Cuentos de Adas Rusos

 Cuentos de Hadas Rusos

 

La montaña de oro

 

Hace tiempo vivía un hijo de comerciante qué disipó toda su fortuna, llegando al extremo de no poder comer. No tuvo otro recurso que coger una azada e ir al mercado a esperar que alguien lo ajustase como jornalero. Y he aquí que un comerciante que era único entre setecientos, por ser setecientas veces más rico que ningún otro, acertó a pasar por allí en su coche dorado, y apenas lo vieron los jornaleros que en el mercado estaban, corrieron en todas direcciones a esconderse en los portales y en las esquinas. Sólo quedó en la plaza el hijo del comerciante.

- ¿Quieres trabajar, mozo? -preguntó el comerciante que era único entre setecientos. - Yo te daré trabajo.

- Con mucho gusto, para eso he venido al mercado.

- ¿Qué sueldo quieres ganar?

- Si me das cien rubios diarios, trato hecho.

- ¡Es una suma excesiva!

- Si te parece mucho, búscate un género más barato. La plaza estaba llena de gente y en cuanto has llegado, todos han desaparecido.

- Bueno, convenido; mañana te espero en el puerto.

Al día siguiente, a primera hora, el hijo del comerciante se presentó en el puerto, donde ya lo esperaba el comerciante único entre setecientos. Subieron a bordo de una embarcación y pronto se hicieron a la mar. Navega que navegarás, llegaron a la vista de una isla que se levantaba en medio del Océano. Era una isla de altísimas montañas, en cuya costa algo resplandecía como el fuego.

- ¿Es fuego eso que veo? -preguntó el hijo del comerciante.

- No; es mi castillo de oro.

Se acercaron a la isla, se acercaron a la costa. La mujer y la hija del comerciante único entre setecientos salieron a recibirlos, y la hija era de una belleza que ni la mente humana puede imaginar, ni en cuento alguno puede describirse. Cuando se hubieron saludado, entraron al castillo con el nuevo jornalero, se sentaron a la mesa y empezaron a comer, a beber y a divertirse.

- Regocijémonos hoy -dijo el huésped,- mañana trabajaremos

El hijo del comerciante era un joven rubio, fuerte y majestuoso, de complexión colorada y agradable aspecto, y se prendó de la hermosa doncella. Ésta se retiró a la habitación contigua, llamó al joven en secreto y le entregó un pedernal y un eslabón, diciendo:

- Toma, utiliza esto cuando te hago falta.

Al día siguiente, el comerciante que era único entre setecientos salió con su criado en dirección a la montaña de oro. Sube que subirás, trepa que treparás, no llegaban nunca a la cumbre.

- Bueno -dijo el comerciante,- ya es hora de que echemos un trago.

Y el comerciante le ofreció un narcótico. El jornalero bebió y se quedó dormido. El comerciante sacó su cuchillo, mató el jamelgo que traía consigo, le arrancó las entrañas, puso en el vientre al joven con su azadón, y después de coser la herida, fue a esconderse entre las malezas. Inmediatamente bajó volando una bandada de cuervos de acerados picos, que cogieron al cadáver del animal y se lo llevaron a la cumbre para cebarse en él a su gusto. Empezaron a mondarlo hartándose de carne, hasta que hundieron los picos en el hijo del comerciante. Éste se despertó, ahuyentó a los negros cuervos, miró a todas partes y se preguntó:

- ¿Dónde estoy?

- En la montaña de oro -le contestó el amo gritando desde abajo.- ¡Ea! ¡Coge tu azada y cava oro!

El hijo del comerciante se puso a cavar y a tirar oro montaña abajo. El comerciante lo cogía y lo cargaba en los carros. Por la tarde había llenado nueve carros.

- Ya me bastará -gritó el comerciante único entre setecientos.- Gracias por tu trabajo. ¡Adiós!

- ¿Y yo qué hago?

- Arréglate como puedas. Noventa y nueve como tú han perecido en esta montaña. ¡Contigo serán cien! -y esto diciendo, se alejó.

- No sé qué hacer -pensó el hijo del comerciante.- Bajar de esta montaña es imposible. Seguramente moriré de hambre.

No podía bajar de la montaña y sobre su cabeza se cernía la bandada de cuervos de acerados picos, oliendo su presa. Reflexionando estaba en su desventura, cuando recordó que la hermosa doncella le había dado en secreto un eslabón y un pedernal, aconsejándole que los utilizase cuando se viese en un apuro. "Tal vez no me lo dijo en vano ­pensó. - Voy a probar". Sacó el eslabón y el pedernal y al primer golpe que dio se le aparecieron dos mancebos, hermosos como héroes.

- ¿Qué deseas? ¿Qué deseas? -le preguntaron.

- Que me saquéis de la montaña y me llevéis a la orilla del mar.

Apenas había hablado, lo cogieron uno por cada brazo y lo bajaron suavemente de la montaña. El hijo del comerciante caminaba por la orilla, cuando he aquí que una embarcación pasó cerca de la isla.

- ¡Eh, buenos marineros, llevadme con vosotros!

- No, hermano; no podernos recogerte. Eso nos haría perder cien nudos.

Los marineros siguieron su ruta, empezaron a soplar vientos contrarios y se desencadenó una espantosa tempestad.

- ¡Ah! Bien se ve que no es un hombre como nosotros. Sería mejor que volviésemos a recogerlo a bordo.

Se acercaron a la costa, hicieron subir al hijo del comerciante y lo llevaron a su ciudad natal. Algún tiempo después, que no fue mucho ni poco, el hijo del comerciante cogió el azadón y se fue a la plaza del mercado a ver si alguien lo contrataba. De nuevo volvió a pasar el comerciante único entre setecientos, en su coche de oro, y apenas lo vieron los jornaleros, corrieron en todas direcciones a esconderse en los portales y en las esquinas. Sólo quedó en la plaza el hijo del comerciante.

- ¿Quieres trabajar para mí? -le preguntó el rico comerciante.

- Con mucho gusto. Dame doscientos rublos diarios y trato hecho.

- ¿No es demasiado?

- Si lo encuentras caro busca un jornalero más barato. Ya has visto cómo han echado a correr, al verte, todos los que aquí estaban.

- Bueno, no se hable más; ven mañana al puerto.

Al día siguiente se encontraron en el puerto, subieron a la embarcación y se hicieron a la mar. Pasaron aquel día comiendo y bebiendo y al día siguiente se dirigieron a la montaña de oro. Al llegar allí, el rico comerciante sacó una botella y dijo.

- Ya es hora de que bebamos.

- Espera -advirtió el criado.- Tú, que eres el amo, debes beber el primero; deja que te obsequie con mi vino.

Y el hijo del comerciante, que había tenido la precaución de procurarse un narcótico, llenó un vaso y se lo ofreció al comerciante, único entre setecientos. Éste se lo bebió y se quedó dormido. El hijo del comerciante mató el más viejo de los caballos, lo destripó, metió a su amo dentro con la azada, cosió la herida y se ocultó entre la maleza. Inmediatamente bajaron los cuervos de acerado pico, cogieron el cadáver de la bestia, se lo llevaron a lo alto de la montaña y empezaron a comer. El comerciante que era único entre setecientos, despertó y miró a todos partes.

- ¿Dónde estoy? -preguntó.

- En la montaña de oro - gritó el hijo del comerciante.- Coge la azada y cava oro; si arrancas mucho, te enseñaré la manera de bajar.

El comerciante único entre setecientos, cogió la azada y se puso a cavar y a cavar hasta que se llenaron de oro veinte carros.

- Descansa, ya tengo bastante -gritó el hijo del comerciante.- ¡Gracias por tu trabajo, y adiós!

- ¿Y yo qué hago?

- ¿Tú? Ya te arreglarás como puedas. Noventa y nueve como tú han perecido en esta montaña. Contigo serán cien.

Y esto dicho, el hijo del comerciante se dirigió al castillo con los veinte carros, se casó con la hermosa doncella, la hija del comerciante único entre setecientos, y dueño de todas las riquezas que éste había amontonado, fue a vivir a la ciudad con su familia. Pero el comerciante único entre setecientos, se quedó en la montaña, donde los cuervos de acerado pico mondaron sus huesos.

 

 

Morozko

 

Una vez vivía una madrastra que, además de su hijastra, tenía una hija propia. Todo lo que hacía su hija lo daba por bien hecho, y la llamaba "niña juiciosa"; pero su hijastra, por más que se esforzaba en complacerla, todo se lo hacía mal y del revés. Y no obstante, la hijastra era una verdadera alhaja y en buenos manos se hubiera amoldado como la cera; pero, con la madrastra, no hacía más que llorar. ¿Qué podía hacer la pobrecita? Las tempestades se calman, pero los escándalos de una vieja regañona no tienen fin. Encuentra para gritar los pretextos más desatinados y es capaz de empeñarse en que se peine uno los dientes. A la madrastra se le metió en la cabeza echar a la hijastra de casa.

- Llévatela -le decía al marido,- llévatela adonde quieras; pero que no la vean mis ojos, que mis oídos no la oigan. No quiero que esté un momento más en el tibio dormitorio de mi propia hija; abandónala en mitad del campo, entre la nieve.

El hombre se quejó llorando, pero obedeció y puso a su hija en el trineo sin atreverse siquiera a taparla con la manta del caballo. Se llevó a la desventurada a los desiertos campos, la dejó sobre un montón de nieve, y después de santiguarse, volvió corriendo a casa paro no presenciar la muerte de su hija.

La pobrecita se vio abandonada a la entrada del bosque, se sentó bajo un pino, estremecida de frío y empezó a rezar en voz baja sus oraciones. De pronto percibió un rumor extraño. Morozko estaba crepitando en un árbol vecino y saltaba de rama en rama haciendo chasquear los dedos. Y he aquí que, de salto en salto, se acercó al pino a cuyo pie se sentaba la muchacha y dando chasquidos con sus dedos se puso a brincar contemplando a la hermosa niña.

- ¡Mocita, mocita, soy yo, Moroz Narizrubia!

- ¡Buenos días, Moroz! Dios te envía para consuelo de mi alma pecadora.

- ¿Estás caliente, mocita?

- ¡Caliente, caliente, padrecito Morozushko!. Moroz empezó a bajar crepitando con más ruido y chasqueando los dedos con más alegría. Y de nuevo habló a la muchacha:

- ¿Estás caliente, mocita? ¿Estás caliente, preciosa?

La niña apenas podía respirar, pero siguió diciendo:

- ¡Sí, caliente, Morozushko; caliente, padrecito!

Morozko crepitó con más ruido e hizo chasquear los dedos con más entusiasmo, y por última vez preguntó:

- ¿Estás caliente, mocita? ¿Estás caliente, preciosa?

La niña estaba aterida y sólo pudo contestar con un hilo de voz:

- ¡Oh, sí, caliente, querido pichoncito mío, Morozushko!

Morozko la amó por tan tiernos palabras, y movido a compasión, la envolvió en pieles para hacerla entrar en calor y la obsequió con un cofre grande, lleno de atavíos de novia, de donde sacó un vestido todo aderezado de oro y plata. La muchacha se lo puso, y ¡oh, qué bella y apuesta estaba! Sentóse bajo el árbol y empezó a cantar canciones. Y entretanto, su madrastra que ya estaba preparando el banquete fúnebre le decía al marido:

- ¡Anda y entierra a tu hija!

El hombre salió de casa obedeciendo a su mujer. Pero el perrito que estaba bajo la mesa gritó:

- ¡Guau, guau! La hija del dueño va vestida de plata y oro, mas la hija de la dueña no tendrá galanes que la miren.

- ¡Cállate, necio! Aquí tienes un pastel para ti, pero has de decir: "Los galanes vendrán por la hija de la dueña, pero a la hija del dueño sólo le quedarán los huesos".

El perrito se comió el pastel, pero volvió a gritar:

- ¡Guau, guau! La hija del dueño viste de plata y oro, mas la hija de la dueña no tendrá galanes que la miren.

La vieja pegó al perro y le dio pasteles, pero el perrito siguió gritando:

- La hija del dueño viste de plata y oro, mas la hija de la dueña no tendrá galanes que la miren.

Crujió el suelo, las puertas se abrieron de par en por y entraron la gran arca y detrás de ella la hijastra vestida de plata y oro y resplandeciente como el sol. Al verla la madrastra, levantó los brazos y exclamó:

- ¡Marido mío! ¡Marido mío! Saca un par de caballos y llévate a mi hija inmediatamente. Déjala en el mismo campo y en el mismo sitio.

El marido llevó a la hija al mismo sitio. Y Moroz Narizrubia se acercó y viendo a la muchacha empezó a preguntarle:

- ¿Estás caliente, mocita?

- ¡Vete al cuerno! -replicó la hija de la vieja.­ ¿No estás viendo que tengo brazos y piernas entumecidos de frío?

Morozko comprendió que por más saltos y cabriolas que ejecutase no obtendría una respuesta amable, y acabó por disgustarse con la hijastra y helarla, hasta que murió de frío.

- ¡Marido mío, marido mío! Ve a buscar a mi hija. Llévate los caballos más veloces y procura que no vuelque el trineo y se estropee el arca.

- ¡Guau, guau! Los pretendientes se casarán con la hija del dueño, pero de la hija de la vieja no traerán más que un saco de huesos.

- ¡No mientas! Toma un pastel, cómetelo y di: ¡Traerán a la hija de la dueña vestida de plata y oro!

Y las puertas se abrieron de par en par, la vieja salió al encuentro de su hija y en vez de ella abrazó un cadáver helado. Y se puso a gritar llorando desesperadamente, sabiendo que su maldad y su envidia eran la causa de la muerte de su hija.

 

La nave voladora

 

Vivía una vez un matrimonio anciano que tenía tres hijos: dos de ellos eran listos, pero el otro era tonto. La madre quería a los dos primeros y casi los viciaba, pero al otro lo trataba siempre con dureza. Supieron que el Zar había hecho publicar un bando que decía: "Quien construya una nave que pueda volar se casará con mi hija, la Zarevna". Los dos mayores decidieron ir en busca de fortuna y pidieron la bendición de sus padres. La madre les preparó las cosas para el viaje y comida para el camino y una botella de vino. El tonto quería también acompañarlos, pero su madre le negó el permiso.

- ¿Adónde irías tú, necio? -le dijo- ¿No sabes que los lobos te devorarían?

Pero el tonto no cesaba de repetir:

- ¡Quiero ir, quiero ir!

Viendo la madre que no sacaría nada de él, le dio un pedazo de pan seco y una botella de agua y le puso de patatas en la calle.

El tonto empezó a andar y más andar, hasta que, por fin, encontró a un anciano. Se cruzaron los saludos y el anciano preguntó al tonto:

- ¿Adónde vas?

- ¿No lo sabes? -dijo el tonto.- El Zar ha prometido dar su hija al que construya una nave que vuele.

- ¿Y tú eres capaz de hacer semejante nave?

- ¡Claro que no, pero en alguna parte hallaré quien me la haga!.

- ¿Y dónde está esa parte?.

- Sólo Dios lo sabe.

- Entonces, siéntate y come un bocado. Saca lo que tienes en la alforja.

- Es tan poca cosa que me da vergüenza enseñarlo.

- ¡Tonterías! ¡Lo que Dios nos da es bastante bueno para comer! ¡Sácalo!

El tonto abrió la alforja y apenas daba crédito a sus ojos. En vez de un pedazo de pan duro contenía los más exquisitos manjares, que compartió con el anciano. Comieron juntos y el anciano dijo al tonto:

- Anda al bosque y ante el primer árbol que encuentres santíguate tres veces y da un hachazo en el tronco, luego échate al suelo de bruces. Cuando te despiertes verás una nave completamente aparejada; siéntate en ella y vuela a donde quieras y recoge todo lo que encuentres por el camino.

El tonto, después de dar las gracias y despedirse del anciano, se encaminó al bosque.

Se acercó al primer árbol e hizo lo que se le había ordenado, se santiguó tres veces, descargó un hachazo en el tronco y, echado de bruces en el suelo, se quedó dormido. No tardó mucho en despertar, se levantó y vio un barco apercibido para la marcha. Sin pensarlo poco ni mucho, el tonto se subió a él y apenas se hubo sentado, la nave empezó a volar por el aire. Vuela que vuela, el tonto vio a un hombre que, tendido en el camino, estaba aplicando una oreja al duro suelo.

- ¡Buenos días, tío!

- Buenos días.

- ¿Qué haces ahí?

- Escuchar lo que pasa por el mundo.

- Sube a la nave y siéntate a mi lado.

El hombre no se hizo rogar y se sentó en la nave que siguió volando. Vuela que vuela, encontraron a un hombre que andaba brincando con una pierna mientras tenía la otra fuertemente atada a una oreja.

- Buenos días, tío; ¿Por qué andáis brincando con una pierna?

- Porque si desatase la otra, en dos trancos daría la vuelta al mundo.

- Sube y siéntate a nuestro lado.

El hombre se sentó y siguieron volando. Vuela que vuela, encontraron a un hombre que estaba apuntando su escopeta a un punto que no podían ver.

- ¡Buenos días, tío! ¿Adónde apuntas, que no se ve ni un pájaro?

- ¡Bah! Tiro a poca distancia. Atino a cualquier pájaro o bestia que se me ponga a cien leguas. ¡A eso llamo yo tirar!

- Ven con nosotros.

También el cazador subió a la nave, que siguió volando. Vuela que vuela, encontraron a un hombre cargado con un saco de pan.

- ¡Buenos días, tío! ¿Adónde vas?

- A ver si encuentro un poco de pan para comer.

- ¿Pero no llevas ya un saco lleno de pan?

- ¡Bah! ¡Con esto no tengo ni para un bocado!

- Sube y siéntate a nuestro lado.

El tragón se sentó en la nave, que siguió volando. Vuela que vuela, vieron a un hombre que andaba alrededor de un lago.

- Buenos días, tío. ¿Qué buscas?

- Tengo sed y no encuentro agua.

- ¿No tienes ahí un lago? ¿Por qué no bebes en él?

- ¿Esto? ¡Con esto no tengo ni para un sorbo!

- Pues, sube y ven con nosotros.

Se sentó y la nave siguió volando. Vuela que vuela, encontraron a un hombre que atravesaba un bosque con una carga de leña a su espalda.

- ¡Buenos días, tío! ¿Estás cogiendo leña en el bosque?

- Ésta no es como todos las leñas

- ¿Pues qué clase de leña es?

- Es de una clase que, si se disemina sale de ella todo un ejército.

- Pues, ven con nosotros.

Una vez que se hubo sentado, la nave siguió volando. Vuela que vuela, vieron a un hombre que llevaba un saco de paja.

- ¡Buenos días, tío! ¿Adónde llevas esa paja?

- A la aldea.

- ¿Hay poca paja en la aldea?

- No, pero ésta es de una clase que, si se disemina en los días más calurosos de verano, inmediatamente viene el frío con nieves y heladas.

- ¿Quieres subir, pues?

- Gracias, subiré.

Pronto llegaron al patio del Palacio del Zar. En aquel momento se hallaba el Zar sentado a la mesa y cuando vio la nave voladora, se quedó muy sorprendido y mandó un criado que fuese a ver quién volaba en aquella nave. El criado salió a ver y volvió al Zar con la noticia de que quien conducía la nave no era más que un pobre y mísero campesino. El Zar reflexionó. No le gustaba la idea de dar su hijo a un simple campesino y empezó a pensar cómo podría desembarazarse de aquel indeseable yerno durante un año. Y se dijo: "Le exigiré que realice antes varias hazañas de difícil cumplimiento". Y mandó decir al tonto que, para cuando acabase la imperial comida, le trajese agua viva y cantante.

Cuando el Zar daba esta orden al criado, el primero de los compañeros a quien el tonto había encontrado, es decir, aquel que estaba escuchando lo que pasaba en el mundo, oyó lo que el Zar ordenaba, y se lo dijo al tonto.

- ¿Qué puedo hacer yo? -dijo el tonto.- Aunque busque un año y toda la vida no encontraré esa agua.

- No te apures -le dijo el Pierna Ligera,- yo lo arreglaré.

El criado se acercó a transmitir la orden del Zar.

- Dile que la buscaré -contestó el tonto, y su compañero desató la otra pierna de la oreja y emprendió tan veloz carrera, que en un abrir y cerrar de ojos llegó al fin del mundo, donde encontró el agua viva y cantante.

- Ahora -se dijo- he de darme prisa y volver enseguida.

Pero se sentó junto a un molino y se quedó dormido.

Ya llegaba a su fin la comida del Zar, cuando aun no había vuelto, y todos los de la nave lo esperaban impacientes. El primer compañero bajó al suelo y aplicando el oído a la tierra escuchó.

- ¡Ah, ah! ¿Conque estás durmiendo junto al molino?

Entonces, el tirador cogió el arma, apuntó al molino y despertó a Pierna Ligera con sus disparos. Pierna Ligera echó a correr y en un momento llegó con el agua. El Zar aun no se había levantado de la mesa, de modo que su orden quedó exactamente cumplida. Pero de poco sirvió. Porque impuso otra condición. Le mandó decir: "Ya que eres tan listo, pruébamelo. Tú y tus compañeros habéis de devorar en una sola comida veinte bueyes asados y veinte grandes panes de hogaza". El primer compañero lo oyó y se lo dijo al tonto. El tonto se asustó y dijo:

- ¡Pero si no puedo tragar ni un panecillo en una sola comida!

- No te apures -dijo el Tragón,- eso no será nada para mí.

El criado salió y comunicó la orden del Zar.

- Está bien -dijo el tonto,- traed todo eso y nos lo comeremos.

Y le sirvieron veinte bueyes asados y veinte grandes panes de hogaza. El Tragón lo devoró todo en un momento.

- ¡Uf! -exclamó.- ¡Qué poca cosa! ¡Bien podrían servirnos algo más!

El Zar mandó decir al tonto que habían de beberse cuarenta barriles de vino de cuarenta cubos cada uno. El primer compañero oyó las palabras del Zar y se lo comunicó al tonto.

- ¡Pero si no podría beberme ni un solo cubo! ­dijo el tonto, lleno de miedo.

- No te apures -dijo el Bebedor,- yo me lo beberé todo y aun será poca cosa para mí.

Vaciaron los cuarenta barriles y el Bebedor se los bebió todos de un trago, y después de apurar las heces, dijo:

- ¡Uf! ¡qué poca cosa! ¿No podrían traerme otro tanto?

Después de esto, el Zar ordenó que el tonto se preparase para la boda y que antes se diese un buen baño. El cuarto de baño era de hierro colado y el Zar ordenó que lo calentasen a tan alto grado, que el tonto no podría menos de quedar asfixiado en un instante. El tonto fue a bañarse y detrás de él entró el campesino con la paja.

- He de esparcir paja por el suelo -dijo.

Los dos se encerraron en el cuarto, y apenas el campesino esparció por el suelo unos manojos de paja, se produjo una temperatura tan baja, que el tonto apenas pudo lavarse, porque el agua del baño se heló. Se encaramó a la estufa y allí pasó todo la noche. Al día siguiente abrieron el baño y hallaron al tonto echado sobre la estufa, lleno de vida y de salud y contando canciones. El Zar estaba disgustado por no saber cómo desembarazarse del tonto. Después de mucho reflexionar ordenó que crease un ejército con sus propios medios. Porque pensaba: "¿Cómo es posible que un campesino forme un ejército? ¡Esto sí que no lo podrá hacer!"

Cuando el tonto se enteró de lo que exigían de él, se mostró muy alarmado y exclamó:

- ¡Estoy perdido sin remedio! Me habéis sacado de muchos apuros, amigos míos; pero esta vez está bien claro que nada podréis hacer por mí.

- ¡Lindo amigo estás hecho! -dijo el hombre del haz de leña.- ¿Cómo has podido olvidarte de mí hasta ese extremo?

El criado fue y te comunicó la orden del Zar:

- Si quieres tener a la Zarevna por mujer, has de poner en pie de guerra todo un ejército para mañana a primera hora.

- De acuerdo. Pero si después de esto también se niega, conquistaré todo su imperio y tomaré la Zarevna a viva fuerza.

Aquella noche, el compañero del tonto salió al campo con su haz de leña y empezó a diseminarla en todas direcciones. Inmediatamente apareció un ejército innumerable, de a pie y de a caballo. Cuando lo vio el Zar al levantarse al día siguiente, se asustó mucho y se apresuró a mandar al tonto un precioso ropaje y vistosos atavíos con la orden de que lo condujesen a la corte para casarlo con la Zarevna. El tonto se puso las ricas prendas y estaba con ellos más hermoso de lo que ninguna lengua puede expresar. Se presentó al Zar, se casó con la Zarevna, recibió un rico presente de bodas y desde entonces fue el hombre más listo y perspicaz. El Zar y la Zarina le tomaron un afecto que cada día aumentaba, y la Zarevna vivió con él toda su vida, amándolo como a la niña de sus ojos.

 

 

El gnomo bigotudo y el caballo blanco

 

En cierto reino de cierto Imperio vivía una vez un Zar. En su corte había unos arreos con jaeces de oro, y he aquí que el Zar soñó que llevaba estos arreos un caballo extraño, que no era precisamente blanco como la lana, sino brillante como la plata, y en su frente refulgía una luna. Al despertar el Zar por la mañana, mandó lanzar un pregón por todos los países, prometiendo la mano de su hija y la mitad de su imperio a quien interpretase el sueño y descubriese el caballo. Al oír la real proclama, acudieron príncipes, boyardos y magnates de todas partes, mas por mucho que pensaron, ninguno supo interpretar el sueño y mucho menos saber el paradero del caballo blanco. Por fin se presentó un campesino viejecito de blanca barba, que dijo al Zar:

- Tu sueño no es sueño, sino la pura realidad. En ese caballo que dices haber visto ha venido esta noche un Gnomo pequeño como tu dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de largo y tenía intención de raptar a tu hermosa hija, sacándola de la fortaleza.

- Gracias por tu interpretación, anciano. ¿Puedes decirme ahora quién es capaz de traerme ese caballo?

- Te lo diré, mi señor Zar. Tres hijos tengo de extraordinario valor. Nacieron los tres en una misma noche: el mayor, al oscurecer; el segundo, a media noche, y el tercero, a punta del alba, y por eso los llamamos Zorka, Vechorka y Polunochka. Nadie puede igualárseles en fuerza y en valor. Ahora, mi padrecito y soberano señor, manda que ellos te busquen el caballo.

- Que vayan, amigo mío, y que tomen de mi tesoro cuanto necesiten. Yo cumpliré mi palabra de Rey: al que encuentre ese caballo le daré la Zarevna y la mitad de mi imperio.

Al día siguiente muy temprano, los tres bravos hermanos, Zorka, Vechorka y Polunochka, llegaron a la corte del Zar. El primero tenía el más hermoso semblante, el segundo, las más anchas espaldas y el tercero, el más apuesto continente. Los condujeron a presencia del Zar, rezaron ante los santos inclinándose devotamente, y ante el Zar hicieron la más profunda reverencia, antes de decir:

- ¡Que nuestro soberano y Zar viva muchos años sobre la tierra! Hemos venido, no para que nos obsequies con banquetes, sino para acometer una ardua empresa, ya que estamos dispuestos a buscarte ese extraño caballo por lejos que se encuentre, ese caballo sin igual que se te apareció en sueños.

- Que la suerte os acompañe, buenos mozos, ¿Qué necesitáis para el camino?

- Nada necesitamos, ¡oh, Emperador! Pero no olvides a nuestros buenos padres. Atiéndelos en su senectud y dales lo necesario para vivir.

- Si no pedís más que eso, id en nombre de Dios. Mandaré conducir a vuestros padres a mi corte y serán mis huéspedes; comerán de lo que yo coma y beberán de lo que yo beba; se vestirán y calzarán de mi guardarropa y los colmaré de atenciones.

Los buenos mozos emprendieron su largo viaje. Uno, dos, tres días anduvieron sin ver otra cosa que el cielo azul sobre sus cabezas y la anchurosa estepa a cada lado. Por fin dejaron la estepa y penetraron en una densa selva, y se regocijaron grandemente. En un claro de la selva hallaron una cabaña diminuta y junto a ella un redil lleno de carneros.

- ¡Vaya! -se dijeron.- Por fin encontramos un lugar donde reclinar la cabeza y descansar de nuestro viaje.

Llamaron a la puerta y nadie contestó; miraron dentro y vieron que no había nadie. Entraron los tres, dispuestos a pasar la noche, rezaron las oraciones y se echaron a dormir. Al día siguiente, Zorka y Polunochka fueron a cazar por el bosque y, dijeron a Vechorka:

- Quédate y prepáranos la comida.

El hermano mayor se conformó, arregló la cabaña, fue luego al corral, escogió el carnero más gordo, lo degolló, lo limpió y lo sacó para la comida. Pero, apenas había puesto la mesa y se había sentado junto a la ventana a esperar a sus hermanos, se produjo en el bosque un ruido como de trueno, la puerta se abrió como si la arrancasen de sus goznes, y el Gnomo pequeño como el dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de largo entró en la cabaña arrastrando los bigotes por la espalda. Miró a Vechorka desde sus espesas cejas y chilló con voz terrible:

- ¿Cómo te atreves a entrar en mi cabaña como si fueras el amo? ¿Cómo te atreves a matar a mis carneros?

Vechorka le dirigió una mirada de desprecio y sonrió diciendo:

- Habías de crecer un poco más para chillarme así. Vete y no vuelvas por aquí, si no quieres que coja una cucharada de sopa y un pellizco de pan v haga una gelatina de tus ojos.

- Ya veo que no sabes que, aunque pequeño, soy valiente como el que más -replicó el Gnomo bigotudo, que cogiendo al héroe, lo arrancó del asiento, lo arrastró de un lado a otro, le golpeó la cabeza contra la pared y lo arrojó más muerto que vivo contra el banco. Luego cogió el carnero asado, se lo comió con huesos y todo y desapareció. Al volver los hermanos preguntaron:

- ¿Qué ha pasado? ¿Por qué llevas la cabeza vendada?

A Vechorka le dio vergüenza confesar que un ser tan insignificante lo había maltratado de aquella manera y contestó a sus hermanos:

- Me entró dolor de cabeza al encender el fuego y por eso no he podido asar ni hervir nada.

Al día siguiente, Zorka y Vechorka salieron de caza, y Polunochka se quedó a preparar la comida.

Apenas lo tenía todo dispuesto, se oyó en el bosque un estruendo formidable y entró en la cabaña el Gnomo, pequeño como el dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de largo, se dirigió a Polunochka, lo zarandeó de lo lindo, y lo arrojó bajo el banco; luego devoró toda la comida y desapareció. Al volver los hermanos preguntaron:

- ¿Qué ha pasado, hermanito? ¿Por qué llevas esos trapos en la cabeza?

- Me entró dolor de cabeza al encender el fuego, hermano -contestó Polunochka,- y parecía que me iba a estallar, de modo que no pude prepararos la comida.

Al tercer día, los hermanos mayores fueron a cazar y se quedó en la cabaña Zorka, quien se dijo:

- Aquí pasa algo singular. Si mis hermanos se han quejado del calor del fuego dos días seguidos por algo será.

Se puso a arreglarlo todo sin dejar de escuchar un momento, para no estar desprevenido si alguien entraba. Cogió un carnero, lo degolló, lo asó y lo puso en la mesa. Inmediatamente se oyó un ruido como de trueno que corriera por el bosque, se abrió la puerta de la cabaña y apareció el Gnomo, pequeño como el dedo pulgar, con un bigote de siete verstas de largo. Llevaba un haz de heno sobre la cabeza y un cubo de agua en la mano. Dejó el cubo en medio del corral, esparció el heno por el suelo y empezó a contar sus carneros. Al comprobar que le faltaba otra cabeza, montó en violenta ira y se arrojó como un loco sobre Zorka. Pero éste no era como sus hermanos. Cogió al Gnomo por los bigotes y empezó a arrastrarlo por la cabaña, dándole golpes, mientras gritaba:

Si no conoces el vado

No camines por el río.

El Gnomo se sacudió de las férreas manos de Zorka, aunque dejando las puntas de su bigote en sus puños, y se escapó a todo correr. De nada sirvió que Zorka lo persiguiese, porque se elevó en el aire como una pluma ante sus ojos y desapareció en las alturas. Zorka volvió a la cabaña y se sentó junto a la ventana a esperar a sus queridos hermanos. Éstos se sorprendieron de hallar a su hermanito sano y salvo y con la comida preparada. Pero Zorka sacó de su cinto las puntas del bigote que había arrancado al monstruo y dijo a sus hermanos sonriendo:

- Hermanos míos, permitid que me ría del dolor de cabeza que os ha producido el fuego. Ahora se ha visto que ni en fuerza ni en valor sois compañeros dignos de mí. Voy, pues, sólo en busca del caballo prodigioso. Vosotros podéis volver a la aldea a cavar la tierra.

Se despidió de sus hermanos y prosiguió el viaje solo.

Estaba a punto de salir del bosque cuando vio una choza desvencijada de la que salían lamentos dolorosos.

- A quien me dé de comer y de beber, a ése serviré -decía el ser humano que se quejaba.

El compasivo joven se acercó a la choza y encontró a un hombre cojo y manco que no cesaba de gemir, hambriento y sediento. Zorka le dio de comer y de beber y le preguntó quién era.

- Has de saber que yo era un héroe y no valía menos que tú, pero, ¡ay! me comí uno de los carneros del Gnomo, pequeño como el dedo pulgar, y me lisió para el resto de mi vida. Pero ya que te has portado bien conmigo dándome de comer y de beber, te diré cómo podrás descubrir el paradero del caballo prodigioso.

- Dímelo, buen hombre; te lo ruego.

- Ve al río que pasa no muy lejos de aquí, coge una barca y traslada a la orilla opuesta durante un año a todos los que quieran cruzarlo; no aceptes dinero a nadie y... verás lo que sucede.

Zorka llegó al río, se hizo dueño de una barco de pasaje y durante un año condujo a la orilla opuesta a cuantos quisieron cruzarlo. Y sucedió que en cierta ocasión hubo de pasar a tres viejos peregrinos. Al llegar a la orilla los viejos desataron sus alforjas y el primero sacó un puñado de oro, el segundo una sarta de perlas puras y el tercero las piedras más preciosas.

- Toma esto para ti en pago de habernos pasado, buen mozo -dijeron los viejos.

- Nada puedo aceptar de vosotros -contestó Zorka,- porque estoy aquí cumpliendo el voto de pasar a todo el mundo sin aceptar dinero.

- ¿Entonces por qué haces esto?

- Busco al caballo prodigioso que no es blanco como la lana, sino brillante como la plata, y no lo hallo en ninguna porte; por eso me aconsejaron que hiciese de barquero y esperase los acontecimientos.

- Has hecho perfectamente, buen mozo, en cumplir fielmente tu promesa. Te daremos algo que puede serte útil en tu viaje. Aquí tienes un anillo que no tiene ningún valor. No tienes que hacer otra cosa que cambiarlo de dedo y se cumplirán todos tus deseos.

Apenas los tres ancianos prosiguieron el viaje, Zorka cambió el anillo de mano y dijo:

- ¡Quiero estar inmediatamente en los parajes donde el Gnomo pequeño como el pulgar apacienta a su caballo!

Inmediatamente lo arrebató la tempestad, y en un abrir y cerrar de ojos, se encontró en una profunda quebrada, entre peñascos gigantescos, y al extremo de la quebrada pudo divisar al Gnomo pequeño como el dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de largo, y a su lado estaba paciendo el caballo prodigioso, no blanco como la lana, era brillante como la plata, en su frente resplandecía una luna y de su crin colgaban muchas estrellas.

- Bien venido, joven -chilló el monstruo dirigiéndose a Zorka.- ¿Qué te trae por aquí?

- Vengo a quitarte el caballo.

- Ni tú ni nadie puede quitarme el caballo. Si lo cojo de las crines y lo llevo al borde de estos precipicios, nadie del mundo podrá arrancarlo de allí por más que se esfuerce.

- Siendo así, hagamos un trato.

- Con mucho gusto. No me importa negociar contigo. Si me traes la hija de tu Zar podrás llevarte caballo.

- Trato hecho -dijo Zorka, y empezó a reflexionar cómo sacaría mejor partido de la situación. Cambió el anillo de dedo y dijo:

- Quiero que la hermosa Zarevna comparezca inmediatamente ante mí.

En un santiamén la Zarevna se apareció ante él pálida y temblorosa, y arrojándose a sus pies le imploró:

- Buen joven, ¿por qué me has arrancado del lado de mi padre? ¡Ten piedad de mi tierna juventud!

Pero Zorka le susurró:

- Quiero sacar ventaja de ese monstruo. Le haré creer que te cambio por el caballo y que te dejo con él para que seas su mujer; pero toma este anillo y cuando quieras volver a casa no tienes más que cambiártelo de dedo y decir: "Quiero transformarme en alfiler y clavarme en la solapa de Zorka", y verás lo que sucede.

Y sucedió tal como Zorka dijo. Entregó la Zarevna al monstruo a cambio del caballo prodigioso, enjaezó el animal, lo montó y se alejó de allí al galope; pero el Gnomo pequeño como el dedo pulgar corrió tras él riendo y gritándole:

- ¡Está bien, buen mozo, has cambiado una hermosa doncella por un caballo!

Apenas se había alejado Zorka dos o tres verstas, sintió que algo se le clavaba en la solapa. Se llevó la mano allí, y efectivamente, encontró un alfiler. Lo arrojó al suelo y ante él apareció una hermosa doncella que lloraba suplicándole que la volviese a casa de su querido padre. Zorka la sentó a su lado y se alejó galopando como sólo los héroes saben galopar. Llegó a la corte y encontró al Zar de muy mal humor.

- No me causa ninguna alegría, buen mozo, que me hayas servido tan fielmente, ni quiero yo el caballo que has ido a buscarme ni te recompensaré conforme a tus méritos.

- ¿Y por qué, mi querido padre el Zar?

- Porque, amigo mío, mi hija se ha marchado sin mi consentimiento.

- Ruégote, mi soberano señor y Zar, que no gastes esas bromas conmigo: la Zarevna acaba de darme la bienvenida en el patio de armas.

El Zar corrió enseguida el patio de armas, donde encontró a su hija. La abrazó y la condujo al lado del joven.

- Aquí está tu recompensa y mi alegría.

Y el Zar tomó el caballo y dio su hija a Zorka por mujer y la mitad de su imperio, según promesa. Y Zorka aun vive con su mujer a quien ama más cada día y goza de su buena fortuna sin vanas ostentaciones ni jactancias.

 

 

El arpa mágica

 

Lejos, más allá de los mares azules, de los abismos de fuego, en las tierras de la ilusión, rodeada de hermosos prados, se levantaba una ciudad gobernada por el Zar Umnaya Golova (el sabio) con su Zarina. Indescriptible fue su alegría cuando les nació una hija, una encantadora Zarevna a quien pusieron por nombre Neotsienaya (la inapreciable) y aun más se alegraron cuando al cabo de un año tuvieron otra hija no menos encantadora a quien llamaron Zarevna Beztsienaya (la sin precio). En su alegría, el Zar Umnaya Golova quiso celebrar tan fausto acontecimiento con festines en que comió y bebió y se regocijó hasta que vio satisfecho su corazón. Hizo servir a sus generales y cortesanos trescientos cubos de aguamiel para que brindasen y durante tres días corrieron arroyos de cerveza por todo su reino. Todo el que quería beber podía hacerlo en abundancia.

Y cuando se acabaron los festines y regocijos, el Zar Umnaya Golova empezó a preocuparse, pensando en la mejor manera de criar y educar a sus queridas hijas para que llevasen con dignidad sus coronas de oro. Grandes fueron las precauciones que tomó el Zar con las princesas. Habían de comer con cucharas de oro, habían de dormir en edredones de pluma, se habían de tapar con cobertores de piel de marta y tres doncellas habían de turnarse para espantar las moscas mientras las Zarevnas dormían. El Zar ordenó a las doncellas que nunca entrase el sol con sus ardientes rayos en la habitación de sus hijas y que nunca cayese sobre ellas el rocío fresco de la mañana, ni el viento les soplase en una de sus travesuras. Para custodia y protección de sus hijas las rodeó de setenta y siete niñeras y setenta y siete guardianes siguiendo los consejos de cierto sabio.

El Zar Umnaya Golova y la Zarina y sus dos hijas vivían juntos y prosperaban. No sé cuantos años transcurrieron, el caso es que las Zarevnas crecieron y se llenaron de hermosura, y empezaron a acudir a la corte los pretendientes. Pero el Zar no tenía prisa en casar a sus hijas. Pensaba que a un pretendiente predestinado no se le puede evitar ni en un caballo veloz, pero al que no está predestinado no se le puede mantener alejado ni con triple cadena de hierro, y mientras así estaba pensando y ponderando el asunto, le sorprendió un alboroto que puso en conmoción todo el palacio. En el patio se produjo un ruido de gente que corría de un lado a otro. Las doncellas de fuera gritaban, las de dentro chillaban y los guardianes rugían con toda su alma.

El Zar Umnaya Golova salió corriendo a preguntar:

- ¿Qué ha sucedido?

Los setenta y siete guardianes y las setenta y siete damas de compañía cayeron a sus pies gritando:

- ¡Somos culpables! ¡He aquí que las Zarevnas Neotsienaya y Beztsienaya han sido arrebatadas por una ventolera!

Había sucedido una cosa extraña. Las Zarevnas bajaron al jardín imperial a coger unas flores y a comer unas manzanas. De pronto se vio sobre ellas una nube negra que nadie podría decir de dónde venía, sopló con fuerza en los ojos de las mujeres y de los hombres que acompañaban a las princesas y cuando acabaron de restregárselos, las princesas habían desaparecido y no quedaba nada que los ojos pudieran ver ni que los oídos pudieran oír. El Zar Umnaya Golova montó en cólera:

- ¡Os entregaré a todos a una muerte horrible! -gritó.- Moriréis de hambre en las mazmorras. Mandaré que os claven en las puertas. ¡Cómo! ¿Setenta y siete mujeres y setenta y siete hombres no habéis sido bastantes para cuidar de dos Zarevnas?

El Zar estaba triste y afligido, y no comía ni bebía ni dormía; todo le apenaba y era una carga para él; en la corte ya no se celebraban banquetes ni sonaban las notas del violín y de la flauta. Sólo la tristeza y el dolor reinaban en el palacio, acompañados de un silencio ominoso.

Pero pasó el tiempo y con él la melancolía. La vida del hombre es variada como un tapiz bordado de flores oscuras y encendidas. El tiempo siguió andando y a su tiempo nació otro hijo del Zar, pero no mujer, sino varón, y el Zar Umnaya Golova se regocijó grandemente. Llamó a su hijo, Iván y lo rodeó de criados, de maestros, de sabios y de valientes guerreros. Y el Zarevitz Iván crecía, crecía como crece la masa bien batida cuando se le pone buena levadura. Se le veía crecer de día en día y hasta de hora en hora, y llegó a ser pronto un mozo de extraordinaria belleza y apostura. Sólo una cosa oprimía el corazón de su padre el Zar. El Zarevitz Iván era bueno y hermoso, pero no tenía valor heroico ni demostraba aficiones belicosas. A sus compañeros ni les cortaba la cabeza ni les quebraba los brazos y piernas, no gustaba de jugar con lanzas ni con armas damasquinas ni espadas de templado acero; no pasaba revista a sus formidables batallones ni mantenía conversación con los generales. Bueno y hermoso era el Zarevitz. Admiraba a todo el mundo con su sabiduría y su ingenio, pero no más se complacía en tocar el arpa que no necesitaba arpista. Y de tal manera tocaba el Zarevitz Iván, que, al escucharlo, todo el mundo olvidaba todo lo demás. Apenas ponía los dedos en las cuerdas, sacaban éstas tales sonidos, que el auditorio quedaba como embelesado por la melodía y aun los cojos se echaban a bailar de gozo. Eran canciones maravillosas, pero no colmaban el tesoro del Zar ni defendían sus dominios ni destruían a sus enemigos.

Y un día el Zar Umnaya Golova mandó que el Zarevitz compareciese ante su trono y le habló de esta manera:

- Mi querido hijo, eres bueno y hermoso y estoy muy contento de ti. Pero una cosa me duele. No veo en ti el valor de un guerrero ni la destreza de un adalid. No te gusta el chocar de las lanzas ni te atraen las espadas de templado acero. Pero piensa que yo soy viejo y tenemos feroces enemigos que traen la guerra a nuestro país, matarán a nuestros boyardos y guerreros, y a mí y a la Zarina se nos llevará en cautiverio, si tú no sabes defendernos.

El Zarevitz Iván escuchó en silencio las palabras del Zar Umnaya Golova y luego contestó:

- ¡Querido Zar Emperador y Padre! No por la fuerza sino por la astucia se toman las ciudades, no rompiendo lanzas sino poniendo a prueba mi sagacidad saldré victorioso de mis enemigos. ¡Mira! Dicen que a mis dos hermanas se las llevó el viento sin dejar rastro, como si las hubiera cubierto de nieve. Llama a todos tus príncipes, tus héroes, tus fornidos generales, y ordénales que vayan en busca de mis hermanas, las Zarevnas. Que lleven sus espadas damasquinas, sus lanzas de hierro, sus veloces flechas y sus innumerables soldados, y si alguno de ellos te hace este servicio, dale mi imperio y ponme a sus órdenes como marmitón para limpiarle los platos y como bufón para divertirle. Pero si ninguno de ellos puede hacerte este servicio, confíamelo a mí y verás que mi inteligencia y mi ingenio son más agudos que una hoja damasquina y más fuertes que una lanza de acero.

Las palabras del Zarevitz agradaron al Zar. Llamó a sus boyardos, a sus generales y a sus fuertes y poderosos campeones y les dijo:

- ¿Hay alguno entre vosotros, mis boyardos, mis guerreros, mis fuertes y poderosos campeones, que se sienta lo bastante héroe para ir a buscar a mis hijas? Al que las traiga le permitiré elegir a la que más le guste para esposa, y con ella le daré la mitad de mi imperio.

Los boyardos, los generales, los campeones se miraron entre sí, escondiéndose el uno tras el otro, y ninguno de ellos osó contestar. Entonces, el Zarevitz Iván se inclinó ante su padre y dijo:

- ¡Mi querido padre y emperador! Si nadie se presta a hacerte tan pequeño servicio, dame tu bendición y partiré en busca de mis hermanas, sin que me prometas ningún galardón que me sirva de estimulo.

- ¡Perfectamente! -contestó el Zar Umnaya Golova.- Yo te bendigo. Llévate, además de mi bendición, plata, oro y piedras preciosas, y si necesitas soldados, toma cien mil jinetes y cien mil infantes.

- No me hace falta ni plato ni oro, ni jinetes ni infantes, ni el caballo del campeón ni su espada ni su lanza. Me llevaré la melodioso arpa que toca sola y nada más. Y tú, mi Zar soberano, espérame tres años, y si en el transcurso del cuarto no llego, elige mi sucesor.

Entonces, el Zarevitz Ivan recibió la bendición de su padre, oral y por escrito, se encomendó a Dios, se puso el arpa bajo el brazo y emprendió el camino en dirección adonde sus ojos lo guiaron. ¿Dónde había de ir en busca de sus hermanas? Fue cerca y fue lejos, para arriba y para abajo. La historia de sus andanzas pronto está contada, pero no tan pronto se hace como se dice. El Zarevitz Iván caminaba siempre hacia delante, anda que andarás, anda que andarás, y mientras viajaba tocaba el arpa. Apenas rompía el día se levantaba y reanudaba la marcha, adelante, siempre adelante; al caer la noche se acostaba en el césped bajo el inmenso techo del cielo brillante de estrellas. Y por fin llegó a una espesa selva.

El Zarevitz Iván oyó enormes crujidos en lo más espeso de esta selva, como si alguien aplastase los árboles: tan grande era el ruido que se oía.

- ¿Qué será? -pensó.- Sea lo que fuere, nadie puede morir dos veces.

Y sus ojos se abrieron de horror al ver a dos demonios de la selva que estaban peleándose. El uno descargaba sobre el otro una encina arrancada de cuajo, mientras éste se servía como de arma hiriente de un pino de diez metros de largo, y los dos se acometían con toda su diabólica fiereza. El Zarevitz Iván se les acercó con el arpa y empezó a tocar una danza. Los demonios dejaron la pelea al momento y se pusieron a ejecutar una danza diabólica que pronto se convirtió en un zapateado tan entusiasta y formidable, que hasta el firmamento se estremecía. Tanto y tanto bailaron, que al fin se les debilitaron las piernas y cayeron rodando por el suelo. Entonces, el Zarevitz les habló así:

- Vamos a ver: ¿por qué reñíais? Sois demonios de la selva y hacéis tonterías como si fueseis simples mortales. ¡Y eso, hijos míos, no está bien!

Entonces, uno de los demonios le dijo:

- ¿Cómo no hemos de reñir? ¡Atiende y juzga entre nosotros! Caminábamos juntos y hemos encontrado una cosa. Yo he dicho: "esto es mío", pero éste ha dicho "esto es mío". Hemos tratado de dividirlo y no hemos podido.

- ¿Y qué encontrasteis? -preguntó el Zarevitz Iván.

- Un pequeño mantel con pan y sal, unas botas que andan solas y un gorro invisible. ¿Quieres comer y beber? Pues extiende el mantel y doce jóvenes y doce doncellas te servirán aguamiel y todos los manjares que quieras. Y si alguien te persigue, no tienes más que ponerte las botas que andan solas y andarás siete verstas de un solo tranco. ¿Qué siete? más de catorce verstas puedes andar de un solo tranco, de modo que ni un pájaro puede volar más rápido ni el viento puede alcanzarte. Y si te amenaza algún peligro inevitable, te pones el gorro invisible y desapareces por completo, de modo que ni los perros pueden olerte.

- ¡No sé por qué habéis de reñir por tan poca cosa! ¿Queréis que yo sea juez en este pleito?

Los demonios de la selva accedieron y el Zarevitz Iván les dijo:

- ¡Bueno! Corred hasta el sendero que pasa junto al bosque y el primero que llegue se llevará el mantel, las botas y el gorro.

- ¡Caramba! -exclamaron los demonios.­ ¡Eso es hablar con sentido común! Tú guarda el tesoro y nosotros correremos.

Echaron a correr a cuál podía más, de modo que sólo se les veían los talones, hasta que desaparecieron entre los árboles. Pero el Zarevitz Iván no esperó su regreso. Se calzó las botas, se encasquetó el gorro, y con el mantel bajo el brazo se disipó como el humo. Los demonios de la selva volvieron corriendo y no pudieron hallar el lugar donde el Zarevitz había de esperarles. Entretanto, Iván el Zarevitz, a grandes zancadas salió del bosque y vio correr a los demonios por delante y por detrás de él, tratando inútilmente de descubrirlo por el olfato, hasta que empezaron a retorcerse las manos desesperadamente.

Iván el Zarevitz continuó su viaje a grandes trancos hasta que salió a campo llano. Ante él se abrían tres caminos y en la encrucijada se movía una choza dando vueltas sobre su pata de gallina.

- ¡Izbuchka! ¡Izbuchka! -le dijo el Zarevitz.­ ¡Vuélvete de espalda al bosque y de cara a mí!

Entonces el Zarevitz penetró en la choza y dentro estaba Baba Yaga(*) pata de hueso.

- ¡Uf! ¡uf! ¡uf! -dijo Baba Yaga.- Hasta hoy, un ruso era algo que mis ojos no habían visto y que mis oídos no habían oído, y ahora se aparece uno ante mis propios ojos! ¿A qué has venido, buen joven?

- ¡Oh, abuela despiadada! -le dijo el Zarevitz Iván.- Lo primero que habrías de hacer es alimentarme bien; después pregunta lo que quieras.

Baba Yoga se levantó en un abrir y cerrar de ojos, encendió su pequeña estufa, alimentó bien a Iván el Zarevitz y luego le preguntó:

- ¿Adónde vas, buen joven, y cuál es tu camino?

- Voy en busca de mis hermanas, la Zarevna Neotsienaya y la Zarevna Beztsienaya. Y ahora, querida abuelita, dime, si lo sabes, qué camino he de tomar y dónde las encontraré.

- ¡Sé dónde vive la Zarevna Neotsienaya! -dijo Baba Yaga.- Has de tomar el camino de en medio, si quieres llegar hasta ella; pero vive en el palacio de piedra blanca de su marido, el Monstruo de la Selva. El camino es tan largo como malo y aunque llegaras al palacio de nada te valdría, pues el Monstruo de la Selva te devorará.

- Bien, abuelita, tal vez se quede con las ganas. ¡Un ruso es un mal hueso y Dios no querrá dárselo a comer a un cerdo como ése! ¡Hasta la vista y gracias por tu pan y por tu sal!

El Zarevitz se alejó de la choza y he aquí que en medio de la llanura se destacó blanco y deslumbrante el palacio de piedra del Monstruo de la Selva. Iván se acercó y se encaminó a la puerta, y en la puerta halló un diablillo que le dijo:

- ¡No se puede pasar!

- ¡Abre amigo -replicó Iván el Zarevitz,- y te daré un trago de vodka!

El diablillo se bebió la vodka, mas no por eso abrió la puerta. Entonces Iván el Zarevitz dio la vuelta al palacio y resolvió subir por la pared.

Empezó a trepar, bien ajeno a la trampa en que iba a caer, pues en lo alto de las paredes habían extendido unos alambres, y apenas tocó el Zarevitz con el pie uno de estos alambres, todas las campanillas se pusieron a tocar. Iván el Zarevitz miró a ver si venía alguien y, en efecto, su hermana la Zarevna Neotsienaya salió a la galería y dijo, sorprendida:

- ¿Pero eres tú, mi querido hermano, Iván el Zarevitz?

Y los dos hermanos se abrazaron cariñosamente.

- ¿Dónde te esconderé para que el Monstruo de la Selva no te vea? -dijo la Zarevna.- Porque sin duda se presentará enseguida.

- No sé dónde, pues no soy un alfiler,

Y aun estaban hablando, cuando se produjo un ruido como de tempestad que hizo retemblar el palacio, y apareció el Monstruo de la Selva; pero Iván el Zarevitz se puso el gorro mágico y se hizo invisible. Y el Monstruo de la Selva dijo:

- ¿Quién te ha venido a ver trepando por el muro?

- No me ha venido a ver nadie -contestó la Zarevna Neotsienaya,- pero tal vez los gorriones han pasado volando y habrán tocado los alambres con las alas.

- ¡Buenos gorriones! ¡Me parece que huelo carne de ruso!

- ¡Qué antojos te dan! ¡No haces más que correr por el mundo oliendo carne humana y aun querrías olerla en tu palacio!

- No te disgustes, Zarevna Neotsienaya, no quiero turbar tu felicidad; pero tengo hambre y me gustaría comerme a este desconocido -dijo el Monstruo de la Selva. Pero Iván el Zarevitz se quitó el gorro invisible e inclinándose ante el hambriento, dijo:

- ¿Para qué me quieres comer? ¿No ves que soy un hueso duro que se te indigestaría? Será preferible que me permitas obsequiarte con un almuerzo como nunca en tu vida lo has comido. ¡Sólo has de ir con cuidado de no tragarte la lengua!

Y esto dicho, extendió el mantel y al momento aparecieron los doce mancebos y las doce damiselas que sirvieron al Monstruo de la Selva todos los manjares que apetecía. El Monstruo lo devoraba todo sin descanso. Luego bebió y volvió a tragar hasta que se hartó tanto, que no pudo moverse del puesto y allí mismo se quedó dormido.

- Hasta la vista, mi querida hermana -dijo entonces el Zarevitz Iván;- pero antes dime: ¿sabes dónde vive nuestra hermana la Zarevna Beztsienaya?

- Lo sé -contestó la Zarevna Neotsienaya. ­Para llegar a ella has de atravesar el gran Océano, pues vive en el vórtice con su esposo el Monstruo del Mar; el camino es muy penoso. ¡Has de nadar mucho, muchísimo, y si llegas, de nada te servirá, porque te devorará el monstruo!

- Bueno -dijo el Zarevitz Iván,- tal vez trate de hincarme el diente, pero se convencerá de que soy un bocado muy difícil de tragar. ¡Hasta la vista, hermana!

Iván el Zarevitz se alejó a grandes zancadas y llegó al gran Océano. En la orilla había una embarcación como las que usan los rusos para pescar, los obenques y aparejos eran de recio esparto y las velas de un fino tejido de fibras; las mismas maderas de la nave no estaban unidas con clavos sino sujetas con corteza de abedul. En esta embarcación, los marineros se apercibían a darse a la mar con rumbo a la isla de Roca Salada.

- ¿Queréis llevarme con vosotros? -les pidió el Zarevitz Iván.- No os pagaré el pasaje, pero os contaré tales cuentos, que no notaréis las fatigas del viaje.

La tripulación accedió y partieron, navegando más allá de la isla Roca Salada. El Zarevitz contaba cuentos y la navegación transcurría del modo más agradable para los marineros. De pronto, cuando menos lo esperaban, se levantó una tempestad, retumbó el trueno y la nave empezó a zozobrar.

- ¡Ay! exclamó la tripulación.- ¡En mala hora escuchamos a este excelente narrador! ¡Ya no volveremos a ver a nuestras queridas familias, sino que descenderemos al fondo voraginoso del Océano! No nos queda otro remedio que pagar tributo al Monstruo del Mar. ¡Echemos suertes y así descubriremos al culpable!

Echaron suertes y le tocó al Zarevitz Iván.

- ¡Me resigno a la suerte que me ha tocado, hermanos! -dijo el Zarevitz Iván.- Os agradezco el pan y la sal que me habéis dado. ¡Adiós, y no volváis a pensar más en mí!

Entonces cogió las botas que andaban solas, el mantel prodigioso, el gorro invisible, y el arpa que tocaba por sí misma, y los marineros levantaron al joven y lo arrojaron a los torbellinos de la vorágine. Enseguida se calmó el mar, la nave siguió su curso y el Zarevitz Iván descendió como una llave al fondo, y se encontró en los mismos salones del magnífico palacio del Monstruo del Mar. Este ocupaba el trono al lado de la Zarevna Beztsienaya, y el Monstruo del Mar dijo:

- ¡Hace mucho tiempo que no como carne cruda y mira por dónde se viene a las manos! ¡Salud, amigo! Acércate y veré si empiezo por los pies o por la cabeza.

Entonces el Zarevitz Iván dijo que era el hermano de la Zarevna Beztsienaya, y que entre la buena gente no existía la mala costumbre de comerse unos a otros.

- ¡Eso es demasiada insolencia! -chilló el Monstruo del Mar.- ¿Cómo se atreve a obligarnos a que aceptemos las costumbres de otra gente?

Iván el Zarevitz vio que el asunto presentaba mal cariz, y cogiendo el arpa prodigiosa empezó a tocar un aire tan melancólico, que el Monstruo del Mar puso una cara amarga y empezó a lanzar suspiros que parecían martillazos sobre un yunque, y lloró y se quejó como si se hubiera tragado una aguja, y cuando el Zarevitz Iván entonó la canción que empieza: "Que dé vuelta a la mesa la copa de la alegría", hasta las salas pusieron los brazos en jarras y se echaron a bailar. El Monstruo del Mar daba tales vueltas, que no tenía espacio suficiente, taconeaba, castañeteaba con los dedos, hacía tales visajes, girando los ojos, que todos los peces se agruparon para verlo y por poco se mueren de risa. El Monstruo del Mar se divirtió a más no poder y por fin dijo.

- Hubiera sido un pecado devorar a este joven. Quédate aquí, serás nuestro huésped y vivirás con nosotros. ¿Quieres? ¡Tenemos toda clase de arenques, esturiones, besugos y percas! ¡Siéntate a la mesa, come, bebe y alégrate, mi querido huésped!

El Zarevitz Iván se sentó pues, con su hermana y el Monstruo del Mar y los tres comieron, bebieron y se alegraron. Una ballena ejecutó una danza alemana, los arenques cantaron dulces melodías y las carpas tocaron varios instrumentos. Después de la comida, el Monstruo del Mar se fue a dormir y la Zarevna Beztsienaya dijo:

- Querido hermano, ¡qué contenta estoy de tenerte por huésped! ¡Pero ay! ¡que no durará mucho mi alegría! Cuando se despierte el Monstruo del Mar te devorará si está de mal humor.

- Dime, hermanita: ¿cómo puedo salvar a mi hermana Neotsienaya del Monstruo de la Selva y a ti del Monstruo del Mar?

- Si quieres, puedes probarlo; pero te prevengo que es algo muy difícil. Al otro lado del gran Océano hay un imperio donde reina, no un Zar, sino una Zaresa llamada Zardoncella. Si puedes llegar hasta allí y entrar en su jardín cercado, la Zardoncella te tomaría por consorte, y sólo ella puede librarnos y devolvernos a nuestros padres. Pero lo malo es que tiene una guardia muy severa y que no permite a nadie cruzar la orilla, una guardia muy pertrechada de cañones y lanzas, y de cada lanza cuelga una cabeza perteneciente a cada uno de los pretendientes que fueron a cortejar a la Zardoncella. Zares, zarevitches, reyes, príncipes, guerreros poderosos fueron con sus ejércitos y con sus naves y no pudieron cumplir sus propósitos; todos dejaron la cabeza en la punta de una lanza.

- No importa -dijo el Zarevitz Iván.- ¿Por qué temer? Los designios de la Providencia son terribles, y la misericordia de Dios es infinita. Dime cómo se llega a los dominios de la Zardoncella.

- Es una temeridad emprender ese viaje. No obstante voy a darte mi apreciado esturión. Él te llevará sobre sus lomos y mi pez espada, con su nariz larga, correrá ante vosotros mostrándoos el camino.

Los hermanos se despidieron y el Zarevitz Iván a caballo sobre el esturión, emprendió el viaje siguiendo al veloz pez espada. Llegaron a un paraje poblado de cangrejos que saludaron al Zarevitz Iván con sus bigotes y tocaron los tambores con sus pinzas para que los pececillos se apartasen del paso. Pero el mar no es lo mismo que la tierra enjuta. Allí no había ni hierbas ni arbustos donde agarrarse, el camino era resbaladizo, tan resbaladizo como la grasa, y el Zarevitz Iván se iba deslizando, deslizando. Entonces se puso el gorro invisible y vio que los guardianes de la Zardoncella abrían unos ojos desmesurados y miraban lejos, sin ver lo que sucedía ante sus mismos narices, y siguieron afilando sus espadas y aguzando sus lanzas. Llegó a la orilla sin contratiempo, el esturión lo dejó en el muelle, y despidiéndose de él con una reverencia, se volvió al agua. El Zarevitz Iván atravesó por entre la guardia con paso firme y penetró en el jardín prohibido corno si fuera el amo y señor, se paseó por los senderos que serpenteaban entre frutales y comió de las manzanas sabrosísimas y transparentes que allí se criaban.

El Zarevitz parecía encantado y como perdido en aquel jardín delicioso, hasta que vio veinte palomas blancas que volaban en dirección a un estanque. Apenas se posaron en tierra se transformaron en otras tantas doncellas hermosas como los estrellas del cielo y de tez tan fina y blanca como la leche, y entre ellas se paseaba la Zardoncella como un pavo real, diciendo:

- ¡Qué calor hace, amigas! ¡El sol arde como un horno! Tomemos un baño, que aquí nadie puede vernos. Es tan numerosa la guardia que vigila la costa, que ni una mosca podría pasar sin ser observada.

- ¿Que no puede pasar una mosca? Ved qué mosca tan grande ha pasado inadvertida para tu guardia -dijo el Zarevitz Iván, quitándose el gorro invisible e inclinándose ante la Zardoncella.

La Zardoncella y sus compañeras, como hacen las muchachas sorprendidas en la intimidad, se pusieron a chillar y hubieran emprendido veloz carrera; pero estaban tan aturdidas, que no acertaron más que a mirar al joven como quien no quiere, con el disimulo que les permitía su confusión.

- Zardoncella y amables damiselas -dijo el Zarevitz Iván,- ¿qué teméis de mí? No soy un oso que venga a morderos, y a ninguna de vosotros arrebataré el corazón contra su voluntad; pero si está aquí la novia que el cielo me tiene destinada, ha de saber que yo soy su prometido.

La Zardoncella, encarnada como una amapola, alargó su blanca mano al Zarevitz Iván y dijo:

- ¡Salud, bondadoso joven! Ignoro si eres zar, zarevitz, rey o príncipe; pero ya que te presentas de tan cortés manera, te consideraremos nuestro huésped y te trataremos como a un buen amigo. Muchos pretendientes han venido con el propósito de arrebatar mi corazón con violencia, cosa imposible desde que el mundo es mundo. ¡Ven a mis salones de piedra blanca y a mis aposentos de cristal!

Toda la nación se enteró al momento de que su Zarevna, la Zardoncella, había tomado un novio de su propia voluntad y acudieron en bandadas los jóvenes y los ancianos o celebrar el acontecimiento con gran regocijo. La Zardoncella ordenó que se abriesen sus reales bodegas a todos los concurrentes y que se les permitiera tocar tambores, guitarras y violines, y al día siguiente se celebraron grandes fiestas y conciertos durante el banquete de la boda. Tres días duraron los festines y tres semanas las fiestas y regocijos, y entonces el Zarevitz Iván habló a su consorte de librar a sus hermanas del poder del Monstruo de la Selva y del Monstruo del Mar.

- Mi querido esposo, Iván el Zarevitz -le dijo ella,- ¿qué no haría yo por ti? Manda a buscar a mi magistrado el erizo y a mi escribano el gorrión y que envíen ucases al Monstruo de la Selva y al Monstruo del Mar ordenándoles que dejen en libertad a las hermanas del Zarevitz Iván, si no quieren que los haga prender y los condene a una muerte horrible.

El magistrado erizo y el escribano gorrión redactaron los ucases y los mandaron por mensajeros. El Monstruo de la Selva y el Monstruo del Mar no pudieron oponerse y dejaron en libertad a la Zarevna Neotsienaya y a la Zarevna Beztsienaya. Y el Zarevitz Iván escribió a su padre el Zar Umnaya Golova, la siguiente carta:

"Ya ves, oh, Soberano Zar, que no sólo con la fuerza y el valor sino con astucia e ingenio pueden vencerse todas las dificultades, y el arpa mágica es a veces más útil que una hoja damasquina, aunque de nada serviría si quisiera uno hacerla tocar a latigazos. Ven a verme, querido padre, y sé mi huésped, y viviré contigo y con mi esposa y mis hermanas. Ya tengo preparado un gran banquete para celebrar tu llegada, y deseo que vivas muchos años".

Y el Zarevitz Iván pasó una vida feliz, rica y próspera. Vivió muchos años y su reinado fue glorioso. En cierta ocasión yo fui su huésped y me trató a cuerpo de rey.

 

 

Gore-Gorinskoe

 

Una vez vivían en un pueblo dos hermanos, uno rico y otro pobre. Al rico todo le salía a pedir de boca y la suerte le acompañaba en todos los negocios que emprendía, pero al pobre parecía huirle la fortuna por más que se esforzase en trabajar como un esclavo.

En pocos años, se vio el rico tan acaudalado y en un estado de prosperidad tan abundante, que se trasladó a la ciudad, se hizo construir la casa más grande y se estableció como comerciante, mientras el pobre pasaba tales apuros, que a veces no tenía en casa ni un pedazo de pan que dar a un racimo de hijos, todos pequeños, que lloraban a un tiempo pidiendo algo que comer o beber. El pobre hombre empezó a desanimarse, maldiciendo su suerte y su desgraciada cabeza empezó a hundírsele entre los hombros.

Fue a visitar a su hermano de la ciudad y le dijo: -¡Socórreme! ¡Estoy completamente aniquilado!

- ¿Por qué no? -contestó el rico.- Medios no me faltan, pero has de trabajar conmigo toda esta semana.

- ¡De mil amores! -accedió el pobre. Y puso manos a la obra. Barrió el establo, dio de comer a los caballos y cortó leña para el fuego.

Al fin de la semana, el hermano rico le dio tres monedas y un trozo de pan.

- Gracias, aunque sea por tan poca cosa -dijo el pobre. Y ya se volvía a casa cuando su hermano, sin duda sintió remordimientos de conciencia y le dijo:

- ¿Por qué te marchas tan pronto? Mañana es mi cumpleaños. Quédate a celebrarlo con nosotros.

El pobre hombre se quedó al banquete que se había preparado, pero, por desgracia para él, se reunieron en casa de su hermano gran número de hombres ricos, a quienes el hermano recibía con grandes muestras de alegría, rogándoles como un gran favor que le hiciesen el honor de compartir su mesa.

El hermano pobre se vio completamente olvidado y sólo pudo mirar desde lejos cómo los amigos de su hermano comían y bebían y gritaban alegres y satisfechos. Terminado el banquete, los invitados se levantaron dando la enhorabuena al anfitrión y a su esposa y el pobre hermano también se inclinaba ante ellos hasta la cintura. Todos los comensales se marcharon a casa muy divertidos, riendo, bromeando y cantando canciones. Y el hermano pobre también se dirigió a su casa más hambriento que nunca. Pero reflexionó por el camino y se dijo:

- ¡Caramba! También yo iré cantando para que la gente sepa que he pasado el día en casa de mi hermano y se figure que he comido hasta hartarme y he bebido hasta emborracharme como todos ellos.

Y el campesino se puso a cantar una canción, pero enseguida desfalleció su voz. Oía claramente que detrás de él iba alguien imitando su canción como silbándola. Enmudeció y la voz dejó de oírse. Volvió a cantar y de nuevo oyó que lo imitaban.

- ¡Eh, tú, cantor! ¡Acércate! -chilló el pobre. Y se le presentó un hombre monstruoso, de rostro arrugado y pálido, que apenas daba muestras de vida, envuelto en andrajos y calzado con un manojo de esparto. El campesino se quedó petrificado de horror y preguntó al monstruo:

- ¿Quién eres?

- Soy Gore-Gorinskoe. Me has dado lástima y quiero ayudarte a cantar.

- Bueno, Gore, vamos a recorrer los dos juntos el mundo, de bracete; ya veo que aquí no puedo contar con amigos ni parientes.

- Vamos, pues, amo; nunca te abandonaré.

- ¿Y en qué viajaremos?

- No sé en qué viajarás tú, pero yo viajaré sobre ti.

Y esto diciendo, dio un brinco y se subió a la espalda del campesino, agarrándose con tal fuerza, que éste no pudo quitárselo de encima. El campesino no tuvo más remedio que seguir andando llevando a cuestas a Gore, aunque apenas podía él mismo dar un paso firme, y el monstruo no hacía más que contar y arrearlo golpeándole con una varita.

- Oye, amo, ¿quieres que te enseñe la canción que más me gusta?

"¡Soy Gore-Gorinskoe, Doliente el dolorido!

Soy un andrajo. Vivo en una pieza.

¡Tu suerte une a mi suerte, amo querido

Y nunca más sabrás lo que es tristeza!.

Si el dinero que tienes no te basta,

Búscalo donde sea y no te apures;

Pero cuando lo tengas, gasta, gasta,

Y no pienses ni cuentes ni mesures."

Y además -añadió Gore, el Dolorido- aun te quedan esas monedas para un mal día, y un pedazo de pan. Vamos, pues, a beber y a divertirnos.

Anda que andarás y bebe que beberás, llegaron a casa. Allí estaban la madre y los hijos llorando de hambre, pero el Dolorido hizo bailar el campesino. Al día siguiente Doliente empezó a contar y dijo:

- ¡Me duele la cabeza de tanto beber!

Y obligó a su amo a que lo llevase a echar una copa.

- No tengo dinero -dijo el campesino.

- ¿No te tengo dicho que siempre puedes encontrarlo, querido? Empeña la azada y el arado, el trineo y el carro, y bebamos; hemos de pasar un día alegre, sea como sea.

¿Qué podía hacer el pobre? le era imposible desprenderse de Doliente que se agarraba a él tan fuerte, que parecía que iba a romperle los huesos, y se dejó conducir de taberna en taberna bebiendo todo el día en vez de trabajar,

Al día siguiente, el Dolorido se quejó aún más y empezó a gruñir diciendo:

- Vamos a dar una vuelta. Nos beberemos todo lo que tengas por empeñar. Véndete en esclavitud y tendrás dinero para beber.

Viendo el campesino que su perdición era inevitable, recurrió a la astucia y dijo a Doliente el dolorido:

- He oído decir a los ancianos del pueblo que no lejos de aquí se enterró un tesoro hace mucho tiempo, pero le pusieron encima piedras tan pesadas, que mis solas fuerzas no bastarían a levantarlas. Si pudiéramos sacar ese tesoro, queridito Gore, ¡qué vida de regalo podríamos llevar juntos!

- Pues vamos a sacarlo, que Gore tiene fuerzas para todo.

Llegaron a un paraje solitario y se detuvieron ante una piedra muy grande y pesada, que cinco campesinos no hubieran podido mover ni uniendo sus fuerzas; pero nuestro amigo Gore la levantó sin el menor esfuerzo. Y, ¡Oh, maravilla! bajo la piedra apareció un arca negra y maciza en cuyo fondo resplandecían numerosos objetos. Y el campesino dijo a Gore:

- Anda, baja el arca y saca el oro mientras yo sostengo la piedra.

Gore bajó al fondo con gran alegría y gritó:

- ¡Amo! ¡Aquí hay riquezas incalculables! ¡Veinte jarras llenas de monedas de oro, puestas en fila! ¡Ahí va una! - y alargó al campesino la primera jarra.

El campesino cogió la jarra con una mano y al mismo tiempo dejó caer la piedra sepultando al Doliente dolorido en el arco, con todo el oro restante.

- ¡Ahí te pudras con todas tus riquezas! -pensó el campesino,- ¡Nada bueno puedo esperar de ti!

Se volvió a casa andando y con el dinero de la jarra compró madera, reparó su vivienda, adquirió nuevas tierras, trabajó con más afán que nunca, se dedicó al comercio y todo le iba bien. En un año acrecentó su riqueza y en vez de la cabaña se construyó una hermosa casa de madera. Entonces fue a la ciudad e invitó a su hermano y a su cuñada a la inauguración de su nueva vivienda.

- ¿Cómo ha sido esto? -dijo el hermano rico con una sonrisa burlona.- ¡Hace poco estabas desnudo y te morías de hambre y ahora inauguras un palacio y das banquetes!

- Sí, hubo un tiempo en que nada tenía que comer; pero ahora a Dios gracias, no estoy peor que tú. Ven y verás.

Al día siguiente el hermano rico se dirigió al campo a ver a su pobre hermano y se quedó admirado ante las magníficas construcciones de madera, de que ningún rico comerciante podía jactarse. El hermano pobre obsequió al rico con un banquete en que no faltaron los manjares más exquisitos y cuando se le desató la lengua con las abundantes libaciones, contó de qué manera había llegado a ser tan rico. La envidia se apoderó del rico comerciante, quien pensó:

- Qué tonto es mi hermano. De veinte jarras que había, sólo cogió una. Con tanto dinero como allí queda ni el mismo Doliente es temible. Iré allá, apartaré la piedra, cogeré el dinero y dejaré en libertad a Doliente el dolorido. ¡Qué se vengue de mi hermano con la mismo muerte!

Y dicho y hecho. El rico se despidió de su hermano, pero en vez de volver a casa se dirigió a la famosa piedra. Apelando a todas sus fuerzas, logró removerla hasta dejar espacio para poder mirar el arco. Pero antes que él pudiera sacar la cabeza, el Doliente se escabulló del agujero y en un instante se le subió a la espalda y se le agarró el cuello.

El rico sintió el peso en la espalda, volvió la cabeza y vio al monstruo colgado de él y murmurándole al oído:

- ¡Lindo compañero estás hecho! ¡Conque querías matarme de hambre! Pues te juro que no te desprenderás de mí tan fácilmente. ¡Nunca te dejaré!

- No seas insensato, Doliente -chilló el rico.- No soy yo quien te dejó encerrado bajo la piedra, y no hay razón para que te prendas a mí, que soy el rico; ve a atormentar a mi hermano, que te ha encerrado.

Pero el otro no quiso escucharlo.

- ¡Mientes! -gruñó.- Una vez me engañaste y no volverás a hacerlo.

Y el rico no tuvo más remedio que llevar a cuestas a Doliente el dolorido hasta su casa y por todos los días de su vida. Sus riquezas se extinguieron y su opulencia se convirtió en humo y cenizas. El pobre hermano vive en paz y en la abundancia y canta cantinelas divertidas de Doliente, el que era más listo que todos.

 

 

Anda no sé adónde, busca no sé qué

 

En un imperio que se extendía desde el litoral de un mar azul, vivía una vez un rey soltero que tenía una compañía de arqueros que salían de caza, tirando a cuantos pájaros se les ponían al alcance para proveer de carne la mesa de su señor. En esta compañía servía un joven arquero llamado Fedot, un tirador notable que siempre daba en el blanco, por lo que el rey lo quería más que a los otros. Un día salió el joven de caza muy temprano, al romper el alba. Penetró en un bosque muy espeso y lóbrego y en la rama de un árbol vio una paloma. Fedot tendió el arco, apuntó y disparó. Herida en un ala, la paloma cayó a la húmeda tierra. El tirador la cogió y estaba a punto de retorcerle el cuello y ponerla en su zurrón, cuando oyó que la paloma le hablaba de esta manera:

- Por piedad, joven cazador, no me retuerzas el cuellecito ni me prives de la luz de este mundo. Será mejor que me dejes con vida, que me lleves a casa y me dejes en tu ventanita, y te diré lo que has de hacer. En el momento en que se apodere de mí el sueño, pero fíjate que te digo en el mismo momento, me arrancas con tu mano derecha el ala herida y desde entonces podrás darte por hombre afortunado.

El cazador se quedó tan sorprendido como puede imaginarse.

- ¿Qué es esto? -Pensó.- ¡Mis ojos me dicen que es un ave lo que tengo en las manos, y no obstante oigo que me habla con voz humana! ¡Nunca me había sucedido nada semejante!

Se llevó la paloma, la puso en la ventana y no tuvo que esperar mucho.

Al cabo de un rato vio que el ave escondía la cabeza bajo el ala sana y se quedaba dormida. El arquero levantó su diestra y poco a poco le partió el ala herida. La paloma cayó inmediatamente al suelo y se transformó en una doncella tan hermosa como ojos nunca vieron, ni lengua pudo nunca expresar, ni la imaginación representar jamás en sueños. Y enseguida dirigió la palabra al arquero del rey, diciendo:

- Tú que has tenido bastante talento para conquistarme, tenlo también para vivir conmigo. Tú eres mi marido predestinado, yo soy la mujer que el cielo te tenía deparada.

En un momento estuvieron de acuerdo, Fedot se casó, vivió feliz con su mujer, pero no abandonó el servicio. Cada día, antes de salir el sol, cogía el arco, iba al bosque, cazaba algunos animales y los llevaba a la cocina real. A su mujer le disgustaban aquellas excursiones de caza, y un día te dijo:

- ¡Oye, amigo mío! ¡Me das lástima! Cada día te metes en el bosque, atraviesas charcas y cenagales y vuelves a casa todo mojado, y no por eso vivimos mejor. ¿Qué negocio es ése? En cambio, yo tengo un plan para que los dos salgamos ganando. Tráeme cien o doscientos rublos y lo demás corre de mi cuenta.

Fedot fue a ver a sus compañeros y les pidió prestado a cada uno un rublo hasta que recogió cerca de doscientos rublos, que se apresuró a entregar a su mujer.

- Ahora -le dijo ésta- cómprame con estos rublos seda de varios colores.

El arquero fue y compró con aquellos rublos seda de varios colores. Su mujer cogió el género y dijo a su marido:

- ¡No te preocupes! ¡Reza y échate a dormir que la mañana es más buena consejera que la noche!

Con esto, el marido se durmió mientras que su mujer fue a la galería, abrió el libro de los encantos y al momento se le aparecieron dos jóvenes que le dijeron:

- ¿Qué tienes a bien mandarnos?

- Tomad esta seda y en una hora traedme una alfombra que sea lo más admirable que pueda hallarse en todo el mundo, y bordadme en ella todas las ciudades y las aldeas y ríos y lagos de este reino.

Los dos jóvenes se pusieron a trabajar y bordaron una alfombra que era la maravilla de las maravillas. Al día siguiente, la mujer entregó la alfombra al marido, diciéndole:

- Toma, lleva esto al mercado y véndelo a los comerciantes; pero guárdate bien de regatear. Toma lo que te den por ello.

Fedot cogió la alfombra, la enrolló, se la puso bajo el brazo y se fue al mercado.

El primer comerciante que lo vio se le acercó y le dijo:

- Escúchame, señor mío: ¿no me venderías esa alfombra?

- ¡Con mucho gusto!

- ¿A qué precio?

- Fíjalo tú mismo, ya que frecuentas el mercado y entiendes de esto.

El mercader empezó a pensar y a pensar y no podía fijar el precio de la alfombra por más que se exprimía el cerebro. Pasó por allí otro comprador y se detuvo ante la alfombra, y luego otro y otro, hasta que formaron un grupo numeroso. Todos contemplaban la mercancía expuesta y se quedaban tan admirados, que no lograban fijar el precio. En aquel momento pasó el mayordomo del rey, y al ver el grupo se acercó a enterarse de qué estaban hablando los comerciantes.

- ¿De qué se trata? -les preguntó.

- No sabemos qué precio poner a esta alfombra -le contestaron.

Entonces, el mayordomo se fijó en la alfombra y también se quedó maravillado.

- ¡Escucha, arquero! -dijo.- Dime la verdad: ¿de dónde has sacado esta señora alfombra?

- ¡Mi mujer la ha fabricado!

- ¿Cuánto quieres por ella?

- Ni yo sé lo que vale. Mi mujer me encargó que no regatease, sino que aceptase lo que se me ofreciera.

- ¿Entonces, qué te parece si la ponemos en 10.000 rublos?

El arquero tomó el dinero y entregó la alfombra.

El mayordomo siempre estaba con el rey, y hasta comía y bebía en su compañía. Fue a comer con el rey aquel día y se llevó la alfombra.

- ¿Me hace el honor Su Majestad de mirar la alfombra que he comprado?

El Rey miró la alfombra y vio todo su reino como si lo tuviese en la palma de la mano, lo cual le arrancó un hondo suspiro.

- ¿Pero, qué alfombra es ésta? En mi vida he visto un trabajo tan primoroso. Dime, ¿cuánto quieres por la alfombra?

Y el Rey sacó 25.000 rublos, que entregó al mayordomo y colgó la alfombra en una pared del palacio.

- Esto no es nada para el negocio que voy a hacer ahora -pensó el mayordomo. Y enseguida se fue en busca del arquero, entró en su humilde casita y apenas vio a la mujer del cazador olvidó por completo el objeto que allí lo llevaba. No obstante, el mayordomo se sobrepuso con un gran esfuerzo y se volvió a su casa cabizbajo. Desde entonces no hacía nada a derechas y de noche y de día no pensaba más que en una cosa: en la prodigiosa hermosura de la mujer del arquero.

El Rey advirtió el cambio que en él se había operado y le preguntó:

- ¿Por qué estás afligido? ¿Te ocurre alguna desgracia?

- ¡Ay, mi rey y mi Padre! ¡He visto a la mujer del arquero, una belleza como nunca se ha visto ni se verá en este mundo!

Y tanto se la ponderó, que al mismo rey le acometieron vivos deseos de enamorarla y no pudo reprimir la tentación de ir a verla en persona. Entró a la humilde casita del arquero y se ofreció a su vista una dama de belleza indescriptible. Enseguida sintió que abrasaba su corazón la llama del amor. "¿Por qué he de seguir soltero por más tiempo? -se dijo.- Estoy decidido a casarme con esta beldad. ¡Es demasiado hermosa para un pobre arquero! ¡Basta verla para comprender que ha nacido para Reina"

El Rey volvió a su palacio y dijo al mayordomo:

- Atiende bien: tú que has tenido talento para darme a conocer a esa mujer de belleza indescriptible, has de tenerlo ahora para alejar a su marido. Quiero casarme con ella. ¡Y si no me quitas el estorbo que él representa, ten entendido, que aunque seas mi fiel servidor, te mandaré a la horca!

El mayordomo salió del palacio más afligido que nunca y por mucho que pensaba, no hallaba la manera de deshacerse del arquero. Sumido en sus reflexiones se paseaba por la plaza del mercado y por las calles adyacentes, cuando cierto día se tropezó con una bruja de miserable aspecto.

- ¡Detente, criado del Rey! -le dijo ella.- Veo todos tus pensamientos y sé que necesitas ayuda en el infortunio que te abruma.

- ¡Pues ayúdame, abuelita, y te daré lo que me pidas!

- Has recibido del Rey el encargo de deshacerte de Fedot el arquero. No es tarea fácil, porque si él es tonto, su mujer es demasiado lista. Si me quieres creer, encargadle una misión que sea de fácil cumplimiento. Anda a ver al Rey y dile que ordene al arquero que vaya no sé dónde y traiga no sé qué. Es un encargo que no hay miedo que pueda cumplir en su vida, por mucho que viva; o caerá en la tumba del olvido, o, si vuelve, será sin brazos ni piernas.

El mayordomo pagó con oro el consejo de la bruja y se apresuró a volver a presencia del Rey, y el Rey ordenó al arquero que compareciese ante él.

- ¡Hola, Fedot! Tú que eres mi joven guerrero y el primero de mis arqueros, has de encargarte de hacerme este favor. Ve no sé adónde y tráeme no sé qué. Pero ten entendido que, si no me traes lo que te pido, te haré cortar la cabeza.

El arquero dio media vuelta, abandonó el palacio y volvió a su casa muy triste y pensativo. Al verlo su mujer le preguntó:

- ¿Por qué estás tan triste, querido? ¿Te ha pasado alguna desgracia?

- El Rey me ha mandado no sé adónde a buscar no sé qué. ¡Tu hermosura ha acarreado sobre nosotros esta desgracia!

- Realmente, es un favor de difícil cumplimiento. Se necesitan nueve años para ir y nueve para volver, dieciocho años en suma, y sabe Dios si aún así podrás cumplir el encargo.

- ¿Pues qué he de hacer y qué será de mí?

- Reza y échate a dormir que la almohada es buena consejera. Mañana lo sabrás todo.

El arquero se echó a dormir y su mujer veló hasta media noche, abrió el libro de los hechizos e inmediatamente se le aparecieron los dos jóvenes.

- ¿Qué tienes a bien ordenarnos?

- ¿Sabéis qué ha de hacerse para ir no sé adónde y traer no sé qué?

- No, no lo sabemos.

Ella cerró el libro y los dos jóvenes desaparecieron de su vista. Por la mañana, la mujer del arquero despertó a su marido y te dijo:

- Ve a ver al Rey y pídele oro de su tesoro para el viaje. No olvides que has de hacer una peregrinación de dieciocho años. Cuando tengas el oro, vuelve a despedirte de mí.

 

 

Verlioka

 

Una vez vivía un matrimonio anciano con dos nietos huérfanos, tan hermosos, tan dóciles y buenos, que el matrimonio los quería sin medida. Un buen día se le ocurrió al abuelo llevar a los nietos al campo para enseñarles un plantío de guisante, y vieron que los guisantes crecían espléndidos. El abuelo se regocijó al ver aquella bendición y dijo:

- No hallaréis guisantes mejores en todo el mundo. Cuando estén bien granados, haremos de vez en cuando sopa y tortilla de guisantes.

Al día siguiente, el abuelo mandó a su nieta, diciendo:

- ¡Anda y ahuyenta a los gorriones de los guisantes! La nieta se sentó junto al plantío, agitando una rama seca y diciendo:

- ¡Fuera, fuera, gorriones que picoteáis los guisantes del abuelo hasta que os hartáis!

De pronto oyó un retumbar de pasos en el bosque y se le presentó Verlioka, un gigante de enorme estatura, con un ojo, nariz ganchuda, barbas como zarzas, bigotes de una cana de largo, pelos como cerdas, cojeando de un pie, apoyándose en una muleta, enseñando los dientes y sonriendo. Se acercó a la preciosa niña, la cogió y se la llevó detrás del lago.

El abuelo espera que espera, y al ver que la nieta no volvía mandó al nieto en su busca. Pero Verlioka se lo llevó también. El abuelo espera que espera, hasta que dijo a su mujer:

- ¡Cuánto tardan nuestros nietos! ¡Se habrán entretenido retozando por el campo o cazando estorninos con algún muchacho, y entretanto los gorriones darán cuenta de nuestros guisantes! ¡Anda, mujer, y enséñales a tener juicio!

La anciana dejó el fogón, cogió el palo que guardaba en un rincón y se alejó; pero no volvió. En cuanto Verlioka la vio en el campo, se le acercó gritando:

- ¿Qué buscas aquí, bruja? ¿Vienes a desgranar guisantes? ¡Si tanto te gustan, voy a dejarte entre los guisantes para siempre!

Y levantando la muleta, empezó a golpear a la anciana hasta que la pobre perdió el sentido y se quedó tumbada en el suelo, más muerta que viva.

El abuelo esperó en vano la vuelta de los nietos y de su mujer, y empezó a murmurar contra ellos, diciendo: "¿Dónde, demonios, estarán? Bien dicen que un hombre nada bueno puede esperar de su costilla". El viejo resolvió ir en persona al plantío de guisantes, y allí encontró a su mujer en tan lastimoso estado, que apenas la conocía; pero de sus nietos no vio ni rastro. El abuelo gritó, cogió a la anciana y poco a poco la arrastró hasta casa. Allí le roció el rostro con agua fría y la reanimó. La abuela abrió los ojos, y contó al marido lo que le había pasado. El abuelo se puso furioso contra Verlioka y gritó:

- ¡Eso pasa de broma! Espera un poco, amigo, y te demostraré que también tenemos brazos. ¡Ten mucho cuidado, Verlioka, y procura que no te retuerza los bigotes! ¡Tú has hecho el mal con tus manos y lo pagarás con tu cabeza!

Y como la abuela no trató de retenerlo, el abuelo cogió su bastón de hierro y salió en busca de Verlioka.

Anda que andarás, anda que andarás, llegó ante un pequeño estanque donde nadaba un pato sin cola, que al ver al abuelo dijo:

- ¡Cuac, cuac, cuac! ¡Dios te conserve la vida cien años, abuelo! ¡Hace mucho tiempo que te esperaba aquí!

- ¡Salud, pato! ¿Por qué me esperabas?

- ¡Sé que buscas a tus nietos y que quieres ajustar las cuentas con Verlioka!

- ¿Cómo conoces a ese monstruo?

- ¡Cuac, cuac, cuac! -graznó el pato-. ¿Cómo quieres que no lo conozca, si fue él quien me arrancó la cola?

- Entonces, tal vez puedas decirme dónde vive.

- ¡Cuac, cuac, cuac! No soy más que un ave pequeñita, pero me daré el gusto de hacerle pagar mi cola. Te diré dónde vive.

- ¿Quieres ir delante y enseñarme el camino? ¡Aunque te falte la cola veo que no te falta cabeza!

El pato salió del agua y se puso a caminar contoneándose.

Anda que andarás, anda que andarás, llegaron ante un trozo de cuerda tirado en el camino, que dijo:

- ¡Hola, abuelito juicioso!

- ¡Hola, cuerdecita!

- ¿De dónde vienes, y adónde vas?

- Vengo de tal y tal parte y voy a vérmelos con Verlioka, que ha pegado a mi mujer y se ha llevado a mis dos nietos, y ¡qué nietos, si los vieses!

- Llévame y tal vez pueda ayudarte.

El abuelo pensó: "Podría llevármela y quizá me serviría para ahorcar a Verlioka". Y contestó a la cuerda:

- Ven con nosotros, si sabes el camino.

Y he aquí que la cuerda se puso en movimiento ante ellos arrastrándose como una culebra.

Anda que andarás, anda que andarás, llegaron ante un molino de agua, que dijo:

- ¡Hola, abuelito juicioso!

- ¡Hola, molinito de agua!

- ¿De dónde vienes y adónde vas?

- Vengo de tal y tal parte a ajustarle las cuentas a Verlioka. Figúrate que ha molido a palos a mi mujer y se ha llevado a mis nietos, y ¡qué nietos, si los vieses!

- ¡Llévame contigo y tal vez pueda ayudarte!

Y el abuelito pensó: "El molino de agua también puede ser útil".

Entonces el molino se levantó y apoyándose en la turbina echó a andar delante del abuelo.

Anda que andarás, anda que andarás, llegaron ante una bellota tirada en el camino, que dijo:

- ¡Hola, abuelito narizotas!

- ¡Hola, bellota robliza!

- ¿Dónde vas tan aprisa?

- Voy a zurrar a Verlioka. ¿Lo conoces?

- ¡Ya lo creo! ¡Llévame contigo y te ayudaré!

- ¿Pero en qué puedes ayudarme?.

- ¡No escupas en el pozo si no quieres tenerte que beber tú solo el agua!

El abuelo pensó: "Por qué no llevármela?" Y dijo a la bellota:

- ¡Síguenos rodando!

Pero aquello fue un rodar extraordinario, porque la bellota se puso de pie y marchó dando brincos delante de todos.

Llegaron a un espeso bosque tan tenebroso que daba horror, y en el bosque había una cabaña solitaria, ¡y tan solitaria! La estufa estaba apagada y había un potaje de trigo cocido con leche para seis. La bellota que sabía de qué se trataba, dio un salto y se metió en el potaje. La cuerda se puso tirante en el umbral. El abuelo colocó el molinito en el banco. El pato se situó sobre la estufa, y el abuelo fue a colocarse en un rincón.

De pronto se oyó un retumbar que venía del bosque, y Verlioka apareció caminando sobre un pie calzado de madera y apoyándose en la muleta; entró en la cabaña, dejó en el suelo una carga de leña que traía y se puso a encender la estufa. Pero la bellota que estaba en el potaje se puso a silbar una canción:

¡Pi, pii, piii!

¡Para moler a Verlioka estamos aquí!

Verlioka se enfureció y cogió la olla por el asa, pero el asa se rompió y todo el potaje se esparció por el suelo. La bellota dio un brinco y vació a Verlioka el único ojo. Verlioka lanzó un rugido, agitó el aire con los brazos y de buena gana hubiera salido de allí corriendo. Pero por vueltas que daba, no podía encontrar la puerta. Entonces la cuerdecita se le enredó entre las piernas y lo hizo caer de espaldas contra el umbral, derribando sobre él el molino que cayó con fuerza del banco. Entonces el abuelo salió del rincón y con su bastón de hierro empezó a darle golpes con toda su alma, mientras el pato gritaba desde la estufa con toda la fuerza de sus pulmones: "¡cuac, cuac, cuac! ¡Mátalo, mátalo!" Ni valor ni fuerza fueron de ninguna utilidad para Verlioka. El abuelo le dio golpes hasta dejarlo muerto y luego derribó la cabaña y abrió el calabozo y del calabozo sacó a sus nietos. Luego recogió todo el tesoro de Verlioka y se lo llevó a su mujer. Y vivió feliz con ella y sus nietos, cultivando los guisantes y cerniéndolos en paz y tranquilidad. Y yo que lo conté y vosotros que lo escuchasteis también merecemos probarlos.

 

 

El genio de la estepa

 

En aquellos remotos tiempos vivían un rey y una reina. El rey era anciano y la reina, joven.

Aunque se querían mucho eran muy desgraciados porque Dios no les había dado descendencia. Tan apenada estaba la reina, que cayó enferma de melancolía y los médicos le aconsejaron viajar para disipar su mal. Como al rey lo retenían sus asuntos en su reino, ella emprendió el viaje sin su real consorte y acompañada por doce damas de honor, todas doncellas, jóvenes y hermosas como flores de mayo. Al cabo de unos días de viaje llegaron a una desierta llanura que se extendía tan lejos, tan lejos, que parecía tocar el cielo. Después de mucho andar sin dirección fija de una parte a otra, el cochero se desorientó por completo y se detuvo ante una gran columna de piedra, a cuyo pie había un guerrero, jinete en un caballo y armado de punta en blanco.

- Valeroso caballero -le dijo,- ¿puedes indicarme el camino real? Nos hemos perdido y no sé por dónde seguir.

- Os mostraré el camino -dijo el guerrero-, pero con la condición de que cada una de vosotras me deis un beso.

La reina dirigió al guerrero una mirada de indignación y ordenó al cochero que siguiese adelante. El coche siguió rodando casi todo el día, pero como si estuviera embrujado, volvió a detenerse ante la misma columna. Entonces fue la reina la que dirigió la palabra al guerrero.

- Caballero -le dijo,- muéstranos el camino y te recompensará con largueza.

- Yo soy el Genio Superior de la Estepa -contestó él.- Exijo un tributo por enseñar el camino y el tributo siempre es un beso.

- Perfectamente, mis doce damas de honor te pagarán.

- Trece besos hay que darme, y el primero ha de ser de la dama que me hable.

La reina montó en cólera y otra vez intentaron encontrar el camino sin ayuda ajena. Pero aunque esta vez el coche salió en dirección opuesta, al cabo de un rato se hallaron ante la misma columna. Oscurecía y era preciso buscar un refugio donde pasar la noche, de modo que la reina se vio obligada a pagar al caballero su extraño tributo. Bajó de la carroza, se acercó al caballero y mirando modestamente al suelo, le permitió que le diera un beso; sus doce damas de compañía la siguieron e hicieron lo mismo. Inmediatamente desaparecieron columna y caballero y ellas se encontraron en el verdadero camino, mientras una nube como de incienso flotaba sobre la estepa. La reina subió a la carroza con sus damas y continuaron el viaje.

Pero, desde aquel día, la hermosa reina y sus doncellas estuvieron tristes y pensativas, y como el viaje perdió para ellas todo su atractivo, volvieron a la ciudad. Ni en su mismo palacio se sintió feliz la reina, pues siempre se le representaba, como si lo estuviera viendo, el Caballero de la Estepa. Esto disgustó al rey de tal manera, que se mostró desde entonces tétrico y violento.

Un día que el rey ocupaba su trono en la sala de consejo, le llegó un rumor de tiernos gorjeos, como los que produce un ave del paraíso, contestados por un coro de ruiseñores. Sorprendido, quiso saber qué era aquello y el mensajero volvió diciendo que la reina y las doce damas de honor acababan de ser obsequiados cada una con una niña y que los dulces gorjeos que se oían eran los balbuceos de las criaturas. El rey se quedó pasmado al oír tal nueva y aun estaba sumido en hondos pensamientos cuando, súbitamente, el palacio se iluminó como si hubieran encendido luces deslumbradoras. Al preguntar la causa de aquello, le dijeron que la princesita acababa de abrir los ojos y que estos brillaban como antorchas celestiales.

El rey estaba tan sobrecogido de pasmo, que durante algún tiempo no pudo decir palabra. Lloraba y reía, dominado a un tiempo de pesar y de alegría, y en esto le anunciaron una comisión de ministros y senadores. Cuando todos se hallaron en su presencia, cayeron de rodillas y, golpeando el suelo con la frente, decían:

- Señor, salva a tu pueblo y salva tu real persona. El Genio de la Estepa ha obsequiado a la reina y a sus doce damas de honor con trece niñas. Te rogamos que ordenes matar a esas criaturas, o de lo contrario pereceremos todos.

El rey se encolerizó y ordenó que las trece criaturas fuesen arrojados al mar. Ya estaban los cortesanos a punto de obedecer una orden tan cruel, cuando entró la reina llorando y pálida como la muerte. Se arrojó a los pies del rey y le rogó que perdonase la vida de tan inocentes criaturas y que en vez de ahogarlas se las dejase en una isla desierta, abandonadas a la providencia divina.

El rey accedió a su deseo. Pusieron a la princesita en una cuna de oro y a sus compañeritas en cunas de cobre, llevaron a las trece a una isla desierta y allí las dejaron solas. En la corte todo el mundo las daba ya por muertas, y se decían: "Morirán de frío y de hambre; las devorarán las fieras o las aves de presa; seguramente morirán; tal vez queden sepultadas bajo hojarasca o bajo una capa de nieve". Pero, afortunadamente, nada de esto sucedió, porque Dios vela por sus criaturas.

La princesita crecía de día en día. Cada mañana se despertaba al salirse el sol y se lavaba con el rocío. Suaves brisas la refrescaban y peinaban en hermosas trenzas sus cabellos. Los árboles la adormecían con su dulce arrullo y las estrellas velaban su sueño por la noche. Los cisnes la vestían con su blando plumaje y las abejas la alimentaban con su miel. La belleza de la princesa aumentaba a medida que crecía. Su frente era serena y pura como la luna, sus labios encarnados corno un capullo, y tan elocuentes que sonaban como una sarta de perlas. Pero su incomparable belleza estaba en sus ojos, pues cuando miraban con bondad parecía que uno flotase en un mar de delicias, cuando con enojo, se quedaba uno paralizado de miedo y convertido en un témpano de hielo. Sus doce compañeras la servían y eran casi tan encantadoras como su amita, a la que profesaban un gran amor.

La fama de la bella Princesa Sudolisu se extendió pronto por todo el mundo y de todos partes llegaba gente a verla, de modo que ya no fue aquella una isla desierta sino una ciudad magnífica y populosa.

Fueron muchos los príncipes que llegaron de muy lejos para inscribirse en la lista de pretendientes a la mano de Sudolisu; pero nadie pudo conquistar su corazón. Los que tenían buen carácter y se volvían a su tierra, desengañados y resignados, llegaban sanos y salvos; pero los que rebelándose contra su mala suerte, querían conquistarla por fuerza, veían sus soldados reducidos a polvo, y el pretendiente con el corazón helado por la mirada de enojo que le dirigía la princesa, se convertía en un témpano de hielo.

Conviene saber que el célebre ogro, Kostey, que vivía bajo tierra, era un gran admirador de la belleza, y un buen día se le ocurrió salir a ver qué hacía la gente sobre la tierra. Con la ayuda de su telescopio podía observar a todos los reyes y reinas, príncipes y princesas, señoras y caballeros, que vivían en este mundo. Mientras estaba mirando, acertó a ver una isla donde había doce doncellas que resplandecían como estrellas, en torno a una princesa que dormía sobre colchones de pluma de cisne y cuya hermosura se destacaba entre la de sus compañeras como la hermosa aurora. Sudolisu soñaba en un caballero que montaba un brioso alazán; sobre su pecho refulgía una coraza de oro y su mano empuñaba una maza invisible. La princesa admiraba en sueños al joven caballero y lo amaba más que a su misma vida. El malvado Kostey la deseaba para él y decidió raptarla. Se abrió camino hasta la superficie de la tierra golpeándola tres veces con la cabeza, pero la princesa reunió su ejército y poniéndose al frente de él, marchó con sus soldados contra el ogro. Pero éste no hizo más que lanzar un resoplido y todos los soldados cayeron en un sueño irresistible. Entonces alargó sus huesudas manos para recoger a la princesa, pero ella le dirigió una mirada de cólera y de desprecio, que lo dejó convertido en un témpano de hielo, y luego se encerró en su palacio. Kostey permaneció helado mucho tiempo y cuando volvió a la vida se lanzó en persecución de la princesa. Al llegar a la ciudad donde ella vivía infundió en todos los habitantes un sueño mágico e hizo a las doce damas de honor objeto de la misma hechicería. No se atrevió a atacar directamente a la princesa porque temía el poder de su mirada y se limitó a cercar el palacio con un muro de hierro, dejando allí como guardián un enorme dragón de doce cabezas. Y así esperó a que lo princesa se le rindiese.

Pasaron días, a los semanas siguieron meses y toda la isla de la Princesa Sudolisu seguía pareciendo un inmenso dormitorio. La gente roncaba en la calles, el valeroso ejército yacía en el campo durmiendo profundamente, oculto bajo la hierba que había crecido y le daba sombra humedeciendo y cubriendo de orín sus armas. Dentro del palacio, todo seguía lo mismo. Las doce damas de honor continuaban inmóviles, y sólo la princesa vivía vigilante en aquel reino de sueño. Paseábase de un lado a otro, suspirando y derramando lágrimas amargas, sin que ningún otro ruido rompiera el silencio; sólo de vez en cuando, Kostey que evitaba su mirada, golpeaba la puerta rogando que no lo rechazase por más tiempo. Le prometía hacer de ella la Reina del Mundo Inferior, pero ella no contestaba.

Sola y contristada, no hacía más que pensar en el príncipe de sus sueños. Veíalo revestido en su armadura de oro y montado en su brioso corcel, mirándola con sus ojos de amor. Así se lo imaginaba día y noche.

Un día se asomó a la ventana y viendo una nube que flotaba sobre el horizonte, gritó:

"Nube blanca y serena,

Peregrina de¡ cielo,

Detén tu lento vuelo

y contempla mi pena.

¿Puedes decirme dónde mi amor está

Y si piensa de mi bien o piensa mal?."

- Lo ignoro -contestó la nube,- pregúntalo al viento.

Entonces vio una ligera brisa que jugaba con las flores de¡ campo, y la llamó diciendo:

"Céfiro de la calma,

Contempla mi dolor,

Y refresca mi alma

Que se abrasa de amor.

¿Puedes decirme dónde mi amor está

Y si piensa de mi bien o piensa mal?."

- Pregunta a esa estrellita que brilla en el firmamento -contestó la brisa;- ella sabe más que yo.

Sudolisu levantó sus bellos ojos a la estrella titilante y dijo:

"Estrella, luz celeste,

¿Podrías encontrar

Otro dolor como este

Que me hace suspirar?

¿Puedes decirme dónde mi amor está

Y si piensa de mi bien o piensa mal?."

- La luna está más enterada que yo -contestó la estrella;- vive más cerca de la tierra y ve cuanto en ella pasa.

La luna acababa de levantarse de su lecho de plata y Sudolisu le gritó:

"Perla del cielo, luna lunera,

A las estrellas no mires más,

Pon en mis ojos tu vista entera

Y un mar de penas alumbrarás.

Por mi amor sufro. Consuélame y di

Si, como yo, él me quiere y piensa en mí."

- Princesa- replicó la luna,- no sé nada de tu amor. Espera unas horas que saldrá el sol. El lo sabe todo y podrá contestarte.

La princesa fijó su vista en la parte del cielo por donde sale el sol ahuyentando los tinieblas como a una bandada de pájaros. Y cuando apareció en todo su esplendor le dijo:

"Alma del mundo, fuente de vida,

Omnipotente luz del Eterno,

Entra en la cárcel donde, afligida,

Sufre mi alma penas de infierno.

Tú que todo lo ves, ¿puedes anunciarme

Si pronto vendrá el amado a libertarme?."

- Dulce Sudolisu -contestó el sol,- seca esas lágrimas que ruedan como perlas por tus tristes y hermosas mejillas. Apacigua tu inquieto corazón, que el Príncipe, tu amado, viene a rescatarte. Ha recibido el anillo mágico del Mundo Inferior y se han reunido muchos ejércitos de esas regiones para seguirle. En este momento se dirige al palacio de Kostey con intención de castigarlo. Pero no lograría sus propósitos y Kostey obtendría la victoria si tu príncipe no utilizase los medios de que ahora voy a proveerle. Adiós. Se valiente, tu amado vendrá en tu ayuda y te librará de los hechizos de Kostey: una vida de felicidad os espera.

El sol subió entonces a una tierra distante, donde el Príncipe Junak, montado en su brioso corcel y luciendo su armadura de oro, reunía a sus huestes para combatir contra el gigante. Tres veces había soñado con la hermosa princesa cautiva en su Palacio del Sueño, porque la fama de su hermosura había llegado a su noticia y la amaba sin haberla visto.

- Deja aquí tu ejército -dijo el sol,- sería inútil pelear contra Kostey, que está a prueba de todas las armas. Sólo matándolo podrás rescatar a la princesa, y sólo hay una persona que puede decirte cómo hacerlo: la hechicera Yaga. Te diré dónde hallarás el caballo que te conduzca hasta ella. Sigue el camino que va hacia el Este y anda hasta que llegues a una planicie; en medio de esta planicie hay tres robles y en el centro de estos, a ras de tierra hay una puerta de hierro con una anilla de cobre. Detrás de la puerta está el caballo y a su lado hallarás una maza invisible; ambas cosas son necesarios para lo que has de hacer. Ya sabrás luego lo demás. Adiós.

El consejo dejó al Príncipe tan admirado, que apenas sabía lo que hacer. Después de reflexionar, se santiguó, se sacó del dedo el anillo mágico y lo arrojó al mar. Inmediatamente se disipó el ejército como el humo y cuando ya no quedaba ni rastro de él, emprendió el camino hacia el Este. Después de caminar ocho días llegó a una planicie cubierta de hierba en cuyo centro se levantaban tres robles, y en el centro de éstos, a ras de tierra había una puerta de hierro con una anilla de cobre. Abrió la puerta y bajó por una escalerilla que conducía a otra puerta de hierro, la cual abrió con un puntal de sesenta libras de peso. En aquel momento oyó el relincho de un caballo, seguido de un ruido de otras once puertas de hierro que se abrían. Allí estaba el caballo que hacía siglos había sido encantado por un hechicero. El Príncipe silbó e inmediatamente, el caballo acudió rompiendo las doce cadenas de hierro que lo sujetaban al pesebre. Era un hermoso animal, fuerte, ligero, lleno de fogosidad y de gracia; sus ojos brillaban como relámpagos y por sus narices lanzaba chorros de fuego; su crin parecía una nube de oro. Era un caballo maravilloso.

- Príncipe Junak- dijo el corcel,- hace siglos que esperaba un jinete como tú. Heme aquí dispuesto a llevarte y a servirte fielmente. Súbete a mis lomos y empuña la maza que pende del arzón de la silla. No hace falta que la manejes tú mismo, dale tus órdenes y ella irá a cumplirlas y peleará por ti. ¡Y ahora partamos y que Dios nos acompañe! Dime adónde quieres ir y estarás allí al momento.

En cuatro palabras, el Príncipe contó su historia al caballo, empuñó la maza y emprendió veloz carrera. El animal cabrioló, galopó, voló y hendió los aires a más altura que los más altos bosques, pero manteniéndose siempre por debajo de las nubes; cruzó montañas, ríos y precipicios; apenas tocaba las puntas de las hierbas al pasar sobre ellas y corría tan ligeramente por los caminos, que no levantaba ni un átomo de polvo.

Hacia la caída del sol, Junak se hallaba ante un bosque inmenso, en mitad del cual se alzaba la casita de Yaga, rodeada de robles y de pinos centenarios que no conocían el hacha del leñador. Los enormes árboles, dorados por los rayos del sol, parecían erguir sus copas, mirando con sorpresa a sus extraños visitantes. Reinaba un silencio absoluto. Ni un pájaro cantaba en las ramas, ni un insecto zumbaba en el aire, ni un gusano se arrastraba por la tierra. El único ruido era el del caballo abriéndose paso entre el follaje. Por fin llegaron ante una casita sostenida por una pata de gallo sobre la que giraba como un torno.

El Príncipe Junak gritó:

"Da la vuelta, casita, da la vuelta,

Gira, que quiero entrar;

Vuélvete de espalda al espeso bosque

Y ábreme la puerta de par en par."

La casita giró, y al entrar, el Príncipe vio a la vieja Yaga, que lo recibió exclamando:

- ¡Hola, Príncipe Junak! ¿Cómo has llegado hasta aquí, donde nunca entra nadie?

- ¡No seas necia, bruja! ¿Por qué has de aburrirme a preguntas antes de obsequiarme? -replicó el Príncipe.

Al oír esto, la vieja Yaga dio un brinco y se apresuró a llenar de atenciones a su huésped. Le preparó una cena espléndida y un lecho blando para que durmiese bien y luego salió ella de casa y pasó la noche afuera. Al día siguiente, el Príncipe le contó sus aventuras y le expuso sus planes.

- Príncipe Junak -dijo ella,- has acometido una empresa dificilísima, pero tu valor hará que la termines con éxito. Te diré cómo has de dar muerte a Kostey, pues sin esto nada puedes hacer. En medio del Océano está la Isla de la Vida Eterna. En la isla crece un roble y al pie de éste, escondida bajo tierra, hay un arca forrada de hierro. En el arca está encerrada una liebre y bajo ella hay una oca que tiene un huevo. Dentro del huevo está la vida de Kostey. Cuando se rompa morirá el gigante. Adiós, Príncipe Junak, anda y no pierdas tiempo. Tu caballo te llevará a la isla.

Junak montó su caballo, le dijo unas palabras al oído y el noble animal se lanzó al espacio, veloz como una flecha. Pronto dejaron lejos el inmenso bosque con sus gigantescos árboles y llegaron a la orilla del mar. Unas redes estaban tendidas en la arena y un pez grande, que se debatía y forcejaba por librarse de una de ellas, habló al Príncipe con voz humana:

- Príncipe Junak -le dijo apenado,- líbrame de estas redes y te aseguro que no te dolerá el favor que me hagas.

Junak accedió al ruego, y dejó el pez en el agua. El animal nadó y desapareció de la vista, pero el Príncipe pronto olvidó el incidente, preocupado con sus propios pensamientos. Lejos muy lejos se veían los peñascos de la Isla de la Vida Eterna; pero no daba en la manera de llegar hasta allí. Apoyado en su maza, no hacía más que pensar y pensar y cada vez estaba más triste.

- ¿Qué te pasa, Príncipe Junak? ¿Te ha ofendido alguien? -le preguntó el caballo.

- ¿Cómo quieres que no esté triste, si tengo la isla a la vista y no puedo pasar de aquí? ¿Cómo vamos a cruzar el mar?

- Súbete a mis lomos, príncipe, y te serviré de puente. El caso es que te agarres bien.

El príncipe se agarró fuertemente a su cabalgadura y el caballo saltó al mar. Al principio se hundió bajo las olas, pero no tardó en salir a la superficie nadando con suma facilidad. El sol llegaba a Poniente cuando el Príncipe desmontó en la Isla de la Vida Eterna. Lo primero que hizo fue quitar al caballo los arreos para que paciese cómodamente en la verde hierba, y en seguida se dirigió corriendo a la cima de una distante colina, donde podía ver desde la playa un grandioso roble. Se dirigió al árbol sin rodeos, lo cogió con ambas manos, lo sacudió con toda su alma y después de hacer los más violentos esfuerzos, lo arrancó de cuajo, de donde había estado arraigado durante siglos. El árbol se derribó gimiendo y en el lugar donde había echado las raíces apareció un hoyo en cuyo fondo se veía un arca forrado de hierro. El príncipe la sacó, rompió la cerradura con una piedra, la abrió y apresó la liebre que trataba de escaparse. La oca que estaba debajo emprendió el vuelo hacia el mar. El príncipe le disparó una flecha, la hirió, el ave dejó caer el huevo el mar, y huevo y ave desaparecieron tragados por las olas. Junak lanzó un grito de desesperación y corrió hacia la orilla. El Príncipe nada pudo ver, pero al cabo de unos minutos, notó una agitación del agua y vio que a él se dirigía nadando en la superficie, el pez al que había salvado. El animal llegó hasta la arena, y depositó o los pies del Príncipe el huevo perdido diciendo:

- Ya ves, Príncipe, que no he olvidado tu bondad, y ahora aprovecho la oportunidad de pagarte el favor que me has hecho.

Y dicho esto, desapareció en el fondo del mar. El Príncipe cogió el huevo, montó a caballo, y luego de cruzar el mar con el corazón lleno de esperanza, se dirigió a la isla donde la Princesa Sudolisu velaba el sueño de sus súbditos en su Palacio Encantado. Estaba el palacio cercado de un muro y guardado por el Dragón de Doce Cabezas. Éstas dormían por turno, seis cada vez, de modo que era imposible hallarlo desprevenido ni matarlo, porque sólo podía morir por sus propios golpes.

Al llegar a las puertas de¡ palacio, Junak mandó a su maza que se adelantase para abrirle camino, y en efecto, la maza se arrojó sobre el Dragón y empezó a machacarle las cabezas sin contemplaciones. Tan formidables eran los golpes que descargaba, que en un momento quedó el Dragón hecho pedazos. Aun vivía y se retorcía y agitaba el aire con sus garras y abría sus doce fauces de las que salían otras tantos lenguas como lanzas de fuego; pero no podía coger nunca la maza, y por fin, atormentado y lleno de rabia se clavó él mismo sus afiladas zarpas y murió.

El Príncipe, entonces, atravesó las puertas del palacio y después de dejar su fiel caballo en el establo, se dirigió, armado con su maza, a la torre donde la princesa estaba encerrada. Al verlo ella, exclamó:

- Príncipe, he tenido el placer de ver tu victoria sobre el Dragón. Aun hay que vencer a un enemigo más temible, a mi carcelero, el cruel Kostey. Guárdate de él, pues si te matase, me arrojaría por la ventana a lo hondo del precipicio.

- Tranquilízate, princesa, porque en este huevo está la vida de Kostey.

Luego, volviéndose a la maza invisible, le ordenó:

- Adelante, maza invisible; descarga los golpes más formidables y libra a la tierra de ese malvado gigante.

La maza empezó por derribar las puertos de hierro y se lanzó contra Kostey. En un momento, se vio el gigante tan magullado a mazazos, que le saltaron los dientes como peñascos, los ojos se le encendían como relámpagos, y cayó rodando como un tronco. Si hubiera sido un hombre cualquiera, hubiese muerto a consecuencia de tan malos tratos. Pero aquel aborto de magia, no era un hombre. Logró levantarse y miró a todos lados en busca de quien así lo atormentaba. Los golpes de maza seguían lloviendo sobre él y producían tal efecto, que los bramidos del gigante se oían en todo la isla. Al acercarse a la ventana vio al Príncipe Junak y gritó:

- ¡Ah, malvado! ¿Eres tú quien me apalea de este modo?

Y trató de lanzar sobre él su aliento ponzoñoso. Pero el Príncipe aplastó el huevo entre sus manos. La clara y la yema se juntaron y cayeron al suelo, y Kostey murió.

Al exhalar el hechicero su último suspiro, se desvaneció el encanto y todos los isleños despertaron de su sueño. El ejército, puesto en pie, se dirigió al palacio al son de tambores, y todo el mundo volvió a su sitio de costumbre. En cuanto la Princesa Sudolisu se vio libre de su cautiverio, tendió su blanca mano a su salvador y dándole las gracias con las frases más conmovedoras, lo condujo al trono y lo sentó a su lado. Las doce damas de honor, que habían elegido previamente a otros tantos jóvenes guerreros, se colocaron con sus prometidos en torno a la princesa. Entonces se abrieron las puertas de par en par y entraron los sacerdotes revestidos de ceremonia, precedidos de una bandeja de oro con anillos nupciales. Se procedió inmediatamente a la ceremonia y las parejas quedaron unidas en nombro de Dios.

Se celebró la boda con banquetes, música y danzas, como es costumbre en semejantes ocasiones, y todos experimentaron la más grande alegría. También nosotros nos alegramos al pensar que todos vivirán felices y contentos después de tanto sufrir.

 

 

Kuzma Skorobogati

 

Una vez vivía un matrimonio campesino que tenía un hijo, y éste, aunque buen chico, era tonto de capirote e inútil para los trabajos del campo.

- Marido mío -dijo un día la mujer,- no haremos nada bueno con este hijo y se nos comerá casa y hacienda; mándalo a paseo, que se gane la vida y se abra camino en el mundo.

Lo sacaron, pues, de casa, y le dieron un rocín, una cabaña destartalada del bosque y un gallo con cinco gallinas. Y el pequeño Kuzma vivía solo, completamente solo en medio del bosque.

La raposa olió las aves de corral que le ponían casi bajo las narices en el bosque y resolvió hacer una visita a la cabaña de Kuzma. Un día el pequeño Kuzma salió a cazar y apenas se había alejado de la cabaña, la raposa que estaba vigilando la ocasión, entró, mató una de las gallinas, la asó y se la comió. Al volver el pequeño Kuzma quedó desagradablemente sorprendido al ver que faltaba una gallina, y pensó: "Se la habrá llevado un buitre". Al día siguiente volvió a salir de caza, encontró por el camino a la raposa y ésta le preguntó:

- ¿Adónde se va, pequeño Kuzma?.

- ¡Voy a ver que cazo, raposita!

- ¡Buena suerte!

E inmediatamente se deslizó hasta la cabaña, mató otra gallina, la coció y se la comió. El pequeño Kuzma volvió a casa, contó las gallinas y vio que faltaba otra. Y se le ocurrió pensar: "¿No será la raposilla la que está probando mis gallinas?" Y al tercer día dejó bien cerradas la ventana y la puerta y salió como de costumbre. Se tropezó con la raposa, la cual le dijo:

- ¡Hola, pequeño Kuzma! ¿Dónde vamos?

- ¡A cazar, raposita!

- ¡Buena suerte!

Y corrió a la cabaña de Kuzma, pero éste se volvió tras ella. La reposa dio la vuelta a la casita y vio que la puerta y la ventana estaban, tan bien cerradas que no le era posible entrar. Entonces se encaramó hasta el tejado y entró dejándose caer por la chimenea. Entonces entró Kuzma y cogió a la raposa.

- ¡Ah, ah! ¿Conque me honran las ladrones con sus visitas? Espera un poco, señorita, que no saldrás viva de mis manos.

Entonces la raposita empezó a rogar a Kuzma:

- No me mates y te daré una novia muy rica en matrimonio. ¡Pero habrás de asarme otra gallinita, la más gorda, con unos chorritos del mejor aceite!

El pequeño Kuzma reflexionó y luego mató una gallina para la raposita.

- ¡Toma, raposita, come y que te aproveche!

La raposa comió, se lamió el hocico y dijo:

- Detrás de este bosque se hallan los dominios del grande y terrible Zar Ogon (Fuego), su esposa es la Zarina Molnya (Relámpago), y tienen una hija, una bellísima Zarevna; con ella te casaré.

- ¿Quién va a querer a un pobre diablo como yo?

- Calla, eso no es cosa tuya.

La raposita fue a ver al Zar Ogon y la Zarina Molnya. Corrió sin parar hasta el palacio, entró, hizo una profunda reverencia y dijo:

- ¡Salud, poderoso Zar Ogon y terrible Zarina Molnya!

- ¡Salud, raposa! ¿Qué nuevas te traen por aquí?

- Vengo como agente de matrimonio. Vosotros tenéis la novia y yo tengo el novio, Kuzma Skorobogati.

- ¿Dónde está sepultado, que no viene él mismo?

- No puede abandonar su principado. Gobierna a los animales salvajes y se complace en vivir con ellos.

- ¿Y esa es la clase de novio que nos ofreces?. Bueno, dile que nos mande cuarenta cuarentenas de lobos grises y lo aceptaremos como novio.

Entonces la raposita bajó corriendo a las praderas que se extienden por la falda del bosque y empezó a revolcarse por la hierba. Un lobo se le acercó corriendo y le dijo:

- Adivino que acabas de darte un gran atracón en alguna parte; de lo contrario no te revolcarías así.

- Ojalá no hubiera comido tanto. Me siento demasiado llena. He estado en un banquete con el Zar y la Zarina. ¿Quieres decir que no te han invitado a ti? ¡Imposible! Todos los animales salvajes estaban allí, y en cuanto a las martas y los armiños, eran incontables. ¡Los osos aun estaban sentados cuando me marché y comían como si tal cosa!

El lobo empezó a rogar a la raposa humildemente:

- Raposita, ¿podrías llevarme al banquete del Zar?

- ¿Por qué no?. Escucha. Cuídate tú mismo de reunir para mañana a cuarenta cuarentenas de tus hermanos, los lobos grises, y yo os acompañaré a todos hasta allí.

Al día siguiente, los lobos se reunieron y la raposa los condujo al palacio de piedra blanca del Zar, los puso en filas, y anunció:

- Poderoso Zar Ogon y terrible Zarina Molnya, vuestro futuro yerno os envía un presente. Aquí tenéis toda una manada de lobos grises que vienen a rendiros homenaje, y su número es de cuarenta cuarentenas.

El Zar hizo pasar a todos los lobos a un encierro y dijo a la raposa:

- Si mi futuro yerno ha podido mandarme lobos como presente, que me traiga ahora otros tantos osos.

La raposa corrió al lado del pequeño Kuzma y le pidió que le asase otra gallina, la devoró en un instante y salió corriendo hacia las praderas del Zar. Junto al bosque empezó a revolcarse y no tardó en salir de la espesura un hirsuto oso, que, viendo a la raposa, se le acercó diciendo:

- ¡Hola, comadre! Bien se ve que te has hartado, de otra manera no te revolcarías tan contenta.

- ¡No lo sabes tú bien! Figúrate que vengo del banquete del Zar; había allí un sinfín de bestias y las martas y los armiños eran innumerables. Allí he dejado comiendo a los lobos, y que tienen una comida que hay para lamerse los dedos.

El oso empezó a rogar a la raposa que lo dejase ir allí:

- Raposita, ¿podrías llevarme al banquete del Zar?

- Con mucho gusto. Escucha. Reúne para mañana cuarenta cuarentenas de osos negros, y entonces os llevaré de mil amores; porque, de ti solo, el Zar no haría caso.

El oso recorrió todos los bosques pregonando la noticia y pronto pudo reunir el número de osos que la raposa exigía, y ésta los condujo al palacio de piedra blanca del Zar, los puso en filas y anunció:

- Poderoso Zar Ogon y terrible Zarina Molnya, vuestro futuro yerno os envía un presente de cuarenta cuarentenas de osos negros.

El Zar hizo pasar también a los osos al encierro y dijo a la raposa:

- Si mi futuro yerno puede mandarme tantos lobos y osos como presente, que me mande otras tantas martas y garduñas.

La raposa se apresuró a volver a lado de Kuzma, le mandó asar la último gallina y el gallo por añadidura, y cuando se los hubo comido en su honor, corrió a revolcarse por la hierba en las praderas del Zar. Una marta y una garduña acertaron a pasar por allí y preguntaron:

- ¿Dónde has comido tan opíparamente, señora Raposa?

- ¿Cómo? ¿Vosotros vivís en el bosque y no sabéis que me veo honrada con la amistad del Zar? Hoy mismo le he llevado al banquete a los lobos y a los osos, y los muy tragones no saben cómo separarse de aquellos manjares tan exquisitos como en su vida habían probado.

Entonces la garduña y la marta empezaron también a suplicarle:

- ¡Queridita comadre! ¿Por qué no nos presentas también al Zar? Nos contentaremos con mirar mientras los otros comen.

- Si queréis reunir cuarenta cuarentenas de garduñas y de martas, os prepararan un banquete para todas. Pero a un par sólo de vosotras os negarían la entrada en la corte.

Al día siguiente, las garduñas y las martas estaban reunidas sin faltar una, y la raposa las condujo a presencia del Zar Ogon; le ofreció los respetos en nombre de su futuro yerno y le hizo el presente de las cuarenta cuarentenas de garduñas y de martas. El Zar aceptó el obsequio y dijo:

- ¡Gracias! Di a mi futuro yerno que venga en persona; deseamos verle y ya es hora de que conozca a su prometida.

Al día siguiente, la raposita se presentó de nuevo en la corte, y el Zar le preguntó:

- Y bien ¿dónde está nuestro futuro yerno?

A lo que contestó la raposa:

- Me ha ordenado que os presente sus respetos y que os diga que hoy le será imposible de todo punto venir.

- ¿Cómo así?

- Está abrumado de trabajo, recogiendo todas sus cosas para venir, y ahora mismo acabo de dejarlo contando su tesoro. Precisamente os ruega que le prestéis un almud, porque ha de contar sus monedas de plata; sus almudes los tiene llenos de oro.

El Zar entregó a la raposa el almud sin comentario, pero dijo para sus adentros: "¡Magnífico, raposa! ¡Eso es caernos en suerte un buen yerno! ¡No todos pueden contar en almudes el oro y la plata, en estos tiempos que corremos!"

Al día siguiente, la raposa se presentó de nuevo en la corte y devolvió al Zar su almud (en cuyos ángulos había tenido la precaución de pegar unas moneditas de plata), y dijo:

- Vuestro futuro yerno, Kuzma Skorobogati, me ordena que os presente sus respetos y os diga que hoy estará entre vosotros con todas sus riquezas.

El Zar estaba encantado y ordenó que lo preparasen todo para la recepción de tan estimable huésped. Pero la raposa corrió a la cabaña de Kuzma, donde hacía dos días que el desgraciado estaba echado sobre la estufa, muerto de hambre y esperando. La raposa le dijo:

- ¿Por qué estás tan abatido? ¿No sabes que ya tengo para tu novia a la hija del Zar Ogon y de la Zarina Molnya? ¡Vamos a verlos en calidad de huéspedes y a celebrar la boda!

- Pero, raposa, ¿estás en tu sano juicio? ¿Cómo he de ir si no tengo ropa que ponerme?

- Haz lo que te digo. ¡Ensilla tu rocín y no te preocupes de nada!

Kuzma sacó el rocín del cobertizo, le echó encima una manta vieja, le puso las riendas, lo montó y siguió a la raposa a trote ligero. Ya llegaban cerca del castillo, cuando encontraron un puente que cruzaba un río.

- ¡Baja del caballo! -dijo la raposa a Kuzma.­ ¡Sierra los pilares de este puente!

El pequeño Kuzma se puso a serrar con todas sus fuerzas los pilares, hasta que el puente se vino abajo con un crujido.

- ¡Ahora desnúdate, arroja el caballo y todas tus prendas al agua y revuélcate por la arena hasta que yo vuelva!

Dicho esto, la raposa echó a correr hacia el castillo donde esperaban el Zar y la Zarina, y se puso a gritar desde lejos:

- ¡Eh, padrecito! ¡Qué desgracia! ¡Socorro, socorro!

- ¿Qué sucede, raposita? -Preguntó el Zar.

- Que los puentes de vuestros dominios no son bastante fuertes. ¡Vuestro futuro yerno venía con todas sus riquezas y ese dichoso puente se hundió bajo el peso y toda la riqueza y toda la gente se ha ido al agua, y mi mismo amo yace junto al puente más muerto que vivo!

El Zar promovió un gran alboroto y chilló a los criados gritando:

- ¡Daos prisa, daos prisa, no perdáis tiempo; tomad de mi guardarropa lo necesario para Kuzma Skorobogati y preservadlo de todo mal!

Los criados del Zar corrieron cuanto les permitieron las piernas hacia el puente y vieron a Kuzma todo envuelto en arena. Lo levantaron, lo lavaron bien, lo vistieron con las ropas reales, le rizaron los cabellos, y lo condujeron con el mayor respeto a palacio. El Zar, lleno de gozo al ver a su futuro yerno libre de tan gran peligro, mandó tocar todas las campanas y disparar todos los cañones, y quiso que se celebrase la boda enseguida. Coronaron a Kuzma como esposo de la Zarevna, y vivió en compañía de su suegro, cantando canciones todo el día. La raposa recibió los más altos honores de la corte y cuando la vida cortesana dejó de aburrirla, ya no sintió deseos de volver a los bosques.

 

 

La acusadora

 

Una vez vivía un matrimonio anciano. Ella, sin que fuera una mala mujer, tenía el defecto de no sujetar su lengua, y todo el pueblo se enteraba por ella de lo que su marido le contaba y de lo que en casa sucedía, y no satisfecha con esto, exageraba todo de tal modo, que decía cosas que nunca ocurrieron. De vez en cuando, el marido tenía que castigarla y las costillas de la mujer pagaban las culpas de su lengua.

Un día, el marido fue al bosque por leña. Apenas había penetrado en él, notó que se le hundía un pie en la tierra, y el buen viejo pensó:

- ¿Qué será esto? Voy a remover la tierra y tal vez tenga la suerte de encontrar algo.

Se puso a hurgar y al poco rato descubrió una caldera llena de oro y plata.

- ¡Que suerte he tenido! ¿Pero qué haré con esto? No puedo ocultarlo a mi buena mujer, aunque estoy seguro que todo el mundo se enterará por ella de mi feliz hallazgo y yo habré de arrepentirme hasta de haberlo visto.

Después de largas reflexiones llegó a una determinación. Volvió a enterrar el tesoro, echó encima unas cuantas ramas y regresó al pueblo. Enseguida fue al mercado y compró una liebre y un besugo vivos, volvió al bosque y colgó el besugo en lo más alto de un árbol y metió la liebre en una nasa que dejó en un puesto poco profundo del río.

Hecho esto se dirigió al pueblo haciendo trotar su caballejo por pura satisfacción y entró en su cabaña.

- ¡Mujer, mujer -gritó,- acabo de tener una suerte loca!

- ¿Qué te ha pasado, qué te ha pasado, hombre? ¿Por qué no me lo cuentas?

- ¿Qué te he de contar, si enseguida propalarías el secreto?

- Palabra de honor que no diré nada a nadie. Te lo juro. Si no me crees, estoy dispuesta a descolgar la santa imagen de la pared y a besarla.

- ¡Bueno, bueno; escucha! -consintió el hombre. Y acercando los labios al oído de su mujer le susurró: -He hallado en el bosque uno caldera llena de oro y plata.

- ¿Por qué no la has traído aquí?

- Porque será mejor que vayamos los dos juntos a buscarla.

Y el buen hombre fue con su mujer al bosque. Por el camino el labrador dijo a su mujer:

- Por lo que he oído y según me contaron el otro día, parece que ahora no es raro que los árboles den peces ni que los animales del bosque vivan en el agua.

- ¿Pero, qué estás diciendo, mentecato? La gente de hoy día no hace más que mentir.

- ¿Y a eso llamas tú mentir? Pues mira y te convencerás por ti misma.

Y señaló al árbol de donde colgaba el besugo.

- ¡Es maravilloso! -exclamó la mujer.- ¿Cómo ha podido subir ahí el besugo? ¿Será verdad lo que dice la gente?

El campesino permanecía como clavado en el puesto, moviendo los brazos, encogiéndose de hombros y agitando la cabeza como si no pudiera dar crédito a lo que estaba viendo.

- ¿Qué haces ahí parado? -dijo la mujer.- Sube al árbol y coge el besugo. Nos lo comeremos para cenar.

El labrador cogió el besugo y siguieron andando. Al llegar al río, el hombre detuvo el caballo. Pero la mujer empezó a chillarle, diciendo:

- ¿Qué estás mirando, papanatas? Démonos prisa.

- No sé qué decirte, pero mira. Veo que algo se mueve dentro de mi nasa. Voy a ver que pez ha caído.

Fue en una corrida a la orilla, miró dentro de la nasa y llamó a su mujer:

- ¡Ven y mira que hay aquí, mujer! ¿Pues no ha caído una liebre en la nasa?

- ¡Cielos! Después de todo, no te dijeron más que la verdad. Sácala enseguida, y tendremos comida para el domingo.

El marido cogió la liebre y luego condujo a su mujer al lugar de¡ tesoro. Levantó las ramas, removió la tierra, sacó la caldera y se la llevaron a casa.

El matrimonio fue rico desde aquel día y vivió alegremente, pero la mujer no se enmendó; cada día invitaba gente y les daba tales banquetes, que al marido casi se le hacía aborrecible su casa. El hombre trató de corregirla.

- ¿Pero en qué piensas? -le decía.- ¿No quieres hacerme caso?

- No recibo órdenes ni de ti ni de nadie -replicó ella.- Yo también encontré el tesoro y tengo tanto derecho como tú a divertirme como él me permite.

El marido estuvo desde entonces algún tiempo sin decirle nada, pero al fin le dirigió la palabra diciendo:

- ¡Haz lo que te dé la gana, pero no estoy dispuesto a que tires más dinero por la ventana!

La mujer se enfureció y contestó en mal tono:

- Ya sé lo que quieres: guardar todo el dinero para ti. Antes te arrojaré por el despeñadero para que los cuervos te dejen sólo con los huesos. ¡No te lucirá mucho mi dinero!

El marido le hubiese dado un golpe, pero la mujer huyó y acudió al juez y presentó una querella contra aquél.

- Vengo a ponerme en manos de tu piadosa justicia y a presentar una demanda contra mi inútil marido. Desde que encontró el tesoro no es posible vivir con él. No quiere trabajar y pasa el tiempo bebiendo y pindongueando. Quítale todo el dinero padre. ¡El oro que así pervierte a una persona es cosa vil!

El magistrado se apiadó de la mujer y envió a su escribano más antiguo para que fuese juez entre el marido y su esposa. El escribano reunió a todos los ancianos del pueblo y cuando se presentó el campesino le dijo:

- El magistrado me ha mandado venir y ordena que me entregues todo tu tesoro.

El campesino se encogió de hombros y preguntó:

- ¿Qué tesoro? No sé nada de mi tesoro.

- ¿Que no sabes nada? Pues tu mujer acaba de ir a quejarse al magistrado, y yo te digo, amigo, que si niegas, peor para ti. Si no entregas todo tu tesoro a¡ magistrado, habrás de responder por tu osadía de encontrar tesoros y no descubrirlos a la autoridad.

- Perdonadme, honorables señores. ¿De qué tesoro me estáis hablando? Tal vez mí mujer haya visto ese tesoro en sueños, os habrá dicho un cúmulo de insensateces y le habéis hecho caso.

- No se trata de insensateces -le gritó la mujer,- sino de una caldera llena de plata y oro.

- Tú has perdido el juicio, querida esposa. Perdonad, honorables señores. Haced el favor de interrogarla minuciosamente sobre el asunto, y si puede probar lo que dice contra mi, estoy dispuesto a responder con todos mis bienes.

- ¿Y tú crees que no puedo probar lo que digo contra ti? ¡Lo probaré, granuja! Le diré cómo sucedió todo, señor escribano. Lo recuerdo perfectamente sin olvidar detalle. Fuimos al bosque y en un árbol vimos un besugo.

- ¿Un besugo? -interrumpió el escribano.- ¿0 pretendes burlarte de mí?

- No, señor, no quiero burlarme de nadie sino decir la verdad.

- Pero, honorables señores -advirtió el marido,- ¿cómo podéis darle crédito si dice tales desatinos?

- ¡No digo desatinos, cabeza de alcornoque! Digo la verdad. ¿O ya no recuerdas que luego encontramos una liebre en la nasa del río?

Todos los asistentes se retorcían de risa y el mismo escribano se sonreía alisándose la barba. El campesino, dirigiendose a su mujer, la aconsejó:

- Frena tu lengua. ¿No ves que todo el mundo se te ríe? Y vosotros, honorables señores, ¿no os habéis convencido ya de que no se le puede creer?

- Realmente -contestaron los ancianos a una voz,- somos viejos y nunca habíamos oído hablar de peces que cuelguen de los árboles ni de liebres que vivan en el río.

El mismo escribano comprendió que se le presentaba un asunto insoluble y levantó la sesión con un ademán desdeñoso.

Y todo el pueblo se reía tanto de la mujer, que ésta optó por morderse la lengua y hacer caso de su marido. Éste compró mercancías con su tesoro, fue a vivir a la ciudad donde se dedicó al comercio, se enriqueció más y más y fue feliz todo el resto de su vida.

 

 

Marco el rico y Basilio el infortunado

 

Hace mucho tiempo vivía en un país un opulento comerciante llamado Marco y de sobrenombre "el Rico". Duro y cruel de carácter, era ambicioso y despiadado con el pobre. Siempre que un pordiosero o un indigente se acercaba a pedir a su puerta, él mandaba a sus criados que lo alejasen y le soltaran los perros. Sólo amaba una cosa de este mundo, y era su hija, la hermosísima Anastasia. Sólo con ella no se mostraba duro, y aunque sólo contaba la muchacha cinco años, jamás desatendía sus deseos y le daba cuanto ella quería.

Y un día helado de invierno se acercaron a la puerta tres ancianos de blancos cabellos a pedir limosna. Marco los vio y ordenó que les soltasen los perros. La bellísima Anastasia oyó esta orden e imploró a su padre diciendo:

- Mi querido padre, si me quieres, no los eches; permite que pasen la noche en el establo.

El padre accedió, permitiendo que los tres mendigos pasaran la noche en el establo. Cuando todos dormían en la casa, se levantó Anastasia y se dirigió de puntillas al establo, se encaramó al tejadillo y desde allí pudo ver a los tres hombres. Los mendigos estaban agrupados en el centro del establo, apoyando en sus báculos sus trémulas manos, y sobre éstas se derramaban sus luengas barbas, y pudo oír lo que hablaban entre sí en voz baja. El más viejo de todos miraba a los otros dos y les preguntaba:

- ¿Qué ocurre por este mundo?.

El segundo contestó:

- En el pueblo de Pogoryeloe, en casa de Juan el Pobre, ha nacido el séptimo hijo. ¿Qué nombre le pondremos y qué herencia le depararemos?

Y el tercer viejo, después de reflexionar, dijo:

- Lo llamaremos Basilio y lo enriqueceremos con las riquezas de Marco el Rico, bajo cuyo techo estamos pasando la noche.

Cuando hubieron dicho esto, se despidieron, se inclinaron ante las santas imágenes, y con paso torpe salieron del establo. Anastasia, que todo lo había oído, corrió a ver a su padre y le repitió las palabras de los viejos.

Marco el Rico se quedó pensativo y tras largas reflexiones se dirigió al pueblo de Pogoryeloe.

- Quiero cerciorarme -pensaba- de que realmente ha nacido allí ese niño.

Fue a ver al cura y se lo contó todo.

- Sí -dijo el sacerdote,- ayer nació aquí un niño, hijo del más pobre de nuestros siervos; lo bauticé con el nombre de Basilio. No hay pobreza como la de esta familia que tiene ya siete hijos y el mayor es de siete años; todos los hijos de ese campesino son chiquitines, chiquitines; no tienen nada que comer y hay tal hambre y tal miseria en la casa, que nadie en el pueblo quiere apadrinar a los hijos.

Al oír tan triste informe, a Marco el Rico empezó a dolerle el corazón. Pensó en el desgraciado recién nacido y declaró que sería su padrino, rogó a la casera del cura que fuese la madrina, ordenó que preparasen una buena mesa, y celebraron el bautizo con la familia del nuevo retoño.

Durante el banquete, Marco el Rico dirigió palabras amistosas a Juan el pobre, y le dijo:

- Sé que eres pobre y que no puedes mantener a tu hijo. Confíamelo. Lo educaré como si se tratase de mi propio hijo, y te daré enseguida mil rublos para sostener a tu familia.

El pobre hombre no lo pensó mucho y estrechó la mano que el rico le alargaba. Marco hizo regalos a su comadre, cogió el niño, lo envolvió con pieles de zorro, lo subió a su carroza y emprendieron el viaje hacia su casa. Unas diez leguas se habían alejado del pueblo cuando paró la carroza, cogió al niño, se acercó al borde de un abismo y lanzó a la criatura con todas sus fuerzas, diciendo:

- ¡Anda a tomar posesión de mis riquezas, si puedes!

Poco después de esto, acertaron a pasar por allí unos mercaderes que traficaban por el mar y llevaban doce mil rublos que debían a Marco el Rico. Al pasar junto al precipicio, les pareció oír gritos de niño, que subían del fondo. Detuvieron la marcha y mirando por los ventisqueros vieron en un prado muy profundo a un niño que, sentado sobre la hierba, jugaba con las flores. Los comerciantes lo recogieron, lo envolvieron en pieles y continuaron el viaje. Al llegar a casa de Marco el Rico, le contaron el extraño hallazgo. Marco comprendió enseguida que se trataba del niño que él había comprado y dijo a los mercaderes.

- Me gustaría mucho hacerme cargo de la criatura; si me la entregáis os perdonaré la deuda.

Los mercaderes se avinieron, dieron el niño a Marco y se marcharon. Pero aquella misma noche Marco cogió a la criatura, la puso en una canastilla embreada, y la arrojó al mar.

La canastilla, arrastrada por la corriente y por el viento, fue deslizándose por la superficie como una barquilla, hasta que llegó a un monasterio. Por casualidad estaban los monjes a aquella hora en la orilla extendiendo las redes al sol, y oyeron el llanto de un niño. Adivinaron que el llanto venía de la canastilla, la pescaron, la destaparon y encontraron al niño. Lo llevaron al abad, y así que éste se enteró de que el niño había sido hallado en el mar dentro de una canastilla, decidió que se llamara Basilio el Infortunado. Y desde entonces, Basilio vivió en el monasterio hasta los dieciséis años, creciendo en gracia y fortaleza y en virtud y talento. El abad lo quería porque aprendió las letras con tanto facilidad, que pronto estuvo en disposición de leer y cantar en la iglesia mejor que los demás, y porque era hábil y sagaz en los negocios. Y el abad lo nombró sacristán.

Y sucedió que en un viaje de negocios que hizo Marco el Rico, llegó a aquel mismo monasterio, y los monjes lo recibieron con todos los honores que aconsejaban su opulencia. El abad mandó al sacristán que abriese la iglesia. El sacristán corrió a obedecer, encendió las luces y se quedó en el coro leyendo y cantando. Marco el Rico preguntó al abad si aquel joven se había educado allí desde niño, y cuando el abad se lo contó todo, llegó a la conclusión de que aquel joven no podía ser otro que el niño que él compró. Y dijo al abad:

- Si pudiera obtener los servicios de un joven tan despejado como vuestro sacristán, le confiaría todos mis tesoros, y lo nombraría administrador de todos mis bienes, que ya sabéis vosotros que son cuantiosos.

El abad empezó a excusarse, pero Marco prometió al monasterio una donación de diez mil rublos. El abad vacilaba, y consultó a los hermanos de comunidad y los hermanos le dijeron:

- ¿Por qué hemos de cruzarnos en el camino de Basilio? Que Marco haga de él su administrador, si quiere.

Acordaron, pues, que Basilio el Infortunado se marchase con Marco el Rico.

Pero Marco mandó a Basilio a casa en una embarcación y escribió a su mujer esta carta: "Cuando se presente el dador de esta carta llévalo enseguida a nuestros obradores de jabón y cuando paséis por la gran caldera hirviente, tíralo dentro. Si no haces lo que te mando, te espera un castigo terrible, pues has de saber que ese joven es mi mayor e irreconciliable enemigo y de él sólo puedo esperar la ruina."

Basilio llegó oportunamente a puerto y cuando se dirigía a casa de Marco, le salieron al encuentro tres pobres ancianos que le preguntaron:

- ¿Dónde vas, Basilio el Infortunado?

- A casa de Marco el Rico. Llevo una carta para su mujer.

- Enséñanos la carta -dijeron los viejos.

Basilio sacó la carta y se la alargó. Los viejos soplaron sobre la carta y dijeron:

- Ahora ya puedes ir a entregar la carta a la mujer de Marco el Rico. Dios no te ha desamparado.

Basilio llegó a casa de Marco el Rico y entregó la carta a la mujer de éste. La mujer leyó la carta de Marco, y llamó a su hija, porque no podía dar crédito a sus ojos; pero no podía estar más claro lo que decía la carta: "Mujer, al día siguiente de recibir esta carta, casa a mi hija Anastasia con el dador, y haz lo que te ordeno sin falta, si no quieres tener que responderme de ello". Anastasia miró a Basilio y Basilio no apartaba la vista de ella. Vistieron al joven con los más ricos atavíos y al día siguiente se celebró su casamiento con Anastasia.

Marco el Rico llegó de su viaje por el mar y su mujer con su hija y su yerno salieron a recibirle al muelle. Marco al ver a Basilio se indignó arrebatadamente contra su mujer y la increpó de esta manera:

- ¿Cómo te has atrevido a casar a nuestra hija sin mi consentimiento?

Pero la mujer contestó:

- ¡No me he atrevido a desobedecer tu severa orden!

Y sacando la carta amenazadora, la alargó a su marido. Marco la leyó y vio que la letra era la suya aunque la intención era bien diferente, y pensó: "Bueno, tres veces te has escapado de mis manos, pero yo te mandaré adonde ni los cuervos podrán mondar tus huesos".

Marco vivió durante un mes con su yerno tratándolo, como a su hijo, con la mayor amabilidad, de modo que por su semblante y sus palabras nadie hubiera conocido las intenciones malignas que abrigaba contra el joven. Un día, Marco llamó a Basilio y le dijo:

- Ve a la tierra de Tres Veces Nueve, al imperio de Tres Veces Diez, a ver al Zar Serpiente; hace doce años que construyó un palacio en mi tierra, por lo tanto tú has de cobrarle la renta de esos doce años y traerme sus noticias concernientes a mis doce naves, que han naufragado en los mares de su reino durante los últimos tres años, sin dejar el menor vestigio.

Basilio no se atrevió a replicar a su suegro. Se preparó para el viaje, se despidió de su mujer y con un saco de provisiones para el camino, emprendió el viaje.

Anda que andarás, anda que andarás, muchos días, muchas noches se pasaron hasta que al fin oyó una voz que decía:

- Basilio el Infortunado, ¿adónde vas? ¿Vas muy lejos?

Basilio miró a todos partes y contestó:

- ¿Quién me llama? ¡Habla!

- Soy yo, la encina deshojada, y te pregunto adónde vas y si vas muy lejos.

- Voy a ver al Zar Serpiente, a cobrar las rentas de estos doce años.

Y de nuevo habló la encina, diciendo:

- Si lo vieras, piensa en mí y dile: mira que la encina hace trescientos años que está de pie y ya tiene podridas todas sus raíces; ¿hasta cuándo durarán sus tormentos en este mundo?

Basilio escuchó atentamente y prosiguió el viaje. Llegó a un río y entró en una barca, pero el barquero se le quedó mirando y dijo:

- ¿Vas muy lejos, Basilio el Infortunado?

Basilio le confesó adónde iba.

- Bueno -dijo el barquero,- si lo vieras, acuérdate de mí y dile que hace treinta años que estoy remando en esta barca, y que me gustaría saber si he de estar yendo y viniendo de una a otra orilla durante mucho tiempo.

- Bueno -prometió Basilio,- se lo diré.

Llegó a los estrechos del mar, y en uno de ellos yacía alargada una ballena en cuyo lomo se marcaba un camino con postes a cada lado, por donde pasaba la gente como sobre un puente, Basilio caminó sobre la ballena y ésta le habló con voz humana, diciendo:

- ¿Adónde vas Basilio el Infortunado? ¿Vas muy lejos?

Basilio se lo contó todo y la ballena te dijo:

- Si lo vieras, acuérdate de mí: la pobre ballena hace tres años que está cruzada entre dos mares y de tanto pasar por encima de ella la gente a pie y a caballo se le ha marcado un camino en el lomo. ¿Cuánto tiempo ha de permanecer así?

- Bueno -dijo Basilio- se lo diré.

Basilio siguió andando, andando hasta que llegó a un prado verde donde se levantaba un magnífico palacio. Brillaban las paredes de mármol, los tejados lucían como un arco iris, cubiertos de madreperlas, y los cristales de las ventanas parecían despedir llamas, heridos por el sol. Basilio entró al palacio, recorrió las habitaciones y se maravillaba ante la indescriptible riqueza que allí había. Por fin llegó a una sala interior y allí encontró a una hermosa doncella sentada en un lecho. Cuando ella vio al joven exclamó:

- Basilio el Infortunado, ¿cómo has venido a parar a este maldito palacio?

Basilio se lo contó todo y le dijo a qué iba y cuanto le había sucedido en el camino. Y la doncella dijo a Basilio:

- No te han enviado para cobrar las rentas, sino para alimento de la serpiente y para tu propia ruina.

Apenas había ella pronunciado estas palabras, retembló el palacio y se oyeron en el patio ruidos y golpetazos. La doncella escondió a Basilio en un arco que se abría a flor de tierra, lo encerró y le advirtió en voz baja:

- Escucha lo que yo le diga al Zar Serpiente.

Y sin más, salió a recibirlo.

Una serpiente monstruosa entró en la sala arrastrándose formando roscas enormes y se dirigió al lecho diciendo:

- He recorrido toda Rusia y vengo rendido de cansancio; sólo deseo dormir.

La amable doncella le habló con palabras lisonjeras y le dijo:

- Nada te es desconocido, ¡oh, Zar! y sin ti no llegaría nunca a interpretar un sueño que he tenido. ¿Quisieras interpretármelo tú?

- ¡Bueno, di pronto!

- He soñado que iba de camino y una encina me gritaba: "¡Pregunta al Zar cuánto tiempo he de permanecer aquí!"

- Permanecerá hasta que pase uno y le dé un puntapié, entonces caerá como arrancada de cuajo, y debajo tiene una gran cantidad de oro y de plata; ni Marco el Rico tiene tanto.

- Pero luego soñé que llegaba a un río y el barquero me dijo: "¿Estaré remando aquí mucho tiempo?.

- Él tiene la culpa. Que empuje hacia la corriente al primero que entre en su barca y se quede él en la orilla, y el que ocupe la barca habrá de remar en su lugar para siempre.

- Y después he llegado en sueños al mar y, cruzada en un estrecho, había una ballena que me dijo: "Pregunta al Zar si he de estar así mucho tiempo"

- Estará así hasta que devuelva las doce naves de Marco el Rico; sólo entonces podrá volver al agua libremente.

Todo esto dijo la serpiente, y luego volviéndose del otro lado empezó a roncar con tal fuerza, que temblaban los cristales de las ventanas.

Entonces la doncella hizo salir del arca a Basilio, le abrió la puerta del jardín y le mostró el camino. Basilio le dio las gracias y emprendió el viaje de regreso.

Llegó al estrecho del mar donde permanecía echada la ballena, y ésta le preguntó:

- ¿Te ha dicho algo de mí?

- Déjame pasar al otro lado y te lo diré,

Cuando hubo cruzado el estrecho sobre ella, le dijo:

- Has de devolver las doce naves de Marco el Rico que te tragaste hace tres años.

La ballena aclaró la garganta y arrojó las doce naves sin que nada les faltase, y enseguida se puso a dar brincos de alegría moviendo el agua de tal modo que a Basilio, que estaba en la playa, le llegaba a las rodillas.

El joven siguió andando y llegó a la barca. Y el barquero le preguntó:

- ¿Has hablado de mí al Zar Serpiente?.

- Pásame al otro lado y te lo diré.

Y cuando estuvo al otro lado le dijo:

- Le he hablado y dice que al primero que llegue a la barca después de mí, lo empujes hacia la corriente y tendrá que remar toda su vida; pero tú serás libre como el aire.

Después, Basilio llegó a la vieja encina desnuda, le dio un puntapié y el árbol cayó a tierra derribado de cuajo, y debajo de las raíces y en el hueco que dejaron, había plata y oro y piedras preciosas sin cuento. Basilio dirigió la mirada al mar y he aquí que las doce naves de Marco el Rico, que la ballena había devuelto, navegaban viento en popa y en el alcázar de la nave principal estaban los tres ancianos que Basilio encontró cuando fue a entregar la carta a la mujer de Marco el Rico y lo salvaron de una muerte segura. Y los ancianos dijeron a Basilio:

- ¿No ves, Basilio, cómo Dios te ha bendecido? Y, dicho esto desembarcaron y siguieron el camino andando. Y los marineros saltaron a tierra y embarcaron todo el oro y la plata y las piedras preciosas y siguieron la ruta en dirección a su país.

Marco el Rico, al ver todo aquello se enfureció más que nunca. Mandó ensillar el caballo y salió a galope en dirección del país de Tres Veces Diez, para arreglar personalmente sus asuntos con el Zar Serpiente. Al llegar al río saltó a la barca, pero el barquero lo empujó a la corriente desde la orilla y Marco el Rico se vio convertido en el barquero para toda su vida. Y aun está remando. Pero Basilio el Infortunado vivió con su mujer y la madre de ésta en completa dicha y prosperidad; fue bueno con los pobres, y les daba comida y vestidos y administró y aumentó la fortuna de Marco el Rico.

 

 

La zarevna Belleza Inextinguible

 

Hace mucho tiempo, en cierto país de cierto Imperio, vivía el famoso Zar Afron Afronovich. Tenía tres hijos: el mayor era el Zarevitz Dimitri, el segundo, el Zarevitz Vasili, y el tercero, el Zarevitz Iván. Todos eran buenos mozos. El menor tenía diecisiete años cuando el Zar Afron frisaba en los sesenta. Y un día, mientras el Zar estaba reflexionando y contemplando a sus hijos, se le ensanchó el corazón y pensó: "Verdaderamente, la vida es deliciosa para estos jóvenes, que pueden disfrutar de este mundo de maravillas que Dios creó; pero yo resbalo por la pendiente de la vejez, empiezan a afligirme los achaques y poca alegría me ofrece ya este mundo. ¿Qué será de mí en adelante? ¿Cómo podría librarme de la senectud?"

Y así pensando, se quedó dormido y tuvo un sueño. En una tierra desconocida, más allá del país Tres Veces Nueve, en el Imperio Tres Veces Diez, habitaba la Zarevna Belleza Inextinguible, la hija de tres madres, la nieta de tres abuelas, la hermana de nueve hermanos, y bajo la almohada de esta Zarevna se guardaba un frasco de agua de la vida, y todos los que bebían de esta agua rejuvenecían treinta años.

Apenas se despertó el Zar, llamó a sus hijos y a todos los sabios del reino y les dijo:

- Interpretadme el sueño, sabios y perspicaces consejeros. ¿Qué he de hacer para encontrar a esta Zarevna?

Los sabios guardaron silencio. Los perspicaces se atusaban la barba, bajaban y levantaban la vista, se retorcían las manos, y por fin contestaron:

- ¡Oh, Soberano Zar! Aunque no hemos visto eso con los ojos, hemos oído hablar de esa Zarevna Belleza Inextinguible; pero no sabemos dónde se halla ni el camino que conduce a ella.

Apenas oyeron esto los tres Zarevitzs, imploraron los tres a una voz:

- ¡Querido padre Zar! Danos tu bendición y envíanos a las cuatro partes del mundo, para que podamos ver tierras y conozcamos a la gente y nos demos a conocer hasta que descubramos a la Zarevna Belleza Inextinguible.

El padre accedió, les dio provisiones para el viaje, se despidió de ellos con ternura y los mandó a las cuatro partes del mundo. Al salir de la ciudad, los hermanos mayores se dirigieron a la derecha, pero el menor, el Zarevitz Iván, se dirigió a la izquierda. Sólo se habrían alejado de casa unos centenares de leguas los hermanos mayores cuando acertaron a encontrar en el camino a un anciano, que les preguntó:

- ¿Adónde vais, jóvenes? ¿Hacéis un viaje muy largo?

A lo que replicaron los jóvenes:

- ¡Apártate, perillán! ¿Qué te importa a ti?

El anciano siguió su camino en silencio. Los Zarevitzs continuaron andando toda la noche y todo el día siguiente y una semana entera y llegaron a un paraje tan agreste, que no podían ver ni tierra ni cielo, ni habitación ni ser viviente, y en lo más desolado de este desierto encontraron a otro anciano, más viejo que el primero.

- ¡Hola, buenos jóvenes! -dijo a los Zarevitzs.- ¿Sois unos holgazanes o vais en busca de algo?

- Claro que vamos en busca de algo. ¡Buscamos a la Zarevna Belleza Inextinguible con su frasco de agua de la vida!

- ¡Ay, hijos míos! -exclamó el anciano.- ¡Cuánto mejor sería que no fueseis allí!

- ¿Por qué? ¡Vamos a ver!

- Os lo diré. Tres ríos cruzan este camino, ríos muy anchos y caudalosos. En cada uno de estos ríos hay un barquero. El primer barquero os cortará el brazo derecho, el segundo os cortará el izquierdo; pero el tercero ¡os cortará la cabeza!

Los dos hermanos se quedaron tan consternados, que sus rubias cabezas cayeron de sus robustos hombros, y pensaron para sí: "¿Hemos de perder la vida para salvar la de nuestro padre? Más vale que volvamos a casa vivos y esperemos el buen tiempo para divertirnos por la playa". Y retrocedieron. Y cuando estaban a veinticuatro horas de su casa, decidieron quedarse en el campo. Levantaron sus tiendas con sus mástiles de oro, dejaron que paciesen los caballos y dijeron: "Aquí descansaremos esperando a nuestro hermano".

Pero el Zarevitz Iván se condujo en el viaje de muy otra manera. Encontró en el camino al mismo anciano que se había cruzado con sus hermanos y escuchó de él la misma pregunta:

- ¿Adónde vas, joven? ¿Haces un viaje muy largo?

Y el Zarevitz Iván replicó:

- ¿Qué te importa? ¡Nada tengo que decirte!

Pero luego, cuando ya se había alejado un poco, reflexionó en lo que había hecho. "¿Por qué he contestado al anciano tan groseramente? Los hombres de edad saben muchas cosas. Tal vez me hubiera aconsejado bien".

Volvió grupas, alcanzó al anciano y le dijo:

- ¡Espera, padrecito! No he oído bien lo que me has dicho.

- Te he preguntado si hacías un viaje muy largo.

- Te diré, abuelo. El caso es que voy en busca de la Zarevna Belleza Inextinguible, la hija de tres madres, la nieta de tres abuelas, la hermana de nueve hermanos. Deseo obtener de ella el agua de la vida para mi padre el Zar.

- Has hecho perfectamente, buen joven, de contestar como un caballero, y por eso te enseñaré el camino. Pero nunca llegarías con un caballo ordinario.

- ¿Pero dónde podré encontrar un caballo extraordinario?

- Te lo diré. Vuelve a casa y ordena a los palafreneros que lleven hasta el mar azul a todos los caballos de tu padre, y al que se destaque de los otros para meterse en el agua hasta el cuello y empiece a beber hasta que el mar azul se agite y rompan las olas de orilla a orilla, elígelo y móntalo.

- Gracias por tus sabias palabras, abuelo.

El Zarevitz hizo lo que el viejo le aconsejó. Eligió la más briosa cabalgadura entre los caballos de su padre, veló todo la noche, y cuando al día siguiente salió de la ciudad en su nueva cabalgadura, el caballo le habló con voz humana:

- ¡Zarevitz Iván, apéate! He de darte tres bofetadas para probar tu musculatura de héroe.

Le dio una bofetada, le dio otra; pero no le dio la tercera.

- Estoy viendo -dijo- que si te diera otra bofetada, el mundo no podría sostenernos a los dos.

Entonces, el Zarevitz Iván montó a caballo, se puso la armadura de caballero, y armado con la espada invencible de su padre, emprendió el viaje. Caminaron día y noche durante un mes y durante dos meses y durante tres, y llegaron a un terreno donde el caballo se hundía en agua hasta la rodilla y en hierba hasta el cuello, mientras el pobre joven no tenía nada que comer. Y en medio de este lugar desierto encontraron una choza miserable que se sostenía sobre una pata de gallina y dentro estaba la Baba Yaga, la de las piernas huesudas, con las piernas estiradas de un ángulo a otro. El Zarevitz Iván entró en la choza y gritó:

- ¡Hola, abuela!

- Salud, Zarevitz Iván. ¿Vienes a descansar o vas en busca de algo?

- Voy en busca de algo, abuela. Voy más allá de las tierras Tres Veces Nueve al Imperio de Tres Veces Diez, en busca de la Zarevna Belleza Inextinguible. Quiero pedirle el agua de la vida para mi padre, el Zar.

La Baba Yaga contestó:

- Aunque no lo he visto con mis ojos, ha llegado a mis oídos; pero no podrás llegar.

- ¿Por qué?

- Porque hay tres barqueros que la guardan. El primero te cortará la mano derecha, el segundo te cortará la mano izquierda, y el tercero te cortará la cabeza.

- Y bien, abuela, ¿qué importa una cabeza?

- ¡Ay, Zarevitz Iván! ¡Cuánto mejor sería que te volvieras por donde has venido! ¡Aun eres joven y tierno, no has estado nunca en lugares peligrosos, no has presenciado grandes horrores!

- ¡Calla, abuela! La flecha que sale del arco no vuelve atrás.

Se despidió de Baba Yaga para continuar su viaje y no tardó en llegar a la primera barca. Vio a los barqueros dormidos en ella y se detuvo a reflexionar. "Si grito para despertarlos -pensó- los dejaré sordos para toda la vida y si silbo con todas mis fuerzas hundiré la barca". Por consiguiente lanzó un ligero silbido y los barqueros salieron de su profundo sueño y lo pasaron a remo.

- ¿Qué os debo por el trabajo? -les preguntó.

- ¡No discutamos y danos tu brazo derecho! ­contestaron a una los barqueros.

- Mi brazo derecho, no; ¡lo necesito para mí! ­replicó el Zarevitz Iván. Y desenvainando su pesada espada empezó a repartir mandobles a diestro y siniestro, hiriendo a los barqueros hasta que los dejó medio muertos. Y hecho esto prosiguió su camino y usó el mismo procedimiento para abatir a los otros dos enemigos.

Por fin llegó al Imperio de Tres Veces Diez y en la frontera encontró a un hombre salvaje, alto como un árbol del bosque y gordo como un almiar, y su mano empuñaba una clava de roble. Y el gigante dijo al Zarevitz Iván:

- ¿Adónde vas, gusano?

- Voy al reino de la Zarevna Belleza Inextinguible en busca del agua de la vida para mi padre el Zar.

- ¿Cómo te atreves a tanto, pigmeo? ¿No sabes que hace siglos soy yo el guardián de su reino? Te advierto que me alimento de héroes, y aunque los jóvenes que vinieron antes montaban más que tú, todos cayeron en mis manos y sus huesos están esparcidos por aquí. ¡En cuanto a ti, no tengo para sacar de pena mi estómago, pues no eres más que un gusano!

El Zarevitz comprendió que no podría derribar al gigante y cambió de dirección. Anda que andarás, se metió con su caballo por lo más intrincado de un bosque, hasta que llegó a una choza donde vivía una vieja muy vieja, que al ver al joven exclamó:

- ¡Salud, Zarevitz Iván! ¿Cómo te ha guiado Dios hasta aquí?

El Zarevitz le reveló sus secretos y la vieja, compadecida de él, le dio un manojo de hierbas venenosas y una pelota.

- Baja al llano -le dijo,- enciende una hoguera y arroja al fuego esta hierba. Pero ten mucho cuidado. Si no te pones al lado de donde sopla el viento, el fuego se convertiría en tu enemigo. El humo llevado por el viento hará caer al gigante en un profundo sueño, entonces le cortas la cabeza, arrojas la pelota ante ti y la sigues a donde vaya. La pelota te llevará a las tierras donde reina la Zarevna Belleza Inextinguible. La Zarevna pasea por allí durante nueve días y el día décimo recobra las fuerzas durmiendo el sueño de los héroes en su palacio. Pero guárdate de entrar por la puerta. Salta por encima del muro con todas tus fuerzas y procura que no tropiecen tus pies con los cordeles tendidos en lo alto, porque despertarías a todo el Imperio y no escaparías con vida. Pero cuando hayas saltado el muro, entra enseguida al palacio y dirígete al dormitorio; abre la puerta con mucha precaución y coge el frasco de agua de la vida que hallarás bajo la almohada de la Zarevna. Pero una vez el frasco en tu poder, vuelve atrás inmediatamente y ¡no te quedes ni un momento contemplando la belleza de la Zarevna, porque en tu mocedad no podrías resistirla!

El Zarevitz Iván dio las gracias a la vieja e hizo cuanto le ordenó. Apenas encendió el fuego, arrojó a las llamas la hierba de modo que el humo flotase en dirección al lugar donde el gigante estaba montando la guardia. Enseguida se le nublaron los ojos, bostezó y cayó al suelo dormido como un tronco. El Zarevitz le cortó la cabeza, arrojó la pelota y echó a correr tras ella. Corre que correrás, corre que correrás, la pelota no dejó de rodar hasta que, entre el verde del bosque se destacó relumbrante el palacio de oro. De pronto se levantó del palacio y a lo largo del camino una nube de polvo, entre el que relucían lanzas y corazas, y al mismo tiempo llegaba un ruido como de escuadrones de guerreros en marcha. La pelota se desvió del camino y el Zarevitz la siguió entre unas malezas que lo ocultaban. Allí se apeó y dejó que el caballo paciese, mientras él observaba a la Zarevna Belleza Inextinguible que se acercaba con su séquito y se detenía en unos hermosos prados para recrearse. Y todo el séquito de la Zarevna estaba compuesto de doncellas a cual más hermosa, pero la belleza inextinguible de la Zarevna se destacaba entre ellas como la luna entre las estrellas.

Levantaron tiendas de campaña y allí estuvieron distrayéndose durante nueve días con diversos juegos; pero el Zarevitz como un lobo hambriento, no podía apartar sus ojos de la Zarevna, y por mucho que miraba nunca estaba satisfecho. Por fin, el décimo día, cuando todo el mundo dormía en la dorada corte de la Zarevna, el joven espoleó el caballo con todo su fuerza, y de un brinco fue a parar al jardín del departamento de las doncellas de compañía; ató las riendas de su caballo a un poste y con las precauciones de un ladrón se introdujo en el palacio y se encaminó directamente al aposento principesco, donde la Zarevna Belleza Inextinguible, tendida en un blando lecho, dormía su sueño heroico.

El Zarevitz cogió el frasco del agua de la vida que la durmiente guardaba bajo la almohada, con propósito de escapar de allí corriendo; pero aquel acto era demasiado tentador para su corazón de doncel e inclinándose sobre la Zarevna besó tres veces sus labios, más dulces que la miel. Pero no bien hubo salido del palacio y hubo brincado por encima del muro, montado en su brioso corcel, se despertó la princesa a causa de los besos.

Belleza Inextinguible montó de un salto su yegua veloz como el viento y se lanzó en persecución del Zarevitz Iván. Éste estimulaba a su brioso corcel, tirando de las riendas de seda y golpeando sus ijares con el látigo hasta que el animal volvió la cabeza para hablarle de esta manera:

- ¿Qué sacarás con pegarme, Zarevitz Iván? Ni las aves del aire ni las bestias de la selva podrían escapar ni burlar a esa yegua. ¡Corre tanto, que la tierra tiembla, cruza los ríos de un salto y las colinas y las cañadas desaparecen bajo sus patas!

Apenas dichas estas palabras, la Zarevna dio alcance al joven; asestó contra él su espada vibrante y le atravesó el pecho. El Zarevitz Iván cayó del caballo a la húmeda tierra, sus claros ojos se cerraron, su sangre moza manaba por la herida. Belleza Inextinguible lo contempló un momento y experimentó una pena indecible, pues comprendió que en todo el mundo no encontraría un joven tan hermoso como aquél. Puso su blanca mano sobre la herida, la lavó con agua de la vida vertida del frasco, y al momento se cicatrizó la herida y se levantó el Zarevitz Iván, sano y salvo.

- ¿Quieres casarte conmigo?

- ¡Es mi mayor deseo, Zarevna!

- Pues vuélvete a tu reino y si dentro de tres años no me has olvidado, seré tu mujer y tú serás mi marido.

Los prometidos se despidieron y se alejaron en diferentes direcciones. El Zarevitz Iván caminó mucho tiempo y vio muchas cosas, y por fin llegó ante una tienda de campaña sostenida por un mástil dorado, y junto a la tienda vio dos hermosos caballos que se alimentaban de trigo candeal y se abrevaban en aguamiel, y en la tienda estaban sus dos hermanos tumbados a la bartola, comiendo y bebiendo y entreteniéndose en mil diversiones. Y el mayor de los hermanos le preguntó así que lo vio:

- ¿Traes el agua de la vida para nuestro padre?

- ¡Sí! -contestó Iván, que no acostumbraba guardar secretos y en todo era sincero.

Sus hermanos lo invitaron a comer con ellos, lo embriagaron y lo arrojaron por un precipicio, después de quitarle el frasco del agua de la vida.

El Zarevitz Iván rodó por la pendiente al fondo de un abismo muy hondo, tan hondo que fue a parar al Reino Subterráneo. "¡Esto sí que es desgracia! -pensó para sí.- ¡Nunca encontraré el camino que pueda sacarme de aquí!" Y se puso a andar por el Reino Subterráneo. Anda que andarás, anda que andarás vio que el día iba menguando, menguando, hasta que fue completamente noche. Por fin llegó a un lugar que no era desierto, y junto al mar había un castillo como una ciudad y una choza como una mansión. El Zarevitz Iván se acercó a buen paso a un pajar y desde el pajar se introdujo en la choza, rogando a Dios que le concediera un descanso reparador aquella noche.

Pero en la choza vivía una vieja, muy vieja, muy vieja, toda llena de arrugas y con el pelo blanco, que le dijo:

- ¡Buenos noches, amiguito! Sé bien venido, puedes descansar aquí, pero, dime: ¿cómo has llegado?

- Muchos años tienes, abuela, pero tu pregunta no denota mucho seso. Lo primero que deberías hacer es darme de comer y de beber y dejarme dormir, y luego me harás las preguntas que quieras.

La vieja le sirvió enseguida de comer y de beber, dejó que se acostase a dormir, y luego volvió a preguntar. Y el Zarevitz le contestó:

- Estuve en el Reino de Tres Veces Diez como huésped de la Zarevna Belleza Inextinguible y ahora regreso a casa de mi padre el Zar Afron; pero me he perdido. ¿No podrías enseñarme el camino que me lleve a casa?

- ¿Cómo voy a enseñarte lo que yo misma desconozco, Zarevitz? Llevo las nueve décimas partes de mis años viviendo en esta tierra y nunca había oído hablar del Zar Afron. Bueno, duerme en paz y mañana llamaré a mis mensajeros y tal vez alguno de ellos lo sepa.

Al día siguiente, el Zarevitz se levantó muy temprano, se lavó bien y salió con la vieja a una galería, desde donde ella gritó con voz penetrante:

- ¡Eh, eh! ¡Peces que nadáis en el mar y reptiles que os arrastráis en la tierra, mis fieles servidores, reuníos aquí al momento sin que falte ni uno de vosotros!

Inmediatamente se produjo una viva agitación en las azules aguas del mar y todos los peces, grandes y pequeños, se reunieron; tampoco faltaban los reptiles. Todos se acercaron a la orilla por debajo del agua.

- ¿Sabe alguno de vosotros en qué parte del mundo habita el Zar Afron y qué camino lleva a sus dominios?

Y todos los peces y reptiles contestaron a una voz:

- Ni lo hemos visto con los ojos ni nos ha llegado la noticia a los oídos.

Entonces la vieja se volvió al otro lado y gritó:

- ¡Eh! ¡Animales que andáis sueltos por los bosques, aves que voláis por el aire, mis fieles servidores, volad y corred aquí al momento sin que falte ni uno de vosotros!

Y las bestias salieron corriendo del bosque a manadas y las aves acudieron a bandadas, y la vieja les preguntó por el Zar Afron, y todos a una voz le contestaron:

- Ni lo hemos visto con los ojos ni ha llegado la noticia a nuestros oídos.

- Y bien, Zarevitz, ya no queda nadie por preguntar, y ya ves lo que han contestado todos.

Y ya se volvían a la choza, cuando se oyó un ruido como si alguien rasgase el aire, y el pájaro Mogol apareció volando y oscureciendo el día con sus alas y fue a posarse junto a la choza.

- ¿Dónde estabas tú y por qué has tardado tanto? -le chilló la vieja.

- Estaba volando muy lejos de aquí, sobre el reino del Zar Afron, que se halla al extremo opuesto del mundo.

- ¡Caramba! ¡Sólo tú me hacías falta! Si quieres hacerme ahora un favor que te agradeceré mucho, conduce allá al Zarevitz Iván.

- Con mucho gusto te serviría, pero necesito montones de carne, porque hay que pasar tres días volando para ir allá.

- Te daré toda la que necesites.

La vieja preparó provisiones para el viaje del Zarevitz Iván. Colocó sobre el pájaro un tonel de agua y sobre el tonel una banasta llena de carne. Luego entregó al joven una barra de hierro puntiagudo y le dijo:

- Mientras vueles a caballo del pájaro Mogol, siempre que éste vuelva la cabeza y te mire, metes este hierro en la banasta y le das un trozo de carne.

El Zarevitz dio las gracias a la vieja y se acomodó sobre el lomo del enorme pájaro, que inmediatamente desplegó las alas y emprendió el vuelo. Vuela que volarás, vuela que volarás, se pasaba el tiempo y venía la gana, y siempre que el animal se volvía a mirar al Zarevitz, éste hundía la barra de hierro en la carne, sacaba un tasajo y se lo alargaba. Al fin, el Zarevitz Iván vio que la banasta estaba casi vacía y dijo al pájaro Mogol:

- Mira, pájaro Mogol, ya te queda muy poco alimento; desciende a tierra y te llenaré la banasta de carne fresca.

Pero el pájaro Mogol contestó diciendo:

- ¿Estás loco, Zarevitz Iván? A nuestros pies se extiende un bosque negro y espantoso que está cuajado de ciénagas y lodazales. Si descendiésemos en él ni tú ni yo saldríamos en toda nuestra vida.

Cuando ya no quedaba ni un pedazo de carne, el Zarevitz empujó la banasta y el tonel y los arrojó al espacio; pero el pájaro Mogol seguía volando y volvía la cabeza pidiendo más comida. ¿Qué hacer en semejante situación? El Zarevitz Iván se quitó el calzado de piel de becerro y poniéndolo en la punta de la barra de hierro lo presentó al voraz animal que se lo tragó. Poco después descendía con su preciosa carga para descansar de su largo vuelo en un verde prado sembrado de azules flores. Apenas el Zarevitz Iván hubo saltado al suelo, el pájaro Mogol devolvió las botas de piel de becerro, calzó a su dueño, las humedeció con su saliva, y el Zarevitz se alejó caminando aligerado y reconfortado.

Llegó a la corte del Zar Afron, su padre, y vio que algo extraordinario ocurría en la ciudad. Por las calles todo era grupos de gente que iban de un lado a otro y los sabios consejeros del Zar, vagaban como desconcertados haciendo preguntas a cuantos hallaban al paso y moviendo sus canosas cabezas como si hubieran perdido el juicio. El Zarevitz preguntó al primer ciudadano que encontró:

- ¿A qué se debe esta agitación que se nota en la ciudad?

Y el buen ciudadano le contestó:

- La Zarevna Belleza Inextinguible nos ha declarado la guerra y ha venido contra nosotros con un ejército innumerable en cuarenta naves. Exige que el Zar le entregue al Zarevitz Iván que la despertó hace tres años besándole los labios que son más dulces que la miel, y si no se lo entrega entrará en nuestro país a sangre y fuego.

- ¡Caramba! ¡Me parece que no he podido llegar más a tiempo! Quiero a esa Zarevna tanto como ella me quiere a mí.

Inmediatamente se dirigió a bordo de la nave de la Zarevna donde los dos jóvenes se abrazaron cariñosamente. Luego fueron juntos a la iglesia donde recibieron la corona nupcial, y desde allí se dirigieron a presencia del Zar Afron y se lo contaron todo.

El Zar Afron expulsó a sus hijos mayores de la corte, los desheredó y vivió con su hijo menor en completa felicidad y lleno de prosperidades.

 

 

Tomás Berennikov

 

Una vez vivía en una aldea un pobre campesino llamado Tomás Berennikov, muy suelto de lengua y fanfarrón como nadie; a feo no todos le ganaban y en cuanto a trabajador, nadie tenía que envidiarle. Un día fue al campo a labrar, pero el trabajo era duro y su yegua, floja y escuálida, apenas podía con el arado. El labrador se desanimó y fue a sentarse a una piedra para dar rienda suelta a sus tristes pesares. Inmediatamente acudieron verdaderos enjambres de tábanos y mosquitos que volaron como una nube sobre su infeliz jamelgo acribillándolo a picaduras. Tomás cogió un haz de ramas secas y lo sacudió contra su pobre bestia para librarla de aquellos insectos que se la comían viva. Los tábanos y los mosquitos cayeron en gran número. Tomás quiso saber a cuántos había matado y contó ocho tábanos, pero no pudo contar los mosquitos. Puso una cara de satisfacción y se dijo:

"¡Acabo de hacer algo grande! ¡He matado ocho tábanos de un solo golpe y los mosquitos son incontables! ¿Quién dirá que no soy un gran guerrero? ¿Que no soy un héroe? No aro más en el campo. Lucharé. ¡Soy un héroe y como tal buscaré fortuna!"

Arrojó la hoz, se ciñó la alforja y colgó de su cinto la guadaña, y de esta guisa, montó su escuálida yegua y salió por el mundo en busca de aventuras.

Mucho tiempo hacía que cabalgaban cuando llegó a un poste donde habían inscrito sus nombres muchos héroes que por allí pasaron. No quiso ser menos y escribió con yeso en el mismo poste: "El valiente Tomás Berennikov que mató de un golpe a ocho de los grandes e incontables de los pequeños, ha pasado por aquí". Escrito esto, siguió caminando.

No se había alejado media legua, cuando dos jóvenes y fornidos campeones acertaron a pasar por allí galopando en sus cabalgaduras, leyeron la inscripción y se dijeron el uno al otro:

- ¿Quién será este héroe desconocido? Nadie nos ha hablado de su brioso corcel ni nos ha dado noticias de sus caballerescas hazañas.

Picaron espuelas y no tardaron en dar alcance a Tomás, a cuya vista quedaron sorprendidos.

- ¿Pero qué caballo monta ese hombre? -exclamaron.- ¡Si no es más que un rocín trasijado! ¡Eso quiere decir que su fuerza no estriba en su cabalgadura sino en el mismo héroe!

Se acercaron, pues, a Tomás y lo saludaron en tono humilde y de sumisión:

- ¡La paz sea contigo, buen hombre!

Tomás los miró por encima de¡ hombro y, sin mover la cabeza, preguntó:

- ¿Quiénes sois vosotros?

- Ilia Muromets y Alesha Popovich, que desean ser tus compañeros.

- Bien; si tal es vuestro deseo, seguidme.

Llegaron a los dominios del vecino Zar y se dirigieron al vedado real, donde levantaron sus tiendas para descansar mientras dejaban que sus caballos paciesen libremente. El Zar mandó a cien caballeros de su guardia con la orden de expulsar a los forasteros de su vedado. Ilia Muromets y Alesha Popovich dijeron a Tomás:

- ¿Quieres salir tú contra ellos o quieres enviarnos a nosotros?

- ¡Sí, claro! ¿Pensáis que voy a ensuciarme las manos luchando contra esa basura? Anda tú, Ilia Muromets y dales una lección de tu valor.

Ilia Muromets montó su brioso corcel y cargó contra la caballería del Zar como un halcón contra una bandada de palomas y los exterminó sin dejar a uno solo con vida. Enfurecido el Zar, reunió todos los soldados de la ciudad, infantería y caballería, y ordenó a sus capitanes que expulsaran de su vedado a los forasteros sin contemplación alguna.

El ejército del Zar avanzaba al son de trompetas y levantando nubes de polvo. Ilia Muromets y Alesha Popovich se acercaron a Tomás y le dijeron:

- ¿Quieres salir tú contra el enemigo o quieres mandar a uno de nosotros?

Tomás que estaba acostado de un lado, ni siquiera se volvió para decir:

- ¿Os figuráis que yo puedo ir a golpes con esa gentuza, que voy a manchar mis heroicas manos con semejante porquería? ¡Nunca! Ve tú, Alesha Popovich, y enséñales nuestro estilo en la pelea, y yo miraré desde aquí y veré si tienes el valor que aparentas.

Alesha cayó como un huracán sobre las huestes del Zar, blandiendo la maza y gritando con su voz de clarín entre el retronar de su armadura:

- ¡Os mataré y os despedazaré a todos sin piedad!

Empezó a derribar jinetes a mazazos y los capitanes advirtieron enseguida que todos volvían grupas ante aquel guerrero, e impotentes para impedirlo, mandaron tocar retirada y buscaron refugio en la ciudad, para dirigir luego al vencedor el siguiente mensaje: "Dinos, poderoso e invencible campeón, cómo hemos de llamarte y dinos también el nombre de tu padre para que podamos honrarlo. ¿Qué tributo exiges de nosotros para que no nos molestes más y dejes en paz nuestra tierra?"

- ¡No es a mí a quien debéis rendir tributo! ­contestó Alesha.- No soy más que un subordinado. Hago lo que me manda mi hermano mayor, el famoso campeón Tomás Berennikov. Con él habéis de tratar. Os perdonará si quiere, pero si no, arrasará vuestro reino y os someterá a cautiverio.

El Zar oyó estas palabras y envió a Tomás los más ricos regalos y una embajada de las más distinguidas personalidades de la corte, encargados de decirle: "Te rogamos, famoso campeón Tomás Berennikov, que vengas a visitarnos, que habites en nuestra corte real y nos prestes tu ayuda en la guerra contra el Emperador de la China. ¡Oh, héroe! Si logras derrotar al innumerable ejército chino, te daré a mi propia hija por esposa, y después de mi muerte, serás dueño de todos mis dominios".

Tomás puso una cara muy larga y dijo:

- ¿Pero qué pasa aquí? Bueno, poco me importa. Después de todo me parece que puedo aceptar.

Montó en su rocín, ordenó a los dos jóvenes que lo siguieran y se dirigió como huésped al palacio del Zar.

Aun no había saboreado del todo Tomás los exquisitos manjares de la mesa del Zar, aun no había tenido tiempo para descansar, cuando llegó la amenazadora embajada del Emperador de la China, exigiendo que todo el reino lo reconociera como a su señor feudatario y el Zar le mandase su única hija.

- Decid a vuestro Emperador -replicó el Zar- que ya no le temo, que ahora tengo la protección y ayuda del famoso campeón Tomás Berennikov, capaz de matar a ocho de un golpe y un sinnúmero de los pequeños. Si están cansados de la vida vuestro Emperador y vuestros hermanos chinos, invadid mis dominios y tendréis un recuerdo de Tomás Berennikov.

Dos días después, la ciudad del Zar estaba sitiada por un ejército chino innumerable, y el Emperador de la China le mandó decir:

- Tengo un campeón invencible que no se conoce igual en el mundo; manda contra él a tu Tomás. Si tu héroe gana, me someteré y te pagaré un tributo de todo mi imperio, pero si gana el mío, has de darme tu hija y pagarme un tributo de todo tu reino.

A Tomás Berennikov le había llegado el turno de demostrar su valor y sus dos jóvenes compañeros le dijeron:

- Poderoso campeón y hermano mayor nuestro, ¿cómo podrás luchar con ese chino sin armadura? Toma nuestra mejor armadura y nuestro mejor caballo.

A lo que contestó Tomás Berennikov:

- ¿Por qué decís eso? ¿Queréis que me esconda de ese cabezudo en una armadura? Un brazo me basta para acabar con él de un golpe. ¿No dijisteis vosotros mismos, al verme por vez primera, que no había que mirar al caballo sino al guerrero?

Pero Tomás pensaba para su sayo: "¡En buen avispero me he metido! ¡Bueno, que me mate si quiere el chino; no estoy dispuesto a que nadie se burle de mí en este negocio!" Entonces le trajeron su yegua, montó a manera de campesino y salió al campo a trote ligero.

El Emperador de la China había armado a su campeón como una fortaleza; la armadura que le dio pesaba cuatrocientas ochenta libras, le enseñó el manejo de todas las armas, puso en sus manos una maza de guerra que pesaba ochenta libras, y le dijo antes de despedirlo:

- Atiende lo que he de decirte y no olvides mis palabras. Cuando un campeón ruso no puede vencer por la fuerza, recurre a la astucia; si no estás en astucia más fuerte que él, ten cuidado y haz todo lo que haga el ruso.

Los dos campeones salieron a campo abierto el uno contra el otro, y Tomás vio al chino que avanzaba contra él enorme como una montaña y con la cabeza grande como un tonel, cubierto en su armadura como una tortuga en su concha, de modo que apenas podía moverse. Tomás recurrió enseguida a una estratagema. Se apeó de la yegua y sentándose en una piedra se puso a afilar su guadaña. Al ver esto el chino, saltó de su caballo, lo ató a un árbol y se puso a amolar su hacha contra una piedra también. Cuando Tomás hubo acabado de afilar su guadaña, se acercó al chino y lo dijo:

- Los dos somos poderosos y valientes campeones y hemos salido el uno contra el otro en singular combate; pero antes de asestarnos el primer golpe hemos de manifestarnos un respeto mutuo y saludarnos según la costumbre del país.

Dicho esto se inclinó profundamente ante el chino.

- ¡Ah, ah! -pensó éste.- He aquí una astucia magistral; pero no le valdrá porque me inclinaré aun más profundamente que él.

Y si el ruso se había inclinado hasta la cintura, el chino se inclinó hasta el suelo. Pero antes que pudiera levantarse con lo mucho que le pesaba la armadura, Tomás corrió a su lado y de dos tajos le cortó la cabeza. Inmediatamente saltó sobre el brioso caballo del chino, se agarró como Dios le dio a entender y le sacudió los ijares con su rama de abedul, tratando de coger las riendas, sin acordarse de que el caballo estaba atado a un árbol. Apenas el fogoso animal sintió el peso de un jinete empezó a tirar y a forcejear hasta que arrancó el árbol de cuajo, y emprendió veloz carrera hacia el ejército chino, arrastrando el corpulento árbol como si se tratase de una pluma.

Tomás Berennikov estaba horrorizado y se puso a gritar: "¡Socorro! ¡Socorro!" Pero el ejército chino empezó a temblar como si se les echase encima un alud, y se figuraron que les gritaba: "¡Ya podéis correr! ¡Ya podéis correr!", y pusieron pies en polvorosa sin mirar atrás. Pero el veloz caballo los alcanzó y se abrió paso entre ellos, derribando con el árbol a cuantos encontraba al paso y cambiando a cada momento de dirección, dejando así el campo sembrado de soldados.

Los chinos juraron que no volverían nunca más a luchar con aquel hombre terrible, resolución que fue una suerte para Tomás. Volvió a la ciudad a caballo en su rocín y encontró a toda la corte llena de admiración por su valor, por su fuerza y por su victoria.

- ¿Qué quieres de mí, -le preguntó el Zar,- la mitad de mis riquezas de oro y mi hija por añadidura, o la mitad de mi glorioso reino?.

- Bueno, aceptaré la mitad de tu reino si quieres, pero no me enfadaré si me das la mano de tu hija y la mitad de tu tesoro como dote. Pero una cosa te pido: cuando me case invita a la boda a mis dos jóvenes compañeros Ilia Muromets y Alesha Popovich.

Y Tomás se casó con la sin par Zarevna, y celebraron la boda con tales banquetes y festejos, que a los convidados les ardía la cabeza dos semanas después. Yo también estuve allí y bebí hidromiel y cerveza y me hicieron ricos presentes y el cuento ha terminado.

 

 

El pato blanco

 

Un Príncipe muy rico y poderoso casó con una Princesa de sin igual hermosura y, sin tiempo para contemplarla, sin tiempo para hablarle, sin tiempo para escucharla, se vio obligado a separarse de ella dejándola bajo la custodia de personas extrañas. Mucho lloró la Princesa y muchos fueron los consuelos que procuró darle el Príncipe. Le aconsejó que no abandonara sus habitaciones, que no tuviera tratos con gente mala, que no prestara oídos a malas lenguas y no hiciese caso de mujeres desconocidas. La Princesa prometió hacerlo así y cuando el Príncipe se alejó de ella se encerró en sus habitaciones. Allí vivía y nunca salía.

Transcurrió un tiempo más o menos largo, cuando un día, que estaba sentada junto a la ventana, bañada en llanto, acertó a pasar por allí una mujer. Era una mujer de sencillo y bondadoso aspecto que se detuvo ante la ventana y, encorvada sobre su báculo y apoyando su barba en las manos, dijo a la Princesa con voz dulce y cariñosa:

- Querida Princesita, ¿por qué estás siempre triste y afligida? Sal de tus habitaciones a contemplar un poco el hermoso mundo de Dios, o baja a tu jardín, y entre los verdes follajes se disiparán tus penas.

Durante buen espacio de tiempo, la Princesa se negó a seguir aquel consejo y no quería escuchar las palabras de la mujer; pero al fin pensó: "¿Qué inconveniente ha de haber en ir al jardín? Otra cosa sería pasar el arroyo." La Princesa ignoraba que aquella mujer era una hechicera y quería perderla porque la envidiaba, de modo que salió al jardín y estuvo escuchando sus palabras lisonjeras. Cruzaba el jardín un arroyo de aguas cristalinas y la mujer dijo a la Princesa:

- Hace un día abrasador y el sol quema como el fuego, pero este arroyo es fresco y delicioso. ¿Por qué no bañarnos en él?

- ¡Ah! ¡No! -exclamó la Princesa. Pero luego pensó: "¿Por qué no? ¿Qué inconveniente puede haber en tomar un baño?"

Se quitó el vestido y se metió en el agua, pero no bien se hubo mojado toda, la hechicera le tocó la espalda con el cayado diciendo:

- ¡Ahora nada como un pato blanco!

Y la hechicera se puso enseguida los vestidos de la Princesa, se ciñó a las sienes la diadema, se pintó y fue a las habitaciones de la Princesa a esperar al Príncipe. En cuanto oyó ladrar el perro y tocar la campanilla de la puerta, corrió a recibirlo, se le arrojó al cuello y lo besó en un abrazo. El Príncipe estaba tan radiante de gozo, que fue el primero en abrirle los brazos y ni un momento sospechó que no era a su mujer sino a una malvada bruja a quien abrazaba.

Y sucedió que el pato, que como es de suponer era hembra, puso tres huevos, de los que nacieron dos robustos polluelos y un canijo, porque se anticipó a romper la cáscara. Sus hijos empezaron a crecer y ella los criaba con esmero. Los paseaba a lo largo del río, les enseñaba a pescar pececillos de colores, recogía pedacitos de ropa y les cosía botitas, y desde la orilla del arroyo les enseñaba los prados y les decía:

- ¡No vayáis allá, hijos míos! Allá vive la malvada bruja que me perdió a mí y os perdería a vosotros.

Pero los pequeños no hacían caso de su madre y un día jugaban por la hierba, y otro perseguían hormigas, y cada día se alejaban más hasta que llegaron al patio de la Princesa. La hechicera los conoció por instinto y rechinó los dientes de rabia; pero se transformó en una belleza y los llamó al palacio, y les dio exquisitos manjares y excelentes, bebidas. Después de haberlos mandado a dormir, ordenó a sus criados que encendieron fuego en el patio, pusieran a hervir una caldera y afilaran los cuchillos. Los hermanos dormían, pero el nacido a destiempo y a quien por orden de la madre habían de llevar los otros en el seno para que no se enfriase, no dormía, sino que lo veía y lo escuchaba todo. Y aquella noche la hechicera fue al cuarto que ocupaban los hermanos y dijo:

- ¿Estáis durmiendo, pequeñitos?

Y el nacido a destiempo contestó por sus hermanos:

- No estamos durmiendo, pero pensamos en nuestros pensamientos que nos quieres hacer pedazos. Los montones de ramas de arce están ardiendo, las calderas están hirviendo, los cuchillos están afilados.

- No duermen -dijo la hechicera y se alejó de la puerta. Dio unas vueltas por el palacio y se acercó de nuevo a la puerta:

- ¿Estáis durmiendo, hijos míos?

Y el nacido a destiempo sacó la cabecita de debajo de la almohada y contestó:

- No soñamos durmiendo, pero pensamos en nuestros pensamientos que nos quieres hacer pedazos. Los montones de ramas de arce están ardiendo, las calderas están hirviendo, los cuchillos están afilados.

- ¿Cómo es que siempre me contesta la mismo voz? -pensó la hechicera.- Voy a ver.

Abrió la puerta poco a poco, miró y vio que dos de los hermanos estaban profundamente dormidos. Entonces los mató a los dos.

Al día siguiente, el pato blanco empezó a llamar a sus hijos, pero sus queridos hijos no contestaron a su llamamiento. Enseguida sospechó que algo malo había sucedido. Se estremeció de miedo y voló al patio de la Princesa, donde, tan blancos como pañuelitos blancos, tan fríos como pececitos escamados, yacían uno al lado de otro los tres hermanitos. Abatió su vuelo sobre ellos, agitó desesperadamente sus alas, daba vueltas en torno a sus queridos hijos y gritaba con voz maternal:

"¡Cuá, cuá, cuá, mis queridos hijitos!

¡Cuá, cuá, cuá, mis tiernos pichoncitos!

Yo bajo mis alas siempre os protegí,

y el pan de mi boca solícita os di.

Por veros felices yo nunca dormía,

pensando en vosotros de noche y de día."

El Príncipe oyó aquellos lamentos y llamó a la hechicera, a la que creía su esposa, a su presencia.

- ¿Mujer, has oído eso, eso tan inaudito?

- Debe de ser tu imaginación. ¡Eh, criados! ¡Arrojad ese pato del patio!

Los criados salieron a ahuyentar al pato, pero éste volaba dando vueltas sin parar de decir a sus hijos:

¡"Cuá, cuá, cuá, mis queridos hijitos!

¡Cuá, cuá, cuá, mis tiernos pichoncitos!

Causó vuestra ruina la viejo hechicera,

la astuta serpiente, la gran embustera.

Que bajo la hierba se arrastra cruel.

Ella a vuestro padre, mi marido fiel,

nos quitó y a un río nos ha condenado

y en blancos patitos nos ha transformado.

Vistiendo su crimen de falso oropel,

para que lo ignore mi marido fiel."

El Príncipe comprendió entonces que en todo aquello había algún misterio y gritó:

- ¡Traedme aquí ese pato blanco!

Todos se apresuraron a obedecer, pero el pato estaba girando en círculos y nadie podía cogerlo. Por fin salió el mismo Príncipe a la galería, y el ave voló a sus manos y cayó a sus pies. El Príncipe la cogió suavemente por las alas y dijo:

- ¡Blanco abedul ponte detrás, y hermosa dama ponte delante!

Al momento, el pato blanco volvió a tomar la forma de la bellísima Princesa, dio órdenes para que fueran a buscar un frasco de agua de la vida y del habla, al nido de una urraca, roció a sus hijos con el agua de vida y se movieron, luego los roció con agua del habla, y empezaron a hablar. El Príncipe se vio rodeado de sus hijos, sanos y salvos y todos vivieron felices, practicando el bien y evitando el mal.

Pero a la bruja, por orden del Príncipe, la ataron a la cola de un caballo que la arrastró por la inmensa estepa. Las aves del aire le arrancaron la carne a picotazos y los vientos del cielo esparcieron sus huesos, y no quedó de ella ni vestigios ni memoria.

 

 

Juanito el tonto

 

Hace mucho tiempo, en cierto reino de cierto imperio había una ciudad donde reinaban el Zar Gorokh, que quiere decir guisante y la Zarina Morkovya, que quiere decir zanahoria. Tenían sabios boyardos, ricos príncipes y robustos y poderosos campeones, y en cuanto a guerreros no bajaban de cien mil. En la ciudad vivía toda clase de gente, comerciantes de barbas respetables, hábiles artesanos, alemanes mecánicos, bellezas suecas, borrachos rusos; y en los suburbios vivían campesinos que labraban la tierra, cosechaban trigo, lo llevaban al molino, lo vendían en el mercado y se bebían las ganancias.

En uno de los suburbios había una casita habitada por un anciano con tres hijos que se llamaban Pacomio, Tomás y Juan. El anciano no sólo era listo sino astuto y cuando se encontraba al diablo entablaba conversación con él, lo convidaba a beber y le arrancaba muchos secretos que luego aprovechaba obrando tales prodigios, que sus vecinos lo tenían por hechicero y mago, mientras otros lo respetaban como a un hombre ladino enterado de alguna que otra cosa. El viejo hacía realmente cosas prodigiosas. Si alguien se sentía consumido por la llama de un amor desesperado, no tenía más que ir a visitar al hechicero y éste le recetaba unas raíces que ablandaban enseguida el corazón de la ingrata. Si algo se perdía, él se las arreglaba para encontrarlo por más escondido que lo tuviese el ladrón, con agua encantada y una red.

A pesar de su sabiduría no pudo lograr que sus hijos siguieron su ejemplo. Los dos mayores eran unos holgazanes que nunca sabían cuándo echar adelante o cuándo retroceder. Se casaron y tuvieron hijos. Su hijo menor no se casó, pero el anciano no se preocupaba por él, porque su tercer hijo era tonto e incapaz de contar más de tres; no servía mas que para comer, beber y tumbarse a la bartola junto al fuego. ¿Por qué preocuparse de un hijo como aquel? Ya sabría componérselas por sí mismo mucho mejor que un hombre de juicio. Y además Juan era tan blando y suave, que ni la manteca se fundiría en su boca. Si le pedíais su cinto os daba también su caftán; si le quitabais los guantes os pedía que aceptaseis su gorro por añadidura. Por eso todos querían a Juan y lo llamaban queridito Juan o queridito tonto; en fin, era tonto de nacimiento, pero un muchacho muy amable.

El anciano vivió con sus hijos hasta que le llegó la hora de morirse. Entonces llamó a sus tres hijos y les dijo:

- Queridos hijos, la hora de mi muerte ha sonado y habéis de cumplir mi deseo. Cada uno de vosotros ha de venir a mi tumba a pasar una noche en mi compañía. Primero tú, Tomás; después tú, Pacomio, y el tercero tú, Juanito el tonto.

Los dos mayores, como personas juiciosas, prometieron obedecer; pero el tonto, sin prometer nada, se limitó a bajar la cabeza.

Murió el anciano y lo enterraron. Comieron tortas y pastelillos y empinaron el codo de lo lindo, todo en honor del difunto, y al tercer día tocó al mayor de los hijos, Tomás, ir a su tumba. Se ignora si fue por pereza o por miedo, el caso es que dijo a Juan el tonto:

- Mañana he de levantarme temprano para moler trigo; ve tú en lugar de mí a la tumba de nuestro padre.

- ¡Está bien! -contestó Juanito el tonto, que con un pedazo de pan bajo el brazo, fue a la tumba, se acostó y empezó a roncar.

Dieron las doce de la noche, la tumba empezó a moverse, sopló un viento recio, cantó la lechuza, cayó la losa de la tumba, y el difunto salió y dijo: -¿Quién hay aquí?

- Yo -Contestó Juan el tonto.

- Bien, querido hijo; yo premiaré tu obediencia.

Apenas dijo estas palabras cantaron los gallos y el difunto volvió a hundirse en la tumba. Juanito se volvió a casa y se acostó junto al fuego, y sus hermanos le preguntaron:

- Y bien, ¿qué ha pasado?

- ¡Nada! -contestó él.- He dormido toda la noche, pero tengo hambre y comería algo.

La siguiente noche tocaba por turno a Pacomio, el segundo hijo, ir a la tumba de su padre. Después de mucho pensar, se dirigió a Juanito el tonto y le dijo:

- He de levantarme muy temprano para ir al mercado. ¿No podrías ir en mi lugar o la tumba de nuestro padre?

- ¡Está bien! -contestó Juanito el tonto, que después de comerse una tortilla y una sopa de coles, se dirigió a la tumba y se echó a dormir a pierna suelta. A media noche, la tumba empezó a moverse, sopló la tempestad, una bandada de cuervos volaron haciendo giros, cayó la losa de la tumba y el difunto asomó la cabeza y preguntó:

- ¿Quién hay aquí?

- Yo -contestó Juanito el tonto.

- ¡Bien, hijo mío! -dijo el anciano,- no te olvidaré, porque no me has desobedecido.

Apenas pronunciadas estas palabras, contaron los gallos y el difunto volvió a desaparecer en la fosa.

Juanito el tonto se despertó, fue a acurrucarse junto al fuego y sus hermanos le preguntaron.

- Y bien, ¿qué ha pasado?

- ¡Nada! -contestó Juanito.

Y al tercer día los hermanos dijeron a Juanito el tonto.

- Ahora te toca a ti ir a la tumba de nuestro padre. El deseo de un padre se ha de cumplir.

- ¡No faltaba más! -contestó Juanito el tonto, que después de comer una fritada, se puso la blusa, y se dirigió a la tumba.

A media noche la losa de la tumba se levantó y el difunto salió y preguntó:

- ¿Quién hay aquí?

- Yo -contestó Juanito el tonto.

- ¡Bien, hijo obediente! -dijo el anciano.- No en vano has cumplido mi deseo. ¡Verás premiada tu fidelidad!

Y se puso a gritar con una voz monstruosa y a cantar en voz de ruiseñor:

- ¡Eh, tú! ¡Sivka-burka, vyeshchy kaurka! . ¡Párate ante mí como la hoja ante la hierba!

Y le pareció a Juanito el tonto como si se acercase corriendo un caballo que hacía temblar la tierra y echaba fuego por los ojos y nubes de humo por las orejas. Se detuvo ante el difunto como si las patas se le hubieran clavado en el suelo y habló con voz humana diciendo:

- ¿Qué quieres?

El anciano se introdujo por una oreja, tomó un baño fresco, se secó, se vistió las ropas más finas y salió por la otra oreja tan joven y hermoso, que no hay lengua que pueda expresarlo ni pluma que pueda describirlo, ni imaginación que pueda imaginarlo.

- ¡Querido hijo mío, aquí tienes mi valiente corcel; y tú, caballo, mi buen corcel, sirve al hijo como serviste al padre!

Apenas hubo pronunciado estas palabras, los gallos de la aldea batieron las alas y cantaron anunciando el nuevo día, el anciano se hundió en la tumba y sobre la tumba creció la hierba. Juanito el tonto se encaminó paso a paso a su casa, se acostó en su rincón de siempre y empezó a roncar hasta hacer temblar las paredes.

- ¿Qué sucede? -preguntaron sus hermanos. Él, por toda respuesta, agitó la mano.

Y así continuaron viviendo juntos, los hermanos mayores pasando por listos, y el menor pasando por tonto. Vivieron así un día y otro día y como una mujer forma un ovillo arrollando hilo, así se arrollaban los días para ellos hasta que quedaron del todo enrollados.

Y un día supieron que los capitanes del ejército iban por todo el reino con trompetas y clarines y tambores y platillos, y hacían sonar las trompetas y los tambores, proclamando en los mercados y en las plazas la voluntad del Zar, y la voluntad del Zar era ésta: El Zar Gorokh y la Zarina Morkovya tenían una hija única, la Zarevna Baktriana, heredera del trono, tan hermosa, que cuando miraba al sol, el sol se avergonzaba y cuando miraba a la luna, la luna se sentía humillada. Y el Zar y la Zarina pensaron: ¿A quién podremos dar la hija en matrimonio para que gobierne nuestro reino, lo defienda en tiempo de guerra, se siente a juzgar en el real consejo, ayude al Zar en su vejez y sea su sucesor cuando muera? El Zar y la Zarina deseaban un novio que fuese un valiente guerrero, un hermoso campeón, que amase a la Zarevna y se hiciese amar de ella. Pero el asunto del amor no era tan fácil, pues ofrecía una gran dificultad: la Zarevna no amaba a nadie. Cuando su padre el Zar le hablaba de un pretendiente, siempre contestaba ella: "¡No lo amo!" Si su madre la Zarina le indicaba a alguien, siempre contestaba: "¡No es guapo!". Por fin el Zar y la Zarina le dijeron:

- Querida hija y mimada niña, más de tres veces bella Zarevna Baktriana, ha llegado el tiempo de que elijas esposo. Pon tus ojos en los pretendientes que te rodean; los reales e imperiales embajadores están todos en la corte; se han comido todos los pasteles y han dejado seca la bodega, y ¡aun no has elegido el amado de tu corazón!

Entonces la Zarevna les dijo:

- Mi soberano papá y mi soberana mamá, me aflige vuestra pena, y de buena gana os obedecería; pero permitid que la suerte decida quién es mi prometido. Erigidme un aposento a la altura de treinta y tres pisos con una ventana saliente encima. Yo, la Zarevna, me sentaré en ese aposento junto a la ventana y vosotros mandad publicar una proclama. Que todo el mundo acuda: Zares, Reyes, Zareviches, Príncipes, adalides, jóvenes valientes, y el que dé un brinco hasta mi ventana en su bravo corcel y cambie los anillos conmigo, ése será mi esposo y vuestro hijo y sucesor.

El Zar y la Zarina siguieron el consejo de su prudente hija.

- ¡Está bien! -dijeron.

Mandaron construir una torre de treinta y tres pisos, de fuertes vigas de roble, y adornaron el aposento de la Zarevna con graciosos relieves y con brocados venecianos y tapicerías de perlas y de oro, y lanzaron pregones y soltaron palomas mensajeras, y mandaron embajadores a todos los reinos, convocando a todos los caballeros para que acudiesen al imperio del Zar Gorokh y de la Zarina Morkovya, para que quien llegase de un brinco, en su magnífico corcel, al aposento de la hija y cambiase los anillos con la Zarevna Baktriana, la tomase como esposa y heredase con ella el trono, ya fuese Zar o Rey, Zarevitz o Príncipe, o aunque no fuese más que un libre y esforzado cosaco sin cuna ni linaje.

Llegó el día señalado y la gente se aglomeró en los prados donde se levantaba el aposento de la Zarevna, que parecía cuajado de estrellas, y ella misma se dejó ver en la ventana, ataviada con las más ricas prendas y refulgente de piedras preciosas. La multitud producía un rumor de admiración semejante al de un gran océano. El Zar y la Zarina ocuparon su trono y a su lado se colocaron sus magnates, sus boyardos, sus capitanes y campeones. Llegaban los pretendientes de la Zarevna Baktriana galopando, haciendo cabriolas, pero cuando veían tan alto el aposento, desmayaban sus corazones. Se esforzaban en quedar bien, corrían, tomaban velocidad y daban un brinco; pero caían al suelo como costales llenos, provocando la risa de la muchedumbre.

En aquellos días en que los pretendientes de la Zarevna Baktriana hacían lo posible para conquistarla, se les ocurrió a los hermanos de Juanito el tonto ir también a ver la diversión. Se arreglaron, pues, para salir y Juanito el tonto les dijo:

- ¡Llevadme con vosotros!

- ¡Calla, tonto! -le contestaron.- Quédate en casa a cuidar de las gallinas. ¿Qué has de hacer tú allí?

- ¡Tenéis razón! -dijo él, y fue al gallinero y se tumbó en el suelo.

Pero cuando sus hermanos se hubieron alejado, Juanito el tonto salió a la llanura y gritó con voz de guerrero y silbó con silbido de héroe:

- ¡Eh, tú! ¡Sivka-burka, vyeshchy kaurka! ¡Párate ante mí como la hoja ante la hierba!.

Y he aquí que el fogoso caballo se acercaba corriendo haciendo temblar la tierra y echando fuego por los ojos y nubes de humo por las orejas, y se detuvo y preguntó con voz humana:

- ¿En qué puedo servirte?

Juanito el tonto se introdujo en una oreja, se bañó, se peinó y salió por la otra oreja tan joven y hermoso, que no hay lengua que pueda expresarlo ni pluma que pueda describirlo ni imaginación que pueda imaginarlo. Montó en su buen caballo y golpeó sus lomos con un látigo de plata de Samarcanda, y el fogoso caballo se encabritó y corrió saltando por encima de los bosques y por debajo de las nubes, y cuando llegaba a los grandes ríos los cruzaba nadando y cuando llegaba a los riachuelos los barría con la cola y alargaba las patas y pasaban por debajo las montañas. Y Juanito el tonto vio la torre de la Zarevna Baktriana, se lanzó al espacio como un radiante halcón y de un brinco pasó rozando el piso treinta y uno y desapareció de la vista como una exhalación, dejando, detrás un viento de tempestad. La gente rugía:

- ¡Detenedlo! ¡Paradlo!

El Zar dio un brinco en su trono. La Zarina lanzó una exclamación. La gente se quedó atónita.

Los hermanos de Juanito el tonto volvieron a casa y comentaban lo sucedido:

- ¡Ése era un verdadero campeón! ¡Sólo le faltaban dos pisos para llegar a la ventana!

- ¡Pues ése era yo, hermanos! -dijo Juanito el tonto.

- Conque tú, ¿eh? ¡Calla, tonto, y vete a la estufa a avivar el fuego!

Al día siguiente los hermanos se dispusieron a asistir a los festejos del Zar y Juanito el tonto les dijo:

- ¡Llevadme con vosotros!

- ¡Calla, tonto! -contestaron los hermanos.­ ¡Quédate en casa para ahuyentar los gorriones de los guisantes como un espantajo! ¿Qué tienes tú que hacer allí?

- ¡Tenéis razón! -dijo él, y fue al plantío de guisantes y ahuyentó los gorriones.

Pero cuando los hermanos se hubieron alejado, Juanito el tonto corrió a la llanura, gritó con voz de guerra y lanzó un silbido heroico:

- ¡Eh, tú! ¡Sivka-burka, vyeshchy kaurka! ¡Párate ante mí como la hoja ante la hierba!.

Y he aquí que el fogoso corcel llegó corriendo y haciendo temblar la tierra y levantando haces de chispas de sus veloces herraduras; sus ojos lanzaban llamas y de sus orejas salían nubes de humo.

- ¿Qué quieres?

Juanito el tonto entró por una oreja y salió por otra tan joven y de tan bello aspecto que ni puede describirse ni puede imaginarse; montó el bravo animal y golpeó sus piernas con un látigo circasiano. Y el caballo emprendió veloz carrera saltando por encima de los bosques y por debajo de las nubes, y a cada brinco avanzaba una legua larga. Al segundo brinco pasó por el río, y al tercer brinco llegó ante la torre de la Zarevna. Entonces se lanzó al aire como una águila, con tal ímpetu, que llegó al piso treinta y dos y pasó de largo como un huracán. La gente gritó:

- ¡Detenedlo! ¡Paradlo!

El Zar dio un brinco en su trono y la Zarina lanzó una exclamación, los príncipes y los boyardos se quedaron con la boca abierta.

Los hermanos de Juanito el tonto volvieron a casa y comentaron:

- Ese joven guerrero de hoy se ha portado mejor que el de ayer. ¡Sólo le faltaba un piso para llegar a la ventana!

- ¡Pues, hermanos ése era yo! -dijo Juanito el tonto.

- ¡Cierra el pico! Conque tú, ¿eh? ¡Vete a la estufa y no digas sandeces!

Al tercer día, los hermanos de Juanito el tonto se arreglaron para asistir al gran espectáculo, y Juanito el tonto les dijo:

- ¡Llevadme con vosotros!

- ¿Nosotros ir con un tonto como tú? ¡Quédate en casa y da de comer a los cerdos! ¿Qué te has creído?

- ¡Cómo queráis!

Fue a la pocilga, y dio de comer a los cerdos, pero cuando los hermanos se hubieron alejado, salió a la llanura y llamó con su voz guerrera y con un silbido heroico:

- ¡Eh, tú! ¡Sivka-burka, vyeshchy kaurka! ¡Párate ante mí como la hoja ante la hierba!.

Y he aquí que llegó la fogosa montura, haciendo temblar la tierra y abriendo una fuente donde tocaban las patas delanteras y apareciendo un lago donde tocaban las traseras, y lanzando llamas por los ojos y nubes de humo por las orejas.

- ¿Qué quieres? -preguntó con voz humana.

Juanito el tonto entró por una oreja y salió por otra convertido en un apuesto guerrero y más hermoso de lo que puede uno representar en sueños. Montó a caballo, empuñó las riendas, golpeó a su montura en el rabo y el brioso corcel salió volando más veloz que el viento, y en un abrir y cerrar de ojos, llegó ante la torre de Zarevna. Entonces el jinete azotó con el látigo las costillas de la cabalgadura y ésta se levantó como una serpiente enfurecida, y de un brinco alcanzó la ventana donde se asomaba la Zarevna Baktriana. Juanito el tonto le tomó en sus manos de héroe, besó sus labios de miel, cambió con ella los anillos, y fue arrebatado como por un huracán hacia los prados, arrollando cuanto hallaba a su paso. La Zarevna sólo tuvo tiempo de incrustar en su frente un brillante como una estrella porque el poderoso guerrero se desvaneció enseguida de su vista. El Zar se levantó lleno de admiración, la Zarina, lanzó un grito de sorpresa y los magnates se retorcían las manos sin proferir palabra.

Los hermanos de Juanito el tonto llegaron a su casa y se pusieron a discutir sobre lo que habían visto:

- El campeón de hoy ha sido el mejor y él es el novio de la Zarevna. Pero ¿quién es?

- ¡Pues, hermanos, ése era yo! -dijo Juanito el tonto.

- ¡Cállate de una vez! ¿Qué habías de ser tú? Vete a la estufa a avivar el fuego y no te metas en nuestras conversaciones.

Pero el Zar Gorokh mandó cercar la ciudad poniendo estrecha vigilancia y permitiendo la entrada a todo el mundo, pero prohibiendo que nadie saliese, luego publicó un bando ordenando, bajo pena de muerte, que todos los habitantes de la ciudad, ancianos y jóvenes, fuesen a la corte del Zar a rendirle homenaje, esperando encontrar la persona en cuya frente luciese el brillante que su hija la Zarevna había incrustado en la de su prometido.

Desde las primeros horas del día la gente empezó a acudir a la corte, y a todos les miraban la frente, pero en ninguna frente aparecía la estrella. Llegó la hora de la comida, pero en las salas del palacio no se veía ninguna mesa puesta. También los hermanos de Juanito el tonto fueron a enseñar su frente, obedeciendo la orden del Zar, y Juanito el tonto les dijo:

- ¡Llevadme con vosotros!

- ¿Llevarte? -le contestaron.- ¡Siéntate en tu rincón y caza moscas! ¿Pero cómo es que tienes la cabeza vendada con esos trapos? ¿Te la has lastimado?

- Ayer, cuando estabais fuera, andaba distraído y me di un golpe con la puerta. La puerta no se hizo daño, pero a mí me salió un chichón en la frente.

En cuanto los hermanos hubieron salido, Juanito el tonto fue a pasar por debajo de la ventana donde estaba sentada la Zarevna con el corazón turbado. Los soldados del Zar lo vieron y le preguntaron:

- ¿Por qué llevas vendada la frente? ¡Quítate esos trapos, que la veamos! ¿No hay una estrella en tu frente?

Juanito el tonto no quiso quitarse las vendas y los soldados armaron un escándalo que atrajo la atención de la Zarevna y ésta ordenó que le llevasen al joven a su presencia, le quitó el vendaje de la frente y allí encontró la estrella. Cogió a Juanito el tonto por la mano y lo condujo a presencia del Zar Gorokh.

- ¡Mira, querido y soberano papá, éste es mi prometido esposo y tu yerno y sucesor!

No había más que decir. El Zar ordenó que se sirviera el banquete y Juanito el tonto y la Zarevna se casaron, celebraron la boda durante trece días y se divirtieron de lo lindo. El Zar nombró a los hermanos de Juanito el tonto capitanes de su ejército y les regaló una aldea y una casa a cada uno.

Los hermanos de Juanito el tonto eran listos, y cuando fueron ricos, no es de admirar que todos los tomaran por sabios. Y cuando se vieron encumbrados empezaron a mostrarse altivos y orgullosos, no permitían que la gente del pueblo entrara en su patio y obligaban a los cortesanos y a los boyardos a descubrirse cuando llegaban a la escalera. A tal punto llegó su soberbia, que los boyardos fueron a ver al Zar y le dijeron:

- Soberano Zar, los hermanos de tu yerno se jactan de saber dónde crece el manzano de hojas de plata y de manzanas de oro y desean traértelo como presente.

El Zar mandó comparecer a los hermanos de Juanito el tonto y les dijo que fueran a buscarle el manzano de las hojas de plata y de las manzanas de oro, y, como nada tenían que replicar, se vieron obligados a obedecer. El Zar les mandó escoger los mejores caballos de su establo y ellos emprendieron el viaje en busca del manzano de las hojas de plata y de las manzanas de oro. Y al cabo de unos días, Juanito el tonto se levantó, montó en su jamelgo, de cara a la grupa, y salió de la ciudad. Al llegar a campo abierto cogió su rocín por la cola, lo tiró al suelo y gritó:

- ¡Venid, cuervos y milanos, aquí tenéis con qué desayunaros!

Enseguida llamó a su caballo, le entró por una oreja, le salió por otra, y el caballo lo llevó a Oriente, donde crece el manzano de hojas de plata y manzanas de oro, en un terreno de arenas de oro. Lo arrancó de raíz y regresó; pero antes de llegar a la ciudad del Zar Gorokh, levantó su tienda con el mástil de plata en el campo y se echó a dormir. Y he aquí que sus hermanos volvían por aquel camino con las narices caídas y sin saber que excusa dar al Zar de su fracaso, y acertaron a ver la tienda y junto a ella el manzano, y despertaron a Juanito el tonto y empezaron a regatear con él ofreciéndole por el árbol tres carretadas de plata.

- El manzano es mío, caballeros, y no se compra ni se vende, pero se da por un capricho. Un capricho no es gran cosa. ¡Dadme los dos un dedo del pie derecho y trato concluido!

Los hermanos hablaron entre sí, pero no tuvieron más remedio que acceder. Juanito el tonto les cortó un dedo del pie derecho a cada uno y les entregó el manzano, que ellos llevaron al Zar.

- ¡Mira, oh Zar! -le dijeron en tono jactancioso.- Hemos tenido que andar mucho, hemos sufrido grandes penalidades; pero hemos satisfecho tu deseo.

El Zar estaba encantado. Organizó festejos en honor de los hermanos, mandó anunciar su hazaña al son de trompetas y tambores y les regaló una villa a cada uno, elogiando la lealtad con que le habían servido.

Luego, los otros cortesanos y boyardos le dijeron:

- No es tan gran servicio como te parece el manzano de hojas de plata y de manzanas de oro. Los hermanos de tu yerno se jactan de que son capaces de ir al Cáucaso y traerte la guarra de cerdas de oro, de dientes de plata y de veinte lechones.

El Zar mandó comparecer a los hermanos de Juanito y les dijo que fueran a buscarte la guarra de cerdas de oro, de dientes de plata y de veinte lechones, y como nada tenían que replicar, se vieron obligados a obedecer. Y emprendieron el viaje en busca de la guarra de cerdas de oro, de dientes de plata y de veinte lechones. Y oportunamente, Juanito el tonto se levantó, montó en su vaca de cara a la grupa y salió de la ciudad. Cuando estuvo en campo abierto cogió la vaca por la cola y la derribó gritando:

- ¡Venid corriendo, lobos grises y preciosas zorras! ¡Aquí tenéis una buena comida!

Luego llamó a su corcel, le entró por una oreja y le salió por la otra, y el caballo lo llevó a las tierras del Sur y lo introdujo en una espesa selva donde la guarra de cerdas de oro estaba arrancando raíces con sus colmillos de plata, rodeada de veinte lechones. Juanito el tonto sujetó a la guarra con una lazada de seda, colgó los lechones del arzón de su silla y emprendió el regreso, y cuando ya estaba cerca de la ciudad de Gorokh, levantó su tienda con el mástil de plata y se echó a dormir. Y he aquí que sus hermanos, que regresaban cabizbajos por aquel camino, sin saber qué excusa presentar al Zar, acertaron a ver la tienda y junto a la tienda estaba atada al lazo de seda la guarra de cerdas de oro, de dientes de plata y de veinte lechones, y despertaron a Juanito el tonto y empezaron a regatear con él, ofreciéndole por la guarra tres sacos de piedras preciosas.

- La guarra es mía, caballeros, y no se compra ni se vende; pero se da por un capricho. Un capricho no es gran cosa. ¡Dejaos cortar un dedo de la mano y trato concluido!

Los hermanos hablaron entre sí y se dijeron: "¿Si un hombre puede vivir sin seso, por qué no ha de vivir sin dedos?" Y dejaron que Juanito el tonto les cortara un dedo a cada uno, y él les entregó la guarra que se apresuraron a ofrecer al Zar, dándoselas de valientes.

- Zar -le dijeron,- hemos viajado por mares inmensos, hemos atravesado bosques impenetrables, hemos cruzado desiertos arenosos, hemos sufrido frío y hambre; pero hemos satisfecho tu deseo.

El Zar estaba lleno de gozo al contar con tan fieles servidores, dio un banquete a todo el mundo, premió a los hermanos de Juanito el tonto nombrándolos boyardos y no se cansaba de elogiarlos.

Entonces, los otros cortesanos y boyardos le dijeron:

- No es tan gran servicio como te parece, ¡oh, Zar! traerte la guarra de cerdas de oro, de dientes de plata y de veinte lechones. Una guarra es una guarra aquí y en todo el mundo, aunque tenga cerdas de oro. Pero los hermanos de tu yerno se jactan de poderte hacer un mayor servicio. Dicen que son capaces de traerte del establo de la Serpiente Goruinich el caballo de crines de oro y cascos de diamantes.

El Zar mandó comparecer a los hermanos de Juanito el tonto y les dijo que fueran a buscarle a los establos de la Serpiente Goruinich el caballo de las crines de oro y cascos de diamante. Los hermanos protestaron, jurando que nunca habían dicho tales palabras, pero el Zar no quiso escucharlos.

- Tomad -les dijo- de mis tesoros cuanto necesitéis y de mis ejércitos la fuerza que queráis, y traedme el caballo de las crines de oro y cascos de diamantes. Sois los primeros en mi reino pero si no me lo traéis, os degradaré y os reduciré a la condición de pelagatos.

Con esto, aquellos buenos guerreros, aquellos campeones inútiles, emprendieron el viaje, arrastrando los pies y sin saber adónde dirigirse. Oportunamente, Juanito el tonto se levantó y a horcajadas en su bastón, salió al campo descubierto, llamó a su caballo, le entró por una oreja y le salió por la otra y el caballo lo llevó a las tierras de Poniente, hacia la gran isla donde la Serpiente Goruinich guardaba en su establo de hierro, bajo siete cerrojos, bajo siete puertas, el caballo de las crines de oro y de los cascos de diamantes. Después de mucho viajar, subiendo y bajando, avanzando y retrocediendo, Juanito el tonto llegó a la isla, luchó tres días con la Serpiente hasta que la mató; pasó tres días más descerrajando las puertas y derribándolas, cogió el caballo por la crin y emprendió el regreso. Pero a pocas leguas de la ciudad, levantó su tienda con el mástil de plata y se echó a dormir. Y he aquí que sus hermanos volvían por el mismo camino, sin saber qué decir al Zar Gorokh. De pronto uno de ellos notó que la tierra temblaba. Era que el caballo de crines de oro estaba piafando. Miraron a todos lados y vieron una luz como de antorcha encendida a lo lejos. Era la crin del caballo que brillaba como el fuego. Se detuvieron, despertaron a Juanito el tonto y empezaron a regatear por el caballo ofreciéndole por él, cada uno, un saco de piedras preciosas.

- El caballo es mío, caballeros, y no se compra ni se vende; pero se da por un capricho. Pero un capricho no es gran cosa. ¡Dejadme que os corte una oreja y trato hecho!

Los hermanos dejaron que su hermanito les cortara una oreja, y él les entregó el caballo de las crines de oro y no cesaban de darse tono, contando tales embustes que a los que escuchaban les dolían los oídos de oírlos.

- Hemos ido -dijeron al Zar- más allá de la tierra de Tres Veces Diez, más allá del gran Océano; hemos luchado con la Serpiente Garuinich que por cierto nos arrancó una oreja, como puedes ver; pero todo nos parece poco, pues por servirte nadaríamos en ríos de sangre, sacrificaríamos los brazos, las piernas y toda nuestra vida.

En su alegría, el Zar los colmó de riquezas, les nombró los primeros de sus boyardos y dio tal banquete, que las cocinas del palacio fueron insuficientes, aunque estuvieron cociendo y asando en ellas durante tres días, y las bodegas se quedaron secas, y en el banquete, el Zar colocó a uno de los hermanos de Juanito el tonto a su derecha y al otro a su izquierda. Y el banquete transcurría en completa alegría y los invitados estaban ya casi hartos, y animados por el vino, hablaban produciendo un ruido como de colmena, cuando vieron entrar a un apuesto guerrero, que no era otro que Juanito el tonto, vestido como el día en que dio, montado en su corcel, el brinco de treinta y tres pisos. Y cuando sus hermanos lo vieron, el primero estuvo a punto de atragantarse con el vino que bebía, y por poco se ahoga el otro con un trozo de ganso que en aquel momento se llevaba a la boca, y dejaron caer las manos y se quedaron girando los ojos, sin saber qué decir. Juanito el tonto hizo una profunda reverencia ante su suegro, el Zar, y le contó cómo había ido en busca del manzano de hojas de plata y de manzanas de oro, y de la guarra de cerdas de oro, dientes de plata y veinte lechones, y del caballo de crines de oro y cascos de diamantes, y enseñó los dedos de los pies y de las manos y las orejas por los que había cambiado todas aquellas cosas con sus hermanos.

El Zar Gorokh se encolerizó en gran manera y golpeó el suelo con los pies. Ordenó que sacaran de allí a escobazos a los hermanos de Juanito el tonto y al primero lo mandó a la pocilga a cuidar de los cerdos y al segundo al gallinero a cuidar de las aves de corral.

A Juanito el tonto lo sentó a su lado y lo nombró jefe de todos sus boyardos, y capitán de sus capitanes. Y siguieron el festín con más alegría que antes hasta que se lo comieron y se lo bebieron todo. Y Juanito el tonto empezó a gobernar el reino, y sus leyes fueron sabias y terribles, y cuando murió su suegro se sentó en el trono. Tuvo muchos hijos y sus súbditos lo amaban como a un padre y sus vecinos le temían, pero la Zarevna Baktriana era tan hermosa en su vejez como lo fuera en su juventud.

 

 

Los dos hijos de Iván el soldado

 

Una vez vivía en cierto país un campesino. Cuando le llegó el tiempo de ir al servicio militar se despidió de su joven esposa con estas palabras:

- ¡Óyeme, esposa mía! Vive honestamente, no te mofes de la buena gente, no dejes que nuestra cabaña se caiga, cuida de todo con esmero y espera mi regreso. Si Dios quiere, volveré y dejaré el servicio. Aquí tienes cincuenta rublos. Si nos nace un niño o una niña es igual; guarda el dinero hasta que nuestro hijo sea mayor. Si es una niña cásala con el pretendiente que le salga, pero si Dios te da un hijo, cuando llegue a la edad de la razón, este dinero te ayudará un poco.

Luego se despidió de la mujer y se marchó a guerrear donde le mandaron. Transcurridos tres meses, le nacieron dos gemelos a quienes llamó los hijos de Iván el soldado. Los pequeños crecieron como dos plantas bien cultivadas. Al llegar a los diez años, su madre cuidó de instruirlos y tanto progresaron en las letras, que los hijos de los boyardos y los hijos de los comerciantes no les aventajaban en saber. Ningún muchacho sabía leer en voz alta, escribir y contestar a las preguntas tan bien como ellos. Los hijos de Iván el soldado fueron creciendo y un día preguntaron a su madre:

- Madre querida, ¿no nos dejó nuestro padre algún dinero? En tal caso dánoslo y nos lo llevaremos a la ciudad para comprarnos un caballo cada uno.

La madre les dio los cincuenta rublos, veinticinco para cada uno, y les dijo:

- Atendedme, hijos míos: cuando vayáis a la feria saludad a todos los que encontréis.

- Así lo haremos, querida madre.

Los dos hermanos se encaminaron a la ciudad y se dirigieron a la feria de caballos. Vieron muchos caballos, pero no eligieron ninguno, porque no eran bastante buenas cabalgaduras para los buenos hermanos. Y uno de estos dijo al otro:

- Vamos al otro extremo de la plaza. Mira cómo corre allí la gente. Algo extraordinario ocurre.

Se acercaron al grupo alborotado y vieron allí dos yeguas atadas a un recio poste, una con seis cadenas y otra con doce cadenas. Las caballerías tascaban el freno y hacían saltar las piedras con sus patas. Nadie se les podía acercar.

- ¿Cuánto valen esas dos yeguas? - preguntó Iván, el hijo del soldado, al amo.

- No metas las narices en este quiso, amigo. Esas yeguas no son para gente de tu ralea. No preguntes más acerca de ellas.

- ¿Cómo sabes quién soy? Tal Vez pueda comprarlas, pero antes quiero mirarles los dientes.

- ¡Mira por tu cabeza! -replicó el amo de las caballerías.

Uno de los hermanos se acercó a la yegua que estaba sujeta por seis cadenas, mientras el otro se acercaba a la que estaba sujeta por doce. Trataron de examinar la dentadura de los animales, pero aquello era imposible. Las yeguas se levantaban sobre las patas traseras y pateaban el aire. Los hermanos les golpearon entonces los ijares con las rodillas y las cadenas que sujetaban a las yeguas se rompieron y éstas dieron un brinco de cinco brazas en el aire y cayeron al suelo patas arriba.

- ¡Bah! -exclamaron los hermanos.- No hay motivo para armar tanto ruido. No queremos estas caballerías ni regaladas.

- ¡Oh! -gritaba la gente, llena de admiración.

- ¿De dónde han salido unos campeones tan fornidos y esforzados?

El dueño de las caballerías casi lloraba. Las yeguas galoparon por toda la ciudad y huyeron a la estepa, sin que nadie se atreviese a detenerlas. Los hijos de Iván el soldado se compadecieron del tratante de caballos, salieron a la ancha planicie, gritaron con voz penetrante y lanzaron formidables silbidos, y las yeguas retrocedieron amansadas y fueron a colocarse a su puesto, donde permanecieron como clavadas. Entonces, los dos hermanos las encadenaron y las trabaron fuertemente. Hecho esto, emprendieron el regreso a su casa. Por el camino encontraron un viejo de barba blanca y, olvidando el consejo de su madre, pasaron sin saludarlo. De pronto, uno de ellos se acordó y dijo al otro:

- ¡Hermano! ¿Qué hemos hecho? ¡No nos hemos inclinado ante ese viejo! ¡Corramos tras él y saludémoslo!

Corrieron tras el viejo, se quitaron el sombrero, se le inclinaron hasta la cintura y le dijeron:

- Perdona, padrecito, que hayamos pasado sin saludarte. Nuestra madre nos recomendó mucho que rindiésemos tributo de homenaje a quien encontrásemos en el camino.

- ¡Gracias, buenos jóvenes! ¿Adónde os guía Dios?

- Venimos de la feria de la ciudad. Queríamos comprar un buen caballo para cada uno, pero no nos gustó ninguno.

- ¿Cómo es posible? ¿Tal vez os gustasen las jaquitas que yo os daría?

- ¡Ah, padrecito! Te quedaríamos agradecidos toda la vida.

- Pues seguidme.

Los condujo a una alta montaña, abrió dos puertas de hierro, y sacó dos caballos de magnífica estampa.

- Aquí tenéis vuestros caballos, montadlos y partid en nombre de Dios, y que prosperéis con ellos.

Le dieron los gracias, montaron y galoparon hacia su casa. Llegaron al patio, ataron los caballos a un poste, y entraron en la cabaña.

La madre les preguntó, diciendo:

- Y bien, hijos míos, ¿habéis comprado una jaca para cada uno?

- No las hemos comprado, las hemos obtenido como regalo.

- ¿Dónde las dejasteis?

- Ahí fuera.

- ¡Ay, hijos míos! ¡Mirad que no se las lleve alguien!

- No, querida madre, nadie podría robar nuestros caballos. No hay quien pueda dominarlos ni acercárseles.

La madre salió a ver los caballos y dijo llorando:

- Bien, hijos míos, ¿cómo es posible que seáis los que yo he criado?

Al día siguiente, los hermanos pidieron a la madre que los dejase ir a la ciudad a comprar una espada para cada uno.

- Id, hijos míos.

Ellos fueron a la ciudad, se dirigieron a casa del herrero, entraron a la herrería y dijeron al amo:

- ¡Haznos un par de espadas!

- ¿Por qué he de hacéroslas si hoy tantos hechas? Elegid las que más os gusten.

- No, amigo, queremos unas espadas que pesen cuatro mil libras cada una.

- ¿Habéis perdido el juicio? Quién sería capaz de manejar semejante arma? No hallaréis en ninguna parte lo que buscáis.

Los jóvenes no tuvieron más remedio que volverse a casa cabizbajos. Por el camino encontraron al mismo anciano.

- ¡Hola, amigos!

- ¡Buenos días, padrecito!

- ¿De dónde venís?.

- De la ciudad, de ver al herrero. Queríamos comprar dos espadas damasquinas y no hemos encontrado ninguna que se ajuste a nuestros puños.

- ¡Qué ridículo! Es posible que yo pueda daros una a cada uno.

- ¡Ah, padrecito! Te quedaríamos eternamente agradecidos.

El viejo se los llevó a una montaña, abrió una puerta de hierro y sacó dos espadas de héroe. Los jóvenes las tomaron, dieron las gracias y se volvieron a casa con el corazón lleno de alegría.

- Y bien, hijos míos, -les preguntó su madre,­ ¿os habéis comprado una espada para cada uno?

- No las hemos comprado, las hemos obtenido como regalo.

- ¿Y qué habéis hecho con ellas?

- Las hemos dejado arrimadas a la cabaña.

- ¡Mirad que no se las lleve alguien!

- No hay miedo, querida madre, nadie puede llevárselos, pues no podría ni levantarlas.

La madre salió a mirar y vio las dos heroicas armas apoyados en la cabaña, que apenas podía sostenerse bajo su peso. La mujer prorrumpió en llanto y dijo:

- Bien, hijos míos, ¿cómo es posible que seáis los que yo he criado?

Al día siguiente, los hijos de Iván el soldado cogieron los caballos y las espadas y fueron a ver a su madre, a quien dijeron:

- Danos tu bendición, querida madrecita, porque vamos a emprender un largo viaje.

- Que mi bendición maternal os acompañe. Id en nombre de Dios. Portaos bien y conoced el mundo. No ofendáis a nadie sin motivo y no sigáis malos caminos,

- No temas, querida madre. Nuestro lema es: "Cuando como no silbo y cuando muerdo no suelto".

Entonces los jóvenes montaron a caballo y emprendieron la marcha. Anda que andarás, anda que andarás, llegaron a una bifurcación de¡ camino y se detuvieron ante dos pilares. En uno estaba escrito: "Quien siga hacia la derecha se convertirá en Zar", y en el otro se leía: "Quien siga hacia la izquierda se convertirá en cadáver". Los hermanos se quedaron un momento reflexionando:

- ¿Qué camino hemos de tomar? -Se decían.- Si los dos seguimos el de la derecha, no encontraremos bastante honor y gloria para la fuerza heroica y las juveniles hazañas de los dos; pero nadie quiere ir por la izquierda a buscar la muerte.

Y uno de los hermanos dijo al otro:

- Escucha, querido hermano: yo soy más fuerte que tú; déjame seguir el camino de la izquierda a ver cómo puede sorprenderme la muerte. Pero tú sigue el de la derecha y tal vez Dios te destine para Zar.

Entonces se despidieron y cada uno dio al otro un pañuelo y tomaron un acuerdo. Los dos se alejarían plantando postes de trecho en trecho, en el camino, y en los postes dejarían escrito lo que les sucediese y así podrían guiarse. Cada mañana al lavarse se enjugarían la cara con el pañuelo del hermano, y cuando el pañuelo apareciera con sangre sería señal de que el hermano había muerto, y en la desgracia, se apresuraría a buscar el muerto. Con esto, los dos hermanos se separaron en diferentes direcciones.

El que tomó el camino de la derecha llegó a un reino magnífico donde vivía un Zar y una Zarina que tenían una hija llamada la sin par Zarevna Nastasia. El Zar vio al hijo de Iván el soldado, apreció su valor de caballero, y sin andarse por las ramas, lo casó con su hija, llamándolo el Zarevitz Iván, y confiándole el gobierno de todo el reino. El Zarevitz Iván vivió felizmente, enamorado de su esposa, dictó sabias leyes a su reino y se divirtió mucho entregado a los placeres de la caza.

Pero su hermano, el hijo de Iván el soldado, que había elegido el camino de la izquierda, caminó día y noche sin descanso. Pasó un mes, dos meses, tres meses andando y por fin llegó a un imperio desconocido. En la capital de este imperio reinaba la mayor consternación. Las casas estaban cubiertas de velos negros y la gente se deslizaba por las calle, como sombras. Alquiló una habitación en casa de una pobre vieja y empezó a preguntarle:

- Dime, abuela: ¿por qué está la gente de tu tierra tan apesarada y cubre las casas con velos negros?

- ¡Ay, joven! Una gran desgracia nos aflige. Cada día sale del mar por detrás del peñasco verde una serpiente de doce cabezas y cada vez se come una persona, y ahora le ha tocado el turno a la propia casa del Zar. El Zar tiene tres hermosas hijas y ahora mismo están conduciendo a la más joven al mar para que la devore el monstruo.

El hijo de Iván el soldado montó su caballo y se dirigió a galope al mar. No lejos del peñasco verde estaba la sin par Zarevna, atada a una cadena de hierro. Al ver al caballero, le dijo:

- ¡Aléjate inmediatamente, buen joven! La serpiente de doce cabezas saldrá de un momento a otro. Yo he de morir, pero tú tampoco escaparías a la muerte, porque la cruel serpiente también te devoraría.

- No temas, doncella encantadora. Tal vez pueda salvarte.

Y acercándose a ella rompió la cadena con sus manos, como si no fuese de hierro sino de cordeles podridos. Luego encendió una hoguera en derredor del peñasco y la alimentó con robles y pinos que arrancaba de raíz, haciendo una gran pira. Acto seguido, volvió al lado de la encantadora doncella y le dijo:

- Necesito descansar, pero tú vigila el mar y en cuanto veas levantarse una nube y sople el viento y el mar ruja y se encrespe, despiértame, hermosa doncella.

Dicho esto, recostó su cabeza en las rodillas de la joven y cayó en profundo sueño, y la encantadora doncella permanecía con la vista fija en el mar. De pronto, se levantó una nube en el horizonte y empezó a soplar el viento y el mar a agitarse y a rugir. La serpiente salía del mar levantando montañas de agua y la Zarevna trató de despertar a Iván, el hijo del soldado; pero por mucho que lo sacudía no lo arrancaba de su profundo sueño, y entonces lloró y sus lágrimas ardientes cayeron en la mejilla del joven, y el héroe se despertó enseguida, corrió a montar su caballo, que ya había levantado un montón de tierra con sus cascos, y fue al encuentro de la serpiente. Ésta se dirigió contra el joven echando fuego, se quedó un momento mirando al héroe y le dijo:

- Has hecho muy bien en venir, hermoso joven; pero tu última hora ha sonado. Despídete de este mundo y arrójate al galope a mi garganta.

- ¡Mientes, maldita serpiente! ¡Ríndete!

Y enseguida empezó un combate mortal. Iván, el hijo del soldado descargaba sobre el monstruo tan fuertes mandobles que su espada se puso al rojo vivo y no podía tenerla en sus manos, por lo que gritó a la Zarevna:

- ¡Auxíliame, encantadora doncella! Moja tu pañuelo en el mar y envuelve con él el puño de mi espada.

La Zarevna mojó enseguida su pañuelo y se lo alargó al esforzado joven. Él envolvió el puño de la espada con el pañuelo mojado y se lanzó furiosamente contra la serpiente; pero comprendió que no podría matarla con su espada. Cogió, pues, de la pira un tronco de pino encendido y quemó el único ojo de la serpiente, y una vez ciega, le cercenó las doce cabezas, las cuales colocó detrás del peñasco. Luego arrastró el cuerpo del monstruo al mar y se volvió a casa, donde, después de comer y de beber, estuvo durmiendo durante tres días seguidos.

Entretanto, el Zar llamó a su aguador y le dijo:

- Ve a la orilla del mar y recoge los huesos de la Zarevna, si tienes la suerte de encontrarlos.

El aguador fue a la orilla del mar y encontró a la Zarevna sana y salva. La subió a su carro y se la llevó a lo más intrincado de un espeso bosque. Allí desenvainó su cuchillo y empezó a afilarlo.

- ¿Qué haces? -preguntó la Zarevna.

- Afilo mi cuchillo para matarte. Si dices a tu padre que yo maté la serpiente, te perdonaré la vida.

Tan espantada estaba la hermosa doncella que lo juró hacer lo que él le ordenaba. Era la hija predilecta del Zar y cuando éste vio que estaba sana y salva quiso premiar al aguador y se la dio por esposa. Enseguida corrió por todo el reino el rumor de la hazaña del aguador y de su recompensa y también llegó a oídos de Iván, el hijo del soldado, la noticia de que se celebraba una boda en la corte. Sin perder tiempo se encaminó al palacio donde se daba un gran banquete. Una multitud de invitados comían, bebían y se divertían de lo lindo; pero en cuanto la joven Zarevna puso la vista en Iván, el hijo del soldado, y vio la espada que éste llevaba todavía envuelta en su pañuelo de rico encaje, se levantó de un salto, lo cogió de la mano y gritó:

- Querido padre y soberano señor, he aquí al que me salvó de la cruel serpiente y de una muerte terrible. El aguador no hizo más que afilar su cuchillo y decirme: "Afilo mi cuchillo para matarte. Si dices a tu padre que yo mató a la serpiente, te perdonaré la vida".

El Zar montó en ira e hizo ahorcar al aguador y dio a Iván, el hijo del soldado, a la Zarevna por esposa, y con este motivo hubo grandes regocijos. Y la joven pareja vivió feliz y en continua prosperidad.

No había transcurrido mucho tiempo cuando al Zarevitz Iván, el otro hijo de Iván el soldado le ocurrió algo digno de contarse.

Un día, mientras estaba cazando, sorprendió a un ciervo de ligeros pies. Espoleó su caballo y persiguió al venado, pero no pudo darle alcance y al llegar a un prado, el ciervo había desaparecido. Iván se detuvo pensando: "¿Cómo volveré al punto de partida si no sé el camino?" Y he aquí que un río atravesaba el prado y dos patos grises se deslizaban por el agua. Disparó una flecha y los mató, los sacó del agua, los guardó en su zurrón y prosiguió la marcha. Anduvo sin parar hasta que vio un palacio de piedra blanca, se apeó, ató el caballo a un poste, y empezó a recorrer las salas del palacio. Estaban vacías y no hallaba asomo de ser viviente. Por fin llegó a un salón donde vio la estufa encendida y una cacerola capaz para la comida de seis personas. La mesa estaba puesta, con platos, copas y cuchillos. El Zarevitz Iván sacó los patos, los desplumó, los coció, los puso en la mesa y empezó a comer. De pronto, sin saber como, se le apareció una hermosa joven, tan hermosa que ni la pluma puede describirlo ni la boca expresarlo con palabras y que le dijo:

- Pan y sal, Iván el Zarevitz.

- Perdón, hermosa joven, siéntate y come conmigo.

- Me sentaría contigo, pero tengo miedo. Tú traes un caballo encantado.

- No, hermosa joven, estás mal informada. Mi caballo prodigioso se ha quedado en casa y yo he traído un caballo ordinario.

Apenas hubo oído esto la hermoso joven empezó a inflares, a inflarse hasta convertirse en una espantosa leona que abrió sus enormes fauces y se tragó entero al Zarevitz Iván. No era una joven cualquiera, sino la hermana de la serpiente muerta por Iván, el hijo de¡ soldado.

Y sucedió que, por aquel entonces, el otro Zarevitz Iván se acordó de su hermano, sacó el pañuelo de éste del bolsillo y se enjugó el rostro y vio que todo el pañuelo estaba manchado de sangre. No hay que decir la pena que experimentó. ¿Qué le habría sucedido a su hermano? Se despidió de su mujer y de su padre político y montando su caballo heroico salió a galope tendido en busca de su hermano. Después de largo y fatigoso viaje, llegó al reino donde su hermano había vivido, preguntó por él y se enteró de que el Zarevitz había ido a cazar y desapareció sin dejar rastro.

Iván fue a cazar al mismo paraje y al ver un ciervo se lanzó tras él corriendo hasta que, en un prado, perdió de vista al animal. Un río atravesaba el prado y en el agua nadaban dos patos. Iván los mató y siguió andando hasta que encontró el palacio de piedra blanca, cuyas salas desiertas recorrió. Al llegar al salón donde había una estufa encendida y una cacerola capaz para comida de seis personas, coció los patos y volvió al patio, se sentó en las gradas de la entrada y empezó a comer. De pronto se le apareció una hermosa joven.

- Pan y sal, buen joven. ¿Por qué comes en el patio?

Iván, el hijo de¡ soldado, contestó:

- En el salón no quiero comer, me gusta más en el patio. ¡Siéntate conmigo, hermosa joven!

- Me sentaría de mil amores, pero me da miedo tu caballo encantado.

- No hay por qué temer, hermosa joven. Viajo en una yegua vulgar.

Lo creyó como una tonta y empezó a inflarse, a inflarse hasta convertirse en una espantosa leona. Y se lo hubiera tragado, pero el caballo mágico se lanzó sobre la fiera y la sujetó con sus cuatro patas. Entonces, Iván, el hijo del soldado, desenvainó su espada y gritó con voz penetrante:

- ¡Habla, maldita! ¿No te has tragado tú a mi hermano, el Zarevitz Iván? ¡Devuélvemelo, si no quieres que te haga pedazos!

La horrible leona se transformó de nuevo en la más bella de las doncella y empezó a gritar con voz suplicante:

- No me mates, buen joven. Coge esos dos frascos que hay en el banco, llenos de agua de la salud de la vida, sígueme a la cámara subterránea y vuelve a la vida a tu hermano.

El Zarevitz Iván siguió a la hermosa doncella a la cámara subterránea, y encontró a su hermano despedazado. Lo roció con agua de la salud y vio cómo la carne subía y se juntaba. Luego lo roció con agua de la vida y su hermano se levantó y habló:

- ¡Ah! ¿Cuánto tiempo hace que duermo?

A lo que Iván el Zarevitz contestó:

- ¡Para siempre jamás hubieras dormido, a no ser por mí!

Los dos hermanos volvieron a la corte, donde celebraron su encuentro con fiestas que duraron tres días, y luego se despidieron. Iván, el hijo del soldado, volvió con su mujer en incesante amor y armonía. El Zarevitz volvió a sus dominios y yo lo encontré en el camino. Tres días bebimos y nos divertimos juntos, y él mismo me contó este cuento.

 

 

La rana zarevna

 

En cierto reino de cierto Imperio vivían un Zar y una Zarina que tenían tres hijos, los tres jóvenes, valerosos y solteros, el menor de los cuales se llamaba Iván. Un día el Zar les habló y les dijo:

- Queridos hijos, coged cada uno una flecha y un arco, salid en diferentes direcciones y disparadla con toda vuestra fuerza y dondequiera que caiga la flecha, elegid allí vuestra esposa.

El mayor disparó y la flecha fue a parar precisamente al aposento de la hija de un boyardo. La flecha del segundo hermano fue a parar a la casa de un rico comerciante y se quedó clavado en una galería donde se paseaba en aquel momento una hermosa doncella, que era la hija de¡ comerciante. El hermano menor disparó su flecha, que fue a caer a una charca y la cogió una rana que todo el día estaba croando.

El Zarevitz Iván dijo a su padre:

- ¿Cómo quieres qué acepte por esposa a semejante charlatana? ¿Yo casarme con una rana?

- ¡Cásate con ella - replicó su padre,- ese es tu destino!

Los tres hermanos se casaron. El mayor, con la hija del noble, el segundo, con la hija del comerciante y el menor con la rana charlatana. Y el Zar los llamó y les dijo:

- Mañana han de cocerme vuestras esposas pan blanco,

El Zarevitz Iván se retiró de la presencia de su padre tan afligido, que la cabeza, siempre erguida, te caía por debajo de los hombros.

- ¡Croá, croá! ¿Por qué estás tan afligido, Iván el Zarevitz? -preguntó la rana.

- ¡Bien se ve que no has oído las palabras de mi padre el Zar. ¿Cómo no he de estar triste si mi padre y soberano señor quiere que mañana le cuezas pan blanco?

- ¡No te aflijas por tan poca cosa, Zarevitz; acuéstate y duerme, que la almohada es buena consejera!

Hizo que el Zarevitz se acostase y cuando estuvo dormido, se arrancó la piel de rana y se transformó en una doncella de sin igual hermosura. Basilisa Premudraya salió a la galería y gritó con voz penetrante:

- ¡Nodrizas, nodrizas! ¡Venid! ¡Poneos a trabajar y hacedme pan blando y blanco como el que solía comer en casa de mi querido padre!

Cuando se levantó el Zarevitz Iván, al día siguiente, ya estaba el pan hecho y era un pan tan magnífico que ni la lengua puede expresarle ni la fantasía imaginarlo; sólo se puede hablar en un cuento de cómo era. Los repulgos hacían unos dibujos fantásticos y los cuernos de que estaba rodeado representaban castillos con fosos y todo. El Zar se deshizo en elogios del Zarevitz Iván a causa del pan que le presentó y ordenó a sus tres hijos:

- Vuestras esposas han de fabricarme una alfombra en una noche.

El Zarevitz Iván salió de la presencia de su padre tan afligido que la cabeza, siempre erguida, le caía por debajo de los hombros.

- ¡Croá, croá! ¿Por qué estás tan afligido, Iván el Zarevitz? ¿Te ha dirigido tu padre el Zar palabras de censura?

- ¿Cómo no he de estar triste si mi padre y soberano señor te ordena que le fabriques un tapiz de seda en una noche?

- No te apures por eso, Zarevitz; acuéstate y duerme, que la almohada es una buena consejera.

Hizo que el Zarevitz se acostase y cuando vio que dormía se desprendió de la piel de rana y quedó transformada en una hermosa doncella. Basilisa Premudraya salió a la galería y gritó con voz penetrante:

- ¡Nodrizas, nodrizas! ¡Venid! ¡Poneos a trabajar y tejedme una alfombra de seda como aquellas en que me solía sentar en casa de mi querido padre!

Dicho y hecho. Cuando se levantó el Zarevitz al día siguiente, ya estaba la alfombra lista, y era tan magnífica, que sólo es para decir en cuentos cómo era, mas no para imaginarlo ni soñarlo. La alfombra estaba bordada en oro y plata y en los más vivos colores. El Zar llenó de elogios al Zarevitz Iván a causa de la alfombra, y enseguida ordenó a los tres hijos que al día siguiente compareciesen ante él con sus respectivas esposas.

De nuevo se retiró el Zarevitz Iván de la presencia de su padre tan afligido, que la cabeza, siempre erguida, le caía por debajo de los hombros.

- ¡Croá, croá! ¿Por qué estás tan afligido, Iván el Zarevitz? ¿Te ha dirigido tu padre el Zar palabras de censura?

- ¿Cómo no he de estar triste, si mi padre soberano y señor me ha ordenado que me presente mañana contigo? ¿Qué dirá la gente si te ve?

- No te apures, Zarevitz. Preséntate solo ante tu padre y yo llegaré detrás de ti. Cuando oigas ruido y llamen a la puerta, sólo has de decir: "¡Aquí viene mi querida Ranita, metida en su cestita!"

Y he aquí que los hermanos mayores se presentaron con sus esposas magníficamente ataviadas y se reían del Zarevitz Iván, diciendo:

- Hermano, ¿por qué has venido sin tu mujer? Podías haberla traído en paño de cocina. ¿De dónde sacaste semejante belleza? ¡Sin duda la buscaste por todos los pantanos del país de las hadas!

Y he aquí que se oyó un gran ruido y que llamaban a la puerta con tan recios golpes, que temblaba todo el palacio. Los invitados se asustaron tanto, que dejaron su puesto y no sabían donde meterse; pero el Zarevitz Iván los tranquilizó diciendo:

- ¡No temáis, señores! ¡Eso no es más que mi Ranita que vienen en su cestita!

Y una carroza de oro tirada por seis caballos se detuvo a la entrada del palacio, y de ella bajó Basilisa Premudraya de tan singular belleza, que sólo es para decir en cuentos, pero no para imaginarla ni soñarla. El Zarevitz Iván la cogió de la mano y la condujo a la mesa de bordado mantel. Los convidados empezaron a comer y a divertirse. Basilisa Premudraya bebía vino pero arrojaba las heces de la copa en el interior de su manga izquierda. También comió cisne asado, pero arrojaba los huesos en el interior de su manga derecha. Las mujeres de los hermanos mayores, que se fijaron en aquellos que creían estratagemas, hicieron lo mismo. Luego cuando Basilisa Premudraya bailó con el Zarevitz Iván, agitó su mano izquierda y apareció un lago; agitó su mano derecha y aparecieron cisnes blancos deslizándose por la superficie del agua. El Zar y sus huéspedes se quedaron atónitos ante tales maravillas. Después bailaron las mujeres de los hermanos mayores. Agitaron la mano izquierda y todos los invitados quedaron rociados de agua; agitaron la mano derecha y los huesos fueron a dar en los mismos ojos del Zar. Éste se indignó y las arrojó de la corte a cajas destempladas.

Y sucedió que un día el Zarevitz Iván aprovechando una ocasión, salió de casa, encontró la piel de rana y la echó al fuego. Basilisa Premudraya fue a buscar la piel y al no hallarla se apenó en gran manera y, hecha un mar de llanto, fue a ver al Zarevitz y le dijo:

- ¿Qué has hecho, desgraciado Zarevitz Iván? Si hubieras esperado un poco más, hubiese sido tuya para siempre. Pero ahora, ¡adiós! Búscame más allá del país Tres Veces Nueve, en el imperio de Tres Veces Diez, en casa de Koshchei Bezsmertny (el esqueleto inmortal).

Dicho esto se transformó en un cisne blanco y salió volando por la ventana.

El Zarevitz Iván lloró amargamente, se volvió a los cuatro puntos cardinales rogando a Dios que dirigiera sus pasos y por fin emprendió la marcha en una dirección.

Anda que andarás, ando que andarás, sin que importe los días que estuvo andando, encontró por fin un viejo, muy viejo, que le dijo:

- ¡Hola, buen joven! ¿Qué buscas y adónde vas?

El Zarevitz le contó toda su desgracia.

- ¡Ay, Zarevitz Iván! ¿Por qué quemaste aquella piel de rana? ¡No debiste hacerlo! Basilisa Premudraya era más lista y más inteligente que su padre, y éste por envidia la condenó a vivir como una rana por espacio de tres años. Aquí tienes una pelota, tírala y síguela donde vaya.

Iván el Zarevitz dio las gracias al viejo y siguió la pelota. Al pasar por un llano encontró a un oso y pensó:

- ¡Vaya! Mataré a este oso.

Pero el oso le rogó:

- ¡No me mates, Zarevitz! ¡Yo también puedo hacerte algún favor en alguna ocasión!.

Siguieron andando y he aquí que venía en su dirección contoneándose un pato. El Zarevitz tendía ya el arco para tirarle, cuando el animal gritó con voz humana:

- ¡No me mates, Zarevitz Iván! ¡Tal vez también yo pueda darte alguna prueba de amistad!

Le tuvo compasión y siguieron adelante, y una liebre cruzó corriendo el camino. El Zarevitz preparó el arco y ya estaba a punto de disparar la flecha cuando la liebre gritó con voz humana:

- ¡No me mates, Zarevitz! Yo también puedo darte alguno prueba de amistad!

Iván el Zarevitz le tuvo compasión y siguieron andando hasta que llegaron al mar, y he aquí que en la arena agonizaba un pez, que suspiró:

- ¡Zarevitz Iván! Compadécete de mí y vuélveme al agua.

El joven echó el pez al agua y siguió andando por la playa. La pelota dando vueltas y más vueltas, llegó por fin ante una mísera choza que se sostenía y giraba sobre unas patas de gallina. El Zarevitz Iván le dijo:

- ¡Chocita, chocita, ponte como te puso tu madrecita, de cara a mí y de espalda al mar!

Y la chocita dio una vuelta y se puso de cara a él y de espalda al mar. El Zarevitz entró y se halló en presencia de la Baba Yaga piernas de hueso, echada en la estufa sobre nueve ladrillos y puliéndose los dientes.

- ¡Hola, buen joven! ¿A qué debo el honor de tu visita?

- ¡Calla, bruja! Me llamas buen joven y más valdría que me dieras algo de comer y de beber y me preparases un baño. Luego podrías preguntarme lo que quieras.

La Baba Yaga lo dio de comer y de beber y le preparó un baño, y luego el Zarevitz le dijo que iba en busca de su esposa, Basilisa Premudroyo,

- La conozco- dijo la Baba Yaga.- Ahora está con su padre Koshchei Bezimertny. Es difícil llegar allí y no es fácil arreglar las cuentas a Koshchei. Su muerte depende de la punta de un aguja, la aguja la lleva una liebre, la liebre está en un cofre, el cofre en la cima de un alto roble, y Koshchei guarda el roble como la niña de sus ojos.

Baba Yaga le enseñó entonces en qué parte se hallaba el roble. EI Zarevitz se dirigió adónde le indicó, pero no sabía cómo apoderarse del cofre. De pronto, sin saber cómo, el oso se abrazó al árbol y lo arrancó de cuajo; el cofre cayó y se hizo pedazos; la liebre de un salto se puso en salvo. Pero he aquí que la otra liebre se lanzó tras ella, la cogió y la descuartizó; de dentro de la liebre salió un pato que echó a volar por el aire; pero el otro pato lo persiguió, le dio alcance y lo abatió, y al caer, el pato dejó caer un huevo y éste se perdió en el mar. El Zarevitz ante aquella irreparable pérdida del huevo lloraba desconsolado, cuando el pez se acercó nadando a la orilla con el huevo en la boca. El joven tomó el huevo, lo rompió, sacó la aguja y rompió la punta. Entonces atacó a Koshchei, que se defendió cuanto pudo, pero por más esfuerzos que hizo no le tocó más que sucumbir. El Zarevitz Iván se dirigió a casa de Koshchei, cogió a Basilisa Premudraya y se volvió a casa. Y en adelante vivieron juntos largos años y en completa felicidad.

 

 

El campesino Demyan

 

En cierta aldea, ignoro si hace poco o mucho tiempo, vivía un campesino testarudo y violento, llamado Demyan. Era duro, bronco y colérico y siempre buscaba la ocasión de disgustarse con cualquiera. Imponía su voluntad a puñetazos cuando no bastaban las palabras. Invitaba a un vecino a su casa, y le obligaba a comer, y si el vecino rehusaba un bocado por vergüenza o cortesía, el campesino se disgustaba y le gritaba: "¡En casa ajena obedece al dueño!"

Y un día sucedió que un mocetón entró como convidado a casa de Demyan, y el campesino le puso una mesa llena de exquisitos manjares y de los mejores vinos. El joven comía a dos carrillos y despachaba plato tras plato. El campesino estaba admirado y cuando vio la mesa limpia y las botellas vacías, se quitó la levita y le dijo:

- ¡Quítate la blusa y ponte mi levita! -porque pensaba: "Rehusará y entonces sabrá para qué tengo los puños".

Pero el joven se puso la levita, se la ciñó bien y haciendo una reverencia, dijo:

- ¡Y bien, padrecito! Gracias por el regalo. No me niego a aceptarlo, porque en casa ajena hay que obedecer al dueño.

El campesino estaba furioso. Deseaba provocar una pendencia a toda costa y con tal objeto condujo al mozo al establo y le dijo:

- Nada es poco para ti. ¡Ea, monta en mi caballo y llévaselo como si fuera tuyo! -porque pensaba: "Rehusará y habrá llegado el momento de darle una lección".

Pero el joven volvió a decir:

- ¡En casa ajena hay que obedecer siempre al dueño!

Y cuando estuvo bien montado, se volvió al campesino Demyan y gritó:

- ¡Hasta la vista, amigo! ¡Nadie te ha obligado, pero has caído en tu misma trampa! -Y dicho esto, salió galopando.

El campesino se quedó moviendo la cabeza y dijo: "La guadaña ha dado contra una piedra", con lo que quería decir que había hallado por fin la horma de su zapato.

 

 

La alforja encantada

 

Había una vez un hombre casado con una mujer extraordinariamente pendenciera. El pobre hombre no tenía un momento de tranquilidad, pues por cualquier nadería lo abrumaba a denuestos su mujer, y si él se atrevía alguna vez a replicar, lo echaba a escobazos de la cocina. Al desgraciado no le quedaba otro consuelo que ir al campo a cazar conejos con lazo y pájaros con trampas que colgaba de los árboles, porque cuando llevaba buena caza, su mujer se calmaba y dejaba de atormentarlo durante uno o dos días y él gustaba unas horas de paz.

Un día salió al campo, preparó sus armadijos cogió una grulla.

- ¡Qué suerte la mía! -pensó el buen hombre.­ Cuando vuelva a casa con esta grulla y mi mujer la mate y la ase, dejará de molestarme por algún tiempo.

Pero la grulla adivinó su pensamiento y le dijo con voz humana:

- No me lleves a tu casa ni me mates; déjame vivir en libertad, y serás para mí como un padre querido y yo seré tan buena para ti como una hija.

El hombre se quedó atónito y soltó a la grulla, pero al volver a casa con las manos vacías, lo abroncó su mujer de tal manera, que el infeliz hubo de pasar la noche en el patio, bajo la escalera. Al día siguiente, muy temprano, se marchó al campo y estaba preparando sus armadijos, cuando vio a la grulla del día antes que se le acercaba con una alforja en el pico.

- Ayer -dijo la grulla- me diste la libertad y hoy te traigo un regalito. Ya me lo puedes agradecer. ¡Mira!.

Dejó la alforja en el suelo y gritó:

- ¡Los dos fuera de la alforja!

Y he aquí que, sin saber cómo, saltaron de la alforja dos jóvenes, que en un momento prepararon una mesa llena de los manjares más exquisitos que puedan imaginarse. El hombre se hartó de comer las cosas más sabrosas que en su vida había probado, y sólo se levantó de la mesa cuando la grulla gritó:

- ¡Los dos a la alforja!

Y jóvenes, mesa y manjares desaparecieron como por encanto.

- Toma esta alforja -dijo la grulla,- y llévasela a tu mujer.

El hombre dio las gracias y se encaminó a su casa, pero de pronto le entró el deseo de lucir su adquisición ante su madrina y fue a verla. Preguntó por su salud y la de sus tres hijos y dijo:

- Dame algo de comer y Dios te lo pagará.

La madrina le dio lo que tenía en la despensa, pero el ahijado hizo una mueca de disgusto y dijo a su madrina:

- ¡Vaya una triste comida! Es mejor lo que yo traigo en la alforja. Voy a obsequiarte.

- Bueno, venga.

El hombre cogió la alforja, la puso en el suelo y gritó:

- ¡Los dos fuera de la alforja!

Y al momento saltaron de la alforja dos jóvenes que prepararon una mesa y la llenaron de platos exquisitos como la madrina no había visto en su vida.

La madrina y las tres hijas comieron hasta que se hartaron; pero la madrina tenía malas ideas y pensaba quedarse con la alforja del ahijado. Lo halagó con palabras lisonjeras y le dijo:

- Mi querido hijo de pila, veo que estás hoy muy cansado y te sentaría muy bien un baño. Todo lo tenemos preparado para calentarlo.

Al ahijado no le desagradaba un baño y aceptó de mil amores. Colgó la alforja de un clavo y se fue a bañar. Pero la madrina dio prisa a sus hijas para que cosieran una alforja idéntica a la de su ahijado y cuando la tuvieron lista la cambió por la que estaba colgada. El buen hombre nada notó de aquel cambio y con la alforja recién cosida se dirigió a su casa, contento como unas pascuas. Cantaba y silbaba y antes de llegar a la puerta llamó a gritos a su mujer, diciendo:

- ¡Mujer, mujer, felicítame por el regalo que me ha hecho la grulla!

La mujer lo miró, pensando: "Tú has estado bebiendo en alguna parte y buena la has pillado. ¡Yo te enseñaré a no emborracharte!"

El hombre entró y sin perder tiempo, dejó la alforja en el suelo y gritó:

- ¡Los dos fuera de la alforja!

Pero de la alforja no salió nada, y volvió a gritar:

- ¡Los dos fuera de la alforja!

Y... ¡nada!. La mujer, al ver aquello, se puso como una fiera y se arrojó sobre su marido, cogiendo de paso un estropajo, y mal lo hubiera pasado el hombre sin la precaución de escaparse de casa.

El desgraciado se encaminó al mismo lugar del campo, porque pensaba: "Tal vez encuentre a la grulla y me dé otra alforja". Y en efecto, la grulla ya lo esperaba en el mismo lugar del campo con otra alforja.

- Aquí tienes otra alforja que te hará tan buen servicio como la primera.

El hombre se inclinó hasta la cintura y se volvió a casa corriendo. Pero, mientras corría, le asaltó esta duda: "Si esta alforja no fuese lo mismo que la primera se armaría la gorda con mi mujer y no me libraría de ella ni ocultándome bajo tierra". Vamos a probar:

- ¡Los dos fuera de la alforja!

Inmediatamente salieron de la alforja dos jóvenes que empuñaban sendos garrotes y se pusieron a apalearlo gritando: "¡No vayas a casa de tu madrina ni te dejes engatusar con palabras melosas!" Y siguieron descargando garrotazos sobre el hombre, hasta que éste gritó:

- ¡Los dos a la alforja!

Los jóvenes desaparecieron en la alforja.

- Bueno -pensó el buen hombre,- llevé la primera alforja a casa de la madrina como un imbécil; pero no seré tan tonto de no llevar ésta también. ¡A ver si me la cambiará! ¡Entonces sí que quedaría bien lucida!

Se dirigió bien contento a casa de su madrina, colgó la alforja en el clavo de la pared y dijo:

- Te agradeceré que me calientes el baño, madrina.

- Con mucho gusto, ahijado.

El hombre se cerró en el cuarto de baño, dispuesto a permanecer mucho rato. La mujer llamó a sus hijas, las hizo sentar a la mesa y dijo:

- ¡Los dos fuera de la alforja!

Y de la alforja salieron de un salto los dos jóvenes con los garrotes que empezaron a descargar golpes a diestro y siniestro, gritando:

- ¡Devolved al hombre su alforja!

La mujer ordenó a su hija mayor:

- Llama a mi ahijado que está en el baño, y dile que estos dos me están moliendo a palos.

Pero el ahijado contestó desde el baño:

- Aun no he acabado de bañarme.

La mujer mandó a su hija menor, pero el ahijado contestó desde el baño:

- Aun no he acabado de secarme.

Y los dos jóvenes no cesaban de descargar garrotazos diciendo:

- ¡Devuelve al hombre su alforja!

La madrina no pudo soportar más golpes y mandó a sus hijas que cogiesen la alforja y se la llevasen a su ahijado al cuarto de baño. Éste entonces salió del baño y gritó:

- ¡Los dos a la alforja!

Los dos jóvenes de los garrotes desaparecieron para siempre. Entonces el hombre cogió las dos alforjas y se fue a casa. Y de nuevo gritó antes de llegar:

- ¡Felicítame, mujer, por el regalo que me a hecho el hijo de la grulla!

La mujer se enfureció al oír aquello y se asomó con la escoba. Pero el hombre, apenas entró en casa gritó:

- ¡Los dos fuera de la alforja!

Inmediatamente apareció la mesa ante la mujer, y los dos jóvenes la llenaron de platos de los más exquisitos manjares. La mujer comió, bebió y se mostró tierna y sumisa.

- ¡Bueno, vida mía, ya no te molestaré más!

Pero el hombre, después de comer, cogió la alforja sin que su mujer la viera, y la escondió, dejando en su lugar la otra. La mujer, llena de curiosidad, quiso probar por sí misma cómo funcionaba la alforja, y gritó:

- ¡Los dos fuera de la alforja!

Inmediatamente aparecieron los dos jóvenes empuñando sendos garrotes y empezaron a descargar garrotazos sobre la mujer, mientras gritaban:

- ¡No maltrates a tu marido! ¡No maldigas a tu marido!

La mujer chillaba como una condenada, gritando a su marido que acudiese en su auxilio. El buen hombre se compadeció de ella, entró y dijo:

- ¡Los dos a la alforja!

Y los dos desaparecieron en la alforja.

Desde entonces el matrimonio vivió en tan dulce paz, que el hombre no se cansa de poner a su mujer por las nubes, y el cuento se acabó.

 

 

El valiente jornalero

 

Un joven entró al servicio de un molinero. El molinero lo mandó echar grano en la tolva, pero el operario, que no entendía de molinos, echó el trigo sobre la muela y cuando ésta empezó a girar, todo el grano quedó esparcido por tierra. Cuando el amo llegó al molino y vio aquello, despidió al jornalero. El pobre joven se volvió a casa, pensando por el camino: "Poco tiempo he trabajado para el molinero". Tan preocupado estaba, que tomó un camino por otro y se perdió entre unas malezas, hasta que un río le privó el paso. Y junto al río había un molino abandonado, donde resolvió pasar la noche.

Ya eran cerca de las doce y aun no había podido conciliar el sueño. Le asustaban todos los ruidos que llegaban a su oído, pero mucho más hubo de asustarle un ruido de pasos que se acercaban al abandonado molino. El pobre trabajador se levantó más muerto que vivo y se escondió en la tolva. Tres hombres entraron al molino y, a juzgar por su aspecto, no eran gente honrada sino ladrones. Encendieron fuego y procedieron a repartirse el botín. Y uno de los ladrones dijo a los otros:

- Esconderé mi parte bajo el molino.

Y el segundo dijo:

- Esconderé la mía bajo la muela.

Y el tercero dijo:

- Yo esconderé mi parte en la tolva.

Pero el jornalero estaba acurrucado en la tolva y pensó: "Nadie puede morir dos veces, pero todos hemos de morir una vez. No sé si podré asustarlos. Lo probaré". Y se puso a gritar con toda la fuerza de sus pulmones:

- ¡Dionisio, ven aquí; y tú, Focas, vigila la ventana, y tú, pequeño, no te muevas de ahí! ¡Cogedlos, que nadie se escape; nada de piedad con ellos!

Los ladrones, presa del pánico, abandonaron el botín y huyeron como alma que lleva el diablo. El jornalero salió de la tolva, cogió todo el botín y se volvió a casa mas que rico.

 

 

 

La sortija encantada

 

Había una vez un viejo matrimonio que tenía un hijo llamado Martín. El marido enfermó y murió y, aunque se había pasado toda la vida trabajando no dejó más herencia que doscientos rublos. La viuda no quería gastar este dinero. ¿Mas, qué remedio le quedaba? Como no tenían qué comer hubo de recurrir a la vasija en que guardaba el patrimonio. Contó cien rublos y mandó a su hijo a comprar pan para todo el año. Martín, el hijo de la viuda, fue a la ciudad. Al llegar al mercado le sorprendió un tumulto del que salían gritos que asordaban y, al inquirir la causa, se enteró de que los carniceros habían atado un perro a un poste y le pegaban sin misericordia. Martín se compadeció del perro y dijo a los carniceros:

- Hermanos míos, ¿por qué pegáis al perro tan desalmadamente?

- ¿Por qué no hemos de pegarle, si ha echado a perder todo un cuarto de ternera?

- ¡Pero no le peguéis más, hermanos! Mas os valdría vendérmelo.

- Cómpralo, si quieres -le replicaron los carniceros burlándose de él.- Pero no te daremos por menos de cien rublos semejante alhaja.

- Y bien, cien rublos no son más que cien rublos, después de todo.

Y Martín dio los cien rublos por el perro, que se llamaba Jurka, y se volvió a casa.

- ¿Qué has comprado? -le preguntó su madre.

- ¡Mira, he comprado a Jurka! -contestó el hijo. Su madre le armó un escándalo y lo reprendió, gritando:

- ¿No te da vergüenza? ¡Pronto no tendremos nada que llevarnos a la boca y tú has ido a tirar el dinero en un condenado perro!

Al día siguiente la mujer mandó a su hijo a la ciudad y le dijo:

- Piensa que te llevas los últimos cien rublos. Compra pan. Hoy recogeré la poca harina que queda en los rincones y aun haré alguna torta, pero mañana no tendremos nada que comer.

Martín fue a la ciudad y se paseaba por las calles curioseando cuando vio un chico que arrastraba a un gato atado por el cuello.

- ¡Espera! -le gritó Martín.- ¿Por qué arrastras a Miz?

- ¡Voy a ahogarlo!

- ¿Pues qué ha hecho?

- Es un granuja. Ha robado un ganso.

- No lo ahogues. Más te valdrá vendérmelo.

- ¡No te lo vendería por menos de cien rublos!

- Y bien, cien rublos no son más que cien rublos, después de todo. Aquí los tienes.

Y se llevó a Miz.

- ¿Qué has comprado, hijo mío?, -le preguntó su madre cuando llegó a casa.

- ¡El gato Miz!

- ¿Y qué más?

- Tal vez quede algún dinero y podremos comprar otra cosa.

- ¡Oh, santo cielo! ¡Qué necio eres! -chilló la madre.- ¡Sal ahora mismo de casa y gánate la vida!

Martín no se atrevió a replicar a su madre. Cogió a Jurka y a Miz y se marchó a la próxima aldea en busca de trabajo. Allí encontró a un rico granjero que le preguntó:

- ¿Dónde vas?

- Voy a ajustarme como jornalero.

- Ven conmigo. Yo tomo jornaleros sin contrato, pero si me sirves bien durante un año, no te arrepentirás.

Martín se avino y durante un año trabajó para el granjero sin descanso. Llegado el día del pago, el granjero condujo a Martín al pajar, le mostró dos sacos llenos y le dijo:

- Coge el que quieras.

Martín examinó los sacos. El uno estaba lleno de monedas y el otro de arena, y él pensó para sí: "Esto no está hecho sin razón alguna; sin duda es un engaño. Cogeré el de arena y no dudo que saldrá algo bueno".

Martín se cargó el saco de arena y fue en busca de trabajo a otro pueblo. Anda que andarás, anda que andarás, llegó a un bosque enmarañado y en el interior del bosque había un claro y en el claro un círculo de fuego y en el centro del círculo una doncella tan hermosa que daba gloria mirarla. Y la hermosa doncella le dijo:

- Martín, hijo de la viuda, si quieres ser feliz, sírveme; apaga el fuego con la arena que has ganado con tu trabajo.

- Y bien, ¿por qué no? -pensó Martín.- ¿Qué he de hacer con este saco que pesa tanto? Es preferible socorrer con él a una persona.

Y como lo pensó lo hizo. Desató el saco y esparció la arena por el fuego. Enseguida se extinguió la hoguera, pero la hermosa doncella se transformó en una serpiente, se enroscó a la cintura y al cuello del muchacho y le dijo:

- ¡No temas, Martín, hijo de la viuda! Ve sin miedo a la tierra de Tres Veces Diez, al mundo subterráneo que gobierna mi padre. Pero ten presente lo que te digo: él te ofrecerá plata y oro y piedras preciosas a manos llenas; tú no aceptarás nada de lo que te ofrezca, pero le pedirás la sortija que lleva en el dedo meñique. Esa sortija no es una sortija cualquiera. Si la cambias de dedo, doce jóvenes campeones se te aparecerán inmediatamente, y en una noche harán lo que les mandes

El mozo se puso a caminar y al cabo de muchos días y muchas noches llegó al país de Tres Veces Diez, y al pasar por una roca levantada en medio del camino, la serpiente saltó de su cuello y se convirtió en la hermosa doncella de antes.

- Sígueme -dijo a Martín, mostrándole un agujero debajo de la roca.

Durante mucho tiempo estuvieron andando por aquel túnel hasta que llegaron a una llanura al aire libre, y en mitad de esta llanura se levantaba un castillo de alabastro, con tejados de escamas de oro, y pináculos de oro.

- Ahí es donde vive mi padre, el Zar de esta región subterránea -dijo la hermosa doncella.

Los viajeros entraron al castillo y el Zar los recibió amablemente.

- Mi querida hija, no esperaba verte por aquí. ¿Por dónde te has estado arrastrando todo este tiempo?

- ¡Mi querido padre y luz de mis ojos: me hubiera perdido para siempre a no ser por este joven que me salvó de una muerte irremediable!

El Zar se volvió a mirar amistosamente a Martín y dijo:

- Gracias, joven. Estoy dispuesto a premiarte con lo que desees. Toma cuanto quieras de mi plata, de mi oro y de mis piedras preciosas.

- Gracias, soberano Zar, por tu generosidad; no quiero plata ni oro ni piedras preciosas, pero si quieres premiarme a medida de tu magnanimidad, te ruego que me des la sortija que luce en el dedo meñique de tu real diestra. Siempre que la mire me acordaré de ti, y si algún día encuentro la mujer que rinda mi corazón, se la regalaré.

El Zar se quitó inmediatamente la sortija y se la dio a Martín, diciendo:

- No faltaba más, buen joven. Toma mi sortija y que te aproveche. ¡Pero no digas a nadie que no es una sortija como cualquier otra, porque podría acarrearte graves perjuicios!.

Martín, el hijo de la viuda dio las gracias al Zar y tomó la sortija. Luego se volvió por donde había entrado al reino subterráneo. Llegó a su casa, consoló a su madre y vivieron los dos sin que nada les faltara. Pero, a pesar de la buena vida que se daba, Martín estaba triste. ¿Y cómo no había de estarlo si deseaba casarse y el objeto de su amor no era una muchacha de su clase sino nada menos que la hija del rey? Consultó a su madre y le rogó que hiciese de casamentero, diciéndole:

- Ve tu misma a ver al Rey y pídele para mí la mano de su hija, la sin par Princesa.

- Pero, hijo mío, ¿no sería mejor que tú mismo cuidaras de eso? ¿Cómo quieres que vaya yo a ver al rey a pedirle su hija para ti? Eso equivaldría a pedir que nos cortasen la cabeza a los dos.

- ¡No tengas miedo, madre mía! Cuando yo te mando, puedes ir tranquila. Y procura no volver sin una contestación.

La buena anciana se dirigió, sin más, al palacio real, y sin hacerse anunciar empezó a subir la regia escalera. Los guardias le impidieron el paso con las armas pero ella las apartó sin inmutarse y continuó subiendo. Luego acudieron lacayos que la cogieron suavemente del brazo con intención de echarla, pero la mujer movió tal zipizape y lanzó tales chillidos, que el mismo Rey oyó el ruido y salió a la ventana a ver qué pasaba. Y, en efecto, vio que sus lacayos trataban de hacer retroceder a una mujer que gritaba con todas sus fuerzas.

- ¡No quiero marcharme! ¡He venido a ver al Rey, porque tengo que darle un encargo que le conviene!

El Rey ordenó que dejasen pasar a la anciana, y ésta fue admitida en el suntuoso salón del trono, donde la esperaba el Rey rodeado de sus ministros. La anciana invocó a los santos y se inclinó ante el Rey.

- ¿Qué tienes que decirme, anciana? -preguntó el Rey.

- Pues, Señor, he venido a ver a su Majestad... que no ofendan mis palabras... ¡He venido a ver a su Majestad como casamentera!

- ¿Has perdido el seso, abuela? -gritó el Rey, frunciendo el ceño.

- No, padrecito, no te enojes y dame una contestación. Tú tienes la mercancía: una hijita, una belleza; yo tengo el comprador: un joven, tan listo, tan inteligente, tan entendido en todo negocio, que no podrías encontrar mejor yerno. Dime, por lo tanto, sin rodeos: ¿quieres casar a tu hija con mi hijo?

El Rey la escuchaba en silencio mientras su ceño se oscurecía como la noche, pero pensó: "¿Por qué un rey como yo se ha de encolerizar con una pobre vieja?" Y los ministros se asustaron viendo que se desfruncía el ceño del rey y que éste la miraba sonriendo.

- Si tu hijo es tan listo y entendido en toda clase de negocios que me construya en veinticuatro horas un palacio más suntuoso que el mío, y que entre su palacio y el mío cuelgue un puente de cristal, y que a lo largo del puente haya manzanos con frutos de oro y en las ramas de estos árboles canten aves del paraíso. Y a la derecha del puente de cristal erija una catedral de cinco pisos de altura, con cúpulas de oro, donde pueda ser coronado con mi hija el día que se casen. Pero si tu hijo no puede hacer esto, en castigo a vuestra presunción, haré que os unten de alquitrán y os cubran de plumas, y os colgaré enjaulados en la plaza del mercado para que la buena gente se ría de vosotros.

Y el Rey sonrió con más complacencia, mientras sus magnates y sus ministros se desternillaban de risa y elogiaban a voz en grito la sabiduría de su soberano, pensando: "¡Qué divertido será ver a la vieja y a su hijo colgados en jaulas! Y que lo veremos es tan claro como la luz del sol. Antes nos crecerá barba en la palma de la mano que ese joven realice lo que se le manda". Y la pobre madre estaba a punto de desvanecerse.

- ¡Cómo! -preguntó- ¿Esa es tu última palabra de rey? ¿Ésa es la contestación que he de dar a mi hijo?

- Sí, has de decirle esto: Si realizas ese trabajo te dará la mano de su hija; de lo contrario, nos encerrará en jaulas.

La pobre mujer llegó a casa más muerta que viva. Se tambaleaba y la ahogaba el llanto. Cuando vio a Martín empezó a gritarle desde lejos:

- ¿No te dije, hijo mío, que fueras tú mismo? ¡Ahora sí que estamos perdidos sin remedio! -Y le contó lo sucedido.

- Anímate, madre -dijo Martín.- Reza y échate a dormir, que la almohada es buena consejera.

Pero él salió de casa, cambió la sortija de dedo e inmediatamente aparecieron los doce jóvenes.

- ¿Qué quieres de nosotros?

Les dijo lo que el rey exigía de él y los jóvenes contestaron:

- Mañana estarán cumplidos tus deseos.

Al levantarse el rey al día siguiente, le sorprendió ver construido un magnífico palacio que se comunicaba con el suyo por un puente de cristal. Y a cada lado del puente crecían hermosos manzanos en cuyas ramas cantaban aves del paraíso. Y a la derecha del puente, resplandeciendo como el fuego a los rayos del sol se levantaba una catedral con sus altivas cúpulas de oro. Y las campanas de la catedral tocaban arrebatadamente llamando en todas direcciones. El rey hubo de cumplir su palabra. Elevó a su yerno a la más alta jerarquía, le dio a su hija por esposa, y celebró la boda con grandes festejos. El vino corría a torrentes y todos bebieron hasta no poder más.

Martín vivía en su palacio y comía y bebía de lo mejor, y su mujer era con él suave como la manteca; pero no lo quería de corazón y cuando pensaba que no se había casado con el hijo de un Zar o el hijo de un rey o al menos un príncipe del mar, sino con Martín, el hijo de la viuda, se sentía humillada y deprimida. Y empezó a pensar en la mejor manera de deshacerse de un marido a quien odiaba. Lo acariciaba, lo lisonjeaba, lo mimaba, y cuando estaban solos le rogaba que le descubriese el misterio de su sabiduría. Y sucedió que un día que el rey lo invitó a su mesa, después de mucho beber y divertirse con todos los cortesanos, al volver a casa se acostó a descansar y la princesa lo llenó de atenciones y caricias y lo engatusó y le hizo beber de tal manera, que logró de él lo que quería, pues Martín le habló de su sortija encantada y de la manera de servirse de ella. Y apenas Martín se durmió y se puso a roncar, la Princesa le quitó el anillo del dedo y bajó al patio, donde cambió la sortija de un dedo a otro, e inmediatamente se le aparecieron los doce jóvenes.

- ¿Qué deseas?

- Que mañana por la mañana hayan desaparecido el palacio, el jardín y la catedral y no quede en su lugar más que una humilde cabaña, adonde trasladaréis a este borracho; pero a mí me llevaréis al Imperio de Tres Veces Diez.

- Se hará como dices -contestaron los jóvenes a una voz.

Al día siguiente, cuando el Rey se levantó, quería devolver la visita a su yerno y se asomó a la galería. Pero cuál no fue su sorpresa al no ver ni palacio ni jardín ni catedral, y sólo una miserable cabaña que apenas se sostenía. El Rey mandó que fuesen en busca de su yerno y le preguntó qué significaba todo aquello, pero Martín, sin saber qué contestar, permaneció mudo y cabizbajo. Y el Rey ordenó que un tribunal juzgase a su yerno por haberlo engañado con artes de magia y haber causado la desaparición de su hija, la sin par Princesa, y condenaron a Martín a permanecer en lo alto de un estrecho torreón, sin nada que comer ni que beber, hasta que muriese de hambre.

Fue entonces cuando Jurka y Miz recordaron que Martín les había salvado la vida y tuvieron los dos una conferencia para fijar su conducta ante aquella situación. Jurka ladraba y enseñaba los colmillos dispuesto a despedazarlo todo para salvar a su amo, pero Miz maullaba y arqueaba el lomo y se pasaba las patitas por la oreja, reflexionando con más calma. Y el astuto gato llegó a una conclusión, que expuso a Jurka.

- Vamos a dar una vuelta por la ciudad y cuando veamos un panadero con una cesta de rosquillas en la cabeza, te pones delante de él para que tropiece y caiga. Yo iré detrás y cogeré las cosquillas y se las llevaré al amo.

Y dicho y hecho. Jurka y Miz dieron una vuelta por la ciudad y no tardaron en encontrar un panadero que iba gritando:

- ¡Rosquillas calentitas ¿Quién compra rosquillas?

Jurka se le puso entre las piernas, el panadero tropezó y la cesta de cosquillas cayó al suelo, y mientras el enojado panadero perseguía al perro, el gato se apoderó de todas las rosquillas y en compañía de Jurka corrió al torreón. Trepó hasta la ventana y llamó a su amo:

- Estás vivo, ¿eh?

- Estoy famélico y no tardaré en morir de hambre.

- No te apures, que enseguida podrás comer. Nosotros velamos por que nada te falte

Y empezó a subirle cosquillas, empanadas y todo lo que llevaba el panadero en la cesta. Luego le dijo:

- Amo, yo y Jurka vamos al reino de Tres Veces Diez y te traeremos la sortija encantada. Procura que te dure la comida hasta que estemos de regreso.

Jurka y Miz se despidieron de su amo y emprendieron, el camino.

Anda que anda, corre que corre, lo husmeaban todo a su paso y escuchaban lo que la gente decía.

Se hicieron amigos de todos los perros y gatos que hallaron, les preguntaron por la Princesa y supieron que no estaban lejos del reino de Tres Veces Diez a donde la habían transportado los doce jóvenes.

Llegaron al reino, se dirigieron al palacio y se hicieron amigos de todos los perros y gatos que lo habitaban, les preguntaron por las costumbres de la Princesa y sacaron a relucir en la conversación la sortija mágica; pero nadie pudo darles noticias ciertas sobre aquel objeto.

Pero un día, fue Miz a cazar a los sótanos del palacio. Vio pasar una rata gorda, se lanzó sobre ella y le clavó las uñas. Ya estaba a punto de hincarle los dientes para empezar a comérsela por la cabeza, cuando la rata le habló y dijo:

- ¡Querido gatito, no me muerdas, no me mates! Tal vez pueda hacerte algún favor. Haré lo que me mandes. Pero si me matas, a mí, que soy la reina de las ratas, todo el reino ratonil será desolado.

- Bueno -dijo Miz,- te perdono, con una condición. En este palacio vive la Princesa, la malvada mujer de nuestro amo. Ha huido robándole la sortija que obra prodigios. Mientras no me traigas la sortija no te escaparás de mis zarpas con ningún pretexto.

- Conforme -dijo la reina de las ratas- trataré de complacerte.

Silbó llamando a todo su pueblo e inmediatamente acudió una multitud de ratas y ratones, grandes y pequeños, jóvenes y viejos, que esperaron las órdenes que había de darles su reina desde las garras de Miz. Y la reina de las ratas les dijo:

- La que me traiga la sortija que obra prodigios y que está en poder de la Princesa me salvará de una muerte cruel y yo la elevaré a la más alta dignidad.

Entonces una ratita se acercó y dijo:

- Yo entro con frecuencia en el dormitorio de la Princesa y vengo observando que los ojos de la Princesa descansan más que nada en una sortija que durante el día lleva en la mano, pero que de noche se mete en la boca y duerme con ella entre los dientes y la mejilla. Si esperáis un poco, yo os traeré ese anillo.

La ratita se alejó corriendo, se introdujo en el dormitorio de la Princesa y esperó a que durmiese. Y mientras la Princesa dormía, sacó la borla de la polvera y le frotó con ella las narices. Aspiró la Princesa los polvos, que penetraron en su nariz y en su garganta y enseguida hubo de incorporarse para toser y estornudar. La sortija se le escapó así de la boca, la ratita la cogió y se la llevó corriendo, para salvar la vida de la reina.

Miz y Jurka se apresuraron a devolver a su amo la sortija prodigiosa y cuando llegaron al torreón, ya Martín estaba a punto de morir de desfallecimiento. El gato trepó inmediatamente hasta la ventana y llamó a su amo:

- ¿Estás vivo, Martín, hijo de la viuda?

- Apenas puedo con mi alma. Hoy es el tercer día que no como.

- Pues, bien, ya se te acabó el sufrir; puedes cantar victoria, porque te traemos la sortija.

Martín estaba loco de alegría, acariciaba el lomo del gato y éste se refregaba contra su amo y murmuraba sus sencillas canciones, mientras, al pie del torreón, Jurka saltaba batiendo la cola y ladrando de alegría y haciendo piruetas como un saltimbanqui.

Martín cogió el anillo y lo cambió de un dedo en otro. Inmediatamente se presentaron los doce jóvenes.

- ¿Qué deseas y qué ordenas?

- Traedme de comer y de beber hasta que no pueda más y que sobre el lecho del torreón toque una música todo el día.

Cuando la gente oyó la música en lo alto del torreón se apresuró a decir al Rey que Martín ya no estaba en su cárcel.

- Ya no debe pertenecer al mundo de los vivos -decían- y está gozando de la gloria en lo alto del torreón. Allí se canta y se baila y chocan las copas y se oye ruido de vajilla y una música tan celestial, que uno se queda escuchando con la boca abierta.

El Rey envió un mensajero al torreón y el mensajero no volvió porque se quedó escuchando la música; luego mandó a su oficial mayor y también se quedó regalándose los oídos. Fue el mismo Rey al torreón y se quedó como una estatua, encantado con la música. Pero Martín llamó a los doce jóvenes y les dijo:

- Reconstruid mi palacio como antes, echad un puente de cristal entre el del Rey y el mío y a un lado volved a erigir la catedral de cinco pisos de altura, y haced que mi infiel esposa vuelva al palacio.

Y mientras él expresaba sus deseos se iban realizando. Luego bajó del torreón, cogió a su suegro de la mano y lo condujo al dormitorio, donde la Princesa, temblando de miedo, esperaba una muerte cruel.

- Mi querido padrecito político, tu hija me ha ocasionado una gran desgracia. ¿Qué castigo merece?

- Mi querido yerno, deja que la clemencia prevalezca sobre la justicia; muévela a la enmienda con buenas palabras y vive con ella como antes.

Martín siguió el consejo de su suegro, reprendió a su mujer, afeándole su conducta y ya no se separó en toda su vida de la sortija ni de Jurka ni de Miz, ni conoció más miseria.

 

 

La pluma de Fenist, el halcón radiante

 

Había una vez un viudo que tenía tres hijas. Las dos mayores eran muy dadas a divertirse y a lucir, pero la menor sólo se preocupaba de los quehaceres domésticos, aunque era incomparablemente hermosa. Un día, el padre tenía que ir a la feria de la ciudad y les dijo:

- Queridas hijas, ¿qué queréis que os compre en la feria?

La mayor de las hijas contestó:

- ¡Cómprame un vestido nuevo!

La mediana contestó:

- ¡Cómprame un pañuelo de seda!

La menor contestó:

- ¡Cómprame un clavel rojo!

El viudo fue a la feria y compró un vestido nuevo para la hija mayor y un pañuelo de seda para la mediana; mas, por mucho que buscó, no pudo encontrar un clavel rojo. Ya estaba de regreso cuando se cruzó en el camino con un viejecito a quien no conocía, y el viejecito llevaba un clavel rojo en la mano. El viudo se alegró mucho al verlo y preguntó al viejecito:

- ¿Quieres venderme ese clavel rojo, viejecito? Y el otro le contestó:

- Mi clavel rojo no se vende, no tiene precio porque es inapreciable; pero te lo regalaré si quieres casar a tu hija menor con mi hijo.

- ¿Y quién es tu hijo, viejecito?

- Mi hijo es el apuesto y valiente guerrero Fenist, el halcón radiante. De día vive en el cielo sobra las nubes y de noche baja a la tierra como un hermoso joven.

El viudo reflexionó. Si no tomaba el clavel rojo infligiría un agravio a su hija, y, si lo tomaba, cualquiera sabía el matrimonio que saldría de aquello. Después de mucho cavilar, aceptó el clavel rojo, porque se le ocurrió pensar que si Fenist, el halcón radiante, que había de ser novio de su hija no le gustaba, siempre habría manera de romper el trato. Pero, apenas el desconocido le hubo entregado el clavel, desapareció para no dejarse ver más. El pobre viudo se apretaba la cabeza con las manos y estaba tan confuso, que ni se atrevía a mirar el clavel rojo, y al llegar a casa dio a sus hijas mayores lo que le habían pedido, y a la menor el clavel rojo, mientras le decía:

- No me gusta tu clavel rojo, hija mía, no me gusta.

- ¿Por qué lo desprecias de esa manera, querido padre? -preguntó ella.

Y el padre le explicó, hablándole al oído:

- Porque tu clavel rojo está encantado; no tiene precio y no puede comprarse con dinero. Para adquirirlo he tenido que ofrecerte en matrimonio al hijo del viejecito que encontré en el camino, a Fenist, el halcón radiante. -Y le contó lo que el viejo le había dicho de su hijo.

- No te apenes, papá -dijo la hija,- y no juzgues a mi prometido por las apariencias, pues aunque venga volando, no por eso lo querremos menos.

Y la hermosa joven se encerró en su aposento, puso el clavel rojo en agua, abrió la ventana y se quedó contemplando el cielo. Apenas había el sol traspuesto el bosque, cuando, sin saber de dónde llegó, raudo, ante la ventana, Fenist, el halcón radiante, agitó su plumaje como un manojo de flores, se pasó en el alféizar, entró volando al aposento, cayó al suelo y se transformó en un apuesto guerrero de belleza incomparable. La doncella se asustó y estuvo a punto de gritar, pero él la cogió suavemente de la mano y la miró con ternura en los ojos, diciendo:

- ¡No temas, amada mía! Cada noche, hasta que nos casemos, vendré volando a tu lado. Siempre que pongas en la ventana el clavel rojo acudiré a la cita. Aquí tienes una plumita de mi alita. Siempre que desees alguna cosa, sal a la galería y agita la plumita en el aire, y lo que desees aparecerá ante ti.

Luego Fenist, el halcón radiante, besó a su prometida y salió por la ventana volando. Dejó tan prendada a la doncella, que desde entonces, cada noche ponía ella el clavel en la ventana, y siempre que esto hacía, Fenist, el halcón radiante, acudía a su lado en forma de un joven guerrero.

Así pasó una semana y llegó el domingo. Las hermanas mayores fueron a la iglesia luciendo sus nuevas prendas, y se burlaron de la hermana menor, diciéndole:

- ¿Y tú qué vas a llevar? No tienes nada nuevo qué lucir.

Y ella les contestó:

- Como no tengo nada, me quedaré en casa.

Pero cuando las hermanas hubieron salido, fue a la galería y agitó al aire la pluma, y sin saber cómo ni de dónde, apareció ante ella una carroza de cristal tirada por hermosos caballos y conducida por lacayos con libreas de oro, que le presentaban un vestido de riquísima seda con bordados de piedras preciosas. La hermosa doncella se sentó en la carroza y fue a la iglesia, y todos la miraban al pasar, admirando su belleza y su esplendor deslumbrante.

- Sin duda ha venido a la iglesia una Zarevna. ¡No hay más que verla! -cuchicheaba la gente entre sí.

Cuando el oficio hubo terminado, la hermosa doncella subió a la carroza y volvió a casa, y al llegar a la galería, agitó la pluma por encima del hombro, y carroza, lacayos y atavíos desaparecieron. Al llegar sus hermanas la vieron sentada junto a la ventana como antes y le dijeron:

- ¡Oh, hermana! ¡No tienes idea de la hermosa dama que ha estado en misa esta mañana! Era algo tan maravilloso que en vano trataríamos de describírtelo.

Transcurrieron otras dos semanas y otros dos domingos causó la hermosa doncella la admiración de sus hermanas, de su padre, y de toda la gente del pueblo. Pero la última vez, al desprenderse ella de los atavíos se olvidó de quitarse la peineta de brillantes. Llegaron sus hermanas de la iglesia, y mientras le estaban hablando de la hermosa Zarevna acertaron a mirar su peinado y exclamaron a una voz:

- ¡Ah, hermanita! ¿Qué llevas ahí?

La hermanita lanzó también una exclamación y huyó a su aposento. Y desde entonces las hermanas empezaron a vigilarla, y escuchando de noche a la puerta de su aposento, descubrieron y vieron como al apuntar el alba, Fenist, el halcón radiante, salía de su ventana y desaparecía entre la espesura del bosque. Y las hermanas la envidiaron y para hacerle mal pusieron en la ventana vidrios rotos y cuchillos afilados, para que Fenist, el halcón radiante, al ir a posarse en el alféizar, se hiriera con los cuchillos. Y aquella noche, Fenist, el halcón radiante, descendió volando y batió en vano sus alas ante la ventana, sin lograr otra cosa que herirse con los cuchillos y cortarse las alas, por lo que tuvo que levantar el vuelo, no sin gritar antes a la hermosa doncella:

- ¡Adiós, hermosa doncella; adiós, amada mía! ¡Ya no me verás más en tu aposento! Búscame en la tierra de Tres Veces Nueve, en el imperio de Tres Veces Diez. ¡El camino es largo, gastarás zapatos de hierro, romperás a pedazos un cayado de acero, consumirás riñones de piedra, antes que llegues a encontrarme, buena doncella!

Y en aquella misma hora, un sueño profundo abatía a la doncella, que oía durmiendo estas palabras y no podía despertar. Se despertó por la mañana y ¡cuál no sería su sorpresa al ver la ventana erizada de vidrios y cuchillos y con manchas de sangre! Pálida y desconsolada se retorció las manos exclamando:

- ¡Oh, desgracia la mía! ¡Han querido matar a mi amado!.

Y sin perder tiempo, se arregló y partió en busca de su amado novio blanco, Fenist, el halcón radiante. La doncella anduvo sin parar, cruzando espesos bosques, espantosos páramos, áridos desiertos, hasta que por fin llegó a una choza desvencijada. Llamó a la ventana y dijo:

- ¡Quienquiera que aquí habite, ruégole que dé albergue por esta noche a una pobre doncella!

Una vieja apareció en la puerta:

- ¡Perdona, hermosa doncella! ¿Adónde vas, palomita?

- ¡Ay, abuela! Voy en busca de mi amado Fenist, el halcón radiante. ¿Puedes decirme dónde lo hallaré?

- No, no lo sé; pero puedes ir a ver a mi hermana mediana y ella te enseñará el camino. Y para que no te pierdas, toma esta pelotita; adonde ruede, síguela.

La hermosa doncella pasó la noche en compañía de la vieja, y ésta al despedirla al día siguiente, le hizo un regalo:

- Toma -le dijo,- aquí tienes una rueca de plata y un huso de oro. Hilaras copos de lino y sacarás hebras de oro. Tal vez llegue un día en que te sea útil.

La doncella tomó el regalo y siguió a la pelota. Si corrió mucho o poco tiempo no importa, el caso es que llegó ante otra choza. Llamó a la puerta y salió la segunda vieja, que después de hacerle unas preguntas y de oír las respuestas, le dijo:

- Tienes que andar mucho aún, doncella, y no es cosa fácil encontrar a tu amado; pero cuando encuentres a mi hermana mayor, ella podrá decírtelo mejor que yo. Toma esta salsera de plata y esta manzana de oro. Tal vez llegue un día en que te sea útil mi regalito.

La muchacha pasó la noche en la choza y al día siguiente reanudó la marcha siguiendo la pelota que rodaba ante ella. Iba cruzando bosques que cada vez eran más negros y espesos y las copas de los árboles tocaban el cielo. Por fin llegó a la última choza y la vieja abrió la puerta y le ofreció albergue por aquella noche. La doncella le contó de dónde venía, a dónde iba y qué buscaba.

- Es un mal negocio el tuyo, hija mía -le dijo la vieja.- Fenist, el halcón radiante, está prometido a la Zarevna del mar, y pronto se casarán. Cuando salgas del bosque y llegues a la playa, siéntate en una piedra y coge la rueca de plata y el huso de oro y ponte a hilar. La novia de Fenist, el halcón radiante se acercará a ti y querrá comprarte la rueca, pero tú no has de dársela por dinero sino por dejarte ver el plumaje florido de Fenist, el halcón radiante.

La joven prosiguió su marcha y el camino iba descendiendo poco a poco, hasta que, inesperadamente, apareció el mar a la vista de la caminante, y en lo remoto se distinguían las cúpulas de un suntuoso palacio de mármol.

- ¡Sin duda es el reino de mi amado, visto de muy lejos! -pensó la hermosa doncella. Y se sentó en una piedra, cogió la rueca de plata y el huso de oro y se puso a hilar cáñamo que se convertía en hebras de oro.

De pronto vio que se acercaba por la orilla del mar una Zarevna con muchedumbre de doncellas de compañía, guardias y servidores, y deteniéndose ante ella se quedó observando su trabajo y le entraron deseos de obtener la rueca de plata y el huso de oro.

- ¡Te lo por nada, Zarevna, si me dejas contemplar a Fenist, el halcón radiante!

La Zarevna no quería aceptar esta condición, pero al fin dijo:

- ¡Bueno, ven a contemplarlo mientras duerme después de comer y ahuyenta las moscas de su lado!

Tomó la rueca y el huso de manos de la doncella y se volvió a sus habitaciones. Después de comer embriagó a Fenist, el halcón radiante, arrojando en el vino un narcótico y cuando un sueño profundo lo abatió hizo pasar a la doncella. Esta se sentó junto a las almohadas, y llorando a mares, decía a su amado:

- ¡Despierta y levántate, Fenist, el halcón radiante! ¡Soy tu amada novia llegada de muy lejos. He gastado zapatos de hierro, he roto a pedazos un cayado de acero, he consumido riñones de piedra, y todo el tiempo he ido buscándote, amado mío!

Pero Fenist, el halcón radiante, dormía, sin saber que la hermosa doncella lloraba a su lado dirigiéndole palabras de ternura. Después entró la Zarevna y mandó salir a la hermosa doncella y despertó a Fenist, el halcón radiante.

- He dormido mucho -dijo él a su novia,- y, no obstante, me parece que alguien lloraba y se lamentaba a mi lado.

- Sin duda lo has soñado -contestó la Zarevna.- No me he movido un momento de tu lado para impedir que las moscas te molestasen.

Al día siguiente la doncella volvió a sentarse a la orilla del mar y se distraía haciendo rodar en la salsera de plata la manzana de oro. La Zarevna se acercó paseando por la playa, se detuvo a mirarla y le dijo:

- ¡Véndeme tu juguete!

- Mi juguete no es para vender. Es una herencia. Pero si me dejas contemplar otra vez a Fenist, el halcón radiante, te lo daré como regalo.

- Perfectamente. Ven esta tarde, y ahuyenta las moscas de mi prometido.

Y de nuevo hizo que Fenist, el halcón radiante, bebiese el narcótico y cuando estuvo dormido, admitió a la hermosa doncella a su lado. Y la hermosa doncella empezó a llorar sobre su amado, en cuya mejilla cayó por fin una de sus ardientes lágrimas. Entonces Fenist, el halcón radiante, despertó de su profundo sueño y exclamó:

- ¿Quién me ha quemado?

- ¡Oh, amado de mis anhelos! -dijo la hermosa doncella.- Soy yo, que he venido de muy lejos. He gastado zapatos de hierro, he roto cayados de acero, he consumidos riñones de piedra y te he buscado por todas partes, amado mío. ¡Este es el segundo día que lloro a tu lado y tú no despertabas ni contestabas mis palabras!

Sólo entonces reconoció Fenist, el halcón radiante, a su amada y experimentó una alegría inefable. La doncella le contó cuanto había sucedido, la envidia que le tenían sus hermanas, lo mucho que había andado y cómo su prometida lo había cambiado por regalos. Fenist se prendó de ella con más ardor que antes, la besó en los labios de miel y ordenó que echasen al vuelo las campanas y que se reuniesen los boyardos, los príncipes y la gente de todas las condiciones sociales en la plaza del mercado. Y él les preguntó:

- Decidme, buena gente, y contestadme conforme a vuestro buen sentido: ¿qué novia he de tomar por esposa para compartir con ella las penas de la vida, la que me vendió o la que volvió a buscarme?

Y el pueblo sentenció por unanimidad:

- ¡La que volvió a buscarte!

Y así lo hizo Fenist, el halcón radiante. Aquel mismo día se unió ante el altar en lazo matrimonial con la hermosa doncella. La boda fue magnífica y la fiesta transcurrió en continuo alborozo. Yo también me divertí, bebiendo vino y aguamiel, y las copas entrechocaban y todos se hartaron, y las barbas estaban húmedas cuando las bocas estaban secas.

 

 

El sueño profético

 

Vivía en cierto tiempo un comerciante que tenía dos hijos: Dimitri e Iván. Una vez les dio los buenos noches y los mandó a dormir diciendo:

- Hijos, mañana me diréis lo que hayáis soñado, y el que me oculte su sueño no espere nada bueno.

Al día siguiente, el hijo mayor fue a ver a su padre y le dijo:

- He soñado, padre, que mi hermano Iván subía al cielo arrebatado por veinte águilas.

- Está bien -contestó el padre,- y, tú, Iván, ¿qué has soñado?

- Una cosa tan insensata, padre, que es imposible explicarla.

- ¿Qué quieres decir? ¡Habla!

- No, no quiero hablar.

El padre se indignó y resolvió castigar a su hijo por desobediente. Llamó a los criados y les ordenó que se llevasen a Iván, lo desnudasen y atasen a un poste en la encrucijada. Dicho y hecho. Los criados cogieron a Iván y se lo llevaron muy lejos, a un lugar donde se cruzaban siete caminos, lo ataron de pies y manos al poste y lo abandonaron a su suerte. El pobre muchacho lo pasó muy mal. El sol lo achicharraba, los mosquitos y las moscas le chupaban la sangre, el hambre y la sed lo atormentaban.

Afortunadamente, acertó a pasar por uno de los siete caminos un joven Zarevitz que, al ver al hijo del comerciante, se compadeció, y ordenó a sus criados que lo desatasen, le dio uno de sus vestidos y lo salvó de una muerte segura. El Zarevitz se llevó a Iván a la corte, le dio de comer y de beber y le preguntó quién lo había atado al poste.

- Mi mismo padre, que estaba enojado conmigo.

- ¿Y por qué? Sin duda no sería leve tu falta.

- Es cierto. No quise obedecerle. Me negué a contarle lo que había soñado.

- ¿Y por una cosa tan insignificante te condenó a una muerte tan cruel? ¡El muy bandido! Seguramente ha perdido el juicio. ¿Y qué soñaste?

- Soñé algo que no puedo decirte ni aun a ti, ¡oh, Zarevitz!

- ¡Cómo! ¿Que no puedes decírmelo a mí, que soy el Zarevitz? ¿A mí, que te salvé de una muerte cruel no puedes decirme una cosa tan sencilla, ni en prueba de agradecimiento? ¡Habla enseguida si no quieres que te ocurra algo que te hará arrepentir!

- No, Zarevitz. Mantengo mi palabra. Lo que no dije a mi padre no te lo diré a ti.

Arrebatado de ira, el Zarevitz se puso a gritar llamando a sus criados y les ordenó:

- ¡Cogedme a este villano, cargadlo de cadenas y encerradlo en la más negra mazmorra!

Los criados no lo pensaron dos veces. Cogieron a Iván, lo encadenaron de pies y manos y lo llevaron al calabozo.

Pasado algún tiempo, el Zarevitz determinó casarse con la tres veces sabia Elena, la primera doncella en belleza y talento sobre la tierra, y hechos los preparativos, emprendió el viaje al extranjero para casarse con la tres veces sabia Elena. Y sucedió que la víspera de su marcha, su hermana la Zarevna, se paseaba por el jardín no lejos del tragaluz que dejaba pasar un poco de claridad a la mazmorra donde estaba encerrado Iván, el cual vio a la Zarevna a través de los barrotes y lo gritó con voz lastimera,

- Madrecita Zarevna, tu hermano no podrá casarse sin mi ayuda.

- ¿Quién eres tú? -inquirió la Zarevna. Iván dio su nombre y añadió:

- Supongo, Zarevna, que estás enterada de los ardides y engaños que usa la tres veces sabia Elena. Muchas veces he oído decir que manda a sus pretendientes al otro mundo; ¡créeme cuando te digo que tampoco tu hermano podrá casarse con ella sin mi ayuda!

- ¿Y tú puedes ayudar al Zarevitz?

- No sólo puedo sino que estoy dispuesto a hacerlo con mucho gusto, pero el halcón que tiene las alas atadas no puede volar.

La Zarevna mandó que lo desatasen y lo pusieran en libertad, y le dio autorización para hacer lo que quisiera mientras fuese en ayuda del Zarevitz. Lo primero que hizo Iván fue elegir sus compañeros: todos habían de ser jóvenes y todos tan parecidos entre sí que se les pudiera tomar por hermanos gemelos. A todos les dio un vestido idéntico, hizo que se arreglasen la barba y se peinasen de la misma manera; les dio a cada uno un caballo del mismo color y que no se diferenciaban entre sí ni en un pelo, montaron y emprendieron la marcha. Doce eran los compañeros de Iván, el hijo del comerciante. Cabalgaron un día y otro día y otro, hasta que llegaron a un bosque e Iván les dijo:

- ¡Alto, hermanos! Estamos cerca de un precipicio, y al borde, del abismo hay un árbol hueco sin ramas. He de ir a buscar mi fortuna al hueco de ese tronco.

Se adelantó, pues, en busca del árbol, metió la mano en el hueco del tronco y sacó un gorro que tenía la virtud de hacer invisible al que lo llevaba. Lo guardó en su seno y, volvió al lado de sus compañeros.

Y llegaron por fin al reino de la tres veces sabia Elena, se dirigieron a la ciudad y allí encontraron al Zarevitz a quien rogaron:

- Tómanos a tu servicio, Zarevitz, y te serviremos como un solo hombre

El Zarevitz reflexionó un momento y se dijo: "Sería tonto no tomar a mi servicio a tan gallardos jóvenes. En tierra extraña, pueden serme de gran utilidad". Y a cada uno de ellos asignó un cargo: a uno lo nombró su escudero, a otro su cocinero, y ordenó a Iván que nunca se alejase de su lado.

Al día siguiente, se vistió el Zarevitz en traje de ceremonia y fue a pretender la mano de la tres veces sabia Elena. Ella le dispensó una cortés acogida, lo obsequió con exquisitos manjares, y luego le dijo:

- No me disgusto ser tu mujer, pero antes es preciso que demuestres tus méritos. Si cumples mis encargos, seré tu fiel esposa; pero si no los cumples, tu altiva cabeza caerá de tus hombros,

- ¿Por qué asustarse antes de tiempo? ¡Dime lo que he de hacer, tres veces sabia Elena!

- He aquí mi primer encargo: He de tener acabado para mañana lo que no te diré y para lo que yo no sé; dame una prueba de tu inteligencia trayéndome su parigual.

El Zarevitz salió del palacio cabizbajo. Pero Iván le salió al encuentro y le dijo:

- Confiésame la causa de tu pena, Zarevitz, y saldrás ganando.

- Pues, mira -dijo el Zarevitz,- que Elena me ha encargado algo que no hay hombre, por sabio que sea, que lo pueda cumplir. -Y le contó lo sucedido.

- ¡Después de todo -le contestó Iván,- no es una cosa tan difícil! Reza y échate a dormir, que la almohada es buena consejera y mañana resolveremos el asunto.

El Zarevitz se echó a dormir, pero Iván, el hijo del comerciante, se puso el gorro invisible, se dirigió corriendo al palacio y atravesando salas y más salas llegó al dormitorio de la tres veces sabia Elena a tiempo para oír las órdenes que ella daba a su doncella de confianza.

- Lleva este tejido de oro a mi zapatero que me haga un par de zapatos lo antes posible.

La doncella salió corriendo con todas sus fuerzas, y tras ella salió Iván. El zapatero puso enseguida manos a la obra y trabajaba tan aprisa, que parecía que el trabajo le quemase los dedos. Machacaba la suela con su martillo y cosía la tela con su lezna, y en poco tiempo quedó listo un zapato que dejó en la ventana. Iván, el hijo del comerciante, cogió el zapatito y se lo escondió en el seno. El zapatero estaba consternado: ¿Qué significaba aquello? El zapato había desaparecido ante sus ojos. Lo buscó en vano por todos los rincones,

- ¿Qué misterio es éste? -pensó.- ¿Es posible que el espíritu maligno quiera tomarme el pelo?

Viendo que nada podía remediar lamentándose, volvió a sentarse al trabajo y acabó el otro zapato, que mandó por la criada a la tres veces sabia Elena. Pero Iván corrió tras la criada, se introdujo invisiblemente en el palacio, se puso detrás de la sapientísima Elena y vio que ésta se sentaba a la mesa y empezaba a recamar el zapatito con realces de oro, incrustándole perlas y piedras preciosas. Iván, el hijo del comerciante, sacó el otro zapato y se puso a hacer lo mismo, poniendo una perla cuando ella ponía una perla y cogiendo una gema igual a la que ella cogía. La tres veces sabia Elena acabó la labor y contempló su obra con honda admiración, sonriendo al pensar: "¡Ya veremos qué me presentará mañana el Zarevitz!"

Iván, el hijo del comerciante, despertó al Zarevitz muy temprano y sacando de su seno el zapato, le dijo mientras se lo entregaba:

- Cuando te presentes a tu dama, ofrécele este zapatito y tendrás realizada tu primera prueba.

El Zarevitz se bañó, se atavió y fue a ver a su dama. Encontró sus habitaciones llenas de boyardos y magnates, y todos sus consejeros que estaban ya reunidos sin que faltase ni uno. Sonó la música, se abrieron las puertas de las habitaciones interiores y apareció la tres veces sabia Elena, avanzando como un cisne blanco, repartiendo saludos a todos lados y dedicando la más profunda inclinación al Zarevitz. Luego sacó de su bolso el zapatito recamado de perlas y piedras preciosas y miró al Zarevitz con una sonrisa burlona, y todos los boyardos, los magnates y los consejeros del palacio fijaron su vista en el mismo Zarevitz. Y éste dijo a la tres veces sabia Elena:

- Tu zapatito es muy bonito, pero de nada te sirve si no tienes su parigual. Pues bien, aquí tienes, el otro que es exacto.

Y sacando del bolsillo el zapato lo puso al lado del otro. Todo el palacio prorrumpió en una exclamación admirativa, y los boyardos, magnates y consejeros gritaron a una voz:

- ¡Tú eres digno, Zarevitz, de casarte con la tres veces sabia Elena!

- No tan pronto, por favor -dijo la Zarevna;- veamos si sale bien de la segunda prueba. Te esperaré mañana aquí mismo, Zarevitz, y hazte cargo de lo que voy a mandarte: Yo tendré algo inexplicable envuelto en plumas y piedras; trae también algo semejante desconocido, envuelto en plumas y piedras.

El Zarevitz salió del palacio más triste que la vez primera, pensando: "Poco tiempo le queda a mi cabeza de estar sobre mis hombros". Y de nuevo lo encontró Iván, el hijo del comerciante, y lo consoló con una sonrisa amistosa y diciendo:

- ¡Vamos, Zarevitz! ¿Por qué estar triste? Reza y échate a dormir, que la almohada es buena consejera.

Y apenas el Zarevitz se fue a dormir, Iván se puso el gorro invisible y llegó al palacio en el momento en que la Zarevna daba esta orden a su criada:

- Ve al gallinero y tráeme un pato.

La criada fue corriendo al gallinero y cogió un pato, pero Iván que le iba detrás, cogió un ánade y se lo guardó en el seno, volviéndose los dos por el mismo camino. Las tres veces sabia Elena se sentó de nuevo a la mesa, cogió el pato, adornó sus alas con cintas y su cola con amatistas, y le puso un collarín de perlas. Iván lo vio todo e hizo lo mismo con su ánade.

Al día siguiente, el Zarevitz fue al palacio, donde ya estaban reunidos todos los boyardos y magnates. Sonó la música, se abrieron las puertas y apareció la tres veces sabia Elena, magnífica como un pavo real. Detrás de ella venían las damas de honor con una bandeja de oro y todos vieron que bajo el blanco paño que cubría la bandeja se movía algo. Lentamente, la Zarevna levantó el paño, cogió el pato y dijo al Zarevitz:

- Y bien, ¿descifraste mi acertijo?

- ¿Cómo no descifrarlo? -contestó el Zarevitz.- ¿Puede haber algo más sencillo que ésto?

Y metiendo la mano en su sombrero, sacó su ataviado ánade,

Todos prorrumpieron en una exclamación admirativa, gritando a una voz:

- ¡Magnífico, Zarevitz! ¡Eres realmente digno de tener por mujer a la tres veces sabia Elena!

Pero ella frunció la cejas y dijo:

- ¡Un poco de paciencia! Que realice la tercera prueba. Si tan listo es, que me traiga tres cabellos de la cabeza y tres pelos de la barba de mi abuelo, el rey del Mar, y entonces estaré dispuesta a casarme con él.

El Zarevitz regresó a casa mucho más triste que nunca, sin querer mirar ni escuchar a nadie.

- ¿Por qué apurarse, Zarevitz? -le murmuró al oído Iván, el hijo del comerciante.- Todo se arreglará.

Y en un momento se plantó en el palacio con el gorra invisible, viendo que la tres veces sabia Elena se preparaba para emprender un viaje en su carroza hacia el mar azul. Nuestro Iván ocupó un puesto en la carroza de manera invisible y los fogosos caballos del Zar los llevaron en un santiamén a la orilla del mar.

Allí, la tres veces sabia Elena se sentó en una piedra que había bajo una roca y, vuelta de cara al mar azul, empezó a llamar a voces a su abuelo, el rey del Mar. El mar azul se agitó como en una tempestad, a pesar de la calma que reinaba, se levantaron montañas de espuma que se acercaron a la orilla y de entre ellas emergió, con agua hasta la cintura, el viejo abuelo. En su cabeza, manojos y manojos de rizos blancos brillaban como plata al sol, chorreándole los mechones que caían sobre sus sienes; pero cubría su rostro una barba espesa de hebras de oro como algas. Venía montado sobre una ola que lo dejó en la orilla cubriéndole el cuerpo hasta la cintura, apoyó en una piedra sus manos, que parecían patas de ganso, puso sus verdes ojos en los de la tres veces sabia Elena y gritó:

- ¡Hola, nieta de mis suspiros! ¡Cuánto tiempo sin verte! Anda, haz el favor de peinarme.

Y descansando su revuelta cabeza en las rodillas de su nieta, cerró los ojos en un dulce sueño. La tres veces sabia Elena empezó a jugar con sus cabellos alisándolos, para enroscárselos luego como caracoles con sus finos dedos, mientras murmuraba palabras al oído del viejo, deseándole sueños agradables, y cuando vio que su abuelo, estaba dormido, le arrancó tres hebras de plata de la cabeza. Pero Iván alargó la mano sin ser visto y le arrancó un mechón.

El abuelo se despertó, y mirando a su nieta, dijo en tono soñoliento:

- ¿Te has vuelto loca? ¡Me has hecho un daño horrible!.

- ¡Perdón, abuelito -replicó la tres veces sabia Elena.- Pero hacía tanto tiempo que no te peinaba, que estás muy desgreñado!

Pero el abuelo no oyó las últimas palabras, porque ya roncaba, y entonces la Zarevna le arrancó tres pelos de la barba. Iván, el hijo del comerciante, no quiso ser menos y tirando con fuerza le arrancó un manojo. El viejo del mar se despertó, bramó como un buey y se sumergió en el agua no dejando en la superficie más que espumas.

Al día siguiente, la Zarevna entró en el palacio pensando: "¡Ahora sí que el Zarevitz no se escapa de mis manos!" Y enseñó al Zarevitz los tres cabellos de plata y los tres pelos de oro.

- ¿Y qué? ¿Ha logrado el Zarevitz proporcionarme algo tan maravilloso como ésto?

- ¡La Zarevna me parece que exagera el mérito! Manojos de esas fruslerías te dará si quieres.

Y todo el palacio prorrumpió en gritos de admiración cuando el Zarevitz mostró los cabellos del abuelo. La tres veces sabia Elena se indignó, corrió a su aposento y consultando sus libros de magia descubrió que no era el Zarevitz el adivino y sabio, sino su criado favorito Iván, el hijo del comerciante. Volvió, pues, a la sala de recepción y dijo en tono de suave y falsa persuasión:

- No has adivinado mis acertijos ni has cumplido mis encargos por ti solo, Zarevitz, sino con la ayuda de tu criado favorito Iván. Me gustaría conocer a ese joven bondadoso. Tráemelo enseguida.

- No tengo un criado sino doce, Zarevna.

- ¡Pues traedme al llamado Iván!

- Todos se llaman Iván.

- Pues que vengan todos -ordenó ella, porque pensaba: "Ya descubriré yo al culpable".

El Zarevitz mandó a llamar a sus criados y los doce jóvenes comparecieron en la corte. Todos tenían el mismo aspecto y la mismo estatura; sus voces eran iguales y entre ellos no había ni un pelo de diferencia.

- ¿Cuál de vosotros es el principal?

Todos gritaron a un tiempo:

- ¡Yo soy el principal, yo soy el principal!

"Bueno -pensó Elena- veo que no os puedo coger con esto; pero ya daré en el clavo".

Mandó que le trajeron once copas ordinarias y una de oro puro. Ella misma las llenó de vino y se las ofreció a los jóvenes invitándoles a beber. Pero ninguno quiso ni mirar a las copas ordinarias y todos alargaron la mano para coger la de oro, armando tal algarabía, que nadie se entendió y todo el vino se derramó por el suelo. La Zarevna comprendió que le había fallado la treta e invitó a los criados del Zarevitz a pasar la noche en palacio. Los trató a cuerpo de rey y les preparó lechos muy blandos, y cuando los doce jóvenes dormían como troncos, la tres veces sabia Elena se introdujo en el dormitorio que les había destinado y examinando su libro de magia descubrió al momento cuál de ellos era Iván, el hijo del comerciante. Entonces cogió sus tijeras y cortó unos rizos de la sien izquierda del indicado, pensando para sí: "Con esta señal te conoceré mañana y te castigaré".

Pero al día siguiente, Iván, el hijo del comerciante, se despertó antes que nadie y al posarse la mano por la cabeza notó que le habían cortado el pelo. Inmediatamente saltó de la cama y despertó a todos sus compañeros:

- ¡Pronto, hermanos, coged vuestras navajas y cortaos los rizos!

Al cabo de una hora los llamaron a presencia de la tres veces sabia Elena, que al ver que todos los jóvenes tenían los rizos cortados de la mismo manera, se enfureció, tiró al fuego el libro de magia y llamó al Zarevitz para decirle:

- ¡Seré tu mujer, ya puedes preparar la boda!

El Zarevitz llamó a sus fieles criados y dijo a Iván:

- Corre a ver a mi hermana y dile que lo tengo preparado todo para la boda.

Iván fue a ver a la Zarevna, le dio noticias de su hermano y le comunicó su encargo.

- Gracias, buen joven, por tus servicios -dijo la hermana del Zarevitz a Iván.- Dime cómo he de recompensarte dignamente.

- ¿Cómo me has de recompensar? No puedes darme mejor recompensa que encerrarme otra vez en el calabozo.

Y aunque la Zarevna no se dejaba convencer, él insistió en lo mismo.

Llegaron los novios con los boyardos y los magnates y todos los invitados salieron a recibir a lo pareja, deseándoles toda clase de felicidades y ofreciéndoles el pan y la sal de rigor, y eran tantos los reunidos, que se hubiera podido andar sobre sus cabezas.

- ¿Pero dónde está mi fiel servidor Iván, que no lo veo por ninguna parte? -preguntó el Zarevitz.

Y la Zarevna, su hermana, le contestó.

- Tú mismo lo mandaste al calabozo a causa de cierto sueño.

- ¡Pero no puede ser el mismo!

- El mismo es. Só1o lo dejé en libertad para que te ayudase.

El Zarevitz ordenó que llevasen a Iván a su presencia, se le echó al cuello derramando lágrimas y le suplicó que no te guardase rencor.

- ¿Pero no sabes, Zarevitz, que no podía contarte mi sueño porque en él vi por anticipado todo lo que acaba de pasarte? Juzga por ti mismo y dime si no me hubieras tomado por loco, si llego a contártelo todo.

Y el Zarevitz premió a Iván y lo nombró el más grande de su reino. Iván escribió a su padre y a su hermano y desde entonces todos vivieron juntos en buena armonía y en completa felicidad.

 

 

La doncella sabia

 

Érase un pobre huérfano que se quedó sin padres a los pocos años y carecía de bienes de fortuna y de talento. Su tío se lo llevó a casa, lo sostuvo y cuando lo vio un poco crecido lo puso a guardar un rebaño de ovejas. Y un día, queriendo probar su talento, le dijo:

- Lleva el rebaño a la feria y mira de sacar todo el provecho posible, de modo que con las ganancias tú y el rebaño podáis vivir; pero has de volver a casa con el rebaño completo, sin que falte una cabeza, y con el dinero que hayas sacado de cada oveja.

- ¿Cómo me las arreglaré para eso? -pensaba el huérfano, sentado al lado del camino mientras el rebaño pacía por el campo.

Una hermosa doncella acertó a pasar por allí y viendo al muchacho tan pensativo, le preguntó:

- ¿En qué piensas, buen mozo?

- ¿No he de pensar? Mi tío me ha armado un lazo para perderme. Me ha encargado una cosa que, por más que me devano los sesos, no sé cómo voy a cumplirla.

- ¿Qué te ha encargado?

- Verás. Me ha dicho: "Lleva el rebaño a la feria y saca de él todo el provecho posible, de modo que tú y el rebaño podáis vivir; pero vuelve a casa con el rebaño completo, sin que falte una cabeza, y con el dinero que hayas sacado de cada oveja".

- Eso no es muy difícil -dijo la doncella.- Esquila las ovejas y vende la lana y sacarás provecho de cada una; el rebaño quedará completo y tú podrás vivir con el dinero.

El zagal dio las gracias a la doncella y siguió su consejo. Esquiló las ovejas, vendió la lana en el mercado, volvió con el rebaño a casa y entregó el dinero a su tío.

- Perfectamente - dijo su tío,- pero juraría que no ha salido eso de tu mollera. ¿Quién te lo ha enseñado?

- Es verdad -confesó el joven,- no ha salido de mi mollera; pero me encontré a una hermosa doncella que me lo enseñó.

- Pues harías bien en casarte con esa inteligente doncella. Sería una fortuna para ti, que no tienes dónde caerte muerto ni que esperar mucho de tu talento.

- No me disgustaría casarme con ella -contestó el sobrino.

- Yo lo arreglaré todo, pero antes habrías de hacerme un favor. Coge el trigo y llévalo a vender al mercado. Cuando regreses, si lo has vendido bien te casaré con esa doncella.

El huérfano fue al mercado a vender el trigo de su tío. Por el camino encontró a un rico molinero.

- ¿A qué vas a ir ciudad? -le preguntó el molinero.

- Voy al mercado a vender el trigo de mi tío.

- Entonces iremos juntos.

Y siguieron juntos, el molinero en su birlocha tirado por un caballo castaño y gordo, el huérfano en su carrito tirado por una yegua torda y trasijada. Se detuvieron en campo raso para pasar allí la noche, desengancharon las bestias y los hombres se echaron a dormir. Y sucedió que aquella misma noche, a la yegua le nació un potrillo. El rico molinero se despertó antes que el huérfano, vio el potrillo y lo puso al lado de su yegua castaña. Cuando despertó el huérfano, empezaron a discutir.

- No es tuyo, sino mío -decía el codicioso molinero,- porque tu yegua lo ha dejado debajo de mi castaño.

Siguieron discutiendo hasta que resolvieron llevar el asunto a los tribunales y al llegar a la ciudad se dirigieron al palacio de justicia. Pero el juez les dijo:

- Es costumbre en esta ciudad que cuando alguien quiere resolver un asunto ante los tribunales de justicia, ha de adivinar primero cuatro acertijos. A ver decidme: ¿cuál es la cosa más fuerte y más ligera del mundo; cuál es la cosa más pingüe de este mundo; y cuál es la cosa más blanda y la cosa más dulce de este mundo?

El juez les dio tres días para pensar y dijo:

- Si adivináis mis acertijos seré juez entre vosotros según la ley: de lo contrario no os ofendáis si os mando a freír espárragos.

El molinero fue a ver a su mujer y le contó lo sucedido, repitiéndole los acertijos que se trataba de adivinar.

- Esos acertijos no son un enigma -contestó la mujer.- Si te preguntan qué es lo más fuerte y ligero del mundo, di que mi padre tiene un caballo negro tan fuerte y tan ligero de piernas que corre más que una liebre. Si te preguntan qué es lo más pingüe del mundo, acuérdate del verraco que estamos cebando y que no puede tenerse en pie de tan gordo. Y en cuanto al tercer acertijo, claro está que nada hay tan blando como la almohada. Y si te preguntan por lo más dulce del mundo, contesta: "¿Puede haber para un hombre algo más dulce que la mujer de su corazón?"

Pero el huérfano se alejó de la ciudad y se sentó junto a un camino a reflexionar sobre su desgracia, pues en vano se calentaba los cascos buscando descifrar lo que para él eran verdaderos enigmas. Y he aquí que acertó a pasar por el camino la misma doncella.

- ¿Por qué vuelves a estrujarte los sesos, buen mozo?

- Porque el juez me ha propuesto cuatro acertijos que no lograré descifrar aunque viva mil años.

La doncella se rió y le dijo:

- Preséntate al juez y dile que lo más fuerte y ligero del mundo es el viento, que lo más pingüe es la tierra porque alimenta todo lo que vive y crece sobre ella; que lo más blando es la palma de la mano, pues por blando que duerma el hombre siempre pone la mano bajo la cabeza, y que no hay nada ten dulce en el mundo como un dulce sueño.

El pobre huérfano se inclinó ante la doncella hasta la cintura y le dijo:

- ¡Gracias, oh, la más inteligente de las doncellas, por haberme salvado de una verdadera ruina!

Al tercer día, el molinero y el huérfano se presentaron ante el tribunal a contestar los acertijos. Y dio la casualidad de que el Zar en persona ocupaba la presidencia del estrado y quedó tan admirado de las contestaciones del huérfano, que ordenó que la causa se fallara a su favor y que se expulsara al molinero con vilipendio. Luego el Zar preguntó al huérfano:

- ¿Son hijas de tu ingenio esas contestaciones o te las ha dictado alguien?

- En honor a la verdad he de decir que no son mías; una hermosa doncella me las ha dictado.

- Pues te ha instruido bien; muy sabia debe de ser. Anda y dile de mi parte que si es tan inteligente y sensata, comparezca ante mí mañana: ni a pie ni a caballo, ni desnuda ni vestida y con un presente en sus manos que no sea un regalo. Si cumple mi deseo, el galardón que obtendrá será digno de un Zar y la elevaré sobre lo más alto.

El huérfano volvió a salir de la ciudad tan apurado como antes, porque se decía: "¡Pero si no tengo la menor idea del lugar donde puedo encontrar a la hermosa doncella! ¡Y vaya un encarguito que tengo para ella!" Apenas acababa de pensar esto, cuando pasó por allí la inteligente y hermosa doncella. El huérfano le contó cómo sus adivinanzas habían complacido al Zar y cómo éste deseaba verle y tener una prueba de su inteligencia, y cómo había prometido galardonarla. La doncella pensó un poco, y luego dijo al huérfano:

- Búscame un chivo de larga barba y una red grande y cógeme un par de gorriones. Mañana nos encontraremos aquí mismo, y si el Zar me da un premio nos lo partiremos.

El huérfano cumplió las órdenes de la doncella y la esperó al día siguiente junto al camino. La doncella se presentó, se quitó la túnica y se envolvió en la red de cabeza a pies; luego se sentó sobre el chivo, cogió un gorrión en cada mano, y ordenó al huérfano que guiase en dirección a la ciudad. El joven la llevó ante el tribunal donde esperaba el Zar, y ella inclinándose ante éste, le dijo:

- Ante ti me presento, soberano Zar, ni a pie ni a caballo, ni desnuda ni vestida, y te traigo un presente en mis manos que no es un regalo.

- ¿Dónde está? -preguntó el Zar.

- ¡Mira! -dijo ella presentando al Zar los dos gorriones; pero cuando el Zar alargó la mano para tomarlos de manos de la doncella, los gorriones abrieron las alas y escaparon volando.

- Bien dijo el Zar,- veo que puedes competir conmigo en talento. Quédate en la corte y cuida de mis hijos y te daré una buena recompensa.

- No, mi soberano señor y Zar, no puedo aceptar tu gracioso favor, porque he prometido a este joven que nos partiríamos el premio por sus servicios.

- Vamos a ver: eres muy inteligente e ingeniosa, pero en esta ocasión te falla la cabeza y no juzgas conforme a la razón. Te ofrezco un cargo honroso y elevado con una gran recompensa. ¿Por qué no puedes compartir el galardón con ese joven?

- ¿Pero cómo podría compartirlo?

- ¿Cómo, inteligente doncella? Pues, si ese buen mozo no te es indiferente, casándote con él, ya que el honor, la suerte, las penas y las alegrías se comparten entre marido y mujer por igual.

- Veo que eres un sabio, soberano Zar, y no quiero hacerte hablar más -dijo la hermosa doncella.

Se casó, pues, con el huérfano, y aunque éste no tenía mucha cabeza tenía en cambio mucho corazón y vivió con su sabia mujer en continua felicidad y armonía.