Cuentos populares Suizos

Cuentos Populares Suizos

 

 

La salchicha que no quería ser asada

 

La salchicha de este cuento era una salchicha robada. El ladrón, que contaba tan sólo siete años de edad, era un pillete a carta cabal. Pero esta salchicha le enseñó quién era más listo de los dos.

El muchacho la había dejado caer suavemente en el bolsillo de sus pantalones, en casa del carnicero, mientras éste ponía media libra de carne en el cesto de una vieja y le decía a la vez una broma.

Ahora el propósito del pequeño bribón era asar la salchicha, pues se trataba de una verdadera salchicha para asar.

El muchacho se encontraba completamente solo en la casa. Con las prisas, sus familiares se habían olvidado de él. Todos estaban en el campo, porque amenazaba una tormenta, y el heno estaba todavía por recoger.

Este era, pues, el momento oportuno. ¡Encender deprisa el fuego y echar manteca en la sartén! Ya chisporroteaba la lumbre. Pero la salchicha decidió no dejarse asar por un vulgar picaruelo. Así, mientras el muchacho se inclinaba para echar leña en el fuego, ella se deslizó, con la misma suavidad, del bolsillo, y fue rodando hasta debajo del hogar. Ahora yacía junto a la pared, en el último rincón, donde reinaba una completa oscuridad.

Pero, como decimos, la manteca chisporroteaba ya, y el pequeño se metió rápido la mano en el bolsillo para sacar la salchicha. ¡Qué espanto! Se agachó y miró a derecha e izquierda, hacia detrás y hacia delante, y se volvió a uno y otro lado. ¡No estaba! la salchicha permanecía quietecita en su rincón, como un ratoncito asustado.

En este momento brilló un relámpago, y el trueno traqueteo por encima de la casa, haciendo temblar de arriba abajo las paredes. El chiquillo, sumamente asustado, se tapó los ojos con ambas manos. Entonces se oyó un silbido en el hogar.

- ¡Jesús! - gritó el muchacho.

La manteca caliente ardía con rojas llamaradas sobre la sartén.

- ¡Fuego! ¡Fuego! - gritó por la ventana de la cocina.

Una vecina, al oír los gritos, dejó caer lo que tenía en las manos. Acudió corriendo en su ayuda, y pudo, por fortuna, apagar todavía el fuego.

- Y ahora, vamos a ver, muchacho, ¿qué es lo que querías hacer? - preguntó.

El pequeño picaruelo negó lo azul del cielo, dando todo género de explicaciones y excusas, y la vecina le hubiera creído seguramente todo lo que decía, si no se hubiese presentado de pronto la madre. Ahora no era ya posible seguir disimulando. la sartén quemada hablaba demasiado claramente, a la madre, y la merma en la manteca tenía también lo suyo que decir.

Pero la verdad de lo ocurrido la sabía única y exclusivamente la salchicha, que no podía hablar, porque no disponía de lengua; de modo que yacía en la oscuridad sin poderse mover. Pero, a pesar de ello, supo cómo salir del apuro. Comenzó a despedir sus apetitosos aromas, hasta que el perrito se dio cuenta de ella. El perrito olisqueó, inquieto en torno al hogar. Al fin, se deslizó debajo de él y salió con la salchicha en la boca.

- ¡Ah, bribón! - exclamó la madre, dando un palmetazo a su hijo.

El pequeño bribonzuelo se volvió colorado hasta las orejas viéndose descubierto, y, mientras el perrito se comía tranquilamente la salchicha cruda, tuvo él que correr a casa del carnicero y pagarle de sus ahorros, pues en estas cosas no admitía bromas la madre.

 

 

 

Los piojitos de la princesa

 

Las princesas son, en medio de todo, infelices criaturas. Solamente pueden jugar con sus iguales, de éstos hay, en verdad, muy pocos.

Por eso, la pequeña princesa tenía que lanzar completamente sola su pelota de oro al aire y volverla a coger de nuevo, cuando salía a jugar en el jardín del palacio. Pero esto le aburría.

Un día, desde el otro lado del muro llegó hasta ella el rumor de alegres risas. La princesita escuchó, y luego miró hacia la camarera que la vigilaba. Ésta se hallaba sentada en un banquillo; pero era evidente que estaba a punto de dormirse, pues el tiempo era bochornoso: tan pronto llovía como hacía un calor sofocante. En este momento se cerraron los ojos de la doncella. La pequeña princesa conocía la puertecilla que había en el muro. Pero sabía también que un soldado la guardaba constantemente.

Pero, ¡oh suerte! También el soldado se había dormido un poco en su garita, a causa del bochorno. Así pudo deslizarse la princesita como un ratoncillo, sin ser vista. Con curiosidad miró calle arriba, calle abajo. Un niño y una niña estaban sentados en el bordillo de la acera, entretenidos en hacer correr barquitos de papel en un arroyo de la calle. Con las puntas de los pies descalzos o con bastoncitos de caña, desviaban los barquitos que querían deslizarse en la alcantarilla. Sin embargo, si esto sucedía, reían fuertemente los dos muchachos, y él hacía entonces un nuevo barquito. Nunca había visto la princesa un juego tan agradable y entretenido como aquél.

- ¿Puedo jugar con vosotros? - les rogó la princesita.

- Por mí... - dijo el muchacho.

- Sí, con mucho gusto - dijo la muchacha.

Entonces abrazó la princesa a la muchacha y se sentó junto a ella en el bordillo de la acera. Parecía que ahora empezaba para ella una nueva vida, y esta maravilla duró casi media hora. Hasta que de pronto se oyó gritar detrás del muro:

- ¡Princesa! ¡Princesa!

Al punto se abrazaron las dos muchachas, y la princesa dijo:

- ¡Qué lástima que no pueda quedarme siempre a tu lado!

Acompañada por siete doncellas, regresó de nuevo la hija del rey a palacio, y tras ella marchaba el soldado. En el palacio se llevaban las doncellas las manos a la cabeza y gemían con desconsuelo:

- ¡Ha jugado con niños de la calle! ¡Desnudadla y arrojad todos los vestidos al fuego!...

Después la bañaron cuidadosamente. Pero cuando comenzaron a peinarle los cabellos, lanzó la primera doncella un fuerte grito.

- ¿Qué te ocurre? - preguntó la princesa, compasiva.

- ¡Terror sobre terror! - lamentó la doncella, y pidió a gritos una bandeja de oro.

Sobre ella colocó un pequeño puntito de color pardo, que se agitaba alegremente.

Luego reunió a las demás doncellas del servicio de la princesa. Todas se inclinaron sobre un diminuto animalillo, y la más vieja sentenció, llena de espanto:

- Es un piojito. Lo ha cogido de la andrajosa muchacha. ¡Al fuego con él!

Pero entonces exclamó la princesita:

- ¡No es ninguna muchacha andrajosa! Es mi amiga. Y el piojillo quiero conservarlo yo. No ha de ir al fuego.

Entonces se desmayaron las siete doncellas al oír semejantes cosas. La princesa, sin embargo, se apresuró a ir con la bandeja de oro hacia la reina:

- Reina, querida madre. ¡Quieren quitarme el piojito, el regalo de mi amiga! - exclamó.

Entonces se desmayó también la reina, y se llamó apresuradamente al rey. Este echóse a reír cuando supo de qué se trataba y dijo:

- Princesa, princesa, ¡Ese pequeño animalito muerde!

Hizo una seña a un soldado, v éste se llevó la bandeja de oro en que estaba el piojito. La princesita, entonces, comenzó a llorar amargamente, y no había manera de consolarla.

Como al tercer día aun siguiera llorando, hizo venir el rey a su orfebre, que era un hombre hábil y famoso en su oficio. El rey le ordenó que hiciera para la princesa un piojo de oro, el cual resultó en extremo maravilloso. Pero la princesita arrugó, al verle, la naricilla y dijo:

- Éste no puede andar.

Entonces ordenó el rey al orfebre que hiciera otro piojillo de oro que pudiera caminar. El orfebre se dio gran maña y, después de siete días de trabajo, pudo regalar el rey a su hija un magnífico piojillo que corría con sus seis ligeras patas. La princesita gritó de júbilo, y puso el piojillo sobre sus rizos. ¡Oh! ¡Cómo cosquilleaba! La princesita reía, y el rey exclamaba lleno de alegría:

- ¡Orfebre, tú has de hacer cien de estos piojitos para la princesa!

Así se hizo, como el rey mandaba, y nadie se sentía más feliz que la princesa. Pero sólo duró tres días esta felicidad. Al cuarto día, dejó caer la triste cabecita y se lamentó:

- Mis piojitos pueden caminar, pero no pueden morder. ¡Qué bien lo tienen los niños que viven fuera del palacio!... Sus piojillos muerden.

En su terquedad, no quiso ver ya siquiera los cien dorados animalitos que traía el orfebre. Los encerró todos en una cajita y los lanzó en amplio circulo por encima del muro del palacio.

Allí estaban jugando como siempre los dos pilletes: el niño y la niña de las barquitas de papel. La chiquilla abrió la cajita y comenzaron a huir de allí todos los piojitos de oro. Tan rápidos corrían, que cada uno de los dos muchachos sólo pudo atrapar a uno de ellos. Luego los llevaron a sus padres.

¡Cómo se asombraron éstos del hallazgo! Los dos piojitos de oro no sólo podían caminar, sino también buscarse para bailar los dos juntos. El padre, un diestro afilador de cuchillos y tijeras, se dio cuenta enseguida de que estos animalitos eran muy valiosos. Por temor de que el rey pudiera hacerlos buscar de nuevo, se trasladó con su familia a otro país. Esto le era fácil, pues vivían en un carro, y medios para poder vivir apilando cuchillos y tijeras los hay en todos partes.

En el país extranjero a que llegaron fueron admirados también grandemente los habilidosos animalitos. Tanto, que el rey de aquel país oyó hablar de ellos como de algo maravilloso. Entonces mandó llamar al afilador de tijeras y le compró por una gran suma los dorados piojitos bailadores.

¿Podéis imaginaros lo que, ante todo, se compraron los vagabundos con este dinero? Un peine muy fino. Con él peinó la madre los cabellos de sus hijos y sacó de ellos todos los piojitos. Desde entonces no tuvieron ya que rascarse más y pudieron dormir en adelante tranquilos. No podía negarse que eran la gente más feliz de este mundo.

La princesa lamentó, sin embargo, durante toda su vida que el orfebre del rey no fuera capaz de fabricar piojitos que no sólo caminaran y bailaran, sino que pudieran también morder.

Sí, sí; así son las princesas.

 

 

 

 

La grave enfermedad

 

Hubo una vez un chiquillo que no podía decir "por favor", ni tampoco "gracias". Estas dos palabritas tan corteses no querían sencillamente salirle de la boca. Sus padres se enfadaban mucho por ello, y el abuelo aún más. Pero la abuela contemplaba al muchachito, y sentía dolor.

- Está enfermo - dijo al fin -. ¡Llamad al médico!

Vino el doctor, y examinó con cuidado al chiquillo.

- No tiene absolutamente nada en el cuello ni en la lengua - dijo el sabio hombre, y se marchó de nuevo.

- Así, pues, tiene algo en el corazón - afirmó la abuela.

Nadie sabía qué hacer; nadie podía ayudar. Y, sin embargo, era una grave enfermedad y un verdadero dolor. Si venía alguna tía de visita y traía consigo buenas cosas, corría el muchacho a esconderse detrás de la casa. No quería recibir regalos, pues no podía decir "gracias", como manda la buena educación.

Una vez estaba toda la familia en el campo, en casa de unos primos y primas. En la fiesta sirvieron mosto dulce y pan moreno recién amasado y con ello también nueces tiernas. ¡Oh, qué bueno era aquello! Y todos se alegraron.

Pero al muchacho se le ocurrió que tendría que decir "por favor" y "gracias" y dejó todas aquellas apetitosas cosas y dijo que no le apetecían; prefería ir a ver los conejitos.

Pero, cuando estuvo con los conejitos, empezaron a correr libremente las lágrimas por sus mejillas. Sentía algo como un peso que le oprimía el corazón. ¡Ay¡ ¡Era tan triste no poder decir "por favor" y "gracias"! Y el mosto dulce era precisamente para él lo mejor del mundo.

Detrás de la casa de los campesinos se extendía un amplio bosque. Hacia allí corrió el muchacho para ocultar su dolor. Entonces vio junto al camino una gran mata de zarzas llena a más no poder de moras maduras.

- ¡Oh, cuántas! - exclamó el muchacho -. ¡Voy a cogerlas!

Pero, al ir a hacerlo, ¿qué sucedió? La mata retiró sus ramas y un ratoncito dijo desde dentro:

- ¡Di enseguida "por favor", y entonces podrás cogerlas todas!

El chiquillo puso hociquillos de disgusto; se volvió y siguió corriendo, pues "por favor" era justamente una de las palabras que no podía él decir.

A poco llegó junto a un avellano. Los frutos, de color pardo dorado, eran tentadores. ¡Oh, cómo recordaban la Navidad! El chiquillo corrió hacia allí. Pero, al acercarse, las ramas del avellano se irguieron con todos sus frutos hacia lo alto, y una ardilla gritó desde el árbol:

- Tú, como no puedes decir "gracias", tampoco debes coger avellanas.

Echó a correr de nuevo, disgustado, y de tanto correr sintió sed. Por eso se alegró cuando oyó entre la maleza un suave rumor, que procedía de un manantial. Pero apenas se hubo inclinado para coger agua con la mano, se retiró de pronto el manantial y desapareció en la roca.

Aterrado, levantó el chiquillo la mirada y vio junto a sí un cervatillo. El pobre animal llevaba la lengua fuera. Era evidente que venía atormentado por la sed. Pero el manantial había desaparecido y no parecía que quisiera volver a salir de nuevo. Algo se removió en el corazón del chiquillo. Acarició al animal y dijo:

- Yo tengo la culpa de que tú hayas de pasar sed. ¡Pobre cervatillo!

El muchacho sollozaba más y más, desconsoladamente. Entonces echó a hablar y dijo de manera inesperada:

- ¡Por favor, querido manantial, regálanos de nuevo tu agua!

En la roca se oyó inmediatamente como un alegre cantar. A continuación brotó el agua, y, claro como la plata, fluyó de nuevo el manantial. El chiquillo y el cervatillo bebieron. Y cuando él tuvo bastante, dijo con voz fuerte y clara:

- ¡Gracias!

Entonces se dio cuenta, de que había caído algo al suelo, a su lado. Era una piedra, que le había caído al muchacho del corazón. El chiquillo se sentía muy ligero, libre del peso que antes le oprimía. En lugar del cervatillo, empero, había ahora una hermosa hada a su lado. Esta dijo:

- Ahora estás ya curado.

- ¡Gracias! - repitió el chiquillo, y se quedó contemplándola lleno de una indecible felicidad.

Luego echó a correr, loco de alegría, y salió del bosque. De repente sintió deseos de ver a sus primos y a sus primas, y fue a buscarlos a la pradera donde estaban jugando. Cuando vieron de lejos al fugitivo, gritaron todos irónicamente:

- ¿Quieres ahora mosto dulce y pan moreno y nueces?

- ¡Sí, por favor! - dijo el chiquillo.

Entonces corrieron hacia la casa y le trajeron de todo. El chiquillo, cada vez más contento, decía:

- ¡Gracias, muchas gracias!

Y reía, sin cesar, y sentía ligero su corazón. Naturalmente: había desaparecido la piedra que le oprimía y no le dejaba decir ni "por favor" ni "gracias".

Podéis imaginaros cómo se alegraron los padres de que su hijito estuviera ahora curado de su grave enfermedad. Pero nadie estuvo más contento que el abuelo y la abuela, y el más contento de todos era el mismo chiquillo.

 

 

 

El pequeño Lischen y la luna

 

La clara luz de la Luna llena brillaba a través de la ventana, precisamente junto a la pared donde estaba la camita. Por ello le era imposible dormirse al pequeño Lischen. Continuamente miraba hacia el claro rostro de la Luna. Ésta tenía ojos, que ahora empezaban a parpadear; tenía boca, que comenzaba a moverse de repente.

- Lischen, ¿por qué no duermes aún? - le preguntó la luna.

- Porque tú me contemplas así.

- Entonces no te miraré más - le dijo la Luna, y cubrió su faz con una nube.

Al momento se durmió Lischen. Entonces soñó que la buena luna había partido muy lejos y no volvería ya nunca más.

Lischen se puso a llorar. Entonces apartó la Luna rápidamente la nube que la cubría y se rió del pequeño Lischen.

- ¡Mírame! Aquí estoy yo - dijo.

Pero el pequeño Lischen tenía los ojitos tan llenos de sueño, que no podía ver bien a la luna.

- ¡Acércate! - dijo ella -. ¡Sube hasta mí!

Entonces fue Lischen quien se rió de la Luna y dijo:

- ¿Cómo he de subir si estás tan alta?...

- Te mandaré mis rayos.

Y la luna, en efecto, mandó todos sus rayos, de modo que parecían una carretera de oro. Lischen comenzó a subir por ella, hasta que estuvo muy cerca de su amiga. Pero entonces se hizo gigantesco el rostro de la luna: los ojos eran como lagos, la nariz como una poderosa montaña y la boca como un profundo, muy profundo, valle.

El pequeño Lischen quedó aterrado ante tal vista, y retrocedió corriendo. Pero el camino de rayos había desaparecido y cayó de cabeza hacia la tierra, rodeado por completo de oscuridad. Cuando; llegó abajo, se produjo un fuerte bum-bum. El pequeño Lischen se incorporó aterrado y empezó a llorar fuertemente.

Al oír el llanto, acudió presurosa su madre y tras ella vino su padre, y tras el padre, vino su hermana mayor. Cuando vieron al chiquillo, con su camisita de dormir, sentado al pie de la cama, preguntaron los tres a la vez:

- Lischen, ¿qué ha sucedido?

- He caído de la luna - sollozó el niño.

Entonces se rió el padre, y la hermana se rió también; pero la madre levantó al pobre Lischen y le preguntó:

- ¿Dónde te duele?

- Aquí, en la cabeza - dijo Lischen.

Su madre le acarició el lugar dolorido, mientras le cantaba:

 

Cúrate pronto,

cúrate ya.

No llores, niño,

no llores más.

Las hadas buenas

pronto vendrán,

y tus dolores te sanarán.

Cúrate pronto,

cúrate ya.

 

- Bueno, ahora puedes dormirte de nuevo - dijo después -; pero desearía aconsejarte una cosa: ¡no vuelvas a subirte nunca más a la Luna! ¡Está demasiado alta para un hombrecillo tan pequeño como tú!

Lischen lo prometió, firme y seguro, y así lo ha cumplido puntualmente hasta el día de hoy.

 

 

 

El gran espanto

 

Con frecuencia me viene a la memoria el recuerdo de la pequeña chiquilla y del pequeño ratoncito, y pienso entonces en el gran espanto que sufrieron los dos.

La pequeña chiquilla estaba en su cama y proyectaba siluetas con las manitas en la pared, pues la Luna iluminaba como una lámpara. Reinaba un profundo silencio en la habitación y las personas mayores de la casa creían todas que la pequeña chiquilla dormía hacia ya rato. Y, en verdad, no hubieran sabido tampoco que estaba todavía despierta, a no ser por un pequeño ratoncito que, al hacer su paseo nocturno, dio con la naricilla en una migaja de chocolate.

- ¡Cui-cui! - gritó el pequeño ratoncillo, gozoso.

Entonces escuchó atentamente la pequeña chiquilla.

- ¡Cui-cui! - gritó de nuevo el pequeño ratoncillo, con lo cual quería decir: "¿Hay todavía más chocolate ahí?"

Buscó y rebuscó, y caminó con sus cortos pasitos de aquí para allí. De repente se encontró en la gran claridad de la luna, justamente delante de la cama de la pequeña chiquilla.

- ¡Ay, ay! - gritó ella con gran espanto, y saltó por el otro lado fuera de la cama.

El pequeño ratoncillo, sin embargo, al oír tales gritos, trepó, lleno de espanto, por la sábana y se ocultó en el lecho. Entonces gritó de nuevo la pequeña chiquilla con más fuerza que antes. El ratoncillo saltó en amplio círculo al suelo y pasó junto a los desnudos pies de la chiquilla. Entonces resonó tal grito de espanto en la habitación, que al pobre ratoncillo se le detuvo casi el corazón. Buscó desesperado la puertecita de su morada en la pared, mientras la pequeña chiquilla saltaba otra vez a la cama, se tapaba la cabeza con la manta y encogía los pies hasta tocarse la barbilla con las rodillas.

Finalmente, cuando estuvo el pequeño ratoncillo en su casita, sollozó "¡Cui-cui!", y se desplomó tembloroso.

- ¡Pobre hijo mío! - dijo la mamá ratón -. ¿Qué es lo que te ha asustado así?

- Un gigante con una voz espantosa.

"Esto puede curarlo enseguida un pedacito de sebo" pensó la mamá ratón. Fue, pues, a buscar lo que tenía, y lo puso ante la naricilla de su querido hijito. "¡Sí, sí, esto servirá!" Y, en efecto, mientras el ratoncillo roía el sebo, disminuyó su temblor.

Allí enfrente, al lado de la pequeña chiquilla, se hallaba también la madre junto a la cama. Al oír los gritos, lo echó todo a un lado y corrió en su ayuda.

- ¿Qué es lo que te ha asustado, que tiemblas y lloras de esta manera?

- ¡Un gran animal que se me quería comer!

- ¡Pobre hija mía! ¿Será eso verdad? - dijo la madre.

Pero sabía muy bien lo que podía consolar a su hijita. Sacó un pedacito de chocolate del plateado papel y cesaron de fluir al punto las lágrimas. De modo que, mientras lamía la golosina, dejó también de temblar la pequeña chiquilla.

Pronto se quedó dormida la pequeña chiquilla en su camita, y el pequeño ratoncillo se quedó dormido también en su casita. Y con ello quedaba olvidado el grande y terrible espanto con que se habían asustado uno de otro.

 

 

La mirilla

 

No hay en el mundo nada tan hermoso como una mirilla. Pero tiene que ser una verdadera mirilla, una mirilla auténtica, tal como la que tenía Juanito en el monte.

Era éste un pobre chiquillo que hacía ya de pastor. Caminaba descalzo y con los pantalones desgarrados. Tosía con frecuencia, y su rostro era pálido y delgado. En invierno sufría hambre con su madre en el albergue de los pobres. El verano lo pasaba en el monte.

Las gentes de la aldea le miraban compasivas, y algunas decían que no estaba del todo bien de la cabeza. Pero esto no era más que la opinión de algunos. Sí las vacas hubieran podido hablar, ellas habrían dicho algo bien distinto. Juanito veía y oía incluso más que la demás gente. Pero de ello no hablaba con las personas inteligentes, sino tan solo alguna vez con su madre enferma. A las vacas les hablaba también muchas veces en el monte. Cuando las vacas pacían tranquilas y calladas, masticando las hierbas del monte entre la recia dentadura, le escuchaban a él apaciblemente. Muchos profesores sentirían una gran alegría de poder tener alumnos que estuvieran tan atentos como ellas.

Juanito dormía por las noches en una cabaña del monte. Bajo el tejado, muy cerca de la pared de tablas, tenía él su montón de heno. Esta cama no la hubiera cambiado él por ningún lecho con dosel de un rey.

Algunas veces, sin embargo, hacía mucho frío allá arriba, y entonces se pasaba Juanito tosiendo todo el día siguiente.

- ¡Baja con nosotros! Nuestro albergue es más cálido - le decía entonces el buen vaquero.

Pero esto no podía hacerlo Juanito, pues en la pared de tablas había una pequeña mirilla redonda. Y no quería abandonarla.

Por la mañana, en cuanto abría los ojos, estaba ya ante él la escala celestial. Ésta conducía desde su lecho, oblicuamente, hacia las alturas. Por allí subían y bajaban las pequeñas criaturas del Sol. Llevaban brillantes coronas sobre sus cabecitas y le saludaban dándole los buenos días. Él era el rey del Sol y saludaba a todos bondadoso. Luego se levantaba y salía fuera de la cabaña para saludar a su reina. Ésta esperaba ya sobre el monte, revestida, por amor a él, del valioso manto de púrpura. Sus servidores habían esparcido diamantes sobre la alfombra de flores a sus pies.

Ahora podía caminar Juanito por ella, lenta y dignamente, tal como corresponde a un rey.

También por la noche era muy hermosa su mirilla. Entonces miraban por ella las estrellas, y preguntaban suavemente si podían venir a visitarle. Pero casi siempre estaba Juanito demasiado cansado y prefería dormir.

Pero un día no pudo seguir durmiendo el muchacho. La molesta tos le afligía más que de ordinario, y la cabeza le dolía y ardía como si la tuviese metida en un horno; además, sobre el pecho parecía tener algo oscuro que le pinchaba y oprimía.

- ¡Socorro! - jadeó el pobre muchacho.

Entonces apareció una estrella por la mirilla.

- ¿He de venir? - preguntó.

Juanito asintió y al punto se dejó caer la estrella desde la altura del cielo. Juanito lo vio con sus propios ojos. Entonces tuvo que levantarse y salir a recibir delante de la puerta al celestial huésped.

Descendió la escalera tanteando en las tinieblas, hasta que se encontró fuera. Delante de la cabaña, en pleno monte,, aguardaba un jovencito de plateadas vestiduras.

- ¡Ven! - dijo el mensajero, y le cogió de la mano.

Juntos oscilaron por los espacios sobre la celestial vía láctea, hacia el gran jardín de las estrellas que se halla en lo alto.

Juanito echó una rápida mirada sobre sí mismo. Sí, sí, llevaba puesta su túnica real de rey del Sol. Podía presentarse, pues, ante cualquiera. Todas las estrellas se inclinaban, cuando pasaba delante de ellas. Eran muchos miles, y todas a cuál más hermosa. Finalmente llegaron al dorado portal del cielo.

- ¡Pedro, abre! ¡Viene a visitarnos el rey del Sol, Juanito!

Entonces se abrieron ampliamente los portales, y salió a recibirles el rey de los Cielos en persona.

- ¿Por qué me conceden este gran honor? - preguntó Juanito humildemente.

- Porque has tejido tu gris vestido terrenal con el oro del Sol. Tú estabas ya allá abajo como en el cielo. Por ello estás aquí como en tu casa. Si te agrada, puedes quedarte para siempre entre nosotros.

- Gracias - dijo Juanito -. Pero antes tengo que despedirme de mi madre.

- ¿Por qué quieres despedirte de ella? - le preguntó dulcemente el rey de los Cielos -. ¡Tráela contigo aquí arriba! La madre del rey del Sol debe estar también entre los invitados.

Entonces se alegró enormemente Juanito, porque iba a dar una alegría a su madre. Presuroso, hizo seña a su acompañante, y juntos se deslizaron de nuevo hacia la Tierra.

Allí abajo reinaba gran excitación. El vaquero de los Alpes corría desde el monte hasta el hogar de los pobres, en la aldea. Iba a decir a la madre de Juanito que tenía que subir al momento. Su hijito se había tendido por la mañana con alta fiebre delante de la cabaña y estaba en trance de muerte. Pero la madre de Juanito tosía también muy fuerte y no podía levantarse del lecho.

Juanito lo sabía. Se deslizó con su acompañante a través de la ventana abierta y llegó hasta el lecho de su madre, en la casa de los pobres.

- Reina madre - dijo -. ¡Levántate y ponte tu más bello vestido! ¡Ponte también la corona! Estás invitada allí arriba como huésped.

Entonces resplandecieron los ojos de la madre como el Sol, y siguió a su hijo, y fue recibida allí arriba, como él, con brillantes honores.

De la casa, empero, de los pobres, sacaron a la mañana siguiente dos ataúdes negros, y las gentes de la aldea colocaron flores sobre ellos, piadosamente.

 

 

 

Federiquillo el mentiroso

 

El pequeño Federico era un hermoso chiquillo, de rizados cabellos; pero toda la gente de la aldea le llamaba siempre Federiquillo el Mentiroso. Cuando por la noche veía volar un murciélago, corría hacia su casa y gritaba: "¡He visto volar un dragón en persona!" Y, cuando había escardado un cuarto de hora en el jardín de su abuela, afirmaba después grave y firmemente, que había estado arrancando, durante siete horas enteras, malas hierbas del jardín.

- Federiquillo, ¡di la verdad! - le reprendía su madre cuando le oía hablar así.

Y cada vez gritaba Federiquillo indignado:

- ¡Ésta es la pura verdad!

- Es y seguirá siendo Federiquillo el Mentiroso - decía enojado su padre, y recurría de vez en cuando al bastón.

La madre, sin embargo, se afligía.

Un día apareció rota en el suelo de la cocina la taza del padre, que tenía el reborde y el asa dorados.

- Federiquillo, ¿qué has hecho? - gritó su madre.

- Nada. Estaba yo tranquilamente en la puerta de la cocina cuando vi cómo esta mesa empezaba de repente a moverse. Todas las tazas saltaron y la dorada más alta que ninguna. De pronto empezó a danzar en círculo, pero cayó por el borde de la mesa y se rompió. Sí, así ha ocurrido. Lo he visto con mis propios ojos.

- ¡Federico, tú mientes! Y lo más triste es que tú mismo crees tus mentiras. ¡Ojalá se te erizaran los cabellos cuando no dices la verdad!

- ¡Yo no miento nunca! gritó Federiquillo, y quiso ponerse a patalear.

Entonces notó sobre su cabeza un curioso cosquilleo, y percibió un rumor singular en sus oídos, como cuando el pavo real abre su rueda. Se llevó las manos a los cabellos. Se pasó las dos manos sobre ellos. Todo fue en vano. Obstinado, se dirigió a la cestita de costura de su madre, cogió las tijeras y quiso cortarse los cabellos. Pero en vano: eran tan, fuertes como alambres. Entonces gritó, lleno de terror:

- ¡Madre, yo he sido quien ha roto la taza!

Al momento se abatieron los erizados cabellos y se le enrollaron en suaves rizos, de modo que fue de nuevo el hermoso Federico.

Y así sucedió cada vez. Cuando el chiquillo mentía, se le erizaban los cabellos hacia lo alto. Y cuando decía después la verdad, se le rizaban de nuevo. Pero si esto sucedía en la escuela, tenía el grave inconveniente de que se burlaba de él toda la clase, y en el camino de regreso a casa le seguían todos sus compañeros gritando:

- ¡Federiquillo, el Mentiroso! ¡Federiquillo, el Mentiroso!

¡Esto era espantoso! Pero, gracias a ello, perdió Federico la costumbre de mentir. Sus padres se sintieron completamente felices desde entonces. Su madre le regaló el día de su cumpleaños un gran libro de cuentos, y su padre una historia de ladrones. Ésta dio mucho que pensar al muchacho. Los ladrones de la historia negaban cuanto se les antojaba, del azul del cielo para abajo. Se dio cuenta, sin embargo, de que finalmente colgaban de la horca, y no decían ya entonces ninguna palabra más.

 

 

 

Pimentilla en la ratonera

 

Pimentilla era el decimotercer hijo de un pobre zapatero. Era el más pequeño de todos los hermanos.

Cuando los domingos se fatigaba demasiado durante el paseo y se quedaba rezagado, se lo metía el padre en su bota. Entonces podía mirar él hacia la caña de la bota y coger las briznas de hierba que le rozaban la naricita al pasar. ¡Tan pequeño era Pimentilla! Pero era también tan inteligente como sus hermanos mayores y tenía, además, muy buen corazón.

Un día le dijo a su padre:

- Padre, yo veo cómo tienes que matarte a trabajar por tus trece hijos. ¡Me das lástima! Déjame salir a mí a recorrer el mundo. Quiero también yo ganar algún dinero. Entonces lo pasarás tú mejor.

El padre rió de buena gana por esta ocurrencia y le dejó partir. Pensó para sí: "No llegará muy lejos; de modo que mi hijo mayor podrá alcanzarle por la noche y traerle de nuevo a casa". Pero el padre, al pensar así, contaba solamente con las cortas piernecitas de Pimentilla y no con su despejada cabeza.

En efecto, apenas estuvo Pimentilla en la carretera, pasó corriendo desde el campo un bonito ratón por su lado.

- ¡Alto! - gritó -. ¿Quieres ser tú mi caballo? Te llamaré mi corcel gris.

Esto lisonjeó enormemente al ratón. Dejó que montara Pimentilla sobre él, y así emprendieron el galope hacia el ancho mundo. Pero cuando se hizo de noche, sintieron los dos hambre.

- ¿Qué desearías comer tú? - preguntó Pimentilla.

- Lo mejor para mí sería un sabroso pedacito de grasa - dijo el ratón.

- Para mí también - dijo el pequeño jinete.

Se hallaban justamente a la sazón delante de la tienda de un panadero. Como la puerta estaba sólo entornada, penetraron resueltamente por ella. En la tienda había cosas maravillosas: pan, pasteles y todo género de dulces de azúcar.

- Pero grasa no se ve por ninguna parte - dijo Pimentilla tristemente.

- Sí - dijo el ratón -, yo la huelo.

Y comenzó a buscar por todos los rincones. De repente dio de narices con una ratonera.

- ¡Ah! - gritó -. ¡Aquí dentro hay grasa! Pero no me fío mucho de esto. Entra tú a verlo; tú eres más listo que yo.

Esto no se lo hizo repetir. Sin vacilar, Pimentilla se metió dentro de la trampa. Pero ¡clap!, sin saber cómo, se encontró de golpe prisionero. El ratón lloraba desconsolado.

- Ahórrate las lágrimas - dijo Pimentilla. - La grasa ya la tenemos. ¡Toma, come, y ponte a dormir! ¡Y gracias por el hermoso día! Sin ti no hubiera llegado yo tan lejos.

El ratón se consoló muy pronto, pues la grasa era de la mejor y, además, estaba asada. Cuando hubo comido, se deslizó tras un saco de harina y durmió toda la noche de un tirón.

Pimentilla paseó arriba y abajo por su inesperada cárcel y examinó cuidadosamente los barrotes.

- Cerrado, cerrado - dijo luego -; pero mañana será otro día.

Se tendió sobre la oreja izquierda y pronto quedó maravillosamente dormido. Y a poco soñó que era tan rico que podía arrojarle el oro a su padre a paletadas bien repletas.

Al día siguiente por la mañana entró el panadero en la tienda. Era un hombre muy gordo, con una barriga muy gruesa.

- ¡Buenos días, Barriguita! - gritó Pimentilla.

- Buenos días - dijo el panadero, mientras miraba asombrado por todos los rincones -. ¿Dónde estáis, buen, señor? - preguntó.

Entonces se oyó desde el rincón:

- En la ratonera.

El panadero se inclinó penosamente a causa de la barriga, cogió la trampa y la puso sobre la mesa. Pimentilla se inclinó ceremoniosamente y habló:

- ¿Queréis tener la bondad de abrirme la puerta?

- ¿Cómo has entrado tú aquí? - preguntó el panadero.

- He pasado la noche en esta habitacioncilla, porque no quería daros ninguna molestia. Me llamo Pimentilla y estoy a vuestras órdenes.

Entonces se echó a reír el panadero de tan buena gana, que empezó a agitarse toda su barriga. Abrió la ratonera, salió afuera Pimentilla. Al verse libre, silbó a su "caballo gris, que acudió enseguida.

- Este es mi caballo - dijo con orgullo.

Subió a él de un salto y dio así una vuelta por encima de la mesa. Entonces rió el panadero más fuerte aún, de manera que su barriga se estremeció como si fuera a estallar, y las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. Finalmente gritó:

- ¡Párate, pequeño jinete! Que voy a reventar de risa.

Y tuvo que sostenerse la barriguita con ambas manos.

- Así, pues, ¡adiós! - dijo Pimentilla -. ¡Muchas gracias por el alojamiento de esta noche! No tomo a mal que mi persona y mi caballo gris os hayan hecho reír tanto.

Pimentilla se quitó la gorra y saludó con ella. Pero cuando el ratón y su jinete iban a deslizarse por la rendija de la puerta, gritó el panadero.

- ¡Alto! ¿Tanta prisa tienes? Espérate, no te vayas, muchacho.

- Sí, he de buscarme un empleo, donde pueda ganar algún dinero.

- Entonces quédate aquí - rogó el panadero, poniendo cara muy seria -. A ti precisamente puedo emplearte yo, y te necesito más que a todos mis empleados. Sí, ¡mírame bien! Soy un pobre hombre, aun cuando mi horno me dé más de lo que necesito. ¿De qué me sirve el dinero si pronto habrá de hacerme el carpintero mi última casita? Esta obesidad me va a matar. ¿Y sabes tú lo que dice el médico? "Con vos no hay solución, si no tenéis quien os haga reír tres horas al día, pero de tal manera, que os sacuda todo el cuerpo." Esto me lo dijo hace siete semanas, y desde entonces estoy cada día más gordo. Pues bien; puedo asegurarte que no ha habido nada que me pareciera tan divertido como tu paseo de hoy sobre el ratón. ¡Quédate aquí! Y si tú me salvas la vida, no podrás quejarte de la recompensa que te daré.

- Bien - dijo Pimentilla -, me quedo. Pero es condición indispensable que mi "caballo gris" ha de ser alimentado cada día con sabrosa grasa. Un poco asada es como más le gusta. Y yo comeré de lo que se sirva en vuestra mesa.

- Convenido - dijo el panadero. Y Pimentilla se quedó a servirle.

A partir de este momento se llenó de alegría todo la casa, e incluso toda la aldea. Una vez había cocido el panadero sus panes, llamaba, para divertirse, a Pimentilla... Éste venia montado sobre su "caballo gris" como un jinete de circo, y saltaba sobre sillas, mesas y troncos. Y mientras el panadero reía a más no poder, se le subía por las piernas de los pantalones y miraba - una, dos, tres - por el bolsillo de su chaleco.

Pimentilla había aprendido también a dar volteretas. Pero lo más divertido de todo era la narración que hacía el diminuto hombrecillo recordando la vida en su casa, los paseos en la bota de su padre, las bromas de los aprendices de zapatero que él había sorprendido, oculto, dentro de una zapatilla, la promesa hecha a su padre de llevarle algún día una gran suma de dinero, el viaje, en fin, que había hecho montado sobre el ratón.

Entonces podía reír a gusto el panadero, de modo que no había que pensar en parar hasta tres horas después. Se agitaba, y estremecía que daba gusto. La barriga no cesaba de sacudirse arriba y abajo, y esto era lo bueno.

Cuando hubieron pasado siete semanas, el panadero había reído toda su grasa. Estaba tan delgado y se sentía tan joven, que también él empezó a saltar por encima de las mesas y las sillas.

- Tú me has curado y salvado de la muerte - dijo a Pimentilla -. Ahora puedes seguir tu camino cuando quieras. Aquí está tu recompensa.

Le ofreció cien florines y, para el ratón, toda una libra de grasa.

Pimentilla, lleno de gozo, saltó sobre su "caballo gris" y emprendió el camino de su casa. Apenas hubo llegado a ella, puso los cien florines delante de su padre y dijo:

- Tómalo, es dinero ganado honradamente.

¡Oh! ¡Qué ojos puso el buen hombre!... Nunca hubiera creído que su hijo, siendo tan poca cosa, fuera capaz de ganar tanto dinero. Pero cuando Pimentilla le explicó la historia del ratón y de la ratonera, se echó a reír, tan fuertemente como el panadero. Sólo que él no tenía ninguna barriguita de obesidad que pudiera agitársele de alegría y de satisfacción.

 

 

El patín de ruedas

 

Si se te ha metido algo en la cabeza, puedes empezar a sacártelo - le dijo una pobre viuda a su hijita.

En efecto, a la niña se le había antojado tener patines, y era imposible apartarle de esta idea.

- Zapatos nuevos necesitarías tú - le dijo la madre -, y yo también. ¡Fíjate!

Su madre levantó el pie izquierdo. El aire entraba por donde hubiera debido estar la suela.

- Pues yo quiero tener patines, y los tendré - se obstinó la chiquilla -. ¡los tendré, los tendré, y los tendré!

¡Oh!, ¡la muchacha hubiera seguido aún diciendo una y otra vez: "¡los tendré, los tendré!", pero la madre puso fin a la discusión con un bofetón y añadió:

- Pero yo no los tengo.

Y, diciendo esto, cogió la canasta de lavar y se dirigió a casa de una de sus clientes. La muchacha la siguió con la mirada. Contempló los agujeros de sus zapatos, completamente rotos, y murmuró: "Mi madre tiene razón. Pero yo he de tener unos patines, de lo contrario, no estaré tranquila".

Inmediatamente empezó a barrer, ligera, la habitación. La escoba se deslizaba por todos los rincones, y el polvo se arremolinaba hacia fuera, por la puerta. La muchacha sabía hacer las cosas bien. Presta como un relámpago, lo iba limpiando y arreglando todo. Y, mientras trabajaba, iba cantando: "¡Rueda, rueda, rueda!", y sus pensamientos vagaban de nuevo con los patines.

De pronto, tropezó la escoba con un cuerpo duro, que sonó alegremente y se movió rodando. La muchacha se inclinó ligera y levantó un patín del suelo.

No se asombró mucho por ello. Preguntó solamente al pequeño patín:

- ¿Dónde está tu compañero?

- Estoy solo. Me he escapado. Me he disgustado con mi compañero, y nunca más regresaré a su lado.

- ¿Por qué os habéis peleado?

- Porque no quiso reconocer que yo soy más listo que él.

- Quiero creerlo, patincito; ¡pero primero demuéstrame tu listeza!

- ¡Sube, y sabrás quién soy yo! Yo no necesito al otro. Yo puedo correr solo. Di ¡hopp!, y echaré a correr, sin que me des impulso, y no me pararé hasta que tú digas ¡stop!

- ¡Maravilloso! - exclamó la muchacha. Lanzó la escoba a un lado, puso el pie derecho sobre el patín y se sujetó presurosa las correas.

- ¡Hopp! - gritó alegremente.

Entonces echó a rodar el zapato, de forma que la falda y el delantal revoloteaban al aire. El pie izquierdo oscilaba en el aire, y toda la gente se apartaba a un lado, para no verse atropellada. La chiquilla no podía oír ni ver nada. Las casas y los árboles pasaban volando por su lado. Un río, un lago, un valle, unas montañas..., todo venía y volvía al alejarse. Y el viento silbaba en sus oídos. El corazón de la muchacha gritaba de júbilo. Pero, finalmente, tuvo ya bastante de correr, y, además, sentía hambre.

- ¡Párate! - gritó; pero el patín seguía rodando -. ¡Alto! - gritó la chiquilla. En vano -. ¿Quieres detenerte, estúpido patín? - increpó furiosa.

Pero el patín seguía tranquilamente adelante; pues la muchacha había olvidado la palabra que le había señalado el patín para parar. No tenía más remedio que seguir corriendo, corriendo, sin cesar, sin poderse ya detener.

- ¡Ya te enseñaré yo quién manda aquí! - gritó la muchacha, indignada, y trató de agarrarse al cercado de un jardín, para detenerse. Pero no se hizo más que un rasguño en los dedos, al cogerse a una estaca, que quedó arrancada.

Entonces intentó agarrarse a un arbolillo; pero quedó arrancado de cuajo, con las raíces flotando como hierba. Y mientras el arbolillo yacía en el suelo, la muchacha seguía corriendo. Ahora se decidió a suplicar.

- ¡Querido patín! ¡Déjame descansar! Ya tengo bastante por hoy.

Pero el patín parecía no oír nada. Entonces comenzó a llorar a lágrima viva, y así entró en la gran ciudad.

En todas las ventanas ondeaban banderas. A ambos lados de la calle había mucha gente, que esperaba al rey. En aquel momento se acercó una carroza dorada, tirada por seis caballos blancos. El rey, sin embargo, era un hombre desgraciado que tenía los pies inválidos. Saludaba amablemente a todos lados, y podía comprender que su pueblo le amaba.

Cuando la muchacha se acercó gritando de manera salvaje, levantó el rey tranquilo la mano y dijo:

- ¡Stop!

En el mismo instante se detuvo el patín, y la muchacha respiró profundamente.

- ¡Gracias, señor rey! - gritó muy emocionada, y se inclinó ante la dorada carroza.

- ¿De dónde vienes tú, muchacha desconocida? - preguntó el rey.

- Yo he viajado sobre este patín a través de todo el país. Y hubiera tenido que correr tal vez por toda la eternidad, si vos, bondadoso señor rey, no hubierais pronunciado la palabra oportuna para detener al patín.

- ¿Qué palabra? - preguntó el rey, asombrado.

- ¡Stop! - dijo la muchacha.

Entonces sonrió el rey.

- ¡Sube, niña desconocida, con tu extraordinario patín! En mi palacio me lo explicarás todo.

Una vez hubo escuchado el rey la extraordinaria historia del patín, dijo a la niña:

- Ahora tienes que comer hasta hartarte. Luego podrás regresar de nuevo con el patín a tu casa.

- No - replicó la muchacha con gran terror -. Aun cuando hubiera de caminar siete semanas, iré a pie. De patines no quiero saber nada más en toda mi vida.

- Entonces te cambio el extraordinario patín por un par de buenos zapatos.

- ¡De todo corazón, señor rey! - exclamó la muchacha alegremente. Pero de repente vaciló: - Si me lo permitierais, desearía suplicar al señor rey que ese par de zapatos fueran para mi madre. Yo puedo ir muy bien descalza.

El rey hizo una señal a un criado. Éste trajo después de la comida un magnífico cofre en el que había zapatos de mujer y de niña, de piel fuerte y fina, e incluso había también zapatillas. Después que la muchacha lo hubo admirado y agradecido bastante, llevó el criado el cofre a una carroza. En ella fue conducida la muchacha a su casa.

La felicidad que experimentó la madre al tener de nuevo a su lado a su querida hija no se puede describir.

Pero también el rey era feliz. Cuando se hubo colocado el patín maravilloso, pudo correr con sus pies inválidos por si solo, sin ayuda de criados. No tenía más que decir ¡hopp!, y emprendía veloz carrera. No tenía más que decir ¡Stop!, y se detenía obediente el patín.

Cuando alguien no era fiel en el país, se presentaba de repente el rey allí, y el infiel tenía que avergonzarse. Pero, los que le servían con fidelidad podían alegrarse. El rey veía su fidelidad y procuraba en todo caso recompensarles.

Pronto reinó tal orden en el país, que todo el mundo habló de ello.

Entonces se olvidó el rey de sus pies inválidos y se sintió el hombre más feliz de toda la redondez de la tierra. ¡Gracias sean dadas al patín de ruedas!

 

 

 

El caballito blanco Hühü

 

La abuela tenía un banquillo blanco, como un escabel, para poner los pies.

Lo tenía en gran estima, y Hansli lo estimaba también: era su caballito blanco Hühü. Con él podía cabalgar alrededor de la mesa redonda, y, cuando la puerta de la habitación contigua estaba abierta, corría hasta delante de la cama de la madre y volvía. Con esto, sin embargo, Hühü tenía bastante. Detrás de la cómoda estaba su establo. Allí podía dormir el caballito y comer avena, tanto como quisiera.

Un día estaba Hansli completamente solo en casa, mientras su madre y su abuela se hallaban en la lavandería. Sólo el caballito blanco Hühü estaba todavía arriba. Entonces sucedió que el caballito empezó a relinchar y a hollar con la pata.

- ¿Quieres salir fuera? - preguntó Hansli.

El caballito blanco sacudió la melena y bailó sobre las cuatro patas. Sí, sí: el caballito blanco quería salir.

Hansli montó sobre él, y -hop-hop- atravesó el portal, y bajó los escalones, hasta el pequeño jardín delantero. El viento soplaba allí en los cabellos de Hansli, y las hojas secas jugaban al escondite en la calle.

- ¿Quieres salir fuera? - preguntó Hansli.

El caballito relinchó más fuerte. Sí: quería salir. Así cabalgó Hansli por la ancha calle hasta llegar al pequeño parque, a través del cual fluía el alegre arroyuelo del jardín zoológico.

- ¡Ah! Tú tienes sed y quieres beber agua - dijo Hansli a su caballito -. ¡Pero cuidado no resbales¡ - gritó, insistiendo mientras Hühü descendía la empinada pendiente.

Pero ya era inútil la advertencia: Hansli estaba de cabeza en el agua, y Hühü se alejaba nadando por el arroyo. El caballito blanco, en vez de relinchar, daba vueltas y más vueltas sobre el agua; finalmente, se colocó sobre sus espaldas y elevó las cuatro patas al aire.

- ¡Hühü! ¡Ay! ¡Ay! ¡Mi caballito blanco! - exclamaba Hansli.

Afortunadamente, en el parque había, mujeres y niños pequeños. Los niños pequeños rieron, y las mujeres, compasivas, sacaron a Hansli del agua. Entretanto el caballito blanco se hallaba ya lejos, muy lejos. Había llegado ya a la ciudad, y nadaba por entre las casas. Un poco más de navegación, y estaba ya en el grande y verde Rin. ¡Esto si que era una lástima!

Calado hasta los huesos, llegó Hansli a la lavandería. Lloraba que daba lástima, y, como de vez en cuando tosiera también, le metió su madre deprisa en la cama.

La abuela le dio el té a cucharaditas y le limpió las lágrimas, y tuvo que contarle una y otra vez, a diario, a dónde había ido a parar nadando el caballito blanco. Le contó que, finalmente, llegó hasta el lejano país de los indios. Los hijos de éstos le montaron por la selva virgen, y le veían corretear los monos que se hallaban subidos a los árboles. Un gran mono cogió una banana y se la arrojó al caballito blanco Hühü justamente en mitad del hocico abierto.

Entonces pudo reír de nuevo Hansli, ante las aventuras del caballito blanco.

 

 

La buena ardilla

 

Érase una vez un niño chiquitín. Este niño era solamente la mitad de grande de lo que eran los demás niños de su edad. Su padre le llamaba Lu: nombre bonito y breve. Su madre le llamaba Lulu. Su abuela, empero, que le quería de todo corazón y no se cansaba nunca de él, le llamaba Lululu.

Lu era, ágil como un armiño y podía trepar como una ardilla. Lo malo era que con ello se desgarraba cada día los pantaloncitos y la blusita. La abuela se lo remendaba todo con mucha paciencia. Pero un día se encontraba ella enferma en la cama, y así tenía la madre mucho que hacer. Como el chiquillo volviera, además, a casa con rotos en la ropa, dijo ella:

- Lulu, basta ya de ser destrozón. Aquí tienes el vestido de las fiestas. Si vuelves a trepar de nuevo con él por los árboles, tendrás que ir mañana con agujeros y desgarrones a la iglesia.

Esto no le interesaba a Lu, naturalmente; pero cuando se halló de nuevo en el jardín, debajo del gran abeto, vio saltar alegremente a la ardilla de rama en rama. Sintió un cosquilleo en los diez dedos de las manos y de los pies que le impulsaba a imitar a la ardilla.

- ¡Ay! - gritó -. ¡Ardilla, querida ardilla! ¿Te riñen también a ti, cuando se te rasga el vestido?

La ardilla aguzó las orejas. De un gran salto se sentó en la rama inferior miró con sus inteligentes ojos abajo, hacia donde estaba Lu.

- Mi vestido no se me rasga nunca - contestó la ardilla -. Mi vestido lo ha cosido el buen Dios, y por ello durará hasta que me muera.

- ¡Oh! - exclamó Lu -. El mío lo ha cosido sólo mi abuela. Se rasga todos los días, y por ello hoy no puedo trepar hasta tu nido; de lo contrario, tendría que ir mañana con desgarrones a la iglesia.

- ¡Lástima! - gritó la ardilla.

Luego fue a brincar y había trepado ya hasta la mitad del tronco, cuando gritó entonces el chiquillo:

- ¡Ardilla, querida ardilla, préstame tu vestido! ¡Sólo media horita! ¡Tengo tantas ganas de trepar!

- ¿Y luego tendré yo que estar desnuda, sentada sobre esta rama? - preguntó la ardilla -. No, no; eso no me conviene.

- Tú puedes meterte en el nido, que está muy calentito, y mirar por la ventana. ¡Ay, sólo media horita!

El chiquillo derramaba lágrimas grandes como guisantes. Entonces no pudo seguir negándose la ardilla.

- ¡Así, tómalo! ¡Pero no te entretengas más de media hora!

El chiquillo se quitó los pantalones y la blusita, y los dejó, junto con la camisita, sobre las hojas secas, al pie del abeto. Luego se puso apresuradamente el pardo abrigo de pieles de la ardilla, mientras ésta, completamente desnuda, se ocultaba presurosa en el redondo nido, en lo alto del abeto. Miró por la ventana y vio trepar tan hábilmente al chiquillo, que le pareció estar viendo a su primo.

La media hora pasó volando.

- ¡Lu! - gritó la ardilla -. ¡Ya ha pasado media hora!

- Sí - contestó el chiquillo -; voy a cambiarme.

Y así quiso hacerlo. Pero, al llegar abajo, se encontró con que al pie del abeto no había ningún pantalón, ninguna blusita, ni ninguna camisita que ver.

- Ardilla - exclamó Lu -; no te puedo devolver por ahora tu vestido.

- ¿Cómo? ¿Por qué?

- Porque mi ropa ha desaparecido de aquí, y yo no puedo ir desnudo a casa.

- ¿Ah, sí? ¿Y yo tengo que quedarme desnuda en mi nido? No, no; todo lo que quieras; ¡pero mi vestido tienes que devolvérmelo!

Entonces trepó Lu a lo alto del abeto. Allí se quitó el pardo abrigo de pieles, y la ardilla se deslizó dentro de él. Desnudo y temblando, se quedó sentado el chiquillo sobre la rama, sin saber qué hacer. Entonces habló la bondadosa ardilla:

- ¡Vete a mi casita! ¡Cierra la puerta, cuando venga la comadreja, o la pérfida ave de rapiña! Yo iré en busca de tu vestidito, ¡Cuando lo haya encontrado, ábreme entonces la puerta!

Lu se deslizó en el redondo nido de la ardilla, y ésta se plantó en tres saltos sobre el verde césped, junto a un mirlo negro. Éste picoteaba con su amarillo pico en el suelo, sin mirar a su alrededor.

- Mirlo - dijo la ardilla - ¿Has robado tú tal vez un vestidito de niño?

- ¿Robado? ¡Yo no soy ningún ladrón! ¡Haz el favor de marcharte, si no quieres que te saque los ojos con mi pico!

Entonces huyó de allí la bueno ardilla, llena de espanto.

En el corral encontró al pato.

- Patito contorneador ¿has visto tú acaso un vestidito de niño?

- ¿Un vestidito de niño? ¿Un vestidito de niño? ¿Y qué quieres tú que yo hiciera con un vestidito de niño?

- Lu lo ha perdido. No, dicho en confianza: un ladrón se lo ha robado.

Al oír esto graznó el pato tan fuerte como pudo. Al oírle todos los animales del corral se acercaron corriendo.

- Schnädergeck - dijo el pato -; ¡ayudadnos todos a buscar! ¡Al pequeño Lu, a quien ya conocéis todos vosotros, le han robado su vestido!.

El gallo cacareó fuerte, y las gallinas cloquearon, y todos batieron las alas en señal de que el suceso les afectaba profundamente. Como todos tenían en gran estima al pequeño Lu, ayudaron gustosos a buscar su vestidito. Delante de todos iba siempre la ardilla. Miraron atentamente por todos los rincones; pero ni en el patio ni en el jardín se veía ningún pantaloncito, ninguna blusita, ni tampoco ninguna camisita. Entonces gritaron todos:

- ¡Ladrón! ¡Ladrón! ¡Ladrón!

Delante de la ventana de la cocina dormía al sol el gato gris.

- ¿Os referís a mí? - gritó éste indignado -. Esto sí que no lo tolero yo.

Se irguió, juntó muy próximas sus cuatro patas, y arqueó el lomo.

- No, no - dijo la ardilla -. Al pequeño Lu, ya le conoces tú también, al pequeño Lu le han robado su vestido.

- ¿A mi Lu? ¿A mi Lulu? ¿A mi Lululu? ¿Quién es el ladrón? le voy a sacar los ojos.

- Le estamos buscando. ¡Ven con nosotros!

Entonces bajó el gato de un salto de la cornisa y marchó delante de todos, incluso de la ardilla. De repente, se quedó inmóvil.

- Se me ocurre una cosa. Pero, ¡procurad no hacer ruido!

Silenciosamente se deslizó el gato hasta la garita del perro. Fofo aguzó las orejas, después gruñó suavemente, y por último ladró con todas sus fuerzas.

- ¿Qué buscan aquí las gallinas? ¿Y qué se le ha perdido al gato gris? ¡Que se me acerque éste, si se atreve!

Pero Micifuz se acercó, y sus ojos brillaron de ira; pues, ¿sabéis lo que vio en el fondo de la garita del perro? ¡El vestido del niño! Todo estaba allí: los pantalones grises, la blusita azul, la camisita blanca.

- ¡Ladrón! - bufó el gato.

Fofo se preparó para la lucha. Estos vestidos no tenía que tocarlos nadie. Pertenecían a su joven señor, el querido Lu. El perro los había encontrado y recogido, y los llevaba vigilando toda una hora. Estaba dispuesto a defenderlos, aun cuando, además de las gallinas y del gato y de la ardilla, viniera también todo el establo; el vestido no lo daría mas que a su joven señor.

Pero los gatos son más inteligentes que los perros. Micifuz susurró al oído de la ardilla:

- ¡Cuando esté fuera el perro, coged vosotros el vestido!

Y Fofo salió en verdad de su casita; pues el gato bufaba y arqueaba el lomo, y encendía dos fuegos en sus ojos. Y esto era demasiado para Fofo.

- ¡Guau, guau! - gritó, y se lanzó sobre el gato, al que no podía sufrir.

Micifuz trepó al manzano más próximo, bufó hacia abajo, y Fofo ladró hacia arriba, mientras la ardilla se apoderaba de los pantaloncitos, la blusita y la camisita, y las llevaba arriba, hacia el redondo nido, donde esperaba Lu lleno de ansiedad.

Cuando regresó Fofo a su casita, y no encontró en ella los vestiditos, se tendió sobre el vientre, y aulló con aullidos que inspiraban lástima. No cesó de aullar hasta que apareció Lu. Al verle se levantó de un salto y ladró fuertemente, agitando gozoso la cola. Ahora comprendió, de repente, la verdad de lo ocurrido y olvidó en su felicidad incluso su cólera contra Micifuz.

También Lu se sentía feliz; pues sus pantaloncitos estaban intactos. Al día siguiente no tendría ya que ir con desgarrones a la iglesia. Su madre no le castigaría.

 

 

 

 

El agujero en la manga

 

El muchacho de quien hemos de contar ahora tenía un gran agujero en la manga. Esto le daba tanta vergüenza, que en la escuela no le era posible prestar en absoluto atención a las explicaciones del maestro.

Su madre no podía remendárselo; trabajaba en casa de gente extraña.

En su apuro se dirigió el chiquillo a las muchachas y les dijo:

- ¿Quién quiere zurcirme mi juboncillo?

Pero las muchachas, ocupadas en jugar al escondite, no tenían tiempo para ello.

Entonces se dirigió el muchacho a las mujeres y les dijo:

- ¿Quién quiere zurcirme mi juboncillo?

Pero las mujeres tenían que lavar los platos, y así le contestaron.

- ¡Vuelve mañana!

Pero el muchacho no se atrevió a ir de nuevo a la escuela con el agujero en la manga. Se ocultó, detrás de la escuela, y se encaminó presuroso al bosque. Miró hacia el tierno follaje de primavera y preguntó al cielo azul:

- ¿Quién me zurcirá mi juboncillo?

Entonces, ante sus narices, descendi6 una araña a lo largo de un hilo. El muchacho recordó, al verla, una cancioncilla que le habían enseñado en la escuela:

 

¡Oh araña de larga patita!

Es tu hilo como seda finita.

 

Ligero, añadió a la canción:

 

Zúrceme tú, araña, por favor

el agujero de mi jubón,

para que yo, ¡ay, pobre de mí!

pueda a la escuela hoy asistir.

 

La araña se deslizó por su hilo hasta el chiquillo y contempló con atención el gran agujero de la manga. Ágilmente corrió de un lado a otro y anudó, de arriba abajo, firmemente, los hilos. Luego corrió en círculo alrededor del agujero, cien veces quizás, y no cesó de enlazar hilo con hilo, hasta que todo el agujero quedó oculto por ellos, magníficamente entrelazados.

- ¿Cuánto tiempo durará el zurcido? ­ preguntó el chiquillo.

La araña no pudo darle ninguna respuesta; pero el cuclillo pasó volando sobre la cabeza del muchacho y cantó repetidamente:

- ¡Cu-cú! ¡cu-cú! ¡cu-cú!

- ¿Tres años? - exclamó gozoso el chiquillo -. ¡Qué alegre estoy!

Se encaminó presuroso a la escuela y llegó todavía a tiempo de dar la lección.

¡Qué maravillosamente podía ahora atender! Ni una sola palabra del maestro se dejaba perder el chiquillo; pues, no teniendo ya ningún agujero en la manga, tampoco tenía ya por qué avergonzarse.

 

 

 

El bosque de los cuentos

 

Érase una vez una pequeña chiquilla que importunaba a toda la gente para que le contaran un cuento. Importunaba a su madre, a su abuela, a su tía. Quienquiera que encontrara en su camino, tenía que contarle un cuento. Pero no todos se sentían dispuestos a ello. Todos se deshacían del pequeño espíritu importunador.

Entonces se encaminó la niña tristemente hacia el bosque. Por fortuna, se extendía éste muy cerca, junto a la casa.

En el bosque se encontró con el cuclillo, que estaba sentado sobre una rama y gritaba:

- ¡Cu-cú! ¡cu-cú!

- ¿Por qué cantas siempre la misma canción? - dijo la muchacha -. ¡Explícame más bien un cuento!

Entonces le contó el cuclillo la historia de cómo pone el huevo. El cuco lo lleva en el pico por el aire y lo coloca en un nido extraño. De este huevo sale luego un pequeño pájaro, que crece y crece, y se hace por último mayor que los pajaritos que le alimentan. Pronto se hace el nido demasiado pequeño para el cuclillo. Entonces arroja éste fuera del nido a todos los pequeños pajaritos, crecidos con él en el mismo nido. Pero el buen espíritu del bosque, que lo había visto todo, dijo: "Como castigo, no habrás de vivir tú nunca en un nido propio. Tus huevos habrás de llevarlos siempre en el pico por el aire, y tus hijos deberán clamar durante todo su vida por su madre perdida: ¡Cu-cú! ¡cu-cú!"

El pájaro chilló.

- ¿Es esto un cuento o una historia verdadera? - preguntó la niña.

- ¡Cu-cú! ¡Cu-cú! - se oyó a lo lejos.

Entonces no supo la niña qué pensar, y penetró más profundamente en el bosque.

Así caminando, llegó hasta los sombríos abetos. Bajo sus pies crujía una alfombra de millones de pardas agujas. En lo alto rumoreaba el viento, entre las verdes copas de los altivos abetos gigantes. Pero junto a ellos se alzaban tres pequeños abetos en la oscuridad, los cuales no tenían una sola ramita verde.

- ¿Por qué lleváis vosotros un vestido tan pardo de luto? ¡Oh, explicadme vuestra historia! - rogó la pequeña.

Entonces tomó la palabra el mayor de los tres jóvenes abetos y dijo:

- Nosotros somos los más jóvenes abetos de este bosque, y queríamos levantarnos juntos los tres hacia el sol; pues habíamos oído decir que era hermoso y bueno, y era un rey. Así, pues, nos pusimos nuestros vestidos de fiesta y extendimos los brazos; pero nuestros hermanos mayores nos cerraron el camino.

" - ¡A nosotros nos pertenece el Sol! - dijeron ellos -. Nosotros somos más grandes y hermosos que vosotros. Deberíais avergonzaros. ¡Ocultaos!

" Orgullosos, se elevaron ellos cada vez más altos, más altos, hasta que llegaron al Sol. Entonces celebraron una fiesta e invitaron a todos los pájaros cantores del bosque.

" - ¡Hacednos también un poco de sitio! - rogábamos nosotros cada día.

" No pretendíamos más que ver solamente el manto del rey Sol; pero nuestros hermanos mayores extendían rumoreando sus vestidos y nos ocultaban, para que el Sol no pudiera encontrarnos. Entonces dejamos caer nosotros el vestido verde de fiesta y nos vestimos de pardo luto. Este luto lo conservaremos nosotros hasta nuestra muerte, que bien pronto habrá de venir."

Entonces preguntó la niña:

- ¿Es esto un cuento o una historia verdadera?

Los tres pequeños abetos guardaron silencio, pero dejaron caer sus agujas, y con esto pareció como si lloraran.

La pequeña muchacha fue a buscar una azada y arrancó con ella, uno después de otro, a los pequeños abetos y los plantó de nuevo en el borde del bosque. Buscó luego agua del manantial y les dio de beber. El Sol se asustó cuando vio a las tres criaturas del bosque con su vestidito de luto. Les acarició con sus rayos y les consoló:

- Pronto será mejor vuestro aspecto. Mis rayos tejerán para vosotros el más hermoso vestido de fiesta, y yo estaré a vuestro lado desde la mañana hasta el anochecer.

Siguió entonces la pequeña muchacha su camino. El sendero del bosque corría recto, y no parecía tener fin.

De repente, sintió la niña un escalofrío en las espaldas; en medio del camino yacía una pequeña ardilla que agonizaba a causa de una herida en el cuello.

- ¿Por qué has muerto tú? - preguntó la niña -. Te hubiera rogado tan a gusto que me contaras un cuento...

Entonces empezó a hablar la roja sangre.

- Allí arriba, entre el verde reino de las hojas, hay una casita redonda. En ella vive una madre con sus cinco hijos. "No salgáis hasta que esté yo de nuevo en casa", dijo la madre cuando salió en busca de alimento para sus pequeños. Cuatro de ellos supieron obedecer. El quinto, sin embargo, miraba continuamente por la puerta redonda. Cien mil hojas le saludaban y le susurraban: "¡Sal! Te contaremos un cuento". Entonces salió fuera la pequeña ardilla. Escuchó y escuchó, tan pronto en éste como en aquel árbol, y finalmente quiso marcharse al bosque vecino. Pero en medio del camino fue víctima del pérfido ladrón. "¡Madre!", gritó todavía; pero la madre estaba muy lejos y no podía oírla. Entonces cerró la pequeña ardilla los ojos.

- ¿Es esto un cuento o una verdadera historia? - preguntó la niña.

La sangre calló, y la muchacha contempló tristemente al pequeño animalito muerto.

- ¡Madre! - gritó de repente la niña, y rompió a llorar.

Luego dio media vuelta y volvió sobre sus pasos. Corrió hasta perder el aliento, hasta que se encontró de nuevo en casa, abrazada a su madre.

A la mañana siguiente salió, sin embargo, de nuevo al bosque y así cada día; pues allí le explicaban cuentos todas las cosas. ¿O eran tal vez historias verdaderas? La pequeña muchacha no lo sabía, pero las escuchaba a gusto por su vida.

 

 

 

El anillito del elfo

 

Tirado sobre la polvorienta carretera, yacía un ramo de dorados "dientes de león". Mucha gente pasaba por su lado sin fijarse en él. Algunos hasta le daban con el pie. Pero cuando Marlenchen lo vio dejó el pesado cesto en el suelo y levantó el ramo. Se dirigió con él al arroyuelo e hizo beber a los tallos.

Mientras mantenía el ramo así en el agua, y los rayos del sol jugueteaban en torno a la niña y las flores, surgió de dentro de una de las abatidas cabecitas de las flores un pequeño elfo, tan pequeño como un dedo, el cual, con una suave vocecita, dijo:

- ¡Gracias, Marlenchen!

Se arregló la dorada corona sobre su cabecita, y apareció entonces a su alrededor un claro resplandor, como de una velita de Navidad. Este resplandor lo convirtió el elfo en un anillo para el dedo, fino como un cabello.

- ¡Póntelo - en el dedo anular de la mano izquierda! - dijo a la niña -. Cuando tú le mires, relucirán tus ojos, y la persona a quien tú mires se sentirá alegre, y el que esté enojado recobrará su buen humor.

Cuando hubo acabado de hablar, el pequeño elfo desapareció, y Marlenchen no separó, durante el camino de regreso a su casa, sus miradas del anillo. No sentía ya el pesado cesto; ¡todo era tan ligero!...

Pero, cuando llegó delante del portal de la casa, oyó reprender en su interior a la madre, y pelearse entre si a las hermanas. Eran siete y daban mucho que hacer. Entonces miró Marlenchen de nuevo su anillito y entró decidida en la habitación.

A su entrada, todos levantaron la mirada. ¡Cómo resplandecía Marlenchen! De golpe se acabaron las riñas y las discusiones. La madre se dirigió gozosa al trabajo, y todo le salía fácil de la mano, y los pequeños jugaban con Marlenchen, y todos se querían entre sí.

Cuando se hizo de noche, regresó a casa el padre, cansado y abatido del pesado trabajo y del largo camino. Marlenchen salió a su encuentro. Al ver a la niña rió el padre; él mismo no sabía por qué, pero sentía su corazón repleto de alegría hasta lo infinito.

Nadie vio el anillo en el dedo de Marlenchen. Era invisible para los demás. Pero Marlenchen sí lo veía, y lo conservó en su dedo durante toda su vida. Cuando se despertaba por la mañana, a él dirigía su primera mirada, y a su vista lucía el sol en sus ojos. Este sol calentaba todo lo que estaba cerca de la niña. Si había alguien enfermo en la casa, o triste simplemente, o enfadado, mandaban a buscar entonces a Marlenchen, y todo se ponía nuevamente bien. La gente llamaba a Marlenchen "la niña del Sol". Ellos mismos no sabían por qué, pero no podían encontrarle otro nombre mejor.

 

 

 

El hada de los deseos

 

La pequeña Margarita estaba sentada junto al arroyuelo debajo de una florida mata de saúco. Las vacaciones, el verano, el resplandor del sol y el libro de cuentos sobre el regazo: esto constituía todo su paraíso. Pero allí, enfrente, en la casita, su madre tenía trabajo a manos llenas.

Margarita contemplaba las luminosas olas, y soñaba. De repente exclamó en voz alta:

- ¡Oh, yo desearía ser el hada de los deseos! Poder decir: "Madre, ¿qué quieres tú? ¡Madre dime tus deseos! Todo lo tendrás tú." ¡Esto sería maravilloso!

- ¡Así sea! - dijo una voz a sus espaldas.

¿Había descendido el hada del libro de cuentos? Por su aspecto, no lo parecía ciertamente. No llevaba ningún vestido tejido de rayos de sol, ni tampoco ninguna diadema en los cabellos, pero sí dos ojos llenos de bondad, aunque, claro está, un hada puede adoptar toda clase de figuras. Esta vez se parecía, sin embargo, a la anciana mujer del mensajero, con su tosca falda de lana gris. Llevaba un pesado cesto del brazo y dijo, sonriendo a la niña, al alejarse:

- Tú eres ya un hada de los deseos. Lo que ocurre es tan sólo que no has probado nunca, hasta ahora, tu poder. ¡Ve hacia tu madre! Tú puedes convertir en realidad todos sus deseos.

La pequeña Margarita la contempló asombrada. ¿No sería esto un sueño? Alargó los brazos, miró hacia la radiante luz del sol y exhaló luego un profundo suspiro. Después se apresuró, a grandes saltos, por el sendero de la pradera, al encuentro de su madre.

- ¡Madrecita! ¿Tienes tú algún deseo?

- ¡Oh, sí¡ Ve corriendo hasta la aldea, y compra sal para la sopa.

La niña rióse y voló montaña abajo. ¡Cuán maravilloso era poder convertir en realidad los deseos!

- ¡Madrecita, desea otra cosa! - rogó Margarita a su regreso.

- Si alguien me pusiera la mesa, estaría yo muy contenta.

Rióse de nuevo la chiquilla. Mantel y cubiertos fueron rápidamente colocados, sin olvidar tampoco los vasos ni el cestito del pan, y todo le salía tan ligero de la mano como es propio de una deliciosa hada de los deseos.

- ¡Y ahora, el tercer deseo, madrecita!

- Niña, que no hables siempre tanto durante la comida. Papá necesita un poco de tranquilidad en las vacaciones.

- ¡Sea! - dijo Margarita sonriendo a la madre -. Y así fue: durante la comida no pronunció una sola palabra, si no era preguntada.

- ¿Qué le ocurre a nuestra Margarita? Está completamente cambiada - se admiró el padre.

- Soy el hada de los deseos - gritó, jubilosa, la niña -, y desde ahora realizaré siempre los deseos de mi madrecita.

Entonces la madre, llena de alegría, juntó las manos. Miró a su hija como si la viera por primera vez. Margarita estaba junto a la ventana, y los rayos solares resplandecían sobre la blonda cabellera. Toda la muchacha resplandecía. Parecía verdaderamente una pequeña hada, por lo que la madre exclamó:

- ¡Cuán grande es mi suerte!

 

La niña de la caja de cristal

 

En nuestro pueblo vivía una maravillosa y pequeña muchacha. Era tan delicada, que su preocupada madre la encerró en una caja de cristal. Esta caja debía proteger a la niña del viento y de la lluvia, de la enfermedad y de todo peligro. Ni el menor polvillo podías tocar su blanco vestido, ninguna palabrota ofender su oído. La buena madre quería proteger a su hijita de toda maldad del mundo.

La caja de cristal estaba montada sobre cuatro ruedas, y de esta manera se la podía sacar también al jardín. En éste la niña podía contemplar, a través de los cristales de su casita, las flores, alegrarse cuando los pájaros cantaban y los niños brincaban alegremente. Ella, en cambio, estaba sentada inmóvil en su sillita; estaba delicada, y de día en día se volvía más pálida.

La madre no perdía de vista ni por un momento la caja de cristal. Pero un día tuvo que alejarse de la casa por un par de horas. Entonces penetró por los cristales un pequeño duende y le dijo solamente:

- ¡Jujui!

Como un latigazo sobre un caballo, este grito hizo estremecerse a la niña encerrada en la caja de cristal. Sus ojos se movieron a derecha e izquierda, hacia arriba y hacia abajo, y lo que vieron a su alrededor era alegría y vida.

Fuera reinaba el otoño, y el viento celebraba una fiesta. El viento invitó a ésta a cien mil huéspedes: a todas las hojas pardas, rojas y amarillas de los árboles.

- ¡Venid! - gritóles -. ¡Vamos a bailar!

Las hojas saltaron de las ramas y danzaron. Danzaban solas y en parejas, y danzaban también en grandes corros. Vinieron los niños de la calle y danzaron también alegres con ellas.

Entonces la pequeña niña olvidó que estaba tan delicada que ningún viento ni lluvia, ni polvo podían tocarla ni oír ninguna palabrota. Sin poder contenerse, gritó:

- ¡Esperadme, voy también con vosotros!

Pero las puertas de la casita de cristal estaban cerradas. Fue inútil que las sacudiera y tirara de ellas.

- ¡Abridme! - rogó la niña.

Al oír sus gritos, todos los niños cesaron de danzar y rodearon la pequeña casita de cristal; pero nadie la supo abrir pese a sus esfuerzos.

Entonces vino el viento. Éste no trató de levantar el pestillo. Sacudió e hizo estremecer a toda la casita de vidrio. Y, finalmente, hizo sencillamente: ¡Plaf!, golpeando con sus fuertes puños contra los cristales. ¡Oh, cuán alegre sonó! La casita de cristal quedó rota, y la pequeña prisionera salió de un brinco de su interior.

¡Qué maravilloso era el aire allí fuera! ¡Y cuán grande y amplio era el mundo! Allí se podía danzar. Las hojas danzaban, los niños danzaban. Los delantales y las faldas y las cabelleras danzaban, y, más alegre que ninguno, danzaba también el corazón de la niña. El viento silbaba una cancioncilla, y los niños gritaban jubilosos de alegría.

De repente apareció la madre. Al ver a la niña fuera de la casita, juntando las manos derramó grandes lágrimas. Temía que ahora tendría que enfermar la delicada niña, y moriría.

Pero la niña no se puso enferma ni tuvo tampoco que morir. Sus mejillas se colorearon, brillaron más claros sus ojos, y toda ella floreció y se hizo cada día más bella.

- ¡Jujui! - rió el diablillo, mientras la madre recogía los pedacitos de cristal.

Luego saltó a horcajadas sobre el viento, y éste se lo llevó consigo. ¿Adónde? Esto no lo he sabido yo nunca, pues en su gran prisa se olvidó de contármelo.

 

 

 

Del libro: Cuentos Populares Suizos

  1. Molino, Barcelona - 1948

- originales de Anna Keller -