El arte de la felicidad. Dalai Lama

El Arte De La Felicidad
Un nuevo mensaje para nuestra vida cotidiana

Dalai Lama

con Howard C.Cutler. M.D.

 

Título original: The Art of Happiness

 

 

 

 

Al lector.

Que encuentre usted la felicidad.

 

 

 

 

Contraportada

 

A menudo los sentimientos simples son los más difíciles de expresar, y necesitamos una voz sabia que nos guíe para co­nocernos mejor y ejercer esa compasión afectuosa que nos une a los demás.

En El arte de la felicidad es el Dalai Lama quien nos habla, y de él recibimos el mensaje sereno de un hombre que ha con­quistado la paz interior y sabe que la felicidad no es un don, sino un arte que exige voluntad y práctica.

Lejos de las grandes teorías y muy cerca de las preocupa­ciones cotidianas de cada cual, de nuestros miedos y nues­tros deseos, el maestro se ha servido de la ayuda de un psi­quiatra occidental para entregamos unas palabras que nos orienten en la vida diaria.

Sólo así seremos capaces de convertir el deber de vivir en el placer de sentimos vivos en un mundo donde casi todo es posible, incluso la felicidad.

 

 

 

Índice

 

Nota del autor

Introducción

 

Primera parte:

El propósito de la vida

1. El derecho a la felicidad.

2. Las fuentes de la felicidad

3. Entrenar la mente para la felicidad.

4. Recuperar nuestro estado innato de felicidad

 

Segunda parte:

Compasión y calidez humanas.

 

5. Un nuevo modelo de relación íntima

6. Ahondar en nuestra conexión con los demás

7. El valor y los beneficios de la compasión

 

 

Tercera parte:

Transformación del sufrimiento

 

8. Afrontar el sufrimiento

9. Sufrimiento autoinfligido

0. Cambio de perspectiva

 

Cuarta parte: .

Superar los obstáculos

 

11. Encontrar significado en el sufrimiento

12. Producir un cambio

13. Cómo afrontar la cólera y el odio

14. Cómo afrontar la ansiedad y aumentar la autoestima

 

Quinta parte:

Reflexiones finales para vivir una vida espiritual

 

15. Valores espirituales básicos

Agradecimientos

 


Nota del autor

 

 

ESTE LIBRO RECOGE LAS EXTENSAS conversaciones mantenidas con el Dalai Lama. Las entrevistas privadas que tuve con él en Arizona y la India obedecían al propósito de colaborar en el proyecto de pre­sentar sus puntos de vista acerca de cómo llevar una vida más feliz, complementados con mis observaciones y comentarios desde la pers­pectiva de un psiquiatra occidental. Generosamente, el Dalai Lama me permitió dar al libro el carácter que me pareciera más adecuado para transmitir sus ideas. Consideré que el modo narrativo que el lec­tor encontrará en estas páginas favorecería la lectura y la compren­sión, al mismo tiempo que permitiría mostrar cómo el Dalai Lama in­corpora sus ideas a su propia vida cotidiana. Así pues, y contando con la aprobación del Dalai Lama, he organizado este libro según el conte­nido, lo cual en ocasiones me ha llevado a combinar e integrar mate­riales extraídos de conversaciones diferentes. Allí donde me ha parecido necesario para la claridad o la integración del conjunto, he introduci­do material procedente de las conferencias y charlas que pronunció en Arizona, para lo que he contado igualmente con su aprobación. El doctor Thupten Jinpa, intérprete del Dalai Lama, revisó amablemen­te el manuscrito final para asegurarse de que no se hubieran produci­do distorsiones inadvertidas de las ideas del Dalai Lama como consecuencia del proceso editorial.

He presentado historias personales para ilustrar las ideas que aquí se analizan. Con el propósito de mantener la confidencialidad y proteger la intimidad he cambiado en cada caso los nombres y alte­rado detalles y características identificadoras de las personas reales.

 

Introducción

 

ENCONTRÉ AL DALAI LAMA SOLO, en un vestuario de baloncesto, momentos antes de que pronunciara una conferencia ante seis mil personas en la Universidad Estatal de Arizona. Tomaba serena­mente una taza de té, en perfecto estado de reposo.

-Su Santidad, si estáis preparado...

Se levantó con energía y, sin la menor vacilación, abandonó el ves­tuario para salir al espacio situado entre bastidores, repleto de perio­distas, fotógrafos, personal de seguridad y estudiantes, de seguidores, curiosos y escépticos. Avanzó entre la multitud con una amplia sonri­sa, saludando a la gente al pasar. Finalmente, apartó una cortina, salió al escenario, se inclinó, juntó las manos y sonrió. Fue acogido con una estruendosa salva de aplausos. A petición suya, no se apagaron las lu­ces del local, de modo que pudiera ver con claridad a su público, y du­rante un rato se limitó a permanecer allí de pie, contemplando al pú­blico con una inconfundible Y cálida expresión de buena voluntad. Para quienes no habían visto antes al Dalai Lama, su túnica monacal, marrón y azafrán, quizá hubiera causado una impresión un tanto exótica, pero él puso rápidamente de manifiesto su notable capaci­dad para establecer una relación de empatía con su público al sen­tarse e iniciar su conferencia.

 

-Creo que ésta es la primera vez que me reúno con la mayoría de ustedes. Pero para mí no existe gran distancia entre un viejo amigo y uno nuevo, porque siempre he creído que todos somos iguales; todos somos seres humanos. Naturalmente, puede haber diferencias en cuan­to al bagaje cultural o el estilo de vida, puede haber diferencias en nuestra fe, o quizá tengamos un color de piel diferente, pero todos so­mos seres humanos, compuestos por un cuerpo humano y una mente humana. Nuestra estructura física es la misma, como también lo es nuestra mente y nuestra naturaleza emocional. Cada vez que conoz­co a una persona tengo la sensación de que me encuentro con un ser humano como yo mismo. Creo que con esa actitud resulta mucho más fácil comunicarse con los demás. Cuando ponemos de relieve ca­racterísticas específicas, como por ejemplo que yo soy tibetano o bu­dista, surgen las diferencias. Pero esas cosas son secundarias. Si somos capaces de dejar las diferencias a un lado, creo que podemos comuni­camos fácilmente, intercambiar ideas y compartir experiencias.

De este modo, el Dalai Lama inició en 1993 una serie de conferen­cias en Arizona que duró una semana. Los planes para visitar Arizona se habían puesto en marcha una década antes, cuando nos conocimos, durante mi visita a Dharamsala, India, gracias a una pequeña beca para estudiar medicina tibetana tradicional. Dharamsala es un hermoso y tranquilo pueblo enclavado en la ladera de una montaña, en las estribaciones del Himalaya. Ha sido, durante casi cuarenta años, la sede del gobierno tibetano en el exilio, desde que el Dalai Lama, jun­to con cien mil compatriotas suyos, huyó del Tíbet después de la bru­tal invasión del ejército chino. Durante mi estancia en Dharamsala co­nocí a varios miembros de la familia del Dalai Lama, ya través de ellos se organizó mi primer encuentro con él.

En su conferencia pronunciada en 1993, el Dalai Lama habló de la importancia de relacionamos como meros seres humanos y desplegó esa cualidad que fue el rasgo más característico de nuestra primera conversación en su hogar, en 1982. Parecía tener una capacidad poco común para hacer que uno se sintiera completamente a gusto en su presencia, para crear con rapidez una conexión sencilla y directa, con un semejante. Nuestro primer encuentro duro unos cuarenta y cinco minutos y como les ha sucedido a otras muchas personas, salí de la reunión muy animado, con la impresión de que acababa de conocer a un hombre verdaderamente excepcional.

A medida que mis contactos con el Dalai Lama se intensificaron durante los años que siguieron, pude apreciar gradualmente sus nu­merosas y singulares cualidades. Posee una inteligencia penetrante, pero sin artificio, una gran amabilidad, pero desprovista de senti­mentalismos excesivos, un gran humor, pero sin frivolidad, así como capacidad para estimular e inspirar sin provocar un temor reveren­cial como han descubierto muchos.

Con el transcurso del tiempo terminé por convencerme de que el Dalai Lama había aprendido a vivir con un sentido de plenitud y un grado de serenidad que nunca había visto en ninguna otra persona. Decidí identificar los principios que le permitían conseguirlo: Aunque es un monje budista, con toda una vida de formación y estudio, empe­cé a preguntarme si era posible recopilar un conjunto de sus creencias o prácticas para ser utilizadas por quienes, no son budistas, prácticas que pudiéramos introducir en nuestras vidas para ser simplemente más felices, fuertes y, quizá, menos temerosos.

Finalmente, tuve la oportunidad de indagar sus puntos de vista con mayor profundidad, de reunirme con él diariamente  durante su estancia en Arizona y más tarde de mantener conversaciones más amplias en su hogar, en la India. En nuestras pláticas, no tardé en descubrir que teníamos algunos obstáculos que superar mientras forcejeábamos para reconciliar nuestras perspectivas diferentes: La suya de monje budista y la mía de psiquiatra occidental. Inicié, por ejemplo, una de nuestras primeras sesiones planteándole ciertos problemas humanos corrientes, que ilustré con varios ejemplos expuestos con amplitud. Tras haberle descrito a una mujer que persistía en mantener comportamien­tos autodestructivos, le pregunté si encontraba alguna explicación para esa conducta y qué consejos podía ofrecer. Quede desconcerta­do cuando, tras una prolongada y silenciosa reflexión, se limitó a decirme:

-No lo sé -y, con un encogimiento de hombros, se echó a reír bondadosamente. Al observar mi expresión de sorpresa y desilusión por esta respuesta, el Dalai Lama me dijo-: A veces resulta muy di­fícil explicar por qué las personas hacen lo que hacen... A menudo descubrirá que no hay explicaciones sencillas. Si tuviéramos que en­trar en detalles de las vidas individuales, y siendo la mente del ser hu­mano tan compleja, sería bastante difícil comprender lo que está ocu­rriendo exactamente.

Pensé que con esas palabras sólo trataba de escurrir el bulto. –Pero, como psicoterapeuta, mi tarea consiste principalmente en descubrir por qué las personas actúan de determinada manera -le dije.

Se echó a reír una vez más, con esa risa que a muchas personas les parece tan extraordinaria, impregnada de humor y buena voluntad, nada afectada ni azorada, que se inicia con una profunda resonancia y asciende sin esfuerzo varias octavas, para terminar con un delicio­so tono agudo.

-Creo que sería extremadamente difícil tratar de imaginar cómo funcionan las mentes de millones de personas -observó, sin dejar de reír-. ¡Sería una tarea imposiblel Desde el punto de vista budista son muchos los factores que contribuyen a cualquier acontecimiento o situación dada... De hecho, puede haber tantos factores que a veces es imposible encontrar una explicación completa de lo que ocurre, al menos en términos convencionales.

Al observar cierta inquietud en mí, añadió:

-Creo que el enfoque occidental difiere en algunos aspectos del enfoque budista, sobre todo cuando se trata de determinar el origen de los problemas de la persona. En los modos occidentales de análisis subyace una muy fuerte tendencia racionalista, la suposición de que todo puede explicarse. Y también hay limitaciones basadas en determinadas premisas que se dan por indiscutibles. Recientemente, por ejemplo, me reuní con unos médicos de la facultad de Medicina de la Universidad. Hablaban sobre el cerebro y afirmaron que los pensa­mientos y los sentimientos eran el resultado de reacciones químicas y cambios que se operaban en él. Así pues, les planteé una pregunta: ¿es posible concebir una secuencia inversa, que el pensamiento genere cambios químicos en el cerebro? Lo más interesante para mí fue la respuesta que dio uno de los científicos: «Partimos de la premisa de que todos los pensamientos son producto o funciones de reacciones químicas en el cerebro». Así pues, se trata simplemente de una es­pecie de dogma, de la decisión de no enfrentarse a una arraigada manera de pensar.

Guardó un momento de silencio, antes de continuar.

-En la moderna sociedad occidental parece dominar un potente condicionamiento cultural basado en la ciencia. En algunos casos, sin embargo, las premisas y parámetros básicos de la ciencia occidental pueden limitar su capacidad para abordar ciertas realidades. Mas te­néis, por ejemplo, la idea limitadora de que todo se puede explorar dentro de la estructura de una sola vida, y la combináis con la noción de que todo puede y tiene que ser explicado. Pero cuando os encon­tráis con fenómenos que no podéis explicar, surge una especie de ten­sión que es casi un sentimiento de angustia.

A pesar de darme cuenta de que había algo de verdad en lo que decía, al principio me resultó difícil de aceptar.

-Bueno, en la psicología occidental, cuando nos encontramos con comportamientos humanos que superficialmente son difíciles de ex­plicar, utilizamos ciertos enfoques para comprender lo que está suce­diendo. Por ejemplo, la idea de que la parte inconsciente o subcons­ciente de la mente juega un papel destacado, Creemos que a veces el comportamiento puede ser el resultado de procesos psicológicos de los que no somos conscientes, como cuando se actúa de una determi­nada forma para evitar un temor subyacente, Sin que seamos cons­cientes de ello, ciertos comportamientos pueden estar motivados por el deseo de no permitir que aquellos temores lleguen hasta nuestra conciencia, para no vernos obligados a experimentar el desagrado que asociamos a ellos.

-En el budismo -dijo tras reflexionar un momento- existe la idea de las disposiciones y huellas dejadas por ciertos tipos de experiencia, algo similar a la idea del inconsciente en la psicología occiden­tal. En el pasado, por ejemplo, puede haber ocurrido algún aconteci­miento que ha dejado una huella muy fuerte en la mente. Una huella que quizá ha permanecido oculta y que afecta al comportamiento. Existe, pues, esta idea de que algo puede ser inconsciente... que nos afecta sin que seamos conscientes de ello. En cualquier caso, creo que el budismo puede aceptar muchas de las hipótesis planteadas por los teóricos occidentales, pero que además de eso añade otras. Por ejem­plo, el condicionamiento y las huellas dejados por vidas anteriores. En la psicología occidental, sin embargo, creo que existe una tendencia a subrayar en exceso el papel del inconsciente a la hora de buscar el ori­gen de los problemas. Creo que eso proviene de algunos de los su­puestos básicos de la psicología occidental, que no acepta, por ejem­plo, la idea de que las huellas que observamos en esta vida puedan proceder de una vida anterior, así como el supuesto de que todo tiene explicación dentro de esta vida. Así pues, cuando no puedes encon­trar la causa de ciertos comportamientos o problemas parece la ten­dencia localizada siempre en el inconsciente. Es como si hubieras perdido algo y decidieras que el objeto se encuentra en esta habita­ción. .una vez tomada esa decisión, ya has fijado tus parámetros y excluido la posibilidad de que el objeto se encuentre en otra habita­ción. Así que continúas buscando aquí sin cesar, pero no encuentras lo perdido, a pesar de lo cual sigues suponiendo que está en esta ha­bitación.

 

Al principio quise dar a este libro un carácter de obra de autoayu­da convencional en la que el Dalai Lama presentaría soluciones claras y sencillas a todos los problemas de la vida. Tuve la impresión de que, utilizando mis conocimientos psiquiátricos, podría codificar sus puntos de vista en una serie de instrucciones fáciles acerca de cómo diri­gir la vida cotidiana. Al final de nuestra serie de reuniones ya había abandonado esa idea. Descubrí que su enfoque implicaba un análisis mucho más amplio y complejo, de innumerables matices.

Poco a poco, sin embargo, empecé a escuchar la única nota que él hacía resonar constantemente. Es una nota de esperanza, que se basa en la convicción de que, aun cuando alcanzar la felicidad verdadera y perpetua no es nada fácil, es algo que a pesar de todo puede conse­guirse. Bajo todos los métodos del Dalai Lama hay un sustrato de convicciones básicas: la convicción de la dulzura y la bondad funda­mentales de todos los seres humanos, la convicción del valor de la compasión, la convicción de que existe una actitud de amabilidad y un sentido de comunidad entre todas las criaturas vivas.

A medida que se desplegaba su mensaje me quedaba cada vez más claro que sus convicciones no se basan en una fe ciega o en el dogma religioso, sino más bien en un sano razonamiento y en la experiencia directa. Su comprensión de la mente y del comportamiento humanos se fundamentan en toda una vida de estudio. Sus puntos de vista se hallan enraizados en una tradición de dos mil quinientos años, pero también en el sentido común y en una profunda comprensión de los problemas modernos. Su valoración de los temas contemporáneos es resultado de la singular posición que ocupa, que le ha permitido recorrer el mundo muchas veces, exponerse a muchas culturas y perso­nas diferentes, pertenecientes a todos los ámbitos de la vida, intercam­biar ideas con destacados científicos y dirigentes religiosos y políticos. Lo que surge en último término es un enfoque impregnado de sabidu­ría para afrontar los problemas humanos, un enfoque que es a la vez optimista y realista.

En este libro he intentado presentar al Dalai Lama a un público fundamentalmente occidental. He incluido amplios resúmenes de sus enseñanzas públicas y de nuestras conversaciones privadas. En con­sonancia con mi propósito de otorgar más espacio y relieve a nuestras vidas cotidianas, en ocasiones he preferido omitir partes de los análisis del Dalai Lama relacionados con aspectos más filosóficos del budismo tibetano. Al final de este volumen el lector interesado en una exploración más profunda del budismo tibetano encontrará una reseña bibliográfica de la obra del Dalai Lama.

 

Primera parte

 

El propósito de la vida

 

1 El derecho a la felicidad

 

«CREO QUE EL PROPÓSITO fundamental de nuestra vida es bus­car la felicidad. Tanto si se tienen creencias religiosas como si no, si se cree en talo cual religión, todos buscamos algo mejor en la vida. Así pues, creo que el movimiento primordial de nuestra vida nos encamina en pos de la felicidad.»

Con estas palabras, pronunciadas ante numeroso público en Ari­zona, el Dalai Lama abordó el núcleo de su mensaje. Pero la afirma­ción de que el propósito de la vida es la felicidad me planteó una cuestión. Más tarde, cuando nos hallábamos a solas, le pregunté:

-¿Es usted feliz?

-Sí -me contestó y, tras una pausa, añadió-: .Sí..., definitiva­mente. Había sinceridad en su voz, de eso no cabía duda, una sinceridad que se reflejaba en su expresión y en sus ojos. -Pero ¿es la felicidad un objetivo razonable para la mayoría de nosotros? -pregunté-. ¿Es realmente posible alcanzarla? -Sí. Estoy convencido de que se puede alcanzar la felicidad me­diante el entrenamiento de la mente. Desde un nivel humano básico, he considerado la felicidad como un objetivo alcanzable, pero como psiquiatra me he sentido obligado por observaciones como la de Freud: «Uno se siente inclinado a pensar que la pretensión de que el hombre sea "feliz" no está incluida en el plan de la “Creación”. Este tipo de formación había lleva­do a muchos psiquiatras a la tremenda conclusión de que lo máximo que cabía esperar era la transformación de la desdicha histérica en la infelicidad común ». Desde ese punto de vista la afirmación de que existía un camino claramente definido que conducía a la felicidad parecía bastante radical. Al contemplar retrospectivamente mis años de formación psiquiátrica, apenas recordaba haber escuchado mencionar la palabra «felicidad», ni siquiera como objetivo terapéutico. Naturalmente, se habla mucho de aliviar los síntomas de depresión o ansiedad del paciente, de resolver los conflictos internos o los pro­blemas de relación, pero nunca con el objetivo expreso de alcanzar la felicidad. .

El concepto de felicidad siempre ha parecido estar mal definido en Occidente, siempre ha sido elusivo e inasible. «Feliz», en inglés, deri­va de la palabra  Islandesa happ, que significa suerte o azar. Al parecer, este punto de vista sobre la naturaleza misteriosa de la felicidad está muy extendido., En los momentos de alegría que trae la vida, la felici­dad parece llovida del cielo. Para mi mente occidental, no se trataba de algo que se pueda desarrollar y mantener dedicándose simple­mente a «formar la mente».

Al plantear esta objeción, el Dalai Lama se apresuró a explicar: -Al decir «entrenamiento de la mente» en este contexto no me estoy refiriendo a la «mente» simplemente como una capacidad cog­nitiva o Intelecto. Utilizo el término más bien en el sentido de la pala­bra tibetana Sem, que tiene un significado mucho más amplio más cercano al de «psique» o «espíritu», y que Incluye intelecto y sentimiento, corazón y cerebro. Al imponer una cierta disciplina interna podemos experimentar una transformación de nuestra actitud de toda nuestra perspectiva y nuestro enfoque de la vida.

»Hablar de esta disciplina interna supone señalar muchos factores y quizá también tengamos que referirnos a muchos métodos. Pero, en términos generales, uno empieza por identificar aquellos factores que conducen a la felicidad y los que conducen al sufrimiento. Una vez hecho eso, es necesario eliminar gradualmente los factores que lle­van al sufrimiento mediante el cultivo de los que llevan a la felicidad. Ése es el camino.

 

El Dalai Lama afirma haber alcanzado un cierto grado de felicidad personal. Durante la semana que pasó en Arizona observé que la felicidad personal se manifiesta en él como una sencilla voluntad de abrirse a los demás, de crear un clima de afinidad y buena voluntad, incluso en los encuentros de breve duración.

Una mañana, después de pronunciar una conferencia, el Dalai Lama caminaba por un patio exterior, de regreso a su habitación del hotel, acompañado por su séquito habitual. Al ver a una de las cama­reras ante los ascensores, se detuvo y le preguntó:

-¿De dónde es usted?

Por un momento, la mujer pareció desconcertada ante ese extran­jero cubierto por una túnica marrón, y extrañada ante la deferencia que le demostraba su séquito.

-De México -contestó tímidamente con una sonrisa.

Él habló brevemente con ella y luego continuó su camino, dejan­do a la mujer con una expresión de entusiasmo y satisfacción en el rostro. A la mañana siguiente, a la misma hora, estaba en el mismo lugar, acompañada por otra camarera. Las dos saludaron cálidamen­te al Dalai Lama cuando entró en el ascensor. La interacción fue bre­ve, pero las dos mujeres parecieron sonrojarse de felicidad. En los días que siguieron, en el mismo lugar y a la misma hora, se veía allí a miembros del personal, hasta que, al final de la semana, había doce­nas de camareras, con sus almidonados uniformes grises y blancos, formando una fila que se extendía a lo largo del camino que condu­cía a los ascensores.

 Nuestros días están contados. En este momento, muchos miles de seres nacen en el mundo, algunos destinados a vivir sólo unos pocos días o semanas, para luego sucumbir a la enfermedad o cualquier otra desgracia. Otros están destinados a vivir hasta un siglo, incluso más, y a experimentar todo lo que la vida nos puede ofrecer: triunfo, desesperación, alegría, odio y amor. Pero tanto si vivimos un día como un siglo, sigue en vigor la pregunta cardinal: ¿cuál es el propósito de nuestra vida?

«El propósito de nuestra existencia es buscar la felicidad.» Esta afirmación parece dictada por el sentido común, y muchos pensado­res occidentales han estado de acuerdo con ella, desde Aristóteles hasta William James. Pero ¿acaso una vida basada en la búsqueda de la felicidad personal no es, por naturaleza, egoísta e incluso poco juiciosa? No necesariamente. De hecho, muchas investigaciones han de­mostrado que son las personas desdichadas las que tienden a estar más centradas en sí mismas; son a menudo retraídas, melancólicas e inclu­so propensas a la enemistad. Las personas felices, por el contrario, son generalmente más sociables, flexibles y creativas, más capaces de to­lerar las frustraciones cotidianas y, lo que es más importante, son más cariñosas y compasivas que las personas desdichadas.

Los investigadores han realizado algunos experimentos interesan­tes que demuestran que las personas felices poseen una voluntad de acercamiento y ayuda con respecto a los demás. Han podido, por ejem­plo, inducir un estado de ánimo alegre en un individuo organizando una situación por la que éste encontraba dinero en una cabina telefó­nica. Uno de los experimentadores, totalmente desconocido para el sujeto, pasaba aliado de él y simulaba un pequeño accidente dejando caer los periódicos que llevaba. Los investigadores deseaban saber si el sujeto se detendría para ayudar al extraño. En otra situación, se ele­vaba el estado de ánimo de los sujetos mediante la audición de una comedia musical y luego se les acercaba alguien para pedirles dinero. Los investigadores descubrieron que las personas que se sentían feli­ces eran más amables, en contraste con un «grupo de control» de individuos a los que se les presentaba la misma oportunidad de ayudar pero cuyo estado de ánimo no había sido estimulado.

Aunque esta clase de experimentos contradicen la noción de que la búsqueda y el alcance de la felicidad personal conducen al egoísmo y al ensimismamiento, todos podemos llevar a cabo un experimento de esta índole con resultados similares. Supongamos, por ejemplo, que nos encontramos en un atasco de tráfico. Después de veinte minutos de espera, los vehículos empiezan a moverse con lentitud. Vemos en­tonces a otro coche que nos hace señales para que le permitamos en­trar en nuestro carril y situarse delante de nosotros. Si nos sentimos de buen humor, lo más probable es que frenemos y le cedamos el paso. Pero si nos sentimos irritados, nuestra respuesta consiste en acelerar y ocupar rápidamente el hueco. « Yo llevo tanta prisa como los demás.» Empezamos, pues, con la premisa básica de que el propósito de nuestra vida consiste en buscar la felicidad. Es una visión de ella como un objetivo real, hacia cuya consecución podemos dar pasos positi­vos. Al empezar a identificar los factores que conducen a una vida más feliz, aprenderemos que la búsqueda de la felicidad produce be­neficios, no sólo para el individuo, sino también para la familia de éste y para el conjunto de la sociedad.

 

2 Las fuentes de la felicidad

 

HACE DOS AÑOS, una amiga mía tuvo un inesperado golpe de suerte. Dieciocho meses antes de tenerlo había dejado su traba­jo como enfermera para asociarse con dos amigos en una pequeña empresa de servicios sanitarios. El nuevo negocio tuvo un éxito ful­gurante y, al cabo de dieciocho meses, fue adquirido por una gran empresa, que les pagó una enorme suma. Tras unos inicios modes­tos, mi amiga entró en posesión de un patrimonio que le permitió retirarse a la edad de treinta y dos años. La vi no hace mucho y le pre­gunté cómo disfrutaba de su jubilación anticipada.

-Bueno -me contestó-, es magnífico poder viajar y hacer to­das las cosas que siempre he deseado. Sin embargo -añadió-, aun­que parezca extraño, después del entusiasmo por haber ganado tanto dinero, todo volvió más o menos a la normalidad. Claro que ahora tengo una casa nueva y muchas más cosas, pero en conjunto no creo que sea mucho más feliz que antes.

Aproximadamente por la misma época en que mi amiga obtenía sus inesperados beneficios, otro amigo mío de la misma edad descu­brió que era seropositivo. Hablamos acerca de cómo afrontaba su nueva situación.

-Naturalmente, al principio estaba desolado -me dijo-. Y tar­dé casi un año en aceptar el hecho de que tenía el virus del sida. Pero las cosas han cambiado este último año. Tengo la impresión de que cada día recibo mucho más que antes y me siento mas feliz que nunca. Parece como si hubiera aprendido a apreciar las cosas cotidianas y me siento agradecido por el hecho de que, hasta el momento, no haya desarrollado ningún síntoma grave y pueda disfrutar realmente de las cosas que tengo. Y aunque, desde luego, preferiría no ser seropositivo, tengo que admitir que eso ha transformado mi vida en algunos aspec­tos... y favorablemente.

-¿De qué forma? -le pregunté.

-Bueno, siempre he mostrado tendencia a ser un consumado materialista. Durante el pasado año, sin embargo, el hecho de haberme reconciliado con mi destino me dio acceso a un mundo completamen­te nuevo. Por primera vez en mi vida he empezado a explorar la espi­ritualidad a leer muchos libros sobre el tema y hablar con la gente..., a descubrir muchas cosas que antes ni siquiera imaginaba que existieran. Eso hace que me sienta muy animado simplemente al levan­tarme por la mañana, ansiando ver qué traerá el nuevo día.

Estas dos personas ilustran una cuestión esencial: que la felicidad está determinada más por el estado mental que por los acontecimien­tos externos. El éxito puede dar como resultado una sensación tempo­ral de regocijo, o la tragedia puede arrojamos a un período de depresión, pero nuestro estado de ánimo tiende a recuperar tarde o temprano un cierto tono normal. Los psicólogos llaman «adaptación» a este pro­ceso, y todos podemos observar cómo actúa en nuestra vida cotidia­na: un aumento de sueldo, un coche nuevo o el reconocimiento por parte de nuestros semejantes pueden levantar nuestro ánimo durante un tiempo, pero no tardamos en regresar a nuestro nivel habitual. Del mismo modo, la discusión con un amigo, el tener que dejar el coche en el taller o algún contratiempo nos deja abatidos, pero nos volve­mos a animar en cuestión de días.

Esta tendencia no se limita a ser una respuesta a hechos triviales, sino que se muestra en condiciones más extremas de triunfo o de desastre. Las investigaciones realizadas con los ganadores de la lotería estatal de Illinois o la lotería británica descubrieron que el entusiasmo inicial terminaba por desaparecer y los individuos regresaban a su ­estado de animo habitual. Otros estudios han demostrado que incluso quienes se han visto afectados por acontecimientos catastróficos, como el cáncer, la ceguera o la parálisis, suelen recuperar o aproxi­marse mucho a su nivel anímico normal después de un período de adaptación.

Así pues, si siempre regresamos a nuestro nivel habitual, con independencia de las  condiciones externas que nos afectan, ¿qué es lo que determina ese nivel habitual? Y, lo que es más importante '¿se puede modificar este y establecer un nivel superior? Recientemente, algunos Investigadores han argumentado que el nivel de bienestar de cada individuo está determinado genéticamente, al menos hasta cierto pun­to:  estudios como el que ha descubierto que los gemelos univitelinos o idénticos (que comparten la misma dotación genética) tienden a mostrar niveles anímicos muy similares, al margen de que fueran edu­cados juntos o separados, han inducido a los investigadores a postu­lar la existencia de una tendencia determinada biológicamente, pre­sente ya en el cerebro en el momento de nacer.

Pero aunque la dotación genética tuviera un papel en la felicidad cuya importancia aún no se ha establecido, la mayoría de los psicó­logos están de acuerdo en que, al margen de ella, podemos trabajar con el «factor mental» e intensificar las sensaciones que tenemos de felicidad. Ello se debe a que nuestra felicidad cotidiana está determi­nada en buena medida por nuestra perspectiva. De hecho, que nos sintamos felices o desdichados en un momento determinado frecuentemente tiene que ver sobre todo con la forma de percibir nues­tra situación, con lo satisfechos que nos sintamos con lo que tene­mos actualmente.

 

LA MENTE QUE COMPARA.

 

¿Qué define nuestra percepción y nivel de satisfacción? Esas sen­saciones están fuertemente influidas por nuestra tendencia a compa­rar. Al comparar nuestra situación actual con nuestro pasado y des­cubrir que estamos mejor, nos sentimos felices. Eso sucede cuando nuestros ingresos saltan, por ejemplo, de 20.000 a 30.000 dólares anuales; pero no es la cantidad absoluta lo que nos hace felices, como descubrimos en cuanto nos acostumbramos a los nuevos ingresos y ci­framos nuestra felicidad en la consecución de 40.000 dólares anuales. Miramos también a nuestro alrededor y nos comparamos con los de­más. Por mucho que ganemos, tendemos a sentimos insatisfechos si el vecino está ganando más. Los atletas profesionales se quejan de ga­nar sólo uno, dos o tres millones de dólares cuando se citan los ingre­sos superiores de un compañero de equipo. Esta tendencia parece apoyar la definición de H. L. Mencken de un hombre rico: alguien que gana cien dólares más que el marido de su cuñada.

Vemos, pues, que nuestros sentimientos de satisfacción dependen a menudo de tales comparaciones. Naturalmente, también las estable­cemos respecto a otras cosas. La comparación constante con quienes son más listos, más atractivos y obtienen más triunfos que nosotros tiende a alimentar la envidia, la frustración y la infelicidad. Pero también podemos utilizar esta actitud de una forma positiva; es posible in­tensificar nuestra sensación de satisfacción vital paragonándonos con aquellos que son menos afortunados y apreciando lo que poseemos. Los investigadores han llevado a cabo una serie de experimentos que demuestran que el nivel de satisfacción vital se eleva al cambiar simplemente la perspectiva y considerar situaciones peores. Durante un estudio se mostró a mujeres de la Universidad de Wisconsin, en Milwaukee, imágenes de las condiciones de vida extremadamente du­ras reinantes en dicha ciudad a principios de siglo, o se les pidió que imaginaran y escribieran sobre hipotéticas tragedias personales, como resultar quemadas o desfiguradas. Después de esto, se pidió a las mujeres que calificaran la calidad de sus vidas. El ejercicio tuvo como re­sultado un incremento de satisfacción en su juicio. En otro experi­mento, llevado a cabo en la Universidad Estatal de Nueva York en Buffalo, se pidió a los sujetos que completaran la frase «Me siento contento de no ser un...». Tras haber repetido cinco veces este ejercicio, los sujetos experimentaron un claro aumento de su sensación de satisfacción vital. Los investigadores pidieron a otro grupo que com­pletara la frase «Desearía ser...». Esta vez, el experimento dejó a los sujetos más insatisfechos con sus vidas.

Estos experimentos, que muestran que podemos aumentar o dis­minuir nuestra sensación de satisfacción cambiando nuestra perspectiva, indican con claridad el papel de la actitud mental.

El Dalai Lama explica:

.-Aunque es posible alcanzar la felicidad, ésta no es algo simple. Existen muchos niveles. En el budismo, por ejemplo, se hace referen­cia a los cuatro factores de la realización o felicidad: riqueza, satis­facción mundana, espiritualidad e iluminación. Juntos, abarcan la totalidad de las expectativas de felicidad de un individuo. »Dejemos de lado por un momento las más altas aspiraciones reli­giosas o espirituales, como la perfección y la iluminación, y abordemos la alegría y la felicidad tal como las entendemos desde una perspectiva mundana. Dentro de este contexto, hay ciertos elementos clave que contribuyen a la alegría y la felicidad. La buena salud, por ejemplo, se considera un elemento necesario de una vida feliz. Otra fuente de fe­licidad son nuestras posesiones materiales o el grado de riqueza que acumulamos. Y también tener amistades o compañeros. Todos recono­cemos que, para disfrutar de una vida plena, necesitamos de un círculo de amigos con los que podamos relacionamos emocionalmente y en los que podamos confiar.

»Todos estos factores son, de hecho, fuentes de felicidad. Pero para que un individuo pueda utilizarlos plenamente con el propósito de dis­frutar de una vida feliz y realizada, la clave se encuentra en el estado de ánimo. Es lo esencial.

»Si utilizamos de forma positiva nuestras circunstancias favora­bles, como la riqueza o la buena salud, éstas. pueden transformarse en factores que contribuyan a alcanzar .una vida mas feliz. Y, natural­mente, disfrutamos de nuestras posesiones materiales, éxito, etcétera. Pero sin la actitud mental correcta, sin atención a ese factor, esas co­sas tienen muy poco impacto sobre nuestros sentimientos a largo pla­zo. Si, por ejemplo, se abrigan sentimientos de odio o de intensa cóle­ra se quebranta la salud, destruyendo así una de las circunstancias favorables. Cuando uno se siente infeliz o frustrado, el bienestar físi­co no sirve de mucha ayuda. Por otro lado, si se logra mantener un es­tado mental sereno y pacífico, se puede ser una persona feliz aunque se tenga una salud deficiente. Aun teniendo posesiones maravillosas, en un momento intenso de cólera o de odio nos gustaría tirado todo por la borda, romperl todo. En ese momento, las posesiones no sig­nifican nada. En la actualidad hay sociedades materialmente muy de­sarrolladas en las que mucha gente no se siente feliz. Por debajo de la brillante superficie de opulencia hay una especie de inquietud que conduce a la frustración, a peleas innecesarias, a la dependencia de las drogas o del alcohol y, en el peor de los casos, al suicidio. No existe, pues, garantía alguna de que la riqueza pueda proporcionar, por sí sola, la alegría o la satisfacción que se buscan. Lo mismo cabe decir de los amigos. Desde el punto de vista de la cólera o el odio, hasta el ami­go más íntimo parece glacial y distante.

»Todo esto muestra la tremenda influencia que tiene el estado men­tal sobre nuestra experiencia cotidiana. Por tanto, debemos tomamos ese factor muy seriamente.

»Así pues, dejando aparte la perspectiva de la práctica espiritual, incluso en los términos mundanos del disfrute de la existencia, cuan­to mayor sea el nivel de calma de nuestra mente, tanto mayor será nuestra capacidad para disfrutar de una vida feliz.

El Dalai Lama hizo una pausa para dejar que esa idea se asentara en mi mente, antes de añadir: -Debería señalar que cuando hablamos de un estado mental se­reno, de paz mental: no debiéramos confundido con un estado mental insensible y apático. Tener un estado mental sereno o pacífico no significa. permanecer distanciado o vacío. La paz mental o el estado de serenidad de la mente tiene sus raíces en el afecto y la compasión supone un elevado nivel de sensibilidad y sentimiento.

Luego, a modo de síntesis, concluyó:

-Cuando se carece de la disciplina interna que produce la sereni­dad mental no importan las posesiones o condiciones externas, ya que estas nunca proporcionarán a la persona la sensación de alegría y felicidad que busca. Por otro lado, si se posee esta cualidad interna la serenidad mental y estabilidad interior, es posible tener una vida gozosa, aunque falten las posesiones materiales que uno consideraría normalmente necesarias para alcanzar la felicidad.

 

Satisfacción interior­

 

Una. tarde, al cruzar el aparcamiento del hotel para reunirme con el Dalai Lama, me detuve para admirar un Toyota Land Cruiser to­talmente nuevo, el tipo de coche que deseaba tener desde hacía mu­cho tiempo. Al empezar la sesión poco más tarde, sin dejar de pensar en el coche, le pregunté al Dalai Lama:

. -A veces parece como si toda nuestra cultura, la cultura occiden­tal, se basara en la compra; nos hallamos rodeados, bombardeados por anuncios referidos a los objetos que deberíamos comprar, el últi­mo modelo de coche, etcétera. Resulta difícil no dejarse influir por eso. Hay muchas cosas que deseamos. Eso no parece detenerse nun­ca. ¿Puede hablarme un poco sobre el deseo?

-Creo que hay dos clases de deseo -contestó el Dalai Lama ­Ciertos deseos son positivos. El deseo de felicidad, por ejemplo, es algo absolutamente correcto. El deseo de paz, de vivir en un mundo más armonioso, más acogedor. Ciertos deseos son muy útiles.

»Pero se llega a un punto en que los deseos pueden ser insensatos. Eso suele producir problemas. Ahora, por ejemplo, voy a veces al su­permercado. Realmente, me encanta ir al supermercado, porque hay muchas cosas hermosas. Así que cuando miro todos esos artículos se despierta en mí el deseo y me digo: ".Quiero esto, quiero aquello". Y es entonces cuando surge un segundo impulso y me pregunto: “Pero ¿lo necesito realmente?". Habitualmente, la respuesta es negativa. Si uno se deja llevar por el primer deseo, por ese impulso inicial, los bolsi­llos no tardan en quedar vacíos. No obstante, el otro ,nivel de deseo, basado en las necesidades esenciales de alimento, vestido y cobijo, es razonable.

»A veces, que un deseo sea excesivo, negativo, depende de las cir­cunstancias o de la sociedad en la que se vive. Por ejemplo, si vives en una sociedad próspera, donde necesitas un coche para desenvolverte en tu vida cotidiana, es evidente que no hay nada erróneo en desear­lo. Pero si vivieras en un pueblo pobre de la India, donde te las puedes arreglar bastante bien sin coche, deserlo podría ocasionarte proble­mas, aunque tuvieras dinero para comprarlo. Puede crear un sentimiento de incomodidad entre tus vecinos, etcétera. Si vives en una so­ciedad más próspera y tienes un coche pero sigues deseando otros más caros, llegarás a tener la misma clase de problemas.

-Pero -argumenté- no comprendo por qué desear o comprar un coche más caro puede producirle problemas al individuo, siempre y cuando se lo pueda permitir. Tener un coche más caro que los veci­nos puede ser un problema para ellos si se sienten celosos, pero , al po­seedor le proporcionará una sensación de satisfacción y gozo.

El Dalai Lama negó con un gesto de la cabeza y replicó con fir­meza:

-No... La satisfacción, por sí sola, no puede determinar si un de­seo o acción es positivo o negativo. Un asesino puede experimentar una sensación de satisfacción en el momento de cometer el asesinato, pero eso no justifica su acto. Todas las acciones no virtuosas, como mentir, robar, cometer adulterio, etcétera, son realizadas por personas que en ese momento pueden experimentar satisfacción. La frontera entre lo negativo y lo positivo de un deseo o acción no viene determi­nada por la satisfacción inmediata, sino por los resultados finales, por las consecuencias positivas o negativas. En el caso de desear posesio­nes más caras, por ejemplo, si eso se basa en una actitud mental que sólo desea más y más, llegarás finalmente al límite de lo que puedes tener, te encontrarás con la realidad. Y una vez que llegues a ese lími­te te hundirás en la depresión. Ese es uno de los peligros inherentes a semejantes deseos.

»Así pues, creo que estos deseos excesivos conducen a la avaricia, basada en expectativas desmesuradas. Y al reflexionar sobre los ex­cesos de la avaricia, descubrirás que conduce al individuo a la frus­tración y la desilusión, que le acarrea confusión y numerosos proble­mas. Cuando se habla de la avaricia, una cosa bastante característica de ella es que, aunque se llega por el deseo de obtener algo, no quedas satisfecho al obtenerlo. En consecuencia, se transforma en algo ilimi­tado y sin fondo, por lo que proliferan las dificultades. Lo irónico de la avaricia es que aun cuando la motivación fundamental es la bús­queda de la satisfacción, no te sientes satisfecho ni siquiera después de conseguir el objeto de tu deseo. El verdadero antídoto de la avaricia es el contento. Si vives contento, la consecución de bienes pierde im­portancia.

 

¿Cómo podemos alcanzar, por tanto, satisfacción interior? Hay dos métodos. Uno de ellos consiste en obtener todo aquello que desea­mos y queremos, el dinero, las casas, los coches, la pareja y el cuerpo perfectos. El Dalai Lama ya había señalado la desventaja de este enfo­que; si no controlamos nuestros deseos, tarde o temprano nos encontraremos con algo que deseamos pero no podemos tener. El segundo mé­todo, mucho más fiable, consiste en querer y apreciar lo que tenemos. La otra noche veía en la televisión una entrevista con Christopher Reeve, el actor que en 1994 sufrió una caída de caballo que le produ­jo una lesión en la espina dorsal y lo dejó paralítico de la cintura para abajo, lo que le exige incluso utilizar un método mecánico para respi­rar. Al preguntársele cómo afrontó la depresión provocada por su dis­capacidad, Reeve reveló que había pasado por un breve período de completa desesperación, mientras se hallaba en la unidad de cuidados intensivos del hospital. Sin embargo, esa desesperación se disipó con relativa rapidez, y ahora se considera sinceramente «un tipo afortu­nado». Habló de la fortuna que suponía para él tener una esposa y unos hijos cariñosos, y también agradeció los rápidos progresos de la medicina moderna (que, en su opinión, encontrará una cura para las lesiones de la espina dorsal dentro de la próxima década); afirmó que si hubiese sufrido el accidente unos pocos años antes, probablemente habría muerto como consecuencia de sus heridas. Mientras describía el proceso de adaptación a la parálisis, Reeve dijo que a pesar de que su desesperación desapareció con bastante rapidez, al principio se sin­tió preocupado por accesos intermitentes de celos ante comentarios tan inocentes como «Subo corriendo a la habitación a recoger algo». Al aprender a afrontar estos sentimientos «me di cuenta de que la úni­ca actitud válida en la vida es apoyarte en tus recursos, ver qué es lo que puedes hacer aún; en mi caso, afortunadamente, no había sufri­do ningún daño cerebral, de modo que aún podía utilizar mi mente». Al dar valor a sus aptitudes, Reeve ha decidido utilizar su mente para educar al público acerca de los daños de la médula espinal y ayudar a los demás; además proyecta escribir y dirigir películas.

 

Valor interior ­

 

Ya hemos visto que trabajar en nuestra perspectiva mental es un medio más efectivo para alcanzar la felicidad que buscarla en fuentes externas, como la riqueza, la posición y hasta la salud. Otra fuente interna de felicidad, estrechamente relacionada con un sentimiento de satisfacción, es la conciencia del propio valor. Al describir la base más fiable para desarrollar esa conciencia, el Dalai Lama explicó:

-En mi caso, por ejemplo, Supongamos que no tuviera capacidad para hacer buenos amigos con facilidad. Sin ella me habría sido muy difícil convertirme en un refugiado una vez que perdí mi país cuando terminó mi autoridad en el Tíbet. Mientras estaba allí, en virtud del sistema político, la figura del Dalai Lama inspiraba cierto respeto y la gente se relacionaba conmigo en consonancia con ello, al margen de que sintieran verdadero afecto por mí o no. Pero si ésa hubiera sido la única base de mi relación con la gente, las cosas me habrían resultado extremadamente difíciles cuando abandoné mi país. Pero existe otra fuente de valor y dignidad a partir de la cual puede uno relacionarse con otros seres humanos. Puedes relacionarte con ellos porque perte­neces a la comunidad humana. Compartes ese vínculo con todos. Y ese vínculo es suficiente para crear una conciencia de valor y dignidad y puede convertirse en un consuelo en el caso de que pierdas todo lo demás.

El Dalai Lama se detuvo un momento para tomar un sorbo de té, y luego sacudió la cabeza antes de añadir:

-Desgraciadamente, al examinar la historia encontramos casos de emperadores o reyes del pasado que perdieron su posición debido a un cataclismo político y se vieron obligados a abandonar el país. Posteriormente, la vida no fue muy benigna con ellos. Creo que la vida resulta muy dura sin ese sentimiento de afecto y conexión con los de­más seres humanos.

»En términos generales encontramos dos clases de individuos po­derosos. Por un lado está la persona enriquecida y de éxito, rodeada de parientes, etcétera. Si la fuente en la que esa persona alimenta su dignidad y autoestima es únicamente material, quizá pueda mantener una sensación de seguridad mientras dure su buena fortuna. Pero cuando se desvanezca ésta, la persona sufrirá, porque no hay para ella nin­gún otro refugio. Por otro lado, tenemos a la persona que disfruta de un bienestar material similar pero es cálida y afectuosa y abriga senti­mientos compasivos. Al tener otra fuente para su dignidad, otro an­claje, es probable que no se sienta deprimida si de pronto desaparece su fortuna. Estos ejemplos nos muestran el valor práctico del calor y el afecto humanos.

 

Felicidad frente a placer

 

Varios meses después del ciclo de conferencias del Dalai Lama en Arizona, lo visité en su hogar de Dharamsala. Era una tarde de julio particularmente calurosa y húmeda y llegué a su casa empapado en sudor, después de un corto desplazamiento desde el pueblo. Al pro­ceder yo de un clima seco, la humedad de ese día me resultó casi in­soportable y mi estado de ánimo no era el más adecuado para sentar­me e iniciar nuestra conversación. Él, por su parte, parecía sentirse muy animado. Poco después de iniciada la conversación, abordó el tema del placer. En un momento determinado, hizo una observación crucial:

-Hay veces en que la gente confunde felicidad con placer. Hace no mucho tiempo, por ejemplo, pronuncié una conferencia ante un público indio en Rajpur. Dije que el propósito de la vida era la felici­dad; un miembro del público señaló que Rajneesch enseña que nues­tro momento más feliz se produce durante la actividad sexual, de modo que uno debe ser más feliz a través del sexo. -El Dalai Lama se echó a reír cordialmente-. Quería saber qué pensaba yo de esa idea. Le con­testé que, desde mi punto de vista, la felicidad más alta se produce al llegar a la fase de liberación, en la que ya no existe más sufrimiento. Eso sí que es felicidad duradera. La auténtica felicidad se relaciona más con la mente que con el corazón. La felicidad que depende prin­cipalmente del placer físico es inestable; un día existe y al día siguien­te puede haber desaparecido.

 

Parecía una observación un tanto perogrullesca; claro que la feli­cidad y el placer eran dos cosas diferentes. Sin embargo, los seres humanos tenemos tendencia a confundirlas. Poco después de mi regre­so a casa, durante una sesión de terapia con una paciente, me encon­tré con una demostración concreta de lo eficaz que puede llegar a ser esa sencilla toma de conciencia.

Heather es una joven soltera que trabaja como asesora personal en la zona de Phoenix. Aunque disfrutaba de su trabajo con jóvenes problemáticos, ya hacía algún tiempo que se sentía insatisfecha de vivir, en la zona. Se quejaba a menudo del crecimiento demográfico, el trafico y el calor opresivo del verano. Se le había ofrecido un pues­to de trabajo en una hermosa y pequeña ciudad en las montañas. Ha­bía visitado la ciudad en numerosas ocasiones y siempre había soña­do en instalarse allí. La oferta habría sido irresistible de no mediar un inconveniente: su clientela sería gente adulta. Llevaba ya varias semanas tratando de decidirse. Intentó hacer una lista de las ventajas e inconvenientes, pero el resultado fue fastidiosamente equilibrado. -Sé que no disfrutaría del trabajo tanto como aquí -me dijo-, pero eso podría quedar más que compensado por el placer de vivir en ese pueblo. Me encanta estar allí, el simple hecho de estar hace que me sienta bien. Por otro lado, estoy muy harta de este calor. Simple­mente, no sé qué hacer.

La palabra «placer» me recordó las palabras del Dalai Lama y, a modo de tanteo, le pregunté: -¿Cree usted que vivir en ese lugar le proporcionaría mayor felicidad o mayor placer?

Ella permaneció un momento en silencio.

-No lo sé -contestó finalmente-. Mire, creo que me produciría más placer que felicidad... En realidad, no creo que me sintiera real­mente feliz trabajando con esa clientela. Tengo mucha satisfacción al trabajar con adolescentes.

El simple hecho de volver a plantear su dilema en términos de feli­cidad o placer pareció proporcionarle mucha claridad. De repente, le resultó mucho más fácil tomar una decisión. Se quedó en Phoenix. Naturalmente, sigue quejándose del calor del verano. Pero el hecho de haber tomado una decisión sobre la base de consideraciones más precisas contribuyó a hacerla más feliz y a que el calor le resultara más soportable.

 

Todos los días nos enfrentamos con numerosas alternativas y, por mucho que lo intentemos, a menudo no elegimos lo que es «bueno para nosotros». Ello está relacionado en parte con el hecho de que la «elección correcta» a menudo supone sacrificar nuestro placer.

Los hombres siempre se han esforzado por tratar de definir el pa­pel del placer en nuestras vidas, y toda una legión de filósofos, teólo­gos y psicólogos han explorado nuestra relación con él. En el siglo III a. de c., Epicuro basó su sistema ético en la osada afirmación de que «el placer es el principio y el fin de la vida bienaventurada». Pero in­cluso él reconoció la importancia del sentido común y la moderación al admitir que la entrega desaforada a los placeres sensuales podía conducir a veces al dolor. En los últimos años del siglo XIX, Sigmund Freud formuló sus teorías sobre el placer. Según Freud, la fuerza mo­tivadora fundamental de todo el aparato psíquico era el deseo de ali­viar la tensión causada por los impulsos instintivos insatisfechos; en otras palabras, nuestra motivación fundamental es la búsqueda de pla­cer. En el siglo XX, muchos investigadores han preferido soslayar las especulaciones filosóficas y se han dedicado a hurgar en las regiones cerebrales límbica y del hipotálamo, mediante el uso de electrodos, a la búsqueda del lugar donde se produce placer cuando hay estimula­ción eléctrica.

En realidad, ninguno de nosotros necesita de filósofos, psicoana­listas o científicos para que nos ayuden a comprender qué es el placer. Lo sabemos cuando lo sentimos. Lo reconocemos en el contacto o la sonrisa de un ser querido, en el lujo de un baño caliente una tarde llu­viosa y fría, en la belleza de una puesta de sol. Pero muchos de noso­tros también experimentamos placer en la frenética rapsodia de la co­caína, en el éxtasis de un «viaje» de heroína, en la diversión tumultuosa de una juerga llena de alcohol, en el arrobamiento de los excesos se­xuales, en el entusiasmo de un acierto en el juego. Ésos también son placeres muy reales, con los que muchos de nosotros aprendemos a convivir.

Aunque no hay formas fáciles de evitar estos placeres destructi­vos, disponemos afortunadamente de una certeza como punto de par­tida: el simple hecho de recordar que lo que buscamos en la vida es la felicidad. Tal como señala el Dalai Lama, ése es un hecho incontesta­ble. Si afrontamos la vida teniéndolo en cuenta, nos será más fácil re­nunciar a las cosas que, en último término, son nocivas, aunque nos proporcionen un placer momentáneo. La razón por la que suele ser tan difícil decir «no» se encuentra en la misma palabra «no», asociada a ideas de rechazo, de renuncia, de negación de nosotros mismos.

Pero existe un enfoque que puede ayudamos: enmarcar cualquier decisión que afrontemos preguntándonos: «¿Me producirá felicidad?». Esa simple pregunta puede ser una poderosa ayuda en todas las cir­cunstancias: no sólo en la decisión sobre consumir drogas o tomar esa tercera ración de pastel de plátanos con crema; contribuye a enfocar­lo todo desde un ángulo distinto. Al afrontar nuestras decisiones co­tidianas teniendo esto en cuenta, desplazamos el centro de atención, de aquello a lo que renunciamos a la búsqueda de la felicidad defini­tiva. Una clase de felicidad que, como definió el Dalai Lama, sea esta­ble y persistente. Un estado de felicidad que permanezca, a pesar de los altibajos de la vida y de las fluctuaciones de nuestro estado de áni­mo, como parte de la matriz misma de nuestro ser. Desde esa pers­pectiva nos resultará más fácil tomar la «decisión correcta» porque estaremos actuando para dotarnos de algo permanente, con una acti­tud que supone moverse hacia algo, en lugar de alejarse, que significa abrazar la vida en lugar de rechazada. Este movimiento hacia la feli­cidad puede tener un efecto muy profundo: puede hacemos más re­ceptivos, más abiertos a la alegría de vivir.

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3 Entrenar la mente para la felicidad 

 

El camino hacia la felicidad

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El hecho de señalar el estado mental como el factor fundamental para alcanzar la felicidad no significa negar que debemos satisfacer nuestras necesidades físicas básicas de alimentación, vestidlo y cobijo. Pero, una vez satisfechas esas necesidades, el mensaje es claro: no ne­cesitamos más dinero, ni más éxito o fama, no necesitamos tener un cuerpo perfecto ni una pareja perfecta... en este momento tenemos ya una mente con todo lo imprescindible para alcanzar la completa felicidad.

Al presentar este enfoque para trabajar con la mente, el Dalai Lama dijo:  -Al referirnos a la «mente» o «conciencia», no debemos olvidar que hay muchas variedades de ella. Tal como sucede con las condi­ciones externas o los objetos, unos son muy útiles, otros nocivos y al­gunos neutros; al tratar con la materia exterior solemos identificar primero las sustancias útiles, para cultivarlas y beneficiarnos, y nos libramos de las nocivas. De modo similar, hay miles de «mentalidades» diferentes. Entre ellas, algunas son muy útiles y deberíamos fomen­tarlas. Otras son negativas, muy nocivas, y deberíamos intentar dese­charlas.

»Así pues, el primer paso en la búsqueda de la felicidad es apren­der. Primero tenemos que aprender cómo las emociones y los com­portamientos negativos son nocivos y cómo son útiles las emociones positivas. Tenemos que darnos cuenta de que dichas emociones no sólo son malas para cada uno de nosotros, personalmente, sino tam­bién para la sociedad y el futuro del mundo. Saberlo fortalece nuestra determinación de afrontarlas y superarlas. Por otra parte, debemos ser conscientes de los efectos beneficiosos de las emociones y compor­tamientos positivos; ello nos llevará a cultivar, desarrollar y aumen­tar esas emociones, por difícil que sea: tenemos una fuerza interior espontánea. A través de este proceso de aprendizaje, del análisis de pensamientos y emociones, desarrollamos gradualmente la firme de­terminación de cambiar, con la certidumbre de que tenemos en nues­tras manos el secreto de nuestra felicidad, de nuestro futuro, y de que no debemos desperdiciarlo.

»En el budismo se acepta el principio de causalidad como una ley natural. Al tratar con la realidad, hay que tener en cuenta esa ley. Así, por ejemplo, en el campo de las experiencias cotidianas, si se produ­cen ciertos acontecimientos indeseables, el mejor método para ase­gurarse de que no vuelvan a ocurrir es procurar que no se repitan las condiciones que los producen. De modo similar, si quieres tener una experiencia determinada, lo más lógico es buscar y acumular aque­llas causas y condiciones que la favorecen.

»Sucede lo mismo con los estados y las experiencias mentales. Si se desea la felicidad, se deberían buscar las causas que en otras oca­siones la han producido, y si no se desea el sufrimiento, debería pro­curarse que no vuelvan a presentarse las causas y condiciones que dieron  lugar al mismo. Es muy importante aprender a apreciar este principio.

»Hemos hablado de la importancia suprema del factor mental para alcanzar la felicidad. Nuestra siguiente tarea, por tanto, consiste en examinar la variedad de estados mentales que experimentamos. Ne­cesitamos identificarlos con claridad y clasificarlos en función de que nos conduzcan o no a la felicidad.

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-¿Podría indicarme algunos ejemplos específicos de diferentes estados mentales y cómo los clasificaría? -le pregunté. -Por ejemplo, el odio, los celos, la cólera, son nocivos -explicó el Dalai Lama-. Los consideramos estados negativos de la mente porque destruyen nuestro bienestar mental; cuando se abrigan senti­mientos de odio o de animadversión hacia alguien, cuando la persona se siente llena de odio o de emociones negativas, todo nos parece hos­til. La consecuencia es que hay más temor, una mayor inhibición e indecisión una sensación de inseguridad. Estas cosas, al igual que la so­ledad se desarrollan en un mundo que se considera hostil. Todos estos sentimientos negativos se desarrollan debido al odio. Por otro lado los estados mentales como la afabilidad y la compasión son de­finitivamente muy positivos. Son muy útiles...

-Siento curiosidad -le interrumpí-. Dice que hay miles de es­tados mentales diferentes. ¿Cuál sería su definición de una persona psicológicamente saludable o bien adaptada? Podríamos utilizar esa definición como guía para determinar qué estados mentales cultivar.

Se echó a reír y luego respondió con su característica humildad:

-Es muy probable que, como psiquiatra, tenga usted una definición mejor de la persona psicológicamente saludable.

-Pero me interesa su punto de vista.

-Bueno, yo considero saludable a una persona compasiva, cálida y de corazón bondadoso. «Si tienes sentimientos de compasión y deseas ser amable, hay algo que abre automáticamente tu puerta interior y puedes comunicarte mucho más fácilmente con otras personas. Ese sentimiento de cordialidad ayuda a abrirse a los demás. Se descubre entonces que todos los seres humanos son como uno mismo, de modo que puedes relacionarte más fácilmente con ellos.» Eso genera un es­píritu de amistad. Entonces hay menos necesidad de ocultar las cosas y, como resultado, desaparecen los sentimientos de temor, las dudas sobre uno mismo y la inseguridad. Eso inspira también confianza en torno a ti. Podría pasar, por ejemplo, que encontraras a alguien muy competente, y supieras que puedes confiar en sus aptitudes, pero si esa persona no es amable, surgen en ti algunas reservas. Piensas:

«Bueno se que es capaz, pero ¿puedo confiar realmente en él?». El recelo siempre te distanciará.

»En cualquier caso, creo que cultivar los estados mentales positivos, como la amabilidad y la compasión, conduce decididamente a una mejor salud psicológica y a la felicidad.

 

Disciplina mental

 

Mientras él hablaba, encontré algo muy atractivo en su enfoque para alcanzar la felicidad. Era absolutamente práctico y racional: ha­bía que identificar y cultivar los estados mentales positivos, así como identificar y eliminar los estados mentales negativos. Aunque inicial­mente me pareció un tanto seca esta sugerencia de analizar sistemáti­camente la variedad de estados mentales que experimentamos des­pués, me dejé arrastrar por la fuerza lógica de su razonamiento. Me gustó el hecho de que, en lugar de clasificar estados mentales, emociones o deseos con arreglo a juicios morales externos como «La avaricia. es un pecado», o «El odio es maligno», clasificara las emociones simplemente sobre la base de si conducen o no a la felicidad última.

 

La tarde siguiente, al reanudar nuestra conversación, le pregunté: -SI la felicidad depende simplemente del cultivo de estados men­tales positivos, como por ejemplo la afabilidad, ¿por qué hay tanta gente desdichada?

 -Alcanzar la verdadera felicidad exige producir una transformación en las perspectivas, en la forma de pensar, y eso no es tan senci­llo -contestó-. Para ello es preciso aplicar muchos factores dife­rentes desde distintas direcciones. No se debería tener-, por ejemplo, la idea de que sólo existe una clave, un secreto que, si se llega a des­velar, hará que todo marche bien. Es como cuidar adecuadamente del propio cuerpo; se necesitan diversas vitaminas y nutrientes, no sólo uno o dos. Del mismo modo, para alcanzar la felicidad hay que utilizar una variedad de enfoques y métodos, superar los variados y complejos estados negativos. Si tratas de superar ciertas formas nega­tivas de pensar, no podrás conseguirlo practicando una técnica una o dos veces. El cambio requiere tiempo. Hasta el cambio físico lo exi­ge. Si te trasladas de un clima a otro, por ejemplo, el cuerpo necesita tiempo para adaptarse. Hay muchos rasgos mentales negativos, de modo que afrontarlos y contraatacar no es fácil. Requiere la reitera­da aplicación de diversas técnicas y tomarse el tiempo necesario para familiarizarse con ellas. Se trata de un proceso de aprendizaje.

»A medida que pasa el tiempo, se van acumulando los cambios positivos. Cada día, al levantarte, puedes desarrollar una sincera mo­tivación positiva al pensar: "Utilizaré este día de una forma más po­sitiva. No desperdiciaré este día". Luego, por la noche, antes de acos­tarte, analiza lo que has hecho y pregúntate: "¿Utilicé este día como lo tenía previsto?". Si todo se desarrolló tal como lo habías pensado, deberías alegrarte por ello. Si alguna cosa salió mal, lamenta lo que hiciste y examínalo críticamente. Gracias a métodos como éste, pue­des ir fortaleciendo los aspectos positivos de la mente.

»En mi caso, por ejemplo, como monje creo en el budismo y, a tra­vés de mi experiencia, sé que su práctica es muy útil para mí. No obs­tante, pueden surgir ciertos sentimientos, como cólera o apego, debi­do a la costumbre o a muchas vidas anteriores. Hago entonces lo siguiente: primero aprender el valor positivo de las prácticas, luego in­crementar mi determinación y finalmente tratar de ponerlas en prácti­ca. Al principio, la utilización de las prácticas positivas es muy débil, porque las influencias negativas siguen siendo muy poderosas. Final­mente, sin embargo, a medida que intensificas las prácticas positivas, disminuyen los comportamientos negativos. Así que, en realidad, la práctica del Dharma (*) es una batalla constante dentro de nosotros, en lo que se trata de sustituir el condicionamiento o la costumbre negativa por un condicionamiento positivo.

Tras una pausa, continuó:

-No hay actividad que no se torne más fácil gracias al entrena­miento constante. Podemos cambiar, transformarnos a través del en­trenamiento. En la práctica budista existen varios métodos para man­tener una mente serena cuando sucede algo perturbador. La práctica repetida de ellos nos permite llegar a un punto en el que los efectos ne­gativos de una perturbación no pasen más allá del nivel superficial de nuestra mente, como las olas que agitan la superficie del océano pero que no tienen gran efecto en sus profundidades. y aunque mi expe­riencia sea escasa, he descubierto que eso es cierto. Por tanto, si reci­bo una noticia trágica, es posible que experimente alguna perturba­ción en la mente, pero ésta desaparece muy rápidamente. O quizá me sienta irritado y manifieste enfado, pero siempre se disipa con rapidez. Eso es lo que se logra mediante la práctica gradual. No olvidemos que no es algo que se consiga de la noche a la mañana.

Desde luego que no. El Dalai Lama lleva ejercitando su mente des­de que tenía cuatro años.

 

La estructura y la función del cerebro permiten el entrenamiento sistemático de la mente, el cultivo de la felicidad, la genuina transfor­mación interna mediante la atención hacia los estados mentales posi­tivos y el rechazo de los negativos. Hemos nacido con un cerebro que está genéricamente dotado de ciertas pautas de comportamiento instintivo; estamos predispuestos mental, emocional y físicamente a respon­der adecuadamente para sobrevivir. Este conjunto básico de instruc­ciones está codificado en innumerables pautas innatas de activación de las células nerviosas, en combinaciones específicas de células cere­brales que actúan en respuesta a cualquier acontecimiento, experiencia o pensamiento dado. Pero el cableado de nuestro cerebro no es está­tico, ni está fijado de modo irrevocable. Nuestros cerebros también son adaptables. Los neurólogos han documentado el hecho de que el cerebro es capaz de diseñar nuevas pautas, nuevas combinaciones de células nerviosas y neurotransmisores (sustancias químicas que trans­miten mensajes entre las células nerviosas) en respuesta a nuevas in­formaciones. De hecho, nuestros cerebros son maleables, cambian continuamente, recomponen sus conexiones nerviosas al compás de nuevos pensamientos y experiencias. Como resultado del aprendiza­je, la función de las neuronas cambia, permitiendo que las señales eléctricas viajen más fácilmente a través de ellas. A la capacidad inhe­rente del cerebro para cambiar, los científicos la llaman «plasticidad». Esta capacidad para modificar el «cableado» del cerebro, para pro­ducir nuevas conexiones neuronales, ha quedado demostrada en experimentos como el realizado por los doctores Avi Karni y Leslie Un­derleider del Instituto Nacional de Salud Mental. Los investigadores pidieron a los sujetos que realizaran una sencilla tarea motora, un ejer­cicio de tecleo, e identificaron las partes del cerebro implicadas en la tarea tomando un escáner cerebral MRI. A continuación, los sujetos, practicaron diariamente el ejercicio durante cuatro semanas, de modo que gradualmente fueron más eficientes y rápidos en su ejecución. Al final del período de cuatro semanas, el escáner cerebral mostró que la zona que intervenía en la tarea se había expandido, lo que indicaba que la práctica regular de la tarea había exigido la utilización de nuevas cé­lulas nerviosas y cambiado las conexiones neurona les originarias.

Esta notable hazaña del cerebro parece constituir la base fisioló­gica de la posibilidad de transformar nuestras mentes. Al movilizar nuestros pensamientos y practicar nuevas formas de pensar, pode­mos reconfigurar nuestras células nerviosas y cambiar la forma en que funciona nuestro cerebro. También constituye la base para la idea de que la transformación interna se inicia con el aprendizaje (nueva información) e implica la disciplina de sustituir gradualmente nuestro «condicionamiento negativo» (que se corresponde con nuestra carac­terística actual de pautas de activación celular nerviosa) por un «con­dicionamiento positivo» (formar nuevos circuitos neuronales). Así pues, la idea de entrenar a la mente para alcanzar la felicidad se con­vierte en una posibilidad real.

 

* El término Dharma tiene muchas connotaciones; no existe un equivalente exacto en el léxico español. Se utiliza con frecuencia para referirse a las enseñan­zas y doctrina de Buda, incluido e! cuerpo tradicional de escrituras, así como el es­tilo de vida y la conciencia que se derivan de la aplicación de las enseñanzas. A ve­ces, los budistas utilizan la palabra en un sentido general, para referirse a prácticas espirituales o religiosas, a la ley espiritual universal o a la verdadera naturaleza de los, fenómenos, y el término Buddhadharma, más específico, para los principios y practicas del camino budista. La palabra sánscrita Dharma deriva de una raíz que significa "sostener» y, en este sentido, tiene un significado más amplio, al referirse a cualquier comportamiento o comprensión que sirva para «sostener» al indivi­duo y protegerlo del sufrimiento y sus causas.

 

Disciplina  ética

 

En un análisis posterior relacionado con el entrenamiento de la mente para la felicidad, el Dalai Lama señaló:

-Creo que el comportamiento ético es otra característica de la cla­se de disciplina interna que conduce a una existencia más feliz. A eso podríamos llamarlo disciplina ética. Los grandes maestros espiritua­les, como Buda, nos aconsejan realizar acciones sanas y evitar las que no lo sean, lo cual depende del grado de disciplina mental. Una men­te disciplinada conduce a la felicidad y una mente indisciplinada al su­frimiento; de hecho, imponer disciplina en la propia mente es la esencia misma de la enseñanza de Buda.

»Al hablar de disciplina, me estoy refiriendo a autodisciplina, no a la que se nos impone externamente. También me refiero a la disci­plina aplicada para superar los rasgos negativos. Una banda criminal puede necesitar disciplina para cometer un atraco con éxito, pero esa disciplina es inútil.

El Dalai Lama calló un momento; parecía reflexionar, como si re­copilara sus pensamientos. O quizá estaba buscando simplemente una palabra adecuada en inglés. No lo sé. Pero durante esa pausa pensé que su énfasis en la importancia del aprendizaje y la disciplina era tedioso en comparación con los sublimes objetivos de alcanzar la verdadera felicidad, el crecimiento espiritual y la completa transfor­mación interna. Me parecía que la búsqueda de la felicidad tenía que ser un proceso más espontáneo.

Por tanto, objeté:

-Ha descrito las emociones y comportamientos negativos como insanos y los comportamientos positivos como sanos. Además, ha di­cho que una mente no entrenada o indisciplinada suele provocar com­portamientos negativos o insanos, de modo que tenemos que aprender y entrenarnos para aumentar nuestros comportamientos positivos. Por el momento, todo eso está muy bien.

»Pero lo que me preocupa es su definición de comportamiento ne­gativo que conduce al sufrimiento. Y su premisa de que todos los se­res desean, naturalmente, evitar el sufrimiento y alcanzar la felicidad, que ese deseo es innato y no tiene que ser aprendido. La cuestión, por lo tanto, es la siguiente: si es natural que deseemos evitar el sufrimien­to, ¿por qué no sentimos espontánea y naturalmente más repulsión hacia los comportamientos negativos a medida que nos hacemos ma­yores? Y si es natural el deseo de alcanzar la felicidad, ¿por qué no nos sentimos espontánea y naturalmente atraídos hacia los comporta­mientos sanos y llegamos así a ser más felices a medida que progresa nuestra vida? Si estos comportamientos sanos conducen a la felicidad y lo que deseamos es alcanzarla, ¿no debería ser ése un proceso natu­ral? ¿Por qué necesitamos tanta educación, entrenamiento y discipli­na para que se produzca?

 El Dalai Lama sacudió la cabeza y contestó:

-Incluso en términos convencionales, en nuestra vida cotidiana, consideramos la educación como un factor muy importante para pro­curamos felicidad y éxito. El conocimiento no es algo que llegue hasta nosotros de un modo natural. Tenemos que practicar, tenemos que pa­sar por una especie de programa sistemático de entrenamiento. y con­sideramos que esa educación y entrenamiento convencionales son bastante duros; si no lo fueran, ¿por qué los estudiantes tienen tantas ganas de que lleguen las vacaciones? Y, sin embargo, sabemos que la educación es necesaria en términos generales para alcanzar el éxito y el bienestar.

»Del mismo modo, es posible que no tengamos una inclinación na­tural a realizar actos sanos, que tengamos que ser conscientemente en­trenados para realizarlos. Esto es así, particularmente en la sociedad moderna, porque hay una tendencia a aceptar que todo lo referido a actos sanos e insanos (qué debemos y qué no debemos hacer) perte­nece al ámbito de la religión. Tradicionalmente, se ha considerado responsabilidad de la religión el prescribir qué comportamientos son sanos y cuáles no. En la sociedad actual, sin embargo, la religión ha perdido mucho de su prestigio e influencia. Y, al mismo tiempo, no ha surgido algo que pueda sustituida, algo como por ejemplo una éti­ca laica. Así pues, parece que se presta menos atención a la necesidad de llevar una vida saludable. Debido a ello, creo que necesitamos rea­lizar un esfuerzo para tener acceso a esa clase de conocimiento. Por ejemplo, aunque creo que nuestra naturaleza es fundamentalmente apacible y compasiva, no es suficiente: tenemos que desarrollar una aguda conciencia de esa condición. Cambiar nuestra forma de perci­bimos, a través del aprendizaje y la comprensión, puede ejercer una influencia poderosa en nuestra relación con los demás y en la con­ducción de nuestras vidas.

Asumiendo el papel de abogado del diablo, contraataqué: -Ha utilizado usted la analogía de la educación académica y la for­mación convencional. Eso es una cosa. Pero si de lo que está hablando es de ciertos comportamientos que llama «sanos» o positivos, que conducen a la felicidad, y de otros que conducen al sufrimiento, ¿por qué se necesita aprender tanto para identificar cuáles son beneficiosos, tanto entrenamiento para poner en práctica los comportamientos po­sitivos y eliminar los negativos? Si pone el dedo en el fuego, se quema. Cuando retira la mano, ha aprendido que ese comportamiento pro­voca sufrimiento. No hay necesidad de un proceso tan largo de apren­dizaje y entrenamiento para saber que no debemos volver a tocar el fuego.

»Entonces, ¿por qué no sucede lo mismo con todos los comporta­mientos y emociones que conducen al sufrimiento? Afirma que la cóle­ra y el odio son claramente emociones negativas que; en último térmi­no, conducen al sufrimiento. Pero ¿por qué tiene uno que ser educado acerca de los efectos nocivos de la cólera y el odio para poder elimi­narlos? Puesto que la cólera provoca inmediatamente un estado emo­cional incómodo en la persona, y es fácil percibir esa incomodidad, ¿por qué no la evitamos de un modo espontáneo?

Mientras el Dalai Lama escuchaba atentamente mis argumentos, sus ojos de mirada inteligente se abrieron más, como si se sintiera un poco sorprendido e incluso divertido ante la ingenuidad de mis preguntas. Entonces, con una risa dura pero llena de buena voluntad, me contestó:

-Cuando se habla de conocimiento que conduce a la libertad o a la resolución de un problema, hay que entender que existen muchos niveles diferentes. Por ejemplo, los seres humanos de la Edad de Pie­dra no sabían cocinar la carne, a pesar de lo cual tenían necesidad bio­lógica de comida, de modo que lo hacían como los animales salvajes. A medida que fueron progresando, aprendieron a cocinar y a emplear diferentes técnicas para que los alimentos fueran más sabrosos; final­mente inventaron una considerable variedad de platos. En nuestra época, si padecemos una enfermedad y, gracias a nuestro conocimien­to, sabemos que no es bueno para nosotros comer determinado ali­mento, aunque sintamos el deseo de probarlo procuramos contener­nos. Está claro que cuanto más vastos sean nuestros conocimientos, tanto más aptos seremos para afrontar el mundo natural.

»También se necesita capacidad para juzgar las consecuencias de nuestros comportamientos a largo y a corto plazo. Por ejemplo, aun­que los animales puedan experimentar cólera, no pueden compren­der que es destructiva. En el caso de los seres humanos, sin embargo, hay un nivel diferente de conciencia, que permite advertir que la cóle­ra hace daño. En consecuencia, puedes llegar a la conclusión de que la cólera es destructiva. Tienes que ser capaz de hacer esa inferencia. Así que la cosa no es tan sencilla como poner la mano en el fuego, notar la quemadura y no volver a hacerla en el futuro. Cuanto más elevado sea tu nivel de educación y de conocimiento acerca de lo que conduce a la felicidad y lo que causa el sufrimiento, tanto más efectivo serás para alcanzar aquélla. Precisamente por ello creo que la educación y el conocimiento son esenciales.

Supongo que al percibir mi resistencia a la idea de la educación como un medio de transformación interna, observó:

-Uno de los problemas de nuestra sociedad es que considera la educación sólo como un medio para ser más astuto e ingenioso. En ocasiones incluso se opina que los que no han recibido una educación superior, los que son menos sutiles en términos de su formación, tie­nen que ser más inocentes y más honrados. Aunque nuestra sociedad no lo destaque, el uso más importante del conocimiento y de la edu­cación consiste en ayudamos a comprender la importancia de tener más acciones sanas y aportar disciplina a nuestras mentes. La utiliza­ción adecuada de nuestra inteligencia y conocimientos estriba en efec­tuar cambios desde dentro para desarrollar un buen corazón.

 

4 Recuperar nuestro estado innato de felicidad

 

Nuestra naturaleza fundamental

 

-Estamos hechos para buscar la felicidad. Y está claro que los sentimientos de amor, afecto, intimidad y compasión traen consigo la felicidad. Estoy convencido de que todos poseemos la base para ser fe­lices, para acceder a esos estados cálidos y compasivos de la mente que aportan felicidad -afirmó el Dalai Lama-. De hecho, una de mis convicciones fundamentales es que no sólo poseemos el potencial ne­cesario para la compasión, sino que la naturaleza básica o fundamen­tal de los seres humanos es la benevolencia.

-¿En qué funda esa convicción?

-La doctrina de la «naturaleza de Buda» aporta fundamentos para creer que la naturaleza de todos los seres sensibles es esencial­mente benévola y no agresiva. Pero ese punto de vista también se puede adoptar sin necesidad de recurrir a la «naturaleza de Buda».

 

 En la filosofía budista, la «naturaleza de Buda» se refiere a la naturaleza fun­damental, básica y más sutil de la mente. Presente en todos los seres humanos, no puede alcanzarse cuando hay emociones o pensamientos negativos.

También baso esta convicción en otros motivos. Creo que la cuestión del afecto y la compasión no pertenece exclusivamente a la esfera reli­giosa, sino que es indispensable en las consideraciones cotidianas.

»Si analizamos la existencia, vemos que estamos fundamental­mente alentados por el afecto de los demás. Eso es algo que se inicia ya en el momento de nacer. Nuestro primer acto después de nacer es mamar de nuestra madre, o de alguna otra mujer. Hay en ello afecto y compasión. Sin eso no podríamos sobrevivir, está claro. Y esa acción no puede realizarse a menos que exista un sentimiento mutuo de afec­to. El niño, si no nota sentimientos de afecto, si no tiene vinculación con la persona que le da la leche, es posible que rechace el alimento. y si no hay afecto por parte de la madre o de alguna otra persona, es posible que no se le ofrezca libremente la leche. Así es la vida. Ésa es la realidad.

»Nuestra propia estructura física parece corresponderse con los sentimientos de amor y compasión. Un estado mental sereno y afec­tuoso tiene efectos beneficiosos para nuestra salud. Y, a la inversa, los sentimientos de frustración, temor, agitación y cólera pueden ser destructivos para ella.

»También observamos que nuestro equilibrio emocional se robus­tece gracias a los sentimientos de afecto. Para comprenderlo sólo tene­mos que pensar en cómo nos sentimos cuando otros nos manifiestan calor y afecto. También podemos observar cómo nos afectan nuestros sentimientos. Estas emociones positivas y los comportamientos que las acompañan conducen a una vida familiar y social más feliz.

»Creo que podemos inferir de ello que nuestra naturaleza funda­mental es la bondad y el amor. Por tanto, nada tiene más sentido que intentar vivir en concordancia con esta naturaleza.

-Si nuestra naturaleza esencial es amable y compasiva -pregun­té-, ¿cómo explica todos los conflictos y comportamientos agresivos que nos rodean?

El Dalai Lama asintió, con gesto reflexivo, antes de contestar. -Naturalmente, no podemos pasar por alto el hecho de que los conflictos y las tensiones existen, no sólo dentro del individuo, sino también en la familia, en nuestras relaciones, nuestro país y el mundo. Así pues, al abordar esta situación, algunas personas llegan a la con­clusión de que la naturaleza humana es básicamente agresiva. Quizá miren la historia humana y sugieran que, en comparación con otros mamíferos, el comportamiento humano es mucho más agresivo. O qui­zá admitan: «Sí, la compasión forma parte de nosotros, pero la cóle­ra también. Ambas constituyen una parte de nuestra naturaleza, am­bas se encuentran más o menos al mismo nivel». A pesar de todo -siguió diciendo con firmeza, adelantando la cabeza, tenso y alerta-, sigo estando convencido de que la naturaleza humana es esencialmen­te compasiva y bondadosa. Ésa es la característica predominante. La cólera, la violencia y la agresividad pueden surgir, ciertamente, pero creo que se producen en un nivel secundario y más superficial; en cier­to modo brotan cuando nos sentimos frustrados en nuestros esfuerzos por lograr amor y afecto. No forman parte de nuestra naturaleza básica.

»Así pues, aunque puede haber agresividad, estoy convencido de que no proviene del sustrato humano fundamental, sino que es más bien el resultado del intelecto, de la inteligencia desequilibrada, del mal uso de ella, o de nuestra imaginación. Al contemplar la evolución hu­mana, creo que, en comparación con otros animales, nuestro cuerpo es muy débil. Gracias, sin embargo, al desarrollo de la inteligencia, fuimos capaces de utilizar muchos instrumentos y descubrir métodos de afrontar situaciones ambientales adversas. A medida que la socie­dad humana y las condiciones de vida fueron haciéndose más com­plejas, el papel de la inteligencia y la capacidad cognitiva para satis­facer crecientes exigencias cobró mayor importancia. Por tanto, creo que nuestra naturaleza subyacente o fundamental es la afable, y que la inteligencia viene de una evolución posterior. Y si la inteligencia y la capacidad cognitiva se desarrollan de forma desequilibrada, sin ser adecuadamente contrarrestadas por la compasión, pueden ser destructivas y conducir al desastre.

»Pero también es importante reconocer que si bien los conflictos son originados por el mal uso de la inteligencia, podemos utilizar ésta para descubrir medios que nos permiten superarlos. Al utilizar con­juntamente la inteligencia y la bondad, todas las acciones humanas son constructivas. Al combinar un corazón cálido con el conocimien­to y la educación, aprendemos a respetar los puntos de vista y los de­rechos de los demás. Eso es el cimiento de un espíritu de reconcilia­ción que sirva para superar la agresión y resolver nuestros conflictos.

El Dalai Lama hizo una pausa y miró su reloj.

-Así que, por mucha violencia que exista y a pesar de las penali­dades por las que tengamos que pasar, estoy convencido de que la so­lución definitiva de nuestros conflictos, tanto internos como externos; consiste en volver a nuestra naturaleza humana básica, que es bonda­dosa y compasiva.

Miró de nuevo su reloj y empezó a reír de un modo afable.

-y ahora... creo que es mejor que lo dejemos aquí. ¡Ha sido un día muy largo! Recogió los zapatos que se había quitado durante la conversación y se retiró a su habitación.

 

La cuestión de la naturaleza humana

 

Durante las últimas décadas, la visión del Dalai Lama sobre la na­turaleza compasiva de los seres humanos parece estar ganando terreno en Occidente, fruto de un gran esfuerzo. En el pensamiento occidental se halla profundamente arraigada la idea de que el comportamiento humano es esencialmente egoísta. Nuestra cultura se ha visto domi­nada durante siglos por la convicción de que no sólo somos congéni­tamente egoístas, sino también agresivos. Claro que asimismo son muchas las personas que han mantenido el punto de vista opuesto. A mediados del siglo XVIII, por ejemplo, David Hume escribió mucho sobre la «benevolencia natural» de los seres humanos. Un siglo más tarde, incluso Charles Darwin atribuyó a nuestra especie un «instinto de simpatía». Pero, por alguna razón, en nuestra cultura ha echado raíces el punto de vista más pesimista sobre la humanidad, al menos desde el siglo XVII, bajo la influencia de filósofos como Thomas Hob­bes, quien tuvo una visión bastante pesimista de la especie humana, a la que consideraba violenta, competitiva y en conflicto continuo, úni­camente preocupada por el interés propio. Hobbes, que se hizo fa­moso por descartar cualquier atisbo de bondad humana básica, fue descubierto en cierta ocasión dándole dinero a. un mendigo, en la ca­lle. Al ser interrogado acerca de este impulso de generosidad, afirmó: «No lo hago para ayudarle, sino para aliviar mi propia angustia al ver su pobreza».

De modo similar, en la primera parte de este siglo, el filósofo Geor­ge Santayana, de origen español, escribió que los impulsos generosos y de preocupación por los demás son generalmente débiles, fugaces e inestables, y «si se escarba un poco por debajo de la superficie se en­contrará un hombre feroz, obstinado y profundamente egoísta». Des­graciadamente, la ciencia y la psicología occidentales se aferraron a ideas como éstas, admitiendo e incluso estimulando dicho egoísmo. Durante los primeros tiempos, la moderna psicología científica per­sistió en la suposición de que toda motivación humana es, en último término, egoísta y se basa puramente en el propio interés.

Después de aceptar implícitamente la premisa de nuestro egoísmo connatural, destacados científicos han añadido, durante los últimos cien años, la creencia en la naturaleza esencialmente agresiva de los seres humanos. Freud afirmó que «la inclinación hacia la agresión es una disposición original e instintiva que se sustenta a sí misma». En la segunda mitad de este siglo hubo dos autores en particular, Robert Ardrey y Konrad Lorenz, que examinaron las pautas del comporta­miento de ciertas especies animales depredadoras y llegaron a la con­clusión de que los seres humanos también eran básicamente depre­dadores, dotados de una tendencia innata a luchar por la posesión de territorio.

 

En los últimos años, sin embargo, el péndulo parece alejarse de esta visión profundamente pesimista, para acercarse a la sustentada por el Dalai Lama, la de la naturaleza bondadosa y compasiva del hombre. Durante las dos o tres últimas décadas cientos de estudios científicos indican que la agresividad no es innata y que el comportamiento violento está influido por factores biológicos, sociales, situacionales y ambientales. La síntesis de estas recientes investigaciones se refleja en la Declaración de Sevilla sobre la Violencia, en 1986, redactada por más de veinte destacados científicos de todo el mundo. En ella, se re­conoce, naturalmente, que el comportamiento violento existe, pero se afirma categóricamente que es científicamente incorrecto decir que te­nemos una tendencia heredada a hacer la guerra o actuar con violen­cia. Ese comportamiento no se encuentra genéticamente en el hom­bre. Los científicos dijeron que a pesar de tener un aparato neuronal apto para actuar con violencia, ese comportamiento no se activa automáticamente. En nuestra neurofisiología no hay nada que nos im­pulse a actuar con violencia. Al examinar el tema de la naturaleza hu­mana básica, la mayoría de los investigadores de este campo tienen la impresión de que poseemos potencial para desarrollarnos como per­sonas bondadosas o agresivas, y que prevalezca uno u otro impulso depende en buena medida de nuestra formación.

Los investigadores contemporáneos no sólo han rechazado la te­sis de la agresividad innata, sino también la del egoísmo. Investiga­dores como C. Daniel Batson o Nancy Eisenberg, de la Universidad Estatal de Arizona, han realizado numerosos estudios en los que se demuestra que los seres humanos tenemos una tendencia hacia el comportamiento altruista y algunos científicos, como la socióloga Linda Wilson, tratan de descubrir la causa. La doctora Wilson ha teorizado que el altruismo puede formar parte de nuestro instinto básico de su­pervivencia, precisamente lo opuesto a las ideas de pensadores ante­riores, quienes sostuvieron que la hostilidad y la agresividad eran la característica constitutiva de nuestro instinto de supervivencia. Al examinar más de cien grandes desastres naturales, la doctora Wilson encontró una fuerte tendencia altruista entre las víctimas, lo que pa­recía formar parte del proceso de recuperación. Descubrió que la ayu­da mutua tendía a evitar problemas psicológicos derivados de situa­ciones traumáticas.

La tendencia a establecer estrechos vínculos con los demás, ac­tuando en favor del bienestar colectivo, puede estar profundamente enraizada en la naturaleza humana, por haberse forjado en un remo­to pasado, cuando aquellos que pasaban a formar parte de un grupo tenían mayores probabilidades de supervivencia. Esta necesidad de estrechos lazos sociales persiste en la actualidad. En un estudio reali­zado por el doctor Larry Scherwitz, que examina los factores de ries­go de enfermedades coronarias, se ha descubierto que las personas más centradas en sí mismas (quienes suelen utilizar más los pronom­bres «yo», «mi» y «mío» en una entrevista) eran las más propensas a desarrollarlas, a pesar de mantener refrenados muchos comporta­mientos amenazadores para la salud. Los científicos están descubrien­do que las personas sin estrechos lazos sociales tienen una salud defi­ciente, niveles más elevados de infelicidad y son más vulnerables al estrés.

Abrirse para ayudar a los demás puede ser tan fundamental para nuestra naturaleza como la comunicación. Podría establecerse una analogía con el desarrollo del lenguaje, que, como la capacidad para la compasión y el altruismo, es una de las magníficas características de la raza humana. Hay zonas del cerebro específicamente dotadas para el desarrollo del lenguaje. Si nos vemos expuestos a unas condi­ciones ambientales correctas, como por ejemplo una sociedad en la que se habla, esas zonas del cerebro empiezan a desarrollarse y a ma­durar y aumenta nuestra capacidad para el lenguaje. Del mismo modo, todos los seres humanos pueden poseer la «semilla de la compasión», que florecerá en condiciones adecuadas, en el hogar, en el conjunto de la sociedad quizá, más tarde, gracias a nuestros propios y decididos esfuerzos. Animados por esta idea, los investigadores tratan de des­cubrir ahora cuáles son las condiciones ambientales óptimas para la maduración de esa semilla en los niños. Por el momento han identificado varios factores: tener padres capaces de regular sus propias emo­ciones, con un comportamiento altruista que los niños puedan imi­tar, que establezcan límites apropiados para el comportamiento del niño, que infundan en él responsabilidad y que utilicen el razona­miento para dirigir su atención hacia estados afectivos y hacia las consecuencias que puede tener su comportamiento sobre los demás.

 

Revisar nuestros presupuestos sobre la naturaleza fundamental de los seres humanos, pasando de lo hostil a lo cooperativo, abre nuevas posibilidades ante nosotros. Si empezamos por asumir el modelo del propio interés de todo comportamiento humano, el niño sirve como un ejemplo perfecto, como una «prueba» de esa teoría. En el momen­to de nacer, parece tener una sola cosa en su mente: la satisfacción de sus necesidades, como la alimentación y el bienestar físico. Pero si dejamos de lado esa suposición, empieza a surgir ante nosotros una imagen completamente nueva. Podemos decir entonces, con la misma facilidad, que el niño nace programado sólo para aportar placer y alegría a los demás. Al observar a un niño sano, sería difícil negar la na­turaleza bondadosa de los seres humanos. A partir de esto, podríamos argumentar que el niño tiene una capacidad innata para aportar pla­cer a otro, a la persona que lo cuida. Un recién nacido, por ejemplo, sólo tiene desarrollado un cinco por ciento del sentido del olfato, en comparación con un adulto, mientras que el sentido del gusto es más débil aún. Pero estos sentidos en el recién nacido están polarizados en el olor y el sabor de la leche. El acto de mamar no sólo le aporta nu­trientes, sino que también sirve para aliviar la tensión en el pecho de la madre. Así pues, podríamos decir que el niño nace con la capaci­dad innata para producir placer en la madre, al aliviar la tensión en su pecho.

Un niño también está biológicamente programado para reconocer y responder, y son muy pocas las personas que no experimentan un verdadero placer cuando un bebé las mira inocentemente a los ojos y les sonríe. Algunos etólogos han sugerido que cuando un niño sonríe a la persona que lo cuida, o la mira directamente a los ojos, está si­guiendo una «pauta biológica» profundamente enraizada, que «pro­voca» comportamientos bondadosos, tiernos y atentos en esa persona, que también son instintivos. Conforme avanza la investigación de la naturaleza, la noción del niño como un pequeño manojo de egoísmo, como una máquina de comer y dormir, va dejando paso a la de un ser que llega al mundo dotado de un mecanismo para complacer a los de­más, y que sólo necesita condiciones ambientales adecuadas para que germine y crezca en él la «semilla de la compasión», fundamental y natural.

Una vez que llegamos a la conclusión de que la naturaleza básica de la humanidad es compasiva en lugar de agresiva, nuestra relación con el mundo que nos rodea cambia inmediatamente. Ver a los demás como básicamente compasivos en lugar de hostiles y egoístas nos ayu­da a relajamos, a confiar, a sentimos a gusto. Nos hace más felices.

 

Meditación sobre el propósito de la vida.

 

Esa semana, mientras el Dalai Lama estaba en el desierto de Arizo­na, dedicado a explorar la naturaleza humana y a examinar la mente con el escrutinio de un científico, una sencilla verdad pareció iluminar todas las discusiones: el propósito de nuestra vida es la felicidad. Esa simple afirmación puede utilizarse como una poderosa herramienta para navegar a través de los problemas cotidianos. Desde esa pers­pectiva, nuestra tarea consiste en descartar las que conducen al sufri­miento y acumular aquellas otras que conducen a la felicidad. El mé­todo, la práctica diaria, supone incrementar nuestra comprensión de lo que conduce verdaderamente a la felicidad.

Cuando la vida se hace demasiado complicada y nos sentimos abru­mados, a menudo resulta muy útil retroceder un poco y recordar cuál es nuestro propósito, nuestro objetivo esencial. Al afrontar la sensa­ción de estancamiento y confusión, puede sernos útil tomar una hora, una tarde o incluso varios días para reflexionar y determinar qué es lo que nos aportará verdaderamente felicidad, para luego organizar nues­tras prioridades. Eso puede resituar nuestra vida en el contexto ade­cuado, permitir una nueva perspectiva y ver el camino correcto.

De vez en cuando, tenemos que afrontar decisiones fundamentales que pueden afectar al curso de nuestras vidas. Quizá decidamos, por ejemplo, contraer matrimonio, tener hijos o estudiar para ser aboga­dos, artistas o electricistas. Una de dichas decisiones puede ser tam­bién la firme resolución de ser felices, de conocer los factores que conciernen a la consecución de la felicidad y dar pasos en esa direc­ción. Volverse hacia la felicidad como un objetivo alcanzable y tomar la decisión de buscarla de manera sistemática, puede cambiar profun­damente nuestra vida.

El conocimiento que tiene el Dalai Lama de los factores que, en úl­timo término, conducen a la felicidad, proviene de toda una vida de observación metódica de su propia mente, de exploración de la con­dición humana, dentro del marco establecido por Buda hace veinti­cinco siglos. Así, el Dalai Lama ha llegado a algunas conclusiones de­finitivas sobre qué actividades y pensamientos son más valiosos. Sintetizó sus convicciones en las siguientes palabras, sobre las que se debe meditar.

-A veces, al encontrarme con viejos amigos, recuerdo lo rápida­mente que pasa el tiempo. Y eso hace que me pregunte si lo utiliza­mos adecuadamente. La utilización adecuada del tiempo es muy im­portante. Con este cuerpo y especialmente con este extraordinario cerebro humano, cada minuto es precioso. Nuestra existencia cotidia­na está llena de esperanza, a pesar de que nada garantiza nuestro futu­ro. Nada nos asegura que mañana, a esta misma hora, estaremos aquí. A pesar de ello, trabajamos esperanzados. Así pues, necesitamos ha­cer el mejor uso posible de él. Estoy convencido de que la utilización adecuada del tiempo consiste en servir a otras personas, a otros seres sensibles. Si no pudiera ser así, evitemos al menos causarles daño. Creo que ésa es toda la base de mi filosofía.

 »Así pues, reflexionemos sobre cuál es el verdadero valor en la vida, qué da significado a nuestras vidas, y establezcamos nuestras priori­dades sobre esa base. El propósito de nuestra vida ha de ser positivo. No nacimos con el propósito de causar problemas, de hacer daño a los demás. Para que nuestra vida sea valiosa, tenemos que desarrollar buenas cualidades, como cordialidad, afabilidad y compasión. Enton­ces, nuestra vida podrá ser más significativa y pacífica, más feliz.

 

 

Segunda parte

Compasión y calidez humanas

 

5 Un nuevo modelo de relación íntima

 

Soledad y conexión

 

Entré en la suite del hotel donde se alojaba el Dalai Lama y él me invitó a sentarme. Mientras se servía el té, se quitó un par de zapatos Rockports de color caramelo claro y se instaló cómodamente en un sillón.

-¿ y bien? -preguntó con su tono indiferente, pero con una in­flexión que indicaba su disposición a abordar cualquier tema.

Me sonrió y se mantuvo en silencio.

Unos momentos antes, mientras estaba sentado en el vestíbulo del hotel, esperando que llegara la hora de nuestra reunión, yo había to­mado sin demasiado interés un ejemplar de un periódico alternativo local que estaba abierto en la sección de anuncios personales. Pasé rá­pidamente la mirada sobre los anuncios densamente agrupados, don­de predominaban, página tras página, los de gente que buscaba con desesperación relacionarse con otro ser humano. Sin dejar de pensar en aquellos anuncios, me senté para empezar la sesión con el Dalai Lama; de repente decidí dejar de lado la lista de preguntas preparadas que llevaba y le pregunté:

-¿Se siente solo alguna vez? -No -se limitó a contestar. No estaba preparado para esta respuesta. Imaginé que diría más o menos: «Desde luego... De vez en cuando, todo el mundo se siente algo solo». Y luego yo le preguntaría cómo afrontaba la soledad. Yo no esperaba que alguien me contestara que nunca se sentía solo.

-¿No? -le pregunté de nuevo, incrédulo.

-No.

-¿A qué lo atribuye?

Se quedó un momento pensativo antes de contestar. -Creo que una de las razones es que suelo mirar a todo ser hu­mano desde un ángulo positivo, intento buscar sus aspectos positivos. Esa actitud crea inmediatamente una sensación de afinidad, una es­pecie de conexión.

»Quizá se deba a que existe por mi parte menos recelo, menos te­mor a que si actúo de determinada manera quizá la persona me pier­da el respeto o piense que soy un extraño. Como ese temor no existe provoco una especie de apertura. Creo que ése es el factor principal. Mientras me esforzaba por captar el alcance de lo que decía, pregunté:

-Pero ¿cómo se llega a esa actitud, a no temer ser juzgado por los demás, a despertar su antipatía? ¿Existen métodos específicos al alcan­ce de una persona corriente para desarrollar esa cualidad?

-Primero hay que darse cuenta de la utilidad de la compasión -me contestó con un tono de profunda convicción-. Ese es el fac­tor clave. Una vez que se ha aceptado que la compasión no es algo in­fantil o sentimental, una vez que has comprendido su valor más pro­fundo, desarrollas inmediatamente el deseo de cultivarla.

» y en cuanto estimulas la actitud compasiva en tu mente, en cuan­to se hace activa, tu actitud hacia los demás cambia automáticamen­te. Si te acercas a los demás con disposición compasiva, reducirás tus temores, lo que te permitirá una mayor apertura. Creas un ambiente positivo y amistoso. Con esa actitud abres la posibilidad de recibir afecto o de obtener una respuesta positiva de la otra persona. Y, aun­que el otro no se muestre afable o no responda de una forma positi­va, al menos te habrás aproximado a él con una actitud abierta, que te proporciona flexibilidad y libertad para cambiar tu enfoque cuan­do sea necesario. Esa clase de apertura facilita al menos la posibilidad de tener una conversación significativa con el otro. Pero sin esa acti­tud de compasión, si estás cerrado, irritado o indiferente, te sentirás incómodo aunque seas abordado por tu mejor amigo.

»Creo que en muchos casos la gente espera que sean los otros quie­nes actúen primero de forma positiva, en lugar de tomar la iniciativa de crear esa posibilidad. Tengo la impresión de que eso es un error, que provoca problemas y que puede actuar como una barrera que úni­camente sirve para promover el aislamiento. Así pues, si deseas supe­rar ese sentimiento, creo que la actitud que se adopte establece una di­ferencia tremenda. Y la mejor forma es acercarse a los demás con el pensamiento de la compasión en la propia mente.

Mi sorpresa ante la afirmación del Dalai Lama de que nunca se sentía solo era proporcional a mi convicción de la omnipresencia de la soledad en nuestra sociedad, que no nacía simplemente de mi pro­pia sensación de soledad, o del omnipresente paso por ella que reve­laba mi práctica psiquiátrica. Durante los últimos veinte años, los psicólogos han empezado a estudiar la soledad de una forma científi­ca y han realizado numerosas investigaciones. Uno de los descubri­mientos más notables es que casi todas las personas manifiestan ha­ber padecido en algún momento soledad. En una amplia encuesta realizada en Estados Unidos, una cuarta parte de los adultos dije­ron que se habían sentido muy solos al menos una vez durante las dos semanas anteriores. Aunque a menudo pensamos en la soledad crónica como un padecimiento particularmente difundido solamente entre los ancianos, aislados en viviendas vacías o en los patios trase­ros de las residencias, la investigación revela que los adolescentes y los adultos jóvenes se sienten solos con la misma frecuencia que los ancianos.

Debido al aumento de la soledad, los investigadores han empeza­do a examinar las complejas variables que pueden contribuir a fomen­tarla. Así han descubierto, por ejemplo, que los individuos solitarios tienen problemas para abrirse hacia los demás, dificultades para co­municarse y para escuchar y les faltan ciertas habilidades sociales como saber mantener una conversación (cuándo asentir con un gesto, cómo responder apropiadamente o cuándo callarse). Esta investiga­ción sugiere que una estrategia para superar la soledad sería la de tra­bajar en la mejora de estas habilidades sociales. La estrategia del Da­lai Lama, sin embargo, parecía soslayar la cuestión de las habilidades sociales o de los comportamientos externos, para dirigirse directa­mente al corazón, al valor de la compasión y el cultivo de la misma. A pesar de mi sorpresa inicial, mientras le oía hablar tuve el firme convencimiento de que, efectivamente, nunca se sentía solo. Había pruebas que apoyaban su afirmación. Yo mismo había sido testigo con frecuencia de su primera interacción con alguien totalmente extraño para él, y el resultado era invariablemente positivo. Empezó a quedar claro que estas interacciones positivas no eran accidentales o simple­mente el resultado de una personalidad afable. Percibí que había dedica­do mucho tiempo a pensar en la importancia de la compasión, a cul­tivarla cuidadosamente y a utilizarla para preparar el terreno de su experiencia cotidiana, haciéndolo fértil para las interacciones positi­vas con las demás personas, un método que puede utilizar cualquiera que sufra de soledad.

 

Dependencia de los demás frente a independencia

 

-La semilla de la perfección está presente en el interior de todos los seres. No obstante, se necesita compasión para activarla. El Dalai Lama introdujo con estas palabras el tema de la compasión ante un público silencioso, compuesto por unas mil quinientas per­sonas, buena parte de las cuales estaban consagradas al estudio del bu­dismo. A continuación empezó a hablar de la doctrina budista del campo de mérito.

En el sentido budista, el mérito son las huellas positivas en la men­te, o «continuum mental», como resultado de acciones positivas. El Dalai Lama explicó que un campo de mérito es una fuente de la que se puede extraer mérito. Según la teoría budista, son los méritos acumu­lados los que determinan las condiciones de los renacimientos futuros. La doctrina budista especifica dos campos de mérito: el de los budas y el de otros seres sensibles. Una forma de acumular mérito consiste en generar respeto, fe y confianza en los budas, en los seres ilumina­dos. La otra supone practicar la amabilidad, la generosidad, la tole­rancia, y evitar acciones negativas, como matar, robar y mentir. Esta forma exige interacción con los demás, en lugar de interacción con los budas. Por eso, señaló el Dalai Lama, los otros pueden sernos de gran ayuda para acumular mérito.

La descripción que hace el Dalai Lama de otras personas como un campo de mérito posee una hermosa calidad lírica, producto de una gran imaginación. Su lúcido razonamiento y su poder de convicción se combinaron para que la charla de aquella tarde sobrecogiera a los concurrentes. Al mirar alrededor pude darme cuenta de que muchos estaban visiblemente conmovidos. Yo mismo me sentía cautivado. Como resultado de nuestras conversaciones anteriores sobre la im­portancia de la compasión, me sentía todavía fuertemente influido por años de formación y práctica científicas, que me hacían conside­rar toda conversación sobre el tema como demasiado sentimental. Mientras él hablaba, mi mente empezó a distraerse. Miré furtivamen­te alrededor, en busca de rostros famosos, interesantes o familiares. Puesto que había comido demasiado antes de la charla, empecé a sen­tir sueño. Mi conciencia captaba a medias lo que el Dalai Lama decía y, en un momento determinado, mi mente sintonizó de nuevo con la realidad y le oí decir:

- ... el otro día hablé sobre los factores necesarios para disfrutar de una vida feliz y gozosa, como la buena salud, los bienes materia­les, los amigos, etcétera. Y todos ellos dependen de nuestros seme­jantes. Para mantener una buena salud se necesitan los medicamen­tos fabricados por otros y servicios de atención sanitaria ofrecidos por otros. Si examinan todas las cosas que les proporcionan bienes­tar, descubrirán que no existe ningún objeto que no tenga conexión con otras personas. Si lo piensan cuidadosamente, verán que en la fa­bricación de esos objetos intervienen muchas personas, ya sea direc­ta o indirectamente. No hace falta decir que cuando hablamos de buenos amigos y compañeros como otro factor necesario para llevar una vida feliz, hablamos de interacción con otros seres sensibles, con otros seres humanos.

»Como pueden ver, todos esos factores se hallan inextricablemen­te unidos con los esfuerzos y la cooperación de otras personas. Los otros seres son indispensables. Así que, a pesar de que el proceso de relacionarse con los demás suponga a veces momentos difíciles, dis­putas, debemos intentar mantener una actitud de amistad y cordialidad, de modo que la interacción con ellos nos proporcione una vida feliz.

Mientras él hablaba, experimenté una resistencia instintiva. A pe­sar de que siempre he valorado y disfrutado de mis amigos y mi fami­lia, siempre me he considerado una persona independiente. De hecho, me enorgullezco de esta cualidad. Secretamente, tiendo a considerar con cierto desprecio a las personas dependientes, lo que no deja de ser una señal de debilidad.

Aquella tarde sin embargo, mientras escuchaba al Dalai Lama, ocurrió algo. Puesto que «nuestra dependencia de los demás» no era precisamente mi tema favorito, mi mente empezó a distraerse de nue­vo y me quité con actitud ausente un hilo suelto de la manga de la ca­misa. Sintonicé por un momento con la charla, le escuché hablar so­bre las numerosas personas que participan en la creación de todas nuestras posesiones materiales. Al escuchar sus palabras, empecé a pensar en las muchas personas implicadas en la confección de mi ca­misa. Me imaginé al campesino que cultivó el algodón. A continua­ción a la persona que le vendió el tractor para arar el campo. Luego, a los cientos o incluso miles de personas que participaron en la fabri­cación de ese tractor, incluidas aquellas que extrajeron el mineral para elaborar el metal que se había utilizado. Y los diseñadores del tractor. Luego, naturalmente, las personas que procesaron el algodón, las que tejieron la tela, las que cortaron, tiñeron y cosieron esa tela. Los mo­zos y conductores de camión que transportaron la camisa hasta la tienda y la dependienta que me vendió la camisa. Se me ocurrió pen­sar que prácticamente todos los aspectos de mi vida eran el resultado de los esfuerzos de los demás. Mi preciosa independencia no era más que una ilusión, una fantasía. Al darme cuenta de ello, me sentí abru­mado por un profundo sentido de interconexión e interdependencia con todos los seres humanos. Experimenté algo parecido a un resque­brajamiento. No sé muy bien qué fue. Pero en aquel momento hubie­ra deseado echarme a llorar.

 

Relaciones íntimas

 

Nuestra necesidad de los demás es paradójica. Al mismo tiempo que en nuestra cultura exaltamos la más feroz independencia, tam­bién anhelamos la intimidad y la conexión con una persona especial y querida. Centramos toda nuestra energía en encontrar a esa perso­na que pueda curar nuestra soledad y que, sin embargo, intensifique nuestra ilusión de seguir siendo independientes. Aunque resulta difícil alcanzar esa conexión con una persona, descubrí que el Dalai Lama mantiene relaciones con tantas personas como le es posible y que eso es lo que nos recomienda a todos. De hecho, su objetivo es conectar­se con todos.

Una tarde, al reunirme con él en la suite de su hotel en Arizona, empecé diciéndole:

-En su charla de ayer por la tarde habló de la importancia dé los demás, describiéndolos como un campo de mérito. Pero hay realmen­te tantas formas diferentes de relacionamos con los demás...

-Eso es muy cierto -dijo el Dalai Lama.

-Existe, por ejemplo, una clase de relación que es muy valorada en Occidente -observé-. Me refiero a la que se caracteriza por una profunda intimidad entre dos personas, compartiendo los sentimien­tos más profundos. La gente cree que si no se mantiene una relación semejante es como si algo faltara en sus vidas... De hecho, la psicote­rapia occidental trata de ayudar a menudo a las personas a que desa­rrollen ese tipo de relación íntima...

-Sí, creo que esa intimidad puede verse como algo positivo -asin­tió el Dalai Lama-. Si alguien se ve privado de esa clase de intimidad, puede sufrir trastornos.

-Me preguntaba entonces... -seguí diciendo-. Mientras estaba en el Tíbet usted no sólo fue considerado un rey, sino también una di­vinidad. Supongo que la gente le respetaba e incluso se sentía un poco nerviosa o asustada en su presencia. ¿No creaba eso una distancia emocional con los demás, una sensación de aislamiento? El hecho de estar separado de su familia, de haber sido educado Como monje des­de una tierna edad y de no haberse casado nunca..., ¿no contribuye­ron todas estas cosas a crear una sensación de aislamiento? ¿Ha teni­do alguna vez la sensación de haberse perdido la experiencia de una profunda intimidad personal con los demás, o con una persona espe­cial, como una esposa?

-No -me contestó sin vacilación-. Nunca he experimentado falta de intimidad. Mi padre falleció hace muchos años, pero me sen­tí muy cerca de mi madre, de mis maestros, tutores y otras personas. y con muchos de ellos pude compartir mis sentimientos, temores y preocupaciones más profundas. Cuando estaba en el Tíbet, en las ce­remonias de Estado y en los actos públicos se observaba una cierta formalidad, un cierto protocolo, pero eso no siempre era así. En otras ocasiones, por ejemplo, solía pasar bastante tiempo en la cocina y estuve cerca de algunas personas que trabajaban allí, y bromeábamos, cuchicheábamos y compartíamos cosas de un modo bastante relaja­do, sin formalidad o distancia.

»Así que ni en el Tíbet ni fuera de él, cuando me he convertido en un refugiado, me han faltado personas con las que compartir cosas. Creo que buena parte de esto tiene que ver con mi naturaleza. Me re­sulta fácil compartir. ¡Simplemente, no sé guardar secretos! -Se echó a reír-. Claro que eso puede ser a veces un rasgo negativo, como por ejemplo si después de una discusión en el Kashag':- acerca de asuntos confidenciales, yo hablara abiertamente sobre ellos. Pero ser abierto y compartir cosas puede ser muy útil. Debido precisamente a esta ca­racterística de mi naturaleza, puedo hacer amigos con facilidad; no se trata únicamente de conocer a alguien y mantener una conversación superficial, sino de compartir realmente mis más profundos proble­mas y sufrimientos. Sucede lo mismo cuando recibo buenas noticias; las comento inmediatamente con los demás. De ese modo, experi­mento un sentimiento de intimidad y conexión con mis amigos. Cla­ro que en general me resulta fácil establecer una conexión porque mis interlocutores se sienten muy felices de compartir el sufrimiento o el gozo con el Dalai Lama, con" Su Santidad el Dalai Lama" . -Se echó a reír de nuevo-. En cualquier caso, disfruto de esa intimidad. En el pasado, por ejemplo, si me sentía decepcionado por la política del go­bierno tibetano, o si estaba preocupado por otros problemas, incluso por la amenaza de una invasión china, me retiraba a mis habitaciones y compartía mis sentimientos con la persona que barría el suelo. Desde cierto punto de vista, a algunos les puede parecer bastante estúpido que el Dalai Lama, jefe del estado tibetano, enfrentado con problemas de rango nacional e internacional, quiera compartir sus preocupacio­nes con un barrendero. -Se echó a reír de nuevo-. Pero personal­mente me parece que es muy útil, porque la otra persona participa y entonces podemos afrontar juntos el problema.

 

Expandir nuestra definición de intimidad

 

Prácticamente todos los investigadores de las relaciones humanas están de acuerdo en que la relación íntima es fundamental para nues­tra existencia. El muy influyente psicoanalista británico John Bowlby es­cribió que «las vinculaciones íntimas con otros seres humanos son el centro alrededor del cual gira la vida de una persona... Estas vincula­ciones fortalecen a las personas y favorecen el disfrute de la vida. So­bre esto la Ciencia actual y la sabiduría tradicional están de acuerdo». Está claro que la intimidad promueve tanto el bienestar físico como el  psicológico. Al observar los beneficios de las relaciones íntimas, los investigadores médicos han descubierto que las personas que tienen amigos íntimos, a los que pueden dirigirse para buscar seguridad, em­patía, afecto, son las que más probabilidades tienen de sobrevivir a desafíos, como ataques al corazón y operaciones quirúrgicas, y las menos propensas a padecer enfermedades como cáncer e infecciones respiratorias. Un estudio de más de mil pacientes cardíacos del Cen­tro Medico  de la Universidad de Duke descubrió que entre aquellos que no tenían cónyuge o confidente íntimo, se verificaba un índice de mortalidad, en los cinco años posteriores al diagnóstico de enfer­medad cardiaca, tres veces mayor que el registrado entre aquellos que estaban casados o tenían un amigo íntimo. Otro estudio efectuado so­bre miles de residentes del condado de Alameda, en California a lo lar­go de un período de nueve años, demostró que quienes contaban con mayor apoyo social y relaciones íntimas tenían índices más bajos de mortalidad y de cáncer. Y un estudio de la Escuela de Medicina de la Universidad de Nebraska, sobre ancianos estableció que a quienes mantenían una relación íntima les funcionaba mejor el sistema inmunológico y tenían niveles de colesterol más bajos. Durante el trans­curso de los últimos años se han realizado por lo menos media docena de grandes investigaciones, dirigidas por grupos científicos diferentes, que examinaron la relación entre intimidad y salud. Después de entrevistar a miles de personas, todos los investigadores parecen haber llegado a la misma conclusión: las relaciones íntimas benefician la salud.

La intimidad es igualmente importante para mantener una buena salud emocional. El psicoanalista y filósofo social Erich Fromm afir­mó que el temor básico de la humanidad es verse separado de otros seres humanos. Estaba convencido de que la experiencia de la separa­ción, si se producía por primera vez en la infancia, constituía la fuen­te de toda ansiedad. John Bowlby se mostró de acuerdo y citó una bue­na cantidad de pruebas experimentales en apoyo de la idea de que la separación de las personas que nos cuidan, habitualmente la madre o el padre, durante la última parte del primer año de vida, crea inevita­blemente temor y tristeza en los bebés. En su opinión, la pérdida de relación interpersonal se encuentra en las raíces mismas de las expe­riencias humanas de temor, tristeza y pena.

Así pues, dada la importancia vital de la intimidad, ¿cómo nos las arreglamos para alcanzarla en nuestra vida? Siguiendo el enfoque del Dalai Lama, expuesto en la sección anterior, parecería razonable em­pezar por el estudio de la intimidad, buscando una definición fun­cional y un modelo. Pero al buscar la respuesta en la ciencia, nos encontramos con que todos los investigadores están de acuerdo en la importancia de la intimidad, y que ahí termina la coincidencia. Quizá el resultado más notable de una revisión incluso rápida de los diversos estudios sobre el tema sea comprobar que existe una amplia diver­sidad de opiniones y teorías sobre qué es exactamente la intimidad. En un extremo del espectro está Desmond Morris, que escribe des­de la perspectiva de un zoólogo con formación en etología. En su li­bro Comportamiento íntimo, Morris define así la relación íntima: «Intimar significa acercarse... La intimidad se produce cuando dos personas entran en contacto físico». Tras definir la intimidad en térmi­nos de puro contacto físico, pasa a explorar las innumerables formas de contacto físico entre los seres humanos, desde una simple palmada en la espalda hasta el abrazo sexual. Considera el tacto, desde un es­trecho abrazo hasta modos indirectos de contacto físico, como la manicura, una forma de confortar a otros. Llega a decir incluso que los contactos físicos que mantenemos con los objetos de nuestro entorno, desde los cigarrillos hasta las joyas o las camas de agua, actúan como sustitutos de la intimidad.

La mayoría de los investigadores, sin embargo, no son tan concre­tos en sus definiciones de la intimidad y están de acuerdo en que es algo más que simple cercanía física. Al considerar la raíz de la palabra intimidad, que procede del latín intima, que significa «interior» o «muy interior», admiten a menudo una definición más amplia, como la del doctor Dan McAdams, autor de varios libros sobre el tema: «El deseo de intimidad es el deseo de compartir con otro lo más profundo de sí». Pero las definiciones no se detienen aquí. En el extremo opuesto al de Desmond Morris está el equipo de psiquiatras formado por Thomas Patrick Malone y su hijo Patrick Thomas Malone. En su libro El arte de la intimidad, la definen como «la experiencia de la conectividad». Su estudio se inicia con un meticuloso examen de nuestra «conectivi­dad» con los demás, a pesar de lo cual no se limitan a las relaciones humanas. Su definición es tan amplia que incluye nuestra relación con los objetos inanimados, como árboles, estrellas e incluso el espacio. Los conceptos de intimidad ideal también varían a lo largo y an­cho del mundo y de la historia. La noción romántica de esa «única persona especial» con la que mantenemos una apasionada relación íntima es un producto de nuestro tiempo y cultura. Pero este modelo de intimidad no es universal. Los japoneses, por ejemplo, parecen en­contrar la intimidad en la amistad, mientras que los estadounidenses la buscan en apasionadas relaciones románticas. Al observar esto, al­gunos investigadores han sugerido que los asiáticos, que tienden a centrarse menos en sentimientos personales y se preocupan más por los aspectos prácticos de las relaciones sociales, parecen menos vul­nerables a la desilusión que implica el desmoronamiento de las relaciones.

Los conceptos de intimidad también han cambiado espectacular­mente con el transcurso del tiempo. En la América colonial, por ejem­plo, el grado de intimidad y proximidad física era generalmente ma­yor que el actual, ya que la familia y hasta los extraños compartían es­pacios exiguos, dormían juntos en una misma habitación y utilizaban una misma estancia para bañarse, comer y dormir. Y, sin embargo, la comunicación habitual entre los cónyuges era bastante formal para las normas hoy vigentes, no muy diferente al modo en que las perso­nas conocidas y los vecinos se hablan unos a otros. Apenas un siglo más tarde, el amor y el matrimonio habían experimentado un inten­so proceso de romantización y la exposición de la interioridad era el ingrediente de cualquier relación amorosa.

Las ideas sobre el comportamiento privado e íntimo también han cambiado con el transcurso del tiempo. En la Alemania del siglo XVI, por ejemplo, se esperaba que la pareja de recién casados consumara su matrimonio en una cama rodeada de testigos.

También ha cambiado la forma de expresar las emociones. En la Edad Media se consideraba normal expresar públicamente, con gran intensidad y de forma muy directa, una amplia gama de sentimientos, como alegría, cólera, temor, piedad y hasta el placer de torturar y ma­tar a los enemigos. Los extremos de risa histérica, llanto apasionado y cólera violenta se expresaban con una intensidad que no se acepta­ría en nuestra sociedad. Pero con la frecuente expresión pública de los sentimientos, en esa sociedad no tenía relevancia el concepto de inti­midad emocional; si uno manifiesta abierta e indiscriminadamente toda clase de emociones, queda poco para expresar en los contactos privados.

Está claro, por lo tanto, que las ideas sobre la intimidad no son universales. Cambian con el transcurso del tiempo, vinculadas a con­dicionamientos económicos, sociales y culturales, y además, en un mismo estadio histórico, por los comportamientos y las definiciones. Entonces ¿qué significa esto en nuestra búsqueda del concepto de in­timidad? Creo que la respuesta es evidente..

Hay una increíble diversidad de vidas humanas, infinitos modos de experimentar la intimidad. Esta toma de conciencia, por sí sola, nos ofrece una gran oportunidad. Significa que disponemos de vastos re­cursos de intimidad. La intimidad nos rodea por todas partes. .

Muchos de nosotros nos sentimos oprimidos por la sensación de que algo falta en nuestras vidas, y sufrimos a causa de la ausencia de una relación íntima. Esto es particularmente cierto cuando pasamos por los inevitables períodos en los que no tenemos una relación sentimen­tal, o cuando la pasión se ha desvanecido. En nuestra cultura se ha di­fundido la creencia de que la intimidad se alcanza mejor con una rela­ción romántica y apasionada, al lado de esa persona que singularizamos entre todas las demás. Éste puede ser un punto de vista muy limitador, que nos aleja de otras fuentes potenciales de intimidad y causa mucha desdicha e infelicidad cuando ese alguien especial no está presente. Pero tenemos a nuestro alcance los medios para evitarlo; sólo te­nemos que expandir valerosamente nuestro concepto de intimidad para incluir a todas las personas que nos rodean. Al ampliar nuestra definición de intimidad, descubrimos muchas formas nuevas e igual­mente satisfactorias de conectarnos con los demás. Eso nos conduce de nuevo a mi discusión sobre la soledad con el Dalai Lama, que se inició gracias a la sección de anuncios personales de un periódico. La situación me extrañó. Cuando aquellas personas redactaban sus anun­cios, esforzándose por encontrar las palabras adecuadas para intro­ducir pasión en sus vidas y desterrar la soledad, ¿cuántas de ellas es­taban ya rodeadas de amigos, familiares o conocidos, con vínculos que podían cultivarse fácilmente hasta convertirlos en relaciones ínti­mas, genuinas y profundamente satisfactorias? Yo diría que muchas. Si lo que buscamos en la vida es la felicidad, y la relación es un ingre­diente importante de una vida más feliz, está claro que tiene sentido orientarnos con arreglo a un modelo que incluya tantas formas de co­nexión con los demás como sea posible. El modelo del Dalai Lama se basa en la voluntad de abrirnos a todos nuestros semejantes, a la fa­milia, los amigos y hasta los extraños, creando así vínculos genuinos y profundos basados en nuestra común humanidad.

 

6 Ahondar en nuestra conexión con los demás

 

­UNA TARDE, después de su conferencia llegué a la suite del hotel del Dalai Lama para nuestra cita diaria con unos minutos de an­telación. Un ayudante me hizo salir discretamente al pasillo y me dijo que Su Santidad tenía una audiencia privada. Permanecí en ese lugar con el que ya estaba familiarizado, frente a la puerta de la suite, y uti­licé el tiempo de que disponía para revisar mis notas para nuestra se­sión, al tiempo que trataba de evitar la mirada recelosa de un guardia de seguridad, la misma mirada con la que los empleados de las tien­das observan a los estudiantes de escuela superior que merodean al­rededor de las estanterías de las revistas.

Pocos momentos más tarde se abrió la puerta y salió una pareja muy bien vestida, de mediana edad. Me pareció reconocerlos. Recor­dé entonces que había sido brevemente presentado a ellos unos días antes. Me habían dicho que la mujer era una conocida heredera y el marido un abogado de Manhattan, extremadamente rico y poderoso. Sólo habíamos intercambiado unas pocas palabras, pero ambos me impresionaron por su increíble arrogancia. Ahora, al verlos salir de la suite del Dalai Lama, observé un cambio asombroso en los dos. Ha­bían desaparecido por completo las expresiones de suficiencia y la actitud arrogante, sustituidas por expresiones de ternura y emoción. Pa­recían dos niños. Las lágrimas corrían por las mejillas de ambos. Aun­que el efecto que ejerce el Dalai Lama no siempre es tan espectacular, he observado que la gente responde invariablemente con algún cam­bio emocional. Me había maravillado desde hacía tiempo su capaci­dad para forjar vínculos y establecer un intercambio emocional pro­fundo y significativo.

 

Establecer empatía

 

Aunque durante nuestras conversaciones en Arizona habíamos hablado de la importancia de la cordialidad y la compasión huma­nas, no fue hasta unos meses más tarde, en su hogar de Dharamsala, cuando tuve la oportunidad de explorar más detalladamente con él el tema de las relaciones humanas. Para entonces, ansiaba descubrir los principios de sus interacciones con los demás susceptibles de ser aplicados a mejorar cualquier relación, ya fuese con extraños o con familiares, amigos y amantes. Ávido por empezar, abordé el tema de inmediato.

-y ahora, sobre las relaciones humanas..., ¿cuál diría que es el método o la técnica más efectiva para conectar con los demás de una forma significativa y reducir los conflictos?

Me miró fijamente por un momento. No fue una mirada de eno­jo, pero hizo que me sintiera como si acabara de pedirle que me diera la composición química del polvo lunar.

Tras una breve pausa, respondió:

-Bueno, el trato con los demás es un tema muy complejo. No hay manera de encontrar una fórmula con la que se puedan solucio­nar todos los problemas. Es un poco como cocinar. Si se prepara una comida deliciosa, el proceso pasa por diversas fases. Quizá haya que hervir las verduras por separado, para luego sofreírlas y cocinarlas de forma especial, mezclándolas con especias, y así sucesivamente; el resultado final es un producto delicioso. Lo mismo sucede en las re­laciones; existen muchos factores. No se puede decir: «Este es el método» o «Ésta es la técnica».

No era exactamente la clase de respuesta que yo buscaba. Pensé que se mostraba evasivo y tuve la impresión de que, seguramente, tendría algo más concreto que ofrecerme, así que seguí presionándolo.

-Bueno si no hay un método único para mejorar nuestras rela­ciones, ¿hay quizá algunas normas generales que puedan ser útiles.

El Dalai Lama pensó un momento antes de contestar.,

-Sí. Antes hablamos de la importancia de acercarse a los demás con actitud compasiva. Eso es crucial. Claro que no es suficiente con decirle a alguien: «Es muy importante ser compasivo; hay que tener más amor». Una receta tan sencilla no sería provechosa. Pero un me­dio efectivo para inducir a ser más cálido y compasivo consiste ,en razonar acerca del valor y los beneficios prácticos de la compasión, así como hacer reflexionar a las personas sobre sus sentimientos cuando los otros son amables con ellas. Eso en cierto modo los prepara, de tal ma­nera que se producirá más de un efecto a medida que sigan realizan­do esfuerzos por ser más compasivos.

»Al considerar los diversos medios para desarrollar mas compa­sión, creo que la empatía es un factor importante. La capacidad para apreciar el sufrimiento del otro. Tradicionalmente una, de las técnicas budistas para acrecentar la compasión consiste en imaginar una situación en la que sufre un ser sensible, por ejemplo una oveja a punto de ser sacrificada y luego tratar de imaginar el sufrimiento de esa oveja. El Dalai Lama se detuvo un momento para reflexionar, mientras pasaba entre los dedos con expresión ausente las cuentas de una espe­cie de rosario.

-Pienso -siguió diciendo- que si tratáramos con alguien que se mostrara muy frío e indiferente, esta técnica de visualización no se­ría muy efectiva. Sería como si se lo pidiera al carnicero dispuesto a sacrificar una oveja; está tan endurecido, tan acostumbrado ,que eso no haría mella en él. Así que sería muy difícil explicar esa técnica y utilizarla con algunos occidentales acostumbrados a cazar y pescar por simple diversión, como una forma de distracción...

-En ese caso -le sugerí-, quizá no sea una técnica efectiva pedir­le a un cazador que se imagine el sufrimiento de su presa, pero se pue­den despertar sus sentimientos pidiéndole que se imagine a su perro de caza favorito atrapado en una trampa y gañendo de dolor.

-Sí, exactamente -asintió el Dalai Lama-. Creo que se podría ajustar esa técnica a las circunstancias. Por ejemplo, es posible que la persona en cuestión no experimente fuerte empatía con los animales, pero puede sentirla con un miembro de su familia o un amigo. En tal caso, podría visualizar una situación en que la persona querida sufrie­ra o pasara por una situación trágica para luego imaginar cómo res­pondería. Así que se puede intentar acrecentar la compasión tratando de establecer empatía con el sentimiento o la experiencia de otro.

»Creo que la empatía es importante, no sólo como medio para au­mentar la compasión, sino que en términos generales, al tratar con los demás cuando están en dificultades, resulta extremadamente útil para situarse en el lugar del otro y ver cómo reaccionaría uno ante la situa­ción. Aunque no se tengan experiencias comunes con la otra persona o su estilo de vida sea muy diferente, siempre puede intentarse con la imaginación. Quizá haya que ser algo creativo. Esta técnica supone la capacidad para suspender temporalmente el propio punto de vista y buscar la perspectiva de la otra persona, imaginar cuál sería la si­tuación si uno estuviera en su lugar, y cómo la afrontaría. Eso ayuda a desarrollar una conciencia de los sentimientos del otro y a respetar dichos sentimientos, algo importante para reducir los conflictos y problemas con los demás.

 

Esa tarde nuestra entrevista fue breve. Se me había incluido con di­ficultad y en el último momento en la poblada agenda del Dalai Lama y mantuvimos la conversación a últimas horas del día, como había su­cedido en varias ocasiones. Fuera, el sol empezaba a ponerse, llenan­do la estancia de una luz crepuscular agridulce, convirtiendo el ama­rillo pálido de las paredes en un ámbar más profundo y sembrando de ricos matices dorados las imágenes budistas. El ayudante del Dalai Lama entró silenciosamente en la estancia, indicando el final de nues­tra sesión. Enfrascado en la conversación, pregunté:

-Sé que tenemos que terminar, pero ¿tiene otros consejos para ayudar a crear empatía con los demás?.

Haciéndose eco de las palabras que habia pronunciado muchos meses antes en Arizona, contestó con una afable simplicidad: -Siempre me acerco a los demás en el terreno básico que nos es común. Todos tenemos una estructura física, una mente, emociones. Todos hemos nacido del mismo modo y todos moriremos. Todos de­seamos alcanzar la felicidad y no sufrir. Al mirar a los demás desde esa perspectiva, en lugar de percibir diferencias secundarias, como el he­cho de que yo sea tibetano y tenga una religión y unos antecedentes culturales diferentes, experimento la sensación de hallarme ante al­guien que es exactamente igual que yo. Creo que relacionarse con una persona en ese nivel facilita el intercambio y la comunicación.

Y tras decir esto se levantó, sonrió, me estrechó la mano y se retiró. A la mañana siguiente continuamos nuestra discusión en el hogar del Dalai Lama.

-En Arizona hablamos mucho sobre la importancia de la compa­sión en las relaciones humanas y ayer abordamos el papel de la em­patía para mejorar nuestra capacidad para relacionamos...

-Sí -dijo el Dalai Lama.

-Además de eso, ¿puede sugerir algún método o técnica adicional?

-Bueno, como ya le comenté ayer, no hay una o dos técnicas sen­cillas capaces de resolver todos los problemas. Sin embargo, creo que hay algunas cosas que pueden ayudar. En primer lugar, es útil conocer y valorar los antecedentes de la persona con la que estamos tra­tando. Mantener una actitud mental abierta y honrada también nos ayuda. Esperé, pero él no añadió nada más.

. -¿Puede sugerir algún otro método para mejorar nuestras relaciones?

El Dalai Lama pensó un momento. -No -contestó, echándose a reír. Consideré que esos consejos eran demasiado simplistas. Sin em­bargo, y puesto que eso parecía ser todo lo que él tenía que decir por el momento, abordamos otros temas.

 

Aquella tarde fui invitado a cenar en casa de unos amigos tibeta­nos en Dharamsala. Organizaron una velada muy animada. La comi­da fue excelente, con un deslumbrante despliegue de platos especiales cuya estrella fue el Mo Mas tibetano, a base de sabrosas albóndigas de carne. A medida que transcurría la cena, se animó la conversación. Los invitados no tardaron en contar historias subidas de tono sobre las situaciones embarazosas en que se habían visto durante una bo­rrachera. Entre los invitados se encontraba una conocida pareja ale­mana, ella arquitecta y él autor de una docena de libros.

Como estaba interesado en sus libros me acerqué al escritor y en­tablé conversación con él. Sus respuestas eran breves y superficiales; su actitud, abrupta y distante. Convencido de que era un hosco esnob me resultó inmediatamente antipático. Me consolé pensando que al menos habia intentando conectar con él y entablé conversación con otros invitados más amistosos.

Al día siguiente estaba con un amigo en un café del pueblo y, mien­tras tomábamos el té, le conté lo ocurrido la noche anterior. -Realmente, disfruté con todos, excepto con Rolf, ese escritor... Parecía tan arrogante y..., bueno, poco amistoso.

, -Lo conozco, desde hace varios años -dijo mi amigo-, y sé que esa es la impresión que causa, pero sólo porque al principio es un poco tímido y reservado. En realidad, es una persona maravillosa si se le llega a conocer un poco... -Yo no me dejaba convencer y mi ami­go siguió diciendo-; A pesar de ser un escritor de éxito, ha tenido en su vida más dificultades de las que se merecía. Su familia sufrió tre­mendamente a manos de los nazis durante la Segunda Guerra Mun­dial. Rolf tiene dos hijos, a los que está muy entregado, que han naci­do con un extraño trastorno genético que los discapacita física y mentalmente. En lugar de amargarse por ello o pasarse el resto de la vida representando el papel de mártir, afrontó sus problemas con ab­negación y dedicó muchos años a trabajar como voluntario en favor de los discapacitados. Realmente, es una persona muy especial.

Volví a encontrarme con Rolf y su esposa al final de esa semana, en el pequeño aeródromo. Teníamos previsto tomar el mismo vuelo a Delhi, pero fue cancelado. El siguiente saldría al cabo de unos días, así que decidimos compartir un taxi hasta la capital, un horrible trayec­to de diez horas. La información de mi amigo había cambiado mis sentimientos hacia Rolf y durante el largo trayecto me sentí más re­ceptivo. Como consecuencia de ello, hice un esfuerzo por mantener una conversación. Inicialmente, su actitud fue la misma. Pero pron­to descubrí que, tal como me había comentado mi amigo, su distan­ciamiento se debía más a la timidez que al esnobismo. Mientras tra­queteábamos por la sofocante y polvorienta campiña del norte de la India y nos enfrascábamos cada vez más profundamente en la conversación, demostró ser una persona cálida y un excelente compañe­ro de viaje.

Al llegar a Delhi ya estaba convencido de que el consejo del Dalai Lama de «conocer los antecedentes» de las personas no era tan su­perficial como me había parecido en un principio. Sí, quizá fuera simple, pero no simplista. En ocasiones, el medio más efectivo para intensificar la comunicación es precisamente el que tendemos a con­siderar como ingenuo.

Días más tarde me encontraba todavía en Delhi, esperando el via­je que me llevaría a casa. El cambio respecto de la tranquilidad que se respiraba en Dharamsala era exasperante y me sentía de muy mal humor. Además del apabullante calor, la contaminación y las multitu­des, las aceras estaban atestadas de toda clase de depredadores urba­nos dedicados a la estafa callejera. Caminar por las abrasadoras calles de Delhi como un occidental, un extranjero, un objetivo, abordado sin tregua por los pedigüeños, era como si tuviera tatuada en la fren­te la palabra «Imbécil». Era desmoralizador.

Esa misma mañana fui víctima de una estratagema habitual a car­go de dos hombres. Uno de ellos me salpicó con pintura roja los zapa­tos en un momento en que yo estaba distraído. Un poco más adelan­te, su compinche, con aspecto de inocente limpiabotas me señaló la pintura y se ofreció para limpiarme los zapatos al precio habitual. Efectivamente, me limpió hábilmente los zapatos en pocos minutos. Una vez que hubo terminado, me pidió una suma enorme, equivalente a dos meses de salario para muchos de los habitantes de Delhi. Cuan­do protesté, afirmó que ése era el precio que habíamos convenido. Protesté de nuevo, y el muchacho se puso a gritar, atrayendo la aten­ción de la multitud, que me negaba a pagarle sus servicios. Ese mismo día, algo más tarde, supe que esta añagaza se empleaba a diario con los turistas desprevenidos.

Por la tarde almorcé con una colega en mi hotel. Lo sucedido esa mañana había quedado rápidamente olvidado y ella me preguntó por mis recientes entrevistas con el Dalai Lama. Nos enfrascamos en una conversación sobre las ideas de éste acerca de la empatía y la importancia de adoptar la perspectiva de la otra persona. Después de almor­zar tomamos un taxi y fuimos a visitar a unos amigos comunes. Cuan­do el taxi se ponía en marcha, pensé de nuevo en el limpiabotas y, mientras esas negras imágenes cruzaban por mi mente, se me ocurrió echar un vistazo al taxímetro.

-¡Pare! -grité de pronto.

. Mi amiga se sobresaltó. El taxista me miró burlonamente por el espejo retrovisor, pero siguió conduciendo. -¡Deténgase! -le exigí, con voz ahora temblorosa, con un atisbo de histeria. Mi amiga parecía conmocionada. El taxi se detuvo. Seña­lé furioso el taxímetro, blandiendo el dedo en el aire-. ¡No puso el taxímetro a cero! ¡Había más de veinte rupias cuando iniciamos la ca­rrera!

-Lo siento, señor -dijo el hombre con indiferencia, lo que me enfureció aún más-. Se me olvidó. Lo volveré a poner en marcha... -¡Usted no va a poner en marcha nada! -exploté-. Estoy harto de que hinchen los precios, me lleven en círculo o hagan todo lo que puedan por robar a la gente... ¡Estoy... harto!

Yo balbuceaba como un mojigato escandalizado, y mi amiga parecía consternada. El taxista se limitó a mirarme con la misma expre­sión desafiante de las vacas sagradas que recorren las ajetreadas ca­lles de Delhi y se detienen donde les place, con la sediciosa intención de detener el tráfico, como si yo fuera un quisquilloso incorregible. Arrojé unas pocas rupias sobre el asiento delantero y sin decir una palabra mi amiga y yo nos apeamos.

Pocos minutos más tarde paramos otro taxi y reanudamos el ca­mino. Pero no podía dejar el tema. Mientras recorríamos las calles de Delhi, no paraba de quejarme de que allí «todo el mundo» se dedica­ba a engañar a los turistas y de que no éramos para ellos más que presas. Mi colega me escuchaba en silencio mientras yo despotricaba y desvariaba.

-Bueno -dijo ella finalmente-, veinte rupias no suponen más que un cuarto de dólar. ¿Por qué enfadarse tanto? -¡Pero los principios son los que cuentan! -exclamé con piado­sa indignación-. No comprendo cómo puedes seguir tan tranquila cuando esto ocurre continuamente. ¿No te molesta? -Bueno -me contestó pausadamente-, me molestó por un momento, pero luego pensé en lo que hablamos durante el almuerzo, lo que dijo el Dalai Lama acerca de ver las cosas desde la perspectiva del otro. Mientras tú te enojabas, intentaba ver qué tenía yo en común con el taxista. Ambos deseamos buenos alimentos, dormir bien, sen­tirnos a gusto, ser queridos. Entonces, intenté imaginarme como ta­xista: todo el día en un taxi sofocante, sin aire acondicionado, sintiéndome colérica e irritada por los extranjeros ricos..., así que no se me ocurre nada mejor para que las cosas sean algo más «justas», para ser un poco más feliz, que sacarles un poco de dinero. La cuestión es que, a pesar de que consigo obtener unas pocas rupias de algún que otro turista inocente, no lo considero como una forma muy satisfactoria de llevar una vida mejor... En cualquier caso, Cuanto más me imagi­naba como taxista, menos enfadada me sentía con él. Su vida me parecía sencillamente triste... No es que esté de acuerdo con su compor­tamiento e hicimos bien al bajarnos del taxi, pero no pude enfadarme con él tanto como para odiarle.

Guardé silencio. En realidad, me sentía asombrado ante lo poco que yo había absorbido del Dalai Lama. Para entonces ya había em­pezado a apreciar el valor de «comprender al otro» y sus ejemplos acerca de cómo poner en práctica los principios. Pensé de nuevo en nuestras conversaciones, iniciadas en Arizona y continuadas ahora en la India, y me di cuenta de que, ya desde el principio, habían ad­quirido un tono clínico, como si yo le hiciera preguntas sobre anato­mía humana sólo que, en este caso, era la anatomía de la mente y el espíritu humanos. Hasta ese momento, sin embargo, no se me había ocurrido aplicar plenamente sus ideas a mi propia vida; siempre ha­bía tenido la vaga intención de tratar de ponerlas en práctica en el fu­turo, cuando dispusiera de más tiempo.

 

Examen de la base fundamental de una relación

 

Mis conversaciones con el Dalai Lama en Arizona se habían ini­ciado con un análisis de las fuentes de la felicidad. A pesar de que él había elegido vivir como un monje, se ha demostrado que el matri­monio puede traer la felicidad, al aportar estrechos vínculos que pro­porcionan satisfacción. Entre estadounidenses y europeos se han lle­vado a cabo muchos estudios que demuestran que en general la gente casada es más feliz y se siente más satisfecha con la vida que las personas solteras o viudas, por no hablar de los divorciados o separados. Una encuesta descubrió que seis de cada diez estadounidenses que califican su matrimonio de «muy feliz» también consideran su vida, en conjunto, como «muy feliz». Al analizar el tema de las relacio­nes humanas, me pareció importante sacar a relucir esa fuente de felicidad.

Minutos antes de una de las entrevistas programadas con el Dalai Lama, me encontraba sentado con un amigo en el patio exterior del hotel, en Tucson, tomando un refresco. Tras mencionar el tema del idi­lio amoroso y el matrimonio, que deseaba plantear en mi entrevista, mi amigo y yo no tardamos en lamentarnos de ser solteros. Mientras hablábamos, una pareja joven, de aspecto saludable, de vacaciones y quizá golfistas, se sentaron a una mesa, cerca de nosotros. Ofrecían el aspecto de un matrimonio de tipo medio; no en luna de miel, pero jó­venes y sin duda enamorados. «Tiene que ser agradable», pensé.

Apenas se hubieron sentado empezaron a discutir.

-¡Te dije que llegaríamos tarde! -acusó con acidez la mujer, con una voz sorprendentemente ronca, fruto sin duda de años de tabaco y alcohol-. Ahora apenas si tendremos tiempo para estar un momen­to sentados. ¡Ni siquiera puedo disfrutar de la comida!

-Si no hubieras tardado tanto tiempo en prepararte... -replicó el hombre, can tono más sereno, pero cargado de hostilidad.

-Ya estaba preparada hace media hora -refutó ella-. Pero tú tenías que terminar de leer el periódico...

Y continuaron de ese modo. La discusión no acababa. Tal como dijo Eurípides: «Cásate; es posible que salga bien. Pero cuando un matrimonio fracasa, se vive un verdadero infierno en el hogar.

Aquella discusión, cuya acritud aumentó rápidamente, terminó con nuestros lamentos de solteros. Mi amigo alzó los ojos y citó una frase de Seinfeld:

-«¡Oh, sí! ¡Deseo casarme muy pronto!»

Apenas unos momentos antes tenía la intención de conocer la opi­nión del Dalai Lama sobre las alegrías y virtudes del idilio amoroso y el matrimonio. En lugar de eso, en cuanto entré en la suite de su hotel y casi antes de sentarme, pregunté:

-¿Por qué surgen conflictos con tanta frecuencia en los matri­monios?

-Cuando se trata de conflictos, las cosas pueden ser bastante com­plejas -explicó el Dalai Lama-. Hay muchos factores implicados. Así que cuando tratamos de comprender los problemas de relación, es preciso reflexionar primero sobre la naturaleza fundamental y la base de esa relación.

»Así que, antes que nada, hay que reconocer que existen diferen­tes clases de relación y examinar esas diferencias. Por ejemplo, dejan­do de lado por el momento el tema del matrimonio y centrándonos en las amistades corrientes, observamos que hay diferentes clases de amis­tad. Algunas se basan en la riqueza, el poder o la posición. En esos casos, la amistad continúa mientras tengas poder, riqueza o posición. En cuanto desaparecen, la amistad se desvanece. Por otro lado, hay una amistad basada no en consideraciones de riqueza, poder y posi­ción, sino más bien en el verdadero sentimiento humano, en un senti­miento de proximidad, en el que existe la sensación de compartir, de estar conectado. Ésa es la amistad que yo llamaría genuina, porque no la mediatiza la riqueza, la posición o el poder. Lo fundamental para una amistad genuina es un sentimiento de afecto. Si falta, no se pue­de mantener una verdadera amistad. Lo hemos mencionado antes y es bastante evidente, pero si se tienen problemas de relación a me­nudo resulta muy útil retroceder un poco y reflexionar sobre la base de ella.

»Del mismo modo, si alguien tiene problemas con su cónyuge, quizá sea útil examinar la base de la relación. A menudo, por ejemplo, hay relaciones cimentadas por una atracción sexual inmediata. Cuan­do una pareja acaba de conocerse es posible que se sientan locamen­te enamorados y muy felices. -Se echó a reír-. Pero cualquier decisión tomada en ese momento sería muy inestable. Del mismo modo que uno puede enloquecer a causa de una cólera u odio muy intensos, también es posible que un individuo enloquezca impulsado por la in­tensidad de la pasión o el placer. Incluso situaciones en las que el indi­viduo piensa: "Bueno, mi novio o mi novia no es en realidad una bue­na persona, pero a pesar de todo me sigue atrayendo". Así pues, una relación basada en esa atracción inicial es muy poco fiable, muy ines­table, porque se apoya en algo pasajero. Ese sentimiento dura muy poco, desaparecerá al cabo de poco tiempo. -Hizo chascar los de­dos-. En consecuencia, no debería sorprender a nadie que la relación empezara a tener problemas, y todo matrimonio basado en ella tuvie­ra conflictos... Pero ¿usted qué piensa?

-Sí, estoy de acuerdo con usted en eso -admití-. Parece ser-que en toda relación, incluso en las más ardientes, la pasión termina por en­friarse. Algunas investigaciones han demostrado que quienes consi­deran la pasión y el romanticismo esenciales para su relación, suelen desilusionarse y divorciarse. Ellen Berscheid, psicóloga social de la Universidad de Minnesota, lo estudió y llegó a la conclusión de que la incapacidad para percatarse de la limitada vida media del amor apa­sionado puede acabar con una relación. Ella y sus colegas creen que el aumento de los índices de divorcio durante los últimos veinte años se halla en parte relacionado con la creciente importancia que concede la gente a experiencias emocionales intensas en sus vidas, como es el caso del amor romántico. Porque es difícil mantener esas experiencias durante mucho tiempo...

-Eso parece muy cierto -asintió-. Al abordar esos problemas, se da uno cuenta de la tremenda importancia que tienen el examen y la comprensión de la naturaleza fundamental de las relaciones. »Ahora bien, aunque muchas relaciones se basan en la atracción sexual inmediata, en otras la persona juzga con serenidad que desde el punto de vista físico el otro no es demasiado atractivo, pero es una persona buena y amable. Una relación como ésta es mucho más duradera, porque genera una verdadera comunicación entre los dos...

El Dalai Lama se detuvo un momento, como si meditara, antes de añadir:.

-Conviene dejar claro que también se puede tener una relación buena y saludable que incluya la atracción sexual. Parece ser, por tan­to, que existen dos clases de relación basadas en la atracción sexual. Una de ellas obedece al puro deseo sexual. En ese caso, la motivación o el impulso que hay tras el vínculo es realmente la satisfacción tem­poral, la gratificación inmediata. Los individuos se relacionan entre si no tanto como personas, sino más bien como objetos. Ese vínculo no es muy sano, porque sin ningún componente de respeto mutuo termi­na por convertirse casi en prostitución, como una casa construida so­bre cimientos de hielo: el edificio se desploma en cuanto se funde el hielo.

»No obstante, hay relaciones en que la atracción sexual, si bien es poderosa, no es fundamental. Existe un aprecio de valores relaciona­dos con la cordialidad. Estas relaciones son, por lo general, más du­raderas y fiables. y para establecer una relación semejante es preciso dedicar tiempo suficiente a conocer las características del otro.

»En consecuencia, cuando mis amigos me preguntan sobre el matrimonio, suelo preguntarles desde cuándo conocen a su pareja. Si me contestan que desde hace sólo unos meses, suelo decirles: "Oh, eso es demasiado poco". Si me hablan de unos años, ya me parece mejor porque sé que entonces no sólo conocen el aspecto físico del otro, sino también su naturaleza más profunda...

-Eso me recuerda la afirmación de Mark Twain: «Ningún hom­bre o mujer sabe realmente qué es el amor perfecto hasta que no lleva casado un cuarto de siglo».

El Dalai Lama asintió con un gesto y continuó:

-Sí... Creo que muchos problemas aparecen sencillamente porque las personas no se conceden tiempo suficiente para conocerse unas a otras. En cualquier caso, creo que si alguien trata de construir una re­lación verdaderamente satisfactoria, la mejor forma de conseguirlo es conociendo la naturaleza profunda del otro, y relacionándose con él  en ese nivel, en lugar de hacerlo simplemente a través de las características superficiales. Y en esas relaciones también juega un papel la verdadera compasión.

»He oído decir a muchas personas que su matrimonio tiene un sen­tido más profundo que la simple relación sexual, que el matrimonio implica a dos personas que tratan de enlazar sus vidas, compartir sus vicisitudes y la intimidad. Si esa afirmación es honesta, la relación es sana. Toda relación sana implica responsabilidad y compromiso. Cla­ro que el contacto físico, la relación sexual de la pareja, puede tener un efecto calmante sobre la mente. Pero, después de todo, desde el punto de vista biológico, el propósito principal de la relación sexual es la reproducción. Y para realizado con éxito, hay que tener una ac­titud de compromiso hacia la descendencia, para que ésta pueda so­brevivir y desarrollarse. Por eso es tan importante potenciar la capa­cidad para la responsabilidad y el compromiso. Sin ella, la relación únicamente ofrece una satisfacción temporal. Es simple diversión. Se echó a reír, con una risa que parecía maravillada por el com­portamiento humano.

 

Relaciones basadas en el romanticismo

 

Me resultaba extraño estar hablando de sexo y matrimonio con un hombre de más de sesenta años y célibe. No parecía reacio a hablar de estos temas, aunque sí pude observar un cierto distanciamiento en sus comentarios.

Esa misma noche, algo más tarde, al pensar en nuestra conversa­ción, se me ocurrió que aún quedaba un componente importante de las relaciones del que no habíamos hablado, y sentía curiosidad por saber cuál era su postura. Se lo planteé al día siguiente.

-Ayer hablamos de las relaciones y de la importancia de basar una relación íntima o matrimonial en algo más que en el sexo -em­pecé a decir-. Pero, en la cultura occidental, lo que se considera muy deseable no es únicamente el acto sexual físico, sino el clima de ro­manticismo, estar profundamente enamorado del otro. En las pelícu­las, la literatura y la cultura popular encontramos una exaltación de este amor romántico. ¿Cuál es su punto de vista?

El Dalai Lama me contestó sin vacilación.

-Creo que, dejando aparte hasta qué punto la búsqueda continua del amor romántico puede afectar a nuestro desarrollo espiritual más profundo, incluso desde la perspectiva de un estilo de vida convencio­nal habría que considerar la idealización de ese amor romántico como un caso extremo. A diferencia de las relaciones en que hay atención ha­cia el otro y afecto genuino, no puede verse como algo positivo -afir­mó con decisión-. Se trata de algo basado en la fantasía, inalcanza­ble; por lo tanto, puede ser una fuente de frustración. Así pues, no debería ser considerado como algo positivo.

El tono taxativo del Dalai Lama parecía indicar que no tenía nada más que decir al respecto. A la vista del tremendo énfasis que pone nuestra sociedad en el romanticismo, tuve la impresión de que él de­sechaba demasiado a la ligera su atractivo. Dada la educación monás­tica del Dalai Lama, imaginé que no lo comprendía y que preguntar­le sobre temas relacionados con el amor romántico era como pedirle que acudiera al aparcamiento para echarle un vistazo a mi coche por un problema que tenía con la transmisión. Ligeramente decepcionado, me apresuré a consultar mis notas y me dispuse a plantear otros temas.

 

¿Qué hace que el amor romántico sea tan atractivo? Al examinar esta cuestión se descubre que eros, el amor romántico, sexual, apasio­nado, el éxtasis definitivo, es un potente cóctel de ingredientes cultu­rales, biológicos y psicológicos. En la cultura occidental, la idea ha florecido durante los últimos doscientos años bajo la influencia del romanticismo, un movimiento que ha contribuido mucho a configu­rar nuestra percepción del mundo y que surgió como un rechazo del período anterior, la Ilustración, con su énfasis en la razón humana.

El nuevo movimiento exaltaba la intuición, la emoción, el sentimiento, la pasión. Subrayaba la importancia del mundo sensorial, de la expe­riencia subjetiva del individuo, y tendía hacia el mundo de la imagi­nación, de la fantasía, de la búsqueda de un ámbito que no existe, de un pasado idealizado o de un futuro utópico. Esta idea ha ejercido una profunda influencia no sólo en el arte y la literatura, sino también en la política y en todos los aspectos de la cultura occidental moderna. El impulso romántico persigue el enamoramiento. En nosotros fun­cionan poderosas fuerzas que nos llevan a buscar este sentimiento; aquí no se trata simplemente de la glorificación del amor romántico, que hemos recogido de nuestra cultura. Muchos investigadores creen que estas fuerzas se hallan en nuestros genes. El enamoramiento, in­variablemente mezclado con la atracción sexual, quizá sea un com­ponente genéticamente determinado del instinto de apareamiento. Desde una perspectiva evolutiva, la tarea principal del organismo es la de sobrevivir, reproducirse y asegurar la supervivencia de la espe­cie. Redunda por tanto en interés de las especies el que estemos pro­gramados para enamorarnos; eso aumenta, ciertamente, las probabi­lidades de apareamiento y reproducción. Disponemos por lo tanto de mecanismos innatos que nos ayudan a que eso suceda; así, en res­puesta a ciertos estímulos, nuestros cerebros fabrican y bombean sus­tancias químicas capaces de crear una sensación eufórica, el «entu­siasmo» asociado con el enamoramiento que a veces nos abruma y bloquea otros sentimientos.

Las fuerzas psicológicas que nos impulsan a buscar el enamora­miento son tan compulsivas como las fuerzas biológicas. En el Sim­posium de Platón, Sócrates cuenta la historia del mito de Aristófanes sobre el origen del amor sexual. Según este mito, los habitantes origi­nales de la Tierra eran criaturas de tronco esférico, cuatro manos y Cuatro pies. Estos seres asexuados y autosuficientes eran muy arro­gantes y atacaron repetidamente a los dioses. Para castigarlos, Zeus los dividió con sus rayos. Cada criatura quedó entonces convertida en dos, y las mitades anhelaban volver a unirse.

Eros, el impulso hacia el amor apasionado y romántico, puede ver­se como este antiguo deseo de fusión con la otra mitad. Parece ser una necesidad humana, universal e inconsciente; fundirse con el otro, derribar las fronteras, llegar a ser uno solo con el ser querido. Los psi­cólogos llaman a esto el hundimiento de las fronteras del ego. Algunos creen que este proceso tiene sus raíces en nuestras primeras experien­cias, las que tenemos en un estado primigenio en el que el niño se fun­de por completo con el progenitor o con la persona que lo cuida.

Las pruebas sugieren que los recién nacidos no distinguen entre sí y el resto del universo. No poseen sentido de la identidad personal o, al menos, su identidad incluye a la madre, a otras personas y a todos los objetos de su entorno. No saben dónde terminan ellos mismos y empieza lo «otro». Les falta lo que se conoce como permanencia del objeto: los objetos no tienen existencia independiente; si los niños no interactúan con un objeto, éste no existe. Si, por ejemplo, un niño sos­tiene un sonajero en la mano, lo reconoce como parte de sí mismo, pero en cuanto se lo quitan y lo esconden a su vista, el sonajero deja de existir.

En el momento de nacer, el cerebro todavía no está plenamente «conectado». A medida que el bebé crece y el cerebro madura, su in­teracción con el mundo que le rodea se hace más compleja y el peque­ño va adquiriendo gradualmente sentido de la identidad personal, del «yo», en contraposición con el «otro». Al mismo tiempo, se desarro­lla una sensación de aislamiento y una conciencia de las propias limi­taciones. Naturalmente, la formación de la identidad continúa durante la infancia y la adolescencia, a medida que el individuo entra en con­tacto con el mundo. Somos el resultado del desarrollo de representa­ciones internas, formadas en buena parte por reflejos de las primeras interacciones con las personas importantes de nuestra historia perso­nal y por reflejos del papel que tenemos en el conjunto de la socie­dad. Poco a poco, la identidad personal y la estructura intrapsíquica se hacen más complejas.

Pero es muy probable que una parte de nosotros siga tratando de regresar a un estado anterior, un estado bienaventurado en el que no existía sentimiento de aislamiento o separación. Muchos psicólogos contemporáneos creen que la primera experiencia de «unicidad» queda incorporada a nuestra mente subconsciente Y en la edad adulta im­pregna nuestro inconsciente Y nuestras fantasías íntimas. "Están con­vencidos de que la fusión con la persona amada cuando se está ena­morado es como un eco de la que hubo con la madre en la infancia. Recrea esa sensación mágica, un sentimiento de omnipotencia, como si todo fuera posible y resulta muy difícil soslayar un sentimiento se­mejante.

No es nada extraño, por tanto, que la búsqueda del amor román­tico sea algo tan poderoso. ¿Cuál es entonces el problema y por qué el Dalai Lama afirma sin vacilar que la búsqueda del romanticismo es algo negativo?

Reflexioné sobre el problema de basar una relación en el amor ro­mántico, de refugiamos en el romanticismo como una fuente de feli­cidad. Pensé entonces en David, un antiguo paciente mío. David, un arquitecto paisajista de treinta y cuatro años, se presentó en mi con­sulta con los síntomas típicos de una grave depresión. Dijo que su de­presión podía haber sido desencadenada por algunas tensiones, rela­cionadas con el trabajo, pero que «en realidad, parecía haber surgido de la nada». Analizamos la opción de administrar un psicofármaco, que él aceptó. La medicación fue muy efectiva y los síntomas agudos desaparecieron al cabo de tres semanas, de modo que él pudo regresar a su vida normal. Al explorar su historial, sin embargo, no tardé en darme cuenta de que, además de la depresión aguda, también sufría de distimia, una insidiosa depresión crónica de baja intensidad, presente desde hacía muchos años. Una vez que se hubo recuperado de la de­presión aguda, empezamos a explorar su historia personal, dando por supuesto que nos ayudaría a comprender cómo se habría producido la distimia.

Después de unas cuantas sesiones, un día David llegó a la consulta jubiloso.

-¡Me siento maravillosamente bien! -declaró-. ¡No me había sentido tan bien desde hacía años! Mi reacción ante esa noticia fue preguntarme si no había entrado en una fase de perturbación. Pero no se trataba de eso. -¡Estoy enamorado! -me dijo-. La conocí la semana pasada en una subasta. Es la mujer más hermosa que he visto jamás. Esta se­mana hemos salido juntos casi todas las noches, y tengo la impresión de que somos compañeros de toda la vida, nacidos el uno para el otro. ¡Simplemente, no me lo puedo creer! No había salido con nadie des­de hacía dos o tres años y empezaba a creer que ya no podría hacerlo cuando, de pronto, aparece ella.

David se pasó la mayor parte de la sesión catalogando las nota­bles virtudes de su nueva amiga.

-Creo que estamos hechos el uno para el otro en todos los senti­dos. No se trata únicamente de una cuestión sexual; nos interesamos por las mismas cosas y hasta nos asusta damos cuenta de que pensa­mos lo mismo. Naturalmente, soy realista y me doy cuenta de que na­die es perfecto... Como por ejemplo la otra noche, en que me sentí un tanto molesto porque pensé que flirteaba con unos hombres en el club donde estábamos..., pero los dos habíamos bebido demasiado y ella no hacía sino divertirse. Más tarde hablamos de ello y lo aclaramos. David regresó a la semana siguiente para anunciarme que había decidido dejar la terapia.

-Todo está funcionando maravillosamente bien en mi vida. Sen­cillamente, no veo de qué podemos hablar en la terapia -me expli­có-. Mi depresión ha desaparecido. Duermo como un bebé. He recuperado mi ritmo de trabajo y mantengo una magnífica relación que no hace sino mejorar cada vez más. Creo que nuestras sesiones me han ayudado, pero en estos momentos no veo razón alguna para se­guir gastando dinero en ellas.

Le dije que me alegraba de que todo le fuera tan bien, pero le re­cordé algunos de los conflictos que habíamos empezado a identificar y que podrían haberlo conducido a su distimia. Por mi mente pasaron todos los términos psiquiátricos habituales, como «resistencia» y «de­fensas». David, sin embargo, no se dejó convencer.

-Bueno, quizá algún día examine esas cosas -me dijo-, pero creo que todo lo ocurrido ha tenido mucho que ver con la soledad, con la sensación de que me faltaba alguien, una persona especial con la que compartir mis cosas, y ahora ya la he encontrado.

Se mostró inflexible en cuanto a dar por terminada la terapia ese mismo día. Tomamos medidas para que su médico de cabecera man­tuviera un seguimiento del régimen de medicación, dedicamos la se­sión a una revisión y terminé asegurándole que podía venir a verme siempre que lo deseara.

Varios meses más tarde, David regresó a la consulta.

-Lo he pasado muy mal -dijo con tono abatido-. La última vez que le vi las cosas funcionaban magníficamente. Creí haber encontra­do realmente a la pareja ideal. Le planteé incluso el matrimonio. Pero cuanto más cerca quería estar de ella, tanto más se alejaba de mí. fi­nalmente, rompió conmigo, y durante un par de semanas volví a es­tar realmente deprimido. Empecé incluso a llamarla sin decir nada, sólo para escuchar su voz, y a acercarme a su lugar de trabajo sólo para ver si su coche estaba allí. Después de aproximadamente un mes sentí náuseas ante lo que estaba haciendo; me parecía ridículo. Enton­ces, al menos, la depresión mejoró un poco. Ahora como y duermo bien, me va bien en el trabajo y tengo mucha energía, pero sigo con la sensación de que me falta algo. Es como si hubiera retrocedido, me siento exactamente como me he sentido durante tantos años...

Reanudamos la terapia.

 

Parece claro que, como fuente de felicidad, el amor romántico deja mucho que desear. Y quizá el Dalai Lama no andaba tan descamina­do al rechazar el amor romántico como base para una relación y al describirlo como una simple «fantasía... inalcanzable», algo que no merecía nuestros esfuerzos. Considerándolo más atentamente, tal vez él hacía una descripción objetiva de la naturaleza del amor románti­co y no, como yo creía, un juicio negativo, promovido por sus muchos años de formación monacal. Hasta los diccionarios, que ofrecen nu­merosas definiciones de «idilio» y «romántico», emplean profusamen­te expresiones como «historia ficticia», «exageración», «falsedad», «fantasioso o imaginativo», «no práctico», «sin base en los hechos», «característico o preocupado por el acto amoroso o el cortejo ideali­zado», «obsesionado por hechos amatorios idealizados», etcétera. Es evidente que en algún momento de la civilización occidental se ha producido un cambio. El concepto antiguo de eros, Con su compo­nente de fusión con el otro, ha adquirido un nuevo significado. El idi­lio romántico adopta así una cualidad artificial, con matices de fraude y engaño, lo que indujo a Oscar Wilde a observar crudamente: «Cuan­do uno está enamorado, empieza siempre por engañarse a sí mismo y acaba siempre engañando a los demás. Eso es lo que el mundo consi­dera un idilio romántico».

Antes exploramos el papel de la proximidad y la intimidad en la fe­licidad humana. No cabe la menor duda de que es importante. Pero si buscamos una satisfacción duradera en una relación, el fundamento de la misma tiene que ser sólido. Por esa razón el Dalai Lama nos ani­ma a examinar la base de nuestros vínculos. La atracción sexual, e in­cluso la intensa sensación de enamoramiento, pueden tener un papel en la creación del vínculo inicial entre dos personas, pero lo mismo que sucede con el pegamento, este factor tiene que mezclarse con otros ingredientes para formar una unión duradera. Al tratar de iden­tificarlos, nos volvemos una vez más hacia lo que aconseja el Dalai Lama para construir una relación sólida: afecto, compasión y respeto mutuo. Esas cualidades nos permiten alcanzar una vinculación más profunda y significativa, no sólo con nuestro amante o cónyuge, sino también con amigos, conocidos e incluso personas totalmente extra­ñas; es decir, virtualmente con todos los seres humanos. Nos abre po­sibilidades y oportunidades ilimitadas para la conexión.

 

7  El valor y los beneficios de la compasión

 

Definición de la compasión

 

A medida que avanzaban nuestras conversaciones, descubrí que la compasión en la vida del Dalai Lama es mucho más que el mero cul­tivo de la benevolencia para mejorar la relación con los demás: como budista practicante, la compasión era indispensable para su desarro­llo espiritual.

-Dada la importancia que le concede el budismo, como parte esencial del desarrollo espiritual-pregunté-, ¿podría definirme con mayor claridad qué quiere decir al hablar de «compasión»?

El Dalai Lama contestó:

-La compasión puede definirse como un estado mental que no es violento, no causa daño y no es agresivo. Se trata de una actitud men­tal basada en el deseo de que los demás se liberen de su sufrimiento, y está asociada con un sentido del compromiso, la responsabilidad y el respeto a los demás. »En la definición de compasión, la palabra tibetana Tse-wa deno­ta también un estado mental que implica el deseo de cosas buenas para uno mismo. Para desarrollar el sentimiento de compasión, puede empezarse por el deseo de liberarse uno mismo del sufrimiento, para lue­go cultivarlo, incrementarlo y dirigirlo hacia los demás.

»Ahora bien, cuando la gente habla de compasión, creo que la confunde a menudo con el apego. Así que tenemos que establecer primero una distinción entre dos clases de amor o compasión. La prime­ra se halla matizada por el apego, se ama a otro esperando que el otro nos ame a su vez. Esta compasión es bastante parcial y sesgada, y una relación basada exclusivamente en ella es inestable. Una relación apo­yada en la percepción e identificación de la persona como un amigo puede conducir a un cierto apego emocional y a una sensación de pro­ximidad. Pero si se produce un cambio en la situación, un desacuerdo quizá, o que el otro haga algo que nos enoje, cambia la perspectiva y desaparece el otro como "amigo". El apego emocional se evapora en­tonces y, en lugar de amor y preocupación, quizá se experimente odio. Así pues, ese amor basado en el apego puede hallarse estrechamente vinculado con el odio.

»Pero existe una compasión libre de tal apego. Ésa es la verdadera compasión. No obedece tanto a que tal o cual persona me sea que­rida como al reconocimiento de que todos los seres humanos desean, como yo, ser felices y superar el sufrimiento. y también, como me su­cede a mí, tienen el derecho natural de satisfacer esta aspiración fundamental. Sobre la base del reconocimiento de esta igualdad, se de­sarrolla un sentido de afinidad. Tomando eso como fundamento, se puede sentir compasión por el otro, al margen de considerarlo amigo o enemigo. Tal compasión se basa en los derechos fundamentales del otro y no en nuestra proyección mental. De ese modo, se genera amor y compasión, la verdadera compasión.

»Vemos entonces que establecer la distinción entre estas dos cla­ses de compasión y cultivar la verdadera puede ser algo muy impor­tante en nuestra vida cotidiana. En el matrimonio, por ejemplo, existe generalmente un componente de apego emocional. Pero si interviene también la verdadera compasión, basada en el respeto mutuo como seres humanos, el matrimonio tiende a durar mucho tiempo. En el caso del apego emocional sin compasión, en cambio, el matrimonio es más inestable, con tendencia a fracasar.

Esa compasión universal, divorciada del sentimiento personal me parecía una exigencia excesiva.

-Pero el amor o la compasión es un sentimiento subjetivo. Creo que el tono del sentimiento sería el mismo, tanto si se «matiza con ape­go» como si es «verdadero». ¿Por qué es importante hacer una dis­tinción?

El Dalai Lama me contestó con firmeza.

-En primer lugar, creo que hay diferencias entre el amor genuino, o compasión, y el amor basado en el apego. No es el mismo sentimien­to. La verdadera compasión es mucho más fuerte, amplia y profunda. El amor y la compasión verdaderos también son más estables, más fiables. Por ejemplo, ves a un animal sufriendo intensamente, como un pez que se debate con el anzuelo en la boca, y no puedes soportar su dolor. No se debe a ninguna conexión especial con ese animal un sentimiento que se expresaría con: «Ese animal es mi amigo». En este caso, tu compasión surge simplemente del reconocimiento de que ese otro ser también tiene sentimientos, también experimenta dolor y tie­ne derecho a no sufrir. Así pues, esa compasión, no mezclada con el deseo o el apego, es mucho más sana y perdurable.

Seguí ahondando un poco más en el tema.

-En su ejemplo de ver sufrir intensamente a un pez, plantea una cuestión vital, asociada Con la incapacidad de soportar su dolor. -Sí -contestó el Dalai Lama-. En cierto sentido, podría defi­nirse la compasión como el sentimiento de no poder soportar el sufri­miento de otros seres sensibles. y para generar ese sentimiento se tiene que haber apreciado antes la gravedad o la intensidad del sufrimien­to del otro. Así pues, creo que cuanto más plenamente comprenda­mos el sufrimiento, tanto más profunda será nuestra capacidad de compasión.

-Bien -dije, dispuesto a abordar lo esencial-, sin duda una mayor conciencia del sufrimiento del otro puede intensificar nuestra capacidad para la compasión. De hecho, la compasión supone, por de­finición, abrirse al sufrimiento del otro, compartirlo. Pero hay una cuestión más básica: ¿por qué deseamos asumir el sufrimiento del otro cuando ni siquiera queremos soportar el propio? La mayoría de no­sotros hace todo lo posible para evitar el dolor, hasta el punto de to­mar drogas, por ejemplo. Entonces, ¿por qué asumir deliberadamen­te el sufrimiento de otro?

El Dalai Lama me contestó sin vacilación.

-Creo que hay una diferencia cualitativa. -Hizo una pausa y lue­go, como si se hubiera percatado sin esfuerzo de mis sentimientos, continuó-: Al pensar en nuestro sufrimiento, nos sentimos abruma­dos, como si soportáramos una pesada carga, e impotentes. Hay un cierto desánimo, como si nuestras facultades se debilitaran.

»Al generar compasión, en cambio, al asumir el sufrimiento de otro, también se puede experimentar inicialmente un cierto grado de inco­modidad, una sensación de que aquello es insoportable. Pero, el senti­miento es muy diferente porque, por debajo de la incomodidad, hay un grado muy alto de alerta y determinación, ya que se asume voluntaria y deliberadamente el sufrimiento del otro con un propósito elevado. Aparece un sentimiento de conexión y compromiso, la voluntad de abrirse a los demás, una sensación de frescura en lugar de desánimo. Recuerda la situación de un atleta. Mientras se halla sometido a un entrenamiento riguroso, el atleta sufre mucho, trabaja, suda, se es­fuerza. Puede ser una experiencia dolorosa y agotadora. Pero él no la ve como tal, sino que la asume como una experiencia asociada con un sentido: el goce. Si esa persona, sin embargo, se viera sometida a cual­quier otro trabajo físico que no formara parte de su entrenamiento - pensaría: "¿Por qué tengo que someterme a este suplicio?". Así pues, en la actitud mental radica la gran diferencia.

Estas palabras, pronunciadas con tanta convicción, me elevaron desde un sentimiento de agobio hasta otro relacionado con la posibi­lidad de la resolución del sufrimiento o de su trascendencia.

-Ha dicho que el primer paso para generar esa clase de compa­sión era la apreciación del sufrimiento. Pero ¿no existe alguna otra técnica budista para aumentar la compasión?

-Sí. En la tradición del budismo Mahayana, por ejemplo, encon­tramos dos. Se las conoce como el «método de los siete puntos de causa-efecto» y el «intercambio e igualdad de uno mismo con los de­más». Esta última se encuentra en el octavo capítulo de Guía del esti­lo de vida del Bodhisattva, de Shantideva. -Miró el reloj, dándose cuenta de que se nos acababa el tiempo-. A finales de esta semana, durante las charlas, practicaremos algunos ejercicios o meditaciones sobre la compasión.

 

El verdadero valor de la vida humana

 

-Hemos estado hablando sobre la importancia de la compasión -empecé a decir-, acerca de su convicción de que el afecto y la cor­dialidad son absolutamente necesarios para la felicidad. Pero suponga­mos que un rico hombre de negocios se le acerca y le dice: «Su Santidad, decís que la benevolencia y la compasión son actitudes decisivas en la búsqueda de la felicidad. Pero resulta que no soy por naturaleza una persona muy cálida o afectuosa. Para ser francos, no me siento particularmente compasivo o altruista. Tiendo a ser más bien racional, práctico y quizá intelectual, no experimento emociones de aquella cla­se. No obstante, me siento a gusto y feliz con mi vida. Tengo un nego­cio de mucho éxito, buenos amigos, me ocupo de mi esposa y de mis hijos y creo mantener buenas relaciones con ellos. No tengo la impre­sión de que me falte nada. Desarrollar compasión y altruismo me pa­rece muy bien, pero ¿de qué me sirve? Todo eso me parece demasiado sentimental».

-En primer lugar -replicó el Dalai Lama-, si una persona me dijera eso dudaría que fuera realmente feliz en lo más profundo de sí. Estoy convencido de que la compasión constituye la base de la supervivencia humana, el verdadero valor de la vida humana y que, sin ella, nos falta una pieza fundamental. Una fuerte sensibilidad ante los sen­timientos de los demás es producto del amor y la compasión, y sin ella el hombre de su ejemplo tendría problemas para relacionarse con su esposa. Si mantuviera realmente esa actitud de indiferencia ante el sufrimiento y los sentimientos de los demás, aunque fuera multimillo­nario, tuviera una buena educación, una familia y se hallara rodeado de amigos ricos y poderosos, lo positivo en su vida sería sólo super­ficial.

»Pero si continuara ajeno a la compasión, y creyendo que no le falta nada..., resultaría un tanto difícil ayudarle a comprender la im­portancia de ella...

El Dalai Lama se interrumpió para reflexionar. Sus pausas a lo largo de nuestra conversación no creaban un silencio incómodo en­tre nosotros, pues parecían dar más peso y significado a sus palabras cuando se reanudaba la conversación.

-Volviendo a su ejemplo, puedo señalar varias cosas. En primer lugar, le sugeriría a ese hombre que reflexionara sobre su propia ex­periencia. Se daría cuenta de que si alguien lo trata con compasión y afecto le hace feliz. Así pues, y sobre la base de esa experiencia, podría darse cuenta de que los demás también se sienten felices cuando se les demuestra afecto y compasión. En consecuencia, reconocer este he­cho contribuiría a que fuera más respetuoso con la sensibilidad de los demás y a inclinarlo hacia la compasión. Al mismo tiempo, descubri­ría que cuanto más afecto se ofrece a los demás, tanto más afecto se recibe. No creo que tardara mucho en darse cuenta de eso. Y, como consecuencia, en su vida la confianza mutua y la amistad tendrían ba­ses sólidas.

»Supongamos ahora que ese hombre tuviera toda clase de pose­siones materiales, se viera rodeado de amigos, se sintiera seguro y su familia estuviera satisfecha de disfrutar de una vida cómoda. Es con­cebible que, hasta cierto punto e incluso sin recibir afecto, el hombre no experimentara la sensación de que le falta algo. Pero si creyera que todo está bien, que no hay verdadera necesidad de desarrollar com­pasión, le diría que ese punto de vista se debe a la ignorancia y a la es­trechez de miras. Aunque pareciera que los demás se relacionan con él plenamente, en realidad podrían verse influidos por su riqueza y su poder. Así que, en cierto modo, aunque no recibieran afecto de él, qui­zá se sintieran satisfechos y no esperaran más. Pero si la fortuna de este hombre declinara, la relación se debilitaría. Entonces él empeza­ría a valorar el calor humano y sufriría.

»No obstante la compasión es algo con lo que se puede contar, y aunque se tengan problemas económicos o la buena fortuna dismi­nuya, se seguiría teniendo algo que compartir con los semejantes. Las economías mundiales son siempre poco sólidas, y estamos expuestos a muchas pérdidas en la vida, pero la actitud compasiva es algo que siempre podemos llevar con nosotros. Entró un asistente vestido con una túnica marrón y sirvió silen­ciosamente el té, mientras el Dalai Lama seguía hablando. -Claro que al intentar explicarle a alguien la importancia de la compasión podemos encontrarnos con una persona muy endurecida, individualista y egoísta, alguien preocupado únicamente por sus inte­reses. Y hasta es posible que haya personas incapaces de experimen­tar empatía. No obstante, incluso a esas personas es posible señalar­les la importancia de la compasión y el amor, argumentando que es la mejor forma de satisfacer sus propios intereses. Esas personas desean disfrutar de buena salud, vivir mucho tiempo y tener paz mental, feli­cidad y alegría. Y tengo entendido que hay pruebas científicas de que se pueden alcanzar mediante el amor y la compasión... Pero, como médico, como psiquiatra, quizá sepa usted más que yo sobre eso.

-Sí -asentí-. Creo que hay pruebas científicas que apoyan las afirmaciones sobre los beneficios físicos y emocionales de los estados mentales compasivos.

-En tal caso, creo que eso animaría ciertamente a algunas perso­nas a cultivar dicho estado mental-comentó el Dalai Lama-. Pero dejando al margen esos estudios científicos, hay argumentos que la gente podría extraer de sus experiencias cotidianas. Se podría seña lar, por ejemplo, que la falta de compasión conduce a una cierta cruel­dad. Muchos ejemplos revelan que en el fondo las personas crueles son infelices, como Stalin y Hitler. Sufren una angustiosa sensación de inseguridad y temor, incluso mientras duermen... Les falta algo que sí puede encontrarse en una persona compasiva, como la sensación de libertad, de abandono, que les permite relajarse cuando duermen. La gente cruel no tiene nunca esa experiencia. Están siempre agobia­das por algo, no pueden dejarse llevar, no se sienten libres.

»Aunque no hago sino especular -siguió diciendo-, yo diría que si se le preguntara a esas personas crueles: "¿ Cuándo se sintió más feliz, durante la infancia, mientras su madre le cuidaba, y estaba ínti­mamente unido a su familia, o ahora que tiene más poder, influencia y posición?", contestarían que su infancia fue más agradable. Creo que hasta Stalin fue querido por su madre durante su infancia.

-Stalin -observé- ha sido un ejemplo perfecto de las consecuen­cias de vivir sin compasión. Es sabido que los dos rasgos principales que caracterizaron su personalidad fueron la crueldad y el recelo. El consideraba la crueldad una virtud y se puso el apodo de Stalin, que significa «hombre de acero». Con los años se tornó cada vez más cruel. Su actitud recelosa llegó a ser legendaria. Ordenó purgas masi­vas y campañas contra diversos grupos, con el resultado de millones de personas recluidas en campos de concentración. A pesar de todo, él seguía viendo enemigos por todas partes. Poco antes de su muerte le dijo a Nikita Jruschev: «No confío en nadie, ni siquiera en mí mismo». Al final, se revolvió incluso contra su personal más fiel. y está claro que cuanto más cruel y poderoso era, más desdichado se sentía. Un amigo dijo que al final el único rasgo humano que le quedaba era la infelicidad. y su hija Svetlana describió cómo se veía agobiado por la soledad y el vacío interior, hasta el punto de que ya no creía que los demás fueran capaces de ser sinceros o de tener un corazón cálido.

»En cualquier caso, sé que sería muy difícil comprender a personas como Stalin y por qué hicieron cosas terribles. Pero vemos que inclu­so estas personas extremadamente crueles miran hacia atrás con nos­talgia, al recordar los aspectos más agradables de su infancia, como el amor que recibieron de sus madres. Y, sin embargo, ¿dónde deja eso a las personas que no vivieron infancias agradables ni tuvieron ma­dres cariñosas? ¿Qué decir entonces de las personas que fueron mal­tratadas? Estamos hablando de la compasión, así que para que la gen­te desarrolle capacidad para ella, ¿no le parece necesario que hayan sido criados por personas que les demostraran calor y afecto?

-Sí, creo que eso es importante -convino el Dalai Lama. Hizo girar el rosario entre los dedos, con movimientos ágiles-. Hay algu­nas personas que, ya desde el principio, han sufrido mucho y les ha faltado el afecto de los demás, y más tarde parecen no tener capaci­dad para la compasión y el afecto; son personas cuyo corazón se ha endurecido y son brutales...

El Dalai Lama se detuvo de nuevo y, durante un rato, pareció re­flexionar profundamente sobre el tema. Al inclinarse sobre el té, los contornos de sus hombros sugirieron que se hallaba profundamente sumido en sus pensamientos. Tomó el té en silencio. Finalmente, se encogió de hombros, como si reconociera que no había encontrado la solución.

-¿Cree entonces que las técnicas para aumentar la empatía y de­sarrollar la compasión no serían útiles en personas con tales antece­dentes? -le pregunté.

-En general esas técnicas siempre han tenido efectos beneficio­sos, pero es posible que en algunos casos sean ineficaces... -¿ Y las técnicas específicas que aumentan la compasión, a las que antes se refería? -le interrumpí, tratando de clarificar las cosas. -Precisamente de eso es de lo que estábamos hablando. En primer lugar, el aprendizaje y la comprensión clara del valor de la compasión permiten alcanzar sentimientos de estar convencidos y decididos a practicarla. A continuación se emplean los métodos para aumentar la empatía, como la imaginación, la creatividad, imaginarse en la si­tuación del otro. Esta semana, en las charlas, hablaremos de ciertas prácticas, como el Tong-Len, que sirven para fortalecer la compasión. Pero creo que es importante recordar que nunca se esperó que estas técnicas pudieran ayudar a todos sin excepción.

»Lo que importa es que la gente realice un esfuerzo sincero por desarrollar su capacidad de compasión. El grado de desarrollo que alcancen depende, desde luego, de muchas variables. Pero si se es­fuerzan por ser amables, por cultivar la compasión y conseguir que el mundo sea un lugar mejor, al final del día podrán decirse: "¡Al me­nos he hecho lo que he podido!".

 

Los beneficios de la compasión

 

En años recientes muchos estudios apoyan la conclusión de que el desarrollo de la compasión y el altruismo tiene un efecto positivo so­bre nuestra salud física y emocional. En un conocido experimento, David McClelland, psicólogo de la Universidad de Harvard, mostró a un grupo de estudiantes una película sobre la Madre Teresa traba­jando entre los enfermos y los pobres de Calcuta. Los estudiantes de­clararon que la película había estimulado sus sentimientos de compa­sión. Más tarde, se analizó la saliva de los estudiantes y se descubrió un incremento en el nivel de inmunoglobulina A, un anticuerpo que ayu­da a combatir las infecciones respiratorias. En otro estudio realizado por ]ames House en el Centro de Investigación de la Universidad de Michigan, los investigadores descubrieron que realizar trabajos de voluntariado con regularidad, interactuar con los demás en términos de benevolencia y compasión, aumentaba espectacularmente las expec­tativas de vida y, probablemente, también la vitalidad general. Mu­chos investigadores del nuevo campo de la medicina mente-cuerpo han realizado descubrimientos similares y concluido que los estados mentales positivos pueden mejorar nuestra salud física.

Además de los efectos beneficiosos que tiene sobre la salud física, hay pruebas de que la compasión y el cuidado de los demás Contribu­yen a mantener una buena salud emocional. Abrirse para ayudar a los demás induce una sensación de felicidad y serenidad. En un estudio realizado a lo largo de treinta años con un grupo de graduados de Harvard, el investigador George Vaillant llegó a la conclusión de que un estilo de vida altruista constituye un componente básico de una buena salud mental. En una encuesta de Allan Luks, realizada entre varios miles de personas que participaban regularmente en activida­des de voluntariado, declaró tener más del 90 por ciento, una sensa­ción de «entusiasmo» asociado con la actividad, caracterizado por un incremento de energía y autoestima y una especie de euforia. El vo­luntariado no sólo proporcionaba una interacción que era emocio­nalmente nutritiva, sino también esa «serenidad del que ayuda», vin­culada con el alivio de perturbaciones derivadas del estrés.

Aunque las pruebas científicas apoyan claramente la postura del Dalai Lama acerca del valor de la compasión, no hay necesidad de acu­dir a experimentos y encuestas para confirmar la corrección de su punto de vista. Podemos descubrir los estrechos vínculos que existen entre compasión y felicidad en nuestras vidas y las vidas de quienes nos rodean. Joseph, un contratista de la construcción de sesenta años, a quien conocí hace unos años, es un buen ejemplo de ello. Durante treinta años, Joseph se aprovechó de las ventajas de la expansión apa­rentemente ilimitada que se produjo en Arizona, y se convirtió en multimillonario. A finales de la década de 1980, sin embargo, se pro­dujo la crisis inmobiliaria más grande de la historia del estado. Joseph estaba fuertemente endeudado y lo perdió todo. Sus problemas finan­cieros crearon fuertes tensiones entre él y su esposa, que finalmente lle­varon al divorcio después de veinticinco años de matrimonio. Joseph empezó a beber en exceso. Afortunadamente, pudo dejarlo con la ayu­da de Alcohólicos Anónimos. Como parte de su programa, ayudó a otros alcohólicos a rehabilitarse. Descubrió entonces que disfrutaba con la actividad de voluntario. Dedicó sus conocimientos empresa­riales a ayudar a los económicamente deprimidos. Al hablar de la vida que llevaba, Joseph señaló:

-Ahora soy propietario de un pequeño negocio de albañilería con unos ingresos modestos, y ya no volveré a ser tan rico como an­tes. Lo más extraño de todo, sin embargo, es que no añoro aquella prosperidad. Dedico mi tiempo a actividades de voluntariado para di­ferentes grupos, a trabajar directamente con la gente, a ayudarlas lo mejor que puedo. Actualmente, disfruto más en un solo día que antes en un mes, cuando ganaba mucho dinero. Nunca he sido tan feliz.

 

Meditación sobre la compasión

 

Fiel a su palabra, el Dalai Lama terminó su ciclo de conferencias en Arizona con una meditación sobre la compasión. Fue un sencillo ejercicio. No obstante, pareció sintetizar poderosa y elegantemente su análisis previo.

-Al generar compasión, se empieza por reconocer que no se de­sea el sufrimiento y que se tiene el derecho a alcanzar la felicidad. Eso es algo que puede verificarse con facilidad. Se reconoce luego que las demás personas, como uno mismo, no desean sufrir y tienen dere­cho a alcanzar la felicidad. Eso se convierte en la base para empezar a generar compasión.

»Así pues, meditemos hoy sobre la compasión. Empecemos por visualizar a una persona que está sufriendo, a alguien que se en­cuentra en una situación dolorosa, muy infortunada. Durante los tres primeros minutos de la meditación, reflexionemos sobre el sufri­miento de ese individuo de forma analítica, pensemos en su intenso sufrimiento y lo infeliz de su existencia. Después tratemos de relacio­narlo con nosotros mismos, pensando; "Ese individuo tiene la misma capacidad que yo para experimentar dolor, alegría, felicidad y sufri­miento". A continuación, tratemos de que surja en nosotros un senti­miento natural de compasión hacia esa persona. Intentemos llegar a una conclusión, pensemos en lo fuerte que es nuestro deseo de que esa persona se vea libre de su sufrimiento. Tomemos la decisión de ayu­darla a sentirse aliviada. Finalmente, concentrémonos en esa resolución y durante los últimos minutos de la meditación, tratemos de ge­nerar un estado de compasión y de amor en nuestra mente.

Tras decir esto, el Dalai Lama adoptó una postura de meditación, con las piernas cruzadas, y permaneció completamente inmóvil. Se produjo un intenso silencio. Era emocionante estar sentado entre la multitud aquella mañana. Imagino que ni siquiera el individuo más endurecido pudo evitar sentirse conmovido al verse rodeado por milquinientas personas que concentraban su pensamiento en la compasión. Al cabo de unos pocos minutos, el Dalai Lama inició un cántico tibetano en tono bajo, con una voz profunda y melódica, que se rom­pía, descendía suavemente y consolaba.

 

 

Tercera parte

Transformación

del sufrimiento

 

8 Afrontar el sufrimiento

 

EN TIEMPOS DE BUDA, murió el único hijo de una mujer llamada Kisagotami. Incapaz de aceptar aquello, la mujer corrió de una persona a otra en busca de una medicina que devolviera la vida a su hijo. Le dijeron que Buda la tenía.

Kisagotami fue a ver a Buda, le rindió homenaje y preguntó: -¿Puedes preparar una medicina que resucite a mi hijo? -Conozco esa medicina -contestó Buda-. Pero para preparar­la necesito ciertos ingredientes.

-¿Qué ingredientes? -preguntó la mujer, aliviada.

- Tráeme un puñado de semillas de mostaza -le dijo Buda. La mujer le prometió que se las procuraría, pero antes de que se marchase, Buda añadió: -Necesito que las semillas de mostaza procedan de un hogar don­de no haya muerto ningún niño, cónyuge, padre o sirviente. La mujer asintió y empezó a ir de casa en casa, en busca de las se­millas. En todas las casas que visitó, la gente se mostró dispuesta a darle las semillas, pero al preguntar ella si en la casa había muerto al­guien, se encontró con que todas las casas habían sido visitadas por la muerte; en una había muerto una hija, en otra un sirviente, en otras el marido, o uno de los padres. Kisagotami no pudo hallar un hogar don­de no se hubiera experimentado el sufrimiento de la muerte. Al darse cuenta de que no estaba sola en su dolor, la madre se desprendió del cuer­po sin vida de su hijo y fue a ver a Buda, quien le dijo con gran compasión:

-Creíste que sólo tú habías perdido un hijo; la ley de la muerte es que no hay permanencia entre las criaturas vivas.

 

La búsqueda de Kisagotami le enseñó que nadie se libra del sufri­miento y la pérdida. Ella no era una excepción. Esa comprensión no eliminó el sufrimiento inevitable que comporta toda pérdida, pero redujo el que deriva de luchar contra ese triste hecho.

Aunque el dolor y el sufrimiento son fenómenos humanos univer­sales, eso no hace que sea fácil aceptarlos. Los seres humanos han di­señado un vasto repertorio de estrategias para evitarlos. A veces uti­lizamos medios externos, como sustancias químicas, eliminando o reduciendo nuestro dolor con drogas y alcohol. También disponemos de mecanismos internos, de defensas psicológicas, a menudo incons­cientes, que nos protegen de dolores y angustias excesivos. En ocasio­nes, esos mecanismos de defensa pueden ser bastante primitivos, como negarnos a reconocer que existe un problema. En otras ocasiones, lo reconocemos vagamente, sumergidos en distracciones o entreteni­mientos. O incapaces de aceptar que tenemos un problema, lo proyec­tamos inconscientemente sobre los demás y los acusamos de ocasio­narnos sufrimiento. «Sí, me siento muy desdichado. Pero me sentiría bien si no fuera por ese jefe desquiciado que me persigue.»

El sufrimiento sólo se puede evitar temporalmente. Pero, al igual que una enfermedad que se deja sin tratar (o que se trata superficial­mente con una medicación que se limita a enmascarar los síntomas), invariablemente se encona y empeora. Las drogas o el alcohol alivian nuestro dolor durante un tiempo, pero con su uso continuado el daño físico a nuestros cuerpos y el daño social a nuestras vidas puede pro­vocar mucho más sufrimiento que la difusa insatisfacción o el agudo dolor emocional que nos indujeron a consumir esas sustancias. Las de­fensas psicológicas, como la negación o la represión, pueden aliviar el dolor, pero el sufrimiento no desaparece por ello.

Randa perdió a su padre hace poco más de un año, a causa del cáncer. Estaba muy compenetrado con él, y todos se sorprendieron al observar lo bien que sobrellevaba su desaparición.

-Pues claro que me siento triste -explicaba con un tono estoi­co-. Pero me encuentro bien. Lo echo de menos, pero la vida sigue y de todos modos no puedo pensar en su pérdida. Tengo que ocu­parme del funeral, de mi madre y de las propiedades... Pero me irá bien -le decía tranquilizadoramente a todos.

Un año más tarde, sin embargo, poco después del primer aniver­sario de la muerte de su padre, Randall empezó a experimentar una grave depresión. Acudió a verme y explicó:

-No comprendo qué me está causando esta depresión. Todo pare­ce ir bien en estos momentos. No puede ser por la muerte de mi padre, porque eso ocurrió hace más de un año y ya lo tengo asumido.

Sin embargo, con muy pocas sesiones de terapia quedó claro que los esfuerzos que realizaba por dominar sus emociones, para «ser fuer­te», le habían impedido afrontar plenamente sus sentimientos de do­lor y pérdida, que siguieron creciendo hasta manifestarse en una de­presión abrumadora que sí se vio obligado a afrontar.

En el caso de Randall, su depresión desapareció con bastante rapi­dez en cuanto enfocamos la atención sobre su dolor y sentimientos de pérdida y pudo asumirlos. En ocasiones, sin embargo, nuestras estra­tegias inconscientes para soslayar conflictos se hallan mucho más profundamente enraizadas y es difícil sacarlas a la luz. Casi todos conocemos a alguien que evita los problemas proyectándolos sobre los demás, atribuyendo a los otros sus propios defectos. Ciertamente, no es un método adecuado para eliminar los problemas, y por lo general condena a una vida de infelicidad.

El Dalai Lama habló del sufrimiento humanó y la necesidad de aceptado como un hecho natural de la existencia humana.

-En nuestras vidas abundan los problemas. Los mayores son los que no podremos evitar, como el envejecimiento, la enfermedad y la muerte. No pensar en ellos puede aliviamos temporalmente, pero creo que existe un enfoque mejor. Si se afronta directamente el sufri­miento, se estará en mejor posición para apreciar la profundidad y la naturaleza del problema. Si en una batalla se desconocen las caracte­rísticas del enemigo y su capacidad de combate, nos veremos parali­zados por el temor.

Este enfoque era claramente razonable pero, con el deseo de ahon­dar un poco más en el tema, pregunté: -Sí, pero ¿y si se afronta directamente un problema y se descubre que no hay solución? Eso es bastante duro de aceptar. -Sigo creyendo que es mucho mejor -contestó él con espíritu marcial-. Por ejemplo, pueden considerarse negativos e indeseables el envejecimiento y la muerte, y tratar de olvidarlos. Pero terminarán por llegar, inevitablemente. y si has evitado pensar en ello, cuando estén ahí, se producirá una conmoción que causará una insoportable inquietud mental. No obstante, si dedicas algún tiempo a pensar en la vejez, la muerte y otras cosas infortunadas, tu mente tendrá más es­tabilidad cuando esas cosas acontezcan, puesto que ya te habrás fa­miliarizado con su naturaleza.

»Ésa es la razón por la que creo que puede ser útil prepararse, fa­miliarizarse con el sufrimiento. Por utilizar de nuevo la analogía de la batalla, reflexionar sobre el sufrimiento puede verse como un ejercicio militar. La gente que nunca ha oído hablar de la guerra, de cañones y bombardeos, podría llegar a desmayarse si tuviera que entrar en com­bate. Pero, por medio de los ejercicios militares, se familiariza con lo que puede suceder, de modo que, en el caso de que estalle una guerra, las cosas no le serán tan duras.

-Bueno, no creo que familiarizarnos con el sufrimiento que pue­de sobrevenir tenga algún valor para reducir el temor y el recelo; sigo pensando que, a veces, ciertos dilemas no nos presentan ninguna otra opción que el sufrimiento. ¿Cómo podemos evitar preocupamos en tales circunstancias?

-¿ Un dilema? Por ejemplo, ¿cuál? Pensé un momento.

-Bueno, digamos, por ejemplo, que una mujer está embarazada y le practican una amniocentesis o un sonograma y descubren que el niño tendrá un grave defecto de nacimiento, como una disfunción mental o física extremadamente grave. La mujer se angustia, porque no sabe qué hacer. Puede abortar y salvar así al bebé de una vida de sufrimiento, pero entonces ella se enfrentará al dolor de la pérdida y quizá a sentimientos de culpabilidad. También puede dejar que la naturaleza siga su curso y tener el bebé. Pero entonces quizá tenga que enfrentarse a una vida llena de sufrimientos por la enfermedad del niño.

El Dalai Lama me escuchó atentamente mientras hablaba. Luego me contestó con un tono un tanto melancólico.

-Esa clase de problemas son realmente muy difíciles, tanto si los abordamos desde una perspectiva occidental como budista. Por lo que se refiere a su ejemplo, nadie sabe realmente qué será lo mejor a largo plazo. Aunque un niño nazca con un defecto, es posible que a lar­go plazo sea mejor para la madre, la familia o incluso el propio niño. Pero también existe la posibilidad de que, teniendo en cuenta las con­secuencias a largo plazo, sea mejor abortar. Pero ¿quién decide una cosa así? Es muy difícil decirlo. Incluso desde el punto de vista budis­ta, esa clase de juicio se encuentra fuera del alcance de nuestra capa­cidad racional. -Hizo una pausa, antes de añadir-: En esas situa­ciones las convicciones juegan un papel determinante.

Permanecimos en silencio. Luego, tras sacudir la cabeza, dijo final­mente:

 -Podemos preparamos para el sufrimiento, al menos hasta cierto punto, recordando que a veces nos encontraremos con situaciones muy complicadas. Uno puede prepararse mentalmente. Pero tampo­co habría que olvidar el hecho de que eso no resuelve el problema. Es posible que te ayude mentalmente a afrontarlo, que reduzca el temor pero el problema sigue ahí. Su ejemplo lo ilustra muy bien.

Percibí una nota de tristeza en su voz, pero la melodía fundamen­tal no era la desesperanza. Durante un minuto largo, el Dalai Lama guardó silencio: sin dejar de mirar por la ventana, como si buscara algo en el mundo. Finalmente, continuó:

-El sufrimiento forma parte de la vida. Tenemos una tendencia natural a odiar nuestro sufrimiento y nuestros problemas. Pero creo que, habitualmente, las personas no ven la naturaleza de nuestra existencia como caracterizada por el sufrimiento... -De repente, el Da­lai Lama se echó a reír-. En los cumpleaños, la gente suele decir: «Feliz cumpleaños! », cuando, en realidad, el día en que naciste fue el día en que empezaste a sufrir. Pero nadie dice: «¡Feliz aniversario del comienzo del sufrimiento!» -bromeó.

»Al aceptar que el sufrimiento forma parte de nuestra existencia se pueden empezar a examinar los factores que normalmente dan lugar a sentimientos de insatisfacción e infelicidad. En términos gene­rales, por ejemplo, te Sientes feliz si tú o personas cercanas a ti reciben alabanzas, consiguen fama, fortuna y otras cosas agradables. Y uno se siente desdichado y descontento si no se tienen esas cosas o si las al­canza un enemigo. Sin embargo, al considerar tu vida cotidiana, des­cubres a menudo que son muchos los factores que causan dolor sufri­miento y sentimientos de insatisfacción, mientras que las situaciones que dan lugar a la alegría y la felicidad son comparativamente raras. Eso es algo por lo que tenemos que pasar, tanto si nos gusta como si no. y puesto que ésta es la realidad de nuestra existencia, es posible que haya que modificar nuestra actitud hacia el sufrimiento. Esa acti­tud es muy importante porque determinará nuestra forma de afrontar el sufrimiento cuando llegue. Ahora bien, la actitud habitual consiste en una aversión e intolerancia intensas hacia nuestro dolor. Sin em­bargo, si pudiéramos adoptar una actitud que nos permitiera una mayor tolerancia, eso contribuiría mucho a contrarrestar los senti­mientos de infelicidad, de insatisfacción y de descontento.

"Para mí, personalmente, la práctica más efectiva para tolerar el sufrimiento consiste en ver y comprender que el sufrimiento es la na­turaleza fundamental del Samsara, (' Samsara (sánscrito) es un estado de la existencia caracterizado por intermi­nables ciclos de vida, muerte y renacimiento. Este término también se refiere a nuestro estado ordinario de existencia, caracterizado por el sufrimiento. Todos los seres permanecen en este estado, a consecuencia de las impronta s kármicas de ac­ciones pasadas y de estados «engañosos» de la mente, hasta que se eliminan todas las tendencias negativas de la mente y se alcanza un estado de liberación.) ':. de la existencia no iluminada. Cuando se experimenta un dolor surge un sentimiento de rechazo. Pero si en ese momento puedes contemplar la situación desde otro án­gulo y darte cuenta de que este cuerpo... -se palmeó un brazo como demostración- es la base misma del sufrimiento, eso reduce el re­chazo, ese sentimiento de que, de algún modo, no mereces sufrir, de que eres una víctima. Una vez que comprendes y aceptas esta realidad, llegas a experimentar el sufrimiento como algo bastante natural.

»Así, por ejemplo, al recordar el sufrimiento por el que ha tenido que pasar el pueblo tibetano, podría uno sentirse abrumado, pregun­tándose: "¿ Cómo ha podido ocurrir esto?" . Pero, desde otro ángulo, se puede reflexionar sobre el hecho de que el Tíbet también se en­cuentra en pleno Samsara, como el planeta y toda la galaxia.

Se echó a reír.

-En cualquier caso, creo que percibir la vida como un todo tiene un papel importante en la actitud que se asuma ante el sufrimiento. Si tu perspectiva básica, por ejemplo, es que el sufrimiento es negativo y tiene que ser evitado a toda costa y que, en cierto sentido, es una señal de fracaso, padecerás ansiedad e intolerancia y cuando te encuentres en circunstancias difíciles, te sentirás abrumado. Por otro lado, si tu perspectiva acepta que el sufrimiento es una parte natural de la exis­tencia, serás indudablemente más tolerante ante las adversidades de la vida. Sin un cierto grado de tolerancia hacia el propio sufrimiento, la vida se convierte en algo miserable, como una mala noche eterna.

 -Me parece que cuando dice que la naturaleza fundamental de la existencia es el sufrimiento, algo básicamente insatisfactorio, expre­sa un punto de vista bastante pesimista, realmente descorazonador. El Dalai Lama se apresuró a replicar:

-Al hablar de la naturaleza insatisfactoria de la existencia, hay que comprender que lo hago en el contexto del camino budista gene­ral. Estas reflexiones tienen que comprenderse en su verdadero con­texto; si no se hace, estoy de acuerdo en que puede ser interpretado erróneamente y considerado bastante pesimista y negativo. En con­secuencia, es importante comprender la postura budista respecto al sufrimiento. Lo primero que Buda enseñó fue el principio de las cua­tro nobles verdades, la primera de las cuales es la verdad del sufri­miento. Y aquí se hace hincapié en la toma de conciencia de la natu­raleza humana.

»Lo que hay que tener en cuenta es que la importancia de la refle­xión sobre el sufrimiento deriva de la posibilidad de abandonado, porque hay otra opción. Existe la posibilidad de liberarnos del sufrimiento. Al eliminar sus causas, es posible liberarse de él. Según el pen­samiento budista, las causas profundas del sufrimiento son la igno­rancia, el anhelo y el odio, a las que se llama "los tres venenos de la mente". Estos términos tienen connotaciones específicas utilizados en un contexto budista. "Ignorancia", por ejemplo, no se refiere a la falta de información, sino más bien a una falsa percepción de la verdadera naturaleza del ser y de todos los fenómenos. Al generar una percep­ción de la verdadera naturaleza de la realidad y eliminar los estados negativos de la mente como el anhelo y el odio, se puede alcanzar un estado completamente purificado de la mente, libre del sufrimiento. En un contexto budista, al reflexionar sobre el hecho de que el sufri­miento caracteriza la existencia cotidiana, nos estimulamos a realizar prácticas que eliminarán sus causas profundas. De otro modo, si no hubiera esperanza o posibilidad de liberarnos del sufrimiento, la sim­ple reflexión sobre el mismo sería enfermiza y, por tanto, bastante negativa.

Mientras hablaba, empecé a percatarme de que reflexionar sobre nuestra «naturaleza sufriente» podía ayudarnos a aceptar las inevi­tables penas de la vida, que podía ser incluso un método valioso para situar nuestros problemas cotidianos en la debida perspectiva. Em­pecé así a ver el sufrimiento dentro de un contexto más amplio, como parte de un camino espiritual más grande, sobre todo si se tiene en cuenta la doctrina budista, que reconoce la posibilidad de purificar la mente y, en último término, alcanzar un estado en el que no hay más sufrimiento. Pero, alejándome de estas grandiosas especulaciones fi­losóficas, sentí gran curiosidad por saber cómo afrontaba el Dalai Lama el sufrimiento, cómo abordaba la perdida de un ser querido, por ejemplo.

La primera vez que visité Dharamsala, hace muchos años, pude co­nocer al hermano mayor del Dalai Lama, Lobsang Samden. Le llegué a tomar cariño y me entristeció mucho su muerte. Sabedor de que él y el Dalai Lama habían estado muy unidos, comenté:

-Imagino que la muerte de su hermano Lobsang debió de ser muy dura para usted...

-Sí.

-Me preguntaba cómo la afrontó.

-Naturalmente, me sentí muy triste al enterarme de su muerte -contestó con serenidad. -¿Y cómo asumió ese sentimiento de tristeza? ¿Hubo algo en particular que le ayudara a superarlo? -No lo sé -contestó, pensativo-. Experimenté ese sentimiento de tristeza durante algunas semanas, pero luego, gradualmente, fue de­sapareciendo. Había, sin embargo, un sentimiento de pesar.

-¿De pesar?

-Sí. Yo no estaba presente cuando murió y creo que si hubiera estado allí, quizá podría haber hecho algo para ayudar. De ahí procede ese sentimiento de pesar.

Toda una vida dedicada a contemplar la inevitabilidad del sufri­miento humano pudo haber ayudado al Dalai Lama a aceptar Su pér­dida, pero no le convirtió en un individuo frío y sin emociones, dota­do de una inexorable resignación ante el sufrimiento; la tristeza de su voz revelaba profundos sentimientos. Al mismo tiempo, sin embargo, su candor y franqueza, totalmente desprovistos de autoconmiseración o remordimiento, mostraban a un hombre que había aceptado plenamente su pérdida.

Ese mismo día, nuestra conversación se prolongó hasta bien entra­da la tarde. Cuchilladas de luz dorada atravesaban la semipenumbra. Un ambiente de melancolía inundaba la habitación y me hizo saber que nuestra conversación se acercaba a su término. Confiaba, sin em­bargo, en obtener algún consejo adicional para asumir la muerte de un ser querido, aparte de limitarse a aceptar la inevitabilidad del sufri­miento.

No obstante, cuando ya me disponía a hablar, me pareció que es­taba un tanto distraído y observé una sombra de cansancio alrededor de sus ojos. Poco después, su secretario entró silenciosamente y me di­rigió aquella mirada afilada por los años que indicaba que había llegado el momento de marcharse.

-Si... -dijo el Dalai Lama como si pidiera disculpas-, quizá de­biéramos dejarlo por hoy... Me siento un poco cansado.

Al día siguiente, antes de que yo tuviera la oportunidad de volver a plantear el tema en nuestras conversaciones privadas, él lo abordó en una de sus charlas públicas. Uno de los presentes, claramente su­mido en el sufrimiento, preguntó al Dalai Lama:

-¿Tiene alguna sugerencia sobre cómo afrontar una gran pérdi­da personal, como la de un hijo?

El Dalai Lama contestó, con un suave tono de compasión:

-Eso depende, hasta cierto punto, de las creencias personales. Si se cree en la reencarnación, eso puede mitigar la pena o la preocupación. Cabe consolarse con el hecho de que el ser querido renacerá algún día.

 »Las personas que no creen en la reencarnación, han de tener presen­te en primer lugar, que si se preocupan en exceso y se dejan abru­mar por la pena ya perdida, actuaran de forma nociva para con ellos y además no beneficiarán a la persona que ha fallecido.

»En mi propio caso, por ejemplo, he perdido a mi más querido y respetado tutor, a mi madre y también a uno de mis hermanos. Cuan­do fallecieron, naturalmente me sentí muy triste. Pero no dejaba de pensar que no servía de nada preocuparme demasiado y que, si quería realmente a esas personas, debería cumplir sus deseos con una mente serena. Así que hice todo lo que pude para que fuese así. Creo que ésa es la forma adecuada de afrontado, procurar que se cumplan los de­seos de los desaparecidos.

»Inicialmente, claro está, los sentimientos de dolor y ansiedad cons­tituyen una respuesta natural ante una pérdida. Pero si se le permite que esos sentimientos persistan, pueden conducirnos al ensimismamien­to, a la soledad del sufrimiento. Es entonces cuando aparece la depre­sión. Por otra parte, la experiencia de la pérdida alcanza a  la mayoría de los seres humanos; es útil reflexionar sobre ello, porque así ya no nos sentiremos aislados. Eso puede ayudar.

Aunque el dolor y el sufrimiento sean fenómenos humanos uni­versales, he tenido a menudo la impresión de que las personas educa­das en las culturas orientales parecen tener una mayor capacidad para aceptarlos y tolerarlos. Ello se debe en parte a sus creencias, pero qui­zá también a que el sufrimiento es más visible en las naciones más po­bres, como la India. El hambre, la pobreza, la enfermedad y la muer­te están a la vista de todos. Cuando una persona envejece o enferma, no es marginada ni enviada a una residencia, sino que permanece en la comunidad y es atendida por la familia. Quienes viven en contacto di­recto con la realidad no pueden negar fácilmente que el sufrimiento forma parte de la existencia.

A medida que la sociedad occidental adquirió capacidad para limitar el sufrimiento causado por las duras condiciones de vida, parece que perdió la habilidad para afrontarlo. Los estudios de los sociólogos ponen de manifiesto que la mayoría de la sociedad occidental moderna tiende a pasar por la vida convencida de que el mundo es básicamente un lugar agradable, que en general impera la justicia y que todos son buenas personas que merecen cosas buenas. Estas convicciones ayudan a llevar una vida más feliz y sana. Pero la aparición inevitable del sufrimiento mina esas creencias y provoca graves cri­sis. Dentro de este contexto, un trauma relativamente menor puede tener un enorme impacto psicológico, que intensifica, el sufrimiento. No cabe la menor duda de que, con la actual tecnología, en la sociedad occidental ha mejorado el nivel general de bienestar, y esto ha aparejado un cambio en la percepción del mundo: a medida que el su­frimiento se hace menos visible, deja de verse como connatural a los seres humanos, se lo considera una anomalía, una señal de que algo ha salido terriblemente mal, como una señal de «fracaso» de algún siste­ma, incluso una violación de nuestro derecho a la felicidad.

Estos pensamientos conllevan muchos peligros. Si pensamos en el sufrimiento como algo antinatural, algo que no debiéramos experi­mentar, muy pronto buscaremos un culpable. Si me siento desgracia­do, tengo que ser una «víctima», una idea demasiado común en Oc­cidente. El que nos castiga con el sufrimiento puede ser el gobierno, el sistema educativo, unos padres abusivos, una «familia disfuncional», el sexo opuesto o nuestro despreocupado cónyuge. O quizá el mal esté dentro de nosotros: unos genes defectuosos. El riesgo de asignar cul­pas y mantener una postura de víctima es precisamente la perpetua­ción de nuestro sufrimiento, con sentimientos persistentes de cólera, frustración y resentimiento.

Naturalmente, el deseo de librarse del sufrimiento es un objetivo Iegítimo de todo ser humano. Es el corolario de nuestro deseo de ser felices. Es por tanto apropiado analizar las causas de nuestra infelici­dad y hacer lo que esté a nuestro alcance para aliviar nuestros proble­mas que busquemos soluciones en todos los planos: global, social, familiar e individual. Pero mientras veamos el sufrimiento como un estado antinatural, como una condición anormal que tememos y re­chazamos, nunca lograremos desarraigar sus causas y llevar una vida feliz.

 

9 Sufrimiento autoinfligido

 

EN SU VISITA INICIAL, el caballero de mediana edad, elegante­mente vestido con un austero traje negro, se sentó con una acti­tud amable pero reservada y empezó a relatar lo que le había traído a mi consulta. Habló con bastante suavidad, con voz controlada y me­dida. Le hice las preguntas habituales: motivo de la consulta, edad, antecedentes, estado civil...

-¡Esa bruja! -gritó de repente, con la voz alterada por la cóle­ra-. ¡Mi maldita esposa! Mi ex, ahora. ¡Mantenía relaciones extra­matrimoniales a mis espaldas! Después de todo lo que había hecho por ella. ¡Esa... esa puta!

Su voz se hizo más fuerte, más colérica y venenosa mientras, du­rante los veinte minutos siguientes, fue narrando agravio tras agravio. La hora se acercaba a su final. Al darme cuenta de que él no había hecho sino empezar y que aquello podía durar fácilmente varias ho­ras, intenté corregir la situación.

-Bueno, la mayoría de la gente tiene dificultades para adaptarse después de un divorcio; por tanto abordaremos ese problema en las próximas sesiones. -Luego, le pregunté con voz tranquilizadora-: Y a propósito, ¿cuánto tiempo hace que se ha divorciado?

-Diecisiete años en el pasado mes de mayo.

En el capítulo anterior vimos la importancia de aceptar el sufri­miento como un hecho natural de la existencia humana. Muchos su­frimientos son inevitables, pero otros tienen su causa en nosotros mismos. Hemos visto que la negativa a aceptar el sufrimiento como algo natural puede conducimos a consideramos víctimas y a echar a los demás la culpa de nuestros problemas, una receta segura para llevar una vida desdichada.

Pero también aumentamos nuestro sufrimiento de otras formas. Sucede con demasiada frecuencia que perpetuamos nuestro dolor, lo mantenemos vivo cuando repasamos mentalmente una y otra vez nues­tras heridas, al tiempo que exageramos las injusticias. Volvemos una y otra vez sobre los recuerdos dolorosos, quizá con el deseo inconsciente de que cambie la situación; pero no cambia. Claro que a veces este in­terminable repaso de nuestros infortunios puede servir para exagerar el drama y proporcionar cierto romanticismo a nuestras vidas, o para des­pertar la atención y la simpatía de los demás. Pero esas supuestas «ven­tajas» son demasiado pobres frente a la infelicidad que soportamos.

Sobre ello, dijo el Dalai Lama:

-Hay muchas formas de contribuir activamente a experimentar in­quietud mental y sufrimiento. Aunque en general las aflicciones men­tales y emocionales tienen causas externas somos nosotros quienes las empeoramos. Por ejemplo, cuando sentimos cólera u odio hacia una persona, es poco probable que el sentimiento se exacerbe si no lo alimentamos. No obstante, si pensamos en las presuntas injusticias de que hemos sido objeto y seguimos pensando en ellas una y otra vez, avivamos el odio, convirtiéndolo en algo muy intenso. Lo mismo pue­de decirse cuando sentimos apego por alguien; podemos alimentar el sentimiento pensando continuamente en lo hermosa o atractiva que es esa persona, y así el apego se hace más y más fuerte. Eso demuestra que podemos cultivar nuestras emociones.

»A menudo también incrementamos nuestro dolor con una sensibilidad excesiva, al reaccionar con exageración ante cosas nimias. Tendemos a tomarnos las cosas pequeñas demasiado seriamente, a sacarlas de quicio mientras por otro lado seguimos indiferentes a cosas realmente importantes, a aquellas que tienen efectos profundas sobre nuestras vidas y consecuencias sobre ellas a largo plazo.  »Así pues, creo que en buena medida el sufrimiento depende de cómo se responda ante una situación dada. Por ejemplo, descubrimos que alguien habla mal de nosotros a nuestras espaldas. Si se reacciona ante este conocimiento, ante esta negatividad, con un sentimiento de cólera o de dolor, es uno mismo el que destruye su propia paz men­tal. El dolor no es sino una creación personal. Por otro lado, si uno se contiene y evita reaccionar de manera negativa y deja pasar la difa­mación como un viento silencioso al que no se hace caso, se está pro­tegiendo de sentirse herido, de esa sensación de agonía. Así pues, y aunque no siempre se puedan evitar las situaciones difíciles, sí se pue­de modificar la extensión del propio sufrimiento.

 

A veces, los terapeutas decimos de este proceso que es una «perso­nalización» de nuestro dolor, es decir, la tendencia a estrechar nuestro campo de visión psicológico mediante la interpretación, acertada o errónea, de todo aquello que nos afecta.

Una noche cené con un colega en un restaurante. El servicio era muy lento y mi colega empezó a quejarse: -¡Fíjate en eso! ¡Ese camarero es condenadamente lento! ¿Dónde se ha metido? Creo que pasa de nosotros. A pesar de que ninguno de los dos tenía un compromiso urgente, las quejas de mi colega sobre el servicio siguieron durante toda la cena y terminaron por convertirse en una letanía sobre la comida, la vaji­lla y todo lo que no fuera de su agrado. Al final el camarero nos ob­sequió con dos postres gratuitos.

-Les ruego que disculpen la lentitud del servicio de esta noche -dijo-, pero tenemos poco personal. Ha muerto un familiar de uno de los cocineros y un camarero está enfermo. Espero no haberles cau­sado muchas molestias...

--A pesar de todo, no volveré nunca aquí -murmuró amargamente­ mi colega una vez el camarero se hubo alejado.

Esto no es más que un pequeño ejemplo de cómo contribuimos a nuestro propio sufrimiento al afrontar una situación molesta como si obedeciera a un deliberado propósito de perjudicarnos. En este caso, el resultado fue una cena desagradable. Cuando esta actitud impregna toda relación con el mundo, puede convertirse en una fuente inagota­ble de desdichas.

Al describir las implicaciones de esta mentalidad estrecha, Jacques Lusseyran hizo un comentario muy penetrante. Lusseyran, ciego des­de los ocho años de edad, fue el fundador de un grupo de la Resisten­cia durante la Segunda Guerra Mundial. Finalmente, fue detenido por los alemanes y enviado al campo de concentración de Buchenwald. Más tarde, al contar sus experiencias en los campos de concentración, Lusseyran afirmó: «Comprendí entonces que la infelicidad sobrevie­ne porque creemos ser el centro del mundo, porque tenemos la mez­quina convicción de que únicamente nosotros sufrimos, y con una in­tensidad insoportable. La infelicidad consiste en sentimos siempre aprisionados en nuestra piel, en nuestro cerebro».

 

«¡Pero eso no es justo!.».

 

Los problemas surgen a menudo en nuestra vida. Pero los proble­mas, por sí solos, no provocan automáticamente el sufrimiento. Si lo­gramos abordar con decisión nuestros problemas y centrar nuestras energías en encontrar una solución, el problema puede transformar­se en un desafío. No obstante, si consideramos «injusto» ese contra­tiempo, añadimos un ingrediente que puede crear inquietud mental y sufrimiento. Entonces no sólo tenemos dos problemas, en lugar de uno, sino que ese sentimiento de «injusticia» nos distrae, nos consu­me, nos priva de la energía necesaria para solucionar el problema ori­ginal.

 

Una mañana, al plantearle este tema al Dalai Lama, le pregunté: -¿Como podemos afrontar el sentimiento de injusticia que con tanta frecuencia nos tortura cuando surgen los problemas?

-Hay muchas maneras de encararlo -contestó el Dalai Lama­

Ya he hablado de la importancia de aceptar el sufrimiento como un hecho natural de la existencia humana. Creo que, en cierto modo, los tibetanos están más capacitados para aceptar estas situaciones difíci­les, ya que dicen: «Quizá se deba a mi karma en el pasado». Lo atri­buirán a las acciones negativas cometidas en esta vida o en una vida anterior, de modo que hay mayor grado de aceptación. He visto a al­gunas familias, en nuestros asentamientos en la India, en situaciones muy difíciles, viviendo en condiciones muy pobres y, además de eso, con hijos ciegos o con alguna deficiencia. De algún modo, esas po­bres mujeres se las arreglan, limitándose a decir: «Esto se debe a su karma; es su destino».

»A propósito del karma es importante señalar que, debido a una mala interpretación de la doctrina, hay una tendencia a echarle la cul­pa de todo lo que sucede al karma, en un intento por sacudirse la res­ponsabilidad o la necesidad de tomar iniciativas. Resulta muy fácil de­cir: "Esto se debe a mi karma pasado, a mi karma negativo anterior, así que ¿qué puedo hacer? Soy impotente". Esa es una interpretación erró­nea del karma, pues aunque las experiencias son una consecuencia de los hechos del pasado, eso no quiere decir que los individuos no ten­gamos alternativas o que no haya posibilidad de producir un cambio positivo. Uno no debe ser pasivo y tratar de excusarse para no tomar la iniciativa atribuyéndolo todo al karma, porque si uno comprende correctamente el concepto de karma, sabrá que karma significa "ac­ción". El karma es un proceso muy activo, y el futuro que nos está re­servado viene determinado en buena medida por lo que hacemos en el presente, por las iniciativas que tomemos ahora.

»Así pues, no debería entenderse el karma en términos de una fuer­za pasiva y estática, sino de un proceso activo. Eso indica que el agente individual tiene un papel importante en la determinación del proceso kármico. Por ejemplo, hasta el sencillo propósito de satisfacer nues­tras necesidades de alimentación... Para alcanzar ese objetivo necesitamos actuar. Tenemos que buscar alimento y luego comerlo; eso de­muestra que hasta el objetivo más simple se alcanza por medio de la acción....,..

-Está bien -asentí-, reducir el sentimiento de injusticia acep­tando que es resultado del karma puede ser efectivo para los budis­tas, pero ¿qué me dice de quienes no creen en la doctrina del karma? En Occidente, por ejemplo, son muchos los que...

-Muchas de las personas que creen en un creador, en Dios, pue­den aceptar las circunstancias difíciles con mayor facilidad, al con­siderarlas parte de la creación o el plan de Dios. Aunque la situación parezca muy negativa, Dios es todopoderoso y misericordioso, de modo que tiene que haber algún significado en la situación que ellas desconocen. Creo que esa clase de fe puede ayudarlas en sus momen­tos de sufrimiento.

-¿ y qué me dice de los que no creen ni en el karma ni en un Dios creador?

-Para quien no sea creyente... -El Dalai Lama reflexionó un momento antes de responder-. Quizá pudiera ayudarle un enfoque práctico y científico. Los científicos consideran muy importante exa­minar un problema objetivamente, estudiado sin mucha implicación emocional. Con esa actitud puedes decirte: «Si se puede luchar con­tra el problema, lucha, ¡aunque tengas que llegar a los tribunales!». -Se echó a reír-. Luego, si descubres que no hay forma de ganar, puedes limitarte a olvidarlo.

»Un análisis objetivo de situaciones difíciles o problemáticas pue­de ser bastante importante, porque se descubre a menudo que detrás de las apariencias hay otros factores. Por ejemplo, si el jefe le ha tratado a uno injustamente en el trabajo, es posible que esté detrás, por ejem­plo una discusión con su esposa por la mañana. Naturalmente, uno tiene que seguir afrontando las cosas según están, pero al menos con ese enfoque no se experimentará la ansiedad adicional que provoca.

-¿Es posible que el análisis objetivo de la situación nos ayude a descubrir que estamos contribuyendo a crear el problema y debilite el sentimiento de injusticia?

-¡Sí! -respondió con entusiasmo-. Ahí está la gran diferencia. En general, si examinamos cualquier situación de una forma impar­cial y honesta, nos daremos cuenta de hasta qué punto somos tam­bién responsables de los acontecimientos.

»Por ejemplo, muchas personas echaron la culpa de la guerra del Golfo a Saddam Hussein. En varias ocasiones dije que eso no era jus­to. Teniendo en cuenta las circunstancias, sentí verdadera pena por Saddam Hussein. Claro que es un dictador, responsable de muchas barbaridades. Si se examina superficialmente la situación, resulta fá­cil echarle toda la culpa: es un dictador, un totalitario, ¡incluso su mi­rada parece siniestra! -exclamó, echándose a reír-. Pero su capaci­dad para causar daño sería muy limitada si no contara con su ejército, y ese poderoso ejército no puede funcionar sin equipo militar. Todo ese equipo militar no ha sido producido por él, ni ha llovido del cielo. Considerando las cosas de ese modo nos damos cuenta de que son muchas las naciones implicadas.

»Así pues -siguió diciendo el Dalai Lama-, nuestra tendencia normal consiste en achacar nuestros problemas a los demás o bien a factores externos. Además, solemos buscar una sola causa, para lue­go tratar de exoneramos de toda responsabilidad. Parece que cada vez que hay implicadas emociones intensas, tiende a producirse una disparidad entre apariencia y la realidad. En mi ejemplo, si se analiza la situación muy cuidadosamente, se verá que Saddam Hussein no es la única causa del conflicto.

»Esta práctica supone mirar las cosas de una forma holística, dar­te cuenta de que son muchos los factores que intervienen en un hecho. Tomemos, por ejemplo, nuestro problema con los chinos; también nosotros hemos contribuido a originarlo, sobre todo por la negligen­cia de las generaciones que nos precedieron. Así pues, creo que noso­tros, los tibetanos, hemos contribuido a esta trágica situación. No es justo echarle toda la culpa a China. Pero también hay perspectivas. Es preciso señalar que los tibetanos, por ejemplo, nunca se han sometido por completo a la opresión china, siempre ha habido una resistencia. Debido a ello, los chinos desarrollaron una nueva política y trasladaron grandes masas de chinos al Tíbet, de modo que la población autóctona acabara siendo demográficamente insignificante, quedara marginada y el  movimiento de liberación perdiera fuerza. Pero tam­poco podemos decir que la resistencia tibetana sea la única culpable de la política China.

-Pero ¿qué me dice de esas situaciones en las que está claro que lo ocurrido no es en absoluto culpa de uno, con las que uno no tiene nada que ver, incluso las relativamente insignificantes, como cuando alguien nos miente intencionadamente?

-Naturalmente, al principio siento desilusión cuando alguien no dice la verdad, pero incluso en tal caso, si examino la situación, pue­do descubrir que su motivación para ocultarme algo puede haber sido cierta falta de confianza en mí. Así que, a veces, hay que considerar estos hechos desde otro ángulo; por ejemplo, que quizá la persona en cuestión no confió del todo en mí porque no sé guardar un secreto. En otras palabras, no soy digno de la plena confianza de esa persona debido a mi naturaleza. Examinando la situación de ese modo, po­dría concluir que la causa reside en mí.

Esta justificación racional, incluso procediendo del Dalai Lama, me parecía un tanto forzada: descubrir «la propia contribución» a la falta de honestidad del otro. Pero la sinceridad de su voz sugería que había puesto en práctica esta conducta en su vida personal como ayuda frente a la adversidad. Claro que es probable que no siempre poda­mos descubrir nuestra contribución, pero intentarlo nos permite des­plazar el centro de atención, lo que nos ayuda a romper las estrechas pautas de pensamiento que conducen al sentimiento destructivo de in­justicia, que es la fuente de tanto descontento.

 

Culpabilidad

 

Como productos de un mundo imperfecto, todos somos imperfec­tos. Reconocer nuestros errores con genuino remordimiento nos sir­ve para mantenemos en el camino correcto en la vida, nos anima a rectificar nuestros errores si ello fuera posible. Pero si permitimos que nuestro pesar degenere hasta una culpabilidad excesiva y nos aferra­mos a nuestros errores del pasado, culpándonos y odiándonos por ellos, lo único que conseguiremos es flagelamos inútilmente.

 

Durante una conversación anterior en la que hablamos brevemen­te de la muerte de su hermano, el Dalai Lama había expresado cierto pesar relacionado con ella. Era interesante ver cómo afrontaba aque­llos sentimientos de pesar y quizá de culpabilidad, por lo que en una conversación posterior le pregunté:.

-Cuando hablamos de la muerte de Lobsang mencionó usted su pesar. ¿Ha habido alguna otra situación en su vida en que se haya arrepentido de algo?

-Oh, sí. Un anciano monje que vivía como un ermitaño solía ir a verme para recibir enseñanzas, aunque creo que era más versado que yo y aquellas visitas no eran más que una formalidad. En cualquier caso, vino a verme un día y me preguntó acerca de una complicada práctica esotérica que quería realizar. Le comenté que era una prácti­ca muy difícil y que quizá fuera mejor que la emprendiera alguien más joven, ya que tradicionalmente se inicia en la adolescencia. Más tarde me enteré de que el monje se había suicidado para renacer en un cuer­po más joven y poder entregarse a esos ejercicios...

-¡Eso es terrible! -exclamé, sorprendido por esta historia-. Tuvo que haber sido muy duro para usted cuando se enteró... -El Dalai Lama asintió con una expresión de tristeza-. ¿Cómo afrontó ese sentimiento de pesar? ¿Cómo se libró finalmente de él?

Permaneció en silencio durante un rato antes de contestar.

--No me libré de él. Sigue ahí, presente. -Hizo una nueva pausa, antes de añadir-: Pero ya no se halla asociado con una opresión. No sería útil para nadie que yo permitiera que ese sentimiento me abru­mara, fuera una fuente de desánimo y depresión.

En ese momento y de un modo muy visceral, quedé asombrado una vez más ante el ser humano que afronta plenamente las tragedias de la vida y responde, incluso con profundo pesar, pero sin permitirse caer en una culpa excesiva o en el autodesprecio; que se acepta plena­mente a sí mismo, con sus limitaciones, debilidades y errores de jui­cio. El Dalai Lama experimentaba un sincero pesar por los hechos que acababa de relatarme, pero llevaba su pesar con dignidad y ele­gancia. Y no permitía que ese sentimiento lo hundiera, prefería seguir adelante y dedicar sus facultades a la ayuda a los demás...

A veces me pregunto si la capacidad para vivir sin caer en la cul­pabilidad destructiva no será parcialmente cultural. Al contarle a un erudito amigo tibetano mi conversación con el Dalai Lama sobre el pesar, éste me dijo que la lengua tibetana no tiene siquiera una palabra equivalente a «culpa», aunque tiene otras que equivalen a «remordi­miento» o «arrepentimiento» o «lamentación», con el sentido de «rec­tificar las cosas en el futuro». Sea cual fuere el componente cultural, estoy convencido de que al cuestionar nuestras formas habituales de pensar y cultivar una perspectiva mental diferente, basada en los prin­cipios descritos por el Dalai Lama, cualquiera de nosotros puede aprender a vivir sin la marca de la culpabilidad, que no hace otra cosa que causarnos un sufrimiento innecesario.

 

Resistencia al cambio

 

La culpabilidad surge cuando nos convencemos de que hemos co­metido un error irreparable. La tortura del que se culpa reside en pen­sar que cualquier problema es permanente. Pero, puesto que no hay nada que no cambie, el dolor también disminuye, ya que ningún pro­blema es perpetuo. Éste es el aspecto positivo del cambio. Pero por lo general nos resistimos a él en casi todos los ámbitos de la vida. El pri­mer paso para liberamos del sufrimiento es conocer su causa funda­mental: la resistencia al cambio.

Al describir la naturaleza siempre cambiante de la vida, el Dalai Lama explicó:

-Es extremadamente importante investigar los orígenes del sufri­miento, saber cómo surge. Para iniciar ese proceso se ha de ser cons­ciente de la naturaleza cambiante de nuestra existencia. Todas las cosas, acontecimientos y fenómenos son dinámicos, cambian a cada momento; nada permanece estático. Meditar sobre la circulación sanguínea puede servimos para reforzar esta idea: la sangre está fluyen­do constantemente, nunca se está quieta. Y puesto que es propio de la naturaleza de todos los fenómenos el cambiar continuamente, con­cluimos que a las cosas les falta capacidad para perdurar, para seguir siendo lo mismo. Y si todas las cosas se hallan sujetas al cambio, nada existe en un estado permanente, nada es capaz de programarse para permanecer. Por tanto, todas las cosas se encuentran bajo el poder o la influencia de otros factores. Nada durará, al margen de lo agrada­ble o placentera que pueda ser la experiencia. Esto se convierte en la base de una categoría de sufrimiento conocida en el budismo como el «sufrimiento del cambio».

 

El concepto de transitoriedad tiene un papel central en el pensa­miento budista y su consideración es una práctica clave. La contem­plación de la no permanencia tiene dos funciones vitales en el camino budista. En un plano convencional, en un sentido cotidiano, el prac­ticante budista contempla su propia transitoriedad, el hecho de que la vida es tenue y de que nunca sabemos cuándo moriremos. Al com­binar esta reflexión con la singularidad de la existencia humana y la posibilidad de alcanzar un estado de liberación espiritual, de libera­ción del sufrimiento y de interminables ciclos de reencarnaciones esta contemplación sirve para fortalecer la resolución de sacarle el mejor partido posible a la existencia, participando en las prácticas es­pirituales que producirán la liberación en un nivel más profundo, la contemplación de los aspectos mas sutiles de la transitoriedad es el primer paso para comprender la verdadera naturaleza de la realidad y disipar la ignorancia, que es la fuente última de nuestro sufrimiento. Así pues, aunque la contemplación de la transitoriedad tiene una tremenda importancia dentro de un contexto budista, surge la pregun­ta: ¿tiene también alguna aplicación práctica en las vidas cotidianas de los no budistas? Si vemos el concepto de «transitoriedad» desde el punto de vista del «cambio», entonces la respuesta es afirmativa. Des­pués de todo, tanto si se contempla la vida desde una perspectiva bu­dista como desde una perspectiva occidental, queda el hecho de que la vida es cambio. En la medida en que nos neguemos a aceptar este hecho y nos resistamos a los cambios de la existencia, seguiremos per­petuando nuestro sufrimiento.

La aceptación del cambio puede ser un factor importante para re­ducir en buena medida nuestro sufrimiento. A menudo nos causamos sufrimiento al negarnos a renunciar al pasado. Si definimos nuestra imagen por el aspecto que teníamos o por lo que solíamos hacer y no podemos hacer ahora, es muy probable que nos sintamos más infeli­ces a medida que envejecemos. En ocasiones, cuanto más tratamos de aferrarnos a algo, tanto más grotesca y distorsionada se hace la vida. La aceptación de la inevitabilidad del cambio como principio ge­neral nos ayuda a afrontar muchos problemas y a asumir un papel más activo; conocer y comprender los cambios puede evitarnos la ansiedad, que es la causa de muchos de nuestros problemas. Una mujer que acababa de ser madre me habló de una visita que había hecho con su bebé a la sala de urgencias del hospital a las dos de la madrugada. -¿Qué le ocurre? -le preguntó el pediatra.

-¡Mi bebé! ¡Le pasa algo! -gritó ella frenéticamente-. ¡Creo que se ahoga! No hace más que sacar la lengua una y otra y otra vez, como si tratara de quitarse algo de ella, pero no tiene nada en la boca...

Después de unas pocas preguntas y un breve examen, el médico la tranquilizó.

-No hay por qué preocuparse. A medida que se hace mayor, el bebé cobra una mayor conciencia de su cuerpo y de lo que es capaz de hacer. Su bebé acaba de descubrirse la lengua.

Margaret, una periodista de treinta y un años, ilustra la importan­cia de comprender y aceptar el cambio en el contexto de una relación personal. Acudió a mi consulta por una ansiedad que atribuyó a la di­ficultad para adaptarse a un divorcio reciente.

-Pensé que me vendrían bien unas cuantas sesiones de psicotera­pia, aunque sólo fuese para hablar con alguien -me explicó-, para que me ayude a dejar en paz el pasado y efectuar la transición a una vida de soltera. Si quiere que le sea sincera, la verdad es que me sien­to un poco nerviosa por todo esto...

Le pedí que me describiera las circunstancias de su divorcio. -Supongo que tendría que describirlo como amistoso. No hubo peleas ni nada de eso. Mi ex y yo tenemos buenos trabajos, de modo que tampoco hubo grandes problemas con los acuerdos económicos. Tenemos un hijo, pero parece haberse adaptado bien al divorcio, y mi ex y yo hemos acordado una custodia conjunta que parece funcionar. -¿Puede explicarme qué condujo al divorcio?

-Hmm, supongo que, simplemente, dejamos de amarnos -con­testó ella con un suspiro-. Parece que el amor fue desapareciendo gradualmente; ya no existía la intimidad de que disfrutábamos cuan­do nos casamos. Ambos estábamos muy ocupados con nuestros tra­bajos y nuestro hijo y parece que nos fuimos alejando. Asistimos a unas sesiones de asesoramiento matrimonial, pero no sacamos nada de ellas. Era más bien como si fuésemos hermanos. Aquello no pare­cía amor, no era un verdadero matrimonio. El caso es que finalmente decidimos que sería mejor divorciamos; nos faltaba algo que había antes.

Después de dedicar dos sesiones a delimitar el problema, iniciamos una psicoterapia, centrándonos específicamente en reducir la ansie­dad y promover la adaptación a los recientes cambios. Era una per­sona inteligente y emocionalmente bien adaptada. Respondió bien a la terapia y efectuó con facilidad la transición a la vida de soltera.

A pesar de que evidentemente se preocupaban el uno por el otro, estaba claro que Margaret y su marido habían interpretado el cambio cualitativo de su afecto como una señal de que debían dar por termi­nado su matrimonio. Sucede con demasiada frecuencia que interpre­tamos una disminución de la pasión como una señal de que existe un problema irresoluble en la relación. Los primeros indicios de cambio en una relación suelen provocar pánico: quizá, después de todo, no hemos elegido la pareja correcta, el otro no nos parece la persona de la que nos enamoramos. Surgen los desacuerdos: quizá tengamos deseos de sexo y el otro está cansado, o queramos ver una película que al otro no le interesa. Descubrimos entonces diferencias que no había­mos observado antes. Así pues, llegamos a la conclusión de que todo ha terminado; al fin y al cabo, no podemos soslayar el hecho de que cada uno está cambiando por su lado. Las cosas ya no son como an­tes, quizá haya llegado el momento del divorcio.

¿Qué hacemos entonces? Los expertos en relaciones han escrito docenas de libros sobre lo que debemos hacer cuando se apaga la lla­ma del amor romántico. Nos ofrecen muchas sugerencias para encen­der de nuevo esa pasión: reestructure su programa para dar prioridad a momentos románticos en su relación, planifique cenas o salidas de fin de semana, procure halagar a su pareja, aprenda a mantener una conversación interesante. En ocasiones, estas cosas ayudan. Otras veces, no.

Pero antes de dar por muerta la relación, una de las cosas más be­neficiosas que podemos hacer al notar un cambio consiste simple­mente en retroceder un poco, valorar la situación y armarnos con todo el conocimiento que podamos acerca de los cambios.

A medida que se despliegan nuestras vidas, pasamos desde la in­fancia a la adolescencia, la edad adulta y la vejez. Aceptamos estos cambios como una progresión natural. Pero una relación es también un sistema vital dinámico, compuesto por dos organismos que inter­actúan en un ambiente igualmente vital. y por tanto es natural que la relación pase por diferentes fases. En toda relación hay diferentes di­mensiones de intimidad: física, emocional e intelectual. El Contacto físi­co, el compartir las emociones, los pensamientos e intercambiar ideas son formas legítimas de conectar con aquellas personas a las que ama­mos. Es normal que el equilibrio experimente flujos y reflujos; en oca­siones, la intimidad física disminuye pero aumenta la emocional; en otras ocasiones no sentimos deseos de compartir nuestros pensamien­tos, y sólo queremos que el otro nos abrace. Si la pasión se enfría, en lugar de experimentar preocupación o cólera podemos buscar nuevas formas de intimidad que pueden ser igualmente satisfactorias o quizá más. Podemos encantar a nuestra pareja como compañero, disfrutar de un amor más firme, de un vínculo más profundo.

En su libro Comportamiento íntimo [trad. casto RBA, Barcelona, 1994], Desmond Morris describe los cambios normales que se pro­ducen en la necesidad de intimidad del ser humano. Sugiere que pasa­mos repetidamente por tres fases: «Abrázame fuerte», «Suéltame» y «Déjame solo». El ciclo se pone de manifiesto ya durante los prime­ros años de vida, cuando los niños pasan del «abrázame fuerte», tan característico de la infancia, al «suéltame», cuando empiezan a ex­plorar el mundo, a gatear, caminar y adquirir algo de independencia y autonomía con respecto de la madre. Esto forma parte del desarro­llo y el crecimiento normal. Estas fases no se mueven, sin embargo, de forma lineal sino que el niño puede experimentar ansiedad cuando el sentimiento de separación se hace demasiado intenso; entonces regre­sa junto a la madre en busca de consuelo y proximidad. En la adoles­cencia, cuando el individuo se esfuerza por formarse una identidad, el «suéltame» se convierte en la fase predominante. Aunque pueda ser difícil o doloroso para los padres, la mayoría de los expertos lo con­sideran normal y necesario en la transición de la infancia a la edad adulta. Mientras que en casa el adolescente grita a los padres « ¡De­jadme solo!», sus necesidades de «abrázame fuerte» pueden quedar satisfechas mediante una fuerte identificación con el grupo de sus iguales..'. “

En las relaciones adultas se da la misma oscilación. Periodos de es­trecha intimidad alternan con otros de distanciamiento. Esto también forma parte del ciclo normal de crecimiento y desarrollo. Para alcan­zar nuestro pleno potencial como seres humanos, necesitamos equili­brar nuestras necesidades de intimidad y unión con las de autonomía. Si comprendemos esto, no experimentamos temor cuando obser­vamos por primera vez que nos estamos «distanciando» de nuestra pareja, del mismo modo que no sentimos pánico cuando observamos que la marea se retira de la costa. Claro que, en ocasiones, una cre­ciente distancia emocional (como una corriente soterrada de cólera), puede indicar graves problemas en una relación que pueden conducir incluso a la ruptura. En esos casos, medidas como la psicoterapia pue­den ser muy útiles. Pero lo principal es que una creciente distancia no anuncia necesariamente un desastre. Puede formar parte de un ciclo que redefinirá la relación e incluso puede llevar a una intimidad ma­yor que la del pasado..'.

Así pues, la aceptación, el reconocimiento de que el cambio es in­herente a las relaciones humanas, puede jugar un papel decisivo. Qui­zá descubramos que precisamente en el momento en que nos sentimos más desilusionados, en el que tenemos la sensación de que algo se ha resquebrajado en nuestra relación, es cuando puede producirse una transformación profunda. Estos períodos de transición pueden con­vertirse en momentos trascendentales para la maduración del verda­dero amor. Quizá nuestra relación ya no se base en una pasión inten­sa, ni veamos al otro como la personificación de la perfección, ni tengamos la sensación de estar fusionados. En lugar de eso, empeza­mos a conocer verdaderamente al otro, lo vemos tal cual es, como un individuo distinto, quizá con defectos y debilidades, pero tan huma­no como nosotros mismos. Sólo entonces podemos establecer un com­promiso con el crecimiento de otro ser humano, lo que supone un acto de verdadero amor.

Quizá el matrimonio de Margaret se hubiera salvado si hubiese aceptado el cambio en la relación y ambos hubiesen establecido un nuevo vínculo, basado en factores distintos de la pasión romántica. Afortunadamente, sin embargo, la historia no terminó ahí. Dos años después de mi última sesión con Margaret, me la encontré en unos grandes almacenes. (Encontrarme con un ex paciente fuera de la consulta me resulta un tanto incómodo, como nos sucede a la mayo­ría de los psicólogos.)

-¿Cómo le van las cosas? -le pregunté.

-¡No podrían ir mejor! -exclamó-. Mi ex marido y yo volvi­mos a casarnos el mes pasado.

-¿De veras?

-Sí, y todo marcha magníficamente. Después de la separación se­guimos viéndonos, claro, por la custodia de nuestro hijo. Nos resultó difícil al principio..., pero después parecía como si nos hubiésemos librado de la presión... Ya no teníamos expectativas comunes. En­tonces descubrimos que realmente nos gustábamos y nos amábamos. Ahora no es como cuando nos casamos la primera vez, pero eso ya no nos importa; ahora somos realmente felices juntos.

 

10 Cambio de perspectiva

 

HABÍA UNA VEZ UN DISCÍPULO de un filósofo griego al que el maes­tro le ordenó entregar dinero durante tres años a todo aquel que le insultara. Una vez superado ese período de prueba, el maestro le dijo: «Ahora puedes ir a Atenas y aprender sabiduría». Cuando el discípulo llegó a Atenas vio a un sabio sentado a las puertas de entrada de la ciudad que se dedicaba a insultar a todo el que entraba y salía. También insultó al discípulo, que se echó a reír. «¿Por qué te ríes cuan­do te insulto?», le preguntó el sabio. «Porque durante tres años he te­nido que pagar por esto mismo y ahora tú me lo ofreces gratuitamen­te», contestó el discípulo. «Entra en la ciudad -le dijo el sabio- Es toda tuya...»

 

En el siglo IV, los padres del desierto, un grupo de personas ex­céntricos que se retiraron al desierto, en los alrededores de Scete, para llevar una vida de sacrificio y oración, contaban esta historia para ilus­trar el valor del sufrimiento y la resistencia. Sin embargo, no fue ésta la que abrió la «ciudad de la sabiduría» al discípulo. Lo que le permitió afrontar de un modo tan efectivo una situación difícil fue su capacidad para cambiar de perspectiva, para ver su situación desde una atalaya diferente.

La capacidad para cambiar de perspectiva puede ser una de las he­rramientas más efectivas de que disponemos para afrontar los pro­blemas de la vida cotidiana. El Dalai Lama explicó:

-La capacidad de ver los acontecimientos desde perspectivas di­ferentes puede ser muy útil. Al practicarla, podemos utilizar ciertas experiencias, tragedias próximas para desarrollar la serenidad de la mente. Tenemos que damos cuenta de que cada fenómeno, cada acon­tecimiento, tiene aspectos diferentes. Todo tiene una naturaleza rela­tiva. En mi caso, por ejemplo, he perdido mi país. Desde ese punto de vista, es muy trágico... y todavía hay cosas peores. En nuestro país se ha producido mucha destrucción. Eso es algo muy negativo. Pero cuan­do abordo el mismo acontecimiento desde otro ángulo, me doy cuen­ta de que, como refugiado, hay otra perspectiva. Como refugiado no tengo necesidad de formalidades, ceremonia, protocolo. Si todo fue­ra como antes habría multitud de ocasiones en las que únicamente ha­ríamos los movimientos, fingiríamos. Pero cuando se pasa por situa­ciones desesperadas, no hay tiempo para fingir. Así que, desde ese ángulo, esta trágica experiencia ha sido muy útil para mí. El hecho de ser un refugiado también crea numerosas oportunidades para encon­trarme con mucha gente. Gente de otras confesiones diferentes, de distintos ámbitos de la vida, a las que muy probablemente no habría conocido si hubiera permanecido en mi país. Así que, en ese sentido, todo esto ha sido muy, muy útil.

»A menudo, cuando surgen los problemas, nuestra perspectiva se estrecha. Quizá tengamos concentrada toda nuestra atención en preo­cuparnos por el problema y abriguemos la sensación de que única­mente nosotros pasamos por tales dificultades. Eso puede conducir a una especie de ensimismamiento que hace que el problema parezca muy grave. Cuando sucede eso, creo que puede ayudar mucho el ver las cosas desde una perspectiva más amplia, dándonos cuenta, por ejem­plo, de que hay muchas personas que han pasado por experiencias si­milares e incluso peores. Este cambio de perspectiva puede ser muy útil incluso en ciertas enfermedades o cuando se sufre. Claro que cuan­do aparece el dolor resulta muy difícil practicar la meditación para se­renar la mente. Pero si se hacen comparaciones, si se ve la situación desde una perspectiva diferente, algo ocurre. Si sólo se observa el acon­tecimiento, en cambio, éste parece cada vez más y más importante. Si se fija la atención intensamente en un problema, éste termina por pa­recer incontrolable. Pero si se compara con otro de mayor enverga­dura, entonces parece más pequeño y menos abrumador.

 

Poco antes de una de las sesiones con el Dalai Lama, me encontré con el administrador de una clínica en la que trabajé durante algún tiempo y donde tuvimos una serie de encontronazos porque yo esta­ba convencido de que él desviaba nuestra atención de los pacientes a las consideraciones financieras. No le había visto desde hacía tiempo, y en cuanto estuve frente a él pasaron por mi mente todas las discusio­nes que habíamos mantenido y sentí crecer en mi interior la cólera y el odio. Cuando me permitieron entrar en la suite del Dalai Lama, ya me había calmado bastante, a pesar de que aún me sentía algo inquieto. -La respuesta natural e inmediata cuando alguien nos hace daño -dije- es enojarse; incluso mucho después, cada vez que pensamos en ello, volvemos a enfadamos. ¿Cómo se puede afrontar esta situación? El Dalai Lama me miró con expresión reflexiva. Me pregunté si percibiría que planteaba el tema no sólo por razones puramente aca­démicas.

-Si examina la situación desde un ángulo diferente -contestó-, seguramente se dará cuenta de que la persona que provocó esa cólera tiene también cualidades positivas. Si observa cuidadosamente des­cubrirá también que aquello que le había molestado le proporcionó ciertas oportunidades que, de otro modo, no habría tenido. Así que podrá ver desde un ángulo diferente el acontecimiento. Eso ayuda.

-Pero ¿qué hacer si se buscan los aspectos positivos de una per­sona o acontecimiento y no se puede encontrar ninguno?

-En tal caso, la situación requeriría un esfuerzo. Dedique algún tiempo a buscar seriamente una perspectiva diferente. Necesitará uti­lizar toda su capacidad de razonamiento y examinar la situación del modo más objetivo posible. Por ejemplo, puede reflexionar sobre el hecho de que cuando está realmente enojado con alguien, tiende a percibir en el otro sólo cualidades negativas, del mismo modo que al sentirse fuertemente atraído por alguien, suele ver únicamente sus cualidades positivas. Si su amigo, al que considera una persona exce­lente, le causara deliberadamente daño, de repente usted se percata­ría de que no sólo tiene buenas cualidades. De modo similar, si su ene­migo, al que detesta, le pidiera sinceramente perdón y se mostrara amable, es poco probable que siguiera considerándolo totalmente malo. Así pues, aunque esté enojado con alguien y crea que esa per­sona no posee cualidades positivas, recuerde que nadie es totalmente malo. Si busca lo suficiente, seguro que encontrará algunas cualida­des positivas. En consecuencia, su visión de un individuo como abso­lutamente negativo se debe a su propia proyección mental, más que a la verdadera naturaleza de ese individuo.

»Asimismo, una situación inicialmente percibida como totalmen­te negativa puede tener algunos aspectos positivos. Pero creo que este descubrimiento no es suficiente. Es necesario recordar esos aspectos positivos en muchas ocasiones, para que gradualmente cambie el sen­timiento negativo. En resumen, se debe pasar por un proceso de apren­dizaje, de formación, para familiarizarse con los nuevos puntos de vis­ta que permiten afrontar esas situaciones.

Después de reflexionar un momento, con su habitual pragmatis­mo, añadió:

-Sin embargo, si a pesar de sus esfuerzos no encontrara aspectos positivos, lo mejor que puede hacer es, sencillamente, tratar de olvi­dar el asunto por el momento.

Inspirado por las palabras del Dalai Lama, esa misma noche in­tenté descubrir algunos «aspectos positivos» del administrador que mencioné. No me resultó tan difícil. Sabía, por ejemplo, que era un padre cariñoso, que trataba de educar a sus hijos lo mejor que podía. y tuve que admitir que mis encontronazos con él al fin y a la postre me habían beneficiado, puesto que me impulsaron a dejar aquella clí­nica, lo que me permitió realizar un trabajo más satisfactorio. Aun­que estas reflexiones no tuvieron como resultado inmediato que el hombre me cayera simpático, no cabe duda de que contribuyeron mu­cho a disminuir mis sentimientos de aversión, al precio de un esfuer­zo sorprendentemente pequeño. El Dalai Lama no tardaría en darme una lección todavía más profunda: cómo transformar por completo la actitud hacia los enemigos y empezar a apreciarlos.

 

Una nueva perspectiva del enemigo

 

El método fundamental utilizado por el Dalai Lama para trans­formar la actitud ante los enemigos supone llevar a cabo Un análisis sistemático y racional de nuestra respuesta habitual cuando nos causan daño.

-Empecemos por examinar la actitud característica hacia nues­tros enemigos -explicó-. En términos generales, es evidente que no les deseamos lo mejor. Pero aunque nuestro adversario se hunda a con­secuencia de nuestras acciones, ¿a qué viene alegrarse por ello? ¿Pue­de haber algo más lamentable que esos sentimientos de animadversión? ¿Desea uno ser realmente tan mezquino?

» Vengarse no hace sino crear un círculo vicioso. La otra persona no lo va a aceptar y, entonces, la cadena de venganzas es interminable. En ciertas sociedades, esa dinámica, puede transmitirse de una gene­ración a otra. El resultado es que ambas partes sufren y la vida se en­venena; puede comprobarse en los campos de refugiados, donde se cultiva el odio hacia el enemigo desde la infancia. Es muy triste. La có­lera o el odio son como el anzuelo de un pescador. Es de vital impor­tancia no morder ese anzuelo.

»Algunas personas consideran que el odio es bueno para el interés nacional, lo cual me parece muy negativo y de miras muy estrechas. Contrarrestar esta forma de pensar constituye la base del espíritu de la no violencia y la comprensión.

Tras haber rechazado nuestra actitud característica frente al ene­migo, el Dalai Lama ofreció otra opción, una nueva perspectiva que podría revolucionar nuestra vida.

-En el budismo -explicó- se presta mucha atención a las acti­tudes que adoptamos ante nuestros enemigos. Ello se debe a que el odio puede ser nuestro mayor obstáculo para el desarrollo de la com­pasión y la felicidad. Si se aprende a ser paciente y tolerante con los enemigos, todo lo demás resulta mucho más fácil, y la compasión flu­ye con naturalidad.

»Así pues, para alguien que practica la espiritualidad, los enemi­gos juegan un papel crucial. Tal como veo las cosas, la compasión es la esencia de la vida espiritual y para alcanzar una práctica cabal del amor y la compasión, es indispensable la práctica de la paciencia y la tolerancia. No hay fortaleza similar a la paciencia, no hay peor aflic­ción que el odio. En consecuencia, no debemos ahorrar esfuerzos en la erradicación del odio al enemigo, y aprovechar el enfrentamiento como una oportunidad para intensificar la práctica de la paciencia y la tole­rancia.

»De hecho, el enemigo es el elemento necesario para practicar la paciencia. Sin su oposición no pueden surgir la paciencia o la toleran­cia. Normalmente, nuestros amigos no nos ponen a prueba ni nos ofre­cen la oportunidad de cultivar la paciencia; eso es algo que sólo hacen nuestros enemigos. Así que, desde este punto de vista, podemos con­siderar a nuestro enemigo un gran maestro, y reverenciado incluso por habernos proporcionado esa preciosa oportunidad.

»En el mundo son relativamente pocas las personas con las que in­teractuamos, y todavía menos las que nos causan problemas. Por tan­to, encontrarse ante la oportunidad de practicar la paciencia y la to­lerancia debería suscitar nuestra gratitud, porque se da raras veces. Del mismo modo que si hubiéramos tropezado con un tesoro en nues­tra propia casa, deberíamos sentirnos felices y agradecidos al enemi­go por proporcionarnos esa preciosa oportunidad. Porque para alcan­zar éxito en la práctica de la paciencia y la tolerancia, que son factores esenciales para contrarrestar las emociones negativas, además de nuestros esfuerzos hemos de tener la oportunidad aportada por un enemigo. .

»Mucho, argumentarán, "¿Por qué debo venerar a mi enemigo, reconocer sus aportaciones, si él no tuvo intención de ofrecerme esa oportunidad para practicar la paciencia, ni tampoco de ayudarme? Y no sólo no tuvo intención ,alguna de ayudarme, sino que tuvo el propósito deliberado y malicioso de causarme daño. Es apropiado de­testarlo, porque no merece mi respeto". En realidad, es precisamente esta animosidad del enemigo, su intención de causarnos daño, lo es­pecífico: si sólo se trata del daño, deberíamos odiar a todos los médi­cos Y considerarlos enemigos, porque a veces adoptan métodos que pueden ser dolorosos. Sin embargo, no juzgamos esos actos dañinos ni propios de un enemigo, porque, la intención del médico ha sido la de ayudarnos. En consecuencia, es precisamente la intención de cau­sarnos daño lo que singulariza al enemigo; y nos ofrece una preciosa oportunidad de practicar la paciencia.

 

Al principio me resultó un tanto difícil aceptar la sugerencia del Dalai Lama de venerar al enemigo por las oportunidades de crecimiento que nos depara. Pero la situación es análoga a la persona que trata de tonificar y fortalecer el propio cuerpo mediante el levantamiento de pesas. Claro que, al principio, la actividad de levantar las pesas resulta incómoda. Uno se esfuerza y suda. Y, sin embargo, es el acto mismo de esforzarse por superar la resistencia lo que en último termino nos fortalece. Se aprecia el buen equipo de pesas no por el placer inmediato que nos aporta, sino por el beneficio último que se deriva de él.

Quizá hasta las expresiones del Dalai Lama sobre la «rareza» y «valor precioso» del enemigo sean algo más que simples racionaliza­ciones de algo imaginario. Mientras escucho a mis pacientes describir sus dificultades con los demás, eso queda bastante claro; en el fondo, la mayoría de la gente no tiene legiones de enemigos y antagonistas a los que enfrentarse, al menos personalmente. Habitualmente, eso que­da limitado a unas pocas personas. Quizá un jefe o un colaborador, una ex esposa, un hermano. Desde ese punto de vista, el enemigo es re­almente «raro», de modo que nuestro «suministro de enemigos» es li­mitado. y es la lucha, el proceso de resolver el conflicto con el enemi­go, a través del aprendizaje, el examen, el descubrimiento de formas alternativas de afrontar los conflictos, lo que en último término da como resultado el verdadero crecimiento como una terapia acertada. Imaginemos cómo serían las cosas si pasáramos por la vida sin encontrarnos jamás con un enemigo u otros obstáculos, si desde la cuna hasta la tumba todo el mundo nos halagara y mimara, nos abrazara y alimentara (con comida suave y blanda, fácil de digerir), si nos di­virtiera con carantoñas y ocasionales arrullos. Si nos llevaran desde la infancia en un cestillo (más tarde, quizá en una silla de manos), si no tuviéramos que enfrentamos nunca a ningún desafío, si nunca nos viéramos sometidos a prueba, en resumen, si todos continuaran tra­tándonos como a bebés. Quizá eso parezca conveniente al principio. Sería incluso apropiado durante los primeros meses de vida. Pero si la situación persistiera tendría como resultado convertimos en una masa gelatinosa, en una verdadera monstruosidad, con el desarro­llo mental y emocional de una ternera. Es la lucha misma la que nos hace ser lo que somos. y son nuestros enemigos los que nos ponen a prueba, los que nos oponen la resistencia necesaria para el creci­miento.

 

¿Es práctica esta actitud?

 

Ciertamente, me pareció que valía la pena enfocar nuestros pro­blemas racionalmente y aprender a considerarlos, al igual que a nues­tros enemigos, desde perspectivas distintas, aunque me preguntaba hasta qué punto podría suponer eso una transformación fundamental de actitudes. Recordé entonces haber leído en una entrevista que una de las prácticas espirituales diarias del Dalai Lama era recitar una oración, Ocho versículos sobre la educación de la mente, escrita en el siglo XI por el santo tibetano Langri Thangpa. He aquí un fragmento,

 

Cuando me acerque a alguien, en el fondo de mi corazón me consi­deraré el más bajo de todos y al otro el más alto... Cuando vea a seres de naturaleza malvada, oprimidos por el peca­do de la violencia y por la aflicción, los consideraré tan raros como un precioso tesoro...

Cuando otros, por envidia, me traten mal, abusen de mí, me difa­men o me causen daños similares, aceptaré la derrota y a ellos ofreceré la victoria...

Aquel que tras haberle otorgado yo toda mi confianza me cause un grave daño, será mi supremo maestro.

En suma, que pueda yo dispensar beneficio y felicidad, directa e in­directamente a todos los seres, que pueda asumir en secreto el daño y el sufrimiento de todos los seres...

 

Después de leer esto, le pregunté al Dalai Lama:

-Sé que ha reflexionado mucho sobre esta oración, pero ¿cree que es realmente aplicable en estos tiempos que corren? Fue escrita por un monje que vivió en un monasterio, un lugar donde lo peor que podía suceder era que alguien chismorreara o dijera mentiras sobre uno o quizá le propinara un golpe o una bofetada. En un caso así podría ser fácil “ofrecerles la victoria”, pero en la sociedad actual el “daño” que se recibe de los demás puede ser la violación, la tortura o el asesinato.

 

Desde ese punto de vista, la actitud que muestra la oración no parece realmente adecuada.

Me sentí muy pagado de mí después de esta observación, que me parecía muy aguda.

El Dalai Lama guardó silencio, con el ceño fruncido, sumido en profundos pensamientos.

-Es posible que haya algo de cierto en lo que dice -admitió luego.

A continuación habló de casos en los que quizá fuera necesario modificar esa actitud, precaverse contra las agresiones.

Más tarde, esa misma noche, pensé en nuestra conversación. Dos puntos destacaron vivamente. Primero, la extraordinaria facilidad con que el Dalai Lama adoptaba una nueva perspectiva acerca de sus pro­pias creencias y prácticas, como por ejemplo su disposición a volver a evaluar una oración que sin duda formaba parte de el después de acompañarle durante tantos años en sus prácticas espirituales. El se­gundo punto era ingrato. Me sentí abrumado por la arrogancia. Le había sugerido que la oración podría no ser apropiada porque no se adaptaba a las duras realidades del mundo actual. Hasta mas tarde no me di cuenta de que me había dirigido a un hombre que habla perdido su país como resultado de una de las más brutales invasiones de la historia. Un hombre que había vivido en el exilio durante casi cuatro décadas mientras toda una nación depositaba en él sus esperanzas y sueños de libertad. Un hombre dotado de un profundo sentido de la responsabilidad, que había escuchado con compasión a una continua corriente de refugiados que contaban sus experiencias sobre asesina­tos, violaciones, torturas, sobre los sufrimientos del pueblo tibetano a manos de los chinos. Más de una vez había observado la expresión de infinita preocupación y tristeza en su rostro mientras escuchaba todas aquellas narraciones, contadas a menudo por gentes que había cruzado el Himalaya a pie (en un viaje de dos años) simplemente para poder verlo..., ..­

Aquellas historias no hablaban sólo de violencia física, sino también del intento de destruir el espíritu del pueblo tibetano. En cierta ocasión, un refugiado tibetano me habló de la «escuela» china a la que se le obligó a asistir como adolescente en el Tíbet. Las mañanas se de­dicaban al adoctrinamiento y el estudio del Libro rojo del presidente Mao, y las tardes a informar sobre los diversos deberes que había que realizar en casa. Por lo general, los «deberes» estaban diseñados para erradicar el espíritu del budismo, profundamente enraizado en el pueblo tibetano. Por ejemplo, conocedor de la prohibición budista de matar y de la convicción de que toda criatura viva es un precioso «ser sensible», un maestro de escuela encargó a sus estudiantes la ta­rea de matar algo y llevarlo a la escuela al día siguiente. Para calificar a los estudiantes se asignaron puntos a los animales muertos; una mosca, por ejemplo, valía un punto, un gusano dos, un ratón cinco, un gato diez... (Recientemente, al contarle esta historia a un amigo, sa­cudió pesaroso la cabeza, con una expresión de asco, y musitó: «Me pregunto cuántos puntos recibiría el alumno por asesinar a su conde­nado maestro».)

A través de prácticas espirituales como el recitado de Ocho ver­sículos sobre la educación de la mente, el Dalai Lama ha podido re­conciliarse con esta situación y, a pesar de todo, continuar una cam­paña activa por la liberación y por los derechos humanos en el Tíbet desde hace cuarenta años. Al mismo tiempo, ha mantenido una acti­tud de humildad y compasión con respecto a los chinos, lo que ha inspirado a millones de personas en todo el mundo. Y allí estaba yo, diciéndole que esa oración quizá no fuera relevante para las «reali­dades» del mundo actual. Todavía me sonrojo cuando recuerdo aquella conversación.

 

Descubrimiento de nuevas perspectivas

 

Al tratar de poner en práctica el cambio de perspectiva con res­pecto al «enemigo» preconizado por el Dalai Lama, me encontré una tarde con otra técnica. Mientras preparaba este libro, asistí a unos

seminarios del Dalai Lama en la costa este. Para regresar a casa tomé un vuelo sin escalas a Phoenix. Había reservado un asiento junto al pasillo, como siempre. A pesar de que acababa de recibir enseñanzas espirituales, me sentía bastante malhumorado cuando subí al atesta­do avión. Descubrí entonces que me habían asignado erróneamente un asiento en el centro, embutido entre un hombre de generosas pro­porciones, cuyo grueso antebrazo invadía mi asiento, y una mujer de mediana edad que me resultó inmediatamente antipática porque, a mi juicio, había usurpado el asiento junto al pasillo que me correspon­día. Había algo en aquella mujer que me molestaba: quizá su voz chi­llona, o su actitud un tanto imperiosa. Después del despegue, la mujer empezó a hablar sin parar con un hombre sentado al otro lado del pa­sillo, que resultó ser su marido, y yo le ofrecí «gentilmente» cambiar de asiento. Pero no quisieron aceptado; por lo visto los dos querían asientos de pasillo. Eso me molestó más aún. La perspectiva de pasar cinco horas sentado junto a aquella mujer me parecía insoportable. Al darme cuenta de la intensidad de mi reacción ante una mujer a la que ni siquiera conocía, decidí que tenía que tratarse de una «trans­ferencia» (seguramente me recordaba, subconscientemente, a alguien de mi infancia), un viejo sentimiento de odio no resuelto hacia mi ma­dre u otra mujer. Me estrujé el cerebro, pero aquella mujer no me re­cordaba a nadie de mi pasado.

Se me ocurrió pensar entonces que era una excelente oportunidad para practicar el desarrollo de la paciencia. Así pues, imaginé a mi ve­cina como una querida benefactora, situada a mi lado para enseñarme paciencia y tolerancia. Al cabo de unos veinte minutos de esfuerzos imaginativos, abandoné el intento. ¡La mujer seguía fastidiándome! Me resigné a continuar irritado durante todo el resto del vuelo. Mo­híno, miré una de sus manos, con la que se aferraba furtivamente al brazo de su butaca. Detestaba todo lo que tuviera que ver con esa mu­jer. Miraba con expresión ausente la uña de su pulgar cuando de re­pente me pregunté: ¿odio acaso esa uña? No, en realidad no. Era una uña corriente, sin ninguna característica peculiar. A continuación, fijé la mirada en uno de sus ojos y me pregunté: ¿odio realmente ese ojo? Sí, lo odio (y sin ninguna buena razón, que es la forma más pura del odio). Miré más atentamente. ¿Odio esa pupila? No. ¿Odio esa córnea, ese iris, esa esclerótica? No, de modo que ¿odio realmente ese ojo? Tuve que admitir que no lo odiaba. Tuve la impresión de que estaba haciendo progresos. Pasé a uno de los nudillos, a un dedo, a la mandí­bula, a un codo. Con sorpresa, me di cuenta de que había partes de esa mujer que no odiaba. Al centrar la atención en los detalles, en lo con­creto, en lugar de la imagen global, permitía que se produjera un cam­bio interno sutil, un ablandamiento. Este cambio de perspectiva pro­ducía un desgarro en mi prejuicio, lo bastante amplio como para percibir la humanidad básica de la mujer. Mientras me percataba de todo esto, ella se volvió hacia mí e inició una conversación. No re­cuerdo de qué hablamos, algo superficial, pero mi cólera había desa­parecido cuando terminó el vuelo. Aquella mujer, por supuesto, no se había transformado en la mejor de mis amigas, pero tampoco era ya la maldita usurpadora de mi asiento junto al pasillo; simplemente un hu­mano como yo, que llevaba su vida lo mejor que podía.

 

Una mente flexible

 

La capacidad para cambiar de perspectiva, para ver los problemas «desde ángulos diferentes», guarda relación con la flexibilidad de la mente. El beneficio fundamental de esta flexibilidad es que nos per­mite abarcar toda la existencia, sentimos plenamente vivos, experi­mentar toda la dimensión de nuestra humanidad. Una tarde, después de una larga jornada de charlas en Tucson, cuando el Dalai Lama re­gresaba andando a su hotel, un banco de nubes de color magenta se extendió sobre el cielo, absorbiendo la luz de últimas horas de la tar­de y realzando el relieve de las montañas Catalina, convirtiendo el paisaje en una sinfonía de matices purpúreos. El aire era cálido, car­gado con la fragancia de las plantas del desierto, de la salvia, y lleno de humedad; una inquieta brisa prometía tormenta. El Dalai Lama se detuvo. Durante unos momentos, contempló en silencio el horizonte, y finalmente hizo un comentario sobre la belleza del paisaje. Siguió ca­minando pero, tras unos pasos, se detuvo de nuevo, se inclinó para examinar un diminuto ramillete de espliego. Lo tocó con suavidad, ob­servó su delicada forma y se preguntó en voz alta cuál sería el nombre de aquella planta. Me sentí impresionado por la agilidad de su men­te. Pareció pasar del paisaje a la pequeña planta con una percepción simultánea de la totalidad y de los detalles, con una asombrosa capa­cidad para abarcar todas las facetas del espectro de la vida.

Todos podemos desarrollar esa misma flexibilidad mental. Surge, al menos en parte, de nuestros esfuerzos por extender nuestra pers­pectiva y probar nuevos puntos de vista. El resultado es la conciencia simultánea del macrocosmos y el microcosmos, que nos ayuda a se­parar lo que es importante de aquello que no lo es.

 

En mi caso, necesité la suave presión del Dalai Lama, durante el transcurso de nuestras conversaciones, para salir de mi limitada pers­pectiva. Tanto por naturaleza como por formación, siempre he teni­do tendencia a abordar los problemas desde el punto de vista de la di­námica individual, con sus procesos psicológicos. Las perspectivas sociológicas o políticas nunca han tenido mucho interés para mí. Du­rante una conversación con el Dalai Lama, hablamos sobre la amplia­ción y multiplicación de las perspectivas. Como había tomado varias tazas de café, mi conversación era muy animada y hablé de la capaci­dad para cambiar de perspectiva como un proceso interno, como una búsqueda individual, basada exclusivamente en la decisión conscien­te del individuo de adoptar un punto de vista diferente.

El Dalai Lama finalmente me interrumpió y me recordó: -Adoptar una perspectiva más amplia supone trabajar solidaria­mente con otras personas. Cuando se producen catástrofes gigantes­cas, medio ambientales o económicas, por ejemplo, se necesita un esfuerzo coordinado de mucha gente, con un sentido de la responsabi­lidad y del compromiso globales, no meramente individuales.

Me sentí molesto por el hecho de que él introdujera el mundo cuando yo trataba de concentrarme en el individuo.

-Pero esta misma semana -insistí-, en nuestras conversaciones y en sus charlas ante el público, ha hablado mucho sobre la impor­tancia del cambio personal desde dentro, de la transformación inter­na. Ha hablado, por ejemplo, de la importancia de desarrollar com­pasión, de superar la cólera y el odio, de cultivar la paciencia y la tolerancia...

-Sí. Naturalmente, el cambio debe proceder de dentro del indivi­duo. Pero cuando se buscan soluciones a los problemas globales, se necesita abordar esos problemas desde los puntos de vista del indivi­duo y del conjunto de la sociedad. Ser flexible, tener una perspectiva más amplia, exige capacidad para abordar los problemas desde va­rios niveles: el individual, el de la comunidad y el global.

»En la charla que di en la universidad la otra tarde hablé sobre la necesidad de reducir la cólera y el odio mediante el cultivo de la pa­ciencia y la tolerancia. Reducir el odio al mínimo es como un desar­me interno. Pero, como también señalé, el desarme interno tiene que producirse al mismo tiempo que el desarme externo. Y esto es muy importante. Afortunadamente, después del derrumbe del imperio so­viético y al menos por el momento, no hay amenazas de holocaustos nucleares. Por ello creo que es un buen momento y que no deberíamos desaprovechar esta oportunidad. Es ahora cuando deberíamos forta­lecer la paz. La verdadera paz, no sólo la simple ausencia de guerra. Porque una simple ausencia de guerra no es una verdadera paz mun­dial. La paz tiene que basarse en la confianza mutua. Y puesto que las armas constituyen el mayor obstáculo para el desarrollo de la con­fianza mutua, creo que ha llegado el momento de pensar cómo po­dríamos librarnos de ellas. Es muy importante. Claro que no se puede Conseguir de la noche a la mañana. Lo más realista sería avanzar paso a paso. Pero, en todo caso, deberíamos tener muy claro cuál es nues­tro objetivo final: que todo el mundo quede desmilitarizado. Por tan­to debemos trabajar para desarrollar paz interior y al mismo tiempo trabajar por el desarme externo y la paz tanto como podamos. Ésa es nuestra responsabilidad.

 

La importancia del pensamiento flexible

 

Hay una relación estrecha entre una mente flexible y la capacidad para cambiar de perspectiva. La mente flexible nos ayuda a abordar nuestros problemas desde varias perspectivas; por tanto, tratar de examinar los problemas con objetividad multiplicando las perspecti­vas puede considerarse una manera de formar la mente en la flexibili­dad. En el mundo actual, el intento de desarrollar un pensamiento fle­xible no es un simple ejercicio para intelectuales ociosos, sino una cuestión de supervivencia. Desde un punto de vista evolutivo, son las especies más flexibles las que se han adaptado mejor a los cambios am­bientales, las que han sobrevivido y prosperado. Hoy en día, la vida se caracteriza por el cambio repentino, inesperado y, en ocasiones, vio­lento. Una mente flexible puede ayudar a reconciliamos con los cam­bios externos, y también a amortiguar nuestros conflictos internos, in­consistencias y ambivalencias. Si no cultivamos una mente adaptable, nuestra mirada se enturbia y nuestra relación con el mundo se guía por el temor. Al adoptar un enfoque flexible y dúctil ante la vida podemos mantener nuestra compostura incluso en las situaciones más turbulen­tas. Es gracias a nuestros esfuerzos por alcanzar una mente flexible como podemos reforzar la capacidad de resistencia del espíritu humano.

 

A medida que iba conociendo al Dalai Lama, más me asombraba ante su flexibilidad, su capacidad para adoptar numerosos puntos de vista. Cabría esperar que en su condición de jefe religioso se erigiera en defensor de la fe, así que le pregunté:

-¿ Se ha considerado alguna vez demasiado rígido, demasiado es­trecho de miras?

-Hmm... -murmuró reflexivo durante un momento, antes de contestar con decisión-: No, no lo creo. De hecho, sucede precisa­mente lo contrario. En ocasiones soy tan flexible que se me acusa in­cluso de no seguir una línea coherente. -Se echó a reír sonoramen­te-. Alguien se me acerca y me presenta determinada idea; examino las razones que aduce y exclamo: «¡Eso es magnífico!». Después se me acerca otra persona con un punto de vista opuesto y también en­cuentro acertadas sus razones. Me han criticado por eso; me recuer­dan: «Nos hemos comprometido a seguir este camino, así que, por el momento, sigámoslo».

Si tuviéramos que juzgado sólo por esta declaración, podríamos creer que el Dalai Lama es indeciso, sin principios que lo guíen. En realidad, nada más alejado de la verdad. El Dalai Lama tiene unas con­vicciones básicas que guían todas sus acciones: la bondad fundamen­tal de todos los seres humanos, el valor de la compasión, la benevo­lencia y la generosidad, atributos comunes a todas las criaturas vivas. -Al hablar de la importancia de ser flexible, dúctil y adaptable no pretendo sugerir que seamos como camaleones, y que absorbamos cualquier nuevo sistema de creencias con el que nos encontremos, que cambiemos de identidad, que adoptemos pasivamente cualquier idea. Las fases superiores del crecimiento y el desarrollo dependen del con­junto de valores que nos guían. Un sistema de valores capaz de pro­porcionar continuidad y coherencia a nuestras vidas, mediante el que podamos medir nuestras experiencias. Un sistema de valores que nos ayude a decidir qué objetivos merecen realmente perseguirse y cuáles son irrelevantes.

La cuestión es: ¿cómo podemos mantener de un modo coherente y firme este conjunto de valores fundamentales y ser flexibles al mismo tiempo? El Dalai Lama parece haberlo conseguido al reducir su siste­ma de creencias a unas cuantas verdades fundamentales: 1) Soy un ser humano; 2) deseo ser feliz y no quiero sufrir; 3) otros seres humanos como yo también desean ser felices y no quieren sufrir. Al destacar el terreno que comparte con los demás, en lugar de fijarse en las dife­rencias, genera un sentimiento de unión que conduce a la convicción profunda del valor de la compasión y el altruismo. Utilizando este en­foque, puede ser muy gratificante el simple hecho de dedicar un poco de tiempo a reflexionar sobre nuestro propio sistema de valores y re­ducido a sus principios fundamentales, lo que nos proporcionará ma­yor libertad y flexibilidad para afrontar los problemas.

 

Encontrar el equilibrio

 

El enfoque flexible de la vida no es sólo un instrumento para abor­dar conflictos, sino también para alcanzar el estado indispensable para una vida feliz: el equilibrio.

Una mañana, cómodamente instalado en su silla, el Dalai Lama aclaró el valor de llevar una vida equilibrada.

-Asumir equilibradamente la vida, evitando los extremos, es de capital importancia en todos los aspectos de la vida. Por ejemplo, con una planta hay que ser muy habilidoso y delicado cuando se encuen­tra en sus primeras fases de crecimiento. Demasiada o poca hume­dad o luz solar la destruirá. Lo que se necesita por tanto es un medio muy equilibrado, para que pueda disfrutar de un crecimiento saluda­ble. Por lo que se refiere a la salud física de una persona, el exceso o la escasez de algunos elementos pueden tener efectos destructivos.

»Esto se aplica también al desarrollo mental y emocional. Si ob­servamos que somos arrogantes, por ejemplo, que nos hinchamos dándonos importancia, basándonos en supuestos o reales logros o cualidades, el antídoto consiste en pensar un poco más en nuestros problemas y padecimientos, en contemplar los aspectos insatisfacto­rios de la existencia. Eso nos ayuda a rebajar nuestra soberbia y a ponernos más en contacto con la realidad. Por el contrario, si uno se da cuenta de que reflexiona sobre la naturaleza insatisfactoria de la exis­tencia hasta el punto de sentirse abrumado e impotente, es aconseja­ble reflexionar sobre el progreso que se ha hecho hasta el momento y sobre las cualidades positivas que se posean, lo que nos ayudará a abandonar ese estado mental de desánimo. Es preciso buscar el equi­librio.

»Este enfoque no sólo es útil para la salud física y emocional de la persona, sino también para el desarrollo espiritual. La tradición bu­dista ofrece muchas prácticas para él, pero es muy importante ser muy habilidoso en su ejecución y no excederse. También aquí se necesita un enfoque equilibrado y sagaz, combinar el estudio y el aprendizaje con la contemplación y la meditación. Esto es importante para que no se produzca ningún desequilibrio entre el aprendizaje académico o in­telectual y su puesta en práctica. Si no, se correría el riesgo de que una excesiva intelectualización perjudicara las prácticas contemplativas. Pero si pusiéramos un énfasis excesivo en la contemplación, sin que ésta vaya acompañada por el estudio, limitaríamos la comprensión. Así pues, tiene que haber un equilibrio...

Tras una pausa, añadió:

-En otras palabras, la práctica del Dharma, la verdadera prácti­ca espiritual, es en cierto sentido como un estabilizador de voltaje. La función del estabilizador consiste en impedir los altibajos de la potencia eléctrica, que transforma en un flujo estable y constante.

-Aconsejo evitar los extremos -comenté-, pero ¿acaso no son los extremos los que aportan entusiasmo y gusto por la vida? Evi­tados, elegir siempre el «camino medio», ¿no conduce a una existen­cia blanda e incolora?

Negó con la cabeza antes de contestar.

-Creo que necesita usted comprender el origen del comportamiento extremado. Tomemos, por ejemplo, la obtención de bienes mate­riales: cobijo, muebles, vestido... Por un lado cabría ver la pobreza como una situación extrema, y tenemos todo el derecho de esforzar­nos en superada y asegurar nuestro bienestar material. Por el otro, de­masiados lujos, la búsqueda de una riqueza excesiva. Nuestro objeti­vo último al buscar más riqueza es la satisfacción, la felicidad. Pero buscar más es no tener suficiente, o sea, tener un sentimiento de des­contento, el cual no surge de la presunta utilidad de los objetos que buscamos, sino más bien de nuestro estado mental.

»Creo por tanto que nuestra tendencia a dejamos llevar hacia los extremos se ve alimentada a menudo por un sentimiento subyacente de descontento. Sin duda también hay otros móviles para la desmesu­ra, pero es importante reconocer que si bien los extremos pueden pa­recer atractivos o «apasionantes», en el fondo son nocivos. Hay muchos ejemplos sobre los peligros del comportamiento extremado. Imaginemos, por ejemplo, una actividad pesquera intensiva a escala planetaria, sin tener en cuenta las consecuencias a largo plazo, sin sen­tido de la responsabilidad, con lo que provocamos un agotamiento de los mares... Lo mismo puede suceder con el comportamiento sexual. Existe un impulso biológico para la reproducción y se obtiene satis­facción de la actividad sexual, pero si el comportamiento sexual se hace extremado, sin verdadera responsabilidad, provoca numerosos problemas y abusos..., como el maltrato o el incesto.

-Ha dicho que, además del descontento, puede haber otros mo­tivos para la desmesura...

-Sí, ciertamente.

-¿Puede darme un ejemplo?

-La estrechez de miras.

-La estrechez de miras..., ¿en qué sentido?

-El ejemplo de la pesca excesiva es un caso de estrechez de miras,

puesto que sólo se tiene en cuenta lo inmediato. La educación y el co­nocimiento amplían la perspectiva.

El Dalai Lama tomó su rosario de una mesita y deslizó sus cuentas entre las manos mientras reflexionaba en silencio. De repente, miró el rosario y dijo:

-Creo que la visión limitada conduce al pensamiento extremista. Yeso crea problemas. El Tíbet, por ejemplo, fue una nación budista durante muchos siglos. Naturalmente, eso produjo un sentimiento de

que el budismo era la mejor religión, una tendencia a considerar que sería bueno que toda la humanidad se hiciera budista. La idea de que todo el mundo debiera ser budista es un caso de extremismo. Y esa actitud causa problemas. Pero ahora que no estamos en el Tíbet, hemos tenido la oportunidad de entrar en contacto con otras tradiciones re­ligiosas de las que hemos aprendido. Eso nos ha acercado más a la realidad, nos hemos percatado de que en la humanidad hay muchas creencias y actitudes diferentes. Que todo el mundo fuera budista se­ría muy poco práctico. A través de un contacto más estrecho con otras confesiones se da uno cuenta de las cosas positivas que poseen. Ahora, al encontramos con otra religión, surge un sentimiento positivo, un sentimiento de comodidad. Nos parece bien que haya personas que se adhieran a confesiones diferentes. Es como en un restaurante: todos podemos sentamos y pedir platos diferentes, según nuestras preferen­cias. Podemos comer platos diferentes sin que nadie discuta por ello. »Así pues, creo que al ampliar deliberadamente nuestra perspecti­va podemos superar los extremismos y sus consecuencias negativas. Tras esto, el Dalai Lama deslizó el rosario alrededor de la muñeca, me dio una afable palmadita en la mano y se levantó, dando por ter­minada la entrevista.

 

Cuarta parte

Superar los

obstáculos

 

11 Encontrar significado en el sufrimiento

 

VÍCTOR FRANKL, un psiquiatra judío detenido por los nazis duran­te la Segunda Guerra Mundial, dijo en cierta ocasión: «El hom­bre está dispuesto y preparado para soportar cualquier sufrimiento siempre y cuando pueda encontrarle un significado». Frankl utilizó su brutal e inhumana experiencia en los campos de concentración para tratar de comprender cómo pudieron sobrevivir algunos a tantas atro­cidades, y determinó que la supervivencia no se apoyaba en la juven­tud o en la fortaleza física, sino en la fortaleza derivada de hallar un significado a esa experiencia.

Descubrir el significado del sufrimiento constituye una poderosa ayuda para afrontar las situaciones, incluso las más difíciles. Pero no resulta tarea fácil encontrar significado en nuestro sufrimiento. A me­nudo, el sufrimiento parece fortuito, sin significado. Y, aunque nos encontramos en medio de nuestro dolor y sufrimiento, toda nuestra energía se centra en alejamos del mismo. Durante los períodos de cri­sis aguda parece imposible reflexionar sobre cualquier significado que pueda esconder nuestro sufrimiento. A menudo, lo único que pode­mos hacer es soportarlo. Y es natural considerarlo una injusticia y preguntarnos: «¿Por qué a mí?». Afortunadamente, sin embargo, en los momentos de alivio o en los períodos posteriores a experiencias de sufrimiento agudo, podemos reflexionar sobre él y buscar su signifi­cado. El tiempo y el esfuerzo dedicados a buscar significado al sufri­miento aportará muchos beneficios cuando ocurran las desgracias. Pero para ello tenemos que iniciar nuestra búsqueda cuando las cosas nos van bien. Un árbol con raíces fuertes puede resistir la tormenta más violenta, pero no puede desarrollar sus raíces cuando la tormen­ta aparece ya en el horizonte.

Así pues, ¿por dónde empezar nuestra búsqueda del significado del sufrimiento? Para muchas personas, esa búsqueda se inicia con su fe religiosa. Aunque las religiones difieren sobre el significado que dan al sufrimiento, todas ofrecen estrategias para responder a él, basadas en sus creencias fundamentales. Para el budismo y el hin­duismo, por ejemplo, es el resultado de nuestras acciones negativas y se le considera un catalizador para la búsqueda de la liberación es­piritual.

En la tradición judeocristiana, el universo fue creado por un Dios bueno y justo y aunque su plan sea misterioso e indescifrable a veces, nuestra fe y confianza en sus designios nos permiten tolerar más fá­cilmente nuestro sufrimiento, confiar, como dice el Talmud, en que «todo lo que hace Dios, lo hace para bien». La vida seguirá siendo sin duda dolorosa, pero como el dolor que experimenta la mujer al dar a luz, confiamos en que será superado por el bien que trae. El reto en estas confesiones religiosas estriba en que, con frecuencia, no se nos revela el bien último. No obstante, aquellos que tienen una fe firme se ven apoyados por la convicción de que en el sufrimiento se expresa un propósito divino, como aconseja un sabio hasídico: «Cuan­do un hombre sufre, no debería decir: "¡Esto es muy malo!", ya que nada de lo que Dios le impone al hombre es malo. Pero es correcto exclamar: "j Esto es amargo!", pues entre las medicinas hay algunas que están hechas con hierbas amargas». Así pues, desde una perspec­tiva judeocristiana, el sufrimiento puede servir para muchos propósi­tos: ponernos a prueba y fortalecer nuestra fe, acercarnos íntimamente a Dios debilitar los lazos con el mundo material e inducirnos a acudir a Dios como nuestro refugio.

Aunque la fe puede ofrecer una valiosa ayuda para encontrar sig­nificado, aquellos que no poseen creencias religiosas también pueden encontrado en su sufrimiento después de una cuidadosa reflexión. A pesar del universal rechazo del sufrimiento, caben pocas dudas de que fortalece y ahonda la comprensión de la vida. En cierta ocasión, el doctor Martin Luther King, Jr., dijo: «Aquello que no me destruye, me hace más fuerte». Y aunque es natural encogerse ante el sufrimiento, éste puede contribuir a sacar lo mejor de nosotros. En El tercer hom­bre, de Graham Greene, se lee: «Los treinta años bajo los Borgia tra­jeron a Italia guerras, terror, asesinatos, pero también a Miguel Ángel, a Leonardo da Vinci, el Renacimiento. Suiza, donde predominaba el amor fraternal, ¿qué ha producido durante quinientos años de demo­cracia y paz? El reloj de cuco».

Aunque el sufrimiento sirva a veces para endurecernos, para for­talecernos, en otras ocasiones llega a ser valioso por lo contrario, por ablandarnos haciéndonos más sensibles. La vulnerabilidad que experimentamos en nuestro sufrimiento suele producir una apertura y profundiza nuestra conexión con los demás. El poeta William Word­sworth exclamó: «Una profunda angustia ha humanizado mi alma». Al ilustrar este efecto humanizador del sufrimiento, se me ocurre pen­sar en Robert, un conocido mío. Era presidente ejecutivo de una gran empresa de mucho éxito. Varios años antes había sufrido un grave re­vés financiero que le provocó una profunda depresión. Nos conoci­mos cuando se encontraba sumido en lo más profundo de ella. Siem­pre había considerado a Robert un modelo de confianza en sí mismo y de entusiasmo, y me alarmé al vedo tan abatido. Con una intensa angustia en la voz, Robert me dijo:

-Esto es lo peor que he experimentado en toda mi vida. No pue­do sacármelo de encima. No sabía que fuera posible sentirse tan abru­mado, desesperanzado e impotente.

Después de conversar un rato sobre sus dificultades, le aconsejé que acudiera a un colega para tratar la depresión. Varias semanas más tarde me encontré con Karen, la esposa de Robert, y le pregunté cómo estaba su marido. -Ha mejorado mucho. El psiquiatra que le recomendaste le rece­tó una medicación antidepresiva que ha ayudado mucho. Claro que todavía tardaremos un tiempo en solucionar todos los problemas con el negocio pero ahora se siente mejor y creo que todo marchará bien...

-Me alegro.

Karen vaciló un momento antes de confiarme algo.

-¿Sabes? Me apenaba mucho vedo tan deprimido. Pero, en cier­to modo, creo que eso ha sido una bendición. Una noche, empezó a llorar desconsoladamente. Era incapaz de detenerse. Lo tuve entre mis brazos durante horas, mientras él lloraba, hasta que finalmente se quedó dormido. En veintitrés años de matrimonio fue la primera vez que sucedió algo semejante... si quieres que te sea honrada, nunca me había sentido tan cerca de él en toda mi vida de casada. Ahora, las co­sas son de algún modo diferentes. Como si algo se hubiera roto y abierto... y ese sentimiento de proximidad sigue estando ahí. El hecho de que compartiera su dolor, cambió nuestra relación, nos acercó.

El Dalai Lama ha hablado sobre la utilización del sufrimiento en el camino budista.

-En la práctica budista se puede utilizar el sufrimiento personal para intensificar la compasión, como una oportunidad para el Tong-­len. Se trata de una práctica Mahayana en la que se asume mental­mente el dolor y el sufrimiento de otro, ofreciéndole todos tus recur­sos, buena salud, fortuna, etcétera. Más adelante daré instrucciones detalladas sobre esta práctica, fundada en este pensamiento: «Que mi sufrimiento sea un sustituto del sufrimiento de otros seres. Que este su­frimiento pueda salvar a todos los seres que experimentan un dolor si­milar». De ese modo, se utiliza el sufrimiento como una oportunidad para asumir el sufrimiento de los otros.

»Aquí debería señalar una cosa. Si, por ejemplo, caigo enfermo y empleo esta técnica, pensando: "Que mi enfermedad libere a otros de una enfermedad similar", y me visualizo aceptando el sufrimiento aje­no y transmitiendo buena salud, no pretendo decir con ello que haya de olvidarme de mi propia salud. Al pensar en la enfermedad, lo primero que hay que hacer es tomar medidas para no sufrir a causa de ella. Luego, si a pesar de todo) se cae enfermo, es importante no pasar por alto la necesidad de tomar los medicamentos apropiados.

»No obstante, una vez que se ha enfermado, prácticas como la del Tong-len suponen una diferencia significativa en la actitud con que se afronta la situación. En lugar de lamentarse, de sentir pena por uno mismo y de verse abrumado por la ansiedad y la preocupación, pue­de uno salvarse del sufrimiento mental adicional al adoptar la actitud correcta. Practicar la meditación Tong-len, o «dar y recibir», quizá no consiga aliviar el dolor físico o conducir a una cura en términos físicos, pero nos protege de un dolor psicológico innecesario. Se pue­de pensar: "Que al experimentar este sufrimiento pueda salvar a otros que pasen por la misma experiencia"; entonces el propio sufri­miento adquiere un nuevo significado, al ser utilizado como el fun­damento de una práctica religiosa o espiritual. Además es posible lle­gar a ver la situación como un privilegio, como una oportunidad de enriquecimiento.

-Ha dicho que el sufrimiento puede utilizarse en la práctica del Tong-len. Antes ha señalado que la contemplación de la naturaleza del sufrimiento puede ser muy útil para no abrumamos cuando lo padezcamos, en el sentido de desarrollar una mayor aceptación del sufrimiento como inherente a la vida...

-Ciertamente.

-¿Hay otras formas de ver nuestro sufrimiento como algo signi­ficativo, o al menos con un valor práctico?

-Sí, desde luego -contestó-. Creo que antes subrayé que en el camino budista reflexionar sobre el sufrimiento tiene una tremenda importancia porque al aprehender su naturaleza desarrollamos una mayor resolución de eliminar tanto las causas que lo producen como los actos insanos que conducen al mismo. Eso aumentará a su vez el entusiasmo por las acciones sanas que conducen a la felicidad y la alegría,

-¿ y ve algún beneficio en que los no budista s reflexionen sobre el sufrimiento?

-Sí, creo que puede tener valor práctico en algunas situaciones. Por ejemplo, reflexionar sobre el sufrimiento contribuye a reducir la arrogancia. Claro que eso quizá no se perciba como un beneficio -señaló echándose a reír- por alguien que no considere la arrogan­cia o el orgullo como un defecto.

Tras un momento de silencio, el Dalai Lama añadió:

-En cualquier caso, creo que hay un aspecto de nuestra experiencia del sufrimiento que es de vital importancia: nos ayuda a desarrollar empatía, lo que nos permite acercamos a los sentimientos y el sufri­miento de los demás, aumenta nuestra capacidad para la compasión, y nos ayuda por tanto a conectar con los demás. En ese sentido, se puede considerar que tiene un valor. Así pues -concluyó-, es pro­bable que cambiemos de actitud y nuestro sufrimiento ya no nos pa­rezca tan terrible.

 

Cómo afrontar el dolor físico

 

Al reflexionar sobre el sufrimiento durante los momentos de bie­nestar, descubrimos a menudo un valor y un significado profundo en él. En ocasiones, sin embargo, nos vemos enfrentados a padecimien­tos que no parecen tener ninguna cualidad redentora. El dolor físico pertenece a esa categoría. Pero hay una diferencia entre el dolor físi­co, que es un proceso fisiológico, y el sufrimiento, que es nuestra res­puesta mental y emocional al mismo. Así pues, se nos plantea la pre­gunta: ¿podemos encontrar una finalidad detrás de nuestro dolor, capaz de modificar nuestra actitud hacia el mismo? Y si cambiamos de actitud, ¿disminuiría el grado de sufrimiento?

 

En su libro Dolor: el dolor que nadie quiere, el doctor Paul Brand explora el valor del dolor físico. Brand, un cirujano de prestigio mun­dial y especialista en lepra, pasó los primeros años de su vida en la India, donde, como hijo de misioneros, se vio rodeado de personas que vivían en condiciones de extremada pobreza y sufrimiento. Al ob­servar en ellos una mayor tolerancia al dolor físico que en Occidente, se interesó por el fenómeno del dolor y efectuó un notable descubri­miento: la putrefacción de la carne se debía a la pérdida de la sensa­ción de dolor en las extremidades. Al no contar con la protección del dolor, los pacientes de lepra no disponían de un sistema que les advir­tiera del daño en los tejidos. El doctor Brand vio a pacientes que ca­minaban o corrían sobre extremidades cuya piel estaba desgarrada o incluso con los huesos al descubierto, lo que causaba su rápida des­trucción. A veces incluso introducían la mano en el fuego para retirar algo sin sentir dolor. Observó también en ellos una actitud de lo más indiferente hacia la autodestrucción. En su libro, Brand presenta mu­chos ejemplos de los efectos destructivo s de vivir sin sensación de do­lor, las heridas recurrentes, las ratas que roían los dedos de manos y pies mientras el paciente dormía tranquilamente.

Después de una larga experiencia con pacientes que sufrían dolo­res agudos y con otros insensibles, Brand llegó a considerar el dolor no como el enemigo que es en Occidente, sino como un sistema biológico complejo que nos advierte para protegemos. Pero ¿por qué entonces la experiencia del dolor tiene que ser tan desagradable? Brand afirma que precisamente en eso reside su efectividad, pues obliga al organis­mo a afrontar el problema. Aunque el cuerpo cuenta con movimien­tos reflejos de protección, es la sensación de dolor la que impulsa a todo el organismo a prestar atención y actuar. También graba la ex­periencia en la memoria y nos sirve para protegemos en el futuro.

Así como encontrar significado a nuestro sufrimiento nos ayuda a afrontar los problemas, para Brand la comprensión de la finalidad del dolor físico contribuye a disminuir el sufrimiento. Si nos preparamos para el dolor, si comprendemos su naturaleza y reflexionamos sobre lo que sería la vida sin esa sensación, invertiremos en lo que Brand llama un «seguro para el dolor». No obstante, y como quiera que el do­lor agudo es capaz de acabar con toda objetividad, tenemos que re­flexionar sobre él antes de que aparezca. Si somos capaces de pensar en el dolor como «un discurso que pronuncia nuestro cuerpo sobre un tema de importancia vital, de una intensidad tal que llama inevitable­mente nuestra atención», entonces empezará a cambiar nuestra acti­tud, y en consecuencia disminuirá nuestro sufrimiento. «Estoy con­vencido -afirma Brand- de que la actitud que hayamos cultivado puede determinar el grado de sufrimiento cuando el dolor nos lle­gue.» Incluso cree que podemos desarrollar un sentimiento de grati­tud ante el dolor.

No cabe la menor duda de que nuestra, actitud y perspectiva men­tales determinan el grado de sufrimiento. Supongamos que dos indi­viduos, un trabajador de la construcción y un pianista, sufren la mis­ma herida en un dedo. Aunque el dolor sea el mismo para ambos, el obrero de la construcción sufre menos y hasta se alegra si la herida le procura ese mes de vacaciones pagadas que tanto necesitaba, mientras que esa misma lesión causa un intenso sufrimiento en el otro al impe­dirle tocar el piano, fuente fundamental de alegría en su vida.

Esto ha sido demostrado por numerosos estudios y experimentos científicos. Los investigadores han explorado las vías mediante las que se percibe el dolor: se inicia con una señal sensorial, una. alarma que se dispara en cuanto las terminaciones nerviosas son estimula­das. Millones de señales viajan por la médula espinal hasta la base del cerebro, que las clasifica y envía un mensaje a las zonas superiores, donde se elabora una respuesta. Es en esta fase en la que se le asigna valor al dolor; es decir, es en la mente donde convertimos el dolor en sufrimiento. Para disminuir éste, tenemos que efectuar una distinción entre el dolor que percibimos y el que creamos mediante nuestros pensamientos. El temor, la cólera, la culpabilidad, la soledad y la impo­tencia son respuestas capaces de intensificar el dolor. Así que, al afron­tar el dolor, debemos trabajar en los niveles más bajos de percepción del mismo, utilizar las herramientas de la medicina moderna, como los medicamentos por ejemplo, pero también podemos trabajar en los niveles superiores mediante la modificación de nuestra perspectiva y nuestra actitud.

Muchos investigadores han examinado el papel de la mente en la percepción del dolor. Pavlov entrenó incluso. a perros para que supe­raran el dolor al asociar una descarga eléctrica con una recompensa en forma de alimento. Ronald Melzak fue más lejos. Crió cachorros de terrier escocés en un ambiente protegido, sin los problemas pro­pios del crecimiento. Estos perros no consiguieron aprender las res­puestas básicas al dolor; no reaccionaban, por ejemplo, cuando se les pinchaba las patas con un alfiler, en contraposición con sus compa­ñeros de camada, que gañían de dolor cuando se los pinchaba. Sobre la base de experimentos como éstos, Melzak llegó a la conclusión de que buena parte de lo que llamamos dolor, incluida la respuesta emo­cional de displacer, era algo aprendido, no instintivo. Otros experi­mentos realizados con seres humanos, en los que se aplicó la hipno­sis y se utilizaron placebos, han demostrado también que, en muchos casos, las funciones superiores del cerebro pueden aceptar o descar­tar las señales de dolor que reciben. Esto indica que la mente puede determinar a menudo cómo percibimos el dolor y ayuda a explicar los interesantes descubrimientos de investigadores como Richard Stern­back y Bernard Tursky, de la Escuela de Medicina de Harvard (más tarde confirmados por un estudio de Maryann Bates y colaborado­res), quienes observaron diferencias significativas entre los diferentes grupos étnico s en cuanto a capacidad para percibir y resistir el dolor.

Parece, por tanto, que la afirmación de que nuestra actitud puede influir en el grado de sufrimiento no es una especulación, sino que está apoyada en pruebas científicas. En sus investigaciones, Brand hace otra observación fundamental. Sus pacientes de lepra declaran: «Cla­ro que puedo verme las manos y los pies, pero no los percibo como si fueran parte de mí. Es como si fueran simples herramientas». Así Pues, el dolor no sólo nos advierte y nos protege, sino que unifica nuestro cuerpo. Sin la sensación de dolor en manos o pies, estos miem­bros parecen no pertenecer a él y así como el dolor físico unifica nuestro cuerpo, la experiencia general del sufrimiento nos conecta a los demás. Quizá sea ése el sig­nificado principal del sufrimiento, una condición que compartimos con los demás, que une a todas las criaturas vivas.

 

Concluimos nuestro análisis del sufrimiento humano con la ense­ñanza por parte del Dalai Lama de la práctica del Tong-len, a la que se refirió en nuestra conversación anterior. Según explicaría él mismo, el propósito de esta meditación es fortalecer la compasión. Pero tam­bién podemos veda como una potente herramienta para transmutar nuestro sufrimiento. Podemos utilizar estas prácticas para aumentar nuestra compasión, al visualizar a otros que pasan por un sufrimiento similar, al absorber y disolver su sufrimiento en el propio, como un su­frimiento por delegación.

El Dalai Lama impartió esta enseñanza ante un numeroso público en una tarde particularmente calurosa de septiembre, en Tucson. El aire acondicionado del local, que luchaba contra la alta temperatura del desierto, se vio finalmente superado por el calor generado por mil seiscientos cuerpos. El calor reinante fue particularmente apropiado para una meditación sobre el sufrimiento.

 

La práctica del Tong-len

 

-Esta tarde meditaremos sobre el Tong-len, el «dar y recibir». Esta práctica está destinada a entrenar la mente, a fortalecer el poder natural y la fuerza de la compasión, porque la meditación Tong-len ayuda a contrarrestar nuestro egoísmo. Aumenta el poder y la forta­leza de nuestra mente al intensificar nuestra capacidad para abrimos al sufrimiento de otros.

»Para empezar este ejercicio primero hay que visualizar a nuestro lado a un grupo de personas que necesitan ayuda, sumidas en el su­frimiento y en un estado de extrema pobreza. Visualicen a este grupo de personas con claridad. Luego, al lado de ellas, visualícense a sí mismos como egocéntricos, con una arraigada actitud egoísta, indiferen­tes a las necesidades de los demás. Entre este grupo de personas que sufren y esta representación egoísta de sí mismos, véanse en el centro, como un observador neutral.

»A continuación, observen hacia cuál de los dos lados se inclinan ustedes de modo natural. ¿ Se inclinan más hacia ese individuo singu­lar, la personificación del egoísmo? ¿O sus sentimientos naturales de empatía fluyen hacia el grupo de personas necesitadas? Si piensan con objetividad, concluirán que el bienestar de un grupo es más importante que el de un individuo.

»Después, dirijan su atención a las personas necesitadas y deses­peradas. Dirijan toda su energía positiva hacia ellas. Ofrézcanles men­talmente sus éxitos, sus recursos, sus virtudes. Una vez hecho eso, asuman el sufrimiento de esas personas, sus problemas y todas sus di­ficultades.

»Se puede imaginar, por ejemplo, a un niño hambriento de Soma­ha. En este caso, el profundo sentimiento de empatía no se basa en consideraciones como "Es mi pariente" o "Es mi amigo". Ni siquie­ra conoce usted a esa persona. Pero el hecho de que usted y el otro sean seres humanos permite que surja su capacidad natural para la empa­tía y que pueda usted abrirse al otro. Piense entonces: "Este niño no tiene capacidad para aliviar su infortunio". Entonces, mentalmente, asuma sobre sí mismo todo el sufrimiento de la pobreza, el hambre y la privación de este niño y ofrézcale mentalmente sus posesiones, ri­queza y éxitos. Así puede entrenar su mente, mediante esta clase de visualización de "dar y recibir".

»A veces resulta útil empezar esta práctica imaginándose en el fu­turo como una persona que sufre y, con una actitud de compasión, asumir ese sufrimiento en el presente, con el sincero deseo de liberar­se de todo sufrimiento futuro. Una vez haya adquirido algo de práctica para generar un estado mental de compasión hacia sí mismo, pue­de ampliar su compasión para incluir a los demás.

»Al "asumir sobre sí", es útil visualizar los infortunios bajo as­pecto de sustancias venenosas, armas peligrosas o animales terrorífi­cos, cosas ante las que normalmente se estremecería. Visualice el su­frimiento como si hubiera adquirido estas formas y luego absórbalas directamente en su corazón.

»El propósito de visualizar estas formas negativas y aterradoras, que se disuelven en nuestros corazones, es el de destruir las habituales actitudes egoístas que residen en ellos. No obstante, para aquellas personas que puedan tener problemas con su imagen, con un bajo ni­vel de autoestima, es importante considerar si esta práctica es apro­piada.

»El Tong-len es muy poderoso si se combina el "dar y recibir" con la respiración; es decir, imaginen "recibir" en el momento de inspirar y "dar" en el momento de espirar. Durante estas visualizaciones, pro­bablemente experimentarán una ligera incomodidad. Eso indica que se ha alcanzado el objetivo: la actitud egocéntrica. y ahora, meditemos.

 

Al terminar la enseñanza del Tong-len, el Dalai Lama señaló que ningún ejercicio en particular es atractivo o apropiado para todo el mundo. En nuestro viaje espiritual, es importante decidir si una prác­tica es adecuada para nosotros después de comprender su esencia. Eso fue lo que me sucedió a mí cuando intenté seguir las instrucciones del Dalai Lama sobre el Tong-len aquella misma tarde. Descubrí que te­nía dificultades, un sentimiento de resistencia, aunque no logré des­cubrir de qué se trataba. La misma noche, sin embargo, al pensar en las instrucciones del Dalai Lama, me di cuenta de que mi resistencia se había desarrollado ya desde el principio, cuando el Dalai Lama se­ñaló que el grupo era más importante que el individuo. Se trataba de algo que ya había escuchado con anterioridad; el axioma de Vulcan propuesto por Spock en Star Trek: las necesidades de la mayoría de­ben anteponerse a las de la minoría. En esa afirmación había sin em­bargo algo que me molestaba. Antes de planteárselo al Dalai Lama, sondeé a un amigo que había estudiado el budismo durante mucho tiempo, quizá porque yo no deseaba aparecer como el que «sólo quie­re ser el número uno».

-Hay una cosa que me molesta... -le dije-. Eso de que las nece­sidades del grupo son más importantes que las del individuo tiene sen­tido en la teoría, pero en la vida cotidiana no interactuamos con la gente en masa, sino con individuos. En ese nivel de uno a uno, ¿por qué deberían valer más las necesidades del otro que las mías? Yo también soy un individuo... Somos iguales...

Mi amigo quedó pensativo un momento.

-Bueno, eso que dices es cierto. Pero si realmente consideras a cualquier individuo como un igual, ya es suficiente para empezar. No necesité acudir al Dalai Lama.

 

12 Producir un cambio

 

 

El proceso de cambio

 

-Hemos analizado la posibilidad de alcanzar la felicidad elimi­nando nuestros comportamientos y estados mentales negativos. En general, ¿cómo se consigue superar los comportamientos negativos e introducir cambios positivos? -pregunté.

-El primer paso es el aprendizaje, la educación -contestó el Da­lai Lama-. Creo que ya he mencionado con anterioridad la impor­tancia del aprendizaje...

-¿Cuando habló de la importancia de comprender por qué son nocivas las emociones negativas?

-Sí. Pero para producir cambios positivos, el aprendizaje sólo es el primer paso. También hay otros factores, como la convicción, la de­terminación, la acción y el esfuerzo. Así pues, el siguiente paso con­siste en desarrollar nuestra convicción. El aprendizaje y la educación son importantes porque nos ayudan a desarrollar el convencimiento de que necesitamos cambiar, y aumentan nuestro compromiso. Y la convicción ha de cultivarse para convertirla en determinación. A con­tinuación, la determinación se transforma en acción; una determina­ción firme nos permite realizar un esfuerzo continuado para poner en marcha los verdaderos cambios. Este factor es decisivo.

»Así, por ejemplo, si se quiere dejar de fumar, lo primero es ser consciente de que fumar es nocivo para el cuerpo. Por tanto, tienes que educarte. Tengo entendido, por ejemplo, que la información sobre los efectos nocivos del tabaco ha permitido modificar el comportamien­to de mucha gente; ahora se fuma menos en los países occidentales que en un país comunista como China, debido precisamente a la disponibi­lidad de información. Pero, a menudo, ese aprendizaje por sí solo no es suficiente. Tienes que incrementar esa conciencia hasta que te lleve a una firme convicción sobre los efectos nocivos del tabaco. Eso for­talece a su vez tu determinación de cambiar. Finalmente, tienes que realizar un esfuerzo para establecer nuevos hábitos. Ése es el proceso de cambio, cualquiera que sea su objetivo.

»Ahora bien, al margen del comportamiento que intentes cam­biar, del objetivo hacia el que dirijas tus esfuerzos, necesitas desarro­llar una fuerte voluntad o deseo de hacerlo. Necesitas gran entusias­mo. En este aspecto el sentido de la urgencia es un factor clave que ayuda a superar los problemas. Por ejemplo, el conocimiento que se posee sobre los graves efectos del sida ha creado en muchas personas la necesidad perentoria de modificar el comportamiento sexual. Con frecuencia, una vez que se ha obtenido la información adecuada, sur­ge la seriedad y el compromiso.

»Así pues, la urgencia puede impulsar enérgicamente el cambio. En un movimiento político, la desesperación puede originarla hasta el punto de que la gente llega a olvidar incluso su hambre y su can­sancio en la busca de sus objetivos.

»El sentido de lo perentorio no sólo ayuda a superar los problemas personales, sino también los comunitarios. Cuando estuve en St. Louis, por ejemplo, hablé con el gobernador. Allí habían sufrido reciente­mente unas graves inundaciones. El gobernador me dijo que cuando Se produjeron temió que, dada la naturaleza individualista de la so­ciedad, la gente no cooperara, no se comprometiera.

»Pero hubo tanta cooperación que quedó muy impresionado. Para mí, eso demuestra que para alcanzar objetivos importantes necesita­mos desarrollar el sentido de lo perentorio. "Desgraciadamente -aña­dió con tristeza-, sucede a menudo que no percibimos que una si­tuación requiere una solución con urgencia."

Me sorprendió oírle subrayar esto porque en Occidente creemos que una actitud característica de los asiáticos es dejar que las cosas sigan su curso, derivada de su creencia de que se viven muchas vidas, de modo que si algo no sucede ahora, ya sucederá la próxima vez... -Pero ¿cómo se desarrolla en la vida cotidiana ese entusiasmo y esa decisión de cambiar? -pregunté.

-Para un budista practicante hay varias técnicas para generar en­tusiasmo. Buda habló sobre lo preciosa que es la existencia humana. Nosotros discutimos acerca del potencial que hay dentro de nuestro cuerpo, de los buenos propósitos a los que puede servir, de los benefi­cios y ventajas de tener una forma humana, etcétera. Esas discusiones nos instilan confianza, nos incitan a utilizar nuestro cuerpo de forma positiva.

»Después, para dar conciencia de la urgencia, que impulse a prác­ticas espirituales, recordamos nuestra transitoriedad, es decir, la muer­te, interpretada en términos muy convencionales y no en los aspectos más sutiles del concepto de transitoriedad. En otras palabras, se nos recuerda que algún día ya no estaremos aquí. Se estimula esa concien­cia, de modo que cuando se conjunta con la comprensión del enorme potencial de nuestra existencia surge en nosotros la urgente necesidad de utilizar provechosamente todos los preciosos momentos de nues­tra vida.

-Esa contemplación de nuestra transitoriedad parece una gran ayuda para desarrollar la urgencia de cambios positivos -comenté-. ¿No podrían utilizada también los no budistas?

-Creo que los no budistas deberían tener cuidado con algunas técnicas -contestó reflexivamente-. Porque -añadió echándose a reír- cabría utilizar la misma contemplación para el propósito opuesto Y decirse: «No hay garantía de que vaya a estar vivo mañana, así que será mejor que hoy me divierta».

-¿Tiene alguna sugerencia acerca de cómo podrían desarrollar ese sentido de la urgencia los que no son budistas?

-Bueno, como ya he señalado, aquí es donde intervienen la edu­cación y la información. Antes de conocer a ciertos expertos, por ejem­plo, yo sabía muy poco sobre la crisis del medio ambiente. Pero ellos me explicaron el problema al que nos enfrentamos, y fui consciente de la gravedad de la situación. Eso mismo puede aplicarse a otros pro­blemas que afrontamos.

-Pero, en ocasiones, incluso disponiendo de información, quizá no tengamos energía para efectuar el cambio. ¿Cómo podemos supe­rar eso? -le pregunté.

El Dalai Lama reflexionó antes de contestar.

-Creo que tenemos que establecer una distinción. La apatía obe­dece en ocasiones a factores biológicos, y entonces hay que trabajar para cambiar el estilo de vida. Así, por ejemplo, dormir lo suficiente, seguir una dieta saludable, abstenerse de tomar alcohol, etcétera, ayu­da a mantener la mente más alerta. En algunos casos quizá haya que recurrir incluso a medicamentos u otros remedios si la causa es una enfermedad. Pero también hay otra clase de apatía o pereza, la que Surge de la debilidad de la mente...

-Sí, a eso me estaba refiriendo.

-Para superar esta apatía y generar compromiso y entusiasmo que permitan cambiar comportamientos o estados mentales negativos, creo que el método más efectivo y quizá la única solución es ser siem­pre conscientes de los efectos destructivo s del comportamiento nega­tivo. Quizá haya que recordar repetidas veces dichos efectos.

Las observaciones del Dalai Lama me parecían acertadas. Como psiquiatra, sin embargo, sabía que algunos comportamientos nega­tivos y formas de pensar están fuertemente arraigados, así como lo di­fícil que le resulta cambiar a la gente. Me he pasado muchas horas examinando y diseccionando la resistencia de los pacientes al cambio cuando hay en juego complejos factores psicodinámicos; así que pre­gunté:

-A menudo, la gente desea introducir cambios positivos en su vida, tener comportamientos más sanos..., pero en ocasiones parece producirse una especie de inercia o resistencia... ¿Cómo lo explicaría? -Es bastante fácil-dijo con naturalidad.

-¿Fácil?

-Eso ocurre porque nos habituamos a hacer las cosas de cierta ma­nera. Nos malcriamos y repetimos conductas que nos son familiares. -Pero ¿cómo podemos superar eso?

-Utilizando el hábito en beneficio propio. Al familiarizamos cons­tantemente con nuevas pautas de comportamiento, podemos estable­cerlas de modo definitivo. Le vaya dar un ejemplo: en Dharamsala solía iniciar la jornada a las tres y media de la mañana, aunque aquí, en Arizona, me estoy levantando a las cuatro y media. Duermo una hora más -dijo, sonriente-. Al principio se necesita un poco de es­fuerzo para acostumbrarse, pero al cabo de unos meses se convierte en una rutina y ya no hay necesidad de ningún esfuerzo. Así, si uno se acostara un poco más tarde, se podría tener una tendencia a querer unos minutos más de sueño, pero uno se seguiría levantando a las tres y media sin esforzarse. Ello se debe al poder de la costumbre.

»Del mismo modo, podemos superar cualquier condicionamiento negativo y efectuar cambios positivos en nuestra vida. Pero hay que tener en cuenta que el cambio genuino no se produce de la noche a la mañana. En mi caso, por ejemplo, si comparo mi estado mental ac­tual con el de, por ejemplo, hace veinte o treinta años, observo una gran diferencia. Pero a eso he llegado paso a paso. Empecé a estudiar el budismo aproximadamente a la edad de cinco o seis años, pero en aquella época no estaba interesado en los estudios -se echó a reír-, a pesar de que me llamaban la más alta reencarnación. Creo que has­ta que no tuve unos dieciséis años no empecé a pensar seriamente en el budismo. Fue entonces cuando inicié prácticas serias. Luego, con el transcurso de los años, desarrollé un profundo aprecio por los principios y prácticas budistas, que al comienzo me habían parecido casi antinaturales. Todo me vino a través de la familiarización gradual. Claro que el proceso duró más de cuarenta años.

»Como ve, en lo más profundo, el desarrollo mental requiere tiem­po. Si alguien dice: "Las cosas han mejorado después de pasar por muchos años de dificultades", me tomo esa afirmación muy seriamen­te y es muy probable que los cambios sean genuinos y duraderos. Pero si alguien dice: "En muy poco tiempo he tenido un gran cambio", dudo mucho de esa afirmación.

Aunque el análisis del Dalai Lama era irreprochable, había una cuestión que parecía quedar pendiente. -Ha mencionado la necesidad de un alto nivel de entusiasmo y determinación para transformar la mente, para efectuar cambios po­sitivos. Al mismo tiempo, sin embargo, reconocemos que el verdade­ro cambio sólo se produce con lentitud y puede exigir mucho tiempo -continué-. En consecuencia, es fácil desanimarse. ¿No se ha sen­tido nunca desanimado por el lento progreso en su práctica espiri­tual o por algún otro aspecto de su vida?

-Sí, desde luego -contestó. -¿Cómo afronta eso?

-Por lo que se refiere a mi práctica espiritual, si encuentro obstáculos o problemas, me resulta útil detenerme y echar una mirada a lar­go plazo. Existen unos versos que en esas circunstancias me transmi­ten valor y me ayudan a mantener mi determinación. Son éstos:

 

Mientras el espacio perdure, mientras queden seres sensibles, viva también yo

para disipar las miserias del mundo.

 

»Ahora bien, por lo que se refiere a la lucha por la libertad del Tí­bet, si con la convicción expresada en esos versos estuviera dispuesto a esperar eones y eones... mientras el espacio perdure... bueno, creo que tendría una actitud estúpida. Hemos de implicamos activa e in­mediatamente. Claro que, en esta lucha por la libertad, al pensar en los catorce o quince años de esfuerzos negociadores, sin resultados, al pensar en casi quince años de fracasos, se despierta en mí un senti­miento de impaciencia o frustración. Pero ese sentimiento no me de­sanima hasta el punto de perder la esperanza.

Insistí:

-Pero ¿qué es exactamente lo que le impide perder la esperanza?

-Creo que me ayuda la amplitud de mi perspectiva. Por ejemplo, si observamos la situación del Tíbet desde una perspectiva estrecha, nos sentiremos impotentes. No obstante, si lo hacemos desde una pers­pectiva más amplia, vemos una situación internacional en la que se es­tán derrumbando los sistemas comunistas y totalitarios, en la que incluso existe en China un movimiento favorable a la democracia, en la que el ánimo de los tibetanos sigue siendo alto. Así que no abandono.

 

Llama la atención que un hombre con la formación filosófica y la práctica meditativa del Dalai Lama prescriba la educación como pri­mer paso para producir la transformación interna, en lugar de prácti­cas espirituales más trascendentales o místicas. Aunque casi todo el mundo reconoce la importancia de la educación, solemos pasar por alto su papel como factor vital para alcanzar la felicidad. Las investi­gaciones han demostrado que hasta la educación puramente acadé­mica contribuye a la felicidad. Numerosas encuestas han puesto de manifiesto, de forma concluyente, que los niveles superiores de educa­ción tienen ecos beneficiosos en la salud y hasta protegen de la depre­sión. Al tratar de determinar las razones de estos efectos, los científicos han sugerido que las personas mejor educadas son más conscientes de los factores de riesgo para la salud, están más capacitadas para adop­tar medidas que la favorezcan e incrementen la autoestima, tienen mayores habilidades para solucionar problemas y también disponen de estrategias más efectivas para afrontar las situaciones. Así pues, si la simple educación académica aparece asociada con una vida más fe­liz, ¿cómo no va a ser más importante el aprendizaje del que habla el Dalai Lama, que consiste en comprender y utilizar todo aquello que conduce a una felicidad duradera?

El siguiente paso en el camino del Dalai Lama hacia el cambio su­pone generar "decisión y entusiasmo». Estas actitudes también son señaladas por la ciencia occidental contemporánea como factores im­portantes para alcanzar los objetivos. El psicólogo educativo Benja­min Bloom estudió la vida de algunos de los artistas, atletas y cientí­ficos estadounidenses más destacados y descubrió que el impulso y la decisión, y no el talento natural, fue lo que les permitió triunfar. Por tanto, cabe concluir que también son factores determinantes en el arte de alcanzar la felicidad.

Los estudiosos del comportamiento han investigado ampliamente los mecanismos que inician, mantienen y dirigen nuestras activida­des, lo que se ha denominado «motivación humana». Los psicólogos han identificado tres clases principales de motivación. La primera es la motivación primaria, impulso basado en las necesidades biológicas para sobrevivir. Incluye, por ejemplo, las necesidades de alimento, agua y aire. La segunda agrupa las necesidades de estímulo e infor­mación, que para algunos investigadores son innatas e intervienen en la maduración y el funcionamiento del sistema nervioso. Por último, tenemos las motivaciones secundarias, derivadas de necesidades e impulsos adquiridos. Muchas de ellas están relacionadas con la nece­sidad de éxito y poder, influidas por fuerzas sociales y configuradas por el aprendizaje. Es aquí donde las teorías de la psicología moder­na se encuentran con el concepto del Dalai Lama de desarrollar "de­cisión v entusiasmo». En el sistema del Dalai Lama, sin embargo, el impulso y la decisión no se utilizan únicamente para buscar el éxito mundano, sino que se desarrollan a medida que se obtiene una com­prensión más clara de los factores que conducen a la verdadera felicidad y se utilizan en la búsqueda de objetivos superiores, como la com­pasión y el crecimiento espiritual.

El «esfuerzo» es el último factor del cambio. El Dalai Lama lo ca­racteriza como un factor necesario para establecer un nuevo condicio­namiento. La idea de que podemos cambiar nuestros comportamien­tos y pensamientos negativos mediante un nuevo condicionamiento no sólo es compartida por muchos psicólogos occidentales, SInO que constituye el fundamento de la psicología conductista: las personas han aprendido a ser como son, de modo que adoptando nuevos con­dicionamientos se puede resolver una amplia gama de problemas.

Aunque la ciencia ha revelado recientemente que la predisposición genética de la persona tiene un papel muy claro en las respuestas del individuo ante el mundo, muchos psicólogos creen que buena parte de nuestra forma de comportamos, de pensar y de sentir viene deter­minada por el aprendizaje y el condicionamiento, es decir, por la educación y las fuerzas sociales y culturales. Y puesto que los comporta­mientos son reforzados por el hábito, se nos abre la posibilidad, tal como afirma el Dalai Lama, de erradicar el condicionamiento nocivo y sustituirlo por uno útil, la vida..

Realizar un esfuerzo continuado para cambiar el comportamiento no sólo es útil para superar los malos hábitos, sino también para cam­biar nuestros sentimientos fundamentales. Los experimentos han de­mostrado que así como nuestras actitudes determinan .nuestro com­portamiento, idea comúnmente aceptada, el comportamiento también puede cambiar nuestras actitudes. Los investigadores han descubierto que gestos inducidos experimentalmente, .como fruncir el entrecejo o sonreír, tienden a producir las  correspondientes emociones de cóle­ra o felicidad, lo que sugiere que el simple hecho de «hacer como SI», sobre todo si se practica con frecuencia, puede producir finalmente un verdadero cambio interno. Esto avala las prácticas propugnadas por el Dalai Lama. Con el simple acto de ayudar regularmente a los de­más, por ejemplo, aunque no nos sintamos particularmente altruistas, podemos desarrollar genuinos sentimientos de compasión.

 

Expectativas realistas

 

Para una verdadera transformación interna -afirma el Dalai Lama­ es preciso realizar un esfuerzo continuado. Se trata de un proceso gra­dual. Esto contrasta agudamente con la proliferación de técnicas y te­rapias de autoayuda para «soluciones rápidas» que tanto se han po­pularizado en las últimas décadas en la cultura occidental, técnicas que van desde las «afirmaciones positivas» hasta el «descubrimiento del niño interior».

El Dalai Lama está convencido del tremendo y acaso ilimitado po­der de la mente, pero de una mente que haya sido sistemáticamente entrenada y atemperada por años de experiencia y de sano razona­miento. Se necesita mucho tiempo para desarrollar el comportamien­to y los hábitos mentales capaces de contribuir a solucionar nuestros problemas, así como para establecer los nuevos hábitos que trae con­sigo la felicidad. No hay forma de soslayar estos factores esenciales: determinación, esfuerzo y tiempo son las auténticas claves de la feli­cidad.

Al emprender el camino del cambio, es importante establecer ex­pectativas razonables. Si fueran demasiado elevadas, nos estaríamos encaminando a una desilusión. Si son demasiado bajas pueden desa­lentar nuestra voluntad de enfrentamos a las limitaciones y desarro­llar todo nuestro potencial. Después de nuestra conversación sobre el proceso de cambio, el Dalai Lama añadió:

-No debería perderse nunca de vista la importancia de mantener una actitud realista, de ser sensible y respetuoso ante la realidad de la situación a medida que se avanza por el camino de la transformación. Se deben reconocer las dificultades que se encuentren y que quizá se necesite tiempo y un esfuerzo coherente para superarlas. Es impor­tante establecer una clara distinción entre los propios ideales y los mé­todos mediante los que se juzga el progreso. Para un budista, por ejemplo, el fin último es muy elevado: la plena iluminación. Pero es­perar alcanzarla con rapidez es una expectativa desmesurada, que te lleva al desánimo y la desesperanza. Así pues, necesitas 'un enfoque realista. Por otro lado, si dices «Me voy a concentrar en el aquí y el ahora; esto es lo práctico, debo olvidarme del futuro y la ilumina­ción», estás en otra actitud extremada. Necesitamos una actitud in­termedia. Necesitamos encontrar equilibrio.

»El tema de las expectativas es complicado. Las excesivas, sin fun­damentos adecuados, acarrean problemas. Por otro lado, si no tienes expectativas y esperanza, si no tienes aspiraciones, no puede haber progreso. Por tanto, no resulta fácil encontrar el equilibrio adecuado, Yo seguía abrigando dudas; aunque pudiéramos modificar algu­nos comportamientos y actitudes negativos con suficiente tiempo y esfuerzo, ¿hasta qué punto era realmente posible erradicar las emo­ciones negativas? Decidí abordar el tema con el Dalai Lama.

-Para acercamos a una felicidad duradera, ha dicho usted, debe­mos eliminar nuestros comportamientos y estados mentales negati­vos, como la cólera, el odio, la avaricia... -El Dalai Lama asintió con un gesto-. Pero esas emociones son inherentes a nuestra consti­tución psíquica. Al parecer, todos los seres humanos experimenta­mos en mayor o menor grado esas oscuras emociones. Si eso es así, ¿es razonable detestar, negar y combatir a una parte de nosotros mis­mos? ¿Es correcto tratar de erradicar alguna parte de nuestra natu­raleza?

-Sí, algunas personas sugieren que la cólera, el odio y otras emo­ciones negativas son naturales e inamovibles. Pero eso es erróneo. To­dos nosotros nacemos en un estado de ignorancia. La ignorancia, por lo tanto, también es natural. Pero, a medida que crecemos, adquiri­mos conocimientos a través de la educación y el aprendizaje, disipa­mos la ignorancia. Sin embargo, si permaneciéramos en un estado de ignorancia, sin desarrollar nuestro aprendizaje, no seríamos capaces de disipar la ignorancia. Del mismo modo, mediante una formación adecuada podemos reducir gradualmente nuestras emociones negati­vas y ampliar nuestros estados mentales positivos, como el amor, la compasión y el perdón.

-Pero si esas emociones forman parte de la psique, ¿cómo podemos tener éxito a la hora de luchar contra ellas?

-Para ello es útil saber cómo funciona la mente humana -con­testó el Dalai Lama-. La mente es muy compleja y muy habilidosa. Es capaz de encontrar muchas formas de afrontar una gran -variedad de situaciones. Para empezar, tiene capacidad de adoptar diferentes perspectivas.

»En la práctica budista se utiliza esta capacidad en meditaciones en las que se aíslan mentalmente diferentes aspectos de uno mismo, para luego establecer un diálogo entre ellos. Tenemos, por ejemplo, la meditación para intensificar el altruismo, en la que se establece un diá­logo entre la actitud egocéntrica y la actitud de progreso espiritual. Por tanto, y a pesar de que rasgos negativos como el odio y la cólera for­man parte de la mente, podemos embarcamos en la tarea de tomados como objetos externos y combatirlos.

»A menudo nos encontramos en situaciones en las que nos censu­ramos, y nos decimos: "Me he defraudado a mí mismo", y nos enfa­damos. Así que también en esas ocasiones entablamos un diálogo con nosotros mismos, aunque en realidad seamos siempre un solo individuo. A pesar de ello, tiene sentido criticarse, enojarse con uno mis­mo, como todos sabemos por experiencia propia.

»Pues bien, aunque en realidad sólo hay un único ser individual, se pueden adoptar dos perspectivas diferentes. ¿Qué es lo que ocurre cuando uno se critica? El "yo" que critica lo hace desde una perspec­tiva totalizadora de la persona, mientras que el "yo" criticado es uno mismo en una experiencia concreta. Así es posible esta relación del SI mismo con el sí mismo".

,»Cabe añadir que es útil reflexionar sobre los diversos aspectos de la Identidad personal. Tomemos como ejemplo un monje tibetano. Ese individuo puede construir su identidad desde la perspectiva de ser monje: "yo mismo como monje". Y también puede experimentar su Identidad basándose en su origen étnico, como tibetano, de modo que Puede decir: "Soy tibetano". y puede tener otra identidad en la que la condición monacal y el origen étnico no jueguen un papel importan­te. Puede pensar: "Soy un ser humano". Tenemos por tanto pers­pectivas diferentes de la identidad personal.

»Esto indica que cuando nos relacionamos conceptualmente con algo, podemos observar un mismo fenómeno desde muchos ángulos diferentes, y que esta capacidad es bastante selectiva; podemos enfo­car la atención en un aspecto de ese fenómeno y adoptar una perspec­tiva determinada. Esta facultad es muy importante cuando queremos identificar y eliminar ciertos aspectos negativos en nosotros o inten­sificar los rasgos positivos: con ella podemos aislar las partes que tra­tamos de eliminar o contra las que queremos luchar.

»Pero entonces, surge una cuestión muy importante: aunque podemos enfrentarnos a la cólera, el odio y los demás estados negativos de la mente, ¿qué garantía tenemos de que es posible vencerlos?

»Al hablar de estos estados negativos de la mente, debería señalar que me refiero a lo que nosotros llamamos Nyon Mong en tibetano, o Klesha en sánscrito. Este término significa literalmente "aquello que aflige desde dentro". A menudo se traduce como "ilusiones". La eti­mología de la palabra tibetana Nyon Mong nos indica que se trata de algo emocional y cognitivo que aflige a nuestra mente, destruye nues­tra paz mental o nos produce una perturbación psíquica. Si observa­mos atentamente, será fácil reconocer la naturaleza de estas "ilusiones" por su tendencia a destruir nuestra calma. Pero en cambio es mucho más difícil descubrir si podemos superarlas. Esto se relaciona directa­mente con la posibilidad de activar todo nuestro potencial espiritual, que es un tema muy serio y de arduo tratamiento.

»Así pues, ¿qué argumentos tenemos para creer que estas emocio­nes destructivas o "ilusiones" pueden ser eliminadas de nuestra men­te? En el pensamiento budista, tenemos tres premisa s sobre ello.

»La primera afirma que todos los estados "ilusorios" de la mente,

todas las emociones y pensamientos destructivo s son distorsiones, porque se apoyan en percepciones erróneas de la realidad. Por muy poderosas que sean, esas emociones carecen de fundamento válido.

Se basan en la ignorancia. Por otro lado, todas las emociones o esta­dos positivos de la mente, como el amor y la compasión, tienen una base muy sólida. Cuando la mente experimenta estos estados positi­vos, no hay distorsión, ya que están fundados en la realidad, pueden ser verificados por nuestra experiencia. Pero no ocurre lo mismo en el caso de las emociones destructivas, como la cólera y el odio. Ade­más, los estados positivos pueden ser potenciados continuamente, siempre Y cuando realicemos prácticas regulares.

-¿Puede explicarme a qué se refiere al decir que los estados posi­tivos de la mente tienen una «base sólida» mientras que los estados negativos carecen de ella? -le interrumpí.

-Tomemos la compasión, por ejemplo. Se empieza por reconocer que no se desea sufrir y que se tiene derecho a alcanzar la felicidad. Eso se puede verificar. Se reconoce a continuación que las demás per­sonas, como uno mismo, tampoco desean sufrir y también tienen de­recho a alcanzar la felicidad. Ya se tiene la base para generar compa­sión.

»Esencialmente, hay dos clases de emociones o estados de la men­te: las positivas y negativas. Una forma de clasificar estas emociones sería considerar si pueden ser justificadas. Antes por ejemplo, al ana­lizar el deseo, vimos que hay algunos negativos. El deseo de satisfacer las necesidades básicas es positivo. Es justificable. Se basa en el hecho de que todos existimos y tenemos derecho a sobrevivir. Así pues, ese deseo. tiene un fundamento sólido. Los deseos negativos, como por ejemplo la avaricia, no poseen bases sólidas, y a menudo no hacen sino crear problemas y complicamos la vida. La avaricia obedece al descontento, a pesar de que las cosas que se desean no son realmente necesarias.

 

El Dalai Lama continuó su examen de la mente humana con la misma escrupulosidad que pudiera emplear un botánico para clasifi­car especies raras.

-Eso nos lleva a la segunda premisa sobre la que se basa la afirmación de que podemos erradicar las emociones negativas. Establece que los estados positivos de la mente pueden actuar como antídoto

contra !as tendencias negativas y los estados ilusorios. Por consiguiente utilizando y potenciando los estados positivo:>, los antídotos, reduciremos la presencia de los estados negativos.

»En la práctica budista, ciertas cualidades mentales positivas como la paciencia, la tolerancia y la amabilidad, pueden actuar coro; antídotos especificas contra la cólera, el odio y el apego. Antídotos como el amor y la compasión reducen de modo significativo las aflicciones mentales, pero su especificidad los convierte en medidas par­ciales. Las emociones destructivas se encuentran en último término enraizadas en la ignorancia, es decir, en la concepción errónea de la naturaleza de la realidad. En consecuencia, todas las confesiones budistas parecen coincidir en que, para superar plenamente todas las tendencias negativas, tenemos que aplicar el antídoto contra la ignorancia, es decir, el "factor sabiduría". Eso es indispensable. Ese "fac­tor sabiduría" supone crear percepción de la verdadera naturaleza de la realidad.

»En resumen, en la tradición budista no sólo tenemos antídotos específicos, como por ejemplo la paciencia y la tolerancia, que actúan como antídotos específicos contra la cólera y el odio, sino que también disponemos de un antídoto general, el conocimiento de la natu­raleza de la realidad. Esto es algo similar a librarse de una planta ve­nenosa: puedes eliminar los efectos nocivos cortando ramas y hojas o bien arrancando la planta de cuajo.

 

El Dalai Lama continuó con su exposición de las premisas: -La tercera premisa asevera que la naturaleza esencial de la men­te es pura, que la conciencia básica no está manchada por emociones negativas. Su naturaleza es pura, un estado denominado <da mente de luz clara» y también la «naturaleza de Buda». Puesto que las emociones negativas no forman parte de la naturaleza de Buda, existe la' posibilidad de eliminadas y purificar la mente.

»De acuerdo con estas tres premisas, el budismo sostiene que las aflicciones mentales y emocionales pueden ser eliminadas mediante el cultivo de fuerzas que actúan como antídotos, como el amor, la com­pasión, la tolerancia y el perdón, así como con prácticas como la me­ditación.

Ya había oído hablar al Dalai Lama de la naturaleza fundamental de la mente y de su capacidad para eliminar nuestras pautas negati­vas de pensamiento. Había comparado la mente con un vaso de agua sucia; los estados mentales aflictivo s eran las «impurezas», que po­dían ser eliminadas para revelar la fundamental naturaleza «pura»del agua. Esto parecía un tanto abstracto, así que le interrumpí, im­pulsado por preocupaciones prácticas.

-Supongamos que uno acepta la posibilidad de eliminar las emo­ciones negativas y empieza a dar pasos en esa dirección. A partir de nuestras conversaciones, sin embargo, me doy cuenta de que sería preciso un tremendo esfuerzo para erradicar ese lado oscuro: estudio, contemplación, aplicación constante de antídotos, intensas prácticas de meditación, etcétera. Eso puede ser apropiado para un monje o para alguien capaz de dedicar mucho tiempo y atención a esas activi­dades. Pero ¿qué sucede con la persona corriente, que tiene una fami­lia y un trabajo, que quizá no disponga de suficiente tiempo? ¿No se­ría más adecuado para esas personas tratar de vivir con sus emociones manejándolas adecuadamente, en lugar de intentar erradicarlas por completo? Sucede aquí lo mismo que con los enfermos de diabetes. Quizá no dispongan de los medios para alcanzar una cura completa, pero si vigilan su dieta, toman insulina, etcétera, pueden controlar la enfermedad y evitar las secuelas negativas.

-¡Sí, precisamente de eso se trata! -me respondió con entusias­mo-. Estoy de acuerdo con usted. Lo que podamos hacer para redu­cir la influencia de las emociones negativas, por poco que sea, siem­pre será muy útil, puede ayudar a llevar una vida más satisfactoria.

Mire, un laico cargado de obligaciones familiares y laborales puede alcanzar, no obstante, un alto grado de realización espiritual. Ha habi­do personas que no iniciaron una práctica seria hasta un período avan­zado de su vida, cuando ya tenían cincuenta o incluso ochenta años, a pesar de lo cual pudieron convertirse en grandes maestros.

-¿Ha conocido personas que hayan alcanzado esa condición?

-le pregunté. -Es difícil reconocerlos. Los verdaderos practicantes nunca alardean -contestó riéndose.

 

En Occidente son muchas las personas que consideran las convic­ciones religiosas como una fuente de felicidad; el enfoque del Dalai Lama, sin embargo, es fundamentalmente distinto al de muchas reli­giones occidentales, ya que depende mucho más del razonamiento y la formación de la mente que de la fe. En algunos aspectos, el budis­mo del Dalai Lama se parece a una ciencia de la mente, un sistema cuya aplicación se asemeja a la psicoterapia. Pero lo que el Dalai Lama sugiere va mucho más allá. Aunque estamos acostumbrados a utilizar técnicas psicoterapéuticas para modelar el comportamiento, para eli­minar malos hábitos como fumar o beber y para combatir conductas impulsivas, no estamos tan acostumbrados a cultivar los atributos po­sitivos, el amor, la compasión, la paciencia y la generosidad, como ar­mas purificadoras de los estados mentales negativos. El método del Dalai Lama para alcanzar la felicidad se basa en la idea revoluciona­ria de que los estados mentales negativos no constituyen una parte in­trínseca de nuestra mente, sino que son obstáculos transitorios en la expresión de nuestro estado fundamental de alegría y felicidad.

Las escuelas más tradicionales de la psicoterapia occidental con­centran su acción en la neurosis del individuo; exploran su historia personal, sus relaciones, sus experiencias cotidianas (incluidos los sue­ños y las fantasías) y hasta la relación con el terapeuta, en un intento por resolver los conflictos internos del paciente, sus motivos incons­cientes y la dinámica psicológica que pueda encontrarse en el origen de sus problemas. Es decir, se centran en encontrar estrategias más sa­nas para afrontar las situaciones, un mejor ajuste, una mejora de los síntomas, antes que una formación de la mente para ser más feliz.

El rasgo más característico del método de formación de la mente, expuesto por el Dalai Lama, es la idea de que los estados positivos de la mente pueden actuar como antídotos contra los estados negativos. Al buscar paralelismos en la ciencia moderna del comportamiento, la terapia cognitiva es quizá la que más se le acerca. Esta psicoterapia se ha hecho cada vez más popular en las últimas décadas y ha demos­trado ser muy efectiva en una amplia variedad de problemas, parti­cularmente los trastornos del estado de ánimo, como la depresión y la ansiedad. La terapia cognitiva moderna, desarrollada por psicote­rapeutas como Albert Ellis y Aaron Beck, se basa en la tesis de que las perturbaciones emocionales y los comportamientos inadaptados tie­nen su causa en distorsiones del juicio y en convicciones irracionales. La terapia consiste en ayudar al paciente a identificar, examinar y co­rregir sistemáticamente tales distorsiones. Los pensamientos correc­tores son, en cierto modo, antídotos Contra las pautas distorsionadas que son el origen del sufrimiento del paciente.

Una persona rechazada por otra, por ejemplo, responde con exce­sivo dolor. El terapeuta cognitivo ayuda a la persona a identificar la convicción irracional subyacente, que puede ser ésta: «Tengo que ser amado y aprobado por todas las personas significativas que haya en mi vida en todo momento; de no ser así, no valdré nada y la vida será horrible». El terapeuta le presenta pruebas que refutan esa convicción. Aunque este enfoque pueda parecer superficial, muchos estudios han demostrado que la terapia cognitiva obtiene buenos resultados. En el tratamiento de la depresión, por ejemplo, parte del principio que está originada por los pensamientos autopunitivos. De un modo similar a los budistas, que ven todas las emociones negativas como distorsiones, el terapeuta cognitivo considera los pensamientos generadores de depresión como «esencialmente distorsionados». En la depresión, el pensamiento considera los acontecimientos como una cuestión de todo o nada: o generaliza en exceso (si se pierde un trabajo, se piensa auto­máticamente: «Soy un fracasado») o se piensa selectivamente (si en Un día ocurren tres cosas buenas y dos malas, el deprimido deja de lado las buenas y sólo se fija en las malas). Así, al tratar la depresión, el te­rapeuta ayuda al paciente a neutralizar la aparición automática de pensamientos negativos (como por ejemplo: «No tengo absolutamen­te ningún valor») mediante la acumulación de información y pruebas que los contradigan (por ejemplo: «He trabajado duramente para educar a dos hijos», «Tengo talento para el canto», «He sido un buen amigo», «He mantenido un puesto de trabajo difícil»). Los investiga­dores han demostrado que al sustituir los modos de pensamientos distorsionados por información veraz, podemos producir un cambio en los sentimientos y mejorar así nuestro estado de ánimo.

El hecho mismo de que podamos cambiar nuestras emociones y contrarrestar los pensamientos negativos mediante la aplicación de otros pensamientos apoya la tesis del Dalai Lama, según la cual po­demos superar nuestros estados mentales negativos mediante la apli­cación de «antídotos», es decir, estados mentales positivos. Después de las recientes pruebas científicas de que se puede transformar la es­tructura y el funcionamiento del cerebro mediante el cultivo de nue­vos pensamientos, la observación de que podemos alcanzar la felicidad mediante el entrenamiento de la mente es completamente plausible.

 

13 Cómo afrontar la cólera y el odio

 

Si uno se encuentra con una persona a la que le han dispa­rado una flecha, no dedica el tiempo a preguntarse de dónde ha venido la flecha, o la casta del individuo que la disparó, o a analizar de qué tipo de madera está hecho el astil o la manera en que está hecha la punta de la flecha, sino que se centra en extraer inmediatamente ésta.

 (Shakiyamuni, el Buda)

 

DIRIGIMOS AHORA NUESTRA atención a algunas de las «flechas», los estados negativos de la mente que pueden destruir nuestra así como; sus correspondientes antídotos, Todos los estados mentales negativos, actúan como obstáculos a nuestra felicidad, pero empezaremos por !la cólera, que parece producir uno de los bloqueos grandes. El filósofo estoico Séneca la describió como »la más horrible y frenética de todas las emociones». Los efectos destructivos la cólera y el odio, han sido bien documentados en recientes estudios científicos. Naturalmente, no necesitamos pruebas científicas para darnos cuenta de cómo estas emociones pueden nublar nuestro juicio, causar sentimientos de extrema incomodidad o provocar estragos en nuestras relaciones personales. Eso lo sabemos por experiencia per­sonal. En los últimos años, sin embargo, se han logrado grandes pro­gresos en la descripción de los efectos físicos nocivos de la cólera y la hostilidad. Docenas de estudios han demostrado que estas emociones son una causa significativa de enfermedad y muerte prematura. Investigadores como el doctor Redford Williams, de la Universidad de Duke, o el doctor Robert Sapolsky, de la Universidad de Stanford, han realizado estudios que demuestran que la cólera, el enojo y la hostilidad son particularmente nocivos para el sistema cardiovascular. De hecho, se han acumulado tantas pruebas acerca de los efectos nocivos de la hostilidad que se la considera ahora un gran factor de riesgo en las enfermedades cardíacas, a la misma altura o quizá mayor que otros factores tradicionalmente reconocidos, como el colesterol o la presión sanguínea elevadas.

Una vez aceptamos los efectos nocivos de la cólera y el odio, la siguiente pregunta es: ¿cómo superarlos?

El primer día de mi trabajo como asesor psiquiátrico de una clínica, un miembro del personal me mostraba mi nueva consulta cuando escuché que por la sala reverberaban unos gritos capaces de helarle la sangre a cualquiera.

-Estoy enfadada... -Más fuerte.

-¡Estoy enfadada!

-¡Mas fuerte! ¡Demuéstremelo! ¡Que yo lo vea!

-¡Estoy enfadada! ¡¡Estoy enfadada!! ¡Le odio! ¡ ¡Le odio!! Fue algo verdaderamente terrorífico. Le comenté al miembro del personal que aquello parecía una crisis necesitada de tratamiento ur­gente.

-No se preocupe -me dijo, echándose a reír-. En estos momen­tos tienen una sesión de terapia de grupo en el vestíbulo. Ese método ayuda a la paciente a entrar en contacto con su cólera.

Más tarde, ese mismo día, tuve oportunidad de reunirme con la paciente en cuestión, en privado. Parecía agotada.

-Me siento muy relajada -dijo-. Esa sesión de terapia realmen­te ha funcionado. Tengo la sensación de haberme desprendido de toda mi cólera.

En nuestra siguiente sesión, sin embargo, la paciente me informó: -Bueno, Supongo que, después de todo, no me desprendí de toda mi cólera. Ayer, justo después de marcharme, cuando salía del apar­camiento, un imbécil estuvo a punto de arrollarme... ¡Me puse furio­sa! Y durante todo el trayecto de regreso a casa no hice sino maldecir por lo bajo a aquel imbécil. Supongo que aún necesito unas pocas se­siones más de expresión de la cólera para quitármela del todo.

 

Al prepararse para conquistar la cólera y el odio, el Dalai Lama empieza por investigar la naturaleza de estas emociones destructivas. -En términos generales -explicó-, hay muchas clases diferen­tes de emociones perversas o negativas, como el engreimiento, la arro­gancia, los celos, el deseo, la lascivia, la estrechez de miras, etcétera.

Pero, de entre todas ellas, el odio y la cólera se consideran los mayo­res males debido a que son los principales obstáculos que impiden el desarrollo de la compasión y el altruismo y porque destruyen la vir­tud y la serenidad mental.

»Hablo de cólera, pero puede haberla de dos tipos. Uno de ellos puede ser positivo, dependiendo principalmente de la propia motiva­ción. Es posible que haya una cólera motivada por la compasión o por el sentido de la responsabilidad. En los casos en que la cólera está motivada por la compasión, puede ser utilizada como un impulso o catalizador para una acción positiva. Bajo tales circunstancias, Una emoción humana como la cólera actúa como una fuerza capaz de provocar una acción rápida. Se crea así una energía que permite al individuo actuar con rapidez y decisión. Puede ser un potente factor motivador. De modo que esa clase de cólera puede ser positiva a ve­ces. Sucede con demasiada frecuencia, sin embargo, que la energía también es ciega, aunque esa clase de cólera actúe como una especie de protector, de modo que no se puede estar seguro de que al final sea constructiva o destructiva.

»De modo que, aunque bajo ciertas circunstancias algunas clases de cólera pueden ser positivas, esta pasión conduce, en términos ge­nerales, a sentimientos negativos y al odio. Y, por lo que se refiere al odio, nunca es positivo. No proporciona ningún beneficio. Siempre es totalmente negativo.

»No podemos Superar la cólera y el odio simplemente suprimién­dolos. Necesitamos cultivar activamente los antídotos Contra ellos: la paciencia y la tolerancia. Siguiendo el modelo del que hemos hablado antes, para cultivar con éxito la paciencia y la tolerancia se necesita generar entusiasmo, tener un intenso deseo de él. Cuanto más grande sea su entusiasmo, tanto mayor será su posibilidad de resistir las difi­cultades que encuentre en el proceso. Proponiéndose la práctica de la paciencia y la tolerancia, lo que sucede en realidad es que se participa en un combate Contra el odio y la cólera. Puesto que se trata de un combate, lo que se busca es la victoria, pero también se ha de estar preparado para una posible derrota. Así pues, mientras se combate, no debería perderse de vista el hecho de que a lo largo de él habrá que afrontar numerosos problemas. Se debe tener habilidad para resistir esas dificultades. Alguien que alcanza la victoria sobre el odio y la có­lera a través de un proceso tan arduo, es un verdadero héroe. »El intenso entusiasmo del que hablamos se genera teniendo esto en cuenta. El entusiasmo es el resultado de aprender y reflexionar so­bre los efectos beneficiosos de la tolerancia y la paciencia y sobre los efectos destructivos y negativos de la cólera y el odio. Ese mismo acto, esa misma realización creará por sí misma una inclinación hacia los sentimientos de tolerancia y paciencia, hará que se sienta más pruden­te y esté más atento a los pensamientos de cólera y odio. Habitual­mente, no nos preocupamos mucho por la cólera y el odio, de modo que estas emociones simplemente aparecen. Pero una vez que desarrollamos una actitud prudente frente a ellas, el mismo cuidado pue­de actuar por sí mismo como una prevención.

»Los efectos destructivos del odio son muy visibles, muy evidentes e inmediatos. Por ejemplo: en su interior surge un pensamiento de odio muy fuerte o enérgico; en ese mismo instante le abruma por com­pleto y destruye su paz mental, su presencia de ánimo desaparece completamente. Cuando surge una cólera y un odio tan intensos, se obnubila la mejor parte de su cerebro, la capacidad para juzgar lo que es correcto y lo equivocado, así como la visión de las consecuencias a largo y a corto plazo de sus acciones. Su capacidad de juicio se atas­ca, ya no es capaz de funcionar. Es casi como si se hubiera vuelto loco. Así pues, esta cólera y este odio tienden a producir un esta­do de confusión que no sirve sino para empeorar sus problemas y di­ficultades.

»Incluso a nivel físico, el odio produce una transformación del in­dividuo muy antipática y desagradable. En el instante mismo en que surgen fuertes sentimientos de cólera u odio, el rostro de la persona se contorsiona y afea, por mucho que ésta intente fingir o adoptar una actitud digna. La expresión se hace muy desagradable y la persona transmite una vibración hostil. Otras personas pueden percibirlo. Es casi como si pudieran notar vapor brotando del cuerpo de esa perso­na, hasta el punto de que ya no son únicamente los seres humanos los capaces de percibirlo, sino hasta los animales de compañía, que tra­tarán de evitar a la persona. Cuando alguien abriga pensamientos de odio, éstos tienden a acumularse en su interior, lo cual puede provo­car incluso pérdida del apetito o sueño, o hacer que la persona se sien­ta más tensa y alterada.

»Por estas razones, la cólera ha sido comparada a un enemigo. Un enemigo interno que no tiene otra función que causarnos daño. Es nuestro verdadero enemigo, nuestro enemigo más definitivo. No tie­ne otra función que la de destruirnos, tanto en términos inmediatos como a largo plazo.

»El odio actúa de un modo muy distinto a un enemigo corriente, porque éste, es decir, una persona a la que consideremos enemiga nues­tra, puede maniobrar para perjudicamos, pero también se ve obligada a hacer otras cosas: tiene que comer, tiene que dormir y, por lo tan­to, no puede dedicar las veinticuatro horas del día, es decir, toda su existencia, a su propósito de hacernos daño. Por otro lado, el odio no tiene ninguna otra función, ningún otro propósito que destruirnos. Si fuéramos consciente de ello, deberíamos resolver que nunca daremos a este enemigo la oportunidad de surgir dentro de nosotros.

-Al afrontar la cólera, ¿qué le parecen algunos de los métodos de la psicoterapia occidental que animan a su expresión?

-Creo que tenemos que comprender que pueden darse situacio­nes diferentes -explicó el Dalai Lama-. En algunos casos, la gente abriga fuertes sentimientos de cólera y dolor basados en algo que se les hizo en el pasado, un maltrato o lo que fuera, y ese sentimiento se man­tiene reprimido. Según una expresión tibetana, si existe algún mal en la concha de un caracol puedes eliminarlo soplando. En otras palabras, si algo bloquea la concha, sólo hay que soplar y ésta quedará despeja­da. De modo similar, cabe concebir una situación en la que, debido a la dificultad de reprimir ciertas emociones o sentimientos de cólera, sea mejor dejarse arrastrar y expresarlos.

»No obstante, creo que, en términos generales, la cólera y el odio son el tipo de emociones que, si no se las controla y vigila, tienden a agravarse, paulatinamente se intensifican. Si uno se acostumbra a dejarlas aflorar y a expresarlas, el resultado suele ser su aumento, no su reducción. Tengo por tanto la impresión de que lo mejor es adoptar una actitud prudente y tratar de reducir activamente su in­tensidad.

-Si tiene la impresión de que expresar o liberar la cólera no es la respuesta, ¿cuál será ésta? -le pregunté.

-En primer lugar, los sentimientos de cólera y odio surgen de una mente torturada por la insatisfacción y el descontento. Uno puede prepararse con antelación trabajando sistemáticamente para crear sa­tisfacción interior y para cultivar la amabilidad y la compasión. Eso produce una tranquilidad de espíritu que por sí misma contribuye a impedir que surja la cólera. Cuando aparezca una situación que le enoje, debe afrontarse directamente la cólera y analizarla, ver si es una respuesta apropiada y si es constructiva o destructiva. Se hace en­tonces un esfuerzo por ejercer una cierta disciplina y contención in­terna, combatiéndola activamente mediante la aplicación de antído­tos que contrarresten estas emociones negativas, como pensamientos de paciencia y tolerancia.

El Dalai Lama hizo una pausa, antes de añadir, con su acostum­brado pragmatismo:

-Naturalmente, cuando se trabaja para superar la cólera y el odio es posible que en la fase inicial se sigan experimentando estas emo­ciones negativas. Pero hay niveles diferentes de cólera; cuando son li­geros, se puede intentar afrontarla y combatirla en el mismo momen­to. No obstante, si se desarrolla una emoción negativa muy fuerte, será muy difícil afrontarla inmediatamente. En tal caso, quizá sea me­jor tratar de olvidarla momentáneamente. Pensar en alguna otra cosa. Una vez que la mente se haya calmado un poco, se puede analizar y razonar.

En otras palabras, estaba diciendo: «Cuenta hasta diez antes de explotar». Siguió diciendo:

-Para tratar de eliminar la cólera y el odio es indispensable el cul­tivo deliberado de la paciencia y la tolerancia. El valor y la importan­cia de tales virtudes podrían concebirse en los siguientes términos: por lo que se refiere a los efectos destructivos de los pensamientos coléri­cos y de odio, la riqueza no puede protegernos contra ellos. Aunque uno sea millonario, sigue estando sujeto a efectos destructivos. La edu­cación por sí sola tampoco nos garantiza que estemos protegidos con­tra ellos. Asimismo, la ley tampoco nos proporciona dicha garantía o protección. Son como las armas nucleares: por muy sutiles que sean los sistemas de defensa, no pueden ofrecemos protección o defensa contra ellas...

El Dalai Lama hizo una pausa para tomar impulso, antes de con­cluir con un tono de voz claro y firme: -Lo único que puede proporcionarnos refugio o protección con­tra los efectos destructivos de la cólera y el odio es la práctica de la tolerancia y la paciencia.

 

Una vez más, la sabiduría tradicional del Dalai Lama es comple­mente coherente con los datos científicos de que disponemos. El doc­tor Dolf Zillmann, de la Universidad de Alabama, ha llevado a cabo experimentos que demuestran que los pensamientos coléricos tien­den a provocar una estimulación fisiológica que nos hace todavía más proclives a dejamos arrastrar por la cólera. Podría decirse que la cólera se retroalimenta y que, al intensificarse nuestro estado de ner­viosismo, somos más proclives a dejarnos arrastrar por los estímulos ambientales que la provocan.

Si no se controla, la cólera tiende a experimentar una escalada.

'Qué podemos hacer, entonces, para desactivarla? Tal como sugiere el Dalai Lama, dar rienda suelta a la cólera y la rabia tiene beneficios muy limitados. La expresión terapéutica de la cólera como método de catarsis parece que tuvo su origen en las teorías de Freud sobre las emociones, cuyo funcionamiento explicaba a partir de un ejemplo de la hidrodinámica: al aumentar la presión, ésta tiene que escapar por algún lado. La idea de librarnos de nuestra cólera dándole rienda suel­ta tiene cierto atractivo dramático y, de algún modo, puede parecer incluso divertida, pero el problema es que no funciona. Muchos estu­dios realizados durante las cuatro últimas décadas han demostrado de un modo sistemático que la expresión verbal y física de nuestra cólera no contribuyen a disiparla y lo único que consiguen es empeorar las cosas. El doctor Aaron Siegman, psicólogo e investigador de los senti­mientos de la Universidad de Maryland, está convencido, por ejemplo, de que es precisamente esta expresión repetida de la cólera y la rabia la que pone en marcha los sistemas internos de estimulación y las res­puestas bioquímicas que más probablemente causarán daño en nues­tras arterias.

Aunque está claro que dar rienda suelta a nuestra cólera no es la respuesta adecuada, tampoco lo es el desdeñarla o fingir que no exis­te. Tal como hemos visto en la tercera parte, soslayar los problemas no los hace desaparecer. Así pues, ¿cuál es el mejor enfoque? Resulta interesante observar que entre los modernos investigadores de la có­lera, como el doctor Zillmann y el doctor Williams, existe el consen­so de que lo más efectivo parecen ser los métodos preconizados por el Dalai Lama. Puesto que el nivel de estrés disminuye la capacidad para frenar el acceso de cólera, el primer paso preventivo consiste en culti­var estados mentales de una mayor satisfacción y serenidad, tal como recomienda el Dalai Lama. Cuando, a pesar de todo, se presenta la cólera, la investigación ha demostrado que el enfrentamiento activo, el análisis lógico y la nueva valoración de los pensamientos que la po­nen en marcha contribuyen a disiparla. También hay pruebas experi­mentales que sugieren que también pueden ser muy efectivas las téc­nicas que hemos analizado antes, como el cambio de perspectiva o el buscar diferentes ángulos para abordar una situación. Claro que, a menudo, estas cosas son mucho más fáciles de hacer con niveles bajos o moderados de cólera, de modo que es importante practicar la inter­vención precoz, antes de que los pensamientos de cólera y odio pue­de experimentar una escalada.

 

Debido a su enorme importancia para superar la cólera y el odio, el Dalai Lama habló con cierto detalle sobre el significado y el valor de la paciencia y la tolerancia...

-En nuestra experiencia cotidiana, la tolerancia y la paciencia producen grandes beneficios. Desarrollarlas nos permitirá, por ejemplo ­mantener nuestra presencia de ánimo. Si un individuo posee esta capacidad de tolerancia y paciencia, no verá perturbada su serenidad la paz mental, incluso a pesar de vivir en un ambiente muy tenso, frenético y estresante.-'

»Otro beneficio de responder a las situaciones difíciles con paciencia en lugar de dejarse llevar por la cólera, es que la persona se prote­ge de las consecuencias indeseables que pueden producirse si se reac­ciona con cólera. Si se responde a las situaciones con cólera y odio, no sólo no se protege del dolor o el daño que ya se le ha causado, puesto que estos ya han ocurrido, sino que, además, se crea una causa adi­cional de sufrimiento en el futuro. No obstante, al responder al daño experimentado con paciencia y tolerancia, se podrán evitar efectos peligrosos a largo plazo. Al sacrificar las pequeñas cosas, al soportar los pequeños problemas y dificultades, se podrán evitar en el futuro experiencias o sufrimientos que quizá sean mucho más grandes. Un ejemplo para ilustrar este punto: si un reo pudiera salvar su vida sa­crificando su brazo, ¿no se sentiría agradecido ante esa oportunidad? Al soportar el dolor y el sufrimiento de que le corten el brazo, la per­sona evitaría la muerte, que es un sufrimiento mucho mayor.

-En la mentalidad occidental-observé-, la paciencia y la tole­rancia se consideran ciertamente virtudes, pero cuando uno se ve aco­sado directamente por los demás, cuando alguien nos causa un daño, responder con «paciencia y tolerancia» parece transmitir una impre­sión de debilidad, de pasividad.

El Dalai Lama negó con un gesto de la cabeza.

-Puesto que la paciencia y la tolerancia surgen de la capacidad para mantenerse firmes y no dejarse abrumar por las situaciones o con­diciones adversas a las que uno tenga que enfrentarse, no deberíamos ver tales virtudes como una señal de debilidad o de aceptación de la situación, sino más bien como una señal de fortaleza, que procede de una profunda capacidad para mantenernos firmes. Responder a una si­tuación difícil con paciencia y tolerancia en lugar de reaccionar con cólera y odio, supone ejercer una contención activa, la cual procede de una mente fuerte y disciplinada.

»Claro que al hablar de paciencia puede haber, como en la mayo­ría de las cosas, tipos positivos o negativos de paciencia. La impa­ciencia no siempre es mala. Puede ayudarnos, por ejemplo, a deci­dirnos a emprender una acción. Incluso en las tareas cotidianas, como limpiar la habitación, si se tiene demasiada paciencia, es posible que uno actúe demasiado lentamente y limpie poco. O la impaciencia por alcanzar la paz mundial, que puede ser ciertamente positiva. Pero en situaciones difíciles y agresivas, la paciencia ayuda a mantener la fuer­za de voluntad y contribuye a sostenemos.

Cada vez más animado, a medida que ahondaba en su análisis de la paciencia, el Dalai Lama añadió:

-Creo que hay una muy estrecha conexión entre humildad y pa­ciencia. La humildad supone que, teniendo capacidad para adoptar una postura de mayor enfrentamiento, de tomar represalias si se de­sea, se decida deliberadamente no hacerlo. Eso es lo que consideraría verdadera humildad. Creo que la verdadera tolerancia o paciencia tie­ne un componente de autodisciplina y control; darse cuenta de que se podría haber actuado de otro modo, de que se podría haber adoptado una actitud más agresiva, pero se decidió no hacerlo. Por otro lado, verse obligado a una respuesta pasiva porque se tiene un sentimiento de impotencia o incapacidad, no puede ser considerado una verdade­ra humildad; en todo caso, una cierta mansedumbre, pero no es ver­dadera tolerancia.

»Al decir que debemos aprender tolerancia hacia quienes nos ha­cen daño, no hay que malinterpretarlo como que deberíamos aceptar mansamente lo que hayan hecho contra nosotros. -El Dalai Lama hizo una pausa y se echó a reír-. Quizá, si fuera necesario, la mejor respuesta, la más prudente, sería echar a correr y poner muchos kiló­metros por medio.

-Echar a correr no siempre evita que nos causen daño.

-Sí, eso es cierto -asintió-. En ocasiones, podemos encontrar­nos con situaciones que exijan contramedidas firmes. Creo, sin em­bargo, que se puede adoptar una postura fuerte, e incluso tomar con­tramedidas enérgicas a partir de un sentimiento de compasión o de un sentido de la preocupación por el otro, antes que por cólera. Una de las razones por las que hay que adoptar una actitud enérgica contra alguien es que si se deja pasar lo sucedido, sea cual fuere el daño o el delito que se haya cometido, se corre el peligro de dejar que esa persona se habitúe de un modo muy negativo, algo que, en realidad, pro­vocará el deterioro de esa persona y a largo plazo será muy destructivo para ella. En consecuencia, a veces es necesario tomar contramedidas muy firmes, pero sin dejar de pensar que se hace a partir de la compa­sión y la preocupación por esa persona. Por ejemplo, en nuestras re­laciones con China, aunque existen probabilidades de que surjan sen­timientos de odio, nos probamos deliberadamente a nosotros mismos y tratamos de reducirlos, al tiempo que intentamos desarrollar un sentimiento de compasión hacia los chinos. Creo que, en último término, las contramedidas pueden ser más efectivas sin sentimientos de cólera y odio.

»Hemos explorado formas de desarrollar paciencia y tolerancia para desprendemos de la cólera y el odio; se trata de métodos como uti­lizar el razonamiento para analizar la situación, adoptar una pers­pectiva más amplia y buscar otros ángulos desde los que considerar­la. Un resultado final, un producto de la paciencia y la tolerancia, es el perdón. Cuando se es realmente paciente y tolerante, el perdón se produce de modo natural.

»Aunque quizá haya experimentado muchos episodios negativos en el pasado, con el desarrollo de la paciencia y la tolerancia es posi­ble desprenderse de su cólera y resentimiento. Si se analiza la situación, se da uno cuenta de que el pasado es el pasado, de modo que no sirve de nada sentir cólera y odio, ya que eso no cambiará la situación, sino que Únicamente provocará una perturbación dentro de la propia men­te y causará una continuada desdicha. Claro que se puede recordar lo ocurrido. Olvidar y perdonar son dos cosas muy distintas. No hay nada erróneo en recordar esos acontecimientos negativos; si se tiene una mente aguda, siempre se recuerda. -Se echó a reír-. Creo que Buda lo recordaba todo. Pero con el desarrollo de la paciencia y la to­lerancia, es posible desprendernos de los sentimientos negativos aso­ciados a los acontecimientos.

 

Meditaciones sobre la cólera

 

En muchas de estas entrevistas, el principal método del Dalai Lama para superar la cólera y el odio suponía el uso del razonamiento y el análisis para investigar sus causas, así como la comprensión para com­batir estos estados mentales nocivos. En cierto sentido, este enfoque puede considerarse como el uso de la lógica para neutralizar la cólera y el odio por un lado y para cultivar los antídotos de la paciencia y la tolerancia por el otro. Pero ésta no es su única técnica. En sus charlas públicas complementó su análisis ofreciendo instrucciones sobre cómo realizar las dos meditaciones siguientes, sencillas pero que resultan efectivas como ayuda.

 

Meditación sobre la cólera: ejercicio 1

 

-Imaginemos una situación en la que alguien a quien se conoce muy bien, alguien que está cerca de nosotros o nos es muy querido, pierde el control de sí mismo. Supongamos  también que ocurre du­rante una relación muy enojosa o en una situación en la que sucede algo que nos altera personalmente. La persona está tan enfadada que pierde la compostura, emite vibraciones muy negativas y hasta llega a golpearse a sí misma o a romper objetos.

»Reflexionemos sobre los efectos inmediatos de la cólera sobre dicha persona. Se observará que se produce una transformación físi­ca. Esa persona a la que usted se siente próximo, que le gusta, la misma que le proporcionó placer en el pasado, se transforma ahora en alguien feo, incluso físicamente hablando. La razón por la que creo que se debe visualizar esta situación con alguna otra persona es por que resulta más fácil ver los defectos de los demás que los propios. Así pues, utilizando su imaginación, efectúese esta visualización durante unos minutos.

»Al final de ella, analice la situación y enumere sus aplicaciones a su propia experiencia. Comprenda que en muchas ocasiones usted también se ha encontrado en esta misma situación. Tome la resolu­ción de no permitirse jamás caer en un estado tan intenso de cólera y odio porque, si lo hace, se encontrará en la misma situación. También sufrirá las consecuencias: perderá la paz mental y la compostura, adoptará ese aspecto físico tan feo, etcétera. Así que, una vez que haya tomado la decisión, y durante los últimos minutos de la meditación, concentre la atención de la mente sobre esa conclusión; entonces, sin analizar nada más, deje que su mente mantenga la resolución de no caer nunca bajo la influencia de la cólera y el odio.

 

Meditación sobre la cólera: ejercicio 2

 

-Realicemos otra meditación utilizando la visualización. Empie­ce por visualizar a alguien a quien deteste, alguien que le moleste, que le cause multitud de problemas o que le ponga los nervios de punta. A continuación, imagínese una situación en la que la persona le irrite, haga algo que le ofenda o le moleste. En su imaginación, al visualizar­lo, permitirá que surja su respuesta natural; limítese a dejarla fluir con naturalidad. Perciba entonces cómo se siente, observe si eso acelera los latidos de su corazón, etcétera. Examine si se siente cómodo o in­cómodo; vea si puede sentirse inmediatamente más pacífico o si desa­rrolla una actitud mental de incomodidad. Juzgue por sí mismo, in­vestigue. Así, durante unos minutos, tres o cuatro quizá, juzgue y experimente. Y luego, al final de su investigación, si descubre que «Sí, no sirve de nada permitir que se desarrolle la irritación, porque pier­do inmediatamente mi paz mental», dígase a sí mismo: «Nunca vol­veré a hacerlo en el futuro». Consolide esa determinación. Finalmen­te, y durante los últimos minutos del ejercicio, centre por completo la mente en esa conclusión o determinación. Esa es la meditación.

El Dalai Lama se detuvo por un momento y observó al público que llenaba la sala, compuesto por sinceros estudiantes que se preparaban para practicar esta meditación. Entonces, se echó a reír y añadió:

-Creo que si tuviera la facultad cognitiva, la habilidad o la clara conciencia necesaria para leer las mentes de las personas, se produci­ría aquí un gran espectáculo.

Hubo una oleada de risas que se extendieron por la sala y que se apagaron con rapidez, mientras los presentes iniciábamos la medita­ción, empezando por el serio asunto de batallar contra la cólera.

 

14 Cómo afrontar la ansiedad y aumentar la autoestima

 

SE HA CALCULADO QUE, durante el transcurso de una vida, al menos uno de cada cuatro estadounidenses padecerán un grado de ansie­dad o preocupación lo bastante grave como para confirmar los diag­nósticos sobre trastornos de este tipo. Pero incluso aquellos que no sufran nunca un estado patológico o incapacitador de ansiedad, ex­perimentarán en uno u otro momento niveles excesivos de preocu­pación que no sirven a ningún propósito útil y que no hacen sino resquebrajar su felicidad e interferir en su capacidad para alcanzar objetivos.

El cerebro humano está equipado con un complicado sistema de registro de emociones como temor y preocupación. Este sistema cum­ple una función importante: nos moviliza para responder al peligro, poniendo en movimiento una compleja secuencia de acontecimientos bioquímicos y fisiológicos. La faceta adaptativa de la preocupación es que nos permite anticiparnos al peligro y tomar medidas. Por tanto, algunos tipos de temor y un razonable nivel de preocupación pueden ser saludables. No obstante, estos sentimientos pueden persistir y has­ta experimentar una escalada sin que haya una auténtica amenaza; cuando llegan a ser desproporcionadamente intensos respecto a cualquier peligro real, terminan por perder su cualidad. Lo mismo que la cólera y el odio, la ansiedad y la preocupación excesivas pueden tener efectos devastadores sobre la mente y el cuerpo, convertirse en fuente de mucho sufrimiento psicológico e incluso de enfermedades físicas.  Al llegar a cierto nivel, la ansiedad crónica puede dificultar el jui­cio, aumentar la irritabilidad y obstaculizar la eficacia. También puede conducir a problemas físicos, incluido el debilitamiento del sistema inmunológico ante enfermedades cardíacas, trastornos gastrointesti­nales, fatiga, tensión y dolor muscular. Se ha demostrado, por ejemplo ­que los trastornos de ansiedad provocaban atrofia del crecimiento en las niñas adolescentes.

Al buscar estrategias para afrontar la ansiedad debemos considerar que, como señala el Dalai Lama, hay muchos factores que contribuyen a ella. En algunos casos puede tener un fuerte componente biológico. Algunas personas parecen sufrir una cierta vulnerabilidad neurológi­ca que les inclina a este estado. Recientemente, los científicos han des­cubierto un gen vinculado a personas con tendencia a la ansiedad y el pensamiento negativo, aunque no todos los casos de preocupación en­fermiza son de origen genético, y hay pocas dudas de que el aprendizaje y el condicionamiento tienen un papel importante en su etiología.

Pero, al margen de que nuestra ansiedad sea predominantemente de origen físico o psicológico, lo cierto es que podemos hacer algo. En los casos más graves de ansiedad, la medicación suele ser una parte del tratamiento eficaz. Pero la mayoría de nosotros, acuciados por preocupaciones y ansiedades cotidianas, no necesitamos medicación. Generalmente, los expertos en el campo del control de la ansiedad tienen la sensación ,de que lo mejor es un enfoque multidimensional. Eso incluiría, en primer lugar, descartar una patología subyacente como causa de nuestra ansiedad. También resulta útil mejorar nuestra salud física, mediante dieta y ejercicio adecuados. Tal como ha resaltado el Dalai Lama, cultivar la compasión y profundizar nuestra conexión con los demás puede promover una buena higiene mental y ayudar a combatir los estados de ansiedad.

No obstante, en la búsqueda de estrategias para superar la ansiedad, hay una técnica que destaca como particularmente efectiva: la inter­vención cognitiva. Se trata de uno de los principales métodos utiliza­dos por el Dalai Lama para superar las preocupaciones y ansiedades diarias. Esta técnica, en la que se aplica el mismo procedimiento utili­zado para la cólera y el odio, supone enfrentarse activamente a los pen­samientos generadores de ansiedad y sustituidos con pensamientos y actitudes positivas y bien razonadas.

 

Debido a la omnipresencia de la ansiedad en nuestra cultura, sen­tía verdaderas ganas de plantearle el tema al Dalai Lama para saber cómo lo afrontaba. Precisamente aquel día tuvo un programa parti­cularmente apretado y noté cómo aumentaba mi propio nivel de an­siedad cuando, momentos antes de nuestra entrevista, fui informado por su secretario de que nuestra conversación tendría que ser breve. Presionado por el tiempo y preocupado por no poder abordar todos los temas que deseaba discutir, me senté rápidamente y empecé a pre­guntar, volviendo a mi tendencia de tratar de obtener respuestas sen­cillas por su parte.

-Como sabe, el temor y la ansiedad pueden ser un obstáculo para alcanzar nuestros objetivos, tanto si son externos como si son de me­jora interior. En psiquiatría tenemos varios métodos para abordar es­tos problemas, pero siento curiosidad por saber cuál es, desde su pun­to de vista, la mejor forma de superarlos.

Resistiéndose a mi invitación de simplificar en exceso la cuestión, el Dalai Lama contestó con su característico enfoque meticuloso.

-Al enfrentarnos al miedo, creo que lo primero que tenemos que hacer es reconocer que hay muchos tipos distintos de él. Algunas cla­ses de temor son muy genuinas y se basan en razones sólidas, como el temor a la violencia o al derramamiento de sangre. Es evidente que esas cosas son temibles. También existe el temor a las consecuencias a largo plazo de nuestras acciones negativas, el temor al sufrimiento, a nuestras emociones negativas, como el odio. Creo que estas son cla­ses correctas de temor, ya que contribuyen a situamos en el camino correcto y nos ayudan a convertirnos en personas de corazón cálido. -Se detuvo un momento para reflexionar y musitó-; Aunque en cierto sentido estas son clases de temor, creo que quizá haya alguna diferencia entre temer estas cosas y el hecho de que la mente perciba la naturaleza destructiva de ellas...

De nuevo calló un momento, como si deliberase algo consigo mis­mo, mientras yo lanzaba miradas furtivas hacia mi reloj. Estaba cla­ro que él no se sentía presionado por el tiempo como yo. Finalmente, siguió hablando con una actitud pausada.

-Por otro lado, algunas clases de temor son subjetivas; se basan principalmente en proyecciones mentales; por ejemplo, los temores infantiles -se echó a reír-; cuando yo era joven y pasaba por un lu­gar oscuro, especialmente por algunos de los salones oscuros del Po­tala, sentía miedo; éste era consecuencia de una proyección mental. O como cuando era joven y los barrenderos y las personas que me cuidaban me advertían siempre que había un búho que atrapaba a los niños pequeños y se los comía -el Dalai Lama se echó a reír to­davía más-. ¡Y yo me lo creía!

»Hay otros tipos de temor basados en la subjetividad -siguió di­ciendo-. Cuando, por ejemplo, se tienen sentimientos negativos de­bido a la propia situación psicológica, se pueden proyectar tales sen­timientos sobre otro, que entonces se nos muestra como negativo y hostil. Como consecuencia de ello, se experimenta miedo. Creo que esa clase de temor está relacionada con el odio y surge como creación mental. Así que, al tratar con el temor, hay que utilizar primero la fa­cultad de razonar y tratar de descubrir si tiene una base lógica.

-Bueno -le dije-, en lugar de un temor intenso o concentrado en un individuo o situación específica, muchos de nosotros nos senti­mos agobiados por una preocupación más difusa acerca de una am­plia variedad de problemas cotidianos. ¿Tiene alguna sugerencia acer­ca de cómo tratar eso?

El Dalai Lama asintió con la cabeza, antes de responder.

-Uno de los métodos que personalmente me parecen útiles para reducir esa clase de preocupación consiste en cultivar el siguiente pen­samiento: si la situación o problema puede remediarse, no hay nece­sidad de preocuparse. En otras palabras, si existe una solución o una forma de salir de la dificultad, no habría necesidad de sentirse abru­mado por ella. La acción apropiada, por tanto, es la de buscar su solu­ción. Es más sensato dedicar la energía a concentrarse en la solución que preocuparse por el problema. Por otro lado, si no hay forma de encontrar una solución, si no hay posibilidad de resolverla, tampoco sirve de nada preocuparnos por ella, puesto que, de todos modos, tampoco podemos hacer nada. En tal caso, cuanto antes se acepte ese hecho, tanto más fáciles serán las cosas. Esta fórmula, claro está, su­pone abordar directamente el problema. De otro modo, no podre­mos descubrir si hay una solución o no.

-¿Y si el pensar así no contribuye a aliviar la ansiedad? -Bueno, entonces quizá haya necesidad de reflexionar un poco más sobre estos pensamientos y reforzar estas ideas, para recordarlas. En cualquier caso, creo que este enfoque puede ayudar a reducir la an­siedad y la preocupación, lo que no significa que vaya a funcionar siem­pre. Si uno se enfrenta con una ansiedad, creo que hay que considerar la situación específica que plantea. Hay diferentes tipos de ansiedad y diferentes causas. Algunos tipos de ansiedad o de nerviosismo podrían tener causas biológicas; a algunas personas, por ejemplo, les sudan las palmas de las manos, lo que, según el sistema médico tibetano, indicaría la existencia de un desequilibrio en los niveles de la energía su­til. Algunos tipos de ansiedad pueden tener raíces biológicas, lo mis­mo que algunos tipos de depresión, para los que quizá sea útil el tratamiento médico. Así que, para afrontar la ansiedad con eficacia, hay que ver de qué clase es y cual es su causa.

»Lo mismo que sucede con, el temor, puede haber diferentes tipos de ansiedad. Uno de ellos, que me parece común, sería el temor al ri­dículo, o el temor a que los demás piensen mal de uno...

-¿Ha experimentado alguna vez esa clase de ansiedad o nervio­sismo? -le interrumpí.

El Dalai Lama lanzó una sonora risotada y respondió sin vacilar: -¡Oh, sí!

-¿Puede darme un ejemplo?

Pensó un momento, antes de contestar.

-En 1954, por ejemplo, en China, el primer día de mi entrevista con el presidente Mao Zedong, y también en otra ocasión en que me reuní con Zhou Enlai. En aquellos tiempos yo no conocía el protoco­lo y los convencionalismos adecuados. Entre los chinos, el procedi­miento habitual durante una reunión es iniciarla con alguna conver­sación de circunstancias para luego pasar a discutir el asunto que nos ocupa. Pero en aquella ocasión estaba tan nervioso que apenas me senté abordé el asunto. -El Dalai Lama se echó a reír al recordar­lo-. Recuerdo que mi traductor, un comunista tibetano que era muy fiable y muy buen amigo mío, me miró, se echó a reír y más tarde bromeó conmigo sobre ello.

»Creo que incluso ahora, poco antes de iniciar una charla o una enseñanza ante el público, siempre experimento un poco de ansiedad, por lo que alguno de mis ayudantes me pregunta: "Si es así, ¿por qué habéis aceptado la invitación para esta conferencia?".

Se echó a reír de nuevo.

--¿Cómo afronta personalmente esta clase de ansiedad? -le pre­gunté. Me contestó con serenidad, con un tono quejumbroso y nada afectado en su voz.

-No lo sé... -Hizo una pausa y permanecimos en silencio du­rante largo rato, mientras él parecía reflexionar cuidadosamente. Fi­nalmente, dijo-: Creo que la honradez y una motivación adecuada son las claves para superar esa clase de temor y ansiedad. Si me sien­to ansioso antes de dar una charla, procuro recordar cuál es la razón principal de ella y me digo que el objetivo de la conferencia es benefi­ciar al menos a algunas personas, no demostrar mis conocimientos.

En consecuencia, explico únicamente aquellas cosas que sé; las cosas que no comprendo suficientemente, no importan, porque me limito a decir: «Para mí, este tema es muy difícil». No hay razón alguna para ocultar nada o para fingir. Desde ese punto de vista, con esa motiva­ción, no tengo que preocuparme por hacer el ridículo o por lo que piensen los otros de mí. Así pues, he descubierto que la motivación sin­cera actúa como un antídoto capaz de reducir el temor y la ansiedad. -Bueno, a veces la ansiedad supone algo más que simplemente hacer el ridículo. Es más el temor al fracaso, una sensación de incom­petencia...

Reflexioné un momento, considerando hasta qué punto podía re­velar información personal.

El Dalai Lama me escuchó con atención, asintiendo en silencio mientras yo hablaba. No estoy seguro de lo que sucedió. Quizá fue su actitud de amable comprensión, pero lo cierto es que, antes de que me diera cuenta, había pasado de hablar de los temas generales a so­licitarle su consejo acerca de cómo afrontar mis propios temores y ansiedades.

-No sé..., a veces, con mis pacientes, por ejemplo... Algunos son muy difíciles; son casos en los que no hay un diagnóstico claro como depresión o alguna otra enfermedad que se remedia fácilmente. Hay algunos pacientes con graves trastornos de personalidad; por ejem­plo, que no responden a la medicación y que no han conseguido rea­lizar progresos en la psicoterapia a pesar de mis esfuerzos. En ocasio­nes no sé qué hacer con estas personas, cómo ayudarlas. Parece como si no fuera capaz de captar lo que sucede en ellas. Y eso hace que me sienta perplejo, casi como un inútil-me quejé-. Me siento incom­petente y eso crea cierto temor, ansiedad.

Él me escuchó solemnemente y luego me preguntó con voz amable: -¿Diría que es capaz de ayudar al setenta por ciento de sus pa­cientes?

-Eso por lo menos -contesté.

Me dio unas suaves palmaditas en la mano al tiempo que decía:

-Entonces creo que no hay ningún problema. Si sólo fuera capaz de ayudar al treinta por ciento de sus pacientes, le sugeriría que se buscara otra profesión. Pero creo que lo está haciendo bien. También a mí acude la gente en busca de consejo. Muchos buscan milagros, cu­ras milagrosas y todo eso y, naturalmente, no puedo ayudarles. Pero creo que lo principal es la motivación, tener una sincera inclinación a ayudar. Entonces uno se limita a hacer las cosas lo mejor que puede y no hay que preocuparse por nada más.

»En mi caso, por ejemplo, a veces se producen situaciones tremen­damente delicadas, lo que supone una pesada responsabilidad. Creo que lo peor es cuando la gente deposita demasiada confianza en mí, en circunstancias en las que algunas cosas están fuera de mi alcance. En esos casos se desarrolla a veces algo de ansiedad, claro, pero vuelvo una vez más a la motivación: procuro recordarme a mí mismo que, por lo que se refiere a la mía propia, soy sincero y he hecho las cosas lo mejor que he podido. Entonces, mi fracaso significa que la situa­ción no estaba al alcance de mis esfuerzos. La motivación sincera eli­mina por lo tanto el temor y proporciona confianza en uno mismo. Por otro lado, si la motivación fundamental de alguien es la de enga­ñar a otro, se siente realmente nervioso si fracasa. Pero si se cultiva una motivación compasiva no hay por qué lamentarse si se falla.

»Así que, una y otra vez, creo que la motivación adecuada es una especie de protectora contra estos sentimientos de temor y ansiedad. Por eso es tan importante la motivación. De hecho, todas las accio­nes humanas pueden verse en términos de movimiento y lo que se mueve por detrás de todas las acciones es lo que las impulsa. Si se de­sarrolla una motivación pura y sincera, si se está motivado por el de­seo de ayudar, sobre la base de la amabilidad, la compasión y el res­peto, se puede desarrollar cualquier trabajo en cualquier ámbito y funcionar con mayor efectividad, con menor miedo o preocupación, sin temor a lo que digan los demás o si al final se tiene éxito y se pue­de alcanzar el objetivo. Aunque no logres alcanzar tu objetivo, pue­des sentirte bien con el simple hecho de haber realizado el esfuerzo.

Pero si tienes una mala motivación, aunque la gente te alabe o alcan­ces los objetivos que te habías propuesto, no te sentirás feliz.

 

Al analizar los antídotos contra la ansiedad, el Dalai Lama ofrece dos remedios, cada uno de los cuales funciona en un plano diferente. El primero implica combatir activamente la preocupación y dar sis­temáticamente la vuelta a las cosas mediante la aplicación de un pen­samiento dicotómico: recordar que si el problema tiene una solución no hay necesidad de preocuparse y si no la tiene, tampoco.

El segundo antídoto es un remedio de más amplio espectro. Supo­ne la transformación de la propia motivación fundamental. Existe un contraste interesante entre el enfoque del Dalai Lama sobre la moti­vación humana y el de la ciencia y la psicología occidentales. Según hemos visto previamente, los estudiosos de la motivación han investi­gado los motivos normales, examinando las necesidades e impulsos, tanto instintivos como aprendidos. En este nivel, sin embargo, el Da­lai Lama ha centrado su atención en desarrollar y utilizar los impulsos aprendidos para intensificar el propio «entusiasmo y determinación». En algunos aspectos, esto es similar al punto de vista de muchos ex­pertos occidentales; la diferencia estriba en que el Dalai Lama trata de crear determinación y entusiasmo para que la persona adopte com­portamientos sanos y elimine los rasgos negativos, en lugar de resal­tar el éxito mundano, lograr dinero o poder. Pero quizá la diferencia más notable sea que mientras que los «especialistas en motivación» se ocupan de promover las motivaciones ya existentes para alcanzar el éxito mundano, el principal interés del Dalai Lama por la motiva­ción humana radica en reconfigurarla y cambiarla, de modo que se base en la compasión y la amabilidad.

En el sistema del Dalai Lama para entrenar la mente y alcanzar la felicidad, cuanto más cerca esté uno de sentirse motivado por el al­truismo, tanto menor será el temor que experimentará ante circuns­tancias que provoquen incluso una ansiedad extrema. Pero ese mismo principio puede aplicarse también a cosas más pequeñas, incluso cuando la propia motivación no es del todo altruista. Retroceder un paso para asegurarse de que uno no tiene intención de causar daño y de que la propia motivación es sincera, contribuye a reducir la ansie­dad en situaciones corrientes.

No mucho después de la conversación anterior con el Dalai Lama, almorcé con un grupo de personas entre las que había un joven a quien no conocía, estudiante de una universidad local. Durante el almuerzo, alguien preguntó cómo iba mi serie de entrevistas con el Dalai Lama. Después de escuchar con atención mi descripción de la idea de la «motivación sincera como antídoto frente a la ansiedad», el estudiante de­claró que siempre se había sentido tímido y muy nervioso en las re­laciones sociales. Al pensar en cómo podía aplicar esta técnica para superar su ansiedad, el estudiante murmuró:

-Bueno, todo eso es muy interesante, pero me imagino que la parte difícil es la de tener esa elevada motivación de compasión y amabilidad.

-Supongo que eso es cierto -tuve que admitir.

La conversación se desvió hacia otros temas y terminamos de al­morzar. A la semana siguiente me encontré por casualidad con el mis­mo estudiante universitario, en el mismo restaurante. Se me acercó alegremente y me dijo:

-¿Recuerda que el otro día hablamos sobre motivación y ansie­dad? Pues bien, lo probé y realmente funciona. Conozco a una joven que trabaja en unos grandes almacenes, a la que he visto muchas veces. Siempre he querido invitarla a salir, pero la chica agravaba mi timi­dez, así que no me atrevía a hablar con ella. El otro día fui a los gran­des almacenes, pero esta vez empecé a pensar en mi motivación para pedirle que saliera conmigo. El motivo, claro está, era que quería sa­lir con ella. Pero detrás estaba el deseo de encontrar a alguien a quien amar y que me amara. Al pensar en ello, me di cuenta de que no ha­bía nada de malo en ello, de que mi motivación era sincera; no desea­ba causarle ningún daño, ni a ella ni a mí mismo, sino sólo que nos su­cedieran cosas buenas. El simple hecho de tener eso en cuenta y de re­cordármelo unas cuantas veces pareció ayudarme; me proporcionó el valor para entablar una conversación con ella. El corazón me latía con fuerza, pero yo me sentía estupendamente al ver que por fin ha­bía encontrado valor para hablar con ella.

-Me alegro mucho de saberlo -le dije-. ¿Y qué ocurrió? -Bueno, resulta que ya tiene novio formal. Me sentí un tanto de­silusionado, pero está bien. Me sentí estupendamente por el simple hecho de haber podido superar mi timidez. Eso me permitió compren­der que si me aseguro de que no hay nada malo en mi motivación y lo recuerdo, eso me puede ayudar la próxima vez que me encuentre en la misma situación.

 

La honradez como antídoto contra el bajo nivel de autoestima o la exagerada seguridad en sí mismo

 

Una saludable seguridad en uno mismo es un factor esencial para alcanzar nuestros objetivos. Esto se aplica tanto si nuestro objetivo consiste en lograr un título universitario como si se trata de crear un negocio con éxito, disfrutar de una relación satisfactoria o disponer la mente para ser más feliz. Un bajo nivel de confianza en nosotros mismos inhibe nuestros esfuerzos para seguir adelante, afrontar los de­safíos y hasta para asumir algunos riesgos cuando sea necesario para la consecución de nuestros objetivos. La seguridad exagerada en uno mismo también es igualmente peligrosa. Quienes tienen un sentido desmesurado de sus propias capacidades y logros se hallan sometidos continuamente a la frustración, la desilusión y la rabia cuando la rea­lidad se entromete y el mundo no avala la visión idealizada que tienen de sí mismos. Estas personas siempre se encuentran a un paso de hun­dirse en la depresión cuando no logran estar a la altura de su imagen idealizada. Además, su megalomanía les conduce a menudo a experi­mentar una sensación de tener derecho a todo y a una especie de arrogancia que les distancia de los demás y les impide establecer relacio­nes emocionalmente satisfactorias. Finalmente, el hecho de sobresti­mar sus capacidades puede conducirles a correr riesgos peligrosos. Se­gún nos dice el inspector Callahan, en vena filosófica en la película Harry el sucio, mientras observa cómo el malo de la película, exage­radamente seguro de sí mismo, termina por volarse la tapa de los se­sos: «Un hombre tiene que conocer sus limitaciones».

En la tradición psicoterapéutica occidental, los teóricos han rela­cionado tanto el bajo como el alto nivel de seguridad en uno mismo con perturbaciones en la imagen propia y han investigado para des­cubrir las raíces de estas perturbaciones en la educación que se recibe durante la infancia. Muchos teóricos consideran la imagen, tanto deficiente como exagerada, como una moneda de dos caras, de las que la exagerada, por ejemplo, es una defensa inconsciente contra las insegu­ridades y sentimientos negativos sobre uno mismo. Los psicoterapeu­tas de orientación psicoanalítica han formulado complejas teorías acer­ca de cómo se producen las distorsiones de la imagen. Explican cómo se forma a medida que la persona interioriza la información que reci­be de su ambiente. Describen cómo las personas desarrollan sus con­ceptos sobre ellas mismas al incorporar mensajes explícitos e implí­citos de sus padres, y cómo pueden ocurrir distorsiones cuando las primeras interacciones con quienes las cuidan no son ni saludables ni formativas.

Cuando las perturbaciones en la propia imagen son lo bastante graves como para causar problemas significativos en su vida, muchas de esas personas recurren a la psicoterapia. Los psicoterapeutas orien­tados hacia la percepción interior se concentran en ayudar a los pa­cientes a comprender las disfunciones de sus relaciones infantiles en las que se encuentra el origen del problema, y en proporcionar infor­mación apropiada y un ambiente terapéutico en el que los pacientes reestructuren y reparen paulatinamente su imagen negativa. Por otro lado, el Dalai Lama centra la atención en «extraer la flecha», más que en dedicar tiempo a preguntarse quién la disparó. En lugar de plan­tearse por qué la gente tiene un nivel de auto estima bajo o elevado, nos plantea un método para combatir directamente estos estados ne­gativos de la mente.

 

En las décadas recientes, la naturaleza del «yo mismo» ha sido uno de los temas más investigados en el campo de la psicología. En la «dé­cada del yo», la de los años ochenta, por ejemplo, se publicaban cada año miles de artículos en los que se exploraban temas relacionados con la autoestima y la seguridad en uno mismo. Pensando en ello, abordé el tema con el Dalai Lama:

-En una de nuestras conversaciones, habló usted de la humildad como un rasgo positivo y explicó cómo estaba vinculada con el culti­vo de la paciencia y la tolerancia. En la psicología occidental, y en nuestra cultura en general, suele pasarse por alto el ser humildes en fa­vor del desarrollo de cualidades como altos niveles de auto estima y de seguridad en nosotros mismos. De hecho, en Occidente se da mucha importancia a estos atributos. Me preguntaba si usted tiene la sensa­ción de que los occidentales tendemos a veces a dar demasiado valor a la seguridad en nosotros mismos, a ser excesivamente indulgentes o estar demasiado centrados en nuestras vidas.

-No necesariamente -contestó el Dalai Lama-, aunque el tema puede ser bastante complicado. Los grandes maestros espirituales, por ejemplo, son aquellos que han hecho un voto o que han asumido la determinación de anular sus estados mentales negativos para pro­mover y producir la felicidad definitiva en todos los seres sensibles. Tienen esa visión y esa aspiración, que requiere un tremendo sentido de la seguridad en sí mismos; la cual puede ser muy importante por­que transmite una cierta osadía que ayuda a alcanzar grandes objeti­vos. En cierto modo, parecen arrogantes, aunque no de una forma negativa. Se basan en razones sanas. Así pues, yo los consideraría per­sonas muy valientes, casi héroes.

-Lo que en un gran maestro espiritual puede parecer superficial­mente una arrogancia, quizá sea una expresión de seguridad en sí mis­mo y de valentía -admití-. Pero, para la gente normal, en circuns­tancias cotidianas, lo más probable es que suceda lo contrario, que al­guien que parezca tener mucha seguridad en sí mismo y un alto nivel de autoestima, no sea en realidad más que simplemente un arrogante. Tengo entendido que, según el budismo, la arrogancia se define como una de las «emociones básicas del sufrimiento». De hecho, he leído que, según un sistema, hay siete tipos diferentes de arrogancia. Se considera por tanto muy importante evitar o superar la arrogancia. Pero también lo es el tener un fuerte sentido de seguridad en uno mismo. Existe una línea muy tenue entre ambas. ¿Cómo saber la dife­rencia entre ellas y cultivar la una al tiempo que se elimina la otra?

-A veces es bastante difícil distinguir entre seguridad en sí mis­mo y arrogancia -admitió el Dalai Lama-. Quizá una forma sea ver si el sentimiento es sano o no. Se puede tener una idea de superiori­dad muy sana en la relación con otros, que puede estar muy justifica­da y ser válida. Y también puede tenerse una seguridad exagerada en uno mismo, totalmente infundada. Eso sería arrogancia. Así pues, en términos de su estado fenomenológico, pueden ser similares...

-Pero una persona arrogante siempre tiene la sensación de poseer una base válida para...

-Es cierto, es cierto -admitió el Dalai Lama.

-¿Cómo distinguir, entonces, entre las dos? -insistí.

-Creo que, a veces, es algo que sólo puede juzgarse retrospectivamente, ya sea desde la perspectiva del propio individuo o desde la de una tercera persona. -El Dalai Lama hizo una pausa y bromeó-: Quizá la persona en cuestión tuviera que presentarse ante los tribu­nales para descubrir si es un ejemplo de orgullo exagerado o de arro­gancia -exclamó riendo.

»Al establecer la distinción entre engreimiento y seguridad en uno mismo -siguió diciendo-, cabría pensar en términos de las conse­cuencias de la propia actitud; generalmente, el engreimiento y la arro­gancia tienen consecuencias negativas, mientras que una sana seguridad en uno mismo tiene consecuencias positivas. Así pues, cuando hablamos de "seguridad en sí mismo", tenemos que examinar el sen­tido subyacente del "sí mismo". Creo que se pueden establecer dos tipos. Un sentido del yo mismo o "ego" se preocupa únicamente por la realización del propio interés, de los deseos egoístas, con un com­pleto desinterés hacia el bienestar de los demás. El otro tipo de ego o sentido de uno mismo se basa en una verdadera preocupación por los demás y el deseo de rendirles un servicio. Para realizar ese deseo de servir hay que tener un fuerte sentido y una gran seguridad en uno mismo. Esa clase de seguridad es la que tiene consecuencias po­sitivas.

-Creo que antes mencionó que una forma de ayudar a reducir la arrogancia o el orgullo, si una persona reconociera el orgullo como un defecto y deseara superarlo -comenté-, sería considerar el pro­pio sufrimiento, reflexionar sobre todas las formas en las que nos ha­llamos sometidos o somos proclives a él. Además de considerar el pro­pio sufrimiento, ¿existe alguna otra técnica o antídoto para trabajar contra el orgullo?

-Un antídoto consiste en reflexionar sobre la diversidad de las disciplinas sobre las que quizá no se tengan conocimientos -contes­tó-. Por ejemplo, en el sistema educativo moderno hay multitud de disciplinas. Pensar en tantos campos de los que uno es ignorante, pue­de ayudamos a superar el orgullo.

El Dalai Lama dejó de hablar y, convencido de que eso era todo lo que tenía que decir al respecto, empecé a rebuscar en mis notas para pasar al siguiente tema. De repente, volvió a hablar con un tono re­flexivo.

-Mire, hemos hablado de desarrollar una saludable seguridad en uno mismo... Creo que quizá honradez y seguridad en uno mismo están estrechamente relacionadas.

-¿ Se refiere a ser honrado con uno mismo acerca de cuáles son las propias capacidades, etcétera? ¿O se refiere a ser honrado con los demás? -pregunté.

-Ambas cosas -contestó-. Cuanto más honrado sea uno, cuan­to más abierto, menos temor tendrá, porque no hay ansiedad ante el hecho de verse expuesto o revelarse ante los demás. Así pues, creo que cuanto más honrado sea uno, mayor seguridad en sí mismo tendrá... -Me interesa explorar un poco más cómo afronta personalmente el tema de la seguridad en sí mismo -le dije-. Ha mencionado que la gente parece acudir a usted y espera que realice milagros. Lo some­ten a demasiada presión y tienen elevadas expectativas sobre usted. Aunque tenga una motivación adecuada, ¿no hace eso que sienta una cierta falta de confianza en sus capacidades?

-Creo que aquí hay que tener en cuenta lo que quiere decir al ha­blar de «falta de confianza» o de «poseer seguridad en uno mismo», en relación con un acto en concreto o con lo que sea. Para que alguien experimente falta de confianza en algo, es necesario que primero ten­ga la convicción de poder hacerla, es decir, que está a su alcance; si algo está a su alcance y no puede hacerla, se empieza a pensar: «Qui­zá yo no sea lo bastante bueno o competente, o no esté a la altura o algo parecido». En mi caso, sin embargo, darme cuenta de que no pue­do realizar milagros no me produce ninguna pérdida de seguridad en mí mismo porque nunca pensé que tuviera esa capacidad. No espero poder actuar como los Budas plenamente iluminados, ser capaz de saberlo todo, de percibirlo todo o de hacer lo más correcto en todas las ocasiones. Así que cuando la gente se me acerca y me pide que la cure, que realice un milagro o algo así, en lugar de sentir falta de se­guridad en mí mismo, sólo me siento bastante incómodo.

»Creo que, en general, ser honrado con uno mismo y con los de­más sobre lo que se es y no se es capaz de hacer puede contrarrestar ese sentimiento de falta de seguridad.

»Sin embargo, hay ocasiones, como por ejemplo en las relaciones con China, en que me siento inseguro. Habitualmente, consulto estas situaciones con funcionarios y, en algunos casos, con personas que no lo son. Pregunto a mis amigos, y luego discuto la cuestión. Puesto que muchas de las decisiones se toman a partir de discusiones con va­rias personas, y no se adoptan precipitadamente, suelo sentirme bas­tante seguro de mí mismo y no hay razón para que lamente haberlas tomado.

 

La valoración honrada y sin temor alguno puede ser un arma po­derosa contra las dudas o el bajo nivel de seguridad. La convicción del Dalai Lama de que esta clase de honradez actúa como un antído­to contra estados negativos de la mente ha sido efectivamente confir­mada por una serie de recientes estudios en los que se demuestra con claridad que quienes tienen una visión realista y exacta de sí mismos tienden a gustarse más y a ser más seguros que los que tienen un co­nocimiento de sí deficiente o quizá inexacto.

Con el transcurso de los años, he visto a menudo al Dalai Lama ilustrar hasta qué punto la seguridad en sí mismo procede del hecho de ser honrado y claro con las propias capacidades. Me causó una gran sorpresa la primera vez que le oí decir, delante de una gran audiencia «No lo sé», en respuesta a una pregunta. A diferencia de lo que esta­ba acostumbrado a escuchar a los conferenciantes académicos o a los que se presentaban como autoridades, admitió su falta de conoci­miento sin ambages, declaraciones justificativas o intentos por pare­cer que sabía algo soslayando el tema.

De hecho, pareció complacerse ligeramente al verse confrontado con una pregunta difícil para la que no tenía respuesta, y a menudo incluso bromeaba al respecto. Por ejemplo, una tarde, en Tucson, ha­bía hecho un comentario sobre un verso de lógica particularmente compleja perteneciente a la Guía de la forma de vida del Bodhisattva, de Shantideva. Se esforzó por recordado correctamente, se confundió y finalmente se echó a reír y dijo:

-¡Estoy confundido! Creo que es mejor dejado como está. Ahora bien, en el siguiente verso... En respuesta a las risas apreciativas del público, aún se rió más y comentó:

--Hay una expresión para referirse a este enfoque; hace referen­cia a la comida de un anciano, una persona muy vieja, con los dientes muy deteriorados; se comen las cosas blandas; en cuanto a las duras, se dejan. -Sin dejar de reír, añadió-: Así que lo dejaremos como está por hoy.

En ningún instante se conmovió su suprema seguridad en sí mismo.

 

Reflexión sobre nuestro potencial como antídoto contra el odio hacia uno mismo

 

Durante un viaje que hice a la India en 1991, dos años antes de la visita del Dalai Lama a Arizona, me reuní brevemente con él en su casa de Dharamsala. Aquella semana él había mantenido reuniones diarias con un distinguido grupo de científicos occidentales, físicos, psicólogos y maestros de meditación, en un intento por explorar la conexión entre la mente y el cuerpo, por comprender la relación entre la experiencia emocional y la salud física. Me reuní con el Dalai Lama a última hora de la tarde, después de una de sus sesiones con los cien­tíficos. Hacia el final de nuestra entrevista, el Dalai Lama preguntó: -¿Sabe que durante esta semana he tenido varias reuniones con esos científicos?

-Sí.

-A lo largo de ellas ha surgido algo que me ha parecido muy sor­prendente. Me refiero al concepto de odio hacia uno mismo. ¿Está us­ted familiarizado con ese concepto? -Desde luego que sí. Lo sufre una proporción bastante alta de mis pacientes. -Cuando los científicos empezaron a hablar del tema, al principio no estuve seguro de comprender correctamente el concepto. -Se echó a reír-. Pensé: «¿Odiarse a uno mismo? ¡Pero si nos queremos! ¿Cómo puede una persona odiarse a sí misma?». A pesar de que creía tener cierto conocimiento sobre cómo funciona la mente humana, esa idea del odio dirigido contra uno mismo me resultó completamente nue­va. La razón por la que me pareció totalmente inconcebible es porque los budistas practicantes trabajamos mucho para superar nuestra ac­titud egocéntrica, nuestros pensamientos y motivaciones egoístas. Desde este punto de vista creo que nos queremos y apreciamos dema­siado. Así que pensar en la posibilidad de que alguien no se apreciara e incluso se odiara a sí mismo, era bastante inconcebible. Como psi­quiatra, ¿puede explicarme ese concepto y por qué ocurre?

Le describí brevemente mi visión profesional del origen del odio contra uno mismo. Le expliqué cómo la imagen que tenemos de noso­tros está configurada por nuestros padres y nuestra educación, cómo captamos de ellos mensajes implícitos sobre nosotros a medida que crecemos y nos desarrollamos, y le perfilé las condiciones específicas en las que se desarrolla una imagen negativa. Entré en detalles sobre los factores que exacerban el odio contra uno mismo, como cuando nues­tro comportamiento no logra estar a la altura de la imagen idealizada que tenemos de nosotros, y le describí algunas de las formas median­te las que el odio contra sí puede verse reforzado culturalmente, sobre todo entre algunas mujeres y las minorías. Mientras le explicaba estas cosas, el Dalai Lama siguió asintiendo reflexivamente, con una ex­presión burlona en el rostro, como si tuviera alguna dificultad para captar este concepto extraño para él.

 

Groucho Marx dijo humorísticamente en cierta ocasión: «Nunca ingresaría en un club que aceptara a tipos como yo». Respecto a esta visión negativa de sí hasta convertirla en una observación sobre la na­turaleza humana, Mark Twain había dicho: «En lo más profundo de la intimidad de su propio corazón, ningún hombre tiene un respeto considerable por sí mismo». Tomando esta visión pesimista de la hu­manidad e incorporándola a las teorías psicológicas, el psicólogo hu­manista Carl Rogers afirmó: «La mayoría de la gente sé desprecia a sí misma, se considera inútil y poco digna de ser querida».

Existe en nuestra sociedad una noción popular, compartida por la mayoría de psicoterapeutas contemporáneos, de que el odio contra uno mismo abunda en la cultura occidental. Aunque eso es cierto, afortunadamente no se halla tan extendido como creen muchos. Se trata, desde luego, de un problema común entre quienes acuden al psi­coterapeuta; pero los psicoterapeutas tienen a veces una visión un tan­to sesgada de las cosas, una tendencia a basar su concepción de la na­turaleza humana en los individuos que acuden a sus consultas. La mayoría de los datos basados en pruebas experimentales han estable­cido, sin embargo, que la gente tiende a menudo (o al menos desearía tender) a verse bajo una luz favorable, a calificarse como «mejor que la media» cuando se le pregunta sobre las cualidades subjetivas y so­cialmente deseables.

Con todo, aunque el odio contra uno mismo no sea tan general como se cree comúnmente, puede seguir siendo un tremendo lastre para muchas personas. Me quedé tan sorprendido por la reacción del Dalai Lama como él ante el concepto. Su respuesta inicial puede ser muy reveladora y curativa.

Hay dos puntos relacionados con su notable reacción que merecen un examen más atento. El primero es, simplemente, que no estuviera familiarizado con la existencia del odio contra sí. La suposición sub­yacente de que este tipo de odio es un problema muy difundido ha ge­nerado la sensación de que se trata de un rasgo profundamente arrai­gado en la psique humana. Pero el hecho de que sea algo virtualmente desconocido en ciertas culturas, como en la cultura tibetana, nos re­cuerda que se trata de un estado mental problemático, como los otros estados mentales negativos que hemos analizado, y que no forma par­te intrínseca de la mente humana. No se trata de algo con lo que ha­yamos nacido, que nos veamos obligados a arrastrar irrevocablemen­te, ni es una característica indeleble de nuestra naturaleza. Es algo que se puede eliminar. Darse cuenta de ello puede servir, por sí solo, para debilitar su poder, dándonos esperanza y reforzando nuestro compro­miso de eliminado.

El segundo punto relacionado con la reacción inicial del Dalai Lama fue su respuesta: «¿Odiarse a uno mismo? ¡Pero si nos queremos!». Para aquellos que sufrimos este tipo de odio o que conocemos a al­guien que lo sufre, esta respuesta puede parecer increíblemente inge­nua. Pero si la examinamos más de cerca, encontramos verdades en ella. Hay muchas formas de sentir amor, y quizá la más pura y exal­tada es el deseo total, absoluto e ilimitado de felicidad para otro; un deseo, sentido con el corazón, de que el otro sea feliz, al margen de que haga algo para causarnos daño o incluso de que nos guste o no. Ahora bien, en lo más profundo de nuestros corazones no cabe la me­nor duda de que todos y cada uno de nosotros queremos ser felices. En consecuencia, si nuestra definición de amor se basa en un verda­dero deseo de que alguien sea feliz, cada uno de nosotros se ama efec­tivamente a sí mismo, cada uno de nosotros desea sinceramente la propia felicidad. En mi consulta me he encontrado a veces con casos extremos de odio hacia sí, hasta el punto de abrigar pensamientos re­currentes de suicidio. Pero incluso en estos casos, la voluntad de morir se basa en último término en el deseo del individuo (por distorsionado y equivocado que esté) de liberarse del sufrimiento, no de causarlo.

Así pues, quizá el Dalai Lama no se hallaba tan lejos de la verdad al expresar su convicción de que todos experimentamos un amor fun­damental por nosotros mismos, lo cual sugiere la existencia de un po­deroso antídoto contra este mal, ya que podemos contrarrestar los sentimientos de desprecio recordando que, por mucho que nos disgusten algunas de nuestras características, deseamos ser felices; ese es un tipo profundo de amor.

 

Durante una visita posterior a Dharamsala, volví a plantear al Dalai Lama el tema del odio contra uno mismo. Para entonces ya se había familiarizado con el concepto y había empezado a pensar mé­todos para combatirlo.

-Desde el punto de vista budista -le expliqué-, estar en un es­tado depresivo, en un estado de desánimo, es una situación extrema que constituye claramente un obstáculo para alcanzar los propios ob­jetivos. Este estado de odio contra uno mismo es incluso mucho más grave que el sentirse simplemente desanimado, y puede llegar a ser muy peligroso. Para los que practican el budismo, el antídoto contra el odio hacia sí sería reflexionar sobre el hecho de que todos los seres humanos, incluido uno mismo, tienen la naturaleza del Buda, la se­milla o el potencial para alcanzar la perfección, la plena iluminación, sin que importe lo débil, pobre o llena de privaciones que pueda ser nuestra situación actual. Por tanto, los budistas que sufren de odio contra sí mismos, o que se detestan deberían evitar considerar lo do­loroso o insatisfactorio de la existencia y centrarse en sus aspectos positivos, como el tremendo potencial que hay dentro de uno mismo. Al reflexionar sobre estas oportunidades y potencialidades, podrán aumentar la sensación del propio valor y alcanzar mayor seguridad en sí mismos.

Le planteé la habitual pregunta desde la perspectiva de un no bu­dista: -¿Cuál sería entonces el antídoto para alguien que no hubiera oído hablar del concepto de la naturaleza del Buda o que no sea bu­dista? -Una de las cosas que podríamos señalarles a esas personas es que hemos sido dotados, como seres humanos, de una maravillosa inteli­gencia. Además, todos los seres humanos tienen capacidad de deci­sión, y de orientar ésta hacia sus fines. De eso no cabe la menor duda. Así pues, si se tiene conciencia de estos potenciales y se interiorizan hasta convertirlos en parte de nuestra percepción de los seres huma­nos, incluido uno mismo, quizá reduciríamos los sentimientos de de­sánimo, impotencia y autodesprecio.

El Dalai Lama se detuvo un momento y luego continuó con una inflexión pensativa, lo que sugería que aún seguía explorando acti­vamente, enfrascado en un proceso de descubrimiento.

-Creo que existe algún paralelismo con la forma en que tratamos la enfermedad física. Cuando los médicos tratan a alguien de una en­fermedad específica no sólo le administran antibióticos para comba­tirla, sino que también se aseguran de que el estado físico permita al paciente tomar antibióticos y tolerarlos. Para asegurarse de ello, los médicos comprueban que la persona está bien alimentada, y a menu­do también le recetan vitaminas o lo que sea necesario para fortale­cer el cuerpo. Mientras la persona posea fortaleza, su cuerpo dispone del potencial o la capacidad para curarse con ayuda de la medicación. De modo similar, mientras conozcamos y tengamos conciencia de que poseemos este maravilloso don que es la inteligencia, así como ca­pacidad de decidir utilizarla de forma positiva, tendremos esa salud mental fundamental, esa fortaleza subyacente que procede de saber­nos poseedores de un gran potencial humano. Darnos cuenta de ello puede actuar como una especie de mecanismo innato que nos permi­te afrontar cualquier dificultad, sin que importe la situación a la que nos enfrentemos, sin perder la esperanza ni hundirnos en el odio ha­cia nosotros mismos.

»Recordar las grandes cualidades que compartimos con todos los seres humanos neutraliza el impulso de pensar que somos malos o in­dignos. Muchos tibetanos lo analizan en su meditación diaria. Quizá sea esa la razón por la que el odio contra uno mismo nunca llegó a arraigar en la cultura tibetana.

 

Quinta parte

Reflexiones finales para vivir una vida espiritual

 

15 Valores espirituales básicos

 

EL ARTE DE LA FELICIDAD tiene muchos componentes. Como hemos visto, empieza con la comprensión de cuáles son las verdaderas fuentes de ella, así como por establecer nuestras prioridades en la vida, que han de basarse en el cultivo de dichas fuentes. Supone aplicar una disciplina interna, un proceso gradual de desarraigo de nuestros esta­dos mentales destructivos para sustituirlos por los positivos y cons­tructivos, como la amabilidad, la tolerancia y el perdón. Al identificar los factores que conducen a una vida plena y satisfactoria, concluimos con un análisis del componente final: la espiritualidad.

Hay una tendencia natural a asociar espiritualidad con religión. El enfoque del Dalai Lama sobre el logro de la felicidad está condicio­nado por sus años de formación de monje budista. Por otra parte, se le considera un erudito respetado. Para muchos, sin embargo, no es la comprensión de los complejos problemas filosóficos su mayor atrac­tivo, sino su calor personal, humor y enfoque práctico de la vida. Du­rante nuestras conversaciones, su humanidad básica pareció desbor­dar incluso su condición de monje. A pesar de llevar la cabeza rapada y de su llamativa túnica marrón, a pesar de ser una de las figuras re­ligiosas más destacadas del mundo, el tono de nuestras conversaciones fue simplemente el de un ser humano con otro, ambos dedicados a discutir sobre los problemas que compartíamos.

Para ayudamos a comprender el verdadero significado de la es­piritualidad, el Dalai Lama empezó por distinguir entre ésta y la religión.

-Estoy convencido de que es esencial apreciar nuestro potencial como seres humanos y reconocer la importancia de la transformación interior. Esto debería conseguirse a través de lo que llamo un proceso de desarrollo mental. En ocasiones, digo que es como tener una di­mensión espiritual en nuestra vida.

»Puede haber dos niveles de espiritualidad. Uno tiene que ver con nuestras convicciones religiosas. En este mundo hay muchas personas diferentes, muchas actitudes diferentes. Somos cinco mil millones de seres humanos y, en cierto modo, creo que necesitamos cinco mil mi­llones de religiones, tanta es la variedad de actitudes que encontramos. Estoy convencido de que cada individuo debería embarcarse en el camino espiritual más adecuado a su disposición mental, su incli­nación natural, temperamento, convicciones o antecedentes familia­res y culturales.

»Por mis convicciones, el budismo me parece lo más adecuado. Así que, por lo que a mí se refiere, he descubierto que el budismo es lo mejor. Pero eso no significa que lo sea para todo el mundo. Esto está claro y es definitivo. Estar convencido de que el budismo es lo mejor para todo el mundo sería una estupidez, porque las distintas personas tienen diferentes disposiciones mentales. La variedad de gentes exige una variedad de religiones. El propósito de éstas es beneficiar a los se­res humanos y creo que si sólo tuviéramos una religión, al cabo de un tiempo ésta dejaría de ser beneficiosa. Si sólo hubiera un restaurante, por ejemplo, y allí sólo se sirviera un plato día tras día, serían muchí­simos los clientes que dejarían de ir a él. La gente necesita y aprecia la diversidad en la comida porque hay gustos diferentes. Del mismo modo, las religiones tienen la intención de nutrir el espíritu humano. Creo que podemos celebrar esa diversidad de religiones y desarrollar un aprecio profundo por ella. Ciertas personas están convencidas de que el judaísmo, la fe cristiana o la fe islámica son las más efectivas para ellas. En consecuencia, tenemos que respetar y apreciar el valor de todas las confesiones religiosas del mundo.

»Todas las religiones pueden aportar una contribución efectiva al beneficio de la humanidad. Todas han sido diseñadas para que la per­sona sea más feliz y para que el mundo sea un lugar mejor. No obstan­te, para que la religión pueda ejercer un efecto que contribuya a hacer del mundo un lugar mejor, creo que es importante que la persona prac­tique con sinceridad sus enseñanzas. Uno tiene que integrar las en­señanzas religiosas en su propia vida, esté donde esté, para poder utilizarlas como una fuente de fuerza interior. Hay que lograr una comprensión más profunda de las ideas religiosas, no sólo a nivel in­telectual, sino también sentimental, para poder convertirlas en parte de la propia experiencia interior.

»Estoy convencido de que se puede cultivar un profundo respeto por todas las confesiones religiosas. Una de las razones es que todas ellas aportan una estructura ética capaz de guiar el comportamiento y producir efectos positivos. En las confesiones cristianas, por ejemplo, la fe en Dios puede proporcionar un enfoque muy eficaz, porque hay una cierta intimidad en la relación de la persona con Él y la forma de demostrar el amor a Dios, al Dios que te ha creado, es mostrar amor y compasión hacia nuestros semejantes. Creo que hay muchas razo­nes similares para respetar a las otras confesiones religiosas. Todas las grandes religiones han aportado tremendos beneficios a millones de seres humanos a lo largo de los tiempos. Incluso en este momento, mi­llones de personas siguen obteniéndolos. Y, en el futuro, también apor­tarán inspiración a millones de seres de las generaciones venideras.

»Creo que una forma de fortalecer el respeto mutuo es a través de un estrecho contacto personal entre esas confesiones religiosas. Du­rante los últimos años he realizado esfuerzos por reunirme y mante­ner diálogos con, por ejemplo, la comunidad cristiana y la comunidad judía, y creo que de ello se han derivado algunos resultados realmente positivos. Gracias a esta clase de contactos, podemos aprender a utilizar las aportaciones que las religiones han hecho a la humani­dad, encontrar aspectos de ellas de los que podemos aprender. Has­ta es posible que descubramos métodos y técnicas adaptables a nues­tra práctica.

»Así pues, es esencial que desarrollemos lazos más estrechos entre las diversas religiones; de ese modo podremos realizar un esfuerzo común para beneficio de la humanidad. Hay tantas cosas que divi­den a la humanidad, tantos problemas en el mundo... La religión de­bería ser un medio para reducir el sufrimiento en el mundo, y no otra fuente de conflicto.

»A menudo hemos oído que todos los seres humanos somos igua­les. Queremos decir con ello que todo el mundo tiene el evidente de­seo de alcanzar la felicidad. Toda persona tiene derecho a ser feliz. y toda persona tiene derecho a superar el sufrimiento. Por lo tanto, si alguien saca felicidad o beneficio de una confesión religiosa, es nece­sario respetar sus derechos; tenemos que aprender, pues, a respetar to­das esas grandes tradiciones religiosas.

 

Durante las semanas de conferencias pronunciadas por el Dalai Lama en Tucson, el espíritu de respeto mutuo fue algo más que un de­seo. Entre el público se encontraban muchos que seguían diferentes tradiciones religiosas, incluida una abundante representación del cle­ro cristiano. A pesar de las diferencias, el local siempre estuvo impregnado de un ambiente pacífico y armonioso. Era algo incluso pal­pable. Reinaba también un espíritu de intercambio y de curiosidad entre los no budistas, acerca de la práctica espiritual cotidiana del Dalai Lama. Esa curiosidad impulsó a uno de los asistentes a pre­guntar:

-Tanto si se es budista como si no, en todas partes parece crecer la práctica de la oración. ¿Por qué es tan importante la oración para la vida espiritual?

El Dalai Lama contestó:

-Creo que, en su mayor parte, la oración es un simple recordatorio cotidiano de nuestros principios y convicciones. Yo mismo repito cada mañana ciertos versos budistas. Los versos pueden parecer oracio­nes pero en realidad son recordatorios. Recordatorios de cómo hablar con los demás, de cómo relacionarse con los demás, de cómo afrontar los problemas en la vida cotidiana y cosas así. Así que, en su mayor parte, mi práctica religiosa se compone de recordatorios, en los que reviso la importancia de la compasión, del perdón, de todas estas co­sas. Y, naturalmente, también incluyo ciertas meditaciones sobre la naturaleza de la realidad y ciertas prácticas de visualización. Así pues, en mi propia práctica diaria, en mis oraciones cotidianas si las realizo pausadamente, puedo tardar unas cuatro horas. Es bastante tiempo. La idea de dedicar cuatro horas al día a la oración impulsó a otra oyente a preguntar:

-Soy una madre que trabaja, tengo niños pequeños y muy poco tiempo libre. Alguien que está tan ocupado como yo, ¿cómo puede encontrar el tiempo necesario para realizar esas oraciones y prácticas de meditación?

-Incluso en mi caso, si deseara quejarme por la falta de tiempo siempre podría hacerlo -comentó el Dalai Lama-. Siempre estoy muy ocupado. No obstante, si se hace un esfuerzo, siempre se encuen­tra tiempo, por ejemplo a primeras horas de la mañana. Hay también otros momentos, como en los fines de semana. Se puede sacrificar algo del tiempo de diversión. -Se echó a reír-. Así, por lo menos, puede encontrar media hora diaria. O si se esfuerza aún más, quizá treinta minutos por la mañana y otros tantos por la noche. Si lo planifica, le será posible encontrar tiempo.

»No obstante, si piensa seriamente en el verdadero significado de las prácticas espirituales, verá que están relacionadas con el desarro­llo y el entrenamiento de su mente, de sus actitudes, estado psicológi­co y emocional y bienestar. No debería limitar su práctica espiritual a ciertas actividades físicas o verbales, como recitar oraciones y cantar. Si su práctica espiritual se limitara únicamente a estas actividades nece­sitaría, naturalmente, disponer de un tiempo específico, de un tiempo especialmente asignado para ello, porque no puede pasarse el día rea­lizando sus actividades habituales mientras recita mantras. Eso sería bastante molesto para la gente que la rodea. No obstante, si com­prende la práctica espiritual en su verdadero sentido, puede utilizar las veinticuatro horas del día para ella. La verdadera espiritualidad es una actitud mental que se tiene en cualquier momento. Por ejemplo, si se siente tentada de insultar a alguien, debe tomar inmediatamente precauciones y contenerse para no hacerolo. De modo similar, si cree que va a perder los estribos, debe decirse inmediata y reflexivamente: "No, esta no es la forma apropiada". Eso es una verdadera práctica es­piritual. Visto desde ese ángulo, siempre dispondrá de tiempo.

»Esto me hace pensar en uno de los maestros tibetanos Kadampa, Potowa, quien dijo que para un meditador que ha alcanzado un cier­to grado de estabilidad y realización interior, cada acontecimiento, cada experiencia es una especie de aprendizaje. Es una experiencia de aprendizaje. Creo que esto es muy cierto.

»Desde esta perspectiva, por tanto, hasta cuando se ve expuesta, por ejemplo, a escenas perturbadoras de violencia y sexo en la televi­sión o en las películas, existe la posibilidad de abordarlas con la con­ciencia de que causan efectos dañinos y, en lugar de sentirse total­mente abrumada por lo que ve, puede tomar tales escenas como una especie de indicador de la naturaleza nociva de las emociones negati­vas no controladas.

 

Pero sacar lecciones de reposiciones de El equipo A o Melrose Pla­ce es una cosa. Como budista practicante, sin embargo, el régimen espiritual del Dalai Lama incluye ciertamente rasgos propios del ca­mino budista. Al describir su práctica cotidiana, por ejemplo, men­cionó que incluye meditaciones sobre la naturaleza de la realidad, así como ciertas prácticas de visualización. Aunque en el contexto de este análisis mencionó tales prácticas sólo de pasada, a lo largo de los años he tenido la oportunidad de oírle hablar extensamente del tema, ya que, de hecho, sus charlas y conferencias abarcan algunos de los aná­lisis más complejos que haya escuchado nunca sobre cualquier tema. Sus charlas sobre la naturaleza de la realidad estaban llenas de com­plicados argumentos y laberínticos análisis filosóficos; sus descrip­ciones de las visualizaciones tántricas eran inconcebiblemente intrin­cadas y elaboradas, con meditaciones y visualizaciones cuyo objetivo parecía ser construir una especie de atlas holográfico del universo dentro de su propia imaginación. Había dedicado toda una vida al estudio y la práctica de estas meditaciones. Al pensar en esto, y conocedor del monumental alcance de sus esfuerzos, se me ocurrió pre­guntarle:

-¿Puede describir el beneficio práctico o el impacto que han teni­do estas prácticas espirituales sobre su vida cotidiana? El Dalai Dama guardó silencio durante un rato, antes de contes­tar serenamente:

-Aunque mi propia experiencia pueda ser escasa, algo que puedo decir con toda seguridad es que tengo la sensación de que, a través de la formación budista, siento que mi mente se ha hecho mucho más se­rena. Aunque se ha producido gradualmente, quizá incluso centíme­tro a centímetro -se echó a reír-, creo que ha habido un cambio en mi actitud hacia mí mismo y los demás. A pesar de que resulta difícil señalar las causas exactas de él, creo que está influido por una toma de conciencia, no una plena realización pero sí un cierto sentimiento, de la naturaleza fundamental de la realidad, y también de la considera­ción de cuestiones como la transitoriedad, el sufrimiento y el valor de la compasión y el altruismo.

»Así, por ejemplo, hasta cuando pensamos en los chinos comunis­tas que causan daño al pueblo tibetano, mi formación budista me per­mite experimentar una cierta compasión incluso hacia el torturador, porque comprendo que se ha visto impulsado por fuerzas negativas.

Debido a ello, a mis votos de Bodhisattva, y a mis compromisos, aun­que una persona cometa atrocidades no puedo sentir o penar que, de­bido a ellas, deba experimentar siempre cosas negativas o no tener momentos de felicidad. El voto de Bodhisattva me ha ayudado a de­sarrollar esta actitud y me ha sido muy útil, de modo que, natural­mente, le doy un gran valor.

»Eso me recuerda a un antiguo maestro de canto que está en el mo­nasterio Namgyal. Estuvo en las prisiones chinas y en campos de con­centración, como prisionero político, durante veinte años. Una vez le pregunté cuál fue la situación más difícil a la que tuvo que enfrentar­se en esa época. Sorprendentemente, me contestó que, en esa época, el mayor peligro que corrió fue el de perder la compasión que sentía por los chinos.

»Hay muchas historias similares. Por ejemplo, hace tres días me reuní con un monje que pasó muchos años en las prisiones chinas. Me dijo que tenía veinticuatro años cuando se produjo el levantamiento tibetano de 1959. Se unió a las fuerzas tibetanas en Norbulinga. Fue hecho prisionero por los chinos y enviado a prisión, junto con otros tres hermanos suyos que fueron asesinados en ella. Otros dos herma­nos también fueron asesinados. Más tarde, sus padres murieron en un campo de trabajos forzados. Pero me dijo que cuando estuvo en pri­sión, reflexionó sobre la vida que había llevado hasta entonces y lle­gó a la conclusión de que, a pesar de haber pasado toda una vida en el monasterio de Drepung, no había sido un buen monje. Pensaba que había sido un monje estúpido. En aquel momento se hizo votos de que, a partir de entonces, estando en prisión, trataría de ser un mon­je genuinamente bueno. Como resultado de sus prácticas budistas,

 

"-A través del voto de Bodhisattva, el educando espiritual afirma su intención de convertirse en un Bodhisattva, literalmente el «guerrero despierto», quien, por amor y compasión, ha alcanzado la realización del Bodhicitta, un estado mental caracterizado por la aspiración espontánea y genuina a alcanzar la plena ilumina­ción para ser beneficioso para todos los seres pudo mantenerse mentalmente muy feliz a pesar de sufrir un gran do­lor físico. Incluso cuando lo sometieron a torturas y a fuertes palizas, pudo sobrevivir y seguir sintiéndose feliz al considerar todo como una limpieza de su anterior karma negativo.

»A través de estos ejemplos podemos apreciar realmente el valor de incorporar todas estas prácticas espirituales en nuestra vida coti­diana.

De ese modo, el Dalai Lama añadió el ingrediente final de una vida más feliz: la dimensión espiritual. A través de las enseñanzas del Buda, el Dalai Lama y muchos otros han encontrado unos principios que les permiten soportar y hasta trascender el dolor y el sufrimiento que la vida trae consigo. Y, tal como sugiere el Dalai Lama, cada una de las grandes confesiones religiosas del mundo puede ofrecer las mismas oportunidades de alcanzar una vida más feliz. El poder de la fe, ge­nerado a una escala muy amplia por la religión, ilumina las vidas de millones de personas y las ha sostenido en momentos de dificultad. A veces, funciona de forma silenciosa y sutil, otras lo hace a través de experiencias transformadoras. Cada uno de nosotros, en algún mo­mento de nuestras vidas, ha sido testigo del funcionamiento de ese po­der en un miembro de nuestra familia, en un amigo o en un conocido. Ocasionalmente, los ejemplos llegan hasta las páginas de los periódi­cos. Muchos conocen, por ejemplo, el suplicio de Terry Anderson, un hombre corriente que fue secuestrado en una calle de Beirut una ma­ñana de 1985. Le echaron una manta por encima, fue metido a em­pujones en un coche y durante los siete años siguientes fue retenido como rehén por Hezbollá, una organización islámica radical. Hasta 1991 estuvo encerrado en pequeñas celdas de sótanos húmedos y su­cios, con los ojos cubiertos y encadenado durante prolongados períodos de tiempo, soportando palizas regularmente. Cuando fue finalmente liberado, el mundo se fijó en él y encontró a un hombre regocijado por poder regresar junto a su familia y reanudar su vida, pero sorpren­dentemente libre de amargura y odio hacia sus captores. Al ser inte­rrogado por los periodistas sobre el origen de una fortaleza tan nota­ble, señaló la fe y la oración como los elementos que le ayudaron a so­portar su suplicio.

El mundo está lleno de ejemplos similares de cómo la fe religiosa ofrece ayuda en momentos difíciles. Recientes y extensas encuestas parecen confirmar el hecho de que la fe religiosa puede contribuir sus­tancialmente a llevar una vida más feliz. Las dirigidas por investiga­dores independientes y por grandes organizaciones de encuestas (como la empresa Gallup) han descubierto que las personas religiosas se sienten felices y satisfechas con su vida en mayor medida que las no religiosas. Los estudios han descubierto que la fe no sólo conlleva sen­timientos de bienestar, sino que también parece ayudar a afrontar más serenamente cuestiones como el envejecimiento o la superación de cri­sis personales y acontecimientos traumáticos. Además, las estadísti­cas muestran que las familias con fuertes creencias religiosas se ven afectadas por menores índices de delincuencia, alcoholismo, droga­dicción y rupturas matrimoniales. También hay pruebas que indican que la fe puede tener beneficios para la salud, incluso en casos de en­fermedades graves. De hecho, hay cientos de estudios científicos y epi­demiológicos que han establecido una vinculación entre la fe religiosa, índices menores de mortalidad y mejor salud. Según un estudio, mu­jeres ancianas con fuertes creencias religiosas pudieron caminar dis­tancias más largas, después de haber sido operadas de la cadera, que las que tenían menos convicciones religiosas; también se sintieron me­nos deprimidas después de la operación. Un estudio realizado por Ronna Casar Hanis y Mary Amanda Dew en el Centro Médico de la Universidad de Pittsburgh descubrió que los pacientes trasplantados de corazón con fuertes convicciones religiosas tienen menos dificultades para afrontar regímenes médicos postoperatorios y muestran una me­jor salud física y emocional a largo plazo. En otro estudio del doctor Thomas Oxman y sus colegas de la Escuela Médica de Dartmouth se descubrió que los pacientes mayores de cincuenta y cinco años some­tidos a una operación quirúrgica a corazón abierto de la arteria coro­naria o de la válvula cardiaca que se habían refugiado en sus creencias religiosas, tenían tres veces más probabilidades de sobrevivir que quie­nes no lo habían hecho.

A veces, los beneficios de una fuerte fe religiosa son el producto di­recto de las doctrinas de una religión concreta. Muchos budistas, por ejemplo, soportan el sufrimiento a través de su fe en la doctrina del karma. Gracias a la fe que tienen depositada en un Dios omnisciente y amoroso, un Dios cuyo plan quizá sea oscuro para nosotros pero que, en su sabiduría, terminará por revelarnos su amor, mucha gente puede resistir sus tribulaciones. Con fe en las enseñanzas de la Biblia, pueden reconfortarse con versículos como el de Romanos 8,28: «En todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman, de aque­llos que han sido llamados según su voluntad».

Aunque algunas de las compensaciones de la fe se basen en doctri­nas de una confesión determinada, la vida espiritual también tiene otras características comunes a todas las religiones. La participación en las actividades de cualquier grupo religioso puede crear una sensa­ción de pertenencia, de lazos comunes, una conexión con los otros participantes. Ofrece una estructura a través de la cual uno puede co­nectarse y relacionarse con los demás; eso puede proporcionar un sen­timiento de pertenencia. Las creencias religiosas muy arraigadas pue­den damos un profundo sentido de propósito, aportar significado a la propia vida. Ofrecen esperanza frente a la adversidad, el sufrimien­to y la muerte. Ayudan a adoptar una perspectiva amplia, que nos per­mite salir de nosotros mismos cuando nos sentimos abrumados por los problemas cotidianos.

Aunque estos beneficios potenciales están al alcance de quienes practican una religión establecida, está claro que tener una fe religio­sa no garantiza, por sí sola, la felicidad y la paz. Por ejemplo, en el mis­mo momento en que Terry Anderson se hallaba encadenado en una celda, manifestando los valores más elevados de la fe religiosa, justo fuera de ella se desataban la violencia de masas y el odio mostrando los peores aspectos de la fe religiosa. Durante años, distintos grupos mu­sulmanes, cristianos e israelíes mantuvieron una guerra, en parte, ali­mentada por el odio violento entre los bandos, lo que tuvo como con­secuencia atrocidades inenarrables, cometidas en nombre de la fe. Es una vieja historia que se ha repetido con demasiada frecuencia a lo largo de la historia, incluso en el mundo moderno.

Debido a este potencial para alimentar la división y el odio, resulta fácil perder la confianza en las religiones. Eso ha llevado a algunas fi­guras como el Dalai Lama a tratar de difundir los elementos de la vida espiritual que pueden ser aplicados universalmente para aumentar la felicidad, independientemente de la confesión o las creencias religiosas.

 

Así, con tono de la más completa convicción, el Dalai Lama con­cluyó su análisis ofreciendo su visión de una verdadera vida espiritual: -Cuando hablo de adoptar una dimensión espiritual en nuestra vida, he identificado fe con espiritualidad. Cuando se profesa una re­ligión eso está bien. Pero nos podemos arreglar incluso sin creencias religiosas. En algunos casos, nos las arreglamos mejor. Tenemos derecho: si deseamos creer, bien; si no, también. Existe, sin embargo, otro nivel de espiritualidad. Eso es lo que llamo espiritualidad básica: se trata de un conjunto de cualidades, como bondad, amabilidad, compasión, atención con los demás. Tanto si somos creyentes como si no, esta clase de espiritualidad es esencial. Personalmente, conside­ro este segundo nivel de espiritualidad más importante que el prime­ro, porque al margen de lo maravillosa que pueda ser una religión, sólo será aceptada por una parte de la humanidad. Pero, mientras se­amos seres humanos, mientras formemos parte de la familia humana, todos necesitamos aquellos valores espirituales. Sin ellos, la existen­cia humana resulta dura, muy seca: ninguno de nosotros puede ser una persona feliz, nuestra familia sufrirá y, en último término, toda la sociedad tendrá más problemas. Así pues, queda claro que el cultivo de aquellos valores resulta esencial.

»Al cultivarlos, me parece que necesitamos recordar que de los aproximadamente cinco mil millones de seres humanos que habita­mos este planeta, sólo unos mil o dos mil millones somos creyentes. Naturalmente, al referirme a creyentes no incluyo a aquellas perso­nas que dicen simplemente: "Soy cristiano" porque lo eran sus ante­pasados, pero que no practican su religión. Por tanto, excluyendo a estas personas, creo que quizá haya alrededor de mil millones de per­sonas que practiquen sinceramente su religión. Eso significa que hay cuatro mil millones de personas, la mayoría de la población de esta tierra, que no son creyentes. Tenemos que encontrar una forma de intentar mejorar la vida de ellos, de esos cuatro mil millones de seres que no tienen religión específica; alguna forma de ayudarles a con­vertirse en seres humanos buenos, en personas morales, sin ninguna religión. En este aspecto creo que la educación es crucial, ya que dar a la gente la idea de que la compasión, la afabilidad, etcétera, son las cualidades humanas básicas no afecta sólo a los miembros de una Iglesia. Creo que antes ya hablamos de la importancia fundamental del calor humano, del afecto y la compasión para la salud física de la gente, para su felicidad y paz mental. Este es por tanto un tema muy práctico y no simple teoría religiosa o especulación filosófica. Se tra­ta de un tema clave. Y creo que constituye la esencia de las enseñanzas religiosas de todas las confesiones. Pero también es esencial para los que prefieren no tener religión. Creo que a esas personas podemos educarlas y convencerlas de que está bien que permanezcan sin reli­gión, pero que hay que ser una persona buena, un ser humano sensi­ble, con sentido de la responsabilidad y del compromiso para lograr un mundo mejor y más feliz.

»En general, es posible que cada cual muestre su religión por me­dios externos, como ciertas vestimentas, las imágenes sagradas del hogar, canciones u oraciones. Estas prácticas no son tan importantes como que cada uno lleve un estilo de vida verdaderamente espiritual, basado en valores fundamentales, porque es posible realizar activida­des externas públicas al mismo tiempo que se tiene un estado mental muy negativo. La verdadera espiritualidad debería tener como resul­tado que la persona fuera más serena, más feliz, más pacífica.

»Todos los estados virtuosos de la mente, como la compasión, la tolerancia, el perdón, la atención hacia los demás, etcétera, todas esas cualidades mentales son Dharma genuino, cualidades espirituales ge­nuinas, porque no pueden coexistir con malos sentimientos o con es­tados negativos de la mente.

»Así pues, adoptar un método que aporte disciplina a la propia mente es la esencia de una vida religiosa; se trata de una disciplina in­terior que tiene el propósito de cultivar estados mentales positivos. Por tanto, llevar una vida espiritual depende de que se haya consegui­do alcanzar ese estado disciplinado y domesticado de la mente y que eso se vea reflejado en las acciones cotidianas.

 

El Dalai Lama tenía que asistir a una pequeña recepción en honor de un grupo de donantes que apoyaban la causa tibetana. Frente a la sala de recepción se había congregado una gran multitud, a la espera de su aparición. Cuando él llegó, la multitud ya era bastante densa. En­tre los espectadores observé a un hombre al que había visto en un par de ocasiones a lo largo de la semana. No era fácil precisar su edad, aunque yo le habría supuesto entre veinticinco y treinta años; era alto y muy delgado. Aunque destacaba por su aspecto descuidado, me había lla­mado la atención por su expresión, que había visto con frecuencia entre mis pacientes: angustiada, profundamente deprimida, como si sufriera mucho. Creí observar ligeros gestos reflejos alrededor de su boca. «Discinesia tardía», diagnostiqué en silencio. La discinesia es un trastorno neurológico causado por el uso crónico de medicación antipsicótica. «Pobre hombre», pensé, aunque me olvidé de él rápi­damente.

Al llegar el Dalai Lama, la multitud se condensó, y se movió hacia él para saludado. El personal de seguridad, compuesto en su mayor parte por voluntarios, se esforzó por contener a la masa de gente que avanzaba, para despejar un camino hacia la sala de recepción. El joven angustiado, de antes, ahora con una expresión un tanto desconcerta­da, se vio empujado hacia adelante por la multitud y se encontró al borde del claro abierto por el equipo de seguridad. Al abrirse paso, el Dalai Lama observó al hombre, se liberó de la protección del equipo de seguridad y se detuvo para hablar con él. Al principio, el joven se quedó aturdido y empezó a hablar muy rápidamente al Dalai Lama, que pronunció pocas palabras. No pude escuchar lo que se dijeron, pero observé que mientras hablaba, el joven empezó a mostrarse visi­blemente más agitado. El hombre decía algo pero, en lugar de respon­der, el Dalai Lama le tocó espontáneamente la mano, dándole unas suaves palmaditas, y durante un momento se limitó a permanecer allí, asintiendo con ligeros gestos. Mientras sostenía con firmeza la mano del joven y lo miraba a los ojos, pareció como si no se diera cuenta de la multitud que le rodeaba. De repente, la expresión de dolor y agitación pareció desaparecer del rostro del hombre y las lágrimas corrieron por sus mejillas. Aunque la sonrisa que brotó y se extendió lentamen­te sobre sus rasgos fue tenue, una expresión de consuelo y alegría apa­reció en sus ojos.

El Dalai Lama ha resaltado repetidas veces que la disciplina inte­rior es la base de una vida espiritual. Es el método fundamental para alcanzar la felicidad. Tal como explicó para este libro, la disciplina in­terior supone, desde su perspectiva, combatir los estados negativos de la mente, como la cólera, el odio y la avaricia, y cultivar los estados positivos como la amabilidad, la compasión y la tolerancia. También ha señalado que una vida feliz se construye sobre el fundamento de ese estado mental sereno y estable. El desarrollo de la disciplina inter­na puede incluir técnicas de meditación formal que ayudan a estabili­zar la mente y logran ese estado de calma. La mayoría de las religio­nes incluyen prácticas que tratan de aquietar la mente, de situarnos más en contacto con nuestra más profunda naturaleza espiritual. Como conclusión de la serie de conferencias pronunciadas por el Dalai Lama en Tucson, el maestro ofreció una meditación pensada para ayudar­nos a serenar nuestros pensamientos, observar la naturaleza funda­mental de la mente y desarrollar la «quietud de la mente».

 

Meditación sobre la naturaleza de la mente

 

Tras observar a los reunidos, empezó a hablar en su forma pecu­liar, como si en lugar de dirigirse a un grupo estuviera transmitien­do enseñanzas a cada individuo presente. En algunos momentos se mostraba quieto y concentrado, en otros más animado; acompaña­ba sus instrucciones con ligeros movimientos de cabeza, gestos con las manos y suaves balanceos.

-El propósito de este ejercicio es empezar a reconocer y percibir la naturaleza de nuestra mente -empezó a decir-, al menos a un ni­vel convencional. Generalmente, al referimos a nuestra mente, expre­samos un concepto abstracto. Si no tenemos una experiencia directa de nuestra mente, por ejemplo, si se nos pidiera que la identificára­mos, nos sentiríamos impulsados a señalar simplemente el cerebro. Si se nos pidiera que definiésemos la mente, diríamos que es algo que tiene capacidad para saber», algo que es «claro» y «cognitivo». Pero si no hemos captado directamente la mente a través de prácticas de meditación, estas definiciones no son más que palabras. Es importan­te poder identificar la mente a través de la experiencia directa y no sólo como un concepto abstracto. Por tanto, el propósito de este ejer­cicio es sentir o captar directamente la naturaleza convencional de la mente, de modo que cuando se diga que la mente tiene cualidades de «claridad» y «cognición», seamos capaces de identificarla de forma experimental. ,

»Este ejercicio nos ayuda a detener deliberadamente los pensa­mientos y a permanecer gradualmente en ese estado durante un tiem­po cada vez más prolongado. Cuando se domina este ejercicio se llega a tener la sensación de que no hay nada, sólo vacío. Pero si se pro­fundiza más, se empieza a reconocer la naturaleza fundamental de la mente, sus cualidades de "claridad" y de "conocimiento". Es como un vaso de cristal puro lleno de agua. Si el agua también es pura, se puede ver el fondo del vaso, aun sabiendo que el agua está ahí.

»Así que hoy meditaremos sobre la no conceptualidad. No es este un simple estado de abulia o de dejar en blanco nuestra mente. En lu­gar de eso, lo que hay que hacer es decidir "anular los pensamientos conceptuales". La forma de hacerla es la siguiente:

»En términos generales, nuestra mente está dirigida predominan­temente hacia los objetos externos. Nuestra atención sigue el sentido de las experiencias. Se mantiene en un nivel predominantemente sen­sorial y conceptual. En otras palabras, nuestra conciencia se dirige normalmente hacia las experiencias sensoriales y los conceptos men­tales. En este ejercicio lo que hay que hacer es retirar la mente hacia el interior; no lanzarla a la caza de objetos sensoriales. Pero, al tiem­po, no debe retirarse hasta el extremo de provocar un estado de estu­por. Ha de estarse en un estado consciente de alerta y atención, para desde él asumir la conciencia, de modo que ésta no se vea afectada por los pensamientos del pasado, las cosas que han ocurrido, sus re­cuerdos o ideas sobre el futuro, como planes, expectativas, temores y esperanzas. Intente más bien permanecer en un estado relajado y neutral.

»Esto es un poco como un río que fluye con fuerza, por lo que su lecho no se puede ver con claridad. Si hubiera algún modo de detener el flujo de ambas direcciones, es decir, desde donde llega el agua y ha­cia donde va, se podría mantener el agua quieta. Eso permitiría ver el lecho del río. De modo similar, cuando se es capaz de detener la men­te de modo que deje de cazar objetos sensoriales y pensar en el pa­sado y en el futuro, si se puede liberar la mente por completo, de­jándola totalmente "en blanco", podría empezarse a mirar debajo de la turbulencia de los procesos de pensamiento. Allí reina una quie­tud subyacente, una claridad fundamental de la mente. Debería tra­tarse de observar y experimentar eso...

»Quizá sea difícil de conseguir en una fase inicial, así que iniciare­mos la práctica desde esta misma sesión. En la fase inicial, cuando se empieza a experimentar este estado natural subyacente" de concien­cia, se siente como una "ausencia". Eso ocurre porque estamos muy habituados a comprender nuestra mente en términos de objetos externos; tendemos a mirar el mundo a través de nuestros conceptos, imágenes, etcétera. Así que, al retirar la mente de los objetos exter­nos es casi como si no pudiéramos reconocer nuestra propia mente. De ahí proviene la ausencia, la vacuidad. No obstante, a medida que se progresa y se acostumbra uno a ella, se empieza a notar una clari­dad subyacente, una luminosidad. Es entonces cuando se comienza a apreciar el estado natural de la mente.

»Muchas de las experiencias meditativas realmente profundas tienen que alcanzarse sobre la base de la quietud de la mente... Oh -exclamó el Dalai Lama echándose a reír-, debería advertirles que en este tipo de meditación se corre el peligro de quedarse dormido, puesto que no hay objeto específico sobre el que concentrar la aten­ción.

»Así que, ahora, meditemos...

»Para empezar, realicemos antes tres rondas de respiración pro­funda y centremos la atención simplemente en la respiración. Concén­trese en la inspiración, la espiración, la inspiración, la espiración... hasta tres veces. Luego, empiecen la meditación.

El Dalai Lama se quitó las gafas, cruzó las manos sobre su regazo y permaneció inmóvil, sumido en la meditación. Un silencio total se extendió por la sala, al tiempo que mil quinientas personas efectua­ban una introspección, en la soledad de mil quinientos mundos pri­vados, tratando de acallar sus pensamientos y quizá de echar un vis­tazo fugaz a la verdadera naturaleza de su propia mente. Al cabo de cinco minutos, el silencio crujió, aunque no se rompió, cuando el Da­lai Lama empezó a cantar suavemente, con voz baja y melódica, sa­cando suavemente a sus oyentes de la meditación.

Ese día, al concluir la sesión, el Dalai Lama juntó las manos, como hacía siempre, se inclinó ante el público en demostración de afecto y respeto, se levantó y se abrió paso entre la gente que lo rodeaba. Man­tuvo las manos juntas y siguió inclinándose a uno y otro lado mien­tras abandonaba la sala. Al cruzar por entre la multitud se inclinó tan­to que habría sido imposible verlo para cualquiera que estuviera a más de unos pocos pasos de distancia. Parecía perdido entre un mar de cabezas. Desde la distancia, sin embargo, aún podía detectarse el ca­mino que seguía por el sutil desplazamiento del movimiento de la mul­titud al pasar él. Era como si hubiese dejado de ser un objeto visible y se hubiera convertido, simplemente, en una presencia que se siente.

 

Agradecimientos

 

ESTE LIBRO NO HABRÍA existido sin los esfuerzos y la amabilidad de muchas personas. En primer lugar, quisiera transmitir mi más sen­tido agradecimiento a Tenzin Gyatso, el decimocuarto Dalai Lama, con una profunda gratitud por su ilimitada afabilidad, generosidad, inspiración y amistad. Y a mis padres, James y Bettie Cutler, en cari­ñoso recuerdo, por haberme proporcionado los fundamentos de mi propio camino para encontrar la felicidad en la vida.

Mi más sincero agradecimiento se extiende a muchos otros:

Al doctor Thupten Jinpa por su amistad, su ayuda en la revisión de los textos del Dalai Lama incluidos en este libro, su papel esencial al actuar como intérprete de las conferencias del Dalai Lama y en muchas de nuestras conversaciones privadas. Y también a Lobsang Jordhen, el venerable Lhakdor, por actuar como intérprete mío para una serie de conversaciones con el Dalai Lama en la India.

A Tenzin Geyche Tethong, Richen Dharlo y Dawa Tsering, por su apoyo y ayuda en muchos aspectos a lo largo de los años.

A muchas personas que trabajaron mucho para asegurarse de que la visita del Dalai Lama a Arizona en 1993 fuera una experiencia gra­tificante para tantos: a Claude d'Estree, Ken Bacher y el consejo y el personal de Arizona Teachings, Ine., a Peggy Hitchcock y al consejo de Arizona Friends of Tibet, a la doctora Pam Willson ya los que ayudaron a organizar la conferencia pronunciada por el Dalai Lama en la Universidad Estatal de Arizona, así como a las docenas de entregados voluntarios, por sus incansables esfuerzos, en nombre de quienes asis­tieron a las acciones del Dalai Lama en Arizona.

A mis extraordinarios agentes, Sharon Friedman y Ralph Vicinan­za, y a su maravilloso equipo, por su ánimo, amabilidad, entrega y ayuda en tantos aspectos de este proyecto y por el duro trabajo reali­zado más allá de lo exigido por el deber. He contraído con ellos una deuda especial de gratitud.

A aquellos que aportaron su valiosa asistencia, percepción y expe­riencia editorial, así como apoyo personal durante el prolongado pro­ceso de redacción: a Ruth Hapgood por sus hábiles esfuerzos para editar las primeras versiones del manuscrito, a Barbara Gates y a la doctora Ronna Kabatznick por su indispensable ayuda para revisar el voluminoso material, así como para centrarlo y organizarlo en una estructura coherente. También a mi ingenioso editor Amy Hertz por creer en el proyecto y ayudar a configurar el libro en su forma final. También a Jennifer Repo y al personal de revisión de galeradas de Ri­verhead Books. También quisiera expresar mi cálido agradecimiento a todos aquellos que ayudaron a transcribir las conferencias del Dalai Lama en Arizona, a mecanografiar las transcripciones de mis conversaciones con él y a mecanografiar partes de las primeras versiones del manuscrito.

 

Wyatt Gothe, la doctora Gail McDonald, Larry Cutler, Randy Cutler y un agradecimiento especial con profundo aprecio a Candee y Scott Brierley, así como a otros muchos amigos a los que quizá no haya ci­tado aquí por su nombre, pero a los que llevo en mi corazón con per­manente amor, gratitud y respeto.

y a Lori, con amor.

 

También de Su Santidad el Dalai Lama

 

Las siguientes obras se incluyen por orden alfabético de título.

The Dalai Lama: A Policy of Kindness, compilado y editado por Sid­ney Piburn, Snow Lion Publications, Ithaca, 1990 [Trad. cast., Políti­ca de la bondad, Dharma, Novelda, Alicante, 1993.]

A Flash of Lightning in the Dark of Night. A Cuide to the Bodhisat­tva's Way of Life, por S. S. el Dalai Lama, Shambhala Publications, Bastan, 1994.

The Four Noble Truths, por S. S, el Dalai Lama, traducido por el doc­tor Thupten Jinpa, editado por Dominique Side, Thorsons, Londres, 1998.

 

Y, para terminar, mi más profundo agradecimiento: A mis maestros.

A mi familia y a los muchos amigos que han enriquecido mi vida de más formas de las que puedo expresar: a Gina Beckwith, el doctor David Weiss y Daphne Atkeson, el doctor Gillian Hamilton, Helen Mitsios, David Greenwalt, Dale Brozosky, Kristi Ingham Espinasse, el doctor David Klebanoff, Henrietta Bernstein, Tom Minar, Ellen

 

Freedom in Exile. The Autobiography of the Dalai Lama, por S. S. el Dalai Lama, HarperCollins, Nueva York, 1991. [Trad. cast., Libertad en el exilio, Plaza y Janés, Barcelona, 1991.]

The eood Heart. A Buddhist Perspective on the Teachings of Jesus, por S. S. el Dalai Lama, Wisdom Publications, Bastan, 1996.

Kindness, Clarity, and Insight, por S. S. el Dalai Lama, traducción y edición de Jeffrey Hopkins, coedición de Elizabeth Napper, Snow Lion Publications, Ithaca, 1984.

The World of Tibetan Buddhism, por S. S. el Dalai Lama, traducción, edición y notas del doctor Thupten Jinpa, Wisdom Publications, Bos­ton, 1995.