su condición.

Sucedió que Orión fue dada al mismo hombre, o comprada por él, y así ella y Sirio se encontraron por primera vez en esta vida. Orión rebosaba de indignación y de apasionadas protestas contra todos los ultrajes que se veía obligada a soportar. Las brutales pasiones del dueño y sus amigotes, la venenosa envidia y los celos de las antiguas mujeres ya relegadas, entre las cuales se hallaban Dafne y Gama, hicieron de su vida un verdadero infierno; y la idolizada y consentida muchacha, cuyo menor deseo había sido ley, parecía casi incapaz de soportar el brusco cambio. Su orgullo y su capricho fueron prontamente aplastados; se la obligó a obedecer instantáneamente las más abominables demandas de sus amos; pero el rencoroso sentido del ultraje jamás la abandonó ni un momento, y así, al concluir una semana, la muchacha estaba medio loca con el horror de todo aquello, de hecho, por dos veces había ya intentado suicidarse.

Entonces conoció a Sirio, y el hecho de que ambas eran paisanas de la misma raza y condición, las atrajo mucho una a la otra. Sirio había sufrido igualmente pero, siendo de más edad y menos delicada, y viendo que era casi imposible escapar, estaba tratando de sacar el mejor partido de su mala situación a la vez que pendiente de la primera oportunidad que se presentara para poder huir. Llena de piedad por la pobre Orión, tan joven y hermosa, y tan ajena a las penalidades y sufrimientos, trató con empeño de protegerla y de hacerle su suerte más llevadera. Con frecuencia lograba ofrecerse como substituta de ella a fin de ahorrarle algo, cuando menos, de los innecesarios horrores de su vida. Orión se apegó a su paisana amiga con tal ansiosa gratitud y devoción que era algo hermoso de ver; un fluir de desinteresado afecto, tal como su mimada vida en la casa paterna no había sido capaz de evocar. Sirio no ahorraba esfuerzos para protegerla, pero, aun con todo lo que podía hacer, claramente se veía, a medida que transcurrían las semanas, que Orión no podría soportar la tensión y finalmente sucumbiría. La alegre y libre muchacha montañesa estaba volviéndose una criatura aterrorizada y encogida que se asustaba de cualquier sombra y rompía a llorar por cualquier sonido repentino.

La pena por un fallido intento de fuga hubiera sido la muerte bajo torturas inenarrables; y el esfuerzo parecía tan sin esperanza que Sirio nunca había acariciado seriamente tal idea; pero su amor y compasión por Orión hizo que con gusto se dispusiera a arrostrar las horribles consecuencias con la esperanza de salvarla de la locura o la muerte que parecían inminentes. Mucho tiempo pasaron en discusiones sobre el problema de cómo intentar la huída y Sirio al fin concibió un plan, que aunque muy atrevido y desesperado, no parecía del todo imposible. Salir de la casa, en primer lugar, era su más grande dificultad; pero, aún si ello pudiera lograrse, sus pieles blancas las delatarían como esclavas y no podrían caminar ni cien metros sin exponerse a ser reconocidas y capturadas. También era igualmente cierto que por ninguna calle de esa ciudad en esa época, podrían transitar mujeres jóvenes y solas sin tropiezo; obviamente, por tanto, era necesario disfrazarse y no parecía haber medio de procurarlo.

Sin embargo, Sirio se dió maña para tomar parte en la conversación con otras mujeres –lo cual nunca había hecho antes– y de ese modo entraba algunas veces en sus habitaciones.

Así obtuvo posesión de algunos cosméticos del color de las mujeres Toltecas que les darían el tono obscuro para que las fugitivas parecieran como de la raza conquistadora. Luego vino el problema de los vestidos, y esto las desconcertó por algún tiempo; hasta que un día Sirio vió la oportunidad de sustraer un traje perteneciente a uno de los visitantes varones; a toda prisa se aplicó la pintura en cara, brazos y manos, y cuidadosamente pintó también a Orión; se puso las vestiduras de hombre, vistió a Orión con las ropas de una mujer Tolteca, e hizo que se velara completamente; después, audazmente la tomó de la mano y se abrió paso hacia la parte más pública de la casa, logrando hábilmente eludir a los sirvientes y a las mujeres mayores. En la sala pública se mezclaron con los huéspedes y luego, con toda naturalidad, salieron de la casa por la entrada principal pasando en medio de los sirvientes que se inclinaban reverenciosos. Esta feliz audacia las llevó a la calle sin tropiezo y puesto que semejaban a un matrimonio tolteca, nadie les impidió el paso. Orión había quedado tan quebrantada por sus sufrimientos, que temblaba violentamente, y se hallaba tan nerviosa que caminaba con dificultad. Sirio estaba igualmente asustada pero trataba de ocultarlo. Por supuesto que su primer objeto era poner considerable distancia entre ellas y la casa que por tanto tiempo les había servido de prisión. Como no conocían la ciudad, nada más siguieron caminando en la dirección que al azar habían tomado cuando salieron.

Iban por completo sin dinero, pero Sirio tenía algunas joyas corrientes que estaba usando cuando fué capturada cerca de su hogar norteño; se las había robado una de las mujeres más antiguas, pero ella pensó que nada malo hacía con recobrarlas robándolas nuevamente antes de partir. Cuando vió un taller de joyería, entró en él aparentando, tan bien como pudo, el porte señorial tolteca y trató de asumir una voz varonil, grave y profunda. Ofreció un collar en venta y después de algunos regateos para cubrir las apariencias, aceptó la valuación del joyero, no obstante que sabía que valía mucho más de lo que le ofrecían. Aunque la cantidad era pequeña, sin embargo constituía algo con qué contar y por tanto se sintieron más seguras.

Después de caminar algunos kilómetros, Orión se hallaba cansada y a punto de desfallecer de fatiga; pero Sirio, aunque sintiéndolo bastante, pensó que, antes de sentarse a descansar, debían seguir, hasta que hubiera suficiente distancia entre ellas y la ciudad; ya que, el espectáculo que darían, vestidas como estaban, descansando sentadas en la calle, sin duda atraería indeseable atención de los transeúntes. De algún modo u otro, lograron llegar a los suburbios y entraron en una taberna en donde Sirio pidió un poco de alimento, y de este modo pudieron descansar un par de horas. Ya era de noche cuando se vieron enteramente libres de la ciudad y Orión se hallaba rendida. Discutieron la conveniencia de ir a una posada, pero decidieron que no era seguro, por lo cual pasaron la noche en un granero que encontraron a mano. Cuando se encontraban más lejos de la capital, al día siguiente, se arriesgaron a dormir en una posada; pero resolvieron no correr nuevamente el riesgo. La gente era bastante cortés y no parecía que sospechara, pero se sorprendían grandemente al ver a personas de calidad viajando a pie sin sirvientes ni equipaje.

A medida que pasaron los días, su dinero empezó a escasear, y se encontraron con la dificultad de que Sirio no sabía hacer ningún trabajo ordinario que pudiera producirle más; ni tampoco podía solicitar trabajo alguno mientras anduviera vestida con las ropas de un gentilhombre citadino. Al fin, viendo una tienda de ropa de inferior calidad en el poblado por el cual pasaban, se le ocurrió a Sirio permutar sus finos vestidos de burgués por los ordinarios de trabajador campesino, diciendo que estos trajes les eran necesarios para una fiesta de disfraces a la cual concurrían. Esto les ahorró dificultades en cierto modo, pero, por otra parte, aun había la objeción de que ellas ni parecían ni caminaban como trabajadores. Otra fuente de dificultades fué que ellas ya no estaban rodeadas del pavoroso respeto rendido a las clases superiores y tuvieron que soportar algunas veces palabras ásperas y hasta insultos.

En cierta ocasión una persona vestida como caballero se fijó en la cara bonita de Orión y le lanzó algunas impertinencias. Sirio lo rechazó vigorosamente y, por lo pronto, parecía que él las dejaba en paz; pero solamente disimuló siguiéndolas secretamente, y a la siguiente noche reapareció y pretendió abusar de Orión. No obstante que Sirio era una mujer fuerte, no podía luchar con el hombre como lo hubiera hecho otro hombre, de manera que ante las circunstancias, tuvo que desenvainar su daga y herirlo con ella. Temiendo ser arrestadas por lo sucedido, salieron inmediatamente de ese pueblo y anduvieron toda la noche. Cuando amaneció, nuevamente se escondieron y, desde ese día, no volvieron a viajar abiertamente hasta que por completo se encontraron lejos de ese distrito.

Su progreso era necesariamente lento y duraron varios meses en camino. A menudo se vieron en serios apuros para procurarse alimentos, la dificultad consistía en que había poco trabajo eventual que ellas pudieran desempeñar. Orión se recuperó rápidamente, fortalecida por el ejercicio diario y la vida al aire libre, y volvió a parecerse a su antigua persona. En realidad apenas era muchacha de 17 años, pero aquellas pocas semanas de infierno en la ciudad la habían marchitado y parecía tener doble edad. Aunque ella había recobrado hasta cierto punto su juventud y elasticidad, jamás perdió completamente la nerviosidad y timidez que le produjeron esas pocas semanas.

Dieron gracias al cielo cuando al fin llegaron a las colinas y pudieron lavarse la horrible pintura que tantas dificultades les había costado renovar. Aún cuando luego se encontraron entre los de su propia raza, aquella parte del país estaba directamente gobernada por los toltecas y, por lo tanto, la ley las hubiera devuelto incuestionablemente a “sus dueños” en la capital; de modo que, para vivir a salvo, tuvieron ellas que optar por una de dos soluciones: continuar su camino hasta alcanzar aquella parte de las montañas que estaba todavía independiente, o buscar refugio en un convento. Esto último era posible porque en el tratado que estableció el poder tolteca en el país, había una cláusula especial garantizando perfecta libertad religiosa y la no interferencia con cualquiera de los establecimientos religiosos existentes. Orión se sobrecogía tanto de horror al mero pensamiento de ser devuelta, y la asaltaba noche y día el temor nervioso de ser reconocida, aún donde parecía menos probable, que cuando ellas arribaron a uno de los grandes establecimientos conventuales de su propia raza, Sirio decidió poner allí punto final a la larga tensión de su huída y, por tanto, solicitó una entrevista con la madre abadesa, Helios; entonces le reveló su sexo y le contó toda su odisea. La Abadesa, desbordando simpatía, les aseguró a ambas fugitivas que eran cordialmente bien recibidas, ya fuere como asiladas temporales, o bien en permanente residencia y que, aun en el improbable caso de ser reconocidas, todavía estaban perfectamente seguras. Al escuchar aquello, Sirio dejó estallar por fin la tensión en que había vivido por meses y se vió abatida por una larga enfermedad durante la cual Orión la atendió con cariñosa devoción. Las dos camaradas del peligro se habían convertido en grandes amigas y no eran felices si no estaban juntas.

Varios años de vida pacífica tuvieron que pasar dentro de las paredes del convento para que se borrasen los efectos de aquella larga pesadilla de horrores y peligros que habían sufrido; pero durante ese tiempo ambas se interesaron profundamente por la vida religiosa que las rodeaba. Sabiamente, la Abadesa les había recomendado que probasen la purificadora influencia de la oración y la meditación, pero durante dos largos años poco pudieron lograr en ese sentido, ya que cada vez que trataban de pensar quietamente por unos minutos, el recuerdo de los horrores de la ciudad surgía en sus mentes obscureciéndolas como una obsesión, y así, para contrarrestarlo, se veían obligadas a trabajar activamente. Esta condición de nerviosa postración duró más en Orión que en Sirio, y cuando el pensamiento de temor embargaba a la primera con fuerza incontenible, lo único que podía hacer para aliviarse era correr en busca de Sirio y echarse en sus brazos en paroxismo histérico. Estos ataques de terror fueron más raros a medida que pasó el tiempo y, después de cinco años, Orión se vió enteramente libre de ellos, aunque todavía le quedaron la nerviosidad general y la extrema sensibilidad.

Al principio, las dos amigas tuvieron la idea de seguir adelante, cuando se hubieren repuesto por completo, hasta llegar a alguno de los Estados que todavía eran completamente independientes, pero al fin resolvieron quedarse. Sabían ambas que sus hogares paternos habían sido destruidos y que todos sus amigos y parientes habían muerto, y que por ello no había bastante aliciente que las indujera a renunciar a la paz y seguridad de la vida conventual, trocándolas por las incertidumbres de la vida fuera del monasterio.

Este convento era un vasto establecimiento, casi una ciudad en sí mismo; y en su interior se llevaban a cabo muchas ramas de actividad. Había monjas que pasaban sus vidas casi enteramente dedicadas a ejercicios espirituales de varias clases; pero también había muchas que empleaban su tiempo en el estudio; otras hacían ropa, o preparaban alimentos para los pobres; y otras se entregaban, devotamente al servicio del vasto y bien administrado hospital que estaba agregado al establecimiento.

Al lado de este convento existía un monasterio de igual tamaño y los dos juntos formaban casi una ciudad religiosa que estaba a corta distancia de otra ciudad dedicada a negocios y a la vida civil. Esta ciudad religiosa estaba limitada por una enorme y antigua muralla natural que serpenteaba y que nadie pasaba sin permiso, todos guardaban religioso respeto hacia las monjas y los monjes. Un gran trecho del terreno quedaba incluido dentro de la muralla y en él había muchos hermosos jardines que los monjes cuidaban con amoroso empeño.

Por supuesto había algunos corderos negros en este rebaño, pero, en lo general, la vida era útil y muy feliz, verdaderamente el paraje más limpio que podía verse en los últimos días de esta decadente civilización Atlante. (Algunos de los personajes de “Las Vidas de Alcione” fueron reconocidos, tanto en la Abadía como entre la gente de la ciudad).

Por este tiempo la magia estaba generalizada entre los toltecas, era practicada extensamente; casi siempre para los más egoístas propósitos; y tales estudios tenían sus representantes entre los monjes de esta raza norteña. Uno de los monjes, Escorpio, observó en Orión las características de un buen sujeto para ser hipnotizado y la invitó a estudiar y experimentar con él. Ella no iba aparte alguna ni hacía nada sin Sirio, la cual sospechaba algo de este monje; sin embargo, él persuadió a las dos mujeres para que concurriesen a una de sus sesiones de magia y allí produjo fenómenos que las impresionaron profundamente. En un cuarto obscurecido, en medio de cosas horrendas, se hallaba colocado un enorme brasero con incienso y a medida que se elevaban densas nubes de asfixiante humo, apareció una extraña pero imponente figura flotando entre ellas, y una voz cavernosa ordenó a Orión que se sometiera al hipnotismo del monje. Ambas mujeres se afectaron mucho y salieron algo atemorizadas. A ninguna le agradó la general influencia que sintieron y así se reforzaron las sospechas de Sirio aunque no sabía decir por qué. Después de esto, Orión fué mesmerizada varias veces por Escorpio hallándose Sirio siempre presente, ya que Orión nunca quería ir sola, no obstante las insinuaciones del monje para que así lo hiciera. Ella mostró considerable poder clarividente y por su medio pudo Escorpio obtener una gran cantidad de informes acerca de los asuntos privados de los habitantes de la ciudad cercana, datos que sin duda empleó, ya para impresionarlos con sus poderes sobrenaturales, o bien para extraerles dinero. Gradualmente estaba ganando influencia sobre Orión, lo cual ella temía algo, mientras que Sirio continuaba con sus vagas sospechas e instintivamente disgustada de todo aquello.

Al poco tiempo el monje logró hacer que Orión entrara en trance a distancia, indicándole una hora en que ella debería sentarse quieta en su cuarto y actuando entonces sobre ella desde su celda, tal como si estuviera físicamente presente. Más tarde pudo hacerla cuando quiso, sin acuerdo previo. Orión se sometió a su dominio, pero Sirio lo encontró intolerable pensando que en realidad era perjudicial para Orión, pero movida también por una especie de celo de una influencia que parecía apartar de sí temporalmente a su amiga.

A fin de vencer este creciente espíritu de resistencia, Escorpio arregló otra sesión de magia y de nuevo apareció entre las nubes de incienso la aterrorizante figura. Orión temblaba, pero Sirio, aunque en su interior sentía desmayarse, vigilaba atentamente los procedimientos. Pronto notó ciertos hechos curiosos; especialmente que cuando habló la aparición no se movieron sus labios y que en esos momentos el monje no estuviera mirándola como hubiera parecido natural que así lo hiciera, sino que siempre tenía su cara pegada al muro, como miedoso. La voz de la aparición tenía también cierta semejanza con la de Escorpio; y así, en vez de quedarse dentro del círculo mágico que había sido trazado para ellas como el único lugar seguro, aprovechó las oportunidades que se le presentaron para investigar. Pronto descubrió que cuando ponía su mano en cierto lugar, parte de la aparición desaparecía. Siguiendo este indicio, encontró un hueco en la pared, cuidadosamente disimulado, en el cual se hallaba ingeniosamente colocado un espejo cóncavo con una imagen enfrente de él, que era la exacta contraparte de la aparición. Una fuerte luz enfocada en esta imagen, hacía que el espejo cóncavo proyectara una vívida reproducción de ella, casi sólida, sobre el humo del incienso. Sirio había observado ya que cuando la columna de humo se disipaba por un momento, la imagen también desaparecía.

Nada dijo ella mientras ambas estaban en poder del monje, pero al día siguiente encontró un pretexto para entrar en la celda de Escorpio cuando él estaba ausente. Examinando la parte de pared contra la cual apoyaba él la cara, encontró allí un agujero. Con gran audacia apoyó sus labios en la pared y habló un poco y se sorprendió al escuchar una voz hueca al otro lado del cuarto reproduciendo sus palabras. Repitiendo el experimento una y otra vez, ella se satisfizo de que era su propia voz la que oía, y que de alguna manera era transmitida a través de la pared hasta el lugar del cual parecía ser emitida. Buscando cuidadosamente, encontró escondido entre unas molduras el agujero conductor y cuando habló dentro del agujero, la voz pareció venir del otro lado; de manera que ahora sabía exactamente cómo se producía la ilusión. Entonces, ya satisfecha, volvió a su propia habitación y explicó a Orión todo el fraude. Esta se horrorizó mucho y se sintió como relevada de un gran peso, prometiendo al punto no volver a tener tratos con el deshonesto monje.

Escorpio poseía efectivo poder mesmérico y usaba su reprensible comedia solamente para intimidar a sus sujetos y orillarlos a someterse a sus experimentos. No deseaban las dos mujeres disgustarse con él ni convertirlo en su enemigo; de manera que, persistentemente, se rehusaron a continuar las sesiones, pero declinaron dar razón alguna alegando únicamente que, en un sueño, les había sido prohibido. El monje trató una y otra vez de poner en trance a Orión a distancia; pero Sirio la exhortó a resistir y trabajó empeñosamente para tenerla despierta en tales ocasiones.

Esta lucha, constantemente renovada, estaba minando la salud de Orión haciéndola volver al antiguo estado de extrema nerviosidad, por lo cual Sirio resolvió tomar medidas violentas si fuere necesario, ya que, sin éxito, había rogado a Escorpio en repetidas ocasiones que desistiera de su insano propósito. Al efecto, pidió y obtuvo una entrevista con la Abadesa, a quien reveló toda la historia, rogándole que interviniera y pidiéndole que ocultara su nombre, no fuera a ser que el monje quisiera vengarse matándola a mansalva. La Abadesa le aseguró que, sin mencionar nombres, mandaría una descripción del aparato a Siwa, el Prior del convento de hombres, que era un gran amigo suyo, pidiéndole sencillamente que hiciera buscar en el cuarto de Escorpio para ver si ello era cierto. El Prior investigó prontamente, encontró el espejo cóncavo y el conducto acústico, confiscó todo el aparato y expulsó al monje de la comunidad y obtuvo gran crédito por su agudeza sobrenatural en descubrir un fraude. Nadie supo a dónde marchó Escorpio, pero desde su lejano retiro siguió molestando a Orión de vez en cuando. Como a ésta se le alentaba a resistir vigorosamente, los esfuerzos para controlarla fueron gradualmente menores y más débiles, transcurriendo como dieciocho meses antes de que se viera completamente libre y en paz.

Las dos mujeres vivieron hasta la madurez como devotas amigas y su vida, aunque quieta, fué interesante y feliz. Orión desarrolló una gran habilidad como arpista y cuando tocaba, llegaba a veces a entrar en una especie de éxtasis, en que se abstraía completamente de las cosas terrestres, no oía si se le hablaba, ni sentía si se le tocaba, y sin embargo, podía tocar la música más inspiradora como antes jamás se había escuchado en aquel país. Primeramente desarrolló este poder como un antídoto contra la influencia mesmérica del monje, pues Sirio encontró que, cuando Orión estaba a punto de ceder, ella le ponía el arpa en las manos e instintivamente empezaba a tocar y la música la fortalecía, substrayéndola a la influencia de Escorpio. Si en tales circunstancias descendía sobre ella el éxtasis se transfiguraba quedando absolutamente libre del monje por muchos días. Entonces no entendía Sirio todo esto, aunque sí sabía que era bueno. Ahora, mirando al pasado, está claro que uno de los Devas musicales había sido atraído hacia ella y estaba tratando de elevar a la gente por su medio.

El hundimiento de Poseidonis fué profetizado por los sacerdotes de esta raza norteña; por supuesto, muchos no lo creyeron y no hicieron caso alguno de la advertencia, pero otros muchos sí lo hicieron.

A medida que el tiempo se acercaba y cuando ya faltaba poco para el gran cataclismo, la Abadesa reunió a su gran ejército de monjas y dramáticamente les describió lo que iba a suceder. Les dijo además que como el dinero ya no tenía objeto, ponía a la disposición de todas la gran riqueza del convento a fin de que pudieran sufragar los gastos de su emigración a otro país, dejándolas en absoluta libertad de hacer lo que quisieren. Respecto a ella, agregó, nada quería; poco apego tenía a la vida y se daba cuenta de que ya estaba demasiado vieja para empezar a luchar de nuevo en otro país; que estaba decidida a perecer con su patria, sosteniendo hasta el fin el estandarte de su Orden. Nuestras dos heroínas, llenas de afecto por ella y encendidas por su entusiasmo, resolvieron quedarse en su compañía; como también hicieron otras muchas de las monjas. Sin embargo, más de la mitad se acogió a su oferta y se fletaron once grandes buques para llevarlas a lejanas tierras. Otras volvieron a sus hogares en las diferentes partes de Poseidonis.

No obstante que todas las que se quedaron ya lo esperaban, se llenaron de terror al sentir el primer gran terremoto y corrieron todas al jardín; allí se reunió con ellas la Abadesa, pronunció con espléndida valentía un corto discurso de aliento y después pidió a Orión que les tocara, que tocara como nunca antes había tocado. Ya no era Orión la mujer nerviosa y apocada; se veía absolutamente transfigurada; el éxtasis descendió sobre ella y manipuló las cuerdas con el gesto y la majestad de una reina que dicta órdenes. Tocó, o el Deva tocó mediante ella, como nunca ser humano había tocado hasta entonces. Obtuvo un volumen de sonido como jamás otra arpa alguna lo había alcanzado. Embelesó a aquella multitud de mujeres como si se tratase de una sola alma y las retuvo en sublime trance mientras oscilaba la tierra y las paredes se desquebrajaban y caían con estrépito a su derredor. Era tan tremendo el poder de aquella divina música, que cuando la tierra se hundió y el mar cubrió su superficie arrasándolo todo, nadie lanzó un solo grito. De tal manera se hallaban todas abstraídas del bajo mundo, que el paso de esta esfera a otras esferas casi se efectuó sin que se dieran cuenta; y no obstante que tanto el arpa como la arpista fueron tragadas por las aguas del Atlántico, todavía resonaba triunfante la misma música en regiones mucho más elevadas, y ante la misma audiencia, en la esfera del plano astral.

 

 

– XVI–

ETRURIA

 

CALYPSO:       Su hermano: HELIOS. Su mujer: MELPOMENE. Su hijo: VESTA.

AMALTHEE: Su hermana: HÉCTOR. Su amigo CALYPSO.

HELIOS: Su mujer: HÉCTOR. Sus hijos: LETO, ALBIREO. Su hija: SELENE.

EROS: Hombre rico. Su mujer: ALASTOR.

MU: Su mujer: VIRGO. Sus hijos: ORIÓN, CONCORDE, TAURO.

VESTA: Su mujer: SELENE. Su hijo: PSYQUE. Sus hijas: BEATRICE, SIRIO.

ORIÓN: Su primer marido: ESCORPIO. Su segundo marido: AQUILES. SU hijo:  ALDEBARAN. Su hija: THESEO. Su hija adoptiva: SIRIO.

GAMMA: Ocupa el cuerpo de Aldebaran fallecido.

 

En esta ocasión nos encontramos entre una raza laboriosa, manufacturera y mercantil –la Etrusca–, en el oeste de Italia, no lejos de donde ahora está Grosseto. Por aquel tiempo la agricultura estaba en floreciente condición ya que el país se hallaba cubierto de viñedos y huertos. Muni, el padre de Orión, era hombre importante; mercader rico que poseía una casa en las afueras de la ciudad y era dueño de varios viñedos. Era indulgente con la criatura pero estaba muy enfrascado en los negocios. Virgo, su madre, era bondadosa y, en lo general, ansiosa de cumplir con sus deberes, pero debido a su carácter, se preocupaba de todo. Orión fué la mayor de tres niñas, habiendo nacido el año 8325 A. C. La gran pena del padre era el no tener un hijo varón que le ayudara y heredara sus queridos negocios, y a falta de ello, decidió que su hija mayor debía casarse lo más pronto posible con alguien que pudiera asumir el cargo vacante. Orión creció, por tanto, con esa idea ante ella, como un imperativo deber, si bien tenía espasmos de disgusto cada vez que lo pensaba. Su niñez fué, en lo general, feliz y sin incidentes, siendo Selene[18] su principal amiga, aunque mayor y más reservada que ella.

Andando el tiempo, el padre de Orión trabó relaciones con Escorpio; hombre de mediana edad, emprendedor y capaz, que, según él pensó, sería un socio adecuado; y así, tan pronto como ella alcanzó la edad de 17 años, le impuso a esta persona, entonces de 45 años, como su esposo. De ninguna manera agradó a ella la elección, pero lo aceptó obedeciendo a su padre. El marido no sentía afecto por ella, si bien generalmente la trataba bien; consideraba su casamiento solamente como una transacción mercantil que había permitido su entrada en la firma.

Pronto se comprobó que sus métodos mercantiles eran demasiado filosos, pues el satisfecho padre descubrió que su brillante socio lo estaba robando, apropiándose de grandes sumas de dinero. Ocurrió una furiosa disputa entre ellos y el agresivo socio (que había estado viviendo con la familia) dejó la casa, llevándose por supuesto a su esposa. Protestó el padre vehementemente por esto, pero legalmente no pudo impedirlo, ni tenía evidencia suficiente para lograr que se comprobara el desfalco, ya que el culpable socio lo había planeado muy astutamente. El mismo agresivo esposo abrió por su cuenta un establecimiento en otra parte de la ciudad y comenzó a gozar de la riqueza obtenida fraudulentamente y a usarla para emprender nuevas operaciones, claramente turbias.

Entretanto, en esta nueva localidad, su olvidada esposa Orión, conoció a Aquiles, un joven agradable pero pobre, de 22 años, y al punto se enamoró violentamente de él. Al poco tiempo se fugaron y vivieron trabajando en lo que podían, pero muy felices, en pintoresca pobreza. El ofendido esposo estaba furioso y amenazó con la merecida venganza, pero el padre de Orión reía satisfecho de la desgracia de su antiguo socio e hizo saber públicamente, que recibiría a su hija y a su amante si ellos querían hacer de su casa su hogar. Aceptaron ellos la oferta y el activo marido se puso más colérico que nunca. Ya estaba tramando ejercer la más cruel venganza, cuando salieron a luz algunos otros fraudes suyos, en mayor escala, y así fue desterrado del país, confiscada su fortuna y suspendido en sus derechos como ciudadano.

Esto dejó a la esposa legalmente libre y entonces pudo casarse formalmente con el hombre de su agrado. Su padre tomó al segundo esposo como socio en lugar del timador, pero el joven no parecía tener mucha cabeza para los negocios a pesar de que era honrado y trabajador y trataba de cumplir con su deber. Era de temperamento artístico y tanto él como su esposa estaban unidos por lazos de estrecha simpatía y profundo afecto.

Les nació Aldeb, como hijo varón; muchacho hermoso y prometedor de quien ellos estaban muy orgullosos. Algún tiempo después tuvieron una delicada niña, Teseo, quien, sin embargo, murió de enfermedad infantil a la edad de siete años. Selene, antigua compañerita de juegos de Orión, hacía tiempo que se había casado con Vesta y tenía una niña, Sirio, como de la misma edad de Teseo; como eran vecinos, las dos niñas, Sirio y Teseo, habían sido casi inseparables compañeras.

Cuando Teseo murió, Orión se hallaba inconsolable, y parecía no poder conformarse con la pérdida: de hecho extrañaba tanto a la niña, que cuando poco tiempo después una peste devastó el país y la pequeña compañera de juegos de la casa vecina quedó huérfana, ella rogó al hermano mayor, Psiqué, que le permitiera adoptar a la niña, que tomaría el lugar de la suya finada. Sirio siempre se había sentido muy ligada a Orión, y, ahora que sus padres habían muerto, se hallaba bien dispuesta a vivir con la vecina, de manera que el asunto se arregló sin mucha dificultad y muy pronto la niña amó apasionadamente a su madre adoptiva aunque nunca olvidó a su propia madre. También admiraba al hijo mayor de Orión. Aldeb, por quien la madre tenía un inmenso afecto. El niño y la niña jugaban juntos frecuentemente y el muchacho, aunque varios años mayor, sentía mucha simpatía por la niña y era muy bueno con ella.

Un día, cuando jugaban en las rocas ocurrió un terrible accidente. El muchacho resbaló hacia el mar y se ahogó. Cuando la madre se enteró, se puso frenética; y cuando le trajeron el cuerpo, rehusó por completo creer que estaba muerto. Heracles[19], el Sacerdote del templo local, trató de consolarla y le dijo que debía someterse a la voluntad de los dioses; que era mejor hacerla así, sin rebeldía. Ella se volvió fieramente hacia él y declaró que nunca se sometería; que recuperaría a su hijo arrebatándolo a la muerte, quisieran o no los Dioses.

En una potente y apasionada invocación sobre el cuerpo inerte, demandó ella su vuelta, o casi la ordenó; y, como si su voluntad hubiera sido obedecida, el postrado cuerpo empezó a volver lentamente a la vida, y poco a poco se restableció el muchacho.

Sin embargo, él había cambiado mucho; parecía extraño y falto de espíritu. No daba señales de reconocer a sus amigos y mostraba antipatía en lugar de cariño por su amantísima madre. De hecho, su manera de ser no era la que había sido; y su perversidad y mal carácter fueron causa constante de dificultades en la casa; continuamente era culpable ahora de crueldades y de falsedades –vicios de los cuales no había mostrado trazas antes del accidente–. A medida que creció, fué causando muchos sufrimientos a su madre y a su hermana. Se había vuelto por completo un pícaro y frecuentemente perpetraba pequeños hurtos a varias gentes, sumas que su madre pagaba una y otra vez a fin de cubrirlo.

El padre declaraba que le habían cambiado al muchacho y que ya no era la misma persona que antes, pero la madre no quería convencerse de ello, aunque sufría en secreto bajo el terrible temor de que los Dioses la estaban castigando en forma tan extraña, por impía al haber desafiado sus designios. Aquiles murió antes de que su hijo hubiera acabado de crecer y Orión encontró que era imposible educarla. Poco después el joven sedujo a Cáncer, una muchacha de baja casta; públicamente se vanagloriaba de la aventura y anunció su propósito de casarse con ella; aunque realmente no tenía intenciones de hacerlo; y sólo con el fin de apaciguarla. Su madre protestó vehementemente y él, como parte de su plan tuvo el cuidado de propalar una exagerada historia de cómo ella odiaba a la muchacha. Después simuló que salía en viaje de negocios y arregló que la muchacha fuera a su casa durante su ausencia; regresó él secretamente y la asesinó en el umbral de la casa de su madre, teniendo cuidado de usar un arma perteneciente a su misma madre y que había hurtado para el caso. Habiendo hecho esto, se fué a escondidas sin ser visto y a los pocos días regresó como si viniera de ciudad muy lejana, para encontrar que su madre, como así lo esperaba, se hallaba bajo sospechas de haber asesinado a Cáncer. Se hizo una investigación pero nada pudo probarse contra ella y como había varias circunstancias favorables, no fué condenada; pero ella quedó agobiada por muchos años bajo este negro e inmerecido estigma y, como consecuencia, toda la sociedad se apartaba de ella. Perfectamente bien sabía ella que su hijo era el asesino, pero guardó silencio todos esos años a fin de protegerlo. La hija adoptiva, Sirio, estaba absolutamente segura de la inocencia de Orión y amargamente resentía la opinión general al respecto.

Por este tiempo Vega estaba cortejando a Sirio, pero ella le pidió que esperase hasta que el nombre de su madre quedara limpio, a lo cual él accedió, pero después, viendo que había poca esperanza de que esto sucediera, demandó que se casara con él inmediatamente, ofreciendo compartir su suerte y el estigma que tan injustamente había caído sobre su familia. Finalmente la hija consintió, porque el hijo disoluto las había empobrecido con sus excesos y las había abandonado cuando descubrió que ya no había más dinero. Vega, por tanto, se hizo cargo de todos los asuntos y gradualmente revivió el negocio que había sido arruinado por completo.

Vega y Sirio tuvieron una familia numerosa y los últimos años de Orión transcurrieron pacíficamente entre ellos, cuidando de sus nietos a quienes amaba devotamente.

Nada más se supo del hijo disoluto, pero el viejo Sacerdote les explicó que su padre había tenido razón al suponer que, después del accidente en que su hijo pereció ahogado, una persona diferente había entrado en el cuerpo ––algún antiguo enemigo–, dijo, que, con el propósito de llevar a cabo una venganza, había aprovechado la oportunidad que tan imprudentemente se le había ofrecido por el intenso esfuerzo de voluntad que hizo la frenética madre. El enemigo era Gama.

Algunos otros de los personajes con quienes ya estamos familiarizados aparecieron en Etruria en ese período, aunque no tomaron parte propiamente en la vida de Orión.

 

 

– XVII–

TARTARIA

 

ORIÓN: Su padre: DELFINO. Su seductor: IOTA. Su hijo: THESEO. Su marido: CYGNUS.

AGLAE: Hijo del Jefe de la tribu.

CANCER: Su amante: AGLAE.

ESCORPIO: Médico brujo.

El siguiente nacimiento de Orión ocurrió en el año 6758 A.C. entre los Tártaros, como hija de Delfino, uno de los más prominentes miembros de una tribu nómada. Su padre no era el jefe, pero estaba emparentado con él en grado cercano y era persona considerablemente rica e importante, que poseía muchas manadas de ganado vacuno y gran cantidad de pieles. Su niñez nada tuvo de especial importancia, pero desgraciadamente, antes de que cumpliera los 15 años, fué seducida por un joven dos años mayor que ella (Iota, la joven ama que había sido asesinada por ella en una vida anterior, en la India, 14700 años antes). Hubo un gran alboroto cuando se descubrió el hecho; el padre estaba furioso y trató con empeño de encontrar al joven responsable del estado de cosas, pero, a pesar de fuerte presión y de amenazas, Orión lealmente rehusó denunciarlo. El muchacho estaba muy asustado y no tuvo valor para declararse culpable; y así, la sospecha recayó por turno sobre varios inocentes, pero nunca sobre el verdadero culpable. Nació una criatura (Theseo, la hija cuyo cuerpo había tomado por la fuerza en la India, en aquella misma época), pero esta vez fué niño y ella lo amó más tiernamente debido a que el resto de la familia lo consideraba como un estorbo y una marca de vergüenza.

El disgusto del padre se debía en gran parte, a que se habían frustrado sus planes para casarla bien. Había acariciado la idea de una alianza familiar con el hijo del Jefe y así lograr un lugar prominente de poder. Ahora, esto ya no era posible, puesto que a ella se la consideraba como artículo averiado y como una mala droga en el mercado matrimonial. Empero, cuando tenía poco más de veinte años, un joven vino a pedir su mano. Había sido condiscípulo de ella y en silencio la había adorado de lejos, considerándose poca cosa para aspirar a su mano; sin embargo, ahora se hallaba al fin en posición de ser aceptado. Además, él no dejaba de ver la vida de afrenta que Ori6n llevaba, de manera que se aventuró a ofrecerle un hogar para ella y su hijo. Apenas era una pobre casa, muy lejos de lo que ella hubiera merecido si no hubiera dado el mal paso, pero la aceptó con gratitud como una liberación de la intolerable incomodidad de vida con su familia que la odiaba y despreciaba.

Su esposo, Cygnus, había sido su hijo en Hawai, 17000 años antes. La trataba bien y su vida era ahora relativamente feliz, aunque hasta cierto punto amargada por los años de escarnio por los que había pasado. Esa experiencia, por lo menos, la había vuelto compasiva hacia cualquiera que se enfrentara con la misma dificultad y ella persuadió a su esposo a cooperar y ayudar en tales casos.

Hubo un caso particular de una joven de su tribu que había caído en la desgracia y fue arrojada de casa por su familia y condenada a morir de hambre. Orión, aunque pobre y con familia siempre creciente, en seguida llevó a esta infortunada extraña a su casa. La huésped (que era Cáncer, la esposa envenenada en Hawai) naturalmente demostraba gratitud para con su protectora, pero nunca se sentía a gusto en su presencia y experimentaba inexplicables accesos de aversión hacia ella. Orión defendió vigorosamente su causa y sostuvo que de ningún modo era culpable. Cáncer admitió, en estricta confidencia que el padre de su criatura era el hijo del jefe, Aglae, y entonces Orión resolvió que el debería reconocerle, suministrarle alimentos, y casarse con la madre. No podía tomar medidas para hacer la cosa del dominio público, considerando que, puesto que ella misma había sido destinada para esposa del hijo del Jefe, era seguro que todo el mundo tomaría el cuento como producto del despecho y de los celos, y nadie lo hubiera creído.

Por tanto, llevó a Cáncer a casa de Escorpio –especie de médico-brujo– quien, a base de una buena retribución, se comprometió a hacer encantamientos a efecto de que el hijo del Jefe se enamorara violentamente de Cáncer y se casara con ella a toda costa. Las dificultades eran que ella era de una condición social muy inferior y que él ya se había casado, con gran pompa, con una joven de su propio rango.

Los procedimientos del brujo eran imponentes y horrendos; incuestionablemente conocía algo de magia, aunque de una índole indeseable. A la culminación de la ceremonia en la choza de Escorpio, fué depositado un cadáver ante las dos aterradas mujeres y, después de agonizantes contorsiones y tediosas cánticos de parte del brujo, tras un largo, elaborado y pavoroso ritual, y la quema de mucho fuego de color, el espantoso cadáver se levantó poco a poco y avanzó hacia las mujeres. Ellas se hallaban casi fuera de sí, de terror, y hubieran huido de allí a no haber sido porque la galvanizada putrefacción se interponía directamente entre ellas y la única salida de aquel antro. Escorpio estaba retorciéndose en el piso, evidentemente presa de una especie de ataque y completamente inútil como protector; y las mujeres probablemente se hubieran vuelto locas de horror al recibir el repugnante abrazo de un cadáver de cuatro días, a no haber sido porque, de algún modo imprevisto, la ceremonia se interrumpió repentinamente en el más crítico momento. Los flameantes ojos del muerto se fijaban sobre ellas, malignamente hambrientos, y su mano descolorida ya se alargaba para tocarlas, cuando de repente la satánica vida lo abandonó cayendo tieso al suelo y arrastrando a Orión consigo. Al mismo tiempo, el postrado Escorpio lanzó un escalofriante alarido de desesperación seguido de un extraño ladrido y de aullidos; y a medida que Orión se despegaba del rígido cadáver y luchaba por levantarse, el retorciente cuerpo de Escorpio cambió de forma ante sus ojos y salió disparado de la choza en la figura de un enorme lobo negro, dejándolas solas con el cadáver en la tenue luz de los moribundos fuegos.

Cómo pudieron las dos mujeres llegar hasta su casa, jamás lo recordarían; pero por muchos días ambas estuvieron enfermas del choque de nervios y cuando al fin se repusieron hasta cierto grado, hicieron el solemne juramento de que nunca jamás, bajo ninguna circunstancia, intentarían ellas lograr algo por medio de prácticas mágicas. Más tarde, Escorpio les ofreció intentar nuevamente sus encantamientos si le pagaban un precio mayor, pero ellas no le hicieron caso.

Es dudoso que Orión se hubiera repuesto totalmente y sus nervios hubieran recobrado sus anteriores fuerzas después de tal experiencia, por lo cual sufrió permanentemente a consecuencia de su necio intento de obtener justicia para su protegida.

Sin embargo, no renunció a su propósito y puesto que la magia no había producido resultados manifiestos en Aglae, resolvió probar un medio de ataque más directo. Bajo cualquier circunstancia se requería una buena dosis de valor casi súper humano, pero ella se armó de todo el que necesitaba, obtuvo una entrevista con el culpable e hizo una conmovedora y vehemente apelación ante él en favor de Cáncer, diciéndole con toda franqueza que, por haber sufrido ella exactamente en la misma forma, mucho mejor que él comprendía la desesperante necesidad de ayuda. Las súplicas de Orión tocaron la parte buena del carácter de Aglae y sus ojos fueron abiertos; públicamente reconoció su falta; donó a Cáncer una buena propiedad que sería administrada en fideicomiso para su niño y arregló un casamiento para ella en otra tribu, dándole una dote considerable.

Podemos suponer que, por la ayuda prestada en esta encarnación, Orión canceló la cuenta Kármica con Cáncer; cuenta que debió haber sido abierta cuando la envenenó en Hawai y continuó con el asesinato en Marruecos. Aparte de la ayuda que prestó a mujeres infortunadas, su vida se dedicó principalmente a su hijo mayor. Se sentía ella ansiosa de compensarle de las circunstancias deshonrosas de su nacimiento estableciéndolo de por vida en un nivel social un poco más elevado que el de su esposo, y finalmente logró su propósito si bien a costa de prolongado y constante sacrificio de sí. Fué también una madre cariñosa, cuidadosa y buena, con sus hijos menores, pero sus esfuerzos por su familia abrumaron con exceso su resistencia y al fin desencarnó a la edad de cincuenta y dos años, feliz con el conocimiento de que todos los suyos quedaban cómodamente establecidos.

 

 

– XVIII –

INDIA

 

THEODORE: Rajá. Su mujer: LOMIA. Sus hijas: JUNON, ORIÓN.

JUNON: Su marido: HEBE. Sus hijos: MELPOMENE, FORTUNE. Su hija: FLORA.

ORIÓN: Su marido: SIRIO. Sus hijos: GAMA, FOMALHAUT.

URANUS: Su marido: FOMALHAUT.

 

La siguiente aparición de nuestra heroína ocurrió en el año 5629 A.C. en un hermoso paraje entre las colinas de la India, en el sitio de Amer, en Rajputana, o muy cerca de esa ciudad. Fué Orión una de las hijas del potentado local, Theo, el Rajá del Distrito, y creció en un espléndido palacio de mármol, con bellísimas esculturas y bajorrelieves por doquier. Ella acostumbraba jugar principalmente en una gran terraza de mármol que dominaba una vista magnífica. En la corte se mantenía para todos sus actos mucha pompa y brillantes ceremonias y Orión cuando niña, gozaba en gran manera cabalgando sobre un elefante ricamente engalanado y tomando parte en suntuosas procesiones. Había muchos sirvientes y cortesanos y tenía ella todo lo que podía desear.

Sin embargo, bajo ciertos aspectos, se hallaba ella un tanto desatendida. El padre tenía su mente llena de las preocupaciones y cuidados del Estado, y de los placeres de la caza; y su madre, Lomia, pensaba principalmente en las innúmeras intrigas que siempre se tejen alrededor de una corte Indostánica. Ambos eran buenos con la niña, en una forma descuidada, pero para ambos, los hijos que únicamente les interesaban en realidad eran los varones, que podían convertirse en famosos guerreros y eran los llamados a heredar los tronos; de manera que quedó insatisfecho el apasionado anhelo de la niña por un afecto cordial, que no llenaban sus padres.

A su nacimiento, el astrólogo de la familia trazó el horóscopo de Orión conforme a las costumbres del país y le predijo un destino fuera de lo común. Dijo que, en su caso los astros indicaban un pasado de extraordinario sufrimiento y un futuro de extraordinaria gloria; que lo último estaba acercándosele y sin embargo, no le llegaría en esta vida, que debía ser considerada como el último eslabón en una larga cadena de causas y efectos. Una deuda que había estado insoluta por miles da años habría de ser pagada ahora, dijo, y si fuere cumplidamente liquidada traería como consecuencia una vida en cuerpo masculino la próxima vez, así como la oportunidad de gran adelanto oculto. Mientras tanto, su vida sería, hasta cierto punto, un epítome de todo pues en ella habría grandes pesares y también inmenso gozo y paz.

Se le dió cierta dosis de educación, en su mayor parte de tipo religioso; le enseñaron a recitar algunos de los himnos Védicos, y a efectuar pequeñas y curiosas ceremonias domésticas. Cuando cumplió 16 años se la destinó para el matrimonio bajo circunstancias algo peculiares. Corona, un Rey del lejano Kathiawar, envió una embajada a pedir en favor de su hijo, Sirio, la mano de Juno, hermana mayor de Orión. Justamente por entonces, esta hermana, había sido prometida en matrimonio a un cercano vecino, de manera que el Rajá tuvo que presentar sus excusas y sentimientos; pero, a fin de evitar alguna contrariedad, pues se trataba de una buena alianza y él no quería perder la oportunidad que se le presentaba, se aventuró a sugerir el casamiento con su segunda hija en vez de la primera. La embajada por lo tanto, se la llevó “a prueba”, por así decirlo. Los sentimientos de Orión en el asunto estaban mezclados; pues si bien sentíase halagada ante la perspectiva de matrimonio emparentando con antigua y honorable familia; también se sentía algo indignada al verse propuesta como substituta de su hermana; incierta de cómo sería recibida, y nerviosa al tener que dejar el único hogar que había conocido.

Sin embargo, poco aprecio hicieron de sus sentimientos al respecto, y su padre y su madre la despidieron, bondadosamente sí, pero más bien como cosa necesaria. Durante el viaje, a menudo trató ella de formarse idea de cómo sería el Príncipe y se esforzaba por persuadirse a sí misma de que podría arreglárselas para lograr una vida tolerable, si él no fuese peor que la mayoría de los que había conocido en casa. Cuando arribó al fin de su jornada, sin duda se hallaba nerviosa y deseando con toda su alma estar en casa otra vez; pero al conocer a su Príncipe, (Sirio) recibió una agradable sorpresa y pronto se olvidó de su casa, porque afortunadamente los dos jóvenes se sintieron fuertemente atraídos uno al otro a primera vista y en unos cuantos días se convirtieron en ardientes amantes.

La jovencita de Amer, reservada y hasta aburrida se abrió bajo la influencia de verdadero amor como una flor a la luz del sol; y se arrojó entera en esta vida nueva con alborozada admiración que era algo hermoso de ver. Su amor la llevó a interesarse en todo lo que interesaba al Príncipe y por tanto ella se dió a la tarea de tratar de comprender su religión que era por completo diferente de la suya. Ella había sido educada en la fé Hindú, si bien jamás había significado para ella más que una serie de meras fórmulas que era necesario observar; mientras que el Príncipe era Jaino. Se había estipulado en el contrato matrimonial que a ella se le permitiría conservar su fé y creencias ancestrales, pero eso no impidió que los dos jóvenes hicieran comparaciones de sus respectivas escrituras y enseñanzas, y pronto llegaron a la conclusión de que, en esencia, todo se resumía a lo mismo y practicaban sus devociones indistintamente en uno u otro templo, con serena imparcialidad.

En la vida 41 de Alcione ya se había descrito el gran Templo Jaino de Girnar y allí se mencionó que en el aniversario de su natalicio diecisiete Orión dió nacimiento a Gama, su primer hijo, en una pequeña cámara de roca para huéspedes sobre la entrada al templo. Como era usual, se trazó el horóscopo del niño pero sus pronósticos de ningún modo fueron buenos. Le predijo un carácter díscolo que causaría mucho sufrimiento, tanto a sí mismo como a otros; pero con la oportunidad de una victoria final a costa de gran sacrificio de sí mismo, si tal escogía. Ciertamente parecía que por lo menos una parte de la predicción era correcta, porque el carácter que el muchacho desarrolló a medida que crecía, no fué bueno y ocasionó muchas penas a sus padres.

Uno de los principios en que más se insistía en el Jainismo (y se insiste aún) era la escrupulosa bondad para toda cosa viviente; pero este niño mostraba innata crueldad y dureza, al parecer carecía del natural principio de honor. El pesar que estos defectos causaron al padre y a la madre se intensificaba por el conocimiento de que éste sería el heredero del trono y el destinado a gobernar el País. Eran muy pacientes con el muchacho y se esforzaron mucho en ayudarlo a mejorar su carácter, pero con muy poco éxito. Tuvieron varios otros hijos de tipo más normal, que fueron un gran consuelo para ellos. El amor entre esposo y esposa nunca disminuyó ni cambió y el Príncipe rehusó seguir la costumbre del país no tomando más esposas.

Su padre Corona, el Rajá, pronto murió; de manera que las preocupaciones del gobierno cayeron sobre los hombros de Sirio y así, Orión se convirtió en la Raní, o Reina del país, y llevó graciosamente sus nuevos honores, cumpliendo sus deberes a satisfacción de todos. A menudo Sirio tenía que alejarse por períodos considerables –era un gran guerrero– y durante estas ocasiones, dejaba el gobierno en manos de ella en lugar de nombrar un regente. Parece que ella hizo su labor admirablemente; tal vez la experiencia de muchos siglos antes, en el Sur de la India, le fué útil allí.

Hubiera sido su vida completamente feliz a no ser por la ansiedad que le causaban las constantes ausencias pe su esposo y por las dificultades derivadas de la conducta de su hijo mayor, que no se mejoró con el crecimiento. Las reprimendas de su padre y de su madre producían muy ligero efecto sobre él que parecía no poder reaccionar a la influencia del afecto. Se hizo jugador, deshonesto y desordenado en el vivir; y amargamente resentía todo reproche. Cuando el padre estaba en casa lo controlaba hasta cierto punto, si bien aún esta pequeña restricción excitaba sus pasiones.

A poco estalló una rebelión fomentada por un lejano pariente del Rajá, que mantenía una vaga pretensión al trono; y Gama se fugó de la casa y fué a unirse a los rebeldes, pero estos fueron vencidos y a él se le capturó. Se sometió a su padre y parecía realmente avergonzado de sus actos de entonces, pero gradualmente fué cayendo de nuevo en su antigua vida de desenfreno, resintiendo, como antes, cualquier restricción que se le imponía. El padre y la madre siempre fueron pacientes y tolerantes con él, porque su religión les aconsejaba perdonarlo todo; pero él parecía volverse más y más raro y acabó por adoptar una permanente actitud de disgusto y hostilidad. Algunos vergonzosos amoríos le ocasionaron bastante sufrimiento y una de sus indeseables relaciones femeninas lo instigó a cometer ciertos actos de traición contra su padre; pero al ser descubierto, huyó una vez más de la corte y se unió al ejército de un enemigo que entonces estaba a punto de invadir su país. El Rajá se vió algo impedido por el hecho de que sus planes de batalla, y las condiciones de defensa, habían sido de esa manera revelados a su enemigo.

Esto hizo que al principio tuviera el Rajá algunos contratiempos y pequeños reveses, pero finalmente ganó una gran batalla y derrotó definitivamente a los invasores. En esta batalla él mismo salió herido de gravedad por la mano de su propio errado hijo quien, no obstante, se volvió y huyó horrorizado cuando vió caer a su padre. Hizo Sirio que lo pusieran en una litera y siguió dirigiendo la batalla hasta que se aseguró la victoria. El desleal hijo fué capturado entre la multitud de prisioneros y llevado de nuevo ante sus padres. La madre que tantas y repetidas veces le había perdonado todo lo mal hecho, no pudo, durante mucho tiempo, olvidar el fatal daño que había infligido a su padre; pero éste decía que si aún ahora, en la penúltima hora, su hijo realmente se arrepentía, debían serle restituidos sus derechos y su posición y debía dársele otra oportunidad. Al fin prevaleció su voluntad y el joven, en una escena muy conmovedora, mostró verdadera contrición y ardiente resolución de portarse mejor.

Tan grande fué ahora su propio abatimiento que pidió se le permitiera renunciar a su rango principesco y dedicar el resto de su vida a las austeridades propias del ermitaño como penitencia por sus maldades pero los Sacerdotes Brahmanes le dijeron que él debía comprobar su recién adquirida virtud, cumpliendo con sus deberes en la vida diaria, antes que pudiera tener derecho a gozar del privilegio del ascetismo. Aceptó él la decisión, si bien con mucho pesar, y se dió leal y humildemente a la tarea de borrar la antipatía que, por sus actos, naturalmente le tenían todos sus paisanos.

Mientras el Rajá permanecía en cama a punto de morir –ya nunca se repuso realmente de sus heridas–, el vencido enemigo reunió un nuevo ejército y otra vez intentó la invasión. El ya reformado Gama tomó las armas contra el invasor, pero el conocimiento de los puntos débiles en la defensa del país, que él mismo les había suministrado, hacía muy difícil contender con ellos con éxito.

Finalmente, como parecía que el único camino a seguir para evitar una derrota, era que una pequeño partida formada por hombres decididos, llevara a cabo una desesperada hazaña que implicaba muerte segura, Gama planteó esto e insistió en ser él el jefe; y así cayó gloriosamente peleando a la cabeza de sus hombres en un acto de sacrificio propio que salvó a su país. Murió con el nombre de su madre en sus labios y sus últimas palabras fueron un mensaje para ella, rogándole le perdonara todos sus crímenes y que aceptara su muerte como el principio de su expiación por todo el mal que le había causado. Orión estaba tan abatida con su pena por la próxima muerte de su esposo, que por entonces casi no apreció el acto heroico de su hijo, pero la gente compuso baladas acerca de su acto de valor exaltándolo –ahora que estaba muerto– a la categoría de héroe y salvador, olvidando sabiamente sus errores pasados como si jamás hubieran existido. El Rajá amonestó insistentemente a su esposa a que hiciera su pena a un lado y concentrara todas sus energías en aconsejar a su segundo hijo, Fomal, quien, aunque demasiado joven aún, pronto habría de tomar las riendas del gobierno. Por consideración a él, prometió ella hacerla así y cuando la muerte se llevó al esposo amado, valiente y noblemente cumplió su promesa.

El Rajá difunto se mantuvo en contacto con el mundo terrestre por algunos años a fin de estar a la mano para ayudarla y a menudo ella se daba cuenta de su presencia y se consolaba. Pero pronto observó él que podía confiarse en los juicios de ella y que ya podía pasar él a otros mundos en paz y confianza. Durante veintiún años ella fué una especie de Consejero permanente y un poder tras el trono, hasta que su joven hijo alcanzó la madurez y demostró ser un gobernante capaz y cuidadoso.

Murió ella a la edad de sesenta y dos años, esperando con impaciencia el momento en que se reuniría con el esposo amado a quien no había olvidado un solo día.

La filosofía que primeramente había aprendido en su juventud, porque a él le interesaba tanto, resultó ser una guía segura en sus años de madurez y un sostén infalible en su vejez.

Su estancia en el mundo astral fué breve, pero tuvo muy larga vida en el mundo mental, en el cual Sirio era la principal figura.

En esta encarnación hizo Orión mucho progreso y parecía haberse roto el último y más pesado de los eslabones Kármicos –forjado tanto tiempo atrás–; de modo que todo estaba listo ahora para el esfuerzo que había de hacer en la siguiente vida.

 

 

–XIX–

EGIPTO

 

MARTE: Emperador en las Indias. (Contemporáneo)

PALLAS: Jefe indio que emplea la magia en las batallas.

SOMA: Su mujer: EGERIA; Sus hijos: DELFINO, HEBE, MU. Su hija: AGLAE.

ORIÓN: Sus compañeros de placeres en la ciudad: GAMMA, DAPHNE, LACERTE, AVELLEDO, CAMELEON.

 

Pasemos ahora de la grave dulzura de la vida en la India a la placentera vivacidad del antiguo Egipto, que estaba todavía animado por inquebrantable rectitud de propósito, y era todavía capaz de estupendas proezas. La idea dominante en ambos países era el deber; sin embargo, en la vida práctica sufría grandes modificaciones.

Orión nació en el año 4015 Antes de Cristo cerca da Menfis, otra vez entre las clases aristocráticas, da hecho estaba emparentado de cerca con la familia real del período, como lo demuestra el hecho de que más tarde casó con una de las hijas del Faraón.

No podían haberle dado las circunstancias un nacimiento más favorable que éste, entre el refinamiento y las comodidades de las clases cultas de una espléndida civilización; con padres de la categoría apropiada y con sabiduría oculta siempre al servicio de aquellos que estuvieran dispuestos a trabajar por ella.

Su padre fué Aquiles y su madre Aldeb y le pusieron por nombre Kefrén. Eran vecinos cercanos de Markab, un alto empleado del gobierno cuyo apellido era Anarseb. El mayor de los hijos de esa familia era Sirio, entonces llamado Menka; Anarseb Menka, porque en Egipto el apellido se ponía antes. Había sido esposo de Orión en la vida anterior; pero como la profecía del Astrólogo se había cumplido, y ahora él ocupaba un cuerpo masculino, no podía repetirse esta vez la misma relación; y se alteró aún más la situación por el hecho de que Sirio tenía 21 años de edad cuando Orión nació, y era un joven algo serio y reservado con graves responsabilidades sobre sus hombros. Sin embargo, se afirmó el antiguo afecto entre ellos y, aún desde niño, Orión se hallaba constantemente en la casa vecina jugando con Senefrú, hermanito de Sirio –a quien conocemos por Vega, persuadiendo al grave y ocupado Sirio (quien sin embargo no era serio con los niños)– a contar les cuentos y jugar con ellos en al jardín.

Por esos tiempos las casas de las clases superiores estaban siempre ubicadas en medio da primorosos jardines que eran cuidados con esmero. La característica principal de estos jardines consistía en la gran proporción de agua que había en ellos; los grandes y variados estanques donde crecían y florecían muchas y hermosas variedades de lirios acuáticos, especialmente el Sagrado Loto en sus tres variedades: Azul, Blanco y Rosado. Estas flores estaban arregladas con mucho gusto y alternando con rumorosas fuentes, pues en aquel período había alcanzado un nivel decididamente superior cierta clase peculiar de jardinería decorativa.

Siendo la tierra de Egipto completamente plana por naturaleza y de arena amarilla, se construían los jardines de modo que contrastaran con el panorama; compuestos enteramente de montículos e irregularidades artificiales, plantados con árboles finos y rodeados por doquiera de palmeras, estanques y fuentes, alternando con graderías de mármol, granito rojo, glorietas y cenadores; cada espacio disponible cubierto de flores, en rústica confusión, por supuesto; lugares como éstos eran ideales campos de juegos; y como el clima era caliente, y los niños de pequeños no usaban más ropa que collares, brazaletes y tobilleras de oro, naturalmente aprendían a nadar casi tan pronto como a andar, y empleaban tanto tiempo en los estanques como en las escalinatas o entre los majestuosos árboles que las separaban.

A medida que crecían los niños, se acostumbraba que usaran un solo vestido blanco de lino, pero al parecer ellos preferían reservarlos para las grandes ocasiones, o para presentarse ante sus mayores. Es de notarse que, por este período, casi no se usaba otra cosa que lino blanco, lo mismo por los pobres que por los ricos; parece que los materiales de lana o de algodón fueran por entonces desconocidos. Los miembros del gobierno portaban franjas de color en sus vestidos y vistosos bordados de oro, pero la preferencia del período era evidentemente por el color blanco; tanto así, que mirar desde lo alto a una multitud, equivalía a mirar una sabana de nieve. Prácticamente toda persona que usaba vestidos se cambiaba tres veces al día; de manera que las lavanderías trabajaban constantemente por doquier; y todo el país era un vasto tendedero que agregaba otro elemento a la cegadora blancura de todo. Aún los caminos eran blancos, cuidados y conservados así bajo penas severas. Cada casateniente era responsable por la limpieza y reparación del camino que pasaba enfrente de su propiedad, y ensuciar un camino de alguna manera, o arrojar basura en él, era un delito penalizado. Cada hombre rico y de posición tenía en su casa no solamente un gran séquito de sirvientes, sino también gran número de artesanos para que hicieran todo lo que se requería, por ejemplo: su propio sastre, joyero, carpintero, etc., y por supuesto, un cuerpo de Jardineros.

Bajo tales circunstancias la niñez de Orión fué feliz. El padre y la madre eran asiduos y afectuosos, y, en lo general, sabios en la educación del muchacho que también tenía agradables compañeros y deliciosos alrededores. Era un muchacho de naturaleza bondadosa, capaz de intenso amor, pero impetuoso y a veces voluntarioso.

Otro bondadoso amigo, ya adulto, era Ramásthenes (Mercurio) quien residió en la casa de Menka por dos años, cuando Orión tenía 8; el muchacho le tenía mucho cariño y solía sentarse a su lado junto con Vega. Hacia el final de ese tiempo, Mercurio estaba haciendo arreglos para dedicarse a la vida del templo y un día, cuando se hallaba sentado en una de esas curiosas sillas egipcias curvadas, y el pequeño Orión se hallaba sentado a sus pies en un banco de madera, se inclinó, levantó al niño y lo sentó sobre sus rodillas, preguntándole si le gustaría vivir en el templo con él y aprender de los libros sagrados y tomar parte en los servicios y las vistosas procesiones del templo; pero el niño no le contestó, porque su atención estaba enfocada por el momento en una mariposa que volaba por el jardín. Y así, se deslizó de sus rodillas y corrió a perseguirla. Mercurio lo siguió con la mirada y murmuró sonriendo: “Quien sabe si eso sea profético”.

Una de las razones por las cuales especialmente se consideró el asunto de su entrada en el templo, fué que un día, cuando uno de los supremos sacerdotes se hallaba de visita en la casa Anarseb, observó al muchacho y dijo que tenía los ojos de un vidente. El padre y la madre estaban muy deseosos de que él adoptara esa línea de vida y Orión mismo gustó de la idea a medida que creció.

A poco ingresó como escolar diurno en el templo, pasando todo el día allí pero retornando a su casa por la noche; posteriormente a menudo durmió allí durante semanas enteras, pero todavía tenía intervalos de vida hogareña. Cierta vez, cuando contaba unos 14 años, sintió una noche un incontenible impulso de levantarse de su cama e ir al cuarto de Mercurio. Razonó consigo mismo que ese sentimiento era absurdo y que sería una impertinencia, insólita para un muchacho, el ir, en medio de la noche, a distraer de sus sueños o quizá de sus devociones a un sacerdote. Pero el incontenible deseo creció más y más fuerte y al final tuvo que ir. Vaciló mucho antes de decidirse a llamar a la puerta, pero cuando al fin lo hizo tímidamente, una voz fuerte y plena le dijo que entrara; y vió a Mercurio sentado en su silla, mirándole con brillante sonrisa.

“Al fin has venido”, le dijo. “Pero, ¿por qué has resistido tanto tiempo?”

Entonces le explicó cómo había estado experimentando en llamarlo mentalmente, a ver si era lo suficientemente responsivo para que valiera la pena tomarlo más tarde como su discípulo regular para su oculto desenvolvimiento. Al alcanzar cierto nivel en el sacerdocio, se le permitía a un hombre, si así lo quería, tomar un niño aun joven como especie de medio-discípulo, medio-sirviente. Sin duda alguna la idea era no tanto que el muchacho tuviera un aprendizaje diferente del que se daba a los demás estudiantes, sino que estuviera siempre dentro del magnetismo de su Maestro y así recibiera ayuda en su desarrollo. Era muy común en los templos decir que el mayor progreso alcanzado por un discípulo, a menudo se efectuaba cuando él menos lo pensaba, dando a entender que, cuando la mente del discípulo se hallare tranquila o quietamente ocupada en la meditación, entonces la influencia de su Maestro actuaba firmemente sobre sus vehículos en todos los niveles de materia espiritual, mental y emocional, aún cuando él permaneciera por completo inconsciente de que se estaba produciendo algún efecto sobre él.

Mercurio esperaba alcanzar en el curso de 5 o 6 años la posición necesaria que le permitiera tomar tal discípulo y ahora había hecho definitivamente la oferta a Orión, quien la aceptó con mucho gozo y gratitud. Sirio lo felicitó muy cordialmente y le urgió a que empleara los años intermedios en prepararse debidamente para aprovechar mejor la oportunidad. El padre y la madre también estaban muy contentos y todos los augurio s parecían muy favorables. Orión, en lo general, trabajó bien y aún con mucho entusiasmo, si bien de cuando en cuando se adueñaban de él curiosos espasmos de contrariedad que a veces destruían el efecto de meses de trabajo.

Por entonces se hizo de varios indeseables conocidos jóvenes que no eran malos en el fondo, pero muy dados a la vida disipada, al juego y a los placeres de la ciudad. Desgraciadamente sus ligeras palabras suscitaron en él el deseo de probar la vida de la Ciudad que le era desconocida y le describían como tan varonil y divertida, haciéndolo pensar que las restricciones del templo eran pesadas e innecesarias. También fué atraído un tanto por Egeria, una muchacha de buena familia que había visto en compañía de los amigos; y así aconteció que, cuando se le presentó la gran oportunidad, un impulso repentino y perverso lo invadió en el último momento, y rechazó la bondadosa oferta de Mercurio marchándose con sus nuevos y más mundanos amigos a lanzarse a las diversiones y placeres que la ciudad le ofrecía. Esto causó gran pena a sus padres tanto como a Mercurio y a Sirio. Pronto recobró Orión sus sentidos y amargamente se arrepintió de sus tonterías e ingratitud. Sin embargo, entonces era ya demasiado tarde. El paso que había dado hizo completamente imposible que fuera admitido como discípulo en el templo; y así, sus padres decidieron que mientras más pronto se casara y se estableciera en la vida ordinaria, sería mejor

Cuando se supo esto, el Faraón Unas[20], ofreció su hija Helios, que conocía bien al joven y que por mucho tiempo lo había mirado con simpatía. Naturalmente tal oferta fue aceptada inmediatamente –de hecho hubiera sido poco menos que imposible rehusar– y el casamiento tuvo lugar con gran pompa, brillantes ceremonias y procesiones. La novia y el novio fueron coronados con flores y viajaron montados en blancos borricos, porque ni los caballos ni los carruajes eran conocidos entonces en el país.

Orión amaba ardientemente a su joven esposa, pero aún en medio de todas estas festividades, el triste pensamiento de su gran error venía sobre él con fuerza abrumadora. Hizo una visita al templo, pero el Sumo Sacerdote que había observado sus ojos cuando niño, lo recibió muy fríamente y le dijo que pasarían muchos miles de años antes de que pudiera recobrar la oportunidad que había perdido. Pero Mercurio añadió: “Yo se la daré cuando esté listo para tomarla, aún cuando sea dentro de miles de años”.

Orión vivió una larga vida y obtuvo considerable éxito tanto militar como políticamente; sin embargo, nunca por un momento dejó de lamentar profundamente su error. Su esposa murió joven, pero dejó tras sí un hijo Ptah–Hetep (Selene) quien desde un principio fue muy estudioso y creció para ser un hombre muy instruido y escribió un libro ampliamente celebrado sobre “La Sabiduría de Egipto”. Selene vivió hasta extrema vejez –más de 100 años y fue muy respetado por su instrucción[21].

La sombra que nublaba la vida de Orión amargó hasta cierto punto su modo de ser y nunca se encontró con Mercurio sin sentir algo de vergüenza. Sin embargo, conservó su amistad y siempre estuvo interesado en estudios filosóficos durante los intervalos de sus otras ocupaciones. Su viejo amigo Sirio sufrió serios reveses y durante varios años se vió en considerables dificultades, viéndose obligado a vender la hermosa casa de la margen del río donde tantas veces habían jugado los niños[22]. Pero en el proceso de los años volvió a rehacer su fortuna y pudo recuperar el hogar ancestral, de modo que él y Orión volvieron a ser vecinos. Sirio murió antes que Orión alcanzara la edad de 50 años y éste le sobrevivió por 23 años, pasando sus últimos tiempos un tanto solitario ya que todos sus amigos, que tanto había querido, habían muerto antes. Hacia el final de su vida se volvió algo tacaño, molestándole sin fundamento el miedo de volverse pobre.

Evidentemente esta regia vida en Egipto, bajo tan extraordinarias y favorables circunstancias, fué la indicada como culminación hacia la que habían conducido muchas de las previas encarnaciones. Pero la elección siempre debe ser libre. Orión escogió erróneamente, posponiendo de este modo la designada culminación, dañando hasta cierto punto la vida que la siguió en el mundo Celeste y afectando seriamente la longitud del intervalo.

Del mundo terrestre estuvo ausente tan sólo 1200 años –cifra en verdad corta si se la compara a la que siguió a la vida Semita en Poseidonis, no obstante que la parte terrestre de aquella vida fué escasamente más de la mitad de la duración de esta otra en Egipto.

Otras dos familias, o mejor dicho, ramas de la misma familia, eran amigos íntimos de Orión y sus padres; y miembros prominentes del grupo que estudiaba con Mercurio. Se encontrará una lista de ellos en la correspondiente vida de Alcione, Vida XLIII.

 

 

–XX–

ÁFRICA DEL SUR

 

SIGMA: Rey.

ORIÓN: Su hermano: ESCORPIO. Su mujer: KAPPA. Su esclavo: GAMMA.

  1. – Su mujer: VENUS. Sus hijos: URANUS, SIRIO, HECTOR, Su hija: ATLANTE.

SELENE: Su mujer: ALDEBARAN. Sus hijos: DENEB, CASTOR, AUSONIA. Sus hijas: EROS, IFIGENIA.

SIRIO: Su mujer: MIZAR. Sus hijos: AJAX, MIRA, TELEMAQUE. Sus hijas: EGERIA, FOMALHAUT, THESEO.

 

Esta vez nuestra investigación nos lleva a una parte del mundo que no habíamos visitado antes, pues Orión tomó nacimiento en el año 2736 A. de C. en una raza Árabe, en el sur de África. El país no se veía tan desolado entonces como gran parte de él se ve ahora, parecía un parque y se veían vastas hordas de animales salvajes. Había algunas grandes ciudades y templos imponentes, pero todo de un estilo peculiar. No se usaba mezcla de cal para construir, sino que se colocaban enormes piedras, bien cortadas, una sobre otra, y se dejaban así. La religión era una especie de adoración del Sol y los templos estaban consecuentemente orientados. Era la gente de una raza hermosa y de elevada talla, en lo general valiente y batalladora; sus armas principales eran la espada y la lanza, aunque a veces usaban flechas y jabalinas. Eran diestros cazadores y poseían ganado en gran cantidad, pero también había secciones agrícolas y mercantiles en la población. Parece que el padre de Orión combinaba varias vocaciones, porque era dueño de tierras y manadas, pero al mismo tiempo era cazador y mercader; y cuando la ocasión lo requería demostraba también ser un buen soldado.

La educación de Orión fué primitiva, pero severamente práctica; le enseñaron a montar a caballo; a manejar con habilidad la lama y una pequeña espada; a comprender las varias maneras de cazar y también los hábitos de los animales silvestres. Lectura, escritura y numeración formaban parte del plan de estudios y aprendió también a curar heridas y a vendarlas. Se exigía obediencia instantánea y disciplina militar; y en parte, por aprender estas lecciones, fue por lo que el Ego adoptó este nacimiento. Fue Orión el hijo mayor, pero pronto hubo algunos hermanos y hermanas. Como heredero, tenía él un pequeño esclavo, Gama, como de su misma edad, que le fué asignado como asistente especial y él parecía más afecto al esclavo que a sus propios hermanos y hermanas. Este muchacho le era un fiel devoto y trataba de anticiparse a todos sus deseos. A medida que creció en edad, pareció que aumentaba su amor por su joven amo; y por toda su vida fué su criado íntimo y personal. Dos veces le salvó la vida a Orión; una vez, de un león que, sin embargo, hirió seriamente a Orión, y la otra vez en combate como pronto se verá.

A medida que Orión creció, acostumbraba acompañar a su padre en expediciones de caza y pronto se convirtió en un experto. A su debido tiempo él y su hermano más joven, Escorpio, se enamoraron de la misma muchacha, Kapa, y como consecuencia se quebrantaron las relaciones entre ellos. Secretamente prefería ella al más joven, pero se casó con el mayor por interés. Así y todo, tuvieron varios años de vida regularmente feliz, aunque la esposa era incapaz de nada comparable al poder de amar desplegado por el esposo. El la idealizaba en gran manera y tan sólo raras veces tuvo la sensación de que algo faltaba.

Con el tiempo estalló una rebelión en el país y un usurpador se apoderó del trono. El hermano menor, más bien por la querella de años antes a causa de la dama adoptó el partido del usurpador; en tanto que Orión, que había abrazado la causa del legítimo Rey, Sigma, fué desterrado junto con él. Durante cuatro años estuvieron ambos refugiados con una tribu que vivía en enormes cavernas –un pueblo de raza negroide–. Las cavernas eran muy notables, extendiéndose por kilómetros dentro del corazón de las montañas, de modo que ningún hombre conocía todos sus vericuetos. Entre los miembros de esta tribu había una leyenda de que otra tribu por completo diferente se encontraba dentro de las más profundas cavidades; que nunca se aproximaban a la luz del día; pero vivían su vida con alguna extraña luz propia, en enormes socavones donde el frío y la tormenta jamás entraban. Se decía que esta raza era de gigantesca estatura y que difería, en muchas características, de la humanidad ordinaria. Se propalaba toda clase de cuentos fantásticos acerca de estos gigantes trogloditas que eran considerados con terror por los cavernícolas de cerca de la superficie.

Orión se mostraba curioso y a la vez escéptico respecto a ellos, y para explorar las profundidades de las cavernas una vez organizó una expedición, todos provistos de grandes haces de antorchas. El y sus compañeros penetraron algunas millas y vieron muchas cosas extrañas; entre ellas, encontraron una especie de bolsa o colección de muy finos diamantes, especialmente uno que era de tamaño poco común. Más adentro encontraron un gigantesco monstruo prehistórico –probablemente un dinosaurio– y huyeron con gran pavor perdiéndose en el camino y sufriendo grandes privaciones antes de volver a encontrar su propia caverna.

El cuento de la raza gigantesca de las profundidades parece que tenía algún fundamento; evidentemente era una supervivencia Lemuriana, probablemente los hombres se habían refugiado en estas grandes cuevas cuando alguna raza Atlante conquistó el país y habían encontrado posible mantenerse allí.

Orión ofreció su saco de joyas a su rey y abordó un proyecto que su descubrimiento le había sugerido. En el Reino original, la más preciada joya de la corona era una asombrosa espada adornada con diamantes que se suponía muy antigua y que poseía varias cualidades mágicas. Era la tradición que quienquiera que poseyera esta espada sería por ese sólo hecho, Rey del país; y en parte, debido a la captura de esta espada por traición, fué que el usurpador tuvo éxito en hacerse rápidamente señor del territorio. El trabajo artístico en la empuñadura del arma era maravillosamente fino y la parte más valiosa de su adorno era un enorme diamante mucho mayor que cualquiera hasta entonces conocido por esos pueblos. Ahora bien, el más fino espécimen del tesoro de Orión era casi igual a aquel –quizá un poquito más grande–; y así le ocurrió a Orión la idea de que sería posible preparar un duplicado de la espada de diamantes y pensó que si su Rey apareciera súbitamente entre sus partidarios, en posesión claramente milagrosa dé lo que era muy difícil que no se tomara como la sagrada reliquia, la creencia de aquellos en sus propiedades místicas les aseguraría la victoria, haciéndoles casi invencibles, y así el trono podría ser recuperado.

La imaginación del Rey se incendió y él sintió por completo que si tuviera la mágica espada de sus antepasados, rápidamente podría reducir a sumisión a sus súbditos rebeldes; pero no tenía fé en que este resultado pudiera obtenerse con un substituto. Es más, pensó que el mero hecho de hacer una imitación, sería un acto peligroso e impío, calculado para ofender al espíritu de la espada y quizá ocasionaría que se retirase de ella, privándola así de sus poderes peculiares.

Encontrando Orión que su primer plan no era bien recibido, concibió otro; se ofreció a regresar disfrazado a su país, urdir algún modo de robar la sagrada espada, y traérsela al Rey.

Después de mucha discusión, el Rey aceptó su sugestión y Orión partió acompañado únicamente por su fiel sirviente, Gama. Llegaron a su país salvos y sin ser detenidos, pero tuvieron que esperar meses para llevar a cabo un laborioso plan antes de que pudieran echar mano a la espada mágica tan cuidadosamente vigilada.

Entretanto, Orión descubrió que su hermano más joven se había apropiado a su esposa –quizá creyendo, honradamente, que había muerto–; pero de cualquier modo, dispuesto a creerlo sin tomarse el más pequeño esfuerzo en verificar el rumor. El se indignó sobremanera por esto y tuvo una gran lucha interna entre su lealtad a su Rey así como a la misión que le había sido encomendada (que le obligaba a permanecer incógnito y guardar silencio), y el ardiente deseo de presentarse y tomar inmediata venganza en los infieles. Durante cuarenta y ocho horas estuvo sentado en el piso, sin tomar alimento, luchando consigo mismo sobre este problema; pero al fin la lealtad triunfó y se resignó a aplazar su venganza por el momento –victoria realmente maravillosa si se considera su impulsividad en vidas anteriores.

Por fin su plan tuvo éxito y una noche huyó con la espada mágica en su posesión. La ausencia de la espada fué accidentalmente descubierta más pronto de lo que él había calculado; se organizó una persecución y a la siguiente noche él y Gama fueron alcanzados, vencidos después de un corto combate, y capturados. Pero los captores cometieron el error de acampar esa misma noche y antes del alba, el avispado Gama había conseguido libertarse de sus ligaduras y liberar asu amo; había asesinado a un guardia y robado la espada al oficial comandante.

Tanto Orión como Gama fueron heridos en la refriega, pero al huir avanzaron lo más que les fué posible y tuvieron la fortuna de encontrar un buen escondite, en donde hubieron de permanecer por casi dos días, mientras frenéticamente los buscaba el resto de sus aprehensores.

Extenuados por la pérdida de sangre y la falta de alimentos, en condiciones lamentables, llegaron por fin a la cueva donde se hallaba su Rey; mas puesto que habían traído la espada de diamantes, Orión fué recibido con mucha alegría y alabanzas.

El usurpador hizo lo posible por ocultar el hecho de que había perdido la espada, pero llegó a saberse, a pesar de sus esfuerzos, y la superstición del pueblo le hizo sentir que su causa ya estaba perdida y que su cetro había desaparecido. De modo que, cuando el verdadero Rey apareció repentinamente con un pequeño pero decidido ejército de seguidores, la resistencia opuesta fué solamente superficial y el usurpador huyó desalentado. En la pelea, Orión fué herido y abatido, pero Gama no lo abandonó ni un instante y perdió la vida defendiéndolo.

Orión se alivió de sus heridas y fué premiado por su Rey con una elevada posición de honor. Hubo una escena penosa cuando él se reveló a su esposa y a su hermano, quienes se aterrorizaron mucho con sus severos reproches; sin embargo, él los perdonó y recibió de nuevo a su esposa, pero insistió en que su hermano abandonara el país. Aún cuando esta decisión fué aceptada, parece que Orión no confiaba mucho en su esposa; pues rehusó vivir en la población y adoptó como residencia con su familia un extraño edificio de piedra (reliquia de una raza anterior) que se levantaba en la falda de una colina. Tenía más o menos la apariencia de una mezquita mahometana y era evidente que había sido construído por gente que entendió mucho mejor de arquitectura que estos árabes. Allí continuó residiendo hasta que fué muerto, a la edad de cuarenta y ocho años, en combate contra una tribu vecina. Antes de su destierro había tenido algunos hijos pero no nos son reconocibles.

Era valiente en el combate pero nunca sintió deleite en ello como sus co-terráneos. Esta vida nunca satisfizo a la parte más elevada de su naturaleza, pero le dió inapreciables lecciones de disciplina, paciencia y control de sí mismo.

 

 

–XXI–

PERSIA

 

NU: Rico comerciante. Su mujer: AGLAE. Sus hijos: ORIÓN, HEBE. Su hija: CAPRICORNIO. Sus socios: APIS, ESTELLA.

SIRIO: Su hermano: SELENE. Su hijo adoptivo:

ORIÓN.

URSA: Jovencita árabe que llegó a ser el amor de SIRIO.

 

La siguiente aparición de Orión fué en el año de 1879 A. C., en el reino de Persia, que por entonces se hallaba en una etapa de muy elevada civilización. Fué hijo de NU, rico mercader, hombre bueno y afable, pero demasiado sumergido en los negocios para ocuparse de atender a su muchachito. El niño sentía rebosar su ternura, pero desgraciadamente nadie parecía aceptar dicho afecto o tener tiempo para recibirlo. Su madre Aglae, fina dama a quien él adoraba a distancia, se veía enteramente ocupada con dos niños más jóvenes: su hijita Capri y el bebé Hebe. Orión era algo centrado en sí mismo y creció como dentro de una concha hasta la edad de siete años. Entonces ocurrió un evento que súbitamente cambió todo el curso de su vida.

Su padre iba a establecer una sucursal de su negocio en una ciudad distante, en las fronteras del imperio, por lo cual decidió radicarse allí con toda su familia, por un año o dos, a fin de darle un buen impulso inicial. Su séquito de sirvientes, muebles, géneros y todo lo que necesitaba, formaba una larga caravana de camellos y cuando rebasó los caminos más frecuentados, atrajo la atención de una banda de ladrones que la atacaron. La caravana opuso una tenaz resistencia, pero los bandidos eran demasiado fuertes y numerosos para ellos. El padre y los sirvientes fueron muertos; y la madre, los niños y todos los géneros, fueron capturados y estaban a punto de ser llevados.

Mientras la refriega se hallaba todavía en su desarrollo, apareció en escena, otra pequeña caravana y su guía, Sirio, viendo lo que acontecía, azuzó a sus hombres a correr en socorro de los viajeros que estaban siendo atacados. Llegó demasiado tarde para hacer valer su ayuda, porque el combate había terminado antes de que lograra alcanzar el lugar, pero los ladrones se apresuraron tanto a huir antes de que llegara, que abandonaron parte del botín; arriaron a los cargados camellos juntamente con los suyos propios, pero se olvidaron de los cautivos. Aglae luchaba desesperadamente con un hombre que se llevaba a sus pequeños y se colgó, materialmente, de él con tanta determinación que a fin de libertarse tuvo él que apuñalarla repetidas veces. En la prisa, Orión, que era llevado frente a sí por uno de los ladrones, cayó del camello al suelo y no hubo tiempo para que lo levantaran; de modo que, cuando el jefe de la segunda caravana se precipitó en la escena, el muchacho era el único superviviente.

El pobre niño yacía medio atontado sobre la arena, llorando y gimiendo, casi fuera de sí de terror. Sirio saltó a tierra y trató de confortarlo, haciendo un solemne juramento de protegerlo y quererlo como su propio hijo, pero la conmoción sufrida había sido tan grande, que pasaron varias horas para que cesara el gimoteo y el temblor histérico que se había apoderado de él. Entonces, en lugar de colgarse convulsivamente de su nuevo protector, el muchacho se acomodó quietamente en sus brazos y le miró a la cara con gratitud y timidez. Todo ese tiempo el jefe permaneció sentado sobre la arena sosteniendo y consolando al asustado niño; y cuando ya estaba completamente dormido lo acostó sobre unas alfombras sin desplegar, cubriéndolo con su propia capa. Cuando el muchacho despertó a la mañana siguiente ya existía un fuerte lazo de afecto entre ellos, pues a pesar del carácter aparentemente accidental de este encuentro, el antiguo lazo ya se estaba manifestando.

Sirio había sido el jefe hereditario de una tribu árabe. Sentía un fuerte interés por todas las cuestiones religiosas, filosóficas y ocultas, y esto lo llevó a hacer una visita de investigación a una ciudad en el interior de Arabia, poblada por magos de carácter más que dudoso. Encontró entre ellos a algunos conocidos de vidas anteriores; Focea, Alastor y Cáncer, pero no obtuvo de ellos ninguna satisfacción verdadera; por lo cual decidió seguir buscando. Escuchando relatos de los viajeros, supo de la fama de los astrólogos y magos de Persia y al fin se resolvió a ir a vivir en aquel país y dedicar su vida al estudio de esas materias. De consiguiente, renunció su jefatura en favor de su hermano más joven, Selene, y se dirigió a Persia, encontrándose en el camino con la aventura que ya describimos. Y así sucedió que llegara a la escena de sus futuros estudios con una inesperada adición a su grupo, en la forma de un pequeño hijo adoptivo.

Orión se desarrolló hermosamente bajo la influencia del primer afecto verdadero que hasta entonces se le había prodigado en esta vida y floreció convirtiéndose en un niño activo y seductor. Por mucho tiempo se vió perturbado por ataques de terror cuando algún incidente le hacía recordar la carnicería que había presenciado; y desde entonces nunca pudo soportar la vista de violencia y derramamiento de sangre; una y otra vez hizo votos de que bajo ninguna provocación tomaría parte alguna en cualquier clase de lucha.

Sirio lo llevó consigo, a medida que viajaba, por todo el país y cuando llegaron a la ciudad en donde había estado su hogar, hizo pesquisas acerca de las propiedades de Nu, a fin de ver si algo le quedaba al muchacho. Encontró que todo había sido dividido entre Apis y Estella, los socios del padre de Orión. Estaban ambos dispuestos a conceder al niño una participación en los negocios, pero solamente a condición de que se quedara con ellos y que fuera educado por ellos para el comercio; pero como Orión no deseaba separarse de Sirio y este ciertamente no tenía intenciones de deshacerse de su hijo adoptivo, resolvieron renunciar a la reclamación de cualquier porción de la propiedad, y dejar que los socios hicieran lo que quisieran con ella.

Sirio visitó muchos templos e instituciones de enseñanza y al fin decidió quedarse definitivamente en una de ellas como estudiante y discípulo; por lo cual licenció a sus criados y vendió sus camellos. Si no hubiera sido por Orión, probablemente habría adoptado la vida por completo ascética que sus maestros le recomendaban, pero él consideraba al niño como un encargo sagrado, y el cariño entre ellos era tan grande, en realidad, que nada hubiera logrado separarlos.

Sirio había traído consigo algunas joyas como regalos para los maestros religiosos, ignorando entonces que ningún maestro de la calidad que él buscaba, aceptaría jamás regalo alguno; entonces fué vendiéndolas poco a poco, y con ello y con el producto de la venta de su caravana, pudieron proveer por largo tiempo a sus sencillas necesidades.

En el curso de sus estudios, Sirio tuvo que copiar para su propio uso muchos de los manuscritos del templo. Tenía una rara habilidad para hacerla con limpieza; y encontrando que le gustaba la ocupación, hizo copias extras y las vendió, desarrollando así, con el tiempo, un negocio regular y productivo.

A medida que Orión crecía, también se deleitaba en ayudar a copiar y podía hacerlo admirablemente; pero, más que todo, gozaba con tocar el arpa así como también un instrumento especie de Vina en que las cuerdas se estiraban a través de una calabaza seca, perforada y altamente pulida. Rápidamente llegó a pulsarlas con maestría y constantemente era empleado para tocar en los servicios del templo, aún siendo todavía muy joven.

Por ese tiempo la vida de Sirio era muy feliz, dividida entre el estudio, la escritura y el juego con el muchacho a quien también enseñaba. Aprendió mucho acerca de la astrología, ciencia que había sido legada por los antiguos Caldeas; y puesto qué la predicción astrológica era parte de ella, una vez consultó a Lira[23], sacerdote muy instruido y muy santo, acerca del futuro del muchacho.

Según lo dijo este hombre, los astros indicaban para Orión una temprana y violenta muerte, pero también (aunque en evidente contradicción), un futuro de glorioso desarrollo espiritual. El sacerdote no pudo reconciliar estas indicaciones y Sirio con frecuencia ponderaba acerca de ellas.

Aún cuando él se había afiliado a cierto templo, visitaba también los demás, de tiempo en tiempo, y gradualmente conocieron todas las principales ciudades del país. Orión mostró mucho interés en estas ciudades, pero Sirio prefería la vida del campo en donde había tiempo suficiente para la meditación.

Cosa notable en una de estas ciudades, era una especie de enorme pirámide, escalonada, hecha de tierra y revestida de piedra, produciendo el efecto de una serie de amplias terrazas que gradualmente se alejaban, todas ellas plantadas con las más bellas flores, y aún con arbustos y árboles.

A su tiempo, Sirio fué iniciado en algunos de los misterios de la religión entonces en boga; nunca flaqueó su interés en todo ello y siempre enseñó al muchacho tanto como le era permitido repetir. Había unos pocos templos de la magia tenebrosa y sus sacerdotes siempre andaban a la búsqueda de jóvenes de ambos sexos que pudieran utilizar para trabajos clarividentes. Cuando Orión tenía como quince años, uno de los sacerdotes de esta religión lo vió e hizo un esfuerzo determinado para atraerlo y someterlo a su poder; su principal anzuelo fué Dafne, una muchacha solamente dos o tres años mayor que Orión; y casi tuvo éxito. Pero Sirio sospechaba del sacerdote y vehementemente se opuso al lance; y tan sólo el intenso afecto que Orión sentía por él pudo lograr que prevaleciera el criterio de Sirio. Este comprendía que Orión ignoraba a qué clase de compañía se le estaba atrayendo; de modo que, con gran dificultad, se agenció la manera de encontrar un sitio desde donde él y Orión, sin ser vistos, pudieran presenciar una de las horribles ceremonias de la magia negra de aquella época, en la cual la muchacha tomaba parte prominente. Orión se curó inmediatamente de toda inclinación por la joven; la vista de la ceremonia lo enfermó físicamente y le provocó un terror y una repugnancia casi histérica. Le reprodujo una visión intensamente vívida (que realmente era un recuerdo de la vida en Tartaria). de un cadáver que se movía y hablaba, y de un mago que se transformaba en lobo.

El descubrimiento de que Sirio había tenido plena razón al desconfiar del sacerdote y de la muchacha, hizo aún más fuerte el lazo ya existente entre ellos, el profundo sentimiento de gratitud que el hijo adoptivo sentía por su padre, se fortaleció considerablemente al darse cuenta de que le había librado de otro peligro aún mayor que el primero.

En sus viajes de templo en templo, y de ciudad en ciudad generalmente cabalgaban en asnos; y durante una de estas expediciones fué cuando la idílica vida que llevaban llegó abruptamente a su fin. En un lugar apartado y solitario, cayó sobre ellos una banda de beduinos. Su número era tan grande que toda tentativa de resistencia fué inútil, aún sin tomar en cuenta el juramento de Orión de rehuir matanzas; de modo que no había otro remedio que pelear al instante. En el momento en que fueron atacados, Sirio fué herido por un golpe de jabalina y cayó del asno pero le gritó a Orión que huyera a toda carrera ya que mientras se ocupaban de él, tendría tiempo para escapar; pero Orión se rehusó a abandonarlo y corrió al lado de Sirio. Fiel a su voto, no levantó una mano para defenderse y ambos fueron al instante cortados en pedazos por los salvajes piratas del desierto; de modo que bien podríamos decir de estos dos que “en sus vidas fueron fieles y amantes amigos y que en la muerte no se separaron”. Orión apenas tenía 17 años y Sirio cuarenta y cinco.

 

 

– XXII–

ASIA MENOR

 

MERCURIO: Gran Sacerdote del Templo de Palas. Su hijo: NEPTUNO. Su hija: FIDES.

HÉRCULES: Virgen vestal.

PROTEO: Jefe del puerto. Su mujer: CONCORDIA. Sus hijos: SELENE, TRAPEZIUM. Sus hijas: AUSONlA, MELTEA.

HEBE: Rico comerciante. Su hija: AMALTEA.

DELFINO: Rico comerciante. Su mujer: CAPELIA. Su hijo: CYRENE. Su hija: POMONE.

MU: Su mujer: HELIOS. Sus hijos: ORIÓN, SAPHO, TOLOSE. Sus hijas: THESEO, EGERIA, EROS.

CLIO: Estudiante del templo.

 

Como lo mataron tan joven en su existencia anterior, Orión regresó pronto a la tierra apareciendo en el año 1521 A. de C. en la ciudad de Agadé, situada en el Asia Menor en las playas de los Dardanelos, cerca del sitio donde ahora está la ciudad de Lampsaki. Agadé estaba construida alrededor de una bahía en forma de media luna, y tras ella sobresalían dos pequeños montes en uno de los cuales se hallaba el gran templo de mármol blanco dedicado a Palas Atenea, y del cual Mercurio (el Maestro K. H.) era entonces Sumo Sacerdote. La raza gobernante en la ciudad era griega, del antiguo tipo jónico, y a esta raza blanca pertenecía el templo de Palas. La administración de la ciudad y su gobierno estaban a cargo de dos oficiales electos, a quienes se denominaba Arcons. La mayor parte de la población pertenecía a una raza más obscura y rojiza, probablemente Hittites, que habían dominado el país antes de que fuera conquistado por los primitivos griegos algunos siglos antes. Estos Hittites eran adoradores de Tamuz y de la diosa velada Tanais, o Istar (la Ashtaroth de la Biblia) y acudían a un gran templo abajo en la ciudad en el cual la religión era de carácter corrupto y en donde se practicaban muchas ceremonias mágicas indeseables.

En el templo de Palas se adoraba ala Divina Sabiduría y se daban enseñanzas de tipo elevado y puro; Durante las sesiones secretas de los iniciados sacerdotes, algunas veces se materializaba un Adepto Hindú (el Maestro de Mercurio) para impartirles instrucción. Se había establecido allí un curioso y poderoso centro magnético. Cavada profundamente en la roca debajo del altar, había una cavidad esférica que no tenía entrada alguna, ninguna comunicación física con algo más; sin embargo, flotando en el centro de ella ardía constantemente un firme resplandor o flama de apariencia eléctrica. Arriba, sobre el piso del templo, junto al altar, se veía un curioso trono de piedra que había sido labrado en un enorme meteorito y que era tenido en gran veneración como si hubiera caído del cielo.

Adscritas al templo había algunas vírgenes vestales, entre ellas Heracles[24], Eudoxia y Rea; y en ciertos servicios la virgen vestal de turno se sentaba en este gran tronco de piedra y entraba en estado de trance bajo la influencia de la tremenda fuerza magnética que de abajo procedía. Hallándose en tal estado, las vírgenes predicaban sermones al pueblo, o mejor dicho, se predicaban los sermones a través de ellas por el Instructor Adepto, o por algún otro Maestro. Durante estos trances, el Sumo Sacerdote permanecía siempre al lado de la virgen cuidando que ningún daño ocurriera a su cuerpo. Frecuentemente, también, se daban mensajes especiales, por medio de la virgen en trance, a individuos presentes en la congregación; y se consideraba como un elevado honor recibir uno de esos mensajes.

Había diez de estas vírgenes, si bien, usualmente, tan sólo cinco se hallaban en servicio activo, turnándose en el trabajo, mientras que las otras cinco eran doncellas más jóvenes, en curso de entrenamiento. Estas muchachas no estaban obligadas por votos permanentes y podían abandonar el templo cuando quisieran, pero cuando allí se hallaban, habían de cumplir con reglas muy estrictas. Al llegar a cierta edad todas tenían que irse y era costumbre que se casaran y entraran a la vida ordinaria. Sin embargo, si más tarde deseaban regresar al templo, después de cierto tiempo, podían hacerlo y agregarse a él permanentemente; muchas así lo hacían. Mientras ejercían su ministerio, se tributaban los más elevados honores a estas vestales; y parece que ejercían un gran poder en la ciudad, por ejemplo: tenían el curioso privilegio de ratificar o rectificar sentencias judiciales, si lo creían conveniente, en aquellos casos en que se apelaba a ellas.

Orión (al igual que su vida en Etruria, 6800 años antes), fué hijo de Mu, o Muni, mercader rico y honorable, Consejero de la ciudad, bueno e indulgente, pero no especialmente religioso. La madre, Helios, era una mujer alerta, de rostro afilado e intensamente interesada en filosofía. Tuvo Orión dos hermanos, Safo y Tolosa, y tres hermanas, Teseo, Egeria y Eros. Los niños eran correctamente educados, aunque el curriculum o programa de estudios era muy diferente al nuestro. Todos aprendían a modelar en arcilla y a fabricar cerámica, que adornaban con figuras de animales, de mucho efecto. Se les enseñaban varias formas de escritura y sobresalían en la iluminación de libros. Generalmente los libros eran pergaminos enrollados en varillas de marfil y la escritura era en griego arcaico, escrito de derecha a izquierda. Los niños practicaban muchas clases de juegos, especialmente un juego de pelota que se llamaba Sfariké. Durante el verano usaban ligeros vestidos de lino, de graciosa línea, y en el invierno pieles, con ropas interiores de cuero muy suave. La gente más pobre usaba comúnmente una especie de felpa gris.

Orión aprovechó bien su tiempo en la escuela y tuvo éxito especial en elocución y música. Estudió con empeño, y desde muy tierna edad se interesó mucho por la filosofía de su madre así como también por los servicios religiosos del Templo de Palas. Tenía especial veneración por el Sumo Sacerdote, Mercurio, y con frecuencia merodeaba alrededor de las habitaciones del templo, durante horas, nada más para poder verlo por un instante. El Sumo Sacerdote a menudo se daba cuenta de su presencia y le hablaba bondadosamente. Cuando aún era muchacho, los sacerdotes del templo tenebroso de Tamuz trataron de persuadirlo, con grandes promesas, a que prosiguiera sus estudios con ellos, y él acudió a algunas de sus funciones. Sus fastuosas ceremonias y su complicado ritual, tuvieron cierta mística atracción para él; empero, a menudo le disgustaban porque instintivamente sentía que había tras ellas mucha hipocresía e impureza; y a veces, solamente entrar en el templo, le enfermaba el cuerpo.

A medida que creció, empezó a ayudar a su padre en sus negocios; tomó el trabajo con mucho empeño y hasta parecía ambicioso de él pero le gustaba más la parte aventurera del asunto: ayudar en la cargadura de aquellos barcos de extraña figura con brillantes velas azules; y también, algunas veces, navegar en ellos con rumbo a algún puerto cercano. Proteo era entonces el contralor del puerto; y su hijo, Selene, aunque cuatro años menor que Orión, era su amigo y constante compañero en tales expediciones y frecuentemente discutían sobre filosofía, cosa que a ambos atraía muy profundamente. Este interés fué creciendo firmemente y llegó por fin a sobreponerse a los instintos comerciales de Orión; de modo que fué a ver al Sumo Sacerdote y le pidió consejo preguntándole si podía renunciar a los asuntos del mundo y dedicar su vida por completo al estudio y al servicio del templo bajo su dirección. Pocos días después, Orión fué llamado durante una de las reuniones en el templo al trono del meteorito, y allí se le dió por boca de una de las vírgenes vestales uno de los mensajes tan estimados: “Todavía no puedes obtener lo que deseas” se le dijo. “Una vez tu Maestro te llamó y tú no acudiste. Vendrá tiempo en que él volverá a llamarte: trabaja ahora para que puedas estar listo a responder entonces, para que por medio de tí el mundo pueda ser bendecido”.

Tremenda fué la impresión recibida por Orión y resolvió que, aunque no pudiera entrar al servicio del Templo, cuando menos dedicaría la mayor parte de su tiempo al estudio de asuntos filosóficos. Si bien tenía un agudo sentido de los placeres del mundo, nunca olvidó su resolución e hizo grandes progresos en la comprensión de las verdades sagradas que se le presentaron, discutiendo constantemente cada fase con su madre y haciendo que el Sumo Sacerdote disipara algunas veces sus dudas. Se enamoró por dos o tres ocasiones en el curso ordinario de su vida, pero voluntariamente desechó tales pensamientos, no fuera a ser que perjudicaran sus estudios. Su padre lo consideraba iluso y poco práctico, porque a medida que pasaba el tiempo se preocupaba menos y menos por los negocios, y su devoción a la religión y a la filosofía crecía más y más; pero su madre siempre simpatizaba con el y lo alentaba.

En cierto modo su vida no tuvo incidentes; sin embargo, desarrolló dominio propio y confianza en sí mismo, pues en lo general fué esta una existencia claramente provechosa, aunque vivió en medio de mucha corrupción y rodeado de tentaciones. Ya había alcanzado la edad de treinta y un años cuando la ciudad de Agadé fué destruída por una incursión de guerreros bárbaros procedentes del interior, probablemente Escitas, y fué muerto en la carnicería general que de los habitantes hicieron. Por medio de las sibilas, los sacerdotes del templo de Palas fueron advertidos de la catástrofe que se acercaba, pero no les fué permitido advertir al pueblo; tal vez pudieron haberse salvado, pero prefirieron correr la suerte de sus coterráneos hasta el fin. Los sacerdotes del templo de Tamuz habían alentado la invasión de los bárbaros, que secretamente provocaron los Hittitas con la esperanza de que pudieran capacitarlos para libertarse del dominio de los griegos; pero cuando el ataque vino, se intensificaron los instintos salvajes de las hordas vandálicas y se dedicaron a matar y robar a unos y otros por igual.

La madre de Orión pudo escapar de los bárbaros y se escondió en una cueva; allí permaneció por algún tiempo, pero desgraciadamente se derrumbó el techo de la caverna y la aplastó, muriendo con gran sufrimiento. El Sumo Sacerdote, Mercurio, fué muerto como todos los demás, pero sus poderes le permitieron tomar el cuerpo de un joven pescador que se había ahogado al pretender escapar y en ese cuerpo se encaminó El, poco a poco, hacia la India, deteniéndose por algún tiempo en Persia, trabajando allí como orfebre y tomando parte prominente en la fundación de la moderna forma del Zoroastrismo[25]. Ya en la India, se reunió en cuerpo físico con su Maestro, el mismo que había aparecido astralmente en Agadé en las cámaras subterráneas del templo, para instruir a los iniciados.

Selene también fué muerto en esta matanza a la edad de veintisiete años y volvió a nacer cerca de Banaras en el año de 593 A. de C. como Chatta Mánavaka, pero solamente vivió trece años, de modo que él y Orión pudieron volver juntos otra vez en la siguiente vida en Grecia[26].

 

 

– XXIII–

GRECIA

 

URANO: Su mujer: VESTA. Sus hijos: RIGEL, HÉCTOR. Sus hijas: ALGOL, ALBIREO, DEMETER.

PARTHENOPE: Su mujer: ALEPH. Su hijo: LEO. Sus hijas: CALLIOPE, PHILIPA.

RIGEL: Su mujer: BETELGEUSE. Sus hijos: CANOPUS, ALDEBARÁN. Sus hijas: HELIOS, AQUILES.

SIRIO: Su hermano: ERATO. Su hermana: BETELGEUSE. Su mujer: PHILIPA. Sus hijos: SELENE, URSA, ORIÓN, MIRA. Su hija: FOMALHAUT.

ARCOR: Amigo de Sirio. Su mujer: FLORA. Sus hijos: CAMELEON, FORTUNE, ESTELA. Su hija: AGLAE.

ORIÓN: Su mujer: AQUILES. Sus hijos: DRAGÓN, ARGUS, ARTURO, Sus hijas: THESEO, EROS, VIRGO.

MIRA: Su mujer: PSIQUE. Sus hijos: HEBE, JUNON, Su hija: EGERIA.

 

Nuestro héroe nació esta vez en Atenas, en una de las familias de los Eupátridas, en una época turbulenta y difícil de la historia griega, en el año 499 A. de C. Su nombre fué Teodoro; su padre fue Kleómenes (Sirio); su madre Philipa (no pertenece a nuestro grupo); su hermano mayor fue Filaletes (Selene); su hermano menor Kleón (Mira); y su hermanita Agata (Fomal). Formaban una familia especialmente feliz y unida, siendo muy fuertes los lazos de afecto entre todos ellos. El único punto débil era su segundo hijo; Anaximandros (Ursa)[27] quien parecía no ser por completo como ellos; pues tenía espasmos de disgusto por su hogar; y su mala disposición causó a todos muchas dificultades. Sirio tomó su parte en la política y las guerras del período, pero su mayor interés era la escuela pitagórica de filosofía. En su juventud había visto al Gran Pitágoras en persona[28] y había sido ayudado e instruido especialmente por su discípulo Kleinias (Urano) que más tarde vino a establecerse en Atenas y fundó allí una escuela de filosofía y de la cual todos nuestros personajes eran aplicados estudiantes.

Urano mismo tuvo como esposa a Vesta; y Agatocles (Erato) el tío de Orión, casó con Demeter, una de sus hijas; de modo que las familias llevaban mucha intimidad y estaban constantemente juntas.

Sirio y Erato compartían una amplia casa en una colina frente a la Acrópolis, viviendo en lados opuestos de su gran patio; de modo que prácticamente formaban una sola familia. Erato era un célebre escultor y se le ha mencionado en historia exotérica como Kálamis, nombre con que firmaba todas sus obras o cuando menos la mayor parte.

Sus dos hijos Bella y Ajax y sus hijas Eufrosina (Vega) y la más joven Psiqué, tuvieron naturalmente prominencia en la vida de Orión, aunque casi todos eran más jóvenes que él.  La niña Vega, por ejemplo, era nueve años menor que Orión; era ella una criatura extraordinariamente bonita y todos los hermanos la querían mucho. Algunos nietos de Urano se hallaban también entre sus compañeros de juegos.

A pesar de las constantes guerras y tumultos, la vida de ellos fué feliz y libre, llena de los goces del vivir al sol y al aire libre, cosa que para nosotros, en nuestros días, es algo difícil de comprender. La raza griega era muy hermosa; se daba gran importancia y atención a la cultura física. Orión era un bello joven, agraciado, lleno de vida y vigor; era muy hábil en los deportes y en los juegos; poseía un intelecto muy fino y aprendía prontamente y con facilidad. La educación de aquella época era curiosamente distinta de la nuestra, limitada en ciertas direcciones pero excelente en otras. No había que estudiar mucho en los libros, y se conocía muy poco de las leyes de la naturaleza como lo que hoy se enseña en ciencias tales como la química y astronomía. El esfuerzo educativo se dirigía más bien a despertar las facultades de los niños y no a cargarlos de hechos áridos; a hacer su vida diaria brillante, gozosa, activa, y enseñarles a distinguir entre lo malo y lo bueno y apreciar lo mejor en arte y poesía. Se enseñaba a todos los niños a versificar, a cantar y pulsar la lira y la doble flauta; y Orión hizo grandes progresos en este sentido. Se enseñaban directamente las máximas de filosofía, pero también se confiaba mucho en la influencia del medio ambiente y por ese motivo los niños tenían siempre ante su vista hermosas pinturas y estatuas, y se les alentaba a que trataran de reproducirlas.

Orión desarrolló especial habilidad en modelado en arcilla y con frecuencia se le encontraba en el taller de su tío, al otro lado del patio; más tarde estudió con él e hizo muy buenos trabajos, copiando en mármol algunas de las estatuas de su tío notablemente la de los muchachos a caballo que Kálamis añadió al gran grupo en bronce, de Onatos, en Olimpia. Por ellas tenía Orión especial predilección a causa de haber servido él mismo de modelo para uno de los muchachos del grupo y también porque había participado con mucho éxito en los juegos olímpicos, habiendo ganado una vez la corona de Olivo silvestre que era el más grande y preciado galardón que Grecia podía otorgar. Era un muchacho bondadoso y sentimental, siempre ansioso de aliviar cualquier sufrimiento de que tuviera noticias; retraído y disgustado algunas veces, pero capaz de una gloriosa riqueza de afectos.

Un infortunado accidente en su niñez produjo un efecto considerable en su carácter. Siempre fué un niño pacífico y se horrorizaba de ver que alguien fuera lastimado, pero en una ocasión, en una pequeña reyerta, perdió los estribos y se dejó arrebatar por la cólera, dando un violento empujón a otro niño –compañero de juegos–, cuando se encontraban en el descanso superior de la escalera frontal de la casa de su padre; el otro niño cayó por un lado de los escalones hasta el suelo y se lastimó seriamente quedando cojo por algunos años. Grandes fueron la pena y el remordimiento de Orión, e hizo votos, una y otra vez, de que nunca más volvería a pegar a nadie en disputa personal, no importando cuan grande fuera la provocación.

Guardó su voto, si bien años más tarde tuvo que tomar parte en la defensa de su patria como todos los demás nobles. Cuando los griegos ganaron la batalla de Maratón, en la cual su padre y su tío tomaron parte, él tenía solamente nueve años por lo que, naturalmente, no pudo participar en ese gran hecho de armas, en el que un ejército persa de más de cien mil soldados al mando del mejor general de aquel tiempo, fué derrotado, con grandes pérdidas, por un reducido cuerpo de 10.000 griegos. Fueron muertos muchos millares de persas y poco menos de doscientos atenienses; y Grecia gozó de paz por algún tiempo.

La ocasión en que Orión ganara la corona de olivo fué, por supuesto, de gran regocijo para su familia, más aún, porque coincidió con su iniciación en los misterios de Eleusis. Hubo espléndida procesión en la cual la figura prominente fué el hermoso muchacho, cubierto con guirnaldas de flores. Su madre Filipa, que siempre había sido gentil, tierna y sensible con sus hijos, presenció la procesión con gran deleite y orgullo. Con ella estaban Fomal, Helios y Aquiles (las dos nietas de Urano) que se habían enamorado profundamente del joven atleta. El las amaba por igual y hubiera tenido seria dificultad para decidirse por una u otra; pero a poco, murió la hermana mayor y cuando él tenía 22 años se casó con la más joven.

Antes de esto, sin embargo, él había tenido que desempeñar su parte en los acontecimientos que estremecieran a su patria. Su padre fué uno de los delegados Atenienses que concurrieron al célebre Congreso de Corinto en el año 481 A. de C., y tanto Selene como Orión lo acompañaron en esa histórica ocasión. Al año siguiente, Jerjes, Rey de los persas, avanzó sobre Atenas con un poderoso ejército de un millón de hombres reclutado, según él se vanagloriaba, de 46 naciones; y como era imposible resistir con éxito, todos los atenienses tuvieron que abandonar sus hogares y buscar refugio en las islas. Con gran pena, nuestra familia tuvo que dejar su hermosa mansión y no hay duda que el pensamiento en ella hizo que pelearan con valor acrecentado en la gran batalla naval de Salamina, en donde la flota persa fue totalmente derrotada y Jerjes se retiró a toda prisa con su ejército a Asia, dejando, sin embargo 33.000 hombres a las órdenes de su general Mardonio. Orión mostró suficiente bravura en el combate, aunque el horror se apoderó de él a la vista de heridas y sangre, y tuvo dificultad para obligarse a seguir combatiendo y cumplir con su deber.

Después de la batalla, regresó la familia a su hogar y tuvo un gran alivio al encontrar que los persas, si bien habían destruido mucho de la ciudad, no habían llegado hasta la sección en donde ellos vivían. Tuvieron igual buena suerte al año siguiente, cuando Atenas hubo de ser abandonada una vez más ante el avance de Mardonio; y Orión se condujo con nobleza y coraje en la gran batalla de Platea, cuando al final acudieron los Espartanos, al mando de Pausanias, en auxilio de los Atenienses y el ejército de Mardonio fué totalmente destruido. Orión combatió muy bien en las salvajes cargas de la primera parte de la batalla, pero, cuando los soldados asiáticos fueron al fin rodeados en su campamento y pasados a cuchillo, lo cual destruyera para siempre el poder de Persia, él se enfermó al comenzar la horrible carnicería y tuvo que abandonar el campo.

De nuevo regresaron a su casa, esta vez para no volver a dejarla y Orión principió a tomar parte en la vida política. Por ese tiempo había en Atenas dos grandes partidos que en cierto sentido correspondían a lo que hoy llamamos Conservadores y Liberales. Arístides era el jefe del Partido Conservador; deseaba mantenerlo todo como en los días de antaño y se opuso vehementemente aún a la construcción de la flota que salvó a Europa en Salamina. De hecho había creado tantas dificultades que tuvo que ser exiliado durante algunos años antes de aquella batalla, pero él, patrióticamente, hizo a un lado toda diferencia de opinión y regresó para tomar parte en el combate.

Por otra parte, el Partido Liberal sostenía que el mundo estaba cambiando; que ya había pasado la era de los antiguos tiempos feudales de dominio por los terratenientes; y que Atenas debía desarrollar su comercio y tener buques para protegerlo. El jefe de este partido era Temístocles y a él se unió Orión con gran admiración por sus inteligentes planes. Temístocles era un hombre muy astuto e hizo mucho por el bien de su país, pero desgraciadamente, era muy poco escrupuloso en sus métodos. Generalmente sus ideas eran excelentes y Orión creía en él, lo apoyaba con calor, y se rehusaba a escuchar cuando alguien hablaba mal de él. El primer discurso público que Orión pronunció antes de cumplir 20 años, fué en apoyo del proyecto de Temístocles para la fortificación de Atenas y el Pireo. Habló bien y con fuerza, con, una admirable selección de palabras y poniendo gran acopio de emoción y sentimiento en lo que decía. También habló varias veces, dos años más tarde, en favor de la Confederación de Delos, justamente por la época de su casamiento en 477 A. de C. Procreó seis criaturas, siendo Anastasia (Teseo) la más llena de dulzura.

Durante los seis años que siguieron al matrimonio de Orión, Temístocles estuvo en el pináculo de su poder y Orión le fué muy útil, de muchos modos, aunque nunca en ninguna de sus transacciones dudosas. Sin embargo, la vanagloria y la injusticia de Temístocles ocasionaron que gradualmente los Atenienses llegaran hasta odiarlo, y en el año 471 A. de C. hubo un decisivo movimiento en su contra y fué desterrado, yéndose a vivir a Argos. Orión se indignó mucho por ello y voluntariamente marchó a compartir su destierro; pero gradualmente fué dándose cuenta de que su héroe no era tan limpio de pecado como le había parecido al principio y tal descubrimiento le causó mucha pena. Cuatro años más tarde, cuando fué claramente demostrada la complicidad de Temístocles en la degradante conspiración de Pausanias, Temístocles huyó a Persia, y Orión volvió a Atenas.

Mientras tanto Arístides había muerto y Kimón, hijo de Milciades, había sucedido a aquel como jefe de los Conservadores; al par que, en lugar de Temístocles, el jefe liberal era ahora un noble llamado Pericles. Durante los primeros años después del retorno de Orión, el partido conservador había tenido la ventaja, pero pronto hubo un cambio de política y Pericles llegó al poder. Con ligeros interregnos, retuvo él su posición hasta su muerte, ocurrida 33 años más tarde, y durante todo ese tiempo Orión lo apoyó y le sirvió lealmente. Orión llegó a tener ascendiente en los consejos de Atenas y se le consideraba como uno de los mejores oradores de un tipo peculiarmente brillante. En forma decidida ayudó mucho a Pericles, apoyándolo en todas las reformas que introdujo. Parece que Pericles merecía la devoción que en él ponía Orión, no solamente por su elocuencia y sabiduría, sino también por la nobleza de su carácter. Su ideal central era desarrollar inteligencia y buen gusto en cada ciudadano Ateniense confiando en que después se gobernarían a sí mismos. Fomentó las artes, la poesía y la música hasta el límite posible y Orión logró descollar en estos ramos.

Orión rehuyó tomar parte en las numerosas guerras foráneas, pero luchó al lado de su padre y junto con los “muchachos y los viejos” en Megara, contra los Corintios; Pericles le encargó la construcción de dos inmensas murallas, de seis kilómetros de largo, separadas a distancia de unos doscientos metros, que conectaron a Atenas con el puerto de Pireo.

Un período de gran progreso para él fueron los siguientes veinticinco años pues, si bien todavía habló en frecuentes ocasiones acerca de asuntos políticos, se dedicó casi por completo al estudio y predicación de asuntos morales y filosóficos, siendo considerados como muy instructivos y ennoblecedores sus discursos sobre estas materias. Después de la muerte de Kleinias, Kleómenes (Sirio) llegó a ser uno de los directores de la escuela; y cuando él murió en el año 454 A. de C., Filaletes (Selene) y Orión tomaron su lugar y más tarde siguió éste ocupando prominente posición en tal labor hasta su propia muerte, ocurrida treinta y un años después. El y su esposa, aunque ya ambos eran ancianos, se distinguieron grandemente por su actividad e incansable ayuda durante la plaga que devastó a Atenas en el año 430 A. de C.

Un lazo de afecto particularmente estrecho lo unió con su cuñado Aldeb y también con su joven hermano Mira; ambos trabajaron noblemente con él y le ayudaron en sus esfuerzos para aliviar los sufrimientos de los plagados y para impedir la propagación de la enfermedad. Finalmente murió lleno de paz en el año 423 A. de C. a la edad de setenta y seis años, terminando así una vida excesivamente útil, en la cual desarrolló mucho talento en más de una dirección. La mera compañía de hombres tales como aquellos entre quienes actuó, fué en sí una gran ayuda en su evolución. No solamente estuvo asociado con Arístides y Pericles, sino también con Esquilo, Sófocles, Eurípides, Aristófanes y Fidias. Pero su mayor aprendizaje derivó de su conexión con Kleinias y su escuela, guiada, como lo estaba, por las enseñanzas del gran maestro Pitágoras. (Mercurio).

El estudio de esta filosofía y de la parte interna de los Misterios, fué lo que, justamente con su espléndido poder de afecto, le dieron tan larga vida celeste durante 2020 años. Las principales características de la vida Griega fueron su vivacidad y penetración, su amor por el conocimiento y la belleza; su poder de crear cosas hermosas; su gozo de la vida y del sol; todas estas tuvieron su parte en la producción de un medio ambiente tan excepcionalmente favorable.

 

 

XXIV–

VENECIA

 

UN:     Gentilhombre veneciano. Su mujer: MUNI. Su hijo: ORIÓN.

ORIÓN: Su vieja nodriza: GAMMA. Su enamorada: EGERIA.

 

Después de un largo período fuera de encarnación, en el año 1579 de nuestra era, Orión reapareció como Leonardo, segundo hijo de Nu, noble Venecia no cuyo apellido era Minnucio –hombre generoso y bondadoso pero un tanto disoluto, orgulloso y presuntuoso. Se hallaba muy ocupado en las intrigas y complots de su tiempo y no le importaba mucho la religión, no obstante que era supersticioso acerca de muchas cosas. La madre, Muni, le tenía mucho cariño y era muy condescendiente con él cuando por casualidad se acordaba de que existía, pues dedicaba la mayor parte de su vida a vestirse, pasearse y coquetear con los diversos galanes de la ciudad. Y así, sucedió que el pequeño Leonardo quedó casi por entero al cuidado de Gama, vieja nodriza del sur de Italia –buena y bondadosa de corazón, pero increíblemente ignorante y llena de las más asombrosas supersticiones. Llenó la mente del niño con extravagantes cuentos de caballeros y dragones, así como de combates contra los infieles en defensa de la fé. Más extravagantes aún eran sus cuentos acerca de los santos y mártires de la Iglesia; pero ellos encendían la imaginación del muchacho y probablemente ocasionaron en gran parte su deseo de unirse a una de las órdenes monásticas.

Le gustaba ver los alegres arreos de los caballeros pero, aunque de ninguna manera era cobarde, siempre se horrorizó al solo pensamiento de sangre y carnicería, inseparables de una carrera militar; y por aquellos días el Ejército y la Iglesia fueron las únicas esferas de actividad abiertas a la nobleza. Enormes eran los poderes de los obispos y de la Iglesia, y como la familia poseía suficiente riqueza e influencia para asegurar un rápido ascenso, no se opusieron a su elección, especialmente porque había un hermano mayor que podía conservar las tradiciones caballerescas de la familia y mantener su honor en el campo de batalla.

Era Orión un muchacho romántico; constantemente inventaba historias en las que él mismo era el héroe. Se deleitaba grandemente con las bellas pinturas de las iglesias y en la arquitectura de la hermosa ciudad; y con frecuencia se sentaba en la Piazza, perdido en la contemplación de las bellezas de San Marcos; o subía al Campanile a gozar de la vista sobre los domos y el mar. Le atraían particularmente los cuatro caballos de bronce, pero no sabía que era porque los había visto antes; y en realidad había presenciado la fundición de ellos[29]. Era de temperamento muy musical, poseía buena voz y con frecuencia acompañábase con la guitarra. Recibió la mayor parte de su instrucción del capellán de la familia, quien aprobaba grandemente su deseo de hacerse monje, y le refería estimulantes historias de los santos y de las glorias del cielo, alternadas con lúgubres descripciones de la suerte que estaba reservada a los herejes y a los enemigos de la iglesia.

Así pasó su niñez, rodeado de todo lo que evidenciaba pródiga riqueza, pero con muy poco de verdadera simpatía y afecto. Tenía un corazón lleno de intenso amor, pero no encontraba sobre quien verterlo legítimamente; de modo que fué natural que se enamorara en la primera oportunidad. La joven seleccionada fué Egeria, hija de un rico comerciante vecino, y por lo tanto muy por debajo de su nivel social. Pretextaba ella que del joven postulante recibía información sobre asuntos religiosos, y nadie al parecer había advertido peligro alguno en su frecuente trato, ya que él apenas tenía 17 años solamente y ella era quizá un año más joven. Las relaciones entre ellos llegaron más allá de lo que sus amigos esperaban, y, después de algún tiempo, ya no pudo ser ocultada la condición de la joven. Hubo un tremendo escándalo; lo muchacha fué tratada tan duramente por sus padres que, en su desesperación, optó por suicidarse arrojándose al gran canal en donde pereció ahogada; y Orión fué sacado de la ciudad a toda prisa, a fin de escapar a la furia popular, y se le internó en un monasterio de la vecina ciudad de Padua.

El se hallaba lleno de remordimientos por el suicidio de su joven amiga; sin embargo, no podía comprender que su conducta hubiera sido tan malvada como era evidente que sus superiores la juzgaban; le fueron impuestas las más severas penitencias y por grados principió a creer lo que los monjes le dijeron. El punto de mira religioso que se sostenía en el monasterio Paduano era de los más tétricos; y no obstante que Orión llevaba una vida de austeridad y ayunos al igual que los demás, nunca se sintió contento ni satisfecho con todo ello. Por siempre anduvo en busca de lo que jamás encontró, pues, si bien desconocido por completo para él, en su corazón alentaba un confuso recuerdo de su vida anterior en Grecia, vida llena de gozo al aire libre, y el contraste entre ella y el antinatural y sombrío ascetismo de un monasterio medieval, era demasiado duro para él.

Por cinco infelices años soportó esto, tratando de sacar la mejor ventaja de esa vida y de encontrar en ella lo que algunos de sus compañeros parecían encontrar; pero, conociendo siempre en lo profundo de su corazón que había algo mejor que ello y mucho más natural; después, se abandonó a la melancolía y murió. Nominalmente murió de una especie de fiebre ligera, pero en realidad porque había perdido la voluntad de vivir. Fué esta una encarnación casi negativa; aunque le enseñó algo de la necesidad de control de sí; aunque, por lo menos, le sirvió para que pudiera vivir en los tiempos actuales e hiciera posible un nacimiento que le diera todas las oportunidades que ahora tiene.

La seducción y el suicidio de la muchacha sin duda generó karma indeseable, aunque tal vez no tanto como pudiéramos pensar, porque fué resultado de la ignorancia y el descuido, no de una malvada intención; y la persona más responsable fué ciertamente su vieja nodriza Gama, que promovió y ayudó en los hechos, únicamente por el ciego cariño que profesaba a su joven amo, pensando que tal amorío sería una alegre y benéfica influencia en su vida, pero sin imaginar siquiera lo que podría resultar en perjuicio de la otra parte.

FIN

 

 

En el libro “Talks on the path of occultism” (pág. 737) el Señor C.W. Leadbeater, aludiendo a Orión, dice lo siguiente:

“Unos pocos millares de años son como nada en la larga vida del alma; pero no hay para qué demorarnos tanto de esa manera. En “Las Vidas de Alcione” encontramos, por ejemplo, el caso de un joven que tuvo oportunidades notablemente favorables en un templo en Egipto, en conexión con uno de los grandes Maestros. (Vida XIX de Orión).

Locamente desperdició él su tiempo; se alejó de sus oportunidades y las perdió. El Maestro dijo entonces que Él estaría siempre dispuesto a aceptarlo cuando volviera de nuevo. Por fin, en esta vida actual (1926) seis mil años después, él volvió y fué aceptado. Pero aquel descuido lo hizo perder buena suma de tiempo; pensemos en lo que hubiera podido hacer en esos seis mil años si hubiera aprovechado entonces la oferta. En aquel tiempo, el Maestro que la hizo no había alcanzado aún el Adeptado. Sin duda alguna, si el discípulo hubiese querido, estaría ahora muy adelante en la senda del Adeptado; pues no puede ser asunto de indiferencia, el que un hombre de tal paso seis mil años antes o después, si él hubiera empezado más temprano, tendría, en los niveles superiores, todo el trabajo hecho en los años intermedios; por tanto, parece imposible que sea lo mismo antes que después de seis mil años, pero yo no sé hasta dónde cuenta, en los juicios de Lo Eterno, lo que nosotros llamamos “tiempo…”

c. W. L.

 

 

 

ESTUDIO SOBRE EL HORÓSCOPO DE “ORIÓN”

 

La actual personalidad –nacida el 4 de Juuio de 1896 en las horas de la noche– muestra, de acuerdo con su horóscopo, características muy dignas de anotarse.

En primer lugar el Sol, hacia la mitad del signo tropical de Géminis, está justamente en medio de Neptuno y Plutón; en conjunción separante en el mismo signo; acompañado además por Venus y Mercurio. Cuatro de estos cinco planetas que ocupan el signo de Géminis (o sea, con excepción de Venus) se hallan precisamente en la constelación de Orión, justificando así el nombre convencional que se le ha asignado a este Ego.

Esa característica disposición del Sol, pasando en conjunción geocéntrica del uno al otro de los dos planetas extremos de nuestro sistema, es el índice de una singular energía egóica que necesita haberse desarrollado por medio de intensas experiencias en vidas pasadas.

Las características Geminianas están, por supuesto, muy marcadas y dominantes en la encarnación presente, no solamente en el tipo mental, sino también en el aspecto sentimental y en el ideal estético, significados por Venus. Tras ellas, sin embargo, se nota el fondo pasional, significado por Escorpio, en cuyo dodecanato se encuentra el Sol; a la vez que dicho signo, culminante en el horóscopo, está ocupado por la conjunción aplicante de los otros, dos planetas más lejanos, Saturno y Urano.

Por otra parte, también se nota el idealismo de Sagitario, en cuyo signo, heliocéntricamente está la Tierra, y en cuyo dodecanato se encuentra la Luna, en el signo y constelación de Piscis, en trígono con Urano. Configuración que igualmente acentúa una intensa vida emocional en anteriores encarnaciones. Gradualmente se han venido implantando las aspiraciones ideales v el amor del Saber y de la Verdad.

Los cinco planetas en Géminis están, además, configurados con el signo ascendente de Acuario, así como también los dos que ocupan el signo de Escorpio, en trígono y cuadratura respectivamente. Dado que el Ascendente se refiere con especialidad a los ideales y aspiraciones que se cultivan para el porvenir, los primeros denotan la expansión del Ego en sus tendencias netamente intelectuales; así como Saturno y Urano marcan la inhibición y transmutación, respectivamente, de las propensiones emotivas y pasionales.

Aún cuando ningún planeta se encuentra sobre el Ascendente, éste recibe el sextil de Marte en Aries y el trígono de Venus y Plutón en Géminis, que indican, respectivamente, energía y un refinado sentido estético. Además, Júpiter está exactamente sobre el ángulo occidental de lo complementario indicando la gran importancia que tiene, en la existencia actual, la vida de asociación, tanto matrimonial, como inspirada por objetivos profesionales, morales y espirituales.

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Nació “Orión” bajo la influencia combinada de las dos grandes conjunciones de los cuatro planetas superiores que se sucedieron en la última decena del siglo pasado: la conjunción de Neptuno y Plutón en Géminis y la de Urano y Saturno entre Escorpio y Sagitario.

La conjunción de Neptuno y Plutón en el signo de Mercurio –abriendo un Ciclo Humano de 500 años, el último enteramente comprendido dentro de la Era Pisciana–, obra de una manera más especial sobre la mente, los ideales y las inclinaciones espirituales: estimula poderosamente estas últimas, así como tiende a formar en la persona ideales claramente definidos e intensamente sentidos, aún cuando pueda haber un largo período de duda o cuando esos ideales puedan alguna vez mudarse radicalmente.

Una de tales conjunciones, en el signo de Virgo, coincidió con el origen del Imperio Romano y precedió de poco al nacimiento de Jesús. Terminando su ciclo también cesó de existir el imperio de Occidente. Las últimas dos conjunciones también fueron en el signo de Géminis, presidiendo la una al apogeo de la cultura arábiga y la otra al Renacimiento. De manera que la última conjunción que influencia su horóscopo, y que llegó a su exactitud muy cerca de la estrella Aldebarán, lo hace ideológicamente partícipe de una Nueva Era Cultural y Social Humana.

En parte esa conjunción inclina a la persona a aventurarse resueltamente en lo desconocido, alejándose de las viejas fórmulas y de los ideales, ideas y principios que pudieron dominar en el pasado, en su búsqueda de la Verdad, de una nueva Verdad, o de lo NUEVO simplemente. Su influencia hasta cierto punto convertible, lo pone, en todo caso, en un camino de progreso.

Aunque abarque y rija un Ciclo de sólo 45 años, la conjunción de Saturno con Urano es también una de las mayores que pueden encontrarse dominando en un horóscopo, a la vez que en el desarrollo particular de la historia humana. Esta conjunción obra sobre todo en la voluntad y en la capacidad de autodeterminación, induciendo en la persona mucha firmeza y tenacidad en las cosas esenciales: casi podría decirse, terquedad.

Es la que inclina a uno firmemente sobre un determinado camino o hacia determinada realización, actividad o profesión, desarrollando una forma particular del sentido del deber, o de la necesidad de las cosas.

La “inconformidad” es frecuente característica de los nacidos bajo su influencia: muy difícilmente están dispuestos a someterse a las ideas, ideales y disciplinas ajenas. Necesitan hacer su propio surco; trazar y seguir su propio camino; manifestar sus propias ideas e ideales; adaptar y modificar las circunstancias según sus deseos más bien que adaptarse a ellas pasivamente.

Aldo Lavaguini V.

 

 

[1] El Sr. Buddha.

[2] El Sr. Maitreya.

[3] El Maestro K. H.

[4] J. Krishnamurti.

[5] C. Jinarajadasa.

[6] C. W. Leadbeater.

[7] En el Museo de Honolulu, Hawai, pude admirar en 1924 una gran capa de éstas, con esclavina, toda hecha de plumas amarillas de canario. (A. P. G.)

[8] En la India es aún costumbre que un hombre, al cumplir 60 años, se retire de los negocios y de todas sus actividades, para dedicarse solamente a la vida espiritual. (Nota de A. P. G.)

[9] Annie Besant.

[10] C. W. Leadbeater.

[11] Véase “Las Vidas de Alcione”, vida XXIII.

[12] Véase el Prólogo.

[13] “Katha Upánishad”, palabras de la traducción de Mead.

[14] Los Tirthankaras son los 24 Santos y Jefes del Jainismo.

[15] La Sra. María Russak.

[16] Lao Tzé.

[17] Véase “Las Vidas de Alcione”, XXXI.

[18] C. Jinarajadasa.

[19] Annie Besant.

[20] Según la guía Cook de Turistas, este Faraón vivió de 3333 a 3266 A. C.

[21] Esta vida de Orión fué investigada por C. W. Leadbeater en 1907 en Weisser Hirsh, Alemania. Todavía recuerdo su inusitada agitación cuando dijo él una mañana que había descubierto que yo fui Ptah-Hetep (y también el niño Chatta Mánavaka de la leyenda Budista). Al final del libro “La instrucción de Ptah-Hetep” (traducido por B. G. Gunn, en 1909, Serie: Sabiduría de Oriente), Ptah-Hetep dice que vivió 110 años. Cualquier lector que quisiere hoy día leer a Ptah-Hotep encontrará que no he cambiado mucho. Un breve comentario de C.W. Leadbeater fue que Ptah-Hotep en su vejez era “muy prosaico”.

  1. JINARAJADASA

[22] Véase “Las Vidas de A1cione”. Vida 43, pág. 609.

[23] Lao Tzé.

[24] Annie Besant.

[25] Véase “Las Vidas de Alcione”, Vida 46.

[26] Véase “Las Vidas de Alcione”, Vida 48.

[27] “Las Vidas de Ursa”. 10.

[28] Ver “Las Vidas de Erato”. 15.

[29] Véase “Las Vidas de Erato”, Vida 15.