Las últimas 30 vidas de Alcione. C. W. Leadbeater

LAS ÚLTIMAS TREINTA VIDAS DE ALCIONE

 

Rasgaduras en el Velo del Tiempo

Por

C. W. Leadbeater

Y otros colaboradores

Traducción directa del inglés

por

Federico Climent Terrer

 

Biblioteca Orientalista

Barcelona 1925

 

INTRODUCCIÓN

 

Las últimas treinta vidas de Alcione constituyen una obra eminentemente educativa desde el punto de vista del modo de obrar de la Ley, de cómo esta nos conduce de la ignorancia al conocimiento a través de un cúmulo de experiencias, cuyo resultado es desarrollo y perfección.

Las vidas sucesivas de un ser, están estrechamente relacionadas unas con otras, regidas por la Ley Kármica (ley de justicia distributiva y retributiva), la que combina las circunstancias que constituyen el destino del ser humano, obrando como efecto respecto del pasado y como causa para el futuro. Cada acción, cada pensamiento son causa y efecto a la vez.

El lector concienzudo no prestará, durante la lectura de estas treinta vidas, tanta atención a lo sensacional de los incidentes, como en el modo de desarrollarse las cualidades y aptitudes en cada existencia.

El principio de reencarnación, justifica da existencia del ser inmortal como receptáculo de las experiencias y conocimientos que van formando el carácter individual, y las disposiciones y aptitudes en cada vida.

La justicia, la libertad y la responsabilidad, están sabia e inextricablemente unidas y combinadas, hasta el punto de constituir el eje vital a través de las vidas terrenas y de ultratumba, que conducen al ser hacia la perfección y plenitud de conciencia, amor y sabiduría, que en un remoto futuro le convertirán en un dios. Tal es nuestro brillante porvenir.

La importancia capital del presente libro, es enseñar el valor de la vida, el reconocimiento de la propia alma, el auxilio que presta el conocimiento de la evolución de un ser, que en su presente vida terrena ha hollado el umbral del Templo. Estas enseñanzas pueden guiarnos para ponernos en condiciones de aprender en cada circunstancia y a cada momento, sin desperdiciar ninguna, todas las pequeñas y grandes lecciones de la vida que habla sin cesar, a fin de que el conocimiento que se deriva de la observación y la experiencia, amplíe los horizontes de nuestra conciencia hasta llegar a la emancipación de la serie sucesiva de vidas obligada, y podamos entonces venir al mundo voluntariamente a cooperar en la obra de los Santos Seres que lo guían y auxilian, por virtud de Su Gran Renuncia de la divina condición a que se habían hecho acreedores.

No de otro modo podemos comprender la Justicia Divina, tan severa como misericordiosa. Porque en esta serie de vidas vemos un proceso de educación, en el que las más penosas y difíciles pruebas son dadas cuando el alma es capaz de comprender su significado. Decimos el alma, porque este significado no llega siempre instantáneamente a la conciencia en el plano físico, sino que permanece en los estados supraconscientes de la mente hasta que, pronto o tarde, comprendemos en este plano el valor de la prueba.

Sin embargo, aunque todos perseguimos un mismo fin y hemos de desarrollar las mismas cualidades, para cada ser hay una vía distinta, la suya propia, aquella que constituye la característica dominante de cada uno.

Todos con el tiempo alcanzamos lo que deseamos, todos realizamos nuestras aspiraciones, y así, en el gran jardín de la humanidad cada uno es una flor distinta que manifiesta una característica del Dios que la emanó.

Se nos enseña que hay tres grandes Senderos, tres líneas de evolución distintas, por las que los seres humanos alcanzan la perfección.

Estos Senderos son: el Sendero de Acción o de Karma, el de Sabiduría y el de Devoción. Los tres están regidos por la gran Ley, pero la labor en cada uno de ellos es muy distinta y la hallaremos magistralmente descrita por Madame Besant en su obra. "Los tres Senderos que conducen a la Unión Divina".

Alcione evoluciona en el Sendero de Devoción, o de Amor, y adquiere las cualidades obrando de acuerdo con su peculiar modo de ser, realizando las pruebas de valor, de sacrificio, de desinterés y abnegación, cuyo esfuerzo le capacita para hollar el Sendero y encontrarse al fin, "A los Pies del Maestro".

 

Cómo se ven las Vidas pasadas

 

Se han recibido muchas consultas respecto al método exacto por el cual llegan los investigadores a leer con precisión el registro de tales vidas. Es difícil explicar la cuestión de un modo satisfactorio a los que no tienen en sí el poder de verlas, aunque una tentativa de descripción del proceso puede ayudar a los estudiantes en sus esfuerzos para comprenderlo.

Para empezar diremos que no es nada fácil el explicar lo que es el archivo en que se han de buscar y leer. Se puede, quizá, dar una idea de ello, imaginándonos una habitación que en uno de sus lados tuviera un enorme espejo de cuerpo entero. Todo lo que ocurre en la habitación se refleja en el espejo. Si suponemos que está dotado de propiedades tales que lo conviertan en una especie de cinematógrafo perpetuo, de tal modo que registre todo lo que en él se refleja y pueda de nuevo reproducirlo en ciertas condiciones, habremos adelantado un paso hacia la comprensión del modo de presentarse el registro de que tratamos. Pero necesitamos añadir a nuestra concepción cualidades que ningún espejo posee: el poder de reproducir todos los sonidos como lo hace un fonógrafo, y también de reflejar y reproducir formas pensadas y sentimientos.

Después necesitamos avanzar un paso más para comprender lo que la reflexión de un espejo es en realidad. Si dos personas se hallan, en relación a un espejo, situadas de tal modo que cada una ve en él a la otra, claro está que en caso tal, la misma área de espejo está reflejando las dos imágenes. Por consiguiente, si suponemos que el espejo retiene permanentemente cada imagen que se ha fijado sobre él (quizá ocurre así), claro es también que la misma parte del espejo puede simultáneamente registrar ambas imágenes. Moveos en todos sentidos y pronto os convenceréis de que cada partícula de espejo registra simultáneamente todos los objetos que hay en la habitación, y que 1o que veis en él depende de la posición de vuestros ojos. De ahí se sigue que dos personas no pueden ver en el mismo instante la misma reflexión en un espejo, de igual manera que no pueden ver el mismo arco iris, porque dos ojos físicos no pueden simultáneamente ocupar con exactitud el mismo punto en el espacio.

Ahora bien; vamos a suponer que lo que ocurre respecto de nuestro espejo pasa realmente respecto de todas las partículas de todas las substancias. Cada piedra del camino contiene un indeleble registro de lo que ha ocurrido allí, aunque este registro no puede -en cuanto a lo que hasta ahora conocemos- ser recuperado de modo tal que pueda hacerse visible a los sentidos físicos, por más que el sentido más desarrollado del psicómetra lo percibe sin dificultad.

¿Cómo es posible -preguntan los hombres- que una partícula inanimada registre y reproduzca impresiones? La respuesta, desde luego, está en que la partícula no es inanimada, y que la vida que reside en ella es parte de la Vida Divina. En efecto, otro modo de describir el registro es decir que consiste en la memoria del Logos mismo, y que cada partícula está de algún modo en contacto con tal parte de esa memoria que incluye en sí los acontecimientos que han tenido lugar en su proximidad, lo que podemos llamar, vista interna de ellos. Probable es que lo que nosotros llamarnos nuestra memoria no sea más que un poder similar de entrar en contacto -aunque con frecuencia muy imperfectamente- con esa parte de Su memoria que se refiere a acontecimientos que hemos visto o conocido. De modo, que podemos decir que cada hombre trae con él al plano físico dos memorias de lo que ha visto: su memoria cerebral, que con frecuencia es imperfecta o inexacta, y la memoria engastada en cualquier partícula no cambiada de su cuerpo o de los vestidos que usa, la cual es siempre perfecta y exacta, pero que aprovecha sólo a los que han aprendido a leerla. Recordemos también que la memoria cerebral puede ser inexacta, no sólo porque es en sí misma imperfecta, sino porque la observación original puede haber sido defectuosa. También puede haber sido matizada por un prejuicio; vemos en gran parte lo que queremos ver, y podemos recordar un acontecimiento sólo tal como se nos presenta, pudiendo haberlo visto de un modo parcial o equivocado. Pero el registro empleado se halla libre por completo de todos estos defectos.

Apenas hay necesidad de decir que el cuerpo físico de un hombre no puede tener ni memoria ni registro de una pasada encarnación en la que no participó, y lo mismo ocurre con sus cuerpos astral y mental, puesto que todos estos vehículos son nuevos para cada nueva encarnación. Esto nos muestra en principio que el plano más bajo en el cual podamos esperar alcanzar realmente una información digna de confianza sobre vidas pasadas es el del cuerpo causal, porque nada que esté por bajo de él puede darnos una evidencia de primera mano. En aquellas anteriores existencias el Ego estaba presente en su cuerpo causal a lo menos lo estaba una pequeña porción y, por lo tanto, es un testigo actual, mientras que los vehículos inferiores no son testigos y sólo pueden manifestar lo que de él han recibido. Cuando recordamos cuán imperfecta es la comunicación entre el Ego y la personalidad en el hombre ordinario, podemos ver en principio cuán enteramente inseguro es el tal testimonio de segunda, tercera o cuarta mano. Se puede obtener a veces de los cuerpos astral o mental cuadros aislados de acontecimientos sucedidos en una vida pasada; pero no un registro en serie y coherente de ellas, y aun hay que decir que tales cuadros sólo son reflexiones del cuerpo causal y, probablemente, reflexiones muy opacas y borrosas.

Por consiguiente, para leer las vidas pasadas con exactitud, la primera cosa necesaria es desarrollar las facultades del cuerpo causal. Enfocando aquellas facultades sobre el cuerpo causal del hombre que se quiere examinar, tememos ante nosotros las mismas dos posibilidades, como en el caso del hombre físico. Podemos tomar la propia memoria de Ego sobre lo ocurrido o podemos operar como si estuviéramos psicometrizándole y ver por nosotros mismos las experiencias a través de las cuales pasó. El último método es e1 más seguro, porque aun el Ego, desde el momento que ha visto estas cosas a través de una personalidad pasada, puede tener impresiones imperfectas o llenas de prejuicios sobre ellas.

Este es, por lo tanto, el mecanismo del método ordinario de investigar vidas pasadas: usar las facultades del cuerpo causal propio y por sus medios psicometrizar el cuerpo causal del sujeto. Esto pudiera hacerse en planos más bajos por la psicometrización de los átomos permanentes; pero como sería proeza mucho más difícil de realizar que el desdoblamiento de los sentidos del cuerpo causal, no es verosímil que pueda intentarse con éxito. Otro método que requiere, sin embargo, mucho mayor desarrollo, consiste en usar las facultades búdhicas (unificarse con el Ego que se investiga y leer sus experiencias como sí fueran las propias) desde dentro en vez de desde fuera. Ambos métodos han sido empleados por quienes han preparado las series de vidas próximas a publicarse en The Teosophist, y los investigadores han tenido también la ventaja de la cooperación inteligente del Ego, cuyas encarnaciones son descriptas.

La presencia física del sujeto cuyas vidas se leen es una ventaja, pero no una necesidad. Los medios no son especialmente importantes; pero el reposo es esencial, porque el cerebro físico necesita estar en completa calma si las impresiones han de ser traídas a través suyo con claridad. Todo lo que viene al plano físico desde el cuerpo causal necesita pasar a través de los vehículos astral y mental, y si alguno de éstos estuviera turbado, reflejaría imperfectamente, así como la más pequeña ondulación de la superficie de un lago quebrará o falseará las imágenes de los árboles o casas de sus orillas. Preciso es, asimismo, desarraigar absolutamente todos los prejuicios; de otro modo los vehículos producirán el efecto de cristales empañados, que colorearían todo lo que se ve a través y darían una impresión falsa.

Al observar las vidas pasadas siempre ha sido nuestra costumbre el retener la plena conciencia física, de modo que fuera posible tomar nota de lo visto, mientras se observaba. Se ha visto que era un método mucho más seguro que el dejar el cuerpo físico durante las observaciones y confiar en la memoria para su reproducción. Existe sin embargo una etapa en la cual este último método es el único servible, y es cuando el estudiante, aunque capaz de usar el cuerpo causal, puede hacerlo así únicamente mientras el vehículo físico está en reposo.

La identificación de los variados caracteres encontrados en esos vislumbres del pasado presenta a veces, una pequeña dificultad, porque, naturalmente, los Egos cambian de un modo muy considerable en el curso de veinte mil años. Por fortuna, con un poco de práctica es posible pasar el registro en revista tan rápidamente o de un modo tan lento como se quiera; cuando existe alguna duda en cuanto a la identificación, adoptamos siempre el plan de pasar con rapidez por la línea de vidas del Ego que se observa, hasta que llegamos al presente. Algunos investigadores cuando ven un Ego en alguna vida remota sienten enseguida la intuición de su personalidad presente; pero aunque tal vislumbre de intuición pueda con frecuencia ser exacta, puede también alguna vez ser falsa, y el método más laborioso es el único digno de toda confianza. Hay casos en que después de muchos miles de años los Egos de gentes vulgares se pueden reconocer instantáneamente; pero esto no les favorece, porque significa que durante todo ese tiempo han hecho muy pocos progresos. Tratar de reconocer hace veinte mil años a alguien que uno conoce hoy, es como encontrar a un adulto que se conoció de niño. En algunos casos se le reconoce, en otros el cambio ha sido demasiado grande. Los que han llegado a ser Maestros de la Sabiduría son con frecuencia reconocidos instantáneamente, aun después de millares de años; pero esto es debido a una razón muy diferente. Cuando los vehículos inferiores están ya plenamente en armonía con el Ego, se forman en semejanza del Augoeides, y así es que cambian muy poco de una vida a otra. Del mismo modo, cuando el Ego llega a ser una perfecta reflexión de la Mónada, también cambia muy poco, pero se desarrolla lenta y gradualmente, y por esto se le reconoce con facilidad.

Una de las más enojosas tareas relacionadas con esta rama de la investigación es la determinación exacta de las fechas. De hecho muchos investigadores abandonan la empresa francamente, diciendo que no merece la pena trabajar en ello y que un número redondo es suficiente para todos los objetos prácticos. Probablemente así es, aunque existe un sentimiento de satisfacción en dar los detalles tan correctamente como sea posible, aun a costa del aburrido cálculo sobre números elevados. Nuestro plan es, desde luego, el de establecer ciertos puntos fijos y usarlos como una base para el cálculo posterior.

En general, es algo más fácil leer vidas en su sentido natural que hacia atrás, porque en el primer caso operamos en el sentido del tiempo en lugar de ir contra él. Por esto el plan habitual ha consistido en pasar muy rápidamente a algún punto que se selecciona en el pasado, y después observar con lentitud desde ese punto en adelante. Necesitamos recordar que a primera vista es raramente posible el estimar correctamente la importancia relativa de los acontecimientos de una vida, y por esto nos deslizamos sobre ella al comienzo para ver desde cuales acciones o acontecimientos se desprenden los cambios realmente importantes, y después volvemos atrás para describirlos más en detalle. Si ocurre que el mismo investigador es uno de los caracteres en la vida que examina, se abre ante él la muy interesante alternativa de observar desde fuera o retroceder hasta esa vieja personalidad, sintiendo de nuevo lo que sintió en el tiempo pasado. Pero en este caso ve todo exactamente como entonces lo veía, y no conoce más que lo que conocía.

Pocos de los que lean las historias de vidas, que son con frecuencia débiles bosquejos, tendrán una idea de la cantidad de labor que se les ha dedicado, de las horas de trabajo que algunas veces se han precisado para la plena comprensión de algún insignificante detalle, para que la pintura presentada fuera tan próxima a la verdad como fuera posible. Al menos, nuestros lectores pueden tener la seguridad de que nada se ha economizado para lograr la mayor exactitud, aunque esto no es con frecuencia una tarea fácil, cuando nos encontramos con condiciones y modalidades del pensamiento tan completamente diferentes de las nuestras, como si se tratara de cosas pertenecientes a otro planeta. Los idiomas empleados son casi siempre ininteligibles al investigador; pero como los pensamientos trascienden a las palabras, esto le facilita la comprensión de las escenas. La serie de vidas expuestas con incansable paciencia representa una gran labor. ¡Que pueda dar su fruto, procurando una vívida sensación de las poderosas civilizaciones del pasado y una comprensión más clara de las leyes del Karma y la Reencarnación! Desde el momento que la serie de vidas que aparecerán al principio ha culminado en la iniciación del héroe en su presente encarnación, será seguramente un estudio valioso para aquellos cuya aspiración está en llegar a ser discípulos de un Maestro de Sabiduría, pues sus propios progresos serán más rápidos, cuando hayan aprendido cómo un hermano alcanzó el objetivo hacia el cual se encaminan sus esfuerzos.

Cerca de un centenar de los que al presente son miembros de la Sociedad Teosófica, son los caracteres más acusados en el drama que lentamente se desarrollará ante los lectores de The Teosophist, y es profundamente interesante el notar cómo quienes en el pasado han estado ligados con frecuencia por los lazos de la sangre, aunque nacidos ahora en países distanciados en miles de millas, se encuentran hermanados por su interés común en el estudio de la Teosofía, y se hallan ligados más estrechamente por su amor a los Maestros que pudieran jamás haberlo estado por cualquier conexión terrestre.

 

Rasgaduras en el velo del Tiempo

 

NOTAS SOBRE LA REENCARNACIÓN

 

Tal es el título del primero de dichos trabajos preliminares, debido a la pluma del eminente escritor Leadbeater.

Empieza haciendo notar que entre los hombres hay una gran diversidad de clases, y que, por tanto, el orden de sus reencarnaciones varía también mucho a causa de que, como el objeto principal consiste en el progreso de su evolución, han de diferir precisamente los procedimientos para cada Ego. En la gran mayoría de los casos, cuando una persona nace entre las clases cultas, es probable se encuentre en un medio parecido en su próximo renacimiento. Dos razones hay para que así sea: primera, que tal es el medio del cual el Ego puede sacar provecho, pues, de lo contrario, no debía ser colocado en él; y segunda, que el Karma que él ha de crear en ese medio, es demasiado complicado para que pueda producirse viviendo entre los ignorantes o los salvajes. Por consiguiente, los Egos de las clases elevadas nacen generalmente, entre las gentes cultas; y, sin embargo, con frecuencia encontramos excepciones notables.

Entre estos Egos de clase elevada hay varios y grandes tipos. Un Ego del tipo que nos es más conocido suele pasar por las distintas subrazas, siguiendo un orden regular, naciendo una vez en cada una de ellas y transcurriendo entre sus nacimientos un espacio de tiempo de unos mil doscientos años. Parece ser que cada subraza está dispuesta para desarrollar ciertas cualidades en el Ego y enseñarle determinadas lecciones, pasando éste por ellas para su perfeccionamiento. Así ocurre que si un Ego posee ya las cualidades características de una subraza, prescinda de ella y encarne en la que sigue; y, por el contrario, si el Ego carece en absoluto de aquellas cualidades, nace una y otra vez en esa subraza hasta adquirirlas.

Las investigaciones hechas últimamente y relacionadas con estos pormenores aclaran muchos conceptos; pero antes de poder darse los resultados deben ordenarse y estudiarse cuidadosamente. Hay otros tipos entre estos Egos, de clase superior, que parece no pasan ordenadamente por las respectivas subrazas y que, por el contrario, tienen tendencia a volver una y otra vez a determinada subraza. Parecen dedicarse especialmente a evolucionar en aquella subraza, y sólo accidentalmente hacen escapadas a otra para procurarse cualidades especiales. Entonces el intervalo entre dos vidas es más corto, por ejemplo: setecientos años en lugar de mil doscientos.

Evidentemente los Egos que llegan hasta aquí procedentes de la cadena lunar, lo hacen en grupos, con notables intervalos entre ellos, y los individuos de cada grupo tienen características comunes que les distinguen de los otros grupos. En un principio se creyó que esto era una prueba de que los Egos procedían de los diferentes rayos o tipos planetarios; pero se ha observado que no es así, porque hemos encontrado en un mismo grupo individuos de muy diferentes rayos. También hemos de hacer notar que durante las últimas investigaciones hemos encontrado un nuevo tipo cuya existencia ni siquiera habíamos sospechado, y que nos hace suponer que como éste pueden existir otros tipos aún no conocidos. Es sabido que los judíos son una excepción de la regla general, pues constituyen una raza aparte de los demás, y sus individuos raramente reencarnan fuera de su raza; y no debe sorprendernos el saber que los chinos y japoneses empiezan hoy a ser otra excepción en el mismo sentido.

Los Egos de las diferentes clases inferiores encarnan muchas veces en cada raza, pues son más tardíos en aprender sus lecciones, y como su desarrollo espiritual no es grande, crean menos energías y, por consiguiente, los intervalos entre sus nacimientos han de ser más cortos, transcurriendo de una vida a otra trescientos años y aun menos. Los salvajes que viven África, o las gentes de los suburbios de Londres, permanecen unos cuantos años en el plano astral y luego vuelven a la tierra inmediatamente. De aquí se sigue que la diferencia en número entre las gentes cultas y evolucionadas y la gran masa de los incultos no sea tan grande como parece a primera vista, pues en tanto que estos últimos están viviendo en casi su totalidad, puesto que permanecen muy poco tiempo en los planos elevados, los primeros están ausentes del plano físico un 90 a 95 por 100 del tiempo.

Tres factores principales determinan las condiciones de los renacimientos: Primero, y el más importante de todos, es la influencia ejercida por la Ley de la Evolución. El Logos desea que el hombre progrese, y este deseo ejerce sobre él una presión constante y firme. La acción de esta ley tiende incesantemente a situar al hombre en el medio mejor para desarrollar en él aquellas cualidades de que carece, sin tener en cuenta si éste le es o no agradable. El segundo factor es su propio Karma, el resultado de sus acciones pasadas. La Ley de la Evolución le colocará en las mejores condiciones para su desarrollo, pero sus vidas anteriores pueden haber sido tales que estén en oposición a estas condiciones. De aquí se deduce que el lugar que por su nacimiento ocupa un individuo es el mejor para él y el único que le corresponde, y ningún otro le sería adecuado dadas sus condiciones. Sentado esto, no se puede presentar dificultad alguna a las divinidades que rigen el Karma. Si se trata de un Ego salvaje, nacerá en el África Central, en el Sur de América o entre los aborígenes de Australia; si ha de nacer en un suburbio, lo hará en Montmartre, en Bowey o en Seven Dials. Pero no ocurre lo mismo al tratarse del hombre desarrollado, para el cual el problema se complica, por haber puesto en juego muchas y sutiles fuerzas de todas clases y necesitar un medio adecuado donde éstas puedan ejercer su acción. Para un alma joven habrá cien lugares, cualquiera de ellos adecuado, donde podrá recibir las muchas lecciones que tiene que aprender; pero tratándose de un alma antigua, ésta necesita un tratamiento especial, y la casilla especial que se le asigna es, por regla general, la única en todo el mundo que le será realmente adecuada. Es lógico y natural que él no lo crea así, porque ni sus gustos ni sus intereses han sido consultados al hacer la distribución. El tercer factor que influye en el nacimiento de un hombre es otra variedad de su Karma, los lazos que creó con otros Egos en sus vidas pasadas. Las pequeñas porciones de bien, y de mal, que hacemos, forman un debe y haber, como un trabajo impersonal; pero si afectamos considerablemente la vida de los demás ayudando o retardando su evolución, formamos un fuerte vínculo con ellos, haciendo preciso el que nos encontremos una o varias veces más durante las vidas sucesivas. El amor desinteresado es una de las más poderosas fuerzas del mundo que atrae a los Egos reiteradamente, modificando grandemente con el tiempo la acción de las fuerzas de la evolución y del Karma. Jamás puede el hombre eludir las consecuencias de algo que él haya hecho, pues la deuda debe ser inexorablemente pagada; pero el momento y las circunstancias pueden modificarse profundamente bajo la acción de la fuerza poderosa de un afecto intenso. Muchos ejemplos de esto se verán en las vidas que ahora publicamos para que sirvan de estudio.

Es evidente que en el flujo corriente de nuestras vidas nos reunimos en grupos, o quizá venimos desde luego formando parte de esos grupos, los cuales tienen por centro algún Ego dominante. En la historia que comprende las vidas de Alcione podemos observar uno de estos grupos -o quizá las trazas de dos- formado alrededor de las poderosas individualidades de dos Grandes Egos que han alcanzado el nivel del Adeptado. A medida que ahondamos más y más en las nebulosidades del pasado remoto, encontramos este pequeño grupo de Egos más íntimamente asociados. Esto no quiere decir que con el tiempo los lazos que hoy los unen se hayan aflojado lo más mínimo, pues, por el contrario, hoy son más fuertes y apretados que nunca. Lo ocurrido es que se han visto obligados a separarse por un cierto tiempo, sin romper esos lazos, para que cada uno pueda marchar al sitio preciso donde sea apto para desarrollar o aprender determinadas cualidades sin perjudicar a sus camaradas. Últimamente, durante unos cuantos miles de años, se han encontrado reunidos con menos frecuencia que lo hacían antes, con lo cual cada uno ha aprendido a permanecer en su puesto; pero en la encarnación presente se han sentido atraídos de nuevo, no por relaciones de parentesco, sino por el fuerte lazo de un interés común en obra también común, siguiendo como siempre a los augustos Campeones, a quienes deben todo lo que tienen y lo que son; nos referimos a los Maestros de Sabiduría, en cuyas manos está el destino de la próxima Raza. En esta vida son miembros leales de la Sociedad Teosófica, y por medio de ella han consagrado al servicio de la humanidad todos los poderes que han conquistado a través de las tempestades y bonanzas, de las alegrías y de las penas pasadas durante las muchas vidas que han permanecido unidos a ellos. A algunos se les ha prometido últimamente que no se separarán más, y que todo su futuro estará dedicado a trabajar en la obra que tanto aman, y bajo la dirección de los Grandes Capitanes, con los que están íntimamente ligados.

El héroe de esta primera serie de vidas que hoy presentamos a nuestros lectores, será designado con el nombre de la estrella Alcione. Pertenece al tipo o grupo de los que pasan de una vida a otra con un intervalo de unos setecientos años. No reencarna en las subrazas, siguiendo un orden regular, pero aparece especialmente consagrado a la primera subraza de la Raza-raíz; primero, tomando parte en varias de sus emigraciones desde el centro de Asia a las llanuras de la India, y después, encarnando, siempre que le ha sido posible, en aquel antiguo y maravilloso país de belleza y misterio. De las treinta vidas que hemos examinado, veinte se han desarrollado en el histórico suelo de la India, y aunque estas vidas le han conducido a la puerta del Sendero de Santidad, se ve que su devoción a una sagrada patria no ha retardado su desarrollo. Estudiad sus vidas, pues pueden seguirse sus pisadas; vea el lector cuáles son las cualidades necesarias para alcanzar aquel Sendero, y para que, a su vez, pueda "entrar en la corriente", como hizo Alcione, y figurar entre aquellos que se han salvado para siempre, y cuyo destino dedican al servicio de la humanidad.

Los dos párrafos con que el articulista termina estas explicaciones se refieren al método seguido para observar y estudiar esas vidas lejanas, que nuestros lectores encontrarán ampliamente explicado en el artículo del mismo autor, Cómo se ven las vidas pasadas.

El otro escrito preliminar se titula:

 

 

LAS HISTORIAS EN SÍ MISMAS

 

y es debido a la pluma de Madame Annie Besant y C.W. Leadbeater.

Comienzan diciendo que estas historias no se presentan como modelo por su bondad, aunque frecuentemente lo son, sino como ejemplos de la labor que Karma ejecuta vida tras vida, llenos de valiosa instrucción para los estudiantes y de ayuda para la realización de la continuada vida humana. Debe recordarse, al leerlas, que se pierden de vista con frecuencia las hondas causas y que, al recordar una de estas vidas, se olvida gran parte de la acción y poco del sentimiento o juicio y de la percepción, aunque el pensamiento y la percepción son más potentes generando las causas que las acciones, pues las acciones son el resultado de los pensamientos y de las percepciones pasadas más bien que las generadoras del futuro. Aparte de esto, muchos de los trabajos de Karma pueden comprenderse por el estudio de una serie de vidas, y así vemos cuáles son las relaciones entre los individuos, los resultados de sus favores o agravios, los lazos que unen a los Egos y las repulsiones que los alejan. Nosotros damos las épocas en que se forman los grandes grupos de dichos Egos, sus dispersiones por siglos y milenios, sus nuevas reuniones y sus recientes separaciones. Y por encima de todo esto se ve surgir un sentimiento de seguridad, una ley superior, una Sabiduría que dispone, una Fuerza que ejecuta; obreros de un gran propósito, agentes elegidos, probados, aceptados o rechazados; ocasiones que se presentan, se aprovechan o se desdeñan, y una firme y progresiva evolución entre la complejidad de los flujos y reflujos. Puede observarse una sola vida en su debida proporción, y precedida y seguida por otras muchas. Un sentimiento de seguridad y dignidad invade al lector cuando piensa: "Yo también poseo un pasado extenso tras de mí y un amplio futuro delante". Las perturbaciones del presente pierden su importancia cuando se consideran a la luz de la inmortalidad; los fracasos y las omisiones se convierten en simples incidentes del vasto panorama. ¡Con cuánta frecuencia hemos nacido y muerto! Se ve cómo es un hecho la profunda verdad predicada por Shri Krisna cuando dice que el Morador del cuerpo puede siempre abandonarle y tomar uno nuevo; "por tanto, ¡OH hijo de Kunti!, no debes llorar".

Tal es la ayuda que intentamos poner ante nuestros lectores con la publicación de estas distintas series de vidas. Muchos encontrarán en ellas un fuerte apoyo en los días de turbación y una antorcha que ilumine el embrollado sendero de la vida.

Para designar los distintos Egos que toman una acción principal en estas series de vidas, hemos empleado varios nombres tomados principalmente de los que sirven para distinguir las estrellas, las constelaciones, y de los que en la antigüedad han llevado los héroes de Grecia. Recomendamos a nuestros lectores se familiaricen con estos dramatis personæ para que puedan seguirlos a lo largo de su línea de reapariciones.

Los que aparecen designados con los nombres siguientes:

 

         Júpiter.                Marte.                 Virâj.

  1. Venus.                Mercurio.
  2. Neptuno.           Vulcano.
  3.          Osiris.

 

han alcanzado el nivel del Adeptado. El nombre de Mahâguru es usado para Aquel que hace dos mil quinientos años alcanzó la categoría de Buddha. Surya es el actual Bodhisattva, el Señor Maitreya. El nombre de Manú se ha reservado para designar al que en el presente desempeña este puesto, Vaivasvata.

Con estas sugestivas e interesantes palabras terminan Madame Annie Besant y C.W. Leadbeater tan importantes escritos preliminares.

 

ADVERTENCIA.- Las vidas del protagonista de esta historia no pueden tomarse como riguroso ejemplo de la serie de vidas que han dejado tras sí el común de los hombres. Son las últimas treinta vidas de un ser que, en su actual reencarnación, acaba de hollar el dintel del Adeptado, y su relato ofrece instructiva utilidad, porque traza el Sendero que le condujo a la Puerta Magna, a la "entrada en la corriente". Veremos cómo se desarrollan ciertas cualidades, cómo se vigorizan ciertas relaciones que podremos estudiar en su tendencia a la meta puesta ante sí por la misma Mónada. Porque análogas cualidades y relaciones habremos de formar y desenvolver todos nosotros; unos más pronto, porque surgieron más temprano, y otros más tarde, porque surgieron posteriormente. El estudio de estas vidas nos ayudará a comprender que como fue en un principio es ahora, que la puerta está tan abierta como lo estuvo en tiempos pasados, y que del mismo modo que entonces, se huella en nuestros días el Sendero. Aquellos que amaron, sufrieron y lucharon al lado de Alcione en tiempos pretéritos, están en él todavía, unos para auxiliarle y otros para recibir auxilio.

 

 

 

 

 

 

Las últimas treinta vidas de Alcione

 

Núm Nacimiento         Duración           Muerte                          Intervalo     Sexo Lugar         Raza      Subraza

  1. de C. Años A.d. C. Años

 1      22662    84        22578 819       F       América del Norte       IV       2

 2      21759    17        21742  275       F       India                    IV      6

 3      21467    85        21382  808       M      India                    IV      2

 4      20574    109       20465  911       M      India                    IV      3

 5      19554    69        19485  600       M      China                  IV      4

 6      18885    79        l8862    597       M      Asia Central       V       1

 7      18209    71        18138  674       M      Norte de África  IV      5

 8      17464    60        17404  528       M      Asia Central       V       1

 9      16876    84        16792  797       M      Poseidonis         IV      6

l0      15995    58        15937  535       F       Asia Central       V       1

11     15402    79        15323  772       F       India                    V       1

12     14551    91        14460  809       F       India                    V       1

13     13651    82        13569  692       F       Poseidonis         IV      2

14     12877    82        12795  702       M      India                    V       1

15     12093    90        12003  821       M      Peru                    IV      3

16     11182    71        11111  682       M      India                    V       1

17     10429    73        10356  684       M      India                    V       1

18     9672     86        9586   811       M      Poseidonis         IV      5

19     8775     83        8692   840       M      India                    V       1

20     7852     78        7774   788       M      India                    V       1

21     6986     77        6909   945       F       Egipto                 V       1

22     5964     17        5947   312       F       India                    V       1

23     5635     47        5588   618       F       India                    V       1

24     4970     69        4901   866       F       India                    V       1

25     4035     75        3960   901       F       Egipto                 V       1

26     3059     81        2978   798       M      India                    V       1

27     2180     56        2124   596       M      India                    V       1

28     1528     87        1441   811       M      Persia                 V       3

29     630        71        559      1183    M      India                    V       1

30     D.C.624 70        D.C.694            1202 M                         India V        1

31     1895     90        1987   693      M      India                    VI      1

 

 

 

VIDA I

 

En la vida con que comienza nuestra historia, nació Alcione con cuerpo femenino en uno de los países del Golfo, en la América del Norte, que a la sazón era un reino llamado Toyocatli regido por Marte. Fue Alcione la hija primogénita de Mizar y Helios, cuya paternidad estuvo henchida de amor, devoción y ternura. Mizar era hombre muy rico, pues no sólo poseía numerosos rebaños y manadas, sino que además abundaba su hacienda en arenas auríferas que se lavaban en las márgenes de una rápida corriente cuyo cauce se tendía en una región montañosa. Sin embargo, los rebaños no eran de cabras y ovejas exactamente iguales a las de ahora, sino más parecidas al gnu. El animal más común en aquel tiempo era una especie de cabra muy fornida y de largo pelo, con la cabeza, cuello y cuernos algo semejantes a los de un becerro. El país montañoso que rodea al Golfo, parece haber tenido muy distinta topografía en aquel entonces. El río que ahora llamamos Mississipi, cruzaba el actual Estado de su nombre en vez de trazar como ahora una, curva entre este Estado y el de Luisiana. El Golfo de Méjico era entonces menos extenso y de configuración enteramente distinta.

En una hermosa arboleda, no lejos de la casa de Alcione, se levantaba un magnífico templo en forma de estrella pentagonal, en cuyos ángulos se abrían escaleras que guiaban a la cámara central de las ceremonias, coronada por ancha cúpula de color azul en su parte interior. Por la línea de coincidencia entre la cúpula y el muro interno corría un friso de casi un metro de altura, de un metal de aspecto argentino y ataraceado con símbolos y jeroglíficos. De la parte superior de la bóveda pendían siete campanillas de plata, lo suficientemente pesadas y grandes para producir armónicos, claros, vibrantes y hermosos sonidos. En los sótanos del templo había criptas donde, en estuches de piedras preciosas, se guardaban los instrumentos del culto propio de las solemnidades y ceremonias extraordinarias y secretas. La cámara central era una rotonda de paredes decoradas con piedras de singular rareza y talladas en formas simbólicas, de cuyo conjunto arquitectónico podremos tener idea si recordamos el estilo bizantino. En esta rotonda se celebraban todas las fiestas religiosas y las ceremonias sacramentales. En el segundo piso del templo, en las puntas de la estrella, estaban las habitaciones de los sacerdotes, y una de las ventanas que en ellas se abrían daba a la rotonda, de modo que, algunas veces, los sacerdotes presidían las ceremonias secundarias asomados a la ventana de su habitación particular. En este templo encontramos la primera escena importante de la vida de Alcione, cuando, a la edad de seis meses, la presentaron y consagraron sus padres. Presidió Mercurio la ceremonia, asistido por otros tres sacerdotes y el Mahâguru, que, en forma astral, aparecía sobre el altar, aunque únicamente visible para los clarividentes. Los otros tres sacerdotes eran Osiris, Venus y Brhaspati. Este grupo ofrece abundante materia de meditación, pues difícilmente podemos considerar fortuita coincidencia que estuvieran entonces reunidos quienes, posteriormente, habían de representar cuatro formas distintas de los Misterios Mayores. La ceremonia de la consagración de Alcione parece que tuvo machismo de astronómica. El color del altar era azul eléctrico, peculiar del planeta Urano que estaba en su ascensión al nacer Alcione. La influencia de este planeta intervendría en algún modo en las latentes posibilidades de desarrollo físico que más tarde se manifestaron en su vida. Durante la ceremonia de la consagración se apareció un Deva, bajo cuya salvaguarda pusieron a la niña, previa aprobación del Mahâguru que, según ya dijimos, estaba presente en aquella ocasión y desde los planos superiores dirigía la obra de Mercurio.

El Mahâguru era el Fundador de la religión de aquel pueblo. Y se infiere que apareció con objeto de establecer un lazo de unión entre la niña y el Deva protector, extendiendo sus brazos sobre ella, como para tomar posesión del primogénito de la familia, con palabras que ponían a este Ego bajo su cuidado, no sólo durante aquella vida, sino también en las futuras.

Venus tuvo evidentemente a su cargo la parte astrológica de la ceremonia, pues había sacado el horóscopo de la criatura, y dispuesto los necesarios pormenores, de conformidad con los planetarios aspectos del mismo, a pesar de ser Mercurio el que llevaba a cabo las ceremonias de la consagración. Colocaron a la niña sobre un altarcito de metal intensamente magnetizado, frente al altar mayor, con objeto de formar un lazo magnético entre la criatura, el Deva y el Mahâguru, así como también para repeler las nocivas influencias de naturaleza inferior. Durante la ceremonia repicaron tres cortas frases musicales las siete campanas que pendían de la bóveda, y al unísono con ellas, cantaron los sacerdotes colocados respectivamente en el centro de cada uno de los lados del altar, de cara al mismo. La pequeña Alcione llevaba un magnífico vestido con preciosos bordados, labor de su madre Helios, quien solía bordar también los hábitos de los sacerdotes y los lienzos decorativos del templo. El vestido de la niña tenía por adorno central un gran cisne (acaso el Kalahamsa) y la orillaba una cenefa de cruces esvásticas. Aquel templo era sufragáneo del gran templo metropolitano de Atlantis, cuyo pontífice era Surya, asistido por Júpiter y Saturno.

Las gentes del país eran de color ligeramente oscuro y pertenecían a la subdivisión tlavatli de la cuarta Raza-Raíz. Dos años después de la ceremonia, estaba Alcione hecha una robusta niña, de tez moreno-clara, que se complacía en ponerse en los tobillos los brazaletes de su madre a riesgo de caerse al andar aprisionada en ellos.

Sirio es uno de los personajes que más frecuentemente intervienen en las encarnaciones cuya historia vamos a relatar, y no dejaremos nunca de advertir la intima relación establecida entre él y Alcione. En esta ocasión era Sirio hijo del sacerdote Brhaspati, y vio por primera vez a Alcione el día de la consagración, pues aunque sólo contaba tres años de edad, le llevaron sus padres a presenciar la ceremonia por tratarse de una fiesta de magnificencia excepcional, como costeada por la opulentísima familia que había gastado machismo dinero en la decoración del templo. Vivamente emocionó al pequeño Sirio el esplendor de la ceremonia y súbitamente se encendió su tierno corazón en amor a la niña y declaró su propósito de casarse con ella cuando fuese hombre. Al cabo de pocos años, como persistiera Sirio en el mismo propósito, le aconsejaron sus padres que desechara tan atrevido pensamiento, porque ellos eran pobres y muy ricos los de Alcione. Vivían las familias en opuestas márgenes del río, que en aquel paraje alcanzaba cerca de mil metros, de anchura. Sirio no participaba de la opinión de sus padres acerca de que la pobreza pudiera contrariar su amor, y a los doce años de edad, cuando Alcione tenía nueve, le vemos cruzar el río para visitar a la predilecta de su corazón. Le llevo por presente un pedazo de caña de azúcar, que ella no quiso comer sola, sino que invitó a Sirio a saborearla entre los dos, por alternativos bocaditos, sentados a la sombra de una pared. No podía Sirio olvidar a Alcione y discurrió mil trazas para seguir visitándola. Todos los días atravesaba el río a nado con tal objeto, aunque la corriente fuese muy rápida y necesitara mucho denuedo para vencerla. Como nadie sabía adónde iba en tales ocasiones, pronto cobró fama de aficionado a las excursiones solitarias. Cierto día tropezó en medio del río con un caimán, pero se dio maña en clavarle debajo de una de las patas delanteras un cuchillo que precavidamente traía consigo, por haber visto rondar al caimán pocos días antes por aquellas aguas. Heracles, hermano de Alcione, contrajo íntima amistad con Sirio, por quien llegó a sentir verdadera adoración, hasta el punto de convertirse en medianero y correo de aquellos infantiles amores.

Pasaron años y se transformaron en adolescentes los niños sin quebrantar su fidelidad. Por entonces se habían ya enterado de todo los padres de la doncella, pero no miraron con buenos ojos los amoríos del pobre pretendiente, porque tenían oportunidad de casarla con Vajra, hijo y heredero del rey Marte. Sin embargo, aunque a Alcione le halagaba la idea de ser reina, no dejó por ello de amar a Sirio y persistir en su deseo de casarse con él. Llegado el día en que por fin había de resolverse el asunto del matrimonio, intimaron a Alcione sus padres a que tomase por marido a Vajra, pero la joven al oírlo, rompió en amargo llanto, presa de vivo dolor. Ablandaron el corazón de los padres las lágrimas de la hija y al fin consintieron en darla por esposa a Sirio; y además quiso Helios, poner a disposición de los novios una considerable suma de dinero a fin de que todo se hiciera con generosidad y largueza; pero Sirio y su padre rehusaron de pronto aceptar el donativo, aunque a la postre se halló manera de no lastimar su amor propio. Helios y Mizar se portaron espléndidamente y se consideraron dichosos de que Alcione hubiese escogido el hijo de un sacerdote que, como Brhaspati, gozaba de tanta estimación en el templo.

Ultimados por ambas familias los preparativos del caso, se celebró con gran pompa el matrimonio de la feliz pareja, presidiendo la ceremonia Mercurio, sacerdote mayor, asistido por Brhaspati, hermano de Sirio. La novia vestía precioso traje blanco, profusamente recamado de oro y pedrería por las propias manos de su madre Helios. El sacerdote Mercurio, majestuoso como un dios griego, ofició solemne y gravemente las ceremonias del matrimonio y pronuncio, con hondo sentimiento, las palabras litúrgicas, porque conocía y amaba desde niños a los contrayentes. La ceremonia principal de este matrimonio parece que consistió en una especie de eucaristía. El celebrante, después de invocar al Mahâguru, dio la copa sacramental a Sirio, quien a su vez la puso en manos de Alcione. Bebió ésta un sorbo y devolvió la copa a Sirio que hizo lo mismo. Tanto la copa como el líquido estaban poderosamente magnetizados, de suerte que, eliminada toda influencia terrena, permanecía tan sólo la del Mahâguru. Marido y mujer, luego de recibida la bendición nupcial, dieron una vuelta altar cogidos de la mano y enlazados con sartas de rosas, inclinándose respetuosamente ante cada uno de los sacerdotes que habían tomado parte en la ceremonia. Después de esta circundeambulación se sentaron uno al lado de otro en una especie de palanquín que, sostenido en el aire por dos cuerdas, se balanceaba por encima de los circunstantes mientras resonaban los cánticos anunciadores de la futura dicha matrimonial. Esto simbolizaba, por una parte, los nuevos lazos que desde entonces unían a los consortes, y por otra, que estaban ya apartados del resto del mundo y en disposición de elevarse a los planos superiores para trabajar juntos por el supremo bien. Después bajaron los novios del palanquín y recibieron la final bendición de los sacerdotes antes de salir del templo. Se les hicieron muchos y muy hermosos regalos, siendo digno de mención que todos ellos habían sido previamente magnetizados por los sacerdotes. Entre los regalos sobresalía el de Helios, consistente en un enorme tazón de oro fundido en forma de loto. Mizar regaló hermosas lámparas de plata que, alimentadas con aceite oloroso, perfumaban el recinto del templo. En los momentos más solemnes de la ceremonia sonaron con pausa y gravedad las campanas de la cúpula, pero al concluir repicaron alegremente.

Parece que los Señores del Karma utilizaron esta vida de Alcione para aumentar considerablemente la familia Teosófica, pues a los nueve hijos de Helios, se añadieron los dieciséis habidos en matrimonio por Sirio y Alcione. Todos estos Egos reaparecieron en vidas posteriores. Si por otra parte incluimos los hijos del rey, los de Vajra y los de Heracles, que fueron también muy numerosos, tendremos los personajes dramáticos que intervienen en las vidas de Alcione y Orión. Asimismo encontraremos en el transcurso de nuestra historia, como grandes Seres, a los sacerdotes del templo. Los hijos de la mayor parte de estas familias fueron educados por dichos sacerdotes y algunos llegaron a ingresar en la comunidad. Además de los dieciséis hijos que tuvieron Alcione y Sirio, prohijaron a la huérfana Olímpia, por la que Mercurio se había interesado vivamente.

Estaban por entonces algo tirantes las relaciones entre la corte de Marte y las autoridades del gran Templo, a causa de ciertas divergencias intencionadamente suscitadas por dos jóvenes sacerdotes llamados Tetis y Escorpión, de avieso carácter, que alimentaban amargo rencor contra el rey porque había desterrado a Cáncer, padre de ellos, en castigo de los odiosos crímenes cometidos a instigación de otro malhechor, aún más desalmado que él. Ambos sacerdotes se dieron maña en husmear una conspiración que se tramaba contra el rey, y entraron en ella con el propósito de favorecerla o traicionarla, según conviniese a sus particulares maquinaciones. Al efecto, solicitaron del rey una audiencia para aprovechar la ocasión de asesinarle si se la concedía. El funcionario encargado en la corte de disponer la audiencia se llamaba Cástor, a quien los dos bribones escribieron pidiéndole una cita y manifestándole que podían descubrir una tenebrosa conspiración contra el soberano y presentar pruebas de que las autoridades del templo trataban de derrocar el poder real.

A Cástor se le cayó la carta al subir la escalera de palacio, y precisamente la recogió Heracles, que como íntimo amigo de Vajra solía ir con mucha frecuencia al real palacio. Leído que hubo la carta, le sobrecogió tan aguda presunción de algún peligro, que se la enseñó a Sirio y discutió con él su contenido. Sirio consultó a su vez con Alcione, quien desde luego psicometrizó la carta y descubrió la conjura en la mente de los malvados sacerdotes. Para corroborar su visión, mostró la carta a Helios, que también era psíquica, y confirmó lo de la conjura, por lo que resolvieron todos tomar, alguna determinación, aunque la circunstancia de que la carta acusase de traidores al rey a las autoridades del templo, obligaba a examinar detenidamente el asunto.

Acordaron, por fin, no decir nada de momento al rey, y que Heracles se avistase con el funcionario a quien iba dirigida la carta. Por todas partes la buscaba Cástor para comunicar su contenido al rey, cuando Heracles fue a verle, y ambos se pusieron de acuerdo para conceder a Tetis y Escorpión la solicitada audiencia y ser testigos de ella con una poderosa guardia apostada a prevención de cualquier atentado. Ocurrió que los dos sacerdotes acudieron a la audiencia, y al levantarse, después de haber reverenciado de hinojos al rey, empuñó Tetis una daga que traía oculta entre los hábitos, y de seguro la hundiera en el pecho del soberano, si Heracles, que bahía advertido los movimientos del asesino y descubierto su malvado propósito, no le impidiera la acción sujetándole vigorosamente por la muñeca. Presos en el acto los conspiradores, y aunque la ley les condenaba a la hoguera, le conmutó el monarca esta pena por la de destierro perpetuo en consideración a que, no obstante la vileza de su crimen y lo rastrero de su carácter, les había inducido a cometerlo un extraviado sentimiento de amor filial y de honra de familia.

Quedó el rey muy agradecido a Heracles por haberle salvado la vida, y cuando supo que Alcione y Helios también habían intervenido en el caso, les llamó a palacio para darles públicamente las gracias. Desde entonces ganó la familia mucha estima en el ánimo del rey, quien concedió a Heracles la mano de su hija Beatriz y le nombró gobernador de la vasta provincia en que vivía la familia de Sirio, al paso que confiaba a Vajra el gobierno de la provincia en que vivían Mizar y Helios, separada de aquélla tan sólo por el río y, sin embargo, con mucha y muy frecuente comunicación entre las familias residentes en ambas márgenes, así como con la corte y los sacerdotes del templo. Después del atentado contra el monarca se echó de ver la falsedad del rumor que atribuía a las autoridades religiosas el propósito de derrocar el poder real. Marte llamó al sumo sacerdote Mercurio, quien se presentó en palacio acompañado de Heracles y Vajra, con lo que se disiparon las prevenciones, sospechas y malas inteligencias, y se restableció la buena armonía entre la corte y el templo, hasta el punto de que, cuando años después abdicó Marte la corona en favor de su hijo Vajra, retiró a pasar devotamente el resto de sus días entre los sacerdotes del templo.

De cuando en cuando enviaba el rey embajadas a los países limítrofes, y una de ellas la confió a Vajra y Heracles, a fin de ajustar un tratado con el rey del país que ahora llamamos California, y entregarle de paso magníficos presentes. En el camino, cerca de donde se asienta hoy Nuevo Méjico, se vieron acometidos por una tribu de salvajes que los capturaron y pidieron al rey Marte una fuerte suma por rescate; pero en vez de acceder a tan osada pretensión, despachó Marte contra los salvajes un poderoso ejército, al mando de Sirio, con orden de rescatar a los prisioneros. La operación, se llevó a feliz término, pues mientras una parte del ejército combatía con los salvajes que les habían salido al encuentro, entró Sirio con el resto de su gente en la población por retaguardia para libertar a Vajra y Heracles que volvieron al hogar patrio, con gran regocijo de sus familias. Heracles aprendió el idioma de los salvajes mientras estuvo prisionero entre ellos. Al Cabo de algún tiempo envió el rey a California otra embajada que pudo cumplir felizmente su cometido; pero no quiso Marte que ni Sirio ni Vajra ni Heracles formara parte ella. Posteriormente salió del reino una expedición a tierras del Noroeste, en donde la voz pública suponía riquísimas minas de oro y plata. Los expedicionarios regresaron con ricos tesoros de piedras preciosas de varias clases y gran número de pedazos de cuarzo aurífero como el que actualmente se encuentra en Arizona.

Durante la expedición que Sirio llevó a cabo para rescatar a Vajra y Heracles, acaeció un interesante suceso en la familia del hijo de aquél, llamado Demetrio que, con su mujer Elsa, vivían en los suburbios de la ciudad, en una casa cuyos anteriores inquilinos, según después se supo, no pagaban a causa del gran número de extrañas manifestaciones que turbaban su reposo. Se oían insólitos ruidos, con inesperado abrir y cerrar de puertas, y fuertes pisadas, sin dar con intruso alguno en los registros que, para averiguar la causa de tan extraordinarios fenómenos, se hicieron en repetidas ocasiones. Toda la casa estaba como envuelta en un ambiente de tristeza, y de cuando en cuando se sentían sobrecogidos sus moradores de intenso aunque inexplicable temor. Parecía que los fenómenos se concentraban en determinado aposento, por más que en todos los de la casa se notaban sus efectos. El constante maleficio de esta psíquica turbulencia puso en extrema inquietud a Demetrio y su esposa. Esta fue la primera en caer bajo la acción de los trasgos, y al tratar Demetrio de protegerla quedó también obsesionado en parte, de manera que, durante largas temporadas, no sabía lo que le pasaba ni lo que hacía. Estaban los cónyuges molestadísimos con todo ello, y como Elsa prometía aumentar la familia en breve plazo, comprendió Alcione la necesidad de tomar alguna determinación, y al efecto se propuso ir a casa de sus hijos y pasar la noche entera completamente sola en el aposento que parecía haber tomado los duendes por escenario de sus manifestaciones, a fin de descubrir la causa y ver si era posible ponerse en tratos con quien fuese.

Demetrio y Elsa suplicaron ardientemente a Alcione que les permitiese acompañarla, pero ella insistió en estar sola, diciendo que no quería compartir la responsabilidad con nadie. Al quedar la casa en silencio, apagó Alcione la luz y sentada esperó. Nada sobrevino durante buen rato, pero por último se oyeron tres pesados golpes como si cayera algún objeto de gran tamaño. Sintió Alcione escalofríos en la espalda y le sobrecogió una dominante sensación de temor; pero la venció esforzadamente y, encendida la luz, se puso a escudriñar en la dirección por donde se habían dejado oír los golpes, mientras recitaba mantras con propósito de recabar el auxilio de varias divinidades. De repente sintió un frío soplo en la cerviz, y, al volverse rápidamente, notó que alguien la daba golpecitos en la espalda. Se volvió otra vez, sin ver tampoco a nadie, y mientras hendía el espacio con la vista notó que le restregaban el tobillo. Al mirar hacia abajo vio en el suelo una cosa horrible. Era una especie de gusano, de más de un metro de largo, en forma de un cilindro cónico, cubierto de pelos o mejor cerdas negras, cortas y ásperas. Despedía aquel monstruo de todo su cuerpo un hedor nauseabundo, como de cadáver en plena corrupción, y tenía una especie de semblante rudimentario, sin rasgos fisonómicos, con un enorme agujero rojo en el sitio correspondiente a la boca. Se deslizó el bicho a lo largo del suelo, para enroscarse después en una pierna de Alcione, y al agacharse ésta para desprenderse de él, se aferró el monstruo como un vampiro a la mano de ella y empezó a enroscársele por el cuerpo. En aquel preciso punto entró Demetrio muy sofocado, descompuesto y de mil colores el semblante y extraviados los siniestramente encendidos ojos.

Creyó Alcione al pronto que venía su hijo a defenderla y prorrumpió en gritos de socorro, al sentir que el terrible gusano se le agarraba a la garganta. Pero Demetrio se acercó a su madre en actitud de rastrero abatimiento, con ademán de apretar el aire con las manos y en vez de prestarla auxilio la asió por la garganta. En tan crítico instante invocó Alcione con todas las fuerzas de su voluntad a Sirio (a la sazón ausente a miles de leguas de distancia), quien al punto acudió en cuerpo astral en respuesta a la invocación. Agarró Sirio con una mano a la bestia y con la otra a Demetrio, desprendiéndolos del cuerpo de Alcione, y acto seguido lanzó al bicho contra el suelo y lo pisoteó hasta dejarlo hecho un amasijo. Después despertó a Demetrio y desapareció tan súbitamente como había venido. El hijo de Alcione miró a su madre con indescriptible sorpresa y exclamó repetidas veces: ¿qué es esto?, ¿qué es esto?, ¿qué es esto? Experimentaba una debilidad extrema, de la que tardó bastante tiempo en reponerse, pero ya no le obsesionaron más. Los cabellos de Alcione se volvieron blancos en la parte atacada por la bestia cuyo pestilente hedor no pudo desechar del olfato durante algunos días. Tan extraño caso dejó honda huella en su mente y siempre que pensaba en ello se sentía físicamente enferma. Por espacio de muchos años le afectó la vista de todo animal rampante y por poco se desmaya cierto día en que un mansísimo gato se le arrimó a1 tobillo, aunque ya hacía un año de la aventura. También por largo tiempo palidecía y temblaba a la vista de un gusano cualquiera.

Cuando Alcione invocó el auxilio de su marido se hallaba éste vivaqueando en un campamento, y de pronto quedó sumido en trance, oyendo entonces que su mujer le llamaba lastimeramente. Sin saber cómo, se encontró en un aposento desconocido, y al ver el espantable peligro que su esposa corría, se precipitó en su auxilio con sobrehumano esfuerzo. Salvada Alcione de la manera dicha, perdió el conocimiento y al recobrarlo se vio en el campamento, donde sus amigos le rociaban con agua el rostro para volverle de su desmayo. Durante algunos días se sintió muy débil, en prueba de que la hazaña llevada a cabo había sido de gran violencia para él.

Alcione refirió a Mercurio lo sucedido y le preguntó cuál podía ser la causa de tan extraños acontecimientos. Mercurio inquirió el caso y pudo sacar en claro que en el sitio en donde vivía Demetrio, existió en tiempos pasados un centro de magia primitiva de carácter obsceno.

Los afiliados acostumbraban a tener en sus sesiones un baño de sangre humana, circuido de seres materializados en forma de enormes escorpiones que salpicaban con un veneno corrosivo todo cuanto se ponía a su alcance. Uno de estos seres materializados era el repugnante bicho que acometiera a Alcione, y cuya ferocidad estaba acrecentada por dilatadas privaciones. Aquellos elementales eran las formas de cierto mal pensamiento deliberadamente vigorizadas y materializadas por ceremonias mágicas y animadas por "espíritus familiares" de peculiar condición obscena que les hacía sumamente peligrosos. Los hechiceros que los crearon les dieron el nombre de "enviados" porque podían dirigirlos contra quienquiera que fuese objeto de su odio, materializarlos en la alcoba de la víctima y posarse durante la noche sobre su pecho para escupirles la ponzoña. En tales monstruos encarnaban entidades de evolución inferior a la física y adecuadas a su grosera forma.

En el año 22605, cuando Sirio frisaba en los sesenta de su edad, dispuso el rey una peregrinación a cierta ciudad santa del Yucatán que, por aquellos días, iba a ser visitada por Surya, sumo pontífice de la gran región atlante. De dicha peregrinación formaron parte Alcione, Sirio, Mizar, Helios, Mercurio, Urano y otros que emprendieron el viaje durante el verano en dirección al Sur, por las márgenes del golfo. Al principio fueron en carros, pero después tuvieron que dejar la gran carretera empedrada y proseguir el viaje en cabalgaduras (unos caballos con estampa de mulo), a un tiempo útil para la carga y para la silla. Las carreteras empedradas de aquel país databan evidentemente de anteriores épocas, pues cuando el imperio atlante estaba en el cenit de su pujanza y poderío se construyeron anchas calzadas, con afirmado de roca, que hacia todas direcciones irradiaban desde la gran ciudad de las Puertas de Oro, y se extendían en miles de millas por valles y colinas con una verdadera red de caminos vecinales que arrancaban de la carretera principal, aunque no tan bien construidos ni conservados como ella.

En cierta ocasión los peregrinos se vieron muy apurados para atravesar un río, cuando encontraron una caravana de mercaderes montados en un extraño animal con aspecto de camello y muy parecido a una llama de mucha alzada, como si fuese híbrido de camello y llama, pues los atlantes eran sumamente hábiles en el cruzamiento de especies.

En otra ocasión llegaron los viajeros a una cañada que, si bien no tenía más allá de cuarenta y cinco metros de ancho, era tan hondísima que les fue preciso bordearla por espacio de treinta millas para alcanzar la margen opuesta. A mitad de camino encontraron otra caravana cuyos individuos estaban casi moribundos, porque los salvajes del interior envenenaron el arroyo de cuyas aguas habían bebido. Mercurio magnetizó a los de la caravana y pudo neutralizar los efectos del veneno. Después de salvar la vida a los de la caravana, torcieron los peregrinos hacia el Este y luego un poco hacia el Norte, hasta que les salió al encuentro un extraño indígena que, según dijo, venía del Yucatán con orden de enseñarles el camino. Advertidos los habitantes de la gran ciudad de la llegada de los forasteros, o por lo menos de aquella peregrinación, salieron a esperarles procesionalmente junto a la puerta, principal.

Marte, Mercurio y los sacerdotes se encaminaron al gran templo, del que Saturno era sacerdote mayor, a punto en que se celebraba la ceremonia de iniciación, y entre los pocos admitidos a presenciarla se encontraron Sirio y Alcione. Había allí un trono de oro magníficamente decorado, con dos leones por brazos, y puesto sobre un escabel de nueve gradas, en las que a uno y otro lado campeaban figuras de animales esculpidas según el estilo que hoy llamamos egipcio. Sentase Surya en aquel trono, y según iban presentándosele, fue recibiendo a los fieles, con cada uno de los cuales cambiaba determinados signos. Todos los sacerdotes saludaban a Surya con las mismas palabras que hoy se emplean en la Logia Blanca. Surya correspondía con efluvios de bendición o tal vez era él su conducto. Después de la ceremonia se abrieron las enormes puertas de bronce del templo para que entrara el resto de la peregrinación, y para recibirlos bajó Surya del trono conversando con todos ellos en términos de amistoso afecto. Fue sorprendente la velada alusión de Surya al nombre que Alcione había de tomar veintiocho encarnaciones más tarde al ingresar. en la orden del Sangha, después de su encuentro con el señor Buddha. Los peregrinos tuvieron también ocasión de asistir a una gran asamblea religiosa en que Surya dirigió la. palabra a los concurrentes, predicándoles la doctrina de amor peculiar a su temperamento espiritual, y aconsejando a los peregrinos que llevaran hasta la exaltación tan sublimes virtudes.

Amor es vida -dijo-; la única vida real. El hombre que no ama está muerto. Las condiciones de la vida han de diputarse por dichosas o desgraciadas, según ofrezcan o no coyunturas al amor. En las más desfavorables circunstancias florecería el amor con tal que los hombres le dejaran florecer. Sin amor, cualquiera otra virtud es como agua perdida en la arena.

Unos dos meses permanecieron los peregrinos en la ciudad, y al cabo de este tiempo emprendieron el regreso a su país. Durante el camino se vieron faltos de agua, sin encontrarla en parte alguna, pero los sacerdotes hicieron brotar una fuente al toque de su mágica varita. En una de las jornadas murió Helios, de lo que naturalmente se apesadumbraron su esposo y parientes. Mizar no podía soportar que el cuerpo de su esposa quedara en la selva, y por ello deploraba no disponer del ácido que en su país se acostumbra a inyectar en los cadáveres antes de incinerarlos. Compadecido de Mizar impuso Mercurio las manos sobre el cuerpo de Helios y lo desintegró, como si hubiese pasado por él una consuntiva corriente de calor. Como Alcione era psíquica no sintió la separación de su madre, pues por su mediación siguió estando Helios en contacto con la familia como hasta entonces, y en cuerpo astral les acompañó durante el viaje.

Sirio murió a los sesenta y cuatro años, pero tanto él como Helios se mantuvieron durante largo tiempo en íntimas relaciones con Alcione, y a este efecto permanecieron en los subplanos superiores del plano astral. Los hijos de Alcione y su hermano Heracles cuidaron solícitamente de ella en todo lo concerniente al plano físico, y así pudo emplear los últimos veinte años de su vida en escribir un tratado de religión en cuatro volúmenes, con curiosos e intraducibles epígrafes, de los que apenas dan idea las palabras: ¿En dónde? ¿Por qué? ¿Adónde? ¿Más allá? Mercurio mandó que, una vez terminada la obra, se guardase en la cripta del templo; pero algunos siglos más tarde fue trasladada a un templo del Yucatán con motivo de temerse una peligrosa invasión extranjera. Alcione envió al sumo sacerdote Surya una copia del libro que aún se conserva en el museo reservado de la gran Logia Blanca.

Ayax se había casado ya con Erato y tenían un hijo de cinco años llamado Melete, cuando sobrevino un curioso incidente. Se perdió cierto día el niño, y entristecida por ello su madre, recurrió ansiosamente a la abuela Alcione, quien se valió de todos los medios imaginables para encontrar al niño, hasta el punto de descolgarse al pozo un criado por si se había, caído allí. Apurados sin fruto todos los medios físicos, determinase Alcione a emplear los psíquicos, y pudo descubrir dónde estaba Melete. Entonces ordenó a Ayax que, espada en mano, la acompañase a salvar al niño, y la condujo a una choza medio arruinada en donde una mujer salvaje tenía al niño, arrebatado de propósito para sacrificarle en una ceremonia de magia negra. La intención de aquella terrible mujer era sacarle los intestinos al muchacho para fabricar con ellos las cuerdas de un instrumento músico que debía emplearse en las invocaciones demoníacas. La mujer estaba en la choza con el niño, preparándose a marchar a una tenebrosa ermita situada en medio del bosque, y para que la criatura no gritara y llevársela más fácilmente la había adormecido con un brebaje mágico. Se Disponía la bruja a salir de la choza cuando llegaron Ayax y Alcione, quienes de pronto la amenazaron de muerte; pero desenojadas por el hallazgo del niño, se contentaron con decirla que perdería ciertamente la vida si se acercaba otra vez a la casa.

Nuevo ejemplo de cuán sutiles eran las facultades síquicas de Alcione, nos ofrece un caso ocurrido años antes, en vida de Sirio. Una noche soñó Alcione que veía un profundo barranco con bastante oro escondido. Tres veces soñó lo mismo y cada vez la llevaba un niño (un espíritu de la Naturaleza) al barranco, y señalando sonriente el oro lo recogía y jugueteaba con él. A la tercera vez consultó Alcione con Sirio acerca de aquel sueño, y convenidos en que alguna significación tenía, fueron con Mizar en busca del paraje señalado que muy luego reconoció Alcione, aunque tardaron algo más en encontrar, con mucho esfuerzo, el punto exacto, que era una especie de hondonada con suficiente cantidad de oro para enriquecerles y permitirles practicar numerosas obras de caridad.

Entre los últimos incidentes de la vida de Alcione sabemos que a los ochenta y cuatro años de edad dio una espléndida recepción en honor de una embajada, que, presidida por Virâj, vino del templo central de Atlante.

En el año 22578 acabó esta accidentada vida de Alcione, que murió amada y respetada por cuantos la habían conocido.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Mahâguru Instructor invisible.

Surya     Sumo sacerdote del Templo Central en Atlante.

Virâj        Sacerdote del Templo de Atlante.

Júpiter    Sacerdote del Templo de Atlante.

Mercurio    Sumo Sacerdote del Templo en Toyocatly.

Venus    Sacerdote del Templo de Toyocatly.

Osiris     Sacerdote del Templo de Toyocatly.

Brhaspati  Sacerdote del Templo de Toyocatly.

Saturno Sacerdote del Templo de Atlante adscrito al del Yucatán.

Marte     Rey de Toyocatly. Esposa, Corona. Hijo, Vajra. Hija, Beatriz.

Vajra      Esposa, Ulises. Hijos: Alastor, Tolosa, Calipso. Hijas: Dorada, Clio, Géminis.

Ulises     Padre, Píndaro.

Alcione  Padre, Mizar. Madre, Helios. Hermanos: Heracles, Selene, Aurora, Dragón. Hermanas: Leo, Proción, Leto, Andrómeda. Marido, Sirio. Hijos: Aquiles, Héctor, Vega, Aleteya, Irene, Bellatrix, Aldebarán, Demetrio. Hijas: Albireo, Perseo, Ayax, Rigel, Cruz, Régulo, Cisne, Neptuno. Hijo adoptivo, Olímpia.

Sirio        Padre, Brhaspati. Madre, Urano. Hermanos: Orfeo, Lira, Vulcano. Hermanas: Viola, Tauro.

Heracles   Esposa, Beatriz. Hijos: Cabrilla, Polar, Vesta. Hijas: Capricornio, Alcor, Espiga.

Selene   Esposa, Argos. Hijos: Betelgeuze, Libra. Hijas: Acuario, Fomalhaut, Virgo.

Dragón  Esposa, Fénix. Hijo, Proserpina.

Leo         Marido, Alcestes. Hijos: Psiquis, Canope, Mira. Hijas. Wenceslao, Sagitario.

Alquiles  Esposa, Teseo. Hijos: Casiopea, Proteo.

Héctor    Esposa, Pegaso. Hijo, Berenice.

Vega      Esposa, Centauro. Hijos: Fides, Arturo. Hijas: Altair, Auriga.

Aleteya  Esposa, Dorada. Hijo, Ofiuco.

Bellatrix  Esposa, Acuario.

Demetrio   Esposa, Elsa. Hijo, Ausonia.

Ayax      Marido, Erato. Hijo, Melete.

Espiga   Marido, Minerva. Hija, Sirona.

Auriga    Marido, Iris. Hijos. Tifis, Pomona.

Cástor    Esposa, Aries. Hijos: Alcestes, Algol, Concordia. Hijas. Pólux, Siwa.

Pólux     Marido, Ceteo. Hijos: Adrona, Focea.

Tetis       Conspirador.

Escorpión Conspirador.

 

 

VIDA II

 

Nació nuevamente Alcione con cuerpo femenino el año 21759 antes de J.C., no lejos de donde hoy se asienta Chittagong. Fue hija de Brhaspati y Neptuno, quienes tuvieron otros tres hijos. El mayor, Urano, murió a los dieciocho años, y su hermana Mizar a los quince, de sobreparto. Quedó el hermano menor, a quien desde pequeñito enseñaron los sacerdotes del templo. El padre, Brhaspati, parece que era sacerdote y rey a la par de un pequeño reino. La Astrología desempeñaba importantísimo papel en las ideas religiosas de aquel tiempo, y así se puso especial cuidado en sacar el horóscopo de Alcione que, según la predicción, estaba destinada a casarse con Saturno, pariente lejano de la familia, de quien tendría un hijo de singular poderío y santidad. Predijo también el horóscopo que los primeros años de la vida de Alcione habían de ser una preparación a tan noble destino, por lo que, obedientes al mandato, la educaron los sacerdotes con la mira puesta en el indicado fin. La niñez de Alcione fue en extremo dichosa. La vemos hecha ya una linda y graciosa niña, de abundante y nudosa cabellera recogida en la nuca y sujeta, según la moda de aquel tiempo, con broches de oro esmaltados de diamantes que, por su tamaño y luces, centelleaban como estrellas en la negrura del cabello. Todos los días peinaban cuidadosamente a Alcione, la lavaban la cabellera y se la ungían con aceite magnetizado, que según fama estimulaba las facultades intelectuales. Cuidadosamente se la evitaba toda clase de molestias y disgustos, y su único pesar era la muerte de su hermano mayor, Urano, a quien profundamente amaba.

A los quince años casó con Saturno, celebrándose la ceremonia con gran pompa, y al cabo del año dio a luz un hermoso niño (Surya). Celebrase regocijadamente tan fausto acontecimiento, y los padres se entregaron con extrema solicitud al cuidado del hijo. Alcione, que era muy sensible e impresionable, soñó en el último mes de su embarazo que una refulgente estrella, desprendida del cielo, se infundía en sus entrañas. Este sueño fue causa de que se la tuviese por santa; además, vio clara y conscientemente la presencia del Ego encarnado en su seno.

Todo parecía prometer a Alcione larga y dichosa vida en las más favorables condiciones; pero tan halagüeñas esperanzas quedaron muy luego desvanecidas, pues Alcione murió a los diecisiete años de edad, a consecuencia de un accidente en que, por salvar la vida de su hijo, sacrificó voluntariamente la suya propia. El hecho ocurrió como sigue:

La casa de Alcione formaba parte de una manzana edificada alrededor de una plaza sita en el mismo recinto del real palacio. Una esclava, que estaba mudando el agua de una redoma de peces de colores, fue a ocuparse, por orden de los de la casa, en otras faenas domésticas y dejó la redoma sobre la mesa, expuesta de lleno, a los rayos del sol. El vidrio de la redoma hizo oficio de lente, y refractando los rayos solares, prendió fuego a la madera, finamente decorada, de que por completo estaba construida la casa, y pronto quedó ésta convertida en una hoguera. Se hallaba Alcione a la sazón algo distante de la casa, y al ver que las criadas salían gritando despavoridas, corrió veloz como una cierva hacia la casa, en uno de cuyos aposentos del piso alto había dejado el aya al niño, mientras iba a despachar una diligencia, confiándolo a las sirvientas; pero éstas habían huido, locas de terror, sin acordarse del niño; y el aya, que por su parte volvía a buscarlo, retrocedió espantada ante la escalera envuelta en llamas, exclamando con las manos retorcidas: "¡El niño!... ¡El niño!", sin atreverse a desafiar las encendidas lenguas que cerraban el paso. Entonces preguntó Alcione anhelosa: "¿En dónde está mi hijo?", y como el aya señalase hacia arriba con desgarradores gritos, se precipitó la madre entre las llamas, trepando desesperadamente por los abrasados peldaños, cuyos restos apenas daban asiento al pie, deslizándose por los boquetes abiertos por el fuego, que en un instante le consumió los vestidos y prendió en su cuerpo. Seguramente ningún esfuerzo humano hubiera bastado para llegar al piso alto; pero el amor maternal es omnipotente, y en menos tiempo del necesario para referirlo, llegaba Alcione al aposento en donde yacía su hijo. El humo empezaba a penetrar en él, por lo que Alcione se tapó la boca con un pedazo de tela no quemada todavía y pudo alcanzar la cama del niño que, amenazado ya por las culebreantes llamas, se abalanzó con ambos brazos a su madre, quien estrechándole contra su pecho y resguardándole con su desnudo cuerpo, chamuscado el cabello y dejando los diamantes en el fuego, atravesó nuevamente con indecible rapidez la candente hoguera hasta alcanzar el aire libre, en donde cayó desfallecida, sin abandonar al niño. No recibió éste el más leve daño; pero Alcione dejaba de existir, al cabo de una hora. Antes de morir parecía ya estar más bien fuera que dentro de su cuerpo físico, insensible al sufrimiento, a pesar de las horribles quemaduras, y su postrera sonrisa se reflejó en la libre forma astral, como si se inclinara sobre el rescatado niño. El karma que Alcione engendró al morir por Surya ¿no habrá dado su fruto en la presente oportunidad que de servir al Bendito Ser tuvo Alcione? Después de la muerte de su madre quedó Surya al cuidado de su tía Virâj (hermana de Saturno), que ya entonces era un Ego muy avanzado y es hoy conspicuo miembro de la Jerarquía oculta. Tenía Virâj poderes psíquicos, y por su medio pudo Alcione cuidar del niño. La tía no permitió jamás que las criadas le tocaran siquiera, y ella misma le mecía por su mano, en una especie de hamaca colgada de los árboles del jardín. Allí, en la silenciosa calma de la naturaleza, se comunicaría Alcione astralmente con su cuñada acerca del niño, que educado de este modo en tan bendito ambiente llegó a ser un prodigio, pues a los siete años de edad ya predicaba en el templo y de todas partes acudían las gentes a oírle.

Parece como si, de cuando en cuando, los miembros de la actual jerarquía de Adeptos nacieran en distintos países para fundar una nueva religión o un centro magnético. También les vemos difundiendo la religión establecida por medio de misiones enviadas a puntos lejanos, como la que en la vida anterior fue enviada al Yucatán. En la vida que relatamos vemos que, veinticinco años después de la muerte de Alcione, envió Surya una misión al Norte de la ciudad de Salwan, parte de cuyos individuos murieron de resultas de las penalidades sufridas. Entre ellos se contó el hermano menor de Alcione, a los treinta y cinco años de edad, muerto también prematuramente, como su hermana, en el cumplimiento de un deber consagrado a favor de los Adeptos de la Fraternidad Blanca.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Alcione  Padre, Brhaspati. Madre, Neptuno. Hermanos: Urano, Vulcano. Hermana, Mizar. Marido, Saturno. Hijo, Surya. Cuñada, Virâj.

 

 

VIDA III

 

Nació esta vez Alcione con cuerpo masculino el año 21467 antes de J. C. Fue hijo de Leo, rey de un país situado en el que ahora se llama Telegu, no lejos de Masulipatam. Su madre se llamaba Orión, la cual, por artes de magia negra que describiremos al relatar las vidas de este otro personaje, tomó el cuerpo de una hija suya (Teseo), de diez años, cuando Alcione tenía ya once, de modo que la que había sido su madre fue desde entonces su hermana. Tuvo Alcione un hermano menor, Albireo, y otra hermana, de nombre Beatriz. Andaba muy embrollada la política en aquel tiempo, y aunque Alcione deseaba cumplir con su deber, le atraía mayormente el estudio que los negocios de Estado. Aprendió en las escuelas todo cuanto solían aprender los niños de la época, y sobresalió en equitación, caza, natación y demás deportes propios de su raza. A edad conveniente casó con Heracles, hija del vecino Rajah, y ambos cónyuges fueron muy felices en su común afición a los estudios religiosos. Tuvieron cuatro hijos: Vajra, Aleteya, Urano y Héctor; y cinco hijas: Píndaro, Cruz, Mizar, Fides y Centauro. El sacerdote Mercurio era vecino y amigo íntimo de la familia.

A fin de salvar al rey Leo de una derrota segura, por haberse coligado contra él los Estados limítrofes, la reina Orión había inducido a su marido a ponerse bajo la soberanía de Júpiter, emperador de los atlantes, de lo cual estaban muy descontentos los vasallos. Pocos años después, al cambiar Orión de cuerpo, no pudo influir por más tiempo en los asuntos políticos, de modo que el descontento popular manifestase en una sublevación que le costó al rey Leo corona y vida. Júpiter dio a Sirio el gobierno de aquel reino, que quedó convertido en provincia del vasto imperio atlante. Sirio contrajo amistad con Alcione y Orión, al principio por razones políticas, pero muy luego se elevó a afecto. Enamorase de Orión, cuya mano pidió a Alcione, quien se la otorgó gustoso, quedando con ello íntimamente unidas ambas familias, así como la del sacerdote Mercurio, y de esta suerte pudo Sirio gobernar sin dificultad el país, ya que las principales familias de él constituían una sola, en cuyo seno se dilucidaban interesantes problemas. Tal vez interesen algunas notas sobre la religión dominante en la India en aquella época precaria.

Vemos que la lengua vulgar no era el sánscrito y que las ceremonias religiosas empezaban con la palabra Tau y no con la de Aum. Las doctrinas de la reencarnación y del Karma estaban divulgadas entre el pueblo, y el maestro Mercurio conocía a los superiores seres que ocultamente le ayudaban. También se empleaban entonces algunas expresiones que nos son familiares ahora, como por ejemplo. "Yo soy aquél". Mercurio enseñaba al pueblo que de cuantas cualidades pudieran educir, de cuantas condiciones desarrollar, ninguna tan importante como la de reconocer que todo es Aquél. Decía Mercurio: "Si abatís un árbol, Aquél es la vida del árbol; si rompéis una piedra, Aquél es la fuerza que mantiene unidas sus partículas. Aquél es la vida del Sol, Aquél está en las nubes, en la lluvia, en las olas del mar, en las cimas de las montañas". Estas palabras están tomadas del discurso que pronunció Mercurio poco antes de morir. En el libro que solía leer al pueblo hay frases tan conocidas como éstas: "Lo agradable no es siempre lo justo, y ambos atan al hombre a los objetos exteriores. Bien obra el que escoge lo justo; el que escoge lo agradable va anchurosamente a su propósito. Lo justo y lo agradable se apoderan del mortal; pero el sabio separa lo uno de lo otro. Porque el cuerdo prefiere lo justo a lo agradable, y el loco mantiene y retiene lo agradable". (Khatha Upanishad, traducción Mead). El texto del libro de Mercurio no es idéntico, pero contenía evidentemente el mismo conjunto de versículos.

Otro ejemplo: "Si matan a alguien, yo soy el muerto y, sin embargo, también soy el arma del matador, pues nadie mata ni le matan, porque todos son uno. No hay ni primero ni último, ni vida ni muerte, porque todos somos uno en Él".

El libro que Mercurio usaba no procedía de los arios, sino que era probablemente el original del Khatha Upanishad, y lo escribió en la ciudad de las Puertas de Oro un miembro de la Fraternidad. Formaba parte dicho libro de una copiosa colección, y durante siglos y siglos había sido transmitido de mano en mano. Sin embargo, la historia de Nachiketas no está relacionada con él. En el templo de que hemos hablado no había imágenes de ninguna clase. La religión no parece haber sido el sabeísmo, por lo menos exclusivamente, sino más bien la adoración de las potestades de la Naturaleza. Fuera del templo, y vuelto de frente a él, había un gran toro de piedra. El interior estaba dispuesto de un modo extraño, pues en vez de altar se bajaba por dos o tres peldaños a una especie de cripta o gran tarima cuadrada, con pavimento de hermosos ladrillos y una depresión central rodeada de verja. El pueblo arrojaba flores en aquella cavidad, en cuyo punto medio había una losa sagrada con varios signos, de los que nada podemos decir. En otro templo se veían, por el contrario, muchas imágenes colocadas en hornacinas en la pared posterior del templo. La gente entraba allí en traje distinto, y había sacerdotes, como no en el otro templo. Las imágenes estaban en posición de piernas cruzadas, sin más de dos brazos. Aquélla era, según cabe presumir, la antigua forma del jainismo, y las imágenes los Tirthankaras. Algunas imágenes estaban desnudas y otras vestían ropas cuya disposición abierta les daba carácter simbólico.

En otro templo, situado mucho más al Norte, se adoraba a la Trimurti aunque no con los mismos nombres que después tuvo. En una cripta del templo había una gigantesca faz esculpida en la roca que representaba tres rostros en uno; pero en tal disposición, que sólo aparecía distintamente una cara al mirar la escultura. En el Sur de la India había también otro templo con una Trimurti. Hemos querido averiguar el significado de los nombres que se le daban, para inferir el concepto de los sacerdotes sobre ella, y hemos visto que unos sacerdotes consideraban la Trimurti como "Aquél cuya vida fluye a través de todo", mientras que otros sostenían que las tres personas eran "El que abre las puertas, El que guía la corriente, El que cierra las puertas". No vimos allí imagen alguna de las de múltiples brazos, que tan numerosas son en nuestros días.

Los sacerdotes tenían firmes creencias acerca de un Lago de Luz, que también era Muerte, Vida y Amor. Toda corriente desaguaba en el Lago de Luz, fuese cual fuese su manantial. Asimismo se encuentran vestigios de la teoría, según la cual todo cuanto vemos es ilusión, y que el Lago de Luz es la única Realidad. "Vivimos en el Lago de Luz y no lo vemos. Nos consideramos aparte y, sin embargo, cada uno de nosotros es una gota del Lago". Los sacerdotes excitaban continuamente al pueblo a que desechase la ilusión de los sentidos y a que reconociese la presencia real de Aquél tras de todas las cosas, así como que las formas separadas eran separadas gotas. Decían a este propósito. "Cuando las formas se desvanecen, todas vuelven a ser unas; y de nosotros mismos proviene toda turbación y tristeza". Tenían una oración dedicada a los Señores de la Luz y cuya esencia es Luz.

Todo cuanto acabamos de decir representa algo de lo que se enseñaba al pueblo; pero en el seno de la familia iba Mercurio más allá y exponía el verdadero significado de los símbolos con más amplia información acerca del Lago de Luz y de los Señores cuya esencia es Luz. Les hablaba de un Gran Maestro a quien podía invocarse por medio de plegarias y ceremonias, y cuya bendición caería sobre ellos si la impetraban ardientemente con pureza de corazón. Cuando le invocaban en sus asambleas siempre llegaba respuesta, y en dos ocasiones distintas se les apareció visiblemente. Este Ser superior es el que conocemos con el nombre de Mahâguru, y sus especiales relaciones con este grupo provenían que en una vida anterior había sido el fundador de la religión del país, y como tal quería responder a determinadas invocaciones, debidamente hechas por sus verdaderos discípulos. El Maestro infundía en la mente de Mercurio la solución de los problemas y las respuestas a sus preguntas sobre materia religiosa, y una o dos veces dio consejos individuales.

El sacerdote Mercurio estaba casado con Ulises, de cuyo matrimonio hubieron tres hijos: Cástor, Siwa y Tauro; y tres hijas: Dragón, Argos y Calipso. El amable trato de las familias y el común estudio de las cuestiones que más profundamente les interesaban prosiguieron en inalterable armonía por espacio de muchos años, hasta que en el de 21423 antes de J. C. sobrevino la primera escisión por haber confesado Orión, sus actos de magia negra a Mercurio y Sirio, con objeto de dedicarse a la vida ascética. Orión dejó sus hijos al cuidado de su amiga Helios, quien cuatro años después se casó con Albireo; hermano menor de Alcione.

Los niños de estas familias crecieron juntos y, naturalmente, se cobraron mucho amor, que al llegar a la edad conveniente dio por resultado el matrimonio entre ellos. Aquiles lo contrajo con Mizar; Urano con Vega y Héctor con Selene. Sin embargo, Aldebarán causó hondo pesar a la familia por haberse casado con una mujer de muy mal genio, llamada Gama, que fue el tormento de su vida hasta abandonarle para irse con Pólux, comerciante rico y disoluto. Vajra dio también, muchos disgustos a su amantísima madre Heracles, por su afición a la vida errante, que le llevó a ser infatigable viajero, ansioso de conocimiento y experiencia. Sin embargo, escribió un hermoso relato de sus viajes que todos los de la familia leyeron repetidas veces en asamblea y que los jóvenes aprendieron de memoria. Tanto interés despertaron en Alcione las brillantes descripciones de su hijo, que quiso visitar los lugares descritos y en ello empleó tres peligrosas jornadas, en las que le sucedieron varias aventuras, entre ellas la de caer en manos de unos salteadores que le retuvieron de rehén, hasta que al fin pudo escapar disfrazado de mujer. En otra ocasión le faltó el pie al vadear un caudaloso río, siendo arrastrado por espacio de más de una milla con peligro de ahogarse. También acompañó a Sirio en su visita oficial a los pueblos de la provincia, y el gobernador delegó en él parte de sus facultades para demostrar al pueblo las cordiales relaciones entre la dinastía atlante y la antigua familia real del país. La amistad de estos dos hombres llegó a ser en extremo íntima, y aunque de distinta raza se comprendían uno a otro perfectamente. Sirio, que era muy patriota, ponderó a Alcione las glorias de Poseidonis y de la ciudad de las Puertas de Oro, comunicándole tal entusiasmo, que experimentó vivo deseo de ver aquel país, adonde fue mucho más tarde.

Heracles falleció el año 21396 antes de J. C., a la edad de setenta años, y Sirio, que le profesaba tierna amistad, sintió su pérdida tanto como Alcione, y ordenó que se le hicieran pomposos funerales. Esta pérdida dejó muy solo a Alcione que por ello se aficionó mucho más que nunca a su amigo Sirio, quien correspondió al cariño, de suerte que ambos viejos parecían hermanos. Por espacio de treinta años había visitado Sirio mensualmente a su esposa Orión, que llevaba vida ascética, y a su muerte, ocurrida el año 21392 antes de J. C., no pudo permanecer por más tiempo en la India, de modo que dimitió el cargo de gobernador para restituirse a Poseidonis. Aunque Alcione contaba setenta y cinco años quiso acompañarle y así lo hizo.

Ambos septuagenarios tuvieron feliz viaje, y Alcione vio que la capital era mucho más esplendorosa de cuanto había imaginado. Los pocos amigos que aún vivían de los que Sirio tuviera cuarenta y cuatro años antes, salieron a recibirle. El emperador Júpiter había muerto hacía algunos años y ocupaba el trono su hijo Marte, que recibió a los dos ancianos con suma honra y les confirió elevados puestos en la corte, distinguiéndoles con señaladísimas muestras de aprecio. Debió sentirse atraído hacia ellos porque consultó con los astrólogos la relación que pudiera ligarles, y supo qué ambos habían trabajado con él más de una vez en vidas anteriores, y que estaban destinados en lo porvenir a más altas empresas. Ninguno de los tres comprendió entonces el valor de esta profecía, que sin duda tendrá su cumplimiento en la comunidad californiana por los años 2750 después de J. C. Vajra, que había acompañado a su padre, llegó a desempeñar un alto cargo en palacio con la omnímoda confianza del Emperador. Sirio y Alcione convivieron en la misma casa como hermanos durante diez años y ambos murieron en el de 21382, sanos y alegres hasta el último día de su vida. En estos diez años escribieron juntos un libro sobre la India meridional, que gozó de mucha estima y fue considerado por muchos siglos en Poseidonis como obra clásica sobre la materia. Constaba de dos volúmenes: el primero acerca de las diferentes razas y sus costumbres, y e1 segundo de las diferentes religiones, con muchas de las enseñanzas recibidas en otro tiempo del sacerdote Mercurio.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Mahâguru Instructor invisible.

Mercurio    Sacerdote. Esposa, Ulises. Hijos: Cástor, Siwa, Tauro. Hijas: Dragón, Argos, Calipso.

Júpiter    Emperador.

Marte     Emperador.

Alcione  Padre, Leo. Madre, Orión. Hermano, Albireo. Hermanas: Teseo, Beatriz. Esposa, Heracles. Hijos: Vajra, Aleteya, Urano, Héctor. Hijos: Píndaro, Cruz, Mizar, Fides, Centauro.

Sirio        Gobernador. Esposa, Orión en el cuerpo de Teseo. Hijos: Aquilés, Aldebarán, Vesta, Míra. Hijas: Vega, Selene.

Helios    Amiga de Orión. Esposo, Albireo.

Vajra      Esposa, Dorada.

Aleteya  Esposa, Fénix. Hijas: Virgo, Pomona.

Urano     Esposa, Vega. Hijos: Ayax, Brhaspati, Venus. Hijas: Neptuno, Rigel.

Héctor    Esposa, Selene. Hijos: Aurora, Bellatrix, Algol. Hijas: Pegaso, Viola.

Mizar      Esposo, Aquiles. Hijos: Orfeo, Polar, Olímpia. Hijas: Sagitario, Acuario.

Fides      Esposo, Ofiuco. Hijos: Tolosa, Berenice.

Centauro   Esposo, Tifis. Hijos: Iris, Proserpina. Hija, Clio.

Aldebarán Esposa, Gama.

Vesta     Esposa, Lomia. Hijos: Libra, Minerva.

Pólux     Comerciante.

 

 

VIDA IV

 

La siguiente vida de nuestro héroe lo fue de peregrinación, pero de carácter enteramente extraordinario, pues se prolongó durante más de medio siglo y se extendió a miles de leguas de distancia. Sin embargo, no comenzó las peregrinaciones hasta el promedio de su vida. Una de las más notables características de esta serie de vidas es su anormal duración en el plano físico. Todas estas personas cuyas encarnaciones hemos examinado, pertenecen a las llamadas clases superiores, entre las que la duración media de la vida es mayor que en las inferiores. Por ejemplo: una lista de diecisiete vidas de Erato, nos da un término medio de 48 años en el plano físico; veinticuatro vidas de, Orión nos lo dan de 53 1/2, y dieciocho de Sirio de 59 2/3, que ya se aparta de lo normal, pero el término medio de las vidas de Alcione no baja de 72,7 años.

En efecto, a menos que le quite la vida algún accidente, rara vez no alcanza los ochenta, que es el límite extremo asignado por el salmista a los hombres de su época; y además parece que siempre conserva la plenitud de su vigor hasta el término de estas extraordinariamente longevas encarnaciones. No sabemos todavía si esto es una peculiaridad individual o la característica de cierto tipo. Este nuevo capítulo de nuestra historia nos lleva otra vez a la India, a la comarca llamada ahora Salem, en donde Urano, padre de Alcione, era un rico propietario, una especie de minúsculo caudillo feudal que conducía buen golpe de vasallos bajo las banderas de Marte, su señor. Era Urano hombre muy valeroso y justo, y educaba a sus hijos en ambas virtudes, enseñándoles que, sin estas cualidades, era el hombre de elevada estirpe muy inferior al de baja cuna que las poseyese. Tuvo Urano muchos hijos, pero nosotros, sólo conocemos a Demetrio y Elsa entre los varones, y a Neptuno y Proteo entre las hijas.

Alcione nació el año 20574 antes de J. C., y fue un muchacho vivo, emprendedor, generoso y muy amante de su madre Mercurio, a la que durante toda su vida profesó inquebrantable cariño, sin que a nada importante se resolviese, sin antes consultar con ella. La infancia de Alcione transcurrió sin suceso digno de anotar en nuestro relato. Recibió la educación que en aquel entonces se tenía por más selecta, y a la edad de veinte años casó con Perseo, de quien tuvo seis hijos y seis hijas. Fueron sus hijos Heracles, Mizar, Polaris, Psyche, Canope y Cisne; y sus hijas Arturo, Betelgeuze, Régulo, Alcor, Capricornio y Fomalhaut. La dicha del hogar y el regalo de las riquezas no amortiguaron el deseo que siempre había sentido de vivir eremíticamente lejos del mundo, cuya inclinación estimulaba su madre con la advertencia de que para seguirla abiertamente esperase a que sus hijos fuesen mayores.

Durante esta vida tomó Alcione parte en tres expediciones militares. La primera cuando, todavía muy joven, acompañó a su padre en el contingente llevado a guerrear bajo las banderas de Marte, y en esta campaña recibió alguna recompensa por los servicios prestados. A la segunda expedición fue solo, pero en la tercera le acompañaron sus hijos, de los que, Heracles llevó a cabo una proeza a la vista del mismo Marte, ya entonces muy viejo, quien a consecuencia de aquella valentía, admitió en su guarda personal a Heracles, y pudo éste, por lo tanto, prestarle algunos servicios. Terminada aquella expedición, llamó el rey a Alcione para decirle que Heracles debía asumir los deberes de su padre en el reino. Respondió Alcione que haría cuanto el rey desease, aunque se consideraba aún capaz de continuar sirviéndole. Pero el rey repuso:

"No es posible, porque cuando vuelvas a tu casa, hallarás gran aflicción en ella, por lo que ya no querrás pelear por mí en esta vida, y cuando visites de nuevo esta ciudad, llevarás hábito de peregrino".

Respondió Alcione.

"Sea como el rey guste, pero vivo o muerto estaré siempre al servicio del rey".

Repuso Marte:

"Verdad es que estarás a mi servicio, y no sólo esta vez, sino muchísimas otras en venideros kalpas. Sin embargo, tu mejor servicio no has de prestármelo en pelea contra mis enemigos, sino ayudándome a fundar, en lo porvenir, un reino que durará miles de años, y el resultado de tus hazañas en este reino jamás se desvanecerá".

Dicho esto, dio el rey las gracias a Alcione y le despidió con sumo afecto.

Al regresar Alcione a su casa, vio cumplido el vaticinio de Marte. La desgracia que le había predicho el rey, era la muerte de su madre Mercurio. Le Causó tan amarga pena, que no se sintió capaz de emplearse por más tiempo en los asuntos de la vida ordinaria, y como todos sus hijos estaban ya en edad de discernir, determinase a llevar a efecto su, por tantos años, acariciado anhelo de entregarse a la vida ascética. Por lo tanto, dejó a su primogénito Heracles en la corte del rey Marte y confió la dirección de la casa y posesiones a su segundo hijo Mizar.

Aunque todavía joven, llegó a ser Heracles no sólo excelente caudillo de las tropas de Marte, sino valioso y experimentado consejero. Cobró mucha popularidad y le amaron las gentes del país. Andando el tiempo contrajo, íntima amistad con el primogénito de Marte, llamado Orfeo, quien al heredar el trono por muerte de su padre, nombró a Heracles primer ministro, cuyo cargo ejerció fidelísimamente durante largos años, hasta que habiéndose suscitado entre ambos discrepancia de opiniones acerca de un asunto político, dimitió Heracles impelido por su delicadísimo temperamento, y solicitó el gobierno de una provincia lejana. Aceptó el rey la dimisión muy pesaroso, y Heracles llegó a ser de hecho gobernador absoluto de aquella provincia, pues el rey para nada intervenía en sus actos. Al cabo, de años murió el rey, pero como su sucesor, Ceteo, diese un decreto que Heracles no consideró digno de obediencia, se declaró independiente por el mero hecho de no cumplirlo, y así podemos decir que fundó un pequeño reino aparte. Heracles había casado con Géminis, mujer que le amaba apasionadamente, pero que era de temperamento impulsivo, y no muy firme carácter. Tuvieron diez hijos, entre los cuales mencionaremos a Erato, Ausonia, Melete y Concordia, varones; y a Cabrillas, Espiga, Auriga y Andrómeda, hijas.

Mizar, segundo hijo de Alcione, gobernaba satisfactoriamente su dilatada familia, pero a todos sorprendió su matrimonio con una esclava llamada Irene, cuya historia es como sigue:

Durante la segunda expedición militar en que Alcione peleó a las órdenes de Marte, se le tomaron al enemigo gran número de prisioneros que fueron reducidos a servidumbre. Entre ellos había uno cuya hija le amaba tanto, que no quiso separarse de él en la esclavitud. Después de la muerte de su padre, la muchacha quedó en poder de Alcione, en cuya casa creció sirviéndole muy fiel y asiduamente, y ayudándole en el cuidado de los hijos, hasta que al ponerse Mizar al frente de la familia, tomó la audaz determinación de casarse con ella, sin que jamás le diese el más mínimo motivo de arrepentirse de ello. Su hijo primogénito fue Casiopea, y entre sus hijas se cuentan Altair, Wenceslao, Leto y Centauro.

A poco de la muerte de su madre, le propuso a Alcione un muy respetado amigo, que le acompañara en peregrinación a visitar a un santo varón que vivía en un sagrado santuario hacia el sur de la casa de Alcione. Resolvieron, en consecuencia, efectuar juntos la peregrinación, y que Cisne, hijo menor de Alcione, fuese con ellos para cuidar de su padre. Llegados al santuario les recibió muy afablemente el sabio y santo sacerdote (Júpiter), cuyas palabras fueron de gran consuelo para Alcione, a quien, por otra parte, le permitió presenciar ciertas ceremonias secretas, muy parecidas a los misterios eleusinos, lo cual estimuló sus facultades psíquicas, hasta el punto de que, durante una de dichas ceremonias, no sólo vio a su madre, sino que pudo comunicarse con ella. Le emocionaron de tal manera la hermosura del templo, la gravedad de las ceremonias y la santidad del sacerdote, que al enterarse de que en la India había muchos santuarios semejantes, prometió en su corazón visitarlos todos antes de morir. Parece que este voto era muy común entre los ascetas de la época, pero la mayor parte de ellos morían sin poder cumplirlo.

Pronto advirtió Alcione que podía seguir comunicándose con su madre Mercurio, lo que le produjo mucha alegría y le dio gran consuelo. Ella aprobó enteramente la peregrinación, y se encargó de guiar a su hijo de santuario en santuario. Después del de Júpiter, visitó Alcione un gran templo situado en donde hoy se alza Madura, a cuyo cuidado estaba el sacerdote Saturno.

Al cabo de algún tiempo de salir Alcione de este lugar, le vemos en un santuario de la India central, cerca del río Godavari, en donde Brhaspati lo recibió con solícita y amistosa hospitalidad.

Poco después sobrevino un lamentable incidente. Ya sabemos que Cisne acompañaba a Alcione en sus peregrinaciones y, por cierto, que amaba en extremo a su padre y le servía en todo con admirable fidelidad y cariño; pero en distinto aspecto de su carácter, era Cisne muy mujeriego, y en tres distintas ocasiones se comprometió tan gravemente, que con mucho trabajo pudo Alcione apaciguar a las familias burladas. Cada vez había prometido Cisne enmendarse con infinidad de protestas y vivo pesar de lo ocurrido; pero la tentación prevalecía siempre contra él, aunque Alcione le amenazaba una y otra vez con mandarle a casa. En la cuarta y última ocasión, tomo el suceso tan mal cariz, que se divulgó por todas partes, y la indignación popular puso a Alcione y Cisne en aprieto de escapar precipitadamente a media noche para que no les linchase la amotinada turba. Refugiados en un desierto, se vieron atacados de pronto por un tigre, que ya se disponía a saltar sobre ellos, cuando Cisne, movido por el remordimiento de la culpa que a tal extremo les había llevado, cubrió rápidamente con su cuerpo el de su padre, para recibir él solo el empuje de la fiera. Al propio tiempo le defendió Alcione con el cayado, única arma que llevaba, y logró derribar al tigre; pero ya Cisne estaba muerto, y su padre lloró amargamente tan dolorosa pérdida.

Se dirigió entonces Alcione hacia Burma, y al llegar a las cercanías de Chandernagar, visitó un templo y santuario que estaba a cargo del sacerdote Venus. Sabemos que el culto tenía allí carácter astrológico, y que en las paredes del templo había símbolos planetarios de metal magnetizado.

Encaminase entonces Alcione hacia el Nordeste, y eventualmente llegó a un santuario situado en el distrito de Lakhimpur, cerca del río Brahmaputra. Estaba al cuidado de un sacerdote chino (Lira), que había venido del Norte (Tíbet) a fundar una nueva religión, bajo los inmediatos auspicios del Mahâguru. Este sacerdote fue machismo tiempo después el filósofo Lao-tse. Regaló a Alcione un notable talismán, consistente en una especie de piedra negra con diminutos caracteres blancos en lengua china, cuya inscripción estaba hecha con tal habilidad, que parecía como si fuesen vetas blancas producidas por algún procedimiento químico en mármol negro. Este talismán tenía la virtud de determinar poderosas vibraciones, y según se conjetura, se lo dio Lira a Alcione con objeto de ponerle bajo la protección de ciertas vigorosas influencias dimanantes del mismo Mahâguru. Antes de partir Alcione, el sacerdote le bendijo, profetizándole una vasta esfera de útil acción y de esplendorosos resultados en lejanísimo porvenir.

El siguiente templo visitado por Alcione, formaba parte de un pequeño monasterio situado en la falda de una nevada colina, cerca de Brahmakund. El lugar de varios de estos santuarios parece haber sido consagrado personalmente por el Mahâguru, de veinte a treinta mil años antes, estableciendo algunos por procedimientos enteramente propios del plano físico, a la manera como miles de años después estableció Apolonio de Tyana los centros magnetizados.

Después de la visita a Brahmakund, empleó Alcione unos cuantos años en cruzar lentamente todo el Norte de la India, y en este tiempo le acontecieron diversas aventuras. Tal vez la inmediata etapa, de mayor interés para nosotros, es su visita a un santuario del monte Girnar, en Kathiawar, del que era Alceste sacerdote mayor. Alcione y Orión estuvieron estrechamente relacionados con este santuario en una vida futura, y en nuestros días se levanta allí un magnífico templo jaino, uno de cuyos vestíbulos costeó Alcione en estos últimos tiempos.

Desde Kathiawar pasó Alcione a Somnath, ameno paraje de la costa, desde el que la vista descubre un magnífico panorama. Aquel templo estaba a cargo de Virâj, y era verdaderamente magnífico. A fin de llegar al próximo santuario de importancia, tenía Alcione que volver al Norte y atravesar una comarca estéril y desierta, no lejos de donde hoy está Ahmejabad.

Luego vemos a nuestro peregrino en una especie de pagoda del distrito de Surat, cuyo sacerdote era un viejo de blanca barba, llamado Palas, de porte majestuoso, de aspecto atractivo y de preclaro talento, aunque tal vez con demasiado poco corazón. Este sacerdote fue en vida muy posterior el filósofo Platón. Los servidores de este santuario parecían más bien estadistas que ascetas.

Después de Surat visitó Alcione un templo de las montañas de Vindhya, que tenía nombre atlante, pero sin especial interés para nuestro relato. Había allí una imagen parlante que funcionaba por medio de un tubo acústico y los sacerdotes que de este artificio se valían, no se percataban de que era un engaño para el pueblo; al contrario, se creían inspirados por la divinidad, y al transmitir el mensaje por boca del ídolo, consideraban el procedimiento como el más a propósito para impresionar a los fieles. Entre los sacerdotes de aquel templo había algunos tan buenos Focea, casado con Proción.

Siguiendo adelante, visitó Alcione diversos lugares, ya de regreso a su tierra; y en suma, empleó cincuenta años de su vida en el cumplimiento del voto. Por fin, llegó a la cueva en donde había morado antes de emprender la peregrinación, y allí vivió basta la avanzada edad de ciento nueve años. En los ratos de meditación se le apareció constantemente Mercurio, para darle muchos consejos y advertencias, y ayudarle a recobrar la memoria de las existencias pasadas, y de quienes habían convivido con él en ellas, de modo que su cueva quedó poblada de las formas mentales de los personajes aparecidos previamente en esta serie de vidas.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Virâj        Elevado sacerdote de santuario.

Júpiter    Elevado sacerdote de santuario.

Saturno  Elevado sacerdote de santuario.

Brhaspati  Elevado sacerdote de santuario.

Venus    Elevado sacerdote de santuario.

Marte     Rey. Esposa, Osiris. Hijo, Orfeo. Nieto, Ceteo.

Alcione  Padre, Urano. Madre, Mercurio. Hermanos: Demetrio, Elsa. Hermanas: Neptuno, Proteo. Esposa, Perseo. Hijos: Heracles, Mizar, Polar, Psiquis, Canope, Cisne. Hijas: Arturo, Betelgeuze, Régulo, Alcor, Capricornio, Fomalhaut.

Heracles   Esposa, Géminis. Hijos: Erato, Ausonia, Melete, Concordia. Hijas: Cabrilla, Espiga, Andrómeda, Auriga.

Mizar      Esposa, Irene. Hijo, Casiopea. Hijas: Altair, Wenceslao, Leto, Centauro.

Lira         Sacerdote que después fue el filósofo Lao-tse.

Palas     Sacerdote que después fue el filósofo Platón.

Alcestes Sacerdote de Girnar. Esposa, Sírona. Hijos: Tolosa, Aries.

Focea    Sacerdote del templo de las colinas Vindhya. Esposa, Proción. Hijos: Alastor, Cáncer.

 

 

VIDA V

 

Vamos a entrar ahora en otra de las maravillosas civilizaciones del mundo antiguo, porque el siguiente nacimiento de nuestro héroe ocurrió en el año 19554, en la vieja raza turánica, del país que hoy es China. Fue hijo de Mira, hombre rico e influyente, que en distintas ocasiones había ejercido importantes cargos en el distrito. Era Mira duro en el mando, pero de buen corazón, amante de la justicia y muy bueno con el pequeño Alcione, aunque a veces se mostraba algo impaciente porque no le comprendía. La madre de Alcione era Selene, mujer de corazón delicado y tan dada al estudio, que a los cuidados de la casa prefería las cuestiones filosóficas. Mira la quería en extremo, y estaba sumamente orgulloso de su erudición y habilidad literaria, de cuyos sentimientos participó también Alcione, en cuanto tuvo uso de discernimiento. Tal vez la más decisiva influencia que experimentaba Alcione, era la de su hermano Sirio, dos años mayor que él y, por consiguiente, una especie de héroe infantil a sus ojos. Desde niños fueron inseparables ambos hermanos, y aunque algunas veces incurrían en faltas, eran por lo general muy buenos muchachos. Al cumplir respectivamente ocho y diez años, se complacían sobremanera en sentarse en el regazo de su madre, para escuchar las teorías que les explicaba. Por supuesto que no las entendían del todo; pero se deleitaban al ver contenta a su madre, y poco a poco se asimilaron algunos conceptos. Les encantaba especialmente un libro escrito por ella misma, y que sus infantiles mentes tomaban por revelación divina. Trataba el libro de explicar y divulgar las enseñanzas expuestas en otro antiquísimo, del tiempo de los atlantes que, según parece, fue el original de uno de los Upanishads. Sirio y Alcione se acostumbraron a mirar con mucho respeto y veneración el libro de su madre, que estaba ilustrado con gran número de estampas de color, en las cuales fijaban la vista con ardiente interés, si bien les daban interpretaciones caprichosas. A los doce años de edad salvó Alcione valerosamente de un gravísimo peligro, y acaso de la muerte, a su hermano Sirio. Iban ambos por el bosque, y Sirio se había adelantado unos pasos, como de costumbre, cuando encontraron los restos de una hoguera encendida en un hoyo. El fuego estaba en rescoldo, de manera que a la vista parecía una masa negra de carbón. Sirio saltó sobre ella, sin sospechar el fuego que ocultaba, y al dar el salto, se le enredó el pie y se le torció el tobillo, de modo que con el dolor de la torcedura y el ansia de desenredarse, no advirtió que las llamas habían brotado tras él y estaban prendiendo en las ropas. Alcione se hizo cargo de la situación, e inmediatamente se abalanzó a su hermano, para quitarle las encendidas ropas, sin reparar en quemarse dolorosamente las manos. Casi al mismo tiempo apartó a su desvalido hermano de las llamas y le restregó el cuerpo sobre la hierba para extinguir el fuego. Los niños tardaron mucho en llegar a casa, porque Sirio tuvo que vendar las abrasadas manos de Alcione y éste hubo de servir a su hermano de sostén, porque cojeaba.

Ya mayores, fueron ambos hermanos entusiastas propagadores de las teorías de su madre que, por estar algún tanto en oposición con las ideas ortodoxas de la época, motivaron que se les calificase de excéntricos. Afortunadamente, en aquel tiempo y en aquel país las gentes eran tolerantes en materias religiosas y no se perseguía a nadie por diferencias de opinión.

Al llegar Sirio a los veinte años y Alcione a los dieciocho, se enamoraron perdidamente ambos de una joven de estirpe real, llamada Albireo, nieta de Marte, que a la sazón era emperador de la China occidental. Vajrâ, hija de Marte, había casado con Ulises, gobernador de la provincia que habitaba la familia de Alcione, y según cuentan las crónicas, su marido era muy infeliz con ella. Sea de ello lo que fuere, una de sus hijas era Albireo, extremadamente hermosa y de natural bondadoso, aunque muy viva e imperiosa de genio. Los dos hermanos eran inconscientemente rivales en la pretensión a su mano, pero felizmente descubrió Sirio a tiempo el amor de su hermano, e instantáneamente resolvió sacrificar sus propios afectos en beneficio de Alcione. Al efecto, puso a disposición de éste la parte de su patrimonio familiar, con objeto de que pudiera aspirar más fácilmente a casarse con una joven de tan elevada alcurnia; y no porque ella ansiase riquezas de que ya era poseedora, sino porque el consentimiento de los padres sólo podía recabarse a costa de valiosos regalos y más aún por la manifestación del poder que dan las riquezas. Alcione rehusó durante largo tiempo la donación de su hermano, pero la actitud de Ulises le puso en la alternativa de aceptarla o renunciar a sus pretensiones a la mano de Albireo. No quiso Sirio que se llegase a este último extremo, alegando lo conveniente de tan ventajoso matrimonio para toda la familia, aunque la verdadera razón fue que el rompimiento de las relaciones dilaceraría el corazón del hermano a quien amaba sobre todas las cosas en este mundo.

Había otros pretendientes, en especial un apuesto pero plebeyo joven, llamado Escorpión, muy rico, aunque no de buena familia, quien trató de abrir a su pretensión todos los caminos imaginables, hasta el punto de provocar un choque con Sirio, que cordialmente le despreciaba y aborrecía. Cuando al fin lograron Sirio y Alcione concertar el matrimonio de este último con Albireo, se puso Escorpión furioso y montó en cólera, con juramento de vengarse de los hermanos, pero éstos se rieron de sus amenazas y le retaron a que hiciese cuanto le viniera en gana.

Posteriormente volvió Escorpión con protestas de arrepentimiento, mostrándose ardientemente dispuesto a cooperar a la felicidad de los novios. Les dijo que, avergonzado de su desplante, había consultado con un astrólogo conocedor de lo que él era capaz de hacer, para ayudarles, quien le informó del sitio en donde se ocultaba un tesoro destinado para ellos, aunque sólo con su personal auxilio podrían encontrarlo. Afirmó que estaba el tesoro en cierta cueva de un apartado rincón del país y se brindó a guiarles al lugar. Alcione, que era honrado e ingenuo, creyó fácilmente la patraña, con mayor motivo cuanto necesitaba dinero para la boda; pero a Sirio le asaltaron dudas y quiso ser también de la partida. Al llegar cerca del paraje, fingió Escorpión que le era preciso detenerse con uno de los criados, a fin de que Alcione con el otro criado, llamado Boreas, entrasen solos en la cueva. Sirio nada sospechó de pronto acerca de la detención, pero al ver que surgían algunos obstáculos, principió a intranquilizarse, hasta que súbitamente se le representó una visión en la que Alcione aparecía acometido por las fieras, y entonces comprendió que todo aquello era una trama diabólica. Aunque esto sólo era intuitivo, sin prueba alguna, acusó a Escorpión de doblez y tentativa de asesinato, increpándole tan vehemente, que el miserable cantó de plano y confesó su culpa. Abalanzase a él Sirio, y después de ponerle en las seguras manos de un criado, le amenazó con quitarle la vida, si por desgracia Alcione hubiera recibido el más leve daño. Acompañado de otro criado se precipitó Sirio en seguimiento de su hermano, a quien alcanzó en el preciso momento de impedir que entrase en la cueva. Entonces subieron a un peñasco, para observar si tenía algún fundamento la presunción de lo de las fieras, y en efecto, vieron que de la cueva salían dos poderosos tigres. Al regresar condujeron a Escorpión en calidad de prisionero y le entregaron en manos del gobernador Ulises, quien luego de enterado del caso le condenó a destierro.

Durante todo este tiempo, nada había sospechado Alcione del sofocado amor que destrozaba el corazón de Sirio; pero cuando todo estuvo dispuesto, y fijado ya el día de la boda, alegó Sirio que había de marchar a una ciudad muy distante. Sorprendió a Alcione y le causó pena incomprensible la ausencia de su hermano en la ceremonia; pero después del casamiento resultó que Albireo había tenido sus sospechas, y por medio de su intuición, se llegó finalmente a descubrir la verdad. Alcione tuvo grandes remordimientos y declaró que si bien no hubiera podido vivir sin Albireo, prefiriera la muerte antes de haber suplantado de aquel modo a su querido hermano. Pero Sirio le consoló y dijo que sin la voluntad de los dioses no hubiera penetrado los pensamientos de su hermano y, por lo tanto, el sacrificio debía ser agradable a sus ojos y aceptarlo forzosamente Alcione como decreto del destino. Sin embargo, Sirio permaneció siempre soltero y perpetuamente fiel a la memoria de su primer amor, de lo que se mostró Albireo muy conmovida, declaraba que a los dos amaría y honraría por igual.

Sirio y Alcione tenían una hermana menor, llamada Vega, a quien tiernamente amaban. Pólux, un amigo de la casa, contrajo relaciones ilícitas con la joven a quien luego traicionó, huyendo al ver que era inminente la revelación de su falta. Alcione y Sirio determinaron vengar la deshonra de su hermana, y salieron en persecución de Pólux, recorriendo durante dos años la China, hasta que encontraron sus huellas en el norte del país. Mientras andaban empeñados en la persecución, cavó enfermo Alcione en la ciudad de Urga, en donde había un famoso templo regido por el lama Orfeo, anciano de luengas y blancas barbas, que hospedó afablemente a los dos hermanos, y destinó para cuidar de Alcione al sacerdote Auriga, quien cumplió el encargo con solícito cariño y continuas atenciones hacia el enfermo. Restablecido Alcione, les acompañó un buen trozo este joven sacerdote y les presto excelentes servicios de asistencia.

Supieron los dos hermanos que, temeroso Pólux de ellos, había pasado a la isla de Saghalien, con propósito de despistarlos; pero le persiguieron hasta allí, y finalmente le alcanzaron y dieron muerte, con lo que regresaron a su hogar satisfechos de haber cumplido con su deber. Según la moral de la época, la muerte de Pólux rehabilitaba por completo a Vega, quien al cabo de algún tiempo casó con Tifis, rico mercader de la ciudad y miembro del, Consejo de Gobierno. Su hija mayor fue Iris que posteriormente casó con Leo. Mizar se había casado antes con Polaris, hijo del bibliotecario del templo principal. Vivieron muy felices, y a su tiempo sucedió Polaris a su padre en dicho cargo.

El desterrado Escorpión había vuelto, entretanto, disfrazado de asceta, logrando captarse la protección de Cástor, hombre de mucho predicamento político. Durante su ausencia adquirió Escorpión poderes mesméricos y conocimientos de magia negra, que le pareció fácil emplear en Cástor por ser sujeto a propósito, según coligió al solicitar de él una limosna; y así recurrió a los poderes mesméricos para que Cástor consintiese en recibirle a todo estar en su casa. Poco a poco fue cobrando gran ascendiente en el ánimo de su protector, quien acabó por colocarle en un templo, con recomendación de hombre muy santo. Por bastantes años se mantuvo Escorpión en dicho templo, y ejercitó con éxito sus artes entre las gentes. Como todavía guardaba rencor a Sirio y Alcione, procuró sugestionar contra ellos la mente de Castor, ocasionando un grave disturbio en la familia, porque la malevolencia de Cástor contagió a Ulises, padre de Albíreo.

Escorpión halló instrumento adecuado a sus planes en Tetis, joven de receloso carácter, que enamorada de Leo, hijo mayor de Alcione, recurrió a Escorpión, para procurarse un filtro amoroso con que rendir el ánimo de su amado. Escorpión consintió en proporcionárselo, a cambio de todo el dinero que pudiese heredar de su padre, y aceptado el trato, fabricó con yeso imágenes de Leo y de Tetis, e hizo en ellas algunos pases mesméricos, con palabras de encantamiento, y después dijo que habían de esconderse las imágenes en el dormitorio de Leo.

La magia de Escorpión produjo resultados parciales, pues logró despertar en el corazón de Leo un tan desconsiderado amor hacia Tetis, que hubiera pasado por todo a trueque de casarse con ella. Sin embargo, Mercurio, hermana de Leo, que era intuitiva, sospechaba alguna maquinación en ello, y presumía que su hermano jamás se hubiera enamorado voluntariamente de una mujer tan basta. Mercurio habló del caso a su padre y a su tío, manifestándoles su convicción de que, Escorpión era un impostor y estaba enredado en la trama. Sirio había sospechado de él por mucho tiempo, pues estaba seguro de que engañaba al pueblo de varios modos; y después de oír lo dicho por Mercurio, se puso a investigar hasta descubrir la identidad de Escorpión. Con ello quedaba éste sujeto a sentencia de muerte, por haber quebrantado el destierro, y en consecuencia fue ejecutado.

La penetrante intuición de Mercurio descubrió todas las maquinaciones del malvado Escorpión, de suerte que, no sólo quedó Leo completamente libre de sus alucinaciones amorosas, sino que se restableció la armonía entre Sirio y Alcione con Cástor y Ulises. Este último, anheloso de compensar su injustificada frialdad y desconfianza, con motivo de haber caído enfermo sin esperanzas de curación, envió a Marte una embajada con súplica de que Sirio le sucediera en el cargo. Marte accedió a la demanda, y nombrado Sirio gobernador del distrito, puso por juez principal a Alcione. Ambos hermanos desempeñaron sus empleos con mucha honra y respeto de todos hasta su muerte acaecida el año 19485.

Las confesiones de Escorpión ensalzaron grandemente la fama de Sirio y mantuvieron su probidad a muy elevado nivel. Su sobrina Mercurio, a quien verdaderamente se debía el descubrimiento, entró en el templo como postulante, llegando a ser famosa por sus clarividentes facultades y su habilidad en la curación de ciertas dolencias. Tenía treinta años cuando Marte, ya muy viejo, recorrió triunfalmente su reino, y al llegar al distrito hubieron de cumplimentarle Sirio y Alcione, por lo que Marte vio a Mercurio, y tan excelente impresión le causó, que la indujo a dejar el templo y casarse con su nieto Osiris, de modo que llegó a ser reina del país. Pero esto sucedió, como puede suponerse, mucho tiempo después de la muerte de su padre. Sirio y Alcione fueron tan inseparables de viejos como lo habían sido de niños. En su larga vida no surgió el más leve roce entre ellos, y murieron con pocos días de diferencia, pues sentían se uno sin otro con su vida incompleta. Como Sirio murió soltero, le sucedió en el gobierno del distrito su sobrino Leo, quien lo desempeñó acertadamente con la ayuda de la discreta y bondadosa Iris, su mujer.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Marte     Emperador. Padre, Heracles. Madre, Brhaspati. Hermanos: Venus. Hermana, Neptuno. Hija, Vajra. Nieto, Osiris.

Ulises     Gobernador de provincia. Esposa, Vajra. Hija, Albireo.

Alcione  Padre, Mira. Madre, Selene. Hermanos: Sirio, Ayax. Hermanas: Vega, Mizar. Esposa, Albireo. Hijo, Leo. Hija, Mercurio.

Ayax      Esposa, Aleteya. Hijos: Ofiuco, Urano, Calipso, Hijas: Dorada, Sagitario. Acuario.

Vega      Esposo, Tifis. Hijos: Algol, Proserpina, Libra. Hijas: Iris, Fénix, Viola.

Mizar      Esposo, Polar. Hijos: Minerva, Siwa, Olímpia, Tolosa. Hijas: Fides, Virgo.

Leo         Esposa, Iris. Hijos: Aurora, Lira, Berenice. Hijas: Pegaso, Clio.

Mercurio    Esposo, Osiris. Hijos: Saturno, Virâj, Vulcano. Hijas: Beatriz, Píndaro.

Cástor    Hombre de Estado.

Orfeo     Lama del Templo en Hurga.

Auriga    Joven sacerdote en Hurga.

Boreas   Fiel criado de Alcione.

Pólux     Falso amigo.

Escorpión Rival.

Tetis       Aventurera.

 

 

VIDA VI

 

Cuna de la gran raza aria fueron las costas del Mediterráneo asiático, que, al ocurrir el cataclismo que hundió la isla de Poseidonis en las aguas del Atlántico, ocupaban el área del actual desierto de Gobi. El gran fundador de la raza, el Manú Vaivasvata, estableció allí su colonia después de su intento de establecerla en las mesetas de la Arabia central, y al cabo de un largo período de gestación, lleno de vicisitudes, logró que la raza se desenvolviese con grandiosa pujanza. Diversas veces, durante aquel período, había enviado el Manú nutridos contingentes a establecer subrazas en varias comarcas del vasto país asiático, y en la época en que cae la presente vida estaba aquella viril nación dilatando una vez más las fronteras de su territorio. Durante el crecimiento del pueblo ario, encarnó el Manú repetidamente con propósito de dirigirlo, pero al nacer Alcione (18885 años antes de J.C.) hacía ya algunos siglos que no se manifestaba físicamente entre su raza, pues de intento quiso dar tiempo a que en ella surgiesen diferencias de opinión.

Se había formado entre los arios una secta, cuyas doctrinas se encaminaban a desobedecer la prohibición, establecida por el Manú, de mezclarse con gentes extrañas, y al efecto argüían diciendo que puesto que la raza estaba ya definitivamente formada, no corría peligro de que las mezclas adulterasen el tipo.

En consecuencia, algunas familias, llevadas del interés político, contrajeron parentesco sanguíneo con príncipes de la raza tártara; pero como los ortodoxos considerasen criminales aquellos matrimonios, excomulgaron a los heréticos, quienes no tuvieron más remedio que formar comunidad aparte, cuyo progresivo desarrollo la erigió con el tiempo en poderosa monarquía. Sin embargo, los disidentes mudaron muy pronto de opinión y dejaron de mezclarse con otras razas, por lo que apenas hubo diferencia de tipo entre el tronco ario y su desgajada rama, si bien no por ello se borraron las discrepancias religiosas que, contrariamente, parecían haberse ahondado con el tiempo.

La gran masa de los arios detestaba a la tribu herética que había mezclado su sangre con la de otras gentes, y evitaba todo trato con ella. Las crecientes diferencias de idioma recrudecieron todavía más la división, y durante muchos siglos se les consideró como raza extraña y enemiga, hasta que los arios ortodoxos invadieron su territorio y les empujaron al desierto.

Las tierras de cultivo que rodeaban las costas del mar de Gobi, comprendían un área no muy extensa, ocupada en su mejor parte por el poderoso reino central ortodoxo de la quinta raza-raíz. Por lo tanto, la tribu herética se vio precisada a asentarse en las tierras menos fértiles que circuían las montañas septentrionales; pero la raza madre se desarrollaba con tan rápido incremento, que sin cesar caía sobre las tribus independientes con intento de apoderarse de sus tierras. El pueblo ortodoxo era tan sumamente mojigato e intolerante, que no sólo no podía vivir en paz con quienes de ellos discrepaban, sino que los tenía por demonios merecedores de exterminio, y así no era posible matrimonio alguno entre ellos.

Marte era por entonces rey de una de las tribus pertenecientes a la raza herética, y había tenido que rechazar durante mucho tiempo las invasiones de los ortodoxos, pero presumía que no siempre le iba a ser posible rechazarlas, porque su tribu, aunque numerosa y bien organizada, era un puñado de hombres en comparación de las multitudes ortodoxas y, a menos que él batallase incesantemente contra ellos, su raza quedaría prontamente exterminada, pues la más pertinaz resistencia sólo podría demorar por algún tiempo la inevitable catástrofe. En tan perpleja situación consultó varias veces con su instructor religioso, el sacerdote Júpiter, quien siempre le daba consejos contrarios a la guerra, pero sin indicarle medio alguno para conservar la existencia del su pueblo.

Se agravaban las dificultades y era cada vez más inminente el peligro, cuando después de muchas plegarias e invocaciones tuvo Marte una visión que le señaló la conducta que bahía de seguir. Tanto los ortodoxos, como los llamados heterodoxos, veneraban igualmente la memoria de Manú y le rendían honores casi divinos, de modo que cuando se le apareció a Marte en sueños, no tuvo éste inconveniente alguno en seguir sus consejos sobre la manera de resolver las dificultades.

Le dijo el Manú que el embarazo en que se veía, no dimanaba de la casualidad, sino que desde muy de antemano lo venía preparando él como parte de su plan. Le dijo también que le había escogido para acaudillar la vanguardia de la más numerosa emigración hasta entonces conocida en la historia, a cuyo efecto pondría en marcha a su tribu para encaminarse con ella al Sudoeste, hasta llegar, después de algunos años, a cierta tierra sagrada que de propósito les estaba dispuesta, una tierra de imponderable fertilidad, en la que el pueblo florecía extraordinariamente con gran progreso espiritual y material. El Manú ordenó singularmente a Marte que tratara con amable suavidad a las tribus colindantes y que sólo recurriera a las armas cuando le forzasen a ello. Le advirtió, además, que había de entrar en aquella tierra prometida y adelantarse lentamente en ella hacia sus últimas lindes. Por otra parte, le predijo que las tribus del imperio ortodoxo, cuya presión tanto le inquietaba, se alegrarían de su marcha y se gozarían en la posesión del abandonado territorio, pero que, en tiempos por venir, también los ortodoxos se verían precisados a emprender la peregrinación que ahora iba él a emprender, y que, cuando el caso llegara, encontrarían ocupada por los heterodoxos la mejor parte de la tierra prometida, siendo inútiles cuantos esfuerzos hiciesen para arrojarles de ella. Le dijo, por último, que en futuras vidas tomaría no pequeña parte en la dirección de estas emigraciones y que, en recompensa de tan ardua labor, él y su esposa Mercurio llevarían a cabo en tiempos por venir una privilegiada obra, análoga a la realizada por el propio Manú. La profecía abarcaba también a sus hijos Heracles y Alcione, con la expresa afirmación de que igualmente les esperaba a éstos una obra de similar naturaleza todavía en más lejano porvenir.

La visión no sólo sacó a Marte de su perplejidad, sino que le hinchió de entusiasmo para cumplir la elevada misión que se la confiaba. Al efecto dispuso una asamblea general del pueblo, y con tan convincente elocuencia les refirió cuanto había visto y oído y lo que en consecuencia estaba resuelto a hacer, que la tribu entera compartió su entusiasmo y celo. Le ordenó que acopiasen grandes cantidades de víveres en la forma más a propósito para el viaje, y que llevasen consigo lo más vigoroso y escogido de sus manadas y rebaños. Consultó Marte con los astrólogos acerca del día más favorable para emprender la marcha, y precisamente la víspera del señalado llevó a efecto una feliz correría por tierras de los ortodoxos, de la que obtuvo riquísimo botín, y ya estaban en pleno camino con su pueblo cuando, repuestos de la sorpresa, los enemigos intentaron tomar desquite.

Entre los súbditos de Marte había muchos que diputaban aquella emigración por un mal paso y el sueño del rey por ilusión. Jefe de este recalcitrante partido era Alastor, quien declaró que su conciencia no le permitía seguir a un caudillo seguramente sometido al influjo y guía de alguna potestad diabólica, que le descarriaba con engaños para inducirle a acometer una infausta empresa, cuyo resultado sería la completa ruina de cuantos fuesen bastante locos para seguirle. A esta invectiva replicó Marte diciendo que él a nadie obligaba a que le acompañase, pues tan sólo quería leales y voluntarios cooperadores, y que, así, bien podían Alastor y sus secuaces quedarse si tal era su gusto. Únicamente una exigua minoría de los parciales de Alastor se avinieron a tomar tan extrema resolución, y la mayor parte le conminaron a que reflexionase sobre su acuerdo. Sin embargo, se obstinó Alastor, declarando que él y su banda de adullamitas eran los únicos fieles a los mandamientos del Manú, puesto que deseaban permanecer en las tierras donde los había establecido, sin dejarse arrancar de su manifiesto deber por sueños histéricos y supuestas revelaciones.

Marte no quiso malgastar más tiempo en discusiones con Alastor, pero le advirtió que tal vez se labraba la ruina por su propia mano. Alastor se quedó, por fin, y puso a tormento su ingenio para sacar el mejor partido de la situación.

Según ya dijimos, Marte había llevado a cabo una correría en territorio ortodoxo y, en consecuencia, el rey de este país organizó una expedición para castigar a los audaces montañeses. Alastor salió arrogantemente al encuentro de las tropas ortodoxas, presentándose como caudillo de uno de los dos partidos rivales del reino montanero, y ofreció su apoyo a los invasores con tal que diesen buen trato a él y a su gente. Dijo, además, que de mucho tiempo atrás estaba convencido de que su tribu había hecho muy mal en emparentarse con los atlantes, y que por su parte se hubiera unido ya a los ortodoxos, si Marte no se lo impidiera cuantas veces lo intentara. Señaló el camino emprendido por este último en su emigración, y se ofreció a indicar a los invasores una senda montañosa por donde ellos podían caer sobre él y aniquilarle con sus gentes. El general ortodoxo creyó lo más acertado aceptar el apoyo de Alastor, a quien prometió respetar las vidas de todos los suyos en recompensa de la traición, y, en consecuencia, condujo Alastor las tropas expedicionarias a lo más fragoroso de las montañas, con intento de atajar los pasos de Marte; pero como los soldados no tenían costumbre de andar por aquellos, riscos, se fatigaron lastimosamente, y cuando tras muchas penalidades encontraron a la tribu de Marte, fueron completamente derrotados con gran matanza. El general ortodoxo pudo escapar, y sin pérdida de tiempo condenó a muerte a Alastor y sus conmilitones.

Fiel a las instrucciones recibidas, procuró Marte evitar en cuanto pudo los choques de armas, y al llegar cerca de algún país organizado en monarquía, despachaba una embajada al soberano, anunciándole que él y su pueblo venían en son de paz y amistad por obediencia a los mandatos divinos, y que sólo deseaban que se les dejase paso franco para cumplir las órdenes que habían recibido. En la mayor parte de los casos obtenía Marte sin dificultad el permiso, y los habitantes del país por donde atravesaba, les recibían hospitalariamente y les regalaban gran copia de víveres al despedirse. Algunos reyezuelos se negaban a dejarles atravesar las fronteras, temerosos de su gran número entonces se desviaba Marte de su camino, en demanda de otro soberano más complaciente. Dos o tres veces le atacaron tribus merodeadoras, de las que, sin gran esfuerzo, dieron buena cuenta sus intrépidos montañeses.

En estas condiciones de aventuras y errabilidad se desenvolvieron los primeros años de la vida de Alcione, que tenía unos diez cuando su padre se resolvió a la emigración, y, por lo tanto, pudo experimentar en toda su plenitud las vicisitudes de aquella errante existencia. Tenía, por decirlo así, dos aspectos el carácter de Alcione, pues en el trato con su padre se mostraba francamente pueril y apasionado de la excitadora variedad, mientras que con su madre aparecía soñador y místico, aunque por igual amaba a uno y otra. Algunos días iba junto a su padre al frente de la caravana, y afrontaba resueltamente el cumplimiento de algún difícil deber con toda su energía puesta en el plano físico, mientras que otros días se quedaba atrás con su madre, metido en uno dé los cestos que pendían de la montura, ensimismado en sus pensamientos, sin darse cuenta siquiera del país que atravesaban.

En esta última condición parecía vivir Alcione no en el presente, sino en el pasado, porque tenía frecuentes, extrañas y lúcidas visiones (la mayor parte de pasadas encarnaciones, aunque él lo ignoraba) que consideraba como sucesos tan personales y sagrados, que poquísimas veces hablaba de ellas nunca a otra persona que no fuese su madre. Estas visiones eran de variado carácter, algunas de ellas referentes a vidas que ya hemos investigado, y las demás a otras que ignoramos todavía. En muchas de estas visiones se le aparecían su padre y su madre, a quienes jamás dejaba de reconocer, cualquiera que fuese el velo de raza o sexo que les encubriese. Algunas veces cuando se veía sobrecogido por corrientes de confianza, relataba las visiones a su madre con maravillosa y vívida descripción de las escenas, a que llamaba "historias pintadas", y le decía: "Madre, en esta historia eres tú sacerdote de un templo. En esta otra eres mi madre, precisamente lo mismo que ahora. En otra más eres mi hijo y te llevo en brazos".

Cuando Alcione hablaba de esta suerte, su madre se sentía identificada con la figura de la visión que, por decirlo así, refrescaba su memoria. Entonces se acordaba de que cuando niña, había tenido ella también análogos recuerdos, desvanecidos gradualmente con la edad, y advertía que su hijo estaba viendo a la sazón lo que ella había visto. En una de las más lúcidas visiones (la que Alcione consideró mejor de todas) no se le aparecieron ni su padre ni su madre, sino que él mismo se vio como una joven madre que, henchida de amor, no vacilaba en precipitarse en voraces llamas y asfixiante humo para salvar a un niño que era la esperanza del mundo. Fue el recuerdo de su existencia en Burma tres mil años antes. También tuvo otras visiones en que no tomaron parte sus padres, y algunas de ellas ofrecieron carácter poco apetecible.

Eran cierto número de extrañas visiones que de cuando en cuando representaban ceremonias de magia negra, evidentemente pertenecientes a un muy remoto pasado. No es posible describir lo lacerante de aquel temeroso espectáculo, que excitaba un sentimiento de indecible horror y repugnancia, entremezclado de algo semejante a un éxtasis salvaje. Despertaban aquellas escenas una definida sensación de algo radicalmente maligno y nefando que sobrecogía de terror y disgusto el actual temperamento de Alcione, aunque, a pesar de ello, se daba plena conciencia de que en tiempos muy lejanos se había complacido orgullosamente en lo que ahora con tan profundo horror miraba. Le disgustaban vivamente a Alcione semejantes visiones que, sin embargo, persistían obstinadamente, una vez comenzadas, como si se complaciesen en mostrarle hasta el fin la parte que desempeñaba en ellas. Nunca se atrevió Alcione a hablar a su madre de esta clase de visiones, aunque Mercurio había ya advertido por dos veces en su hijo la extraña postración y abatimiento nervioso en que le dejaban aquellas reproducciones escénicas de vidas pasadas. Pero Alcione esquivaba la descripción, diciendo que el sueño había sido muy terrible aquella noche.

No es fácil reconstituir el argumento de las visiones terroríficas, aunque sin duda reflejaban alguna de las salvajes orgías del culto tenebroso, tal como las practicaban los atlantes, algo parecido a los aquelarres de la Edad Media, una especie da disoluta y sensual adoración de maléficas personificaciones, perteneciente a un orden de existencia que la humanidad ha trascendido ya completamente. Los sectarios de este culto negro parece que fueron capaces de asumir a voluntad formas animales, mediante cierta poción o ungüento a propósito y de levitar sus transmutados cuerpos físicos. Al representársele estos nefandos hechos de pasadas vidas, se veía Alcione junto a una compañera, siempre la misma, por cuyo amor había caído en el culto demoníaco y gozándose seducidamente en él. No obstante el horror que le conturbaba, comprendía que su intención no había sido perversa, al entregarse a la magia negra, sino que, por amor a su compañera, compartió con ella lo que entonces constituía su felicidad, pues hubiera preferido morir a enojarla, y que sólo, por ignorancia, consintió en servir de señuelo a las potestades malignas. Alcione tenía muy raramente visiones de tan desagradable linaje, y ni siquiera, las hubiéramos mencionado, de no tener, según se vio años más tarde, estrecha relación con uno de los personajes de nuestra historia.

Algún tiempo antes del nacimiento de Alcione se había refugiado en el reino de Marte un caudillo mongol, hermano menor de un reyezuelo a quien merecidamente (en apariencia al menos) aborrecían sus súbditos, en tanta medida como amaban a su hermano. Sin que éste tuviera el más mínimo conocimiento de ello, se tramó una conspiración para destronar al rey y entronizar a su hermano. Abortó la conspiración, y en consecuencia, empezaron las represiones; pero no fue posible convencer al rey de que su hermano era del todo inocente, y temeroso el joven príncipe de perder la vida, se refugió en la corte de Marte con dos o tres amigos y sus familias, que sin dificultad quedaron admitidos en la tribu aria, en cuyo seno formaron comunidad aparte, sin cruce de sangre. El joven príncipe mongol se llamaba Tauro, y tenía varios hijos, de los que sólo entra en nuestra historia la joven Cisne, de casi la misma edad que Alcione, de quien ella se enamoró perdidamente. A menudo jugaban juntos Cisne y Alcione con otros niños y niñas de su edad, sin que el hijo de Marte distinguiera en nada a la hija de Tauro, pues igualmente afectuoso se mostraba con todos. Según fueron creciendo, se estableció más definida separación entre los juegos de niños y niñas, con lo que Alcione ya no tuvo tan frecuentes coyunturas de tratarse con Cisne, aunque ésta ni por un momento dejó de pensar en Alcione.

Al cumplir Cisne diecisiete años, la casó su padre con Aries, hijo de uno de sus compañeros, mucho mayor que ella. Como este matrimonio fue asunto de conveniencia familiar, nadie había explorado la voluntad de la joven esposa, que en modo alguno amaba a su marido, el cual no era mal sujeto ni se mostraba áspero con su mujer, pero tampoco le tenía cariño, porque siempre estaba embebido en el estudio, y la joven esposa era para él mas bien un mueble necesario al ajuar doméstico, que un ser sensible con derechos sobre él.

Durante mucho tiempo soportó Cisne en silencio tan depresiva situación, disimulando celosamente su frenético amor por Alcione, a quien tan sólo de cuando en cuando y por casualidad veía. Ocurrió al fin que le confirieron a Alcione el mando de una peligrosa expedición exploradora, y enterada de ello Cisne, y temerosa de la muerte de su amado, cayó en tal desesperación que se resolvió a dejar a su marido, y vestida de hombre, se unió a la columna expedicionaria mandada por Alcione, quien logró realizar el objeto señalado por su padre Marte, aunque con pérdida de no pocos muertos y muchos heridos, entre los que lo fue gravemente Cisne, cuyo sexo se descubrió con tan triste motivo.

La condujeron a la presencia de Alcione, y en cuanto éste la hubo reconocido, ella le suplicó una entrevista a solas, antes de que se le acabase la vida, pues se sentía morir. Accedió Alcione, y entonces le declaró Cisne el amor que le profesaba, y que por tan poderosa razón le había seguido. Se Quedó Alcione asombrado en extremo, con mucho sentimiento de no haber advertido antes el amor de ella. Entonces se le representó mentalmente la visión de las salvajes orgías de la magia atlante y como si un vivísimo relámpago le iluminase, vio que Cisne era idéntica a la compañera que había él tenido en aquellos pretéritos aquelarres. Tan conmovido quedó Alcione por esta revelación, que no pudo disimularlo, y como a Cisne se le habían representado también algunas visiones cuando niña, coligió que Alcione estaba viendo algo superfísico y puso cuantas energías le quedaban en el deseo de verlo como él. No había sido Cisne completamente psíquica durante su vida, pero en aquellos momentos cercanos a la muerte pudo romper con su ardiente esfuerzo el velo del pasado, y vio la misma escena que veía Alcione. Se mostró Cisne horrorizada con ello, pero al mismo tiempo parecía sentir cierta complacencia porque dijo: "Al menos entonces me amaste, y aunque prevalida de tu ignorancia te arrastré al mal, yo juro que en lo porvenir expiaré mi culpa, y recobraré tu amor a costa de leales y desinteresados servicios al Supremo".

Dicho esto, expiró. Alcione bañó con lágrimas el cadáver, y se  lamentó nuevamente de no haber descubierto en tiempo oportuno el amor de la muerta, pues de este modo evitara su prematuro fin. Enteró Alcione de este suceso a su madre, quien convino con él en que las visiones reproducían indudablemente hechos de pasadas encarnaciones, y que tanto ella como Marte, y sus demás hijos y Cisne, habían desempeñando en dichas vidas los papeles que las visiones les asignaban.

La poderosa influencia de Mercurio sobre Alcione aumentaba en vez de disminuir con los años, y aunque rara vez tenía ya las visiones como en su infancia, continuaba siendo muy sensitivo en todo cuanto a su madre concernía, hasta el punto de comunicarse telepáticamente. Ejemplo de ello nos da una vez en que, habiendo ido de exploración los hijos de Mercurio, con objeto de preparar un camino entre montañas al grueso de la caravana, vio en sueños que Heracles y su gente estaban a punto de caer en una emboscada.

La escena era tan vívida, y con tanta fijeza se grabó en su mente la topografía del terreno, que tuvo el presentimiento de la realidad del peligro. Entonces mandó llamar a unos cuantos naturales del país, que por incidencia estaban en el campamento, a quienes descubrió minuciosamente el paraje visto en sueños, preguntándoles si lo reconocían. Respondieron ellos que lo reconocían perfectamente, y a su vez le preguntaron que cómo lo había ella llegado a conocer, puesto que distaba más de una jornada de camino. Al oír esto Mercurio, se trocaron en certidumbres sus sospechas, pero como no era posible enviar un mensajero a Heracles, trató de avisarle mentalmente; sin embargo, tan atareado se hallaba Heracles en los afanes de la expedición, que no fue entonces capaz de recibir pensamiento alguno; pero Alcione, que por fortuna estaba al frente de unos cuantos hombres en un barranco vecino, recibió la impresión de que su madre se hallaba en profunda ansiedad, y enfocando entonces enérgicamente su pensamiento hacia ella, leyó en su mente como en un libro, y, en consecuencia, se puso en marcha por riscos casi inaccesibles y a través de las interpuestas escotaduras de las montañas, hasta alcanzar a su hermano en la precisa oportunidad de impedir que cayera en la emboscada. Con esto le salvó la vida, pues los salvajes estaban tan estratégicamente apostados en la montaña, que ni un solo hombre hubiera escapado de la asechanza. Pero gracias al aviso de Alcione, pudieron los arios trocar los papeles, y cayendo sobre los salvajes, mientras éstos estaban tranquilamente al acecho, los dispersaron con espantosa matanza. De este modo quedó expedito el paso de la caravana a través de las montañas.

Poco tiempo después de este incidente, pensó Marte en que ya lo era de que Alcione se casara. El joven no tenía determinado empeño en el asunto, pero se prestó dócilmente al deseo de su padre, y al efecto, consultó con su madre, quien expuso a su consideración varias jóvenes, entre las cuales eligió a Teseo, que fue buena esposa, si bien algo celosa y exigente. Tuvieron tres hijas: Dragón, Neptuno y Arturo y cuatro hijos: Andrómeda, Betelgeuze, Fomalhaut y Perseo. A su debido tiempo casó Neptuno con Héctor, y uno de los frutos de este matrimonio fue la niña Mizar, predilecta de su abuelo Alcione, a quien ella, por su parte, profesó especial cariño.

Muchos años duró la peregrinación por el montañoso país, con frecuentes penalidades para la tribu, aunque en resumen tuvieron buen viaje y perdieron pocos hombres, en relación a las dificultades del camino. Cuando por fin llegaron a las vastas llanuras de la India, prosiguieron más fácilmente la marcha, sobre todo al entrar en los dominios del poderoso rey llamado Podishpar (Virâj), quien les recibió con solícita hospitalidad, como enterado que estaba de su empresa, y les ayudó cuanto pudo para facilitarles el éxito. Por de pronto, les concedió una faja de tierra muy fértil, junto a la orilla de un río, y les proporcionó simientes para sembrar trigo, de modo que, no sólo permanecieron allí un año entero en el goce de la hospitalidad, sino que al reanudar la marcha, pudieron llevarse consigo gran acopio de granos. Algunos se establecieron en aquel país, porque ya estaban cansados de la fatigosa peregrinación, pero la mayor parte la prosiguieron hasta el fin.

Al despedirse regaló el rey Podishpar a Marte un ejemplar de las Escrituras atlantes y un talismán de extraordinarias virtudes, que consistía en cubo de cristal, de sorprendente fulgor, con una chispa de áurea luz en el centro. También envió embajadores a los monarcas vecinos con quien estaba aliado, informándoles del paso de los arios y rogándoles que los recibieran amistosamente.

Así se les hizo menos penoso el viaje, cuyas fatigas se redujeron a la más mínima expresión. En todo el Norte de la India conocían muy bien los habitantes el talismán de Marte, y cuantos lo veían, reverenciaban a su poseedor, pues se le atribuía el don de la buena suerte y de la invencibilidad en función de guerra. Cuando Virâj se lo entregó a Marte le dijo arrogantemente: "Ya no lo necesito, porque aun sin él soy invencible, y con mi espada he labrado mi propia suerte".

Porque Podishpar tenía una enorme tizona con puño de oro, en el que estaba engarzado un magnífico rubí, a cuya arma se le atribuían poderes mágicos, hasta el punto de que quien la blandía, quedaba libre de temor a la muerte y de recibir el más leve daño en las batallas, pues sujetaba con ella a su servicio cierto número de genios o espíritus, como los que Aladino dominaba con su lámpara. Como postrer prueba de benevolencia, y al intento de afianzar la alianza entre ambos, pidió Podishpar para su hijo Corona la mano de Brhaspati, hija de Marte, a cuya petición, accedió éste muy gustoso. Brhaspati era viuda de Vulcano, uno de los jefes subalternos de la tribu, que había muerto durante la marcha en un encuentro con los salvajes. Esto evidencia que no se miraban por entonces con prevención las segundas nupcias de las mujeres.

Por varias razones fueran con el tiempo desprendiéndose de la caravana acá y allá algunos contingentes de hombres, que se establecieron en las márgenes del camino. Al cabo de siglos, estas pequeñas colonias se convirtieron en poderosas tribus, que sojuzgaron a los pueblos circundantes y se erigieron en reinos poderosos. Siempre fueron altaneros e intolerantes, y tan molestos por sus continuas agresiones, que mil años más tarde los reinos atlantes se coligaron contra ellos y, auxiliados por el divino monarca de las Puertas de Oro, les derrotaron completamente con gran carnicería, forzándoles a replegarse hacia el Sur de la península, en donde a la sazón reinaban los descendientes de Marte. Allí encontraron refugio, y se les trató hospitalariamente, hasta que con el tiempo se fundieron en la masa general de la población. Las clases elevadas del Sur de la India, aunque de piel obscura por su dilatada exposición al sol, son tan arias como las del Norte, pues sólo en escasa proporción mezclaron su sangre con la de los atlantes.

Mas a pesar de estas defecciones, no se advertía disminución alguna en el número de los súbditos de Marte, pues los nacimientos superaban en mucho a las defunciones. De Alcione podía decirse que no conocía otra vida, aparte de aquella errante, y en ella nacieron y se criaron sus hijos. Pero el aire libre y el constante ejercicio eran en extremo saludables, y les infundían gozo en su perpetua peregrinación por aquellas asoleadas tierras. Marte, que ya se sentía algo viejo, dividió a su pueblo en tres partes, cuyo respectivo mando confirió a sus tres hijos: Urano, Heracles y Alcione, de suerte que le aliviaran de la carga de los pormenores, para reservarse tan sólo la general superintendencia. Sin embargo, su esposa Mercurio gozaba de tan merecida fama de sabiduría, que todos recurrían a ella en consulta de asuntos graves, y sus tres hijos confiaban descansadamente en su poderosa intuición.

El rey Podishpar le había dicho a Marte que, puesto que las instrucciones recibidas le llevaban hacia el Sur de la India, podía recomendarle a uno de sus aliados, el rey Huyaranda (algunas veces llamado Lahira), cuyo país seguía en importancia al suyo. Efectivamente, estos dos monarcas poseían a la sazón la mayor parte de la India, uno en el Norte y otro en el Sur, estando sus dominios separados por una ancha faja de reinezuelos insignificantes, en comparación de sus poderosos vecinos.

El rey Huyaranda (Saturno) estaba en situación muy extraña, pues aunque era el autocrático e indiscutible monarca del país, el jefe supremo del ejército y el administrador de toda justicia había tras él otro poder más elevado: el del Sumo Sacerdote, que era una especie de monarca religioso, que jamás aparecía a la vista de las gentes, pero a quien todos reverenciaban con pavoroso temor. Vivía el pontífice en estrecha reclusión, apartado del resto del mundo, en un magnífico palacio, erigido en medio de un vastísimo jardín, cercado de elevadas tapias, que le estaba prohibido trasponer desde el momento en que aceptaba el cargo, y ni siquiera su servidumbre podía salir del recinto. Se comunicaba con el mundo exterior por medio de un comisionado o vicario general, único que podía verle, pues aun cuando el Sumo Sacerdote paseaba por el jardín, todos debían apartarse de su camino. Era motivo de esta reclusión, que se le consideraba como el representante del Mahâguru en la tierra, y, por lo tanto, se suponía que, de no evitar escrupulosamente todo contacto con las gentes, no podría estar lo suficientemente puro y tranquilo para servir de adecuado conducto a los mensajes celestes.

Las relaciones entre el rey y su invisible Sumo Sacerdote eran análogas a las que en el Japón existían antiguamente entre el Shogun y el Mikado, pues el primero nada hacía sin consultar al segundo. A la sazón, el Sumo Sacerdote de aquel reino se llamaba Byarsha, varón muy sabio y enérgico, pues era nada menos que el poderoso Ser a quien conocemos con el nombre de Surya, el mismo a quien en Burma, tres mil años antes, le había salvado la vida Alcione a costa de la suya propia.

Cuando los embajadores del rey Podishpar llegaron a la presencia del rey Huyaranda y le anunciaron la próxima venida de Marte con sus huestes, consultó con Sûrya acerca de la determinación que habían de tomar. Respondió el Sumo Sacerdote que aquella emigración estaba ordenada por los dioses, y que la tribu llegante era precursora de una poderosa nación, de la que habían de salir grandes maestros del mundo. El oráculo aconsejó al rey que los recibiera honrosamente y les concediera lotes de terreno en las cercanías de las principales ciudades, a fin de que, quienes de entre ellos lo deseasen, pudieran establecerse en distintos puntos del país; mas a quienes prefirieran seguir formando comunidad separada, se les asignaría un distrito casi inhabitado que estaba cerca del Nilgiris, en donde podrían morar, de conformidad con las costumbres de sus antepasados.

Este oráculo habló de esta suerte años antes de la llegada de Marte, y así cuando éste vino, lo encontró todo favorablemente dispuesto. El rey Huyaranda comisionó a su hijo Cruz para que se adelantase a recibirlos en la frontera, y cuando ya estuvieron cerca de la capital, salió él mismo a su encuentro, al frente de lucida tropa y les trató con insuperable deferencia. Enteró Huyaranda a Marte de las instrucciones, que respecto de él había recibido, y Marte, a su vez, aceptó cuanto le dijo Huyaranda, agradecido de haber llegado por fin al término de su peregrinación, con lo que ya quedaba exento de responsabilidad. Rápidamente se cumplieron los mandatos del Supremo Sacerdote, y los arios se acomodaron pacíficamente en la poderosa monarquía meridional, de cuya población formaron parte.

Antes de su llegada, había publicado Sûrya un manifiesto concerniente a cómo el pueblo debía recibir y tratar a los narigudos forasteros del norte, diciendo que eran muy aptos para los oficios sacerdotales y, en consecuencia, decretó que, en cuanto fuese posible, escogieran de entre ellos las siguientes del sacerdocio y vincularan hereditariamente en sus familias el cargo. Quienes quisieran, quedaban libres de vivir laicamente, dedicados a la profesión de las armas o a los negocios mercantiles, pero quienes abrazaran la carrera sacerdotal, habían de formar clase separada de las demás, y mantenerse de donativos públicos, sin que les fuese lícito tener propiedades personales.

El vicario general, por cuyo conducto se comunicaron al publico este y otros decretos del Sumo Sacerdote, era a la sazón un anciano, a quien nosotros conocemos con el nombre de Osiris, y cuando ya por su avanzada edad pidió que le relevaran de su oneroso cargo, quiso Sûrya dar ejemplo a la nación, solicitando de Marte que designara a uno de sus hijos para ocupar la vacante. Se honró Marte muy mucho con esta solicitud, y dijo que él y todos los suyos estaban siempre incondicionalmente a disposición del Mensajero de los Dioses, pero que, como por su parte era ya muy viejo, y andaba deseoso de retirarse de la vida pública y abdicar en su primogénito Heracles, creía lo más conveniente que a su hijo mayor Alcione se le permitiera recibir la señalada muestra de estimación con que Sûrya honraba a su familia. (Conviene advertir que Urano había abrazado anteriormente la vida eremítica, retirándose a una cueva del Nilgiris, y que, consultado sobre el caso, rehusó decididamente volver al mundo).

Sûrya aceptó gustosamente la designación hecha por Marte, y de este modo se encontró de súbito Alcione en la singular posición de vicario general y representante público del en realidad verdadero soberano de la nación, siendo, por lo tanto, la única persona que podía verle y hablarle cara a cara y boca a boca, para servir de intermediario con todos, aun con el mismo rey Huyaranda. Le preocupó de pronto a Alcione lo grave de la responsabilidad, pero según fue aprendiendo el mecanismo del cargo y pudo conocer mejor a Sûrya, advirtió que no le sería difícil cumplir dignamente los deberes de su posición. La principal dificultad estribaba en elegir de entre la porción de asuntos que diariamente llegaban a sus manos, cuáles debía, y cuáles no, someter al conocimiento y resolución de Sûrya. En su mano estaba decidir los que no habían de someterse al examen del Sumo Sacerdote, pero al lado de éste adquirió Alcione gran caudal de sabiduría, y pronto tuvo fama de prudente y justiciero.

Por supuesto que no dependían de él los tribunales ordinarios, pero aun así influía poderosamente en ellos su parecer, y mucha gente solicitaba el consejo de los sacerdotes, para dirimir sus contiendas, en vez de recurrir a las vías legales; de modo que cuando el vicario general comunicaba el veredicto del Sumo Sacerdote, terminaban definitivamente las desavenencias. Esta responsabilidad fue por sí misma un gran elemento de educación para Alcione, quien, por otra parte, obtuvo poderosa ayuda de su frecuente trato con Sûrya, pues allí estaba siempre la invisible guía del Mahâguru que, unas veces en sueños o en meditación, y otras de viva voz, daba sus consejos y órdenes a Surya.

En cierta ocasión tuvo Alcione el privilegio de recibir del propio Mahâguru una comunicación oral, recomendándole cariñosamente que no desmayara en su ardua labor, y estimulándole a perseverar en su cumplimiento. Durante treinta años desempeñó Alcione tan delicado cargo hasta su muerte, acaecida a los setenta y nueve de su edad. En todo este tiempo apenas envejeció Surya.

A los sesenta años perdió Alcione a su madre, y de ello tuvo grave pesar, que mitigaron los consuelos y ayuda de Surya. Poco tiempo después de su madre Mercurio, murió su esposa Teseo, y durante los últimos diecisiete años de su vida cuidó del hogar doméstico su predilecta nieta Mizar, que le amaba en extremo, y le comprendía el carácter mucho más que las otras. Al morir Marte le sucedió Heracles en el gobierno de la tribu; pero este cargo llegó a ser muy pronto meramente nominal, porque los arios, excepto los sacerdotes, se fundieron con las gentes del país. Últimamente, como falleciera Cruz sin sucesión, fue elegido Heracles por unanimidad rey del país, quedando con ello firmemente establecida una dinastía aria en el Sur de la India. Todos los brahmanes del Sur, vulgarmente llamados "morenos caucásicos", descienden indudablemente de la tribu cuya llegada hemos descrito, por más que, a causa de su prolongada residencia en tierras tropicales, sean de color algo más oscuro que sus antepasados.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Mahâguru Instructor invisible.

El Manú Aparece a Marte en sueños.

Júpiter    Instructor religioso de Marte.

Sûrya     Sumo Sacerdote Byarsha.

Osiris     Sumo Sacerdote vicario.

Virâj        El rey Podishpar. Hijo, Corona.

Saturno  El rey Huyaranda (también llamado Lahira). Hijo, Cruz.

Vulcano Subjefe.

Alcione  Padre, Marte. Madre, Mercurio. Hermanos mayores: Urano, Heracles. Hermana mayor, Brhaspati. Hermana menor, Demetrio. Esposa, Teseo. Hijos: Andrómeda, Betelgeuze, Fomalhaut, Perseo. Hijas: Dragón, Neptuno, Arturo.

Heracles   Esposa, Cabrilla. Hijos: Casiopea, Altair, Leto. Hijas: Argos, Centauro.

Brhaspati  Primer marido, Vulcano. Segundo marido, Corona.

Demetrio   Esposo, Wenceslao. Hijo, Elsa.

Andrómeda        Esposa, Argos. Hijo, Alcor.

Neptuno Esposo, Héctor. Hijos: Siwa, Orfeo. Hija, Mizar.

Casiopea  Esposo, Capricornio. Hijos: Ceteo, Espiga, Adrona. Hija, Sirona.

Altair       Esposa, Polar. Hijo, Tolosa.

Leto        Esposa, Géminis.

Centauro   Esposo, Concordia.

Mizar      Esposo, Alcor. Hijas: Régulo, Irene.

Tauro     Caudillo Tibetano. Esposa, Proción. Hija, Cisne.

Cisne     Esposo, Aries.

Alastor   Jefe del partido recalcitrante.

 

 

VIDA VII

 

La historia de nuestro héroe tiene esta vez por escenario otro continente. Nació Alcione con cuerpo masculino el año 18209 antes de J. C., en un reino del norte de África, que comprendía algo más de lo que ahora son los países de Argelia y Marruecos, y que a la sazón era una isla, pues el mar ocupaba el actual desierto de Sahara. Fueron sus padres Leo y Aquiles, y tuvo por hermano gemelo a Sirio y por hermanas a Aleteia y Polar. Poblaba el país la raza semita atlante, y los habitantes no se diferenciaban gran cosa de la aristocracia árabe de nuestros días. Estaban sumamente civilizados, y tenían en mucha estima la erudición. El poder público mantenía acertadamente el orden social, y entre las manifestaciones del arte sobresalían la arquitectura y escultura. Las vías de comunicación estaban muy bien conservadas, y tenían especial gusto en la plantación de jardines y construcción de fuentes, cuyas aguas tomaban de las montañas vecinas por medio de ingeniosos acueductos semejantes a los de la antigua Roma.

Vivía Alcione en los arrabales de una populosa ciudad, asentada en la comarca meridional de la isla, es decir, en la costa norte del mar de Sahara. Su padre, Leo, era el primer magistrado de la ciudad, hombre muy rico e influyente que poseía dilatadas tierras y numerosos rebaños. La administración de las propiedades era por entonces de carácter particular, pero como Leo estaba obligado por su cargo a pasar en la ciudad la mayor parte del tiempo, había encomendado las tierras a su mayordomo Sagitario que, hábil y lealmente, las administraba. Durante su niñez permanecieron largas temporadas en el campo los gemelos Alcione y Sirio, pues uno y otro preferían la vida rústica a la urbana. Allí, en el riñón de las vastas posesiones de su padre, jugaban los niños con Algol, hijo del mayordomo, y con su hija Cisne, a la que infantil e inocentemente cortejaban.

Ya mayorcitos, hubieron de permanecer Alcione y Sirio más tiempo en la urbe, que en el campo, para asistir a las clases de la Universidad, famosa entre las del país, pues contaba con gran número de estudiantes internos, procedentes de las comarcas circundantes, y de no pocos externos, a cuyo orden pertenecían Sirio y Alcione. Sin embargo, el edificio universitario era insuficiente para tantos estudiantes, de lo que resultaban deficiencias de toda clase. Confería la Universidad títulos académicos en las facultades de teología, matemáticas, literatura y retórica; certificados de aptitud en controversia y pedagogía; y premios de esgrima y caligrafía, aplicada a la ilustración de manuscritos. El estudiante se educaba para la lucha y el celibato, para ser una especie de monje-soldado; pero a causa del rápido incremento de la Universidad y de las deficiencias del edificio, había caído en desuso este aspecto de la educación.

Sirio y Alcione cursaron los estudios generales, y, especialmente el último, demostró ardoroso entusiasmo por su alma mater. Forjaba toda especie de planes para su mejora y engrandecimiento y, a menudo, declaraba confidencialmente a Sirio que dedicaría a ella su vida entera, con propósito de reduplicar el número de estudiantes y dilatar su nombradía por el mundo entero. Se contagió Sirio del celo de Alcione y prometió que, cuando su padre muriese, tomaría él a su cargo la administración de las tierras y el desempeño de los oficios, a fin de que Alcione pudiera entregarse con todo desembarazo a la vitalicia obra de fomentar la Universidad, aunque compartiéndolo todo con él, como si ambos de consuno manejasen el patrimonio.

Los vastos planes que para el porvenir pergeñaba Alcione, no le impedían aprovechar cuantas coyunturas se le presentaban de prestar algún servicio universitario, siquiera fuese modesto, con lo que llamó la atención de las autoridades académicas, de modo que, al terminar los estudios; le ofrecieron un puesto en el claustro. Aceptó Alcione gozoso, y muy luego se distinguió entre sus compañeros por la buena voluntad en llevar a cabo cuantas tareas profesionales eludían los demás, y por la perseverante diligencia e incansable celo con que servía los intereses del claustro universitario, hasta el punto de que, al cumplir treinta años, fue elegido rector de la Universidad por el Consejo Supremo de la población. Nunca había llegado un hombre tan joven a tan alto puesto, y sin embargo, el único voto que en contra tuvo Alcione fue el de su propio padre, por lo que los demás consejeros suplicaron a Leo que retirase la oposición de su voto, a fin de que Alcione resultara elegido por unanimidad. Accedió Leo diciendo que conocedor de los anhelos de su hijo por el bien de la Universidad, opinaba con sus colegas que no podría encontrarse quien más ardientemente la sirviera, pero que había votado en contra en primer escrutinio, a causa de ser Alcione todavía muy joven, y por recelo de que inadvertidamente influyese en el voto su amor de padre.

Una vez hubo tomado Alcione posesión del cargo, no demoró ni un punto el comienzo de la tarea. Ante todo solicitó de su padre que le cediera casi la mitad de sus vastas posesiones para trasladar allí la Universidad con sus parques, pues no era posible que por más tiempo continuase indecorosamente albergada en el centro de la población, sino que requería libre y amplio alojamiento en la saludable comarca costera. Tanto Leo como Sirio concedieron de muy buena voluntad los terrenos solicitados, y entonces procedió Alcione a reunir la necesaria cantidad de dinero para realizar sus vastos planes, excitando el patriotismo de sus conciudadanos de modo que unos contribuyeran con donativos en metálico, otros con materiales de construcción, algunos con operarios asalariados a sus expensas, hasta el punto de que en poco tiempo pudieron comenzar las obras con gran empuje. Se construyeron espaciosos edificios, adecuados a las diversas necesidades de la enseñanza universitaria, con magníficos jardines adyacentes. Como quiera que Alcione estaba firmemente convencido de lo provechosa que para la juventud era la vida al aire libre, todos los cuerpos del nuevo edificio se proyectaron de conformidad con un nuevo plan arquitectónico, que pudo realizarse gracias a las favorables condiciones climatológicas del país y a la vasta extensión de terreno de que se disponía. Excepto el observatorio astronómico, todos los departamentos del edificio eran de planta baja e independientes unos de otros, de modo que la Universidad no resultaba un edificio, ni siquiera un agregado de edificios en el ordinario concepto arquitectónico, sino más bien un vastísimo jardín con pabellones espaciosos que se comunicaban por medio de avenidas sembradas de fuentes, estanques y cascadas. Las cátedras, con sus tarimas y bufetes, se instalaron entre los árboles, al aire libre, y únicamente por exigencias del mal tiempo se utilizaban los pabellones techados para dar las clases. Esta disposición ocupaba, como es natural, una dilatada área, de terreno, y así tenían los estudiantes que recorrer un buen trecho para ir de una a otra aula. Las celdas de los estudiantes estaban dispuestas en filas, espaldadas de modo que todas caían al jardín, sin comunicarse interiormente entre sí. En ninguna faltaba la suficiente agua viva para la más rigurosa pulcritud de la estancia. Los estudiantes pasaban el día entero fuera de las celdas, y sólo se recogían en ellas para dormir.

Contra los planes de Alcione se opuso la dificultad de que los alumnos externos habían de trasladarse diariamente de la ciudad al campo, y, a fin de obviar este inconveniente, prometió Alcione proporcionarles el adecuado medio de locomoción, que consistió en un tranvía deslizante movido por fuerza hidráulica. La misma topografía del terreno le sugirió a Alcione este plan. A lo largo de la costa, entre la capital y la nueva Universidad, había unas escabrosidades peñascosas de cerca de cien metros de altura, cortadas en su parte media por un río, cuyas aguas desvió Alcione por un lado hasta establecer dos corrientes paralelas a la cumbre del peñascal. Después mandó construir una vía muy lisa, de roca finamente pulimentada, sobre la que pudieron deslizarse ligeros vehículos con ruedas, algo semejantes al moderno trineo. De trecho en trecho había unos depósitos de agua, que se vaciaban y llenaban artificialmente, y podían subir y bajar atados a una cuerda, cuyo otro extremo estaba ligado al vehículo, de suerte que, al llenarse el depósito y bajar por su propio peso, la misma fuerza de gravedad comunicaba al vehículo impulso suficiente para recorrer la distancia del camino equivalente al descenso del depósito. Así se procedía en cada trecho por sucesivos cambios de cuerda, y el vehículo podía recorrer, a una velocidad mayor que la del caballo a galope, la distancia entre la población y la Universidad, con la ventaja de que cada vehículo llevaba mayor número de estudiantes del que hubiera podido llevar un caballo. Mientras bajaba el depósito lleno, subía el vacío, y al llegar el primero al suelo se vaciaba, al paso que se llenaba el de arriba, de modo que continuase indefinidamente el doble juego de depósitos, algo parecido por su funcionamiento al de las pesas de un reloj. Con esto podía cada estación hidráulica accionar, uno tras otro, infinidad de vehículos para el transporte de alumnos, por la mañana y por la noche, sin que les costara absolutamente nada el pasaje. Sin embargo, pronto se echó de ver que también servía dicho sistema de tracción para el transporte de materiales, y al efecto se construyeron vagones de carga, utilizables entre el día. Esta mejora despertó en las gentes el deseo de viajar por aquella nueva vía y muchos solicitaron montar en los coches, pero Alcione estableció una módica tarifa de pasajeros, y de este modo quedó convertida la innovación en un verdadero tranvía público. Posteriormente se substituyeron por ruedas hidráulicas los primitivos cangilones, y se recurrió al sistema de cables sin fin.

No solamente se ocupaba Alcione en lo relativo a la instalación de la Universidad, sino también en lo concerniente a su interno funcionamiento, sin perdonar trabajo ni dispendio, para que todo se hiciera de la mejor manera posible, y a tal propósito envió a buscar a Poseidonis algunos profesores especialmente idóneos en la enseñanza de determinadas asignaturas. Entre los que accedieron a las solicitaciones de Alcione, se contaron Palas (esposo de Alceste), Lira, Orfeo y Ceteo. Además clasificó Alcione, la heterogénea colección universitaria de manuscritos, mandó construir una magnífica biblioteca para su ordenamiento, y comisionó a varios agentes para que adquirieran más volúmenes en distintos países. Así pudo reunir muy valiosos libros; pero como resultaran algunos ejemplares duplicados, discurrió la manera de trocarlos por volúmenes de las bibliotecas de Egipto, Poseidonis e India, y así se puso en relación con las mismas bibliotecas que él mismo fundara en el Sur de la India, cuando seis siglos antes era vicario de Surya. Al propio tiempo atendió Alcione muy solícitamente a la educación física de los alumnos, restauró las reglas referentes a la vida de los monjes-soldados, y organizó la población escolar en disciplinado ejército.

La capital del reino estaba en la parte Norte de la isla, y mucho tiempo antes había ido Alcione allí con objeto de recabar del rey Venus la aprobación de sus planes pedagógicos, y no sólo la obtuvo, sino que logró, de paso, que el monarca en persona, en su doble calidad de pontífice-rey, presidiera la apertura y consagración de la nueva Universidad, cuyo acto se celebró con una procesión fabulosamente espléndida y muy complicadas ceremonias. No estaban del todo concluidas las obras el día de la inauguración, pero Alcione creyó conveniente aprovecharse de la visita regia para dar más solemne carácter al acto de la apertura, y robustecer con ello los prestigios de la naciente Universidad.

Hubiera preferido Alcione vivir más tranquilo y obscuramente, para realizar su ardoroso deseo de componer ciertas obras filosóficas, pero una vez echado sobre sí la vitalicia carga de fomentar su querida Universidad, se creyó obligado a sobrellevarla hasta el fin, con sacrificio de sus personales inclinaciones. Se había casado con Helios, de quien tuvo variada sucesión. Su hija primogénita era Mercurio, quien tomaba grandísimo interés por la obra de su padre, y a ella se dedicó por entero después que un desgraciado suceso entenebreció su juventud. La hija segunda, llamada Ulises, era de temperamento caprichoso y apasionado, y su carencia de dominio propio produjo honda perturbación en la familia, porque la muchacha se enamoró perdidamente de Vajra, pretendiente a la mano de Mercurio; pero como el joven estaba ya muy aficionado a su preferida, desdeñó los halagos de Ulises, con lo que la pasión de ésta no pudo ya contenerse en los límites del ordinario recato, hasta el punto de que, trasponiéndolos inconsideradamente, se aventuró a descaradas solicitaciones, cuyo secreto propósito era forzar a Vajra a casarse con ella. Despreció el joven por amor a Mercurio tan livianas solicitaciones, de suerte que, enfurecida Ulises al verse desdeñada, se hinchió su corazón de celosa cólera y en un momento de arrebato asesinó a Vajra.

Al enterarse de ello Heracles, hijo también de Alcione, se declaró autor del crimen, con objeto de escudar a su hermana, de modo que no cayera sobre la familia la vergüenza de tan fea acción por parte de una mujer. Fue preso Heracles a consecuencia de su confesión y conducido ante su tío Sirio, que, por jubilación de Leo, desempeñaba el cargo de juez. Estaba Sirio consternado de que tal hubiese ocurrido en la familia, pero se mantuvo rígidamente en el cumplimiento de sus deberes judiciales, como si el reo fuera para él un desconocido. Como Sirio tenía mucha experiencia del oficio, echó de ver que Heracles se contradecía en la declaración del suceso, por lo que le hizo varias preguntas intencionadas, y por fin proveyó diciendo que no daba fe a nada de lo declarado y remitía el caso a más amplia indagación. Varias veces difirió la sentencia, porque estaba convencido de que en el fondo del asunto habla algo más de lo tan obstinadamente declarado por Heracles; pero la ley no consentía el indefinido aplazamiento de la causa, y era natural que muchos atribuyeran la vacilación del juez a su cercano parentesco con el reo.

Afortunadamente, la intuición de Mercurio descubrió al fin la verdad, como si la hubiese visto en sueños, y tan vehementemente acusó a Ulises del crimen, que no tuvo la culpable otro remedio que confesar de plano y suicidarse, para eludir la ignominia del juicio público. En consecuencia quedó libre Heracles, pero el triste suceso apesadumbró a las dos familias, y las gentes sintieron crecer su simpatía por ellas en consideración a tamaña desgracia.

Mercurio lloró amarga y sinceramente durante largo tiempo la muerte de Vajra, desechando desde entonces toda idea de matrimonio, para entregarse enteramente a la obra universitaria de su padre. Helios y Heracles también cooperaban a los esfuerzos de Alcione.

Heracles andaba muy preocupado por la falsedad cometida al declararse autor del crimen, aunque su propósito había sido escudar a su hermana. En consecuencia consultó con Brhaspati, varón virtuoso y prudente que llevaba vida eremítica, si bien de cuando en cuando se ponía en relación con el mundo para dar conferencias universitarias sobre filosofía y teología. El claustro le respetaba en extremo y le tenía por una especie de consejero áulico. Le refirió Heracles la verdad del suceso, y le declaró su remordimiento de haber cometido una mala acción que deseaba expiar por medio de la vida ascética. Le consoló Brhaspati diciendo que si bien no podía aprobar la falsedad, estaba plenamente convencido de su generosa determinante, por lo que le disuadía de abandonar el mundo y, antes al contrario, le aconsejaba permanecer en él y expiar su culpa, dedicándose al servicio del prójimo. Heracles prefirió entregarse con todo ahínco a la obra de colaboración y engrandecimiento de la Universidad, a lo que asintió cordialmente Brhaspati.

También tenía este último fama de saludador, aunque parece que no tanto por su propia virtud, como por el poder que de cuando en cuando le transmitía Surya para realizar curaciones por este medio. Así ocurrió con Alcione a raíz de cierto accidente desgraciado que le sobrevino en la Universidad. El segundo hijo de Alcione, llamado Aldebarán, era ardiente aficionado al estudio de la química de entonces, y con tal motivo había viajado por Egipto para ampliar sus estudios. También había hecho Aldebarán importantes y útiles descubrimientos, y siempre estaba ocupado en pruebas, la mayor parte de ellas arriesgadas, en las que su hermana Mercurio se interesaba vivamente. Cierto día en que Alcione presenciaba en el laboratorio los ensayos de un nuevo procedimiento químico, sobrevino una explosión que dejó aturdidos a Mercurio y a Aldebarán y prendió fuego en los vestidos de aquella. Alcione demostró extraordinario valor personal en aquella coyuntura, sacando a su hija de entre el inflamado líquido que había determinado el accidente, con lo que la salvó de una muerte segura, si bien a costa de graves quemaduras. Recurrió entonces Alcione a la habilidad de Brhaspati, quien tocó suavemente con sus manos las heridas y ampollas, untándolas con una especie de óleo magnetizado de intento, y acto continuo vendó diestramente las partes lastimadas, encargando a Alcione que no se tocara el vendaje en cierto número de días, al cabo de los cuales podría quitarse las vendas, porque ya habrían sanado las heridas. Conviene advertir que Brhaspati empleaba siempre el nombre de Surya en sus magnetizaciones, y también lo invocó en la curación de Alcione, diciendo: "En tu nombre y por tu virtud lo curo". Gracias al rápido socorro que le prestó su padre, apenas recibió Mercurio daño alguno de la explosión, pero Aldebarán resultó con muy graves lesiones en todo el cuerpo.

Le interesó tan vivamente a Alcione el procedimiento curativo de Brhaspati, que algún tiempo después fue a que le enseñara el arte de la medicina hipnótica que empleó con mucho éxito entre los alumnos. En cierta ocasión cayó Brhaspati enfermo y fue asistido diligentemente por Helios.

En otra ocasión, la semioculta influencia de Brhaspati favoreció eficazmente a la familia de Alcione. Durante la época de vacaciones escolares los piratas negros de la costa meridional del Sahara intentaron el ataque a una aldea próxima. Supo Brhaspati lo que tramaban, pues desde su atalaya vio acercarse los botes, y sin perder tiempo, enfocó su pensamiento para advertir a Alcione de lo que ocurría. Leo, Alcione y Heracles, que representaban tres generaciones, sintieron la influencia del aviso, y acto seguido corrieron a la aldea para organizar la resistencia de los vecinos contra la irrupción. Los aldeanos no disponían de armas a propósito, ni estaban acostumbrados a pelear, por lo que, si los piratas hubieran llegado a cogerlos desprevenidos, irremisiblemente hubieran caído en sus manos; pero con el auxilio y consejo de los tres caballeros se enardecieron sus ánimos. Nuestros héroes opinaron que sería lo mejor no presentar batalla en campo abierto a los invasores, sino prepararles una emboscada, en la que confiadamente cayeron con espantosa matanza.

Mizar, hijo menor de Sirio, pasaba las vacaciones en casa de Alcione con dos compañeros, cuando llegaron las noticias del ataque pirata. A los tres se les dio orden de mantenerse a distancia de todo peligro, pero la curiosidad pudo más en ellos, y así se fueron tras los mayores, con deseo de presenciar los lances de la lucha. Estaban contemplando las disposiciones que tomaba Leo para la defensa, cuando de pronto le ocurrió a Mizar una idea que al punto comunicó a sus compañeros. Los piratas habían atracado sus botes en la costa, mientras se internaban en la aldea para entregarse al saqueo y la matanza. Aprovechándose los muchachos de esta circunstancia, dieron sigilosamente la vuelta a la aldea, y cayeron de improviso sobre los botes, prendiéndoles fuego, que luego avivaron con una porción de pez, obtenida en el patio de un calafate de la vecindad. Los piratas no se figuraban encontrar formal resistencia, y por ello habían dejado los botes sin guarda alguna, de modo que los muchachos tuvieron completamente libre el campo de acción, y en poquísimo tiempo incendiaron los botes, y por añadidura hendieron con un hacha los costados adonde no alcanzaba el fuego. Les ayudó en esta labor otro muchacho, criado de Mizar, llamado Boreas. Afortunadamente para ellos; terminaron su hazaña antes de que algunos piratas que, desalentados por la inesperada repulsa, llegaron en tropel para reembarcar, pudieran sorprenderles in fraganti. Al ver los piratas destruidos sus botes, y viéndose cortados en la huida, pelearon con redoblado encarnizamiento, pero los planes de Leo eran tan acertados, y con tanta, habilidad los secundaron Alcione y Heracles, que mantuvieron en cerco a los piratas, hasta la llegada de Sirio al frente de una poderosa columna, pues al recibir Alcione el aviso telepático, había enviado a su hermano un mensajero en demanda de auxilio. Los piratas fueron exterminados, sin piedad.

Las dos familias estrecharon aun más su parentesco con los lazos del matrimonio, pues Vega tomó por mujer a Beatriz, y Bellatrix casó con Acuario. La infantil intimidad de Cisne con Sirio y Alcione motivó que, cuando ya mayores, se enamorase aquélla de éste, y aunque la joven no había manifestado nunca abiertamente su amor, le afectó en gran manera el matrimonio de Alcione con Helios, hasta el punto de reconvenirle amargamente por haberla olvidado. Le interesó muy mucho a Alcione tan inesperado caso, y respondió con frases de suma estimación y ternura, aunque en algo se quebrantó por ello el amor que a su mujer profesaba. Cisne no pudo olvidar a Alcione, y fiel a su cariño, desaprovechó varias ocasiones que de casarse se le ofrecieron; pero algunos años después cedió por fin a las reiteradas solicitaciones de Régulo, con quien contrajo matrimonio y vivió tranquila y dichosa. Su hermano Algol se casó con Psiquis, que era un excelente partido para él. Tuvieron dos hijos, Auriga y Tifis, de los que el primero casó con Iris.

Perfecta cordialidad se mantuvo siempre entre los gemelos Sirio y Alcione, y cuando aquél murió a los sesenta y nueve años de edad, lo sintió Alcione como si perdiera su propia vida. Sin embargo, muy luego se dio cuenta de que nada había perdido en realidad, pues todas las noches se le aparecía Sirio en sueños, y durante los dos años que le sobrevivió, puede decirse que Alcione pasaba los días en espera de las noches. Hacia el fin de su vida concentró todos sus ahíncos en la Universidad, y tuvo intenso placer al observar que su hijo Heracles participaba de sus sentimientos, cooperando ardientemente a su obra. Por fin murió Alcione en paz, mientras dormía, a la edad de setenta y un años, legando a su patria la monumental Universidad, cuya fama perduró por dos mil años, hasta la caída de aquella civilización, al empuje de tribus bárbaras.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Venus    Legislador de la Comarca. Reina, Albireo.

Brhaspati  Asceta instructor.

Mercurio    Padre, Alcione. Amante, Vajra.

Alcione  Padre, Leo. Madre, Aquiles. Hermano gemelo, Sirio. Hermanas: Aleteia, Polar. Esposa, Aldebarán. Hijas: Ulises, Beatriz, Acuario.

Sirio        Esposa, Selene. Hijos: Vega, Vesta, Bellatrix, Mizar. Hijas: Mira, Canope, Psiquis.

Helios    Padre, Urano. Madre, Proteo.

Heracles   Esposa, Aurora. Hijos: Neptuno, Cabrilla. Hijas: Clio, Dorada.

Vega      Esposa, Beatriz. Hijos: Virâj, Saturno. Hija, Proserpina.

Ceteo     Profesor de Universidad.

Orfeo     Profesor de Universidad.

Palas     Profesor de Universidad.

Lira         Profesor de Universidad.

Palas     Esposa, Alceste. Hijos: Osiris, Olímpia. Hija, Ausonia.

Focea    Escribiente de la oficina de la Universidad.

Sagitario    Intendente. Hijo, Algol. Hija, Cisne.

Algol       Esposa, Psiquis. Hijas: Auriga, Tifis.

Cisne     Esposo, Régulo.

Auriga    Esposa, Iris. Hijas: Viola, Tolosa.

Boreas   Muchacho, criado de Mizar.

Aleteia   Esposo, Pegaso. Hijos: Lomia, Ofiuco. Hijas: Fénix, Calipso, Virgo.

Polar      Esposo, Fides. Hijos: Melete, Libra. Hija, Minerva.

Mizar      Sobrino de Alcione

 

 

VIDA VIII

 

Esta vez nació Alcione, también con cuerpo masculino, el año 17464 antes de J.C., en el Asia central, en el seno de la enorme mayoría ortodoxa de la quinta raza que allí tuvo su cuna. Reencarnó Alcione poco antes de sobrevenir una de las muchas emigraciones que sucesivamente fueron invadiendo durante miles de años la península inda hasta establecerse en ella la primera subraza aria. Parte de la expedición anterior a la que nos referimos había sufrido un serio revés. El grueso de la hueste siguió por donde fuera Marte en el CXC de J. C. (18875), dejando de lado la ingente cordillera de los Himalayas; pero un destacamento algún tanto desembarazado de mujeres y niños, resolvió afrontar arrogantemente la gran cadena siguiendo un camino de que habían oído hablar a los mercaderes, el cual conducía a un practicable pero tenebroso paso que desembocaba en las llanuras próximas a la ciudad que ahora llamamos Peshawar. Dicho paso se conoce hoy con el nombre de Kliber. Sostuvieron los expedicionarios varias escaramuzas con las tribus montañeras, hasta que ya prontos a salir del paso, se les echó encima de repente una hueste de enemigos que los cercaron por todas partes y los exterminaron completamente. Unos cuantos rezagados pudieron por esta circunstancia escapar de la mortandad, y tras increíbles penalidades a que tan sólo sobrevivieron dos, llegaron éstos extenuados y miserables a la frontera de los arios, y después de reponerse de las pasadas fatigas, fueron a ver al rey del país, ante quien se presentaron vestidos con las pieles de oveja que sus primeros huéspedes les habían dado para cubrir su desnudez. Relataron los fugitivos la escena de la matanza, y desde entonces se le dio al paso aquel el nombre de Paso de la Muerte. El relato impresionó profundamente a Júpiter, que a la sazón contaba diez años; y así, cuando como rey del país resolvió enviar al interior de la India otra expedición de emigrantes, al mando de su primogénito Marte, le encargó sobremanera que evitase el Paso de la Muerte y tomara cualquier otro camino.

Algunos años duraron los preparativos de la expedición, y Marte eligió cuidadosamente las familias que habían de componerla, de modo que pudieran soportar las penalidades del camino. Además, escogió los soldados más hábiles en la guerra de guerrillas, propia de las montañas, así como también los mejor dispuestos al orden de línea en campo abierto. Entre los escogidos se contaba Psiquis, padre de Alcione (niño entonces de nueve años), cuya esposa, Arturo, era mujer valerosa y esforzada. Completaban la familia dos hijos, llamados Albireo y Leto, y una hija, de nombre Beatriz. Durante la expedición nacieron un hijo, Ayax, y dos hijas, Cisne y Proción. También escogió Marte a Cabrilla, vecino y amigo íntimo de Psiquis, con quien había formado parte de varias partidas merodeadoras. .Acompañaron a Cabrilla su mujer, sus dos hijos Perseo y Fomalhaut, y una hija menor llamada Héctor. En el camino les nació otra hija cuyo nombre fue Demetrio.

Puso Marte toda su confianza en Vulcano, esforzado guerrero a quien envió de vanguardia, con parte de la hueste, para que penetrara en la montaña por un camino que se dirigía primero hacia el Sur y convertía luego hacia Oriente. Entretanto, Marte conduciría el grueso de la expedición algo hacia Occidente, pero sin acercarse al Paso de la Muerte. Al salir de la montaña, marcharían ambas columnas una hacia Oriente y otra hacia Occidente, hasta encontrarse en el camino.

Demoraba Marte la partida por tener a su esposa Neptuno en estado de buena esperanza; mas tan luego como hubo nacido su primogénito Heracles, emprendió la marcha con su gente. Las mujeres y los niños iban subdivididos en grandes grupos, con los rebaños de carneros, ovejas, piaras de cerdos, manadas de Caballos y diversas greyes de otros animales útiles. Estos grupos iban amparados en todo su derredor por gran número de guerreros, mientras que los flancos del camino estaban protegidos por la caballería y los guerrilleros, cuya ligereza de armamento y porte, les daba mayor aptitud para servir de correos de a pie en caso de alarma, con insuperable ventaja sobre los jinetes, pues ni podían ser tan fácilmente descubiertos, ni embarazaban su carrera las escabrosidades del camino.

Durante los primeros días de la expedición cabalgaban paso a paso Marte y Psiquis, discutiendo futuros planes, y Alcione les acompañaba, a veces montado en una jaca montuna de firme paso, escuchando con suma atención sus pláticas; otras veces se atrevía a juntarse con los exploradores que iban a la cabeza de la expedición, y no pocas emprendía el galope para reunirse con su madre Arturo en el centro de la caravana, para atenderla con solícito cuidado en todas sus necesidades, contarle divertidas anécdotas de la expedición y confiarle al oído sus sueños y esperanzas. Albireo y Leto le acompañaban en las cabalgatas menos peligrosas, pero el hermano menor, Ayax, iba a la grupa sostenido firmemente por Alcione, con quien gozoso departía. Los hijos de Cabrilla se juntaron a la joven partida, y no pocas veces les acompañaron las hijas, que sabían cabalgar a horcajadas como los hombres. Héctor, la hija mayor de Cabrilla, llegó a ser la compañera predilecta de Albireo, mientras que Alcione se enamoró rendidamente de Rigel, hija de Betelgeuze. Ambas parejas contrajeron matrimonio antes de que la expedición alcanzase la llanura, al paso que la familia de Marte había aumentado con dos hijos, Siwa y Mizar, y tres hijas Osiris Píndaro y Andrómeda.

Al cabo de quince años de éxodo, llegó la hueste de Marte a la llanura, en donde los grupos delanteros acamparon en espera de los zagueros, hasta que todos se reunieron en un solo cuerpo. De cuando en cuando hacían los jóvenes atrevidas incursiones en las comarcas aledañas, y varias veces reconvino Marte a su primogénito Heracles por lo imprecavido de aquellas correrías en países extraños. Era el muchacho de carácter impetuoso y porfiado, por lo que supuso que su padre exageraba los riesgos de las correrías; pero muy pronto recibió duro escarmiento, porque un día cayeron él y los suyos en una emboscada, y se vieron de pronto rodeados de enemigos. Heracles les acometió animosamente, con intento de romper el cerco, pero fue rechazado repetidas veces, y ya parecía perdido sin remedio, cuando un escuadrón de jinetes cargó sobre los sitiadores disparándoles una lluvia de flechas. Siguiese a esto un confuso combate, en que se entremezclaron los dos bandos, y Heracles cayó, maltrecho y desvanecido, con el caballo sobre su cuerpo, de modo que allí acabaran con él los contrarios, si Alcione y dos de los suyos, advertidos por la estampa del caballo, no acudieran a recoger al caído jinete.

Fue el caso que Alcione se había corrido hacia Oriente, en demanda de la columna de Vulcano, cuya llegada se aguardaba, y se encontró en el camino con otro destacamento análogo que, al mando de Vajra, había salido a explorar la ruta occidental. Se juntaron ambos destacamentos, muy gozosos de verse reunidos, y regresaban a las tiendas de Marte, cuando la perspicaz vista de Vajra descubrió a lo lejos una densa nube de polvo. Tuvo Alcione entonces el repentino presentimiento de que peligraba Heracles, y excitó a su compañero a que apresurase el paso, con lo que llegaron a punto de evitar el exterminio de la partida. Alcione cargó con el desvanecido cuerpo de Heracles, hasta depositarlo a los pies de Neptuno, quien no tardó en devolver la salud a su robusto hijo, pero Marte aprovechó la ocasión para recordar a Heracles las advertencias anteriores, representándole de paso que Alcione no era temerario y no por ello, dejaba de ser valiente.

Reunidas, por fin, las dos columnas de la expedición, los hábiles caudillos resolvieron encaminarse hacia el Sur en demanda de tierra a propósito para establecerse definitivamente, dejando las mujeres y los niños en un campamento atrincherado, que ocupaba una vasta área a mitad del camino, entre las modernas ciudades de Jammu y Gujranwallah, con la tropa suficiente para rechazar cualquier ataque. El campamento, tomó muy pronto carácter de ciudad, y los emigrantes cultivaron la tierra, para apacentar sus ganados y cosechar cereales en el mismo recinto fortificado.

Por fin llegaron los expedicionarios a un país poblado y floreciente, con grandes y cultas ciudades, cuyos moradores alcanzaban superior grado de civilización, y que tal vez por ello eran en extremo muelles, e indolentes.

Parece que una de las inmigraciones de los arios se estableció en tierras yermas, y después de muchos combates y negociaciones, lograron mezclarse con los civilizados habitantes de las ciudades, defendiéndoles contra ataques foráneos y sojuzgándoles disimuladamente so pretexto de subsidios y tributaciones. Los indígenas menospreciaban a los advenedizos del Norte, por no estar tan civilizados como ellos, pero les temían por su pericia en las armas y su arrogancia en los consejos, de modo que poco a poco cayeron bajo su dominio y señorío.

Los arios, engreídos de su fuerza y virilidad, y confiados en los dioses a quienes invocaban en sus bélicos himnos, menospreciaban asimismo a los sensuales y decadentes pobladores de la tierra que codiciaban, y se establecieron en la comarca llamada hoy Panjâb, hasta que poco a poco se apoderaron de todo el país. Otra expedición se encaminó hacia Oriente, estableciéndose en las regiones que se extienden hoy por el reino de Assam y el Norte de Bengala. Cuando la expedición que hemos descrito llegó en querencia del Panjâb bajo la dirección del Manú, intermediada por Júpiter y actualizada por Marte, hallaron la comarca poblada, en parte, por los primeros ocupantes, que miraban con recelo a los advenedizos, y aunque no les hostilizaron abiertamente, recurrieron a la resistencia pasiva y negación de auxilio, con objeto de ahuyentarlos de la vecindad.

Al cabo de un año, empleado en obtener informes y estudiar los que trajeron los exploradores, Marte y sus consejeros resolvieron establecerse definitivamente en la comarca que ahora se llama Delhi, no obstante estar el único camino que a ella conducía interceptado por una populosa ciudad de los toltecas, dueños del territorio.

Alcione, que a la sazón contaba treinta años de edad, recibió el encargo de presidir la embajada que había de solicitar del gobernador de la ciudad y su distrito la correspondiente licencia para pasar por ella y proveerse de víveres y forrajes. Cumplió Alcione hábilmente el encargo, y obtuvo la solicitada licencia, a condición de que la tropa armada diese un rodeo para no pasar por el centro de la población. Marte fue invitado a visitar al gobernador, de quien aceptó la ofrecida hospitalidad; pero, como prudente y experimentado caudillo, llevó consigo fuerte escolta, en la que iban Alcione, Heracles y Vajra, dejando el grueso del ejército al cuidado de Vulcano.

Se asentaba la ciudad en un anchuroso valle de altas márgenes, inclinadas en talud hacia dentro y recubiertas de planchas de hierro convenientemente remachadas para presentar una superficie continua. Gracias a esta singular obra defensiva era la ciudad inexpugnable con relación a las armas de que en aquel tiempo disponían las bárbaras hordas cuyas irrupciones amagaban periódicamente al país (En The Theosophist de Agosto último, pág. 1366, se publicó la nota que sigue, referente a lo que se dice en el texto de que la ciudad gobernada por Cástor estaba cercada con planchas de hierro: "Un corresponsal mandó a The Theosophist las citas del Rig-Veda, VII, 3-7, 14, 15, 95, etc., en las que se habla de ciudades de hierro". Se ha supuesto que estas referencias simbolizan fuertes reforzados, pero parece evidente que es una descripción literal. Estas pequeñas corroboraciones inesperadas sobre detalles observados por nosotros son muy interesantes, y es de agradecer a los estudiantes que se tomen la molestia de remitírnoslas). Tan sólo era posible atacar la ciudad desde lo alto, pero los degenerados toltecas habían olvidado ya el arte de la navegación aérea, no conocido todavía de los arios. El gobernador de la ciudad llamado Cástor se consideraba a cubierto de todo ataque, pero, sin embargo, proyectaba apoderarse de Marte y su escolta en cuanto entraran en la ciudad, a fin de que una vez privado el ejército de sus generales, se sometiera sin reparo a su servicio en calidad de mercenario. Se descorazonó Cástor al ver que el lugarteniente de Marte no le acompañaba, pero no por ello desistió de llevar a cabo su nefando intento.

La noche anterior a la proyectada felonía, Neptuno se apareció a su marido en sueños, diciéndole que había tenido una visión de que al otro día iban a prenderle durante el festín dispuesto arteramente en su obsequio. En consecuencia del aviso se puso Marte la armadura de combate bajo las ropas de gala que para el festín le ofreció su huésped, y ocultando entre ellas las armas mandó a los principales de la escolta que hicieran otro tanto, y que durante la fiesta estuvieran dispuestos a agruparse compactamente en torno de él a la primera señal, con objeto de abrirse paso a través de la estancia, y reunirse con el grueso de la escolta que afuera les estaría esperando. Por otra parte, apostó alguna gente en las inmediaciones de la puerta de la ciudad, por donde se proponía escapar, ordenándoles que prendiesen a los centinelas en cuanto recibieran aviso de los mensajeros que irían a dárselo al oír el son de su concha guerrera.

En lo más animado del festín, mientras dirigía enfáticamente la palabra a Marte, hizo Cástor seña a los que habían he prenderle, quienes se arrojaron sobre él por la espalda con intento de maniatarle. Pero el esforzado caudillo se desprendió con vigorosa sacudida, y el sonido de su concha atronó la sala del festín, poniendo espanto en el corazón de los acometedores, que retrocedieron amilanados. Aprovechándose de aquel momento de estupor, acudieron Alcione, Heracles, Vajra y los otros a rodear a su caudillo, quien cerrando el puño a modo de maza, arremetió contra Cástor (pues no quiso matar al hombre cuyo pan estaba comiendo) y se abrió paso hasta la puerta de la estancia. En un instante se halló Marte entre los suyos, que al oír el son de la concha habían montado a caballo y traído de la brida los de Marte y sus compañeros. Antes de que los soldados de Cástor se repusieran del pasmo, ya galopaban los guerreros arios por las calles de la ciudad en dirección a la puerta convenida, en donde el fiel capitán Cabrilla. Después de ejecutadas las órdenes de antemano recibidas, esperaba tranquilamente a Su caudillo, a quien saludó sin conmoverse. Acto seguido cerró las pesadas puertas, dio vuelta a las enormes llaves colgándolas del cuello de su caballo, difirió para momento más oportuno la explicación de su proceder.

Sobrado tenía que hacer Marte para volverse a castigar la recibida ofensa, y, por otra parte, no quería perder el tiempo en sitiar la ciudad por hambre, ni tampoco contaba con suficientes fuerzas para tomarla por asalto. Así es que, persistiendo en su principal propósito, echó los cimientos de la futura ciudad, cuyo primer gobernador fue Vulcano, con la subalterna asistencia de Alcione y Heracles. Hecho esto, se encaminó Marte con Vajra y un escogido contingente al campamento de las mujeres y niños, en donde encontró a su mujer, dos hijos y dos hijas, pues la tercera, Andrómeda, había muerto. Reunida la familia regresaron todos a la nueva ciudad, bautizada con el nombre de Ravipur. El viaje duró algún tiempo, porque la impedimenta de mujeres y niños, ganados y acémilas no le consintió hacer jornadas mayores de ocho millas.

Desde entonces tomaron su ordinario curso los sucesos y hubo escaramuzas con las tribus vecinas; se enviaron embajadas a los reyezuelos de las cercanías y se proveyó al cultivo de las tierras y demás quehaceres propios de la naciente monarquía. Marte murió a los sesenta y cinco años y le sucedió su hijo Heracles, con Alcione por amigo y consejero.

Alcione murió a los sesenta años, el de 17404 antes de J. C., y su esposa le precedió pocos años. Fueron sus hijos Casiopea, Cruz y Wenceslao; sus hijas Tauro, Irene y Teseo. También tuvieron un niño y una niña que murieron de poca edad.

Heracles sintió en extremo la muerte de Alcione, y se lamentaba diciendo que "'había perdido la mitad de su vida", y añadía: "¿Qué hago ya en este mundo?" Estaba casado con Ceteo, de quien tuvo dos hijos: Géminis y Alcor, y tres hijas: Pólar, Capricornio y Adrona. Pero considerando que ni uno ni otro de sus hijos era capaz de sucederle, dejó el gobierno a su hermano Siwa, y mandó a Géminis y Alcor, con poderosos destacamentos expedicionarios, a fundar ciudades para que en ellas moraran.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Júpiter    Rey. Hermana, Mercurio. Esposa, Saturno. Hijo, Marte.

Marte     Esposa, Neptuno. Hijos: Heracles, Siwa, Mizar. Hijas: Osiris, Píndaro, Andrómeda.

Vulcano Segundo Jefe. Esposa, Corona.

Brhaspati  Padre, Vajra. Madre, Orfeo.

Urano     Padre, Vajra. Madre, Orfeo.

Alcione  Padre, Psiquis. Madre, Arturo. Hermanos: Albireo, Leto, Ayax. Hermanas: Beatriz, Porción, Cisne. Esposa, Rigel. Suegro, Betelgeuze. Suegra, Canope. Hijos: Casiopea, Cruz, Wenceslao. Hijas: Tauro, Irene, Teseo.

Rigel      Hermanos: Espiga, Olímpia.

Vajra      Capitán de las avanzadas. Esposa, Orfeo. Hijos: Dragón, Altair. Hijas: Brhaspati, Urano, Proserpina.

Heracles   Esposa, Ceteo. Hijos: Géminis, Alcor. Hijas: Polar, Capricornio, Adrona.

Dragón  Esposa, Argos. Hijo, Concordia.

Altair       Esposa, Centauro. Hija, Régulo.

Cabrilla  Capitán. Hijos: Perseo, Fomalhaut. Hijas: Demetrio, Héctor Elsa.

Cástor    Jefe tolteca. Esposa, Pólux. Hijos: Aries, Alastor. Hijas: Minerva, Sirona, Pomona.

 

 

VIDA IX

 

El año 16876 antes de J.C. estaba en todo su apogeo una gran oligarquía acadiana, cuyo territorio se dilataba hacia el Sur de la parte central de Poseidonis. Sus habitantes pertenecían a la sexta subraza atlante, y eran un pueblo mercantil y marino, como después fueron los etruscos y fenicios, amigos del tráfico, la opulencia y la ostentación. En aquel entonces regía Marte el imperio tolteca, según había regido antes otros imperios, y, aunque de derecho era soberano de aquel país poseidónico, gozaba éste de autonomía rayana en la independencia. El poder gubernativo residía en un Consejo elegido por sufragio, pero cuyos miembros pertenecían invariablemente a media docena de familias principales, y aunque Marte nombraba el Presidente de este Consejo, apenas intervenía en sus resoluciones. Por aquel tiempo ejercía grandísima influencia en el país el Sumo Sacerdote Surya, hombre de acendrada virtud y profunda sabiduría, muy conocido y respetuosamente reverenciado en todo el imperio atlante. Por razones políticas, encamadas a la consolidación del imperio, Marte pidió, y le fue concedida, para su hijo Heracles la mano de Saturno, hija de Surya. De este modo fue Heracles, no precisamente un rey vasallo, suyo Presidente perpetuo del Consejo acadiano, y, en realidad, gobernador del país. Tuvo Heracles dos hijos, Mercurio y Venus, que casaron respectivamente con Brhaspati y Osiris, de cuyos matrimonios nacieron Alcione, primogénito de Mercurio, y Sirio y Mizar, hijas de Venus. Era, por lo tanto, Alcione, nieto de Heracles y biznieto de Marte y Surya. Tuvo dos hermanos, Aquiles y Selene, y dos hermanas, Calipso y Orfeo. El emperador Marte contaba ya unos sesenta años de edad al nacer Alcione en 16876, y sólo vio a su nieto tres o cuatro veces, con ocasión de otras tantas visitas al país acadiano, y otra vez en que Alcione fue a la capital del imperio. Pero con Surya, su abuelo materno, estaba Alcione en continuo contacto, y se amaban ambos en extremo. Surya miraba en su nieto un niño de lisonjeras esperanzas, y por ello se aplicó preferentemente al cuidado de celar su educación, de suerte que excediera a la ordinariamente mercantil de la época. Los sacerdotes eran, hasta cierto punto, hombres de muy excelente educación, pues habían de aprender punto por punto las Escrituras, de modo que se tenía por debilidad el emplear libros en los oficios divinos. Eran también los doctores y maestros de su época, por lo que habían de estudiar durante muchos años. Por regla general, sólo los hijos de los sacerdotes podían llegar a serlo, y aun únicamente los primogénitos, pues los demás se dedicaban casi siempre, al comercio o a la marina.

Como Heracles era hijo del emperador y no procedía, por lo tanto, de estirpe sacerdotal, estaba incapacitado para suceder a Surya, y así todos habían convenido en que cuando, por renuncia o muerte del Sumo Sacerdote, quedara vacante esta dignidad, le sucediera su nieto Mercurio, quien con este propósito se educaba desde muy de niño en el mismo templo. Como Brhaspati era mujer profundamente religiosa, no tuvo nada de extraño que su hijo Alcione se familiarizase desde muy temprana edad con la vida del templo y mostrara resuelta vocación al sacerdocio. Sin embargo, conforme fue creciendo Alcione, contrajo amistad con varios niños de la ciudad, pero pronto echó de ver que la mayor parte de ellos no participaban de sus religiosos sentimientos, sino que ambicionaban realizar lucrativos negocios y ganar mucho dinero, o bien embarcarse con rumbo a lejanas tierras en busca de aventuras. A oídos de Alcione llegaron conmovedores relatos de peligros vencidos y de fortunas rápidamente amasadas, y una parte de su naturaleza respondía con facilidad a estas emociones; pero cuando, excitado, repetía estos relatos a sus padres o a su bisabuelo Surya, le declaraban éstos que por fascinadora que fuera la vida del marino o la del comerciante, era, sin embargo, egoísta, mientras que la del sacerdote era altruista, pues aquéllos procuraban únicamente por su propia vida física, y éste por otra vida superior y sempiterna. Le decían también que, aun cuando el marino y el comerciante tropezaban a veces con extrañas y excitadoras aventuras, eran, no obstante, casos muy raros entre los cotidianos sinsabores, fatigas y contratiempos.

De este modo creció Alcione con dos opuestas ideas en su mente, y durante algunos años no estuvo completamente seguro de si deseaba ser Sumo Sacerdote o afortunado pirata. Sus infantiles compañeros le describían con vivos colores las delicias de la vida aventurera, mientras que Surya le hablaba de los puros goces del propio sacrificio, y todo a la vez le parecía apetecible. Mercurio y la amable Brhaspati andaban dudosos en si semejantes amistades convenían a su hijo, y trataron de si no estaban en el deber de arrancarlo de aquella fascinación; pero el anciano Surya les aconsejó que dejaran libre la voluntad del niño para resolver por sí mismo, representándoles, al efecto, que por sus venas corrían mezcladas la sangre del Emperador y la del Sumo Sacerdote, y que ambas habían de desempeñar su peculiar papel. Decía Surya:

"En mi larga vida he visto muchos niños, y en éste he puesto mi confianza y mi amor. Creo que cuando llegue la ocasión escogerá en derechura".

No quedó defraudada la confianza del anciano. Al cumplir Alcione la edad en que podía ser admitido en el templo como postulante, su bisabuelo le mandó llamar y le preguntó si deseaba abrazar la vida sacerdotal. Respondió Alcione que así lo haría; pero en vez de aceptarlo Surya inmediatamente, dijo que se fuera una vez más con sus amigos y amigas de la infancia, y escuchara cuantas historias le contasen, que subiera a bordo de los buques anclados a la sazón en el puerto y conversara con los tripulantes, para que, pasada una semana, volviera a declararle si perseveraba en su propósito. Hizo Alcione como se le decía, y muy vehemente fue la lucha entablada en su interior, pues nunca le habían parecido tan atractivas las historias de aventureros ni tan fascinador el exótico ambiente que a bordo de los buques respiraba. Lo peor de todo fue la influencia que en el ánimo de Alcione ejerció la hermosa Focea, hija del rico mercader Alceste y joven de su misma edad, cuya preferencia se disputaban muchos otros adolescentes, aunque ella distinguía a los que más engreídamente se jactaban de las aventuras con que esperaban topar y de las hazañas, que se prometían cumplir. Focea llamaba desdeñosamente a Alcione "el joven sacerdote".

Por entonces fue Alcione a ver a Focea, y la encontró cerca del muelle, rodeada, como de costumbre, de lucida corte de admiradores, escuchando y aplaudiendo las bravuconadas de los que anhelaban ser capitanes mercantes o reyes piratas. En aquella ocasión parecía como si la joven diosa distinguiese a cierto joven que, engreído por ello, miraba despectivamente a Alcione, suponiéndole falto de valor y arrojo. Ocurrió que todos los muchachos se trasladaron a un buque sin carga amarrado en el muelle, y deseoso el engreído joven de realizar alguna proeza delante de su pretendida, se lanzó desde una palanca a las sucias aguas del puerto; pero como no sabía nadar, estuvo a punto de ahogarse, y sin duda se ahogara, si Alcione, que era excelente nadador, no se arrojara denodadamente al agua y de su fondo le sacase, aunque con mucha dificultad, pues el desesperado le había asido fuertemente al cuello y le embarazaba los movimientos. Ambos salieron del agua en extremo desfallecimiento, mucho más el salvador que el salvado; pero gracias al auxilio de unos hombres que acudieron en su socorro, pudieron restaurar fuerzas en una casa de la vecindad. La joven Focea, que se había desmayado a la vista del accidente, exclamó al volver en sí: "Al fin y al cabo, el joven sacerdote vale más que todos". Pero Alcione la vituperó en su corazón, por causante del accidente, y ya no sintió atracción alguna hacia ella.

Se volvió, pues, a su bisabuelo y le dijo: "Admíteme en el Templo, porque servir de ayuda al prójimo en la patria es mucho mejor que buscar aventuras en tierras extrañas".

Surya le bendijo diciendo:

"Has elegido sabiamente, y ya sabía yo que así ibas a elegir. He rogado mucho por ti, y la pasada noche, mientras estaba en oración, se abrió ante mis ojos el pasado y el futuro, y se lo que fuiste y lo que serás. Tal como hoy has salvado una vida, con riesgo de la tuya, así salvaste hace mucho tiempo la mía, a costa de la tuya. En lo porvenir, si tú quieres, has de sacrificar una vez más tu vida por la mía, y este sacrificio bendecirá a todos los reinos de la tierra".

El joven miraba a Surya con pavorosa admiración, porque la faz del anciano se había transfigurado mientras le hablaba, como si potentes llamas le circundasen; y aunque Alcione no pudo entonces comprender lo que aquello significaba, nunca se le borró la impresión que le produjo. Fue admitido debidamente en el Templo, y allí vivió feliz, pues si bien los estudios ofrecían arduas dificultades, estaban suavizadas por el interés que su plan y ordenamiento ofrecía a los postulantes. Deseoso Surya de demostrarle al joven Alcione que también la vida sacerdotal deparaba ocasiones de viajes y aventuras, le dijo si quería ir con su padre Mercurio y otros sacerdotes a desempeñar una comisión en una gran biblioteca universitaria del Norte de África. Aceptó Alcione sumamente gozoso, y fue el viaje para él interminable sucesión de sorpresas y deleites, de modo que si bien largo y lento, no le pareció así a él, y cuando el buque en que iban llegó a la vista de tierra, no tuvo su alegría otro límite que el sentimiento de dejar a los tripulantes, con quienes contrajera sincera amistad durante la travesía.

Según el buque navegaba a lo largo de la costa se le despertó a Alcione un extraño sentimiento de que todos aquellos parajes los había visto antes de entonces, y tan poderoso llegó a ser el recuerdo, que pudo entretenerse en describir a los marinos cada punto de la costa antes de que el buque estuviese a su vista, con la particularidad de que siempre acertaba en la descripción. Antes de arribar al puerto de desembarco explicó Alcione cómo era la ciudad y su situación topográfica, lo que los marineros, que ya la conocían, corroboraron con su asentimiento, lo referente a la topografía de la ciudad, pero no así en lo relativo a su área ni a las proporciones y medidas de los edificios. Cuando por fin llegaron a la vista de la ciudad, quedó Alcione combatido por encontrados sentimientos, pues si bien por una parte reconoció al instante la fisonomía topográfica del paraje, la ciudad era machismo más vasta de lo que juzgaba en su opinión, y los edificios le parecían del todo diferentes. Le extrañó en extremo aquel incompleto recuerdo de cuanto veía, y consultó varias veces sobre el caso con su padre Mercurio, pero éste sólo supo decirle que tal vez el ardiente anhelo de viajar le había llevado hasta el punto de adelantarse con la imaginación a la marcha del buque y ver la ciudad como en sueños.

Sin embargo, al convencerse, Alcione de que la ciudad que él conocía era mucho más pequeña, se atrevió a declarar a su padre que tal vez pudieran referirse aquellos recuerdos a una pasada encarnación, y luego de desembarcar se afirmó más y más en este convencimiento, porque al describir según su idea la traza de las calles y la situación de los edificios, le respondían los vecinos: "Verdaderamente hay entre nosotros la tradición de que en otro tiempo estuvo la ciudad de ese modo". Cuando les llevaron a la Universidad en un curioso tranvía hidráulico, la excitación de Alcione subió de punto, y describió exactamente el funcionamiento del tranvía y la forma de los antiguos coches que hacía algunos siglos se habían substituido, por otros de nuevo modelo. Al llegar a la Universidad, ya no pudo contenerse Alcione, y declaró que conocía hasta los más apartados senderos del jardín, arrastrando a su padre para enseñárselo todo. Entonces la plenitud de su memoria despertó también la de Mercurio, quien empezó a ver las cosas como habían sido y a recordar sucesos de un lejanísimo pasado. Padre e hijo compararon sus observaciones, y advirtieron que en aquellos distantes días no habían sido padre e hijo, sino hija y padre, por lo que estaban actualmente invertidas sus relaciones de parentesco. Entonces Alcione dijo a su padre:

"Sí, tú eres antiguo sacerdote del Templo y yo tan solo novicio, ¿cómo puedo yo acordarme antes que tú de todas estas cosas?"

Mercurio respondió: "Precisamente porque tu cuerpo es más joven que el mío te es más fácil el recuerdo. Además, yo he cambiado de sexo y tengo, por lo tanto, muy distinta modalidad de acción en la vida, mientras que tú no has cambiado. Por otra parte, esta Universidad fue el empeño de toda una de tus vidas, y así ha quedado impresa en tu mente con más profundas huellas que en la mía". Siguieron platicando padre e hijo acerca de cosas y recuerdos del tiempo viejo, maravillándose sobremanera de recordar hasta los más leves incidentes de aquella pasada existencia, y de advertir las mudanzas ocurridas en la traza y disposición de los edificios. Les interesó más particularmente la biblioteca, en la que encontraron algunos libros ya leídos por ellos, y otros que estaban copiados de su puño y letra.

Entre otros recuerdos, se les despertó el del idioma, tal como se hablaba en el país quince siglos atrás, por lo que apenas les entendían, pues resonaba en los oídos de las gentes con acento arcaico y casi incomprensible. En cambio, el profesor de lenguas muertas pudo conversar corrientemente con ellos. El claustro universitario se interesó machismo en el admirable fenómeno psicológico de que daban muestra Mercurio y Alcione, quienes por lo mismo tuvieron un gracioso altercado con el catedrático de Historia, que argumentaba contra los recuerdos de sus huéspedes, diciendo que no eran exactos, por cuanto discrepaban de los textos históricos.

Alcione vio con suma complacencia una estatua suya que, por supuesto, le representaba en la anterior encarnación, y con no poco trabajo recabó de la autoridad universitaria que inscribiesen en el pedestal su presente nombre, indicando que era la reencarnación del fundador, con más la fecha de su visita a la Universidad. Tras minuciosa investigación de los archivos, accedieron las autoridades a la solicitación de Alcione, y lo singular del caso llamó la atención pública en toda la comarca, por lo que se acrecentó más aún la fama de la Universidad.

Luego de cumplida la que les había traído, emprendieron el viaje de regreso, pero antes les mandó llamar el soberano del país, para invitarles a quedarse allí; a lo que respondió muy respetuosamente Mercurio, alegando los deberes que en su actual reencarnación habían de cumplir en Poseidonis.

El viaje de regreso se realizó sin mayor novedad que la de un temporal, cuya violencia los apartó de la costa, y les dio ocasión de ver la gran ciudad de las Puertas de Oro, cuya magnificencia impresionó hondamente a Alcione, aunque Mercurio, advirtió que el ambiente moral de aquella urbe estaba infecto y corrompido. Aprovecharon la coyuntura para devolver la visita a Marte, quien los recibió muy afablemente y los retuvo dos meses a su lado. Por la influencia del ejemplo y la represión de siniestras inclinaciones, había mantenido Marte su corte en por lo menos externa honestidad, pero estaba firmemente convencido de la decadencia de la civilización tolteca, y sabía que gran parte de sus vasallos no disimulaban su descontento por las restricciones que les había impuesto. Veía, por otra parte, muy tenebroso el porvenir del imperio, y se congratulaba  que a sus descendientes les hubiera cabido en suerte una porción del continente, cuyos moradores, si bien solían ser egoístas y avariciosos, estaban libres de la magia negra y de las refinadas modalidades de sensualidad. Aun el mismo Alcione, a pesar de su juventud, notaba el maléfico influjo de la ciudad, no contrarrestado por su magnificencia, y así alegrase en extremo al llegar el día de proseguir el viaje.

Le interesaron muy mucho a Marte los sorprendentes recuerdos que padre e hijo tenían de la Universidad norte-africana, y aunque él personalmente no recordaba nada de aquello, se veía con frecuencia en sueños conduciendo numerosas huestes a través de ingentes cordilleras, y pensaba que bien pudieran ser tales sueños recuerdos de empresas llevadas a cabo en alguna vida anterior. Al escuchar Alcione estas descripciones le parecía estar viendo aquéllas elevadas cumbres y aquellas semovientes multitudes conducidas por su bisabuelo, con muchos otros pormenores que sin duda recordara Marte, si no se hubiese mantenido Alcione tan reservado delante del emperador. Después se lo describió todo a su padre, quien nada pudo recordar de ello porque, según sabemos, no estuvo en la emigración a que las visiones se referían.

Restituidos por fin a su ciudad natal, el anciano Surya recibió a Alcione con ardiente bienvenida, y alegrase en extremo de oír de sus labios los recuerdos del pasado. Por esta circunstancia fue mirado Alcione en el Templo como el novicio que más esperanzas despertaba, y todos convinieron en que tenía ante él un grandioso porvenir. Quien más claramente prendía los progresos del joven sacerdote era Focea, la muchacha que algunos antes intentara atraérselo, y que ahora renovó el intento, deseosa de participar de su buena fortuna.

Pero ya estaba Alcione poderosamente precavido contra las artimañas de Focea, y así fue que, apenas vuelto del viaje, se familiarizó con su prima Sirio, y tan rendidamente se prendó de ella, que propuso en su corazón tomarla cuanto antes en matrimonio. Sirio correspondió sin reservas a los sentimientos de Alcione, y también anhelaba casarse sin tardanza, pero tanto los padres de él como los de ella se alarmaron, al advertir un tan extraño caso "de amor fulminante", y exigieron con suave energía que, por lo menos, se dilatara la boda hasta pasado un año. No tuvieron más remedio los novios que conformarse a regañadientes con el aplazamiento, pero fueron tales las pruebas sufridas por ambos desde aquel punto, que la penetración de Brhaspati advirtió la conveniencia de abreviar en la mitad el plazo fijado para el matrimonio.

El mismo Surya presidió la ceremonia, aunque rara vez celebraba personalmente los Servicios religiosos, pues tan sólo bendecía a los fieles desde una tribuna abierta en la fachada del Templo, como acostumbran los papas en Roma. Esta fue la última vez que Surya se presentó en público, y algunos meses después llamó junto a su lecho a Alcione y Sirio, para darles el mensaje de despedida. Dijo Surya a Alcione:

"Ahora estoy en el dintel de otro mundo, y mis ojos pueden rasgar el velo que lo separa de éste. Tened entendido que os aguardan aquí muchas tribulaciones, porque todo cuanto de malo hubo en vuestro pasado, caerá rápidamente sobre vosotros, a fin de que sus efectos queden expiados y vosotros libres. En vuestro próximo nacimiento pagaréis algo de la deuda por medio de muerte violenta, y después caeréis en un ambiente de siniestra tenebrosidad; pero si a través de este ambiente alcanzáis a ver la luz y desgarrar el velo que os ciega, grande será vuestra recompensa. Seguiréis mis pasos y os prosternaréis a los pies de Aquel a quien también yo adoro. Sí; y también ella (prosiguió Surya dirigiéndose a Sirio), también ella me seguirá y vuestro padre ha de guiaros, porque todos habéis de pertenecer a la gran Raza de auxiliares del mundo. Ahora me voy adonde los hombres llaman muerte; pero, aunque parezca que os dejo, no es así en modo alguno, porque ni la muerte ni el nacimiento pueden separar a los miembros de esta Raza, unidos por votos inquebrantables. Por lo tanto, cobrad bríos para arrostrar la tormenta, porque después de la tormenta brillará el sol sin ocasos".

A los pocos días exhaló Surya su último aliento, pero Alcione no le olvidó en toda su larga vida, y a menudo le veía en sueños, y de él recibía bendición y ayuda. Sucedió Mercurio a Surya en el gobierno del Templo, esforzándose en continuar la sapientísima obra de su antecesor, mientras su padre Heracles cooperaba a su acción al frente del gobierno temporal del reino.

Las hijas de Venus formaban una familia estrechamente unida, y sus sentimientos estaban tan acordes, que Sirio y Mizar amaban a Alcione, con igual vehemencia con que se amaban una a otra. Cuando Alcione casó con Sirio, siguió amando Mizar a los cónyuges como hasta entonces los había amado, pues era incapaz de envidia celosa, y ellos, por su parte, correspondieron de igual modo al amor de Mizar, hasta el punto de invitarla a vivir con ellos, lo que aceptó gozosa; y en verdad, nadie la aventajara en colaborar tan solícitamente en las tareas domésticas de Sirio.

Lastimoso fue, por otra parte, lo ocurrido con Helios, sobrina de Osiris, que, huérfana desde muy niña, había sido prohijada por su tío Venus. Creció en el seno de la familia, y también por comunidad de sentimientos se enamoró de Alcione, como sus dos hermanas adoptivas; pero tuvo hondísimo pesar cuando aquél se las llevó consigo, pues no podía brindarse a vivir asimismo en el hogar de los recién casados. Sin embargo, no dejó Helios de visitar frecuentemente a la familia, y andando el tiempo, aceptó por marido al hermano menor de Alcione, llamado Aquiles, con lo que se mantuvo en íntima relación con los seres a quienes tanto amaba.

Las autoridades de la Universidad norte-africana no habían olvidado a su reencarnado fundador, el joven sacerdote de quien tan maravillosos relatos escucharan, y tan ardorosos entusiasmos demostrara con motivo de su visita. La fama de aquel suceso se había extendido por todo el país, y la imaginación popular comentaba el caso en todas partes con tal animación, que cuando unos doce años después de la visita de Alcione falleció el rector de la Universidad, sin que hubiese nadie a propósito para sucederle, pensaron algunos en ofrecer el cargo al primitivo fundador. Todos acogieron la idea con frenético entusiasmo y, en consecuencia, envió el monarca una embajada a Alcione para ofrecerle el rectorado, de tan insistente y cortés manera, que nuestro héroe creyó grosería rehusar. Aunque a la sazón ya tenía tres hijos, consintió en expatriarse y asentar nuevos lares en tierra extraña.

Le recibieron triunfalmente al desembarcar en la capital del reino, donde el monarca en persona quiso agasajarle durante algún tiempo, y después se dirigió a su pretérita patria. Allí, pudo disponer su vivienda en el mismo orden en que estuvo catorce siglos antes, y aun el mobiliario se construyó con arreglo al tipo arcaico, de suerte que todo reprodujera con 1a mayor exactitud posible el hogar de su anterior existencia. El recuerdo de sus ardientes esfuerzos era entonces para él fuente inagotable de dicha, por la oportunidad, a pocos concedida, de ver el permanente resultado de su obra a través de muchas generaciones. Se dedicó a trabajar en pro de la Universidad con el mismo vigor y entusiasmo que catorce siglos antes, en cuya obra le auxiliaron celosamente su esposa Sirio y su, hermana Mizar, que, como es natural, le habían seguido en la expatriación.

Contaminadas del ardimiento de Alcione, pudieron Sirio y Mizar restituir a su memoria algo de aquel remoto pasado, aunque jamás alcanzaron, ni aproximadamente, perfecta familiaridad con los tiempos viejos. El por entonces hijo menor de Alcione, llamado Vesta, parecía recordarlos tan fijamente como su padre; pero, en cambio, Bellatrix no conservaba memoria alguna de todo ello, aunque había estado íntimamente relacionado con aquellos lugares y personas en la anterior existencia. Pronto echó de ver Alcione que una cosa era fundar una Universidad y ordenarla según su deseo, y otra muy distinta administrarla, cuando sus costumbres llevaban encima un milenio de tradiciones. Sin embargo, estuvo muy afortunado en su obra, y con tan exquisito tacto se condujo en todo, que ni una sola protesta se levantó contra las varias reformas que poco a poco fue estableciendo. Constantemente mantuvo correspondencia con su padre Mercurio, según habían estipulado antes de que éste le permitiera aceptar el cargo de rector de la Universidad, bajo condición de que se restituiría al templo, en cuanto le necesitara con urgencia o se sintiera decaído de fuerzas por la edad.

Siguieron algunos años de ímprobo trabajo sin novedad mayor. Sus hijos Bellatrix, Vesta y Vega crecían a su lado, y en la nueva patria le nacieron dos más: Neptuno y Aurora. Aunque Alcione y Sirio se habían casado muy jóvenes, fueron en extremo felices, tan estrechamente unidos se mantuvieron, como cuando en el mismo país y en otra vida eran hermanos mellizos. Mientras Alcione estaba trabajando en África, falleció su bisabuelo Marte en la Ciudad de las Puertas de Oro, y su abuelo Heracles le sucedió en el trono imperial. Entonces asumió Venus el cargo de gobernador político-militar de los acadianos, pues su hermano mayor, Mercurio, ejercía ya el de sumo pontífice o soberano religioso. Vio Heracles que el oficio de Emperador no era ligero, y así hizo cuanto pudo para seguir las guías gubernativas de su padre, a pesar de que cada vez cobraba mayor pujanza el partido de los que pedían menos orden de la moral pública. Se destramaron y reprimieron varias conspiraciones, a las que pertinazmente sucedieron otras, hasta el punto de amenazar una guerra entre los pocos que deseaban mantener la honestidad pública y los muchos que propendían a precipitarse en la licencia. En semejantes y poco lisonjeras circunstancias encontró Heracles el imperio, y muy a menudo deseó volver al gobierno de la tranquila oligarquía mercantil.

Aunque la Universidad norte-africana era en aquel entonces la más famosa del mundo, estaba enteramente descuidada en el país la educación de las clases menesterosas, sin que de ello se preocuparan las acomodadas, pero que tomaron con mucho interés Alcione y Sirio, a causa de que una su criada y casi amiga, de extremada fidelidad, tenía un hijo muy vivaracho (Boreas), a quien los hijos de Alcione amaban apasionadamente. Al inquirir Alcione qué clase de educación recibía Boreas, vino en conocimiento de que las clases proletarias quedaban privadas en absoluto de ella. Por de pronto, pudo Alcione proveer a la educación de Boreas por medio de un profesor privado, para a su debido tiempo admitirle como alumno libre en la Universidad; pero aquel incidente le reveló la posibilidad de que muchos otros niños pobres y de talento estuvieran en el mismo caso que Boreas. Los esposos trataron detenidamente de este asunto, y por fin bosquejaron un plan, a cuya realización resolvieron destinar parte de las pingües rentas de la Universidad.

Consistió el plan en una especie de entremezcla de establecimiento de enseñanza y colonia agrícola, a cuyo efecto se adquirieron por cuenta de la Universidad vastos terrenos en los puntos más céntricos del país, para edificar escuelas, dirigidas por un maestro y un agricultor, de modo que los alumnos emplearan la mitad del día en el estudio de las letras y la otra mitad en el cultivo de la tierra. La Universidad costearía estas colonias durante el primer año, pues se calculaba que, pasado este plazo, bastaría la venta de los productos agrícolas para sostenerlas sin apuros. La alimentación y vestuario de los alumnos había de ser la primera atención cubierta con los fondos de la respectiva escuela. A las niñas se les proporcionaría labor adecuada, y si al cabo de algunos años de ordenado funcionamiento contaba una escuela con fondos suficientes, podría establecer sucursales bajo la directa inspección de la Universidad. A los niños que se distinguieran por su talento excepcional, se les facilitaría el ingreso en escuelas superiores y aun en la misma Universidad, si tanto mereciesen, con la ventaja de proporcionales ocupación al concluir la carrera.

Este plan fue sometido al examen del soberano del país, quien tuvo a bien no sólo aprobarlo, sino recomendar a sus vasallos que se aprovecharan de sus ventajas. Puso entonces Alcione manos a la obra con mucho empeño, y compró terrenos a propósito para edificar las nuevas escuelas con arreglo al plano general le la Universidad, es decir, no un edificio de cuerpo único, sino pabellones aislados en un jardín. Los alumnos se encontraron al principio algún tanto cohibidos ante las ventajas de las escuelas, principalmente por verse incapaces de ganar dinero para sus padres, como lo ganaban antes de asistir a ellas; pero muy luego empezaron a conocerse en todas partes los beneficios de la enseñanza, y no hubo quien dejara de aprovecharse plenamente de ellos. La administración de las escuelas, según el plan de Alcione, resultaba en extremo económica, y como les facilitó semillas y retoños procedentes de las vastas posesiones de la Universidad, pronto llegaron a ser económicamente independientes, y surgió entre ellas animada emulación en el honor de fundar sucursales. Alcione no había descuidado su antigua idea de la educación física, de que era tan entusiasta entonces, como lo fue en su pasada existencia; de suerte que los niños de sus escuelas no sólo salían de ellas mucho mejor educados, sino también más sanos que los otros. Veintisiete años permaneció Alcione en el Norte de África para perfeccionar su plan pedagógico, dejando establecida una red de escuelas por toda la isla, cuyo soberano decretó la instrucción obligatoria para todos los niños hasta cierta edad, con excepciones sometidas al recto criterio de las autoridades locales.

El plan se llevó felizmente a cabo en conjunto; pero dio resultados que no se esperaban, pues el cuidado puesto en la educación física de los alumnos de las escuelas publicas, y su directa dependencia de la Universidad, les dio considerable ventaja sobre los hijos de los ricos que asistían a los colegios particulares. En consecuencia, algunos comerciantes empezaron a enviar a sus hijos a las colonias escolares, y poco después algunos fundaron colectivamente escuelas de nueva planta, según el modelo de Alcione, para enseñanza de sus hijos, y las ofrecieron a la Universidad. Aceptó Alcione, y al ver el éxito que obtenían, pronto hubo muchas otras análogas. El resultado fue que uno tras otro se cerraron los colegios particulares por falta de alumnos, y al cabo de pocos años, la enseñanza toda del país estuvo sujeta al régimen universitario, y Alcione fue de hecho ministro de Instrucción pública.

Estas ocupaciones le absorbían el tiempo de tal manera, que se le pasaban los años sin sentir. Tanto él como Sirio habían convenido en que sus hijos no olvidaran la tierra nativa, y así, los enviaron varias veces de temporada a casa de su abuelo Mercurio. Durante estas visitas a la patria, los tres jóvenes contrajeron matrimonio con mujeres de su alcurnia, que consintieron en acompañarlos al país adoptivo. Selene, hermana menor de Alcione, había casado con Urano; pero murió joven, dejando un hijo (Leo) y una hija (Mira). Con ocasión de su visita a Poseidonis, Vesta se enamoró y tomó por mujer a Mira, al morir Selene quiso su hijo Leo seguir al África a su hermana y cuñado. Alcione le proporcionó un empleo en la Universidad, y una vez allí se casó con Vega, hija mayor de Alcione; pero al poco tiempo murió de resultas de una caída de caballo, y la viuda se restituyó a la casa paterna con su pequeñuelo Vajra. Pasados, algunos años contrajo Vega segundas nupcias con Píndaro, hombre muy amable y laborioso, de cuyo matrimonio nació una niña llamada Cisne, que creció en gracia y hermosura, con gran contento de su abuelo Alcione, que la amaba predilectamente. También tuvieron un hijo llamado Iris.

Sin descanso trabajó Alcione por muchos años en el gobierno de la Universidad, a que tan estrechamente estaba unido y hubiera seguido allí toda la vida, si su padre Mercurio y su madre Brhaspati no le escribieran con ruego de volver a la patria, porque se sentían ya muy viejos y deseaban que los consolase en sus últimos días. Conoció Alcione que tenía el deber de acudir al llamamiento de sus padres, aunque le era en extremo doloroso dejar la Universidad. Trató del caso con su esposa, quien convino en que debía sacrificar sus personales deseos, por penoso que le fuera, al deseo de sus padres, a quienes tanto veneraba. En consecuencia, marchó Alcione a la capital del reino, para enterar al monarca del caso, y manifestarle lo que había resuelto en cumplimiento de su deber.

Al principio se negó de plano el monarca a darle permiso para dejar la Universidad, pero aquella misma noche tuvo un sueño, y al día siguiente mandó llamar a Alcione para decirle que podía acceder al requerimiento de sus padres, con tal que su hijo Bellatrix (a quien el monarca conocía y amaba) aceptara el rectorado de la Universidad, cuyo título honorario y nominal habría de conservar Alcione, con facultad de resolver cuantas cuestiones de importancia se relacionasen con la Universidad. Alcione aceptó agradecido este arreglo, bajo condición de que se conformase Bellatrix, en quien tenía mucha confianza. De vuelta en su casa reunió a sus hijos en consejo de familia, para enterarles de la resolución del soberano. Bellatrix, era hombre muy apto, y su esposa Ulises en extremo hacendosa, por lo que le parecía que los intereses de la Universidad no podían caer en mejores manos, máxime cuando Vesta era, por lo psíquico e impresionable, mucho más a propósito que su hermano mayor para desempeñar la suprema dignidad sacerdotal en Poseidonis. Repuestos de la sorpresa que la resolución del monarca y la propuesta de su padre les causara, reconocieron todos que no era posible hallar mejor camino, y Bellatrix, por su parte, se dirigió a la capital para recibir de manos del rey la posesión del rectorado de la Universidad. Al regreso de Bellatrix se embarcó Alcione con rumbo a Poseidonis, el año 16823, llevándose consigo a Mizar, Vesta y Neptuno.

Durante el viaje tuvieron la desgracia de que muriese Sirio a causa de un accidente, pues se hallaba a la sazón encinta, y se cayó de la cama, con tan mala fortuna, que no hubo remedio para ella. Su marido se afectó en extremo por la desgracia, declarando que no podía vivir sin su mujer, y que no acertaba qué resolución tomar; pero Sirio, momentos antes de morir, le suplicó que no le negase la última súplica que iba a hacerle; y habiéndoselo prometido así su esposo, dijo entonces la moribunda que se casara con Mizar, a fin de no alterar el orden de la casa, pues sólo de esta manera podría morir tranquila y continuar a su lado desde la otra vida. Alcione y Mizar prometieron cumplir la última voluntad de la moribunda, tan pronto como llegaran a la patria, y entonces murió Sirio en paz. Arrojaron al mar su cadáver, y Alcione se casó con Mizar, tan luego como arribaron a Poseidonis.

Mercurio, entristecido por la muerte de Sirio, celebró la ceremonia del casamiento, durante la cual todos sintieron la presencia de la muerta, sobre todo Brhaspati, quien afirmó haberla visto junto a ellos, recitando las preces de ritual. Había tenido Brhaspati una visión de la muerte de Sirio en el preciso momento en que estaba ocurriendo, y, por lo tanto, ni ella ni Mercurio recibieron de golpe la noticia, cuando se la comunicaron los recién llegados. Mizar fue una verdadera ayuda para Alcione, hasta el punto de que el gobierno de la casa siguió enteramente lo mismo que si la muerta continuara en el plano físico, pues la nueva esposa atendía tan solícitamente a todos los intereses, que aunque Alcione no olvidó jamás a Sirio, pronto pudo acomodarse a sus nuevas condiciones de vida doméstica. Revivieron sus juveniles aficiones a la vida sacerdotal, cuyos múltiples quehaceres apenas le dejaban tiempo para llorar la pérdida de Sirio. Tan luego como Alcione estuvo al corriente de los asuntos eclesiásticos, se retiró Mercurio a la vida solitaria, y únicamente de cuando en cuando, en ocasiones muy solemnes, aparecía en público.

Alcione no desmayó en su interés por las cuestiones pedagógicas, a pesar del nuevo ambiente en que vivía, y puso empeño en establecer en su patria un sistema de educación análogo que tan excelentes resultados había tenido en África. Fundó una Universidad bajo el mismo plan, y abrió escuelas agrícolas para los niños pobres. Ambas instituciones llegaron a arraigar, aunque no tan profundamente ni con tanto entusiasmo como en África. Sin embargo, el Consejo Supremo de la oligarquía le agradeció la innovación, y gracias a su incansable actividad, fue extendiéndose por todo el país aquel sistema educativo, hasta que, con el rodar de los años, se vio obligado a delegar su dirección en manos ajenas, porque las atenciones religiosas eran de día en día más delicadas y numerosas.

Mantuvo Alcione constante correspondencia con Bellatrix en todo lo relativo a la Universidad norte-africana, y frecuentemente recibía efusivas instancias para que de nuevo fuera a visitar los lugares de sus primitivas tareas. Siempre respondía Alcione con esperanzas de acceder a la solicitación, pero pasaban los años sin que deparasen coyuntura favorable. Educaba Alcione a su hijo Vesta para sucederle en la dignidad sacerdotal, pero Vesta, aunque dotado de poderes psíquicos y de carácter diligente y cuidadoso, era todavía demasiado impulsivo, y por no distinguir debidamente los impulsos de las intuiciones, cometía a veces deplorables imprudencias. Auriga, primo y cuñado de Alcione, le auxiliaba con valiosos consejos, y tan entusiastamente cooperó en las tareas pedagógicas, que Alcione acabó por confiárselas enteramente. Era Auriga hombre muy juicioso y tan hábil organizador, que bajo su dirección florecieron extraordinariamente las escuelas. Venus, padre de Auriga, había sido llamado mucho tiempo antes a suceder a su padre Heracles en el trono del imperio, cuya capital era la ciudad de las Puertas de Oro, llevándose consigo a su hijo Cruz, que heredó la corona a la muerte de su padre, ocurrido el año 16811. Poco tiempo después murieron Mercurio y Brhaspati con corta diferencia el uno del otro. Aunque la pérdida de sus padres era de esperar por lo avanzado de su edad, emocionó violentamente a Alcione, ya debilitado algún tanto por el exceso de trabajo. Sintió, en consecuencia, necesidad de sosiego, y no con poca dificultad se determinó a pagar la tantas veces prometida visita al Norte de A frica, movido por la esperanza de que los aires de alta mar y la ausencia de responsabilidad le devolviesen la salud.

Sucedió tal como deseaba, porque los recreos del viaje y el entusiasta recibimiento que la Universidad le tributó, solazaron su ánimo, tanto más, por hallar todos los establecimientos docentes en plena prosperidad, gracias al delicado tacto de su hijo Bellatrix. No quiso tomar parte alguna en los asuntos corrientes, aunque por doquiera le festejaban, y en muchas ocasiones tuvo que pronunciar discursos apropiados a las circunstancias. Un año estuvo en África, y si regresó a su país, fue a reiteradas instancias de Vesta. Tenía entonces Alcione sesenta y siete años, y deseaba ardientemente entregarse a la meditación y al sosiego, por lo que animó a Vesta para que continuase al frente de los asuntos religiosos, como había hecho durante su ausencia, y él, por su parte, se retiró a la vida privada, sin presentarse en público más que cuando eran necesarios sus consejos, o en las festividades solemnes. Le tenían las gentes por varón de sobresaliente santidad y sabiduría, y se consideraban dichosos todos cuantos podían recibir algún consejo en los trances difíciles de la vida. En varias ocasiones realizó curas hipnóticas de varias enfermedades, pero no quiso jamás practicar este poder a diario y como por oficio, sino que lo aplicaba únicamente a los casos que la inspiración le impelía a auxiliar.

Así pasó Alcione diecisiete años contento y en paz en el ocaso de su vida, sano y vigoroso y en el pleno uso de sus facultades. Mizar no se separó de él, y uno y otra se amaron entrañablemente. Fallecida Mizar el año 16793, no pareció Alcione lamentar muy afligidamente su muerte, diciendo que la separación había de ser breve. No se engañaba en sus sospechas, pues al año siguiente murió en paz, dejando la fama de su nombre difundida por dos continentes. En las dos Universidades se le erigieron estatuas, y en la de África otra junto a la ya existente de su primera personalidad. El mismo escultor cinceló las estatuas destinadas a ambas Universidades y en las dos se grabó la misma inscripción. Durante muchos siglos perduró en África la fama del fundador de la Universidad que de tan extraña manera había vuelto para reconocer su obra, y cuando con el tiempo desaparecieron las estatuas, quedó la tradición de que un prodigioso mago había vivido 1400 años con el propósito de visitar el escenario de sus primitivas empresas.

 

PERSONAJES  DRAMATICOS

 

Surya     Sumo Sacerdote. Hija, Saturno.

Marte     Emperador tolteca. Hijo, Heracles.

Mercurio    Esposa, Brhaspati. Hijos: Aquilés, Selene. Hijas: Calipso, Orfeo.

Urano     Esposo, Selene. Hijo, Leo. Hija, Mira.

Venus    Esposa, Osiris. Hijos: Cruz, Auriga. Hijas: Sirio, Mizar, Cabrilla. Hija adoptiva, Helios.

Neptuno Esposa, Aldebarán. Hijos: Pegaso, Berenice, Lomia.

Heracles   Esposa, Saturno. Hijos: Mercurio, Venus.

Alcione  Padre, Mercurio. Madre, Brhaspati. Hermanos: Aquiles, Selene. Hermanas: Calipso, Orfeo. Primera esposa, Sirio. Hijos: Bellatrix, Vesta, Neptuno. Hijas: Vega, Aurora. Segunda esposa, Mizar. Hijo, Libra. Hijas: Proteo, Virgo.

Aquilés  Esposa, Helios. Hijas: Aldebarán, Ulises.

Selene   Esposa, Urano. Hijo, Leo. Hija, Mira.

Bellatrix  Esposa, Ulises. Hijas: Acuario, Sagitario.

Vesta     Esposa, Mira. Hijos: Melete, Régulo. Hijas: Tolosa, Polar.

Vega      Primer marido, Leo. Hijo, Vajra. Segundo marido, Píndaro. Hijo, Iris. Hija, Cisne.

Orfeo     Esposo, Ofiuco. Hijos: Aleteia, Fides, Fénix. Hijas: Ausonia, Viola.

Aleteia   Esposa, Aurora. Hijas: Sira, Olímpia.

 

VIDA X

 

Mucho movimiento y excitación había en la capital de la tierra solariega de la quinta Raza, en el centro de Asia. La isla Blanca Svetadvipa, situada en el mar interior del continente, con su todavía existente ciudad sagrada de Shamballa, disfrutaba como siempre de la solemne paz con que la bendicen las elevadas Presencias que allí moran; pero la cercana ciudad asentada en la costa del mar, la ciudad del Manú, era un hervidero de gentes que, en confusa gritería, se preparaban al éxodo más numeroso de cuantos hasta entonces se guardaba memoria. De nuevo el Manú había requerido a Surya, vicario terreno del Mahâguru, que le prestara sus dos hijos, Marte y Mercurio, para capitanear la numerosa hueste de emigrantes que, según sus órdenes, debían dividirse en tres caravanas militares para marchar en tres columnas. La primera, o ala derecha, mandada por Corona, guerrero de férrea voluntad y sumamente hábil, aunque de inhabitable orgullo, cruzaría los Himalayas por el punto en donde hoy se asienta Kashmir, para abrirse camino a través del Pansab y de las Provincias Unidas (Empleamos los modernos nombres geográficos, porque los antiguos carecerían de significación para el lector) hasta Bengala. El grueso de la hueste constituía la columna del centro, al mando de Marte, el general en jefe, que había de marchar de Nepal a Bengala, a través del Tíbet. El ala izquierda, mandada por Vulcano, atravesaría también el Tíbet para dirigirse por Bhutan a Bengala. De esta suerte, los tres cuerpos de emigración se reunirían en el mismo punto, con propósito de someter el país bengalí y morar en él.

Parece que este éxodo tuvo excepcional importancia, y en él tomaron parte muchos personajes que ahora nos son familiares. Entre ellos se encuentran diez que actualmente son Maestros, y aparte de ellos, no pocos discípulos que les han seguido a través de los siglos.

Antes la marcha se llevó a cabo una magnificente ceremonia en el gran salón consistorial del templo la sagrada ciudad de la isla Blanca. Las más augustas entidades estaban reunidas en la tribuna labrada en la roca viva, por completo cubierta de áureas molduras. En el centro del salón, al pie de las siete gradas de la tribuna, se destacaba la potente figura de Vaivasvata, el Manú de la quinta Raza raíz. Le caía sobre los hombros la poblada cabellera de negro intenso, cuyos mechones se unían a la maciza barba de colgantes rizos. Las cejas, ligeramente arqueadas, mantenían en la sombra aquellos ojos de águila, cuyos de ordinario entornados párpados se levantaban a veces de improviso para dar paso al relampagueante brillo de la mirada, cuya lumbre cegaba la de cuantos se atrevían a clavarla en él. Era su nariz saliente y un tanto encorvada, y los labios de elegante y severo trazo. Verdaderamente tenía todo el aspecto de un rey de hombres, de uno de aquellos caudillos cuya palabra es ley, y cuya levantada mano impele o detiene a su albedrío.

A la derecha del Manú estaba su hermano en sacerdocio, el Mahâguru o jefe superior de la religión nacional. También denotaba firmeza y poderío; pero así como en el Manú se descubría una voluntad irresistible, y todos sus ademanes eran de legislador, el Mahâguru respiraba amor tan puro y sabiduría tan profunda, como potente era la voluntad del Manú. Tenía el cabello más negro que el ébano, los ojos de violado muy oscuro y la boca suavemente curvada en graciosa sonrisa. El amor y reverencia del pueblo le daban diversidad de nombres, a cual más cariñosos, como los de Pitâ, Deospitâ, Vyâs, Sarvajñârshi, Sûgata, Ravidâs, Ushâdâs, Mahâmuni e Jñanarâj. A la izquierda del Manú estaba Surya, de radiante cabellera y refulgentes ojos, cuya mirada descansaba con profunda afección en sus nobles hijos, que ocupaban entre la multitud lugar preferente, de cara al altar, situado entre los caudillos y el pueblo.

Todos ellos visten con magnificencia. Cúbreles largo manto de tejido de oro, con riquísimas hebillas de joyería, cuyos pliegues ondulan majestuosamente en torno de sus pies. El Mahâguru y Surya llevan debajo del manto blancas túnicas de finísimo cendal, y el Manú un valioso coselete carmesí, poco más largo de las rodillas, con piernas y pies desnudos. Todos están en actitud expectante, pues aguardan la cobijadora presencia de los poderosos señores de la Llama, que han de aparecer para bendecir a la emigradora hueste.

Los jefes del ejército se hallan colocados junto al antiguo altar, en donde cada uno de ellos ha depositado frente a sí su arma predilecta, ya maza, hacha o espada. Marte está en el centro, con su esposa Brhaspati a la izquierda y Mercurio a la derecha, viéndose, además, a Saturno, esposa de Mercurio, a Vulcano y a Corona, quien fue en pasada existencia emperador de la Ciudad de las Puertas de Oro, en el país de los atlantes. Formaban un noble cuarteto de guerreros con sus esforzadas esposas, plenamente dignas de ellos.

Más allá del altar estaba un grupo de niños algo atemorizados por la presencia de los respetables personajes, en quienes fijaban su vista. Eran los hijos de Marte y Mercurio. El primogénito de Marte se llamaba Júpiter, y contaba a la sazón diez años. Le seguían sus hermanas Osiris, Urano y Ulises, su hermano Siwa, rollizo chicuelo de dos años, y, por último, el chiquitín Virâj, que iba en brazos de su hermana mayor, Osiris, y no apartaba los ojos de los tres graves protagonistas de la religiosa ceremonia.

El primogénito de Mercurio era Selene, muchacho muy juicioso, de la edad de su primo Júpiter, y se le veía allí sosteniendo con el brazo a su turbulenta hermanita Mizar, que apenas contaba doce meses. Sus hermanos Leo y Vajra estaban abrazados por los hombros, y otras dos hermanas, Heracles y Alcione (nacida en 15995), de cinco y tres años respectivamente, formaban grupo aparte, en el que la mayorcita aparecía en actitud de proteger a la menor. Más tarde, durante su paso por el Tíbet, completase la, familia con el nacimiento del niño Cástor.

De pronto enmudece y se aquieta la multitud al resonar por toda la nave el toque de una campana clara y vibrante como de clarín argentino, a punto que sobre la tribuna brillaba una esplendente Luz. La muchedumbre cayó de rodillas ante la maravillosa Presencia, ante la encarnada Potestad que en aquel momento apareció en la tribuna, acompañado de otros tres no inferiores a El. Eran los cuatro Kumâras de las Escrituras indas, los señores de la Llama. Entonces dijo su voz: "Ir, hijos míos, a cumplir mi obra, porque con vosotros estará mi fuerza; y luego de cumplida, volved". El acento de aquella voz quebraba la silenciosa quietud de la nave. El Señor de la Llama bendijo después al pueblo, y cuando las cabezas se alzaron del suelo, estaba vacía la tribuna y se había desvanecido la Luz. Surya levantase para bendecir a sus hijos, arrodillados ante él, y luego, tomando en brazos a su predilecta nieta Alcione, y acercando a sí  la robusta Heracles, les dijo con reposada y solemne voz: "Hijas mías, vais a emprender fatigoso viaje. Madres seréis de valerosos varones y hermosas mujeres. Vuestra estirpe morará largo tiempo en aquellas tierras, adonde volveréis varias veces, para aprender y enseñar. Pero esta es la primera vida de expiación en que ha de apurarse el karma y enmendar antiguos yerros. La muerte os sorprenderá a las dos juntas, de extraña y violenta manera. En la hora de vuestra muerte llamadme, e iré a vosotras, y la Luz que acabáis de ver, alumbrará entonces vuestras tinieblas". La pequeña Alcione apoyó el rostro en el cuello de su abuelo y sonrió dulcemente, pues aunque no comprendía sus palabras, le amaba con mucha ternura; pero Heracles le miró audazmente y dijo, sin estimar la gravedad de la profecía: "Te llamaré en voz alta para que me oigas". Entonces, Júpiter, que siempre llamaba a Heracles "mi mujercita", respondió valerosamente: "Yo cuidaré de vosotras".

Larga y penosa, fue la marcha, y muchos años transcurrieron antes de que se reunieran las tres huestes. Corona no tropezó con dificultad mayor para encaminarse hacia el Sur, porque conocía el camino de Kashmir, y no eran hostiles las gentes de aquellos territorios; pero sucedió todo lo contrario al entrar en el Panjab, de suerte que hubo de combatir con los habitantes del país. Sitió la populosa ciudad tolteca que quince siglos antes había traicionado a Marte, y a la sazón estaba en poder de los arios, hasta rendirla por hambre y obligar al gobernador a prestarle juramento de fidelidad. Después se apoderó de Ravipur (cerca de la moderna Delhí), en donde puso por rey tributario a un oficial de sus tropas, y prosiguiendo la marcha hacia el Sur, siempre victorioso del cuantos enemigos intentaban atajarle el paso, dejó tras sí un imperio con cincuenta reyezuelos tributarios. Al cabo de cuarenta años de su partida, cuando ya tenía setenta de edad, llegó a Bengala, en donde ya Marte había establecido su reino.

Unos dieciséis años antes pudo Vulcano reunir sus fuerzas con las de Marte, después de atravesar el Tíbet y el Bhutan. En 15953 invadió el país de Assam en donde ya se hallaba establecido cuando Corona llegó en 15952. Sin embargo, como el héroe de nuestras historias, que en la presente es heroína, estaba con Marte, hemos de contraernos a las vicisitudes de su hueste.

Al salir del Asia central, se encaminó Marte hacia la gran cordillera del Tíbet, adonde llegó al cabo de cuatro años de viaje, y tras otro de descanso, para que repusieran fuerzas los individuos débiles de su hueste antes de emprender la fatigosa marcha por las montañas de Nepal. Por este tiempo nació Cástor, y diariamente había ejercicios atléticos de toda clase para la educación física de los niños de la caravana. Júpiter dirigía estos deportes, y entre los muchachos, a quiénes formó en grupos para simular funciones de guerra en sus juegos, descollaban sus primos Leo, Vajra y Selene, y sus hermanos Albireo y Alcor. Era distinguido Vajra por su ardor juvenil, infatigable actividad y atolondrado atrevimiento. En cuanto a Alcione, que a la sazón tenía de siete a ocho años; era una muchacha soñadora, pensativa y pacífica, más apta para el dulce sosiego del hogar, que para las vicisitudes de la vida errática. Cantaba para sí sola las canciones religiosas del pueblo, y se sumía en visiones mientras cantaba.

Cinco años después de su salida de Mañoa, reanudó el ejército la marcha, en querencia de montañas que se extienden entre el Tíbet y el Nepal, con intento de seguir el curso de un torrente cuyas aguas tendían al Sudeste; pero muy a menudo se vieron precisados a bordear infranqueables gargantas y espumosos remolinos abiertos entre las escarpaduras de la roca.

Tuvieron ligeras escaramuzas con las tribus montaneras, pero ningún combate serio hasta dos años más tarde, al acercarse al Nepal, en donde Marte hubo de dividir su ejército, dejando la mitad al mando de Mercurio, para defender el vasto campo atrincherado, mientras él se dirigía con la otra mitad a someter una parte del país, al objeto de abrir paso a la hueste. Se llevó Marte consigo a su Júpiter y lo más florido del ejército, excepto a Vajra, que se quedó con su padre, Mercurio, para sufrir los rigores de la disciplina militar y robustecer de este modo la virtud de obediencia. Los enemigos intentaron atacar el campamento durante la ausencia de Marte; pero les rechazó Mercurio sin gran dificultad y con pocas pérdidas.

Simpático y conmovedor espectáculo era el de Mercurio, sentado junto a su esposa y cuñada, con Alcione apoyada en su pecho, y la niña Capricornio, amiga predilecta de Heracles, sobre las rodillas, refiriéndoles historias de Surya y el Mahâguru, y algunas veces les decía en voz baja algo referente a los grandes Kumâras, a quienes todos habían visto antes de salir de Mañoa. La niña Heracles era muy vivaracha, y su ardiente mirada se extendía por el campamento mientras Mercurio hablaba, contrastando su actitud con la circunspecta y sobria de Capricornio. También Osiris, Urano y Virâj escuchaban con vivo interés, al paso que Ulises compartía con Heracles la afición a distraer la vista.

Dos años después regresó Marte de su correría, con gran contento de todos, después de haber asegurado el paso de su gente, parte por la fuerza de las armas, parte por las mañas y artes de la diplomacia; y la caravana en peso prosiguió la marcha de allí a dos meses, al empezar el verano. Aquel invierno acamparon cerca de la frontera del Nepal, y en el verano siguiente se pusieron nuevamente en camino, y así continuaron marchando en invierno y acampando en verano, durante los cuatro años que tardaron en llegar a la India.

Entretanto habían crecido Heracles y Alcione en la gracia y hermosura heredadas de sus padres. Contaba entonces Heracles dieciocho años y Alcione dieciséis. Proyectaba Marte casar a su sobrina predilecta Heracles con su hijo mayor, mientras que los dulces modales y lindos ojos de Alcione habían ya rendido el corazón de Albireo, compañero de armas de Júpiter, y la grave Capricornio era el ideal de Alcor, cuyo levantisco temperamento hallaba descanso y refrigerio en el gentil continente de la joven. Las tres parejas contrajeron matrimonio antes de que el ejército dejase sus cuarteles de invierno el año 15979.

Aquel verano condujo Marte sin tropiezo su numerosa hueste a través del Norte de Bengala y, al acercarse el invierno, acampó en las riberas de un caudaloso río, en donde se propuso esperar la llegada de Vulcano y Corona, a fin de, con las tres tropas reunidas, posesionarse del territorio y fundar un reino. Sin embargo, otros dos años transcurrieron antes de que tuviera noticia de la aproximación de Vulcano, y nada sabía hasta entonces de Corona, por lo que después de un año más de espera, resolvieron Marte, Mercurio y Vulcano no demorar ni un punto la marcha, dejando a las mujeres y niños en un campo atrincherado al Norte de Bengala (15975 antes de J. C.), mientras ellos se dirigían hacia el Sur llevando consigo a Júpiter, Albireo, Selene y Leo. Atravesaron un país fértil pero poco poblado, y de cuando en cuando se detenía el ejército para abrir profundos estanques de agua, con objeto de recogerla para las necesidades del cultivo, pues el terreno ofrecía abundosos pastos. Marte dejó en estas colonias agrícolas fuertes destacamentos, de tropas, con encargo de abrir anchas y firmes calzadas entre los campamentos; y después de cinco años de esta alternativa tarea de marchas y colonizaciones, encomendó a Vulcano el gobierno del territorio conquistado en Bengala, y de regreso al campamento, se llevó a la nueva tierra a cuantas familias quisieron establecerse en ella, bajo la de tropas suficientes para la defensa y seguridad de los habitantes. Por su parte determinó Marte seguir hacia el Sur, para volver al cabo de cinco años.

Vulcano visitó las colonias establecidas en toda la parte septentrional, y las halló prósperas, laboriosas y en excelentes relaciones con los desperdigados indígenas, quienes se habían ofrecido voluntariosamente a servirles de zagales y labradores. Continuó Vulcano la marcha hacia el Norte, hasta llegar al primitivo campamento (15967 años antes de J. C.), cuyos habitantes le recibieron con vivas demostraciones de alegría. Allí encontró algunos recién venidos, pues si bien antes de su partida había Heracles dado a luz un hijo (Beatriz) y una hija (Canope), y Alcione tenía ya dos hijos (Neptuno y Psiquis), y Capricornio una hija (Píndaro) y un hijo (Altair), se había aumentado la familia con Aleteia, hijo de Heracles, Rigel, hija de Alcione, y Adrona, hijo de Capricornio. Los tres primos mayores Beatriz, Neptuno y Píndaro contaban por entonces once años pues habían nacido en el invierno de 15978 y eran tan inseparables como sus respectivas madres, mientras que el otro terceto, formado por Canope, Psiquis y Altair, se profesaban mutuamente igual cariño, de suerte que cada muchacha estaba acompañada por dos caballeros en ciernes, pues a Píndaro la acompañaban constantemente Beatriz y Neptuno, y Canope la acompañaban con igual solicitud Psiquis y Altair. Dichosa infancia fue la suya. Por la mañana correteaban alegremente por el campamento o cabalgaban en robustas jaquitas, y por la tarde se reunían con sus madres para referirles los gozosos lances de la jornada y escuchar cuanto ellas les contaban de la tierra que habían dejado en su niñez, sobre todo oír de labios de Alcione lo relativo al gran Templo y a las augustas Figuras que habían visto sus infantiles ojos. Aleteia, Rigel y Adrona sólo tenían entonces siete años y estaban en extremo mimadas por Vajra y Cástor, hermanos menores de Heracles y Alcione, y tíos, por lo tanto, de Aleteia y Rigel. Vulcano reunió a las familias cuyos jefes habían ido con Marte, y las condujo al Sur para devolvérselas después de tan larga separación. Mucho celebraron el verse otra vez reunidos, si bien la dicha del suceso estuvo amargada por la falta de los que habían muerto de enfermedad o en los combates durante tan prolongada peregrinación.

Entretanto Marte proseguía su marcha hacia el Sur, y muy luego se vio empeñado en frecuentes escaramuzas y batallas, porque el país invadido estaba muy poblado y eran sus habitantes de raza atlante, tanto más belicosos cuanto más cercanos a la costa, por lo que oponían cada vez mayor resistencia al avance de los invasores. Al fin hubo de librar una batalla campal contra el rey de Orissa, que le cerraba el paso con todo su ejército, convocado a tal efecto por los sacerdotes habilísimos en magia negra, quienes habían arengado vehementemente a las tropas y prometiéndole la victoria en fruto de los sacrificios humanos, ofrecidos a sus tenebrosas divinidades elementarias en el grandioso templo metropolitano de incomputable antigüedad y ciclópea arquitectura lemuriana, sito cerca del mar, en donde hoy se asienta la ciudad de Puri. En el sombrío apartamiento de aquel templo se reunieron los sacerdotes en nefando conventículo la noche antes de la batalla, y con horribles ceremonias y furiosas invocaciones impetraron de sus protervas divinidades la victoria contra los radiantes devas de los invasores arios.

La batalla empezó con el alba y duró cinco días Marte y Mercurio acaudillaron a su ejército con indomable valor, y les secundaron denodadamente sus hijos y sus fieles amigos, entre quienes se distinguió Alcor. Grande fue la matanza que hicieron en el ejército enemigo, qué al obscurecer del quinto día se declaró en fuga, perseguido por los arios, quienes acamparon en los reales de Orissa, fatigados de tan acérrima pelea. Marte no recibió el más leve daño, como si el hechizo de su vida le hiciese invulnerable, pero todos sus generales quedaron más o menos levemente heridos.

Al levantarse los vencedores al día siguiente antes de la aurora, quedaron sorprendidos por el inesperado espectáculo que se ofreció a su vista. Estaban a orillas del Océano, y al contemplar por vez primera la dilatada llanura de las aguas, prorrumpieron aquellos hijos del desierto en gritos de pavorosa admiración, y retrocedían temerosos ante las olas que espumaban a sus pies. Los jefes apaciguaron el clamoreo de los soldados, en prevención de si el enemigo volvía con refuerzos al ataque. También los caudillos estaban admirados del magnífico espectáculo, cuya maravilla alcanzó altezas de sublimidad al iluminar la rosada aurora con crepusculares reflejos el cielo oriental. Contenido el aliento miraban todos al horizonte por donde asomaba el día, cuando de pronto el carmíneo globo solar surgió de las aguas como del fondo del abismo. Marte y Mercurio se prosternaron, rostro en tierra, mientras los rojos rayos herían las aguas del Océano, y mil gargantas exclamaron: ¡Samudra! ¡Samudra! El sol había sido para ellos Pushan el alimentador, y Pantha, el sendero que les había guiado por los desiertos. Ahora lo veían nacer de las entrañas del mar, entre las mágicas maravillas del alba.

Roto el núcleo de mayor resistencia, estableció Marte el centro de su reino al Norte de Orissa, en la Bengala central, dejando a su primogénito Júpiter por gobernador de Orissa con Albireo, Leo y Alcor por lugartenientes, y él se marchó con Vulcano a proseguir la campaña, prometiéndoles que luego los enviaría las familias por mediación de Mercurio. Sin mucha dificultad conquistó Vulcano el país de Assam, en donde estableció su reino.

Oportunamente regresó Mercurio, trayendo consigo a su noble esposa Saturno, sus hijos Vajra y Cástor, y sus hijas Heracles, Alcione y Mizar. También llegaron con él Urano, prometida de Leo, y Aurora, que lo era de Selene. Alcor recibió muy gozoso a su amantísima Capricornio y a sus hijos Altair y Adrona.

Vinieron entonces años de ruda labor, ocasionada por la erección del nuevo reino, con intermitencias belicosas, puramente defensivas, contra partidas, de malhechores, pues Marte prohibió en absoluto las agresiones, y puso todo su empeño en atraerse a los indígenas, y abolir los sacrificios humanos. Las familias fueron creciendo en número. Heracles dio a su esposo, Júpiter otro hijo (Betelgeuze) y dos hijas (Pólux y Héctor); Alcione dilató la ternura de su corazón en otros dos hijos (Perseo y Ayax) y dos hijas (Demetrio y Algol) Leo y Urano tuvieron dos hijos (Leto y Draco) y una hija (Centauro). Fruto de la unión de Selene y Aurora fueron tres hijos (Wenceslao, Teseo y Polaris) y tres hijas (Tauro, Arturo y Argos). Otro hijo (Espiga) y tres hijas (Cabrilla, Cruz y Géminis) les nacieron a Alcor y Capricornio.

Una vez en todo aquel tiempo visitó Marte a su familia, acompañado de sus hijos solteros, Siwa y Virâj, y de su hija Ulises, pues Osiris estaba ya casada, y no pudo dejar a su marido. En aquella ocasión se concertó el matrimonio de Ulises con Vajra, y después de mucho discutir, acordaron los padres dejar a Vajra por gobernador de Orissa y marcharse ellos a la capital del Norte con Júpiter y su familia, porque Marte se veía ya muy viejo, y deseaba abdicar la corona en su hijo Júpiter, para retirarse del mundo con Mercurio y sus respectivas mujeres. Así se hizo, y Vajra y Ulises quedaron en Orissa. Durante algunos años todo marchó sin tropiezo, pero bajo la aparente calma se fraguaba la tormenta. Vajra no fue tan hábil como Júpiter en su política de conciliación, y sus providencias de gobierno daban algunas veces resultados del todo contrarios al buen propósito. En el año 15937 había de celebrarse un gran festival de la antigua religión del país, y Vajra lo prohibió mucho antes, temeroso del riesgo que entrañaba tan enorme reunión de gentes excitadas por sacrificios y encantamientos. Heracles, la esposa de Júpiter, estaba por entonces en Orissa para pasar una temporada al lado de su hermana Alcione, sin cuya compañía le era difícil la vida; y como sabía muy a fondo todo lo referente a la magia blanca y a la adoración de los brillantes dioses de su país nativo, se instituyó en maestra de la juventud de ambos sexos del reino de su hermano Vajra, y tuvo entre sus discípulos a unos cuantos sacerdotes jóvenes de la magia negra atlante. Estas enseñanzas fueron un golpe mortal para el todavía pujante poderío del sacerdocio, y de aquí que tomara mayor incremento el odio y la ira de los antiguos clérigos, hasta el punto de urdir una conspiración, con el fin de atacar la casa de Albireo, en donde moraban Heracles y Alcione, amparados por la circunstancia de que Vajra proyectaba ir de visita, en compañía de Albireo, a una comarca extrema del país. Resolvieron los sacerdotes que se celebrara el festival, a pesar de la prohibición, y que las víctimas de los sacrificios fueran verdaderamente egregias. Para el mejor éxito del plan, derramaron la voz de que amenazaba estallar un levantamiento en la comarca adonde querían ir Albireo y Vajra, por lo que éste llevó consigo el grueso del ejército, dejando en la ciudad unas cuantas tropas al mando de Alcor para mantener el orden y guardar el palacio.

Corría el año 15937, y se acercaba ya el día o, mejor dicho, la noche señalada para la celebración del fastuoso festival. En las primeras horas de la mañana, con tiempo despejado y frío, fueron convergiendo lentamente a las inmediaciones de la casa de Albireo grupos de hombres cuyo número aumentó progresivamente, hasta formar compacta multitud. De pronto resonó en el silencio la campana mayor del templo, cuyo toque estaba prohibido desde mucho tiempo antes. El clamor de las turbas respondió al broncíneo acento de la campana, y en un instante se desbordó aquel río humano, penetrando en la casa de Albireo, cuyos centinelas hallaron la muerte, sin que les fuera posible defender ni su propia vida. De entre los asaltantes se destacaba la gigantesca y flacucha figura de Escorpión, el sumo sacerdote atlante, cuya cabeza había puesto Vajra a precio mucho antes, por lo que vivía oculto en los subterráneos del templo, sin que nadie sino los sacerdotes iniciados conocieran su escondite. Excitadas las turbas hasta el frenesí por las predicaciones religiosas, aclamaban a Escorpión por su nombre sacerdotal, gritando: "¡Yâ-uli!, ¡Yâ-uli!", como si le creyeran escapado de la muerte. Al escuchar su nombre, se desplegaron los labios de Escorpión en siniestra sonrisa, y volviéndose hacia la multitud, acalló sus alaridos para decirle: "Escuchad, ¡oh hijos de los señores de Faz Tenebrosa! Llegó nuestro día. Voy a traeros las malditas mujeres de los bárbaros del Norte, que abolieron vuestra religión y cerraron los templos de vuestros dioses. ¡Adelante!... ¡Adelante!... Los señores se han erguido; claman sangre, y sangre han de tener. ¡Matad!... Matadlos a todos, menos a las dos mujeres, que me pertenecen como sacerdote de los dioses que beben sangre humana y devoran humana carne. Esta noche, apagarán su sed y saciarán su hambre. ¡Adelante!... ¡Adelante! He dicho".

Penetró Escorpión en la casa, torvo como la muerte y ceñudo como encarnación del odio. Al primer sobresalto había soplado Alcor la concha bélica para reunir a sus soldados; pero todos perecieron en el desigual combate empeñado en las escaleras y corredores de la casa. Alcor en persona se aprestó a defender la estancia privada de Heracles y Alcione, logrando rechazar a los sacerdotes que acaudillaban a las turbas (pues Yâ-uli esperaba precavidamente que le desembarazasen el camino), y aunque luchó con heroico denuedo, para cerrar el paso a los invasores, cayó al golpe de cien heridas, y el sumo sacerdote pudo pasar sobre su cadáver a caza de la codiciada presa.

Alcione y Heracles estaban absortas en su plegaria matutina cuando el estrépito de la lucha les advirtió del peligro. Contaba a la sazón Heracles sesenta años, y sus plateados cabellos realzaban la majestad de su porte. Alcione aparecía severamente coronada de negras trenzas con hilos de plata que le llegaban hasta más abajo de la cintura. De pronto se abrió con estrépito la puerta de la estancia, y la gigantesca figura del sacerdote apareció en el dintel. Las dos mujeres le miraron serenamente, como si con la muda interrogación de sus ojos y el noble erguimiento de sus cabezas inquiriesen el significado de tamaña osadía. El sacerdote exclamó: "Venid, malditas. Pasó el día de vuestro dominio, y cerca está la noche de vuestra perdición. Venid, porque los señores de Tinieblas os llaman. Soy el mensajero de su venganza". Heracles abrazó tiernamente el delicado talle de su hermana y respondió: "Sacerdote; amenazas a quienes no conocen el, temor. Aparta de ahí y no incites a la muerte". Una áspera carcajada rasgó el aire, y el sacerdote replicó: "Mujeres; yo doy la muerte, no la recibo. Salid de aquí; sois mías".

Enseguida hizo señas a los sicarios que le seguían, quienes al punto entraron en la estancia, y agarrando a las dos mujeres por el brazo, sacaron cordeles para maniatarlas. Entonces prorrumpió Heracles, diciendo: "No nos atéis, que en modo alguno huiremos". Y dirigiéndose a su hermana le dijo: "Ven, predilecta mía; las hijas de nuestro padre saben morir". Alcione bañó el rostro de Heracles con angelical sonrisa, y repuso: "Estoy pronta, querida hermana mía". Las dos empezaron a andar gravemente, rodeadas por los sacerdotes; a lo largo de las galerías, repletas de cadáveres. En digna y tranquila actitud atravesaron Heracles y Alcione por entre el tumultuoso gentío que contra ellas vociferaba a puño cerrado, y que las hubiera hecho pedazos allí mismo si el temor a los sacerdotes no contuviese su furia. Lentamente marcharon las dos hermanas por las calles de la ciudad hasta llegar al templo, de monumentales puertas y amplias naves, sostenidas por negros pilares que se perdían en tinieblas. Con sus blancas vestiduras y su sonrosada tez, parecían Heracles y Alcione dos ángeles en medio de aquella siniestra legión de negras cataduras, de brazos desnudos que se agitaban en el aire. Se detuvo la tétrica comitiva en los umbrales del templo, y Yâ-uli dijo a sus subalternos: "Esta noche, cuatro horas después del ocaso, se abrirán las puertas del templo para que todos los hijos de los señores de Tenebrosa Faz presencien la fiesta". Giraron entonces las puertas sobre sus rechinantes quicios, y perdieron toda esperanza de auxilio terreno.

Por de pronto no les causaron sus carceleros mal ninguno, antes bien les sirvieron exquisitos manjares y excelente vino; pero ellas no quisieron probar más bocado que algo de fruta y un sorbo de leche. Entonces Yâ-uli trató de persuadirlas a que adorasen aquella noche a los dioses tenebrosos, prometiéndoles que, de acceder a ello, podrían restituirse libres y sanas a su hogar. Con esta falsa promesa intentaba el taimado que las nobles víctimas diesen la honra por rescate de su vida, aunque en su corrompido corazón latía el secreto propósito de asesinarlas luego de que hubiesen adorado a los falsos dioses, y representarlas al pueblo como renegadas de su fe, para de este modo enaltecer la del abominable culto negro. Inútilmente luchó Yâ-uli contra la entereza de sus víctimas, hasta que, enfurecido por su fracaso, mandó a los sacerdotes que las encerraran en lo más. profundo y tenebroso del templo.

Se vieron Heracles y Alcione en un lóbrego y espantable lugar, en cuyo espacio se entreveían confusas sombras, rojas unas; negras o grises otras. Lastimeros ayes como de almas en pena llegaban de cuando en cuando a sus oídos. Alcione le preguntó a su hermana: "Dime, Heracles, ¿están vivas o muertas estas cosas? ¡Me estremecen de espanto!" A lo que respondió Heracles: "No lo sé, querida mía. Pero vivas o muertas no pueden dañar nuestra alma". Las dos hermanas se comunicaron después en voz muy queda, que apenas interrumpía el sepulcral silencio de la caverna, los sentimientos que en aquel trance las transportaban en alas del recuerdo a sus hogares, a sus maridos, a sus hijos, a los felices días de su infancia, a la gloriosa visión del pasado. Alcione dijo: "Creo que llegó el día de volver a ver a nuestro abuelo". "Y también la Luz" añadió Heracles.

Eran las diez de la noche. Compacta muchedumbre llenaba, silenciosa, sobrecogida y expectante, las vastas y sombrías naves del templo. A una señal convenida, trasladaron a las dos mujeres sobre un elevado altar a la vista del concurso, y de pronto surgió, sin saber de donde, una pálida luz de sanguinolentos reflejos que infundió en las espantables figuras del contorno torvas apariencias de vida. Rasgaron entonces los vestidos de las víctimas, cuyos desnudos cuerpos, encogidos por el pudor, quedaron expuestos al ludibrio de la vista pública. Las dos hermanas exhalaron gritos de horror al hallarse en tal estado, y Heracles cubrió con su arrogante cabeza y sus robustos brazos las carnes de Alcione al mismo tiempo que valerosamente decía a sus verdugos: "A vuestras madres avergonzáis al avergonzarnos así". Dicho esto, calló. Entonces dijo el sacerdote al pueblo: "Miradlas, y ante el Señor tenebroso, regocijaos en ellas. Cuando volváis a verlas, ya estará el Señor satisfecho". Se desvaneció la luz, y la muchedumbre salió del templo, pues iban a celebrarse las ceremonias que únicamente los sacerdotes podían presenciar y cumplir.

Los horrores que a esto se siguieron, repugnan toda descripción. De los altares circundantes surgieron abrasadoras llamas, y en ellas precipitaron a los cautivos señalados al efecto para víctimas. Luego que las llamas crecieron con el alimento de la grasa humana, punzaron los sacerdotes a las víctimas para recoger su sangre en grandes vasijas de hierro, y luego de hervirlas en enormes cacerolas del mismo metal, la derramaron sobre los ídolos, mientras que toda clase de repugnantes, babosas, corpulentas arañas y monstruosos escorpiones acudían al refocilarse en los mutilados cuerpos de las víctimas. En aquel punto, los ídolos cobraron vida: uno tras otro empezaron a moverse, y bajando de los pedestales en obscenas formas de inimaginable horror, se agruparon en torno del altar, donde Alcione y Heracles permanecían estrechamente abrazadas. "¡Embestid!... ¡Embestid! -aullaron los sacerdotes-. El Señor tenebroso viene, y sus huestes están ya aquí". Las dos hermanas se estremecieron una contra otra en convulsivo movimiento para escapar de la infernal potestad invocada por los sacerdotes.

Entonces surgió de las tinieblas una gigantesca figura de siniestra majestad, cuya faz reflejaba indescriptible dolor, rabia, laxitud y desconsuelo. Se Movió en el aire una mano, tan sólo visible por su propio color de fuego, semejante al de un ascua de hierro medio apagada, y las espantables formas estrecharon el cerco del altar, con las rojas fauces desmesuradamente abiertas y las peludas garras en ademán de despedazar las carnes. Entonces se oyó la clara y firme voz de Heracles que exclamaba: "¡Sûryadeva! ¡Sûryadeva! ¡Mahâpita!... ¡Ven, oh!; ¡socórrenos!".

Y en medio de todos aquellos horrores brilló la Luz que hiriera sus infantiles ojos y, enfocada en la Luz, aparecía la radiante y ya de ellas conocida figura de Surya, con los brazos extendidos y la mirada henchida de ternura. Alcione, al verle, dio un suspiro de gozo y quiso lanzarse hacia la aparición, pero su cuerpo cayó inánime sobre el altar. Y todas aquellas horribles formas se desvanecieron en la nada, reducidas a despojos semejantes a camisas de culebra; se rompieron las columnas del templo, se desplomaron las paredes de la caverna y los cuerpos de las dos hermanas tuvieron por sepulcro el grandioso templo del Señor de Tenebrosa Faz.

Y aquella noche hubo consternación y espanto en Puri, porque la tierra se quebró en convulsiones sísmicas y una enorme ola vino del mar a inundar la tierra. Pero ni los sobrecogidos de terror ni los que lamentaron el pavoroso destino de las dos hermanas, pudieron ver los extendidos brazos que las habían llevado al seno que al mundo sirve de refugio. Tampoco vieron la Luz que convirtió en cielo las tinieblas de aquel infierno.

De la venganza que tomó Vajra al regresar de su excursión, y de la pena sentida por Júpiter y Albireo, no cabe decir nada.

Todo lo consumió ya el tiempo.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Los Señores de la Llama    Los cuatro Kumâras.

El Manú Vaivasvata.

Mahâguru Vyâsa. Cabeza de la religión de la Comunidad.

Surya     Delegado del Mahâguru. Hijos: Marte, Mercurio.

Marte     Capitán del ejército.

Mercurio    Capitán del ejército.

Vulcano Capitán del ejército.

Corona  Capitán del ejército.

Marte     Esposa, Brhaspati. Hijos: Júpiter, Siwa, Virâj. Hijas: Osiris, Urano, Ulises.

Mercurio    Esposa, Saturno. Hijos: Leo, Vajra, Cástor. Hijas: Heracles, Alcione, Mizar.

Júpiter    Esposa, Heracles. Hijos: Beatriz, Aleteya, Betelgeuze. Hijas: Canope, Pólux, Héctor.

Vulcano Esposa, Ceteo. Hijo, Proción. Hijas: Olímpia, Minerva, Pomona.

Alcione  Padre, Mercurio. Madre, Saturno. Hermanos: Selene, Leo Vajra, Cástor. Hermanas: Heracles, Mizar. Esposo, Albireo. Hijos: Neptuno, Psiquis, Perseo, Ayax. Hijas: Rigel, Demetrio; Algol.

Selene   Esposa, Aurora. Hijos: Wenceslao, Teseo, Polar. Hijas: Tauro, Arturo, Argos.

Leo         Esposa, Urano. Hijos: Leto, Dragón, Fomalhaut. Hijas: Centauro, Proserpina, Concordia.

Vajra      Esposa, Ulises. Hijos: Clio, Melpomene, Alastor. Hijas: Irene, Sirona.

Corona  Esposa, Orfeo. Hijos: Casiopea, Aries. Hijas: Andrómeda, Elsa, Palas.

Alcor      Amigo. Esposa, Capricornio. Hijos: Altair, Adrona, Espiga. Hijas: Píndaro, Cabrilla, Cruz, Géminis.

Escorpión Sumo Sacerdote atlante (Yâ-uli.)

 

 

VIDA XI

 

Recordaremos que en la novena vida de esta serie predijo Surya la trágica muerte con que terminó la décima, así como también las grandes pruebas y dificultades que habían de surgir en las siguientes. Por otra parte prometió Surya que la noble sobrellevación de las pruebas y el valeroso vencimiento de las dificultades daría por resultado el definitivo progreso de Alcione. Verdaderamente, aparte de este caso particular, es regla general que cuando el hombre se acerca a la entrada del Sendero ha de pasar unas cuantas vidas de sufrimiento en desfavorables condiciones.

Sucede así por dos razones: Primero, porque todos los residuos del mal Karma han de eliminarse lo más rápidamente posible, a fin de que no le embaracen cuando más tarde haya de hacer el esfuerzo final. Segundo, porque ha de vencer los vicios que todavía le afean, con objeto de adquirir las virtudes opuestas, de suerte que el camino se presente libre y desembarazado de todo obstáculo.

En las vidas precedentes tuvo nuestro héroe el privilegio de estar en contacto y parentesco con personajes que ya son Maestros de Sabiduría, y que entonces fueron fortaleciendo el carácter de Alcione con el precepto y el ejemplo. En la vida que vamos a relatar, nace Alcione en grosero y maligno ambiente, privado de la presencia de las evolucionadas Entidades, con el evidente designio de agotar así el mal Karma, y darle con ello oportunidad de demostrar si posee la suficiente energía interna e intuición bastante para desprenderse de tradicionales herencias, apoyadas por la fuerza de la autoridad religiosa y paterna, de inmemoriales costumbres y de personales pasiones.

Nació Alcione esta vez con cuerpo femenino el año 15402 antes de J. C., en Râhana, ciudad del distrito Ondh, de la India. Su padre, Ceteo, era sacerdote de una religión sobre cuya índole parece que se guarda mucho misterio, si bien sabemos que, a pesar de ser Ceteo de raza aria, su religión era seguramente aborigen por demasiado artificiosa y bárbara para los placenteros corazones arios. Tal vez fuese aquella religión la semilla del culto de Kali, más tarde establecido, pues consistía principalmente en tenebrosos ritos de una divinidad femenina sedienta de sangre. El culto exotérico de esta religión era atolondradamente alegre, pero el esotérico estaba ensombrecido por tintes de tristeza y temor. Se celebraban misteriosas ceremonias, que sólo podían presenciar los iniciados, en las cuales se practicaban licenciosamente las más horribles abominaciones de magia negra. La mayor parte de estas ceremonias se llevaban a cabo en lenguaje no comprendido del pueblo, si bien se recitaban en sánscrito algunas preces.

El padre de Alcione era digno sacerdote de semejante culto por su carácter adusto, reservado y sombrío, pero, no obstante, ejercía muchísima influencia en todo el país. Afirmaban las gentes que, a copia de sacrificios y austeridades, había  adquirido Ceteo no escasos poderes que por muchos y varios procedimientos empleaba en el mal. La madre de Alcione, llamada Cáncer, aunque no de humor áspero, estaba poseída de terror y ansiedad que sin querer comunicaba a su hija, quien por ello vivía en continuo sobresalto y relajamiento, pues si bien nadie la maltrataba ni tampoco veía los horrores perpetrados en las ceremonias esotéricas, el sombrío terror de éstas reaccionaba sobre ella y la henchía de vagos temores.

Creció Alcione descuidada en educación, y nada de particular le ocurrió en sus primeros años, hasta que, al cumplir dieciséis, se enamoró de un apuesto y desenfadado joven, cuyo nombre era Pólux, quien, por su parte, correspondió con el mismo sentimiento. Alcione estaba demasiado sujeta a las terroríficas influencias familiares para declarar su padre el amor que Pólux le inspiraba, y así tuvo secretas y frecuentes entrevistas con su novio hasta intimar algo más de lo que la doncellez consentía. Alcione instó entonces a Pólux para concertar la boda cuanto antes, pero al verse apremiado, declaró el joven que el matrimonio era imposible, no tan sólo por profesar él distinta religión, sino por la hereditaria enemistad que desde generaciones atrás separaba a su familia de la de Alcione.

Algún tiempo tardó la hija de Cáncer en convencerse de la dureza de corazón de Pólux, y con la esperanza de ablandarlo demoró su determinación sobre el particular pero cuando al fin vino la realidad a desengañarla, rompió resueltamente sus relaciones amorosas y, confiándose a su madre, le declaró el estado en que Pólux la dejaba, e hizo voto de vengarse del hombre que la había ultrajado. Sorprendió en gran manera a Cáncer la confesión de su hija, y cuando supo el nombre del seductor se trocó en indignación la sorpresa, porque precisamente el padre de Pólux había deshonrado, tras parecidos embelecos, a una hermana de ella. Este relato acrecentó el enojo de Alcione hasta el extremo de confirmarla en su determinación de dedicar la vida entera a vengar cumplidamente su honra. Cáncer reveló entonces a su hija que en los secretos ritos de su religión podría hallar eficaces instrumentos de venganza, y en consecuencia puso ella todo su empeño en ser iniciada en las ceremonias del tenebroso culto.

Cuando el padre se enteró del suceso, se encolerizó furiosamente, porque, según costumbre de la época, el nacimiento de un hijo ilegítimo sentenciaba a la madre a viudez vitalicia. Recriminó Ceteo ásperamente a su hija, pero al mismo tiempo le concitó más y más a la venganza, para lo cual le permitió aprender los secretos de su religión, que impresionaron profundamente a la neófita, como una pesadilla de horrores cuyo olvido hubiera sido un gran alivio para ella. A fin de ocultar cuanto antes el resultado de la ilícita cohabitación, insistió Ceteo en la necesidad de casar inmediatamente a Alcione con el sacerdote Escorpión, mucho mayor que ella, y hombre de repulsiva catadura y de demoníacas influencias.

Por supuesto, Alcione miraba con horror al marido que las circunstancias le traían y estaban disgustadísima de cuanto a su alrededor sucedía, pero no tuvo más remedio que aceptarlo todo, como necesario instrumento de la venganza a que había jurado dedicar su vida. La actitud mental de Alcione, a fuerza de pensar tanto en el asunto, era por entonces del todo favorable a la receptividad de malignas influencias astrales, en forma de obsesión, práctica que se tenía por signo de rápido adelanto en las secretas enseñanzas de aquella abominable religión. Después de jurar sigilo ante los coágulos de su propia sangre, aprendió Alcione de los maternos labios un plan especial de venganza que, según ella, no había fracasado ni una sola vez. Entre otros repugnantes pormenores, entrañaba ese plan el crimen de sacrificar en el altar de la diosa a su propio hijo, poco después que naciera. El rencor que contra Pólux sentía Alcione le movió a consentir en el infanticidio, llevada de la idea de que aquella criatura era de él; pero cuando al término del embarazo supo lo que era amor de madre, se retractó resueltamente del consentimiento dado para el sacrificio de su hijo.

Ya habían comenzado las ceremonias, porque los sacerdotes pusieron por condición del horrible pacto que, ya antes de nacer, fuese la criatura destinada con la madre al servicio de la nefanda divinidad. La ceremonia culminante había de consistir en el sacrificio de la criatura sobre el altar de la diosa, entre espantables invocaciones, a cuyo eco esperaban que la imagen descendería del pedestal, para abrazar al sacrificador e infundirse en el cuerpo de éste, que ya entonces, como vehículo de la divinidad, estaría capacitado para consumir las carnes de la víctima, cuyo horrible alimento proporcionaba al sacrificador los mismos poderes que siglos después atribuyó la superstición medieval a la pata de cabra o pezuña de chivo, de suerte que todas, las puertas se abrirían ante su paso y ninguna criatura viviente osaría resistirle, con lo que, sin. dificultad ni impedimento alguno, podría vengarse impunemente de quien quisiera, pues la diosa le velaría con invisible manto.

Impelida por la sed de venganza y por la aún más irresistible violencia del medio ambiente, había tomado parte Alcione en el prólogo de aquel espantoso drama de hechicería; pero luego de nacido el niño, sintió profunda repugnancia de todo aquello, y no quiso llevar más allá su participación en las ceremonias sacrifícales. Su padre se puso furioso y ridiculizó mortificantemente la debilidad que la hacía indigna de los favores de la diosa. Además, alegaba Ceteo que el niño ya no era de la madre, sino de la divinidad a quien había sido consagrado, y, por lo tanto, reclamaba imperiosamente su entrega para ofrecerlo en aras de su legítima posesora. Alcione se resistió tenazmente a entregar la criatura, sin atemorizarse por la terrible y sombría cólera de su padre, quien insistió durante algún tiempo en su propósito hasta que de repente mudó de parecer, diciendo en tono sarcástico que ya encontraría otro medio de mantener los derechos de la diosa. Poco después cayó el niño enfermo y fue empeorando a pesar de los asiduos cuidados de la madre, quien por efecto de la pena, agravada por la fatiga, también cayó enferma, y al recobrar la salud le participaron la muerte del niño y la ordinaria incineración del cadáver. Sin embargo, se quedó Alcione en sospecha del caso, y desde entonces anduvo el odio entremezclado con el temor que su padre le inspiraba. Lo sucedido fue (si bien Alcione jamás lo supo, por más que lo sospechara), que temeroso Ceteo de la cólera de la diosa, si consentía en privarla de la predestinada víctima, y fanáticamente convencido de que el niño era propiedad de ella, había propinado repetidas dosis de veneno lento a la criatura primero y a la madre después, para, al abrigo de la enfermedad de ésta, sacrificar por su propia mano á la criatura en aras de la sedienta divinidad.

Los Sacrificios humanos eran de ritual en aquella horrible religión; y, sin embargo, tras la densa atmósfera de sus abominaciones se vislumbraban tenues reflejos de influencias lo suficientemente benéficas para señalar un origen más espiritual a la entonces degradada religión. La frase sacramental que el sacerdote pronunciaba solemnemente en el momento culminante del sacrificio humano, permitía entrever una débil reminiscencia de mejores tiempos, pues la primera parte de dicha frase recordaba en su entonación otra de los Upanishads. Decía poco más o menos como sigue: "De la tierra son el aliento y la sangre; pero ¿de dónde viene el alma? ¿Quién sostiene al que no ha nacido todavía? Los que en pasados tiempos estaban despiertos han muerto y nosotros despertamos a nuestra vez. Por la sangre que te ofrecemos óyenos y sálvanos. El aliento y la sangre te damos, salva tú el alma y dánosla en premio".

Las últimas palabras expresan, al parecer, la idea de que el alma o, acaso con más exactitud, el cuerpo astral de la víctima, se convertía en una de las obsesoras entidades de que la diosa se servía como de instrumentos de su adoración y degradado culto. Según hemos dicho, la mayor parte las fórmulas de encantamiento eran del todo incomprensibles y tenían mucho parecido con las actualmente empleadas en sus ceremonias por los negros del Vudú y de Obeah. Sin embargo, otras fórmulas llevaban algunas palabras sánscritas intercaladas y confundidas entre una serie de extrañas exclamaciones, cuya furiosa energía les daba seguramente terrible eficacia para el mal. Uno de los caracteres de esta fonética religiosa era el empleo de cacofónicas combinaciones de consonantes a las que sucesivamente se iban añadiendo las vocales. De esta manera se empleaban la sílaba "hrim" y la interjección "kshrang". Entre esta grosera erupción de rencores aparecía un mal deseo expresado en la correcta frase sánscrita "Inshmâbhih mohanam bhavatu". La fórmula ritualística terminaba con algunas peculiares maldiciones, cuya enérgica violencia es imposible de expresar claramente con los alfabetos ordinarios.

La pobre Alcione llevó una vida sumamente miserable en medio de aquel caos de horrorosas obscenidades. Su marido era hombre astuto y malicioso, que abusaba de la credulidad del pueblo y solía embriagarse con opio. Pronto se arrepintió Alcione de haberse dejado arrebatar por los deseos de venganza que la habían prendido en aquella red de malicias; pero estaba demasiado cogida en ella para poder escapar, y aun eran frecuentes las ocasiones en que, dominada por la obsesión, la deleitaban los pensamientos de venganza. Por entonces murió su padre, y la familia no tuvo ya la influencia social que hasta allí había tenido.

Sin embargo, aquel desnaturalizado padre era más temible muerto que vivo, porque concentró todas sus energías en el subplano inferior del mundo astral, y de este modo obsesionaba malignamente a su hija. Esta se percataba de la influencia, y aunque la resistía con todas sus fuerzas era impotente para vencerla, por lo que sufría indeciblemente, e insuperable repugnancia se apoderaba de su alma. La madre de Alcione y demás mujeres de la familia estaban también más o menos sometidas a la misma influencia maligna, que era para ellas cosa natural y corriente, hasta el punto de que se creían especialmente favorecidas y santificadas cuando la obsesión las llevaba a cometer las más temerosas acciones.

Paralelamente a esta influencia psíquica se extendía en el plano físico un laberinto de la más ingeniosa y complicada traza. Durante años enteros estuvo en elaboración el nefando plan de apoderarse de la persona de Pólux, quien a la sazón estaba ya casado y tenía un precioso niño, llamado Tifis. Por fin cayeron padre e hijo en manos de la familia de Alcione, cuya madre y demás mujeres de la parentela, excitadas con mayor violencia que nunca por la influencia astral de Ceteo, recibieron las valiosas presas entre alaridos de odio y exclamaciones de infernal regocijo. Alcione sintió, el tremendo influjo de aquella maligna combinación, a cuyo impulso era incapaz de resistir, por más que en el fondo de su ser notaba una como débil protesta de amargura y remordimiento.

Decidieron las mujeres envenenar a Pólux con un tóxico de peculiar confección, y que fuese precisamente Alcione la encargada de propinarle la pócima bajo apariencias de la más amistosa hospitalidad. Pólux estaba entumecido y avejentado por excesos pasionales, de suerte que sólo repulsión inspiró a Alcione, y como además se hallaba ésta en aquel crítico momento plenamente obsesionada por su padre, de seguro cometiera el crimen a no haber recibido, por fortuna, una emoción contraria en el instante de cometerlo, porque cuando ya tenía la copa de veneno para dársela a Pólux, tropezaron sus ojos con los del niño Tifis, cuya placentera mirada detuvo la acción de la envenenadora. Eran los ojos del pequeñuelo idénticos a los de su padre, cuando éste proyectara sobre Alcione el único rayo de luz que había iluminado las lobregueces de su vida. Súbitamente aquellos infantiles ojos evocaron el pasado en el alma de Alcione, y al recuerdo acompañó el cotejo con el crimen que iba a perpetrar, impelida por la influencia de aquella tenebrosa religión de odio. Instantánea y completa fue la transmutación de sentimientos. Dejó caer Alcione la copa al suelo, y escapase de la casa y de la ciudad, con los vestidos que llevaba puestos, tan sobrecogida por el horror del atentado, que, sin pensar en lo que sería de ella ni en lo que pudiera acontecerle, resolvió acabar para siempre y a toda costa con aquella infame vida.

La intensidad de sus sentimientos desgarró el negro manto de influencias malignas en que hasta entonces había estado envuelta y, por de pronto, se vio enteramente libre de la maléfica dominación de su padre. Entrase Alcione por la campiña a la ventura y, fuese a donde fuese, con tal de escapar por siempre más a aquella horrible vida. Como no estaba acostumbrada al ejercicio ni al aire libre del campo se sintió pronto fatigada, pero prosiguió la marcha, alentada por una especie de frenética determinación. Al llegar la noche advirtió que no llevaba dinero encima y que en cuanto a ropa sólo tenía la puesta. Entonces se dio cuenta de su situación. Estaba a muchas leguas de su casa, en plena campiña y rendida de cansancio, y hambre; se encaminó a una casa de campo que a poca distancia se divisaba.

No sabía Alcione que decir ni qué hacer en tan apuradas circunstancias; pero, afortunadamente, la dueña de la casa, llamada Aquiles, mujer muy bondadosa, compadeció del estado de la errabunda y la acogió maternalmente, dándole de comer y beber, sin preguntarle una palabra hasta que hubo satisfecho su necesidad y reparado su cuerpo. Repuesta Alcione con el alimento y el descanso, refirió sinceramente su historia, que Aquiles escuchó entre exclamaciones de admiración y piedad, según la fugitiva le revelaba los horrores del culto demoníaco. La anciana señora le dijo entonces a Alcione que no le importara la pérdida de su posición mundana, pues sobrada recompensa tenía en haber escapado a semejantes abominaciones, y que lo necesario en aquel punto era mudar por completo la actitud de su mente y olvidar lo pasado como si hubiese sido horrible pesadilla. Le dijo también que desde aquel momento debía empezar nueva vida, pues hasta entonces no había verdaderamente vivido, por lo que se ofrecía a ayudarla, en cuanto le fuera posible, para facilitarle la perseverancia en la nueva vida.

Temía Alcione que su marido pudiera reclamarla legalmente, pues estaba convencida de que los sacerdotes del tenebroso culto se pondrían furiosos al enterarse de la fuga de una iniciada; pero la buena Aquiles, cuya bondad avaloraba la discreción, declaró que, si bien no conocía a punto fijo las leyes, estaba resuelta, con ley o sin ley, a no entregar a Alcione, a su marido ni a pariente alguno, en la confianza de que, si el asunto se llevaba ante el rey del país, con exposición de las abominaciones cometidas en el culto demoníaco, de seguro que no consentiría en la devolución de la fugitiva a sus desalmados esclavizadores ni en reintegrarla al hogar marital.

Alcione mostrase muy agradecida a su generosa protectora y alegrase de que demorara hasta el día siguiente la discusión del asunto, pues no se hallaba en condiciones físicas ni mentales para determinarse en definitiva, y con esto retiróse Alcione al aposento que se le tenía destinado.

Rudo había sido el golpe y sin remedio enfermara Alcione en consecuencia, a no ser por una visión que tuvo aquella misma noche. Se le apareció un hombre de continente imperioso y maravillosa distinción (Mercurio), que le dirigió palabras de consuelo y aliento, diciéndole que su pavorosa vida pasada tenía dos aspectos, de los cuales estaba ella del todo inconsciente. En primer lugar, con sus terribles sufrimientos había satisfecho culpas remanentes de existencias ya muy pretéritas, y de esta suerte se presentaba desembarazado el camino para ulteriores progresos; y, en segundo lugar, que todo ello ponía a prueba su voluntad para conocer si, en aquella etapa de su evolución, era capaz de sobreponerse a las maléficas influencias de un medio ambiente en extremo nocivo.

Congratulase Mercurio de que Alcione se hubiera determinado a romper felizmente el cerco que la aprisionaba, y le auguró un porvenir de mucho adelanto y progreso. Dijo también que era muy largo el camino abierto ante ella y le describió hermosamente los dos senderos de perfección: el liso y el lento, que serpentea alrededor de la montaña, y el más rápido, pero áspero y escarpado, que se extiende ante quienes, por amor a Dios y a los hombres, se entregan voluntariamente al bien de sus hermanos. Aseguró, además, que si tal era su anhelo, le deparaba en lo futuro la oportunidad de entrar en el sendero corto y áspero, y qué en caso de escogerlo, sería la tarea muy ardua, pero la recompensa sobrepujaría a toda esperanza.

Impresionó profundamente a Alcione esta visión, y desde entonces tuvo grabadas en su memoria las palabras y el semblante del aparecido instructor, sintiéndose con el necesario ardimiento para escoger el sendero escabroso cuando la oportunidad llegase.

A la mañana siguiente refirió Alcione a su bondadosa huésped la visión que había tenido, de lo que no poco se maravilló ésta, pues corroboraba las impresiones que personalmente y por su parte había recibido.

Produjo todo ello favorables efectos en el plano físico, pues desde entonces estuvo Alcione mucho mejor de cuanto hubiera podido imaginar. Su padre la conturbaba gravemente desde el plano astral con pertinaz intento de recobrar su perdido dominio, pero Alcione recurría a las latentes reservas de su voluntad para rechazar vigorosamente la maléfica influencia sin la menor vacilación ni titubeo, y convencida de que acaso muriera de resultas de su vigorosa resistencia contra la obsesión, pero, en cambio, se libraría para siempre de ella. Durante algunos meses prosiguió luchando Alcione a intervalos, y en toda circunstancia tenía ante sí la imagen del venerable instructor, cuyas palabras, todavía resonantes, la llenaban de fortaleza y esperanza.

Todo este tiempo estuvo Alcione en casa de su cariñosa huésped, quien no consentía en verla marchar ni que le hablase de intereses económicos. Aparte de la influencia astral, gozaba Alcione de tranquilidad de ánimo, pues su marido nada había hecho declaradamente para reclamarla, como si toda la familia la creyera muerta, por haberse encontrado el cadáver de una mujer cuyas señas coincidían vagamente con las suyas. Aquiles insistía en afirmar que los dioses habían encaminado los pasos de Alcione hacia su casa, y que por lo tanto, la aceptaba como don de los dioses. Alcione agradeció en extremo tan fina amabilidad y puso todo su empeño en ser útil de algún modo a su bienhechora. Entonces empezó Alcione a instruirse en la religión de los arios, que fue muy de su gusto después de los horrores de su primera educación. Dedicaba Alcione mucho tiempo a estudios religiosos, y pronto llegó a estar más instruida que su misma huésped.

En aquel tiempo parece que no se había escrito gran cosa sobre materias religiosas, pero Alcione recibió utilísimas enseñanzas de un brahmán (Vega), a quien conoció en ocasión de estar éste de visita en casa de Aquiles. Mucho le conmovieron a Vega los sufrimientos de Alcione en la primera parte de su vida. Le enseñó gran número de himnos, algunos muy bellos, y todos de elevada moral y de tema a propósito para el caso. Las opiniones de Vega eran, en conjunto, sanas y sentimentales, aunque en ciertos pormenores pecaban de limitadas y exclusivistas. Su esposa Auriga era también valioso auxiliar de Alcione, porque le interesaban en extremo las cuestiones religiosas. Al cabo de un año desistió el padre de ejercer su influencia astral, y Alcione se dio cuenta de que estaba ya desligada por completo de su mala vida pasada. Le pareció entonces tener como una débil vislumbre de alguna existencia anterior, cuando por breves instantes recordaba los primeros años de su vida, y pronto fue capaz de apartar su memoria de los sucesos de aquella época, hasta el punto de olvidar enteramente algunos pormenores.

Desvanecida la influencia astral de su padre, tuvo Alcione el incomparable placer de que otra vez se le apareciese en sueños el hierofante que se le había aparecido la misma noche de su llegada a casa de Aquiles. Esta vez le felicitó por su recién ganada libertad y prometió ayuda y protección. Ella, por su parte, redobló el cariño que profesaba a Aquiles, así como también a los demás individuos de la familia y amigos de la casa, hasta el punto de considerarse hija adoptiva de aquel hospitalario hogar, en substitución de una hija de Aquiles ya casada. En efecto, todos la trataban con igual afecto que si verdaderamente hubiese tenido su propia sangre, y cuando murió Aquiles, le señalaron igual participación en la herencia, a pesar de su negativa en aceptarla, hasta que por fin accedió a recibir una parte menor, y continuó viviendo algunos años más con ellos.

Vino tiempo en que los hijos de los hijos pasaron de la infancia y hubo necesidad de dar nueva distribución a los aposentos de la casa, por lo que  Alcione se trasladó a otra vivienda de la misma heredad, en compañía de Cisne (nieto de Aquiles) y de su esposa Iris, a quienes sirvió de madre y consejera. No había decaído el interés de Alcione por las cuestiones religiosas, y como en aquel entonces estaba ya instruida en todo cuanto su amigo brahmán era capaz de enseñarle, deseaba ardientemente aprender puntos más trascendentales. Dijo el brahmán que sus luces no alcanzaban a tanto, pero dio referencias de un santo varón que, en caso de vivir, todavía se bastaba para resolver cuantas dudas se le propusieran. Habló el brahmán muy reverentemente de aquel varón, de cuya boca bahía él aprendido cuanto sabía, y mucho más aprendiera, de seguro, según sospechaba, si hubiese podido comprender plenamente el significado de las palabras salidas de sus docentes labios. Con tan ardoroso entusiasmo hablaba el brahmán de aquel gurú, que después de muchas consultas resolvió Alcione ir en busca del santo varón, a pesar de la fatiga con que semejante viaje amenazaba a una mujer ya entrada en años como ella. La  distancia era larga, y como desde muchos años atrás no había el brahmán oído hablar del gurú, no estaba seguro de sí aún viviría en el mismo paraje, sin que fuese posible averiguarlo con certeza. Sin embargo, Alcione insistió en emprender aquella extraña peregrinación, y por fin se determinó el mismo brahmán Vega en acompañarla con dos criados, uno de los cuales, llamado Bóreas, no es de otras vidas anteriores, ya descritas, desconocido al lector.

Después de varias vicisitudes y más de un mes de viaje, llegaron al templo regido por el instructor de Vega, y mucho se regocijaron al saber que aún vivía. Solicitaron audiencia y, concedida qué les fue, pudo Vega prosternarse de nuevo a los pies de su viejo instructor. Luego se volvió para presentarle a Alcione, pero quedó sorprendido al ver que ésta fijaba la vista en el instructor con indecible admiración y reverencia, como si le reconociese tras largo olvido, mientras que el instructor, a su vez, respondía sonriente a la mirada de Alcione, como si el rostro de ésta le fuese familiar, pocas palabras bastaron para dar a entender que el instructor era Mercurio, el mismo que por dos veces  se le había aparecido en sueños, y esta circunstancia dio al asunto un cariz lo suficientemente favorable para establecer entre Mercurio y Alcione tanta intimidad como si hubiesen sido antiguos amigos.

Entonces empezó para Alcione un feliz período de su vida, porque Mercurio satisfizo todas sus dudas y cumplió sus más ardientes deseos. A menudo le hablaba el instructor de un muy lejano porvenir en que aprendería mucho más de lo sabido hasta allí, y transmitiría sus conocimientos a otros en beneficio de la Humanidad. Pero advirtió que para esta labor eran necesarias muchas virtudes que ella aún no poseía, pues le faltaba agotar mucho karma, mediante la abnegación de sí y su sacrificio en bien de la Humanidad, hasta que al término de su esfuerzo se viese coronada por la victoria y por la paz. Vega hizo propósito de llamar a su mujer e hijos para permanecer el resto de la vida junto al instructor, y también se hubiera quedado allí Alcione, muy contenta de satisfacer sus nuevos afectos, si Mercurio no le dijese que otro era su destino, pues, por una parte, él estaría ya poco tiempo en el plaño físico, y, por otra, el deber de ella la llevaba al seno de la familia que la había acogido y adoptado.

Al cabo de un año se despidió Alcione de Mercurio con vivas muestras de sentimiento por la separación, y a lentas jornadas regresó a su hogar adoptivo, en donde la recibieron con tanta cordialidad como antes de su partida.

Pasó Alcione muy tranquila el resto de su vida, empleándose en el servicio de los hijos y nietos de quienes tan hospitalarios habían sido para con ella. Además de Cisne e Iris, con quienes convivía, vemos entre esta nueva generación a Alcestes, casado con Focea, de cuyo matrimonio tuvieron tres hijas (Melete, Tolosa y Ausonia); a Calipso, casado con Viola, cuyos hijos fueron Polar y Fénix. Los consortes Cisne e Iris tuvieron dos varones (Proserpina y Fides) y dos hijas (Mizar y Orfeo). Al examinar la infancia de Mercurio en esta existencia, vemos que fue hijo de Saturno y Urano, que casó con Heracles y tuvo dos hijos (Neptuno y Virâj) y dos hijas (Venus y Osiris). Heracles era hija de Marte y Vulcano, y tenía un hermano (Vajra) y una hermana (Dorada).

Alcione cobró mucha fama por su erudición en materias religiosas, hasta el punto de que los sacerdotes y brahmanes de las cercanías solían consultarla puntos difíciles, como reconocida autoridad. Así, aquella vida que empezara tan turbulenta, entre horrores de tormenta y lucha, tuvo el sosegado y tranquilo fin de una puesta de sol. Murió Alcione llorada amargamente por cuantos la habían conocido y amado.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Marte     Esposa, Vulcano. Hijo, Vajra. Hijas: Heracles, Dorada.

Mercurio    Hierofante. Padre, Saturno. Madre, Urano. Esposa, Heracles. Hijos: Neptuno, Virâj. Hijas: Venus, Osiris.

Alcione  Padre, Ceteo. Madre, Cáncer. Esposo, Escorpión.

Pólux     Seductor. Padre, Tetis. Hijo, Tifis.

Aquiles  Bienhechora. Nietos: Cisne, Alceste.

Vega      BrahmánEsposa, Auriga.

Cisne     Esposa, Iris. Hijos: Proserpina, Fides. Hijas: Mizar, Orfeo.

Alcestes Esposa, Focea. Hijas: Melete, Tolosa, Ausonia.

Calipso  Esposa, Viola. Hijos: Polar, Fénix.

Bóreas   Criado de Vega.

 

 

VIDA XII

 

Encarnó esta vez Alcione también con cuerpo femenino el año 14451 antes de J. C. en Kalipa, comarca vecina a la de Oudh, de familia perteneciente a la casta de los brahmanes, o mejor dicho, de la clase social que con el tiempo constituyó la casta sacerdotal de la India.

En aquella época cada cabeza de familia era el sacerdote de los suyos, y tenía el deber de celebrar domésticamente la mayor parte de las ceremonias que hoy necesitan el oficio individual de un sacerdote especialmente aleccionado para el caso. Por lo tanto, podemos considerar dicha época como de transición.

Es de presumir que toda cabeza de familia estuviera por entonces al corriente de las más necesarias ceremonias religiosas, aunque para la celebración de algunas requirieran la asistencia de vecinos más doctos y mejor instruidos. Esto abría camino para la institución de una clase especialmente dedicada al ejercicio del culto religioso, de lo que resultó más tarde un círculo vicioso, pues los hombres de esta determinada profesión cultual tuvieron interés en  multiplicar y complicar las ceremonias, a fin de que sólo ellos pudieran celebrarlas.

Alcione era hija de un padre de familia (Leo) que, según parece, poseía entonces tierras de cultivo en el país, así como numerosos rebaños y manadas. Estaba muy instruido en todo lo concerniente a las ceremonias culturales, y muy raras veces se veía en la precisión de solicitar la asistencia de sus vecinos. Sin embargo, sus opiniones religiosas no coincidían rigurosamente con las del moderno hinduismo, pues, en realidad, se sintetizaban en la adoración de las personificadas potestades de la naturaleza. Nada sabía de la trinidad de Shiva, Vishnu y Brahmâ, y en cuanto alcanzo a identificarme con su mente, parece que estaba en completa ignorancia de toda filosofía. Sin embargo, se advierte notoria conexión con el moderno hinduismo.

Según resulta de las indagaciones llevadas a cabo, la religión de Leo consistía principalmente en cierto número de sacrificios en honor de las potestades de la Naturaleza, pero algunas ceremonias de entonces presentan el carácter de prototipos de las de nuestros días. El primogénito de la familia ofrecía sacrificios en sufragio del padre fallecido. Esta fúnebre ceremonia tenía dos partes o era de dos clases: una consistente en proveer de alimentos al muerto, y otra cuya finalidad era sobornar con ofrendas a las entidades que sin ellas atormentarían el alma del difunto. Había también una ceremonia correspondiente al actual Upanayana, o sea una especie de iniciación de los niños en las ceremonias de su casta, aunque no se ve muy claro el enlace entre ellas, pues parece que eran tres las iniciaciones religiosas: a los siete, catorce y veintiún años respectivamente. La primera tenía carácter de preparación  individual; la segunda ampliaba intensa y extensamente la labor preparatoria; pero sólo la tercera confería plenos poderes para ejercer públicamente el ministerio sacerdotal.

Parece que Alcione cobró desde niña mucha afición a las ceremonias religiosas, y como era algo clarividente, se complacía en descubrir los efectos de ellas y observar a las entidades invocadas a quienes miraba más bien como cariñosos amigos que como divinidades temerosas. Tenía Alcione un hermano mayor (Urano) que participaba de su interés en materias religiosas, si bien no era clarividente y había de sujetarse a las explicaciones de su hermana. Ambos abrumaban continuamente a su padre con preguntas a que no sabía responder, y al llegar a la juventud, ya no satisfizo la religión de la época sus perpetuas ansias de luz en los intrincados problemas cuya solución ni conjeturaban siquiera las tradiciones entonces dominantes. Los dos hermanos inquirían algo así como una especie de Teosofía rudimentaria, un sistema capaz de resumir y explicar las aisladas y aun, en apariencia, contradictorias afirmaciones que en materia religiosa oían a las gentes.

Iban siempre juntos Urano y Alcione, ocupados en discurrir acerca de tan espinosas cuestiones, y en tanto que Urano sobresalía por su poderosa fuerza de raciocinio, Alcione tenía frecuentes ráfagas de inspiración que solucionaban muchas cuestiones alejadas de su alcance intelectual. La familia incluso el padre Leo y la madre Orfeo, calificaban de soñadores e idealistas a los jóvenes hermanos, diciendo que sus argumentos y especulaciones no tenían ningún valor práctico, de modo que por falta de comprensión y de simpatía en los demás, fracasaban una y otra en sus consultas sobre puntos difíciles. De cuando en cuando oían decir que en un apartado lugar de la montaña había un cenobio o comunidad de monjes entregados a estudios religiosos; pero, como eran de distinta raza y religión, los menospreciaban los arios y aun los miraban odiosamente como infieles.

Algunas veces los viejos del país, que escuchaban las vivas discusiones entre los hermanos, les decían desdeñosamente que debían irse a aprender aquellas cosas en el seno de la comunidad, y esta idea, expuesta acaso al azar o por donaire, arraigó en sus mentes hasta el punto de moverles a ir en busca de la comunidad, no obstante el prejuicio con que sus compatriotas la miraban. Privadamente trataron varias veces del caso los dos hermanos, y resolvieron, por fin, que cuando Urano llegara a la edad conveniente, se irían en busca de aquella comunidad, con propósito de cerciorarse de si tenía fundamento el desdén de las gentes, o si acaso estaban verdaderamente en disposición de  enseñar lo que los altaneros arios ignoraban.

Poco después de cumplir Urano la mayor edad, declaró su intento de hacer el proyectado viaje en compañía de Alcione, lo que levantó la natural oposición  en toda la familia y particularmente en la madre. Deseaba Leo que tanto Urano como Alcione contrajeran matrimonio; pero Urano, que aparte de aquel anormal deseo había sido siempre juicioso y obediente hijo, declaró que no se casaría sin que antes se le consintiera hacer aquella visita y llevarse a su hermana con él. Según queda dicho la madre y demás parientes protestaron enérgicamente contra semejante propósito, hasta que el padre dijo:

-Dejadlos ir y que ellos mismos se convenzan. En primer lugar, no es fácil que encuentren la comunidad, y después de muchas pesquisas infructuosas habrán de regresar a casa. En segundo lugar, si en efecto existe tal comunidad y la encuentran, verán que no puede darles enseñanzas de positivo valor, y, por lo tanto, una vez desvanecido su sueño, se restituirán voluntariamente a la ordinaria vida del hogar-.

Chocaba con las costumbres de la época que una muchacha emprendiese tan curiosa y aventurada peregrinación; pero como los dos hermanos eran inseparables, y Urano insistía en llevarse a Alcione, acabó el padre por ceder en su oposición y dar su consentimiento, no sin desdeñosa lástima.

Se pusieron en marcha los dos hermanos y recorrieron la parte más poblada del país, sin que les ocurriese suceso digno de mención, y según adelantaban su camino, iban preguntando por la supuesta comunidad, cuya existencia negaban unos en redondo, y otros decían que si bien hubo en tiempos pasados tal comunidad de hombres, habían sido exterminados muchísimos años atrás por bandoleros y merodeadores arios. Sin embargo, afirmaban algunos que aun existía la comunidad, pero sin saber qué clase de hombres la componían. Afortunadamente para los peregrinos, a medida que se alejaban de su país, prevalecían los rumores afirmativos contra los negativos en lo concerniente a la existencia de la comunidad, y cuando llegaron al pie de las montañas, adquirieron informes equivalentes a una orientación definitiva.

Entonces empezaron las penalidades del viaje, porque los lugares poblados estaban cada vez más distantes con mayor dificultad de comunicaciones, y aunque Alcione era una muchacha muy robusta, bien espigada y tan excelente andarina como su hermano, le cogió de nuevas el trepar a la montaña, y, hasta pasadas unas cuantas semanas de ejercicio, no se acostumbraron sus pies a la topografía montesina.

El entusiasmo con que los dos hermanos habían emprendido el viaje, decaía según adelantaban en él y eran más definidos los informes referentes a la existencia de la comunidad, porque presumían juiciosamente que el aislamiento sería una de las principales reglas de aquella orden, y que con seguridad estaría prohibida en absoluto la entrada de mujeres en el recinto conventual. Esta conjetura pesó gravemente en el ánimo de los peregrinos, hasta el extremo de que no obstante el vivo deseo de Alcione por dar cima a la aventura, se ofreció a quedarse en cualquier aldea de las que al pie de la cordillera se asentaban, en espera de que su hermano pudiera penetrar en el secreto paraje e instruirse en los misterios de la hermandad, con la precisa condición de que, al regresar, habría de comunicárselos fielmente a ella; pero Urano repudió el ofrecimiento de su hermana, e hizo voto de que o habían de continuar juntos el camino o desistir de su propósito, pues nada querría con una hermandad lo bastante ruin para negarse a iluminar las mentes que honradamente lo suplicaran.

El transcurso de aquella peregrinación puso en muy duras pruebas el valor y la paciencia de los dos hermanos por las muchas fatigas y frecuentes privaciones que hubieron de soportar, aparte de no pocos y peligrosos encuentros con las fieras de los bosques, así como por haberse extraviado una o dos veces del verdadero camino. Por fin llegaron al término de su viaje, y se convencieron de que realmente existía la tan discutida comunidad en un valle oculto en lo más fragoso de la sierra, de modo que no lo descubrieran los extraños, y admirablemente defendido por la naturaleza contra toda posibilidad de ataque.

Se levantaba en el centro del valle un vasto edificio de tosca pero sólida fábrica, cuyo aspecto denotaba haber servido en otros tiempos de madriguera de ladrones. Allí estaba la residencia particular del abad de la comunidad, y también el refectorio y la sala capitular. En rededor de este edificio se agrupaban, irregularmente, cierto número de chozas de piedra, construidas por los mismos monjes según ingresaban en la comunidad. Llamaban Cuhupan al monasterio, nombre evidentemente atlante, y constituían la comunidad hombres de esta raza con excepción de dos o tres arios. Su vida era en parte contemplativa, pues empleaban mucho tiempo en la meditación y el estudio, y en parte laboriosa, porque todos contribuían al cultivo del terreno y a la preparación de las semillas y frutos de que se alimentaban.

Descubierto por Urano y Alcione aquel retiro, llamaron a la entrada del valle para que los admitieran, lo cual les fue denegado por de pronto, diciéndoles que se fueran a sus quehaceres. Repuso entonces Urano que acababan de recorrer centenares de millas en busca de la sabiduría que sólo les era dable encontrar en aquella comunidad, y al efecto, solicitaba hablar con el abad, a fin de que le oyera antes de resolver definitivamente sobre el caso. Después de vacilar algún tanto, accedió el portero al favor que Urano le pedía, aunque asegurándole de antemano que era completamente inútil solicitar la admisión. La tranquila pero resuelta insistencia de Urano facilitó la deseada entrevista, y ambos hermanos fueron introducidos ante el guardián de la comunidad (Vesta), varón de venerable y digna apostura y de vivaz y penetrante mirada. Le relataron sinceramente su historia con todos los pormenores, declarando en respuesta a las preguntas del guardián, que ellos no se proponían abandonar la religión de sus padres, sin tener antes con qué substituirla ventajosamente, pues su deseo era aprender lo que aquella religión no les podía enseñar, y por lo mismo habían resuelto ponerse en camino, atraídos por la fama del monasterio, con la esperanza de que se les permitiera participar de su sabiduría.

Tan hábilmente expuso Urano su pretensión, que el guardián accedió por fin a recibirle como estudiante en el seno de la comunidad, pero no así a Alcione, porque jamás mujer alguna había sido admitida en el recinto del monasterio. Sin embargo, Urano insistió en que los habían de recibir a los dos o a ninguno, y por su parte demostró Alcione tan viva afición a las cuestiones religiosas, cuando le preguntaron acerca de algunos puntos, que el guardián consintió en admitirla, aunque con rigurosas restricciones, porque era en extremo hermosa, y si bien estaba seguro de la castidad de los monjes, podía su presencia turbar los corazones y conmover los ánimos de la comunidad. Se les designó a los dos hermanos por habitación una celda desocupada, quedando sujeta Alcione a no transponer ciertos límites, sin velarse el rostro, lo cual tuvo ella por absolutamente ridículo. Sin embargo, a condiciones mucho más duras se hubiera sometido gustosa, con tal de recibir las anheladas enseñanzas.

Una vez establecido el régimen disciplinario, el guardián en persona les aleccionó en cuanto pudo, y no tardó en advertir que ambos merecían la más vigorosa ayuda. Un mundo nuevo se les reveló al ponerse en contacto con la ciencia de los atlantes, pues aunque los arios de la época eran una raza belicosa con gran número de ideas propias, carecían de elevada educación científica y filosófica, y así los dos hermanos vieron que muchos puntos cuya solución habían pedido en vano a sus compatriotas, estaban ya resueltos desde muchísimos años atrás entre los atlantes, y que la comunidad poseía definidos sistemas de pensamientos que alcanzaba adonde los neófitos no hubieran podido imaginar.

Todo esto les deleitaba intensamente, y se absorbían en cualquier lección que el abad o alguno de los monjes les daban. El sistema filosófico que se les expuso, era análogo en muchos puntos a la Teosofía de nuestros tiempos. Con escrupuloso celo guardaban los monjes un tesoro de libros secretos, algunos de cuyos versículos leían a los dos hermanos con gran contentamiento y devoción de éstos, para quienes era aquello nuevo deleite intelectual, pues todavía no estaba extendido entre los arios el uso de manuscritos. Deseaban ardientemente los dos hermanos ser admitidos como novicios en la orden, pero el abad no lo consintió, diciendo que de ninguna manera podría ser admitida Alcione, y que aun su hermano había de demostrar su vocación tras largos años de noviciado. Sin embargo, se le permitió a Urano participar en las labores de la comunidad, como una especie de remuneración de la hospitalidad que con su hermana disfrutaba. Así pasaron algunos meses dichosamente empleados en el trabajo y en el estudio.

Llegó día en que se realizaron los temores presentidos por el abad, pues no obstante el velado rostro de Alcione, se enamoraron de ella algunos monjes, a cuyos sentimientos no fue indiferente la doncella, si bien el vivo interés con que al estudio se aplicaba, retrasó algún tiempo el estallido de la amorosa pasión, favorecida por la frecuencia de trato y las condiciones especiales de la vida en común. El viejo abad había confiado excesivamente en el velo del rostro y la diferencia de raza, pues los arios menospreciaban por afeminados y estériles a los atlantes, al paso que éstos pagaban a los arios en la misma moneda, llamándoles bárbaros e incultos. Un monje vio casualmente a Alcione descubierta y al punto convino en que los encantos de la joven bastaban a desvanecer los prejuicios de raza. Siguieron las cosas su camino, hasta el punto de concertar los amantes entrevistas que, andando el tiempo, dejaron de ser secretas, con gravísima turbación de la comunidad y el consiguiente enojo del confiado abad. Alcione, Urano y el monje culpable (Neptuno) fueron conducidos a presencia del abad, e inmediatamente expulsados del monasterio, pues aunque había cobrado ya cariño a los dos neófitos, era mucho más profundo el amor que a la comunidad profesaba.

Urano se indignó en gran manera contra su hermana, y le afeó severamente su acción, por lo mismo que con entrañable afecto la quería, y apenas  transpusieron los límites del monasterio, agredió iracundamente, a Neptuno, en quien veía la causa de su expulsión. Pelearon los dos con igual brío, de suerte que ambos salieron maltrechos del lance, y quedó Alcione dueña de la situación. Les reprendió ella ásperamente por su insensatez en llegar a las manos, cuando tan comunes eran sus intereses y les dijo que, si bien deploraba amargamente las consecuencias de su acción que les había expulsado del convento, no deploraba la acción en sí misma, por estar en perfecta concordancia con la naturaleza, y así juzgaba que en el mundo podrían llevar una vida mucho más natural que en el seno de la comunidad, sin desistir por ello del estudio de la filosofía, como guiador inherente al principio de toda su  existencia.

El buen sentido de Urano atendió las razones de su hermana, que le movieron a reconciliarse con Neptuno, y entonces condujo Alcione trabajosamente a los dos hasta la aldea más próxima que, sin embargo, distaba largo trecho. Aunque, Alcione había vendado las heridas de su hermano y de su amante, y puesto en ellos solícito cuidado, no le fue posible proporcionarles descanso y alimento hasta llegar a la aldea, en donde aguardó el completo restablecimiento de ambos. Entonces dijo Neptuno que sería mejor alejarse todo lo más del monasterio, a fin de llegar a una comarca en donde no se hubiera divulgado la noticia de su expulsión y el motivo de ella. Alcione, por su parte, consideraba imposible restituirse al hogar paterno con un marido perteneciente a la aborrecida raza y, sobre todo, de tan irregular manera alcanzado, por lo que se adhirió a la opinión de Neptuno, y, en vista de ello, se determinó Urano a seguir la suerte de la joven pareja, interinamente por lo menos.

Como quiera que carecían de medios de subsistencia, trataron de emplearse en cualquier clase de trabajo; pero si bien Urano conocía prácticamente las artes agrícolas, no así Neptuno, que, a pesar de su robustez, vigor y buena voluntad, sólo poseía la poca experiencia adquirida en las labores del convento. Sin embargo, se contrataron al servicio de un hacendado (Irene), que, ya viejo y sin hijos, necesitaba brazos para el cultivo de sus tierras. Poco a poco mejoró la en un principio modesta situación de nuestros protagonistas, y tan honradamente se portaron, que el viejo hacendado les concedió participación en las cosechas del cortijo. Así vivieron dichosos algunos años en progresivo mejoramiento, hasta alcanzar envidiable posición entre las gentes de la aldea.

Tuvo Alcione tres hijos (Ayax, Fomalhaut y Psiquis) y dos hijas (Arturo y Tauro), llegando a sobresalir por sus excelentes dotes de madre y ama de casa, sin descuidar por ello las cuestiones filosóficas y religiosas, a cuyo estudio dedicaba todo el tiempo sobrante de sus ocupaciones domésticas; y no obstante educar a sus hijos en la religión de los arios, injertaba en sus doctrinas la elevada filosofía de los atlantes, anticipándose con ello hasta cierto punto a los tiempos en que el hinduismo había de admitir igualmente los Upanishads y los Vedas. Entre los amigos que participaban de las ideas de Alcione, sobresalía por su admiración a ésta el joven Cisne, que con su esposa Mizar, mantuvieron durante muchos años la amistad de la familia.

Aunque Alcione era de raza distinta de la de su marido, se relacionaba el matrimonio lo mismo con arios que con atlantes, de suerte que aquella diferencia favorecía en vez de contrariar su amistoso trato con familias de ambas razas. Los hijos llegaron a ser con la edad hermosos ejemplares de la especie humana en aquella época, pues se hermanaban en ellos las buenas cualidades de ambas razas, en vez de aunar los defectos, como desgraciadamente ocurre en análogos parentescos. La clarividencia infantil de Alcione había ido debilitándose con el tiempo, hasta extinguirse por completo después de su matrimonio, aunque conservó su exquisita sensibilidad y profunda intuición. Sin embargo, uno de sus hijos heredó la clarividencia de la madre y de todos modos, le sirvió a ésta de mucho auxilio el recuerdo de haberla poseído, pues tuvo siempre la convicción de los fenómenos propios del mundo invisible para nosotros.

Al cabo de unos doce años de haber sido expulsados del monasterio, supieron que el abad los había estado buscando diligente, pero infructuosamente, durante mucho tiempo; y como ya entonces se hallaban ellos libres de la jurisdicción del abad en cualquier ulterior medida que éste tomara, no tuvieron reparo en descubrirle su paradero por conducto del mismo comisionado que buscándolos andaba, sin dar con ellos. Entonces averiguaron que las pesquisas del abad tenían por objeto enviarles un mensaje de reconciliación, pues según el comisionado declaró, su maestro Mercurio (a quien jamás había visto en cuerpo mortal, pero que se le aparecía y con él se comunicaba astralmente) le había representado su error en expulsar a los neófitos, porque, si bien la acción de Alcione y Neptuno era indiscutible en sí misma, derivaba de la natural flaqueza de la carne, y en cambio, el ardiente anhelo de sabiduría era una cualidad del hombre interno que en lo porvenir acrecentaría su valor no sólo para ellos, sino para el auxilio del prójimo. En consecuencia, el abad deseaba reparar su error de modo que los tres volvieran a seguir sus estudios en el seno de la comunidad. Por supuesto que el abad les invitaba al reingreso, sin saber que por haber establecido hogar de familia, su primordial deber era entonces la educación de los hijos. Sin embargo, Urano quiso visitar al abad en agradecimiento de su benevolencia y buen deseo, y para suplicarle copia de uno de los libros sagrados del monasterio, en cumplimiento del mayor anhelo de su vida. Después de unos cuantos meses de estancia entre la comunidad, regresó con su inestimable tesoro acompañado de los buenos deseos y bendiciones Vesta.

Al poco tiempo pasó al astral el viejo hacendado Irene, legándoles la heredad, en recompensa de sus leales servicios, excepto algunos lotes previamente, prometidos a parientes lejanos. De este modo quedó la familia definitivamente establecida entre las principales del país, con firme arraigo de futuro bienestar. Su casa se convirtió en una especie de centro religioso, pues las gentes de la aldea reconocieron que las enseñanzas que daban, eran ventajosa ampliación del culto puramente natural en que vivían. Neptuno y Urano murieron antes que Alcione, y aunque ésta sintió su partida del plaño físico, la consolaron sus hijos y el respeto y veneración en que la tenía toda la comarca. Murió en paz a los 91 años.

Conviene observar que algunos de los personajes que aparecen en esta vida, pasan de ella tan rápidamente que sus períodos de ausencia del plaño físico son cortos. Selene, abuelo de Alcione, murió en la flor de su edad en una batalla, y su esposa Mira pereció en la matanza subsiguiente a dicha pelea. Albireo, hermano del abad Vesta, también murió muy joven a causa de accidente, según había vaticinado su abuelo Aldebarán. A sí es que todos estos personajes reaparecen más tempranamente que por los ciclos ordinarios.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Mercurio    Instructor astral.

Brhaspati  Esposo, Aldebarán. Hijas: Heracles, Algol, Proteo, Canope.

Neptuno Monje. Esposa, Alcione.

Urano     Padre, Leo. Madre, Orfeo.

Alcione  Padre, Leo. Madre, Orfeo. Hermanos: Urano, Pegaso, Leto, Acuario. Hermana: Sagitario, Berenice. Esposo, Neptuno. Hijos: Ayax, Fomalhaut, Psiquis. Hijas: Arturo, Tauro.

Selene   Esposa, Mira. Hijo, Leo.

Arturo     Esposo, Hebe.

Alastor   Vecino de Leo. Esposa, Cáncer.

Cisne     Vecino de Alcione. Esposa, Mizar. Hijos: Betelgeuze, Régulo, Perseo. Hijas: Libra, Virgo.

Irene      Agricultor.

Bellatrix  Esposa, Lomia. Hijo, Helios.

Vesta     Abad. Padre, Helios. Madre, Heracles. Hermanos: Albireo, Píndaro, Aurora. Hermanas: Adrona, Argos, Ceteo.

Canope Esposo, Juno.

Aleteia   Monjes de la Comunidad.

Wenceslao         Monjes de la Comunidad.

Altair       Monjes de la Comunidad.

Dragón  Monjes de la Comunidad.

Casiopea  Monjes de la Comunidad.

Proción  Monjes de la Comunidad.

Lira         Monjes de la Comunidad.

Aleteia   Padre, Aries. Madre, Ofiuco.

Telémaco  Esposa, Glauco. Hijo, Soma. Hija, Mizar.

Acuario  Esposa, Ifigenia.

 

 

VIDA XIII

 

Tiene esta vez nuestra historia por escenario la parte meridional de la gran isla de Poseidonis, sita a la sazón en medio del actual Océano Atlántico. Nació Alcione el año 13651 antes de J. C. en un país montesino de la raza tlavatli. Era hija de Mercurio, sacerdote del Sol, de noble familia y emparentado con el monarca del país. Feliz fue la niñez de Alcione, quien amaba en extremo a su padre en correspondencia del entrañable cariño con que éste la quería y cuidaba de ella más solícitamente que a sus respectivos hijos la generalidad de los padres en aquella época. La religión dominante en el país era la heliolatría, aunque también adoraban a buen número de personificaciones de las diversas potestades de la Naturaleza, así como también habían divinizado a algunos hombres cuya santidad de vida recordaba la tradición.

La niña Alcione mostraba vivo interés por las ceremonias religiosas, que conmovían hondamente su ánimo, hasta el punto de que, al entrar en el uso de razón, declaró su deseo de consagrarse de por vida al servicio del templo, ya en la comunidad de clarividentes (análogas a las vestales romanas), ya en la corporación de mujeres casadas que adscritas al templo estaban.

Según crecía Alcione iba preparándose para ingresar en el coro de vestales, hasta que a los dieciséis años vio cumplida su voluntad, previa la aprobación paterna. Los diversos ejercicios espirituales, prescritos por la regla de la comunidad, produjeron notables efectos en Alcione y despertaron en su padre la esperanza de rápidos progresos. Sin embargo, antes de concluir el año de noviciado, apareció en escena el inevitable mensajero de amor humano en la arrogante figura de Sirio, ante cuya presencia quedó rendidamente enamorada la virgen Alcione. La persona de Sirio estaba envuelta en misterio. Había llegado a la ciudad poco antes, sin que nadie supiese de dónde venía, ni quién era, lo cual hubiese bastado para atajar sus solicitaciones amorosas, si el joven no desvaneciera toda mala sospecha con su simpático porte e irreprensible conducta. Vio Alcione a Sirio en algunas funciones religiosas, y desde el punto que se vieron se enamoraron perdidamente uno de otro, y muy luego discurrió él la manera de platicar con ella, no obstante las dificultades que oponía la disciplina interior del templo. Sin embargo, a copia de paciencia y asiduidad, logró Sirio hablar con Alcione diversas veces, y la conversación trocó la fulminante simpatía en apasionado amor.

Por de pronto nada dijo Alcione a su padre, aunque éste conjeturaba que algo extraño le sucedía a la joven, y así la apremió a preguntas, hasta arrancarle la confesión de que ya no era el servicio del templo lo más amable del mundo para ella. Desalentase Mercurio al oír a su hija, pero tomo después la cosa por el aspecto placenteramente filosófico, y le respondió diciendo que parecía todo aquello un saludable aviso, pues, sin verdadera vocación, era mejor no consagrarse al especial servicio de la Divinidad, y que al fin y al cabo podría servir al Dios-Sol, no tan directa, pero sí más sincera y noblemente, si seguía los mandatos de su corazón. No obstante, quiso Mercurio conocer al galán, cuyas manifestaciones respecto a su origen y nacimiento no fueron completamente satisfactorias, pues se limitó a decir que era de cuna y linaje igual en nobleza a la de su amada, si bien no podía por entonces revelar el misterio que le rodeaba. También parecía indispuesto con su familia, y, para sobrevenir a sus necesidades, se dedicaba a la caza, aunque, según dijo, no era este ejercicio el le su natural vocación. Mercurio se sintió atraído hacia el joven, no obstante la incertidumbre de sus referencias, porque le tuvo por honrado y de valía, aunque de carácter indómito y no muy experto en las artimañas de la vida ordinaria. Así le declaró francamente cuán mucho le placía su persona, pero que le era del todo imposible otorgar la mano de su hija a un hombre de tan misteriosos antecedentes y sin profesión establecida, de suerte que, a menos de revelar plenamente cuanto encubría, no le quedaba esperanza de ver cumplidos sus amorosos deseos, pues de ningún modo estimularía por su parte la intimidad de los amantes ni les depararía oportunidades para su relación.

Se apesadumbró Sirio en extremo al escuchar la respuesta de Mercurio, cuya justicia no podía por menos de reconocer, y replicó diciendo que no le pertenecía el secreto de su origen, y, en consecuencia, le estaba vedado descubrirlo prematuramente. Con ello quedó en suspenso la cosa durante algún tiempo, y muy a su pesar prohibió Mercurio que los amantes se viesen y hablasen a solas, pues se sentía poderosamente inclinado hacia el misterioso joven. Tan intenso era el amor de Alcione, que, aun sin conocer el secreto de su amante, se hubiera fugado con él, a no ser por el profundo cariño y la ciega confianza que le inspiraba su padre, cuyo proceder para con ella consideraba justo a pesar de su aparente rigor. Combatida estuvo Alcione durante algunos días por encontrados pensamientos.

A la sazón, el reyezuelo del país, Alastor, estaba en guerra con el soberano tolteca, llamado Corona, a causa de exigir éste que aquél le satisficiese cierto tributo, cuyo carácter era más bien de exacción. La superior disciplina del aguerrido ejército tolteca no consentía que aquellos montañeses le presentaran batalla campal; pero como Alastor y su hijo Ursa conocían muy bien el territorio, lograron atraer al enemigo a un valle que podía inundarse mediante un oculto embalse, y allí quedó completamente destruido el ejército tolteca. En celebración de tan señalada victoria hubo regocijos públicos y una especie de fiesta nacional. Por entonces empezaron a derramarse extraños rumores acerca del joven Sirio, quien cierto día fue preso y conducido ante el rey Alastor, cuyas preguntas pusieron en claro los misteriosos antecedentes del joven, que resultaron tan románticos como verosímiles.

El rey Alastor era hombre de cortísimos alcances, y a causa de ello iban de mal en peor sus asuntos domésticos. Su hijo Ursa, de carácter selvático, estaba acostumbrado a satisfacer sus antojos sin consideración a nadie. Tenía una hermana menor, llamada Orión, que desde su niñez le estaba enteramente sometida. Siempre iban juntos, y él se desvivía por ella, como suelen hacer los hermanos mayores con las hermanitas predilectas. Según crecían, se avivaba su recíproco cariño, hasta el punto de que con el tiempo llegaron a ser sus relaciones algo más que fraternales. Se descubrió por fin el incesto con sonado escándalo, porque aun en aquellos tiempos de fáciles costumbres se tenía por vitanda la cohabitación entre hermanos. Cuando Alastor supo lo ocurrido, se condujo de insensata manera, pues en vez de tratar a los culpables con suavidad  y dulzura, hizo alarde de justicia espartana, desterrando a su hijo del país y sentenciando a muerte a su hija. Sin embargo, no se avino Ursa a terminar tan siniestramente sus amores, y así se las compuso de modo que burló la vigilancia de los guardias, bajo cuya custodia le había puesto su padre, y después de libertar a su hermana del aposento en que estaba recluida, se escaparon ambos y se escondieron en un bosque de la frontera, sin que nadie los persiguiese, porque tuvieron la precaución de despistar a los sicarios de su padre con fingidos indicios, de haberse fugado por mar en dirección completamente opuesta. En aquel bosque vivieron los dos hermanos durante algunos años, y fruto de su incestuoso amor fueron un hijo (Sirio) y una hija  (Vega). Ursa tatuó cuidadosamente alrededor de la cintura de Sirio la serpiente encarnada, cuyo signo le daba derecho a heredar el trono. Los dos niños pasaron su infancia en agreste soledad, hasta que con el tiempo empezó Ursa a cansarse de aquella vida y echar de menos los placeres de la Corte y la posición que había perdido.

Acostumbrado a mirar tan sólo sus propias conveniencias, no tuvo reparo en abandonar a su mujer e hijos y restituirse al país nativo, para lo cual desembarcó en un puerto, diciendo que volvía de extrañas tierras. Pronto se recongració con su padre, quien puso en olvido lo pasado y le repuso en la dignidad de príncipe heredero. Deseoso Alastor de asegurar la dinastía, concertó presurosamente el matrimonio de Ursa, quien se avino a la voluntad de su padre sin decir una palabra acerca de la mujer e hijos a quienes había abandonado en el bosque, porque al regresar tuvo buen cuidado de encubrir con negativas toda complicidad en la fuga de su hermana, como si nada supiera de su paradero. La esposa elegida por Alastor para su hijo se llamaba Hesperia, de la que nació un niño (Pólux) a quien, según costumbre, le tatuaron una serpiente alrededor de la cintura, en lo que consintió Ursa para no despertar sospechas. Sin embargo, la nueva esposa era de carácter receloso y daba motivo para que su cónyuge añorase la feliz existencia en pleno bosque. En cierta ocasión, mientras Ursa estaba cazando con varios cortesanos en aquel mismo bosque donde tanto tiempo había vivido, se apartó de la comitiva y se llegó hasta la choza que de su propia mano construyera para refugiarse con su hermana y esposa. No había nadie ni tampoco vestigios de habitual vivienda.

Durante algunos años siguió residiendo, allí Orión mientras sus hijos crecían sanos y hermosos. En cuanto a subsistencias no tropezaban con dificultad alguna, porque los diversos lazos y trampas armados por Ursa estaban aún en acción, y además no escaseaban los frutos silvestres y las raíces alimenticias. Cuando los niños fueron ya bastante mayorcitos para necesitar ropas, ella misma se las tejió con fibras vegetales y vivieron los tres felices en el seno de la Naturaleza, y aunque la pobre madre deploraba el abandono de su hermano y marido, no perdía la esperanza de que con el tiempo volviese a ella, y que su hijo, pudiera sentarse algún día en el trono de sus mayores.

Por entonces se le ocurrió a Orión que para ver logrados sus anhelos, era preciso que sus hijos se pusiesen en contacto con las gentes del país, a fin de que no les fuesen enteramente extraños. Con este propósito les vistió las ropas que llevaba ella puestas al fugarse, y se encaminaron los tres a una aldea en donde adquirió Orión trajes urbanos a cambio de las pieles de animales que a prevención traía. Luego de ataviados al común estilo del país, recorrieron varias aldeas vecinas al bosque, pero con la precaución de no entrar dos veces en una misma, a fin de no despertar sospechas, y diciendo que iban de viaje. Cuando Sirio llegó a la edad conveniente, le reveló su madre el secreto de su nacimiento, y entrambos discurrieron cómo podría él presentarse en la capital y que se le reconociese por príncipe heredero a la muerte del viejo monarca.

Por entonces se puso Orión enferma y murió. En el lecho de muerte hizo jurar solemnemente a su hijo que se presentaría a su padre con carácter de heredero del trono, si bien le advirtió que su padre era muy atrabiliario y, por lo tanto, convenía escoger cuidadosamente el momento más propicio para la presentación. Sirio y Vega lloraron amargamente la muerte de su madre, enterraron su cadáver bajo el suelo de la cabaña, y dejaron para siempre aquellos lugares en que cada piedra y cada planta les recordaba sin cesar la dolorosa pérdida. Encamináronse por etapas a la capital, en donde Sirio se valió de su habilidad en la caza con lazo y trampa, para sobrevivir a su mantenimiento y el de su querida hermana, en espera de que el rey muriese, pero los acontecimientos se anticiparon a su esperanza, según ya vimos.

Entre los varios festejos con que se celebró la victoria sobre los toltecas, hubo concursos de natación, en que Sirio aventajó a sus competidores; pero las gentes advirtieron con tal motivo el tatuado de serpiente que en la cintura llevaba Sirio, y muy luego llegó el rumor del descubrimiento a oídos del rey Alastor, quien dispuso que el joven compareciese ante su presencia. En cuanto el monarca supo la verdad del caso, se encolerizó hasta el punto de ordenar en el acto a Ursa que decretase sentencia de muerte contra Sirio, y entre tanto le encerraran en un calabozo con rigurosa vigilancia. Sin embargo, tan intensa fue la emoción suscitada en el ánimo de Alastor por el esclarecimiento de aquel misterio; que le sobrevino un ataque de apoplejía fulminante, de cuyas resultas falleció de allí a pocos días sin recobrar el conocimiento.

Elevado entonces Ursa al trono, reconoció desde luego por príncipe heredero a su primogénito Sirio, con preferencia a Pólux; de carácter débil y licenciosas costumbres. Tropezaba, no obstante, el nuevo rey con la dificultad de que no podía revocar la sentencia de muerte decretada por su padre contra Sirio, y así resolvió abrirle sigilosamente las puertas de la prisión para simular la fuga del reo. Mas Hesperia, su segunda mujer, le descubrió el intento, o por lo menos tuvo vehementes sospechas de él, por lo que redobló la vigilancia, y puso resuelto empeño en abogar por su hijo Pólux. La prisión de Sirio estaba en el mismo centro de un extraño laberinto de tapias circulares concéntricas, cuyas puertas de comunicación guardaban rigurosamente los centinelas. Una noche salió Ursa de palacio convenientemente disfrazado, sin que nadie lo viese, y después de sobornar al centinela de la puerta exterior con primorosas chucherías, entró en el primer recinto amurallado.

Percatada entretanto la recelosa Hesperia de la ausencia de su marido, se le avivaron las sospechas, y sin perder tiempo corrió al laberinto carcelario. De la sospecha pasó a la certidumbre, al ver que el centinela no estaba en su puesto, y se entró por la puerta que Ursa dejara abierta. Ya entonces había conseguido el disfrazado rey sorprender y matar al segundo centinela, eludir la vigilancia del tercero y deshacerse del cuarto tras empeñada lucha corporal, de la que resultó levemente herido. Por fin pudo entrar en el calabozo de su hijo y le ofreció la libertad y la vida con tal de que al punto saliese del país, para jamás volver, y de que mantuviera en absoluto secreto la identidad de su persona. Sirio, que no reconoció a su padre bajo aquel disfraz, rechazó la oferta diciendo que había jurado a su moribunda madre presentarse en la capital y reclamar su herencia. Ursa le suplicó entonces que bajo las condiciones propuestas o sin condición alguna se escapara de allí enseguida, antes de que fuese demasiado tarde.

Algo hubo de sospechar Sirio acerca de la persona y calidad del visitante, porque de pronto le arrancó el antifaz y se convenció de que era su propio padre. En aquel mismo instante, armada con la daga del centinela muerto, llegó Hesperia, después de haberse dado a conocer al del tercer recinto con prevalimiento de su dignidad de reina. Al punto arremetió furiosamente contra su marido, y los tres lucharon terriblemente, hasta que, vencida la reina, se hundió despechadamente la daga en el corazón.

Entonces trataron padre e hijo del mejor partido que les convendría tomar. Aconsejaba el padre que huyeran juntos, dejando el reino en abandono, pero a ello se opuso resueltamente Sirio diciendo que antes consentiría en ausentarse él para siempre, aun a trueque de quebrantar el juramento hecho a su madre. Pero Ursa no quiso acceder en modo alguno, y en estas y otras razones sobre el mismo particular pasaron toda la noche. Propuso Sirio que, a la muerte de Ursa, quedara el reino dividido entre él y Polux, o si esto no fuese posible, que ocupara el último un cargo preeminente en la gobernación del Estado. Tampoco le satisfizo a Ursa esta solución, y por fin resolvieron que puesto que el camino recto era el más seguro, había llegado la hora de reparar en lo posible la tremenda injusticia por él cometida.

Se encaminaron entonces juntos a palacio, y una vez en su cámara, mandó llamar el rey a Pólux para enterarle del caso y decirle que perdiera toda esperanza de heredar el trono. Pólux recibió con mucho enojo la noticia, y se retiró lleno de ira de la presencia de su padre.

 Ursa congregó después a todos sus feudátarios, les refirió la verdadera historia de su vida, y les presentó al legítimo heredero de la corona. La mayoría de los feudatarios le reconocieron como tal, no obstante la irregularidad de su nacimiento, y desde aquel punto llevó Sirio el collar de oro representativo de su dignidad.

Pólux, por su parte, emigró del país con propósito de reunir en el extranjero un ejército para sostener sus pretendidos derechos al trono; pero como no pudiera lograrlo entre las tribus limítrofes, pasó a la corte del monarca tolteca en impetración de auxilio. Mostróse Corona dispuesto a otorgárselo, pues aun le duraba el resquemor de la derrota, y persistía en la reclamación del tributo, si bien el auxilio no podía ser muy poderoso a causa de haberse sublevado por entonces algunas comarcas del reino.

Entretanto le había reiterado Sirio a Mercurio la petición de la mano de Alcione, que le fue concedida en atención al cambio de circunstancias, pues el público reconocimiento del pretendiente como príncipe heredero, borraba la irregularidad de su origen y aseguraba su posición en la corte. Contribuyó al feliz suceso el vivísimo afecto de Mercurio hacia el joven y el profundo amor que Alcione le tenía. Se celebró el matrimonio con la pompa requerida por la calidad del novio, y desde entonces fue Alcione, a pesar de su juventud, la principal dama de la corte. Muy feliz fue Alcione en los comienzos de su vida conyugal, y estaba orgullosa de su marido precisamente por las peripecias de su infancia. Tres años disfrutó Alcione de inalterable dicha, y en este tiempo le nacieron un hijo (Urano) y una hija (Heracles) hasta que de nuevo estalló la guerra y hubo de ponerse su marido al frente del ejército.

Sin embargo, el emperador tolteca no emprendió la campaña con mucho ardimiento, y así fue que, a pesar de mayor número y más severa disciplina de sus tropas, no obtuvo señalados triunfos, y por algún tiempo se mantuvo indeciso el éxito de la guerra. El rey Ursa tenía la costumbre de consultar en casos difíciles con Mercurio, a quien reverenciaba en extremo, y por entonces le informó el sacerdote de los lazos que en precedentes vidas le habían ligado a su hijo Sirio, de lo cual se afectó Ursa muy hondamente, y le determinó a tener una larga entrevista con su hijo, de la que resultó en definitiva la abdicación  de la corona en favor del príncipe para retirarse a la vida eremítica.

Sirio empuñó las riendas del gobierno con firmeza superior a la que de su mocedad cabría esperar, y a nada se determinaba sin el previo parecer de su padre y de Mercurio, cuyos consejos solicitaba en circunstancias difíciles. De esta suerte ocupó Alcione la posición más eminente de su sexo en el país, y supo corresponder a los honores recibidos. El nuevo rey dirigió la guerra con varia fortuna, y en cierta ocasión estuvo a punto de perder corona y vida por la doblez de una vieja dama de la corte llamada Tetis, quien fingía extremada lealtad a la causa legítima, pero que secretamente favorecía la de Pólux, en cuya defensa había encendido la guerra el emperador tolteca. Con mañas y artimañas logró Tetis enterarse de los planes estratégicos de Sirio, y particularmente de una expedición dispuesta por el rey en persona para explorar las posiciones del enemigo. La traidora mujer reveló a los toltecas el secreto de la expedición, a fin de que preparasen una emboscada en que seguramente perecería el rey Sirio.

Pero tan nefando proyecto quedó desbaratado por una inspiración que en sueños tuvo el eremita Ursa, quien al punto fue al encuentro del rey su hijo, suplicándole que le dejase tomar parte en la expedición puesta ya en camino. Replicó Sirio diciendo que sería locura exponerse a su edad a las contingencias de una tan arriesgada expedición; pero de tal modo insistió Ursa, que no pudo por menos de verse, complacido en su deseo de mandar la expedición, con la que siguió adelante, hasta obtener los informes necesarios que transmitió a su hijo, por conducto de un mensajero, poco antes de caer y morir en la emboscada preparada por los toltecas contra su hijo, quien de este modo salvó la vida a costa de la del padre. Se afligió mucho Sirio por esta pérdida, sobre todo cuando Mercurio le dijo que Ursa se había sacrificado voluntariamente, puesto que era sabedor del peligro.

Alcione compartió la pena de su marido, quien quiso entonces aconsejarse de Mercurio acerca de la conducta que debía seguir. Respondió el sacerdote diciendo que, puesto que la guerra asolaba el país con imposibilidad del progreso de los súbditos mientras durase, era preciso hacer un esfuerzo para concertar la paz con el emperador tolteca, aun a costa de comprometerse al pago del disputado tributo. Por fortuna obtuvo Sirio poco después una brillante victoria sobre el enemigo, que se vio precisado a evacuar el territorio. Inmediatamente envió el vencedor una embajada al monarca tolteca con encargo de manifestarle que, no obstante el alcanzado triunfo, deseaba paz y no-guerra, ni más derramamiento de sangre, al cual fin se proponía estipular un amistoso convenio. Cansado también el emperador de tan infructuosa lucha en aquellas distantes comarcas, accedió gustoso a los deseos del vencedor sin otra condición que el pago de un ligero tributo, en señal de feudo, con lo que pudo Sirio licenciar sus tropas y dedicarse enteramente a las obras de la paz.

Alcione auxilió poderosamente a su marido en todas estas diligencias, y sugirió variados planes para mejorar las condiciones de vida de sus vasallos. Comenzó entonces una era de paz y prosperidad, para el país y para los mismos soberanos, que tuvieron feliz sucesión en cuatro hijos (Aurora, Selene, Vajra y Neptuno) y tres hijas (Mizar, Demetrio y Mira), que aseguraron la dicha doméstica de los egregios cónyuges. También aparece en esta vida otro de nuestros personajes, Cisne, en calidad de administrador del real patrimonio, cuyo cargo desempeñó fielmente durante muchos años.

Pólux, el hermanastro del rey y pretendiente al trono, prosiguió conspirando para ceñirse la corona, aun después de abandonada su causa por el emperador tolteca. Dos tentativas de asesinato tramó contra Sirio, y en la segunda debió éste la vida su esposa, que avisada en sueños de la conjura, apresurase a prevenir a su marido pintándole la traza del sicario con sobrada fidelidad para que el rey lo reconociese al penetrar en la sala de audiencia para cometer el regicidio, y diese orden inmediata de prenderle y registrarle. Se le encontró oculta un arma cuya posesión no acertó a justificar, por lo que se vio precisado a confesar la verdad de sus intenciones y el móvil que a ellas le había inducido.

Con mayor pujanza y riqueza se repuso el país de la pasada guerra bajo el inteligente gobierno de Sirio, y aconsejado por Mercurio, a la sazón ya muy viejo, entró en abocamientos con su hermanastro para terminar amistosamente las diferencias que los separaban. Le dijo Sirio que consideraba el reino como preciosa carga confiada a su cuidado, y no podía, por lo tanto, echarla en hombros ajenos, pero que por delegación le ofrecía el gobierno de una parte del país. El pretendiente rechazó el ofrecimiento, alegando sus derechos a la gobernación de toda la monarquía.

Sin embargo, en el transcurso de las entrevistas y conferencias con su hermanastro, tuvo Pólux diversas ocasiones de ver a Alcione, de la que se enamoró ciegamente, y halagado por la esperanza de permanecer junto a ella, convino al fin en aceptar, no el gobierno de una provincia, sino el de la misma capital, a cuya pretensión accedió el rey gustoso.

Al enterarse Mercurio de las condiciones del convenio, advirtió a Sirio que no confiase demasiado en la aparente sumisión de su hermanastro. En efecto; cuando Pólux se creyó afianzado en su nueva posición, se atrevió con Alcione a indecorosas solicitaciones que la honrada esposa rechazó dignamente, aunque sin decir por de pronto nada a su marido, en consideración a lo muy satisfecho que estaba éste de haberse puesto en paz con su hermanastro al cabo de tantos años dé enemistad. Prometió Pólux no reincidir, y Alcione, por su parte, mantuvo sigilo entre tanto; pero la pasión del enamorado joven le llevó a extremos que ya no fue posible ocultar a Sirio, cuyo enojo, al enterarse de tamaña infamia, tuvo por consecuencia la deposición de Pólux y su encierro en un calabozo donde murió al poco tiempo.

Por entonces sufrieron Sirio y Alcione la dolorosa pérdida de su amantísimo padre y maestro Mercurio, fallecido a edad muy avanzada. Lloraron sinceramente su muerte, pues bien auguraban que no les sería posible encontrar otro consejero que en sabiduría y prudencia le igualase. También falleció en aquel entretanto, el emperador tolteca, sucediéndole su hijo, Ulises, cuya política agresiva propendía a someter toda la isla bajo su dominio efectivo, sin consentir que estuviera repartida entre unos cuantos reyes sobre los cuales era tan sólo nominal su soberanía. Tras porfiada lucha, y a costa de mucha sangre, logró Ulises reunir en su mano todos los cetros de la isla, pero los montañeses tlavatlis no se resignaron a la pérdida de su libertad, y se sublevaron reiteradamente contra el opresor. En una de las batallas murió Sirio defendiendo la independencia de su patria el año 13600.

Entristeció profundamente a Alcione la muerte de su marido, y se levantaron en su mente vengativos pensamientos contra el nuevo emperador tolteca. La desgracia alteró las condiciones de su carácter, y la amante y gentil esposa se transmutó en la rencorosa viuda dominada por irreductible idea de venganza. Vestida con la armadura de su marido, y puesta al frente de los restos del ejército, refugiase en lo más fragoroso de la sierra, pues las tropas toltecas ocupaban todo el territorio. Cisne, el administrador del real patrimonio, que siempre había tenido singular admiración a la esposa de su soberano, se unió al grueso de la partida, y llegó a ser uno de sus más esforzados capitanes. Durante algunos años sostuvo Alcione la guerra de guerrillas contra las tropas toltecas, sin que las penalidades de la campaña la desviaran de su propósito. Con su tropel de montañeses no podía presentar batalla campal a los toltecas, pero los hostilizaba continuamente a favor de su completo conocimiento del terreno, y esquivaba cuantas asechanzas le ponían para apoderarse de su persona.

Movida por el odio que contra el emperador sentía, exigió de sus hijos juramento de no dar paz a la mano hasta vencerle; y encastillada en sus propósitos de venganza, envió a Aurora convenientemente disfrazado a la ciudad de las Puertas de Oro para asesinar a Ulises. Después de muchas vicisitudes llegó el joven a la capital tolteca y se puso en connivencia con el partido de los descontentos que, capitaneados por él, tramaron una conjura cuyo resultado fue la muerte violenta del emperador. Aurora se restituyó presurosamente al lado de su madre con la noticia de la caída del tirano, y le enseñó arrogantemente el arma de que se valiera para cumplir la hazaña. Alcione recibió gozosa al vengador, pero por vez primera se despertó en su mente la duda de si su esposo y su padre habrían aprobado semejante acción.

Fue tomando cuerpo aquella duda, hasta convertirse en pesadilla, y para disiparla, invocó a su difunto esposo con súplica de que le declarase su voluntad. Muchos días y noches persistió Alcione en tan singular invocación, hasta que de pronto se quedó profundamente dormida y se le apareció Sirio en sueños, acompañado de Mercurio y le dijeron que si bien las costumbres de la época justificaban y aun aplaudían los actos de venganza, había un más elevado punto de vista desde el cual toda venganza era no sólo injusta, sino contraria a las divinas prerrogativas de la Ley.

Por su parte le dijo Mercurio:

"Hija mía, erraste en esto, aunque veo la causa de tu error. A ti te parece suficiente la excusa que alegas, pero no hay excusa bastante a legitimar la injuria ni a justificar la violencia. Esta acción te acarreará mucho sufrimiento en lo porvenir, tanto a ti como al dócil instrumento de que te valiste. Sin embargo, por el dolor conseguirás sabiduría, y en muy lejano futuro, por tu propia mano conducirás hacia la luz al mismo cuya pecadora vida cortaste violentamente, y entonces yo os ayudaré y dirigiré a entrambos como en esta vida hice".

Aunque afligida por la reprobación de su padre, quedó Alcione vigorizada por aquella visión que una, vez más la había puesto frente a frente de los seres a quienes más profundamente había amado en el mundo. De nuevo volvió a ser la que era. Luego de colocar a su primogénito Urano en el trono de su padre, despojase del traje varonil que hasta entonces vistiera y abdicó definitivamente la corona para ser otra vez la amable y gentil Alcione de los años juveniles.

Muerto el tirano Ulises, se reconstituyeron los antiguos reinos de la isla, y nadie molestó en lo sucesivo a los montañeses del Sur. El nuevo rey Urano gobernó con sabiduría y acierto, porque la reina madre le aconsejaba en todo con el pensamiento fijo en lo que Mercurio hubiera opinado y lo que Sirio hubiera hecho en cada caso. Durante largo tiempo continuaron el padre y el esposo confortándola con sus advertencias, si bien ella no se percataba plenamente de dónde venía la inspiración de las determinaciones que por su consejo tomaba Urano.

Aunque Alcione se arrepentía y abominaba ya de su pasada venganza, considerándola como una especie de obsesión, el pueblo aplaudió siempre aquel acto y lo tuvo por la más heroica proeza de su reinado, de suerte que desde entonces creció la admiración y reverencia de las gentes hacia Alcione, basta el punto de superar su prestigio al del mismo rey. Treinta años sobrevivió a su marido, y falleció en paz el año 13569, a los ochenta y dos años de su edad. La nación, empero, la lloró amargamente, y mucho más aún sus hijos, a quienes con tanto celo había educado, excepto en el período en que, conturbada por la pérdida de su marido, los desvió de la ley de amor. Urano siguió gobernando el reino con sumo acierto después de la muerte de su madre, cuyas enseñanzas tuvo siempre en memoria, y como el imperio tolteca no volvió a recobrar el perdido poderío, se consolidó firmemente la dinastía tlavatli que por muchos siglos rigió los destinos de las tribus montesinas de Poseidonis.

Esta vida de Alcione fue en conjunto favorable a su progreso, no obstante la tremenda caída determinada por violentos motivos en la pasión característica y dominante en la vida anterior. Pero conviene advertir que en la vida actual ya no está excitado el sentimiento de venganza por elementos simplemente personales, sino tan sólo por el agravio inferido al ser amado. Según podemos comprender ahora, hay vidas todavía muy distantes de aquellos futuros tiempos en que toda idea de venganza quede desvanecida por el vigoroso empuje de la gran Fraternidad de Amor y Compasión.

Heracles, hija mayor de Alcione, casó con Aldebarán, príncipe de un vecino reino también, de raza tlavatli, cuyo trono llegó a ocupar con el tiempo. Gozó  Heracles, como reina de aquel país, gran reputación de sabiduría y estaba frecuentemente favorecida por benéficas influencias que la capacitaban para aconsejar a su marido en los arduos negocios de gobierno. Tuvo cuatro hijos (Helios, Alcor, Albireo y Capricornio) y tres hijas (Aquiles, Rigel y Héctor).

Mucho más tarde casó Mizar con Irene, quienes tuvieron, entre otros, un hijo llamado Régulo; y cuidaron de la vejez de Alcione. Vajra dejó el hogar paterno en edad temprana, y según parece, viajó con frecuencia y estuvo mucho tiempo en el palacio de Aldebarán y Heracles. Llevó vida aventurera e hizo varias expediciones a las montañas vecinas. Demetrio fue muy sensible aunque no distintamente psíquica. Neptuno fue hombre de afectuosos sentimientos que concentró en su esposa Bellatrix. Selene llevó una vida tranquila y estudiosa.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Mercurio    Sacerdote del Sol. Esposa, Píndaro. Hija, Alcione.

Urano     Padre, Sirio. Madre, Alcione. Hermanos: Aurora, Selene, Vajra, Neptuno. Hermanas: Heracles, Mizar, Demetrio, Mira. Esposa, Elsa. Hijos: Beatriz, Orfeo, Alceste. Hijas: Concordia, Ausonia.

Neptuno Esposa, Bellatrix. Hijos: Fénix, Minera. Hija, Proserpina.

Corona  Emperador tolteca.

Ulises     Emperador tolteca.

Ursa       Rey. Padre, Alastor. Primera Esposa, Orión. Hijo, Sirio. Segunda Esposa, Hesperia. Hijo, Pólux.

Alcione  Padre, Mercurio. Madre, Píndaro. Esposo, Sirio. Hijos: Urano, Aurora, Selene, Vajra, Neptuno. Hijas: Heracles, Mizar, Demetrio, Mira.

Pólux     Esposa, Ceteo. Hija, Géminis.

Aurora    Esposa, Cruz. Hijos: Calipso, Tolosa. Hijas: Dorada, Viola.

Selene   Esposa, Melete. Hijos: Fides, Siwa. Hijas: Pomona, Sirona.

Heracles   Esposo, Aldebarán. Hijos: Helios, Alcor, Albireo, Capricornio. Hijas. Aquiles, Rígel, Héctor.

Mizar      Esposo, Irene. Hijos: Régulo, Polar, Argos. Hijas: Andrómeda, Focea.

Vega      Esposo, Cabrilla. Hijo, Centauro. Hijas: Tifis, Auriga, Iris.

Cisne     Mayordomo de Sirio.

Bóreas   Criado de Cisne.

Tetis       Vieja pérfida.

Fides      Esposo, Daleth.

Pomona Esposo, Soma.

Demetrio   Esposo, Calíope. Hijo, Beth. Hija, Ifigenia.

Mira        Esposo, Partenope. Hijos: Aleph, Telémaco. Hijas: Gimel, Glauco.

 

 

VIDA XIV

 

La fanática mayoría de la raza aria continuaba creciendo y multiplicándose en el Asia Central, y como no le bastasen las tierras de cultivo que rodeaban las márgenes del mar de Gobi, emigraron en masas sucesivas hacia la India. Mucho más tarde penetraron en Persia algunos contingentes emigrantes, pero el imperio establecido en aquel territorio era a la sazón demasiado poderoso para que los invasores pudieran atacarle. Sin embargo, una hueste migratoria se abrió camino hacia el Norte de Persia, llegando hasta el distrito del Cáucaso, desde donde se desparramaron por tierras de Europa. Otros grupos no tan numerosos de emigrantes fueron invadiendo la India durante un período de algunos miles de años.

En términos generales, la invasión de los arios tuvo mucha analogía con la más posterior de godos y vándalos en el imperio romano. Advertimos el mismo fenómeno histórico de una civilización superior con toda clase de especializados pormenores y, sin embargo, estéril e impotente. Los invasores arios, aunque mucho menos civilizados en cuanto a ciencias y artes, eran una raza más viril, más fanática y menos filosófica. Sus caudillos les decían que el deber religioso les impulsaba a la conquista. Calificaban de dasyas a los atlantes y les tildaban de infieles que era preciso exterminar a toda costa con desprecio de su civilización y su arte, aunque no de sus riquezas. Las ciudades atlantes atesoraban fabulosas cantidades de oro y alhajas, y si bien sus ejércitos estaban muy disciplinados, eran impotentes en muchos casos para resistir el salvaje empuje de los bárbaros del norte. Otras razas existían en el país de, al parecer, estirpe lemuriana. Eran gentes de negra tez, enteramente distintas de los morenos tlavatlis y de los rojos toltecas, cuyas manos asumían el poder político. A los toltecas se les dio algunas veces el nombre de nagas y a los negros del país takshakas, que usaban flechas ponzoñosas con barbillas de hierro.

Los arios eran hombres altos y fornidos, de mirada penetrante y nariz aguileña, y comparados de hombre a hombre, sobrepujaban a los enervados atlantes, aunque éstos pudieron defenderse durante algunos siglos al amparo de sus fortificadas ciudades. Los arios fueron en conjunto un pueblo esclarecido y dichoso, aunque sin altos ideales de vida. En la época a que nos referimos, parece que la mayoría eran zoófagos, pues muchas tribus sacrificaban y comían las reses de sus rebaños. También se contaban entre ellos muchos aficionados a la bebida de un embriagante licor, confeccionado con leche y el zumo de una planta de la familia de las asclepiadas. Algunas tribus, luego de establecerse por conquista en el norte de la India, cultivaron el trigo y la cebada y abolieron el consumo de la carne. Por entonces no se nota nada que  se relacione con la posterior ley de castas.

Los padres de Alcione pertenecían a una de estas tribus nómadas, y nació el año 12877 antes de J. C., durante una de las excursiones al montañoso país vecino del que hoy llamamos Afganistán. La tribu se dirigía lentamente al Panjab, ya entonces en poder de los arios, y por su índole merodeadora estaba siempre dispuesta a entablar lucha con las gentes que se interponían en su camino, sin cuidar de si eran de la propia o de distinta raza. Algunas veces los reyes arios eran lo bastante prudentes para recibir amistosamente a los invasores y abrirles paso por su territorio; pero si el reino estaba ya establecido desde siglos, los pobladores miraban como bárbaros enemigos a sus hermanos, y aunque resistían vigorosamente la invasión, acababan por ceder al violento empuje de los inmigrantes.

La familia de Alcione se estableció en un paraje llamado Arupalu, no lejos de donde hoy está Amritisar. Conviene advertir que si bien unas veces expulsaban o exterminaban los arios a los atlantes de las comarcas invadidas, en otras convivían pacíficamente con ellos, y aunque por lo general eran los arios intolerantes y fanáticos con altanería, y desdeñaban todo cuanto procediese de la civilización atlante, había algunos de mente abierta y deseosa de aprender. La religión de los atlantes era una especie de heliolatría, avalorada por un vigoroso sistema filosófico. Sus templos estaban construidos en forma de estrella con blancas y relucientes piedras de sillería.

Los infantiles recuerdos de Alcione se relacionaban con el incesante caminar de la tribu, y la primera divinidad cuyo nombre le enseñaron a invocar fue Pushan (el trazador del sendero), así llamado porque la tribu en masa impetraba de él que les mostrase el camino recto y seguro para llegar a feraces y risueñas tierras. Conservaban estos nómadas algunas extrañas e interesantes tradiciones del país de que procedían, y según ellas habían sido un pueblo semibárbaro, residente en las fronteras de un poderoso imperio cuyas continuas expansiones les forzaron a emigrar.

El padre de Alcione era Algol y su madre Teseo, que murió al poco tiempo. Algol era hombre fanático, enemigo acérrimo del nombre atlante, a pesar de que en aquel distrito las dos razas habían convenido en vivir pacíficamente. Pronto se dio cuenta Alcione que su padre no tenía razón en proceder de aquella suerte, porque le llamaron poderosamente la atención muchas cosas de la civilización atlante, y contrajo amistad con niños arios y atlantes indistintamente. Su compañero favorito era Psiquis, hijo de un riquísimo magnate atlante llamado Orfeo; pero el violento fanatismo de Algol impedía que Alcione llevara a la casa paterna a su amigo atlante, cuya intimidad cuidadosamente ocultaba. De este modo acrecentó, Alcione su educación sobre la que su padre le daba, pues de labios de Psiquis aprendía lo que a éste el suyo le enseñaba.

Estas circunstancias influyeron poderosamente en el porvenir de Alcione, porque durante algunos años  prosiguió visitando a su infantil amigo hasta que llegaron a hombres. Entonces complicó Alcione la situación, al enamorarse rendidamente de Mizar, hermana de Psiquis, quien le correspondió con igual pasión, aunque no era muy halagüeña la perspectiva que los amantes entreveían. Imposible pensar en vencer la resistencia que ciertamente opondría Algol a semejante enlace, mientras que Orfeo, por su parte, tampoco miraba con buenos ojos un matrimonio que le emparentaría con un tan mortal enemigo de su raza. Así es que los novios se encontraban en la alternativa de no seguir adelante en sus relaciones, sin declararse a sus respectivas familias, o de arrostrar las iras de quienes habían de contrariar sus anhelos.

Sin embargo, a los oídos de Algol llegó el rumor de las visitas de su hijo a la casa del dignatario, atlante, y convencido de ello le vituperó agriamente, pero Alcione repuso con serena dignidad que su amistoso trato con Psiquis duraba ya muchos años, y al propio tiempo le manifestó su propósito de casarse con Mizar. Se encolerizó el padre hasta el punto de expulsar de casa al hijo, quien se refugió en la de Psiquis, con cuyo consentimiento resolvieron los amantes fugarse del país antes de que la familia se enterase de la novedad del caso. Al principio titubeaba Mizar en recurrir a medida tan extrema, pero cedió por último, al ver que su hermano la alentaba con el socorro de una considerable cantidad de dinero.

Pensaban los fugitivos unirse a una hueste de arios que a la sazón atravesaba el país, en la seguridad de que únicamente allí podrían hallar refugio, puesto que, por ser nómadas e invasores, no les negarían filiación, aunque indagasen su procedencia. Para fugarse pretextaron visitar a unos amigos, y entre tanto realizaron su intento con tanta habilidad, que cuando Orfeo advirtió la fuga, ya estaban los amantes a cubierto de toda persecución y pesquisa, aunque supo que se habían unido a la hueste de los arios.

Se dirigieron éstos hacia Oriente, y a pesar de que muchas costumbres de su vida ordinaria repugnaban a la joven pareja, la trataron con vehemente benevolencia. En las filas de la hueste anduvieron Alcione y Mizar por algún tiempo, pero siempre en acecho de favorable coyuntura para desertar, en cuanto se sintieran completamente a cubierto de toda contingencia.

Alcione lo había sacrificado todo en aras de su amor, y tuvo, por lo tanto, que pensar en subvenir a sus necesidades y las de su compañera. Como eran de diferente raza, les precisaba establecer su hogar en una de las comarcas del país en donde arios y atlantes convivían en paz y amistad. Quiso la suerte que Alcione salvara la vida de uno de los jefes de la tribu en ocasión de un ataque nocturno que hubo de sufrir la hueste; pero no obstante la heroica acción de Alcione, estaba destinado kármicamente el jefe a dejar este plaño, porque murió poco después, en otro encuentro tenido más hacia Oriente. En recompensa del servicio prestado, el caudillo principal de la hueste, llamado Vesta, regaló a Alcione una arqueta llena de oro y joyas que había pillado en el saqueo de una ciudad atlante en las primeras etapas de su marcha.

Vesta quiso saber la historia de Alcione, y al enterarse de que el anhelo de éste era dejar lo antes posible la vida nómada y emplearse en alguna ocupación sedentaria, le propuso que o bien le acompañara a conquistar un remoto y desconocido país (probablemente Bengala) o si no quería ir tan lejos, le recomendaría a un pariente llamado Dragón, que desde años atrás se hallaba establecido con otra hueste cerca del punto en donde a la sazón se encontraban. Como quiera que Mizar estaba próxima a la maternidad y no le convenía aquella fatigosa vida, aceptó Alcione el segundo término de la proposición, y provisto de las necesarias recomendaciones se presentó a Dragón, de cuyos estados era capital la ciudad de Dhramira, no lejos de la que hoy llamamos Saharanpur. Casiopea, esposa de Dragón, recibió muy afectuosamente a Mizar y tuvo con ella delicadísimas atenciones.

Los jóvenes esposos llevaron allí una vida relativamente feliz y sosegada, pues, gracias a la recomendación del caudillo ario, contrajeron excelentes amistades, aunque su profundo amor conyugal les condujo a intensificar la vida doméstica. Nacióles luego un hijo (Fomalhaut), pero el gozo que con ello tuvieron quedó amargado por un desgraciado accidente que le sobrevino a Alcione en aquellos días, y de cuyas dolorosas consecuencias no pudo reponerse por completo en el resto de su vida. Era Alcione muy aficionado a indagaciones y experimentos, y con ocasión de haber adquirido su amigo Aleteya uno de los extraños aerostatos que usaban los atlantes, accedió a efectuar con el dueño una excursión aérea para probar la máquina volante. Por impericia en el manejo del motor, se torció uno de los tubos de dirección en el momento crítico, con tan mala fortuna, que el aerostato cayó pesadamente al suelo y con él los tripulantes, quienes resultaron gravemente heridos; y si bien Alcione repuso sus fuerzas en el mismo vigor que antes del accidente, se quedó cojo para toda su vida, por haberse lesionado la cadera, de modo que nada pudo remediar la rudimentaria cirugía de la época.

Sin embargo, la prosperidad de su país adoptivo fue tal, que andando el tiempo agenció Alcione riquezas y consideración social. Se aplicó ardorosamente al estudio de la filosofía atlante, y tanto él como Mizar mantuvieron amistosas relaciones con sacerdotes arios, sin apartarse por ello del culto heliolátrico en que su educación religiosa los mantenía. Tuvieron ocho hijos, de los que tres les arrebató la muerte, causándoles la consiguiente pena, cuyo consuelo hallaron en las doctrinas filosóficas. De cuando en cuando atravesaban el país huestes de inmigrantes, pero afortunadamente logró Alcione congraciarse siempre con ellos, y en memoria de su amigo Vesta les ofrecía franca hospitalidad. El más numeroso e importante éxodo estuvo mandado por Marte, que, al frente de un poderoso ejército, se encaminó por Amritisar hacia el centro de la India para establecer allí un pujante imperio. Su hermano Mercurio iba con él en calidad de sumo pontífice. Marte estaba casado con Saturno y tenía dos hijos: Virâj y Vajra, y dos hijas: Vulcano y Heracles. La esposa de Mercurio era Venus; sus hijos, Neptuno y Urano; y sus hijas, Osiris, Proserpina y Tolosa. Alcione sintió profunda simpatía hacia Heracles y no pudo consolarse de su partida. Posteriormente casó Heracles con Polaris y tuvo tres hijos: Viola, Dorada y Olímpia; y una hija, Fénix.

Alcione y Mizar vivieron hasta edad muy provecta, en continuo disfrute del respeto de sus coterráneos; y por lo que a él concierne le consideraron como hábil expositor de la filosofía religiosa en el concepto de conciliar armónicamente los dogmas de ambas confesiones. En su vejez sufrió Mizar agudos dolores reumáticos y estuvo algunos años impedida en la cama antes de morir a los 75 de su edad. Le sobrevivió Alcione cinco años y murió en el de 12795.

Aunque esta vida fue relativamente tranquila y sin vicisitudes violentas, no por ello dejó de influir en el carácter de Alcione que ganó en valor y decisión, al paso que aprendía el arte de tratar prudentemente a los hombres y de administrar hábilmente los negocios mundanos. Estas cualidades habían de serle muy útiles en la próxima encarnación.

 

 

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Marte     Caudillo de la emigración. Esposa, Saturno. Hijos: Varâj, Vajra. Hijas: Vulcano, Heracles.

Mercurio    Sumo sacerdote. Esposa, Venus. Hijos: Neptuno, Urano. Hijas: Proserpina, Tolosa.

Heracles   Esposo, Pola. Hijos: Viola, Dorada, Olímpia. Hija, Fénix.

Alcione  Padre, Algol. Madre, Teseo. Esposa, Mizar. Hijos: Fomalhaut, Telémaco, Soma, Altair, Wenceslao. Hijas: Ifigenia, Glauco.

Orfeo     Personaje atlante. Hijo, Psiquis. Hija, Mizar.

Vesta     Caudillo ario.

Dragón  Conocido de Vesta. Esposa, Casiopea.

Aleteia   Atlante; amigo de Alcione.

 

 

VIDA XV

 

Doce mil años antes de la era cristiana existía en el país que hoy llamamos Perú, una de las mayores civilizaciones de la historia del mundo. Baste decir que bajo el absoluto gobierno de un autócrata por derecho divino, hallamos allí en función activa todas las ideas del socialismo contemporáneo, de modo que la pobreza era completamente desconocida, y que la fortuna media de las gentes sobrepujaba a la de cualquier país de nuestra época. Estaba la sociedad tan perfectamente organizada, que la muerte sobrevenía sólo por vejez o accidente, y nadie necesitaba trabajar más allá de los cuarenta y cinco años. En la práctica no había más ley que la de la opinión pública, y el único castigo era la expulsión de la comunidad, de quien por su extraviada conducta perdía el privilegio de pertenecer a ella.

Esta maravillosa civilización perduró inmutable miles de años como después la de Egipto; pero al fin cayó en esterilidad, según ocurre a todas las razas con el tiempo, y los degenerados descendientes de esclarecidos héroes fueron subyugados por otra nación mucho menos civilizada. Los conquistadores, aunque muy por debajo de los conquistados, tuvieron la perspicacia de advertir las ventajas de aquella ideal forma de gobierno, y trataron de asimilársela en todo lo posible. Pero les faltó la educación, el vigor y la inteligencia de los antiguos, y su obra no fue sino pálido reflejo de aquel poderoso imperio hallado por los bárbaros cristianos que invadieron el país hace cuatrocientos años, y que perpetraron el más insensato crimen que, registra la historia.

Circunstancia interesante para nosotros por lo referente a este espléndido reino, es que en él aparecen casi todos nuestros personajes dramáticos, como si los señores del Karma tuvieran poderosas razones para que, cuantos son ahora miembros conspicuos de la Sociedad Teosófica, hubiesen de pasar por la utópica experiencia de una vida en el antiguo Perú.

Así vemos que Alcione nació en dicho país el año 12093 antes de J. C. Era hijo de Urano y de Hesperia, y estaba emparentado con la familia real, pues Urano era hermano del inca Marte. Tenía Alcione un hermano mayor (Sirio), y por parte de madre era sobrino de Mercurio, Calipso, Cruz, Selene y Vesta, hijos de Saturno. Era Alcione un hermoso muchacho de tez bronceada y ojos brillantes, vivos y negros también como el ondulado cabello. Llevaba el signo distintivo de la infancia, esto es, un soberbio collar de magníficas esmeraldas en doble sarta. Había nacido cerca del Cuzco, en una casa rural construida con piedra roja, en la cuesta de una montaña cortada en plataformas hasta alcanzar el río, sobre el cual se tendía un maravilloso puente de enormes estribos.

La educación de Alcione tuvo carácter excelentemente práctico, aunque no del todo conforme con las ideas modernas. Aprendió a leer y escribir y le enseñaron muy cuidadosamente el arte caligráfico. Había entonces, según parece, dos clases de escritura: la cursiva, que se empleaba en el ordinario trato de la vida, y la sagrada o de los templos, que se trazaba con la exactitud de un grabado en hermosa apariencia de colores rojo, azul, negro y dorado. En esta segunda clase de escritura llegó a ser Alcione tan hábil, que ya desde niño se ocupaba en escribir manuscritos para los principales templos del Cuzco, de cuyo servicio estaba en extremo ufano. No parece que el orden de los colores tuviese en la escritura sagrada especial significación; pero sí era costumbre escribir determinados textos con tinta del mismo color y alternarlos en el mismo orden.

Los antiguos peruanos no conocían la aritmética en el concepto que hoy tenemos de esta ciencia, pues efectuaban todos sus cálculos por medio de tableros contadores, en cuya manipulación eran sumamente diestros. La astronomía ocupaba toda su atención, y dieron a las estrellas nombres propios, agrupándolas en constelaciones muy distintas de las que hoy día conocemos. También las estudiaron desde el punto de vista particularmente astrológico, y a cada una de ellas le atribuyeron especial influencia, poniendo mucho cuidado en elegir el preciso instante en que debían emprender cualquier obra. La geografía y la historia eran infantilmente rudimentarias, y sólo las cultivaban unos cuantos especialistas, sin que su estudio trascendiese a los planes, generales de enseñanza. Corrían de boca en boca leyendas referentes a las proezas de los dioses y los héroes de la antigüedad, y algunas de ellas hallaban argumentos en hechos de la historia atlante. También tenían vagas noticias de que en la parte opuesta del mundo existía una raza de cuyos particulares nada sabían en concreto.

Gozaba entre ellos de mucho predicamento un refinado sistema de educación física, consistente en una serie de ejercicios parecidos al moderno jiu jitsu de los japoneses, cuya práctica era privativa de las clases directoras, quienes realizaban hechos que el vulgo del país y las tribus bárbaras tenían por milagrosos. La química se estudiaba prácticamente desde el punto de aplicación a los abonos agrícolas de toda clase. Poseían gran número de máquinas, aunque la mayor parte de ellas nos parecerían hoy de construcción tosca. La pintura y la música eran enseñanzas propias de las familias aristocráticas, si bien Alcione no mostró afición a ellas porque estaba casi enteramente dedicado a la copia artística de manuscritos sagrados. La técnica  pictórica consistía en trazos rápidos que se secaban, instantáneamente y quedaban indeleblemente señalados en colores mucho más finos y brillantes que los hoy conocidos, pues el color fue capitalismo elemento de aquella civilización. Los vestidos de las gentes eran de colores vivos, pero agradables y armoniosos. Alcione iba vestido casi siempre de pies a cabeza con ropaje de azul pálido. Los alimentos también estaban hábilmente coloreados y el de las clases superiores de la sociedad consistía, por lo general, en una especie de tortas de harina muy parecida a la de trigo, aromatizadas con diversas esencias y coloreadas de rojo, azul y amarillo, o bien irisadas de diversos matices en armonía con la particular fragancia de la torta. Las frutas eran muy abundantes y servían de aliento a todas las clases sociales.

Los manuscritos que Alcione copiaba estaban compuestos de flexibles y delgadas planchas de metal esmaltado y de superficie tan lisa como la porcelana, sobre la que se pintaban más bien que escribían los caracteres cuya indeleble permanencia se lograba después por la acción del fuego. Los manuscritos eran de varios tamaños, pero la forma ordinaria medía cuarenta y cinco centímetros de largo por quince de ancho, y la escritora corría de izquierda a derecha a lo largo de la página como en los manuscritos pálmicos. Las planchas se unían por los ángulos superiores y los manuscritos se guardaban en un estuche de metal adornado con embutidos, repujados y aplicaciones decorativas, sin necesidad de emplear remaches ni engrudo. Algunos manuscritos tenían las planchas de oro, pues parece que este metal abundaba por entonces en el Perú tanto como en la época del descubrimiento.

El santuario o tabernáculo interior de los templos estaba comúnmente tapizado, y no era raro ver bajorrelieves labrados en una recia tabla del precioso metal. Los templos peruanos eran muy espaciosos, pero demasiado bajos de techo, si hemos de juzgar por las reglas de la arquitectura contemporánea. También había unas construcciones de forma piramidal con templetes en la base superior. Por entonces no acostumbraban los peruanos a ofrecer sacrificios cruentos, sino tan sólo frutos y flores. Entonaban muchas loas en honor del sol, que para ellos era manifestación de la Divinidad, pero no le dirigían plegarias ni oración alguna, por cuanto estaban convencidos de que Dios sabía mucho mejor lo que sus criaturas necesitaban. Creían que la vida persistía después de la muerte en condiciones determinadas por las obras del individuo durante su existencia terrena, y era contrario a las buenas costumbres afligirse por la muerte de parientes y amigos, puesto que la Divinidad no gustaba de ver sufrir a sus hijos. La doctrina de la reencarnación no aparecía explícitamente expuesta en sus enseñanzas, aunque muchos textos aludían a ella o por lo menos informaban su interpretación.

Tenía Alcione muchos amigos de ambos sexos, pero entre ellos distinguía predilectamente a Mizar, hija de Vesta y Mira y hermana de Orión, Bellatrix y Aquiles. Era Mizar una muchacha tímida y apocada, pero de sentimientos delicados, que correspondió tiernamente al amor de Alcione, y una vez casados a plena satisfacción de ambas familias, fueron dechado de fidelidad conyugal. Como pertenecían a la aristocracia, la pública opinión demandaba sin cesar de ellos la mayor actividad en los asuntos de interés social en que debían intervenir por razón de su nacimiento.

Las clases directoras estaban obligadas a gobernar al pueblo en provecho de la comunidad, y así los jóvenes de la aristocracia empezaban su carrera como secretarios de los magistrados públicos de las poblaciones de poco vecindario o de los cuarteles de las ciudades, ascendiendo luego gradualmente a los cargos de mayor categoría hasta desempeñar el de gobernador. Alcione siguió la carrera política como los demás jóvenes de su linaje, y durante algún tiempo fue secretario de su padre Urano para serlo más tarde de Sirio, su hermano mayor. Los dos trabajaban en íntima confraternidad y mutuo auxilio. Alcione amaba con especial ternura a su sobrino Vega, hijo segundo de Sirio, y toda la familia estaba en excelentes relaciones a pesar de lo muy diversamente ramificada.

Durante muchos años estuvo Alcione a las órdenes de Sirio en los diversos cargos que éste desempeñó, hasta que por último le nombraron tlecolen o gobernador y juez de una importante provincia limítrofe, cuyo mando era en extremo espinoso por su vecindad con tribus salvajes que tan sólo estaban nominalmente, sometidas a las autoridades peruanas.

Al poco tiempo de haberse encargado Alcione del mando de aquella provincia, concibió el proyecto de civilizar a las tribus más cercanas e incorporarlas a la población del imperio. En esta empresa ocupó la mayor parte de su vida, no obstante las serias dificultades con que hubo de porfiar, pues aparte de la actividad demandada por el ordinario despacho de los asuntos de gobierno, recorría Alcione de continuo el territorio de las tribus, cuyos jefes se rindieron a su cariñosa benevolencia hasta asimilarse a la civilización peruana. Puso especial cuidado en los sistemas de enseñanza, y uno de los planes adoptados fue escoger los muchachos más despiertos, con preferencia de entre los hijos de cacique, y educarlos en la capital de la provincia de modo que comprendieran el concepto de gobierno predominante en aquella época, según el cual los gobernantes han de tener por única norma de conducta el bien de los gobernados. Así logró civilizar una pléyades de jóvenes salvajes a quien confió la preparación de las tribus para la radical mudanza que esperaba realizar.

En efecto, años antes de atreverse a proponer la asimilación de aquella nueva provincia al imperio de los Incas, la tenía ya Alcione dispuesta a ello con arreglo a las leyes y costumbres país, de suerte que, al llegar la oportunidad,  pudo efectuarse el cambio político sin el más leve trastorno. Nombró subgobernador del nuevo distrito al jefe principal de las tribus, con las convenientes restricciones para evitar todo abuso de autoridad. La anexión de aquel territorio fue considerada en todo el país como brillante empresa que dio a Alcione mucha nombradía en la corte imperial. El Inca le llamó a palacio para darle públicamente las gracias por la obra realizada.

Las notables mejoras que Alcione introdujo en las condiciones de vida del nuevo distrito, llamaron la atención de otras tribus salvajes más lejanas, cuyos jefes acudieron en comisión a solicitar sumisamente del gobernador los mismos beneficios para sus gentes. Alcione recibió a los comisionados con magnificente pompa, en todo el esplendor de su dignidad oficial, a fin de conmoverlos y sugestionarlos. Su traje era verdaderamente soberbio, todo recamado de oro, cuyas lentejuelas relumbraban con vivísimo centelleo a la luz del sol. Por medio de un ingenioso artificio aparecía el gobernador circundado de intensa aureola de relampagueantes rayos, cuya vista amedrentó a los salvajes hasta el extremo de que, poseídos de pavorosa reverencia, se  prosternaron ante él y como si fuera la Divinidad o un ser sobrenatural, le adoraron. Este mecanismo eléctrico lo dispuso para el caso Cisne, que había dedicado años enteros al estudio de las ciencias físicas. Era Cisne pariente político de Alcione, con cuyo destino se había ligado voluntariamente en esta existencia. Cuando Alcione fue nombrado gobernador de aquella provincia limítrofe, confió a Cisne el cargo de alcalde de la capital, que desempeñó fidelísimamente.

Tan vivo interés se tomaba Alcione por todo cuanto a la educación pública se refería, que al cumplir la edad reglamentaria para el retiro, solicitó del Inca ingresar en la casta sacerdotal, con objeto de dedicarse enteramente a las tareas pedagógicas. Era potestativo de los gobernadores continuar en el desempeño de su cargo hasta edad muy avanzada o retirarse del servicio nacional a los sesenta años. A petición propia obtuvo Alcione el retiro y pudo trasladarse al departamento regido por su tío Mercurio, bajo cuya dirección tuvo el privilegio de trabajar durante algunos años.

Tan vigoroso era su entusiasmo y tan relevantes sus aptitudes para las tareas educativas, que a la muerte de Mercurio le sucedió en el ministerio responsable de Instrucción Pública. Surya, hijo de Mercurio, hubiera debido desempeñar este cargo, pero el Inca le había enviado con su hermano a llevar una embajada a la ciudad de las Puertas de Oro, cuyo emperador les dio elevados oficios en tierra de atlantes. Alcione ideó nuevos procedimientos de enseñanza, basados en la directa observación de los objetos, según muchos siglos más tarde había de establecer Froebel en Europa con sus jardines de la infancia. También aprovechó los colores como elemento educativo de la vista, de modo que los niños aprendiesen a distinguir artísticamente los matices. La doctrina religiosa afirmaba que la belleza de las formas y colores era del particular agrado de la Divinidad, y que todo cuanto tuviera hermosa forma y color en la tierra, podía ser ofrenda aceptable en el cielo. Alcione tomó con empeño esta labor artístico-religiosa, y puso el valor de la belleza en el punto culminante de sus enseñanzas. Mantuvo Alcione el vigor de su cuerpo físico hasta edad muy avanzada, y durante largos años viajó por todas las provincias del imperio para inspeccionar los establecimientos docentes hasta su muerte, ocurrida el año 12003. Su esposa Mizar había fallecido cuatro antes en 12007 a la edad de 84.

Esta vida fue muy valiosa para Alcione, pues realizó notables progresos mediante el trabajo cumplido en beneficio de los demás.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

PRIMERA  GENERACIÓN

 

Júpiter    Inca. Esposa, Vulcano. Hijos: Marte, Urano.

Saturno  Esposa, Venus. Hijos: Mercurio, Calipso, Selene, Vesta. Hijas: Hesperia, Cruz.

Psiquis   Esposa, Libra. Hijo, Algol. Hijas: Mira, Rigel.

 

SEGUNDA  GENERACIÓN

 

Marte     Inca. Esposa, Brhaspati. Hijos: Siwa, Píndaro.

Urano     Esposa, Hesperia. Hijos: Sirio, Alcione, Centauro. Hijas: Acuario, Sagitario.

Mercurio    Esposa, Lira. Hijo, Surya. Hija,  Andrómeda.

Neptuno Esposa, Cruz. Hijos: Melete, Virgo. Hija,  Tolosa.

Calipso  Esposa, Avelledo. Hijo, Rhea. Hija, Amaltea.

Selene   Esposa, Beatriz. Hijos: Aldebarán, Albireo, Leto. Hijos: Erato, Espiga.

Vesta     Esposa, Mira. Hijo, Bellatrix. Hijas: Orión, Aquiles, Mizar.

Algol       Esposa, Iris. Hijos: Helios, Dragón, Argos.

Rigel      Esposa, Betelgeuze. Hijos: Altair, Demetrio, Viola, Cisne. Hijas: Héctor, Auriga.

 

TERCERA  GENERACIÓN

 

Surya     Hermana, Andrómeda.

Siwa       Inca. Esposa, Proteo. Hijos: Corona, Orfeo.

Píndaro  Esposa, Tolosa. Hijo, Olímpia. Hijas: Heracles, Adrona, Cetes.

Sirio        Esposa, Espiga. Hijos: Pólux, Vega, Cástor. Hijas: Alceste, Minerva. Hijo adoptivo, Fides.

Alcione  Esposa, Mizar. Hijos: Perseo, Leo, Cabrilla, Régulo, Irene. Hija, Ausonia.

Rhea      Hijos: Sirona, Lachesis.

Melete    Esposa, Erato. Hijos: Hebe, Estrella.

Virgo      Esposa, Acuario.

Aldebarán Esposa, Orión. Hijos: Teseo, Fomalhaut. Hijas: Alcor, Arturo, Conopo.

Albireo   Esposa, Héctor. Hijos: Pegaso, Berenice.

Bellatrix  Esposa, Tifis. Hijos: Juno, Proserpina.

Aquiles  Esposo, Demetrio. Hijos: Aleteia, Aries, Tauro, Proción. Hija, Elsa.

Helios    Esposa, Lomia.

Dragón  Esposa, Fénix. Hijo, Atlante.

Argos     Esposa, Andrómeda.

Centauro   Esposa, Gimel.

 

CUARTA  GENERACIÓN

 

Corona  Inca. Esposa, Palas. Hijos: Ulises, Osiris. Hija, Teodoro.

Pólux     Esposa, Melpomene. Hijos: Cirene, Apis, Flora. Hijas: Eros, Camaleón.

Vega      Esposa, Pomona. Hijo, Osa. Hijas: Circe, Ajax.

Cástor    Esposa, Heracles. Hijos: Vajrâ, Aurora. Hijas: Lacerta, Alcemene, Safo.

Leo         Esposa, Concordia. Hijos: Deneb, Calíope. Hijas: Efigenia, Egeria, Daleth.

Alcor      Esposo, Capricornio. Hijos: Géminis, Polar, Hygeia. Hija, Boötes.

Aleteia   Esposa, Ofiuco. Hijos: Dorado, Fortuna.

Fides      Esposa, Glauco.

Cabrilla  Esposa, Soma. Hijos: Telémaco, Aleph. Hija, Partenope.

 

QUINTA  GENERACIÓN

 

Osiris     Hermano, Ulises. Hermana, Teodoro.

Ulises     Inca. Esposa, Casiopea. Hijo, Virâj.

Osa        Esposa, Locerta. Hijos: Alastor, Tetis. Hijas: Cáncer, Fosea.

Aurora    Esposa, Wenceslao.

Fortuna  Esposa, Eudosia.

Calíope  Esposa, Partenope.

Telémaco  Esposa, Egeria. Hijo, Beth.

 

SEXTA  GENERACIÓN

 

Virâj        Inca.

Alastor   Esposa, Clío. Hijo, Markab. Hija, Trapecio.

 

 

VIDA XVI

 

Esta vida vuelve a tener la India por escenario, y en muchos aspectos ofrece vivo contraste con la anterior. En el Perú estuvo Alcione rodeado de gran número de amigos y parientes teósofos, a quienes conocimos, mientras que en esta encarnación apenas encontramos una docena de personajes con quienes estemos familiarizados. Se explica esto en parte, porque la mayoría de nuestros personajes dramáticos tardan, por término medio, doce siglos en reencarnar, y, en consecuencia, no pueden intervenir en la presente vida de Alcione.

Nació nuestro héroe el año 11182 en una ciudad de Rajputana, llamada Ranthambhor. Era hijo de un jefe ario de carácter enérgico, aunque áspero, que poseía vastas tierras y gozaba de respetuosa consideración en el país. No había aún definida distinción de castas, pero la familia de Alcione era de las más conspicuas, y varios de sus miembros ejercían el sacerdocio en los templos, por lo que bien podemos llamarlos brahmanes. La madre de Alcione era excelente y muy dispuesta ama de casa, pero siempre la preocupaban asuntos de poca monta, y su naturaleza no rebosaba ni mucho menos espiritualidad.

El niño Alcione era vivaracho y activo, si bien parecía de carácter muy reservado. Amaba más tiernamente a su tío Perseo que a sus padres, porque con éstos no había estado en relación hasta ahora, mientras que Perseo había sido su hermano mayor en el Perú. El tío vivía en la misma casa, y su influencia tuvo mucha eficacia en la formación de la mente del niño. Perseo era propenso a especular e inquirir toda clase de ocultas influencias, y aunque no recordaba sus pretéritas relaciones peruanas con Alcione, se sintió vigorosamente ligado a él desde un principio con lazos de simpatía, más firmes aún cuando advirtió la extraordinaria receptibilidad del niño, mucho mayor que la suya respecto de las ocultas influencias cuya evocación había aprendido.

Con inesperado éxito ensayó Perseo en su sobrino algunos experimentos mesméricos, viendo que, al ponerle en trance, podía servir de medio de comunicación a varias entidades, y de instrumento de investigaciones clarividentes; pero jamás consintió en que otro sino él le hipnotizara, y además le enseñó las prácticas hipnóticas y a invocar los espíritus de la naturaleza con curiosos experimentos, como la escritura automática, por cuyo medio recibía frecuentes comunicaciones de seres ya fallecidos y aun de los todavía vivientes, que más tarde añadieron la comunicación oral a la escrita.

Tío y sobrino vivían en íntimas relaciones psíquicas, sin contacto frecuente con la demás familia, pues aunque los padres de Alcione estaban enterados de todos aquellos experimentos fenoménicos, no hacían caso alguno de ellos y aun se inclinaban a tenerlos por locura, sin perjuicio de aprovecharse gozosamente de los útiles avisos que una o dos veces, dio la clarividencia de Alcione.

Se producían otros varios fenómenos, muy parecidos algunos a los del moderno espiritismo, pero generalmente se miraban con sospechosa vacilación como efecto de nigromancia, aunque no faltaban quienes respetuosamente los consideraban debidos a la inspiración. El joven Alcione quedaba a veces en trance, durante el cual ocurrían fenómenos de materialización.

Todos estos experimentos estaban dirigidos por un espíritu protector llamado Narayán, a quien Perseo y Alcione respetaban profundamente como manifestación divina. Esta entidad prometió cuidar de Alcione en toda contingencia y desenvolver sus facultades, como así cumplió según fue creciendo el muchacho. Entre otras cosas, le enseñó la psicometría, y, en consecuencia, se tomaron tío y sobrino el trabajo de procurarse pedazos de piedra y otros objetos menudos que, procedentes de diversos países, tuvieran indicios de haber estado en contacto con las civilizaciones antiguas. Alcione demostró muy luego excelentes aptitudes para esta clase de labor psíquica, de modo que en repetidas experiencias adquirió con su tío abundantes noticias respecto de los primeros periodos de la historia del mundo, de los animales prehistóricos y de los primitivos pobladores de la tierra. Por medio de algunos objetos traídos del Asia Central investigaron varios puntos referentes a los orígenes de la civilización aria; y con ayuda de otros objetos procedentes de tierras atlantes, tuvo Alcione visiones de la populosa ciudad de las Puertas de Oro y una serie de cuadros representativos de la historia de la cuarta raza. De este modo fueron compilando textos históricos de la India, el Asia Central y la Atlántida. El guía, que a sí mismo se llamaba Narayán, les daba explicaciones comentadas de cuanto ellos veían. Así reunieron gradualmente una copiosa labor literaria que constituyó para Perseo la preferente labor de su vida.

Muchos de los que iban a pedir ayuda o consejo, estaban aquejados de diversas enfermedades, y, por consejo de Narayán, les recetaban Perseo y Alcione infusiones de ciertas hierbas medicinales que producían salutíferos efectos, sobre todo si el enfermo se sujetaba a las higiénicas reglas de limpieza y aireación pura en que, anticipándose a las modernas terapéuticas, insistía vehementemente Alcione. Sus conocimientos anatómicos y quirúrgicos eran muy limitados, pero penetraba, clarividentemente la constitución de los órganos internos y podía, por lo tanto, diagnosticar acerca de su estado y establecer el debido tratamiento de la enfermedad. Sin embargo, no siempre estaba Alcione seguro de lo que hacía, pues algunas veces no se presentaba Narayán cuando era preciso, y otras no quería resolver el caso particular de que se trataba.

Al llegar Alcione a la edad conveniente, quedó en definitiva adscrito al servicio del templo para la celebración de las ceremonias. Cierto día en que estaban presentes gran número de peregrinos, sugirióle Narayán la idea de dirigir la palabra a la multitud, pero sin obsesionarle por completo, pues durante el discurso tuvo Alcione vaga conciencia de lo que decía y pudo sentarse y levantarse por su propio impulso, aunque las frases salían de su boca como sonidos de un instrumento hábilmente tañido. La primera alocución, que dirigió a los peregrinos fue muy del agrado del sacerdote mayor del templo (Adrona), quien con ello podo percatarse de las relevantes condiciones mediumnímicas de Alcione, que sin duda serían de gran utilidad para acrecentar la reputación del templo. Así es que estimuló a Alcione con objeto de que se abandonara a la influencia de Narayán, aunque cabe dudar de si efectivamente creía en la elevada intervención de este espiritual guía.

Desde entonces creció considerablemente la importancia de Alcione en el templo, y con mucha frecuencia pronunciaba inspiradas pláticas y conmovedores sermones, sin que pudiera describirse cuándo y cuándo no los dictaba el espíritu protector. Además de las oraciones sagradas en público, daba Alcione particulares instrucciones al gran número de gentes que de todas partes acudían en demanda de consejo y socorro. Algunas respuestas eran del enigmático y doble sentido peculiar de los oráculos, pero en cambio otras eran categóricas, precisas y en un todo adecuadas a las preguntas, y útiles, por lo tanto, para que los demandantes recobraran las cosas perdidas o tuvieran noticias ciertas de sus parientes fallecidos.

Aunque gran parte de esta labor se realizaba pública o medio públicamente en el templo, no por ello perdían Perseo y Alcione oportunidad alguna de celebrar sesiones privadas en que se producían gran número de notables fenómenos. En varias ocasiones se encontraron con menudos objetos procedentes según, toda apariencia, de puntos muy distantes. También se les aparecieron espíritus luminosos y observaron fenómenos de levitación y transporte. Las materializaciones no eran muy frecuentes, pero sí lo bastante para que con ellas conocieran la apariencia de varios espíritus familiares. A pesar de lo nociva que casi siempre es la mediumnidad, no sufrió quebranto la salud de Alcione. Sus experimentos, sermones y psicometrías continuaron con alternativo éxito por buen número de años, durante los cuales afianzó su posición en el templo.

La fama de los hechos de Alcione se extendió por los países colindantes, y de todas partes llegaban peregrinos cuyos donativos acrecentaron las rentas del templo. El soberano del país mandó llamar en cierta ocasión a Alcione, por ver si podía curarle una dolorosa enfermedad sobrevenida a causa de un accidente cinegético. Afortunadamente, estuvo entonces propicio Narayán, y aunque las instrucciones que dio para el caso repugnaban al rey, las obedeció éste a regañadientes y se curó muy luego, con lo que la familia de Alcione estuvo en mayor predicamento. En muchos casos sirvió Alcione de instrumento de comunicación a los espíritus de los muertos, pero Narayán ejercía una especie de censura sobre ellos y a veces no permitía que se comunicaran. Sin embargo, en algunos casos daban lo que hoy llamamos pruebas, y en una ocasión, gracias a los informes de Narayán, se encontró valioso tesoro perdido.

Las sesiones íntimas y los experimentos de psicometría prosiguieron en unión de Perseo, aunque ya no se les depararon tantas coyunturas. En una de estas sesiones íntimas presentase de pronto otra entidad que dio distinta y nueva dirección a las investigaciones. Ya dijimos que de cuando en cuando encontraban tío y sobrino menudos objetos procedentes de puntos lejanos. En cierta sesión les vino a las manos un sello hermosamente esculpido que, según les dijo Narayán, había de psicometrizar Alcione, como así lo hizo éste, resultando el sello uno de los que en la anterior encarnación había usado oficialmente Mercurio en el Perú. A consecuencia de ello, se le representaron vívidamente a Alcione dos o tres escenas de la vida anterior, que después  pudo abarcar en conjunto, y revivirla en sus más, culminantes sucesos día tras día, durante muchas horas.

En todas aquellas escenas de su pasada vida descollaba la figura de Mercurio, y el firmísimo afecto y profunda veneración que a éste profesaba Alcione, dio al recuerdo de la vida anterior más intensa, realidad que la vida presente.

Hasta entonces había consultado siempre Alcione al espíritu protector, a cuyas instrucciones conformaba su conducta en todo cuanto era preciso resolver; pero en el caso de la psicometrización del sello, se vio henchido da tan gran sabiduría y de tan pura y elevada actitud respecto de todos los seres, que quiso consultar con quien fuera su tío en la vida precedente y no con el protector en la actual. Mas a pesar de ser intensas y vívidas las representaciones de la existencia peruana, no pasaban de recuerdo, y los personajes que en ella habían intervenido sólo podían reproducir la parte de acción que en ella les cupiera ocho siglos antes.

Un problema espinoso se suscitó respecto al modo de emplear la influencia religiosa del templo en lo concerniente a la sucesión a la corona del país. El sacerdote mayor era declarado partidario de un príncipe a quien no le correspondía la corona, pero de cuyo eventual apoyo estaba seguro para realizar ciertos proyectos que en mente traía. Alcione, por su parte, opinaba que favorecer la injusticia con la influencia sacerdotal no sólo sería delictuoso en sí mismo, sino evidente incumplimiento del deber, por lo que le ponía en grave turbación este asunto.

Le aconsejó Narayán que cediese al deseo del sacerdote mayor, pues de este modo se acrecentaría el poderío del templo; pero a Alcione no le satisfizo semejante consejo, y demandó vehementemente el de Mercurio, cuya sabiduría de tan firme apoyo le sirviera en el recuerdo de las escenas peruanas. Conviene advertir que, al examinar Alcione psicométricamente estas escenas, no las veía como simples cuadros, sino que, por decirlo así, era capaz de revivirlas nuevamente en su prístina intensidad, sin perder por ello la conciencia de su vida presente.

Durante aquel período de vacilación, reconcentrase Alcione psicométricamente, por medio del sello peruano, en el actualizado espectáculo de su vida pasada, e invocó anhelosamente a Mercurio, en súplica de consejo, para resolver el grave embarazo en que se veía, o más bien para que corroborase sus propias convicciones respecto a la solución que más justa consideraba. De pronto echó de ver, en respuesta a su demanda, algo que hasta entonces no había visto, pues notó que se le explayaba la mente, hasta el punto de no sólo reproducir con toda vividez las escenas peruanas, sino de contemplar físicamente la materializada persona de Mercurio en figura de caudillo indio, quien respondió a la invocación diciendo que, en efecto, había sido su tío en el antiguo Perú, pero que ahora tenía existencia carnal en lejana parte de la India. Le dijo después que su opinión era acertada, pues la influencia religiosa sólo debía emplearse en favor del legítimo heredero del trono, por lo que encomendó a Perseo que representase enérgicamente estas razones al sacerdote mayor. Luego reprendió Mercurio paternalmente a Alcione por haberse sometido con tanto riesgo a la voluntad de Narayán, y le dijo que en adelante ejercitara tan sólo sus facultades con plena conciencia y sin prestar su cuerpo a otra entidad, fuese quien fuese, pues le estaba reservada una difícil labor en muy lejano porvenir, para cuyo cumplimiento debía ser en extremo sensitivo y, a la par, sumamente positivo. Añadió que por ello le había sido necesario aquel ejercicio psíquico del cual ya tenía bastante.

Después de recibir Alcione gozosa y ansiosamente este consejo, preguntó a su nuevo protector cómo podría realizar aquella mudanza, pues al cabo de tantos años de completa sumisión a Narayán, no se hallaba con fuerzas suficientes para resistir victoriosamente. Replicó Mercurio diciéndole que le auxiliaría con todo su conocimiento en esta materias, y que si bien le era imposible convivir con él en cuerpo físico, le daría astralmente las necesarias instrucciones, a fin de sacudir la influencia de Narayán y apartar toda ocasión propicia a esta nociva especie de mediumnidad, para lo cual le pondría en trance cuya duración fortaleciera y vigorizara sus varios vehículos, de modo que nadie sino él mismo pudiera utilizarlos. A este propósito dio Mercurio a Perseo minuciosas instrucciones respecto a cómo había de tratar el cuerpo de Alcione durante aquel prolongado trance, y le encargó que cuidara celosamente de él. Dicho esto, fijó su penetrante mirada en Alcione y le dio unos cuantos pases magnéticos, a cuya influencia cayó inmediatamente en trance, con sonrisa de inefable felicidad en los labios.

Siete años estuvo Alcione en tal estado, según Mercurio había predicho, y durante todo este tiempo siguió Perseo escrupulosamente las instrucciones recibidas. Los sacerdotes del templo tuvieron por prodigio aquel éxtasis, cuya fama atrajo cuantiosos donativos al templo, pues la noticia del caso se extendió por todas partes, y multitud de peregrinos acudieron a ver al extático sacerdote.

Durante el trance permaneció la conciencia de Alcione casi por completo en el plaño mental, en íntimo contacto con la de Mercurio, aunque aparentemente bajo el influjo de una todavía más elevada conciencia, que a uno y otro dirigía hacia un fin desconocido hasta el presente. Todo el tiempo del éxtasis se mantuvo el cuerpo físico de Alcione en perfecta salud, y sus partículas se renovaban como de ordinario, mientras los cuerpos astral y mental se modelaban consistentemente por efecto de aquellas elevadas influencias. Cuando al término del período, previamente señalado por Mercurio, despertó Alcione sin esfuerzo alguno, no tradujo a su cerebro físico la conciencia de cuanto le había pasado, excepto la aparición y palabras de Mercurio, como si este acontecimiento hubiese ocurrido la víspera del despertar. Al decirle Perseo que había estado en éxtasis durante siete años, mostrase de pronto incrédulo, pero por fin le convencieron las numerosas pruebas justificativas del sorprendente fenómeno sobrevenido.

Desde entonces perdió sus anteriores aptitudes mediumnímicas, aunque conservando su receptividad y facultades psicométricas. Ya no estuvo sujeto a la influencia de Narayán, de quien ya nada más supo, ni tampoco sirvió de oráculo a ninguna otra entidad en el resto de su vida. Las gentes siguieron acudiendo a él en busca de alivio para sus dolencias, que ya no curo como instrumento de otros, sino por su propia intuición y poder saludador.

Así cobró más ruidosa fama que antes, y cuando a instancia del sacerdote mayor, hubo de reanudar los sermones, notó que había de prepararlos y pensarlos por sí mismo, aunque con más acabada potencia mental y de expresión. Nuevamente psicometrizó el sello peruano, y se vio capaz de representarse toda su vida pasada tan lúcidamente como antes. Sin embargo, ya no volvió a ver transmutada la querida forma de su tío del Perú en la actual de caudillo indio, ni pudo relacionarse en el plaño físico con el ser a quien tanto debía.

El mensaje que de orden de Mercurio había llevado Perseo siete años antes al sacerdote mayor, puso toda la influencia del templo en favor de Orfeo, legitimo heredero del trono que a la sazón ya ocupaba. Mantuvieron, por lo tanto, excelentes relaciones el templo y el palacio, y reconocido el nuevo rey a los valiosos servicios de Alcione, le demostró de diversos modos su agradecimiento, hasta el punto de que al fallecer el sacerdote mayor, a edad muy avanzada, le sucedió Alcione, que desempeñó tan elevado cargo el resto de sus días.

A los veintidós años de edad sé había casado Alcione con una excelente señorita, llamada Cisne, que siempre le tuvo entrañable amor, aunque nada llamaba la atención en el carácter de ella. De este matrimonio nacieron nueve hijos, que también profesaron la psicometría, y en uno de ellos, Osiris, aventajó en esta ciencia a su propio padre. Todos le sobrevivieron y a todos los dejó colocados en posiciones sociales correspondientes a la influencia de que gozaba.

Murió Alcione el año 11111, a los setenta y un años de edad, profundamente venerado por multitud de gentes.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Mercurio    Instructor astral.

Osiris     Padre, Alcione.

Adrona   Primer Sacerdote del templo. Esposa, Heracles. (Murió joven)

Orfeo     Rey de la comarca.

Alcione  Padre, Olímpia. Madre, Tolosa. Tío, Perseo. Esposa, Cisne. Hijos: Osiris, Régulo, Polar. Hijas: Mizar, Proteo.

Mizar      Marido, Telémaco.

Ifigenia   Sacerdote del templo. Esposa, Glauco.

 

 

VIDA XVII

 

Famoso es en todo país civilizado el carro de Jagannath, que existe en la ciudad de Puri (golfo de Bengala), y del que tantas leyendas oímos contar cuando niños, pues las referencias que de él dieron los primitivos misioneros eran tales, que excitaron los ánimos en Europa, si bien ni aun el más fanático sectario igualaría las crueldades atribuidas al templo de Jagannath a los horrores tormentosos de la Inquisición cristiana. Pero Jagannath tiene reputación mundial; y hay motivos para suponer que, aunque ya no es lo que fue, pudo haber sido tal hace miles de años. La vislumbre que de sus métodos tuvimos al fin de la décima vida de esta serie, nos dispone a averiguar que aun persistían las nefandas prácticas el año 10429 antes de J. C., cuando Alcione nació en una ciudad costanera, llamada Kanura, a pocas millas de Puri.

Su padre, Brhaspati, había sido un gran caudillo ario, pero a la sazón, en que los inmigrantes se asentaban ya a orillas del mar, era a la par legislador y sumo sacerdote de su pueblo, y gozaba de mucha fama de varón sabio y santo, henchido de devoción. La madre de Alcione en esta vida fue Urano, mujer ardorosamente devota. Los mayores del matrimonio eran dos gemelas, Neptuno y Siwa, que ejercieron notable influencia sobre Alcione. Tenía éste otra hermana cuatro años menor, a quien amaba y protegía en extremo, con igual correspondencia por parte de ella.

Alcione era de temperamento vehemente, fogoso y fácilmente emocionable, de suerte que por una parte correspondía a todo afecto sincero y por otra caía en pesadumbre cuando se le trataba con desvío. Mostraba cariñosa admiración a sus padres y hermanas mayores. Su clarividencia era lo suficientemente poderosa para ver a los espíritus elementales y oír sus voces, sobre todo cuando le aconsejaban en las circunstancias críticas de su vida. Le gustaba en extremo el mar, y con frecuencia nadaba en sus aguas, o bien se complacía en los deportes de vela y remo, hasta el punto de que en su niñez no vislumbraba más adecuado oficio que el de marinero. Cierto día bogaba a considerable distancia de la costa, en un pequeño bote de tosco velamen, cuando se vio repentinamente sorprendido por una violenta borrasca. Las gentes que desde la orilla presenciaban el espectáculo, le creyeron perdido; pero en tan crítico momento oyó una voz que le recomendaba serenidad y le decía qué hacer, con la debida oportunidad, para salvar la embarcación, mediante maniobras de superior habilidad a las de los más experimentados marineros.

Era Alcione muy aficionado a las ceremonias religiosas, que cumplía solemne y devotamente. En vista de ello creyó su padre que se inclinaba por vocación al sacerdocio, y le dio mucha alegría esta esperanza, pues no otra cosa apetecía para su hijo. Se encariñó Alcione con la idea, alentado por sus hermanas, hasta que por fin entró de novicio, con viva satisfacción de todos. Le agradó en extremo la vida del templo, porque los sacerdotes le cobraron intensa afición, de modo que cada cual por su parte contribuyó con su ayuda a facilitarle la tarea. La religión se pasaba en la heliolatría, y es curioso notar que a la Divinidad le llamaban "Sol nacido del mar".

Al llegar Alcione a la edad conveniente, se casó con Ayax, de quien andando el tiempo tuvo doce hijos, cuyos nombres se leen en la lista de personajes dramáticos. Conviene advertir que su hija Albireo murió muy joven.

La vecina ciudad de Puri era todavía un gran centro de la antigua y tenebrosa religión atlante, cuya Divinidad exigía sacrificios humanos, a cambio de diversas manifestaciones que el vulgo miraba como prodigios. A causa de tan sorprendentes resultados, muchos súbditos de Brhaspati acudieron, contra la voluntad de su caudillo, a tomar lecciones de los sacerdotes magos, cuya vecindad era motivo de mucha turbación para él, porque amaba a todos los miembros de la hueste que había conducido hasta la India.

Alcione, que era de naturaleza mental muy investigadora, sintió curiosidad por aquellos fenómenos, y fue al vecino templo con ocasión de una festividad en que había de haber especiales manifestaciones mágicas. La hermosa apostura de Alcione llamó la atención de un sacerdote atlante, quien hizo persistentes esfuerzos para hipnotizarle, contra lo que se resistió victoriosamente Alcione por consejo de su padre. La voz que en debida oportunidad intervenía en sus asuntos, era, según parece, la de un espíritu benévolo, pues en varias ocasiones le sugirió procedimientos de investigación y le puso en la pista de muchos y peregrinos descubrimientos.

Cierto día le dijo la voz que estaba habitado el interior de la tierra, y como Alcione mostrara vivo interés en ampliar aquella revelación, le ofreció el espíritu conducirle a una caverna por donde entraría en los lugares habitados, o mejor dicho, en uno de los lugares habitados. Aceptó Alcione gustoso la oferta, pero le contrarió muy mucho la condición estipulada por el espíritu de que a nadie había de contar ni una palabra del caso. Sin embargo, impetró del espíritu que por lo menos pudiese acompañarle en la exploración su íntimo amigo, llamado Demetrio, hijo de uno de los principales sacerdotes del mismo templo en que Alcione servía, y dotado como éste de la facultad de ver y oír a los espíritus de la naturaleza.

Por algún tiempo pareció de insuperable dificultad la condición propuesta por Alcione, hasta que al fin la misteriosa voz se avino a ella con tal que ambos jóvenes hicieran voto solemne de no decir nada ni descubrir a nadie el sendero que a la caverna conducía. Para cumplir este compromiso pretextaron los jóvenes amigos ir en peregrinación el año 10402 a un santuario del Norte, y aunque, en efecto, lo visitaron, no descubrieron a nadie el verdadero objeto de su peregrinación. El viaje, largo como todos los de aquel tiempo, duró algunos meses, hasta que tras muchas peripecias llegaron a las inmediaciones del paraje que se les había indicado.

La voz interna no permitió que les acompañase criado alguno en el definitivo esfuerzo, sino que directamente les proveyó de víveres para unos cuantos días, así como de antorchas con que alumbrarse en la exploración. Mucho trabajo les costó hallar la entrada, de la caverna, que por completo desconocían las tribus del país, y una vez dentro, tropezaron con graves embarazos para orientarse, pues era un intrincado laberinto. Durante largo rato les llevaron los pasos al corazón de la montaña en que la caverna se abría, sin notar señales de descenso, basta que, luego de atravesar la bóveda natural por donde entraron, advirtieron que el suelo se quebraba en escarpaduras descendentes, por las cuales bajaron con no escaso riego, agravado por el embarazo de las antorchas y de los cestos de provisiones.

De ningún medio disponían para saber a qué profundidad estaban ni el tiempo invertido en la bajada, pero intuitivamente presumían que su viaje subterráneo era hasta aquel punto cosa de algunos días. Sufrieron los efectos de la presión atmosférica, muy fuerte en semejantes honduras, y se alarmaron de ello, pues, como puede suponerse, desconocían la causa. También notaron ligera elevación de temperatura, pero no de modo que les atajara los pasos, aunque hubieron de esforzarse en vencer las arduas dificultades de tan áspero camino, y a duras penas lograron evitar graves accidentes.

Por más que nada sabían a ciencia cierta, conjeturaban estar andando por debajo de alguna hendidura de la montaña, producida por un terremoto o erupción volcánica de largo tiempo atrás.

Después de muchísimas horas de lento descenso les hirió una inexplicable luminosidad que rompía el pesado ambiente, y en aquel punto llegaron a una cueva tan vasta, que no alcanzaban a vislumbrar sus lindes. La pálida claridad les iluminaba de lleno y hacía innecesarias las antorchas, aunque sus ojos tardaron algún tanto en acomodarse a aquel extraño régimen visual que de pronto les ocasiono algunas caídas por no poder apreciar debidamente las distancias. Todas las, cosas les parecían mucho más pesadas que de ordinario, y cada emoción equivalía a un violento esfuerzo.

Muy luego se percataron Alcione y Demetrio de que la cueva estaba habitada no sólo por animales, sino por seres humanos, aunque muy diferentes de cuantos hasta entonces vieran. Sin embargo, tuvieron la presunción de que los habitantes de aquel extraño mundo subterráneo habían pertenecido en pasadas épocas al de la superficie, por más que al parecer no lo creyeran ellos así, sino que, por el contrario, tenían su estado por originario y por destino fatídico el de los hombres vivientes en el exterior de la tierra.

De salvaje aspecto eran las gentes que Alcione y Demetrio veían y de continente extrañamente ajeno a la figura humana. Constituían una comunidad numerosa con muchos particulares del todo incomprensibles para los exploradores. Carecían de lenguaje articulado y se comunicaban tan sólo con gestos que denotaron mucha admiración por la presencia de los intrusos. Si estos primitivos hombres cavernarios habían estado en relación con los habitantes de la superficie terrestre, debía haber sido largos siglos atrás, pues por sus características diferían a la sazón de todas las razas conocidas.

La fantástica rareza de aquel espectáculo intimidó a los dos exploradores de suerte que, por mucho que fuese su interés, casi se arrepentían de haber dado principio a la aventura. La voz interna tan sólo se dejaba oír de vez en cuando, y, en consecuencia, no podían orientarse del todo en aquel incomprensible mundo ni eran capaces de conjeturar siquiera la naturaleza de la difusa claridad que llenaba la vastísima cueva.

Las plantas que en ella medraban, y los animales que entre ellas se movían, les eran por completo desconocidos. Las gentes no tenían viviendas de ninguna clase ni se ocupaban en cultivar el suelo ni en trabajo alguno de esta índole, pues se alimentaban de la carne de cierta especie de reptiles y de un enorme hongo que abundantemente crecía en aquel paraje.

Los exploradores miraron con horror el régimen alimenticio de los indígenas cavernarios, que se comían crudos los reptiles, pues ignoraban en absoluto la manera de encender fuego; pero como ya empezaban a mermar las provisiones que nuestros amigos habían traído, y no tenían esperanzas de reponerlas, comieron hongos y los hallaron nutritivos, aunque no agradables al paladar, con efectos un tanto tóxicos e hilarantes en su no acostumbrado organismo.

Aquellas gentes denotaban mucha sorpresa de ver a los visitantes, y el miedo que al principio les tuvieron, trocase en curiosidad, hasta el punto de atreverse a examinarlos más de cerca. Nada llevaban que se pareciese a vestido, y el color de su piel era plomizo, como producido por la extraña y difusa claridad. Había entre ellos bastantes mujeres y gran número de chiquillos. Tal vez eran residuos de las primitivas sub-razas lemurianas, pues tenían muchos caracteres de las gentes ovocéfalas que en un tiempo poblaron gran parte del continente lemuriano. Su estatura no llegaba al término medio y tenían el cuerpo chato y rechoncho, mientras que las razas lemurianas, sus supuestas progenitoras, eran de complexión más garbosa y de mayor estatura, por lo que, en caso de descender del tronco lemuriano, debían de haber ido degenerando aquellas gentes en largos siglos de existencia subterránea. También podían haber pertenecido a una evolución del todo distinta, o tal vez a la de la Ronda interna, en cualquier caso ofrecerían oportunidad de encarnación humana a los animales individualizados, para quienes sería demasiado superior la etapa ínfima de la humanidad residente en la superficie de la tierra.

Aún existen estas fuentes hoy día. Hay en el interior de la tierra muchas cavernas análogas, y algunas de ellas pobladas por tribus mucho menos incultas que la visitada por Demetrio y Alcione. El cuerpo mental de estas gentes está todavía en embrión. Su lenguaje es un ingrato conjunto de gruñidos y gritos acompañados de toscos gestos y ademanes. Ninguna ceremonia se observó nunca entre ellos. La unión matrimonial se efectúa entre hombres y mujeres, pero algunas veces no. Carecen, según se advierte, de gobierno político y categorías sociales. De cuando en cuando se promueven revueltas de corta duración y llevan cierta especie de armas como única propiedad individual. No conocen la alternativa de días y noches, y por lo común se echan a dormir después de comer. Los niños se divierten bailando. El suelo está regado por muchos ríos, en cuyas aguas nadan todos a estilo perruno.

Demetrio y Alcione permanecieron entre aquellos extraños salvajes durante un período que, al cómputo, ordinario de días y noches, equivaldría a una quincena. Hubieron de vencer muchas dificultades, y para dormir alternaron de modo que uno de los dos se mantuviese en vela, pues aunque los salvajes no demostraban intenciones hostiles, sino que más bien parecían estar poseídos de temor con mezcla de curiosidad, no las tenían nuestros héroes todas consigo y, por otra parte, sospechaban fundadamente que algunos reptiles fuesen carniceros y acaso ponzoñosos. Había mucha vegetación, sobre todo en cercanía de agua, pero desmedrada y pigmea excepto una especie de bambú, que, incapaz de sostenerse en arraigo, reptaba a lo largo del terreno. También se veían árboles parecidos unos al cactus y otros al áloe, así como juncos y espadañales, pero todos de color pálido plomizo, sin que planta alguna llegara al verde.

Cuando ya estaban nuestros amigos algún tanto acostumbrados a semejante vida, ordenó la voz que prosiguiesen la marcha en línea recta y salieron del valle por la misma abertura por donde entraran. Pronto perdieron de vista el valle con su extraña y difusa luz, y se vieron como extraviados en aquel mundo de pesadillas, al que, ciertamente, no les quedarían ganas de volver. Siguieron andando, a pesar de las dificultades del camino, y al fin encontraron otras gentes mucho menos salvajes que las otras, pues tenían habitaciones, siquiera se redujesen a aberturas practicadas en la roca viva. No conocían el fuego, pero habían domesticado un animal semejante a la cabra del que aprovechaban la leche y la carne. Tanto esta última como la de otros animales muy parecidos a tortugas, la cocían en unos géiseres o surtidores de agua hirviente que por allí brotaban. Acaso fuesen gentes de la misma raza que los otros subterrícolas, pero estaban sin duda alguna mucho más adelantados. Sabían algo de dibujo y grababan signos en las rocas con arreglo a un sistema muy primitivo, que consistía en incisiones redondas a manera de rayos que, dispuestos en línea recta, tenían un significado, y dispuestos en ángulo, otro distinto. No eran letras, sino ideogramas o signos representativos de los objetos que grababan en la roca por medio de instrumentos cortantes y desgastantes. Conocían el arte de hilar y tejer fibras de una especie de esparto, con las que hacían lienzos de tejido y también cordones y soguillas, en las que las mujeres ensartaban piedras de color.

Llegaron nuestros amigos a un paraje abundante en piedras preciosas, de las que recogieron algunos soberbios ejemplares de extremada rareza en el mundo superterrícola. Aquellas gentes, cuyo aspecto denotaba mayor cultura, se embadurnaban de cuando en cuando la piel con el limo colorado que había por los alrededores de los géiseres. Entre los colores más frecuentes se contaban el rosa, verde y amarillo, que bien pudiera ser azufre, a semejanza de las vasijas decoradas de los museos. Para recoger el limo se servían de piedras llanas.

Con mucha dificultad retrocedieron Demetrio y Alcione en su camino, hasta encontrar la salida de la caverna. Les quedaban todavía algunas de las provisiones que trajeran, aunque ya secas y duras, y también llevaban unos cuantos hongos. Hicieron antorchas de bambú, que tras infructuosos intentos lograron encender con la llama resultante de frotar una cuerda contra una rama.

Por fin salieron al aire libre, pero les fue preciso esperar más de un día a que sus ojos se fueran acostumbrando al brillo del sol y a reponerse de la debilidad orgánica que les producía el cambio de ambiente.

La misteriosa voz le dijo a Alcione que aquella experiencia le era muy necesaria, pues le había proporcionado un más amplio conocimiento de las modalidades de la vida y evolución, de modo que pudiera mejor comprenderlas, en espera de completar más adelante este conocimiento. Pero, por de pronto, tenía que volver a su casa, reunirse con su familia y disponerse inmediatamente a otra prueba. Los dos amigos convinieron en no decir a las gentes que encontraran nada de cuanto les había sucedido, y reservarlo todo hasta llegar a casa y contárselo a la familia, como así lo hicieron. El padre de Alcione, luego de escuchar el relato de su hijo, habló de esta manera: "Verdaderamente, hay, no entre nosotros, sino entre los atlantes, la tradición de que existen gentes subterrícolas". Por su parte también contó Demetrio algo de la aventura a algunos amigos que la tuvieron por imaginada fábula, Sin embargo, la familia sabía que era cierta, y la tuvo, sin vacilar por maravillosa experiencia.

Alcione reanudó la vida sacerdotal y, no obstante sus pocos años, desempeñó cargos de mucha importancia en que, según corría el tiempo, ayudaba más eficazmente a su padre, sin dejar por ello la iniciativa propia, y su padre confiaba cada vez con más firmeza en él, de suerte que los lazos del parentesco se fortalecieron inquebrantablemente con los del afecto.

El año 10387 le sobrevino la mayor desgracia de su vida. Emprendió un viaje para visitar algunos lejanos santuarios del Sur en los parajes que hoy llaman Rameshvaram y Shrirangam. Sus dos hijos, Helios y Aquiles, a la sazón en plena adolescencia, desearon acompañarle, a lo que accedió Alcione con el beneplácito de su esposa Ayax, creídos de que la experiencia del viaje les sería provechosa. Tomaron pasaje en un buque mercante de gran porte para aquellos tiempos, y fueron navegando pausadamente por la costa con escala en todos los puertos de la ruta.

Muy interesante les parecía el viaje, de lo que tanto el padre como los hijos se regocijaban en extremo; pero al cabo de unas cuantas semanas se levantó un furioso temporal de varios días, que desvió el rumbo del buque y lo dejo  desarbolado, en desconocidos mares, sin esperanza de refugio. Día tras día hubieron de esforzarse tripulantes y pasajeros en mantener la nave a flote, hasta que, ya desfallecidos y exhaustos, descubrieron tierra por avante, y a ella impulsaron el buque con desesperado esfuerzo. Les llevó el remo a pocas millas al Norte de la tierra, que era una isla no muy grande, y trataron entonces de abordar a nado pero; por una parte estaban demasiado débiles para nadar, y por otra iban siguiendo al buque una manada de tiburones, por lo que resolvieron construir una tosca almadía con las cuadernas del buque. En esto se hallaban, cuando vieron que de la costa venía hacia ellos una flotilla de canoas, y muy pronto estuvieron rodeados por una horda de salvajes que, con desaforada gritería, les dispararon miles de flechas, hasta que, saltando al abordaje, mataron a la desfallecida tripulación a garrotazos.

Alcione presenció la muerte de sus hijos y también él cayó aturdido por un golpe de los salvajes. Al volver en sí, estaban éstos repartiéndose los despojos del barco; pero como vieran que aun vivía, llegó uno con intento de matarle, y allí acabar con su  vida, si no se interpusiera otro de más autoridad, quien mandó que le ataran fuertemente y lo trasladaran a una canoa. Creyó Alcione de pronto que sólo él había sobrevivido a la matanza, y al recordar el trágico fin de sus hijos, sintió el deseo de que igualmente le mataran; pero a poco advirtió que traían los salvajes a otro superviviente, también sujeto con ligaduras. Era un marinero de la tripulación, que se entristeció sobremanera al ver a Alcione en tan lamentable estado, pues todos le tenían por bellísima persona desde que la frecuencia de trato le dio a conocer en la travesía. Escasos consuelos pudo recibir Alcione del marinero, que, si bien no sabía exactamente a la altura a que se hallaban, calculaba, por la dirección del temporal, que habían caído en manos de una de las más sanguinarias y feroces tribus de caníbales.

Resolvieron los salvajes remolcar el naufragado buque hasta la isla, y con gran esfuerzo y no menos estrépito lograron embarrancarlo en la playa y tomar de él cuanto les pareció de provecho. Terminado el saqueo, se dispusieron a celebrar un gran festín, y al efecto comunicaron a los demás puntos de la isla, por medio de hogueras humeantes, la para ellos grata noticia de la abundante captura de carne fresca, con lo que se juntaron en aquel paraje nutridos contingentes de caníbales. Pronto encendieron una enorme hoguera para cocer los cuerpos de los indos asesinados a bordo, y todos participaron del horrendo banquete con tal hartura, que al segundo día del festín estaban ahítos.

Sin embargo, habían tenido la precaución de amarrar sólidamente a Alcione y al marinero y ponerles centinelas de vista, aunque sin darles mal trato alguno, antes bien les proporcionaron copiosos manjares, a manera de grosero cebo.

Tuvieron entonces los cautivos la penosa certidumbre de que los reservaban para otro festín, y echaron de ver que para salvar la vida, no les quedaba otro medio, que huir, amparados por el profundo sueño de los salvajes. Un centinela armado guardaba la choza en que estaban presos, pero también se había hartado como los demás y era de presumir que acabara por dormirse pesadamente. Sin embargo, nada podían hacer con el embarazo de las ligaduras que les sujetaban desde que los capturaron, sin otro alivio que un leve aflojamiento a las horas de comida. Además, estaban desnudos y enteramente inermes, pues todo se lo habían arrebatado los salvajes.

Poco le importaba la vida a Alcione después de muertos sus hijos, y si hubiera estado solo, ningún esfuerzo hiciera para escapar al destino que le amenazaba; pero el marinero le representó con mucho respeto que sin duda había dejado en su casa de la India otros seres dignos de que por ellos probase de salvar la vida. Esta observación refrescó en la memoria de Alcione el recuerdo de sus padres y esposa, a quienes de seguro afligiría su muerte, y, en consecuencia, dio oídos al plan de fuga propuesto por el marinero. Lo más perentorio del caso era romper las ligaduras que los sujetaban, con el debido sigilo, para no llamar la atención del centinela que a pocos pasos de allí estaba. El marinero ideó diversas trazas que todas se reducían a caer de improviso sobre el centinela (a no ser que se durmiera) y después de maniatarle, o quitarle la vida si preciso fuere, escapar hacia la costa y apoderarse de la primera embarcación que les viniese a mano, pues bien comprendían la imposibilidad de huir tierra adentro, en donde por una parte carecerían de víveres y por otra no hallarían medio de esquivar la presencia de los salvajes.

Pero antes de emprender la fuga, era preciso proveerse de víveres y de agua, que no sabían dónde hallar. Afortunadamente, el centinela abandonó la vigilancia que sobre ellos ejercía, y aprovechando el marinero los intervalos en que aquel se alejaba, empezó a roer sus ligaduras hasta partir con los dientes la cuerda que amarrado le tenía a la pared de la cabaña. Alcione probó igual suerte sin adelantar gran cosa en su labor, y entonces, ya medio suelto el marinero, royó la cuerda que ataba las manos de su camarada, quien, una vez libre, acabó de desligar al otro, y ambos se vieron, por fin, enteramente desembarazados, aunque con los remos doloridos y en desfavorables condiciones de fuga.

Después de frotarse y restregarse mutuamente para desentumecer los miembros, se asomaron cautelosamente a la entrada de la choza, y vieron al centinela acurrucado allí mismo, tras un montículo, con evidentes muestras de estar profundamente dormido. Nada parecía moverse en todo cuanto la vista de los fugitivos abarcaba en la sombra, y favorecidos por tan sosegado silencio, atravesaron, pasito a paso, por delante del centinela, de cuya caída lanza se apoderó pronto Alcione. Los salvajes yacían alrededor del rescoldo de las hogueras, como cadáveres en un campo de batalla, sin que apareciese centinela alguno en toda la redonda. Acosados por la necesidad de provisiones que por allí no había, entraron en una choza por ver de hallarlas, pero desgraciadamente despertó su presencia a una mujer que, sorprendida, dio gritos de alarma, y al punto aparecieron en la puerta de la choza dos hombres resueltos a cerrar el paso. Sin embargo, como aún estaban medio dormidos, pudo Alcione adelantárseles en la acción, y alanceó a uno de ellos, mientras que el inerme marinero saltaba contra el otro y, derribándole al suelo, le aturdía con su propia maza. Pero a los gritos de la mujer se habían despertado muchos otros salvajes, por lo que nuestros héroes escaparon a todo correr hacia la costa, después de matar (con la maza que el marinero tuvo la precaución de retener) a un salvaje que trataba de atajarles el paso. Llegados a la orilla, saltaron precipitadamente a una canoa de menor porte, y con febril premura dieron al remo. Poco se habían alejado de la costa, cuando advertidos de que otra canoa les perseguía, redoblaron sus esfuerzos, hasta ponerse a suficiente distancia para impedir el alcance. Ya en alta mar, comprendieron los salvajes que era inútil perseguir por más tiempo a los fugitivos, y disgustados y rencorosos volvieron remos, no sin disparar antes multitud de flechas, de las que una fue a clavarse en la pierna del marinero.

Estaban libres de los salvajes, pero les amagaba el riesgo del hambre, pues se veían sin víveres ni agua potable, en una débil canoa, a merced del Océano, ignorantes de dónde estaban ni de qué rumbo tomar, pues sólo sabían que la India caía al Occidente, pero a centenares de millas de distancia, y que el viento y las olas los empujaban hacia Oriente. Su única esperanza era arribar a una isla desierta, ya que por allí todos los habitantes tenían trazas de antropófagos; pero no descubrían otra tierra que la isla caníbal, adonde no iban a volver y ya empezaban a sentir las torceduras de la sed, por lo que el marinero se abalanzó hacia la proa del cárabo con intento de pescar algunos peces de los que en abundancia a flor de agua se veían, hasta que después de muchos fracasos, pudo ensartar uno en la lanza de Alcione, a quien se lo ofreció respetuosamente, aunque en vano, porque él se abstuvo de probarlo, diciendo que jamás en su vida había comido carne de criaturas vivientes. El marinero adujo cuantas razones se le ocurrieron para convencerle, pero en vista de que todo era inútil, devoró sin escrúpulo su presa. Poco después empezó a quejarse de agudos dolores en la herida abierta por la flecha, y muy luego desfalleció, hasta el punto de caérsele el remo de la mano y quedar tendido en el fondo de la canoa. Se inquietó en extremo Alcione por la situación de su amigo, pero de nada pudo servirle en aquel trance, porque al poco rato había ya expirado el marinero. Evidentemente estaba envenenada la flecha que le había herido. La hinchazón del cadáver y las manchas de podredumbre que en él se notaron muy luego, eran prueba cierta de que ya se había separado el alma, por lo que Alcione echó el cuerpo al mar y a su vista lo devoraron los tiburones. Mucho le apeno la pérdida del hombre que, no obstante la diferencia de clase social, logró captarse su afecto en las difíciles pruebas por que habían pasado en tan poco tiempo.

Vino la noche y con ella se levantó aire fresco, que rizó la mar y puso a nuestro héroe en continua zozobra de naufragio, hasta que, al romper el día, se sosegaron las aguas; pero la sed atormentaba horriblemente a Alcione, por más que con frecuencia se remojaba cabeza y pecho con agua del mar. Así pasó miserablemente el día y de nuevo vino la noche a refrescar el ambiente caldeado por el sol, con lo que pudo adormecerse a ratos; pero la claridad de la aurora le halló sumamente débil, a punto que le permitía distinguir tierra hacia el Sur del horizonte. Reanimado por esta esperanza y a pesar de los ardores del sol, se esforzó en remar con todas las fuerzas que le quedaban, hasta llegar a una pequeña isla, donde tomó tierra.

Tras breve descanso, el implacable centelleo del sol le obligó a internarse en busca de agua y, aunque de pronto fueron infructuosas sus pesquisas, dio por fin con un bosque de cocoteros, de cuya nuez sorbió ávidamente el, refrigerante jugo. Repuesto algún tanto, fuese a poner la canoa al abrigo de las olas, y prosiguiendo después la excursión, vio algunos árboles frutales de la especie de las bananas y otros de la de manzanos silvestres, que satisficieron sobradamente su necesidad, y con ello pudo entregarse en la espesura de la arboleda al sueño reparador de su fatigadísimo cuerpo. Al despertar, ya había pasado la noche y era nuevo día. Se sintió mucho mejor, y se dispuso a explorar la isla, que, según vio, era pequeña, pero muy frondosa y con un manantial de agua potable, por lo que se consideró Alcione tanto mas dichoso cuanto la isla estaba deshabitada. Sin embargo, pronto se percató de que la fruta de los árboles sólo bastaría a sustentarle unos cuantos días y reflexionó qué hacer. Sus conocimientos náuticos le mostraban la India hacia Occidente y que era imposible alcanzarla, no sólo por la mucha distancia, sino, además, porque en aquella estación eran desfavorables los vientos y las corrientes marinas. Sólo le era posible navegar hacia Oriente, y tenía vagos recuerdos de haber oído hablar de las islas caníbales a varios marineros amigos suyos, quienes las situaban mucho más cerca de la costa oriental que de las playas de la India. Ignoraba cuánto tardaría en arribar al continente, y, por lo tanto, le era preciso zarpar sin demora y abastecerse de provisiones para todo el viaje.

Determinó, en consecuencia, recoger todos los frutos de la isla y almacenarlos en la embarcación para emprender la travesía a la mañana siguiente, después de descansar con sosiego aquella noche. Tuvo la suerte de encontrar algunos yames con que nutrío más y más su despensa, y aun quiso quedarse otro día en la isla para dotar a la canoa de tosco velamen entretejido con hojas de palmera. Como estaba completamente desnudo y no tenía herramienta a propósito, hubo de ingeniarse para labrar una rama en forma de mástil, que colocó debidamente en la canoa, atado con fibras de cocotero, las cuales le sirvieron igualmente para enlazar el velamen con el mástil, que, aunque en disposición a todas claras deficiente e insegura, bastaría para descansarle del remo y acrecer la velocidad cuando el viento soplara sin violencia. La más grave dificultad era que no tenía vasija en donde llevarse agua, y, así, le pareció lo mejor recoger tantos cocos como cupieran en la canoa, que no eran por cierto muchos, pero sí los bastantes para poner la embarcación casi a flor de agua.

Partió Alcione al romper el alba del siguiente día, y vio que su velamen funcionaba mejor de cuanto esperar pudiera, aunque temía que la primera ráfaga de viento iba a dar al traste con la endeble arboladura. Por espacio de una hora remó a intervalos ansioso de apresurar la marcha cuanto posible le fuese y con la mayor economía de fuerza muscular, pues ignoraba la duración ni lo que podía ocurrirle al término del viaje. Durante el día quedó satisfecho del andar de su canoa, y para mayor ventura sopló el viento tan favorablemente por la noche, que le permitió adelantar un buen trecho. A la mañana siguiente había ya desaparecido tras el horizonte la hospitalaria aunque desierta isla, y se hallaba el nauta enteramente solo en la inmensidad del mar. Todo el día siguió navegando sin ningún incidente que alterase la monotonía de velas y remos, pero su provisión de frutas disminuía con alarmante rapidez. Otros tres días pasaron sin ocurrencia digna de registro, y ya escaseaban las provisiones de fruta y agua sin ningún indicio de proximidad de tierras continentales.

Durante la noche siguiente bogaba Alcione a su acostumbrado andar, cuando de pronto le sobresaltó el brusco vaivén de la canoa, al paso que el velamen, desgajado violentamente del mástil, desaparecía en el espacio. Era una ventolera borrascosa que, acompañada de copioso chubasco, duró pocos minutos, aunque sí los bastantes para privarle de su principal medio de impulsión. Siguió después remando a intervalos en la medida de sus fuerzas, pero sin apresurarse demasiado, porque, después de todo, no sabía de cierto el rumbo que llevaba. Al día siguiente le mortificaron en extremo los ardores del sol de que hasta entonces le había resguardado el velamen, y llegó la hora en que, desfallecido de hambre, cayó en el sopor de la inanición, sin esperanza de salir en bien de tan angustioso trance. Por la noche, en visión o en sueños, pues su estado le anublaba los sentidos, se le apareció su padre Brhaspati de pie frente a él en la canoa y le infundió esperanza, diciéndole que todo aquel sufrimiento era kármico y tendría ciertamente dichoso fin. Las palabras de la visión reconfortaron muy mucho el desmayado ánimo de Alcione y le dieron fuerzas para seguir bogando dos días más, a cuyo término cayó enteramente desvanecido.

Al recobrar el conocimiento, se vio a bordo de un buque mercante de menor porte y, aunque macilento y desfallecido, con vida y facultad bastante para mover labios y miembros. Los tripulantes y pasajeros del buque hablaban todos lenguas extrañas, por lo que se admiraba en extremo de verse a salvo en aquel lugar, sin acordarse de lo que le había ocurrido, ni siquiera por de pronto de su propio nombre. Los tripulantes del buque le trataban con ruda afabilidad y compartían con él sus groseras raciones, de suerte que poco a poco fue recuperando su personalidad, aunque no todavía la memoria. Era curioso el fenómeno, porque parecía como si sus cuerpos astral y etéreo se hubiesen desviado de soslayo a causa de los continuos sufrimientos, de modo que de nada le servían sus esfuerzos para recordar lo pasado. No comprendía nada de lo que le hablaban, y para darse a entender, le era preciso valerse de signos.

Al cabo de algunos días arribó la nave a un puerto de aspecto importante, pero desconocido de Alcione, así como también la lengua del país, que no era en modo alguno indo, sino de la raza mongólica según todas las trazas, y más aún por los hombres de tez negra que salpicaban la población y tenían probablemente restos de sangre lemúrica en sus venas. Era Alcione, por lo tanto, a ojos vistas, extranjero en tierra extraña, y aunque los bondadosos marineros le llevaron ante personajes al parecer constituidos en autoridad, a quienes explicaron lo sucedido, no presumía qué intentaban hacer de él. Le preguntaron muchas cosas a que sólo podía responder con inexpresivos movimientos de cabeza, pues aunque hubiera entendido el idioma, le fuera imposible decir nada respecto a su persona.

En semejantes circunstancias ignoraba la suerte que le habían dispuesto aquellas gentes, pero los hechos le dieron a entender que quedaba bajo la esclavitud de cierto vecino de la ciudad, quien le empleó en ligeros trabajos agrícolas, que Alcione llevó a cabo con buena voluntad, en agradecimiento al pan que comía y al techo que le cobijaba, convencido de que, a menos de recordar más claramente su pasado, debía aceptar gustoso cuanto le aconteciese. Sin embargo, el decir que Alcione se esforzaba en recobrar la memoria no expresa exactamente la idea, pues ignoraba que hubiese de recobrar memoria alguna, aunque era intelectualmente consciente de que había de tener un. pasado en su vida, como lo tenían los demás hombres, pero que él parecía haber olvidado.

Poco a poco aprendió algunas palabras del idioma del país, si bien tardó mucho tiempo en poder contestar abiertamente a las preguntas que se le hacían. Entretanto, adelantó en sus trabajos a imitación de los otros esclavos, y supo cavar, escardar y labrar la tierra, así como también fue entendido en el cultivo de plantas muy semejantes a las que hoy llamamos algodón y caña de azúcar. En cuanto a salud corporal se llevaba perfectamente, y poco a poco repuso fuerzas, con la natural robustez de la edad viril, pero tardó más de un año y medio en recobrar la perdida menoría.

Sucedió esto de pronto, a media noche, mientras dormía con otros labradores en una espaciosa cabaña. Le pareció que despertaba y veía de pie frente a él a su padre Brhaspati, cuyo reconocimiento le trajo al punto el recuerdo de su hogar y los antecedentes de su vida. Le habló el padre conjurándole a restituirse al seno de su afligida familia, pues le necesitaba para apoyo de su penosa vejez. Alcione se abalanzó a los pies de su padre con intento de abrazarle, pero, como es natural, se desvaneció la visión en aquel mismo momento. Quedó Alcione sumamente excitado por la súbita evolución de la memoria, y le entraron  vivos deseos de volver a su casa, si bien nada hizo hasta madurar cómo resolver el asunto. A causa de su incompleto conocimiento del idioma del país en que se hallaba, no podía explicar al pormenor a aquellas gentes las complicadas circunstancias de su singular aventura. Tan sólo le era dable decir tosca y chapurradamente que había visto a su padre y debía partir.

Parece que ningún obstáculo impidió su marcha ni por parte de los compañeros ni por la del amo, pero encontraba la dificultad de no poderse dar a entender y no sabía a quién dirigirse en impetración de auxilio. Apenas conocía la topografía del país, y si bien observó que estaba enlazado por el Norte con otras tierras que le abrirían camino para llegar a la India, ignoraba, la distancia y qué clase de gentes poblaban los países intermedios. Desde la granja, situada en el interior donde había estado trabajando, se dirigió al puerto, y allí tuvo unos cuantos días de vida miserable, ocupado intermitentemente a destajo en faenas de carga, descarga y marinería, con propósito de, una vez instruido en los principales menesteres del oficio de mar, alistarse en la tripulación del primer barco que desplegara velas con rumbo á la India, para de este modo desembarcar en puerto cercano a su tierra nativa. Al efecto visitó muchos buques, pero ninguno a propósito para su intento.

Sin embargo, dio con un amable capitán que, por saber algo del idioma indo, se tomó mucho interés por él y prometió ayudarle en lo posible. Alcione refirió al capitán los sucesos capitales de su aventura, y el capitán le dijo entonces que bien podía haber estado aguardando años y años a que saliera un buque para la India, pues sólo de oídas y por vagas referencias se conocía allí aquella parte del mundo. Le aconsejó, pues, que embarcara en un buque con rumbo a las costas del Norte, tan lejos como pudiera ser, para tomar allí otro barco que le condujera mucho más allá, hasta tocar al cabo de dos o tres transbordos en cualquier puerto de la península indostánica, y aun cabría en lo posible que el puerto de arribo fuese el de su propia y estimada ciudad natal.

Comprendió Alcione cuán prudente era el consejo, y se mostró muy agradecido al capitán cuando éste se le ofreció a servirle de intérprete, para encontrar colocación en un buque que arbolara velas para las costas septentrionales. Cumplió su palabra el capitán, y pudo Alcione embarcar en una nave mercante de bajo bordo, que, si bien con no mucha rapidez, le llevó algunos centenares de millas hacia al Norte. Allí embarcó en otro buque con rumbo todavía más al Norte, y al cabo de un año llegó a las bocas del Ganges. Al verse entre gentes que hablaban un dialecto de su materno idioma, presumió estar ya cerca de su casa, y después de no pocas dificultades, pudo embarcar en un bajel que precisamente zarpaba con rumbo al puerto del que para su desastroso viaje saliera tres años antes.

La familia de Alcione le recibió con frenéticas demostraciones de gozo, pues ya le tenían por muerto, aunque su padre Brhaspati siempre le creyó vivo y sano, con esperanza de que regresase a su debido tiempo, porque le había visto muy distintamente en dos ocasiones: la primera en un frágil esquife, en alta mar, y en otra ocasión vestido de labriego entre muchos otros del mismo oficio que estaban durmiendo en una choza.

Después de tres años de vida tan diferente, le costó algún tanto reacostumbrarse al ministerio sacerdotal, pero gozosamente reanudó sus funciones, y le satisfizo volverse a ver entre quienes por tanto tiempo habían llorado su muerte. Pronto se derramó por el contorno la voz de sus aventuras, que tuvo que referir repetidas veces a multitud de gentes curiosas de saberlas, pero nadie acertó a explicarse lo de la pérdida de la memoria, aunque algunos habían oído hablar vagamente de casos análogos.

Las extraordinarias aventuras de Alcione le dieron gran predicamento entre sus compatriotas y sus nietos no se cansaban nunca de oírselas contar. Llegó el caso a noticia de Orfeo, gobernador de aquella provincia, y quiso escuchar de los propios labios de Alcione (a quien al efecto mandó llamar) el interesante relato, que le emocionó hasta el punto de determinarse a conceder al héroe una pensión vitalicia en recompensa de sus sufrimientos.

Pasó Alcione el resto de su vida sin novedad merecedora de comentario. Muerto su padre Brhaspati el año l0378, le sucedió en el cargo de sacerdote mayor, y, ocupado desde entonces en todas las ceremonias religiosas del templo, volvió a escuchar la voz que le había hablado en los primeros años de su juventud y estuvo callada durante la época de su aventura y años siguientes. Sin embargo, muy pocas veces se dejó oír en estos últimos tiempos de su vida, y en una de ellas le predijo exactamente el día de su muerte, ocurrida el año 10356. Su hermana predilecta, Mizar, se había casado años antes con un mercader llamado Régulo, y vivió feliz y tranquila. Su hijo primogénito fue Irene. La hermana mayor de Alcione, que según sabemos, era Neptuno, casó con Proteo y tuvo por hijos a Algol, Polar, Fides y Ausonia.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Brhaspati  Legislador y sumo sacerdote. Esposa, Urano. Hijo, Alcione. Hijas: Neptuno, Siwa, Mizar.

Osiris     Amigo de Brhaspati. Esposa, Cruz. Hijos: Proteo, Aletheia, Ofiuco, Dragón. Hijas: Casiopea, Ayax.

Neptuno Esposo, Proteo. Hijos: Algol, Polar, Fides. Hija, Ausonia.

Orfeo     Gobernador de la comarca.

Alcione  Padre, Brhaspati. Madre, Urano. Hermanas: Neptuno, Siwa, Mizar. Esposa, Ayax. Hijos: Helios, Aquiles, Vesta, Dorada, Pindaro, Melete, Proserpina. Hijas: Héctor, Fomalhaut, Albireo, Auriga, Fénix.

Fides      Esposa, Partenope. Hijos: Calíope, Ifigenia, Beth. Hijas: Soma, Daleth.

Mizar      Esposo, Régulo. Hijos: Alef, Irene, Teseo. Hija, Gimel.

Algol       Esposa, Glauco.

Siwa       Esposo, Telémaco.

Demetrio   Amigo de Alcione. Padre, Argos. Madre, Elsa. Hermanos: Andrómeda, Wenceslao. Esposa, Casiopea. Hijos: Aurora, Olímpia, Viola, Hijas: Lomia, Minerva.

Altair       Amigo de Alcione. Hermano, Régulo. Esposa, Tifis. Hijo, Centauro.

Centauro   Esposa, Iris.

Boreas   Marinero.

 

En un período, no muy anterior a esta vida de Alcione encarnaron, en distinta parte del mundo, un grupo de nuestros acostumbrados personajes, cuyos nombres enumeramos en el siguiente apéndice para satisfacer a los aficionados a formar listas de reencarnaciones individuales.

 

CHINA, 10800 A.C.

 

(4ª sub-raza de la 4ª RAZA)

 

Marte     Emperador. Esposa, Júpiter. Hijos: Ulises, Aldebarán, Saturno, Leo, Vajra. Hijas: Selene, Lira.

Venus    Esposa, Selene. Hijos: Bellatrix, Perseo, Proción. Hijas. Acuario, Arturo.

Leo         Esposa, Beatriz. Hijos: Vega, Psiquis, Leto, Pegaso. Hijas: Mira, Rigel.

Cástor    Señora de la corte. Hermano, Alcestes. Esposo, Aries.

Heracles   Sacerdote. Esposa, Alcor. Hijos: Capricornio, Cabrilla, Adrona. Hijas: Concordia, Libra, Focea, Canopo. Discípulos: Melpomene, Alcemene, Higeia, Boötes, Safo, Pólux.

Melpomene        Esposa, Pólux. Hija, Ceteo.

Alastor   Sacerdote.

Corona  Jefe del ejército de la tribu.

Rhea      Jefe. Esposa, Velleda.

Espiga   Amigo de RheaEsposa, Virgo. Hijos: Sirona, Tauro, Betelgeuze. Hija, Sagitario.

 

 

VIDA XVIII

 

De nuevo nos lleva nuestra historia a la gran isla atlántica de Poseidonis en donde esta vez tomó Alcione masculino nacimiento la raza blanca que habitaba las montañas septentrionales. Nació el año 9672 antes de J. C., poco antes de la definitiva catástrofe que sumergió la isla. El país estaba, por lo general, muy corrompido, y la mayoría de las gentes, sobre todo a las razas dominadoras que poblaban las llanuras, vivían disoluta y egoístamente entre abundosas prácticas de magia negra. Sin embargo, en aquellas montañas del Norte se conservaban las costumbres patriarcales, y la vida tenía, en general, carácter mucho más sano que en las llanuras. Los montañeses no conocían tan ampliamente las artes refinadas de la civilización, pero eran de cierto más puros y nobles que los vecinos de las ciudades.

Algunas tribus de los diversos valles de la ingente cordillera estaban nominalmente sujetos a la soberanía del emperador tolteca, y otras se gobernaban independientemente; pero en ambos casos el propietario del valle era por consuetudinario derecho su indiscutible señor, pues el vasallaje no pasaba de ser puramente nominal, ya lo prestaran a algún reyezuelo de su propia quinta sub-raza, ya al mismo soberano tolteca. Casi siempre se suscitaban discusiones entre el gobierno tolteca y los montañeses acerca de la cuantía del tributo, y a causa de la dificultad que al movimiento de las tropas de línea presentaba aquel escabroso terreno, no podía el emperador tolteca apoyar con la fuerza el que creía su derecho, si bien, de cuando en cuando, despachaba un ejército que irrumpía en tal o cual valle aislado, con matanza de los varones, cautiverio de las mujeres y botín de ganado.

Neptuno era el padre de Alcione y Heracles su madre. Tenía por hermana mayor a Mercurio y por hermano mayor a Albireo. Sus hermanos menores eran Psiquis y Leo, y su hermana menor Héctor. Mercurio, la hermana mayor, llegó a ser con el tiempo sacerdotisa de un templo de la sierra. Todos sus hermanos la querían con adoración, y ella cariñosamente los protegía, ayudaba e instruía. La religión del país era una variedad de la heliolatría, cuyas solemnes festividades estaban determinadas por los solsticios y equinoccios. En términos generales la vida de aquellos montañeses era sencilla y saludable, en áspero contraste con la nefanda corrupción de las ciudades del llano. Neptuno vivía en sus vastas posesiones, a estilo verdaderamente patriarcal, como dueño de uno de los muchos valles en que las escarpaduras de la cordillera dividían el suelo del país. Tenía mucha servidumbre a la que, sin menoscabo del debido respeto, trataba mas bien como a amigos que como a criados.

Feliz se deslizaba la existencia de aquellas gentes que en realidad no dependían de gobierno alguno. De cuando en cuando visitaban a las familias de los valles vecinos que les devolvían la atención, aunque cada una de estas visitas era asunto de grave monta, que requería descansada preparación a causa de la aspereza de las montañas, pues frecuentemente para ir a una casa era necesario dar un rodeo de algunas millas, que el atajo de un túnel hubiera reducido a una. En general estaban los valles al abrigo de todo ataque, a menos que fuesen muy numerosos los invasores y llevaran tan cuidadosamente estudiado el plan que lograsen cerrar las salidas.

Los montañeses no mostraban mucha afición a la lectura de libros; pero en cambio recitaban poemas bardos y referían gran copia de leyendas de las que Heracles, la madre de Alcione, poseía una maravillosa colección, cuyo valor hubiera despertado la codiciosa envidia de los modernos etnólogos. Las gentes creían en los espíritus de la Naturaleza y no faltaba quien los había visto.

Las condiciones sociales ofrecían cierta semejanza con las de la Inglaterra medieval. En el hogar hilaban y tejían las mujeres, cuya actividad no hallaba ociosos sosiegos en las múltiples ocupaciones domésticas y agrícolas. Las amas de casa acopiaban grandes cantidades de lino y otras plantas, mientras que los hombres pasaban la vida caballeros en una especie de jaca muletera cuya andadura no daba ni un tropiezo en los vericuetos montesinos. Varios valles de aquéllos estaban confederados bajo la presidencia de un jefe común que, según hemos dicho, era nominalmente tributario de los toltecas, aunque algunos, como el del valle donde vivía Alcione, disfrutaban completa independencia. Aparte del temor a los casi siempre infructuosos ataques de las tropas toltecas, vivían los montañeses tranquilos y dichosos en sus labores agrícolas cuyos periódicos descansos les ofrecían las solemnes fiestas populares que se celebraban al tiempo de la cosecha y de la siembra, con abundancia de carreras de toda clase y otros atléticos deportes. El trato social era necesariamente limitado, pero muy cariñoso y afable. La educación se daba con sencilla intensidad en el mismo hogar, pues no había establecimiento alguno del carácter de nuestras escuelas.

Alcione creció sin tropiezo hasta hacerse un mozo sano y fornido. Admiraba profundamente a sus padres, pero aún más quería a su hermana Mercurio, que fue el predominante factor de su niñez, hasta el punto de no separarse un momento de ella, cuya influencia recibió constantemente. En una fiesta de las cosechas, a los diez años de edad, vio Alcione por primera vez a Vega, niña de su mismo tiempo, que había de ser su esposa, y desde luego se dedicó a ella sin querer por pareja a ninguna otra, y ella por su parte correspondió con igual afecto al que Alcione le mostraba. Nunca la olvidó nuestro héroe, aunque con el tiempo fue más cauteloso en la expresión de sus sentimientos. A los dieciséis años era Vega una hermosa muchacha de gallarda apostura, cuya mano pretendían varios jóvenes, entre ellos Albireo, quien, como hermano mayor y heredero de la casa, era mucho mejor partido que el segundón Alcione. Esta coincidencia conturbó profundamente a nuestro héroe que no quería interponerse en contra de su hermano, ni estorbar la suerte que depararía a Vega la posesión del valle si se casaba con Albireo. Sin embargo, no se sentía con fuerzas bastantes para el sacrificio.

Como de costumbre confiase a Mercurio, quien, profundamente conmovida, le dijo que el asunto sólo podía resolverlo la voluntad de Vega, pues bien pudiera ser que tuviese preferencias personales con desdén de bienes materiales en tierras y ganados. Alcione se mantuvo a la expectativa, para que Albireo se explayara con toda libertad, y únicamente cuando Vega hubo rehusado las solicitaciones del último, se ofreció como substituto. Le Aceptó Vega gozosamente, se casaron a los veinte años y vivieron dichosos toda su vida. Albireo se conformó lealmente con la decisión de Vega, por más que le afligió mucho al principio, y años después casó con otra doncella llamada Concordia, de quien no tuvo sucesión. Algo más tarde murió Albireo en la defensa del valle contra una irrupción tolteca, y la primogenitura recayó en Alcione, de modo que Vega fue dueña presunta de los bienes cuya posesión no había querido estorbar su entonces pretendiente y marido a la sazón.

Alcione y Vega tuvieron seis hijos: Ulises, Vajra, Aquiles, Perseo, Rigel y Bellatrix; y cinco hijas: Urano, Selene, Aldebarán, Mira y Sirio. Esta última nació cuando ya tenía Alcione cincuenta y cuatro años. Por aquel tiempo murió Neptuno, dejando todos sus bienes a Alcione, que los administró con suma prudencia, aunque delegando en manos de Psiquis y Leo, sus hermanos menores, el cultivo de las tierras, por lo muy entendidos que eran en agricultura. Durante treinta y dos años fue jefe de la casa y familia, sin perder ni por un momento la actividad y agudeza de sentidos hasta el fin de sus días, a pesar de haber sobrevivido a la mayor parte de sus coetáneos.

Los hermanos que tan hábilmente le habían secundado, murieron mucho antes, y les sucedió en el oficio su hijo mayor Ulises, quien demostró extraordinaria capacidad para desempeñarlo. En todo este tiempo se deslizó su existencia plácidamente sin otra variación que la alternativa de buenas o malas cosechas, y los temores de irrupción tolteca que intermitentemente se derramaban por el país. Sus hijos crecieron y se casaron, y pudo ver a su alrededor nietos y aun biznietos, de quienes fue el mejor amigo y consejero. La muerte de Mercurio y Vega le causaron gran pesadumbre, si bien la de la última ocurrió, poco antes de la suya propia.

La gran invasión con que durante muchos años les habían estado amenazando los toltecas, dueños ya de otros valles lejanos, sobrevino finalmente el año 9586. No obstante su provecta edad, reunió Alcione a los suyos, y puesto al frente de ellos, detuvo los pasos del invasor durante dos días favorecido por la ventajosa situación, e hizo buena matanza de enemigos; pero los refuerzos que del llano recibieron los toltecas, aumentaron su número hasta el punto de prevalecer contra las huestes de Alcione, que murió en la pelea. Los vencedores exterminaron sin piedad a hombres y viejas, y se llevaron cautivos a niños y mujeres. Entre estas últimas se hallaba Sirio, a la sazón de treinta y dos años de edad, cuyas vicisitudes se referirán en las vidas de Orión.

Ulises, primogénito de Alcione, quedó por muerto en el campo de batalla, pero recobrados los sentidos horas después, reunió a los pocos que habían logrado refugiarse en la serranía, y puso empeño en restaurar poco a poco las asoladas posesiones donde el enemigo no dejó campo sin esquilmar ni redil con reses. Poco sobrevivió Ulises a la catástrofe, pero sus hijos Ceteo y Proción, a quienes había ocultado cuando la irrupción tolteca, continuaron la obra hasta lograr el reflorecimiento de la heredad antes de la sumersión de la isla. Sin embargo, por haber escuchado el aviso de los sacerdotes, pudieron salir a tiempo de la isla y librarse del cataclismo final.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Neptuno Esposa, Heracles. Hijos: Albireo, Alcione, Psiquis, Leo. Hijas: Mercurio, Héctor.

Osiris     Padre, Cabrilla. Madre, Beatriz. Hermanas: Polar, Capricornio. Hermanos: Heracles, Mizar, Vulcano.

Urano     Padre, Alcione. Madre, Vega. Hermanos: Ulises, Vajra, Aquiles, Perseo, Rigel, Bellatrix. Hermanas: Selene, Aldebarán, Mira, Siria.

Alcione  Padre, Neptuno. Madre, Heracles. Tío, Osiris. Hermanos: Albireo, Psiquis, Leo. Hermanas: Mercurio, Héctor. Esposa, Vega. Hijos: Ulises, Vajra, Aquiles, Perseo, Rigel, Bellatrix. Hijas: Urano, Selene, Aldebarán, Mira, Sirio.

Albireo   Esposa, Concordia.

Psiquis   Esposa, Virgo. Hijos: Viola, Tauro, Orfeo. Hijas: Minerva, Tolosa.

Leo         Esposa, Alcestes. Hijos: Pegaso, Berenice, Leto. Hijas: Libra, Fomalhaut.

Ulises     Esposa, Focea. Hijos: Ceteo, Proción, Lacerta. Hijas: Cancer, Pólux.

Géminis Joven sacerdote del templo.

Alcor      Postulante del templo.

Ifigenia   Madre, Soma. Hijo, Telémaco. Hijas: Vega, Glauco.

 

 

VIDA XIX

 

Cuando las absolutas exigencias de la evolución no le llevan a otro país, nuestro héroe parece como si naturalmente gravitara hacia la gran madre India. Allí le vemos renacer esta vez también con cuerpo masculino el año 8775 antes de J. C., en la ciudad llamada Dorasamudra (hoy Halebidu), al Norte de Hassan, en Mysore. Fue su padre Proteo, y su madre Mercurio, santa mujer, famosa por su sabiduría. Recibió Alcione la que en aquel tiempo se consideraba exquisita educación, que consistía principalmente en aprender de memoria gran número de versos sobre las diversas materias de religión, historia, demótica, leves, medicina y aun matemáticas. Su madre tenía maravillosos conocimientos de todas estas ciencias, y su influencia le valió de mucho en todas ocasiones. Había en la religión del país multitud de ceremonias innecesarias, sobre cuya práctica enseñó Mercurio a su hijo, con lúcido criterio, que la vida virtuosa es de mayor importancia que mil ceremonias, y que la verdad, el honor y la bondad eran los sacrificios más aceptos a Dios.

Alcione aprendió de labios de su padre muchas invocaciones sacerdotales en cuya pronunciación puso tal vigor, que logró obtener respuesta de las entidades a quienes iban dirigidas. Tenía Alcione gran fuerza de voluntad no obstante sus pocos años, pero a veces torcidamente aplicada, como, por ejemplo, cuando le sorprendieron una vez en el momento de arrancarse la uña de un dedo por ver si podía soportar el dolor. Lo mismo que en el Perú le dio fama su rara habilidad en copiar los manuscritos del templo y su prodigiosa memoria para retener innumerables versos, si bien este último primor lo debía a la influencia de su madre.

A los veinte años de edad casó Alcione con Urano, hija de otro sacerdote, pues aunque en aquel tiempo no estaba completamente definida la casta de los brahmanes, había una como clase sacerdotal, con propensiones a mantenerse aparte de las demás gentes, y era natural, por lo tanto, que el hijo de un sacerdote se casara con la hija de un colega, si bien no era obligatoria la parigualdad de matrimonios. El padre de Urano gozaba de desahogado acomodo, pero no podía compararse en categoría a Proteo, que era hombre de poderosa influencia social, por hallarse al frente del templo metropolitano, magnífico edificio de piedra pulimentada y hábilmente esculpida. Cástor, rajá del país, sufragaba los gastos de este templo que pertenecía a la Casa real, y por ello influía Proteo poderosamente en los negocios del Estado, en calidad de consejero espiritual. Cástor dependía feudatariamente del soberano del país, llamado Marte, aunque excepto en lo referente a las relaciones con el extranjero, gobernaba autonómicamente.

Poco después del matrimonio de Alcione llegó al país procedente del Norte un hombre llamado Aries, que tenía fama de mago, no mal adquirida por cierto, pues gracias a sus profundos estudios había logrado efectivo dominio sobre algunas entidades astrales, y sus extensos conocimientos de química y electricidad le capacitaban para realizar experimentos que en aquellos tiempos parecían milagros. Todo ello fue causa de que Aries cobrase cada día mayor ascendiente en el ánimo de Cástor, a expensas de la influencia hasta entonces ejercida por el ortodoxo Proteo. Sin embargo, no se declaró Aries en franca oposición a Proteo, pues no era hombre de mal corazón, aunque aprovechaba toda coyuntura favorable a su encumbramiento. Más que la apetencia de lucro le estimulaba el afán de poderío y el placer sentido al realizar unos experimentos que tan profundamente impresionaban al pueblo. En cambio Proteo estaba disgustadísimo por el menoscabo de su influencia la disminución de ofrendas públicas, que naturalmente achacaba a la maléfica intervención de Aries.

Así continuaron las cosas por algunos años, cada vez con mayor aspereza, sobre todo desde que Cástor mandó edificar un templo servido por Aries, cuyo sacerdocio estuvo en notoria oposición con el de Proteo. Creía éste, y no tenía reparo en decirlo, que Aries era culpable de emplear formas ilícitas de magia, pues había adquirido no muy envidiable reputación, y si unos le admiraban, otros, por el contrario, le temían. Castor apremiaba sin cesar a Aries para que le iniciase en sus secretos ritos, a fin de dominar las fuerzas que intervenían en los experimentos, y a tanto llegó su imprudencia, que quiso probar por sí mismo la producción de varios fenómenos, con tan desgraciada suerte, que murió de resultas de uno de ellos.

Como era lógico, la voz pública imputó a mágicas artes la muerte de Cástor, y de este accidente se aprovechó Proteo, con fundamento, para acusar a Aries de haber preparado intencionadamente la muerte del rey, según demostraban todos los indicios. Rechazó Aries indignado la imputación, y dijo que Cástor había desdeñado cuantas advertencias le hiciera, provocando con ello la cólera de los espíritus. Esta infortunada ocurrencia exacerbó la acritud ya existente entre las dos sectas rivales, cuyos jefes maquinaron recíprocas conjuras, para combatirse, en la creencia de que el triunfo del contrario tendría desastrosos resultados en el país.

Como Cástor no había dejado hijos, el rey Marte envió al suyo llamado Ulises, a ocupar el trono vacante, y ambas sectas empezaron a laborar de soslayo para aquistarse la voluntad del nuevo reyezuelo. Los admirables prodigios de Aries ganaron el ánimo de Ulises, ya de sí ansioso de toda clase de fenómenos, hasta el punto de convertirse en fervoroso discípulo del mago. El triunfo de su rival apesadumbro de tal modo a Proteo, que de allí a poco se puso enfermo y murió de pena, aunque sus discípulos achacaron unánimemente la muerte a los hechizos de Aries. Difícil es decir si tenía o no fundamentos de verdad la sospecha; lo indudable es que, convencido Aries de que Proteo era hombre peligroso, se valió contra él de fuerzas mesméricas y elementales para debilitarle y acelerar su muerte. Así lo creyó Alcione, quien, no obstante su corta edad, sucedió a su padre en el oficio de sacerdote mayor del templo metropolitano, con plena conciencia de lo que debía hacer respecto de Aries y sus discípulos.

Entretanto no era muy dichosa la suerte de Aries. Sus más allegados discípulos aceptaron la declaración que hizo sobre las causas de la muerte de Cástor, pero el pueblo en general tenía dudas y sospechas, hasta el punto de haber muchas gentes desconfiadas y temerosas en el particular. También Ulises le fue con apremios parecidos a los de Cástor, si bien no deseaba tanto llevar a cabo por sí mismo los experimentos como que el mago obrase otros aun no vistos, sin creer que Aries hubiese agotado ya el repertorio. Por la insistencia del rey quedó forzado Aries a realizar algunos fenómenos en que no estaba muy seguro y, por lo tanto, hubo de sufrir serios fracasos que levantaron dudas en la mente de aquél.

Para consolidar su vacilante situación, recurrió Aries a todas las artes mágicas que poseía, sin reparar en si eran de índole tenebrosa, y por su medio tejió una especie de hechizo en torno de Ulises, de suerte que éste se convirtió en ciego instrumento suyo, sin voluntad propia. Pero aunque de este modo obtuvo completo ascendiente sobre el rey, no las tenía todas consigo, pues a fin de llegar a semejantes resultados, le fue preciso valerse de trampas y fraudes, cuyo secreto amenazó revelar un discípulo suyo llamado Escorpión, con intento de mantener siempre en jaque a Aries que, contra su gusto, se vio envuelto en siniestras tramas, entre ellas una cuyos pormenores no son del caso, pero que tenían por principal propósito apoderarse de Mizar, hermano menor de Alcione, y sumirle en las tenebrosidades de la magia negra. Los conjurados tenían alguna influencia en el ánimo de Mizar, por haber éste cometido ciertas indiscreciones juveniles que amenazaban descubrir en público, y además por la perspectiva que del poderío y riquezas le presentaban los seductores. Sin embargo, Mercurio estaba completamente resuelta a que ningún hijo suyo cayera bajo aquella funesta influencia, y al efecto apremió insistentemente a Alcione para que tomara definidas actitudes en el asunto y se declarara en abierta hostilidad si era preciso.

Sobre el caso dirigieron un memorial a Ulises con tales instancias, que no obstante la obsesión en que le tenían algunas de las entidades supeditadas a Aries, atendió los razonamientos de Alcione. Pero como viese Aries toda su traza en peligro, arremetió contra el flaco de Ulises, y le propuso la celebración de un auto público de magia, en el que se proponía triunfar por completo de su rival. Aficionado Ulises a toda clase de espectáculos, accedió gustoso a la propuesta, por verse libre de tomar una resolución, y en determinado día comparecieron ambas partes ante él rodeado de su corte.

Parecía muy desigual el certamen, porque Aries era hombre de conocimientos científicos dignos de su fama, aparte del auxilio que le prestaban las entidades astrales y del respeto que infundía su avasalladora presencia, ennoblecida por los años. En cambio Alcione era joven y relativamente indocto, pues carecía de cultura científica, y no llevaba otras armas que los himnos ortodoxos; pero su voluntad era firme, y estaba resuelto a salvar a su hermano a toda costa. Pidió consejo a Mercurio, quien le excitó a emprender la lucha con promesa de la victoria, no obstante las contrarias apariencias. El contraste entre ambos contendientes era más violento por cuanto Aries se presentó con magníficas vestiduras y rodeado de toda la comunidad de su templo, mientras que Alcione iba con el blanco traje de cotidiano de los sacerdotes ortodoxos.

Ulises estaba en su acostumbrada situación de parcialmente obsesionado, y pareció algo torpe y vacilante de palabra al abrir el certamen, en que por primera providencia debía su amigo y maestro Aries demostrar la verdad de sus experiencias. Había traído el mago a prevención una especie de trípode o altar portátil, sobre el cual quemó gran cantidad de incienso de cierta clase, en cuyos narcóticos efectos confiaba para el caso, pues solía operar sus prodigios a favor del sobreexcitado entusiasmo de los circunstantes, algunos de los cuales quedaban, no obstante, poseídos de terror. Finalmente concluyó con una larga diatriba, llamando a Mizar de entre el tropel de discípulos que a su vera estaban, y le conminó públicamente a que le prestase juramento de fidelidad, como así lo hizo el joven, supeditado por entero a la hipnótica influencia. Entonces recabó Aries de Ulises y sus cortesanos que atestiguasen aquel hecho, e inmediatamente se dirigió hacia Alcione que al otro lado del trono estaba, enfocándole toda su fuerza mesmérica, para inducirle a someterse también a él esclavamente. El flujo de fuerza dimanante de Aries quebrantó por un momento la firmeza de Alcione, pero en aquel punto vio claramente ante él a su madre y exclamó con gallardía:

"Voy a ti; pero no como esclavo".

Pasó Alcione por delante de Ulises, a quien saludó reverentemente, y fue a colocarse frente a frente de Aries, arrostrando su mesmírico poder Aries levantó los brazos como para maldecirle, mientras recitaba rápidamente algunos versículos; pero Alcione, sin pronunciar palabra, clavó sus ardientes pupilas en Aries y sobre él lanzó toda su fuerza de voluntad. Durante algunos minutos se mantuvieron frente a frente ambos contendientes, sin respirar siquiera, hasta que viendo Alcione decaer las fuerzas de su contrario, extendió hacía él su brazo y exclamó enérgicamente:

"Salga de ti el poder de que has abusado".

Apenas pronunciada esta imprecación, cayó Aries desvanecido al suelo, y entonces se volvió Alcione a Ulises para decirle:

"¡Oh rey! Despierta. ¡Levántate, desecha esta maléfica influencia y menosprecia los demonios que se habían apoderado de ti! ¡Recóbrate de tinieblas a luz!"

se puso el rey de pie, como movido de sobresalto, y bajando las gradas del trono hasta carearse con Alcione, le dijo:

"¿Qué me hiciste, que tal mudanza se ha operado en mí?"

Alcione respondió:

"Nada hice, ¡oh rey! Pero el poder de la Divinidad se ha manifestado para librarte de la prisión en que este hombre te había recluido".

Ulises repuso dirigiéndose a sus cortesanos:

"Verdaderamente es cierto lo que dice, porque me parece como si hubiera escapado de tenebrosa mazmorra, y advierto que antes estaba atado y ya estoy libre".

Volviéndose entonces hacia Alcione prosiguió diciendo:

"¡Oh tú, que esto hiciste por mí! Desde este momento te transfiero las rentas y honores del vencido, contra cuyas malas artes prevaleciste, y te ruego me instruyas en una magia que tan fácilmente ha triunfado del prodigio mago que conocimos".

Alcione respondió:

"No hay en esto magia alguna, ¡oh rey!, sino voluntad firme, corazón puro y sentimiento de justicia. De todos modos, te doy gracias por tu munificencia, y si tal es tu voluntad, te ayudaré gustoso a reparar el daño hecho. Pero ante todo permíteme llamar a mi hermano".

Con la mirada llamó junto a sí a Mizar, que obedeció voluntariamente, porque el fracaso de su jefe le había redimido de la hipnótica influencia y despertado repugnancia a la magia negra que hasta entonces tuviera en tanta estimación. Veía, además, el rostro de su madre, y animado por las nuevas influencias, se acercó alegremente al lado de Alcione, sin darse cuenta de cómo había podido apartarse de él. Despidió Ulises a los circunstantes, y luego que estuvo solo con Alcione, le ofreció toda su ayuda y protección en servicio del templo ortodoxo. Con la Colaboración de su madre logró Alcione divertir por completo el ánimo de Ulises de la afición a los fenómenos, y llevarle a considerar las eternas verdades concernientes a la vida y a la muerte con el deseo de entrar resueltamente en el sendero de perfección. Así se cumplió lo que Mercurio le profetizara en la vida décimotercia, cinco mil años antes.

Ulises, por su parte, quedó agradecidísimo a Alcione, y le colmó de honores, sin contar con el prestigio que su triunfo le dio en todo el reino, porque Aries ya no volvió a figurar para nada en la vida pública, ni tuvo en adelante poder alguno sobre las entidades que hasta entonces le ayudaron en su nefasta obra, y aun parece que sus nervios se alteraron, y perdió los conocimientos físicos que poseía, como si el tremendo esfuerzo de voluntad realizado en el momento decisivo de la prueba, le hubiese secado el cerebro y corroído la memoria. La mayor parte de sus discípulos le abandonaron, y Ulises nada quiso hacer por él, diciendo que bastante se había nutrido a sus expensas. La parcial ofuscación de la memoria puede considerarse, después de todo, como una merced; pues hubiera sido en extremo infeliz, si recordara el tremendo cambio sufrido en su fortuna. Sin embargo, la debilidad cerebral fue aumentando con los años hasta que degeneró en idiotismo puramente animal.

Desde que Alcione era consejero áulico de Ulises, estuvo éste en frecuente relación con Mercurio, a quien respetaba muy mucho, y gracias a ella le fue concedida a Aries una pensión que le bastase al sustento en el resto de sus días. Ulises refirió con tan vivos colores a su padre el Mahârâjâ lo sucedido, que excitaba la curiosidad de éste por el relato, mandó que Alcione y Mercurio se presentaran en la capital. Les recibió Marte con gran pompa, y después de conferenciar varias veces con ellos, quiso que Alcione se quedara al frente de uno de los principales templos. Difícil era rehusar tan munificente oferta, pero después de consultado detenidamente el caso con su madre, suplicó Alcione al rey que le permitiera restituirse a su templo, pues tenía el convencimiento de cumplir con ello un deber respecto de su difunto padre, aparte del auxilio que había de prestar a Ulises, por quien sentía grave responsabilidad. Marte se conformó penosamente con esta decisión por miramiento a Mercurio, y aunque hubiera querido tenerlos siempre a su lado, consintió en dejarlos partir, con la promesa de que en adelante mantendrían activa correspondencia que, de cuando en cuando, completaron las visitas de Marte a Dorasamudra.

La influencia de Alcione sobre Ulises tuvo efectos en extremo benéficos, porque, sin ella, tal vez se hubiese extraviado el joven reyezuelo por caminos licenciosos. Tenía Ulises en su carácter dos aspectos igualmente vigorosos. Por una parte mostraba viva afición a los fenómenos producidos por ocultos poderes y era amante del progreso de su pueblo, mientras que por otra estaba contaminado de pasión sensual, hasta el punto de vulnerar sin miramiento el derecho ajeno, y de no cumplir los deberes de su posición. Los consejos y la influencia de Alcione modificaron algún tanto su carácter y dieron largas treguas a los arrebatos que frecuentemente le acometían, y en general se mantuvo dentro de circunspectos límites. Bajo la dirección de Alcione llevó Ulises a cabo varios proyectos de mejora social, cuya oculta promovedora era Mercurio, y el pequeño reino llegó a ser de este modo uno de los más florecientes del sur de la India.

Muchos años transcurrieron en esta prosperidad. La muerte de Mercurio sumió en tristeza a Ulises y Alcione, y como pocos años después muriese también el Mahârâjâ, hubo de transmitir Ulises sus energías al gobierno del vasto país. Reiteró entonces a Alcione la oferta que de establecerse en la capital le había hecho su padre, confesando que le era deudor de todas las mejoras realizadas en Dorasamudra, y, por lo tanto, no creía con fuerzas bastantes para asumir sin el mismo auxilio y guía la responsabilidad de tan grave cargo. Alcione se resistió durante mucho tiempo a la solicitación, pero como su primogénito Siwa tenía ya la edad conveniente y era capaz y gustoso de encargarse del gobierno del templo, cedió por fin al deseo de Ulises y ambos se encaminaron a su nuevo destino. Alcione quedó al frente del templo metropolitano de la capital, cuya dirección desempeñó digna y acertadamente; y aunque tanto él como el nuevo Mahârâjâ echaban de menos los consejos de Mercurio, fueron capaces de salir airosos mediante la aplicación de las máximas aprendidas de su boca.

En la capital permaneció Alcione hasta su muerte, honrado y reverenciado por todos, y le sucedió su hermano Mizar. A pesar de la utilidad que al país prestaba en el desempeño de su cargo, tuvo Alcione frecuentes ansias de vida más activa, y emprender con Ulises campañas que le permitieran ejercer la profesión de soldado, como si ésta le atrajera con mayor empuje que la de estudiante y sacerdote. Murió Alcione en paz a los ochenta y tres años, con merecida fama de sabiduría y santidad.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Marte     Mahârâjâ. Esposa, Corona. Hijo, Ulises.

Mercurio    Padre, Píndaro. Madre, Cruz. Hermanos: Aletheya, Dorada. Hermana: Lira. Esposo, Proteo. Hijos: Alcione, Mizar. Hija, Partenope.

Urano     Esposo, Alcione. Hijos: Siwa, Betelgeuze, Irene, Sagitario. Hijas: Acuario, Algol, Canopo, Arturo.

Neptuno Padre, Betelgeuze. Madre, Ausonia. Hermano, Proserpina. Hermana, Minerva.

Alcione  Padre, Proteo. Madre, Mercurio. Hermano, Mizar. Hermana, Partenope. Esposa, Urano. Hijos: Siwa, Betelgeuze, Irene, Sagitario. Hijas: Acuario, Algol, Canopo, Arturo.

Mizar      Esposa, Polar. Hijos: Iris, Tifis. Hijas: Cisne, Auriga, Altair.

Partenope Hermano, Alcione. Esposo, Ifigenia.

Betelgeuze         Esposa, Ausonia. Hijos: Proserpina, Neptuno. Hija, Minerva.

Irene      Esposa, Régulo.

Sagitario    Esposa, Elsa. Hijo, Olímpia. Hijas: Pomona, Sirona.

Acuario  Esposo, Dragón. Hijas: Fénix, Tolosa, Lomia.

Algol       Esposo, Calíope. Hijas: Telémaco, Daleth.

Canopo Esposo, Centauro. Hijos: Juno, Hebe. Hijas: Estrella, Clio.

Arturo     Esposo, Beth.

Fides      Esposa, Cisne. Hijo, Glauco. Hija, Gimel.

Olímpia  Esposa, Soma. Hijo, Alef.

Cástor    Râjâ.

Ulises     Râjâ. Esposa, Orfeo.

Aries      Mago.

Melete    Protector de Proteo y Alcione. Esposa, Wenceslao. Hijos: Fides, Argos. Hijas: Casiopea, Andrómeda.

Ceteo     Protector de Aries.

Escorpión Traidor.

 

 

VIDA XX

 

De nuevo nos encontramos en la India, donde Alcione nació esta vez en el distrito de Peshawar, el año 7852, de familia perteneciente la casta de los kshatryas, a la sazón llamados "rajanes". Por entonces había, según parece, tres castas tan solo: brahmanas, rajanas y visas, que en un principio pertenecieron, por lo visto, a otras tantas razas distintas. Los brahmanas eran arios casi puros; los rajanas habían mezclado su sangre con la de la antigua aristocracia tolteca; y los visas eran arios mezclados con otras sub-razas atlantes, especialmente mogoles y tlavatlis, con reminiscencias de las últimas sub-razas lemurianas. Estaban permitidos por entonces los matrimonios entre las tres castas, pero en modo alguno fuera de ellas, si bien ya se iniciaba la costumbre de limitar el enlace a la propia casta.

Alcione era hijo de Aurora, caudillo de menor cuantía, aunque muy famoso por su denodado esfuerzo. Su madre era Vajra, mujer animosa y un tanto hombruna. Pelear parecía la única ocupación de esta casta, y en ella perseveraban sin desmayo, como si les moviese el capricho de verter sangre estérilmente. La parte del país en que vivía Alcione, estaba dividida en varios reinezuelos en perpetua guerra. De cuando en cuando un caudillo más valeroso sometía a los demás y se enseñoreaba de su territorio, hasta que al morir volvía a dividirse con repetición indefinida de los mismos ciclos de conquista e independencia.

Todo esto influía en la masa de la población mucho menos de lo que pudiera presumirse, pues la agricultura y el comercio estaban bastante florecientes y tan sólo los militares de profesión iban a la guerra, si bien ningún hombre podía eludir del todo sus peripecias. Raro estado de cosas era el de aquel pueblo que no tenía existencia segura a pesar de su adelantada civilización. No había allí gobierno fijo con leyes estables sino un continuo batallar e ir y venir en sitios de ciudades y expediciones belicosas. Los arios no se habían establecido aún definitivamente, y puede decirse que entonces se iniciaba el empuje de la final inmigración. Por los años de 9700 antes de J. C, habían  salido los últimos arios del reino central de Asia rodeado por el mar de Gobi; pero como la India estaba ya densamente poblada, fueron aquellas huestes mal recibidas. Durante dos mil años quedaron detenidas en Afghanistán y Beluchistán, y la mayor parte de ellos descendieron en partidas sueltas e individualmente a las llanuras en son de paz y amistad. Sin embargo, de cuando en cuando facciones militarmente organizadas incurrían en territorio ario, y cierta vez sobrevino una invasión de mogoles que devastaron los países colindantes y con mayor estrago el en que vivía Alcione. Por entonces acababa de desmembrarse una vasta monarquía por muerte del soberano, y estaban los reyezuelos disputándose arma al brazo la vacante corona.

La fe religiosa difería en aquellos tiempos del moderno hinduismo. Las personas de la Trinidad eran Agni, Indra y Surya, sin que tuviesen todavía el más elevado concepto de Shiva, Vishnu y Brahmâ. Practicaban con largueza el sacrificio de animales, sobre todo el de caballos, llamado ashwamedha, que parecía el más aceptado. Creían que cien sacrificios de esta clase encaramaban a un hombre a mayor altura que Indra.

Alcione y sus padres tenían íntima amistad con una familia brahmana que ejerció poderosa influencia en su vida. Componían aquella familia el brahmana Saturno, su esposa Mercurio, su primogénito Brhaspati y sus hijas Neptuno, Orfeo y Urano. Puede afirmarse que la amistad con esta familia fue el único aspecto evolutivo de la presente vida de Alcione, pues los demás no ofrecen agradable materia a la contemplación. Conviene recordar que en la vida anterior, no obstante la poderosa influencia que como instructor religioso ejercía, sintió Alcione anhelos belicosos con envidia de la suerte del soldado, por lo que parece probable que la actual reencarnación fuese una directa respuesta a aquellas ansias, con objeto de que el Ego se curase de una vez para siempre de aquella ilusión, con el hastío de la efímera gloria que le pudiera deparar el campo de batalla.

Entró Alcione entusiasmado en la vida militar, pero muy luego se disgustó de ella y hubiera querido volver a la que ocho siglos antes no le satisficiera por completo. Muy joven todavía, se sintió fatigado de aquel perpetuo combatir, pues aunque era valeroso y entendido, le repugnaba la crueldad necesaria en aquellos tiempos a todo caudillo militar, y le inspiraban profunda compasión los heridos de uno y otro campo. Algo de esto le decía Alcione a su madre, quien le trataba de afeminado con intento de disipar sus escrúpulos; pero entonces acudía Alcione a su amigo y compañero Brhaspati que, como brahmana, simpatizaba por completo con sus sentimientos respecto a la malicia e inutilidad de toda matanza sistemática. Brhaspati refirió el caso a su madre Mercurio, cuyos consejos eran de inestimable valía, y con ella tuvo Alcione largas pláticas en las que, lejos de ridiculizar su opinión, la diputó por muy razonable y muy de conformidad con la suya propia. Sin embargo, añadió que, puesto que había nacido en la casta rajana, no por acaso, sino a consecuencia de algún pensamiento o acción previa, debía satisfacer, aun a disgusto, el tradicional honor de su casa y cumplir con los deberes de su estado y posición, hasta que los dioses fuesen servidos de libertarle, como lo serían en cuanto llegara la oportunidad de tiempo.

En consecuencia, prosiguió Alcione durante muchos años presenciando escenas tormentosas, cruentas, repugnantes a su temperamento, siempre cansado de aquella vida, y deseoso de entregarse al estudio y la meditación. Por fin, a los cincuenta años de edad, quedó Alcione manco del brazo derecho en una batalla, de modo que su invalidez no le permitió continuar militando. Luego de restablecido, trasladó Alcione su residencia a casa de Mercurio y Brhaspati, por calurosa invitación de éstos, y puede decirse que en realidad ingresó en la casta brahmana, pues parece que en aquel tiempo era posible el traslado de una a otra casta. Entonces comenzó el espectáculo verdaderamente feliz de su vida, y se tuvo por dichoso de que el accidente le hubiese forzado a retirarse del servicio militar, cuya experiencia despertó en él tan profunda aversión a todo cuanto trascendiese a guerra, que jamás en vidas futuras volvió a sentir belicosos anhelos; y aunque a veces se vio atormentado por vacilantes dudas, jamás se complugo en semejante deseo.

Su adhesión a Mercurio fue inquebrantable desde entonces, y su muerte le causó profunda y prolongada tristeza. Quedase después con Brhaspati, para tomar parte en las ceremonias del templo (a pesar de que su condición de lisiado le excluía evidentemente de ellas) y estudiar con ardor la filosofía, hasta que en el año 7774, cuando ya tenía Alcione setenta y ocho, invadieron de nuevo los tártaros el país con espantable estrago y matanza. Sublevase el ánimo de Alcione contra tan bárbaro enemigo, y sintió renovársele las ansias de pelea con tales ímpetus, que cuando ya la ciudad estaba a punto de caer en poder de los invasores, se ofreció Alcione a sufrir la suerte de sus compañeros de armas, y peleó con todo el denuedo que le consentía su único brazo.

Abrumados por el número los defensores, tuvieron que cejar en su ya temerario empeño; pero por no caer en manos del vencedor, se dieron unos a otros la muerte. Así murió Alcione. En esta existencia fue Rigel su esposa, de quien tuvo dos hijos, Perseo y Mizar, que perecieron con él. También tuvo una prima llamada Cisne, que le profeso entusiasta admiración.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Saturno  Brâhman. Padre, Virâj. Madre, Heracles. Hermana, Vulcano. Esposa, Mercurio. Hijo, Brhaspati.  Hijas: Neptuno, Orfeo, Urano.

Alcione  Padre, Aurora. Madre, Vajra. Esposa, Rigel. Hijos: Perseo, Mizar. Prima, Cisne.

Mizar      Esposa, Soma.

Perseo   Esposa, Telémaco.

Cisne     Esposo, Ifigenia.

Orfeo     Esposo, Glauco.

 

 

VIDA XXI

 

Tras siete vidas sucesivas en cuerpo masculino, nace nuestro héroe con sexo femenino el año 6986 antes de J. C, en el poderoso reino de Egipto. Diéronle al nacer el nombre de Sebek-neferu-râ, y fue hija de Sirio, gobernador de provincia, hombre muy influyente en el país, de rancia nobleza y muy considerado en la corte del Faraón. Su madre, Osa, era de raza blanca, hija de un caudillo medio salvaje de las cercanías del Atlas, por lo que jamás se sacaba a relucir la ascendencia materna de Alcione.

Osa no quería mucho a su hija, porque esperaba varón;  pero en cambio, el padre la amaba con delirio. Cuando año y medio después tuvo Osa un hijo (Egeria), concentró en él todos sus amores, con descuido del que a Alcione debía y, en consecuencia, se estrechó más aun el cariño que a padre e hija ligaba. Osa era muy altanera e impulsiva, por más que trataba de dominarse. Sirio, al contrario, era de carácter tranquilo y resuelto.

Excelente educación recibió la niña Alcione, cuya aguda inteligencia, espíritu observador y exquisita sensibilidad estaban contrariados hasta cierto punto por lo reservado y tímido de su carácter. Durante la infancia y adolescencia no se apartó mucho del lado de su padre, quien, a petición propia, la retuvo en calidad de secretario, cuyo cargo desempeñó idóneamente. Al cumplir Alcione quince años, tuvo Sirio una molesta enfermedad, durante la cual llevó ella con mucho acierto la mayor parte del despacho, sin necesidad de consultar a su padre y actuando gallardamente en su nombre. Sin embargo, no quiso firmar ninguna sentencia de muerte en caso alguno, aunque ejerció los demás poderes de la jurisdicción gubernativa de su padre con el sello oficial. Cuando Sirio estuvo ya restablecido, confirmó las resoluciones de su hija que necesitaban sanción personal, y le satisfizo cuanto había hecho. Dos años más tarde falleció Osa, a consecuencia de una enfermedad consuntiva, tras terribles sufrimientos. Alcione la cuidó solícitamente todo aquel tiempo, mientras que Egeria, el hijo por cuyo amor había desdeñado Osa el de Alcione, pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa, y sólo de tarde en tarde iba a ver a su madre. En aquella última enfermedad reconoció Osa que no se había portado justamente con Alcione, llevada del ciego amor tan inconsideradamente puesto en su hijo.

Después de la muerte de Osa, pidió la mano de Alcione un joven de su misma alcurnia, a quien ella no recibió con desvío, pero sí con el sentimiento de verse obligada a separarse de su padre, el cual, por su parte, también presagiaba que la vida no le había de ser posible sin su hija. Sin embargo, le estimuló a aceptar por marido al joven pretendiente, cuyo afecto parecía sincero, y en consecuencia, se casó con él Alcione, y fue dichosa, aunque siempre suspiró por la feliz época de su infancia. Las ceremonias religiosas de aquel tiempo la emocionaban profundamente y le parecían de absoluta realidad mientras duraban. El pomposo ritual egipcio, las magníficas procesiones por el Nilo, los himnos y danzas en honor de los dioses, los prodigios de magia que operaban los sacerdotes y las eventuales apariciones de las divinidades ejercían poderosa influencia en sus sentimientos y desempeñaron importantísimo papel en su vida.

Tuvo Alcione once hijos, a quienes amó entrañablemente. Eran muy hermosos y formaban lindo cuadro cuando se reunían en torno de su madre, que vivió exclusivamente para ellos, pues miraba la política como función fatigosa, aunque, cuando era preciso, sabía desempeñar su papel de gran señora y se portaba generosa y justamente con cuantos de ella dependían. Su hermosura física le atrajo numerosos solicitadores, a quienes, sin excepción, rechazó para ser fiel a su marido.

Cierto día, un viejo llamado Tetis, mercader ambulante, amenazó a Alcione, si no le entregaba dinero, con publicar la historia de su madre, cuya juventud había sido muy borrascosa. Ya dijimos que Osa era de carácter impulsivo y voluntarioso. En su mocedad se negó a casarse con el joven que su padre le designara por marido, y se escapó con un casado, quien, luego de satisfecha en ella su pasión, la abandonó inconsideradamente. A esto recurrió el villano Tetis para amenazar a Alcione con el escándalo y herir la memoria de su madre. Alcione, que era muy altiva en este particular, y por otra parte, ignoraba cómo tomaría su marido la revelación de aquel pasado, se avino en un momento de flaqueza a comprar el silencio del malvado, bajo cuya influencia quedó sujeta desde entonces, hasta el punto de que, para satisfacer, sus despiadadas exigencias, hubo de malvender  todas sus alhajas.

Sin embargo, uno de los hijos de Alcione, el niño Helios, a la sazón de catorce años, sorprendió una conversación de su madre con el opresor, e indignado por la insolencia de éste, arremetió contra él y le quitó la vida. Alcione llenase de inquietud y sobresalto, a la vista del cadáver, aunque por otra parte se sintió como aliviada de un gran peso, y entre ella y Helios lo arrojaron secretamente por la noche al río. El temor de que se descubriese el asesinato, atormentó por mucho tiempo a Alcione, pero su hijo no pareció conturbarse gran cosa por ello. Nada más se dijo del asunto, porque no salió el cadáver a flote, y cuantos le conocían, supusieron a Tetis en una de sus habituales ambulancias mercantiles.

Cuando Alcione tenía treinta y siete años, murió Sirio, cuya pérdida puso en tan grave aflicción a su hija, que malparió de resultas. Otro de los hijos hizo pruebas mediumnísticas, y logró ver y hablar a Sirio, lo que trajo gran consuelo a Alcione. Por mediación de este hijo (Demetrio) le dio Sirio muy buenos consejos, que la consolaron de su ausencia del plaño físico. En vida había demostrado Sirio mucho interés por el servicio del templo y sus ceremonias mágicas, sobre cuyos puntos departió frecuentemente con Alcione en lo que era lícito comunicar, y aun después de muerto prosiguió hablando de estos asuntos. Sin embargo, el marido de Alcione no parecía comprender aquellas cosas ni se cuidaba de ellas, por más que estaba orgulloso de su esposa y la trataba con mucho afecto. Era hombre de acomodada posición y muy influyente, pero de ideas más mundanas y no tan religiosas como las de su mujer, si bien con frecuencia se acomodaba a la opinión de ella y le reconocía cierta especie de inspiración.

Ningún suceso de monta ocurrió en esta vida de Alcione, quien con las ordinarias penas y alegrías de toda existencia humana, cumplió noble y firmemente sus deberes, no sin dificultades ni tropiezos. Se mantuvo alejada de las conjuras y conspiraciones sociales y políticas, tan frecuentes en aquella época, y con ello se aquistó el respeto y la consideración merecidos por su jamás desviada conducta. Vivió hasta la edad de setenta y siete años, rodeada de numerosa prole de hijos, nietos y bisnietos, conservando hasta el último instante la plenitud de sus facultades y la viveza de sus sentimientos. Su marido había muerto algunos años antes.

Parece ser que así como el hastío de la vida sacerdotal condujo a Alcione a una existencia de lucha, así también el disgusto de los combates la llevó a la placida y monótona vida del hogar. Tan cierto es que todo ferviente anhelo tiene su propia satisfacción y cumplimiento.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

PRIMERA  GENERACIÓN

 

Marte     Faraón. Padre, Virâj. Madre, Corona. Esposa, Vulcano. Hijo, Heracles.

Saturno  Hermano, Brhaspati. Hermana, Selene. Esposa, Júpiter. Hijos: Lira, Palas. Hija, Venus.

Brhaspati  Esposa, Mercurio. Hijos: Neptuno, Píndaro, Mizar, Sirio. Hijas: Osiris, Orfeo, Vajra.

Selene   Esposo, Aquiles. Hijos: Aldebarán, Vega, Vesta. Hijas: Aurora, Beatriz.

Calíope  Esposa, Ifigenia. Hijos: Glauco, Alef. Hija, Elsa.

 

SEGUNDA  GENERACIÓN

 

Neptuno Esposa, Urano. Hijos. Albireo, Centauro. Hijas: Algol, Wenceslao.

Osiris     Esposo, Aldebarán. Hijos: Proteo, Psiquis. Hijas: Aries, Casiopea.

Heracles   Esposa, Lutecia. Hijos: Deneb, Teodoro. Hija, Géminis.

Píndaro  Esposa, Beatriz. Hijos: Cástor, Aleteya. Hijas: Virgo, Tauro.

Mizar      Esposa, Elsa. Hijos: Fomalhaut, Ayax. Hijas: Bellatrix, Acuario, Régulo.

Sirio        Esposa, Osa. Hijo, Egeria. Hija, Alcione.

Orfeo     Esposo, Vega. Hijos: Betelgeuze, Tifis, Iris. Hijas: Rigel, Andrómeda, Auriga, Altair.

Vajra      Esposo, Melpomene.

Tetis       Viejo mercader. Intrigante.

 

TERCERA  GENERACIÓN

 

  1. Esposa, Casiopea. Hijos: Clio, Héctor, Proserpina. Hija, Berenice.

Centauro   Esposa, Altair.

Algol       Esposo, Aleteya. Hijos: Dorada, Viola. Hija, Ofiuco.

Régulo   Esposo, Proteo. Hijos: Irene, Olímpia. Hijas: Adrona, Minerva.

Egeria    Esposo, Flora. Hija, Soma.

Alcione  Esposo, Antares. Hijos: Leo, Ulises, Helios, Leto. Hijas: Mira, Canopo, Libra, Demetrio, Lomia.

Boreas   Criado fiel.

 

CUARTA  GENERACIÓN

 

Clio         Esposa, Trapecio. Hija, Markab.

Leo         Esposa, Cruz. Hijos: Perseo, Sagitario, Argos. Hijas: Arturo, Dragón.

Ulises     Esposa, Capricornio. Hijos: Ceteo, Pólux. Hijas: Polar, Alcor.

Helios    Esposa, Alcestes. Hijos: Cabrilla, Siwa. Hijas: Ausonia, Concordia.

Leto        Esposa, Pegaso. Hijo, Pomona. Hijas: Fénix, Sirona.

Mira        Esposo, Viola. Hijos: Melete, Hebe. Hijas: Safo, Juno, Lacerta.

Canopo Esposo, Proserpina. Hijos: Beth, Gimel, Daleth. Hijas: Partenope, Telémaco.

Demetrio   Esposo, Proción. Hijos: Fides, Tolosa. Hija, Focea.

 

 

 

QUINTA  GENERACIÓN

 

Perseo   Esposa, Juno.

Arturo     Esposo, Hebe. Hijo, Fortuna. Hija, Estrella.

Pólux     Esposa, Lacerta.

Cabrilla  Esposa, Safo.

Concordia Esposo, Melete.

 

 

VIDA XXII

 

Al cabo de un período de cerca de mil años renació Alcione, también con cuerpo femenino, en una ciudad subalterna llamada Atinapura, próxima a Ujjaín, en el reino de Malwa. Fue hija de un brahmán que gozaba excelente reputación de astrólogo, a quien multitud de gentes acudían desde muy lejos a consultar. Daba buenos consejos y solía acertar en sus pronósticos; pero era de carácter tan altivo y tiránico, que si alguien no seguía sus consejos, se negaba a recibirle en adelante por muy pingüe estipendio que le ofreciese. Ganaba mucho dinero y repartía muchas limosnas, pero era de difícil trato, porque se empeñaba en regular astrológicamente todos los pormenores de su vida y de las ajenas. Así ocurría que de cuando en cuando pasaba todo un día la familia sin comer porque, según él, no eran las influencias favorables para guisar, y otras veces mandaba levantar a todos los de la casa a media noche, porque el siniestro aspecto de las estrellas sólo podía conjurarse por medio de oraciones y ceremonias. Sacaba los horóscopos de sus hijos y les instaba a que conformasen su vida con ellos. Predijo que Alcione había nacido destinada a rigurosas austeridades, en penitencia de algún crimen previo que no le era posible definir, y también para alcanzar el favor divino sobre el país y disponerse a un glorioso futuro.

La niña abrazó sinceramente la vida contemplativa y austera; pero tuvo dificultades para perseverar en ella, y con frecuencia deseaba no tener destino especial y ser como las demás niñas. Sin embargo, otras veces creía firmemente en los vaticinios de su padre, y se entregaba con entusiasmo al misticismo, hasta el punto de que, en distintas ocasiones demostró facultades psíquicas y tuvo grandiosas visiones que con el tiempo se reprodujeron cotidianamente. Pero Alcione era de muy débil complexión física, y a los diecisiete años se la llevó al sepulcro una fiebre infecciosa. El padre se afligió sobremanera por la muerte de su hija, y aún tuvo mayor pesar por el fracaso de sus profecías.

Esta corta vida de Alcione atrae la curiosidad del observador porque no tiene visible relación con las precedentes ni con las venideras. Sin duda, apuró en ella buena parte de mal karma, aunque más parece que fue un buen descanso en la marcha. Desde la última existencia habían transcurrido cerca de mil años, y como no le ocurrieron cosas señaladas, bien pudo ser que en la presente no alcanzaran las fuerzas espirituales a dilatarse en mayor período de tiempo. Necesitó Alcione trescientos años para encontrar en Kathiawar al grupo a que pertenecía, y esta breve encarnación intermedia con la vida celeste, que fue su premio, computaron casi cumplidamente el tiempo requerido. Sus relaciones con el padre astrólogo debieron ser algún residuo kármico, pues ya no volvieron a convivir desde entonces.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Alcione  Padre, Focea. Madre, Camaleón.

 

 

VIDA XXIII

 

Después de una corta vida apartada de sus habituales amigos, volvió Alcione esta vez al seno de su grupo con viva alegría de su corazón, pues de nuevo estuvo a los pies de Mercurio y otra vez casó con Mizar, y por segunda en las treinta vidas fue Sirio su gemelo. Nacieron el año 5635, en Girnar, del reino de Kathiawar, y eran hijos de Corona, reyezuelo del país. Alcione amaba con indecible pasión a su hermano Sirio, y sabía lo que le estaba sucediendo a cualquier hora, y aun en ocasiones predecía lo que le iba a ocurrir. De niño, cayó una vez Sirio del caballo con tan violenta conmoción cerebral, que quedó algún rato sin sentido. En el mismo instante, Alcione (llamada en esta vida Chandrakirti), que estaba en la casa paterna, a no pocas millas de distancia, exclamó: "¡Sirio se ha caído!", y al punto cayó desmayada. Otro día notaron en casa la falta del chico, y su madre, Leo, temerosa de que se hubiese caído al pozo, reprendió severamente a la criada por su falta de vigilancia; pero Alcione exclamó: "No tengas cuidado, madre, ni regañes a Biru (la criada), porque mi hermanito está en la montaña muy cansado. También lo estoy yo, y en cuanto él venga, nos iremos a la cama; pero no le ha sucedido nada malo".

Los gemelos se ponían enfermos y recobraban la salud los dos a un tiempo, y parecía como si mutuamente se adivinaran el pensamiento o, mejor dicho, que pensaran lo mismo, pues tenían idénticas simpatías y aficiones respecto de personas y cosas. Según iban creciendo, no era tan sorprendente la paridad en todos pormenores, y aunque seguían teniendo los mismos pensamientos, discrepaban en el vigor y energía de su concepción. Decía la gente que eran dos cuerpos con una sola alma; pero, en realidad, había sido distinta la línea de evolución de uno y otra. Físicamente se parecían como dos gotas de agua, con la única diferencia de que el hermano era algo más alto. Uno de los mayores goces de Alcione consistía en ponerse los trajes le su hermano para que los criados la confundieran con él, como sucedía casi siempre, hasta el punto de salir fuera de casa seguido de ellos, sin que nadie sospechara la suplantación.

Sin embargo, las características morales de los gemelos eran muy distintas, pues mientras en Alcione brillaban, la firmeza y gravedad de carácter, Sirio se distinguía por el suyo arrebatado e impulsivo y algunas veces impaciente y colérico. Siempre estaba dispuesta a sacrificarse por su hermano, quien recíprocamente la quería en extremo, y hubiera hecho todo lo posible por ella. Insistió Alcione en recibir la misma educación que Sirio y aprender cuanto él aprendiera, con lo que acopió gran suma de conocimientos, no comunes en las muchachas indas de su tiempo. A los catorce años se le deparó a Sirio la primera oportunidad de ir a la guerra, y Alcione solicitó acompañarle, pero, como se comprende, no quiso su padre, y aun el mismo Sirio con el ardor del bisoño dijo que no les sentaba bien a las mujeres guerrear como los hombres, aparte de que no podría él pelear con denuedo sabiendo que su hermana estaba en peligro.

Indignase Alcione por la negativa y se encerró en su aposento de la torre del homenaje; pero había hecho propósito de llevar a cabo su intento a despecho de todos y lo realizó, en efecto, disfrazada con las ropas de un mancebo de su edad llamado Mizar (hijo de Andrómeda, personaje influyente en la corte), quien amaba en secreto y sin esperanza a la doncella y hubiera hecho por ella cualquier cosa. Había sido Mizar compañero de juego de los gemelos y estaba, como decimos, rendidamente enamorado de Alcione, pero sin atreverse a aspirar a la mano de la hija del rey.

Cuando Alcione se vio en las filas del ejército en campaña, emocionase algún tanto, pero se mantuvo cerca de su hermano, y tuvo la buena suerte de poderle salvar la vida, porque mientras estaba él peleando cuerpo a cuerpo con un enemigo, le acometió otro por la espalda y allí le quitara la vida, si Alcione no se interpusiera vivamente, arremetiendo contra el agresor en personal combate, cuyos incidentes dieron con ambos en el suelo. Quiso la mala suerte de Alcione que cayera debajo de su enemigo, quien ya tenía levantada en alto la lanza para atravesar de parte a parte al vencido, cuando Sirio, que un momento antes había reconocido a su hermana por el grito que ésta diera al arremeter contra el acometedor, se volvió pronto como el rayo en el instante de matar al primer enemigo, y con su espada cercenó el brazo que amenazaba acabar con la vida de Alcione. Dejó entonces Sirio a su hermana bajo la custodia de algunos soldados, y terminada felizmente la batalla, regresaron ambos en triunfo al palacio de su padre.

No pudo Sirio reconvenir a su hermana por haber asistido a la batalla, pues al fin y al cabo le había salvado la vida, como él la de ella; pero le exigió promesa de no repetir el intento, porque muy tremenda había sido la emoción por él sufrida, al oír la voz de ella y conocer que peligraba su vida, en cuya defensa empleó toda la energía de su corazón y todo el esfuerzo de su brazo, que mucho se necesitaba para cercenar tan en redondo el brazo de un hombre. Mantuvo Alcione la promesa, y de allí en adelante no volvió a la guerra, aunque cuantas veces se encendía, era motivo de mayor tortura para ella que si hubiese estado junto a él, pues veía psíquicamente los peligros que le cercaban y no le era posible auxiliarle físicamente.

Al llegar a edad conveniente, solicitó la mano de Alcione el hijo de un reyezuelo vecino, pero ella no quiso en modo alguno separarse de su hermano. Le enojó al padre la negativa, pero Sirio abogó en su defensa, y por fin convinieron en excusar la pretensión del vecino con tal que Alcione se casara con Mizar, hijo primogénito, según queda dicho, de un influyente cortesano. Satisfizo en extremo a Sirio esta solución, y no menos se alegró de ello Alcione, porque se bahía estipulado que el joven matrimonio habitara en un ala de palacio, y así no se apartaba ella de Sirio. Cisne, hermano menor de Mizar, que amaba también a Alcione sin la más remota esperanza, se entregó por entero a su servicio, y permaneció soltero hasta que muerta Alcione se casó con Egeria.

Pocos años después contrajo Sirio matrimonio con Orión, natural de Amer, en el reino de Jaipur, y por fortuna la recibió Alcione con simpatía. Transcurrieron muchos años de dicha sin más ansiedad que la sufrida por Alcione cuando su marido y hermano estaban en la guerra. A la sazón murió el râjâ Corona y le sucedió Sirio, quien desde entonces hubo de dedicarse por entero a los negocios de Estado. Orión y Alcione llegaron a intimar profundamente y siempre iban juntas, por lo que el pueblo las llamaba las dos reinas.

Ambas sentían mucha inclinación al maravilloso templo, todavía existente en la elevada colina de Girnar. Es un edificio verdaderamente admirable, con aspecto de medieval castillo, todo de mármol, cuya infinidad de patios y salones en entremezclada confusión, están decorados con asimétricas esculturas y primorosos calados a una y otra parte. Fue edificado en la falda, de una escarpada colina sin otra entrada que un angosto acceso abierto en pintoresca y bravía garganta. Tan quebrado era el solar del templo, que apenas hay dos recintos al mismo nivel, y al contemplarlo desde la cumbre de la colina, produce el curioso efecto de un bosque de cúpulas de reciente mármol en cerca de media milla de extensión de montaña.

Este asombroso templo fascinó a las dos reinas que a él iban frecuentemente en sus palanquines, y cuando sus amadísimos esposos estaban en la guerra, permanecían mucho más tiempo en el templo que en palacio, pero no se aposentaban en las marmóreas estancias, sino en un estrado abierto en la roca viva, desde cuya pequeña ventana se divisaban cincuenta millas de fértil campiña. La reina Orión quiso retirarse a tan apacible lugar, aun contra el parecer de los médicos, cuando tuvo el primer hijo, sin otra compañía que la de Alcione, quien por su parte costeó a sus expensas un nuevo altar para el templo y una hermosa capilla con muchas columnas. Saturno era el sacerdote mayor del templo, asistido en calidad de oficiantes por Mercurio, Vajra y Heracles. Del mismo templo eran postulantes Helios y Aquiles, pero el primero murió muy joven. Mercurio era personal consejero de las dos reinas y también de Sirio, y el piadoso ejemplo de las nobilísimas señoras trascendía a todo el reino con positivo provecho para la causa de la religión.

Sirio andaba muy preocupado con su primogénito Gamma por lo petulante y de perversa índole. Alcione acababa la paciencia con él y decía que era preciso reprenderle severamente, pero su padre le trataba con mimosa condescendencia, y aunque por fin la transmutó en rigor, ya no pudo evitar que por su mala conducta fuese el hijo el verdadero responsable de la muerte del padre, porque habiéndosele descubierto varias fechorías, escapase de la corte para juntarse a un ejército enemigo que invadía el país. En la batalla librada entre ambos bandos, el hijo hirió gravemente en el costado a su padre de un bote de lanza, y llenase de horror al reconocerle caído en tierra. Recogieron los suyos a Sirio en una litera, desde donde aún tuvo ánimos para continuar dirigiendo la batalla, que terminó con la victoria del ejército real y la captura del rebelde hijo, que se mostró contritamente arrepentido de sus malas acciones.

Cuando más adelante volvieron los enemigos a invadir el país, el rehabilitado Gamma les salió al encuentro y obtuvo con desesperados esfuerzos de valor una victoria que le costó la vida.

Al caer Sirio herido por mano de Gamma en la batalla antes de ahora referida, también cayó Alcione al suelo en su aposento exclamando: ¡Le han herido! ¡morirá! Alcione sufrió, mientras Sirio estuvo en cama, los mismos dolores que él durante los meses de enfermedad, y ambos murieron el mismo día, sin otra causa que el intenso amor que los ligaba. No pudo perdonar a su sobrino Gamma el haber motivado la pérdida de Sirio, y aun después de muerto aquél en la batalla, dijo que ni la mitad de sus maldades había expiado con tan temeraria muerte.

Alcione tuvo siete hijos para quienes fue amante y cariñosa madre.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

PRIMERA  GENERACIÓN

 

Marte     Mahârâjâ. Esposa, Virâj. Hijos: Corona, Saturno.

 

SEGUNDA  GENERACIÓN

 

Saturno  Sumo Sacerdote. Esposa, Júpiter. Hijos: Brhaspati, Mercurio, Heracles, Albireo. Hijas: Aldebarán, Osiris, Helios, Aquiles.

Corona  Mahârâjâ. Esposa, Leo. Hijo, Sirio. Hija, Alcione.

Teodoro Râjâ. Esposa, Lomia. Hija, Orión.

Andrómeda        Esposa, Dragón. Hijos: Mizar, Cisne, Argos. Hijas: Fénix, Algol.

Ceteo     Protector del templo. Esposa, Adrona. Hijos: Pólux, Avelledo, Lacerta. Hijas: Capricornio, Alcor.

Perseo   Protector del templo. Esposa, Altair. Hijos: Auriga, Tifis, Iris. Hijas: Virgo, Tauro.

 

TERCERA  GENERACIÓN

 

Brhaspati  Esposa, Vulcano. Hijos: Ulises, Lira. Hijas: Wenceslao, Proción.

Mercurio    Oficiante. Esposa, Demetrio. Hijos: Psiquis, Aurora. Hijas: Venus, Canopo.

Osiris     Esposo, Siwa. Hijos: Proteo, Aries. Hijas: Orfeo, Minerva.

Neptuno Esposa, Aquiles. Hijos: Ayax, Sagitario. Hijas: Bellatrix, Eros, Acuario.

Heracles   Oficiante. Esposa, Bellatrix. Hijos: Cabrilla, Ofiuco, Píndaro. Hijas: Aleteya, Polar.

Albireo   Esposa, Cruz. Hijos: Casiopea, Héctor, Pegaso. Hijas: Berenice, Leto.

Aldebarán Esposo, Elsa. Hijos: Betelgeuze, Polar. Hijas: Rigel, Arturo.

Helios    Postulante. Murió joven.

Sirio        Esposa, Orión. Hijos: Gamma, Fomalhaut.

Alcione  Esposo, Mizar. Hijos: Vega, Mira, Teseo, Antares. Hijas: Selene, Urano, Régulo.

Cisne     Esposa, Egeria.

Canlíope   Esposa, Fénix.

Daleth    Esposa, Algol. Hija, Gimel.

Argos     Esposa, Telémaco. Hijo, Alef. Hija, Soma,

Vajra      Oficiante.

Aquiles  Postulante.

Capricornio        Postulante.

Alcor      Postulante.

Boreas   Camarera de Alcione.

 

CUARTA  GENERACIÓN

 

Urano     Padre, Mizar. Madre, Alcione. Hermanos: Vega, Teseo, Antares. Hermanas: Selene, Régulo.

Vega      Esposa, Aleteya. Hijos: Pomona, Viola, Dorada. Hijas: Mu, Clío.

Mira        Esposa, Partenope. Hijo, Glauco.

Teseo    Esposa, Ifigenia. Hija, Beth.

Selene   Esposo, Vesta. Hijos: Centauro, Fides. Hijas: Concordia, Libra, Ausonia.

Régulo   Esposo, Irene. Hijos: Olímpia, Tolosa. Hija, Sirona.

 

 

VIDA XXIV

 

Llegamos ahora a una subserie de cuatro vidas, tres de las cuales, transcurridas en la India, parecen haber sido casi por entero destinadas a la extinción del karma pasado. Los Seres superiores no tomaron parte tan principal en estas vidas como en otras anteriores. En términos generales, parece que estas cuatro vidas fueron de preparación a las cuatro siguientes.

Nació Alcione esta vez el año 4970 antes de J. C, en el reinezuelo de Tiraganga, vasallo de la poderosa monarquía de Sravasthi. Fue hija de antigua y noble familia, y le pusieron por nombre Manidevi. Su horóscopo le vaticinó muchos sufrimientos y que sería madre de un rey. Cuando niña, mostrase traviesa e impulsiva, y su educación se redujo a la lectura y escritura de innumerables textos, aunque también aprendió a tejer, guisar y otros menesteres de economía doméstica, aparte de la confección de ungüentos y pócimas medicinales con la ciencia de las hierbas.

No denotaba Alcione inclinación al matrimonio; pero, a la edad conveniente, la casaron, sin consultar su deseo con Urano, sobrino del rajá, en lo que vieron sus padres un indicio de que se cumplirían los vaticinios del horóscopo. Por supuesto, que Alcione había oído hablar de esta profecía, y cuando le nació un robusto hijo (Helios), tuvo secreta esperanza de que llegase a ocupar el trono, no obstante su alejamiento de la línea hereditaria.

Al cabo de algunos años tuvo una niña (Rigel), y después otro niño (Héctor); pero no tardó en morir su marido, cuya muerte quebrantó no poco las esperanzas horoscópicas. Si bien desde el punto de vista mundano este suceso imposibilitaba el cumplimiento de la predicción, todavía alimentaba Alcione la secreta confianza de que los dioses pusieran, por ignorados caminos, en vigor el decreto, y así cuidó de que su primogénito fuese hábil jinete, y supiera esgrimir la espada, con todas aquellas otras prendas que pudiesen realzar su figura a los ojos del pueblo.

Por entonces murió repentinamente el viejo rajá Ceteo, que, por sus muchos años, parecía haber sobornado a la muerte, y su hijo y sucesor, Cáncer, dio pruebas más que sobradas de incapacidad y flaqueza. Su esposa Alastor, la nueva soberana, muy ambiciosa y astuta, como no tenía heredero, miraba con muy malos ojos al primogénito de Alcione, en el que veía un futuro pretendiente al trono. Alcione había de ir con mucho cuidado contra la suspicacia y procacidad de Alastor, quien andaba de continuo en busca de pretextos para perjudicarla. Sin embargo, de nuevo recobraron bríos las esperanzas de Alcione, porque, si bien el rajá era todavía joven para tener sucesión, su salud estaba tan quebrantada como su voluntad, y ni él ni la reina se habían podido captar las simpatías populares, por lo que pensaba Alcione que tal vez una de las kaleidoscópicas mudanzas, tan frecuentes en las cortes indas, deparase a su hijo la esperada corona.

Sin embargo, al cumplir Helios dieciocho años, se derrumbó de un soplo y de la más extraña manera el castillo de esperanzas tan pacientemente levantado por Alcione. Sucedió, pues, que llegó a la ciudad un santo y muy famoso varón llamado Heracles, y movida por su ardiente religiosidad, se ofreció Alcione a hospedar al peregrino. Estuvo Heracles en casa de Alcione unas cuantas semanas, y en este tiempo, no sólo sintió ella hacia él profunda reverencia e intenso afecto, sino que Helios quedó tan conmovido de la noble conducta del peregrino y de la hermosura de sus enseñanzas, que suplicó le aceptara por discípulo, previo el consentimiento materno.

En gran turbación puso a Alcione el deseo de su hijo, porque, por una parte, satisfacerlo equivalía a desvanecer el sueño de toda su vida, y, por otra parte, no dejaba de comprender la mucha honra que su hijo tendría en ser discípulo de tal maestro, quien de muy buen grado le aceptaba, diciendo que el muchacho hacía bien en tomar aquella determinación, con seguridad de grandes adelantamientos, por cuanto habían estado ligados en una vida anterior. Muy penoso era para Alcione el sacrificio de todas sus esperanzas; pero, al cabo de algunos días de interna lucha, dio el solicitado consentimiento, y Helios se fue con el eremita al corazón de la montaña. Después de la partida de su hijo, cayó Alcione en tan profunda melancolía que repugnaba todo consuelo.

Pasados unos días, trató Héctor, el hijo menor, de disipar la melancolía de su madre, diciéndole que, si bien su hermano se había ido, estaba en más alta y noble vida, y que aun quedaba él para substituirle en la del mundo. Nunca había pensado Alcione en que su hijo menor pudiera dar cumplimiento al vaticinio, pues siempre puso sus esperanzas en el primogénito, aunque no por eso dejaba de mostrarse cariñosa y amante con el segundón.

Se regocijó Alastor malignamente al saber que el gallardo Helios había abrazado la vida ascética, y vio entonces que le era de absoluta necesidad tener un hijo, al cual efecto urdió una intriga, cuyo resultado fue presentar ante la corte como hijo propio a Escorpión, que lo era ilegítimo de una criada de palacio llamada Hesperia, cuyo silencio compró precavidamente. No obstante el inmerecido éxito del plan, andaba siempre Alastor temerosa de que se descubriese la suplantación, y le acometieron deseos de deshacerse de posibles rivales de su fingido heredero. Inquieta todavía respecto a Alcione, intrigó en varias ocasiones contra ella, y aun por su propia mano hubiera asesinado una noche a Héctor, de no equivocarse de aposento y matar por error a Rigel. La asesino pudo escapar sin que la reconociesen, pero Alcione sospechó siempre de ella.

Fracasado aquel intento, acusó Alastor de conspiración a Alcione, y tuvo la suficiente astucia para amañar pruebas y testimonios falsos, cuyo resultado fue que Alcione y su hijo hubieran de salir desterrados de la ciudad. Comprendió entonces. Alcione que no sólo aquella desdicha, sino también la muerte de su hija Rigel, eran obra de Alastor, por lo que cobró acerbo rencor contra ésta, y, en un momento de cólera, juró vengarse algún día. Muy pobremente hubo de pasar Alcione el destierro en un Estado fronterizo, y se ganaba la vida en la confección y venta de dulces de pastelería. Transcurrieron así algunos años, durante los cuales no cesó Alcione de alimentar el odio que contra Alastor sentía. Murió por entonces Cáncer y la reina viuda logró el reconocimiento de su supuesto hijo por heredero del trono, el cual dio notorias muestras de disoluto e inhábil. Entre otras fechorías, violó a su hermana carnal Tetis, aunque ignoraba que lo fuese, y enfurecida por ello su verdadera madre, Hesperia, denunció la superchería del nacimiento. Negó la reina viuda, como era natural, las aseveraciones de la criada, y la envenenó en venganza; pero ya se había difundido a voz por el país, y no eran pocos los que como verdad la recibían.

Llegaron los rumores a oídos de Marte, soberano le Sravasthi, quien vino a indagar personalmente el caso, y como encontrara sobradas pruebas de la suplantación, depuso del trono al hijo de la criada y puso en su lugar a Héctor, después de no pocas dificultades para averiguar su paradero y el de su madre, quien desde entonces refrenó la impulsividad de su carácter y se convirtió en solícita consejera de su hijo. Durante algún tiempo, fue Alcione de hecho la soberana del país, que prosperó grandemente gracias a su sabiduría y prudencia.

Quedaba, sin embargo, un poderoso partido de los adictos al antiguo régimen que, por haber sido destituidos de sus cargos, conspiraban contra el nuevo orden de cosas. Por entonces contrajo matrimonio el joven monarca con Régulo, cuya conducta no satisfizo del todo a su regio consorte, pues era en extremo ambiciosa y no le placía la influencia de Alcione, por lo que comenzó a maniobrar contra ésta, induciendo al rey a obrar en oposición a su madre. Durante algunos años, persistió la nuera en su animadversión a la suegra, hasta que cayó gravemente enferma de sobreparto. Cuidó entonces Alcione, no sólo de la enferma, sino también de los nietos, con tan maternal solicitud, que Régulo no pudo por menos de transmutar en amor el odio que su suegra le había inspirado.

Sucedió a la sazón que Alastor vino secretamente del destierro en que estaba desde el destronamiento de su fingido hijo, y, para reponerlo en el trono, tramó una conjura, con tan desgraciado éxito, que fue descubierta y presa. Conducida ante el rajá, mandó éste llamar a su madre, y una vez en presencia de ella le dijo:

"He aquí a tu antigua enemiga, en quien juraste vengar la muerte de mi hermana. Te la entrego. ¿Qué quieres hacer de ella?"

Pero la vencida conspiradora lanzó una mirada tan abyecta, que Alcione no pudo reprimir la cólera, y exclamó:

"Bastante castigo tiene con su miseria y vencimiento. La perdono. Dejadla libre".

Cayó entonces Alastor, bañada en lágrimas, a los pies de Alcione, diciendo:

"Voy a morir, porque tomé un veneno al saber que iban a ponerme en tus manos, creída de que me hubieras atormentado por el mal que hice".

Alcione repuso:

"No; puesto que estás arrepentida, no morirás".

  Inmediatamente después dispuso Alcione que el médico de palacio administrara a Alastor un antídoto, y gracias a los cuidados que con ella tuvieron todos, se le pudo salvar la vida. Después abrazó Alastor el estado religioso, en expiación de sus anteriores maldades.

Heracles, ya muy viejo y achacoso, llegó un día a Tiraganga con la para Alcione terrible noticia de la muerte de su amantísimo primogénito. Le dijo cuánto había querido a su discípulo, cuyos progresos en el orden, moral del desenvolvimiento interior fueron en extremo notables, hasta el punto de haber muerto heroicamente, defendiendo a su maestro contra unos salteadores. Aunque Alcione se había acostumbrado a la ausencia de su hijo, le afligió muy mucho la noticia de su muerte; pero dióle Heracles gran consuelo, al elogiar la nobleza de su conducta, su valor y devoción, aparte del buen karma que tal vida y tal muerte habían acumulado, sin duda, para su futuro adelantamiento.

Heracles temía que las malas noticias de que era mensajero, le desconceptuasen a los ojos de Alcione; pero ésta se mostró más reverente que nunca, y le suplicó que se quedara a vivir en Tiraganga, para lo cual sugirió a su hijo, el rajá, la idea de conceder al santo varón un modesto acomodo en la ciudad, a lo que el rey accedió sin necesidad de mayores excitaciones, porque también tenía a Heracles en suma reverencia y estima. Alcione le visitaba diariamente y aprendía de él cosas de mucho provecho respecto a la educación de sus nietos, en que se ocupó durante los últimos años de su vida. El y la reina comprendieron cuanto debían al amor y prudencia de su madre, de modo que en el resto de sus días, la rodearon de solícitos cuidados y delicadas atenciones. Murió en paz en el riguroso invierno del año 4901, a los sesenta y nueve de su edad.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Marte     Mahârâjâ.

Mercurio    Esposa, Olímpia. Hijos: Heracles, Neptuno, Clío.

Urano     Esposa, Alcione. Hijos: Helios, Héctor. Hija, Rigel,

Alcione  Padre, Siwa. Madre, Orfeo. Esposo, Urano. Hijos: Helios, Héctor. Hija, Rigel.

Heracles   Santo. Esposa, Géminis. Hijo, Mizar. Hija, Polar.

Ceteo     Primer antiguo rajá. Hijo, Cáncer.

 

 

VIDA XXV

 

De nuevo estamos en la más admirable de las antiguas civilizaciones, que tuvo su asiento en las márgenes del Nilo. En el reinado del faraón Unas, último monarca de la quinta dinastía, nació la niña Alcione, cuyos padres (Ayax y Bellatrix) le dieron el nombre de Hatshepu. Su padre era familiar de un magnate cortesano llamado Markab, cuyo primogénito (Sirio) llevaba en aquella existencia el nombre de Menka. Muy luego hizo su oficio en ambos muchachos la influencia de su intimidad en pasadas vidas, y juntos se entregaron a los juegos infantiles con creciente reciprocidad de afectos.

Urano, hermano mayor de Alcione, se mostraba muy cariñoso con ellos y se complacía en enseñarles diversidad de cosas. Demetrio, prima de Alcione, y casi de la misma edad, era íntima amiga de ambos, y tenía parcialmente desarrollada la facultad de clarividencia, por lo que Sirio y Alcione gustaban de escuchar sus relatos, y aun esta última veía también las visiones con sólo ponerse en contacto con su prima Demetrio. Como Sirio no era capaz de ello, las dos muchachas le decían que a los niños no les alcanzaba este privilegio, por demasiado bastos y groseros.

Jugaban juntos los niños en los amenos jardines, tan abundantes en el antiguo Egipto, con artificiales montañas, valles y lagos. Por doquiera manaba el agua, circuida a menudo de graderías y columnas de mármol o granito pulimentado. Las flores crecían entre las matas de hierba y colgaban de las tapias, mientras que enormes flores de loto poblaban los estanques. Los niños estaban tan completamente familiarizados con el agua como con la tierra, y disfrutaban de los años infantiles bajo las ardientes rayos del sol egipcio.

Por supuesto, que Sirio y Alcione concertaron casarse en cuanto llegaran a la edad conveniente; mas, por desgracia, se les interpuso un imprevisto obstáculo. Había entre los principales sacerdotes de la ciudad uno a quien pocos amaban y todos temían, y de quien mucho se sospechaba, aunque nada de cierto se sabía. Quienquiera que osaba contrariarle, aparecía muerto al cabo de pocos días, sin que se pudiese inculpar a aquél de la muerte. Tenía fama de hechicero, sin que fuese posible aducir pruebas contra él. Su hijo, Escorpión, era digna astilla de tal palo, porque a las antipáticas condiciones del padre añadía la ordinariez y la agresividad.

Cuando Alcione era ya una hermosa muchacha de quince años, acertó a verla Escorpión, y prendado apasionadamente de su belleza, le insinuó la inclinación que sentía; pero ella le rechazó despectivamente. Apartase entonces él refunfuñando excusas, con secreto propósito de poseerla a toda costa, aunque hubiese de casarse con ella, pues la dificultad excitaba su desordenado apetito. Pronto vio que para lograr su intento, no le quedaba otro camino que el matrimonio, y al efecto tramó una intriga diabólicamente ingeniosa, cuyo fundamento fue substraer unas cuantas cartas del padre de Alcione que, con hábiles enmiendas e intercalaciones, convirtió en pruebas de una conjura contra el rey.

Entonces se hizo el encontradizo con Alcione, para enterarla de que tenía en su poder aquellas pruebas de la culpabilidad de su padre, y que era su deber presentárselas al rey, con esperanza de munificente recompensa por tan señalado servicio; pero que el inmenso amor que por ella sentía, le estimulaba a desperdiciar la ocasión que de encumbramiento en la corte le deparaba la suerte, con tal de que le aceptase por esposo, para fundir en un común interés los de ambas familias. De lo contrario, si se negaba o decía una sola palabra del asunto a su padre o a otra persona, entregaría desde luego los documentos al oficial de justicia.

Turbase grandemente Alcione al escuchar tan extraño suceso, y más todavía al ver que las firmas y sellos de su padre eran legítimas según toda apariencia, apoyada en la consideración al punto hizo Alcione de las ideas revolucionarias de su padre, por lo que sospechó que las cartas fuesen realmente suyas. Sin embargo, le pareció a Alcione todo aquello favorable oportunidad de llevar a cabo una de las heroicas proezas de que solía hablar con Demetrio y Sirio, y salvar a la familia, aun a costa de lo que estimaba en más que la vida. Nada dijo a nadie de cuanto le había ocurrido, y viendo que no le quedaba resquicio abierto para eludir el dilema de Escorpión, manifestó exabruptamente a los atónitos padres que estaba resuelta a casarse con él. Pero como no las tenía todas consigo, le exigió la entrega de los comprometedores documentos antes de la celebración del matrimonio.

Mucho sufría Alcione entretanto, y no supo cómo disimular la pena cuando su madre le preguntó si verdaderamente amaba a aquel hombre, y si sabía lo que iba a hacer, puesto que su corazón rebosaba repugnancia. Sirio se afligió en extremo al enterarse del caso, y dijo que, aun cuando a ninguna otra mujer podía amar sino a Alcione, se resignaba a perderla, si era su voluntad casarse con otro; pero que se resistía a creer que infiriese ella tan horrible agravio al buen gusto, casándose con semejante tipo de hombre. Quiso Sirio oír de los propios labios de Alcione la resolución de casarse con Escorpión, y al escucharla, repuso diciendo que forzosamente había de estar bajo la influencia de algún hechizo. Anduvo Sirio muy cerca de la verdad en sus conjeturas, por lo que se atemorizó mucho Alcione, y propuso ahondar más y más el engaño.

Estaba a la sazón de viaje el hermano mayor de Alcione, llamado Urano, quien, de estar presente, hubiera obviado de seguro aquella dificultad. Así es que Alcione llevó adelante su sacrificio, y procuró sacar de él las mayores ventajas posible, aunque ya no tuvo un instante de felicidad en su vida, a pesar de las comodidades y riquezas terrenas que la rodeaban, Su marido cobró profunda antipatía a Sirio, y se puso tan celoso de él, que Alcione sólo le pudo ver de tarde en tarde. En 4017 murió la madre de Sirio, al dar a luz su hijo menor, Vega. Poco tiempo después murió también Markab, y quedase Sirio dueño de la casa y hacienda de su padre, al par que le sucedía en sus cargos civiles, con lo que le ocuparon la mayor parte del tiempo los negocios públicos. Sin embargo, permaneció fiel a la memoria de Alcione, y jamás quiso oír hablar de matrimonio, no obstante los excelentes partidos que se le presentaron.

Alcione tuvo dos hijos (Tauro y Virgo), en cuya crianza halló algún consuelo, aunque con el constante temor de que llegaran a ser como su padre. Pasaba Alcione la vida en un verdadero tormento, porque no podía olvidar a Sirio, y aunque jamás logró querer a su marido, se esforzaba en cumplir con sus deberes conyugales.

Al regresar Urano de viaje, le indignó profundamente el matrimonio de su hermana, a quien interrogó en secreto sobre el caso, sin sacar nada en limpio; pero en sus conversaciones con Sirio llegaron ambos muy cerca de la verdad. Alcione le suplicó que dejara las cosas como estaban, pues ya no era posible deshacer lo hecho, y no había más remedio que resignarse pacientemente.

Tuvo Alcione otros hijos, pero todos se le murieron, y durante veinte años arrastró la desolada vida del hogar sin encanto. Ya hacía tiempo que su marido la miraba desdeñosamente, luego de extinguida la carnal pasión que un tiempo le espoleara, y como nunca le dio malos tratos, prefería ella el desdén al cariño, pues de este modo hallaba más libertad para frecuentar la honesta compañía de Sirio.

Algo había cambiado la vida de éste bajo las circunstancias engendradas por una expedición militar al extremo Sur, en la que cogieron prisionero a un noble llamado Ramasthenes (Mercurio). Este joven cautivo turnó en poder de varios capitanes egipcios, y estuvo dos años en casa de Sirio, a quien, así como a Urano y Alcione, deleitaba con sus interesantes conversaciones sobre filosofía y problemas ocultos. Un capitán egipcio, llamado Cástor, presentó por entonces a Mercurio a las primeras autoridades de uno de los principales templos, del que había sido bienhechor el padre de Cástor, aparte de algunos oficios desempeñados en relación con los intereses religiosos del mismo, por lo que su hijo y sucesor en el desempeño gozaba de mucho predicamento entre los sacerdotes, quienes muy luego cobraron cordial afición a su recomendado Mercurio. Este, por su parte, estudió con ardiente entusiasmo los Misterios, y a su meditación se mantuvo dedicado durante muchos años, sin descuidar por ello el trato de sus amigos.

El año 3998 tuvo fin el largo martirio de Alcione con la muerte de su marido, y sin tardanza la solicitó Sirio en matrimonio, a lo que opuso ella la consideración de estar mancillada por el contacto de su difunto esposo; pero la insistencia de Sirio la movió por fin a darle palabra de casamiento, en cuanto pasara el año fijado por la costumbre.

Se Sintió feliz Sirio con tan lisonjera perspectiva; pero una vez más vino la suerte a desvanecer sus esperanzas. Ocurrió que su hermano menor, Vega, se había enredado con una mujer de baja condición que le engañó con otro. El joven mató a los amantes, y hubo de escapar a la persecución de la justicia, por lo que, abandonando Sirio todo otro negocio, fuese en busca de su hermano, a quien encontró desfallecido y enfermo en una muy distante ciudad. Como el rey le había condenado a muerte, tuvo Sirio mucho trabajo en conseguir la conmutación de la última pena por una multa tan onerosa, que fue preciso vender todo el patrimonio para pagarla. Quedase con ello Sirio en la pobreza, aunque muy satisfecho de haber rescatado a su hermano, quien, arrepentido ya de su mala conducta, vivió con él en oscuro sosiego. En semejantes circunstancias no le era posible contraer matrimonio con Alcione, pues había ésta de perder la viudedad, y si bien no tenía reparo en compartir la pobreza de Sirio, la atemorizaba la idea de serle mayor carga, de modo que ambos creyeron decreto del cielo los imprevistos obstáculos que por dos veces habían impedido su unión.

Alcione se adscribió al templo metropolitano, y allí estudió bajo la dirección de Mercurio, que había hecho admirables progresos en sabiduría mística. Sirio, por su parte, se dedicó ardorosamente a la opuesta tarea de restaurar su casa solariega. Treinta años tardó en la empresa, que al fin pudo terminar con feliz éxito, y entonces, a los sesenta años de edad, trató de nuevo con Alcione el asunto de su casamiento. Pero ella había logrado, a fuerza de estudios y servicios, una desahogada posición en el templo que le era forzoso dejar para casarse; y así, después de mucho meditar sobre el caso y consultarlo con Mercurio y Urano, resolvieron ambos, no sin pena, que debían los contrariados amantes seguir viviendo separadamente, como hasta entonces, en sacrificio a los dioses. Uno de los estudiantes del templo, llamado Cisne, también se había enamorado de Alcione sin resultado alguno.

Vega se casó con una compañera de infancia (Osa), hija de un rey indo destronado que estaba acogido en Egipto. Fueron felices y les nacieron dos hermosos hijos (Andrómeda y Dragón), en quienes se miraron Sirio y Alcione como si hubiera sido propios. Buen número de estudiantes laboraban por entonces bajo la dirección de Mercurio y el auxilio de Alcione, que puso en aquella tarea el principal interés de los últimos años de su vida.

Sirio murió el 3967; le lloró tristemente Alcione, hasta que un día se le apareció aquél para decirle que no cuadraba la tristeza a un estudiante de la Luz Oculta, y recordarle las enseñanzas de los Misterios sobre el destino humano. Tan a menudo como habían hablado acerca de la muerte, aquélla era la primera vez en que advertían cuán poca importancia tiene, y de qué modo muertos y vivos forman una sola comunidad.

Esto sirvió de mucho consuelo a Alcione, que con frecuencia sentía junto a sí la presencia de Sirio, aunque sólo le pudo ver dos veces: una según se ha dicho, y la otra poco antes de morir, el año 3960, a los setenta y cinco de edad. Le dijo Sirio en esta segunda aparición que había sacado el horóscopo de un lejano porvenir, según el cual, por haberse sacrificado en esta vida en aras del deber, volverían a encontrarse juntos, a los pies de Mercurio, de allí a unos seis mil años, para ya no separarse más. Alcione murió tranquilamente dichosa.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

PRIMERA  GENERACIÓN

 

Saturno  Esposa, Venus. Hijos: Vajra, Vulcano, Lira. Hijas: Aldebarán, Beatriz, Heracles.

Júpiter    Hijas: Alcestes, Proción.

Albireo   Esposa, Leo. Hijos: Aquiles, Brhaspati, Mizar. Hijas: Pegaso, Aleteya.

Ofiuco    Esposa, Fénix. Hijos:  Casiopea, Ayax, Mira. Hija, Argos.

Cruz       Esposa, Cabrilla. Hijos: Ulises, Neptuno. Hijas: Bellatrix, Rigel, Géminis.

Markab  Hijos: Sirio, Vega.

Espiga   Asceta indo. Madre, Sirona. Esposa, Fides. (Murió joven).

 

SEGUNDA  GENERACIÓN

 

Vulcano Padre. Saturno. Madre, Venus.

Mercurio    Esposo, Heracles. Hijos: Orfeo, Píndaro.

Brhaspati  Padre, Albireo. Madre, Leo.

Neptuno Padre, Cruz. Madre, Cabrilla.

Erato      Madre, Melete. Hermano, Ausonia. Esposa, Concordia. Amigo, Espiga.

Aldebarán Esposo, Aquiles. Hijo, Orión.

Beatriz   Esposo, Casiopea. Hijos: Osiris, Viola, Tolosa.

Alcestes Esposo, Cástor. Amigo, Rhea,

Mizar      Esposa, Régulo. Hijos: Siwa, Irene, Cisne. Hijas: Minerva, Polar.

Pegaso  Esposo, Berenice.

Aleteya  Esposa, Ulises. Hijos: Focea, Proserpina, Clío. Hijas: Capricornio, Dorada.

Ayax      Esposa, Bellatrix. Hijos: Sagitario. Hijas: Algol, Acuario, Vesta, Alcione.

Mira        Esposa, Rigel. Hijos: Betelgeuze, Fomalhaut, Libra. Hijas: Leteo, Lomia, Wenceslao, Demetrio.

Vega      Esposa, Osa. Hijo, Andrómeda. Hija, Dragón.

Valleda  Amigo Cástor.

Amaltea Amante, Calipso. Médico, Aries.

Laquesis   (Murió adulto).

 

TERCERA  GENERACIÓN

 

Osiris     Padre, Casiopea. Madre, Beatriz.

Urano     Padre, Ayax. Madre, Bellatrix. Esposa, Aurora.

Orión      Esposa, Helios. Hijos: Selene, Psiquis. Hija, Eros.

Acuario  Esposo, Auriga. Hijos: Tifis, Iris. Hijas: Altair, Pomona.

Alcione  Esposo, Escorpión. Hijo, Tauro. Hija, Virgo.

Betelgeuze         Esposa, Alcor. Hijo, Teseo. Hijas: Centauro, Ceteo, Adrona.

Libra       Esposa, Vesta. Hijos: Proteo, Perseo. Hijas: Arturo, Canopo.

Demetrio   Esposo, Elsa.

Viola       Esposa, Calíope. Hijo, Gimel.

Sagitario    Esposa, Partenope.

Glauco   Esposa; Minerva. Hijo; Alef.

Irene      Esposa, Telémaco.

Siwa       Esposa, Ifigenia.

Egeria    Amante de Orión. Esposo, Soma.

Cisne     Esposa, Beth.

Daleth    Esposa, Polar.

 

VIDA XXVI

 

Volvió esta vez Alcione a su querida patria inda con sexo masculino, después de siete vidas en cuerpo femenino. La regla general respecto al sexo es que el Ego renace, por lo menos, tres veces, y, a lo más, siete consecutivas en un mismo sexo antes de efectuar la mudanza. Durante las treinta vidas de nuestro relato, siguió Alcione esta regla, pero no así como otros personajes convivientes, pues vemos que algunos no cambian de sexo en los veinticinco mil años que abarca el ciclo de estas treinta vidas. Alcione fue durante ellas diecinueve veces varón.

Nació Alcione el año 3059 antes de J. C. en una ciudad llamada Narsingarh, cerca de los cerros de Vindhya, de nobles aunque no ricos padres, que le pusieron el nombre de Shivarshi. Las tradiciones de familia y el recuerdo de los antepasados, les obligaban a mantener su dignidad y esforzarse en restaurar la casa, de cuya antigua pujanza tan sólo quedaban las fincas rústicas, en parte hipotecadas, que no podían cultivar por falta de medios pecuniarios. Tauro, padre de Alcione, era hombre de buen corazón, pero rígido y altivo. La madre, Virgo, era mujer de complexión flaca y carácter débil, aunque muy bien intencionada. Pasaban muchas privaciones, porque la comodidad del hogar había de sacrificarse al orgullo de la familia, y así, continuaban haciendo limosnas, no tan abundantes como en pasados tiempos, pero sí lo suficientemente cuantiosas para escatimar de la cotidiana alimentación los menesteres requeridos por el buen parecer de las gentes. Vivían en un destartalado y viejo castillo, del que tan sólo la menor parte era habitable. Alcione fue el segundón de esta familia, a cuyo primogénito, Pólux, se le asemejaba prodigiosamente en las facciones, aunque difería opuestamente de él en carácter. Alcione era profundamente religioso, formal y diligente, mientras que su hermano mayor daba graves disgustos a la familia por sus costumbres disolutas y pereza de carácter.

Sin embargo, el padre pensaba encomendar al primogénito la restauración del patrimonio, no porque confiase en sus esfuerzos, sino porque, por haber nacido el día onomástico del rajá, al estar en conjunción dos planetas, le había legado el reyezuelo local cuantiosas riquezas, por consejo de los astrólogos, cuando era Pólux todavía muy niño y nadie sospechaba su posterior comportamiento. Así fue, que en todo y por todo se anteponían los caprichos de Pólux a los deseos de Alcione. Ya mayores ambos, enamorase rendidamente Alcione de una joven, con la que quería casarse, pero no pudo, porque era conveniente al decoro de la familia que se casara antes Pólux, y no había suficiente dinero para celebrar dignamente ambas bodas a un tiempo.

Casó Pólux con Androna, pero no le fue fiel por mucho tiempo, y después de enredarse con varias prójimas de dudosa reputación, se escapó con una llamada Melpomene. Sintió mucho el padre lo sucedido, y temeroso de que, sabedor de ello el rajá, anulase el legado, recabó de Alcione, no sin disgusto de éste, que suplantase a su hermano, valiéndose del portentoso parecido físico que con él tenía. Así, pudieron derramar la voz de que Alcione se había ido de viaje, y que, por ello, moderaba Pólux su conducta y permanecía más tiempo en casa. Alcione esquivó a los amigos de Pólux, y no estuvo jamás en los lugares frecuentados por éste, a fin de no dar ocasión a sospechas e indagaciones. Durante algunos años, representó admirablemente a su hermano, y con su conducta ejemplar, le aquistó la fama que la suplantación hurtaba de su propio nombre. Sin embargo, de ningún modo quiso apropiarse también la esposa de Pólux, como su padre indebidamente le insinuaba.

Pasado algún tiempo, volvió Pólux en completa penuria, y sin la amante con quien se fugara, pero la familia le perdonó de corazón, y pudo recobrar su puesto en la familia, diciendo que había vuelto Alcione, por más que su mala conducta dio muy luego al traste con la reputación que durante su ausencia le había aquistado su hermano.

Por último, cometió Pólux un crimen muy grave, y de nuevo hubo de sacrificarse Alcione, por el honor de la familia y la conservación del legado, asumiendo la culpabilidad del hecho, cuyo resultado fue que le sentenciaran a presidio. La familia no pudo por menos de reconocer el heroísmo del joven, y procuro mitigar su situación en todo lo posible; pero aun así, pasó Alcione una mala temporada, porque la vida de presidio era horrible, por la insuficiencia de alimentación y la repugnante compañía de los verdaderos criminales, y aun gracias que, por turno, les dejaban colocarse tras las rejas del rastrillo para pedir limosna a los transeuntes y aliviar con ello su precaria situación. El padre de Alcione obtuvo permiso para llevarle diariamente la comida, no obstante la penuria en que la familia estaba; pero aun esta supletoria ración repartía Alcione entre los más necesitados compañeros de infortunio.

En tan horrible prisión permaneció Alcione por no poco tiempo, y entre tanto seguía Pólux cediendo a sus malas inclinaciones con cada vez mayores tropiezos, hasta que por último, una hermana de ambos, llamada Acuario, a  quien Alcione tenía particular cariño, no pudo soportar por más tiempo tamaña injusticia, y sin que su padre lo supiese, escapase de casa y se presentó al rajá para confesarle toda la verdad del caso. Comprobada la acusación, y descubierta la superchería, fue tan grande el enojo del rey contra la familia, que desterró de por vida a Pólux, y puso a Alcione en un oficio de la corte. El padre se suicidó de vergüenza.

Muerto el padre, y ausente para siempre el primogénito, quedó Alcione al frente de la casa, con todas sus obligaciones y dificultades. La remuneración de su cargo palatino le resguardaba de la penuria y permitía mantener la casa con decorosa modestia, aunque en modo alguno devolverle el esplendor perdido. Sin embargo, Alcione computaba de cuando en cuando su hacienda, y vio, por fin, que no le era imposible realizar el perpetuo deseo de su padre, que consideraba como sagrado deber recibido en herencia. Al poco tiempo, resolvió Alcione consultar el caso con Neptuno, sacerdote mayor del vecino templo y hombre muy famoso por su santidad y sabiduría. Le escuchó el brahmán con mucha simpatía y, después de varias razones, le aconsejó que emprendiera una peregrinación a cierta renombrada ermita, para dedicarse por algún tiempo a ejercicios espirituales. Aceptado el consejo, practicó Alcione las necesarias ceremonias y rogó ardientemente a la divinidad que le auxiliase en su empeño, no por amor de las riquezas, sino para cumplir la voluntad de su padre.

Durante los días de preparación, tuvo Alcione que vivir en el templo todo lo cerca posible de la imagen de la divinidad tutelar. La última noche de su estancia, oyó en sueños una voz que le mandaba regresar a su castillo señorial y remover hasta cierta profundidad el suelo de un sótano poco frecuentado. Volvió Alcione al castillo, pero le asaltaron dudas sobre si debía o no hacer caso del sueño, hasta que resolvió hacer como se le ordenaba, pensando que acaso fuera la respuesta de la divinidad a sus ruegos.

Puestas manos a la obra, encontró Alcione enterradas bajo el sótano gran cantidad de vasijas de oro y pedrería que, sin duda, ocultó allí algún antecesor movido por arriesgadas circunstancias. Tan espléndido tesoro era de valor más que suficiente para redimir las tierras patrimoniales del gravamen hipotecario y ponerlas en cultivo, con sobrante cuantioso para construir un templo y varias casas de hospedaje, aparte de costear muchas procesiones en agradecimiento a la divinidad. Casó Alcione con Arturo, de quien tuvo tres hijos: Psiquis, Orfeo y Fides, y tres hijas: Canopo, Polar y Cisne.

Pasó el resto de su vida en dichoso sosiego en el desempeño de varios cargos públicos importantes, sin salir de la ciudad natal más que en tiempo de peregrinaciones. Fue siempre Alcione muy religioso, del tipo devoto, amable y benigno con su familia y criados, y caritativo con los pobres. Tan luego como el hallazgo del tesoro le dispensó de la tarea de ganarse la vida, dedicó por entero al estudio buena parte del día, y tuvo reputación de santo y sabio. Cuando su primogénito llegó a la edad del discernimiento, con pruebas de buen juicio, le transfirió Alcione el gobierno de la casa, para retirarse de por vida a ejercicios y estudios religiosos, no al yermo, sino a una choza situada en los jardines de su hacienda, donde murió en paz a edad muy avanzada.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Neptuno Brâhman.

Ulises     Rajá. Hijo, Proteo.

Alcione  Padre, Tauro. Madre, Virgo. Hermanos: Pólux, Gimel, Hermanas: Acuario, Beth, Partenope. Esposa, Arturo. Hijos: Psiquis, Orfeo, Fides. Hijas: Canopo, Polar, Cisne.

Psiquis   Esposo, Calíope.

Fides      Esposa, Aleph.

Canopo Esposo, Daleth.

Pólux     Esposa, Androma. Amante, Melpomene.

 

 

VIDA XXVII

 

Fiel una vez más al Indostán, nació nuestro héroe el año 2180 antes de J. C., en una pequeña ciudad llamada Mopa, del reino de Wardha, que hoy es el distrito de Nagpur. Le pusieron por nombre Bhrojagohallamarshi, y su padre Albireo era un excelente brahmana, de carácter firme, bondadoso, perseverante y caritativo. Su madre Leo era digna consorte de tal marido, de modo que Alcione podía tenerse por dichoso de haber nacido de tan buenos padres. Lo educaron con mucho esmero y dio muestras de mayor adelanto que en anteriores encarnaciones. Aun se acostumbraba a aprender de memoria infinidad de versículos, y Alcione ganó en muy temprana edad el título de dvivedi y más tarde el de trivedi, por haber aprendido respectivamente de memoria dos y tres Vedas, lo que suponía una tarea abrumadora. Pero también aprendió gramática, geografía, aritmética, astrología y medicina, esta última de carácter muy peculiar, y se le consideró como uno de los más aventajados estudiantes durante la juventud y como hombre respetabilísimo por su erudición en la edad madura. Hablaba correctamente cuatro idiomas: el sánscrito antiguo con el dialecto de él derivado, que por entonces era la lengua vulgar, y otros dos idiomas que seguramente hablaron los aborígenes. Llegado a la edad conveniente se casó Alcione con una hermosa joven (Algol) y escogió la profesión de maestro de escuela, para la que tenía relevantes aptitudes. Siempre fue amable y cariñoso con sus discípulos, que le idolatraban y hubiesen hecho por él cualquier sacrificio y procuraban de continuo complacerle en todo. Él por su parte no escatimaba esfuerzo alguno para que aprendieran debidamente cuanto les enseñaba. Alegre y gozoso pasaba Alcione la vida en sus tareas escolares, y como también era dichoso en el hogar doméstico, podemos considerar esta encarnación como una de las más propicias, aunque terminó con desastrosa y en apariencia inmerecida desgracia.

El año 2150, a los treinta de edad, cuando todavía eran pequeños sus hijos, invadió el país un rey vecino, y si bien consideraba inútil toda resistencia, ocupó Alcione su sitio en las filas del ejército y se portó como bueno. Pero las tropas del reino de Wardha quedaron derrotadas por completo, y Alcione no tuvo más remedio que escapar con su familia a la sangrienta venganza del vencedor. Durante tres años peregrinaron en el destierro con frecuentes privaciones, hasta que por fin el invasor fue atacado y vencido por otro reyezuelo que restauró en el trono a la dinastía destronada, de suerte que Alcione pudo restituirse a su hogar y a su querida escuela.

A los estragos de la guerra siguieron los del hambre, por lo que sólo volvió, a reunir la mitad de sus antiguos discípulos. Tuvo por entonces otro período de vida tranquila y dichosa, durante el cual devolvió a la escuela su primitivo esplendor, y le satisfizo en extremo que su hijo mayor, Libra, hubiese heredado sus aptitudes pedagógicas y su amor a la enseñanza que le dieron en él idóneo auxiliar.

Las sombras que habían de entenebrecer su vida empezaron a condensarse el año 2127. Su hija menor Mizar, a quien amaba entrañablemente y tenía a la sazón quince años, se vio asediada por un repulsivo pretendiente a su mano (Escorpión), hombre que le doblaba la edad y tristemente famoso por su depravada conducta y violento y vengativo carácter; pero era rico, poderoso y de familia que hubiera sido temeridad ofender, de suerte que, si bien Alcione estaba resuelto a no entregar su hija a semejante hombre, no podía darle tan brusca negativa como hubiera sido su deseo. Sin embargo, el repulsivo pretendiente persistía en asediar a todas horas a la pobre muchacha, de modo que su persecución fue para ésta una verdadera pesadilla.

Alcione se determinó por fin a decirle, con alguna aspereza, que no era posible acceder a sus pretensiones, lo cual exasperó tan violentamente a Escorpión, que juró no sólo hacer suya a la muchacha contra la voluntad de su padre, sino vengarse de mala manera del agravio que se le infería. Alcione se disgustó mucho con todo esto, porque si bien no podía obrar de otro modo, tampoco se le ocultaba que un hombre rico era muy de temer por las poderosas influencias de que disponía. Sin embargo, durante algún tiempo nada volvió a oír del asunto, y supuso que el repulsivo pretendiente había dirigido sus tiros a otra parte.

Pero una noche oyó gritos en el aposento de su hija, por lo que, levantándose de la cama a medio vestir y puñal en mano, sé encaminó allá, donde encontró al miserable que, ayudado de dos sicarios, arrebataban a la joven con manifiestas señales de violencia. Aunque mal armado y teniéndoselas que haber contra tres, abalanzase Alcione hacia el raptor, y le dejó muerto de una puñalada en el pecho. Los otros dos huyeron, aunque uno de ellos salió herido de la refriega. No le supo mal a Alcione haber cometido aquella acción, obligado por las circunstancias, pero comprendía que no era cosa de poca monta matar a un individuo de familia tan rica y poderosa, por muy grave que hubiese sido la provocación. Así es que creyó conveniente ir, desde luego, a la corte del rajá y exponerle el caso, antes de que los parientes del muerto le demandasen judicialmente.

Dijo Alcione toda la verdad al rey tal como había ocurrido el hecho, y poco le costó al monarca dar crédito al relato, porque la reputación del muerto era tan mala, como buena la del matador. El rajá mostrase muy benévolo con Alcione, respondiéndole que nada temiera, puesto que su acción estaba perfectamente justificada; pero al mismo tiempo le advirtió que con ello se había concitado muchos enemigos, contra cuya venganza no bastaba a escudarle el poder real.

Entretanto, el rajá publicó un edicto anunciando la muerte del raptor y las circunstancias en que había ocurrido, en atención a las cuales declaraba irresponsable al matador, puesto que todo hombre honrado hubiese hecho como él en igual aprieto. Después de esto ya no se habló más del asunto, y la generalidad de los vasallos aprobaron de corazón el edicto del monarca, sin exceptuar la familia del muerto que, en apariencia al menos, parecía conformarse con, el veredicto popular, aunque por otra parte celebraron suntuosos funerales en sufragio de su pariente, y dieron disimuladas muestras de que no iban a perdonar ni olvidar el agravio inferido a su nombre.

Desde entonces se vio Alcione continuamente envuelto en acusaciones e intrigas, y muy luego advirtió que no sólo dimanaban de la persecución contra él emprendida por la poderosa familia, sino tal vez mayormente de influencias astrales que propendían a perderle. En efecto, el muerto se apareció varias veces en sueños a Alcione, y siempre en actitudes amenazadoras. Aunque Alcione era valeroso, le excitó nerviosamente aquella continua presión venida de inesperados puntos, y si bien no sabía con certeza qué iba a sucederle, estaba firmemente convencido de que le sucedería algo desagradable por el lado que menos pensara. Empezó a experimentar misteriosas pérdidas, y muchos padres retiraron a sus hijos de la escuela con especiosas excusas, por lo que a poco se vio en apremiante necesidad de dinero.

Tenía Alcione un tío rico y sin hijos (Cáncer), con fama de empedernido avaro, pero como era su más cercano pariente y además presumía fundadamente heredarle con el tiempo, pensó recurrir a él para que le sacase de apuros. Sin embargo, el tío se negó al préstamo y le dijo que no contase ni con una moneda de las suyas. Le indignó a Alcione esta conducta, y algún desahogo dio en público a su ánimo, aunque sin guardar rencor alguno al descastado pariente. Pero se horrorizó en extremo cuando, a la noche siguiente le vinieron impulsos de matar a su tío y apoderarse del acumulado tesoro para satisfacer sus apremiantes necesidades. No supo a qué atribuir tan infernal impulso, hasta que le pareció ver vagamente tras él la figura de Escorpión, y entonces dedujo que aquel extraño impulso era uno de los muchos medios de que el muerto se valía para perderle. Convencido de ello, Alcione rechazó la maléfica sugestión sin pensar más en ella, cuando le enteraron de la misteriosa desaparición de su tacaño tío, cuyo cadáver se encontró poco después, con manifiestas señales de muerte violenta.

Nada más supo Alcione hasta que se presentaron en su casa dos corchetes con orden de prenderle como presunto autor del crimen, y aunque protestó enérgicamente de su inocencia, se echaron reír los mandatarios diciéndole que ya explicaría todo aquello delante del juez, por más que no fuera fácil convencerle. Durante algún tiempo estuvo preso Alcione, hasta que al fin le llevaron a la sala de vistas, donde las pruebas de su culpabilidad le abrumaron y confundieron por lo incontrovertiblemente evidentes, pues las heridas del cadáver demostraban haber sido causadas con el propio puñal de Alcione, que se encontró escondido en la alcoba del asesinado. Dos testigos juraron haberle  visto entrar en casa de su tío la noche del crimen, y el mismo criado de la casa afirmó que, en efecto, había estado allí de visita y que al poco rato oyó como rumor de contienda y lastimeros gemidos que salían del aposento de su amo. Dijo además que no pudo prestar auxilio, por encontrarse con la puerta cerrada, sin conseguir abrirla hasta algunas horas después, pero que ya no vio allí a nadie y sí únicamente manchas de sangre a indicios de lucha.

Otros testigos declararon haber visto a Alcione pocas horas después del hecho con un saco a cuestas, cuya carga bien podía ser un cuerpo humano, en dirección al paraje donde luego se encontró el cadáver que el criado aseguró ser el de su amo, pues, aunque por su larga permanencia en el fondo del agua, tenía ya la cara comida de peces y no era posible identificarlo rigurosamente, así se infería con toda probabilidad de las ropas y aspecto general del cadáver.

Sin embargo, pruebas tan convincentes en apariencia no quebrantaron la confianza que el juez tenía en la inmaculada reputación de Alcione, y ya iba a diferir la sentencia hasta ulterior comprobación, cuando compareció otro testigo declarando que al pasar la noche de autos bajo las ventanas del muerto había oído un violento altercado, en el que resonaban con toda claridad las voces de Alcione y su tío, como si éste implorase misericordia y aquél, colérico, se la negase. Añadió el testigo que se detuvo hasta ver en qué paraba aquello, y a poco salió Alcione de la casa con el saco al hombro, según declaraban también otros testigos, notándose manchas de sangre en las ropas y un aire, de recelo y temor en su manera de andar. Prueba de todo ello era el manto de Alcione que, salpicado de sangre, presentaron al juez, por lo que éste, no sin repugnancia, pronunció sentencia de muerte, sintiendo que un hombre tan universalmente respetado durante tantos años, hubiese cometido en un momento de pasión tan horrendo crimen. Alcione insistió en protestar de su inocencia, pero como las pruebas eran irrefragables, quedase anonadado hasta que al fin exclamó:

"No creo que mi tío haya muerto; pero su desaparición me condena".

Le llevaron a la cárcel con orden de que al amanecer del día siguiente se cumpliese la sentencia. Aquella misma tarde fue a verle en su celda un sacerdote extranjero que regresaba a Egipto, y dos años antes había pasado por la ciudad en peregrinación a los más famosos santuarios de la India, hospedándose en casa de Alcione durante dos o tres semanas. Sarthon se llamaba el extranjero (pero nosotros le conocemos con el nombre de Mercurio) y estaba iniciado en los misterios egipcios. Habían platicado distintas veces él y Alcione sobre materias religiosas, con gran aprovechamiento de este último, que se sorprendió en extremo de la identidad de las religiones egipcia e induista, según las explicaba Sarthon, no obstante su aparente oposición.

En aquella última noche de su vida recibió Alcione de Sarthon dulces consuelos y un especial mensaje de que le había encargado un Ser mucho más prestigioso que él mismo en los Misterios. Le participaba en aquel mensaje que, aunque su condena le pareciese injusta, no lo era en verdad, pues si bien no padeciese la pena de muerte por el supuesto asesinato de un hombre que aun estaba vivo, la merecía en cambio por otras acciones cometidas en existencias pasadas, y que, por lo tanto, le era preciso pagar voluntaria y serenamente esta última deuda, a fin de desembarazar su sendero de los obstáculos que lo obstruían, y entrar con plena libertad en el que conduce a la Oculta Luz y a la Labor Oculta. A esto añadió Sarthon:

"Yo mismo, a quien diste hospitalidad, te conduciré de la mano por este sendero, según orden que recibí de Aquel a quien nadie puede desobedecer. Así, pues, desecha todo temor, porque todo es para tu bien, aunque no lo parezca, y tu mujer y tus hijos no sufrirán después de tu muerte".

Dicho esto desapareció en ademán de despedida, y a la mañana siguiente decapitaron a Alcione.

No habían pasado tres días, cuando los oficiales del rajá descubrieron oculto al tío de Alcione y le llevaron a su presencia. Entonces se puso en claro la maquinación tramada contra el injustamente condenado, y el tío declaró que ninguna culpa tenía en ello, porque se le apareció Escorpión para dominarle la voluntad y sugerirle la idea de esconderse, de modo que recayesen las sospechas sobre su sobrino. Al enterarse de esto el rajá (Orfeo), ordenó la prisión de todos los testigos, pero no fue posible condenarlos a muerte, porque separadamente interrogados, sin connivencia entre ellos, coincidieron en sus declaraciones, pues cada uno de ellos atestiguó que el muerto les había inducido a declarar en contra del acusado.

Sin embargo, el rajá mandó ofrecer especial sacrificio a los dioses en expiación de haber condenado a un inocente, y pensionó vitaliciamente a la viuda con mejora para la hija cuya belleza había motivado los hechos. Así se cumplió el vaticinio de Mercurio, y la familia de Alcione no sufrió quebranto en sus intereses materiales después de su muerte, aunque el odio de los hijos contra los parientes de Escorpión continuó durante muchas generaciones. La segunda parte del vaticinio de Mercurio también tuvo pleno cumplimiento, porque desde la vida que terminó en decapitación, comenzaron sus rápidos progresos en el sendero de Oculta Luz y de Labor Oculta que culminaron en la vida actual con su entrada en la corriente, y han elevado a Alcione a la categoría de miembro de la Gran Fraternidad Blanca, cuyo único objeto es auxiliar al mundo. Mercurio le conduce todavía en cumplimiento de la promesa que le hiciera mil años atrás.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

PRIMERA  GENERACIÓN

 

Brhaspati  Esposa, Heracles. Hijos: Venus, Albireo, Urano, Siwa. Hijas: Cabrilla, Vesta.

Berenice   Esposa, Leto. Hijo, Cáncer. Hijas: Leo, Pegaso, Lomia.

 

SEGUNDA  GENERACIÓN

 

Mercurio    Sacerdote egipcio.

Urano     Esposa, Polar. Hijos: Perseo, Canopo, Elsa. Hijas: Proserpina, Dorada, Viola, Wenceslao, Régulo.

Orfeo     Rajâ.

Albireo   Esposa, Leo. Hijo, Alcione.

Siwa       Esposa, Virgo. Hijos: Ofiuco, Tolosa. Hijas: Minerva, Sirona.

Andrómeda        Esposa, Dragón. Hijos: Neptuno, Casiopea. Hijas: Argos, Algol, Fénix.

Vajra      Ciudadano de Menfis. Esposa, Alcestes. Hija, Espiga. Joven esclavo, Rhea.

Ulises     Jefe de los Hyksos.

 

TERCERA  GENERACIÓN

 

Neptuno Padre, Andrómeda. Madre, Dragón.

Alcione  Esposa, Algol. Hijos: Libra, Sagitario. Hijas: Demetrio, Melete, Mizar.

Escorpión Pretendiente desdeñado de Mizar.

Auriga    Esposa, Altair. Hijos: Tifis, Alcor. Hijas: Centauro, Iris.

 

CUARTA  GENERACIÓN

 

Libra       Hija, Cisne.

Tifis        Alumno de la escuela de Alcione.

Alcor      Alumno de la escuela de Alcione

 

 

VIDA XXVIII

 

Llegamos ahora a las más actualizadas vidas de esta serie, como resultado de todas las anteriores. También veremos en estas tres mucho sufrimiento en extinción de los residuos kármicos; pero los grandes Seres se ponen una vez más en íntimo contacto con nuestro héroe, para no separarse jamás de él, porque nunca puede estar solo quien una vez entra en el seno de la Gran Fraternidad Blanca. En esta vigésima octava vida, así como en la siguiente, toma Alcione humilde parte en la fundación de dos grandes religiones; y en consecuencia, al estudiar sus vidas, tendremos fascinadoras vislumbres de alguno de los más importantes períodos de la historia de la humanidad.

Los restos del poderoso imperio persa que floreció durante muchos miles de años, habían sido devorados por los mongoles y devastadas las tierras en que se asentara. Pero otra tribu aria que hablaba el idioma zendar, vino de las sierras de Susamir a poblar los asolados territorios y reunir en su torno los pocos habitantes que habían logrado escapar al estrago de los irruptores. En este país, no establecido aún definitivamente, en un lugar llamado Drepsa, de la comarca de Bactria, nació Alcione el año 1528 antes de J. C., y le pusieron por nombre Maidhyaimaongha (Los nombres patronímicos de esta nación eran de lo más estrambótico que se encuentra en la antigüedad, y exceden todavía en dificultad de pronunciación y número de sílabas a los más enrevesados de entre los atlantes). Era hijo de un caballero principal llamado Arasti (Héctor) hermano de Purushaspa (Siwa).

Su madre (Beatriz) falleció cuando él era aún muy niño, y estuvo al cuidado de su tía Dughda (Vajra) esposa de Purushaspa, la que hizo oficios maternales. El más asiduo compañero de Alcione era su primo Zarathushtra, dos años mayor que él, a quien admiraba profundamente. Las dos familias eran ricas, aunque tal vez más la de Arasti, y poseían vastas haciendas agrícolas. La religión influía poderosamente en la vida de ambas familias, y cabe afirmar que Dughda y Zarathushtra modelaron el carácter de Alcione con la secundaria ayuda de su tutor Barzinkarus (Urano) hombre enérgico y muy docto.

El reyezuelo del país se llamaba Duransarun (Aurora); pero el rey de toda la Bactria era Lohrasp, quien tenía por primer ministro a Jamaspa (Cástor), quien con su hermano Phrashaostra (Aldebarán) ejercía mucha influencia en el país. Los dos eran íntimos amigos de Siwa y Héctor, pues en realidad todos pertenecían, a la misma estirpe.

La constitución del país era sumamente extraña, pues gran parte de él estaba a medio poblar, y aunque había muchas tierras de labor, no escaseaban las ocupadas aun por tribus nómadas. Los intereses de estas dos razas se contraponían con frecuencia, de modo que cada vez era más honda su separación, y aun parece que diferían notablemente sus creencias religiosas, no obstante el común origen de que habían evolucionado en opuestas direcciones. Muchos siglos antes, un pueblo ario, derivado de la primera subraza de la quinta raza, había adorado dos clases de entidades a que respectivamente llamaban devas y asuras. Estos últimos eran al principio tenidos por superiores y más espirituales, y a su jerarca Varuna adoraban como principal divinidad. Las tribus que incurrieron en el Oriente de la India, modificaron gradualmente estas ideas y dieron el título de devas a todo linaje de entidades superfísicas benéficas, y el de asuras a las maléficas, de suerte que depusieron a Varuna del trono supremo y lo reemplazaron por Indra.

 Pero las tribus que después de siglos de reclusión en los valles de Susamir invadieron el territorio persa, no apostataron del culto de Varuna y de los asuras, y contrariamente a sus colaterales, dieron el título de devas a los espíritus inferiores o malignos, hasta considerarlos como simple personificación de las fuerzas de la naturaleza a que ofrecieron cruentos sacrificios.

En la época referente a nuestro relato el culto de los asuras estaba indudablemente entreverado en Persia con los residuos de la religión de Zoroastro, establecida en el país miles de años antes, y su espiritualidad era mucho mayor que la de los adoradores de los devas, representados a la sazón en Persia por las tribus nómadas que comían carne, mientras que los adoradores de los asuras eran agrícolas y miraban la vaca como animal sagrado y como enorme crimen el matarla. Sus sacrificios consistían en frutas, flores y tortas con aceite o manteca. En Persia era, por lo tanto, materialista el concepto de Indra, y espiritualista el de Varuna. Los adoradores de los asuras decían que sus contrarios degradaban la idea de la divinidad, mientras que los adoradores de los devas aseguraban que aquéllos la sutilizaban hasta convertirla en mera abstracción coincidente con el ateísmo. De este modo se suscitó una enconada lucha teológica, cuyo resultado fue ahondar la divergencia de intereses.

La soberanía de Lohrasp no era, según parece, muy efectiva en el país, por lo que Aurora reinaba de hecho con entera independencia. El hijo de Lohrasp, llamado Vishtaspa (Ulises), tenía casi la misma edad que Alcione, y como de ordinario residía en una vasta hacienda del real patrimonio sita en Drespsa, contrajo íntima amistad con los dos primos, sobre quienes llegó a cobrar mucho ascendiente. Una prima de Alcione, la pequeña, Thraetaina, (Mizar), que se había quedado huérfana, fue a vivir a casa de él, prohijada por la familia, y ocurrió que los tres jóvenes a un tiempo se enamoraron rendidamente de ella. Ulises era muy altivo y se figuraba que por ser hijo del soberano, nadie osaría oponérsele; Zarathushtra era de carácter impulsivo, ardiente, poético, fogoso, pero tenía períodos de profundo desaliento por efecto de la reacción emocional. En cambio Alcione era cauteloso y reservado, sin facilidad de expresar sus amorosos pensamientos, aunque más hondamente que sus dos compañeros los sintiera. Los tres respetaban y querían en extremo a Urano, y según hemos dicho, Alcione idolatraba a Zarathushtra, que además de las ya enumeradas características, era hermoso, robusto, hábil, rebosante de salud y muy propenso a éxtasis y sueños. Desde su más tierna infancia se le aparecía constantemente un hombre de arrogante apostura y poder sobrenatural, circundado de una aureola de vivísimo fuego en quien reconocía al primer Zoroastro, fundador del mazdeismo y jerarca de una de las principales modalidades de la evolución humana. La figura del insigne fundador aleccionaba con frecuencia a Zarathushtra, y más de una vez se materializó, hasta el punto de que también pudo verle Alcione, quien, hondamente emocionado, le supuso uno de los ángeles estelares de que su religión le hablaba. Esta videncia acabó de convencerle de que su primo estaba destinado a muy altas empresas y le infundió ardorosos alientos para ayudarle en la obra, aparte de evidenciar la realidad del mundo invisible de que ya no dudó jamás.

Con la edad fue creciendo el amor y respeto que Alcione sentía por Zarathushtra, y los dos platicaban frecuentemente sobre los problemas religiosos de la época. Zarathushtra era entusiasta defensor del espiritual culto asúrico, en contra de los materialistas adoradores de los devas, y aunque Alcione se inclinaba a ver dioses en unos y otros, siempre defería a la opinión de Zarathushtra. No es maravilla, pues, que así como, no obstante su juventud, había cautivado la fogosa elocuencia de este último a principales familias de la ciudad, rindiese también el corazón de Mizar.

En lo íntimo de su ser amaba Mizar a Alcione, pero más bien con amor humano, al paso que la grandeza de Zarathushtra la fascinaba y atraía a pesar de al mismo tiempo estremecerla de pavor. Había sentido Mizar ciertas preferencias por Ulises a causa de su elevadísima posición social, y algo hubiera resultado si Lohrasp, que tenía otros proyectos respecto de su hijo, no le substrajera a la fascinación de la muchacha casándolo con la princesa Hutaosa (Bellatrix), de singular hermosura, pero de altivo carácter, quien si en un principio se mostró reservada, muy luego echó de ver las buenas cualidades de su marido y disimuló sus faltas, de modo que le llegó a querer sinceramente.

Con esto ya sólo tuvo Mizar dos pretendientes, de lo que quedó medio triste y medio alegre, pues si bien había ambicionado el trono de Bactria, era a Ulises a quien menos amaba de los tres. Cierto día manifestó Zarathushtra a Alcione, en un arrebato de confianza, lo mucho que amaba a Mizar, lo cual escuchó Alcione como si le leyeran sentencia de muerte, pues su corazón estaba por igual henchido del amor de Mizar y Zarathushtra. Se esforzó en disimular la dolorosa impresión causada en él por la noticia, reconcentrándose en sí mismo lejos del trato social, y pensó que la potente mentalidad de Zarathushtra consideraría el amor y el matrimonio como cosas secundarias, y por lo tanto, no sería posible que tan cordialmente como él amase a Mizar; pero después de tremenda lucha interior, se determinó a cumplir los que creía sus deberes para con el amigo, y al efecto se ausentó de la ciudad por dos meses con excusa de hacer una visita muy lejana, y a su vuelta supo que ya estaba concertado el matrimonio de Mizar con Zarathushtra.

Se efectuó la ceremonia nupcial el año 1510, y fueron felices los esposos, porque Mizar quedó enteramente dominada por la vívida personalidad de su marido, a quien en extremo admiraba, y sólo por él y para él vivía. Tuvieron un hijo (Ayax), al que le llamaron Ysatvastra y sucesivamente tres hijas de las que la menor fue Puruchista (Demetrio), nacida el año 1505. Desgraciadamente, de resultas del último parto, contrajo Mizar una enfermedad que la llevó al sepulcro, dejando a Zarathushtra con cuatro hijos de corta edad. Púsoles el viudo al cuidado de su madre Dughda (Vajra), con lo que estuvieron en íntimo trato con Alcione, quien les amaba entrañablemente y se entretenía largas horas con ellos, especialmente con la chiquitina Puruchista.

Sintió profundamente Zarathushtra la muerte de su esposa, pero cada día se ensimismaba más en sus ideas religiosas con el vasto proyecto de reformar la antigua religión irania. Considerándose hasta cierto punto libre por la muerte de su mujer o cediendo acaso a divinas inspiraciones, se fue a vivir eremíticamente en una cueva del yermo, donde entregado a sus religiosos pensamientos permaneció durante diez años en continuos éxtasis y visiones bajo la casi cotidiana dirección del primer Zoroastro, quien le instruyó en las verdades que había de predicar al pueblo. Aun sustentaba la adoración de los asuras opuestamente a la de los devas, y con el tiempo fue exaltando más y más a los primeros a quienes llamó ahuras, de suerte que de este nombre derivó el de la divinidad suprema, con la adición de la palabra Mazda que, según parece, significaba sabiduría, y así formó el nombre de Ahura-Mazda que quiere decir: "Espíritu de Suprema Sabiduría".

No parece que por entonces tuviese Zarathushtra el concepto de Ahriman o personificación del mal que tan básico lugar ocupa hoy en la religión mazdeísta, si bien simbolizó algún tanto el mal o al menos la idea de oposición al bien, según descubría él en el culto de los devas, y llamó Dhruj a este principio. No obstante, parece que Dhruj era la representación de la materia, pues conforme a las doctrinas de Zarathushtra, el espíritu y la materia pugnaban por la posesión del hombre cuyas acciones eran trofeo de uno u otro elemento. El contraste entre esta teoría y la de los adoradores de los devas denota no poca semejanza con el que después hubo entre la filosofía de Pitágoras y el paganismo helénico.

Admitía Zarathushtra la existencia de espíritus buenos a que llamó ameshaspentas, aunque no resultaba muy claro el concepto de estos seres que más bien parecían personificaciones parciales de principios éticos. Admitió también la doctrina de la reencarnación, sin detenerse a reflexionar sobre ella, pues el aspecto práctico de su plan era constituir una especie de comunidad agrícola en que la labranza y cultivo del suelo habían de ser las más preeminentes virtudes cívicas. Durante los diez años que estuvo Zarathushtra en el yermo, fue Alcione a verle con frecuencia y complacerle en cuanto deseaba, lo que satisfizo grandemente al eremita. En cierta ocasión le dijo éste a Alcione que le había visto en sueños acompañándole en calidad de lugarteniente o vicario de sus predicaciones religiosas. Alcione le daba noticias de sus hijos y aun algunas veces se los llevó en persona, pero tan absorto estaba en sus proféticas visiones, que apenas hacía caso de ellos, y muy luego quisieron más a Alcione que a su propio y abstraído padre.

Al cabo de los diez años recibió Zarathushtra orden superior de restituirse al mundo para dedicarse al sacerdocio y exponer al pueblo las verdades aprendidas. Le profetizó Zoroastro, al darle la orden, que difundiría sus doctrinas por todo el territorio persa, pero que antes de emprender la predicación, había de esperar la llegada de un extranjero venido de Occidente, cuyas señas le describió para que debidamente le reconociese. Entretanto, ejerció el sacerdocio en su natal comarca de Bactria, y no dejaron de tener cierta notoriedad sus primeras funciones, pues apenas salió de la cueva, en cumplimiento del mandato recibido, cuando quedó destruida por una repentina erupción volcánica, fenómeno que relacionaron las gentes con la vuelta de Zarathushtra a la vida ciudadana.

Por entonces había abdicado Lohrasp en favor de su hijo Vishtaspa (Ulises), el juvenil amigo de Zarathrushtra. Después de muerta su primera mujer, se enemistó Víshtaspa con su padre, y en un arrebato de ira se marchó del país hacia el Occidente de Persia, donde contrajo amistad con el reyezuelo de aquellos contornos, quien le dio una hija suya en matrimonio. Se puso entonces Vishtarpa al frente de las tropas, y encaminándose a Bactria, obligó a su padre a abdicar la corona, y apoderado del trono, estableció radicales mudanzas en la administración del reino. Sin embargo, tuvo el talento de no exonerar al primer ministro Jamaspa (Cástor), con lo que el pueblo aceptó, bajo la confianza que éste le inspiraba, muchas reformas contra las cuales se hubiera sublevado.

Ulises acogió cariñosamente a Zarathushtra y le confirió primero el cargo de zaohta y después el de dastur-i-dastur, que le dio gran influencia social, a cuyo favor pudo predicar sus reformadoras doctrinas con ardorosa elocuencia y vivísimo celo. Como tenía el apoyo del rey, sus discípulos aumentaron progresivamente, y eran ya muchos en número, cuando el año 1489 llegó el anunciado extranjero.

Aunque Zarathushtra había abrazado el oficio sacerdotal, no por eso desdeñó la vida de familia. Durante aquel tiempo estaban ya crecidos sus hijos al cuidado de Alcione, quien fue nombrado administrador de la casa. A todos los chicos quería entrañablemente Alcione, pero en particular a Puruchista que ya tenía dieciséis años, y estaba en el deslumbrador despunte de la adolescencia, como si fuera el vivo retrato de su difunta madre.

De la propia suerte que en los juveniles años se había prendado Alcione de Mizar, asimismo se enamoró en su madurez de Puruchista, pero la diferencia de edad le contenía en pedirla por esposa. La belleza de la muchacha le proporcionó muchos pretendientes, pero ella los rechazó a todos, diciendo a Alcione que sólo a él podía amar.

Durante algún tiempo desechó Alcione de su mente aquella ingenua declaración de Puruchista, temeroso de abusar de su juventud, agradecimiento e inexperiencia; pero llegó un día en que tan vivos fueron los sentimientos de ella respecto de él, que no pudo por menos de preguntarle el enamorado Alcione si consentiría en ligar su temprana juventud a un hombre ya tan maduro como él. Aceptó ella gozosamente, y todo fue como si por fin le sonriera a Alcione la dicha; pero el karma que pendía sobre él durante estas vidas, le sobrecogió una vez más, porque cuando ambos iban a impetrar de Zarathushtra la bendición nupcial, les dijo éste que había ya concertado el matrimonio de Puruchista con Jamaspa Khernmi (Mira), hijo del primer ministro Cástor, por ser este matrimonio de absoluta necesidad para los intereses de la reforma y el éxito de la propaganda.

La inesperada noticia cayó como una maza sobre los novios, que si bien de pronto sintieron escozores de rebelión, muy luego consideraron religioso deber el someterse, pues sin duda Ahura-Mazda les exigía tamaño sacrificio. En semejantes circunstancias no quedaba más remedio que resignarse, y Puruchista fue la esposa de Mira, aunque con escasas esperanzas de felicidad. Sin embargo, su joven marido, que en un principio se había prendado de ella por sólo su hermosura, la amó sin tardanza por sus intrínsecas cualidades, y se mostró valeroso, honrado y adicto cónyuge, de modo que la suerte de Puruchista no fue tan triste como temiera, y al cabo de algún tiempo logró corresponder al profundo amor de su marido.

Pero Alcione no halló consuelo que pudiera mitigar su acerba pena, hasta que vino a prestárselo Mercurio, el extranjero de Occidente, que por indicación de Zarathushtra estaba al cuidado de Alcione. Este extranjero les había llamado la atención por varios motivos, pues en vez del venerable apóstol que suponían, se les presentó un apuesto joven vestido de pescador griego, quien lejos de aceptar la suntuosa hospitalidad que Alcione estaba dispuesto a ofrecerle, quiso ganarse la vida con su trabajo en el taller de un platero.

No menos se maravillaron al oírle referir que hasta un año antes había sido sacerdote mayor del templo de Palas, en Agadé, ciudad del Asia menor, pero que cuando los bárbaros invadieron el país, le mataron el cuerpo físico, y había tomado por nuevo vehículo, el de un joven pescador que se ahogó al escapar de la mortandad (Muchos de nuestros personajes dramáticos estaban agrupados junto a Mercurio en la ciudad de Agadé, según veremos en la vigesimasegunda vida de Orión. El lector que recopile las listas de los personajes, no debe cerrarlas hasta que se publiquen las vidas de Orión).

Con la llegada de Mercurio pareció Zarathushtra doblemente inspirado, y empezaron los preparativos de la predicación tantas veces vaticinada. Durante todo este tiempo mantuvo Zarathushtra íntimas relaciones con el rey Vishtaspa (Ulises), quien deseaba tan ardientemente como el mismo Zarathushtra que su profeta, según le llamaba, fuese el apóstol de la religión en todo el país persa. Zarathushtra subordinó hasta los más nimios pormenores a lo que consideraba necesario para su obra, sin desdeñar los elementos mundanos de utilidad y provecho. Al efecto, no sólo había casado a su hija con el hijo del primer ministro, sino que por la misma razón se casó él con una prima del rey llamada Kavihusrava (Aquiles), de quien ya tenía, entonces dos hijos: Hvarechithra y Urvatatnara. Pero muerta su segunda mujer, también prematuramente, contrajo terceras nupcias con Hvoghvi (Píndaro), hermana menor del primer ministro, cuyo parentesco afianzaba de esta suerte.

Tan honda fue la pena que causó a Alcione su segundo desengaño amoroso, y tan fatigado estaba ya de la vida, que pensó seriamente en suicidarse, y a ello iba decidido, cuando la llegada de Mercurio mudó por completo su propósito. Veía entonces el mundo bajo muy distintos aspectos, y desde el primer instante sintió por Mercurio un tan vivo afecto entreverado de reverencia, que carecía extraño sentimiento de un noble persa respecto de un, en apariencia, humilde pescador griego. A los pocos días preguntó Mercurio a Alcione cuál era la causa de su tristeza, invitándole a relatar la historia de su vida. Entonces se levantó Mercurio del asiento en que estaba, y se transfiguró en su presencia mostrándosele en la forma que nos es tan conocida, diciéndole con palabras de profundo amor:

"Grande ha sido en verdad tu aflicción, no sólo esta vez, sino otras muchas, porque el que apresura el paso, ha de apresurarse también a pagar sus deudas. Pero grande en proporción será tu gozo. Tuya será la bendición que lengua alguna puede expresar, pues por ti serán benditas todas las naciones del mundo. Esta vida de sacrificio es la culminación de muchos sacrificios, y por ello empezarás a recibir el galardón en la próxima vida, cuando profieras el voto que jamás puede quebrantarse. Ante ti está abierto el sendero, y por él te guiará mi mano, y mi bendición será contigo en vida y en muerte hasta que lleguemos a presencia del Rey".

Tan profundamente conmovido quedó Alcione al escuchar la formidable profecía, que desde aquel punto se le desvaneció el pesar, y aunque algunas veces pensaba con tristeza en la madre y en la hija a quienes tan tiernamente amara, le consolaba el vaticinio de que, un día serviría su tristeza para auxiliarlas y auxiliar al mundo. En esta confianza vivió y trabajó entre las múltiples contingencias de aquella conturbada época en que sobrevinieron las guerras del rey Vishtaspa y la invasión de los tártaros rechazada por el príncipe Isfandehar (Deneb). Así vivió hasta el reinado de Baman, nieto de Vishtaspa, durante los cuarenta años de la predicación errabunda de Zarathushtra. Esta fe le sostuvo igualmente, cuando después de diez años de penosa labor pasó Mercurio a la India, dejando tras sí la leyenda de Paishotan, el instructor que nunca muere, sino que vuelve a establecer nuevas razas y a conducir a su pueblo a tierras de promisión. Aquella fe le dio valor durante los períodos de abatimiento que sobrecogían el ánimo de Zarathushtra, cuando el profeta, quejoso de la tibieza de sus discípulos, ponía en duda el éxito de su empresa y aun la veracidad de sus visiones, e intentaba abandonar el país a causa de la oposición del príncipe Bendva, de la familia Grehma, y otras todavía fieles a las antiguas creencias. La misma fe le sostuvo al enterarse del asesinato de Zarathushtra, en el momento de celebrar sobre las aras del gran templo de Balkh, cuando la ciudad fue devastada por los tártaros el 1449.

Dos años antes había cesado Alcione en su labor apostólica, por no verse con fuerzas bastantes para proseguirla. Durante los últimos diez años de su vida cuidaron de Alcione dos hijas de Zarathushtra y Mizar, llamadas Phreni y Thriti (Rigel y Betelgeuze), hermanas de Ayax y Demetrio. Esta murió poco después de su marido Míra que perdió la vida combatiendo contra los tártaros; pero una hija suya, Haoshyagha (Fomalhaut), también muy parecida a su abuela Mizar, le prodigó solícitos cuidados y estuvo a la cabecera de su cama al morir el año 1441. En el momento de la muerte se le apareció de nuevo Mercurio en figura radiante que le sonreía con tierno amor. Alcione juntó las manos en muestra de gratitud, y sus últimas palabras fueron las de la profecía: "Hasta que nos veamos en presencia del rey". En su vida actual se ha cumplido plenamente la profecía.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Urano     Tutor de Zarathushtra y de Alcione.

Mercurio    Sacerdote mayor de Agadé.

Zarathushtra      Padre, Siwa. Madre, Vajra. Primera esposa, Mizar. Hijo, Ayax. Hijas: Rigel, Betelgeuze, Demetrio. Segunda esposa, Aquiles. Hijos: Polar, Olímpia. Tercera esposa, Píndaro. Discípulos: Partenope, Daleth, Telémaco, Gimel.

Ulises     Rey Vishtaspa. Esposa, Bellatrix. Hijo, Deneb.

Cástor    Primer Ministro. Hermano, Aldebarán. Hermana, Píndaro. Hijo, Mira.

Aurora    Rey Durânsarûn.

Héctor    Hermano, Siwa. Esposa, Beatriz (murió joven). Hijo, Alcione.

Demetrio   Esposo, Mira. Hijos: Orfeo, Capricornio, Proción. Hijas: Fomalhaut, Irene, Régulo.

Partenope Esposa, Beth. Hijo, Soma. Hija, Ifigenia.

Daleth    Esposa, Calíope.

Telémaco  Esposa, Aleph.

Gimel     Esposa, Glauco.

Ceteo     Miembro de la familia Ghêhma.

Adrona   Miembro de la familia Ghêhma.

Lacerta  Miembro de la familia Ghêhma.

Focea    Miembro de la familia Ghêhma.

Avelledo    Miembro de la familia Ghêhma.

 

VIDA XXIX

 

En la vigésima octava vida de esta serie sufrió mucho Alcione mentalmente, pero obtuvo notables ventajas de su íntimo trato con Mercurio y Zarathushtra. En esta vigésimanona vida, fueron todavía mayores sus progresos, aunque nació en no muy favorables condiciones. Mecióse su cuna en las cercanías de la ciudad de Rajagrha, el año 2472 del Kaliyuga, correspondiente al 630 antes de J. C. y al cuarto del reinado de Kshattranjas.

Su madre, Yagannadha, era un rico brahmán, de carácter bastante vituperable, por lo que avariento y codicioso, que no reparaba en medios para allegar riquezas, aunque llegasen a la bellaquería.

Estaba el padre de Alcione al servicio de un templo con otros brahmanas que turnaban en su administración y gobierno, y durante la época de su rectorado recibían, en individual propiedad, las ofrendas de Peregrinos y devotos. Este extraño régimen favorecía las incorrecciones por parte de los brahmanas, y más particularmente de Yagannadha, quien tenía en las principales comarcas de la India agentes encargados de avisarle de antemano la próxima salida de los peregrinos opulentos o de alguna peregrinación colectiva. Recibida la noticia, se las componía Yagannadha de modo que los peregrinos llegasen al templo durante el período en que él lo regía, y, al efecto, daba a sus agentes las necesarias instrucciones para, con ingeniosos pretextos, apresurar o demorar la salida de la proyectada peregrinación. De esta manera llegó a reunir copiosas riquezas y poseer vastas heredades, no obstante contrariar con ello las reglas de la casta sacerdotal; pero todo lo cohonestaba el favor del rey, a quien de cuando en cuando obsequiaba con magníficos regalos.

Sin embargo, no era Yagannadha ajeno a los afectos familiares, pues dio a sus hijos excelente educación, si bien la torció en cuanto fueron mayores, enseñándoles los tortuosos medios de agenciar fortuna. La madre era mujer amable y de gentil natural, muy cuidadosa de su casa y familia, fiel observante de los deberes religiosos, pero sin que su actividad traspusiera las puertas del hogar ni su atención se posara en las cuestiones metafísicas y filosóficas. Había tenido varios hijos y sólo sobrevivieron Alcione (cuyo nombre en esta vida fue Shivashankara) y su hermana Muli. Sin embargo, Yagannadha había prohijado al niño Mizar, huérfano de un primo suyo desde edad muy temprana. Mizar llevaba el nombre de Nivaran y tenía dos años menos qué Alcione. El afecto entre los dos niños era más hondo aun que si hubiesen sido hermanos, aunque diferían opuestamente en aptitudes. Alcione era soñador y romántico, de elevados ideales, mientras que Mizar era mordazmente positivista y de no muy escrupulosa conducta. La madre de Alcione murió antes de ver ya mayores a sus hijos, y como Yagannadha estaba siempre ocupado en sus especulaciones, crecieron aquéllos sin otra dirección que su propio impulso. Alcione no hacía caso alguno de los planes y proyectos que constituían el único tema de las conversaciones del padre, pero Mizar se complacía en hablar con su padrino de estos asuntos, y aun a veces le ayudaba con ingeniosas trazas en acrecentar las múltiples riquezas de la familia.

A los dieciocho años casó Alcione con Irene, espiritual joven de agudo entendimiento, de quien al cabo del año tuvo un hijo. No tardó otro tanto en morir el padre, por lo que recayó en Alcione la jefatura de la familia con todas sus riquezas y los consiguientes deberes al ejercicio del sacerdocio que al mismo tiempo heredaba, y así hubo de turnar en la administración del templo y en la celebración de sacrificios que, si bien le repugnaban instintivamente, no tuvo más remedio que cumplirlos por deber, como su padre había hecho. En aquella época los sacrificios religiosos entrañaban abundante derramamiento de sangre, pues era opinión común que la Divinidad aceptaba propicia las ofrendas de animales, sobre todo del caballo, que parecía sacrificio mucho más meritorio que el de cabríos comúnmente escogidos por víctimas.

Los sentimientos de Alcione se rebelaban contra aquella carnicería al por mayor, e interiormente dudaba de que pudiera ser agradable a Dios. También repugnaba profundamente los procedimientos que su padre empleara para atraer peregrinos al templo, y aunque comprendía la ventaja de que en la época de su rectorado llegasen numerosas peregrinaciones, no quiso, en modo alguno, recurrir a falsedades y trapacerías para acrecentar sus ganancias.

Mizar no estaba conforme con su primo en este punto concreto. Las enseñanzas de Yagannadha habían arraigado en él profundamente, y miraba con no poco desdén los escrúpulos que Alcione tenía para no seguirlas, diciéndole que de otro modo hubieran ido las cosas de ser él jefe de la familia. Con frecuencia incitaba Mizar a Alcione a continuar los procedimientos de su padre, pues, de no hacerlo así, parecería como si vituperara la conducta del difunto, contra lo que cumplía a un perfecto brahmán. Replicaba Alcione diciendo que Mizar podría hacer lo que gustase en este punto, pero que él, en modo alguno quería reanudar las antiguas costumbres. No gustaba Alcione del dinero ni de la ostentación, y atendía solícitamente a los menesteres domésticos, mientras que Mizar, no obstante su buena índole y afable temperamento, se creía obligado a llevar adelante los planes de Yagannadha, con empeño de acrecentar las riquezas de la familia.

Por entonces casó Mizar con Tetis, que desgraciadamente no era mujer de recomendables cualidades, y ejerció prevaleciente influencia sobre su marido, excitando aún más su descontento contra Alcione, pues tenía desmedida ambición de riqueza y poderío. La joven pareja discutía con frecuencia estos asuntos y acababan por convenir en que, si ellos fueran los dueños de la casa, acrecentarían mucho más rápidamente su fortuna. Como es natural, Irene tenía prelación en todos los actos familiares, pues era la mujer del jefe de familia, y esta preferencia despertó tan amarga envidia en el ánimo de Tetis, que no desperdiciaba coyuntura para mostrarse superior a Irene, la que, no obstante, la trataba siempre con afabilidad y cariño.

Por otra parte, Tetis había tenido un hijo y alimentaba la secreta esperanza de arreglar las cosas de modo que con el tiempo heredase el oficio sacerdotal y la fortuna de la casa, en perjuicio del hijo de Alcione, y tan pertinazmente maduró su plan, que por fin lo puso en obra mediante una intriga fraguada en la corte del rey para satisfacer sus ambiciones, pues el soberano era dueño de vidas y haciendas y todo dependía de su favor. Empezó Tetis a murmurar contra Alcione e Irene de modo que las voces llegaran a oídos y les desprestigiaran en concepto del rey; mas no satisfecha con esto, concitó los ánimos de los dos primos, por medio de arterias e insidias que motivaron entre ambos ruidosas querellas.

Los demás brahmanas que con Alcione turnaban en la administración del templo, le tenían ojeriza por su repugnancia a celebrar sacrificios cruentos y su enemiga a los procedimientos por ellos empleados para sacar dinero de las peregrinaciones, de suerte que acogieron favorablemente los rumores difundidos por Tetis, y cuando el rey mandó inquirir lo que de cierto hubiese en toda aquella murmuración, no tuvieron los sacerdotes reparo en dudar de la conducta de su compañero. Tan buena maña se dio Tetis en acabar de tejer las redes de esta intriga, que por fin provocó el rompimiento del rey con Alcione, quien, con su mujer e hijo, fueron desterrados de la ciudad. Sucedía esto el año 598, cuando Alcione contaba ya treinta y dos de edad.

Se alborozó Tetis con la victoria, pero Mizar se apesadumbró en extremo por el destierro de su primo, pues era completamente ajeno a las tramas de su esposa, aunque el engreimiento de superar a Alcione en el ejercicio del sacerdocio y la gerencia de la casa, le movió a convertir su pesar en la alegría de suceder a Alcione en el cargo sacerdotal, con lo que él y su mujer veían realizados sus persistentes anhelos, y fueron dichosos en el logro, por más que Mizar no pudo extirpar del todo la pena que en un principio le produjo el destierro de Alcione, y solicitó varias veces su indulto.

Alcione sintió mucho el verse tan mal tratado, sobre todo porque el punto de su destierro era muy malsano. Su hijo tuvo una larga enfermedad de fiebre palúdica, de la que se restableció al cabo, pero sin el vigor de antes y dejándole sumamente débil del pecho. Alcione e Irene culpaban a Mizar y Tetis de su desgracia, hasta el punto de cobrar la primera profundo y secreto rencor a su cuñada.

Cuatro años después, el de 594, murió el rey Kshattranjas y le sucedió Bimbisara, a quien Alcione había tratado en su juventud, por lo que se apresuró a impetrar su gracia. El nuevo rey le alzó el destierro, reintegrándole en el oficio sacerdotal y en posesión de su casa y riquezas.

Tuvieron entonces los dos primos un violento altercado, y por vez primera se enteró Mizar de las maquinaciones de su mujer, a la que recriminó ásperamente. Con el tiempo se suavizaron las relaciones entre las dos familias, y Alcione permitió que Mizar y Tetis continuaran viviendo en la misma casa; pero las dos mujeres se miraban con desconfianza, y aun el propio Alcione no pudo olvidar por completo que Tetis había sido la causa de su destierro y, por consiguiente, del quebranto de la salud de su hijo.

Sin embargo, Tetis prosiguió su nefanda obra, tramando en secreto toda clase de planes para asegurarle la herencia de la casa a su hijo, en menoscabo del de Alcione. Esperaba la sagaz ambiciosa que la quebrantada salud del joven acabase con su vida; pero como la muerte tardara demasiado en responder a tan mal deseo, resolvió administrar disimuladamente a su víctima un veneno lento, de modo que nadie pudiese sospechar la verdadera causa de su fin. Puestas manos a la obra, mezcló cautelosamente el tósigo entre la comida del joven, y poco a poco fue aumentando la dosis, de suerte que hubiera logrado su criminal intento, a no sorprender un día Alcione a la emponzoñadora in fraganti. Colérico el padre por tamaño atentado, resolvió de pronto a denunciar el crimen y poner a Tetis en manos del rey para que la enjuiciase, pero desistió de ello a ruegos de Mizar, que si bien horrorizado del hecho, temía la deshonra de su nombre. Sin embargo, le dijo Alcione que no se creía seguro bajo el mismo techo que Tetis y, por lo tanto, era preciso que con ella y su hijo se marcharan a la casa de campo donde él con los suyos habían pasado los cuatro años de destierro. Mizar aceptó gozoso este arreglo, algo más satisfactorio de lo que esperaba después de la infamia de su mujer; pero, desgraciadamente, era ya demasiado tarde para salvar al hijo de Alcione, que, no obstante la ciencia de los más famosos médicos, murió el año 590. Alcione no pudo consolarse de esta pérdida, que le movió a desesperación y arrebatos de odio contra Tetis, sin que hubiese nada capaz de distraerle, pues parecía como si con el hijo perdiera el sostén de su vida.

En el primer año del reinado de Bimbisara llegó a Rajagrha el Señor Gautama, quien fue invitado por el rey a predicar públicamente, pero no pudo acceder al ruego porque seguía su camino en busca de la iluminación. Cuando llegó a Buddha, acordóse el Señor Gautama de la petición del rey Bimhisara y predicó en Rajagrha el año 588, a los treinta y cinco de su edad, pues había nacido en 623. Alcione fue a oírle, y quedó tan profundamente emocionado, que se le desvanecieron la desesperación y el desaliento. El Señor Buddha predicaba sobre la tristeza y el karma, y mucho de lo que decía se acomodaba con tan coincidente exactitud al estado de ánimo de Alcione, que las palabras del iluminado aliviaron su doloroso corazón.

Acudió Alcione repetidas veces a oír la maravillosa palabra del Maestro, que en uno de los sermones trató elocuentemente de la necesidad de la misericordia y compasión. Dijo que el hombre deseoso de entrar en el Sendero, debía apartar de sí hasta el más leve asomo de cólera y odio y abarcarlo todo con igual amor.

Meditó Alcione detenidamente sobre estas palabras, y el resultado de su meditación fue llamar de nuevo a los desterrados parientes y reconciliarse, especialmente con Tetis, a quien antes ni siquiera podía ver, diciéndole que deploraba la conducta con ella seguida, pues comprendía que había obrado como agente de su individual karma. Tetis quedó en extremo conmovida por tan inesperada bondad que le deparaba la vuelta a la casa de donde había sido justamente arrojada.

Aprovechó Alcione la primera coyuntura para llevar a Mizar a oír un sermón del Señor Buddha. Más de dos mil personas estaban reunidas al aire libre, entre frondosos árboles, la mayor parte de ellas sentadas en el suelo o recostadas en los troncos, sin distinción de edades ni sexos. El Señor Buddha, sentado en un arriate de césped que se levantaba algún tanto sobre el terreno, en compañía de sus monjes con hábitos amarillos, predicaba a la multitud, y su celeste acento mantenía suspensos de admiración a cuantos llegaban a escucharle. De Él pudo decirse lo que de otro profeta: "Nunca hombre alguno habló como éste".

Ejercía el Señor Buddha sobre el auditorio incalculable influjo magnético. Su aura henchía todo el prado donde predicaba, y la muchedumbre quedaba, por decirlo así, subyugada por su dulcísima palabra. El esplendor del aura atraía numerosas huestes de devas superiores, de toda jerarquía, que también ayudaban a conmover al auditorio, de suerte que no es extraño que, según leemos en los libros sagrados del buddhismo, al concluir un sermón alcanzaran cientos y aun miles de oyentes el nivel de arhate. La mayor parte de las gentes nacidas entonces en aquella comarca de la India habían sido en anteriores encarnaciones, prosélitos suyos en lejanas tierras, y por ley kármica disfrutaban a la sazón la ventaja de estar en directo contacto con Él después de alcanzada la iluminación.

Aquellos cuya vista no pasaba del plaño físico, veían tan sólo un simpático príncipe de gallardo aspecto y persuasivos ademanes, que les hablaba con una claridad y precisión a que no les tenían acostumbrados los brahmanas, cuyos sermones se contraían a la necesidad de hacer frecuentes ofrendas al templo y menudear los sacrificios a los dioses, que siempre llevaban anexo el estipendio del devoto. Pero he aquí el poderoso Maestro que, en más sencillo y convincente lenguaje, les enseña que el único sacrificio agradable a los ojos de Dios es la vida pura y honrada, pues no era preciso matar los animales sino los vicios, ni tampoco era necesario el oro en los templos, sino la actitud de conciencia y pureza de vida entre los devotos.

El día en que Alcione y Mizar fueron a oír al Señor Buddha, expuso éste en plática la alegoría del fuego, cuya llama, que parece ilusoria no siéndolo, abrasa a quien la toca. Dijo entonces que los deseos y pasiones eran como las llamas del fuego, y que no valían paliativos para acallar su violencia, pues así como el fuego puede rebrotar mientras del todo no se le apague, sin que ni una chispa quede capaz de producir nuevo incendio, así el deseo, la pasión, el vicio y la ilusión debían no dejar ni pavesas en el corazón humano, pues sólo entonces sería posible obtener la paz y entrar en el Sendero.

Indescriptible emoción despertaron estas palabras en los dos primos, y Alcione declaró allí mismo su intento de renunciar al mundo y entregarse sin reservas al seguimiento del Señor. Aceptó Irene la idea sin vacilar un punto, y propuso que Mizar se encargase del servicio del templo y de la tenencia de la casa, con todas sus riquezas, pero Mizar rehusó el ofrecimiento y dijo que deseaba imitar el ejemplo de Alcione, a lo que asintió también Tetis con pesar de no sumarse a la determinación por impedírselo sus antecedentes. Alcione repuso que el oficio sacerdotal había de perpetuarse en la familia, según promesa hecha a su padre Yagannadha; pero, al fin, resolvieron todos exponer el caso en conjunto al Señor Buddha para que decidiese, y, oído el relato de labios de Alcione, repuso diciendo:

"¿Estás seguro de que no queda en tu corazón ni vestigio de odio; que perdonas los más extremos agravios, incluso la muerte de tu hijo, y que hacia todas las criaturas, aun las que te ofendieron, sólo sientes perdurable amor?"

Alcione respondió:

"Señor, verdaderamente es así. La mujer de mi primo me agravió y la he perdonado. Le di todas mis riquezas, que para nada necesito, pues aunque hubiese de tardar mil vidas sólo tengo un deseo, que a Tus pies prometo no cejar en mis esfuerzos hasta cumplirlo. Hago voto de seguirte y dedicarme como Tu a mitigar los sufrimientos del mundo. De mi tristeza me libraste y a la imperturbable paz me condujiste. También quiero llevar esta paz al mundo, y a esto consagraré mis futuras vidas hasta que sea, como Tú eres, el Salvador del mundo".

Y el Señor Buddha inclinó la cabeza y respondió:

"Sea como dices. Yo, el Buddha, acepto el voto que ya no has de quebrantar y quedará cumplido en tiempos futuros".

Entonces le estrechó la mano y le bendijo mientras Alcione caía postrado a sus pies.

Después, volviéndose hacia Mizar, le dijo: "Tú también me seguirás, pero no ahora, porque todavía te falta mucho que hacer. Toma lo que te da mi nuevo discípulo, pues las riquezas de la Buena Ley exceden a cualquiera otra riqueza. Obra en justicia, sé misericordioso y no olvides que también ha de llegar tu día".

Le despidió así con su bendición, y Alcione quedase en compañía de Él y le siguió en todas sus peregrinaciones hasta el extremo norte de la India.

Mizar volvió a cumplir los deberes de familia como el Señor Buddha le había mandado, y en conformidad con sus enseñanzas se negó resueltamente al sacrificio de animales y a los tortuosos procedimientos que para allegar riquezas seguían los brahmanas, por lo que perdió muchos intereses y se malquistó con sus compañeros, sobre todo por haber declarado públicamente su adhesión a las enseñanzas del Buddha, diciendo que el brahmana cuya conducta no se ajusta a los deberes del brahmana, no es en modo alguno brahmana, aunque haya nacido en la casta, mientras que un sudra que viva según debe vivir un brahmana, merece que se le respete como tal. Los demás sacerdotes del templo se conjuraron en incesantes quejas contra él y le disminuyeron estipendios, aunque no lograron su destitución porque el rey era declaradamente buddhista.

Gozaba Mizar fama entre las gentes de humanitario y misericordioso, a pesar de las imputaciones que los brahmanas forjaban continuamente para desprestigiarle, y según pasaban los años, crecía su fama y menguaba su fortuna. Sin embargo, fue para Mizar un gran triunfo que el rey Bimbisara, movido por un elocuente sermón del Señor Buddha, aboliese en todo el reino los sacrificios cruentos. Los demás brahmanas, aunque sumamente enojados contra el decreto de abolición, no se atrevieron a desobedecerlo, y entonces obtuvo Mizar el favor del rey por haber propagado desde un principio las doctrinas buddhistas. Pero la hostilidad de los brahmanas subió de punto con ello y para difamarle tomaron por pretexto una tergiversada versión de la muerte del hijo de Alcione.

Seguía empleando Mizar los procedimientos de Yagannadha para atraer peregrinos al templo, pero no ya con propósito de agenciar riquezas, sino para librarlos de la rapacidad de los demás sacerdotes, quienes por ello acrecentaron su odio contra él. Estaba, por lo tanto, Mizar en situación muy precaria, pues aunque disponía del favor real y de la gratitud del pueblo, le contrariaban las mil y una menudas intrigas con que sin cesar le combatían. De todos modos persistió en su labor restauradora durante más de veinte años, y en este tiempo introdujo muchas mejoras en la administración del templo, sin ocultar sus creencias huddhistas, a las cuales ajustaba su conducta, no obstante seguir fiel a la ortodoxia hinduista, pues el mismo Buddha había encargado que no se desviara al pueblo de la religión nacional, ya que únicamente quienes vistieran el hábito amarillo habían de adherirse exclusivamente a Él.

Los últimos años de Mizar fueron infelices desde el punto de vista mundano. En 566 murió rey Bimbisara asesinado por su hijo bastardo Ajatashatru, que se apodero del trono con auxilio de los brahmanas, a quienes como es natural favoreció declarándose en abierta oposición a los reformadores buddhistas. Así fue que el nuevo rey dio favorables oídos a las quejas expuestas contra Mizar por los sacerdotes del templo, y no sólo le depuso del cargo, sino que le confiscó los bienes, excepto una pequeña propiedad en donde olvidado y pobre vivió hasta su muerte ocurrida el año 562 a los sesenta y seis de edad.

Entretanto había seguido Alcione al Señor Buddha por los valles del Ganges, bebiendo cada vez con más ahínco en las fuentes de su sabiduría y participando de las secretas enseñanzas que tan sólo daba a sus discípulos. Contrajo Alcione estrecha amistad con un viejo monje llamado Darmajyoti (Urano); que le mostró mucha deferencia y le ayudó no poco en el camino de la perfecta paz. Este monje fue más tarde Aryasanga y es ahora el Maestro Djwal-kul. Al vestir el hábito escogió Alcione el nombre de Maitribaladasa, que significa "siervo del poder de misericordia", y el Señor le dijo:

"Escogiste bien, porque este nombre es profético".

En efecto, Maitreya es el bodhisattva que sucedió en este oficio al Señor Buddha, es el Cristo que ha de venir, y así el nombre escogido por Alcione significa también: "siervo del poder de Maitreya". En seguimiento del Señor Buddha tomó Alcione parte en varios sucesos históricos, y estuvo presente cuando el año 580 llamó el Señor a Chatta Manavaka (Selene) para enseñarle los hermosísimos versículos inmortalizados en los Sutras. Siempre que el pasaba por Rajagrha, acudía Mizar a darle la bienvenida a Alcione, y el afecto entre ambos primos fue vigorizándose por los años. Alcione murió el 559 a los setenta y un años de edad, dieciséis antes que el Señor Buddha, cuya muerte ocurrió el 543. Pasó Alcione los últimos días de su vida en inalterable paz y completa felicidad.

Un año después de la muerte de Alcione vino el poderoso monarca Marte a oír las predicaciones del Señor, y trajo con él a su hijo Heracles, quien después de escucharle se hizo su discípulo, y a la muerte del Maestro fue uno de los apóstoles de la Ley en la India occidental, y tuvo a su vez muchos y muy ardorosos discípulos, entre ellos los vehementes Polaris y Capella, el disputador Capricornio, el impulsivo e imprudente Géminis y el jovial Adrona. Este último se apartó de la compañía de Heracles por sugestión de un taumaturgo induista llamado Ceteo que había sido sacerdote mayor de la corte del râjâ Orfeo. Ocurrió entonces un cisma en aquel país, porque luego de unirse irrevocablemente a Ceteo, logró Heracles convertir al rey Orfeo y a sus dos hijos Siwa y Minerva, de lo que se irritó en extremo Ceteo, quien con Adrona y otros prosélitos emigraron al vecino reino a cuyo monarca excitaron en vano a que declarara la guerra a Orfeo. Más tarde Tolosa y Olímpia, con sus esposas Soma y Glauco, así como Telémaco, se adhirieron a las enseñanzas de Heracles, pero el primero y más cercano discípulo de éste fue su sobrino Ifigenia, a quien miraba con peculiar y profunda simpatía derivada de sus relaciones en remoto pasado.

Enormes fueron los efectos de esta vida en el carácter de Alcione y Mizar, pues habían sido coetáneos del Buddha y beneficiados de su benigna influencia. Del corazón de Alcione desaparecieron hasta los últimos vestigios de cólera y venganza, para fortalecerse en extremo las cualidades de misericordia, perdón y verdadero afecto. Cuan profundos y esenciales fueron los efectos de esta vida, afortunada entre todas, lo demuestra el hecho de que alteró el intervalo entre dos sucesivas existencias. Antes el término medio era de 700 años y desde entonces se elevó a 1200. Mizar quedó más poderosamente influido, porque en un principio tuvo algo de egoísmo y astucia en su carácter que desaparecieron para siempre ocupando su lugar la diligencia y el amor, al paso que contraía lazos de espiritual parentesco cuyos resultados habían de manifestarse en el porvenir. Sin embargo, el intervalo de las vidas de Mizar no se alteró, y esta es la causa de su ausencia en la siguiente vida de Alcione.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Mahâguru El Señor Gautama Buddha.

Urano     Dharmajyoti.

Marte     Rey. Hijo, Heracles. Nieto, Ifigenia.

Orfeo     Râjâ. Hijos: Siwa, Minerva.

Alcione  Esposa, Irene. Hijo, Antares. Primo, Mizar.

Mizar      Esposa, Tetis.

Heracles   Padre, Marte. Sobrino, Ifigenia. Discípulos: Polar, Cabrilla, Capricornio, Géminis, Adrona, Tolosa, Soma, Olímpia, Glauco, Ifigenia, Telémaco.

Tolosa   Esposa, Soma.

Olímpia  Esposa, Glauco.

Ceteo     Brâhman taumaturgo.

 

 

VIDA XXX

 

La maravillosa influencia del Señor Buddha alteró el intervalo entre las vidas de Alcione, pero no su propensión a renacer en la India. Una vez más le vemos en esta sagrada tierra, nacido el año 3726 de la edad de Kali, correspondiente al 624 de J. C. y al decimoctavo del reinado de Harsha, en las cercanías de Kanyakubja, hoy Kanauj, a orillas del Ganges. El rey Harsha, llamado también Siladitya, había subido al trono el año 606. Alcione fue hijo de un brahmana de nombre Yayasekara y religión buddhista, aunque perteneciente a la clase sacerdotal.

Muchísimas gentes de todas las castas sociales habían abrazado por entonces la religión buddhista, y en consecuencia no distinguían diferencia de castas; pero, sin embargo, los sacerdotes eran reconocidos y tratados como tales por los que todavía profesaban la antigua religión.

Los lazos de castas eran todavía muy fuertes, pero no tan rigurosas las restricciones, pues los brahmanas que abrazaban el buddhismo no rehuían el trato y convite de los buddhistas de las otras castas, aunque sin adulterar por ello la estirpe sacerdotal, y así ocurría que los brahmanas induistas contrajeran. enlaces matrimoniales con sus compañeros buddhistas bajo la expresa estipulación de que cada cónyuge conservaría el libre ejercicio de su religión. Sin embargo, los brahmanas buddhistas no se enlazaron con gentes de las demás castas, aunque con ellos convivieran.

Se distinguía aquella época por su decadente y estéril civilización. Todo estaba en extremo especializado, y a la característica virilidad de la raza en tiempos del Señor Buddha habían sucedido la molicie y la afeminación, y si el pueblo conservaba algunas costumbres loables, era más bien por tradición que por sentimiento del deber. El rey Harsha, dotado de común energía y cualidades belicosas, aspiraba a reconstituir el imperio de Ashoka, cuya empresa sólo pudo realizar en parte. Sin embargo, patrocinaba resueltamente el buddhismo y había dotado con esplendidez muchos templos y monasterios.

Alcione en esta vida se llamó Upasena, pero todos le conocían por el sobrenombre de Dhammalankara que tomó al vestir el hábito amarillo. Su madre fue en extremo piadosa y mucho hubo de agradecer Alcione a la educación de ella recibida en sus primeros años. Tenía el niño Alcione muy despierto el sentimiento religioso, y de continuo declaraba lo que con el tiempo haría en favor del buddhismo. Otro aspecto de su carácter, muy distinto por cierto, era que tenía poderoso talento mecánico hasta el punto de inventar curiosos y útiles artefactos para el servicio doméstico.

Estaba de moda por entonces que los padres dedicaran uno, por lo menos, de sus hijos varones a la vida monástica, y aplaudían al que por su propia vocación la abrazaba; pero a causa de la indecisa moralidad de la época, muy pocos eran los jóvenes que después de vestir el hábito y pasar el noviciado perseveraban en su primitivo propósito; mas no le sucedió así a Alcione, cuya piadosa madre le había infundido el ardoroso entusiasmo que le inspiraba la vida religiosa, y en consecuencia le prometió abrazarla.

Esta promesa tuvo que resistir los embates de una terrible contrariedad, porque apenas había cumplido Alcione quince años, cuando se enamoró perdidamente de Ayax, algo parienta suya y muchacha de peregrina belleza que correspondió al afecto del joven prendada también de su gallarda figura. Se declararon ambos su mutuo amor con los acostumbrados juramentos de fidelidad eterna, y sin duda hubiesen acabado las relaciones en matrimonio, a no recordar Alcione la promesa hecha a su madre.

Nada dijo en su casa de los amorosos tratos que con Ayax tenía, pero hubo de sostener en su interior porfiada y terrible lucha entre el sentimiento del deber, que a cumplir la promesa le inclinaba, y el amor que insidiosamente le sugería la idea de que no era justo someter a Ayax al mismo sacrificio. Mucho le costó vencerse; pero al cabo de prolongados días de congoja mental, resolvió cumplir a toda costa la promesa que a su madre hiciera y dar desahogo a su vocación religiosa, pues frente el desencanto de su prima, si a tal se determinaba, se oponía el disgusto de su madre si tomaba determinación contraria.

En consecuencia, tuvo una entrevista con Ayax, a la que refirió el caso en pormenor, y aunque al principio trató ella, deshecha en lágrimas, de conmoverle, le dijo al ver lo inquebrantable de su propósito, que puesto que él iba a vestir el hábito de monje y ella no podría olvidarle jamás ni tampoco amar a otro, se determinaba también a seguir la vida religiosa y ser monja. Así lo hizo y guardó fielmente sus votos.

Este amoroso episodio influyó hondamente en la vida de Alcione, pues de la adolescencia lo llevó de un salto a la virilidad, y luego de cambiar con Ajax el juramento de fidelidad eterna que entrañaba el de también eterna separación, fuese en derechura a su madre para referirle lo sucedido y manifestarle que sólo le sería posible mantener la promesa en el caso de que sin dilación alguna le admitieran como novicio en el monasterio. La madre sintió por una parte con amargo llanto el sufrimiento de su hijo, pero por otra se alegró de la fortaleza con que había cumplido la espiritual hazaña de la renunciación, para resolverse definitivamente a abrazar la nobilísima vida religiosa. Madre e hijo fueron en seguida a ver al padre, y sin pedirle licencia le anunciaron el propósito que Alcione tenía de vestir el hábito. El padre aplaudió la idea, aunque estaba muy lejos de imitarle, y al poco tiempo se efectuó la gran ceremonia del upasampada o consagración. Fue ésta muy distinta de la sencilla y emocionante ceremonia con que el Señor Buddha le recibiera en su vida precedente. Entonces no tuvo más que postrarse ante el Señor, responder a unas cuantas preguntas y pronunciar algunos votos, para que al punto le tomase Dharmajyoti de la mano y despojándole de sus mundanas ropas, le vistiera con el amarillo hábito de la orden. Después, así revestido de aquel símbolo de su nueva vida, volvió a prosternarse ante el Señor, quien le bendijo solemnemente como nuevo discípulo y le dijo que con su conducta había de honrar el hábito que llevaba.

Tal era la ceremonia en tiempos del Buddha, pero en la época de esta vida de Alcione se había complicado con prolijos rituales y daba motivo a la celebración de un suntuoso festín al que asistían todos los individuos de la familia. El candidato aparecía vestido con sus más preciadas galas y joyas, coronado con corona de príncipe y vestiduras reales. En este traje recibía las congratulaciones, despedidas y regalos de amigos y parientes durante los varios días del festín.

Alcione esperaba impacientemente que acabaran los festejos para cumplir su deseo, y le contrarió mucho que las costumbres tradicionales hubieran obligado a Ayax a estar en el festín y cumplimentarle como los demás parientes.

Llegado el día de la toma de hábito, el prior del monasterio (Aldebarán) salió a recibir al novicio rodeado de toda la comunidad, y fue despojándole una por una de sus joyas y galas para echarlas a los pies del abad en señal de renunciar para siempre a ellas y a todo cuanto significaban. Prosternado después ante el abad, tan sólo vestido de una sencilla túnica blanca, hubo de responder a un largo y prolijo interrogatorio y oír el rezo de infinidad de textos hasta pronunciar por último el solemne voto de la orden. Después se le permitió ir con el maestro de su elección (pues cada novicio tenía el derecho de elegir su maestro) a una especie de vestuario, en donde le quitaron la túnica blanca para vestirle con el hermoso hábito del Sangha.

En nada había cambiado este hábito durante la secular permanencia de Alcione en el mundo celeste, y así fue que cuando con él le vistieron, le pareció un acto en extremo familiar y tuvo reminiscencias de la gloriosa Entidad ante la cual cumpliera en otro tiempo la misma simbólica ceremonia. Tomado el hábito, pasó el novicio a la sala capitular del monasterio para postrarse a los pies del abad como 1200 años se postrara a los del Señor Buddha, y por segunda vez abrazó la vida ascética. Tenía Alcione quince años. Se aplicó ardorosamente a sus nuevos estudios con propósito de olvidar su primer amor, o mejor decir, de santificarlo realzándolo a mayor nivel. Era el monasterio a que pertenecía muy vasto y rico, con una magnífica biblioteca en que pasó Dhammalankara las horas libres, y fue en el estudio más allá de lo que de su aplicación se esperaba. Mostró mucho cariño a los libros y obtuvo del bibliotecario permiso para ordenarlos de modo que sin pérdida de tiempo, pudiera hallar cualquier volumen que necesitase.

Pasaron algunos años empleados en ardoroso trabajo, y su madre iba con frecuencia a verle y a hablarle, aunque la regla de la orden le prohibía mirarla al rostro. Apenaba a la madre no poder abrazar a su hijo, pero la consolaba el gozo de verle en camino de perfección y de que con ello se hubieran colmado sus deseos, pues si antes le había bendecido y alentado en la vocación, ahora se regocijaba de recibir la bendición de sus manos y se complacía en escuchar máximas de su boca.

Aunque la regla no le toleraba mirar cara a cara a su madre ni a mujer alguna, nada impedía que su madre le mirase con profunda ternura cuando pasaba él por la calle sin advertir su presencia, y se recrease en la contemplación del gallardo novicio, cuyo rosado hábito realzaba la gracia de su apostura; porque conviene recordar que el hábito de los novicios buddhistas era de un precioso color de rosa pálido que con los sucesivos lavados se trocaba en anaranjado intenso y con el tiempo en moreno sucio. También fue a verle su padre, quien no supo decir más que vulgaridades, aunque no dejó de complacerle el aspecto de su hijo y la fama de diligencia y santidad que ya le acompañaba.

Desgraciadamente, no sólo la madre se recreaba en mirar el hermoso rostro del novicio, sino que otras mujeres, entre ellas Escorpión, de dudosa nombradía, también quedaron subyugadas por su varonil belleza. Vio Escorpión a Alcione en la calle y se prendó de él, de modo que fue a oírle predicar e hizo cuanto pudo para llamarle la atención, aunque en vano. Entonces se presentó en el locutorio del monasterio con pretexto de solicitar consejo, pero él la remitió a monjes más expertos, pues no se consideró capaz de resolver las dudas que le sometía.

Viendo Escorpión que fracasaban sus artificios, le invitó a su casa con pretexto de recitar textos sagrados a la cabecera de un enfermo, cuya petición no podía él desatender en modo alguno, y una vez allí trató por todos los medios posibles de incitarle a quebrantar los votos. Sin embargo, Alcione se disgustó profundamente de aquella especie de emboscada, y aprovechó la primera ocasión para escapar de la casa, por lo que la lujuria de Escorpión se trocó en odio con juramento de labrar la ruina del esquivo monje. Como la taimada tenía prendidos en sus redes a muchos hombres, no le fue difícil recabar su ayuda para tejer una ingeniosa maquinación por la cual cierta joven acusó de seducción a Alcione, mientras ella misma con sus amantes atestiguaron por diversos medios la declaración en contra del inocente monje.

Negó Alcione, indignado, la monstruosa acusación ante el abad del monasterio, quien como hombre experto y muy entendido en achaques del corazón humano, interrogó con tanta habilidad a los acusadores, que muy luego se contradijeron éstos en sus declaraciones, hasta el punto de ver el abad materia sobrada para llevar la causa a conocimiento del rey, cuyos magistrados pusieron la maquinación en claro, y en consecuencia desterraron a los acusadores y les confiscaron todos sus bienes en provecho del monasterio de Alcione. El abad, aunque convencido de la inocencia del acusado, consideró conveniente alejar de allí a un monje tan apuesto y gallardo para que no se repitieran las intrigas, y enviarle en peregrinación a los santuarios buddhistas, en cuya labor empleó Alcione más de un año.

Dos antes de este episodio, cuando Alcione contaba veinte, se había hospedado con mucha distinción en su monasterio un célebre peregrino chino, llamado Hiuen-Tsang, y con este motivo asistió Alcione a una lucidísima procesión, dispuesta por el rey mismo que a los espectadores no les pareció del todo religiosa, pues aunque iban monjes y formaban en ella los soberbios elefantes del templo magníficamente enjaezados, se vieron también hombres vestidos como bestias salvajes y otros que manejaban muy hábilmente una especie de espadas con larguísimos mangos, al paso que otros estaban trajeados a la usanza de los aborígenes, de los montañeses y gentes extrañas, entre las cuales algunas imitaban a los griegos y romanos con la cara embadurnada de blanco.

Esta gran procesión produjo excelente efecto, aunque la general alegría quedó turbada por el lamentable accidente de que un hinduista fanático, o más bien loco, se abalanzó contra el rey con intento de asesinarle, como lo hiciera, si en el acto no le prendieran y desarmaran. El rey dio orden de que la procesión siguiera su curso como si nada hubiese ocurrido. Posteriormente se abrió una sumaria investigación sobre el caso, y en consecuencia fueron desterrados muchos brahmanas sospechosos de complicidad en el regio atentado.

El rey fue entonces con toda pompa y vestido de gala a Prayag (hoy Allahabad) donde celebró una aparatosa ceremonia de renunciación, entregando a los pobres y a los templos sus alhajas, corona y vestiduras reales. Desgraciadamente, pocos años después, el de 648, murió el rey Harsha, no tardando en desmembrarse el poderoso imperio a costa de tanta sangre restaurado con su espada.

Inmediatamente después de muerto el rey se apoderó del gobierno supremo su primer ministro, llamado Arjuna, quien sólo pudo retener el primitivo reino del difunto Harsha, que en menos de dos años fue conquistado por los mogoles. Entonces se presentaron varios pretendientes a la corona, y la ciñó por fin el príncipe Vasudharman, aunque sin extender su soberanía más allá de la comarca de Pañchâla. Estas turbulencias no llegaron a la ciudad de Kanyakubja, cuyos templos no sufrieron daño alguno ni tampoco merma de consideración en sus ingresos, que fluctuaban según la religión profesada por el rey fuese induista o buddhista.

Visitó Alcione en su peregrinación los más famosos santuarios del norte de la India, y hubo de recorrer, aunque sin recordarlo, las etapas seguidas en su precedente existencia. Sin embargo, por dos veces tuvo una visión que entrañaba el recuerdo de las más culminantes escenas de su vida anterior. La primera vez vio al mismo Buddha en el prado donde con Mizar escucharon las enseñanzas del Maestro. También fue a Saranath donde halló una magnífica columna coronada por un león que señalaba el paraje donde el Maestro acostumbraba a predicar. Estaba la columna en el centro de un vasto semicírculo donde se erigían las grandiosas y pobladas edificaciones del monasterio.

Alcione sintió mucho la muerte del rey Harsha que tanto había protegido al monasterio; pero, según hemos dicho, las turbulencias políticas de los últimos años, no distinguieron gran cosa entre templos y monasterios, y, si bien estos últimos perdieron el benéfico patronato del rey, las peregrinaciones continuaron a pesar de la guerra, y aun los mismos mogoles respetaron los templos buddhistas con tanta veneración como los naturales del país. Unos seis años después de la muerte del rey Harsha, visitó el monasterio Dharmagyoti, el antiguo amigo y protector de Alcione, que en aquella era el famoso predicador y Maestro Aryasanga, quien permaneció algún tiempo en Kanyakubja atrayendo multitud de gentes con su elocuencia. Hubieran querido todos que entre ellos se quedase, pero tenía formado propósito de difundir las enseñanzas del Buddha por las montañas del Tíbet y no le era, posible detenerse en su camino.

Los antiguos lazos se reafirmaron de pronto sin que Alcione comprendiese el motivo de la irresistible simpatía que le impulsó a postrarse a los pies del insigne restaurador. Aryasanga acogió sonriente al joven monje, y muy luego intimaron ambos hasta el punto de que Alcione fue uno de los escogidos por el maestro para que le acompañaran en su viaje al Tíbet, no obstante el pesar entremezclado de gozo con que el abad le veía partir.

Anduvieron durante muchos días hacia la montaña, deteniéndose semanas enteras en los diversos monasterios del camino. Aryasanga predicaba sin cesar a los monjes y al pueblo, y a todos comunicaba su celoso entusiasmo. En varias ocasiones dio a Alcione el encargo de predicar a la multitud, y siempre lo cumplió a satisfacción de su maestro. Hicieron la primera parada en el monasterio situado en el apacible valle de Nepal, donde permanecieron un año dedicados a la enseñanza de los monjes, fomentando el espíritu religioso en gran parte del país y erigiendo el monasterio en una especie de metrópoli de la fe reformada. En este monasterio dejó Aryasanga a sus sucesores la maravillosa recopilación. llamada: Libro de los preceptos de oro, que empezaba con las Estancias de Dzyan y contenía muchas citas de las obras del insigne Nagarjuna (Mercurio) de quien tan devoto fuera en una vida anterior pasada en Grecia cuando él era Kleineas y Nagarjuna asumía la personalidad de Pitágoras.

Al encaminarse Aryasanga del valle de Nepal a las montañas de Lhassa, dejó en el monasterio a Alcione con el cargo de prefecto de estudios de la comunidad, en cuyo desempeño añadió al libro de los preceptos el informe de los discursos de Aryasanga, tres de los cuales tradujo Blavatsky en La Voz del Silencio. Por lo tanto, debemos este inestimable volumen a la solicitud informativa de Alcione, así como en la actual vida le debemos su exquisita pareja: A los pies del Maestro.

Dos años más permaneció allí Alcione, y el de 657 regresó a su solariego monasterio de Kanyakubja. Mucha alegría tuvo el viejo abad de volverle a ver, y le recibió con extrema distinción pues aunque todavía era joven, todos le respetaban por su estrecha amistad con el venerado Aryasanga. Gradualmente fue adquiriendo fama propia por su sabiduría e intuición, y las gentes llegaban de muy lejos para exponerle sus cuitas, que si eran de dificultosa índole resolvía después de profunda meditación, y siempre daba acertados y prudentes consejos que producían honda emoción en el ánimo de los visitantes. Conservaba su juvenil amor a los libros, por lo que además de sus otras tareas desempeñaba el oficio de bibliotecario del monasterio.

El año 667 llegó una embajada del de Nepal con objeto de solicitar de Alcione que volviese allá para ejercer el cargo de abad, pues había fallecido el que nombrara Aryasanga, y no se consideraba ningún monje capaz de sucederle. Vaciló mucho Alcione antes de resolverse, pues tenía honda afición a su biblioteca de Kanyakubja y conocía la utilidad que con sus indicaciones prestaba a cuantos iban a consultar obras; pero al mismo tiempo consideraba que el monasterio de la montaña era obra de su excelente amigo y maestro Aryasanga, y se creía en el deber de cooperar a ella. Después de tomar consejo del abad, que siempre le había tenido en mucha estima, resolvió acceder a la solicitación de los embajadores. Le dio la bendición el abad al despedirse, diciéndole que si bien sentía la pérdida de su valiosa ayuda, también consideraba que le era forzoso ir a donde el deber le llamaba.

De nuevo se vio Alcione en aquel maravilloso país montanero, y durante diez años estuvo al frente del solitario monasterio, con mucho provecho espiritual de las gentes del país, aparte del celo que desplegó en mantener el régimen establecido por Aryasanga y de sus esfuerzos para enseñar a los monjes nepalíes  a que por sí mismos cuidasen de su monasterio. Desde un principio escogió a Fénix, por parecerle más a propósito, y le nombró su vicario para que le sucediera en la abadía tan pronto como fuera posible, con objeto de restituirse él a la India. Sin embargo, la labor era tan copiosa, que hasta el año 677 no pudo realizar su anhelo, y aun porque Aldebarán, su antiguo abad, que a la sazón contaba noventa años, le escribió diciendo que ya no tenía fuerzas para seguir rigiendo el monasterio, y que a nadie más que a su querido discípulo le fuera posible transferir confiadamente el gobierno de la comunidad.

En consecuencia instituyó Alcione por abad del monasterio nepalí a su vicario Fénix, y despidiéndose de él con bendición para todos, salió por última vez de la nevada cordillera en querencia de las vernales planicies de la India meridional. Le acogieron con expresivas muestras de entusiasmo, y todos le trataron con la mayor reverencia. El viejo abad le recibió con jubilosas lágrimas, y quiso transferirle en el acto los abaciales atributos, pero Alcione no lo consintió en manera alguna, diciéndole que conservara hasta el fin de sus días la prelacía de abad, sin perjuicio de que él ejerciera con exclusiva responsabilidad las tareas propias del cargo. El abad vivió sosegado y feliz algunos años más, mientras Alcione regía el monasterio con tal acierto, que al morir Aldebarán no se quebrantó en lo más mínimo la continuidad del régimen.

Mantuvo Alcione en la vejez los entusiasmos de toda su vida, pero era más indulgente que en la juventud, y aunque predicaba continuamente contra la corrupción de los tiempos, no hería la susceptibilidad de los oyentes, como con sus acerbos ataques hacían otros misioneros, sino que benévola y afablemente representaba la tristeza que deja siempre el apego a las cosas perecederas. Acrecentó Alcione la fama que su antecesor Aldebarán había aquistado para el templo, que bajo su gobierno llegó a ser foco de bienes, no sólo en la ciudad, sino en todo el reino de Panchala, de suerte que con su influencia en las personas más prudentes se aminoraron los desastrosos efectos de las turbulencias sociales de la época.

A menudo venían a pedir consejo a Alcione los caudillos de las diversas fracciones políticas e impetrar su bendición al empuñar las armas; pero siempre les respondía diciendo que ninguna causa, por santa que fuese, podía cohonestar la opresión y el derramamiento de sangre, pues las enseñanzas del Buddha eran terminantes en este punto, y los hombres debían vivir en paz y amor sin que importara gran cosa la forma de gobierno, con tal que el pueblo ajustara su conducta a los preceptos de la Buena Ley.

Falleció Alcione en olor de santidad el año 694, y el ejemplo de su vida y el prestigio de sus enseñanzas persistieron aureólicamente por muchos siglos en la comarca, cuyo centro moral era el monasterio a cuyos monjes les respetaron la vida los bárbaros del Norte al invadir aquella tierra, no obstante saquear todas riquezas.

Muchos personajes de esta serie fueron monjes del monasterio de Kanyakubja, entre ellos: Siwa, Mira, Régulo, Bellatrix, Orfeo, Tauro, Demetrio, Fomalhaut, Perseo, Canopo, Minerva y Cisne. Sin embargo, Régulo estuvo poco tiempo en el monasterio, pues dejó la vida religiosa para abrazar la guerrera.

 

* * *

En esta su actual vida, trigésimo primera, ha nacido Alcione de nuevo en la India meridional, y desde los trece años de edad está bajo la tutoría del Presidente de la Sociedad Teosófica. Poco después, el Maestro le admitió en calidad de discípulo probatorio, y al cabo de cinco meses (el noviciado más corto que se recuerda) ascendió al inmediato grado de discípulo aceptado. A los pocos días fue admitido en el tercer grado, o sea el de "hijo del Maestro", y al mismo tiempo emprendió la más importante etapa del Ego, pues "entró en la corriente" y recibió la primera gran Iniciación que no sólo salva al hombre para siempre, sino que lo admite en el seno de la gran Fraternidad Blanca, gobernadora del mundo. ¿Cuál será el porvenir de una vida que de tal manera comienza? La Sociedad Teosófica debe congratularse de que se la haya considerado digna de recibir a este ser en su cuartel general.

El fiel Mizar es por esta vez, su hermano menor, como frecuentemente lo fue antes de ahora. Muchos de los personajes mencionados en esta serie de vidas están reunidos alrededor de él para ayudar y ser ayudados; y aunque pocos de ellos están unidos por lazos de sangre en la vida actual, su parentesco es todavía mas íntimo porque lo forja el común amor a la Teosofía y a él.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Urano     Aryasanga.

Aldebarán Abad.

Alcione  Padre, Autores. Madre, Irene. Amante, Ayax.

Fénix      Prior del monasterio de Nepal.

Siwa       Monje del monasterio de Kanyakubja

Mira        Monje del monasterio de Kanyakubja

Régulo   Monje del monasterio de Kanyakubja

Bellatrix  Monje del monasterio de Kanyakubja

Orfeo     Monje del monasterio de Kanyakubja

Tauro     Monje del monasterio de Kanyakubja

Demetrio   Monje del monasterio de Kanyakubja.

Fomalhaut Monje del monasterio de Kanyakubja

Perseo   Monje del monasterio de Kanyakubja

Canopo Monje del monasterio de Kanyakubja

Minerva Monje del monasterio de Kanyakubja

Cisne     Monje del monasterio de Kanyakubja

Escorpión Aventurera.

 

 

Adenda de personajes dramáticos a las listas que van publicadas en las vidas de Alcione

 

VIDA I

 

Vesta     Esposa, Partenope.

Tauro     Marido, Calíope.

Gimel     Amigo de Sirio.

Daleth    Amigo de Sirio.

Fides      Esposa, Glauco.

Aleph     Muchacha amiga de Alcione.

Beth       Muchacha amiga de Alcione.

Soma     Marido, Telémaco. Muchacha amiga de Alcione.

Aurora    Esposa, Ifigenia.

 

VIDA III

 

Sirio        Gobernador. Padre, Gimel.

Vesta     Esposa, Lomia. Hijos: Libra, Minerva. Hijas: Calíope, Partenope.

Fides      Marido, Ofiuco. Hijos: Tolosa, Berenice. Hijas: Ifigenia, Soma,

Leo         Hermanas: Glauco, Aleph.

Cruz       Marido, Telémaco. Hijo, Daleth. Hija, Beth.

 

VIDA IV

 

Demetrio   Esposa, Fides. Hijos: Telémaco, Gimel, Daleth. Hija, Ifigenia.

Elsa        Esposa, Calíope. Hijo, Partenope. Hijas: Aleph, Beth.

Canope Esposa, Glauco.

Mizar      Esposa, Irene. Hija adoptiva, Soma.

 

VIDA V

 

Daleth    Condiscípulo de Alcione. Madre, Beth.

Fides      Marido, Ifigenia. Hijo, Glauco.

Glauco   Esposa, Soma.

Polar      Madre, Telémaco. Esposa, Mizar.

Partenope Padre, Orión. Esposa, Calíope. Hijo, Gimel. Hija, Aleph.

 

VIDA VI

 

Demetrio   Marido, Wenceslao. Hijos: Elsa, Ifigenia.

Telémaco  Hermana, Soma. Marido, Glauco. Hijo, Teseo.

 

VIDA VII

 

Polar      Marido, Fides. Hijos: Melete, Libra. Hijas: Minerva, Telémaco, Aleph.

Aldebarán Esposa, Calíope. Hijos: Ifigenia. Daleth, Partenope. Hijas: Beth, Soma.

Bellatrix  Esposa, Acuario.

Glauco   Muchacho amigo de Mizar que peleó contra los piratas.

Gimel     Muchacho amigo de Mizar que peleó contra los piratas.

 

VIDA VIII

 

Espiga   Esposa, Telémaco. Hijos: Glauco, Ifigenia.

 

VIDA IX

 

Focea    Muchacha amante de Alcione. Padre, Alcestes.

Fides      Esposa, Calíope.

Fénix      Esposa, Telémaco.

Viola       Marido, Ifigenia.

Aquiles  Esposa, Helios. Hijos: Glauco, Partenope. Hijas: Aldebarán, Ulises.

Ausonia Marido, Beth.

Bellatrix  Esposa, Ulises. Hijos: Soma, Daleth. Hijas: Acuario, Sagitario.

Aleteya  Esposa, Aurora. Hijos: Soma, Daleth. Hijas: Gimel, Aleph.

Bóreas   Hijo del criado.

 

VIDA X

 

Cástor    Esposa, Ifigenia.

Mizar      Marido, Glauco. Hijo, Soma. Hija, Telémaco.

 

VIDA XI

 

Vega      Brahmán. Esposa, Auriga. Hijos: Glauco, Partenope, Beth. Hijas: Calíope, Daleth, Aleph.

Cisne     Esposa, Iris. Hijos: Proserpina, Fides. Hijas: Mizar, Orfeo, Telémaco.

Ifigenia   Amiga de Alcione. Marido, Soma. Hijo, Gimel.

 

 

LAS  DOS  VIDAS  DE  MIZAR

 

VIDA I

 

Quienes hayan leído las treinta vidas de Alcione recordarán que uno de sus más íntimos convivientes es Mizar, hasta el punto de que de las treinta y una vidas de aquél, incluyendo la actual, lo vemos asociado a él nada menos que veintiocho, lo cual da muy especial carácter a los lazos entre ambos Egos. Juntos estuvieron en presencia del Señor Buddha, y después de las admirables vicisitudes de aquella encarnación, se separaron por algún tiempo a causa de haber alterado en Alcione los regulares intervalos de vida a vida terrena, la enorme influencia ejercida en él por el Señor Buddha. También quedó indudablemente influido Mizar, pero no en el mismo grado, o tal vez menos profundamente. Vemos que mantuvo el ordinario intervalo de setecientos años que tan ampliamente se dilató para Alcione, pues éste nació la trigésima vez el año 603 antes de J. C., al paso que Mizar vuelve a la tierra precedentemente a su vida actual el año 222 antes de J. C., en la ciudad de Kaveripattanam, en el país de Chola, situado al Sur de la India.

Se llamó Mizar, por caso inesperado, Lucio Fabio Cóculo, nombre patronímico a todas luces incongruente con los usuales en la India meridional. Igualmente notable es el hecho de que fuese hijo del senador romano Cayo Fabio Léntulo; pero esta aparente discrepancia tiene natural explicación.

Algunos años antes del nacimiento de Mizar, el senador Léntulo era hombre de posición e influencia en su país, y a causa de ser frecuentes por aquella época las guerras intestinas entre los numerosos pretendientes a la púrpura imperial, tomó Léntulo partido por Claudio Albino, a quien habían proclamado César las legiones de Bretaña casi al mismo tiempo en que otras legiones ponían el cetro en manos de Septimio Severo. Era éste un rudo soldadote, mientras que Claudio Albino se distinguía por sus aristocráticos modales y más benigno carácter, prendas todas que ganaron en su favor el ánimo de Léntulo. Después de algunos años de negociaciones, ambos pretendientes dirimieron sus querellas por las armas, y Albino fue derrotado por completo en una gran batalla librada en las Galias, que afirmó la corona en las sienes de Septimio Severo cuya venganza temieron fundadamente los partidarios de su vencido rival. Por fortuna logró Léntulo escapar de Roma y embarcar con rumbo a Alejandría, donde permaneció hasta que al cabo de algún tiempo supo que le seguían la pista los emisarios del emperador. De nuevo se salvó de la persecución, aunque no sin dificultades, y propuso esta vez refugiarse donde no pudiera alcanzarle el poder de Roma. Embarcó con rumbo al mar Rojo y de allí pasó a la India, desembarcando en Kaveripattanam, puerto principal del reino de Chola, donde el fugitivo tuvo la suerte de encontrar una colonia de mercaderes romanos que se enriquecían rápidamente en aquellas apartadas tierras.

Aunque patricio de nacimiento, y tal vez por serlo, conocía Léntulo perfectamente el valor de las piedras preciosas y de las sedas raras, aparte de saber también los gustos de sus compatriotas respecto a tan valiosas mercancías. Era Léntulo demasiado despierto para comprender que en país extraño de nada iban a servirle su linaje ni su dignidad, y así se congració con los mercaderes, de modo, que éstos aprovecharon los especiales conocimientos y el indudable buen gusto del emigrado, hasta el punto de que llegó a ser persona influyente entre ellos, asociándose a las empresas de uno de las más principales, cuyos beneficios mercantiles se acrecentaron desde entonces rápidamente gracias a las excelentes dotes de su nuevo socio que se aventuró con éxito a más dilatadas empresas. En pocos años fue Léntulo uno de los hombres más ricos del país, y sus anteriores relaciones con los personajes políticos le deparó favorables coyunturas para emplear con provecho las adquiridas riquezas. Se caso con Glauco, hija de Ifigenia, oficial de la corte, de la que tuvo a Mizar, quien recibió el nombre de Cógulo, pero su madre le llamó siempre con el de Manikyam, que era sin duda la traducción en lengua del país del nombre propio. A su debido tiempo tuvo Mizar varios hermanos y hermanas, entre los cuales reconocemos a Telémaco y Soma.

Era Mizar un muchacho precoz que parecía resumir las buenas cualidades de las dos razas entremezcladas en su sangre. Vivía rodeado de hombres políticos, y no es extraño que con la edad fuese cobrando afición a sus manejos. El país estaba muy conturbado, porque el rey Chenkuddeva sostenía incesantes guerras con el del vecino reino de Pandya, llamado Ugrapernvalathi, cuya corte era la actual ciudad de Madura. A pesar del constante estado de guerra, las gentes del pueblo no sufrían gran cosa por ello, y los comerciantes continuaban traficando tan libremente como en tiempo de paz. En Madura había una especie de universidad, o mejor dicho, una gran escuela de poetas y filósofos que gozaba de muchísima reputación en la India meridional y era la mejor de todas las del reino de Chola. A pesar de las frecuentes guerras, parece que no hubo inconveniente alguno en que Mizar se adscribiera a la universidad de Madura como en efecto lo hizo, y aun tomó parte en ciertas funciones oficiales de la ciudad, pues era persona conspicua y considerada a causa de las riquezas que le había donado su inteligente y afortunado padre.

En Madura trabó Mizar conocimiento con el poeta Tiruvalluvar, autor del Kural, y estuvo presente en el certamen en que éste obtuvo el premio por su excelente poema. Tiruvalluvar era natural de Mylapore, sita a dos millas de la actual Sede de la Sociedad Teosófica, y pertenecía a muy modesta familia de tejedores, por lo que no le acogieron benévolamente los profesores de la universidad, y en un principio no querían admitirle el poema que al certamen presentaba. Sin embargo, logró que uno de los profesores lo leyera antes de repudiarlo, y tanto le satisfizo la lectura, que puso todo su empeño en que por fin lo admitieran. Los jurados declararon que era el mejor de cuantos entraban en concurso, pero el terrible prejuicio de casta no les consentía otorgarle el premio. Era costumbre que los poetas premiados recibieran públicamente el galardón y ocuparan sitios de preferencia en la sala de actos. A causa de la bajeza de su origen no se le permitió a Tiruvalluvar sentarse entre los demás poetas premiados, y en compensación colocaron el manuscrito sobre el sitial que le hubiese correspondido ocupar. Sin embargo, al leerse el poema en público, entusiasmó de tal suerte a la concurrencia, que por aclamación pidieron todos que pasara el poeta a ocupar el sitial de preferencia, no obstante la humildad de su cuna. Emocionado Mizar por este suceso, contrajo amistad con Tiruvalluvar y mantuvo correspondencia cuando éste regresó a Mylapore.

Distinguióse mucho Mizar en la universidad de Madura, hasta el punto de que el rey Ugrapernvalathi le ofreció admitirle a su servicio con residencia fija en el reino de Pandya, en vez de restituirse a su país; pero Mizar fue lo bastante avisado para rehusar tan peligroso honor, y nada en verdad perdió con ello, porque al saberlo el rey Chenkuddeva, que lo era de su patria, le ofreció equivalente posición en la corte, que Mizar aceptó. Gustábale mucho el ejercicio de la diplomacia, y como desde joven había cultivado con éxito el arte de persuadir y conmover a las gentes, sobresalió en la política, aunque le repugnaban algunas de las trazas a que por entonces recurrían los cortesanos. Su padre Léntulo miraba con mucho interés todo cuanto hacía su hijo y le daba advertencias y consejos sin tomar por ello parte directa en los asuntos, pues aparte de su condición de forastero, estaba demasiado atareado en sus empresas comerciales.

Antes de cumplir treinta años había ya desempeñado Mizar varias comisiones de importancia para tratar delicados asuntos con los reyezuelos vecinos, y siempre salió airoso de las negociaciones entabladas. Por entonces contrajo matrimonio con la hija de un oficial superior, lo que acrecentó la ya envidiable posición adquirida por sus merecimientos, al par que por las riquezas de su padre. Este le regaló, con ocasión de su boda, una vasta y bien radicada hacienda, y el rey le concedió un título nobiliario en premio de los servicios prestados, siendo de tal suerte fundador y tronco de una de las más linajudas familias del país. En conjunto fue esta vida de Mizar tranquila y dichosa. Su rápida fortuna concitó contra él muchos recelos y envidias que supo desvanecer con su carácter, acomodaticio y franco.

Al morir su padre, Léntulo, se le tributaron honras fúnebres como si hubiese sido hijo del país. Mizar le sucedió nominalmente en la dirección de los negocios comerciales, pero en realidad no se ocupó en ellos, atareado como estaba en sus funciones políticas. Sin embargo, tuvo la fortuna de encontrar un muy hábil gerente, el hijo de otro mercader de la colonia romana, con quien al llegar al país había comerciado su padre. Confió a este hombre la marcha de los negocios, y andando el tiempo le dio participación en ellos. Era Mizar hombre de trato afable, de índole no precisamente devota, aunque consideraba la religión como importante factor de la vida social y dotó liberalmente varios templos. El relato al pormenor de la última parte de su vida no sería otra cosa que la enumeración de las varias empresas por él llevadas a cabo y los distintos empleos públicos que desempeñó sucesivamente, pero esto poco añadiría a nuestro propósito. Baste decir que no obstante la brillantez de su carrera política tuvo muy pocos enemigos, y que su habilidad en el trato de gentes le sirvió de valiosa preparación al papel que había de desempeñar en el porvenir. Murió querido y  llorado de todos el año 293 a los 71 de su edad.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Mizar      Lucio Fabio Cóculo. Padre, Cayo Fabio Léntulo (Senador Romano). Madre, Glauco. Hermano, Telémaco. Hermana, Soma.

Glauco   Padre, Ifigenia.

 

 

VIDA II

 

No tenemos tiempo más que para echar una rápida ojeada a esta última vida de Mizar, aunque mucho hay en ella que requeriría detenida investigación. Nació esta vez en la ciudad llamada Kanchi, hoy Conjiveram, en el sur de la India, el año 1070 después de J. C., precisamente cuando el rey Kulottunga acababa de subir al trono. Fue su padre Telémaco, estadista valido del monarca, y su madre fue Soma. Tuvo muy dichosa niñez, pues sus padres le amaban hasta el extremo de preferir el bienestar del hijo a sus propias conveniencias. Creció en el ambiente de la corte, no por cierto el mejor para su carácter tan receptivo; pero los padres sobresalían por su intachable honradez y probidad entre aquella turba de intrigantes, y siempre recibió la pura influencia del hogar doméstico. El más íntimo amigo de Mizar, mientras asistió a la escuela, fue Glauco, hijo de Ifigenia, reyezuelo vecino casi independiente, aunque nominalmente vasallo del rey Kulottunga. Los dos amigos fueron inseparables hasta que los distanció una cuestión religiosa, no por disputarse sobre ella, sino porque Glauco se afilió a los prosélitos de un nuevo predicador llamado Râmânujâchârya, mientras que Mizar, sin dejar de sentir por él profundo respeto y reverencia, no quiso separarse del culto saivita en que le  habían educado. Durante mucho tiempo esta discrepancia religiosa no turbó las relaciones entre ambos amigos; pero el rey Kulottunga, por consejo de sus sacerdotes familiares, se mostró violentamente hostil contra Râmânujâchârya, quien creyó prudente retirarse a Srirangam, adonde le siguió Glauco, con lo que por vez primera se separaron los dos amigos.

Mizar heredó el talento político de su padre y tuvo altos cargos palatinos durante el reinado de Kulottunga y de su hijo Vikrama Chola que le sucedió en el trono el año 1118. Hubo de seguir Mizar delicadas negociaciones con Wijayobabu, rey de Ceilán, quien sostenía a la sazón empeñada guerra contra los tamiles que habían invadido el país, y a quienes por último logró rechazar a sus tierras. Mizar obtuvo éxito completo en las negociaciones, que le dieron mucha fama, aparte de la recompensa debida a su sagacidad. Casó en edad ya madura con mujer de carácter apacible y de excelentes prendas, de quien tuvo seis hijos, para quien fue amantísima madre. Ni ésta ni ellos entran en el número de nuestros personajes dramáticos.

Murió Mizar el año 1148 a edad avanzada, habiendo permanecido al fin de su vida retirado de los negocios públicos, aunque aconsejaba a su sucesor en casos difíciles.

Estas dos vidas, empleadas en la administración pública, pueden considerarse como necesaria y provechosa preparación a la más importante tarea que parece estarle reservada en su presente existencia.

 

PERSONAJES  DRAMÁTICOS

 

Bhraspati  Râmânujâchârya.

Mizar      Padre, Telémaco. Madre, Soma. Amigo, Glauco.

Glauco   Discípulo de Râmânujâchârya. Padre, Ifigénia.

 

 

INDICE

 

INTRODUCCIÓN . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Cómo se ven las vidas pasadas . . . . . . . . . .

Notas sobre la reencarnación . . . . . . . . . . . .

Las historias en sí mismas . . . . . . . . . . . .

Las últimas treinta, vidas de Alcione .  . .  . .

Vida I  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida II  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida III  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida IV  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida V  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida VI  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida VII  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida VIII  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida IX  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida X  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida XI  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida XII  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida XIII  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida XIV  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida XV  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida XVI  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida XVII  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida XVIII  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida XIX  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida XX  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida XXI  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida XXII  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida XXIII  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida XXIV  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida XXV  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida XXVI  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida XXVII  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida XXVIII  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida XXIX  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida XXX  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

 

Adenda de personajes dramáticos a las listas que van publicadas en las vidas de Alcione  . . . . . . . . . . . . . .

 

Las dos vidas de Mizar

Vida I  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Vida II  . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .