Cuentos de Adas Argentinos

 Cuentos de Hadas Argentinos

 

Los zapatos voladores

 

Cierta vez, en el reino del cacique Calfucir, durante la dominación india de los territorios de América, el influyente soberano de la gran tribu de los tehuelches, que se extendía en todo el Sur de la hoy República Argentina, tuvo graves desavenencias con otro jefe llamado Rayén, que ejercía su autoridad en aquel tiempo, sobre los grupos aborígenes araucanos, que poblaban el lado occidental de la cordillera de los Andes, hoy República de Chile.

Motivó la situación de odio mortal entre los dos grandes caudillos el que Rayén, en un viaje de cortesía que efectuó por la pampa, se enamoró locamente de la princesa Ocrida, hija de Calfucir.

- ¡Dámela por mujer! -había suplicado Rayén al soberano tehuelche.

- ¡Nunca! -respondió el anciano monarca blandiendo su enorme lanza de combate.- Ocrida se casará con un joven de su raza y no con un araucano enemigo de los indios pampas.

Rayén, ante esta contestación arrogante y desafiadora, se retiró a sus tierras lleno de rencor y con propósitos de venganza; y convocando al Consejo de Ancianos de sus vastos dominios, resolvió reunir un poderoso ejército e invadir las grandes llanuras, dominio del padre de la hermosa Ocrida.

A las pocas lunas, ya que de esta manera los aborígenes medían el tiempo, millares de araucanos iniciaron la marcha, para cruzar las elevadas cumbres de la cordillera de los Andes, lo que lograron después de múltiples peligros, al transponer las enormes montañas, pasando ríos caudalosos, cimas casi inaccesibles y senderos interrumpidos por las rocas y rodeados de abismos.

Una tarde, cuando el sol ya se ponía por el lejano horizonte, las huestes de Rayén se lanzaron como un huracán sobre la pampa, y sorprendieron a las tribus de Calfucir, las que nunca pudieron imaginar que los araucanos intentaran la temeraria empresa de atravesar las monumentales cumbres andinas.

La batalla fue de corta duración, y aunque los tehuelches presentaron una tenaz resistencia, fueron vencidos por los hombres del país de Arauco, que después de dar muerte a muchos guerreros, raptaron a la hija de Calfucir, la bella Ocrida, para entregarla a su jefe el bravo Rayén.

La infeliz princesa, acomodada en un improvisado palanquín fue conducida al lejano país de su raptor por los accidentados caminos que cruzan los nevados picachos. El viaje duró varias lunas, ya que en esos días había dado comienzo el invierno y caído sobre la cordillera tan enorme cantidad de nieve que, al obstruir las sendas, dificultaba la lenta marcha de la comitiva.

Rayén recibió la noticia con muestras de la mayor alegría y ordenó inmediatamente se festejara la gran victoria obtenida sobre los hombres de la llanura y el rapto de la mujer a quien tanto quería a la que pensaba hacer su esposa cuando las flores de la araucaria, el árbol sagrado, cubrieran de blanco los caminos de su reino.

Por supuesto, la desgraciada prisionera lloraba angustiada, al recordar su lejana patria, sus vastas pampas y el amor de su padre que, apenado, lamentaría su involuntaria ausencia.

A todo esto, el soberano de los tehuelches, desesperado no sólo por la derrota sufrida sino por la pérdida de su hija, no sabía qué decisión adoptar en venganza del agravio y pasaba los días encerrado en su toldo, triste y meditabundo, pensando en el mal destino que la suerte había deparado a su querida Ocrida.

- ¡Ya no la veré más! -gritaba sin consuelo.­ ¡Pobre hijita mía! ¡Mil veces preferiría su muerte, a su vida en manos del odiado Rayén!

Los ancianos de la tribu estaban también desconcertados, al no hallar el medio de rescatar a la niña, pues sus ejércitos eran impotentes para luchar contra las aguerridas fuerzas araucanas que defendían los difíciles pasos de la gran cordillera.

Como una última esperanza, el rey Calfucir dictó una proclama que hizo pregonar hasta en los más lejanos puntos de su reino, por la que ofrecía la mano de la bella Ocrida y gran parte del país, al valiente que consiguiera restituirle la dolorida cautiva.

Muchos jóvenes tehuelches intentaron llegar a las tierras de Arauco en procura de la princesa, pero fueron descubiertos y muertos por los centinelas de Rayén que vigilaban noche y día los caminos de la montaña.

En el tiempo de este suceso y en una apartada región de la pampa, sobre el caudaloso río Colorado, vivía un pastor de guanacos llamado Catiel, quien al escuchar de boca de los pregoneros del cacique los deseos de éste y el premio a tan magna aventura, se propuso intentar el fantástico viaje, encaminándose a las tolderías de Calfucir para ofrecer sus servicios.

- ¡Aquí estoy majestad! -dijo el valiente Catiel, arrodillándose ante su señor.- ¡Yo procuraré traer la tranquilidad y la alegría a la nación Tehuelche, rescatando a la hermosa Ocrida de manos del sanguinario y cruel Rayén!

- ¡Hijo mío -contestó el dolorido cacique,- si consiguieras ese milagro, serías mi súbdito predilecto y el feliz esposo de mi desdichada hija!

Catiel, sin temor ni vacilaciones inició la empresa y después de varias lunas llegó hasta los primeros pasos de la enorme cordillera, casi sobre las fronteras de su país con la tierra de los araucanos.

¡Pero... allí comenzaron las grandes dificultades! El macizo andino estaba cubierto de nieve y sus difíciles sendas eran intransitables para la planta humana, no sólo por las crueldades del invierno, sino por los miles de guerreros que, muy alerta, vigilaban la peligrosa línea divisoria.

Una y otra vez, el denodado Catiel intentó subir a las cumbres y siempre se halló detenido por el terrible frío y las flechas de los soldados araucanos, que silbaban trágicamente sobre su cabeza.

Cansado un día de pretender en vano la extraordinaria aventura, se sentó sobre una piedra y bajó la cabeza abrumado y vencido, lamentando no poder cumplir el juramento hecho a su rey, cuando, de manera inesperada, se presentó frente a él una viejecita india, arrugada como una pasa, que con voz clara y firme le dijo:

- ¡Valiente Catiel! ¡Hijo predilecto del país de los tehuelches! ¡Sé tus pesares y tus anhelos y comprendo que sólo la muerte será el premio a tus inútiles esfuerzos para cruzar la gran cordillera! ¡Los araucanos vigilan y te matarán! ¡El hondo de las montañas será tu sepulcro si prosigue la lucha!

- ¿Qué he de hacer entonces? -preguntó el decidido muchacho a la anciana hechicera.

- ¡Nada podrás, sin mí! -repuso ésta.

- ¿Quieres ayudarme? -suplicó de nuevo el mozo, mirando con ojos de duda a la centenaria mujer.

- ¡Sí! ¡Yo te ayudaré y podrás traer a la pampa a la hermosa Ocrida, ya que lo mereces por tu valor y tu decisión!

- Pero... ¿cómo? ¡Los pasos de la montaña están cerrados por la nieve y los soldados araucanos los guardan!

- Hay un medio -respondió sonriente, la hechicera. Y luego, señalando a un cóndor que en aquel instante volaba sobre ellos, continuó.- ¡Podrás llegar al país de Arauco volando como esa ave que ahora cruza sobre nosotros!

- ¿Volando como el cóndor? ¡Tú estás loca!

- Loco es quien no cree en mí poder -contestó la mujer.

- ¡Dime el medio!

- Yo lo tengo, ya que poseo la fuerza del viento, el calor del sol y la grandeza de las cumbres. -Y diciendo esto, hizo un signo misterioso con la mano derecha y por arte de encantamiento aparecieron junto al asombrado Catiel, unos zapatos de cuero de guanaco, llamados usutas.

- ¿Qué es esto? -exclamó aterrorizado el muchacho.

- ¡Son tus alas! -contestó la vieja.

- ¿Mis alas? ¡No lo comprendo!

- ¡Escucha! ¡Las cumbres están nevadas y los guerreros araucanos te aguardan para matarte en los pasos de la montaña! ¡Tienes un solo medio para llegar a donde está la infeliz cautiva! ¡volando! ¡Estos zapatos, una vez puestos, te elevarán sobre los hombres y la tierra, como si fueses un cóndor y así, burlarás la vigilancia de los soldados y podrás rescatar a la pobrecita Ocrida!

Esto diciendo, la misteriosa viejecita desapareció tan súbitamente como había llegado y el valiente Catiel quedó mudo de asombro contemplando los usutas que estaban próximos a sus pies.

- ¡Lo intentaré! -exclamó, y acto seguido se calzó los zapatos.

No bien terminó de atárselos a los tobillos, cuando sucedió lo inesperado. Como impulsado por una enérgica fuerza invisible, comenzó a elevarse con rapidez fulmínea y luego de unos pequeños giros, como los que para orientarse describen las palomos, inició su marcha por sobre la cordillera hacia el temido país de Arauco.

- ¡Esto es maravilloso! -exclamaba Catiel en el colmo del estupor.

El viaje fue de pocos minutos; muy pronto estuvo a la vista de la corte del reino de Rayén, que claramente se distinguía a la luz de una gran luna que parecía de plata.

Catiel preparó sus armas cuando los usutas iniciaron el descenso y antes de que lo pudiera pensar, ya estaba sobre el negro castillo del monarca, que se elevaba majestuoso sobre unas grandes moles de piedra rojiza.

Como es lógico, la entrada le fue muy fácil, al descender sobre los techos de la morada y luego, cerciorado de que nadie le había visto, inició sus trabajos para dar con el paradero de la hermosa cautiva.

Bien pronto, el llanto y los suspiros de una mujer, que se oían por una ventana pequeña, le indicó el lugar donde estaba encerrada Ocrida y entrando audazmente en la lujosa residencia, se encontró con la morena princesa que sollozaba sin consuelo por su triste soledad.

- ¡Ocrida! -gritó Catiel cayendo de rodillas ante la apenada muchacha.- ¡Me manda tu padre, el cacique Calfucir para que te lleve a las lejanas tierras de la pampa!

La prisionera, loca de alegría, casi no daba crédito a lo que escuchaba y veía y presa de una invencible pasión, se echó en brazos de su joven salvador, cubriéndolo de besos.

Fácil fue para el valiente Catiel el regreso. Tomó a Ocrida de la cintura suavemente y dijo: - ¡Vamos!

Los zapatos maravillosos elevaron a la pareja por encima de la ciudad en silencio, y tomando de nuevo el camino de los cielos, en muy poco tiempo llegaron a las tolderías del dolorido soberano de las pampas que aun lloraba la pérdida de su querida hija.

El entusiasmo fue imponderable y Calfucir ordenó se celebrasen grandes fiestas en homenaje del salvador de la bella cautivo, las que se realizaron en toda la vasta extensión de la pampa, desde el Río de Agua Dulce, que más tarde se llamó Río de la Plata, hasta las desiertas regiones de la Patagonia.

De más está decir que Catiel se casó con la divina Ocrida y así consiguió la felicidad, por la ayuda milagrosa de la viejecita india que, en tan buen momento, le había obsequiado con los zapatos voladores.

 

 

 

El caballito incansable

 

¿Habéis oído hablar de caballito incansable? ¿No? Pues, entonces, yo os contaré una historia muy interesante sucedida hace muchos años, cuando los ejércitos argentinos combatían tenazmente por su libertad.

Dicen los que saben, que después del gran triunfo que el general don Manuel Belgrano obtuvo sobre los realistas en la memorable batalla de Salta, necesitó un mensajero que trajera a la ciudad de Buenos Aires la extraordinaria noticia de la gloriosa victoria.

En el ejército de Belgrano había muy buenos jinetes, ya que estaba formado en su mayoría por gauchos que, como es sabido, son los más diestros domadores de caballos del mundo entero.

Belgrano hizo formar a los hombres que juzgaba más aptos para tan delicada empresa y ordenó dieran un paso adelante los que se sintieran capaces de tan enorme y loable esfuerzo.

- Mis queridos soldados -dijo el general.- ¡Necesito un chasqui que lleve a la capital mi parte de batalla! ¡El hombre que se arriesgue a tan dura prueba, ya que deberá recorrer miles de kilómetros, debe tener presente que no descansará ni un minuto durante el viaje y que sólo hallará reposo una vez entregado el documento! ¿Quién se anima?

¡Ni uno de los soldados se quedó quieto! Todos dieron un paso adelante en espera, cada uno, de ser elegido por el general.

Belgrano, orgulloso de la valiente actitud de sus hombres, paseó la mirada por la larga fila de caras nobles y curtidas y titubeó en la elección, ya que todos le parecían capaces de afrontar la peligrosa marcha.

En un extremo de la fila estaba rígido y pálido, un joven moreno, que miraba a su jefe con ojos ansiosos, como anhelando que se fijara en él.

Belgrano aun no había decidido, cuando el muchacho, impulsado por sus deseos, se adelantó hacia el general y cuadrándose a pocos pasos de éste, te dijo con voz serena pero conmovida:

- ¡Señor! ¡Yo quisiera llevar ese parte!

- ¿Te atreves? ¡Es muy largo el camino! -respondió el héroe.

- ¡Nada me detendrá! ¡Juro por Dios y por la Patria, que llegaré a Buenos Aires en el menor tiempo posible!

Tal simpatía y franqueza brotaba de los ojos del desconocido, que Belgrano no vaciló más y entregándole un voluminoso sobre, le dijo, mientras estrechaba su mano:

- ¡Aquí está mi parte de batalla! ¡En ti confío para que sea puesto en manos de mi Gobierno! ¡Deberás correr rápido como la luz por montes, sierras, cumbres y desiertos, sin que nada te detenga hasta atar tu caballo en el palenque del Cabildo de Buenos Aires!

- ¡Está bien, señor! -respondió el muchacho.

Belgrano continuó:

- ¡En el largo camino, encontrarás muchas postas y ranchos amigos, en donde podrás cambiar de cabalgadura, deteniéndote lo indispensable para ensillar el animal de refresco! ¡No te dejes engañar por ninguno que intente entorpecer tu misión y muere antes de que te arrebaten este sobre!

Benavides, que así se llamaba el joven soldado, rojo de orgullo, recibió los papeles de manos de Belgrano y después de elevar su mirada a la bandera azul y blanca que hacía pocos días flameaba como símbolo de la patria, montó en su caballo alazán que partió al galope, ante los ¡viva! de sus compañeros, que lo vieron perderse entre las cumbres lejanas.

La primera posta para cambiar de cabalgadura distaba tan sólo diez leguas, las que fueron cubiertas por el brioso alazán de Benavides en pocas horas.

El dueño del rancho, no bien vio llegar a un soldado del ejército libertador, dispuso todo lo necesario para que cambiara de animal y sacando de un corral un caballo tostado, se lo ofreció a Benavides.

El muchacho se disponía con gran prisa a desensillar su valiente alazán, cuando ocurrió algo tan inesperado que lo conmovió en todo su ser.

El caballo, al ver a su amo desmontar y observar los preparativos del cambio, lanzó un estridente relincho en el que claramente se oyó que decía:

- ¡No me dejes!... ¡Tengo fuerzas para seguir!...

Benavides no dio crédito a lo que oía y prosiguió en su trabajo de aflojar la cincha, cuando, otra vez, el relincho del alazán rompió el silencio, y entonces con más energía...

- ¡No me dejes!... ¡Tengo fuerzas para seguir!...

¡No cabía dudar! ¡El caballo había hablado!

¡El mensajero, pálido como un muerto, miró al noble bruto con curiosidad y estupor y sólo contempló unos ojos negros y grandes que parecían implorarle que no lo abandonara!

Y decidido, volvió a ensillar a su valiente compañero y emprendió de nuevo la marcha a gran velocidad, pasando por escarpados caminos de montaña que ponían en peligro la vida del chasqui.

¡Pero el alazán, dócil y animoso, sin dar la más pequeña muestra de cansancio, cruzó las cumbres y descendió a la llanura!

¡Llegaron a la segunda posta!

Benavides desmontó de un salto y pidió un caballo de repuesto, en la certeza de que su alazán ya no resistiría más tan extraordinario esfuerzo, pero cuál no sería su sorpresa, el oír el relincho agudo que de nuevo expresaba:

- ¡No me dejes!... ¡Tengo fuerzas para seguir!...

- ¡No puede ser! -exclamó el jinete.- No hay ser en el mundo capaz de afrontar tal desgaste. ¡Te dejaré aquí!

- ¡No me dejes!... ¡Tengo fuerzas para seguir! -repitió el caballo en otro relincho sonoro y después se acercó a su amo, acariciándole las manos, con su belfo tibio y cubierto de espuma.

El muchacho no vaciló más y creyendo en un milagro, otra vez montó en su noble amigo emprendiendo el camino peor de toda la travesía: el desolado desierto de Santiago del Estero, tan espantoso y solitario como los temibles arenales africanos.

Así, bajo un sol abrasador, pisando la arena ardiente, galopó todo el día, deteniéndose a ratos para dar descanso a su maravilloso alazán, que sin mostrar fatiga, lo miraba como invitándole a continuar la marcha.

Varias aves de rapiña revoloteaban por encima de sus cabezas, esperando que caballo y jinete cayeran rendidos, para lanzarse sobre ellos y llenar sus buches de comida fresca.

Pero el alazán no se daba por vencido y así prosiguió toda esa noche, con su constante galope corto y parejo, hasta que los primeros rayos del sol los sorprendieron junto a la tranquera de la tercera posta del largo trayecto.

- Esta vez sí te cambiaré -dijo el muchacho echando pie a tierra.- ¡Has probado ser bueno, pero si continúas así reventarás! -Y comenzó la tarea de desensillar, mientras el dueño de la posta le preparaba otro caballo negro y lustroso.

Pero la sorpresa de Benavides llegó a su colmo, cuando volvió a oír el relincho del noble bruto, su lastimera petición:

- ¡No me dejes!... ¡Tengo fuerzas para seguir!...

El jinete desde entonces prosiguió la marcha con un miedo casi supersticioso y al llegar a cada posta, escuchaba el agudo relincho que le volvía a suplicar...

- ¡No me dejes!... ¡Tengo fuerzas para seguir!...

Así continuó el soldado su camino, durante días, que se convirtieron en semanas, cruzando llanuras, lomas, caudalosos ríos, arenales inhospitalarios, bosques poblados de alimañas y, en cada posta que se detenía para el relevo, el alazán alargaba su pescuezo, sacudía su cuerpo sudoroso y lanzaba a los vientos su potente relincho que más bien parecía un clarín de batalla:

- ¡No me dejes!... ¡Tengo fuerzas para seguir!...

Por fin, un día, desde la pampa solitaria, Benavides y el alazán, contemplaron a la distancia, las torres de las iglesias de Buenos Aires y los tejados rojos de sus casas.

¡Estaban llegando!

Breves momentos después, hacían su triunfal entrada por la calle de la Reconquista y penetraban en la ansiada Plaza de las Victorias, donde se levantaba el Cabildo, punto terminal de tan maravilloso viaje.

¡Benavides no cabía en sí de orgullo!

Como lo juró al heroico general Manuel Belgrano, ató su noble y tenaz caballo en el palenque de la Casa histórica y entregó el sobre que contenía el parte de la batalla de Salta a los hombres que gobernaban en aquel tiempo el país.

¿Y el alazán?

¡El alazán había cumplido con su deber!

¡Entonces, se sintió rendido! ¡Una angustiosa fatiga lo dominó hasta hacerlo arrodillar en el suelo áspero de la calle!

La gente lo contemplaba dolorida y suspensa. ¡Un estremecimiento de muerte agitó sus patas y lanzando un postrer relincho, que semejaba al toque de clarín de la victoria, cayó para siempre entre un charco de sangre que brotó de sus narices!

¡El noble bruto había realizado algo maravilloso, casi increíble, y esto... no era sino un ejemplo sencillo de lo que puede el poco esbelto caballito criollo, nervioso y crinudo, pero de una resistencia inigualada por sus congéneres del mundo!

A ese animal pequeño y valiente... a esos nobles amigos que pueblan los campos argentinos, es a los que un gran poeta les ha cantado en estrofas inolvidables:

"¡Caballito criollo del galope corto,

del resuello largo, del instinto fiel...

Caballito criollo que fue como un asta

para la bandera que anduvo sobre él!"

¡Y ésta es la verídica historia del caballito incansable!

 

 

El Hada del Arroyo

 

El Hada del Arroyito

tiene los ojos azules,

y su cuerpo chiquito

lo lleva envuelto entre tules!

¡Su cabello es como el oro

y en su pecho de algodón,

tiene anidado el tesoro

de su hermoso corazón!

 

Los niños de la estancia, una y mil veces habían cantado estas sentidas estrofas, mientras agarrados de la mano formaban el bullicioso y alegre corro infantil.

La tarde era plácida y tibia, el sol al parecer en el ocaso doraba los árboles y las mieses y los pajarillos del campo se refugiaban entre las frondas, para cobijarse en ellos de las crueldades de la noche.

El majestuoso edificio de la lujosa casa de campo, se elevaba a muy pocos metros de donde los niños del propietario continuaban en sus infantiles juegos, mostrando sus enormes ventanales, sus torres de agudas puntas y sus escalinatas de blanco y lustroso mármol.

Dos enormes perros daneses, echados a los lados de la puerta principal, eran el complemento de esta escena, que parecía sacada de un antiguo cuento de hadas europeo, de esos en que los príncipes de ojos azules, cabalgando en dorados pegasos, llegan hasta los castillos prendidos en las cumbres de la montaña, para rescatar a la angustiada y hermosa princesita, convertida en flor por los sortilegios de las brujas.

Los niños eran ocho. Tres hijos del acaudalado propietario de la estancia y cinco amiguitos invitados a pasar las vacaciones con ellos.

Como es natural, entre los chicuelos, los había de buenos y de malos sentimientos, pero esas virtudes o esos defectos no se adivinaban en sus caras risueñas, de mejillas rojas por la agitación del juego, y los cabellos revueltos por el viento.

Zulemita, la hijita mayor del dueño, era una niña de diez años, dulce y buena, que nunca pensaba en hacer daño a los humanos ni a los animales y que siempre tenía palabras de aliento y de piedad para todos aquellos seres que sufrían o padecían miserias. Acompañada por su padre, recorría los puestos de la estancia, llevando regalos y golosinas para los niños de los humildes labriegos y por todas esas virtudes, era querida por cuantos seres habitaban los grandes dominios de sus mayores.

Entre los pequeños invitados, estaba Carlitos, un chicuelo travieso y de no buenos instintos que se solazaba en el mal y era por lo tanto la piedra de escándalo de las inocentes reuniones diarias que tenían en el patio del establecimiento.

Los animales domésticos le tenían terror, ya que en muchas ocasiones, por placer y sin motivo, había muerto gallinas a pedradas, colgado en largas cuerdas a los patitos indefensos o atado hasta ahogarlos a los cachorros de los lebreles que se criaban en la casa.

Zulemita, por todos estos actos, le había increpado más de una vez y el niño travieso, después de jurar no cometer de nuevo tales fechorías, persistía en sus acciones, cada vez más repudiabas.

Pero, aquella tarde, olvidados de estas cosas, todos los chicuelos jugaban agarrados de la mano en la bulliciosa ronda, entre carcajadas argentinas y agitados corazoncitos.

El Hado del Arroyito

tiene los ojos azules,

y su cuerpo chiquitito

lo lleva envuelto entre tules.

Así cantaban todos a coro, al acompasado danzar de la rueda, hasta que uno de ellos caía entre la gramilla, con el consiguiente alboroto de los demás.

Pero los niños, poseídos de entusiasmo, no se habían fijado en algo que conmovía el corazón.

Escondida tras un árbol, una niñita harapienta, hija de uno de los peones de la casa, contemplaba el juego con los ojos abiertos por el asombro, chupándose el dedo meñique de su mano derecha y sonriente también al contemplar la jarana general.

La pobrecita niña se llamaba Teresa y había llegado por casualidad al palacio de la estancia, acompañando a su padre que traía las verduras de las extensas huertas lejanas.

Teresa, en el entusiasmo y sin meditarlo siquiera, se asomó de su escondite más de la cuenta y por fin fue vista por los niños ricos que corrieron hasta donde estaba.

- ¡Pobrecita mía! -exclamó Zulemita,- ¿quieres jugar con nosotros?

- ¡Sí! ¡Que juegue! ¡Que juegue! -exclamaron varias vocecitas entre carcajadas.

Antes de que lo pensara, la pobre humilde criatura, fue arrastrada hasta el centro del patio y tomándola de las manos, los niños prosiguieron el interrumpido juego.

¡Su cabello es como el oro

y en su pecho de algodón,

tiene anidado el tesoro

de su hermoso corazón!

Pero Carlitos, con su cerebro predispuesto al mal, había meditado la manera de hacer sufrir a la chicuela harapienta y en una de las vueltas rápidas del corro, la tiró con fuerza contra el suelo, de manera tan desgraciada, que la pobre Teresa dio con su frente en una piedra, produciéndose una pequeña herida de la que enseguida manó sangre abundante.

El alboroto fue general y mientras los demás niños corrían asustados hacia el interior de la casa, la buena Zulemita restañó la sangre y colmó a Teresita de caricias con sus manitas blancas de ángel.

- Perdona a ese perverso -le dijo entre sollozos. -¡No sabe lo que hace y algún día pagará sus maldades!

Teresita miró a la niña rica con sus grandes ojos negros y en tono humilde le respondió:

- ¡No es nada mi señorita... Seguramente habrá sido sin querer! ¡Yo estoy muy agradecida a sus bondades!

- Mira -le contestó Zulemita,- para que tengas un grato recuerdo de mí, te regalaré un libro de cuentos de hadas, hermoso y entretenido, en donde verás príncipes encantados, dragones monstruosos, brujas con ojos de fuego, y castillos de oro prendidos en montañas de piedras preciosas.

- Pero... ¿es verdad todo eso? -preguntó la inocente Teresa, mirando asombrada a la niña.

- ¡Para nosotros, es verdad, ya que lo vivimos en nuestra imaginación! ¿Sabes leer?

- Sí -respondió la campesina.

- Pues bien... ¡espera!

Y levantándose corrió hacia la casa, regresando a los pocos minutos con un gran libro, lleno de fantásticas y hermosas láminas, que abrió ante Teresita, quien al verlo, le pareció estar soñando.

- ¡Muchos gracias! -alcanzó a musitar...- ¿Es para mí?

- ¡Sí... para ti!

Y la humilde chicuela, con su extraordinario libro debajo de su desnudo bracito, partió corriendo en busca de su padre, en el deseo de retornar pronto a la pobre choza para devorarse los cuentos y extasiarse en sus magníficos y divinos dibujos.

Como era de esperar, toda esa tarde, Teresita, sentada al pie de un gran árbol, y rodeada de gallinas y patitos que picoteaban a su lado, leyó las páginas de tan portentoso regalo, cada una de las cuales le parecía aún más interesante.

En su cabecita de niña humilde, danzaban más tarde mil encontradas ideas y soñaba despierta con los relatos fantásticos de hadas hermosas, de caballeros invencibles y de terribles hechiceras que salían por las chimeneas de los castillos, cabalgando en escobas con alas.

La noche la sorprendió en estos pensamientos y se recogió más tarde, siempre meditando en aquellos extraños relatos que habían recorrido sus ojos.

Una hora después, Teresita, bajo la influencia de su preocupación, comenzó, en su pobrecito lecho, a soñar escenas fantásticas, mezclando las lecturas del libro con las cosas de la llanura en que vivía. Y así... agitada y estremecida por mil raras sensaciones, inició su sueño, en la quietud del campo, envuelto en las sombras nocturnas...

Era... un castillo hermoso... de miles de ventanas, por las que se derramaba una luz tan brillante como la del sol. El castillo estaba enclavado sobre una roca elevada, casi inaccesible, cuidado eternamente por miles de vizcachas que recorrían sus profundos fosos, armadas de enormes espadas de oro puro.

En los altos corredores de la maravillosa mansión, se veían pasear como centinelas, vigilando los intrincados senderos, a varios soldados de raros trajes, mezcla curiosa de gauchos y de caballeros medievales. En las cabezas ostentaban brillantes plumas de ñandú, sostenidas por vinchas rojas como la sangre. Sus pechos estaban protegidos por bruñidas corazas adornadas con arabescos de plata y sus extremidades las cubrían chiripás con calzoncillo bordado. Sus armas eran también curiosas, pues junto a la enorme espada de los caballeros andantes, colgaban largos trabucos naranjeros de ancha boca y alargado cañón.

Aun había más. En el amplio patio de armas del castillo, junto al puente levadizo que era manejado por cuarenta dragones con cabeza de toro, estaba reunida la soldadesca, alegre y bulliciosa, la cual se agolpaba junto a un gran fogón en el que hervía una descomunal pava que de cuando en cuando sacaban de las brasas varios de los soldados, para cebar un mate de enormes proporciones.

¡De pronto, se hizo el silencio! De una de las torres, partían ayes lastimeros, que estremecieron a las vizcachas y conmovieron a los soldados.

¿Quién era la cautiva?

¡En una buharda, prisionera y separada del resto del mundo por una gran puerta de hierro, sollozaba una princesa rubia, de belleza sólo comparable a la gloria del día o al perfume de las flores! ¡Cosa extraordinaria! ¡La princesita cautiva no era otra que Zulemita, la bondadosa hija del dueño de la estancia!

De pronto se escucharon pasos en los negros y lúgubres corredores y abriéndose la pesada puerta, penetró en la habitación un hombre alto, de mirada torva y gesto repulsivo que se detuvo junto a la infeliz, cruzándose de brazos. Pero... ¡sí! ¡Ese hombre perverso, tenía la cara de Carlitos, el pernicioso niño que había herido a Teresita!

- ¿No has resuelto aún, princesa Flor, casarte conmigo? -preguntó el gigante posando su mano derecha sobre el pomo de su espada que pendía de un lucido cinturón de monedas de plata.

- ¡Nunca! -exclamó la dolorida princesa, mirando a su verdugo.- ¡Antes, la muerte!

- ¡Pues bien... morirás! -respondió en un bramido el salvaje, levantando su mano.- Mañana al salir el sol, te haré ejecutar al pie del ombú que eleva sus ramas junto al horno de hacer empanadas. -Y al decir esto, dio media vuelta y se retiró, cerrando la puerta y sumiendo a la desgraciada en el más espantoso dolor.

Llegó la noche. El castillo maldito se cubría de sombras y de quietud y sólo se escuchaban a lo lejos los trinos de los pájaros y el ladrido de los perros. De pronto, quizá atraída por los sollozos de la pobre princesa, brotó de las sombras una hermosa mujer, pequeña, rubia, con ojos azules y cubierta de tules vaporosos, que acercándose a la dolorida, le tocó un hombro, mientras le decía con voz suave y cristalina:

- ¡Princesa triste! ¡Me conmueve tu desgracia y vengo a salvarte!

- ¿Quién eres? -preguntó la desvalida niña.

- ¡Soy el Hada del Arroyo que llego, atraída por tus sollozos!

- ¡Es verdad! -contestó la cautiva- ¡Soy muy desgraciada! ¡El príncipe Chimango quiere que me case con él y, ante mi negativa, ha dispuesto sacrificarme! ¿Será posible que yo muera joven sin que nadie se apiade de mí?

- ¡Yo procuraré salvarte, princesa dolorida! ­respondió el hada y alargando su mano, la puso sobre el convulso pecho de la prisionera, mientras sus ojos contemplaban su pálido rostro.

La princesita, presa de una alegría enloquecedora, se arrodilló ante el Hada del Arroyo y tomando sus manos las besó varias veces en prueba de profundo agradecimiento.

- ¡Gracias... gracias... -repetía- mi vida desde hoy te pertenece y mi corazón es tuyo!

- ¡No digas eso! -exclamó el hada sonriendo.­ ¡Tu vida y tu corazón, pertenecerán al príncipe maravilloso que consiga sacarte de este encierro!

- ¡No conozco a ninguno! ¡Si es por eso, estoy perdida! -gritó la princesa, sollozando.

- ¡El príncipe salvador, llegará, no lo dudes, y no necesita conocerte, ya que la fama de tu belleza ha corrido de boca en boca hasta los remotos países del otro lado del mar!

- Pero... ¿cómo podrá saber en dónde me encuentro? -preguntó la niña, levantando sus ojos hacia los de la hermosa aparecida.

- ¡Yo me encargaré de ello! ¡Confía! -respondió ésta, y después de poner sus labios sobre la pálida frente de la cautiva, se perdió en las sombras con la facilidad con que había nacido de ellas.

Entretanto, el malvado Chimango, había ordenado preparar el lugar de la ejecución, tal como lo pensara, debajo del ombú que estaba junto al horno de hacer empanadas.

La pobrecita princesa de los ojos azules, algo tranquila por la visita de la esplendorosa hada, aguardaba el nuevo día, confiando en las palabras de su bienhechora y pensando para sí, cómo sería el príncipe misterioso que pudiera llegar hasta su elevado balcón para rescatarla de tan humillante encierro.

- ¿Será bello? ¿Será rubio? ¿Será joven? -se preguntaba, mientras las sombras se iban disipando y los primeros albores del día surgían en el horizonte.

"¡La ejecución se efectuará a la madrugada!" había dicho el terrible dueño del castillo, pero un inconveniente, quizás ordenado por el Hada del Arroyo, aplazó el cumplimiento de la sentencia.

Una lluvia torrencial cayó sobre el castillo e inundando sus patios y habitaciones, impidió que los planes de Chimango se llevaran al cabo, por lo menos en aquel día.

La furia del hombre no tenía límites y mirando hacia los cielos blasfemaba, levantando sus puños, como si pretendiera retar a las nubes que, sin escucharlo, seguían lanzando sobre la tierra verdaderas cataratas de agua.

Entretanto, a muy pocas leguas del castillo, junto al arroyo que cruzaba murmurante por los campos, habitaba un joven pastor, hermoso y alegre, haciendo su feliz vida, entre las ovejas y los perros que lo ayudaban a vigilarlas.

Este pastorcito, de nombre Cojinillo, había nacido en el lugar y desde su infancia se había mirado en las cristalinas ondas de la corriente que serpenteaba junto a su cabaña.

Así, pues, era compañero de las límpidas aguas y del hada que habitaba en su cauce, la que desde niño le protegía en su tranquila existencia escasa en complicaciones.

Aquella tarde, mientras guardaba el rebaño, apareció de pronto su protectora y tocándole la cabeza con su vara mágica rodeada de rayos como los de la luna, le dijo a modo de saludo.

- ¡Amigo Cojinillo... ha llegado la hora de que me pagues mis cuidados!

- ¡Soy todo tuyo, Hada del Arroyo! -respondió el pastor cayendo de hinojos ante la deslumbrante diosa.

- ¡Bien -continuó la hermosa y fantástica mujer,- te ordeno que vayas al castillo del príncipe Chimango y rescates a la cautiva que está encerrada en la torre de poniente!

- ¿Ir al castillo del príncipe Chimango? ¡sería una locura! ¡Esa casa está custodiada por miles de vizcachas armadas y de guerreros valientes, que me matarán antes de haber podido cruzar su puente levadizo!

- ¡Y, sin embargo, debes ir! -contestó el hada.

- ¡Me ultimarán!

- ¡Te haré invulnerable!

- ¡No podré cruzar los caminos de la montaña!

- ¡Allanaré tus pasos!

- ¡La torre es muy alta!

- ¡Te daré los medios para alcanzar sus almenas!

- ¡La princesa me arrojará de su lado, al verme desastrado y feo!

- ¡Mi poder es ilimitado y pronto cambiarás! ¿Aceptas?

- ¡Hermosa hada -respondió por último Cojinillo,- iría aunque supiera que mi cuerpo sería pasto de los caranchos... tus deseos son órdenes para mí!

El Hada del Arroyo sonrió complacida y le preguntó:

- ¿Has visto al gusano convertirse en mariposa?

- ¡sí...!

- Pues bien... ¡mírate ahora en la corriente!

Y diciendo esto, tocó al pastor con la vara luminosa y de pronto cambió su traje, poniendo tanta belleza en su rostro, que al contemplarse Cojinillo en las aguas, lanzó un grito de sorpresa y besó frenéticamente los tules blancos de la extraordinaria y misteriosa protectora.

- ¡Es milagroso! ¡Dime lo que sea y lo haré!

- ¡Vete ahora al castillo y quítale al maldito Chimango la divina princesa!

- ¡A pie, tardaré mucho!

- ¡Ya lo he pensado -respondió el hada;- aquí tienes tu cabalgadura! -Y haciendo un ademán con su prodigiosa vara, apareció un avestruz negro y enorme, enjaezado como si fuera un caballo, que se quedó quieto junto al pastor, en espera que éste subiera sobre su lomo.

Cojinillo no salía de su asombro ante tanta maravilla y luego de trepar sobre el animal, esperó las últimos órdenes en silencio.

- ¡Escucha -continuó el hada;- seguramente tendrás que luchar contra hombres y fieras! ¡Chimango es implacable y enviará todo su poder contra ti, pero te daré armas para combatir y para vencer!

Y de nuevo extendió su vara y prendida en la cintura del muchacho apareció de pronto una enorme espada de luminosa punta, que el pastor tomó enseguida y blandió sobre la cabeza, en señal de saludo.

- ¡Ahora... vete mi buen Cojinillo! -terminó el hada y señaló con su mano de nácar el castillo que se elevaba a distancia, casi perdido entre las nubes.

A todo esto, había llegado un nuevo día y el príncipe Chimango, contento de poder cumplir su juramento, mandó sacar de su cautiverio a la hermosa princesa que fue transportada hasta el pie del ombú, por cinco fuertes guerreros de brillante coraza y negro chiripá.

La pobre niña, llena de terror, llegó hasta el lugar del sacrificio, sin esperanzas de salvación, ya que pensaba que la hermosa Hada del Arroyo la había abandonado, y mirando los cielos, rogó a Dios que acogiera su alma después de tan injusta muerte. - Por última vez... ¿quieres ser mi esposa? ­gritó Chimango iracundo.

- ¡Nunca! -volvió a responderle la valiente niña, en un gemido.- ¡Mátame y que mi sangre manche tus noches llenas de remordimientos!

Chimango, ante la inutilidad de sus esfuerzos para conseguir la mano de la hermosa cautiva, ordenó que se efectuara la ejecución y la infeliz niña fue llevada hasta el patíbulo, ante el silencio de la muchedumbre.

Un horrible dragón con tres cabezas, una de toro, otra de serpiente y la última de águila, la esperaba en lo alto del tablado, para engullirla en cuanto los soldados la abandonaran a su voracidad.

La princesa al ver tan monstruoso animal; lanzó un grito y cerró los ojos, creyendo que había llegado por fin su último instante.

- ¡Maldito! -sólo alcanzó a gritar entre sollozos- ¡algún día pagarás tus culpas!

Una horrible carcajada de Chimango fue la respuesta mientras los soldados, dejaban a la desgraciada, casi junto a las garras de la terrible fiera.

Pero sucedió lo inesperado.

De pronto, desde las nubes, se dejó caer en el lugar del injusto sacrificio, un avestruz negro, en el que iba montado un caballero hermoso, blandiendo una enorme espada con punta fulgurante.

- ¡Aquí estoy para salvarte, hermosa princesa! ­gritó el jinete interponiéndose entre ella y el monstruo.- ¡Ten calma y te arrancaré de aquí!

La princesita, al escuchar esta voz, abrió sus ojos y se encontró ante una escena jamás imaginada.

El desconocido, con un valor rayano en la temeridad, se había empeñado en franca lucha con el horrendo animal, que le atacaba entre bramidos ensordecedores.

De un mandoble cortó la cabeza de toro y gritó:

- ¡Va una!

Instantes después rodaba por el suelo la segunda cabeza, del águila y Cojinillo, que no era otro el recién llegado, volvía a exclamar:

- ¡Van dos!

El monstruo se revolvía presa de temible furia. Su sangre manchaba los tules de la princesa mientras sus garras querían llegar inútilmente al cuerpo del caballero que no era tocado, por la velocidad de movimientos del gigantesco avestruz.

- ¡Van tres! -gritó por fin triunfante el salvador, mientras su fantástico enemigo caía exánime a sus pies, en las convulsiones de la agonía.

Chimango, al ver al intruso, no permaneció quieto y mandó un ejército de vizcachas armadas, para aniquilar a tan audaz visitante.

La espada de Cojinillo entró de nuevo en danza y en pocos segundos no quedaba vizcacha viva en el lugar de la contienda.

No creyendo aún lo que veían sus ojos, Chimango ordenó a todos sus soldados que atacaran al valiente defensor de la princesa, pero la espada de Cojinillo, despidiendo rayos de su filo y de su aguda punta, envió al otro mundo uno por uno a los atacantes, terminando en pocos minutos con centenares de enemigos.

El malvado príncipe Chimango, al ver esta espantosa carnicería, y presa de un terror sin límites, intentó la fuga, pero la velocidad del avestruz no le permitió esquivar el ataque de Cojinillo, que en contados segundos le partió el corazón, terminando de esta manera las andanzas malvadas de tan perverso personaje.

La pobrecita princesa, ya no lloraba, y contemplaba a su salvador con tal admiración que no se dio cuenta cuando éste, tomándola suavemente por la cintura, la subió en el lomo del avestruz y emprendió el prodigioso camino de los cielos, en dirección al arroyo donde moraba el hada.

- Aquí la tienes -dijo Cojinillo, breves momentos después, dejando deslizar hacia la tierra a la hermosa cautiva.- ¡He cumplido tus órdenes divina Hada del Arroyo!

- ¡Bien está lo que has hecho, Cojinillo! -respondió la diosa sonriente.- Y en premio a tanto valor y lealtad, te entrego a la princesita por esposa, pero antes deseo hablar con ella... -Y acercándose a la niña, le dijo con dulzura.- Princesa Flor... como te había prometido, conseguí tu libertad. ¡Ahora podrás gozar de la vida y ser feliz por el resto de tus días!

- ¡Gracias Hada del Arroyo! -exclamó la pobrecita cayendo de rodillas.- ¡te debo la libertad y la inmensa dicha de haber conocido a mi hermoso salvador el Príncipe Encantado!

- No hay tal -respondió el hada con una sonrisa,- el Príncipe Encantado no es más que un pobre pastorcillo que vive miserablemente junto al arroyo! Ahora... ¡elige! ¡Si quieres, puedes quedarte a su lado por esposa, pero vivirás humildemente y no habrá lujos para ti, y si aun te agradan las joyas y el esplendor, puedes continuar tu camino y llegar al palacio de tus padres! Pero antes... quiero hacerte una observación: "¡La riqueza no es la madre de la felicidad!"

- Tienes razón Hada del Arroyo -respondió la niña.- ¡Quiero quedarme aquí y ser la esposa del pastor que tan valientemente expuso su vida por salvarme!

- ¡Bien! -terminó el hada y al mover con leve ademán su vara mágica, hizo que Cojinillo volviera a ser el pobre cuidador de rebaños, con sus calzones remendados y su camisa burda.

- ¿Lo quieres aún? -Preguntó a la princesita.

- ¡Más que nunca! -exclamó ésta, echándose en brazos de Cojinillo.

El hada bendijo la unión y se marchó a su morada del arroyo.

Y Teresita, al despertar, sintióse embargada por una inmensa felicidad, recordando la expresión alegre de los rostros de la princesita Flor y del pastorcillo.

 

 

El alcalde presuntuoso

 

En cierta ocasión, y en la entonces pequeña ciudad de Salta, capital más tarde de la provincia argentina del mismo nombre, existía un alcalde orgulloso y antipático, que era odiado por la población por su estúpida manía de avasallar a la gente.

El mal incurable de este alcalde, le hacía cometer infinidad de yerros, ya que todo el que se cree superior a los demás mortales y tiene la debilidad de declararlo, sólo consigue ser aborrecido por cuantos lo conocen y lo tratan.

La humildad para este hombre insoportable, era debilidad de tontos y no comprendía que una de las mejores virtudes de los humanos es precisamente el conocerse a sí mismo y no pretender ir más allá de lo que le permitan sus medios y su inteligencia.

Los consejeros del gobernante intentaron inútilmente hacerte comprender lo perjudicial de su defecto y terminaran por cansarse y dejar al insensato librado a su suerte.

Una tarde en que el alcalde se paseaba por los alrededores de la ciudad acompañado de uno de los más ancianos consejeros, tropezó en el camino con una serpiente de gran tamaño, que yacía muerta entre la hierba.

- ¡Mira! -exclamó el alcalde, señalando al repugnante reptil.- ¡Alguien ha luchado contra este animal!

- Efectivamente -contestó el consejero y, aprovechando la coyuntura de tan desagradable hallazgo, le pidió al ilustre orgulloso, permiso para referirle un cuento que venía muy al caso.

El señor alcalde aceptó con gusto la prometida narración, en espera de algo interesante, pues el consejero tenía fama de listo y ameno, y así, esa tarde apacible, los dos hombres se sentaron sobre una piedra del camino y el anciano, después de unos momentos de silencio, comenzó:

- ¡Pues bien... el cuento que le voy a narrar, sucedió en las maravillosas épocas en que los animales hablaban como nosotros y pensaban quizá mejor que nosotros!

Era en un país remoto de esta parte del mundo, conocido actualmente por América, y en un vasto desierto de hierba, que llegaba hasta el horizonte.

En dichos parajes convivían infinidad de razas de animales, que pasaban su existencia tranquilamente, bebiendo en las cristalinas aguas de los ríos o comiendo los hermosos y fragantes frutos de la encantadora región.

Un sol tibio los calentaba de día, y por las noches una luna grande y plateada los acariciaba desde los cielos.

Como es natural, las razas de animales eran múltiples y allí estaban unidos, desde los más variados reptiles hasta los más veloces pájaros.

Pero como no todo es color de rosa en este pícaro mundo, también las pasiones se cobijaron en las almas de los irracionales de mi cuento y florecían la envidia con su corte de sombras, el odio, la venganza y otros innumerables horribles defectos, iguales a los que hoy anidan en la mayoría de los corazones humanos.

En dicho país, vivía su mísera existencia una gran serpiente de hermosa piel pintada, que por su poder y aspecto era temida por los demás animales de los contornos.

La tal serpiente se paseaba dominadora por las frescas hierbas y se enorgullecía del pavor que despertaba su presencia y que, ingenua, tomaba por sumisión y respeto.

Indiscutiblemente, el animal era invencible y lo había demostrado una y mil veces en terribles luchas contra pumas, tigres y otras fieras, que habían muerto ahogados por sus anillos de poder sin igual.

Pero la serpiente no estaba contenta con su suerte, ya que es común que ni el más poderoso se sienta satisfecho de su destino, y envidiaba el vuelo de las raudas aves, que cruzaban sobre su cabeza, haciendo mil maravillosas curvas en el azul infinito.

- ¡Eso es lo que me falta para ser la dominadora del mundo! -exclamaba llena de envidia, mientras sus amarillos ojos seguían una bandada de blancas palomas que se perdían en el horizonte.- ¡Si yo tuviera alas, me convertiría en el rey de la tierra y de los cielos!

Y llena de loca furia se enroscaba en los troncos de los árboles, mitigando su ira con ensordecedores silbidos que espantaban a los otros animales de aquellos campos.

Una mañana que dormitaba nuestra serpiente junto a los restos de un pobre animalito que había muerto momentos antes, por casualidad se posó a su lado una hermosa águila blanca que la miró con curiosidad.

- ¡Eh! ¡Amiga reptil! -le gritó- ¿puedo devorar algunos pedazos de ese cervato que tienes a tu lado?

La serpiente, bruscamente despertada, irguió su cabeza llena de furor ante la insolencia de la osada ave que así se atrevía a dirigirle la palabra y le contestó con aire de desafío:

- ¡Si quieres comida, vete a buscarla! ¿Acaso no te sirven de nada tu afilado pico y tus fuertes garras?

- ¡Me sirven de mucho -le contestó el águila,- pero hoy no he visto una buena presa desde las alturas, y tengo apetito!

La serpiente se rió con ganas.

- ¿De manera -contestó en el colmo del orgullo- que apelas a mí para saciar tu hambre? ¡Es natural! ¡Con esto me demuestras que yo valgo más que todos los seres de la tierra, y que mi poder es ilimitado e insuperable! ¡Ningún animal me ha vencido hasta hoy y todos me respetan y me temen!

- ¡Es verdad -contestó el águila mirando a la serpiente desde lejos- me doy cabal cuenta de tu fuerza y de tu habilidad para arrastrarte en silencio y sorprender a tus víctimas, pero... te falta algo para convertirte en la reina de la creación!

- ¿Qué? -preguntó el repugnante animal, levantando su achatada cabeza.

- ¡Mis alas! -le respondió el águila, batiendo su plumaje, para dar más fuerza a sus palabras.

- ¡Es verdad! -exclamó con amargura la serpiente.- ¡Eso es lo que anhelo poseer, ya que con alas, dominaría la tierra y los cielos!

- ¿Has intentado volar?

- ¡Sí, pero inútilmente!

- ¿Desearías, hacerlo?

- ¡Daría la mitad de mi vida! -respondió el ofidio con un movimiento de sus ojillos brillantes.

El águila supo sacar provecho de los anhelos fantásticos de su interlocutora y prontamente dijo:

- Pues... ¡es fácil! ¡Yo te enseñaré a volar, si me das los restos de tu comida!

- ¡Trato hecho! -contestó la serpiente y dejó que el ave saciara su voraz apetito.

Una vez terminado el almuerzo, el águila inició sus difíciles lecciones.

- ¡Mira -dijo- volar no es una cosa del otro mundo y sólo consiste en perder el miedo al espacio! ¡Todo es cuestión de audacia y buena voluntad! ¡Ya me ves a mí! ¡Antes no sabía cernirme entre las nubes y ahora domino los cielos con mis alas! ¡Procura hacer lo mismo y triunfarás!

- Pero... ¿cómo?- preguntó interesada la discípula.

- ¡Déjame que te eleve entre mis garras y cuando estemos a muchos metros de la tierra, te enseñaré como puedes quedarte en las alturas!

La serpiente, en su deseo insano de pretender lo imposible, aceptó ciegamente el ofrecimiento y se dejó elevar por el ave que muy pronto la suspendió en los espacios sin límites.

- ¿Te gusta? -le preguntó en un chillido.

- ¡Es maravilloso! -respondió la incauta.­ ¡Ahora sí que dominaré al mundo!

- ¡Bien -continuó la improvisada profesora­ ahora debes aprender a saber caer!

¡Y al terminar la frase abrió sus garras y la serpiente, privada de sostén, se precipitó a tierra, estrellándose en el duro suelo!

- ¡Este es mi cuento! -terminó el consejero mirando detenidamente al alcalde.- ¡El deseo de querer ser más de lo se puede, perdió al orgulloso animal, que más tarde fue devorado por las alimañas que antes tanto la habían temido!

¡El alcalde comprendió el significado del cuento y desde entonces separó de su corazón su fatuidad y sus anhelos de dominio, para proseguir por la vida, mansamente, alejando de sí todo lo que pudiera conducirlo a pretensiones, vanidades y orgullos mal entendidos, que lo precipitarían sin remedio, al triste fin del repugnante reptil!

 

 

El enanito de la llanura

 

Don Juan el colono, era un hombre bueno, lleno de méritos, ya que desde hacía muchos años labraba la tierra para alimentar a su numerosa familia.

Sus campos eran grandes y en ciertas épocas del año, se cubrían de verduras o de frutos, según fuera el tiempo de las diversas cosechas, ayudado siempre por los brazos de su mujer y de sus hijos que trabajaban a la par del jefe de la familia.

Don Juan el colono vivía feliz, y la vida se deslizaba sin dificultades, entre las alegrías de los niños y las horas de trabajo que para él eran sagradas.

Muchos años fue ayudado por la mano de Dios para levantar buenas cosechas y de esta manera pudo ir acumulando algunos centavos, ya que el ahorro es una de las mayores virtudes que puede poseer un hombre que tenga hijos que atender.

Pero, hete aquí que llegó la desgracia a las tierras del buen labrador, con la aparición de una plaga de ratas que de la noche a la mañana, convirtieron sus fértiles huertas en un desierto y sus hermosos frutales en esqueléticos ramajes sin una sola hoja que los protegiera.

Don Juan el colono, se desesperó ante tamaña desgracia y procuró por todos los medios luchar contra tan temible enemigo, pero todo fue en vano, ya que los roedores proseguían su obra de destrucción sin miramientos y sin conmoverse por las lágrimas del humilde trabajador de la tierra.

Una noche, don Juan el colono, regresó a su casa, muerto de fatiga por la inútil lucha y sentándose entristecido, se puso a llorar en presencia de su mujer y de sus hijos que también se deshicieron en un mar de lágrimas, al ver el desaliento del jefe de la familia.

- ¡Es el término de nuestra felicidad! -gemía el pobre hombre mesándose los cabellos.- ¡He hecho lo posible por extirpar esta maldita plaga, pero todo es inútil, ya que las ratas se multiplican de tal manera que terminarán por echarnos de nuestra casa!

La esposa se lamentaba también y abrazaba a sus hijos, presa de gran desesperación, ante el desastre que no tenía visos de terminar.

En vano el pobre colono quemó sus campos, envenenó alimentos que desparramaba por la propiedad e inundó las cuevas de los temibles enemigos que, en su audacia, ya aparecían hasta en las mismas habitaciones de la familia, amenazando con morder a los más pequeños vástagos del atribulado hombre.

Don Juan el colono, tenía en su hijo mayor a su más ferviente colaborador. Éste era un muchacho de unos catorce años, fuerte y decidido, que alentaba al padre en la desigual lucha contra los implacables devastadores de la llanura.

El muchacho, de nombre Pedro, aun mantenía esperanzas de triunfo, y se pasaba los días y hasta parte de las noches, recorriendo los surcos y apaleando enérgicamente a las bien organizadas huestes de ratas que avanzaban mostrando sus pequeños dientes blancos y afilados.

Mas para el pobre niño también llegó la hora de¡ desaliento y una noche, al regreso de su inútil tarea, se tiró en su cama y comenzó a derramar copioso llanto, presa de una amarga desesperación.

- ¡Pobre padre! -gemía el niño.- ¡Todo lo ha perdido y ahora nos vemos arruinados por culpa de estos endiablados animalitos! ¿Qué podremos hacer para aniquilar a tan temibles enemigos?

- ¡No te aflijas mi buen Pedro! -le contestó una débil voz, llegada de entre las sombras de la habitación.

El niño se irguió sorprendido y temeroso, ya que había escuchado claramente las palabras del intruso, pero no lo distinguía por ninguna parte.

- ¿No me ves? -volvió a preguntar la misma voz, con risa irónica.

- ¡No, y sin embargo te escucho, -respondió Pedro dominado por un miedo invencible.

- No te asustes, porque vengo en tu ayuda, mi querido Pedro -,volvió a decir la misteriosa voz.­ Mira bien en todos los rincones de tu cuarto y me hallarás.

El muchacho buscó hasta en los grietas de la madera al intruso, pero todo fue inútil y ya cansado volvió a pedir, casi suplicante:

- ¡Si eres el espíritu del mal que llega para reírse de nuestra desgracia, te ruego que me dejes!

- ¡No soy el espíritu del mal, sino, por el contrario, tu salvador! -le respondió la voz, aun más cerca.- Mira bien y me hallarás.

Pedro inició de nuevo la búsqueda, la que le dio igual resultado que la vez primera y presa de un pánico irrefrenable se dirigió a la puerta para demandar ayuda a su padre.

- ¡No te vayas! ¡No seas miedoso! ¡Estoy a tu lado! -escuchó nuevamente.

- Pero... ¿dónde? ¡Preséntate de una vez!

Una risa larga y sonora le respondió y acto seguido apareció la diminuta figura de un enano, sobre la mesilla de noche del muchacho.

- ¡Aquí me tienes! -dijo el hombrecito.- Ahora me puedes mirar a tu gusto y supongo que te desaparecerá el miedo que hace temblar tus labios.

Pedro, en el colmo del asombro, contempló a su extraño interlocutor, que desde su sitio lo saludaba sacándose un enorme gorro color verde que le cubría por entero la cabeza.

Mudo de admiración analizó al intruso. Era un ser humano, magníficamente constituido, de larga barba blanca, ojos negros, cabellos de plata y rosado cutis, vestido a la usanza de los pajes de los castillos feudales de Europa, pero que no medía más de tres centímetros de estatura, lo que le facilitaba ocultarse a voluntad de las miradas indiscretas.

- ¡Ahora ya me conoces! -dijo por fin el enanito, después de largo silencio.- ¿Te gusto?

- Eres un hombrecillo maravilloso -respondió el niño.- ¡Jamás he visto una cosa igual!

- ¡Como qué soy el único ser, en la tierra, de tales proporciones! -respondió él visitante con una carcajada.

- ¿Cómo has podido entrar en mi cuarto?

- ¡Hombre! ¡Para un ser de mi estatura, nada difícil es meterse en cualquier parte!. ¡He entrado a tu habitación por la cueva de los ratones!

- ¡Es extraordinario! -exclamó Pedro, contemplando con más confianza a tan fantástico y diminuto visitante.

- ¡Aunque mi tamaño es muy pequeño -continuó el vejete,- mi poder es ilimitado y ya lo quisieran los hombres que por ser de gran estatura, se creen los reyes de la creación! ¡Pobre gente!- continuó con un dejo de desprecio.- ¡Viven reventando de orgullo y son unos míseros gusanos incapaces de salvarse si algún mal los ataca! ¡Me dan lástima!

- ¿Y tú, todo lo puedes?

- ¡Todo! ¡Mi pequeñez hace que consiga cosas que vosotros no podríais lograr jamás! ¡Me meto donde quiero, sé cuanto se me ocurre y ataco sin que me vean!

- ¿Tienes mucha fuerza? -preguntó de nuevo el muchacho.

- ¡Mira! -respondió el enano y levantó el velador, con una sola mano, rojo su semblante, como lo hubiera hecho un atleta de circo.

Pedro gozaba admirado y sonreía ante el inesperado amigo, que subido por uno de sus hombros, se colgaba de una de sus orejas.

- ¡Eres tan pequeño como mi dedo meñique! ­exclamaba el chico sin querer tocar al hombrecito por miedo de hacerle daño.

- ¡Pero tan grande de alma como Sansón! -le respondió gravemente el minúsculo ser humano.

Pedro lo contempló con incredulidad.

- ¿Qué puedes hacer con ese tamaño?

- ¡Todo! ¡Para ti será difícil creerlo, pero dentro de muy poco tiempo te lo demostraré!

- ¿De qué manera?

- ¡Ayudándote en tu lucha contra las temibles ratas de la llanura!

- ¿Serás capaz de eso?

- Capaz de eso y de mucho más -respondió el enano ensanchando su pecho.- ¡Ya lo verás!

- ¿Tienes algún secreto o talismán misterioso?

- ¡Tengo el poder ilimitado de hacerme obedecer por los pequeños animales de mis dominios!

- ¡Explícamelo todo! -dijo el muchacho mirando ahora con mayor respeto al hombrecillo, que en aquel instante se había sentado sobre la palma de su mano derecha.

- ¡Es bien fácil! ¡Con paciencia durante muchos años, porque has de saber que cuento ciento cincuenta abriles, he dominado a las aves de rapiña y poseo un ejército bien disciplinado de caranchos y aguiluchos que sólo esperan mis órdenes para atacar a los enemigos!

- ¡Es increíble!

- ¡Pero exacto! ¡La constancia es la madre del éxito y yo he conseguido lo que ningún hombre de la tierra ha logrado!

- ¿Me ayudarás entonces en mi lucha contra las ratas que han arruinado a mi padre?

- ¡A eso he venido! ¡Mañana, a la salida de¡ sol, mira desde tu ventana lo que pasa en la llanura, y te asombrarás con el espectáculo! ¡Y... ahora me voy! ¡Tengo que preparar mis huestes para que no fracasen en la batalla! ¡Mañana volveré a visitarte!

Y diciendo estas últimas palabras, descendió por la pierna del maravillado Pedro y en pocos saltitos se perdió por una entrada de ratones que había en un rincón de¡ cuarto.

El muchacho, con entusiasmo sin límites, corrió a la alcoba de su padre, Juan el colono y le refirió la fantástica visita que había tenido momentos antes.

- ¡Has soñado! -respondió el labrador después de escuchar a su hijo.- ¡Eso que me dices sólo lo he leído en los cuentos de hadas!

- ¡Pues es la pura verdad, padre! -contestó el chico.- Y si lo dudas, dentro de pocas horas, a la salida del sol, el hombrecillo me ha prometido venir con su poderosas huestes de aves de rapiña.

Juan el colono se sonrió, creyendo que su hijo había tenido un alocado sueño y le ordenó volviese a la cama a seguir su reposo.

Pedrito no durmió aquella noche y esperó los primeros resplandores del día con tal ansiedad, que el corazón le latía en la garganta.

Por fin apareció la luz por las rendijas de la puerta y el muchacho, tal como se lo había pedido el enanito, se puso a contemplar el campo desde su ventana, a la espera del anunciado ataque.

Las mieses habían desaparecido por completo y en la tierra reseca se veían merodear millones de ratas que chillaban y se atacaban entre sí.

De pronto, en el cielo plomizo del amanecer, apareció en el horizonte como una gran nube negra que, poco a poco, cubrió el espacio como si cayeran otra vez las sombras de la noche.

Estático de admiración, no quería creer lo que contemplaban sus ojos.

¡La nube no era otra cosa sino millones de aguiluchos y de chimangos, que en filas simétricamente formadas, avanzaban en vuelo bajo las nubes, con admirable disciplina, precedidos por sus guías, aves de rapiña de mayor tamaño que les indicaban las rutas a seguir!

Pedro, ante el extraordinario espectáculo, llamó a sus padres a grandes gritos; acudieron éstos y quedaron maravillados también de las escenas fantásticas que contemplaban.

¡De pronto, como si el ejército de volátiles cumpliera una orden misteriosa, se precipitaron a tierra con la velocidad de un rayo y en pocos minutos, después de una lucha sangrienta y despiadada, no quedó ni una rata en la llanura!

- ¡Es milagroso! -exclamaba Juan el colono abrazando a su hijo.- Tu amiguito el enano ha cumplido su palabra. ¡Ahora sí creo en lo que me contabas, querido mío!

La batalla mientras tanto, había terminado y las aves iniciaban la retirada en estupendas formaciones, dejando los campos del desgraciado labrador limpios de los temibles enemigos que tanto mal le habían causado.

A la noche siguiente, Pedro esperó a su amiguito salvador, el hombrecillo de la llanura, pero éste no llegó y el muchacho, desde entonces, todas las noches lo aguarda pacientemente, en la seguridad de que alguna vez tornará a su cuarto y se sentará tranquilamente en la palma de su mano, para conversar de mil cosas portentosas, imposibles de ser llevadas a cabo por los hombres normales que se decepcionan al primer fracaso.

 

 

 

El cóndor de fuego

 

Pues bien... vais a saber ahora la verídica leyenda del Cóndor de Fuego, que según algunas personas de la región, vivió hace muchísimos años en los más altos picos de la cordillera de los Andes.

En aquellos tiempos, trabajaba en los valles fértiles de Pozo Amarillo, junto a la enorme mole de piedra que se alarga desde Tierra del Fuego hasta América Central, un hombrecillo anciano ya, pero no por eso menos activo que los jóvenes de ágiles brazos.

Este hombre se llamaba Inocencio y era descendiente de uno de los bravos españoles que llegaron a estas tierras en la expedición de Francisco Pizarro.

Sus hábitos eran sobrios y sosegados y su vida se limitaba a trabajar y a guardar algunos centavos por si la desgracia le pusiera en cama enfermo.

Vecino a Inocencio, vivía otro hombre de nombre Jenaro, cuidador de vacunos y a veces buscador de oro entre los misteriosos valles escondidos en la gran cordillera.

Jenaro, al contrario de Inocencio, era un hombre ambicioso, que todo lo supeditaba al oro, capaz de cometer un desatino, con tal de conseguir cuantas riquezas pudiera.

Para el bueno de Inocencio, Jenaro era un insensato, pero no llegaba más allá su opinión, porque su alma se rebelaba a creer que existieran perversos en el mundo.

Una tarde que Inocencio volvía de sus trabajos en las cumbres, encontró caída junto a una roca, a una pobre india vieja que se quejaba muy fuerte de terribles dolores.

- Pobre anciana -exclamó nuestro hombre y levantándola del duro suelo, se la llevó a su choza, donde la atendió lo mejor que pudo.

La india se encontraba muy mal por una caída en los cerros y bien pronto, ante la angustia de Inocencio, le comenzaron las primeras convulsiones de la muerte.

Inocencio se afligió mucho por la desgraciada y sólo atinaba a llorar junto a la anciana que parecía sumida en un profundo sopor.

De pronto, los ojos de la india se abrieron y, luego de pasearlos por la choza, se fijaron en Inocencio con marcada gratitud.

- Eres muy bueno, hermanito de las cumbres ­le dijo en un suspiro,- ¡tú has sido el único hombre, que al pasar por el camino, se ha apiadado de la pobre Quitral y la ha recogido! ¡Por tu bondad, mereces ser feliz y tener tantas riquezas que puedas dar a manos llenas a los necesitados!

- Yo soy dichoso con mi vida, viejecita -respondió Inocencio.- ¡para mí, la mayor riqueza consiste en la tranquilidad espiritual!

- Es verdad -repuso la aborigen con voz entrecortada,- pero no es menos cierto que si pudieras disponer de grandes cantidades de oro, ¡muchos menesterosos tendrían ayuda y paz!

- Quizá tengas razón, pero ¿de dónde sacaría el oro que dices?

- ¡Yo te lo daré!

- ¿Tú? Una pobre india.

- Las apariencias engañan muchas veces, hijo mío -contestó la anciana sonriente.- ¡Yo siempre he vivido miserablemente, mas poseo el secreto de la cumbre y sé dónde anida el codiciado Cóndor de Fuego!

- ¡El Cóndor de Fuego! exclamó Inocencio, con el más grande estupor, al recordar una leyenda antiquísima que le habían narrado sus padres.- Entonces... ¿es cierto que existe?

- ¡Es cierto... yo lo he visto... yo estuve a su lado!

- Dime, ¿cómo es?

- ¡Es un cóndor enorme, cuatro veces mayor que los comunes y su plumaje es totalmente rojo oro, como los rayos del sol! ¡Su guarida está sobre las nubes, en la cima más alta de nuestra cordillera y es el guardián eterno de la entrada de los grandes tesoros del Rey Tihaguanaco, jefe de mi raza, hace miles de años!

Inocencio no salía de su asombro y escuchaba tembloroso la interesante narración de la anciana.

- ¡Yo soy la última descendiente de esa raza de héroes, que se extinguió hace muchos siglos! -continuó la india.- ¡En las cumbres he estado muy cerca de la guarida del Cóndor de Fuego y he vivido en su compañía durante casi dos siglos, mantenida por el hermoso animal, que descendía a los valles solitarios para llevarme alimentos! ¡Muchas y muchas veces he entrado en las enormes cavernas donde duerme el maravilloso tesoro! ¡Cuando lo veas, creerás volverte loco! ¡Allí se encierran más riquezas que todas las que hoy existen en el mundo conocido, y con ellas tendrás dinero suficiente para alimentar y hacer felices a todos los menesterosos de la tierra!

- ¿Será posible? -exclamó Inocencio en el colmo del estupor.

- Tú mismo te cerciorarás de lo que digo -contestó la india suavemente.- ¡Esos tesoros, por una tradición de mis antepasados, deberán caer en manos de un hombre bueno, de vida acrisolada y de sentimientos nobles como los del mismo Dios! ¡Ese hombre tendrá como única obligación, recorrer el mundo repartiendo felicidad a los necesitados, edificando hospitales, asilos, colegios, sanatorios, y todo lo que sea posible en favor de la humanidad enferma o desgraciada! ¡Y... ese hombre, que tantos años busqué, ya lo he encontrado, casi a la hora de mi muerte! ¡Ese hombre eres tú, Inocencio!

- ¿Yo?

- ¡Sí! ¡Tú!

- ¡Cómo puedes saber que soy bueno, si apenas me conoces!

- ¡La sabia Quitral nunca se equivoca y tiene la virtud de leer la verdad en los ojos de los mortales.

- Entonces... ¿me dirás dónde se encuentra el Cóndor de Fuego?

- ¡Sí... te lo diré, pero con una condición!

- ¡La que quieras! -exclamó el maravillado Inocencio.

- ¡Me jurarás cumplir con los deseos de mi raza! ¡Ese dinero nunca será empleado en armas, ni en campañas guerreras que son el azote de los humanos, ni será la base de ninguna maldad! ¡Ese dinero, se te entregará para el bien y la paz de todos los mortales! ¿Me lo juras?

- ¡Te lo juro! -exclamó el hombre con gran emoción.

- ¡Bien... ahora, escucha! La voz de la india se iba debilitando por momentos y su mirada se fijaba insistentemente en las pupilas de Inocencio.

Continuó:

- En mi dedo meñique de la mano derecha, tengo un anillo con una piedra verde, y sobre mi pecho cuelga de una cadena, una diminuta llavecita de oro. ¡El anillo te servirá para que el Cóndor de Fuego te reconozca como su nuevo amo, y te cuide y te guíe hasta la entrada de¡ tesoro... la pequeña llavecita es la de un cofre que está enterrado en las laderas del Aconcagua, la enorme montaña de cúspide blanca, dentro del cual encontrarás el secreto para entrar a los sagrados sitios donde se halla tanta riqueza! ¡Cuando yo muera ... entiérrame simplemente junto a tu choza y emprende el camino de las cumbres! ¡Algún día volará sobre tu cabeza el hermoso Cóndor de Fuego; no le temas y cumple mis órdenes! ¡Ya te he dicho todo... ! Me voy tranquila, al lugar misterioso donde me esperan mis antepasados.

Y diciendo estas últimas palabras, la vieja india cerró los ojos para siempre.

Mucho lloró Inocencio la muerte de tan noble anciana y cumpliendo sus deseos, la enterró modestamente junto a su cabaña, después de sacarle el anillo de la piedra verde y la llavecita que guardaba sobre su pecho.

Al otro día empezó su largo camino, en procura del Cóndor de Fuego.

Pero la desgracia rondaba al pobre Inocencio. El malvado Jenaro, que solapadamente había escuchado tras de la puerta de la cabaña las palabras de la india, acuciado por una terrible sed de riqueza, no vaciló ni un segundo en arrojarse como un tigre furioso sobre el indefenso labrador, haciéndole caer desvanecido.

- ¡Ahora, seré yo quien encuentre tanta fortuna! -exclamó el temible Jenaro al ver a Inocencio tendido a sus pies.- ¡Seré inmensamente rico y así podré dominar al mundo con mi oro, aunque haya de sucumbir la mitad de la humanidad.

Su fiebre de poder lo había convertido en un loco y sus carcajadas resonaban entre los pasos de la montaña, como si fueran largos lamentos de muerte.

Ansioso, Jenaro quitó el maravilloso talismán de la piedra verde a Inocencia y olvidando la pequeña llavecita continuó el camino, sin pensar en el grave error que cometía.

Muchos días después, casi ya en las más altas cumbres de la montaña, recordó la diminuta llave, pero no hizo caso, ya que se imaginaba que de cualquier manera podría entrar a la caverna del tesoro, con la ayuda del Cóndor de Fuego.

Una tarde que cruzaba un valle solitario, escuchó sobre su cabeza el furioso ruido de unas enormes alas. Miró hacia los cielos y vio con asombro un monstruoso cóndor que desde lo alto lo contemplaba con sus ojos llameantes.

- ¡Ahí está! -exclamó el malvado.

El fantástico animal era imponente. Su cuerpo era cuatro veces mayor que los cóndores comunes y, su plumaje, rojo oro, parecía sacado de un trozo de sol. Sus garras enormes y afiladas, despedían fulgores deslumbrantes como si fueran hechas de oro. Su pico alargado y rojo se abría de cuando en cuando, para dejar pasar un grito estridente que paralizaba a todos los irracionales de la montaña.

Jenaro tembló al verlo, pero, repuesto enseguida, alzó su mano derecha y le mostró al Cóndor de Fuego el precioso talismán de la piedra verde.

El carnicero gigantesco, al contemplar la misteriosa alhaja, detuvo su vuelo de pronto y se quedó como prendido en el espacio. Después, lanzando un graznido ensordecedor, cayó de golpe sobre Jenaro y tomándolo suavemente entre sus enormes garras lo elevó hacia los cielos con la velocidad de la luz.

El malvado se sintió sobrecogido de miedo, creyendo que le había llegado su última hora y cerró los ojos ante el inmenso abismo que se extendía a sus pies.

Los valles, los ríos y las mismas cumbres, desde tan prodigiosa altura, le parecían pequeñas cosas de juguete y pensaba aterrorizado que si el temible animal lo dejaba caer, su cuerpo se estrellaría entre los riscos y su muerte sería espantosa.

Pero nada de esto sucedió. El Cóndor de Fuego lo transportó por los aires, en un viaje de varias horas, hasta que, casi a la caída del sol, descendió con velocidad fulmínea sobre las mismas cumbres de la enorme montaña llamada del Aconcagua. Habían llegado.

El corazón del miserable palpitaba emocionado, al darse cuenta de que estaba muy cerca del codiciado tesoro que le haría el más poderoso de la tierra.

El Cóndor de Fuego, una vez que lo abandonó, se detuvo junto a él y lo contempló como esperando órdenes. El anillo de la piedra verde cumplía la misión de obligar a la terrible ave a servir de guía y guardián de su poseedor.

Jenaro, más tranquilo, miró el punto en donde lo había dejado el monstruo y vio muy cerca, casi al alcance de su mano, una enorme entrada de caverna, escondida en las nubes eternas.

- ¡Ahí es! ¡Ya el tesoro es mío! -gritó el codicioso, elevando su frente con gestos de loco.- ¡Ahora el mundo temblará con mi poder sin límites!

En pocos pasos estuvo a la entrada de la misteriosa profundidad, pero... se encontró con que ésta se hallaba cerrada por una gran puerta de piedra, llena de inscripciones indescifrables.

- ¿Cómo haré para abrirla? -se preguntaba Jenaro impaciente.- ¡La llavecita olvidada hubiera sido el remedio, pero... me ingeniaré para entrar!

Tanteó la puerta y perdió sus esperanzas, al darse cabal cuenta de que ni millares de hombres hubieran podido franquear tan gigantesco trozo de granito.

- ¡Lo haré saltar con la pólvora de mis armas! ­dijo sin meditar las consecuencias de su acción. Y acto seguido se puso a juntar todo el polvo explosivo de sus cartuchos hasta fabricar una pequeña mina, que enseguida colocó bajo la majestuosa entrada.

Mientras tanto, el Cóndor de Fuego, lo contemplaba en silencio desde muy cerca, y sus ojos refulgentes parecían desconfiar del nuevo poseedor de la alhaja, ya que de tiempo en tiempo brotaban de su garganta graznidos amenazadores.

Jenaro, sin recordar al monstruo, e impulsado por su codicia sin límites, prendió fuego a la mecha y muy pronto una terrible explosión conmovió la montaña.

Miles de piedras saltaron y la enorme puerta que defendía el tesoro de Tihaguanaco cayó hecha trizas, dejando expedita la entrada a la misteriosa y obscura caverna.

- ¡Es mío! ¡Es mío! -gritó el demente entre espantosas carcajadas, pero una terrible sorpresa le aguardaba.

El Cóndor de Fuego, el eterno guardián de los tesoros que indicara la india Quitral, al darse cuenta de que el poseedor de la piedra verde desconocía el secreto de la llave de oro, con un bramido que atronó el espacio, cayó sobre el intruso y elevándolo hasta más allá de las nubes, lo dejó caer entre los agudos riscos de las montañas, en donde el cuerpo del malvado Jenaro se estrelló, como castigo a su perversidad y codicia.

Desde entonces, el tesoro del Cóndor de Fuego ha quedado escondido para siempre en las nevadas alturas del Aconcagua, y allí continuará por los siglos de los siglos, custodiado desde los cielos por el fantástico monstruo alado de plumaje rojo oro como los rayos del sol.

 

 

Las andanzas del gauchito Coliflor

 

El gauchito Coliflor, era un pintoresco habitante de la pampa en donde tenía su pequeña morada.

Su estatura no era mayor que la de un niño de diez años, pero su edad era mucha, ya que al decir de quienes lo trataban desde tiempos pasados, el gauchito Coliflor era un hombre de más de cincuenta años.

Por toda propiedad tenía un caballito enano, de gran mansedumbre y de hermoso aspecto, siempre lustrosas sus ancas y bien trenzado su crin renegrido y brillante.

Su apero o montura gaucha, era de un valor incalculable, ya que en ella se veían virolas de oro y plata, riendas con adornos del mismo metal y estribos resplandecientes de inmenso valor.

Toda la comarca envidiaba al gauchito Coliflor, que sin tener haciendas ni campos ni otras propiedades, vivía como un rey en la inmensa soledad de la verde llanura.

En su cintura, sujetado por un cuero cubierto de monedas de oro, ostentaba su afilado facón, alargada arma de aguda punta, que en manos de nuestro diminuto personaje era temible, según los colonos de aquellos contornos.

Muchas leyendas se narraban del gauchito Coliflor, y hasta se aseguraba que había librado más de un encuentro con hombres de mayor estatura, y que siempre había salido victorioso de los singulares combates, quizás ayudado por alguna bruja endemoniada e invisible, que lo protegía y lo amparaba para que prosiguiera su vida misteriosa y aventurera.

Lo cierto es que nadie se acercaba a su guarida y hasta los indios, esos temibles merodeadores del desierto, no se atrevían a dejarse ver por los contornos de la tapera que le servía de albergue.

Cierta vez desapareció de las casas de una estancia, una hermosa muchacha de nombre Clorinda y la alarma por el rapto fue general, ya que en otras ocasiones habían desaparecido de la comarca niñas y niños que nunca más se volvieron a ver.

Todos los colonos se reunieron para efectuar una batida con deseos de hallar el misterioso delincuente y regresaron a sus viviendas días después sin haber dado con el más leve rastro que les indicara el escondite del invisible raptor.

Pero, lo que para los demás había sido motivo de temor y de misterio, no lo fue para un niño, hermano de Clorinda, que ante la desgracia de tan dolorosa pérdida se impuso la obligación de buscar solo, algunas huellas que lo orientaran hacia el lugar donde se hallaba la hermosa muchacha.

Días y días vagó por las inmensas soledades de la pampa, tras de algún indicio y nadie se salvó de su petición de ayuda. El niño, desesperado, acudió a todas las fuentes informativas sin conseguir ningún dato de la misteriosa desaparición.

El tero que encontró en su camino le respondió que nada había visto; el zorro a quien llegó confiando en su vivacidad, también te dijo que desconocía el paradero de Clorinda; el veloz corredor de los desiertos, el ñandú, nada supo responderle, y así prosiguió, hasta que una noche, fatigado, se echó al amparo de un ombú, para llorar su desesperación e impotencia.

En esta triste situación estaba, acostado contemplando las estrellas, cuando se le aproximó un pequeño tucutucu, es decir, un ratoncillo del campo, que así lo llaman por su extraño grito muy parecido a su nombre, el cual, llegando hasta su oído, le dijo muy quedo:

- ¡Soy el tucutucu! ¡Escucha!

- ¡Habla! -le respondió el niño incorporándose lleno de esperanzas.

- ¡Conozco tu desgracia -prosiguió el roedor mirándolo con su ojillos redondos y vivaces;- tu hermanita Clorinda ha desaparecido y yo sé quién la tiene!

- ¿Quién? -demandó el muchacho ansiosamente.

- ¡El gauchito Coliflor, que no es sino un temible brujo de la pampa!

- ¡No puede ser! -respondió Rudecindo, que así se llamaba el niño.- ¡El gauchito Coliflor es un enano inofensivo!

El tucutucu se rió por lo bajo y contestó con sorna:

- ¡Qué sabes tú! ¡Nadie conoce las andanzas de ese bandido, porque sabe ocultarlas. El matrero está protegido por sus hermanas, las arpías, que son las temibles brujas del desierto que todo lo pueden, y por esto siempre sale victorioso de sus fechorías. Pero... nosotros los tucutucu, aguardamos el día en que alguien más poderoso que él nos sepa vengar de todos los agravios que nos ha inferido.

- ¿Os ha hecho daño? -preguntó Rudecindo.

- ¡Mucho! El gauchito Coliflor vive en un rancho del desierto, pero lo que todo el mundo ignora es que ese rancho, bajo el suelo, tiene una misteriosa galería que se interna hasta lo más hondo de la tierra, en donde mora el maldito acompañado de sus hermanas las brujas.

- ¿Será posible?

- ¡Lo juro! -contestó el roedor con firmeza.­ Nosotros los animales del campo que vivimos bajo de tierra, nos hemos visto desplazados por este invencible enano, que sin miramientos nos ha robado el subsuelo, dejándonos a la intemperie, en donde seguramente moriremos todos de frío.

El muchacho estaba asombrado. ¡No era para menos! ¡Quién hubiera pensado que el inofensivo gauchito Coliflor, fuera tan terrible enemigo y, sobretodo, que estuviera en contacto con las horribles y siempre temidas brujas de la llanura!

- ¿Sabes dónde está? -preguntó angustiado.

- ¡Sí, lo sé! -respondió el tucutucu con voz apagada.- ¡Pero... no grites, que el gauchito Coliflor, según dicen, cuando quiere se hace invisible para saber cuanto es necesario a sus endiablados planes!

Rudecindo se sobresaltó por la advertencia y miró con temor a todos lados, no viendo más que sombras y campo desierto.

- ¿Sabes cómo se encuentra mi hermanita? -volvió a preguntar.

- ¡No creo que esté bien! ¡El maldito matrero rapta a las chicas para sacrificarlas a sus temibles dioses!

- Entonces... ¡mi pobre Clorinda está perdida! -gimió Rudecindo con un sollozo.

El tucutucu lo miró detenidamente y luego repuso con voz de bajo profundo:

- ¡No desesperes! ¡Tu hermana aún no ha muerto! La fiesta del fuego en la que será sacrificada, comenzará dentro de diez horas.

- Pero... ¿cómo podría llegar hasta ella y salvarla? ¿De qué medios me valdré para bajar hasta las profundidades de la tierra? ¡Imposible! ¡Imposible! -Y el pobre muchacho se puso a llorar copiosamente.

El tucutucu pareció conmoverse ante la desesperación de Rudecindo, y luego de una corta pausa le dijo, acariciándolo con su patita:

- ¡Oye, Rudecindo... a nadie debes comunicar lo que vas a escuchar y ver! ¿Me lo juras?

- ¡Te lo juro! -contestó el muchacho.

- Pues bien, fío en tu palabra y te ayudaré. Recuerda lo que voy a decirte. Tengo un pelo en mi colita que es mágico y quien lo encuentre podrá conseguir tres cosas, sean cuales fueren. El hada del campo, me dotó cierta vez de esa virtud sobrenatural, tocándome con su varita de luz. Si quieres hacer la prueba de luchar contra Coliflor, elige uno de mis pelitos y vete a buscarlo. Si el pelito elegido es el que posee las tres gracias del hada, podrás recuperar a Clorinda y dar muerte al gauchito bandido y si fracasas en tu elección, serás tú el que morirás. ¿Aceptas?

- ¡Sí! -respondió Rudecindo sin vacilar.

- Pues bien -prosiguió el tucutucu, aquí tienes mi colita y quiera tu suerte que sepas elegir el pelo mágico que os salvará a ti y a tu hermana.

El pobre muchacho vio junto a sus ojos la diminuta cola del roedor y al contemplarla cubierta de pelos, su turbación fue tan grande que no supo qué hacer.

- ¡Posees un millón de pelitos! -exclamó.

- ¡Ya lo, sé! Lo que quiere decir, que tienes en tu favor, sólo una probabilidad contra un millón. Anda; elige y que la suerte te favorezca.

Rudecindo no vaciló más y alargando la mano arrancó nerviosamente un pelo del parlanchín tucutucu.

- ¡Aquí lo tengo! -exclamó.

- Ya lo sé, porque me ha dolido -respondió el animalito.- Ahora, ¡guárdalo como si fuera un tesoro! Si cuando necesites ayuda la pides y te la dan, será porque el pelo es el mágico y si nadie responde a tus demandas, habrás tenido poca fortuna en la elección y morirás sin remedio.

- ¡Está bien! Seguiré luchando para hallar a mi hermanita y, si puedo, y el hada de los campos me protege, dejaré sin vida al temible gauchito Coliflor.

No había terminado de decir Rudecindo las últimas palabras, cuando el roedor, después de dedicarle una sonrisa y un gesto amistoso de despedida, se perdió entre las sombras y el solitario muchacho, guardando el casi invisible talismán de la cola del tucutucu, se levantó animado por nuevos bríos y prosiguió la marcha por el desierto misterioso.

Pasadas algunas leguas, divisó a lo lejos la humilde cabaña del gauchito Coliflor y sin temores, avanzó resueltamente, preparando sus armas y decidido a dar la cara al temido enemigo.

- ¡Si puedo, lo mataré y recuperaré a mi hermana! -decía por lo bajo el bravo Rudecindo, mientras se acercaba a la lúgubre morada.

A los pocos minutos llegó a ella y no percibiendo a señal alguna de vida en su interior, resolvió penetrar, lo que hizo, no sin antes encender una antorcha para ver bien por donde caminaba.

El rancho del gauchito Coliflor era pequeño y nada había en su interior que pudiera ser motivo de sorpresa. Una mala cama, una silla vieja y colgados sobre las paredes de barro, algunos aperos, riendas, boleadoras y otros útiles de campo.

- ¿Me habrá engañado el tucutucu? -murmuró Rudecindo entre dientes.

Ya iba a retirarse de la solitaria choza, decepcionado y contrito, cuando recordó que tenía escondido en su pañuelo el pelito de la cola del roedor.

- Veré si he tenido suerte en la elección -dijo el muchacho y tomando el talismán entre sus dedos, exclamó en voz alta:

- Pelito maravilloso

del rabo del roedor,

si eres mágico, pelito,

hazme tu primer favor.

Rudecindo esperó unos segundos después de la rimada súplica, angustiado y curioso por saber si había tenido suerte en la difícil selección y cuál no fue su asombro al contemplar algo insospechado. Casi junto a sus pies se abrió de pronto un enorme agujero, por el que divisó una larga escalera de piedra que se perdía en las profundidades de la tierra.

- ¡Es maravilloso! -exclamó.- ¡El pelito que tengo entre mis dedos es el mágico!

Y acto seguido apagó su antorcha y empezó a descender, en medio de las mayores tinieblas, la escalera que lo iba introduciendo en el mismo corazón del mundo.

- ¡Esto es interminable! -decía de rato en rato, al ver que la escalera parecía no tener fin.

De pronto escuchó a lo lejos un gran ruido, como de miles de tambores que suenan acompasadamente, y el murmullo de muchas voces que entonaban un cántico extraño.

- Estoy llegando -dijo con verdadero temor.­ ¿Qué será lo que existe allá abajo? -Y, sin decir más, prosiguió el descenso con las mayores precauciones, mientras se arrojaba al suelo para no ser visto por los misteriosos habitantes de las profundidades terrestres.

De pronto sus ojos se cerraron ante una luz potente como la del sol, que alumbraba una sala de unos cien metros de largo, en la que contempló lo más extraordinario que haya visto criatura humana.

En un trono de piedra, se hallaba sentado el gauchito Coliflor, vestido con su indumentaria criolla, teniendo en la mano derecha un gran bastón de mando, del que brotaban rayos enceguecedores. A su alrededor, diez viejas esqueléticas de caras horribles y narices corvas como el pico del loro, estaban sentadas en las gradas del trono, y frente a este monarca extraordinario, cien criaturas deformes con ojos llameantes como los de los gatos, bailaban una danza extraña al compás de unos enormes tambores batidos por cincuenta hombrecillos de tez roja y arrugada.

Rudecindo, en los primeros instantes, quedó paralizado por el miedo ante la fantástica visión, pero bien pronto volvió a su cabal juicio, al distinguir en un rincón, sujetas con gruesas cadenas, a varias muchachos, entre las cuales estaba su querida hermana Clorinda.

- ¡Por fin! ¡Por fin te he hallado! -gritó con toda la fuerza de sus pulmones, corriendo hacia donde estaba la cautiva, sin meditar la temeraria imprudencia que cometía, ya que el gauchito Coliflor, poniéndose en pie súbitamente en su pétreo trono, ordenó con voz potente que dieran muerte inmediata al intruso.

Los cien demonios bailarines se lanzaron contra Rudecindo, con sus ojos llameantes y enseñando unos dientes mayores que los de los tigres, con el propósito criminal de acabar con él.

El muchacho se dio cuenta del peligro que corría y volviéndose para dar el pecho a sus atacantes, tomó otra vez su pelito y dijo en voz baja mientras lo elevaba por encima de las cabezas de los monstruos:

- Pelito maravilloso

del rabo del roedor,

si eres mágico, pelito,

hazme un segundo favor.

La respuesta fue instantánea.

Un fuerte trueno retumbó en la lúgubre caverna y la tierra tembló en tal forma, que las paredes comenzaron a derrumbarse con gran estruendo, aplastando a los demonios de ojos de fuego, que huían en todas direcciones presas de un pánico sin límites.

Las brujas gritaban enloquecidas por tan espantoso terremoto y fueron también cayendo una por una, conmocionadas por los desprendimientos de tierra que amenazaban con matar a todos, inclusive a Rudecindo y las cautivas.

El gauchito Coliflor, guía y dominador de las brujas de la llanura, fue también sepultado entre los escombros, lanzando gritos de impotencia, hasta que su voz se extinguió para siempre, terminando con sus andanzas tan misterioso fenómeno.

Pero Rudecindo se vio abocado a un peligro mucho mayor de los que había pasado. El derrumbe se le acercaba y cuando la muerte casi iba a dar fin a su corta existencia, en unión de las aterrorizadas muchachas, recordó el estupendo tesoro que poseía y apeló a su última gracia:

- Pelito maravilloso

del rabo del roedor,

si eres mágico, pelito,

hazme tu tercer favor.

El talismán tampoco falló en la demanda final, y abriéndose la tierra en un camino espléndido de luz, dio paso a Rudecindo, Clorinda y las demás cautivas, hacia la superficie terrestre, a donde llegaron muy pronto, elevados por una fuerza desconocida que los impelía como si fuera una potente ráfaga de viento.

Al pisar de nuevo la pampa, el pozo se cerró junto a ellos, sepultando para siempre al gauchito Coliflor, sus malditas brujas y los terribles y feos habitantes de las profundidades de la tierra.

Clorinda y las niñas fueron entregadas a sus respectivos padres y el bravo Rudecindo se convirtió desde entonces en el muchacho invencible, que había conseguido triunfar sobre tan espantosos enemigos, ayudado por el mágico pelito del buen tucutucu, que al final pudo saberse que era la hermosa Hada de la Pampa, quien para acercarse al decidido muchacho se había convertido por unos instantes en el simpático y hablador animalito, que escondía en su diminuta cola el pelito encantado, entre un millón de ellos sedosos y brillantes.

 

 

La roldana maravillosa

 

En una humilde casa de campo, vivían, cierta vez, dos hermanas llamadas Rosa y Cristina.

Rosa por ser tan bella como la flor de su nombre era la mimada de sus padres y para ella eran todos los regalos, todos las fiestas y todas las dichas de la vida.

Cristina, por el contrario, era una niña humilde y dócil que había sido abandonada del corazón de sus padres y sólo la utilizaban en la casa como sirvienta, ordeñando las vacas por la mañana, haciendo la comida al mediodía, fregando los platos, lavando la ropa de todos y dando de comer a las aves que cacareaban en los corrales.

Tan injusta era la diferencia, que el vecindario estaba indignado y las habladurías llegaron hasta los más apartados rincones de la aldea.

Rosa, como es natural, pronto tuvo un novio rico y buen mozo, tan orgulloso e inútil como ella, con lo que colmó la ambición de los padres, que creían a la niña, por su belleza, como el astro de la familia.

Cristina, buena y sin manchas de envidia en su alma, se alegraba también de la felicidad de su hermanita y proseguía sus quehaceres domésticos, sin pensar nada malo de la frialdad de trato de cuantos la rodeaban.

La humilde niña, se levantaba del lecho al amanecer, iba al pozo a sacar agua, como primera faena, y escuchaba alegremente el chirrido de la roldana que le cantaba mientras iniciaba su rápido girar:

- Soy la roldana que canta

y agua te da cristalina...

buenos días, bella y santa,

inigualable Cristina.

La chica respondía a este saludo mañanero con su risa angelical y miraba con cariño a la roldanita, que proseguía su canción estridente y alegre, mientras el balde ascendía hasta sus manos.

Pero para la pobre Cristina, las cosas iban de mal en peor, y la altiva Rosa, que como la del rosal, estaba llena de espinas, comenzó a despreciarla en tal forma, que los días se le hicieron amargos y las noches muy tristes.

Los padres, entusiasmados con el próximo casamiento, de la hermosa Rosa ni se acordaban de la otra hija, y sólo le hablaban cuando tenían que darle alguna orden terminante o para castigarla por faltas imaginarias.

Pero Cristina, paciente y buena, sufría todas estas injusticias y se consolaba llorando a solas, mientras proseguía sus rudos trabajos diarios.

Así continuó la vida, y todas las madrugadas, al llegar al pozo e iniciar sus faenas, la roldanita le cantaba...

- Soy la roldana que canta

y agua te da cristalina...

buenos días, bella y santa,

inigualable Cristina.

La infeliz criatura un día no pudo acallar más su dolor y al oír la canción de la roldana, comenzó un lloro tan sentido y amargo que ésta, deteniendo su rápido andar, le dijo en tono grave:

- Sé que tú sufres y lloras

de la noche a la mañana...

pídele lo que desees

a tu amiga la roldana.

Cristina al escuchar la voz argentina de la pequeña rueda, no pudo contener un estremecimiento de alegría y mirándola con sus grandes ojos dulces, la respondió entre sollozos:

- Roldanita amiga, compañera de todas mis horas, sólo pido el amor de mis padres y el cariño de mi hermana.

- ¡Los tendrás! -fue la respuesta y prosiguió girando la frágil polea impulsada por los desnudos y fornidos brazos de la niña.

Al día siguiente, la casa se llenó de luz y se animó de alegría, abierta a todos los habitantes de la región que acudían a presenciar el casamiento de la hermosa muchacha, la niña mimada de sus padres.

Cristina no tuvo permiso para presenciar tan magnífica fiesta y se contentó con mirar todo desde lejos, mientras preparaba los manjares para la comida de bodas.

Sus ojos vertían copioso llanto y su corazón sufría en silencio tan gran injusticia, pensando lo desgraciada que era, por el olvido en que la tenía su familia.

La música y las risas, llegaban hasta la cocina y se mezclaban con los sollozos de la chica, que continuaba su labor sin odios ni rencores, pues éstos no tenían cabida en su alma.

Pero, hete aquí, que sucedió lo inesperado, como siempre suele acontecer cuando se cometen tan grandes injusticias.

Cristina necesitó sacar agua del pozo y se encaminó a él con los ojos enrojecidos y el corazón contrito.

Había iniciado el ascenso del balde lleno de agua cristalina, cuando escuchó la alegre voz de la roldana, que le decía:

- Querida amiga Cristina

yo cumpliré mi promesa,

saca lo que hay en el balde

y envidiarán tu belleza.

La niña, asombrada y curiosa, al escuchar la voz de su amiga, miró el cubo al llegar a sus manos y quedó maravillada y suspensa de lo que vio dentro de él.

En vez de agua, en el fondo había un voluminoso paquete con cintas de oro, que estuvo pronto entre sus dedos.

- Ponte todo lo que tiene

en vez de agua cristalina

y reinarás en la fiesta

mi buena amiga Cristina.

Así cantó la roldana entre sus chirridos estridentes y alegres.

La chica, con el paquete junto a su corazón palpitante, corrió a su modesta habitación y al abrirlo se encontró con un traje de extraordinario belleza, todo recamado de piedras preciosas de incalculable valor, un cintillo de perlas y diez anillos de oro rematados por deslumbrantes esmeraldas y rubíes.

Innecesario es decir que Cristina se desprendió enseguida de sus viejas ropas y se puso el extraordinario vestido, las esplendorosas alhajas y los adornos que había en el paquete, y mirándose luego al espejo quedó asombrada ante el cambio que había experimentado.

¡No podía creer lo que contemplaban sus ojos! Era ella... ¡sí! Pero... ¡qué cambiada! Hasta su cabello, como por arte de magia, aparecía debidamente peinado y su cara rosada y juvenil era ahora de una belleza fascinante, capaz de ser admirada por el más exigente galán.

Su entrada en el salón de la fiesta fue digna de una reina y cruzó entre los invitados, que la miraban mudos de asombro, en unión de sus padres, incapaces de comprender lo sucedido.

Desde aquel instante todos las ponderaciones fueron para ella y tanto su hermana Rosa como los indiferentes padres, creyeron ver en este milagro una dura lección por su desamor y despego, y abrazaron a la feliz y virtuosa Cristina que pasó a ser tan mimada y querida como su hermosa hermanita Rosa.

Las joyas y las piedras preciosas de su vestido de un valor incalculable, fueron vendidas, y con el dinero de tanta magnificencia compraron campos, edificaron una lujosa casa y vivieron todos felices por el resto de sus días.

Pero la dichosa Cristina no abandonó nunca a su amiga, la roldana maravillosa, y todas las mañanas iba al brocal del pozo y elevando el balde lleno de agua a rebosar escuchaba la voz de su amiga, que alegremente le seguía cantando:

- Soy la roldana que canta

y agua te da cristalina...

Buenos días, bella y santa,

inigualable Cristina.

 

 

El chingolo de la felicidad

 

En una ciudad de provincia, muy cerca de las sierras de Córdoba, vivía un hombre llamado Rafael, que nunca estaba contento con su suerte.

Era robusto y no había mañana que no se levantara quejándose de algún dolor.

Era joven, pues contaba apenas treinta años y lloraba por los muchos abriles que tenía encima.

Era rico y constantemente gemía miserias.

Poseía una gran extensión de campo y no había instante en que no sollozara suspirando por tener más tierras.

Sus haciendas ocupaban millares de áreas y, no contento con ello, pretendía acrecentarlas.

Su esposa era buena y honesta, pero Rafael le regañaba siempre lamentando el haberse casado con ella.

Sus hijitos eran tres, robustos y hermosos, pero no tenía palabras para condolerse por parecerle feos.

En fin, que Rafael, con todo lo que puede ansiar un hombre para ser completamente feliz, vivía amargado con su destino y envidiaba la tranquilidad y la riqueza ajenas.

Esto, como es natural, lo convertía en un ser despreciable y molesto para las gentes que, conocedoras de su fortuna y bienestar moral y físico, repudiaban su trato y aun su presencia.

Una noche en la que Rafael se quejaba de un dolor imaginario y de su ilusoria pobreza, se le apareció un ser singular, pero hermoso, que había descendido de las nubes y que al parecer, por su dulce rostro y sus magníficas alas, era un Ángel enviado para escuchar sus lamentos.

- ¿Qué te ocurre, mi buen Rafael? -dijo el enviado de los cielos.

- ¡Soy muy desgraciado! -gimió el descontento.

- Pero... ¿de qué te quejas? ¡Tienes salud, riquezas, campos, animales, una buena mujer y hermosos hijos... nada te falta!

- Quiero más... mucho más... -exclamó el hombre, mesándose los cabellos.

- ¡La ambición puede perderte! -dijo el extraño visitante.

- ¡Daría mi alma por conseguir cuanto tiene de bueno el mundo! -respondió el iluso, con los ojos abiertos a la codicia.

El Ángel lo miró con seriedad y se propuso darle una lección que modificara su alma.

- Bien... -le replicó.- ¡Tendrás todo lo que deseas, si puedes atrapar el Chingolo de la felicidad!

- ¡Eso es muy fácil! -gritó entusiasmado Rafael.- ¡Lo cazaré rápidamente si me indicas dónde se encuentra o dónde tiene su nido!

El Ángel lo miró amargamente y después dijo:

- Sal mañana temprano de tu casa, sube a la montaña y al pasar por la cumbre nevada volará ante ti el pájaro que buscas. Si lo atrapas vivo podrás solicitar lo que quieras y te será concedido.

Dicho esto, el hermoso personaje desapareció, quedando Rafael maravillado y ansioso en espera del nuevo día para dedicarse a la caza de tan precioso animalito.

A la mañana siguiente, muy de madrugada, emprendió el camino de la montaña, y al llegar a lo cumbre nevada cruzó ante sus ojos el inquieto pajarillo que se fue a posar sobre una roca.

- ¡Éste es! -gritó el ambicioso, corriendo tras del animal.

Por supuesto, el veloz chingolo no se dejaba coger por el hombre, y así, de mata en mata y de roca en roca, llegaron hasta el mismo borde del precipicio.

Los ojos de Rafael se salían de sus órbitas y sus manos, temblorosas por la desmedida ambición, se agitaban en el aire con el deseo de atrapar el bello e inquieto talismán.

El pequeño chingolo, como jugando con el descontento, seguía su camino, a cortos saltos, hasta que a llegar al despeñadero, tendió sus alitas y voló hasta la otra ladera.

Rafael, ciego a todo peligro, impulsado por su vehemente afán de conseguir lo imposible, no percibió que allí mismo terminaba la roca e, inconsciente, cayó en la más profundo sima lanzando un terrible grito de angustia que resonó lúgubre en el silencio de la montaña.

Así pagó el hombre su terrible defecto, al correr enloquecido en seguimiento del Chingolo de la felicidad, que el misterioso Ángel había colocado en su camino para castigarlo por su afán de pretender lo imposible, instigado por tan desmesurada ambición.

 

 

Damián el turbulento

 

Ésta es la muy breve historia de Damián el Turbulento.

El mal genio de este hombre lo convertía a veces en una fiera, cometiendo faltas tan graves, que tardaba mucho tiempo en volver su espíritu a la tranquilidad.

Por lo demás, y en estado normal, Damián era un hombre bueno, trabajador y caritativo, pero su enorme desgracia consistía en encolerizarse súbitamente por cualquier cosa, cegándose hasta convertirse en un malvado.

Por tales causas, su caballo tordillo tan pronto recibía caricias como palos y su inseparable pistola, unas veces estaba cuidadosamente limpia, como otras andaba por el suelo, enmohecida y sucia.

Damián el Turbulento conocía su falta, pero por más que luchaba por enmendarse, no lo podía conseguir, siempre dominado por su fatal genio que lo convertía en un injusto.

Nuestro hombre, tenía su rancho en medio de la pampa y, como todo gaucho, vivía de su trabajo, arreando animales, esquilando ovejas o transportando en las lentas carretas las bolsas de trigo hasta las estaciones del ferrocarril.

Por su terrible defecto, Damián era temido en muchas leguas a la redonda, y no bien la gente se daba cuenta de que comenzaba a enfurecerse, corría despavorida a sus viviendas temiendo los desmanes de tan desconcertante individuo.

Inútil fue que los amigos y parientes lo aconsejaran. Damián, lloroso, prometía enmendarse, pero a los pocos días, por lo más insignificante y fútil, daba rienda suelta a su mal genio, provocando situaciones que muchas veces se convertían en tragedias.

Pero, como todo en este mundo tiene su castigo, a Damián el Turbulento le llegó su hora y pagó sus culpas de una manera rara y misteriosa.

Una tarde, después de jurar ante su madre corregirse de tan temible defecto, galopaba por la pampa en dirección a una lejana estancia, cuando su pobre caballo se espantó de una perdiz que salió volando de entre sus patas.

La furia de Damián invadió de pronto su cerebro y entre palabras procaces y gritos de loco, le dio una paliza tal al pobre bruto, que éste cayó resoplando de dolor sobre la verde hierba.

Damián, ciego de rabia y sin darse cuenta, en su demencia repentina, de la injusticia que cometía, sacó su pistola y apuntando a la cabeza del noble caballo, presionó el gatillo con la evidente intención de matarlo.

Pero, cosa extraña, la bala no salió y el gatillo cayó con un ruido seco sobre el cartucho inofensivo.

- ¡Maldita arma! -gritó Damián blandiéndola por los aires,- ¡no me sirves para nada y aquí te quedarás para enmohecerse entre los pastos!

Y diciendo esto, arrojó la pistola lejos de si con toda la potencia de su fornido brazo.

Y aquí sucedió lo imprevisto. La pistola al golpear fuertemente sobre el suelo, disparó la bala que antes se había negado a salir y entre el gran estrépito del fogonazo, Damián el Turbulento rodó herido, al perforar su brazo el frío plomo vengador.

Para el hombre de nuestra historia, ésa fue la mejor lección de su vida, mucho más elocuente que las palabras de parientes y amigos y nunca jamás volvió a ser dominado por el mal genio que, indudablemente, lo hubiera llevado por sombríos caminos, y en adelante fue un hombre pacífico y bueno, con la consiguiente satisfacción de todos los que antes le temieran.

 

 

El talero mágico

 

Cierta vez, en una estancia de nuestra campaña, había un peón de campo, de nombre Torcuato, que era un tigre por lo perverso.

Para él no había nadie bueno y era un desalmado para tratar a los pobres animales que caían en sus manos, los que siempre morían a causa de los golpes y acometidas de tan cruel individuo.

En la estancia en donde trabajaba nadie le quería y por ello andaba siempre solo, sin tener con quien hablar y odiado de todos los habitantes de los contornos.

Todo el mundo se apiadaba del pobre caballo que tenía el tal Torcuato, ya que el malvado le castigaba por cualquier futesa, castigo que el desventurado animal, exhibía en su lomo y sus ancas llenas de heridas de donde manaba abundante sangre.

Si andaba al paso, le pegaba; si corría demasiado, le pegaba; si se detenía a destiempo, le pegaba, y así, la vida era un martirio constante para el noble y sufrido bruto, que con seguridad esperaría la muerte como única salvación.

El talero del gaucho Torcuato era temido, ya que también en diversas reuniones de la paisanada, en la pulpería de doña Soledad, más de una vez se había levantado para castigar a algún parroquiano, manejado por su furibundo amo, que no procuraba contener sus nervios y cuya excitación lo arrastraba a la locura.

Por esta causa, como hemos dicho, se fue quedando solo, hasta que al no poder desahogar sus perversos instintos en los demás hombres, tuvo que volcarlos contra los indefensos animales.

Era inútil que el dueño de la estancia le ordenase que no hiciera daño a los irracionales, ya que todos los animales eran útiles para el trabajo del hombre, desde la vaca que nos alimenta, pasando por el perro que nos guarda con toda fidelidad, la oveja que nos proporciona la lana con que nos cubrimos, hasta el caballo que nos ayuda en todas nuestras labores diarias.

- ¡Hay que ser noble y bueno con los desgraciados seres que no pueden defenderse ni hablar! -le decía el patrón.- Cuando levantes el talero para castigar a tu caballo, medita antes que sin él nada podrías hacer en tus trabajos de campo, y si tu odio se quiere descargar sobre otro irracional, aunque fuere la liebre que corre por los sembrados, piensa que es mejor matarla que hacerla sufrir con los golpes.

Mas, para el malo de Torcuato, esas palabras le entraban por un oído y le salían por el otro, y así proseguía su vida, mirado con temor por algunos y con desprecio por los demás.

Una tarde en que el malvado volvía de un lejano puesto de la estancia, en donde había tenido aparte de ganado, su pobre caballo, falto de fuerzas por la abrumadora faena del día, apenas podía galopar en camino de la casa.

Torcuato, impaciente, comenzó a dar rienda suelta a su genio y el maldito talero empezó a caer sin piedad sobre las doloridas ancas del paciente caballo.

- ¡Corre! -gritaba con voz áspera.- ¡Corre o te mataré!

Y una y otra vez los latigazos hicieron brotar sangre de las viejas heridas del noble bruto.

El caballo, impotente para contener tanta furia, relinchaba dolorido y, como es natural, disminuía su andar por el castigo impuesto, terminando por detenerse tembloroso, y agachar su cabeza.

- ¡Conque esas tenemos! -gritó el enfurecido Torcuato.- ¡Ya verás cómo te hago correr! ¡Toma! ¡toma! ¡toma! -y una y mil veces, el talero volvió a caer sobre los costados ensangrentados del¡ moribundo equino.

Tal fue la paliza, sin medida ni piedad, que el pobre caballo cayó rendido, comenzando su agonía, ante el endurecido corazón del cegado Torcuato.

De pronto, el martirizado irracional levantó su cabeza poco antes de expirar y mirando fijamente a su verdugo, en un postrer relincho le dijo claramente:

- ¡Ojalá que tu talero caiga algún día sobre tus espaldas, hasta dejarte como estoy yo ahora!

Después murió entre los más atroces dolores, por el horrendo castigo que aun después de haber muerto no cesó de aplicarle su dueño.

Torcuato hizo mofa de los deseos de su caballo y comenzó calmoso a sacarle el recado, con la intención de proseguir a pie la corta distancia que le faltaba para llegar a la casa.

El temible talero que había dejado sobre una mata de hierba mientras terminaba su trabajo, alzóse de repente como empuñado por una mano poderosa e invisible, y dando unas volteretas por el aire, comenzó a caer sin piedad sobre las espaldas de Torcuato, el cual, ante el inesperado ataque, sólo atinó a gritar en demanda de socorro.

Los gritos de la víctima de tan misterioso castigo fueron escuchados por sus compañeros de trabajo, pero como ninguno lo quería por su crueldad, nadie se movió para prestarle ayuda, y así, el malvado se encontró solo e indefenso en medio del campo, ante los golpes cada vez más terribles de su implacable talero,

- ¡Basta! ¡Basta! ¡perdón! ¡Me enmendaré! ¡Lo juro! -gemía el pobre diablo; pero el talero proseguía su obra, tal como lo había hecho antes en las ancas del animal que yacía muerto a sus pies.

El castigo duró casi media hora, hasta que Torcuato, exhausto, cayó entre los pastos, con la cara y las espaldas ensangrentadas y solicitando piedad, en la misma forma que momentos antes había pedido en sus relinchos el noble caballo.

Mas el talero no parecía dispuesto a ceder y prosiguió en su destructora faena hasta que Torcuato expiró, presa de horribles dolores, iguales a los que antes sintiera su víctima irracional.

Y así, el talero mágico, vengó los castigos que habían recibido cientos de seres, por la mano de tan mal hombre y, una vez terminada la vida del verdugo, cayó junto al caballo ensangrentado a quien acababa de vengar.

 

 

El ñandú blanco

 

Cierta vez, y de esto hace muchos años, tantos que ya casi no se pueden contar, vivía en un rancho de la pampa una familia muy humilde que sólo tenía, por toda riqueza, una oveja, una vaca y un caballo.

La tal familia estaba compuesta de tres personas: el padre, llamado Anastasio; la madre, que se decía Filomena y un hijo de quince años, de nombre Apolinario.

Con tan escasas riquezas, lógico es que vivieran muy pobres y necesitados y, muchos días, cuando Anastasio no traía dinero por su trabajo en las estancias, para comer tenían que cazar animales del campo.

Así pues, algunas tardes salía la familia armada con palos, lazos y boleadoras para atrapar cuanto bicho viviente hubiera por el desierto, no perdonando ni a los mismos avestruces que, en grandes manadas, merodeaban por los campos.

De este manera volvían al rancho por la noche con una buena cantidad de caza, en la que no faltaban las inocentes mulitas, los cascarudos peludos, las veloces liebres, las pintadas perdices y ni aún se salvaban de la matanza, cuando el hambre apretaba, los feos vizcachones que pueblan el subsuelo de la llanura.

Por aquel tiempo, los indios que vivían en toda la pampa, casi hasta los mismos lindes de las poblaciones próximas a Buenos Aires, iniciaban de vez en cuando feroces malones, es decir, se reunían en gran número y montados en sus ariscos caballos, caían como aves de rapiña sobre las poblaciones de los blancos, asesinando a los hombres, cautivando a los mujeres y a los niños y robando grandes masas de ganado que, más tarde, encaminaban a sus lejanas tolderías.

Anastasio, Filomena y Apolinario, también vivían en constante peligro de ser atacados por los salvajes, pero el dueño del hogar no daba oído a los ruegos de su mujer, para que se trasladara con el rancho hacia sitios más amparados por las tropas del gobierno.

Así continuaron su vida, de zozobra en zozobra, cazando animales para la subsistencia y en alerta constante del horizonte, por si a los caciques bárbaros, se les ocurría merodear por aquel lado del desierto.

Una noche como tantas, en que la pampa estaba en absoluto silencio, llegó Anastasio triste, y le contó a su mujer que no había conseguido trabajo por los alrededores, ya que los estancieros habían huido con sus enseres y ganados, por miedo a los temibles malones indios.

Filomena se afligió mucho y volvió a rogar a su esposo para que abandonaron el peligroso lugar y se internaran más hacia el núcleo de la civilización.

Todo fue inútil. Anastasio, como buen gaucho, amaba el desierto y prefería exponerse a una lucha desigual, que alejarse de aquellos campos que conocía desde su niñez.

A todo esto, Apolinario, en sus cotidianas correrías por los alrededores de la casa, encontró abandonada junto a su nidal a una charita, a sea un polluelo de avestruz, que tenía la particularidad de ser blanco su plumaje, cosa muy rara en esta especie de aves.

Junto a la pobre charita estaba su madre muerta, quizá atacada por otro animal de la pampa, de manera que cuando Apolinario se acercó al nido, el indefenso polluelo, en vez de salir disparado como lo hacen comúnmente estos rápidos corredores de la llanura, se quedó esperándolo y aun más, se le aproximó y se restregó en sus rodillas como demandándole protección.

Apolinario conmovido por el abandono de la pobre charita y entusiasmado por la adquisición de tan raro ejemplar, no vaciló en conducirla al rancho de sus padres, a donde llegó poco después, con el curioso hallazgo..

Anastasio se enojó mucho, ya que estos animales son muy voraces y no respetan nada de lo que ven, metiendo todo en su buche sin fondo, y quiso arrojarlo de la casa; pero ante el llanto de Apolinario, permitió que se quedara, no sin antes recomendar que tuvieran mucho cuidado de no dejarle nada al alcance de su incansable pico.

El ñandú blanco se crió desde entonces como si fuera de la familia y aun cuando alguna vez daba serios disgustos a los amos, ante la pérdida de útiles necesarios, como mates, bombillas, cucharas, etcétera, todo le era perdonado, ya que se sabía que lo desaparecido estaba depositado en su inmenso buche.

Como es natural, Apolinario y el ñandú se querían entrañablemente y no se separaban jamás, correteando por los campos en juegos raros, en los que el avestruz demostraba ante el asombrado muchacho la gran velocidad de sus patas, capaces de triunfar sobre el caballo más veloz.

Pero, hete aquí, que las cosas fueron de mal en peor para la solitaria familia, y una noche tenebrosa los feroces indios arrasaron el indefenso rancho, incendiándole, convirtiendo todo en ruinas y llevándose a sus lejanas tolderías a la pobre gente con los pocos animales que cuidaban.

Apolinario perdió de vista a su querido compañero y lo lloró mucho creyéndolo muerto, mientras su familia era transportada a la carrera hasta los poblados salvajes a donde llegaron tres días más tarde, después de mil privaciones y padecimientos.

Los indios festejaron el triunfo y aquella noche encendieron grandes hogueras, bailando a su alrededor entre alaridos salvajes que ponían los pelos de punta al testarudo Anastasio, a la pobre Filomena y al inocente Apolinario.

- ¿Nos matarán, mamá? -preguntaba a cada instante el atemorizado muchacho.

- ¡No lo sé, pero nada bueno debemos esperar de esta gente sin alma! -contestaba la madre, entre grandes sollozos.

Al otro día, cuando el sol alumbró las tolderías indias, se dieron cuento de que ellos no eran los únicos cautivos, ya que en otros lugares se encontraban grandes grupos de mujeres llorosas y de niños afligidos.

¡Pobrecita gente! Harapienta y demacrada, era la demostración auténtica del modo brutal y cruel como procedían los indios con sus indefensos cautivos.

Anastasio y su familia se apiadaron mucho de todos y pensaron con espanto, que a ellos también les aguardaba una vida mala como la de aquellos angustiados seres.

- ¡Ya ves! -lloriqueó la mujer.- ¡Ya ves! ¡Si hubieras atendido mis ruegos de marcharnos a la ciudad, no nos pasaría todo esto! ¡Nos han robado, nos han incendiado nuestra humilde casa... nos han quitado los animales que poseíamos...!

- ¡Calma Filomena! -respondió el hombre tristemente.- ¡ya veremos el modo de salir de aquí!

- ¿Salir de aquí? ¡Imposible! ¡Nos matarían al primer intento de fuga! -dijo la esposa entre sollozos.

Así pasaron varias semanas y la vida se les hacía imposible cada vez más, ya que les daban de comer carne de caballo y no los dejaban apartarse de las tolderías el más leve trecho, por temor a las fugas.

Para mayor pena, Filomena enfermó de gravedad y sin medios de curación en la inmensidad del desierto, su fin se aproximaba ante la desesperación de Anastasio y Apolinario.

Esa noche, el pobre muchacho, llorando de angustia se tumbó bajo unas mantas y comenzó a rogar a Dios, pidiéndole ayuda para salvar a su pobre madre de la muerte y a todos del cautiverio.

De pronto, junto a la puerta de su tienda de campaña le pareció oír unas leves pisadas y cuál no sería su sorpresa, al volverse y encontrar en la abertura de la mísera vivienda, al hermoso ñandú blanco, que lo miraba con ojos de alegría como saludándolo, después de tantos días sin verle.

¡El avestruz, encariñado con el muchacho, lo había buscado por el desierto, como un perro fiel, hasta dar con él en las tolderías indias!

- ¡Mi charita! -gritó Apolinario, entusiasmado.

El buen animal, como si comprendiera el grave peligro en que estaba su amigo, se le acercó lentamente y se echó junto a sus piernas.

- ¡Lindo ñandú! -decía Apolinario acariciando el plumaje del avestruz. Nada puedes hacer por mí, sino acompañarme a sufrir.

Más tarde, después que los indios terminaran sus diabólicas danzas, se hizo el silencio y Apolinario pudo conciliar el sueño junto al fiel y hermoso avestruz blanco.

Una hora después, un misterioso sueño perturbó su tranquilidad.

Soñó que su amigo, el ñandú blanco, le hablaba al oído y le decía con una voz suave y lenta:

- ¡Querido hermanito Apolinario! ¡Estos indios salvajes te matarán muy pronto y yo no permitiré tal cosa! ¡Debo salvarte, como tú me salvaste a mí al protegerme en mi triste orfandad! ¡Escucha... he llegado para que puedas comunicarte con la gente que lucha contra los indios! ¡Escribe dos líneas en un papel y átalo a mi alón, que yo me encargaré de llevarlo por el desierto, para que lo lean los soldados que vendrán a salvaros! ¡No pierdas tiempo! ¡Despierta, que debes hacer ahora lo que te pido, antes de que me vean!

Apolinario se incorporó de pronto asustado y vio a su fiel amigo el ñandú que lo picoteaba para volverlo a la realidad.

- Entonces... ¡es cierto! -exclamó el muchacho.- ¡He escuchado la voz del avestruz! ¡Él me ha hablado! ¡Es un milagro! -y sin pérdida de tiempo, le refirió a su padre el curioso sueño y después la prisa del animal por despertarlo.

- ¡Quizá sea un milagro! -repuso el padre al escuchar el relato. Y sin más vacilaciones, cortó un pedazo de la tela de su camisa y con su propia sangre escribió unas líneas, indicando el sitio en dónde estaban y los muchos cautivos que allí había.

Sin más trámite, ató el pedazo del blanco género en uno de los alones del ñandú y luego dijo, empujando al animal hacia la salida:

- ¡Si es cierto lo soñado por mi hijo, tú nos salvarás!

El ñandú pareció comprender y después de acariciar con su fuerte pico las manos de Apolinario, en señal de despedida; emprendió su veloz carrera por el desierto, cortando las densas sombras de la noche.

Varios días corrió por la solitaria pampa sin detenerse. Vadeó ríos, atravesó extensiones arenosas y sus largas patas parecían incansables, moviéndose como si una fuerza superior las impulsara.

Por fin, al sexto día, cuando el sol comenzaba a levantarse tras unas verdes lomas, el ñandú blanco, divisó el Fortín Argentino, primera avanzada de la civilización en aquellas enormes soledades.

Varios soldados lo divisaron y se dispusieron a dar caza al hermoso animal.

- Vamos a matarlo para desplumarlo -dijo uno de los hombres.

- ¡Derribémosle de un tiro! -gritó otro.

- ¡Mejor de un bolazo! -exclamó un tercero.

El ñandú, sabiendo por instinto que aquellos seres lo matarían, no intentó escapar, por el contrario, se aproximó más y más a ellos, moviendo sus enormes alones, poniendo su pecho de blanco a los mortales disparos, y mirando a los soldados fijamente, como si quisiera decirles algo, con sus ojos azules y grandes.

Los soldados no se daban cuenta del proceder del ñandú y sólo veían en él un hermoso ejemplar, merecedor del gasto de una bala.

El disparo salió, repercutiendo como una larga queja en la dilatada pampa y el noble ñandú blanco cayó para siempre, moviendo aún sus alones, como queriendo dar a entender que en uno de ellos llevaba un urgente mensaje.

Los hombres, encantados con la caza, se pusieron a arrancarle las codiciadas plumas, hasta que uno de ellos encontró la blanca tela en la que Anastasio y su gente, solicitaban auxilio.

La noticia llegó muy pronto a oídos de los jefes y más tarde una fuerte columna de soldados se internó en el desierto, siguiendo el camino indicado por Anastasio, hasta dar con las tristes tolderías, en donde, después de una batalla contra los salvajes, pudieron reconquistar a los cautivos, entre los cuales estaban, como es sabido, Anastasio, Filomena que muy pronto mejoró de su enfermedad y el bueno de Apolinario que desde entonces lloró amargamente la pérdida del maravilloso ñandú blanco, que de modo tan heroico se había sacrificado, en aras de su lealtad, mayor, mucho mayor, que la de algunos seres humanos.

 

 

Julio Jorge, el niño travieso

 

Julio Jorge es un hermoso niño de poca edad, inteligente y vivaz, que tiene el defecto de no obedecer las órdenes que le dan sus padres.

Al cumplir los tres años, hubo una gran fiesta en la casa del pequeñuelo, a la que concurrieron muchos amiguitos y diversas amistades de la familia.

Entre el gran número de regalos que recibió Julio Jorge ese feliz día, resaltaba un lucido burrito de cartón con plomizo pelaje y largas orejas, obsequio de su madrecita Matilde.

Cuídalo -dijo la buena señora al entregárselo; este burrito que mueve la cola y la cabeza, lo debes guardar, para que constituya un grato recuerdo de tu niñez, cuando seas hombrecito.

Julio Jorge, prometió no romperlo y comenzó a jugar con el burrito, corriendo por los pasillos de la casa ante la alegría de sus abuelos Diógenes, Isaura, Francisco y Matilde.

Pero, como era de presumir, la promesa fue olvidada bien pronto por el niño pillín, y a los pocos días, cansado del burrito que movía la cabeza, se propuso romperlo para curiosear qué tenía en su voluminosa panza.

Se apoderó de un afilado cuchillo, a hurtadillas de sus progenitores, se arrinconó tras de la puerta de la cocina y comenzó la repulsiva tarea de someter a una pintoresca autopsia al bonito pollino de cartón.

Tomando al juguete por las patas, inició el trabajo, asestando una profunda puñalada en el pecho del borrico y cual no sería su sorpresa y su pánico, cuando escuchó de boca de su víctima, las siguientes palabras:

- ¿Por qué quieres deshacerme? ¿Acaso no soy tu compañero y juego a todo hora contigo sin que me canse de ti?

Julio Jorge, repuesto del susto y creyendo que la voz había llegado de las habitaciones contiguas, intentó proseguir la tarea, cuando de nuevo el burrito repitió su queja:

- ¡No me hieras amiguito! ¡No merezco este fin tan desastroso!

- Me gustaría saber qué tienes dentro -respondió el niño sin detenerse en su trabajo.

- Tengo madera y lana -contestó el animalito lastimero.- ¡Sería una crueldad que me destrozaras!

- ¡Nada me importan tus quejas! ¡Tengo muchos juguetes con que entretenerme aunque tú me faltes! - ¡No digas semejante cosa Julio Jorge! ¡Si me despedazas, algún día sentirás mi desaparición y llorarás mi ausencia!

El niño travieso, no se conmovió ante los lamentos y prosiguió su obra de destrucción.

Por fin rodó por el suelo un pedazo.

- ¡Ay, mi patita! -gritó el burrito.

Otra parte del animal caía más tarde.

- ¡Ay, mi cola! -se lamentó la víctima.

Y poco a poco, entre quejas y expresiones de resignación, el hermoso juguete fue convirtiéndose en algo inservible, en las manos crueles del travieso niño.

Una vez terminada su desdichada obra, Julio Jorge miró los restos de su amigo esparcidos por el suelo, transformado en un informe montón de maderas y de vellones de lana, y entonces, cuando ya no había remedio, se dio exacta cuenta de su mala acción y del remordimiento que le produciría con el tiempo la desaparición de tan lindo juguete.

- ¡Mi papá me comprará otro! -dijo, por fin, en tono de consuelo y corrió para seguir sus juegos con otros muñecos que se hacinaban en un rincón de su cuarto de recreo.

Días más tarde, recordando a su compañero de juegos, el burrito que movía la cabeza, rogó a su padre le adquiriera uno igual al desaparecido, y ante la rotunda negativa que se le dio como castigo por su afán destructor, Julio Jorge comenzó a sentir dolorida su almita, por la ausencia del lindo juguete que tantos ruegos le dirigiera para que no lo despedazara.

Muchas noches, en su sueños infantiles, se le apareció el buen burrito y escuchó estremeciéndose en el lecho su voz dolorida, y tanta y tanta fue su pena ante el recuerdo del frágil compañero, que vertió copioso llanto y juró no romper jamás otro juguete, que al fin y al cabo, eran y siguen siendo, sus amiguitos más dóciles, más nobles y más bellos.

 

 

El gigante de nieve

 

Una vez, un matrimonio de ricos comerciantes de Buenos Aires, resolvieron pasar los días del verano en un lugar fresco de la república y se trasladaron con sus hijos Pepito, Leopoldo y Manuel a las apartadas regiones del sur del país, donde junto a los maravillosos lagos cordilleranos, se goza en esos meses de una temperatura muy agradable.

Tomaron el tren en la capital y después de un viaje encantador cruzando hermosas poblaciones hasta llegar a la ciudad de Bahía Blanca, entraron en la extensa Patagonia en donde los niños, desde las ventanas del vagón, pudieron admirar las majadas que en esas tierras se cuentan por millones, los caudalosos ríos poblados de cisnes, patos y otras aves acuáticas, las grandes llanuras sembradas de trigo, lino, alfalfa y cebada y las pintorescas villas que sirven de albergue a los colonos.

Algunas horas después estaban sobre las primeras mesetas de la montaña, y más tarde llegaron al hotel en donde sus padres habían dispuesto pasar las vocaciones en recompensa del buen comportamiento de los niños.

Para Pepe, Leopoldo y Manuel, aquello era el paraíso.

Un gran lago, que supieron luego se llamaba Nahuel-Huapí se extendía a sus pies, poblado de hermosas aves, con frondosas islas en su centro, y en las que se veían por entre las ramas de la vegetación, grandes residencias de tejados rojos.

Los niños estaban encantados de tanta maravilla y se pasaban los días cabalgando con su padres por los caminos de la montaña o pescando sobre las márgenes del lago grandes peces que más tarde se informaron que eran truchas.

Una tarde, el viento sopló con más fuerza desde las cumbres de la cordillera y comenzó a dejarse sentir un frío tan intenso que todos los turistas hubieron de refugiarse en el hotel y rodear las estufas como en pleno invierno.

Pasadas varias horas, toda la gran extensión de sendas, valles y montañas estaba cubierta de nieve, y no faltaron viajeros que resolvieron hacer deportes invernales con esquíes, improvisados trineos, y saltos con patines,

Para los niños de nuestra historia, aquello era una novedad inesperada y de común acuerdo dispusieron abrigarse bien y jugar en la nieve hasta que el sol la derritiese.

Se fugaron a corta distancia del hotel donde se hospedaban y en un lugar solitario cubierto por los blancos copos de nieve, dispusieron modelar un gran muñeco, tal como lo habían contemplado en muchas láminas de revistas europeas llegadas a sus manos.

- ¡Haremos un gigante! -dijo Pepe.

- ¡Con sombrero y bastón! -repuso Leopoldo saltando de frío.

- Yo le haré los ojos -gritaba entusiasmado Manuel, el más pequeño de los hermanos.

Dicho y hecho; los niños, entre risas y alegres exclamaciones, comenzaron su gran obra, a la que muy pronto dieron fin, contemplando luego al gigante blanco que parecía mirarlos con sus ojos huecos y sin vida.

Pepe corrió al hotel y muy pronto estuvo de regreso con un sombrero del padre y un bastón de otro viajero y ayudado por sus hermanitos, trepó por el muñeco y le puso en la cabeza el hongo y en su tendido brazo la recta caña de la India.

Terminada la escultura, que no estaba del todo mal, los niños se detuvieron a contemplarla y se admiraron de haber realizado un trabajo, para ellos, tan magnífico, porque el gigante de nieve, tenía boca, nariz, orejas y un cuerpo proporcionado que se alzaba más de dos metros del suelo.

- ¡Qué hermoso! -exclamó Pepe,

- ¡Se lo enseñaremos a papá! -gritaba Leopoldo, batiendo palmas.

- ¡Lástima que no hable! -se lamentaba, Manuelito, mirándolo con cariño.- ¿Qué nombre le pondremos?

- ¡Se llamará Bob! -repuso el mayor.

- ¡Bien por Bob! ¡Viva Bob! -gritaron los niños a coro.

De pronto sucedió lo inesperado. El gigante de nieve comenzó a mover sus brazos, mientras los huecos de sus ojos iban cobrando vida, hasta cubrirlos dos pupilas azules y bondadosas.

- ¡El gigante camina! -gritó Pepe, reflejando en su rostro una expresión de asombro y temor a la par.

- ¡Nos matará! -tartamudeó de miedo Leopoldo.

- ¡Mamita! -alcanzó a balbucear el menor, abrazando a sus hermanos para resguardarse.

Mientras tanto, la gigantesca escultura helada, se movía, efectivamente, y sus extremidades, antes rígidas, comenzaban a ablandarse, jugando sus articulaciones como si se tratara de un ser de carne y hueso.

- ¡Huyamos! -logró exclamar Pepe, en el colmo del pavor.

Una carcajada larga y bonachona le contestó.

- ¿Por qué intentáis huir? -dijo el gigante, cubriendo su desdentada boca blanca.- ¡No os haré daño; por el contrario, os protegeré, ya que vosotros me habéis modelado! ¡Bob os saluda!

Y diciendo esto, se inclinó reverente ante los niños, quitándose su sombrero como lo hubiera hecho el más galante de los galantes caballeros de antaño.

Pepe, Leopoldo y Manuel se quedaron atónitos, sin saber qué partido tomar, pero al poco rato y ante los ademanes pacíficos del hombre de nieve, cobraron confianza y muy pronto se hicieron amigos, trepando los chicuelos por sus hombros y deslizándose hasta el suelo por sus rodillas, con el consiguiente regocijo del gigante que se avenía a todo capricho y ocurrencia de sus dueños, entre grandes risotadas de alegría.

Los niños estaban encantados de su obra, y así pasaron muchas horas, corriendo por las pendientes de la montaña, resbalando por las empinadas laderas o patinando por los extensos campos helados.

- ¡Esto es maravilloso! -exclamaban a coro, mientras subían a las espalda de Bob que, como es natural, era maestro en todos los ejercicios de invierno.

Entre juegos y jaranas, Pepe, Leopoldo y Manolito se alejaron demasiado del hotel y, sin darse cuenta, se aproximaron a los linderos de un bosque muy solitario que se elevaba sobre grandes lomas, próximas al hermoso lago.

El sol se ocultaba tras las cumbres lejanas y sobre la inmensa sábana de nieve, caían lentamente las sombras.

Los niños, entretenidos con el gigante, no consideraron que un terrible peligro los amenazaba. Junto a la orilla de la selva, un tigre grande, con ojos sanguinarios, los contemplaba, abriendo sus fauces negras al tiempo que encogía sus patas, dispuesto a saltar sobre sus indefensas víctimas.

Pepe y sus hermanitos, se acercaron más y más a la fiero, ajenos a esta amenaza de muerte perseguidos por el blanco Bob que se había rezagado un poco, para después alcanzarlos.

De pronto, un terrible rugido rompió el silencio y tres gritos desgarradores se oyeron en la inmensa soledad.

El felino había dado un descomunal salto, cayendo a pocos metros de los niños que se abrazaron sobrecogidos por un pánico justificado ante el peligro que corrían.

- ¡Nos mata! -gritó Pepe llorando.

Efectivamente, las pobres criaturas no tenían salvación y sólo esperaban el terrible zarpazo de la fiera, que sin remisión caería sobre ellos.

Pero... el maldito animal no había contado con el gigante blanco.

Bob, al ver a sus amiguitos en tan espantoso peligro, dio un rápido salto de carnero y convirtiéndose. en bola de nieve se precipitó rodando por la pendiente, arrastrando al feroz tigre con tal violencia, que lo dejó tendido sin vida. El muñeco bonachón había salvado a sus queridos dueños y ahora, caído en la nieve, reía a mandíbula batiente, ante el asombro de los niños que lo contemplaban con admiración y agradecimiento.

Como ya era avanzada la tarde, Bob propuso o los pequeños que montaran sobre sus espaldas y así llegarían más pronto al hotel. Aceptando tan oportuno ofrecimiento, Pepe, Leopoldo y Manuel, cubrieron la distancia hasta la entrada de la casa con la rapidez de un rayo.

Bob se despidió de ellos cariñosamente y les dijo que al día siguiente, por la mañana, los esperaba en el sitio donde lo habían levantado, para proseguir sus juegos en aquel ambiente invernal.

Aquella noche calmóse el temporal y al otro día, ante los ojos admirados de los chicos, amaneció el cielo despejado, azul, con un sol resplandeciente y tibio que ahuyentó el frío y la nieve.

Pepe, Leopoldo y Monolito, corrieron al lugar de la cita y... ¡oh, desgracia! ya no estaba allí Bob esperándolos como les prometió. En el sitio donde se levantara el gigante, sólo había un pequeño charco de agua tranquila sobre la que flotaban el sombrero y el bastón...

El sol, desde lo alto, parecía reírse del desconsuelo de los niños y sus rayos caían sobre sus cabezas, como dándoles a entender que él había sido la causa de la desaparición del bueno de Bob.

Los pequeños regresaron muy tristes al hotel, y desde aquel día, todos los inviernos, esperan en vano la caída de la nieve para poder levantar otra vez al gigante risueño, que una mañana les distrajo con sus juegos y una tarde les salvó la vida.

 

 

Don Policarpo el juguetero

 

Pues señor... según cuentan gentes que fueron testigos de estos hechos, acaecidos algunos años antes de la independencia argentina, cuando la ciudad de Buenos Aires era sólo una gran aldea de pintorescas casitas de teja, en la calle de Las Artes, vivía un humilde artesano que se ocupaba en hacer bonitos juguetes de madera y hierro para los niños ricos de la población.

Don Policarpo, porque así se llamaba nuestro hombre, era un vejete simpático, de modales suaves y en sus labios siempre tenía prendida una sonrisa, para dar los buenos días a toda la gente que pasaba por frente a su puerta.

- ¿Qué tal don Policarpo? -le decían los chicos al cruzar,- ¿qué nuevo juguete ha hecho?

Y el viejo les mostraba desde su asiento su nueva obra, que por cierto era siempre más maravillosa que la anterior.

En su estantería tenía soldados de todas clases, señores de gran capa y espada, mariscales con grandes penachos de plumas en sus sombreros, muñecos de ojos azules, negros y verdes, carros tirados por briosos caballos blancos y así, infinidad de otros primores, que sólo esperaban el caballero que los comprara para obsequiar a los hijos aplicados y juiciosos.

Un día, don Policarpo, se levantó deseoso de hacer un juguete nuevo y atractivo por el que sin duda le pagarían un buen precio y, tomando en sus manos un pedazo de blanca madera, se puso a cepillarlo para comenzar su magna obra.

Todo el día trabajó el artesano con cientos de diferentes herramientas y al anochecer miró el nuevo juguete e hizo un gesto de profundo disgusto. ¡El día lo había perdido lastimosamente!

Un hondo suspiro de amargura salió de la boca del anciano y sus manos se crisparon de furor.

Había fracasado en su nuevo trabajo y en sus manos se hallaba concluido un muñeco deforme, de gran nariz, de ojos bizcos y con unas orejas como las de un conejo.

- ¡Esto no puede ser! -gritó don Policarpo desesperado.- ¡Yo no soy capaz de hacer este mamarracho! ¡No me explico cómo ha salido este adefesio! -Y lanzando lastimeros gritos, tiró con fuerza al pobre muñeco contra la pared, cayendo aquél con gran estruendo, entre los polvorientos estantes del negocio.

- ¡Eres un mal padre! -gritó el muñeco desde su sitio, mirando airadamente al artesano.- ¿Por qué me tratas así?

- ¡Porque eres horrible y deforme! -le respondió don Policarpo, dándole la espalda.

- La hermosura no está fuera, sino dentro de la persona -contestó el juguete con profundo dolor.­ Eres malo! -repitió.

- No comprendo tus palabras -dijo don Policarpo, mirando detenidamente a su obra tan mal terminada.

- ¡Quiero decir que no debes juzgar a los seres por su exterior, sino por lo que llevan en su alma! ¡Hay seres hermosos, pero perversos, como los hay feos y llenos de bondad!

- Muy bien -respondió el artesano,- pero tú no tienes alma, tú eres un muñeco de madera.

- ¿Qué sabes tú, para decir eso? -le preguntó encolerizado el enano deforme.- ¿Quién de los hombres puede asegurar que hasta las piedras no tienen su alma? ¡Contesta!

Don Policarpo se puso grave, y meditando un largo rato, acabó por mover la cabeza y decir por lo bajo:

- ¡No sé si tendrás razón, pero para mi negocio tú no me sirves, ya que nadie te querrá, y te regalaré al primero que pase!

Y cumpliendo su palabra, a los pocos minutos pasó una niña muy humilde, cubierta con vestiditos muy usados y la obsequió con aquel muñeco tan mal hecho, que lo avergonzaba como artífice consagrado.

Don Policarpo prosiguió su vida, haciendo primores y ganando mucho dinero entre la buena gente de la colonia y así fue acumulando dinero, hasta que a los pocos años se convirtió en un hombre de gran fortuna.

Desde luego, la casa vieja había desaparecido y en su lugar hizo construir otra de hermosa apariencia, con grandes ventanales en donde se hacinaban gran cantidad de juguetes de todas las clases y precios, ya que el juguetero ni por un instante pensó en dejar su negocio.

Don Policarpo tenía una hija de sin par hermosura, llamada Amanda, que él adoraba como a las niñas de sus ojos y mimaba de todas las formas, cariño correspondido por la muchacha, que indudablemente era buena y hacendosa.

Como era natural, llegó el momento en que Amanda se enamoró con todo fervor de un joven desconocido que supo hacerse querer, el cual pidió permiso a don Policarpo para visitar a la niña. Autorización que concedió don Policarpo, dadas las buenas apariencias del hombre que por su trato y su aspecto parecía todo un caballero.

El artesano estaba encantado con el futuro esposo de su única hija y no cabían en su boca las ponderaciones para el ilustre desconocido que se había fijado en la niña.

Tanto y tanto hablaba de ello, que un viejo amigo le preguntó una vez:

- Pero... después de tantas alabanzas, ¿sabes tú quién es? ¿Qué hace? ¿Cómo se llama? ¿De dónde viene?

- ¡Claro que no! -contestó azorado el anciano,- pero sus modales y su apariencia son de un gran señor.

- ¡Fíjate más en su fondo y en su ánimo -le respondió el amigo,- no sea cosa de que se trate de algún ladrón, criminal o algo parecido!

- Con ese aspecto tan gentil y esos modales tan finos, ¡jamás! -contestó el testarudo don Policarpo, y no quiso seguir escuchando las juiciosas palabras de aquel amigo sincero.

Amanda, entusiasmada con su futuro esposo, vivía en el mejor de los mundos y creía haber encontrado el talismán de la eterna felicidad, cuando un día...

Cuando un día, supo, con profundo dolor, que su futuro marido no era otro que un desalmado bandido que tenía atemorizados a todos los habitantes de los contornos de Buenos Aires.

- ¡No puede ser! -gritaba desesperado don Policarpo.- ¡Es una equivocación! ¡El hombre que yo conozco es bueno... viste muy bien, tiene buenos modales... es hermoso!

- ¡Ay! -suspiraba la hija entre sollozos.- ¡Ese miserable me ha engañado! ¡Yo lo creía un caballero y es un bandido! ¡Quiero morir! ¡Quiero morir!

El artesano no sabía qué decisión tornar, y salió a la calle a averiguar con certeza la identidad del gentil desconocido que cortejaba a su querida hija.

Muy pronto la policía le puso ante la más espantosa realidad.

El joven apuesto, de suave palabra y refinados modales, no era otro que "El Chacal", un bandido de la peor especie, que ya tenía en su haber muchos crímenes y robos.

- ¡Miserable! -gritaba el artesano, en camino de su hogar.- ¡Este bandido me las ha de pagar! ¡Yo haré que lo prendan cuando vaya a mi casa a visitar a mi hija! ¡Yo haré que recuerde todo su vida el haber tratado de engañarme!

Y así diciendo, esperó a que el pretendiente se presentara como de costumbre a departir con la que creía su futura esposa.

Naturalmente que la noche tan esperada llegó, y el refinado y bien vestido personaje presentóse en la casa de don Policarpo, quien lo recibió con su mejor sonrisa, haciéndolo penetrar hasta el comedor, en donde había una buena mesa muy bien provista, con lo que el artesano intentaba distraer al canalla mientras llamaba a la policía.

- ¡Mi querido amigo! -dijo don Policarpo al verlo,- ¡pase usted! ¡Mi querida Amanda lo espera impaciente!

El desconocido se sonrió con un gesto enigmático y penetró en el comedor, donde sobre la mesa había un gran pastel de hojaldre que con sólo mirarlo despertaba el apetito.

Para los postres, el viejo artesano tenía preparada la teatral detención.

- De manera... -comenzó,- ¿que usted es una buena persona?

- Así lo parezco -contestó el desconocido.

- Y sin embargo, he sabido -gritó don Policarpo levantándose,- ¡que usted no es otro que el temido "Chacal", el azote de toda la honrada población de la colonia! ¡Usted me ha engañado y ha destrozado el corazón de mi hija! ¡Usted nos ha hecho creer que era un hombre distinguido y sólo se trata de un bandido! ¡Usted merece la horca! -Y diciéndolo, levantó su mano con el propósito de tocar la campana para llamar a los policías. Pero su brazo quedó suspenso en el aire y sus ojos se abrieron desmesuradamente ante el hecho increíble que estaba presenciando.

El desconocido galán, fino y de modales distinguidos, comenzó poco a poco a empequeñecerse entre ruidosas carcajadas, hasta que sobre el plato que tenía en frente, quedó sólo el viejo muñeco de madera fabricado por el artesano y que éste había regalado por feo y deforme.

- ¿Qué es esto? -gritó don Policarpo estupefacto.

- ¡Ésta no es sino una enseñanza que necesitabas! -contestó el muñeco, mirándolo con sus ojillos redondos prendidos en su descomunal nariz de toronja.- ¡Una vez, hace de esto algunos años, te avergonzaste de mí y me arrojaste lejos de tus estantes, sin escuchar mis palabras sobre la belleza del alma! Tú has vivido para las apariencias, cuando en ellas sólo existe el engaño y la falsedad! ¡Ya lo ves! ¡Para que te cures de tu mal, me he presentado a ti transformado en caballero y tú, sin querer averiguar nada de mí, estabas dispuesto a entregarme tu hija, en la creencia de que se trataba de un hombre de bien, cuando en verdad, sólo era un malvado y un criminal! ¡Esto te enseñará a ser bueno y justo y a pesar más los valores del espíritu que las condiciones físicas y las del vestir!

Y de esta manera por final, el extraño muñeco, obra del poco inteligente artesano, se puso a bailar sobre el plato, entre grandes risotadas que salían de su boca rasgada.

Por supuesto, don Policarpo se enmendó y desde entonces supo estudiar bien las personas y valorar más sus condiciones morales que las físicas, que sólo conducen al engaño y a lamentables equivocaciones.

El muñeca deforme continuó en la casa de don Policarpo en un lugar de privilegio, y por más que le ofrecieron grandes sumas de dinero por adquirirlo, el artesano jamás lo vendió, agradecido por la broma pesada que le gastara y que tanto bien le había hecho.

Y así se mantuvo durante muchos años el juguete en lo alto de un mueble, mirándolo con sus pequeños ojos prendidos en su abultada nariz en forma de toronja.

 

 

 

 

El anillo de la piedra roja

 

Una vez existía en la ciudad de Catamarca, y de esto hace casi dos siglos, una mujer llamada Candelaria, fea y de ojos pequeños y redondos como los de los tortugas, a quien nadie en lo población quería por su detestable defecto de la curiosidad.

Ella ansiaba saber la vida y milagros de toda la vecindad y no sólo se contentaba con preguntar lo que no le interesaba, sino que también se atrevía a concurrir a las casas de visita, para poder así enterarse más fielmente de cuanto deseaba.

La gente del lugar la había apodado "La Curiosa" y ya ninguno la conocía por su verdadero nombre que era sonoro y agradable.

Nosotros, siguiendo la costumbre establecida por aquel tiempo en Catamarca, la denominaremos también "La Curiosa" al proseguir este verídico relato.

La curiosidad es un defecto terriblemente feo, que al que lo practica, le ocasiona siempre muchos enredos y malos momentos, pero para ella no había obstáculos, y aunque muchas veces había tenido serios disgustos, no podía vencer su manía de averiguarlo todo.

Claro es, la gente estaba harta de soportarla en sus permanentes averiguaciones y no sabía cómo enmendar a esta mujer que era la piedra de escándalo en la apacible ciudad provinciana.

Como es sabido, la curiosidad trae aparejada una gran cantidad de males, entre los que sobresale la murmuración, ya que al comentar lo que se sabe o lo que se cree saber se llega al chisme y hasta a la difamación.

Así pues, Catamarca vivía intranquila, ya que había llegado por culpa de "La Curiosa", una ola de resquemores que iban separando, cada vez más, a familias enteras, que se trataban desde hacía infinidad de años.

Era necesario, para la tranquilidad de todos, dar un escarmiento a la chismosa mujer, pero... ¿cómo? Se intentaron toda clase de pruebas, desde el desprecio hasta el incidente personal, pero todo fue inútil, ya que "La Curiosa" proseguía su vida, sin cambiar en nada sus deplorables costumbres.

- ¡Esto es intolerable! -exclamó una noche el alcalde de la ciudad, hombre entrado en años, de grave aspecto y larga barba blanca.- ¡Hay que poner inmediato remedio a este mal que amenaza dividir por completo a la sociedad!

- ¿De qué manera? -preguntó otro contertulio.

- ¡No lo sé! ¡Pero hay que hallar el modo de extinguir esta enfermedad, peor que la viruela!

- ¡Encerrémosla! -gritó un tercero.

- ¡Echémosla de la ciudad! -dijo un cuarto.

- ¡Cortémosle la lengua! -vociferó un quinto, blandiendo sus puños, lleno de ira, ya que "La Curiosa" le había hecho separarse de su esposa a causa de sus intrigas.

- Nada de eso es bueno -respondió el alcalde gravemente- hay que hallar otro medio más eficaz. Si la encerramos, su voz se seguirá oyendo por entre las rejas; si la echamos de la ciudad, llevaremos la desgracia a otras poblaciones apacibles como la nuestra; si le cortamos la lengua, será un castigo inhumano que no es de hombres civilizados. Hay que procurar otro remedio...

Los contertulios se quedaron mudos, ensimismados, sin saber qué partido tomar para resolver tan serio problema, que constituía un flagelo en la soñolienta población de Catamarca.

Se resolvió por fin efectuar una reunión de notables y llamar a su seno a "La Curiosa" para invitarla a cambiar de vida, so pena de severos castigos.

Así se hizo.

Una noche, en la Sala del Cabildo, iluminado con cientos de velas de sebo, se reunió lo más granado de la sociedad catamarqueña bajo la severa presidencia del alcalde, que nunca dejaba de acariciarse su larga barba blanca que le cubría el pecho.

"La Curiosa" fue llevada a duras penas, ya que desde un principio se negó a concurrir, pero al fin fue introducida en la sala, donde se desencadenó una tempestad de murmullos desaprobadores ante la presencia de la malhadada mujer.

Ésta miró con sus ojos de tortuga a la concurrencia y se sonrió después, como desafiando a sus improvisados jueces.

- Oye, Candelaria -comenzó el alcalde.- Nos hemos reunido para invitarte a que des fin a tu perjudicial defecto de la curiosidad, que arrastra un sin número de males que nos afectan a todos por igual.

- Pero... ¡si yo no hago mal a nadie! -respondió la mujer con voz áspera.- Yo sólo pregunto y la gente me cuenta la verdad... ¡Eso es todo!

- ¿Sabes positivamente si te cuentan la verdad? -preguntó el alcalde mirando detenidamente a la acusada.

- ¡Estoy segura de ello! -respondió prontamente "La Curiosa".- ¡Si no lo hicieran, mentirían, y el mentir es un terrible pecado!

Ante esta salida, no pudieron menos que reírse todos los oyentes, ya que la mujer se horrorizaba de otro defecto, sin pensar en el que ella poseía.

El alcalde, ocultando su risa, contestó haciendo esfuerzos por parecer grave:

- ¡Observas la paja en el ojo ajeno y no ves la viga en el tuyo, Candelaria! ¡Toda esa gente a quien durante tantos años le has preguntado cosas que no debían interesarte, quizá te hayan mentido, ya que la mentira en este caso se justifica ante el deseo malsano de saber! Nosotros te pedimos buenamente que procures dominar tu grave defecto que tanto mal nos ha hecho y te recibiremos con gusto nuevamente en nuestros hogares, si es que tu voluntad vence a tu terrible vicio! ¿Aceptas?

"La Curiosa" vaciló unos instantes y luego repuso muy suelta de lengua:

- ¡Está bien, señor alcalde! ¡Procuraré refrenar mi curiosidad, pero estoy segura que toda la gente siempre me ha dicho la verdad!

- Ojalá fuera cierto -repuso el anciano y así terminó aquella reunión, saliendo la gente poco convencida de que pudiera enmendarse.

Tal como lo habían pensado los habitantes de Catamarca, la mujer, a los pocos días, continuó su terrible manía y las rencillas y murmuraciones adquirieron tal carácter, que se perdió por completo la paz y el sosiego en la lejana población colonial.

La noticia de tan terrible mal, llegó hasta los más apartados lugares de la provincia y lo supo una viejecita india que vivía en su choza, sobre las laderas de unas cumbres llamadas de Calingasta.

- Yo sabré curarla -dijo la anciana aborigen, y marchó camino de la ciudad, y cuando llegó fue directamente a la casa de "La Curiosa" que la recibió con agrado.

- ¡Me han dicho que tienes un terrible defecto! -comenzó diciendo la anciana, al entrevistarse con Candelaria.- ¿Es verdad?

- Así lo murmuran en el pueblo... -contestó la interpelada.

- ¿Quieres curarte?

- Lo desearía, pero no puedo...

- Pues bien -repuso la india.- Aquí te entrego un talismán que seguramente te arrancará del cuerpo el mal de la curiosidad. Cuídalo mucho, porque perteneció a antiguos reyes de América de épocas muy remotas.

- ¿Qué es? -preguntó "La Curiosa" con ansiedad.

- Míralo. Es un anillo con una gruesa piedra roja, que te lo pondrás en el dedo del corazón de tu mano derecha. Este anillo tiene la virtud de dar a conocer siempre los verdaderos pensamientos de la gente. Cuando algo preguntes y te respondan, pide al talismán que obligue a que te digan la verdad y así verás y escucharás cosas que nunca te has imaginado.

Y, dicho esto, la india marchó a su choza de la montaña, dejando a "La Curiosa" completamente intrigada sobre el poder sobrenatural de la preciosa alhaja.

No bien estuvo sola, pensó en poner en juego el poder del talismán y salió a la calle a continuar sus acostumbradas correrías averiguando la vida y milagros de todos.

- ¡Hola, vecina! -empezó diciendo, ante una señora que por allí pasaba.- ¿Qué tal? ¿Es verdad que su hija Micaela se ha disgustado con su novio?

- ¡Sí, doña Candelaria, es verdad! -respondió la interpelada.

"La Curiosa" quiso poner en juego los poderes de su piedra y solicitó su ayuda, tocándola tres veces, tal como se lo aconsejó la india.

¡Y aconteció lo inesperado! La vecina, presa de un ataque de sinceridad, empezó a decir lo que verdaderamente sentía.

- ¡Es falso lo que te he dicho, vieja lechuza! ­gritó.- ¡Mi hija se casará y serán felices! ¡Te detesto, curiosa insoportable! ¡Ojalá se te pudriera la lengua!

"La Curiosa", confusa de estupor y espanto, echó a andar temblorosamente.

Un poco más allá se cruzó con don Damián, el jefe de Correos, quien, al verla, le dijo con una sonrisa:

- ¡Adiós, hermosura!

La mujer tocó de nuevo tres veces a su anillo mágico y don Damián comenzó, en forma inesperada, a hablar como un loco.

- ¡Eres más fea que un escuerzo! ¡No puedo ni verte, curiosa insoportable!

La infeliz no quiso oír más y siguió su camino, cada vez más sorprendida por lo que estaba ocurriendo.

Al llegar a la puerta de su casa, tropezó con su hermano mayor que salía para el trabajo, el que la saludó con afecto.

Candelaria volvió a tocar tres veces el anillo para saber lo que pensaba de ella tan próximo pariente y escuchó:

- ¡Eres la vergüenza de la familia! ¡Por ti vivimos separados de todo el mundo! ¡Quiera, Dios que te alejes para siempre de nuestro lado!

La pobre mujer no pudo más, y con espanto y amargura arrojó lejos de sí la alhaja maravillosa y penetró en su habitación convertida en un mar de lágrimas.

Entonces se dio cuenta de que la curiosidad sólo conduce al deshonor y al desprecio y que por su propia culpa era rechazada hasta por sus mismos hermanos.

La prueba del anillo fue mejor remedio que todos los consejos del alcalde y las amenazas de la población.

Desde aquel día se enmendó de manera definitiva, y jamás volvió a abrir su boca para hacer preguntas indiscretas, con lo que poco a poco ganó la confianza de los vecinos y el amor de sus parientes. ¡Y ésta es la verídica historia del anillo de la piedra roja, que con su poder sobrenatural, obligaba a la gente a decir la verdad!

 

 

 

 

 

Don Segismundo Cara de Loro

 

Don Segismundo Cara de Loro, era un gaucho pendenciero que habitaba los confines de la Pampa, muy cerca del río Negro.

Tenía fama de perverso y según aseguraban, no había animal que se atreviera acercarse a su rancho que no fuera muerto por el sanguinario ser humano.

Una noche, cansados de tanta persecución, se reunieron en asamblea los seres del desierto y resolvieron darle un castigo ejemplar a tan despiadado personaje.

A la cita acudieron todas las especies, no faltando ni el temible puma o león americano, el gato montés, la vizcacha, el ñandú, el chimango, la mulita, ni mucho menos otras razas como las perdices, el guanaco, los chorlitos, el tatú carreta, el tucutucu, los patos silvestres, el bullicioso chajá, la comadreja, y un sinfín de animales que pueblan esas dilatadas llanuras.

Luego de un largo cambio de ideas, el puma propuso llamar al seno de la gran asamblea al Espíritu Protector de la Pampa, maravilloso ser poseedor de grandes virtudes, y que siempre que solicitaban su presencia sus súbditos de la pradera surgía de la tierra a continuación de un estremecimiento, como si se tratara de un terremoto.

- ¡Aquí estoy, mis amigos! -dijo el fantástico personaje.

- Te hemos llamado -contestó el puma- para que nos ayudes a luchar contra el temible gaucho Segismundo Cara de Loro que nos persigue a muerte hasta en los más lejanos rincones de nuestra tierra.

- Nada más fácil -respondió el Espíritu Protector.- Entre vosotros se halla el animal que os hará justicia, molestando en tal forma a vuestro enemigo que lo ahuyentará de estas tranquilas regiones.

- Y... ¿quién es? -preguntaron a coro los cientos de animales.

- ¡Tú! -dijo el Espíritu, señalando al diminuto mosquito.

Todos los irracionales miraron al Protector con ojos incrédulos.

- ¿Cómo puede ser? ¡El mosquito es muy pequeño e inofensivo! -exclamó el teruteru en una carcajada.

- ¡Imposible! -gritó el orgulloso puma.

- ¡Iríamos al fracaso! -dijo desde lejos el chimango batiendo alegremente sus alas.

El Espíritu Protector los dejó hablar y ordenando silencio, respondió:

- ¡Habéis de saber, mis queridos súbditos, que no existe enemigo pequeño; desgraciado de aquél que, por ser más grande y poderoso se crea invulnerable a los ataques de los más débiles! ¡Tú, mosquito, iniciarás desde mañana la batalla y molestarás en tal forma al malo de don Segismundo Cara de Loro, que acabará por humillarse vencido!

Al siguiente día, el zumbador y diminuto mosquito comenzó su faena, picando por la noche al perverso gaucho tan despiadadamente que no lo dejó dormir. El hombre se defendía a manotadas y golpes, que siempre caían en el vacío o en la misma cara del criminal, dada la agilidad prodigiosa de su atacante.

Así continuó el mosquito la lucha sin tregua, noche tras noche y día tras día, durante más de tres semanas, siempre zumbador y molesto, picando al gaucho don Segismundo en cuanta parte presentara digna de chuparle la sangre.

El malvado Cara de Loro, ya no dormía y había perdido su tranquilidad, de tal manera que ni comer podía y, así, poco a poco, se fue quedando tan delgado, que se le podían contar los huesos de su cuerpo arrugado y enrojecido.

El mosquito no abandonaba la batalla y proseguía clavándole su aguijón sin escuchar los gritos de loco de don Segismundo que, una noche, enfurecido por la maldita persecución, se dio tal golpe con un hierro en su ansia de matar al díptero, que se partió la frente, cayendo muerto dentro de su miserable rancho.

El insecto había vencido, con paciencia y habilidad, a tan desproporcionado adversario.

El Espíritu Protector, horas después, reunió de nuevo a la pintoresca asamblea de animales y presentando al héroe, les dijo sentenciosamente:

- ¡Ya veis, mis queridos súbditos! ¡El mosquito ha vencido y ha hecho lo que no pudieron hacer ni las garras del puma ni el pico de las águilas! Esto os enseñará a saber respetar al débil y a recordar siempre que en este mundo no existe enemigo pequeño.

 

 

La arañita agradecida

 

Consuelo era una niñita muy buena y estudiosa que todas las mañanas se levantaba con el canto de los gallos para hacer sus deberes, después tomaba su desayuno y se dirigía entre saltos y canciones a la escuela que distaba apenas tres manzanas de su casa.

A la hora del almuerzo regresaba al hogar y dando un beso a sus padres, se sentaba a la mesa para comer, con toda gravedad, los diversos platos que le presentaba una vieja sirvienta que hacía muchos años que estaba en la casa.

Consuelo había descubierto durante su almuerzo, colgando de su telita transparente, a una pequeña arañita que ocultaba su vivienda colgante de uno de los adornos que pendían del techo.

- ¡Querida amiguita! -había dicho la niña alborozada, mientras agitaba su mano en señal de saludo.- ¡Eres mi compañera de comida y no es justo que te quedes mirándome, mientras yo termino mi plato de dulce! ¡Tú también debes acompañarme!

La arañita, como si hubiera entendido el discurso de la pequeña, salió de su tela y se deslizó casi hasta el borde de la mesa, pendiente de un hilo casi invisible.

- ¿Me vienes a visitar? ¡No eres fea! ¡Diminuta y negra como una gota de tinta! Seremos amigas, ¿no te parece? Desde hoy dialogaremos todos los días y mientras yo te cuento cómo me ha ido en el colegio y te digo cuantos juguetes nuevos me compran mis padres, tú me dirás todo lo que contemplas desde un sitio tan elevado como ese en que tienes tu frágil vivienda.

La arañita se balanceaba en su hilillo al escuchar a la niña, como si comprendiera las palabras que le dirigían y subía y bajaba graciosamente, en el deseo de agradar a su linda amiguita.

De pronto se escucharon ruidos en el pasillo que conducía al comedor.

- ¡Sube! ¡Sube pronto a tu telita, que si te ven te echarán con el plumero! -gritó la pequeña, alarmada, haciendo señas a la arañita para que se diera cuenta del peligro que la amenazaba.

El arácnido, como si hubiera comprendido, inició el rápido ascenso y bien pronto se perdió entre las molduras del colgante, en donde tenía escondido su aposento de cristal.

La amistad entre estos personajes tan distintos se arraigó cada día más y conforme la niña se sentaba para almorzar, la arañita bajaba de su escondite y se colocaba casi al nivel de los ojos de la alegre criatura, como si quisiera darle los buenos días.

Así pasaron muchas semanas, hasta que una vez la desgracia llamó a la puerta de ese hogar, al ponerse enferma de mucho cuidado la hermosa criatura, que por su estado febril hubo de guardar cama, con el consiguiente sobresalto de los padres que se desesperaban ante el peligro de muerte que corría el rayo de sol de la casa.

La pequeña, dolorida y presa de una modorra permanente producida por la alta temperatura, creía ver entre sueñas a su diminuta compañera, que se balanceaba sobre su cabeza y le sonreía cariñosamente, colgada de su hilillo invisible.

- ¡Buenas noches, querida mía! -susurraba la niña alargando sus manecitas.- ¡no puedo moverme, pero te agradezco la visita! ¡Estoy muy malita y creo que me moriré!

Los padres escuchaban estas palabras y creían, como es natural, que eran ocasionadas por la fiebre que abrasaba el cuerpo de la enfermita.

Mientras tanto, la arañita del comedor, al no ver más a su amiga, había abandonado la tela y deslizándose por las paredes, pudo llegar, venciendo muchas dificultades, hasta el dormitorio en donde reposaba Consuelo.

El animalito quizá no se dio cuenta cabal de todo lo que ocurría, pero se extrañó mucho de que su compañerita no pudiera levantarse de la cama, que a ella le parecía, desde las alturas, un campo blanco de tamaño inconmensurable.

Pero, como la simpatía y el amor existe en todos los seres de la creación, nuestra amorosa arañita se conmovió mucho de la situación de su graciosa amiga y decidió acompañarla, formando otra tela sobre la cabecera de la cama, escondida tras un cuadro que representaba al niño Jesús.

- Aquí estaré bien -pensó mientras trabajaba afanosamente en el maravilloso tejido. - ¡Desde este sitio podré observar a mi compañera y cuidar su sueño!

La enfermedad de la criatura seguía, mientras tanto, su curso y los médicos, graves y ceñudos, examinaban su cuerpecito calenturiento, recetando mil cosas de mal sabor y peor aspecto.

La arañita, entristecida desde su frágil vivienda, miraba todo aquello con profundo dolor y no sabía cómo serle útil a la paciente, que se revolvía entre los cobertores, inquieta por la fiebre.

La primavera mientras tanto había llegado y las plantas del jardín se cubrieron de flores de mil coloridos que alegraban la vista y perfumaban el ambiente.

Todo era paz y alegría en el exterior, pero en la habitación de la criatura la muerte rondaba sin apiadarse de la fragilidad e inocencia de su víctima.

Muchas veces el olor de los remedios y el vapor de ciertas mezclas que quemaban en la alcoba, molestaban mucho a nuestra diminuta arañita, pero su voluntad de mantenerse cerca de la enferma vencía su temor de caer asfixiada por aquellas emanaciones, y se encerraba dentro de la tela como mejor podía, para defenderse de tales peligros.

Por fin, gracias a Dios y a la juventud de Consuelo, se inició la difícil convalecencia, pudiendo sentarse en la cama y mirar por la abierta ventana su jardín cubierto de colores y lleno de trinos.

La felicidad de nuestra araña no tenía límites y, aprovechando la ausencia de seres indiscretos en la pieza, se deslizó por su invisible hilillo y se columpió ante los ojos de su amiga que la contemplaba con una sonrisa de inmensa dicha.

- ¡Hola, compañerita mía! -exclamó la niña.­ ¡Mucho te eché de menos los pasados días! ¡Muy pronto volveremos a almorzar juntas!

La arañita escuchaba las palabras extrañas y sólo atinaba a acercarse más, como dando con ello muestras de su desbordante felicidad.

Con el calor, llegaron al jardín mil plagas de insectos que, sin solicitar permiso, penetraron en la habitación de la enferma y cubrieron sus sábanas blancas, cuando no revoloteaban junto a la luz de los candelabros.

Para la pobre niña, esto era un martirio, ya que los mosquitos no le dejaban conciliar el sueño de noche y le cubrían el rostro de feas y peligrosas ronchas.

Inútil era que los padres combatieran esta plaga quemando ciertos preparados insecticidas y otros productos; lo único que conseguían era mortificar a la convaleciente.

- ¿Qué haremos? -preguntó una noche la madre, alarmada al contemplar la cara de la niña llena de puntos rojos.

- ¡No lo sé! -respondió el padre, desesperado al no encontrar el remedio para terminar con los dañinos insectos.

La arañita, desde su punto de observación, había escuchado todo, y en su diminuto mente concibió una idea maravillosa para socorrer a su querida amiga y enseguida la puso en práctica.

Aquella noche, nuestro arácnido se deslizó de su tela y corriendo lo más velozmente que le permitían sus patitas, sobre las verticales paredes, llegó al desván de la casa, en donde, como es natural, habitaban miles de arañas de todas las clases y tamaños.

- ¡Vengo a pedir ayuda! -gritó el animalito, en cuanto estuvo cerca de sus congéneres.- ¡Necesito de vuestros servicios!

- Estamos a tus órdenes -respondieron las arañas a coro.

La patudita, entusiasmada con tan preciosa alianza, explicó en pocas palabras de lo que se trataba y muy pronto miles de arañas, dirigidas por ella, abandonaron sus telas y en formaciones dignas de un ejército disciplinado, se dirigieron a la habitación donde reposaba Consuelo, molestada a cada instante por los mosquitos sanguinarios y otros insectos molestos.

- Debemos protegerla -dijo tan pronto llegaron. -¡A trabajar todas!

Las arañas, al escuchar esta orden terminante, se dividieron en varios grupos y comenzaron a formar telas, desde la cabecera hasta los pies de la cama, dejando en pocos instantes a la criatura bajo de un tejido maravilloso, en donde los mosquitos y otros bichos, se enredaban y morían atacados sin tregua por las arañas que no daban un minuto de reposo a su humanitaria tarea.

En contadas horas la pieza quedó libre de insectos y la niña convaleciente, sin nada que la molestara, pudo continuar descansando en su cama, cubierta por tan extraño palio que más bien parecía un tejido de hadas sobre el lecho de un ángel.

Una vez terminada la tarea, las arañas regresaron al desván y la arañita de nuestra historia volvió a su casita de tul, prendida tras el cuadro del Niño Jesús, desde donde continuó contemplando el plácido sueño de su amiga del alma, pagando con esto, la amistad que la niña le había dispensado en los ya lejanos días del comedor.

Así, el frágil animalito, probó ante el mundo que el amor y la lealtad no son sólo patrimonio de algunos corazones humanos.

 

 

Las tres hermanas querandíes

 

Como todos sabemos, el caudaloso río que baña las ciudades de Buenos Aires y de Montevideo, es el más ancho del mundo y fue descubierto hace varios siglos por el gran navegante Juan Díaz de Solís el que, al contemplar su dimensión y magnificencia le bautizó con el nombre de Mar Dulce por el sabor de sus verdes aguas.

Este río extraordinario del que no se distinguen sus orillas, tiene una variada y hermosa fauna, compuesta por peces de mil tamaños y colores que pueblan su cauce y llegan hasta sus arenosas playas.

Entre estas especies, podemos enumerar las más codiciadas por las redes y anzuelos, que son el magnífico Pejerrey, el gigantesco Surubí, el feo Bagre, la delicada Boga, el batallador Dientudo, la veloz Palometa, la achatada Vieja, el aceitoso Sábalo, el hermoso Dorado, y un sinfín de otras especies, muchas de ellas sabrosas y dignas de la mejor mesa.

Y ahora vamos a nuestra historia, que ocurrió, según cuentan las ancianas, en las lejanas épocas en que el gran navegante español entró, por primera vez, en el estuario con sus pintorescas y majestuosas carabelas.

Por esos años, poblaban las márgenes del gran río, las tribus de indios querandíes, que vivían en completo estado salvaje, alimentándose con los cuadrúpedos y volátiles de la llanura que alcanzaban a matar con sus agudas flechas.

Un núcleo de estos indios había fijado sus chozas junto a la orilla y era gobernado por un viejo cacique llamado Mistril, hombre cruel y sanguinario con corazón de fiera.

Mistril tenía tres hijas: Cinti, Oclli y Tistle, hermosas las tres, pero de muy distinto carácter.

Cinti era buena y caritativa y su modestia la reconocían todos los habitantes de la toldería.

Oclli era orgullosa y por lo tanto antipática y despreciable, y la menor, Tistle, era perversa y sanguinaria como su padre, el temido cacique.

Una tarde apacible en que las tres hermanas se bañaban en las revueltas aguas del río, vieron, con la sorpresa consiguiente, un enorme pájaro de gigantescas alas blancas, que venía hacia ellas volando a flor de agua.

- ¡Mira! -gritó Cinti.- ¡Es un monstruo marino! ¡Huyamos, que nos devorará!

- ¡Su tamaño es inmenso y sus alas tocan el cielo! -exclamó Oclli, temblorosa.- ¡Avisemos a nuestro padre!

- ¡Su cuerpo es negro y lleno de ojos! -dijo por último la menor, Tistle, agitando los brazos- ¡Es el Dios del Mal que llega para aniquilarnos!

Agitadas, convulsas y presas de un pavor extraordinario, las tres muchachas corrieron hasta el toldo donde vivía Mistril y le narraron lo que acababan de presenciar.

Mistril, al principio, juzgó que se trataba de un sueño, pero ante las seguridades de las jóvenes, se dirigió a la playa y estupefacto contempló, ya más próxima, una enorme casa flotante de elevadas velas y llena de seres extraños, que había detenido su marcha a pocos metros de la orilla.

- ¡Son hombres! -exclamó el cacique.- ¡Dioses blancos que vienen a visitarnos desde el fondo del mar! ¡Tendremos que recibirlos con toda pompa!

- ¡Cuidado! -le dijo por lo bajo el hechicero de la tribu.- ¡pueden ser demonios que vengan a destruirnos!

Mistril tuvo miedo ante las palabras del mago que nunca se equivocaba y dominado por un gran pánico, dispuso luchar contra los misteriosos visitantes de rostro pálido y cabellos rubios.

Éstos, que no eran otros que los aventureros españoles, confiados en sus armas, bajaron a tierra y se internaron entre las malezas de la orilla, con la intención de acampar y procurar carne fresca para sus vacíos depósitos de provisiones.

Los salvajes, dirigidos por el cruel Mistril, los acechaban desde sus bien disimulados escondites, esperando un momento propicio para exterminarlos y éste llegó cuando las sombras de la noche invadieron el campo cubriéndolo todo de negro.

Los conquistadores se habían reunido alrededor de una gran hoguera y allí estaban platicando o limpiando sus armas, cuando un griterío ensordecedor los puso ante la terrible realidad.

Miles de indios cayeron sobre ellos blandiendo lanzas y arrojando flechas envenenadas y muy pronto dieron cuenta de los cuarenta españoles que se defendieron bravamente hasta el último instante.

Al otro día, los cadáveres de los expedicionarios se hacinaban trágicamente sobre las verdes hierbas, y los salvajes supersticiosos no llegaron nuevamente hasta ellos, dejando que los cuervos y otras aves de rapiña se saciaran en sus despojos.

Pero la curiosidad femenina pudo más que el terror ante lo desconocido y las tres hijas del cacique, Cinti, Oclli y Tistle, se pusieron de acuerdo para visitar el triste lugar donde yacían los extraños blancos, con la intención de contemplar sus vestimentas y verles los rostros.

Con los corazones palpitantes, salieron de sus chozas sin que las vieran y corrieron hasta los lindes del bosque, encaminándose luego al lugar de la batalla.

- ¿No nos matarán sus espíritus? -preguntaba Oclli, temerosa.

- Ya habrán volado hacia su Dios -respondió la bueno Cinti, con un dejo de amargura, por el inútil sacrificio ordenado por su padre.

- ¡Quiero ver sus trajes! -exclamaba Tistle, con los ojos abiertos a la curiosidad.

Pronto estuvieron en el trágico sitio y aunque temerosas por lo desconocido, recorrieron aquella extensión contemplando los ensangrentados cuerpos de los valientes europeos, que aun tenían sus armas en las heladas manos.

- ¡Eran hermosos! -exclamaba Oclli.

- ¡Sus rostros son blancos como la luz de la luna¡ -gritaba Tistle, al contemplar temblorosa los soldados.

- ¡Pobrecitos! -lloró Cinti, al verlos.- ¡Eran seres como nosotros y mi padre los ha hecho morir sin misericordia!

- ¡Eran demonios! -dijo la menor.- Merecían morir.

- ¡No lo creo! -respondió la buena Cinti.- ¡Estos hombres tenían caras de bondad!

En la macabra investigación estaban las tres hermanas, cuando escucharon un débil gemido que partía de entre los montones de cadáveres.

- ¡Alguien se ha quejado! -exclamó Cinti.- ¿Será uno de estos hombres que aun no ha muerto? ¡Vamos a ver!

Y las muchachas al impulso de una gran emoción, corrieron al sitio de donde había partido el gemido, encontrándose con un soldado joven y rubio que las miraba con ojos apagados.

- ¡Agua! -imploraba el herido.

Cinti comprendió el ruego del blanco y bien pronto trajo una vasija de barro con el cristalino líquido, que bebió el aventurero con verdadera ansiedad.

Las tres hermanas, prontamente cargaron con el inmóvil cuerpo y colocándolo sobre unas grandes hojas restañaron su herida arrancándole la aguda flecha que había atravesado su pecho.

- ¡Vivirá! -decía Oclli, contemplando entusiasmada al español.

- ¡Creo que sí! -respondió Cinti, con ojos compasivos.- ¡La herida no es mortal y podrá curar!

- ¿Qué dirá nuestro padre? -preguntó Tistle.

- Nada le contaremos, porque lo mataría -contestó Oclli.- ¡Lo esconderemos en la espesura!

- Es lo mejor -dijo Cinti, acariciando la cara del herido.- ¡Nuestro deber es salvarlo para que vuelva a su patria y así podremos mitigar en algo la crueldad de nuestro padre!

- ¡No está bien! -sentenció Tistle, la perversa.- ¡Este hombre debe morir como los demás! ¡Yo lo mataré!

Las dos mayores contuvieron a la criminal y con buenos palabras la convencieron para que nada dijera hasta que el aventurero estuviese en condiciones de hacerse entender por las muchachas.

Silenciosamente lo resguardaron bajo los árboles del bosque, y con rapidez levantaron una choza oculta para preservarlo de las inclemencias de la noche.

Las hermanas iban diariamente a la humilde cabaña, llevándole comida y, sin quererlo, las tres se enamoraron perdidamente del hermoso muchacho de rostro pálido.

Los celos se anidaron en los pechos de las indiecitas, pero estallaron de distintas maneras, según los sentimientos de cada una de ellas.

Cinti, experimentó un amor sincero y lleno de ternura por el desventurado; Oclli un cariño orgulloso y avasallante; mientras que Tistle, sentía una pasión salvaje muy de acuerdo con su sanguinario temperamento.

Como es de imaginar, el aventurero se inclinó por Cinti, la buena, y así se lo dijo una noche en que la caritativa muchacha le llevó la sabrosa comida.

Oclli y Tistle, al saber esta desagradable noticia, no pudieron contener su furor y resolvieron atacar en medio de la selva a la mayor, en el deseo de eliminarla, para llevar a cabo sus planes.

No bien vieron llegar a Cinti, cayeron sobre ella, pero antes de que hubieran podido levantar los brazos fratricidas, se les apareció entre las frondas una divina mujer, blanca y pálida, vestida con vaporosos tules que ostentaba una resplandeciente estrella sobre la frente.

- ¿Qué hacéis, malvadas? -Preguntó severamente la desconocida.

Las hermanas se quedaron mudas de asombro ante semejante aparición y cayeron de rodillas con un temor sin límites.

- ¡El amor nos impulsa! -dijo Tistle.

- ¡El amor sólo debe conducir al bien! -respondió la divina aparición con una sonrisa de amargura.- Vuestros corazones mezquinos sólo han sentido deseos de matar, cuando debiera uniros la misma pasión que os domina.

- ¡Él quiere a Cinti! -exclamó Oclli, con rencor.

- ¡Porque Cinti es buena y noble y tiene su premio! -contestó la desconocida.

- ¡Yo soy la más hermosa y tengo derecho a ser feliz! -gritó iracunda Oclli.

- ¡La hermosura no da derecho a nada... es la belleza del alma la que tiene derecho a todo!

- ¡Mi cariño es salvaje y nada me detendrá! ­rugió la menor, con los ojos llameantes.

- ¡Tus sentimientos de fiera, sólo conducen a la tragedia! -fue la respuesta.

- Pero... ¿quién eres? -preguntó Cinti, que hasta entonces había callado.

- ¡Soy el Hada del Río que todo lo puede y todo lo vence!

Las hermanas, mudas de asombro, miraron a la gentil aparición que, más tarde, continuó con su voz melodiosa:

- ¡Cinti, Oclli y Tistle! ¡Sois tres seres distintos y por esta causa tenéis abiertos diferentes caminos en la vida! ¡Tú, Cinti, sigue tu senda del bien y llegarás a la dicha... Tú, Oclli, procura enmendarte desechando tu desagradable orgullo que te hará desgraciada y tú, Tistle, mata tu perversidad, ahoga tus instintos de fiera, porque tu alma será condenada! ¡Las tres debéis de seguir en la vida por el camino del amor, yo os vigilaré y os juro que si no me obedecéis, será ejemplar vuestro castigo por los siglos de los siglos!

Y dichas estas palabras, el Hada del Río desapareció por en medio del follaje de los árboles, ocultándose más tarde entre las ondas del rumoroso estuario.

Las tres hermanas prosiguieron su marcha, ensimismadas en distintos pensamientos, pero en sus corazones bullían las sensaciones según sus temperamentos.

Cinti, la buena, continuó su existencia dulce y plácida, siendo amada por el desventurado navegante. Oclli, orgullosa, no pudo vencer su defecto y Tistle, la menor, prosiguió enturbiando su alma con negros pensamientos de muerte y de venganza.

Algunos días después de la misteriosa aparición del hada del anchuroso río, Tistle, al no poder conseguir el amor del pálido aventurero, se ocultó una noche entre las sombras y dio muerte a éste de un lanzazo, prefiriendo verlo muerto antes que en los brazos de su hermana mayor.

Oclli presenció alegre la tragedia dominada por su orgullo sin límites y Cinti lloró mucho la desgracia, abrazando el desventurado cuerpo de su amado.

Pero el Hada del Río, cumplió su juramento.

Levantando su varita mágica, apareció ante las tres hermanas y les dijo:

- ¡Oclli y Tistle! ¡No me habéis obedecido y el castigo será sin piedad! ¡Desde ahora, os volveréis peces de distintas clases! ¡Estaréis, pues, permanentemente en mi reino de las profundidades del río y padeceréis vuestra falta hasta que el mundo termine! ¡Tú... orgullosa Oclli te volverás Pejerrey, el más sabroso de los peces, y así los pescadores te perseguirán siempre con sus redes y anzuelos instigados por la belleza de tu aspecto y lo delicado de tu carne! ¡Tú, Tistle, la malvada criminal, serás la asquerosa lombriz que sirve de carnada para la pesca y tú, buena Cinti, te convertirás en el feo bagre, que precisamente por lo horrible, nadie lo persigue y vive feliz en las profundidades de mi reino!

Y esto diciendo, tocó con su varita de luz a las tres hermanas y éstas, con un alarido de horror, se convirtieron en pejerrey, lombriz y bagre, cayendo al río y continuando sus vidas bajo las aguas, por los siglos de los siglos.

Desde entonces, el pejerrey es tenazmente perseguido, la lombriz sufre la humillación de su asqueroso aspecto y el buen bagre, feo y chato, nada arrastrándose por las profundidades del grandioso Mar Dulce, tranquilo y feliz, ya que ningún mortal ambiciona su carne y vive siempre muy cerca del hada maravillosa del río, que lo ampara y lo quiere.

 

 

El aviso del tero

 

Sabido es en toda la campaña argentina, que el tero, esa avecilla zancuda que hace sus nidales junto a las lagunas o entre los cañaverales de los ríos, es el mejor amigo del hombre en los vastos desiertos.

¿Cómo puede ser esto - preguntará la gente que desconozca la pampa - si el tal animalito es pequeño, y casi inofensivo?

Sencillamente, por su vigilancia constante y sus escándalos cuando algo de extraño advierte en la quietud de sus dominios.

Si es cierto que los gansos del Capitolio dieron la alarma, con sus graznidos estridentes, a los soldados desprevenidos, convirtiendo una segura derrota en la más gloriosa victoria, no es menos cierto que los teros de la interminable pampa, comunican al viajero todos los peligros que lo acechan, poniéndolo en guardia, con sus chillidos y sus revoloteos casi a ras de tierra, que no cesan hasta que la tranquilidad renace en las dilatadas regiones.

Su plumaje es bonito y llamativo con su color plomizo, su pecho blanco, su penacho agudo y sus ojos rojos como dos rubíes.

Para el gaucho, el animalito es sagrado y nunca intenta matarlo, no sólo por la eficaz ayuda que le presta en sus viajes, sino porque su carne, dura y negruzca, como la de ciertas aves de rapiña, no es comestible.

El tero es la más simpática de las avecitas americanas y su sagacidad para esconder los nidales es proverbial en la campaña argentina.

Si a todo esto agregamos su valentía para combatir a las serpientes y a otras alimañas de la llanura, veremos que este zancudo, entre las aves, es uno de los más nobles amigos del hombre.

Y ahora que hemos presentado a tan simpático animalito, vayamos a nuestra historia, que es tan cierta como la existencia del sol, según las palabras de don Nicanor, el paisano viejo, que una tarde, narró estos hechos en rueda de amigos en la pulpería.

Cierta vez, vivía en el desierto un hombre bueno, llamado Isidoro, que durante algunos años labró la tierra y cuidó de su familia, compuesta por su mujer y dos hijos varones de corta edad.

Isidoro, trabajando de sol a sol, había conseguido hacerse propietario de una majada y otros animales domésticos que le proporcionaban un vivir modesto, pero desahogado.

El campesino era, como dejamos dicho, de muy buen corazón, siendo querido en toda la comarca por sus actos de abnegación y sus generosidades para con los pobres y desvalidos.

Pero como no hay nada perfecto en este mundo, Isidoro tenía un grave defecto que lo llevaba muchas veces a cometer serios yerros, y era su testarudez, hija de un amor propio mal entendido.

Cuando Isidoro se proponía una cosa, era inútil que se le hiciera ver razones; el hombre se mantenía en su idea en contra de toda lógica, lo que motivaba el alejamiento de aquellos que intentaban conducirlo por la mejor senda.

Como les ocurre a todas estas personas de cabeza dura, cuanto más se le pedía que abandonara un alocado propósito, más se obstinaba en salir con la suya, aunque en su interior se diera buena cuenta de su error insensato.

- ¡No hagas tal cosa, Isidoro! -le decía a veces su mujer.

- ¡Ya que te opones, lo haré, aunque reviente! -le contestaba el testarudo, y proseguía en sus trece, y en ocasiones con grave riesgo de su vida.

Llegó un día en que los indios salvajes del desierto formaron grandes malones, con los que avanzaron sobre los poblados cristianos, robando ganado, asesinando a los que se oponían a sus atropellos y haciendo cautivas a las pobres mujeres.

Como es natural, todos los colonos de la llanura fueron avisados con tiempo del malón, y huyeron hacia los fortines militares, para ponerse bajo su seguro amparo.

Pero Isidoro, por llevar la contraria, resolvió quedarse en su rancho, exponiendo a su mujer y a sus hijos a los más graves sufrimientos si los salvajes llegaban hasta aquellos sitios.

- ¡Debemos huir! ¡los indios nos matarán! -le decía la esposa entre sollozos.

- ¡Me quedaré! -le contestaba invariablemente el testarudo, sin medir las consecuencias de su acción insensata.

- ¡Hazlo por tus hijos! -volvía a rogarle la pobre mujer.

- ¡Nunca! ¡Aquí debo permanecer! ¡Nadie me sacará! ¡Yo lo quiero así! -respondía casi a gritos el hombre, encaprichado en llevar la contraria a los ruegos de toda la familia.

Como es natural, hubo que obedecerle, e Isidoro y los suyos fueron los únicos seres humanos que permanecieron en sus viviendas del desierto, expuestos a ser sacrificados por los salvajes merodeadores de la pampa.

La mujer no se conformó, como es natural, con la descabellada resolución del jefe de la familia y resolvió huir con los niños a sitio más seguro, ya que no podía permitir que por un capricho fueran asesinados los pobres inocentes.

Aquella noche aguardó que Isidoro se durmiera, tomó las criaturas, las abrigó para preservarlas del frío del desierto y atando un caballo a un pequeño carrito que poseían, emprendió el camino hacia lugares más civilizados, rogando a Dios los protegiera en la difícil y peligrosa travesía.

Quien conoce la pampa sabe lo difícil que es orientarse en ella cuando no existe la guía del sol, y la infeliz mujer bien pronto se perdió entre las sombras, sin saber, en su desesperación, cuál era el punto de su destino.

Así, abrazada a los pequeños, llorosa y angustiada, se detuvo en medio de la llanura, levantando sus ojos hacia los cielos, para rogar ayuda por la vida de sus desventurados vástagos.

La noche fría y el viento pampero, casi permanente en aquellas regiones, hacían más crítica la situación de la pobre madre, que momentos después, aterrada, escuchó a lo lejos el tropel de la caballería india, que cruzaba entre alaridos salvajes, llenando el desierto de mil ruidos enloquecedores.

- ¡Dios salve a mis hijos! -gemía la infeliz de rodillas, mirando las estrellas que titilaban entre las sombras del cielo.

En el ruego estaba, cuando por encima de su cabeza, pasó volando una avecilla, que casi rozando su cabeza, gritó en un estridente chillido:

- ¡Teruteru... sígueme! ¡Teruteru... sígueme!

La mujer miró hacia donde revoloteaba el pájaro y sorprendida por el milagro, dijo entre sollozos:

- ¡Dios te envía!

El tero, que no era otro el que desde el espacio había hablado, dio vueltas a su alrededor y cada vez más fuerte, insistía:

- ¡Teruteru... sígueme! ¡Teruteru... sígueme!

La dolorida madre, cobijando en su corazón una débil esperanza, subió con los chicos al carro y prosiguió la marcha lentamente, siempre precedida por el fantástico vuelo del animalito, que le iba indicando el camino entre las densas sombras.

- ¡Teruteru... sígueme! ¡Teruteru... sígueme!

Una hora había durado la marcha, cuando el tero casi sobre los ateridos viajeros, gritó con fuerza mientras agitaba sus alas:

- ¡Teruteru... párate! ¡Teruteru... párate!

La mujer obedeció y a los pocos minutos, una turba de indios cruzaba casi junto a ellos y se perdía más tarde entre las tinieblas, sin haberlos visto.

- ¡Gracias! -musitó la pobre, contemplando el animal que volvía de investigar el campo.

- ¡Teruteru... sígueme! ¡Teruteru... sígueme!

Se reinició la marcha y paso a paso entre el silencio conmovedor del desierto, tan sólo interrumpido por la queja del viento entre los cañaverales, el carrito continuó su huida, llevando en su interior tres corazones angustiados, que miraban las sombras con los ojos abiertos por el espanto.

Así, por tres horas más prosiguió el viaje, siempre precedidos por el extraordinario terito, que a la pobre madre le recordaba la estrella que guió a los Reyes Magos hacia el lejano Belén.

A la mañana siguiente, cuando el sol ya doraba los secos hierbajos de la pampa, divisaron las primeras poblaciones cercanas al fortín, lo que señalaba el final de la trágica aventura y la salvación de la vida.

Casi en las puertas de las primeras empalizadas, cuando todo peligro había pasado, el terito, guía maravilloso, volvió a revolotear por encima de las tres cabezas y con un alegre chillido de despedida, se perdió en el horizonte, mirando por última vez a sus salvados, con sus redondos ojillos de rubí.

Isidoro, el testarudo, pagó con su vida el capricho, teniendo la mala suerte de todos aquellos que se dejan arrastrar hacia los peores destinos, llevados por un amor propio mal entendido.

 

 

La cazadora de mariposas

 

Hace muchísimos años, vivía en los alrededores de Buenos Aires, una familia acaudalada poseedora, entre otras fincas hermosas: de un jardín que parecía de ensueño.

En él había macizos de cándidas violetas, escondidas entre sus redondas hojas; olorosos jazmines blancos; rojos claveles, como gotas de sangre; altaneras rosas de diversos colores, pálidas orquídeas de imponderable valía; grandes crisantemos y moradas dalias que recordaban a países remotos y pintorescos.

Es natural que, al abrirse tantas flores de múltiples coloridos y perfumes, existiera también la corte de insectos que siempre las atacan, para alimentarse con sus néctares o simplemente para revolotear entre sus pétalos.

De día, el jardín era visitado por miles de bichitos de variadas especies, entre los que sobresalían las mariposas de maravillosas alas azules, blancas y doradas.

Pero estos hermosos lepidópteros tenían un gran enemigo que los perseguía sin tregua y con verdadera saña y sin ninguna finalidad práctica.

Este enemigo era la hija del dueño de casa, llamada Azucena, como cierta flor, pero menos pura que ésta, ya que no se conmovía ante la belleza y la fragilidad de las pobrecitas mariposas, y con su red, en forma de manga, las cazaba para después pincharlas sin piedad con alfileres y colocarlas en sendos tableros, donde las coleccionaba, por el sólo placer de mostrar a sus amistades el curioso y cruel museo.

Cierta noche, después de una fructífera caza, Azucena soñó con el Hada del Jardín. Esta era una mujer blanca, como los pétalos de las calas, de cabello dorado como la espuela de caballero y de ojos celestes como los pequeñas hojas de las dalias. Vestía un manto soberbio de piel de chinchilla, adornado con flores de lis hechas de láminas de oro, y su mano derecha sostenía una vara de nardo en flor, que derramaba sobre el jardín una pálida luz como la reflejada por la luna.

Su corte era numerosa, y tras el hada, en disciplinadas filas, llegaban toda clase de insectos, abejas, escarabajos, grillos, mariposas, avispas, cigarras, hormigas y miles de otras especies, que en perfecto orden, caminaban a paso de marcha, portadoras de armas de los más variados tipos.

El hada se acercó a la cama de la cruel niña y luego de tocarla con la olorosa vara de nardo, le dijo con su voz suave como la brisa del jardín:

- ¡Azucena! ¡Tú eres una niña educada y de buen corazón! ¡Tus crueldades para con algunos hermosos habitantes de mis canteros, son producto de tu inconsciencia! ¡Todos los animalitos de mis dominios son buenos e inofensivos y llegan hasta mis flores para alimentarse y embellecer mi reino! ¡No les hagas daño! ¡Tú eres una enemiga despiadada de mis mariposas! ¡Las persigues y las matas entre los más atroces suplicios! ¿Qué te han hecho ellas? ¡Nada! ¡Su único pecado consiste en ser bellas y tener alas de divinos colores! ¡Piensa que son hijas de Dios, como tú y como todo lo creado, y desde mañana debes dejar de perseguirlas y ser amiga de todo lo que existe en mi hermoso jardín!

- Hada divina -respondió la niña.- ¡Tus mariposas son tan bellas que yo deseo coleccionarlas para enseñárselas a mis amigas!

- ¡Tú eres también bella! -le respondió el hada,- pero no te gustaría que, por serlo, alguien te hiciera sufrir y te matara pinchándote en la pared.

- ¡Oh, no! -contestó la niña asustada.

- ¡Pues bien! ¡Lo que no quieres para ti, no lo hagas a los demás y seguirás tu vida feliz y contenta, querida por todos y bendecida por los inofensivos animalitos de mis dominios!

La pequeña Azucena prometió enmendarse, jurando no perseguir más a las multicolores mariposas, pero a la mañana siguiente, en presencia del follaje que le brindaba mil placeres, olvidó las palabras del hada y prosiguió su incansable persecución de tan encantadores lepidópteros.

La noche siguiente soñó algo que la llenó de miedo.

Estaba en presencia de un tribunal de insectos, en medio de un macizo de violetas, presidido por el hada que dominaba el cuadro, sentada sobre un sillón de oro, adornado con varas de nardo y tapizado con pétalos de rosa.

El acusador era el grillo, que agitaba sus élitros como un loco, señalando al aterrorizado reo.

- Esta mala niña -decía el grillito,- no ha hecho caso de los ruegos de nuestra hada. Desde hace mucho tiempo persigue a nuestras amigas las mariposas, que embellecen el jardín con sus maravillosas alas multicolores. Sin piedad, llevando en sus crueles manos una gran red para cazarlas, las mata entre los más atroces suplicios que, si se cometieran entre los humanos, levantarían un clamor por el crimen y la alevosía. El reo tiene en su contra el haber sido perjuro.

Un griterío ensordecedor apagó la vibrante voz del grillo.

Éste continuó:

- ¡El reo, he dicho, es perjuro, ya que ha cometido la enorme falta de engañar a nuestra reina, la hermosa y buena Hada del Jardín!

- ¡La muerte! ¡La muerte! -aullaban los insectos.

El hada levantó su vara de nardo e impuso silencio.

- ¡Debe de pagar sus culpas, con la peor de las penas -terminó el acalorado acusador,- y por lo tanto, solicito del tribunal que me escucha, la de muerte, para la niño mala y cruel!

Las últimas palabras del grillo, produjeron un verdadero alboroto y todos los animalitos gritaban en sus variadas voces, solicitando un ejemplar castigo, ante el terror de Azucena que contemplaba todo aquello, atada a un árbol y vigilada por cien abejas de puntiagudos aguijones.

Una vez hecha la calma, se levantó el defensor, un escarabajo cachaciento y grave que comenzó diciendo:

- Respetable tribunal. ¡Francamente no sé qué palabras emplear para defender a tan temible monstruo que asola nuestro querido país! ¡Su majestad, nuestra hada, me ha designado para que defienda a esta niña mala y no encuentro base sólida para iniciar mi defensa! ¡Sólo sé decirles, que esta criatura, como ser humano de pocos años, quizá no tenga aún el cerebro maduro para reflexionar en los graves daños que comete y persiga a nuestras mariposas con la inconsciencia de su corta edad! ¡Pero... creo que no es ella la única que ha faltado a sus deberes de la más simple humanidad, sino sus mayores, que han descuidado conducirla por el buen camino y hacerle ver con suaves palabras que martirizar a los débiles es un pecado que ni el mismo Creador perdona! ¡Por lo tanto, solicito seáis clementes con ella!

Acallados los silbidos y los aplausos motivados por la feliz peroración del escarabajo, mucho más elocuente que la de algunos mortales que llegan a altas posiciones, se reunió el tribunal para deliberar sobre el castigo que merecía tan despiadada muchacha.

Breves momentos después, el ujier, que para este caso era un alargado alguacil, leyó gravemente la sentencia...

"¡La niña Azucena, será condenada a sufrir los mismos martirios que ella ha impuesto a las indefensas mariposas!"

Una salva de atronadores aplausos se siguió a la lectura y los insectos todos, ante la orden del hada, se encaminaron a sus respectivas tareas, ya que las primeras claridades del día anunciaban bien pronto la llegada del sol.

Azucena, aquella mañana se levantó del lecho algo preocupada con el sueño, pero ante la presencia de los padres y con la confianza que inspira la luz, olvidó la pena impuesta por los insectos y reinició la cruel cacería con la temible red, que no paraba hasta atrapar los hermosos lepidópteros.

Pero la fría cazadora no contaba con la ejecución de la sentencia del tribunal nocturno.

No bien comenzó su inconsciente persecución, fue atacada por un verdadero ejército de miles de abejas y de avispas, qué bien pronto convirtieron la cara de la muchacha en algo imposible de reconocer por el color y la hinchazón.

En vano la infeliz gritaba pidiendo socorro y tratando de defenderse de tan brutal ataque. Las abejas y avispas, poseídas de un ciego furor, continuaron su obra hasta que la niña, casi desvanecida, fue sacada de tan difícil situación por los padres, que inmediatamente la condujeron a su habitación para hacerle la primera cura de urgencia.

Azucenita, tardó varios días en mejorarse de tan terribles picaduras y cuando volvió a su jardín recordó la dura lección de los insectos y nunca mas volvió a cazar mariposas ni cometer actos de crueldad con los indefensos animalitos de los dominios de la hermosa hada, que tan bien la había aconsejado.

 

 

El trébol de cuatro hojas

 

Amalia era una niña mimada por su padre, que vivía en las lejanas regiones de la Patagonia, en donde su familia era poseedora de grandes extensiones de tierra en donde pululaban grandes rebaños de ovejas.

Según aseguraban los que conocían al padre de Amalia, éste era propietario de dos millones de estos mansos animalitos que nos dan sus rizadas lanas para fabricar nuestros vestidos y otras prendas necesarias para la vida cotidiana.

Amalia poseía virtudes que la hacían querer por racionales e irracionales y todas las mañanas las dedicaba a recorrer las solitarios extensiones cuidando los corderillos recién nacidos y acariciando a las madres que balaban de gusto al verla llegar.

No había persona en cien leguas a la redonda, que no hubiera sido alguna vez protegida por la buena niña y no tuviera palabras de agradecimiento para sus bondades y misericordias.

Donde había un enfermo, allí estaba Amalia.

En la choza que entraba la miseria, la mano de la niña llegaba, para tranquilizar con sus regalos a sus habitantes.

Los chicuelos de los contornos creían ver en ella al Ángel de la Guarda, ya que se desvivía por llevarles juguetes y golosinas que hacían la dicha de sus humildes amiguitos.

Hasta los pájaros de la llanura comían en su mano y revoloteaban confiados sobre su cabeza, agitando alegremente las alas, en bulliciosa bienvenida.

Amalia poseía un tesoro en su pequeño alazán, caballito manso y fiel, con el que todas las mañanas recorría los campos montada sobre su lustroso lomo.

El caballito atendía por el dulce nombre de Picaflor, que le había puesto la pequeña, comparándolo con el hermoso pajarillo de mil colores que por las madrugadas llegaba hasta su ventana para libar el néctar de las flores rojas de un rosal.

Pero, como la felicidad no es duradera en el mundo, el padre de Amalia perdió completamente su gran fortuna en malos negocios y poco a poco tuvieron que ir reduciendo sus lujos, hasta llegar a una pobreza terrible.

- ¿Qué haremos ahora? -decía tristemente mientras contemplaba a su querida hijita.

- ¡Luchar, papá! -respondía Amalia, dándole ánimos al pobre hombre, que se inclinaba derrotado y dolorido.

Instigado por las palabras de aliento de su pequeña, el padre prosiguió trabajando, pero la Diosa Fortuna le había dado definitivamente la espalda.

Como es muy natural en todos estos casos, los amigos, al ver al padre de Amalia pobre y sin medios para brindarles fiestas y diversiones, se fueron alejando, hasta que un día se encontró solo, sin relaciones y despreciado por los que antes lo habían adulado en todas las formas.

- ¡Éste es el mundo! -gemía.- El desagradecimiento impera en casi todas las almas y bien pronto se olvidan de los favores recibidos.

No obstante su gran pobreza, el buen padre conservó unas leguas de tierra yerma en el lejano territorio del Chubut, las que no había podido convertir en dinero por no encontrar comprador para tan áridas propiedades.

Efectivamente, los campos eran arenales, sin vegetación y completamente estériles, en los que sólo moraban los huemules y algunos indios patagones, pobres y hambrientos.

Amalia, por todos estas desgracias, estaba muy triste y lloraba en silencio tal desastre, junto al pequeño Picaflor, del que no se separaría por nada del mundo.

El buen animalito, como dándose cuenta de la pesadumbre que embargaba a la niña, se acercaba a ella y la acariciaba amorosamente con su belfo tibio y tembloroso.

Una sombría tarde, el padre resolvió irse a vivir a aquellos solitarios campos del Chubut, ya que era el único lugar que le brindaba algún sosiego y sin pensar más se encaminó la familia hacia las lejanos regiones.

Por supuesto, Amalia llevó consigo a su fiel Picaflor, en el que iba montada para no cansarse de tan fatigoso viaje.

En esas tierras levantaron su humilde hogar y continuaron luchando por la vida, en la esperanza de que aquellas arenas respondieran con hermosos frutos a los deseos del buen hombre.

Pero bien pronto una nueva desilusión los entristeció más. Todo aquel campo era un lugar maldito, en donde sólo imperaba el constante viento que quemaba las carnes y la dorada arena que cegaba los ojos.

El dolor y la desesperación llegaron con su corte de lágrimas y de quejas.

Amalia sollozaba al ver la pálida cara de su buen papá y rogaba a Dios noche tras noche, para que los ayudara en tal difícil situación.

Una mañana en que la bondadosa niña recorría los áridos lugares montada en su fiel Picaflor, contempló algo inesperado que la llenó de asombro. Ante ella, cortándole el camino, había surgido de la tierra una divina figura de niño, alto y de ojos celestes, que la miró sonriendo.

- ¿Quién eres? -preguntó Amalia sin temores.

- ¡Soy tu Ángel de la Guarda! -le respondió el hermoso aparecido.

- ¿Mi Ángel de la Guarda?

- ¡Sí! ¡Has de saber, linda Amalia, que todos los niños buenos que existen en el mundo tienen un Ángel invisible que los cuida y los libra de todo mal!

- ¿Y tú eres el mío? -insistió la niña alegremente.

- ¡Lo has adivinado! ¡Soy tu Ángel tutelar, que al verte llorosa y triste viene a ayudarte para que la risa vuelva a tu rosado rostro! ¿Qué es lo que quieres?

- ¡Que ayudes a mi papá! -dijo Amalia pausadamente.- ¡Hace mucho que trabaja y siempre le va mal! ¡Él no merece tanta desgracia y quiero que vuelva a ser rico, para que yo pueda ayudar a los necesitados como lo hacía antes!

- ¡Si ése es tu deseo, tu padre volverá a ser millonario! -respondió el Ángel.- ¡Tu bondad y tu maravilloso comportamiento para con los menesterosos, te hacen acreedora a que los seres que nos rigen te ayuden, buena Amalia!

- ¡Gracias... gracias! -respondió entusiasmada la niña.

- Escucha -continuó el ser divino.- Estas tierras áridas que parecen no servir para nada, tienen en sus entrañas una fortuna tan grande, que el que la posea será uno de los hombres más ricos de la tierra. Sigue tu camino buscando entre estos arenales sin vida, un trébol de cuatro hojas. En el lugar en que lo encuentres, dile a tu padre que cave y se hará poderoso. ¡Adiós mi querida niña! -terminó diciendo el hermoso Ángel y voló hacia los cielos perdiéndose entre las nubes doradas por el sol.

Amalia, loca de contento, prosiguió su camino montada en su inseparable Picaflor, mirando el arenoso suelo, para ver si encontraba el maravilloso trébol de cuatro hojas.

- ¿Podrá ser cierto? -murmuraba la niño, contemplando el desierto.- ¡Aquí no crece ni una brizna de hierba!

Pero su caballito fiel fue el que más tarde le indicó el sitio en donde se escondía el codiciado trébol. Como si el animalito también hubiera oído las palabras del Ángel de la Guarda, recorrió el campo paso a paso, hasta que de pronto se detuvo y relinchó alegremente.

- ¡Aquí está! ¡Aquí está! -parecía decir en su relincho.

La niña se apeó y arrancó de entre unas dunas recalentadas por el sol, la buscada ramita de trébol, que poseía cuatro hojitas, tal como lo había indicado la divina aparición.

Bien pronto llegó alborozada a su humilde hogar y conduciendo a su entristecido padre hasta el sitio del hallazgo, le rogó que llevara herramientas para cavar, cumpliendo con las órdenes de su buen Ángel tutelar.

El hombre, quizás alentado por una loca esperanza, obedeció a su buena hija y comenzó a cavar de tal manera que a las pocas horas había hecho un profundo pozo.

- ¡No hay nada! -gemía.

- ¡Cava! ¡Cava! -le respondía la niña mirando hacia los cielos.

De pronto, el buen hombre, lanzó un grito de alegría: el tesoro indicado por el Ángel estaba allí. ¡Sí! ¡Allí! Era un manantial de petróleo que comenzó a subir por el pozo abierto y pronto inundó parte de la yerma llanura.

- ¡Petróleo! ¡Petróleo! ¡Ahora seremos nuevamente ricos! -exclamaba el hombre abrazando a su hija.- ¡Éste es un milagro! ¡Bendito sea Dios!

La niña lloraba y reía abrazado a su buen padre, mientras sus pequeños labios oraban en acción de gracias.

El manso Picaflor también estaba alegre y sus relinchos agudos resonaban de cuando en cuando en el espacio callado.

Como es natural, poco después comenzó la explotación de tanta riqueza, y la familia volvió a ser millonaria, pudiendo desde entonces, la buena Amalia, proseguir sus anhelos de bien, recorriendo en su fiel caballito todas las viviendas de la comarca, llevando en sus bolsillos oro y en sus ojos alegría, para el bienestar de los desvalidos y los desgraciados.

 

 

La maravillosa flor del haravec

 

Cierto día de hace muchos siglos, el Inca HuiraCocha, rey absoluto del imperio incaico, desaparecido después por la dominación española, y que abarcaba los territorios que hoy forman Perú y parte de Bolivia y Argentina, se sintió repentinamente enfermo de un mal desconocido.

En vano se consultaron, con la urgencia que el caso requería, a los amautas y hechiceros de todos sus dominios.

Sus consejeros y familiares, desesperados, ya que el emperador se debilitaba por instantes acordaron convocar al pueblo para efectuar solemnes rogativas a Inti, el Dios Sol, solicitando su ayuda para evitar la muerte del sabio monarca.

Un día, se abrieron las suntuosas puertas de oro macizo del Coricancha o casa dedicada a la adoración de los dioses y una muchedumbre inmensa de hombres y mujeres llegados de todas partes de la nación, se prosternaron ante un disco de oro que el gran Villac-Umu, el sacerdote, mostró al pueblo desde la entrada del templo.

- ¡Inti! -gritó el sacerdote, mirando al radiante astro que los iluminaba desde el cenit.- ¡Inti! Padre del Cielo y de la Tierra... humildemente te rogamos devuelvas la salud a nuestro bondadoso emperador.

Miles de hombres de todas las clases sociales, levantaron las manos al escuchar al Villac-Umu y miraron al sol, con sus ojos inundados de lágrimas, en demanda de la gracia solicitada por el gran sacerdote.

Después, surgieron del templo, como si fueran mariposas blancas, cientos de muchachas vestidas con vaporosas telas y al compás de los extraños instrumentos de aquel tiempo llamados quenas, se pusieron a danzar alrededor del disco de oro que simbolizaba al astro rey. Eran las Vírgenes del Sol o sacerdotisas de aquella singular religión incaica.

Mientras tanto, Huiracocha, postrado sobre blandos cojines, dormía, pálido y demacrado, rodeado de sus familiares que no sabían qué hacer para devolver la salud a tan digno gobernante.

Aquella noche, el Villac-Umu o gran sacerdote, dictó una proclama, comunicando al pueblo que Inti, el Dios Visible, había depositado en uno de los hombres de los extensos dominios, el don de curar al Inca y que, como señal de tal virtud, el elegido tendría un sueño extravagante en el que se le aparecería el Sol y lo besaría en la frente.

El Villac-Umu también comunicaba que, si alguien tenía ese sueño, inmediatamente se presentase en el palacio del emperador, donde sería recibido por éste, y al que se le prometía, si curaba al soberano, todo el oro que cupiera en el gran salón del trono del palacio del Coricancha.

Para dar a conocer esta proclama, los ministros enviaron cientos de mensajeros hasta los más apartados lugares del país, que pregonaron la voluntad de Huiracocha, desde las llanuras dilatadas hasta las cumbres más abruptas.

Por ese tiempo, muy lejos de la ciudad del Cuzco, capital del Imperio lnca, junto a las márgenes del hermoso lago Titicaca, vivían dos hermanos llamados Rimac y Húcar, los que cuidaban de sus ancianos padres, con el producto de la venta de hermosas llamas, que domesticaban desde pequeñas.

Una noche descargó una terrible tempestad en aquellos regiones y los torrentes que se precipitaban desde las cumbres anegaron la llanura y ahogaron a todos los animales que con tanto esmero cuidaban Rimac y Húcar.

- ¡Qué desgracia! -exclamaba el hermano mayor entre sollozos.- ¡Es nuestra ruina! ¿Qué será de nuestros padres?

- ¡Inti nos ha abandonado! -gritaba el menor. -¡Inti es malo!

- ¡No digas eso! -exclamó Rimac con cara de enojo.- ¡Inti es bueno! ¡Él hace los campos feraces y que los frutos sazonen! ¡Él alumbra nuestro camino y pone alegría en nuestros corazones! ¡Él es el padre de la Pachamama o Madre Tierra, ya que sus rayos calientan el mundo y hacen brotar la vida!

- ¡Mentira! -interrumpió furioso Húcar.- ¡Inti no vale nada! ¡Inti nada puede, ya que no supo detener la tormenta que nos ha arruinado!

- ¡No blasfemes! -gritó Rimac.

Y así, los dos hermanos, disgustados, se recogieron aquella noche, entristecidos por la terrible miseria caída sobre ellos.

Al día siguiente, resolvieron viajar por las tierras desconocidas que se extendían del otro lado del Gran Lago, con el propósito de buscar nuevas llamas salvajes, para domesticarlas y así continuar la tarea que les daba el sustento y, sin vacilar, emprendieron la marcha, cargados sus alforjas con víveres y entre ellos el maíz, que en aquella época se denominaba Upy.

Varios días anduvieron entre terribles soledades, siempre blasfemando el malo de Húcar, por la desgracia, sin escuchar los sabios consejos de su hermano mayor, que le pedía no hablara mal de Inti el Padre de la Tierra.

Una noche fría que se habían recogido bajo de unas rocas de la montaña, los dos hermanos tuvieron distintos sueños, que los llenaron de estupor.

Rimac, el mayor, soñó que el Sol se le aparecía en un gran trono de oro, tan brillante que hacía daño a los ojos, y que después de sonreírle, se le acercaba hasta besarlo en la frente.

Húcar, el menor, soñó que el Sol se ponía en el horizonte y que las sombras de la noche se hacían eternas, sin que nunca más apareciese el gran disco de fuego, muriendo de frío cuanto había con vida en el mundo.

Los dos hermanos, asustados de sus sueñas, se despertaron al otro día y se contaron lo que habían visto con los ojos del alma.

Húcar, el menor, convencido de que su sueño era cierto, exclamó entristecido:

- ¡Ya ves, Inti se muere! ¡No volverá a aparecer jamás! ¡Es un mal dios que se deja vencer por las sombras de la noche!

- ¡No digas eso! -exclamó Rimac, el mayor­ ¡Inti se hunde en el horizonte para dormir, pero siempre vuelve a aparecer para alegrar la tierra y el corazón!

Pensando cosas tan diferentes, los dos hermanos se disgustaron, y mientras Húcar, el menor, resolvió regresar a la casa paterno y esperar la muerte sin lucha, Rimac, el mayor, prosiguió su camino con la esperanza de encontrar un mejor porvenir.

Así anduvo por espacio de muchas semanas, hasta que por fin llegó a un pueblecito donde, con gran asombro, escuchó la proclama del Inca Huiracocha.

- ¿Cómo? -se dijo en el colmo del estupor.­ ¡Ese hombre a quien busca soy yo! ¡Yo he soñado con el Sol que me daba un beso en la frente! -Y, sin vacilación, emprendió el camino del Cuzco, la capital del Imperio donde agonizaba el gran lnca Huiracocha.

Un mes más tarde, hizo su entrada en la ciudad incaica y se presentó a los soldados que guardaban la entrada del Palacio Imperial.

-¿Qué quieres? -le preguntaron.

- Vengo a ver al Inca.

- ¿Quién eres tú, pobre diablo, para ver a nuestro emperador?

- ¡Soy el hombre que ha soñado con el Dios Inti!

Al oír tal respuesta, los soldados se prosternaron y las puertas del esplendoroso palacio se abrieron de par en par ante el asombrado Rimac, el mayor.

Después de cruzar muchas habitaciones primorosamente adornadas, llegó hasta el trono de oro y piedras preciosas en donde reposaba el triste monarca.

- ¿Es verdad que Inti te ha besado en la frente? -le preguntó el Inca abriendo los ojos,

- ¡Sí, Majestad! -respondió puesto de rodillas el tembloroso viajero.

- Según el Villac-Umu, tú deberás curarme.

- ¿Yo?-respondió, en el colmo del asombro, Rimac, el mayor.

- ¡Sí, tú! ¡Las palabras del Dios Invisible nunca se ponen en duda! Desde hoy eres mi huésped de honor. En mi palacio tendrás todo lo que apetezcas hasta que llegue la hora de mi curación. -Y al pronunciar estas palabras, el Inca señaló al pastor la puerta de oro por donde se contemplaba el interior de aquel palacio de ensueño.

Rimac, el mayor, penetró turbado en la sala que le habían destinado, pensando, con amargura y temor, cómo salir de aquel compromiso tan grande que podía costarle la vida,

- ¡Si Huiracocha muere, yo también moriré! ­decía a solas el muchacho sin saber qué decisión tomar.

Así pasaron varios días y en todos ellos, a la puesta del sol, entraba el Gran Sacerdote para preguntarle qué novedades tenía para la curación del soberano.

- ¡Ninguna! -había respondido siempre Rimac, dominado cada momento por más intensos temores.

Pero, hete aquí que, una noche que dormía sobre su cama de plumas, soñó otra vez con Inti. Contempló cómo el Sol lo miraba con su redonda faz roja y, luego de sonreírle con dulzura le decía, con una voz grave y pausada:

- ¡Rimac! ¡Tú eres bueno y mereces ser feliz! ¡Tú crees en mí, y proclamas mis bondades para con los habitantes de la tierra! ¡Yo, en pago, haré que cures al Inca Huiracocha!

- ¿De qué manera? -había respondido Rimac, el mayor.

- ¡El Inca -prosiguió el Sol- tiene más enferma el alma que el cuerpo! Vete hasta las cumbres de Ritisuyu y en ellas encontrarás la inmaculada flor del haravec, que nadie aún ha visto. Recoge sus pétalos que tienen el don de ahuyentar la tristeza y hazlos aspirar al desgraciado monarca.

Aquella misma noche, Rimac, el mayor, cumplía la orden del Padre Inti y se encaminaba silenciosamente hacia las más altas cimas de la cordillera de los Andes, en busca del preciado y mágico tesoro.

Caminó muchos días por colinas escarpadas, atravesó grandes torrentes que caían de piedra en piedra con gran estruendo y, después de matar un cóndor que intentó atacarlo con sus agudas garras y de trepar murallones casi verticales, llegó a las agudas cumbres de la montaña, siempre cubiertas de blanca nieve.

- ¿Será aquí? - se preguntó, mirando a todos partes,

Pero nada encontró y prosiguió buscando.

Otros días más lo vieron los cóndores continuar su camino, observando las más insignificantes grietas de la roca.

Cansado ya, una noche, muerto de frío por el helado viento de la montaña, se tendió en una caverna solitaria y cerró los ojos en un suspiro de desaliento.

Bien pronto el sueño lo dominó y el Sol se le apareció de nuevo casi quemándole la frente.

- Hijo mío -le dijo el astro rey,- admiro tu valor y tu tenacidad para cumplir mi orden. El triunfo es de los perseverantes y a ti ya te llegó el momento de regresar. Mañana, uno de mis rayos, te indicará dónde se oculta la maravillosa flor del haravec.

Al otro día, Rimac, el mayor, recordando su prodigioso sueño, salió de la caverna y continuó su marcha por las empinadas sendas de las montaña.

De pronto, ante su sorpresa, vio que del Sol que reinaba casi sobre su cabeza, se desprendía un rayo más brillante que su permanente luz, que al describir en el cielo una caprichosa curva, caía vertiginoso sobre la tierra, lanzando mil chispas de oro en un lugar del camino, muy próximo a donde se encontraba.

- ¡Ahí debe ser! -dijo el pastor y se encaminó corriendo hacia el sitio donde aun resplandecía la misteriosa luz.

Efectivamente, de entre las negras grietas de la montaña, brotaba una diminuta planta, nimbada de rayos dorados y en su centro se abría una magnífica flor de pétalos azules y corola blanca.

Rimac, el mayor, se arrodilló ante ella, y luego de elevar sus oraciones de gracia hacia el Padre Inti, recogió sus pétalos uno por uno y los fue depositando con todo cuidado en su alforja de lana de vicuña.

Siete días después, llegó a la ciudad del Cuzco Y se dirigió hacia el Palacio Real, penetrando con rapidez hasta las habitaciones del trono.

- ¡Inca! -gritó cuando estuvo frente a Huiracocha.- ¡Aquí tienes lo que esperabas!

- ¿Qué me traes? -preguntó el monarca.

- ¡La vida! -Y diciendo esto, dejó caer sobre las manos del enfermo emperador, los azules pétalos de la flor del optimismo.

- ¿Qué debo hacer con estas hojas? -preguntó, sorprendido, Huiracocha.

- ¡Aspira su perfume y salvarás tu cuerpo! -respondió Rimac.

El Gran Inca acercó los pétalos a sus narices y aspirando el suave aroma de la maravillosa flor, sintió que dentro de su pecho resucitaba la vida y dentro de su corazón la alegría.

- ¡Es verdad! ¡Es verdad! -gritó levantándose del trono con incontenible entusiasmo.- Inti ha salvado a su hijo! ¡El sueño del Villac-Umu se ha hecho realidad!

El agradecimiento del monarca no se hizo esperar y el buen Rimac, el mayor, no sólo llenó las alforjas de sus llamas de enormes cantidades de oro, sino que también llevó hacia sus tierras del Lago Titicaca, a la más hermosa princesa que habitaba el palacio real del Cuzco.

Meses después llegó a su humilde morada, ante el asombro de los suyos, y, al reunirse con su hermano, el descreído Húcar, el menor, le contó su aventura y la verdad invencible de su sueño.

Desde entonces, Húcar, el menor, creyó en el poder sobrenatural del rojo astro que nos calienta

y nos da vida, y prosiguieron felices la existencia, junto al maravilloso lago en el que todas las mañanas contemplaban los reflejos de los primeros rayos, tibios y acariciadores, del dorado y eterno Padre Sol.

 

 

La caverna del puma con ojos de sangre

 

Como ya sabrán todos los niños del mundo, el puma es un animal carnicero que vive en las desoladas pampas argentinas o en los inmensos arenales de los desiertos patagónicos.

Más pequeño que el león africano, pero de tanto valor como éste, recorre las interminables extensiones, atacando a los ganados, y muchas veces causando destrozos en las mismas casas de la llanura a donde entra acuciado por el hambre, sin temor a las bolas ni a los hombres, a los que hace frente, si se ve acorralado y en peligro de muerte. Sus garras potentes y afiladas y su extraordinaria agilidad para trepar de un salto al lomo de las bestias, lo hacen un peligroso adversario, que muchas veces sale victorioso en las más sangrientas luchas contra animales mayores y hasta contra los seres humanos que se aventuran a presentarle batalla.

En las lejanas épocas de nuestra historia, cuando aun no había sido conquistado totalmente el desierto por el ejército nacional, vivía en las estribaciones de las Sierras de Tandil, un enorme puma con ojos de sangre, que era el azote de toda la comarca.

No había rancho en la región que no hubiera sido visitado por tan terrible fiera, matando ovejas, caballos y vacas y hasta hiriendo con sus formidables zarpas a los propietarios que se habían aventurado a defender el espantado ganado.

La indiada y aun los escasos blancos que habitaban las cercanías de las sierras, le habían cobrado a la sanguinaria fiera un espantoso terror supersticioso, ya que según decían, las balas resbalaban sobre su piel dorada y las flechas caían al chocar contra sus flancos, como si hubieran dado sobre una dura roca.

No era extraño, pues, que los aborígenes y aun los gauchos, creyeran que se trataba de alguna fiera sobrenatural, quizá el mismo Diablo, encarnado en tan espantosa bestia.

- ¡Mandinga en persona! -dijo una noche de crudo invierno, el paisano Peñaranda, entre mate y mate, cebado por la diestra mano de su mujer.

- ¡Puede que así sea! -respondió ésta, mirando temblorosa hacia el campo por la mal cerrada puerta del rancho.

Manolito, el vivaracho hijo de estos colonos, desde su rústica cama había escuchado las palabras de sus padres e incorporándose, también terció en la conversación, diciendo por lo bajo:

- Algunas personas dicen que el puma tiene ojos de sangre, garras de oro y dientes largos, blancos y tan grandes como los que he visto en algunas estampas de elefantes.

- Puede ser -respondió el padre con preocupación,- pero lo cierto es que ese animal nos tiene enloquecidos a todos.

- ¿Por qué no procuran matarlo? -preguntó la pobre mujer.

- Ya se ha hecho -respondió el paisano,- varias veces han salido grandes partidas armadas, llevando buenos perros para seguirle las huellas, pero todo ha sido inútil. ¡La fiera tiene su guarida en algún lugar secreto de las sierras y no hay cómo llegar a ella!

Esa noche la humilde familia durmió bajo el dominio de su terror, y así siguieron los días entre sobresaltos e investigaciones, hasta que una tarde sucedió lo inesperado.

Volvía la mujer de recoger sus majaditas, siendo ya muy entrado la tarde, en compañía de su hijo, el travieso Manolito, cuando escuchó a su espalda, entre unas enormes matas que crecían junto a los corrales, un espantoso rugido y el grito desgarrador del niño pidiendo ayuda.

La desesperación de la infeliz mujer no tuvo límites y, sin darse cuenta del peligro que corría, acudió hacia el sitio de la tragedia, no viendo más que soledad y sombras.

¿Qué había sido de su hijo?

Toda esa noche y los días que siguieron, grandes contingentes de gauchos e indios pacíficos buscaron a la criatura, pero nada pudieron sacar en limpio, hasta que, al regreso a sus casas con las manos vacías, abandonando la pesquisa, comunicaron a las autoridades que el puma con ojos de sangre debía ser algo sobrenatural, escapado de las profundidades de la tierra.

Y ahora sigamos nuestra historia con la curiosa aventura que le ocurrió a Manolito, a continuación de ser apresado por el temible felino.

El niño, al verse agarrado de su ropa por el animal, lanzó, como dejamos dicho, un desgarrador grito de socorro, pero aun no se había apagado el eco de su voz, cuando se vio suspendido en el aire entre los largos dientes del puma, y transportado a la carrera por la soledad del desierto.

El misterioso viaje duró varias horas, sin que el animal diera muestras del menor cansancio, hasta que, luego de trepar las empinadas cuestas de las sierras y de bajar a desconocidos precipicios, fue introducido en una inmensa caverna entre las grandes rocas de granito.

"¿Habrá llegado mi último hora?", se preguntaba Manolito angustiosamente.

Pero, al parecer, el puma no tenía, por el momento, propósitos homicidas y se limitó a arrastrar al niño por un largo corredor hasta depositarlo suavemente en un mullido colchón de paja, en donde lo dejó para quedarse absorto, contemplándole.

Manolito, con algo más de confianza, se atrevió a abrir un ojo y vio lo más terrorífico que se hubiera podido imaginar su mente conturbada.

Junto a él, casi quemándole con su fétido aliento, estaba el terrible carnicero, sentado en sus patas posteriores, y agitando lentamente la larga cola que pegaba en sus flancos.

El puma era en verdad de fantásticas proporciones, casi diez veces el tamaño natural de los leones americanos y sus ojos eran rojos sangre rodeados de una aureola brillante como de fuego. Su pelo largo y sedoso, era color oro bruñido y sus garras potentes y tan grandes como el propio Manolito, terminaban en unas uñas amarillas que parecían hechas del mismo metal. Lo que más le llamó la atención al despavorido niño, fueron los dientes del animal, que brotaban de su hocico como los de los elefantes y de un tamaño tan desproporcionado, que más bien parecían colmillos de estos paquidermos.

La criatura se sintió desfallecer ante tan horripilante cuadro y musitó con voz apagada:

- ¡Me voy a volver loco! ¡ojalá me mate de una vez!

Pero su asombro no tuvo límites cuando el puma habló con voz humana, grave y profunda, mientras lo contemplaba con sus pupilas de sangre:

- Escucha, Manolito -comenzó la fiera,- no me temas porque no te haré daño. Te he traído aquí para que hablemos y me ayudes a salvarme de mi lamentable desgracia.

- ¡Habla! -respondió el niño, más confiado.

- Yo, en otras épocas lejanas, era un ser humano como tú. Tenía mi choza entre estas mismas serranías, junto a mi tribu de indios pehuelches que dominaban la llanura. Yo me llamaba el cacique Carupán, era valiente y noble, pero una tarde, la desgracia tocó mi alma. En una de nuestras correrías por el desierto, combatimos contra nuestros enemigos los araucanos y los vencimos, trayendo a mi toldo a la princesa Yacowa, hija predilecta del gran emperador Coupalicán. Mi amor sin límites por la muchacha enemiga, me hizo traicionar a mi raza y huí con ella por las más altas cumbres de la cordillera hacia el país de Arauco, cuna de la hermosa Yacowa. En la ciudad de Arauco fui mal recibido por los enemigos de mis tribus y el rey Coupalicán me hizo encerrar en una caverna durante diez años, en cuyo tiempo sufrí mucho y fui muy desgraciado. Una noche, con la ayuda de un indio de buen corazón, pude escapar de manos de mi cruel adversario y corrí otra vez por las cumbres nevadas, en demanda de mi pueblo, al que llegué después de muchos días de luchar contra los vientos y las nieves. Pero mi tribu tenía otro jefe y fui recibido como un traidor por los que antes me habían querido y obedecido. Inútil fue rogar y pedir que me admitieran como el último de los guerreros; la sentencia se dictó y una noche me condenaron a morir en la hoguera de los sacrificios. Horas antes de la ejecución, el hechicero de mi tribu, hombre de gran ciencia y de un poder sobrenatural, se acercó a la choza donde estaba encerrado y me dijo con grave tono:

"- Cacique Carupán. En otras épocas fui tu vasallo y admiré tu valor, hasta que un amor demente te alejó de nosotros traicionando a tu raza. Ahora estás condenado a morir entre las llamas, pero como no deseo verte gemir abrasado por ellas, con el poder mágico de mi caña de tacuara, te convertiré en un puma sanguinario que será el terror de las praderas. Todo el mundo te perseguirá durante muchos siglos y así vivirás en continuo sobresalto, pagando de esta manera tu grave falta. Si alguna vez consigues esta caña de tacuara y te golpeas tres veces la cabeza con ella, volverás a ser el valiente Carupán amado por tu pueblo."

Y al decir esto, tocó mi hombro con su maravillosa tacuara, e instantáneamente un rugido brotó de mi garganta. Me había convertido en lo que soy: en un puma de sanguinaria mirada.

La terrible fiera hizo silencio y el buen Manolito pudo observar que, por los párpados rojos del animal, corría una lágrima de fuego, que cayó sobre las rocas, brotando de ellas una pequeña llamarada azul.

- Y... ¿qué puedo hacer por ti? -preguntó el niño.

- ¡Mucho! -respondió el felino.- ¡yo no puedo, en mi condición de animal, buscar la varita mágica del cruel hechicero! ¡Tú, que eres bueno y noble, puedes hacerlo y con ello conseguirás que vuelva a ser un hombre, y me tendrás de esclavo el resto de mi vida!

- ¿Dónde está ese hechicero? -volvió a decir el muchacho.

- ¡Ay! ¡No lo sé! -contestó el puma.- Mi transformación en animal ocurrió hace más de un siglo y el hechicero hace muchos años que ha muerto.

- Entonces... será imposible encontrar su caña de tacuara -exclamó Manolito con tristeza.

- ¡Imposible, no! ¡Pero muy difícil, sí! Solamente debes tener paciencia y recorrer estos contornos hasta que halles la tumba del mago, y en ella encontrarás el precioso talismán -contestó el felino en un rugido muy parecido a un sollozo.

- Haré lo que me pides. Desde ahora, por la salvación de tu alma, trataré de encontrar la sepultura del hechicero de tu tribu.

- Gracias. Gracias, amigo Manolito. Si me conviertes en lo que fui, te enseñaré dónde se ocultan los tesoros de mi reino y serás inmensamente rico.

Dichas estas palabras, el puma de ojos de sangre, cogió al niño entre sus dientes y de un salto prodigioso lo colocó en el camino de la montaña, diciéndole como única despedida:

- ¡Vete! ¡Aquí te espero! ¡Cumple tu promesa!

Manolito, al verse libre y solo, lanzó un suspiro de alivio y pensó inmediatamente en huir hacia la casa de sus padres, pero las palabras del puma aun le sonaban en los oídos y decidido y valiente, resolvió ponerse a buscar la tumba del hechicero para rescatar de entre sus restos la caña de tacuara que tanto deseaba conseguir el monstruoso felino.

Diez días y diez noches recorrió las serranías sin hallar más que piedras y arena, hasta que una tarde que había bajado a un pequeño valle solitario, escuchó a lo lejos el grito de un chajá que le decía entre aleteos:

- ¡Chajá... chajá... aquí está... aquí está!

El niño creyó soñar, pero dominando sus nervios, se detuvo para mirar al simpático volátil.

- ¡Chajá... chajá... aquí está... aquí está! -repitió el animalito como llamándolo.

Manolito no vaciló más y pronto estuvo junto al chajá, que estaba parado sobre un pequeño montículo de piedra semejante a una antigua tumba india.

El chico, con una emoción sin límites, se puso inmediatamente a quitar los pedruscos hasta que después de algunas horas de labor, descubrió los negros huesos de un ser humano y junto a ellos la codiciada caña de tacuara.

- ¡El talismán! ¡El talismán! -gritó loco de alegría tomando la caña con sus dedos temblorosos.­ ¡Ahora salvaré al pobre Carupán!

Corriendo por los peñascales, llegó horas después a la caverna donde dormitaba la fiera y entró en ella jadeante mostrando en su mano el precioso hallazgo.

El puma lo recibió con muestras de gran alegría y al contemplar la tacuara, dijo entre sollozos:

- ¡Es ésa, mi buen Manolito! ¡Pégame con ella tres veces en la cabeza!

El niño, trémulo, ejecutó la orden y de pronto, el puma de ojos de sangre desapareció, y ante sus ojos abiertos por el asombro se presentó un indio alto y arrogante, cuya frente estaba cubierta con hermosas plumas de águila.

- ¡Soy tu esclavo! -dijo Carupán, arrodillándose ante el pequeño- ¡cumpliré mi promesa!

La magia del temible hechicero había sido vencida y muy pocos días después, Carupán ponía en manos de Manolito los enormes tesoros de su tribu, con lo que éste vivió muchísimos años, feliz y contento, en compañía de sus padres y bajo la permanente custodia del cacique Carupán que nunca abandonó al valiente y decidido salvador de su alma.